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martes, 3 de marzo de 2026

Aforismos de Ángel Crespo

A cada poeta se le lee en su obra y en la de los demás. Por eso, leer a un solo poeta con olvido de los otros es no leerlo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Algunos poetas parecen ignorar a la décima Musa: la que aconseja no escribir. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Antes de escribir hay que aprender a no hacerlo. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

''Apenas''. He aquí la palabra más poética. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Bajo cada poema hay otro más precioso que él, como un tesoro. Todo es cuestión de querer y saber cavar con fe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

¿Cómo conquistar la serenidad? Estando por cima de todos los dogmas, como los dioses. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Corrección no es arrepentimiento, sino reiteración y, a veces, reincidencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando se lo corrige con disminución, el poema se hace más nuestro; con aumento, más del aire; sin lo uno ni lo otro, más de sí mismo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando todos los caminos confluyen en uno, van a dar al Infierno. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

En el país de los tuertos, el ciego es el rey. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Debussy escribía en un espejo; Stravinsky, detrás del espejo; Schönberg, en el marco del espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Dicen los músicos'

Bach: ¡Creo!

Beethoven: ¡Lucho por creer!

Schumann: ¿Se puede creer?

Debussy: ¿Creyó alguien alguna vez?

Bartok: ¿Qué es creer?   ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

El diablo sabe pero no entiende. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El olvido nos obliga a inventar, a descubrir lo que ignorábamos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El sentido común carece de sentido. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El poeta toca una flor y la convierte en flor. Y no hay metamorfosis más profunda. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El verdadero mundo de la pintura es invisible; el de la música, inaudible; el de la poesía, inefable. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Entre el entender y el no entender reside el saber. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Esas poetisas que se conforman con desnudarse. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Escribir poesía es inventar lo cierto: como si no lo fuera. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Hay almas -y pueblos- que son como un estanque al que se arrojase una piedra y no produjese ondas. Á. C., ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía es tan corta que no deja tiempo para la prisa; tan larga, que sobra tiempo para la calma. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no busca el misterio, sino la verdad: por eso es misteriosa. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no es la palabra en el tiempo, sino el tiempo en la palabra. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no pone los puntos sobre las íes, sino las íes bajo los puntos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La sabiduría no es fruto de la ciencia, sino de la conciencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo callado amplifica lo dicho. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo evidente no merece a la poesía, pero, ¿hay algo evidente? ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo más absurdo que puede escribirse es la biografía de un héroe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Medios de locomoción

El Duque de Rivas escribía en calesa.

Espronceda, a caballo.

Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música.

Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un purasangre.

Núñez de Arce, en un tren de cercanías.

''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

No cambies: varía. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

No escribas para el presente ni para el futuro, sino para los capaces de entender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Nos acerca lo que nos diferencia: por eso hacemos el amor. Las iglesias y los partidos unen, en cambio, a lo semejante: por eso engendran odio. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Parábola sola.

La poesía es como un árbol que crece al revés: su copa atraviesa el centro de la tierra y acaba por aparecer en los antípodas, donde parece un árbol cualquiera; por lo que pocos son capaces de llegar hasta sus raíces. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Para ser capaz de decir algo hay que renunciar a decirlo todo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Poesía real e inaprensible: como en un espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Protesto porque estoy convencido, no para convencer. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien lo recuerda todo no puede aprender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien no se contradice no se dice. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Sí hay algo nuevo bajo el sol: cada poema verdadero. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Somos lo que incesantemente estamos dejando atrás, lo que todavía no somos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Tan solo la nada es igual a sí misma. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Toda obra poética, aun suponiendo que nadie la lea y llegue a olvidarla su propio autor, perfecciona el mundo.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo era igual antes del poema.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo pensamiento sistemático conduce al absurdo; sólo la [[intuición]] poética descubre los fundamentos de la verdad. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Una imagen bella vale más que todos los silogismos.  ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978.


Ver y oír

Unamuno veía bien, pero oía mal.
Antonio Machado oía bien, pero veía mal.
Rubén Darío oía y veía bien, pero oía mejor que veía.
Juan Ramón Jiménez también veía y oía bien, pero veía mejor que oía.

Yo soy yo, y mi circunstancia trata de negarme.' 'Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

miércoles, 19 de noviembre de 2025

El libro de poesía más largo del mundo, escrito por Raymond Queneau

 De María Delgado en Quora

¿Sabías que existe un libro que nadie podrá terminar de leer… aunque solo tiene 10 páginas?

En 1961, el escritor francés Raymond Queneau publicó lo que muchos consideran el libro más largo del mundo:

Cent mille milliards de poèmes (Cien mil billones de poemas).

A simple vista parece sencillo — solo diez páginas, cada una con un soneto.

Pero hay un truco: cada verso está impreso en tiras recortadas, que pueden combinarse con los versos correspondientes de los otros sonetos. El resultado: 10¹⁴ combinaciones posibles — ¡es decir, cien mil billones de poemas únicos! Si alguien intentara leerlos todos, necesitaría unos 200 millones de años, sin parar para dormir ni comer. Cada combinación forma un poema con ritmo, rima y sentido — y lo más fascinante es que probablemente leerías un poema que nadie ha leído antes.

Raymond Queneau, miembro fundador del grupo literario Oulipo, quiso demostrar con esta obra que la imaginación puede ser infinita cuando se combina con las matemáticas.

Un libro de solo 10 páginas… con más poesía de la que toda la humanidad podría leer en la eternidad.



sábado, 14 de diciembre de 2024

Un entremés cervantino posmoderno

 Copyright © 2024 Gustavo Guardiola. Todos los derechos reservados. Don Quijote y Sancho nos explican cuáles son esos gigantes que atacan todo lo que nos une y nos hace fuertes esparciendo embustes y medias verdades sobre nuestro pasado. No son molinos, Sancho, pero sí vienen a molernos. Tomado de Quora:

Un entremés cervantino posmoderno

Don Quijote: Sancho, bien sé que el mundo, en su infinita inclemencia, gusta de construir gigantes donde solo hay molinos, y he sabido de un monstruo de tinta y papel llamado la Leyenda Negra, que pretende envolver a nuestra España en un manto de infamia.

Sancho Panza: Pues, señor, si acaso las lenguas viperinas dijesen que España ha hecho más ruido que bien, ¿no sería porque, a veces, las espadas pesan más que las plumas?

¡Buenas y santas, moradores del orbe y vagabundos del espíritu! Buenas noches a la Nueva España y sus confines, buenos días a la vieja Europa, y buen mediodía a quienes, en las islas remotas del mundo, aguardan todavía al último galeón. Yo soy Gustavo Guardiola, vuestro servidor y desocupado cronista, y os doy la bienvenida a esta nueva emisión de La Radio del Fin del Mundo, transmitiendo con 50 mil arcabuces de ruido y con la misma alta infidelidad con que un poeta promete la eternidad.

Saludamos desde este rincón a los caballeros andantes de Los Ángeles, a los escuderos pacientes de la Patagonia, a los pastores de Tijuana y a los hidalgos de las Baleares. Extendemos nuestro saludo también a nuestros estimados hermanos en Guinea Ecuatorial, porque en este teatro del aire, la lengua española es el puente que no cae, ni por moda ni por desvarío.

Aquí, donde el honor y el desatino bailan como gigantes en el horizonte, os prometemos risas, razones y más de una bofetada al sinsentido de estos tiempos. Preparaos, porque las aspas ya giran, el viento sopla, y en esta travesía, el molino siempre se defiende.

Don Quijote: ¡Oh, amigo mío! ¿Cómo puedes tú, hijo del suelo hispano, prestar oído a las calumnias de los necios? España, madre de caballeros y cuna de santos, llevó luz a donde antes reinaban tinieblas. Si otros la miran con odio, no es por sus yerros, sino por sus virtudes.

Sancho Panza: ¿Virtudes, dice vuestra merced? Que no niego yo la labor de algunos frailes y doctos, pero tampoco puedo tapar el sol con un sombrero. Que a muchos indios, antes que luz, les llegó la sombra del acero.

Don Quijote: Y en eso, Sancho, se engañan los que solo ven la espada y no la cruz que la acompaña. España no se limitó a conquistar; educó, evangelizó y civilizó. ¿Qué otro pueblo en el orbe legisló tan temprano en defensa de los naturales, como nuestras Leyes de Indias?

Sancho Panza: Eso bien lo sé, señor mío, pero, ¿no será que otros pueblos no tuvieron que legislar porque, antes de llegar al papel, ya habían exterminado?

Don Quijote: ¡Por San Jorge, Sancho! Has dado en el clavo con un martillo de justicia. Mira tú a las gentes del norte, esos que ahora derriban estatuas y claman por derechos, como si hubiesen nacido sin pecado original. No hay cosa más falsa que su pretendida pureza. Allí donde el español integró, el inglés aniquiló.

Sancho Panza: Pero, señor, si a esos del norte tan poco les dolió el eliminar, ¿cómo han logrado ser ellos los buenos del cuento?

Don Quijote: Por el arte de la pluma torcida y la palabra aviesa, Sancho. Han sabido escribir la historia a su modo, convirtiendo a España en villana para mejor ocultar sus propios crímenes. Esa Leyenda Negra no es más que un espejo que refleja sus miserias y proyecta las sombras sobre nosotros.

Sancho Panza: Pero, ¿y qué haremos, señor, contra esos espejos que nos afean la imagen?

Don Quijote: Haremos lo que todo buen caballero debe hacer: alzaremos nuestra voz y nuestro pensamiento. Porque aunque los gigantes de la mentira nos superen en tamaño, la verdad tiene su propio escudero: el tiempo.

Sancho Panza: Pues que sea el tiempo quien hable, y nosotros, entretanto, comamos un buen cordero, que no hay batalla que se libre con el estómago vacío.

Don Quijote: ¡Ah, Sancho! Siempre tan práctico. Pero no olvides, buen amigo, que el alimento más noble es el de la conciencia tranquila y la honra defendida.

Sancho Panza: Pues entonces, señor, marchemos a defender la honra de nuestra España, que al menos en eso no nos faltará ejercicio, ni a vos vuestra lanza ni a mí mi pellejo.

Don Quijote: Y con ello, Sancho, honraremos no solo a nuestra patria, sino a la verdad misma. ¡Adelante, amigo mío, que aún hay molinos por vencer y mentiras por derribar!

Sancho Panza: Señor, ¡mirad cómo se han puesto las cosas en este tiempo que llaman posmoderno! Que no sé yo si son molinos o gigantes, pero de tanto derribo que hacen, no queda estatua en pie, ni de santos ni de hombres de letras. ¡Hasta la de vuesa merced, el mismísimo Cervantes, derribaron como si fuese un pirata o cosa peor!

Don Quijote: ¡Qué espantosa confusión, Sancho! Si Cervantes, a quien llaman el manco de Lepanto, entregó su brazo al servicio de la cristiandad, ¿cómo es posible que lo tilden de opresor? Es el mundo al revés, donde la razón tropieza con su propia sombra y la ignorancia se corona como reina.

Sancho Panza: Pues, señor, dicen que es cosa de un tal movimiento que llaman Black Lives Matter, que va buscando justicia, aunque parece que en el camino confunden víctimas con verdugos. ¿Cómo se les ocurre que Cervantes, quien luchó contra los turcos y escribió con tanto ingenio, pueda ser enemigo de alguna vida?

Don Quijote: ¡Ah, Sancho! En este siglo, los hechos no pesan tanto como las emociones. Es un tiempo en que cada cual se fabrica su propia verdad, tal como se cambia el ropaje o, incluso, el nombre y el género. Ya no se busca entender la historia, sino mutilarla, como si cortando las ramas se pudiera cambiar la raíz.

Sancho Panza: Ahora que lo mencionáis, señor, vi el otro día a un hombre que se proclamaba jefe mexica, exigiendo a los reyes de España que pidieran perdón por la conquista. Pero, ¡que no sé yo si su linaje es de caciques o de malhechores, porque hablaba como más de lo segundo!

Don Quijote: ¡Oh, Sancho! Qué triste parodia es esa. ¿Cómo puede un hombre de hoy, que jamás sintió el yugo ni vio el rostro de un conquistador, autonombrarse portavoz de los muertos? Los muertos, Sancho, no claman venganza, sino memoria. Y esa memoria, si es justa, no debe ignorar que la conquista fue luz y sombra, pero jamás el vacío absoluto que pintan sus detractores.

Sancho Panza: Y hablando de sombras, señor, he oído que ahora se habla de la hispanidad como si fuese una vergüenza. Que todo lo bueno que hicimos, se borra, y solo queda lo malo. ¿No os parece que esta Leyenda Negra ha crecido como mala hierba en estos tiempos?

Don Quijote: Ciertamente, Sancho, la mala hierba siempre crece en terreno fértil de ignorancia. Ahora, los enemigos de España han encontrado nuevos aliados: la culpa y la fragilidad de las propias gentes hispanas, que han olvidado su historia. Y ahí tienes a quienes se avergüenzan de hablar nuestra lengua, de honrar nuestras tradiciones, mientras enaltecen culturas que ni conocen ni comprenden.

Sancho Panza: Pues, señor, ¿qué podemos hacer contra tanta confusión? Si ya ni las estatuas nos dejan y el mundo parece no tener más norte que el de su capricho.

Don Quijote: Lo que siempre hemos hecho, buen Sancho: luchar. No con lanzas, sino con palabras. Defender la verdad como quien guarda un tesoro. Y recordar a todos que la hispanidad, con sus luces y sombras, es el alma de millones, la herencia de un pueblo que dio más de lo que tomó.

Sancho Panza: Pues, señor, si hemos de luchar, contad conmigo, que mi pellejo es resistente y mi lengua aún más.

Don Quijote: Bien dicho, amigo mío. Porque aunque los tiempos cambien y los molinos se disfracen de ideologías, nuestro deber es el mismo: preservar el honor y la verdad de nuestra patria. ¡En marcha, Sancho, que aún hay mucho por hacer y mucho por decir!

Y así, señores, damas y quien más se halle al otro lado de estas mágicas ondas que llevan mi voz por el orbe hispano, os dejo con la brisa templada y el cielo que en esta jornada nos regala claros y nubes en armoniosa disputa, cual caballeros en justa. Yo, vuestro humilde servidor Gustavo Guardiola, os agradezco la honra de vuestra compañía en esta emisión de La Radio del Fin del Mundo, llevada a vuestras mercedes con el empeño de 50,000 luces de desdicha y el ánimo siempre fiel de un hispano. Buenas noches a la Nueva España, buenos días a la Vieja Europa.

Y recordad, siempre recordad: si el mundo ha de irse al carajo, que nos halle riendo y libres.

Que la dicha os acompañe.

Dedicada a Pedro L., Irene Molina, J. M., Antonio García y Germán Benítez.