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miércoles, 21 de enero de 2026

El infanticidio y destrozo a las mujeres caídas de Irlanda

 El cruel drama de las "mujeres caídas": cómo Irlanda destrozó la vida de más de 60.000 madres, en El Mundo, Andrés Seoane, 6 mayo 2025:

Auspiciada por el Estado y dirigida por la Iglesia, entre 1922 y 1998 existió una red de hogares para madres y bebés que provocó la muerte de más de 9.000 niños. Caelainn Hogan narra su terrible historia en ‘La república de la vergüenza y reclama justicia. "Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes". Hay sábanas con los nombres de los casi 800 niños muertos colgadas en las puertas de la fosa común de 796 bebés hallada en el antiguo Hogar para madres y bebés de Tuam, Galway.

El libro es La república de la vergüenza, por Caelainn Hogan. Traducción de Elena Pérez San Miguel. Errata Naturae. 328 páginas.

En 2014, Irlanda se vio sacudida por una noticia impactante. Según las investigaciones de la historiadora local Catherine Corless los cadáveres de casi 800 bebés y niños yacían en los terrenos del Hogar para Madres y Bebés Bon Secours de su pueblo, Tuam, ubicado en el condado de Galway al oeste del país y regentado entre 1925 y 1961 por las Hermanas del Buen Socorro. Corless descubrió cientos de certificados de defunción -las causas de muerte más comunes apuntadas eran debilidades congénitas, enfermedades infecciosas y desnutrición- pero ningún registro de entierro.

Ante el revuelo del caso, se abrió una investigación y entre 2016 y 2017 las excavaciones realizadas en una fosa común sin marcar, ubicada en la antigua fosa séptica del edificio, revelaron los restos de 796 individuos de edades comprendidas entre las 35 semanas de gestación y los tres años. La gravedad del horrible hallazgo llevó a la creación de una Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés que se propuso explorar y documentar el legado persistente de las instituciones religiosas en Irlanda.

Fue en ese 2017, con la polémica candente, cunado la periodista experta en conflictos, migración y marginación Caelainn Hogan (Dublín, 1988), regresó a su Dublín natal tras varios años trabajando en países como Nigeria, Sudáfrica, Estados Unidos, Siria o España -donde escribió reportajes sobre el movimiento antidesahucios y las protestas de los indignados-. "Ese año ocurrieron en Irlanda muchas cosas que generaron un profundo debate social sobre el embarazo y los derechos reproductivos, las personas separadas de sus hijos y el trato que la Iglesia y el Estado habían dado a las mujeres embarazadas y sus bebés. Muchos supervivientes comenzaron a la voz y a contar sus terribles historias, y al empezar a hablar con ellas me di cuenta de que era un problema persistente, que no era algo del pasado o de la historia, sino que afectaba a miles de vidas hoy en día".

De todas esas conversaciones, reportajes e investigaciones nació el espeluznante y conmovedor ensayo La república de la vergüenza (Errata Naturae), que recoge muchos de estos testimonios y glosa el funcionamiento de esta red de instituciones, regentadas por la Iglesia pero apoyadas y sufragadas por el Estado, para ocultar, castigar y explotar a las llamadas "mujeres caídas o descarriadas". Narrado en primera persona, Hogan, hija de padres que nunca se casaron, comprobó con espanto que ella misma y su madre podían haber acabado en un lugar así.

"No hablé con nadie en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones. Nací en 1988, y sólo un año después de que el estado cambiara la ley de ilegitimidad (Legitimacy of Children Act) [hasta 1987 los hijos nacidos fuera del matrimonio tenían en Irlanda un estatus legal inferior], así que si hubiera nacido solo unos meses antes... Al hablar con supervivientes descubrí que muchas mujeres y niñas todavía eran enviadas a estos hogares para madres y bebés en mi época, y que el último, en Donegal, dirigido por laicos, pero con una fuerte influencia de la Iglesia, no cerró hasta 2006", explica. "También descubrí que era algo mucho más común de lo que parece, no hablé con ninguna persona en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones".

Las popularmente conocidas como lavanderías de la Magdalena nacieron en el siglo XVIII para ayudar a mujeres que habían caído en la prostitución, a las que buscaban trabajo como lavanderas o sirvientas, pero en el siglo XX sus prácticas habían cambiado mucho. Regentadas por órdenes de monjas como las Hermanas del Buen Socorro, de la Misericordia, del Sagrado Corazón o las Hijas de la Caridad, estas instituciones repartidas por todo el país se convirtieron en lugares donde niñas y mujeres, llamadas "penitentes" eran encarceladas y condenadas a la servidumbre. Y en los hogares maternales, las mujeres que habían quedado embarazadas fuera del matrimonio eran ocultadas, y en la mayoría de los casos sus bebés eran adoptados, muchas veces ilegalmente.

Miedo, culpa y vergüenza

"En los años 90, mucha gente comenzó a hablar sobre lo que les había sucedido en estas instituciones religiosas y eso erosionó la autoridad y el poder casi omnipotente que la Iglesia había tenido en el país. Se comenzaron a investigar cosas como y el abuso infantil sistémico en escuelas y reformatorios y también los casos de las lavanderías de la Magdalena y los hogares para madres y bebé, descubriendo poco a poco la trama de encarcelamientos, trabajos forzados, abusos sexuales, maltratos físicos, negligencias médicas", explica la autora. El libro relata muchas experiencias escalofriantes de estas "penitentes", algunas enviadas allí por sus propias familias, otras convencidas por monjas y sacerdotes, algunas embarazadas a raíz de violaciones dentro o fuera del hogar familiar...

"Se las obligaba a trabajar gratis y se les negaba cualquier contacto con sus hijos, incluso información. A veces, pasaban toda su vida en estas instituciones hasta su muerte, y muchas llegaron a tomar los votos para mejorar algo su vida. Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes", resume Hogan para quien lo peor de todo era el estigma, "la culpa, el miedo y la vergüenza" que las religiosas inculcaban en las mujeres. "Los embarazos eran tratados como delitos, así que ellas eran tratadas como delincuentes y se hablaba en términos penales de sus embarazos y sus hijos. Lejos de ser refugios u hogares, eran prisiones reales y morales que causaron un daño inconmensurable a generaciones enteras". "Muchas madres vivieron toda su vida en silencio. Lo peor es la sensación de vergüenza, miedo y culpa que se les inculcó"

Y, todo ello ocurrió, como destaca Hogan, con la connivencia del Estado. "Aunque estos centros ya existían, desde 1922 [año de la independencia de Irlanda] fue muy útil para el Estado poder recluir a mujeres y niños en estas instituciones y ceder ese poder a la Iglesia en lugar de tener que mantener a estas familias que consideraban inferiores e inmorales. Hasta los años 70 no existía ningún tipo de apoyo o ayuda social para las madres solteras porque el Estado no las consideraban familias ante la ley y no querían apoyarlas", denuncia Hogan.

"Por eso, estaban felices de enviarlas a instituciones, de pagar su internamiento a las monjas y hacer desaparecer lo que consideraban un problema, la prueba de la sexualidad extramatrimonial, algo que la Iglesia y el Estado afirmaban que no debía existir. Irlanda era una teocracia de facto y en este ideal de nación católica perfecta las mujeres y niñas embarazadas, eran un desafío literalmente físico. Y fueron tratadas como una amenaza y desaparecieron a través de estas instituciones".

El último hogar de este tipo cerró sus puertas en 1998, sin embargo, la sombra de estos lugares sigue muy viva en la memoria irlandesa, donde si bien sigue existiendo una enorme influencia de la Iglesia, la conservadora, restrictiva y patriarcal moral social que permitió la normalización y larga supervivencia de estas instituciones está en extinción, como apunta Hogan con un ejemplo.

"En 2018, el año de la visita del Papa, aprobamos un referéndum a favor del derecho al aborto y de la derogación de la prohibición constitucional del aborto", explica. "Durante la misa papal charlé con varias mujeres de fe para quienes ver al Papa significaba mucho. Pero también habían votado a favor de la derogación de la prohibición del aborto y eran proelección. Y no son casos aislados. La Iglesia debe lidiar con que mucha gente en sus filas cree en una mayor igualdad y libertad de la que ellos ofrecen actualmente".

En busca de justicia

En 2021 se publicó, tras varios retrasos, el informe de la Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés, y los datos fueron demoledores. Casi 60.000 madres solteras y unos 57.000 niños, de los cuales más de 9.000 murieron, pasaron por los hogares investigados por la comisión en esos más de 70 años, la mayoría entre las décadas del 60 y 70. Se sucedieron las disculpas públicas, del Taoiseach Micheál Martin al propio Papa Francisco, pero, como denuncia Hogan, los resultados han sido más bien escasos.

"El Estado está dilatando y restringiendo las indemnizaciones, pero si los afectados mueren sus familias seguirán reclamando justicia". "En cuanto a la Iglesia, las órdenes religiosas implicadas se han negado, en su mayoría, a ofrecer compensación económica a las víctimas e incluso a ofrecer información a muchos supervivientes sobre sus hijos o mares, lo que es terrible", lamenta. "En Bessborough, hogar ubicado en Cork, sabemos hoy que murieron más de 900 niños, pero aún desconocemos dónde están enterrados más de 800".

Sin embargo, la periodista considera todavía más mezquina la actitud del Gobierno irlandés. "Se aprobó un plan de reparaciones del que, de golpe, se excluyó a unos 20.000 supervivientes de forma arbitraria, con excusas tan peregrinas como que no habían pasado más de seis meses en estos hogares. Además, de los 800 millones de euros previstos, hasta ahora sólo se han gastado 55", denuncia.

También, abunda, se les niega a muchos su identidad real, prohibiéndoles acceder a sus historiales médicos y partidas de nacimientos, incluso amparándose en las leyes de protección de datos de la Unión Europea. "Todas las promesas comienzan a parecer pura palabrería. La mayoría de esta gente sólo quiere respuestas, saber donde está enterrado su bebé o su madre. El Estado está dilatando, negando y restringiendo las indemnizaciones, pero no entienden que si los afectados mueren sus familias continuarán reclamando justicia. El silencio se ha roto y la verdad, al final, triunfará", concluye.

El franquista Patronato de Protección a la Mujer

 Celda, oración y castigo: la oscura máquina de represión sexual y moral de la mujer en el franquismo, en El Mundo, Irene Merayo Alba, 21 enero 2026: 

El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución clave del franquismo dedicada a vigilar, internar y corregir a quienes se apartaban del ideal femenino del nacionalcatolicismo, cuenta Carmen Guillén en el libro 'Redimir y adoctrinar'. Celda, oración y castigo: la oscura máquina de represión sexual y moral de la mujer en el franquismo

La historia es un relato de silencios: casi tanto importa lo contado como aquello que permanece en la sombra. El recién terminado 2025 marcó 40 años -que no son tantos- desde el cierre de una de las instituciones más oscuras y desconocidas del franquismo, tan arraigada que sobrevivió incluso al régimen: el Patronato de Protección a la Mujer. Sin embargo, el desaparecido organismo no está en el imaginario colectivo de la mayoría de los españoles.

El Patronato fue concebido como un organismo de control moral femenino, basado en un sistema carcelario, trabajos forzados, oración, disciplina y castigo, legitimado por el nacionalcatolicismo, con esa alianza entre Iglesia y Estado. A pesar de que la institución existía desde tiempos previos -durante la II República operaba con fines más laicos-, fue el régimen franquista el que le dio esta finalidad en 1941 y hasta 1985, cuando experimentó un final paulatino ya bien entrada la democracia, regulado por una legislación entonces obsoleta, de 1952.

La historiadora Carmen Guillén (Mazarrón, 1988) realiza un brillante trabajo en Redimir y adoctrinar (Crítica), un libro que nace a partir de su tesis doctoral y que, por primera vez, arroja luz a una institución durante décadas casi desconocida a diferencia de otras similares como la Sección Femenina (activa de 1934 a 1977) o Auxilio Social (1936 a 1976). Estas fueron disueltas al poco tiempo de llegar la democracia y no tuvieron un papel tan relevante como el Patronato en la represión sexual de la mujer de la época.

La institución, presidida de manera honorífica por Carmen Polo, esposa de Franco, se convirtió rápidamente en un elemento clave del sistema represivo del régimen. En un inicio, se concibió con el objetivo específico de "redimir" a la prostituta, por considerarse la antítesis de la "mujer ideal" que promovía el franquismo. Sin embargo, la moral imperante pronto decidió extender estos castigos, disfrazados de asistencia social, a toda aquella que no encajase en el paradigma establecido, pasando a marcar a todas ellas con la etiqueta de "mujeres caídas" y con el peligro adicional de que su principal objetivo eran las menores de edad, llegando a causar daños irreversibles en su desarrollo ya no solo como mujeres sino como personas.

Aunque, como se dice, el Patronato se justificó oficialmente como una respuesta a la prostitución, su radio de acción fue, en la práctica, mucho más amplio. Por la falta de documentación clara, se desconoce el número exacto de víctimas -Guillén estima que serían varias decenas de miles-, pero la autora subraya que el porcentaje de mujeres internadas por ejercer la prostitución fue mínimo.

La mera sospecha de que una mujer no se ajustase al modelo femenino dominante -ser joven, pobre, rebelde, soltera, miembro del colectivo LGTBI o simplemente vulnerable- podía bastar para activar los mecanismos de control. La institución funcionó así como una red de vigilancia moral desplegada sobre el conjunto de la población femenina por todo el territorio. El discurso oficial fue que el objetivo fundamental que se perseguía era redimir a la "mujer caída" y ayudar a la que está en peligro de caer, siempre bajo criterios arbitrarios.

El proceso de ingreso no requería una intervención judicial. Las denuncias procedían con frecuencia del entorno más cercano: familiares, vecinos... "La sociedad española se convirtió de alguna forma en el mejor aliado del Patronato", afirma Guillén. El régimen logró que todos interiorizasen de tal manera el discurso sobre los roles de género que el control dejó de ser exclusivamente institucional para convertirse en una práctica social compartida. La vergüenza, el miedo y el estigma actuaban como mecanismos disciplinarios tan eficaces como el resto de castigos formales.

Una vez dentro, la vida cotidiana en los centros del Patronato -a menudo propiedades de congregaciones religiosas, a modo de reformatorios encubiertos- estaba marcada por la disciplina, el trabajo forzado y el adoctrinamiento religioso. Lejos de cualquier finalidad asistencial, la institución funcionaba como un sistema de reeducación moral. "Fundamentalmente lo que se quería era adoctrinar a la población femenina, anestesiar su capacidad de pensamiento crítico", explica Guillén. La mujer era concebida como una pieza clave en la transmisión de los valores del régimen: responsable del hogar, de la familia y de la educación de los hijos, su desviación suponía una amenaza para el orden franquista y su adecuación al régimen era de un valor incalculable, puesto que crearía hijos igualmente adeptos.

En Redimir y adoctrinar, Carmen Guillén describe con detalle un sistema de castigos que no respondía a faltas concretas, sino a una lógica disciplinaria permanente. Las sanciones incluían el aislamiento en celdas, la retirada de correspondencia, la prohibición de visitas, la humillación pública o los traslados forzosos entre centros de provincias lejanas, una de las prácticas más temidas. El castigo no tenía tanto una función correctiva como ejemplarizante: generar miedo, obediencia y, sobre todo, sumisión.

El control se extendía también al cuerpo y a la maternidad. Aunque buena parte de estos episodios siguen siendo difíciles de documentar por el cierre de archivos, el libro recoge testimonios que apuntan a separaciones forzosas de madres e hijos, embarazos vividos bajo una vigilancia extrema y una gestión de la maternidad atravesada por la culpa y el castigo. En junio del año pasado tuvo lugar un acto simbólico por parte de la Iglesia para con las supervivientes -como prefieren ser llamadas-, en el que "no se les permitió hablar de bebés robados, de daños físicos o de suicidios", denuncia Guillén, subrayando que incluso hoy sigue existiendo resistencia a nombrar todas las violencias ejercidas dentro de estas instituciones.

El control se ejercía a través de una estructura jerárquica perfectamente organizada, con una junta central en Madrid, juntas provinciales y locales, y una amplia red de personal femenino. Las congregaciones religiosas asumieron un papel central en el funcionamiento diario de los centros. "Sin ellas el Patronato no sería nada", afirma la historiadora. Eran las encargadas del adoctrinamiento cotidiano -oración, los llamados ejercicios espirituales, asistencia a misa-, de la evaluación de las internas y de decidir cuándo podían abandonar la institución.

Durante décadas, el Patronato de Protección a la Mujer ha permanecido fuera del relato dominante sobre la represión franquista. A diferencia de otras formas de violencia más visibles -fusilamientos, cárcel, exilio o depuración administrativa-, la represión moral y sexual ejercida sobre las mujeres no encontró un lugar claro en la memoria colectiva ni en la historiografía: "Dentro de la narrativa creada no está esta represión, porque se ejerció principalmente hacia el colectivo femenino", explica la autora, pues además el franquismo jamás contó con ningún tipo de institución que controlase la moral de los hombres.

Esta invisibilidad no fue casual, sino que tuvo varias causas. Por un lado, estuvo condicionada por la naturaleza misma de la violencia ejercida: cotidiana, íntima, silenciosa, más lejos del espacio público. Por otro, por la enorme dificultad para acceder a las fuentes. Buena parte de la documentación del Patronato desapareció o quedó fragmentada. "Hace una década, cuando empecé a trabajar sobre el tema, me dijeron que se habían conservado 1.133 cajas de documentación, pero que tras una inundación en los años 90 solo quedaban 31", explica la historiadora. A ello se suma la dificultad de acceder a archivos por la legislación vigente: la Ley de Protección de Datos y los plazos de acceso establecidos por la Ley de Memoria Histórica impiden todavía consultar una parte sustancial del material, especialmente la correspondiente a los últimos años en que la institución estuvo en activo.

Las vías de salida del Patronato eran tan restrictivas como el propio sistema. Oficialmente, solo existían dos: el matrimonio o la vida religiosa. Algunas mujeres eran colocadas como trabajadoras domésticas en hogares considerados "adecuados", de familias "de bien". En la práctica, la fuga fue una de las formas más habituales de abandonar los centros, e incluso muchas internas llegaron a quitarse la vida ante la desesperación. Los criterios para decidir quién estaba preparada para salir eran, como reconoce Guillén, "tremendamente ambiguos", al depender de nuevo de juicios morales subjetivos.

Es evidente que el dolor no terminaba al cruzar la puerta. El paso por el Patronato dejaba una marca imborrable. "No es solo un daño puntual, sino que es transversal a toda una vida", explica la historiadora. Muchas supervivientes relatan haber sufrido durante décadas ansiedad, miedo, estrés postraumático y un profundo sentimiento de estigmatización. A ello se sumaba el silencio: durante años, muchas no contaron su experiencia ni siquiera a sus familias. La vergüenza y el tabú sellaron ese mutismo colectivo y una autocensura femenina que sobrevive, aunque diferente, décadas después.

La herencia incómoda

Uno de los aspectos más perturbadores que revela Redimir y adoctrinar es la continuidad del Patronato más allá de la muerte de Franco. Lejos de desaparecer con el fin del régimen, la institución siguió funcionando durante años en un contexto ya democrático, amparada por una legislación heredada y por la inercia administrativa. "No hubo una ruptura clara", explica Guillén, sino un desmantelamiento lento y silencioso que permitió que muchas de estas prácticas se prolongaran bien entrada la Transición, hasta 1985.

La ausencia de una depuración institucional y la falta de reconocimiento de las víctimas contribuyeron a reforzar el silencio. Durante décadas, el Patronato quedó fuera del debate público y de las políticas de memoria, lo que explica en parte por qué se prolongó tanto y por qué su historia sigue siendo hoy tan desconocida. No fue solo una cuestión de olvido, sino también de incomodidad: asumir lo ocurrido implica reconocer que la violencia moral contra las mujeres no terminó con la muerte del dictador.

En tiempos polarizados en que, frente a los avances en igualdad, algunas mujeres jóvenes llegan a romantizar modelos de feminidad conservadora como el de las tradwives, Guillén concibe su libro como una advertencia y una herramienta para pensar el presente y recordar hasta qué punto estos ideales de mujer "correcta", obediente y sacrificada no son naturales o biológicos, sino construcciones históricas que, cuando se institucionalizan, generan pequeñas violencias en el día a día actual.

El pasado año el Gobierno de España reconoció a la primera víctima del Patronato, Eva García de la Torre, y con ella muchas otras mujeres han comenzado a contar públicamente su experiencia en los últimos años. Tras más de una década de trabajo, la historiadora habla de un "momento dulce": un tiempo en el que, por primera vez, existe investigación y, sobre todo, una atención social creciente hacia una historia que permaneció enterrada.

Actualmente hay un movimiento colaborativo en el proceso de recuperación de la memoria del Patronato. "Ahora somos más de 30 o 40 investigadoras trabajando sobre la institución", señala Guillén. Todas ellas, mujeres.

Ese impulso no responde solo a una deuda con el pasado, sino a una necesidad contemporánea. "Conocer de dónde vienen estos discursos es el primer paso para poder eliminarlos y garantizar que no se repitan", afirma Guillén. Mirar de frente al Patronato es un ejercicio de memoria histórica, pero también una forma de entender cómo ciertas ideas sobre la culpa, la maternidad o el lugar de la mujer siguen pesando, todavía hoy, sobre los hombros de varias generaciones.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Preguntas que las mujeres evaden con mentiras.

Según una psicóloga. Preguntas que una mujer nunca contestará con la verdad.

¿Cuántos hombres has tenido?
¿Sientes atracción por tus amigos hombres?
¿Eres realmente feliz conmigo?
¿Alguna vez has sido infiel emocionalmente?
¿Todavía sientes algo por tu ex?

Lo que hay que hacer es creer en sus acciones y no en sus palabras. Y cuanto más tranquilo eres, mayor será su sinceridad.

Señales que hay que descifrar cuando una mujer desea a un hombre

 7 Palabras Que Ella Dice Cuando Está Deseándote (Pero las Disfraza) 

Marian Rojas Estapé. [Transcripción de vídeo de YouTube]

Índice:

El lenguaje emocional oculto  e indirecto de las mujeres.

Palabra #1: Cuando disfraza el deseo con cortesía.

Palabra #2: El poder de la insinuación silenciosa.

Palabra #3: Cuando dice “no sé”, pero quiere algo más.

Palabra #4 y #5: Lo que realmente significan sus silencios.

Palabra #6 y #7: El lenguaje del afecto y el deseo.

Conclusión y reflexión final.

[...]

Te prometo que cuando termines de escuchar este vídeo vas a empezar a ver patrones que antes eran invisibles para ti. Vas a reconocer momentos del pasado y vas a pensar, "Dios mío, ¿cómo no me di cuenta en ese momento?" Pero lo más importante es que vas a poder reconocer estas señales en tiempo real, en tus interacciones presentes y futuras, y eso puede cambiar completamente la calidad de tus relaciones. 

Empecemos con una de las frases más sutiles, pero más reveladoras. Cuando una mujer te dice: "Qué interesante eso que haces", especialmente cuando se refiere a tu trabajo, tu pasión, tu proyecto personal, no estás simplemente haciendo conversación educada. Lo que está sucediendo a nivel neurológico es fascinante. Su cerebro está activando lo que llamamos el sistema de apego y el sistema de admiración, dos circuitos neuronales que son fundamentales en la formación de vínculos románticos profundos. Verás, para el cerebro femenino la admiración es un precursor poderoso del deseo. No estamos hablando de admiración superficial, estamos hablando de un reconocimiento genuino de tu valor como persona, de lo que aportas al mundo, de tu propósito. Y esto activa en su cerebro una cascada de neurotransmisores, particularmente dopamina y oxitocina, que son las sustancias químicas del vínculo y la atracción. Pero aquí está el matiz importante que no puedes perderte. No es solo que diga que algo es interesante, es como lo dice, es el contexto en el que lo dice, es si hace preguntas adicionales, si genuinamente quiere saber más, si sus ojos se iluminan cuando hablas de ello. Una cosa es decir por cortesía, "Ah, qué interesante" y cambiar de tema inmediatamente. Otra muy distinta es cuando ella profundiza, cuando quiere saber los detalles, cuando te hace preguntas que demuestran que realmente está prestando atención y que tu mundo interior le importa. Recuerdo a un paciente que vino a mi consulta absolutamente confundido, porque una colega de trabajo con la que había desarrollado una amistad de repente había dejado de hablarle. Él insistía en que solo eran amigos, que nunca había habido nada romántico. Pero cuando me contó sus interacciones, resulta que esta mujer constantemente le preguntaba sobre su trabajo como arquitecto. Quería saber sobre sus proyectos. Le pedía que le explicara conceptos técnicos. Se quedaba después de las reuniones para seguir conversando sobre sus ideas y él, completamente ciego a las señales, la trataba exactamente igual que a cualquier otro compañero de trabajo. Cuando finalmente ella conoció a alguien más y empezó una relación, dejó de buscar conversaciones con mi paciente y él sintió la pérdida, pero no entendía por qué. Le dolía perder esa conexión, pero no se daba cuenta de que lo que ella había estado buscando todo ese tiempo era algo más profundo y sus palabras de admiración por su trabajo eran en realidad una invitación a que él viera el interés romántico que había detrás.

Palabra #2: El poder de la insinuación silenciosa 

El cerebro femenino usa la admiración como una puerta de entrada al deseo porque es seguro, porque no la expone demasiado, porque si tú no correspondes, ella puede retroceder fácilmente sin haber arriesgado demasiado su dignidad. Es una forma inteligente, sofisticada de testear el terreno. Y si tú respondes bien, si tú también muestras interés en su mundo, en lo que ella hace y le apasiona, entonces esa puerta se abre más y más. Esta frase es absolutamente reveladora y la mayoría de los hombres la pasan por alto por completo. Cuando una mujer dice, "Deberíamos hacer esto más seguido después de pasar tiempo contigo", lo que su cerebro está comunicando es, "Estoy cómoda contigo. Disfruto tu compañía y quiero que esto que estamos compartiendo ahora mismo eh no sea un evento aislado, sino el comienzo de un patrón. Déjame explicarte la neurociencia detrás de esto. El cerebro humano y especialmente el cerebro femenino en el contexto de las relaciones está constantemente evaluando patrones y posibilidades futuras. No vive solo en el presente, vive en la proyección. Y cuando una mujer disfruta genuinamente de un momento contigo y su cerebro decide que esto es algo valioso, algo que quiere repetir, esa frase aparece de manera casi automática. Pero aquí está lo crucial. Ella no te está diciendo directamente, "Me gustas y quiero verte más". Está usando lo que llamamos una invitación indirecta. Está creando una apertura para que tú, si estás interesado, tomes la iniciativa de concretar ese más seguido. Y esto es importantísimo entenderlo porque si tú simplemente respondes, "Sí, totalmente", pero luego no haces nada al respecto, si no propones un plan concreto, si dejas que pasen semanas sin volver a conectar, su cerebro interpreta eso como falta de interés de tu parte." Y ahí es donde se produce uno de los malentendidos más dolorosos en las relaciones modernas.

Ella pensó que estaba siendo clara, queestaba abriendo una puerta, que te estaba dando luz verde. Tú pensaste que simplemente estaba siendo amable al estar de acuerdo. Y el resultado es que ambos terminan frustrados, ella sintiéndose rechazada y tú, sin entender que salió mal. He tenido mujeres en mi consulta que me dicen con lágrimas en los ojos. Le dije que deberíamos vernos más. Fui tan clara como pude ser, sin parecer desesperada. Y él no hizo nada. No me volvió a buscar. Obviamente no le interesaba. Y he tenido hombres que me dicen, "Pensé que solo estaba siendo educada. No quería incomodarla siendo intenso o pareciendo que malinterpretaba las cosas." Esto es lo que necesitas grabar en tu cerebro. Cuando una mujer sugiere repetir una experiencia contigo, cuando verbaliza el deseo de que algo se convierta en un patrón, no está siendo educada, está siendo valiente, está arriesgándose a comunicarte de la forma más segura que su cerebro le permite, que tú le importas, que disfruta de ti, que quiere más. Y tu respuesta a esa invitación debe ser igualmente clara, no con palabras vacías, sino con acciones concretas. Esta es una de las señales más profundas y significativas y también una de las más ignoradas por los hombres que no entienden cómo funciona la intimidad emocional en el cerebro femenino. 

 Palabra #3: Cuando dice “no sé”, pero quiere algo más

Cuando una mujer te dice que nunca había compartido algo contigo, que no suele hablar de cierto tema, que eres de las pocas personas con las que se siente cómoda siendo vulnerable, eh, lo que está sucediendo es absolutamente extraordinario desde el punto de vista neurológico. El cerebro tiene un sistema de evaluación de seguridad que está constantemente activo, particularmente en las mujeres que evolutivamente han tenido que ser más cautelosas con quien confían debido a factores de supervivencia y reproducción. Este sistema que involucra la amígdala y el córtex prefrontal está siempre preguntándose, ¿es seguro abrirme con esta persona? ¿Puedo confiar en que no van a usar mi vulnerabilidad en mi contra? ¿Esta persona va a respetar lo que comparto? Cuando ese sistema de seguridad determina que sí, que eres confiable, que eres diferente, que con contigo ella puede bajar sus defensas, se produce una liberación de oxitocina, la hormona del vínculo, y se establece lo que llamamos intimidad emocional. Y aquí está el punto crucial que muchos hombres no entienden. Para las mujeres, la intimidad emocional es el camino más directo hacia el deseo físico. No funciona al revés, como muchas veces sucede en los hombres, donde el deseo físico puede llevar a la intimidad emocional.

Palabra #4 y #5: Lo que realmente significan sus silencios

En las mujeres, el cerebro necesita sentirse emocionalmente seguro y conectado para que el deseo físico florezca completamente. Entonces, cuando ella te dice, "Nunca había hablado de esto con nadie", no está simplemente compartiendo un dato. Te está diciendo: "Tú eres especial para mí. Has conseguido acceder a una parte de mí que está cerrada para el resto del mundo. Confío en ti de una manera que no confío en otros." Y eso, neurológicamente hablando, es el fundamento sobre el cual se construye el deseo profundo y duradero. Tuve una paciente que me contó una historia desgarradora. Ella había compartido con un hombre que le interesaba un momento muy doloroso de su pasado, algo que raramente hablaba porque era muy personal y vulnerable. Ella pensó que él entendería la magnitud de lo que estaba haciendo, la confianza que estaba depositando en él, pero él simplemente dijo, "Gracias por compartir eso." Y cambió de tema incómodo con la profundidad emocional del momento. Ella se sintió expuesta, rechazada en su vulnerabilidad y se cerró por completo. Lo que podría haber sido el comienzo de una conexión profunda se convirtió en el final de cualquier posibilidad romántica. Cuando una mujer se abre contigo de esta manera, necesitas entender el regalo que te está dando. Necesitas honrar esa confianza no solo con palabras, sino con tu presencia, con tu atención plena, con tu reciprocidad. Porque si tú también te abres, si tú también compartes algo vulnerable, lo que sucede es que se crea un bucle de intimidad creciente que es la base de las relaciones más significativas y apasionadas. El humor es una de las herramientas más poderosas de conexión humana y el cerebro femenino es particularmente sensible a esto. Cuando una mujer te dice que la haces reír de una manera especial, que tu sentido del humor es diferente, que contigo se ríe de verdad, lo que está comunicando va mucho más allá de un simple cumplido sobre tus chistes. Déjame explicarte qué sucede en el cerebro cuando reímos. La risa activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, endorfinas y creando una sensación de placer y bienestar. Pero aquí está lo fascinante. Cuando esa risa es provocada por alguien específico, el cerebro empieza a asociar a esa persona con esas sensaciones positivas. Es condicionamiento clásico aplicado a las relaciones humanas. Cada vez que ella se ríe contigo, su cerebro está literalmente programándose para sentirse bien en tu presencia. Pero hay algo aún más profundo sucediendo. El humor compartido,  especialmente el humor que surge de referencias internas de historias que solo ustedes dos entienden, crea lo que llamamos un mundo relacional privado. Es como un lenguaje secreto que solo ustedes hablan y eso genera un sentido de conexión única, de ser un equipo, de estar en el mismo lado mirando al mundo juntos. Cuando una mujer verbaliza que tú la haces reír como nadie más, lo que está diciendo es, "Tú entiendes algo sobre mí que otros no entienden. Tú tocas una parte de mí, mi lado lúdico, mi niña interior, mi capacidad de no tomarme tan en serio de una manera que es única." 

Palabra #6 y #7: El lenguaje del afecto y el deseo

Y eso para el cerebro femenino es increíblemente atractivo porque sugiere compatibilidad profunda, sugiere que la vida contigo sería más ligera, más disfrutable, más viva. He visto esto una y otra vez en parejas exitosas. No son necesariamente las parejas más lógicas sobre el papel, no son las que tienen más en común en términos de hobbies o backgrounds. Son las parejas que tienen esa química del humor, que se hacen reír mutuamente, que encuentran diversión en la cotidianidad.

Y cuando estás en esas primeras etapas de conocer a alguien y ella te dice esto, es una señal clara de que hay una conexión real, de que su cerebro te está categorizando como alguien especial.

Pero ojo, y esto es importante, no estamos hablando de ser un payaso, no estamos hablando de estar constantemente tratando de hacerla reír como si fuera tu trabajo. Estamos hablando de un humor auténtico, de momentos genuinos, de risa compartida, de esa sensación de que juntos ven el mundo de una manera similar y pueden encontrar alegría en las pequeñas cosas. Esta frase es absolutamente reveladora sobre el estado neurológico de atracción. Cuando una mujer dice que contigo el tiempo pasa volando, que no se da cuenta de las horas, que siempre se sorprende cuando ve qué tarde es, lo que está describiendo es un estado de flujo social, un estado de absorción total en la interacción contigo. El  cerebro tiene una estructura llamada el reloj interno, que está regulado por el núcleo supraquasmático y otras regiones que nos mantienen conscientes del paso del tiempo. Pero cuando estamos profundamente absortos en algo, cuando estamos experimentando lo que los psicólogos llamamos flow o flujo, ese sentido del tiempo se distorsiona. Las horas pasan como minutos, nos olvidamos de comer, de revisar el teléfono, de todo lo demás que usualmente nos interrumpe. Esto solo sucede cuando el cerebro está completamente comprometido, completamente presente, completamente disfrutando de la experiencia. Y en el contexto de una interacción social, esto es una señal inequívoca de conexión profunda. 

Conclusión y reflexión final

Su cerebro está tan estimulado por tu presencia, tan gratificado por la conversación, tan enganchado en la dinámica entre ustedes, que literalmente pierde la noción del tiempo. Contrasta esto con las interacciones que sentimos que se arrastran, donde constantemente estamos mirando el reloj, donde 5 minutos parecen horas. Esas son interacciones donde el cerebro no está comprometido, donde hay incomodidad, aburrimiento o simplemente falta de química. Pero cuando ella verbaliza que contigo el tiempo vuela, te está diciendo: "Mi cerebro está feliz aquí."

sábado, 11 de octubre de 2025

Vida en un colegio mayor femenino

 I 

 Mi vida en un colegio mayor femenino y religioso: "Ya me relaciono con chicos en clase o saliendo de fiesta. Me parece más natural", en El Mundo, por Charo Lagares, 11 octubre 2025:

Han dejado sus casas y la minoría de edad. Aquí son nuevos hasta los acentos. En un colegio mayor femenino y religioso, la vida universitaria galvaniza su sentido: las estudiantes, de Palma de Mallorca a Buenos Aires, buscan la semilla de la curiosidad. En el camino encuentran una familia. Y, por norma, a sí mismas.

Algunas noches, los pasillos del Colegio Mayor Roncalli, femenino y religioso, se convierten en mosaicos. Las estudiantes imprimen fotografías y las colocan con cuidado, sin hacer ruido, sobre la madera. Toda tradición implica previsión, pero cada 12 meses se reproduce la sorpresa: tras la puerta de las fotografías convertidas en teselas biográficas está a punto de celebrarse un cumpleaños. Sus amigas se han ocupado de recolectar y componer lo que la generación a la que pertenecen debería disfrazarlas de alienígenas: un álbum físico.

Las imágenes reúnen migajas de los últimos años. Las de tercer curso han cumplido 20 y llegaron a la verja del colegio mayor aún trastabillando desde los 17, los resultados de la prueba de acceso a la universidad todavía frescos en las notificaciones, las consecuencias del mejor verano de sus vidas aún en las puntas del pelo quemado. Entre ellas, cuentan, se ha urdido una nueva red de apegos que las ubica entre la familia y la amistad. Frente a ellas desayunan, con ellas charlotean en el salón después de la cena, bajo el mismo techo duermen y aprenden a ajustar la rueca de la lavadora, junto al caballo de la otra se les aran los muslos de agujetas. Se hacen adultas con ellas.

Todas buscan lo mismo que perseguía María de Maeztu cuando en 1915 fundó la Residencia de Señoritas. Persiguen, cuenta Alejandra, de 21 años, nacida en Ciudad Real, aprender. "Mis tíos vinieron todos a colegios mayores y me lo recomendaron por las experiencias que vivieron. Me decían que lo bueno de un colegio mayor, aparte de tener la oportunidad de vivir en Madrid porque estudias aquí, es todo lo que te ofrece: las actividades, las relaciones que generas y la oportunidad de poder aprender. Se ofrecen muchas propuestas que igual en una residencia, que es más sólo para vivir, no. Y seguir aprendiendo fuera de la familia me parecía muy interesante".

A Ana, mallorquina al borde de la mayoría de edad y con el grado de Farmacia recién estrenado, le interesaba dar con un sitio en el que "hubiese más niñas que estuvieran pasando por la misma etapa que yo. Niñas que estuviesen en la universidad, que tuviesen más o menos mi edad y un poco mi estilo. Además de que, bueno, el ambiente femenino yo personalmente es en el que me siento más cómoda".

Orden y cobijo

Como en la residencia por la que pasó Elena Fortún o en la que impartió clase María Zambrano, tras las puertas del Roncalli sólo se admiten mujeres. A alguna la posibilidad de no tener que cruzarse con un chico a las siete de la mañana mientras va a desayunar con el pelo pugnando por transmutar en nido de cigüeña le supone un alivio. "Simplemente creo que voy a estar más cómoda", coinciden Alejandra y Virginia, ambas en último curso. "Hay otros momentos en los que puedes estar con chicos y creo que esto también te da una oportunidad para generar unas relaciones más fuertes entre compañeras. También pienso que cuando estás con chicos te puedes distraer con otras cosas. Hay más cotilleos. En los colegios mixtos pasan muchas cosas y aquí está bien aprender a dejar eso en otros aspectos de tu vida y centrarte en una convivencia más natural, donde puedas ser un poco tú misma. Aquí se genera un ambiente de confianza y a mí me parece un requisito superimportante para el sitio en el que vas a vivir y vas a pasar mucho tiempo".

"Nosotras somos tres hermanas y estoy acostumbrada a convivir con ellas. De hecho, hemos estado aquí las tres. Es tanta la convivencia que muchas amigas de aquí son como hermanas. Si estás mal, a quien recurres al final es a tus amigas del cole mayor. Ya me relaciono con chicos en clase, tomando algo o saliendo de fiesta. Me parece más natural". Ellos, por supuesto, pueden acceder a las instalaciones del colegio. En la pista de pádel, dos chicos juegan con dos colegialas. Hasta las 11 de la noche, el peloteo puede continuar. Después, cada mochuelo volará a su olivo.

Las benjaminas, Ana y Patricia, han llegado al salón de piedra del Roncalli también por recomendación familiar. Sus hermanas mayores inauguraron su vida universitaria tras las mismas paredes. Algunas aún lo hacen. Las ramas de una misma familia se enlazan en las casi 200 habitaciones que forman el edificio. Pero con sus colegialas de referencia no comparten apellido. Al aterrizar en Madrid, a cada estudiante se le asigna una madrina, otra residente con un par de años de experiencia como ventaja y estudios universitarios similares. A ella podrá recurrir si se atraganta con un proceso de solicitud de la facultad, si se le han extraviado unos manuales o si la nostalgia le está aguando los apuntes.

Familia a estrenar

En lugar de novatadas, prohibidas en el colegio, lo que la recién llegada recibe es una boya emocional. "Yo venía con cero expectativas, si soy sincera, pero te sorprenden porque te acogen muy bien, te arropan mucho. Después de todos los años que llevan el consejo y la directiva, saben lo que es irse de tu casa y dejar de repente a tu familia. Saben cómo ayudar a compensar. Están superpendientes. A veces te escribe a la subdirectora y te dice 'vamos a tomar un café' y tú 'ah, qué habré hecho', y era simplemente para hablar y preguntarte qué tal estás, cosas que crees que no necesitas y que luego te vienen fenomenal. Y al menos para nosotras", apuntan Alejandra y Virginia, "que hemos estado aquí mucho tiempo, muchas de las subdirectoras son casi amigas. Somos una familia. Nos tratan como iguales. Creo que este sentimiento de familia es bastante complicado conseguirlo en otras situaciones en tu vida. El nivel de profundidad de la sensación de casa que se genera aquí yo no me lo esperaba. Me da una alegría profunda, es igual que tener hermanas aunque no sean de mi carne, y pertenecer a una comunidad que no está formada sólo por tu grupo de amigas, sino también por otra gente con la que tienes la misma afinidad. Es algo que no me esperaba y que me ha encantado conocer y experimentar".

“Por todo lo que te ofrece, es más barato vivir aquí que en un piso”

Mientras María Ángeles Martín Rodríguez Ovelleiro habla, una estudiante se sienta en el reposabrazo de su sillón como si, en efecto, estuviera en casa. Ella lo está. Nació y se crio en el terreno del Roncalli. Su madre había sido la encargada de fundarlo en los años 50 y hoy ella, profesora de universidad, continúa la tarea. Supone uno de los excepcionales casos en los que la trabajadora vive en su puesto de trabajo. Marido, hijos y un dálmata que menea la cola por el vestíbulo incluidos. "Esto era un descampado. Tras la Guerra Civil se quiso reconstruir la zona universitaria y ella tuvo que pedir permiso a mi padre para solicitar un crédito y encargarse de este terreno. Era una situación muy inusual: mi madre, muy jovencita, con cuatro hijos y las uñas pintadas de rojo, al frente de un colegio".

A toda costa

A través de la Universidad de San Luis y de las relaciones que María Ángeles Rodríguez-Ovelleiro forjó con instituciones hispanoamericanas, las primeras residentes solían cruzar el Atlántico. Las hijas de algunos diplomáticos se sumaron. Nunca, presumen, se han visto obligadas a elaborar un plan de publicidad. El boca a boca ha encadenado las generaciones de estudiantes. "Yo estoy aquí como un homenaje a mi madre, que hizo una cosa espectacular. Sigue con sus labios y uñas rojas y, cuando la llamo para comentarle algo, todo le parece estupendo. ¿Septiembre? Le encanta septiembre porque se llena de niñas nuevas. Para ella, la universidad es una forma de ser. En casa podíamos, yo qué sé, ser traficantes de droga, pero había que ser universitario. Porque era una cualidad casi humana, del saber hacer, no solamente intelectual. Y para las mujeres en su época no era sencillo. La universidad para ella era algo tan virtuoso que no existía mejor cosa. Ahora lo damos por hecho, pensamos que es lo que hay que hacer, que es el trámite de una vida, cuando es y debería ser el origen del saber, de adquirir conocimientos y un saber estar en el mundo".

El resto del equipo directivo se reparte las tareas según sus dones. María organiza las conferencias. Cuida el saber. "El universitario es el que está abierto al mundo, al que todo le interesa. Vamos proponiendo temas que nos parecen que son importantes en ese momento para lograr una mirada más profunda sobre ellos. O igual sucede algo que les llama la atención, como cuando estalló la guerra de Ucrania o la expansión de la IA, y nos piden que se hable de ello". Marta, que "haría horas extra por verlas competir y superarse", se encarga de las actividades deportivas.

Todo incluido

Olena, de 21 años, refugiada por la guerra de Ucrania y becada en el colegio, es la única colegiala a la que la creación artística la seduce con más fuerza que la adrenalina. Es la que con frecuencia aparece registrada en los cursos de fotografía y teatro. Es la única que estudia Bellas Artes. El resto del alumnado, unas 180 estudiantes, se decanta por híbridos bilingües de Derecho y Administración de Empresas. Se infiltran entre ellas estudiantes de Ingeniería y Farmacia, pero la aspirante a empresaria domina las estadísticas. Cada familia paga por habitación unos 1.100 euros mensuales. Los precios, señalan desde la dirección, son "baratísimos. Nos están ahogando a tasas. Es mucho más barato vivir en un colegio mayor, por todo lo que te ofrece, que en un piso. El único requisito es que sean universitarias".

“Antes tenía actitud. Ahora, no. La convivencia te hace bajar a la tierra”

Mafalda está a punto de dejar de serlo. Va a terminar su ciclo universitario en la otra punta del mundo: en diciembre volará a Buenos Aires. Será un viaje de regreso. En ella reverbera el origen del colegio, ligado a las estudiantes hispanoamericanas. Por una cascada de recomendaciones familiares, la estudiante de Business Analytics y Relaciones Internacionales ha vivido durante los tres últimos años en el Roncalli. "Como ellos ya lo habían hecho, en mi familia me dijeron que tenía que vivir en uno. No entendía nada al principio: que si fiestas de novatos, que si capeas. Nada. Pero me dijeron: 'La vas a pasar bien, vos andá. Aunque quizás relajá un poco con lo argentino'. Yo esperaba que estuvieran como más relajadas acá, pero nada que ver: encontré a gente superintensa como yo, extrovertida, más introvertida, pero ya parte de mi grupo. También fui a un colegio de mujeres y allí había formado un grupo de amigas que no podría encontrar en otro lado. Son como mi familia. Y me pasó lo mismo acá".

Siente ahora, reconoce, cierta nostalgia por lo que no ha podido hacer. El viaje a Rusia que organizó el colegio por el centenario de la revolución, por supuesto, se lo perdió. La excursión cultural a Sicilia la ha pillado más cerca. Tras pasar por Tánger y la India, ahora el colegio, que entre semana organiza actividades de voluntariado entre las que se incluye el reparto de comida a las personas sin hogar, comienza a preparar un viaje benéfico a Inglaterra. "Creemos que es muy importante que se den cuenta del valor que tiene el otro, el valor que tiene uno mismo y el valor que tiene el tiempo cuando lo entregan".

Mafalda se lleva esa lección, unos truquitos para el perfeccionamiento de la siembra de botellas de alcohol no autorizadas en el jardín y el propósito de no poner etiquetas al resto ni a uno mismo. "Cuando llegué tenía mucha actitud. Y hoy en día, nada. Como que encuentro ese equilibrio entre el resto y yo. La convivencia te hace bajar a la tierra. Hay momentos de epifanía, como en la cena de Navidad, con todas las colegialas, con la dirección, con la gente que trabaja aquí y decís 'guau, qué flash'. En qué poco tiempo te sentís tan cómoda y tan vos misma con esta gente. Entonces te das cuenta de que estás viviendo esto y la suerte que tenés".

II

Sonia López Iglesias, experta en adolescentes: "Si un hijo nos habla mal, somos nosotros quienes tenemos que bajar las pulsaciones. Aunque nos saquen dos cabezas, ellos no son adultos", en El Mundo, Mar Muñiz, 8 octubre 2025:

A las familias nos preocupa que nuestros hijos no se suban a un coche con alguien que haya bebido, que no abusen de las pantallas, que estudien... pero no siempre pensamos en su salud mental. Esta autora ha publicado un libro que pone el foco en esta cuestión.

Sonia López Iglesias, experta en adolescentes: "Si un hijo nos habla mal, somos nosotros quienes tenemos que bajar las pulsaciones. Aunque nos saquen dos cabezas, ellos no son adultos". Lucas Raspall, experto en crianza positiva: "De niños, vienen llorando y pidiendo aúpa. Cuando a un adolescente le pasa algo, llega enfadado o echándonos la culpa, pero es lo mismo". La psicóloga Sara Tarrés destapa el penúltimo tabú de la crianza: sí, tu hijo puede caerte mal. Cristina Cuadrillero, experta en adolescentes, sobre las fiestas de graduación: "Estoy de acuerdo en reconocer el esfuerzo, pero sin florituras ni rivalidad por ver a quién le queda mejor el modelito"

La adolescencia nos trae a muchas familias por el camino de la amargura. En este penar hablamos de los dolores de cabeza que nos acarrea, de la ruptura de la armonía familiar, de "qué he hecho yo para merecer esto" y, en casos más excepcionales, soltamos un "anda, que si lo llego a saber...". Pero en estas escenas (quejas más bien) no ponemos la lupa en los objetos de nuestro desvelo, los propios adolescentes, y menos en cómo anda su estado emocional.

Hace unos años nadie hablaba de salud mental, pero ahora este tema ocupa lugares centrales del debate público. El 10 de octubre se celebra su Día Mundial y según la I Radiografía del Autocuidado de la Salud en España (ANEFP), tenemos cinco puntos débiles: el estrés, la ansiedad, las relaciones personales, el dinero y el trabajo. También, dice ese informe, los hombres y los mayores ofrecen más resistencia a ir al psicólogo que las mujeres y los jóvenes.

Siguiendo con los datos y, sobre todo, con los adolescentes, el último estudio de la OMS dice que el 15% de ellos padece alguna enfermedad mental y que el 60% ha manifestado episodios de ansiedad. Para la maestra, psicopedagoga y experta en adolescencia del Club de Malasmadres Sonia López Iglesias (Igualada, 1975), "no se trata de un asunto nuevo, sino de algo que está dejando de ser un tabú". "Pensábamos que era solo un problema sanitario, pero no, interpela a toda la sociedad. Es hora de invertir no solo en parches, sino en prevención", continúa López.

Después de escribir El privilegio de vivir con un adolescente (Destino, 2023), publica ahora Cuando la adolescencia duele (Destino), un libro que arranca con el prólogo de su hijo Xavier, de 17 años, titulado Te necesito a mi lado.

PREGUNTA. ¿A quién duele la adolescencia?

RESPUESTA. A ellos y a las familias. Es una etapa muy compleja para ambos. Los padres tienden a reaccionar ante conductas que son totalmente normales en esa etapa. Los hijos se sienten dolidos cuando los adultos no acompañamos sus necesidades, que son distintas a las de la infancia.

P. Cuando un adolescente habla mal a sus padres o les cierra la puerta en las narices, sabemos que no es nada personal, pero por eso, ¿debemos dejarlo pasar como si nada?

R. Soy docente desde hace 30 años y tanto en casa como en el instituto, dejo claro que tienen derecho a estar enfadados pero no a pagarlo conmigo. Valido tu emoción, pero no soy tu saco de boxeo. Tenemos que enseñarles desde niños que sus actos y decisiones tienen consecuencias.

P. Insistes en que las consecuencias deben ser lógicas. ¿Te refieres a proporcionadas?

R. No solo. Tiene que estar alineada también con el límite que se haya incumplido. Si ha venido sin avisar una hora más tarde, nada tiene que ver con que le quites el móvil. Lo que conviene es que el siguiente día venga una hora antes, para que entienda tu malestar. Y si lo cumple, recupera tu confianza y la hora de antes.

P. Suena bien, pero los límites nos traen de cabeza o, mejor dicho, su incumplimiento.

R. Con los adolescentes no podemos imponer límites, sino consensuarlos con con ellos. Así sera más fácil que tengan conductas adecuadas, aunque tendrán muchas desajustadas. Pero no lo hacen porque quieren, sino porque están removidos. Crecer duele. Están aprendiendo a tomar decisiones, que es algo que no han hecho nunca antes, y se equivocan, como los adultos. Además, la corteza prefrontal, que se ocupa de la organización, la organización, la regulación de impulsos, etc., está fuera de cobertura, en plena transformación, y por eso se desregulan tantas veces.

P. Y muchos adultos van (vamos) detrás...

R. No tenemos que justificar que se desregulen, pero saber por qué pasa nos sirve para no reaccionar igual y acompañar desde la calma. Como adultos tenemos que ser nosotros los que ayudemos a que ese cerebro madure, pero es difícil. Yo misma, que soy docente desde hace 30 años, hay días que no tengo la serenidad para acompañar como se debe. Nuestra misión es ocuparnos, formarnos y entender que portarse así es su forma de pedirnos ayuda, pero tampoco llenarnos de culpa.

PREGUNTA. ¿Cuáles son errores más comunes que cometemos los padres con los adolescentes?

RESPUESTA. El primero es no confiar en ellos, lo que nos lleva a sobreprotegerlos. Hay que darles estrategias y habilidades y sociales para que afronten retos, porque si no, se quedan desprotegidos precisamente. El segundo es no usar una comunicación respetuosa y afectiva. Si solo hacemos juicios de valor y soltamos el sermón él no va a mostrar interés para contar lo que le pasa: sus ilusiones, retos, problemas... Si solo le juzgamos no le dejamos experimentar y elegimos por ellos. Eso hace que cuando tengan que tomar decisiones, si no estamos a su lado se sienten desprotegidos y se frustran. Y otro error es pensar que no necesitan nuestra presencia y disponibilidad. Hay que estar, pero a una distancia prudencial; darles alas para volar y motivos para que quieran volver a nuestro nido.

P. ¿El vínculo se puede romper de modo irreversible?

R. Siempre hay una oportunidad para reestablecer vínculos. Siempre estamos a tiempo para cambiar las cosas. Pero tenemos que hacerlo los adultos. Ellos no pueden.

P. Pongamos algún ejemplo práctico. Si nos hablan sin respeto, ¿qué hacemos?

R. Como adultos tenemos que parar la conversación, porque ellos no pueden bjar la intensidad. Tenemos que poner espacio y bajar las pulsaciones. A veces nuestros hijos nos sacan dos cabezas y creemos que son adultos, pero no lo son. No podemos dejarnos llevar y contagiarnos, porque nos ponemos a su altura. En casa o en el aula, cada día tengo motivos para engancharme con un niño, pero no lo puedo hacer.

P. Más: no quieren sacar el móvil de su cuarto por la noche.

R. Antes de dar ese teléfono hay que consensuar las normas de uso y establecer horarios con y sin móvil. El teléfono lo pagas tú y si no hacen buen uso del terminal, lo puedes retirar. Pero hay que dar ejemplo, porque los adultos nos quejamos pero hacemos lo mismo. Debemos ser referentes, lo que hará que ser adolescente duela menos.

P. Otro: se niegan a recoger su cuarto.

R. Si la habitación está desordenada, una consecuencia puede ser no dejarle salir hasta que no la recoja. Pero a esta edad siempre hay que negociar. A lo mejor no quiere hacer su cama por la mañana, porque ellos no se activan temprano, como los adultos, pero sí están de acuerdo en hacerla al llegar del instituto, por ejemplo.

P. A veces los padres no tenemos tanta paciencia.

R. Y por supuesto que tenemos derecho. Por eso muchas veces es mejor que intervenga la pareja, si tenemos. No obstante, si perdemos el control debemos pedir disculpas y daremos el mejor ejemplo. Favorece el vínculo, que es la base para prevenir problemas de salud mental.

P. Los padres y madres solemos creer que fuimos adolescentes más respetuosos.

R. Nuestra adolescencia fue parecida a la suya, lo que pasa es que algunos fueron educados a través del miedo. Con una mirada de nuestro padre no decíamos ni mú. Recordar esos años nos facilita empatizar con nuestros hijos, pero mostrarles amor incondicional no quiere decir que validemos cuando se portan mal. También hay que ser conscientes de cómo nos comunicamos con ellos: nosotros les gritamos, amenazamos, sermoneamos, les faltamos el respeto también... La comunicación tiene que ser afectiva y efectiva.

P. Parece que tenemos que estar preparadísimos antes de tener un hijo. No sé si los padres de antes lo estaban, la verdad.

R. Educar es el oficio más dificil del mundo y el único en el que te dan el título antes de aprenderlo. Es una responsabilidad que tú has decidido tener y si quieres hacerlo conscientemente, debes formarte, aunque no hace falta doctorarse.

III

Graduaciones en fin de curso: manicura y peluquería para las adolescentes, vestidos de Shein, fiestas con barra libre y autocar... ¿Se nos están yendo de las manos?, Mar Muñiz, El Mundo, 17 junio 2025:

Acaba el año escolar y ya no solo quienes pasan a la universidad (o la terminan) celebran el fin de una etapa: los eventos para festejar el cierre de un ciclo académico se adelantan cada vez más y en 4º de la ESO están normalizadas. El look escogido para la ocasión merece capítulo aparte en la preparación.

Graduaciones en fin de curso: manicura y peluquería para las adolescentes, vestidos de Shein, fiestas con barra libre y autocar... ¿Se nos están yendo de las manos? ¿Hay que recoger a los adolescentes cuando salen de fiesta por la noche?: "Mis hijos creen que mi trabajo es estar a su disposición 24 horas al día con el gorrito de chófer puesto". Cómo no parecerle a tu adolescente una madre histérica y exagerada (spoiler: es difícil). Borracheras adolescentes: "Después de un coma etílico, compré un alcoholímetro. Mi hija soplaba cuando llegaba a casa".

En junio acaba el curso escolar y la redes sociales están llenas estos días de fotos y vídeos de graduaciones. No hablamos, o no solo, de ceremonias universitarias con estudiantes veinteañeros, sino de adolescentes que terminan la Secundaria (4º de la ESO) o el Bachillerato, es decir, de chavales entre los 16 y los 18 años.

Hace unas décadas, quienes terminaban su etapa en el instituto lo hacían sin recogida oficial de diploma, sin público y mucho menos sin vestido ni traje. Las fiestas de celebración consistían en quedadas casi espontáneas en la discoteca de turno y sanseacabó. Pero de aquella liturgia, muy de andar por casa, ya no queda apenas rastro. Ahora se organizan eventos de envergadura que incluyen, por lo general, ceremonias de entrega de títulos abiertas a las familias, cenas de despedida con los profesores, fiestas nocturnas para el jolgorio posterior y, ojo con esto, regalos de más o menos quilates (según presupuestos), para agasajar a la muchachada por su titulación.

La influencia de las películas y series norteamericanas, que han retratado hasta la saciedad sus famosos bailes de graduación (prom, en inglés), se queda corta con la formidable caja de resonancia que son Instagram y TikTok. La bola de nieve ha ido engordando hasta el punto de que las niñas dedican semanas (si no meses) a preparar el gran día y, para ello, lo primero es el vestido. En esos días, el trajín en las webs de fast fashion, tipo Shein, es continuo en los móviles adolescentes.

Una madre sufridora sostiene que, por lo general, las niñas que se gradúan empiezan a echar el ojo a los vestidos dos o tres meses antes. "Se agotan en seguida, porque los compran en las mismas tiendas. Hay chicas que los encargan online, pero otras van presencialmente con sus madres porque se los quieren probar. En alguna del centro de Madrid, se forman colas tremendas antes de abrir", cuenta.

Y como en cualquier evento de calado, repetir look es trágico. "Es habitual que haya un grupo de Whatsapp de las niñas de la clase. Cuando alguna elige vestido, lo sube al chat para que ninguna otra escoja el mismo", aclara esa misma madre. El resultado es que la graduación se convierte casi en un desfile uniformado, donde apenas cambian los diseños pero sí los colores. Después, los días previos del gran día, es momento del bronceado y la última puesta a punto con sesión de peluquería y manicura.

Carmen López Suárez es doctora en Educación y Pedagogía, CEO de Hijos con Éxito y autora del recién publicado Pon límites, no pantallas (Roca Editorial). Explica que tal homogeneización es esperable en la adolescencia: "En esta etapa chicas y chicos anhelan con todas sus fuerzas pertenecer al grupo, ser aceptados, reconocidos y valorados. Para pertenecer tienen que imitar". Replicar les sirve para aprender habilidades sociales y valores de grupo, por ejemplo, pero también "tiene como contrapartida una falta de reflexión crítica y una reproducción excesiva del entorno sin criterio".

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Ante esta tendencia, ¿no es un poco exagerada tanta preparación para una graduación que, en muchos casos, no supone siquiera ni un cambio de instituto? Cristina Cuadrillero, psicóloga y creadora del blog de Instagram @miadolescenteyyo, ha vivido en primera persona estos eventos con las distintas graduaciones de sus hijas: "En general, las chicas sufren un estrés innecesario con esta cuestión. ¡Dios mío, cuando se casen..!", bromea.

Considera que, salvo para aquellas que supongan un cambio importante, como Bachillerato o la Universidad, lo adecuado es hacer un reconocimiento al esfuerzo y dar ánimos para enfrentar la nueva etapa, pero "sin florituras ni rivalidad por ver a quién le queda mejor el modelito". "Y sin esperar un luisvi como recompensa", añade, en alusión a un famoso vídeo que se viralizó hace años en el que una madre le regalaba a su hija un bolso de Louis Vuitton por sacar buenas notas.

"Me parece bien que celebren con sus compañeros el final de la ESO porque algunos no harán el Bachillerato, pero un picoteo y un baile hasta las mil me parece suficiente", sostiene. Añade Cuadrillero que se da la paradoja de las dobles celebraciones: "A veces el fiestón está organizado antes de tener las notas de los exámenes. Si suspenden, algunos chavales llegan a graduarse dos años consecutivos. ¿Tiene sentido?", protesta la psicóloga.

Carmen López también está en desacuerdo con agasajar con regalos a los chavales y propone alternativas: "Podemos ir a comer a ese restaurante que les gusta, sacar entradas para un parque de atracciones o invitarlos a lanzarse por tirolina". Además, la propia celebración de graduación puede considerarse un regalo en sí: "Las graduaciones al estilo americano me parecen un despropósito. Suponen un gasto de dinero inasumible para muchas familias y de tiempo en época de exámenes que debería dedicarse a estudiar o repasar". Y añade: Son una pasarela de moda, especialmente para las chicas, que soportan más presión estética que sus compañeros".

La influencia norteamericana

Lo que sucede aquí es reflejo de lo que acontece al otro lado del charco, aunque hay notables diferencias. Para el baile, las chicas llevan vestidos largos y los chicos, traje. Ellos, por cierto, se ocupan de pagar tanto la cena como el ramo de flores de las adolescentes que serán su pareja ese día. Martina, que tiene 18 años y acaba de llegar de EE. UU. tras terminar el Bachillerato, explica a propósito de la ceremonia de graduación: "Allí se la toman muy en serio. Hay una gran fiesta y los padres hacen a los hijos regalos muy importantes".

Su madre corrobora: "Joyas, ordenadores, un coche, viajes... A esta celebración acuden las familias al completo y muchas de ellas llevan hasta fotógrafo propio. Hay que tener en cuenta que allí es común que los hijos se vayan de casa para estudiar en la universidad. El cambio vital para ellos es mayor que aquí".

La bola de nieve de la que hablábamos antes empieza a gestarse cada vez a edades más tempranas. Una niña madrileña que a punto está de terminar 5.º de Primaria, cuenta: "Una compañera y yo ya hemos hablado con las niñas de 6.º que se gradúan ahora sobre dónde han comprado sus vestidos. Tenemos que coger ideas", afirma con seguridad.

sábado, 4 de octubre de 2025

Elena Mujina, la gimnasta más destrozada de la historia

 Yelena, Elena (o Lena) Múkhina (o Mújina). El destino más trágico en la historia de la gimnasia

Elena Vyacheslavovna Mukhina se hizo famosa de la noche a la mañana, en 1978, al ganar el Campeonato Mundial de Concurso Completo. Dos años después, sufrió una grave lesión que la dejó postrada en cama durante 26 años.

Mukhina nació el 1 de junio de 1960 en Moscú. Elena perdió a su madre a los cuatro años, quemada cuando se incendió su casa, y a su padre, a los cinco años, porque la abandonó para casarse por segunda  vez y terminó en la cárcel como responsable del incendio. Fue criada por su abuela Anna Ivanovna, una mujer muy exigente y poco afectiva. Desde pequeña, a diferencia de sus compañeros que soñaban con ser patinadores artísticos, Elena quería ser gimnasta. Y así lo consiguió: "Un día, una mujer desconocida apareció en clase. Se presentó como Antonina Pavlovna Olezhko, Maestra de Deportes. Y dijo: "Si alguien quiere unirse a la sección de gimnasia, que levante la mano". Casi grité de alegría", recordó. La excepcional motivación, talento, trabajo y tenacidad de Mukhina la consolidaron de inmediato. Sus éxitos no pasaron desapercibidos, y el Dinamo de Moscú contrató para entrenarla al renombrado Alexándr Yuriévich Eglit. Pero Eglit trabajaba en el CSKA de Moscú y no quería abandonar a sus alumnos, aunque la admitió con 14 años en el club CSKA para estudiar maestría en deportes, y en 1974 invitó a su colega Mijail o Mikhail Klimenko para que añadiera a su pupila a su propio grupo. Klimenko, quien anteriormente solo había entrenado a hombres, vio a Lena Mujina en acción y aceptó. Desde entonces toda la corta carrera de Elena Mukhina estuvo ligada a este entrenador, que reaparecerá a menudo en sus pesadillas.


La gimnasia femenina entonces había pasado a ser acrobática con las riesgosas innovaciones de Olga Kórbut. En dos años Lena logró un avance increíble, y para el verano de 1976 tuvo la oportunidad de asistir a los Juegos Olímpicos de Montreal. Su programa, de combinaciones únicas, se denominó "cósmico". Pero las autoridades temían llevarla a Canadá por la irregularidad de sus actuaciones.

Mukhina sufrió su primera lesión grave a los 15 años. En 1975, durante la Espartaquiada celebrada en Leningrado, Lena Mujina aterrizó torpemente de cabeza en un foso de espuma. Las radiografías revelaron que la caída le había desgarrado las apófisis espinosas de sus vértebras cervicales. Y aunque Lena fue hospitalizada, todos los días, tras las visitas médicas, Klimenko venía a recogerla y la llevaba al gimnasio, donde le quitaba el collarín ortopédico, tan necesario para su recuperación, y Mukhina entrenaba hasta la noche. Unos días después, notó un entumecimiento en las piernas durante el entrenamiento y una extraña sensación de debilidad que se acentuaba. 

El momento de gloria de Mukhina llegó al año siguiente. En el Campeonato de la URSS quedó segunda en el concurso completo, y compitió en el Campeonato Europeo de Atletismo Senior en Praga, donde perdió por un estrecho margen ante la reconocida gimnasta rumana Nadia Comaneci en la prueba individual y ganó tres medallas de oro en aparatos individuales, cautivando a jueces y aficionados con su excepcional técnica. Además Lena realizó ahí por primera vez el complejo elemento en las barras asimétricas que posteriormente llevó su nombre: el bucle Mukhina.

En 1977, mientras entrenaba en casa, antes del Campeonato Mundial, Mukhina se golpeó el costado con la barra inferior de las asimétricas y se le astillaron las costillas. "Sentí como si me las hubiera fracturado", dijo Lena más tarde. "Pero después, tras permanecer sentada en el tatami diez minutos, semi inconsciente, seguí entrenando en suelo y viga. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, fui a ver a mi entrenador, pero él solo murmuró entre dientes: 'Siempre estás buscando una excusa para no hacer nada'".

En 1978, dos semanas antes de los Juegos Juveniles de la Unión Soviética, Mukhina se dislocó completamente el pulgar en las barras paralelas y se lo recolocó ella misma apretando los dientes y cerrando los ojos. Sin embargo no acabaron ahí las lesiones: en el calentamiento previo de la competición citada calculó mal su carrera (la limpieza había borrado las marcas de tiza del suelo del gimnasio), se cayó tras un salto y se golpeó la cabeza. El coreógrafo, para evitar llamar la atención de los entrenadores, le trajo sales aromáticas a escondidas y Mukhina, al bajar de cada aparato, ocultaba el algodón con las palmas de las manos.

La carrera de Mukhina culminó en 1978. Ganó el título de gimnasta más fuerte del país y posteriormente el Campeonato Mundial de Francia. Primero ganó el título por equipos y un día después se proclamó campeona general, derrotando, entre otras, a la campeona general de los Juegos Olímpicos de 1976, Nadia Comăneci. Se clasificó para la final en tres de los cuatro aparatos, y obtuvo otro conjunto completo de medallas ganando la plata en barras asimétricas y en la viga de equilibrio, y compartiendo el oro en suelo con la bicampeona olímpica Nellie Kim, de Montreal. Elena Mukhina se convirtió en la cuarta gimnasta soviética, tras Galina Shamrai, Larisa Latynina y Lyudmila Turishcheva, en proclamarse campeona mundial general.

Pero su tensión desmesurada no podía pasar desapercibida. Cuando Mukhina se cruzaba con otra gimnasta periódicamente en el gimnasio parecía desganada y lloraba a menudo. Una vez dijo que ni siquiera podía cruzar toda la avenida frente al Complejo Deportivo CSKA antes de que cambiara el semáforo; simplemente no tenía fuerzas. Mientras tanto, su programa libre en prácticamente todos los aparatos seguía siendo el más difícil del mundo.


En el otoño de 1979, Mukhina se rompió una pierna durante una exhibición en Inglaterra. Llevó una escayola seis semanas, pero, al quitársela, se descubrió que los huesos rotos se habían separado. Los reposicionaron y le volvieron a colocar la escayola, pero al día siguiente su entrenador insistió en que volviera al gimnasio a practicar con aparatos y aterrizara en los ejercicios con una sola pierna. Dos meses después de que le quitaran la escayola, ya estaba realizando todas sus rutinas.

Klimenko siempre estaba increíblemente nervioso antes de las competiciones: me acosaba”, recordó Mukhina. “Probablemente porque entendía perfectamente que su propio bienestar y su carrera dependían directamente de si yo entraba o no en la selección nacional. Yo, en cambio, era… Soy extremadamente responsable con mi entrenamiento. Hubo momentos en que, para bajar de peso, corría por la noche y luego iba al gimnasio por la mañana. Y, sin embargo, me decían constantemente que era una imbécil y que debería alegrarme de que alguien se fijara en mí y me diera una oportunidad."

Lena llegó a su último campamento de entrenamiento en Minsk a principios de julio de 1980, pero con dolor en tobillos y rodillas por sobrecarga y bursitis en la mano. El equipo de gimnasia de la URSS se preparaba para los Juegos Olímpicos y su entrenador Klimenko había viajado a Moscú un par de días (pues se rumoreaba que Mukhina podría no ser incluida en el equipo principal, y Klimenko había ido a defender a su alumna en la cima). Lena estaba trabajando de forma independiente y, durante un entrenamiento, decidió probar una combinación nueva en suelo, un salto Thomas. La idea era que, tras una voltereta y un salto muy difícil (voltereta y media, con giro de 540 grados) el aterrizaje no fuera de pie, como era usual, sino de cabeza, en voltereta. Pero el impulso de la gimnasta falló al no alcanzar la altura suficiente, y, ante las miradas del entrenador principal del equipo femenino Aman Shaniyazov, la entrenadora estatal Lidiya Ivanova y el entrenador de acrobacia (nadie más había en el gimnasio), se estrelló contra el suelo de mentón y se fracturó el cuello. Simplemente, según uno de los entrenadores, no se impulsó con la pierna lesionada durante la carrera. Pero siguió con el entrenamiento tres días, e ingresó al fin con una vértebra cervical dañada en el hospital 19 de Moscú.

Durante los primeros ocho años se sometió a varias cirugías. La primera, de columna, se realizó tan solo un día después de la lesión en Minsk; duró varias horas, pero el resultado (debido en gran medida a la demora) fue decepcionante: como su cerebro había permanecido en compresión severa mucho tiempo, Mujina quedó tetrapléjica, completamente paralizada de cuello para abajo.

En el verano de 1985, Elena fue derivada al artista circense y especialista en rehabilitación de discapacidades músculo-esqueléticas Valentin Dikul. Pero fue hospitalizada de nuevo un par de meses después por fallo de ambos riñones. Una operación posterior le desarrolló una fístula en el costado que persistió un año y medio. En cada ocasión, los médicos luchaban por sacar a Mukhina del largo coma postoperatorio; su cuerpo se negaba a luchar por la vida.

"Tras tantas cirugías, decidí que, si quería vivir, tenía que escapar de los hospitales", contó Lena. "Y me di cuenta entonces de que necesitaba cambiar radicalmente mi enfoque de la vida. Que debía dejar de envidiar a los demás y aprender a disfrutar de lo que tenía a mi alcance. De lo contrario, podría volverme loca. Me di cuenta de que los mandamientos 'no pienses mal', 'no actúes mal' y 'no tengas celos' no son solo palabras. Que existe una conexión directa entre ellos y cómo se siente una persona. Empecé a sentir estas conexiones. Y reparé en que, comparada con la capacidad de pensar, la incapacidad de moverme es algo insignificante..."

"Claro, al principio me compadecí muchísimo. Sobre todo cuando volví a casa por primera vez después de la lesión, donde había caminado y donde todo aún requería que alguien estuviera de pie. Además, casi todos los que venían a visitarme me preguntaban: "¿Piensas demandarme?".

Le dieron un pequeño departamento donde la niña fue atendida en toda su vida posterior y se hizo una mujer. Durante todo este tiempo nunca se rindió. Pero incluso algunos años después de la caída terrible solo podía sentarse en una silla, sostener una cuchara y escribir un poco. Los profesores acudían a ella, le daban conferencias y le ponían exámenes. Así logró graduarse en el Instituto de Educación Física de Moscú.

Cuando ocurre una lesión siempre surge la pregunta de quién tiene la culpa. Cuando le preguntaron a Lena qué pensaba sobre eso, respondió evasivamente: "Le enseñé a Klimenko que puedo entrenar y competir con cualquier lesión...". "Todo me había conducido a ello. No estaba preparada física ni emocionalmente. Mi lesión era de esperar; fue un accidente que se podía haber anticipado. Era inevitable. Me habían dicho más de una vez que me rompería el cuello haciendo ese elemento. Me había lastimado gravemente varias veces, pero él solo respondió que la gente como yo no se rompe el cuello".

Según una entrevista de Larisa Latynina a Mijail Klimenko, este quedó devastado por su lesión. Ya no esperaba que fuera incluida en la lista del equipo olímpico soviético y, aunque no cabía duda de que el equipo femenino soviético de gimnasia ganaría el oro en los Juegos Olímpicos de Verano, como ya había sucedido en juegos anteriores y era lo habitual, Klimenko quería que Mukhina entrenara para que él se convirtiera en "entrenador de una campeona olímpica". Y, tras estos acontecimientos, Klimenko no fue a visitarla, siguió un tiempo trabajando en el Club Deportivo Central del Ejército y después emigró a Italia. Dicen que estaba conmocionado y aterrado por lo sucedido. Elena sufrió al pensar que la había olvidado. Un amigo común intentó congraciarlos, pero él nunca se atrevió a quedar con ella en persona. Nunca más volvieron a verse.

No sabían o no querían saber entonces el precio que Elena estaba pagando por estos entrenamientos. Ni que cada vez que salía del hotel para entrenar nunca apartaba la vista de los coches que pasaban, calculando automáticamente el tiempo que tardarían en frenar si se lanzaba bajo sus ruedas. Y se fijaba en la repisa de la ventana de su habitación para calcular cómo saltaría para asegurarse. Cuando lo contó a una compañera en una conversación, esta le preguntó horrorizada por qué no había dejado antes la gimnasia.

"No sé", respondió. "Soñé que me caía varias veces. Me vi siendo sacada del pasillo y sabía que tarde o temprano sucedería. Me sentía como un animal azotado a lo largo de un pasillo interminable. Pero seguía volviendo al pasillo. Debió de ser el destino. No se puede disputar con el destino."

¿Se sintió ofendida? No en apariencia. Cuando la amiga se enteró de su muerte, recordó que una vez la llevaron a su casa y recordó sus palabras. «No hace falta que me ayuden», objetaba Lena con calma a su intento de ajustar las almohadas o acercar algo. «No debería acostumbrarme demasiado a la ayuda de los demás».

Mukhina no buscó nunca a los periodistas. Incluso un breve periodo de exposición pública, cuando el presidente del COI Juan Antonio Samaranch le entregó la Orden Olímpica, máximo galardón del movimiento olímpico (1983), fue bastante doloroso para ella en sentido físico y psíquico. Pese a sus terribles condiciones, Mukhina logró mantener la capacidad de hablar con notable calma sobre cualquier tema y llamar a las cosas por su nombre. Por tanto, todo ese descarado espectáculo de la ceremonia del premio, con visitas de periodistas y fotógrafos a su pequeño apartamento, no le gustó y, de hecho, la ofendió. Consideraba a los medios de comunicación hipócritas y ostentosos y siempre que pudo los rehuyó.

Era insoportablemente difícil describir su condición con palabras. Elena no podía estar de pie ni sentada ni sostener una cuchara; ni siquiera marcar un número de teléfono. Para poder leer algo, recurría a un truco comprobado y eficaz: pedía a alguien que fijara un papel con texto en la pared, a la altura de sus ojos. Al hablar por teléfono apoyaba la oreja en el auricular y podía hablar así por un buen rato.

Aprendió a refugiarse en sí misma en un mundo irreal para las personas sanas, donde rastreaba las cadenas de los orígenes y de la herencia. Creía sinceramente que una persona podía tener varias vidas en diferentes líneas temporales. Afirmaba ver no solo el pasado, sino también el futuro de las personas con las que interactuaba. Hablaba de ello con placer. Esta pasión (pero, ¿se puede llamar pasión cuando esencialmente se convirtió en vida?) tuvo diversas consecuencias, incluso graves, para quienes la rodeaban. Fue Mukhina quien una vez disuadió a una de sus amigas cercanas de enviar a su hijo recién nacido con una cardiopatía grave al hospital. La convenció de que el bebé simplemente no sobreviviría. Como resultado, varios años después, el niño fue sometido a cirugía, pero la familia se desintegró: el padre del niño nunca pudo perdonar ni a Mukhina ni a su esposa la llegada tardía del niño al hospital. La visión centrada en sí misma de Elena pudo malograr una vida ajena.

Como me contó una amiga cercana, el ánimo de Mukhina se deprimió notablemente al enterarse de que su antiguo entrenador había regresado a Moscú desde Italia, donde había trabajado durante muchos años. Se negó rotundamente a reunirse con Klimenko, quien seguía siendo para ella el fantasma más aterrador de su vida pasada. Lena también quedó devastada por la muerte de su abuela en la primavera de 2005. Se negó a ingresarla en una residencia de ancianos, pese a que la anciana de 90 años requería cuidados constantes; aunque ya estaba perdiendo la cabeza y sentía que se moría, le gritaba constantemente a su nieta: "¡No te dejaré. Ven conmigo!".

Mukhina también sobrevivió a esta pesadilla. Cuando Anna Ivanovna falleció, solo pidió una cosa: que, llegado el momento, bajo ninguna circunstancia la enterraran junto a su abuela. Y que no se le realizara ninguna autopsia. Que la dejaran sola. Apenas hablaba con su padre. Él mismo, todavía no anciano, solo empezó a visitar la casa tras enterarse de que Mukhina, gracias al increíble esfuerzo de muchas personas por ella, había conseguido una pensión presidencial personal. Y siguió viniendo. Por dinero...

Quizá simplemente estaba cansada de vivir. De buscar constantemente una respuesta a por qué algo, que no fuera la vida humana, podía ser tan valioso en su país. Incluso en conversaciones con sus seres más cercanos, básicamente solo dos amigos, Mukhina nunca se permitió quejarse de su destino. Aunque, pensándolo bien, qué aterrador era que la única variedad en su vida fuera una ocasional excursión en silla de ruedas al pasillo o a la cocina, con el único propósito: ver qué sucedía allí, más allá de las paredes de la habitación donde había pasado 26 años.

Elena Mukhina murió el 22 de diciembre de 2006. Se celebró un servicio conmemorativo en su honor el 27 de diciembre. Y está enterrada en el cementerio Troekurovskoye de Moscú.

Elena nunca tuvo a nadie que la protegiera. Y eso la convirtió en una víctima propicia para el cruel sistema del estado. 

Referencias

Elena Vaitsekhovskaya, "Elena Mukhina: Una tragedia de 26 años ". Sport-Express, 26 de diciembre de 2006.

Andrey Uspensky, "Mukhina's Loop ", Novaya Gazeta, núm. 38, 29 de mayo de 2003.