sábado, 18 de febrero de 2017

Maltratadores

Cuando uno contempla los hechos sucedidos en Daimiel se pregunta qué habría pasado si la víctima de violencia doméstica estuviera aforada; si hubiera podido escoger un juez que realmente la defendiera y se preocupara de ella y de su hija. Pero, claro, exigir de la ley que se preocupe del débil en vez de el fuerte es pedir demasiado; incluso Guindos, a quien de seguro ya le han guardado poltrona en el consejo de un banco, está preparando otra nueva ley hipotecaria para blindar de riesgos a los pobres bancos, algo que otros llamarían abuso y ellos "garantizar el crédito".

Me da miedo esta gente, que ayuda invariablemente a los abusones. En España, como en Italia, al ver una paliza, la gente corre inmediatamente a socorrer al fuerte por si se le cae alguna dádiva; somos unos búlgaros de la hipocresía. Tenemos diez mil poderosos ladrones protegidos por las leyes de aforamiento, y sin embargo no hay dinero para que la justicia proteja a diez mil maltratadas por sus maridos. Ya lo dijo Quevedo:

Mal oficio es mentir, pero abrigado,
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado

Don Quijote liberó a un muchacho del amo que lo azotaba por el simple pecado de exigirle su salario; cuando se marchó el amo lo azotó todavía más cruelmente, y al volvérselo a encontrar  en el capítulo trigésimo primero, el gañancillo andaba ya tan escaldado que le pidió que no se interesase más por él y se ocupase de sus propios asuntos. Algo así nos pasa con la justicia y aun diría que con los políticos. Lo  cuenta el hidalgo:

Estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y así como yo le vi le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían más de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: «Señor, no me azota sino porque le pido mi salario». El amo replicó no sé qué arengas y disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. 

Andrés, que así se llamaba el jovencito sindicalista cervantino, tenía sin embargo otro antecedente literario tan manchego como él en la putilla de quince años Areúsa, que no quería servir en casa de una señora porque también aprovechaban acusaciones falsas e infundadas para no pagar, por lo cual declara en el acto noveno de La Celestina que se hizo cortesana:

Estas que sirven a señoras ni gozan deleite ni conocen los dulces premios de amor. Nunca tratan con parientes, con iguales a quien puedan hablar tú por tú, con quien digan: «¿qué cenaste?», «¿estás preñada?», «¿cuántas gallinas crías?», «llévame a merendar  a tu casa»; «muéstrame tu enamorado»; «¿cuánto ha que no te vio?», «¿cómo te va con él?», «¿quién son tus vecinas?» y otras cosas de igualdad semejantes. ¡Oh tía, y qué duro nombre y qué grave y soberbio es «señora» continuo en la boca! Por esto me vivo sobre mí desde que me sé conocer, que jamás me precié de llamarme de otra sino mía, mayormente de estas señoras que ahora se usan. Gástaste con ellas lo mejor del tiempo y con una saya rota de las que ellas desechan pagan servicio de diez años. Denostadas, maltratadas las traen, contino sojuzgadas, que hablar delante ellas no osan. Y cuando ven cerca el tiempo de la obligación de casarlas, levántanles un infundio: que se echan con el mozo o con el hijo, o pídenles celos del marido, o que meten hombres en casa, o que hurtó la taza o perdió el anillo; danles un ciento de azotes y échanlas la puerta fuera, las faldas en la cabeza, diciendo: «¡allá irás, ladrona, puta, no destruirás mi casa y honra!». Así que esperan galardón, sacan baldón; esperan salir casadas, salen amenguadas; esperan vestidos y joyas de boda, salen desnudas y denostadas. Éstos son sus premios, éstos son sus beneficios y pagos. Oblíganse a darles marido, quítanles el vestido. La mejor honra que en sus casas tienen es andar hechas callejeras, de dueña en dueña, con sus mensajes a cuestas. Nunca oyen su nombre propio de la boca de ellas, sino «puta acá», «puta acullá», «¿a dó vas, tiñosa?», «¿qué hiciste, bellaca?», «¿por qué comiste esto, golosa?», «¿cómo fregaste la sartén, puerca?», «¿por qué no limpiaste el manto, sucia?», «¿cómo dijiste esto, necia?», «¿quién perdió el plato, desaliñada?», «¿cómo faltó el paño de manos, ladrona? A tu rufián le habrás dado», «ven acá, mala mujer, ¿la gallina rellena no parece?, pues búscala presto, si no, en la primera blanca de tu paga la contaré». Y tras esto mil chapinazos y pellizcos, palos y azotes. No hay quien las sepa contentar, no quien pueda sufrirlas. Su placer es dar voces, su gloria es reñir. De lo mejor hecho menos contentamiento muestran. Por esto, madre, he querido más vivir en mi pequeña casa, exenta y señora, que no en sus ricos palacios, sojuzgada y cautiva.

El texto, en tres pasajes algo modernizado por mí para hacerlo más inteligible, está bien claro: los pobres, incluso los honrados, siempre son denigrados por los ricos para así evitar esa elemental distribución de la riqueza que consiste en pagar un salario, no en vano por eso se han hecho ricos. A las sirvientas que sirven gratis incluso por obtener un buen casamiento las terminan echando de casa con el pretexto de que seducen al hijo, que han sisado algo o sencillamente sin causa alguna. Y las cosas no cambiaron nada incluso en el siglo XIX: el tango que canta la Menegilda en la Gran vía es el heredero del discurso de Areúsa: "Pobre chica la que tiene que servir / más valiera que se llegase a morir..."

Pero un amigo que vive en Daimiel me ha contado con más detalle cuál es la versión de los hechos de Daimiel que circula en las redes sociales del pueblo: los que dicen haber conocido al presunto asesino y a la mujer que se le estaba divorciando excusan al agresor, que se había enriquecido muy honorablemente como pintor de brocha gorda y al que la mujer, dicen, le había dilapidado todo lo que había ganado con su múltiple derroche; es más, que incluso le iba a quitar la casa en que vivía y era lo único que le había quedado con el recurso de que debía pagar a ella y a su hija la parte correspondiente por el divorcio. Que el presunto asesino era un chaval tímido y educado sin antecedentes que jamás la maltrató, que ni siquiera ella lo denunció porque no podía demostrar maltrato alguno  y que la única explicación era que la situación lo desbordó, tuvo un arrebato terrible, lo que jurídica y psíquicamente llamaríamos un brote psicótico, agarró un cuchillo y mató a las dos mujeres.

Por supuesto, esta explicación no exculpa al presunto asesino, pero ¿a que ahora ustedes ya no simplifican tanto el asunto del maltrato y ahora resulta que no hay buenos puros ni malos puros, algo que es habitual en la reducción fenomenológica que hace la prensa de estos casos? La información es así de maniquea, y habría que indagar si Andrés o la meretriz Areúsa eran realmente tan inocentes como ellos se pintan. El caso es que Andrés quedó sencillamente escarmentado, y así se lo hace constar a don Alonso Quijano el Bueno:  

El fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina.

—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—. Luego ¿no te pagó el villano?

—No solo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un San Bartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufleta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me dejó tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía

 Así que eso tendríamos que hacer y dejar al búlgaro gobierno pepepsoil que siga pagando mal a los pobres y quedándose con las plusvalías. Tendremos maltratadores y seremos maltratados un poco menos que si pidiéramos justicia inalcanzable. Y tendremos maltratadores como los padres borrachuzos y pegones de tan honorables ciudadanos como Hitler, Stalin y Franco, sagrados defensores de un orden, cualquiera que este sea.