lunes, 9 de enero de 2017

Un pasaje de Tácito en Quevedo

Recuerdo cuando traducía la Vida y costumbres de Julio Agrícola de Tácito para el indeclinable Luis de Cañigral. Se me quedaron algunos pasajes en la memoria, como el hexámetro de un poeta desconocido: Haud semper errat fama: aliquando et elegit ("no siempre erra la fama: a veces también atina") y un pasaje ya bastante más citado: Auferre, trucidare, rapere falsis nominibus imperium, atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant (cap. XXX) donde describe los efectos que sobre los bárbaros producía la conquista romana a través del discurso del rebelde britano Caractato: "Al saqueo, el asesinato y el robo lo llaman con el falso nombre de gobierno, y hacen un desierto y lo llaman paz".

Era un historiador que procuraba ser imparcial al impasible estilo de su modelo Tucídides, al que también intenté traducir penosamente: sine ira et studio ("sin rabia ni interés"), y creo sinceramente que dijo filosóficamente lo que Tucídides insinuó y nunca llegó a escribir y a lo que nunca llegó otro de sus discípulos romanos, Salustio; fue el único que registró, aun sin darle importancia, los tempranos disturbios que provocaba un tal Cresto (Cristo) en Roma y escribió cosas memorables que se nos pueden aplicar perfectamente, como “Muchas son las leyes en un estado corrupto”, “es poco atractivo lo seguro, en el riesgo hay esperanza”,  “persiguiendo a un escritor se aumenta su prestigio”, “el respeto es mayor desde lejos”, "la verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre”, "por buena tiene esta vida quien no la conoce”, “es un error de la maldad humana alabar siempre el pasado y desdeñar el presente”, “si es preciso sucumbir, enfrentémonos antes con el azar”, “irritarse por un reproche es reconocer que se ha merecido” o “en todas las cosas parece existir como ley un círculo” y algo que se podría aplicar perfectamente a Macbeth: “El poder conseguido por medios culpables nunca se ejercitó en buenos propósitos. El poder no está nunca seguro si es excesivo. Para quienes ambicionan el poder no existe vía media entre la cumbre y el precipicio. Nadie ejercitó jamás bien un poder conquistado maliciosamente”.

Tardé mucho en hacerme con una edición en francés de sus Historiae, comprada en una librería de segunda mano de Benidorm, y aún mucho más en conseguirme una en castellano y bien encuadernada de sus Anales, pero acabo de darme cuenta de que en la Epístola satírica y censoria al conde-duque de Olivares de Quevedo hay una cita de Tácito que ha pasado desapercibida

Escribe el historiador romano en sus Historias (I, 1): Rara temporum felicitate, ubi sentire quae velis, et quae sentias dicere licet. “Rara felicidad la de estos tiempos, en los que se puede pensar lo que se quiere y decir lo que se piensa”. Y Quevedo lo rehace así:

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

En la lengua del Siglo de Oro "sentir" tenía el significado de "lamentar". Y la "lengua" de Quevedo tuvo ocasión de lamentar lo que decía, pues sufrió destierro por ello. Hubo toda una corriente de pensadores del Siglo de Oro español que se denominó tacitismo. Tierno Galván les dedicó un ensayo, tal vez porque muchos de los cuales fueron críticos con el gobierno de los Austrias; en realidad, el tacitismo era un nombre prestigioso que se podía alegar para aludir veladamente a las doctrinas del nefando, vitando, aborrecido Maquiavelo, según las cuales el absoluto apoyo de la monarquía española a la iglesia era absurdo y contravenía los intereses nacionales de España, si es que esta nación era un estado con intereses propios y no un mero sirviente de la tiara: había que hacer girar la política sobre intereses presentes y realistas, y no sobre los pasados. Y cuando Quevedo vio la posibilidad de un cambio con la privanza del famoso Olivares, eso fue lo que pensó; y también lo que marró: por eso fue desterrado cuando empezó a frecuentar compañías lejanas al poder omnímodo del privado.