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domingo, 25 de octubre de 2026

Anécdotas de Dámaso Alonso por Manuel Vicent

 Los paseos de Dámaso Alonso, en El País, por Manuel Vicent, 24 oct 2026:

El poeta, filólogo y académico de la RAE disfrutó de largas caminatas y de una vida de recogimiento, lejos de los fastos y la pompa de la fama artística

“Yo no tengo nada importante que contar; llevo una vida muy apartada”, me decía Dámaso Alonso, poeta, filólogo, director de la Real Academia. “Todas las mañanas, desde hace cinco años, doy un paseo. Me voy hasta la plaza de Castilla, bajo por la Castellana, rodeo el estadio de fútbol y vuelvo a casa por detrás. Este paseo ayuda mucho a la manera de ser de mi cuerpo. Pedro Sainz me quiso regalar un bastón, pero no lo necesitaba todavía. Pedro Sainz Rodríguez, ése sí que ha pasado de todo”, decía Dámaso Alonso, no sin un leve matiz de envidia.

El gusto de caminar le venía de lejos. Dámaso Alonso recordaba que Unamuno fue el presidente del tribunal de oposiciones cuando ganó la cátedra. Después de terminar cada ejercicio le decía: “Qué, Dámaso, ¿damos un paseo?“. Y le sometía a unas caminatas terribles. Le arrinconaba contra una pared y le hablaba en francés. Este joven opositor soñaba con ganar la cátedra solo para perder de vista a Unamuno.

En tiempos de estudiante, Dámaso Alonso vivía en la calle de Rodríguez San Pedro, en la misma casa que Gabriel Miró. Y estas eran las cosas que me contaba.

“De joven le veía entrar y salir, pero no lo traté hasta después. Él vivía en el segundo piso, yo en el sexto. Un día iba yo en un tranvía totalmente vacío por la calle de la Princesa leyendo un libro suyo. Era uno de aquellos tranvías que tenían dos asientos corridos bajo las ventanillas, uno frente al otro. Sucedió que en un momento dado subió Gabriel Miró en persona y se sentó delante de mí. Yo llevaba su libro en la mano, íbamos solos, los dos callados y él me miraba obsesivamente. Así todo el trayecto. Era una situación angustiosa, yo estaba muy preocupado. Como es lógico, nos apeamos en la misma parada y nuestro camino también era el mismo hasta llegar a casa. Él caminaba delante, yo iba detrás y observaba que a veces volvía con disimulo la cara para comprobar si yo aún le seguía. Llegó a su piso y yo subí al mío. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, me dijo que aquel día había esperado detrás de la puerta un buen rato pensando que yo iba a llamar. Durante algún tiempo creyó que aquella escena tan surrealista había sido una aparición. Gabriel Miró era muy cordial, ameno, amistoso, simpático. Un día nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Rafael Alberti estaba en mi casa y yo le propuse que bajáramos a felicitar a don Gabriel por su inminente nombramiento. Lo encontramos muy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Luego no entró. Resulta que una orden religiosa, bueno, sí, sí, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal las figuras de la Pasión en una novela”.

Dámaso Alonso confiesa que no hizo amistad con ningún escritor famoso de aquel tiempo porque llevaba una vida muy apartada, además tenía cierta prevención. Al que más trató fue a Juan Ramón Jiménez. Le tuvo gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas.

“Aquel era un hombre muy raro. Juan Ramón primero te recibía bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, enseguida lo apartaba de su amistad. Era muy mordaz. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla. O una tarde que iba por la calle de Alcalá entre un gentío enorme, y de pronto vio a lo lejos, sobre las cabezas de la multitud, una chistera gris, muy alta, elegantísima, y pensó: ‘Ese es Eugenio d’Ors’. Y, en efecto, era D’Ors. O cuando descubrió una vez a Ricardo León escribiendo en una alcoba bajo un gran tubo de chubesqui, en una mesa con tapete verde, frente a una copa de anís del Mono y con los calzoncillos largos atados en los tobillos. Él solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. A mí Juan Ramón me tomó una inquina terrible porque al publicar Gerardo Diego, en su Antología, un soneto mío que llevaba como lema un verso de Juan Ramón, este lema fue suprimido en la segunda edición por falta de espacio. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera. Luego sucedió que el número salió encabezado por un artículo de Unamuno. Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: ‘Retiradas mi colaboración y amistad stop’. En fin, no niego la importancia de Juan Ramón Jiménez. Tiene poemas muy buenos y también los tiene detestables, pero su orgullo literario estaba fuera de toda medida”.

Entrevista a Pedro Almodóvar

 Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:

Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora

Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?

Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.

P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.

R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.

P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.

R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.

“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”

P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?

R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.

P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.

R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.

P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?

R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.

P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?

R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.

P. ¿Por qué?

R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.

P. ¿Adicción al cine?

R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).

P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.

P. ¿Qué tipo de libros?

R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.

P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?

R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.

P. ¿Siempre más ficción que ensayo?

R. Sí, sí.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.

P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.

R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.

P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?

R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.

P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?

R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.

P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.

R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.

“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”

P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?

R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.

P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?

R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.

P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.

R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.

El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026

256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre

lunes, 19 de octubre de 2026

La estilometría identifica una nueva comedia de Lope de Vega

 La inteligencia artificial atribuye a Lope de Vega una comedia de Claramonte, Julián Herrero, La Razón, 16.10.2026:

El congreso sobre el Siglo de Oro celebrado en Madrid descubre la última obra atribuida al Fénix de los Ingenios, la número 362.

Que algo se haya terminado hace 500 años no es sinónimo de que esté pasado de moda. Se cerró el Siglo de Oro a su debido tiempo y, sin embargo, solo hace falta ver las carteleras de los teatros, siempre con reinterpretaciones de los clásicos, para descubrir que lo que nos pasa hoy no dista tanto de lo de entonces; o los festivales veraniegos de teatro, muchos de ellos dedicados en exclusiva a los Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y compañía.

Y curioso es que en esto del estudio áureo también existan las modas. Con los nombres de los citados, los primeras espadas de esto, presentes pase lo que pase, la tendencia actual ha virado hacia otro hombre que a poquitos va haciéndose su sitio entre el resto de autores (y autoras, también en boga en la actualidad gracias a los trabajos para rescatar su memoria). Suyos son Tan largo me lo fiáis, el origen del mito del Don Juan del Burlador, y La Estrella de Sevilla, piezas que los recientes estudios han ido revisando hasta otorgarle a él, y solo a él, un reconocimiento que los caprichos de antaño, tantas veces injustos, le hurtaron.

Pasión por Claramonte en su aniversario

Tal es la pasión, si es que se puede llamar así, por este ilustre murciano, don Andrés de Claramonte, que el Congreso Internacional Madrid en el teatro español del Siglo de Oro, que se celebra estos días, se ha visto desbordado por el interés en su figura aprovechando el cuarto centenario de su fallecimiento. Lo reconoce Germán Vega García-Luengos (Universidad de Valladolid), organizador del evento junto a Luciano García Lorenzo (CSIC). “La gente lo ha querido así”. Abrieron las solicitudes y los expertos se volcaron en él: las 30 sesiones que de inicio se pretendían programar se vieron ampliadas hasta las más del medio centenar. Enterrado en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, Claramonte “no es solamente un copión, como algunos –entre ellos Menéndez Pelayo– dijeron de él”, explica el investigador: “Tenemos un autor con bastante más obra de la que tradicionalmente se le ha considerado. Y dentro de ella cuenta con dos textos muy grandes, por lo que tendríamos que considerarle un dramaturgo importante y no dejarle en el cubo de la basura”.

El profesor también es responsable, en esta ocasión de la mano del profesor Javier J. González Martínez, de la exposición que la Biblioteca Regional de Madrid organiza hasta el 10 de enero, Madrid en el teatro del Siglo de Oro. En ella ya se vislumbran los temas que se debaten estos días en el complejo cultural El Águila de Madrid alrededor de los quehaceres de los dramaturgos en la capital. Poco es más significativo que los tres autores más representativos de la fecha, y grandes figuras del teatro universal, fueran madrileños. Igual que otros dos genios como Cervantes y Quevedo.

Óleos, manuscritos, trajes, maquetas y demás componen este recorrido por el epicentro de la Monarquía Hispánica, donde se contaba con las infraestructuras más dinámicas del teatro comercial, factor fundamental para su desarrollo; y al tiempo, en la misma ciudad se encontraban los más destacados enclaves palaciegos para celebrar los espectáculos cortesanos; así como sus plazas y calles, en las que se acogían las formas de representación más diversas.

Un "nuevo" ilustre de las letras españolas

En estas salas, por supuesto, también encuentra acomodo ese “nuevo” ilustre de las letras del Siglo de Oro, Andrés de Claramonte. Un hombre de fama creciente que murió en Madrid, en 1626, y que ha logrado desbancar de la autoría a tipos como Tirso y Lope. No obstante, la moneda no iba a caer siempre de su lado. En esta ocasión, la firma da la vuelta y pasa de Claramonte al mismísimo Lope de Vega, quien se convierte en dramaturgo de pleno derecho de una comedia como El infante de Aragón. Es la principal novedad que trae este congreso. Vega García-Luengos se ha reservado para la última jornada una exposición en la que ha descubierto esta nueva obra de Lope atribuida hasta ahora a Claramonte. Una charla que ampliará en el Anuario Lope de Vega y en la que profundizará en los motivos que le han llevado a dicha conclusión.

Igual que hiciera antes con La francesa Laura (que pasó de ser “anónimo” a pertenecer al corpus de Lope), el profesor castellano ha acudido a la inteligencia artificial para resolver la ecuación de la estilometría: “Son procesos largos, pero el primer chivatazo nos lo da la máquina sin casarse con nadie. Valora únicamente elementos léxicos y está demostrado que tiene una gran eficacia”. Y así, “entrenando” cada día a la IA, asegura que una comedia firmada por Claramonte que nunca se había discutido, “de repente”, apunta, “pasa a irse con Lope. Y luego, todos los elementos que hemos estudiado nos llevan a afirmar con efectivamente es un Lope”.

De las más de 1.500 obras que se sostiene que escribió el Fénix de los Ingenios, ya hay catalogadas 362 con este “renovado” Infante de Aragón. “Y otras dos más que seguro que son de él, pero que todavía tenemos que hacer las comprobaciones oportunas”, añade Vega.

Política y amor como base de la comedia

Se destapa de este modo una nueva historia para una comedia publicada en la primera mitad del siglo XVII con base política y amorosa que pone su atención en el enfrentamiento entre los reinos de Aragón y Navarra; y en la que el infante en cuestión se enamorada de su homóloga de enfrente. “Tiene momentos muy interesantes en los que se ve claramente que es de Lope y a pesar de que han desaparecido algunos versos, que se echan en falta, sobre todo, en la tercera jornada. Pero no perjudica para saber de qué va la acción. Es muy posible que la obra se aplicase a Claramonte porque Lope ya había muerto. Al revés de lo que pasaba con él en vida, que se le atribuían las obras de otros porque él era el gran divo del teatro. Es algo que fue muy frecuente y que gracias a la estilometría y otras herramientas de la inteligencia artificial nos estamos dando cuenta de que hay bastantes más problemas de los que pensábamos. Aparecen dudas donde pensábamos que no había ninguna”.

No duda Vega de la IA. “Hasta ahora, cuando nos dice que una obra es de Lope, o de otro, no hemos encontrado fallo. Los resultados son contundentes y nunca se ha desdicho. Esa es la ventaja de la estilometría, que es neutral y objetiva”: acude a las estadísticas de léxico y mide las 500 palabras más frecuentes para compararlas con las de otros 3.000 textos del Siglo de Oro. “Y con eso te arroja unas cifras de proximidad que te permiten recuperar información de distintos medios”, explica a La Razón un hombre que trabaja incansable en la enseñanza de textos a la IA.

Ocho del 50, premio Espasa de ensayo 2026

 Ocho del 50, de Antonio Soler, gana el Premio Espasa 2026, Sofía Campos, La Razón, 9.9.2026:

El jurado ha valorado la capacidad del autor malagueño "para convertir la historia literaria en una obra de creación y de recuperación de nuestra memoria cultural".

El jurado del XLIII Premio Espasa 2026 ha fallado este miércoles el galardón, concedido a la obra Ocho del 50, de Antonio Soler. Ha valorado especialmente de la obra ganadora "la capacidad de Antonio Soler para convertir la historia literaria en una obra de creación y, al mismo tiempo, de recuperación de nuestra memoria cultural. Ocho del 50 reúne rigor, originalidad y una extraordinaria calidad narrativa en un ensayo que no se limita a estudiar a ocho escritores, sino que propone una nueva manera de acercarse a toda una generación. Consigue algo que está al alcance de muy pocos ensayos literarios: hacer que la literatura del pasado vuelva a sentirse como algo vivo, cercano y necesario".

El autor ha declarado, ante este reconocimiento, sentirse "muy honrado por unirme a la lista de ganadores de un premio con tanto prestigio. Y especialmente satisfecho por tratarse de un libro sobre libros, sobre la vida y la obra de autores de una generación fundamental en mi formación como escritor y que en algunos casos se convirtieron en queridos amigos". Se une, de esta manera, a una lista de premiados a la que en los últimos años se han sumado Ana Santos (2025), Juan Fernández-Miranda (2024), Javier Solana (2023), Javier Ruiz (2022), Emilio Lamo de Espinosa (2021) y Carlos del Amor (2020).

Ocho del 50 se publicará el miércoles 28 de octubre, y sigue los pasos de Antonio Rabinad, Juan Marsé, Concha Alós, Carmen Martín Gaite, Alfonso Grosso, José Manuel Caballero Bonald, Ángel Vázquez y Jesús Pardo. Ocho novelistas reunidos en cuatro parejas a modo de vidas paralelas y cuya obra está especialmente marcada por la memoria personal, por aquellos episodios decisivos de sus vidas -la infancia, la Guerra Civil, la posguerra, la orfandad, el exilio, la represión o el descubrimiento de la vocación literaria- que transformaron en materia de ficción.

El escritor reconstruye, con una soberbia prosa, precisión y un extraordinario poder evocador, unas vidas marcadas, en muchos casos, por la miseria y, en otros, por una procedencia acomodada, pero siempre profundamente literarias. Soler insiste en que la memoria constituye ya una forma de invención y en que la novela, paradójicamente, puede acercarse más a la verdad humana que unas memorias estrictamente documentales.

Soler (Málaga, 1956) es autor, entre otras, de las novelas Las bailarinas muertas (Premio Herralde y Premio Nacional de la Crítica), El nombre que ahora digo (Premio Primavera), El camino de los ingleses (Premio Nadal), El sueño del caimán, Sur (recibió los premios Juan Goytisolo, Nacional de la Crítica, Francisco Umbral, Dulce Chacón y Andalucía de la Crítica), Sacramento, Yo que fui un perro y El día del lobo. Sus libros se han traducido a una docena de idiomas. Es miembro de la convulsa Orden de Caballeros del Finnegans.

El Premio Espasa tiene una dotación económica de 30.000 euros. El jurado lo integran Leopoldo Abadía, Emilio del Río, Nativel Preciado, Fernando Rodríguez Lafuente y Pilar Cortés, en representación de la editorial. Este año, el Premio Espasa ha superado el número de participantes de otras convocatorias, con más de un centenar de ensayos presentados y una notable diversidad temática y geográfica

sábado, 17 de octubre de 2026

Isabel Allende, premio Planeta.

 Isabel Allende: «El mundo peligra en este momento», en La Razón, Javier Ors, Barcelona Creada: 16.10.2026

La escritora, que ha ganado el Premio Planeta con la secuela de «La casa de los espíritus», advierte de la deriva autocrática de muchos países y afirma: «Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla después».

Primero, los datos, porque, aunque los libros están hechos de palabras y nos llegan impresos en negro sobre blanco, también tienen una dimensión numérica. «La hora del alba», de Isabel Allende, saldrá con una tirada de 210.000 ejemplares; «La añoranza», de Sergio Hernández, con 90.000. Ambos libros llegarán a las librerías el próximo 4 de noviembre. Ese día marcará un comienzo y también un reencuentro, porque los lectores podrán volver al universo de «La casa de los espíritus». «He tardado 45 años en escribir esta novela. Desde el inicio recibí mensajes de lectores que querían saber qué había pasado con Alba, la nieta del patriarca, que tenía 20 años y que se había quedado sola en una casa llena de espíritus y dramas. En la novela, la protagonista vive aquellos años de dictadura. Sabe que uno vive en la nostalgia cuando está fuera y por eso prefiere quedarse esperando a su amante, un guerrillero que desaparece en los primeros días de la dictadura. Pero lo que sucederá a partir de entonces en esa casa es lo que le ocurrirá al país. La casa se convertirá en una metáfora. La historia también es una historia de amor y, al mismo tiempo, será la historia de la dictadura, del dictador y de cómo termina todo».

La escritora resaltó durante una rueda de Prensa que la novela ganadora y la finalista comparten un rasgo: «Son dos novelas sobre la represión, en un ambiente de censura. Quizá el tema está en el aire y nos atañe. Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla». Explicó que «durante estos años he vivido en un estado de memoria, manteniendo vivo mi país dentro de mis recuerdos junto a todas las personas que perdí y que están ya lejos de mí. El mundo peligra en este momento. Podría haber escrito este libro en 1985, pero no estaba madura. Han tenido que pasar todos estos años para que pudiera realizar este ejercicio de memoria».

La novelista apuntó que, para redactar esta historia, «tuve que volver atrás y revivir cosas que me tocó vivir. Chile nunca aparece mencionado en ninguna de mis novelas, tampoco en esta, pero se adivina que esa es la tierra a la que siempre vuelvo». Después dio paso a una confesión y reconoció que en su vida existe un hilo conductor desde pequeña: la palabra escrita. «Cuando era chica, empecé a leer y, como no había libros para niños, leía los que había. Primero fui lectora, luego periodista y después escritora. La palabra escrita me ha marcado. Desde el golpe militar, soy la misma persona. No he madurado nada. Soy igual; todavía me gusta Antonio Banderas, una obsesión importante».

Minar una democracia

Reveló también que le gusta «escribir sobre gente anónima que parece insignificante y que, de repente, saca a relucir un heroísmo, un coraje y una generosidad apabullantes. Y me emociona porque lo vi, vi cuánta gente solidaria había entonces en situaciones muy duras y cuántos traicionaban también. Pero los primeros todavía me emocionan. También he descubierto que no te haces más sabia con la edad, sino que eres más lo que eres. Así que cuidado con lo que eres».

La escritora ahondó en la situación actual y declaró que «todavía me importa la libertad. En Estados Unidos, las instituciones democráticas peligran. Uno podría pensar que es un país sólido, pero la democracia se pierde: a veces, de golpe; otras, se va minando desde abajo hasta que se derrumba». En ese instante se refirió a la prohibición de «La casa de los espíritus» en Estados Unidos. «En este país basta con que una persona se oponga a un libro para que lo saquen de la lista. También basta con que un maestro lo defienda para que lo devuelvan. Lo que no sé es por qué está prohibido en EE. UU: si es por las escenas sexuales, no puede ser por la violencia, porque EE. UU. vive en la violencia; ¿por contestatario? No sé si esta novela se va a prohibir, pero es un tremendo honor que a uno lo prohíban, porque es una garantía de que me van a leer todos».

Allende, que admitió que, a pesar de haber escrito 32 libros, no ha ganado confianza y que cada texto la obliga a ponerse a prueba, advirtió con seriedad contra las posturas intelectuales cómodas y recordó que «la corrupción, desde el presidente de Estados Unidos hacia abajo, es un escándalo, pero ahora ya está aceptada. Cuando ves a niños separados de sus padres y cómo los deportan a distintos países, sin que pase nada, y acabas aceptando esas cosas que nunca habrías creído posibles... Me asusta la complacencia porque eso le da toda la ventaja al otro».

Sergio Hernández, finalista del galardón por su novela «La añoranza», coincidió con la escritora y recordó qué sucede cuando pasamos una página de nuestra historia sin reflexionar sobre ella. Esta idea está relacionada con su novela, «centrada en la importancia de la memoria histórica en un país hecho de silencios. La memoria es necesaria para no cometer los mismos errores del pasado. Pero creo que ahora es más necesario que nunca saber de dónde venimos y construir un mundo mejor. Esta obra es esperanzadora y mira hacia adelante. Los libros son la salvación y la puerta para combatir el olvido».

El propio Hernández reconoció que le interesaba el exilio de Antonio Machado porque «hablamos de un poeta muy patriota, que pidió que lo enterrasen con tierra de España en Francia. Nosotros mismos hemos decidido que siga enterrado en Collioure. Hemos decidido convertir su exilio en un símbolo, para que Machado sea el exiliado por antonomasia». Aprovechó también la ocasión para despejar algunas dudas y aseguró que «en la primera parte de mi novela veremos a un Machado idealizado y, en la segunda, a un Machado más humano, al que no estamos tan acostumbrados: el hombre derrotado, cercano a la muerte, que sufre porque su país ha sido traicionado por italianos y alemanes. Es un Machado maravilloso, que duele y que, espero, se quede a vivir en el corazón de los lectores. Esta historia sirve para conocer la historia del exilio, que es una cicatriz que todos llevamos por dentro».

jueves, 8 de octubre de 2026

Anne Carson Nobel de Literatura 2026.

 [Se ampliará]

 I

 Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026, en El País, Andrea Aguilar, Madrid - 8 OCT 2026:

La poeta canadiense ha sido galardonada por “su obra audaz e inventiva” que “ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea.

La poeta y ensayista canadiense Anne Carson de 76 años ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2026 “por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. El galardón, anunciado este jueves y que será entregado el 10 de diciembre en Estocolmo, está dotado con un millón de euros y es la máxima distinción literaria.

La noticia, según ha explicado la secretaria permanente de la Academia Sueca, Ingrid Carlberg, ha llegado a Carson mientras estaba en Islandia “escuchando el viento”, y, aunque “sorprendida, estaba contenta”. Desde 2022 ella y su marido el artista Robert Currie tienen la nacionalidad islandesa. Autora de obras tan rompedoras e imaginativas como la novela en verso Autobiografía de rojo (Pre-textos), La belleza del marido (Lumen), o Nox (Vaso roto), el libro que dedicó a su hermano fallecido presentado en una caja y con las hojas unidas en un largo texto. Entre las múltiples distinciones que ha recibido Carson está el premio Princesa de Asturias en 2020. En el discurso que pronunció al recibirlo recordó el viaje que hizo por el Camino de Santiago en 1983.

Especializada en filología clásica y con un amplio conocimiento de las lenguas clásicas, la poeta y traductora ha compaginado la escritura con la docencia y en sus libros ha logrado conectar a los clásicos griegos con la intimidad de su poesía. Lúdica e irónica, clásica y moderna, el trabajo de Carson ha marcado un antes y un después. El fragmento y la traducción, el tiempo y la relectura son ideas clave en su trabajo que nunca es ajeno al humor ni al amor. El suyo es uno de los grandes nombres de la poesía anglosajona del siglo XX con una voz y una perspectiva absolutamente personal, como demuestra, por ejemplo, Norma Jean Baker de Troya, la obra que indaga en el origen de la palabra guerra y discurre por la libre asociación para tratar la violencia, la gloria, la ceguera. Coetánea de Louise Glück (1943-2023), la poeta estadounidense que obtuvo el Nobel en 2020, Carson es la segunda canadiense que obtiene este premio después de Alice Munro (1931-2024), que lo recibió en 2013.

Tal y como ha destacado el jurado del Nobel, la obra de Carson desprende una enorme libertad. Ella escribe en el poema Podría 1: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado (...)”.

Un libro sobre la vida de santos, unos poemas de Safo en edición bilingüe, la obra de Emily Brontë y, sobre todo, el encuentro con una profesora de latín a quien cita siempre que tiene ocasión, marcaron su destino literario y su pasión por las letras clásicas. Publicó su primer poemario a los 42 cuando ya era doctora en filología clásica. Su espíritu audaz la ha llevado a explorar colaboraciones en otros campos artísticos (ópera, performance) sin restar peso, ni profundidad a su trabajo. Entre sus fans se cuenta Rosalía, a quien la poeta ha dedicado un artículo recientemente tras asistir a su concierto en Chicago. “Es una encarnación, a sus 33 años, del glamur y la fuerza femeninos. Sabe hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: esto es el nuevo feminismo. Me fascina”, ha escrito Carson sobre la cantante.

Discreta, menuda, algo misteriosa, la pasión en los poemas de la canadiense no es cosa del pasado sino que está en constante diálogo con el tiempo presente, y con su vida ya sea su divorcio o la muerte de su hermano a quien llevaba décadas sin ver. Nadie como Carson ha logrado traer la épica y la tragedia grecolatina hasta hoy con tanta elegancia, sentido y profundidad, no hay nada encorsetado o frío en su trabajo “lúdico e irónico”, como han apuntado este jueves en Estocolmo. Carson insufla inteligencia y nueva a los clásicos, reflexiona sobre la traducción y los fragmentos en los que queda reducido el mundo, cualquier mundo.

Hace dos años la poeta escribió un conmovedor texto en el que explicaba que había sido diagnosticada con la enfermedad de Parkinson y que sentía que su caligrafía se desintegraba. “Enderezarse contra una corriente que nunca deja de tirar: los libros me dicen que preste atención consciente y continua a acciones como caminar, escribir, cepillarme los dientes, si quiero inhibir o retrasar el fallo de las neuronas en el cerebro. Es difícil vivir en un esfuerzo constante. Es difícil vivir dentro de la palabra “degenerativo”, que significa que, por mucho que me esfuerce, no gano". La Academia Sueca, de alguna forma, la ha llevado la contraria.

Creado por Alfred Nobel, el premio fue entregado por primera vez en 1901 y hasta la fecha lo han recibido 122 autores. En siete ocasiones quedó desierto y en cuatro lo recibieron dos autores el mismo año. El anuncio de este jueves concluye un largo proceso en el que instituciones y académicos son invitados por la Academia Sueca a presentar nominaciones. Se reciben más de 200 propuestas pero tras sucesivas cribas del Comité Nobel, integrado en la actualidad por 7 miembros, quedan cinco finalistas. Los 17 miembros de la Academia han votado finalmente al ganador y le han comunicado el fallo poco antes de producirse el anuncio.

El húngaro László Krasznahorkai (2025), la coreana Han Kang (2024) y el noruego Jon Fosse (2023) han recibido el galardón en los últimos años, sumando sus nombres a la larga lista de premiados que incluye, entre otros, a Gabriel García Márquez, Samuel Beckett, Thomas Mann, Alice Munro o William Faulkner.

II

Anne Carson (Wikipedia)

Anne Carson (Toronto, 21 de junio de 1950) es una poeta canadiense, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Míchigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras y en 2026 con el Premio Nobel de Literatura. Está afincada en Nueva York.

Biografía

Anne Carson es hija de un empleado de banca que ocupó diversos puestos en diferentes poblaciones de la región de Ontario. Tenía 15 años cuando se tropezó con una edición bilingüe de los poemas de la poetisa griega Safo en una librería local, algo que marcaría su vida ha explicado la autora.

“Yo era una adolescente desafecta necesitada de estímulos. La visión de las dos páginas yuxtapuestas, una de ellas un texto impenetrable pero de gran belleza visual, me cautivó y me compré el libro. Al año siguiente destinaron a mi padre a otra ciudad igual de aburrida, pero lo que me salvó fue que en el instituto había una profesora de latín, una mujer excéntrica, que cuando supo de mi interés por aprender griego se ofreció a darme clases a la hora del almuerzo. Se llamaba Alice Cowan y le debo mi carrera y mi felicidad”.

Tras la escuela secundaria se matriculó en lenguas en el St. Michael's College de la Universidad de Toronto, abandonó dos veces los estudios, al final del primero y del segundo curso.

Pasó durante un periodo corto de tiempo al mundo de las artes gráficas. Finalmente regresó a la Universidad de Toronto, donde completó su B. A. en 1974, su maestría en 1975. Finalmente, terminó su formación académica en 1981 con el grado de doctora con una tesis sobre Safo Odi et Amo Ergo Sum, publicada en 1986. También pasó un año estudiando métrica griega y crítica textual griega en la Universidad de St Andrews.

Durante algunos años residió en Montreal, donde enseñó en la Universidad McGill y en la Universidad de Míchigan, Reticente a que hablen sobre su vida, las biografías que aparecen en sus libros primeros libros señalan únicamente que Anne Carson vive en Canadá.

En su primer libro Eros (1986) desarrolla una meditación sobre el amor romántico y el deseo erótico.

“El libro -explica- es una aproximación a la naturaleza primigenia del deseo, que siempre se configura como una triangulación cuya consecuencia es la imposibilidad de alcanzar lo que se anhela. No en vano el significado de la palabra eros en griego es carencia”.

En 1992, a los 42 años, publicó en una editorial independiente su primer libro de poesía Short Talks. Le siguieron tres años después otros dos títulos en los que según la crítica "desdibuja la distancia entre narración, poesía y ensayo: Plainwater y Glass, Irony and God."[3]

En 2001 publicó uno de sus libros más conocidos, La belleza del marido, obra -según la crítica- cuyo desarrollo oblicuamente narrativo guarda cierta relación con Autobiografía de rojo. Subtitulado como “un ensayo ficticio en 29 tangos”, logró con este trabajo el Premio T. S. Eliot de poesía, concedido por primera vez a una mujer. En 2003 publicó una autobiografía, con el título de Red Doc>(El símbolo “>” apareció en el texto cuando pulsó una tecla por error, pero le gustó y decidió dejarlo).

Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas.

En 2010 especialmente afectada por la noticia de la muerte de su hermano de quien no sabía nada desde hacía años escribió Nox.

En 2014 recibió el premio Premio de Poesía Griffin, el premio más prestigioso de Canadá en poesía escrita en inglés por su libro Red Doc.

En 2015, su traducción de la tragedia Antígona de Sófocles fue interpretada en teatro por Juliette Binoche en el West End de Londres, posteriormente se representó en Amberes y Ámsterdam, Nueva York (Brooklyn Academy of Arts), y en el Festival de Edimburgo.

A lo largo de su trayectoria ha concedido pocas entrevistas, en una de ellas aseguraba que "Si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir. Es algo que busco a tientas en la oscuridad", y también que "escribes sobre lo que quieres escribir de la manera que tengas que hacerlo".

En junio de 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras. El jurado destacó para otorgarle el premio "su capacidad para construir una poética innovadora a partir del estudio del mundo grecolatino" y que "ha alcanzado unas cotas de intensidad y solvencia intelectual que la sitúan entre los escritores más destacados del presente".

El 8 de octubre de 2026 se anunció en la Academia de Suecia el Premio Nobel de Literatura otorgado a Anne Carson "por su obra audaz e innovadora que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea".

Obra

Eros the Bittersweet. Princeton University Press, 1986. (Eros. Poética del deseo, trad. Inmaculada C. Pérez Parra, Dioptrías, 2015).

Glass, Irony, and God. New Directions Publishing Company, 2002.

Short Talks. Brick Books, 1992.

The Glass Essay. New Directions Publishing Corporation, 1995.

Plainwater. Knopf, 1995.

Autobiography of Red: A Novel in Verse. Knopf, 1998 (Autobiografía de Rojo, ed. Calamus, México, 2009; trad. Jordi Doce, ed. Pre-textos, 2016).

Economy of the Unlost: Reading Simonides of Ceos with Paul Celan. Princeton University Press, 1999.

Men in the Off Hours. Knopf, 2001 (Hombres en sus horas libres, trad. Jordi Doce, Pre-Textos, 2007).

The Beauty of the Husband. Knopf, 2002 (La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, trad. Andreu Jaume, Lumen, 2003).

If Not, Winter: Fragments of Sappho. Knopf, 2002.

Decreation: Poetry, Essays, Opera. Knopf, 2005. (Decreation, trad. Jeannette L. Clariond, Vaso roto, 2014).

Grief Lessons: Four Plays by Euripides (traducción de Eurípides). New York Review Books Classics, 2006.

Nox. New Directions, 2010 (Nox, trad. Jeannette L. Clariond, Vaso Roto, 2018).

Antigonick. New Directions, 2012.

Red Doc. Knopf, 2013. Secuela directa de su primera novela poética Autobiography of Red.

Iphigenia among the Taurians (traducción). University of Chicago Press. 2014.

The Albertine Workout. New Directions Poetry Pamphlet #13, 2014.

Float. Knopf, 2016. (Flota, trad. Andrés Catalán y Jordi Doce, Cielo eléctrico, 2020).

Premios y distinciones

Premio Lannan de Poesía 1996.

Premio Pushcart 1997.

Beca Guggenheim 1998.

Beca MacArthur 2000.

Premio de Poesía Griffin 2001 por Men in the Off Hours.

Premio T.S. Eliot 2001 por The Beauty of the Husband.

Miembro de la Orden de Canadá, 2005.

Premio 2010 PEN Award for Poetry in Translation.

Premio 2012 doctor honoris causa por la Universidad de Toronto.

Premio 2014 Folio Prize por Red Doc[

Premio 2014 Griffin Poetry Prize ganadora canadiense por Red Doc.

Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía 2019

Premio Princesa de Asturias de las Letras, 2020.

Premio Nobel de Literatura 2026

martes, 6 de octubre de 2026

Publicados inéditos de Céline

 Céline: nuevos inéditos del demonio que escribía como Dios, en El País / Babelia, Javier Aparicio Maydeu, 5 oct 2026:

Dos nuevos títulos del autor francés revelan la complejidad de su universo literario, donde el estilo es clave para la narrativa

Al apestado Céline, acusado de vender su alma al diablo nazi por la desmedida inquina de Bagatelas para una masacre (1937) y sus otros panfletos antisemitas, le redime siempre su inmensa literatura.

Más allá de la consabida controversia moral y las polémicas suscitadas por su actitud aberrante, que lo marcó para siempre, como a Ezra Pound, Knut Hamsun, Shólojov, Brecht o Günter Grass, conviene adentrarse en los motivos por los que su narrativa resulta imprescindible y dar aquí noticia de los jugosos nuevos inéditos que no solo contribuyen a explicar su proceso creativo —y su excéntrico y eficaz estilo coloquial, frenético y autoficcional— sino la naturaleza compleja de su universo literario. Como conejos de la chistera de un mago, de las célebres maletas que abandonó el autor en su domicilio de Montmartre cuando huyó al exilio tratando de evitar las represalias por su colaboracionismo, surgieron varios textos manuscritos que vieron la luz en 2021 cuando, fallecida la viuda del autor, el crítico Jean-Pierre Thibaudat pudo por fin revelar el tesoro que de forma anónima había recibido varios años antes y que forman dos novelas, Guerra y Londres, secuela de Guignol’s Band, cuya traducción ha publicado Anagrama en 2023 y 2025 respectivamente; un borrador incompleto de Casse-pipe; los 1.633 folios autógrafos del manuscrito completo de su novela Muerte a crédito (1936), escritos con esa caligrafía suya filiforme y taquigráfica, febril; La voluntad del rey Krogold (1939-1940) —y su primera versión titulada La leyenda del rey René (1933)— que sin duda muestran la versatilidad narrativa de Céline y, por motivos muy distintos a los de Borges en Literaturas germánicas medievales, su interés por la literatura medieval, su oralidad y el tratamiento del lenguaje; y finalmente borradores, cuadernos de notas, correspondencia y fotografías.

De otro lado, Céline oral nos acerca a la controvertida y vehemente personalidad del autor y a sus ideas estéticas y su modo de entender la literatura y sus procedimientos. Se trata de una impagable recopilación de entrevistas y cartas del autor espigadas de los volúmenes Céline et l’actualité littéraire (1932-1957) y Céline et l’actualité littéraire (1957-1961), los Cahiers 1 y 2 publicados en 1976 por Gallimard que no se habían traducido aún y gracias a las cuales se da cuenta el lector de que, pese a haberlo negado, Céline conocía, y bien, la tradición literaria francesa, que a menudo recuerda más para denigrarla por retórica que para hacerla suya y, aunque sabido es que comulgaba con pocos y a pocos les reconocía una originalidad que con soberbia reclamaba para sí aduciendo que apenas si leyó (“yo creo que no debo nada a ningún escritor”).

Celebra la crudeza del poeta Villon, adora el grotesco libertinaje artístico de Rabelais, da pie a que se advierta que su oscuro nihilismo es un heredero de las maneras decadentes del conde de Lautréamont, le rinde un sibilino homenaje a Zola desacreditando su naturalismo analítico pero enalteciendo en cambio su observación minuciosa de un mundo inmundo, y reconoce el talento de Dos Passos en el empleo de la jerga callejera y la técnica cinematográfica del montaje en Manhattan Transfer, que Céline pone en práctica en su obra esencial Viaje al fin de la noche junto a un uso experimental del ritmo de la prosa y del collage que aúna ficción y reportaje, un prototipo, por decirlo de algún modo, de la novela de no ficción que llegaría más tarde con Capote y Mailer.

Interrogado por su aportación a la narrativa, se conforma con decir, refiriéndose al ritmo de su prosa, que ha creado “cierta música, cierta musiquita introducida en el estilo y se acabó”, una prosa acelerada y plástica a la que contribuyen las onomatopeyas e interjecciones, y asimismo las disrupciones, las enumeraciones y sus peculiares tres puntos, los monólogos y el abuso del argot, frutos de una empecinada transcripción del habla oral que se reflejarían enseguida en el estilo de Henry Miller en Trópico de Cáncer y en obras suyas posteriores y más tarde en En el camino de Jack Kerouac y en la narrativa entera de la Generación Beat en los años cincuenta. Miller y Kerouac confesaron por escrito que admiraban ese singular estilo libérrimo de Céline que el propio autor define en una de las entrevistas como “el estilo emotivo hablado”, del que tan orgulloso se siente (“estilos, verdad, no hay muchos en una época”) y que no describe sino que fuerza a sentir, y ambos quisieron caer también en la tentación céliniana de jugar a confundir su propia identidad con la de sus protagonistas, como harán Nabokov, Roth y tantos otros narradores que encuentran en su propia vida el origen de su ficción.

De la miscelánea editada por Edhasa se extraen otras valiosas enseñanzas acerca del Céline artista, persuadido de que “para escribir hace falta un estilo. Después se puede hablar de la lluvia y del buen tiempo, del amor o del odio; el estilo está ahí para salvarlo todo. ¡Las historias! Basta con echar un vistazo en la calle… Los asuntos no tienen la menor importancia”, aviso para navegantes como lo es este exabrupto a un periodista que alababa su aparente improvisación: “Ese estilo que a usted le parece tan espontáneo. Ochenta mil páginas he escrito para llegar a las ochocientas hojas que van a dar trescientas páginas en el libro”. Vindicación del trabajo frente al escritorio, de los borradores y las versiones...

Decepcionado porque el editor Denoël le rechazó el original en 1933, Céline disemina fragmentos del inédito La voluntad del rey Krogold en Muerte a crédito, Guignol’s Band, Guerra y Londres, que actúan como pecios o a modo de un palimpsesto que muestra que esa obra suya, que concibió como “une légende d’un Moyen Âge d’opéra”, a medio camino entre la teatralidad y musicalidad de la ópera y la epopeya, no es marginal sino esencial, no en vano encarna su mitología personal, nutre a muchas otras enlazándolas y, por si fuera poco, revela que su obra entera no es el experimento de un lunático sino un intrincado rompecabezas en manos de un lúcido artista que tildaron de demonio pero escribió como Dios.

Céline oral (Louis-Ferdinand Céline y la actualidad literaria. 1932-1961), Louis-Ferdinand Céline. Traducción de Carlos Manzano. Edhasa, 2026 349 páginas. 36 euros

La voluntad del rey Krogold seguido de La leyenda del rey René. Louis-Ferdinand Céline. Traducción de Rubén Martín Giráldez. Anagrama, 2026. 309 páginas. 21,90 euros

lunes, 21 de septiembre de 2026

Fallece el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez

 I

 Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años, en El País, Juan Barbosa, Madrid - 21 sept 2026:

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral en EL PAÍS desde el año 2000, escritor y profesor, durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores. Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada literaria sobre la escena y quienes la habitan. En este diario, publicó una crítica semana en el suplemento Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Entre su obra novelística cabe destacar Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002; Libros del Asteroide, 2015), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) y Juegos reunidos (2016). También ha publicado obras relacionadas con el teatro y el cine, como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). También publicó biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Su mirada crítica estuvo muy vinculada a la memoria del teatro y de los cómicos, y a la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. A menudo, Ordóñez explicaba una de sus ideas esenciales sobre la crítica: escribir desde el entusiasmo y seguir la intuición a la hora de acercarse a los espectáculos y a los autores que consideraba interesantes. También defendía que el teatro se comprende plenamente cuando se ve encarnado por los actores, y no únicamente cuando se lee. Esa mirada, atenta a la representación y al trabajo de quienes la hacen posible, atravesó buena parte de su trayectoria.

El funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas.

II

“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 09 mar 2019:

Marcos Ordóñez recoge una sabrosa miscelánea de asuntos y emociones en su dietario ‘Una cierta edad’

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor... ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

Cada entrada es un descubrimiento, una causa de regocijo, de sonrisa, de meditación o de amable melancolía. Hay reflexiones, recuerdos, pasajes costumbristas –“los equipajes de las motos, también llamados cofres, parece que se hubieran inventado para apoyar la libreta y tomar notas por la calle”-, apuntes dignos del Woody Allen de Cómo acabar de una vez con la cultura o Sin plumas (“Adolfo Marsillach sale de su casa. Dos señoras comentan: ‘Ese es el padre de la hija de Adolfo Marsillach”), historias más largas (la desternillante de Julia Gutiérrez Caba sobre uno de los momentos más difíciles de su carrera representando una obra de Agatha Christie), efusiones (“¡Dios bendiga a James Salter!”) y anotaciones de cariz muy personal: “Sueño que viajo en el tiempo hasta el año 68 para follar con Emma Cohen (...) Un sueño estupendo, de los que no abundan”.

Ordóñez (Barcelona, 1957) está esperando en la puerta del bar para hablar de su libro. Luce una gorra de béisbol de los Yankees que desentona con el resto de su sobria indumentaria y le proporciona un aire a lo Harry Dean Stanton en París, Texas. Se apunta a pedir un oporto y cuando los traen, entrechoca su copa lanzando su lema favorito (aparte del “dilo con firmeza pero finamente”, de Quintiliano), el brindis irlandés de John Huston: “Por el impulso”.

“En un libro como Una cierta edad cabe todo, casi”, señala. “Actualidad hay poca, porque se disuelve rápido. No es un dietario teatral, aunque el teatro forma parte importante de mi vida y sale, claro”. El autor describe así lo que hay en su libro, confeccionado con “platos muy variados”: “Recuerdos, crónicas breves, apuntes al sesgo, microrrelatos, pequeños poemas, humoradas luminosas o bromas oscuras de la existencia”. Hay más: “El paso de la edad, el tiempo, cosas que te obsesionan”. Son todos textos escritos entre 2011 y 2016. Dice Ordóñez que en ellos acaso se encuentre “mi esencia sin argumento, mi voz hecha de muchas”.

Sobre la clave del género, reflexiona: "Lo bonito es la libertad que te proporciona, puedes correr en cualquier dirección, con la condición de no ponerte estupendo. Lo que atrapas es muchas veces que te cae, has de estar, por tanto, muy atento”. Un ejemplo, el cartel del loro perdido que “atiende por Kostia”, necesita “dieta especial” y es indispensable “en terapia depresiva de un familiar”. Otro: “Este no es barrio de guisantes”. Otro más, una gitana en la Seguridad Social: “La niña, que tiene escocío el regocijo”. Dice que le abrieron los ojos al interés actual del dietario dos escritores que lo frecuentan, Ignacio Vidal-Folch e Iñaki Uriarte. "Ambos tienen ese talento para coger algo”. ¿Cioran? “Te parte el alma, pero en cambio me gustan mucho Jules Renard –al que descubrimos por Pla- y Charles Simic con sus píldoras sanadoras” (i. e. “la belleza de un momento fugaz es eterna”). Aborrece Ordóñez “esos dietarios en que la mitad es ajuste de cuentas”. Para él es fundamental entretener, ofrecer algo de humor “y pillar un poco de belleza”. Aunque algún texto tenga la extensión y la fuerza de un aforismo, el escritor marca distancias: “El aforismo quizá es escucharse un poco demasiado a uno mismo”, lo que no está mal como, precisamente, aforismo. En Una cierta edad abundan los amigos del autor (Lady Espert, la Sardà, Mario Gas, Shakespeare, la gata Rosalía) muchos desaparecidos (Anna Maria Moix, Rosa Novell, Anita Lizaran). “Alguien dijo que a partir de cierta edad caminas en dos lugares, el presente y el pasado, continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido”.

Marcos Ordóñez se marcha dejando tras él un reguero de historias y de frases en las que resuena su voz cavernosa a lo Constantino Romero. A recordar desde la primera del libro (de su querido Ennio Flaviano), “la situación es grave pero no seria”, hasta la penúltima (suya), “tres señales indicativas de que el día, pese a todo, ha sido bueno: si he atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: ‘Bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio”. La última es: “Buenas noches. Feliz año nuevo”.

III

Marcos Ordóñez: “El crítico tiene alma de comadrona”, en Núvol, Oriol Puig Taulé 7/07/2017:

"El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio".

Hemos citado a Marcos Ordóñez, crítico de teatro y escritor, en nuestra redacción a las cuatro de la tarde. Nuestra intención era hacer esta entrevista en el patio naranja de Vilaweb, tono que se está convirtiendo, casi sin quererlo, en el color corporativo de Núvol, pero el sol y el calor nos hacen buscar una alternativa. Pasamos al plató, con paredes de color negro y aire acondicionado, y empezamos a hablar sobre los influencers. Ordóñez confiesa que no sabe qué son ni qué hacen, cuando le cuento que una joven estudiante de bachillerato escénico me ha contactado porque quiere convertirse en una “influencer teatral”.

Marcos, ¿eres consciente que tú mismo eres un influencer? Sólo hace falta ver tus publicaciones en Facebook, cuando recomiendas una película, un libro o una serie, ya no digamos un espectáculo, y mucha gente te lo agradece y, literalmente, se “apunta” tus recomendaciones.

Nada me gustaría más. Esta es un poco la idea. Yo estoy muy a favor de estar a favor, y eso ya es una declaración de principios. Hay muy poco espacio y muy poco tiempo para todo, y se tiene que intentar colocar la cuña donde se pueda. “¡Vayan a por esto!”. Entre todo el marasmo de cosas que suceden a nuestro alrededor, me gusta señalar lo que yo creo que vale la pena. Esto lo he intentado hacer siempre, pero creo que últimamente más: porque hay más oferta y tenemos menos tiempo. Y porque hay más crisis, y todos nos lo pensamos más antes de ver algo.

He leído en más de una ocasión en tus artículos que no crees que valga la pena hablar de un espectáculo fallido o que no te haya gustado. Eres de la opinión que en estos casos el crítico se limita a hacer un alarde de su inventiva y talento literario, cuando los espectáculos malos ya caen por sí solos.

De entrada yo escribo en El País, y esto tiene una determinada importancia: un palo en este periódico no es lo mismo que en otro medio, sobre todo si está dirigido a gente que está empezando o se está abriendo camino. Escribir que un espectáculo no te ha convencido resuena más en El País que en otros sitios. Procuro hablar de lo que me gusta por diferentes motivos: en primer lugar porque yo escribo mejor desde el entusiasmo. Otro factor muy importante es que yo elijo lo que veo, y también sobre qué voy a escribir. Durante muchos años hice una crítica diaria, o casi diaria, y ahora al tener un espacio semanal tengo el privilegio de poder elegir mucho más. Ahora bien, esto no quiere decir que si Lluís Pasqual o Miguel del Arco o el director que sea hace un espectáculo que no me ha convencido, yo esté obligado a comentarlo. Hay mucho para elegir. Y un palo a Pasqual no le va a fastidiar ni a afectar mucho.

En mi caso me encuentro que tengo demasiados amigos en la profesión teatral: dramaturgos, directores, actores… Esto hace difícil el ejercicio de una crítica digamos que objetiva (cosa imposible, por otro lado), y en algunas ocasiones se me han enfadado cuando he escrito críticas negativas sobre sus montajes. ¿Cómo llevas el hecho de escribir sobre personas con quien tienes una relación personal o de amistad?

Nunca gusta. Sobre todo al que recibe [ríe]. Lo que pasa es que ya llevo muchos años en este oficio. El pasado marzo cumplí sesenta años. Y llevo muchos escribiendo sobre teatro y otras cosas. Creo que la gente de teatro se da cuenta cuando no eres un recién llegado, un crítico que quiere hacerse notar pegando un palo, o que le tiene una manía especial a alguien determinado. Somos todos compañeros de viaje. Siento que formo parte del mundo del teatro, me considero una persona de teatro. Evidentemente, yo hago otro tipo de trabajo, pero estamos en un camino paralelo. Y esto creo que la gente lo nota: puede que no te guste un espectáculo, pero el siguiente ya te gustará más. No sé si con esto te contesto a tu pregunta… Si quieres saber si se me han enfadado alguna vez, te diré que sí, que esto pasa. Yo incluso me pongo mal físicamente. Lo que sucede es que conoces a muchísima gente, y durante varios años sigues su trabajo. Si tienes una relación de amistad y ves que un espectáculo no ha salido o no ha acabado de cuajar, no diré que sea doloroso pero un poco sí que lo es. Lo que quieres es que funcione. El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio.

Hace años que te dedicas casi exclusivamente a la crítica teatral, aparte de tu faceta como escritor de novelas, pero también tienes mucha experiencia en la crítica musical y de cine, cosa que se nota sobremanera leyendo tus artículos. ¿De qué manera un conocimiento del mayor número posible de disciplinas artísticas lleva a una crítica mejor, en el caso del teatro?

Es que está todo relacionado, y para mí lo ha estado siempre. No se trata de compartimentos separados. Estás viendo una función y aparecen muchos referentes, que creo que es una palabra un poco fría. Mejor llamarlos vínculos, o herencias que te remeten a otras cosas. El teatro está hecho de herencias y el crítico lleva la antorcha de las generaciones pasadas, de la gente que ya no está, porque de todas las artes el teatro es el más efímero. Estás viendo una función y te das cuenta que tal actor o tal actriz está toreando como tal o cual. Creo firmemente que debemos seguir hablando de los mayores. El teatro tiene mucho de artesanía y de herencia. Mario Gas habla mucho de “familias”, y lo entiendo muy bien. Luego está la música, y cada vez se mezclan más todas las disciplinas artísticas. El otro día vi Bodas de sangre en la Biblioteca de Catalunya y me maravillaron los ecos que han conseguido el director Oriol Broggi y el músico Joan Garriga y su banda: estás viendo una obra andaluza pero tiene aires de western, de México, de las bandas sonoras de Ennio Morricone… Como decía el poeta: “son voces de muchas aguas”. Las referencias no las buscas, simplemente van saliendo. Recuerdo una crítica que escribí hace años sobre ¿Estás ahí?, una obra de Javier Daulte que había visto varias veces: hice comparaciones con marcas históricas de chicles. Comparaba ese montaje con el Bazooka, que era un chicle muy duradero. Y otro espectáculo, que no recuerdo, lo comparaba con el Dunkin, que era un chicle rosáceo, en nuestra época para niñas, que comprabas sólo cuando no había Bazooka. Era como comprar el Lily cuando en el quiosco no tenían el Tío Vivo.

Tus inicios como crítico fueron en el campo de la música y el cine, pero el teatro siempre estaba ahí. ¿De qué forma el teatro acabó convirtiéndose en el centro de tu actividad crítica?

De pequeño anotaba muchas cosas para contármelas a mí mismo. Era casi como un coleccionista de cromos, y esto me pasaba mucho con las películas (“Ya tengo tres de Éric Rohmer”). Esas crónicas eran una manera de contarme a mí mismo lo que había visto, para ver cómo funcionaba el juguete. Con el teatro era distinto, no sé muy bien el porqué: había algo teatral en el hecho de escribir la crítica, como si fuera para un periódico, como si tuviera que salir publicada al día siguiente. Como en Ciudadano Kane, que justo después de la función Orson Welles está esperando con ansia lo que escribirá Joseph Cotten en su crítica. Nadie esperaba mis escritos, pero ya había en aquello una voluntad periodística. Siempre me he movido entre lo periodístico y lo intímo, y la crítica teatral es como recomendar una cosa a un amigo. Creo que lo primero que publiqué como crítico de teatro fue en la segunda temporada del Teatre Lliure, en el año 1978, y hablaba de Les tres germanes o Hedda Gabler, para Ajoblanco (que ahora ha vuelto a editarse), revista que entonces se vendía una barbaridad. Hubo una época en El Correo Catalán que iba a por todas, cuando preguntaban quién quería cubrir algo yo siempre era el primero en levantar la mano. En esto me siento muy identificado con Juan Cruz, que venía de Tenerife y tenía unas ganas locas de verlo todo. Es una maravilla cuando entras en una redacción y lo quieres hacer todo: escribir crónicas, hacer entrevistas, proponer reportajes… En aquellos tiempos escribía más de música, pero seguía con el teatro. Entré en el ABC cuando abrieron la delegación de Cataluña y ahí tenía mucho espacio para escribir, una página entera, e incluso había hecho alguna doble página sobre espectáculos que me habían gustado mucho. Más tarde estuve en un diario de corta vida, que se llamaba El Observador, que en esa época lo dirigía Vicent Sanchis, y me dio una página entera. En aquellos años era un poco más cabestro, escribiendo. Quizás por lo que decías, porque no conocía a mucha gente de la profesión. Con el paso del tiempo conoces a todo el mundo y vas modulando la forma, pero creo que se puede decir todo. Quintiliano decía “Suaviter in modo, fortiter in re”. Opino que es importante el suaviter in modo, y que no hace falta el tan fortiter in re [ríe].

Y ahí sigues, con tu crítica semanal de teatro en El País, aparte de tus crónicas de los jueves donde hablas de teatro pero no exclusivamente.

Hay una cosa que me sorprende bastante de mis amigos de juventud, y es que algunos han dejado las drogas: algunos no escuchan música, porque no tienen tiempo, otros ya no leen libros (o sólo en verano) y vas a su casa y rejuveneces de golpe, porque ves libros de hace veinte o treinta años. Yo mismo, por ejemplo, ahora voy a poquísimos conciertos, porque me canso como una perra de estar ahí de pie. Pero el teatro dura, ahí sigo. Soy como el conejito de Duracell.

Mirando atrás y viendo tus comienzos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ¿cómo ves el periodismo cultural y la crítica teatral hoy en día, comparados con aquellos años?

Los medios digitales los controlo poco, porque hay muchos. Yo soy de una generación donde había muchísimas publicaciones en papel, y me duele ver como van desapareciendo muchísimos espacios, como árboles caídos (árboles que se talaban para hacer papel, por cierto). La gente ahora lee menos, y las previsiones son muy apocalípticas: llega el final de una era. Pero he oído tantas profecías apocalípticas en mi vida: que el libro digital iba a eliminar el papel, por ejemplo. Todo va tan rápido que se convierte en cliché. A mí me gusta el papel. Cuando me habéis regalado el ejemplar de Núvol en papel lo primero que he hecho ha sido olerlo. Lo digital está muy bien, sí, pero… Sí, pero. Y desconozco muchas de las cosas que salen, y de tanto en tanto alguien me recomienda un blog o un medio digital que se me había escapado.

Eres profesor del Máster de Periodismo Cultural de la Universitat Pompeu Fabra y de la Barcelona School of Management. ¿En qué consiste tu actividad pedagógica y cómo ves a los jóvenes que quieren dedicarse a la comunicación y al periodismo cultural?

Hago bastantes cosas, la verdad. En el primer trimestre de Comunicación doy una asignatura que habría que cambiarle el título, porque es halagador pero muy pomposo, “Dirección de actores”. Ahí me siento como un coach o entrenador deportivo, hago de Padre Flanagan (el fundador de la Ciudad de los Muchachos). En la Pompeu Fabra los alumnos son eternamente jóvenes, porque siempre tengo los de tercero. Trato de detectar el talento y lanzarles a la piscina, de conseguir que se pongan a actuar y a dirigir, aunque sea con el papel en la mano. Cuando ves que alguien le lanza rápido a la piscina, algo que se ve enseguida, es un placer enorme. El otro día hablaba de Elena Martín, que acaba de debutar con su primera película Júlia ist, y que en mi clase ya le vi ese brillo en los ojos. Es todo un poco complicado, la verdad, porque estás con cuarenta alumnos, y al mismo tiempo intentando que apaguen el móvil.

En el Máster de Periodismo Cultural de la UPF los grupos son mucho más reducidos, entre quince y veinte alumnos, cosa que permite clases más interesantes. He comprobado que el interés de los estudiantes por el teatro varia según los años, va por promociones. El máster es como un pack donde hay cursos de cine, teatro, artes plásticas y literatura. Yo acabo hablando de teatro más que de crítica teatral, y ves que hay alumnos que les interesa más que a otros. Hay muchos estudiantes de Latinoamérica, a los que los nombres catalanes o españoles no les dicen nada en particular. Con Clàudia Brufau, que creo que trabaja con vosotros, también fue un amor a primera a vista: a la que empezó a hablar vi que era una persona de teatro, y sobre todo de danza. Lo ves enseguida, son gente que va a tirar por ahí. Cuando encuentras a alguien que es familia, es como jugar al póquer y ganar. En el máster doy los cursos de “Crítica teatral” y “Principales corrientes teatrales contemporáneas”, sobre periodismo cultural y teatro. Ahí les pongo a escribir e intento pasarles mi experiencia sobre cómo se hace esto. “Que parezca un accidente”, como se dice en la mafia, como si lo acabaras de escribir… Que parezca fácil, en definitiva.

En tus críticas sueles terminar con consejos y avisos a los espectadores y a los posibles programadores que lean tus artículos: “No se la pierdan”, “Tiene que girar”, “Esto se tiene que ver en Madrid” (en el caso de producciones catalanas), “Tiene que hacer gira por toda España”… ¿Eres consciente de ello, y del poder (o no) que pueden tener tus palabras?

Hay una entrevista histórica en Cahiers du Cinéma entre Martin Scorsese y Paul Schrader, y ahí cuentan que de pequeños les pasaba lo mismo: en la escuela veían que los niños caminaban muy tranquilos, y pensaban “¿Cómo es posible que esta gente no corra a ver Balas vengadoras, de Sam Fuller?”. Tenían ganas de gritar “¡Paren todo lo que estén haciendo y vayan a ver Balas vengadoras!”. A mí me gusta hacer esto. Y hay que decirlo, porque antes las cosas duraban más, y ahora todos tenemos menos tiempo. Antes la cara B de un disco duraba más minutos: ahora dura lo mismo pero mientras suena hemos contestado los mensajes del móvil, hemos mirado el correo, etc…

Libros del Asteroide acaba de reeditar una de tus novelas, Detrás del hielo, que salió publicada en 2006. Háblanos un poco de este libro y de cómo afrontas la escritura de una novela. 

A Detrás del hielo le tengo un cariño especial, porque fue un parto difícil. Si me preguntan “Resúmela en una frase”, diré que es una novela de amor y revuelta. Una historia de creyentes, de una generación que cree en los libros, la música y el cine. Es una historia de un trío, como Jules et Jim, y la voz narradora es de una mujer que se llama Klara Liboch. Yo quería que pasara en un país de gran eferverscencia y que luego hubiera una dictadura (como España durante la Segunda República, Chile, Argentina, o la primavera de Praga), pero estaba atado por la contingencia. Al final decidí inventarme un país centroeuropeo, la República de Moira, y fue como jugar al Monopoly. Hice un mapa enorme, me inventé la historia del país, puse los arbolitos… Esto también lo ha hecho a lo grande Martín Caparrós en un libro de más de mil páginas que se llama La Historia (Anagrama, 2017): ha creado un país entero, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para mí escribir una novela es como rodar una película, de alguna manera. Como la produzco yo, puedo poner hasta helicópteros si hace falta. ¡Será por dinero! [ríe]. Luis Solano, el magnánimo editor de Libros del Asteroide –a quien Jehová y una cohorte de diosas le conserven muchos años– ya había reeditado mi libro Comedia con fantasmas, donde yo había montado una compañía. Para Detrás del hielo hice el “Director’s cut” del libro, sin añadir nada (al contrario que Francis Ford Coppola en Apocalypse now), donde básicamente quité cosas, remonté pasajes, con el miedo de ver si la cosa seguía aguantando.

¿Tienes en mente escribir otra biografía de algún actor o actriz, como hiciste con las memorias de Núria Espert (De aire y fuego, Aguilar, 2002) o Ava Gardner (Beberse la vida, Aguilar, 2004)?

Hay un género que me gusta mucho y son los dietarios. Los he ido escribiendo por épocas, dependiendo si estaba o no en otras cosas, y ahora sacaré un primer volumen, que va desde el 2011 hasta el 2016. Primero lo tiene que leer mi mujer, Pepita forever, que es quien hace la criba, y me dice qué es lo que vale la pena.

Soy un gran lector de diarios porque es una materia muy flexible y porosa: pueden ser casi jaculatorias, mini-cuentos, reflexiones, recuerdos… Muchas de estas cosas salían publicadas en El País, en el blog o en el artículo de los jueves que antes era más largo. Los diarios se llamarán Una cierta edad, una frase que últimamente me dicen mucho: “Tú ya tienes una cierta edad”. Tendrán el tono de mis críticas, unos diarios donde no hay ajustes de cuentas y donde intento encontrar lo bello de las cosas, lo que da alegría y vida.

Seguimos charlando con Marcos Ordóñez, con la cámara apagada y nuestra fotógrafa Ester Roig ya fuera del plató. Y ahí hace su aparición mi “momento fan” y le pido si me puede firmar mi ejemplar de Molta comèdia. Cròniques de teatre 1987-1995 (Edicions La Campana, 1996). Ya en la redacción, Marcos ojea (y huele) el ejemplar de Ajoblanco que nos ha llegado hace poco, y me sigue hablando de Bodas de sangre mientras le acompaño a la puerta.

Nos vemos en los teatros, Marcos.

IV

Fallece Marcos Ordóñez: “Siempre tuyo, Frankie Broadway”. Obituario, en La Vanguardia de Barcelona, Juan Carlos Olivares, 21/09/2026:

A Marcos lo recuerdo como el rey absoluto de la ínsula de Barataria de la sección de Cultura y Espectáculos de la delegación de Catalunya del ABC. Una redacción embutida en un entresuelo de la calle Rosselló en la que convivían el Macintosh Classic con las máquinas de escribir en una Barcelona justo antes y después de la vorágine olímpica. Una sección que, como él mismo, fomentaba una idea generosa y ecléctica de la cultura. Excepcionalidad más soportada que querida que, como Camelot, fue intensa, brillante y fugaz. Los mediocres le pusieron, en cuanto pudieron, un puente de plata que él cruzo para nunca más depender de nadie.

A Marcos lo recuerdo en su casita del barrio del Farró, en una soirée improvisada. En la mesa baja de salón un despliegue apetitoso, entre ceniceros y vasos a medio consumir, de discos y libros. Risas, frases ingeniosas, conversaciones cruzadas y la capacidad inagotable del anfitrión de saltar del fragmento de una novela a la escena de una película, del diálogo de una obra de teatro a una canción que, como un prestigiador, sonaba de repente en el tocadiscos siempre a mano. Y la banda sonora saltaba de Gato Pérez a Sarah Vaughan y luego rugía sin previo aviso Van Morrison. Y así hasta el infinito y más allá de estilos y géneros. No había conocido nunca a nadie que tuviera ese ingente conocimiento humanista sobre música, cine, teatro y literatura y que lo compartiera sin freno como quien reparte y comparte una bolsa de chuches. Para el novato en ese círculo –Frankie Broadway, me llamaba– era casi un estado de borrachera estendhaliana. Era apabullante. Marcos infundía respeto y secretamente disfrutaba del equívoco. El físico y la voz de un gigante refugiado tras sus gafas, barba y gorras o sombreros. También por ese conocimiento renacentista contemporáneo que manaba sin parar y convertían sus ensayos, biografías, novelas y críticas de teatro en espléndidos retablos de referentes.

Pero tras esa apariencia a veces inexpugnable, existía un hombre que reservaba siempre una página de cortesía a la misma dedicatoria: “Pepita Forever”. Pepita, su compañera hasta las últimas brumas compartidas. Esa serena presencia de larga melena siempre a su lado. Ese otro Marcos más vulnerable que afloraba en sus páginas autobiográficas cargadas de una emotiva nostalgia, de un cariño complejo por su círculo más íntimo. Es leer Un jardín abandonado por los pájaros (un relato sobre su familia) y ver en cinemascope una Barcelona pretérita tan bien retratada como cualquier aventi de Juan Marsé. Tenía un respeto inmenso, muy al estilo argentino, por los artistas que alimentaron desde niño su pasión por las artes. Era casi natural que fuera precisamente él el que redactara las memorias de Alfredo Landa (Alfredo el Grande) o centrara su atención en el Madrid de las maravillas de los años cincuenta de Perico Vidal (Big Time: la gran vida de Perico Vidal) o Ava Gardner (Beberse la vida: Ava Gardner en España). Los artífices para que se cumplieran sus sueños semana tras semana en los cines de reestreno de la Barcelona del desarrollismo.

A Marcos lo recuerdo en los largos viajes de ida y vuelta en coche que el festival Temporada Alta ponía a disposición de la crítica. Nunca pasaron ángeles del silencio por ese apretado cubículo sobre ruedas. Escuchándole entendía por qué siempre lo tuve como el principal referente de los últimos grandes críticos de esta ciudad. Un mentor discreto que me ofreció mi primera oportunidad en el ABC y nunca se apartó del todo en esta azarosa trayectoria de la crítica teatral. Con el tiempo se volvió más indulgente, incluso llegó a expresar públicamente que se arrepentía de la dureza de algunas de sus críticas. Quizá era la enfermedad la que empezaba a resquebrajar esa coraza que solo desmontaba en la más estricta intimidad. Su amor por el teatro y sus artistas siempre estuvo ahí, pero sus opiniones eran severas, a veces cáusticas, ingeniosas, sin excusa justas. Pero esa parte más implacable fue remitiendo con el tiempo y empezó a prevalecer solo aquello que sustentaba todo lo bueno que le podía ofrecer un escenario. Desde su tribuna en Babelia se permitió la libertad de renunciar a las malas críticas. Se volvió positivamente selectivo. Así entendía ahora la crítica, como un mecenas de papel. Cuidaba los amigos, apadrinaba el talento emergente, subrayaba la excelencia, el riesgo, el oficio. Una subjetividad en positivo. Marcos nunca fue un crítico ponderado en sus querencias. Vivía la representación con intensidad, por su fascinación eterna por la ficción. Una conexión que a veces le traspasaba dolorosamente, como aquella noche que le dejó herido el Purgatorio de Romeo Castellucci (Teatre Lliure, Grec’09)

A Marcos lo recuerdo en las llamadas para repasar la cartelera (“Frankie Hollywood, ¿qué hay de bueno?”) cuando su salud se hizo más frágil y su presencia en los teatros más puntual. Recuerdo el cariño que se expandía y que amigos y conocidos nos percatábamos de que algo había cambiado. Recuerdo una última visita hace tres años en su casita del Farró. Todo seguía casi igual. Quizá ya no había tantos libros sobre la mesa baja. Los discos guardados en sus fundas. Quizá su atención iba y venía, pero me saludó con un familiar “Frankie Broadway” después de un largo tiempo sin vernos. Ya no tengo más recuerdos de quien considero mi maestro y referente. Hoy mismo volveré abrir Molta comèdia, sus crónicas teatrales entre 1987 y 1995) para entender por qué es tan importante esto de la crítica teatral y que es un dolor que hayamos perdido una voz con tanta dignidad mucho antes de que se marchara en paz.

V

[De Wikipedia]

Marcos Ordóñez (Barcelona, 25 de marzo de 1957-Barcelona, 21 de septiembre de 2026)[1] fue un crítico teatral, escritor y profesor español.[2]

Biografía

En 1988 publicó su primera novela, titulada El signo de los tiempos (Plaza & Janés).[3]

Escribió la obra La noche de Eldorado, que fue llevada al escenario en 1991.

Desde 1994 fue profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En 1997 su novela Rancho aparte recibió una mención especial del jurado del Premio Nadal (que ese año ganó Carlos Cañeque, con Lorenzo Silva como finalista). Rancho aparte está ambientada en la Barcelona de la década de 1950 y fue publicada por la editorial Destino.[4]

Desde 2001 hasta diciembre de 2021 fue crítico teatral del diario El País y colaborador del suplemento cultural Babelia.[5][1]

Parte de su obra tiene un fuerte componente autobiográfico. Así, en A cualquiera puede sucederle relata el mundo de sus abuelos; Una vuelta por el Rialto es, en sus palabras, autobiografía literaria. Otras tres piezas, Turismo interior, Gaseosa en la cabeza y Un jardín abandonado por los pájaros, también tienen elementos personales de Ordóñez.[6]

Obra

Gato Pérez, la rumba como ética (biografía), Ediciones Júcar, 1987.[7]

El signo de los tiempos (novela), Plaza & Janés, 1988.[3]

A cualquiera puede sucederle (novela), Plaza & Janés, 1990.

La esencia del guaguancó (relatos), Ediciones Versal, 1991.

Una vuelta por el Rialto (memorias), Anagrama, 1994.

Molta comèdia. Croniques de teatre 1987−1995 (críticas), Edicions La Campana, 1996.

Rancho aparte (novela), Ediciones Destino, 1997.

La bestia anda suelta: ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo! (biografía), Glenat Ediciones, 1997.

Puerto Ángel (novela), Ediciones Destino, 2000.

Tarzán en Acapulco (novela), Ediciones Destino, 2001.

Comedia con fantasmas (novela), Plaza & Janés, 2002.

con Nuria Espert: De aire y fuego (biografía), Aguilar, 2002.

A pie de obra: Escritos sobre teatro (críticas), Alba Editorial, 2003.

Beberse la vida: Ava Gardner en España (biografía), Aguilar, 2004.[8]

Detrás del hielo (novela), Bruguera, 2006.[3]

Ronda del Gijón: una época de la historia de España (biografía), Aguilar, 2007.

Alfredo el Grande. Vida de un cómico: Landa lo cuenta todo (biografía), Aguilar, 2008.

Turismo interior (relatos), Lumen, 2010.

Telón de fondo: Algunas cosas que aprendí en el teatro (memorias), El Aleph Editores, 2011.

Un jardín abandonado por los pájaros (memorias), El Aleph Editores, 2013.[9]

Big Time: la gran vida de Perico Vidal (biografía), Libros del Asteroide, 2014.[10]

Juegos reunidos (memorias), Libros del Asteroide, 2016.[11]

Una cierta edad (dietarios 2011−2016), Anagrama, 2019.

Una joven pareja (novela), Pepitas de Calabaza, 2021.[12]

Notas

1.  «Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años». El País. 21 de septiembre de 2026. Consultado el 21 de septiembre de 2026.

2. Perfil de Marcos Ordóñez, en la web Dialnet, consultada el 22 de mayo de 2022.

3. Ángel Basanta (29 de junio de 2006). «Detrás del hielo». El Cultural. Consultado el 8 de julio de 2016.

4. Xavier Moret (7 de enero de 1997). «Carlos Cañeque gana el Premio Nadal con un juego metaliterario a la sombra de Borges». El País. Consultado el 18 de diciembre de 2016.

5. PAÍS, Ediciones EL. «Artículos escritos por Marcos Ordóñez». El País. Consultado el 6 de marzo de 2022.

6. Iglesia (2013).

7. Álvaro Corazón Rural (mayo de 2015). «Gato Pérez, músico único que solo pudo darse en una Barcelona que ya no existe». Jot Down. Consultado el 25 de junio de 2016.

8. Moix, Ana María (20 de noviembre de 2004). Ha llegado una estrella. El País. Consultado el 3 de marzo de 2017.

9. «Marcos Ordóñez novela su autobiografía y la de la Barcelona de los 60». Eldiario.es. 1 de marzo de 2013. Consultado el 23 de octubre de 2016.

10. Mercedes Cebrián (26 de diciembre de 2014). «Cuando Rusia estaba en Soria». El País. Consultado el 24 de junio de 2016.

11. Toni Iturbe: «Las noches eternas de Marcos Ordóñez», Mercurio, panorama de libros, n.º 178, febrero de 2016, pág. 27.

12. «Una joven pareja | Pepitas de calabaza». www.pepitas.net. Consultado el 5 de septiembre de 2021.

VI

 Muere a los 69 años Marcos Ordóñez, escritor y crítico teatral que supo combinar la erudición y el entusiasmo, en elPeriódico, Rafael Tapounet, Barcelona, 21 SEPT 2026:

Cronista cultural de referencia por su mezcla de rigor, memoria y pasión, fue también autor de una amplia obra narrativa de carácter autobiográfico

Cuando en 2013 el escritor, crítico teatral y profesor Marcos Ordóñez participó en la segunda edición del festival Primera Persona, sacó para cerrar su intervención una botella de chinchón y, haciendo suyo el brindis irlandés favorito de John Huston, invitó a todos los presentes a beber "por el impulso". Nacido en Barcelona en 1957, a Ordóñez, autor de una veintena de libros y crítico de absoluta referencia para varias generaciones de aficionados al teatro, a la música y al cine, nunca le faltó el impulso. Su desmesurado afán por descubrir, por conocer y por compartir, siempre desde el entusiasmo, se tradujo en una obra de gigantesca erudición, a menudo con un fondo autobiográfico, que abarca diversos géneros y que refleja múltiples intereses. Una producción rica y generosa que la enfermedad interrumpió a finales de 2021 y que ha quedado ahora definitivamente truncada con la muerte de Ordóñez a los 69 años.

Que el primer libro publicado por Marcos Ordóñez fuera una semblanza literaria (y una lúcida reivindicación) del rumbero Gato Pérez ('Gato Pérez, la rumba como ética', 1987) ya da una pista sobre su determinación a la hora de derribar las barreras entre cultura académica y cultura popular. En su bibliografía se mezclan sin orden jerárquico las novelas, los libros de relatos, los volúmenes de memorias, los escritos sobre teatro, las crónicas de época, las biografías de personajes como Ava Gardner, Núria Espert, Alfredo Landa y Perico Vidal y hasta un libro entrevista con Álex de la Iglesia.

Una vocación precoz

Dueño de una precoz vocación escritora que adquirió consistencia al leer con 12 años las novelas de Somerset Maugham, Ordóñez dejó constancia en los dietarios reunidos en 'Una cierta edad' (2019) de los nombres de algunos de sus autores "más queridos": Bernard Frank, Patrick Modiano, Truman Capote, James Salter, Gabriel Ferrater, Raymond Chandler, Peter Handke, W. H. Auden… También Juan Marsé y Francisco Casavella, con quienes mantuvo una relación de amistad, y, por supuesto, Anton Chejov, a quien dedicó algunas de sus más brillantes páginas de crítica teatral.

Ordóñez tenía apenas 21 años cuando se estrenó como crítico teatral en las páginas de la revista 'Ajoblanco'. Después de pasear su firma por cabeceras como 'El Correo Catalán', 'ABC', 'El Observador', 'Avui' y 'Fotogramas', en el año 2000 empezó a escribir sobre teatro en el diario 'El País' y siguió haciéndolo durante más de dos décadas, imponiendo una personalísima mirada sobre las artes escénicas que combinaba el rigor, la memoria y la pasión.

VII

Reseñas de sus libros en Lecturalia.