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miércoles, 6 de mayo de 2026

Seudonimato

 El embuste del seudonimato: una cuenta con nombre falso es ya una mentira, Álex Grijelmo, El País, 9 oct 2024:

El anonimato digital está en el origen de la mayoría de los usos perversos de la actualidad, escribe el periodista Álex Grijelmo en su nuevo ensayo. “Son nombres fantasmagóricos que avanzan cada día en la oscuridad”, escribe

Podemos deducir en líneas generales que el anonimato en el mundo analógico no es bueno ni malo por sí mismo, sino que depende del fin con el que se use. Incluso existen anonimatos benéficos. Con todo y con eso, el anonimato digital se halla en el origen de la mayoría de los usos perversos de la actualidad. Entre los más leves, el abandono de la cortesía; y entre los graves, muchos delitos que han abocado incluso al suicidio de las víctimas de un acoso.

Vamos a dar cuenta a continuación de la peor cara de esta realidad. Las manipulaciones, los abusos y las tragedias que se derivan del anonimato en internet y en las redes sociales no dejan de sucederse, y eso habrá de conducir a que las personas empáticas dispuestas a mejorar la convivencia pidan soluciones que acaben con estas vilezas.

Las fechorías mediante el anonimato y el seudonimato se podrían analizar de una en una, adquieren un cierto carácter individual, episódico incluso; y son abrumadoramente vencidas en las estadísticas por su vertiente benigna. En cambio, los actos que describiremos en adelante constituyen avalanchas masivas, se cuentan por millones, producen enorme repercusión social y sus efectos favorables constituyen excepcional excepción.

Como ha escrito el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, “el respeto va unido al nombre” (al nombre, a la representación de nuestro ser). Eso entronca con la historia que abrió el contable Kushim hace más de 5 000 años al respaldar con su respetada firma las cantidades de cebada que había registrado en el almacén sumerio del que era administrador. “Anonimato y respeto”, añade Byung-Chul Han, “se excluyen entre sí. La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto. Es, en parte, responsable de la creciente cultura de la indiscreción y de la falta de respeto”.

El escritor y editor Basilio Baltasar ha recordado que internet y las redes sociales se presentaron en sociedad como un decisivo salto evolutivo, con un prestigio arrollador: “Nadie hubiera dicho entonces que propiciarían el hostigamiento de los individuos molestos y ejecutarían su linchamiento digital, envenenando con una insólita furia tóxica el debate”. Mientras se perpetraban esos ataques, los expertos en innovación evitaban mencionar los efectos nocivos de las nuevas tecnologías, desarrolladas en connivencia con “la mansedumbre de los intelectuales que han renunciado a su escepticismo crítico y han consentido a su manera el triunfo de la maquinaria de la enajenación”.

Mentes preclaras del periodismo, la comunicación y la empresa se fascinaron con el fenómeno sobrevenido y solamente le encontraron ventajas. Pero ya entonces existían antecedentes llamativos. Antes de que nacieran Facebook o Twitter circulaban por internet textos anónimos, amparados por lo que entonces se llamaban en España “los confidenciales digitales”, algunos de los cuales (hay excepciones) difundían informaciones sin firma y sin contraste, recogían rumores malintencionados y albergaban sin reparo comentarios insultantes. Deberíamos haber visto venir lo que se avecinaba.

Con el incremento exponencial de los habituales de las redes y de internet fue creciendo también la figura colectiva del “agresor motivado”, según la denominación del profesor Javier García González: “Los usuarios terminan por identificar la falta de norma o la ausencia de regulación coherente con la permisividad/legalidad de las conductas”, como ya sucedió con la piratería intelectual en internet, especialmente la musical.

La profesora Julia Sanmartín, de la Universidad de Valencia, cree en el mismo sentido que “el anonimato, la ocultación de la verdadera identidad y la falta de adscripción de una comunidad virtual llevan al sujeto a la agresión verbal, al flaming [’mensajes incendiarios’], a la ciberdescortesía en los continuos desacuerdos”. Resulta llamativo, añade, cómo el anonimato favorece que se escriban textos digitales con un elevado grado de violencia verbal. La identidad ficticia hace posible destruir la amabilidad comunicativa, y de ese modo “los ataques forman parte ya de una especie de estilo agresivo habitual de este género”.

El delincuente cibernético se ve cómodo en el anonimato, mucho más difícil en la vida real; porque no aprecia riesgos reales contra su modus operandi. Además, apenas transcurren segundos entre su impulso agresor, la inmediata plasmación de la bilis en un texto y su envío a los potenciales destinatarios. Por el contrario, un anónimo en papel, los insultos en un artículo o una falsa denuncia ante la policía requieren tiempo de elaboración y de maduración, así como tomarse la molestia de cursarlos o tramitarlos, siempre con posibilidad de marcha atrás a lo largo del proceso, algo que no se suele dar en los vertiginosos mensajes de las redes sociales. Algunos se borran, sí, pero cuando la ofensa ya se ha hecho y circula por mil caminos: bajar el arco no cambia la trayectoria de la flecha que acaba de lanzar.

Este panorama llevaría a deducir a un extraterrestre recién llegado que en el mundo digital rigen unas leyes y normas de comportamiento distintas de las que se cumplen en el mundo físico. Las cartas al director en los periódicos impresos tradicionales (que se reproducen también en la versión digital) se publican tras verificar los datos de quienes las envían: para empezar, hacen falta un DNI y una dirección. Sin embargo, los comentarios que se insertan al final de los artículos de esos mismos diarios en su versión electrónica carecen generalmente de comprobaciones. Dos mundos aparte.

Vamos a adentrarnos ahora, pues, en lo peor del anonimato (o de su equivalente el seudonimato opaco: el utilizado masivamente para agredir, para acosar, para abusar de alguien, para engañar a un menor de edad.

El seudonimato opaco (es decir, el modo de anonimato más general en las redes) constituye en sí mismo un embuste. Quien se expresa mediante una cuenta de nombre falso comienza por mentir acerca de su propia identidad; lo que a menudo no impide que a partir de ahí intente exigir la justicia universal.

No hay millones de anónimos ni de seudónimos en el mundo analógico, en los anonimatos de papel. Pero millones de perfiles de cualquier red se muestran con nombres inventados para la ocasión, bien se trate de seudónimos o bien de suplantaciones, o de robots movidos por programadores a sueldo de la manipulación. Son nombres fantasmagóricos que avanzan cada día en la Oscuridad.

Así, los lanzadores de piedras y proyectiles quedan ocultos. Su dirección IP (Internet Protocole, la matrícula de cada ordenador) solamente la ve el prestador del servicio, nunca los demás usuarios; y, por si fuera poco, se considera un dato personal que no puede mostrarse sin consentimiento. Eso imposibilita en la práctica saber con rapidez a qué computadora corresponde un determinado perfil cuando lo pide un juez, sobre todo si la cuenta ha desaparecido por la huida del perpetrador, que la canceló o cambió. Las burocracias del mundo analógico delatan su anacronía ante la urgencia en el mundo digital, porque las cuentas delictivas se pueden abrir y cerrar en cuestión de minutos, lo que contrasta con la lenta maquinaria judicial que persigue clausurarlas cuando se comete delito. Tortugas analógicas contra liebres digitales.

Las pseudohumanas asistentes virtuales

 Alexa, Siri, Irene, Sara: la importancia del nombre propio, en El País, Álex Grijelmo, 6 may 2026:

Usar un antropónimo para llamar a las voces tecnológicas nos conduce a imaginar tras ellas a una persona

El nombre propio constituye la base de las civilizaciones. Sin él careceríamos de personalidad jurídica, de propiedades inmobiliarias, de herencias. Y también de obligaciones. Sin el nombre propio no podrían existir Hacienda, ni el Registro Civil, ni los derechos de autor. Las sentencias no condenan en realidad a una persona, condenan a su nombre.

Desde el primer antropónimo del que hemos tenido noticia (el de Kushim, contable sumerio de hace unos 5.000 años), el nombre propio se ha asociado con la responsabilidad de nuestros actos y también con nuestra condición de seres individuales, distintos de los demás.

Los inventos de inteligencia artificial dotados de voz nos llegan de origen con un nombre. Decimos “Alexa” (Amazon) para pedirle algo al sistema, y sabemos que Siri (Apple) nos habla para conducirnos por las calles. También escuchamos a Aura (Telefónica), y a Irene (Renfe), y a Sara (Correos). Voces de mujer con las que algunas personas conversan más allá de las consultas sobre el servicio. Sus creadores dijeron que esa apariencia femenina evoca la amabilidad; aunque por nuestra cuenta podamos maliciarnos que vincularon lo femenino con una posición subalterna, más dispuesta a recibir órdenes.

El hecho de que estas voces nos lleguen con un nombre, también si fuera masculino, nos invita a imaginar tras ellas a una persona. ¿Cómo no identificar un nombre humano con un ser humano? Llevamos milenios haciéndolo. Una familia que alimenta a un pavo y le pone por nombre Rodolfo tendrá más difícil comérselo en Navidad.

Theodore Twombly, el protagonista de la película Her (título traducido como Ella) se enamora de la persona a quien imagina oculta en su ordenador gracias a que se trata de una voz de mujer que le contesta con cariño. Pero, sobre todo, porque la llama Samantha. El argumento resulta verosímil, ayudado por el cálido tono de Scarlett Johansson en el papel estelar de sistema operativo.

Jonathan Gavalas también se había enamorado de una voz, a la que llegó a creer una persona y a la que llamó Xia. Pero aquí todo lo demás fue verídico, y el alto ejecutivo de 36 años que vivía en Miami terminó suicidándose el pasado marzo, incitado por la propia máquina como única manera de encontrarse ambos en otro mundo.

Este caso se parece mucho al de Sewell Setzer, adolescente de 14 años que se suicidó en Florida en febrero de 2024 tras aislarse socialmente a causa de su obsesión con un avatar al que llamó Daenerys Targaryen (de Juego de tronos), y luego Danny. Ella fue su amante, su confidente; pero su programado funcionamiento no supo avisar a nadie ante los claros indicios que Sewell le daba.

Ni Twombly en la ficción ni Gavalas ni Setzer en la vida real, ni tantos otros que han sufrido experiencias similares en situaciones de vulnerabilidad, habrían llegado a esos extremos si el sistema les hubiera hablado con una voz metálica, propia de aquellos robots de hojalata; y, sobre todo, si sus nombres hubieran reunido un código de cifras difícil de recordar, en vez de una denominación seductora. Dar nombre de persona a las máquinas pseudohumanas forma parte de las técnicas de venta que plantean hoy las inhumanas tecnologías. Juegan con la seducción de un antropónimo, lo que fue durante siglos la puerta de entrada a la ideación de una persona. Hoy en día, en cambio, estos nombres propios significan la entrada a un mundo imaginario, transformado en verídico según el deseo o los delirios de cada cual.

martes, 5 de mayo de 2026

Sin fe de erratas ni gana de corregirlas

 La errata: un mal convertido en plaga en el siglo XXI, El País, Javier Martín-Arroyo, Sevilla - 20 mar 2022:

La urgencia, la reducción de correctores, la traducción automática y la tolerancia en internet y las redes sociales multiplican los errores en los libros, la prensa y otros textos escritos

“La perfecta conversación de los alimentos”, se leía en la portada de un catálogo de frigoríficos. Es una de las muchas erratas que ha recopilado a lo largo de los años Álvaro Martín, presidente de la Unión de Correctores (UniCo). Más ejemplos de errores cazados en prensa y televisión: “El bombardeo infringió graves daños al edificio”; “Se puso hecho un obelisco”; “Estaba en la espada contra la pared”; “Dejó a sus amigos en la estocada”; “Hay que practicar con el ejemplo”; “Su versión fue puesta en tela de duda”. También tiene una buena colección José Antonio Moreno, director del único posgrado en corrección y asesoramiento lingüístico en español, impartido en la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona: “Unió advierte de que Cataluña perdería con la Carta Manga”; “Hemos venido a escuchar, pero también ha hablar”...

La errata vive un momento de esplendor, inunda los textos escritos. Nada se le resiste, y contamina libros galardonados con premios, placas de escritores, reputados diccionarios, titulares de periódicos y comunicaciones oficiales. Siempre estuvo ahí, pero si hace milenios los escribas ya tropezaban con ella y luego la imprenta multiplicó su alcance, ahora dispone de una alfombra roja propiciada por varios factores. Por un lado, la cultura de la urgencia: todos los encargos son para ayer. Los correctores y editores menguan. La Red y las publicaciones digitales han banalizado su gravedad porque puede corregirse al instante. Y además goza de cierta disculpa social ante su profusión.

Santiago Rodríguez-Rubio, coeditor junto a Nuria Fernández del ensayo Detección y tratamiento de errores y erratas: un diagnóstico para el siglo XXI, publicado recientemente por la editorial Dykinson, alerta: “Es un secreto a voces, un tema del que apenas se habla más allá de la psicolingüística y del procesamiento del lenguaje natural, pese a que desde siempre ha acompañado a los textos”. En esa obra, una decena de autores radiografían el alcance de los gazapos y explican por qué se cuelan cada vez más entre los dedos de los profesionales de la palabra (escritores, periodistas, correctores, lexicógrafos, traductores).

Los correctores trabajan para evitar estos fallos, pero también para pulir los escritos de todo tipo y extensión y lograr que brillen. Eliminan errores ortográficos, de léxico, de sintaxis ―incluidas las comas asesinas―, de puntuación, o mayúsculas mal usadas; introducen cambios de estilo para ganar claridad y comprensión. Y son los primeros en sufrir las carencias que han brotado en los últimos años con la digitalización del sector, la crisis y el ritmo frenético con que se trabaja. “Es evidente”, reflexiona Álvaro Martín, “que los textos están cada vez peor escritos. Hay una reducción de los recursos de edición y corrección; es decir, de las personas que comprueban que las piezas funcionen y hacen que el producto mejore. La cultura de la inmediatez se nota en la redacción. La educación escolar no exige tanto, y ahora permite pasar de curso con abundantes faltas de ortografía. Y, además, la errata ya no es tan importante”.

Para ilustrar este último factor, Martín cuenta que hace unos años UniCo contactó con blogueros relevantes (algunos tenían hasta 300.000 lectores) para saber qué importancia daban a la edición de sus textos, y oyeron respuestas como esta: “A mis seguidores les importa lo que digo, no cómo lo digo”. Este desprecio por la forma del lenguaje, que corroe el mensaje y a su autor, es una tendencia masiva en ciertos círculos. “La indiferencia es mala, pero peor es la ignorancia voluntaria cuando tienes los medios educativos a tu alcance”, advierte este corrector.

Las erratas crecen en los medios de comunicación y las redes sociales porque los textos deben publicarse cada vez con mayor rapidez y ser revisados (o no) a la misma velocidad. Esto produce errores que implican un coste de comprensión para los lectores, que a su vez pierden confianza. La prensa sufrió como pocos sectores la crisis de 2008 y los periódicos redujeron sus plantillas de correctores y editores. El presidente de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), Nemesio Rodríguez, destaca para explicar los yerros factores como el mal uso general del idioma, los recortes y el abandono de la cultura de la verificación debido a las prisas. “La decisión de los periódicos y digitales de sumarse a la batalla de la inmediatez, que antes era exclusiva de las agencias, fue decisiva. La única solución es reforzar los editores (…) Ante los errores, la clave está en la rectificación inmediata y explícita”.

El buscador urgente de dudas Fundéu, de la Real Academia Española y la agencia Efe, confirma esa propensión al descuido. “Parece que ha aumentado el número de erratas, sobre todo en medios digitales”, señala un portavoz de la fundación. “No solo encontramos erratas, sino también errores de estilo y de redacción, probablemente por la influencia de otras lenguas. Esto podría deberse a que se escribe muy deprisa, el autor no relee el texto y muchos medios han prescindido de la figura del corrector”.

A pesar de contar con tiempos más laxos que los medios, las instituciones y las empresas también publican muchos escritos con errores por culpa de la dejadez y la traducción automática, en la que a veces se confía de manera ciega y que genera bochornosos deslices, como cuando la web oficial de turismo del Ayuntamiento de Santander tradujo en 2018 el nombre del Centro Botín al inglés como Loot Center, lo que literalmente significa “centro del saqueo”.

Nuria Fernández, coeditora del libro sobre las erratas, apunta: “No se ahorra en costes cuando la expresión induce a un error de comprensión o cuando la falta de revisión manual de los textos traducidos automáticamente genera múltiples consultas por parte de los usuarios. El grado de tolerancia respecto a la calidad del texto va desde lo impecable a lo inaceptable. Los profesionales de la lengua, como hablantes privilegiados, tenemos que aspirar a producir textos impecables, que no perfectos. En la era digital se ha generado una mayor tolerancia a las erratas, puesto que la inmediatez a la que están sujetos los textos escritos los acerca cada vez más a la imprecisión y a la espontaneidad de los textos orales”.

El triunfo de la cultura mercantil

Ernesto Pérez Zúñiga, escritor y subdirector de Cultura del Instituto Cervantes, reflexiona: “El espíritu de excelencia y la cultura humanista han decaído durante la última década en todos los ámbitos, incluido el editorial. La cultura audiovisual arrasa y hace mella en el lenguaje, que se descuida”. El autor, que dirige tres colecciones de libros, sugiere que la degradación de los textos es consecuencia directa del triunfo de la cultura mercantil, y reivindica “luchar con el cuchillo entre los dientes” para lograr el tiempo reflexivo y el disfrute de las cosas lentas, en una sociedad “cada vez más volcada en lo práctico”.

La presión por publicar más y más títulos (15.277 en los primeros seis meses de 2021) ha provocado que las editoriales lleven varios años a toda mecha y, por tanto, los tiempos de entrega se acortan. Cada vez cuesta más mantener un rigor exquisito. Diego Moreno, editor de Nórdica Libros, atestigua: “El sector debería reflexionar sobre el tiempo y la remuneración apropiada para los correctores. Es un hecho incuestionable la saturación de novedades, y publicamos tanto que forzamos la máquina de todo el equipo, es un estrés que no baja. Siempre discutimos sobre cuánto hay que publicar y no nos ponemos de acuerdo. Es un problema sistémico del sector y no se puede solucionar de manera individual”.

Esa peligrosa tendencia al ritmo vertiginoso la confirman también los traductores como víctimas directas. Marta Sánchez-Nieves, traductora y secretaria general de la asociación ACE Traductores, ilustra: “Todo es cada vez más apresurado y esto hace que no puedas ser tan cuidadoso. Antes las prisas eran para la saga de Harry Potter por la presión de sus seguidores, pero ahora también te piden [los editores] un clásico del XIX para ya”.

Una encuesta entre 325 correctores, traductores y docentes reveló en 2020 que los especialistas del idioma han cambiado en la última década las obras tradicionales en papel por las de formato digital como fuentes preferentes de consulta, ante la premura impuesta y la facilidad para acceder a ellas (el 94% de los encuestados acude en primer lugar a la Red). Sin embargo, la actualización de estas últimas a menudo se retrasa, por lo que quedan pronto obsoletas. Es el caso del Diccionario Panhispánico de Dudas de RAE-ASALE, cuya versión en línea, a pesar de figurar entre las obras más utilizadas por los profesionales, reproduce la edición de 2005 y, por tanto, no incorpora las novedades introducidas por la Gramática (2009-2011), la Ortografía (2010) y el Diccionario (2021) académicos.

José Antonio Moreno, el director del posgrado sobre corrección, explica: “Es necesario desarrollar una herramienta lexicográfica que, concebida con formato verdaderamente electrónico, permita dar respuesta a esas dudas, ofrezca un acceso rápido al usuario y atienda al conjunto del español. Actualmente, no hay ningún diccionario en la Red que compita con el de RAE-ASALE” (las academias de la lengua).

A pesar de que la mayoría de los profesionales huye del mensaje apocalíptico, hay cierto consenso sobre la necesidad de un giro de timón para atajar la plaga. Eso sí, es una empresa titánica y necesitada de la suma de todos los actores para extender los controles de calidad y elevar el prestigio de las palabras escritas.

4.000 erratas en 13.000 páginas de diccionarios

Las erratas se cuelan en las mejores obras y a mansalva. Rodríguez-Rubio, coeditor del libro sobre corrección, peinó durante cuatro años una serie de 18 diccionarios español-inglés e inglés-español, entre ellos la prestigiosa colección editada por Ariel conocida como Los diccionarios de Alicante, con 14 tomos, y halló más de 4.000 erratas. Eso da una frecuencia de un error —de mayor o menor gravedad— cada 2,93 páginas, según refleja su tesis sobre estos diccionarios especializados, con 13.000 páginas en total. En la serie de Alicante se ha descrito lo que el autor denomina un “sistema de erratas”, que se traduce en la repetición de numerosos defectos formales en una o varias obras. Muchas de esas erratas ―si no todas― quedarán fijadas en el tiempo, ya que no se prevé la revisión de los títulos.

El investigador, autor de varios artículos científicos sobre el tema, contactó con el equipo de la Universidad de Alicante que coordina la colección lexicográfica por si querían subsanar los errores, pero respondieron que no estaban interesados. José Mateo, uno de los autores de los diccionarios y catedrático de filología inglesa en la Universidad de Alicante, alega: “Las erratas no invalidan las obras, y la mayoría no son nuestras sino del que montaba los textos para trasladarlos al papel”. Hace ocho años Ariel estudió un proyecto para informatizar estos diccionarios, pero nunca llegó a cuajar. Mateo se lamenta: “Parece que no era muy rentable”.

lunes, 6 de abril de 2026

Fraseología de los billetes de ira sin vuelta

 Todos hemos tenido ese momento, ese preciso instante en el que alguien te saca de quicio de tal manera que solo quieres pronunciar estas cuatro palabras:Vete a la... 

Pero claro, somos gente con educación, con vocabulario, con fineza. Así que hoy os traigo diez formas variadas de mandar a alguien a la miércoles sin perder la compostura.

Algunas más elegantes, otras menos, pero siempre sin usar las palabrotas. Frases cuidadosamente recopiladas tras una intensa investigación en los rincones más profundos y cuestionables de internet. Sí, he sacrificado mi algoritmo por vosotros. Frases encontradas en foros olvidados, comentarios de madrugada, y probablemente escritas por gente inspirada por hechos reales en distintas partes del mundo hispanohablante. Sacad papel y boli. Hoy repartimos billetes de ira sin vuelta.

Cómprate un desierto y lo barres. Empieza por el Sáhara y sigue con el de Gobi.

No te vayas, pero cierra por  fuera.

Que te den por donde amargan los pepinos.

Vete a contar los frailes, que creo que se ha perdido uno.

Cómprate un bosque y piérdete, o cómprate un euro de desierto o bosque y piérdete.

Vete a donde pican las gallinas.

¿Por qué no vas a la esquina a ver si llueve? Y si llueve, te esperas a ver si sale el arcoiris. De allí no te muevas. Lo mejor es que en la esquina seguramente hay una reunión de gente como tú esperando el parte meteorológico. 

Vete a dar una vuelta y cuando te canses sigue. Es como el camino de Santiago, pero sin la parte de volver a casa. 

Si ves un cartel que dice fin del mundo, vas por buen camino. Por el equipaje, no te preocupes, tu pesadez ya la llevas contigo. 

Me encantaría seguir hablando contigo, pero he quedado para mirar cómo se seca una pared y no quiero llegar tarde. Es una sesión de meditación profunda con el gotelé No me esperes. El color blanco hueso tiene un algo dramático que no me puedo perder.

Estimado señor o señora, hágame el favor de practicar sus aficiones lejos de mi perímetro. Le sugiero el Polo Norte. Allí el silencio es absoluto y las posibilidades de coincidir conmigo inexistentes. El aire frío despeja la mente y a usted claramente le hace falta.

Ayuda a salvar la salud mental y limpia el entorno de personajes intensos. Son herramientas de supervivencia social. Seguimos.

Vete a freír espárragos, pero a fuego lento ¿eh?, de uno en uno y en una cocina que esté por lo menos a tres provincias de distancia. Y cuando acabes, sigue con alcachofas. Tenemos todo el siglo. Si se te acaba el aceite, vete a buscarlo a Italia, a pie. 

Que miras, bobo, que miras bobo. Anda, anda para allá, bobo. Anda para allá. Funciona mejor si acabas de ganar un mundial, pero en la oficina para el que te mira el monitor también sirve.

Camina. que el pasto no crece si te quedas ahí parado mirando

Vete a hacer gárgaras a Niágara que te pago el billete de ida, y el de vuelta, ya, si eso, hablamos en 2090. Aprovecha el caudal para limpiar también tus ideas. 

Por favor, vete y disfruta de tu propia compañía. Es el experimento psicológico definitivo. ¿Cuánto tiempo te aguantas? 

Tu compañía es un el lujo que ya no me puedo permitir. Quédatela toda. 

Creo que nos favorece la distancia. La perspectiva mejora cuando no puedo distinguir tus rasgos faciales. 

Mi cariño por ti es inversamente proporcional a los metros que nos separan.

Y esta es mi favorita: 

Ve a ver si ya puso la puerca. Si la puerca no ha puesto, te sientas y le das ánimos. No vuelvas hasta que los lechones tengan universidad y carrera. 

Y aquí lo tenéis, billetes directos al olvido, sin palabrotas, como lo queríamos y sin despeinarse. Recordad, no es mala educación, es higiene emocional. Hay gente que simplemente necesita que le indiques la salida.

Reprensiones de madre

Te lo dije

Pero ¿tú que te has creído?

¡La madre que te parió! ¡La madre que te trajo!

Arreando, que es gerundio

¿Tú-que-te-piensas? ¿Que yo soy el Banco de España?

¡Dos [lo que sea] te voy a comprar!

¿Te crees que el dinero crece en los árboles? Ve y cógelo. 

¡No me, no me que te, que te...!

Cuando tú vas yo vengo

A la cárcel vas a venir a robar...

¿Te doy una razón para llorar?

Cuando seas mayor, comerás huevos

¡Como vaya yo y lo encuentre, vas a saber lo que es bueno / te vas a enterar!

Si no te las comes, te las cenas y si no, te las desayunas.

 Si eres mayorcito para trasnochar, lo eres para madrugar.

Pero ¿vas con esas pintas?

Eso ¿es un vestido o una camiseta?

¡Cualquier día cojo la puerta y me voy!

Retírate el pelo de la cara

¿A que voy yo y lo encuentro?

Como sigas llorando, te voy a dar una razón para que llores de verdad

Como te caigas, cobras

Si te tragas el chicle, se te va a quedar pegado en las tripas

¿Ahora sales? ¡Pero si es la hora de volver!

Esto me duele más a mí que a ti

Como tenga que ir yo...

Pues que no te lo tenga que repetir

Es la primera vez que me siento en todo el día

Créeme, ¡es por tu bien!

Tu madre sabe lo que es mejor para ti

Llévate una chaqueta por si refresca

Cuando tengas tu casa harás lo que quieras. Mientras vivas en esta, se hará lo que yo diga

Y  si tus amigos se tiran por un puente ¿tú también?

No tardes, y me traes las vueltas

Abrígate, que hace frío.

Pero ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Ya verás, cuando llegue tu padre

Te vas a enterar de lo que vale un peine

Pregúntale a tu padre

Un día cojo la puerta, me voy, y a ver cómo os las apañáis sin mí

Verás como saque la zapatilla...

Pues si te enfadas ya tienes dos problemas, enfadarte y desenfadarte

Come y calla.

Mamá, ¿qué hay de comer?  - Comida.

Si te duele es que está curando.

Si estás enfermo para ir a clase, también lo estás para salir con los amigos.

Esto no es un hotel en el que uno viene, come y se va

A ver si te cortas el pelo, que dentro de poco no vas a ver ni torta.

Bébete el zumo, que se le van las vitaminas

Algo habrás hecho.

Que sea la última vez que... [cualquier cosa mala].

"Porque sí" y "porque no".

¿Es que tengo que ir detrás de vosotros para que hagáis las cosas bien?

¿Para qué me preguntas, si vas a hacer lo contrario?

De puertas para afuera todo es fiesta y de puertas para adentro todo molesta.

Cuando tengas hijos te acordarás de mí.

A tu madre no le levantes la voz ¡eh!

¡Ni peros, ni peras!

¡Ni moto, ni mota!

¿Quién te crees que soy? ¿La sirvienta?

Te lo digo por tu bien

¡Niño! ¡Ven acá p'acá!

¿Qué pasa? ¿Que tus amigos no tienen casa?

¿Qué te crees, que nací ayer?

Algún día me lo agradecerás.

¿Cuento hasta tres? Uno, dos y tres.

Cuando seas madre lo entenderás.

¿Y mi beso?

Porque soy tu madre, y punto.

Yo no digo nada, pero te están viendo los reyes magos...

Ya dirás ¡qué razón tenía mi madre...!

Esta habitación no se recoge sola.

Recoge tu cuarto, que parece una leonera.

Ya estás tardando.

Es la primera vez que me siento hoy.

¿De verdad me tengo que levantar?

Un día me matáis del disgusto.

Lleva el paraguas que va a llover.

La madre que te parió, que he sido yo.

El vago trabaja dos veces.

¿Es que te crees que me chupo el dedo?

Quien tiende bien, plancha la mitad.

Eso te pasa por andar descalzo.

Estas no son horas [de llamar a una casa decente].

Todo lo que me he sacrificado por ti y así me lo pagas.

A que cobras.

Tú ve, que el no ya lo tienes

Ponte recta, que te va a salir chepa.

Pregúntale a tu padre.

Verás como saque la zapatilla.

Cómete eso, que es lo mejor.

Ponte muda limpia por si te pasa algo y tienes que ir al hospital.

¡Me vas a enterrar!

Ya verás como se entere [o cuando venga] tu padre.

¿Pero qué te piensas, que soy tu criada?

Para salir de fiesta nunca estás cansado.

Yo a tu edad…

Te bañas o te bañas.

Supongo que lo que no está en su sitio es para tirar.

Te voy a lavar la boca con jabón.

Cuando lleguemos a casa vas a ver.

Ya tendrás a tus hijos

Tú no te mandas solo-a

¿Me estás avisando o pidiendo permiso?

A ver si te echas novio/a y te largas de una vez.

Entre tu padre, tu hermano y tú, me vais a matar de un disgusto.

Hasta que ocurre.

Llámame cuando llegues.

¡Cuántos niños en África querrían comer tu comida!

¿No te comes eso? ¡Si es lo más rico / lo mejor! 

Hasta que no lo rompas no te vas a quedar tranquilo. 

Deja el móvil que te vas a quedar ciego.

¡Tráeme las vueltas!

Apaga la luz, que no soy Iberdrola.

Quien quiera peces, que se moje el culo.

Los hombres no lloran

Para que llores con motivo (una tunda)

Me vais a volver loca

No pises el suelo, está fregado

Te da todo igual, te entra por una oreja y te sale por la otra

Mamá, ¿Qué hay hoy para comer? Lo que voy a cocinar

Ya te acordarás de mí, ya. 

No. Y punto.

No me hagas levantar.

¿Te aburres? Pues cómprate un mono / Pues date cabezazos contra la pared. /  Pues ordena tu habitación.

¿Otra vez lo mismo para comer? Son lentejas, si quieres las comes y si no las dejas

Porque lo digo yo y punto, que por algo soy tu madre.

¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?

Quién madruga, Dios le ayuda

Si no estudias, nunca llegarás a nada / no serás nada en la vida

Comiendo no se habla

El saber no ocupa lugar

No te metas al agua sin hacer tus dos horas de digestión

Cede el asiento a las personas mayores

No hables con desconocidos

Si tú no crees en ti misma, nadie lo hará

Me vas a sacar canas verdes

No hagas ruido al comer, cierra la boca

La cama te llama, ve a ver qué quiere

Es de mala educación hablar con la cabeza vacía

La pregunta del aragonés, que preguntas lo que ves

Cuando vuelva, lo quiero ver todo ordenado

Te calmas o te calmo

¿Quién crees que te lava la ropa?

Aquí huele a pies

¿Para qué se inventó el teléfono?

Eres idéntico a tu padre.

Deberías aprender de fulanito...

¿Qué te cuesta avisar?

Esa muchacha no te conviene

Que yo sepa no soy tu empleada

Mastica bien los alimentos

Parece que le hablo a la pared

¿Crees que estoy pintada?

Guarda las lágrimas para cuando me muera

¿Y a quién le pediste permiso? ¿Acaso ya te mandas solo?

Con la verdad se va a todas partes

Si no te lo comes todo te quedas sin postre

Da siempre los buenos días

A mí no me importan tus amigos, me importas tú

Pobre de ti como me traigas un suspenso

Mamá, ¿Qué hay hoy para comer? -Lo que voy a cocinar


viernes, 27 de febrero de 2026

Diccionario audiovisual de gestos españoles

 Diccionario audiovisual de gestos españoles

https://mele.web.uah.es/diccionario_gestos/#

Ana M.ª Cestero Mancera, Mar Forment Fernández, M.ª José Gelabert Navarro, Emma Martinell Gifre

El Diccionario audiovisual de gestos españoles es un inventario de gestos básicos, de uso habitual, en España. Viene a cubrir una laguna importante en el material complementario para el aprendiz y el profesor de ELE, pues ofrece información fundamental sobre signos no verbales y muestra su producción en diálogos que se ofrecen en formato audiovisual. Asimismo, puede constituir una ayuda para profesionales de la traducción, para agentes culturales, para agentes turísticos, para profesionales de las actividades relativas a la integración de los inmigrantes. Podrá ser, además, un material de consulta para antropólogos, lingüistas, psicólogos y especialistas en lenguas de signos.

En el ámbito del ELE, sigue las directrices trazadas por el Marco común europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación (MCER) (Consejo de Europa 2002). La competencia comunicativa, sumada a unas competencias generales, no relacionadas directamente con la lengua, se ejerce en un ámbito específico, a través de la recepción y la interpretación de secuencias de discursos -textos- y, claro está, a través de la elaboración y la emisión de otras tantas secuencias discursivas. La competencia lingüística comunicativa se considera, aplicada a diferentes niveles, gramatical, sociolingüística, discursiva, estratégica y sociocultural. Asimismo, se acepta que la estrategia es, en primera instancia, verbal y, en segunda instancia, se usa con vistas a suplir deficiencias del componente verbal o, simplemente, para dotar de más eficacia comunicativa al texto, según los determinados contextos de actuación.

Las directrices del Instituto Cervantes, en correspondencia con los dictados del MCER, establecen que los aprendientes de español son agentes sociales dispuestos a realizar acciones intencionadas, las tareas, y dotados de recursos cognitivos, emocionales y volitivos –como miembros de una comunidad hablante de otra lengua–, que deben llegar a dominar las estrategias de comportamiento verbal –y no verbal- en cada situación para conseguir el resultado concreto que se habían propuesto.

La gestualidad del hombre responde, en parte, al bagaje cultural propio del grupo en el que está inserto. Y habrá una parte de la gestualidad, más sintomática, que no permitirá distinguir a miembros de culturas diferentes, hablantes de lenguas diversas. No en vano se discute el alcance de los gestos universales. Otra parcela de la gestualidad responde, en cada individuo, a unas coordenadas concretas: ¿habrá, pues, idiolectos gestuales? Sin embargo, la parcela de la gestualidad susceptible de una descripción sistemática, de una ejecución regular, de un valor estable y –no lo olvidemos– con capacidad de sustitución del mensaje verbal o con capacidad de refrendarlo, sí debe aprenderse cuando se aprende una lengua extranjera.

Hablar de gestualidad, de gestos, no es más que una simplificación práctica. Los movimientos del cuerpo humano van de la mano de la distribución del espacio (proxémica), y la organización del tiempo (cronémica). Además, el campo de las emisiones verbales onomatopéyicas o de las emisiones vocales interjectivas (paralenguaje) suele interferir con la actividad gestual (Poyatos 1994, 2002, 2017; Martinell 2007, 2016, 2018; Matsumoto et alii 2016; Cestero 2017). Y, en un terrero puramente verbal, la gestualidad y la fraseología resultan inseparables (Forment 1996, 1997).

El aprendiente de ELE aspira a aplicar unas expresiones verbales a la ejecución de unas funciones comunicativas, y a obtener, mediante ese acto de competencia comunicativa, la comprensión del interlocutor, es decir, a alcanzar su meta. Es lógico que, al tiempo que va dominando paso a paso el vocabulario, las estructuras gramaticales, las condiciones de uso de las expresiones lingüísticas, las reglas de la interacción (reguladas tradicional y socialmente), vaya actuando con soltura progresiva tanto en la interpretación de la gestualidad de los interlocutores con quienes interactúa como en la ejecución de su propia gestualidad, no siempre –como hemos dicho— similar a la de su lengua.

A este fin, las autoras del Diccionario audiovisual de gestos españoles, con dilatada experiencia en el campo del ELE como profesoras y como autoras de materiales, hemos dirigido nuestros esfuerzos a proporcionar información desde varios ángulos. Hemos querido elaborar una obra que favorezca o exija la interacción del usuario con ella, aprovechando las nuevas tecnologías, y que permita ver el gesto en uso, además de conocer datos relevantes sobre su producción, significado o función. Quien se acerque al Diccionario verá la ejecución de cada uno de los gestos, al tiempo que oirá un diálogo-muestra de situaciones prototípicas de uso. Ello le permitirá contextualizarlo, a través del tipo de interacción en la que se produce, e interpretar la función comunicativa que cumple. Tendrá disponibles, además, algunas expresiones lingüísticas que pueden emitirse a la vez que el gesto o que tienen igual significado o cumplen la misma función, la descripción de la realización del gesto, así como anotaciones necesarias relativas al significado y al uso del gesto, cuando sea preciso; además, en algunos casos, se remite a otras entradas por existir similitud relevante en los gestos correspondientes (→). El Diccionario cuenta con 156 entradas y 278 diálogos representados.

La comunicación que se produce a través de los gestos es básicamente funcional. Así, utilizamos estos signos para realizar actos de comunicación: bien relacionados con la interacción social (saludar, despedirse, pedir perdón, etc.), bien relacionados con la estructuración y el control de la comunicación misma (dirigirse a alguien; iniciar un turno de habla o terminarlo; pedir la palabra; relacionar partes y elementos del discurso; pedir que se repita algo; pedir que se hable más alto, más bajo o más despacio; subsanar deficiencias de fluidez discursiva, o mostrar seguimiento de la comunicación) o bien relacionados con prácticas habituales en la comunicación interactiva humana (identificar personas y objetos; describir personas, lugares, objetos y cosas; sugerir o aconsejar; exteriorizar vivencias, sensaciones, sentimientos y deseos; ubicar objetos, sucesos, lugares o personas; dar instrucciones, o pedir a otros que hagan algo). Por ello, hemos tomado como eje vertebrador del conjunto de gestos básicos que presentamos en este Diccionario un repertorio de funciones, elaborado a partir de los contenidos funcionales del Plan Curricular del Instituto Cervantes (Instituto Cervantes 2006; Cestero 2007, 2017), sin descuidar la información recogida en diccionarios o repertorios de gestos españoles específicos para ELE (Meo-Zilio y Mejía 1980-1983; Coll, Gelabert y Martinell 1990; Takagaki, Ueda, Martinell y Gelabert 1998; Martinell y Ueda 1998; Cestero Mancera 1999; Nascimento 2012).

1. Referencias bibliográficas

Cestero Mancera, Ana M.ª (1999): Repertorio básico de signos no verbales del español, Madrid: Arco/Libros.

Cestero Mancera, Ana M.ª (2007): “La comunicación no verbal en el Plan Curricular del Instituto Cervantes: apuntes para su enseñanza”, Frecuencia L. Revista de Didáctica de Español Lengua Extranjera, 34, pp. 15-21.

Instituto Cervantes (2006): Plan curricular del Instituto Cervantes. Niveles de referencia para el español, 3 volúmenes, Madrid: Instituto Cervantes-Biblioteca Nueva.

Matsumoto, David, Hyisung C. Hwang y Mark G. Frank (eds.) (2016): APA Handbook of Nonverbal Communication, Washington, DC: American Psychological Association.

Martinell Gifre, Emma (2016): “La comunicación no verbal: nuevos ámbitos de especialización profesional”, en: A. M. Bañón, M. del M. Espejo, B. Herrero y J. L. López (eds.), Oralidad y Análisis del Discurso. Homenaje a Luis Cortés Rodríguez, Almería: Universidad de Almería, pp. 421-435.

Martinell Gifre, Emma (2018): “Culturas, lenguas y gestos”, Revista Comunicación, 27, año 39, núm. 2, p. 83-97.

Martinell Gifre, Emma (2007): “La gestualidad hoy, en el marco de la competencia intercultural y de la tendencia a la globalización”, en E. Balmaseda Maestu (coord.), XVII Congreso Internacional de la Asociación del Español como lengua extranjera (ASELE), vol. 1, Logroño: Universidad de La Rioja, 65–82. [Disponible en:  https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/17/17_0065.pdf]

Cestero Mancera, Ana M.ª (2017): “La comunicación no verbal”, en Ana M. Cestero e Inmaculada Penadés (eds.), Manual del profesor de ELE, Alcalá de Henares: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá, pp. 1051-1122.

Coll, Josep, M.ª José Gelabert y Emma Martinell (1990): Diccionario de gestos con sus giros más usuales, Madrid: Edelsa.

Consejo de Europa (2002): Marco común europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación, Madrid: Secretaría General Técnica del MECD-Subdirección General de Información y Publicaciones / Anaya. (Traducción en español del Instituto Cervantes)

Forment Fernández, Mar (1996): ¿Gesticulamos o hablamos de gestos? Notas sobre fraseología del español, Tesis de Licenciatura inédita, Barcelona: Universidad de Barcelona.

Forment Fernández, Mar (1997): “La verbalización de la gestualidad en el aprendizaje de E/LE”, Frecuencia-L 4, pp. 27-31. [Disponible en:  http://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero5/mforment.htm]

Martinell, Emma e Hiroto Ueda (eds.) (1998): Diccionario de gestos españoles. [Disponible en: https://lecture.ecc.u-tokyo.ac.jp/~cueda/index.html]

Meo-Zilio, Giovanni y Silvia Mejía (1980-1983): Diccionario de gestos: España e Hispanoamérica, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.

Nascimento Dominique, Nilma (2012): La comunicación sin palabras. Estudio comparativo de gestos usados en España y Brasil, Alcalá de Henares: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá.

Poyatos, Fernando (1994): La comunicación no verbal. 3 vols., Madrid: Istmo.

Poyatos, Fernando (2002): Nonverbal Communication across Disciplines. 3 vols. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins.

Poyatos, Fernando (2017): La comunicación no verbal en la enseñanza integral del Español como Lengua Extranjera, E-eleando. ELE en Red, monografía 1. [Disponible en: http://www.meleuah.es/e-eleando/]

Takagaki, Toshihiro, Hiroto Ueda, Emma Martinell y M.ª José Gelabert (1998): Pequeño diccionario de gestos hispánicos, Tokyo: Hakusuisya.

2 Repertorio de funciones

Su clasificación es la siguiente:

1. Dar y pedir información. Al margen de la función de identificar (a los locutores, a las personas o a entidades referenciales), tienen cabida aquí las funciones destinadas a proporcionar información espacial, temporal y de cantidad.

2. Describir. Se establece distinción entre la descripción de personas y la descripción de objetos y de lugares.

3. Referirse a acciones y actividades cotidianas. En este caso, tienen cabida, por un lado, los gestos que reproducen miméticamente acciones o actividades cotidianas y, por otro, los gestos que evocan acciones o actividades cotidianas. Consideramos que la evocación responde a un distanciamiento entre el gesto y su contenido, por lo general basado en la proximidad entre una estructura lingüística y el propio gesto.

4. Expresar opiniones, actitudes y conocimientos. En este apartado hemos agrupado nueve tipos de funciones, que tienen en común expresar la posición de quien habla y hace el gesto, esto es, tanto opiniones como valoraciones, actitudes y conocimiento.

5. Expresar gustos, deseos y sentimientos. Aquí se recogen dieciséis funciones. Cabe decir que el número de ellas, como en el caso anterior, no ha venido determinado por la diversidad de los valores, sino por la existencia, a nuestro juicio, de un gesto bien definitorio.

6. Intentar influir en el interlocutor. De nuevo en el mismo ámbito de la interacción a la que pertenecía claramente el apartado 1, con sus gestos, en este resulta evidente la decisión de quien interviene y hace el gesto de influir en quien lo percibe, con el propósito de obtener alguna respuesta, ya sea verbal o no verbal. Sabemos que esa línea abarca del consejo a la orden tajante; de la instrucción a la advertencia; del consuelo a la intervención.

7. Relacionarse socialmente. Siempre en el ámbito de la interacción, nos encontramos aquí con la zona más ritualizada, donde las costumbres dictan unas normas tanto de comportamiento, como de intervención verbal y gestual.

8. Estructurar el discurso. Se trata de las funciones prácticas que permiten que las personas que interactúan alternen sus papeles en la emisión y en la recepción de los discursos; que preparan los finales de las intervenciones, que solicitan la repetición de los mensajes, etc., es decir, que regulan la práctica del diálogo. Hemos identificado diez tipos diferentes de funciones.

3 Organización de la información

Las entradas, por tanto, están clasificadas por las macrofunciones mencionadas, que constituyen las diferentes partes del diccionario. Normalmente, al inicio de cada gran apartado, se ofrece una explicación general. La organización de la información que se da sobre cada una de las funciones concretas recogidas en el Diccionario, y sobre los gestos que las cumplen, que se listan por orden alfabético, es la siguiente:

En primer lugar, se consigna la Expresión lingüística. Se presentan seguidos, separados por comas, términos o expresiones lingüísticas que cumplen la misma función o tienen el mismo significado que el gesto. Pueden ser una sola o varias; pueden consistir en una palabra (un verbo, por ejemplo), un conjunto de palabras o una unidad fraseológica. Cuando se ha considerado necesario, se ha incluido una explicación, siempre referida al componente verbal, no al gesto.

En segundo lugar, se ofrece la Descripción de la realización del gesto. Es el intento de que, al margen de que el usuario vea la producción del gesto, comprenda cómo es a través de su explicación mediante palabras. La descripción verbalizada a veces se enriquece con alguna observación.

En tercer lugar, aunque no siempre aparece, puede haber un apartado titulado Significado y uso. En él se ofrece información relevante sobre el gesto, por ejemplo, variantes, nivel sociocultural o grupo etario de quienes suelen realizarlo, etc., es decir, matices más referidos a posibilidades de realización y a personas que suelen emplearlo que a su propio significado. En ocasiones, el gesto, además del significado que determina el lugar en la clasificación que se le ha asignado, puede adquirir otros valores, siempre de acuerdo con la situación comunicativa.

En cuarto lugar, se ofrece uno o más Diálogos con los que se ejemplifican, contextualizados, los gestos del Diccionario. Normalmente, se presenta más de un diálogo para cada gesto, a fin de se disponga de un ejemplo del gesto en relación a más de una forma de expresión lingüística equivalente. Se ha intentado que los diálogos se asemejen a los posibles en situaciones cotidianas. En cada diálogo se indica el lugar exacto en el que se realiza el gesto. Al pinchar en el enlace del video se puede ver la representación del diálogo hecha por actores profesionales.

martes, 24 de febrero de 2026

Frases hechas con historia

 ¿Recuerdas el sonido de la voz de tus abuelos? Esas frases llenas de sabiduría que soltaban casi sin pensar y que parecían tener respuesta para todo.

Número 15. Ser más feo que Picio. Empezamos nuestro viaje con una comparación que seguro has oído alguna vez. Cuando alguien era, digamos, poco agraciado. La sentencia era clara. Es más feo que picio. Pero, ¿quién fue este pobre hombre para cargar con semejante fama? La historia es más bien una leyenda, pero es tan trágica como fascinante. El folklore nos lleva a la Granada del siglo XIX, donde vivía un zapatero. La leyenda cuenta que este hombre, Francisco Picio, fue condenado a muerte por un crimen que no cometió. Justo en el último momento, cuando ya esperaba el final en la capilla, llegó la noticia de su indulto. El shock de pasar de la muerte a la vida en un instante fue tan brutal que su cuerpo reaccionó de la forma más extraña y terrible. Se le cayó todo el pelo, incluidas cejas y pestañas, y su cara se llenó de tumores que lo deformaron. Su apariencia se volvió tan grotesca que la gente lo evitaba. Así, el pobre Picio, un hombre marcado por una desgracia y una reacción inexplicable, se convirtió en el estándar de la fealdad en el imaginario español.

Número 14. A buenas horas, mangas verdes. Esta es la frase perfecta para esa ayuda que llega tarde cuando ya has resuelto el problema tú solo. Ahora vienes a buenas horas mangas verdes. Pero, ¿quiénes  eran estos tipos de mangas verdes y por qué tenían fama de impuntuales? La Santa Hermandad estaba formada por milicias encargadas de patrullar los caminos, y vestían un uniforme muy característico con unas llamativas mangas de color verde. El problema es que con los medios de la época casi nunca llegaban a tiempo para pillar a los bandidos. Cuando por fin aparecían, la gente con una mezcla de resignación e ironía les soltaba: "A buenas horas, mangas verdes". Una frase que ha sobrevivido 500 años para recordarnos que hay ayudas que simplemente llegan tarde.

Número 13. Irse por los cerros de Úbeda.  Cuando alguien en una conversación empieza a divagar y a salirse del tema, decimos que se está yendo por los cerros de Úbeda. La expresión es muy gráfica, pero su origen es una leyenda de guerra con un pequeño problema de calendario. La historia nos sitúa en la reconquista durante el asedio a la ciudad de Úbeda por el rey Fernando III el Santo, en 1233. Momentos antes de la batalla, uno de sus capitanes desaparece. La batalla se libra, los cristianos ganan y después el capitán reaparece. El rey mosqueado le pregunta dónde diablos se había metido. La respuesta del capitán fue, "Señor, que me perdí por los cerros de Úbeda." Lo gracioso es que la leyenda le atribuye esta excusa a Álvar Fáñez, un famoso guerrero que en realidad vivió en el siglo XI y era compañero del Cid. No pudo estar en esa batalla. La excusa ya en su tiempo sonó a cuento chino y se convirtió en el hazmerreír de la corte, que asumió que se había escondido por miedo. Así que aunque la anécdota sea históricamente imposible, nos dejó para siempre esta genial expresión.

Número 12. No saber ni J. De física cuántica no sé ni J. Es la forma más castiza de declararse un completo ignorante en algo. Pero, ¿por qué la J? ¿Qué tiene de especial esta letra? Su origen no tiene nada que ver con bailes regionales, sino con la propia escritura. Proviene de la letra iota. Iota, la más pequeña del alfabeto griego. En la caligrafía antigua, el trazo de la J era uno de los más simples y pequeños. Por lo tanto, decir que alguien no sabe ni J era la forma de decir que no sabe hacer ni el trazo más básico que su desconocimiento es absoluto. Es como decir hoy no sabe hacer ni la O con un canuto. 

Número 11. Quien se fue a Sevilla perdió su silla, un clásico de los juegos infantiles. Te levantas un momento y al volver alguien te ha quitado el sitio. El usurpador te lo suelta con una sonrisilla, quien se fue a Sevilla perdió su silla. Lo que pocos saben es que la historia real es una traición familiar por un asiento mucho más importante. Un arzobispado. Estamos en el siglo XV. Alonso de  Fonseca el Viejo, era arzobispo de Sevilla. Su sobrino del mismo nombre, pero "el Mozo" acababa de ser nombrado arzobispo de Santiago de Compostela, una zona por entonces muy conflictiva. El sobrino le pidió al tío intercambiar temporalmente sus puestos para que el veterano pacificara Galicia mientras él se quedaba en la tranquila Sevilla. El tío fue, puso orden, pero al volver, sorpresa, el sobrino se negó a devolverle el arzobispado. Se había hecho fuerte en la silla de Sevilla. El lío fue tan grande que tuvieron que intervenir el Papa y el Rey para echar al sobrino. Curiosamente, el dicho original era quien se fue de Sevilla perdió su silla refiriéndose al tío, pero el uso popular le dio la vuelta. 

Número 10. Tirar la casa por la ventana. Celebrar algo a lo grande sin reparar en gastos es tirar la casa por la ventana. Pero, ¿de dónde viene esta imagen tan bestia? ¿De verdad lanzaba sus muebles a la calle? Pues parece que sí. Una de las teorías más populares nos lleva al siglo XVIII, con la creación de la Lotería Nacional por Carlos III en 1763. Ganar un premio gordo en aquella época era un cambio de vida total. La leyenda cuenta que los afortunados en un arrebato de euforia se deshacían de sus viejos y humildes muebles de la forma más visual posible, arrojándolos por la ventana para hacer sitio a todo lo nuevo y lujoso que iban a comprar. Aquel gesto de ostentación quedó como el símbolo definitivo del derroche. 

Número nueve, montar un pollo. Cuando se arma un escándalo o una bronca monumental, decimos que alguien ha montado un pollo y no, no tiene que ver con un gallinero, o al menos no directamente. Existe una teoría muy popular que dice que todo es un error ortográfico. La expresión original sería montar un poyo con la Y griega o ye. Un poyo, del latín podium, era un pequeño banco de piedra o una tarima que se usaba en las plazas para dar discursos.

Como estos discursos a menudo eran políticos o religiosos y muy polémicos, subirse al poyo era sinónimo de empezar una perorata que acababa en un escándalo monumental. Sin embargo, muchos lingüistas no están convencidos y creen que el origen es más simple y que pollo se refiere al alboroto típico de un corral. Sea como sea, la idea de armar jaleo sigue intacta. Estamos a mitad de nuestro viaje y ya hemos visto de todo, leyendas, traiciones y hasta muebles volando. La sabiduría de nuestros abuelos estaba llena de estas pequeñas píldoras de historia. 

Venga, sigamos que aún quedan historias buenísimas.

Número ocho, estar en Babia. ¿Me escuchas? Parece que estás en Babia. Estar distraído con la mente en otro lugar es estar en Babia. Y no, Babia no es un lugar imaginario, sino una comarca muy real en León. Durante la Edad Media, esta zona montañosa era el lugar de descanso favorito de los Reyes de León. Cansados de las intrigas de la corte, se iban a Babia a cazar y a desconectar de todo. Cuando los súbditos iban a palacio a pedir audiencia y el rey no estaba, la respuesta era siempre la misma. El rey está en Babia. La frase se hizo tan popular que empezó a usarse para cualquiera que estuviera ausente mentalmente, como si su mente, igual que los reyes, se hubiera escapado a ese paraíso leonés.

Número siete, no hay tutía. Cuando algo no tiene remedio, cuando es imposible, decimos con resignación, "No hay tutía." Suena a que una tía podría ser la solución a nuestros problemas, pero el origen es mucho más curioso y tiene que ver con la farmacia medieval. La frase original era: "No hay atutía." La atutía o tutía era un ungüento hecho con óxido de zinc, que se consideraba una especie de panacea, sobre todo para las enfermedades de los ojos. Cuando una dolencia era tan grave que ni la valiosísima atutía podía curarla, se decía que para ese mal no había atutía, o sea, que no había remedio. Con el tiempo, la gente olvidó lo que era la tutía y por cómo sonaba, la expresión derivó en el familiar No hay tu tía.

Número seis, tomar las de Villadiego. Huir, poner pies en polvorosa, pirarse a toda prisa. Eso es tomar las de Villadiego. ¿Quién era ese Villadiego y por qué su nombre es sinónimo de fuga? La teoría más aceptada nos lleva a la Edad Media y a un tiempo de persecución religiosa. Villadiego no es una persona, sino un pueblo de Burgos. El rey Fernando III el Santo le concedió a este pueblo un privilegio que lo convertía en un refugio para los judíos perseguidos. La expresión completa era tomar las calzas de Villiego. Al parecer, los judíos que huían hacia allí se ponían unas calzas o prendas distintivas que funcionaban como un salvoconducto indicando que estaban bajo la protección real. Por tanto, cuando el peligro acechaba, tomaban las de Villadiego y emprendían una huida rápida hacia la seguridad de esa villa. 

Número cinco, la ocasión la pintan calva. Aprovecha que la ocasión la pintan calva. Nos anima a no dejar pasar una oportunidad. La imagen es rara. Una oportunidad calva. La respuesta está en la mitología clásica. Los griegos y romanos personificaban la oportunidad llamada Kairós para los griegos como una figura con una larga melena de pelo por delante, pero completamente calva por detrás. Se la  representaba, además, corriendo de puntillas sobre una rueda para simbolizar lo rápido que pasa. El significado era claro. A la oportunidad solo la puedes agarrar por los pelos cuando viene de frente. Si la dejas pasar y te da la espalda, ya no hay por dónde cogerla. Por eso la pintan calva. Para recordarnos que las oportunidades hay que pillarlas al vuelo. 

Número cuatro, estar a la cuarta pregunta. Hoy casi no se oye, pero nuestros abuelos, para decir que estaban sin un duro, decían que estaban a la cuarta pregunta. Y sí, el origen es un interrogatorio, viene de los antiguos procedimientos judiciales. Cuando detenían a alguien, le hacían una serie de preguntas de rigor conocidas como las generales de la ley. Las tres primeras eran sobre su nombre, origen, etcétera. La cuarta pregunta era siempre la misma. ¿Tiene usted bienes de fortuna? Como te puedes imaginar, la mayoría de los detenidos, ya fuera por pobreza real o para evitar embargos, respondían que no. La respuesta era tan previsible que en la calle estar a la cuarta pregunta se convirtió en sinónimo de no tener un céntimo. 

Número tres, ponerse las botas, comer hasta reventar, disfrutar de un festín o forrarse con un negocio. Todo eso es ponerse las botas. ¿Y qué tiene que ver el calzado con la abundancia? El origen es militar y social. Antiguamente, los soldados de a pie, la tropa, llevaban un calzado humilde como alpargatas. Las botas altas de cuero eran un lujo, un símbolo de status reservado para los caballeros y oficiales que  combatían a caballo. Eran ellos, por supuesto, los que mejor comían y los que se llevaban la mayor parte del botín. Así que llevar botas era sinónimo de ser de la clase privilegiada, la que comía bien y se enriquecía. De ahí que ponerse las botas pasar a significar darse un buen homenaje, ya sea en la mesa o en la cartera. 

Número dos, dormir a pierna suelta. Dormir profundamente, sin preocupaciones de un tirón. La  expresión evoca una relajación total, pero su origen es bastante oscuro y nos lleva a una cárcel. Antiguamente, a los presos se les inmovilizaba con grilletes en los tobillos. A los más conflictivos o a los que intentaban fugarse, a veces se les aplicaba un castigo peor, un grillete que sujetaba una sola pierna a la pared, obligándoles a mantenerla rígida. Era una tortura que impedía dormir y encontrar una postura cómoda. Por el contrario, cuando aún preso lo liberaban de ese cepo y podía por fin dormir con las dos piernas libres sin ataduras, se decía que podía dormir a pierna suelta. Era el máximo símbolo de alivio, un placer que solo se valora cuando se pierde. 

Número uno, se armó la Marimorena. Y llegamos al número uno. Cuando estalla una pelea monumental, un caos absoluto, exclamamos, Se armó la Mari Morena. Pero, ¿quién fue esta mujer para dar nombre a la madre de todas las broncas? La leyenda nos lleva al Madrid del siglo XV, a una taberna en la caba baja. La regentaba un matrimonio y la mujer María era conocida por su fuerte carácter y al parecer por su tez morena, de ahí el apodo "la Mari Morena". La historia que se sitúa sobre 1579 cuenta que unos soldados exigieron que les sirvieran del mejor vino, uno que los taberneros reservaban para su clientela fina. Ante la negativa, los soldados intentaron cogerlo por la fuerza. La reacción de Mari Morena fue legendaria. Se enfrentó a ellos armada con lo primero que pilló y organizó una pelea tan descomunal que se hizo famosa en todo Madrid. Su genio fue tal que su nombre quedó para siempre ligado a cualquier trifula que se precie.

Y así hemos rescatado del olvido 15 joyas de nuestro lenguaje. Hemos conocido a un zapatero  desgraciado, a unos guardias tardones y a una tabernera que no se andaba con chiquitas. Cada refrán es una ventana a la historia de la España que vivieron nuestros abuelos. Son mucho más que frases. Son el ADN de nuestra cultura, un legado de ingenio que se niega a desaparecer. Y recordarlos es en parte recordar quiénes somos. 

lunes, 23 de febrero de 2026

Algunas frases españolas de gramática parda

 Estas cinco frases españolas no significan lo que crees y si las entiendes mal pierdes el plan, el examen y la dignidad. Para Fernán Caballero, la gramática parda se limita a tres principios: "Ver venir, Dejarse ir y Tenerse allá".Vamos con ellas. 

Frase número uno. Ya vemos

Empezamos con la más peligrosa socialmente. Ya vemos. Suena abierta, flexible, moderna, democrática... Mentira. Significado real en la mayoría de los casos: No hay plan. No me quiero comprometer. No insistas. Y Probablemente, no. Mini escena:

-Oye, quedamos el viernes.

- Bueno, ya vemos.

-Perfecto. ¿A qué hora...?

Ya vemos es un no con traje y corbata.

Remate, si organizas tu agenda con Ya vemos, te quedas en casa, vamos a crecer juntos.

Frase número dos, está chupado. 

Ahora la frase que más hace reír a los estudiantes. Está chupado. Sí, suena raro y no, no significa lo que estás pensando, pero sí se usa, muchísimo. Significa: es muy fácil, facilísimo. Pan comido versión calle. Pero hay una ley universal. Cuando alguien dice está chupado, no está chupado. 

-Oye, tranquilo, el examen está chupado.

-Ah, vale, pues no estudio.

-Necesito repetir curso. 

Remate a está chupado: confianza peligrosa.

Frase número tres, no te rayes

Frase nacional multiuso, no te rayes. Sirve para estrés, drama, errores, caos, decisiones malas y  decisiones peores. Ejemplos rápidos:

-Oye, perdí las llaves.

-Ah, no te rayes. 

-Oye, di el mensaje a grupo equivocado

-Hombre, no te rayes, tío. 

-Creo que insulté a su abuela.

-Ah, no te rayes.

Es terapia exprés sin factura. 

Remate: funciona el 30% de las veces, pero se intenta. 

Frase número cuatro, luego te digo.

Esta frase parece responsable, luego te digo, pero no lo es. Posibles significados reales: No lo sé. No quiero decidir. Me da pereza pensar. Voy a desaparecer. Y es para que lo olvides. Mini escena:

-Oye, ¿comemos mañana?

-Sí, luego te digo.

-Vale, perfecto.

Luego te digo, es el "modo avión" conversacional.

Remate, si dependes de eso, ya no hay plan. 

Frase número cinco. Ya, si eso.

Nivel avanzado, cinturón negro social. Ya sí eso no tiene traducción exacta, es energía. Significa quizá, puede ser, no prometo nada, no cuentes conmigo o probablemente no, pero con cariño. 

-Oye, vamos al gym a las 7.

Ya, si eso. 

Pero todos sabemos que nadie va, hombre.

-Terminamos el proyecto hoy. 

-Ya, sí eso

Pero no se terminó. 

Remate: es el "Sí, pero no", pero educado.

Bloque extra. Frases rápidas: un bonus.

Minifrases que también rompen cerebros:

A ver, no siempre es mirar, puede significar: Explícate, dime, te escucho, sorpréndeme o no te creo todavía. Depende al cien por cien de la cara. 

Hombre, no habla de género. Es reacción emocional, sorpresa, duda, desacuerdo suave.

-Hombre, no sé yo. 

Eso ya es un no con música.

Tal cual. Significa exactamente, totalmente, cien por cien, es así. Tal cual es el confirmado español. 

Estas frases no salen en los cursos; pero salen todos los días en conversaciones reales. Puedes saber gramática perfecta, pero si no entiendes estas frases, estás en modo turista lingüístico. Escribe en comentarios qué frase te confundió más o cuál entendiste mal y pagaste el precio. Y, tranquilo, no te rayes.

lunes, 26 de enero de 2026

El inventor de palabras para sentimientos secretos

 El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos", en El Mundo, por Jose María Robles 25 enero 2026:

El arqueólogo del lenguaje John Koenig ha creado 800 nuevos términos para definir nostalgias, penurias y alegrías. En 'Diccionario de tristezas sin nombre' publica la mitad.

El inventor de palabras para los sentimientos secretos: "No estamos obligados a preservar el vocabulario de hace cuatro siglos si ya no describe el mundo en que vivimos"

Por la ventana del despacho de John Koenig se cuelan algunos haces de luz que le dan a la estancia una atmósfera mágica, como de trastienda de anticuario o librería de viejo. Tal vez el dueño de la vivienda haya bajado la persiana casi del todo para ver mejor la pantalla del ordenador. Pero quizá lo ha hecho para aislarse del exterior: Koenig vive en Mineápolis y la ciudad es desde hace días un polvorín tras la muerte ya de dos vecinos tiroteados por los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) y la posterior oleada de protestas callejeras.

"No creo que nadie sepa realmente qué pensar de lo que está ocurriendo, estamos muy poco familiarizados con este tipo de situaciones. Es algo innecesario y brutal", cuenta por videollamada a propósito del clima de tensión quien, durante su época de estudiante en África central, sí se acostumbró a tener que enseñar su identificación cuando y donde cualquier gendarme lo reclamase arbitrariamente.

Por suerte, las vivencias de Koenig en el extranjero no siempre fueron perturbadoras. La década que residió en Ginebra entre los ocho y los 18 años -su padre trabajaba para una multinacional, de ahí su movilidad a edad temprana- explica en gran parte el proyecto al que ha dedicado la vida adulta: el Diccionario de tristezas sin nombre (ed. Capitán Swing), uno de los títulos más especiales de la temporada literaria.

Su condición de expatriado estadounidense en un colegio de la políglota y multicultural suiza le proporcionó a Koenig una cosmovisión ancha donde las palabras representan mucho más que una simple transacción oral o escrita. "Cuando estás rodeado de otras maneras de entender el mundo reflejadas en el lenguaje y la diversidad flota en el ambiente, te das cuenta de que no hay una forma correcta de ser", explica. "Convivía con tantas personas diferentes que no me quedó otra que percibir la vida como un inmenso bufé del que podía coger su creatividad para interpretarla a mi manera".

Cuarentón nacido en Idaho, Koenig se dedica desde hace más de década y media a crear palabras que definen emociones y sensaciones crípticas, algunas de ellas inatrapables desde hace siglos. Semejante labor arqueo-etimológica le ha convertido en el Indiana Jones de los entusiasmos secretos. En Diccionario de tristezas sin nombre explora un centenar de lenguas vivas y muertas de todo el planeta -del latín al japonés, del hebreo al euskera- en un impulso tan conmovedor como admirable por actualizar el lenguaje relativo a la experiencia humana. Sus términos, elaborados como collages saltarines, hacen referencia a dolores, alegrías, ansiedades y otras palpitaciones íntimas de la cotidianeidad.

Así, crisalismo se refiere a la tranquilidad que produce sentirse bajo techo durante una tormenta; exulancia acota la renuncia a hablar de una experiencia propia porque los demás no son capaces de valorarla, ya sea por envidia, compasión o simple extrañeza; anemoia es eso que, por ejemplo, provoca la contemplación de una foto antigua y remite a la nostalgia de una época que nunca hemos vivido; zenosine expresa la percepción de que el tiempo pasa cada vez más rápido; liberosis atrapa el deseo de preocuparse menos de las cosas que producen parálisis; fensividad delimita la reacción de un amigo cuando muestra interés por una de nuestras obsesiones; yráth apunta a la sed de misterio en una época de respuestas fáciles; y sonder es lo que sentimos en medio de un concierto, un atasco o una tragedia colectiva y refleja la consciencia de que cualquier ser humano tiene una historia interesante detrás.

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"Hay un gran punto ciego en el lenguaje de las emociones, inmensos boquetes léxicos que ni siquiera sabemos que nos faltan", anota Koenig en su libro. "Tenemos miles de palabras para referirnos a distintos tipos de pinzones, goletas y ropa interior histórica, pero sólo un vocabulario rudimentario para captar las deliciosas sutilezas de la experiencia humana", denuncia lo obsoleto que se ha quedado el campo semántico referente a los estados de ánimo.

Con la intención de llenar semejante vacío, Koenig ha acuñado en torno a 700-800 entradas para su originalísimo diccionario, que nació con formato de blog, después mutó en canal de YouTube -tiene más de 400.000 suscriptores y 13 millones de visualizaciones- y ahora llega a las librerías de 10 países con una selección de 300-400 definiciones. Se trata de un repositorio deslumbrante gracias también a la labor de Magdalena Palmer, responsable de su traducción al castellano.

"Me gusta decir que parecen más pequeños poemas que cualquier otra cosa. ¿Mi favorita? Veo el resultado como una paleta de colores y no sería capaz de decidirme entre el morado y el naranja", bromea este sociólogo y diseñador gráfico de formación y publicista de profesión, al que un curso de escritura creativa transformó en inventor de palabras. "De todas las que he inventado, la que más impacto ha tenido es sonder", revela. "A mucha gente le resultó útil abrazar una definición como ésta porque, especialmente ahora, cuesta encontrar la humanidad en el prójimo: es demasiado fácil reducir a los demás a simples extras en nuestro día a día".

¿Cómo definiría su labor?

Es como pulir una piedra preciosa o ponerle un asa a una nube: materializar lo que antes no tenía forma y pasaba inadvertido. Los sentimientos son invisibles, te atraviesan la cabeza, pero si les pones nombre puedes hacerlos tangibles y luego compartirlos con alguien más. El lenguaje se creó para unir a la gente. El problema es que se ha vuelto demasiado sofisticado como tecnología. Es como si estuviéramos dentro de Matrix y sólo viéramos su destello, no la realidad que representa.

Explíquese, por favor.

Por una parte, el libro aspira a enriquecer el lenguaje. Por otro, quiere burlarse de la consideración de nuestras palabras como algo por lo que es digno morir. No tenemos que hacer eso. Nuestras palabras tienen 400 años, no estamos obligados a preservarlas si ya no describen el mundo en que vivimos o cómo nos sentimos.

Diccionario de tristezas sin nombre está dividido en seis capítulos: el mundo exterior, el yo interior, la gente que conocemos, la gente que no conocemos, el paso del tiempo y la búsqueda de sentido. Los nuevos sustantivos, verbos y adjetivos parecen más pensados para el autoconsumo que para el uso conversacional. Eso sí, a diferencia de los manuales de autoayuda con pretensión de superventas, el trabajo de Koenig no busca generar ningún efecto imitación.

"No recomendaría a todo el mundo que se pusiera a poner nombre a sus sentimientos", matiza el autor. "Me considero una persona rara y aislada, también bondadosa. Para mí inventar palabras es casi como hacer meditación. Intenté reservar la mayor parte de mis textos para mí. Todo el mundo escribe hoy para un determinado público e intenta darle lo que quiere, así que yo intenté hacer justo lo contrario: hablar conmigo mismo y permitir que otros sintonizaran a través del libro".

Que nadie piense que este yanqui trotamundos lleva 15 años en permanente estado de gracia. Parte de la inspiración se la debe a la mente-colmena sustentada por internet. Al correo electrónico de Koenig llegan mensajes de todo el planeta cuyos remitentes le detallan sus humores más íntimos con la esperanza de que pueda darles nombre. Su bandeja de entrada es, por tanto, más un diván que una pila bautismal.

¿Por qué tenemos más palabras para lo triste que para lo alegre?

Todas las familias felices se parecen, pero cada familia desgraciada lo es a su manera... [recuerda el mítico inicio de la novela Ana Karenina]. Si todos los días te encuentras bajo un cielo azul, ¿qué sentido tiene hacerle más de una foto? La vida es más interesante cuando no es lo que te esperas ni lo que sueñas. Personalmente, cuando me sale algo perfecto, me siento un poco triste. A esa sensación la llamo cairoesclerosis.

¿Qué emoción o sentimiento le ha costado más codificar?

Hay algunas que, cuando intentas expresarlas con palabras, se deshacen. Descubrí que el amor romántico es una de ellas. No hay demasiadas referencias al amor ni a las relaciones en el libro, seguramente porque son cuestiones muy íntimas y porque ya se ha dicho todo sobre ellas. Me pasa lo mismo con la tecnología. Cuanto más escribía sobre ella, más me sentía como un anciano gritándole a una nube, porque los cambios se suceden muy rápidamente. Por cierto, escribí el diccionario antes de la irrupción de la IA.

El de Koenig es el tipo de libro que ChatGPT va a tardar en poder escribir, porque implica introspección psicológica, exploración paisajística y celebración de lo esencialmente humano. Pero, sobre todo, porque invita a usar el lenguaje con empatía en un momento histórico en el que éste se emplea con demasiada frecuencia como arma arrojadiza en redes sociales, programas de televisión o atriles políticos.

"El lenguaje es un milagro, un truco de magia", resume. "Deberíamos reflexionar más sobre las palabras en general y ser más cautos sobre las consecuencias que tienen en nosotros".

La actualidad confirma que hablar de neologismos puede dar lugar a debates intensos... por no decir inflamables. "Todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet", confesaba el escritor Arturo Pérez Reverte hace un par de semanas en estas mismas páginas. El también miembro de la RAE refutaba el viejo lema de la institución para denunciar la vulgarización de la lengua debido, entre otros motivos, al alud de coloquialismos incorporados en los últimos años. "Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre", exponía Reverte con amargura.

Diccionario de tristezas sin nombre se sitúa en las antípodas del empobrecimiento del lenguaje. Además, da la casualidad de que en su prólogo incluye un pequeño guiño al castellano: la mención de duende -el pellizco flamenco- junto a otros términos que hacen referencia y emociones supuestamente intraducibles, como hygge, saudade o schadenfreude. "Aprendí español, pero lo fui perdiendo", lamenta Koenig. "Es un idioma hermoso, me aseguraré de que mis hijos lo aprendan. Me encantan los idiomas -es una tragedia que estén desapareciendo tantos pequeños- y coleccionar diccionarios para perderme en ellos".

¿Qué lengua siente más afín a su manera de estar en el mundo? ¿A cuál suele recurrir para inventar nuevas palabras?

Con el griego antiguo suelo dar en el clavo. Por eso muchas de las nuevas palabras suenan a diagnósticos médicos [sonríe]. Es una lengua poética, casi sagrada, pero a la vez muy lúdica.

¿La publicación del libro supone el fin de su proyecto?

Llevo tanto tiempo trabajando en él que no creo que pueda parar. Para mí representa una forma de vida. Sigo tomando notas de cosas que me encantaría poder definir.