Mostrando entradas con la etiqueta Hispanoamérica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hispanoamérica. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de marzo de 2026

Murió Alfredo Bryce Echenique. Dossier.

 [Dossier Alfredo Bryce Echenique, fallecido hoy, con catorce artículos sobre el autor]

 I

 Seis libros imprescindibles de Alfredo Bryce Echenique. Una guía con lo mejor del escritor peruano, que ha fallecido a los 87 años, en El País, Domingo Ródenas de Moya, 10 mar 2026:

No sé si alguien describió mejor que Alfredo Bryce Echenique, que ha fallecido a los 87 años, la burguesía limeña, pero sin duda nadie lo hizo con un repertorio humorístico como el suyo, irónico y zumbón, sarcástico e incisivo, con sorna e irrisión. Tampoco nadie se empeñó en contar tantas veces y con tanto desenfado cómo se descubren los engranajes del mundo al salir de la infancia, cómo se nos viene el desaliento, el desamor, la soledad o el fracaso. Él lo hizo en libros de cuentos y en crónicas, pero sobre todo en unas cuantas novelas imperecederas y en unas extravagantes Antimemorias que merecen colocarse en el anaquel de lecturas recomendables.

Un mundo para Julius (1970)

Un debut brillante que ofrecía, desde la mirada infantil del protagonista, una imagen de la existencia leve de las familias patricias en la Lima natal del escritor, con sus criados, sus rituales y su indiferencia a las desdichas del mundo. El éxito de la novela radicó en el estilo conversacional, irónico y aparentemente acrítico con que se describían las frivolidades de una clase social arrellanada en sus privilegios. En ese cuadro, Julius va creciendo, aprende y contempla una realidad más desigual y conflictiva que la del acolchado entorno de la oligarquía de la que procede. El cambio de vida al que se enfrenta, propio de toda novela de educación, será una constante, en calidad de deseo incumplido, en toda la obra del escritor peruano.

La vida exagerada de Martín Romaña (1981)

“Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva”, resume el narrador en la primera línea. Bryce Echenique, que vivió en París desde 1964, utilizó sus propias vivencias como materia prima de esta novela ingeniosa y amenísima sobre las andanzas de un latinoamericano en la capital francesa. Con la ironía de su primera novela elevada al cubo, su trasunto, Martín, cuenta cómo vivió las algaradas de mayo del 68, cómo bordeaba con dignidad la indigencia, cómo sobrellevaba su matrimonio con Inés, militante de extrema izquierda en cuyo círculo político le habían exigido que escribiera una novela engagé sobre algo de lo que lo ignora todo: los sindicatos pesqueros de Perú. Naturalmente, triunfa su voluntad sobre la imposición y acaba componiendo la novela exagerada que leemos, que constituye la primera parte del díptico Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire.

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985)

En esta segunda parte del Cuaderno de navegación, con la misma jocundidad y desparpajo narrativo, Martín, que es profesor de literatura hispanoamericana en Nanterre, donde imparte sus clases grabándolas en magnetófono, vuelve a conocer el amor gracias a una de sus alumnas, Octavia. El narrador, es decir Martín, sella una alianza entre amor y humor de modo que cuando el primero desfallece acude en su socorro el segundo. Las situaciones hilarantes abren espacio a una sentimentalidad tierna y hasta melancólica que se derrama a través de idas y venidas por Europa en un cosmopolitismo con algo de parodia del bautismo europeo de muchos escritores de América Latina. Bryce Echenique hace un cameo como autor de La felicidad ja ja, que en efecto había sido en 1974 su segundo libro de cuentos.

No me esperen en abril (1995)

Otra novela de aprendizaje amasada con harina autobiográfica y con un protagonista, Manongo Sterne, nacido en una familia de la aristocracia de Lima. Como Julius, también va a enfrentar un cambio de vida, pero en su caso debido a un episodio bochornoso en el Colegio Santa María que lo obliga a buscar otras relaciones fuera. El humorismo sentimental con que se narran los sucesos de la vida de Manongo desde 1953 hasta mediados los años noventa declara su fuente literaria en el apellido (Laurence Sterne) y sirve de conducción a la historia de amor y desamor con Tere Mancini a lo largo de décadas. Medio siglo de encuentros y desencuentros, con la historia reciente de Perú como marco, contados con un derroche de efectos narrativos, muchos de ellos extraídos de la cultura popular y de la sabiduría del contador oral.

Antimemorias I. Permiso para vivir (1993). II. Permiso para sentir (2005). III. Permiso para retirarme (2019)

Los tres libros de memorias, tituladas Antimemorias a imitación de las de André Malraux, están veteados por una melancolía que no expulsa las distintas modulaciones de una risa amable que va de la ironía suave al pellizco mordaz. Escritos contra la cronología sucesiva, según el “orden de azar”, como él declara, exponen sin veladuras al escritor que se pregunta qué clase de persona ha sido y se responde —dice— “con algunos perdurables hallazgos, que… revelen una relación particular con la vida". Con insumisa proclividad por contar, convierte tales hallazgos en cuentos, entreverados de verdad y de imaginación, en una exhibición tumultuosa y verbosa de su talento.

II

Muere el escritor peruano Bryce Echenique a los 87 años. En El País, por Carolina Ugarte, 10 mar 2026:

Autor de ‘Un mundo para Julius’ o ‘Reo de nocturnidad’, es una de la figuras clave de las letras latinoamericanas. 

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha muerto a los 87 años. Bryce Echenique es uno de los grandes de las letras latinoamericanas de las últimas décadas. Fue uno de los grandes referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana. Su primera novela, Un mundo para Julius, donde retrata las apariencias de la alta burguesía limeña desde la mirada de un niño huérfano que vivía en una mansión, fue también su gran obra. Con ella ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 y fue galardonada con el premio a la Mejor Novela en Francia en 1974.

Entre sus cuentos y novelas figuran Un mundo para Julius (1970); La felicidad, já já (1974); Tantas veces Pedro (1977); Todos los cuentos (1979); La vida exagerada de Martín Romaña (1981); Magdalena y otros cuentos (1986); Crónicas personales (1987); y La ultima mudanza de Felipe Carrillo (1988). Después, en 1990, Dos señoras conversan; Permiso para vivir (Antimemorias) (1993); No me esperen en abril (1995); Cuentos Completos (1995); Reo de nocturnidad (1997); La amigdalitis de Tarzán (1999); y Guía triste de París (1999).

Alfredo Bryce Echenique nació el 19 de febrero de 1939 en Lima (Perú), en una familia de banqueros. Hizo primaria en el Colegio Inmaculado Corazón hasta su ingreso, con 15 años de edad, en el internado inglés San Pablo. Luego empezó Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos de su país, donde también cursó Letras, carrera en la que se doctoró años después por La Sorbona de París.

En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim y marchó a EE UU. Allí escribió para un periódico mexicano diversas crónicas sobre el Sur profundo que fueron recogidas en el volumen A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977). En 1985 se trasladó a Madrid, donde permaneció hasta febrero 1999, para regresar a su Perú natal después de lo que él mismo calificó de “exilio voluntario de 34 años en Europa”. A España regresó después para, entre otros motivos, participar en cursos de verano de la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. En 1989 se casó en España con la asturiana Pilar de Vega. Antes contrajo su primer matrimonio en París con Maggie Revilla en 1968.

III

El tesoro oculto de Bryce Echenique: el manuscrito original de ‘Un mundo para Julius’ llega al Instituto Cervantes, en El País, Renzo Gómez Vega, Lima - 17 nov 2025:

El inesperado hallazgo en un armario de París rescata la versión primigenia de la novela que marcó la literatura peruana hace más de medio siglo

Quinientas hojas acaban de ser depositadas en una caja roja de terciopelo. Hojas envejecidas, de tonos amarillentos, con enmendaduras y olor a guardado. Hojas de una época en la que se escribía a martillazos y las ideas todavía manchaban la yema de los dedos. Hojas que se mecanografiaron a fines de los 70, que conmocionaron al universo de las letras y que todavía tienen algo que decir en estos días.

El manuscrito de Un mundo para Julius, la novela donde Alfredo Bryce Echenique retrata las apariencias de la alta burguesía limeña desde la mirada de un niño huérfano que vivía en una mansión, acaba de ser donada oficialmente a la biblioteca patrimonial del Instituto Cervantes, en el marco de un congreso para homenajear al escritor.

Cae la tarde del pasado jueves en uno de los salones de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en Lima. Desde una pequeña mesa, Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, y Ángel Esteban, catedrático de la Universidad de Granada, explican el valor del acto con solemnidad. “La mejor forma de comprometerse con el futuro es saber recibir las herencias mejores del pasado”, dice el primero. “Enriquecerá el acervo histórico de la lengua”, agrega el segundo.

Flanqueado por ambos, desde una silla de ruedas, Bryce Echenique —raya al costado, saco color camel y sin el mostacho que empezó a rasurarse un buen día— permanece impávido. Su rostro no dibuja ningún gesto de emoción. Parece absorto en algún lugar lejano. No asoma la más leve sonrisa cuando sus interlocutores repasan los halagos que despertó su novela más aclamada. Aquello que Pablo Neruda describió como el “espléndido traje de luces con el que se lanzó al ruedo” de la literatura. Elogios que probablemente debe haber escuchado muchas veces en los últimos 55 años.

Lo cierto es que la importancia del acontecimiento radica, sobre todo, en que es el hallazgo de un tesoro. Hace algún tiempo, durante un congreso en Madrid, el hijo de Julio Ramón Ribeyro —el célebre escritor de los desdichados que acogió en Francia a un veinteañero Bryce Echenique— le comentó a Ángel Esteban que había hallado unos cuentos inéditos de su padre, en los armarios de su casa, en el barrio residencial del parque Monceau, en París. Esteban, que tenía la sospecha de que aquellos muebles albergaban más joyas, le pidió que, por favor, le dejara asomarse en esos archivos. Julito, como es conocido el único heredero del autor de La tentación del fracaso, accedió.

En abril, el académico viajó de Granada a París. Y durante un día rebuscó en unos armarios empotrados, en el pasadizo del apartamento de la calle Van Dyck. A las dos horas encontró una carpeta voluminosa con manuscritos de otros escritores. El archivo más gordo le llamó la atención. Al leer la portada se paralizó: Un mundo para Julius. Alfredo Bryce Echenique. Las preguntas se precipitaron: ¿Cuántos años había permanecido allí, empolvándose? ¿Por qué lo tenía Ribeyro? ¿Era un regalo por haber impulsado su carrera o un préstamo no devuelto?

Rápidamente, Esteban le comentó el descubrimiento a Germán Coronado, director de la editorial que posee los derechos de su obra. Fue Coronado quien le planteó la idea de donar el manuscrito a la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, en su sede principal en Madrid, donde reposa la obra de grandes creadores en todas las disciplinas del arte. Julito Ribeyro Cordero dio su aprobación con la condición que Esteban representara a su familia. Y en efecto, así fue. El manuscrito viajó de París a Lima para luego trasladarse hasta Madrid, su destino final.

La historia se ensancha. El hijo de Ribeyro cuenta por teléfono a EL PAÍS que, en realidad, la primera versión de Un mundo para Julius ya había sido descubierta un año y medio atrás. Apareció en la biblioteca de su departamento en Villa Violet, también en París. No se explica cómo los folios llegaron allí. “No sé cómo diablos pasó. A veces he movido material de mi padre a mi casa. Debo haberlo llevado por error. De todas maneras me parece un gesto bonito que Ángel [Esteban] haya hecho todo el esfuerzo para coronar este acto en San Marcos. Alfredo [Bryce Echenique] ha sido como un tío para mí. En la relación que tuvo con mi padre nunca hubo envidias, algo que no es tan común en escritores de tanto talento”, dice.

A casi seis décadas de su publicación, Un mundo para Julius ha sido muchas cosas. La primera vez que un acomodado se sublevó, con ironía, contra su clase social; la iniciación literaria de varias generaciones en la secundaria; el libro que le daban a los embajadores antes de iniciar su misión diplomática en el Perú; la novela finalista del Premio Biblioteca Breve que quedó desierto en 1970 por la ruptura de Carlos Barral con Seix Barral; el primer libro del catálogo de Barral Editores; el proyecto por el que la primera esposa de Bryce Echenique le lanzó la advertencia de que se separarían si no lo terminaba; “el adiós” a su país, ese que dejó en barco en el 64; la obra que inspiró una película en el 2021, pero sobre todo el esplendor de un escritor que a los treinta años halló el eco de su voz y sembró el germen de su literatura.

De vuelta en la universidad San Marcos —homenaje organizado por los profesores Agustín Prado y Carlos Arámbulo—, Bryce Echenique toma la palabra. El público guarda silencio. La expectativa por lo que tenga que decir cuece. A sus 86 años confiesa no recordar por qué le dio su manuscrito a Ribeyro, el amigo diez años mayor que ideó el título de su primer libro de cuentos (Huerto cerrado). No teme arruinar la versión que se ha propagado en los medios: que se lo regaló en agradecimiento por ser su mentor literario. Y entonces la risa. “Julio Ramón me daba a leer cosas suyas y yo también. Yo honestamente se los devolvía y él deshonestamente se tiró mi manuscrito”, dice.

Adiós a los protocolos. La gente celebra la franqueza de quien no siempre fue franco. Hace más de 15 años, la reputación de Bryce Echenique se vio empañada por una cadena de plagios. Quienes llevaron adelante el ciclo de conferencias aseguran que eso no daña su obra de ficción y que ya era hora de que se reencontrara con su alma mater. La pelota no se mancha, diría Maradona.

Sea como fuere, Luis García Montero concluye con una sabrosa anécdota. En el 2019, el escritor viajó a Madrid para donar sus libros a la Caja de las Letras, pero olvidó todo el arsenal en Lima. Ambos se las ingeniaron para convocar a personalidades y formar una colección de sus primeras ediciones. “Él puede perder lo que quiera, que sus amigos nos vamos a encargar, como buenos lectores, de conservarlo todo”, señala, observando la caja de terciopelo. Quinientas hojas de un libro que ha envejecido bien.

IV

Alfredo Bryce Echenique: “He escrito mi letanía final, como el último adiós”, en El País, Juan Cruz, Madrid - 8 FEB 2021:

El escritor peruano publica en España ‘Permiso para retirarme. Antimemorias’. “El amor es el pasado”, afirma

Alfredo Bryce Echenique (Lima, 81 años) es el más joven de los que pudieron estar en la lista del boom, pero, como él dice en Permiso para retirarme. Antimemorias III (Anagrama, previamente publicado en Perú), siempre ha llegado tarde a todas partes. Un mundo para Julius (Seix Barral, 1970) fue un resplandor de su juventud. La mayor parte de sus libros estuvieron luego entre la memoria (su primer libro de memorias, Permiso para vivir. Antimemorias, Anagrama, es de 1993) y la despedida, o al menos la persistencia de la melancolía (Dándole pena a la tristeza, La exagerada vida de Martín Romaña…). Ahora dice desde el título que ya se retira, aunque en esta conversación apunta que quizá incumpla su promesa. Durante años se estuvo despidiendo de España (sus amigos le cantaban “…y te vas y te vas, y no te has ido”) hasta que volvió a Perú después de una larga época en que París, Madrid y Barcelona fueron los sucesivos escenarios de sus huellas.

Pregunta. En este libro hace una apelación a los amores contrariados y a los que más ilusión le hicieron.

Respuesta. Así es. Con algún capítulo muy triste. Pues hay uno que transcurre en Montpellier, a principios de los ochenta, con una chica con la que me acababa de casar. Volvíamos de comer ostras, tuvimos un accidente, ella murió estando encinta de mi hijo. Estuve un año entero en el hospital, algún tiempo sin dormir. Durante mis clases temían que pudiera morir de presión alta mientras hablaba en el estrado. Fue tremenda esa época. Después me fui a España. Lo cuento con desesperación, casi. Fueron momentos muy, muy duros.

P. ¿Qué repercusión tuvo ese hecho en su vida?

R. Me ha sido difícil escribir sobre aquello. Esta ha sido la ocasión de deshacerme de recuerdos tan duros. Ha sido como la letanía final, como el último adiós.

P. ¿Cómo se siente ahora?

R. Bien. Era como una joroba, un bulto que uno arrastra, que nunca te abandona. Por eso he querido sacar cuentas con recuerdos antiguos y dolorosos.

P. Podría haberlo titulado La exagerada vida de Alfredo Bryce Echenique

R. ¡Yo diría La exagerada vida de Alfredo Bryce Echenique abrumado de recuerdos…! Por fin pude escribir cosas que antes no había podido escribir. Me he sentido más libre, definitivamente, y más obligado a escribirlo.

P. ¿Hay cosas que no se atreve a contar?

R. Creo que ya no queda nada en el baúl de los recuerdos. Hay una cosa, sin embargo. Acabo de terminar de leer las 3.500 páginas de Memorias de ultratumba de Chateaubriand. ¡A ver si con los años mis propias memorias de ultratumba!

P. Así que apunta a que este no será su último libro. Este es también un recorrido por ciudades y amistades, ¿de dónde se siente más cerca?

R. Un país para mí es Francia. Y allí, Montpellier. En Barcelona viví en dos oportunidades. En Madrid viví largo tiempo, y allí mantengo más amigos que en cualquier otro lugar. ¡Nunca me iba! A lo mejor nunca me fui. En la literatura la evocación es muy útil en estos casos.

P. ¿Podría ser que todavía se sienta fuera de Perú?

R. En cierta forma sí, aunque aquí también me han querido mucho. Tengo cantidad de buenos amigos; amo sus paisajes, los recuerdos de infancia. Ahora se está poniendo en la radio una serie sobre personajes peruanos, como Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y yo mismo. Unos recuerdan a otros, y lo que escucho me hace sentir profundamente limeño, peruano.

P. ¿Y qué es sentirse “profundamente limeño, peruano”?

R. Sobre todo, la amistad con mis amigos del pasado. Tengo muy buenos amigos, a los que veo, o que veré cuando pase la pandemia. Recuerdo a los amigos de los dos colegios en los que estudié, los veo, hablo con ellos. Hay muchos escritores, leo sus libros, los releo. Y también tengo a mi familia, ya muy reducida. Eso es lo que más extrañaba de Perú, y ahora lo tengo.

P. Se redujo al mínimo aquel grupo al que usted se acercó de joven, donde estaban Ribeyro, Onetti, Cortázar, el propio Vargas Llosa. ¿Qué significaron las sucesivas pérdidas?

R. Un golpe duro, un golpe de nostalgia sobre todo. Me afectó muchísimo la muerte de Ribeyro. No se moría nunca, sufría muchísimo. Es una ausencia, un agujero, un hueco en mi vida.

P. Se atreve con tantas cosas íntimas que a veces uno llega a creer que ha inventado memorias.

R. No, no hay nada inventado. Todo es real. Solo había un par de datos en los cuales me había equivocado, y en la edición española se ha modificado. Había declarado muerta a una persona que seguía viva.

P. Su literatura va de amor, amistad y memoria.

R. El amor es el pasado. En Lima veo a mi primera esposa; en Madrid me encuentro con mi segunda esposa y a mis amigos del pasado, vínculos que se mantuvieron a través de los años. Este libro trae ecos de cosas que han ocurrido y que ahora se hacen presentes. El fondo del asunto es lo que he dicho siempre: escribo para que mis amigos me quieran más. La memoria es mi manera de no olvidar. Y el libro es un adiós a todo aquello, la despedida final.

P. En algún momento es una secuela de una de sus frases más famosas: “Dándole pena a la tristeza…”.

R. Es la frase de una persona que me crio, que trabajó con mis padres hasta que se murió, viejita. “Aquí estoy, Chinito, dándole pena a la tristeza…”. Cuando entra la tristeza es el punto final de la vida. En mi caso, los fracasos han sido muy importantes. No los olvido, así que están en el libro.

P. ¿Cuál le ha dolido más?

R. Probablemente el enamoramiento que me juntó a una alumna en París. Se llamaba Sylvie. Sus padres no querían que ella se juntara con extranjeros. Se tuvo que casar casi por obligación con otro hombre. Yo sufrí inmensamente, ella también. El día de su matrimonio me mandó una nota en la que me decía que yo era la única persona que había tenido el honor de no asistir a su boda.

P. ¿Aquel Bryce de Un mundo para Julius sigue vivo en usted?

R. Por supuesto que sí. Y en este libro me visita, claro. El proceso de escritura me hundió en el pasado, fue hundirme y hundirme. Y escribir me levantó de ahí. Ahora soy bastante feliz. Satisfecho. No olvido nada de lo vivido. Visito ciudades para ver a los amigos que tengo en ellas. Y visito a amores que quedan; por ejemplo, veo a Sylvie en Milán. El tiempo se va y luego vuelve. Ahora vivo enamorado de mis recuerdos, nada más.

P. Dijo en La amigdalitis de Tarzán que éramos mejores por carta.

R. Lo inspira también una chica. Yo estaba encerrado, escribiendo, en Menorca. No soportó que yo siguiera escribiendo en su presencia, y se volvió a Lima. Cuando le escribí ella me devolvió la carta con otra en la que me escribió: “Éramos mejores por carta”.

P. Fue acusado de plagio varias veces. ¿Se ha librado de esa sombra?

R. Ningún amigo me criticó. Fue una reivindicación de la amistad, así que tuvo ese lado positivo.

P. Dijo de sí mismo que se distinguió por haber llegado tarde a todas partes. ¿A qué cosas le hubiera gustado llegar antes o en otro momento?

R. A Lima. Me demoré mucho en volver, pero es que fui muy feliz en Europa. Fue allí una vida muy cumplida. Se me mezclan los recuerdos de Barcelona, de Madrid, de Perugia, de Montpellier, y eso me hace volver.

P. Cita a César Vallejo, sobre Lima, donde “hace un frío teórico y práctico”. Dentro de usted, ¿qué tiempo hace?

R. Verano. Ahora está demorando mucho. El cielo está cubierto de nubes. Lima tiene cielo panza de burro. Y eso me falta, el verano. El tiempo de fuga, el mar, la infancia, la adolescencia, el balneario… Por ahí deambula Julius, claro que sí.

V

Muere Alfredo Bryce Echenique, el hermano pequeño, zumbón y brillante del Boom Latinoamericano, en El Mundo, Luis Alemany 10 marzo 2026:

El autor de 'Un mundo para Julius' fue uno de los grandes renovadores de la novela en español en la década de 1970.

"Julius nació en un palacio en la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello".

Así empezaba Un mundo para Julius, la primera novela del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), el libro que nació como el hermano pequeño, impertinente y brillante de las novelas fundacionales del Boom Latinoamericano que había arrasado con las librerías seis años antes. Con Julius, Bryce, que era tres años menor que Mario Vargas Llosa y más de una década más joven que García Márquez y José Donoso, ampliaba, honraba, se tomaba a broma y refutaba los grandes relatos de sus mayores y los llevaba a una nueva década. Llevaba la novela latinoamericana al mundo de la cultura y la música popular, lo exponía al humor judío de Nueva York, al terror a la neurosis y el psicoanálisis, a la estética del barroco virreinal... Durante muchos años, Bryce estuvo casi a la altura en fama y prestigio que los más grandes. La noticia de su muerte llegó este martes desde Lima cuando el mundo lo tenía casi olvidado.

Olvidado hasta que reparecen las primeras líneas de Un mundo para Julius. "Hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta", continuaba la novela en su apertura. "La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de 'no toques, amor; por ahí no se va, darling'. Ya entonces, su padre había muerto". ¿No suena todo un poco a bebop?

Alfredo Bryce Echenique era Julius. No exactamente pero sí casi. Había nacido en el Perú de la arquitectura parisina, en el distrito de Magdalena, en un mundo a punto de desaparecer que evocaría obsesivamente en sus libros. La madre proustiana, el padre banquero que habría de arruinarse por culpa de un gobierno de izquierdas, los colegios privados (el Inmaculado Corazón que llenaría tantas páginas), los palacetes imposibles de mantener, los criados salidos de otro mundo, las universidades marxistas, los country clubs en San Isidro, los anhelos por ir a Europa al encuentro de la verdadera vida... Bryce nació como escritor a los 25 años, recién licenciado en Derecho en San Marcos (la misma universidad de Conversación en La Catedral), becado para ampliar estudios en París y obsesionado con Hemingway. En París entró en contacto Bryce con el gran escritor peruano del exilio, Julio Ramón Ribeyro, y escribió los relatos de su primer libro, Huerto cerrado, un conjunto mucho más minimalista y austero que la imagen que tenemos hoy de su autor. Más Hemingway y Ribeyro que Woody Allen, para entendernos. Los cuentos de Huerto cerrado comparten protagonista, un limeño joven llamado Manolo, que entra en la vida adulta a través de los ritos de la burguesía limeña: el prostíbulo, el tedio familiar, la hipocresía, el racismo, la dulzura, la claustrofobia... El Manolo de Huerto cerrado es un desclasado que mira desde fuera a su gente pero lo hace desde la compasión y el buen humor. Ese habría de ser el marco de Bryce.

Huerto cerrado apareció publicado en La Habana y, después, en Seix Barral, en Barcelona, apadrinado por Vargas Llosa. Un mundo para Julius esperaba al cabo de un par de años como su continuación lógica porque la novela partía de la misma emoción, de la misma mezcla de nostalgia, ironía y claustrofobia por aquel mundo perdido de San Isidro, Miraflores, Barranco... Por la Lima de los blancos. Los ropajes, en cambio, eran nuevos: populares, barrocos, jazzísticos, zumbones... Julius era un niño solitario en la Avenida Salaverry, en el borde parisino del Cercado de Lima. Su madre era una viuda medio inglesa, joven y guapa, y tenía un pretendiente, un tal Juan Lucas que admiraba a Estados Unidos y jugaba al golf. También tenía una hermana destinada a la tragedia, dos hermanos mayores brutales, y una segunda familia de sirvientes que serían su verdadera compañía en el viaje a la vida adulta. Julius terminaba en un trauma.

Al final de la novela, el protagonista descubría que la más querida de todas las criadas de su casa ejercía la prostitución en sus días libres y esa noticia acababa con su inocencia. Por eso, durante años exisitó la tentación de leer la novela en términos políticos. La obra posterior de Bryce desmintió esa idea: lo que importaba en Julius era su método, la oralidad y el humor, las palabras que marcaron las siguientes grandes novelas de Bryce Echenique: Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).

Tomemos las primeras líneas de Martín Romaña: "Mi nombre es Martín Romaña y esta es la historia de mi crisis positiva. Y la historia también de mi cuaderno azul. Y la historia además de cómo un día necesité de un cuaderno rojo para continuar la historia de mi cuaderno azul. Todo, en un sillón Voltaire... Cabe advertir, también, que el parecido con la realidad de la que han sido tomados los hechos no será a menudo una simple coincidencia, y que lo que intento es llevar a cabo, con modestia aparte, mucha ilusión y justicia distributiva, es un esforzado ejercicio de interpretación, entendimiento y cariño multidireccional, del tipo a ver qué ha pasado aquí... Creo que me entiendo, pero puedo agregar que hay un afán inicial de atenerse a las leyes que convienen a la ficción y pido confianza".

De modo que el Julius golpeado de 1970 se había convertido, al cabo de 11 años, en un neurótico divino: bebedor, locuaz, maniaco-depresivo, consumista, escéptico, enamoradizo, autoparódico... Martín Romaña y Octavia de Cádiz eran dos libros que hoy nos podrían parecer extraordinariamente modernos: piezas de autoficción hilarantes, narradas a un paso de la locura. Bryce, en el momento de mayor prestigio de su carrera, desarrolló un personaje público que parecía hecho para confirmar sus libros. Hay mil anécdotas sobre aquel Bryce semialcoholizado, dandi, impresentable pero adorable. Se quedaba dormido en sus propias conferencias, defendía a sus amigos en las peleas con golpes de kárate inverosímiles y cantaba coplillas en su propio honor: "De vascos sin una pela / e ingleses sin un penique / nació para la novela / Alfredo Bryce Echenique".

La segunda parte de la carrea de Bryce Echenique tendió a la contracción y la melancolía: la vida caótica le pasó factura y su impulso se fue agotando. Los mejores libros de sus últimos años fueron colecciones de relatos que hicieron el viaje de vuelta, desde la exuberancia hacia el laconismo, como La esposa del rey de las curvas. Bryce ganó premios y lanzó best sellers que lo fueron alejando del latido del mundo y después cayó en desgracia en esa época por un asunto un poco deshonroso de plagios en la prensa. Se recluyó durante la última década de su vida. Fue un final un poco amargo para un escritor genial.

VI

'Un mundo para Julius' y otras novelas de Alfredo Bryce Echenique. Legado literario, en La Vanguardia de Barcelona, 10/03/2026:

El mundo de las letras llora este martes la muerte del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, a los 87 años. Considerado una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana, es muy extenso el legado que deja a sus lectores, con obras que han ganado desde el Nacional de Narrativa hasta el Planeta o el premio Nacional de Literatura de Perú. Estas son algunas de sus obras más aclamadas:

Un mundo para Julius

Fue la primera y seguramente la más emblemática de sus novelas. Un debut por todo lo alto, pues con ella ganó el Premio Nacional de Literatura de Perú y, más tarde, reconocimiento en Francia. Surgió a partir de un breve relato que no debía rebasar las diez páginas pero que se complicó, en el mejor de los sentidos. En sus páginas retrata la oligarquía limeña, feliz y despreocupada, que, al mismo tiempo, se asemeja con cualquier otra oligarquía de una ciudad contemporánea. Julius es el protagonista, un niño inteligente y bien tratado por la fortuna pero no tanto por la vida, pues es huérfano. Es a través de sus ojos que el lector se adentra en su cotidianidad y la de su entorno.

La vida exagerada de Martín Romaña

Esta es otra de sus obras más destacadas. En ella, exhibe el naufragio parisino de un latinoamericano que escribe para no hundirse. Es Martín Romaña, lector atento de Hemingway, que rompe con su adinerada familia convencido de que así podrá escribir. Algo que, por cierto, también ocurrió al autor. 

El huerto de mi amada

Comedia romántica ambientada en la Lima de los años cincuenta que narra la historia de amor entre Carlitos Alegre, de diecisiete años, y Natalia de Larrea, una mujer mayor y acaudalada. De nuevo, la burguesía presente en otra de sus obras.

Permiso para retirarme

Tercera y última entrega de las Antimemorias de Bryce Echenique, y el libro con el que ha decidido cerrar su carrera literaria. Dividido en cinco partes, de sus páginas emergen las emotivas y tragicómicas evocaciones de sus andanzas: la infancia en Perú, el entorno escolar y familiar, el padre aventurero y la madre sensible y lectora; el traslado a París en la década de los sesenta con el propósito de ser escritor, el descubrimiento de la libertad y el paso por otras ciudades europeas como Barcelona; los grandes amigos, como Julio Ramón Ribeyro; los encuentros con figuras como García Márquez; los lances amorosos; las copas; los achaques y arrebatos melancólicos; las lecturas... Y Stendhal como proa.

VII

Muere el escritor peruano Bryce Echenique a los 87 años, Diario de Sevilla,  Agencias, 10 de marzo 2026:

Es uno de los referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana.

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique falleció a los 87 años, según ha confirmado la Casa de la Literatura Peruana. Era uno de los referentes de la generación post-boom de la narrativa latinoamericana.

"Su obra, que abarca novela, cuento, ensayo y memorias, dejó una huella significativa en varias generaciones de lectores (...) Expresamos nuestras condolencias a sus familiares, amistades y a la comunidad literaria que hoy despide a uno de los narradores más destacados del país", lamentó la Casa de la Literatura Peruana.

Es autor de obras como Un mundo para Julius, novela con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972, y El huerto de mi amada, galardonada con el Premio Planeta en 2002.

A estos títulos se suman otras obras como La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, entre otros.

Bryce Echenique era uno de los últimos autores vivos de la gran generación del boom latinoamericano, coetaneo de Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, aunque algunos expertos le consideraban en los márgenes de este fenómeno literario.

Con más de 30 títulos publicados, entre cuentos, novelas, crónicas y memorias y una obra influida por Julio Cortázar o Albert Camus, su primera novela fue Un mundo para Julius (1970), una de sus obras más celebradas.

El autor de La vida exagerada de Martín Romaña (1981) anunció en 2019, a los 80 años, su retirada de la literatura tras publicar Permiso para retirarme. Antimemorias 3. Recibió, entre otros muchos premios, el Premio Planeta en 2002 por El huerto de mi amada, el Premio Nacional de Narrativa en España en 1998 por Reo de Nocturnidad o el Premio Nacional de Literatura de Perú de 1972 por Un mundo para Julius.

Su vida

Nieto de un presidente de la República peruana, José Rufino Echenique, y descendiente del último virrey del Perú, nació el 19 de febrero de 1939 en Lima (Perú), en una familia de banqueros.

Se licenció en la Universidad Nacional de San Marcos de Lima en Derecho (1963) y Literatura (1964), y se doctoró años después en La Sorbona de París.

Debutó en las letras con 29 años, cuando viajando por Europa, en Perugia (Italia), escribió su primer libro de cuentos, Huerto cerrado (1968) y fue premio Casa de las Américas de La Habana.

Luego se estableció en París donde compaginó la escritura y la docencia en las Universidades de Vincennes, Nanterre, La Sorbona y Montpellier, y donde conoció a colegas como Mario Vargas Llosa o Julio Ramón Ribeyro.

En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim en Estados Unidos, donde escribió para un periódico mexicano crónicas sobre el sur más profundo, luego recogidas en el libro A vuelo de buen cubero y otras crónicas (1977).

Trasladó su residencia a Madrid desde 1985 hasta 1999, cuando regresó a su Perú natal después de lo que calificara de "exilio voluntario de 34 años en Europa". Pero regresaría a menudo a España, donde se estableció un tiempo en Barcelona.

Su obra

De sus novelas destacan Un mundo para Julius (1970), Tantas veces Pedro (1977, título reducido de su La pasión según San Pedro Balbuena que fue tantas veces Pedro, y que nunca pudo negar a nadie), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) o El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985).

Una obra brillante que quedó un tanto olvidada por un escándalo en 2006 relacionado con el plagio de unos artículos.

El 9 de enero de 2009 un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de unos 53.000 dólares por el plagio de 16 textos de 15 autores, uno de ellos de Sergi Pàmies publicado en La Vanguardia y otro en El Periódico de Extremadura.

Echenique trató de probar que los artículos habían sido publicados sin su autorización y se defendió argumentando una trama de desprestigio por su oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori.

Además, según explicó en 2019, fue absuelto de todas las acusaciones de plagio: "Contraté un abogado, gané el juicio en primera y segunda instancia y la Fiscalía no solo me absolvió plenamente sino que archivó el asunto definitivamente", enfatizó.

Su vida privada

Se casó tres veces (con Maggie Revilla, Pilar de Vega Martínez y Ana Chávez Montoya), además de un "mediomatrimonio" con la modelo puertorriqueña Tere Llenza. Y su última pareja fue Claudia Grau.

El escritor reconoció en alguna ocasión haber tenido períodos de depresión muy graves, que lo llevaron a un internamiento clínico, del cual pudo recuperarse gracias al psiquiatra del célebre pintor español Salvador Dalí, Ramón Vidal Teixidor.

VIII

El plagio exagerado de Bryce Echenique, en Diario de Sevilla, por César Romero, 10 de marzo 2026:

Se lo condenó en 2009 por haber plagiado una quincena de artículos de opinión de una quincena de autores.

Vaya por delante que lo de los premios literarios que se conceden a toda una obra, desde el afamado Nobel, que en realidad es a un libro, al menos conocido Nacional de las Letras apenas tiene importancia. Hay tantos premiados sin gran mérito que muchas veces es preferible quedarse con los no agraciados. Y eso sin recordar el denuedo de opositor a funcionario que algunos literatos pusieron para que se los concedieran (o el que algunos vivos ponen, también, en proclamar que no aceptarían estos honores, a buen seguro porque su vanidad es tan inmensa que se creen más que merecedores, aunque sepan que nunca los lograrán). Del premio Cervantes se suele decir que es el mayor galardón de las letras españolas, o hispanas, para que almas cogidas con papel de fumar no piensen que se está postergando a la literatura hispanoamericana, y desde que en 1976 abriera la lista de premiados Jorge Guillén se ha entregado a grandes de las letras, y a otros no tanto, y se ha dejado de conceder, ay, a otros muchos. Entre estos últimos, y con su muerte acaba la posibilidad de enmendar este error, se cuenta ya el peruano Alfredo Bryce Echenique.

A Bryce Echenique se lo condenó en 2009 por haber plagiado una quincena de artículos de opinión de una quincena de autores. Al principio negó los hechos, pero la verdad la aclaró un tribunal. Fue condenado, pagó su indemnización y, que se sepa, no volvió a delinquir. Sólo tres años después se le concedió el premio FIL, en Guadalajara (México), y la polvareda levantada fue inmensa. Tanto que, visto que en estos años se multiplicaron el imperio de lo políticamente correcto y la delicada finura de ciertas pieles, ningún jurado se atrevió a otorgarle el Cervantes. En su libro Mentideros de la memoria, el mexicano Gonzalo Celorio, último Cervantes, por cierto, hace un relato de lo acaecido cuando le dieron a Bryce el FIL y, con su prosa tipo comida de hospital (saludable, digerible, pero tan insípida que te deja con hambre, de literatura, aun antes de acabar su lectura), desde esa altura moral que algunos escritores que se ven a sí mismos como estatuas se gastan, en tan alto concepto se tienen, condena a Bryce Echenique por el plagio y le retira admiración y amistad. Es el signo de los tiempos: condenar a los ya sentenciados y, además, condenarlos por cualquiera de sus actos, aunque no tengan relación con los méritos por los que se los admira.

Se dirá que en el caso de Bryce Echenique su delito sí tiene que ver con su oficio. No hay mayor delito para un escritor que plagiar (bueno, sí: publicar bodrios). No es una diva folclórica que defraudó a Hacienda, ni un gran actor que le metió mano a cuanta entrepierna se puso a su alcance, a quienes se les retiran honores ganados con sus respectivas artes. No. Es un escritor al que se pilló en falta. Sí, plagió una quincena de artículos, pero ¿cuántos escritores en español pueden decir que escribieron al menos tres obras maestras y unas cuantas meritorias (también otros pastiches infumables, es cierto)? Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña y Permiso para vivir son tres libros que, tomados por separado, lo hubieran hecho merecedor de cualquier premio. Y en ellos no hay plagio. Como en el resto de obra narrativa. Si estos reconocimientos sirven para premiar el mérito, el peruano Bryce contaba con él desde hace medio siglo. Quien fue condenado por un error no contó con esta posible rehabilitación en la sociedad literaria. El miedo a ser señalados por saltarse a la torera una pena cumplida primó sobre cualquier otra razón. En tiempos más anecdóticos que inquisitoriales pocos destacan el raro metal, cuando se da, sobre la abundante escoria, pocos se atreven a elevar estatuas merecidas, no sea que luego la basura de las vidas de aquellos a quienes se las erigieron, como si alguna vida estuviera exenta de miserias, los alcance y lastre sus aspiraciones.

IX

Alfredo Bryce Echenique no nos espera en abril, en Abc, por Fernando Iwasaki, 10/03/2026:

Se nos fue sin recibir el premio Cervantes que merecía con toda justicia

Alfredo Bryce Echenique se nos fue sin recibir el premio Cervantes que merecía con toda justicia por novelas extraordinarias como 'Un mundo para Julius', 'La vida exagerada de Martín Romaña', 'La amigdalitis de Tarzán' o 'Tantas veces Pedro' –quizá su favorita–, entre más de una veintena de títulos donde encontramos relatos, ensayos, crónicas, antimemorias y novelas.

A pesar de la distancia, durante los últimos años coincidimos muchas veces, porque Alfredo, so pretexto de darse un garbeo de despedida, se pegó unos viajes tremendos para decirle adiós a París, Madrid y Sevilla, entre otras ciudades muy queridas. Y claro, los amigos aprovechamos cada una de esas expediciones para organizar homenajes y exaltaciones, como aquellas jornadas que celebró la Universidad de Alicante, donde se me ocurrió dedicarle un 'Vejamen' al más puro estilo académico del Siglo de Oro. La guasa, el recochineo y la retranca le gustaron tanto, que cuando la Universidad Ricardo Palma de Lima lo invistió Doctor 'Honoris Causa', Bryce Echenique me pidió que lo vejara de nuevo y así le endiñé un 'Vejamen Criollo' que multiplicó nuestra gozosa complicidad.

La cara B del 'Boom' latinoamericano fue pródiga en humor, gracias al argentino Manuel Puig, al mexicano Jorge Ibargüengoitia y al peruano Alfredo Bryce Echenique. Ellos fueron quienes relajaron a Vargas Llosa, García Márquez y Carlos Fuentes, todos ellos demasiado solemnes porque vivían persuadidos de que el humor estaba reñido con la revolución. Es curioso. Ni Puig ni Ibargüengoitia disfrutaron en vida de los reconocimientos recibidos después de morir. ¿A que ahora sí escucharemos que la obra de Alfredo merecía los premios mayores de nuestra lengua? Es lo que tiene el humor en la literatura: nos hace reír a destiempo.

Bryce Echenique me pidió que prologara la edición conmemorativa de su novela 'No me esperen en abril' (Peisa), que presentamos hace exactamente un año en la librería limeña El Virrey. Aquella noche Alfredo estaba pletórico, rodeado de amigos y bromeando con ese 'savoir faire' stendhaliano que se gastaba rumboso. Hoy quiero recordarlo así –«absolut» feliz– desde la lejana ciudad lluviosa donde he recibido esta triste noticia: Alfredo Bryce Echenique no nos espera en abril.

X

Perú llora la muerte de Bryce Echenique, «el último gigante», en Abc, por Paola Ugaz, corresponsal en Lima, 10/03/2026:

Descendiente de un presidente peruano, estudió Derecho en la misma universidad pública que Mario Vargas Llosa

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, el 'Julius' de la literatura peruana, falleció este martes rodeado de amigos y familiares a los 87 años. Bryce nació dentro de una acomodada familia y fue hijo y nieto de banqueros, los dueños del Banco Internacional del Perú, que fue expropiado en 1970 por el Gobierno del dictador, el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975).

Su tatarabuelo fue presidente de Perú, José Rufino Echenique, quien fue investigado por un caso de corrupción. Estudió en los mejores colegios de Lima y protagonizó la primera rebelión ante su familia cuando escogió la universidad donde estudió Derecho: la Universidad San Marcos, que es pública y donde también estudiaron el Nobel Mario Vargas Llosa, César Vallejo, Blanca Varela, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas y Jorge Eduardo Eielson.

Se licenció en Derecho y en 1964 se fue a vivir a París a convertirse en escritor. Para poder vivir como escritor siguió estudiando y obtuvo un diplomado en La Sorbona en Literatura Francesa Clásica y Contemporánea. En Francia, compartió desventuras y amistad con otro grande de la literatura peruana, Julio Ramón Ribeyro. Trabajó como profesor universitario en Francia, Alemania, Italia y Grecia. Luego, vivió en España desde 1984 hasta 2010, hasta que decidió regresar a Perú.

Lo visto y lo vivido por Bryce Echenique lo convirtieron en un observador permanente de un país que mezcla muchas culturas y donde el racismo es moneda corriente. La publicación de 'Un mundo para Julius' en 1970 causó mucha polémica en el país porque a través de la mirada de un niño con un humor y ternura se explicaba un mundo difícil de asir ante los ojos del mundo.

En una entrevista concedida por Bryce Echenique en 2007, a quien escribe, tras publicar 'Las obras infames de Pancho Marambio', Bryce relató que al terminar esta novela estaba «felicísimo, como un niño…siempre tienes miedo, porque siempre estás aprendiendo. Al escribir eres un primerizo, si no perdería esa espontaneidad que ha sido una característica de mi literatura».

Contra el racismo

Sobre lo que no le gusta de los peruanos, Bryce dijo lo siguiente: «No me gusta la violencia que se manifiesta a través del racismo, estamos en una sociedad donde clase y raza se mezclan mucho, y es muy curioso; en lo cultural como la literatura o la gastronomía hemos logrado esa perfecta simbiosis de lo negro, lo árabe, lo chino, lo indígena, lo español, pero en las relaciones personales no lo hemos logrado y constantemente se dan estos brotes de racismo que se han manifestado en las playas del sur de Lima en el maltrato evidente de la gente que trabaje en el servicio doméstico; desde niño siempre me espantó cómo trataban mis amigos y sus familias a los que trabajaban para ellos».

El Ministerio de Cultura lamentó el fallecimiento de Bryce Echenique y dijo lo siguiente: «Desde su primer libro de cuentos, 'Huerto cerrado' (1968), mostró una radiografía de la sociedad peruana al mismo tiempo implacable y humorística. En 2012 publicó su última novela, 'Dándole pena a la tristeza'».

«Rendimos homenaje a su legado, su humor y su sensibilidad, que forman parte esencial de nuestra identidad cultural. Extendemos nuestras más sentidas condolencias a su familia, seres queridos y seguidores», señaló el Ministerio de Cultura en un mensaje a través de sus redes sociales.

En entrevista con ABC, Natalia Sobrevilla, productora, dijo que «'Un mundo para Julius es probablemente una de las novelas más importantes del siglo XX en Perú. Con ironía y humor retrata a una clase pudiente de la ciudad. Lo que es interesante es que la novela retrata la oligarquía de inicios del siglo XX. Incluso ahora, en el siglo XXI, hay gente que se rehúsa a dejar morir ese mundo de desigualdad que retrata Bryce con la inocencia de un niño. Es de lectura obligada».

«La película de Rosana Díaz Costa titulada 'Un mundo para Julius' de la cual fui productora, no hubiera sido posible sin el apoyo inesperado de Alfredo Bryce Echenique, quien redujo los costos para obtener los derechos y nos apoyó en todo momento. Gracias por eso y más», remató.

En entrevista con ABC, Gustavo Rodríguez, premio Alfaguara de novela, dijo que «Alfredo Bryce Echenique fue el último gigante de la literatura peruana hasta que aparezca una nueva generación».

A contracorriente

«Fue un gran renovador de nuestra literatura por su aporte de humor y ternura. Hasta ese momento poco hallables en nuestras letras. En la época en que él empezó a publicar sus cuentos y 'Un mundo para Julius', parecía que mientras más solemne fueras como escritor, más prestigio ibas a alcanzar. Él fue a contracorriente de ello y lo hizo con gran altura», explicó el también autor de 'Cien cuyes'.

«Cuando leí el cuento 'Con Jimmy en Paracas', me explotó la cabeza y me hizo feliz saber que eso se puede encontrar en los libros. Como escritor estoy influenciado por su influjo, valga la redundancia, el humor y la ternura. Estamos hermanados por esas pulsiones», explicó Rodríguez.

En la sección tertulias y amistad, el escritor califica a Bryce de «fabulador maravilloso», donde «nunca quedará claro que es verdad y que es mentira».

«Era el escritor más querido del Perú. La gente se volvía loca alrededor de él. Mucha de esa ternura que él mostraba en su obra traspasaba el papel y llegaba a la gente», finalizó el también escritor de 'Mamita' Gustavo Rodríguez.

El escritor de 'Minimosca' y académico Gustavo Faverón dijo a ABC que «en la literatura peruana Alfredo Bryce «representa un momento de quiebre en la representación de nuestro mundo social».

«Una cosa que ahora se nos hace tan simple como la empatía y el esfuerzo consciente de traspasar las clases sociales y ver desde la punta de la pirámide a quienes viven abajo es algo que en verdad comienza, con una sensibilidad moderna, contemporánea, con 'Un mundo para Julius'. Yo suelo decir que Julius fue el primer caviar (término con el que se conoce a los de izquierda que viven bien) de nuestra historia: lo creo de verdad y además creo que es un honor. Por otro lado, novelas como 'La vida exagerada de Martín Romaña' y 'Tantas veces Pedro,' sobre todo esta última, son piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad. El lugar de Alfredo es sin duda mucho más fundamental que el que se le ha concedido hasta ahora», explica Faverón.

«Julius fue el primer caviar (término con el que se conoce a los de izquierda que viven bien) de nuestra historia: lo creo de verdad y además creo que es un honor» Gustavo Faverón, escritor

Sobre la influencia de Bryce en su oficio como escritor, el escritor responde: «Mario Vargas Llosa, Antonio Cisneros y Alfredo Bryce fueron los tres escritores peruanos que mi mamá me dijo que tenía que leer si es que de verdad tenía interés en la literatura; te hablo cuando yo tenía 14 años. Yo le hice caso y aquí me tienes».

«Bryce es en muchos sentidos el narrador latinoamericano más cervantino, el que más entiende la novela como un vehículo para aventuras que son al mismo tiempo exteriores e interiores, es decir físicas y mentales. Yo aprendí directamente de él la idea de que una novela no puede ser nunca predeterminada o preorganizada o preplanificada, que tiene que ser siempre una aventura sorprendente para el autor si es que quiere ser una aventura sorprendente para el lector, y esa es una lección que trato de repetirme con cada libro. Uno no establece conexiones muy directas entre las novelas de Bryce y novelas como las de Cabrera Infante, Bolaño, Armonía Somers, pero existe: la novela sentimental como novela de aventuras lo tiene a él como uno de sus mejores proponentes», finalizó Faverón.

El escritor y periodista Fernando Ampuero, amigo de Bryce desde hace décadas, publicó lo siguiente: «Termina la vida, empiezan los recuerdos. Y la ausencia, la enorme ausencia, a partir de este momento, tiene el nombre de Alfredo Bryce Echenique. Ha partido un amigo que era un hermano, y, sobre todo, un escritor memorable. Quienes no han partido son Julius, Martín Romaña, Octavia de Cádiz, y todos los entrañables personajes de su brillante obra literaria. Mis condolencias a todos, pero en especial a sus lectores de ayer, hoy y mañana».

XI

Alfredo Bryce Echenique: pérdidas, nostalgias y melancolías, en La Razón, Toni Montesinos, 10.03.2026:

El escritor, que ha fallecido a los 87 años, deja una obra de estilo característico

En un cuento de «La esposa del Rey de las curvas» (2010), Alfredo Bryce Echenique calificaba la vida como «chata y angustiosa, y, a la vez sumamente aburrida, muy a menudo, y, para colmo de males, sin un desenlace conocido». Y, sin embargo, el desenlace previsto ya estaba en el horizonte, ya se asomó en su despedida, siquiera de la literatura, por medio del tercer tomo de sus «Antimemorias» -palabra tomada de las «Antimémoires», de 1967, de su admirado André Malraux- en 2021, que llevó por título «Permiso para retirarme» (tras «Permiso para vivir» y «Permiso para sentir»). Cada renglón de su obra exhalaba melancolía y humor, inseguridad y patetismo, ternura y absurdo. Aquel tercer volumen autobiográfico, tendente a una imaginación y a unos sentimientos que eran más reales que los datos históricos, se componía de «retazos y momentos de una vida dedicada a la literatura, la amistad y el amor».

Era el adiós literario después de más de cinco décadas que tuvo un debut muy especial y que aún podía rastrearse en los años noventa si uno entraba en alguna librería de La Habana. Así, en 1968 publicaba en la isla caribeña la colección de cuentos «Huerto cerrado», que había recibido un reconocimiento en el premio Casa de las Américas. En él, por supuesto, ya estaban anclados los elementos que iban a caracterizar su narrativa: un protagonista, en este caso el joven Manolo, enfrentado al paso de la niñez a la adolescencia, como extenderá a su obra más celebrada, «Un mundo para Julius». Y, sobre todo, siempre un trasfondo de pérdida, de nostalgia, de tristeza suave, por cualquier causa: un desamor, un alejamiento, una sensación de existencia fracasada, la incomodidad de sentirse ajeno a la vida limeña… Por algo dijo que Lima se amaba más desde España que desde Perú.

Si tuviéramos que encapsular a Bryce Echenique en alguna generación, sería la de los narradores del llamado «post-boom», en la línea de José Emilio Pacheco, Luis Rafael Sánchez, Antonio Skármeta, Eduardo Galeano o Ricardo Piglia. Pero, en realidad, tenía más similitudes con su compatriota Mario Vargas Llosa: una misma relación de amor-odio con Perú, un traslado a París, en su caso en la década de los sesenta, con el propósito de ser escritor, o su vínculo barcelonés, en especial con la agencia literaria Carmen Ballcels. De hecho, en la editorial Anagrama están disponibles la mayoría de sus títulos, entre ellos, el que considero más entrañable, por así decirlo, de toda su ficción: «Tantas veces Pedro», que tuvo una primera edición en España en Plaza & Janés en 1977.

Es en esta deliciosa novela donde quizá se nota más su cariño por España, más en concreto por la isla de Menorca. Bryce se instaló en el pueblo de Fornells, en efecto, para retirarse -en esa ocasión del mundanal ruido-, y acabó haciendo el relato más divertido y original de toda su trayectoria. El Pedro (de apellido Balbuena) del título, como en casi todas sus creaciones, era un tipo que iba de un lado a otro, viviendo diferentes obsesiones (especialmente de tipo amatorio en la figura de Sophie, de la que se prendaba por una fotografía) y mezclando en todo ello la realidad con sus propios apuntes literarios. Porque el protagonista era, cómo no, un escritor peruano con flaquezas de tipo neurótico, muy enamoradizo y sarcástico que buscaba, al modo platónico, un objetivo de amor para atravesar el mundo. Pero, por más que transitaba por California, Francia o Italia, y se encontraba con diferentes mujeres, ese «primer amor» ficticio era inalcanzable. Y la vida se reducía, al fin, a pérdida, nostalgia, melancolía.

XII

Alfredo Bryce Echenique, el escritor pesimista y del humor sentimental, en La Razón, Diego Gándara, 19.03.2026 .

El escritor, autor de «Un mundo para Julius», ha fallecido a los 87 años

No fue parte del «boom» de la literatura latinoamericana de la década del sesenta. Aunque fue, como llamó José Donoso a los escritores posteriores a la generación de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, un miembro del «boom junior». Una etiqueta que en un escritor como Alfredo Bryce Echenique, que siempre se sintió un desarraigado, un hombre solitario y un poco apartado del mundo, no agrega ni quita nada. Porque si hay algo que distinguió a Bryce Echenique del resto de los escritores latinoamericanos de su tiempo es el hecho de Bryce Echenique siempre siguió su propio camino, un camino que lo mantuvo lejos de las modas y de los grupos y que hizo de él un escritor personal.

Nacido en Lima en 1939, en el seno de una familia perteneciente a la oligarquía (su bisabuelo fue presidente del Perú) Alfredo Bryce Echenique estaba destinado a ser, como lo habían sido sus antepasados, un rico banquero. Su abuelo materno y su padre lo habían sido. Él, en cambio, optó por la abogacía, aunque escondía una vocación secreta: la de ser escritor. Así y todo, se inscribió en Derecho, pero una vez terminada la carrera le entregó el título a su padre (al fin y al cabo había estudiado Derecho para complacerlo) le dijo adiós a la abogacía y al Perú y se marchó a Francia con una beca para estudiar Literatura en la Sorbona. Bryce tenía entonces veintiún años y su mundo, el mundo de Bryce, acababa de empezar.

Por los caminos de Europa

Un año después, cuando intentó, sin lograrlo, que le renovaran la beca, vendió el billete de regreso a Lima y decidió quedarse en Europa. Viajó por Francia, por Grecia, por Alemania, por Italia y, mientras tanto, fue escribiendo sus primeros cuentos, reunidos bajo el título de «El camino es así» y que terminó perdiendo en algunos de los tantos trenes que tomó en aquel entonces. No se desanimó, sin embargo. Ya instalado en París, donde se ganaba la vida como profesor de lengua española en un colegio, escribió de nuevo todos los cuentos y, sorpresivamente, se encontró con una voz distinta, con un estilo diferente, tan oral y tan repleto de digresiones, y descubrió que esa voz, ese tono, era suyo.

«Hay un momento, me imagino, en la vida de un escritor, en que buscando un estilo, una manera de escribir, un momento, epifánico o de revelaciones, en que finalmente se descubre el tono en que se había querido escribir», recordó Bryce sobre la escritura de aquellos cuentos, impulsado, en todo caso, por la lectura de Cortázar, cuya obra le ayudó a escribir a su manera, a soltarse del sujeto, verbo y predicado y a escribir de un tirón, por ejemplo, textos como «Con Jimmy en Paracas», que terminó incorporado a su primer libro: «Huerto cerrado», publicado en 1968.

Por entonces, (su padre había muerto poco antes de que publicara el libro) Bryce ya era un profesor en La Sorbona que, en sus tiempos libres, se dedicaba a la vida boehmia y a escribir con una disciplina de hierro. Siguiendo escribiendo cuentos, textos cortos, hasta que uno de esos textos cortos superó las seiscientas páginas y terminó siendo una novela, «Un mundo para Julius», donde Bryce retrataba, en un tono conmovedor y evocador, la vida de un niño que crece en una familia de la clase alta de Lima. Un mundo, el de Julius, que se parecía tanto al mundo que había vivido Bryce y que, para Bryce, era un mundo perdido.

«Lo que me interesa a mí, y esto lo he aprendido de Hemingway, es la buena conducta ante toda situación -explicaba Bryce-. Salir de toda situación limpio. Otra cosa muy importante es la nostalgia que uno siente. De un mundo perdido, de un mundo irrecuperable. A ese nivel mi vida es profundamente solitaria, me siento profundamente solo.»

Triste y sentimental

En 1972, cuando «Un mundo para Julius», dos años después de su publicación, recibió el Premio Nacional de Literatura del Perú, el «boom» empezaba a ser un recuerdo, con lo cual era un poco tarde para que Bryce ingresara en él. Llevado siempre por afectos privados, por intuiciones literarias, en sus libros comenzó entonces a interesarse por el mundo que conocía, ese mundo en un tiempo perdido pero que, a través de la ficción, era un tiempo recuperado: el mundo de la alta sociedad limeña. Así nacieron esas historias llenas de humor y de melancolía, de tristeza y de amor, sobre la iniciación a la vida que integran libros como «Magdalena peruana y otros cuentos», «A vuelo de buen cubero» y «Tantas veces Pedro».

«Yo soy intuitivo. No hablo de romanticismo, de “inspiración”, de que a las tres de la mañana me viene la inspiración: eso no existe, es mentira. Yo leo mucha teoría literaria –al fin y al cabo soy profesor de literatura- pero procuro olvidarla cuando escribo. Inconscientemente me sirvo de ella, pero procuro dejarla de lado para que triunfe el lado visceral de la novela.»

Lejos ya del punto de partida, lejos del mundo ya perdido de la clase alta peruana, Bryce asumió con profundo placer la categoría de ser un pobre diablo en Europa y se convirtió en algo así como «un aristócrata decadente, podrido y arruinado» pero con la ventaja de poder juntarse con quien le diera gana, guiado más bien por la intuición y por el afecto que por las relaciones sociales, de clase, altamente superficiales.

Además de profesor en la Sorbona, también fue profesor en las universidades de Nanterre, de Vincennes y de Montpellier, un mundo (el de los intelectuales latinoamericanos en Europa) que después trasladó al díptico novelesco «Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire», compuesto por «La vida exagerada de Martín Romaña» y «El hombre que hablaba de Octavia de Cadiz». Dos novelas en las que si bien los temas ya no se refieren a la vida de la clase alta de Lima, mantienen el tono y la oralidad y la prosa sentimental tan característica de Bryce. «Yo creo que hay un mecanismo mágico, aunque no creo que haya magia en lo que yo escribo, pero en la concepción de eso, lo tonal es muy importante, muy importante, pero yo no me he planteado esas teorías sobre mis libros -dijo-. Para mí ha sido contar y nada más».

Treinta libros treinta

En 1985 dejó Francia y se radicó en España. Vivió alternativamente entre Barcelona y Madrid, volvió esporádicamente a París y a Lima y en 1997 decidió cerrar su etapa europea y regresó a Perú. Dedicado a revisitar su vida y a reecontrarse con sus afectos, especialmente con el personal de servicio, la servidumbre que lo había criado, escribió las novela «Reo de nocturnidad» y «La amigdalitis de Tarzán» y los cuentos de «Guía triste de París». También se alzón con el Premio Planeta de Novela en 2002 con «El huerto de mi amada».

El amor, la soledad, la enfermedad y la felicidad han sido, según sus críticos, los temas principales de su obra, algo que Bryce Echenique, en los ensayos recogidos en «Entre la soledad y el amor», afirma que esos cuatro temas pretenden ser, más que nada, propias palabras, «una meditación cuando menos honda sobre el núcleo ardiente de mis libros, pero también sobre lo que yo considero cuatro experiencias fundamentales de todo ser humano».

Después de una corta temporada en Europa a mediados de la década del dos mil, donde terminó la segunda parte de sus antimemorias, «Permiso para sentir» (la primera, «Permiso para vivir», había sido publicada en 1993), regresó definitivamente al Perú. Su idea siempre había sido publicar treinta libros. En vida, al menos, casi li consigue. Hace unos meses salió a la venta su libro número veintinueve: el tercer tomo de sus antimemorias: «Permiso para retirarme». Aunque todo indica que el sueño de Bryce, en breve, se hará realidad. Su trigésimo libro, que incluye su correspondencia, está en proceso de edición.

XIII

Raúl del Pozo, el último tahúr, en La Razón, Ángeles López, 10.03.2026:

Nos ha dejado el maestro en adoquinar artículos, un acuchillador de metáforas, un aserrador de verbos, un desmitificador de iconos y un crupier de adjetivos que repartía palabras como cartas

El maestro colgó su teléfono de baquelita, como hacía cada viernes al despedirse de Carlos Alsina en 'Más de uno...', pero esta vez ha resultado ser siempre. Ese gesto cotidiano y festivo para la audiencia de Onda Cero -el auricular regresando a su horquilla y la línea apagándose de forma abrupta- resuena hoy como el punto final de una voz irrepetible del periodismo español. En las redacciones aún sobreviven supersticiones de nuestros antecesores, pequeños mitos que circulan como si fueran leyes. Uno de ellos sostiene que las muertes de las figuras conocidas llegan de tres en tres: la llamada «regla del tres». Me niego a creer en esas aritméticas del destino. Pero lo cierto es que acabamos de despedir a Fernando Ónega, a Antonio Lobo Antunes y ahora también se ha ido Raúl del Pozo. Una contabilidad macabra, mitad aprensión, mitad memoria, que confiemos en que termine aquí por mucho tiempo.

Con la marcha de Raúl del Pozo, tan inmenso que contenía multitudes, desaparece una de las voces más singulares del periodismo español de las últimas décadas. Fue un maestro en adoquinar artículos, un acuchillador de metáforas, un aserrador de verbos, un desmitificador de iconos y un crupier de adjetivos que repartía palabras como cartas sobre el tapete verde del idioma. Tenía en el rostro las arrugas inevitables que deja el paso del tiempo, pero dentro conservaba intacta la mocedad del oficio, esa juventud que solo atesoran quienes siguen creyendo que cada columna es una apuesta diaria contra la banalidad porque, como diría Bertolt Brecht, «lo malo es quedarse quieto cuando no van contra ti». En él convivían muchas gentes: el escritor y el reportero, el observador de la calle y el jugador de sinestesias, el cronista político y el narrador que sabía que la realidad siempre tiene algo de novela... Y también el truhan, el disfrutón, el seductor de vidas y palabras.

Nacido en 1936 en Mariana, una pequeña aldea de la serranía de Cuenca, en los años duros de la Guerra Civil se curtió en ásperas geografías y montes silenciosos que lo acompañarían como una patria interior. Aunque pasó gran parte de su vida en Madrid, nunca dejó de ser, como dijo tantas veces, un conquense madrileño. De su patria chica heredó la mirada limpia del que observa el mundo con curiosidad y cierta distancia. Antes de dedicarse a las teclas y las columnas fue maestro de escuela en un pequeño pueblo, y esa circunstancia aclara una de sus virtudes más reconocidas: la generosidad con los jóvenes. Tenía la costumbre de llamar «maestro» a los periodistas que empezaban. No lo hacía como un elogio vacío, sino como una invitación a aspirar a lo más alto del oficio, recordando que en los antiguos gremios ese era el título reservado a quienes dominaban un arte. Probablemente, con el tiempo, esa actitud terminaría convirtiéndolo en un periodista de consenso.

Su escritura sin descanso

Su vocación por la escritura comenzó pronto. En su tierra natal publicó en medios locales como el semanario 'Ofensiva' y en revistas estudiantiles, donde descubrió el mundo de las imprentas, el ruido metálico de las linotipias y el olor de las páginas recién salidas del taller. Allí se volvió adicto a contar la vida, como él mismo recordaría después. Pero el verdadero salto llegó cuando se trasladó a Madrid y entró en la redacción del legendario diario 'Pueblo' -que se componía tanto ante las máquinas como en la famosa whiskería-. Aquella redacción se convirtió en un territorio mítico del periodismo español: un lugar de reporteros temerarios, de noches largas, de vasos que al chocar perdían licor, de disputas políticas y de apuestas de póker. Un barco pirata donde convivían algunos de los periodistas que más tarde marcarían la Transición. Allí aprendió el oficio en su forma más pura: salir a la calle, escuchar, preguntar, volver a la redacción y escribir. Escribir sin descanso.

Raúl del Pozo nunca dejó de sentirse reportero. Incluso cuando se convirtió en uno de los grandes columnistas del país seguía entendiendo el género como una forma breve de reportaje: sencillamente, un reportaje de quinientas palabras. Ese concepto explica bien su estilo: una escritura que mezclaba observación directa, intuición política y un lenguaje preñado de imágenes insospechadas. Su firma pasó por algunos de los medios más influyentes de la España contemporánea. Escribió en 'Mundo Obrero', 'La Calle', 'Interviú', 'El Independiente', 'Diario 16' y en la revista 'Tiempo'. Pero su nombre quedó definitivamente asociado al diario 'El Mundo', donde durante décadas firmó una de las columnas más personales y reconocibles de la prensa española… Unas páginas que no fingían emociones porque las invocaban, pues quien estaba al otro lado del teclado era poeta antes que otra cosa.

Desde esa tribuna construyó un género propio. Sus artículos eran piezas literarias donde convivían la política, la noche madrileña, los escritores, los toreros, los empresarios, los camareros del Café Gijón o los personajes anónimos que circulaban por las lindes del poder. En sus textos podían aparecer ministros y buscavidas, vates y banqueros, conspiraciones parlamentarias y recuerdos de tugurios desaparecidos. Tenía el extraño talento de convertir cualquier detalle en nudo gordiano. Sus columnas eran pequeñas escenas de una España que cambiaba minuto a minuto, retratada con ironía, con mucha melancolía y con una prosa llena de telares perfectamente entretejidos.

El gran viajero del periodismo

Amén de columnista, fue también un gran viajero del periodismo. Ejerció como corresponsal y enviado especial en distintos lugares del mundo. Estuvo en Moscú antes de la perestroika, en Londres, en Roma, en Lisboa durante la Revolución de los Claveles, en Buenos Aires y en otros escenarios donde la historia se abría paso a zarpazos. También fue testigo de momentos cruciales del siglo XX, desde el lanzamiento de misiones espaciales en Cabo Cañaveral hasta los regateos políticos que transformaron Europa. Su vida coincidió con una época viva de la historia española y supo contarla con una mirada íntima y personal, mezcla de sal, vinagre, curiosidad, ironía, belleza, épica y poesía, sin dejarse nunca ningún pelo en la gatera.

La literatura siempre caminó como un ave sobre su hombro. No se limitó a contar el día a día y cultivó la novela con títulos que revelan su interés por los ambientes nocturnos, los personajes ambiguos y las historias cargadas de tensión. Entre sus obras destacan 'Noche de tahúres' (Almuzara), una novela que recrea el mundo oscuro de los jugadores y las timbas; 'La rana mágica'; 'Los reyes de la ciudad'; 'Una derecha sin héroes'; 'Cautivos de la Moncloa' y 'El reclamo', novela con la que obtuvo el prestigioso Premio Primavera. También dejó recopilaciones de artículos y libros que reunían lo mejor de su producción periodística, como El último pistolero. Su primera incursión narrativa había llegado muchos años antes con la novela corta 'Hay gorriones en la tumba de Judas', escrita cuando todavía buscaba su lugar en el oficio.

Su carrera también tuvo tiempo para los reconocimientos, como atestiguan los numerosos premios y distinciones recibidos. Entre ellos destaca el Premio González-Ruano de Periodismo, uno de los galardones más prestigiosos de la prensa española. También recibió la Medalla de Honor de la ciudad de Madrid, un reconocimiento a su condición de cronista apasionado de la capital, ciudad que retrató durante décadas con una mezcla de cariño, ironía y fascinación. Madrid fue para él un escenario inagotable: sus cafés, sus tertulias, sus conspiraciones políticas y sus noches interminables alimentaron muchas de sus páginas.

Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre cordial, irónico, supersticioso y profundamente fiel a la amistad. Era capaz de sentarse en una mesa con periodistas jóvenes y tratarlos con el mismo respeto que a viejas glorias de redacción. Su curiosidad era inagotable. Seguía llamando por teléfono para contrastar datos, leyendo con ansiedad y escrutando el mundo con el mismo interés que cuando empezaba. Antes de escribir tenía un pequeño ritual: crujirse los dedos, como si afinara las herramientas antes de entrar en combate con la página en blanco.

Un cambio radical

Fue también testigo del cambio radical que sufrió la profesión de plumilla en las últimas décadas. Vio desaparecer las redacciones ruidosas de los periódicos de papel y transformarse en espacios silenciosos dominados por pantallas. Observó el nacimiento de internet, las redes sociales y la IA. Pero nunca renunció a su idea primigenia de la faena: un periodismo que solo -¡solo!- consiste en salir a la calle, escuchar y contar lo visto y oído. Esa convicción, tan antigua como el propio oficio, fue la columna vertebral de toda su carrera.

Por eso su figura representa también el final de una generación de periodistas que entendieron el oficio como una manera de estar en el mundo. De parecerse solo a sí mismos. Aquellos que escribían con urgencia, discutían con pasión y creían que la palabra era un "tomahawk" contra la realidad. Raúl del Pozo pertenecía a esa raza de columnistas que entendían el periódico como una comarca literaria donde la actualidad se mezclaba con la memoria, la política con la vida y la noticia con la parábola.

El teléfono de baquelita del maestro ya no volverá a sonar. Allí donde pisaron sus zapatos quedará el eco de su voz porque, como escribió Bécquer, «hay voces que podrán no volver, pero nunca se olvidan». La gente como él nunca desaparece del todo: permanece en las frases que dejó escritas y en la memoria de quienes aprendieron a leer la realidad a través de su mirada.

Se dice que el alma de los muertos debe cruzar la laguna Estigia en la barca de Caronte y que, para hacerlo, se precisa de un óbolo colocado bajo la lengua como pago al barquero. Confío en que Raúl lleve esa moneda bien guardada para el viaje porque, si alguien supo pagar el precio de cualquier aventura, fue él. Me gusta imaginar que, en la otra orilla -donde tal vez haya una redacción impensable y otra noche interminable de conversación y literatura-, el viejo reportero ya estará tomando notas, dispuesto a contar también esa historia que siempre parece la penúltima y que, de algún modo, siempre huele a imprenta.

XIV

Raúl del Pozo: «El papel es la reserva que mantiene y da credibilidad a las noticias», en La Razón, por Julio Valdeón, 30.04.2017:

El columnista publica «El último pistolero», una antología de artículos que demuestran que no escribe «para que me quieran, sino por oficio».

El talento proscribe, pero en los días del cólera la escritura de Raúl del Pozo calienta como un lanzallamas. Supo crecer del revés, como Picasso y Bob Dylan. Hoy son varias las jóvenes generaciones que lo veneran. Acuden los grumetes al amparo del mejor capitán que vieron las noches del Foro. Hablamos del jefe de jefes. Mientras los de su edad regurgitan premios y duermen a las ovejas, ictéricos de rencor, Del Pozo sigue al pie del bloc de notas. Entre el bolero de la novela negra y el ruido de la calle. Al genio que escribió «No es elegante matar a una mujer descalza» y «El reclamo», ensayista metralleta, inolvidable cronista parlamentario, cazador de desnudos de agosto, columnista mitológico y enviado especial en medio mundo, le ha crecido un nuevo libro, «El último pistolero» (Círculo de Tiza). Una antología de artículos recientes cocinada por Jesús Fernández Úbeda, uno de los mejores periodistas de la nueva camada, cuchillero precoz de prosa dinamita.

–¿Cómo nace el libro?

–Me lo han dado hecho. Para mí es un regalo. Gracias a la inteligencia y la delicadeza de Eva Serrano, mi editoria, y a los amigos, que se han volcado, ha salido un libro hermoso. Yo he descubierto que hay gente que me quiere. Incluso que hay gente que me lee. Por cierto, Eva es la editora que nunca tuve. Sensible, culta, paciente, maravillosa.

–¿Es lícito afirmar que se ha reinventado con «El ruido de la calle»?

–Corría el riesgo de repetirme, de obsesionarme, del egocentrismo, del narcisismo ideológico, y era imprescindible escuchar el ruido de la calle. De ahí el título. Los columnistas somos predicadores. A veces sermoneamos con la furia del español sentado. Para librarte de esos vicios, para no repetirte y no aburrir a los lectores, necesitas descolgar el teléfono, preguntar, y hablar con la frescura y la llaneza de la calle.

–¿Morirá el periodismo en papel?

–Morirá. Somos los últimos galeotes de un barquito de papel que fue el de la libertad. Pero igual que en EEUU hay una reserva de oro, el papel es, todavía, la reserva que mantiene y da la credibilidad a las noticias. Lo que sale en las webs muere en el aire. Lo que se escribe en papel, escrito queda.

–Imposible no hablar de España.

–Lo que está pasando es positivo. En ningún país de Europa se ha vivido esta catarsis. Desfilan por el banquillo políticos, banqueros, generales. Luego dicen que no hay justicia, que no hay separación de poderes. Claro que la hay. Y la democracia sale fortalecida. El sistema funciona. Y en parte se debe a la vanguardia del periodismo, cabeza de puente de la catarsis.

–¿Cómo explicar la traición de cierta izquierda a la idea de España?

–Algunos olvidan que durante la guerra la izquierda fue internacionalista y patriota. Los dirigentes apelaban a España, ahí están los discursos de Azaña, y los poemas de Machado, Alberti, Neruda... Pero sufrimos una pulsión kamikaze, que viene desde los taifas, los cantones, etc. Algunos quieren, de forma suicida, destruir este país.

–¿Cómo explicamos el odio?

–No es fácil. Sobre todo porque España tiene una historia maravillosa. Con sus sombras, claro, pero deslumbrante. Una historia que los griegos imaginaron y nosotros realizamos.

–¿Qué fue de la nueva política?

–Podemos representó el nacimiento de una ira popular justificada. Otra cosa es que se equivoquen. El motín seguirá, sobre todo ante el hundimiento del PSOE. Y al PP le podría ocurrir lo que a la Democracia Cristiana si no espabila. El PP ha hecho servicios fundamentales al país. Ha mantenido el Estado del Bienestar a pesar de la crisis, pero necesita repensarse para evitar el agotamiento y ser, de nuevo, un partido de futuro.

–¿Vivimos, a nivel general, un cambio de era?

–Asistimos en directo a la revolución de la sabiduría, a la democratización del saber. Claro que todo tiene riesgos. En internet también crecen las sectas, el yihadismo, etc.

–¿Sobreviviremos al auge del fundamentalismo?

–Bueno, quizá lo más importante que está ocurriendo es que hay una guerra, no declarada, contra los países democráticos por parte de los países islámicos, que a su vez están divididos entre el cuñado y el primo de Mahoma.

–Más allá de la actualidad ha escrito novelas magníficas. En todas aparece el río, y la Serranía de Cuenca.

–Nací al lado del Júcar, entre un canal y el río. El Júcar fue el río de los lancheros, que eran como cowboys del agua y manejaban los maderos igual que a las vacas. Allí estaban los grandes aventureros de la montaña. Como dijo alguien, la flor de la libertad florece en la montaña y se marchita en el llano. Es una tierra épica, donde hubo guerrilleros, lancheros, bandidos, cazadores furtivos. Un Far West del Macizo Central.

–¿Y cómo fue que un niño que gateó bajo la sombra de los alimoches acabó por envenenarse de literatura?

–Porque bajaba a Cuenca en bicicleta y descubrí la biblioteca. Yo no gateé entre los libros, como el Sartre de «Las Palabras». Tampoco puedo decir, como Borges, que el cielo es una inmensa biblioteca, pero descubrí a Pío Baroja, a Camus. La literatura fue un electroshock para mí.

–Volviendo al oficio, el otro día publicó que escribir gratis arrasará la profesión.

–No se puede escribir de balde. Si no te pagan hay que guardar en un cajón lo que se escribe. Ya se publicará si vale.

–¿Y todo ese rollo de que uno escribe para que le quieran?

–No sé. Yo, desde luego, no escribo ni para que me quieran, ni para orinar los jueves en la Academia, ni para que me den una calle. Escribo porque es mi oficio. Porque no sé hacer otra cosa, y es un oficio bellísimo, contar lo que pasa, y hacerlo, si es posible, antes que los demás, y si te enteras de algo y tienes una exclusiva, pues darla, aunque se hunda el mundo.

XV

El banco le devuelve a Bryce Echenique el dinero robado de su pensión en Francia, en El País, Juan Diego Quesada, Bogotá - 26 feb 2022:

El escritor se ha comprometido a no emprender acciones legales contra la entidad pese a que el caso ha tardado cinco años en resolverse

El Banque Populaire Rives de París ha reintegrado esta semana en la cuenta de Bryce Echenique el dinero de su pensión robado hace cinco años. El escritor, de 83 años, descubrió entonces que las cantidades que recibía de la seguridad social francesa y la mutua de maestros por haber sido durante dos décadas profesor universitario había desaparecido. Un empleado deshonesto, según se excusó la entidad con Bryce y con su editor, Germán Coronado, había estado haciendo retiros de 500 euros aprovechando que el autor vivía en Lima y no fiscalizaba sus cuentas por Internet.

La cantidad devuelta ronda los 20.000 euros. El escritor ha tenido que firmar un documento en el que desiste de emprender acciones legales contra el banco. Coronado, director de la editorial Peisa, estuvo carteándose durante todo este tiempo con la entidad sin que el asunto avanzara. Este periódico tuvo acceso a esa correspondencia. La pandemia y el hecho de que Bryce no pudiera desplazarse a Francia por problemas de salud demoró todo el proceso legal. Un antiguo alumno de Bryce, el francés Michel Raymond André Delmotte, ha sido clave en la resolución del caso. Alumno y maestro han preservado la amistad durante cuatro décadas. Desde Barcelona, Delmotte escribió varias cartas a finales del año pasado en un tono muy firme al Banque Populaire Rives de París apremiándoles a que no retrasaran más la devolución de lo robado. A partir de ahí, la entidad se comprometió a hacerlo. Aún así ha tardado casi tres meses.

“Bryce está feliz de que todo esto haya acabado”, celebra Coronado desde Lima. El escritor ha recibido esta semana un alud de apoyo desde que se conociera el problema económico que arrastra y que ha perturbado su jubilación. El autor de Tantas veces Pedro, su libro favorito, el único que considera que revela su verdad interior, hace tres años que dejó de escribir. Lo último que escribió fue un libro de memorias que dictó. A pesar de haber ganado dinero con premios literarios y las regalías de sus libros, convertidos en superventas, Bryce asegura no pasar por un buen momento económico, de ahí que necesitara recuperar con urgencia el dinero sustraído.

Las reacciones fueron inmediatas, según Coronado. El escritor, un conversador telefónico profesional que se ha pasado media vida enganchado al auricular, estuvo todo el domingo recibiendo llamadas de amigos de España, Argentina y Perú. Le ofrecían enviarle dinero si era necesario. Bryce se lo agradeció a todos ellos, pero les aseguró que el banco iba a cumplir con su parte de inmediato. El novelista gozó de una enorme popularidad desde que publicó Un mundo para Julius hace 51 años. Pasó una época difícil cuando le acusaron en 2006 de plagiar 16 artículos en revistas. Sus amigos lo achacaron a sus problemas de salud. En los últimos años, la crítica ha revisitado su obra y han sido varios los homenajes que ha recibido, entre ellos uno del Instituto Cervantes y otro del Centro de Estudios Literarios Mario Benedetti, de la Universidad de Alicante.

Su cuenta en Francia la manejaba una muy buena amiga, la lingüista Cecilia Hare. A su muerte en 2017, nadie la reemplazó. Según le contaron a Coronado cuando fue a la sucursal de París, este empleado corrupto buscaba cuentas bancarias durmientes, a nombre de personas mayores, mejor todavía si eran extranjeros. Bryce cumplía todos esos requisitos. Poco a poco, el trabajador iba sacando cantidades sin que nadie lo detectara. Cinco años después, el escritor por fin tiene su dinero de vuelta.

jueves, 5 de febrero de 2026

Dossier Jorge Luis Borges. Seis artículos seleccionados.

 [Dossier Borges. Seis artículos seleccionados]

 I

 "Curso sobre Borges de Ricardo Piglia", en El País, Edgardo Dobry, 28 abr. 2025:

El nuevo volumen de las clases de Piglia recoge las lecciones que impartió en la televisión pública argentina. El libro se suma a una producción incesante sobre Jorge Luis Borges.

El estímulo y el problema, la riqueza y la responsabilidad que Borges representa para los escritores y críticos argentinos se viene manifestado en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura (Paidós, 2022). Hace unos quince años, para burlarse del extremo control de la prosa borgeana, Pablo Katchadjian publicó El Aleph engordado, un librito donde entremezclaba párrafos propios a uno de los cuentos más celebrados del autor. La broma le valió un largo juicio de María Kodama, viuda y derechohabiente. Fue un gesto elocuente: para seguir adelante había que ahogar a Borges en la verborrea. Puede verse como la contracara a Las letras de Borges (1999), ensayo en el que Sylvia Molloy había examinado las fórmulas de la rigurosa composición borgeana. Otro muy interesante ensayo reciente, El método Borges, de Daniel Balderston (Ampersand, 2021), muestra la minuciosa elaboración de la prosa borgeana a partir del estudio de sus manuscritos.

Pero fueron sobre todo los escritores nacidos entre los años 30 y 40, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino. Saer, el novelista más importante que dio Argentina en las tres décadas finales del siglo XX, escribió un ensayo en el que concluía: “Si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”. Saer proclamaba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las diez o doce páginas. A Sarlo se debe uno de los libros ineludibles, Borges, un escritor en las orillas, donde la posición periférica del autor de Ficciones, que casi no salió de Buenos Aires entre los años veinte y los sesenta, aparece como una de las claves de su elaboración de símbolos y filiaciones.

Piglia fue el más borgeano de todos: entremezcló ensayo y narrativa; dirigió la “Serie negra”, colección de novela policial que continuó el trabajo de Borges y Bioy Casares en “El Séptimo Círculo”; dio entidad teórica a las Formas breves, libro en que se encuentran sus celebradas “Tesis sobre el cuento”, cuya idea central, la de que todo relato narra dos historias que luchan entre sí, está prefigurada en un prólogo de Borges a una novela de María Ester Vázquez: “El cuento deberá constar de dos argumentos…”. Otro de los títulos de Piglia, Crítica y ficción, se compone de entrevistas, género que el Borges ciego a partir de los años cincuenta convirtió en deleitosa, divertida y astuta forma de hacer literatura. En Respiración artificial, su novela más perdurable, Piglia hizo decir a su alter ego, Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso.

La editorial porteña Eterna Cadencia viene publicando la transcripción de cursos que Piglia dictó en la década final del siglo pasado: Teoría de la prosa, sobre Juan Carlos Onetti; Las tres vanguardias, sobre Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh; y Escenas de la novela argentina. A diferencia de los anteriores, este último no recoge clases dadas en la Universidad de Buenos Aires sino en la televisión pública argentina, como Borges por Piglia.

El marco exigía una adecuación del tono: Piglia se adapta magistralmente al discurso divulgativo sin rebajar la exigencia. Cuenta, por ejemplo, algunos de sus encuentros con Borges, de hecho, el libro se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor. Aprovechándose del modo casual y eximido de aparato académico que la ocasión le brinda, empieza por preguntarse qué es un buen escritor y por explicar por qué Borges lo es. Muestra algunos ejemplos de la literatura del siglo XX que derivan de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que se publicó en la revista Sur en 1940, luego en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y finalmente en Ficciones (1944): dos importantes novelas de los años cincuenta, El hombre del castillo de Philip K. Dick, y Pálido fuego de Nabokov, y una anterior, La vida breve de Onetti, no existirían sin ese antecedente. No se trata de una influencia sino de la creación de un procedimiento que Piglia denomina “invención especulativa” y que encuentra cercano al arte conceptual tal como fue concebido por Duchamp.

Piglia ubica a Borges en el cruce de sus dos genealogías: la de su familia paterna, de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico; y la materna, la de un “aristócrata empobrecido” descendiente de militares y padres de la patria, de donde le viene el culto al coraje y a la espada, “cuyo mejor lugar es el verso”, como el propio Borges escribió. “El sur”, el cuento que cierra Ficciones, en el que un bibliotecario, tras un accidente, sueña su muerte en un duelo a cuchillo, es uno de los más elocuentes en esa línea.

Son cuatro clases (“¿Qué es un buen escritor?”, “La memoria”, “La biblioteca” y “Política y literatura”), emitidas en septiembre de 2013, que no pretenden abarcar todo Borges sino que lo abordan desde una selección de cuentos y ensayos fundamentales. Piglia se detiene en la nada previsible atracción de un escritor tan exquisito por los géneros populares (la gauchesca, el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman) y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925.

El entusiasmo de Borges, su gran arte de seducción del lector, la felicidad de la literatura que está presente en toda su obra, inviste de alguna manera este trabajo didáctico de Piglia. Incluso para quien haya visto las clases en su emisión televisiva, el acercamiento a estas páginas representará una ocasión de regocijo borgeano.

Borges por Piglia, Ricardo PIglia, Eterna Cadencia, 2025, 224 páginas, 19,50 euros

II

"Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito", en El País, Mar Centenera, Buenos Aires, 2 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’.

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como El hombre de la esquina rosada, La intrusa e Historia de Rosendo Juárez, entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema Fundación mítica de Buenos Aires aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

III

Cómo leen a Borges las nuevas generaciones, en El País, por Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2024:

El Festival Borges, que se realizó durante la última semana en Buenos Aires, expuso cambios en la lectura y recepción del gran escritor argentino.

“Es como si Borges fuera un abuelo y no un padre literario; y con los abuelos uno no tiene conflicto”, suele decir el escritor Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) y deja esbozado un cambio de época en la relación entre el gran autor argentino y las últimas generaciones de escritores nacionales. Es que tanto la adoración y el remedo imposible como la pulsión parricida, que durante años llevó a muchos a escribir contra Jorge Luis Borges, parecen haber dado paso a nuevas miradas, desprejuiciadas y con mayor libertad para tomar o descartar a gusto. La pregunta sobre cómo se lee hoy al autor de El Aleph fue uno de los ejes del Festival Borges que se desarrolló durante la última semana en Buenos Aires. Y las respuestas ensayadas acaso no habrían disgustado al escritor que defendía el placer como única razón válida para leer: "La lectura", decía Borges, “debe ser una de las formas de la felicidad”.

En el escritor nacido en 1899 y fallecido en 1986 se conjugan una obra cumbre de la alta cultura y una figura de reconocimiento masivo, casi una celebridad popular, el viejo ciego y sabio que armonizaba la “serena modestia” con la ironía iconoclasta. En esa ambivalencia quizá radique parte de la perduración de su atractivo. “Por un lado, Borges apabulla, ocupa ese lugar canónico en la literatura argentina, es una de las grandes figuras de la literatura universal. Pero, a la vez, hay algo en él que parece muy accesible, a pesar de tener muchas complejidades”, observó la escritora Olivia Gallo (Buenos Aires, 1995). “Tenía una visión de la literatura muy horizontal, muy pura y juguetona. No se ponía en el lugar de un escritor serio que hablaba desde arriba, hay algo muy punk en su figura, en correrse de ese lugar al que a la vez pertenecía.”

El Festival Borges es un proyecto cultural independiente y con entrada libre que, en su cuarta edición, se realizó entre el lunes pasado y este sábado. Incluyó talleres, charlas y recorridas —algunas actividades virtuales y otras presenciales—, con la participación de académicos, investigadores, periodistas, escritores y otros artistas.

“La literatura de Borges espera, espera a que llegue el momento en que cada uno y cada una pueda encontrar en Borges qué nos habla a nosotros, qué cuento sí y qué cuento no”, caracterizó Yamila Bêgné (Buenos Aires, 1983), autora de Los límites del control y Protocolos naturales, entre otros libros. “La literatura de Borges está ahí para que podamos volver, no sólo nosotros como individuos a lo largo de nuestras vidas, sino también como generaciones: mis padres lo leyeron de un modo, yo lo leo de otro, mi hijo lo leerá de otra manera. Así se configura también un clásico. Es una obra que espera porque tiene la cualidad para esperar, porque hay algo adentro que no se termina de descifrar. Una cualidad de condensación, de agujero negro. Estamos ahí rondando todo el tiempo y nos espera, espera a que lleguemos a comunicarnos de un modo más directo con esos textos.”

La influencia y las palabras

El interrogante respecto del influjo de Borges y su mitología en la producción literaria actual fue formulado en el festival por la profesora y periodista Gisela Paggi. “Hay una tensión entre la gente que escribe y Borges”, respondió Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978). “Borges puede inspirar miedo, temor, pero también a un escritor joven le hace sentir que existe otro mundo y que se puede formar parte. Muchos escritores han confesado que lo primero que les salía escribir eran cuentos imitando el gesto de Borges, los laberintos, las ruinas circulares... Si bien es un escritor erudito, tiene eso que Beatriz Sarlo llama la estrategia de lo menor, de no poner palabras de más. En toda su sofisticación, Borges es realmente estimulante para cualquiera que quiera escribir”. La autora de Animales de compañía y Donde nada se detiene destacó “las herramientas retóricas” que ofrecen los textos borgianos, su empleo de la metáfora y la prosopopeya, “las figuras contradictorias con las que niega algo afirmándolo”, presente en títulos de relatos como “El impostor inverosímil Tom Castro” o “El atroz redentor Lazarus Morell”.

“Borges no solo escribe sobre lectura, sino que escribe todo el tiempo sobre escritura. Entonces a la hora de escribir o de acercar herramientas a otros para que escriban, en un taller o una clase, es fundamental”, estimó Yamila Bêgné. Recordó que en el ensayo La poesía gauchesca Borges advierte que conocer cómo habla un personaje es conocer al personaje: “Ese es un consejo insoslayable para construir un personaje o un narrador. Si conocemos esa voz, si la internalizamos, el camino de la escritura, que nunca es fácil, va a tener una guía”.

Ausencia presente

¿Los jóvenes leen a Borges? Sin datos disponibles, las respuestas compartieron sensaciones y percepciones. Olivia Gallo, autora de Las chicas no lloran y No son vacaciones, contó que, con sus amistades interesadas en la literatura, no suelen hablar de Borges. “No está en la conversación, tampoco aparece tanto en los talleres literarios. Pero hay algo de su presencia que se cuela por otros lados, quizá por otros autores argentinos tocados por su obra. En su momento, Borges fue discutido, criticado, canonizado, hay algo del debate en esos términos que ya está, ya no se discute y eso puede alejar a un autor y que se lo lea menos. Pero, a la vez, la gente de mi generación, creo, no estamos peleados con la idea de leerlo”, dijo y recordó aquella frase de Mairal: “Con los abuelos uno no se pelea, se pelea con los padres”.

Como profesora de primer año en la universidad, en el área de las ciencias sociales, Bêgné comentó que sus actuales alumnos “por supuesto conocen a Borges, pero pocos lo leyeron. Sí leyeron a escritoras como Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin. Tienen otras opciones más visibles y más cercanas de llegar a la literatura. Ya tendrán tiempo para llegar a Borges y, si no llegan, tampoco me parece un pecado capital. Hoy quizá puede haber grandes lectores que no hayan leído a Borges”, arriesgó, sabiendo, dijo, que iba a arrepentirse.

En los años cincuenta y sesenta, cuando aconsejaba a sus estudiantes que no leyeran libros que los aburrieran, Borges sugería algo parecido sobre el poder latente, en permanente suspenso, de la literatura: “Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día en que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”.

IV

 Un alfil de la vanguardia hispánica: Guillermo de Torre en el espejo de Borges, en El País, Jordi Amat, 9 sept 2023:

Domingo Ródenas de Moya traza una detallada cartografía de la vanguardia hispánica de principios del XX en torno a la figura del escritor ultraísta.

Probablemente Literaturas europeas de vanguardia dio sentido a la vocación de Guillermo de Torre. Es verdad que se publicó en 1925 cuando el ciclo de la subversión estética no se había cerrado, pero Torre, que nació con el siglo y cuya ambición como creador había recibido ya los primeros palos, era el hombre de letras español con mejor información sobre aquellos movimientos, sus libros, revistas y autores de todo el continente con los que incluso se carteaba. Otra cosa distinta es cómo un abanderado de la modernidad adquiría prestigio en ese sistema literario y cómo su trayectoria acabaría por inscribirse en el relato de la historia cultural hispánica del siglo XX. Entre ironías, olvidos y una obra dispersa entre dos continentes, su nombre se difuminó. Para comprender el período su labor como agente del arte nuevo debía ser restituida. El orden del azar lo consigue. Han sido muchos años de investigación y la espera ha valido la pena. Sin duda esta biografía es un hito clave en la carrera académica de Domingo Ródenas, el profesor que más ha renovado el conocimiento sobre la Edad de Plata tras José Carlos Mainer.

Con una obra dispersa, su nombre se difuminó. Para comprender el periodo, su labor debía ser restituida. En el eje de la biografía está Torre, sus artículos y su oceánico epistolario en buena parte inédito. A partir de su protagonista, que dominaba sin querer “el arte de caer mal”, Ródenas traza una cartografía detalladísima de la renovada vida cultural desde 1915 hasta la guerra civil y el primer exilio. Tertulias y egos, cuchilladas y proyectos abortados. Desde el nacimiento del ultraísmo, que él bautizó en una carta cuando era un adolescente latosísimo, hasta su visita al estudio de Picasso cuando pintaba el Guernica. De la relación con García Lorca, del que se publican fotografías inéditas, hasta los tratos con Ernesto Giménez Caballero para la creación de la Gaceta Literaria. Pero lo que hace singular este libro es un contrapunto biográfico que aumenta exponencialmente su interés. Se establece desde las primeras páginas, en unos capítulos breves que irán alterando la linealidad cronológica a lo largo del relato y que acaban por construir unas vidas cruzadas entre Torre y su cuñado. En paralelo descubrimos así cómo se iba configurando el entramado cultural argentino, con Victoria Ocampo como factor aglutinador, o la génesis de dos proyectos editoriales tan influyentes como la colección Austral de Espasa Calpe y la editorial Losada. Pero sobre todo accedemos a la rebuscada personalidad de un tipo bilioso y con una inteligencia estratosférica: Jorge Luis Borges.

En un temprano viaje de regreso a Argentina, la familia Borges hizo una larga parada en España. Durante la primavera de 1920 los dos jóvenes con sueños de escritor se conocieron en Madrid. Antes, en Sevilla, algunos poetas nuevos ya habían quedado deslumbrados por la belleza de Norah, pintora moderna y hermana de Georgie. Cuando se la presentó a Torre, “se enamoró de un mazazo”. Su noviazgo se construyó a través de cartas y poemas que cruzaban el Atlántico, con el temor compartido que la imagen que uno tenía del otro fuese más una idealización literaria que una realidad. Es una historia preciosa cuyo epílogo cierra el libro. Pero esa historia de amor hizo que los dos literatos que un día se dijeron a sí mismos ultraístas tuviesen una relación tan frecuente como singular. Más que complicidad familiar, en cartas y artículos, latía una velada competencia. Al interpretar esas tensiones, Ródenas arriesga y brilla en la caracterización psicológica y así va más adentro en la descripción de cómo Borges llegó a ser “el talismán de los escritores posmodernos de los sesenta” al tiempo que Torre asumía como testimonio “de la modernidad estética en la que lo nuevo se hizo tradición”. Solo Ródenas podía contarlo.

El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges. Domingo Ródenas de Moya. Anagrama, 2023, 577 páginas, 29,90 euros.

V

 Los manuscritos inéditos de Borges que dejan oír su voz: publican los cuadernos donde preparaba sus conferencias, en El País, Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2025:

El libro “Cuadernos y conferencias” reúne textos del escritor argentino fechados entre 1949 y 1954. La edición permite conocer cómo trabajaba Borges y revela temas poco abordados en el resto de su obra

Cuando Jorge Luis Borges se quedó ciego, hacia 1955, “su capacidad de estilo quedó destruida. Porque no pudo leer. No pudo leer sus propios manuscritos”, observó el crítico y escritor Ricardo Piglia. Al comparar “cualquier texto de Borges de los años 60 para adelante” con sus textos anteriores —agregó—, “hay que ser un marciano para no darse cuenta de lo que es una cosa y la otra”. La sentencia, elaborada por Piglia en sus clases sobre el gran escritor argentino, supone que la lectura era el corazón de la escritura de Borges y, de algún modo, sugiere que el icono del genio ciego que lo haría famoso fue la primera imagen del escritor que ya dejaba de ser. La publicación en Argentina del libro Cuadernos y conferencias permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

“Es el grupo de inéditos de Borges más importante que ha aparecido”, afirma Daniel Balderston, reconocido experto en la obra borgiana y director del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh (EE UU), la institución que hizo posible la publicación de Cuadernos y conferencias.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto ErígenaFrancis Bacon o David Hume, y a escritores como William BlakeRobert BrowningHerman MelvilleMark TwainArthur Conan DoyleOscar WildeFranz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos “El sur” y “Funes el memorioso”, entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La cuidada edición, que distribuye Arta Ediciones, es el resultado del encuentro de dos líneas de investigación sobre Borges. Por un lado, la enfocada en los manuscritos, que lidera Balderston y que ya produjo otros tres libros de inminente reedición: Poemas y prosas breves (2018), Ensayos (2019) y Cuentos (2020). Y por el otro, la centrada en el área menos estudiada de su obra, su producción oral, a cargo de un equipo dirigido por Mariela Blanco en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina).

Solo en su vejez, Borges (1899-1986) pudo vivir de los ingresos que generaba su obra. En sus primeros años adultos, se mantuvo trabajando como periodista y editor. En 1937, consiguió un empleo estable como bibliotecario, pero en 1946, con la llegada al poder de Juan Perón, renunció tras ser “honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados”, según la versión que él mismo publicitó en su Autobiografía. En esa época, su timidez era proverbial: cuando los amigos organizaron una cena de desagravio ante la afrenta peronista, no se animó a leer el discurso que había preparado.

Pero para subsistir tuvo que doblegar su introversión y, gracias a la promoción de Victoria Ocampo y otras amistades, pudo ensayar nuevas profesiones: así emergieron el Borges profesor y el conferencista. “A los 47 años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante”, contó. “Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado”.

Los meticulosos apuntes con que preparaba sus clases y exposiciones los anotaba en cuadernos, hoy dispersos en distintas bibliotecas y colecciones. Cuadernos y conferencias reúne una selección de manuscritos fechados entre 1949 y 1954, cuyos originales están en las universidades de Texas y de Michigan (EE UU). Los facsímiles muestran que las notas de Borges, carillas cubiertas de apretados caracteres, siguen con esmero a las que él atribuyó a Pierre Menard, su imaginario autor del Quijote, con "sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

El libro ofrece múltiples lecturas posibles. Para el lector aficionado, rescata conferencias de Borges que no fueron grabadas, filmadas ni transcritas, de las que solo en algunos casos había menciones o resúmenes en la prensa. “Los temas de los que habla acá irradian en muchos casos hacia el resto de su obra, reaparecen en sus ficciones, sus ensayos y poemas. Pero también hay muchos temas de los que no habla en otros textos. El lector puede entrar en contacto con reflexiones de Borges que no leyó en otro lado o con temas que acá desarrolló con mayor sistematicidad”, destaca la investigadora del Conicet Mariela Blanco, cuyo equipo lleva registradas unas 400 conferencias del autor. Los místicos del IslamLos problemas de la novelaAlmafuerte (Pedro B. Palacios) o Bertrand Russell son algunos ejemplos de esos temas inusuales que afloran en estos manuscritos.

Para el investigador o el lector erudito, el libro es una ventana desde donde atisbar el modo en que Borges trabajaba. “Los cuadernos muestran cómo planeaba cada clase o conferencia, cómo juntaba y organizaba su repertorio de citas para hacer un argumento. Arrojan mucha luz sobre sus publicaciones anteriores y posteriores, y son de suma importancia para entender no solo ese período, sino también el que viene después, cuando ya ciego y famoso comienza a hablar en muchas partes del mundo en conferencias que sí fueron grabadas”, explica Daniel Balderston.

De paso, el libro deja en ridículo a la leyenda de Borges como un fabulador que inventaba citas y lecturas. En el margen izquierdo de sus anotaciones, el escritor asentaba las fuentes en que se basaba. “Borges sabía que se estaba quedando ciego”, señala Blanco, “y por eso dejaba un registro tan detallado de sus lecturas”.

VI

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, Portugal, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo.

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El AlephInquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “Un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.