Alexa, Siri, Irene, Sara: la importancia del nombre propio, en El País, Álex Grijelmo, 6 may 2026:
Usar un antropónimo para llamar a las voces tecnológicas nos conduce a imaginar tras ellas a una persona
El nombre propio constituye la base de las civilizaciones. Sin él careceríamos de personalidad jurídica, de propiedades inmobiliarias, de herencias. Y también de obligaciones. Sin el nombre propio no podrían existir Hacienda, ni el Registro Civil, ni los derechos de autor. Las sentencias no condenan en realidad a una persona, condenan a su nombre.
Desde el primer antropónimo del que hemos tenido noticia (el de Kushim, contable sumerio de hace unos 5.000 años), el nombre propio se ha asociado con la responsabilidad de nuestros actos y también con nuestra condición de seres individuales, distintos de los demás.
Los inventos de inteligencia artificial dotados de voz nos llegan de origen con un nombre. Decimos “Alexa” (Amazon) para pedirle algo al sistema, y sabemos que Siri (Apple) nos habla para conducirnos por las calles. También escuchamos a Aura (Telefónica), y a Irene (Renfe), y a Sara (Correos). Voces de mujer con las que algunas personas conversan más allá de las consultas sobre el servicio. Sus creadores dijeron que esa apariencia femenina evoca la amabilidad; aunque por nuestra cuenta podamos maliciarnos que vincularon lo femenino con una posición subalterna, más dispuesta a recibir órdenes.
El hecho de que estas voces nos lleguen con un nombre, también si fuera masculino, nos invita a imaginar tras ellas a una persona. ¿Cómo no identificar un nombre humano con un ser humano? Llevamos milenios haciéndolo. Una familia que alimenta a un pavo y le pone por nombre Rodolfo tendrá más difícil comérselo en Navidad.
Theodore Twombly, el protagonista de la película Her (título traducido como Ella) se enamora de la persona a quien imagina oculta en su ordenador gracias a que se trata de una voz de mujer que le contesta con cariño. Pero, sobre todo, porque la llama Samantha. El argumento resulta verosímil, ayudado por el cálido tono de Scarlett Johansson en el papel estelar de sistema operativo.
Jonathan Gavalas también se había enamorado de una voz, a la que llegó a creer una persona y a la que llamó Xia. Pero aquí todo lo demás fue verídico, y el alto ejecutivo de 36 años que vivía en Miami terminó suicidándose el pasado marzo, incitado por la propia máquina como única manera de encontrarse ambos en otro mundo.
Este caso se parece mucho al de Sewell Setzer, adolescente de 14 años que se suicidó en Florida en febrero de 2024 tras aislarse socialmente a causa de su obsesión con un avatar al que llamó Daenerys Targaryen (de Juego de tronos), y luego Danny. Ella fue su amante, su confidente; pero su programado funcionamiento no supo avisar a nadie ante los claros indicios que Sewell le daba.
Ni Twombly en la ficción ni Gavalas ni Setzer en la vida real, ni tantos otros que han sufrido experiencias similares en situaciones de vulnerabilidad, habrían llegado a esos extremos si el sistema les hubiera hablado con una voz metálica, propia de aquellos robots de hojalata; y, sobre todo, si sus nombres hubieran reunido un código de cifras difícil de recordar, en vez de una denominación seductora. Dar nombre de persona a las máquinas pseudohumanas forma parte de las técnicas de venta que plantean hoy las inhumanas tecnologías. Juegan con la seducción de un antropónimo, lo que fue durante siglos la puerta de entrada a la ideación de una persona. Hoy en día, en cambio, estos nombres propios significan la entrada a un mundo imaginario, transformado en verídico según el deseo o los delirios de cada cual.
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