jueves, 16 de marzo de 2017

Elogio de Á. M.

Quiero agradecerle, Á. M., su inestimable progreso hacia la nada (esto es, hacia sí mismo). Eso de escribir y escribir sin nada más que una sola idea (es un decir), sin cambiar nunca nada y aburriendo a todo bicho viviente tiene un mérito mayúsculo. Yo creía que era imposible juntar letras sin las herramientas del conocimiento, que son la ignorancia y la duda, hasta que hete aquí, de repente, alguien que lo sabe todo y que no duda de nada (es decir, que no duda de sí mismo). O sea, una piedra perfecta, como la de Pedro, absolutamente sin poros, pero que no funda nada, cerrada y hermética, estéril como el denario enterrado de la parábola bíblica que no rendía interés, sin empatía, hablando solo y de sí mismo, ignorando los argumentos de los demás y llamando diálogo a su monólogo, aburrido tres veces, como santo es el señor, endiosado de sí, lleno de engreimiento hasta más no poder, pero siempre sin proponer ni construir nada, a remolque de lo que dicen los demás, insultón, narcisista y mosca cojonera. Lo dicho, es de agradecer alguien que hace un tan grande servicio a lo que él cree combatir, que hace un antiservicio y encima se cree vencedor. El gili típico.