jueves, 28 de septiembre de 2017

Utopías posibles e imposibles

Las ideas suelen enredarse entre sí imposibilitando su consecución. Sobre todo si hay pegamentos de pasión que las lían como el nacionalismo. Pero la realidad es compleja y requiere muchas soluciones distintas y sucesivas, no una sola y en un solo momento para muchos problemas distintos; es preciso desenredar la madeja con un proceso escalonado de consecución y mucha democracia por medio, sin saltos ni simplificaciones.

Los catalanes, por ejemplo, piensan que una república catalana (dos cosas que no tienen por qué estar unidas, sobre todo porque la segunda ya existe) es posible y les liberará...¿de qué? ¿De pagar lo que deben? ¿De tener que declarar lo de Suiza? ¿De los pegadizos genes charnego-africanos? ¿Del genocida Franco que siguen defendiendo los del PP para darles munición? 

Desvinculemos república y nacionalismo: lo primero es condición previa de lo que va después y es para todos; lo otro vendrá después... si quiere venir, porque eso de ser catalán no es algo que te tengan que dar si ya lo eres. El problema sería entonces muy otro y se contemplaría de otra manera sin herir a nadie. Porque el problema de España es que tiene una Constitución que no es legítima y que no ha sido cambiada desde que la hicieron aprobar los fascistas. Por eso ahora muchos se han valido de la república para vender otra cosa.

Pues no, ya veis, son cosas distintas. Después de la primera, por ejemplo, se podría contemplar un estado federal o asimétrico. No debe resolverse todo saltándose procedimientos y problemas previos y negando la existencia de los otros. Sobre todo cuando los otros hablan también una lengua tan tuya como la otra. Los castellanos hemos aprendido que el nacionalismo excluyente es un mal. Los catalanes (si es que lo son y no una imaginativa invención del reino de Aragón), que han desarrollado (o inventado) el suyo a costa de luchar contra el español, se darán cuenta también. Aunque, claro está, PP y PSOE no han sido nunca castellanos, todo lo más predemócratas (o postfascistas). Llevan cuarenta años rascándose la panza y dejando que les crezca el enano nacionalista: el vago Rajoy, con su flauta de un agujero solo, viene tocando la misma canción desde el comienzo de su cagadazgo mientras el de Hamelin Puigdemont se lleva su credibilidad de cabeza al abismo. Y todo esto le ocurre por no haber haber creado una constitución de llegada como la otra fue de salida, por haberse quedado, gallego al fin, a mitad de la escalera.

Las utopías suelen ser así: piden todo lo disímil junto y al mismo tiempo; por eso son utopías y no pueden existir. Lo único que consiguen son campos de concentración tan grandes como países y aproximaciones que empobrecen la vida de la mayoría en un lager ceniciento, sirviendo solo para enriquecer a minorías dirigentes increíblemente corruptas que expatrían sus capitales con ayuda de bancos ladrones, mientras la ciencia, la cultura y la salud languidecen. Los atenienses hacían bien asegurando con su isonomía (algo que las leyes españolas siempre han despreciado o malentendido a través de la práctica común de la epiqueya) que la mayoría de los cargos de su democracia fuesen colectivos u otorgados por sorteo. Incluso se aseguraron de que hubiera ostracismo, un útil procedimiento para mandar a tomar por culo al que más gastaba en publicidad. ¡Y aún así todavía tuvieron que lidiar con demagogos y gilipollas a lo Trump! ¿Con qué tendremos que lidiar nosotros que cargamos con una constitución predemocrática y postfascista, armada de diez mil aforados mangantes, de un senado inútil y oneroso que impide toda reforma y de cien mil políticos autonómicos de nomenclatura corrupta, todos ansiosos de llamar demócrata a la carta otorgada sive Constitución que garantiza su existencia?

El remedio para todo esto no es un nacionalismo más, sino una constitución camelo menos: más democracia. Una constitución republicana y procedimientos efectivos para controlar la deriva autoritaria de tanto político mangante y trilero infiltrado como el último que hemos visto, un tal Molina que esconde sesenta mil del ala y solo se acuerda cuando se lo recuerdan. Es la prueba del algodón: si se sube el sueldo, es un corrupto. No dirán que no se lo he dicho cuando ya muchos otros y menos tontos que el que suscribe se han cansado de decirlo: en el PSOE, por ejemplo, hay un sector propepero y mentiroso acaudillado por Page, y en el PP una colección de chorizo rancio de antología. Un solo dato para que escueza: la comunidad autónoma donde más se ha recortado en educación en toda España de 2010 a 2014 es Castilla la Mancha (-31,13%); le sigue la nefanda Cataluña (-21,82%) y Murcia (-19,31%). Y eso que datos más actualizados que me han dado afirman que las cosas han ido a peor: el 40% ya en Castilla-La Mancha.

¿Y qué es posible hacer? ¿Es tan difícil ser decente, pagar las cuentas, ahorrar en lo que se puede, resolver los problemas que pueden resolverse, anticipar los que van a venir, evitar la corrupción, vigilar que no se robe, fomentar lo útil? Yo creo que no. Llamadme idealista, si queréis. Pero no me llaméis cínico: de esos ya hay demasiados. Es más, habría que expulsarlos de todas las instituciones políticas.

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