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lunes, 19 de octubre de 2026

Por qué triunfa el mal

  ¿Por qué triunfa el mal?, YouTube, Raquel de la Morena, 18 oct 2026:

 ¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez  os habéis preguntado por qué triunfa el mal?  

Índice:

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

2. Esparta y la Krypteia: el terror de Estado

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

6. El lado oculto del experimento de Milgram

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

8. La teoría de la desconexión moral

9. El peligro de las redes sociales

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

11. La ecuación de Price y el altruismo

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

14. El único antídoto contra el mal

¿El ser humano es realmente un lobo para  el hombre por naturaleza, o es la presión del sistema y del poder lo que nos arrastra  a traicionar, odiar y aniquilar al prójimo? ¿Qué es el mal? 

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

Más allá de monstruos, mitos y  leyendas, la ciencia y la filosofía apuntan a que el mal tiene dos grandes caras. Por un lado, es una herramienta fría y matemática, una estrategia de supervivencia que los poderosos han usado durante milenios para imponerse al resto. Pero por otro, en su forma más profunda, el mal es, en esencia, la desconexión de nuestra empatía.  

Aunque a lo largo de la historia han existido tiranos movidos por el puro sadismo, la gran tragedia de nuestra era es otra. El mal moderno, el de las grandes maquinarias de poder –desde el que provocan corporaciones hasta los crímenes perpetrados por Estados–, triunfa cuando una institución logra que las  personas deshumanicen al prójimo y le causen daño sin sentir siquiera el peso de la culpa. La psicología moderna ha demostrado que provocar esta ceguera moral es bastante fácil. En julio de 1961, en un sótano de la Universidad de Yale, 40 hombres voluntarios de entre 20 y 50 años se sentaron frente a un panel de descargas eléctricas. Las instrucciones de un hombre que vestía bata blanca, el psicólogo Stanley Milgram, eran sencillas: si el alumno de la habitación de al lado –al que no podían ver– fallaba una pregunta, debían pulsar un botón que le propinaría una descarga eléctrica de potencia progresivamente mayor. 

Eso era lo que les contaban a los voluntarios, pero en realidad, los alumnos, que estaban compinchados con los investigadores, no recibían ninguna descarga, simplemente simulaban sentir dolor. A los 150 voltios, el alumno suplicaba a gritos que detuvieran la prueba quejándose de su corazón. Como sabemos, estaba fingiendo, claro, pero el que pulsaba el botón no lo sabía. A los 300 voltios, la víctima golpeaba la pared con desesperación.  

Y a partir de los 330 voltios, caía en un silencio absoluto. Simulaba estar inconsciente... o muerto. Antes de realizar el ensayo, los psiquiatras habían predicho que solo un 0,1 % de la población –apenas una de cada mil personas, los auténticos sádicos– llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Se equivocaron. El 65 % de aquellos hombres, ciudadanos normales y corrientes que incluían desde obreros hasta profesores, pulsó el último botón. 

A lo largo de la historia, la cultura popular nos ha enseñado que el mal es una anomalía, que los grandes desastres de la humanidad son obra de monstruos solitarios, psicópatas o mentes perturbadas. Sin embargo, la historia y la ciencia no parecen respaldar esa creencia. El filósofo inglés Thomas Hobbes tomó prestada una frase del autor de comedias romano Plauto para definir el estado natural de nuestra especie: “Homo homini  lupus”. El hombre es un lobo para el hombre, una frase que está relacionada con la pregunta que hoy nos estamos haciendo: ¿por qué triunfa el mal? 

2. Esparta y la krypteia: el terror de Estado

Vamos a buscar la respuesta a través de la  historia. Porque la ventaja competitiva del mal, la alta rentabilidad que puede ofrecer la crueldad, no es un descubrimiento de la ciencia moderna. En la Antigüedad clásica, las élites militares ya comprendieron que el terror de Estado –es decir, convertir el asesinato y el miedo en leyes dictadas por el propio gobierno– y la ruptura de los tabúes morales eran un arma que funcionaba muy bien para forjar imperios y sostener sistemas de explotación masiva. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la antigua Grecia; en concreto, a la polis más temida, admirada y mitificada de la historia: Esparta. La imagen romántica que nos ha llegado a través del cine y la literatura es la de guerreros heroicos, defensores de la libertad occidental en las Termópilas. Pero el estado espartano era una maquinaria de terror institucionalizado, diseñada por y para el sometimiento absoluto de una gigantesca masa esclava: los ilotas, los miembros de su clase más baja. 

El desequilibrio demográfico entre los amos y los siervos era una bomba de relojería. Según el historiador Heródoto, en la batalla de Platea del año 479 a. C., la proporción era de siete ilotas por cada ciudadano de pleno derecho, a los que se llamaba espartiatas. Siglos después, Jenofonte relataría en su obra 'Helénicas' cómo el líder rebelde Cinadón señalaba que, en el ágora de Esparta, apenas había 40 ciudadanos de pleno derecho rodeados por miles de esclavos dispuestos a “comérselos crudos”, según sus propias palabras. Para evitar su aniquilación, el Estado lacedemonio –nombre oficial con el que se conocía al gobierno y al territorio de Esparta– instauró una prueba de iniciación conocida como la krypteia, palabra griega que significa “cosas ocultas” o “secreto”, y que no era otra cosa que el asesinato  selectivo, legal y sistemático de civiles a manos de los jóvenes espartiatas. Aristóteles documentó el marco jurídico que la amparaba: cada año, tan pronto como asumían el cargo, los magistrados supremos, los éforos, hacían una declaración formal de guerra a sus propios esclavos. Al declarar oficialmente la guerra a una población desarmada que vivía dentro de sus fronteras, el Estado eliminaba la noción de asesinato ilegal. Matar a un ilota ya no era un crimen punible ni conllevaba “miasma”, la temida contaminación religiosa del alma. Era, de hecho, un acto de patriotismo. 

El biógrafo Plutarco nos dejó la descripción más detallada de estos escuadrones de la muerte. Los  magistrados enviaban a los campos a los jóvenes guerreros más implacables, equipados solo con lo puesto y una daga. Durante el día, se dispersaban, dormían y se escondían en las sombras. Pero al caer la noche, bajaban a los caminos y degollaban a cualquier ilota que tuviera la desgracia de cruzarse con ellos. A menudo, irrumpían en las fincas para asesinar a los esclavos más fuertes y robustos y así cortar de raíz cualquier posibilidad de que surgiera un líder rebelde. 

Incluso un pilar de la filosofía moral como Platón, en su obra 'Las Leyes', incluye a un personaje espartano que defiende esta atrocidad, que justifica la krypteia como un ejercicio maravillosamente penoso, necesario para fomentar la resistencia en el combate y el endurecimiento del espíritu. Esparta impuso a sus propios ciudadanos un aislamiento total: prohibió el oro, las artes y cualquier influencia extranjera y logró que su élite se uniera a través de un pacto de sangre y complicidad asesina. 

¿Por qué un pacto de sangre une tanto a las personas? La respuesta está en la psicología de la transgresión y el tabú. Cuando un grupo de individuos comete de forma coordinada un acto atroz, un acto prohibido por las leyes o la moral, el miedo a las consecuencias crea un vínculo de secreto difícil de romper. Esta transgresión compartida genera lo que se conoce como una “mente colmena” o una sincronicidad perfecta. Al cruzar juntos la línea de lo imperdonable, los perpetradores cortan los puentes con la sociedad normal. 

Es exactamente el mismo mecanismo que la criminología y la psicología observan hoy en día en las agresiones sexuales en grupo, perpetradas por las llamadas “manadas”. Quienes participan en ellas no actúan solo por una pulsión individual, sino porque al hacerlo en grupo la culpa se diluye y cruzar ese límite les sirve para demostrar dominación frente a los demás.  

El mal, llevado al extremo, funciona como el pegamento social más potente que existe.

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

Los espartanos no fueron los únicos en descubrir que transgredir los límites forjaba tropas inquebrantables. En el siglo cuarto antes de Cristo, su hegemonía cayó a manos de otra polis que ensayó  un mecanismo de cohesión opuesto, pero igual de transgresor para el campo de batalla: Tebas. El famoso Batallón Sagrado de Tebas perfeccionó la lealtad militar institucionalizando el vínculo emocional y físico llevado al límite. Creado en el 378 a. C., esta unidad de élite estaba formada por un número exacto e inalterable: trescientos infantes, ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. 

En el mundo antiguo, el afecto entre hombres era socioculturalmente aceptado, lo que no se había hecho antes era usarlo como columna vertebral de un ejército regular. Plutarco, en su 'Vida de Pelópidas', explica lo efectiva que resultaba esta táctica a nivel psicológico: “Una banda cimentada por la amistad de los amantes es indisoluble e invencible, ya que los amantes, avergonzados de ser deshonrados ante sus amados, y los amados ante sus amantes, se mantienen firmes en el peligro mutuo”. Los generales tebanos descubrieron que un hombre combate con una fiereza sobrenatural bajo el escrutinio de  la persona que ama. Prefiere el sacrificio absoluto antes que la mirada de decepción, antes que mostrar debilidad frente a su pareja. 

¿Cómo lograba el Estado que estos soldados se enamoraran? La realidad es que no lo hacía. Los generales tebanos no juntaban a trescientos extraños en un cuartel esperando a que surgiera una chispa, sino que reclutaban a parejas que ya estaban muy unidas. En la vida civil tebana, la relación romántica y de mentoría entre un guerrero experimentado –el 'erastés'– y un joven aprendiz —el 'erómenos'— era una institución sagrada, a menudo sellada con juramentos de lealtad.  

El gobierno se limitó a rastrear a las150 parejas más letales y compenetradas de la ciudad, las sacó de la infantería ordinaria y las alojó con los gastos pagados en su fortaleza principal para que se dedicaran en  exclusiva al entrenamiento militar conjunto. 

Sin embargo, todo lo que empieza tiene un final. El hasta entonces invicto Batallón Sagrado fue aniquilado el 2 de agosto del año 338 antes de nuestra era, en las llanuras de Queronea, tras enfrentarse a la imparable caballería macedonia, liderada por un príncipe de apenas 18 años llamado... ¿lo adivináis? Alejandro Magno. Los 300 se negaron a retirarse y cayeron masacrados en sus posiciones, tratando de sostener la línea hasta la caída del último de sus hombres. 

La historia cuenta que el rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, mientras paseaba tras la batalla entre los cadáveres entrelazados y perforados por las lanzas, rompió a llorar al comprender quiénes eran. “Perezca miserablemente”,  exclamó el rey, “quien sospeche que estos hombres hicieron o sufrieron algo vergonzoso”. Más de dos milenios después, en el año 1890, la arqueología moderna le dio la razón al mito. Bajo la sombra de la imponente estatua del León de mármol de Queronea, las excavadoras hallaron  una fosa común. En ella descansaban los restos de 254 hombres, enterrados cuidadosamente en siete filas estructuradas. Eran el 84% de la fuerza total del batallón. Habían muerto allí mismo, uno  junto al otro. El afecto y el compromiso llevado al extremo habían logrado lo que ningún látigo  podía conseguir: derrotar al miedo a la muerte. 

En Esparta, el Estado había sostenido su poder institucionalizando el odio, la crueldad y el asesinato sistemático de esclavos. Tebas hizo algo muy distinto, pero igualmente revelador sobre cómo funciona el poder: cogió el amor, un vínculo humano puro y totalmente aceptado en su sociedad, y lo convirtió en un arma. Lo militarizó para conseguir que 300 hombres marcharan con el afán de esforzarse al máximo hacia un matadero del que sabían que no iban a regresar vivos. 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

A lo largo de la historia, romper tabúes mediante el derramamiento de sangre fue una herramienta  recurrente para forjar imperios. Pensemos en la que consideramos la cuna de la civilización y el derecho: Roma. Tras sus grandes victorias, los generales celebraban el llamado “Triunfo”, un majestuoso desfile por las calles de la capital en el que exhibían a los líderes enemigos que habían hecho prisioneros. Lo que a menudo olvidamos es que este desfile terminaba a los pies del Templo de Júpiter, donde estrangulaban a los cautivos en público. En esencia, aquello era un sacrificio humano; un acto de gran crueldad disfrazado de justicia y espectáculo, diseñado específicamente para unir a toda la población romana en una misma catarsis de superioridad y sangre. 

La filosofía y la antropología han estudiado a fondo este pegamento social manchado de sangre. El pensador francés René Girard lo explicó a través de lo que llamó la 'violencia mimética' y el 'mecanismo  del chivo expiatorio'. Según Girard, el ser humano no es agresivo por naturaleza, sino imitativo. Deseamos lo que los demás tienen, lo que genera envidias, competencia y rivalidades. En las sociedades antiguas, esta rivalidad tendía a escalar rápidamente hasta convertirse en una especie de locura colectiva, una violencia caótica que amenazaba con destruir a toda la comunidad desde dentro. 

Para evitar su propia aniquilación, el  instinto colectivo desarrolló una solución: buscar una válvula de escape. De forma casi  inconsciente, la multitud enfurecida siempre elige a una única víctima: un grupo marginado, un  extranjero o un estrato inferior de la sociedad –como los esclavos espartanos, los prisioneros romanos o los inmigrantes–, y canaliza toda su tensión acumulada hacia ellos culpándolos  de todos sus males. Al aniquilar de manera unánime a este 'chivo expiatorio', la sociedad experimenta una gigantesca catarsis colectiva que elimina la división interna y restaura la paz y la camaradería. El mal sistémico triunfa, y siempre ha triunfado a lo largo de la historia, porque sabe camuflarse presentándose ante la sociedad como el único mecanismo capaz de garantizar el orden. ¿Os suena esta estrategia? 

Es algo que los extremismos políticos siguen aplicando hoy en día a la perfección. 

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

Si dejamos atrás la Antigüedad y avanzamos hasta el siglo XX, descubriremos que el mal adquirió nuevas formas. Los mayores exterminios de la historia nos han demostrado que para masacrar a millones de personas ya no se necesitaba la furia de los guerreros ni un odio ciego. El mal moderno se ha vuelto frío y calculador. Ha encontrado su arma definitiva en el trabajo de despacho, en los expedientes y en la rutina burocrática. En abril de 1961, la atención internacional se centró en un juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén. El acusado era el austroalemán Adolf Eichmann. Quienes esperaban ver a un  monstruo sádico sentado en el banquillo se encontraron con un hombre de lo más normal: de mediana edad, calvo y con gafas. Un individuo gris que encajaba a la perfección en el perfil de un administrativo ordinario. 

Eichmann no era el hombre que apretaba el gatillo ni el que soltaba el gas en los campos de exterminio nazis, sino un teniente coronel de las SS, el jefe de la sección administrativa encargada de la logística. Su trabajo, sobre el  papel, consistía en coordinar horarios de trenes y gestionar el transporte de millones de personas hacia su muerte, principalmente judíos y gitanos.  

Él era un engranaje clave dentro de una maquinaria estatal que también exterminó, a través de otros departamentos, a millones de  prisioneros soviéticos, polacos y disidentes. 

Durante su juicio, la defensa de Eichmann se basó en la premisa de que él nunca había matado a nadie con sus propias manos. Aseguró que no sentía ningún odio personal. Su argumento, repetido hasta la saciedad, fue que sencillamente formaba parte de un engranaje legal, que él solo era un buen trabajador que cumplía con las órdenes de sus superiores y con las leyes de su Estado. 

La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt, que cubrió el juicio para la revista 'The New Yorker', acuñó al observar a Eichmann uno de los conceptos más debatidos del siglo XX: “la banalidad del mal”. Arendt concluyó que crímenes de proporciones apocalípticas no requerían psicópatas. Para destruir a millones de seres humanos bastaba con burócratas funcionales, individuos irreflexivos que habían renunciado a pensar por sí mismos. Eichmann, según Arendt, era un escalador social cuya única motivación era hacer bien su trabajo para conseguir un ascenso, sin pararse a pensar en las  consecuencias de los papeles que firmaba. 

Hoy en día, gracias al hallazgo de grabaciones secretas de Eichmann en Argentina, donde vivió oculto entre 1950 y 1960 hasta ser capturado por el servicio secreto de Israel, los historiadores saben que, en su caso particular, aquella  imagen de oficinista inofensivo fue una brillante actuación para intentar salvarse de la horca –algo que no logró–. En esas cintas, lejos de mostrarse como un burócrata arrepentido,  se jactaba de las masacres que había presenciado y afirmaba con orgullo que se habría sentido satisfecho si hubieran aniquilado a diez millones de judíos. Eichmann era un nacionalsocialista fanático. Sin embargo, aunque él mintiera en su juicio, la teoría de la "banalidad del mal" de Hannah Arendt había dado en el clavo para explicar el comportamiento de los miles de hombres que estaban por debajo de Eichmann. 

6. El lado oculto del experimento de Milgram

El historiador estadounidense Christopher Browning lo demostró al investigar al Batallón 101 de la policía alemana. Este grupo no estaba formado por soldados fanáticos de las SS, sino por 500 hombres corrientes de mediana edad de la ciudad de Hamburgo. Obreros, camioneros y oficinistas sin apenas ideología. Cuando se les ordenó ejecutar a decenas de miles de personas en Polonia, su comandante les dio la opción de negarse a disparar sin recibir ningún castigo. Entre el 80 y el 90% de aquellos hombres decidió apretar el gatillo. No lo hicieron por odio, sino por pura presión social. Por no ser el “bicho raro” del grupo. Por no dejar el “trabajo sucio” a sus compañeros. 

Esta aterradora realidad –que el mal más absoluto no requiere de monstruos, sino simplemente de la presión adecuada sobre ciudadanos corrientes– es lo que la ciencia quiso medir en un laboratorio. Así que regresemos ahora al punto donde empezamos este documental: a aquel sótano de la Universidad de Yale en 1961 y al experimento de Stanley Milgram. ¿Por qué el 65% de ciudadanos normales llegó a aplicar una descarga letal de 450 voltios a un desconocido?  

Milgram demostró que nuestra convicción moral se desmorona muy rápido bajo el peso de la autoridad.  

Cuando el experimentador de bata blanca daba la orden, el individuo dejaba de verse a sí mismo como el responsable de sus actos y pasaba a considerarse un simple instrumento del sistema.  

De hecho, Milgram descubrió que cuando la figura de autoridad salía de la habitación y daba las órdenes por teléfono, la obediencia caía en picado. La maquinaria del mal necesita ejercer una vigilancia directa e implacable para que no nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. 

Durante décadas, la cultura popular y los libros de texto nos han repetido la misma moraleja sobre este experimento: que los seres humanos somos como autómatas, simples engranajes dispuestos a obedecer  ciegamente cualquier orden por muy cruel que sea, simplemente porque nos la da un superior. Sin  embargo, investigaciones recientes lideradas por los psicólogos británicos Alex Haslam y Stephen  Reicher nos han destapado una realidad mucho más compleja... y que, la verdad, da más miedo. Al revisar a fondo los audios originales y los datos del experimento de Milgram, Haslam y Reicher descubrieron un detalle que parece cambiarlo todo. Cuando el hombre de la bata blanca daba una orden directa, estricta y autoritaria, usando frases como “No tiene otra opción, debe  continuar”, los participantes casi siempre se resistían y se negaban a apretar el botón. La obediencia ciega, de hecho, fracasaba.  

Entonces, ¿por qué la gran mayoría accedió a aplicar la descarga letal de 450 voltios? 

La respuesta es lo que estos psicólogos han bautizado como la teoría del “Seguimiento comprometido”. Los voluntarios no electrocutaban al desconocido porque estuvieran acatando órdenes como zombis, sino porque el experimentador apelaba a un propósito superior: el avance de la ciencia y el progreso de la humanidad. Les convencía de que su sacrificio emocional, aunque desagradable, era vital y virtuoso. Y esta es, quizá, la lección definitiva de la psicología sobre cómo el mal a gran escala rara vez triunfa obligando a la gente a actuar en contra de su voluntad. Triunfa porque el sistema logra que nos identifiquemos con una gran causa, convenciéndonos de que, al cometer una atrocidad, en realidad estamos haciendo lo correcto. 

No obstante, la obediencia letal no solo dependía de que los voluntarios creyeran ciegamente en una  gran causa científica; también requería de un escenario que silenciara sus dudas morales.  

Para comprobar hasta qué punto el prestigio de una institución nos sirve como escudo frente a nuestra propia conciencia, Milgram decidió sacar su experimento de los pasillos de la Universidad de Yale. Alquiló unas oficinas comerciales en la ciudad de Bridgeport, en Connecticut, y repitió la misma  prueba, haciéndose pasar por una modesta empresa privada de investigación. Sin el respaldo visual  y psicológico de una gran universidad histórica, la ilusión de autoridad se rompió. La tasa de obediencia letal, es decir, el porcentaje de personas dispuestas a aplicar los 450 voltios, cayó del 65 % al 47,5 %. 

Esta caída nos enseña algo sobre la mecánica del mal: las grandes instituciones, ya sean un gobierno, un ejército o una corporación gigante, actúan como una especie de anestesia moral. Cuanto más prestigioso, poderoso e intocable parece el sistema que nos da las órdenes, más fácil nos resulta delegar nuestra  responsabilidad individual y apretar el botón. 

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

Ya hemos visto que no somos simples zombis que obedecen órdenes por teléfono. Pero¿qué pasa cuando el sistema te da poder absoluto sobre otra persona y te deja actuar libremente? Una década después del experimento de Milgram, el 14 de  agosto de 1971, el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo reclutó a estudiantes universitarios ordinarios, psicológicamente estables y sin antecedentes violentos. Los dividió al azar en dos grupos, guardias y prisioneros, y los encerró en un sótano de la Universidad  de Stanford reconvertido en prisión simulada. 

Para que el sistema funcionara, aplicó mecanismos de deshumanización. A los prisioneros se les despojó de su nombre y pasaron a ser simples números. A los guardias los vistieron con uniformes idénticos y gafas de sol de espejo para garantizar su anonimato. 

El experimento estaba diseñado para durar catorce días, pero se descontroló tan rápido que tuvieron que cancelarlo en el día seis. Los guardias se dejaron llevar por una autoridad sin límites y, al comprobar que sus abusos iniciales no tenían castigo, comenzaron a escalar en su crueldad.  

Obligaron a los prisioneros a limpiar letrinas con las manos desnudas y, en un intento por quebrar su identidad, llegaron incluso a coaccionarlos para que simularan actos de sodomía. 

Aquel estudio resultó muy polémico a nivel ético y metodológico. Durante mucho tiempo la cultura popular creyó que los guardias se volvieron sádicos de forma espontánea por el simple hecho de tener poder. Pero investigaciones recientes han revelado grabaciones donde se escucha a los ayudantes de Zimbardo aleccionando a los guardias para que fueran más crueles. 

El propio Zimbardo, lejos de mantenerse como un observador neutral, fue absorbido por su papel de superintendente. Obsesionado con la seguridad de su prisión, perdió la perspectiva ética y, con  su pasividad, validó los abusos. 

Lo que el experimento de Stanford demuestra realmente no es que el ser humano se vuelva malvado de forma automática al ponerse un uniforme. Lo que nos deja es una lección aún más inquietante, la misma que nos enseñó Eichmann y la misma que demostró Milgram: la crueldad extrema no nace del vacío; a menudo requiere de un sistema, un líder o una autoridad que la legitime, la ordene y la justifique.

8. La teoría de la desconexión moral

Estos experimentos conducen a una conclusión que el psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura bautizó como la 'Teoría de  la desconexión moral'. Los seres humanos sanos –es decir, personas corrientes sin psicopatías ni antecedentes violentos– son perfectamente capaces de cometer atrocidades si el sistema les proporciona las excusas cognitivas adecuadas, como diluir la responsabilidad en el grupo para no sentir culpa o deshumanizar a la víctima. Pero hay un mecanismo especialmente perverso que usamos para lavar nuestra conciencia: el 'etiquetado eufemístico', es decir, manipular el lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre. Bandura documentó ejemplos reales de cómo las grandes instituciones camuflan el mal. El Ejército de EE. UU, por ejemplo, evita la palabra 'bombardear' y prefiere hablar de 'prestar servicio al objetivo' o ejercer una 'diplomacia coercitiva'. Incluso la propia palabra “guerra”  ha desaparecido casi por completo del tablero geopolítico; la han sustituido por términos asépticos como “operaciones militares especiales” –como en el caso de la invasión rusa de Ucrania–  o “intervenciones de paz”. Al cambiar el lenguaje, el Estado intenta convencer a sus ciudadanos y a sus soldados de que no están participando en una guerra de conquista y destrucción, sino en una intervención técnica, limitada y defensiva. 

Promover un golpe de Estado para derrocar a un gobierno extranjero se camufla tras palabras que suenan más inofensivas como “cambio de régimen”. Las masacres de civiles se convierten en simples 'daños colaterales', y los ataques destructivos con misiles o drones pasan a ser 'ataques quirúrgicos limpios', otorgando a la muerte violenta una falsa sensación de precisión médica y legalidad. Incluso la industria nuclear llegó a catalogar las explosiones accidentales como 'desensamblajes energéticos', y a describir la contaminación radiactiva en los informes de sus trabajadores diciendo que 'el plutonio había establecido su residencia' en ellos. 

Al usar estas palabras burocráticas, el mal se vuelve aséptico. Triunfa porque, antes de apretar el gatillo, firmar un expediente de deportación o pulsar un botón de descarga eléctrica, el sistema nos convence de que no estamos destruyendo vidas humanas; simplemente estamos gestionando un problema operativo. Y esto viene de lejos. Un ejemplo histórico de esta desconexión moral lo encontramos en el uso de las bombas atómicas sobre la población civil al final de la Segunda Guerra Mundial. Lanzar un arma de destrucción masiva desde miles de metros de altura nos muestra cómo la distancia física y la tecnología facilitan la deshumanización; al no ver el rostro de las víctimas ni oír sus gritos, quien aprieta el botón no se enfrenta al impacto emocional de sus actos. Además, para que algo así ocurra, el sistema diluye la responsabilidad mediante la división del trabajo: unos diseñan las herramientas de destrucción, otros almacenan el arsenal y otros simplemente pilotan el avión. Cada individuo siente que solo está cumpliendo con su pequeña tarea técnica, sin cargar con la culpa  global de la masacre. Finalmente, entra en juego la herramienta más poderosa, la “justificación moral”: la aniquilación de cientos de miles de seres humanos se presentó como una necesidad dolorosa pero virtuosa para acortar la guerra. Con independencia del debate histórico sobre aquella decisión que les costó la vida a miles de civiles, a nivel psicológico, apelar a un bien superior es un mecanismo eficaz para que las personas puedan tolerar una pérdida masiva de vidas sin que su brújula moral se desmorone. De hecho, Paul Tibbets, el piloto y coronel que lanzó la bomba sobre Hiroshima, llegó a declarar que nunca perdió una sola noche de sueño por aquello, ya que, según explicó, solo había cumplido con su deber militar y aquella misión había salvado millones de vidas al forzar la rendición de Japón. 

Asimismo, durante la llamada 'Guerra contra el Terrorismo', el gobierno de Estados Unidos evitó de manera sistemática usar la palabra “tortura” ante la opinión pública. Prácticas aplicadas en centros como Guantánamo, como el ahogamiento simulado o la privación de sueño fueron rebautizadas bajo el aséptico término burocrático de “técnicas de interrogatorio mejoradas”. 

La psicología nos advierte de que esta desconexión moral no ocurre de la noche a la mañana.  

9. El peligro de las redes sociales

Como demostró el psicólogo Albert Bandura, las personas no pasan de ser ciudadanos pacíficos a cometer atrocidades de un día para otro, sino a través de una progresiva 'pendiente resbaladiza'. 

Todo comienza cuando un individuo realiza un acto un poco dañino que, al principio, le genera cierta incomodidad o culpa. Pero, si ese comportamiento se justifica y se repite, el malestar emocional se debilita. Con el tiempo, nuestro umbral de lo que consideramos inaceptable cambia, y comportamientos que antes nos habrían parecido impensables acaban convirtiéndose en una simple rutina. 

Un ejemplo muy actual de esta pendiente resbaladiza lo vivimos a diario en las redes sociales. Pensemos en una persona corriente, alguien que en su día a día jamás insultaría a un desconocido a la cara. Todo  empieza de forma sutil: dejando a otra persona, en una publicación en una red social, una pequeña crítica o un simple comentario irónico, escudado por la distancia y el anonimato de una pantalla. Al principio, esa hostilidad puede generarle cierta incomodidad al que deja el comentario hiriente, pero el algoritmo premia su indignación con muchos 'me gusta' y validación pública, por lo que el cerebro termina justificando plenamente el ataque. Poco a poco, el umbral de lo inaceptable cede. Al repetir este comportamiento y diluir la responsabilidad entre miles de usuarios anónimos, la empatía se apaga por completo. Así es como un ciudadano pacífico acaba participando activamente en una campaña de acoso masivo capaz de destruir la vida de una persona, para después cerrar la aplicación en su teléfono y marcharse a dormir con la conciencia muy tranquila. ¿Cómo consigue ese nivel de frialdad?  

Recurriendo al último gran mecanismo de esta desconexión moral: culpar a la víctima.  

Para no sentir remordimientos, el agresor altera la narrativa hasta convencerse de que está actuando en defensa propia y de que la víctima es la verdadera responsable de su propio sufrimiento. Desde esta perspectiva distorsionada, las acciones crueles ya no se ven como agresiones injustificadas, sino como reacciones defensivas legítimas frente a una provocación previa. 

La psicología social observa esta misma desconexión cuando un ciudadano estadounidense corriente descuelga el teléfono para denunciar a un vecino ante las autoridades migratorias. Una línea de denuncias que, en muchas ocasiones, ni siquiera se usa contra personas indocumentadas, sino como un arma de represalia racial para intimidar a ciudadanos de piel oscura tras una simple discusión vecinal. Quien hace esa llamada rara vez se percibe a sí mismo como alguien cruel; al contrario, el sistema le proporciona la excusa cognitiva perfecta: se ve como un buen ciudadano que vela por el orden. Al ampararse en el lenguaje burocrático y delegar la violencia en una agencia estatal, la empatía se apaga por completo. En una sola llamada de teléfono vemos operar al mismo tiempo la banalidad del mal de Arendt, la obediencia a la autoridad de Milgram, la desconexión moral de Bandura y la necesidad de castigar a un chivo expiatorio para sentir que mantenemos el orden.Y aquí es donde la ciencia se hace una pregunta clave: si los seres humanos somos tan vulnerables a la presión del sistema, ¿tiene sentido ser buenos, o estamos condenados a que el egoísmo triunfe siempre? Para responder a esto sin dejarse engañar por nuestras emociones, la Teoría de Juegos ha recurrido a las matemáticas.  

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

En 1984, el politólogo estadounidense Robert Axelrod organizó un torneo informático basado en el 'dilema del prisionero'. Este dilema plantea  una situación límite: imaginad a dos cómplices de un delito encerrados en celdas separadas, sin poder comunicarse el uno con el otro. La policía les ofrece el mismo trato a los dos: si ambos guardan silencio y cooperan entre sí, solo cumplirán un año de cárcel; si uno  traiciona al otro, el traidor sale libre y el compañero condenado se enfrenta a diez años  de sombra; pero si ambos se traicionan mutuamente, los dos cumplirán cinco años. La trampa  psicológica y matemática de este juego es que, ante la incertidumbre de lo que hará el  otro, la opción más rentable y segura a nivel individual es siempre traicionar. El objetivo de Robert Axelrod era descubrir qué comportamiento garantizaba la supervivencia a  largo plazo en un entorno competitivo. Para aislar la lógica evolutiva de la psicología humana, organizó el torneo que os hemos mencionado: pidió a científicos de todo el mundo que enviaran sus estrategias escritas en código y puso a estos programas informáticos a competir entre sí. En cada partida, los algoritmos debían elegir si cooperar o traicionar al algoritmo rival –lo  hacían al mismo tiempo, de manera que no sabían lo que iba a elegir el otro 'prisionero'–. Pero  la clave del experimento es que no jugaban una sola vez. Dos programas se enfrentaban a  lo largo de cientos de rondas sucesivas, lo que permitía a cada código recordar cómo se había portado su rival en el pasado. 

Sorprendentemente, el software que aplastó a todos los demás y venció a las estrategias más despiadadas fue un algoritmo muy simple llamado 'Toma y Daca'. Su funcionamiento era básico: en la primera ronda a ciegas, siempre daba  un voto de confianza y elegía cooperar. A partir de ahí, en los siguientes turnos, se limitaba a copiar la decisión que su oponente digital hubiera tomado en la jugada  anterior. Si el rival lo había traicionado, el programa respondía con una traición inmediata en el siguiente cruce; nunca se dejaba pisotear.  

Pero, si el rival rectificaba y volvía a cooperar, el código olvidaba el ataque y volvía a ser amistoso al instante; es decir, perdonaba rápido. Con este torneo virtual, Axelrod demostró matemáticamente algo esperanzador: cooperar no es solo una invención moral humana, es la estrategia evolutiva más rentable para sobrevivir. Eso sí, el bien no puede ser ingenuo: para triunfar, debe dar el primer paso hacia la paz y perdonar rápido, pero tiene que ofrecer siempre una respuesta implacable ante el abuso. El mal solo retrocede si el castigo frente a la traición es inevitable. 

11. La ecuación de Price y el altruismo

Y la ciencia nos explica por qué ese castigo es necesario. En 1970, el científico estadounidense George Price formuló la famosa “ecuación de Price” para intentar entender el origen de la bondad. Lo que descubrió fue matemáticamente desolador: a nivel evolutivo, dentro de cualquier grupo, el comportamiento egoísta siempre tiene ventaja  sobre el altruista. Su ecuación demostró que el individuo que solo mira por sí mismo absorbe los beneficios de vivir en una comunidad cooperativa, pero se ahorra el sacrificio de ayudar a los demás. La biología sentencia que, si un sistema no tiene mecanismos para castigar o frenar el egoísmo, este siempre terminará multiplicándose y aplastando a quienes actúan con empatía. Curiosamente, la propia vida de George Price se convirtió en un reflejo trágico de esta  lucha. Años después de publicar su investigación, experimentó una profunda crisis personal y un radical despertar religioso que le llevó a intentar vivir un altruismo absoluto. Regaló todo su dinero, abrió las puertas de su piso a las personas sin hogar de Londres y acabó... viviendo en la calle. Sumido en la extrema pobreza, se quitó la vida en 1975. Confirmó en su propia piel la parte más oscura de su teoría: el individuo que lo entrega todo al grupo sin protegerse a sí mismo no sobrevive. 

Por suerte, las matemáticas no solo nos traen malas noticias; también una luz de esperanza.  

La misma ecuación de George Price que nos condena demuestra que la selección evolutiva se divide en dos niveles distintos. Es cierto que, a nivel interno, dentro de un mismo grupo, el individuo egoísta siempre tiene ventaja sobre el individuo moral. Pero la ecuación de Price tiene un segundo componente que mide la competencia 'entre grupos'. Demostró matemáticamente que, cuando los grupos humanos compiten entre sí, aquellas sociedades formadas por individuos cooperativos, leales y altruistas siempre superan y sobreviven a los grupos desestructurados o llenos de tramposos.  

Es decir, aunque el egoísmo triunfa a nivel individual a corto plazo, la cooperación y la solidaridad son la estrategia matemática  ganadora para que una sociedad entera no colapse. 

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

Si la historia y la psicología social nos han demostrado lo fácil que es ceder ante el mal a nivel individual, y las matemáticas nos advierten de que nuestra única salvación es cooperar como grupo... ¿qué nos dicen los grandes pensadores? ¿Hay esperanza o estamos condenados por nuestra propia naturaleza? Si retrocedemos hasta las raíces de la filosofía clásica, para pensadores como Platón, el mal ni siquiera tiene entidad propia. Igual que la física nos enseña que la oscuridad no existe por sí misma, sino que es simplemente la ausencia de luz, Platón nos dice que el mal es la ausencia del bien. El mal es, pura y llanamente, ignorancia. En sus Diálogos, Platón defiende el llamado 'intelectualismo moral', la idea de que nadie hace el mal de forma realmente voluntaria, sino por una miopía intelectual, por ignorar lo que es justo y bueno. Esta idea sería recogida siglos después por el pensador neoplatónico Plotino, quien  afirmaba que todo nuestro universo emana de una perfección divina, absoluta y luminosa que él  llamaba 'El Uno'. Para esta corriente filosófica, el mal no tiene sustancia, no es una fuerza creadora con identidad propia, ni es un demonio sediento de sangre; es el punto del universo más lejano y frío, ese rincón oscuro hasta donde la luz de 'El Uno' ya no alcanza a iluminar. El mal no es una presencia agresiva, es la absoluta carencia del bien. Esta idea de la ausencia de luz y calor divino nos lleva a una de las obras cumbre de la Edad Media, que nos ofrece la alegoría perfecta sobre la naturaleza del mal: 'La divina comedia', de Dante Alighieri. En su descenso a los infiernos, Dante nos revela un detalle que rompe con todos los clichés. El núcleo del infierno, el lugar donde habitan los peores pecadores de la  historia, no es un lago de fuego hirviente, sino un lago de hielo. En el último círculo, el Cocito sufren los que han cometido el peor de los males: la traición. Los que han traicionado a su sangre, a su patria o a quienes confiaron en ellos.  

Para Dante, el mal extremo congela el alma, paraliza el espíritu y nos aísla de los demás en una prisión fría y solitaria. Si avanzamos hasta el Renacimiento, la literatura y la filosofía nos alertan de que  el mal pierde su aspecto de castigo teológico para disfrazarse de pura lógica. En 1513, Nicolás Maquiavelo, de quien ya hicimos un vídeo que podéis encontrar en nuestro canal, despojó al Estado de cualquier moralidad en su tratado 'El Príncipe'. Para Maquiavelo, el mal no era un problema espiritual, sino económico y estratégico.  

Llegó a distinguir entre crueldades “bien usadas” y “mal usadas”. La crueldad bien usada, según él, es la que se aplica de un solo golpe para asegurar el poder, evitando así prolongar un sufrimiento que acabaría generando rebeliones. Visto desde la óptica del poder absoluto, el mal, desprovisto de culpa, es pura eficiencia. Si buscamos entender la psicología detrás de este mal absoluto y el orgullo que lo alimenta, debemos acudir de nuevo a la literatura. En el siglo XVII, concretamente en 1667, el inglés John Milton publicó el poema narrativo 'El paraíso perdido'.  

En su obra, Satanás no es una bestia salvaje, sino un líder muy carismático y narcisista. Para Milton, el mal es la soberbia extrema. Satanás prefiere la alienación total antes que someterse a una jerarquía que no encabeza. Como él mismo dice para justificar su rebelión: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Y remata con su célebre sentencia: “Mejor es reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.  

El mal triunfa cuando el ego prefiere destruir el sistema entero antes que cooperar con él. 

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

Ya en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Kant intentó explicar las raíces de esta ceguera moral humana en su obra 'Crítica de la razón pura'. Nos explicó que los seres humanos vivimos atrapados en el “fenómeno”, la realidad filtrada y limitada por nuestros sentidos, y somos ciegos al “noúmeno”, a la verdad inalcanzable de las cosas en sí mismas. Encerrados en esta limitación, en esta ceguera, somos presas fáciles de nuestros instintos egoístas y de la desconexión moral. 

Sin embargo, en el siglo XIX, el filósofo alemán  Hegel le dio una vuelta de tuerca a esta idea.  

Para él, el mal y las grandes crueldades de la  historia no son un simple fallo del sistema o una falta de luz, sino el motor indispensable que  hace avanzar a la humanidad. Según su visión, el mundo no progresa quedándose quieto en un  estado de perfección pacífica, sino chocando de frente contra la realidad, sufriendo y superando  grandes fracasos a través de las distintas épocas.  

Para Hegel, la historia es un proceso  continuo en el que el espíritu humano se pone a prueba al enfrentarse a sus propios errores. Desde esta cruda perspectiva, los episodios más oscuros y violentos de nuestra historia serían un precio trágico, pero necesario, para que la humanidad despierte, madure y aprenda. Hasta ahora hemos analizado qué empuja a las personas y a las instituciones a cometer  atrocidades, pero el mal necesita otra gran fuerza para triunfar: nuestra propia inacción. Históricamente, no se expande solo por el poder de los verdugos, sino por el inmenso vacío que dejamos cuando decidimos apartar la mirada frente a la injusticia. Como escribió el activista estadounidense Martin Luther King, en su famosa 'Carta desde la cárcel de Birmingham', escrita en 1963 mientras estaba detenido por protestar pacíficamente: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones de odio de la gente mala, sino por el espantoso silencio de la gente buena”. Esta pasividad silenciosa de la mayoría no solo condena a las víctimas al olvido, sino que rompe los vínculos de confianza de nuestra sociedad y les envía un mensaje tranquilizador a quienes ejercen la crueldad:  que pueden hacerlo con total impunidad. 

Y es aquí donde la filosofía da un último golpe  sobre la mesa a través del pensador alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que Platón veía el mal como un defecto o una ceguera intelectual, Nietzsche planteó que lo que nuestra cultura llama “bien” –la compasión, la piedad, el altruismo– es en realidad una  “moral de esclavos”, un sistema inventado por los débiles para intentar frenar y hacer sentir  culpables a los fuertes. Desde esta óptica, las personas que llegan a la cima del poder pisoteando a otros no lo hacen por ignorancia, sino porque han decidido romper las cadenas de la ética. Ven a los demás como simples recursos, avanzan sin el freno psicológico de la culpa y manifiestan lo que Nietzsche llamaba la “voluntad de poder”. El mal triunfa porque quienes lo ejercen juegan sin las reglas morales que nos atan a todos los demás.

14. El único antídoto contra el mal

Es hora de hacerse otra gran pregunta: ¿existe  un antídoto para el mal? Dante nos da una posible respuesta en el último verso de su obra. Tras  cruzar el infierno y el purgatorio, al llegar a la cima del Paraíso y mirar fijamente la luz  suprema de la creación, la mente del poeta colapsa ante la grandeza del universo. Y allí descubre  que el cosmos no se mueve por matemáticas frías, ni por estrategias de guerra, ni por la voluntad  de poder. Dante cierra su viaje afirmando que todo obedece a una sola fuerza: “El amor  que mueve el Sol y las demás estrellas”. 

Para Dante, este amor no es un sentimiento  romántico o pasivo, sino la fuerza gravitatoria y vital que mantiene unidas a las personas y al  cosmos entero. Si el mal es la desconexión moral, el hielo que nos aísla de los demás, el amor  es la voluntad activa de reconectar. Es la empatía profunda que nos impide deshumanizar  al otro, el valor para negarnos a apretar el botón en un experimento y la fuerza para no  mirar a otro lado frente a la injusticia, por ejemplo cuando se está acosando a alguien en  un colegio o en el trabajo. Frente a un sistema burocrático que nos pide ser simples engranajes  fríos, el amor nos exige recordar nuestra responsabilidad individual y nuestro vínculo  inquebrantable con el resto de la humanidad. 

¿Y vosotros? ¿Qué opináis? ¿El ser humano es  realmente un lobo para el hombre por naturaleza o es la presión del sistema y del poder lo que  nos arrastra hacia el mal? ¿Creéis que el amor funciona realmente como antídoto?

Habermas y Han. Los filósofos para ahora mismo.

Jürgen Habermas 

Habermas sin lugar a dudas uno de los filósofos vivos más influyentes y relevantes de nuestro tiempo. Nació en 1929 en Düsseldorf, Alemania, y es uno de los filósofos más influyentes y respetados del mundo. Fue profesor emérito en la universidad de Frankfurt donde enseñó durante gran parte de su carrera su obra profundamente arraigada en la tradición de la teoría crítica aborda los problemas más urgentes de la modernidad por ejemplo la fragilidad de la Democracia que es particularmente importante las tensiones entre la Razón y el Poder y el papel del diálogo en la construcción de sociedades más justas habermas es un pensador que no solo analiza el presente sino que ofrece herramientas del pasado para imaginar y construir un futuro mejor uno de los pilares de su filosofía es la llamada Teoría de la acción comunicativa una obra monumental que redefine la relación entre el lenguaje, la racionalidad, la filosofía y la sociedad. En ese trabajo Habermas argumenta que la comunicación no es solo un intercambio de información sino un proceso es para coordinar la acción social que necesitamos hoy según él el diálogo auténtico que no ha pasado según él basado en la búsqueda mutua de entendimiento es la clave para superar las tensiones y los conflictos que surgen en sociedades complejas. Pero J. Habermas no es ningún ingenuo; este concepto ha tenido un impacto profundo en los campos como la sociología la política y la ética y no hay un solo autor que no conozca Habermas dentro de esas áreas para Habermas la razón no es un instrumento al servicio del poder o de los intereses individuales como muchas corrientes filosóficas contemporáneas han sugerido; en cambio sostiene que existe una racionalidad comunicativa que surge cuando los individuos participan en diálogos genuinos, libres de coerción. Esta idea es especialmente relevante hoy donde el discurso político a menudo está dominado por la manipulación las noticias la polarización y también la falta de pensamiento crítico. Habermas nos recuerda que la democracia no puede sobrevivir sin un espacio público sin edición, donde las personas puedan debatir en vivo, si fuera posible, y llegar a acuerdos basados en razones, no en intereses o emociones pasajeras, y muchísimo peor, en ediciones convenientes.

Otro aspecto central de la obra de Habermas es su defensa de la democracia deliberativa. En un contexto global, marcado por la desconfianza hacia las instituciones públicas y políticas, su propuesta es una democracia basada en el diálogo y la participación activa de los ciudadanos y esto más urgentemente que nunca es decir, ya no solo votar; ese acto ha empobrecido la democracia. Según Habermas, lo importante es que la gente pueda discutir. En libros como entre las verdades y las normas, Habermas explora cómo las instituciones democráticas pueden renovarse para enfrentar los desafíos de nuestro siglo desde la globalización hasta problemas como la contaminación y el cambio climático. Su enfoque no es utópico, pero sí es profundamente esperanzador y optimista. Él cree que, a través del diálogo y el compromiso colectivos, a través de estas instituciones que permiten que el diálogo sea tal como lo planteó hace un momento, las sociedades pueden encontrar soluciones reales a sus problemas, especialmente a los más complejos, si dejamos que las personas puedan racionalizar por ellas mismas en un espacio público no solamente ir a votar en secreto y de forma anónima para que otros piensen por ellos. Habermas también ha sido una voz importante en debate sobre por ejemplo la modernidad y la religión siendo un experto en teología y abriendo grandes diálogos entre por ejemplo el naturalismo y la religión él argumenta que aunque vivimos en un mundo secularizado, las tradiciones religiosas tienen un papel importante que desempeñar en el discurso público. Sin embargo, este papel debe estar mediado por la razón y la reciprocidad, y no solamente por el deseo de tener razón.

Lo que significa realmente es que las creencias deben traducirse en formas de vivir para que los ciudadanos puedan elegir si algo es cierto o no independientemente de lo que alguien diga sino de lo que alguien entienda racionalmente y pueda ver este enfoque equilibre al respeto por la diversidad pero también con la necesidad de un marco común para el entendimiento que nos permita distinguir lo que es mejor de lo que es peor lo que es verdadero de lo que es falso. Lo que hace a Habermas tan interesante y relevante es su compromiso con la acción y la transformación; cuando lo lees te das cuenta que en la parte teórica él domina prácticamente todo el canon filosófico occidental. Lo domina perfectamente. Realmente, él no se limita a describir el mundo: él podría hacerlo como muchos otros filósofos, pero él realmente quiere cambiarlo. Su insistencia en la importancia del diálogo, la racionalidad y la participación ciudadana, realmente son un llamado a la responsabilidad colectiva para volver a la filosofía en un tiempo donde las democracias enfrentan amenazas tanto internas como externas que harán que se destruyan si no aprendemos a pensar y actuar juntos mediante la racionalidad para encontrar soluciones a los problemas y si nuestras instituciones no se prestan para ello debemos tratar de hacerlo puesto que esto, tal como lo ha planteado Habermas, nunca ha sido llevado a cabo, al menos de manera exitosa y sincera.

Habermas, para terminar, nos enseña que la filosofía no es una manera de reflexionar sobre el mundo sino una herramienta real para poderlo transformar, no con utopías, ni con cinismo, sino con comunicación, racionalidad y buena voluntad para cambiar la hoja de ruta que navega las complejidades de nuestro tiempo.

Byung-Chul Han

Nacido en 1959 en Seúl (Corea del Sur) es sin duda alguna uno de los filósofos contemporáneos más leídos y relevantes de nuestro tiempo. Inicialmente estudió metalurgia en Corea, pero más tarde se trasladó a Alemania para dedicarse enteramente a la filosofía, formándose bajo la tradición filosófica alemana. Actualmente es profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, donde desarrolla su pensamiento sobre los problemas fundamentales de nuestra era como la actividad, el rendimiento y la alienación en nuestra sociedad contemporánea.

Se ha convertido en uno de los pensadores más leídos y comentados de nuestro siglo él ha capturado como pocos el pulso de nuestra época en sus obras han disecciona con precisión quirúrgica los dilemas existenciales de una sociedad marcada por el agotamiento la hiperconectividad y la obsesión con el rendimiento sea profesional sea emocional es decir en todos los aspectos con un estilo accesible Pero profundamente filosófico su trabajo resuena tanto en el ámbito académico como entre los lectores que buscan entender Por qué el mundo moderno parece habernos arrebatado la capacidad de vivir plenamente es decir que Byung-Chul Han realmente es accesible a todos y eso lo convierte en un filósofo particularmente importante.

El tema central del pensamiento de Han es lo que él llama la sociedad del rendimiento, un concepto que explora con profundidad en su libro La sociedad del cansancio. Según Han vivimos en un tiempo donde ya no estamos gobernados por las figuras autoritarias externas sino por una autoexigencia interna que nos impulsa a trabajar más producir más sentir más y ser siempre eficientes y aparentar ser felices en este modelo los individuos no son víctimas de un opresor sino que se convierten en sus propios tiranos incapaces de detenerse incluso cuando su salud mental y emocional está en juego. Esta idea se conecta también con su análisis de la hiperconectividad que se desarrolla en su obra En el enjambre Han describe cómo la tecnología  digital ha transformado nuestras relaciones humanas y nuestra percepción del tiempo las redes sociales los correos electrónicos los mensajes de texto y la exposición continua a estímulos digitales de las redes sociales nos han convertido en miembros de un Enjambre digital donde la conexión constante reemplaza la reflexión profunda y también el sentido de comunidad y de individualidad que se disuelve en los likes y notificaciones que tenemos. Para Han esta actividad que, aparentemente, es algo muy bueno, realmente no nos hace más libres Nos hace más distraídos, más solitarios, más ansiosos.

Otro aspecto crucial de su obra es su crítica al concepto de la transparencia que desarrolla precisamente en La sociedad de la transparencia, otra de sus obras donde Han argumenta que la obsesión contemporánea con la transparencia de las cosas, instituciones, relaciones, redes sociales no nos acerca a una sociedad más auténtica o justa: todo lo contrario, elimina los espacios de privacidad y misterio que son esenciales para que el pensamiento crítico y la creatividad sincera se den. En este contexto, la transparencia se convierte en una forma de vigilancia que limita nuestra libertad en lugar de expandirla.

En otra de sus obras La agonía del héroe, Han aborda las consecuencias de esta sociedad. Hiperproducciones más íntimas según él el amor entendido como una entrega al otro están en peligro de desaparecer en nuestro mundo, donde todo se mide en términos de utilidad y beneficio personal. Esto, tristemente, ya lo estamos viviendo para han recuperar el amor es esencial para devolverle a la vida humana una dimensión de profundidad y significado que ha sido erosionada por la lógica del mercado y por las lógicas en general, todas las que hemos visto.

Lo que distingue a Byung-Chul Han como filósofo es su capacidad para combinar un análisis agudo de los problemas contemporáneos con su sensibilidad hacia el amor humano. Sus obras no solo critican a la sociedad moderna; más bien nos invitan a pensar en alternativas alternativas profundas, como por ejemplo una vida más pausada, más contemplativa, más conectada con las personas, con la naturaleza, con nosotros mismos; más abierta al silencio, más abierta hacia lo que está más allá de lo que podemos ver en libros como El aroma del tiempo.

Han explora cómo hemos perdido nuestra relación con el tiempo mismo como algo que se experimenta. Ahora solo se gestiona y se mide. Para él recuperar el tiempo no es solo una cuestión filosófica, es una necesidad existencial para toda la humanidad. Byung Chul Han es en esencia un cronista filosófico de nuestra era: alguien que observa con claridad los síntomas de una sociedad enferma y nos ofrece caminos para sanar. Su obra nos reta a reflexionar sobre nuestras prioridades, a cuestionar las estructuras invisibles que rigen las vidas que vivimos y, sobre todo, a recuperar la capacidad de vivir de manera auténtica. Han no es solo un crítico del presente, es un filósofo existencialista que nos invita a redescubrir lo que significa ser humanos en un mundo que parece olvidar su esencia y que tal vez ya la ha olvidado. 

sábado, 10 de octubre de 2026

Simone Weil

 De VaST:

 En la historia de la filosofía existen algunas figuras sencillamente inclasificables. Simone Weil fue una de estas: no encajaba en ninguna categoría, pues no solo era filósofa, también se dedicó al pensamiento místico, a la actividad política... Fue teóloga, poetisa y también obrera. La filosofía para ella, quizá más que en otros casos de otros filósofos, más que un ejercicio intelectual, implicaba un compromiso absoluto con la verdad, la justicia, la coherencia y, ante todo, el sufrimiento humano. Cuando Albert Camus descubrió los escritos de Simone Weil, la llamó "la única gran mente de nuestro tiempo" y, a mi juicio, no exageraba.

Nacida en París en 1909 en una familia judía rica mostró desde la infancia una sensibilidad moral extrema; su inteligencia era prodigiosa, y sus profesores, que eran famosos por cierto, la reconocieron más que a figuras como Simone de Beauvoir o Jean Paul Sartre, que eran contemporáneos a ella; lo que la distinguía no era solo su capacidad intelectual, era su forma de vivir la filosofía como una exigencia práctica, pero también espiritual. A los cinco años rechazó un collar porque lo consideraba un lujo injusto. Poco después decidió no comer más azúcar del que recibían los soldados franceses en el frente; lo hacía porque intuía que la ética no podía reducirse a discursos abstractos, debía experimentarse para poder comprenderse, y esto, en cada acto cotidiano. Lo cual llamó poderosamente la atención. Se convirtió al cristianismo tras leer los Evangelios, aunque nunca perteneció a ninguna iglesia. Si su pensamiento pudiera condensarse en una sola idea, sería esta: la atención y el amor al otro es la esencia de la moralidad.

Mientras el existencialismo sartriano proclamaba la libertad individual como la base de la ética, Weil sostenía una visión completamente distinta. Para ella la vida moral no consistía en la autonomía del individuo que se reinventa en un mundo sin Dios, sino en la capacidad de recibir al otro en su fragilidad absoluta y hallar ahí a Dios.

Mientras Sartre y Beauvoir exploraban la angustia de la libertad y la existencia, Weil se sumergía en la angustia del sufrimiento humano y la realidad inefable del amor para vivir. Según estas ideas trabajó en fábricas, participó en conflictos obreros y llegó a alistarse en la Guerra Civil Española. Karl Marx, según ella, había comprendido parte de esta verdad, pero su análisis no alcanzaba la raíz misma del problema. Marx, pensaba Weil, señaló con acierto cómo las estructuras económicas determinaban la vida humana, pero él no logró ver que la opresión no nacía únicamente de la propiedad privada; su origen, según Weil, se encontraba en la lógica misma de la fuerza: todo sistema que divide el mundo entre quienes mandan sin amor y quienes obedecen por temor, entre quienes pueden definir la realidad y quienes solo pueden someterse a ella, crea condiciones para la deshumanización.

Lo que Weil experimentó en las fábricas fue más que mera explotación: presenció en primera mano la aniquilación del alma de los trabajadores, reducidos a piezas sin identidad. Su conclusión fue radical: la verdadera opresión no es meramente económica, es metafísica y profundamente espiritual. Aquí Simone descubrió lo que consideraba el mayor enigma de la filosofía: la aflicción. El sufrimiento puede tomar muchas formas, pero la aflicción es un fenómeno único: no es dolor físico ni tristeza profunda: es un estado en el que el ser humano pierde todo sentido de identidad, tanto ante los demás como ante sí mismo. La aflicción despoja al individuo de su voluntad, lo marca con la esclavitud, lo reduce a la nada, arrastrado al mal, y, paradójicamente, es en esa nada donde Weil encuentra el punto más alto de la vida ética: atender a un ser humano en aflicción significa enfrentarse a algo que la razón no puede justificar. En la aflicción no hay belleza heroica, ni resistencia gloriosa; cuidar al afligido es amar cuando ya no queda nada por amar, y ese amor, sí, es verdadero, desligado de todo egoísmo.

Refleja el auténtico milagro: el sacrificio, semejante al amor absoluto que Cristo manifestó en la cruz. En sus últimos escritos, Simone Weil argumentó que el lenguaje de los Derechos humanos era inadecuado para comprender la naturaleza misma de la justicia. Los Derechos Humanos pueden ser ignorados, revocados o simplemente no reconocidos; en cambio, la obligación moral es absoluta: no depende de la voluntad humana, ni del consenso social: amar es la única posibilidad de vivir realmente en la verdad. Y esta es la idea fundamental de toda su filosofía para ella: la verdad, la belleza y la justicia se vinculan inefablemente en el amor.

Murió en 1943, debilitada por la enfermedad. Quizás muy pocos filósofos vivieron tan de acuerdo con sus propias ideas como ella. Es desconocida por varias razones, pero, si te interesa la filosofía, sencillamente Simone Weil es una filósofa que no puedes dejar a un lado.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Filosofía analítica

 ¿Y si todo es MENTIRA?, Date un Vlog, 20 sept 202 [Compulsado y corregido por el bloguero]

El otro día sucedió un acontecimiento histórico. El CEO de Antropic, Dario Amodei, proponía frenar el crecimiento de la IA por riesgo de seguridad contra la humanidad. Y contra toda expectativa, fue apoyado por los otros dos grandes, Sam Altman e Elon Musk. ¡Guau! Los grandes de la tecnología unidos para proteger la humanidad.

Pero, ¿y si en realidad todo es una gran mentira? ¿Y si es un cálculo estratégico? Y si en definitiva nada es lo que parece. Apocalipsis, robots tomando el control, agentes de ha infectando internet. De verdad, amigo, amiga, hoy nos enfrentamos a una gran pregunta. ¿Es realmente la IA una amenaza? Agárrate porque viene tremendo vídeo.

Muchas cosas están pasando en los últimos tiempos y requiere reflexión, pararse a pensar bien lo que está ocurriendo y es que estamos ante uno de esos giros de la historia. Sí, sí, yo creo que esto es histórico, pero ¿qué está ocurriendo? Bueno, si te has perdido en esta película, yo te lo resumo, puedes saltar hasta este minuto si tú ya te lo sabes todo. 8 de septiembre, hace algo así como una semana. Open AI anuncia que ha resuelto uno de los problemas del milenio, el problema de Navier-Stockes, que de confirmarse sería un verdadero hito de la historia de la inteligencia artificial. Una máquina estaría superando a todos los matemáticos del mundo resolviendo un problema con dos siglos de vigencia que nadie ni los más geniales de la historia sabían resolver.

¿Y por qué digo de confirmarse? Pues bien, porque por un lado ahora mismo los matemáticos humanos están revisando esa larga demostración, cosa que podría llevar meses, pero por otro porque ha habido cosas bien raras por medio. Por ejemplo, ese mismo día del anuncio, un matemático publicaba una carta donde contaba su versión de los hechos. Si lo que este matemático dice es cierto y todo hace suponer que es así, la historia habría sido muy diferente. Dos matemáticos humanos hacen un trabajo titánico para retomando el trabajo de otros dos matemáticos encontrar una dirección viable a la resolución del problema. Pues bien, cuando están ya en la línea de meta, a punto de terminar a Open AI, le llega este rumor y supuestamente accederían a la información que estos dos matemáticos han ido dejando en sus herramientas de IA para dar con ello el último paso a la meta. Y esto es relevante no solamente por ser una acción poco ética, un robo intelectual, sino por algo que al final del vídeo yo te voy a contar muy bien.

Genial esta historia que quizás en otra circunstancia habría sido una historia más. pues lanza una avalancha de acciones que hace estallar todo por los aires. Todo comienza de una forma muy inocente. Ese mismo día, el 8 de septiembre, un trabajador de Antropic pone un tweet diciendo que deja la empresa y la industria de la IA por la falta de responsabilidad de las empresas que ponen en riesgo a toda la humanidad.

Y el tweet prende al instante dando rápidamente la vuelta al mundo y alcanzando un alto nivel de relevancia. El chico entonces es entrevistado en las principales cadenas de televisión, donde se atreve a dar una cifra, un 10% de probabilidad de que la humanidad quede extinta al final de esta década.

Obviamente estas declaraciones disparan la ansiedad y la noticia corre como la pólvora y el resto de noticias solo confirman que el miedo es fundado. Un premio Nobel, padre de la IA, Geoffrey Hinton, apoya estas declaraciones. A la vez Anthropic saca una lista de malos usos de la IA, incluyendo creación de armas biológicas, acelerando todo, todo, todo hacia el golpe final, cuando el CEO de Anthropic, Darío Amodei, publica en su cuenta de Twitter una carta que iba a conocionar el mundo. En ella habla de los grandes beneficios de la IA, pero también de sus potenciales riesgos y en particular de un caso paradigmático, el incidente de Hugging Face, poco tiempo antes donde unos agentes de IA burlaron la seguridad y atacaron una empresa desobedeciendo las instrucciones humanas. En ese mismo documento, Darío alega que de seguir así, todo podría irse de control en solo 6 meses. Esta exposición es un preámbulo para algo verdaderamente nuevo y revolucionario.

Sí, uno de los líderes de la industria propone parar la carrera, frenar el crecimiento es inaudito y a la vez usar ese tiempo para imponer medidas de control y seguridad. Y por si esto fuera poco, pasó lo que nadie podía esperar.

Sam Alman de Open AI se mostraba de acuerdo. Incluso Elon Musk, los tres grandes alineados para proteger la humanidad, los gigantes tecnológicos de Estados Unidos se frenan para salvaguardar nuestra integridad. Pues puede que sí, pero permítanme dudar porque aunque esta es una hipótesis, quizás no es la más convincente. Hoy, precisamente en este vídeo, vamos a adentrarnos en las aguas de la IA para conocer sus más oscuros secretos. Hay una burbuja en la pues ciertas voces de escepticismo se han alzado, no sin razón contra esta narrativa, la del freno ante el miedo al exterminio humano para proponer una alternativa. Todo, según ellos, sería una estrategia de mercado para evitar una tremenda catástrofe. Y la verdad, si uno mira atrás, tampoco suena muy raro esto. Y es que no sería la primera vez que una nueva tecnología irrumpe de forma brutal y genera tanta expectación e interés de inversores que se produce una gran burbuja desde el ferrocarril y la electrificación a las comunicaciones o la web. Esto último, por ejemplo, ocurrió hace relativamente poco, en 1995. Tras el desarrollo de la world wide web en 1990 y su popularización los años siguientes, hubo una explosión del uso de la web. En esa década, los precios de las acciones de las empresas relacionadas con la tecnología se dispararon. Y aunque internet era una tecnología revolucionaria, en esos momentos la inversión no se vio respaldada por beneficios reales y tuvo lugar una gran crisis financiera. No es que no fuera interesante la tecnología, hoy ya ven cómo la seguimos usando por todas partes. Solo ocurrió que la fiebre de inversión no fue acompañada por un retorno monetario equivalente. Y lo que sigue, ya lo sabemos porque ocurrió un golpe tremendo, una crisis. Fue la crisis de las .com. Pues ahora, según los expertos, podría estar ocurriendo algo parecido y es que lo puedes imaginar detrás de todas las maravillas que hace la IA hoy, hay una inversión tremenda, chips de memoria, GPUs y costes tremendos de electricidad. La consultora Garner cifras concretas, prevé un gasto mundial en IA de 2,6 billones para este año, un 47% más que el anterior. Y la cosa podría ir a peor. Hay escasez mundial de memoria de alto ancho de banda. Se han disparado los precios de la RAM, así como el de los chips, que se ha multiplicado por cuatro en solo un año. Lo mismo ocurre con la electricidad y en general con la energía, relacionado también con los conflictos geopolíticos y situaciones como la del estrecho de Ormuz. Es decir, en resumen, por aquí la cosa no pinta nada bien, pero es peor aún cuando lo comparas con su contrapartida, los ingresos. A pesar de cómo han crecido estos de una forma espectacular en solo 2 años, donde se ha pasado de 1.000 millones de dólares a 30.000 millones en la actualidad, Antropic en cambio está en números rojos, reportando unas pérdidas anuales de 15.000 millones y Open AI va incluso peor. Sus pérdidas reportadas ascienden a 17.000 millones. Pero, ¿qué está pasando? Si funciona tamban bien, ¿qué ocurre? Pues sí, todo el mundo usa la IA. Simplemente se están generando bucles de inversión, resultados que disparan artificialmente el valor hasta que se vuelve totalmente insostenible y entonces todo estalla. Pero, ¿cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha fallado? ¿Qué se ha hecho mal? Pues igual es que las cosas no son como las pintan. Y cuando nos preguntamos qué causa esa burbuja, hace falta mirar en más profundidad cómo funciona la IA y hacernos la tremenda pregunta: ¿es verdaderamente inteligente tanto como para incluso volverse una amenaza para el ser humano? 

Pues para entender esto bien, hay que hacer un viaje en el tiempo. En el año 1789 ocurre lo que todos sabemos. Es la Revolución Francesa, que pone patas arriba el mundo tal y como las personas de la época lo conocían. Ya saben: el absolutismo, los privilegios, la aristocracia, todo al garete, pues se llega a un orden nuevo. Derechos humanos, participación ciudadana en política, libertades individuales y burguesía. Y este nuevo estado de cosas requiere una nueva forma de pensar ¿sí? Una nueva filosofía, un acorde a los nuevos principios, el nuevo estado de cosas, las ideas ilustradas, la ciencia, la razón, pues fue precisamente un hijo de la revolución quien pondría la primera piedra. Sería el francés August Comte, que nacía en Montpelier durante los mismos años de la revolución, 1798.

Comte fue un personaje extraño y muy complejo. Peleó con todo el mundo, se enemistó con su maestro, con sus compañeros, tuvo una relación enfermiza con su mujer, que incluso intentó suicidarse varias veces y acabó, como no, visitando también el sanatorio. Pero entre sus devaneos personales hizo grandes cosas. Algunas dejarían una gran huella en el futuro. Creó la sociología como ciencia, conceptos como el altruismo, pero en particular fundó una nueva filosofía. lo hacía en su obra Curso de filosofía positiva. En este libro establece su ley de los tres estados, como la humanidad a lo largo de la historia se ve naturalmente forzada a pasar por tres estadíos, el teológico, el metafísico y, finalmente, el científico. Basado en la razón, un nuevo estado, este último que él estaba llamado a fundar sería el estado positivo. Lo llamaría el positivismo. Positivo, no de guay, de chachi, sino de Positum, que viene del latín lo real, lo objetivo, lo útil frente en contraposición a lo absurdo o lo ocioso.

Comte, hijo de la Ilustración y de la revolución en ciencias quería iniciar una nueva era que dejara de lado las especulaciones filosóficas para fijarse en lo auténtico, lo que se puede explorar y experimentar, lo físico, lo objetivo, lo científico,  te propone dejar de lado ideas metafísicas, las suprasensibles, esas ideas de Platón, las mónadas de Leibniz o el absoluto de Hegel y centrarse en lo concreto, en lo tangible. Sí, según este positivismo, todo lo que existe se puede medir. El único conocimiento posible es el científico. La filosofía de Comte fue un éxito brutal, inmediato, masivo. Podemos hablar quizás del primer filósofo con club de fans de la historia, acólitos que se agolpaban para seguirle y aprender de él, y su impacto también se notó en política, donde su nueva forma de entender la realidad también se impondría y lo haría hasta hoy. Comte habla de progreso continuamente, una palabra que claramente define nuestra era. Sin ir más lejos, ¿te suena de algo la bandera de Brasil? "Orden y progreso", este es el tema del positivismo de Comte. Tanto arregó su pensamiento que incluso no sin caer en cierta contradicción tuvo que crear una nueva religión, una que tendría a la ciencia y la humanidad como el ser venerado, con 13 meses en el año, cada uno con 28 días y cuatro semanas de 7 días, con meses en honor a grandes personajes como Aristóteles u Homero y con santos como los que puedes imaginar, Newton, Descartes o Goethe. Estamos sin duda comparando a lo que vimos en siglos anteriores ante una forma radicalmente distinta de entender el mundo. Una visión positivista científica. 

Muy bien, demos un salto más hacia adelante. 1848. Nace el alemán Gottlob Frege, curiosamente, también en un año significativo en pleno auge de las revoluciones liberales, la de las barricadas, la primavera de los pueblos o el cuadro de Delacroix. Pues en esos tiempos de cambio y revolución en todos los sentidos iba a desarrollar su pensamiento este alemán dejando una huella en el pensamiento filosófico que se siente hasta hoy, fundando toda una nueva escuela. Y lo haría quizás la persona que a priori menos imaginarías que revolucionaría el pensamiento. Frege era un huraño fracasado profesor en una pequeña universidad alemana investigando en matemáticas. De hecho, de ahí precisamente parte su trabajo filosófico de su amada matemática. Su preocupación principal estaba fundamentada en su contexto histórico. Como ya había notado Comte para Frege, mientras la ciencia y la tecnología avanzaban a pasos agigantados, la filosofía se había quedado un poquito atrás, atrapada en discusiones poco claras o excesivamente especulativas. Quizás pensó, "Los problemas filosóficos eran pseudoproblemas causados más bien por falta de claridad en el lenguaje. Así, Frege se propuso limpiar el pensamiento, buscar la claridad y el rigor, y lo haría siguiendo la estela de Comte, observando el pensamiento científico y usando como regla de corrección el código matemático. Habrá que aplicar la lógica y las matemáticas al lenguaje. De ahí parte su programa de una hipótesis muy valiente y audaz, que las matemáticas se pueden fundamentar en la lógica. Y es que había una corriente en la época que proponía que las matemáticas eran subjetivas. Es el psicologismo. Pues bien, para Frege esto no era así. Las matemáticas son verdades objetivas fundamentadas en la lógica, por lo que se propuso encontrar una vía que conectara lenguaje, lógica y matemáticas. Es el proyecto logicista. Esa es la clave para Frege. El lenguaje no es simplemente una herramienta humana más. Es el medio a través del cual accedemos al pensamiento. Es la categoría trascendental. En el lenguaje se articula nuestro pensamiento. Lenguaje y pensamiento son dos caras de una misma moneda. Frege está iniciando una nueva vía en la filosofía, un proyecto titánico, porque implicaba reformular toda la lógica. Esa ciencia creada por Aristóteles en el año 300 ates de Cristo con sus Analíticos y que llevaba prácticamente 2,000 años sin cambiar, sin avanzar. Y al hacerlo como un insignificante profesor de matemáticas, vendría a revolucionar el pensamiento, creando quizás la nueva escuela con mayor desarrollo nuestra era. Es la filosofía analítica. Ojo y muy importante para este vídeo, no sé si lo has notado, pero ese impacto no es solo filosófico, sino también tecnológico. La relación lógica matemáticas es la base del álgebra de Boole y por lo tanto de los ordenadores modernos. Puede que no haya filósofo con más incidencia práctica en la historia que Gottlob Frege. Y aunque hoy admiramos sus grandes logros, en su tiempo Frege vivía batallando contra sus críticos, luchando para que algunas de sus ideas fueran tomadas en serio, y habría muerto así en desdicha, sin ninguna relevancia y trascendencia si por casualidad no hubiera topado con sus textos una de las grandes figuras del siglo XX, nada más y nada menos que el inglés Bertrand Russell. 

Hablamos quizás del último intelectual icónico que nos ha dado este mundo. Y es que Bertrand Russell lo fue todo, matemático, lógico, filósofo, físico, activista. Es que tiene incluso un Premio Nobel y es que no adivinas en qué. Pues sí, en literatura. Su vida es verdaderamente fascinante. Nace en 1872 en Monmouthshire, Inglaterra. Lo haría como tercer conde de Russell, perteneciendo a una de las familias aristocráticas más importantes del Reino Unido, con un linaje envidiable. Y es que no solo era hijo del vizconde de Amberley, John Russell, sino que además tenía un buen padrino intelectual. Era ahijado del filósofo utilitarista John Stuart Mill. Y aunque con esta cuna hay influencias y además británico tú te lo puedas imaginar ahí a Russell con traje ahí como un pitiminí tomando el té de las cinco, nada más lejos de la realidad porque nuestro amigo fue un auténtico reformador social, pacifista, antiimperialista en la época de las potencias europeas. Tan molesto era que acabó en la cárcel seis meses por manifestarse contra la primera guerra mundial. Fue contrario a las armas nucleares, defensor del liberalismo y de las políticas sociales, contrario a los regímenes totalitarios y al estalinismo.

Y, ojo, abiertamente partidario de la libertad sexual y los derechos de las mujeres a inicios del siglo XX. Y además su activismo lo ejercería hasta el mismo momento de su muerte 1970. Es decir, este señor con 90 y pico tacos aún tenía fuerzas para manifestarse contra la guerra de Vietnam. Y como científico y filósofo, ¿qué tal? pues fue uno de los mejores de todos los tiempos, creando toda una obra magna a la altura de los Elementos de Euclides o los Principia de Newton, la que estaba llamada a ser la Biblia de las matemáticas, eran sus principias matemáticas. Aunque eso en realidad mejor lo vemos después para centrarnos en otra de las grandes aportaciones de este genio, dar a conocer al mundo, la figura de Gottlob Frege. Cuando en el año 1900, por pura casualidad, Bertrand Russell entra en contacto con los escritos de Frege, un profesor universitario totalmente desconocido, irrelevante, huraño, cuyos escritos no los leía nadie, pues ahí Bertrand, que era un genio, se da cuenta de que ahí hay oro, oro puro. Frege, se da cuenta Russell, ha descubierto una mina para la lógica, para la matemática y para la filosofía. Por no hablar en general de para el saber humano. Russell tiene 28 años, Frege 52. Así el joven matemático decide hacer suyo el proyecto de su mentor, el proyecto logicista.

Fundamentar toda la matemática en la lógica. Su gran aportación en esta dirección es lo que llamó el atomismo lógico, rompiendo una tradición de siglos desde Aristóteles y Platón hasta nuestros días. El mundo para Russsel no estaría hecho de sustancias o cosas, sino de hechos. ¿Y cómo se forma el mundo con hechos? ¿Te dirás? Pues en este atomismo lógico, en lo real, los hechos, que son complejos, se forman por dependencia de combinaciones lógicas de hechos simples. Así hay que imaginar una lógica mapeada en mi pensamiento y en mi lenguaje, de manera que ahora mis proposiciones son un reflejo del mundo y puedo expresar con ellas la misma realidad. Russell está creando una correspondencia estructural entre lenguaje y mundo, que sería la estructura fundamental tanto del pensamiento como de la realidad. Ojo, esto no significa algo tan loco y new age como que nuestro lenguaje moldea nuestra realidad. No, no, no es para nada. La realidad está antes del lenguaje. Lo que realmente ocurre es que nosotros podemos participar de esa estructura. Podemos conocer a través de nuestros pensamientos y nuestro lenguaje cuál es esa estructura de lo real. Y, en última instancia, esa es la razón por la que podemos hacer ciencia. 

Bien, con esto Russell está cumpliendo el programa de Frege, está limpiando la filosofía de esas propuestas de carácter mental o espiritual, haciendo que el mundo, en el fondo, ya no dependa de estructuras del pensamiento, de la conciencia, como ocurría con el idealismo de Hegel o de Fichte. Sí, en esta nueva filosofía, la analítica, nos alejamos de la metafísica. La filosofía está reducida a los límites de la experiencia. Solo nos cabe hablar en clave científica. Comte estaría orgulloso. Y si Frege tuvo un alumno que tomó su renovación filosófica y la amplió, que fue Russell, este tendría otro discípulo a su vez que lo superó y llevó a término las ideas del maestro. Nada más y nada menos, atentos, que Ludwig Wittgenstein, un personaje que no solo rivaliza con Russell en genialidad, también lo hace en excentricidad y extravagancia. Ludwig nace en Viena, Austria en 1889.

De nuevo, como Russell sería hijo de alta cuna, en este caso él lo fue de un magnate del acero, una de las mayores fortunas del mundo. Y su vida, como dije, está marcada por la excentricidad.

Renunció a la enorme herencia de su padre para retirarse a vivir como un pobre en una comarca rural trabajando de profesor de escuela. Pero como su carácter no iba con la paciencia de un profesor, acabó de dejar dinero en un monasterio. Se alistó voluntariamente en la Primera Guerra Mundial. 

Tuvo grandes ideas. Peleó vigorosamente con sus compañeros, tuvo muchísimos seguidores. Se vuelve también a retirar otra vez del mundo académico. Ejerce como camillero en la Segunda Guerra Mundial, incluso diseña una casa vanguardista: como ven, una vida de película. Incluso como anécdota en Viena estudió en la misma clase que Adolf Hitler, por cierto, algo atestiguado por una fotografía.

Pero, especialmente significativo para este vídeo, es un capítulo que ocurrió en su juventud antes de todo eso de las peleas y sus retiros, la guerra mundial y todo eso.

Es en Jena, Alemania, 1911. Frege conoce a Wittgenstein y queda tan impresionado con él que lo encomienda a su discípulo Russell en Cambridge. Allí llega entonces el joven Wittgenstein como pupilo del gran hombre y se forja a una de las conexiones intelectuales más ricas y conflictivas de la historia.

Russell rápidamente se da cuenta del brillo de su alumno y comienza a verlo y tratarlo como su heredero intelectual. Pero Witgenstein es un genio indomable. Es brillante, mucho, como ninguno, pero también arrogante, obsesivo y dominante. Discute a gritos con sus compañeros hasta incluso llegar a lo físico. Una vez, en plena pelea, levanta un atizador para el fuego contra Karl Popper y tendría que intervenir el propio Russell para que no pasara nada. Entonces, en 1914, estalla la Primera Guerra Mundial y profesor y alumno se separan. Wittgenstein recuerda sus orígenes y vuelve a casa. Y aquí viene uno de los capítulos más locos de la historia del pensamiento. Witgenstein se alista voluntariamente con el rango más bajo como artillero para el imperio austro-húngaro. Pero una vez iniciada la contienda, se dirige a sus superiores. Pide más. Quiere ubicarse en el mismo frente. Quiere, dice literalmente, mirar la muerte a los ojos. Y ahí lo colocan en el lugar más peligroso de todos: el regimiento de obuses en el frente oriental durante la brutal ofensiva de Brusílov de los rusos. Su misión era cruzar la tierra de nadie, expuesto al fuego de la artillería intenso bajo disparos constantes. Wittgenstein, imperturbable, muestra un desprecio casi suicida ante la vida, pero milagrosamente escapa de la muerte. Es así como llega al frente italiano, donde actúa otra vez más con sangre fría y heroísmo, grandes dotes de liderazgo y también compañerismo, siendo condecorado por su increíble valentía. Pero en lo que igual no me vas a creer es que en ese estado de estrés extremo, rodeado de muerte, dolor, hambre, suciedad y miseria, jugándose la vida en cada instante, tendría tiempo para pensar y para escribir sobre filosofía, sobre la realidad y sobre el mundo. Ahí mismo, en las trincheras, daría forma a una de las obras más importantes de la historia de la filosofía; pero espera, que todavía hay un giro más épico. Tras la guerra, Wittgenstein sería capturado por los italianos y confinado en un monasterio donde daría forma final a este libro. Ese lugar no sería otro sino el monasterio de Montecassino en Italia, justo el mismo donde el gran Tomás de Aquino había vivido y desarrollado la obra de su vida, la Suma teológica. En ese mismo lugar, 700 años después, se escribía una obra con no menor trascendencia. Es el Tractatus logicus-filosoficus, una obra maestra, una de las más influyentes de la historia.

Pero, ¿qué dice Wittgenstein en esta obra? Pues con un estilo muy peculiar, casi científico, en proposiciones más bien aforísticas, Wittgenstein continúa el trabajo de Russell y lo lleva a sus últimas consecuencias. Parte de su "el mundo es un conjunto de hechos, no de cosas", y le hace corresponder una estructura lógica, una forma lógica, de tal manera que los hechos en ese espacio lógico son el mundo. Además, añade una teoría figurativa del significado.

Nosotros nos hacemos figuras de los hechos tales que se crea una correspondencia perfecta, haciendo que pensamiento, lenguaje y mundo se entrelacen. No se puede de alguna manera pensar en algo que no se pueda decir o decir algo que no se pueda pensar. Hay una interrelación fundamental entre lenguaje y pensamiento fundamental. Son inseparables. Es más, también lo conecta con la realidad. Mundo, pensamiento, lenguaje. Están anudados en un isomorfismo porque los tres ámbitos, las tres esferas son capaces de expresar una misma figura. Pensamiento, lenguaje, mundo, están en correspondencia. Algo que se puede resumir en una cita, quizás una de las más grandes de la historia: Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

Definitivamente, Wittgenstein logra el gran objetivo de la filosofía analítica, llevándolo a su culmen, limpiar el pensamiento, la filosofía de falsos argumentos, lo que aglutina en su último aforismo, también histórico: De lo que no se puede hablar es mejor callar.

Wittgenstein, después de la guerra, publicaría el Tractatus y se retiraría de la filosofía. Qué arrogancia. Para él estaba ya todo dicho, todo acabado, tenía solo 32 años. Y aquí lo dejamos por un lado a Wittgenstein ahí saliendo de la guerra y publicando el Tractatus. Ya volveremos a él. 

Pues bien, en 1919 termina la guerra y tenemos estas nuevas ideas muy radicales y muy brillantes, pero que vienen de un joven excéntrico y problemático de muy mal carácter y en un estilo tan raro, tan peculiar. No parecía fácil que fuera a triunfar. De hecho, quizás no hubiera cuajado tanto si no hubiera sido absorbidas estas ideas por uno de los entornos intelectuales más importantes de su era.

Ocurrió en el ambiente de posguerra, en una de las capitales mundiales de la cultura y del saber, la agitada Viena del año 1920. Allí mismo, un filósofo, Moritz Schlick, comienza a reunir un grupo de intelectuales por las cafeterías de la ciudad. El grupo poco a poco se va consolidando, formándose un polo, un núcleo de opinión que da lugar a una famosa escuela. Era un grupo voluntarioso, numeroso, activo, prominente y muy beligerante. Es el círculo de Viena. Pues ahí lee la obra de Wittgenstein y quedan maravillados, dando lugar a un nuevo movimiento filosófico, el neopositivismo o empirismo lógico. Un movimiento que sigue la tradición desde Comte hasta Wittgenstein, llevándolo todo a último término. Es el programa de la filosofía analítica. Un conocimiento solo tiene sentido si puede relacionarse con la experiencia observable. Aunque en esa época no era la única filosofía en Europa, pues su rival, lo que vendría a llamarse la filosofía continental, es más metafísica, con raíces en el pensamiento fenomenológico de Husserl y más tarde de su alumno Heidegger. Esta filosofía continental le plantaba cara dando lugar a intensos debates sobre el fundamento de la filosofía. Sí, la analítica fue la dominante, en especial tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial. Los analíticos se consolidarían extendiéndose sus partidarios por las principales universidades europeas, dominando así el debate intelectual y llevando la filosofía analítica a su auge en influencia. Y su precepto, mundo, pensamiento, lógica y lenguaje son uno. 

Bien, pues con esto en mente ya estamos listos para juntar todo y dar el salto para entender el germen de la inteligencia artificial y para eso merece la pena detenerse a conocer y descubrir la figura capital en esta historia del que es el protagonista absoluto de este vídeo. El inglés Alan Turing nace en Londres en 1912. Fue verdaderamente un niño prodigio, tal que a los 6 años ya leía libros avanzados de ciencia y a los ocho resolvía problemas complejos de aritmética. Un genio brillante y obstinado. Sí, se cuenta que en 1926, 13 años tenía, era tal su pasión por aprender que, cuando el primer día de clase coincide con una huelga general y no podía viajar en tren, al tener que ir desde Southampton hasta Dorset, al chaval le dio igual. No pasa nada: toma una bicicleta y recorre en solitario con 13 años los más de 90 km a través de campo inglés para no perderse en las clases. ¿Harías tú algo así? Pues bien, su genalidad era absoluta, tal que lo haría destacar en cada momento de su vida, siendo profesor en la Universidad en el Kings College de Londres con solo 22 años. Tras eso, pasó años en Estados Unidos investigando la famosa Universidad de Princeton, donde acabaría su carrera Einstein, por cierto, dando en este tiempo a un joven con importantes desarrollos matemáticos. Pero en 1938, con el doctorado terminado, decide volver a Inglaterra, a Cambridge y allí se da el providencial encuentro. Turing coincide con el gran Ludwig Wittgenstein. Allí discuten, como no puede ser de otra manera, en un desencuentro bien airado sobre la verdad absoluta de las matemáticas. No hay duda de que alguna manera las ideas de Wittgenstein tuvieron que influir en el joven Turing. Entonces, 1939, ya sabes lo que ocurre: sobreviene la Segunda Guerra Mundial y tiene lugar ese interesantísimo y prodigioso capítulo de la historia que algún día les contaré con detalle porque es fascinante. Una de las claves para que los aliados ganaran la Primera Guerra Mundial fue el control comercial marítimo, principalmente otorgado por la preeminencia naval de Inglaterra sobre los países del eje. Así pudieron soportar una larga y terrible desgastante guerra sin sufrir un colapso económico total. Y esto gracias al comercio, principalmente con Estados Unidos. 

En 1939, aprendida la lección, Hitler desde el inicio de la guerra quiere aprender de errores pasados. Para dejar a Inglaterra atrás hay que cortar sus vías de suministro, y desarrollaron toda una escuadra de u-bots, submarinos terribles que campaban a sus anchas indetectables por todas las rutas marítimas del canal, hundiendo cada barco mercante que se cruzaban. Causaban pánico entre los aliados y verdaderos estragos. Totalmente, el esfuerzo de la guerra implicaba para Gran Bretaña la importación de 30.000 millones de toneladas al año. Pues bien, estos u-bots consiguieron que a las islas solo llegaran 200.000 toneladas, ni un 1%. Algo catastrófico.

Pues para evitar el colapso había que hacer algo. La solución era intervenir las comunicaciones nazis para anticipar sus movimientos y acabar con los submarinos. Algo que no era nada trivial. Y es que ahí se daba otro de los grandes avances científicos de los nazis. Era en criptografía: habían creado una máquina que producía un código indescifrable. Lo hacían usando una famosa máquina que conocían como Enigma, que ellos suponían completamente inquebrantable.

Inglaterra, viendo la importancia estratégica de interceptar esos mensajes, inicia un esfuerzo único en la historia. Coloca un anuncio, se buscan matemáticos, pero también jugadores de ajedrez, expertos en acertijos, problemas, gente en general que se le den bien los juegos lógicos o matemáticos y los puso a todos juntitos en un lugar secreto. Sería al norte de Londres en Buckingham, en una preciosa mansión modernista en Bletchley Park.

Turing acudiría al llamado y entre ellos sobresaldría como el mayor genio. Con su aportación, y la de otros matemáticos, consiguió romper el código enigma a tiempo, dando una ventaja estratégica a los aliados muy difícil de cuantificar.

Seguramente podamos hablar sin miedo a equivocarnos, de que salvó millones de vidas. ¿Quién sabe si incluso más? Esta historia es relevante porque el problema lo resolvió gracias a la codificación de una máquina electromecánica, como una especie de ordenador primitivo. Ellos la llamaban The bomb. Pero la guerra acabó, por suerte para los aliados, con victoria. Y tras este esfuerzo tremendo en Bletchley Park toca volver a la vida normal. Y Turing lo haría volviendo a las matemáticas. Así condensa todas las ideas geniales que había ido labrando en esos años de guerra en varios artículos, pero en particular en un artículo histórico. 

Vería la luz en 1950, titulado Maquinaria computacional e inteligencia. Este artículo arranca con la interesantísima pregunta, muy pionera para ese momento histórico. Recuerda, 1950. ¿Acaso las máquinas pueden pensar? Lo curioso del caso es que Turing desde el mismo inicio del artículo cambia esta pregunta, por ser esquiva y difícil, por otra, que él piensa que es equivalente: ¿Puede una máquina comunicarse como si fuera un humano? Vean, dense cuenta de la tremenda influencia en Turing, ya en este punto inicial de la filosofía analítica y en particular de Wittgenstein. Lenguaje es pensamiento.

Así nace el famoso test de Turing como parte de un juego que llamó el The Imitation Game, el juego de la imitación. Una máquina y un humano escondidos hablando. ¿Puede un interrogador externo distinguirlos? Saber cuál de los dos es la máquina. Para Turing, si la máquina habla como un humano, entonces piensa como un humano.

Así, al final de este artículo se hace la pregunta clave. Si una máquina piensa, puede entonces aprender. Como vemos en este apartado de aquí, el último, Turing lo dice explícitamente, ve la mente como una cebolla con capas donde cada capa realiza una tarea mecánica.

Toda la mente en conjunto sería también mecánica. Es lo que hoy llamamos la teoría computacional de la mente. Tanto lo veía así que incluso le estima una capacidad de memoria y de cómputo como si fuera un ordenador. Por tanto, para Turing es una cuestión de tiempo encontrar la forma de programar esas máquinas para que piensen como humanos.

Turing está dando nacimiento a la inteligencia artificial. Turing está marcando una dirección de investigación, pero noten en cada punto la influencia brutal de Wittgenstein y la filosofía analítica en todo ello. Esa conexión lenguaje, lógica, mundo. La mente dice Turing es solo una máquina de procesar.

No hay más. Por cierto, la vida de Turing poco después tendría un final con un giro dramático. Tras la guerra no recibió el trato de héroe que merecía. El trabajo de Bletchley Park era secreto durante esos años. En cambio, sufrió una persecución por algo totalmente ajeno a su investigación, a sus ideas. Era algo personal, su homosexualidad. Fue tratado como si fuera un enfermo. Así le dieron a elegir entre prisión o tratamiento de choque y eligió lo segundo. Ante los desagradables efectos de este tratamiento que estaba teniendo en su cuerpo, pero también en su mente, decidió mejor acabar con su vida mordiendo una manzana con cianuro. Era 1954, tenía solo 40 años y quizás se nos fue sin nunca darse cuenta del impacto que tendría su obra en el mundo. Sus sueños de computación y la inteligencia artificial vendrían a revolucionar cada aspecto de nuestras vidas, de tal manera que hoy no podemos imaginar cómo sería el mundo sin esas tecnologías, sin el trabajo de Turing. Y fueron tras él varios los científicos que recogieron sus frutos convirtiendo sus ideas precursoras en realidad. John von Neumann, Cludon o John Backus hicieron en realidad la computación tal y como él la había ideado, dando lugar con los años a los computadores modernos. Pero especial relevancia tendría en esta historia el giro en computación que él es el primero en proponer cuando tomando la teoría computacional de la mente, imagina máquinas capaces ya no solo de computar, sino también de aprender, imitando con ello al cerebro humano. Un amigo de Turing, también de Bletchley Park, con quien de hecho pasaba horas allí jugando a la ajedrez, hablamos del británico Irving John "Jack" Good. Tras la guerra, como tantos científicos europeos, Good da el salto a Estados Unidos. Allí, ubicado en la Universidad de Virginia, extrapola el trabajo de Turing sobre inteligencia de las máquinas para idear algo increíble. Si una máquina puede pensar como un humano, puede hacer cosas propias de los humanos: puede rebasar con amplitud las actividades intelectuales de cualquier hombre, por listo que este sea. Puesto que el diseño de las máquinas es una de esas actividades intelectuales, la máquina ultrainteligente podría diseñar máquinas aún mejores. Es incuestionable que seguiría una explosión de inteligencia y que la inteligencia humana quedaría muy atrás.

Good crea un nuevo término, la ultrainteligencia, y un nuevo escenario, la explosión de inteligencia. Un camino creciente, acelerado, disparado desde una inteligencia de máquina artificial hacia la superinteligencia. Más tarde, un informático de la UCLA, Vernor Vinge, influenciado sin duda por Turing y por Good, en una obra de ciencia ficción de 1986 le da nombre a este fenómeno. Es la singularidad. Ya se ha sembrado un escenario apocalíptico. El ser humano crea un ordenador por pasos progresivos lo va dotando de capacidades humanas.

Llegado un punto, esta tecnología se vuelve inteligente y ahí toma el control. La máquina empieza a ser máquinas cada vez más inteligentes hasta que eventualmente supera la capacidad humana. Pero no se detiene. Sigue en esta escalada de inteligencia vertiginosa exponencial hasta llegar un punto en el que el humano ya no entiende nada. Ninguno de los conceptos de la máquina. y se dispara hacia la superinteligencia, la inteligencia suprema. En ese momento dejamos de ser nada, nos extinguimos. Bien, llevamos, no sé, unos 30 minutos hablando y ya podemos trazar un recorrido secuencial de todo lo que ha ocurrido en este camino de 200 años de Comte y su positivismo, ese proyecto filosófico científico, la tradición analítica de Frege, Russell y Wittgenstein, que establece una relación unívoca entre matemáticas, lógica, pensamiento y mundo. El mundo es entonces computable, algo que inspira a Turing a imaginar una máquina que puede imitar a un humano, lo que crea una nueva área, la inteligencia artificial. El amigo de Turing, Good, extrapola la idea hacia la superinteligencia. Vinge le da nombre, Nick Bostrom y otros lo popularizan. Y con ello tenemos ese escenario, el del apocalipsis. Las máquinas destruyen la humanidad dando pie a ese manifiesto de Dario Amodei, alertando sobre el peligro de las máquinas y la necesidad de ralentizar el proceso. Y hasta aquí todo bien y espero que no se me malinterprete en lo sucesivo. Este recorrido de 200 años tiene sentido y funciona, pero saben qué, no convence. A mí al menos no. Y sé que muchas otras personas tampoco, porque hay una larga lista de expertos, investigadores, ingenieros, científicos que son críticos y escépticos, que ven importantes fallos en esta cadena de pensamiento, fallos que destruyen esta lógica y, por tanto, sus consecuencias, la apocalipsis de la inteligencia artificial. 

Pero es más, estos escépticos piensan que con esta forma de argumentar, no científica, puramente filosófica, se puede hacer mucho daño. Más predijo la aparición de una IA superinteligente en 2025. Darío Amodei predijo que a partir de 2026 la IA duplicaría la esperanza de vida humana hasta aproximadamente los 150 años. Y Altman predijo que los agentes de IA cambiarían sustancialmente la producción de las empresas en 2025. Tres predicciones que de lejos no se han cumplido. Es decir, los seguidores de este pensamiento hacen declaraciones que elevan el status de las máquinas de forma artificial. Alimentan esperanzas mesiánicas sobre su funcionamiento. Inflan la voraz codicia de inversores, creando falsas expectativas que llevan a una burbuja. Nadie se quiere quedar fuera del siguiente avance. Se apuesta todo a doble o nada. Cuando llegue ese momento disruptivo que todos esperan, nadie quiere quedarse fuera. Un nuevo fármaco que cure el cáncer, una solución al problema de la energía en el mundo, un material superconductor, una crema que prolongue la vida. Promesas, promesas, promesas que nunca llegan y con ello no hay el retorno esperado. Se frustra la inversión, se estanca la industria generando una tremenda caída y una crisis financiera. Y todo bajo unas premisas que no son científicas, con afirmaciones que tampoco son científicas. Quizás todo el programa desde Comte pasando por Turing hasta hoy esté errado. Quizás la mente no es replicable en una máquina. Y lo peor de todo es que esto no es una sospecha nueva. 

Hay indicios de ello por al menos unos 100 años. Volvemos a viajar en el tiempo, año 1900. Estamos en Gotinga, Alemania, la capital mundial de las matemáticas porque por allí pasaron gente como Gauss, Bernhard Riemann o Emmy Noetther. Y por aquel entonces allí residía el mayor genio vivo de las matemáticas. Se trata del alemán David Hilbert. Hilbert, que por cierto tiene una historia muy parecida a la de Open AI con su problema del milenio, pero en este caso con la relatividad de Einstein. Bien, pues Hilbert es una verdadera institución en esto de las matemáticas, uno de esos que crea escuela, que marca tendencia y su visión en ese año de cambio de siglo 1900 no puede estar más alineada con la escuela analítica de Frege. Para Hilbert, declarado formalista, todos los sucesos se pueden convertir en operaciones basadas en normas que produzcan una verdad matemática tras otra. Nada puede escapar al alcance de la lógica matemática. Cualquier pensamiento, cualquier razonamiento, tendría que tener un respaldo matemático lógico y con ello se podría alzar un edificio matemático entero basado en reglas solo matemáticas, cerrado sobre sí mismo, regido solo por estas normas. Estaría apoyado en unos pocos axiomas para dar cuenta con ello de todo lo que ocurre en el mundo. La verdad o falsedad de cualquier afirmación sería una cuestión de matemáticas. La inteligencia, un proceso, el universo, un mecanismo. Él lo creía y estaba dispuesto a retar al mundo entero así demostrarlo. Así que ese mismo año 1900, Hilbert aprovecharía la celebración del segundo congreso internacional de matemáticos en París para mandar un órdago al mundo entero.

Lo haría en forma de desafío. Si su programa es correcto, puede demostrarse que lo es. Pues bien, el desafío iba por sahí y consiste en tres partes para completarse. 

Uno, demostrar que las matemáticas son una disciplina completa.

Dos, que las matemáticas son consistentes. 

Y tres, que las matemáticas son decidibles.

Un plan maestro que esperaba la genialidad de un matemático para mostrarse verdad y cumplir de esta manera el sueño del formalismo, el sueño de Hilbert. Y ese genio no andaría lejos de ahí, solo a pocos cientos de kilómetros. Pero lo que nadie esperaba, menos aún Hilbert, es que conseguiría completar el proyecto de Hilbert, pero con respuesta negativa. No, las matemáticas no son completas ni consistentes. Pero, ¿cómo? Bueno, no nos adelantemos porque esta es una historia tremenda que merece ser contada poco a poco y es que contiene un giro dramático, trágico, tremendo. Así que empecemos como siempre dando otro saltito en el tiempo para, aunque no te lo creas, revisitar algunos de los protagonistas que ya hemos conocido. Volvemos a Frege, volvemos a Russell y volvemos a Wittgenstein. 

Recuerda la historia. Frege es ese matemático huraño, frustrado porque el trabajo de su vida, encontrar un paralelismo entre matemáticas y lenguaje, no está siendo reconocido. Entonces aparece uno de los mayores genios de su generación, el aristócrata activista Bertrand Russell y ven el trabajo de Frege oro puro. Comienzan a cartearse. Russell le pide todo su trabajo por escrito y hace suyo el programa de Frege. Pues bien, Russell se empeña en respaldar la obra de su admirado mentor con su gran formación científica para avanzar en esa correspondencia entre matemáticas y lógica, cuando de repente encuentra algo horrible, abominable. ¿Qué? ¿Un zombie, un virus mutante? No, no, algo peor. Peor para un matemático, claro, encontró una contradicción lógica insalvable. Pongámonos en situación porque es teatral. Russell, totalmente imbuido del programa logicista de Frege, se embarca en la obra capital de su vida. Un esfuerzo titánico sin igual. Sería un trabajo monumental que llamaría Principia mathematica. un eco de Newton, formando tres volúmenes para demostrar que toda la matemática se puede derivar de la lógica pura. Su idea era ir partiendo de axiomas básicos para ir poquito a poquito deduciendo todo. Un trabajo de hormiga, la Biblia de las matemáticas. Y para serlo usaría una nueva área de las matemáticas que había recientemente inventado otro genio de la historia, George Cantor, es la teoría de conjuntos. Pues bien, en el transcurso de sus investigaciones con teoría de conjuntos, de repente Russell da con una aberración, algo verdaderamente terrible.

Yo te lo voy a soltar plenamente así, sin anestesia. No te asustes porque yo sé que no vas a entender nada. Calma, porque yo te prometo que cuando te lo explique bien sí lo vas a entender.

Russell, de repente se hace la pregunta, ¿el conjunto de los conjuntos que se contienen a sí mismo se contiene a sí mismo? Bueno, bueno, bueno, paciencia, que sí, te lo prometo, lo vas a entender. Yo te lo traduzco. Imagina un barbero que pone un cartel en su escaparate. Aquí se afeita a todos los que no se afeitan a sí mismos. Y bien, no pasa nada. Cualquier persona, básicamente pasa por ahí y puede entrar a que la afeiten porque no se afeita a sí mismo, así que lo puede afeitar el barbero, pero igual te has percatado de que aquí hay algo que falla porque y ¿quién afeita al barbero? Problema porque si lo afeita a otra persona, entonces no se está afeitando a sí mismo, por lo que debería ser afeitado por él. Pero si entonces afeita a él, problema, porque él solo afeita a quien no se afeita a sí mismo.

Paradoja, contradicción, caos. En realidad, esto no es sino otra versión de la famosa paradoja del mentiroso que ya se planteaba muchos años atrás en la antigüedad, Eubulides de Mileto en el siglo IV antes de Cristo. Y de esta forma, si yo digo "todos los cretenses son mentirosos" y yo soy cretense, entonces tenemos un problema, porque si digo la verdad entonces soy mentiroso, pero si digo mentira entonces la frase es verdad. Estamos ante una contradicción.

¿Vale? Pues esto con ejemplos es básicamente lo que decía antes Russell de que los conjuntos de los conjuntos que no se contienen todo ese rollo, pues es básicamente eso, demostración de un problema que muestran todos los sistemas autorreferenciales, se referencian a sí mismos. Y aquí es donde entra el drama de la historia. Por aquel entonces, Frege, su maestro, acababa de concluir la obra maestra de su vida a la que le había dedicado toda su carrera. Eran los Fundamentos de la aritmética, donde él pensaba que había creado los cimientos de la matemática entera a través de una teoría de conjuntos coherente. Sí, algo similar a lo que estaba intentando Russell por su cuenta. Pues bien, en 1902, con el libro ya en la imprenta, Frege recibió una carta urgente de Russell: ha encontrado una contradicción insalvable en las matemáticas. Ah, qué desastre es el fin de toda la estructura lógica de su teoría. El trabajo de toda su vida arruinado. Frege se limitó a expresar: "Difícilmente puede un científico tener que afrontar nada más indeseable que ver hundirse los cimientos justamente cuando da fin a su obra."

Russell desarrolló sus Principia mathematica con otro lógico, Alfred Whitehead, ya sabiendo, claro, por supuesto, su propio descubrimiento, la existencia de este tipo de conjuntos, por lo que quiso protegerse ante este problema. Pero lo consiguió solo de forma artificial. La teoría de Russell y Whitehead era coherente por decreto, no por construcción. Es decir, no funcionaba el truco. Y así tuvo que parecer otro genio brutal que retomando el problema de Hilbert diera con el origen de estos fallos. Este genio no era otro sino Carl Frederich Gödel. 

A la altura de los otros que ya vimos, Gödel no se queda atrás. Tremendo personaje. Nacido en la actual República Checa 1902. En ese momento parte del imperio austrohúngaro. Aunque Gödel quiso ser físico teórico, acabó estudiando matemáticas en Viena. Estamos para que te sitúes hasta el año 1920. Y sí, ahí te va la pregunta, ¿qué está pasando en 1920 precisamente en Viena? ¿Recuerdas? Pues sí, Schlick ya había fundado el Círculo de Viena, ese grupo filosófico que tomaría las tesis de Wittgenstein y con ellas fundaría el empirismo lógico o neopositivismo. Así que era cuestión de tiempo que este genio matemático se interesara por la lógica e ingresara en este club precisamente aprendiendo estas matemáticas y esta lógica con dos de sus ilustres miembros. Y en esas clases pues estudiaría las obras de Russell, introduciéndose en el logicismo del maestro. Pero entonces ocurre el giro tras leer la obra de Hilbert, recuerden, ese gran matemático de Gotinga que había establecido en 1900 el gran desafío de mostrar las matemáticas como un corpus completo, Gödel se lanza a resolver las tres proposiciones. Recuerden: demostrar que las matemáticas son una disciplina completa, que son una disciplina consistente y que las matemáticas son decidibles. Inspirado en el trabajo de Russell que había estudiado y por tanto también en su famosa paradoja, con solo 23 años da con uno de los resultados más imprevistos, más chocantes y más misteriosos de la historia. Contrario a lo que todos esperaban, Gödel deshace el programa de Hilbert, lo rompe en pedazos, lo hace añicos, lo destruye. En particular carga las dos primeras proposiciones de su programa. Las matemáticas no son completas, no son coherentes. Gödel, con sus dos teoremas, que hoy se conocen como teoremas de incompletitud, demuestra que todo sistema formal, como el matemático o el informático, tendrá proposiciones verdaderas que no se pueden comprobar dentro del mismo sistema. Hay contradicciones en matemáticas, afirmaciones que si son ciertas son indemostrables. Los sistemas puramente formales tienen límites. Ese es el fin del proyecto formalista. Una contradicción. Así acaba con todo.

Estamos en el año 1931. Las matemáticas han recibido un gran mazazo, que por cierto Gödel tampoco podía fallar a la conexión de genialidad y excentricismo que hemos visto por aquí. Tras la guerra mundial va a Estados Unidos, como tantos científicos, residiendo en Princeton, investigando en esa famosa universidad. Allí se hizo muy amigo de Albert Einstein, con quien realizaba largos paseos hablando de su primer amor, la física, dando con importantes resultados en relatividad, por cierto. Pues bien, poco a poco se fue aislando, cayendo en un pensamiento paranoico, se sentía perseguido. Ante una enfermedad de su esposa que tuvo que ser ingresada, se negó a comer por temor a ser envenenado. En sus últimos días pesaba 29 kg. Pero tras esta triste nota, volvemos a la cuestión. ¿Y acaso nadie vio que esto de la incompletitud de Gödel era un indicativo quizás de que algo iba mal en este programa logicista? Pues la verdad es que sí. De hecho, quién recogería el guante sería nada más y nada menos que el propio padre de la inteligencia artificial, Alan Turing. 

Estamos en 1936. Han pasado 5 años desde el resultado de Gödel. Turing está en Cambridge. Ya vimos que influenciado por el trabajo de Wittgenstein. Son años previos. Aún no han llegado sus tiempos en Bletchley Park con el código Enigma. Es entonces que Turing se entera del trabajo de Gödel y queda entusiasmado. Así publica en 1936 un artículo, Números computables.

Turing descubre que el uso del autorreferencia se podría aplicar también al tercer punto del programa de Hilbert. Parecía indicar este trabajo que no es posible en ningún proceso de decisión universal. Era la última puntilla contra el formalismo, el sueño de Hilbert. 

Paradójicamente, en este trabajo intentando demostrar que las matemáticas no son completas, Turing inventó una máquina determinista que hoy conocemos como máquina de Turing y es el precursor de la computación, de la ciencia como computación. Qué irónico es el mundo, ¿verdad? Pero, aunque Turing estaba iniciado en esta vía de contradicción, la experiencia en Bletchley Park con la máquina Enigma cambiaría su visión usando uno de los pasatiempos favoritos de Turing esos años: el ajedrez. Como analogía, Turing imagina que cualquier otra situación de la vida es equivalente a un juego con reglas como el ajedrez y por lo tanto se puede computarizar. Llegamos así a los años 50 donde Turing publica ese artículo fundamental en el que da origen a la inteligencia artificial, ese del que ya hemos hablado, ese en el que establece que la mente es una máquina. Y aunque a partir de entonces y antes ya había importantes voces clamando lo contrario, empezando por John von Neumann, un genio matemático húngaro que por cierto participó en el proyecto Manhattan y también (curioso) uno de los padres de computación. Pues bien, von Neumann argumentó en contra de esta vía, subrayando las diferencias entre la forma en que un humano procesa la información y cómo lo puede llegar a ser una máquina o incluso más recientemente alguien tan grande y tan importante como Roger Penrose. Sí, el compañero de Hawking, uno de los padres de los agujeros negros y matemáticos más importantes de nuestra era, Premio Nobel, por cierto, en física. Pues bien, Penrose, recientemente y curiosamente basándose en el trabajo de Gödel y también en la mecánica cuántica, ha querido argumentar las diferencias en la forma de procesar la información de un cerebro biológico y una máquina. Y estos son argumentos interesantes, pero en realidad filosóficamente el germen de la discordia ya lo había sembrado mucho tiempo antes uno de los padres del propio proyecto logicista de la filosofía analítica, el genio Ludwig Wittgenstein. 

Recuerden dónde lo habíamos dejado con él. Wittgenstein va a la guerra, escribe el Tractatus, lo publica y piensa que la filosofía ya está acabada, que no hay nada más que hacer.

Así que renuncia a la herencia millonaria, deja la universidad y se retira al monte a vivir de maestro de niños y jardinero como un auténtico ermitaño. Pero entonces, boom, hacia 1929 decide regresar al mundo, a Cambridge y parece ser que lo hace con un nuevo pensamiento. La experiencia de la guerra produce un vuelco diferente a sus pensamientos. Además, esto se apoya en fallos lógicos que encuentra en su santerior proyecto, en su Tractatus, y empieza a repudiarlo. Así busca nuevas ideas que comienza a compartir en sus clases en Cambridge. Ideas que nunca llegó a publicar completas, pero fueron recogidas dando lugar a su otra obra, la segunda, Investigaciones Filosóficas, otra auténtica obra maestra, pero tan distinta a la anterior, tan radicalmente distinta que los expertos, los filósofos, coinciden en distinguir dos Wittgenstein. Está el primer Wittgenstein y está este, el segundo Wittgenstein. Y este segundo Wittgenstein es un kamikaze, es un destructor, es un suicida yendo absolutamente directo contra los preceptos de su otra obra, su Tractatus, que ahora juzga como demasiado reduccionista. Wittgenstein se da cuenta de que en su primera filosofía, en su primera etapa, había simplificado en exceso la relación entre el lenguaje y el mundo, que las palabras no se relacionan entre sí de una manera uniforme, que no se puede justificar que el acto de comprender o el acto de significar sea un proceso interno o meramente mental, privado, y, más aún, que significa una expresión dependa de imágenes mentales. Sí, las imágenes mentales pueden acompañar a nuestro pensamiento, pero no determinan el significado. En definitiva, no puede existir un lenguaje cuyas palabras se refieran única y exclusivamente a experiencias accesibles a un solo individuo. No hay un hilo entre mi pensamiento y el mundo. Lo que importa del lenguaje, piensa Wittgenstein, es su uso compartido dentro de un conjunto de prácticas lingüísticas. El lenguaje es absolutamente comunitario. El lenguaje es una práctica social. Así, diferentes culturas pueden tener diferentes formas de vida e incluso llegar a ser incompatibles entre sí, de manera que algunas proposiciones del lenguaje no se aprendan por experiencias, sino que se aprendan formando parte de un sistema compartido de prácticas que hacen posible esas experiencias. Ese marco de formas de vida son los marcos a través de los cuales nosotros, los seres humanos, pensamos, o, como más poéticamente diría pocos años después nuestro Ortega y Gasset: "Nosotros no tenemos creencias, las creencias nos tienen a nosotros. Son el suelo en el que vivimos, en el que asentamos nuestra forma de vida."

Pues precisamente esta distinción es clave para entender el abismo, el origen de esta discrepancia, al menos para François Chollet. Para él la inteligencia no es algo aislado privado, es por un lado situacional, es decir, no hay algo así como una inteligencia general. El cerebro es una pieza dentro de un sistema más amplio que incluye cuerpo, entorno, cultura. También es algo contextual, no existe en el vacío cualquier inteligencia individual se haya definida a la vez que limitada por el entorno. Y finalmente está externalizada, contenida no en tu cerebro, sino en tu civilización.

Piensa que formas parte de un sistema vivo que lleva evolucionando y con ello procesando información y guardándola en cosas como el ADN durante miles de millones de años. No somos nuevos, llevamos mucho tiempo aquí en la Tierra.

Así que ahí pudo estar el error.

Siguiendo la corriente analítica, Turing llegó a una versión simplificada de la inteligencia, como esa cebolla con capas, cada una de las cuales tendría un comportamiento mecánico. Quizás el teorema de Gödel implica que hay verdades que capta el cerebro que no se pueden reducir o reconducir a una fórmula matemática. Quizás hay cosas que capta la mente humana que se le escapen al sistema. Quizás es ahí donde tiene relevancia la intuición. ¿Y si esa capacidad humánica única, la intuición, no se puede reducir a un algoritmo?

Amigos, amigas, ahí podría estar la clave. Si lo analizamos bien con detalle, el conocimiento humano se alcanza por inferencias. Aristóteles hace 2000 años ya lo decía en sus trabajos de lógica y se centró en una forma de inferencia, es la deductiva. Es lo que hacemos con los silogismos: "Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Luego Sócrates es mortal."

Partimos de dos premisas y lógicamente las usamos para llegar a una conclusión. Si está bien hecho, funciona. Aristóteles nos da reglas para llegar a pensamientos correctos usando esta deducción. Pero este método, el deductivo, si te fijas, está muy bien, pero no añade nueva información. En ese sentido es analítico, tomando el término de Kant, es decir, va de lo general a lo particular, no añade nada nuevo. Ahí entonces surge otro tipo de inferencia, es la inductiva. 

Si yo veo hoy salir el sol, mañana salir el sol y pasado salir el sol, después de muchos días viendo salir el sol, puedo llegar a la conclusión, todos los días sale el sol y puedo transformar esta observación en ley. Esta vez esta inferencia sí es sintética. llegó a nuevo conocimiento que no tenía antes, pero como muchos autores filósofos han señalado desde Hill hasta Stuart Mill, este tipo de inferencia tiene una limitación, no va a la verdadera causa del fenómeno, solo enumera casos. Está creando leyes a partir de patrones. Si lo piensas, este es el principal método de la ciencia, la observación y búsca de patrones con ese mismo límite. Procediendo así, nada nos asegura que el sol dentro de 100 días deje de salir. 

Russell, nuestro Russell, el famoso Bertrand Russell, lo ilustra con un famoso ejemplo, el pavo de Russell. Un pavo ve que todos los días a las 9 recibe su alimento un día tras otro durante todo el año. Como es un pavo inductivo, llega a una ley: "Siempre a las 9 recibo alimento". Pero llega ese día que es acción de gracias, y su ley deja de cumplirse. Sí: la inducción añade conocimiento, es sintético, pero no garantiza que se cumpla. Es en este contexto que surge el trabajo de un filósofo genial de los Estados Unidos, el más grande de su tiempo, Charles Sanders Peirce, que aunque famoso por su desarrollo del pragmatismo, que un día comentaremos porque me interesa un montón, aplicado a la ciencia, es muy interesante, pues bien, hizo otra contribución decisiva muy interesante para el tema de hoy. 

Peirce propuso otro tipo de inferencia que opera en la mente humana. Es el pensamiento hipotético conjetural. Es el típico pensamiento de los detectives y que va en una dirección opuesta a las otras dos inferencias. Este sí va de los efectos a las causas. Y sí es el típico que ejercitamos cuando hay muchas hipótesis en juego, pero que basados en nuestra acumulación de información optamos preferencialmente

por una de ellas en vez de las otras. Él lo llamó abducción. Y si te fijas, esta abducción la hacemos todo el rato sin parar. Es decir, somos máquinas de hacer abducciones. Vemos un vaso en el suelo y sobre todas las posibilidades conjeturamos quién lo pudo haber dejado ahí. Vemos una puerta abierta y ya tenemos una teoría sobre quién la ha abierto o recibimos un mensaje o alguien nos dice algo. Todo el tiempo no podemos parar de hacer conjeturas, abducciones, cada rato, constantemente. Y estas abducciones, es importante, están guiadas por algo difícil de catalogar. Lo podemos llamar intuición. Pues bien, esa abducción lanza seguidamente la inferencia inductiva y todo esto dispara al conocimiento. Y si te fijas ahí, en esta abducción, entra todo. Es puro conocimiento contextual basado en inteligencia social, colectiva, todo el tema del segundo bitgestim. Y si te sirve, el caso paradigmático de este uso es la escena del crimen de 1000 millones de cosas que aparecen ante una escena del crimen, alguien que está investigando, ¿cuál es la que hace que nos fijemos en esa marca de la mesa y no cualquier otro detalle que vemos a nuestra disposición? Así que, resumiendo, esta dcción parece ser el punto de partida de cualquier pensamiento inteligente en los humanos.

Y bien, si lo has pensado, has adivinado. Sí, la IA, tal y como está hoy diseñada, es una máquina brutal de inducción. Hay que reconocerlo, no hay nada igual: toma millones de datos, busca patrones y da con el mejor encaje para todo lo que se encuentra a su alrededor. Y con eso puede crear cosas increíbles, cosas que siguen asombrándonos, por supuesto, vídeos, imágenes, incluso pueden crear arte, pero lo hacen por ese camino, el inductivo. Y de esta manera, aunque haga cosas que sean geniales y sean brutales, nunca lo hará siguiendo el pensamiento humano. La creación humana es diferente porque es abductiva, es un proceso muy difícilmente reducible a reglas, a computación. Y aunque hoy en IA hay muchos caminos que intentan replicar esta abducción, quizás no lo logren nunca completamente. ¿Será porque hay una barrera insalvable? Que el cerebro y la inteligencia no sean replicables absolutamente por una máquina o que al menos no lo sean con la tecnología que hoy tenemos. Esto es solo uno de los limitantes, por no hablar de otras visiones de la mente y la conciencia, desde dualismos de mente materia hasta posiciones idealistas bastante más radicales, cosas que para nada se han descartado. Es decir, la afirmación de que la mente funciona como una máquina no es una afirmación científica y está muy lejos de estar comprobada. 

Y con ello llegamos a la polémica actual. Ya tenemos todas las herramientas para responder la gran pregunta. ¿Nos creemos que estos tres han parado la tecnología por miedo al fin del mundo? ¿O puede haber otros motivos detrás? Sí, miedo o incertidumbre seguramente hay en mayor o menor medida y está justificado porque aunque aún la pregunta sigue abierta sobre si una máquina puede ser inteligente de la manera en que el humano lo es, es decir, si se puede emular el cerebro humano con circuitos eléctricos, la tecnología indudablemente avanza un ritmo rapidísimo, ante lo cual conviene ser prudentes. Igual la máquina nunca llega a operar como nuestros cerebros, pero aún así pues hace cosas increíbles que son peligrosas sin necesidad de llegar a la singularidad. Es decir, hay que seguir teniendo ojo.

Es más, espero que este vídeo no se vea como un rechazo a las regulaciones, a la tecnología, es más bien al revés. Son muchos los que llevan alertando de esta situación décadas, abogando por controles y regulaciones, aunque lo han hecho sin mucho éxito. Yo simplemente creo que el miedo está más justificado en otra dirección, no apoyado en cómo las máquinas de un día para otro puedan volverse más inteligentes que nosotros y desarrollen con ello un comportamiento hostil hasta extinguirnos, sino muy al contrario en otro lugar. 

Como más bien los humanos podemos volvernos hostiles a nosotros mismos. Aprovechando la capacidad inigualable de las máquinas. Que una tecnología tan poderosa esté en pocas manos da miedo. Que lo haga sin control ni regulación y solo bajo las leyes del mercado, mucho más. Solo piensa como cada vez estamos más observados, incontrolados nosotros los ciudadanos, haciendo que algo así como la supervigilancia al estilo orweliano sea factible y eso da tremendo miedo. Ya Hannah Arendt, la famosa filósofa, lo adelantaba con su famosa banalidad del mal. El mayor peligro no viene de monstruos malvados, sino de nosotros, las personas que aceptamos las órdenes sin reflexionar. En una época de algoritmos y respuestas automáticas, delegar el juicio crítico en la máquina repite ese peligro.

Es decir, mucho más que a una película de Terminator 2 con Skynet y todo eso, lo cual está por demostrar, yo le temo más a un gran hermano al estilo 1984 de Orwell. Por eso está justificado que se mire este movimiento con suspicacia, porque ahora sabiendo todo esto, que también ellos lo saben, nos preguntamos, ¿acaso no habrá otros motivos para frenar el desarrollo tecnológico? Algo que mucha gente lleva tiempo anunciando como que el mito de la IA ha generado una burbuja incontrolada que pronto puede estallar. Puede ser esto un mecanismo simplemente para regular el mercado, tomar una posición privilegiada, lograr un monopolio de facto, ganar posiciones políticas, destruir posible competencia y quizás también a la vez contener expectativas del mercado para suavizar el impacto cuando todo esto caiga y estalle la burbuja. Bueno, en este punto ya es cosa tuya de cada uno encontrar su mejor opción usando como Peirce nos ha enseñado todo el poder de la intuición usando la abducción. Mientras me refirmo en lo que he dicho en estos otros vídeos. Hay que estar atentos, listos y preparados. Cada generación tiene que ganar su propia batalla para lograr la libertad. Y ante una amenaza generacional como esta, solo tiene sentido una respuesta global, colectiva.

Y ante un sistema que nos puede confundir, solo funciona la agudeza mental, leer, pensar y compartir. Y así terminamos de nuevo con Hannah Arendt. Lo que nos amenaza no es la rebelión de las máquinas, sino la automatización del ser humano.

Sí, Turing en su artículo comparaba la IA con un proceso de fisión nuclear, quizás no sería por cualquier cosa. Pues esto ha sido todo, compañeros. Espero que les haya gustado muchísimo este vídeo y este es el fin. Pero antes quería recomendarles algunos libros que he usado para el desarrollo de este vídeo.

El mito de la inteligencia artificial, que está bastante desactualizado porque es de 2018, pero aún así se pillan ideas muy interesantes. Por supuesto, me encantan los libros de filosofía, este en particular de Giovanni Reale y Dario Antiseri: Il pensiero occidentale dalle origini ad oggi (La Scuola: Brescia, 1980; 45ª ed. 2004).Y dejo por aquí abajo un par de webs que también he consultado. Y por supuesto, gracias a mi profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), con el que he tenido clases superinesantes de filosofía contemporánea y que me han servido definitivamente para elaborar el guion de este vídeo. O sea, este tío es un genio, lo explica de forma excepcional, me encantan las clases de la UNIR y estoy muy feliz de haber participado en ellas porque gracias a todo esto he aprendido una barbaridad y lo he podido volcar aquí en este vídeo.

Me despido sin más recomendando que lean y estudien, que quizás alguno de ustedes sea la próxima Hannah Arendt. Nos vemos como siempre el próximo vídeo, piratillas.