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lunes, 27 de julio de 2026

Las fuentes del poder empresarial: Opus Dei, jesuitas de Comillas, consultores de McKinsey y abogados del Estado.

 I

 Alumnos del Opus y de los jesuitas, consultores de McKinsey o abogados del Estado: estos son los clanes que dirigen las grandes empresas españolas. En El País, por Miguel Moreno Mendieta, Madrid - 25 jul 2026:

Muchos de los directivos y consejeros del Ibex 35 comparten lazos al proceder de las mismas consultoras, escuelas de negocios o ciertos puestos de administración pública. Los expertos advierten de los riesgos de estas redes de poder por su carácter endogámico

Una red de hilos invisibles conecta a los directivos y consejeros de las grandes compañías españolas. El haber pasado por ciertas consultoras empresariales de élite, escuelas de negocios o puestos de la Administración abre más puertas que cualquier agencia de cazatalentos. Abogados del Estado en excedencia en los consejos de administración de empresas del Ibex, exdirectivos de la firma McKinsey en los despachos más poderosos del sector financiero y antiguos alumnos de Icade o del IESE ocupando puestos relevantes en multinacionales muestran esa red de influencias —tan sutil como tenaz— que se ha ido tejiendo en las élites empresariales.

“Aquí nos conocemos todos y cuando alguien viene de McKinsey ya sabemos lo que va a pasar”, apunta un directivo de una de las mayores aseguradoras españolas. McKinsey & Company es una consultora estratégica estadounidense fundada hace 100 años. ¿Sus dueños? Sus propios socios. A diferencia de otras firmas como Accenture, PwC, Deloitte o KPMG, que tienen un espectro de negocios más amplio, McKinsey se dedica fundamentalmente a asesorar a altos directivos para poner en marcha proyectos de calado en la organización: desde fusiones y adquisiciones hasta la entrada en nuevos mercados.

McKinsey. Tabla con 3 columnas y 13 filas. Ordenado de forma ascendente

Empresa

BBVA Carlos Torres. Presidente. Onur Genç. Consejero delegado. David Puente. Director de soluciones minoristas

Banco Sabadell César González-Bueno. Consejero delegado hasta mayo de 2026. Ex CEO de ING Direct.

Google España Fuencisla Clemares. Directora general

Mutua Madrileña Remy Paternóster. Jefe de tecnología

HSBC Víctor Matarranz. Director general de la filial HSBC IWPB. Antes en Santander Private Bankin

Vocento Ignacio Eyries. Presidente. Antes en Caser

Mediapro Sergio Oslé. Presidente ejecutivo. CEO de Telefónica España

Ferrovial Ignacio Madridejos. Consejero delegado

Fuente: Las propias empresas.Tabla: EL PAÍS

En el libro La consultora: cómo McKinsey dirige el mundo (Península) los periodistas Walt Bogdanich y Michael Fosythe explican cuál es una de las prácticas más habituales a la hora de operar de esta firma: la empresa es contratada por una gran corporación para trabajos específicos —mejoras de eficiencia, revisión de procesos, proyectos de compras...—; los consultores entablan una relación muy estrecha con la dirección; y al cabo de unos años, algunos de esos consultores acaban siendo contratados en la compañía, y fichan a otros socios.

En España, la sombra de McKinsey es alargada. Durante el intento de compra del Banco Sabadell por parte del BBVA, tres de los cuatro actores principales habían trabajado para la consultora. Tanto el presidente del BBVA, Carlos Torres, y su consejero delegado, Onur Genç, como el consejero delegado del banco catalán, César González-Bueno, habían sido socios de la prestigiosa firma.

A lo largo de la fallida opa, muchos inversores cuestionaron el modo de hacer de Torres y Genç, atribuyéndolo al ‘patrón McKinsey’. “Se creen más listos que el resto, pero al final les falta calle, les falta conocer más a la gente, y se enrocaron en una tímida mejora de la oferta, del 10%, que no logró inclinar la balanza”, explica un veterano gestor de fondos, que administra activos por más de 100 millones de euros.

También en el Santander ha habido presencia importante de McKinsey. Víctor Matarranz era hasta hace unos meses la mano derecha del consejero delegado, Héctor Grisi, y también dirigió la potente división de seguros y gestión de activos. Ahora trabaja para el gigante británico HSBC.

La red se extiende más allá del sector financiero. La jefa de Google en España, Fuencisla Clemares, y los nuevos presidentes de las empresas de medios Vocento (editor del ABC), Ignacio Eyries, y de Mediapro, Sergio Oslé, también fueron socios de McKinsey. Este último se ha estrenado en el cargo con un expediente de regulación de empleo (ERE) para el 20% de la plantilla. También pertenece al clan el consejero delegado de Ferrovial, Ignacio Madridejos.

Estos círculos de influencia no están aislados. En ocasiones, se superponen. Es el caso de Madridejos. El directivo, antes de recalar en McKinsey, estudió Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos en Madrid, otra de las canteras más prolíficas de las grandes empresas españolas. Especialmente en el ámbito de las constructoras. Florentino Pérez (presidente de ACS), Manuel Manrique y Juan del Rivero (Sacyr), Juan Miguel Villar Mir (fallecido en 2024 y fundador del grupo Villar Mir, ahora OHLA) y José María Entrecanales (fundador del grupo Acciona y fallecido en 2008) estudiaron esta ingeniería.

Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Tabla con 3 columnas y 9 filas. Ordenado de forma ascendente

Empresa

ACS Florentino Pérez. Presidente. Juan Santamaría Cases. Consejero delegado. Marcelino Fernández Verdes. Ex Cons. delegado de ACS y de Abertis

Ferrovial Rafael del Pino. Presidente. Ignacio Madridejos. Consejero delegado

Abertis Juan Santamaría Cases. Presidente

Sacyr Manuel Manrique. Presidente. Luis del Rivero. Ex presidente

Acciona José Díaz-Caneja. Cons. delegado Acciona Infraestructuras

Fuente: Las propias empresas.Tabla: EL PAÍS

“Las grandes infraestructuras de España las han construido un puñado de empresas punteras creadas por ingenieros de caminos que además han sido muy exitosas en su internacionalización”, resume un octogenario empresario madrileño, que ha trabajado con muchos de los ingenieros mencionados.

Otra cantera ingenieril para las élites directivas españolas es el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI), adscrito a la Universidad Pontificia Comillas. Este centro privado está controlado por la Compañía de Jesús, la institución católica que tiene más peso en la educación en España, junto con el Opus Dei.

Universidades católicas

Tabla con 4 columnas y 24 filas. En este momento se muestran las filas desde la 1 a la 17. Ordenado de forma ascendente

Empresa

Iberdrola Ignacio Sánchez-Galán. ICAI +ICADE. Presidente. Juan Manuel González. ICADE. Vicepresidente

CaixaBank Isidro Fainé. IESE. Presidente Fund. La Caixa y Criteria. José Ignacio Goirigolzarri. Deusto. Ex presid. y Ex Cons. delegado de BBVA. Gonzalo Gortázar. ICADE. Consejero delegado

Repsol Antonio Brufau. IESE. Presidente

Mercadona Juan Roig. IESE - PDD. Presidente y fundador

Airbus Amaro Moraleda. ICAI + IESE. Presidenta y Ex pres. de IBM España

Kutxabank Gregorio Villalbeitia. Deusto. Presidente

CaixaBank Tomás Muniesa. ESADE. Presidente

Meliá Hoteles Gabriel Escarrer. ESADE. Presidente

Glovalvía Juan Béjar. ICADE. Ex presidente

Merlin Properties Ismael Clemente. ICADE

Urbaser Fernando Abril-Martorell. ICADE. Consejero delegado y Ex presidente de Indra y Prisa

Gestamp Francisco José Riberas. ICAI. Presidente

Bankinter Gloria Ortiz. ICAI. Consejero delegado

Endesa José Bogas. ICAI. Consejero delegado

Fuente: Las propias empresas.Tabla: EL PAÍS

En las aulas del ICAI, situadas en la calle Alberto Aguilera de Madrid, estudió Ingeniería Industrial Ignacio Sánchez-Galán, el presidente de Iberdrola, quien también logró un grado de Dirección de Empresas en el Instituto Católico de Administración de Empresas (Icade) de esta misma universidad. También se formaron en ICAI la consejera delegada de Bankinter, Gloria Ortiz; el consejero y ex primer ejecutivo de Endesa, José Bogas; Francisco José Riberas, fundador y presidente de Gestamp; y Amparo Moraleda, presidenta de la multinacional europea de la aviación Airbus.

El tapiz de antiguos alumnos de ambos centros de los jesuitas —ICAI e Icade— es el más extenso y tupido del panorama empresarial español, con más de 50.000 alumni registrados. La nómina de directivos célebres es tan amplia que tiene su propia entrada en la Wikipedia. Esta comunidad busca “facilitar el ‘networking’, la mentoría, el acceso a bolsas de empleo y los eventos exclusivos”, según se explica en la página de la Universidad Pontificia Comillas.

La facultad de Icade fue pionera en España en lanzar los estudios de doble grado. En 1960 empezó a ofrecer su famoso E3, que combina estudios en Derecho y Administración de Empresas. Luego extendería la fórmula a otras combinaciones de estudios universitarios. El programa fue tan exitoso que lo acabaron copiando la mayoría de universidades españolas.

Una antigua alumna de Icade, directiva en una multinacional del marketing, reconoce que la calidad de la formación “es excelente”, pero cree que si tantos y tantos exalumnos llegan a puestos directivos es también por otros factores. “Influye el ‘networking’, por supuesto, pero también influye que buena parte de las familias con dinero de Madrid y alrededores hacen lo posible por enviar allí a sus hijos”. Esta ejecutiva recuerda de su etapa de estudiante que “había muchos compañeros con apellidos compuestos, de los que acababas sabiendo de su vida por las páginas de sociedad del ABC o del ¡HOLA!”.

Ignacio de la Torre, economista jefe de la firma de inversiones Arcano Partners, cuestiona que estas redes de contactos tengan tanta influencia. “En los procesos de selección de directivos se buscan perfiles que tengan ciertas habilidades, que hayan demostrado su capacidad a lo largo de su trayectoria, y a veces, pues proceden del ámbito de la ingeniería, o de ciertas escuelas de negocios, pero si han llegado a esos puestos no es porque un amigo de la universidad les haya enchufado”, reflexiona el economista. De la Torre argumenta que, además, “los departamentos de personas buscan perfiles variados, porque se ha demostrado que solo así se construyen equipos más sólidos y exitosos”.

Los jesuitas no solo están detrás de la Universidad Pontificia Comillas. También controlan la Universidad de Deusto, en Bilbao, cantera de buena parte de la élite política y empresarial vasca, especialmente en el ámbito de los banqueros. La cantera de La Comercial de Deusto —como se conoce a esta escuela, por su nombre original— es extensa en el sector financiero. Desde José Ignacio Goirgolzarri (ex consejero delegado del BBVA y presidente de Bankia, y luego de CaixaBank, tras la fusión); Emilio Botín (el histórico presidente del Banco Santander, fallecido en 2014, y padre de la actual presidenta, Ana Botín) a Gregorio Villalbeitia, presidente de Kutxabank, pasaron por Deusto. También históricas figuras como José Ángel Sánchez Asiaín (Banco de Bilbao), Emilio Ybarra (BBV), Pedro Luis Uriarte pertenecen a esta cantera.

Además de Icade e ICAI, en Madrid, y la facultad de Deusto, en Bilbao, los jesuitas también controlan en Barcelona Esade, la Escuela Superior de Administración y Dirección de Empresas, con campus también en Madrid. Se trata de un centro de cursos de postgrado para directivos, creado en 1958 con el empuje de un grupo de empresarios catalanes. Por allí han pasado importantes figuras directivas, como Tomás Muniesa, actual presidente de CaixaBank o Gabriel Escarrer, presidente y consejero delegado de Meliá Hotels International.

Ese mismo año, en plena etapa del desarrollismo franquista, la prelatura del Opus Dei fundó, a través de la Universidad de Navarra, el Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), otra escuela de postgrados para directivos. Su primera sede estaba también en Barcelona, pero pronto creó una segunda sede en el pinar del Cerro del Águila, en el barrio de Aravaca de Madrid, junto al elitista Real Club de Campo.

Los jesuitas y el Opus Dei han competido durante años para situar a sus escuelas de negocios entre las más prestigiosas del mundo. Ambas tienen acuerdos con la Universidad de Harvard y por sus aulas pasan miles de alumnos cada año. De acuerdo con la última clasificación publicada por el Financial Times, el IESE ocupa la tercera posición mundial en programas abiertos para directivos y el Esade, la quinta.

Ambas escuelas tienen programas para directivos, pero también para estudiantes recién graduados. Los famosos MBA (máster en administración de negocios, en inglés). En el caso del IESE, el precio del citado programa es de 114.000 euros.

Un importante valedor del IESE es Isidro Fainé, presidente de la Fundación La Caixa, y una de las personas más poderosas de España. El eterno directivo bancario —y miembro del Opus Dei— estudió en Harvard y también realizó un programa de alta dirección del IESE. CaixaBank, junto a otras compañías como Mango o la ingeniería vasca Sener, es una de las grandes patrocinadoras de la escuela de negocios. El control presupuestario del IESE y nombramientos de profesores y miembros de su consejo de dirección lo supervisa el vicecanciller de la Universidad de Navarra, el sacerdote Ignacio Barrera Rodríguez, vicario regional del Opus Dei en España.

Andrés Villena Oliver, profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid, lleva años investigando sobre las clases dirigentes. Su último libro, Las élites que dominan España (Libros del KO), reflexiona sobre estas redes de poder. “Las escuelas de negocios, tanto Esade como el IESE, no dejan de ser una creación de los grandes grupos industriales para formar a las nuevas generaciones empresariales y seguir manteniendo el poder”, reflexiona. A su juicio, estos modelos de selección de élites “son una forma de filtrar candidatos para que solo accedan a los puestos directivos personas similares”.

Además de las consultoras estratégicas, las escuelas de ingeniería y las universidades católicas, otra cantera de la clase directiva es la Administración Pública. Uno de los casos más palmarios es el de los Abogados del Estado, uno de los cuerpos más prestigiosos del funcionariado, encargado de ejercer la defensa jurídica y el asesoramiento legal de la Administración General del Estado. De la plantilla de 675 letrados, casi la mitad están en excedencia, trabajando la mayoría para grandes despachos y compañías.

El salto al sector privado

Uno de los puestos más frecuentes para los Abogados del Estado que pasan al sector privado es el de secretario de consejos de administración. En el Banco Santander, en Mapfre, o en Iberdrola, la persona que lleva el funcionamiento del máximo órgano de gobierno es un Abogado del Estado. Y no solo como secretario. En el caso de ACS, seis de sus consejeros tienen este origen.

Abogados del Estado

Tabla con 3 columnas y 13 filas. Ordenado de forma ascendente

Empresa

ACS. Seis abogados del Estado en su consejo.

Inditex. Óscar García Macerias. Consejero delegado

Nestlé. Pablo Isla. Presidente

Santander.     Jaime Pérez Renovales. Secretario general del consejo,  Juan Manuel Cendoya. Vicepresidente del consejo

Mapfre. Catalina Miñarro. Consejera coordinadora

Ibercaja Banco.     Francisco Serrano. Presidente

Sanitas Manuel Pizarro. Presidente no ejecutivo. Expresidente de Ibercaja y de Endesa

Enagas Rafael Piqueras. Secretario del consejo

Acerinox     Luis Jimeno. Secretario del consejo

Banco Sabadell María Jesús García Beato. Consejera

Fuente: Las propias empresas.Tabla: EL PAÍS

No siempre sus trayectorias en el sector privado se limitan al asesoramiento jurídico. El que está considerado como el directivo más prestigioso de España, Pablo Isla —expresidente de Inditex, la matriz de Zara, y actual presidente del grupo Nestlé— es Abogado del Estado. Su sucesor como primer ejecutivo de Inditex, Óscar García Maceiras, también procede de este cuerpo de funcionarios.

El profesor Villena Oliver considera “hasta cierto punto lógico” que las grandes compañías quieran tener en sus órganos de gobierno estos perfiles que aúnan un vasto conocimiento de los engranajes jurídicos del Estado, junto con una red de relaciones muy poderosa. “Los 20 ó 25 nuevos Abogados del Estado que salen cada año se conocen mucho entre sí, y la empresa que luego les contrata no solo les ficha a ellos sino a su valiosa agenda de contactos”, apunta el economista.

El periodista Rafael Méndez en su libro Los dueños del Estado (Península) disecciona la forma de operar de este clan. “Las oposiciones de acceso son durísimas y no es fácil enchufar a alguien. Pero hay muchos apellidos compuestos y cierto grado de endogamia”, explica.

Otro cuerpo que ha sido cantera de políticos y empresarios es el de Técnicos Comerciales del Estado. Los conocidos como tecos han copado muchísimos puestos dentro del Ministerio de Economía y del Banco de España. Pero también muchos de ellos han dado salto a la empresa privada. José Manuel Campa, que fue secretario de Estado de Economía y director de la Autoridad Bancaria Europea, trabajó durante cuatro años como director global de asuntos regulatorios del Banco Santander y ahora es profesor del IESE.

Probablemente el sector financiero es el que más clanes concentra entre sus directivos. Al ser un sector muy regulado, los bancos tienden a contratar a esos altos cargos administrativos. Y casi todos sus ejecutivos han pasado por alguna escuela de negocios. Otra de las figuras que en su día marcaron el devenir de la Bolsa española y que aún hoy siguen teniendo presencia es la de los antiguos agentes de cambio y Bolsa, una figura regulada, con similitudes a los notarios.

Agentes de cambio y Bolsa -AB Asesores

Tabla con 3 columnas y 8 filas. Ordenado de forma ascendente

Empresa

Bankinter, Pedro Guerrero, Presidente (2007-2024). Es abogado del Estado

BCE, Luis de Guindos.Vicepresidente

Abante Asesores. Santiago Satrústegui. Presidente

Atl Capital. Jorge Sanz

Alantra. Santiago Eguidazu. Presidente ejecutivo

LaFinca. Jorge Morán. Vicepresidente

Mutua Madrileña. Ignacio Garralda

Fuente: Las propias empresas.Tabla: EL PAÍS

Algunos de ellos montaron sus propias empresas. Fue el caso de Francisco González, quien fundó FG Valores Bursátiles y acabó siendo presidente del BBVA. Otra firma creada por antiguos agentes de cambio y Bolsa fue AB Asesores. Tras vender la firma al banco estadounidense Morgan Stanley, este clan se dispersó y acabó recalando en muchas grandes compañías financieras, desde Bankinter a Mutua Madrileña. ¿Quién fue su socio más famoso? Un desconocido teco, llamado Luis de Guindos, que acabó presidiendo Lehman Brothers en España, siendo ministro de Economía y luego vicepresidente del Banco Central Europeo. Otro caso de libro de redes de poder, círculos superpuestos y agendas privilegiadas que definen el poder económico en España.

II

La formación de las élites en el mundo, en El País, por Miguel Moreno Mendieta, misma fecha:

La formación de las élites económicas y administrativas sigue patrones distintos según los países, pero en todos los casos existe una combinación de mérito académico, redes de contactos y mecanismos de selección social. Francia representa el ejemplo más acabado de un sistema de reproducción de élites a través de instituciones educativas específicas. Durante décadas, la École Nationale d'Administration (ENA), clausurada en 2022 y sustituida por el Institut National du Service Public, y la École Polytechnique actuaron como auténticas canteras de la alta función pública y de la dirección empresarial. De sus aulas han salido presidentes de la República, ministros, altos funcionarios y dirigentes de algunas de las mayores empresas del país. La singularidad francesa radica en la estrecha conexión entre Estado y grandes empresas. Muchos graduados de estas grandes écoles comienzan su carrera en la Administración y más tarde pasan a ocupar puestos de responsabilidad en grupos industriales, energéticos o financieros. Grupos como AXA, Société Générale, BNP Paribas, Carrefour, Orange o Vivendi han tenido como máximos directivos a personas formadas en estas escuelas.

Este fenómeno ha llevado a numerosos sociólogos e historiadores a describir estas instituciones como una suerte de "nobleza de Estado" o "nobleza funcionarial": una élite legitimada por exámenes competitivos y el rendimiento académico, pero que al mismo tiempo concentra una parte importante de las posiciones de poder. El sociólogo y profesor de Economía Andrés Villena considera "natural" que cada país cree sistemas específicos para acceder al poder, "como una de herramienta para garantizar la pervivencia del Estado". Según explica, "los primeros en desarrollar estos métodos de selección de élites fueron los chinos, con la figura de los mandarines hace 15 siglos".

En el Reino Unido, la lógica es diferente, aunque también existe una fuerte concentración. Las universidades de Oxford y Cambridge, conocidas conjuntamente como Oxbridge, siguen desempeñando un papel central en la formación de las élites políticas, jurídicas y empresariales. Su influencia se ve reforzada por la tradición de los colegios privados de prestigio, como Eton o Winchester, que sirven con frecuencia como antesala de las universidades más selectivas. A diferencia de Francia, donde el Estado ocupa una posición central, el modelo británico está más vinculado al peso de las finanzas, las profesiones liberales y las redes sociales construidas durante la formación. En Alemania, las élites económicas proceden con frecuencia de universidades técnicas, escuelas de ingeniería y de un sistema de formación profesional muy desarrollado. El acceso a la dirección empresarial suele estar menos concentrado en un pequeño grupo de instituciones.

Estados Unidos presenta una estructura más abierta y descentralizada, aunque no por ello menos jerárquica. Universidades como Harvard, Stanford, Princeton, Yale o el MIT mantienen una influencia considerable en las firmas de Wall Street, las empresas tecnológicas de Silicon Valley y las grandes corporaciones. Sin embargo, el emprendimiento y la movilidad geográfica permiten trayectorias más diversas que en Europa.

Bibliografía

Andrés Villena Oliver, Las élites que dominan España (Libros del KO)

Walt Bogdanich y Michael Fosythe, La consultora: cómo McKinsey dirige el mundo (Península) 

Rafael Méndez, Los dueños del Estado (Península)

sábado, 18 de julio de 2026

Javier Cercas, Un cristianismo sin Cristo

 Un cristianismo sin Cristo, por Javier Cercas, El País, 4 de julio de 2026:

Pasado el empacho papal (y antipapal) provocado por la visita de León XIV, me acordé de Gandhi. “Cristo está muy bien”, declaró. “El problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo”. También me acordé de Éric Zemmour, líder de ultraderecha francés que aboga por un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe religiosa ni como una doctrina ética, sino como una base cultural, identitaria y excluyente. Pero sobre todo me acordé de mi último viaje a Ginebra.

Fue poco antes de la visita del Papa. Me habían invitado a hablar en la Societé de Lecture, una venerable institución con más de dos siglos de existencia cuya sede se halla en el casco antiguo de la ciudad, en el número 11 de la Grand-Rue; muy cerca, en el número 28, una placa recuerda que allí murió, en 1986, Jorge Luis Borges (en realidad murió en el edificio de enfrente, pero el propietario no permitió que colocaran la placa con el argumento de que el escritor solo había vivido allí la semana previa a su muerte). Antes del evento, un bibliotecario me dio un paseo por la biblioteca, que consta de más de 200.000 volúmenes, y me mostró algunas de sus joyas, entre ellas una primera edición de la célebre Vie de Jésus, de Ernest Renan. Abrí el libro por aquel capítulo que glosa la evidencia de que Cristo fue un revolucionario; había muchos subrayados a lápiz. “Lo que distingue en efecto a Jesús de los agitadores de su tiempo y de todos los tiempos es su perfecto idealismo”, habían subrayado. “Jesús, en ciertos aspectos, es un anarquista, porque no tiene ninguna idea de gobierno civil. Ese gobierno le parece pura y simplemente un abuso”. Enseguida, otro subrayado: Jesús no intenta “sustituir a los ricos y los poderosos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, pero no adueñarse de él”. Junto a este último subrayado había una anotación, garabateada en francés con el mismo lápiz. “Como el socialismo moderno”, rezaba. “¿Sabes quién escribió eso?”, me preguntó el bibliotecario. Antes de que pudiera responder, me alargó una hoja de inscripción en la Societé de Lecture a nombre de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin: la letra era idéntica a la de la anotación. Incrédulo, por un segundo imaginé un encuentro entre Lenin y Borges en la Societé de Lecture, un diálogo o una serie de diálogos entre el aspirante a escritor —que había residido en la ciudad entre 1914 y 1918, y que en 1920 escribiría un poemario donde celebraba la Revolución Rusa: Los himnos rojos— y el maduro bolchevique en el destierro; hasta que comprendí que la cronología volvía inverosímil ese juego: 1908 fue el último año de la estancia de Lenin en Ginebra. Luego pensé que Lenin, perseguido y exiliado en la capital suiza mientras planeaba el retorno a Rusia y el derrocamiento del zar Nicolás II, no pudo no identificarse con el Jesús subversivo de Renan y que, a juzgar por los subrayados y comentarios al libro, había captado muy bien el pensamiento de Cristo, pero, una vez convertido en líder de la Revolución y fundador de la Unión Soviética, no lo había aplicado (no desde luego en lo referido a “no adueñarse” del poder). También pensé que cristianismo y comunismo guardan entre sí semejanzas flagrantes, que a su modo el comunismo quiso ser una suerte de cristianismo ateo, que Cristo puede parecer un tarado o un héroe y su doctrina y su ejecutoria vital pueden o no gustar, pero lo cierto es que Gandhi llevaba razón: nada o casi nada de lo que la historia ha conocido como cristianismo se asemeja al cristianismo de Cristo.

Es más bien un cristianismo sin Cristo, como el que vindica Zemmour. Por supuesto, un cristianismo sin Cristo es como una paella sin arroz, pero esa es la clase de milagros que obramos nosotros (y no solo la ultraderecha): baste recordar que, en 2025, al menos 2.108 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, y que se registraron 1.047 muertes o desapariciones en la ruta del Atlántico que une el oeste de África con las Canarias. Así que León XIV se equivocaba cuando, aludiendo a nuestra política migratoria, proclamó: “No se puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. ¡Sí, se puede! (y lo hacen, sobre todo, personas y gobiernos que se tildan de cristianos, añado yo, Arendt). 

sábado, 4 de julio de 2026

John Rawls

 [Transcripción corregida por el bloguero del portal "El historiador del pasado" en YouTube]

 John Rawls, el filósofo que imaginó una sociedad justa.

 Si tuvieras que diseñar una sociedad desde cero, sin saber si nacerías rico o pobre, poderoso o débil, sano o enfermo, ¿qué reglas elegirías? Detente un segundo a pensarlo en serio. No sabes si naces en una mansión o en una favela. No sabes si tu mente será brillante o si tendrás una discapacidad que te acompañe toda la vida. No sabes tu raza, tu género, tu país ni el siglo en que vas a vivir. Lo único que sabes es que vas a nacer en esa sociedad y que sus reglas te van a tocar a ti sin excepciones ni privilegios. ¿Seguirías defendiendo que los más afortunados se queden con casi todo? ¿Seguirías pensando que la pobreza es solo cuestión de esfuerzo? ¿Te atreverías a apostar tu vida entera a una tirada de dados que tú mismo no puedes controlar? 

Un hombre dedicó toda su existencia a responder esa pregunta segundoscon una seriedad que pocos filósofos se han atrevido a igualar. No buscaba un eslogan, buscaba una arquitectura moral capaz de sostener el peso de una sociedad entera. Su nombre era John Rolls y aunque casi nadie reconocería su rostro por la calle, sus ideas están hoy de forma silenciosa detrás de cómo discutimos los impuestos, la educación, la sanidad y la igualdad en cualquier país democrático del mundo. Pero para entender como un hombre tímido, casi invisible, que evitaba las cámaras y rara vez concedía entrevistas, terminó convirtiéndose en el filósofo político más influyente del siglo XX. Hay que retroceder hasta una infancia marcada por la culpa, una guerra que le arrebató la fe y un silencio que tardó 20 años en convertirse en un libro. 

John Borley Rawls nació en 1921 en Baltimore, en el seno de una familia acomodada. Su padre era un abogado respetado, su madre una mujer activa en la defensa del derecho al voto femenino.

Todo en apariencia indicaba una infancia tranquila, protegida, sin sobresaltos, pero la tranquilidad se rompió dos veces en dos inviernos consecutivos de una forma que ningún niño debería tener que soportar. RS contrajo difteria, sobrevivió, pero su hermano menor, que jugaba con él cada día, se contagió y murió. Al año siguiente, una neumonía hizo lo mismo. Él volvió a sobrevivir y otro de sus hermanos pequeños no lo logró.

Dos hermanos muertos por enfermedades que él mismo había llevado a casa sin culpa, sin intención, solo por la simple e injusta lógica del azar biológico. Imagina cargar con esa pregunta durante el resto de tu vida. ¿Por qué yo sí y ellos no? ¿Qué clase de orden moral permite que la suerte decida quién vive y quién muere sin que nadie haya hecho nada para merecerlo? Décadas más tarde, esa misma pregunta disfrazada de teoría filosófica se convertiría en el motor secreto de toda su obra. El joven Rawls creció profundamente religioso. Estudió en un internado episcopal donde la fe no era un adorno social, sino el centro mismo de la existencia. Llegó a considerar seriamente convertirse en ministro religioso. Entró a la Universidad de Princeton en 1939 con esa vocación todavía intacta, escribiendo ensayos sobre el pecado y la fe con la convicción de quien cree que el mundo en el fondo tiene un orden moral garantizado por algo superior.

Entonces llegó la guerra.

Rawls se alistó en la infantería del ejército de Estados Unidos y fue enviado al Pacífico. Combatió en Nueva Guinea, combatió en Filipinas, vio morir a soldados a su lado, algunos de ellos amigos cercanos en circunstancias tan arbitrarias como las enfermedades que se habían llevado a sus hermanos. Una bala no pregunta si mereces vivir. Una bala simplemente llega o no llega y decide.

Después de la rendición de Japón, su unidad fue enviada como parte de las fuerzas de ocupación. Y allí, caminando entre los escombros de una ciudad que apenas semanas antes había sido borrada por una sola bomba, Rawls fue testigo directo de la devastación de Hiroshima.

Cuerpos. Silencio. Una ciudad entera convertida en ceniza en un instante, sin distinguir entre soldados y niños, entre culpables e inocentes. Hubo un momento durante esos meses de guerra que Rawls nunca olvidaría. Un capellán militar dio un sermón asegurando que la Providencia divina guiaba cada bala, que Dios decidía quién caía y quién sobrevivía según plan justo y superior. Rawls, que acababa de ver morir a un amigo de forma absolutamente azarosa, sintió que esa explicación era sencillamente una mentira. Si Dios premiaba u olvidaba según designio moral, ¿por qué los inocentes ardían igual que los culpables en las calles de Hiroshima? ¿Por qué su hermano había muerto y él no? Algo se rompió ahí dentro. El joven que había soñado con el sacerdocio regresó a casa en 1946 sin fe religiosa, pero con una pregunta todavía más urgente clavada en el pecho.

Si no existe una mano divina que reparta justicia, ¿quién decide qué es justo? ¿Tendríamos que resignarnos a que la suerte simplemente gobierne nuestras vidas? 

Esa pregunta nacida entre hospitales infantiles y campos de batalla sería la semilla de la obra más influyente de la filosofía política del siglo XX. Pero entre la pregunta y la respuesta, todavía faltaban 25 años de trabajo silencioso, de borradores rescritos una y otra vez, de un hombre que prefería pensar antes que hablar. 

¿Cómo se construye desde cero una teoría capaz de sustituir a Dios como árbitro de la justicia humana? Eso es exactamente lo que Rawls se propuso hacer. 

De vuelta en Estados Unidos, Rawls hizo dos cosas que cambiarían el curso de su vida. La primera, casarse con Margaret Fox, una joven estudiante de química que se convertiría en su compañera durante más de 50 años y en una lectora crítica de cada uno de sus manuscritos. La segunda, regresar a Princeton no ya como estudiante de teología, sino como aspirante a doctor en filosofía. moral. 

El hombre que entró a ese programa de posgrado ya no creía en respuestas reveladas, creía, en cambio, en algo más difícil de sostener: la idea de que los seres humanos, usando solo la razón y el diálogo, podían ponerse de acuerdo sobre principios justos para organizar la convivencia, sin necesidad de apelar a ninguna autoridad sobrenatural.

Obtuvo su doctorado en 1950 y comenzó una carrera académica discreta, primero en Princeton, después en Cornell, brevemente en el MAT, hasta instalarse definitivamente en Harvard en 1962, donde permanecería el resto de su vida.

Sus alumnos lo describirían años después como un profesor extraordinariamente generoso, capaz de dedicar horas enteras a pulir las ideas de un estudiante de primer año con la misma seriedad que dedicaba a sus propios escritos. Pero fuera del aula, Rawls era casi un fantasma. No buscaba el reconocimiento público, no concedía entrevistas con facilidad, vivía literalmente dentro de su propio pensamiento y ese pensamiento giraba obsesivamente en torno a un problema. Durante décadas, la filosofía política había estado dominada por el utilitarismo, la idea de que una sociedad justa es aquella que produce la mayor felicidad posible para el mayor número de personas. Suena razonable, ¿verdad?

El problema es que esa lógica puede justificar barbaridades.

Si sacrificar a una minoría aumenta la felicidad total de la mayoría, el utilitarismo llevado al extremo podría aprobarlo. Rawls había visto de cerca en una ciudad japonesa reducida a cenizas hasta dónde puede llegar una lógica de sacrificio colectivo disfrazada de bien mayor. Necesitaba una alternativa, y la encontró recuperando una vieja idea, la del contrato social. Pensadores como Locke o Rousseau habían imaginado que la sociedad nace de un acuerdo entre personas libres. Pero Rawls le dio un giro genial, un giro tan simple que resulta casi obvio una vez que lo escuchas y tan poderoso que todavía hoy sigue incomodando a políticos, economistas y filósofos.

Imagina que te invitan a repartir un pastel entre tú y otra persona, pero con una condición. Tú lo cortas y la otra persona elige primero su porción. ¿Qué harías? Cortarías el pastel exactamente por la mitad solo porque no sabes qué pedazo te va a tocar a ti. Vas a intentar que ambos sean lo más justos posible. Esa intuición sencilla aplicada a una sociedad entera es el corazón de la filosofía de Rawls. Él lo llamó la posición original u originaria ,una situación hipotética en la que un grupo de personas se reúne para decidir las reglas básicas que van a gobernar su sociedad. 

Pero hay una condición especial, la más importante de toda su teoría. Estas personas deciden detrás de un velo de ignorancia. No saben si van a nacer ricas o pobres. No saben su talento, su salud, su género, su origen étnico, ni siquiera la generación en la que les tocará vivir. Diseñan las reglas del juego sin saber qué ficha les va a tocar a ellos mismos

Piénsalo como si fueras un arquitecto al que le encargan diseñar una ciudad entera, sabiendo que, una vez terminada, un sorteo aleatorio decidirá en qué barrio de esa ciudad vas a vivir tú para siempre. ¿Diseñarías una ciudad con barrios de lujo rodeados de zonas sin agua potable, sin escuelas, sin hospitales? Probablemente, no. Si existe la más mínima posibilidad de que tú mismo termines naciendo en el barrio más pobre, vas a exigir que ese barrio como mínimo tenga condiciones dignas. Esa es, en esencia, la apuesta de Rawls: que la verdadera justicia no se mide por lo que defendemos cuando ya sabemos en qué lado de la mesa estamos sentados, sino por lo que estaríamos dispuestos a aceptar si no lo supiéramos todavía. Llamó a esta idea justicia como equidad y pasó casi dos décadas afinándola, capítulo tras capítulo, en un manuscrito que crecía en silencio mientras el mundo afuera atravesaba la Guerra Fría, los movimientos por los Derechos civiles y las protestas contra la guerra de Vietnam. 

 Durante años, colegas y estudiantes supieron que Rawls trabajaba en algo enorme, algo que prometía cambiar las reglas del juego dentro de la filosofía política. Una disciplina que, según muchos críticos de la época, llevaba décadas estancada, incapaz de proponer nada verdaderamente nuevo desde John Stuart Mill. Circulaban borradores entre sus colegas de Harvard, se corregían, se debatían, se reescribían de nuevo. Para 1971, el manuscrito finalmente estuvo listo. Rawls tenía 50 años.

Había tardado prácticamente toda su vida adulta en construir ladrillo a ladrillo una respuesta a la pregunta que había nacido en los hospitales de su infancia y se había cristalizado entre los escombros de Hiroshima. Faltaba solo un paso, el más arriesgado de todos, entregarle ese libro al mundo y descubrir si el mundo estaba listo para escucharlo.

¿Qué pasa cuando un filósofo discreto que ha pasado dos décadas trabajando casi en secreto publica de pronto la obra que va a redefinir toda una disciplina?

Eso es exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.

Teoría de la justicia. Se publicó en 1971 y su efecto fue casi inmediato.

No era un libro fácil. Sus más de 500 páginas estaban llenas de argumentos densos, técnicos, construidos con el rigor de quien ha revisado cada frase decenas de veces. Y sin embargo, logró algo que pocos tratados de filosofía consiguen. Salir de las universidades y entrar en la conversación pública. Economistas lo discutían, abogados lo citaban en tribunales. Políticos de distintas corrientes intentaban apropiarse de sus ideas. Algunos lo llamaron, sin exagerar, el libro de filosofía política más importante desde el siglo XIX. 

Rawls, el hombre que evitaba los reflectores, se convirtió de la noche a la mañana en una referencia obligada para cualquiera que quisiera hablar seriamente de justicia. Pero, ¿qué decía exactamente el libro? Más allá del velo de ignorancia y la posición originaria, Rawls proponía que detrás de ese velo las personas elegirían dos principios fundamentales para organizar su sociedad.

A) El primero es casi intuitivo. Todos merecen las mismas libertades básicas, la libertad de expresión, de conciencia, de participación política, sin excepciones ni privilegios para nadie.

B) El segundo principio es el que de verdad incomoda y también el más revolucionario. Rawls aceptaba que las desigualdades económicas no son automáticamente injustas, pueden incluso ser necesarias para incentivar el esfuerzo, la innovación, el talento. Pero decía, esas desigualdades solo son legítimas si cumplen dos condiciones.

1. Que existan oportunidades reales para que cualquier persona, sin importar su origen, pueda competir por esas posiciones de ventaja (igualdad de oportunidades).

2. Que esas desigualdades terminen beneficiando también a los miembros menos favorecidos de la sociedad.

A esta segunda condición la llamó el principio de diferencia y es probablemente la idea más debatida de toda su obra.

Imagina dos países. En el primero, un pequeño grupo se vuelve inmensamente rico, mientras la mayoría sobrevive con salarios estancados, sin acceso a salud ni educación de calidad.

En el segundo también existen grandes fortunas, pero ese mismo desarrollo económico, financia, hospitales, escuelas públicas de calidad y oportunidades reales de movilidad social para los más pobres.

Para Rawls, solo el segundo país podría considerarse genuinamente justo. La riqueza en sí misma no es el problema. El problema es una riqueza que se acumula sin levantar a nadie más.

Y junto a esto insistía en algo que hoy sigue siendo una de las discusiones centrales de cualquier democracia. La igualdad de oportunidades no puede ser solo una frase bonita en una ley. Si dos niños nacen con el mismo talento pero uno crece en un barrio con escuelas excelentes y el otro en un barrio sin recursos, no existe igualdad real. Por más que la ley diga lo contrario sobre el papel.

La justicia para Rawls exige construir activamente las condiciones para que el talento y no el código postal en el que naciste determine tu futuro.

El impacto fue enorme, pero también lo fue la resistencia.

Apenas tres años después de la publicación, en 1974, un joven filósofo de Harvard llamado Robert Nozick respondió con un libro propio, defendiendo una postura radicalmente opuesta, libertariana, donde el Estado no tiene derecho a redistribuir la riqueza obtenida legítimamente, sin importar cuán desigual sea el resultado final.

Para Nozick, el principio de diferencia de Rawls equivalía a obligar a unos a trabajar para otros. Una forma sutil de coerción, disfrazada de justicia. Otros críticos atacaron desde un ángulo distinto.

El filósofo Michael Sandel argumentó que la posición original de Rawls imaginaba a seres humanos despojados de toda identidad, sin familia, sin comunidad, sin historia, como si pudiéramos realmente razonar sobre la justicia, ignorando por completo quiénes somos.

¿Es posible, se preguntaba, construir principios morales válidos a partir de un individuo tan abstracto que ya no se parece a ningún ser humano real

También llegaron críticas desde el feminismo señalando que Rawls apenas había considerado la justicia dentro de la familia, ese espacio íntimo donde durante siglos se han reproducido algunas de las desigualdades más profundas entre hombres y mujeres.

Y otros pensadores, mirando más allá de las fronteras nacionales, le preguntaron si su teoría de la justicia tenía algo que decir sobre la desigualdad. entre países ricos y países pobres. Un problema que su modelo original apenas rozaba.

Rawls, fiel a su carácter, no respondió con arrogancia ni con silencio defensivo. Pasó las siguientes tres décadas de su vida revisando, matizando, reescribiendo. Publicó Liberalismo político en 1993, reconociendo que las sociedades modernas están formadas por personas con creencias religiosas y morales profundamente distintas entre sí y preguntándose cómo es posible construir principios de justicia compartidos en medio de ese pluralismo.

Más tarde, en 1999, publicó El derecho de gentes, extendiendo finalmente su pensamiento hacia las relaciones entre naciones.

Un filósofo dispuesto a pasar 30 años corrigiendo su propia obra, escuchando a sus críticos más feroces, sin dejar nunca de creer en el núcleo de su idea, es algo extrañamente raro en cualquier disciplina. Pero, ¿hasta qué punto esas ideas nacidas en la quietud de un despacho en Harvard podían sobrevivir al contacto con el mundo real, con sus crisis económicas, sus guerras, sus desigualdades crecientes?

Esa pregunta nos lleva directamente a nuestro presente. Detente un momento y mira a tu alrededor. La desigualdad económica entre los más ricos y el resto de la población no ha dejado de crecer en buena parte del planeta. El código postal en el que naces sigue determinando con una precisión incómoda qué escuela vas a pisar, qué oportunidades vas a tener, cuántos años es probable que vivas.

La pregunta que Rawls se hizo en 1971 no envejeció, simplemente cambió de escenario.

Cada vez que un gobierno discute si subir impuestos a las grandes fortunas para financiar educación pública, está discutiendo, sin saberlo, el principio de diferencia. Cada vez que se debate si el mérito basta para justificar la desigualdad o si ese mérito ya está distorsionado desde la cuna por el barrio, la familia y la escuela en la que naciste, se está discutiendo la igualdad de oportunidades de Rawls. Cada vez que alguien defiende una política pública preguntándose en serio, ¿qué pensaría si no supiera si él mismo va a ser el beneficiado o el perjudicado? está usando, aunque nunca haya leído, una sola página de Teoría de la justicia, el velo de ignorancia.

Y el ejercicio funciona también a una escala mucho más personal.

La próxima vez que tengas que decidir algo que afecta a otras personas, repartir una herencia, diseñar las reglas de un equipo, votar una política en tu comunidad, intenta hacerlo sin saber de antemano qué lugar vas a ocupar tú en el resultado final. Es un ejercicio incómodo, pero es probablemente el experimento mental más honesto que existe para medir si una decisión es verdaderamente justa o si simplemente conviene a quien la está tomando.

En sus últimos años, Rawls siguió siendo el mismo hombre discreto de siempre. Continuó dando clases en Harvard, dedicando un tiempo desproporcionado a sus estudiantes, revisando manuscritos ajenos con la misma paciencia con la que había revisado los suyos durante décadas. En 1995 sufrió el primero de una serie de derrames cerebrales que poco a poco fueron debilitando su capacidad para escribir y hablar.

Aún así, con ayuda de colegas y familiares, logró terminar una última revisión de su pensamiento, publicada en 2001 bajo el título Justicia como equidad, una reformulación, como si necesitara dejar sus ideas perfectamente ordenadas antes de partir.

John Rawls murió el 24 de noviembre de 2002 en su casa de Lexington, Massachusetts, rodeado de su familia. No hubo grandes titulares en la prensa generalista ni homenajes masivos en televisión. Fue hasta el final fiel a la discreción que lo había caracterizado toda su vida. Pero en las universidades, en los tribunales, en los parlamentos y en las conversaciones cotidianas sobre lo que es justo y lo que no, su pensamiento seguía y sigue completamente vivo. 

Quizás la lección más profunda de la vida de Rawls no esté solo en sus libros, sino en el camino que tuvo que recorrer para escribirlos. Un niño que cargó con la culpa de sobrevivir a sus propios hermanos.

Un joven que perdió la fe entre los escombros de una ciudad arrasada. Un hombre que, en lugar de hundirse en el cinismo o en la resignación, dedicó el resto de su vida a imaginar con un rigor casi obsesivo, cómo sería un mundo donde la suerte del nacimiento dejara de decidirlo todo. Tal vez nunca lleguemos a vivir en una sociedad perfectamente diseñada detrás de un velo de ignorancia. Pero cada vez que alguien se atreve a preguntar si una regla, una ley o una costumbre seguiría pareciendo justa, incluso si no supiera de antemano en qué lugar de esa sociedad le tocaría nacer, está honrando, sin saberlo, la pregunta que un soldado formuló entre las ruinas de Hiroshima y que un filósofo tardó toda una vida en convertir en una de las ideas más importantes de la historia del pensamiento humano. 

Si este documental te hizo reflexionar sobre la justicia, la igualdad y el tipo de sociedad en la que vivimos, suscríbete a El historiador del pasado para seguir descubriendo a los pensadores que cambiaron nuestra forma de entender el mundo.

martes, 30 de junio de 2026

Retórica coercitiva y manipulativa, aplicable a personas y al fascismo.

  Estas son 55 (y solo son algunas) de las formas en que se explotan informativamente los puntos ciegos de la mente humana. El entenderlas hace que sea mucho más difícil que funcionen contigo. 

 Triangulación. La triangulación sucede cuando un manipulador introduce a una tercera persona en la dinámica de la relación, ya sea de forma real o imaginaria para crear inseguridad, celos o competencia, permitiéndole al manipulador mantener el control sobre ambas partes. 

Gas lighting. La luz de gas o gas lighting ocurre cuando alguien intenta desacreditar la percepción de la realidad de otra persona mediante la negación constante de hechos, lo que hace que la víctima termine dudando de su propia memoria o cordura. Algo como decir: "Eso nunca pasó, te lo estás inventando todo." 

Love bombing. El bombardeo de amor es una técnica que consiste en abrumar a una persona con afecto, elogios y atención excesiva al principio de una relación para crear una dependencia emocional rápida y ganar control sobre ella antes de que pueda ver las señales de alerta. 

Tratamiento de silencio es una técnica de castigo que consiste en retirar la comunicación y el afecto de manera repentina. Se utiliza para ejercer poder sobre la otra persona, forzándola a pedir perdón o ceder ante las demandas del manipulador para terminar con el aislamiento emocional. 

Hacerse la víctima o victimismo ocurre cuando el manipulador se presenta como la parte perjudicada en una situación en la que él mismo es el agresor. El objetivo es desviar las críticas, evitar la responsabilidad y hacer que la otra persona se sienta culpable por intentar poner límites. 

Falsos dilemas. Esta técnica consiste en presentar una situación compleja, como si solo existieran dos opciones extremas y opuestas, ocultando deliberadamente el resto de las alternativas. Al forzar una elección entre A o B, el manipulador empuja a la víctima hacia la opción que más le conviene, haciendo que esta sienta que no tiene otra salida lógica.

Proyección. La proyección ocurre cuando un individuo atribuye sus propios rasgos, inseguridades o comportamientos negativos a los demás. En lugar de admitir un error, el manipulador acusa a su víctima de cometer exactamente lo que él está haciendo. 

Confusión deliberada. Esta técnica consiste en presentar argumentos contradictorios, cambiar de tema constantemente o usar un lenguaje excesivamente vago para desorientar a la víctima. Al crear un estado de neblina mental, el manipulador impide que la persona pueda analizar con lógica lo que está sucediendo. 

Bread crumming. La técnica de las migajas consiste en enviar señales mínimas de interés o afecto como mensajes esporádicos o likes para mantener a alguien enganchado y disponible, pero sin ninguna intención real de comprometerse o profundizar en la relación. 

Simulación de futuro es la creación de una narrativa detallada y emocionante sobre un futuro compartido para obtener beneficios inmediatos. El manipulador vende un sueño, comprar una casa, tener hijos, una sociedad laboral, para que la víctima entregue su dinero, tiempo o lealtad hoy sobre una base que el manipulador vendehúmos no tiene intención de construir. 

Inversión de la víctima. Darvo es una sigla para denegar, atacar y revertir víctima y ofensor. Cuando se le confronta, el manipulador primero niega el hecho, luego ataca a quien lo confronta y finalmente afirma que él es la verdadera víctima de la situación. El objetivo es que la persona que inició la queja termine pidiendo perdón. 

Culpabilización es una forma de manipulación emocional en la que se hace sentir a la otra persona responsable del malestar o de los problemas del manipulador con el fin de obligarla a realizar una acción por puro remordimiento. 

Reciprocidad forzada consiste en realizar un favor o dar un regalo que la víctima no pidió y que no puede devolver fácilmente. Esto crea una deuda psicológica inmediata. El manipulador utiliza este sentimiento de obligación para pedir algo mucho más valioso a cambio, sabiendo que la presión social de no ser un ingrato forzará la aceptación. 

Falsa preocupación. Sucede cuando se utiliza un tono de ayuda o consejo para socavar la confianza de alguien. Por ejemplo, te lo digo porque te quiero, pero no creo que seas capaz de manejar ese trabajo. Es una crítica destructiva disfrazada de apoyo. 

Normalización de lo anómalo. Ocurre cuando se introducen comportamientos abusivos o inaceptables de manera gradual. Al repetirlos con frecuencia, el manipulador logra que la víctima los perciba como algo normal o estándar dentro de la relación, eliminando su capacidad de alarma o protesta. 

Incompetencia armada consiste en fingir torpeza, ignorancia o incapacidad para realizar tareas básicas con el fin de obligar a la otra persona a hacerse cargo de ellas. Al decir, "Tú lo haces mejor o yo no sé cómo se hace" el manipulador delega sus responsabilidades y carga a la víctima con el trabajo sucio, evitando cualquier esfuerzo o rendición de cuentas. 

Victimismo instrumental es el uso de una posición de supuesta debilidad o sufrimiento para obtener beneficios o evitar consecuencias. El manipulador se presenta como el perjudicado en cada situación para desviar las críticas, despertar con pasión y forzar a los demás a ceder ante sus peticiones. 

Pie en la puerta. Esta técnica de persuasión consiste en lograr que la persona acceda primero a una petición pequeña e insignificante. Una vez que se ha establecido ese primer sí, es mucho más probable que la víctima acepte una petición mucho mayor y más exigente debido a la presión interna de mantener la consistencia.

Puerta en la cara. A diferencia de la anterior, aquí el manipulador comienza realizando una petición exagerada o inaceptable que sabe que será rechazada. Tras la negativa, presenta una segunda petición más pequeña, la que realmente deseaba desde el principio, haciendo que parezca una concesión o un favor, lo que presiona a la víctima a aceptar por compromiso. 

Comparación social. Ocurre cuando el manipulador utiliza a terceras personas, reales o imaginarias, como un estándar inalcanzable para señalar las supuestas deficiencias de la víctima. Al compararla constantemente con otros de manera desfavorable, logra erosionar su seguridad y la motiva a esforzarse más para obtener una aprobación que nunca llega. 

Prueba social. La prueba social explota la tendencia humana a seguir el comportamiento de la mayoría. El manipulador fabrica la ilusión de que todo el mundo está de acuerdo con una idea o está realizando una acción específica, presionando a la víctima para que se adapte al grupo por miedo a ser la única que está equivocada o fuera de lugar. 

Chivo expiatorio. Ocurre cuando un grupo o individuo selecciona a una persona para cargar con la culpa de todos los fallos internos, permitiendo que los verdaderos responsables se evadan las consecuencias de sus actos. 

Mover la meta consiste en cambiar continuamente los estándares o requisitos de éxito justo cuando la otra persona está a punto de alcanzarlos. Esto asegura que la víctima nunca se sienta lo suficientemente buena y siempre esté intentando complacer al manipulador sin éxito. 

Idealización y devaluación. Es un ciclo de manipulación donde el agresor primero pone a la víctima en un pedestal, colmándola de elogios y haciéndola sentir especial.

Idealización. Una vez que la víctima está enganchada, el manipulador cambia bruscamente a un trato frío y crítico de evaluación, generando una crisis de identidad en la persona que intenta desesperadamente volver a la fase de oro. 

Anclaje emocional es la asociación de un estímulo específico, un gesto, una palabra o un tono de voz con un estado emocional negativo o de miedo. Una vez establecida el ancla, el manipulador solo necesita repetir ese estímulo para que la víctima vuelva instantáneamente a sentirse vulnerable o culpable, permitiendo el control sin necesidad de una discusión abierta. 

Desamparo aprendido es el estado psicológico que se alcanza tras someter a alguien a críticas o fracasos constantes de los que no puede escapar. El manipulador convence a la víctima de que nada de lo que haga cambiará su situación, logrando que esta deje de luchar y acepte la sumisión de forma pasiva, incluso cuando se presentan oportunidades reales de libertad. 

La trampa del doble vínculo ocurre cuando el manipulador envía dos mensajes contradictorios al mismo tiempo, donde cumplir uno implica violar el otro. Por ejemplo, sé más independiente, pero no tomes decisiones sin consultarme. No importa lo que la víctima haga, siempre estará mal, lo que genera un estado de parálisis y dependencia absoluta de la validación del manipulador. Véase Trump.

Fatiga decisional consiste en desgastar la capacidad de juicio de la víctima, obligándola a tomar una corriente interminable de decisiones irrelevantes. Al llegar al punto de agotamiento mental, la persona pierde su capacidad de filtrar lo importante y termina cediendo ante una demanda mayor del manipulador simplemente para que el proceso termine.

Castigo imprevisible. A diferencia del castigo directo, esta técnica mantiene a la víctima en un estado de hipervigilancia. El manipulador reacciona de forma explosiva o punitiva ante acciones que antes eran permitidas sin un patrón lógico. Esta aleatoriedad destruye la seguridad de la víctima, quien termina limitando su propia libertad para evitar una posible represalia que no puede predecir.

Negación estratégica es la táctica de negar sistemáticamente hechos, promesas o comportamientos evidentes, incluso cuando existen pruebas. El objetivo es evadir cualquier tipo de responsabilidad y agotar la capacidad de resistencia de la otra persona, quien termina rindiéndose ante la imposibilidad de llegar a la verdad. Véase Trump.

Reescritura del pasado. La reescritura del pasado ocurre cuando el manipulador altera el relato de eventos que ya sucedieron para que se ajusten a su conveniencia actual. Al cambiar los detalles de una conversación o acuerdo previo, logra que la víctima dude de su propia memoria y acepte una versión de los hechos que favorece al manipulador. Véase Trump.

Retención de información. Consiste en ocultar datos clave, planes o sentimientos para mantener una ventaja estratégica. Al dejar a la víctima en la oscuridad, el manipulador se asegura de que ella no pueda tomar decisiones informadas ni actuar con independencia, creando una relación de dependencia donde la información es poder. 

El Miedo es una técnica primaria que utiliza amenazas, ya sean explícitas o sutiles sobre el abandono, la violencia, la pérdida económica o el rechazo social. El objetivo es mantener a la persona en un estado de alerta constante que anula su capacidad de tomar decisiones libres y autónomas. 

La Vergüenza consiste en señalar y amplificar los supuestos defectos, errores o vulnerabilidades de una persona, ya sea en público o en privado. Al erosionar la autoestima del individuo, el manipulador lo hace sentir indigno de respeto, facilitando que este acepte un trato degradante. 

Trampa del costo hundido. El manipulador recuerda constantemente a la víctima todo el tiempo,  esfuerzo o dinero que ya ha invertido en la relación o el proyecto. Al enfocarse en lo que se perdería si se rinde ahora, obliga a la persona a seguir sacrificándose en una situación tóxica, basándose en la falacia de que abandonar es tirar a la basura su pasado. 

Licencia moral. Sucede cuando el manipulador utiliza una buena acción pasada para justificar un comportamiento egoísta o abusivo en el presente. El razonamiento es, como fui tan bueno contigo ayer, hoy tengo derecho a tratarte mal. Se utiliza la bondad como un crédito acumulado que permite violar los límites de la otra persona sin sentir culpa.

Dividir y enfrentar es la táctica de crear conflictos y desconfianza entre los miembros de un grupo o una familia. Al romper las alianzas y fomentar la rivalidad interna, el manipulador evita que los demás se unan en su contra y logra posicionarse como el único mediador o aliado confiable para cada una de las partes. 

Nosotros versus ellos consiste en crear una mentalidad de búnker donde se divide el mundo en dos bandos, el círculo interno, el manipulador y la víctima y un mundo exterior hostil o ignorante. Al fomentar la idea de que nadie nos entiende como nosotros, el manipulador refuerza la dependencia de la víctima y justifica el aislamiento como una medida de protección necesaria. 

Apelación a la autoridad. Se utiliza cuando el manipulador justifica una orden o una creencia basándose únicamente en su posición de poder, estatus o supuesta sabiduría superior en lugar de ofrecer razones válidas. Se espera que la otra persona obedezca o crea sin cuestionar simplemente porque quien manda lo dice. 

Propósito trascendente. Esta técnica consiste en justificar el abuso o la explotación vinculándolos a una causa superior, ya sea la estabilidad familiar, el éxito de la empresa o un ideal espiritual. Al elevar el conflicto a un plano moral o sagrado, el manipulador logra que la víctima acepte el sacrificio personal como un deber noble, silenciando cualquier queja legítima. 

Refuerzo intermitente. Esta técnica se basa en entregar recompensas o afecto de manera inconsistente. Al saber cuándo recibirá validación, la víctima se vuelve adicta a los momentos buenos, tolerando abusos prolongados con la esperanza de que el comportamiento positivo regrese. 

Marcos mentales. Consiste en presentar la información dentro de un marco específico para influir en cómo se interpreta. Al elegir qué detalles resaltar y cuáles omitir, el manipulador predetermina la conclusión a la que llegará la víctima, controlando la percepción del problema desde el inicio. 

Sobrecarga cognitiva es el acto de bombardear a alguien con una cantidad abrumadora de información, argumentos o demandas rápidas para confundirlo y desgastar su capacidad de toma de decisiones, facilitando que acepte algo que normalmente rechazaría.

Simplificación extrema ocurre cuando se reducen problemas profundos o  multifacéticos a eslóganes sencillos o explicaciones de una sola causa. El objetivo es evitar el pensamiento crítico y el análisis de los matices, logrando que la víctima acepte una narrativa sesgada, porque es fácil de entender y de repetir. 

Repetición o iteración. Es la técnica de afirmar una mentira o una idea sesgada de manera constante y rítmica hasta que el cerebro de la víctima comienza a procesarla como una verdad familiar. La repetición debilita la resistencia cognitiva, logrando que el mensaje se asiente en el subconsciente por pura exposición.

Amor condicionado. Sucede cuando el afecto, la validación y el apoyo se utilizan como una moneda de cambio. El manipulador solo ofrece amor cuando la víctima cumple con sus expectativas o demandas y lo retira inmediatamente ante cualquier señal de independencia o desacuerdo. 

Covering, llamada así por la marca de aspiradoras, es la técnica de intentar succionar a una persona de vuelta a una relación tóxica después de una ruptura o un periodo de distanciamiento utilizando falsas promesas de cambio, crisis fabricadas o apelando a la nostalgia. 

Urgencia falsa es la imposición de un límite de tiempo arbitrario e innecesario para tomar una decisión importante. Al obligar a la persona a decidir ahora mismo, el manipulador anula su capacidad de reflexión y consulta externa, forzándola a ceder ante la presión del momento para evitar una supuesta pérdida catastrófica. 

Escasez artificial consiste en crear la ilusión de que un recurso, una oportunidad o el tiempo mismo son limitados. Al generar la sensación de que algo se está acabando o de que es exclusivo para unos pocos, el manipulador induce un estado de ansiedad que empuja a la víctima a actuar impulsivamente sin evaluar las consecuencias. 

Etiquetado. El etiquetado es el uso de nombres o categorías simplistas para definir a una persona. El perezoso, la loca, el salvador. Estas etiquetas actúan como prisiones mentales. Una vez aceptada la etiqueta, la víctima comienza a actuar conforme a ella, limitando su comportamiento a lo que el manipulador ha definido.

Aislamiento es una de las técnicas más peligrosas y consiste en cortar sistemáticamente los vínculos de la víctima con sus fuentes de apoyo externo, como amigos, familiares o colegas. Al dejar a la persona sin referentes objetivos ni ayuda emocional, el manipulador se convierte en su única fuente de información y validación, facilitando un control total.

Devaluación de la alternativa. El manipulador se encarga de hablar mal de cualquier otra opción de vida, trabajo o relación que la víctima pueda tener. Al presentar el mundo exterior como algo peligroso, incompetente o cruel, logra que la víctima perciba su situación actual, por muy mala que sea, como el mal menor o el único refugio seguro.

Despersonalización del otro. El manipulador deja de tratar a la víctima como un ser humano con necesidades propias y empieza a verla como un objeto o una extensión de sus propios deseos. Al eliminar la empatía del lenguaje y del trato, el manipulador se otorga a sí mismo el permiso interno de utilizar a la persona sin sentir ningún remordimiento moral. 

Persuasión cooeritiva. A diferencia de la persuasión normal, esta utiliza el desgaste físico o emocional falta de sueño, estrés constante, bombardeo ideológico para quebrar la voluntad de la persona. Se busca desmantelar la identidad previa del individuo para reconstruirla según los intereses del manipulador o del grupo. 

Si reconociste alguna de estas técnicas, probablemente alguien más también debería ver esto. Gracias por haber llegado hasta el final. Aquí te dejo con más contenido que te pueda interesar.

Hasta la próxima. M.

sábado, 20 de junio de 2026

Zapatero y la m. por Javier Cercas

 Zapatero y la mierda, en El País, por Javier Cercas, 20 jun 2026:

No han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y se lo hemos permitido

En pleno estallido del caso Zapatero, mientras leía noticias a cuál más deprimente, un titular me levantó el ánimo. “Con 89 años, tengo relaciones con distintos hombres fuera de la residencia”, declaraba a El Periódico una señora. Pensé: “Olé tus ovarios”. También pensé: “En las próximas elecciones, votaré a esta señora”. Pasado el subidón, volvió la depresión.

Lo más serio que se ha dicho sobre el caso Zapatero lo dijo en el Congreso Gabriel Rufián: “Es una mierda”. Pero yo no creo que sea una mierda porque Zapatero fuera un faro moral o un padre político que ha dejado a oscuras o huérfana a la izquierda, o por cualquiera de las demás cursiladas que se dijeron aquellos días. Yo creo que es una mierda porque Zapatero fue presidente del Gobierno. Que yo lo votara dos veces —todas las que se presentó a la presidencia— es lo de menos; lo relevante es que fue el presidente de todos, incluidos los que no lo votaron. Esa es la mierda auténtica. Hace ocho años, un Gobierno del PP cayó envuelto en casos de corrupción; todo parece indicar que este Gobierno va a caer envuelto en casos de corrupción. Esto no es un argumento equidistante: es un hecho. En realidad, ahora mismo no resulta nada fácil de explicar fuera de España, a menos que se recurra a la teoría de la conspiración, que siga en su puesto un presidente que tiene imputados por la justicia a su esposa, a su hermano, a su última mano derecha, a su penúltima mano derecha, a la mano derecha de su penúltima mano derecha y a un grupo de su propio partido, cuyo secretario de Organización urdió según el juez una “estructura criminal” para desacreditar adversarios; también a Zapatero, quien, como dijo Carlos E. Cué, para el presidente era mucho más importante que muchos ministros (así es: fue Zapatero quien pactó en 2023 con Puigdemont un acuerdo donde el PSOE suscribe todas las mentiras del secesionismo, lo que hizo posible la amnistía y la segunda legislatura de Sánchez). Dicho esto, ¿cómo extrañarse de que haya quien piense que todos los políticos son iguales y que el sistema está corrompido, gente a la que entren ganas de no volver a votar o de votar a una nonagenaria alegre y folladora? ¿Cómo es posible que haya quien acuse a esa gente deprimida de fomentar la antipolítica y no entienda que quien la fomenta son los políticos que no atajan de una vez la corrupción? Porque no se engañen: la cuestión no es cambiar los malos gobernantes por los buenos; la cuestión es cambiar el sistema de forma que ni siquiera los buenos gobernantes puedan convertirse en malos. ¿Imposible? Falso: en Dinamarca o Finlandia la corrupción es irrelevante. ¿Que nosotros somos distintos, que tenemos otra cultura y otra tradición? Y un cuerno: hace cuatro días también se decía que, a diferencia de daneses o finlandeses, nosotros no podíamos vivir en democracia porque teníamos otra cultura y otra tradición; y aquí estamos. No, la cuestión no es esa; la cuestión es que, en estos casi 50 años de democracia, nuestros partidos políticos —empezando por el PSOE y el PP— no han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y que nosotros se lo hemos permitido. Esa es la verdadera mierda.

No ocultaré que conozco a Zapatero. Ya no era presidente, pero yo le había criticado en un artículo y quiso hablar conmigo. Conversamos; estuvimos de acuerdo en unas cosas y en otras no. No me pareció un faro, ni falta que hace: para ser un político útil basta con ser razonable y honesto, tener un poquito de humildad, saber escuchar, rodearse de buenos asesores y querer lo mejor para tu país. Me pareció que Zapatero cumplía los requisitos (y no tengo ninguna razón para pensar que mi nonagenaria favorita no los cumpla); ni se me pasó por la cabeza, en todo caso, que pudiera hacer nada semejante a lo que el juez le atribuye. Por lo demás, creo en la inocencia de Zapatero; por un motivo: porque la civilización consiste en creer que cualquier persona, sea el presidente del Gobierno o Jack el Destripador, sea de izquierdas, de derechas o mediopensionista, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Todo lo demás es una mierda

lunes, 15 de junio de 2026

El panpsiquismo se vuelve popular, Enric Gel

 [Transcripción y corrección del bloguero desde el portal de Enric Gel Adictos a la filosofía]

 La desesperación ante el problema duro de la conciencia

Imagina que todas las cosas a tu alrededor —tu  teléfono, los árboles, las estrellas— tuvieran  mente propia. Suena loco, ¿verdad? Pero... ¿y si  es así? ¿Y si todo es consciente? Te presento el  panpsiquismo, una idea revolucionaria que está  conquistando cada vez más terreno dentro de la filosofía de la mente y que promete resolver el problema de la conciencia ahí donde las  alternativas más comunes fracasan de modo  estrepitoso. Soy Enric Gel, soy filósofo y llevo meses estudiando las distintas posturas respecto del problema mente-cerebro porque me tiene loco.  

En los últimos vídeos, hemos hablado de por qué da la impresión de que la ciencia nunca podrá  explicar reductivamente la conciencia, apelando al famoso artículo ¿Cómo es ser un murciélago? de Thomas Nagel. También hemos presentado los problemas que tiene la propuesta habitual de que la conciencia emerge del cerebro. Lo cierto es que, por mucho que la neurociencia haya avanzado y progresado de manera impresionante en nuestra comprensión de los mecanismos que se dan en el cerebro correlacionados con la experiencia subjetiva, seguimos sin estar ni un milímetro más cerca que al empezar de dar con una explicación de por qué las personas son conscientes, de por qué hay un "cómo es" experimentar el mundo desde un punto de vista subjetivo, correlacionado con todas esas cosas raras que hacen tus neuronas. Da la impresión de que todos esos procesos físicos y electroquímicos que se dan dentro de tu cráneo se podrían dar perfectamente igual sin ir acompañados de experiencia subjetiva consciente. De ahí que, tras el continuo fracaso del paradigma materialista de producir ni que sea el comienzo  de una explicación plausible de la conciencia, muchos filósofos empiezan a estar convencidos de que la solución al problema mente-cerebro nos va a requerir pensar fuera de la caja y probar suerte con otras teorías, por locas que suenen a priori. El tiempo del materialismo ya ha pasado,  piensan muchos. Es hora de probar cosas nuevas.

¿Qué es el panpsiquismo? Realidad y caricatura

Y una de las nuevas propuestas que está ganando más  popularidad en los últimos años es precisamente el panpsiquismo: la idea de que la conciencia es tan  fundamental como las fuerzas de la física y que,  por tanto, está presente en todos los niveles de  la realidad, caracterizando a todo lo que existe. Se trata de una teoría que ha llegado a llamar incluso la atención de algunos neurocientíficos, como Giulio Tononi y Christof Koch, con su Teoría  de la Información Integrada, que plausiblemente tiene implicaciones panpsiquistas.  Pero, ciertamente, estarás pensando, "Esto es irse demasiado lejos, es ponerse muy  radical. ¿Realmente tenemos que pensar que todo,  todo tiene una dimensión mental, desde los libros  que tengo aquí detrás hasta los electrones? ¿Qué argumentos podría haber que nos llevasen en esta  dirección?". Pues me alegra que me lo preguntes.  

Yo te lo explico. Pero antes, una aclaración  para no empezar ya de entrada con mal pie: algunas personas se piensan que la mejor objeción en contra del panpsiquismo es que no hay ninguna evidencia de que las piedras, por ejemplo, sientan dolor, alegría, tristeza, cosquillas o que los quarks especulen  acerca de qué van a hacer con su vida, ¡jaja, qué gracia! Pero esto no es una objeción, es una caricatura. ¿Por qué? Porque, por lo general, las formas de panpsiquismo que se toman en serio dentro de la literatura no atribuyen formas de experiencia tan complejas a las otras cosas aparte del ser humano, y desde luego no pensamiento. El ser humano tiene experiencias increíblemente ricas y complejas, sí. Pero, a medida que uno va bajando en la escala ontológica, dice el panpsiquismo, la textura interna de la dimensión  subjetiva se va empobreciendo, disminuyendo. Si los electrones tienen una dimensión mental, dicen, se corresponde con una experiencia de lo más básica y diluida, para nada similar a todo lo que experimentamos nosotros. Así que no, el panpsiquismo no te compromete necesariamente con la idea de que las piedras tengan sentimientos. Apartados, por tanto, los muñecos de paja, estamos ya preparados para adentrarnos en el fascinante mundo de los argumentos. Dentro de la literatura, hay dos argumentos principales a favor del  panpsiquismo.

Primer argumento a favor del panpsiquismo

 El primero parte de la imposibilidad o la implausibilidad del emergentismo, y lo han defendido filósofos como Thomas Nagel (otra vez) o Galen Strawson. Vistas las dificultades de reducir la conciencia, la experiencia consciente  subjetiva, a procesos meramente físicos y electroquímicos, se ha vuelto común referirse a la conciencia como un fenómeno emergente: una nueva propiedad que es irreductible a lo físico, pero que emerge de la materia cuando esta alcanza un cierto grado de complejidad. En el vídeo anterior, ya hemos visto las principales críticas que recibe la posición emergentista. Básicamente, que parece magia: el emergentista nos está diciendo que, sencillamente, cuando la materia alcanza un grado de complejidad completamente arbitrario, pues ahí, ¡puf!, aparece de pronto la conciencia, como si saliera de la nada. Además, los ejemplos de propiedades emergentes a las que suele apelar el emergentista para fundamentar su propuesta (cosas como el juego de la vida de Conway o la liquidez del agua) en realidad no se comparan para nada con la supuesta emergencia de la conciencia. Y en tal caso, se quejan los críticos, el emergentismo no resuelve nada y se limita a ponerle una etiqueta, un nombre chulo al misterio que precisamente es el que tenemos que resolver. El emergentista es incapaz de explicar cómo ni por qué la conciencia termina emergiendo de lo no consciente, se limita a decir que, cuando lo no consciente alcanza un grado de complejidad X, que es completamente arbitrario y que podría perfectamente ser cualquier otro mayor o menor, pues ahí, ¡voilá!, aparece de pronto la conciencia y ya está. Y eso no es una explicación satisfactoria para muchos autores.Te recomiendo que le eches un  ojo al vídeo anterior de esta serie, que te dejo aquí en la tarjetita, para ver la argumentación  completa. Ahora, a menos que uno quiera lanzarse a los brazos del dualismo, con su famoso problema de la interacción entre lo material y lo inmaterial, o del idealismo, que plantea que la mente es más fundamental incluso que la materia, da la impresión de que la única opción para  salvar el materialismo es precisamente el panpsiquismo. De ahí que varios autores hayan defendido justamente que el materialismo termina implicando el panpsiquismo, porque no hay ninguna otra opción para dar cuenta de la realidad de la conciencia. Negar la realidad de la consciencia, como hace el eliminativismo, no lo podemos hacer, es absurdo. Reducirla a lo no consciente, como ha intentado hacer el materialismo reductivo, es un proyecto en el que hemos perdido ya muchísimo tiempo y energía y que no nos ha llevado a ninguna parte.Y proponer que emerge de lo puramente desprovisto de dimensión mental es tan ininteligible y mágico como decir que sale de la nada. Pues, en estas condiciones, a menos que quiera atribuirle la conciencia a una sustancia inmaterial que tampoco voy a saber de dónde viene, de dónde sale ni cómo interactúa con lo físico, la única opción que me queda es reconocer que lo mental es una dimensión tan fundamental y básica de la realidad como las propiedades de que me habla la física. Si no puedo negar su realidad y tampoco puedo decir que antes no existía y luego empezó a existir en algún momento de la historia del cosmos a partir de lo no consciente, solo me queda aceptar que siempre ha estado ahí, que todas las cosas en todo momento han tenido, tienen y tendrán una dimensión mental. ¿No puedo explicar la conciencia como un producto posterior de lo no consciente? Pues eliminemos el supuesto problemático: el supuesto de que existe efectivamente lo no consciente, y pasemos a postular la conciencia como algo básico y omnipresente. Ahora ya no tenemos que explicar  de dónde sale ni cómo, porque es que no sale de ninguna parte, siempre ha estado ahí, presente en todos los niveles de la realidad, incluso en el más fundamental. Solo así, dicen, solo suponiendo que la conciencia humana surge de formas más básicas y primitivas de conciencia, podemos evitar el absurdo de decir que una propiedad genuinamente irreductible emerge (signifique eso lo que signifique) de la mera reorganización de elementos que pertenecen a una categoría completamente distinta de cosas. 

Otra manera de verlo: cualquier punto en la escala de complejidad material que pueda señalar el emergentista y  decir "Ah, es aquí y no antes donde surge la conciencia, donde emerge la conciencia en un sentido fuerte", cualquier punto que señale va a ser completamente arbitrario. Es mucho más simple, más parsimonioso y más elegante, desde un punto de vista explicativo, eliminar esa arbitrariedad. ¿Y cómo eliminamos esa arbitrariedad? Pues diciendo que la conciencia no surge en ningún momento, sino que siempre ha estado ahí, en toda la escala de complejidad material, de una manera que la refleja. Pero quizá esto es muy precipitado, puede  decir alguien. Quizás la ciencia del futuro logre hacer inteligible la emergencia fuerte de la conciencia, solamente tenemos que esperar al Darwin de la neurociencia. Lo que pasa, responde el panpsiquista, es que, vistas las dificultades insalvables del reduccionismo y del emergentismo, no hay ningún motivo para suponer que la ciencia del futuro va a operar según el supuesto de que la conciencia tiene que ser explicada en términos de lo no consciente. Tal vez la revolución que necesitamos es justamente intentar entender la conciencia humana en términos de formas de conciencia más primitivas. Como decía al inicio, el intento, el proyecto de explicar la conciencia, lo experiencial, en términos de lo no-experiencial no ha producido ni el comienzo de una explicación. En esta situación, negarse a priori a explorar paradigmas alternativos es sencillamente estar cayendo en el peor de los dogmatismos.  

Segundo argumento a favor del panpsiquismo

Vamos con el segundo argumento a favor del  panpsiquismo. Y aprovecho también para recomendarte  un libro que tiene que ver con todo esto. En el vídeo anterior te recomendé este de William Jaworski, Philosophy of Mind: A Comprehensive Introduction, pero en este quiero recomendarte el de Edward Feser, que es mucho más cortito, más accesible, más divulgativo, se podría decir. Se titula sencillamente Philosophy of Mind y está muy bien. Y si lo que quieres es algo más introductorio a la filosofía en general, ¿Hay filosofía en tu nevera?, mi libro, está escrito para ti. Te dejo un enlace en el comentario fijado. Sobre este tema del panpsiquismo, te  recomiendo también la entrada "Panpsychism" de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, que ha sido una de las fuentes principales que he utilizado para preparar este vídeo. 

El  segundo argumento a favor del panpsiquismo toma su inspiración del famoso filósofo británico  Bertrand Russell. Hacia el final de su vida, Russell se alejó del positivismo, según el cual la física podría llegar a explicarlo todo, y solía gustarle llamar la atención sobre lo esquelética que era la imagen científica del mundo:  

"No siempre nos damos cuenta de lo extremadamente abstracta que es la información que la física teórica nos da. Nos pone sobre la mesa ciertas ecuaciones fundamentales que le permiten tratar con la estructura lógica de los eventos, al tiempo que deja completamente desconocido cuál es su carácter intrínseco. Todo lo que la física nos da son ciertas ecuaciones que recogen las propiedades abstractas de sus cambios, pero acerca de qué es lo que cambia, a partir de qué y hacia qué; con respecto a esto... la física calla"

Si le  preguntáramos a alguien de la calle, probablemente nos diría que la física nos dará algún día una  descripción completa del mundo natural. Pero el punto de Russell es que, cuando uno atiende al lenguaje matemático-causal que utiliza la física para describir los fenómenos, lo que salta a la vista justamente es el carácter radicalmente incompleto de su imagen del mundo. Lo que hace la física, dice Russell, es abstraer de la concreción de las cosas y quedarse exclusivamente con la estructura lógico-matemático-causal del mundo físico. Es como un pintor que se limita a dibujar sobre un fondo blanco y con tinta negra los contornos de las cosas, y ya está; y además de la manera más geométrica posible, todo lo demás lo deja fuera. Esto es un conocimiento muy útil y muy valioso, por supuesto, pero como mucho, dice Russell, eso nos dice cómo actúan o están dispuestas a actuar las cosas y cómo se relacionan entre sí. Acerca de su "qué", de su naturaleza intrínseca, acerca de eso la física calla. La física nos lo dice todo acerca de cómo se comporta  el electrón, pero acerca de qué es en sí mismo, considerado en sí mismo, acerca de su naturaleza intrínseca y categórica, eso no es una pregunta, dice Russell, que se pueda responder con el lenguaje y los métodos de la física. Ahora bien, razona el panpsiquista, tiene que haber  una naturaleza intrínseca a las cosas, una intrinsicalidad. La estructura que la física  descubre no puede estar flotando en el vacío, por decirlo así, tiene que ser la estructura de un "algo" que está estructurado de esa manera. 

Pero, ¿qué es ese "algo" intrínseco? Y aquí es donde entra justamente la propuesta panpsiquista: la naturaleza intrínseca de la materia es, al menos en parte, conciencia, experiencia consciente. La física nos dice cómo se comporta el electrón, pero el electrón, de suyo, es algo con conciencia. ¿Pero por qué adoptar esta idea? Bueno, pues porque, aunque no tenemos ninguna manera directa de verificar la naturaleza intrínseca de las cosas externas, sí sabemos de modo directo que al menos cierta materia tiene una dimensión mental consciente, a saber, la materia de nuestro cerebro. Y esto ya es una pista, dice el panpsiquista: nuestra única pista. Por tanto, en ausencia de motivos de peso para pensar lo contrario, la explicación más simple, elegante, parsimoniosa y unificada de las cosas es pensar que la materia fuera de nuestros cerebros comparte justamente esa cualidad con la materia de nuestros cerebros: la cualidad de ser consciente, de tener una dimensión mental. La hipótesis contraria, la de que la materia extracerebral es pura y absolutamente inconsciente, es justamente  la que genera el problema duro de la conciencia, porque entonces no hay modo de explicar cómo lo  consciente emerge o surge de lo inconsciente.  

Como escribió el científico Arthur Eddington:

 "El físico de la época victoriana creía saber exactamente de qué hablaba al usar términos como  materia y átomo. Los átomos eran pequeñas bolitas que brillaban, una expresión clara que se suponía lo encapsulaba todo acerca de su naturaleza […]. Pero ahora nos damos cuenta de que la ciencia no tiene nada que decir acerca de la naturaleza intrínseca del átomo. El átomo físico es, como todo en la física, una serie de indicaciones métricas. Tales indicaciones están ahí, estamos de acuerdo, asociadas a un fondo desconocido. ¿Por qué no vincularlas entonces a algo de naturaleza espiritual que tenga como característica prominente la conciencia? Parece un poco tonto preferir asociarlas a algo de una supuesta naturaleza concreta inconsistente con la conciencia y luego ir preguntándose con asombro de dónde sale ésta".

Pero no todo son flores, como os podéis imaginar. El panpsiquismo recibe también muchas críticas, tantas o más que las otras posiciones dentro de la filosofía de la mente. Voy a explicarte dos: una que es la más  común, pero la menos poderosa, y otra que es justamente todo lo inverso. La objeción más común al panpsiquismo es esta:

Primera objeción al panpsiquismo

Es poner esta cara de "¿Me estás troleando?". Es quejarse de que es muy raro y contraintuitivo pensar que todo tiene una dimensión mental. A esto, el panpsiquista responde diciendo que ya aceptamos en nuestra visión del mundo muchísimas cosas que son raras y contraintuitivas: que cuanto más rápido vas, el tiempo corre más despacio; que los sistemas cuánticos no tienen propiedades bien definidas al margen de la medición; etcétera. Si el panpsiquismo es realmente la teoría de la conciencia que nos ofrece la imagen más simple y unificada del mundo, y no tiene ese gran problema de tener que explicar de dónde sale esa propiedad irreductible de la conciencia (porque es que no sale de ninguna parte, porque siempre ha estado  ahí), pues, ¿por qué debería su rareza impedirnos abrazarlo? Además, literalmente todas, pero TODAS las posiciones dentro de la filosofía de la mente tienen implicaciones raras y contraintuitivas,  y el que diga que no es que no lo ha estudiado.  

Y encima, tampoco es como si el panpsiquismo fuera universalmente contraintuitivo. De hecho, ha habido muchas culturas a lo largo de la historia que han abrazado sistemas de pensamiento similares. Que nos parezca raro no es algo natural, dice el panpsiquista, sino más bien producto de los prejuicios y los sesgos de la cultura materialista y cientificista de Occidente.  

Así que no, la mejor objeción en contra del  panpsiquismo no es esta, sino una que se llama el problema de la combinación.

¿El problema duro del panpsiquismo?

Lo desarrolla Philip Goff en este artículo de aquí [véase bibliografía abajo], por si quieres luego ir a echarle un ojo. ¿Te acuerdas de que el  primer argumento a favor del panpsiquismo parte de que es imposible o ininteligible la idea de que la conciencia emerge de lo no consciente? Pues bien, los críticos señalan que el panpsiquismo tiene,  en el fondo, un problema idéntico. Cierto, ya no tiene el problema de explicar cómo la conciencia surge de lo no-consciente porque ya no hay nada no-consciente, pero esto se sustituye por el problema de explicar cómo surge la conciencia específicamente humana, con toda su riqueza y complejidad, de la mera unión, combinación, agregación de un número astronómico de  microconciencias más básicas. ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo es que millones de microsujetos, micromentes basiquillas, cada una con su perspectiva particular, privada y subjetiva, se combinan para  dar lugar a un macrosujeto Chad, más gordito, superior y distinto? Y claro, llegados a este punto, parece que el panpsiquista está condenado a reproducir las otras posiciones dentro de la filosofía de la mente. El panpsiquista puede decir que la conciencia humana realmente no existe, que no existe el sujeto humano, sino que el sujeto humano es una ilusión y que solamente existen los microsujetos. Pero entonces, que no se queje del eliminativismo. Puede decir que en realidad el sujeto humano y su rica experiencia se reducen a los microsujetos y sus microexperiencias y sus relaciones entre sí, pero buena suerte con eso y que no se queje del materialismo reductivo. O puede, por último, hablar de que el sujeto humano y su experiencia emergen de la base microconsciente. Pero entonces, que no se queje del emergentismo, porque básicamente está heredando sus mismos problemas. Hay, por descontado, algunas propuestas de solución. Quizás la más interesante es la de Hedda Hassel Morch, que propone que, al formar la mente humana, los microsujetos se fusionan entre sí y dejan de existir como tal. Por dar una imagen del asunto: no es que los microsujetos se unan como los ladrillos se unen para formar una casa, sino más como diversas gotas de agua se fusionan para formar una sola masa líquida mayor. Morch ha argumentado que  esto, si bien no elimina del todo el problema, es una forma de emergentismo menos radical que los emergentismos no-panpsiquistas. 

Porque al menos nos estamos moviendo dentro de la misma categoría de cosas, de lo experiencial, de lo consciente. Y que esto, si bien no es enteramente satisfactorio, pues es mejor que nada. Pero está por ver si esto es realmente una solución que tenga algún sentido: el panpsiquismo está muy verde todavía, dicen los panpsiquistas, y el único consenso que hay es que hay que seguir trabajando para dar con una solución satisfactoria. Pero lo interesante es que si uno quiere refutar el panpsiquismo, éste es el problema en el que tiene que insistir. Pero... ¿y si el problema está en que el panpsiquismo no es lo suficientemente radical? ¿Y si necesitamos una teoría de la conciencia que sea todavía más loca? Pues eso es lo que vamos a explorar en el siguiente vídeo.

BIBLIOGRAFÍA

► Philip Goff (2022), "Panpsiquismo", Enciclopedia de Filosofía Stanford [en inglés].

► William Jaworski (2011), Filosofía de la mente. Una introducción exhaustiva, Wiley-Blackwell [en inglés].

► Galen Strawson (2006), "Monismo realista. Por qué el fisicalismo implica el panpsiquismo", Journal of Consciousness Studies, 13, pp. 3-31 [en inglés].

► Thomas Nagel (2012), Mortal Questions, Cambridge University Press [en inglés].

► Edward Feser (2006), Filosofía de la mente. Una guía para principiantes, OneWorld Publications [en inglés].

► Philip Goff (2006), "La experiencias no se suman", Journal of Consciousness Studies, 13, pp. 56-61 [en inglés].

► Philip Goff (2016), "La solución del enlace fenomenal al problema de la combinación", en G. Bruntrup & L. Jaskolla, Panpsiquismo: Perspectivas Contemporáneas, Oxford University Press, pp. 283-302 [en inglés].

► Hedda Hassel Morch (2014), Panpsiquismo y causalidad. Un nuevo argumento y una solución al problema de la combinación, tesis doctoral, Universidad de Oslo [en inglés].

► Hedda Hassel Morch (2023), Teorías no-fisicalistas sobre la conciencia, Cambridge University Press [en inglés].