miércoles, 28 de octubre de 2026

Enrique Vila-Matas premio Nacional de Literatura 2026

 I

 Enrique Vila-Matas, Premio Nacional de las Letras Españolas 2026, en El País, Sergio C. Fanjul, Madrid - 27 oct 2026:

El Ministerio de Cultura concede el galardón al escritor catalán, columnista de EL PAÍS, por su “ficción posmoderna” y su “proyecto metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico”

Enrique Vila-Matas ha sido galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, que otorga el Ministerio de Cultura. El jurado ha elegido al autor, columnista de EL PAIS, por “su influencia decisiva en la narrativa contemporánea, su aportación a la tradición borgiana en lengua española, así como por una originalidad formal y fidelidad al espíritu metaficcional de Cervantes desde una dilatada y ejemplar trayectoria”. Fundado en 1984, este premio ha recaído a lo largo de su historia en nombres como Juan Goytisolo, Rosa Montero, Miguel Delibes, Bernardo Atxaga, Francisca Aguirre, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o Francisco Umbral. El premio, que se da a la labor literaria de una vida, tiene una dotación de 50.000 euros.

Vila-Matas, columnista de EL PAÍS, es dueño de un universo propio caracterizado por el gusto por el juego, el humor, lo metaliterario y la exploración de los entresijos de la creación libresca. Unos textos en los que se mezclan los géneros, y la novela parece ensayo, el ensayo novela, la ficción realidad y la realidad una cosa muy rara, plagada de escritores con características muy particulares. La literatura y la vida se confunden y ambas conducen al absurdo.

“Encarna de manera magistral los principios medulares de la ficción posmoderna a través de un estilo particular donde las fronteras entre realidad y fabulación se difuminan y entremezclan con absoluta fluidez, construyendo un universo literario que dialoga con la tradición mientras la reinventa. Al convertir la duda en método y la lectura en aventura, reivindica la creación literaria como un arte de la inteligencia y del placer”, dice el acta del jurado.

Buena prueba de ello es Historia abreviada de la literatura portátil (1985) protagonizada por la “conspiración shandy” (por el Tristram Shandy, de Laurence Sterne), una sociedad secreta fundada en torno a dos principios: primero, que la obra de uno sea portátil y trasladable en un maletín, y, segundo, “funcionar como una perfecta máquina soltera”, es decir, ser autónomo y autosuficiente. Formaron parte de la conjura shandy, según la imaginación del barcelonés, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, García Lorca o Georgia O’Keefe.

Siguiendo esa línea, en Bartleby y compañía (2000) Vila-Matas habla de esos escritores que un día dejan de escribir, como Juan Rulfo, Arthur Rimbaud o J. D. Salinger y que toma el título de Bartleby, el famoso escribiente del cuento de Herman Melville cuya frase emblemática era: “Preferiría no hacerlo” (y que tanto se lee ahora en camisetas y tote bags, aunque la gente, en general, prefiera sí hacerlo).

El jurado ha manifestado que “su cuestionamiento de la autoridad narrativa, sumado a una agudeza y un humor que raya en el laconismo y la ironía, lo sitúan como uno de nuestros escritores más subversivos. Su obra sustenta un proyecto creativo y arriesgado en el marco de las letras hispánicas, que, a través de un viaje metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico, investiga a fondo el género de la novela, la autoría, la identidad personal y el porvenir de la escritura”.

En Doctor Pasavento (2005) se centra en la figura de este doctor —que podría pertenecer a la conjura shandy—, a su vez obsesionado por la figura del escritor Robert Walser, que pasó muchos de sus días en un manicomio suizo y que falleció mientras daba uno de sus célebres paseos: la nieve de las montañas fue la que acogió su cadáver. Como Walser, Pasavento escribe cada vez con una caligrafía más pequeña y tiene fuertes deseos de desparecer, incluso de la grandeza literaria.

En Kassel no invita a la lógica (2014) narra la peripecia de un escritor invitado a la Documenta de Kassel, feria de arte contemporáneo conocida por el gusto por la experimentación, la intelectualidad, el pensamiento extremo: allí su función será convertirse en una instalación viviente, una performance que consiste en sentarse a escribir cada mañana en un restaurante chino de las afueras de la urbe alemana.

Como se ve, Vila-Matas es un escritor obsesionado por los escritores (no en vano su columna en la sección de Cultura de EL PAÍS se titula Café Perec, en referencia al célebre escritor experimental Georges Perec), aunque no solo para escritores: la originalidad de sus tramas, su humor intrínseco, su gusto por el desconcierto, lo raro, lo periférico, ha cosechado legiones de lectores sin abandonar, curiosamente, los aires de escritor de culto.

Además del presente Premio Nacional, el catalán ha recibido, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos, el Herralde, el Formentor de las Letras y el FIL de Literatura en Lenguas Romances, premio que le ha consolidado como un nombre sólido, pero también líquido en su libertad, capacidad de invención y permanente ironía.

II

Enrique Vila-Matas: “Viví en una dictadura hasta los 27 años. Este mundo cada vez se parece más a todo aquello”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Paco Cerdà, 28 mar 2025:

El autor publica ‘Canon de cámara oscura’ y sueña con una novela sin tramas, en la que se mezclara sin problemas lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad escrita como tal

1

Del niño Enrique Vila-Matas su maestro se burló. Delante de sus compañeros Cadena, Flavià y el resto de la clase, el profesor de los maristas leyó en voz alta su redacción escolar y se mofó.

— Como pueden comprobar, el alumno Vila-Matas nos informa en este texto de la baja intensidad de la luz de la lámpara de su escritorio.

Todos rieron.

El alumno Vila-Matas —flaco, cejas largas, frente ancha, pómulos marcados, raya a la izquierda, grillos en la cabeza asomando por los ojos— debió de bajar la mirada. Había escrito que aquella lámpara dormía sobre sus ojos en vela. Era una metáfora de su estado de ánimo; una imagen de la precariedad económica que sufrían en el piso de la calle de Rimbaud, Barcelona, años sesenta; el mundo de ayer.

Todos rieron.

Pero aquella tarde remota en que su maestro lo llevó a conocer el hielo de la crítica, el alumno Vila-Matas descubrió algo más importante. Sintió, por primera vez, la íntima necesidad de escribir.

Y si la lámpara era débil, mejor buscar en un cuarto oscuro.

Ahora ha llegado ese momento.

2

Hace medio siglo que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 76 años) empezó a publicar. Lleva más de 40 libros desde que en la mili, en la trastienda del colmado de un regimiento de artillería perdido en el norte de África, aquel Giovanni Dogo sin desierto ni tártaros escribió su primera novela: Mujer en el espejo contemplando el paisaje.

En Impostura exploró el misterio de la identidad personal, la pasión por ser otro, la necesidad de habitar vidas distintas.

En Historia abreviada de la literatura portátil creó los shandys y aquella conjura secreta de escritores con maleta.

En Suicidios ejemplares cartografió la voluntad radical y última de desaparición que es la muerte voluntaria.

En Bartleby y compañía —su hit— dibujó una constelación de escritores que renunciaron a escribir.

En El mal de Montano llevó al límite la obsesión enfermiza por la literatura como patología incurable y a la vez remedio salvífico.

En París no se acaba nunca Marguerite Duras le enseñó que la escritura es un entramado sin principio ni fin.

En Doctor Pasavento, de la mano de Robert Walser, reflexionó sobre la desaparición del sujeto en Occidente y su empeño por reaparecer.

Entonces Vila-Matas ya tenía un proyecto literario; un trencadís a lo Gaudí. Luego fue sumando teselas y más teselas a su mosaico. Y así tendió un paseo a lo largo del puente que enlaza el mundo excesivo de Joyce con el más lacónico de Beckett en Dublinesca. Y encumbró el arte de no hacer nada con el síndrome Oblómov en Aire de Dylan. Y buscó una frase perdida mientras exaltaba el arte de caminar sin rumbo en Esta bruma insensata. Y se preguntó si la vida solo fuera leer y escribir flaneando por París y otras ciudades en Montevideo.

Todo —siempre— entretejido con la literatura. Una catedral metaliteraria.

Ahora da otra vuelta de tuerca. Regresa al espíritu de sus bartlebys que no escriben y alcanza lo metavilamatiano 25 años después. Su nuevo libro, Canon de cámara oscura, empieza con la muerte de Antonio Altobelli, un lúcido y marginal escritor barcelonés, conocido como El Fracasista, que deja un encargo a su secretario y heredero: debe seleccionar, de entre su inmensa biblioteca, 71 libros y guardarlos en un cuarto mal iluminado. La misión es que Vidal Escabia, así se llama su asistente, conforme un canon literario desplazado, intempestivo e inactual. Un canon disidente. Que discrepe. Que bordee la locura. Que se mueva, oscuro, entre las sombras. Como aquella débil lámpara en los días no azules de la infancia.

Pero hay una duda. Un misterio. El enigma es averiguar si Vidal Escabia es un hombre herido por el amor que siente por su hija ausente o acaso es un androide, un Denver-7 infiltrado entre la gente corriente.

Pero qué más da. Mueran las fajas y la trama. Entra Vila-Matas.

3

El escritor saluda. Bufanda y gorra vilamatianas. Mirada vilamatiana, quizá con más bartlebys en las bolsas. Y algo completamente inesperado: saca de una carpeta unos folios. Unos apuntes, unas citas, un pasaje, el correo de un escritor amigo valorando su última novela, todo va numerado como numerados van estos perfiles. Me los da. Se diría que, así como entra en el mundo de sus autores favoritos en mímesis y simbiosis, ha pretendido penetrar en la forma de este perfil. Vilamatiano, sin duda.

También yo le copio. Le pregunto con una cita.

—Dice Walser: “A menudo cuesta toda una vida librarse de ciertos recuerdos, por muy irrelevantes que sean”.

—Vuelven muchos recuerdos. Vuelve el día que mis padres, en tono trágico, me dijeron: “Tenemos que romper la hucha”. Yo no entendía aquella seriedad. No le daba valor a aquellas monedas que ellos entonces necesitaban y se me grabó el impacto de lo mal que lo pasaron al romperla. Vuelve también una imagen un poco triste: yo, de pequeño, por las aceras de Barcelona, agachado por el suelo con una cinta de metro, midiendo con mi padre la distancia entre farmacias para ver si él podía averiguar dónde cabía legalmente otra farmacia y así poder sacar adelante a la familia después de haberse arruinado. Vuelve el camino de cada día de casa al colegio: ahí está encerrado todo. Tu memoria, tu imaginación; tú mismo. Vuelve también la pregunta que un día me hizo mi padre bajando por el Tibidabo: “Y tú”, me preguntó, “¿qué quieres ser de mayor?”. Yo le dije director de un circo. Podría haberle dicho payaso o equilibrista, pero le dije director.

Es, en cierto modo, lo que viene haciendo Vila-Matas toda su vida: dirigir el circo de todos esos literatos a quienes hace hablar o callar en un largo número que se repite con variaciones Goldberg. Esta vez lo ha hecho con un androide. Y es curioso: cuando todos temen al lobo feroz de la inteligencia artificial, él ha utilizado a un androide como trasunto para hablar de la libertad.

—De todos mis libros, esta es la voz más extrema, el narrador que más fuera está del mundo. No ha nacido. No tiene padres. No tuvo infancia. No tiene recuerdos propios. Y eso me ha dado una libertad que nunca había conocido. Siempre he buscado una voz libre, porque la literatura es la búsqueda de la libertad. A eso aspiro, como el Quijote: a la libertad. Porque me crie en una dictadura y hasta los 27 años viví en ella. Eso marca. Y no quiero volver a ver nada que se le parezca ni lo más mínimo. Sin embargo, este mundo cada vez se parece más a todo aquello.

—¿Estamos perdiendo libertad?

—Sí. Pero escribiendo puedes ser libre. Yo así me siento libre. Aunque a los libres los tachen de locos. Mira el licenciado Vidriera: había de ser un loco para decir lo que pensaba de su época. Lo mismo sucede hoy. Y está bien que así sea: estamos todos tan necesariamente locos que no estarlo sería otra forma de locura. La absoluta rareza sería la normalidad.

4

Otra maestra, otra estudiante y otra lámpara, esta vez encendida. Fue cuando la profesora de literatura le regaló a su alumna adolescente un libro: Historia abreviada de la literatura portátil. Iba dedicado por su autor. “Para Anna Maria, este regalo portátil”. El volumen le cambió la vida a aquella muchacha. Hoy la que dedica libros es ella, Anna Maria Iglesia: periodista cultural, lectora profesional para editoriales y autora de Ese famoso abismo (Wunderkammer, 2020), casi 200 páginas de conversación profunda con Enrique Vila-Matas.

Ahí sueña Vila-Matas con una novela desterrada de tramas, argumentos y realismos y ya felizmente instalada en la frontera; una novela en la que sin problemas se mezclara lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad traída al texto como tal.

Ahí rememora cómo impactaron en su poética del fracaso estos versos de William Carlos Williams: “Ninguna derrota / es enteramente derrota: / el mundo que abre es siempre / un lugar antes insospechado. / Un mundo perdido es un mundo / que nos llama a lugares inéditos”.

Ahí anhela una vida como viaje rectilíneo, sin Ítaca a la que regresar.

Le pido a Anna Maria Iglesia 25 adjetivos que describan a Vila-Matas. Caída la medianoche, cuando ya duermen sus hijas, ella se sienta ante el teclado y responde de un tirón. Y escribe irónico, paradójico, cómico, blanchotiano pero cada vez menos, autoparódico, ambiguo, reiterativo con variaciones, afrancesado (a veces), anglosajón (por momentos), extraño, vital, curioso, indagador, reflexivo pero no pedante, creador de antihéroes tozudos, de ficción sin auto, de ficción pese al yo, burlesco y a la vez tremendamente serio, inventivo, durasiano (de Marguerite) y pitoliano (de Pitol), pero sobre todo walseriano.

Es decir, un híbrido.

5

¿Cómo sería hacer un Vila-Matas de su última novela?

Lo primero, tomar las tijeras y cortar algunas frases suyas del Canon de cámara oscura. Por ejemplo estas:

1. Utopía: mi deseo de que un día escribir y respirar no sean ritmos diferentes.

2. Escribir siempre ha sido tratar de escribir lo que escribiríamos si escribiésemos, aunque no escribamos.

3. La vida de cualquier persona normal es exageradamente ficticia. Todos fingen todo el rato y lo que sucede es que jamás pueden ser ellos mismos, y a su manera están tremendamente encerrados en algo que no existe y que tiene todo el aspecto de, en el fondo, no tener sentido alguno. Hablo del mundo, claro.

4. Vi un mundo que solo era puro vacío, pero a la vez vi que en el vacío no faltaba nada, que éramos nosotros quienes no veíamos nada en él por culpa de nuestra ridícula visión endeble.

5. A veces hay que seguir, como si nada, como si nadie, como si nunca.

6

En ocasiones lo han colocado en las quinielas del Premio Nobel. O del Cervantes. Raro que no tenga el Nacional de Narrativa cuando The Paris Review lo encumbró como uno de los cinco escritores españoles entrevistados en 70 años; lo más parecido a un canon contemporáneo.

Ahora bien: donde Vila-Matas siempre gana es en los laboratorios metacadémicos de la Academia.

En la base de datos que recoge todas las tesis doctorales leídas en España existen al menos 11 tesis sobre Vila-Matas. Sobre su narrativa breve, su escritura intersticial, su poética de la conjunción, su concepto de viaje y fuga, su laberinto especular, su articulismo, su ficción crítica, su poética posmoderna, su aventura literaria como arma política, algunas cosas más.

Entro en la investigación del senegalés Papa Mamour Diop, titulada Enrique Vila-Matas y la búsqueda de la novela total (1973-2007): mestizaje genérico e intertextualidad. Son casi 500 páginas de paseo sesudo por el mundo vilamatiano, pero me deslumbra un concepto: la literofagia.

Literofagia: literatura que se nutre de y para sí misma. Que engulle y deglute literatura para degradar literatura, digerir literatura, absorber literatura, excretar literatura y luego dejar hueco para ingerir nueva literatura. Vila-Matas.

De esta investigación surge un mapa. Un territorio. Su canon ­real. Ese vasto mundo de citas y afinidades que van de Pitol a Tabucchi, de Magris a Sebald, de Bolaño a Musil. Y sobre todo: la angustia existencial de Kafka, el concepto libro-mundo de Joyce, la escritura infinita de Borges, la desaparición del autor de Walser, el paroxismo de la experimentación en Goethe, Shakespeare y Cervantes. Son los puntos cardinales de su atlas.

7

Dice Elias Canetti: “Todo escritor que ha conseguido un nombre y que lo impone sabe que, por este motivo, deja de ser escritor, pues administra posiciones como un burgués cualquiera”.

¿Se ha aburguesado?

—Esa idea de Canetti me crea un sentimiento de culpa. No puedo evitarlo. Hay tantas novelas rechazadas de genios que nos hemos perdido… Y en cambio yo, como otros, ocupo un sitio. Ahora bien: lo horroroso es si evitas el riesgo para conservar tu sitio burgués. Porque sin riesgo no tiene sentido la literatura. En este libro está muy presente el concepto de la oscuridad. A ello me llevó una idea de Maurice Blanchot. Él decía que la oscuridad que vemos disimula la oscuridad que hay detrás. Solo hallamos alguna luz, si es que la hallamos, avanzando entre tinieblas. Justo eso es escribir: un oficio de tinieblas. Cuando avanzas en la oscuridad vas a tientas. Te arriesgas. Vives.

¿Y el miedo al fracaso?

—El fracaso es inherente a la escritura. Y no es ninguna tragedia. Al contrario: el fracaso es digno. Es más: puede incluso superar al triunfo. Mira: una vez pude entrevistar a Dalí y me respondió algo que solo ahora he comprendido: “La obra perfecta es la muerte”.

8

La obra perfecta de un bartleby que no escribe, como Vidal Escabia, es componer un canon literario desplazado, intempestivo, inactual. De los libros que el narrador va salvando en su cuarto oscuro aparecen nombres consagrados: Ovidio, Cervantes, Melville, Montaigne, Musil, Walser, Sterne, Zweig, Kaf­ka, Canetti, Calvino, Fitzgerald, Barthes, Ribeyro, Martín-Santos, Handke, Banville, Tavares. También surgen otras plumas más periféricas que entran o aguardan su turno para alcanzar el canon oscuro, como Alfred North Whitehead, Ryoko Sekiguchi, David Markson, Alberto Savinio, Harold Duché, Sergio Chejfec, Valeria Luiselli, Pablo Martín Sánchez o Camila Cañeque, otra cazacitas con sus 452 últimas frases antes del verdadero final.

9

Página 199. Vila-Matas habla de un concepto japonés intraducible: ikigai. Más o menos quiere decir la razón de vivir, la razón de ser, lo que hace que una vida valga la pena ser vivida. El ikigai se da cuando se alinean cuatro aspectos:

Lo que te gusta.

Lo que haces bien.

Lo que te da una recompensa.

Aquello que el mundo necesita de ti.

Oír hablar a Vila-Matas en la trastienda de una librería, oírle decir que solo el amor y la literatura dan sentido a la vida, oírle decir que ama tanto a la literatura que experimenta con ella un sentido de pertenencia hasta identificarla consigo mismo y con su vida, oír hablar delante de una carpeta al niño mayor que hace setenta y pico años ideaba historias imaginarias con sus soldaditos de plomo y que aún sigue con los grillos asomando por esos ojos en vela, oír todo eso es entender su ikigai: escribir y respirar.

Canon de cámara oscura, Enrique Vila-Matas Seix Barral, 2025

224 páginas. 19,90 euros.

 III

Enrique Vila-Matas o el arte de inventar una conversación con Marlon Brando, en El País, Raquel Vidales, Barcelona -15 de marzo de 2024:

El escritor barcelonés reúne en un libro las célebres entrevistas periodísticas inventadas que publicaron como verdaderas

El encuentro entre la periodista y el célebre escritor tiene lugar en una cafetería de Barcelona. Podemos agregar que “es una soleada mañana de invierno” o que “el ambiente es tranquilo, los clientes hablan bajito, algunos leen, otros teclean en sus portátiles”. Detalles para reforzar la credibilidad: el periodista estuvo verdaderamente ahí y entrevistó al escritor. Es la base del periodismo. Pero también puede suceder que el autor no acuda a la cita por un imprevisto y que todo lo que está escrito aquí sea falso. Una conversación imaginada. Porque de eso hemos venido a hablar en esta cafetería. De verdades y mentiras. De periodismo y literatura. De cuando en 1968 el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas tenía 20 años y publicó en la revista Fotogramas una entrevista inventada con el actor Marlon Brando. Un año después, otra con el bailarín Rudolf Nuréyev en la misma publicación. Otra más con el autor Anthony Burgess en La Vanguardia en 1982. Con el filósofo Cornelius Castoriadis también en La Vanguardia en 1983. Y de cómo aquellos y otros textos desvergonzados han acabado ahora reunidos en un libro, Ocho entrevistas inventadas (H&O), que dispara una metralla de preguntas sobre los conceptos de ficción y realidad en un mundo en el que las fake news pueden desatar una guerra o cambiar el rumbo de un país en un santiamén.

Primera pregunta: ¿No temía que le descubrieran? 

"No me acuerdo. Supongo que no lo pensé. No estoy demasiado orgulloso de haberlo hecho, es lo que hacía y ya está", reconoce Vila-Matas. Ciertamente, aquello no comenzó con afán literario sino por pura necesidad. La historia es conocida porque la confesó años después (sin que ya nadie se enfadara). Acababa de conseguir el trabajo en Fotogramas y el primer encargo que le hicieron fue traducir del inglés una entrevista con Marlon Brando. Pero él no sabía inglés y decidió inventársela. Así de sencillo. La de Nuréyev fue porque la noche antes se peleó con el bailarín en un local de Barcelona. Las de Burgess y Castoriadis las llevaron escritas recopilando declaraciones en otros medios, se las enseñaron, ellos las aprobaron y así terminaron antes. En el libro se incluyen otras con Patricia Highsmith, Juan Antonio Bardem y Rovira Beleta no falsas, sino más bien “intervenidas”. Y otro de regalo con Brando publicado en 1980 en la revista Dezine que supuestamente reproducía la que debía traducir en Fotogramas pero que resultó ser igualmente inventada, adentrándose ya en el juego literario.

— Tamaña desfachatez no sería posible ahora que todo está en internet, ¿no? Aunque paradójicamente también vivimos en el imperio de las fake news . ¿Cómo se explica esta paradoja?

— Le voy a decir una cosa: el mundo de la realidad y el mundo de la ficción están cortados por un espejo y nunca alcanzas el otro lado. Cada vez que cuentas algo estás cambiando la realidad. Aunque no sea ficción, lo cierto es que estás alterando la realidad. Porque la realidad es compleja. Un ejemplo clarísimo: situaciones que has vivido en el pasado y que recuerdas de una manera concreta, de pronto las revisas y te das cuenta de que sucedieron de otra manera. Eso es la complejidad.

— ¿Quiere decir que en el fondo toda entrevista periodística contiene algo de invención? Al fin y al cabo, el contexto es forzado. En este caso, el escritor está aquí porque quiere vender su libro y seguramente le han hecho las mismas preguntas en otras entrevistas. Y el periodista busca respuestas que publican en una página y titulares llamativos. ¿Cuánta verdad hay en todo esto?

— Le puedo dar mi versión. Yo intento no repetirme porque entonces se aburre seguro. Doy siempre la oportunidad de que pase algo en la entrevista.

— Entonces, ¿la verdad se encuentra en lo imprevisto?

—No lo sé. Yo me muevo en el terreno de la ficción. Y sobre eso lo que le puedo decir es que todo lo que sea ser sincero en la ficción es una tontería. No tiene nada que ver con el periodismo.

Pero la ficción también puede cruzarse con la realidad. O forzarla como fingir las noticias falsas deliberadas . El simulacro de La guerra de los mundos de Orson Welles o los fakes del fotógrafo Joan Fontcuberta juegan en esa frontera para dejar al descubierto sus grietas. Aunque originalmente Vila-Matas no tenía esa intención, lo cierto es que lo que comenzó siendo un fraude se ha convertido en objeto de fascinación y disquisiciones metaliterarias o metaperiodísticas. Muchos estudiosos de su obra han señalado aquellas entrevistas como el germen de su escritura de ficción. Esa que lo distingue como una firma de referencia de las letras españolas, con títulos tan celebrados como Bartleby y compañía , París no se acaba nunca o El mal de Montano .

Escribe el crítico Manuel Aznar en el prólogo de Ocho entrevistas inventadas: “El Vila-Matas que reconoceremos con posterioridad, aquel que entreteje su voz con la de otros o que elabora sus ficciones desde el ensayismo y la reescritura crítica, relumbra en la segunda entrevista a Marlon Brando, donde se permite lanzar una mirada irónica y reincidente —doce años más tarde— hacia el primer encuentro con el actor estadounidense”.

El libro se cierra con un texto titulado Recuerdos inventados, en el que Vila-Matas nombra personajes reales y se inventa sus recuerdos. Entre ellos, escritores como Antonio Tabucchi, Sergio Pitol o Pessoa. “Es un texto bisagra entre la primera etapa de mi vida literaria y la segunda”, explica. ¿Pero acaso no tienen todos los recuerdos siempre algo de invención? "Claro. Tú recuerdas el último invento que has hecho de tu recuerdo. Pero de pronto ves una foto del pasado y descubres a una persona que no recordabas. Repito: la realidad es compleja".

Que fuera el propio autor quien desvelara el engaño no viene sino a reafirmar la naturaleza fundamental de aquellos fakes. Él se resiste a considerarlo rotundamente de esa manera, pero reconoce que a medida que iba publicando nuevas entrevistas falsas, iba "descubriendo algo que ha continuado siempre: el juego. El juego y el riesgo. Era como un teatro privado". Porque si Vila-Matas no hubiera confesado, no sería posible el extraño disfrute literario que hoy produce la revisión de esos textos. No es lo mismo leerlos creyendo que son verdad que sabiendo que son inventados. Ya saben: el tiempo convierte la tragedia en comedia.

A veces parece que Vila-Matas quisiera vislumbrar al hombre que hay detrás de la estrella Marlon Brando: “Un tipo como yo resulta siempre un fastidio para todos”. En otros momentos le hace decir al actor cosas que seguramente fuera él quien las pensara, como un ventrílocuo: “Mi trabajo en el cine: veinte años quemados en el altar de la vanidad”. ¡Y qué decir de la sentencia que le sirvió de titular!: “Sé que puedo terminar asesinado como los Kennedy o Luther King”. ¿Y por qué no?

Pero con Nuréyev nos quedamos directamente en el terreno de la tragedia. "Cuando bailo me olvido de todo. Me elevo por encima de todo. Dejo de ser Rudolf Nuréyev y me convierto en un ser alado. Fíjese bien: vuelo. Pero tampoco volando consigo ser feliz".

— Oiga, ¿se lo inventaba todo o iba sacando frases de ellos de otras entrevistas?

—Cogía cosas. Pero básicamente era todo inventado.

—Siguiendo el juego, otros periodistas se han inventado entrevistas con usted. ¿Le gustaron?

-No. No por las cosas que ponían en mi boca, sino porque eran tontas.

 IV

El amor en la hora de la verdad, en El País, Enrique Vila-Matas, 27 feb 2024:

En su nueva novela, Paul Auster mantiene su fe en la ficción y en el amor a pesar de habitar, como dice, en ‘Cancerland’

¿Hay algo más verosímil que la trágica “locura de pena” de la que nos habla Paul Auster en Baumgartner? En su novela, a pesar de vivir, como él mismo dice, “en el país de Cancerland”, tiene el detalle de seguir apostando por el estridente estupor que produce la realidad y mantener una incondicional fe en la ficción, así como una no menos incondicional fe en el amor. Y tanto es así que, al convertir Auster en tan verosímil la “locura de pena” del viudo Baumgartner, va creando el sendero narrativo idóneo para llegar a un momento supremo, digno de cualquier antología de historias de amor: suena en la noche el teléfono y el destartalado viudo escucha, desde el más allá, la voz de su mujer muerta nueve años antes.

Aunque necesariamente ambigua, la fracción de verosimilitud de este episodio crea las condiciones suficientes para que el lector quede atrapado por la destreza del autor en el arte de la ficción. Un arte que, a partir de ese momento mágico y magistral, le lleva a frecuentar las emociones que marcarán el paso al resto de la novela, creada con ese tipo de naturalidad en la escritura moderna que suele atribuirse a Stendhal, monarca precisamente de todos los libros de amor.

En Baumgartner se nos dice que si tenemos la suerte de estar estrechamente conectados con otra persona, tan y tan cerca que el otro sea tan importante como tú mismo, la vida no solo se volverá posible, sino también vivida. Que es como decir que, con tumba fría o sin ella, el amor es más eterno que el silencio de la muerte. Y que, al final de nuestros días, solo cuenta si has querido a alguien y te han querido a ti.

“¿Ha pasado el amor a ser algo minusvalorado en el mundo contemporáneo, quizás porque provocan más interés otros valores?”. Esta es una de las preguntas que formula David Trueba a Woody Allen en su recién estrenado y brillante filme–entrevista Un día en Nueva York. La respuesta de Woody Allen (que me devuelve a la novela de Auster): “Creo que si ves películas ambientadas en la actualidad, o de época, incluso si lees libros de ahora, el amor está siempre ahí”.

El amor y el crimen, puntualiza Woody. Y el crimen remite a muerte, a “locura de pena”, a los clásicos amor y muerte, a los que falta siempre añadir el tercer tema, el paso del tiempo, cliché que no puede faltar en el triángulo de los temas que siempre están ahí. Para Woody Allen amor y muerte “se han mantenido estables, desde la tragedia griega hasta ahora, “pasando por Shakespeare, Chéjov, y llegando hasta Scorsese”. Se lo dice a David Trueba con la misma prodigiosa serenidad que mantiene a lo largo de todo el filme–entrevista, donde le resta cualquier tipo de pompa a su trayectoria, cayendo incluso en la humildad, aun sabiendo, como cabe suponer que sabe, que el problema de la humildad es que no puedes presumir de ella. Pero es que eso es lo que parece interesarle a Woody: no presumir de nada, como si quisiera decirnos que todo lo que filmó fue fácil, salió rodado. Y que solo el amor, como nos dice Auster en Baumgartner, cuenta a la hora de la verdad.

V

Por qué arden las redes, en El País, por Enrique Vila-Matas, 26 sept 2023:

La furia en internet solo confirma que en realidad no hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en nuestra mismísima era digital

El año pasado, cuando Peter Dinklage interpretó a Cyrano de Bergerac, relacionó a este pendenciero y polemista brillantemente locuaz con el gran auge de las redes sociales. Y explicó que el filme, basado en la obra de Rostand, no iba sobre una nariz que afea un rostro, sino sobre los “temores interiores” que llevaban a Cyrano a no atreverse a confesarle su amor a Roxana por miedo a ser rechazado. Como se sabe, esos temores los encauzó Cyrano utilizando a un joven carente de ingenio para que le llegaran intensas declaraciones de amor a la bella inalcanzable.

La asociación de los “temores interiores” con el auge de las redes sociales resulta del todo evidente si nos concentramos en los muchos seres descontentos con su propia vida que combaten en la Red esos temores tras identidades construidas a su antojo. Llama la atención, por cierto, el caso de algunos anónimos —a buen resguardo, creen ellos— que han construido paradójicamente unas vidas más deshonestas de las que tenían, lo que, por supuesto, es responsabilidad suya y consecuencia de su escaso talento para construir.

A la hora de inventarse una vida nueva en las redes, el gran ejemplo que tenían a su disposición los descontentos con las suyas era Wakefield, el personaje de Hawthorne, al que la semana pasada Dora García definió a la perfección: “Un hombre que se marcha de su vida para verla desde fuera”. Ese precisamente era el sueño de Antonio Tabucchi, que sostenía que uno tenía que saber verse a sí mismo desde fuera, lo que ahora me recuerda que un aire muy Wakefield atraviesa los cuentos magníficos de Los divagantes, de Guadalupe Nettel (Anagrama), y que ese mismo aire parecía cruzar este domingo por la entrevista de Elsa Fernández Santos a Víctor Erice, donde éste evocaba un género de cine antiguo y genuino, basado en arquetipos, “el que trataba de la vida no tanto como es, sino como debería ser”.

No conozco, fuera del arte, una sola vida que haya sido como tendría que haber sido. Y en cuanto al ruido y la furia de las redes sociales creo que éstas sólo confirman que en realidad no hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en nuestra mismísima era digital, que tal vez sólo sea —como le confirmara Tom McCarthy a Antonio Lozano en Librújula— la forma más avanzada de mostrarnos lo que la existencia ha sido siempre: una red de intercambios y transmisión de mensajes. Para el novelista McCarthy (no confundir con el cineasta), esto es algo que no puede estar más claro, dado que la literatura occidental nace en parte con una señal que cruza el espacio. En la Orestiada, Esquilo describe una serie de almenaras (fuegos que los griegos llamaron ángaros), señalizaciones que se extienden a lo largo de los quinientos kilómetros que separan Argos de Troya y que conforman una especie de red de telecomunicaciones, porque no son sólo hogueras, incorporan unos mecanismos capaces de generar códigos. Y bueno, recuerdo que ayer mismo, cuando por millonésima vez oí que “ardían las redes”, pensé: no es tan extraño, son las hogueras que ya ardían en la Orestiada.

VI

[Artículos de Vila-Matas en Café Perec]

VII

[Artículo de la Wikipedia]

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 31 de marzo de 1948) es un escritor español, autor de más de una treintena de obras, entre novelas, ensayos y otros tipos de narrativa y libros misceláneos.

Su obra ha sido reconocida con diversos premios, como el Rómulo Gallegos, Médicis y FIL de Literatura en Lenguas Romances, entre otros, y ha sido traducida a más de treinta idiomas. Es uno de los tres escritores españoles entrevistados por The Paris Review en su sección «The art of fiction».

Biografía

Nació en Barcelona, en el número 108 de la calle Roger de Llúria, frente al desaparecido cine Metropol. Estudió derecho y periodismo, y entró en 1968 como redactor en la revista de cine Fotogramas así como en Destino. En 1970 dirigió dos cortometrajes, Todos los jóvenes tristes (sobre la desesperación) y Fin de verano (sobre la destrucción de la familia burguesa). Además, fue actor en siete películas catalanas, todas ellas prohibidas por la censura franquista.

En 1971 realizó el servicio militar en Melilla, donde —en la trastienda de un colmado militar— escribió su primer libro, Mujer en el espejo contemplando el paisaje, que recuperará su título inicial —En un lugar solitario—, en la reedición en 2001 de sus textos de 1973-1984. A su regreso a Barcelona, trabajó como crítico de cine de las revistas Bocaccio y Destino.

Vivió en París dos años, a partir de 1974, en una buhardilla que le alquiló la escritora Marguerite Duras; allí escribió su segunda novela, La asesina ilustrada. Su tercer y cuarto libro, Al sur de los párpados, historia del aprendizaje de un escritor, y los cuentos de Nunca voy al cine, aparecieron en 1980 y 1982. El autor cierra esta etapa inicial con Impostura, de 1984.

A partir de este momento, su obra y su vida se funden. Desde luego, hay que contar con su experiencia con América Latina, que ha sido fundamental en su desarrollo (no solo por su amistades con Roberto Bolaño, Sergio Pitol, Juan Villoro, Ricardo Piglia, Ednodio Quintero). Ya en los ochenta escribía en un suplemento que hizo época —Culturas de Diario 16—, y desde entonces ha seguido publicando en diversos lugares —en París, en Le Magazine Littéraire, entre septiembre de 2004 y marzo de 2008—, así como en el diario El País desde el primero de esos años hasta hoy (en la sección de Cultura, donde escribe la columna Café Perec, que se publica quincenalmente los martes). Está casado con Paula Massot, profesora de literatura, a la que dedica sus libros como Paula de Parma.

Publicó su primer libro en 1971, la novela breve Mujer en el espejo contemplando el paisaje, escrita mientras hacía el servicio militar en el norte de África. Aunque la hizo sin ánimo de publicarla, a su regreso a Barcelona Beatriz de Moura la leyó y le propuso sacarla en Tusquets. Vila-Matas ha comentado sobre su ópera prima: «Que yo sepa, esa novela, que es una sola frase ininterrumpida, sólo la leyó Héctor Bianciotti, que me dijo que era “un ejercicio de estilo”». Cuatro años más tarde apareció su segunda novela, La asesina ilustrada; en 1980 apareció la tercera, Al sur de los párpados y dos años después, su primer libro de cuentos Nunca voy al cine; vuelve a la novela en 1984 con Impostura, basada en un hecho real sobre un ladrón de tumbas que se hace pasar por un escritor desaparecido; aquí surge por primera vez el misterio de la "verdadera identidad personal", uno de los temas recurrentes de Vila-Matas.

Historia abreviada de la literatura portátil (1985) marca la primera vez en que el autor mezcla ensayo y ficción; Vila-Matas lo califica de "intento prematuro" y constata: «En el periódico El País fue liquidada con unas palabras demoledoras: “Se nota que el autor veranea en Cadaqués”». Treinta años más tarde, Ignacio Martínez de Pisón escribiría en Babelia, el suplemento cultural del citado diario, palabras elogiosas para aquel libro: «Con la perspectiva del tiempo puede considerarse su obra fundacional. Buena parte de su literatura posterior está ya anunciada en ese centenar escaso de páginas: su aversión a las formas más rancias de la tradición novelística, sus viajes de ida y vuelta entre vida y literatura, su desdén por el psicologismo de la narrativa realista, una genealogía cultural que bebe de las vanguardias, una distinguida actitud de flâneur... También su humorismo extremadamente serio estaba ya en ese libro: Vila-Matas se presentaba como un Buster Keaton de la literatura».

Publica sucesivamente tres recopilaciones de cuentos, aunque el primero es, según el autor, «libro de relatos y novela a la vez»: Una casa para siempre (1986), Suicidios ejemplares (1991), Hijos sin hijos (1993), a los que sigue Recuerdos inventados (1994), antología de sus mejores cuentos. Vuelve a continuación a la novela con Lejos de Veracruz (1995), Extraña forma de vida (1997), El viaje vertical (2000), Bartleby y compañía (2001), sobre la posible imposibilidad de escribir, y El mal de Montano (2002).

A principios de los años noventa publica su primera recopilación de artículos y ensayos literarios bajo el título de El viajero más lento (1992), a la que siguió en 1995 una segunda entrega, El traje de los domingos. Otros libros que contienen ensayos literarios son: Para acabar con los números redondos (1998), Desde la ciudad nerviosa (2000), Extrañas notas de laboratorio (2003, aparecido en Venezuela), Aunque no entendamos nada (2003, Chile), El viento ligero en Parma (2004, México), Y Pasavento ya no estaba (2008, Argentina). Sobre su experiencia de juventud en la capital francesa escribió un irónico París no se acaba nunca (2003).

En 2005 aparece Doctor Pasavento que gira en torno al tema de la desaparición y «la dificultad de no ser nadie». Este libro cierra su trilogía metaliteraria sobre las patologías de la escritura (junto con Bartleby y compañía y El mal de Montano).

En septiembre de 2007 regresa al cuento y publica Exploradores del abismo, tras una enfermedad grave. En el Dietario voluble, de 2008, se decanta cada vez más por borrar las fronteras entre la ficción, el ensayo y la biografía. El libro es un diario literario o especie de guía que permite vislumbrar la arquitectura interna de su obra y que combina las experiencias de lectura, las experiencias de vida, la memoria personal y las ideas literarias de un ensayista.

En 2010 volvió a la novela con gran éxito: Dublinesca trata de un editor en crisis y de un viaje a Dublín, con referencias a Joyce y Beckett: «Era un personaje de ficción, con algún punto en común conmigo. Cuando lo convertí en editor ya era una mezcla de muchos editores que he conocido. En París, por ejemplo, algunos lectores han creído ver que hablo de Christian Bourgois, mi editor francés». Parte de un sueño premonitorio: «Lo tuve hace tres años en el hospital, cuando estuve gravemente enfermo. Fue de una impresionante intensidad. Soñé que me encontraba en Dublín, ciudad en la que no había estado nunca, y que había vuelto a beber y que estaba en el suelo, en la puerta de un pub, llorando de una forma muy emocionante. Lloraba abrazado a mi mujer, lamentando haber regresado al alcohol. La intensidad venía de que en el sueño, en el abrazo con mi mujer, estaba concentrada, con gran densidad, una idea de renacimiento. Me estaba recuperando en el hospital y fue como si tocara la verdadera vida por primera vez. Pero no he logrado transmitir toda la intensidad... A los pocos meses viajé a Dublín y no di con el lugar exacto del sueño. Pero lo recordaba con una precisión asombrosa».

Con En un lugar solitario, de 2011, agrupa toda su narrativa de la etapa de formación (1973-1984), con una larguísima presentación sobre su inquietud creativa inicial. Este libro revelador se completa, en el mismo año, con otros dos: Una vida absolutamente maravillosa, antología de sus ensayos (1992 hasta 2010); y los paralelos relatos escogidos de Chet Baker piensa en su arte, que llegan desde 1988 hasta 2010. Ambos trazan literariamente la parábola de su propia concepción. Es este tramo un periodo de transfiguración en su obra, pues con su narrativa proteica ha llegado a fundar un nuevo "género" en el que el relato se pierde en el ensayo y en donde asimismo explora la novela con un trayecto crítico.

En marzo de 2012 publica la novela Aire de Dylan, falsas memorias del escritor Juan Lancastre, en la que se desarrolla la idea de que toda autobiografía, ficticia o verdadera, es necesariamente una impostura. Aire de Dylan despliega un gran humor, e ironiza sobre la productividad literaria al tiempo que crea la figura del novelista "arrepentido". Ese novelista es el narrador: un hombre educado en la cultura del esfuerzo, que está arrepentido de todo lo que ha escrito en su carrera literaria; es más, le gustaría quedarse completamente mudo en la vida real. Quiere retirarse de todo, pero se lo impide una historia que se cruza en su vida y que unas dramáticas circunstancias le obligan a poner por escrito: su encuentro con unos jóvenes que han fundado la secreta sociedad Aire de Dylan y quieren tener una sola idea al día y entregarse al arte de no hacer nada, dominados por el síndrome de Oblomov (el personaje ‘radicalmente gandul’ de la literatura rusa). En 2019 publicó Esta bruma insensata cuya trama trata sobre el arte de las citas literarias y la repetición de estas en la historia de las ideas y de la literatura misma. Previamente había escrito las novelas Kassel no invita a la lógica (Seix Barral, 2014) y Marienbad eléctrico con cuyos temas fueron el arte contemporáneo y moderno occidental, en una mezcla de ensayo y narrativa.

Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas y galardonada con numerosos premios. Pertenece a la Orden del Finnegans, que toma su nombre de un pub de Dalkey (Irlanda), aunque hay quien pueda tomarlo también de la última novela de James Joyce, Finnegans Wake. Los caballeros de la Orden del Finnegans se obligan a venerar la novela Ulises de James Joyce y, a ser posible, asistir cada año en Dublín, el 16 de junio, al Bloomsday, larga jornada que culmina, al caer la tarde, en Torre Martello (inicio de la novela), para leer unos fragmentos de Ulises, e ir hasta el pub Finnegans de la vecina población de Dalkey. Ha recibido distinciones en diversos países, entre ellas la Legión de Honor (Francia); en 2013 fue nombrado "Rector (desconocido)" de la Universidad Desconocida en Brooklyn, Nueva York.

Obra

Novela

1973 - Mujer en el espejo contemplando el paisaje, Tusquets

1977 - La asesina ilustrada, Tusquets (Lumen, 2005)

1980 - Al sur de los párpados, Fundamentos

1984 - Impostura, Anagrama

1985 - Historia abreviada de la literatura portátil, mezcla de ficción y ensayo, Anagrama

1995 - Lejos de Veracruz, Anagrama

1997 - Extraña forma de vida, Anagrama

1999 - El viaje vertical, Anagrama

2000 - Bartleby y compañía, Anagrama

2002 - El mal de Montano, Anagrama

2003 - París no se acaba nunca, Anagrama

2005 - Doctor Pasavento, Anagrama

2008 - Dietario voluble, Anagrama

2010 - Dublinesca, Seix Barral

2010 - Perder teorías, Seix Barral

2011 - En un lugar solitario, recopilación de sus 5 primeros libros, de 1973-1984; Mondadori/Debolsillo

2012 - Aire de Dylan, memorias falsas del escritor Juan Lancastre, Seix Barral

2014 - Kassel no invita a la lógica, Seix Barral

2017 - Mac y su contratiempo, Seix Barral

2019 - Esta bruma insensata, Seix Barral

2022 - Montevideo, Seix Barral

2025 - Canon de cámara oscura, Seix Barral

Cuentos

1982 - Nunca voy al cine, Laertes

1988 - Una casa para siempre, "libro de relatos y novela a la vez", Anagrama

1991 - Suicidios ejemplares, Anagrama

1993 - Hijos sin hijos, Anagrama

1994 - Recuerdos inventados, antología, Anagrama

2007 - Exploradores del abismo, Anagrama

2011 - Chet Baker piensa en su arte, antología, Mondadori/Debolsillo

2013 - Niña, cuento infantil con ilustraciones de Anuska Allepuz, Alfaguara

Ensayo

1992 - El viajero más lento, Anagrama (aumentada en 2011 por Seix Barral con el título de El viajero más lento. El arte de no terminar nada)

1995 - El traje de los domingos, Huerga & Fierro

1997 - Para acabar con los números redondos, Pre-textos

2000 - Desde la ciudad nerviosa, Alfaguara (ed. aumentada en 2004)

2003 - Extrañas notas de laboratorio, El otro, el mismo (ed. aumentada en 2007)

2003 - Aunque no entendamos nada, J.C. Sáez editor

2004 - El viento ligero en Parma, Sexto Piso, México (Madrid, 2008)

2008 - Ella era Hemingway. No soy Auster, Ediciones Alfabia

2008 - Y Pasavento ya no estaba, Editorial Mansalva

2011 - Una vida absolutamente maravillosa. Ensayos selectos, Debolsillo

2013 - Fuera de aquí. Conversaciones con André Gabastou. Galaxia Gutenberg

2014 - Escribir París, con la escritora argentina Sylvia Molloy; la sección Vila-Matas con artículos sobre la capital francesa se titula Aire de París, Brutas Editoras, Nueva York

2016 - Marienbad eléctrico, sobre la relación que el autor tiene con la artista francesa Dominique González–Foerster; Christian Bourgois (trad.: André Gabastou; París) / Caja Negra (Buenos Aires) / Editorial Almadía (México D.F.)

2018 - Impón tu suerte, Círculo de Tiza

Libros sobre Vila-Matas

Andrés-Suárez, Irene y Ana Casas (eds.) Enrique Vila-Matas. Madrid: Arco/ Libros, 2007 (Col. «Cuadernos de Narrativa»). [Compilación de textos presentados en el “Grand Séminaire de Neuchâtel. Coloquio Internacional Enrique Vila-Matas”, celebrado en la Universidad de Neuchâtel, el 2 y 3 de diciembre de 2002].

Heredia, Margarita (ed.) Vila-Matas portátil. Un escritor ante la crítica. Barcelona: Candaya, 2007. [El libro incluye un DVD: Café con Shandy (30’), una charla entre Vila-Matas y Juan Villoro].

Salas, Lisbeth. Infinitamente serio. Caracas: La cámara escrita, 2009.

Pozuelo Yvancos, José María. Figuraciones del yo en la narrativa. Javier Marías y E. Vila-Matas. Valladolid: Universidad de Valladolid, Junta de Castilla y León, 2010. (Cátedra Miguel Delibes).

Ríos Baeza, Felipe A. (ed.) Enrique Vila-matas. Los espejos de la ficción. México: Ediciones Eón/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2012.

Badia, Alain, Anne-Lise Blanc y Mar García (eds.) Géographies du vertige dans l'œuvre d'Enrique Vila-Matas. Perpignan: Presses universitaires de Perpignan, 2013.

Carrera, Guillermo. Crítica portátil. La estructura ausente en Doctor Pasavento (una aproximación narratológica). Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla , 2013.

Diop, Papa Mamour. Enrique Vila-Matas en su red narrativa : hibridismo, reescritura e intertextualidad. Valladolid: Ediciones Universidad de Valladolid, 2016.

Iglesia, Anna María. Ese famoso abismo. Conversaciones con Enrique Vila-Matas. WunderKammer editorial 2020.

Carrera, Guillermo. La vida de los otros. El funcionamiento de los relatos posmodernos. Buenos Aires: Epyca Editorial, 2020.

Libros colectivos

Best European Fiction 2011. Participación en esta antología europea con el relato 'Far From Here'. Edited by Aleksander Hemon, preface by Colum McCann. www.dalkeyarchive.com

Viscerales. Ediciones del Viento, La Coruña, 2011.

El descrédito: Viajes narrativos en torno a Louis Ferdinand Céline. Julio César Álvarez y Vicente Muñoz Álvarez (coordinadores). Autores: Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Mario Crespo, Celia Novis, José Ángel Barrueco, Óscar Esquivias, Daniel Ruiz García Ediciones Lupercalia, Alicante, 2013.

Premios y reconocimientos

Premios

2001: Premio Rómulo Gallegos, por El viaje vertical

2001: Premio Ciudad de Barcelona

2002: Premio Fernando Aguirre-Libralire

2002: Premio Herralde, por El mal de Montano

2002: Premio Nacional de la Crítica, por El mal de Montano

2003: Premio Médicis Extranjero

2003: Premio del Círculo de Críticos de Chile

2006: Premio Internacional Ennio Flaiano

2006: Premio Fundación José Manuel Lara

2006: Premio Real Academia Española

2007: Premio Elsa Morante, en el apartado Scrittori del Mondo

2009: Premio Internacional Mondello, por Dottor Pasavento

2010: Premio Leteo (León, España), por el conjunto de su obra

2010: Premio Jean Carrière, por Dublinesca (Nimes)

2011: Premio Bottari Lattes Grinzane

2012: Premio Argital, por Aire de Dylan (Noche de la edición de Euskadi)

2012: Premio Gregor von Rezzori a la mejor obra de narrativa extranjera, por Exploradores del abismo

2014: Premio Formentor de las Letras, por su obra literaria

2015: Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, por el conjunto de su obra literaria

2016: Premio Nacional de Cultura de la Generalidad de Cataluña, por el conjunto de su obra literaria

2017: Premio Feronia-Città di Fiano, por el conjunto de su obra

2017: Prix Ulysse (Bastia, Corse)

2017: Premio Lisbon Festival Film. Sintra (Portugal)

Premio al mejor libro extranjero en Francia

2026: Premio Zenda de Honor

2026: Premio Nacional de las Letras Españolas

Reconocimientos

Doctor honoris causa por la Universidad de los Andes (Venezuela)

Caballero de la Legión de Honor (Francia)

Oficial de la Ordre des Arts et des Lettres

VII

[Presentaciones de Anagrama]

Historia abreviada de la literatura portátil

El lector tiene en sus manos la obra más emblemática, ya casi legendaria, de Enrique Vila-Matas. Publicada en 1985, "Historia abreviada de la literatura portátil" fue traducida inmediatamente a un gran número de idiomas y, más allá de las páginas del libro, originó diversas conspiraciones en la vida real. La conspiración shandy o sociedad secreta de los portátiles fue fundada en 1924 en la desembocadura del río Níger y quedó disuelta tres años después, tras un espectacular escándalo, en Sevilla. Formaron parte de la conjura shandy, entre otros, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, Rita Malú, Valery Larbaud, García Lorca, Pola Negri, Berta Bocado, Alberto Savinio y Georgia O?Keefe. Dos requisitos eran imprescindibles para formar parte de la sociedad secreta: junto a que la obra artística de uno fuera portátil, es decir, que no fuera pesada y pudiera ser fácilmente trasladable en un maletín, la otra condición era la de funcionar como una perfecta máquina soltera. Aunque no imprescindibles, se recomendaba también poseer ciertos rasgos que eran considerados como específicamente shandys: sexualidad extrema, espíritu innovador, ausencia de grandes propósitos, insolencia, tensa convivencia con el doble, simpatía por la negritud y nomadismo infatigable.

Dietario voluble

Este libro abarca los tres últimos años (2005-2008) del cuaderno de notas personal de Enrique Vila-Matas. Al tratarse de un diario literario que se origina en la lectura, es una obra escrita desde el centro mismo de la escritura. Combina los comentarios sobre libros leídos con la experiencia y la memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para la autobiografía amplia, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así novelizar la vida. No se aleja, además, Dietario voluble de los procedimientos literarios más habituales en Vila-Matas, donde las diferencias estilísticas entre libros de ficción y colecciones de ensayos son cada vez menos relevantes y más fieles a una feliz consigna de literatura híbrida y fragmentaria en la que los límites siempre se confunden y la realidad baila en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borra esa frontera.

Compuesto en parte por notas que pasaron directamente del cuaderno personal del escritor a la edición dominical de El País de Cataluña, pero también por importantes fragmentos que no se movieron del cuaderno y que ahora dejan de ser inéditos, y también por notas que han sido escritas para completar esta edición, Dietario voluble es, ante todo, un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Si a propósito de Exploradores del abismo hablaba Justo Navarro de «la felicidad de contar descubrimientos en un grafiti mental interplanetario que iba de Estocolmo a Ronda, de Malibú a la Rusia más profunda, de Buenos Aires al espacio, y donde pueden coincidir Kafka y Petronio, Bernhard y Burroughs, parejas imposibles», aquí en el Dietario se viaja de nuevo en todas las direcciones posibles del tapiz, y las parejas de baile son más extrañas aún si cabe: su ritmo incesante borra cualquier divisoria entre el infinito y los límites.

Exploradores del abismo

«¿Qué escribes?», le preguntaron una tarde a Enrique Vila-Matas. El escritor vivía, tras Doctor Pasavento, en una permanente sensación de camino clausurado, pues sentía que había llegado al final de un cierto recorrido y ante él se abría un abismo. «Escribo el título de un libro», respondió. El título era Exploradores del abismo. En los días que siguieron, comenzó a surgir una serie de relatos relacionados con lo que sugería ese título. El libro entero es la exploración de ese abismo. Y, como el mismo título indica, se ocupa de historias que protagonizan seres al borde del precipicio, seres que se entretienen en ese borde y lo estudian, investigan, analizan. 

Los exploradores son, obviamente, una metáfora de la condición humana. Son optimistas y sus historias, por lo general, son las de personas corrientes que, al verse bordeando el precipicio, adoptan la posición del expedicionario y sondean en el plausible horizonte, indagando qué puede haber fuera de aquí, o en el más allá de nuestros límites. Son personas no especialmente modernas, pues por lo general desdeñan el hastío existencial tan en boga, y más bien es gente anticuada y muy activa que mantiene una relación desinhibida y directa con el vacío. En ocasiones, ese vacío es el centro del relato que protagoniza mientras que en otras, bien distintas, el abismo llega a ser sólo un buen pretexto para escribir un cuento.

En realidad, los relatos de este libro buscan puentes en un admirable abismo, que es pacientemente explorado en todas las direcciones posibles por historias sutilmente conectadas: historias cruzadas por la enigmática y sinuosa silueta de un equilibrista, cuyo recorrido va trazando el inestable y a la vez consistente hilo que liga, con bella y extraña coherencia interna, el conjunto de relatos que componen este regreso de Enrique Vila-Matas a la narrativa breve, pero también al libro inclasificable, tan alejado de la novela convencional como del típico conjunto -siempre tan sospechoso- de cuentos cerrados y correctos. Al final estamos sin duda menos perdidos que al comienzo, pero también más cerca de un nuevo abismo. Y se intuye que, como diría Canetti, los exploradores ya no saben cómo volver del mapa.Y también se intuye que los lectores de Vila-Matas acogerán con avidez este libro deslumbrante.

Doctor Pasavento

El héroe moral del escritor y doctor Pasavento es Robert Walser, de quien admira su afán por pasar desapercibido, la vida de bella infelicidad que llevó y la extrema repugnancia que le producían el poder y la grandeza literaria.

Perseguir el destino de este escritor significa para Pasavento retirarse del mundo, como lo prueba esa caligrafía suya que se va haciendo cada vez más microscópica y le lleva a sustituir el trazo de la pluma por el del lápiz porque siente que éste se encuentra más cerca de la desaparición, del eclipse. 

«No escribo para ser fotografiado», dice en cierta ocasión. Quiere apartarse, y un día desaparece. Cree que indagarán, que le sucederá lo que a Agatha Christie cuando la buscaron por toda Inglaterra a lo largo de once días y al final fue encontrada. Pero al doctor Pasavento no le busca nadie y poco a poco va imponiéndose esta sencilla verdad: nadie piensa en él. 

Le veremos entonces recurrir a la estrategia de la renuncia: el acto extremo con el cual algunos raros escritores se aseguran el único modo de captar el destello de la vida plena e inexpresable, no sofocada por el poder. Le veremos renunciar al yo, a su grandeza y a su supuesta dignidad, y hasta creer que está encarnando por sí solo la historia de la desaparición del sujeto en Occidente.

«Lo que yo quiero es seguir existiendo sin ser molestado», dice el doctor Pasavento, y luego, de forma algo contradictoria, se pregunta si será capaz de vivir sin que nadie se acuerde, ni lejanamente, de que existe. Viaja al manicomio suizo donde Walser vivió tantos años apartado del mundo y se acerca al ejercicio de un arte muy peculiar y en el que su escritor más admirado fue un consumado maestro: el arte de convertirse en nada. 

En Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas, después de Bartleby y compañía, El mal de Montano y París no se acaba nunca, prosigue la ruta ascendente que lo ha consagrado, indiscutiblemente, como uno de los grandes escritores europeos de nuestro tiempo.

París no se acaba nunca

París no se acaba nunca es una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando, en una buhardilla de París, redactó su primer libro. Y nos desvela, por ejemplo, cómo en parte escribió ese libro gracias a los consejos para escribir una novela que le dio, resumidos en una breve cuartilla, Marguerite Duras, su muy atípica casera.

París no se acaba nunca es también la historia de cómo en su juventud el narrador viajó a esa ciudad para imitar literalmente la vida bohemia de escritor principiante de Hemingway, quien contó, en París era una fiesta, que allí fue «muy pobre y muy feliz», y de cómo, por el contrario, el narrador fue muy pobre y muy infeliz. Aunque, eso sí, logró allí escribir su primera novela y, además, descubrió que, como decía John Ashbery, después de vivir en París, uno queda incapacitado para vivir en cualquier sitio, incluido París. 

En París no se acaba nunca, que es también el título del último capítulo de París era una fiesta, Enrique Vila-Matas nos ofrece un retrato del joven debutante en la vida y en el arte, que se inscribe, con sorprendentes matices renovadores, en la ya clásica tradición de aquellos relatos que giran en torno a la educación sentimental de alguien que, escapando de un ambiente mediocre, busca triunfar en el centro mismo del arte. 

Después de tan resonantes éxitos como El viaje vertical, Bartleby y compañía y El mal de Montano, el autor consigue en esta nueva novela una armoniosa y logradísima síntesis de las muchas facetas de su singular narrativa. 

La periodista de la familia real entrevistada

 Pilar Eyre, la cronista incómoda de la Familia Real: “Hacienda me hace inspecciones todos los años por hablar de los Borbones”, en El País, Martín Bianchi, Madrid - 25 oct 2026:

La periodista y escritora vuelve a las librerías con ‘Sucesión’, un retrato íntimo de la monarquía española en los últimos años. “Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina”, asegura

A comienzos de la década de 1980, Interviú mandó a Pilar Eyre a cubrir un acto de los Reyes en Barcelona. La periodista nunca había tratado con el monarca y su consorte y estaba un poco nerviosa. Antes del encuentro, una experta en protocolo del palacio le explicó cómo debía comportarse. Tenía que hacer una genuflexión ante el jefe del Estado y su esposa, no debía tocarles ni mirarles fijamente a los ojos y, sobre todo, no podía comentar ninguna incidencia en su crónica. Eyre hizo exactamente lo contrario. No se agachó, les dio la mano, los miró a la cara y en la pieza que publicó al día siguiente en la revista reveló que Juan Carlos I había pedido un whisky en pleno besamanos.

“Fue la primera y última vez que hice de corresponsal de Casa Real. Nunca más me volvieron a acreditar. Fue la carrera más corta del mundo”, recuerda Eyre (Barcelona, 75 años) entre risas durante un almuerzo en el Café de Oriente, a pocos pasos del Palacio Real. “Pero, cómo yo, una tía de izquierdas que se había manifestado contra Franco durante la dictadura, iba hacer todo eso que me pedían. Cuando le di la mano a Sofía se quedó helada. Miró mi mano como si fuera un reptil peligroso”, recuerda.

Nunca más volvió a cubrir un acto real, pero desde entonces no ha dejado de escribir sobre los Borbones. Lleva más de 40 años ejerciendo de cronista extraoficial e incómoda de las cosas de palacio y ha escrito una decena de libros sobre la Familia Real. En sus exclusivas cuenta lo que otros no se atreven —desde el romance secreto de Iñaki Urdangarin y Ainhoa Armentia hasta las visitas a escondidas de Corinna Larsen al rey Juan Carlos en el hospital cuando fue operado de un nódulo pulmonar— y en sus libros tampoco se queda atrás. En La soledad de la reina: Sofía, una vida (2012), uno de sus mayores bestsellers, abrió la veda y fue una de las primeras en hablar públicamente sobre las infidelidades del padre de Felipe VI. Su último libro, Sucesión (La esfera de los libros), es un festín de confidencias: Borracha es el curioso nombre de la perrita de la reina Sofía con la que jugaba cuando se topó con Corinna en Zarzuela; el rey Juan Carlos estuvo dispuesto a comprarle un piso en la calle Velázquez a su amante alemana; la reina Letizia conserva la chaqueta salpicada de barro que lució en su accidentada visita a Paiporta tras la dana… “Soy un poco insensata. Me gusta contar los pequeños detalles. Algunos dicen que son cotilleos, pero los cotilleos son importantes. La Revolución Francesa estalló por un collar que, supuestamente, María Antonieta no había querido pagar”.

Pregunta. ¿Alguna vez intentaron censurar alguno de sus libros?

Respuesta. Hombre, sí. Cuando publiqué La soledad de la reina tuve muchos problemas. Primero, todos los medios querían entrevistas conmigo. Luego se fueron cayendo una a una. Incluso no me dejaron entrar en una cadena de televisión en la que solía colaborar. Tenía una entrevista y en la puerta de la cadena me dijeron: “No puede pasar”. Luego, muchos compañeros me dijeron que había sido Casa Real. Al final, terminé dando entrevistas en cadenas locales y presentando el libro en pueblos como Villaconejos y en encuentros sindicales de mineros. Pese a todo, es mi libro más vendido. Y se sigue reeditando. Incluso están interesados en adaptarlo a la televisión.

P. ¿Esa censura continúa?

R. ¿Contigo pueblo hablar libremente?

P. Por supuesto.

R. Hace un par de semanas di una entrevista muy larga a un medio muy importante y no se publicó. No decía ninguna barbaridad, pero me llamaron al día siguiente y me dijeron que no se podía publicar.

P. Entonces la prensa sigue siendo muy protectora con la monarquía.

R. Cuando voy a las teles, lo primero que me dicen siempre es: “Puedes decir lo que quieras de Juan Carlos y Sofía, pero a los otros ni tocarlos”. Esto me pasa en todas las televisiones. A Juan Carlos lo protegimos mucho en su día, y ahora hacemos lo mismo con Felipe. Los Reyes dicen que la institución está por encima de todo y han trasplantado esa idea a todos, incluidos los medios.

“Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina”, afirma Pilar Eyre, autora de 'Sucesión'.

P. ¿España es monárquica o republicana?

R. España es republicana, por supuesto. Si hubiera un referéndum, ganaría la república. Se hacen encuestas secretas, sondeos privados, para ver cuál es la aceptación de la monarquía. Según me han dicho, en la última el personaje más querido de la Familia Real sigue siendo la reina Sofía. Luego viene la princesa Leonor, el rey Felipe y, por último, Letizia. Sofía sigue gozando de enorme popularidad.

P. Es verdad que la reina emérita recibe ovaciones allá donde va.

R. Es un aplauso contra Letizia, el enésimo intento de humillarla. Los monárquicos no perdonan que no sea como Sofía. Pero antes de casarse, ella le dijo a Felipe: “Yo no voy a ser como tu madre, no voy a aguantar cualquier cosa”. Y él le respondió: “Yo tampoco soy como mi padre”. No quieren repetir la historia.

P. ¿Y usted? ¿Es republicana o monárquica?

R. Ah…

P. Nadie puede estar 40 años escribiendo sobre la Familia Real y ser republicana.

R. El roce hace el cariño. Conozco mejor a la Familia Real que a mi propia familia. Podría escribir cuarenta libros más sobre ellos. Yo creo que sí, que al final seré monárquica para disgusto de toda la gente que me conoce.

P. Ya que conoce mejor a Familia Real que a su propia familia, ¿en qué estado se encuentra el matrimonio de los reyes Juan Carlos y Sofía?

R. Hay indiferencia total, al menos por parte de ella. Juan Carlos sigue divirtiéndose mucho. Él siempre ha querido hacer vida de hombre rico y lo ha conseguido: aviones privados, yates, mansiones… Y ahora no tiene que rendir cuentas de nada a nadie. Le gusta mucho la forma de vida de los árabes y está haciendo la vida que le gusta.

P. ¿Y los reyes Felipe y Letizia?

R. Yo no voy a hablar de la intimidad de Felipe y Letizia. Solo te digo que son grandes compañeros de trabajo. Son un buen equipo y funcionan cuando tienen que funcionar.

P. En su libro enumera el rosario de humillaciones que sufrió Letizia cuando llegó a la Familia Real. ¿Qué fue lo peor que le hicieron?

R. Cuando murió su hermana [Érika Ortiz, en 2007], tuvo que agacharse ante su suegro para pedirle perdón por un exabrupto de su cuñado [según Eyre, Antonio Vigo se enfrentó a Juan Carlos I en el funeral]. Esas imágenes son brutales. Era un día muy lluvioso y la princesa estaba embarazada y con los ánimos por el suelo. Fue su momento más bajo.

P. El rey Juan Carlos tiene fama de ligón. ¿Alguna vez intentó algo con usted?

R. ¿Juan Carlos? ¿Conmigo? No. A mí me llamaba “la mosca cojonera”. En La soledad de la reina fue la primera vez que se dijo que tenía amantes. Abrí muchas ventanas con ese libro. Le pregunté a un amigo íntimo de Juan Carlos cuántas amantes había tenido. Me respondió: “Tú pon que han sido 1.500 y aciertas”. Así que puse esa cifra. Luego me enteré de que al rey emérito le hizo mucha gracia eso.

P. Don Juan Carlos ha dejado de reclamar a Corinna Larsen los 65 millones que le regaló. ¿Ha perdido los ahorros de su vida?

R. No, hombre. Esos 65 millones son la punta del iceberg. La gente no tiene ni idea de lo que hay realmente, de la fortuna dispersa en diferentes paraísos fiscales.

P. Fortuna que heredarán sus hijas.

R. Cuando muera Juan Carlos, sus hijas serán dos de las mujeres más ricas de Europa. Las dos serán millonarias.

P. ¿Cree a Corinna cuando dice que recibió amenazas?

R. Sí.

P. ¿Alguna vez tuvo miedo por su propia integridad?

R. Sí. A mí Hacienda me hace inspecciones todos los años por hablar de los Borbones. Creo que tuve los teléfonos pinchados mucho tiempo y también he recibido algún bolsazo de alguna marquesa.

P. El bolsazo de una marquesa puede ser más peligroso que un coche con los frenos manipulados, como denunció Bárbara Rey en 1997.

R. Algunas marquesas me odian, otras me adoran. Alguna se ha enfadado conmigo porque no la he mencionado como amante del Rey.

P. El expresidente Aznar ha dicho que si Pedro Sánchez vuelve a ganar las elecciones, habrá Tercera República en España.

R. No entiendo las ínfulas monárquicas de Aznar, si todo el mundo sabe que se llevaba fatal con el rey Juan Carlos. “El tío del bigote”, le llamaba Juan Carlos. Aznar fue quien dio la orden de que se dejara de pagar a Bárbara Rey.

“Cuando muera el rey Juan Carlos, sus hijas serán dos de las mujeres más ricas de Europa”, sostiene Eyre.

P. En su libro cuenta que la reina Letizia ha guardado la chaqueta que llevó en Paiporta. ¿Los Reyes salieron reforzados de esa visita?

R. Yo creo que eso dio sentido a todo el tinglado de la monarquía. Fue su 23-F. Su reacción fue tan espontánea y salió tan bien. Echo en falta esa espontaneidad y cercanía en las hijas.

P. ¿La leonormanía es mito o realidad?

R. Es un invento. Cuando empezó a sonar la leonormanía hablé con un sociólogo y me dijo algo muy interesante: hoy, las chicas quieren ser como las futbolistas, no como la princesa de Asturias.

P. ¿Leonor será reina?

R. Eso dependerá de cuánto viva Felipe. Hoy la vida es tan larga que Felipe y Letizia tendrán que retirarse antes de tiempo si quieren que Leonor sea reina. Ahora la princesa se lleva muy bien con su padre, pero veremos dentro de 40 años. Habrá enfrentamientos. Una de las condiciones para que una monarquía perdure es matar al padre.

P. Es lo que nos gusta de las monarquías.

R. Es lo que nos gusta. Si la Familia Real fuera normal, no nos interesaría. Los Borbones son una familia disfuncional.

P. Hablando de disfuncionalidades, Ingrid Sartiau vuelve a afirmar que es hija del rey Juan Carlos.

R. Eso es mentira.

P. ¿El rey Felipe tiene algún hermano que no conozcamos?

R. Hombre, sí. Haberlos los hay, pero no quieren que se sepa. Yo conozco al menos a dos y nunca lo han querido reconocer públicamente. Una vez una aristócrata me dijo con mucho orgullo: “¿Has visto que mi niña no se parece nada al padre? Es que es hija del Rey”. Me quedé helada.

P. Jaime Peñafiel afirma que vale más por lo que calla que por lo que cuenta. ¿Y usted?

R. Yo valgo más por lo que cuento que por lo que callo [risas]. Y lo que callo no lo cuento porque no tengo ganas de morir en el destierro.

domingo, 25 de octubre de 2026

Anécdotas de Dámaso Alonso por Manuel Vicent

 Los paseos de Dámaso Alonso, en El País, por Manuel Vicent, 24 oct 2026:

El poeta, filólogo y académico de la RAE disfrutó de largas caminatas y de una vida de recogimiento, lejos de los fastos y la pompa de la fama artística

“Yo no tengo nada importante que contar; llevo una vida muy apartada”, me decía Dámaso Alonso, poeta, filólogo, director de la Real Academia. “Todas las mañanas, desde hace cinco años, doy un paseo. Me voy hasta la plaza de Castilla, bajo por la Castellana, rodeo el estadio de fútbol y vuelvo a casa por detrás. Este paseo ayuda mucho a la manera de ser de mi cuerpo. Pedro Sainz me quiso regalar un bastón, pero no lo necesitaba todavía. Pedro Sainz Rodríguez, ése sí que ha pasado de todo”, decía Dámaso Alonso, no sin un leve matiz de envidia.

El gusto de caminar le venía de lejos. Dámaso Alonso recordaba que Unamuno fue el presidente del tribunal de oposiciones cuando ganó la cátedra. Después de terminar cada ejercicio le decía: “Qué, Dámaso, ¿damos un paseo?“. Y le sometía a unas caminatas terribles. Le arrinconaba contra una pared y le hablaba en francés. Este joven opositor soñaba con ganar la cátedra solo para perder de vista a Unamuno.

En tiempos de estudiante, Dámaso Alonso vivía en la calle de Rodríguez San Pedro, en la misma casa que Gabriel Miró. Y estas eran las cosas que me contaba.

“De joven le veía entrar y salir, pero no lo traté hasta después. Él vivía en el segundo piso, yo en el sexto. Un día iba yo en un tranvía totalmente vacío por la calle de la Princesa leyendo un libro suyo. Era uno de aquellos tranvías que tenían dos asientos corridos bajo las ventanillas, uno frente al otro. Sucedió que en un momento dado subió Gabriel Miró en persona y se sentó delante de mí. Yo llevaba su libro en la mano, íbamos solos, los dos callados y él me miraba obsesivamente. Así todo el trayecto. Era una situación angustiosa, yo estaba muy preocupado. Como es lógico, nos apeamos en la misma parada y nuestro camino también era el mismo hasta llegar a casa. Él caminaba delante, yo iba detrás y observaba que a veces volvía con disimulo la cara para comprobar si yo aún le seguía. Llegó a su piso y yo subí al mío. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, me dijo que aquel día había esperado detrás de la puerta un buen rato pensando que yo iba a llamar. Durante algún tiempo creyó que aquella escena tan surrealista había sido una aparición. Gabriel Miró era muy cordial, ameno, amistoso, simpático. Un día nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Rafael Alberti estaba en mi casa y yo le propuse que bajáramos a felicitar a don Gabriel por su inminente nombramiento. Lo encontramos muy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Luego no entró. Resulta que una orden religiosa, bueno, sí, sí, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal las figuras de la Pasión en una novela”.

Dámaso Alonso confiesa que no hizo amistad con ningún escritor famoso de aquel tiempo porque llevaba una vida muy apartada, además tenía cierta prevención. Al que más trató fue a Juan Ramón Jiménez. Le tuvo gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas.

“Aquel era un hombre muy raro. Juan Ramón primero te recibía bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, enseguida lo apartaba de su amistad. Era muy mordaz. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla. O una tarde que iba por la calle de Alcalá entre un gentío enorme, y de pronto vio a lo lejos, sobre las cabezas de la multitud, una chistera gris, muy alta, elegantísima, y pensó: ‘Ese es Eugenio d’Ors’. Y, en efecto, era D’Ors. O cuando descubrió una vez a Ricardo León escribiendo en una alcoba bajo un gran tubo de chubesqui, en una mesa con tapete verde, frente a una copa de anís del Mono y con los calzoncillos largos atados en los tobillos. Él solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. A mí Juan Ramón me tomó una inquina terrible porque al publicar Gerardo Diego, en su Antología, un soneto mío que llevaba como lema un verso de Juan Ramón, este lema fue suprimido en la segunda edición por falta de espacio. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera. Luego sucedió que el número salió encabezado por un artículo de Unamuno. Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: ‘Retiradas mi colaboración y amistad stop’. En fin, no niego la importancia de Juan Ramón Jiménez. Tiene poemas muy buenos y también los tiene detestables, pero su orgullo literario estaba fuera de toda medida”.

Entrevista a Pedro Almodóvar

 Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:

Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora

Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?

Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.

P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.

R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.

P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.

R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.

“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”

P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?

R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.

P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.

R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.

P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?

R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.

P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?

R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.

P. ¿Por qué?

R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.

P. ¿Adicción al cine?

R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).

P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.

P. ¿Qué tipo de libros?

R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.

P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?

R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.

P. ¿Siempre más ficción que ensayo?

R. Sí, sí.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.

P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.

R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.

P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?

R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.

P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?

R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.

P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.

R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.

“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”

P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?

R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.

P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?

R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.

P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.

R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.

El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026

256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre