sábado, 18 de abril de 2026

Evolución de la novela española en el siglo XXI

 La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Nadal Suau, 18 abr 2026:

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.

¿Cuándo comienza el XXI?

En 2001, se publican tres novelas excelentes, Romanticismo, de Manuel Longares, y Jugadores de billar, de José Avello, cuyos juegos de memoria ceñida a mundos cerrados y en decadencia las sitúan todavía en el siglo XX a casi todos los efectos (estructurales, estilísticos, etcétera), y Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, que es, en gran medida, un libro sobre el siglo XX. Algo parecido podría decirse de la trilogía faulkneriana Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, aparecida entre 2004 y 2005, o de Familias como la mía, de Francisco Ferrer Lerín (2011).

El caso de Javier Marías es distinto. Los tres espléndidos volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007) quizá tampoco inauguren nada, y hablamos de un escritor que ya definió el final del siglo anterior, pero resulta que, por mucho que para algunos pueda ser divertido discutirlo o revolverse contra la evidencia (y no pasa nada, ¿para qué necesitaría nadie cualquier forma de unanimidad?), la escritura hipnótica e inconfundible de Marías es uno de esos casos en que cuaja un clásico incontestable, fuera de serie. Además, el efecto del autor persistirá todavía de dos formas distintas: la primera son sus siguientes libros, que experimentan un relativo bajón hasta cerrar su carrera con un díptico estupendo, Berta Isla (2017) y Tomás Nevinson (2021).

La segunda es que su obra abre un espacio que permite la visibilidad de otros escritores afines. Pienso en José Carlos Llop, que es a la literatura francesa en España lo que Marías a la anglosajona, de quien citaría la poco recordada El mensajero de Argel (2005), con su atmósfera profética que convierte el Mediterráneo en Saigón, o Reyes de Alejandría (2016), revisitación de la Barcelona de los setenta. O en el exquisito Vicente Valero, que entre Los extraños (2014) y Enfermos antiguos (2020) ha sabido convertir Ibiza en una medida del mundo.

Tres líneas para los primeros compases del siglo

Nunca vas a obtener una verdad absoluta cuando te empeñas en delimitar períodos, como si en 2001 algo cambiase por arte de magia, o en trazar tendencias con tiralíneas y luego empeñarte en meterlo todo ahí. ¿Qué hacemos con autores que empezaron a escribir en los ochenta, o antes, y han seguido dando buenos libros? Algunos ejemplos: Muñoz Molina ha entregado La noche de los tiempos (2009), contribución significativa a la representación de la Guerra Civil (un tema que después experimentaría cierta desaparición del panorama hasta verse rescatado, con notable artesanía y en clave extemporánea de realismo mágico con La península de las casas vacías, el exitazo de David Uclés publicado en 2024), o Como la sombra que se va (2014), y Soledad Puértolas, de quien mencionaré Historia de un abrigo (2005), jamás ha dejado de ser una superclase. La honestidad galdosiana de Ignacio Martínez de Pisón nos dio La buena reputación en 2014. Etcétera. Pero, a efectos de mapeo de la época, es indudable que en la primera década del XXI hay tres autores que marcarán el futuro inmediato de la narrativa española.

1. Enrique Vila-Matas nos regaló cuatro libros seguidos cuya gracia metaliteraria, autoficcional, vanguardista y slapstick es inolvidable e influyó en muchísimos autores posteriores, desde Agustín Fernández Mallo (que lo incluiría como personaje en Nocilla Lab, 2009) a Mario Aznar, que le dedicó una majísima novela-ensayo, Too late, en 2022. Hablamos de Bartleby y compañía (de 2000, así que incluirla es una trampa disculpable), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003) y Doctor Pasavento (2005).

2. Javier Cercas será otro precursor de la autoficción, así como de la literatura de hechos reales, con el acontecimiento Soldados de Salamina (2001), que se adelantó a muchísimas cosas, tanto en lo que se refiere a técnicas literarias como al debate en torno a la reconciliación nacional, una cuestión que regresaría en su mejor libro, Anatomía de un instante (2009), preciso como el mejor mecanismo de relojería, emocionante y muy bien documentado, y pieza maestra del argumentario en favor de la Transición, es decir, inevitablemente polémico.

[Autoficción: un tic masivo del XXI. El yo por todas partes, aunque con resultados desiguales. Citemos algunos casos que merecen mucho la pena. Hay dos novelas estupendas de Carlos Pardo, Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2019), que son un retrato de la clase media de una inteligencia y elegancia admirables. Y el conmovedor La hora violeta (2013), que Sergio del Molino dedica a la muerte de su hijo, se acerca más bien a unas memorias, pero cómo no mencionarlo aquí].

3. Rafael Chirbes es totalmente distinto. Sería una simplificación hablar de “realismo”, pero su atención a los aspectos más pútridos de la realidad nacional propició dos novelas perfectas, dolorosamente lúcidas, Crematorio (2007) y En la orilla (2013), a las que cabe añadir una coda confesional bellísima, París-Austerlitz (2016). Cuando la supuesta España de las maravillas se reveló como un solar moral, Chirbes pasó a ser el escritor más lúcido de su generación. Y el lenguaje le acompañaba.

El momento Nocilla

En 2006, la joven editorial Candaya publica la novela Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, un hombre formado como científico que presta la misma atención a la literatura que a la música o el arte contemporáneo. El libro es fragmentario, pop, intertextual, listillo, indie. Y se convierte en un éxito descomunal, además de un caballo de Troya (hay quien usó esta imagen como crítica; no es mi caso) para que una nueva generación de autores penetre de golpe en el circuito literario.

La periodista Nuria Azancot, rápida y hábil como siempre ha sido, acuña un término: Generación Nocilla. No pretende ser una etiqueta académica (para eso hay otras: literatura mutante, afterpop…), y nunca llegarán a estar claras ni la nómina que comprende ni las características definitorias del movimiento (¿fue un movimiento?), pero intentémoslo. Los nombres, discutibles, podrían ser: Jorge Carrión, Vicente Luis Mora, Eloy Fernández Porta, Juan Francisco Ferré, Javier Calvo, Laura Fernández, Germán Sierra, Mario Cuenca Sandoval, Manuel Vilas y el propio Fernández Mallo. Los rasgos: fragmentarismo, apertura a nuevas corrientes y disciplinas, teoría y tecnología, alergia a costumbrismos varios o a realismos caducos, sampler y descentramiento, intersticios...

La verdadera clave consiste en que el siglo XXI toca a la puerta: antologías y revistas, reivindicación de nuevos paradigmas, Internet como agitador. Polémicas morrocotudas. Pocas veces se han vuelto a ver odios tan acendrados, desprecios tan olímpicos por parte de algunos seniors ni cosas tan divertidas como aquella foto-novela basada en El pueblo de los malditos que circuló por la red parodiando a todo el quién-es-quién de aquellos años. Pero el “momento Nocilla” fue breve. La crisis económica y las nuevas olas feministas iban a arrastrar la discusión a otras latitudes. Por otro lado, los mejores frutos de la nómina mencionada arriba llegarían más tarde, pasada la efervescencia mutante.

Así, las mejores novelas de Agustín Fernández Mallo probablemente sean Trilogía de la guerra (2019) y Madre de corazón atómico (2024). La de Vicente Luis Mora, Centroeuropa (2020). La de Mario Cuenca Sandoval, la sensacional y vampírica Los hemisferios (2014). De Robert-Juan Cantavella me entusiasma Y el cielo era una bestia (2014). En cuanto a Manuel Vilas, novelas como Aire nuestro (2009) quedarán entre lo más imaginativo de aquel instante, pero su libro estandarte es Ordesa (2018), en el que reorientó el balance entre lo heterodoxo y lo sentimental para evocar a sus padres, fundirlos con una idea emotiva del país, y lograr un gran libro y un éxito popular descomunal.

Otros mundos existen

Fijémonos en dos nombres: Laura Fernández y Javier Calvo (el autor que más se revolvió contra su supuesta pertenencia a la Nocilla). Cada una a su manera, sus voces representan la aparición de una potente veta imaginativa en la literatura española: fantástico, terror, gótico, weird... Entre Mundo maravilloso (2007) y Piel de plata (2019), Javier Calvo ha construido un imaginario encantador y oscuro. A Laura Fernández le debemos varias novelas derrochadoras y mágicas, además de una variación del idioma castellano que es exclusivamente suyo, pero el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) tuvo algo de definitivo: lo fantástico se aposentaba ya para siempre en primera línea.

Aquí hay que reivindicar a algunos autores. Daniel Miñano, más conocido como Colectivo Juan de Madre o Manuela Buriel, es un novelista inclasificable y brillante, como demuestra Animales feroces (2020), emparentada en varios puntos con Piel de plata (Barcelona, adolescencia, magia). En 2016, Francisco Jota-Pérez publicó Homo tenuis, una especulación a propósito de los fenómenos creepypasta que se ha convertido en Santo Grial de lo oculto.

Una crisis y dos estallidos

Entre 2008 y 2010, todo se descontrola, de la prima de riesgo a las instituciones democráticas, y el mundo cambia. Con él, la literatura. Los catálogos editoriales ya no volverán a ser lo mismo: la presencia de escritoras da un vuelco inédito e irreversible. Es una cuestión de cantidad y de calidad, pero también de complicidad con el público lector, cada vez más femenino y feminista, queer, comprometido, dispuesto a tejer espacios de encuentro. Una figura clave será Sabina Urraca, no solo porque es autora de dos novelas extraordinarias, a veces equívocamente encasilladas en la autoficción, Las niñas prodigio (2017) y El celo (2024), sino porque su visibilidad e impacto contribuyen a generar el espacio en el que se mueven otras estupendas narradoras como Rosario Villajos (La educación física, 2023) o Elisa Victoria (El evangelio, 2021), además de ejercer de editora con notable olfato: pensemos en los fenómenos Panza de burro, de Andrea Abreu (2020), o Seis mil, de Laura C. Vela (2025). Y en este punto deberíamos mirar más arriba para encontrar otra figura importante, la de Elvira Lindo, que en el siglo XXI ha dado sus mejores novelas (por ejemplo, A corazón abierto, 2020), y que, sobre todo, representa un caso infrecuente de atención hacia las nuevas escritoras y generosidad con ellas.

Luego está esa dinámica que podríamos emparentar con Chirbes, a la que ya aludí. Esto no significa que Chirbes la capitanee ni que las siguientes voces sean idénticas entre sí: como antes con Marías o Urraca, me refiero a cómo algunas obras facilitan la apertura de territorios que luego urbanizarán muchas otras (igual que La mala costumbre, de Alana S. Portero, también abrió caminos en 2023). Hay un nombre indisputable, Marta Sanz, que con La lección de anatomía (2008) o Clavícula (2017) ha nombrado un número importante de preocupaciones y ansiedades modernas, hasta ocupar una posición de maestría aceptada por toda una generación posterior. Hay un experimento temprano y anónimo, el collage El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen (2005), hecho con retales de prensa. Está Isaac Rosa con El vano ayer (2010). Recuerdo La trabajadora (2014), de Elvira Navarro, como una espeluznante fábula casi gótica sobre la precariedad. Y, por supuesto, está Cristina Morales, distinta a todo el mundo, cuya Lectura Fácil (2018), firme candidata a ser la novela española de mayor impacto de la última década (magistral, indomable, una locura), tiende a ensombrecer otro libro suyo magnífico, Terroristas modernos (2017). Otra imprescindible: Aixa de la Cruz y el arco que forma su narrativa, con sus puntos álgidos en la temprana Cuando fuimos los mejores (2007) y la penúltima Las herederas (2022).

Por último, considero muy relevante el trabajo de Belén Gopegui, una autora que ya venía de ser importantísima en los noventa, y entre cuyos libros del XXI suelen destacarse los de los primeros dos mil, como Lo real (2001), tan atentos a lo colectivo, a las posibilidades de transformación. Ocurre que, a partir del thriller Acceso no autorizado (2011) y hasta la reciente Te siguen (2025), Gopegui se adentra en un registro peculiar, antipedante, ajeno al narcisismo, de una generosidad transparente en su intento de narrarnos a todos, de ir en dirección contraria, abajo. Y sospecho que esta escritura provoca la clase de desconcierto propia de una verdadera posición autónoma respecto del sistema literario.

De un modo muy distinto, también ha fundado un espacio propio Gonzalo Torné, renovador de la vieja idea de “novela sobre Barcelona” que tan bien representaba el estupendo Francisco Casavella (El día del Watusi, 2002). En sus manos, la ciudad se convierte en un lugar donde los diálogos son más ingeniosos y anglosajones que nunca, irónicos a toda velocidad, sin que lo ridículo deje de estar presente, y linaje y diseño urbano se funden en una crónica sobre cuál es este país y qué es el ser humano. ¿Dos títulos? La ya mítica Hilos de sangre (2010) o los aires americanos de Años felices (2017), por ejemplo. Hace poco, el periodista José Antonio Montano escribió que Torné es el único novelista que queda en España. No es verdad, claro, pero tuvo gracia, porque sí es el único representante de cierta forma de novela. Dicho esto, si no es puramente novelista Sara Mesa, con sus historias secas, ambiguas y especializadas en generar incomodad, como La familia (2022), ¿quién lo es?

Lo que queda fuera, y el futuro

Lo que queda fuera: obras heterodoxas, autores poco visibles, periferias. Rescaten El estenotipista en la Academia Universal, de Alberto Escudero (2002), presten atención a las novelas inclasificables de Luis Rodríguez (cualquiera, pero digamos Mira que eres, de 2021). ¿Quién recuerda el barojiano, autoficcional, perdedor y encantador Curso de librería, de Fernando San Basilio (2006)? Que nadie olvide el mundo delicado y sabio que Begoña Huertas construyó entre El desconcierto (2017) y El sótano (2023). Y con su título giallesco, el gigantesco fresco en el París ocupado, Mil ojos esconde la noche (2024-2025), de Juan Manuel de Prada, es un disfrute impepinable salido de un lugar ajeno a cualquier línea apuntada en este texto. Por último, una de las pocas obras maestras de este cuarto de siglo es, seguro, Noche y océano (2020), de Raquel Taranilla, novela que una vez califiqué de “desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria”, y lo sostengo.

En cuanto al futuro, es imposible decir nada. O apenas nada. Me conformaré con algunas apuestas: la ficción especulativa de El árbol viene, de Munir Hachemi (2023), apunta en la dirección correcta y es el fruto de una inteligencia notable. Los escorpiones (2024) y La chica más lista que conozco (2026), de Sara Barquinero, delatan a una escritora importante que ha roto un poco las previsiones acerca de lo que su generación parecía destinada a escribir.

Y hay más, pero ya saben: el espacio se acaba.

viernes, 17 de abril de 2026

La orientación imposible

 Todo el mundo, o al menos el educado por Barrio Sésamo, se considera situado y consciente de qué es arriba y abajo, izquierda y derecha y dentro y fuera hasta que le cuentan la paradoja Ozma. Este problema consiste en la dificultad para comunicar la diferencia entre izquierda y derecha cuando a dos comunicantes no les fuese posible ver ningún objeto en común. El universo es, simplemente, ambidextro; es más, marea y oceanea completamente transformándolo todo en un vomitorio.

El problema lo planteó por vez primera Immanuel Kant en su discusión sobre la izquierda y la derecha, y William James lo mencionó en su capítulo sobre "La percepción del espacio" en sus Principios de psicología (1890). Y es un problema importante también a escala científica, a la hora de considerar el espacio-tiempo y la simetría-asimetría del universo, suponiendo que exista o que exista uno solo.

miércoles, 15 de abril de 2026

Italia permite la licencia laboral para cuidar animales enfermos

 Italia sumó una nueva licencia laboral: permitirá cuidar animales domésticos enfermos, en Infobae, por Brisa Bujakiewicz, 7 Abr, 2026:

Este permiso laboral italiano contempla hasta tres días al año para cuidar a mascotas enfermas y exige certificado veterinario. En algunos casos puede ser con goce de sueldo y surgió a partir de un antecedente judicial que sentó las bases de la medida. 

En este caso, la licencia no es por enfermedad propia ni de hijos, sino exclusivamente para atención veterinaria de animales domésticos. El anuncio sorprendió tanto a la opinión pública como a referentes de otros países, incluido Argentina.

El beneficio establece requisitos claros: la presentación de documentación que avale el estado de salud del animal y el grado de necesidad de la presencia del dueño, ahora referido como “tutor”. Algunas empresas en Italia ya lo implementaron en sus convenios, con componentes legales que surgieron a partir de un caso judicial de 2017.

“Es el primer país del mundo en otorgar licencias laborales para que vos puedas cuidar de tus mascotas enfermas. Tiene una limitación, es como máximo de tres días al año. Esa licencia, en algunos casos, se habla de una licencia con goce de sueldo”, explicó en Infobae en Vivo la periodista Luciana Rubinska.

La nueva licencia laboral para animales en Italia exige la presentación de certificado veterinario que justifique el estado de salud de la mascota

Antecedentes y origen de la medida

El caso testigo que dio origen a la ley ocurrió en 2017, cuando un empleado de una universidad en Roma solicitó ausentarse para cuidar a su perro, que atravesaba una enfermedad grave. La justicia italiana dictaminó que negarle este derecho podía considerarse maltrato animal, validando así la licencia.

Esa sentencia sentó las bases para la incorporación de la licencia en la legislación. Grupos proteccionistas impulsaron su redacción para garantizar el derecho.

Esta medida pionera coloca a Italia como el primer país del mundo en aprobar licencias específicas para tutores de animales domésticos enfermos 

Debate en la Argentina

En los estudios de televisión argentinos, la periodista Luciana Rubinska impulsó la discusión con sus colegas. La posibilidad de trasladar la iniciativa italiana al ámbito local generó opiniones divididas, especialmente entre empleados y empleadores.

Rubinska destacó: “Podés pedir una licencia por enfermedad, no tuya, no de tu hijo, sino de tu mascota”, y agregó: “Me pongo en lugar de los empresarios argentinos. Vos venís a decirle: ‘Me voy a tomar el día y vos me vas a pagar ese día porque tengo que operar a mi perro’. Yo creo que se agarran la cabeza los empresarios”.

El permiso en Italia alcanza hasta tres días al año y puede ser con goce de sueldo, según el convenio colectivo. Para acceder, los trabajadores deben presentar certificado veterinario que justifique la urgencia y necesidad de asistencia personal. El sistema establece límites estrictos para evitar abusos.

La licencia puede incluir goce de sueldo según el convenio colectivo, contemplando derechos laborales y bienestar animal en Italia. 

Entrevista a transexual

 Benita Castejón: “Empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el instante en que empecé mi transición”, en El País, Luz Sánchez-Mellado, 22 MAR 2026

La vidente y concursante de ‘Top Chef’, que decidió emprender su transición de género a los 60 años, estrena próximamente en TVE un documental sobre su vida

Benita Castejón cita a primera hora de la mañana en El Templo del Maestro Joao, su tienda de esoterismo y consultorio de tarot en un popular barrio de Madrid aún no del todo engullido por la gentrificación. Un enorme local a pie de calle, atiborrado de anaqueles a rebosar de aceites esenciales, amuletos y sortilegios, y con varios retratos enmarcados de la propietaria cuando tenía nombre y aspecto de varón, realizados antes de que emprendiera su transición de género y tuviera DNI de mujer. Hablamos en el cuartito interior donde lee las cartas, aún más sobrecargado de atrezo para hechizos varios, a la luz de una vela led. No sabe una adónde mirar. Bueno, sí. Gasta un verbo tan hipnótico como su rostro, uno de esos de los que no puedes apartar la vista por la perfección quirúrgica de sus rasgos. Benita es, nunca mejor dicho, una mujer hecha a sí misma. Hace pocos meses que se ha sometido, además, a una mamoplastia, una vaginoplastia y otras operaciones para completar su transición de género. Se la ve a la vez hiperactiva y exhausta.

¿Cuántas vidas ha vivido a sus 63 años?

62.

Uy, perdón.

Tranquila. No me importa para nada la edad. Conozco a tanta gente 25 años mayor, que cada vez estoy más convencida de que la edad es el espíritu, la energía y la actitud de la persona. Pero, a lo que íbamos: he vivido muchísimas vidas, y muy diferentes. La de la infancia, la de camarero, la del mundo de la noche y el transformismo, en el que empecé con 13 años. La de peluquero, donde tuve tres premios. Hice cursos de acupuntura, de tarot, he trabajado en medios de comunicación. Todo eso te da conocimiento de gente y de mundos muy diferentes.

¿Empezó en el transformismo con 13 años?

Me faltaba un mes para los 14. A los 15 o 16, me quisieron contratar en una sala, en los bajos del teatro Calderón, te pedían la patente fiscal artística, y yo falsifiqué la firma de mi padre, porque me tenía que autorizar un adulto.

¿Lo hacía por necesidad económica o personal?

Por todo. En esa época, yo salía de una situación económica muy difícil y trabajaba en una cafetería de camarero. Necesitaba dinero, pero lo hacía sobre todo por la fantasía, por los focos, por el maquillaje, por sentirme quien yo quería ser.

¿Quién quería ser?

Pues Rocío Jurado, Marilyn Monroe, las mujeres de las que me disfrazaba. No: me disfrazaba de mujer, pero era mentira, la que vivía disfrazada era yo cuando era camarero, cuando era peluquero, cuando era el maestro Joao.

¿Cuándo se dio cuenta de eso?

El saber quién era yo por dentro lo supe siempre. No tenía duda. Pero aquella época no era la de ahora. Era mucho más difícil. Yo sabía que era una chica. Empecé a indagar para poder ser esa chica. Y lo que descubrí es que ser esa chica me iba a llevar a ser prostituta porque era el único camino que servía. No podía ser peluquera, ni camarera, ni tendera. Tenías que ser prostituta, eso es lo que yo veía: mujeres que, desgraciadamente, acababan en las calles, apaleadas, alcoholizadas. Entonces, yo, además de ser mujer, sabía qué tipo de mujer no quería ser.

No creo que ellas tampoco quisieran ser prostitutas.

Ninguna quería. Se veían obligadas porque en aquella época sus padres las echaban de casa y no tenían otro recorrido. Para que vea la gente lo fuerte que es esto: preferían ser prostitutas, pero mujeres, que quedarse de carpinteros o panaderos.

Y usted, ¿cómo soportaba sentirse mujer y no poder parecerlo?

En mí ha mandado siempre el corazón. Siempre he pensado en mi madre. He decidido llamarme Benita, como ella, por ella. Estoy viviendo por ella. Mi madre jamás me hubiera echado de casa, pero yo pensaba en su sufrimiento. Eso no me quitaba el mío, pero yo hubiera sido egoísta si se lo hubiera echado a ella.

¿Esperó a que ella muriera para emprender su transición?

Me estoy cuestionando eso mucho. Lo anuncié antes de que falleciera. Ella tenía 93 años. Fíjate, yo quería que ella lo autorizase, pero esperando a que ella muriese. No por ella, sino porque ella no tuviera que ver ningún comentario que le hiciese sentirse incómoda ni mal. Las dos estábamos bien. Hay veces que una sopesa si cambiar alguna pieza le va a compensar o no, y para mí, su felicidad estaba por encima de la mía.

Y, a todo esto, ¿qué pensaba su padre?

Mi padre, que era barrendero, murió cuando yo tenía 17 años. Pero le cortaron muy pronto una pierna y nunca pudo trabajar más. Siempre estuvo enfermo. Él no ponía peros, pero tampoco participaba en la casa. Fue mi madre la que llevó adelante a toda la familia, a mis cuatro hermanos y a mí, y, aunque asistía en casa de una familia muy buena, no le quedó pensión ni nada. A mi madre le robaron un niño y una niña en la maternidad, toda la vida nos lo ha dicho, y, ya de mayor, yo le decía que no llorara: que yo era ese niño y esa niña a la vez.

¿Esa dignidad de su madre le ha traído más felicidad o más sufrimiento en la vida?

Más felicidad, pero más esfuerzo, también. Mi madre me condenó a la puntualidad y al agradecimiento. Soy agradecida hasta ir a rastras. Ese comecome lo llevo dentro. Esa es mi herencia. Ser agradecida, ser honrada y querer a fondo perdido. El plazo fijo es para el banco. Entonces, me agarro a quien quiero y, aunque me dé una cruz, me agarro a esa cruz [se le saltan las lágrimas]. Perdón, es que estoy muy sensible.

En absoluto.

Esta transición mía ha sido muy rápida. No me arrepiento. La volvería a hacer mil veces. Pero se te acumula el sentimiento, la emoción, el ahogo. Yo no tengo una pausa desde hace muchos años. Tengo la radio, mi negocio, un concurso de televisión, eventos. No tengo un desahogo nunca.

¿Por qué acepta todo ese trabajo? ¿Le da miedo bajarse de la bici por si se cae?

Sí, lo del trabajo también es una herencia. Cuando tú pasas fatiga, no de no tener para comer, pero sí de apuro y dificultades, y de no tener cosas que otras personas tienen, te es muy difícil parar y decir que no, por si no te vuelven a salir. Solo quiero trabajar, se ha convertido en un mantra.

Pero a los 62 también hay que vivir, ¿no?

Yo vivo a ratos. Como no tengo tiempo para mí soy una indigente de las emociones de los demás. Soy feliz haciendo felices a los demás. Tengo a gente importante en mi vida. Mi Toni, que, además, es mi representante.

¿Es su pareja?

No, no. Te lo prometo. Pero le adoro. Disfrutaría más invitándole a un viaje que haciéndolo yo. O que él tuviera un descanso, antes que yo. Por supuesto, tengo gente que me quiere. Como él, que deja la vida por mí, que me apoya desde el minuto uno. Yo siempre me he puesto la última de todo.

Pero cuando decidió iniciar su transición se puso la primera. ¿Ahora le toca a usted, como en la canción de Bebe?

Pues sí. Lo que pasa es que me da pudor. Entonces, si puedo hacer que alguien lo disfrute conmigo, digo, menos mal, me siento justificada.

¿Se siente nombrada si la defino como mujer trans?

Es que a mí las etiquetas solo me gustan en la ropa, para ver el precio. No. Yo soy yo, bonita.

Muchas mujeres trans esconden sus fotos de antes del cambio. ¿Por qué las tiene usted a la vista?

Porque ninguna de esas imágenes son una ficha policial mía. Ha sido mi pasado. Y en esas fotos yo veo a Benita con el pelo corto. No veo otra cosa.

A su edad, en sus circunstancias. ¿Necesitaba su transformación física?

Sí. Con el tiempo fue creciendo esa necesidad. Hubiera podido no hacerla y seguir viviendo así, pero estoy tan feliz de haberla hecho. Es un milagro.

¿Con sus penitencias? Dice que ha sido duro.

No es un camino de rosas ni muchísimo menos. Hay gente que piensa que te hormonas y eres una mujer: no, una mujer tienes que ser antes. No es que te hormonas y ya. Mira, en los ochenta, cuando yo era adolescente, había en los clubs un cuarto oscuro, donde se hacía lo que fuese. Yo, fíjate, nunca iba a eso, he sido muy complicada, porque reconocía en mí a una mujer y el sexo a ciegas era complicado. Pues, cuando empecé a hormonarme, mi médico me dijo que me metiera a un cuarto oscuro, y él, que es un experto maravilloso, me dijo que experimentara. Y es que no hay muchas mujeres mayores que se hayan empezado a hormonar a los 60. La mayoría llevan hormonándose muchísimos años. Y yo era nueva y mayor a la vez.

Eso es interesantísimo.

Entonces, yo entraba en el cuarto oscuro, figuradamente, e íbamos viendo cómo funcionaba. Hemos ido investigando a ciegas. Yo, en las operaciones, que han sido brutales, me hice el más difícil todavía. Cosas que se hacen en varias veces, me las hice de uno, y en la versión más ambiciosa. Me dijeron que me podía morir, pero yo dije: “adelante, si me muero, me moriré feliz”. Solo tenía miedo de dos cosas: de dejar solo a mi Toni, y de que gente como yo dijera que ellos no podrían hacérselo. Ahora me llama gente que lo daba todo por perdido a su edad, y para ellas soy una esperanza. Ahora, que la gente no piense que esto es ponerse tetas y ya está. Es muy, muy duro.

¿Qué es lo peor?

Las hormonas me dieron un vuelco emocional tremendo. De llorar, de enfadarme sin venir a cuento. De revolucionar mi interior de una manera terrible. Sobre todo, tenía muchísima sensibilidad. Mis amigas me decían: ahora ya sabes lo que tenemos nosotras. He descubierto quién soy y lo volvería a hacer. Pero empecé a sentir la desventaja de ser mujer desde el principio. Desde el momento en que vas al baño y tuve que mear sentada cuando antes tenía las dos opciones. Y, a partir de ahí, todo.

¿Qué opinas de esas feministas que dicen que mujeres como usted nos borran a las mujeres?

Me dan muchísima pena porque descubro que el peor enemigo de la mujer es la mujer. ¿Cuánta exposición de transexuales masculinos hay? Ninguna. ¿Quiénes estamos expuestas? Las féminas. De siempre. Me da mucho coraje.

¿Le ofenden las que dicen “es un puto tío” cuando se expone en redes?

Es que nadie inteligente me ha dicho eso. Como máximo, te llaman Manolo, como si no hubiera Josefas. No me ofende nada de nada. Si se lo dijeran a alguna criatura joven, que no tenga mi fuerza mental, pero yo vengo de vuelta. Al contrario, me da pena esa persona y su limitación mental. Yo he vivido en España cuando a una persona negra se la miraba como si fuera de otro mundo. O cuando se escondía a la gente con síndrome de Down, que se la escondía. Y mira ahora.

En la red X se muestra muy a favor del Gobierno y de su presidente. ¿Por qué se mete en esos ‘fregaos’?

Pues mira, porque lo que diga la gente de mí me trae sin cuidado. Tengo a mi madre siempre presente y recuerdo que cuando iba a votar nos decía: no cojáis papeletas del suelo que os lleva la policía. A su padre lo fusilaron sin juicio en una pared y para ella ir a votar era como ir de boda. Entonces, yo digo: tanto que se ha luchado por la libertad de opinión, yo no me voy a callar lo que opino.

¿Ha querido mucho en la vida?

Con locura, porque solo sé querer como las locas. Cada vez que me he echado una pareja, me enamoro para toda la vida. Luego, ya, dura lo que dura. Y he sufrido mucho por amor. Porque me han dejado, porque una pareja mía falleció, un amor, en plena adolescencia. Vivo permanentemente enamorada.

¿Le ha acompañado alguna pareja en su transición?

No he tenido nunca ninguna pareja que no fuera heterosexual. Y, en todos los casos, he sido su primera relación con una pareja de su sexo. Empecé la transición y rompí con mi pareja de entonces, pero esa pareja se enamoró de mí en una discoteca y, al principio, luchó mucho contra eso. Me dejó tres veces antes de tener una relación de bastantes años. Hay quien me ha preguntado que si me operaba por darle gusto a él después de tantos años y, fíjate, rompimos después de esa operación. No ha tenido absolutamente nada que ver. Lo he hecho por mí.

Estamos hablando donde echa las cartas del tarot. ¿Qué le diría a quien cree que es una estafa y un camelo?

Que esto es como la Iglesia, que crees en algo, lo veas o no, y pasan un cepillo. Esto es lo mismo. Un acto de fe. La gente que viene aquí es porque cree. Yo respeto a todo el mundo, a quien cree y a quien no. Con la diferencia de que esto está a puerta de calle. Cobro lo mismo que cobraba en 2018, cuando me hice conocida en un reality de televisión. Y a quien viene se le hace un tique de caja con su IVA y lo declaro todo. Y lo puedo demostrar a quien quiera.

¿Se ha operado en la sanidad pública?

No, por un tema de tiempo. La sanidad pública es el peor tesoro que nos pueden robar si la hacen privada. Tenemos una sanidad pública buenísima, pero yo no podía esperar, por un tema de edad y de tener tiempo para hacerlo. Pero hay cantidad de gente que no puede. Pero eso de que es gratuita no es cierto. La pagamos todos con los impuestos. No es gratis. Nada lo es.

BENITA HIJA

Benita Castejón (Madrid, 62 años) no tuvo ninguna duda cuando eligió nombre para su nuevo DNI con nombre y sexo de mujer en el Registro. Quiso llamarse Benita, como la madre que la parió y que la sacó adelante, a ella y a sus cuatro hermanos, en una chabola de las que aún quedaban barrios enteros en Madrid cuando ella era pequeña. Camarero, peluquero y transformista antes que tarotista, Benita alcanzó celebridad como polemista y vidente en un programa de televisión y, luego, como concursante de realities. Fue en 'Top chef' donde anunció a sus compañeros y a la audiencia, que había decidido emprender su transición de género hormonal y quirúrgica pasados los 60 años. Pudo morir, dice, pero volvería a hacerlo.

Madre no hay más que dudas

 -Bueno, suegri, ahora que no está Julio, dime la verdad: que él es adoptado, porque tiene esa duda desde hace mucho tiempo.

-Pues... [llega Julio]

-¿De qué habláis?

[La suegri]:

- A ver cómo te lo cuento... ¿Tú te crees que, si él fuera adoptado, yo lo habría elegido a él? ¡Joder!

- Disipada la duda, amor.

- Gracias, mamá... o lo que seas.


Chistes que contó Reagan

 1.

 Un pastor evangélico y un político llegaron juntos a la puerta del Cielo un día.

Y San Pedro, después de hacer todos los trámites necesarios, los tomó para mostrarles dónde estarían sus habitaciones. Y los llevó a una habitación pequeña e individual con una cama, una silla y una mesa y dijo que esto era para el clérigo.

Y el político estaba un poco preocupado por lo que le podría deparar. Y no podía creerlo cuando San Pedro se detuvo frente a una mansión preciosa con unos jardines preciosos… muchos sirvientes, y le dijo que esas serían sus habitaciones.

Y no pudo evitar preguntar, dijo: ‘Pero espera, hay algo que no entiendo… ¿cómo es que yo consigo esta mansión mientras que ese hombre bueno y santo solo tiene una habitación individual?’

Y San Pedro dijo: ‘Tienes que entender cómo funcionan las cosas aquí arriba. Tenemos miles y miles de clérigos. Tú eres el primer político que llega aquí.’

2

Un niño vendía cachorros en un evento demócrata, los llamaba cachorros demócratas. Una semana después, en el mismo sitio, había un evento republicano, y el niño vendía cachorros republicanos. Un periodista le pregunta: “Chico, estabas aquí la semana pasada, ¿cuál es la diferencia entre los cachorros?” El niño dice: “Los republicanos tienen los ojos abiertos.”

3.

"Castro se estaba dirigiendo a una gran audiencia en Cuba, y comenzó: "Me acusan de intervenir en Angola..." y un hombre que pasaba entre la audiencia gritó: "¡Maní, rositas de maíz!". Castro continuó: "Dicen que estoy interviniendo en Mozambique..." y la misma voz grita: "¡Maní! ¡Palomitas!". Castro continuó: "Dicen que estoy interviniendo en Nicaragua..." y la voz gritó de nuevo, "¡Maní! ¡Palomitas de maíz! ". Para entonces, Castro estaba hirviendo de la rabia y vociferó:" ¡Tráeme acá a ese hombre que grita: '¡Maní! ¡Palomitas de maíz!', que le voy a dar una patada que va a caer en Miami!” Y todos en la audiencia comenzaron a gritar:" ¡Maní! ¡Palomitas de maíz!".

4.

En la Rusia soviética, un hombre va a comprar un coche... Se acerca al dueño y le pide un coche, a lo que el dueño responde:

'¿Sabes que hay una lista de espera de 10 años?'

El hombre entonces responde, 'De acuerdo', y después de un tiempo acepta comprar un coche.

Así que paga el coche por adelantado, y justo antes de irse le pregunta al dueño,

'¿Puedo recoger el coche por la mañana o por la tarde?'

'Está a 10 años de distancia, ¿qué más da?'

'El fontanero viene por la mañana'.

5.

Un estadounidense muestra los beneficios de la libertad de expresión en su país declarando que él puede ir a la Casa Blanca y gritar: "¡Que se vaya al diablo Ronald Reagan!" —Reagan era presidente de EEUU en los años 80—. El ruso le contesta que también puede ir al Kremlin y gritar: "¡Que se vaya al diablo Ronald Reagan!".

6.

En una convención anual de mujeres, en el estado de Virginia, expuso su definición de un marxista y un anticomunista: ¿Cómo distingues a un comunista? Bueno, es alguien que lee a Marx y a Lenin ¿Y cómo distingues a un anticomunista? Es alguien que entiende a Marx y a Lenin."

7.

Un americano y un ruso están debatiendo sobre sus respectivos países. El americano le dice al ruso que la gente en Estados Unidos puede ir a la Casa Blanca, acercarse al presidente en el Despacho Oval, golpear en el escritorio y decir: "Señor Presidente, ¡no me gusta cómo está usted gobernando nuestro país!"

El ruso contesta: "Ah, nosotros también podemos hacer eso." El americano, sorprendido, pregunta: "Espera, ¿podéis?" -"Claro," dice el ruso: "Puedo irme al Kremlin y ver al Secretario General, puedo golpear en el escritorio, mirarle a los ojos y decir: "Señor Secretario General, no me gusta cómo el Presidente Reagan está gobernando su país!"

8.

Cuando le disparó Hinkley y lo llevaron a urgencias, se incorporó y dijo: "¡Espero que sean todos republicanos!". El doctor sonrió y le contestó:  "Hoy, señor presidente, todos somos republicanos".

 Pocos meses después del asesinato, cuando un globo explotó mientras daba un discurso, se interrumpió y comentó: "¿Me echabais en falta?". 

9.

He oído que una enfermera le estuvo sujetando la mano en algún momento mientras lo ingresaban, y él la miró y le preguntó "¿Sabe Nancy de nosotros?"

10.

"No voy a hacer de la edad un tema de esta campaña. No voy a explotar, para fines políticos, la juventud y la inexperiencia de mi oponente."

Antonio Escohotado. El futuro que hay que hacer

 La libertad es la más grande responsabilidad. Por eso la desobediencia civil, la rebeldía, es la expresión más dura del espíritu.

El hombre rebelde no es el hombre que habla meramente, es el hombre que dice sí a las cosas sustanciales y no a las accidentales y, sobre todo, a las personas, a todo ese universo que dice: "Es por tu propio bien, aunque tú no lo entiendas", a todos los que han decidido, por ejemplo, que es mejor mandar u obedecer que convencer o entender. 

Me parece que la humanidad está yendo tan, tan bien, que no nos lo podíamos ni imaginar. Todavía tenemos tres hipocondriacos que nos hablan de que en África y en América, incluso en San Sebastián ahora mismo, hay personas que lo están pasando fatal. El premio Nobel del año pasado ha dedicado toda su vida a estudiar las relaciones entre demografía y salud, o sea, es un demógrafo y es un médico, y también es un economista.

Le han dado el premio Nobel porque el año pasado publicó un trabajo fantástico donde en definitiva dice: "Vamos, tenemos ocho veces más habitantes que hace 70 años. La tasa de pobreza absoluta actualmente está entre el 10 y el 9%. ¿Qué pasaba hace 90 años? ¿Cuál era la esperanza de vida? 30 años. ¿Cuál es la esperanza actual? Por encima: tenemos gentes que viven el triple del tiempo y que son siete u ocho veces más numerosas y rodeadas de confort como el que ahora tenemos aquí, con estas luces, el micrófono y lo que cada cual tiene en su bolsillo.

¿Cómo es posible? ¡Con los brutos que somos los seres humanos, lo fanáticos que somos, lo egoístas, lo necios, lo poco dispuestos a estudiar generalmente! ¿Cómo es posible? [carraspeo] ¿Qué, qué nos ha salvado hasta ahora de nuestra idiocia? Quizá la libertad, quizá eso que ni se come, ni se toca, ni se ve, que es pura responsabilidad, autorrespeto. 

Pues eso es como un fluido invisible que se ha derramado en forma de confianza, ha llenado de liquidez los mercados, ha hecho que las personas, en vez de tener el dinero en el cajón, digo, en el debajo del colchón, metido en el bolsillo, lo saquen, lo empleen, empiece a circular, haya oportunidades y, bueno, muchas veces las empresas no salen bien a la primera; ni siquiera a la quinta, pero emprender, emprender es lo que hace el mundo, y por eso somos la inmensa cantidad de los que somos. ¿Cuál es nuestro problema? Después del siglo y medio de salvajismo y masacres en nombre de la lucha de clases, o de la de los pobres contra los ricos, o de los colectivistas contra los individualistas.

 Bueno, el problema de la humanidad entera es que nos están comiendo las basuras. O sea, que estamos convirtiéndonos en una viruta en el concierto cósmico, precisamente porque somos tan libres, porque somos tan prósperos, porque somos tan numerosos que algo hay que hacer para no perecer. En este asombroso empeño donde inconsciente y personalmente hemos pasado a ser muchísimo, vamos, hemos pasado a ser la gran especie que nunca fuimos y que era como una esperanza.

Ahora no solo somos los dueños de la Tierra, sino que comenzamos a soñar; tenemos que estar más unidos que nunca. La verdadera crisis, la crisis ecológica, requiere un grado de solidaridad, de compromiso personal extraordinario. 

Entonces hay que cerrar el libro de los Mesías, cerrar el libro de los que mandan, simplemente porque esa es nuestra vocación ¿verdad? Y, si no mandan, no se cumplen. Son domadores de personas, gente a mi juicio indeseable; pero ahí está. Lo que podemos hacer frente a esa gente es no obedecerles y decirles: "¡Oye, tú, miserable, te he visto! Estamos como nunca, pero como siete veces mejor que nunca. Y los que dicen otra cosa, por favor, que nos lean y se enteren de una vez.

Formas de manipulación cognitiva

  [Transcripción corregida por el bloguero de "Cada técnica de manipulación psicológica explicada en 16 minutos", en el canal Dato visual de Youtube, 13-IV-2026]

 Triangulación. La triangulación sucede cuando un manipulador introduce a una tercera persona en la dinámica de la relación, ya sea de forma real o imaginaria, para crear inseguridad, celos o competencia, permitiéndole al manipulador mantener el control sobre ambas partes. 

Gaslighting. La luz de gas o gas lighting ocurre cuando alguien intenta desacreditar la percepción de la realidad de otra persona mediante la negación constante de hechos, lo que hace que la víctima termine dudando de su propia memoria o cordura. Algo como decir: "Eso nunca pasó, te lo estás inventando todo."

Love bombing. El bombardeo de amor es una técnica que consiste en abrumar a una persona con afecto, elogios y atención excesiva al principio de una relación para crear una dependencia emocional rápida y ganar control sobre ella, antes de que pueda ver las señales de alerta o banderas rojas.

Tratamiento de silencio es una técnica de castigo que consiste en retirar la comunicación y el afecto de manera repentina. Se utiliza para ejercer poder sobre la otra persona, forzándola a pedir perdón o ceder ante las demandas del manipulador para terminar con el aislamiento emocional. 

Hacerse la víctima ocurre cuando el manipulador se presenta como la parte perjudicada en una situación en la que él mismo es el agresor. El objetivo es desviar las críticas, evitar la responsabilidad y hacer que la otra persona se sienta culpable por intentar poner límites. 

Falsos dilemas. Esta técnica consiste en presentar una situación compleja como si solo existieran dos opciones extremas y opuestas, ocultando deliberadamente el resto de las alternativas. Al forzar una elección entre A o B, el manipulador empuja a la víctima hacia la opción que más le conviene, haciendo que esta sienta que no tiene otra salida lógica.

Proyección. La proyección ocurre cuando un individuo atribuye sus propios rasgos, inseguridades o comportamientos negativos a los demás. En lugar de admitir un error, el manipulador acusa a su víctima de cometer exactamente lo que él está haciendo. Todo el mundo acusa a los demás de aquello de que tiene miedo que lo acusen a él.

Confusión deliberadaEsta técnica consiste en presentar argumentos contradictorios, cambiar de tema constantemente o usar un lenguaje excesivamente vago para desorientar a la víctima. Al crear un estado de neblina mental, el manipulador impide que la persona pueda analizar con lógica lo que está  sucediendo. 

Bread crumming. La técnica de las migajas de pan consiste en enviar señales mínimas de interés o afecto como mensajes esporádicos o likes para mantener a alguien enganchado y disponible, pero sin ninguna intención real de comprometerse o profundizar en la relación. 

Simulación de futuro es la creación de una narrativa detallada y emocionante sobre un futuro  compartido para obtener beneficios inmediatos. El manipulador vende un sueño, comprar una casa, tener hijos, una sociedad laboral, para que la víctima entregue su dinero, tiempo o lealtad hoy sobre una base que el manipulador no tiene intención de construir. 

Inversión de la víctimaDarvo es una sigla para Denegar, Atacar y Revertir Víctima y Ofensor. Cuando se le confronta, el manipulador primero niega el hecho, luego ataca a quien lo confronta y finalmente afirma que él es la verdadera víctima de la situación. El objetivo es que la persona que inició la queja termine pidiendo perdón. 

Culpabilización es una forma de manipulación emocional en la que se hace sentir a la otra persona responsable del malestar o de los problemas del manipulador con el fin de obligarla a realizar una acción por puro remordimiento. 

Reciprocidad forzada consiste en realizar un favor o dar un regalo que la víctima no pidió y que no puede devolver fácilmente. Esto crea una deuda psicológica inmediata. El manipulador utiliza este sentimiento de obligación para pedir algo mucho más valioso a cambio, sabiendo que la presión social de no ser un ingrato forzará la aceptación.

Falsa preocupación. Sucede cuando se utiliza un tono de ayuda o consejo para socavar la confianza de alguien. Por ejemplo, te lo digo porque te quiero, pero no creo que seas capaz de manejar ese trabajo. Es una crítica destructiva disfrazada de apoyo. 

Normalización de lo anómalo. Ocurre cuando se introducen comportamientos abusivos o inaceptables de manera gradual. Al repetirlos con frecuencia, el manipulador logra que la víctima los perciba como algo normal o estándar dentro de la relación, eliminando su capacidad de alarma o protesta. 

Incompetencia armada consiste en fingir torpeza, ignorancia o incapacidad para realizar tareas básicas con el fin de obligar a la otra persona a hacerse cargo de ellas. Al decir, "Tú lo haces mejor o yo no sé cómo se hace"; el manipulador delega sus responsabilidades y carga a la víctima con el trabajo sucio, evitando cualquier esfuerzo o rendición de cuentas. 

Victimismo instrumental es el uso de una posición de supuesta debilidad o sufrimiento para obtener beneficios o evitar consecuencias. El manipulador se presenta como el perjudicado en cada situación para desviar las críticas, despertar con pasión y forzar a los demás a ceder ante sus peticiones.

Pie en la puerta. Esta técnica de persuasión consiste en lograr que la persona acceda primero a una petición pequeña e insignificante. Una vez que se ha establecido ese primer sí, es mucho más probable que la víctima acepte una petición mucho mayor y más exigente debido a la presión interna de mantener la consistencia.

Puerta en la cara. A diferencia de la anterior, aquí el manipulador comienza realizando una petición exagerada o inaceptable que sabe que será rechazada. Tras la negativa, presenta una segunda petición más pequeña, la que realmente deseaba desde el principio, haciendo que parezca una concesión o un favor, lo que presiona a la víctima a aceptar por compromiso. 

Comparación social. Ocurre cuando el manipulador utiliza a terceras personas, reales o imaginarias, como un estándar inalcanzable para señalar las supuestas deficiencias de la víctima. Al compararla constantemente con otros de manera desfavorable, logra erosionar su seguridad y la motiva a esforzarse más para obtener una aprobación que nunca llega.

Prueba social. La prueba social explota la tendencia humana a seguir el comportamiento de la mayoría. El manipulador fabrica la ilusión de que todo el mundo está de acuerdo con una idea o está realizando una acción específica, presionando a la víctima para que se adapte al grupo por miedo a ser la única que está equivocada o fuera de lugar. 

Chivo expiatorio ocurre cuando un grupo o individuo selecciona a una persona para cargar con la culpa de todos los fallos internos, permitiendo que los verdaderos responsables evadan las consecuencias de sus actos. 

Mover la meta consiste en cambiar continuamente los estándares o requisitos de éxito justo cuando la otra persona está a punto de alcanzarlos. Esto asegura que la víctima nunca se sienta lo suficientemente buena y siempre esté intentando complacer al manipulador sin éxito. 

Idealización y devaluación. Es un ciclo de manipulación donde el agresor primero pone a la víctima en un pedestal, colmándola de elogios y haciéndola sentir especial. Una vez que la víctima está enganchada, el manipulador cambia bruscamente a un trato frío y crítico de evaluación, generando una crisis de identidad en la persona que intenta desesperadamente volver a la fase de oro. 

Anclaje emocional es la asociación de un estímulo específico, un gesto, una palabra o un tono de voz con un estado emocional negativo o de miedo. Una vez establecido el ancla, el manipulador solo necesita repetir ese estímulo para que la víctima vuelva instantáneamente a sentirse vulnerable o culpable, permitiendo el control sin necesidad de una discusión abierta.

Desamparo aprendido es el estado psicológico que se alcanza tras someter a alguien a críticas o fracasos constantes de los que no puede escapar. El manipulador convence a la víctima de que nada de lo que haga cambiará su situación, logrando que esta deje de luchar y acepte la sumisión de forma pasiva,  incluso cuando se presentan oportunidades reales de libertad.

La trampa del doble vínculo ocurre cuando el manipulador envía dos mensajes contradictorios al mismo tiempo, donde cumplir uno implica violar el otro. Por ejemplo, sé más independiente, pero no tomes decisiones sin consultarme. No importa lo que la víctima haga, siempre estará mal, lo que genera un estado de parálisis y dependencia absoluta de la validación del manipulador.

Fatiga decisional consiste en desgastar la capacidad de juicio de la víctima, obligándola a tomar una corriente interminable de decisiones irrelevantes. Al llegar al punto de agotamiento mental, la persona pierde su capacidad de filtrar lo importante y termina cediendo ante una demanda mayor del manipulador simplemente para que el proceso termine. 

Castigo imprevisible. A diferencia del castigo directo, esta técnica mantiene a la víctima en un estado de hipervigilancia. El manipulador reacciona de forma explosiva o punitiva ante acciones que antes eran permitidas sin un patrón lógico. Esta aleatoriedad destruye la seguridad de la víctima, quien termina limitando su propia libertad para evitar una posible represalia que no puede predecir.

Negación estratégica es la táctica de negar sistemáticamente hechos, promesas o comportamientos evidentes, incluso cuando existen pruebas. El objetivo es evadir cualquier tipo de responsabilidad y agotar la capacidad de resistencia de la otra persona, quien termina rindiéndose ante la imposibilidad de llegar a la verdad. 

Reescritura del pasado. La reescritura del pasado ocurre cuando el manipulador altera el relato de eventos que ya sucedieron para que se ajusten a su conveniencia actual. Al cambiar los detalles de una conversación o acuerdo previo, logra que la víctima dude de su propia memoria y acepte una versión de los hechos que favorece al manipulador. 

Retención de información. consiste en ocultar datos clave, planes o sentimientos para mantener una ventaja estratégica. Al dejar a la víctima en la oscuridad, el manipulador se asegura de que ella no pueda tomar decisiones informadas ni actuar con independencia, creando una relación de dependencia donde la información es poder. 

Miedo es una técnica primaria que utiliza amenazas, ya sean explícitas o sutiles sobre el abandono, la violencia, la pérdida económica o el rechazo social. El objetivo es mantener a la persona en un estado de alerta constante que anula su capacidad de tomar decisiones libres y autónomas. 

Vergüenza consiste en señalar y amplificar los supuestos defectos, errores o vulnerabilidades de una persona, ya sea en público o en privado. Al erosionar la autoestima del individuo, el manipulador lo hace sentir indigno de respeto, facilitando que este acepte un trato degradante.

La trampa del costo hundido. El manipulador recuerda constantemente a la víctima todo el tiempo, esfuerzo o dinero que ya ha invertido en la relación o el proyecto. Al enfocarse en lo que se perdería si se rinde ahora, obliga a la persona a seguir sacrificándose en una situación tóxica, basándose en la falacia de que abandonar es tirar a la basura su pasado.

Licencia moral. Sucede cuando el manipulador utiliza una buena acción pasada para justificar un comportamiento egoísta o abusivo en el presente. El razonamiento es, como fui tan bueno contigo ayer, hoy tengo derecho a tratarte mal. Se utiliza la bondad como un crédito acumulado que permite violar los límites de la otra persona sin sentir culpa.

Dividir y enfrentar es la táctica de crear conflictos y desconfianza entre los miembros de un grupo o una familia. Al romper las alianzas y fomentar la rivalidad interna, el manipulador evita que los demás se unan en su contra y logra posicionarse como el único mediador o aliado confiable para cada una de las partes. 

Nosotros versus ellos consiste en crear una mentalidad de búnker donde se divide el mundo en dos bandos, el círculo interno, el manipulador y la víctima y un mundo exterior hostil o ignorante. Al fomentar la idea de que nadie nos entiende como nosotros, el manipulador refuerza la dependencia de la víctima y justifica el aislamiento como una medida de protección necesaria.

Apelación a la autoridad. Se utiliza cuando el manipulador justifica una orden o una creencia basándose únicamente en su posición de poder, estatus o supuesta sabiduría superior en lugar de ofrecer razones válidas. Se espera que la otra persona obedezca o crea sin cuestionar simplemente porque quien manda lo dice.

Propósito trascendente. Esta técnica consiste en justificar el abuso o la explotación vinculándolos a una causa superior, ya sea la estabilidad familiar, el éxito de la empresa o un ideal espiritual. Al elevar el conflicto a un plano moral o sagrado, el manipulador logra que la víctima acepte el sacrificio personal como un deber noble, silenciando cualquier queja legítima. 

Refuerzo intermitente. Esta técnica se basa en entregar recompensas o afecto de manera inconsistente. Al saber cuándo recibirá validación, la víctima se vuelve adicta a los momentos buenos, tolerando abusos prolongados con la esperanza de que el comportamiento positivo regrese. 

Marcos mentales. Consiste en presentar la información dentro de un marco específico para influir en cómo se interpreta. Al elegir qué detalles resaltar y cuáles omitir, el manipulador predetermina la conclusión a la que llegará la víctima, controlando la percepción del problema desde el inicio. 

Sobrecarga cognitiva es el acto de bombardear a alguien con una cantidad abrumadora de información, argumentos o demandas rápidas para confundirlo y desgastar su capacidad de toma de decisiones, facilitando que acepte algo que normalmente rechazaría.

Simplificación extrema ocurre cuando se reducen problemas profundos o multifacéticos a eslóganes sencillos o explicaciones de una sola causa. El objetivo es evitar el pensamiento crítico y el análisis de los matices, logrando que la víctima acepte una narrativa sesgada, porque es fácil de entender y de repetir. 

Repetición. Es la técnica de afirmar una mentira o una idea sesgada de manera constante y rítmica hasta que el cerebro de la víctima comienza a procesarla como una verdad familiar. La repetición debilita la resistencia cognitiva, logrando que el mensaje se asiente en el subconsciente por pura exposición.

Amor condicionado. Sucede cuando el afecto, la validación y el apoyo se utilizan como una moneda de cambio. El manipulador solo ofrece amor cuando la víctima cumple con sus expectativas o demandas y lo retira inmediatamente ante cualquier señal de independencia o desacuerdo. 

Covering, llamada así por la marca de aspiradoras, es la técnica de intentar succionar a una persona de vuelta a una relación tóxica después de una ruptura o un periodo de distanciamiento utilizando falsas promesas de cambio, crisis fabricadas o apelando a la nostalgia. 

Urgencia falsa es la imposición de un límite de tiempo arbitrario e innecesario para tomar una decisión importante. Al obligar a la persona a decidir ahora mismo, el manipulador anula su capacidad de reflexión y consulta externa, forzándola a ceder ante la presión del momento para evitar una supuesta pérdida catastrófica. 

Escasez artificial consiste en crear la ilusión de que un recurso, una oportunidad o el tiempo mismo son limitados. Al generar la sensación de que algo se está acabando o de que es exclusivo para unos pocos, el manipulador induce un estado de ansiedad que empuja a la víctima a actuar impulsivamente sin evaluar las consecuencias. 

Etiquetado. El etiquetado es el uso de nombres o categorías simplistas para definir a una persona. El perezoso, la loca, el salvador. Estas etiquetas actúan como prisiones mentales. Una vez aceptada la  etiqueta, la víctima comienza a actuar conforme a ella, limitando su comportamiento a lo que el manipulador ha definido. 

Aislamiento es una de las técnicas más peligrosas y consiste en cortar sistemáticamente los vínculos de la víctima con sus fuentes de apoyo externo, como amigos, familiares o colegas. Al dejar a la persona sin referentes objetivos ni ayuda emocional, el manipulador se convierte en su única fuente de información y validación, facilitando un control total.

Devaluación de la alternativa. El manipulador se encarga de hablar mal de cualquier otra opción de vida, trabajo o relación que la víctima pueda tener. Al presentar el mundo exterior como algo peligroso,  incompetente o cruel, logra que la víctima perciba su situación actual, por muy mala que sea, como el mal menor o el único refugio seguro.

Despersonalización del otro. El manipulador deja de tratar a la víctima como un ser humano con  necesidades propias y empieza a verla como un objeto o una extensión de sus propios deseos. Al eliminar la empatía del lenguaje y del trato, el manipulador se otorga a sí mismo el permiso interno de utilizar a la persona sin sentir ningún remordimiento moral. 

Persuasión coercitiva. A diferencia de la persuasión normal, esta utiliza el desgaste físico o emocional falta de sueño, estrés constante, bombardeo ideológico para quebrar la voluntad de la persona. Se busca desmantelar la identidad previa del individuo para reconstruirla según los intereses del manipulador o del grupo. 

Estas son algunas de las formas en que se explotan los puntos ciegos de la mente humana. Entenderlas hace que sea mucho más difícil que funcionen contigo. Si reconociste alguna de estas técnicas, probablemente alguien más también debería ver esto. Gracias por haber llegado hasta el final.

domingo, 12 de abril de 2026

Las 10 profesiones preferidas de los estúpidos

 [Transcripción corregida por el bloguero de "Las 10 profesiones preferidas de los estúpidos", en Manual del Filósofo, YouTube, 12 de abril de 2026. Al final, la bibliografía.]

 Hay profesiones que exigen años de estudio, disciplina y fracaso antes de dejar entrar a alguien. Y hay otras donde el idiota entra por la puerta principal, se instala cómodo y empieza a cobrar antes de que nadie le haga una sola pregunta incómoda. 

No hablamos de mala suerte ni de excepciones. Hablamos de estructuras que fueron diseñadas sin quererlo para que la mediocridad no solo sobreviva, sino que prospere. 

Hoy vas a ver 10 de esas profesiones y si trabajas en alguna de ellas, presta atención porque lo que vas a escuchar probablemente ya lo viste, solo que nunca nadie lo había dicho así. 

Índice

1. Influencer.

2. Político.

3. Coach.

4. Periodista político.

5. Cantante.

6. Abogado.

7. Juez.

8. Profesor universitario

9. Futbolista.

10. Tiktoker.

11. Bibliografía

Uno. Influencer.

El influencer vive en una profesión donde parecer puede rendir más que ser. Ahí está la primera puerta por donde entra el estúpido. En otros oficios, la mediocridad tropieza con algo incómodo, una técnica, una prueba, un cliente difícil, una consecuencia. Aquí muchas veces basta con encuadrarse bien, repetir lo que ya circula y sostener una presencia constante.

El idiota se mueve cómodo en ese ambiente porque no pierde tiempo dudando, corrigiéndose o profundizando. Sube una foto casual preparada durante una hora, graba un video fingiendo cercanía y convierte cualquier banalidad en contenido si viene con la luz correcta. Lo que en otra parte sería simple vanidad, aquí puede transformarse en carrera y cuando el vacío no perjudica, empieza a cotizar. Eso fue lo que vio Christopher Lasch al describir una cultura donde el sujeto necesita reflejo, reacción y aplauso para sentirse real. El influencer mediocre vive exactamente ahí. No muestra una vida, muestra la parte de su vida que mejor circula. El desayuno no se toma, se documenta. El viaje no se vive, se edita. La tristeza no se procesa, se convierte en clip. 

Erving Goffman lo habría reconocido enseguida. No es una persona comunicando algo, sino una persona administrando impresión de manera constante. Ahí nace la estupidez propia del oficio. No en la cámara, sino en la facilidad con la que alguien termina confundiendo intimidad con contenido, experiencia con material y personalidad con producto. Cuanto más se muestra, menos claro tiene quién es fuera del personaje que funciona. Lo peor viene después, cuando la visibilidad empieza a producir una ilusión de autoridad. El sujeto fue premiado por mostrarse y muy pronto concluye que eso también le da derecho a opinar de política, moral, relaciones, salud mental o sentido de la vida.

Habla de todo porque lo miran, aconseja porque lo siguen, sentencia porque lo comparten y ahí la estupidez deja de ser liviana y se vuelve insolente. No toda persona visible cae en eso, claro, pero el idiota sí y rápido, porque descubre una ventaja extraordinaria en esta profesión. 

Puede vivir de la atención sin pasar por la humillación del mérito. No necesita comprender el mundo para sacar provecho de él. Le basta con posar delante de su reflejo hasta creer que ser visto ya lo volvió importante. 

Dos. Político.

La política ofrece algo que al estúpido le fascina. Escenario, micrófono y poder al mismo tiempo. En pocos lugares la insuficiencia puede vestirse también de convicción. No necesita entender un problema. Le basta con aprender a nombrarlo de forma útil. Simplifica lo difícil, dramatiza lo ambiguo y repite frases como si la seguridad del tono pudiera reemplazar la pobreza de la idea. 

Ahí su mediocridad deja de ser un obstáculo y empieza a convertirse en herramienta. Mientras una persona seria duda, matiza y corrige, el estúpido avanza con la ligereza del que nunca se detiene a pensar demasiado. Y como la política premia mucho más la eficacia del gesto que la honestidad del juicio, termina ocurriendo lo de siempre. El torpe con ambición aprende aparecer firme y ya tiene media carrera hecha. 

Eso fue lo que Orwell vio con una claridad brutal. Cuando el lenguaje se degrada, la realidad empieza a volverse más fácil de manipular. El político estúpido no solo piensa mal, habla de una manera que impide pensar bien. Llama responsabilidad a la cobardía, diálogo a la maniobra, prudencia a la conveniencia y pueblo a cualquier masa que todavía le sirva. No usa palabras para aclarar, sino para cubrir. 

Goffman también entra aquí sin esfuerzo, porque la política es una escuela de representación permanente. El sujeto aprende el tono correcto, la indignación correcta, la empatía correcta y hasta la falsa espontaneidad correcta. No importa tanto lo que es, sino lo que logra proyectar. Y ahí la estupidez encuentra un territorio ideal, uno donde la máscara no oculta la pobreza interior, sino que muchas veces la vuelve competitiva. Lo más peligroso de esta profesión es que el estúpido no se limita a hacer el ridículo: puede volverse decisivo. A diferencia del influencer, no vende solo imagen. A diferencia del coach, no vende solo certezas. Aquí ya administra lenguaje público, percepción colectiva y a veces decisiones que afectan la vida de otros.

Por eso el estúpido político se vuelve tan dañino, porque confunde táctica con inteligencia, cálculo con lucidez y poder con razón. Poco a poco deja de usar el personaje para conseguir espacio y empieza a creer que el espacio confirma el personaje. Ya no interpreta autoridad, se siente autoridad. Y cuando una profesión le permite a alguien crecer en influencia al mismo ritmo en que se vacía por dentro, no estamos ante una simple fragilidad de carácter. Estamos ante una forma organizada de estupidez con consecuencias públicas.

Tres. Coach

El coaching atrae al estúpido porque le permite transformar una carencia en ventaja, su incapacidad para soportar la complejidad. El idiota detesta lo ambiguo, sospecha de lo difícil y se impacienta con todo lo que no cabe en una fórmula. Pues bien, aquí puede convertir ese defecto en método y cobrar por ello. No necesita comprender en serio el miedo, el fracaso, la ansiedad o la frustración. Le basta con reorganizarlos en una secuencia de frases utilizables. Habla de mentalidad, propósito, disciplina y abundancia, como si la vida humana fuera un mueble mal armado que se corrige con cinco movimientos. 

Y mucha gente compra eso no porque sea verdad, sino porque cansa menos que pensar. Ahí prospera el estúpido, en el lugar donde la simplificación no avergüenza, sino que se vende como claridad transformadora.

Eso fue lo que Lash entendió al mirar una cultura obsesionada con la autoestima, la validación y la necesidad de sentirse especial. El coach estúpido no cura esa fragilidad, la explota, no combate la inseguridad, la reorganiza alrededor de nuevas palabras de moda. Todo tiene que sonar fuerte, expansivo, decidido, empoderador. La duda desaparece, la ambivalencia estorba, el conflicto interior se aplasta hasta caber en un eslogan.

Goffman también encaja aquí porque pocas profesiones dependen tanto de la escena. El cuerpo, la voz, la mirada, la pausa, el dominio del espacio, la seguridad del gesto. Todo trabaja para que la convicción se vea antes de que la idea pueda ser examinada. El coach mediocre entiende eso muy rápido. Descubre que no necesita profundidad si logra producir impresión de profundidad y a partir de ahí ya tiene negocio. 

Lo verdaderamente feo aparece cuando empieza a confundirse con un guía. El sujeto fue premiado por hablar con firmeza, por sonar seguro, por convertir malestar ajeno en entusiasmo momentáneo y entonces concluye que ya puede orientar vidas. Ahí su estupidez se vuelve más seria, porque ya no ofrece solo frases torpes, sino dirección existencial de baja calidad. Habla de grandeza sin haber pensado el límite, de libertad sin haber entendido la dependencia y de sentido sin haber soportado nunca la falta de sentido. No acompaña a nadie hacia una comprensión más honda de sí mismo. Empuja al otro hacia una versión más obediente de su propia ansiedad. 

Y eso explica por qué esta profesión atrae tantos idiotas. Porque les permite mandar sin entender demasiado, influir sin haber madurado y vender superioridad emocional sin pasar por la humillación de la sabiduría real. 

Cuatro. Periodista político. 

El periodista político atrae a muchos estúpidos porque trabaja en un territorio donde parecer lúcido vale casi tanto como serlo. No necesita gobernar, no necesita resolver, no necesita cargar con el peso final de una decisión. Le basta con interpretar, encuadrar, comentar y hacerlo con el tono exacto de quién parece entender más que los demás. Ahí el idiota encuentra una ventaja inmensa. Puede vivir de la proximidad al poder sin pagar el precio del poder. Aprende rápido a hablar con gravedad, a usar palabras grandes, a convertir intuiciones pobres en análisis solemnes y a disfrazar reflejos ideológicos de lectura sofisticada. No hace falta comprender la realidad. Muchas veces basta con administrarla verbalmente mejor que el espectador cansado que lo escucha.

Eso fue lo que Orwell entendió cuando vio que el lenguaje degradado no solo encubre la realidad, también la reorganiza para volverla más cómoda, más útil, más obediente. El periodista político estúpido no miente siempre, hace algo peor. Selecciona, deforma, dramatiza y simplifica hasta dejar la realidad del tamaño exacto de su personaje. Goffman lo habría reconocido enseguida. No estamos viendo a un hombre que piensa en público, sino un hombre que sostiene una impresión de lucidez frente a una audiencia. Por eso gesticula como quien pesa el mundo, frunce el ceño, como quien carga una verdad incómoda y habla como si cada frase saliera de una altura moral especial. Mucha solemnidad, mucha gravedad, mucha escenografía, demasiada poca honestidad intelectual. Lo grotesco empieza cuando esa escenificación se vuelve identidad. El sujeto, ya no comenta la política, vive de parecer más inteligente que ella. Se enamora del análisis como forma de narcisismo, del matiz como adorno y de la coyuntura como espejo donde puede admirar su supuesta superioridad.

Poco a poco deja de buscar claridad y empieza a buscar centralidad. ya no quiere explicar un conflicto, quiere ser la voz inevitable alrededor del conflicto y ahí la profesión se vuelve fértil para el estúpido, porque le permite transformar una mezcla de vanidad, ideología y reflejos rápidos en prestigio cotidiano. 

No crea nada, no resuelve nada, no arriesga nada decisivo, pero consigue algo que para cierto tipo de idiota vale más que todo eso. la sensación permanente de ser el hombre que ve más hondo que el resto, aunque casi nunca pase de la superficie.

Cinco. Cantante.

El canto atrae a muchos estúpidos porque fue la primera profesión artística donde la tecnología consiguió eliminar casi por completo el filtro de la incompetencia. Hubo un tiempo en que la voz era el límite. O sonabas o no sonabas y el mercado lo decidía con bastante crueldad. Hoy el autotune corrige lo que la naturaleza negó. El algoritmo distribuye lo que el talento no habría conseguido y el marketing de personaje vende lo que la música no sostiene. El idiota entiende ese nuevo ecosistema antes que nadie. No necesita años de formación, ni disciplina técnica, ni una relación honesta con el instrumento. Necesita una estética reconocible, una cadena visible y una letra que quepa en 3 minutos de ostentación repetida. 

Eso es lo que hace que esta profesión sea tan fértil para el estúpido. El proceso productivo entero dejó de decirle no. El productor lo acepta porque el formato vende. La plataforma lo distribuye porque el algoritmo no juzga calidad. El público lo consume porque la repetición crea familiaridad y la familiaridad se confunde con gusto. Orwell lo habría reconocido enseguida. Cuando el lenguaje se degrada hasta caber en un eslogan, deja de comunicar algo y empieza a funcionar como ruido organizado. La letra del idiota no describe el mundo ni cuenta una historia. Administra señales de estatus. El dinero, la mujer, el auto, el barrio que dejó atrás. No hay nada que pensar porque nunca hubo nada que decir. Solo hay que repetirlo con suficiente volumen para que parezca convicción. 

Lo más grotesco llega cuando ese vacío empieza a cotizar como autenticidad. El sujeto nunca pasó por la humillación del mérito real, nunca fue corregido por un límite técnico, nunca tuvo que mejorar porque el mercado se lo exigiera y aún así concluye que el dinero que gana es prueba de talento, que los streams confirman profundidad y que su opinión sobre el mundo merece el mismo espacio que su música. Ahí la estupidez se vuelve insolente. No es solo que no sabe cantar, es que nunca nadie en todo el proceso le dijo que eso importaba. Y cuando una industria entera conspira para que el mediocre no se encuentre nunca con su propia mediocridad, no hay que preguntarse por qué atrae tantos estúpidos. Hay que preguntarse qué queda de la música cuando el filtro desaparece por completo. 

Seis. Abogado.

La abogacía atrae a muchos estúpidos porque es una profesión donde la palabra puede volverse arma, máscara o cortina. Y para cierto idiota eso resulta irresistible. No le interesa tanto la justicia como la posibilidad de ganar. 

No le atrae el derecho como orden, sino como campo de maniobra. Aprende pronto que una frase bien lanzada puede impresionar más que una verdad incómoda, que la seguridad verbal produce autoridad, aunque el fondo sea pobre, y que mucha gente confunde facilidad retórica con inteligencia real. Ahí encuentra una comodidad enorme. En lugar de usar el lenguaje para aclarar, lo usa para cubrir. En lugar de ordenar un conflicto, busca explotarlo a favor propio. No necesita ser profundo. Le basta con parecer más rápido, más listo y más agresivo que el otro, mientras el ritual jurídico lo protege. 

Orwell ayuda a leer este tipo porque el abogado estúpido rara vez destruye el vínculo entre palabra y realidad de golpe: lo va desgastando con elegancia. Dice lo justo para desplazar, insinuar, ensuciar, oscurecer o torcer sin que el gesto parezca grosero. Goffman también entra perfecto porque pocas profesiones dependen tanto del papel, del tono, de la escena y del control de impresión. El abogado estúpido aprende a vestir seriedad, a modular convicción, a usar tecnicismo como humo y cortesía como cuchillo. No discute para esclarecer, sino para imponer ventaja. Ahí está su miseria. Confunde precisión con astucia, muchas veces al que logra imponerse verbalmente, no tarda en sacarle una conclusión venenosa. Si ganó, entonces tenía razón. El problema es que esa lógica termina pudriendo la estructura moral del oficio dentro de quien la abraza demasiado. Poco a poco, el sujeto ya no quiere resolver conflictos con justicia razonable. Quiere vencer incluso cuando eso exige vaciar de sentido aquello que dice defender. Se vuelve incapaz de distinguir una victoria legítima de una victoria simplemente eficaz. Y ahí prospera el estúpido típico de esta profesión, el que hace de todo para ganar, el que cree que ceder es debilidad, el que transforma la ley en escenario para su propio apetito de superioridad. No todo abogado cae en eso, evidentemente, pero el idiota sí, porque descubre que en este oficio su peor rasgo puede pasar por talento. Y cuando una profesión permite que el cinismo se maquille de competencia, la estupidez no entra por la puerta de atrás, entra por la principal.

Siete, juez.

El juez atrae a muchos estúpidos porque pocas profesiones ofrecen una tentación tan limpia de confundir autoridad con superioridad humana.

No basta con decidir. Se puede decidir desde arriba, cubierto de rito, distancia y solemnidad. Y para cierto idiota, esa arquitectura es embriagadora. Aprende pronto que el cargo no solo ordena, también separa. No solo obliga, también eleva. Ahí empieza la deformación. Ya no se ve como un hombre ejerciendo una función, sino como una figura situada por encima del conflicto ordinario. Esa es la clase de estupidez que esta profesión puede incubar.

la del que deja de servir a la ley y empieza a usar la ley como espejo donde contemplar su propia importancia. No toda toga produce vanidad, claro, pero la vanidad encuentra ahí una escenografía extraordinariamente cómoda. Pierre Bourdieu ayuda a entenderlo porque el poder judicial concentra capital simbólico en estado puro, lenguaje técnico, distancia ritual, reconocimiento institucional y una autoridad que se presenta como legítima antes incluso de ser examinada. El juez estúpido absorbe todo eso como si fuera sustancia propia. Goffman también encaja porque el oficio está lleno de escena. La voz medida, el gesto sobrio, la pausa grave, la mirada que cae como si cada frase descendiera de una altura moral especial y poco a poco el personaje se come al hombre. Ya no interpreta una función, se siente la función. La prudencia se vuelve frialdad prestigiosa, la rigidez se vuelve nobleza y la falta de escucha se disfraza de imparcialidad. Así prospera este idiota. No necesitando gritar, precisamente porque el decorado ya grita por él. Lo más feo de este perfil aparece cuando empieza a creer que su posición lo volvió más lúcido que los demás en todo. No solo juzga expedientes. Empieza a juzgar la vida, la gente, el lenguaje y hasta el valor moral de quienes lo rodean. La distancia funcional se convierte en superioridad ontológica. Ya no hay servidor de una estructura, sino un pequeño soberano de sí mismo. Y ahí la estupidez se vuelve más peligrosa que en otras profesiones, porque viene blindada por legitimidad. El influencer necesita atención, el coach necesita clientes, el juez estúpido ya tiene silla, rito y obediencia previa. Por eso resulta tan difícil de corregir. No se equivoca como un hombre común, se equivoca desde un pedestal. Y cuando la arrogancia consigue toga, deja de parecer un defecto. Empieza a parecer orden natural. 

Ocho. Profesor universitario.

La universidad atrae a muchos estúpidos con credenciales porque ofrece algo que el militante necesita más que el oxígeno. Una tribuna con autoridad prestada. No llega ahí para enseñar, sino para convertir el aula en territorio ideológico. Aprende rápido que el cargo protege, que la jerga intimida y que el alumno que duda puede ser neutralizado con una mirada de superioridad moral. No investiga para comprender, investiga para confirmar lo que ya decidió creer antes de abrir el primer libro.

Dietrich Bonhoeffer lo habría reconocido sin esfuerzo. No estamos ante alguien que piensa, sino ante alguien que transmite consignas con acento doctoral y llama eso pensamiento crítico. El militante universitario aprendió a usar el conocimiento como arma de exclusión. Cita siempre dentro de la misma tribu teórica, lee para blindarse y construye una burbuja bibliográfica donde toda evidencia incómoda desaparece antes de llegar a la clase. Lo grotesco aparece en la contradicción que no ve. Exige autonomía intelectual al alumno, pero castiga cualquier divergencia que amenace su narrativa. Predica pensamiento crítico, pero es el primero en ofenderse cuando lo piensan críticamente a él. Goffman lo habría descrito sin piedad. No estamos viendo a un hombre que enseña, sino a un hombre administrando una escena donde él siempre tiene razón antes de que empiece la discusión. Lo más peligroso de este perfil es su impermeabilidad. La arrogancia del juez viene del cargo. La del militante universitario viene de la certeza moral y esa es mucho más difícil de corregir. Quien discrepa no está simplemente equivocado, está del lado incorrecto de la historia. Esa lógica convierte el aula en tribunal y al alumno en caso a ser reeducado, no en inteligencia a ser formada. El sujeto ya no distingue entre transmitir conocimiento y distribuir su propia ideología con sello académico. Y cuando una institución diseñada para disciplinar el juicio empieza a premiar exactamente eso, no está formando pensadores, está certificando militantes con vocabulario sofisticado.

Nueve. Futbolista. 

El fútbol atrae a muchos estúpidos, no porque jugar sea una actividad menor, sino porque la fama que produce puede inflar alguien mucho más rápido que su propia formación interior. El jugador estúpido no nace necesariamente en la cancha, nace después, cuando descubre que correr bien detrás de una pelota le permitió entrar en un circuito de dinero, adoración y reverencia pública que empieza a aparecerle prueba de grandeza total. Ahí la deformación se acelera. El sujeto, que quizá domina con brillantez un campo muy específico, empieza a imaginar que ese éxito lo volvió profundo en todos los demás. La multitud lo aplaude, la prensa lo busca, las marcas lo rodean y muy pronto la vida cotidiana deja de contradecirlo.

En un ecosistema así, la estupidez no necesita esconderse. Puede crecer acompañada de ovación, privilegio y una pedagogía constante de impunidad. Girard ayuda a leer este perfil porque el jugador famoso concentra deseo mimético en estado puro. No solo es admirado por lo que hace, sino por lo que representa. Fuerza, triunfo, estatus, excepción. El idiota que prospera ahí aprende pronto a alimentarse de ese préstamo afectivo. 

Ya no distingue entre ser celebrado por una habilidad y ser valioso como conciencia. Lash completa el cuadro porque la celebridad alimenta una forma de show inflado que necesita confirmación permanente. Se nota en cosas pequeñas. 

El jugador que habla de política con tono de profeta, el que opina de todo como si la fama hubiera aclarado su pensamiento, el que trata cualquier límite como ofensa personal, porque hace tiempo dejó de oír la palabra, no sin sentir que la realidad lo está irrespetando.

Lo grotesco de esta profesión no está en el lujo ni en el aplauso, sino en la rapidez con que ambos pueden producir una fantasía de grandeza total. El jugador serio sabe que su talento está en un terreno preciso, el estúpido no. El estúpido toma la adoración de estadio como certificado universal de sabiduría y entonces ya no solo juega, pontifica, ya no solo gana partidos, siente que ganó un rango humano especial. Ese es el punto donde la profesión se vuelve fértil para él. No porque todo futbolista sea así, sino porque pocos ambientes mezclan tan bien mérito real en una parcela concreta con inflación delirante del ego fuera de ella. Cuando esa mezcla prende, aparece un tipo muy reconocible. El famoso sin profundidad, rodeado de elogios tan constantes que termina creyendo que cualquier pensamiento suyo merece sonar como lección. 

10. Tiktoker

Tiktok atrae a muchos estúpidos porque llevó al límite casi obsceno todo lo que ya estaba deformado en la cultura de la tensión. Velocidad, simplificación, actuación, validación instantánea y recompensa por impacto breve. Allí ya no hace falta parecer interesante durante media hora, ni siquiera durante diez minutos. Bastan segundos. Y esa reducción brutal del tiempo favorece como pocas cosas al idiota histriónico, al que convierte gesto en personalidad, reacción en pensamiento y  ruido en presencia. El tiktoker estúpido entiende muy rápido las reglas. No profundizar, no detenerse, no matizar, no dudar, capturar, golpear, pasar. Lo suyo no es decir algo que permanezca, sino producir un estímulo que sobreviva lo suficiente para multiplicarse. En un formato así, la insuficiencia no estorba. Muchas veces es exactamente el combustible correcto para volverse visible. Goffman entra con una precisión casi cruel porque aquí la vida ya no solo se representa, se fragmenta en microescenas de eficacia inmediata.

Todo es frente, todo es personaje, todo es impresión administrada en estado de urgencia. Lash también aparece sin esfuerzo porque pocas profesiones dependen tanto de la necesidad de reacción para sostener el yo. El tiktoker estúpido vive de eso, de medir su consistencia por la respuesta instantánea de una multitud abstracta. Se nota en lo cotidiano. La opinión no se forma, se ensaya frente a cámara. La indignación no se piensa, se actúa. La gracia no nace, se calibra. Y como el algoritmo premia intensidad antes que verdad, caricatura antes que matiz y repetición antes que elaboración, el sujeto descubre una verdad embriagadora. puede ser recompensado precisamente por no frenar nunca a reflexionar demasiado.

Lo peor es que este formato no solo visibiliza estupidez, la entrena, enseña a cortar antes de desarrollar, a afirmar antes de comprender y a convertir cualquier impulso en identidad, porque no hay tiempo suficiente para que una idea madure. El resultado es un tipo humano muy particular, alguien que ya no sabe distinguir entre impacto y importancia, entre viralidad y valor, entre circular y decir algo que merezca permanecer. Ahí la profesión se vuelve ideal para el idiota más contemporáneo de todos. El que ya no necesita construir personaje con paciencia, como hacía el influencer, ahora puede fabricarlo en ráfagas con espasmos calculados de atención. Y cuando una profesión convierte la brevedad en criterio supremo y la reacción en forma principal de recompensa, no hay que preguntarse por qué atrae tantos estúpidos. Hay que preguntarse cómo no iba a atraerlos. 

Diez profesiones, diez puertas por donde la estupidez entra sin que nadie la detenga. No porque el mundo sea injusto, sino porque ciertas estructuras fueron construidas sin fricción suficiente para expulsar al mediocre. Y cuando una profesión no tiene mecanismo que corrija, no tarda en llenarse de gente que nunca necesitó mejorar para seguir avanzando. La pregunta incómoda no es quién está en esa lista. La pregunta es, ¿qué dice de nosotros que sigamos eligiéndolos, siguiéndolos, votándolos y pagándoles? Porque el estúpido no prospera solo. Prospera porque alguien todos los días le sigue dando exactamente lo que necesita para no tener que cambiar nunca. ¿Qué profesión falta en esta lista? Déjala en los comentarios porque si algo quedó claro hoy es que el problema no es poco.

Bibliografía 

Christopher Lasch, La cultura del narcisismo (1979)

Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959)

George Orwell, Política y lengua inglesa (1946)

Pierre Bourdieu, La fuerza del derecho (1986)

Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión (1951)

René Girard, Mentira romántica y verdad novelesca (1961)