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viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista a Álvaro Pombo

 Álvaro Pombo: “Me agobia la malicia. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al chisme del año”, en El País, Luis Bravo, 1 MAY 2026:

A sus 86 años, este gran escritor y estupendo conversador sigue escribiendo, y conversando, a velocidad de crucero

Ha ganado prácticamente todos los premios importantes de las letras castellanas. Desde el Herralde de Novela hasta el desaparecido Fastenrath, pasando por el Planeta, el Nadal, o los más institucionales, como son el de la Crítica, el Nacional y, en 2024, el Cervantes. Aun así, Álvaro Pombo (Santander, 86 años) no parece haberse amilanado con el éxito, entre los lectores y la crítica. El ánimo y el buen humor tampoco han desaparecido. Una de las palabras que más dice en la conversación que mantuvimos es “divertido”. Es preciso tener un carácter desenfadado y constante para mantener una carrera literaria que recorre cinco décadas entre novelas, sobre todo, pero también libros de poemas, ensayos y relatos.

De estos últimos, admite que son un género “difícil”, pero la publicación de sus Cuentos autobiográficos. Volumen I (Anagrama), en noviembre de 2025, abrió una nueva veta que explorar en su narrativa. Anuncia que los dos siguientes tomos están en camino. A su ayudante, Mario Crespo, escritor y compañero académico en la RAE, le debemos la inminente aparición de una biografía sobre Pombo y la mediación para esta entrevista en el piso del madrileño barrio de Argüelles, rodeado de libros, flores y fotografías. Un gato naranja, Michi, se tumba en su cama. “Está un poco mayor, pero nos cuidamos el uno al otro”, dice el escritor. La grabadora empieza a correr y el señor Pombo, acomodado en su cheslón, como al inicio de cualquier historia, fuma, y sonríe.

Llegados a su edad, ¿quién va ganando el combate? ¿El escepticismo o la ilusión? 

El escepticismo, sobre todo el político. Quiero decir: yo no soy escéptico, soy de natural una persona entusiasta, pero la gente está un poco cansada, todos lo estamos. Lo de la ilusión, bueno. He seguido escribiendo, dándome igual el tipo de gobierno que tuviéramos. Para escribir se necesita una dosis enorme de energía. Por eso, si uno mira fuera y observa, la situación política te deja, más bien, desanimado. No es que sea mala, no nos está pasando nada, pero tenemos un panorama en el que se critica a Pedro Sánchez. Es melancólico tener que estar haciéndolo. Tendríamos que estar aplaudiendo. Y no es así. Se aplaude más a José María Aznar, siendo como era...

Dice, parafraseando a Henri-Frédéric Amiel, que los cuentos, como los paisajes, deben ser estados de ánimo. ¿Eso le facilitó la escritura de este libro? ¿Prefería la brevedad y su ligereza antes que unas memorias al uso? 

Es una frase que leí en su diario, divertidísimo, y que me pareció una idea espléndida. Concretamente, lo de que fuera el paisaje lo mismo que un estado de ánimo no es verdad. Lo que es cierto es que lo que vemos, lo configuramos como paisaje, pues este es siempre una construcción. Estos que yo tengo sobre el mar, sobre Santander, son todo construcciones. A su modo, son estados de ánimo porque los dotamos de ellos. Para mí es muy importante mostrarlos con sus lluvias, su buen tiempo... El cuento es un género difícil. He escrito más novelas, pero también más cuentos de lo que parece. De punta de lanza, pondría a Jorge Luis Borges como gran escritor de cuentos, claro, o algunos americanos, como John Steinbeck. Españoles también, como Azorín o Bécquer, importantísimo, de quien te lees hoy día una de sus Leyendas, la de El monte de las ánimas, y te parece totalmente actual, un cuento de terror moderno. A lo de la brevedad y la ligereza, le respondo con el epigrama de Juan de Iriarte: “A la abeja semejante,/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser:/ pequeño, dulce y punzante”. Yo no lo aplico [risas]. Unos cuentos me salen mejores que otros. Borges los clavaba. Le salían como sonetos. Uno puede escribir diez folios o tres, y mejor que sean tres. El cuento ha de ser impactante, sin discursos de por medio.

¿Un escritor termina desapareciendo para poder ser identificado con aquellos lugares y personajes que ha descrito? Lo pregunto por el protagonismo de su ciudad natal, Santander, y las casas familiares de allí y de La Dehesilla, en Castilla y León. 

El escritor tiene que hacerse a un lado. Un poco. Me parece bien que suceda así. Va siendo mejor esa situación según vas envejeciendo. El yo es una complicación en la escritura. Es la idea que tenían los grandes escritores. El objetivismo de T. S. Eliot, que para mí ha sido una gran referencia, consistía en contar “como está ahí”, y el subjetivismo es decir “yo lo veo”, pero tú no lo ves, lo ve el lector. En estos cuentos, las casas que se mencionan y el paisaje, que es un invento de los siglos XVIII y XIX, son básicamente mi vida, igual que esta terraza y este cielo que veo a diario.

Son el “primer latido” que lleva a escribir, como dijo Nabokov. Algo que le gustaba repetir a su amigo Javier Marías. Javier era un escritor magnífico. Lo leí mucho. Y de Nabokov, leí en su momento Lolita, que me pareció la novela de las novelas. No sé qué pensaría ahora si la releyese. No leí más de él, sólo algunos estudios y cosas. Soy poco erudito. He leído más ensayos que novelas.

Aunque ya había publicado dos libros de poemas, una novela y un libro de relatos, empezó a ser reconocido tras ganar el Premio Herralde de Novela en 1983 por El héroe de las mansardas de Mansard (Anagrama). ¿Sigue pensando que a un escritor le conviene un florecer tardío? Y los premios, ¿se han devaluado al aparecer tantos en tan pocas décadas? 

Publiqué en 1973 los poemas de Protocolos, sí, y con eso me mantuve en Inglaterra hasta que saqué los Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, título que escandalizó a todo el mundo. A Carlos Barral, por ejemplo, que era el editor de moda en aquel tiempo. Lo del Herralde en el 83 fue como si me tocara el Gordo, siendo el primero en llevármelo y la novela el primer título de la colección Narrativas Hispánicas. Además, desde esta mañana, ¡soy Mondonguero de Honor! [enseña el broche de un escudo dorado sobre su jersey], que me lo han traído el alcalde y dos representantes de Villada, Palencia [lugar de origen de su tatarabuelo, Juan Pombo Conejo], y lo he puesto enseguida en mi pecho. Sí que pienso, y estoy seguro, que un escritor debe empezar tarde. En mi caso, tuvieron mucha influencia don Juan Benet y Rosa Regàs. Es mejor esa tardanza porque así te lo tienes menos creído. Es un defecto si sucede cuando uno es joven. Tiendo a reducir los elogios a la juventud en ese aspecto. Piensas que te vas a comer el mundo. Hago un elogio de la vejez con esto, pero sin pasarme, que también podemos ser unos pelmas [risas]. En cuanto a los premios, cito siempre a Camilo José Cela: “Yo quiero todos los premios, el Nobel y el de poesía de Riofrío”, todos. Tenía razón. Los premios son un encanto. Y él los tuvo. Como era un intrigante… Tanto como divertido, sí. Umbral decía de él que tenía cara de caballo inteligente.

Menudo plantel de primeras espadas. Umbral era mejor. Tengo muy buen recuerdo de él, conmigo siempre fue encantador. Pero tenían, don Camilo y él, una mala leche de aquí te espero. Eran tal para cual, pero Umbral era más variado. Tenga en cuenta que escribía todos los días un artículo, y le salían muy divertidos.

¿En prensa no ha querido prodigarse? ¿Le era más costoso? He publicado muchas cosas en EL PAÍS y en El Mundo. Tenía un faldón en El Mundo, y ahora tengo una especie de capilla gótica en el ABC que se llama Los placeres de Pombo. A mí escribir en prensa me ha encantado, nos chifla a los escritores, pero es verdad que ahí somos unos intrusos.

También da de comer, es un pequeño sueldo, al menos. Claro, y nos da algo que no pasa cuando escribes novelas, que es la gloria diaria. Publicar en un periódico es como un fogonazo. Sobre todo, el periodismo es divertido. Naturalmente, no el que se haga durante ocho o diez horas en una oficina, pero sí el que vale por la inmediatez de la respuesta.

Su editor, Jorge Herralde, dijo de Luis Antonio de Villena y de usted que debían hacer más presentaciones juntos, ya que eran muy “numereros”, como apuntó Villena. ¿Echa de menos la exposición mediática de esos años? ¿Se siente más a gusto con la perfección alcanzada de su rutina? 

¡Somos geniales! [risas] Seguimos siendo un espectáculo. Estamos un poco p’allá, más p’allá yo que él, pero seguimos llevándonos muy bien y comunicándonos de maravilla cuando nos vemos. Lo que le pasa a Villena es que es muy inteligente. La gente lo tiene como alguien muy frívolo, pero es que es muy listo. Se sabe al dedillo el mundo literario español y el de otros países. Yo soy más introvertido. Puedo estar solo aquí, en casa, y pasarme días o semanas sin ver a nadie. Villena, en cambio, es alguien muy sociable. Una buena condición. De esos años, de la exposición en la televisión, me queda lo divertido que resultaba. No creo que nos sirviera de mucho a nadie. Diría que la única persona que nos veía era la madre de Villena. Decía él: “Ha dicho mi madre que ha ido como loca corriendo para ir a vernos al programa” [risas]. La rutina es la carcoma de las cosas, dijo Baltasar Gracián, pero yo tengo justo la idea opuesta. La rutina es indispensable. Lo que es importante para la rutina es estar en la silla de ruedas o en la silla de Luis XVI y estar escribiendo, dale que te pego. La mesa de pino, como el casco en el que penetró el agua verde, que decía el poema de Charles Baudelaire. Soy partidario de la rutina porque es como una pared blanca. Se aguza el ingenio y las cualidades. Estaría perdido si no mantuviese una rutina estricta. Todos los días dictando, cinco días a la semana.

Alguien que ha mantenido en sus rutinas lectoras es Iris Murdoch. Estoy leyendo esta novela suya [levanta un ejemplar de bolsillo en inglés, Henry and Cato, de 1976], por tercera vez. Ella se sentaba a escribir sus libros, que no eran cortos, precisamente. Pero era excelente y en sus retratos de personajes. Llegué a conocerla en Madrid, también a John Bayley. Me emocionó mucho. No le puedo decir la fecha, pero fue poco antes de morirse. Su novela, El mar, el mar, que tuvo el Premio Booker, es fascinante e inagotable. Ella me lo dijo: si no hubiera ganado el Booker, se hubiera enfadado muchísimo. Lo creo a pies juntillas. Se lo merecía.

En estos Cuentos autobiográficos, llama la atención, más que otros temas pombianos presentes en títulos anteriores, su fascinación por el mundo y la formación militar que recibió. 

Fue destacable porque lo pasé muy bien en la mili. Hice los dos veranos en La Granja, lo que llamaban las milicias universitarias en aquel tiempo. La vida militar me parecía sumamente teatral, estupenda con sus “¡A sus órdenes, mi general!”, las botas altas, las espuelas, los uniformes, los desfiles. Cuando narro todo eso en el libro, parezco fascista, pero es sólo porque me divertía ese boato. Fue instructivo, con sus complicaciones cuando había que mandar tropas, despiojar los catres, mantenernos firmes en las instrucciones, tener a la compañía en perfecto estado de revista. Era enojoso y difícil. Me gusta más el recuerdo, el regusto histórico. La gallardía y el honor son cosas que yo unas veces sí, otras no [risas]. Pero me sigue gustando ese mundo. Lo que pasaba en Melilla, donde estuve destinado de alférez, es que los oficiales y los jefes se pasaban el día en el bar, aburridos, tomando chatos de vino, cosa que yo también hice. Melilla era todo un paisaje; tan duro, su mar, su población... Me emocionaba ver allí al capitán, que era un bruto de mucho cuidado, horrible y chismoso, pero con su banderín de órdenes... Soy una persona anticuada en muchos sentidos, como ve. Me gustaba ir muy puesto y me gusta la gente bien vestida. Hoy, todo eso ha cambiado y hemos tenido que adaptarnos. Tendría que haberme puesto una camisa para recibirle, pero llevo el jersey y la medalla, como manteniendo el toque militar [risas].

¿Cómo percibe los excesos que caracterizan nuestro presente? La desinformación, la polarización, la falta de profundidad periodística, el bajo nivel de lectura y comprensión lectora. 

El asunto es complicado, porque yo vivo en esta habitación, digamos. Mi única salida semanal es ir a la Academia. Entonces, cuando hablo con otras personas más jóvenes y me comentan su percepción del presente, no sé si llego a hacerme una idea global, porque mi presente no deja de ser esta habitación, la terraza, este presente continuo de la literatura. No es que me dé igual, ni mucho menos, porque entiendo las dificultades actuales de los problemas de los precios de los alimentos, la vivienda, los sueldos bajos. Es difícil ser joven ahora, sí. Supongo que a cualquier generación le ocurre. Es cíclico, cada época con sus particularidades.

Está preparando el segundo volumen de este pequeño ciclo. ¿Ha sido voluntaria la decisión de dejarse temas o recuerdos en el tintero? 

El segundo volumen ya está enviado, saldrá en mayo. Ahora estoy con el tercero, y a la vez, escribiendo una novela, El arrepentimiento. Escribir ha sido mi salvación. No me propuse dividir nada, los cuentos han salido fácilmente. Luego no han sido tan autobiográficos, pero bueno.

¿Por qué le entusiasma la tensión entre la distancia con los sentimientos y la forma de narrarlos de forma tan lírica? ¿La culpa es de Rilke: El pasado es un antepasado que parece querer semejársenos? 

Soy un hombre apasionado y afectivo, pero racional. Los sentimientos nos conducen a todos. El sentimiento trágico de la vida, tan español, tan unamuniano. Tenía razón. Don Miguel de Unamuno quiso hacer ese libro porque partía del sentimiento, no de la idea: “Voy a hacer un libro español, sobre el sentimiento de España y la madre que nos parió” [risas]. Era un hombre muy capaz de reflexión, aunque Ortega y Gasset comentaba que llegaba y ponía su yo encima de la mesa. Era un poco pesado. El ideal, para mí, es el “eliotiano” de la impersonalidad. Lo de Unamuno era “Yo. Yo sufro. Yo muero. Yo siento”. Pero sufres y sientes tú y Perico el de los palotes [risas]. Rilke es vital para mí. El retrato de los antepasados, decía, que parecen y no parecen querer semejársenos. Los que veo aquí de mi familia, de mis padres, de mis abuelos. Rilke supo captar ese baile, esa cotidianidad absolutamente poética. “Oh vieja maldición de los poetas / que se quejan cuando debieran decir/  que tan sólo opinan sobre sus sentires / en lugar de darles forma”, decía su Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth. Un poeta tiene que decir, no sentir. Rilke era un poeta feroz. “Todo ángel es terrible”. Era mejor que Alberti en eso de los ángeles.

Usted es poco amigo de los chismes, pero, ¿considera el mundo literario más agitado o más tibio que antes? ¿Le han importado o entretenido las recientes polémicas en torno a David Uclés, Arturo Pérez-Reverte o Luis García Montero? 

Soy enemigo del chisme, pero en el mundillo ocurren muchos. Luis Antonio de Villena era muy chismoso. A Javier Marías le encantaba que se los contaran. Él no los contaba, pero le encantaba oírlos, que es peor. Es más de portera, todavía [risas]. A mí me agobia la malicia, y los chismes siempre lo son. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al Chisme del Año. Tampoco estoy al tanto. No soy polemista. Sólo participé con un artículo en la de García Montero contra Santiago Muñoz Machado, que me pareció algo desquiciado. No sé qué le pasaría. No seguí la respuesta que me dio, pero quedé contento con mi artículo, punzante, injusto, como todo ese tipo de artículos. No sé. García Montero pudo pecar de envidioso. Su mujer, Almudena Grandes, era más divertida, expansiva, estupenda. Su marido es más de chinchar. Los granadinos tienen “mala follá”, aunque una ciudad preciosa.

¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza? Estar atento de sus matices, ¿infunde sabiduría o esperanza? 

Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza. En el libro Variaciones (1977) hay bastantes poemas sobre el cielo. Es uno de mis temas favoritos. El firmamento, en realidad, que es más prosaico que lírico. Para la gente que hemos vivido en el campo, el cielo era una constante. Nos hablaba de los presagios y las epifanías. Dependíamos de él.

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