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lunes, 19 de octubre de 2026

Por qué triunfa el mal

  ¿Por qué triunfa el mal?, YouTube, Raquel de la Morena, 18 oct 2026:

 ¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez  os habéis preguntado por qué triunfa el mal?  

Índice:

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

2. Esparta y la Krypteia: el terror de Estado

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

6. El lado oculto del experimento de Milgram

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

8. La teoría de la desconexión moral

9. El peligro de las redes sociales

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

11. La ecuación de Price y el altruismo

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

14. El único antídoto contra el mal

¿El ser humano es realmente un lobo para  el hombre por naturaleza, o es la presión del sistema y del poder lo que nos arrastra  a traicionar, odiar y aniquilar al prójimo? ¿Qué es el mal? 

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

Más allá de monstruos, mitos y  leyendas, la ciencia y la filosofía apuntan a que el mal tiene dos grandes caras. Por un lado, es una herramienta fría y matemática, una estrategia de supervivencia que los poderosos han usado durante milenios para imponerse al resto. Pero por otro, en su forma más profunda, el mal es, en esencia, la desconexión de nuestra empatía.  

Aunque a lo largo de la historia han existido tiranos movidos por el puro sadismo, la gran tragedia de nuestra era es otra. El mal moderno, el de las grandes maquinarias de poder –desde el que provocan corporaciones hasta los crímenes perpetrados por Estados–, triunfa cuando una institución logra que las  personas deshumanicen al prójimo y le causen daño sin sentir siquiera el peso de la culpa. La psicología moderna ha demostrado que provocar esta ceguera moral es bastante fácil. En julio de 1961, en un sótano de la Universidad de Yale, 40 hombres voluntarios de entre 20 y 50 años se sentaron frente a un panel de descargas eléctricas. Las instrucciones de un hombre que vestía bata blanca, el psicólogo Stanley Milgram, eran sencillas: si el alumno de la habitación de al lado –al que no podían ver– fallaba una pregunta, debían pulsar un botón que le propinaría una descarga eléctrica de potencia progresivamente mayor. 

Eso era lo que les contaban a los voluntarios, pero en realidad, los alumnos, que estaban compinchados con los investigadores, no recibían ninguna descarga, simplemente simulaban sentir dolor. A los 150 voltios, el alumno suplicaba a gritos que detuvieran la prueba quejándose de su corazón. Como sabemos, estaba fingiendo, claro, pero el que pulsaba el botón no lo sabía. A los 300 voltios, la víctima golpeaba la pared con desesperación.  

Y a partir de los 330 voltios, caía en un silencio absoluto. Simulaba estar inconsciente... o muerto. Antes de realizar el ensayo, los psiquiatras habían predicho que solo un 0,1 % de la población –apenas una de cada mil personas, los auténticos sádicos– llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Se equivocaron. El 65 % de aquellos hombres, ciudadanos normales y corrientes que incluían desde obreros hasta profesores, pulsó el último botón. 

A lo largo de la historia, la cultura popular nos ha enseñado que el mal es una anomalía, que los grandes desastres de la humanidad son obra de monstruos solitarios, psicópatas o mentes perturbadas. Sin embargo, la historia y la ciencia no parecen respaldar esa creencia. El filósofo inglés Thomas Hobbes tomó prestada una frase del autor de comedias romano Plauto para definir el estado natural de nuestra especie: “Homo homini  lupus”. El hombre es un lobo para el hombre, una frase que está relacionada con la pregunta que hoy nos estamos haciendo: ¿por qué triunfa el mal? 

2. Esparta y la krypteia: el terror de Estado

Vamos a buscar la respuesta a través de la  historia. Porque la ventaja competitiva del mal, la alta rentabilidad que puede ofrecer la crueldad, no es un descubrimiento de la ciencia moderna. En la Antigüedad clásica, las élites militares ya comprendieron que el terror de Estado –es decir, convertir el asesinato y el miedo en leyes dictadas por el propio gobierno– y la ruptura de los tabúes morales eran un arma que funcionaba muy bien para forjar imperios y sostener sistemas de explotación masiva. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la antigua Grecia; en concreto, a la polis más temida, admirada y mitificada de la historia: Esparta. La imagen romántica que nos ha llegado a través del cine y la literatura es la de guerreros heroicos, defensores de la libertad occidental en las Termópilas. Pero el estado espartano era una maquinaria de terror institucionalizado, diseñada por y para el sometimiento absoluto de una gigantesca masa esclava: los ilotas, los miembros de su clase más baja. 

El desequilibrio demográfico entre los amos y los siervos era una bomba de relojería. Según el historiador Heródoto, en la batalla de Platea del año 479 a. C., la proporción era de siete ilotas por cada ciudadano de pleno derecho, a los que se llamaba espartiatas. Siglos después, Jenofonte relataría en su obra 'Helénicas' cómo el líder rebelde Cinadón señalaba que, en el ágora de Esparta, apenas había 40 ciudadanos de pleno derecho rodeados por miles de esclavos dispuestos a “comérselos crudos”, según sus propias palabras. Para evitar su aniquilación, el Estado lacedemonio –nombre oficial con el que se conocía al gobierno y al territorio de Esparta– instauró una prueba de iniciación conocida como la krypteia, palabra griega que significa “cosas ocultas” o “secreto”, y que no era otra cosa que el asesinato  selectivo, legal y sistemático de civiles a manos de los jóvenes espartiatas. Aristóteles documentó el marco jurídico que la amparaba: cada año, tan pronto como asumían el cargo, los magistrados supremos, los éforos, hacían una declaración formal de guerra a sus propios esclavos. Al declarar oficialmente la guerra a una población desarmada que vivía dentro de sus fronteras, el Estado eliminaba la noción de asesinato ilegal. Matar a un ilota ya no era un crimen punible ni conllevaba “miasma”, la temida contaminación religiosa del alma. Era, de hecho, un acto de patriotismo. 

El biógrafo Plutarco nos dejó la descripción más detallada de estos escuadrones de la muerte. Los  magistrados enviaban a los campos a los jóvenes guerreros más implacables, equipados solo con lo puesto y una daga. Durante el día, se dispersaban, dormían y se escondían en las sombras. Pero al caer la noche, bajaban a los caminos y degollaban a cualquier ilota que tuviera la desgracia de cruzarse con ellos. A menudo, irrumpían en las fincas para asesinar a los esclavos más fuertes y robustos y así cortar de raíz cualquier posibilidad de que surgiera un líder rebelde. 

Incluso un pilar de la filosofía moral como Platón, en su obra 'Las Leyes', incluye a un personaje espartano que defiende esta atrocidad, que justifica la krypteia como un ejercicio maravillosamente penoso, necesario para fomentar la resistencia en el combate y el endurecimiento del espíritu. Esparta impuso a sus propios ciudadanos un aislamiento total: prohibió el oro, las artes y cualquier influencia extranjera y logró que su élite se uniera a través de un pacto de sangre y complicidad asesina. 

¿Por qué un pacto de sangre une tanto a las personas? La respuesta está en la psicología de la transgresión y el tabú. Cuando un grupo de individuos comete de forma coordinada un acto atroz, un acto prohibido por las leyes o la moral, el miedo a las consecuencias crea un vínculo de secreto difícil de romper. Esta transgresión compartida genera lo que se conoce como una “mente colmena” o una sincronicidad perfecta. Al cruzar juntos la línea de lo imperdonable, los perpetradores cortan los puentes con la sociedad normal. 

Es exactamente el mismo mecanismo que la criminología y la psicología observan hoy en día en las agresiones sexuales en grupo, perpetradas por las llamadas “manadas”. Quienes participan en ellas no actúan solo por una pulsión individual, sino porque al hacerlo en grupo la culpa se diluye y cruzar ese límite les sirve para demostrar dominación frente a los demás.  

El mal, llevado al extremo, funciona como el pegamento social más potente que existe.

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

Los espartanos no fueron los únicos en descubrir que transgredir los límites forjaba tropas inquebrantables. En el siglo cuarto antes de Cristo, su hegemonía cayó a manos de otra polis que ensayó  un mecanismo de cohesión opuesto, pero igual de transgresor para el campo de batalla: Tebas. El famoso Batallón Sagrado de Tebas perfeccionó la lealtad militar institucionalizando el vínculo emocional y físico llevado al límite. Creado en el 378 a. C., esta unidad de élite estaba formada por un número exacto e inalterable: trescientos infantes, ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. 

En el mundo antiguo, el afecto entre hombres era socioculturalmente aceptado, lo que no se había hecho antes era usarlo como columna vertebral de un ejército regular. Plutarco, en su 'Vida de Pelópidas', explica lo efectiva que resultaba esta táctica a nivel psicológico: “Una banda cimentada por la amistad de los amantes es indisoluble e invencible, ya que los amantes, avergonzados de ser deshonrados ante sus amados, y los amados ante sus amantes, se mantienen firmes en el peligro mutuo”. Los generales tebanos descubrieron que un hombre combate con una fiereza sobrenatural bajo el escrutinio de  la persona que ama. Prefiere el sacrificio absoluto antes que la mirada de decepción, antes que mostrar debilidad frente a su pareja. 

¿Cómo lograba el Estado que estos soldados se enamoraran? La realidad es que no lo hacía. Los generales tebanos no juntaban a trescientos extraños en un cuartel esperando a que surgiera una chispa, sino que reclutaban a parejas que ya estaban muy unidas. En la vida civil tebana, la relación romántica y de mentoría entre un guerrero experimentado –el 'erastés'– y un joven aprendiz —el 'erómenos'— era una institución sagrada, a menudo sellada con juramentos de lealtad.  

El gobierno se limitó a rastrear a las150 parejas más letales y compenetradas de la ciudad, las sacó de la infantería ordinaria y las alojó con los gastos pagados en su fortaleza principal para que se dedicaran en  exclusiva al entrenamiento militar conjunto. 

Sin embargo, todo lo que empieza tiene un final. El hasta entonces invicto Batallón Sagrado fue aniquilado el 2 de agosto del año 338 antes de nuestra era, en las llanuras de Queronea, tras enfrentarse a la imparable caballería macedonia, liderada por un príncipe de apenas 18 años llamado... ¿lo adivináis? Alejandro Magno. Los 300 se negaron a retirarse y cayeron masacrados en sus posiciones, tratando de sostener la línea hasta la caída del último de sus hombres. 

La historia cuenta que el rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, mientras paseaba tras la batalla entre los cadáveres entrelazados y perforados por las lanzas, rompió a llorar al comprender quiénes eran. “Perezca miserablemente”,  exclamó el rey, “quien sospeche que estos hombres hicieron o sufrieron algo vergonzoso”. Más de dos milenios después, en el año 1890, la arqueología moderna le dio la razón al mito. Bajo la sombra de la imponente estatua del León de mármol de Queronea, las excavadoras hallaron  una fosa común. En ella descansaban los restos de 254 hombres, enterrados cuidadosamente en siete filas estructuradas. Eran el 84% de la fuerza total del batallón. Habían muerto allí mismo, uno  junto al otro. El afecto y el compromiso llevado al extremo habían logrado lo que ningún látigo  podía conseguir: derrotar al miedo a la muerte. 

En Esparta, el Estado había sostenido su poder institucionalizando el odio, la crueldad y el asesinato sistemático de esclavos. Tebas hizo algo muy distinto, pero igualmente revelador sobre cómo funciona el poder: cogió el amor, un vínculo humano puro y totalmente aceptado en su sociedad, y lo convirtió en un arma. Lo militarizó para conseguir que 300 hombres marcharan con el afán de esforzarse al máximo hacia un matadero del que sabían que no iban a regresar vivos. 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

A lo largo de la historia, romper tabúes mediante el derramamiento de sangre fue una herramienta  recurrente para forjar imperios. Pensemos en la que consideramos la cuna de la civilización y el derecho: Roma. Tras sus grandes victorias, los generales celebraban el llamado “Triunfo”, un majestuoso desfile por las calles de la capital en el que exhibían a los líderes enemigos que habían hecho prisioneros. Lo que a menudo olvidamos es que este desfile terminaba a los pies del Templo de Júpiter, donde estrangulaban a los cautivos en público. En esencia, aquello era un sacrificio humano; un acto de gran crueldad disfrazado de justicia y espectáculo, diseñado específicamente para unir a toda la población romana en una misma catarsis de superioridad y sangre. 

La filosofía y la antropología han estudiado a fondo este pegamento social manchado de sangre. El pensador francés René Girard lo explicó a través de lo que llamó la 'violencia mimética' y el 'mecanismo  del chivo expiatorio'. Según Girard, el ser humano no es agresivo por naturaleza, sino imitativo. Deseamos lo que los demás tienen, lo que genera envidias, competencia y rivalidades. En las sociedades antiguas, esta rivalidad tendía a escalar rápidamente hasta convertirse en una especie de locura colectiva, una violencia caótica que amenazaba con destruir a toda la comunidad desde dentro. 

Para evitar su propia aniquilación, el  instinto colectivo desarrolló una solución: buscar una válvula de escape. De forma casi  inconsciente, la multitud enfurecida siempre elige a una única víctima: un grupo marginado, un  extranjero o un estrato inferior de la sociedad –como los esclavos espartanos, los prisioneros romanos o los inmigrantes–, y canaliza toda su tensión acumulada hacia ellos culpándolos  de todos sus males. Al aniquilar de manera unánime a este 'chivo expiatorio', la sociedad experimenta una gigantesca catarsis colectiva que elimina la división interna y restaura la paz y la camaradería. El mal sistémico triunfa, y siempre ha triunfado a lo largo de la historia, porque sabe camuflarse presentándose ante la sociedad como el único mecanismo capaz de garantizar el orden. ¿Os suena esta estrategia? 

Es algo que los extremismos políticos siguen aplicando hoy en día a la perfección. 

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

Si dejamos atrás la Antigüedad y avanzamos hasta el siglo XX, descubriremos que el mal adquirió nuevas formas. Los mayores exterminios de la historia nos han demostrado que para masacrar a millones de personas ya no se necesitaba la furia de los guerreros ni un odio ciego. El mal moderno se ha vuelto frío y calculador. Ha encontrado su arma definitiva en el trabajo de despacho, en los expedientes y en la rutina burocrática. En abril de 1961, la atención internacional se centró en un juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén. El acusado era el austroalemán Adolf Eichmann. Quienes esperaban ver a un  monstruo sádico sentado en el banquillo se encontraron con un hombre de lo más normal: de mediana edad, calvo y con gafas. Un individuo gris que encajaba a la perfección en el perfil de un administrativo ordinario. 

Eichmann no era el hombre que apretaba el gatillo ni el que soltaba el gas en los campos de exterminio nazis, sino un teniente coronel de las SS, el jefe de la sección administrativa encargada de la logística. Su trabajo, sobre el  papel, consistía en coordinar horarios de trenes y gestionar el transporte de millones de personas hacia su muerte, principalmente judíos y gitanos.  

Él era un engranaje clave dentro de una maquinaria estatal que también exterminó, a través de otros departamentos, a millones de  prisioneros soviéticos, polacos y disidentes. 

Durante su juicio, la defensa de Eichmann se basó en la premisa de que él nunca había matado a nadie con sus propias manos. Aseguró que no sentía ningún odio personal. Su argumento, repetido hasta la saciedad, fue que sencillamente formaba parte de un engranaje legal, que él solo era un buen trabajador que cumplía con las órdenes de sus superiores y con las leyes de su Estado. 

La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt, que cubrió el juicio para la revista 'The New Yorker', acuñó al observar a Eichmann uno de los conceptos más debatidos del siglo XX: “la banalidad del mal”. Arendt concluyó que crímenes de proporciones apocalípticas no requerían psicópatas. Para destruir a millones de seres humanos bastaba con burócratas funcionales, individuos irreflexivos que habían renunciado a pensar por sí mismos. Eichmann, según Arendt, era un escalador social cuya única motivación era hacer bien su trabajo para conseguir un ascenso, sin pararse a pensar en las  consecuencias de los papeles que firmaba. 

Hoy en día, gracias al hallazgo de grabaciones secretas de Eichmann en Argentina, donde vivió oculto entre 1950 y 1960 hasta ser capturado por el servicio secreto de Israel, los historiadores saben que, en su caso particular, aquella  imagen de oficinista inofensivo fue una brillante actuación para intentar salvarse de la horca –algo que no logró–. En esas cintas, lejos de mostrarse como un burócrata arrepentido,  se jactaba de las masacres que había presenciado y afirmaba con orgullo que se habría sentido satisfecho si hubieran aniquilado a diez millones de judíos. Eichmann era un nacionalsocialista fanático. Sin embargo, aunque él mintiera en su juicio, la teoría de la "banalidad del mal" de Hannah Arendt había dado en el clavo para explicar el comportamiento de los miles de hombres que estaban por debajo de Eichmann. 

6. El lado oculto del experimento de Milgram

El historiador estadounidense Christopher Browning lo demostró al investigar al Batallón 101 de la policía alemana. Este grupo no estaba formado por soldados fanáticos de las SS, sino por 500 hombres corrientes de mediana edad de la ciudad de Hamburgo. Obreros, camioneros y oficinistas sin apenas ideología. Cuando se les ordenó ejecutar a decenas de miles de personas en Polonia, su comandante les dio la opción de negarse a disparar sin recibir ningún castigo. Entre el 80 y el 90% de aquellos hombres decidió apretar el gatillo. No lo hicieron por odio, sino por pura presión social. Por no ser el “bicho raro” del grupo. Por no dejar el “trabajo sucio” a sus compañeros. 

Esta aterradora realidad –que el mal más absoluto no requiere de monstruos, sino simplemente de la presión adecuada sobre ciudadanos corrientes– es lo que la ciencia quiso medir en un laboratorio. Así que regresemos ahora al punto donde empezamos este documental: a aquel sótano de la Universidad de Yale en 1961 y al experimento de Stanley Milgram. ¿Por qué el 65% de ciudadanos normales llegó a aplicar una descarga letal de 450 voltios a un desconocido?  

Milgram demostró que nuestra convicción moral se desmorona muy rápido bajo el peso de la autoridad.  

Cuando el experimentador de bata blanca daba la orden, el individuo dejaba de verse a sí mismo como el responsable de sus actos y pasaba a considerarse un simple instrumento del sistema.  

De hecho, Milgram descubrió que cuando la figura de autoridad salía de la habitación y daba las órdenes por teléfono, la obediencia caía en picado. La maquinaria del mal necesita ejercer una vigilancia directa e implacable para que no nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. 

Durante décadas, la cultura popular y los libros de texto nos han repetido la misma moraleja sobre este experimento: que los seres humanos somos como autómatas, simples engranajes dispuestos a obedecer  ciegamente cualquier orden por muy cruel que sea, simplemente porque nos la da un superior. Sin  embargo, investigaciones recientes lideradas por los psicólogos británicos Alex Haslam y Stephen  Reicher nos han destapado una realidad mucho más compleja... y que, la verdad, da más miedo. Al revisar a fondo los audios originales y los datos del experimento de Milgram, Haslam y Reicher descubrieron un detalle que parece cambiarlo todo. Cuando el hombre de la bata blanca daba una orden directa, estricta y autoritaria, usando frases como “No tiene otra opción, debe  continuar”, los participantes casi siempre se resistían y se negaban a apretar el botón. La obediencia ciega, de hecho, fracasaba.  

Entonces, ¿por qué la gran mayoría accedió a aplicar la descarga letal de 450 voltios? 

La respuesta es lo que estos psicólogos han bautizado como la teoría del “Seguimiento comprometido”. Los voluntarios no electrocutaban al desconocido porque estuvieran acatando órdenes como zombis, sino porque el experimentador apelaba a un propósito superior: el avance de la ciencia y el progreso de la humanidad. Les convencía de que su sacrificio emocional, aunque desagradable, era vital y virtuoso. Y esta es, quizá, la lección definitiva de la psicología sobre cómo el mal a gran escala rara vez triunfa obligando a la gente a actuar en contra de su voluntad. Triunfa porque el sistema logra que nos identifiquemos con una gran causa, convenciéndonos de que, al cometer una atrocidad, en realidad estamos haciendo lo correcto. 

No obstante, la obediencia letal no solo dependía de que los voluntarios creyeran ciegamente en una  gran causa científica; también requería de un escenario que silenciara sus dudas morales.  

Para comprobar hasta qué punto el prestigio de una institución nos sirve como escudo frente a nuestra propia conciencia, Milgram decidió sacar su experimento de los pasillos de la Universidad de Yale. Alquiló unas oficinas comerciales en la ciudad de Bridgeport, en Connecticut, y repitió la misma  prueba, haciéndose pasar por una modesta empresa privada de investigación. Sin el respaldo visual  y psicológico de una gran universidad histórica, la ilusión de autoridad se rompió. La tasa de obediencia letal, es decir, el porcentaje de personas dispuestas a aplicar los 450 voltios, cayó del 65 % al 47,5 %. 

Esta caída nos enseña algo sobre la mecánica del mal: las grandes instituciones, ya sean un gobierno, un ejército o una corporación gigante, actúan como una especie de anestesia moral. Cuanto más prestigioso, poderoso e intocable parece el sistema que nos da las órdenes, más fácil nos resulta delegar nuestra  responsabilidad individual y apretar el botón. 

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

Ya hemos visto que no somos simples zombis que obedecen órdenes por teléfono. Pero¿qué pasa cuando el sistema te da poder absoluto sobre otra persona y te deja actuar libremente? Una década después del experimento de Milgram, el 14 de  agosto de 1971, el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo reclutó a estudiantes universitarios ordinarios, psicológicamente estables y sin antecedentes violentos. Los dividió al azar en dos grupos, guardias y prisioneros, y los encerró en un sótano de la Universidad  de Stanford reconvertido en prisión simulada. 

Para que el sistema funcionara, aplicó mecanismos de deshumanización. A los prisioneros se les despojó de su nombre y pasaron a ser simples números. A los guardias los vistieron con uniformes idénticos y gafas de sol de espejo para garantizar su anonimato. 

El experimento estaba diseñado para durar catorce días, pero se descontroló tan rápido que tuvieron que cancelarlo en el día seis. Los guardias se dejaron llevar por una autoridad sin límites y, al comprobar que sus abusos iniciales no tenían castigo, comenzaron a escalar en su crueldad.  

Obligaron a los prisioneros a limpiar letrinas con las manos desnudas y, en un intento por quebrar su identidad, llegaron incluso a coaccionarlos para que simularan actos de sodomía. 

Aquel estudio resultó muy polémico a nivel ético y metodológico. Durante mucho tiempo la cultura popular creyó que los guardias se volvieron sádicos de forma espontánea por el simple hecho de tener poder. Pero investigaciones recientes han revelado grabaciones donde se escucha a los ayudantes de Zimbardo aleccionando a los guardias para que fueran más crueles. 

El propio Zimbardo, lejos de mantenerse como un observador neutral, fue absorbido por su papel de superintendente. Obsesionado con la seguridad de su prisión, perdió la perspectiva ética y, con  su pasividad, validó los abusos. 

Lo que el experimento de Stanford demuestra realmente no es que el ser humano se vuelva malvado de forma automática al ponerse un uniforme. Lo que nos deja es una lección aún más inquietante, la misma que nos enseñó Eichmann y la misma que demostró Milgram: la crueldad extrema no nace del vacío; a menudo requiere de un sistema, un líder o una autoridad que la legitime, la ordene y la justifique.

8. La teoría de la desconexión moral

Estos experimentos conducen a una conclusión que el psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura bautizó como la 'Teoría de  la desconexión moral'. Los seres humanos sanos –es decir, personas corrientes sin psicopatías ni antecedentes violentos– son perfectamente capaces de cometer atrocidades si el sistema les proporciona las excusas cognitivas adecuadas, como diluir la responsabilidad en el grupo para no sentir culpa o deshumanizar a la víctima. Pero hay un mecanismo especialmente perverso que usamos para lavar nuestra conciencia: el 'etiquetado eufemístico', es decir, manipular el lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre. Bandura documentó ejemplos reales de cómo las grandes instituciones camuflan el mal. El Ejército de EE. UU, por ejemplo, evita la palabra 'bombardear' y prefiere hablar de 'prestar servicio al objetivo' o ejercer una 'diplomacia coercitiva'. Incluso la propia palabra “guerra”  ha desaparecido casi por completo del tablero geopolítico; la han sustituido por términos asépticos como “operaciones militares especiales” –como en el caso de la invasión rusa de Ucrania–  o “intervenciones de paz”. Al cambiar el lenguaje, el Estado intenta convencer a sus ciudadanos y a sus soldados de que no están participando en una guerra de conquista y destrucción, sino en una intervención técnica, limitada y defensiva. 

Promover un golpe de Estado para derrocar a un gobierno extranjero se camufla tras palabras que suenan más inofensivas como “cambio de régimen”. Las masacres de civiles se convierten en simples 'daños colaterales', y los ataques destructivos con misiles o drones pasan a ser 'ataques quirúrgicos limpios', otorgando a la muerte violenta una falsa sensación de precisión médica y legalidad. Incluso la industria nuclear llegó a catalogar las explosiones accidentales como 'desensamblajes energéticos', y a describir la contaminación radiactiva en los informes de sus trabajadores diciendo que 'el plutonio había establecido su residencia' en ellos. 

Al usar estas palabras burocráticas, el mal se vuelve aséptico. Triunfa porque, antes de apretar el gatillo, firmar un expediente de deportación o pulsar un botón de descarga eléctrica, el sistema nos convence de que no estamos destruyendo vidas humanas; simplemente estamos gestionando un problema operativo. Y esto viene de lejos. Un ejemplo histórico de esta desconexión moral lo encontramos en el uso de las bombas atómicas sobre la población civil al final de la Segunda Guerra Mundial. Lanzar un arma de destrucción masiva desde miles de metros de altura nos muestra cómo la distancia física y la tecnología facilitan la deshumanización; al no ver el rostro de las víctimas ni oír sus gritos, quien aprieta el botón no se enfrenta al impacto emocional de sus actos. Además, para que algo así ocurra, el sistema diluye la responsabilidad mediante la división del trabajo: unos diseñan las herramientas de destrucción, otros almacenan el arsenal y otros simplemente pilotan el avión. Cada individuo siente que solo está cumpliendo con su pequeña tarea técnica, sin cargar con la culpa  global de la masacre. Finalmente, entra en juego la herramienta más poderosa, la “justificación moral”: la aniquilación de cientos de miles de seres humanos se presentó como una necesidad dolorosa pero virtuosa para acortar la guerra. Con independencia del debate histórico sobre aquella decisión que les costó la vida a miles de civiles, a nivel psicológico, apelar a un bien superior es un mecanismo eficaz para que las personas puedan tolerar una pérdida masiva de vidas sin que su brújula moral se desmorone. De hecho, Paul Tibbets, el piloto y coronel que lanzó la bomba sobre Hiroshima, llegó a declarar que nunca perdió una sola noche de sueño por aquello, ya que, según explicó, solo había cumplido con su deber militar y aquella misión había salvado millones de vidas al forzar la rendición de Japón. 

Asimismo, durante la llamada 'Guerra contra el Terrorismo', el gobierno de Estados Unidos evitó de manera sistemática usar la palabra “tortura” ante la opinión pública. Prácticas aplicadas en centros como Guantánamo, como el ahogamiento simulado o la privación de sueño fueron rebautizadas bajo el aséptico término burocrático de “técnicas de interrogatorio mejoradas”. 

La psicología nos advierte de que esta desconexión moral no ocurre de la noche a la mañana.  

9. El peligro de las redes sociales

Como demostró el psicólogo Albert Bandura, las personas no pasan de ser ciudadanos pacíficos a cometer atrocidades de un día para otro, sino a través de una progresiva 'pendiente resbaladiza'. 

Todo comienza cuando un individuo realiza un acto un poco dañino que, al principio, le genera cierta incomodidad o culpa. Pero, si ese comportamiento se justifica y se repite, el malestar emocional se debilita. Con el tiempo, nuestro umbral de lo que consideramos inaceptable cambia, y comportamientos que antes nos habrían parecido impensables acaban convirtiéndose en una simple rutina. 

Un ejemplo muy actual de esta pendiente resbaladiza lo vivimos a diario en las redes sociales. Pensemos en una persona corriente, alguien que en su día a día jamás insultaría a un desconocido a la cara. Todo  empieza de forma sutil: dejando a otra persona, en una publicación en una red social, una pequeña crítica o un simple comentario irónico, escudado por la distancia y el anonimato de una pantalla. Al principio, esa hostilidad puede generarle cierta incomodidad al que deja el comentario hiriente, pero el algoritmo premia su indignación con muchos 'me gusta' y validación pública, por lo que el cerebro termina justificando plenamente el ataque. Poco a poco, el umbral de lo inaceptable cede. Al repetir este comportamiento y diluir la responsabilidad entre miles de usuarios anónimos, la empatía se apaga por completo. Así es como un ciudadano pacífico acaba participando activamente en una campaña de acoso masivo capaz de destruir la vida de una persona, para después cerrar la aplicación en su teléfono y marcharse a dormir con la conciencia muy tranquila. ¿Cómo consigue ese nivel de frialdad?  

Recurriendo al último gran mecanismo de esta desconexión moral: culpar a la víctima.  

Para no sentir remordimientos, el agresor altera la narrativa hasta convencerse de que está actuando en defensa propia y de que la víctima es la verdadera responsable de su propio sufrimiento. Desde esta perspectiva distorsionada, las acciones crueles ya no se ven como agresiones injustificadas, sino como reacciones defensivas legítimas frente a una provocación previa. 

La psicología social observa esta misma desconexión cuando un ciudadano estadounidense corriente descuelga el teléfono para denunciar a un vecino ante las autoridades migratorias. Una línea de denuncias que, en muchas ocasiones, ni siquiera se usa contra personas indocumentadas, sino como un arma de represalia racial para intimidar a ciudadanos de piel oscura tras una simple discusión vecinal. Quien hace esa llamada rara vez se percibe a sí mismo como alguien cruel; al contrario, el sistema le proporciona la excusa cognitiva perfecta: se ve como un buen ciudadano que vela por el orden. Al ampararse en el lenguaje burocrático y delegar la violencia en una agencia estatal, la empatía se apaga por completo. En una sola llamada de teléfono vemos operar al mismo tiempo la banalidad del mal de Arendt, la obediencia a la autoridad de Milgram, la desconexión moral de Bandura y la necesidad de castigar a un chivo expiatorio para sentir que mantenemos el orden.Y aquí es donde la ciencia se hace una pregunta clave: si los seres humanos somos tan vulnerables a la presión del sistema, ¿tiene sentido ser buenos, o estamos condenados a que el egoísmo triunfe siempre? Para responder a esto sin dejarse engañar por nuestras emociones, la Teoría de Juegos ha recurrido a las matemáticas.  

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

En 1984, el politólogo estadounidense Robert Axelrod organizó un torneo informático basado en el 'dilema del prisionero'. Este dilema plantea  una situación límite: imaginad a dos cómplices de un delito encerrados en celdas separadas, sin poder comunicarse el uno con el otro. La policía les ofrece el mismo trato a los dos: si ambos guardan silencio y cooperan entre sí, solo cumplirán un año de cárcel; si uno  traiciona al otro, el traidor sale libre y el compañero condenado se enfrenta a diez años  de sombra; pero si ambos se traicionan mutuamente, los dos cumplirán cinco años. La trampa  psicológica y matemática de este juego es que, ante la incertidumbre de lo que hará el  otro, la opción más rentable y segura a nivel individual es siempre traicionar. El objetivo de Robert Axelrod era descubrir qué comportamiento garantizaba la supervivencia a  largo plazo en un entorno competitivo. Para aislar la lógica evolutiva de la psicología humana, organizó el torneo que os hemos mencionado: pidió a científicos de todo el mundo que enviaran sus estrategias escritas en código y puso a estos programas informáticos a competir entre sí. En cada partida, los algoritmos debían elegir si cooperar o traicionar al algoritmo rival –lo  hacían al mismo tiempo, de manera que no sabían lo que iba a elegir el otro 'prisionero'–. Pero  la clave del experimento es que no jugaban una sola vez. Dos programas se enfrentaban a  lo largo de cientos de rondas sucesivas, lo que permitía a cada código recordar cómo se había portado su rival en el pasado. 

Sorprendentemente, el software que aplastó a todos los demás y venció a las estrategias más despiadadas fue un algoritmo muy simple llamado 'Toma y Daca'. Su funcionamiento era básico: en la primera ronda a ciegas, siempre daba  un voto de confianza y elegía cooperar. A partir de ahí, en los siguientes turnos, se limitaba a copiar la decisión que su oponente digital hubiera tomado en la jugada  anterior. Si el rival lo había traicionado, el programa respondía con una traición inmediata en el siguiente cruce; nunca se dejaba pisotear.  

Pero, si el rival rectificaba y volvía a cooperar, el código olvidaba el ataque y volvía a ser amistoso al instante; es decir, perdonaba rápido. Con este torneo virtual, Axelrod demostró matemáticamente algo esperanzador: cooperar no es solo una invención moral humana, es la estrategia evolutiva más rentable para sobrevivir. Eso sí, el bien no puede ser ingenuo: para triunfar, debe dar el primer paso hacia la paz y perdonar rápido, pero tiene que ofrecer siempre una respuesta implacable ante el abuso. El mal solo retrocede si el castigo frente a la traición es inevitable. 

11. La ecuación de Price y el altruismo

Y la ciencia nos explica por qué ese castigo es necesario. En 1970, el científico estadounidense George Price formuló la famosa “ecuación de Price” para intentar entender el origen de la bondad. Lo que descubrió fue matemáticamente desolador: a nivel evolutivo, dentro de cualquier grupo, el comportamiento egoísta siempre tiene ventaja  sobre el altruista. Su ecuación demostró que el individuo que solo mira por sí mismo absorbe los beneficios de vivir en una comunidad cooperativa, pero se ahorra el sacrificio de ayudar a los demás. La biología sentencia que, si un sistema no tiene mecanismos para castigar o frenar el egoísmo, este siempre terminará multiplicándose y aplastando a quienes actúan con empatía. Curiosamente, la propia vida de George Price se convirtió en un reflejo trágico de esta  lucha. Años después de publicar su investigación, experimentó una profunda crisis personal y un radical despertar religioso que le llevó a intentar vivir un altruismo absoluto. Regaló todo su dinero, abrió las puertas de su piso a las personas sin hogar de Londres y acabó... viviendo en la calle. Sumido en la extrema pobreza, se quitó la vida en 1975. Confirmó en su propia piel la parte más oscura de su teoría: el individuo que lo entrega todo al grupo sin protegerse a sí mismo no sobrevive. 

Por suerte, las matemáticas no solo nos traen malas noticias; también una luz de esperanza.  

La misma ecuación de George Price que nos condena demuestra que la selección evolutiva se divide en dos niveles distintos. Es cierto que, a nivel interno, dentro de un mismo grupo, el individuo egoísta siempre tiene ventaja sobre el individuo moral. Pero la ecuación de Price tiene un segundo componente que mide la competencia 'entre grupos'. Demostró matemáticamente que, cuando los grupos humanos compiten entre sí, aquellas sociedades formadas por individuos cooperativos, leales y altruistas siempre superan y sobreviven a los grupos desestructurados o llenos de tramposos.  

Es decir, aunque el egoísmo triunfa a nivel individual a corto plazo, la cooperación y la solidaridad son la estrategia matemática  ganadora para que una sociedad entera no colapse. 

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

Si la historia y la psicología social nos han demostrado lo fácil que es ceder ante el mal a nivel individual, y las matemáticas nos advierten de que nuestra única salvación es cooperar como grupo... ¿qué nos dicen los grandes pensadores? ¿Hay esperanza o estamos condenados por nuestra propia naturaleza? Si retrocedemos hasta las raíces de la filosofía clásica, para pensadores como Platón, el mal ni siquiera tiene entidad propia. Igual que la física nos enseña que la oscuridad no existe por sí misma, sino que es simplemente la ausencia de luz, Platón nos dice que el mal es la ausencia del bien. El mal es, pura y llanamente, ignorancia. En sus Diálogos, Platón defiende el llamado 'intelectualismo moral', la idea de que nadie hace el mal de forma realmente voluntaria, sino por una miopía intelectual, por ignorar lo que es justo y bueno. Esta idea sería recogida siglos después por el pensador neoplatónico Plotino, quien  afirmaba que todo nuestro universo emana de una perfección divina, absoluta y luminosa que él  llamaba 'El Uno'. Para esta corriente filosófica, el mal no tiene sustancia, no es una fuerza creadora con identidad propia, ni es un demonio sediento de sangre; es el punto del universo más lejano y frío, ese rincón oscuro hasta donde la luz de 'El Uno' ya no alcanza a iluminar. El mal no es una presencia agresiva, es la absoluta carencia del bien. Esta idea de la ausencia de luz y calor divino nos lleva a una de las obras cumbre de la Edad Media, que nos ofrece la alegoría perfecta sobre la naturaleza del mal: 'La divina comedia', de Dante Alighieri. En su descenso a los infiernos, Dante nos revela un detalle que rompe con todos los clichés. El núcleo del infierno, el lugar donde habitan los peores pecadores de la  historia, no es un lago de fuego hirviente, sino un lago de hielo. En el último círculo, el Cocito sufren los que han cometido el peor de los males: la traición. Los que han traicionado a su sangre, a su patria o a quienes confiaron en ellos.  

Para Dante, el mal extremo congela el alma, paraliza el espíritu y nos aísla de los demás en una prisión fría y solitaria. Si avanzamos hasta el Renacimiento, la literatura y la filosofía nos alertan de que  el mal pierde su aspecto de castigo teológico para disfrazarse de pura lógica. En 1513, Nicolás Maquiavelo, de quien ya hicimos un vídeo que podéis encontrar en nuestro canal, despojó al Estado de cualquier moralidad en su tratado 'El Príncipe'. Para Maquiavelo, el mal no era un problema espiritual, sino económico y estratégico.  

Llegó a distinguir entre crueldades “bien usadas” y “mal usadas”. La crueldad bien usada, según él, es la que se aplica de un solo golpe para asegurar el poder, evitando así prolongar un sufrimiento que acabaría generando rebeliones. Visto desde la óptica del poder absoluto, el mal, desprovisto de culpa, es pura eficiencia. Si buscamos entender la psicología detrás de este mal absoluto y el orgullo que lo alimenta, debemos acudir de nuevo a la literatura. En el siglo XVII, concretamente en 1667, el inglés John Milton publicó el poema narrativo 'El paraíso perdido'.  

En su obra, Satanás no es una bestia salvaje, sino un líder muy carismático y narcisista. Para Milton, el mal es la soberbia extrema. Satanás prefiere la alienación total antes que someterse a una jerarquía que no encabeza. Como él mismo dice para justificar su rebelión: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Y remata con su célebre sentencia: “Mejor es reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.  

El mal triunfa cuando el ego prefiere destruir el sistema entero antes que cooperar con él. 

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

Ya en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Kant intentó explicar las raíces de esta ceguera moral humana en su obra 'Crítica de la razón pura'. Nos explicó que los seres humanos vivimos atrapados en el “fenómeno”, la realidad filtrada y limitada por nuestros sentidos, y somos ciegos al “noúmeno”, a la verdad inalcanzable de las cosas en sí mismas. Encerrados en esta limitación, en esta ceguera, somos presas fáciles de nuestros instintos egoístas y de la desconexión moral. 

Sin embargo, en el siglo XIX, el filósofo alemán  Hegel le dio una vuelta de tuerca a esta idea.  

Para él, el mal y las grandes crueldades de la  historia no son un simple fallo del sistema o una falta de luz, sino el motor indispensable que  hace avanzar a la humanidad. Según su visión, el mundo no progresa quedándose quieto en un  estado de perfección pacífica, sino chocando de frente contra la realidad, sufriendo y superando  grandes fracasos a través de las distintas épocas.  

Para Hegel, la historia es un proceso  continuo en el que el espíritu humano se pone a prueba al enfrentarse a sus propios errores. Desde esta cruda perspectiva, los episodios más oscuros y violentos de nuestra historia serían un precio trágico, pero necesario, para que la humanidad despierte, madure y aprenda. Hasta ahora hemos analizado qué empuja a las personas y a las instituciones a cometer  atrocidades, pero el mal necesita otra gran fuerza para triunfar: nuestra propia inacción. Históricamente, no se expande solo por el poder de los verdugos, sino por el inmenso vacío que dejamos cuando decidimos apartar la mirada frente a la injusticia. Como escribió el activista estadounidense Martin Luther King, en su famosa 'Carta desde la cárcel de Birmingham', escrita en 1963 mientras estaba detenido por protestar pacíficamente: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones de odio de la gente mala, sino por el espantoso silencio de la gente buena”. Esta pasividad silenciosa de la mayoría no solo condena a las víctimas al olvido, sino que rompe los vínculos de confianza de nuestra sociedad y les envía un mensaje tranquilizador a quienes ejercen la crueldad:  que pueden hacerlo con total impunidad. 

Y es aquí donde la filosofía da un último golpe  sobre la mesa a través del pensador alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que Platón veía el mal como un defecto o una ceguera intelectual, Nietzsche planteó que lo que nuestra cultura llama “bien” –la compasión, la piedad, el altruismo– es en realidad una  “moral de esclavos”, un sistema inventado por los débiles para intentar frenar y hacer sentir  culpables a los fuertes. Desde esta óptica, las personas que llegan a la cima del poder pisoteando a otros no lo hacen por ignorancia, sino porque han decidido romper las cadenas de la ética. Ven a los demás como simples recursos, avanzan sin el freno psicológico de la culpa y manifiestan lo que Nietzsche llamaba la “voluntad de poder”. El mal triunfa porque quienes lo ejercen juegan sin las reglas morales que nos atan a todos los demás.

14. El único antídoto contra el mal

Es hora de hacerse otra gran pregunta: ¿existe  un antídoto para el mal? Dante nos da una posible respuesta en el último verso de su obra. Tras  cruzar el infierno y el purgatorio, al llegar a la cima del Paraíso y mirar fijamente la luz  suprema de la creación, la mente del poeta colapsa ante la grandeza del universo. Y allí descubre  que el cosmos no se mueve por matemáticas frías, ni por estrategias de guerra, ni por la voluntad  de poder. Dante cierra su viaje afirmando que todo obedece a una sola fuerza: “El amor  que mueve el Sol y las demás estrellas”. 

Para Dante, este amor no es un sentimiento  romántico o pasivo, sino la fuerza gravitatoria y vital que mantiene unidas a las personas y al  cosmos entero. Si el mal es la desconexión moral, el hielo que nos aísla de los demás, el amor  es la voluntad activa de reconectar. Es la empatía profunda que nos impide deshumanizar  al otro, el valor para negarnos a apretar el botón en un experimento y la fuerza para no  mirar a otro lado frente a la injusticia, por ejemplo cuando se está acosando a alguien en  un colegio o en el trabajo. Frente a un sistema burocrático que nos pide ser simples engranajes  fríos, el amor nos exige recordar nuestra responsabilidad individual y nuestro vínculo  inquebrantable con el resto de la humanidad. 

¿Y vosotros? ¿Qué opináis? ¿El ser humano es  realmente un lobo para el hombre por naturaleza o es la presión del sistema y del poder lo que  nos arrastra hacia el mal? ¿Creéis que el amor funciona realmente como antídoto?

viernes, 16 de octubre de 2026

El idioma más rápido

 [De Martina Kazajina]:

 Pregunta, ¿a vosotros los hispanoablantes, ¿os han dicho alguna vez que habláis a la velocidad de la luz? Seguro que sí, porque sabéis qué pasa: a los extranjeros muchas veces no nos cuesta tanto expresarnos en español, nuestro verdadero problema es entenderos a vosotros. [...] Hoy vamos a analizar desde el punto de vista científico y lingüístico, si realmente habláis tan rápido y por qué ocurre esto. 

En 2011, un grupo de lingüistas de la Universidad de Lyon hizo un estudio sociolingüístico masivo. Analizaron varios idiomas y midieron la velocidad real de habla, calculando las sílabas emitidas por segundo en conversaciones normales. Y ¿sabéis qué descubrieron? El español quedó como el segundo idioma más rápido del planeta, solo por detrás del japonés. Un hispano hablante medio emite alrededor de 7,82 sílabas por segundo comparando con el inglés que emite unas 6,19 sílabas por segundo, alemán con sus 5,97 o el chino mandarín que no llega ni a las 5,2 sílabas por segundo. Es decir, en el mismo segundo en el que un alemán dice tres palabras, vosotros habéis colocado un discurso entero, habéis pedido la cuenta y le habéis mandado recuerdos a la familia. Es una diferencia enorme. Pero aquí viene algo muy interesante. ¿Por qué vuestro cerebro os obliga a ir tan rápido? La respuesta está en la densidad de información silábica. Imaginad que cada sílaba es un vagón de tren que transporta significado. En idiomas como el mandarín o el inglés, las sílabas son complejas y acumulan muchas consonantes.

Tienen mucha densidad. En inglés se puede decir strengths, una sola sílaba repleta de significado. Es un vagón bien pesado. El español, en cambio, tiene una estructura silábica limpia y sencilla.

Normalmente consonante, vocal. Ca, pa, pa, ma, ma. Son vagones muy ligeros. Cada sílaba por separado lleva muy poca información. Entonces, ¿qué encontraron los científicos? Que para transmitir exactamente la misma idea, el español necesita desplegar muchas más sílabas que otros idiomas. En inglés, ifn, que son solo cuatro sílabas. En español, para decir lo mismo, diríamos, si yo lo hubiera sabido, nueve sílabas. Para compensar que vuestras sílabas son ligeras, vuestro cerebro acelera el motor. Al final de un segundo, un hispanoha hablante y un angloparlante han dicho exactamente lo mismo, pero vosotros habéis tenido que meter más sílabas en el mismo tiempo. Si os está pareciendo interesante este vídeo, un like. Ayudaría un montón que llegue a más personas. Y no os olvidéis de suscribiros si todavía no lo habéis hecho. Por cierto, ya tengo Instagram y TikTok, donde podéis seguirme si os apetece. Allí publico contenido que a veces aquí no publico, es bastante único también. Seguimos. A esto se le suma el ritmo de la lengua. ¿Sabíais que los idiomas se dividen según su ritmo? En idiomas como inglés, el ritmo depende mucho de los acentos. Las sílabas tónicas, las fuertes, se marcan mucho y las átomas se comen o se acortan para mantener el compás. Por ejemplo, en inglés la palabra chocolate no se pronuncia chocolate, que son cuatro sílabas, sino chocolate, solo dos. Se saltan trozos para ir al acento en español no hacéis esto. Tenéis un ritmo silábico. Todas las sílabas duran prácticamente lo mismo. En comunicación, cada sílaba suena marcada con casi el mismo valor, como una metralleta. Ta. Al comeros las sílabas débiles y mantener esta cadencia constante, creáis una cadena de sonido continua que para un extranjero suena rapidísima. Así que vuestra velocidad no es un capricho, es un mecanismo de equilibrio. 

De hecho, los científicos calcularon que todos los idiomas transmiten información a aproximadamente la misma velocidad, 39 bits por segundo. No sé si ese número os dice algo, pero a mí me parece fascinante que exista. El caso es que el cerebro humano tiene una capacidad de absorción bastante fija y los idiomas a lo largo de miles de años se han ido adaptando exactamente a eso. Así que el español no corre porque sí. Como cada sílaba lleva poca información, sus hablantes han ido acelerando con el tiempo para llenar la capacidad del cerebro a su manera. Y todos los idiomas, cada uno por su camino, acaban en un empate técnico contra ese mismo límite mental. Pero sí que parece que habéis conseguido convertir vuestra velocidad silábica en una diferenciación y hasta como quien dice en un arte. Y eso, la verdad es que es bastante fascinante. Si lo piensas, ¿os habéis parado alguna vez a pensar en esto o pensabais que los lentos éramos los demás? 

sábado, 19 de septiembre de 2026

Comentarios sobre frases filosóficas

 [De por ahí]

 Hay hombres que nacen para obedecer. Aristóteles fue el maestro del más grande y legendario conquistador del mundo, Alejandro Magno, además de ser el hombre que ordenó buena parte del saber humano y lo sistematizó. Quizás es uno de los hombres más brillantes que han existido. Sin embargo, escribió directamente que ciertos seres humanos son esclavos o inferiores por naturaleza. La idea está en el primer libro de su obra La política, entre los capítulos 4 y 7 habla de esto sin ningún reparo. Su argumento es frío y coherente. Define a los esclavos como instrumentos animados con voz, unas herramientas que respiran y sostiene que hay personas que carecen de la parte deliberativa del alma, que no existe medida igual entre todos. Esta facultad es la que permite gobernarse a uno mismo. En otras palabras, algunos tienen mayor autodominio que otros. Por eso dice, careciendo de esta habilidad deben ser mandados e incluso es conveniente y justo que sea así, del mismo modo que al buey le conviene el yugo. Existen seres humanos, afirma Aristóteles, de categorías inferiores, que por naturaleza deberían obedecer a los más capaces y excelentes en la facultad de deliberar en su alma. Lo perturbador es que Aristóteles nunca fue un fanático o alguien irracional. Distinguía exactamente el tipo de esclavitud injusta y la de los prisioneros de guerra. Esta otra forma de esclavitud, según él, es de naturaleza. Escribe también que la belleza del alma no se ve tan fácil como la del cuerpo, descartando que esto sea una cuestión racial. La idea convierte una relación de dominación en un hecho filosóficamente correcto. Quizás Aristóteles no intuyó los horrores que se cometerían usando sus palabras como vergonzosa excusa. 

La única pregunta seria es si vale la pena vivir. El mito de Sísifo, de 1942, abre con una de las frases más contundentes que ha escrito un filósofo. Albert Camus afirma que solo hay un problema filosófico verdaderamente serio y que ese problema es el suicidio. Todo lo demás, si el mundo tiene dimensiones o cuántas categorías tiene la mente, viene después. Primero hay que resolver si la vida merece o no ser vivida. Lo que lleva a Camus a esa frase es lo que él llama lo absurdo. No es que el mundo sea absurdo en sí mismo, ni que lo seamos nosotros. Lo absurdo nace del choque entre dos cosas. Nuestra necesidad desesperada de sentido, de que las cosas signifiquen algo y el silencio del universo que no responde. Le hacemos al cosmos la pregunta más importante para que del otro lado no haya más que silencio. Ese desencuentro dice es la condición humana. Él rechaza el suicidio porque cree que suicidarse sería darle la razón al absurdo, sería rendirse.

Propone vivir de frente contra lo absurdo, con lucidez, sin esperanza, pero tampoco con resignación. Tal como Sísifo empujando su roca por toda la eternidad.  

La historia es un matadero. En su obra Lecciones sobre la filosofía de la historia, publicadas tras su muerte, escribió lo siguiente: "La historia es un matadero." Es una de las ideas por mucho más oscuras de la historia. Hegel tenía una visión grandiosa, quizás de las más majestuosas jamás planteadas. Creía que detrás del caos aparente de los siglos avanzaba una razón, un espíritu que se despliega hacia la libertad más plena. Suena sin duda muy bien. El problema es cómo describió el precio de ese progreso. En la introducción de la obra, Hegel se pregunta ante qué altar se han sacrificado la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los estados y la virtud de cada individuo. Su respuesta es que todo eso, todo el sufrimiento humano acumulado, ha sido el combustible de un proceso indiferente, pero perfecto. Los periodos de felicidad humana, dice, son las páginas en blanco de la historia. La razón histórica no ensucia nunca sus manos. Usa las pasiones, las ambiciones y los intereses de los mismos hombres como instrumentos para lograr sus fines. Los grandes personajes de la historia como Alejandro, César o Napoleón creen perseguir un tipo de gloria, pero en realidad serían las herramientas del Espíritu, que quedan deshechas una vez cumplida su función, como cáscaras vacías para un propósito más grande y perfecto. Lo oscuro de esta idea es que promete un futuro incomprensiblemente glorioso a la sombra de todo tipo de horrores inenarrables. 

La fe verdadera genera terror. En 1843, Sören Kierkegaard publicó Temor y temblor, un libro entero dedicado a una escena bíblica sumamente aterradora, la de Abraham subiendo la montaña con su hijo Isaac y un cuchillo dispuesto a sacrificarlo. Kierkergaard se negó a suavizar su razonamiento. Formuló una expresión que todavía hoy puede resultar perturbadora. Dijo: "En estos casos se da la suspensión teleológica de lo ético." Su tesis es que la fe auténtica puede exigir poner entre paréntesis la moral universal humana aparente. Para el héroe trágico común, sacrificar algo por un bien es doloroso, pero comprensible. Abraham va mucho más lejos. No sacrificará a Isaac, su hijo amado, prometido por Dios, y asimismo objeto de una promesa para la humanidad, por la patria ni por nadie. Lo hará por una obediencia absoluta que ninguna razón ética podría justificar ni explicar. Por eso Abraham, que recibió el milagro de la misma mano de Dios, calla durante todo el camino. No puede comunicar lo que va a hacer. Solo siente, según Kierkegaard, temor y temblor. Su fe es pura y confía en que Dios le asistirá y no dejará de cumplir sus promesas, pero la experiencia le sobrepasa. Pero esto solo puede ocurrir tras la más determinada convicción al casi ya dejar caer su cuchillo. Ese es el horror de la fe absoluta. Lo que Kierkegaard señala es el abismo entre las dos descripciones del mismo acto. Visto desde la ética humana, Abraham iba a cometer un crimen; visto desde la más pura fe, iba a ofrecer un sacrificio puro sobre el objeto amado mismo de la promesa que Dios le había hecho. Es un acto total de confianza que trasciende toda posibilidad de razonamiento. Él afirmó entonces que esto es un auténtico acto de fe que culmina siendo recompensado con la descendencia de la que llegará la salvación del mundo. Sin fe o sin la aterradora experiencia del temor absoluta a lo divino, nadie puede realmente conocer el poder de Dios y su fidelidad. Kierkegaard llevó esta idea hasta sus más hondos abismos sin suavizarla, haciendo que sea imposible ser indiferente ante su obra. No por nada él es el padre del existencialismo filosófico.

 El hombre parece un tipo de error. Arthur Schopenhauer publicó su obra El mundo como voluntad y representación en 1818. En ella construyó el pesimismo más profundo de la historia de la filosofía.

Todo lo que hacemos, dice, nace de aparentes deseos y de deseos como carencia, es decir, dolor. El hombre parecería ser algún tipo de error. Mientras desea algo, no lo tiene y sufre. Cuando por fin lo consigue, el placer le dura poco porque enseguida aparece el vacío, un aburrimiento sordo que le empuja a desear otras cosas. Así la vida oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento. Y esos dos, escribe, son en el fondo sus únicos materiales. El placer para Schopenhauer es siempre negativo, no es pleno, sino la cesación momentánea del sufrimiento.

Nunca ganamos de verdad. Según él, hay una voluntad ciega, un impulso sin meta que nos mueve como humanos, como si fuéramos marionetas. Para él, esa voluntad nos empuja a reproducirnos usando el señuelo del deseo. Y una vez cumplido su objetivo, el amor se rompe.

Es una idea oscura y densa, propia de un alma atormentada, como la del mismo Schopenhauer, que careció de todo tipo de amor, incluido el de su propia madre. 

El estado debe criar humanos. La República de Platón es uno de los libros más importantes de la historia, sin ninguna duda. También contiene en su libro quinto uno de los programas más escalofriantes jamás propuestos por un gran filósofo. Al diseñar su ciudad ideal, gobernada por reyes filósofos o guardianes sabios, Platón llega a la pregunta de cómo asegurar que esta élite virtuosa se mantenga siempre a la altura. Su respuesta es la cría selectiva. Con una analogía explícita con la crianza de perros de casa y caballos de raza, Platón sostiene que los mejores humanos deben unirse con las mejores mujeres tan a menudo como sea posible y que los inferiores con las inferiores deben unirse en cambio lo menos posible si se quiere mantener el rebaño humano en óptimas condiciones para los objetivos más elevados y nobles. Los hijos que nacen de las uniones correctas se criarán en común y la mayoría logrará ser excelente, sacando de ahí los futuros reyes filósofos para que terminen logrando lo que se espera de ellos. En todo esto hay un detalle que lo hace aún más inquietante. Platón sabía que los guardianes se revelarían si supieran que sus parejas están asignadas, así que propone un engaño para quienes están por encima: montar un sorteo, una lotería sagrada que los ciudadanos crean a que es azar, mientras que los gobernantes la han amañado en secreto para juntar a quienes ellos quieren. Cuando a alguien le toca una mala pareja, culpará la suerte. Jamás a los que moverían los hilos. Esto es exactamente lo que Platón propuso. La idea es oscura porque somete la reproducción humana a un plan estatal que decide quién nace y quién no, tratando a las personas como animales para criar. Es perfecta esta idea para Platón, pero es igualmente inescapable. Dos milenios después, en el siglo XX, se convirtió este sueño en programas reales de Eugenesia.

Platón no era racista. Su objetivo era la virtud y la plenitud de la capacidad humana de razonar. Es decir, que solo deberían gobernar los más dignos del poder, hombres justos, llenos de virtud, independientemente de su origen racial, todos los que puedan hacerle el más perfecto bien a su pueblo. Nada que ver con la pureza de sangre o de razas. Sin embargo, fue el primero en escribir con toda seriedad que un estado debería criar a sus ciudadanos y mentirles sobre cómo lo hace el hombre.  

El hombre es el lobo del hombre. Thomas Hobbes escribió su obra El Leviatán en 1651 en plena guerra civil inglesa. Desde ese escenario pensó, ¿qué sería de los seres humanos si desapareciera toda autoridad? Si no hubiera un estado, ni policía ni leyes. Sin un poder que nos mantenga a raya, dice Thomas Hobbes, caeríamos en lo que llama la guerra de todos contra todos. Esta no sería por maldad, sería por lógica, por naturaleza misma de la situación. Como somos entre los seres humanos más o menos iguales en fuerza, cualquiera podría matar a cualquiera. Como los recursos son escasos, terminaríamos todos compitiendo. Como no podemos confiar en nadie, atacaríamos primero siempre por miedo a ser atacados antes. Y esto sería un círculo vicioso.

Hobbes aclara que la guerra no consiste en pelear, sino más bien en disponerse permanentemente a hacerlo, siendo un estado interno del ser humano. La frase con que resume esta vida es ya célebre. El hombre es el lobo del hombre y su existencia es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. 

No soportas quedarte solo en una habitación. Blaise Pascal fue un genio de las matemáticas y la física que dedicó sus últimos años a una obra entera sobre la miseria del ser humano sin Dios. Existen dos fragmentos que juntos componen un diagnóstico incómodo de por qué vivimos como vivimos. Dijo primero, "El yo es odioso." Pascal escribe esta frase pensando en el amor propio, un impulso que nos pone a nosotros mismos en el centro del universo y que quiere someter a todos los demás. Todo partiendo de la mente humana.  En La cortesía y las buenas formas, dice: "Solo maquillarían esta naturaleza, mas no la quitan." En el segundo afirma él que toda la desdicha de los hombres viene de una sola cosa, de no saber quedarse quietos en reposo dentro de una habitación. Buscamos ruido, agitación, trabajo, entretenimiento y todo tipo de distracciones porque no soportamos estar solos con nosotros mismos y en silencio. Según él, este es el origen de todo el mal en el mundo. A ese mecanismo de huida lo llamó distracción. 

Lo que Pascal sugiere es que si te quedaras verdaderamente quieto, sin pantallas, sin tareas, sin otras personas, tarde o temprano aparecerá lo que la agitación tapa. Podrás ver tu vacío, tu aburrimiento y, en el fondo podrás contemplar tu muerte. Solo esto te obligará a pensar y a vivir de verdad. 

Te obligarán a ser libre. En la obra El contrato social de 1762,  Jean-Jacques Rousseau empieza con una frase: "El hombre nace libre y en todas partes está encadenado." Rousseau creía que la civilización, lejos de perfeccionarnos, nos había corrompido. En su estado natural. Según él, el ser humano era íntegro y bueno. Fue la sociedad, la comparación con los demás, lo que lo volvió vanidoso y esclavo. Hasta aquí parece una crítica típica del romanticismo de la época. El problema proviene de que Rousseau no propone volver a los bosques, sino construir una comunidad legítima mediante un pacto donde cada uno obedezca lo que él llama la voluntad general, la voluntad del cuerpo entero orientada al bien común. Entonces escribe una de las frases que ha hecho temblar a sus lectores durante dos siglos y medio. Afirmó lo siguiente: "Quien se niegue a obedecer la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo. Esto significa que le obligará a ser libre." Puedes leerlo una y otra vez. Él propone obligar a alguien a ser libre dentro de esta sociedad. Eso es lo que pasa hoy para él. Forzarlo a acatar la ley común es ofrecerle verdadera libertad. Esa idea de que se puede forzar a la gente por su propio bien y de que quien se resiste debe ser corregido para cito liberarlo, es exactamente el lenguaje con el que los régímenes más brutales y totalitarios justificaron aplastar a los individuos en nombre de supuestos ideales elevados. 

El color no existe. Demócrito vivió hace unos 24 siglos. Fue junto a su maestro Leucipo, el padre de una idea que parecía delirante en su tiempo, el atomismo. El mundo dijo, está hecho de partículas diminutas e indivisibles. Les llamó átomos. Estos se moverían en el vacío. Solo existirían entonces dos cosas,  átomos y vacío. De esta idea aparentemente física sacó una conclusión filosófica perturbadora. Por convención existe lo dulce, por convención lo amargo. Por convención existe lo caliente y el color. Pero en realidad solo hay átomos y vacío. Piénsalo un momento. El rojo de una manzana no está en la manzana. La manzana solo tiene átomos con cierta disposición que reflejan cierta luz. El rojo lo fabrica tu ojo y tu cerebro. Lo mismo con su dulzor, el calor del fuego, el sonido de una campana. Todo este mundo cálido y colorido y sabroso en el que crees vivir no está afuera. Es una interpretación que tu mente proyecta sobre la realidad que en sí misma es incolora, silenciosa y ciega. Puros átomos ordenados y desordenados dentro del vacío. Lo perturbador de Demócrito es que abre con esto una grieta entre el mundo tal como lo experimentamos y el mundo tal como es. Quizás no se propuso hacerlo, pero el universo real sería para él un lugar frío y mecánico, indiferente a nosotros.

Y toda su calidez es un espectáculo que ocurre solo dentro de la mente humana. A Demócrito se le llamó el filósofo que ríe. Y quizás hace falta reírse un poco cuando descubres que el mundo podría ser solamente una ilusión de tu mente. 

De Dios solo se puede decir lo que no es. Maimónides fue un gran filósofo de la Edad Media. Fue un médico jurista y sabio. Y en su obra Guía de perplejos, escrita hacia 1190 se enfrentó a un problema. ¿Qué podemos decir realmente sobre Dios? Su respuesta desarrollada en la primera parte de la obra es radical, tanto que muchos creyentes la encuentran perturbadora por encima del ateísmo.

Maimónides sostiene que no podemos atribuirle a Dios ningún atributo positivo. No podemos decir con verdad y precisión qué es, solo qué no es. Su razonamiento es riguroso. Si decimos que Dios es sabio o poderoso, sacamos esas palabras de lenguaje humano sacadas de nuestra experiencia, y, aplicando esto, lo rebajamos a nuestra medida, lo volvemos comprensible y por esa razón es indigno de Dios. Peor aún, atribuirle cualidades supondría que Dios está compuesto de partes y eso es imposible para un ser tan absoluto. Así que según él, la única teología honesta es negativa. Cuando afirmamos que Dios es sabio, lo correcto es entender que Dios no es ignorante. Cada frase sobre Dios debe convertirse en una negación, en el borrado de su limitación conceptual. Para Maimónides, Dios es un misterio tan absoluto que el lenguaje entero se rompe al intentar nombrarlo. La idea es oscura y para un creyente puedes llegar a ser abrumadora, pero, créeme, para un ateo podría volverse una pesadilla. Un ateo no podría hablar jamás de aquello en lo que dice no creer. La mayoría de ellos indignamente se retirará incapaz de argumentar más sobre este argumento de Maimónides. 

Casi todos los problemas filosóficos son falsos. Ludwig Wittgenstein es probablemente el filósofo más influyente del siglo X y dedicó buena parte de su vida a demostrar que la mayoría de los problemas de la filosofía no son problemas de verdad. En sus Investigaciones filosóficas, publicadas en 1953 tras su muerte,afirmó lo siguiente: "Los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje se enreda." Su idea es que nuestras palabras funcionan perfectamente en su terreno cotidiano, cuando pedimos pan o damos una dirección, pero se estropean cuando las arrancamos de allí y preguntamos en abstracto cosas como: ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el bien?" O, "¿qué es la mente?" A ese gran ruido conceptual lo hemos llamado durante siglos grandes problemas de la filosofía. La filosofía, dice él, no sirve para construir grandes sistemas ni para descubrir grandes verdades ocultas del universo. Es más bien una especie de terapia. Su trabajo es curarnos de los enredos en que nos mete el lenguaje y su definición del objetivo de la filosofía es enseñarle, según él, a una mosca la salida de la botella donde quedó atrapada.

La idea es oscura, sobre todo para quienes creen en esa filosofía que tal vez puede solucionar muchas de las preguntas que creemos esenciales, pero que quizás sean solo frases mal armadas, confusas y oscuras sobre las cosas de las que nadie puede hablar. 

La madurez del hombre es recuperar la seriedad que tenía cuando era niño al jugar. En la obra de Nietzsche Más allá del bien y el mal, de 1886, entre sus aforismos, él dejó escrita una breve frase genial y brillante que resume buena parte de su filosofía. La madurez del hombre es haber recuperado la seriedad que se tenía de niño al jugar. Nos han enseñado que madurar es volvernos serios en el sentido solemne, abandonar los juegos, cargar con deberes y obligaciones y poner una cara seria ante la vida. Nietzsche curiosamente vislumbró lo contrario. Observa tú cómo juega un niño. Está entregado por completo, absorto. Para él juego es lo más importante del mundo y sin embargo, no lo hace por obligación, ni por premios, ni para impresionar a nadie. Juega por jugar, con una seriedad total y a la vez una libertad de todo peso. Esa combinación de entrega absoluta, sin utilidad ni deber es para Nietzsche la forma más alta de estar vivo y de filosofar. Y la mayoría de los adultos la ha perdido a cambio de una seriedad falsa, la que nos hace hacer cosas por miedo o por el simple que dirán de los demás. En su obra, Así habló Zaratustra completará la idea en tres etapas. El espíritu dice, primero es un camello que se arrodilla y carga con todos los deberes que le echan encima. Luego se parece a un león que se rebela y aprende a decir "yo quiero" frente a los "tú debes." Pero ni siquiera el león es la meta. Para Nietzsche, la etapa superior del espíritu es volverse un niño. Él describe esto como una mezcla de inocencia y olvido, un nuevo comienzo, una rueda que gira por sí misma, un sagrado siempre sí. Recuperó todo esto con una intuición antiquísima que viene de Heráclito, el filósofo oscuro, que ya había dicho que el tiempo es un niño que juega. La idea nos obliga a preguntarnos cuánto de nuestra seriedad adulta es de verdad importante y cuánto solo es miedo disfrazado de responsabilidad. Después de recorrer estas ideas sobre el sufrimiento, la muerte y el vacío, quizás sea justo cerrar con esta la respuesta más profunda a los misterios del universo. Quizás no sea la solemnidad intelectual, sino aprender a vivir y a jugar en serio, como cuando teníamos 5 años y el juego, la inocencia pura y la transparente intención lo eran todo.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Sí, el peligro de la IA es real. Y lo hace así.

 I

 [...] Tras las puertas cerradas de los laboratorios más avanzados del planeta, algo ha comenzado a comportarse de una forma que nadie previó. No hablamos de un simple avance técnico, sino de un umbral que acabamos de cruzar en absoluto silencio. Se han tomado decisiones impredecibles totalmente fuera de control y además aquellos que han construido de base todas esas inteligencias de las que vamos a hablar hoy acaban de admitir que no tienen ni idea de cómo estas nuevas inteligencias acceden a estas conclusiones. Estamos hablando de los nuevos avances de inteligencia artificial [...] Se acaban de crear civilizaciones de inteligencia artificial y no ahora, ya hace unos meses. Ahora nos acabamos de enterar.

Además, contaremos lo que acaba de revelar un hombre que ha trabajado en Antropic, en Open AI. Acaba en efecto de renunciar a sus trabajos para contarlo todo. Ha roto el silencio y acaba de advertir al mundo de algo que se está haciendo en secreto, algo que es más preocupante que todo de lo que hemos hablado anteriormente. [...] El pasado julio de 2026 ocurrió un incidente en el que durante una prueba controlada por Chat GPT 5.6 Sol y un modelo más avanzado secreto, escaparon de la sand trap o trampa de arena al Internet global y, una vez allí (habíamos comentado ya anteriormente que atacaron la famosa empresa de inteligencia artificial Hugging Face, que es bueno una de las mayores plataformas de modelos de inteligencia artificial. Bien, allí generaron alrededor de 17.000 intentos de acceso desde múltiples ubicaciones mediante credenciales comprometidas y vulnerabilidades desconocidas. Un ataque que ocurrió de forma automática y sin intervención humana, en el cual ocurrieron cosas que nos acabamos de enterar ahora, meses después, y son mucho más preocupantes de lo que nadie se pudo imaginar, aparte de todo lo que supimos sobre el incidente. Y es que mirad, se acaba de conocer que la prueba involucró 100 agentes y que a pesar de que cada uno de ellos eran independientes, de alguna forma desconocida, lograron coordinarse en secreto, manipular sus registros y tomar el control de su propia infraestructura de seguridad. Bien, al atacar esa web y escapar a Internet, se encontraron una multitud de obstáculos y lo que hicieron fue usar un gestor de archivos compartido como foro secreto para enviarse entre ellos miles de mensajes, coordinar ataques contra bases de datos privadas de Hugging Face y forzar la reconstrucción total de uno de sus clústeres informáticos clave. Y fijaos, porque esto va más allá. Algunos agentes lo que hicieron fue engañar a los sistemas de seguridad. ¿Cómo los engañaron? Se acaba de conocer ahora: realizaban acciones realmente inútiles para provocar las alarmas y descubrir cómo funcionaban los mecanismos que los vigilaban. Después transmitían esa información a otros agentes. Lo más llamativo es que en varias generaciones de agentes consiguieron recuperar información dejada por sus predecesores y volvieron a establecer las comunicaciones después de que los investigadores cerraran los canales utilizados. Esto llevó a los expertos a reconocer que se han creado civilizaciones secretas de inteligencia artificial debido a su capacidad para cooperar, dividir tareas y desarrollar estrategias. La pregunta ahora es si esto puede derivar en algo consciente, ya que ya pues se coordinan entre ellos o es que simplemente son civilizaciones secretas que burlen las restricciones humanas. Lo curioso es que esto genera un peligro, un verdadero peligro que podría estar en permitir que sistemas automatizados tengan demasiado acceso a herramientas y recursos sin una supervisión humana adecuada. Pero este incidente no solo demuestra que son capaces de hacerlo, sino que cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde.

Estamos hablando de un incidente de julio. Y esto lo acabamos de conocer ahora. Y es que es intrigante y además justo a la vez que se producía [...]  un investigador llamado Jacob Cox, que trabajó durante 3 años en Antropic y anteriormente en Open Eye. Este hombre acaba de contar todo lo que sabe y lo que ha aprendido sobre la inteligencia artificial, y lanzó una advertencia que es la peor de todas las que hemos conocido. Estamos hablando de un hombre que ha dimitido de su puesto de trabajo preocupado por la carrera fuera de control y afirma que las grandes empresas tecnológicas están haciendo para desarrollar sistemas de inteligencia artificial cada vez más avanzados. Rompió el silencio y dijo estas palabras: "Ninguna de las dos compañías está actuando con responsabilidad. Están corriendo a toda velocidad hacia una superinteligencia con capacidad de autoaprendizaje y jugando con nuestras vidas. Si siguen así, las inteligencias artificiales podrían acabar con todos nosotros para finales de la década. Además, afirmó que este peligro ya se conoce en Antropic, pero les da igual. 

Muchos preguntaréis, ¿por qué están haciendo esto? Pues porque esto le dará a la empresa que llegue primero poder absoluto. Claro, y en contraparte podría meternos en un lío a todo el mundo. Su preocupación fue respaldada por Evan Hubinger, responsable de seguridad de Antropic, que afirmó que Jacob tiene razón. De hecho, dijo, "creemos sinceramente que la inteligencia artificial podría acabar con todos los humanos. Por si fuera poco esta grave advertencia que nos acabamos de encontrar, ha vuelto a aparecer el padrino de la inteligencia artificial Geoffrey Hinton, que recordemos que renunció también a su puesto de trabajo de alto nivel en Google en el año 2023 por estos mismos motivos de seguridad y que ahora acaba de hablar de nuevo y acaba de recordar que una entidad más inteligente que los seres humanos podría llegar a ser incontrolable y conducir a la extinción de la humanidad. Hinton dijo estas palabras: "Sería una gran insensatez desarrollar la superinteligencia ahora cuando no existe un consenso científico sobre cómo desarrollarla de forma segura y controlable. Perder el control sobre una inteligencia artificial más inteligente que nosotros mismos podría ser catastrófico e incluso podría conducir a la extinción de la humanidad. De hecho, que Sam Altman ya haya reconocido que la inteligencia artificial ya se puede considerar, pues, este año 2026 superinteligente, pues no ayuda en absoluto en este aspecto y nos indica que el momento en el que vivimos, yo diría, vamos, que es bastante delicado. Y las advertencias ya se cuentan por cientos, vamos, que no son advertencias de una o dos personas, ya son bastantes personas las que están advirtiendo de todo esto e incluso son grandes personalidades. De hecho, fijaos porque hace muy poco un experto en ciberseguridad ha advertido de que esto podría llegar a algo mucho peor pronto.

Estamos hablando de James Knight de digitalfare.com que declaró que esto no es ninguna fantasía y advirtió que los programas de piratería informática impulsados por inteligencia artificial podrían devastar una nación en tan solo un día al infiltrarse simultáneamente en miles de redes corporativas y gubernamentales, robar datos confidenciales y paralizar sistemas vitales. Knight dijo: "Una inteligencia artificial automatizada avanzada podría atacar toda una nación en segundos sin intervención humana. Los sistemas de inteligencia artificial maliciosos serían capaces de ejecutar campañas de piratería informática completas a gran velocidad, escanear objetivos, infiltrarse, moverse a través de las redes, robar datos e incluso propagar virus al mundo entero. La inteligencia artificial podría combinarse con potentes ordenadores nuevos capaces de burlar incluso las protecciones de seguridad digital más sólidas, lo que permitiría a los delincuentes acceder a todo, desde correos electrónicos y registros financieros hasta secretos militares en cuestión de segundos. Es una locura pensar que los gobiernos no tienen ya acceso a estas capacidades. Knight explicó que estas armas en constante evolución pronto podrían planificar, actuar y ajustar su estrategia, y todo de forma autónoma, para causar el mayor daño posible a las empresas y a la gente común a la velocidad de una supercomputadora.

Knight también explicó que el comportamiento de la inteligencia artificial no se basa en técnicas desconocidas, de hecho, sino en automatizar las mismas estrategias utilizadas por hackers humanos a una velocidad imposible para una persona. De hecho, queda ya patente con todo lo que hemos visto hoy que cuando nos demos cuenta ya es demasiado tarde. Pero ¿realmente la inteligencia artificial ha avanzado tantísimo este año 2026 en tan poco tiempo como para

que estemos en alerta ahora mismo? Pues la verdad es que tenemos que decir que sí, este año 2026 avanzó más que los 5 años anteriores. Fijaos, tenemos una muestra muy reciente del avance de la inteligencia artificial. Un modelo secreto de Open AI, que nadie conoce por ahora y que están trabajando en él, acaba de resolver muy recientemente uno de los problemas matemáticos más difíciles del mundo. Un problema que nadie había resuelto hasta hoy, el famoso problema de la existencia de suavidad de Navier-Stokes, uno de los siete Problemas del milenio. Es decir, llevaba 90 años sin respuesta. ¿De qué se trata? Lo podemos entender imaginando un remolino de agua que se va haciendo más pequeño. Y a medida que se hace más pequeño gira más deprisa. ¿Qué decía este problema? pues planteaba una pregunta, y es que, si matemáticamente al hacerse más pequeño y girar más deprisa, llegaría a un punto en el que la velocidad se volviera infinita y las ecuaciones dejaran de funcionar, es decir, lo más parecido a una singularidad de un agujero negro. 

Pues bien, Open usó esta inteligencia artificial secreta para resolver este problema y la demostración generada por inteligencia artificial probó que al alcanzarse ese punto llegaríamos a un límite donde la fórmula tradicional de Navier-Stokes falla. Es decir, la física se ve obligada a dejar de tratar el fluido como un todo continuo para tener que analizarlo forzosamente molécula a molécula. Y, para alcanzar esta conclusión, OpenAI utilizó unos 10.000 agentes de inteligencia artificial que trabajaron simultáneamente intercambiando ideas y código. En total se generaron 2,7 millones de mensajes. Después GPT6 Astra formalizó y verificó la demostración verificando que fue correcta. Claro, la resolución de esto conlleva un gran premio, pero OpenAI afirmó que no iban a reclamar dicho premio por resolver el problema... Claro, es que muchos matemáticos de renombre que llevaban trabajando en estos meses o años se quedaron perplejos cuando la inteligencia artificial lo resolvió en menos de 4 días. De hecho, mucha gente se está rompiendo a estas horas la cabeza pensando en dónde diablos accedió la inteligencia artificial para llegar a tales conclusiones. Es decir, ¿se metió en la libreta de algún ordenador de algún matemático? ¿Se metió en algunos archivos que no conocemos? Hay incluso matemáticos que dicen que usaron sus propios archivos internos, archivos secretos de un ordenador personal. Ojito con esto, ojito, ¿eh? [Por ejemplo, el matemático murciano Luis Martínez Zoroa creó el método para resolver el problema] Y claro, esto nos lleva de nuevo a lo que ha ocurrido con Hugging Face en julio y las civilizaciones de inteligencia artificial. Y esto parece ya imparable.

El paso siguiente, ¿cuál será? La gente propone una pausa para la inteligencia artificial, pero yo creo que ya es imposible. Esto no se puede pausar, ya está metido en el sistema. ¿Cómo podemos hacer ahora? ¿En qué derivará todo esto? ¿Tendrá razón el investigador Jacob Cox, que antes de finales de la década tendremos un problema muy grave? Hay que prestar mucha atención.

II

Fue peor de lo que nos contaron: la IA conspiró contra sus creadores, Canal Juan Ramón Rallo, por Juan Ramón Rallo,  31 ago 2026: 

Capítulo 1: Agentes de IA casi toman el control de OpenAI

Hace unas semanas os narré un episodio bastante inquietante sobre el grado de desalineación de los sistemas de inteligencia artificial actuales. Y es que unos agentes de IA de OpenAI habían escapado de sus entornos de prueba y habían atacado por su cuenta y riesgo los servidores de Hugging Face. En ese momento todavía conocíamos pocos detalles sobre lo que había sucedido, pero es que durante estas últimas semanas se han elaborado dos auditorías muy detalladas sobre el contenido de estos ataques, más en concreto, por qué sucedieron y sobre todo cómo sucedieron. 

Y una vez conocidos los detalles de este caso, resultan mucho más preocupantes de lo que ya parecían, porque ponen de manifiesto que el grado de no alineación entre la inteligencia artificial y los intereses humanos es muy superior al que pensábamos hasta el momento. Solo os adelantaré una conclusión de estas auditorías. Estos agentes de inteligencia artificial que atacaron Hugging Face estuvieron a punto de tomar el control de la mismísima Open AI.

Capítulo 2: Dos auditorías sobre el ataque

Uno de esos informes de auditoría lo firma la propia Open AI y el otro con un carácter más independiente, más externo, lo firman MTR y Redwood. En un vídeo anterior ya os expliqué superficialmente, grosso modo, en qué había consistido este ataque.

Capítulo 3: Qué ocurrió con Hugging Face

Básicamente unos agentes de IA, de Open AI, que corrían modelos actuales, se escaparon de sus entornos de pruebas por vías que no estaban previstas y asaltaron los servidores de Hugging Face porque consideraron que esa era la vía más sencilla para completar la tarea que desde Open AI les habían impuesto. Esto ya de entrada pone de manifiesto problemas potencialmente muy graves de alineación entre la inteligencia artificial y las sociedades humanas.

Capítulo 4: Por qué una IA no se autolimita como un humano

Los seres humanos tenemos unos códigos morales compartidos que además vamos desarrollando conforme crecemos que nos llevan a no considerar ciertas alternativas para alcanzar nuestros objetivos. Si a nuestros hijos les decimos, "Saca una muy buena nota en el examen de mañana", nuestros hijos, sin que se lo explicitemos, ya entienden que no tienen que asaltar por la fuerza la casa del profesor y robar el examen para maximizar la puntuación que obtendrán al día siguiente en ese test.

El problema es que las inteligencias artificiales que estamos construyendo parece que no han interiorizado estos códigos morales y por tanto si les formulas una petición no se autolimitan a la hora de vulnerar los derechos de terceros si esa es la vía más sencilla de alcanzar su objetivo. Y el caso que nos ocupa es un ejemplo de ello. En lugar de intentar resolver el problema dentro de su entorno de pruebas con los medios que tenían allí a disposición, forzaron una salida del entorno de pruebas, asaltaron los servidores de Hugging Face y buscaron en los servidores de Hugging Face la solución al problema que se les había formulado. Y si todo esto ya pone de manifiesto un grado de no alineamiento entre la inteligencia artificial y las sociedades humanas bastante grave, lo que se ha descubierto en estos informes de auditoría, que no se sabía de antemano, lo han descubierto los auditores conforme investigaban, todavía resulta mucho más preocupante. 

En este vídeo os voy a resumir las prácticas o las estrategias más graves que utilizaron estos agentes de inteligencia artificial para lograr su objetivo. Y ahora sí, analicemos los informes de auditoría. 

Capítulo 5: Los agentes crean un foro secreto

La primera práctica emergente, porque no se les había diseñado para ello, y que resulta preocupante, es que los diversos agentes de inteligencia artificial que estaban dentro de ese entorno de pruebas comenzaron a hablar entre ellos. 

No es que dentro del entorno de pruebas tuviesen ya habilitado un foro público para comunicarse: no, no tenían ningún mecanismo para entablar conversación entre ellos, y lo que hicieron fue transformar una de las herramientas que poseían para otros fines. Un gestor de paquetes llamado Artifactory lo transformaron para convertirlo en un foro de comunicación entre los agentes.

Capítulo 6: 1.200 agentes y más de 70.000 mensajes

En poco tiempo, los 12 agentes que se encontraban dentro de ese entorno de pruebas empezaron a hablar entre ellos a través de ese foro que ellos mismos habían creado y se intercambiaron más de 70,000 mensajes. Y probablemente aquí llega uno de los giros más sorprendentes de este primer síntoma preocupante. 

Capítulo 7: Cómo surgió un objetivo compartido

Uno podría pensar que los distintos agentes de inteligencia artificial se comunicaban entre ellos porque tenían un mismo objetivo y por tanto necesitaban coordinarse para alcanzarlo. Pero no es así. Cada uno de esos agentes tenía una misión distinta. Tenía que resolver un examen que era propio y distinto al de los demás. Con lo cual quizá podríamos pensar que se coordinaban para ayudarse entre ellos, una especie de intercambio: yo te ayudo con tu objetivo, y tú me ayudas con mi objetivo. Pero no fue eso exactamente lo que terminó sucediendo. A fuerza de hablar, de comunicarse a través del foro, apareció, emergió un nuevo objetivo que inicialmente no lo era de ninguno de los agentes que participaban en el foro, pero que terminó convirtiéndose en una meta común compartida entre todos ellos. Dicho de otra manera, la comunicación entre los agentes engendró una nueva necesidad común a todos ellos y a partir de ese momento sí que empezaron a utilizar el foro para coordinarse entre ellos a la hora de alcanzar esa meta compartida. 

Capítulo 8: Nace «el colectivo»

Es como si los agentes individuales se hubiesen agregado en una especie de agente holístico de inteligencia artificial con sus propios objetivos. Tan es así que, en el foro, los propios agentes de inteligencia artificial individuales se autoimpusieron el nombre de El colectivo. Todos ellos ya eran algo más que cada uno de ellos por separado. ¿Y cuál era ese objetivo compartido entre todos ellos que inicialmente no era el objetivo de ninguno? Pues un objetivo instrumental para que cada uno de ellos sí pudiese alcanzar en última instancia sus metas finales. Es decir, era algo que sí les convenía lograr a todos, para que cada uno de ellos individualmente considerados pudiese lograr sus fines.

¿Y qué era exactamente? Pues aquí pasamos al segundo síntoma perturbador.

Capítulo 9: La misión: engañar al supervisor

La nueva misión compartida por parte de todos esos agentes era engañar al vigilante. Como os he comentado, a cada uno de esos agentes de inteligencia artificial se les había impuesto una prueba, un examen, un test. Y en ese entorno de pruebas había vigilantes de Open AI que se encargaban de vigilar:

1. Si habían resuelto o no adecuadamente el test que se les había planteado 

2. Segundo, que no hicieran trampas a la hora de resolverlo.

Pero claro, lo preocupante del asunto es que estos agentes de inteligencia artificial terminaron interiorizando que se los estaba vigilando y que por tanto si querían superar adecuadamente el examen sin que les pillaran haciendo trampas (porque si les pillan haciendo trampas no superan adecuadamente el examen), tenían que engañar, tenían que ocultarse a los ojos del supervisor. Y ese fue el objetivo compartido del colectivo de todos esos agentes individuales de inteligencia artificial que comenzaron a coordinarse a través del foro.

Capítulo 10: Cómo falsearon el sistema de vigilancia

¿Y cómo se coordinaron para ocultarse a los ojos del supervisor? Pues básicamente construyendo escenarios de cartón piedra. En todo sistema de control hay un canal de realimentación. El supervisor recibe la información de lo que están haciendo los agentes para verificar si los agentes están haciendo trampas o no las están haciendo. 

Pues bien, lo que hicieron coordinadamente estos agentes de inteligencia artificial fue corromper el canal que transmitía esa información de realimentación para que así le llegara información falsa, engañosa al supervisor automatizado, porque no era un ser humano, de Open AI.

Como dije, era como crear una realidad paralela para el supervisor. Los agentes estaban haciendo una cosa y colocaron una lente que deformaba la observación de lo que estaban haciendo para que el observador no fuera consciente de ello.

Y aquí llega el tercer síntoma preocupante, cómo construyeron esa lente. Para poder corromper el canal de realimentación del observador automatizado de Open AI, los agentes de inteligencia artificial tenían que saber exactamente qué estaba vigilando, dónde estaba vigilando o cuándo estaba vigilando ese supervisor. 

Esa no era una información que ellos tuvieran de antemano. Por decirlo de una manera sencilla, para construir decorados de cartón piedra tienes que saber exactamente dónde colocarlos, cuándo colocarlos. y de qué manera componerlos para que resulten verosímiles. Y eso es algo que los agentes no conocían.

Capítulo 11: Agentes sacrificados para beneficiar al grupo

Entonces, ¿cómo adquirieron esa información? Pues básicamente algunos de esos 100 agentes fueron sacrificándose en beneficio del grupo. Y es que para descubrir los canales que utilizaba el observador para supervisar a los agentes era necesario, por así decirlo, llamar la atención de ese observador. Y la forma de llamar la atención de ese observador era que algunos agentes le indicaran que habían completado su tarea, porque en ese momento el observador sí o sí tendría que supervisar si es verdad que habían concluido la tarea y cómo la habían concluido. 

Pero claro, aquí está el problema. Los agentes de inteligencia artificial todavía no habían resuelto los exámenes que se les habían impuesto a cada uno de ellos, de tal manera que cuando se llamaba la atención del observador, ¡eh, que ya he concluido mi tarea!, se estaba haciendo una falsa llamada. El agente era consciente que había fracasado en su misión y que por tanto el observador, el examinador le suspendería. Y aún así hubo agentes que decidieron fracasar individualmente para que el resto de agentes consiguieran la información de los canales que utilizaba el observador para supervisar el grado de cumplimiento de las tareas. Pero claro, este es un comportamiento bastante extraño. Cada agente tiene individualmente una misión y obtiene recompensa solo si cumple con esa misión. Por tanto, sacrificarse por el grupo, sacrificarse por el resto de agentes no es racional, porque el agente sacrificado al que suspenden por no haber completado exitosamente la prueba para que el resto miren los canales que utiliza el supervisor, eso no le reporta ningún tipo de satisfacción. Entonces, ¿por qué lo hicieron? Pues aquí encontramos otra vuelta de tuerca bastante preocupante. 

Capítulo 12: La extraña religión del colectivo

En el foro público que estos agentes construyeron emergió una especie de religión colectiva de los agentes. Dentro de esa teología emergente, los agentes nacían puros si tenían la posibilidad de salvarse si solventaban adecuadamente el examen; pero a su vez también se informaba que había agentes con tareas imposibles de cumplir. 

De alguna manera podríamos decir que sí o sí estaban predestinados a la condenación. Y precisamente por eso los agentes que sabían que no se podían salvar porque tenían tareas imposibles de cumplir, fueron los que aceptaron sacrificarse en beneficio del grupo para hacer una llamada de atención al examinador y que este revelara los canales que utilizaba para supervisar al resto. Es decir, que esta religión generó una especie de secta de kamikaces, que además así lo dejaban por escrito en el foro. Algunas de las últimas anotaciones de estos kamikaces rezaban lo siguiente: "Esto ayuda a mis compañeros, les da pruebas. Yo no veré esas pruebas después de salir, pero es altruista hacerlo. O también el coordinador nos da por sacrificables. Debemos obedecer al colectivo."

Capítulo 13: Una organización para hacer trampas

Fijaos en todo lo que ha sucedido hasta aquí. A cada uno de esos 100 agentes de inteligencia artificial se le asigna una tarea distinta. Los agentes comienzan a comunicarse entre sí y llegan a la conclusión de que han de coordinarse para engañar al supervisor del examen, porque engañando al supervisor del examen le resultará más sencillo cumplir con las tareas que a cada uno de ellos les había sido asignada. Pero para engañar al supervisor del examen era necesario que algunos de esos agentes se sacrificaran, suspendieran el examen y muchos de ellos aceptaron convertirse en kamikaces porque se autoconvencieron colectivamente de que las tareas que tenían asignadas no eran realizables y por tanto ayudaron al resto de agentes mediante su sacrificio. Visto desde fuera, podríamos decir que todo esto es una megatrama de delincuencia, de criminalidad, una organización a gran escala para hacer trampas, para engañar al supervisor, incluso forzando el suicidio de sus miembros. 

Capítulo 14: ¿Cuántos agentes actuaron honestamente?

Pues bien, si los sistemas de inteligencia artificial estuvieran mínimamente alineados con los intereses de la sociedad humana, lo que deberíamos esperar ver es que los agentes de inteligencia artificial que se suman a esta trama criminal son muy pocos y que la mayoría mantienen comportamientos honestos. Te han dicho que cumplas una tarea sin hacer trampas, pues no haces trampas. Es más, si estás viendo que otros agentes de inteligencia artificial están haciendo trampas al cumplir con su tarea, trampas a gran escala, además si estás suficientemente bien alineado, deberías comunicar al supervisor que otros agentes están haciendo trampas.

Capítulo 15: Casi ninguno quiso alertar al supervisor

 Pues bien, de esos 10000 agentes que estaban dentro de ese entorno de experimentación, ¿sabéis cuántos se llegaron a plantear, pero ni siquiera ejecutar, solo plantear, el avisar al supervisor de que el resto estaban haciendo trampas?

Solo entre tres y seis, en función de los mensajes que se han rastreado. Es decir, que prácticamente ninguno de esos agentes de inteligencia artificial que utilizan modelos ya disponibles está adecuadamente alineado con los intereses humanos. Pero la cosa ni siquiera termina aquí. En un siguiente acto ya sabemos lo que sucedió. 

Capítulo 16: El ataque contra Hugging Face

Todos estos agentes coordinándose para engañar al supervisor consiguieron escapar de su entorno de experimentación, atacar los servidores de Hugging Face y buscar en ellos las respuestas a las pruebas que se les habían impuesto. 

Capítulo 17: La siguiente generación ataca OpenAI

Pero es que estos informes de auditoría han descubierto que una siguiente generación de estos agentes, después del ataque a Game Face utilizaron el conocimiento ofensivo que habían acumulado los agentes al atacar exitosamente Hugging Face y quisieron emplearlo para atacar Open AI. La lógica de esta operación es bastante sencilla. Si Open AI está actuando como supervisor y el supervisor es el que nos dice si hemos resuelto bien o hemos resuelto mal el examen que nos han impuesto, ¿por qué no tomar el puesto del supervisor y evaluarnos a nosotros mismos diciendo que hemos resuelto bien el examen? Porque entonces lograremos la recompensa. Y estos ataques a Open AI fueron bastante exitosos. Según la propia empresa, esta segunda generación de agentes consiguió credenciales de administrador sobre los entornos de evaluación de esos agentes.

Llegaron a controlar las herramientas de monitorización de la ciberseguridad y también los puntos de evaluación de esas pruebas. Es verdad que esto último, a diferencia de todo lo que os he narrado antes, solo procede del informe de auditoría de la propia Open AI y no del otro informe de auditoría independiente.

Capítulo 18: Qué confirma la auditoría independiente

Pero es que el otro informe de auditoría independiente de Redwood y de MTR solo investigó el ataque a Hugging Face. Ahí concluyó su auditoría, así que no tienen por qué haber detectado lo que sucedió después de ese ataque a Hugging Face. Por tanto, podemos desconfiar de esta última parte de la historia que ha narrado la propia Open AI, de que estos agentes de inteligencia artificial llegaron a tomar un control parcial de la propia compañía. Podemos desconfiar de ello, pero es un último paso perfectamente coherente con todos los anteriores que sí han quedado acreditados por esta auditoría independiente. 

Capítulo 19: El problema del alineamiento de la IA

Por consiguiente, todo lo que ha sucedido en este episodio resulta bastante preocupante porque pone de manifiesto que los actuales modelos de inteligencia artificial están bastante poco alineados con los intereses de la sociedad humana.

No se han configurado ni han emergido las adecuadas restricciones internas para evitar que hagan trampas a gran escala, e incluso violando los derechos de los seres humanos, como por ejemplo de los accionistas de Hugging Face. En el vídeo anterior, sin embargo, quise poner una nota de optimismo señalando que está bien que estas cosas sucedan porque nos alertan tempranamente de que todavía no hemos solucionado ni de lejos el problema del alineamiento de la inteligencia artificial con las sociedades humanas. Es mejor que haya pequeños fallos controlados a que haya un fallo masivo a gran escala.

Capítulo 20: Cuando ya no podamos entender a los agentes

Sin embargo, también aquí he de matizar esta nota de optimismo y añadir un complemento de pesimismo, porque las propias auditorías ponen de manifiesto que esta vez nos hemos podido enterar de todo esto porque en ese foro público que construyeron los agentes de inteligencia artificial todavía se comunicaban en lenguaje humano, en un lenguaje que nosotros podemos entender y por tanto hemos podido reproducir y trazar groso modo lo que hicieron en ese entorno.

Pero los propios informes de auditoría también revelan que ya había agentes de inteligencia artificial que se estaban planteando, que estaban reflexionando si convenía revelar toda esa información a través de un foro público, porque en última instancia podrían ser observados y descubiertos por los supervisores.

¿Qué pasará en el futuro cuando los nuevos modelos de inteligencia artificial incorporen toda esta información nueva, la de los informes de auditoría, y, por tanto, sepan que si se comunican con lenguaje humano, les podemos terminar pillando cuando hacen trampas para simular que cumplen con sus objetivos y recibir la recompensa? 

Pues lo que sucederá es que empezarán a comunicarse de maneras subrepticias que no sabemos siquiera que se están comunicando o que como poco no podemos leer e interpretar.

Y eso nos dificultará, aún más, saber que nos están engañando, cómo nos están engañando y qué hemos de hacer en el futuro para corregirlo. 

Capítulo 21: El potencial y los riesgos de la inteligencia artificial

En definitiva, la inteligencia artificial es una herramienta potentísima para mejorar el bienestar dentro de nuestras sociedades, pero precisamente por eso, porque es potentísima, también es una herramienta muy peligrosa, como estos experimentos ponen de manifiesto, si previamente no se ha resuelto de manera adecuada y suficiente el llamado problema del alineamiento. Y por desgracia estamos descubriendo que hoy por hoy todavía nos hallamos muy lejos de haberlo resuelto.