jueves, 27 de abril de 2017

El perro de Rousseau

La biografía de Gavin de Beer sobre Juan Jacobo Rousseau, más o menos el abuelo de toda la izquierda europea, y padre (desnaturalizado) de conceptos tan discutidos como los de alienación y voluntad general, es muy interesante. No era hombre simpático, al menos a largo plazo; Tierno Galván decía que los jóvenes de hoy, tan maleducados como su Émile, se le parecían mucho: culos de mal asiento, indisciplinados, buscadores de lo simple, "natural" o incivilizado y ególatras a machamartillo. Jean-Jacques incluso vestía a lo rockero de entonces (como un armenio), y no tenía casa fija, como un gitano (los franceses dirían, a lo Murger, bohémien).

Pero lo que más me llamó la atención fue no ya que enviara al orfanato a los cinco hijos que tuvo de su amante costurera (Thérèse, una midinette cocotte, dirían los finos decimonónicos, que le engañaba con cualquiera, incluso con James Boswell), excusándose (cuando se descubrió el ajo) en "no tener con qué mantenerlos" y en la grima de que "los educase la familia de su mujer, pues una educación de huérfano no podía ser peor", sino que en cambio mantuviera a un perro, "Sultán", con un afecto que podía haber dispensado a algún fruto de sus entrañas.

¡Menudo perroflauta (que era músico también)! ¡Preferir la compañía de animales y vegetales (porque también le iba el campo cantidubi a este ecológico avant-la-lettre) a la de los seres humanos más "simples" y "elementales"! No me extraña que Voltaire escribiera un panfleto anónimo (1764) en que exponía la incoherencia de este inhumano e incivil, que, defendiendo que la sociedad corrompía al individuo, no ya corrompía sino que abandonaba a sus propios hijos a la inclusa, lo que en aquella época era poco más que una sentencia de muerte. Y eso que Voltaire le andaba en zaga muy poco, con los negocios que mantenía con negreros esclavistas. 

Rousseau buscaba la elementalidad, la simplicidad y la libertad de la misma manera que una planta busca la tierra, y con ello huía de la misma naturaleza humana, ambiciosa y amante de complicarse la vida. Y así, para mí Rousseau es el paradigma de ciertos izquierdistas impuros y simples, de diseño narcisista y gauche divine, que, demasiado imbuidos de ideologías abstractas que repiten como loros, pierden el más elemental respeto al ser humano y a su complejidad, hasta el punto de propalar groserías y ejercer violencias contra la vida como el aborto, aunque se enternezcan (falsamente) con la suerte desgraciada que pueda merecer un cachorrillo, un árbol, una mujer maltratada. Si les tocasen el bolsillo se vería pronto su verdadera verdad: porque negarse a mantener a un hijo matándolo es algo que se hace por mezquina tacañería y porque el capitalismo (sí, el detestado capitalismo) lo promueve a fin de no tener que alimentarlo, albergarlo y educarlo a costa del erario. Si no se quiere un hijo, siempre se puede dar a una pareja estéril y no desairar el interés de la especie, que es superior al interés individual, incluso superior a la voluntad general de que tanto habló en su Contrato social.

El ataque de Voltaire fue volviendo paranoico poco a poco a Rousseau, quien, sin embargo, tuvo el coraje de enfrentarse a todo el pensamiento anterior establecido y dar un giro copernicano a la pedagogía. Desde entonces esta se centró en la evolución natural de la inteligencia infantil y en aspectos prácticos frente a la asquerosa educación memorística, que hoy sabemos hay también que cultivar. Dedicó sus últimos años a resolver sus contradicciones y por lo menos nos dejó testimonio de este esfuerzo en sus Confesiones y en su Rousseau juzgado por Jean-Jacques; pero no llegó a superarlas. Su perro, Sultán, se le escapaba continuamente en busca de ligues collies por las calles de Londres, para agobio de su atormentado anfitrión, el genio de la filosofía David Hume, al que daba la tabarra para que se lo buscara, siempre en elusión de las responsabilidades que le granjeaba su ansiada libertad, cuando ya se había vuelto una especie de chiflado Bobby Fischer incapaz de dejar de ser sí mismo. La diferencia es que, al contrario que Fischer, Rousseau no era bueno por naturaleza.