Mostrando entradas con la etiqueta Inéditos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inéditos. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de octubre de 2026

La estilometría identifica una nueva comedia de Lope de Vega

 La inteligencia artificial atribuye a Lope de Vega una comedia de Claramonte, Julián Herrero, La Razón, 16.10.2026:

El congreso sobre el Siglo de Oro celebrado en Madrid descubre la última obra atribuida al Fénix de los Ingenios, la número 362.

Que algo se haya terminado hace 500 años no es sinónimo de que esté pasado de moda. Se cerró el Siglo de Oro a su debido tiempo y, sin embargo, solo hace falta ver las carteleras de los teatros, siempre con reinterpretaciones de los clásicos, para descubrir que lo que nos pasa hoy no dista tanto de lo de entonces; o los festivales veraniegos de teatro, muchos de ellos dedicados en exclusiva a los Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y compañía.

Y curioso es que en esto del estudio áureo también existan las modas. Con los nombres de los citados, los primeras espadas de esto, presentes pase lo que pase, la tendencia actual ha virado hacia otro hombre que a poquitos va haciéndose su sitio entre el resto de autores (y autoras, también en boga en la actualidad gracias a los trabajos para rescatar su memoria). Suyos son Tan largo me lo fiáis, el origen del mito del Don Juan del Burlador, y La Estrella de Sevilla, piezas que los recientes estudios han ido revisando hasta otorgarle a él, y solo a él, un reconocimiento que los caprichos de antaño, tantas veces injustos, le hurtaron.

Pasión por Claramonte en su aniversario

Tal es la pasión, si es que se puede llamar así, por este ilustre murciano, don Andrés de Claramonte, que el Congreso Internacional Madrid en el teatro español del Siglo de Oro, que se celebra estos días, se ha visto desbordado por el interés en su figura aprovechando el cuarto centenario de su fallecimiento. Lo reconoce Germán Vega García-Luengos (Universidad de Valladolid), organizador del evento junto a Luciano García Lorenzo (CSIC). “La gente lo ha querido así”. Abrieron las solicitudes y los expertos se volcaron en él: las 30 sesiones que de inicio se pretendían programar se vieron ampliadas hasta las más del medio centenar. Enterrado en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, Claramonte “no es solamente un copión, como algunos –entre ellos Menéndez Pelayo– dijeron de él”, explica el investigador: “Tenemos un autor con bastante más obra de la que tradicionalmente se le ha considerado. Y dentro de ella cuenta con dos textos muy grandes, por lo que tendríamos que considerarle un dramaturgo importante y no dejarle en el cubo de la basura”.

El profesor también es responsable, en esta ocasión de la mano del profesor Javier J. González Martínez, de la exposición que la Biblioteca Regional de Madrid organiza hasta el 10 de enero, Madrid en el teatro del Siglo de Oro. En ella ya se vislumbran los temas que se debaten estos días en el complejo cultural El Águila de Madrid alrededor de los quehaceres de los dramaturgos en la capital. Poco es más significativo que los tres autores más representativos de la fecha, y grandes figuras del teatro universal, fueran madrileños. Igual que otros dos genios como Cervantes y Quevedo.

Óleos, manuscritos, trajes, maquetas y demás componen este recorrido por el epicentro de la Monarquía Hispánica, donde se contaba con las infraestructuras más dinámicas del teatro comercial, factor fundamental para su desarrollo; y al tiempo, en la misma ciudad se encontraban los más destacados enclaves palaciegos para celebrar los espectáculos cortesanos; así como sus plazas y calles, en las que se acogían las formas de representación más diversas.

Un "nuevo" ilustre de las letras españolas

En estas salas, por supuesto, también encuentra acomodo ese “nuevo” ilustre de las letras del Siglo de Oro, Andrés de Claramonte. Un hombre de fama creciente que murió en Madrid, en 1626, y que ha logrado desbancar de la autoría a tipos como Tirso y Lope. No obstante, la moneda no iba a caer siempre de su lado. En esta ocasión, la firma da la vuelta y pasa de Claramonte al mismísimo Lope de Vega, quien se convierte en dramaturgo de pleno derecho de una comedia como El infante de Aragón. Es la principal novedad que trae este congreso. Vega García-Luengos se ha reservado para la última jornada una exposición en la que ha descubierto esta nueva obra de Lope atribuida hasta ahora a Claramonte. Una charla que ampliará en el Anuario Lope de Vega y en la que profundizará en los motivos que le han llevado a dicha conclusión.

Igual que hiciera antes con La francesa Laura (que pasó de ser “anónimo” a pertenecer al corpus de Lope), el profesor castellano ha acudido a la inteligencia artificial para resolver la ecuación de la estilometría: “Son procesos largos, pero el primer chivatazo nos lo da la máquina sin casarse con nadie. Valora únicamente elementos léxicos y está demostrado que tiene una gran eficacia”. Y así, “entrenando” cada día a la IA, asegura que una comedia firmada por Claramonte que nunca se había discutido, “de repente”, apunta, “pasa a irse con Lope. Y luego, todos los elementos que hemos estudiado nos llevan a afirmar con efectivamente es un Lope”.

De las más de 1.500 obras que se sostiene que escribió el Fénix de los Ingenios, ya hay catalogadas 362 con este “renovado” Infante de Aragón. “Y otras dos más que seguro que son de él, pero que todavía tenemos que hacer las comprobaciones oportunas”, añade Vega.

Política y amor como base de la comedia

Se destapa de este modo una nueva historia para una comedia publicada en la primera mitad del siglo XVII con base política y amorosa que pone su atención en el enfrentamiento entre los reinos de Aragón y Navarra; y en la que el infante en cuestión se enamorada de su homóloga de enfrente. “Tiene momentos muy interesantes en los que se ve claramente que es de Lope y a pesar de que han desaparecido algunos versos, que se echan en falta, sobre todo, en la tercera jornada. Pero no perjudica para saber de qué va la acción. Es muy posible que la obra se aplicase a Claramonte porque Lope ya había muerto. Al revés de lo que pasaba con él en vida, que se le atribuían las obras de otros porque él era el gran divo del teatro. Es algo que fue muy frecuente y que gracias a la estilometría y otras herramientas de la inteligencia artificial nos estamos dando cuenta de que hay bastantes más problemas de los que pensábamos. Aparecen dudas donde pensábamos que no había ninguna”.

No duda Vega de la IA. “Hasta ahora, cuando nos dice que una obra es de Lope, o de otro, no hemos encontrado fallo. Los resultados son contundentes y nunca se ha desdicho. Esa es la ventaja de la estilometría, que es neutral y objetiva”: acude a las estadísticas de léxico y mide las 500 palabras más frecuentes para compararlas con las de otros 3.000 textos del Siglo de Oro. “Y con eso te arroja unas cifras de proximidad que te permiten recuperar información de distintos medios”, explica a La Razón un hombre que trabaja incansable en la enseñanza de textos a la IA.

domingo, 16 de agosto de 2026

Más conferencias inéditas de Borges. Dossier.

 I

 Borges piensa en voz alta, en El País, Juan Gabriel Vásquez, 16 ago 2026:

La publicación de unas conferencias del escritor argentino muestra su insólita inteligencia y el valor de los libros

Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como "El sur" o "La muerte y la brújula", no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera.

II

Borges conferencista, en Qué Leer, 24 julio, 2026, Ricardo Gil Otaiza:

Nunca dejamos de asombrarnos con Jorge Luis Borges, porque, con cada género que tocó, creó todo un universo muy particular: como si su genio fuese infinito, perdido a su vez en multitud de laberintos al final de los cuales percibimos una luz que abre dentro de cada uno nuevas alteridades, para reconocernos en la vasta dimensión de ser uno y otros a la vez, para asumir que la realidad no es en esencia la que nos muestran los sentidos, sino que va más allá de nuestra propia noción del ayer y del ahora, para hacer de nosotros complejidad y destino.

En este orden de ideas, nos llega de la mano de Alfaguara 2026 un tomo fundamental, titulado Conferencias reunidas 1960-1985, compilado y editado por Sara Luisa del Carril, y que sale en la colección Narrativa Hispánica Biblioteca Jorge Luis Borges, imprescindible para la comprensión del disertante y pensador, y necesario para quienes nos adentramos en los agrestes territorios del intelecto, de la teoría literaria, de los campos de la filosofía y de la historia, por los que discurrió  el gran autor con enorme solvencia e intención incisiva y además crítica.

No pasó Borges por la literatura para dejar intacto todo aquello que trajinó en su larga existencia, sino que en cada una de sus páginas podemos sopesar —en su justa dimensión intelectual y metafísica—, su espíritu inquieto, abierto a la esencia del vivir, dudoso de todo aquello que solemos llamar como “certezas”, para descolocarnos en la comodidad de un ahora que en él es duda y desafío, hondura y asombro, y no lo hizo tan solo en los géneros literarios per se (poesía, narrativa y ensayo) que abordó con maestría, sino además en sus posturas intelectuales frente a grandes públicos, que desarticulaban finos mecanismos de relojería asumidos como lo “políticamente correcto”, y así llevar a sus escuchas —y hoy a sus lectores— por serpenteantes caminos, de los que no se puede regresar al punto de partida sin reconocerse un cambio, una remezón interior, un vuelco copernicano que nos reubica y nos reta en el ahora.

Por supuesto, hay en estas conferencias aquello que calificamos con el adjetivo de borgeano, es decir, el autor que a veces divaga, retrocede y avanza, articula y analiza, y que con extrema lucidez busca hallar aquello no dicho anteriormente: nuevas vetas y vislumbres, artificios eruditos y jugarretas intelectuales y humorísticas, todo lo cual nos permite disfrutar a un autor cercano, inagotable, locuaz, tímido pero seguro de sí mismo, y aunque a veces dude, y ponga entre paréntesis algunas de sus muchas afirmaciones, esa duda formará parte también del corpus de su propia postura, que nunca se nos impone, sino que con cautela nos aproxima a una realidad que nos invita a visitar y conocer: a mirar con nuestros ojos, a cotejar un antes y un después que haga de nosotros piezas clave de su propio esfuerzo, y de su mirada.

El libro, de 424 páginas, está integrado por 30 piezas: "Notas para esta edición", por Sara Luisa Carril; (1960) "Poesía gauchesca"; (1962) "Leopoldo Lugones"; (1963) "The Spanish Language in South America. A Literary Problem"; (1963) "El gaucho Martín Fierro"; (1964) "La poesía gauchesca"; (1964) "El enigma de Shakespeare"; ((1965) "Poesía y arrabal"; (1965) "El Libro de Job"; (1967) "Spinoza"; (1967) "Agnon"; (1967) "La literatura fantástica"; (1968) "Martín Fierro, el gaucho y la literatura"; (1969) "Una historia del libro"; (1971) "Testimonios de mis libros"; (1972) "Destino y obra de Camoens (1)"; (1972) "Destino y obra de Camoens (2)"; (1973) "Mi poesía"; (1973) "Mi prosa"; (1975) "El escritor y su destino"; (1975) "El escritor y su tiempo"; (1980) "La metáfora"; (1980) "Recuerdos de mi amigo Xul Solar"; (1980) "Borges evoca a Camoens"; (1980) "Así escribo mis cuentos"; (1982) "(La poesía). Lo esencial de esta noche será el diálogo"; (1984) "El universo: una serie de sueños"; (1985) "El labrador de infinitos" y (1985) "La última conferencia. Apéndice: La lengua española en Sudamérica. Un problema literario" (traducción de “The Spanish Language in South. A. Literary Problem”.

Es de resaltar, tal como lo expresa la editora Del Carril, que las conferencias incluidas —y que fueran dictadas en distintos contextos— “no habían sido recogidas en forma de libro”, de allí su importancia. Las mismas estaban dispersas y ahora este conjunto que hoy se nos entrega se erige en una obra de referencia y de consulta que servirá, no solo a los estudiosos de universidades y centros de  investigación, sino a los amantes de la obra del escritor e intelectual argentino, que buscarán en sus páginas profundizar en las raíces de su propuesta literaria (su obra), de su visión del hecho literario y de sus hacedores (Emerson, Góngora, Kafka, Shakespeare, Hernández, Shaw, Wilde, Mallarmé, Reyes, Fernández, Homero, Cervantes, Darío, Kiplin, Carroll, Neruda y Güiraldes, entre muchos otros), su pensamiento filosófico (Platón, Spinoza, Voltaire, Hume, Berkeley, Schopenhauer, Bacon, Russell, etc.), así como sus posturas frente a hechos puntuales como el lenguaje, la poesía, la narrativa, el infinito, la identidad, su tiempo histórico, su relación con obras fundantes de nuestra cultura, la mirada del otro, su perplejidad frente al mundo, sus asombros, la épica, lo fantástico, la tradición, la eternidad, la inmortalidad, el sueño y la realidad.

Enhorabuena por esta obra, que sale a raíz de la conmemoración de los 40 años del fallecimiento de Borges, y que fue presidida, a comienzos de este año, por la publicación de los Cuentos completos, la Poesía completa y los Ensayos completos, también por Alfaguara (ver mi reseña Borges, sin asomo de duda en Qué Leer: 16/02/26), cuya suma se hace en sí misma exponencial e impostergable.

III

Borges y la tercera parte del Martín Fierro, en Ulrica Revista, 26 jul 2022, por Sara Iriarte:

Jorge Luis Borges nutrió un enorme interés por el Martín Fierro de José Hernández, que volcó en los ensayos críticos donde se ocupó de la literatura gauchesca y de aquel que no dudó en llamar «el libro más importante que hemos producido los argentinos en 150 años». El autor extrajo, asimismo, de sus reflexiones sobre el célebre poema los virajes con que reescribió el texto en "El fin" y "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)". Y, si seguimos el recorrido de las presentaciones que Borges ofreció en el país y en el extranjero a medida que su consagración como escritor crecía, es posible vislumbrar el peso indiscutible que el Martín Fierro tuvo entre los temas que le apasionaban.

  Gracias a un trabajo de roedor de bibliotecas tuve noticias de las primeras conferencias que Borges realizó en Inglaterra cuando comenzaba a ganar renombre internacional y donde se ocupó del Martín Fierro. Corría 1963 y el autor de El Aleph había comenzado a captar la atención de los lectores angloparlantes al recibir el Formentor Prix International for Editeurs—cuya primera edición compartió con Samuel Beckett; y gracias a las incipientes traducciones de su obra que empezaron a aparecer en Gran Bretaña.

  En la primera de esas presentaciones, brindada en la Canning House, Borges eligió tratar sobre el español de nuestro país como un problema literario. Allí, nuestro autor más universal y a la vez anclado en la tradición sostuvo que el deber de los escritores de lengua española es el de hacer de ésta un instrumento aceptado en todo el mundo. Y proponía como ejemplo de una obra literaria escrita en un español no local justamente (¡y contradiciendo ríos de tinta que aseveraban su idiosincrasia lingüística!), al Martín Fierro de Hernández. Este texto, que según Borges «puede ser leído por cualquier persona que tenga algún conocimiento del español», fue el escogido para demostrar la posibilidad de hacer sentir la atmósfera criolla sin caer en el desatino de hacer hablar en criollo. Intentar escribir como argentino era algo que el mismo Borges confesaba haber hecho y tratado de rectificar incinerando cuanto ejemplar encontrase de El tamaño de mi esperanza… Un error de escritura (y de mocedad) en que ya no caería, y un error de lectura en que sugería a sus oyentes no caer. Allí estaba Borges haciendo de uno de los paradigmas de nuestra tradición, el Martín Fierro, un modelo de lo universal, y prodigando para su propia obra un anaquel en las bibliotecas mundiales, cuyo rótulo, si había de haberlo, no fuera el de una comarca.

  En la segunda conferencia, que brindó en la Universidad de Bristol, se ocupó más detenidamente del Martín Fierro. Asombra el tono de anécdota que domina la presentación por momentos. Por ejemplo, al narrar cómo tuvo la oportunidad de comprobar personalmente, siendo aún joven, la esgrima que un anciano criado en estancia conservaba para manejar el puñal; es decir, la veracidad de esa admirable manera de batirse a duelo a lo gaucho que tanto revive la literatura argentina. En el mismo tono contó a sus oyentes que las nietas de Hernández le confesaron una vez la existencia de una tercera parte del Martín Fierro, dictada por Don José desde el otro mundo; un manuscrito que conservaban en su casa, pero que Borges jamás vio, ya que por descuido o desgano no concretó la visita. «Vamos a suponer que ese Martín Fierro hubiera sido comparable a los dos anteriores… Entonces la literatura argentina se hubiera enriquecido con un texto precioso para nosotros y, además, yo habría averiguado el problema que preocupó tanto a Sócrates en aquella última noche que habló sobre la inmortalidad mientras esperaba la cicuta», conjeturaba. Y así condesaba Borges sus cavilaciones sobre el enriquecimiento del patrimonio literario de un pueblo y sobre el misterio de la trascendencia—de un autor, de su obra, de un personaje…—en los confines interiores de su tradición y, tal vez, más. La tercera parte del Martín Fierro dictada desde un más allá—cuya existencia no interesa demostrar, sino tan solo deleitarse con su entidad virtual— bien podría ser el continente de reescrituras, apropiaciones y adaptaciones a las que convida el poema de Hernández; entre ellas, las del propio Borges lector, escritor y conferencista.

Los títulos de las conferencias fueron The Spanish Language in South America. A Literary Problem y El gaucho Martín Fierro. Fueron recogidas en el libro homónimo editado por The Hispanic & Luso-Brazilian Councils, Londres, 1964. Agradezco a Daniel Balderston por la invitación para investigar en la Biblioteca de la Universidad de Pittsburgh, donde hallé este ejemplar. Las presentaciones brindadas por Borges a lo largo de cuatro décadas pueden consultarse en www.borges.pitt.edu 

IV

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado "Un homme à tuer". Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como "Pierre Menard, autor del Quijote", que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como "Examen de la obra de Herbert Quain", que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y "La biblioteca de Babel", que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor.

Inútil es que te forjes

idea de progresar,

porque, aunque escribas la mar,

antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.

V

Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito, en El País, Mar Centenera, Buenos Aires - 02 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como "El hombre de la esquina rosada", "La intrusa" e "Historia de Rosendo Juárez", entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema "Fundación mítica de Buenos Aires" aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

domingo, 5 de julio de 2026

Más sobre Federico García Lorca

    I

 García Lorca en la inmensidad, en El País, por Enrique Vila-Matas, 26 may 2026:

La noticia del triunfo en Cannes de ‘La bola negra’, filme inspirado en la última e inacabada obra del poeta, me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que enviara desde Nueva York a sus padres

En el juego del escondite, ¿deseaste alguna vez no ser descubierto y así poder seguir felizmente oculto, perdidamente perdido en la noche, en silencio, sabiendo que existe la gloria nocturna de ser grande no siendo nada?

En esa gloria de ser y no ser pensé cuando la noticia del triunfo en Cannes de La bola negra —filme inspirado en la última e inacabada obra de Federico García Lorca— me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que el poeta enviara desde Nueva York a sus padres. Carta fechada el lunes 21 de octubre y escrita justo tres días antes del estallido del crack del 29. La encontraremos en el libro No te olvides de escribir (Akal, 2026), donde el especialista lorquiano Víctor Fernández ha reunido cronológicamente la arrebatadora correspondencia del poeta con su familia.

En esa carta, Federico contaba a los padres que por primera vez se había quedado perdidamente perdido en la gran ciudad de Nueva York y, a través de lo que narraba, podía intuirse la sombra del cambio radical de registro poético que se estaba dando en él, es decir, su paso de “poeta del pueblo” y de autor del Romancero gitano al de autor de Poeta en Nueva York.

Un documento que nunca imaginé que podría encontrar. Un documento donde en realidad narraba cómo fue que, al perderse por primera vez en aquella ciudad inmensa, acabó a la vez perdiéndose en lo más infinito del universo. Pero lo contaba de un modo más suave, con asombrosa sencillez, como si para explicar un cambio de estilo poético tan complejo fuera suficiente una prosa sintética: “Queridísimos padres (…) el otro día tuve al fin mi primera pérdida en la ciudad. Me equivoqué de ferrocarril elevado y, en lugar de coger el de la Sexta Avenida, tomé el de la Novena y fui a parar a un sitio opuesto a donde iba…”.

Así de sencillo. Hasta que no pasa algo así, decía Lorca, “no se entera uno de dónde está, de la inmensidad de calles y la agrupación de millones de gentes”. Y aquí creo que habría que añadir que tampoco se entera uno —en el momento en que eso ocurre— de que se está acercando a un tipo de literatura, que es una gran generadora de mundos, donde son muy valoradas las experiencias de lo desmesurado: “Nueva York me ha dado como un mazazo en la cabeza. El puerto y los rascacielos iluminados confundiéndose con las estrellas…”

Sólo tres días después de aquella crucial carta a los padres, estallaba el trágico crack del 29. Y Federico, como si tuviera contacto directo con nuestro mundo de hoy, hablaba con infinita lástima de “toda esa gente expuesta a las terribles presiones y al refinamiento frío de los cálculos de dos o tres banqueros dueños del mundo”.

Federico y sus presentimientos. Había presagiado su propia desaparición en el ancho universo, como si en el fondo —“estoy abrumado de tanto jaleo y tanta popularidad”— buscara el placer de no ser encontrado y la gloria nocturna de ser grande no siendo nada: “Me buscaron en los cafés, en los cementerios, en las iglesias / Ya no me encontraron, / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron".

II

Los diarios secretos del último amor de Lorca: “Mi dolor fue mío, sin posibles consuelos dada la densa maraña de prejuicios que envenenaba la vida española”, en El País, Natalia Junquera, Madrid - 5 jul 2026:

EL PAÍS revela extractos de las memorias inéditas de Juan Ramírez de Lucas, con quien el poeta planeaba abandonar España antes de ser asesinado. La documentación podrá verse al completo en la nueva película de Manuel Menchón

“Con cerca de 70 años transcurridos”, escribe Juan Ramírez de Lucas, el último amor de Federico García Lorca, “si he decidido ahora comenzar este relato es porque considero que estos dolorosos recuerdos no deben quedar solo escondidos en lo más recóndito y secreto de mi vida, pues todo lo que perteneció —de una manera u otra— a la personalidad de uno de los más excelsos, decisivos, permanentes poetas españoles tiene un interés general histórico y no debe quedar recluido en el santuario íntimo de quien tuvo la inmensa fortuna de convivir con el POETA”.

El párrafo corresponde a la primera página de los diarios de Ramírez de Lucas, a la que ha tenido acceso EL PAÍS y que verá la luz en otoño, junto al resto de sus cuadernos, en la película La voz quebrada, dirigida por Manuel Menchón. El crítico de arte, último amor de Lorca, falleció en 2010 con el peso de aquel secreto, pero decidido a compartir su historia, consciente, como explica en ese “prefacio”, de que cualquier aspecto de la vida del poeta español más universal, “el POETA” con mayúsculas, como él mismo lo describe, merecía ser conocido por todos. “Muchas resistencias”, prosigue en ese diario, “he tenido que vencer para llegar a esta decisión presente, pues siempre mi dolor fue exclusivamente mío, sin posibles consuelos ajenos dadas las especiales circunstancias en las que todo se produjo y también la densa maraña de prejuicios y tabús que envenenaba la vida española de todos aquellos años y los muchos siguientes, que pesaban como losa inamovible sobre mí”. Estas líneas se publican por primera vez décadas después, en el último día de la fiesta del Orgullo.

En mayo de 2012, EL PAÍS reveló la última carta que Lorca había escrito a Ramírez de Lucas, fechada el 18 de julio de 1936, el día que estalla la Guerra Civil, así como dibujos y un poema inédito. En la misiva, el poeta le pedía a su novio que fuera fuerte y que tratara de convencer a sus padres para que respetaran sus ideas: “No dejes que el río te lleve. Juan, es preciso que vuelvas a reír. A mí me han pasado también cosas gordas, por no decir terribles, y las he toreado con gracia”. Dos meses después de que este diario publicase aquella documentación, la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados reconoció la relevancia histórica de ese archivo privado, conservado durante décadas por el último amor de Lorca, y aprobó una proposición no de ley para instar al Gobierno a promover convenios para que pudieran ser digitalizados y puestos a disposición de los investigadores. “El precio de ese legado”, explicó entonces la diputada firmante de la iniciativa, Ascensión de las Heras, de Izquierda Unida, “es incalculable”. Pero todo quedó en nada.

Menchón se estaba documentando para hacer una película sobre Lorca cuando quiso saber más de aquel hombre que era un misterio, Ramírez de Lucas. “Hablé con Ian Gibson [el hispanista que ha dedicado toda su vida a indagar sobre el poeta] y me explicó que había intentado entrevistarlo, pero que había sido imposible. Contacté con la familia, les expliqué el proyecto documental que quería hacer y fueron muy generosos. Además de los documentos que el Congreso había pedido digitalizar, nos han cedido mucho más material inédito, y en paralelo hemos hecho una investigación propia de cinco años, apoyados por varias universidades, hispanistas, historiadores... Sinceramente, creo que el resultado es algo histórico porque esclarece muchas cosas de los últimos meses de vida de Federico”.

En la portada de los diarios de Ramírez de Lucas, publicada por primera vez por EL PAÍS en 2012, el nombre “Federico” está rodeado de lágrimas de color rojo, el de la sangre. El verano de 1936 ambos planeaban abandonar España y empezar una nueva vida en algún lugar donde no tuvieran que llevar su relación en secreto, pero el poeta fue asesinado la madrugada del 18 de agosto. Casi 90 años después sigue formando parte de los desaparecidos del franquismo, ya que fracasaron todos los intentos por encontrar la fosa donde fue enterrado. Su último amor convivió en secreto toda su vida con el dolor de aquella pérdida. “Luis María Ansón, que fue su jefe en Abc”, recuerda Menchón, “me dijo que para él Ramírez de Lucas siempre había sido un enigma. Veía que tenía una gran herida, tenía la impresión de que se había quedado atascado en 1936, pero no entendía por qué. Juan no contó nada a nadie, ni siquiera a su pareja. Durante toda su vida reprimió su gran secreto, su gran historia. Ver su trazo y lo que cuenta es pura emoción y, por tanto, puro cine”.

En el proceso de documentación para la película, el equipo de Menchón consultó archivos españoles y extranjeros, públicos y privados, y dio con un hallazgo más: imágenes inéditas de Lorca en movimiento en 1932, cuatro años antes de su asesinato. El material se encontraba en una lata de betún en casa de la familia Gonzalo Menéndez Pidal, quien rodó en los años treinta un documental sobre la compañía de teatro La Barraca. Fue restaurado y permitió identificar al poeta, sonriente, en el interior de coche. El fotograma formará parte de la película que se estrenará en otoño.

La banda sonora del documental incluye la interpretación de Canción de invierno, una pieza musical compuesta por el propio Lorca cuando aún era un adolescente. El actor Álvaro Morte (La casa de papel, Anatomía de un instante) dará voz al poeta y a toda una generación obligada a ocultar su identidad sexual. Menchón estrenó en 2020 Palabras para un fin del mundo, que pone en duda el relato conocido de la muerte del escritor Miguel de Unamuno y recoge las últimas averiguaciones sobre su célebre enfrentamiento con Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el famoso y cuestionado “venceréis pero no convenceréis”.

III

Ramírez de Lucas, el rubio de Albacete: el amor de Lorca que sobrevivió al tiempo, en El País, Amelia Castilla, Madrid - 20 oct 2026:

La edición del libro inédito de la última pareja sentimental del poeta coincide con la fiebre alrededor de su figura

Los Recuerdos de un enamorado envueltos en documentos inéditos; el documental de una voz quebrada; una película que domina la taquilla, basada en una obra inacabada de Federico García Lorca sobre la represión de la homosexualidad; un rodaje en Granada sobre los días que precedieron a su asesinato y hasta la biografía de Agustín Penón, pionero en investigar la muerte del autor de Romancero gitano, coinciden en el tiempo. Noventa años después de su muerte, investigación y creación confluyen en un momento en el que conviven el Lorca queer, la nostalgia del pasado y la polarización de la sociedad.

Esta semana llega a las librerías Recuerdos: breve historia de un amor (Seix Barral), el testimonio inédito del periodista y crítico de arte Juan Ramírez de Lucas, el último amor del poeta, editado por el hispanista Christopher Maurer y el periodista Víctor Fernández. El pasado viernes se estrenó La voz quebrada, el documental de Manuel Menchón, basado también en la relación del poeta y el estudiante de 19 años que soñaba con ser actor. Y es que la historia nunca acaba de escribirse. La que nos ocupa duró tres meses, de mayo a julio de 1936, en un Madrid convulso y su recuerdo incesante se mantuvo 864 meses. Ramírez de Lucas (Albacete, 1917-Madrid, 2010) guardó el secreto de su amor de juventud durante décadas, pero antes de morir decidió romper su silencio. Legó a sus herederos el relicario de sus recuerdos, reunidos en unos cuadernos, una carta de Lorca, un poema dedicado al rubio de Albacete, dibujos y dedicatorias para su publicación.

Parte de la documentación fue desvelada por EL PAÍS en 2012, pero faltaba el memorial sobre el encuentro y, por su interés biográfico e histórico, el análisis de los expertos. Desde Boston, donde imparte clases de Literatura Española, Maurer sostiene que se trata de un testimonio excepcional. “Su importancia reside en ser la única narración autobiográfica de sustancia escrita por uno de los hombres que amaron a Lorca. Me ha impresionado el dramático silencio que guardó durante años, en un mundo que consumía con avidez cualquier detalle nuevo sobre la vida del poeta. Es un silencio que habla no solo de su discreción, sino también de muchos aspectos de la sociedad española del siglo pasado y de este”.

Con prosa clara y los adjetivos justos, el memorial recrea cómo la pareja se despide en la madrileña estación de Atocha el 13 de julio de 1936, cuando Lorca parte para Granada. “Dos meses pasan pronto”, le consuela el poeta al joven enamorado, que no puede reprimir las lágrimas. Un día después el chico viaja a Albacete para conseguir el permiso de su padre para acompañar a Lorca a México, dado que era menor de edad. “El macho don Otoniel, mujeriego e inclinado a la violencia verbal y familiar”, lo recibe en su despacho a la mañana siguiente y al verlo en pijama le espeta: “Eso que llevas es de maricones”. La situación degenera en una discusión que sube de tono, con intentos de golpes incluidos, y con don Otoniel chillando “como una rata perseguida”. Lorca sería el primero en enterarse de la disputa entre padre e hijo, una relación nunca cordial que acabaría deteriorándose más y más.

El 16 de julio de 1936, festividad de la Virgen del Carmen, antes de que quedaran alteradas todas las comunicaciones por la inminente Guerra Civil, Lorca responde con una larga carta en la que ruega que lleve con talento el enojoso asunto de su padre. “Conmigo cuenta siempre. Y te pido que seas político y no dejes que el río te lleve. A mí me han pasado también cosas gordas por no decir terribles y las he toreado con gracia, no te dejes llevar por la tristeza”. La importancia de esta misiva obliga a modificar el epistolario completo del poeta. De hecho, Maurer y el también hispanista Andrew A. Anderson ya trabajan en la segunda edición: “En los últimos años de su vida escribe menos cartas que en años anteriores y menos cartas de sustancia. Esta es excepcional, por la fecha en que se escribió (un mes antes de su muerte) y por el intento de Lorca de animar a Ramírez de Lucas y consolarle por los prejuicios de su padre, que asocia con una generación anterior”. Y otro tanto con el poema para el rubio de Albacete, que le dedicó a su enamorado a la vuelta de un viaje a Córdoba y que no figura en ninguna antología. “Más que nada, el poema tiene un interés biográfico y muestra a Lorca como repentista. Debe incorporarse a la sección de los versos ocasionales o de circunstancia”, señala Maurer.

En unos pocos días la situación en Albacete cambió sustancialmente. La Guerra Civil había comenzado y con ella la feroz represión. Don Otoniel, que no había militado en ningún partido, era buscado por sus opiniones y tuvo que huir. “Se generalizó lo que denominaban el paseo, consistente en llevar camiones de personas, trasladarlas a las afueras y, allí, fusilarlas en masa. Costumbre en la que coincidieron las dos zonas en que había quedado dividida España”, escribe Ramírez de Lucas, que durante su estancia en Madrid había tenido contactos con miembros de Falange, cuyo programa le entusiasmaba con “la alegría de haber encontrado, al fin, un ideal político”. Al redactar sus recuerdos y su relación sentimental, escritos con el propósito de que se conocieran “algunos aspectos del vivir de Federico”, cuenta que, entre los intelectuales de la época, estaba de moda el siguiente latiguillo: “Hay que definirse”. “Había que tomar partido, estar con unos o con otros de las dos mitades irreconciliables en que se había convertido España. A Federico, que también conocía las miserias del alma humana, no le interesaba la política”. A su juicio, en el trágico desenlace del poeta influyó la nefasta influencia de su amigo “Rafel Alberti, que, bajo la presión de su esposa, la comunista María Teresa León, iba involucrando a cada vez mayor número de escritores en las propagandas subversivas”.

Editar los cuadernos de Ramírez de Lucas no fue tarea fácil. Redactó dos versiones de su relato, la primera en 1996, continuada en 2001, y la otra en 2005. A la interpretación de la obra se sumó otro problema: iba añadiendo detalles nuevos a los manuscritos, según surgían de su memoria, y a veces estos añadidos no encajaban del todo en la narración. La sensibilidad y elegancia del relato dejan al lector en vilo al enfrentarse a la lectura de su paso, en 1942, como voluntario por la División Azul, por Polonia, Rusia y Alemania, con “meses de frente agotadores, animados por himnos patrióticos”. De su visita a Berlín, donde no debía de quedar un judío vivo, guarda emociones gratas de una capital “llena de atractivos con sus teatros de ópera y obras clásicas [asistió a una interpretación de Fausto] representadas con un encanto nuevo”.

Estos y otros aspectos de su biografía son incógnitas que otros estudiosos deberán aclarar en el futuro. El breve relato de su vida está fechado en septiembre de 1945, antes de su carrera como crítico de arte de ABC, en cuya Redacción fue testigo pasivo de la publicación de los inéditos Sonetos del amor oscuro, una exclusiva mundial. Su ley del silencio funcionó como un reloj. Ni biógrafos ni investigadores lo habían citado en las muchas páginas que se han publicado sobre el poeta en estas nueve décadas. Solo en una ocasión y en unas pocas líneas aparece su nombre ligado a Lorca. Sucedió en 1956, durante la visita a España de Agustín Penón (Costa Rica, 1920-1976) para investigar la muerte del poeta. En el curso de una entrevista con Pura Ucelay, que había presenciado el encuentro de la pareja, deja unas líneas cuyo contenido figura en la documentación que reunió Marta Osorio, editora de Miedo, olvido y fantasía: “Oye, Pura, ¿de dónde sacas tú hombres tan guapos? Parece que la última ilusión amorosa de Lorca fue un muchacho, muy guapo y de buena familia. Federico estaba loco por él”. Y como unos libros parecen llevar a otros y encadenar historias, también estos días llega a las librerías la biografía de este escritor, uno de los personajes clave del universo lorquiano, Agustín Penón y Federico García Lorca (editorial Alvarellos). Juan Carlos García de Polavieja aborda por primera vez la vida de Penón, ilustrada con más de 200 documentos y fotografías.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Romances de Bernardo del Carpio

Romances de Bernardo del Carpio

Los romances de Bernardo del Carpio derivan de una épica perdida y de leyendas que se incorporaron en formas algo diversas en las crónicas. Ni la épica ni las leyendas fueron más que narrativas pseudo-históricas. Surgieron en el siglo XII como respuesta a las pretensiones del Cantar de Roldán francés que Carlomagno con sus francos había liberado la mayor parte de España de manos de los moros. La leyenda de Bernardo hace al héroe español el agente de la derrota de la retaguardia de Carlomagno en Roncesvalles.

La leyenda bernardiana es de origen leonés. Carpio es un castillo a orillas del río Tormes cerca de Salamanca. Alfonso II, "el Casto" reinó en Asturias entre 791 y 835.

De los tres romances aquí presentados, solo el último es un verdadero fragmento épico. Los otros dos se compusieron en el siglo XVI a base de las crónicas.

Adaptado de Colin Smith, Spanish Ballads, pág. 59


I

Linaje de Bernardo del Carpio


    En los reinos de León

el casto Alfonso reinaba;

hermosa hermana tenía,

doña Jimena se llama.

    Enamórase de ella

ese conde de Saldaña,

mas no vivía engañado,

porque la infanta lo amaba.

    Muchas veces fueron juntos

que nadie lo sospechaba;

de las veces que se vieron

la infanta quedó preñada.

    La infanta parió a Bernaldo

y luego monja se entraba;

mandó el rey prender al conde

y ponerlo muy gran guarda.


II

Bernardo se enfrenta con el rey Alfonso


Por las riberas de Arlanza

Bernardo del Carpio cabalga,

con un caballo morcillo

enjaezado de grana,

gruesa lanza en la mano,

armado de todas armas.

Toda la gente de Burgos

le mira como espantada,

porque no se suele armar

sino a cosa señalada.

También lo miraba el rey

que fuera a vuela una garza;

diciendo estaba a los suyos:

"Esta es una buena lanza; 1

si no es Bernardo del Carpio

este es Muza el de Granada."

Ellos estando en aquesto,

Bernardo que allí llegaba:

ya sosegado el caballo,

no quiso dejar la lanza;

mas, puesta encima del hombro,

al rey de esta suerte hablaba:

"Bastardo me llaman, rey,

siendo hijo de tu hermana,

y del noble Sancho Díaz

ese conde de Saldaña;

dicen que ha sido traidor

y mala mujer tu hermana...

Tú y los tuyos lo habéis dicho,

que otro ninguno no osara;

mas, quien quiera que lo ha dicho,

¡miente por medio la barba! 2

Mi padre no fue traidor

ni mi madre mujer mala,

porque cuando fui engendrado

ya mi madre era casada.

Pusiste a mi padre en hierros

y a mi madre en orden santa,

y porque no herede yo

quieres dar tu reino a Francia.

Morirán los castellanos

antes de ver tal jornada;

montañeses y leoneses,

y esta gente asturïana,

y ese rey de Zaragoza

me prestará su compaña

para salir contra Francia

y darle cruda batalla;

y, si buena me saliere

será el bien de toda España;

si mala, por la república 3

moriré yo en tal demanda.

Mi padre mando que sueltes,

pues me diste la palabra:

si no, en campo, como quiera,

te será bien demandada.' 4


  III

Otro enfrentamiento de Bernardo con el rey Alfonso


Con cartas y mensajeros

el rey al Carpio envió.

Bernaldo, como es discreto,

de traición se receló.

Las cartas echó en el suelo

y al mensajero habló:

-"Mensajero eres, amigo,

no mereces culpa, no;

mas al rey que acá te envía

dígasle tú esta razón:

que no lo estimo yo a él

ni aun a cuantos con él son;

mas, por ver lo que me quiere,

todavía allá iré yo."

Y mandó juntar los suyos,

de esta suerte les habló:


-"Cuatrocientos sois, los míos,

los que comedes mi pan: 5

los ciento irán al Carpio

para el castillo guardar;

los ciento por los caminos

que a nadie dejen pasar;

doscientos iréis conmigo

para con el rey hablar;

si mala me la dijere

peor se la he de tornar."

Por sus jornadas contadas

a la Corte fue a llegar:

-"Manténgavos Dios, buen rey,

y a cuantos con vos están."

-"¡Mal vengades vos, Bernaldo,

traidor, hijo de mal padre!

¡Dite yo el Carpio en tenencia,

tú tómaslo de heredad!

"¡Mentides, el rey, mentides,

que no dices la verdad; 6

que si yo fuese traidor

a vos os cabría en parte!

Acordársevos debía

de aquella del Encinal,

cuando gentes extranjeras

allí os trataron tan mal,

que os mataron el caballo

y aun a vos querían matar:

Bernaldo, como traidor,

de entre ellos os fue a sacar,

allí me distes el Carpio

de juro y de heredad;

promestístesme a mi padre,

no me guardastes verdad."

-"¡Prendedlo, mis caballeros,

que igualado se me ha!'

-"¡Aquí, aquí, los mis doscientos,

los que comedes mi pan,

que hoy era venido el día

que honra habemos de ganar!"

El rey, de que aquesto viera,

de esta suerte fue a hablar:

-"¿Qué ha sido aquesto, Bernaldo,

que así enojado te has?

¿Lo que hombre dice de burla

de veras vas a tomar?

Yo te do el Carpio, Bernaldo,

de juro y de heredad."

-"Aquesas burlas, el rey,

no son burlas de burlar;

llamástesme de traidor,

traidor hijo de mal padre;

el Carpio yo no lo quiero,

bien lo podéis vos guardar,

que cuando yo lo quisiere

muy bien lo sabré ganar."


NOTAS

1 Este hombre es diestro en las armas.

2 miente por medio la barba: Estas palabras formularias son fuertísimas. Tal exclamación de un caballero al otro equivalía una invitación al duelo. Dirigida al monarca constituía la máxima falta de respeto.

3 por la república: Anacronismo. En esta época España era una colección de reinos independientes. La idea nacionalista de la república de España contra los franceses apunta hacia el pensamiento del siglo 16 cuando este romance se escribió.

4 "En campo [. . .] te será bien demandada": Es decir, lo resolveremos tú y yo en el campo de batalla. Otra vez, Bernardo, retando así al soberano, se muestra sumamente altanero.

5 Nótese que la asonancia en -ó, con la que el poema ha comenzado, cambia en este punto a -á. Como se trata de un romance antiguo, tal cambio puede señalar la transición a una nueva tirada en la épica de la cual este fragmento deriva.

6 Véase la nota número 2, arriba.

GLOSARIO

infanta: princesa

suerte: manera

garza: Heron. El rey se entretiene aquí con el antiguo deporte noble de emplear aves de caza.

tenencia: costumbre feudal en la cual los castillos, las villas u otras propiedades reales eran concedidas por el monarca a sus barones en reconocimiento de algún servicio. El recipiente disponía del don mientras viviera, pero no fue hereditario; al morir el recipiente, la propiedad volvió a ser del rey. Preferibles, con mucho, eran las propiedades concedidos como señoríos o heredades, los cuales se entregaban permanentemente al control del recipiente y sus descendientes.

igualado se me ha!: Se ha atrevido a comportarse como mi igual.

do: doy

viernes, 19 de septiembre de 2025

Prólogo inédito de Andrés Trapiello a sus memorias Próspero viento. Una vida política.

 Andrés Trapiello, Memorias políticas de un hombre libre: "Nunca he aspirado a convencer a todo el mundo, sino a ser escuchado con respeto", en El Mundo, Andrés Trapiello, 18 septiembre 2025:

(Pionero en rescatar la idea de la tercera España, el escritor narra en su nuevo libro, 'Próspero viento', una peripecia vital e ideológica que es la de toda una generación. Adelantamos en exclusiva sus primeras páginas):

En las elecciones de 1977 voté al Pce. Acababa de cumplir veinticuatro años. Para entonces yo ya no era comunista. Con veintiuno o veintidós me habían expulsado de la Joven Guardia Roja del Pce (i). Pero el Pce había sido el principal sostenedor de las luchas contra la dictadura, y me pareció que debía asegurarse su presencia en el Parlamento con el fin de normalizar la vida política española, y en consecuencia eso hice.

Después voté durante casi veinticinco años al Psoe, de los cuales los diez primeros fueron políticamente, en mi opinión, los más hermosos e ilusionantes que haya conocido España en toda su Historia, tal vez los últimos en los que una inmensa mayoría de españoles creyeron y trabajaron en un proyecto común: dejar atrás la dictadura, construir un país moderno y afianzar una democracia de ciudadanos libres e iguales.

Cuando el Psoe organizó los escraches al Pp que dieron la victoria al Psoe, tras los atentados islamistas de 2004, ni siquiera pude votar a Upyd, porque este partido se fundaría tres años después, y cuando Upyd se disolvió, lo hice por Ciudadanos, y hace un año, cuando un nuevo Psoe ya había gobernado con los comunistas, indultado a los golpistas catalanes y pactado en Navarra con los exterroristas de Eta, y Ciudadanos había dejado también de tener relevancia, por el Pp.

En todo momento se ha tenido uno por un hombre libre, como el mendigo al que se refiere Emily Dickinson, pero a las almas bellas, de izquierdas o de derechas, les bastarán los tres primeros párrafos de este prólogo para no seguir leyendo. Lo sentiría, porque si un libro mío me gustaría que llegara a todas partes, es este, en la medida en que lo ha escrito alguien que, aunque en lo principal haya cambiado poco ("Yo era eso que los sociólogos llaman un 'pequeño burgués liberal'", en palabras de Chaves Nogales), también he pasado, como tantos en una vida larga, por distintas estaciones y apeaderos. Si no tuviera una idea clara de mis limitaciones, diría ahora lo de Kant: sapere aude.

Nunca he aspirado a convencer a todo el mundo, sino a ser escuchado con respeto. También ahora.

He arengando en dos ocasiones y media a la multitud: una, hace cuatro años, en la plaza de Colón de Madrid, contra los indultos que pensaba conceder (y de hecho concedió) el presidente del Gobierno a los separatistas catalanes ya condenados por el Tribunal Supremo por sedición y malversación, o sea corrupción; otra, en la plaza de Cibeles, dos años después, contra la amnistía a los mismos y a otros que andaban en busca y captura por parecidos delitos; y la primera, la media, en la plaza de los Balbos, Cáceres, hace once o doce años, contra el referéndum ilegal que pretendía perpetrar (y perpetró) el presidente de la Generalidad de Cataluña.

Esto último (las arengas) no lo había hecho nunca antes, y va contra mi naturaleza. En privado puede uno exaltarse, como todos, si tengo un buen día; ahora, en público raramente, ni en los peores.

Nuestros hijos me conocen bien y esas soflamas inesperadas les dejaron atónitos. A mí un poco también.

Para arengar hace falta levantar la voz; se ha de tener un don especial para forzarla y no perder la razón. El primer enemigo de la verdad es un megáfono. Me entristecía pensar que mis hijos habían pasado un mal rato viendo desaforarse a su padre, y se me vinieron a la cabeza las palabras de César Vallejo: "España, aparta de mí este cáliz". Además, quien había titulado Seré duda a uno de sus libros, igual no era la persona adecuada para dirigirse a nadie.

Ymelda Navajo, editora de La Esfera, me ha pedido este libro.

La idea se la ha sugerido, supongo, verle a uno frecuentar la literatura política en el periódico El Mundo. Pero esta agitación mía es cosa reciente, de cinco años acá, y siempre la he visto como pasajera y circunstancial. Mientras, hago lo que puedo, y escribiendo de política procuro no perder los papeles, la perspectiva.

El enunciado al que debería atenerme sería, según me ha sugerido o yo he creído entender: "La hegemonía cultural de la izquierda".

En "la batalla cultural" (que se extiende no solamente a controversias literarias y culturales, sino a disputas también políticas, de género, medioambientales o sociales), hay quienes ya han partido el campo, y aseguran hallarse en "el lado correcto de la Historia". Yo no sé bien qué lado es ese, pero sí cuál no lo es.

Ignacio Varela ha resumido muy bien a mi entender esta cuestión: "La tan comentada superioridad moral de la izquierda está ligada al secuestro fraudulento del concepto 'progresista', como si una cosa y la otra fueran indisociables. La izquierda, como la derecha, son referencias de topografía política cada vez menos relevantes (…) La Historia ha demostrado que en ambas caben individuos progresistas y reaccionarios, demócratas y totalitarios, pacíficos y belicosos, honrados y canallas, amantes de la verdad y embusteros redomados, generosos y avaros, cultos e iletrados. (…) En las células de los partidos antifranquistas se nos adoctrinaba para aprender que la izquierda defiende ideales e intereses generales mientras la derecha sólo defiende sus negocios e intereses particulares (…) Me pregunto si es tan difícil aceptar que hay interpretaciones distintas del interés general y que todas son igualmente legítimas mientras respeten la dignidad del prójimo".

Aunque quisiera, no podría escribir un libro político ni ocuparme de la batalla cultural en toda su extensión, que me sobrepasa. Poesía aparte, no he escrito otra cosa que literatura. Le han metido a uno en la tradición realista española, que va de Cervantes a Delibes y Jiménez Lozano, pasando por Galdós y Baroja, y no me parece mal, y he tenido como lema lo de Stendhal y lo de Dickens: "Solo hechos" y "Cuando miento me aburro".

Hay tres clases de personas: los que ven azotar a un muchacho, y pasan de largo; los que tratan de impedir esa injusticia, como le ocurrió a don Quijote en su primera salida; y, por último, los que unas veces siguen su camino y otras se detienen e intentan remediarlo. Yo soy de estos. ¿De qué depende desentenderse o intervenir? No lo sé decir. Lo que no he hecho nunca es ponerme del lado del que azota.

Nuestras protestas en aquellos mítines y nuestros deseos y desvelos, por cierto, sirvieron de poco. Cuando Fernando Savater, Fernando Iwasaki y yo nos presentamos al Senado por Upyd en las elecciones de 2015, los del Partido Animalista sacaron más votos que nosotros.

Y como una cosa es pasar esos sofocos intelectuales y sentimentales en la intimidad y otra bien distinta sacarlos a la luz pública y contarlos, al ponerme a escribir ahora esto, se ha oído uno decir muchas mañanas también: "Realidad, aparta de mí este libro".

Con la voz apagada tituló uno de los suyos José Bergamín, y con la voz apagada he tratado de escribir este. No sé la razón por la que tú, lector, lectora, has llegado a él, pero si te vas antes de terminarlo no será porque me hayas oído levantar la voz. Y vale esto también para vosotros, hijos.

Hace cuatro años se escribió La Fuente del Encanto (otro medio encargo) y me gustaría que Próspero viento lo encontraras sacado de una de sus costillas. Y digo "se escribió", porque me pareció que se escribía solo. La Fuente del Encanto trataba de la importancia que ha tenido la poesía en mi vida. Este trata de la que ha tenido en ella la política, o sea, la prosa tal y como la define el diccionario: "Aspecto o parte de las cosas que se contrapone al ideal y a la perfección de ellas". El principal enemigo de la política es la política, y el obstáculo para las buenas políticas son las malas prácticas (una verdad de Perogrullo).

En uno de los libros suyos que prefiero, Unamuno se noveliza, y trata de ser real haciéndose ficción. Esas paradojas de don Miguel. Se titula Cómo se hace una novela, y sugiere engañosamente crítica o preceptiva literaria, pero se trata de un libro autobiográfico, memorialístico, uno de los suyos que prefiero, ya digo. Nació de una de las experiencias personales y políticas más decisivas de su vida: su destierro, en 1923, en Fuerteventura, primero, y luego en París y en Hendaya, víctima de "la tiranía pretoriana española" del general Primo de Rivera, habilitado por el rey Alfonso XIII.

La mayor parte de los intelectuales españoles, aun contrarios al régimen del "borracho" Primo de Rivera y del "epiléptico" Martínez Anido que "ensoecía la vida pública", dejaron solo a Unamuno: "Mis amigos y mis enemigos decían que yo no soy un político, que no tengo temperamento de tal, y menos todavía de revolucionario, que debería consagrarme a escribir poemas y novelas, y dejarme de políticas. ¡Como si hacer política fuese otra cosa que escribir poemas, como si escribir poemas no fuese otra manera de hacer política!". Algunos fueron incluso más lejos, y a ellos se refirió también don Miguel: "Existen desdichados que me aconsejan dejar la política. Lo que ellos con un gesto de fingido desdén, que no es más que miedo, miedo de eunucos o de impotentes o de muertos, llaman política, y me aseguran que debería consagrarme a mis cátedras, a mis estudios, a mis novelas, a mis poemas, a mi vida. No quieren saber que mis cátedras, mis estudios, mis novelas, mis poemas, son política. Que hoy, en mi patria, se trata de luchar por la libertad de la verdad, que es la suprema justicia, por libertar la verdad de la peor de las dictaduras, de la que no dicta nada, de la peor de las tiranías, de la estupidez y la impotencia, de la fuerza pura y sin dirección".

Cuántas veces habré oído estos últimos años, de amigos y enemigos, que dejara de escribir los artículos de El Mundo y el activismo y la materia política, y me dedicara a mis poemas, mis novelas, mis diarios, mis reseñas y empleos tipográficos.

En el libro de Unamuno conviven la lírica y la épica, la acción y la introspección: "Como esto que escribo, lector, es una novela verdadera, un poema verdadero, una creación, y consiste en decirte cómo se hace y no cómo se cuenta una novela, una vida histórica, no tengo por qué satisfacer tu interés folletinesco y frívolo. Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que se satisfaga su curiosidad".

Nuestro gran Unamuno era un extremoso, y no hay por qué ser tan intransigente. ¿Cómo no va a ser legítimo querer saber los finales, si el final de una novela es siempre el del lector en esa novela? ¿No sentimos desgarrarnos por dentro cuando terminamos un libro que nos ha emocionado especialmente? ¿No pensamos que nos acabamos también un poco nosotros mismos con él? ¡Y cuántos habríamos querido que no se nos acabaran nunca los libros que más nos gustan!

"La verdadera vida, la vida al fin descubierta y esclarecida, la única vida por tanto plenamente vivida es la literatura", leemos en el último de los tomos de À la recherche du temps perdu, que es a un tiempo fin y principio de su novela. En ella su autor confiesa que la única salvación del ser humano la encontrará en el arte. Y así lo cree uno también.

"Yo hubiera elegido como lema", decía Baroja en su discurso de entrada en la Rae: "La verdad siempre, el sueño a veces. La verdad como verdad, base de la vida y de la ciencia; la fantasía y el sueño en su esfera. Este entusiasmo por lo verídico y la antipatía por el fraude constante terminan a la larga en la misantropía; el otro camino de la contemporización conduce a la hipocresía y a la vulgaridad".

Aquí tienes, lector, la vida de alguien que ha creído ser libre en todo momento (en parte por haber sido expulsado o señalado políticamente de una manera adversa), alguien que cuando se le preguntaba adónde pensaba ir, respondía lo del vagabundo de Emily Dickinson: "In all the directions", a todas partes. Alguien que se ha dirigido también, cuando ha escrito, a todas las partes y a ninguna. Que ha escrito "para todos, para ninguno".

La vida del escritor es doble, luchar contra la misantropía y combatir la hipocresía y la vulgaridad. No hay otra.

Uno de los cinco grandes poemas de la lírica española era para JRJ "El armador aquel de casas rústicas" del Cancionero de Unamuno. El poema recrea un episodio del que se da cuenta en el evangelio de Mateo (13,1): "Aquel día salió Jesús de su casa y se sentó junto al mar. Se le acercaron numerosas muchedumbres. Él, subiendo a la barca, se sentó, quedando las muchedumbres sobre la playa, y Él les dijo muchas cosas en parábolas. Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó junto al camino…".

El armador aquel de casas rústicas,

habló desde la barca,

ellos sobre la grava de la orilla,

él flotando en las aguas.


Y la brisa del lago recogía

de su boca parábolas.

Ojos que ven, oídos que oyen, gozan

de bienaventuranza.


Recién nacían por el aire claro

las semillas aladas,

el sol las revestía con sus rayos,

la brisa las cunaba.


Hasta que al fin cayeron en un libro,

¡ay tragedia del alma!,

ellos tumbados en la grava seca,

y él flotando en las aguas.

Las palabras como semillas. Hay también una parábola del sembrador, y por supuesto que si todas las semillas se parecen bastante, no se parecen en absoluto las plantas y árboles que nacen de ellas. "La paradoja que me fascina en la izquierda es esta: que incluso cuando se cometen los mayores crímenes, cuando se ha hecho en la Unión Soviética o en China, ha sido en nombre del género humano y para que la gente viviera en una sociedad nueva, distinta, igualitaria, en la que todo el mundo tenga la posibilidad de desarrollarse como quiera. Incluso en los momentos más siniestros de la violencia de izquierdas, incluso ahí es posible detectar una motivación moral muy elevada".

El opúsculo donde se incluye esa frase se titula precisamente La superioridad moral de la izquierda, escrito por uno de los ideólogos del sanchismo y colaborador habitual de El País en estos últimos siete años.

De esto se trata aquí: de aquellos que han inmolado (y seguirían haciéndolo si se les dejara) a millones de seres humanos en el altar sacrificial de "la razón progresista". Nunca el progreso ha sido más reaccionario ni la izquierda tan ciega. Y de cómo la superioridad moral precisa en primer término acabar con la libertad, dictando normas políticas y culturales que le aseguren su supremacía. Sin hegemonía no hay tal superioridad. Y si la literatura y el arte han logrado prosperar incluso en los regímenes que las han suprimido o limitado, sin libertad no hay vida que merezca el nombre de humana.

Las palabras aladas de mi vida…

Mi experiencia de comprador de libros viejos me dice, no obstante, que los libros de Historia y de política son más efímeros y acaban antes en las escombreras del Rastro. Los que tratan de la vida tienen más probabilidades de ser leídos.

No ha querido uno ser otra cosa en su vida que un escritor y un poeta, pero seguro que otros me verán como un literato (qué se le va a hacer). Así que me he atenido a lo que decía Proust en el último tomo de su Recherche, el de los recuentos: "Una obra en la que hay teorías, es como un objeto en el que se deja la etiqueta con el precio".

A mis años me hago todavía la ilusión de que mis gustos y mis ideas políticas no están domesticados, una forma como otra cualquiera de no sentirse acabado del todo.

Stendhal decía que sus lectores no habían nacido aún cuando él escribía, que sus escritos habrían de esperar ochenta años. Celebro que tú hayas nacido ya. Tampoco sabemos si dentro de ochenta años quedará nadie, al paso que vamos, con ganas de leer libros, en general, y en concreto este.

(Prólogo del volumen Próspero viento. Una vida política, de Andrés Trapiello, que la editorial La Esfera de los Libros publica el próximo 24 de septiembre).