domingo, 22 de octubre de 2017

De las soluciones a la soledad

Nunca aprendemos que no hay solución; yo no lo he aprendido. Todavía intento tapar los agujeros de mi barco como puedo, aunque no ignoro que por cada uno que logre quitar se abrirán dos más. Hay, en todo caso, "soluciones", paliativos que no logran ser lo que en abstracto llamamos La Solución; solución con una cara perfectamente desconocida y que nunca hemos visto, pero que sin embargo insistimos en atisbar para que todo marche un poco mejor que mal. 

He ido a buscar en mi librería una novela del nobel Saroyan donde leí algo que me pareció tan cruel como verdadero, Un tal Rock Wagram (1951). Calcada de la vida, como todas las suyas. Y leo:

Toda la vida el hombre lucha contra la muerte y al fin pierde la pelea, habiendo sabido siempre que la perdería. La soledad es el tributo y el fracaso de todo hombre. 

El hombre que intenta escapar de la soledad es un lunático.  El hombre que no sabe que todo es fracaso, es un estúpido.  El hombre que no se ríe de todas estas cosas es un pelmazo.

Pero el lunático es un buen hombre y también el estúpido y el pelmazo, y cada uno de ellos lo sabe. Todo hombre es inocente y, en última instancia, un lunático solitario, un estúpido solitario o un pelmazo solitario.

La vida tenía para William Saroyan un sentido humilde, pero lo tenía. Sin embargo, cuando te quitan la mitad de ti mismo, lo que más quieres, el amor de tu vida, te quedas en la tierra lunático, estúpido y pelmazo pero sobre todo, más que nada y para siempre, solo.

Hasta que te das cuenta de que ese dolor, la soledad, es solo la parte rota con que tu fragmento se une a los de toda la humanidad que sufre. Porque solo somos eso, fragmentos rotos de un todo que sí tiene verdadero sentido aunque algunos no lo vean por su desenfocado punto de vista. Y ahogarse en ese mar es dulce.

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