domingo, 11 de junio de 2017

Reivindicación del conde Juan Goytisolo

La muerte vino por Juan Goytisolo en Marrakesh y ahora reposa en su cementerio civil con otro escritor descreído y amigo suyo, Jean Genet. Hemos sabido de sus últimos y difíciles días, luchando contra la pobreza, la vejez y la enfermedad solo para dejar algo con que pudieran terminar sus estudios sus ahijados. Desde unos años el suicidio de una alnada lo tenía sumido en la depresión.

Entre otros dos hermanos escritores fue el más "heterodoxo" para quienes definen la tradición cultural hispánica como "española", esto es, forjada en un nacionalismo monárquico visigótico-católico (un recaredismo, diríamos) en suma antiliberal. Algo por entero empobrecedor: nos quita a judíos, musulmanes, evangélicos, ilustrados, liberales, ateos, krausistas, republicanos, librepensadores, científicos, gallegos, vascos y catalanistas. Sobre esos recortes en todos los aspectos a que tan aficionada es la derecha nacionalista española hace años ya anoté en mi blog un texto suyo que me pareció muy preciso:

Hay tres temas tabú en la cultura española. Uno es el carácter mudéjar de su literatura en los tres primeros siglos: escribiendo en lengua romance pero inspirándose en modelos literarios árabes. El segundo, el problema de la limpieza de sangre: la literatura está embebida de la violencia entre cristianos viejos y cristianos nuevos, y esto se traduce en nuevas formas literarias en el siglo XV y el XVI. Tercero, el extrañamiento del tema erótico. Menéndez Pidal y Unamuno hablan de la cultura española como una cultura casta en contraposición al libertinaje de la francesa, pero cuando uno conoce el Cancionero de burlas,  La Lozana andaluza o La Celestina se encuentra con un rotundo desmentido a esa afirmación.

Resulta curioso que precisamente en un sucesor de ese Cancionero de burlas, el Cancionero moderno de obras alegres del siglo XIX editado por Luis de Usoz, cuyo facsímil tengo ahora en la mano, se encuentre recogido el poema de un ciudarrealeño (ciudadrealeño, si prefieren), el afrancesado Fernando Camborda, mal atribuido a Juan Nicasio Gallego, que reconozco por haberlo estudiado y editado (se imprimió en realidad en El Zurriago de otro ciudarrealeño Félix Mejía en 1821). Es este, "La mujer de piernas dobles":

Acostose un buen marido / con su adorada consorte, / y en una paz octaviana / durmió hasta la media noche. / Quiso el diablo que los gallos / se hicieran tan cantadores, / que a fuerza de sinfonías / despertaron a mi hombre: / y, por guardar la costumbre, / de allá en los tiempos de entonces, / quiso hacer un agasajo / a su bella Maritornes. / Tiende la mano con tiento, / a tocar... Yo no sé dónde, / y encuentra ¡cosa más rara! / su mujer con piernas dobles. / -"¡Señores! ¿Qué será esto?" / Exclama. "¡Qué confusiones! / Dos, cuatro, seis piernas / toco, con las mías ¡San Onofre! / Lucrecia, Lucrecia... mira, / ¿Es esto decente? ¡Oye...! / Aquí hay dos piernas sobrantes: / ¿Qué aumento es éste? Responde. " / -"Calla", dice la mujer; / "¿Qué ha de ser? Bestia, alcornoque, / maldito sea tu vino / que de esa suerte te pone." / -"¡Cómo que miento! ¡Caramba! / Cuéntalas". -"No me incomodes". / -"Pues hay seis". -"No hay más que cuatro". / "Pues yo lo digo, ¡acabóse!" / En esto el tercer galán, / amo de las piernas dobles, / incorporándose un poco / dice serio: -"Pocas voces: / que haya seis, o haya sesenta, /¿qué le importa a usted, buen hombre? / -"A mí, nada"; dijo el otro, / "caballero, usted perdone, / que yo solo lo decía / por el porfïar diforme / de mi mujer... nada más: / que usted pase buenas noches". / Así el hombre moderado / evita las ocasiones / de rüidos y alborotos / que producen desazones. / ¡Celestial moderación! / ¡Reina tú en los corazones / y así habrá tranquilidad / y paz dulce entre los hombres!

La intención de Camborda y de Mejía empero no era erótica, sino política: burlarse de los liberales moderados de entonces (el famoso y amanerado literato Francisco Martínez de la Rosa y el cobarde general José Martínez de San Martín, a los que conocían personalmente). Por cierto que Galdós llegó incluso a pensar en Mejía como protagonista de uno de sus Episodios nacionales, no solo como personaje episódico de dos, como cuenta en la biografía del escritor canario Pedro Ortiz-Armengol... pero eso es otra historia, demasiado larga y por la que nadie (me resigno) me preguntará ya jamás.

Esos ortodoxos españoles han dado a lo largo de la historia tres frenazos fundamentales a las tres vías de salida que tenía España a la modernidad: al renacimiento, con Felipe II; a la ilustración y el liberalismo, con Fernando VII; a la regeneración, el krausismo y a la democracia, con Alfonso XIII y el franquismo. ¡Cuán malos reyes hemos padecido! Solo los rusos o los portugueses han sido peores. 

He leído poco a Juan Goytisolo comparado con otros autores de la generación del cincuenta que me han atraído más, pues siempre me ha atraído más la poesía y el ensayo que la narrativa. El habitual cainismo español lo ha odiado mucho (Alejandro Gándara se sintió ninguneado cuando ocupó su plaza de "español" en un congreso europeo y Manuel Vázquez Montalbán se reía de su mal asumida homosexualidad en sus memorias Coto vedado) porque era algo así como el escritor e intelectual español antifranquista oficial en Europa, el niño mimado de Gallimard, donde trabajaba su por un tiempo mujer. Era "ese" a quien preferían siempre en el extranjero cuando había que comentar algo sobre España, en vez de a otras preteridas figuras literarias más empolladas por las instituciones semiculturales del régimen pepsoidal. Era, además, filomusulmán y medio epéntico (gay, si prefieren). 

Lo que me he leído de él ha sido lo menos divulgado: sus espléndidas y ya inencontrables ediciones de la Life of the Rev. Joseph Blanco White, autobiografía del famoso "heterodoxo" José María Blanco White, renegado de dos religiones, la católica y la anglicana, y que terminó siendo unitario; y del Estebanillo González, última novela picaresca de la literatura española, aparte de algunos cuentos y artículos. Fue porque yo mismo intentaba editar la Autobiografía del segundo de la tríada de heterodoxos menendezpelayunos: Juan Calderón, y quería incluso enviarle un ejemplar (que no hubo manera: ya ni siquiera atendía su correo electrónico). 

Disfruté mucho con su epítome de la autobiografía de Blanco White (1974, un año antes de la excelente edición y traducción de Garnica); sin duda era un pensador, teólogo y crítico literario de primer orden, que fue pionero en publicar un folleto contra la esclavitud (Bosquejo del comercio de esclavos y reflexiones sobre este tráfico considerado moral, política y cristianamente, 1814), y defendió la independencia de las nacientes repúblicas liberales hispanoamericanas. Su autobiografía me ayudó a comprender el germen de su inquina al catolicismo; tal como explica en su texto, nunca pudo superar ni perdonar a la iglesia católica que arruinara la vida de sus dos hermanas cuando su fanática madre las internó para siempre en conventos de clausura. No llegó a descreer del todo, como hizo el manchego Juan Calderón, pero escribió que

La religión, tal como se enseña y observa en España, es causa de intensos sufrimientos para los hombres buenos y honrados y de burda depravación para los necios y duros de corazón, así como un obstáculo insuperable para el desarrollo de la inteligencia puesto que favorece abiertamente los mayores disparates pseudocientíficos y el más estúpido fanatismo y, por otra parte, fomenta la abstención y el disimulo en los ciudadanos mejores y más capacitados hasta impedir el cultivo de las más nobles virtudes públicas, como son la sinceridad y la valentía. (Cartas de España, III).

Para él el  clero católico español extinguía todo lo que había de valioso en el ser humano: "Lo mismo que hay matones del cuerpo, los hay también del alma". Afirmaba en su silva La persecución religiosa: "Los que tenéis raíces en el cielo / nunca podéis dejar en paz el suelo" y en su soneto "La revelación interna" sostuvo que no esperásemos "cielo para un alma impura, ni para el pensar libre fuego eterno". Como crítico literario fue el primero en apercibir la modernidad de don Juan Manuel y La Celestina y en notar él gran defecto del dialecto poético neoclásico de entonces, la peste del epíteto. No voy a mencionar sus indiscutibles méritos como poeta en inglés.

En cuanto a la edición del Estebanillo, Goytisolo asombra por su erudición. Ciertamente se había empapado en los EE. UU. de la escuela que allí había dejado otro emigrado a la fuerza: Américo Castro, encabezada por Stephen Gilman y compañeros mártires; su edición se mantiene como aprovechable incluso hoy, cuando tantas vueltas se han dado ya al texto. Uno piensa en Juan Goytisolo como en Abenámar:

Abenámar, Abenámar / moro de la morería / el día que tú naciste / grandes señales había: / estaba la mar en calma / la luna estaba crecida / moro que en tal signo nace / no debe decir mentira.

Porque Juan Goytisolo no dijo una mentira en su vida, es verdad, aunque se contradijese a veces (¿quién no?) Le gustaba Marruecos, como a Paul Bowles, uno de esos británicos resentidos que acaban odiando a su país más que a otra cosa (otro sería Robert Graves, en su magnífico Adiós a todo eso), como si fueran Goytisolos, como si fueran españoles. Bowles lo cuenta también en su autobiografía Sin parar; en el caso de Graves la causa tuvo que ver más bien con sus recuerdos de las trincheras del primer conflicto bélico mundial; fue también una elección estética. Respecto al otro, Bowles, ya poco me acuerdo; sus memorias andan por ahí en algún perdido estante; si recuerdo algo sus viajes con el compositor Aarón Copland, su visita al famoso compositor mejicano Silvestre Revueltas, su amor por Jane sobre un lecho de pétalos de rosa, su estúpido padre dentista que le hacía masticar cada bocado cuarenta y siete veces... Tiene gracia lo que uno llega a guardar en la memoria, tal vez porque algunos ingleses disfrutan contando chorradas, aunque al menos otros emigrados de Albión como Richard Francis Burton y Gerald Brenan te hacen pensar.

Quiero, sin embargo, hablar aquí de dos obras concretas de Goytisolo, a quien católicos como el exorcista padre Fortea ya están poniendo a parir muy piadosamente nada más fallecer, como suelen hacer con los que no son de su credo. Pero no me extrañan esos rasgos de "amor a los enemigos"; todavía recuerdo ese negrísimo (por su color de sotana) libro del canónigo Francisco del Campo Real, Mártires de Ciudad Real, publicado en 2007 "con la colaboración del Ayuntamiento de Ciudad Real", donde solo se habla de sus propios mártires y se niega el pan y la sal a los demás, muchos de ellos tan cristianos como ellos, sin duda porque los cree de mejor calidad, aunque fueran los de su cuerda los que provocaron la muerte de unos y de otros. ¿Cómo pudo el Ayuntamiento inclinarse por tal sectarismo mientras andaban por las cunetas las otras víctimas de la derecha? ¡Qué hipocresía! ¿Tengo que recordar todavía a personajillos como el canónigo magistral de Ciudad Real Mugueta y su panfleto genocida y fascista Ellos y nosotros (1938)? ¿La represión y los asesinatos después de la guerra? ¿La represión de las iglesias protestantes manchegas, a las que pertenecían, sin ir más lejos, escritores y compositores como Francisco Nieva y su hermano Ignacio Nieva, este último pastor de una iglesia evangélica?  

Pero vuelvo a mi tema. En Señas de identidad (México -la censura impedía imprimirla en España-, 1966) aparece citada la sangrienta represión fascista en un manchego lugar de Albacete, Yeste, donde se reprime sangrientamente una manifestación de campesinos y se fusila al padre del fotógrafo protagonista. En un artículo de 1981 contó el hecho real que había inspirado esa alusión. Allí reconstruye una

Matanza de campesinos por las fuerzas del orden enviadas por el cacique. La boca de la atarjea donde se refugiaron los heridos y en la que fueron rematados sin piedad cuando intentaban arrastrarse hacia los olivares. La cuesta escarpada desde la que los guardias dispararon sobre la multitud. Ninguna cruz, ninguna lápida rememora a los dieciocho españoles que perdieron la vida entre los, pinos, arbustos y zarzas, en aquel escenario agreste y soberbio. Cielo, oraciones, gloria póstuma siguen siendo patrimonio exclusivo de aquellos a quienes la fortuna sonrió desde su nacimiento. Nuestra sociedad prolonga a la vida futura su inconmovible voluntad de estratificación.


Por último, en su En los reinos de Taifa (1986) Goytisolo insiste en expresar una idea esencial constante que ha negado (con trágicas consecuencias) la ilusa derecha a lo largo de nuestra historia: España no es una nación, sino un estado. Somos una nación invertebrada, como quería Ortega y Gasset. Nuestra idea de la patria no es la de una patria grande, sino una patria chica, meramente aldeana, cantonal, anarquista (Gerald Brenan decía lo mismo en su El laberinto español, 1943). Por eso los intentos cohesivos de nuestras colonias (la Gran Colombia, las Provincias unidas de Centroamérica, la Hispanidad) han fracasado en América, como fracasan nuestras taifas autonómicas. Los anglosajones se unen para formar una unión más perfecta, nosotros no: nos disgregamos en inútiles discordias civiles motivadas por la intolerancia galdosiana y el cainismo unamuniano, que son una y la misma cosa. La derecha, con su idea de imponer siempre una jerarquía (militar-monárquica, religioso-católica) ha causado siempre la división y el empobrecimiento material, cultural y científico de España, un estado de muy diversas nacionalidades que solo mediante una república federal o cantonal puede encontrar su forma política de gobierno real, no mediante las ridículas y corruptas taifas autonómicas.