jueves, 12 de enero de 2017

El cometa de 1680 y un par de astrónomos manchegos desconocidos

Rafael Alberti observó en 1910 el cometa Halley y le compuso una elegía que incluyó en su libro Marinero en tierra. En 1986 quiso observarlo de nuevo, esta vez subiendo al cielo cristalino del Teide, en las Canarias; sin embargo, el cometa no era aún visible y todos los congregados allí bajaron desencantados. El poeta contó en las páginas de El País que le decían: "No hemos visto el cometa, pero lo hemos visto a usted". Alberti lucía una larga y hermosa melena blanca que lo hacía similar a su admirado Leonardo da Vinci, cuyas Fábulas había traducido, y era de hecho un cometa que había salido de España exiliado y había tornado a ella de nuevo. Toda una metáfora, como la de Bécquer en la rima XV: "En mar sin playas onda sonante / en el vacío cometa errante..." Un cometa es como una flor que solo se abre cada decenios, y algunos, los aperiódicos, solamente una vez en toda la eternidad.

Conocí a Rafael Alberti en Almagro; había venido a dar un recital de sus poemas al que había conducido a mis alumnos. Quise darle unos libros para que me los dedicara, pero lo vi tan viejo y asustado (cualquiera diría que pensaba que saldría un fascista de debajo de cualquier piedra para darle dos tiros) que me dio pena y no lo abordé. Luego he sentido parecidos escrúpulos ante la gente notable que he podido conocer: la simple empatía, o mi timidez acaso, me ha hecho dejarlos en paz: sus obras debían bastarnos y no se debe abusar de la paciencia de quienes admiramos si de verdad los queremos. 

Y hace unos días, leyendo los derrubios eruditos que suelo, me topé con un astrónomo del siglo XVII, Fulgencio Vergel, catedrático de matemáticas de la universidad de Almagro que había observado el famoso cometa de 1680-1681. Este cometa había servido a Newton para comprobar las leyes de Kepler y creó entonces una gran polémica al dividir al mundo científico en dos bandos: los supersticiosos que pensaban que era el augurio del algún desastre fatal en castigo por nuestros pecados (el jesuita Eusebio Kino y el pastor estadounidense Increase Mather, por ejemplo) y los que pensaban que solo era una manifestación natural de la mecánica celeste (el escéptico Pierre Bayle y el hispanoamericano Carlos Sigüenza y Góngora, verbigracia). Era, en cierto sentido, una anticipación del debate que se dio luego con motivo del terremoto de Lisboa de 1755, que sirvió de asunto al famoso poema de Voltaire y que, en Almagro, derribó la iglesia de San Bartolomé en el solar de la plaza que ahora ocupa un jardín.


El matemático Fulgencio Vergel se alineó con los supersticiosos y publicó un Juicio del cometa de 1680 del que he contado cinco ediciones. Un éxito inusitado, habida cuenta de las cuatro páginas que lucía apenas su folletito. Pero fue leído incluso en América, más en concreto en Lima, donde un sevillano, el oidor, fiscal del crimen y consultor de la Inquisición Diego Andrés Rocha y Pérez de Montiel (1607-1688) lo comentó en su Tratado único y singular del origen de los indios del Perú, Méjico, Santa Fé y Chile, (Lima, 1681), que cito por la edición de Madrid, 1891, vol. I, p. 172-173:

Vino impreso el juicio que sobre este cometa hizo el licenciado Fulgencio Vergel, catedrático de matemáticas, y le hace de que el cometa fue causado por Saturno y que no subió de la región suprema del aire; y dice comenzó  en el signo de Virgo y se apagó en el de Libra y que era de forma de espada ancha y que amenazaba peste. Mucho es menester para oponerse a un catedrático de matemáticas, pero en los discursos no lo parece sino es que un mismo cometa apareciese de una forma, color y tamaño en esta América y de otra en Europa. Aquí, apareció como azote, escoba, soldado vestido de malla de pies a cuello, como cola de zorra muy abierta por la extremidad, a forma de ramales y varas. En Cartagena, por carta que tuvo el Capitán Alonso Jiménez de Lata, de 7 de enero, se dice que había un mes que se aparecía, y que del cuello abajo apareció como una pieza de ruan tendida a lo largo. De Sanlúcar tiene carta don Fernando de Herrera, escrita en 21 de enero de este año por el licenciado Francisco Mejía, presbítero, en que dice que la cabeza del cometa nace de estrella y corre de Poniente a Levante y que el color es plateado y la forma de una palma del Domingo de Ramos, y así no sé cómo se ajusta lo que dice el maestro de matemáticas de que era a forma de espada ancha y de color de Saturno, que había de ser negro, según dice arriba; solo le cuadra la forma de espada, porque es cometa guerrero y el color fue ceniciento y cuando iba poniéndose ralo era de color de luna; fue parto de Venus, según dije, y los que son dados a ella le pueden temer por el azote que está prevenido contra ellos; y reparo en la variación que ha habido en conocer la efigie de este cometa que ha hecho espectáculo a todo el orbe y con fijeza no se acierta su forma; ¿pues qué será de sus efectos? También ponerle en la región del aire lo tengo por difícil, pues cada día se veía en todo el orbe, y así no fue aéreo, sino celeste. 

Rocha era hijo de un médico y profesor universitario y había heredado de él una sana curiosidad científica, como atestigua su libro; se dice que su familia fue al Perú para evitar la motejasen de ascendencia judaica (y alguna tenía, en efecto).

Victòria Roselló Botey, en su Tradició i canvi científic en l'astronomia espanyola del segle XVII, (Valencia: Universitat de València, 2000, p. 114), afirma:

El breve impreso del "Cathedrático de matemáticas de la Universidad de Almagro" Fulgencio Vergel, como jocosamente consta en el encabezamiento, mantenía la posición sublunar del cometa y asumía la explicación aristotélica de la generación cometaria. El Juicio del cometa no refleja la opinión de los contemporáneos. Los efectos predichos eran de tipo meteorológico, y otros que afectaban a las personas (robos, "descomedimiento en la gente ruin") y al final, como es habitual, se hacía mención de la salud del monarca o de la supuesta recuperación de territorios que en tiempos de más esplendor habían pertenecido a la corona española.

Así pues, Fulgencio Vergel no aparece como un innovador científico de su siglo. Por demás, en la universidad de Almagro había por entonces (fines del XVII) una cierta curiosidad por los cometas que testimonia todavía otro curioso personaje, F. Astarpi, también catedrático de la misma y tal vez incluso sustituto de Vergel, quien estableció unas reglas para interpretar los cometas en 1689:

1.- Lugar donde aparece el cometa.
2.- Signo que le domina
3.- Aspecto con otros planetas
4.- Color del cometa
5.- Observación por la especie.

El pintor holandés Lieve Verschuier lo pintó como puede verse en la ilustración que acompaña este artículo, estampa de un cometa navideño con la cual quiero desear feliz año a los pacientes lectores de Mi Ciudad Real.