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sábado, 14 de marzo de 2026

La desconocida literatura neerlandesa

Una votación popular de 6500 holandeses entre 250 libros de la literatura de los Países Bajos seleccionó sus diez mejores libros de toda su historia. Sorprenderá saber que ninguno de ellos ha sido traducido al español. Son estos:    

Harry Mulisch, El descubrimiento del cielo.

Kader AbdolahLa Casa de la Mezquita.

Multatuli, id estEduard Douwes DekkerMax Havelaar.

J. Bernlef (id est, Hendrik Jan Marsman) Sombras del cerebro.

Willem Frederik HermansLa habitación oscura de Damocles.

Willem Frederik Hermans, Nunca más dormirás.

Johannes Jacobus Voskuil, La Oficina.

Nescio, id est, Jan Hendrik Frederik Grönloh, El parásito - Pequeños titanes - Pequeño poeta.

Gerard Reve - Las tardes.

Thomas Rosenboom - Obras Públicas.

Como se ve, destacan en especial dos autores, Willem  Frederik Hermans y Harry Mulisch, junto a otros como el influyente aforista decimonónico Eduard Douwes Dekker, más conocido por su pseudónimo Multatuli, que en otra encuesta ocupó el primer puesto, y el holando-marroquí Kader Abdolah, el único representante del multiculturalismo. Entre los demás hay un bicho particularmente desagradable, Gerard Reve.

martes, 10 de marzo de 2026

Sobre los Índices de censura

 La censura ya no es lo que era: un recorrido por tres siglos de libros prohibidos, en Abc, por Bruno Pardo Porto, 23/11/2023:

La BNE presenta 'Malos libros', una exposición que repasa la historia de cómo y por qué se cancelaban autores en la España moderna. Empecemos con una buena noticia: la Inquisición española nunca se preocupó mucho por la obscenidad.

—Ah, ¿no?

—No, no. El concepto de mal libro es tramposo, cambia con los siglos y los lugares, no es lo mismo un mal libro en el XVI que en el XVII, ni en España que en Roma, pero en principio son malos los libros herejes, los libros de magia y de adivinación y los libros que defienden ideas de otras religiones. Los moralistas intentaban meter en esa lista los libros obscenos, pero la Inquisición española nunca se ocupó demasiado por eso. Era una cuestión que ocupaba a los confesores, no a los inquisidores y censores.

María José Vega lleva años estudiando la censura dentro del proyecto Prueba de Concepto, del que es directora, y ahora su trabajo se ha convertido en una exposición. Se llama, claro, 'Malos libros', podrá verse en la Biblioteca Nacional hasta el 11 de febrero y viene a ser una 'masterclass' de la censura desde 1544, fecha del primer índice de libros prohibidos, hasta la Constitución de 1812, con la abolición de la Inquisición. Entre medias, hechizos, rezos paganos, pensamientos heterodoxos, instrucciones para leer la fortuna en una mano, religiones lejanas, noticias incómodas, borrones de tinta, gente enfadada, gente con miedo y obras mutiladas con más o menos cuidado.

—Y otra curiosidad: los Índices de libros prohibidos, que son el instrumento capital de la censura, no nacieron en la Iglesia, sino en la universidad. Tienen un origen académico y universitario, porque es a los teólogos a quienes concernía mantener la ortodoxia. Luego ya pasaron a la Inquisición.

El primer Índice se completó en la Universidad de París en 1544, y no era un documento que ordenaba la prohibición sino que la pasaba a limpio: recogía los títulos que ya estaban prohibidos aquí y allá, para armonizar el señalamiento. Con el paso de los años se fueron haciendo más gruesos (es fácil cogerle el gusto al poder de silenciar, y si no miren sin pestañear por ahí) y complejos, y así llegamos al severísimo Índice paulino de 1559, que es la obra maestra del género, el Quijote de los censores, un prodigio del vituperio. Se ideó como un cortafuego del protestantismo, que había que frenar como se frenaba la peste, según dictó el cardenal Michele Ghislieri. «Cuando empieza una peste se la descubre primero en dos o tres casas y, para que no se extienda a la ciudad, se manda quemar todo lo que hay en ellas, sin reparar en el quebranto de los particulares», sostenía, como si aquello fuera la Doctrina Truman. El hombre inventó la censura a futuro, nada menos. Se redactó una lista de seiscientos 'auctores damnati', peligrosísimos ellos, de los que se prohibían todos sus textos independientemente de su naturaleza o calidad; se prohibían, incluso, lo que aún no habían escrito. También cancelaban cualquier idea que saliera de una imprenta que hubiera publicado una obra herética. Juntaban el autor y la obra y la imprenta. ¿Se puede aspirar a una censura mejor, más eficiente?

«Son unas cifras desproporcionadas comparadas con las de los Índices anteriores. Hubo mucha gente que se inhibió, que dejó de escribir, pero eso no lo podemos medir», explica Vega.

Las consecuencias de aquel índice llegaron hasta el siglo XX. En 1992, durante las obras de rehabilitación de una vivienda en Barcarrota (Extremadura), encontraron tras un tabique un atadijo de once libros del siglo XVI: todas prohibidas, por supuesto, por nuestro querido índice paulino, y todas escondidas por su dueño para salvar el pellejo o el patrimonio. Ahí había textos de sátira social, oraciones prohibidas, nigromancias, libelos filoprostestanes y un diálogo pornográfico de orientación homosexual, entre otras joyas.

Lo de prohibir libros, sin embargo, no era muy buen negocio. Los libreros presionaron en contra por eso del pan y del comer, y al final se acabó llegando a una solución salomónica: los índices expurgatorios. Ya no se cancelaba el libro, sino un pasaje que se tachaba con más o menos violencia para después devolver a circulación la obra. «Se prohíbe un pasaje en el que se menciona a un hereje, o una escena que no es conveniente por algún motivo, normalmente religioso. Roma nunca vio bien esta política, pero España la convirtió en política propia. Aquí tenemos grandes índices expurgatorios».

Hay libros tachados con mimo, como las obras completas de Gil Vicente, consideradas irreverentes con lo sagrado, y otras donde el censor se gustaba y convertía el borrón en obra de arte: así ocurrió con el 'Diálogo del amor' de León Hebreo, que fue expurgado con un pincel de trazo grueso, dejando ríos negros que nos impiden disfrutar del conocimiento del poeta. Ocurrió algo similar con el 'Mallei Maleficorum' de Jakob Sprenger: dan ganas de colgarlo en un salón con un título intenso en la cartela. Lo esencial es invisible a los ojos, por ejemplo.

La gente también reía en la época (seguimos en el siglo XVI). «Hubo un señor que empezó a hacer Índices pirata en Italia. Los presentaba como una lista de libros recomendados y venía a decir: si ustedes quieren leer algo interesante, lean esto, y eran todos libros prohibidos», comenta la investigadora. ¿A qué se debía el éxito de la censura? «La multiplicación de índices es paralela a la multiplicación de los libros gracias a la imprenta. Y tiene que ver también con el inmenso impacto del luteranismo en la cultura europea, que había que contener. Hoy son obras monumentales. De hecho, hay libros que conocemos que han existido solo porque están ahí registrados, porque los hemos perdido».

Los límites de la herejía se rompieron, y ya la censura alteró la historia, la ficción, la ficción y demás deformaciones de la imaginación. Ocultaban pasajes de la 'Divina comedia' de Dante por criticar la avaricia de los papas, también mutilaban folletos propagandísticos de la rebelión en Cataluña (1640-1652) por «sediciosos» y una obra de Ciro Spontone que explicaba cómo leer el futuro en las arrugas de una frente. Y por cierto: en 1572 le secuestraron a Bartolomé de las Casas los ejemplares de su 'Brevísima relación de la destruición de las Indias', aunque solo en América. Fue una orden de Felipe II.

Al final del recorrido expositivo se vuelve a la lujuria y la obscenidad. Hay una reproducción de los 'Dieciséis modos', una recopilación de dieciséis posturas sexuales dibujadas por Giulio Romano y con sonetos de acompañamiento de Pietro Aretino, que se murió con la etiqueta de pornógrafo en la frente. Fue un libro escandaloso que se destruyó por obsceno. Del siglo XVI solo sobrevivió un ejemplar, propiedad de un tal Toscanini. En el XVIII se recuperó y fue bandera del libertinaje. No se tradujo al castellano hasta 1933. «Hemos puesto las imágenes más castas por si venían niños a la exposición», remata Vega.

lunes, 9 de marzo de 2026

Identificado el propietario de la Biblioteca de Barcarrota

  [Dossier]

 I

Un hidalgo perseguido por la Inquisición por sodomía emparedó los libros de Barcarrota, en Abc, por Mónica Arrizabalaga, 9/03/2026:

En una vivienda de la pequeña localidad pacense se hallaron once ejemplares y un manuscrito prohibidos, entre ellos un Lazarillo de Tormes de 1554.

La piqueta de albañil tropezó con una sorpresa inesperada en la reforma del 'doblao' de una antigua vivienda de Barcarrota (Badajoz) durante el verano de 1992. Al golpear el tabique del desván de la casa, situada en la plaza de la Virgen de Soterraño, el acero atravesó unas hojas escondidas en un hueco que después había sido tapiado con esmero. Tras el antiguo 'Alborayque' asaetado por la herramienta, una feroz sátira contra los judeoconversos, se descubrieron otros nueve libros, entre ellos la edición más antigua conocida del Lazarillo de Tormes, de 1554, tratados de quiromancia, un manual de exorcismos o una obra erótica de carácter homosexual, así como un manuscrito enrollado en el atadijo. Escritos en diversas lenguas, todos estaban datados en el siglo XVI y todos se ocultaron por un mismo motivo. «Se sabían potencialmente peligrosos a ojos del inquisidor de turno (o de algún vecino fisgón)», explica el investigador Pedro Martín Baños. Este doctor en Filología Hispánica, especialista en Antonio de Nebrija, pero también en temática conversa y la censura de los siglos XV y XVI, cree haber averiguado quién escondió ese biblioteca heterodoxa en la pequeña localidad pacense a finales de 1559 y principios de 1560.

«La clave de todo», señala Martín Baños a ABC, se encuentra en un pequeño amuleto de papel circular descubierto entre los libros emparedados, dedicado a un tal «Fernão Brandão, portugués de Évora, señor de São Manços, cumbre de los ingenios». En esta delicada nómina manuscrita con textos mágicos (como el Tetragrámaton central), aún se observan los pliegues de haber sido doblada para ser llevada al cuello o en el pecho, posiblemente dentro de una bolsita o una joya. «Era un objeto apotropaico, que se usaba sobre todo para la protección ante peligros y viajes, y lo particular de este amuleto es que es el único que he encontrado con una personalización tan afectiva y tan íntima», relata el investigador. En el reverso del papel, de unos 11 centímetros de diámetro, aún puede leerse la promesa que un anónimo amigo le escribió en Roma en 1551: «Perchè io sempre me ricorderó di te» (Siempre te recordaré).

Intrigado, Martín Baños buscó información sobre Fernão Brandão en la plataforma DigitArq, similar al portal español Pares, y la suerte le sonrió. En los archivos lusos encontró varias denuncias registradas en el Tribunal de la Inquisición de Évora entre 1547 y 1549 contra un hidalgo de la familia de los Brandões de Évora, señor de São Manços, que se exilió en Castilla «por los excesos cometidos» en el reino portugués. Se le acusaba de impiedad o irreligiosidad por comer pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar, por no rezar nunca, por jugar a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa o por desaparecer de la ciudad y refugiarse en su casa de campo durante la Cuaresma. También se decía de él que blasfemaba contra Dios y los santos y que poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba rituales de magia o hechicería.

Además, se le acusaba de haberse acostado con varios criados y de poseer «un libro de sodomía, a manera de libro de canto (esto es, forrado como si fuera un libro religioso), en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás». El investigador sospecha que el criado de Brandão que lo denunció tal vez se refería a 'La Cazzaria', del italiano Antonio Vignali (de hacia 1525), una obra de cariz abiertamente homosexual que se difundió en Europa de forma clandestina y se halló entre los libros ocultos de Barcarrota.

Al estudiar por primera vez de forma integral esta biblioteca en su conjunto, analizando cada pieza también desde el punto de vista material, no solo bibliográfico, Martín Baños descubrió una curiosa anotación en una hoja de guarda de uno de los volúmenes emparedados. Era una edición veneciana de la 'Opera chiamata confusiones della setta machometana' de Juan Andrés y el modesto apunte a tinta en portugués que hasta ahora había pasado desapercibido parece registrar el regreso de Brandão del viaje a Italia que menciona el amuleto: «El 29 de julio salí de Génova. El 7 de agosto, a media noche, (llegué) a Barcelona. 1552».

El filólogo, docente de secundaria en el IEA Carolina Coronado de Almendralejo, cree que durante una intensa persecución a los homosexuales en Lisboa, que empezó en 1547, el hidalgo portugués viajó a Roma para tratar de obtener la absolución de la Penitenciaría Apostólica, como ha comprobado que hicieron otros acusados de sodomía por la Inquisición. A varios, sin embargo, el documento no les salvó de la cárcel a su vuelta a Portugal y Brandão, que estaría informado, optó por no regresar y establecerse en España, cerca de la frontera portuguesa, a la espera de tiempos mejores.

Debido a la pérdida de documentos de la época, Martín Baños no ha podido certificar de manera documentada que residiera en la 'casa de los libros', como ahora se denomina a la vivienda donde se encontró el atadijo, pero está acreditado que vivió en Barcarrota y por los indicios hallados en testamentos de quienes fueron sus vecinos, alberga la sospecha fundada de que fue inquilino o propietario de una vivienda en esa calle, posiblemente esa misma del altozano de Nuestra Señora, donde trataría de llevar una vida de hidalgo discreta. La localidad pacense, cercana a Olivenza y a Évora, se hallaba por entonces a solo unos 7 kilómetros de Portugal y desde allí podría haber administrado su extensa hacienda a través de testaferros y amigos.

Expurgo de libros prohibidos

Su tranquilidad se vería de nuevo alterada con la publicación en 1559 del 'Índice de libros prohibidos' del inquisidor Fernando de Valdés, que se difundió con carteles en todas las iglesias españolas. Al menos cuatro de los títulos emparedados figuraban en el listado, entre ellos, el Lazarillo de Tormes de 1554. «Debía de ser un hombre culto, aficionado a la lectura, que tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar, tener una vida un poco equívoca en el pero momento y en las peores circunstancias en Portugal y luego en España», cavila el investigador. Porque a diferencia del país vecino, que persiguió con ahínco la sodomía, pero no tanto los libros prohibidos, «España sí y el momento crucial fue a partir del Índice de Valdés», explica.

En ese clima y ante el temor a que una denuncia pusiera en comunicación a la Inquisición española con la portuguesa, Brandão decidiría hacer un expurgo de su biblioteca y emparedar los libros más comprometidos. «Podía haberlos quemado o destruido, como hicieron otros, pero supongo que quiso esconderlos pensando en recuperarlos cuando pasara el momento», explica el experto bilbaíno, que ha analizado la razón por la que cada volumen fue ocultado.

Con bien armada investigación, que presenta en el libro 'La Biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', publicado por la Universidad de Extremadura y la Universidad Autónoma de Barcelona, Pedro Martín Baños refuta la hipótesis de Fernando Serrano Mangas sobre el médico converso Francisco de Peñaranda. «Se trata de una conjetura carente de una base sólida». En cambio, «todo apunta claramente hacia él (Brandão): el amuleto personalizado con su nombre, la 'Oración de la Emparedada' en lengua portuguesa, la cubierta con un pergamino igualmente portugués del Tricasso de 1525, los libros en italiano y la estancia en Roma, la posesión de 'La Cazzaria', congruente con las acusaciones de sodomía…», recapitula en su libro.

Aunque algunos genealogistas dicen que a través de un sobrino logró ser perdonado por el rey Sebastián, en su búsqueda en archivos de Lisboa y Évora Martín Baños no ha dado con ese perdón y desconoce si regresó o no a su país natal. «Es un personaje como de novela, yo me lo imaginaba como el de El coronel no tiene quien le escriba, esperando siempre alguna noticia y en ese esperar se le fue la vida realmente». Si volvió a Évora, no se llevó consigo sus preciados libros heterodoxos, cuyo descubrimiento en los años 90 tuvo gran repercusión.

La investigación sobre 'La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', que ha recibido el apoyo de la Junta de Extremadura, se enmarca en los proyectos sobre censura, libros prohibidos y herejía dirigidos por la catedrática María José Vega desde la Universidad Autónoma de Barcelona, en los que trabajan quince investigadores procedentes de seis universidades españolas y cuatro de Italia, Francia, Alemania y la República Checa. En 2024 organizaron una exposición en la Biblioteca Nacional de España que llevó por título 'Malos libros. La censura en la España moderna', en la que los libros de Barcarrota, hoy custodiados en la Biblioteca de Extremadura, ocuparon un lugar destacado.

II

 El “impío y sodomita” hidalgo portugués que resguardó un tesoro bibliográfico tras las paredes de su casa en un pueblo de Badajoz, en El País, por Rodrigo Naredo, Madrid, 9 mar 2026:

Una nueva investigación revela que la popular biblioteca de Barcarrota, uno de los hallazgos literarios más sonados del siglo pasado, perteneció a Fernão Brandão, que huyó de su país al ser perseguido por la Inquisición.

El libro, el Lazarillo de Tormes, encontrado, emparedado en las tapias del doblado de una casa, del pueblo de Barcarrota (Badajoz), constituye un hecho de singular importancia, por tratarse de un ejemplar del siglo XVI.

La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.

El más especial: una edición de El lazarillo de Tormes impresa en 1554 y que, como sus compañeros de refugio, había burlado casi intacta el paso del tiempo. Ahora, según una nueva investigación del profesor Pedro Martín Baños, podemos saber que quien los había escondido ahí —hasta ahora desconocido— fue, en realidad, Fernão Brandão, un hidalgo portugués que huyó de su país para burlar a la Inquisición. “Era un personaje”, lo describe titubeante el investigador, “es decir, alguien que se salía un poquito de la norma hidalga”. O, resumido por los inquisidores de la época: “Un impío sodomita”.

La pista clave que llevó al nuevo hallazgo, publicado en el libro La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, fue un amuleto de papel circular descubierto junto a los libros emparedados, dedicado a Brandão y fechado en Roma en 1551. “Vi que prácticamente no se había tratado nada sobre el nombre que aparece en el amuleto”, cuenta Baños. “Empecé a buscar, a acotar por fechas, tanteando lo que podría ser interesante”. Tuvo suerte: descubrió que se trataba de un hombre de una “familia hidalga muy bien conocida y prominente”, y muy bien estudiada por los genealogistas desde finales del siglo XVI. El hombre había heredado todo el patrimonio familiar “más o menos joven”, y se había “acostumbrado a estar rodeado de criados que le decían amén a todo”.

¿Qué hizo entonces el buen hidalgo portugués para ganar semejantes títulos? Según relatan unas acusaciones en los tribunales de la Inquisición que recoge Baños, “comía pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar; no rezaba nunca; jugaba a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa; desaparecía de la ciudad durante la Cuaresma; no se confesaba; blasfemaba contra Dios y los santos y poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba ciertos rituales”. Y quizá más grave para la época: se le acusaba de tener relaciones homosexuales con sus criados [“le decían amén a todo...”] y poseer “un libro de sodomía, a manera de libro de canto [es decir, forrado como si fuera un libro religioso], en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás”.

Los libros encontrados en el pueblo pacense comprueban tal currículum. Además del Lazarillo, había un Alborayque, una feroz sátira contra los judeoconversos —el libro atravesado por la piqueta—; dos tratados sobre quiromancia; un manual de exorcismos; un ejemplar de una obra polémica de Erasmo de Róterdam; un pequeño libro de oraciones en latín, griego y hebreo; una rarísima Oración de la emparedada (un tipo de oración supersticiosa), escrita en portugués; o un diálogo erótico [por no decir claramente pornográfico] de carácter homosexual, La Cazzaria. Cuatro de ellos figuraban de modo nominal —el Lazarillo incluido— en el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, publicado en 1559. Esto, además, ayuda a fechar el emparedamiento hacia finales de ese año o principios de 1560.

El hecho de que algunos de los libros no estuviesen incluidos explícitamente en la lista de títulos prohibidos despistaba a algunos investigadores que no entendían el porqué de su escondite junto con los que sí estaban vetados. Aquella disparidad dio luz a algunas teorías, no muy sonadas ni sustentadas, como la de que provenían, en realidad, de un lote de una librería decomisada. Baños lo desmonta. “Lo que hacía la Inquisición era un método perverso. Los límites eran muy poco establecidos y las zonas de gris eran tan amplias que uno no sabía muy bien si los libros que tenía podían ser considerados peligrosos o no: lo que hoy no estaba prohibido, dos años después resulta que sí. Todos los temas tocados en la biblioteca de Barcarrota son temas controvertidos”.

Otra de las incógnitas era la datación del amuleto —“piezas que se debieron de confeccionar por millares en toda Europa, y que la gente llevaba al cuello o en una bolsita”, cuenta Baños— en Roma. La respuesta está en que antes de viajar a Badajoz, el hidalgo hizo una visita a Roma en busca de su absolución y seguramente desde ahí cargó el amuleto encontrado. “En 1547 la Inquisición portuguesa lanzó una cacería de sodomitas que tuvo un impacto enorme sobre todo en Lisboa. Encontré que varios de ellos se habían dirigido a Roma a buscar la absolución a un tribunal que se llama la Penitenciaría Apostólica, [todavía en operación] por un cierto precio”. Lo más probable, afirma Baños, es que el hidalgo no la consiguiera y que por eso, “como no se registraban las absoluciones negadas”, no hay registro en los papeles. Sí hay, en cambio, el de uno de ellos, Antonio Coello, que comparte nombre con uno de los criados de Brandão citados en una de las denuncias en contra del “sodomita”.

Todavía faltaba comprobar que aquel hombre vivió en la casa donde se encontraron los libros y no fue un capricho del azar que su amuleto apareciera junto con ellos. Otro profesor extremeño, Fernando Serrano Mangas, publicó un libro en 2003 en el que afirmaba que el dueño era Francisco de Peñaranda, un médico converso. Sustentaba su afirmación con el testamento de la viuda de un nieto de Peñaranda que ordenaba vender las propiedades que le quedaban en Barcarrota, entre ellas una casa frente a la Iglesia de la Virgen del Soterraño, como en la que se encontraron los libros. Esto también lo desmonta con agilidad Baños. “Eso no quiere decir que la casa fuera del abuelo. Yo creo que ni siquiera era esa casa, era una casa de la zona”, empieza. Y va un poco más allá: “Encontré un papel que certifica que el nieto la compró; pero la compró en 1613, una fecha ya alejada de lo que nos incumbe”.

Luego encontró, aunque no hay una carta de venta o alquiler al tal portugués, “muchos indicios” que “de forma indirecta” lo llevaron a pensar que Brandão sí vivió en esa casa. Por ejemplo: un testamento de una vecina que en 1565 “escribe que deja su casa que está lindera con Gonzalo de Mejía, difunto, y con Fernão Brandão”. En aquellos años no había numeración y la manera de referirse a las casas que uno legaba o vendía era siempre aludiendo a los linderos. Es decir, “esta vecina, hacia la mitad del XVI, vivía al lado de este portugués”.

A los libros les esperaba una parada más, aunque anecdótica, en su periplo. Encontrarlos fue, según, Miguel Ángel Lama, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, y muy cercano al descubrimiento de los años 90, “un milagro. Un hecho de mucha trascendencia y además muy notorio en su momento”. La pareja, “seguramente por miedo a que les pararan la obra”, decidió no informar del hallazgo y guardó los libros cuatro años en una caja de zapatos.

Finalmente el Gobierno de Extremadura terminó pagando al matrimonio descubridor 15 millones de pesetas (unos 90.00 euros, para los más jóvenes) por ellos. “Pero al albañil”, cuenta Lama, “seguramente muy bien asesorado, alguien le dijo que la ley de patrimonio dice que cuando tú encuentras algo, la mitad de los beneficios que produzca ese hallazgo es para el propietario del terreno y la otra mitad para el descubridor material”. Se fue a pleito. Lo ganó y terminó con siete millones y medio. Todavía hoy el matrimonio, por puro pundonor, lo cuenta Baños, asegura a quien le pregunta que el marido, que también ayudaba en las obras, fue el que dio el picotazo al tesoro.

viernes, 20 de febrero de 2026

Humoristas literarios

El País ha publicado un listín con libros clásicos de humor que, más que para divertir, parece indicado para pegarse un tiro, salvo algunas excepciones, como la de José Esteban, Mark Twain y así. Se titula el bodrio "Carcajadas en la literatura. Para hacer el humor con nuestra lengua", y habría que incluir en esa lista, en una lista por descontado incompleta, Plauto, Horacio, Petronio, una buena colección de relatos milesios, Marcial, casi todas las obras de Luciano de Samosata, Juan Ruiz, algunas canciones goliardescas, Boccaccio, Alfonso Martínez de Toledo, Rabelais, el Don Quijote, una buena selección de entremesistas y comediógrafos del Siglo de Oro, el Buscón y los Sueños de Quevedo, y ya a partir del XVIII la nómina es tan amplia que hay que seleccionar: La novela de un novelista de Armando Palacio Valdés,uno de los miembros del asturiano Bilis club; mi inefable P. G. Wodehouse, su impotente discípulo Alfonso Ussía,  Jerome K. Jerome y sus ingleses de té de las cinco en una barca, George Mikes, el extranjero de todas partes; un par de judíos: Ephraim Kishon y su Mi familia al derecho y al revés, y Woody Allen por sus artículos, cuentos y teatro (podríamos añadir a los hermanos Cohen con Un hombre serio, pero eso es cine);  Paul Reboux con sus pastiches, y su discípulo el genial Conrado Nalé Roxlo, con sus Antologías apócrifasCarlos Arniches , con sus sainetes y comedias; Giovanni Guareschi, con sus Don Camilos y sus libros de cuentos sobre costumbres italianas; Tomás Salvador, con sus cuentos sobre Manolo y sus pastiches; Ramón Ayerra, con, entre otros, Las amables veladas con CeciliaAlfredo Bryce Echenique... con sus memorias o su peruano cagándose en el Museo del Prado; Douglas Adams y su serie del Autoestopista galáctico. Y, por supuesto, David Foster Wallace y su Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (en inglés: A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again). 

Toda esta gente me ha hecho pasar ratos desternillantes; cualquiera de ellos hace que uno crea que es bueno vivir y puede alegrarle el día al más serio de todos los Clint Eastwood de este mundo. Los libros que trae el artículo de El País son estos:

1. En lengua española:

José Esteban: El epigrama español, una antología. Espuela de Plata, 2008.

Juan Villoro: Los culpables. Anagrama, 2008.

Jorge Ibargüengoitia: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008.

Marcelo Birmajer: Historia de una mujer. Seix Barral, 2008.

Kalman Barsy: Los veinticuatro días. Pre-Textos, 2009.

Manuel Vilas: Aire nuestro. Alfaguara, 2009.

Ignacio Padilla: La vida íntima de los encendedores. Páginas de Espuma, 2009.

Pola Oloixarac: Las teorías salvajes. Alpha Decay, 2010.

Guillermo Cabrera Infante: Cuerpos divinos. Galaxia Gutenberg, 2010.

Felipe Benítez Reyes: Formulaciones tautológicas, Zut, 2010

2. Para hacer el humor con otras lenguas:

Hilary Mantel: Tras la sombra. Global Rhythm, 2007.

G. K. Chesterton: La superstición del divorcio. Los Papeles del Sitio, 2008.

Eça de Queiros: El conde de Abraños. Espuela de Plata, 2008.

S. Ortoli & M. Eltchaninoff: Manual de supervivencia en cenas urbanas. Salamandra, 2008.

Yasutaka Tsutsui: Hombres salmonela en el planeta porno. Atalanta, 2008.


Thomas Bernhard: Mis premios. Alianza, 2009.

Julian Barnes: Nada que temer. Anagrama, 2010.


J. M. Coetzee: Verano. Mondadori, 2010

jueves, 12 de febrero de 2026

Lista comentada de los treinta mejores autores

  [Transcrito de YouTube y corregido por el bloguero, de Semillas de Papel]

 Antes de empezar, aviso importante. Esta no es una lista de estas que me he sacado yo porque me la encontré apuntada en la servilleta de un bar, ni el típico rollo de "mis autores favoritos", porque sí, para hacer esta lista aquí ha sido muy escrupuloso. Esta es una especie de lista libro por libro, rollo literario, donde he cruzado un montón de listas de críticos, de encuestas a escritores, de rankings editoriales, incluso de votaciones de lectores y hasta de cánones históricos.

Incluso me he encontrado por ahí todavía listas agregadas de estas que mezclan un montón de rankings mezclados ahí a lo loco. Entra el Time, The Guardian, Modern Library, Lemont, la famosa lista de escritores de Bluen, incluso rankings anglosajones europeos, académicos, yo qué sé, todo lo que me he encontrado en la red, lo he mezclado todo y he hecho como una especie de conclusión. El resultado, pues tenemos un cóctel muy peligroso, os lo digo, un ranking que para nada es perfecto, pero que no es solamente opinión, sino que también intentar responder una pregunta que prácticamente es imposible de de ser respondida. Es, si todos los escritores de los que vamos a hablar hoy pelearan en igualdad de condiciones, ¿quién sería el mejor libro por libro de la historia de la literatura? Pues es lo que vamos a tratar de desentrañar hoy, de este cruce, de este mejunge glorioso de datos que he hecho. Entra el prestigio, entra la influencia, entra la supervivencia y entra cómo han aguantado el paso del tiempo. Y me he quedado con 30 nombres, 30 que ahora sí vamos a desarrollar uno a uno.

Y te adelanto algo desde ya. Da igual a quien eches de menos. Alguien va a enfadarse porque no va a encontrar a quien quiere encontrar. Así que antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza, vamos a ir un bastante rápido. Vamos a ser injustos y vamos a dedicar un poquito más de tiempo al top 10. Del 30 al 11 vamos a ir un poquito ligero, así que a Leo. 

Empezamos por Fernando Pessoa, 30 escritores por el precio de uno. Le ponemos aquí, pues, porque probablemente a muchos le parezca muy debajo, pero bueno, si alguien se tiene que quejar, que se queje Portugal. 

John Milton con su Paraíso perdido, monumental, gigante, importantísimo donde los haya, pero entre tú y yo me parece que se admira bastante más de lo que se lee y creo que eso cuenta.

Herman Melville con Moby Dick. Es una obra maestra, pero a ver quién tiene narices para releerla cada 5 años y tragarse todas las taxonomías que tiene. 

En el 27 tenemos a Tolkien y aquí empezamos con los cuchillos afilados. Esto no es literatura clásica ni mucho menos, pero su influencia cultural me parece que es obscena a todos los niveles. Así que aplaudo este puesto. 

En el 26 tenemos al genio italiano, Italo Calvino. Juguetón, brillante, elegante, un escritor que te hace creer en cada momento que escribir es la cosa más fácil del mundo. Te lo adelanto, no lo es. 

Anton Chéjov, el rey del nunca pasa nada, pero que mientras tanto te destrozo por dentro. Muy poquito espectáculo en su literatura. Mucha cirugía emocional, y me parece que está, creo, en el sitio que le corresponde. 

Gustave Flaubert. Si hubiera un obseso del estilo, es él. Madame Bovary sigue humillando a día de hoy a medio planeta literario, y quien quiera que lo imite es muy frío; pero madre mía, qué nivel de literatura. 

Simone de Beauvoir el 23. Y aquí se me va a cabrear gente; seguramente no solamente por el ensayo está aquí, sino también por esa narrativa que tuvo y esa influencia totalmente tangible a día de hoy. Yo creo que está perfectamente metida.

En el 22 está Thomas Mann, que es denso, y si no, meteros en La montaña mágica y veréis. Muy intelectual, no es para todos los públicos, pero si entras y te conquista, esto es primerísima división. 

Vladimir Nabokov, obsceno para todos los niveles, moralmente incómodo para prácticamente todo el mundo. No cae mejor porque él no quiere caerle bien a nadie, creo, ¿no? Y sinceramente, yo ese gesto se lo agradezco. Ahora empezamos a entrar en una zona peligrosa. 

Vamos a ir del puesto número 20 al puesto número 11 y empezamos con George Orwell, con esas dos novelas que escribió. Un montón de ensayos que siguen explicando cómo es el mundo en el que vivimos y cómo el poder, cómo explica ese poder incluso mejor que Twitter entero junto. Aquí está, me parece perfecto, ni más ni menos, ni arriba ni abajo. 

En el 19 tenemos la filosofía extrema de Albert Camus, que es para gente que no quiere sentirse idiota mientras está leyendo filosofía, porque te entra de manera elegante, te entra claro, limpio y al final te enteras. Está bien bien arriba.

En el 18 tenemos a Mark Twain, que sinceramente siempre me ha parecido ligero, pero es un error calificarlo así. Tiene el humor como arma de demolición cultural y es una especie de literatura eh muy seria, totalmente disfrazada de otra cosa. 

En el 17 tenemos a Ernest Hemingway y muchos se pensarán que está demasiado arriba en la lista, ¿no? Y no te digo yo que no. Eh, pero su influencia es más en el estilo que en la complejidad de sus obras, pero indiscutiblemente es una auténtica leyenda. 

Jane Austen está en el puesto número 16 y aquí alguien dirá que está demasiado arriba, que tendría que estar más hacia el top 10. Pues no, lo siento, es lo que hay. Irónica, quirúrgica, una estructura perfecta en su manera de escribir, cero paja, y eso es puro puro oro, crema, calidad pura. Bueno, ya estamos en la antesala del Olimpo. Vamos a ir de los puestos 15 al puesto 11. Y es que ya aquí todo lo que nos vamos a encontrar es altísima literatura, nivel prácticamente jefe final.

Y empezamos en el puesto 15 con Gabo, con Gabriel García Márquez, que creó un universo tan sumamente potente que arruinó a cientos de imitadores que trataron de superarlo y se quedaron por el camino. Solo por eso, solo por ese detalle, merece sin duda estar aquí. 

En el 14 tenemos a Molière con sus comedias, con su crítica social, con ese ritmo que sigue funcionando siglos después. Y eso no puede ser casualidad, eso se llama talento. 

En el 13 tenemos a Goethe con su Fausto, que fue un auténtico monstruo en todos los niveles. Si ese hombre existiera hoy, se hubiera escrito hoy, yo creo que estaría totalmente prohibido en todas partes por exceso de intensidad. 

En el 12 tenemos al genio, a Jorge Luis Borges. Y aquí yo sinceramente me indigno un poquito porque no está nada de acuerdo que Borges esté fuera del top 10, pero no es mi lista, me duele en todo el alma y su obra, que fue corta, me parece que tiene que estar teniendo en cuenta que esto es un ranking libra por libra, yo lo pondría en el top cinco. 

En el 11 tenemos a Charles Dickens, popular, profundo, inagotable, personajes totalmente inmortales y lectores a mansalva en todo el mundo. Gran cierre para este bloque justo antes de llegar a la auténtica pomada. Y ahora sí, a partir de aquí, cero bromas, vamos a entrar en el top 10, según este calidoscopio de listas que he podido recopilar, donde ya no estamos hablando de buenos escritores, ya estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de gente que cambió el juego y las reglas para siempre jamás. 

En el puesto número 10 tenemos a Marcel Proust. Bueno, es el Everest literario de medio mundo, ¿no? Todo el mundo dice haberse subido a Proust; pero yo creo que nadie ha pasado del campamento base, probablemente. Lento, obsesivo, interminable, angustioso en ocasiones, pero, si eres capaz de entrar en su obra, si te rindes a ese ritmo que tiene, te ocurre algo realmente serio. Es que empiezas a entender cómo funciona realmente la memoria, cómo el pasado no está detrás, sino dentro, en tu interior, y no cuenta una historia, te la reconfigura. A mí personalmente me enfada un poquito porque, eh, porque se posturea mucho con él, ¿no? Me enfada que cualquiera que coja el tiempo perdido lo abandone las 20 páginas, pero aplaudo y me rindo a los pies de la gente que considera que tiene que estar aquí porque sí que se ha terminado su obra. Él llevó la literatura al límite absoluto de lo que el ser humano es capaz de aguantar. 

El puesto número nueve se lo lleva Franz Kafka, que la verdad es que Kafka escribió muy poquito, publicó muy poco también, murió muy mal, eh, sin saber que iba a arruinarle la paz mental  probablemente a generaciones enteras que vinieron después, porque lo suyo no era contar historias, además odiaba sus historias, quería que las destruyeran. Eh, tú las lees y sientes que has hecho algo mal con tu vida, ¿no? Aunque no sepas qué. Y, ojo, curioso, cuando el apellido de alguien se convierte en adjetivo, se acabó el debate. O sea, hoy en día decir que algo es kafkiano no es marketing, no es prácticamente un meme cultural en toda su extensión. Y la verdad es que resulta un poco indignante la poca obra literaria que tiene y lo alto que está en todas las listas, ¿no? Eso yo creo que pasa por ser más una absoluta genialidad que cualquier otra cosa. 

El puesto número ocho es Virginia Wolf, que de Virginia Wolf hasta los andares. Aquí yo me cuadro, aplaudo y digo, pues, lo que siempre digo de Wolf, que ella no grita, ella no pontifica en su obra. Ella te atraviesa con sus palabras, innovó con su manera de narrar, le dio conciencia a todo cuando eso no aparecía en ningún manual ni en ninguna tendencia social de ningún tipo, ¿no? Y muchos la confunden porque creen que es algo frágil, pero es un error. Ella fue prácticamente una cirujana de las letras. Cada frase que tenía estaba donde tenía que estar. Y sinceramente me molesta un poquito que la gente a día de hoy primero la utilice como meme también, y, por otro lado, que la traten con cierta condescendencia. Yo creo que es probablemente la más alta literatura que existe sin que haya testosterona por medio, y eso, eso es muchísimo. 

En el siete está James JoyceJoyce, ese escritor capaz de escribir esas cosas que nadie se lee, pero bueno, aunque no las entiendes, pues dice mucho de él, ¿no? Dice mucho de él que esté aquí porque tú no entras a Joyce para disfrutarlo, entras a Joyce para ver su exhibición técnica del lenguaje. Él no escribe novelas, él escribe gimnasios para tu cerebro. Que es excesivo, sí, que es ególatra, muchísimo. Que es imprescindible para entender lo que la literatura puede llegar a hacer con el lenguaje. Cógete el Ulises, pégalo un vistazo, no es simpático, no va a ser amable contigo, pero esta historia es un ranking libra por libra de los mejores, no un concurso de popularidad. Y oye, pues si está aquí, no sé, júzgalo tú. 

El puesto número seis se va a muchos siglos de distancia nuestro. Tenemos a Homero, que siempre hay discusión, pero a mí me da igual. Es un autor real, es un autor colectivo, viene de la tradición oral y todo eso está muy bien para la facultad, pero el resultado es inapelable, ¿no? Ahí tenemos la Iliada, tenemos la Odisea, son el molde de prácticamente todo, todo lo que se ha escrito y todo lo que ha venido después. tienes los héroes, tienes los viajes, tienes el regreso, eh, la guerra, la identidad y que siga aquí arriba después de tantos miles de años, pues es yo creo que la mayor prueba de que la calidad existe y de que el campeón antiguo que tenemos aquí, sorpresa, sigue ganando combates a muchos advenedizos que siglos después han venido. 

Puesto número cinco para Fiodor Dostoievski. Nos vamos a la Rusia. Aquí ya entramos en el terreno probablemente más serio. Estamos en el top cinco y Dostoievski no escribía personajes, escribía abismos sin red de seguridad. Tenías culpa, tenías fe, tenías crimen, redención, la contradicción humana en vena, eh, yo qué sé, lees y te ves reflejado en cosas que no te gusta reconocer, pero que las sientes aunque te lo calles. Esto no es entretenimiento, esto es un deporte de riesgo prácticamente. Era desordenado, era excesivo, pero no sé tú, tiene una intensidad emocional que poquitos han vuelto a alcanzar después. Y eso es que sus motivaciones a la hora de escribir eran las que eran. Sin discusión, creo que merece estar aquí porque esto es una pelea cuerpo a cuerpo y un puesto número cinco es totalmente lícito. 

Compatriota tenemos en el cuatro a León Tolstoy. Yo los hubiera puesto al revés. Es el escritor que te mira y dice, "Ah, que quieres realismo. Pues toma tres tazas, todo el realismo del mundo". Ahí tienes Guerra y Paz, que es ligerita y es una obra que no debería funcionar, pero funciona. Mil millones de personajes, historia, pensamiento, vida cotidiana, guerra, amor, todo. Venga, mételo todo ahí que te cabe, porque en mil y pico páginas tú dirás. Y aquí no hay truco ni fuegos artificiales. Aquí hay una intensa comprensión brutal del ser humano. Y eso no es fácil. Me enfada lo bien que escribe, te lo digo de verdad. Pero bueno, oye, uno de los grandes campeones de nuestro ring. Madre mía, qué emoción, que entramos en el top tres.

En el top tres y tenemos en el tres a Dante Alighieri. Aquí estamos ya probablemente en otro nivel, ¿no? Dante no escribió un libro, construyó una especie de sistema moral, no sé, y un sistema moral que además yo creo que seguimos utilizando prácticamente todos eh siglos después, ¿no? el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso y cada uno con sus niveles, con su arquitectura, con su política, con ajustes de cuentas, con movidas personales, no sé, una auténtica locura creativa de proporciones bíblicas muy difícil de leer; y me parece a veces, sinceramente, me parece insultante que se le trate como un clásico polvoriento, porque esto es de una imaginación salvaje con ambición total, pero tienes que entrar con él a él con mucha cautela porque te puede derrotar en muy pocas páginas y, si no, ¿cuáles son los dos que quedan? Pues lo vas a ver enseguida. 

Bueno, en el puesto número dos, Miguel de Cervantes, don Miguel de Cervantes Saavedra, el señor que inventó la novela moderna sin saber lo que estaba inventando, porque eso suele pasar bastante a menudo. Y para colmo se permitió el lujo de reírse de lo que él mismo estaba haciendo y de paso reírse de todo lo que había alrededor. El Quijote es humor, es tragedia, es metaliteratura, es ternura de verdad, es un libro que amo con locura y me tengo que poner un poquito serio en esto porque no es solamente un libro en español, es un manual universal de cómo se tiene que contar bien una historia y por qué se tiene que contar. Me parece imposible que  en cualquier tier list que se pueda hacer en el mundo mundial Cervantes no esté en el top tres; está en el dos. Perfecto. 

Bueno, y teniendo en cuenta que la mayoría de estas listas que he consultado son anglosajonas, pues en el número uno no podría estar otro que el señor William Shakespeare, que tanto comparte, ¿no?, en muchas cosas con Cervantes. Entonces, yo creo que es un es un puesto 1 y 2  que se tienen que compartir ambos y creo que no es ninguna sorpresa. Creo que Shakespeare es el número uno porque lo tiene todo. Lo tiene todo.Tiene personajes inolvidables, lenguaje afilado, profundidad psicológica, una obra muy grande, teatro que sigue funcionando a día de hoy, frases que usamos sin saber que son suyas constantemente. Su penetración cultural es elevadísima con sus amores, sus celos, su ambición, su traición. Es que es que está todo, todo lo tiene ahí, y todo está vivo, y todo es actual. Y esto no es devoción académica. Esto, te guste más o menos, es una evidencia empírica. Es así. Fíjate, es que se representa, se adapta, se cita constantemente y nunca se agota, siempre encuentras una nueva versión, siempre vuelve a salir algo nuevo de él y vuelve a ser bueno y vuelve a ser brillante. Creo que es justo merecedor del puesto número uno de esta lista o, como se dice ahora, ¿no? el Goat, ¿no? Es que yo toda la vida he pensado que esa palabra significa cabra, pero bueno. 

Bueno, vuelvo a sacudirme absolutamente toda la responsabilidad sobre esta lista porque ahora viene la parte más incómoda, ¿no? Da igual qué lista hagas, incluso aunque fuera mía, da igual cuántas fuentes pueda haber consultado yo, cuántas cosas cruce, lo mucho que intente ser justo con esto. Va a faltar alguien, seguro. Igual tu autor favorito no está. O estás demasiado abajo o es demasiado nuevo. ¿Cómo demonios has puesto a este y a este otro no? Bueno, pues yo te pido disculpas humildemente.

Entiendo esta indignación, y es justa prueba de que la literatura sigue viva, vivísima. Y si esto fuera un ranking cerrado, muerto definitivo, pues nadie discutiría, ¿no? Nadie diría: "Pues ya está, tema cerrado, hablemos de otra cosa para siempre." Aquí estamos para discutir con pasión, como solamente se discute ese tipo de cosas que importan de verdad a la gente. Y seamos honestos, ninguno de nosotros lo ha leído todo ni lo va a leer todo. En una larga vida de lector, ¿cuántos libros te puedes llegar a leer? 800, 1000, como mucho. Yo creo que nos queda, vamos, una auténtica locura de obras por descubrir por todos los lados. Así que esta lista nunca jamás va a ser un punto final. Es una invitación al desacuerdo más absoluto, a la relectura,  al descubrimiento de un libro y decir: "A ver si es que tanto mito que se habla de este autor merece la pena o no merece la pena." Porque yo creo que después de ver a Shakespeare, a Cervantes, a Dante, a Tolstoy, a Dostoievski, yo qué sé, la pregunta no es quién tiene que estar o cuál es el siguiente de esta lista. La pregunta es, ¿qué libro todavía te está esperando en la estantería, ahí, muerto de risa? Implorándote sin abrir para que te encuentres con la mejor noticia de todas y probablemente algo que te alegre la semana. Y es que lo mejor está por leer.

La moda Dostoievski

 Dolor, contradicción y exceso: tus hijos están leyendo a Fiódor M. Dostoievski, en El País, por Luna Miguel, 17 ene 2026: 

La vigencia literaria, política y espiritual del escritor ruso atrapa a nuevas generaciones de lectores, más allá del fenómeno de `Noches blancas’ en Tiktok o los centenares de memes en Instagram

“No sé cómo alguien es capaz de escribir después de haber leído esto”. En la presentación de su último libro en Barcelona, Angélica Liddell agarra el ejemplar viejo de Los hermanos Karamázov que traía bajo el brazo y lo alza para que todo el auditorio pueda verlo bien. Tal vez poseída por el espíritu de su autor, la dramaturga asegura que cada mañana se levanta muy pronto para estudiarlo, y que lo único que consigue hacer ante tal despliegue de genialidad, de crueldad y de sabiduría es arrodillarse, someterse a la escritura ajena, lamer el polvo del suelo por y para Fiódor M. Dostoievski.

Justo en el momento en el que Liddell alarga la lengua hacia afuera, dejándola a escasos milímetros de la cubierta ensangrentada de Cátedra, en la otra punta de la península un joven poeta es expulsado de la biblioteca pública de su pueblo porque ha perdido el ejemplar de El idiota que le tocaba devolver. “Tú sí que eres idiota”, dice la bibliotecaria cuando él, cabizbajo, intenta pedir perdón, asegurando que comprará otro ejemplar del libro, una edición mejor, en tapa dura si hace falta, y que lo repondrá con el sudor de la frente de su precaria existencia.

Al mismo tiempo, en un barrio gentrificado de Madrid, un grupo de lectoras brinda con vino blanco en los bajos de una librería independiente. Han quedado para leer juntas El doble, porque la reedición de Alba les pareció muy bonita, pero también porque una de ellas se enteró, gracias a un tuit de la traductora Gudrun Palomino, de que ese fue uno de los libros sobre los que Sylvia Plath escribió su tesis en 1955: El espejo mágico. Un estudio del doble en dos novelas de Dostoievski.

Lo que diga Plath, ya saben, va a misa.

Quizá por eso Dostoievski: Filosofía, novela y experiencia religiosa, de Luigi Pareyson, publicado por el sello católico Ediciones Encuentro, sea el ensayo que guarda en el bolsillo del abrigo ese catecúmeno de 33 años, que ahora fuma en la puerta de una céntrica iglesia de Burgos, antes de pasar a la formación. “¿A mí y a cuántos más?”, se pregunta a sí mismo, mientras contempla el humo que sube, “a mí y a cuántos más nos habrá convertido el ruso?”.

¿Es su vida excepcional lo que se cuela, casi sin permiso, en las entrañas de quienes lo leen? O será porque leer a Dostoievski nos acribilla a preguntas sobre la fe, sobre el odio, sobre la resistencia, sobre la pobreza, sobre la fealdad de nuestras almas, sobre el absurdo del afecto, o sobre las esperanzas rotas, que en ese preciso instante en el que el cigarrillo consumido cae a la entrada del templo burgalés, en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada dos estudiantes se comen la boca en mitad de un debate sobre si fue Nietzsche el que influyó a Dosto, o si acaso fue Dostoievski el que, con Memorias del subsuelo, metió el último tallo de paja en la cabeza al filósofo antes de volverse del todo majareta. “¡Que se lo he leído a Ricardo Piglia en Formas breves, socio! ¡Que, después de descubrir a Dostoievski en una librería francesa, Nietzsche se infectó de una especie de bovarismo extremo!”, grita la novia, con la boca húmeda.

Otra pareja, en otra ciudad, a la misma hora, está decidiendo por WhatsApp lo que verán en la tele después de cenar: “He encontrado una adaptación de Noches blancas en Filmin, creo que es de Visconti, ¿no era esa la novela que recomendó el youtuber estoico que tanto te gusta?”.

Sin salir de las redes sociales, una actriz de veintipocos años, con más de 200.000 seguidores entre sus distintos canales, acaba de publicar un vídeo en Tiktok que ha tardado una eternidad en grabar, porque resumir las 639 páginas de Crimen y castigo en un minuto no era tan fácil como creía: “¿Raskólnikov es bueno o es malo? Si te parece bueno, háztelo mirar”.

Además, la crítica literaria Mathilde Cotton ha subido un post a su cuenta de Instagram con una foto de las preciosísimas portadas nuevas de los libros breves de Dostoievski que Actes Sud acaba de lanzar en Francia: “¿Qué ha pasado para que lectores muy jóvenes vuelvan a conectar con el ruso?”, escribe Cotton, para sorpresa de nadie.

Porque ya nos va entrando en la cabeza que ese escritor está en todas partes, como por ejemplo en los titulares que la prensa cultural británica viene escupiendo desde 2024: “¿Cómo se ha convertido Dosto en la nueva sensación en redes?”; y que ahora mismo, en este plano secuencia infinito, se confirma: “¿Por qué Noches blancas vendió más de 100.000 ejemplares en Reino Unido el año pasado?”.

A raíz de estos titulares, de este revuelo, de esta aparente moda pasajera, Miqui Otero escribió una columna en la que auguró, mediante una cariñosa carta abierta al mismísimo Dosto, que “no muchos” de los que hablaban de Noches blancas en TikTok o Instagram se atreverían dentro de un mes con las 1.400 páginas de Los hermanos Karamázov.

Por suerte, Otero se equivocaba. Sí, se equivocaba. Aguanten la respiración: porque, mientras Liddell saca la lengua para embabar su libro de Cátedra, un joven poeta o un catecúmeno tardío, ya no me acuerdo, reza para sus adentros la reseña de Humillados y ofendidos que escribirá en Goodreads antes de acostarse. Y mientras una doctoranda en Letras por la Universidad de Salamanca subraya barbaridades misóginas de la biografía Dostoievski, mi marido, de Ana G. Dostoievskaia, editado por Espinas, para meter con calzador su cachito de género ahora que le toca sustituir a un profesor macho; en otro club de lectura de Nuez de Ebro dos amigas se ríen por el análisis que una tercera acaba de hacer a propósito del gen proto-incélico del enamorado de Nastenka, basándose a su vez en algo que ella leyó hace años en Mentira romántica y verdad novelesca, de René Girard: “No existe en Dostoievski amor sin celos, amistad sin envidia, atracción sin repulsión”. Y mientras en un club deportivo de Sanlúcar, un joven cambia su foto de perfil de Tinder por otra en la que puede leerse con más claridad el mensaje à la Karamázov que luce en su camiseta: “No odiéis a los ateos, a los maestros del mal, a los materialistas; no odiéis ni a los peores de ellos, pues muchos son buenos, sobre todo en vuestra época”; en la cola de un supermercado de Plasencia, una activista pone like a un post en X, en el que los escritores Omar Hamad e Ibrahim Massri piden ayuda económica para abrir la primera biblioteca de Gaza tras el genocidio mediante una imagen de un Crimen y castigo hecho jirones, recuperado de los escombros tras los bombardeos. Y también mientras un comercial de Makro en periodo de pruebas vuelve a casa deprimido, escuchando a todo trapo en el coche el audiolibro de El mito de Sísifo, la oda que Albert Camus dedicó a Kirílov: “Todos los personajes de Dostoievski se interrogan sobre el sentido de la vida. Son modernos en eso: no temen al ridículo”; en el chat de Telegram de clase, una estudiante de psicología comparte Manual de supervivencia para la Russian Era de tu pareja, un artículo que Samantha Soria Chavarría publicó en Substack —“Dostoievski, Tolstói, Turguénev. Él los menciona como si fueran exnovias que le cambiaron la vida”— y al instante otra compañera le responde con una vídeo-reseña de la youtuber Essentia Libris, o quizá con un podcast de Punzadas, o quizá con un comentario de Goodreads de @etoilesinde, o quizá con un hilo de Marta Rebón, como dando a entender al resto de alumnas que leer al ruso no es necesariamente una red flag.

Banderas aparte, y aunque ya imaginamos que a muchos les gustaría saber el motivo exacto de la proliferación de lecturas dostoievskianas en nuestro país y más específicamente en nuestras pantallas —para comprobar si el fenómeno británico es, o no, extrapolable a estas tierras; o para ver cuánta tajada seguiremos sacando a costa de un condenado a muerte— podríamos alargar este relato, imaginando que a la misma hora en la que sucedía todo aquello, antes de cerrar la jornada desde una oficina barcelonesa, la editora júnior Vera Melitón introduce el nombre del ruso en GfK y echa cuentas: en 2025, alrededor de 20.000 ejemplares de Noches blancas se han despachado entre ediciones de bolsillo o ilustradas, publicadas en grandes grupos o sellos independientes. “Nada mal”, susurra Melitón, con los ojos como dólares. La pregunta que le asalta inmediatamente, sin embargo, no es “por qué ahora”. Ni siquiera “por qué su literatura vuelve hoy”. Lo que ella desea saber es qué tiene Fiódor M. Dostoievski para que nunca se haya ido.

Acribilla a preguntas sobre la fe y el odio, la resistencia, la pobreza, las esperanzas rotas… Con tal de averiguarlo, primero estudia su carta astral, y luego se pone seria. Melitón lee de una sentada El universo de Dostoievski, una amable biografía de Tamara Djermanovic, donde todas las curiosidades sobre la familia, los amoríos, las adicciones o la religiosidad del autor escorpiano se estructuran por capítulos titulados como cada una de sus grandes obras. Lo que aquí se aprende, certifica aquello que Emil Cioran había señalado en Ejercicios de admiración: “Que su destino precede a su vida”.

Entonces, se pregunta Melitón, ¿es su excepcional biografía lo que atrapa a viejos y nuevos lectores por todo el mundo, o es su excepcional obra lo que se cuela, casi sin permiso, en las entrañas vulnerables de quienes lo leen?

A Stefan Zweig, por ejemplo, le resultaba “difícil y de mucha responsabilidad hablar dignamente” de Dostoievski, “y de su importancia para nuestro mundo interior”. En Tres maestros, Zweig reconoce que su mente siempre pierde la esperanza de “penetrar” el mundo que él despliega: “Su magia es demasiado extraña al primer encuentro; su pensamiento, demasiado velado por las tinieblas del infinito; su mensaje, demasiado enigmático para que el alma pueda mirar directamente este cielo como contempla el propio”.

Y luego remata: “Dostoievski no es nada si no lo vivimos desde dentro. Ante todo, en lo más profundo de nuestras almas”. Pero es que hay más.

Ya hace un siglo largo, durante la conferencia La revolución y la novela rusa, pronunciada en Madrid en 1887, Emilia Pardo Bazán se refirió a Dostoyevski —así lo pronunciaba ella entonces— como el Dante ruso. Dijo que era un entusiasta místico, un visionario poseído por la fiebre, la sinrazón y “la enfermiza intensidad psicológica de los cerebros cultivados de su tierra”. Y para una España que todavía estaba pendiente de leerlo, Pardo Bazán lanzó una brutal advertencia: “Que no lo lean las gentes de alma sensible, de blanda organización, enemigas de las escenas de horror, ni menos los enamorados del clasicismo en cuanto serenidad, armonía y luz. Con él entramos en una estética nueva, donde lo horrible es bello, lo desesperado consuela, lo innoble raya en sublime; donde las rameras enseñan el Evangelio, los hombres van a la regeneración por el camino del crimen, el presidio es escuela de compasión y elemento poético el grillete. Mal que nos cuadre, hemos de admirar a un novelista cuya lectura parece excitación sistemática al asesinato o pesadilla de noches de calentura”. Wow. “Contundente, nuestra Emilia”, piensa Melitón, todavía atada al escritorio del despacho. “Será que, en tiempos de búsqueda desesperada de la fe, lo que consuela no es tanto la luz como la narración exasperante de nuestras contradicciones”, se dice. Sin haber hallado una respuesta a su pregunta, la editora intuye que si la obra de Dostoievski gusta hoy y gusta siempre es porque habita ese tiempo detenido desde el que los relatos sostienen el dolor y las pasiones de los siglos; porque su asco interpela, sin cortes, todos los presentes. “Qué estúpido sería preguntarse por qué Cervantes hoy, por qué Safo ahora, por qué Kafka o por qué Woolf en este día”, sentencia.

Y al final, justo cuando Vera Melitón logra abandonar su puesto de trabajo en una oficina de Barcelona, en otro punto menos cálido y más ruidoso de la ciudad, es mi cuerpo el que se arrodilla y se arrastra por el suelo polvoriento de la incomprensión, es mi lengua la que se alarga buscando subrayar con saliva la página de ese ensayo en el que René Girard dijo que si a Dostoievski se le considera inigualable, no es porque sea genial, sino por la miseria incrementada de sus personajes. Como ocurre con todo lo que nos importa, con todo lo que volvemos heroico, con todo lo que consumimos excesivamente dentro y fuera de nuestras pantallas: “Se le glorifica por lo mismo que, todavía ayer, lo convertía en sospechoso”. No sé cómo alguien es capaz de venerar a otro escritor después de haber leído todo esto, pienso ahora, abatida, tan cansada de escribir este cuento.

“¿Pero se puede amar verdaderamente a Dostoievski?”, había preguntado mucho antes que yo la filósofa Julia Kristeva en uno de los mejores ensayos que he leído sobre el ruso. Creo que ya tengo la respuesta: ¡se debe!

Lecturas

Noches blancas, de F. M. Dostoievski. Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Nórdica, 2025. 120 páginas, 22,50 euros.

Los hermanos Karamázov, de F. M. Dostoievski. Traducción de Fernando Otero Macías. Alba, 2013. 1.008 páginas, 42 euros.

Dostoievski, mi marido, de Ana G. Dostoievskaia. Traducción de Cecilia Manzoni. Espinas, 2021. 304 páginas, 16 euros.

El universo de Dostoievski, de Tamara Djermanovic. Acantilado, 2021. 272 páginas, 14 euros.

Mentira romántica y verdad novelesca, de René Girard. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama, 2023. 286 páginas, 13,90 euros.


domingo, 21 de diciembre de 2025

El novelista de género negro Eugenio Fuentes

 Ricardo Cupido: el héroe que ha convertido a Eugenio Fuentes en un referente de la novela negra en español, Juan Carlos Galindo, 11 DIC 2025:

Con la llegada de ‘Wendy’, décima entrega de la serie protagonizada por el detective, repasamos la historia y la evolución de una de las sagas más sólidas y mejor escritas del género

Resulta imprecisa, por no decir injusta, esa división entre novela de género, en este caso ficción criminal, y novela literaria. Como si la primera, por sistema, no llegara a ciertos criterios de calidad. Al final, parafraseando a Javier Cercas, esto es cuestión de buenas y malas novelas. No hay más. Eugenio Fuentes lleva desde 1993 demostrando con su serie protagonizada por Ricardo Cupido que existe lugar para una apuesta de largo alcance.

Ricardo Cupido es un hombre peculiar, un personaje inimitable, un tipo con un código y un detective con mirada. Alguien que, a veces, no tiene las respuestas. Esto supone mucho, más en un género que se dedica demasiadas veces a fotocopiarse. Lo encontramos en Wendy, décima entrega de la serie (recientemente publicada por Tusquets, como todas las anteriores) viviendo con Senda, la mujer que le ha dado cierta paz y que lo conecta directamente con la trama de una entrega anterior, Mistralia. También hay un guiño a Las manos del pianista (2003), como si al llegar a la decena Fuentes estuviera recapitulando, marcando a fuego las estaciones importantes del periplo de su héroe.

Ricardo y Senda acaban de ser padres de dos gemelos y el detective, quizás por primera vez, tiene demasiado que temer. Pero, claro, él no sabe hacer otra cosa. “No sabría ganarme la vida de otra manera”, reconoce en un momento dado. Es un tipo, Cupido, dado a cierta introspección, muy conocedor de sus debilidades y fortalezas. Asegura sobre su condición profesional y personal: “No tenía duda de que era un buen detective, porque no podía evitar serlo, del mismo modo que no podía evitar ser alto, o tener los ojos negros, pero no sabía si también sería buen padre”. De su físico sabemos también que es atractivo de una manera un tanto indefinida, que sus manos son grandes, poco más. No hace falta.

Wendy es un buen ejemplo de las virtudes de la obra de Fuentes. El autor extremeño se lo toma con calma. Las primeras 30 páginas tratan un caso sencillo, uno de calentamiento, sin una relación significativa con la trama central, pero que sirve para conocer el ambiente, algún personaje secundario, preparar al lector. Sigue a ese ritmo del que confía en lo que está contando para no andar con miradas al fondo del precipicio ni trucos de feria. Lo que cuenta Fuentes —aquí como en Piedras negras o Perros mirando al cielo, por citar dos notables ejemplos de su literatura criminal— construye un mundo en el que el lector se sumerge. Enseguida sabemos qué va a investigar el héroe: un caso de chantaje sexual que implica a un famoso futbolista y a Wendy, una chica que creció en Breda antes de ir a buscar fortuna a Madrid. Por cierto, esta novela se puede leer suelta sin mayor problema, pero el consejo es retroceder al menos hasta la ya citada Mistralia, séptima entrega de la serie, y ver la evolución del personaje. Leer la primera, alguna hacia la mitad y esta última no es mala opción.

Un aviso a los recién llegados: no traten de situar Breda. Se trata de un territorio ficticio muy real. Está en algún punto de Extremadura, en un mundo en el que hay cambio climático, inestabilidad política, corrupción, etc. Allí, entre esas 20.000 personas, el mal trabaja, como en todas partes. Fuentes trata el escenario y a sus pobladores como si fuera real, y poco a poco hemos ido cogiendo cariño a algunos.

Destaca entre todos ellos el Alkalino. Un minero retirado, que mantiene sus demonios a raya con una vida casi monacal: su huerto, sus paseos, su trabajo para el detective. Suya es la visión del hombre cotidiano, llena de sabiduría y sencillez. Y ayuda a Cupido en muchos sentidos. Estamos ante uno de los grandes secundarios de los últimos tiempos.

Preguntábamos en este diario a Fuentes en 2003 por el futuro del género, en aquel momento en plena efervescencia nórdica. Decía: “Se consolidará si se escribe muy bien y no se reduce a trampas o acertijos. Si hablan de conflictos verdaderos. Si retratan a personajes vivos. Si al acabar las novelas recordamos tanto a las víctimas como a los verdugos. La trama y su tiempo”. Podría parecer un programa de trabajo para sus siguientes 20 años.

Una prueba de la solvencia con la que Fuentes ha acometido esta serie es que en Wendy Cupido pasa “la peor semana de su vida” y todo ocurre de manera orgánica, sin recurso a exageraciones, sin que el personaje haya llegado con tal desgaste que ese giro no sea sino un salto adelante que sigue a otros. Y no estamos ante una escritura morosa, no: aquí pasan muchas cosas, la trama se desenvuelve con soltura hasta un final siempre sólido, aunque no siempre reparador. No son novelas escabrosas o viscerales y la violencia suele estar contenida y, sobre todo, expresada con sobriedad.

Los miedos que desata la paternidad, la impotencia, pero también esa inconmensurable felicidad están muy bien expresados. La vida de Cupido ha cambiado para siempre y eso desata la curiosidad entre los lectores que lo siguen desde hace años, pero seguro que suma adeptos a la serie también. ¿Quién no querrá saber qué le depara el destino a un hombre íntegro, pero falible, a un personaje tan humano y tan querido?

Wendy, Eugenio Fuentes. Tusquets, 2025. 504 páginas. 22,90 euros