sábado, 28 de julio de 2018

Títulos que no titulan

Sánchez pretende derogar los títulos nobiliarios otorgados por la nada graciosa dictadura del militar gallego. Si empezase por el de rey de España... Franco fue regente (o caudillo, duce o führer, que es lo que más le iba) por la gracia no precisamente de Dios, sino de la derecha que usurpó su lugar bajo el palio. Que era incomparablemente más absoluta (Dios no tiene ideología, aunque se la pongan los de siempre). 

Y es que en España se dan, por la fuerza o por el engaño, muchos títulos falsos o mágicamente convalidados, costumbre nacida del franquismo y de la secular y regular manía de los estatutos de limpieza de sangre y las cartas de recomendación. Llámenlo "picaresca", aunque el título verdadero sería injusticia (las palabras están inventadas para engañar, y son más definitivas que definitorias: "renombran" o "recalifican", esto último ya se ve lo que mancha). Así incluso ha sido norma hasta hace muy poco dar cátedras universitarias a dedazo más o menos camuflado, por no hablar de los puestos en las listas, que en nuestro país son cerradas, of course. El sistema se garantiza con una ley de impunidad que permite el aforamiento de cualquier poder corrupto y unos baremos de la edad de piedra que sin embargo son flexibles como el aceite cuando se trata de aprovechar al amiguete. O como el dinero: véase al tripitidor de 2.º de ESO y milagroso universitario Froilancete.

Los títulos falsos se los dan muchos a sí mismos; es un "quijotismo gótico", como decía el periodista manchego Félix Mejía, que ya ladraba contra estas cosas en el siglo XIX (el sufijo -ismo tenía a principio de ese siglo cierto valor despectivo: era de origen médico y se ponía a muchas enfermedades). Se les sube la Edad Media a la cabeza. Son los que entonces llamaban ordenancistas, cuyo sector más gilipuertas forma la mayor parte de la milicia, de la iglesia, de la política y de la opinión. Se les reconoce porque te dan al principio la razón y luego te sueltan el sermón que llevan aprendido desde cualquiera de los laboratorios de Pávlov que llaman cuartelillos o seminarios religiosos o académicos, no menos distintos que los de los pelmazos marxistas; lo peor son, sin embargo, las marañas legales que dejan para llevarse todo lo que no esté atornillado al suelo. En América, por lo menos, tenemos alguna Banania que ya ha suprimido de su carcasa social la institución militar, como Panamá; este país sigue igual de corrupto, pero al menos ya no padece de dolores militares y ha ganado estabilidad. Sin embargo, a su vecina Nicaragua le da igual: ahora mismo se están peleando como siempre militares y eclesiásticos, a cuál peor, como viene ocurriendo allí y en otras partes que no han dejado de ampararse en instituciones de origen medieval. Nunca han conseguido nuestros hermanos de América separarse los poderes. Tampoco es que les diéramos mucho ejemplo: lo contrario. ¿No están acusando ahora al rey emérito y a parte de su familia de robar al país? Y la iglesia inmatricula, que es más o menos lo mismo. Ni ella ni los sindicatos pagan IBI. Si leyéramos historia veríamos que la choricidad es bastante común entre nuestros reyes, nobles y eclesiásticos. Por no hablar de la corrupción, ya que no les bastan las leyes para robar y desequilibrar la balanza de la igualdad.

Algunos corruptos han destapado por interés (que no por otra cosa) que el Emérito oculta bienes a Hacienda o pide comisiones por hacer su trabajo. Si es así, el rey emérito debería hacer lo mismo que su antepasado Fernando VI: comerse su propia mierda. Pero al parecer eso no está permitido constitucionalmente: es inviolable jurídicamente y no puede ser juzgado, aunque el mismísimo Cristo lo fuera. Los reyes de España son de superior jerarquía. Su mundo no es de este reino. ¿Quién le dio el título de rey al Rey sino la fuerza y el derecho que se ha hecho a la fuerza?

En Irlanda se ha visto cómo procedimientos democráticos por sorteo y menos viciados como la Citizens’ Assembly son capaces de llegar a acuerdos y reformas políticas profundas a las cuales los sistemas partitocráticos jamás pueden llegar. La solución de diversos problemas o incluso la derogación de instituciones inerciales y momificadas como la monarquía, de origen más militar que político en España, que resultan imposibles con los procedimientos partitocráticos establecidos por los ordenancistas, podría así desatascarse. Pero nunca hemos tenido imaginación. Y ni siquiera de lo que dice la seguidilla:

Para no hacer las cosas
siempre hay razones;
y para hacerlas
solo cojones.

Si la corrupta desamortización de 1836 (que hicieron unos falsos progresistas) consolidó el desigual reparto de la riqueza en España y provocó cien años después una cuarta guerra carlista gracias a haber propiciado una delgada clase media que impidió el choque entre la alta y la baja, ahora que vuelve a adelgazar (mérito exclusivo de la bancarización de la política y de la venta de soberanía a Alemania) estaría bien ordeñar un poco a la clase alta (que lo es no tanto por meritocracia como por las altas masas de dinero, acumuladas con preseas franquistas por la fachocracia) de sus numerosos privilegios para redistribuir impositivamente el dinero y ofrecer a la mayoría (con algo menos de suerte y bastante más "deberes", incluso monetarios, que derechos) algo más de educación, sanidad y seguridad. Que es lo que no ha conseguido la Constitución de 1978 (hecha por unos falsos demócratas). ¡Cuánta falsedad, Dios mío!

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