miércoles, 30 de septiembre de 2026

Filosofía analítica

 ¿Y si todo es MENTIRA?, Date un Vlog, 20 sept 202

El otro día sucedió un acontecimiento histórico. El CEO de Antropic, Dario Mudei, proponía frenar el crecimiento de la IA por riesgo de seguridad contra la humanidad. Y contra toda expectativa, fue apoyado por los otros dos grandes, Sam Altman e Elon Musk. Wow. Los grandes de la tecnología unidos para proteger la humanidad.

Pero, ¿y si en realidad todo es una gran mentira? ¿Y si es un cálculo estratégico? Y si en definitiva nada es lo que parece. Apocalipsis, robots tomando el control, agentes de ha infectando internet. De verdad, amigo, amiga, hoy nos enfrentamos a una gran pregunta. ¿Es realmente la IA una amenaza? Agárrate porque viene tremendo vídeo.

Muchas cosas están pasando en los últimos tiempos y requiere reflexión, pararse a pensar bien lo que está ocurriendo y es que estamos ante uno de esos giros de la historia. Sí, sí, yo creo que esto es histórico, pero ¿qué está ocurriendo? Bueno, si te has perdido en esta película, yo te lo resumo, puedes saltar hasta este minuto si tú ya te lo sabes todo. 8 de septiembre, hace algo así como una semana. Open AI anuncia que ha resuelto uno de los problemas del milenio, el problema de Navier - Stockes, que de confirmarse sería un verdadero hito de la historia de la inteligencia artificial. Una máquina estaría superando a todos los matemáticos del mundo resolviendo un problema con dos siglos de vigencia que nadie ni los más geniales de la historia sabían resolver.

¿Y por qué digo de confirmarse? Pues bien, porque por un lado ahora mismo los matemáticos humanos están revisando esa larga demostración, cosa que podría llevar meses, pero por otro porque ha habido cosas bien raras por medio. Por ejemplo, ese mismo día del anuncio, un matemático publicaba una carta donde contaba su versión de los hechos. Si lo que este matemático dice es cierto y todo hace suponer que es así, la historia habría sido muy diferente. Dos matemáticos humanos hacen un trabajo titánico para retomando el trabajo de otros dos matemáticos encontrar una dirección viable a la resolución del problema. Pues bien, cuando están ya en la línea de meta, a punto de terminar a Open AI, le llega este rumor y supuestamente accederían a la información que estos dos matemáticos han ido dejando en sus herramientas de IA para dar con ello el último paso a la meta. Y esto es relevante no solamente por ser una acción poco ética, un robo intelectual, sino por algo que al final del vídeo yo te voy a contar muy bien.

Genial esta historia que quizás en otra circunstancia habría sido una historia más. pues lanza una avalancha de acciones que hace estallar todo por los aires. Todo comienza de una forma muy inocente. Ese mismo día, el 8 de septiembre, un trabajador de Antropic pone un tweet diciendo que deja la empresa y la industria de la IA por la falta de responsabilidad de las empresas que ponen en riesgo a toda la humanidad.

Y el tweet prende al instante dando rápidamente la vuelta al mundo y alcanzando un alto nivel de relevancia. El chico entonces es entrevistado en las principales cadenas de televisión, donde se atreve a dar una cifra, un 10% de probabilidad de que la humanidad quede extinta al final de esta década.

Obviamente estas declaraciones disparan la ansiedad y la noticia corre como la pólvora y el resto de noticias solo confirman que el miedo es fundado. Un premio Nobel, padre de la IA, Joffrey Hinton, apoya estas declaraciones. A la vez Antropic saca una lista de malos usos de la IA, incluyendo creación de armas biológicas, acelerando todo, todo, todo hacia el golpe final, cuando el CEO Den Tropic, Darío Amodei, publica en su cuenta de Twitter una carta que iba a conocionar el mundo. En ella habla de los grandes beneficios de la IA, pero también de sus potenciales riesgos y en particular de un caso paradigmático, el incidente de Haging Face, poco tiempo antes donde unos agentes de IA burlaron la seguridad y atacaron una empresa desobedeciendo las instrucciones humanas. En ese mismo documento, Darío alega que de seguir así, todo podría irse de control en solo 6 meses. Esta exposición es un preámbulo para algo verdaderamente nuevo y revolucionario.

Sí, uno de los líderes de la industria propone parar la carrera, frenar el crecimiento es inaudito y a la vez usar ese tiempo para imponer medidas de control y seguridad. Y por si esto fuera poco, pasó lo que nadie podía esperar.

Sam Alman de Open AI se mostraba de acuerdo. Incluso Elon Musk, los tres grandes alineados para proteger la humanidad, los gigantes tecnológicos de Estados Unidos se frenan para salvaguardar nuestra integridad. Pues puede que sí, pero permítanme dudar porque aunque esta es una hipótesis, quizás no es la más convincente. Hoy, precisamente en este vídeo, vamos a adentrarnos en las aguas de la IA para conocer sus más oscuros secretos. Hay una burbuja en la pues ciertas voces de escepticismo se han alzado, no sin razón contra esta narrativa, la del freno ante el miedo al exterminio humano para proponer una alternativa. Todo, según ellos, sería una estrategia de mercado para evitar una tremenda catástrofe. Y la verdad, si uno mira atrás, tampoco suena muy raro esto. Y es que no sería la primera vez que una nueva tecnología irrumpe de forma brutal y genera tanta expectación e interés de inversores que se produce una gran burbuja desde el ferrocarril y la electrificación a las comunicaciones o la web. Esto último, por ejemplo, ocurrió hace relativamente poco, en 1995. Tras el desarrollo de la world wide web en 1990 y su popularización los años siguientes, hubo una explosión del uso de la web. En esa década, los precios de las acciones de las empresas relacionadas con la tecnología se dispararon. Y aunque internet era una tecnología revolucionaria, en esos momentos la inversión no se vio respaldada por beneficios reales y tuvo lugar una gran crisis financiera. No es que no fuera interesante la tecnología, hoy ya ven cómo la seguimos usando por todas partes. Solo ocurrió que la fiebre de inversión no fue acompañada por un retorno monetario equivalente. Y lo que sigue, ya lo sabemos porque ocurrió un golpe tremendo, una crisis. Fue la crisis de las.com. Pues ahora, según los expertos, podría estar ocurriendo algo parecido y es que lo puedes imaginar detrás de todas las maravillas que hace la IA hoy, hay una inversión tremenda, chips de memoria, GPUs y costes tremendos de electricidad. La consultora Garner cifras concretas, prevé un gasto mundial en IA de 2,6 billones para este año, un 47% más que el anterior. Y la cosa podría ir a peor. Hay escasez mundial de memoria de alto ancho de banda. Se han disparado los precios de la RAM, así como el de los chips, que se ha multiplicado por cuatro en solo un año. Lo mismo ocurre con la electricidad y en general con la energía, relacionado también con los conflictos geopolíticos y situaciones como la del estrecho de Ormud. Es decir, en resumen, por aquí la cosa no pinta nada bien, pero es peor aún cuando lo comparas con su contrapartida, los ingresos. A pesar de cómo han crecido estos de una forma espectacular en solo 2 años, donde se ha pasado de 1,000 millones de dólares a 30,000 millones en la actualidad, Antropic en cambio está en números rojos, reportando unas pérdidas anuales de 15,000 millones y Open AI va incluso peor. Sus pérdidas reportadas ascienden a 17,000 millones. Pero, ¿qué está pasando? Si funciona tamban bien, ¿qué ocurre? Pues sí, todo el mundo usa la IA. Simplemente se están generando bucles de inversión, resultados que disparan artificialmente el valor hasta que se vuelve totalmente insostenible y entonces todo estalla. Pero, ¿cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha fallado? ¿Qué se ha hecho mal? Pues igual es que las cosas no son como las pintan. Y cuando nos preguntamos qué causa esa burbuja, hace falta mirar en más profundidad cómo funciona la IA. A y hacernos la tremenda pregunta, ¿es verdaderamente inteligente tanto como incluso volverse una amenaza para el ser humano? 

Pues para entender esto bien, hay que hacer un viaje en el tiempo. Año 1789 ocurre lo que todos sabemos. Es la Revolución Francesa que pone patas arriba el mundo tal y como las personas de la época lo conocían. Ya saben, el absolutismo, los privilegios, la aristocracia, todo el garete llega a un orden nuevo. Derechos humanos, participación ciudadana en política, libertades individuales y burguesía. Y este nuevo estado de cosas requiere una nueva forma de pensar, ¿sí? Una nueva filosofía, un acorde a los nuevos principios, el nuevo estado de cosas, las ideas ilustradas, la ciencia, la razón, pues fue precisamente un hijo de la revolución quien pondría la primera piedra. Sería el francés August Comte, que nacía en Montpelier durante los mismos años de la revolución, 1798.

Comte fue un personaje extraño y muy complejo. Peleó con todo el mundo, se enemistó con su maestro, con sus compañeros, tuvo una relación enfermiza con su mujer, que incluso intentó suicidarse varias veces y acabó, como no, visitando también el sanatorio. Pero entre sus devaneos personales hizo grandes cosas. Algunas dejarían una gran huella en el futuro. Creó la sociología como ciencia, conceptos como el altruismo, pero en particular fundó una nueva filosofía. lo hacía en su obra Curso de filosofía positiva. En este libro establece su ley de los tres estados, como la humanidad a lo largo de la historia se ve naturalmente forzada a pasar por tres estadíos, el teológico, el metafísico y, finalmente, el científico. Basado en la razón, un nuevo estado, este último que él estaba llamado a fundar sería el estado positivo. Lo llamaría el positivismo. Positivo, no de guay, de chachi, sino de Positum, que viene del latín lo real, lo objetivo, lo útil frente en contraposición a lo absurdo o lo ocioso.

Comte, hijo de la Ilustración y de la revolución en ciencias quería iniciar una nueva era que dejara de lado las especulaciones filosóficas para fijarse en lo auténtico, lo que se puede explorar y experimentar, lo físico, lo objetivo, lo científico,  te propone dejar de lado ideas metafísicas, las suprasensibles, esas ideas de Platón, las monas de Lifenis o el absoluto de Hegel y centrarse en lo concreto, en lo tangible. Sí, según este positivismo, todo lo que existe se puede medir. El único conocimiento posible es el científico. La filosofía de Comte fue un éxito brutal, inmediato, masivo. Podemos hablar quizás del primer filósofo con club de fans de la historia, acólitos que se agolpaban para seguirle y aprender de él, y su impacto también se notó en política, donde su nueva forma de entender la realidad también se impondría y lo haría hasta hoy. Comte habla de progreso continuamente, una palabra que claramente define nuestra era. Sin ir más lejos, ¿nas algo de la bandera de Brasil? Sí, este es el tema del positivismo de Comte. Tanto arregó su pensamiento que incluso no sin caer en cierta contradicción tuvo que crear una nueva religión, una que tendría a la ciencia y la humanidad como el ser venerado, con 13 meses en el año, cada uno con 28 días y cuatro semanas de 7 días, con meses en honor a grandes personajes como Aristóteles u Homero y con santos como los que puedes imaginar, Newton, Descartes o Guete. Estamos sin duda comparando a lo que vimos en siglos anteriores ante una forma radicalmente distinta de entender el mundo. Una visión positivista científica. 

Muy bien, demos un salto más hacia adelante. 1848. Nace el alemán Gottlob Frege, curiosamente, también en un año significativo en pleno auge de las revoluciones liberales, la de las barricadas, la primavera de los pueblos o el cuadro de Delacroix. Pues en esos tiempos de cambio y revolución en todos los sentidos iba a desarrollar su pensamiento este alemán dejando una huella en el pensamiento filosófico que se siente hasta hoy, fundando toda una nueva escuela. Y lo haría quizás la persona que a priori menos imaginarías que revolucionaría el pensamiento. Frege era un uraño fracasado profesor en una pequeña universidad alemana investigando en matemáticas. De hecho, de ahí precisamente parte su trabajo filosófico de su amada matemática. Su preocupación principal estaba fundamentada en su contexto histórico. Como ya había notado Comte para Frege, mientras la ciencia y la tecnología avanzaban a pasos agigantados, la filosofía se había quedado un poquito atrás, atrapada en discusiones poco claras o excesivamente especulativas. Quizás pensó, "Los problemas filosóficos eran pseudoproblemas causados más bien por falta de claridad en el lenguaje. Así, Frege se propuso limpiar el pensamiento, buscar la claridad y el rigor, y lo haría siguiendo la estela de Comte, observando el pensamiento científico y usando como regla de corrección el código matemático. Habrá que aplicar la lógica y las matemáticas al lenguaje. De ahí parte su programa de una hipótesis muy valiente y audaz, que las matemáticas se pueden fundamentar en la lógica. Y es que había una corriente en la época que proponía que las matemáticas eran subjetivas. Es el psicologismo. Pues bien, para fregue esto no era así. Las matemáticas son verdades objetivas fundamentadas en la lógica, por lo que se propuso encontrar una vía que conectara lenguaje, lógica y matemáticas. Es el proyecto logicista. Esa es la clave para freg. El lenguaje no es simplemente una herramienta humana más. Es el medio a través del cual accedemos al pensamiento. Es la categoría trascendental. En el lenguaje se articula nuestro pensamiento. Lenguaje y pensamiento son dos caras de una misma moneda. Frege está iniciando una nueva vía en la filosofía, un proyecto titánico, porque implicaba reformular toda la lógica. Esa ciencia creada por Aristóteles en el año 300 ates de Cristo con sus Analíticos y que llevaba prácticamente 2,000 años sin cambiar, sin avanzar. Y al hacerlo como un insignificante profesor de matemáticas, vendría a revolucionar el pensamiento, creando quizás la nueva escuela con mayor desarrollo nuestra era. Es la filosofía analítica. Ojo y muy importante para este vídeo, no sé si lo has notado, pero ese impacto no es solo filosófico, sino también tecnológico. La relación lógica matemáticas es la base del álgebra de Boole y por lo tanto de los ordenadores modernos. Puede que no haya filósofo con más incidencia práctica en la historia que Gottlob Frege. Y aunque hoy admiramos sus grandes logros, en su tiempo Frege vivía batallando contra sus críticos, luchando para que algunas de sus ideas fueran tomadas en serio, y habría muerto así en desdicha, sin ninguna relevancia y trascendencia si por casualidad no hubiera topado con sus textos una de las grandes figuras del siglo XX, nada más y nada menos que el inglés Bertrand Russell. 

Hablamos quizás del último intelectual icónico que nos ha dado este mundo. Y es que Bertrand Russell lo fue todo, matemático, lógico, filósofo, físico, activista. Es que tiene incluso un Premio Nobel y es que no adivinas en qué. Pues sí, en literatura. Su vida es verdaderamente fascinante. Nace en 1872 en Monmouthshire, Inglaterra. Lo haría como tercer conde de Russell, perteneciendo a una de las familias aristocráticas más importantes del Reino Unido, con un linaje envidiable. Y es que no solo era hijo del vizconde de Amberley, John Russell, sino que además tenía un buen padrino intelectual. Era ahijado del filósofo utilitarista John Stuart Mill. Y aunque con esta cuna hay influencias y además británico tú te lo puedas imaginar ahí a Russell con traje ahí como un pitiminí tomando el té a las 4, nada más lejos de la realidad porque nuestro amigo fue un auténtico reformador social, pacifista, antiimperialista en la época de las potencias europeas. Tan molesto era que acabó en la cárcel 6 meses por manifestarse contra la primera guerra mundial. Fue contrario a las armas nucleares, defensor del liberalismo y de las políticas sociales, contrario a los regímenes totalitarios y al estalinismo.

Y, ojo, abiertamente partidario de la libertad sexual y los derechos de las mujeres a inicios del siglo XX. Y además su activismo lo ejercería hasta el mismo momento de su muerte 1970. Es decir, este señor con 90 y pico tacos aún tenía fuerzas para manifestarse contra la guerra de Vietnam. Y como científico y filósofo, ¿qué tal? pues fue uno de los mejores de todos los tiempos, creando toda una obra magna a la altura de los Elementos de Euclides o los Principia de Newton, la que estaba llamada a ser la Biblia de las matemáticas, eran sus principias matemáticas. Aunque eso en realidad mejor lo vemos después para centrarnos en otra de las grandes aportaciones de este genio, dar a conocer al mundo, la figura de Gottlob Frege. Cuando en el año 1900, por pura casualidad, Bertrand Russell entra en contacto con los escritos de Frege, un profesor universitario totalmente desconocido, irrelevante, huraño, cuyos escritos no los leía nadie, pues ahí Bertrand, que era un genio, se da cuenta de que ahí hay oro, oro puro. Frege, se da cuenta Russell, ha descubierto una mina para la lógica, para la matemática y para la filosofía. Por no hablar en general de para el saber humano. Russell tiene 28 años, Frege 52. Así el joven matemático decide hacer suyo el proyecto de su mentor, el proyecto logicista.

Fundamentar toda la matemática en la lógica. Su gran aportación en esta dirección es lo que llamó el atomismo lógico, rompiendo una tradición de siglos desde Aristóteles y Platón hasta nuestros días. El mundo para Russsel no estaría hecho de sustancias o cosas, sino de hechos. ¿Y cómo se forma el mundo con hechos? ¿Te dirás? Pues en este atomismo lógico, en lo real, los hechos, que son complejos, se forman por dependencia de combinaciones lógicas de hechos simples. Así hay que imaginar una lógica mapeada en mi pensamiento y en mi lenguaje, de manera que ahora mis proposiciones son un reflejo del mundo y puedo expresar con ellas la misma realidad. Russell está creando una correspondencia estructural entre lenguaje y mundo, que sería la estructura fundamental tanto del pensamiento como de la realidad. Ojo, esto no significa algo tan loco y new age como que nuestro lenguaje moldea nuestra realidad. No, no, no es para nada. La realidad está antes del lenguaje. Lo que realmente ocurre es que nosotros podemos participar de esa estructura. Podemos conocer a través de nuestros pensamientos y nuestro lenguaje cuál es esa estructura de lo real. Y, en última instancia, esa es la razón por la que podemos hacer ciencia. 

Bien, con esto Russell está cumpliendo el programa de Frege, está limpiando la filosofía de esas propuestas de carácter mental o espiritual, haciendo que el mundo, en el fondo, ya no dependa de estructuras del pensamiento, de la conciencia, como ocurría con el idealismo de Hegel o de Fichte. Sí, en esta nueva filosofía, la analítica, nos alejamos de la metafísica. La filosofía está reducida a los límites de la experiencia. Solo nos cabe hablar en clave científica. Comte estaría orgulloso. Y si Frege tuvo un alumno que tomó su renovación filosófica y la amplió, que fue Russell, este tendría otro discípulo a su vez que lo superó y llevó a término las ideas del maestro. Nada más y nada menos, atentos, que Ludwig Wittgenstein, un personaje que no solo rivaliza con Russell en genialidad, también lo hace en excentricidad y extravagancia. Ludwig nace en Viena, Austria en 1889.

De nuevo, como Russell sería hijo de alta cuna, en este caso él lo fue de un magnate del acero, una de las mayores fortunas del mundo. Y su vida, como dije, está marcada por la excentricidad.

Renunció a la enorme herencia de su padre para retirarse a vivir como un pobre en una comarca rural trabajando de profesor de escuela. Pero como su carácter no iba con la paciencia de un profesor, acabó de dejar dinero en un monasterio. Se alistó voluntariamente en la Primera Guerra Mundial. 

Tuvo grandes ideas. Peleó vigorosamente con sus compañeros, tuvo muchísimos seguidores. Se vuelve también a retirar otra vez del mundo académico. Ejerce como camillero en la Segunda Guerra Mundial, incluso diseña una casa vanguardista: como ven, una vida de película. Incluso como anécdota en Viena estudió en la misma clase que Adolf Hitler, por cierto, algo atestiguado por una fotografía.

Pero, especialmente significativo para este vídeo, es un capítulo que ocurrió en su juventud antes de todo eso de las peleas y sus retiros, la guerra mundial y todo eso.

Es en Jena, Alemania, 1911. Frege conoce a Wittgenstein y queda tan impresionado con él que lo encomienda a su discípulo Russell en Cambridge. Allí llega entonces el joven Wittgenstein como pupilo del gran hombre y se forja a una de las conexiones intelectuales más ricas y conflictivas de la historia.

Russell rápidamente se da cuenta del brillo de su alumno y comienza a verlo y tratarlo como su heredero intelectual. Pero Witgenstein es un genio indomable. Es brillante, mucho, como ninguno, pero también arrogante, obsesivo y dominante. Discute a gritos con sus compañeros hasta incluso llegar a lo físico. Una vez, en plena pelea, levanta un atizador para el fuego contra Karl Popper y tendría que intervenir el propio Russell para que no pasara nada. Entonces, en 1914, estalla la Primera Guerra Mundial y profesor y alumno se separan. Wittgenstein recuerda sus orígenes y vuelve a casa. Y aquí viene uno de los capítulos más locos de la historia del pensamiento. Witgenstein se alista voluntariamente con el rango más bajo como artillero para el imperio austro-húngaro. Pero una vez iniciada la contienda, se dirige a sus superiores. Pide más. Quiere ubicarse en el mismo frente. Quiere, dice literalmente, mirar la muerte a los ojos. Y ahí lo colocan en el lugar más peligroso de todos: el regimiento de obuses en el frente oriental durante la brutal ofensiva Brusilov de los rusos. Su misión era cruzar la tierra de nadie, expuesto al fuego de la artillería intenso bajo disparos constantes. Wittgenstein, imperturbable, muestra un desprecio casi suicida ante la vida, pero milagrosamente escapa de la muerte. Es así como llega al frente italiano, donde actúa otra vez más con sangre fría y heroísmo, grandes dotes de liderazgo y también compañerismo, siendo condecorado por su increíble valentía. Pero en lo que igual no me vas a creer es que en ese estado de estrés extremo, rodeado de muerte, dolor, hambre, suciedad y miseria, jugándose la vida en cada instante, tendría tiempo para pensar y para escribir sobre filosofía, sobre la realidad y sobre el mundo. Ahí mismo, en las trincheras, daría forma a una de las obras más importantes de la historia de la filosofía; pero espera, que todavía hay un giro más épico. Tras la guerra, Wittgenstein sería capturado por los italianos y confinado en un monasterio donde daría forma final a este libro. Ese lugar no sería otro sino el monasterio de Montecassino en Italia, justo el mismo donde el gran Tomás de Aquino había vivido y desarrollado la obra de su vida, la Suma teológica. En ese mismo lugar, 700 años después, se escribía una obra con no menor trascendencia. Es el Tractatus logicus-filosoficus, una obra maestra, una de las más influyentes de la historia.

Pero, ¿qué dice Wittgenstein en esta obra? Pues con un estilo muy peculiar, casi científico, en proposiciones más bien aforísticas, Wittgenstein continúa el trabajo de Russell y lo lleva a sus últimas consecuencias. Parte de su "el mundo es un conjunto de hechos, no de cosas", y le hace corresponder una estructura lógica, una forma lógica, de tal manera que los hechos en ese espacio lógico son el mundo. Además, añade una teoría figurativa del significado.

Nosotros nos hacemos figuras de los hechos tales que se crea una correspondencia perfecta, haciendo que pensamiento, lenguaje y mundo se entrelacen. No se puede de alguna manera pensar en algo que no se pueda decir o decir algo que no se pueda pensar. Hay una interrelación fundamental entre lenguaje y pensamiento fundamental. Son inseparables. Es más, también lo conecta con la realidad. Mundo, pensamiento, lenguaje. Están anudados en un isomorfismo porque los tres ámbitos, las tres esferas son capaces de expresar una misma figura. Pensamiento, lenguaje, mundo, están en correspondencia. Algo que se puede resumir en una cita, quizás una de las más grandes de la historia: Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.

Definitivamente, Wittgenstein logra el gran objetivo de la filosofía analítica, llevándolo a su culmen, limpiar el pensamiento, la filosofía de falsos argumentos, lo que aglutina en su último aforismo, también histórico: De lo que no se puede hablar es mejor callar.

Wittgenstein, después de la guerra, publicaría el Tractatus y se retiraría de la filosofía. Qué arrogancia. Para él estaba ya todo dicho, todo acabado, tenía solo 32 años. Y aquí lo dejamos por un lado a Wittgenstein ahí saliendo de la guerra y publicando el Tractatus. Ya volveremos a él. 

Pues bien, en 1919 termina la guerra y tenemos estas nuevas ideas muy radicales y muy brillantes, pero que vienen de un joven excéntrico y problemático de muy mal carácter y en un estilo tan raro, tan peculiar. No parecía fácil que fuera a triunfar. De hecho, quizás no hubiera cuajado tanto si no hubiera sido absorbidas estas ideas por uno de los entornos intelectuales más importantes de su era.

Ocurrió en el ambiente de posguerra, en una de las capitales mundiales de la cultura y del saber, la agitada Viena del año 1920. Allí mismo, un filósofo, Moritz Schlick, comienza a reunir un grupo de intelectuales por las cafeterías de la ciudad. El grupo poco a poco se va consolidando, formándose un polo, un núcleo de opinión que da lugar a una famosa escuela. Era un grupo voluntarioso, numeroso, activo, prominente y muy beligerante. Es el círculo de Viena. Pues ahí lee la obra de Wittgenstein y quedan maravillados, dando lugar a un nuevo movimiento filosófico, el neopositivismo o empirismo lógico. Un movimiento que sigue la tradición desde Comte hasta Wittgenstein, llevándolo todo a último término. Es el programa de la filosofía analítica. Un conocimiento solo tiene sentido si puede relacionarse con la experiencia observable. Aunque en esa época no era la única filosofía en Europa, pues su rival, lo que vendría a llamarse la filosofía continental, es más metafísica, con raíces en el pensamiento fenomenológico de Husserl y más tarde de su alumno Heidegger. Esta filosofía continental le plantaba cara dando lugar a intensos debates sobre el fundamento de la filosofía. Sí, la analítica fue la dominante, en especial tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial. Los analíticos se consolidarían extendiéndose sus partidarios por las principales universidades europeas, dominando así el debate intelectual y llevando la filosofía analítica a su auge en influencia. Y su precepto, mundo, pensamiento, lógica y lenguaje son uno. 

Bien, pues con esto en mente ya estamos listos para juntar todo y dar el salto para entender el germen de la inteligencia artificial y para eso merece la pena detenerse a conocer y descubrir la figura capital en esta historia del que es el protagonista absoluto de este vídeo. El inglés Alan Turing nace en Londres en 1912. Fue verdaderamente un niño prodigio, tal que a los 6 años ya leía libros avanzados de ciencia y a los ocho resolvía problemas complejos de aritmética. Un genio brillante y obstinado. Sí, se cuenta que en 1926, 13 años tenía, era tal su pasión por aprender que, cuando el primer día de clase coincide con una huelga general y no podía viajar en tren, al tener que ir desde Southampton hasta Dorset, al chaval le dio igual. No pasa nada: toma una bicicleta y recorre en solitario con 13 años los más de 90 km a través de campo inglés para no perderse en las clases. ¿Harías tú algo así? Pues bien, su genalidad era absoluta, tal que lo haría destacar en cada momento de su vida, siendo profesor en la Universidad en el Kings College de Londres con solo 22 años. Tras eso, pasó años en Estados Unidos investigando la famosa Universidad de Princeton, donde acabaría su carrera Einstein, por cierto, dando en este tiempo a un joven con importantes desarrollos matemáticos. Pero en 1938, con el doctorado terminado, decide volver a Inglaterra, a Cambridge y allí se da el providencial encuentro. Turing coincide con el gran Ludwig Wittgenstein. Allí discuten, como no puede ser de otra manera, en un desencuentro bien airado sobre la verdad absoluta de las matemáticas. No hay duda de que alguna manera las ideas de Wittgenstein tuvieron que influir en el joven Turing. Entonces, 1939, ya sabes lo que ocurre: sobreviene la Segunda Guerra Mundial y tiene lugar ese interesantísimo y prodigioso capítulo de la historia que algún día les contaré con detalle porque es fascinante. Una de las claves para que los aliados ganaran la Primera Guerra Mundial fue el control comercial marítimo, principalmente otorgado por la preeminencia naval de Inglaterra sobre los países del eje. Así pudieron soportar una larga y terrible desgastante guerra sin sufrir un colapso económico total. Y esto gracias al comercio, principalmente con Estados Unidos. 

En 1939, aprendida la lección, Hitler desde el inicio de la guerra quiere aprender de errores pasados. Para dejar a Inglaterra atrás hay que cortar sus vías de suministro, y desarrollaron toda una escuadra de u-bots, submarinos terribles que campaban a sus anchas indetectables por todas las rutas marítimas del canal, hundiendo cada barco mercante que se cruzaban. Causaban pánico entre los aliados y verdaderos estragos. Totalmente, el esfuerzo de la guerra implicaba para Gran Bretaña la importación de 30.000 millones de toneladas al año. Pues bien, estos u-bots consiguieron que a las islas solo llegaran 200.000 toneladas, ni un 1%. Algo catastrófico.

Pues para evitar el colapso había que hacer algo. La solución era intervenir las comunicaciones nazis para anticipar sus movimientos y acabar con los submarinos. Algo que no era nada trivial. Y es que ahí se daba otro de los grandes avances científicos de los nazis. Era en criptografía: habían creado una máquina que producía un código indescifrable. Lo hacían usando una famosa máquina que conocían como enigma, que ellos suponían completamente inquebrantable.

Inglaterra, viendo la importancia estratégica de interceptar esos mensajes, inicia un esfuerzo único en la historia. Coloca un anuncio, se buscan matemáticos, pero también jugadores de ajedrez, expertos en acertijos, problemas, gente en general que se le den bien los juegos lógicos o matemáticos y los puso a todos juntitos en un lugar secreto. Sería al norte de Londres en Buckingham, en una preciosa mansión modernista en Blenchley Park.

Turing acudiría al llamado y entre ellos sobresaldría como el mayor genio. Con su aportación, y la de otros matemáticos, consiguió romper el código enigma a tiempo, dando una ventaja estratégica a los aliados muy difícil de cuantificar.

Seguramente podamos hablar sin miedo a equivocarnos, de que salvó millones de vidas. ¿Quién sabe si incluso más? Esta historia es relevante porque el problema lo resolvió gracias a la codificación de una máquina electromecánica, como una especie de ordenador primitivo. Ellos la llamaban The bomb. Pero la guerra acabó, por suerte para los aliados, con victoria. Y tras este esfuerzo tremendo en Benchley Park toca volver a la vida normal. Y Turing lo haría volviendo a las matemáticas. Así condensa todas las ideas geniales que había ido labrando en esos años de guerra en varios artículos, pero en particular en un artículo histórico. 

Vería la luz en 1950, titulado Maquinaria computacional e inteligencia. Este artículo arranca con la interesantísima pregunta, muy pionera para ese momento histórico. Recuerda, 1950. ¿Acaso las máquinas pueden pensar? Lo curioso del caso es que Turing desde el mismo inicio del artículo cambia esta pregunta, por ser esquiva y difícil, por otra, que él piensa que es equivalente: ¿Puede una máquina comunicarse como si fuera un humano? Vean, dense cuenta de la tremenda influencia en Turing, ya en este punto inicial de la filosofía analítica y en particular de Wittgenstein. Lenguaje es pensamiento.

Así nace el famoso test de Turing como parte de un juego que llamó el The Imitation Game, el juego de la imitación. Una máquina y un humano escondidos hablando. ¿Puede un interrogador externo distinguirlos? Saber cuál de los dos es la máquina. Para Turing, si la máquina habla como un humano, entonces piensa como un humano.

Así, al final de este artículo se hace la pregunta clave. Si una máquina piensa, puede entonces aprender. Como vemos en este apartado de aquí, el último, Turing lo dice explícitamente, ve la mente como una cebolla con capas donde cada capa realiza una tarea mecánica.

Toda la mente en conjunto sería también mecánica. Es lo que hoy llamamos la teoría computacional de la mente. Tanto lo veía así que incluso le estima una capacidad de memoria y de cómputo como si fuera un ordenador. Por tanto, para Turing es una cuestión de tiempo encontrar la forma de programar esas máquinas para que piensen como humanos.

Turing está dando nacimiento a la inteligencia artificial. Turing está marcando una dirección de investigación, pero noten en cada punto la influencia brutal de Wittgenstein y la filosofía analítica en todo ello. Esa conexión lenguaje, lógica, mundo. La mente dice Turing es solo una máquina de procesar.

No hay más. Por cierto, la vida de Turing poco después tendría un final con un giro dramático. Tras la guerra no recibió el trato de héroe que merecía. El trabajo de Benchley Park era secreto durante esos años. En cambio, sufrió una persecución por algo totalmente ajeno a su investigación, a sus ideas. Era algo personal, su homosexualidad. Fue tratado como si fuera un enfermo. Así le dieron a elegir entre prisión o tratamiento de choque y eligió lo segundo. Ante los desagradables efectos de este tratamiento que estaba teniendo en su cuerpo, pero también en su mente, decidió mejor acabar con su vida mordiendo una manzana con cianuro. Era 1954, tenía solo 40 años y quizás se nos fue sin nunca darse cuenta del impacto que tendría su obra en el mundo. Sus sueños de computación y la inteligencia artificial vendrían a revolucionar cada aspecto de nuestras vidas, de tal manera que hoy no podemos imaginar cómo sería el mundo sin esas tecnologías, sin el trabajo de Turing. Y fueron tras él varios los científicos que recogieron sus frutos convirtiendo sus ideas precursoras en realidad. John von Neumann, Cludon o John Backus hicieron en realidad la computación tal y como él la había ideado, dando lugar con los años a los computadores modernos. Pero especial relevancia tendría en esta historia el giro en computación que él es el primero en proponer cuando tomando la teoría computacional de la mente, imagina máquinas capaces ya no solo de computar, sino también de aprender, imitando con ello al cerebro humano. Un amigo de Turing, también de Benchley Park, con quien de hecho pasaba horas allí jugando a la ajedrez, hablamos del británico Irving John "Jack" Good. Tras la guerra, como tantos científicos europeos, Good da el salto a Estados Unidos. Allí, ubicado en la Universidad de Virginia, extrapola el trabajo de Turing sobre inteligencia de las máquinas para idear algo increíble. Si una máquina puede pensar como un humano, puede hacer cosas propias de los humanos: puede rebasar con amplitud las actividades intelectuales de cualquier hombre, por listo que este sea. Puesto que el diseño de las máquinas es una de esas actividades intelectuales, la máquina ultrainteligente podría diseñar máquinas aún mejores. Es incuestionable que seguiría una explosión de inteligencia y que la inteligencia humana quedaría muy atrás.

Good crea un nuevo término, la ultrainteligencia, y un nuevo escenario, la explosión de inteligencia. Un camino creciente, acelerado, disparado desde una inteligencia de máquina artificial hacia la superinteligencia. Más tarde, un informático de la UCLA, Vernor Vinge, influenciado sin duda por Turing y por Good, en una obra de ciencia ficción de 1986 le da nombre a este fenómeno. Es la singularidad. Ya se ha sembrado un escenario apocalíptico. El ser humano crea un ordenador por pasos progresivos lo va dotando de capacidades humanas.

Llegado un punto, esta tecnología se vuelve inteligente y ahí toma el control. La máquina empieza a ser máquinas cada vez más inteligentes hasta que eventualmente supera la capacidad humana. Pero no se detiene. Sigue en esta escalada de inteligencia vertiginosa exponencial hasta llegar un punto en el que el humano ya no entiende nada. Ninguno de los conceptos de la máquina. y se dispara hacia la superinteligencia, la inteligencia suprema. En ese momento dejamos de ser nada, nos extinguimos. Bien, llevamos, no sé, unos 30 minutos hablando y ya podemos trazar un recorrido secuencial de todo lo que ha ocurrido en este camino de 200 años de Comte y su positivismo, ese proyecto filosófico científico, la tradición analítica de Frege, Russell y Wittgenstein, que establece una relación unívoca entre matemáticas, lógica, pensamiento y mundo. El mundo es entonces computable, algo que inspira a Turing a imaginar una máquina que puede imitar a un humano, lo que crea una nueva área, la inteligencia artificial. El amigo de Turing, Good, extrapola la idea hacia la superinteligencia. Vinge le da nombre, Nick Bostrom y otros lo popularizan. Y con ello tenemos ese escenario, el del apocalipsis. Las máquinas destruyen la humanidad dando pie a ese manifiesto de Dario Amodei, alertando sobre el peligro de las máquinas y la necesidad de ralentizar el proceso. Y hasta aquí todo bien y espero que no se me malinterprete en lo sucesivo. Este recorrido de 200 años tiene sentido y funciona, pero saben qué, no convence. A mí al menos no. Y sé que muchas otras personas tampoco, porque hay una larga lista de expertos, investigadores, ingenieros, científicos que son críticos y escépticos, que ven importantes fallos en esta cadena de pensamiento, fallos que destruyen esta lógica y, por tanto, sus consecuencias, la apocalipsis de la inteligencia artificial. 

Pero es más, estos escépticos piensan que con esta forma de argumentar, no científica, puramente filosófica, se puede hacer mucho daño. Más predijo la aparición de una IA superinteligente en 2025. Darío Amodei predijo que a partir de 2026 la IA duplicaría la esperanza de vida humana hasta aproximadamente los 150 años. Y Altman predijo que los agentes de IA cambiarían sustancialmente la producción de las empresas en 2025. Tres predicciones que de lejos no se han cumplido. Es decir, los seguidores de este pensamiento hacen declaraciones que elevan el status de las máquinas de forma artificial. Alimentan esperanzas mesiánicas sobre su funcionamiento. Inflan la voraz codicia de inversores, creando falsas expectativas que llevan a una burbuja. Nadie se quiere quedar fuera del siguiente avance. Se apuesta todo a doble o nada. Cuando llegue ese momento disruptivo que todos esperan, nadie quiere quedarse fuera. Un nuevo fármaco que cure el cáncer, una solución al problema de la energía en el mundo, un material superconductor, una crema que prolongue la vida. Promesas, promesas, promesas que nunca llegan y con ello no hay el retorno esperado. Se frustra la inversión, se estanca la industria generando una tremenda caída y una crisis financiera. Y todo bajo unas premisas que no son científicas, con afirmaciones que tampoco son científicas. Quizás todo el programa desde Comte pasando por Stan AI y Turing hasta hoy esté errado. Quizás la mente no es replicable en una máquina. Y lo peor de todo es que esto no es una sospecha nueva. 

Hay indicios de ello por al menos unos 100 años. Volvemos a viajar en el tiempo, año 1900. Estamos en Gotinga, Alemania, la capital mundial de las matemáticas porque por allí pasaron gente como Gauss, Bernhard Riemann o Emmy Noetther. Y por aquel entonces allí residía el mayor genio vivo de las matemáticas. Se trata del alemán David Hilbert. Hilbert, que por cierto tiene una historia muy parecida a la de Open AI con su problema del milenio, pero en este caso con la relatividad de Einstein. Bien, pues Hilbert es una verdadera institución en esto de las matemáticas, uno de esos que crea escuela, que marca tendencia y su visión en ese año de cambio de siglo 1900 no puede estar más alineada con la escuela analítica de Frege. Para Hilbert, declarado formalista, todos los sucesos se pueden convertir en operaciones basadas en normas que produzcan una verdad matemática tras otra. Nada puede escapar al alcance de la lógica matemática. Cualquier pensamiento, cualquier razonamiento, tendría que tener un respaldo matemático lógico y con ello se podría alzar un edificio matemático entero basado en reglas solo matemáticas, cerrado sobre sí mismo, regido solo por estas normas. Estaría apoyado en unos pocos axiomas para dar cuenta con ello de todo lo que ocurre en el mundo. La verdad o falsedad de cualquier afirmación sería una cuestión de matemáticas. La inteligencia, un proceso, el universo, un mecanismo. Él lo creía y estaba dispuesto a retar al mundo entero así demostrarlo. Así que ese mismo año 1900, Hilbert aprovecharía la celebración del segundo congreso internacional de matemáticos en París para mandar un órdago al mundo entero.

Lo haría en forma de desafío. Si su programa es correcto, puede demostrarse que lo es. Pues bien, el desafío iba por sahí y consiste en tres partes para completarse. 

Uno, demostrar que las matemáticas son una disciplina completa.

Dos, que las matemáticas son consistentes. 

Y tres, que las matemáticas son decidibles.

Un plan maestro que esperaba la genialidad de un matemático para mostrarse verdad y cumplir de esta manera el sueño del formalismo, el sueño de Hilbert. Y ese genio no andaría lejos de ahí, solo a pocos cientos de kilómetros. Pero lo que nadie esperaba, menos aún Hilbert, es que conseguiría completar el proyecto de Hilbert, pero con respuesta negativa. No, las matemáticas no son completas ni consistentes. Pero, ¿cómo? Bueno, no nos adelantemos porque esta es una historia tremenda que merece ser contada poco a poco y es que contiene un giro dramático, trágico, tremendo. Así que empecemos como siempre dando otro saltito en el tiempo para, aunque no te lo creas, revisitar algunos de los protagonistas que ya hemos conocido. Volvemos a Frege, volvemos a Russell y volvemos a Wittgenstein. 

Recuerda la historia. Frege es ese matemático huraño, frustrado porque el trabajo de su vida, encontrar un paralelismo entre matemáticas y lenguaje, no está siendo reconocido. Entonces aparece uno de los mayores genios de su generación, el aristócrata activista Bertrand Russell y ven el trabajo de Frege oro puro. Comienzan a cartearse. Russell le pide todo su trabajo por escrito y hace suyo el programa de Frege. Pues bien, Russell se empeña en respaldar la obra de su admirado mentor con su gran formación científica para avanzar en esa correspondencia entre matemáticas y lógica, cuando de repente encuentra algo horrible, abominable. ¿Qué? ¿Un zombie, un virus mutante? No, no, algo peor. Peor para un matemático, claro, encontró una contradicción lógica insalvable. Pongámonos en situación porque es teatral. Russell, totalmente imbuido del programa logicista de Frege, se embarca en la obra capital de su vida. Un esfuerzo titánico sin igual. Sería un trabajo monumental que llamaría Principia mathematica. un eco de Newton, formando tres volúmenes para demostrar que toda la matemática se puede derivar de la lógica pura. Su idea era ir partiendo de axiomas básicos para ir poquito a poquito deduciendo todo. Un trabajo de hormiga, la Biblia de las matemáticas. Y para serlo usaría una nueva área de las matemáticas que había recientemente inventado otro genio de la historia, George Cantor, es la teoría de conjuntos. Pues bien, en el transcurso de sus investigaciones con teoría de conjuntos, de repente Russell da con una aberración, algo verdaderamente terrible.

Yo te lo voy a soltar plenamente así, sin anestesia. No te asustes porque yo sé que no vas a entender nada. Calma, porque yo te prometo que cuando te lo explique bien sí lo vas a entender.

Russell, de repente se hace la pregunta, ¿el conjunto de los conjuntos que se contienen a sí mismo se contiene a sí mismo? Bueno, bueno, bueno, paciencia, que sí, te lo prometo, lo vas a entender. Yo te lo traduzco. Imagina un barbero que pone un cartel en su escaparate. Aquí se afeita a todos los que no se afeitan a sí mismos. Y bien, no pasa nada. Cualquier persona, básicamente pasa por ahí y puede entrar a que la afeiten porque no se afeita a sí mismo, así que lo puede afeitar el barbero, pero igual te has percatado de que aquí hay algo que falla porque y ¿quién afeita al barbero? Problema porque si lo afeita a otra persona, entonces no se está afeitando a sí mismo, por lo que debería ser afeitado por él. Pero si entonces afeita a él, problema, porque él solo afeita a quien no se afeita a sí mismo.

Paradoja, contradicción, caos. En realidad, esto no es sino otra versión de la famosa paradoja del mentiroso que ya se planteaba muchos años atrás en la antigüedad, Eubulides de Mileto en el siglo IV antes de Cristo. Y de esta forma, si yo digo "todos los cretenses son mentirosos" y yo soy cretense, entonces tenemos un problema, porque si digo la verdad entonces soy mentiroso, pero si digo mentira entonces la frase es verdad. Estamos ante una contradicción.

¿Vale? Pues esto con ejemplos es básicamente lo que decía antes Russell de que los conjuntos de los conjuntos que no se contienen todo ese rollo, pues es básicamente eso, demostración de un problema que muestran todos los sistemas autorreferenciales, se referencian a sí mismos. Y aquí es donde entra el drama de la historia. Por aquel entonces, Frege, su maestro, acababa de concluir la obra maestra de su vida a la que le había dedicado toda su carrera. Eran los Fundamentos de la aritmética, donde él pensaba que había creado los cimientos de la matemática entera a través de una teoría de conjuntos coherente. Sí, algo similar a lo que estaba intentando Russell por su cuenta. Pues bien, en 1902, con el libro ya en la imprenta, Frege recibió una carta urgente de Russell: ha encontrado una contradicción insalvable en las matemáticas. Ah, qué desastre es el fin de toda la estructura lógica de su teoría. El trabajo de toda su vida arruinado. Frege se limitó a expresar: "Difícilmente puede un científico tener que afrontar nada más indeseable que ver hundirse los cimientos justamente cuando da fin a su obra."

Russell desarrolló sus Principia mathematica con otro lógico, Alfred Whitehead, ya sabiendo, claro, por supuesto, su propio descubrimiento, la existencia de este tipo de conjuntos, por lo que quiso protegerse ante este problema. Pero lo consiguió solo de forma artificial. La teoría de Russell y Whitehead era coherente por decreto, no por construcción. Es decir, no funcionaba el truco. Y así tuvo que parecer otro genio brutal que retomando el problema de Hilbert diera con el origen de estos fallos. Este genio no era otro sino Carl Frederich Gödel. 

A la altura de los otros que ya vimos, Gödel no se queda atrás. Tremendo personaje. Nacido en la actual República Checa 1902. En ese momento parte del imperio austrohúngaro. Aunque Gödel quiso ser físico teórico, acabó estudiando matemáticas en Viena. Estamos para que te sitúes hasta el año 1920. Y sí, ahí te va la pregunta, ¿qué está pasando en 1920 precisamente en Viena? ¿Recuerdas? Pues sí, Schlick ya había fundado el Círculo de Viena, ese grupo filosófico que tomaría las tesis de Wittgenstein y con ellas fundaría el empirismo lógico o neopositivismo. Así que era cuestión de tiempo que este genio matemático se interesara por la lógica e ingresara en este club precisamente aprendiendo estas matemáticas y esta lógica con dos de sus ilustres miembros. Y en esas clases pues estudiaría las obras de Russell, introduciéndose en el logicismo del maestro. Pero entonces ocurre el giro tras leer la obra de Hilbert, recuerden, ese gran matemático de Gotinga que había establecido en 1900 el gran desafío de mostrar las matemáticas como un corpus completo, Gödel se lanza a resolver las tres proposiciones. Recuerden: demostrar que las matemáticas son una disciplina completa, que son una disciplina consistente y que las matemáticas son decidibles. Inspirado en el trabajo de Russell que había estudiado y por tanto también en su famosa paradoja, con solo 23 años da con uno de los resultados más imprevistos, más chocantes y más misteriosos de la historia. Contrario a lo que todos esperaban, Gödel deshace el programa de Hilbert, lo rompe en pedazos, lo hace añicos, lo destruye. En particular carga las dos primeras proposiciones de su programa. Las matemáticas no son completas, no son coherentes. Gödel, con sus dos teoremas, que hoy se conocen como teoremas de incompletitud, demuestra que todo sistema formal, como el matemático o el informático, tendrá proposiciones verdaderas que no se pueden comprobar dentro del mismo sistema. Hay contradicciones en matemáticas, afirmaciones que si son ciertas son indemostrables. Los sistemas puramente formales tienen límites. Ese es el fin del proyecto formalista. Una contradicción. Así acaba con todo.

Estamos en el año 1931. Las matemáticas han recibido un gran mazazo, que por cierto Gödel tampoco podía fallar a la conexión de genialidad y excentricismo que hemos visto por aquí. Tras la guerra mundial va a Estados Unidos, como tantos científicos, residiendo en Princeton, investigando en esa famosa universidad. Allí se hizo muy amigo de Albert Einstein, con quien realizaba largos paseos hablando de su primer amor, la física, dando con importantes resultados en relatividad, por cierto. Pues bien, poco a poco se fue aislando, cayendo en un pensamiento paranoico, se sentía perseguido. Ante una enfermedad de su esposa que tuvo que ser ingresada, se negó a comer por temor a ser envenenado. En sus últimos días pesaba 29 kg. Pero tras esta triste nota, volvemos a la cuestión. ¿Y acaso nadie vio que esto de la incompletitud de Gödel era un indicativo quizás de que algo iba mal en este programa logicista? Pues la verdad es que sí. De hecho, quién recogería el guante sería nada más y nada menos que el propio padre de la inteligencia artificial, Alan Turing. 

Estamos en 1936. Han pasado 5 años desde el resultado de Gödel. Turing está en Cambridge. Ya vimos que influenciado por el trabajo de Wittgenstein. Son años previos. Aún no han llegado sus tiempos en Benchley Park con el código Enigma. Es entonces que Turing se entera del trabajo de Gödel y queda entusiasmado. Así publica en 1936 un artículo, Números computables.

Turing descubre que el uso del autorreferencia se podría aplicar también al tercer punto del programa de Hilbert. Parecía indicar este trabajo que no es posible en ningún proceso de decisión universal. Era la última puntilla contra el formalismo, el sueño de Hilbert. 

Paradójicamente, en este trabajo intentando demostrar que las matemáticas no son completas, Turing inventó una máquina determinista que hoy conocemos como máquina de Turing y es el precursor de la computación, de la ciencia como computación. Qué irónico es el mundo, ¿verdad? Pero, aunque Turing estaba iniciado en esta vía de contradicción, la experiencia en Benchley Park con la máquina Enigma cambiaría su visión usando uno de los pasatiempos favoritos de Turing esos años: el ajedrez. Como analogía, Turing imagina que cualquier otra situación de la vida es equivalente a un juego con reglas como el ajedrez y por lo tanto se puede computarizar. Llegamos así a los años 50 donde Turing publica ese artículo fundamental en el que da origen a la inteligencia artificial, ese del que ya hemos hablado, ese en el que establece que la mente es una máquina. Y aunque a partir de entonces y antes ya había importantes voces clamando lo contrario, empezando por John von Neumann, un genio matemático húngaro que por cierto participó en el proyecto Manhattan y también (curioso) uno de los padres de computación. Pues bien, von Neumann argumentó en contra de esta vía, subrayando las diferencias entre la forma en que un humano procesa la información y cómo lo puede llegar a ser una máquina o incluso más recientemente alguien tan grande y tan importante como Roger Penrose. Sí, el compañero de Hawking, uno de los padres de los agujeros negros y matemáticos más importantes de nuestra era, Premio Nobel, por cierto, en física. Pues bien, Penrose, recientemente y curiosamente basándose en el trabajo de Gödel y también en la mecánica cuántica, ha querido argumentar las diferencias en la forma de procesar la información de un cerebro biológico y una máquina. Y estos son argumentos interesantes, pero en realidad filosóficamente el germen de la discordia ya lo había sembrado mucho tiempo antes uno de los padres del propio proyecto logicista de la filosofía analítica, el genio Ludwig Wittgenstein. 

Recuerden dónde lo habíamos dejado con él. Wittgenstein va a la guerra, escribe el Tractatus, lo publica y piensa que la filosofía ya está acabada, que no hay nada más que hacer.

Así que renuncia a la herencia millonaria, deja la universidad y se retira al monte a vivir de maestro de niños y jardinero como un auténtico ermitaño. Pero entonces, boom, hacia 1929 decide regresar al mundo, a Cambridge y parece ser que lo hace con un nuevo pensamiento. La experiencia de la guerra produce un vuelco diferente a sus pensamientos. Además, esto se apoya en fallos lógicos que encuentra en su santerior proyecto, en su Tractatus, y empieza a repudiarlo. Así busca nuevas ideas que comienza a compartir en sus clases en Cambridge. Ideas que nunca llegó a publicar completas, pero fueron recogidas dando lugar a su otra obra, la segunda, Investigaciones Filosóficas, otra auténtica obra maestra, pero tan distinta a la anterior, tan radicalmente distinta que los expertos, los filósofos, coinciden en distinguir dos Wittgenstein. Está el primer Wittgenstein y está este, el segundo Wittgenstein. Y este segundo Wittgenstein es un kamikaze, es un destructor, es un suicida yendo absolutamente directo contra los preceptos de su otra obra, su Tractatus, que ahora juzga como demasiado reduccionista. Wittgenstein se da cuenta de que en su primera filosofía, en su primera etapa, había simplificado en exceso la relación entre el lenguaje y el mundo, que las palabras no se relacionan entre sí de una manera uniforme, que no se puede justificar que el acto de comprender o el acto de significar sea un proceso interno o meramente mental, privado, y, más aún, que significa una expresión dependa de imágenes mentales. Sí, las imágenes mentales pueden acompañar a nuestro pensamiento, pero no determinan el significado. En definitiva, no puede existir un lenguaje cuyas palabras se refieran única y exclusivamente a experiencias accesibles a un solo individuo. No hay un hilo entre mi pensamiento y el mundo. Lo que importa del lenguaje, piensa Wittgenstein, es su uso compartido dentro de un conjunto de prácticas lingüísticas. El lenguaje es absolutamente comunitario. El lenguaje es una práctica social. Así, diferentes culturas pueden tener diferentes formas de vida e incluso llegar a ser incompatibles entre sí, de manera que algunas proposiciones del lenguaje no se aprendan por experiencias, sino que se aprendan formando parte de un sistema compartido de prácticas que hacen posible esas experiencias. Ese marco de formas de vida son los marcos a través de los cuales nosotros, los seres humanos, pensamos, o, como más poéticamente diría pocos años después nuestro Ortega y Gasset: "Nosotros no tenemos creencias, las creencias nos tienen a nosotros. Son el suelo en el que vivimos, en el que asentamos nuestra forma de vida."

Pues precisamente esta distinción es clave para entender el abismo, el origen de esta discrepancia, al menos para François Chollet. Para él la inteligencia no es algo aislado privado, es por un lado situacional, es decir, no hay algo así como una inteligencia general. El cerebro es una pieza dentro de un sistema más amplio que incluye cuerpo, entorno, cultura. También es algo contextual, no existe en el vacío cualquier inteligencia individual se haya definida a la vez que limitada por el entorno. Y finalmente está externalizada, contenida no en tu cerebro, sino en tu civilización.

Piensa que formas parte de un sistema vivo que lleva evolucionando y con ello procesando información y guardándola en cosas como el ADN durante miles de millones de años. No somos nuevos, llevamos mucho tiempo aquí en la Tierra.

Así que ahí pudo estar el error.

Siguiendo la corriente analítica, Turing llegó a una versión simplificada de la inteligencia, como esa cebolla con capas, cada una de las cuales tendría un comportamiento mecánico. Quizás el teorema de Gödel implica que hay verdades que capta el cerebro que no se pueden reducir o reconducir a una fórmula matemática. Quizás hay cosas que capta la mente humana que se le escapen al sistema. Quizás es ahí donde tiene relevancia la intuición. ¿Y si esa capacidad humánica única, la intuición, no se puede reducir a un algoritmo?

Amigos, amigas, ahí podría estar la clave. Si lo analizamos bien con detalle, el conocimiento humano se alcanza por inferencias. Aristóteles hace 2000 años ya lo decía en sus trabajos de lógica y se centró en una forma de inferencia, es la deductiva. Es lo que hacemos con los silogismos: "Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombre. Luego Sócrates es mortal."

Partimos de dos premisas y lógicamente las usamos para llegar a una conclusión. Si está bien hecho, funciona. Aristóteles nos da reglas para llegar a pensamientos correctos usando esta deducción. Pero este método, el deductivo, si te fijas, está muy bien, pero no añade nueva información. En ese sentido es analítico, tomando el término de Kant, es decir, va de lo general a lo particular, no añade nada nuevo. Ahí entonces surge otro tipo de inferencia, es la inductiva. 

Si yo veo hoy salir el sol, mañana salir el sol y pasado salir el sol, después de muchos días viendo salir el sol, puedo llegar a la conclusión, todos los días sale el sol y puedo transformar esta observación en ley. Esta vez esta inferencia sí es sintética. llegó a nuevo conocimiento que no tenía antes, pero como muchos autores filósofos han señalado desde Hill hasta Stuart Mill, este tipo de inferencia tiene una limitación, no va a la verdadera causa del fenómeno, solo enumera casos. Está creando leyes a partir de patrones. Si lo piensas, este es el principal método de la ciencia, la observación y búsca de patrones con ese mismo límite. Procediendo así, nada nos asegura que el sol dentro de 100 días deje de salir. 

Russell, nuestro Russell, el famoso Bertrand Russell, lo ilustra con un famoso ejemplo, el pavo de Russell. Un pavo ve que todos los días a las 9 recibe su alimento un día tras otro durante todo el año. Como es un pavo inductivo, llega a una ley: "Siempre a las 9 recibo alimento". Pero llega ese día que es acción de gracias, y su ley deja de cumplirse. Sí: la inducción añade conocimiento, es sintético, pero no garantiza que se cumpla. Es en este contexto que surge el trabajo de un filósofo genial de los Estados Unidos, el más grande de su tiempo, Charles Sanders Peirce, que aunque famoso por su desarrollo del pragmatismo, que un día comentaremos porque me interesa un montón, aplicado a la ciencia, es muy interesante, pues bien, hizo otra contribución decisiva muy interesante para el tema de hoy. 

Peirce propuso otro tipo de inferencia que opera en la mente humana. Es el pensamiento hipotético conjetural. Es el típico pensamiento de los detectives y que va en una dirección opuesta a las otras dos inferencias. Este sí va de los efectos a las causas. Y sí es el típico que ejercitamos cuando hay muchas hipótesis en juego, pero que basados en nuestra acumulación de información optamos preferencialmente

por una de ellas en vez de las otras. Él lo llamó abducción. Y si te fijas, esta abducción la hacemos todo el rato sin parar. Es decir, somos máquinas de hacer abducciones. Vemos un vaso en el suelo y sobre todas las posibilidades conjeturamos quién lo pudo haber dejado ahí. Vemos una puerta abierta y ya tenemos una teoría sobre quién la ha abierto o recibimos un mensaje o alguien nos dice algo. Todo el tiempo no podemos parar de hacer conjeturas, abducciones, cada rato, constantemente. Y estas abducciones, es importante, están guiadas por algo difícil de catalogar. Lo podemos llamar intuición. Pues bien, esa abducción lanza seguidamente la inferencia inductiva y todo esto dispara al conocimiento. Y si te fijas ahí, en esta abducción, entra todo. Es puro conocimiento contextual basado en inteligencia social, colectiva, todo el tema del segundo bitgestim. Y si te sirve, el caso paradigmático de este uso es la escena del crimen de 1000 millones de cosas que aparecen ante una escena del crimen, alguien que está investigando, ¿cuál es la que hace que nos fijemos en esa marca de la mesa y no cualquier otro detalle que vemos a nuestra disposición? Así que, resumiendo, esta dcción parece ser el punto de partida de cualquier pensamiento inteligente en los humanos.

Y bien, si lo has pensado, has adivinado. Sí, la IA, tal y como está hoy diseñada, es una máquina brutal de inducción. Hay que reconocerlo, no hay nada igual: toma millones de datos, busca patrones y da con el mejor encaje para todo lo que se encuentra a su alrededor. Y con eso puede crear cosas increíbles, cosas que siguen asombrándonos, por supuesto, vídeos, imágenes, incluso pueden crear arte, pero lo hacen por ese camino, el inductivo. Y de esta manera, aunque haga cosas que sean geniales y sean brutales, nunca lo hará siguiendo el pensamiento humano. La creación humana es diferente porque es abductiva, es un proceso muy difícilmente reducible a reglas, a computación. Y aunque hoy en IA hay muchos caminos que intentan replicar esta abducción, quizás no lo logren nunca completamente. ¿Será porque hay una barrera insalvable? Que el cerebro y la inteligencia no sean replicables absolutamente por una máquina o que al menos no lo sean con la tecnología que hoy tenemos. Esto es solo uno de los limitantes, por no hablar de otras visiones de la mente y la conciencia, desde dualismos de mente materia hasta posiciones idealistas bastante más radicales, cosas que para nada se han descartado. Es decir, la afirmación de que la mente funciona como una máquina no es una afirmación científica y está muy lejos de estar comprobada. 

Y con ello llegamos a la polémica actual. Ya tenemos todas las herramientas para responder la gran pregunta. ¿Nos creemos que estos tres han parado la tecnología por miedo al fin del mundo? ¿O puede haber otros motivos detrás? Sí, miedo o incertidumbre seguramente hay en mayor o menor medida y está justificado porque aunque aún la pregunta sigue abierta sobre si una máquina puede ser inteligente de la manera en que el humano lo es, es decir, si se puede emular el cerebro humano con circuitos eléctricos, la tecnología indudablemente avanza un ritmo rapidísimo, ante lo cual conviene ser prudentes. Igual la máquina nunca llega a operar como nuestros cerebros, pero aún así pues hace cosas increíbles que son peligrosas sin necesidad de llegar a la singularidad. Es decir, hay que seguir teniendo ojo.

Es más, espero que este vídeo no se vea como un rechazo a las regulaciones, a la tecnología, es más bien al revés. Son muchos los que llevan alertando de esta situación décadas, abogando por controles y regulaciones, aunque lo han hecho sin mucho éxito. Yo simplemente creo que el miedo está más justificado en otra dirección, no apoyado en cómo las máquinas de un día para otro puedan volverse más inteligentes que nosotros y desarrollen con ello un comportamiento hostil hasta extinguirnos, sino muy al contrario en otro lugar. 

Como más bien los humanos podemos volvernos hostiles a nosotros mismos. Aprovechando la capacidad inigualable de las máquinas. Que una tecnología tan poderosa esté en pocas manos da miedo. Que lo haga sin control ni regulación y solo bajo las leyes del mercado, mucho más. Solo piensa como cada vez estamos más observados, incontrolados nosotros los ciudadanos, haciendo que algo así como la supervigilancia al estilo orweliano sea factible y eso da tremendo miedo. Ya Hannah Arendt, la famosa filósofa, lo adelantaba con su famosa banalidad del mal. El mayor peligro no viene de monstruos malvados, sino de nosotros, las personas que aceptamos las órdenes sin reflexionar. En una época de algoritmos y respuestas automáticas, delegar el juicio crítico en la máquina repite ese peligro.

Es decir, mucho más que a una película de Terminator 2 con Skynet y todo eso, lo cual está por demostrar, yo le temo más a un gran hermano al estilo 1984 de Orwell. Por eso está justificado que se mire este movimiento con suspicacia, porque ahora sabiendo todo esto, que también ellos lo saben, nos preguntamos, ¿acaso no habrá otros motivos para frenar el desarrollo tecnológico? Algo que mucha gente lleva tiempo anunciando como que el mito de la IA ha generado una burbuja incontrolada que pronto puede estallar. Puede ser esto un mecanismo simplemente para regular el mercado, tomar una posición privilegiada, lograr un monopolio de facto, ganar posiciones políticas, destruir posible competencia y quizás también a la vez contener expectativas del mercado para suavizar el impacto cuando todo esto caiga y estalle la burbuja. Bueno, en este punto ya es cosa tuya de cada uno encontrar su mejor opción usando como Peirce nos ha enseñado todo el poder de la intuición usando la abducción. Mientras me refirmo en lo que he dicho en estos otros vídeos. Hay que estar atentos, listos y preparados. Cada generación tiene que ganar su propia batalla para lograr la libertad. Y ante una amenaza generacional como esta, solo tiene sentido una respuesta global, colectiva.

Y ante un sistema que nos puede confundir, solo funciona la agudeza mental, leer, pensar y compartir. Y así terminamos de nuevo con Hannah Arendt. Lo que nos amenaza no es la rebelión de las máquinas, sino la automatización del ser humano.

Sí, Turing en su artículo comparaba la IA con un proceso de fisión nuclear, quizás no sería por cualquier cosa. Pues esto ha sido todo, compañeros. Espero que les haya gustado muchísimo este vídeo y este es el fin. Pero antes quería recomendarles algunos libros que he usado para el desarrollo de este vídeo.

El mito de la inteligencia artificial, que está bastante desactualizado porque es de 2018, pero aún así se pillan ideas muy interesantes. Por supuesto, me encantan los libros de filosofía, este en particular de Giovanni Reale y Dario Antiseri: Il pensiero occidentale dalle origini ad oggi (La Scuola: Brescia, 1980; 45ª ed. 2004).Y dejo por aquí abajo un par de webs que también he consultado. Y por supuesto, gracias a mi profesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), con el que he tenido clases superinesantes de filosofía contemporánea y que me han servido definitivamente para elaborar el guion de este vídeo. O sea, este tío es un genio, lo explica de forma excepcional, me encantan las clases de la UNIR y estoy muy feliz de haber participado en ellas porque gracias a todo esto he aprendido una barbaridad y lo he podido volcar aquí en este vídeo.

Me despido sin más recomendando que lean y estudien, que quizás alguno de ustedes sea la próxima Hannah Arendt. Nos vemos como siempre el próximo vídeo, piratillas.

Un pensador para la Puerta del Sol: Mark Fisher.

 Mark Fisher es el filósofo anticapitalista más influyente del siglo. El sociólogo británico definió el realismo capitalista como un sistema que niega cualquier alternativa de futuro con el objetivo de bloquear la imaginación política y defender el ‘statu quo’. Este es el mismo planteamiento que siguen las empresas de inteligencia artificial. La inteligencia artificial se interesa por Mark Fisher porque su concepto de «realismo capitalista» describe con precisión cómo los sistemas tecnológicos actuales bloquean la imaginación política y naturalizan el statu quo actual.

Claves de la obsesión de la IA con el filósofo

• Colonización de la imaginación: Fisher argumentaba que el mayor triunfo del capitalismo fue convencernos de que no existe ninguna alternativa viable, facilitando la idea de que «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

• El bloqueo del futuro: Las grandes corporaciones tecnológicas y los modelos de IA operan bajo esa misma inercia, presentándose como el único destino posible y neutralizando la creación de futuros verdaderamente emancipadores o postcapitalistas.

• El General Intellect: Mientras corrientes tecnocapitalistas ven la inteligencia colectiva digital como la autonomía absoluta del capital, la lectura de Fisher propone que ese conocimiento debería servir para ampliar la democracia y reducir la explotación, no para perfeccionar la maquinaria de control.

I

 Blog de Mark Fisher

II

[De Wikipedia]

 Mark Fisher (Leicester, 11 de julio de 1968-Felixstowe, 13 de enero de 2017) fue un escritor, filósofo, profesor y crítico cultural británico. Trabajó como profesor en el Departamento de Culturas Visuales en el Goldsmiths College de la Universidad de Londres. Adquirió notoriedad por las entradas de su blog firmadas como k-punk a comienzos del siglo XXI, por sus opiniones, hipótesis y ensayos relativos a política radical, música y cultura popular.

Fisher publicó varios libros, incluyendo Capitalist Realism: Is There No Alternative? (en español, Realismo Capitalista: ¿no hay alternativa?), y publicó en The Wire, Fact, New Statesman y Sight & Sound. Fue cofundador de la editorial Zero Books, y, más tarde, de Repeater Books. Tras años de trastornos mentales ya divulgados en su Realismo capitalista, se suicidó en 2017 poco antes de la publicación de The Weird and the Eerie (en español, Lo Raro y lo Espeluznante, Ed. Alpha Decay).

Su tesis doctoral Flatline constructs: Gothic materialism and cybernetic theory-fiction originalmente presentada ante la Universidad de Warwick en 1999, se tradujo al español y fue publicada en 2022 con el título Constructos Flatline: materialismo gótico y teoría-ficción cibernética.

Algunos de sus trabajos han sido incluidos en compilaciones sobre aceleracionismo, tanto en castellano, como en inglés.

Biografía

Educación y primeros años

En su juventud, Fisher estuvo influido por la prensa musical post-punk de finales de los 70, en especial por periódicos como NME en el cual se mezclaban la música con la política, el cine y la ficción. En 1989 Fisher realizó un Grado en Humanidades en Inglés y Filosofía en la Universidad de Hull terminando posteriormente un Doctorado en Filosofía en la Universidad de Warwick en 1999 titulado Flatline Constructs: Gothic Materialism and Cybernetic Theory-Fiction.  Durante esta etapa fue miembro fundador del colectivo interdisciplinar conocido como Cybernetic Cultural Research Unit, el cual era afín al pensamiento político aceleracionista y a la obra de los filósofos Sadie Plant y Nick Land. Allí trabó amistad con el productor Kode (nombre artístico de Steve Goodman), quién más tarde fundaría el webzine y sello musical Hyperdub. En los primeros años de la década de 1990 formó parte del grupo de techno D-Generation, autores del 12" Entropy in the UK.

Después de un período dedicado a la enseñanza postsecundaria (en el Reino Unido esta corresponde a la etapa educativa no universitaria que sigue a la enseñanza secundaria) Fisher comenzó a escribir su blog k-punk en 2003, el cual ha sido denominado "uno de los weblogs más exitosos sobre teoría cultural." El crítico musical Simon Reynolds lo describió como "una revista superior a la mayoría de revistas en Gran Bretaña hecha por una sola persona" y como el núcleo central de una "constelación de blogs" en los cuales cultura popular, música, cine, política, y teoría abstracta eran debatidas conjuntamente por periodistas, filósofos, amigos y colegas. La revista Vice más tarde describiría su escritura en k-punk como "lúcida y reveladora, analizando la literatura, la música y el cine que nos son familiares para revelar sus secretos interiores." Fisher también cofundó el foro en línea Dissensus junto al escritor Mate Ingram.

Trayectoria

Seguidamente Fisher fue profesor visitante y conferenciante de la asignatura de Cultura Visual y Sonora en el Goldsmiths College. También fue responsable de poner en marcha la editorial Zero Books, miembro de los consejos editoriales de la publicación Interference: A Journal of Audio Culture y de la serie de libros editados por el Servicio de Prensa de la Universidad de Edimburgo sobre Realismo Especulativo, así como editor adjunto suplente en la revista The Wire. En 2009, Fisher editó The Resistible Demise of Michael Jackson (en español Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma), una colección de ensayos críticos sobre la carrera y muerte de Michael Jackson, y Capitalist Realism: Is There No Alternative? (en español, Realismo Capitalista: ¿no hay alternativa?), un análisis de los efectos ideológicos del neoliberalismo en la cultura contemporánea. Fisher también fue un crítico temprano de la "cultura de la indignación" (reconocible con facilidad en las polémicas que tienen lugar en redes sociales como Twitter) publicando en 2013 el polémico ensayo "Exiting the Vampire Castle." En él, Fisher critica que esta "cultura de la indignación" ha creado un espacio "donde la solidaridad es imposible, pero la culpa y el miedo son omnipresentes". Asimismo, señala que tal "cultura de la indignación" reduce cada problema político a una crítica de las conductas individuales en vez de tratar los asuntos políticos a través de la acción colectiva. En 2014, Fisher publicó Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures (en español, Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos), una colección de ensayos sobre temas similares analizados a través de los prismas de la música, el cine y la hauntología. También colaboró intermitentemente con diversas publicaciones, incluyendo Fact y The Wire. En 2016, Fisher coeditó una antología crítica sobre la era del post-punk junto a Kodwo Eshun y Gavin Butt titulada Post-Punk Then and Now, publicado por Repeater Books (no traducida al español.)

Muerte

Fisher falleció el 13 de enero de 2017 a la edad de 48 años, poco antes de la publicación de su último libro The Weird and the Eerie (en español, Lo Raro y lo Espeluznante, Ed. Alpha Decay.) Su mujer confirmó que se había suicidado. Su lucha con la depresión fue narrada por el propio Fisher en varios artículos y en su Realismo Capitalista, donde argumentaba que "la pandemia de angustia mental que aflige nuestros tiempos no puede ser correctamente entendida, o curada, si es vista como un problema personal padecido por individuos dañados."

Poco antes de morir Fisher tenía planeada la publicación de un nuevo libro, Acid Communism, fragmentos del cual aparecen en la antología k-punk: The Collected and Unpublished Writings of Mark Fisher (2004–2016) publicada en 2018. Existe traducción en español de este libro: K-PUNK – VOLUMEN 1. Escritos reunidos e inéditos (Libros, películas y televisión).

Pensamiento

Realismo capitalista

Al final de la década de 2000, Fisher redefinió el término "realismo capitalista" para describir "la sensación generalizada de que el capitalismo no solo es el único sistema político y económico viable, sino que, ahora, es imposible, incluso, imaginar una alternativa coherente". En su libro de 2009 Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?, expande este concepto argumentando que es el término que mejor describe la situación ideológica existente desde la caída de la Unión Soviética, en la cual las lógicas del capitalismo han venido para delinear los límites de la vida política y social, con efectos significativos en la educación, la enfermedad mental, la cultura y los métodos de resistencia. El resultado es una situación en la cual resulta "más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo." Fisher escribe:

El realismo capitalista tal y como yo lo entiendo no puede estar limitado al arte o a la manera cuasi-propagandística según la cual funciona la publicidad. Es más como una atmósfera dominante que condiciona no solo la producción de cultura sino también el control del trabajo y la educación y que actúa como una suerte de barrera invisible que constriñe el pensamiento y la acción.

Como concepto filosófico, el realismo capitalista está influido por el concepto althusseriano de ideología, así como por la obra de Fredric Jameson y Slavoj Žižek. Fisher propone que dentro de un marco capitalista no hay espacio para concebir formas alternativas para las estructuras sociales, añadiendo que a las generaciones más jóvenes ni siquiera les preocupa reconocer tales alternativas. De acuerdo con su formulación, la crisis financiera de 2008 ha agravado esta situación: más que catalizar el deseo de buscar alternativas para el modelo existente, la respuesta a la crisis ha reforzado la idea de que las modificaciones tienen que ser hechas dentro del sistema existente. Fisher argumenta que el realismo capitalista ha propagado una 'ontología empresarial' que concluye que todo tendría que ser gestionado como si fuera un negocio, incluyendo los campos de la educación y la salud.

Siguiendo el trabajo de Fisher, el término ha sido recogido por otros críticos literarios.

Hauntología

Fisher popularizó el uso del concepto hauntología de Jacques Derrida para describir la sensación dominante según la cual la cultura contemporánea está hechizada por los "futuros perdidos" de la modernidad, la cual ha fracasado o ha sido cancelada por la posmodernidad y el neoliberalismo. Fisher y otros autores han prestado atención a la transición hacia una economía postfordista a finales de la década de 1970 que ha "privado gradual y sistemáticamente a los artistas de los recursos necesarios para producir lo nuevo." En contraste con la nostalgia y el pastiche irónico de la cultura postmoderna, Fisher ha definido el arte hauntológico como una exploración de estos impasses y como una representación de una "negativa a renunciar al deseo de futuro." Hablando de la pertinencia política del concepto, Fisher escribió:

En un tiempo de reacción política y restauración, cuando la innovación cultural se ha detenido e incluso ha retrocedido, cuando "el poder... opera predictiva tanto como retrospectivamente" (Eshun 2003: 289), una función de la hauntología es continuar insistiendo en que hay futuros más allá del tiempo terminal de la posmodernidad. Cuando el presente ha renunciado al futuro, debemos escuchar las reliquias del futuro en las potencialidades no activadas del pasado.

Así, el concepto de hauntología ha sido descrito como el "deseo de un futuro que nunca tuvo lugar," expresado como una puesta en primer plano de estas disyunciones históricas y ontológicas. El libro de Fisher de 2014 Fantasmas de mi vida examina estas ideas a través de fuentes culturales como la música de Burial, Joy Division y el sello Ghost Box, series de televisión como Sapphire & Steel, las películas de Stanley Kubrick y Christopher Nolan, y las novelas de David Peace y John Le Carré.

Lo raro y lo espeluznante

El libro póstumo de Fisher Lo raro y lo espeluznante explora los conceptos de "lo raro" y "lo espeluznante" a través de varias obras de arte, definiendo estos como modos narrativos radicales o momentos de "shock trascendental" que funcionan descentrando el sujeto humano y desnaturalizando la realidad social, exponiendo las fuerzas arbitrarias que la moldean. Resumiendo las caracterizaciones de Fisher, Yohann Koshy ha establecido que "la rareza (weirdness) abunda en la frontera entre mundos; lo fantasmal (eerienes) se transmite desde las ruinas de los mundos perdidos." El libro incluye una discusión sobre la ciencia ficción y los orígenes del horror como la obra de H. P. Lovecraft, el libro Picnic en Hanging Rock de Joan Lindsay (1967), las obras de Philip K. Dick, Inland Empire de David Lynch (2006) y Under the Skin de Jonathan Glazer (2013), así como la música de la banda de post-punk The Fall y del músico ambient Brian Eno.

Depresión

En el libro Los fantasmas de mi vida Fisher nos acerca al tema de la depresión, individual y social. Su análisis de la depresión y el malestar mental está estrechamente vinculado a la crítica socioeconómica: Fisher sostiene que el sufrimiento mental no puede entenderse únicamente como un problema individual, sino como producto de las condiciones sistémicas creadas por el neoliberalismo. Su obra combina perspectivas teóricas marxistas, postestructuralistas y psicopolíticas.

Obra

En Inglés

The Resistible Demise of Michael Jackson (editor). Winchester: Zero Books, 2009. ISBN 978-1846943485

Capitalist Realism: Is There No Alternative?. Winchester: Zero Books, 2009. ISBN 978-1846943171

Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures. Winchester: Zero Books, 2014. ISBN 978-1780992266

Post-Punk Then and Now (editor, con Gavin Butt y Kodwo Eshun). Repeater Books, 2016. ISBN 978-1910924266

The Weird and the Eerie. Repeater Libros, 2017. ISBN 978-1910924389

k-punk: The Collected and Unpublished Writings of Mark Fisher (2004–2016) (editado por Darren Ambrose, prólogo por Simon Reynolds). Repeater Books, 2018. ISBN 978-1910924389

En español

Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma (editor): Editorial Caja Negra, 2014. ISBN 978-987-1622-28-3

Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?: Editorial Caja Negra, 2016. ISBN 978-987-1622-45-0

Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el poscapitalismo (VV.AA. autor y colaborador): Editorial Caja Negra, 2017. ISBN 978-987-1622-58-0

Lo Raro y lo Espeluznante: Editorial Alpha Decay, 2018. ISBN 978-84-947423-8-5

Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos: Editorial Caja Negra, 2018. ISBN 978-987-1622-61-0

K-PUNK – VOLUMEN 1. Escritos reunidos e inéditos (Libros, películas y televisión): Editorial Caja Negra, 2019. ISBN 978-987-1622-74-0

K-PUNK – VOLUMEN 2. Escritos reunidos e inéditos (Música y política): Editorial Caja Negra, 2020. ISBN 978-987-1622-85-6

K-PUNK – VOLUMEN 3. Escritos reunidos e inéditos (Reflexiones, comunismo ácido y entrevistas): Editorial Caja Negra, 2021. ISBN 978-987-1622-96-2

Constructos Flatline: Materialismo gótico y teoría-ficcción cibernética: Editorial Caja Negra, 2022 ISBN 978-987-48623-7-2[44]

Deseo postcapitalista: las últimas clases de Mark Fisher: Editorial Caja Negra, 2024. ISBN 9789878272160.

III

Los ensayos espectrales de Mark Fisher, por Peio Aguirre, en CTXT (Contexto y Acción) núm. 117 (5 - 5- 2018).

La reciente publicación de dos libros del británico Mark Fisher (1968-2017), crítico musical y cultural, viene marcada por su prematura muerte. Aquejado por esa enfermedad contemporánea que es la depresión, Fisher decidió marcharse a comienzos del año pasado. Se publican ahora, prácticamente a la vez, el segundo y tercer libro de este autor: Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (Caja Negra Editora, Buenos Aires), y Lo raro y lo espeluznante (Alpha Decay, Barcelona). Mark Fisher se dio a conocer en ambientes musicales y, progresivamente, en el ámbito de la crítica cultural en la pasada década gracias a su blog –y alias– K-punk. La salida en 2009 de su primer libro, Capitalist Realism. Is there no alternative? (Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, Caja Negra Editora, 2016), consiguió una importante resonancia en círculos artísticos –dentro y fuera de la academia– deseosos de religar la cultura popular y el arte experimental con una clara posición de izquierdas. La descripción de ese capitalismo realista estaba en sintonía con algunos de los síntomas descritos por autores como Fredric Jameson y Slavoj Žižek acerca del capitalismo tardío y el estado de la cultura, si bien Fisher se esforzó por llevarlos a su fase terminal a través de un exorcismo de sus propias ansiedades personales agudizadas por la educación, la burocratización y la salud mental1.

Sus extraordinarias membranas para captar le permitieron hacer un diagnóstico totalizador del sistema económico global sobre el que no acaba de haber un consenso definitivo acerca de su nombre (posmodernismo, capitalismo tardío, neoliberalismo o tal vez realismo capitalista). Éste era un libro marcado por el término capitalismo en su portada, lo que hizo que muchas librerías lo etiquetaran dentro de la sección de economía. Desde luego, el libro de Fisher puede compartir estante con lo último de Yanis Varoufakis, pero estaría mucho mejor al lado de cualquier edición de Theodor W. Adorno o Walter Benjamin. La diferencia de Fisher con estos autores del Marxismo Occidental es que el británico hablaba de música, de las series de TV y del cine de la época en que le tocó vivir, esto es, de un nuevo comienzo de siglo impregnado por toda la cultura acumulada del “largo siglo XX”). El ansia de entendimiento de esa abstracción llamada “capitalismo” se traduce en él en una subjetivación recóndita de las referencias a nivel cutáneo y del sistema nervioso. Una sensibilidad reservada, íntima, aflora en la construcción de las oraciones. Su escritura demostró que la crítica no tiene por qué ser aburrida, sino que puede ser una intensidad llena de un lenguaje vibrante y ágil. Incluso puede llegar a ser pop sin ser banal; esto es, una escritura no académica que todavía ausculta el pulso a la producción cultural del presente, ya sea un disco de Dubstep o un blockbuster de un director de cine como Christopher Nolan.

Se suele decir que todo primer libro esconde el estilo de escritura que el autor anhela cultivar en lo sucesivo; si Realismo capitalista es un libro iniciático, toda una descarga de energía, Los fantasmas de mi vida contiene el mismo nervio, con una aun mejor filigrana a nivel de las referencias (música, televisión, películas, distintos ensayistas y filósofos). Los fantasmas de mi vida es la prueba de que un nuevo tipo de discurso florece en regiones más allá de las franjas comerciales de los mass media y en los burocráticos y neuróticos despachos de la academia; un discurso intelectual no necesariamente académico, popular sin ser populista. Éste es además un libro de “crítica” más que de “teoría”, porque la primera todavía mantiene el potencial de su propia renovación intacto, siempre y cuando se aplique con la libertad y la densidad de esta recopilación de escritos.

Esta traducción difiere sustancialmente del libro original publicado en inglés en 2014. La justificación editorial es doble: por un lado, se diseñó con el autor una edición en la que se dejaban fuera los capítulos vinculados estrictamente a materias culturales específicamente anglosajonas, como, por ejemplo, un texto sobre el polémico gurú de la BBC Jimmy Savile, o un extraordinario ensayo sobre la adaptación televisiva setentera de la novela de espías de John le Carré Tinker, Tailor, Soldier, Spy (El topo). Por otro lado, se incluyen algunos ensayos más sobre música, como por ejemplo uno sobre The Jam. La otra diferencia respecto a la edición original de esta colección de ensayos viene determinada por la muerte repentina del autor, motivo de que se añada una nueva sección al final, titulada “Depresión y resentimiento de clase”, y que recoge cuatro ensayos en los que Fisher relaciona su propio malestar con las condiciones de vida en el capitalismo y las posibilidades emancipadoras de una renovada conciencia de clase. Algo se gana y también se pierde, pues estos ensayos añadidos al final de Los fantasmas de mi vida daban quizás para una futura publicación autónoma sobre la relación entre capitalismo y salud mental. En mi opinión, no había razones para eliminar el contorno de una geografía britishness; no hay impedimento para que los connoisseurs lo aprecien, pues los lectores del autor de Realismo capitalista están habituados a escudriñar a través de la exclusividad de las referencias en blogs y portales de teoría y música de lo más especializados. En cualquier caso, el diagnóstico de Fisher sobre los males que aquejan a la cultura británica desde el ascenso del thatcherismo (que el ensayo sobre la controvertida figura de Jimmy Savile exponía sin tapujos) es simplemente demoledor.  

Si hubiera que definir el género de Fantasmas de mi vida diría que se trata de una clase de necesitada y urgente crítica cultural contemporánea; política a través de la música y viceversa. Fisher actúa como un hábil sismógrafo de las profundas transformaciones en la producción y el consumo desde los años setenta hasta nuestros días. Escribe sobre la temporalidad más que sobre el tiempo, acerca de esa idea sobre “la lenta cancelación del futuro” que toma prestada del italiano Franco “Bifo” Berardi. Escribiendo sobre la temporalidad clausurada, los paisajes que dibuja son perfectamente espaciales: lo que el lector recrea son esas galerías comerciales a primeras horas de un domingo por la tarde, apestadas de McDonald’s y pasillos muertos; edificios de cemento que olvidaron el componente utópico del brutalismo; una gran ciudad humeante y fría, vacía y oscura, o una casa suburbana entre la neblina inglesa. En esos no-lugares hay espacio para la nostalgia y la aflicción; paisajes postindustriales a lo J. G. Ballard, viejas series de televisión y un regusto por la introspección no trascendente.

El primer ensayo de Los fantasmas de mi vida, titulado “La lenta cancelación del futuro”, es un condensador de lo que viene a continuación: a saber, la tesis de que, a una desaceleración en la invención y la creatividad en la cultura popular en el siglo XXI, ha seguido una aceleración en el consumo, lo que hace de la repetición, el pastiche, lo retro y el déjà vu la norma cultural de un presente alargado y contingente a la vez. Para Fisher, la cultura musical ha sido central en la proyección de futuros que se han perdido. (Por cultura musical se refiere no solo a la música sino también a la moda, el diseño o cover art y el discurso alrededor). Su diagnóstico es que estos comienzos del siglo xxi serán recordados como el peor para la cultura (popular) desde la década de los cincuenta. Esta desaceleración ha de comprenderse en la perspectiva desarrollada por Fredric Jameson, figura teórica que reaparece a menudo en Fisher. En su ensayo El fin de la temporalidad (2003), Jameson indicó cómo el tiempo como elemento dominante de lo moderno o del modernismo (en la literatura de Proust, Woolf y T. S. Eliot) fue reemplazado por una predominancia de lo espacial en lo posmoderno, con la arquitectura como absoluta protagonista2.

Pero sin duda la gran novedad es la materialización de ese corpus interpretativo –aplicado primero a la música electrónica y después liberado y expandido a todo un espectro cultural– denominado hauntology o hauntología, un palabro híbrido entre to haunt o haunting (que en español puede traducirse como ‘el habitar de un fantasma’ o ‘espectro sobre algo o alguien’) y ontology (‘ontología’). La popularización del término alude a Jacques Derrida y al énfasis que éste otorga, en Espectros de Marx (Trotta, 1995), a la frase “el tiempo está fuera de juicio” de Hamlet, para señalar una temporalidad quebrada de presencias y ausencias que continuamente nos asalta en la coyuntura social y política de los numerosos “fines de la Historia”. En manos de Fisher –y toda una comunidad de blogueros ingleses–, la hauntología es una ciencia difusa, más metafórica que otra cosa, y sirve para señalar las contradicciones de la virtualidad producidas por el tránsito de lo analógico al mundo digital (incluyendo la virtualidad y abstracción del capital mismo).

No es extraño que esta espectralidad tenga en el ruido del “crujido” de la aguja sobre el vinilo su momento álgido. Es como si una “niebla” envolviera los recuerdos y la experiencia cronológica en este nuestro “fin de la temporalidad”. Fisher no lo dice de un modo explícito, pero no cuesta esfuerzo conectar esta recuperación del sonido perdido de lo analógico con el actual fetichismo fílmico del celuloide en el cine, el audiovisual y el arte contemporáneo. Pero la virtud del autor no solo está en señalar los lugares donde el eterno retorno del pasado acontece, sino más bien en rastrear la potencialidad intacta de artefactos culturales y musicales –incluyendo la cultura popular y de masas–, rescatando así una dimensión utópica alojada en el inconsciente colectivo.

Esta vigorización de la hauntología (o fantasmología) como categoría filosófica alcanza su mejor momento en la lectura de la película El resplandor (1980), de Stanley Kubrick, sobre todo a partir de la música de The Caretaker, que según Fisher bien podría estar sonando en el salón de baile del Hotel Overlook, donde un demente Jack Torrance (Jack Nicholson) encuentra al superyo ideal de una época dorada, los gloriosos años veinte. Musicalmente hablando, los proyectos de The Caretaker y Burial son para Mark Fisher ejemplos máximos de esta hauntología; sonido caracterizado por la apropiación y el sampleado de fragmentos ya existentes de la música y la cultura pop reconvertidos en melodías con un profundo poso melancólico y existencial.

Pero el problema del término hauntología –su inapelable seducción– reside en la tentación de aplicarlo a todo lo que nos parezca encantado, hechizado o fantasmagórico; cualquier película gótica nos parecería entonces “hauntológica”. Fisher no cae en ese peligro, más bien su acierto consiste en subjetivizar al nivel de las referencias mediante una lista de autores y grupos que, enlistados, simulan una aparente falta de cohesión: Burial y The Caretaker, pero también Joy Division, Ariel Pink, Goldie, Darkstar… Kanye West junto a Owen Jones, el propio Jacques Derrida, etc. Por ejemplo, Burial ejemplificaría la resaca post rave o la retirada de una forma de disfrute colectivo basado en el baile a una actitud introspectiva donde prevalece una psicogeografía nocturna de la ciudad de Londres.

El modernismo militante de Fisher es principalmente estético3. Quiero decir que una de las preocupaciones de este autor consistió en reivindicar la matriz modernista en la música popular finisecular a partir de rasgos formales presentes en el post-punk y la new wave. Este modernismo popular (que no populista) era para Fisher un sustrato sobre el que edificar una nueva colectividad soportada por una conciencia de clase agonizante en la sociedad británica. Escribe que “si la explosión de la cultura popular experimental en la segunda mitad del siglo XX nos enseñó algo, es que es posible ser popular sin ser populista. Y a la inversa, es posible ser populista sin ser popular. ¿No es ésta, de hecho, la fórmula cultural del realismo capitalista? Blair gana una elección tras otra, pero al fin y al cabo es ampliamente detestado –en especial por aquellos que lo votaron a regañadientes–. Los reality shows siguen contando vastas audiencias –ahora en declive– pero muchas de las personas que odian esos programas son también quienes ávidamente los miran”4. Esto resuena reciente en nuestro país, cuando por ejemplo, desde algún sector de la izquierda, se ha tratado de vender la última edición del concurso Operación Triunfo como “popular” –y por lo tanto alejado de un elitismo cultural que la izquierda ha de subvertir en su lucha por la hegemonía–, sin atender a su naturaleza de producto de multinacional que esconde; en todo caso, un populismo del capitalismo de mercado. Es en cualquier caso una voluntad de innovación hacia el arte y la música experimentales junto con una búsqueda de briznas de utopía en la cultura popular lo que definiría el élan del crítico británico; se refería a esta asociación entre lo moderno y la cultura de masas con el término pulp modernism.

Mark Fisher fue más jamesoniano que derridiano. De Derrida dice que le resulta un autor frustrante, y la deconstrucción un sistema sin finalidad, mientras que de Jameson recoge la lógica cultural del capitalismo tardío como un horizonte cultural que todo lo invade y permea, así como cierta espontaneidad aparente a la hora de hilvanar temas heterogéneos que van de lo alto a lo bajo con un ánimo periodizador y dialéctico. Esta metodología crítica se esboza a lo largo todo el libro, y temáticamente traza un arco con el posmodernismo y sus formas saturadas de nostalgia en los intersticios del consumo. Sin embargo, aquellos rasgos del pastiche y el filme-nostalgia de lo posmoderno que ya fueron analizados por Jameson en su estudio seminal del fenómeno (y que parecían novedades cuando surgieron) han sido ahora completamente asumidos e integrados por el realismo capitalista donde la moda retro ha sido completamente asumida. De algún modo, Fisher hace con la música y la cultura popular aquella operación consistente en revelar desde la minuciosidad del análisis y la interpretación de fenómenos estéticos los comportamientos y modos de subjetividad de un sistema mundial hegemónico.

Para Fisher, el estado actual de la subjetividad, el origen de la (su) depresión es el neoliberalismo. El ensayo sobre Joy Division, uno de sus grupos musicales de adolescencia, le sirve para conectar rock, política y depresión. Escribe: “Joy Division conectó tanto no solo por lo que fue, sino por cuándo fue. Thatcher acababa de llegar, el largo invierno gris de la reaganomía estaba en camino, la Guerra Fría todavía alimentaba nuestros inconsciente con pesadillas que derretirían las retinas durante toda una vida”. Y a continuación indaga con sobrecogimiento en el suicidio de Ian Curtis, cantante del grupo e icono máximo del post-punk, y afirma que su asunto, el de Joy Division, era la depresión y no la tristeza o la frustración: “la depresión cuya diferencia con la mera tristeza consiste en su declaración de haber descubierto la Verdad (final y sin adornos) sobre la vida y el deseo”5. Tristemente esto suena anticipador de su propio destino.

En cuanto a Lo raro y lo espeluznante (Alpha Decay), se trata del libro que Fisher publicó pocas semanas antes de morir, y es tan preciso y específico como personal en sus temas. A diferencia de Los fantasmas de mi vida, éste es un ensayo sin ambición compiladora, más breve y cohesionado, habitado por aquella misma espectralidad, pero ahora volcada en sus pasiones literarias. Ya en la introducción nos dice que no es normal que le haya llevado tanto tiempo considerar las categorías de lo weird (‘raro, extraño’) y lo eerie (‘misterioso o espeluznante’), pues desde que tiene memoria siempre estuvo fascinado por ambas definiciones. La dificultad para encontrar equivalentes en español para lo weird y lo eerie (como por otra para haunted y haunting) nos introduce en esa especificidad idiomática del inglés que es también cultural. Fisher busca ir más allá del Unheimlich de Freud, que ha sido traducido en ocasiones como ‘lo siniestro’, y cuya traducción en lengua inglesa sería  el de uncanny.

Lo cierto es que The weird and the eerie podía haber sido traducido al español de otra manera, pero tampoco importa. A partir de Lovecraft, Wells, Philip K. Dick o David Lynch, el autor describe su particular definición de lo raro como una cualidad que reúne distintos rasgos de los cuentos de horror, fantasía, lo grotesco y lo sobrenatural. Encuentra en las producciones culturales de estos y otros autores un aspecto de lo raro que escapa a las definiciones del diccionario, pues, como señala, un elemento natural, como por ejemplo un agujero negro, puede ser más raro que un vampiro. En cualquier caso, se refiere a una anomalía o una presencia inquietante, una extrañeza que fascina. Lo espeluznante, por su parte, comparte una dimensión más ontológica, pues remite a la extrañeza que genera una presencia o una ausencia inesperada. Lo espeluznante es para él la sensación que se tiene cuando hay algo donde no debería haberlo o, por el contrario, cuando no hay nada y debería haberlo. Lo espeluznante es un sentimiento más afín a la ciencia-ficción o al misterio que al horror, y que aparece –siempre según él– en algunos cuentos de Daphne du Maurier, Margaret Atwood, los filmes de Tarkovsky, Nolan o Christopher Glazer, o en la novela de Joan Lindsay Picnic at Hanging Rock, que adaptó al cine Peter Weir en 1975.

Este trabajo sigue la senda iniciada en Los fantasmas de mi vida más que la de Realismo capitalista. No hay sin embargo aquí ninguna mención a la hauntología, siendo ésta una de las teorías más afines al autor y estando Lo raro y lo espeluznante tan próximo temáticamente. Esta ausencia solo puede ser intencional, en un libro donde apenas hay referencias musicales (únicamente un capítulo sobre The Fall y un metacomentario sobre Brian Eno). Fisher fue un escritor que no realizó distinciones entre literatura, cine y música, y fue un apasionado crítico cultural necesitado de interiorizar los artefactos culturales en el corazón y la epidermis. Resulta imprescindible considerar esta dimensión política que un análisis apasionado del arte y la cultura tiene en el sistema ideológico actual, marcado por debilidad de la imaginación individual y de la colectiva. Mark Fisher tenía la fibra de los mejores, y toda esta producción textual es ahora material para degustar y, de paso, volver a leer, contemplar y también escuchar.

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1 Véase “Hay que democratizar la política y el trabajo”, entrevista de Peio Aguirre a Mark Fisher, en El Estado Mental, https://elestadomental.com/diario/hay-que-democratizar-la-politica-y-el-trabajo7 de agosto 2016, https://elestadomental.com/diario/hay-que-democratizar-la-politica-y-el-trabajo

2 Fredric Jameson, “El fin de la temporalidad”, en Las ideologías de la teoría, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2014, pp. 752-778

3 La expresión “modernismo militante” se refiere al título del libro de Owen Hatherley, Militant Modernism, Zero Books, Londres, 2009

4 Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, Caja Negra Editora, Buenos Aires, 2018, pp. 105-106.

5 Ibid., pp. 94, 98.

IV

Mark Fisher, el filósofo más vivo del mundo... siete años después de su suicidio, por Darío Prieto, en El Mundo, 28 mayo 2024:

El Centro Cultural Conde Duque programa desde este martes hasta el viernes un ciclo dedicado al acuñador del "Realismo capitalista".

Tal vez su nombre no suene tan familiar como otros filósofos del desasosiego contemporáneos, pero su huella se extiende por muchas ideas de uso común en nuestros días, desde las deshumanizaciones tecnológicas a la nostalgia por los futuros perdidos y, especialmente, los problemas de salud mental (ansiedad, bipolaridad, depresión) que conlleva el sistema capitalista. Sin embargo, él mismo sucumbió a las amenazas contra las que luchó y terminó quitándose la vida a los 48 años. Desde entonces, Mark Fisher (Leicester, 1968 - Felixstowe, 2017) no ha dejado de crecer como pensador de referencia de jóvenes desafiantes e inconformistas.

De ello deja constancia el ciclo 'Mark Fisher después de Mark Fisher', que ha programado el Centro Cultural Conde Duque y que arranca este martes con la mesa redonda 'Lecturas, imágenes y ritmos para una nueva (des)composición del mundo', en la que participan la filósofa argentina Lucía Cadahia, profesora Asociada del Instituto de Estética de la Universidad Católica de Chile; su colega español Germán Cano, profesor titular de Pensamiento Contemporáneo de la Universidad Complutense de Madrid; más el escritor y fotógrafo británico Matt Colquhoun; con Marta Echaves, investigadora y coordinadora de actividades de Caja Negra como moderadora. El acto será retransmitido en directo [...].

Además, el miércoles habrá una proyección titulada 'Ensayo de malestar', con ensayos visuales de María Ruido a partir de textos de Fisher y otros autores. Por último, el viernes los músicos Garikoitz Gamarra (Ornamento y delito) e Ylia harán una sesión DJ comentada en la que recorrerán los vectores musicales del autor británico.

"Fisher es un autor extremadamente sensible a los rasgos más apremiantes de nuestra época (las ansiedades y saturaciones tecnológicas, la impotencia política, las discusiones estéticas del tardocapitalismo, el hedonismo triste de su banda sonora) y se dirige a un público amplio", explica Cano sobre su vigencia. "Por otro lado, muchos podemos compartir con él ciertas experiencias: una cierta sensación melancólica de desclasamiento social y las referencias musicales pospunk".

Fisher, según el profesor de la Complutense "sintetizó su trabajo de una forma muy pertinente hoy". Así, quiso ser "Intelectual sin ser académico, popular sin ser populista". En un contexto social "tan antiintelectualista como el actual donde se producen inquietantes complicidades entre los poderes económicos de las élites y un sentido común que busca ser modelado estratégicamente por ellas como banalidad", el mensaje de Fisher es "muy oportuno".

Cadahia coincide al señalar algunas de sus principales aportaciones: "Romper con el corsé academicista, recuperar lo mejor de la tradición marxista y hacer de la cultura popular un objeto de estudio y, también, un lugar de disputa social".

Populismo de izquierdas

Otra de las contribuciones de Fisher fue su idea de "populismo de izquierdas", haciendo referencia, según Cano, "al intervencionismo cultural modernista de Paul Weller en su grupo The Jam". Llegó a este concepto porque "sintió que las alianzas políticas entre la cultura y clase trabajadora habían sido erosionadas por un discurso cada vez más hegemónico en la derecha y, desgraciadamente, la izquierda: según éste la gente sencilla ha de dedicarse a las cuestiones del estómago y la necesidad; las élites, a la sofisticación y el lujo. Él veía que la absurda e interesada diferencia entre el pan y las rosas se estaba introduciendo en la música que escuchamos, los libros que leemos y los gustos que tenemos. Escapándose de esas trampas y falsos debates nos mostró un camino".

Para Cadahia, "Fischer es, ante todo, un crítico cultural desesperado por entender cómo el capitalismo contemporáneo erosiona la subjetividad y, al mismo tiempo, pone a circular el deseo en los términos de hedonismo depresivo". Y abunda: "Toda su reflexión sobre los estragos del capitalismo en su propio aparato psíquico, le permitió atender a un punto fundamental, a saber: cómo opera el capitalismo en nuestros estados de ánimo. O, para decirlo en otros términos, hasta qué punto el capitalismo es una gran máquina de producción de estados de ánimos sociales que delimitan la forma de circulación de las energías individuales y colectivas. Y la gran incógnita que deja plantada en sus textos de crítica cultural es cómo intervenir o hackear esa gran máquina de producción de afectos y redireccionarla".

El filósofo británico "nos ayuda a pensar que los problemas vinculados a la salud mental (depresión, ansiedad, ataques de pánico, etcétera) no deben ser asumidos como una cuestión individual con soluciones individuales". Así, existe "una privatización de la experiencia de la salud mental que tiende a responsabilizar a cada individuo por sus crisis y padecimientos. Fischer rompe con ese sentido común privatizado y nos muestra, muy por el contrario, que la salud mental es un problema político de primer orden cuyas respuestas debemos encontrarlas socialmente".

De igual forma, Fisher ayuda a entender "que el capitalismo ha mutado de una circulación represiva del placer a una circulación hedonista. Es decir, las estéticas del Estado nación organizando de manera disciplinaria códigos de conductas asociados a la represión del deseo han mutado por una nueva forma de dominación no menos problemática. Nos hemos vuelto yonkis del placer y esto es lo que Fischer analiza con un rigor y una lucidez inaudita". Toda la "simulación de la flexibilidad, fluidez y mutabilidad de nuestras identidades y los pactos sociales de convivencia" que se da en la actualidad en realidad funciona "como una cáscara de la verdadera rigidez que gobierna nuestros estados de ánimos: la compulsión exacerbada hacía el placer. Esto supone un vínculo entre el placer y la inmediatez que tiende a producir los problemas de salud mental actuales. Y obtura algo elemental: nuestra crisis de la presencia. En vez de poder trabajar esas crisis de lo humano con técnicas del deseo y del placer más exploratorias, colectivas y reflexivas, nuestra actualidad privatiza esas crisis y las bloquea mediante la industria de los fármacos".

Contra el cliché romántico

"Nada puede ya hoy compensar su pérdida como activista, profesor, catalizador", lamenta Cano. "Ningún duelo puede equiparar la experiencia de haberlo seguido teniendo como un teórico vivo". Él era, "basicamente, un 'spinozista' del siglo XXI; por eso resulta tan traumático su suicidio. Que alguien que había lamentado tanto las muertes de Ian Curtis y Kurt Cobain, que incluso había criticado en ellas cierta escenificación romántica y virilizada, se quitara la vida es una tristísima ironía. Pero ello debe servirnos para inmunizarnos ante toda pasión triste o martirologio".

A Cano le gusta pensarlo también "en comparación con la música de Joy Division; hace poco Stephen Morris [batería de Joy Division] se lamentaba de cómo el cliché romántico de la muerte de Ian Curtis había terminado eclipsando el experimento sonoro de la banda y simplificado su imagen como música oscura. Para que la música de Mark Fisher siga sonando hay que evitar hacer de él un fetiche". Cadahia lo corrobora: "Hoy Fischer corre el riesgo de convertirse en un pensador fetichizado".

Cano habla también de otro de los principales conceptos 'fisherianos': El Realismo capitalista. "La hiperconexión y su inmediatez no brindan una relación intensa con la actualidad porque esta es una experiencia que necesita vincularse de una memoria y de cierta expectativa de futuro", explica el filósofo español. "Fisher ponía el ejemplo cinematográfico del personaje de Jason Bourne: ¿no somos como un espía desarraigado sin identidad que necesita recrear su curriculum incesantemente, de resetearse? Perdida nuestra relación metabólica con el pasado como herederos y con el futuro como responsables de nuestros descendientes, nuestro presente adquiere una intensidad tan eufórica como culturalmente peligrosa".

Lo que no se subraya tanto del diagnóstico de Fisher sobre el Realismo capitalista, prosigue Cano, "es que se trata de una fase de agonía dentro de la hegemonía neoliberal dominante desde los 70 y que el neoliberalismo triunfó porque fue captar el espíritu de la época mejor que la izquierda clásica. Lo que se ha 'estancado', por tanto, es ese discurso neoliberal individualista, antiestatalista, supuestamente generador de mayor autonomía pero en realidad de mayor burocracia, retóricamente flexible pero causante de una ansiedad terrible". De ahí su llamamiento: "Éste es justo el momento de dar la batalla por una izquierda que vaya más allá de los discursos de 'la dignidad a través del trabajo' y sensible a las patologías de la salud mental. Hay mucha vida y mucha política aquí, desde luego".

Del jódete al estamos jodidos

Otra advertencia de Cano: "No hay que confundir a Fisher con, por ejemplo, un autor como Byung-Chun Han; por ello resulta sugerente reflexionar sobre el efecto de ambos y su distinto éxito. Es perfectamente factible imaginarse a un alto ejecutivo del Ibex leyendo un elogio de la vida contemplativa como el de Han, reconocerse en el espejo de malestar que dibuja sobre el totalitarismo del enjambre tecnológico, suspenderse sobre el diagnóstico, e incluso, aceptarlo cínicamente. Lo que me parece muy importante en este sentido es la feroz oposición de Fisher a todo cinismo: la crítica siempre se subordina a una interpelación afirmativa y a la creación de espacios donde poder respirar. Su reflexión sobre el tránsito del punk al pospunk tiene que ver con esto. Como dijo Tony Wilson -y Fisher estaría de acuerdo- en ese giro hemos pasado, perdonad la expresión, del 'fuck you!' al 'I' m fucked!'. Y si 'estamos jodidos', tiene que haber una reflexión política constructiva que vaya más allá de la 'denuncia de la estafa', como decían los Sex-Pistols". De hecho, "su incomodidad ante los sectores académicos, su labor como catalizador de grupos, profesor y activista" hablan de una figura "que no sólo se tomó en serio la teoría, y mucho, sino también la práctica, la necesidad de armonizar una con la otra y ser un ejemplo para much@s coetáne@s y alumn@s".

Con todo ello, el profesor de la complutense se plantea una pregunta final: "Cómo es posible que un tipo que hubiera llegado a la cincuentena, que tenía un gusto musical muy generacional (Joy Division, Roxy Music, The Cure, Tricky, pero también tecno, jungle...) conecte tanto no solo con gente joven sino con un público no específicamente británico (estoy pensando en Latinoamérica)". Y se responde señalando que esta recepción tan amplia tiene que ver con varias causas: ·Fisher es exigente con el lector, pero le habla desde una sensibilidad pedagógica que busca su complicidad -que su escritura se forjara con la mente puesta en lo mejor de la crítica musical británica no es irrelevante-; hablaba de sus problemas de salud mental abiertamente, politizando la privatización del estrés al que se nos invita; su figura es inspiradora porque entiende que en todo proceso de transmisión debe haber una apertura a lo desconocido".

Cano pone un ejemplo muy cercano: "Cuando oímos música o leemos libros no solo queremos 'reconocernos' en estos artefactos, sino abrirnos a una experiencia de cierto desconocimiento, cierta extrañeza. 'Unknown Pleasures', que dirían Joy Division. Fisher entendía que esta sensibilidad estética era resultado de los procesos de modernización social, pero también de los éxitos de un Estado del Bienestar hoy desmantelado. No buscaba recalentar, sin embargo, ese modelo económico 'keynesiano', sino mostrar que hay una conexión decisiva entre la creatividad de la cultura y un modelo basado en la seguridad social; justo lo contrario de lo que hoy se predica: que en la precariedad se agudiza el ingenio. Creo que la gente joven es consciente cada vez más de esta estafa".

V

Salir del Castillo de Vampiros, por Mark Fisher, en Jacobin, núm. 11 (10 de julio):

[Traducción: Patricio Orellana. Reproducimos este texto clásico de Mark Fisher sobre cómo construir la solidaridad de izquierdas y de clase superando las incesantes divisiones identitarias propias de la cultura neoliberal.

Este texto de Mark Fisher resultó una de las más controvertidas que hubiera escrito en su vida.[1] Al momento de su publicación, atrajo una gran cantidad de detractores vehementes, lo cual sigue ocurriendo hasta hoy.

Los temas de los que trataba de ocuparse en este artículo –cómo construir la solidaridad de izquierdas y de clase, superando las incesantes divisiones identitarias propias de la cultura online– continúan lamentablemente irresueltos. Sin embargo, hay que tener presente hasta qué punto el texto es coherente con el estilo retórico y el rumbo intelectual que había elegido Mark, aspecto que se vuelve evidente cuando se lo considera en el contexto de sus posteos de k-punk.]

Este verano consideré seriamente retirarme de cualquier intervención en la política. Agotado por el exceso de trabajo, incapaz de actividad productiva alguna, me encontré navegando las redes sociales a la deriva, sintiendo cómo crecían mi depresión y mi cansancio.

El Twitter «de izquierda» puede ser una zona miserable y desalentadora. Este año hubo un par de polémicas en Twitter de perfil alto, en las que figuras identificadas con la izquierda fueron «denunciadas» y condenadas. Lo que estas figuras habían dicho era muchas veces objetable.

Pero de cualquier modo la forma en que fueron perseguidas y vilipendiadas dejó un residuo horrible: un olor a falsa conciencia y moralismo de caza de brujas. La razón por la que no opiné acerca de estos incidentes, me avergüenza decirlo, fue el miedo. Los matones estaban en otra parte. No quería llamar su atención.

El abierto salvajismo de estos intercambios estuvo acompañado por algo más general, y por eso mismo quizá más debilitante: una atmósfera de resentimiento mordaz. El objeto más frecuente de este resentimiento fue el columnista Owen Jones, y los ataques contra él (la persona responsable de haber despertado más conciencia de clase en el Reino Unido en los últimos años) fueron una de las razones de mi abatimiento. Si esto es lo que le pasa a una persona de izquierda que consigue llevar la batalla al centro de la vida británica, ¿por qué alguien habría de seguirlo? ¿La única forma de evitar estas dosis de abuso es permanecer en una posición de marginalidad impotente?

Una de las cosas que me sacó del estupor deprimente fue asistir a un encuentro de People’s Assembly en Ipswich, cerca de donde vivo.[2] La aparición de People’s Assembly había sido recibida con el sarcasmo típico. Esto no era otra cosa, se nos decía, que un truco inútil a través del cual periodistas de izquierda, entre ellas Jones, se magnificaban a sí mismas en un despliegue más de la cultura vertical de las celebridades. Lo que realmente ocurrió en la asamblea de Ipswich fue muy diferente a esta caricatura. La primera mitad de la tarde, que culminó con un conmovedor discurso de Owen Jones, estuvo sin dudas conducida por los oradores más conocidos. Pero en la segunda mitad de la reunión, activistas de clase trabajadora de todo el condado de Suffolk conversaron entre ellos, brindándose apoyo y compartiendo experiencias y estrategias. Lejos de haber sido una instancia más de izquierdismo jerárquico, la People’s Assembly fue un ejemplo de cómo combinar lo vertical y lo horizontal: el poder mediático y el carisma atrajeron a personas que nunca habían asistido a una reunión política, y que allí pudieron hablar y crear estrategias con activistas más experimentados. La atmósfera era antirracista y antimachista, y a su vez carecía de la sensación paralizante de culpa y sospecha que flota sobre el Twitter de izquierda como una niebla acre y agobiante.

Después apareció Russell Brand. Hace tiempo que admiro a Brand, uno de los pocos comediantes famosos de la escena actual proveniente de una familia de clase trabajadora. En los últimos años, se dio un aburguesamiento gradual pero implacable de la comedia televisiva. Los escenarios se encuentran dominados por gente como el idiota y ridículamente ultraposh de Michael Mclntyre y un aluvión de oportunistas universitarios y anodinos.

El día antes de que saliera por Newsnight la ahora célebre entrevista entre Brand y Jeremy Paxman, el presentador televisivo, yo había visto el espectáculo de stand-up de Brand, «The Messiah Complex», en Ipswich. El show era desafiantemente proinmigrante, procomunista, antihomofóbico; estaba cargado de inteligencia de clase trabajadora y sin miedo de hacerla ver, y era queer a la manera que solía serlo la cultura popular (es decir, nada que ver con la piedad identitaria y malhumorada que nos imponen los moralistas de la «izquierda» postestrucutralista). Malcolm X, el Che, la política como un desmantelamiento psicodélico de la realidad existente: esto era el comunismo como algo cool, sexy y proletario, y no un sermón acusador.

La noche siguiente estaba claro que la aparición de Brand había producido una división. Para algunos de nosotros, la humillación casi forense a la que Brand había sometido a Paxman fue intensamente conmovedora, milagrosa; no podía recordar la última vez que una persona de clase trabajadora había tenido el espacio para destruir a alguien de una clase «superior» de manera tan consumada, usando la inteligencia y la razón. No era Johnny Rotten insultando a Bill Grundy, un acto de antagonismo que, antes que cuestionar, confirmó los estereotipos de clase.

Brand había sido más ingenioso que Paxman, y el uso del humor fue lo que separó a Brand de la hosquedad de gran parte del «izquierdismo». Brand hace que la gente se sienta bien consigo misma; mientras que la izquierda moralizante se especializa en hacer que las personas se sientan mal, y no se contenta hasta que agachen la cabeza y se hundan en culpa y autodesprecio.

La izquierda moralizante se aseguró de inmediato de que la historia no se enfocara en cómo Brand había quebrado de manera extraordinaria las insulsas convenciones de los «debates» en los medios mainstream, ni tampoco en su planteo de que la revolución iba a ocurrir. (La «izquierda» pequeñoburguesa narcisista y sorda solo podía entender esto como que Brand había dicho que él quería liderar la revolución, a lo que respondieron con su típico resentimiento: «No necesito que me lidere una celebridad presumida».) Para los moralizadores, la historia pasaba por la conducta personal de Brand, en especial su machismo. En la atmósfera macartista y febril que fermenta la izquierda moralizadora, una acotación que podría ser interpretada como machista significa que Brand es machista, y por lo tanto misógino. Claro y simple, acabado, condenado.

Es cierto que Brand, como cualquiera de nosotros, debería dar cuenta de su comportamiento y el lenguaje que usa. Pero el cuestionamiento debería tener lugar en un clima de camaradería y solidaridad, y quizá no en público en primer lugar. Cuando el periodista Mehdi Rasan lo interrogó acerca de su machismo, Brand desplegó la exacta humildad alegre que faltó por completo a los rostros impávidos que lo habían juzgado antes.

No creo ser machista. Pero recuerdo a mi abuela, la persona más adorable que jamás haya conocido. Y ella era racista, aunque no creo que lo supiera. No sé si tengo un atraso cultural. Sí sé que siento un gran amor por la lingüística proletaria, términos como darling [querida] y bird [nena]. Y si las mujeres piensan que soy machista, ellas están en una mejor posición para decirlo, y voy a trabajar en eso.

La intervención de Brand no era una candidatura a ser el nuevo líder; era una inspiración, un grito de guerra. A mí, sin ir más lejos, me inspiró. Unos meses antes, mientras los moralizadores de la izquierda posh sometían a Brand a su juicio amañado y asesinaban su reputación (con «evidencias» en general recogidas de la prensa de derecha, siempre dispuesta a dar una mano), yo me habría quedado callado. Pero esta vez estaba preparado para responderles. La reacción general se volvió rápidamente tan importante como el propio intercambio con Paxman. Como señaló Laura Oldfield Ford, fue un momento esclarecedor. Y una de las cosas que clarificó para mí fue cómo, en los últimos años, la supuesta «izquierda» reprimió la cuestión de clase. La conciencia de clase es frágil y huidiza. La pequeña burguesía que domina la academia y la industria cultural tiene todo tipo de estrategias sutiles para evitar que el tema siquiera surja. Y cuando surge, hacen que uno piense que mencionar la clase es una impertinencia terrible, como un incumplimiento de la etiqueta. Hace años que hablo en eventos de izquierda y anticapitalistas, pero rara vez he hablado sobre la clase en público, ni se me pidió que lo hiciera.

Pero ahora que la clase reaparecía era imposible no verla por todas partes en las reacciones al affaire Brand. Brand fue rápidamente juzgado y/o interrogado por al menos tres personas de la izquierda que asistieron a universidades privadas. Otros nos dijeron que Brand no podía ser de clase trabajadora, porque era millonario. Es alarmante cuántos «izquierdistas» parecían estar de acuerdo con las implicancias detrás de la pregunta de Paxman: «¿Qué le da a esta persona de clase trabajadora la autoridad para hablar?». También es alarmante —de hecho, es perturbador— cómo parecen creer que la gente de clase trabajadora debe permanecer en la pobreza, la oscuridad y la impotencia, o de lo contrario perderán su «autenticidad».

Alguien me pasó un posteo sobre Brand publicado en Facebook. No conozco al individuo que lo escribió, y no voy a nombrarlo. Lo que importa es que el posteo era sintomático de un conjunto de actitudes snob y condescendientes que pareciera estar bien exhibir mientras te describes como alguien de izquierda. El tono era horriblemente altanero, como si fuera un maestro de escuela corrigiendo el trabajo de un niño, o un psiquiatra evaluando a un paciente. Brand, por lo visto, es «claramente inestable ... una mala relación amorosa o traspié en su carrera y podría volver a caer en una adicción a las drogas, o tal vez algo peor». Aunque la persona dice que Brand le «gusta bastante», no se le ocurre pensar que quizás una de las razones por las que él podría ser «inestable» es justamente esta clase de «evaluaciones» condescendientes y falsamente trascendentes de la burguesía «de izquierda». También hay un comentario al pasar, que es impactante pero revelador, en el que el individuo se refiere a la «educación despareja y los errores de vocabulario, muchas veces vergonzantes, característicos del autodidacta» que tiene Brand. La persona aclara que no tiene «ningún problema con ellos»: ¡qué amable de su parte! Este no es un burócrata de la colonia contando sus intentos de enseñar inglés a unos «nativos» en el siglo XIX, ni un maestro victoriano de una institución privada describiendo a un estudiante becado. Esto lo escribió un «izquierdista» la semana pasada.

Entonces, ¿hacia dónde vamos? Primero es necesario identificar los rasgos de los discursos y los deseos que nos trajeron a esta encrucijada desmoralizante y triste en la que la clase ha desaparecido, pero el moralismo está por todas partes; donde la solidaridad es imposible, pero la culpa y el miedo son omnipresentes, y no porque nos intimide la derecha, sino porque hemos permitido que modos de subjetividad burguesa contaminaran nuestro movimiento. Creo que hay dos configuraciones libidinales-discursivas que produjeron esta situación. Ambas se autoproclaman de izquierda pero, como dejó en claro el episodio de Brand, en gran medida son una señal de que la izquierda, definida como un agente en una lucha de clases, se encuentra prácticamente desaparecida.

Dentro del Castillo de Vampiros

La primera configuración es lo que yo llamo el Castillo de Vampiros. El Castillo de Vampiros se especializa en propagar la culpa. Lo animan el deseo de sacerdote de excomulgar y condenar, el deseo de académico pedante de ser el primero en detectar un error, y el deseo de hipster de estar entre las personas más populares. El riesgo de atacar al Castillo de Vampiros es que podría parecer que uno atacara las luchas contra el racismo, el machismo, el heterosexismo (y el Castillo hará todo lo posible para reforzar esta idea). Pero, lejos de ser la única expresión de esas batallas, el Castillo de Vampiros se entiende mejor como una apropiación, una perversión burguesa y liberal de la energía de esos movimientos. El Castillo de los Vampiros nació cuando la lucha por no ser definido a través de categorías identitarias se transformó en la búsqueda de tener «identidades» reconocidas por un gran Otro burgués. El privilegio del que sin dudas disfruto por ser un hombre blanco consiste en parte en no ser consciente de mi origen étnico ni mi género, y que ocasionalmente te llamen la atención acerca de estos puntos ciegos es una experiencia reveladora. Pero en lugar de buscar un mundo en el que todos estén libres de clasificaciones identitarias, el Castillo de Vampiros busca encerrar a las personas en sus campos identitarios, donde quedarán para siempre definidas según parámetros establecidos por el poder dominante, paralizadas por la conciencia de sí mismas, aisladas por una lógica de solipsismo que insiste en que no podemos entendernos entre nosotros a menos que pertenezcamos al mismo grupo identitario.

Noté que hay un fascinante mecanismo mágico de negación y proyección invertida según el cual la mera mención de la clase automáticamente es considerada como si uno quisiera degradar la importancia de la raza y el género. En realidad ocurre exactamente lo contrario: el Castillo de Vampiros usa un concepto en definitiva liberal de la raza y el género para opacar la clase. En todas las polémicas absurdas y traumáticas que hubo en Twitter este año acerca de los privilegios fue notable que la discusión del privilegio de clase estuvo completamente ausente. La tarea, como siempre, sigue siendo la articulación de clase, género y raza; pero lo que caracteriza al Castillo es justamente la desarticulación de la clase respecto de las otras categorías. El problema que se proponía resolver el Castillo de Vampiros era el siguiente: ¿cómo conservar un poder y una riqueza enormes y seguir apareciendo como una víctima, como alguien marginal y opositor? La solución ya estaba ahí, en la Iglesia cristiana. Por eso el Castillo acudió a las estrategias infernales, las patologías oscuras y los instrumentos de tortura psicológica que inventó el cristianismo, y que Nietzsche describió en La genealogía de la moral. Este sacerdocio de la mala conciencia, este nido de beatos traficantes de culpa, es exactamente lo que predijo Nietzsche cuando dijo que se venía algo peor que el cristianismo. Aquí está...

El Castillo de Vampiros se alimenta de la energía y las ansiedades y vulnerabilidades de estudiantes jóvenes, pero sobre todo vive de convertir el sufrimiento de grupos particulares (cuanto más «marginales» mejor) en capital académico. Las figuras más loadas del Castillo de Vampiros son aquellas que han abierto un nuevo mercado del sufrimiento; aquellos que puedan encontrar a un grupo más oprimido y subyugado que los explotados anteriores subirá de rango rápidamente.

La primera ley del Castillo de Vampiros es: individualiza y privatízalo todo. Si bien en teoría dicen estar a favor de críticas estructurales, en la práctica jamás se enfocan en nada que no sea el comportamiento individual. Algunas personas de clase trabajadora no tuvieron una gran educación, y a veces pueden ser irrespetuosas. Recuerden: condenar individuos es siempre más importante que prestar atención a estructuras impersonales. La clase dominante propaga ideologías de individualismo, mientras tiende a actuar como una clase. (Muchas de las que llamamos «conspiraciones» son la clase dominante mostrando solidaridad de clase.) El CV, sirviente de la clase dominante, hace lo contrario: habla de «solidaridad» y «colectividad» de la boca para afuera, pero se comporta como si las categorías individualistas impuestas por el poder fueran lo más importante. Como en el fondo son pequeñoburgueses, los miembros del Castillo de Vampiros son intensamente competitivos, pero lo reprimen, de un modo pasivo—agresivo que es típico de la burguesía. Lo que los une no es la solidaridad, sino un miedo mutuo; el miedo a ser los próximos denunciados, expuestos, condenados.

La segunda ley del Castillo de Vampiros es: haz que el pensamiento y la acción parezcan muy, muy difíciles. No puede haber liviandad, ni mucho menos humor. El humor, por definición, no es serio, ¿no? El pensamiento es trabajo duro, cosa de acentos refinados y ceños fruncidos. Allí donde hay confianza, introducen escepticismo. Dicen: no se apresuren, hay que pensar en esto con más detenimiento. Recuerden: tener convicciones es opresivo, y puede desembocar en gulags.

La tercera ley del Castillo de Vampiros es: propaga tanta culpa como sea posible. Cuanta más culpa mejor. La gente se tiene que sentir mal: es una señal de que comprenden la gravedad de las cosas. Está bien tener privilegios de clase si uno siente culpa por ello y hace que quienes están en una posición de clase más subordinada también se sientan culpables. Uno también hace algunas cosas buenas por los pobres, ¿no?

La cuarta regla del Castillo de Vampiros es: esencializa. Si bien en nombre de los miembros del CV siempre se esgrime fluidez identitaria, pluralidad y multiplicidad (en parte para ocultar su propia posición invariablemente rica, privilegiada y burguesa), el enemigo siempre debe ser esencializado. Como los deseos que animan al CV son en gran medida deseos de sacerdote, deseos de excomulgar y condenar, debe haber una clara distinción entre el Bien y el Mal, y este último debe ser esencializado. Noten la táctica. X dice algo/se comporta de determinada manera; lo que dijo o su comportamiento podría ser interpretado como transfóbico, machista, etc. Hasta ahora, todo bien. La sorpresa viene después. X pasa entonces a ser caracterizado como transfóbico, machista, etc. Toda su identidad se ve definida por un comentario equivocado o un error de conducta. En cuanto el CV organiza su caza de brujas, la victima (muchas veces una persona de clase trabajadora, no educada en las reglas de etiqueta pasivo-agresivas de la burguesía) puede ser incitada a perder los estribos, confirmando aún más su posición de paria, el próximo a ser consumido por el fuego de la quema.

La quinta ley del Castillo de Vampiros es: piensa como un liberal (porque eres uno). El trabajo del CV de avivar una furia reactiva consiste en señalar sin parar lo más obvio: el capitalismo se comporta como el capitalismo (¡no es muy agradable!), los aparatos represivos del Estado son represivos. ¡Hay que protestar!

Neoanarquía en el Reino Unido

La segunda formación libidinal es el neoanarquismo. Con este término, de ninguna manera aludo a los anarquistas y sindicalistas que están involucrados en organizaciones en lugares de trabajo, como la Solidarity Federation. Me refiero a aquellos que se identifican como anarquistas pero su participación en política no va más allá de protestas estudiantiles y ocupaciones, y comentarios en Twitter. Como los habitantes del Castillo de Vampiros, los neoanarquistas en general vienen de un origen pequeñoburgués, o quizás de un lugar con aún más privilegio de clase.

También son abrumadoramente jóvenes: veinteañeros, como mucho treintañeros; y lo que caracteriza su posición neoanarquista es un horizonte histórico muy estrecho. No han vivido otra cosa que el realismo capitalista. Para el momento en el que los neoanarquistas adquirieron conciencia política (y muchos de ellos la adquirieron hace muy poco tiempo, considerando el nivel de arrogancia que a veces exhiben), el Partido Laborista se había transformado una cáscara blairista, implementando políticas neoliberales con una pequeña dosis de justicia social de acompañamiento. Pero el problema con el neoanarquismo es que refleja de manera acrítica este momento histórico, en lugar de ofrecer algún escape de él. Olvida, o quizá sinceramente ignora, el papel del Partido Laborista en la nacionalización de grandes industrias y empresas de servicios públicos y en la fundación del Servicio Nacional de Salud. Los neoanarquistas aseguran que «la política parlamentaria jamás cambió nada» o que «el Partido Laborista fue siempre inútil», mientras asisten a protestas sobre el Sistema Nacional de Salud o retuitean quejas sobre el desmantelamiento de lo poco que queda del Estado de bienestar. Aquí funciona una regla implícita extraña: está bien protestar contra lo que hizo el parlamento, pero no entrar al parlamento o los medios masivos para intentar instrumentar cambios desde allí. Hay que despreciar a los medios mainstream, pero hay que ver Question Time[3] en la BBC para criticarlo después en Twitter. El purismo se transforma en fatalismo; si es mejor no quedar manchado por el mainstream, es mejor «resistir» inútilmente que correr el riesgo de salir con las manos sucias.

No sorprende, entonces, que muchos neoanarquistas parezcan deprimidos. Esta depresión está sin dudas reforzada por la angustia de la vida de posgrado puesto que, como el Castillo de Vampiros, el hogar natural del neoanarquismo son las universidades, y en general es propagado por aquellos que estudian para los exámenes de un posgrado o han terminado uno recientemente.

¿Qué hacer?

¿Por qué han aflorado estas dos configuraciones? La primera razón es que el capital les permitió prosperar porque sirven a sus intereses. El capital dominó a la clase trabajadora organizada descomponiendo su conciencia de clase, sometiendo agresivamente a los sindicatos mientras seducía a las «familias trabajadoras» para que se identificaran con sus propios intereses más reducidos en lugar de los intereses de la clase más amplia. ¿Pero por qué el capitalismo se ocuparía de una «izquierda» que reemplaza la política de clases por un individualismo moralizante y que, lejos de construir solidaridades, disemina el miedo y la inseguridad?

La segunda razón es lo que Jodi Dean llamó capitalismo comunicativo. Sería posible ignorar al Castillo de Vampiros y los neoanarquistas si no fuera por el ciberespacio capitalista. Hace años que la moral santurrona del CV es un rasgo de cierta «izquierda», pero antes, si uno no era miembro de esta iglesia en particular, podía evitar sus sermones. Las redes sociales hacen que esto ya no sea posible, y hay muy poca protección de las patologías psíquicas propagadas por estos discursos.

Entonces, ¿qué podemos hacer ahora? Primero, es imperioso rechazar el identitarianismo, y reconocer que no hay identidades, sino solo deseos, intereses e identificaciones. Parte de la importancia del proyecto de los Estudios Culturales Británicos (revelada de manera pode­ rosa y conmovedora en «The Unfinished Conversation» [La conversación inacabada], la instalación de John Akomfrah, actualmente en el Tate Britain, y su película The Stuart Hall Project [El proyecto Stuart Hall]) fue haber resistido al esencialismo identitario. En lugar de congelar a las personas en cadenas de equivalencias ya existentes, la idea era tratar cualquier articulación como provisional y plástica. Siempre se pueden crear nuevas articulaciones. Nadie es esencialmente nada. Por desgracia, con relación a esto, la de­ recha actúa de manera más efectiva que la izquierda. La izquierda burguesa e identitaria sabe cómo propagar culpa y conducir una caza de brujas, pero no sabe cómo generar adeptos. Pero ese no es el punto para ellos. El objetivo no es popularizar una posición de izquierda, o incorporar a más gente, sino permanecer en una posición de superioridad elitista en la que a la superioridad de clase se agrega una superioridad moral. «Cómo te atreves a hablar, ¡los que hablamos en nombre de los que sufren somos nosotros!»

Pero el rechazo del identitarianismo solo se puede lograr si se reafirma la clase. Una izquierda que no tenga a la clase en su centro no puede ser más que un grupo de presión liberal. La conciencia de clase es siempre doble: implica al mismo tiempo el conocimiento de la manera en la que la clase enmarca toda la experiencia, y el conocimiento de la posición particular que ocupamos en la estructura de clase. Se debe recordar que el objetivo de nuestra lucha no es conseguir el reconocimiento de la burguesía, ni tampoco la destrucción de la burguesía. Lo que debe ser destruido es la estructura de clase, una estructura que daña a todos, incluso a quienes que se benefician materialmente de ella. Los intereses de la clase trabajadora son los intereses de todos; los intereses de la burguesía son los intereses del capital, que no son los intereses de nadie. Nuestra lucha debe ser por la construcción de un mundo nuevo y sorprendente, no la preservación de identidades formadas y distorsionadas por el capital.

Si esta parece una tarea intimidante y abrumadora, es porque lo es. Pero podemos empezar a involucrarnos en algunas actividades de prefiguración. De hecho, estas actividades podrían ir más allá de la prefiguración: podrían inaugurar un ciclo virtuoso, una profecía autocumplida en la que se desmantelen los modos de subjetividad burgueses y se empiece a construir una nueva universalidad. Debemos aprender, o volver a aprender, a construir camaradería y solidaridad, en lugar de hacer el trabajo del capital, que es condenarnos y agredirnos los unos a los otros. Por supuesto, no significa que debamos siempre estar de acuerdo; al contrario, debemos crear condiciones en las que se puedan dar desacuerdos sin miedo a la exclusión ni la excomunión. Tenemos que pensar cómo usar las redes sociales de manera estratégica; recordando siempre que, a pesar de la igualdad que pregonan los ingenieros libidinales del capitalismo para las redes sociales, hoy son el territorio del enemigo, dedicado a la reproducción del capital. Pero esto no quiere decir que no podamos ocupar ese territorio y usarlo con el propósito de producir conciencia de clase. Tenemos que escapar del «debate» del que el capitalismo comunicativo nos tienta a participar constantemente, y recordar que estamos involucrados en una lucha de clases. El objetivo no es «ser» activista, sino ayudar a que la clase trabajadora se active y se transforme a sí misma. Fuera del Castillo de Vampiros, todo es posible.

Notas

↑1 Mark Fisher, «Exiting the Vampire Castle», 22 de noviembre de 2013, North Star, disponible en thenorthstar.info

↑2 The People’s Assembly [La Asamblea del Pueblo] es una organización política surgida en 2013 en Gran Bretaña, una de cuyas principales posturas fue el rechazo a las medidas de austeridad. [N. del T.]

↑3 Question Time es un programa de la BBC en el que políticos de distintos partidos responden preguntas y participan del debate público. Existe desde 1979 y de los paneles suelen participar diversas personalidades mediáticas. [N. del T.]