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sábado, 24 de octubre de 2026

Personas diana

 [Tomado de Vicente Garrido, Personas diana, 2026]

 Introducción. Ensanchar el ojo del huracán

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.

(Charles Dickens, Historia de dos ciudades)

El mundo con frecuencia es difícil de comprender y manejar. El mal es un hecho real y radical de la existencia, como lo pueda ser una mesa o una montaña, aunque a veces hay que saber mirar para descubrirlo. No me ocuparé aquí de su manifestación más estruendosa o atroz, la que se ejerce contra gran número de personas (o contra todo un pueblo o nación) por parte de responsables políticos —cuando el mal es tan ominoso que, en palabras del filósofo George Steiner, «derrota al lenguaje», es decir, ni siquiera puede ser descrito—; ni tampoco de la que se da en la vida civil por asesinos múltiples que matan a varias (o muchas) personas en una sola secuencia, o bien cometen homicidio de forma serial.

En cambio, sí atenderé a la maldad derivada de la violencia que ejerce el psicópata, el manipulador por excelencia, pues representa al ser humano más preparado para desplegarla en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares. Tomado en conjunto, en todo su proceder potencialmente violento, constituye sin duda una amenaza global, hasta tal punto que considero que hoy vivimos en la era de la psicopatía y, por ello, urge denunciar el mal y defender la vida entendida como un proyecto con un profundo significado humano y, por consiguiente, espiritual. La violencia de la que hablo en estas páginas en ocasiones será constitutiva de delito, pero con mucha frecuencia, debido a la dificultad de probarla en los tribunales, o porque adquiera la cobertura de un «mal cotidiano», quedará en manos de la persona que la sufre —a la que llamo «persona diana»— el protegerse frente a ella y dar una cumplida respuesta.

No puedo ahorrarte el dolor o el sufrimiento, y si pudiera, dudo de que fuera una acción inteligente. El mundo no es un lugar justo; ya tengas creencias religiosas o no, está claro que en la tierra que pisamos con frecuencia los malos son recompensados y los buenos escarnecidos. Los psicópatas son muy conscientes de esta realidad, solo que para ellos los «buenos» son los idiotas y los malos los «inteligentes», es decir, ellos mismos. Pero para los que aspiramos a ser personas decentes está claro que nuestro paso por la existencia no puede regirse por un mero cálculo utilitarista de quién obtiene bienes o privilegios. Si este fuera el caso, sería juicioso meterse en el crimen organizado o cometer delitos (con una buena cobertura ante la posible acción de la justicia). La persona con un criterio moral comprende que la principal satisfacción proviene de hacer las cosas adecuadas de forma correcta, porque es en el interior de nuestra conciencia respetada y en el efecto de nuestros actos en el cuidado de los otros donde encontramos nuestros momentos más felices. Así pues, frente a los reveses e injusticias de la vida, la mejor actitud para afrontarlos consiste en aceptar y abrazar en su plenitud el misterio de la existencia mientras luchamos por dar sentido a nuestro breve lapso de vida en un universo eterno e infinito.

La metáfora del ojo del huracán

En mi libro anterior, El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, presenté al filósofo Philip Hallie (fallecido en 1994), quien dedicó su vida a estudiar la violencia más cruel, fuertemente impactado por sus experiencias como artillero durante la Segunda Guerra Mundial. En sus investigaciones como profesor de Filosofía se obsesionó por poder comprender el extraordinario episodio sucedido en Le Chambon —un pequeño pueblo de Francia— en los años de la ocupación alemana, durante el cual toda la población contribuyó a salvar a 5 000 personas, la mayoría niños, de una segura deportación y muerte, aun a riesgo de sus propias vidas. ¿Qué sentido tenían acciones como estas en medio de una devastación global? Hallie opinaba que el Mal (en mayúsculas) solo podía ser contenido mediante una fuerza superior; a la violencia psicopática de los nazis únicamente cabía oponerle una violencia aún más letal para defender la vida de los inocentes. ¡Cinco mil vidas salvadas eran una gota de agua ante los millones de asesinados por los nazis! ¿Cómo podía servir una acción así, a pesar de su extraordinaria generosidad, para vencer al Mal?

Esta inquietud ante la cuestión de la utilidad de la bondad ante los malvados —más allá de la necesaria fuerza a utilizar para neutralizarlos— llenó las cavilaciones de Hallie a lo largo de varios años, hasta que llegó un momento de serendipia en que comprendió la enorme importancia de los gestos de bondad como el protagonizado por Le Chambon. El huracán Gloria atruena en el campo donde está su familia; se refugian en la cocina del hogar, en espera de escapar a la destrucción que reina en el exterior:

No se trataba de un mero sonido [...] era más bien un sentimiento masivo de un poder devastador tragándose el cuerpo y la mente de cualquiera [...]. Entonces, de modo súbito, vino la paz. Miré hacia arriba y el cielo estaba pálido, una palidez azulada que cubría toda la granja. Había pájaros volando plácidamente por ese cielo, e incluso las hojas de los árboles apenas se movían. ¡Estábamos en el ojo del huracán! Nosotros [...] nos mantuvimos unidos, cogiéndonos de las manos, pero ahora sentíamos una sorprendente calma. El terror de antes había dejado paso a una ternura que compartíamos los cuatro y parecía proyectarse hacia el mundo que estaba fuera de esa cocina. Fue en ese momento cuando comprendí el tipo de paz que había hallado en Le Chambon. La paz en ocasiones permanece como el ojo de un huracán en medio justo de toda la exhibición de poder. El poder indiferente y destructivo de la naturaleza o el que proviene de los seres humanos están siempre cerca; rodea la belleza azul de nuestra ternura y siempre amenaza con invadirla, como el viento del huracán rodea su propio ojo. En medio de los crímenes, en medio de la crueldad premeditada y el odio [...] hay un espacio para la paz y la ternura, en el mismo ojo del huracán.

Un propósito fundamental de este libro es destacar la necesidad de renovar nuestro compromiso con una conciencia moral en retroceso en el tiempo de los psicópatas en el que estamos inmersos; ese compromiso pasa necesariamente por adoptar como criterio fundamental de existencia en nuestra vida cotidiana expandir el ojo del huracán en el sentido descrito por Hallie. Hemos de ser capaces de contener la espiral psicopática que está tomando cada vez más fuerza, un huracán que se lleva a su paso nuestros valores más esenciales y nos condena a una vida espiritualmente miserable.

Mi creencia es que los principales responsables son psicópatas integrados o individuos con rasgos notables de psicopatía. Por «espiritualmente» entiendo nuestro sentido de trascendencia, que nos impulsa a otorgar un propósito a nuestra existencia más allá de satisfacer nuestras necesidades personales. (No hemos de confundirlo con el fanatismo religioso organizado, que puede llevar a tratos degradantes, a guerras o al terrorismo.) Hoy en día somos muchos los que pensamos que esa fuerza espiritual contiene las creencias y emociones más poderosas en el ser humano. En su interior se halla el impulso que nos lleva a perseverar frente a las dificultades de la vida y la maldad, las cuales pueden ser particularmente dolorosas o destructivas. Esa fuerza es la que expande el ojo del huracán: cuando la persona diana —que puede ser cualquiera de nosotros en esta era de la psicopatía— se rebela ante las maniobras del psicópata y se esfuerza por darle un sentido ético a su existencia, está combatiendo su fuerza destructiva ampliando la extensión de la concordia y el encuentro humano empático y profundo. A esa fuerza que expande el ojo del huracán la llamo la fuerza espiritual.

Las personas diana

La contención de la psicopatía ha de abordarse desde todos los planos de la convivencia y en cada ámbito social. En este libro voy a centrarme en lo más básico, porque es la primera etapa de un camino que, idealmente, debería alcanzar a todos los grupos, estratos e instituciones sociales: la convivencia con familiares y amigos. Pero conviene tener presente que todos los ciudadanos somos potenciales personas diana de sufrir la influencia del psicópata en nuestras vidas, ya sea de manera íntima (en las relaciones familiares y de amistad) o como miembros de una comunidad en la que estas personalidades puedan ostentar cargos de poder empresarial, institucional o de responsabilidad política.

Así pues, voy a ampliar y profundizar el capítulo que dediqué a este tipo de personalidad en el ámbito de la familia en mi libro El psicópata integrado. Para ello me serviré del detallado estudio que he llevado a cabo en mis archivos personales, nutridos por más de treinta años de análisis de casos. Lo que he hallado es, según mi criterio, muy valioso para quienes sufran o hayan sufrido una relación amorosa o de otro tipo en la interacción social con este grupo de personas, como vecinos o supuestos amigos, así como en el vínculo con padres u otros miembros de la familia.

A diferencia de la obra anterior, más orientada a perfilar la figura del psicópata integrado, la que tenemos ahora en nuestras manos pone el foco en las personas diana y en su empoderamiento mediante el aprendizaje de recursos que les permitan ensanchar el ojo del huracán que supuso su relación con el depredador, para así poder iniciar su curación espiritual.

Aunque todos somos susceptibles de convertirnos en una diana, en este texto nos ocuparemos sobre todo de aquellas personas que han mostrado ser supervivientes de estos individuos, es decir, cuando la persona y su depredador han establecido una relación significativa, más o menos intensa o prolongada, pero aquella ha logrado finalmente liberarse de su influencia. En cambio, reservaremos el término de víctima para subrayar el daño padecido por las acciones de estos. Por desgracia, si bien todos los afectados son —con diferente gravedad— víctimas, no todos llegan a ser supervivientes, porque no todos logran alejarse o descubren cómo hacerlo.

El concepto de «persona diana» es, no obstante, más amplio, pues abarca también a quienes evitan ser «captados» por un psicópata y rehúyen un contacto significativo, por lo que nunca llegan a ser una víctima.

Historias que alumbran el camino

Cuando acabé de revisar todos mis archivos comprendí, por una parte, que las personas diana que habían sobrevivido lo habían hecho con varios grados de éxito; en particular, algunas fueron más rápidas o precoces que otras. Me emocionó mucho pensar que estas últimas podían mostrar a quienes se enfrentan a los psicópatas cuáles son los pasos o medios más eficaces para neutralizar cuanto antes sus acciones destructivas. En sus testimonios hay una fuente de inspiración para quienes atraviesan una situación semejante; son historias de sufrimiento, sí, pero también de triunfo del espíritu.

Creo firmemente en el poder de los relatos como camino hacia la sanación, por lo que concibo necesario contar historias que pongan de manifiesto el mal como origen de esa violencia que busca apoderarse de la vida ajena. Hay que explicar ese modo de actuar; hay que conocerlo, hay que narrarlo. Los psicópatas se ocultan entre las sombras de la normalidad para acecharnos y, si nada los detiene, explotarnos de las diversas maneras que tienen a su alcance. Por esa misma razón, también es necesario contar los relatos que nos infunden esperanza y nos enseñan el camino para derrotarlos. En todos los casos veremos que, para contener y superar ese mal, las supervivientes lograron expandir el ojo de sus huracanes particulares.

Por otra parte, al revisar los estudios sobre las estrategias de confrontación ante personas malvadas o violentas, pude incluir estos hallazgos en marcos más generales de comportamiento. De este modo, lo que hicieron mis supervivientes más «rápidas» para enfrentarse al depredador en cuestión (y liberarse de él) podía fundamentarse en explicaciones sólidas y bien construidas. He comprendido que estas enseñanzas complementan de una manera natural el sistema de alerta y de lucha contra el psicópata que describí en mi libro anterior, un modelo que presento ahora renovado a la luz de estos descubrimientos.

La revolución de la conciencia

Pero no basta con la contención individual ni con la lucha personal contra el psicópata al que podamos enfrentarnos ocasionalmente; no basta, en suma, con una mera respuesta reactiva o defensiva. Como señaló Hallie, el poder negativo ha de ser vencido por un poder positivo aún mayor. Eso exige que las leyes, y quienes las crean y las aplican, se comprometan a impedir que los psicópatas dirijan instituciones, empresas o gobiernos, o que medren en su interior corrompiéndolos. Y en esta observancia han de estar prestos en castigar severamente sus actos de destrucción. Cada vez que una persona así se infiltra en la policía, en los tribunales de justicia, en los equipos médicos hospitalarios, en los departamentos de gestión de las empresas, en los órganos de gobierno de las distintas administraciones..., alimentamos la violencia del huracán, es decir, la maldad en nuestra sociedad.

También es necesaria, por tanto, una respuesta proactiva, incluso ofensiva. Y aquí se sitúa el principio esencial de esta obra, la máxima de expandir el ojo del huracán o, lo que es lo mismo, hemos de lograr que las personas, tanto individual como colectivamente, comprendan que cuanto mayor sea el espacio de paz y solidaridad dentro del furioso vendaval, menor será su capacidad de destrucción. En otras palabras, cuanto más fuerte sea nuestro espíritu, más débil será el psicópata. Esta revolución de la conciencia exige, entre otras medidas, abjurar del modelo tecnológico-consumista exacerbado como único criterio de felicidad, como veremos en el primer capítulo.

Todo ello implica un serio trabajo personal que también nos exige negociar con éxito nuestro lado oscuro, nuestra sombra, nuestros demonios interiores, porque solo así podremos desarrollar un proyecto vital con sentido o propósito. Del mismo modo, supone crear vínculos estrechos con personas honestas, contar al menos con alguien capaz de comprometerse con nuestro cuidado (a quien denomino «persona refugio»), porque el ser humano pudo evolucionar gracias a la solidaridad de la tribu primero, de la comunidad después, y finalmente de la relación amistosa entre diferentes pueblos o naciones.

Ideas en las que se fundamenta esta obra

Como expliqué en El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, este es el ser humano más peligroso que existe. La razón es que encabeza el pelotón de quienes hacen del mal su proyecto de vida; son individuos que no han establecido una conexión emocional profunda con los demás, no sienten culpa por sus fechorías y poseen habilidades para manipular y aparentar decencia.

Vivimos, como dijo el pensador Antonio Gramsci, en «el tiempo de los monstruos», una época en la que el mundo viejo ya ha perecido y el nuevo aún está por conformarse. Este tiempo es propicio para que el psicópata prospere, por las razones que se exponen en el punto siguiente y más ampliamente en el primer capítulo.

La realidad de nuestra convivencia ofrece un panorama desolador, donde la desinformación, la mentira, la manipulación y la falta de moral se erigen en criterios de comportamiento. Todo ello constituye una negación del progreso espiritual impulsado por el humanismo y por las disciplinas que conforman las humanidades. Aquí aparece una paradoja. Si bien es posible que el progreso tecnológico haya reducido en términos absolutos las tasas de mortalidad por enfermedades o miseria, lo cierto es que asistimos a una degradación espiritual paralela al abandono de esos ideales humanistas, la cual supone una grave amenaza, como lo prueban el incremento constante de los problemas mentales en las sociedades avanzadas; el auge de los modelos autoritarios que emplean el lenguaje del odio como forma principal de comunicación y recuperan la figura del chivo expiatorio para movilizar a las masas; la adopción universal y acrítica del éxito centrado en la riqueza y el poder sobre los demás, con la consiguiente alienación existencial; y el retorno de la guerra como expresión de la diplomacia.

Por todo ello, estamos convocados al esfuerzo conjunto de volver a poner en valor los ideales del humanismo ilustrado que han iluminado nuestro progreso durante siglos —incluido el progreso científico derivado de ellos—, cuya idea fundamental es simple: todos los seres humanos, aunque diferentes en muchos sentidos, compartimos una misma esencia o naturaleza. Su ideario educativo contempla el desarrollo del pensamiento profundo o crítico, el cultivo de la imaginación y la creatividad, y el deseo de alcanzar la armonía entre el interés individual y colectivo.

Ese desarrollo humanista, tal y como se ha ido plasmando en la ciencia y las artes —el pensamiento en suma—, se concreta en la mejora espiritual de la persona y es fundamental, en palabras de Javier Gomá, «en la educación sentimental del ciudadano, sobre la que pende el edificio completo de la civilización». La dimensión espiritual del ser humano es la que contempla la idea de la trascendencia, del sentido o propósito de nuestra vida. Algunos de los interrogantes que la impulsan y moldean son: ¿qué quiero hacer de mi vida?, ¿qué legado quiero dejar tras mi breve existencia? Para desarrollar de manera plena ese proyecto de vida son necesarios valores humanistas como la justicia, la prudencia, la responsabilidad, el coraje, la libertad, el amor. Esos valores nos impulsan a actuar porque están anclados a nuestros sentimientos: siento indignación y por eso actúo contra la injusticia; siento compasión y busco ayudar a quien sufre; me siento orgulloso de mi esfuerzo y por eso persevero en mi empeño; estoy triste y busco consuelo en mis amigos. La fuerza espiritual se fundamenta en las emociones adecuadas, que nos llevan a dejar nuestra huella en el mundo mediante una inteligencia cultivada por ideales o valores morales, los cuales nos exigen responsabilidad con el modo en que gestionamos nuestra vida. Sin embargo, durante este periodo histórico de triunfo del humanismo que alcanza hasta comienzos del siglo xxi, cometimos un error muy grave, el error fundamental del pensamiento humanista: aunque el progreso del ser humano mediante el cultivo de ese ideal es imprescindible para mejorar nuestra vida en cuanto especie necesitada de la comunión de intereses y esfuerzos, por sí solo no es suficiente para combatir a quienes, por una razón u otra, eligen hacer de la maldad su proyecto vital, incluso cuando han recibido formación cultural. [...]

[Para ampliar: Entrevista con Vicente Garrido sobre este libro]

miércoles, 26 de agosto de 2026

Tres factores para evitar desvivir

 Las tres grandes protecciones frente al suicidio: vínculo, propósito y sentido, en El País, Guillermo Lahera Forteza, 25 AGO 2026:

Un intento de quitarse la vida rara vez tiene una sola causa. Detrás del motivo que trae el paciente puede faltar algo más elemental: alguien que le espere, algo que hacer, alguna razón por la que merezca la pena que haya un mañana

Un día cualquiera en el hospital: no hay camas libres en Psiquiatría y cuatro personas esperan en Observación tras un intento de suicidio. Una chica de dieciséis años está tranquila y trae la explicación hecha: subió una foto suya en bañador y le llovieron burlas y comentarios crueles sobre su peso (siempre hay magníficas personas dispuestas a ello). Se limita a repetir tres palabras, “no puedo más”, y mira lacónicamente a la pared. Cuando por sorpresa le pregunto qué hace los sábados, tarda mucho más en contestar. Antes nadaba. Lo dejó en tercero de la ESO. Los domingos los pasa haciendo scroll en el móvil. No menciona un club, ni un grupo, ni una tarea, ni nadie que la esperara en ningún sitio a ninguna hora.

Vaya por delante algo: una tentativa de suicidio no tiene una sola causa. La explicación que trae el paciente —el acoso, la ruptura, el suspenso— suele ser el último eslabón de una cadena montada durante meses o años. Aquellos comentarios importaron, pero porque no había casi nada más. Y lo que faltaba no era una cosa, sino tres, que solemos meter en el mismo saco, aunque se pierdan por separado. El vínculo responde a quién me espera; el propósito, a qué tengo que hacer mañana; el sentido, a por qué merece la pena que haya un mañana.

El vínculo es el más obvio de los tres y el que puede salvar más vidas. Motto y Bostrom aleatorizaron, en San Francisco, a 843 pacientes que habían rechazado seguir en tratamiento tras un ingreso por depresión o riesgo suicida; a la mitad se le envió una carta breve, sin cita ni demanda de respuesta, al menos cuatro veces al año. Durante los dos primeros años murieron por suicidio menos personas en el grupo contactado. No hubo terapia, solo la prueba periódica de que alguien seguía ahí. Combatir la soledad y el aislamiento es una forma de prevención.

El propósito vital no hace referencia, necesariamente, a una vocación o una empresa colosal, sino a la sensación de que la propia existencia va en alguna dirección y de que hay algo, por pequeño que sea, que depende de uno. Es de las pocas cosas que se interponen entre afrontar una adversidad y llegar a la conclusión de que no hay salida. Una revisión sistemática sitúa la asociación entre sentido de la vida e ideación suicida en jóvenes en torno a —0,50 en países ricos e individualistas como el nuestro. Un metaanálisis con datos individuales de casi medio millón de personas asocia el propósito a un 30% menos de riesgo de morir, lo cual es bastante impresionante. Pero conviene no forzarlo demasiado: al reanalizar una de esas cohortes, dos investigadores encontraron que, con mejores medidas de la salud de partida y excluyendo a quienes ya estaban graves, la ventaja se encoge hasta casi desaparecer. El deterioro físico apaga el propósito tanto como el propósito protege del deterioro, o sea que la flecha va en los dos sentidos.

El eslabón que une todas estas pérdidas se llama desesperanza. Beck siguió durante años a casi dos mil pacientes ambulatorios y quienes puntuaban alto en su escala tenían once veces más riesgo de morir por suicidio. No predecía la tristeza ni la intensidad del sufrimiento, sino la opinión del paciente sobre su tiempo futuro. La desesperanza es una creencia sobre el porvenir, que sin vínculo ni propósito se queda vacío y a oscuras.

Quienes parecen sobrellevar bien las temporadas malas rara vez tienen un propósito grandioso: tienen varios pequeños y repartidos. El perro que hay que sacar aunque llueva, el entrenamiento de los martes, el nieto, el coro, la tertulia, el turno de los jueves en el banco de alimentos. Quien lo concentra todo en una sola cosa parece quedar expuesto a que desaparezca. Aquella chica lánguida lo tenía en un único sitio —encontrar su hueco en un triste grupo de pares virtuales—, y ese sitio era el que la estaba juzgando con saña. Es una cartera de razones para vivir: conviene que no cotice entera en el mismo mercado.

Hay una película tan vista que casi no la vemos: ¡Qué bello es vivir!, de Frank Capra. Se despacha cada diciembre como cuento navideño, pero a George Bailey no lo salva ninguna gran misión. Lo salva comprobar, casa por casa, que mucha gente contaba con él para cosas menores: un préstamo, una farmacia, un tejado que no se cae. No se trataba de un gran propósito, sino de muchos, pequeños, y había dejado de verlos.

Hay todavía un tercer piso, al que uno solo sube cuando ya no queda nada que hacer, y la literatura lo ha descrito maravillosamente. En La muerte de Iván Ilich, Tolstói deja al moribundo entre una familia que finge todo el rato y unos médicos que discuten absurdamente sobre un riñón flotante; el único que lo alivia es Guerásim, el criado que le sostiene las piernas y no le miente. Allí ya no cabe ningún propósito: no hay nada que Iván tenga que hacer mañana. Pero queda Guerásim, que no le ofrece consuelo ni explicación, solo unas piernas sostenidas y la verdad. Esa presencia, que no arregla nada, permite que morir signifique algo distinto de un absurdo (lección para los profesionales sanitarios).

Lo que protege es disponer de un marco en el que el sufrimiento no sea puro absurdo y la propia vida no se agote en uno mismo. El sentido puede ser religioso o no: una causa, un oficio entendido como servicio, una lealtad. En un ensayo con 253 pacientes con cáncer avanzado, ocho sesiones de psicoterapia grupal centrada en el sentido —una intervención que William Breitbart diseñó a partir de Viktor Frankl— redujeron la desesperanza más que la psicoterapia de apoyo. Tiene un revés, porque el sentido impuesto desde fuera es dañino: decirle a una madre que todo pasa por algún motivo es de las frases más crueles que he escuchado en un tanatorio. La trascendencia no se receta (un psiquiatra intentándolo sería un espectáculo lamentable); a lo sumo se pregunta por ella —cosa que casi nunca hacemos―.

Con aquella chica no hicimos nada brillante. Tratamos lo que había que tratar, trabajamos con la familia y la convencimos, sin épica, de volver al agua dos días por semana. Sigue sin querer hablar de lo que pasó. Pero ahora tiene que estar en un sitio a una hora, y hay gente que nota si falta.

Al final de Middlemarch, George Eliot escribe que el bien del mundo depende en parte de actos que no entran en la historia, obra de quienes vivieron “una vida oculta” y descansan en tumbas que nadie visita. Lo leí como literatura, pero lo entiendo mejor ahora: casi todo lo que mantiene a una persona en pie es casi invisible, está escrito en minúsculas y a nadie se le ocurre contarlo, hasta que falta.

Guillermo Lahera Forteza es catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Alcalá.

martes, 25 de agosto de 2026

Sobre la crueldad

 "Si solo amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?" (Lc: VI,32 y Mt: V,46). 

 Bruce Lee: " Pensar que por ser pacífista no te va a atacar nadie es como pensar que un tigre no te va a comer porque seas vegetariano".

Fedor Dostoievski, en Los hermanos Karamazov: “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia".

"La virtud se puede enseñar, pero solo hasta cierto punto" (Platón)

Nicolás Gómez Dávila: "Varias civilizaciones fueron saqueadas porque la libertad le abrió impensadamente la puerta al enemigo."

Plauto y Thomas Hobbes: "Homo homini lupus / El hombre es un lobo para el hombre"

Séneca: "Homo hominis sacra res / El hombre es sagrado para el hombre".

Alejandro Rodríguez de la Peña, "Si quitamos las normas, castigos y tabúes contra el lado salvaje del ser humano… no va a bastar con que una parte de la población quiera permanecer fiel a los valores… si quitamos las barreras, para ese sector que va a actuar sin ellas, para esos depredadores, nosotros somos sus ovejas…”  

Alejandro Rodríguez de la Peña (2022) Imperios de crueldad. La Antigüedad Clásica y la inhumanidad.

Alejandro Rodríguez de la Peña (2023) Iniquidad: El nacimiento del Estado y la crueldad social en las primeras civilizaciones

viernes, 31 de julio de 2026

Entrevista con el psicólogo danés Svend Brinkmann, que publica en español un nuevo libro.

 Svend Brinkmann, psicólogo: “Si pones condiciones al perdón, al amor o a la libertad, ya los has destruido”, en El País, Daniel Mediavilla, Madrid - 31 JUL 2026:

 El psicólogo reivindica valores y pensadores clásicos frente a la instrumentalización de la cultura de la búsqueda de tu mejor versión

 Svend Brinkmann (Herning, Dinamarca, 50 años) reconoce que tiene tendencia a la nostalgia. Este psicólogo y filósofo, que da clases en la Universidad de Aalborg, ha dedicado años a combatir uno de los fetiches de la cultura contemporánea: la búsqueda permanente de la mejor versión de uno mismo. Según él, vivimos en una sociedad que valora todo —el trabajo, la educación e incluso las relaciones personales y el ocio— en la medida en que nos acerca al éxito personal y lo instrumentaliza todo.

Como alternativa, propone recuperar como faros de nuestras vidas principios con valor intrínseco. En un libro que se acaba de publicar en español, Puntos de apoyo: Diez ideas atemporales para sostener una vida con sentido, Brinkmann se apoya en pensadores como Aristóteles, Kant, Hannah Arendt o Albert Camus para reivindicar bienes eternos como la dignidad, la libertad, el perdón o el amor.

El libro nos prohíbe preguntarnos continuamente “¿qué gano yo con esto?" y anima a comprometerse con los demás a través de vínculos valiosos que muchas veces no tienen utilidad inmediata. Brinkmann es consciente de la ironía de que su libro se venda en las secciones de autoayuda de las librerías y a él se le entreviste en la sección de Bienestar de un periódico.

Pregunta. Usted empezó a hablar de estos temas hace más de 10 años. Desde entonces, el negocio del desarrollo personal ha crecido exponencialmente en redes sociales. ¿De dónde viene y por qué tiene tanto éxito?

Respuesta. Veo varias fuerzas convergiendo culturalmente. Una es la individualización, incluso la atomización. Hemos renunciado a mejorar la sociedad colectivamente y, en su lugar, intentamos mejorarnos individualmente. Eso es una gran pérdida para una especie social. No estamos hechos para vivir como átomos, uno junto a otro, sino para cooperar y desarrollar buenas vidas juntos. Cuando escribí Stand Firm hace más de 10 años, criticaba un ethos estereotípicamente femenino: conectar con las emociones, el autocuidado. Pero ese tipo de autosuperación ha sido en gran parte desplazado por un ethos más masculino —fuerte, independiente, el “looksmaxing”—, sobre todo tras la segunda victoria electoral de Trump. Escribiría el libro de otra manera si lo hiciera hoy, porque el espíritu de la época está cambiando muy rápido. Pero en el fondo los veo como dos caras del mismo fenómeno: ambos le dicen al individuo que no necesita pensar en los demás, en las relaciones, solo en sí mismo. Es la misma atomización con dos reacciones distintas.

P. En su libro habla de filósofos y valores clásicos que estos influencers masculinos también invocan —la dignidad, cumplir las promesas—, pero con un tono de “sálvese quien pueda” individualista.

R. El estoicismo en particular se ha vuelto muy popular en estos círculos, y esta versión contemporánea no tiene mucho que ver con las ideas griegas y romanas originales. Hoy la dignidad y la responsabilidad se instrumentalizan. Su valor se hace relativo a para qué te sirven, y eso es justo lo contrario de lo que digo en mi libro. Critico la tendencia a instrumentalizar el amor, el perdón, la dignidad, la libertad. Estos fenómenos no son valiosos porque te ayuden; la pregunta no debería ser “¿qué gano yo con esto?”. No existen para hacerte tener éxito, existen como rasgos importantes por derecho propio. Cometemos un gran error al convertirlos en herramientas de desarrollo personal, y eso es lo que veo en estos influencers que están surgiendo por todas partes.

P. ¿Por qué recuperar estas ideas ahora, si en principio todo el mundo está de acuerdo con esos principios?

R. Vivimos obsesionados con lo nuevo, con la innovación y la disrupción. Yo intento contrarrestar eso diciendo: tenemos ideas viejas y no son malas por serlo; pueden ser muy buenas precisamente porque han sobrevivido milenios, son temas casi eternos de la existencia humana. Podemos entrar en conversación con quienes nos precedieron. Y creo que esas ideas nos unen. Seas ateo, cristiano o musulmán, vivas hoy o hace 200 años, son temas humanos básicos. Sé que suena ingenuo dados los tiempos que corren, pero necesitamos algún tipo de unificación como humanos, porque hay mucha división. Si no identificamos temas comunes, no sé cómo podemos seguir viviendo juntos.

P. Usted cita a Hannah Arendt: si no compartimos una idea de lo verdadero y lo falso, no podemos convivir. Hoy, quizá más que nunca, un político que respeta la verdad del otro pierde competitividad frente a quien no lo hace. ¿Cómo se puede pedir respeto a la verdad en esas condiciones?

R. Lo que usted describe es lo que el filósofo Harry Frankfurt llamó bullshit. Ni siquiera es mentir, es ignorar por completo la diferencia entre verdadero y falso. Sería una pesadilla para alguien como Arendt presenciar esto: gente que no se preocupa por la verdad y dice lo que le conviene, una instrumentalización de la verdad que ayuda a ganar elecciones. Pero lo que encuentro inspirador en ella es la idea de que, aunque no haya verdad, podemos ser veraces; aunque no haya certeza fiable, podemos ser fiables. Es exigente, y puede que ni siquiera te recompensen, porque quien intenta ser veraz puede perder frente a quien no le importa la verdad. Pero eso no importa, porque ser veraz tiene un valor inherente. Es un imperativo moral incondicional, necesario para contrarrestar esta instrumentalización. El objetivo no es ganar algo haciéndolo, es hacerlo porque es correcto en sí mismo.

P. Pero entonces, ¿de verdad se vive mejor siguiendo estos principios, o se acaba siendo una especie de mártir?

R. Se lleva una vida mucho mejor, aunque no en el sentido simple de sentirse bien todo el tiempo, el bienestar subjetivo que medimos en psicología. Una buena vida es hacer algo con sentido: amar, perdonar. Hablando del perdón, por ejemplo, la pregunta típica es “¿qué gano yo perdonando?”. En el momento en que te haces esa pregunta ya no puedes perdonar, porque lo conviertes en un trato. El perdón es incondicional. Como decía Derrida, el perdón solo perdona lo imperdonable. Si algo es perdonable, no hay razón para perdonarlo, así que solo es posible cuando es imposible. Es una paradoja profunda que implica que en el momento en que pones condiciones al perdón, al amor o a la libertad, ya los has destruido. Sé que todo el mundo preguntará “¿pero qué gano yo?”, y el solo hecho de preguntarlo es prueba de que ya no entendemos estos fenómenos. No señalo a los individuos, sino a esta cultura que ha perdido el sentido de que algo puede tener valor inherente. Deberíamos decir la verdad porque es intrínsecamente correcto, no porque nos haga ricos o felices.

P. Cuando dice que algo es bueno inherentemente, ¿de dónde viene eso? ¿Dios, la evolución?

R. Yo no pienso que venga de un dios, aunque respeto a quien lo interprete así. Lo veo como parte de la naturaleza de la realidad, igual que 2 más 2 es 4. No viene de nada, simplemente es. No necesitas un dios para explicarlo. Del mismo modo, algunas acciones humanas se legitiman a sí mismas. Si ayudas a alguien caído en la calle, la razón para ayudar es que ayudas a la otra persona, no que a ti te haga feliz. Son fenómenos que no exigen explicación. Sí, tienen trasfondo evolutivo, porque hemos evolucionado para poder amar y ayudar, pero la evolución no explica por qué son valiosos, igual que no explica por qué 2 más 2 es 4. Es parte del tejido del mundo, ontológicamente cierto.

P. ¿No se le puede acusar de nostalgia? Aristóteles defendía la esclavitud y el pasado está lleno de atrocidades.

R. Tengo tendencia a la nostalgia, lo admito. Pero la nostalgia también es útil: nos recuerda que las cosas pueden ser distintas, porque una vez lo fueron, para bien y para mal. No hay que tomar a Aristóteles al pie de la letra, sino quedarnos con lo esencial de su pensamiento. Para él lo esencial es que los humanos pueden ser seres racionales. Hoy sabemos que las mujeres son tan humanas como los hombres y que esclavizar es intrínsecamente incorrecto. Eso otro son rasgos accidentales de su filosofía que debemos dejar atrás.

P. Uno de los capítulos del libro menciona que el amor real requiere aceptar al otro tal cual es. Ahora vemos a gente, como la cantante Rosalía, que se refugian en lo religioso, porque los hombres decepcionan y Dios nunca lo hace. ¿Qué piensa de eso?

R. Lo entiendo. Si miro mi algoritmo es fácil concluir que los humanos no valen nada. Pero nos engañamos contándonos que somos terribles. Hacemos cosas terribles de vez en cuando, pero son excepciones, y por eso se habla de ellas. En las crisis, la gente tiende a comportarse muy bien, se ayuda sin motivo egoísta, incluso sacrifica su vida por otros. Me asusta el cinismo que dice “los demás son egoístas, así que yo también lo seré”. Se convierte en profecía autocumplida. Somos una especie básicamente altruista. Como decía Hemingway, solo hay una manera de saber si puedes confiar en alguien: confiando en esa persona. Nos decepcionamos a veces, pero este retraimiento de la humanidad —y del sexo opuesto— es triste y corre el riesgo de retroalimentarse.

P. Vivir según estos valores es duro y no se puede hacer solo. Hace falta apoyo social, pero venimos de un bucle de más individualismo y desconfianza. ¿Cómo se rompe?

R. Solo podemos romper estos círculos viciosos con apoyo social, aunque las comunidades muy unidas también pueden ser opresivas y no dejar espacio a la individualidad. Como decía antes, solo se rompe rompiéndolo. Si pasas la vida preparándote para perdonar, amar o vivir con dignidad, puedes acabar no haciéndolo nunca. Y si la comunidad que te rodea no es buena en sí misma, podemos pertenecer a varias comunidades en vez de solo una. Hoy, gracias a la tecnología, no estamos atrapados en una sola burbuja. Como psicólogo, vengo de una disciplina que dice que la solución a casi todo son los otros humanos, aunque los humanos seamos a menudo muy molestos. Por eso creo que la clave no es solo estar con otros, sino hacer algo junto a otros: comprometerse en la política local, en alguna causa común. Eso nos hace felices, en el sentido más simple también, porque estamos hechos así. Pero ojo con la paradoja. Si buscamos hacer algo junto a otros para ser felices, deja de funcionar, porque instrumentalizamos lo importante. No nos hacemos felices buscando la felicidad, sino haciendo algo con sentido junto a otros.

domingo, 28 de junio de 2026

Frases de sabios

Para todos los que educan, que son todos: "El pensamiento condiciona la acción; la acción determina el comportamiento; el comportamiento repetido crea hábitos; los hábitos estructuran el carácter, la manera de pensar, ser y actuar; y el carácter marca el destino". Aristóteles.

Para los que procastinan: "Lo que no empieza hoy, nunca termina mañana", J. W. von Goethe.

Para los que heredan su riqueza: "Ningún legado es tan rico como la honestidad". William Shakespeare.

Para el bocachancla: "El sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice", Aristóteles.

Para los pródigos y derrochadores: "La mayor riqueza es vivir contento con poco", Platón.

Para los pesimistas:  "No podemos cambiar el viento, pero sí ajustar las velas", Aristóteles.

Para los perseguidos: "No hay camino a la libertad, la libertad es el camino", Mahatma Gandhi.

jueves, 25 de junio de 2026

Experiencias de ayahuasca

 [Debo advertir que ni los diabéticos, ni los enfermos digestivos, ni los que sufran trastornos neurológicos o psicológicos y tomen fármacos antidepresivos deben experimentar con ayahuasca, porque sufrirán psicosis o el mortal síndrome serotoninérgico]

 ¿La ayahuasca te ayudó a afrontar algunas cosas que no querías afrontar o para las que no estabas preparado? El radiólogo y empresario de bienes raíces estadounidense Karl Pierre, hace seis años, documentó su experiencia con esta sustancia psicoactiva en un retiro rigurosamente controlado en Cuzco, y lo recogió en tres vídeos. Los puedes encontrar en este enlace: My ayahuasca journey.

Escribió: "Me hizo enfrentar todos los pensamientos subconscientes que ignoro. Por ejemplo, malas relaciones, problemas laborales que se barren bajo la alfombra. Pero un ejemplo claro fue mi constante frustración con el equilibrio entre la vida laboral y personal, y el resultado final fue que estaba sobrecargado de trabajo y de mal humor todo el tiempo. Sentía que no tenía tiempo para mí y que seguía trabajando para el beneficio de los demás, ya fuera mi familia, el público o mis empleados, para darme cuenta de que ninguno de ellos se preocupaba por mí. Nadie piensa en cómo va a pagar Karl sus cuentas, nadie piensa en cómo puedo ayudar a Karl a ganar más dinero. Entonces tuve que aceptar que las personas son egocéntricas por naturaleza y que yo también tengo que serlo. La solución es eliminar todos los proyectos de bajo nivel, las cosas que dan poco rendimiento, no preocuparme por cómo las personas se mantienen a sí mismas según mis prácticas comerciales. Enfocarme en los proyectos de alto nivel que merecen mi tiempo, ya que seré el principal beneficiario del esfuerzo. Hacerme tiempo ahora, no más de 8 tareas al día, no más trabajo después de las 5 p. m. Los fines de semana son mi tiempo, las tardes igual. Y entonces vuelves comprendiendo perfectamente lo que tienes que hacer para liberarte de ese patrón de pensamiento negativo. Es como decir: "Ves la tontería... ¿entiendes por qué ocurre?... ahora puedes cortar con eso y liberarte de esa carga o seguir sintiendo esa horrible sensación... tú eliges". Si eres una persona generosa, puede resultar agotador cuando estás rodeado de personas que solo reciben. Hay un dicho que escuché: "Quienes dan deben poner límites, porque quienes solo reciben nunca lo hacen". Me siento de maravilla. No me embarqué en esta aventura porque buscara algo conscientemente; un amigo quería probarla porque era algo que quería hacer antes de morir. Acepté su invitación, la añadí a la mía y el resto es historia. En general, me siento más feliz, veo la vida desde otra perspectiva, soy más consciente de mis pensamientos y acciones autodestructivas, y he logrado mejorar mi motivación y disminuir algunos malos hábitos.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Las siete cosas de las que mejor es callar, según el Talmud

  1 - Grandes planes y sueños.

2 - La cantidad de dinero que uno tiene.

3 - Los detalles íntimos de la vida matrimonial.

4 - Los secretos ajenos que nos fueron confiados.

5 - Tus verdaderas ambiciones y deseo de éxito.

6 - Tus experiencias espirituales.

7 - Tus pecados pasados.

Existen siete temas de los que no se debe hablar con nadie, ni siquiera con los más cercanos, ni con la madre, ni con el esposo o la esposa.

Nunca, recuerden, nunca hablen de estos temas. Aunque piensen "pero es mi madre o mi esposa, puedo contarle todo, no hay cosa que deben permanecer en absoluto secreto". El Talmud advierte: "la muerte y la vida están en poder de la lengua." Algunas palabras pronunciadas en voz alta atraen la desgracia. Algunos temas, incluso discutidos con los más íntimos, abren la puerta a la desgracia.

Los sabios judíos vieron como un solo tema tratado con imprudencia podía destruir vidas. Hoy les hablaré de siete temas de silencio absoluto, de siete cosas que deben permanecer solo con ustedes mismos.

Tema uno, tus grandes planes y sueños.

El primer tema del silencio absoluto son tus grandes planes y tus sueños más profundos.

El Talmud advierte: "no hables de tus planes hasta que se cumplan, ni siquiera con tus seres queridos,

especialmente con ellos." ¿Por qué? por tres razones: 

1. Pérdida de energía. Cuando hablas de un plan, tu cerebro recibe una satisfacción falsa. Ya has obtenido reconocimiento. ¿Para qué esforzarte más? Los sabios dicen: "Las palabras se llevan la fuerza de la acción."

2. Sabotaje. Incluso los padres amorosos pueden sabotear tus planes sin querer, por miedo. Y si no funciona, sus dudas se convierten en las tuyas. Mal de ojo, envidia. La historia de José es una advertencia directa: contó a sus hermanos sus sueños. Resultado: lo vendieron como esclavo sus propios hermanos. Rabí de Breslov enseñaba: "Guarda tus sueños en secreto, como el jardinero guarda la semilla bajo la tierra. Cuando el brote salga a la luz, entonces muéstralo al mundo."

Tema dos, tus ingresos y ahorros exactos.

El segundo  tema de absoluto secreto son las cantidades exactas de tu dinero.

El Talmud advierte: "la bendición solo desciende sobre aquello que está oculto a los ojos." Y cuando hablas de tu dinero, lo abres al mal de ojo. Los cabalistas explican: el dinero es energía, y cuando dices "tengo un millón" creas un canal energético. Y si en la mente de quien te escucha hay, aunque sea una gota de envidia, preocupación o miedo, esa energía empieza a filtrarse. Incluso si tus familiares se alegran sinceramente por ti, saber las cifras exactas genera expectativas de ayuda concreta, comparaciones con su propia situación, consejos sobre cómo gastar tu dinero.

Rabí Akiba decía: "La pobreza comienza cuando todos saben cuánto dinero tienes." Puedes decir: "Todo va bien conmigo", pero las cifras exactas nunca.

Tema tres, los detalles íntimos de la vida matrimonial.

El tercer tema prohibido son los detalles íntimos de tu matrimonio.

El Talmud enseña: "El esposo y la esposa son una sola carne. Tu matrimonio es el santo de los santos. Ni siquiera los padres pueden entrar allí. Cuando le cuentas a tu madre o a cualquier otra persona los detalles íntimos de tu vida conyugal, tú traicionas a tu cónyuge, expones lo más sagrado al público, invitas a un tercero a tu matrimonio. Ya no son dos, sino tres. Y la madre siempre estará de tu lado, incluso cuando no tengas razón. Creas una imagen. Tú perdonarás la ofensa en un día, pero tu madre la recordará para siempre. Rashi comenta: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre."

Es la creación de una nueva unidad independiente con sus propios límites, incluso frente a los padres. Hay cosas que solo deben conocer el esposo, la esposa y el Altísimo. Los cabalistas enseñan la santidad del matrimonio solo se preserva mediante el secreto. Cuando ese secreto e revela, la santidad se desvanece.

Tema cuatro, los secretos ajenos.

El cuarto tema del silencio absoluto son los secretos que te han confiado. "Pero a mi madre puedo contárselo. Ella no dirá nada." Así piensan todos y todos se equivocan. Y Fetheim escribió:  "Lo que te fue confiado en secreto debe morir contigo." ¿Por qué? Porque la confianza es sagrada. Cuando alguien te entrega un secreto, te entrega una parte de su alma. Traicionar eso significa traicionar la esencia misma de las relaciones humanas.

Las palabras tienen alas. Le cuentas algo en secreto a tu madre. Tu madre se lo dice a tu padre; tu padre al hermano, y pronto todo el pueblo lo sabe. Es una prueba  del alma. Los rabinos dicen: "Por la capacidad de guardar secretos se conoce al ser humano." Si te confiaron un secreto, llévalo contigo a la tumba.Y si necesitas consejo, pide orientación sin mencionar nombres ni detalles.

Tema 5: tus verdaderas ambiciones y deseo de éxito.

El quinto tema prohibido son tus auténticas ambiciones, la magnitud de tus metas y tu sed de grandeza.

Pero, ¿por qué no puedo contar que quiero ser millonario o que sueño con cambiar el mundo? ¿Acaso mis seres queridos no deberían saber mis aspiraciones? Y he aquí porque el Talmud enseña: "Los grandes sueños requieren un gran silencio. Cuando hablas de tus metas grandiosas, corres que nazcan.

La primera razón, el mal de ojo, crece en proporción al tamaño del sueño. Los cabalistas explican, cuanto mayor es la ambición, más fuerte es el mal de ojo que atrae. Y si dices: "Quiero abrir una tiendecita" es una cosa, pero si dices: "Quiero construir un imperio, el allin hará mal de ojo. Se multiplica mil veces. Incluso una madre amorosa en lo más profundo de su alma puede sentir miedo. ¿Y si no lo logra? ¿Y si cae desde tan alto? Y ese miedo ya es mal de ojo. El pensamiento se materializa.

Segunda razón, los seres queridos te bajan a tierra por amor. Tus familiares te aman, pero precisamente por eso temen verte caer cuando dices: "Quiero ser el hombre más rico de la ciudad." O "quiero cambiar el mundo". Ellos, movidos por amor responden: "No apuntes tan alto. Sé realista. Es peligroso. Piensa en la familia."

Y si no funciona, mejor es una meta más pequeña.

Tu padre también soñó, pero la vida puso todo en su sitio y cada una de esas frases es un clavo en el ataúd de tu sueño no por maldad, sino por amor y miedo a que sufras.

Rabin Hajahmán advertía: "Las mayores metas no las matan los enemigos, las matan los parientes amorosos que intentan protegerte de las desilusiones. 

Tercera razón: las ambiciones despiertan envidia secreta. Incluso si tus padres se sienten orgullosos de ti, cuando hablas de tus grandes ambiciones, en lo más profundo de su alma puede surgir un pensamiento: "Él quiere más de lo que yo logré" y eso hiere su ego, aunque sea de forma inconsciente. El Talmud dice, "No existe persona libre de envidia. Ni siquiera los padres hacia sus hijos, especialmente cuando los hijos aspiran a aquello que los padres no alcanzaron."

Cuarta razón, pierdes la fuerza mística del deseo. Los cabalistas enseñan que la ambición es una energía espiritual. Cuando la mantienes dentro, arde como un horno y te impulsa a actuar, pero cuando la sueltas con palabras se disipa como el vapor. Recibes la aprobación de tus seres queridos. "¡Qué bien, bravo!", y tu mente piensa: "Ya soy exitoso, ya me han elogiado." La energía de la acción se evapora.

Los sabios dicen, "Las palabras sobre la ambición son el enemigo de los logros." Una historia del Talmud: Había un joven que quería convertirse en un gran rabino, superar a todos los maestros de su tiempo. Se lo contó a su padre. El padre, un hombre sencillo, se asustó de semejante orgullo y empezó a disuadirlo. El joven obedeció, sofocó sus ambiciones, se volvió más modesto y terminó siendo un maestro común, pero pudo haber sido grande.

Años después fue a ver a un sabio arrepentido y el sabio le dijo, "Tu error no fue tener grandes ambiciones, tu error fue revelarlas a la persona equivocada." Los grandes sueños deben guardarse entre tú y el Altísimo.

Los hombres, incluso los que te aman, son demasiado pequeños para contener tu grandeza.

¿Qué hacer? 10 grandes ambiciones.

Sueña con lo imposible. 

Si deseas ser grande, desea serlo.

El Altísimo ama a los soñadores audaces, pero guarda esas ambiciones en secreto.

Habla con tus seres queridos solo de los pasos concretos: "Estoy abriendo un negocio. Estoy aprendiendo algo nuevo..." pero no del tamaño del objetivo final.

Trabaja en silencio, alcanza en silencio.

Y, cuando tu ambición se cumpla, entonces todos lo verán sin palabras.

Rabí Aquiba enseñaba: "El río silencioso abre los cañones más profundos." Que tus ambiciones sean ese río silencioso, poderoso, imparable, pero sin ruido.

Tema seis, tus experiencias espirituales.

El sexto tema del secreto absoluto son tus profundas vivencias y revelaciones espirituales.

El apóstol Pablo escribió sobre un hombre que fue arrebatado al Paraíso y oyó palabras inefables que al hombre no le es dado expresar. Fíjate: no le es dado expresar. ¿Por qué? Porque lo sagrado no es para todos.

Jesús dijo: "No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos". Lo santo puede ser malinterpretado, ridiculizado. Incluso una madre amorosa podría decirte "te lo imaginaste." Y tus perlas serían pisoteadas.

El peligro del orgullo.

Al hablar de experiencias espirituales, corres peligro: "Miren qué espiritual soy". Rabí Nahmán enseñaba: "La verdadera cercanía con Dios está en secreto. La espiritualidad exhibida es teatro. Pérdida de fuerza." Los cabalistas enseñan: "La energía espiritual  se disipa cuando se habla de ella." Tu experiencia guardada en silencio alimentará tu alma durante años; contada, desaparecerá como la niebla de la mañana.

Tema siete, tus pecados pasados.

El séptimo tema del silencio absoluto son tus pecados pasados, aquellos de los que ya te has apartado.

El Talmud enseña, si una persona ha pecado y se ha arrepentido, no se le recuerde su pecado y tampoco te lo recuerdes tú mismo contándoselo a los demás. Cuando Dios perdona el pecado, él lo olvida.

Tan lejos como está el Oriente del Occidente, así alejó Él de nosotros nuestras iniquidades. Pero cuando hablas de tu pecado pasado, tú le devuelves la vida al pecado: estaba muerto, enterrado, olvidado por Dios. Y lo resucitas con tus palabras, creas una imagen de ti mismo. Tu madre recordará:  "Mi hijo hizo eso." Aunque te haya perdonado, la memoria queda.

Das un arma en un momento de ira. Incluso una madre amorosa puede decir: "Tú siempre has sido así." Puedes tentar a otros al contar tu pecado: despiertas curiosidad: "¿Y si yo también lo pruebo...?"

En resumen, el largo silencio es la protección del alma sobre tus planes hasta que se cumplan, sobre el dinero, siempre, sobre el matrimonio para toda la vida, sobre los secretos ajenos hasta la muerte, sobre tus miedos mientras vivas, sobre lo espiritual, hasta la eternidad sobre los pecados pasados después del arrepentimiento.

Los sabios dicen: "Las palabras son de plata, el silencio es de oro, pero el silencio sobre lo sagrado es un diamante."

Guarda estos siete secretos, no por desconfianza hacia los tuyos, sino por sabiduría y protección. Hay cosas tan valiosas que al ser dichas en voz alta pierden su fuerza. Que tu corazón sea cálido con tus seres queridos, pero sabio en el silencio.

jueves, 1 de enero de 2026

Tres preguntas que hacerse antes de una decisión que nos atasca

 Tres preguntas que ayudan a tomar una decisión si estamos paralizados, en El País, por Patricia Fernández Martín, 1 ENE 2026:

La paradoja de la elección: tener más opciones no nos hace más libres sino más insatisfechos. Tener claros nuestros valores y prioridades ayuda a evitar el inmovilismo y la ansiedad ante las alternativas infinitas

En una época en la que parece que podemos elegirlo todo, nunca nos habíamos sentido tan inseguros como ahora. La promesa de libertad ilimitada se ha transformado en una fuente constante de ansiedad. Tener más opciones no siempre significa más bienestar, a veces implica tener más dudas, más culpa y más vacío. Este fenómeno se ha llamado parálisis por elección y ocurre cuando el exceso de posibilidades nos impide decidir. El cerebro se bloquea, dudamos, comparamos, postergamos… Al final, elegimos con la sensación de haber fracasado en algo. Esa indecisión cotidiana es el reflejo de un malestar contemporáneo: la dificultad de tolerar la renuncia que implica cualquier decisión.

El psicólogo Barry Schwartz ha definido este conflicto como la paradoja de la elección: más opciones no nos hacen más libres, sino más insatisfechos. En una cultura que premia la perfección, el error se vive como un fracaso personal y activa el sistema de amenaza del cerebro. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, demostró que nuestra mente no está preparada para procesar tanta información ni para sostener tanta ambigüedad. Dudamos porque nos invade el miedo a elegir mal. Aparecen el FOMO (miedo a perder algo) y el FOBO (miedo a elegir mal). Ambos bloquean el movimiento. El resultado es un tipo de ansiedad que muchas personas describen como agotamiento mental, procrastinación o insatisfacción amplificada por las redes sociales. Nos asomamos a vidas ideales y aparentemente perfectas. Elegimos desde la comparación y no desde el deseo genuino. Así, la identidad se vuelve un proyecto en permanente revisión. Y cuanto más nos comparamos, más nos alejamos de lo que somos. El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, señala que la sobreabundancia de estímulos destruye el deseo. Demasiadas posibilidades saturan el sistema dopaminérgico. Mientras dudamos, cabe preguntarse quién gana en este sistema. Las plataformas digitales se benefician de nuestra atención dividida: cuanto más tiempo pasamos comparando o postergando, más rentables somos. El capitalismo emocional se alimenta de nuestra inseguridad y de la promesa de una opción mejor. Una sociedad indecisa, saturada y cansada es también más manipulable.

Las investigaciones en neurociencia muestran que más del 90% de nuestras decisiones se toman de forma automática, guiadas por emociones y experiencias previas. De hecho, como señala Gerald Zaltman, profesor de Harvard, “el 95% de nuestras decisiones se toman subconscientemente”, lo que refuerza la idea de que decidimos mucho más desde la emoción que desde el análisis racional. Por lo tanto, la indecisión no siempre tiene que ver con la falta de información o con que necesitemos más opciones, sino con la dificultad de una verdadera conexión emocional. Dudar de manera prolongada, en muchos casos, también es un mecanismo de defensa. Nos protege del malestar que imaginamos tras un posible error: la culpa, la decepción o la mirada ajena. Por ejemplo, una persona que rechaza un nuevo trabajo “porque no está segura” quizá no esté dudando del empleo ni necesite más información, sino que su conflicto viene de su incapacidad para tolerar el cambio o decepcionar a su entorno.

La psicología señala varios antídotos ante el vértigo de la elección: conexión con los valores y el sentido, pausa y reconceptualizar lo que significa la libertad. La terapia de aceptación y compromiso (ACT, por sus siglas en inglés), por ejemplo, propone un cambio de enfoque: elegir desde los valores, que no son metas concretas como tener éxito o ser feliz, sino direcciones vitales. Por ejemplo, si uno de mis valores es cuidar, puedo expresar ese valor siendo médico o maestro: lo esencial no es el rol, sino la coherencia con uno mismo. Esto está relacionado con el propósito como brújula interior que orienta las decisiones: para qué hago las cosas. La construcción de este sentido implica revisar vínculos y prioridades. Es importante parar para escuchar emociones y detener la voz autocrítica.

Existen algunas preguntas que pueden ayudar antes de decidir:

—¿Qué haría si no tuviera miedo a equivocarme?

—¿Esta decisión me da paz o ansiedad?

—¿De quién es el deseo que me mueve?

La parálisis por elección no es un defecto personal, sino un síntoma de una sociedad saturada de estímulos. Mucha de la insatisfacción del individuo actual emerge de ello y de nuestro entorno. Aprender a elegir no consiste solo en tener más opciones o analizarlas de forma obsesiva y neurótica, sino en conectar con lo esencial. Para ello es importante aceptar la pérdida que implica cada elección, sostener la duda sin huir de ella y decidir desde la coherencia interna más que desde el miedo. Quizás elegir hoy en día consista en eso: detenerse, aprender a escucharse y avanzar con sentido. No se trata de acertar, sino de vivir en paz con lo que se elija.

Patricia Fernández Martín es psicóloga clínica

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Formas neurológicas de desarrollar la voluntad.

  [Excerpta tomada de Quora]:

 I

¿Cuándo algo te gusta necesitas motivación?

Todo lo contrario, podemos pecar de ser incapaces de "dejar de hacer".

Por tanto:

Disfruta de la acción en sí misma, porque es la prueba de tu existencia.

Disfruta de tu paseo como disfrutaría el inválido de volver a andar.

Disfruta de comer como el hambriento disfrutaría, o el sediento de beber.

Disfruta de respirar, como aquel que estuvo a punto de ahogarse.

Disfruta de hablar como aquel que se recuperó de un ictus.

Disfruta del contacto social, como aquel que estuvo décadas en una cárcel.

Disfruta de poder expresarte, como aquel que se liberó de una represión.

Disfruta de conocer, como aquel que empezó una vocación tardía.

Disfruta de poder elegir como aquel que por fin pudo.

No hay excusas.

Se puede disfrutar de cualquier cosa.

Incluso, disfrutar de poder hacer lo que estés "obligado-a-hacer".

Disfruta de tu responsabilidad.

Disfruta de tener palabra.

Disfruta de ser ordenado-a, disciplinado-a, y constante.

Disfruta de elegir y cumplir.

Disfruta de ser fiel a ti mismo.

Disfruta de tus errores como el niño o la niña que se ilusiona por aprender y se levanta casi antes de tocar el suelo.

Y finalmente, pero no por ello menos importante, disfruta de no hacer nada.

II

Tener fuerza de voluntad supone trabajo diario y tiene mucho que ver con un discurso interno muy, pero que muy positivo; para esto deberás conocerte primero y aceptarte como eres; ya entendido esto, te daré los pasos que seguir.

Buscar los aspectos positivos de sea lo que sea que te detiene para hacer algo, por ejemplo, no quiero terminar mi carrera por X razón; lo que siguiente pensarás "bueno ¿por qué yo la escogí? ¿Cuáles son los verdaderos beneficios de terminarla? ¿Si no la concluyo que consecuencias tendré? ¿Serán reparables? ¿Qué es lo mejor de esta en estos momentos que la estoy viviendo? Etc.

Evitar pensamientos catastróficos como, por ejemplo, no quiero conducir porque me van a multar o voy a chocar o no quiero salir con esta chica porque solo me va a usar o no me va a aceptar etc.

Ser abierto y flexible en la forma en la que vez o interpretas el mundo, recuerda, no es malo ni tampoco bueno, es solo simple y natural, cualquier cosa puede pasar.

No autoexigirte en las cosas que vas o quieres hacer, ni generar el pensamiento "todo o nada", ya que eso te desmotivará siempre y evitará que intentes algo o, que si lo intentas y falla, no lo quieras repetir y caigas en frustración.

Conversa contigo mismo de manera compasiva y clara, háblate indulgentemente, cada que tengas un error no caigas en autorreprenderte ni en el victimismo; no uses contigo frases ofensivas ni mucho menos te castigues por lo que sucedió, ya que esto merma tus ganas de hacer las cosas bien.

Tener clara una meta, y saber todo lo que te lleve a realizarla para alcanzarla, y tener bien en cuenta  por qué la quieres.

Son los 6 pasos para tener un discurso interno positivo que te impulsara a tener voluntad en tu día a día.

III

Formas de desarrollar la voluntad contra los hábitos malos, poco beneficiosos o que quitan tiempo a lo valioso. 

Por qué la Atención Plena puede ser el antídoto contra la adicción. Los seres humanos toman decenas de miles de elecciones todos los días. Y casi la mitad de estas acciones diarias son habituales : se realizan en "piloto automático" sin mucho pensamiento consciente. Y cuando intentamos cambiar nuestro comportamiento, a menudo pensamos que se reduce a la fuerza de voluntad: tener el autocontrol para rechazar una segunda copa de vino, ir al gimnasio después del trabajo o saltear un cigarrillo.

Pero según el psiquiatra y experto en adicciones Judson Brewer , la fuerza de voluntad es un mito generalizado pero engañoso. Está impregnado en nuestra psique colectiva, pero tiene poca base neurocientífica. Si bien el autocontrol ciertamente existe, es una de las peores formas de cambiar el comportamiento. "Desde la perspectiva de la neurociencia, no existe la fuerza de voluntad", dice Brewer. "No es así cómo funcionan nuestros cerebros", agrega Brewer. Brewer es investigador y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Brown y director médico ejecutivo de salud conductual en la empresa de salud digital Sharecare. "En resumen, es una historia muy bonita, pero no es una historia real", dice Brewer. En lugar de depender de la fuerza de voluntad, el cerebro toma decisiones y forma un comportamiento basado en un sistema integrado, primitivo y basado en recompensas llamado aprendizaje por refuerzo. Siempre que el cerebro tiene una opción, gravita hacia la opción más gratificante.

Al traer conciencia y curiosidad intencionalmente a cualquier acción, usted cambia el valor de recompensa de un hábito y, a su vez, cambia su respuesta a él.

Cuando profundiza en las sensaciones de un momento a otro de una acción, ya sea que sea fumador, coma en exceso o se preocupe ansioso, a menudo se dará cuenta de que no es tan gratificante. A su vez, se "desencanta" de la acción y, con el tiempo y la repetición, pierde el interés por completo.

Las técnicas de atención plena pueden aprovechar los sistemas cerebrales para romper hábitos , frenar los antojos y superar la adicción. "La curiosidad es contagiosa", dice Brewer. "Cuanto más lo practicamos, más queremos practicarlo debido a sus cualidades intrínsecamente gratificantes, porque se siente bien".

PATRONES PRIMITIVOS, PROBLEMAS MODERNOS: el sistema de aprendizaje basado en recompensas del cerebro es su mecanismo de supervivencia más antiguo. Nos ayuda a encontrar comida y evitar peligros, pero puede hacernos tropezar en la vida moderna. Esto se debe a que las actividades inicialmente gratificantes se integran rápidamente en el cerebro.

A medida que la actividad se repite, se afianza cada vez más como una respuesta automática a un cierto desencadenante, incluso cuando el proceso ya no es gratificante. "Resulta que aquí es donde entra la atención plena", explica Brewer." Si desea cambiar el comportamiento, debe actualizar el valor de la recompensa. Y la única forma de actualizar un valor de la recompensa es generar conciencia y ver muy, muy claramente lo que realmente obtiene del comportamiento". A menudo, cuando las personas se vuelven hacia adentro y se involucran con la experiencia presente, se decepcionan, un fenómeno psicológico llamado error de predicción negativa. Esperan que sea gratificante, pero la realidad trae un resultado diferente.

Brewer sugiere hacerse estas preguntas:

¿Puede estar consciente de sus comportamientos?

¿Puede ser consciente de sus pensamientos, emociones y sensaciones?

¿Puedes aportarles una actitud de curiosidad?

En lugar de prejuzgar lo que está sucediendo, como decir: "Oh, ¿esto es bueno o esto es malo?" ¿Puedes simplemente tener curiosidad y observar lo que está sucediendo en este momento? "Eso es realmente la atención plena: ser consciente y estar verdaderamente abierto a lo que realmente está sucediendo y quitarnos todos nuestros lentes de sesgo subjetivo", dice Brewer.

LO QUE DICEN LOS DATOS:

Brewer ha visto a cientos de personas "desencantadas" con algunos de sus hábitos más antiguos, desde consumir chocolate hasta cocaína. 

Una paciente, fumadora desde hace mucho tiempo, tuvo una sensación visceral de disgusto cuando prestó atención a la experiencia segundo a segundo de fumar un cigarrillo. Fumar huele a "queso apestoso y sabe a productos químicos. Qué asco", recuerda Brewer que le dijo.

"Solo se necesitan 10 o 15 veces de que alguien realmente preste atención, ya sea un ejercicio de alimentación consciente o un ejercicio de fumar consciente, para que el valor de la recompensa caiga incluso por debajo de cero", dice Brewer. Brewer ha introducido esta técnica en programas de atención plena basados ​​en aplicaciones y ha probado su eficacia con fumadores, médicos que luchan contra la ansiedad y el agotamiento, y personas que comen en exceso. Brewer descubrió que la atención plena puede ser el "truco cerebral" que subvierte las conductas adictivas, a veces mejor que el tratamiento estándar. En un estudio de 2011, Brewer observó que cuatro meses después del tratamiento, se descubrió que la atención plena es cinco veces mejor para ayudar a las personas a dejar de fumar que los programas de tratamiento estándar.

En otro estudio de 2020 sobre médicos sometidos a un estrés tremendo, la atención plena también ayudó. Un mes después de usar la meditación de Atención Plena de Brewer , la ansiedad y el agotamiento de los médicos se redujeron en un 50 por ciento. A los tres meses, la ansiedad se redujo en un 57 por ciento con respecto a los niveles iniciales. En 2018, su equipo descubrió que un programa de alimentación consciente redujo la alimentación relacionada con los antojos en un 40 por ciento en personas con sobrepeso y obesidad.

También redujo la alimentación en respuesta a emociones negativas en un 36 por ciento. En conjunto, la evidencia sugiere que la atención plena, es decir, traer conciencia y curiosidad a una acción, es potencialmente tan buena o mejor que la medicación. En lugar de frenar temporalmente los síntomas, puede "llegar a la raíz del problema", dice Brewer.  "Hay esperanza, y podemos respaldar esa esperanza con datos", dice el investigador.

CÓMO PONER EN PRÁCTICA LA ATENCIÓN PLENA: aun así, aunque esta técnica parece simple, incluso intuitiva, practicar la ATENCIÓN y la curiosidad no siempre es fácil. Especialmente en momentos de estrés, volverse hacia adentro puede ser excepcionalmente difícil.

"Los viejos hábitos son familiares y, por lo tanto, cómodos", dice Brewer. "Así que cada vez que salimos de nuestra zona de confort, normalmente, nos movemos hacia una zona de pánico". Pero es posible pasar a una "zona de crecimiento" si nos dedicamos a la conciencia y la curiosidad. "Esto es lo único que nos va a ayudar, y cuanto antes aprendamos a volvernos hacia [nuestros hábitos], más fácil será, porque esos hábitos serán menos solidificados", dice Brewer.

3 PASOS PARA CAMBIAR DE HÁBITO:

Conciencia: el primer paso es ser capaz de reconocer un ciclo de hábitos y trazar un mapa de los componentes, dice Brewer. Esto significa identificar qué desencadena un comportamiento, cómo se siente el comportamiento y cuáles son los resultados del comportamiento. Esto puede ayudarlo a evaluar mejor la verdadera recompensa o riesgo de un hábito.

Curiosidad: tener curiosidad, no juzgar, acerca de sus antojos cambia la valencia de lo desagradable de un deseo a lo agradable de la curiosidad. El ejercicio se vuelve intrínsecamente gratificante y luego puede identificar alternativas que sean más atractivas.

Busque comportamientos que en realidad sean más gratificantes que el hábito que está tratando de romper. Tal vez sea ejercicio, atención plena o simplemente la curiosidad misma. Cada vez que aparezca un antojo, repita estos pasos.

IV

Uso del condicionamiento operante

¡Dios mio! Lo primero que debemos hacer es preguntarnos qué cosa es la fuerza de voluntad. De donde sacamos ese concepto?

Normalmente llamamos fuerza de voluntad a una virtud que tienen otros de hacer algo que no queremos o que nos desagrada o nos cansa. Uno ve a unos tíos entrenando para correr y se puede preguntar ¿cómo lo hacen? Y alguien viene y dice, “es que tienen fuerza de voluntad”.

Esa es una falsa explicación. Muy común por otra parte, pues tengo ya 79 años y la vengo oyendo desde que era un niño. El niño puede hacer muchas cosas variadas que no requieren ningún esfuerzo ni persistencia como jugar. Pero otras actividades le resultan cansinas y pronto las dejan, o trabajan en ellas lentamente, generando muchas pausas para pensar en otra cosa.

Hace ya muchos años tenía deseos de saber como puede uno controlar a un niño para que sea muy estudioso y no tenga problemas para hacer tareas escolares. Pensé que eso me lo aclararía un libro de psicología y me compré uno. Pues no me sirvió de nada, y compré otro, y luego otro, y otro y otro, hasta llegar a unos veinte o veinticinco. Ahora mismo no recuerdo la cifra exacta de libros de psicología que resultaron una decepción. Llegué a perder la esperanza de que la psicología pudiera enseñarme algo de lo que yo quería. Ya tenía formada la idea de que esos libros eran un fraude y me sentía muy frustrado. ¡Carajo! ¡No pretendo hacer una bomba atómica! Pero un día vi en los almacenes a donde de compras iba un libro nuevo. Lo cogí en la mano y le eché un vistazo.

Cuando abrí el libro vi unos dibujos de una rata en una jaula haciendo algo. Y un poco más allá vi un dibujo de una paloma. Y vi unas gráficas de conducta acumulativa, y eso me pareció una buena señal. Por fin me encontraba un libro de psicología que se tomaba las cosas en serio. Mi satisfacción se basaba en que si eres capaz de enseñarle a una paloma o a una rata a hacer alguna cosa, será mucho más sencillo enseñar algo a un niño. Estudiando el arte de como hacemos que un animal haga alguna cosa, eso se puede aplicar a los niños y ya tenemos la solución para este problema que me preocupaba. Y ocurría que al animal lo controlabas con comida, lo tenías unas horas o todo un día sin comer, y luego cuando el animal hacia algo que deseabas le premiabas con una bolita de comida. Obviamente, no puedes esperar que una rata o una paloma haga algo muy complicado para darle una bolita de comida. Lo matarías de hambre. Una conducta complicada se la tienes que enseñar poco a poco, para que pueda memorizarla. Primeramente le enseñas un paso concreto del principio de la conducta, y cuando lo sabe bien te demoras un poco para que haga algo más, y si hace lo que esperas como segundo paso, le premias con comida, etc. Poco a poco el animal va a prendiendo una secuencia de actos que dan lugar a un conducta de cierta complejidad.

La ventaja que tiene el niño sobre una rata o una paloma es que su cerebro tiene mucha más capacidad. No creo que sea necesario extendernos demasiado para probar esto.

Bueno, pues existe un principio de la conducta que dice “la frecuencia de una conducta está controlada por sus consecuencias”. Lo que traducido a lenguaje vernáculo significa: si una conducta produce placer seguimos con ella. Un ejemplo claro sería comerse un helado de crema. Asumiendo que el helado de crema es dulce y tiene algo de nata, parece lógico comerlo. Y al niño le encanta el helado de crema, o si falla eso le puede gustar otra cosa.

Pero que ocurre con aquellas cosas que no son dulces ni se comen? Escribir en un cuaderno unos ejercicios escolares para párvulos, puede parecer que no es dulce y tampoco se come. ¿Qué hacemos entonces? Por fortuna el niño es muy sensible a los halagos. Y cuando le damos instrucciones para que escriba en un cuaderno de párvulos le halagamos según se sienta frente al cuaderno, por coger el lápiz correctamente, como hace los primeros palotes, etc. Pero si dejamos al niño delante del cuaderno con el lápiz y nos vamos a hacer otra cosa, el niño no hará nada, o casi nada. ¿Por qué? Porque te has ido y en cierto modo tú eres el helado de chocolate, por decirlo con una metáfora. Solo si estás a su lado, el niño pensará que es estupendo escribir, puesto que estás allí para halagarle y decirle cosas bonitas, por estar escribiendo. En lenguaje técnico se dice que estás reforzando la conducta del niño. Estás haciendo lo que el psicólogo hace con la rata o la paloma, pero estás usando palabras halagadoras y no una bolita de comida. A este proceso se le llama “condicionamiento operante”

¿Qué propiedades tiene el condicionamiento operante?

El condicionamiento operante convierte una conducta indiferente o aburrida en una ejercicio placentero. Cuanto mejor condicionada esté una conducta tendrá una mayor frecuencia, y la persona que ha adquirido esa conducta se siente muy satisfecha cuando la ejecuta. Por a ponerte un ejemplo inverosímil.

Un niño de cuatro años está tocando al piano la Sonatina bastante bien, creo yo. ¿Te imaginas que tiene un músculo de la voluntad en alguna parte? ¿O será más bien que fue condicionado adecuadamente para estar contento con lo que hace? Eso no se puede enseñar al patadón, sino con mucho amor y muchos halagos. No puedes usar malos modales para enseñar una cosa así. Y debes ignorar cualquier error que el niño cometa al tocar. Pues mencionar los errores es como aplicar halagos negativos sobre la conducta.

Bueno, pues esa es la cuestión. Nos han cargado de responsabilidades como estudiantes, pero se olvidaron la fórmula mágica de hacer que el estudio fuera placentero. Cualquier otra cosa, como comer helados, ver la tele, jugar a la pelota, resulta placentero, pero nadie se ocupó de hacer que tus horas de estudio fueran placenteras. No es que no estudies, sino que no estudias bastante y has ido acumulando retrasos. Pero, igual existe algo que te hace perezoso. Aunque seas joven, puedes tener algo alto el colesterol, puede que no hagas bastante ejercicio físico y estás bajo el control de la insulina y no bajo el control de la adrenalina.

La solución pasaría por reducir drásticamente todas las comidas ricas en azúcar pues el azúcar hace que se te dispare la insulina y al cabo de cincuenta o setenta minutos tendrás bajos los niveles de glucosa en la sangre y te sentirás de nuevo fatigado y un poco abúlico (falto de energía para hacer algo).

La solución para este problema te puede parecer rara. De una parte, debes hacer un esfuerzo de no comer nada durante dos o tres días. Nadie se muere por eso, ya que un kilo de grasa corporal contiene 7,200 kilocalorías. Y eso es lo que gastas en tres o cuatro días, haciendo una vida normal. Luego al hacer varios días de ayuno estás despertando a las glándulas suprarrenales (hay una glándula de esas encima de cada riñón y tienen el tamaño de una almendra)

A continuación de esos días de ayuno, o sin acabarlos, debes irte a caminar, con paso firme, no con el estilo de un anciano, y no menos de 60 minutos cada día. Cuando estés más fuerte puedes caminar hora y media. Eso hará que en tu sangre tenga niveles altos (digamos normales) de adrenalina. Y eso te dará energía para ponerte a estudiar durante una hora o más. Si al cabo de una hora encuentras que te sientes cansado, es posible pues al estar sentado igual acabas con la glucosa baja. Te levantas y haces un poco de ejercicio intenso, como simulando que corres levantando las piernas alto y haciendo ejercicio durante unos diez minutos, sin moverte del sitio. Eso estimula las adrenales y te sube la adrenalina y la glucosa un poco. Los niveles altos de adrenalina te hacen aceptar cualquier tarea con relativa facilidad. Y da lo mismo que sea una tarea física o intelectual.

Si lo que estudias es demasiado complejo, y no puedes realmente con ello, creo que debes dejarlo y empezar más atrás con algo que sea asequible a tu inteligencia. La inteligencia es un proceso acumulativo. Cuanto más trabajas en un asunto más inteligencia adquieres sobre ello. Un asunto de estudios no se puede adquirir si supera bastante nuestra capacidad de comprensión. Es algo que se debe hacer poco a poco, empezando desde lo fácil y pasando lentamente a cuestiones de más complejidad en un proceso lento.

V

El uso del refuerzo

En términos psicológicos estrictos, la “fuerza de voluntad” no existe. La prueba es que, si realmente el que yo superara conductas dañinas dependiera únicamente de mi “deseo”, de la “fuerza con que quiero” eso, debería resultar extremadamente fácil conseguirlo, porque está claro que nadie puede desear dejar de sufrir sus consecuencias más que yo… Y sin embargo, muchas veces no consigo hacer (o dejar de hacer) aquello que tanto deseo, porque querer NO es poder; poder, mas bien, es “saber cómo”.

En lugar de “fuerza de voluntad”, lo que existe es la “fuerza del refuerzo”. Me explico. En todos los seres vivos, las conductas se mantienen en función de las consecuencias que obtienen. Aquellas que obtienen una consecuencia positiva (algun tipo de recompensa) de forma inmediata resultan reforzadas, es decir, aumenta la probabilidad de que se repitan y afiancen. Aquellas cuyas consecuencias inmediatas son desagradables, resultan castigadas, es decir, disminuye la probabilidad de que se repitan.

El problema aquí esta en la necesidad de que el refuerzo y el castigo sean inmediatos. Muchas de las conductas dañinas son difíciles de modificar porque a corto plazo son reforzadas, aunque a largo plazo sean perjudiciales. Muchas veces en que nos sentimos con poca “fuerza de voluntad”, lo que esta sucediendo en realidad es esto: que estamos siendo impulsivos, o corto-placistas - nos estamos dejando llevar por el refuerzo inmediato sin tener en cuenta consecuencias demoradas.

La mejor manera de mejorar tu “fuerza de voluntad”, es decir, de conseguir afianzar las conductas que deseas, es por tanto manejando las contingencias (las consecuencias) de tus conductas: reforzando aquellas que deseas mantener (premiándolas) y eliminando los refuerzos (o castigando) las indeseables.

Lo que hace que los refuerzos sean potentes es que el acceso a ellos no sea libre, sino que este condicionado a la ejecución de las conductas. Es decir, que te procures esos “premios” si y solamente si realizas la conducta que deseas.

VI

Los límites de la voluntad

¿Por qué no siempre basta con tener tanta fuerza de voluntad y una determinación tan obstinada para alcanzar el objetivo? Porque así es.

Primero porque para ello tendríamos que escoger adecuadamente (de forma realista) los objetivos. Nuestros objetivos podrían ser absurdos, fantasiosos, demasiado elevados. Podemos agotarnos intentando y no ocurrirá lo que buscamos.

Por otra parte, incluso cuando fueran objetivos teóricamente alcanzables, las cosas no siempre dependen enteramente de nosotros. Nuestra voluntad y empeño son muy importantes pero en la parte donde alcanzar lo que buscamos depende de otros factores que no controlamos, simplemente no podemos hacer más. (Sí, sí, ciertamente a veces hay más que podemos hacer y no lo intentamos, pero casi nunca depende por completo de una persona. Puedo conceder sin problemas que los casos que resten si dependen de tí y si los quieres debes ponerle empeño para lograrlos, pero son los que menos).

Es importante conocer esto, porque, a merced de tantos libros de autoayuda que nos repiten que de una forma u otra TODO ESTÁ EN NOSOTROS o todo DEPENDE de nosotros, la gente puede llegar a frustrarse de forma tremenda (pues la implicación es que si no lograste tu objetivo es que NO lo querías o no lo querías lo suficiente o que no hiciste todo lo que podías, etc.). Bueno, hay libros que de plano se pasan al otro extremo y dicen que dependiendo de la intensidad de nuestros anhelos y deseos "el universo" completo "conspirará" para que logremos lo que queremos… ¿Así o más autocomplaciente, egocentrista y fuera de la realidad?

Hace poco oí que alguien que da pláticas decía (¡bendito sentido común tan poco común!) que por este tipo de fantasías había tanta gente frustrada. Citaba de gente que no se sobreponía y se quejaba apasionadamente (¿al universo?) "¡Es que yo quiero ser cantante con toda la fuerza de mi alma!" (nótese el tono adolescente de este plañido). Pues no se duda de la pasión (que suena bastante a berrinche), pero si no tienes con qué, no tienes con qué. Enfréntalo. Acéptalo.

Y todavía, algunos gurues de autoayuda intervienen aquí y hacen que hasta la gente se moleste contigo por tu "despiadado" realismo y tu “miopia” desanimadora: "Hay testimonios de gente que TODO MUNDO le decía que no podía y no podía, y mira lo que logra la fuerza de voluntad: ¡Al final SÍ PUDO!" — Te dicen para "ponerte en tu lugar".

Aquí hay dos cosas.

1) No todo mundo te dice que "no puedes" por ser malvado, sino para que no acabes allí tus fuerzas, porque emplees mejor tu tiempo, porque quizá tienes que ver que hay otras cosas y ver que tu "pasión" no es intransferible sino que no habías buscado lo suficiente. Porque ya pasaron por allí o vieron otros casos y no quieren que sufras así. Quizá te lo dicen porque te aman. Acusar a la gente realista de "matasueños" es idiota y malagradecido. ¿O sea que lo bueno sería darte por tu lado por más absurdo que sea tu objetivo?

2) Hay historias sorprendentes de autosuperación, sí. Mis respetos. Quizá fue la terquedad, la voluntad y todo lo que quieras decirme. Pero la estadística al respecto es mentirosa: MUY POCA gente que fue contra todo lo logró (aunque eso, curiosamente, también lo usan como argumento a su favor porque “si las cosas que valen la pena se hicieran fácilmente, cualquiera las haría”). La gran mayoría que desperdiciaron recursos, tiempo y frustración no lo lograron. No digo que no por ello debieras dejar de intentarlo pero al menos considera más factores y no te comas todo lo que te metan en la boca los gurues de autoayuda. Puedes ser un intento de cantante o actor o modelo frustrado, malogrado y suicida o quizá descubras que ser chef resulta ser mucho mejor de lo que imaginabas y se te da de forma casi natural. Date una oportunidad. Además, ¿De dónde surgen esas "pasiones" y sueños? Surgen muchas veces de tener pocas opciones, de conocer pocas cosas, de encapricharte con algo que a otra persona le funciona y tú quieres que te funcione también.

¿Te tirarías sin paracaídas desde mil metros porque alguien que sobrevivió escribió un libro sobre lo bonito que es sobrevivir a una caída sin paracaídas? ¡Quizá ni siquiera tuvieron que ver sus méritos sino la casualidad, la “suerte de principiante”!. Quizá de mil personas que se tiraron una sobrevivió, esa escribió el libro (las 999 no porque los muertos no escriben libros) y te quiere convencer con su experiencia que es difícil pero que es "posible" sobrevivir, así que "si de verdad lo quieres, tírate sin paracaídas".

No. La realidad puede ser dura pero es lo que hay. Si cierras los ojos y luego los abres seguirá allí. Hay mucho de madurez en esto, pero sobre todo de “no frustración”. Tomar nota.

VII

De qué depende

De la motivación, la pasión por algo. El pensar en un objetivo y que es posible alcanzarlo. El positivismo y el placer de hacer cosas. La depresión es todo lo contrario, es lo que te quita las ganas de hacer las cosas.

Si crees que el secreto de una mayor fuerza de voluntad es ser más duro contigo mismo, no eres el único. Pero te equivocas. Un estudio tras otro revela que la autocrítica va siempre ligada a menos motivación y autocontrol. También es el mayor indicador de la depresión que destruye la fuerza del «lo haré» y la del «quiero». En cambio, la autocompasión —apoyarte y ser bueno contigo mismo, sobre todo ante el estrés y el fracaso—, se asocia con una mayor motivación y autocontrol.

Considera, por ejemplo, un estudio de la Universidad Carleton en Ottawa, Canadá, que siguió durante un semestre el hábito de postergar los deberes de los estudiantes. Muchos se preparaban el primer examen en el último momento, pero no todos adquirían esta costumbre. Los que más duros eran consigo mismos por haber estudiado en el último momento, tendían más a seguir haciéndolo en otro examen que los estudiantes que se perdonaban a sí mismos. ¡Cuanto más duros eran consigo mismos por haber estudiado en el último momento, más tardaban en prepararse para el siguiente examen! El perdón —y no la culpabilidad— era lo que les ayudaba a ponerse al día en los estudios.

Estos hallazgos van en contra de nuestros instintos. ¿Cómo puede ser, si muchos de nosotros intuimos que la autocensura es el pilar del autocontrol, y que la autocompasión te lleva directo a la autoindulgencia? ¿Qué motivaría a esos estudiantes si no se sintieran mal por haberse preparado el examen en el último momento? ¿Y cómo nos controlaríamos si no nos sintiéramos culpables por haber cedido a la tentación? Sorprendentemente, es el perdón, y no la culpabilidad, lo que nos hace ser más responsables.

Los investigadores han descubierto que si eres compasivo contigo mismo al cometer un error, tiendes más a responsabilizarte de él que cuando te censuras. También estás más dispuesto a escuchar la opinión y los consejos de los demás y a aprender de la experiencia.

Cuando nos perdonamos, nos es más fácil corregir nuestros errores, entre otras razones porque disipa la vergüenza y el dolor que sentimos al pensar en lo ocurrido. El efecto ¡qué más da! es un intento de huir de lo mal que nos sentimos al reincidir. Pero cuando el sentimiento de culpa y la autocensura no están presentes, no hay nada de lo que huir. Significa que es más fácil reflexionar en cómo cometimos el fallo y nos resulta menos tentador repetirlo.

Pero si vemos nuestras reincidencias como la prueba de que somos unos perdedores redomados que lo hemos echado todo a perder, pensar en nuestro fracaso es un deprimente ejercicio de odiarnos a nosotros mismos. Nuestra meta más urgente será apaciguar esos sentimientos en lugar de aprender de la experiencia.

Por eso la autocensura no es buena como estrategia para controlarnos.

Todos nos equivocamos. Todo el mundo se topa con algo que le cuesta y pierde a veces el control. Forma parte de nuestra condición humana, y tus fallos no significan que tengas algún problema. Considera la verdad de estas afirmaciones.

Cómo creemos que se logran las metas: Inicio, paso 1, 2, 3, 4, 5, 6, fin.

Cómo es en realidad: Inicio, voy bien, ¿qué ha pasado? Huau. Estoy harto. ¿Qué hago? Me rindo. Idea nueva. Cambios. ¡Me encanta! Qué difícil, fin.