viernes, 23 de junio de 2017

Vicente Hondarza, el misionero manchego asesinado


El misionero de Fernán Caballero Vicente Hondarza Gómez optó por los pobres y pagó un alto precio por ello al ser torturado y asesinado en Perú en 1983.

Mucho tiempo hace: me enteré de ello ayer mismo, leyendo Sur y Sal, el boletín misionero mensual que imprime la iglesia católica de Ciudad Real (ya va por los sesenta números). Soy católico, aunque asaz poco practicante y algo oveja perdida (no estoy de acuerdo con todo lo que piensa y hace una parte todavía muy sustancial de la iglesia) y había ido a la misa de difuntos de un pariente; esta publicación me sorprendió: incluso traía un elegante soneto final de Pedro Casaldáliga, uno de los líderes más conocidos de la teología de la liberación, esa que afirma que la maldad puede ser estructural y adoptar formas institucionales económico-políticas. 

Otros artículos revelaban el trabajo sin duda difícil pero meritorio y gratificante de la iglesia misionera manchega en zonas de todo el mundo, más deprimidas que las nuestras. Si uno no leyera cosas tan humildes y dispares como esta no se enteraría algunas veces, como ahora, de que existen auténticos héroes, gente buena y admirable, coterránea nuestra, que mejora la situación de quienes han padecido una suerte peor que la nuestra. Y estos héroes son precisamente aquellos que no tienen otra orientación política que impedir que la gente sufra, pierda su dignidad y muera. Por eso quiero romper el silencio para que su ejemplo cunda, hoy que tanto se silencian conductas que no son groseras, vociferantes, hipócritas o meramente económicas.

De humildes orígenes (era hijo de un cartero rural y su madre murió en el parto), Vicente nació un 15 de octubre de 1935 en una familia numerosa y muy cristiana, que cuenta con varias monjas y otro misionero hermano suyo. Lo crio su abuela y a trancas y barrancas (y con un subsidio de la Diputación, al parecer) y aprendió ebanistería. Estudió humanidades y filosofía en el impresionante seminario diocesano de Ciudad Real, uno de los edificios más bonitos de esta ciudad, antes villa, y también estuvo en Burgos preparándose para ser misionero; el 21 de Julio de 1967 es ordenado sacerdote. A finales de este mismo año viajó a Colombia, donde trabajó con el grupo de sacerdotes del IEME hasta febrero de 1973. Se adhirió a los principios emanados del documento de Puebla y de la II Conferencia de Medellín (1968), fundamentales para la teología de la liberación de ese país; allí fundó un «Colegio Cooperativo Agrario» que hoy lleva su nombre, y el 18 de Octubre de 1974 llegó a Perú, para trabajar en la diócesis de Huacho-Cosica, al norte de Lima, siendo nombrado párroco de Chancay.

Vicente consagró su vida sacerdotal misionera a servir a jóvenes, campesinos y marginados de la ciudad y pueblos del valle de Chancay y su sierra cercana, más allá de Huaral, donde quería establecer un Centro de Capacitación y Formación para toda la región, pues su principal tarea fue enseñar. Ya había elegido Acos como lugar idóneo. Y para trabajar en ese proyecto subió la víspera de su muerte (14 de junio de 1983) camino de Lampián para celebrar una festividad y reunirse con los campesinos. Y, como he dicho, fue torturado y asesinado por desconocidos, y el cónsul de España pidió una investigación.

La derecha del lugar lo catalogó como "agitador" y de estar instigando a los campesinos de Huari para que invadan terrenos de Lumbra; eso firmó su sentencia de muerte. El martirio tuvo lugar entrada la noche y secretamente, a las afueras del pueblo, sin derecho a defenderse, por un escuadrón de la muerte unas horas después de haber celebrado la eucaristía en la fiesta patronal de San Antonio en Lampián. Tras la tortura, le volaron la cabeza. Hubo obstrucción a la justicia y se impidió realizar una investigación adecuada, por lo que a día de hoy se ignoran quienes fueron los asesinos, aunque se sospecha de caciques terratenientes como instigadores del crimen. 

Una modesta investigación mía por Internet refleja que "pasó haciendo el bien"  (Hechos, X, 38), y así la gente sencilla que lo conoció se deshace en elogios y cálidos testimonios sobre su figura, de los que solo entresaco este:

No era un sacerdote que predicaba la palabra de Dios a su manera, sino que Vicente predicaba como lo hacía Jesús, siguiendo el camino de Jesús. No tenía ambiciones personales, casi descuidaba su persona por los demás. Vicente ayudó mucho a los pueblos jóvenes en cuanto a su organización, dándoles facilidades; coordinaba con otros organismos que podían ayudar. Lo que más me llamaba la atención es que se confundía con la gente del barrio, campesinos, obreros, niños, madres de familia y jóvenes para ayudar. Formó el centro de Madres del pueblo joven Juan Velasco, el grupo de Juventud Estudiantil Católica, el de Derechos Humanos y otros más. Los amigos le decíamos: Vicente no pongas el dedo en la llaga. Vicente nos contestaba: “lo seguiré poniendo hasta que salga pus, siempre que sea para defender a mis hermanos pobres”. A pesar de las calumnias seguía adelante.

El grupo del IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras) de la diócesis de Huacho-Chosica editó un cedé con el título Tras sus huellas donde se recuerda su trabajo y testimonio en el seguimiento de Jesucristo. Nuestras bibliotecas harían bien en conseguir algún ejemplar: se conserva el recuerdo de mucha gente que no lo merece,  y esta es un motivo de orgullo y ejemplo para todos. ¿Quién no se enorgullecería de quien decía cosas como estas: "Para que cambie la sociedad tiene que haber buenos maestros, buenos abogados y buenos sacerdotes"? Incluso creó un Comité Parroquial de Solidaridad y Derechos Humanos con el nombre, que a alguno sonará por ser el del barrio más desfavorecido de Ciudad Real, de San Martín de Porres.

Sus asesinos no se salieron con la suya: hoy al menos dos colegios llevan su nombre (por cierto que uno privado y con mejores instalaciones tecnológicas que las de mi instituto, ejem) y se le recuerda en Perú con agradecimiento y admiración (ved el vídeo inicial).