miércoles, 5 de julio de 2017

El Evangelio según los cínicos

Hace unos días el padre Fortea escribía un par de cosas que me han hecho pensar.

En España, Enric Marto, al que le gustaba pasearse por los medios, se hizo pasar por prisionero en el campo de concentración de Mathausen. Se tardó 30 años en descubrir la falsedad. Enric Marco acabó reconociendo con toda frialdad y sin ningún arrepentimiento que fingió ser preso de los nazis para difundir mejor el sufrimiento de las víctimas.

Tania Head se hizo pasar por una víctima del 11 de septiembre, contando en todos los medios de comunicación cómo, arrastrándose entre el caos y los destrozos de la planta 78 de una de las torres, se salvó. "No he hecho nada ilegal", dijo cuando fue descubierta.


Hasta aquí lo que dijo el padre Fortea; claro que no es ilegal; solo es moderno.  Los políticos modernos suelen ser así: se benefician del dolor de los demás, pero realmente no lo comparten. Son como Gadafis o Sadames en tono menor. Viven del dolor de los demás o lo representan, pero no lo solucionan, ya que nunca lo han compartido realmente. Son los piojos simbióticos del dolor.

Es la forma moderna del cinismo greco-judaico que estatuyó Maquiavelo y que tanto daño ha hecho no solo en la moral europea, sino en su idea de la política, como ha explicado Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica. Tal como lo interpreta Isabel Gamero, la que Sloterdijk llama "falsa conciencia ilustrada" europea adopta una forma de actuación tal que, aun sabiendo que los ideales que extendía (razón, progreso, verdad, diálogo) no son (ni han sido nunca) posibles, "los intenta mantener en el orden establecido, produciendo un tipo de personas que, aunque públicamente no cuestionen dichos ideales, viven al margen de ellos y con completa libertad y superioridad en lo que Sloterdijk denomina cinismo".

Hay una frase moderna que lo describe: "Usted diga lo que quiera, que yo haré lo que me dé la gana". Las palabras, las leyes, el sufrimiento no importan: solo el poder y sus sucedáneos (dinero, cargos, fama). Véase España.

Y luego está la intolerancia de Galdós, la envidia de Unamuno, este tremendo y anárquico individualismo español incapaz de trabajar en común. Iberia... venenorum ferax, "España, fértil en venenos" dice Horacio en su quinta oda. ¿A que tiene razón? Horacio pinta a una espantosa bruja, Canidia, antecedente de la Celestina en cuanto que prepara filtros de amor; pero Ericto, la famosa nigromante que describe alguien que sí es hispano, Lucano, es aún más terrible. España: hervidero de venenos.