viernes, 7 de abril de 2017

Una de romanos y otra de franquistas

Si pregunto a mis alumnos quién era Nerón, lo ignoran; lo más oyeron hablar de un perro con ese nombre o de un tirano parecido, Franco, que perseguía demócratas en vez de cristianos. Su incultura en materia religiosa corre pareja; incluso los que saben algo del Apocalipsis por su afición a las películas de terror ignoran que el Anticristo falleció hace casi dos mil años, se llamaba Domiciano y era cantado por nuestro Marcial, de Calatayud, como la Dolores.

El más cerril norteamericano sabe más Biblia que ellos, y eso que, por ejemplo, en Geografía ya no les andan en zaga (solo hay que recordar la cabalgada épica de Máximo por toda Europa hasta Emérita Augusta). La educación española está alcanzando índices no ya estadounidenses, sino incluso hispanoamericanos. Desde 2012 (no hablo de antes) el presupuesto educativo ha menguado el 40%. Imaginen ustedes cómo llegar a fin de mes si les cortan el sueldo así y encima les suben luz, agua, precios. Pues con ese presupuesto estamos educando a nuestro futuro; qué parto más malo... si lo hay: tenemos tan pocos jóvenes que va a haber que importarlos de fuera, y más incultos aún. 

En realidad, este teatro de aficionados (o Semana Santa) que va a desfilar por la ciudad donde más impuesto religioso se paga es una escenificación de nuestra guerra civil; el psicoanalista más pardillo me dará la razón enseguida: militares y curas por todos lados,  un rey atribulado, gente escondida, sangre derramada, traiciones, madres que lloran, opresión, armas, desfiles, banderas, estandartes, música marcial, tumbas abiertas... Como los zombis y Vietnam para los estadounidenses: un podrido ritual o psicodrama. Quienes estamos habituados a estudiar las metáforas sabemos reconocer también esta.

Pareciera como si la única manera de sobrevivir en esta época fuera robando, mintiendo, militando en un Pepoe con estrambote o no de Ciudadanos. Todo el mundo debería tener suficiente y no unos pocos casi todo. Y el ambiente recuerda al de cuando pagaban bancos, empresas y capital a los fascismos italiano, español y alemán para que les echaran de casa a los rositas o rojizos comprándoles chucherías militares que ellos se reembolsaban (qué pícaros, que traficantes de armas y vidas). Los bancos y los ladrones al estilo de March nunca entusiasman, por lo cual deben recurrir siempre a intermediarios para engañar; no se engañen, no: nos aman tanto que nos escriben una carta todos los meses. Es la relación más sólida y constante que tendrán en su vida: la que mantienen con su banco. Si piensan en ella estarán pensando de verdad en algo importante, y no en esas cosas que salen por el boquete de la tele o de su mujer. Si discuto con ellos, y no con señoras ni hijos, sí me lo hacen pagar, y bien.  Por eso quiero que el pueblo (no los intermediarios de los bancos) haga leyes sobre los bancos, para que se jodan e inviertan a largo plazo en cosas como, por ejemplo, la educación del pobre, algo que les ha parecido y les parece siempre mal negocio. Pero eso, en España, un país de obedientes, mansos y lameculos bien nutridos, es mucho, demasiado querer; incluso se prohíbe el humor, que es como pretender prohibir el dolor. Por ejemplo, para la anestésica TVE el dolor es algo que siempre pasa fuera. Ahora los bancos que pagan los medios están orquestando una respuesta pantuflista y convinocente contra la horda democrática y menesterrible; lo único que no se puede prohibir en España es al sagrado y romano Franco. Todavía recuerdo su testamento, precioso testimonio de un hombre piadoso, santo, de comunión diaria:

Españoles. Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio, pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales.

Qué hombre más pacífico, manso y cristiano. Parece como el general Narváez, al que pidió el confesor perdonase a sus enemigos y le dijo: "Demasiado tarde, padre: los he matado a todos". Por lo menos cien mil tiene en las cunetas criando abrojos después de la guerra de ejército, curas y demás uniformados contra civiles, demócratas y unos cuantos campesinos como los que hoy se tiran a la calle, por lo menos. Una guerra que fue y es nuestro propio Walking dead. Me enternece leer un documento tan utópico como el Testamento de Franco, viendo el poco amor que sus sucesores no tienen y siguen no teniendo por cosas como la justicia social y la cultura:

No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.

O sea, lo que no se hace ahora. ¡Arriba España! ¡Viva España!