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sábado, 6 de junio de 2026

Santiago Alba, Elogio de la literatura

 ‘Elogio de la literatura’: Santiago Alba Rico construye una filosofía a partir de grandes novelas, en El País, Anna Caballé, 6 jun 2026:

El filósofo aborda algunas cumbres de la literatura, del ‘Quijote’ y ‘El idiota’ a ‘Moby Dick’ o ‘Tintín’, para diseñar un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre

¿Es posible atravesar el aguacero de la Historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo? Son algunas de las preguntas que se hace Santiago Alba Rico en su maravilloso ensayo Elogio de la literatura. Obras paralelas, donde, de una forma tan libérrima como respetuosa con la tradición literaria, este pensador, guiado por sus gustos, aborda el comentario de una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek. Mas que resolver los problemas que plantean las preguntas que se hace el autor, Alba Rico los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen.

Se diría que su autor, con este libro, adopta, tal vez consolida, un giro en su trayectoria intelectual, y de una filosofía inclasificable, por singular, en obras como Capitalismo y nihilismo o Penúltimos días. Mercancías, máquinas, hombres, pasa a una filosofía —porque sin duda es el libro de un filósofo— centrada en la sensibilidad y en el atractivo de las ideas que las obras seleccionadas sugieren. En todo caso, los libros de referencia de dichos autores (de mayoría anglosajona) —La metamoforsis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet…— constituyen una especie de santuario personal al que Alba Rico afirma haber vuelto una y otra vez a lo largo de su vida —cinco lecturas de cada uno de los libros elegidos por él es su promedio de frecuencia—, y sin duda es así a juzgar por el dominio que ostenta de tramas y personajes. Digo ostenta, pero ninguna ostentación hay en su obra y eso, la humildad en la que se sitúa moralmente hace su lectura intensa y cautivadora. Nada de dar lecciones, nada de sentirse fortalecido por la rectitud de sus opiniones, Alba Rico es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe (una fe que tal vez mueve montañas), como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños (2007).

Confieso que soy reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidas como un microgénero ensayístico. No entiendo muy bien de qué hay que defender la literatura, porque de lo que merece ser defendida no depende de la literatura y por tanto veo inútil esforzarse en esta dirección: ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte. Y así, con cierta prevención, abrí el ensayo. Parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras en relación a los autores que las concibieron. A esta distancia (epistemológica) autor-obra la define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria. Pero ¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones y desánimos? Simplemente, son dimensiones distintas: realización humana y resultado, no admiten comparación.

Dicho esto, con el ánimo, sin embargo, de seguir pensando en ello, no tuve más que dejarme llevar por los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro para olvidarme de cualquier reparo teórico y comprender que estaba ante un análisis literario finísimo y un modo de abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre. ¿Cómo opera dicho patrón? En primer lugar, de una forma desentendida de cualquier metodología crítica. Alba Rico trenza su escritura mediante la vertebración de todo tipo de asociaciones —emotivas, estéticas, analíticas, filosóficas y también biográficas— según le convenga, sacando a la luz las tensiones —sea la de la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos en su lastimosa desgracia; el envoltorio histórico que tanto pesa en El corazón es un cazador solitario, la función del confort inglés en Los papeles del club Pickwick…— que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento. Y como toda investigación genuina, el resultado no puede ser más gratificante. Dicho en dos palabras: el libro es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela. ¿Con todo ello puede cambiarse el mundo? La respuesta es que no —lo confirma el propio Alba Rico—, pero la literatura ayuda a ensanchar sus fronteras y en este sentido demuestra que es imprescindible.

Curiosamente, la pieza dedicada al Quijote en la que el autor parece tener menos confianza y sentirse más inseguro es donde alcanza, en mi opinión, su mayor logro analítico. La forma de abordar la novela, ahondando en la dureza de la cultura española y en la fragilidad del personaje, es un ejercicio soberbio al vertebrar todos los factores involucrados en la obra de Cervantes. En resumen, ¿tenemos algo que agradecerle a Santiago Alba Rico? Si más no, una cosa, y es que nos conduzca, como lectores suyos, al corazón palpitante de la literatura. Un festín.

Elogio de la literatura. Obras paralelas. Santiago Alba Rico Akal, 2026. 552 páginas. 26,90 euros

lunes, 1 de junio de 2026

Fallece José Manuel Blecua Perdices. Dossier.

 [Dossier y obituarios sobre José Manuel Blecua]

 I

 José Manuel Blecua, mucho más que un amigo, por José A. Pascual, 29/05/2026, en Abc

Era una persona seductora por su profunda y natural cordialidad, por su falta de dogmatismo, por ser uno de los seres más bien pensados que he conocido

Al filo de la noticia del fallecimiento de José Manuel Blecua, debería refugiarme en el silencio. Un silencio que se cerraría precisamente con una forma de despedida suya por medio de un «tenemos que hablar». Y no porque nos quedaran en el tintero muchas cosas por decir, sino por tantas como nos hemos dicho, aun sin palabras.

Es algo normal cuando las nuestras han sido en gran medida vidas paralelas, yendo él siempre por delante: la coincidencia en el penenazgo; en la cátedra de instituto; en la de universidad, donde ambos purgamos un tiempo como esos segundones a los que se los designaba como vicerrectores. Recuerdo de un modo particular la convivencia durante esos cinco años en que participamos en el programa 'Hablando Claro': experiencia inolvidable para los dos, tan llevadera que en aquellos programas en directo nos permitíamos hacernos bromas cruzadas, como la que le lancé yo diciéndole a los oyentes que en adecua no debía acentuarse la 'u'; (hoy ya sí se puede acentuar), y que para no olvidarlo pensaran que esa forma verbal rimaba con 'Blecua'. Hemos compartido silla en la Academia (cada uno la suya, pero menos alta la mía).

De esta vida paralela con quien fue más que un amigo no solo recuerdo los buenos momentos. Me vienen a las mientes otros bastante complicados: algunos con final feliz, como fue el caso de la organización del Congreso de la Lengua Española en Sevilla, en 1992, algunos azarosos tribunales de oposiciones; ciertos problemas en los que su capacidad diplomática fue decisiva para dar con una solución, como es el caso de la transición del Instituto Cervantes entre dos gobiernos o aquel momento en que, gracias a José Manuel, pudimos mediar en un problema departamental que tenía una universidad. Lo de complicado se queda superlativamente corto para describir aquella época que sufrió la dirección de la Real Academia Española, en los que no fue lo más duro torear con el grave problema de la congelación presupuestaria que se presentó durante su mandato.

Si soy testigo de una parte importante de su vida profesional, lo soy también de su condición humana: se trataba de una persona seductora por su profunda y natural cordialidad, por su falta de dogmatismo, por ser uno de los seres más bien pensados que he conocido, por haber creado uno de los Departamentos de filología más importantes de España, por haber formado a un nutrido grupo de discípulos. Es la suya una excepción a una idea que un buen amigo atribuye a muchos que somos incapaces de leer a los demás, por complacernos con leernos a nosotros mismos. José Manuel siempre iba por delante en el conocimiento de la bibliografía, lo que explica que su amor a nuestra lengua se cimentara en el profundo conocimiento que tenía de ella.

Vuelvo a hablar contigo, querido amigo, con el silencio.

II

Muere José Manuel Blecua, académico y ex director de la RAE, a los 86 años, en El Mundo,  Efe,  29 mayo 2026:

Doctor en Filología Románica y catedrático de Lengua Española, fue el responsable del volumen 'Fonética y fonología' de las dos ediciones de la 'Nueva gramática de la lengua española', de 2011 y 2025

José Manuel Blecua, Creu de Sant Jordi de la Generalitat, director de la Real Academia de la Lengua entre los años 2011 y 2014, y académico de esta institución -ocupaba el sillón con la letra h- ha fallecido este viernes en Madrid a los 86 años, ha informado la página de la RAE.

Nacido en Zaragoza el 21 de junio de 1939, fue elegido académico de número el 19 de junio de 2003 y tomó posesión el 25 de junio de 2006 con el discurso titulado 'Principios del Diccionario de Autoridades'.

Elegido director de la RAE en diciembre de 2010, ocupó el cargo entre 2011 y 2014. Además, fue secretario de la corporación de 2007 a 2009.

Era hijo de José Manuel Blecua Teijeiro (1913-2003), catedrático de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y académico de honor de la Real Academia Española, y hermano del también filólogo Alberto Blecua (1941-2020).

Doctor en Filología Románica y catedrático de Lengua Española, José Manuel Blecua fue el responsable del volumen 'Fonética y fonología' de las dos ediciones de la 'Nueva gramática de la lengua española', de 2011 y 2025.

Actividad académica en Barcelona

Fue profesor de la Universidad de Barcelona y de la Autónoma de Barcelona (UAB), de la que fue vicerrector, director del Servicio de Publicaciones y fundador y director del primer Seminario de Filología e Informática.

En 2011 recibió el reconocimiento de la Associació d'Amics de la UAB, en un acto en el que se presentó el libro 'Al otro lado del espejo', publicado en homenaje a sus años de docencia.

José Manuel Blecua también fue profesor en Ohio State University (1971), en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (1986-1987), en los cursos de verano para extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca (Huesca) y colaborador docente, desde 1976, de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Asimismo, fue miembro de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona y correspondiente de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz.

Blecua fue también director académico del Instituto Cervantes (1994-1995).

Coautor del primer libro de estilo del periódico barcelonés 'La Vanguardia' (1986), participó en programas de divulgación lingüística, como 'Hablando claro' (TVE 1987-1992).

Distinguido con numerosos galardones, José Manuel Blecua recibió por ejemplo la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2015), el Premio Aragón de Investigación (2005) por su labor en los campos de la gramática y la lexicografía, la distinción Jaume Vicens Vives al mérito docente otorgada por el Gobierno de la Generalitat (2005), el Premio Atlántida (2011), la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza (2011), el Premio de las Letras Aragonesas 2012 y el Premio Heraldo a los Valores Humanos y el Conocimiento (2014).

También fue distinguido con el doctorado 'honoris causa' por la Universidad Carlos III de Madrid y presidente del jurado del primer premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Además, fue galardonado con la Creu de Sant Jordi y con la Medalla de la Universidad de Zaragoza.

En 2015 recibió el Premio EFE Cultura, que otorgaba por primera vez la agencia.

 III

Fallece el académico José Manuel Blecua, portal de la RAE, 29 de Mayo de 2026:

El académico José Manuel Blecua ha fallecido este viernes 29 de mayo en Madrid a los 86 años.

Nacido en Zaragoza el 21 de junio de 1939, fue elegido académico de número el 19 de junio de 2003 para ocupar la silla h y tomó posesión el 25 de junio de 2006 con el discurso titulado Principios del «Diccionario de Autoridades». Elegido director de la RAE en diciembre de 2010, ocupó el cargo entre 2011 y 2014. Además, fue secretario de la corporación de 2007 a 2009.

Doctor en Filología Románica y catedrático de Lengua Española, José Manuel Blecua fue el responsable del volumen Fonética y fonología de las dos ediciones de la Nueva gramática de la lengua española de 2011 y 2025. 

Durante su mandato como director de la RAE, José Manuel Blecua fue también presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y del patronato de la Fundación del Español Urgente. En este periodo, bajo su dirección, se celebró el III Centenario de la Real Academia Española, en cuya sesión conmemorativa, presidida por los reyes, se presentó oficialmente la 23.ª edición del Diccionario de la lengua española.

Fue profesor de la Universidad de Barcelona y de la Autónoma de Barcelona, de la que fue vicerrector, director del Servicio de Publicaciones y fundador y director del primer Seminario de Filología e Informática. En 2011 recibió el reconocimiento de la Associació d'Amics de la UAB, en un acto en el que se presentó el libro Al otro lado del espejo, publicado en homenaje a sus años de docencia.

José Manuel Blecua también fue profesor en Ohio State University (1971), en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (1986-1987), en los cursos de verano para extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca y colaborador docente, desde 1976, de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Asimismo, fue miembro de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona y correspondiente de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz.

Fue secretario ejecutivo de la Comisión Científica del Congreso de la Lengua Española (Sevilla, 1992) y responsable de la Sección de Lengua y Tecnología, así como secretario del Comité Académico del I Congreso Internacional de la Lengua Española (Zacatecas, 1997), cuyo lema fue «La lengua española y los medios de comunicación». Blecua fue también director académico del Instituto Cervantes (1994-1995).

Especialista en lexicografía e historiografía lingüística, colaboró con Juan Alcina en la obra Gramática española (1975) y dirigió el Diccionario VOX de sinónimos y antónimos, el Diccionario general de sinónimos y antónimos (1999) y el Diccionario escolar de sinónimos y antónimos (1999).

Miembro del Consejo de Asesoramiento Científico de la colección Historiografía de la Lingüística Española y director de la colección Enseñanza Crítica (ed. Crítica), formó parte del Consejo de Redacción de la Nueva Revista de Filología Hispánica, de la Revista de Lexicografía, del Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo y del Consejo de Dirección de Cuadernos de Filología.

Coautor del primer libro de estilo del periódico barcelonés La Vanguardia (1986), participó en programas de divulgación lingüística, como Hablando claro (TVE, 1987-1992).

José Manuel Blecua recibió, entre otros galardones, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2015), el Premio Aragón de Investigación (2005) por su labor en los campos de la gramática y la lexicografía, la distinción Jaume Vicens Vives al mérito docente otorgada por el Gobierno de la Generalitat (2005), el Premio Atlántida (2011), la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza (2011), el Premio de las Letras Aragonesas 2012 y el Premio Heraldo a los Valores Humanos y el Conocimiento (2014).

Fue distinguido con el doctorado honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid y presidente del jurado del primer premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Además, fue galardonado con la Creu de Sant Jordi y con la Medalla de la Universidad de Zaragoza. En 2015 recibió el Premio EFE Cultura, que otorgaba por primera vez la agencia, y el Consejo de Ministros del 9 de octubre acordó concederle la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, recibida el 21 de enero de 2016.

Su labor también fue reconocida por varias academias de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE). En 2014 las academias Venezolana y Guatemalteca de la Lengua le distinguieron con el título de miembro honorario de ambas corporaciones; fue recibido como miembro ilustre de la Academia Chilena, y nombrado miembro correspondiente de la Academia Paraguaya.

    IV

Muere el filólogo José Manuel Blecua, exdirector de la RAE, a los 86 años, en El País, por Manuel Morales, 29 de mayo de 2026:

La etapa en la que estuvo al frente de la Academia se caracterizó por las dificultades económicas debido a los sucesivos recortes en la aportación del Estado a la institución

El filólogo José Manuel Blecua Perdices, exdirector de la Real Academia Española (RAE), ha fallecido este viernes a los 86 años en Madrid, han confirmado en la institución a este periódico. Nacido en Zaragoza, el 21 de junio de 1939, fue elegido director de la RAE en diciembre de 2010, cargo que ocupó entre enero de 2011 y finales de 2014. Fue la suya una época marcada por las dificultades económicas de la Academia debido a los sucesivos recortes en la aportación estatal.

Blecua, que ocupaba la silla h, fue elegido académico el 19 de junio de 2003 y tomó posesión el 25 de junio de 2006 con el discurso titulado Principios del ‘Diccionario de Autoridades' (este fue el primero del español que publicó la RAE, en seis tomos entre 1726 y 1739). Antes de ser director, había sido secretario entre 2007 y 2009. Hombre entrañable, destacaban los que lo conocieron, fue un sabio de la lengua española. En su labor en la Academia destaca como responsable del volumen Fonética y fonología de las dos ediciones de la Nueva gramática de la lengua española, publicadas en 2011 y 2025, informa la RAE en su nota.

José Manuel Blecua era hijo del también filólogo y gramático José Manuel Blecua Teijeiro y hermano mayor del filólogo Alberto Blecua, fallecido en 2020. Conformaban una estirpe de la filología española. Precisamente, con su hermano se aficionó desde niño a la lectura a través de tebeos como El Coyote y a la literatura popular gracias a autores como Kipling. Él decía que su infancia había sido feliz, a pesar de las restricciones de la posguerra civil. En una entrevista en este periódico cuando entró en la RAE, destacaba lo importante que había sido para él tener profesores como Francisco Ynduráin, Rafael Lapesa, Martín de Riquer o su propio padre. “Los maestros marcan mucho el destino de una persona”, decía, quien también era un gran aficionado al fútbol.

Sobre los diccionarios y la incorporación de vocablos, señalaba que tenía “que ser constante, porque lo que innova la lengua es la vida, y la vida innova cada día”. “Si algo no está [en el Diccionario] pero lo utilizan García Márquez y Vargas Llosa, úsenlo sin miedo". Cuando tomó posesión de su silla en la RAE, subrayó que “América era lo más atractivo del español por sus características de tipo social” y reconocía que, en lo referido a la gramática, España había vivido “un poco de espaldas” a los americanos.

En cualquier caso, Blecua era optimista respecto al futuro de la lengua española “por su gran dimensión literaria”. En su mandato, la RAE celebró su tricentenario, pero vivió la cara amarga del descenso de la subvención del Estado a la casa, que pasó de 3,8 millones cuando se hizo cargo de la institución en 2011, a 1,6 millones en su último año, el 2014, una situación que él mismo calificaba de “dramática”. Hay que tener en cuenta que en aquella época el presupuesto de la RAE dependía al 50% del Estado.

Doctor en Filología Románica y catedrático de Lengua Española, fue profesor de la Universidad de Barcelona y de la Autónoma de Barcelona, de la que fue vicerrector y director del Servicio de Publicaciones. Asimismo, fue colaborador docente, desde 1976, de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Fuera de España, ejerció como profesor, entre otros centros, en la Ohio State University (1971).

Especialista en lexicografía e historiografía lingüística, colaboró con Juan Alcina en la obra Gramática española (1975) y dirigió el Diccionario VOX de sinónimos y antónimos, el Diccionario general de sinónimos y antónimos (1999) y el Diccionario escolar de sinónimos y antónimos (1999). Precisamente, el pasado 20 de mayo la RAE publicó su primer Diccionario de sinónimos y antónimos en sus tres siglos de historia. Además, fue coautor del primer libro de estilo del periódico La Vanguardia (1986) y participó en programas de divulgación lingüística, como Hablando claro, de TVE, entre 1987 y 1992. Fue designado presidente del Comité Ejecutivo de la Comisión del IV centenario del Quijote por el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Doctor honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid en 2014, fue secretario ejecutivo de la Comisión Científica del Congreso de la Lengua Española, que se celebró en Sevilla, en 1992, y secretario del Comité Académico del I Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), en Zacatecas (México), en 1997.

Entre sus reconocimientos, destacan la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2015), la distinción Jaume Vicens Vives al mérito docente, otorgada por la Generalitat de Cataluña (2005), y el Premio de las Letras Aragonesas de 2012. Además, fue galardonado con la Creu de Sant Jordi y con la Medalla de la Universidad de Zaragoza. En 2015 recibió el Premio Efe Cultura, que otorgaba por primera vez la agencia de noticias.

Su labor también fue reconocida por otras academias de la lengua española. En 2014, las academias venezolana y guatemalteca le distinguieron con el título de miembro honorario. Igualmente, fue miembro ilustre de la Academia Chilena y miembro correspondiente de la Paraguaya.

 V

 Blecua. Su cordialidad era inseparable de su amor por las palabras, Luis García Montero, El País, 1 jun 2026:

Los topónimos no son fríos. Era siempre una emoción hablar con José Manuel Blecua de todo lo que cabe en las palabras, seres vivos que se escapan de los diccionarios para respirar entre las personas. Hace ahora dos años, cuando dejó un legado en la Caja de las Letras, recordó su trabajo como director académico del Instituto Cervantes entre 1994 y 1995. Poner en marcha la institución junto a Nicolás Sánchez-Albornoz le hizo comprender que los topónimos no son fríos. Cada vez que escuchaba noticias sobre algún suceso en El Cairo o en Beirut, una sequía, una guerra, los topónimos se llenaban de gente, personas que salían todas las mañanas a la calle, caminaban entre las dificultades de la existencia y decidían, por ejemplo, estudiar o enseñar un idioma. La cordialidad de Blecua era inseparable de su amor por las palabras. A través de ella había aprendido, como lector y filólogo, a respetar el menester y la conversación de los hablantes.

Los apellidos tampoco son fríos. Hablar con Blecua era también estudiar a Lope de Vega con su padre, don José Manuel, o a Garcilaso con su hermano Alberto. El apellido Blecua es un sinónimo de la palabra filología, salta de los libros a la admiración para juntarse con Lázaro Carreter, Ynduráin o Alvar, y luego con Góngora o Juan de Mena, pasando más tarde a la gramática española, la lingüística y la significación de todo tipo de antónimos. Porque si tienen valor los sinónimos, tampoco carecen de importancia los antónimos. Su respeto a la vida de las palabras le llevó a entender la importancia de la diversidad de nuestro idioma y la riqueza del español en América. Desde el Instituto Cervantes abrió el camino que desembocaría poco después en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española en Zacatecas. Allí se comprobó que los topónimos no son fríos y que el amor a la literatura y las palabras es inseparable del respeto a la dignidad los seres humanos.

VI

Fallece el académico zaragozano José Manuel Blecua, exdirector de la RAE, en Aragón Digital, Redacción, 29/may/26:

Durante su etapa al frente de la RAE presidió igualmente la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) y el patronato de la Fundación del Español Urgente (Fundéu)

La cultura y la lengua española despiden este viernes a una de sus figuras más reconocidas. El exdirector de la Real Academia Española (RAE) y académico José Manuel Blecua ha fallecido en Madrid a los 86 años, según ha informado la propia institución a través de un comunicado.

Nacido en Zaragoza el 21 de junio de 1939, Blecua desarrolló una larga trayectoria vinculada al estudio y la divulgación de la lengua española. Fue elegido académico de número de la RAE el 19 de junio de 2003 para ocupar la silla H y tomó posesión el 25 de junio de 2006 con el discurso titulado 'Principios del Diccionario de Autoridades'. Además, fue director de la institución entre 2011 y 2014, tras ser elegido para el cargo en diciembre de 2010, y ejerció como secretario de la corporación entre 2007 y 2009.

Doctor en Filología Románica y catedrático de Lengua Española, fue también el responsable del volumen 'Fonética y fonología' de las dos ediciones de la 'Nueva gramática de la lengua española' de 2011 y 2025. Durante su etapa al frente de la RAE presidió igualmente la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale) y el patronato de la Fundación del Español Urgente (Fundéu).

TRAYECTORIA ACADÉMICA Y DOCENTE

Blecua impartió clases en la Universidad de Barcelona y en la Universidad Autónoma de Barcelona, donde desempeñó distintos cargos, entre ellos los de vicerrector, director del Servicio de Publicaciones y fundador y director del primer Seminario de Filología e Informática. En 2011 recibió el reconocimiento de la Associació d'Amics de la UAB en un acto en el que se presentó el libro 'Al otro lado del espejo', publicado en homenaje a sus años de docencia.

También fue profesor en Ohio State University (1971), en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (1986-1987), en los cursos de verano para extranjeros de la Universidad de Zaragoza en Jaca y colaborador docente, desde 1976, de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Asimismo, fue miembro de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona y correspondiente de la Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Artes y Letras de Cádiz, según ha informado la RAE.

Fue secretario ejecutivo de la Comisión Científica del Congreso de la Lengua Española celebrado en Sevilla en 1992 y responsable de la Sección de Lengua y Tecnología. También ejerció como secretario del Comité Académico del I Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas en 1997 bajo el lema 'La lengua española y los medios de comunicación'. Además, fue director académico del Instituto Cervantes entre 1994 y 1995.

Especialista en lexicografía e historiografía lingüística, colaboró con Juan Alcina en la obra 'Gramática española' (1975) y dirigió el 'Diccionario VOX de sinónimos y antónimos', el 'Diccionario general de sinónimos y antónimos' (1999) y el 'Diccionario escolar de sinónimos y antónimos' (1999).

Miembro del Consejo de Asesoramiento Científico de la colección Historiografía de la Lingüística Española y director de la colección Enseñanza Crítica (ed. Crítica), formó parte del Consejo de Redacción de la 'Nueva Revista de Filología Hispánica', de la 'Revista de Lexicografía', del Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo y del Consejo de Dirección de Cuadernos de Filología.

Fue además coautor del primer libro de estilo del periódico barcelonés 'La Vanguardia' (1986) y participó en programas de divulgación lingüística como 'Hablando claro' (TVE, 1987-1992).

RECONOCIMIENTOS Y DISTINCIONES

José Manuel Blecua recibió, entre otros galardones, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2015), el Premio Aragón de Investigación (2005) por su labor en los campos de la gramática y la lexicografía, la distinción Jaume Vicens Vives al mérito docente otorgada por el Gobierno de la Generalitat (2005), el Premio Atlántida (2011), la Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza (2011), el Premio de las Letras Aragonesas 2012 y el Premio Heraldo a los Valores Humanos y el Conocimiento (2014).

También fue distinguido con el doctorado honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid y presidió el jurado del primer premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Además, recibió la Creu de Sant Jordi y la Medalla de la Universidad de Zaragoza.

Su trayectoria fue reconocida igualmente por varias academias de la Asale. En 2014, las academias Venezolana y Guatemalteca de la Lengua le concedieron el título de miembro honorario de ambas corporaciones; fue recibido como miembro ilustre de la Academia Chilena y nombrado miembro correspondiente de la Academia Paraguaya.

VII

De Biblioteca Virtual de la Filología Española:

José Manuel Blecua Perdices es un filólogo español, nacido en Zaragoza en 1939 e hijo del también filólogo José Manuel Blecua Teijeiro (1913-2003) y hermano de Alberto Blecua (1941-). Desde muy joven se aficionó a la lectura y tuvo como profesores a humanistas importantes como Francisco Ynduráin (1910-1994) o Idelfonso Manuel Gil (1912-2003). Tras ser profesor de enseñanzas medias, se doctoró en Filología Románica en 1970 con una tesis sobre la Silva de poesía del doctor Eugenio Salazar. Consiguió la agregación –entonces paso obligatorio acceder a una cátedra– de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Barcelona en 1975. En esta Universidad, fue vicerrector y dirigió el Seminario de Filología e Informática. Ha sido profesor invitado de la Ohio State University (1970) y en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México (1986-1987). Ha dirigido el Diccionario general de sinónimos y antónimos, actualización del repertorio de Samuel Gili Gaya (1892-1976), y ha llevado a cabo numerosos trabajos lexicográficos e historiográficos. Asimismo, junto con Juan Alcina Franch (1917-1998), escribió la conocida Gramática española. En 2003 fue elegido miembro de la Real Academia Española y en 2006 tomó posesión con el discurso Principios del Diccionario de Autoridades. Entre el 16 de diciembre de 2010 y el 11 de diciembre de 2014 fue director de la Institución. Fue, además, responsable del volumen Fonética y Fonología de la Nueva gramática de la lengua española (2011).

Obra

Atlas de la literatura española, Jover, Barcelona, 1975.

Lingüística y significación, Salvat, Barcelona, 1973.

Principios del Diccionario de Autoridades. Discurso leído el día 25 de junio de 2006 en su recepción pública por el excelentísimo señor D. José Manuel Blecua y contestación del excelentísimo señor D. José Antonio Pascual, Real Academia Española, Madrid, 2006.

José Manuel Blecua (dir.), Diccionari avançat de sinònims i antònims de la llengua catalana, 7ª ed., Biblograf, Barcelona, 1997.

José Manuel Blecua (dir.), Diccionario general de sinónimos y antónimos, Biblograf, Barcelona, 1999.

José Manuel Blecua, Juan Gutiérrez y Lidia Sala (eds.), Estudios de grafemática en el dominio hispánico, Universidad de Salamanca-Instituto Caro y Cuervo, Salamanca, 1998.

Juan Alcina y José Manuel Blecua, Gramática española, Ariel, Barcelona, 1975.

VIII

Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de José Manuel Blecua» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/blecua_jose_manuel.htm [página consultada el 1 de junio de 2026].

(José Manuel Blecua Perdices; Zaragoza, 1939) Filólogo español. Desde su juventud estuvo vinculado al mundo universitario barcelonés; la primera causa de ello fue el hecho de que su padre, el también prestigioso filólogo José Manuel Blecua Teijeiro, ganara las oposiciones en Barcelona, ciudad en la que Blecua, al igual que su hermano Alberto, finalizó sus estudios de filología, que había empezado en Zaragoza y continuado en Madrid.

Al terminar su formación universitaria inició su labor docente, primero en la Universidad de Barcelona y posteriormente, desde septiembre de 1968, como profesor de lengua española en la Universidad Autónoma, donde dirigió el Seminario de Filología e Informática. Fue profesor invitado en la Ohio State University (1971) y en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colegio de México (1986-1987); secretario ejecutivo de la Comisión Científica del Congreso de la Lengua Española (Sevilla, 1992) y director académico del Instituto Cervantes.

Muchos libros y trabajos jalonaron su carrera. Algunos son obras colectivas, diccionarios y estudios de gramática y de otros ámbitos de la filología (trabajos de lexicografía, de historia de las ideas lingüísticas en España, de aplicación de las nuevas tecnologías al estudio de la lengua española y de la situación del español como lengua extranjera), aunque no faltan manuales de uso didáctico y estudios sobre literatura, especialmente sobre literatura medieval. Colaboró con Juan Alcina en la Gramática española (1975), publicó el libro de estilo del periódico barcelonés La Vanguardia (1982), un trabajo pionero en este campo, y dirigió el Diccionario general de sinónimos y antónimos (1999).

El 25 de junio de 2006 ingresó en la Real Academia Española de la Lengua, donde ocuparía el sillón “h”, vacante tras el fallecimiento del también filólogo Emilio Lorenzo. En el curso del solemne acto, Blecua leyó su discurso de ingreso centrado en “arrojar un poco de luz” sobre algunos aspectos teóricos y prácticos de las páginas iniciales del primer diccionario de la institución, el Diccionario de autoridades (1726).

En su discurso, Blecua recordó que la primera vez que entró en el Salón principal de la institución fue el 21 de marzo de 1954, día en que escuchó otro discurso de ingreso, el de quien poco después sería su maestro, Rafael Lapesa. “Desde entonces, los momentos y las horas han ido cavando en mi vivir, a jornal de mi pena y mi cuidado, […] Es verdad que no sólo no he perdido la ilusión juvenil que tenía entonces, sino que además he ganado en el inmenso asombro que me produce encontrarme en este lugar”, dijo emocionado.

Blecua ha manifestado en diversas ocasiones lo importante que es cuidar el uso del idioma, algo que queda bien claro en el epígrafe, tomado de unas palabras del poeta Pedro Salinas, utilizado en uno de sus libros: “Cabe la esperanza de que cuando los hombre hablen mejor, mejor se sentirán en compañía, se entenderán más delicadamente”.

Una visión de la lengua íntimamente relacionada con las intenciones fundamentales del Diccionario de autoridades, acerca del cual Blecua disertó en su discurso de ingreso en la RAE, que son “cultivar y fijar la pureza y elegancia de la lengua castellana, desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar, o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido, y la demasiada libertad de innovar: será su empleo distinguir los vocablos, frases, o construcciones extranjeras de las propias, las anticuadas de las usadas, las bajas y rústicas de las cortesanas y levantadas, las burlescas de las serias, y finalmente las propias de las figuradas”. Todo un programa.

Tras pronunciar su discurso, introducido por los también académicos de la institución el poeta Francisco Brines y el arquitecto Antonio Fernández Alba, fue respondido por el lexicógrafo y también académico José Antonio Pascual, quien destacó del nuevo académico su perfección y “enorme cuidado” en todas sus tareas.

Pascual subrayó como características fundamentales de la personalidad de Blecua el haberse entregado desde muy joven “en cuerpo y alma” a un trabajo que le apasiona, y cuya especialización no ha sido en absoluto incompatible con la divulgación. Incluso, cabría añadir, tampoco ha sido incompatible con la incorporación, tanto al trabajo de investigación como al docente, de las nuevas tecnologías, y así le fue reconocido por la Generalitat de Catalunya, que en 2005 le concedió el premio Jaume Vicens Vives a la calidad docente universitaria, en reconocimiento a su larga trayectoria profesional, “especialmente como promotor de la renovación en el campo de la filología, teniendo en cuenta la incorporación de las nuevas tecnologías a los estudios de lengua y literatura”.

Blecua, que en 2005 fue presidente de la Comisión Nacional del IV Centenario de El Quijote, con ocasión del cuarto centenario de la publicación de la obra más reconocida de Miguel de Cervantes, reconocería que Don Quijote de la Mancha “puede ser el camino de acceso a los clásicos, uno de los grandes problemas de la enseñanza”. De hecho, la enseñanza y la divulgación, junto a la investigación, han ocupado y ocupan al nuevo académico y guían su actividad como filólogo. “La entrada en la Academia -tal como él mismo declaró- es un honor, es la culminación de una carrera.”

Pero no empezaba en 2006 su relación con la institución. Ya en el año 2002, antes de su nombramiento, inició un trabajo de gran trascendencia para la Real Academia Española. Ignacio Bosque dirigía la elaboración de una gramática descriptiva y moderna, y a Blecua le correspondería dirigir el equipo que preparaba los materiales de fonética y fonología.

Esta nueva gramática permitiría a Blecua cultivar una de sus pasiones: el español que se habla en América. Sobre esta cuestión manifestó al escritor Ignacio Vidal-Folch, en junio de 2006, que “es formidable contemplar de cerca la enorme capacidad que tiene América para mantener, por una parte, una fuerte tradición de elementos que se han perdido en la Península, construcciones gramaticales que piensas que por la extensión que tienen han de ser del siglo XVI, y, por otra parte, su capacidad de innovación: por ejemplo, en la formación de palabras. Esa doble fuerza de América le da un sello especial a la lengua”.

Blecua reconocía que todavía hoy podía maravillarse yendo “a un pueblecito pequeño de Uruguay y encontrar a una persona que tiene unas características fonéticas que nunca habías imaginado”, de lo cual concluía que “hay una riqueza tan grande […] que América quizá sea lo más atractivo que tiene la lengua española”. Y todo esto iba a quedar de manifiesto en la nueva gramática, pues según el filólogo, “este aspecto de incorporar los elementos americanos de una manera sistemática va a hacer que ésta sea realmente revolucionaria”.

 IX

José Manuel Blecua, mucho más que un profesor, por Carme Riera, en La Vanguardia, 29/05/2026 20:49

Ha fallecido en Madrid José Manuel Blecua Perdices. Había superado un ictus y se encontraba mucho mejor y eso nos hacía suponer que pronto volvería a incorporarse a los trabajos de la RAE, a la Comisión de Neologismos, en la que coincidíamos, y al Pleno posterior, en que me sentaba a su lado. Me va a ser muy difícil acostumbrarme a su ausencia. José Manuel Blecua (Zaragoza 1939) filólogo, no era solo un profesor. Era un maestro y un amigo. 

Tal vez porque, al igual que su hermano Alberto, seguía el modelo de su padre, José Manuel Blecua Teijeiro, tan cercano al espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y a su manera de transmitir los saberes y educar en valores. En consecuencia, la pedagogía de los Blecua iba mucho más allá de lo que nos enseñaban en clase. Los Blecua nos transmitían una forma de ver el mundo y de estar en él, basada en el respeto, la tolerancia, la amabilidad y la empatía. Una forma humanística y civilizada, que hoy escasea.

Con José Manuel desaparece también, desde mi punto de vista, una manera de acercarse a los textos, de leer los textos explorando todas sus posibilidades, sin prisa y y sin los atropellos que hoy parecen condicionar cualquier lectura. Blecua impartió durante veinticinco años, en la Universitat Autònoma de Barcelona, una asignatura titulada Comentario lingüístico de textos literarios , cuya importancia fue tan grande que sus discípulas, Dolors Poch y Glòria Clavería, le ofrecieron el homenaje de un libro, Al otro lado del espejo , en el que a través de diez miradas distintas se complementaban aspectos tratados en sus cursos.

Los Blecua, aragoneses, aunque afincados en Barcelona durante mucho tiempo, tanto el padre, al que llamábamos Blecua padre e incluso algunos el padre Blecua, como los hijos, fueron primero catedráticos de instituto, antes de hacer oposiciones a cátedras de universidad. José Manuel enseñó en el instituto Menéndez y Pelayo de Barcelona. Sus alumnos eran tan solo unos pocos años menores que él y muchos le recuerdan con afecto. 

Con muchísimo afecto también le recuerdan sus alumnos de la Autònoma de Barcelona, donde ocupó cargos, decano, vicedecano, secretario, vicerrector director de publicaciones y fundador del Laboratorio de Fonética. Ligado al Seminario de Filología e Informática que se convirtió en un centro pionero. En 2003, año en que entra en la Real Academia Española, fue nombrado responsable de la Fonética y Fonología de la Nueva Gramática de la Lengua Española de la Real Academia. En la RAE ocupó los cargos de secretario y de director.

José Manuel deja un vacío enorme no solo en su mujer María Luisa, en sus hijas, Irene y Pete, o en sus nietos sino también en sus amigos. Será duro constatar que no está.

X

José Manuel Blecua Perdices, el español ya te echa de menos, en El Periódico de Aragón, Daniel Monserrat, Zaragoza, 29 MAY 2026:

El filólogo y lingüista defendía desde su optimismo que "las modas afectan a la lengua, pero en muchos aspectos es impermeable y siempre se enriquece"

Si alguien se acercó a la lengua con mimo, cuidado y con la modestia de aprender de ella para tratar de comprender el mundo que habitábamos ese fue José Manuel Blecua Perdices. Un estudioso de la lengua que desde su discreción y su tranquilidad nunca dudó en defender su sincero amor por la lengua... y por su tierra. Lean si no la siguiente definición: "Es una lengua exacta y precisa que cumple su función de comunicación, y que como el español de otras zonas dialectales tiene algunas característica que, en nuestro caso son el acento, el alargamiento de la cantidad vocal al final de las palabras, el horror al esdrújulo (como platano y medico), y un léxico especial como decir luna a un patio; pero sin que ello interfiera en su comprensión por el interlocutor". Así definió el español que hablamos en Aragón cuando en 2012, el Gobierno de Aragón decidió otorgarle el Premio de las letras aragonesas.

Entonces, Blecua Perdices reivindicó a los profesores de Lengua que tuvo en el Instituto Goya que, según explicó, le enseñaron a amar "la belleza de la lengua" y a entender, como él defendía siempre que le invitaban a pronunciar una conferencia, "que el español es un idioma muy vivo" y de esa forma había que acercarse a él. "El dinamismo en la lengua es propio de su función", decía en una entrevista a este diario en 2012, pero alertaba que hay que tener cuidado con las agresiones "que se producen con la simplificación, al eliminar lo imprescindible (en algunos sectores de jóvenes). Quizá algunos descuidos en la enseñanza repercuten en la pobreza estilística y de vocabulario", señalaba. Aun así, Blecua Perdices siempre hacía gala de su optimismo: "Las modas afectan a la lengua, pero en muchos aspectos es impermeable y siempre se enriquece".

Heredero de una pasión

Ese era Blecua, heredero de una tradición familiar de filólogos y consciente de que su verdadera pasión era convivir con la lengua y, sobre todo, enseñarla, de hecho, fue profesor de instituto y de universidad y oírle hablar siempre era como asistir a una de sus clases magistrales. Hace dos años, el Instituto Cervantes decidió abrir uno de los habitáculos de su Caja de las letras a la familia Blecua (su hermano Alberto, fallecido antes que él, también fue un destacado lingüista).

José Manuel Blecua legó en la caja de seguridad toda una declaración de intenciones, un ejemplar de la 'Gramática Española' (1975), un tomo de la 'Nueva gramática de la lengua española' (NGLE), 'Fonética y Fonología' y su discurso de ingreso en la RAE.

"Estoy muy contento, pero creo que es inmerecido", decía el catedrático con gran modestia en uno de sus reconocimiento, ya que al recordarle su trayectoria hacía extensivos sus méritos a los grandes lingüistas que ha dado esta tierra "que además ha creado una gran tradición de directores de la RAE, que comenzó con Miguel Asín y siguió con Pedro Laín, Manuel Alvar y Lázaro Carreter", recordaba. Todos han marcado el camino de Aragón que ahora se queda si uno de sus más ilustres amantes de la lengua, que será la primera que le eche de menos.

viernes, 29 de mayo de 2026

El archivo de Vicente Aleixandre. Halladas 500 fotografías

I

El archivo de Vicente Aleixandre envejece en una casa en 55 contenedores de plástico, El País, Juan José Mateo, Madrid - 4 MAY 2025:

El legado del último poeta español premio Nobel, que incluye correspondencia con varias generaciones de escritores y manuscritos, se encuentra en una vivienda del noroeste de Madrid, sin digitalizar y sin acceso para los investigadores

“Olvidar es morir”, decía Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898-Madrid, 1984), miembro destacado de la generación del 27 y último poeta español distinguido con el Premio Nobel de Literatura, en 1977. Los papeles, libros y algunos objetos personales de Aleixandre están desde hace casi cuatro décadas ocultos a la luz pública, en cajas de plástico en una vivienda de una localidad del noroeste de la Comunidad de Madrid, mientras el paso del tiempo amenaza con marchitarlos. Este legado, que el Gobierno regional declaró Bien de Interés Cultural (BIC), el 7 de diciembre de 2022 —el máximo nivel de protección— y del que ha manifestado su interés en adquirir, “no se encuentra en las adecuadas condiciones de conservación”, según el informe que habían firmado los técnicos de la CAM seis meses antes, en junio, y al que ha tenido acceso este periódico. Tampoco está digitalizado.

La Comunidad subrayó, cuando aprobó la declaración BIC, su “importancia cultural e histórica y el valor bibliográfico y archivístico”. Es un conjunto formado por unos 6.400 documentos y una biblioteca de 4.250 libros, “muchos, primeras ediciones”. Este archivo ha sido objeto de disputa en los tribunales, entre otras razones, porque Aleixandre no dejó ningún documento en el que estableciera el reparto de su legado cultural.

Tras el fallecimiento del poeta, que no tuvo hijos, este legado fue a las manos de su íntimo amigo y discípulo Carlos Bousoño, también poeta, premio Príncipe de Asturias de las Letras (1995), y a la esposa de este. Fallecido Bousoño, en octubre de 2015, desde entonces sus propietarios son su viuda, Ruth Bousoño, y sus dos hijos.

Aleixandre sí había hecho un testamento, al que ha tenido acceso este periódico, en 1940. En él dejaba a su hermana como “única heredera de todo su patrimonio en pleno dominio y de libre disposición”, señalaba el documento. El poeta dictó ese testamento con poco más de 40 años porque padecía una grave enfermedad renal —le habían tenido que extirpar un riñón—. “Esto indica que no hubo voluntad legal alguna de dejar el llamado archivo a Carlos Bousoño, al que conoció después, en 1942”, subraya Alejandro Sanz, presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, entidad que desde hace 30 años alza la voz para que se preserven la casa y el legado del escritor sevillano.

Además, hay una familiar del poeta en desacuerdo con su actual destino. Se trata de Amaya Aleixandre, sobrina segunda del poeta y la heredera principal de Velintonia, la casa en la que vivió el Nobel, de la que posee el 60% y que acaba de ser adquirida por la Comunidad de Madrid por 3.193.225 euros, tras décadas de desencuentros entre los diferentes herederos de Aleixandre, por un lado, y la indiferencia de las administraciones, por otro.

La Comunidad Autónoma de Madrid (CAM) señalaba en la declaración BIC que el estudio del archivo de Aleixandre permitiría “comprender la historia de la literatura española contemporánea” por sus “manuscritos en verso y prosa, poesías, algunas de las cuales figuran como inéditas; galeradas de obras del autor con notas manuscritas” y una “interesantísima correspondencia con autores como Pío Baroja, Gregorio Marañón, Luis Cernuda, Max Aub, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Luis Antonio de Villena, Juan Luis y Leopoldo Panero, Octavio Paz, [la agente literaria] Carmen Balcells, Camilo José Cela y José Manuel Caballero Bonald”. También hay cartas con Josefina Manresa, la viuda de Miguel Hernández, gran amigo de Aleixandre, encarcelado por el franquismo y muerto en prisión en 1942.

“A nadie que conozca la trayectoria de Aleixandre le extraña que nos donara su archivo a Carlos y a mí”, dice Ruth Bousoño por wasap a EL PAÍS. “Quien haya leído el libro de José Luis Cano [poeta y crítico] Los cuadernos de Velintonia, de conversaciones con Aleixandre, sabrá que Vicente no se cansó de decir que su familia no tenía el más mínimo interés en su condición de poeta, ni en su obra”.

Una fuente de la máxima confianza del consejero de Cultura de Madrid, Mariano de Paco Serrano, declara que van “a intentar comprar el archivo”. “Tanto la Comunidad como el Ayuntamiento, de la mano de Marta Rivera de la Cruz [exconsejera regional de Cultura], han establecido contactos con la propietaria. El archivo nos preocupa tanto como la ruina de Velintonia”, que necesita, por cierto, acometer con urgencia unas obras que pueden rondar los 100.000 euros. La CAM ha ofrecido al Ministerio de Cultura una compra conjunta del archivo Aleixandre, aunque, por el momento, el departamento que dirige Ernest Urtasun no se ha pronunciado.

El mismo interlocutor apuntaba que el precio de compra estaría en torno a los cinco millones de euros. “La predisposición de la propietaria es total, consciente del valor de lo que tiene, aunque es posible que haya desperfectos”, reconocía.

Mientras, el tiempo pasa y el archivo se conserva en el domicilio de Ruth Bousoño, “en 55 contenedores de plástico, totalmente inadecuados”, como dijeron los técnicos regionales. “Un archivo organizado sin criterio archivístico”, añadían, antes de advertir que en algunos documentos había presencia de humedad y suciedad. Con todo, “en líneas generales los materiales están en buen estado”.

Por otra parte, solicitaban “poder abrirlo a la investigación y a la consulta pública, algo que lleva mucho tiempo demandándose por investigadores de la obra de Aleixandre”. La propietaria asegura que “el archivo está cuidado con mimo”. EL PAÍS ha contactado con esta para poder comprobarlo, pero sin éxito.

El de la CAM no es el primer intento de compra de este archivo. En 2007, la Junta de Andalucía y la Diputación de Málaga ofrecieron cinco millones de euros a los Bousoño, en una operación que se abortó por una demanda que interpuso Amaya Aleixandre. La polvareda judicial y su repercusión en los medios de comunicación acabó echando para atrás al Gobierno andaluz.

“Fue entonces, en 2007, por la prensa, cuando yo me enteré de la existencia del supuesto archivo de mi tío. Él no había sido consciente de tener ninguno”, dice Amaya Aleixandre, quien coincide en esta consideración con Alejandro Sanz

“Es cierto que mi tío había manifestado a la familia que cuando falleciese, si podían, le diesen su biblioteca a Carlos Bousoño”, agrega la sobrina del poeta. Los Bousoño también recibieron un cuadro, un magnífico retrato de Aleixandre del artista cubano John Ulbricht, y un grabado de Joan Miró dedicado al Nobel. Ambas obras aparecen en el inventario de los Bousoño que revisaron los técnicos de la CAM. “Pero no había motivos para darles nada más”, insiste Amaya Aleixandre, en alusión a las cartas y papeles.

“Fui yo la portavoz de Vicente desde el mismísimo instante en que recibió el Nobel”, declara a este diario Ruth Bousoño. “Y él le dijo a Carlos que fuera yo quien se ocupara de sus manuscritos. Vicente vino a nuestra casa a traernos [parte del archivo]. Él, que no solía salir de su casa. Prueba de ello es la foto de este en nuestro salón con algunos objetos del archivo”.

Hay también objetos, como una máscara mortuoria que encargaron los Bousoño y que tanto la sobrina como el presidente de la asociación ven ilógico que se considere parte del archivo por ser posterior al fallecimiento. Además, la capa marrón con la que se paseaba Aleixandre por el jardín de su casa, el frac que llevó cuando ingresó en la Real Academia Española (RAE), en enero de 1950, y dos radiografías de un hombre que tuvo una delicada salud casi toda su vida. “Nada de eso debería estar ahí”, insiste su familiar.

Cuando se produjo el litigio por el legado, los Bousoño publicaron un artículo en La Nueva España, en octubre de 2007, en el que defendían que era suyo, “como conocían todos los poetas españoles de la posguerra, los críticos literarios y los profesores de Literatura y los periodistas culturales”. “Al morir Vicente, su hermana, Conchita [con la que él vivía], nos dijo que podíamos traernos los objetos que su hermano nos había regalado en vida […] Estaban incluidos todos los manuscritos que había conservado y todos sus documentos, sus libros y todos sus objetos personales”, escribieron entonces.

La pareja añadía que cuando, en diciembre de 1986, murió la hermana del poeta, una prima de este le dijo a Ruth Bousoño “que empezara a retirar esa misma tarde todo lo que quedaba de Vicente debido a que la casa se cerraría”. “Y así lo hice. La familia Aleixandre nunca ha cuestionado la donación del archivo ni su posesión por parte nuestra”, contaban los Bousoño.

A esto contesta Amaya Aleixandre: “Las llaves de Velintonia que se le dejaron circunstancialmente a la señora de Bousoño al morir la hermana de Vicente fue únicamente para que recogieran los libros de la biblioteca y el retrato de Ulbricht”. “En aquellos momentos, mi padre y sus hermanas desconocían por completo los documentos que podían estar almacenados en el sótano de la casa”. Sanz añade: “Vicente no bajaba nunca al sótano de su casa, donde su hermana o el servicio acumulaban los papeles”.

La pelea en los juzgados llegó al Tribunal Supremo, que en diciembre de 2013 falló a favor de los Bousoño gracias, entre otras razones, a que se pudieron acoger a la figura de la usucapión, recogida en el Código Civil. Este principio del derecho reconoce a alguien una propiedad, aunque no pueda justificarla documentalmente, por el hecho de tenerla consigo un tiempo determinado (en este caso se superaban los 20 años).

El fallo también recogía que la sentencia de primera instancia había negado “que los bienes objeto de la reivindicación hubieran sido donados en 1983, pues no consta que se hiciera de forma escrita, y la verbal requería la entrega simultánea de la cosa donada, lo que no consta que ocurriera”. Sin embargo, descartaba que los Bousoño se hubieran hecho con el legado “de mala fe o clandestinamente”.

“Quedó demostrado en las sentencias judiciales por las que tuvimos que pasar Carlos y yo que éramos los copropietarios”, subraya Ruth Bousoño. “La sobrina segunda de Vicente Aleixandre publicó un artículo —que nosotros aportamos como prueba contra ella—, en 2008, en el que dijo que no había visitado a su tío segundo desde que este recibió el Nobel, hasta su muerte en 1984”.

Dada la actual situación del archivo, la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre reclama que se aplique el artículo 46 de la Ley de Patrimonio Cultural de la CAM, que dice que “en aquellos casos en que la conservación de un bien mueble de interés cultural sea deficiente, la dirección general competente podrá acordar su depósito provisional en un lugar que cumpla las condiciones adecuadas de conservación”. Así que proponen “que se expropie un archivo que no puede seguir secuestrado a la espera de que alguien lo compre”, señala su presidente.

Han pasado más de 40 años desde el fallecimiento de Aleixandre, el poeta del exilio interior del franquismo, que escribía poemas de amor en la cama por su delicada salud. Desde entonces, las disputas por sus papeles, sus libros y su casa reflejan lo que dijo antes de entrar al quirófano de la clínica situada a unos metros de su casa en la que falleció: “La vida es un dolor”.

II

Halladas unas 500 fotografías de Vicente Aleixandre, “en su mayoría inéditas”, en una vieja maleta, en El País, Manuel Morales, Madrid - 27 MAY 2026:

Las imágenes, en papel, aunque también hay negativos y placas de vidrio, muestran al poeta y premio Nobel de Literatura con escritores de la generación del 27 y con su familia

El poeta y premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre (1898-1984) con Luis Cernuda, con Rafael Alberti, Dámaso Alonso... Aleixandre con sus familiares (abuelos, padres y hermanos), retratos suyos... y así hasta unas 500 fotografías han aparecido en una vieja maleta de piel, propiedad de una persona en Madrid, ha informado este miércoles la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre (AAVA) en la red social X.

El presidente de la AAVA, Alejandro Sanz, ha dicho, en conversación telefónica, que “la mayoría de esas fotos, en torno al 70% o más, son inéditas”, tras verlas el martes con quien posee la maleta, cuyo nombre prefiere no desvelar. Entre estas fotos hay una que están estudiando en la AAVA para determinar si es inédita, en la que se ve en torno a una mesa a un grupo de personas entre las que están Federico García Lorca, a su lado Aleixandre y en frente de ambos Rafael Alberti.

Sanz asegura que llevaban tiempo detrás de la pista de la maleta, de la que había oído hablar, hasta que por fin han podido ver y tocar las fotos. “Ahora lo importante es catalogarlas, digitalizarlas con urgencia y, en su caso, restaurarlas”. El motivo de esta premura es que las fotos, en papel, aunque también hay negativos en placa de vidrio, muestran la huella del tiempo, “ya que las hay de los años veinte, treinta y cuarenta del siglo pasado”. En algunos casos, añade, va a ser muy difícil documentarlas, mientras que otras tienen en su reverso información de dónde y cuándo fueron tomadas. Algunas, apunta Sanz, están rotas, otras, lógicamente, están viradas con el característico tono sepia de las fotos antiguas. La inmensa mayoría son en blanco y negro.

Sanz ha podido, al menos, establecer una primera clasificación de las imágenes. “Hay fotografías familiares” del autor de obras como La destrucción o el amor (1935) con sus abuelos, padres y hermanos. Aleixandre tuvo solo una hermana, Conchita, porque sus otros dos hermanos murieron (una niña al nacer y un niño con solo dos años). Parte de esas fotos son en la localidad madrileña de Miraflores de la Sierra, donde los Aleixandre tuvieron un chalet que se llamaba Vistalegre. Destaca Sanz, además, que entre esas tomas, las hay realizadas en estudios de grandes de la fotografía española de esa época, como Alfonso y Kaulak (seudónimo de Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo).

También hay fotos “de Aleixandre él solo, retratos”; luego están en las que posa con otros escritores, entre las que destacan los de la generación del 27, y por último, las de personas vinculadas al poeta, pero en las que no aparece él, añade. Asimismo, se han encontrado tiras de negativos en la maleta que aún no han sido estudiados.

Entre las curiosidades halladas hay también varias fotografías estereoscópicas, y en una de ellas está Aleixandre. Las fotografías estereoscópicas son un conjunto de dos imágenes ligeramente separadas que, a través de un visor, logran al mirarlas la ilusión óptica de convertirse en una y tridimensional.

“Cuando logremos digitalizarlas, la intención de la persona propietaria y de nuestra asociación es que todo esté disponible para el público, aunque eso no significa que las subamos a nuestra web”, apunta Sanz. “Nosotros nos quedaríamos con una copia en alta resolución y nos encargaríamos de su gestión, con lo que está de acuerdo la persona propietaria. Además, ya estamos pensando incluso en publicar un álbum el próximo año con estas fotos, que tendría por título Vicente Aleixandre, retratado".

Precisamente, en 2027 se cumplirá el centenario de la generación de poetas que conformó la Edad de Plata de la literatura española, tras la histórica reunión que se celebró en Sevilla, a la que pertenecieron Aleixandre, Lorca, Cernuda, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Rafael Alberti, entre otros. Además, se cumplirán 50 años de la concesión del Nobel de Literatura a Aleixandre, en 1977, el último poeta español que lo consiguió.

La AAVA se creó en 1995 (Aleixandre había fallecido en 1984) para proteger y reivindicar el legado del poeta, principalmente la casa de Madrid donde vivió con su familia desde antes de la Guerra Civil hasta su fallecimiento, llamada Velintonia. El inmueble fue adquirido por la Comunidad de Madrid en abril de 2025 en subasta pública por 3,1 millones, tras casi cuatro décadas de desacuerdos entre los herederos de Aleixandre y entre las Administraciones (Ministerio de Cultura y Comunidad de Madrid), para convertirla en 2027 en Casa de la Poesía.

jueves, 14 de mayo de 2026

Houellebecq, el novelista de la sociedad del cansancio

 Michel Houellebecq, escritor francés: “La cultura me parece una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas”, en Infobae, 13 Mayo 2026:

En su novela ‘Plataforma’, el “enfant terrible” de las letras europeas lanza un dardo al corazón de la industria del entretenimiento: el arte como consuelo de la existencia

Hay una frase que funciona como el testamento invisible de toda la obra de Michel Houellebecq: “La cultura me parece una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas”. La sentencia no es un aforismo al azar; aparece en las páginas de su novela más divisiva, Plataforma, publicada en 2001, justo antes de que el mundo cambiara para siempre con el atentado a las Torres Gemelas.

En Plataforma, el protagonista, un burócrata del Ministerio de Cultura llamado Michel, viaja a Tailandia tras la muerte de su padre. Allí, entre el turismo sexual y el tedio de los resorts, se gesta una crítica feroz a la sociedad de consumo. Para Houellebecq, la cultura no es ese faro de luz que nos hace mejores personas, sino una muleta que usamos para no colapsar ante la grisura del trabajo alienante y la ausencia de amor real.

Para entender la frase, hay que entender al autor. Michel Houellebecq ha construido una carrera basada en ser el “enfant terrible” de las letras francesas. Desde su debut con Ampliación del campo de batalla hasta la controvertida Sumisión, su mirada siempre se posa sobre lo mismo: el hombre occidental está solo, agotado y solo encuentra alivio en pequeños consumos.

En el contexto de Plataforma, la idea de la “compensación” es clave. El libro fue un terremoto editorial por su defensa del turismo sexual como última frontera del mercado, pero lo que realmente subyace es un diagnóstico clínico. Si la vida fuera plena, si el deseo y la realidad estuvieran en armonía, ¿para qué necesitaríamos perdernos en una película de Godard o en los versos de Baudelaire?

Esta idea resume a la perfección el pensamiento de Houellebecq: el arte es un síntoma de que algo anda mal. Mientras que otros autores ven en la cultura una elevación del espíritu, para el autor de La posibilidad de una isla, es un calmante. Es el entretenimiento que nos distrae del hecho de que somos seres biológicos destinados al declive. Y Plataforma lo grafica con singular énfasis.

En esta novela lo que hace Houellebecq es desnudar la hipocresía del progresismo europeo y predijo el choque de civilizaciones con una crudeza que todavía hoy, más de veinte años después, incomoda. Y además sostiene el que busca la cultura con desesperación es, en el fondo, alguien que ha perdido la batalla por la felicidad simple. Y en ese espejo, nos guste o no, nos estamos mirando todos.

¿Quién es Michel Houellebecq?

Nacido bajo el nombre de Michel Thomas en la isla de La Reunión en 1956 —aunque él solía afirmar que nació en 1958—, el autor adoptó el apellido de soltera de su abuela, Houellebecq, como una declaración de principios y un homenaje a quien realmente lo crió tras el abandono de sus padres. De formación ingeniero agrónomo, su entrada al mundo de las letras no fue inmediata y demoró unos cuantos años.

Empezó trabajando como informático en la Asamblea Nacional Francesa mientras incubaba una sensibilidad literaria marcada por el desencanto. Su salto a la fama llegó con Ampliación del campo de batalla y se consolidó con el fenómeno global de Las partículas elementales, obras donde comenzó a diseccionar la miseria afectiva y sexual del hombre contemporáneo con una frialdad clínica.

A lo largo de su carrera, Michel Houellebecq ha sabido mantenerse en el epicentro de la controversia, enfrentando juicios por sus declaraciones sobre el Islam tras la publicación de Plataforma y ganando el prestigioso Premio Goncourt por El mapa y el territorio. A pesar de los recurrentes rumores sobre su retiro o incluso noticias satíricas sobre su deceso, el autor continúa vivo y activo.

En los últimos años publicó novelas de alto impacto político y social, como Sumisión, Serotonina y la ambiciosa Aniquilación. Su figura, a menudo comparada con la de Louis-Ferdinand Céline por su estilo cáustico, sigue siendo la de un observador incómodo que, desde su refugio en Francia o sus temporadas en el extranjero, narra el lento declive de la civilización occidental.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Las memorias de Carlos Boyero

 Auténtico Boyero sin filtro, en El País, Álex Grijelmo, 4 abr 2024:

El crítico de cine expone sus manías, sus pasiones, sus lecturas, los enamoramientos, su bajada al mundo de las drogas y el alcohol

Carlos Boyero carece de filtros. Así que ha firmado un libro sin filtros. Y como se trata de un libro autobiográfico, el primero que sufre esa ausencia de filtros es él.

No sé si me explico (Espasa) recopila las ideas, las manías, los mitos, los odios y los enamoramientos del quizás más influyente comentarista cinematográfico español contemporáneo.

Y escribimos “comentarista” porque él dice que no es un crítico.

No es un crítico, no. Es El crítico, como se tituló el documental sobre este iconoclasta que fue emitido por Movistar en septiembre de 2022. Los adjetivos que Boyero elige bajan o suben la recaudación en taquilla.

En el libro, prologado por el periodista Borja Hermoso y que se lee con placer, Carlos Boyero (Salamanca, 70 años) sale a cuerpo limpio a explicar su trayectoria, las copiosas y elegidas lecturas que lo definen, los discos, la relación con los amigos, con las mujeres que amó y le amaron (no se alarmen, aquí aplica el único filtro: evita identificarlas); la bajada al sórdido mundo de las drogas y del alcohol, su ascenso para salvarse, pero no del todo; sus enfermedades, la adicción al tabaco, su relación con el sexo, a veces pagado. Arremete contra personas y entidades, y contra algunas épocas y periodistas de EL PAÍS, sin olvidar los elogios a otros (también aparece el arriba firmante, y no por ningún asunto profesional sino por su autobombo como guardameta en pachangas de fútbol y su poder de convocatoria como asador de chuletas); alaba a cineastas bien conocidos y reniega de uno más conocido aún (dedica un capítulo a Pedro Almodóvar, y sin embargo proclama el gran valor de cuatro películas suyas); declara sus series preferidas, los largometrajes inmortales, sus restaurantes, los humoristas que lograron arrancarle la risa; explica su pasión madridista, aunque ya en decadencia como casi todas sus pasiones, y su admiración por Zidane y por Bellingham, pero también por Messi. Sus opiniones en todo eso son inclasificables en tendencias dominantes o gustos generales, él acabará saliéndose del carril, hable de lo que hable: hubo épocas en las que no compraba nada que estuviera publicitado, ve a Miguel Delibes con cierto tufo a sacristán y le fatigó Cien años de soledad.

Estos desmarques que han conformado su trayectoria y que lo han hecho atractivo para cientos de miles de lectores sazonan las 200 páginas del relato. Por ejemplo, alaba abiertamente a Javier Marías, pese a ser de dominio público sus mutuas embestidas. Y a Fernando Savater. “No hace falta estar de acuerdo con un columnista para apreciar lo que escribe”. De Pedro J. Ramírez, su director en El Mundo, a quien reprocha su falta de ética, dice: “Nos soportábamos mutuamente, lo cual prueba su inteligencia”.

También recuerda que varias columnas suyas no fueron publicadas, allá y acá, por decisión superior, pero de nuevo mira el conflicto con el pálpito de la sinceridad: “En algunas ocasiones, los que me aplicaron censura tenían razón”. En otras no. Eso sí: que le censuren otros: la autocensura le inspira terror.

En este monólogo de Boyero, escrito como si le estuviéramos oyendo hablar, hallaremos la principal clave de su carácter, de sus fobias y de sus temores, de su odio al poder: el hijo único cuyo padre lo envió a un internado de Salamanca cuando tenía 10 años y de donde lo expulsaron con 15; curas babosos y compañeros que sufrían abusos, la oscuridad de entonces, la angustia infantil que se prolongó en la madurez; y el carácter de su progenitor, a quien repudió por cómo trataba a la madre; a la que el hijo amó siempre. Recuerdos que le hicieron borrarse el apellido de él para tomar el de ella: Carlos (Sánchez) Boyero.

El libro provoca algunas carcajadas, otras veces ternura, a ratos distancia, en muchos pasajes admiración, pero también incomprensiones ante sus excesos, y en ciertas páginas una cierta empatía por el pesimismo terminal del firmante, por su acidez sincera. Pueblan la narración multitud de anécdotas que en su mayoría muestran al protagonista como víctima de sí mismo, y en las que puede llegar a ridiculizarse sin el menor tapujo.

En ningún momento oculta sus defectos. Reconoce el engolamiento en el que incurre cuando deja de ser Carlos y se convierte en Boyero. Admite su ego pero explica que el uso del yo en sus artículos no constituye rasgo alguno de soberbia, sino la expresión humilde de su punto de vista: “Para que quede claro que esas son exclusivamente MIS opiniones”. Ahora bien, en otro momento acotará: “Normalmente soy lúcido. Suelo acertar, quiero decir”.

La obra de Boyero constituye un alegato contra la hipocresía y contra quienes se amparan en las corrientes dominantes de ahora para diluir en ellas sus carencias, actitud ante la cual opone aquí un ejercicio práctico de rebeldía innegociable.

Además, el libro es la historia de un torpe con mucho éxito: No sabe conducir ni prepararse la comida, y descubrió con la pandemia la fabada Litoral y el caldo Aneto; no organiza ni sus propios viajes, carece de correo electrónico, dictaba sus crónicas de los festivales por teléfono, desconoce cómo manejar un ordenador o cómo enviar mensajes de WhatsApp; era feliz con su antediluviano móvil de Nokia hasta que lo perdió, y ahora se lleva mal con el iphone que le dieron en EL PAÍS. Su memoria privilegiada le ha permitido hasta ahora prescindir de Google.

Con todo este contexto, el firmante de No sé si me explico podría parecer de otra época, sencillamente porque se trata de alguien que ha vivido y disfrutado de otra época. Sin embargo, sus afirmaciones, sus valentías y sus miedos son genuinamente propios del mundo en el que hoy vivimos.

No sé si me explico, Carlos Boyero. Prólogo de Borja Hermoso. Editorial Espasa, 2024. 195 páginas. 19 euros

viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista a Álvaro Pombo

 Álvaro Pombo: “Me agobia la malicia. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al chisme del año”, en El País, Luis Bravo, 1 MAY 2026:

A sus 86 años, este gran escritor y estupendo conversador sigue escribiendo, y conversando, a velocidad de crucero

Ha ganado prácticamente todos los premios importantes de las letras castellanas. Desde el Herralde de Novela hasta el desaparecido Fastenrath, pasando por el Planeta, el Nadal, o los más institucionales, como son el de la Crítica, el Nacional y, en 2024, el Cervantes. Aun así, Álvaro Pombo (Santander, 86 años) no parece haberse amilanado con el éxito, entre los lectores y la crítica. El ánimo y el buen humor tampoco han desaparecido. Una de las palabras que más dice en la conversación que mantuvimos es “divertido”. Es preciso tener un carácter desenfadado y constante para mantener una carrera literaria que recorre cinco décadas entre novelas, sobre todo, pero también libros de poemas, ensayos y relatos.

De estos últimos, admite que son un género “difícil”, pero la publicación de sus Cuentos autobiográficos. Volumen I (Anagrama), en noviembre de 2025, abrió una nueva veta que explorar en su narrativa. Anuncia que los dos siguientes tomos están en camino. A su ayudante, Mario Crespo, escritor y compañero académico en la RAE, le debemos la inminente aparición de una biografía sobre Pombo y la mediación para esta entrevista en el piso del madrileño barrio de Argüelles, rodeado de libros, flores y fotografías. Un gato naranja, Michi, se tumba en su cama. “Está un poco mayor, pero nos cuidamos el uno al otro”, dice el escritor. La grabadora empieza a correr y el señor Pombo, acomodado en su cheslón, como al inicio de cualquier historia, fuma, y sonríe.

Llegados a su edad, ¿quién va ganando el combate? ¿El escepticismo o la ilusión? 

El escepticismo, sobre todo el político. Quiero decir: yo no soy escéptico, soy de natural una persona entusiasta, pero la gente está un poco cansada, todos lo estamos. Lo de la ilusión, bueno. He seguido escribiendo, dándome igual el tipo de gobierno que tuviéramos. Para escribir se necesita una dosis enorme de energía. Por eso, si uno mira fuera y observa, la situación política te deja, más bien, desanimado. No es que sea mala, no nos está pasando nada, pero tenemos un panorama en el que se critica a Pedro Sánchez. Es melancólico tener que estar haciéndolo. Tendríamos que estar aplaudiendo. Y no es así. Se aplaude más a José María Aznar, siendo como era...

Dice, parafraseando a Henri-Frédéric Amiel, que los cuentos, como los paisajes, deben ser estados de ánimo. ¿Eso le facilitó la escritura de este libro? ¿Prefería la brevedad y su ligereza antes que unas memorias al uso? 

Es una frase que leí en su diario, divertidísimo, y que me pareció una idea espléndida. Concretamente, lo de que fuera el paisaje lo mismo que un estado de ánimo no es verdad. Lo que es cierto es que lo que vemos, lo configuramos como paisaje, pues este es siempre una construcción. Estos que yo tengo sobre el mar, sobre Santander, son todo construcciones. A su modo, son estados de ánimo porque los dotamos de ellos. Para mí es muy importante mostrarlos con sus lluvias, su buen tiempo... El cuento es un género difícil. He escrito más novelas, pero también más cuentos de lo que parece. De punta de lanza, pondría a Jorge Luis Borges como gran escritor de cuentos, claro, o algunos americanos, como John Steinbeck. Españoles también, como Azorín o Bécquer, importantísimo, de quien te lees hoy día una de sus Leyendas, la de El monte de las ánimas, y te parece totalmente actual, un cuento de terror moderno. A lo de la brevedad y la ligereza, le respondo con el epigrama de Juan de Iriarte: “A la abeja semejante,/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser:/ pequeño, dulce y punzante”. Yo no lo aplico [risas]. Unos cuentos me salen mejores que otros. Borges los clavaba. Le salían como sonetos. Uno puede escribir diez folios o tres, y mejor que sean tres. El cuento ha de ser impactante, sin discursos de por medio.

¿Un escritor termina desapareciendo para poder ser identificado con aquellos lugares y personajes que ha descrito? Lo pregunto por el protagonismo de su ciudad natal, Santander, y las casas familiares de allí y de La Dehesilla, en Castilla y León. 

El escritor tiene que hacerse a un lado. Un poco. Me parece bien que suceda así. Va siendo mejor esa situación según vas envejeciendo. El yo es una complicación en la escritura. Es la idea que tenían los grandes escritores. El objetivismo de T. S. Eliot, que para mí ha sido una gran referencia, consistía en contar “como está ahí”, y el subjetivismo es decir “yo lo veo”, pero tú no lo ves, lo ve el lector. En estos cuentos, las casas que se mencionan y el paisaje, que es un invento de los siglos XVIII y XIX, son básicamente mi vida, igual que esta terraza y este cielo que veo a diario.

Son el “primer latido” que lleva a escribir, como dijo Nabokov. Algo que le gustaba repetir a su amigo Javier Marías. Javier era un escritor magnífico. Lo leí mucho. Y de Nabokov, leí en su momento Lolita, que me pareció la novela de las novelas. No sé qué pensaría ahora si la releyese. No leí más de él, sólo algunos estudios y cosas. Soy poco erudito. He leído más ensayos que novelas.

Aunque ya había publicado dos libros de poemas, una novela y un libro de relatos, empezó a ser reconocido tras ganar el Premio Herralde de Novela en 1983 por El héroe de las mansardas de Mansard (Anagrama). ¿Sigue pensando que a un escritor le conviene un florecer tardío? Y los premios, ¿se han devaluado al aparecer tantos en tan pocas décadas? 

Publiqué en 1973 los poemas de Protocolos, sí, y con eso me mantuve en Inglaterra hasta que saqué los Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, título que escandalizó a todo el mundo. A Carlos Barral, por ejemplo, que era el editor de moda en aquel tiempo. Lo del Herralde en el 83 fue como si me tocara el Gordo, siendo el primero en llevármelo y la novela el primer título de la colección Narrativas Hispánicas. Además, desde esta mañana, ¡soy Mondonguero de Honor! [enseña el broche de un escudo dorado sobre su jersey], que me lo han traído el alcalde y dos representantes de Villada, Palencia [lugar de origen de su tatarabuelo, Juan Pombo Conejo], y lo he puesto enseguida en mi pecho. Sí que pienso, y estoy seguro, que un escritor debe empezar tarde. En mi caso, tuvieron mucha influencia don Juan Benet y Rosa Regàs. Es mejor esa tardanza porque así te lo tienes menos creído. Es un defecto si sucede cuando uno es joven. Tiendo a reducir los elogios a la juventud en ese aspecto. Piensas que te vas a comer el mundo. Hago un elogio de la vejez con esto, pero sin pasarme, que también podemos ser unos pelmas [risas]. En cuanto a los premios, cito siempre a Camilo José Cela: “Yo quiero todos los premios, el Nobel y el de poesía de Riofrío”, todos. Tenía razón. Los premios son un encanto. Y él los tuvo. Como era un intrigante… Tanto como divertido, sí. Umbral decía de él que tenía cara de caballo inteligente.

Menudo plantel de primeras espadas. Umbral era mejor. Tengo muy buen recuerdo de él, conmigo siempre fue encantador. Pero tenían, don Camilo y él, una mala leche de aquí te espero. Eran tal para cual, pero Umbral era más variado. Tenga en cuenta que escribía todos los días un artículo, y le salían muy divertidos.

¿En prensa no ha querido prodigarse? ¿Le era más costoso? He publicado muchas cosas en EL PAÍS y en El Mundo. Tenía un faldón en El Mundo, y ahora tengo una especie de capilla gótica en el ABC que se llama Los placeres de Pombo. A mí escribir en prensa me ha encantado, nos chifla a los escritores, pero es verdad que ahí somos unos intrusos.

También da de comer, es un pequeño sueldo, al menos. Claro, y nos da algo que no pasa cuando escribes novelas, que es la gloria diaria. Publicar en un periódico es como un fogonazo. Sobre todo, el periodismo es divertido. Naturalmente, no el que se haga durante ocho o diez horas en una oficina, pero sí el que vale por la inmediatez de la respuesta.

Su editor, Jorge Herralde, dijo de Luis Antonio de Villena y de usted que debían hacer más presentaciones juntos, ya que eran muy “numereros”, como apuntó Villena. ¿Echa de menos la exposición mediática de esos años? ¿Se siente más a gusto con la perfección alcanzada de su rutina? 

¡Somos geniales! [risas] Seguimos siendo un espectáculo. Estamos un poco p’allá, más p’allá yo que él, pero seguimos llevándonos muy bien y comunicándonos de maravilla cuando nos vemos. Lo que le pasa a Villena es que es muy inteligente. La gente lo tiene como alguien muy frívolo, pero es que es muy listo. Se sabe al dedillo el mundo literario español y el de otros países. Yo soy más introvertido. Puedo estar solo aquí, en casa, y pasarme días o semanas sin ver a nadie. Villena, en cambio, es alguien muy sociable. Una buena condición. De esos años, de la exposición en la televisión, me queda lo divertido que resultaba. No creo que nos sirviera de mucho a nadie. Diría que la única persona que nos veía era la madre de Villena. Decía él: “Ha dicho mi madre que ha ido como loca corriendo para ir a vernos al programa” [risas]. La rutina es la carcoma de las cosas, dijo Baltasar Gracián, pero yo tengo justo la idea opuesta. La rutina es indispensable. Lo que es importante para la rutina es estar en la silla de ruedas o en la silla de Luis XVI y estar escribiendo, dale que te pego. La mesa de pino, como el casco en el que penetró el agua verde, que decía el poema de Charles Baudelaire. Soy partidario de la rutina porque es como una pared blanca. Se aguza el ingenio y las cualidades. Estaría perdido si no mantuviese una rutina estricta. Todos los días dictando, cinco días a la semana.

Alguien que ha mantenido en sus rutinas lectoras es Iris Murdoch. Estoy leyendo esta novela suya [levanta un ejemplar de bolsillo en inglés, Henry and Cato, de 1976], por tercera vez. Ella se sentaba a escribir sus libros, que no eran cortos, precisamente. Pero era excelente y en sus retratos de personajes. Llegué a conocerla en Madrid, también a John Bayley. Me emocionó mucho. No le puedo decir la fecha, pero fue poco antes de morirse. Su novela, El mar, el mar, que tuvo el Premio Booker, es fascinante e inagotable. Ella me lo dijo: si no hubiera ganado el Booker, se hubiera enfadado muchísimo. Lo creo a pies juntillas. Se lo merecía.

En estos Cuentos autobiográficos, llama la atención, más que otros temas pombianos presentes en títulos anteriores, su fascinación por el mundo y la formación militar que recibió. 

Fue destacable porque lo pasé muy bien en la mili. Hice los dos veranos en La Granja, lo que llamaban las milicias universitarias en aquel tiempo. La vida militar me parecía sumamente teatral, estupenda con sus “¡A sus órdenes, mi general!”, las botas altas, las espuelas, los uniformes, los desfiles. Cuando narro todo eso en el libro, parezco fascista, pero es sólo porque me divertía ese boato. Fue instructivo, con sus complicaciones cuando había que mandar tropas, despiojar los catres, mantenernos firmes en las instrucciones, tener a la compañía en perfecto estado de revista. Era enojoso y difícil. Me gusta más el recuerdo, el regusto histórico. La gallardía y el honor son cosas que yo unas veces sí, otras no [risas]. Pero me sigue gustando ese mundo. Lo que pasaba en Melilla, donde estuve destinado de alférez, es que los oficiales y los jefes se pasaban el día en el bar, aburridos, tomando chatos de vino, cosa que yo también hice. Melilla era todo un paisaje; tan duro, su mar, su población... Me emocionaba ver allí al capitán, que era un bruto de mucho cuidado, horrible y chismoso, pero con su banderín de órdenes... Soy una persona anticuada en muchos sentidos, como ve. Me gustaba ir muy puesto y me gusta la gente bien vestida. Hoy, todo eso ha cambiado y hemos tenido que adaptarnos. Tendría que haberme puesto una camisa para recibirle, pero llevo el jersey y la medalla, como manteniendo el toque militar [risas].

¿Cómo percibe los excesos que caracterizan nuestro presente? La desinformación, la polarización, la falta de profundidad periodística, el bajo nivel de lectura y comprensión lectora. 

El asunto es complicado, porque yo vivo en esta habitación, digamos. Mi única salida semanal es ir a la Academia. Entonces, cuando hablo con otras personas más jóvenes y me comentan su percepción del presente, no sé si llego a hacerme una idea global, porque mi presente no deja de ser esta habitación, la terraza, este presente continuo de la literatura. No es que me dé igual, ni mucho menos, porque entiendo las dificultades actuales de los problemas de los precios de los alimentos, la vivienda, los sueldos bajos. Es difícil ser joven ahora, sí. Supongo que a cualquier generación le ocurre. Es cíclico, cada época con sus particularidades.

Está preparando el segundo volumen de este pequeño ciclo. ¿Ha sido voluntaria la decisión de dejarse temas o recuerdos en el tintero? 

El segundo volumen ya está enviado, saldrá en mayo. Ahora estoy con el tercero, y a la vez, escribiendo una novela, El arrepentimiento. Escribir ha sido mi salvación. No me propuse dividir nada, los cuentos han salido fácilmente. Luego no han sido tan autobiográficos, pero bueno.

¿Por qué le entusiasma la tensión entre la distancia con los sentimientos y la forma de narrarlos de forma tan lírica? ¿La culpa es de Rilke: El pasado es un antepasado que parece querer semejársenos? 

Soy un hombre apasionado y afectivo, pero racional. Los sentimientos nos conducen a todos. El sentimiento trágico de la vida, tan español, tan unamuniano. Tenía razón. Don Miguel de Unamuno quiso hacer ese libro porque partía del sentimiento, no de la idea: “Voy a hacer un libro español, sobre el sentimiento de España y la madre que nos parió” [risas]. Era un hombre muy capaz de reflexión, aunque Ortega y Gasset comentaba que llegaba y ponía su yo encima de la mesa. Era un poco pesado. El ideal, para mí, es el “eliotiano” de la impersonalidad. Lo de Unamuno era “Yo. Yo sufro. Yo muero. Yo siento”. Pero sufres y sientes tú y Perico el de los palotes [risas]. Rilke es vital para mí. El retrato de los antepasados, decía, que parecen y no parecen querer semejársenos. Los que veo aquí de mi familia, de mis padres, de mis abuelos. Rilke supo captar ese baile, esa cotidianidad absolutamente poética. “Oh vieja maldición de los poetas / que se quejan cuando debieran decir/  que tan sólo opinan sobre sus sentires / en lugar de darles forma”, decía su Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth. Un poeta tiene que decir, no sentir. Rilke era un poeta feroz. “Todo ángel es terrible”. Era mejor que Alberti en eso de los ángeles.

Usted es poco amigo de los chismes, pero, ¿considera el mundo literario más agitado o más tibio que antes? ¿Le han importado o entretenido las recientes polémicas en torno a David Uclés, Arturo Pérez-Reverte o Luis García Montero? 

Soy enemigo del chisme, pero en el mundillo ocurren muchos. Luis Antonio de Villena era muy chismoso. A Javier Marías le encantaba que se los contaran. Él no los contaba, pero le encantaba oírlos, que es peor. Es más de portera, todavía [risas]. A mí me agobia la malicia, y los chismes siempre lo son. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al Chisme del Año. Tampoco estoy al tanto. No soy polemista. Sólo participé con un artículo en la de García Montero contra Santiago Muñoz Machado, que me pareció algo desquiciado. No sé qué le pasaría. No seguí la respuesta que me dio, pero quedé contento con mi artículo, punzante, injusto, como todo ese tipo de artículos. No sé. García Montero pudo pecar de envidioso. Su mujer, Almudena Grandes, era más divertida, expansiva, estupenda. Su marido es más de chinchar. Los granadinos tienen “mala follá”, aunque una ciudad preciosa.

¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza? Estar atento de sus matices, ¿infunde sabiduría o esperanza? 

Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza. En el libro Variaciones (1977) hay bastantes poemas sobre el cielo. Es uno de mis temas favoritos. El firmamento, en realidad, que es más prosaico que lírico. Para la gente que hemos vivido en el campo, el cielo era una constante. Nos hablaba de los presagios y las epifanías. Dependíamos de él.

sábado, 18 de abril de 2026

Evolución de la novela española en el siglo XXI

 La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Nadal Suau, 18 abr 2026:

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.

¿Cuándo comienza el XXI?

En 2001, se publican tres novelas excelentes, Romanticismo, de Manuel Longares, y Jugadores de billar, de José Avello, cuyos juegos de memoria ceñida a mundos cerrados y en decadencia las sitúan todavía en el siglo XX a casi todos los efectos (estructurales, estilísticos, etcétera), y Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, que es, en gran medida, un libro sobre el siglo XX. Algo parecido podría decirse de la trilogía faulkneriana Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, aparecida entre 2004 y 2005, o de Familias como la mía, de Francisco Ferrer Lerín (2011).

El caso de Javier Marías es distinto. Los tres espléndidos volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007) quizá tampoco inauguren nada, y hablamos de un escritor que ya definió el final del siglo anterior, pero resulta que, por mucho que para algunos pueda ser divertido discutirlo o revolverse contra la evidencia (y no pasa nada, ¿para qué necesitaría nadie cualquier forma de unanimidad?), la escritura hipnótica e inconfundible de Marías es uno de esos casos en que cuaja un clásico incontestable, fuera de serie. Además, el efecto del autor persistirá todavía de dos formas distintas: la primera son sus siguientes libros, que experimentan un relativo bajón hasta cerrar su carrera con un díptico estupendo, Berta Isla (2017) y Tomás Nevinson (2021).

La segunda es que su obra abre un espacio que permite la visibilidad de otros escritores afines. Pienso en José Carlos Llop, que es a la literatura francesa en España lo que Marías a la anglosajona, de quien citaría la poco recordada El mensajero de Argel (2005), con su atmósfera profética que convierte el Mediterráneo en Saigón, o Reyes de Alejandría (2016), revisitación de la Barcelona de los setenta. O en el exquisito Vicente Valero, que entre Los extraños (2014) y Enfermos antiguos (2020) ha sabido convertir Ibiza en una medida del mundo.

Tres líneas para los primeros compases del siglo

Nunca vas a obtener una verdad absoluta cuando te empeñas en delimitar períodos, como si en 2001 algo cambiase por arte de magia, o en trazar tendencias con tiralíneas y luego empeñarte en meterlo todo ahí. ¿Qué hacemos con autores que empezaron a escribir en los ochenta, o antes, y han seguido dando buenos libros? Algunos ejemplos: Muñoz Molina ha entregado La noche de los tiempos (2009), contribución significativa a la representación de la Guerra Civil (un tema que después experimentaría cierta desaparición del panorama hasta verse rescatado, con notable artesanía y en clave extemporánea de realismo mágico con La península de las casas vacías, el exitazo de David Uclés publicado en 2024), o Como la sombra que se va (2014), y Soledad Puértolas, de quien mencionaré Historia de un abrigo (2005), jamás ha dejado de ser una superclase. La honestidad galdosiana de Ignacio Martínez de Pisón nos dio La buena reputación en 2014. Etcétera. Pero, a efectos de mapeo de la época, es indudable que en la primera década del XXI hay tres autores que marcarán el futuro inmediato de la narrativa española.

1. Enrique Vila-Matas nos regaló cuatro libros seguidos cuya gracia metaliteraria, autoficcional, vanguardista y slapstick es inolvidable e influyó en muchísimos autores posteriores, desde Agustín Fernández Mallo (que lo incluiría como personaje en Nocilla Lab, 2009) a Mario Aznar, que le dedicó una majísima novela-ensayo, Too late, en 2022. Hablamos de Bartleby y compañía (de 2000, así que incluirla es una trampa disculpable), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003) y Doctor Pasavento (2005).

2. Javier Cercas será otro precursor de la autoficción, así como de la literatura de hechos reales, con el acontecimiento Soldados de Salamina (2001), que se adelantó a muchísimas cosas, tanto en lo que se refiere a técnicas literarias como al debate en torno a la reconciliación nacional, una cuestión que regresaría en su mejor libro, Anatomía de un instante (2009), preciso como el mejor mecanismo de relojería, emocionante y muy bien documentado, y pieza maestra del argumentario en favor de la Transición, es decir, inevitablemente polémico.

[Autoficción: un tic masivo del XXI. El yo por todas partes, aunque con resultados desiguales. Citemos algunos casos que merecen mucho la pena. Hay dos novelas estupendas de Carlos Pardo, Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2019), que son un retrato de la clase media de una inteligencia y elegancia admirables. Y el conmovedor La hora violeta (2013), que Sergio del Molino dedica a la muerte de su hijo, se acerca más bien a unas memorias, pero cómo no mencionarlo aquí].

3. Rafael Chirbes es totalmente distinto. Sería una simplificación hablar de “realismo”, pero su atención a los aspectos más pútridos de la realidad nacional propició dos novelas perfectas, dolorosamente lúcidas, Crematorio (2007) y En la orilla (2013), a las que cabe añadir una coda confesional bellísima, París-Austerlitz (2016). Cuando la supuesta España de las maravillas se reveló como un solar moral, Chirbes pasó a ser el escritor más lúcido de su generación. Y el lenguaje le acompañaba.

El momento Nocilla

En 2006, la joven editorial Candaya publica la novela Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, un hombre formado como científico que presta la misma atención a la literatura que a la música o el arte contemporáneo. El libro es fragmentario, pop, intertextual, listillo, indie. Y se convierte en un éxito descomunal, además de un caballo de Troya (hay quien usó esta imagen como crítica; no es mi caso) para que una nueva generación de autores penetre de golpe en el circuito literario.

La periodista Nuria Azancot, rápida y hábil como siempre ha sido, acuña un término: Generación Nocilla. No pretende ser una etiqueta académica (para eso hay otras: literatura mutante, afterpop…), y nunca llegarán a estar claras ni la nómina que comprende ni las características definitorias del movimiento (¿fue un movimiento?), pero intentémoslo. Los nombres, discutibles, podrían ser: Jorge Carrión, Vicente Luis Mora, Eloy Fernández Porta, Juan Francisco Ferré, Javier Calvo, Laura Fernández, Germán Sierra, Mario Cuenca Sandoval, Manuel Vilas y el propio Fernández Mallo. Los rasgos: fragmentarismo, apertura a nuevas corrientes y disciplinas, teoría y tecnología, alergia a costumbrismos varios o a realismos caducos, sampler y descentramiento, intersticios...

La verdadera clave consiste en que el siglo XXI toca a la puerta: antologías y revistas, reivindicación de nuevos paradigmas, Internet como agitador. Polémicas morrocotudas. Pocas veces se han vuelto a ver odios tan acendrados, desprecios tan olímpicos por parte de algunos seniors ni cosas tan divertidas como aquella foto-novela basada en El pueblo de los malditos que circuló por la red parodiando a todo el quién-es-quién de aquellos años. Pero el “momento Nocilla” fue breve. La crisis económica y las nuevas olas feministas iban a arrastrar la discusión a otras latitudes. Por otro lado, los mejores frutos de la nómina mencionada arriba llegarían más tarde, pasada la efervescencia mutante.

Así, las mejores novelas de Agustín Fernández Mallo probablemente sean Trilogía de la guerra (2019) y Madre de corazón atómico (2024). La de Vicente Luis Mora, Centroeuropa (2020). La de Mario Cuenca Sandoval, la sensacional y vampírica Los hemisferios (2014). De Robert-Juan Cantavella me entusiasma Y el cielo era una bestia (2014). En cuanto a Manuel Vilas, novelas como Aire nuestro (2009) quedarán entre lo más imaginativo de aquel instante, pero su libro estandarte es Ordesa (2018), en el que reorientó el balance entre lo heterodoxo y lo sentimental para evocar a sus padres, fundirlos con una idea emotiva del país, y lograr un gran libro y un éxito popular descomunal.

Otros mundos existen

Fijémonos en dos nombres: Laura Fernández y Javier Calvo (el autor que más se revolvió contra su supuesta pertenencia a la Nocilla). Cada una a su manera, sus voces representan la aparición de una potente veta imaginativa en la literatura española: fantástico, terror, gótico, weird... Entre Mundo maravilloso (2007) y Piel de plata (2019), Javier Calvo ha construido un imaginario encantador y oscuro. A Laura Fernández le debemos varias novelas derrochadoras y mágicas, además de una variación del idioma castellano que es exclusivamente suyo, pero el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) tuvo algo de definitivo: lo fantástico se aposentaba ya para siempre en primera línea.

Aquí hay que reivindicar a algunos autores. Daniel Miñano, más conocido como Colectivo Juan de Madre o Manuela Buriel, es un novelista inclasificable y brillante, como demuestra Animales feroces (2020), emparentada en varios puntos con Piel de plata (Barcelona, adolescencia, magia). En 2016, Francisco Jota-Pérez publicó Homo tenuis, una especulación a propósito de los fenómenos creepypasta que se ha convertido en Santo Grial de lo oculto.

Una crisis y dos estallidos

Entre 2008 y 2010, todo se descontrola, de la prima de riesgo a las instituciones democráticas, y el mundo cambia. Con él, la literatura. Los catálogos editoriales ya no volverán a ser lo mismo: la presencia de escritoras da un vuelco inédito e irreversible. Es una cuestión de cantidad y de calidad, pero también de complicidad con el público lector, cada vez más femenino y feminista, queer, comprometido, dispuesto a tejer espacios de encuentro. Una figura clave será Sabina Urraca, no solo porque es autora de dos novelas extraordinarias, a veces equívocamente encasilladas en la autoficción, Las niñas prodigio (2017) y El celo (2024), sino porque su visibilidad e impacto contribuyen a generar el espacio en el que se mueven otras estupendas narradoras como Rosario Villajos (La educación física, 2023) o Elisa Victoria (El evangelio, 2021), además de ejercer de editora con notable olfato: pensemos en los fenómenos Panza de burro, de Andrea Abreu (2020), o Seis mil, de Laura C. Vela (2025). Y en este punto deberíamos mirar más arriba para encontrar otra figura importante, la de Elvira Lindo, que en el siglo XXI ha dado sus mejores novelas (por ejemplo, A corazón abierto, 2020), y que, sobre todo, representa un caso infrecuente de atención hacia las nuevas escritoras y generosidad con ellas.

Luego está esa dinámica que podríamos emparentar con Chirbes, a la que ya aludí. Esto no significa que Chirbes la capitanee ni que las siguientes voces sean idénticas entre sí: como antes con Marías o Urraca, me refiero a cómo algunas obras facilitan la apertura de territorios que luego urbanizarán muchas otras (igual que La mala costumbre, de Alana S. Portero, también abrió caminos en 2023). Hay un nombre indisputable, Marta Sanz, que con La lección de anatomía (2008) o Clavícula (2017) ha nombrado un número importante de preocupaciones y ansiedades modernas, hasta ocupar una posición de maestría aceptada por toda una generación posterior. Hay un experimento temprano y anónimo, el collage El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen (2005), hecho con retales de prensa. Está Isaac Rosa con El vano ayer (2010). Recuerdo La trabajadora (2014), de Elvira Navarro, como una espeluznante fábula casi gótica sobre la precariedad. Y, por supuesto, está Cristina Morales, distinta a todo el mundo, cuya Lectura Fácil (2018), firme candidata a ser la novela española de mayor impacto de la última década (magistral, indomable, una locura), tiende a ensombrecer otro libro suyo magnífico, Terroristas modernos (2017). Otra imprescindible: Aixa de la Cruz y el arco que forma su narrativa, con sus puntos álgidos en la temprana Cuando fuimos los mejores (2007) y la penúltima Las herederas (2022).

Por último, considero muy relevante el trabajo de Belén Gopegui, una autora que ya venía de ser importantísima en los noventa, y entre cuyos libros del XXI suelen destacarse los de los primeros dos mil, como Lo real (2001), tan atentos a lo colectivo, a las posibilidades de transformación. Ocurre que, a partir del thriller Acceso no autorizado (2011) y hasta la reciente Te siguen (2025), Gopegui se adentra en un registro peculiar, antipedante, ajeno al narcisismo, de una generosidad transparente en su intento de narrarnos a todos, de ir en dirección contraria, abajo. Y sospecho que esta escritura provoca la clase de desconcierto propia de una verdadera posición autónoma respecto del sistema literario.

De un modo muy distinto, también ha fundado un espacio propio Gonzalo Torné, renovador de la vieja idea de “novela sobre Barcelona” que tan bien representaba el estupendo Francisco Casavella (El día del Watusi, 2002). En sus manos, la ciudad se convierte en un lugar donde los diálogos son más ingeniosos y anglosajones que nunca, irónicos a toda velocidad, sin que lo ridículo deje de estar presente, y linaje y diseño urbano se funden en una crónica sobre cuál es este país y qué es el ser humano. ¿Dos títulos? La ya mítica Hilos de sangre (2010) o los aires americanos de Años felices (2017), por ejemplo. Hace poco, el periodista José Antonio Montano escribió que Torné es el único novelista que queda en España. No es verdad, claro, pero tuvo gracia, porque sí es el único representante de cierta forma de novela. Dicho esto, si no es puramente novelista Sara Mesa, con sus historias secas, ambiguas y especializadas en generar incomodad, como La familia (2022), ¿quién lo es?

Lo que queda fuera, y el futuro

Lo que queda fuera: obras heterodoxas, autores poco visibles, periferias. Rescaten El estenotipista en la Academia Universal, de Alberto Escudero (2002), presten atención a las novelas inclasificables de Luis Rodríguez (cualquiera, pero digamos Mira que eres, de 2021). ¿Quién recuerda el barojiano, autoficcional, perdedor y encantador Curso de librería, de Fernando San Basilio (2006)? Que nadie olvide el mundo delicado y sabio que Begoña Huertas construyó entre El desconcierto (2017) y El sótano (2023). Y con su título giallesco, el gigantesco fresco en el París ocupado, Mil ojos esconde la noche (2024-2025), de Juan Manuel de Prada, es un disfrute impepinable salido de un lugar ajeno a cualquier línea apuntada en este texto. Por último, una de las pocas obras maestras de este cuarto de siglo es, seguro, Noche y océano (2020), de Raquel Taranilla, novela que una vez califiqué de “desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria”, y lo sostengo.

En cuanto al futuro, es imposible decir nada. O apenas nada. Me conformaré con algunas apuestas: la ficción especulativa de El árbol viene, de Munir Hachemi (2023), apunta en la dirección correcta y es el fruto de una inteligencia notable. Los escorpiones (2024) y La chica más lista que conozco (2026), de Sara Barquinero, delatan a una escritora importante que ha roto un poco las previsiones acerca de lo que su generación parecía destinada a escribir.

Y hay más, pero ya saben: el espacio se acaba.