jueves, 5 de febrero de 2026

Dossier Jorge Luis Borges. Seis artículos seleccionados.

 [Dossier Borges. Seis artículos seleccionados]

 I

 "Curso sobre Borges de Ricardo Piglia", en El País, Edgardo Dobry, 28 abr. 2025:

El nuevo volumen de las clases de Piglia recoge las lecciones que impartió en la televisión pública argentina. El libro se suma a una producción incesante sobre Jorge Luis Borges.

El estímulo y el problema, la riqueza y la responsabilidad que Borges representa para los escritores y críticos argentinos se viene manifestado en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura (Paidós, 2022). Hace unos quince años, para burlarse del extremo control de la prosa borgeana, Pablo Katchadjian publicó El Aleph engordado, un librito donde entremezclaba párrafos propios a uno de los cuentos más celebrados del autor. La broma le valió un largo juicio de María Kodama, viuda y derechohabiente. Fue un gesto elocuente: para seguir adelante había que ahogar a Borges en la verborrea. Puede verse como la contracara a Las letras de Borges (1999), ensayo en el que Sylvia Molloy había examinado las fórmulas de la rigurosa composición borgeana. Otro muy interesante ensayo reciente, El método Borges, de Daniel Balderston (Ampersand, 2021), muestra la minuciosa elaboración de la prosa borgeana a partir del estudio de sus manuscritos.

Pero fueron sobre todo los escritores nacidos entre los años 30 y 40, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino. Saer, el novelista más importante que dio Argentina en las tres décadas finales del siglo XX, escribió un ensayo en el que concluía: “Si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”. Saer proclamaba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las diez o doce páginas. A Sarlo se debe uno de los libros ineludibles, Borges, un escritor en las orillas, donde la posición periférica del autor de Ficciones, que casi no salió de Buenos Aires entre los años veinte y los sesenta, aparece como una de las claves de su elaboración de símbolos y filiaciones.

Piglia fue el más borgeano de todos: entremezcló ensayo y narrativa; dirigió la “Serie negra”, colección de novela policial que continuó el trabajo de Borges y Bioy Casares en “El Séptimo Círculo”; dio entidad teórica a las Formas breves, libro en que se encuentran sus celebradas “Tesis sobre el cuento”, cuya idea central, la de que todo relato narra dos historias que luchan entre sí, está prefigurada en un prólogo de Borges a una novela de María Ester Vázquez: “El cuento deberá constar de dos argumentos…”. Otro de los títulos de Piglia, Crítica y ficción, se compone de entrevistas, género que el Borges ciego a partir de los años cincuenta convirtió en deleitosa, divertida y astuta forma de hacer literatura. En Respiración artificial, su novela más perdurable, Piglia hizo decir a su alter ego, Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso.

La editorial porteña Eterna Cadencia viene publicando la transcripción de cursos que Piglia dictó en la década final del siglo pasado: Teoría de la prosa, sobre Juan Carlos Onetti; Las tres vanguardias, sobre Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh; y Escenas de la novela argentina. A diferencia de los anteriores, este último no recoge clases dadas en la Universidad de Buenos Aires sino en la televisión pública argentina, como Borges por Piglia.

El marco exigía una adecuación del tono: Piglia se adapta magistralmente al discurso divulgativo sin rebajar la exigencia. Cuenta, por ejemplo, algunos de sus encuentros con Borges, de hecho, el libro se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor. Aprovechándose del modo casual y eximido de aparato académico que la ocasión le brinda, empieza por preguntarse qué es un buen escritor y por explicar por qué Borges lo es. Muestra algunos ejemplos de la literatura del siglo XX que derivan de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que se publicó en la revista Sur en 1940, luego en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y finalmente en Ficciones (1944): dos importantes novelas de los años cincuenta, El hombre del castillo de Philip K. Dick, y Pálido fuego de Nabokov, y una anterior, La vida breve de Onetti, no existirían sin ese antecedente. No se trata de una influencia sino de la creación de un procedimiento que Piglia denomina “invención especulativa” y que encuentra cercano al arte conceptual tal como fue concebido por Duchamp.

Piglia ubica a Borges en el cruce de sus dos genealogías: la de su familia paterna, de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico; y la materna, la de un “aristócrata empobrecido” descendiente de militares y padres de la patria, de donde le viene el culto al coraje y a la espada, “cuyo mejor lugar es el verso”, como el propio Borges escribió. “El sur”, el cuento que cierra Ficciones, en el que un bibliotecario, tras un accidente, sueña su muerte en un duelo a cuchillo, es uno de los más elocuentes en esa línea.

Son cuatro clases (“¿Qué es un buen escritor?”, “La memoria”, “La biblioteca” y “Política y literatura”), emitidas en septiembre de 2013, que no pretenden abarcar todo Borges sino que lo abordan desde una selección de cuentos y ensayos fundamentales. Piglia se detiene en la nada previsible atracción de un escritor tan exquisito por los géneros populares (la gauchesca, el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman) y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925.

El entusiasmo de Borges, su gran arte de seducción del lector, la felicidad de la literatura que está presente en toda su obra, inviste de alguna manera este trabajo didáctico de Piglia. Incluso para quien haya visto las clases en su emisión televisiva, el acercamiento a estas páginas representará una ocasión de regocijo borgeano.

Borges por Piglia, Ricardo PIglia, Eterna Cadencia, 2025, 224 páginas, 19,50 euros

II

"Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito", en El País, Mar Centenera, Buenos Aires, 2 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’.

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como El hombre de la esquina rosada, La intrusa e Historia de Rosendo Juárez, entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema Fundación mítica de Buenos Aires aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

III

Cómo leen a Borges las nuevas generaciones, en El País, por Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2024:

El Festival Borges, que se realizó durante la última semana en Buenos Aires, expuso cambios en la lectura y recepción del gran escritor argentino.

“Es como si Borges fuera un abuelo y no un padre literario; y con los abuelos uno no tiene conflicto”, suele decir el escritor Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) y deja esbozado un cambio de época en la relación entre el gran autor argentino y las últimas generaciones de escritores nacionales. Es que tanto la adoración y el remedo imposible como la pulsión parricida, que durante años llevó a muchos a escribir contra Jorge Luis Borges, parecen haber dado paso a nuevas miradas, desprejuiciadas y con mayor libertad para tomar o descartar a gusto. La pregunta sobre cómo se lee hoy al autor de El Aleph fue uno de los ejes del Festival Borges que se desarrolló durante la última semana en Buenos Aires. Y las respuestas ensayadas acaso no habrían disgustado al escritor que defendía el placer como única razón válida para leer: "La lectura", decía Borges, “debe ser una de las formas de la felicidad”.

En el escritor nacido en 1899 y fallecido en 1986 se conjugan una obra cumbre de la alta cultura y una figura de reconocimiento masivo, casi una celebridad popular, el viejo ciego y sabio que armonizaba la “serena modestia” con la ironía iconoclasta. En esa ambivalencia quizá radique parte de la perduración de su atractivo. “Por un lado, Borges apabulla, ocupa ese lugar canónico en la literatura argentina, es una de las grandes figuras de la literatura universal. Pero, a la vez, hay algo en él que parece muy accesible, a pesar de tener muchas complejidades”, observó la escritora Olivia Gallo (Buenos Aires, 1995). “Tenía una visión de la literatura muy horizontal, muy pura y juguetona. No se ponía en el lugar de un escritor serio que hablaba desde arriba, hay algo muy punk en su figura, en correrse de ese lugar al que a la vez pertenecía.”

El Festival Borges es un proyecto cultural independiente y con entrada libre que, en su cuarta edición, se realizó entre el lunes pasado y este sábado. Incluyó talleres, charlas y recorridas —algunas actividades virtuales y otras presenciales—, con la participación de académicos, investigadores, periodistas, escritores y otros artistas.

“La literatura de Borges espera, espera a que llegue el momento en que cada uno y cada una pueda encontrar en Borges qué nos habla a nosotros, qué cuento sí y qué cuento no”, caracterizó Yamila Bêgné (Buenos Aires, 1983), autora de Los límites del control y Protocolos naturales, entre otros libros. “La literatura de Borges está ahí para que podamos volver, no sólo nosotros como individuos a lo largo de nuestras vidas, sino también como generaciones: mis padres lo leyeron de un modo, yo lo leo de otro, mi hijo lo leerá de otra manera. Así se configura también un clásico. Es una obra que espera porque tiene la cualidad para esperar, porque hay algo adentro que no se termina de descifrar. Una cualidad de condensación, de agujero negro. Estamos ahí rondando todo el tiempo y nos espera, espera a que lleguemos a comunicarnos de un modo más directo con esos textos.”

La influencia y las palabras

El interrogante respecto del influjo de Borges y su mitología en la producción literaria actual fue formulado en el festival por la profesora y periodista Gisela Paggi. “Hay una tensión entre la gente que escribe y Borges”, respondió Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978). “Borges puede inspirar miedo, temor, pero también a un escritor joven le hace sentir que existe otro mundo y que se puede formar parte. Muchos escritores han confesado que lo primero que les salía escribir eran cuentos imitando el gesto de Borges, los laberintos, las ruinas circulares... Si bien es un escritor erudito, tiene eso que Beatriz Sarlo llama la estrategia de lo menor, de no poner palabras de más. En toda su sofisticación, Borges es realmente estimulante para cualquiera que quiera escribir”. La autora de Animales de compañía y Donde nada se detiene destacó “las herramientas retóricas” que ofrecen los textos borgianos, su empleo de la metáfora y la prosopopeya, “las figuras contradictorias con las que niega algo afirmándolo”, presente en títulos de relatos como “El impostor inverosímil Tom Castro” o “El atroz redentor Lazarus Morell”.

“Borges no solo escribe sobre lectura, sino que escribe todo el tiempo sobre escritura. Entonces a la hora de escribir o de acercar herramientas a otros para que escriban, en un taller o una clase, es fundamental”, estimó Yamila Bêgné. Recordó que en el ensayo La poesía gauchesca Borges advierte que conocer cómo habla un personaje es conocer al personaje: “Ese es un consejo insoslayable para construir un personaje o un narrador. Si conocemos esa voz, si la internalizamos, el camino de la escritura, que nunca es fácil, va a tener una guía”.

Ausencia presente

¿Los jóvenes leen a Borges? Sin datos disponibles, las respuestas compartieron sensaciones y percepciones. Olivia Gallo, autora de Las chicas no lloran y No son vacaciones, contó que, con sus amistades interesadas en la literatura, no suelen hablar de Borges. “No está en la conversación, tampoco aparece tanto en los talleres literarios. Pero hay algo de su presencia que se cuela por otros lados, quizá por otros autores argentinos tocados por su obra. En su momento, Borges fue discutido, criticado, canonizado, hay algo del debate en esos términos que ya está, ya no se discute y eso puede alejar a un autor y que se lo lea menos. Pero, a la vez, la gente de mi generación, creo, no estamos peleados con la idea de leerlo”, dijo y recordó aquella frase de Mairal: “Con los abuelos uno no se pelea, se pelea con los padres”.

Como profesora de primer año en la universidad, en el área de las ciencias sociales, Bêgné comentó que sus actuales alumnos “por supuesto conocen a Borges, pero pocos lo leyeron. Sí leyeron a escritoras como Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin. Tienen otras opciones más visibles y más cercanas de llegar a la literatura. Ya tendrán tiempo para llegar a Borges y, si no llegan, tampoco me parece un pecado capital. Hoy quizá puede haber grandes lectores que no hayan leído a Borges”, arriesgó, sabiendo, dijo, que iba a arrepentirse.

En los años cincuenta y sesenta, cuando aconsejaba a sus estudiantes que no leyeran libros que los aburrieran, Borges sugería algo parecido sobre el poder latente, en permanente suspenso, de la literatura: “Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día en que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”.

IV

 Un alfil de la vanguardia hispánica: Guillermo de Torre en el espejo de Borges, en El País, Jordi Amat, 9 sept 2023:

Domingo Ródenas de Moya traza una detallada cartografía de la vanguardia hispánica de principios del XX en torno a la figura del escritor ultraísta.

Probablemente Literaturas europeas de vanguardia dio sentido a la vocación de Guillermo de Torre. Es verdad que se publicó en 1925 cuando el ciclo de la subversión estética no se había cerrado, pero Torre, que nació con el siglo y cuya ambición como creador había recibido ya los primeros palos, era el hombre de letras español con mejor información sobre aquellos movimientos, sus libros, revistas y autores de todo el continente con los que incluso se carteaba. Otra cosa distinta es cómo un abanderado de la modernidad adquiría prestigio en ese sistema literario y cómo su trayectoria acabaría por inscribirse en el relato de la historia cultural hispánica del siglo XX. Entre ironías, olvidos y una obra dispersa entre dos continentes, su nombre se difuminó. Para comprender el período su labor como agente del arte nuevo debía ser restituida. El orden del azar lo consigue. Han sido muchos años de investigación y la espera ha valido la pena. Sin duda esta biografía es un hito clave en la carrera académica de Domingo Ródenas, el profesor que más ha renovado el conocimiento sobre la Edad de Plata tras José Carlos Mainer.

Con una obra dispersa, su nombre se difuminó. Para comprender el periodo, su labor debía ser restituida. En el eje de la biografía está Torre, sus artículos y su oceánico epistolario en buena parte inédito. A partir de su protagonista, que dominaba sin querer “el arte de caer mal”, Ródenas traza una cartografía detalladísima de la renovada vida cultural desde 1915 hasta la guerra civil y el primer exilio. Tertulias y egos, cuchilladas y proyectos abortados. Desde el nacimiento del ultraísmo, que él bautizó en una carta cuando era un adolescente latosísimo, hasta su visita al estudio de Picasso cuando pintaba el Guernica. De la relación con García Lorca, del que se publican fotografías inéditas, hasta los tratos con Ernesto Giménez Caballero para la creación de la Gaceta Literaria. Pero lo que hace singular este libro es un contrapunto biográfico que aumenta exponencialmente su interés. Se establece desde las primeras páginas, en unos capítulos breves que irán alterando la linealidad cronológica a lo largo del relato y que acaban por construir unas vidas cruzadas entre Torre y su cuñado. En paralelo descubrimos así cómo se iba configurando el entramado cultural argentino, con Victoria Ocampo como factor aglutinador, o la génesis de dos proyectos editoriales tan influyentes como la colección Austral de Espasa Calpe y la editorial Losada. Pero sobre todo accedemos a la rebuscada personalidad de un tipo bilioso y con una inteligencia estratosférica: Jorge Luis Borges.

En un temprano viaje de regreso a Argentina, la familia Borges hizo una larga parada en España. Durante la primavera de 1920 los dos jóvenes con sueños de escritor se conocieron en Madrid. Antes, en Sevilla, algunos poetas nuevos ya habían quedado deslumbrados por la belleza de Norah, pintora moderna y hermana de Georgie. Cuando se la presentó a Torre, “se enamoró de un mazazo”. Su noviazgo se construyó a través de cartas y poemas que cruzaban el Atlántico, con el temor compartido que la imagen que uno tenía del otro fuese más una idealización literaria que una realidad. Es una historia preciosa cuyo epílogo cierra el libro. Pero esa historia de amor hizo que los dos literatos que un día se dijeron a sí mismos ultraístas tuviesen una relación tan frecuente como singular. Más que complicidad familiar, en cartas y artículos, latía una velada competencia. Al interpretar esas tensiones, Ródenas arriesga y brilla en la caracterización psicológica y así va más adentro en la descripción de cómo Borges llegó a ser “el talismán de los escritores posmodernos de los sesenta” al tiempo que Torre asumía como testimonio “de la modernidad estética en la que lo nuevo se hizo tradición”. Solo Ródenas podía contarlo.

El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges. Domingo Ródenas de Moya. Anagrama, 2023, 577 páginas, 29,90 euros.

V

 Los manuscritos inéditos de Borges que dejan oír su voz: publican los cuadernos donde preparaba sus conferencias, en El País, Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2025:

El libro “Cuadernos y conferencias” reúne textos del escritor argentino fechados entre 1949 y 1954. La edición permite conocer cómo trabajaba Borges y revela temas poco abordados en el resto de su obra

Cuando Jorge Luis Borges se quedó ciego, hacia 1955, “su capacidad de estilo quedó destruida. Porque no pudo leer. No pudo leer sus propios manuscritos”, observó el crítico y escritor Ricardo Piglia. Al comparar “cualquier texto de Borges de los años 60 para adelante” con sus textos anteriores —agregó—, “hay que ser un marciano para no darse cuenta de lo que es una cosa y la otra”. La sentencia, elaborada por Piglia en sus clases sobre el gran escritor argentino, supone que la lectura era el corazón de la escritura de Borges y, de algún modo, sugiere que el icono del genio ciego que lo haría famoso fue la primera imagen del escritor que ya dejaba de ser. La publicación en Argentina del libro Cuadernos y conferencias permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

“Es el grupo de inéditos de Borges más importante que ha aparecido”, afirma Daniel Balderston, reconocido experto en la obra borgiana y director del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh (EE UU), la institución que hizo posible la publicación de Cuadernos y conferencias.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto ErígenaFrancis Bacon o David Hume, y a escritores como William BlakeRobert BrowningHerman MelvilleMark TwainArthur Conan DoyleOscar WildeFranz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos “El sur” y “Funes el memorioso”, entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La cuidada edición, que distribuye Arta Ediciones, es el resultado del encuentro de dos líneas de investigación sobre Borges. Por un lado, la enfocada en los manuscritos, que lidera Balderston y que ya produjo otros tres libros de inminente reedición: Poemas y prosas breves (2018), Ensayos (2019) y Cuentos (2020). Y por el otro, la centrada en el área menos estudiada de su obra, su producción oral, a cargo de un equipo dirigido por Mariela Blanco en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina).

Solo en su vejez, Borges (1899-1986) pudo vivir de los ingresos que generaba su obra. En sus primeros años adultos, se mantuvo trabajando como periodista y editor. En 1937, consiguió un empleo estable como bibliotecario, pero en 1946, con la llegada al poder de Juan Perón, renunció tras ser “honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados”, según la versión que él mismo publicitó en su Autobiografía. En esa época, su timidez era proverbial: cuando los amigos organizaron una cena de desagravio ante la afrenta peronista, no se animó a leer el discurso que había preparado.

Pero para subsistir tuvo que doblegar su introversión y, gracias a la promoción de Victoria Ocampo y otras amistades, pudo ensayar nuevas profesiones: así emergieron el Borges profesor y el conferencista. “A los 47 años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante”, contó. “Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado”.

Los meticulosos apuntes con que preparaba sus clases y exposiciones los anotaba en cuadernos, hoy dispersos en distintas bibliotecas y colecciones. Cuadernos y conferencias reúne una selección de manuscritos fechados entre 1949 y 1954, cuyos originales están en las universidades de Texas y de Michigan (EE UU). Los facsímiles muestran que las notas de Borges, carillas cubiertas de apretados caracteres, siguen con esmero a las que él atribuyó a Pierre Menard, su imaginario autor del Quijote, con "sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

El libro ofrece múltiples lecturas posibles. Para el lector aficionado, rescata conferencias de Borges que no fueron grabadas, filmadas ni transcritas, de las que solo en algunos casos había menciones o resúmenes en la prensa. “Los temas de los que habla acá irradian en muchos casos hacia el resto de su obra, reaparecen en sus ficciones, sus ensayos y poemas. Pero también hay muchos temas de los que no habla en otros textos. El lector puede entrar en contacto con reflexiones de Borges que no leyó en otro lado o con temas que acá desarrolló con mayor sistematicidad”, destaca la investigadora del Conicet Mariela Blanco, cuyo equipo lleva registradas unas 400 conferencias del autor. Los místicos del IslamLos problemas de la novelaAlmafuerte (Pedro B. Palacios) o Bertrand Russell son algunos ejemplos de esos temas inusuales que afloran en estos manuscritos.

Para el investigador o el lector erudito, el libro es una ventana desde donde atisbar el modo en que Borges trabajaba. “Los cuadernos muestran cómo planeaba cada clase o conferencia, cómo juntaba y organizaba su repertorio de citas para hacer un argumento. Arrojan mucha luz sobre sus publicaciones anteriores y posteriores, y son de suma importancia para entender no solo ese período, sino también el que viene después, cuando ya ciego y famoso comienza a hablar en muchas partes del mundo en conferencias que sí fueron grabadas”, explica Daniel Balderston.

De paso, el libro deja en ridículo a la leyenda de Borges como un fabulador que inventaba citas y lecturas. En el margen izquierdo de sus anotaciones, el escritor asentaba las fuentes en que se basaba. “Borges sabía que se estaba quedando ciego”, señala Blanco, “y por eso dejaba un registro tan detallado de sus lecturas”.

VI

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, Portugal, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo.

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El AlephInquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “Un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


Apología e historia de las Vanguardias, por José F.º Ruiz Casanova

 Apología e historia de las vanguardias, por José Francisco Ruiz Casanova, en El País, 15 de junio de 2002.

Casi como celebración del centenario del nacimiento de Guillermo de Torre (Madrid, 1900-Buenos Aires, 1971) se reeditan dos de sus volúmenes críticos de mayor interés: Literaturas europeas de vanguardia (1925) e Historia de las literaturas de vanguardia (1965), títulos que guardan un alto grado de relación aunque, como se verá, fuese su propio autor quien distinguiera los rasgos, objetivos y circunstancia de uno y otro libro.

Esta reedición del volumen de 1925 se abre con una foto de Guillermo de Torre (traje de color claro de chaqueta cruzada, pipa y cabello peinado hacia atrás) que nos lo presenta más bien como un dandi, aunque nos trae ya dicha imagen una cierta impresión del T. S. Eliot español que, sobre todo como crítico, iba a demostrar con tan sólo 25 años. Tanto Literaturas europeas de vanguardia como la Historia de las literaturas de vanguardia deben leerse ahora como obras pioneras de la literatura comparada; De Torre, en su prólogo a la segunda, define el nuevo libro como una mirada histórica sobre los movimientos de vanguardia, a la par que califica el anterior libro de 'apologético', aunque -aun así- también ve en él 'el único libro en nuestro idioma con carácter internacional, panorámico, suprafronterizo'. Cuarenta años transcurrieron entre una y otra obra, y durante ese tiempo Guillermo de Torre siempre se negó a reeditar y/o corregir el texto de 1925: de hecho, cuando publique su Historia de las literaturas de vanguardia la mirada crítica ha variado, y la frescura del lenguaje y de la adjetivación testimonial de la década de los veinte deja su lugar al análisis realizado con cierta perspectiva filológico-histórica o académica.

Aun no siendo la misma obra, existe algo que las hermana, y que no es otra cosa que la calidad de las intuiciones críticas de su autor, en tantos casos comparables a las de los otros dos grandes poetas-críticos del siglo: Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Cuando Guillermo de Torre acomete su nueva obra, entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, ésta se manifiesta como una necesidad teórica y crítica. El lapso de esos cuarenta años es, como sabemos, el periodo en el que se configura -en muchos sentidos- la historia de la literatura española del siglo XX y, en especial, la historia de su poesía. De Torre pasa de ser cronista y testigo a narrador de esa historia, pues ya los hechos comienzan a confirmarle que, de no escribir su libro, el pozo del olvido puede llegar a ser mayor de lo que hoy creemos que ha sido.

Guillermo de Torre había publicado algunos textos de sus Literaturas europeas de vanguardia en la revista Cosmópolis. Próximo a la vertiente ultraísta y a medios de difusión como Grecia y Vltra, De Torre vuelca grandes dosis de entusiasmo en la labor crítica, que define como 'creativa', y estudia en sus 'páginas cinemáticas' (la abundancia de esdrújulos en su léxico es, todavía, notable) los movimientos ultraísta, futurista, creacionista, cubista y dadaísta. No debería olvidarse que cuando nuestro autor asume esta doble tarea, teórica y activa, algunas de las pautas de la modernidad lírica nacional ya han sido sembradas: Diario de un poeta recien casado (1917), La pipa de kif (1919) y la Segunda antolojía poética (1922). Su libro sitúa, sobre todo, la nómina ultraísta (Borges, Diego, Garfias, Chabás, Del Vando-Villar, Del Valle, Lasso de la Vega, etcétera), señala el lugar y el significado de la obra de Vicente Huidobro y vaticina cómo el campo de batalla estética pasará -como así fue- de las revistas a las recopilaciones o antologías. A este respecto, la obra de 1965 dedicará páginas espléndidas a las operaciones antológicas de Gerardo Diego, Onís y Domenchina, en la década de los treinta y cuarenta, operaciones que borran casi literalmente de la historia el vanguardismo anterior a la generación del 27.

De Torre procede, en muchos sentidos, como un comparatista, y no cabe duda de que el tiempo le ha dado la razón. Se interesa por las relaciones entre poesía e imagen visual, apunta incluso temas de la cibernética en su segundo libro, y repasa las figuras fundamentales de la cultura europea del siglo XX, tanto en Literaturas europeas de vanguardia (Apollinaire, Rimbaud, Blaise Cendrars, Réverdy, Pound, Lee Masters...), como en su Historia de las literaturas de vanguardia (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Beauvoir...). La nómina de vanguardismos, en virtud de la perspectiva histórica, alcanza aquí hasta las muestras de los años cincuenta y sesenta, como es el caso de la poesía concreta, y los capítulos del libro, su organización y apéndices bibliográficos aseguran ese espacio de estudio histórico que, durante cuarenta años, su autor creyó que podía desaparecer, y que es uno de los asuntos principales de la crítica contemporánea: delimitar el alcance del vanguardismo y comprender cada día que pasa mejor que de sus logros y propuestas procede la parte más sustantiva de la historia literaria (o poética, si se quiere) de nuestro pasado siglo XX.

El libro de Miguel Ángel García profundiza, precisamente, en dicho campo. En él se estudia con detalle la poesía pura y la dialéctica entre ésta y el compromiso, los 'ritos de la modernidad' oficiados por la generación del 27 -el gongorismo y la defensa de la forma- y, en un capítulo excepcional, el análisis del poema en prosa como consecuencia -según la lección de Rimbaud- del deseo del poeta moderno, que no es otro que 'encontrar una lengua'. Quizá el único inconveniente de la obra de García se deba a que todo su aparato hermenéutico gire en torno a una categoría ('la generación del 27') que antes de ser incluso etiqueta para el estudio filológico se había elevado sobre el proceso de vanguardias descrito ya por Guillermo de Torre en 1925; esto es, la generación del 27 no sólo es un canon literario indiscutible en líneas generales, sino que también fue, desde sus orígenes, un proceso de autocanonización que, contrariamente a otros, no dejó márgenes sino que, al llevarse a cabo (en gran medida) desde la médula de las vanguardias -de las que participan Gerardo Diego o Pedro Salinas-, hizo del presente sobre el que estaba escribiendo Guillermo de Torre pasado. No sé si pasado remoto; pero, sin lugar a dudas, pasado.

Literaturas europeas de vanguardia. Guillermo de Torre. Edición de José María Barrera. Renacimiento. Sevilla, 2001. 441 páginas. 18,03 euros.

Reseña de la monumental biografía de Pessoa

 Biografía descomunal del solitario Fernando Pessoa, en El País, por Isabel Soler Quintana, 20 ene 2026:

Richard Zenith entrega una minuciosa y abarcadora memoria del escritor portugués que ratifica su sentimiento de aislamiento radical.

Apenas nadie supo nada de Fernando Pessoa hasta varias décadas después de su muerte en 1935, y hoy en cambio somos capaces de leer una biografía de 1.400 páginas con una cronología casi microscópica de sus avatares: un baúl gigante ha seguido suministrando información nueva hasta principios del siglo XXI, y esta descomunal biografía de Richard Zenith se beneficia de todo ello como ninguna otra antes.

Es verdad que, a ratos, la minuciosidad analítica casi causa impaciencia y no siempre empujan la lectura las excursiones informativas de contexto histórico. A cambio, ese microdetallismo permite saber que el último libro que recibió en su etapa de formación en Durban (Sudáfrica) fueron unas Obras completas de Shakespeare que lo turbarían en el viaje de regreso a Lisboa, en 1905, como adolescente que estaba consolidando de forma impresionante su cuadro ficticio de sociabilidad íntima. Lo demuestra muy bien Zenith: Pessoa mantiene correspondencia ya desde Lisboa con personajes que conoció en Durban (donde se escolarizó al acompañar a su madre y a su padrastro como cónsul portugués allí), pero en realidad no existieron nunca. Las cartas que recibe Pessoa a sus 14 años y los personajes que las firman son de ficción, como también lo es el autor del poema que manda por entonces a la conocida revista británica Punch, aunque la carta que escribe sí lleva su firma (real, si algo es real en el mundo de Pessoa). Ese fue el origen del mundo literario que iba a construir, y también de su desbordante identidad plural.

No publicaron el poema —por supuesto, escrito en inglés—, pese a que en él se había propuesto, con 16 años, “alcanzar lo ridículo mediante la suma de lo serio y lo grotesco”, según escribe en la carta. Es delator que un poco después, abandonados los estudios universitarios de letras recién empezados, Pessoa se obstinase en identificar la genealogía de su propia genialidad en otros genios, al hilo del impacto que le causó Degeneraciónde Max Nordau, todavía recordado por él en una entrevista de 1932 como libro crucial de su formación y tan presente en el omniabarcador Libro del desasosiego, que firmó como Bernardo Soares, y omnipresente, con razón, en la biografía de Zenith.

Las múltiples y dispersas notas confesionales conservadas ratifican un sentimiento de soledad radical y la incapacidad de generar en los demás lo que su heterónimo y, en realidad, alter ego, Bernardo Soares llama “una simpatía violenta”. Equivalía a sentirse “tan solo como un barco que naufraga en el mar” (como dice una de esas notas, al hilo de una traducción de Ignacio Vidal-Folch que fluye sin obstáculos). No sería exactamente así, porque frecuentó los núcleos de la nueva literatura desde muy temprano —su filiación semihomoerótica con Mário de Sá-Carneiro o su desdén por Almada-Negreiros (’no es un genio’), su colaboración en Orpheu y en Presença, etc—, pese a los múltiples fracasos que cosechó tras fundirse una sustanciosa herencia de una abuela tras fundar un conato de editorial. Solo pudo o supo ganarse la vida como ocasional crítico y poeta, y sobre todo como traductor y escribiente de cartas comerciales en inglés y francés para empresas de exportación.

Zenith da espacio importante a la relación entre Pessoa y uno de los hermanos de su padrastro, Henrique Rosa, escritor sin suerte, pero determinante para convertir al joven en un progresista republicano y anticlerical de firmes convicciones pesimistas y paradójicamente racionalista. Ahí nace el impulso de otro de sus infinitos proyectos, un panfleto anticlerical en inglés y, como casi todo en él, también inacabado: “Casarse por la iglesia es una estupidez”. Amén, lo cual no quita para que no se curase nunca de una misoginia correosa de fondo ni superase tampoco una ineptitud o atrofia sexual tanto hetero como homosexual hasta su muerte a los 47 años. Es verdad también que la intermitente relación amorosa con Ofelia Queiroz —registrada en infinitas cartas— no fue exactamente vulgar: “Eres ácido sulfúrico” fue la enigmática frase que una vez le dictó a Pessoa la pasión amorosa por Ofelia…

En una carta de 1935 confiesa que “desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo [¿no es de una impactante genialidad esta frase?], me acuerdo de haber definido —en figura, movimientos, carácter e historia— diversas figuras irreales que, para mí, eran tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, acaso abusivamente, la vida real": que para Pessoa es la “tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Sí, son sus heterónimos, o excrecencias literarias sobre el papel de su personalidad imaginativa e incontinente. Desde los periódicos y revistas que fabricaba a mano en la primera adolescencia, llenos de autores inventados, hasta el parto en 1914 de los heterónimos gigantes (los deslumbrantes y profundamente dispares poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis), se despliega un colosal mosaico de invenciones fiel a la profecía de Pessoa en 1912 sobre la aparición inminente de un Gran Poeta portugués que rivalizaría o incluso eclipsaría a Luis de Camões: era evidentemente él, el Supra-Camões.

La literatura náufraga, fragmentaria, sustantivamente inacabada de Pessoa acabó siendo, muchas décadas después de su muerte en 1935, su paradójica plenitud.

 Pessoa. Una biografía. Richard Zenith. Traducción de Ignacio Vidal-Folch. Acantilado, 2025, 1.488 páginas, 56 euros.

Estereotipos de los países latinoamericanos explicados

  [Transcripción]

  Los estereotipos de los países latinoamericanos explicados, en Así es como somos, Youtube, 5 feb 2026

 Latinoamérica nació de una promesa que nunca se cumplió. Cuando los libertadores imaginaron una gran patria unida desde México hasta la Patagonia, probablemente no calcularon que 200 años después estaríamos discutiendo si el mejor asado es argentino, uruguayo o brasileño. Y mientras tanto, cada país jura que el vecino es el problema. Bienvenidos a un continente donde la rivalidad no es política, es casi genética, donde compartimos idioma, historia y hasta ancestros, pero nos miramos con una mezcla de cariño y sospecha permanente. 

Esto no es un documental, esto es un recorrido por todo lo que creemos saber de cada país, lo que sus propios habitantes admiten en voz baja después de unas cervezas y lo que todos callamos para no empezar otra guerra de comentarios.

Empecemos por México, porque si no empezamos por México, alguien va a reclamar. El estereotipo internacional es claro, sombreros, bigotes, narcos un desierto infinito donde aparentemente solo hay cactus y tiroteos. Pero la realidad es tan diferente que casi da risa. México es un país donde puedes desayunar en una ciudad con rascacielos, almorzar en un pueblo donde las calles son de tierra y cenar frente a una pirámide que tiene más años que la mayoría de países europeos. El mexicano promedio vive en un estado constante de contradicción emocional. Te dice que todo está mal mientras prepara una fiesta. Se queja del gobierno con la misma intensidad con la que defiende sus tacos de cualquier imitación extranjera y tiene este superper social donde puede convertir a un desconocido en familia antes de que termine el primer plato. Ah, imagina esto. Entras a una casa mexicana porque te perdiste buscando una dirección. Media hora después estás sentado en la mesa con un plato de pozole, escuchando la historia completa de la abuela y prometiendo volver para las posadas. No preguntaron tu nombre hasta el tercer vaso de agua de Jamaica. Es como si la hospitalidad fuera un deporte nacional, y todos compitieran por el primer lugar. México es enorme y eso crea subculturas que se miran entre sí con curiosidad y algo de desdén. Los del norte se consideran más trabajadores, más directos, casi como una extensión de Texas, pero con mejor comida. Los del centro miran a todos desde la Ciudad de México como si el resto del país fuera provincia, porque técnicamente lo es. Los del sur viven en otro ritmo, más conectados con tradiciones indígenas que a veces parecen de otro siglo. Que Yucatán jura que es república independiente y tiene argumentos históricos para respaldarlo. Jalisco cree que inventó México porque tiene tequila y mariachis. Y Oaxaca mira a todos con la superioridad moral de quien sabe que su comida es objetivamente la mejor. Pero hay algo que une a todos los mexicanos más allá de las diferencias regionales. La capacidad de reírse de las tragedias, terremotos, huracanes, crisis económicas. Presidentes impresentables. Todo merece un meme antes del mediodía. Esta habilidad para transformar el dolor en humor no es superficialidad, es supervivencia. Cuando tu país lleva siglos siendo invadido, colonizado, revolucionado y sacudido literalmente por la Tierra, desarrollas un mecanismo de defensa que consiste en hacer chistes antes de que la realidad te alcance.

Bajamos a Guatemala, el país que parece un videojuego de supervivencia, diseñado por alguien con muy mal humor. Volcanes activos que humean cuando les da la gana. Temblores que ya nadie cuenta, lluvias que pueden destruir carreteras enteras en una tarde. Y en medio de todo eso, el guatemalteco promedio camina como si nada pasara, con una calma que desconcierta a cualquier visitante. No es indiferencia, es que llevan tantas generaciones lidiando con el caos natural que ya lo internalizaron como parte del paisaje. La imagen clásica del guatemalteco incluye textiles coloridos, mercados caóticos y familias enormes donde la mitad vive en Estados Unidos enviando remesas. Y no es del todo falso. Las remesas representan una porción absurda del PIB, a lo que significa que básicamente el país funciona parcialmente gracias a señores que lavan platos en Los Ángeles y mandan dólares cada quincena. Pero reducir Guatemala a eso es perderse la complejidad de un lugar donde conviven idiomas mayas que la mayoría de guatemalteños no entiende, con una capital que intenta parecer moderna, mientras el resto del país vive como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto del siglo XX. El guatemalteco habla poco, pero observa mucho. Cuando te abre la puerta de su casa no espera nada a cambio, pero tampoco olvida si respondiste con indiferencia. Hay una lealtad silenciosa que atraviesa familias y comunidades, una red invisible de favores y confianza que funciona mejor que cualquier sistema formal. Y aunque el país aparece en las noticias internacionales siempre por razones tristes, migración, violencia, corrupción, la gente sigue levantándose antes del amanecer para trabajar tierras que apenas les pertenecen o para  cruzar ciudades en buses que deberían haber sido retirados hace décadas. 

Belice aparece aquí como el vecino raro que nadie sabe muy bien cómo incluir. Técnicamente está en Centroamérica, pero habla inglés, tiene reina, usa dólares propios y mira al Caribe más que a sus vecinos terrestres. Guatemala todavía reclama la mitad de su territorio, lo cual Belice ignora con la elegancia de quien sabe que nadie va a hacer nada al respecto. El beliceño vive en un ritmo caribeño donde el estrés parece un concepto importado. Tiene playas que otros países envidian, arrecifes que atraen turistas de todo el mundo y una población tan pequeña que medio país se conoce. Es como si alguien hubiera cortado un pedazo del Caribe y lo hubiera pegado donde no correspondía y funcionó. 

Honduras carga con una reputación que precede cualquier conversación. Seguridad, pandillas, pobreza. Los titulares internacionales repiten las mismas palabras hasta que se convierten en la única imagen disponible. Pero cuando estás ahí, en una calle cualquiera de Tegucigalpa o en un pueblo cerca de la costa, la vida tiene otra textura. Buses viejos que pasan cuando quieren, vendedores que gritan precios desde la acera, niños jugando en calles sin asfaltar mientras los adultos conversan en las puertas de las casas. El hondureño habla directo, sin rodeos, con una franqueza que puede parecer brusca si vienes de culturas más indirectas. La migración es tema de conversación en prácticamente todas las familias. Alguien ya se fue, alguien está pensando en irse, alguien acaba de volver porque no funcionó. Las  caravanas que aparecen en las noticias no son fenómenos aislados, son el resultado de décadas donde las oportunidades se achicaron mientras los problemas crecían. Y aún así, hay comunidades que funcionan como redes de apoyo donde el vecino cuida al hijo del otro, donde se comparte lo poco que hay, donde la resiliencia no es un concepto abstracto, sino una necesidad diaria. Honduras no se entiende desde afuera. Hay que estar ahí para ver que entre el caos hay códigos sociales muy sólidos, lealtades que no se rompen y una fortaleza colectiva que sorprende a quien esperaba encontrar solo problemas.

El Salvador es el país que más cambió su imagen en los últimos años. Para bien o para mal, dependiendo de a quién le preguntes. Durante décadas fue sinónimo de maras, ta violencia callejera y una inseguridad que definía cada aspecto de la vida cotidiana. Las pandillas nacieron de una historia circular y cruel. La guerra civil de los 80 expulsó a miles hacia Estados Unidos, donde algunos se organizaron en pandillas para sobrevivir y cuando los deportaron masivamente trajeron esas estructuras de vueltas a un país que no tenía forma de absorberlas. El resultado fue que un conflicto interno que no aparecía en mapas, pero que controlaba barrios enteros. Hoy el país vive algo que parece ciencia ficción, para quienes lo  conocieron antes. Cárceles gigantescas, un presidente que comunica por redes sociales, Bitcoin como moneda oficial y una seguridad que antes parecía imposible. Dentro del país la mayoría aplaude sin cuestionar demasiado, porque cuando viviste con miedo durante décadas, si la tranquilidad se siente como un milagro, aunque venga con letra pequeña que prefieres no leer. Pero el salvadoreño real, más allá de la política, es una mezcla extraña de valentía, humor directo y una capacidad impresionante para adaptarse a lo que sea. Hablan fuerte, ríen fuerte, comen pupusas como si fueran medicina para el alma y tienen un sentido de familia que sobrevivió a 50 años de problemas porque no tenían otra opción. 

Nicaragua está tan marcada por su historia política que es difícil hablar del país sin mencionar revoluciones, sandinistas, contras y décadas de tensión que nunca terminaron del todo. La gente está acostumbrada a vivir con incertidumbre, con gobiernos que prometen y no cumplen, con una economía que funciona a medias y una infraestructura que parece detenida en el tiempo. En algunas ciudades, los cortes de luz son rutina, el agua llega cuando quiere y el transporte público es una aventura diaria. El nicaragüense tiene un trato directo, sin excesos de cortesía y mantiene una vida sencilla donde lo básico pesa más que cualquier lujo. El campo sigue siendo fundamental. Muchas zonas funcionan casi desconectadas del ritmo de las capitales latinoamericanas con comunidades que dependen de la tierra y de tradiciones que llevan generaciones. El turismo llegó buscando volcanes y lagos y encontró un país donde el contraste entre lo que se vende y lo que vive la población es enorme. Nicaragua no hace ruido internacional, no aparece en tendencias, pero sigue ahí con su gente adaptándose a lo que venga como lleva haciendo toda su historia.

Costa Rica es la excepción que todos mencionan cuando quieren demostrar que Centroamérica puede ser diferente. No tienes ejército. Vive del turismo ecológico. Tiene índices de educación y salud que parecen de otro continente y una estabilidad política que sus vecinos miran con envidia. El costarricense o tico, como se llaman a sí mismos, tiene fama de tranquilo, de tomarse la vida con calma, de responder a todo con un pura vida que puede significar cualquier cosa desde excelente hasta me da igual, pero dicho con amabilidad. San José es caótico, con tráfico imposible y una estética urbana que no gana premios. Pero fuera de la capital, el país se transforma en montañas verdes, playas de ambos océanos y una naturaleza que justifica todos los folletos turísticos. La gente se toma el día con paciencia, da disfruta lo simple y raramente entra en confrontaciones innecesarias. Pero hay un lado que no aparece en las postales. El costarricense puede ser bastante cerrado con los extranjeros que se quedan. Hay un nacionalismo suave que distingue claramente entre el turista bienvenido y el inmigrante tolerado. Y la fama de paraíso tiene grietas y rascas un poco la superficie. Aún así, Costa Rica funciona como un punto estable en un  continente donde la estabilidad no suele durar demasiado. 

Panamá existe por el canal y el canal existe por Panamá, una relación simbiótica que define casi todo lo demás. La imagen típica es de rascacielos modernos, bancos, contenedores moviéndose y negocios internacionales. Ciudad de Panamá parece Miami trasplantado al trópico con un Skyline que no esperas encontrar en Centroamérica. Pero sal de la capital y el país cambia completamente. Zonas rurales que viven al margen del crecimiento, comunidades indígenas que mantienen tradiciones propias y un ritmo de vida que no tiene nada que ver con los ejecutivos de la zona bancaria. Panamá también carga con la reputación de ser donde el dinero se esconde. Empresas fantasma, cuentas discretas, papeles que filtran periodistas de vez en cuando. Esa aura de misterio financiero es parte de la identidad internacional del país, aunque la mayoría de panameños viven lejos de esas transacciones y simplemente intentan pagar el alquiler como en cualquier otro lado. La mezcla cultural es muy visible. Caribeños, latinos, asiáticos, comunidades enteras que llegaron para construir el canal y se quedaron. Panamá es pequeño, pero tiene una presencia internacional desproporcionada y como si hubiera encontrado un nicho y lo explotara hasta las últimas consecuencias. 

Ahora saltamos al Caribe, donde las reglas cambian y el ritmo se vuelve otra cosa completamente diferente. 

Cuba es probablemente el país latino con la imagen más fija en la mente colectiva. Coches antiguos de colores brillantes circulando por la Habana, música saliendo de cualquier ventana abierta y un sistema político que lleva más de medio siglo sin cambiar significativamente. Los estereotipos están tan arraigados que a veces cuesta ver más allá. El ron, los puros, el socialismo, las playas, la salsa, todo cierto, todo incompleto. La realidad cotidiana es más complicada. Las restricciones económicas han obligado a los cubanos a desarrollar una creatividad técnica impresionante, reparar cosas imposibles, reutilizar piezas que en otro país irían a la basura, mantener funcionando motores con herramientas improvisadas. El día a día está marcado por colas para conseguir productos básicos, un acceso a internet limitado que condiciona la conexión con el mundo exterior y una economía dual donde la moneda local y las divisas crean desigualdades muy visibles. El cubano desarrolló un humor como mecanismo de defensa, una capacidad de reírse de las carencias que sorprende a quien visita esperando encontrar solo lamentos. La música está en absolutamente todo y forma una parte tan grande de la identidad como la política misma. Cuba es un lugar donde el pasado y el presente conviven en cada esquina, donde los edificios coloniales se caen a pedazos mientras la gente baila en la acera de enfrente.

República Dominicana es música desde que amanece hasta que oscurece y después también. La imagen típica es alguien bailando merengue o bachata en cualquier superficie disponible, aunque no haya música sonando porque la llevan puesta internamente. Este comportamiento tiene una explicación histórica. En los años 60 y 70, estas músicas se consolidaron como identidad nacional y se volvieron inescapables en fiestas, radios, eventos familiares y básicamente cualquier reunión de más de dos personas. El dominicano habla fuerte, rápido y con un acento que otros hispanohablantes a veces necesitan subtítulos para seguir. Se ríen con facilidad, discuten con la misma facilidad y viven con una energía que parece inagotable. En las carreteras todo se mueve rápido y con poca paciencia. Las guaguas paran la gana. T los motoconchos sortean el tráfico como si las leyes de la física no aplicaran. El béisbol es casi una religión con niños que sueñan con las grandes ligas antes de aprender a leer. El turismo cruza la vida local constantemente, creando contrastes entre resorts de todo incluido y barrios donde la realidad es completamente diferente. República Dominicana es un país que vive en volumen alto, sin botón de pausa, donde el silencio se considera sospechoso. 

Haití comparte isla con República Dominicana, pero parece otro planeta. Es el país más pobre del hemisferio occidental y carga con una historia de desastres, intervenciones y abandono que explica mucho de su situación actual. Pero reducir Haití a pobreza y problemas es perderse algo importante. El haitiano tiene una dignidad que sobrevive a todo, a una cultura rica que mezcla influencias africanas con el Caribe francés y una creatividad artística que aparece en murales, música y ceremonias que no se parecen a nada más en la región. El vudú es parte real de la cultura, no el cliché hollywoodense de muñecos con alfileres, sino un sistema espiritual complejo que mezcla tradiciones africanas con catolicismo impuesto. La gente habla criollo haitiano, un idioma que suena a francés, pero tiene estructura propia y francés formal para ocasiones oficiales. La relación con República Dominicana es complicada, con tensiones históricas y flujos migratorios que generan conflictos constantes. Haití no aparece en las listas de destinos turísticos, pero quien lo visita encuentra una resiliencia humana que cuestiona todo lo que creías saber sobre qué hace falta para mantener la esperanza.

Puerto Rico está técnicamente en el Caribe, pero su situación es única. Ni país independiente ni estado estadounidense, una especie de limbo político que genera debates interminables entre sus habitantes. El puertorriqueño típico aparece en la imaginación popular con actitud, reggaetón y una identidad que mezcla lo latino con lo estadounidense de formas a veces contradictorias. El género urbano explotó ahí en los 92,000, convirtiéndose en parte fundamental de la cultura de toda la isla. San Juan tiene vida rápida, ruidosa, con carros sonando a todo volumen a cualquier hora y una energía que no para. El clima empuja la vida hacia afuera con playas que funcionan como punto de reunión social más que como atracción turística. Pero debajo de la superficie hay discusiones constantes sobre identidad, sobre el futuro político, sobre qué significa ser puertorriqueño cuando tienes pasaporte americano. Pero tu cultura no encaja del todo en ninguna categoría. La crisis económica y los huracanes golpearon fuerte, provocando una emigración masiva que cambió la demografía de la isla. Puerto Rico vive entre dos mundos y a veces no sabe bien a cuál pertenece. 

Bajamos a Sudamérica, donde todo es más grande, más intenso y más contradictorio.

Colombia carga con el estereotipo más repetido y más injusto del planeta, la droga. Décadas de narcos, series de televisión y noticias sensacionalistas crearon una imagen que persigue a los colombianos a donde vayan. Presentas un pasaporte colombiano y alguien hace un chiste que ya escuchaste mil veces. Pero la realidad cotidiana va por otro lado completamente diferente. Colombia es un país de regiones que a veces parecen países distintos. Los paisas de Medellín tienen fama de emprendedores, parlanchines y orgullosos de su ciudad hasta niveles absurdos. Los costeños del Caribe viven en otro ritmo, más relajado, con música que no para y una actitud ante la vida que los del interior consideran demasiado tranquila. Los rolos de Bogotá se ven a sí mismos como más sofisticados, más formales y miran al resto con una mezcla de curiosidad y ligera superioridad capitalina. Cali es salsa, aunque ahora también reggaetón y tiene un estilo propio que no se confunde con ninguna otra ciudad. El colombiano promedio habla rápido, cogesticula mucho y tiene una habilidad increíble para meter humor incluso en conversaciones serias. La música está en todos lados, a todas horas. Vallenato por la mañana, reggaetón por la noche y cualquier excusa es buena para poner un parlante a todo volumen. Pero Colombia también es desigualdad brutal, zonas rurales olvidadas por el estado, un conflicto armado que oficialmente terminó, pero que dejó heridas que tardarán generaciones en sanar. Reducir el país al estereotipo de las series es perderse una complejidad social y humana que ningún guion de televisión puede capturar. 

Venezuela es un caso que genera debates acalorados sin importar dónde lo menciones. El país cambió tanto en tan poco tiempo que quienes emigraron hace 10 años no reconocen lo que dejaron atrás. Los cortes de luz eran frecuentes y el transporte público funcionaba cuando quería. Conseguir productos básicos se convirtió en una misión diaria durante años. La inflación alcanzó números que suenan a chiste, pero que destruyeron ahorros de toda una vida en cuestión de meses. La emigración fue masiva. Millones de venezolanos salieron buscando estabilidad y crearon comunidades en prácticamente todos los países de la región. Esto generó tensiones porque la llegada de tantas personas en poco tiempo saturó mercados laborales y servicios públicos en países que tampoco estaban preparados para absorberlos. El venezolano en el exterior carga con estereotipos propios, que trabaja duro, que se adapta, pero también que es ruidoso, que cree que su país era mejor que todos antes de la crisis. Dentro de Venezuela, la diferencia entre clases se volvió abismal. Zonas que parecen de primer mundo conviven con barrios donde todo se hace a pulso, sin recursos ni garantías. Pero el venezolano tiene un humor muy característico, casi como mecanismo de defensa colectivo. Hacer chistes de billetes que no sirven ni como papel, de situaciones absurdas que en otro contexto serían tragedias. Es una forma de procesar lo que pasó y lo que sigue pasando, de mantener una identidad que va más allá de las circunstancias. Venezuela, antes de la crisis tenía una cultura de abundancia, de petróleo, de sentirse los más ricos de la región. Ese contraste entre lo que fue y lo que es dejó una marca psicológica colectiva que todavía se está procesando. 

Ecuador sorprende porque cambia completamente dependiendo de dónde estés. En la costa la gente es más directa, el clima es pesado y húmedo. Todo se mueve con una urgencia que contrasta con el interior. Guayaquil es la ciudad más grande, económicamente potente, pero caótica, con un orgullo local que rivaliza con Quito en todo, desde el fútbol hasta la forma de hablar. En la sierra el ritmo baja, el carácter se vuelve más reservado, las temperaturas caen y el día a día tiene otro tono completamente diferente. Quito está tan alto que a los visitantes les cuesta respirar los primeros días mientras los locales suben cuestas sin inmutarse. Y luego está la Amazonía, donde el estilo de vida cambia tan radicalmente que parece otro país. Comunidades que viven lejos de cualquier ciudad grande, con tradiciones propias y una relación con la naturaleza que el Ecuador urbano apenas comprende. El estereotipo habitual es que Ecuador es un país tranquilo, pequeño, sin mayores dramas. Pero la economía ha tenido altibajos fuertes. La política cambia de rumbo constantemente y la seguridad empeoró en los últimos años de formas que sorprendieron a propios y extraños. Las Galápagos son ecuatorianas, lo cual le da al país un patrimonio natural único, pero la mayoría de ecuatorianos nunca las visitaron porque ir cuesta lo mismo que un vuelo internacional. 

Perú es difícil de encasillar porque los contrastes son enormes. Lima es una megalópolis gris. con tráfico imposible, con una nube que cubre el cielo varios meses al año y una vida urbana que no para. Pero a pocas horas está Cuzco, capital del Imperio Inca, con tradiciones que llevan siglos y turistas que llegan buscando Machu Picchu. La selva peruana es otro mundo completamente diferente, con una influencia cultural que poco tiene que ver con la costa o la sierra. El estereotipo más fuerte del Perú es la gastronomía. Ceviche, lomo saltado, causa, piscour. Y es cierto que la comida peruana alcanzó un reconocimiento internacional que pocos países latinoamericanos tienen. Pero ese boom gastronómico también tapó conversaciones importantes sobre desigualdad, centralismo extremo, donde todo pasa en Lima, problemas políticos que se repiten cada gobierno y una fragmentación regional que a veces parece irreparable.

El peruano de Lima mira al resto del país de una manera y el resto del país mira a Lima con una mezcla de resentimiento y resignación. Hay un orgullo nacional que aparece especialmente cuando se habla de historia o comida, pero que convive con críticas constantes sobre todo lo demás. 

Bolivia es uno de esos países donde la imagen más básica incluye un altiplano infinito, collamas caminando tranquilamente y mujeres con polleras cargando bultos que parecen pesar más que ellas mismas. El clima en algunas zonas es tan extremo que respirar se vuelve un reto para cualquiera que no haya nacido ahí. En la paz, que está tan alto que los aviones aterrizan en el alto y hay que bajar hacia la ciudad, los turistas se quedan sin aire caminando media cuadra mientras los paseños suben cuestas como si fueran planas. Bolivia tiene una identidad tan marcada que es imposible confundirla con otro país. Las ciudades grandes están llenas de minibuses que frenan donde les parece, mercados que venden desde fruta fresca hasta remedios tradicionales que prometen curar cualquier cosa y una mezcla de lo moderno con lo tradicional que coexiste sin problemas aparentes. Hay una separación muy marcada entre lo urbano y lo rural. Yace entre grupos culturales que mantienen tradiciones completamente diferentes, entre una Bolivia que mira hacia afuera y otra que sigue funcionando con reglas propias que llevan generaciones. El boliviano tiene un orgullo silencioso pero firme. No necesita convencerte de nada, simplemente sabe quién es. 

Chile es un país larguísimo que cambia según la latitud. En el norte todo es desierto, minas, sequedad absoluta. En el sur llueve tanto que la humedad es parte de la personalidad local. Santiago está en el medio, funcionando como capital que absorbe recursos y atención mientras las regiones miran con cierto resentimiento. El chileno típico habla cortado, rápido, con un acento que a muchos hispanohablantes les suena como si las palabras vinieran sin vocales. Los modismos son tantos que prácticamente es otro idioma. Y cuando se juntan varios chilenos, la conversación se vuelve incomprensible para el resto del continente. Los terremotos forman parte de la rutina. Solo se preocupan si las lámparas empiezan a balancearse demasiado. El resto son movimientos que apenas merecen comentario. Chile tiene fama de ser el país más ordenado de Sudamérica, más formal, más europeo en sus aspiraciones, pero eso también genera críticas de países vecinos que lo ven como creído, como si se sintiera superior al resto del continente. El chileno vive con esta contradicción, orgulloso de su estabilidad, pero consciente de que esa estabilidad cuesta caro, literal y metafóricamente. 

Argentina aparece siempre con una imagen muy clara en la mente de cualquier latinoamericano. Acento inconfundible, manos en constante movimiento. Y alguien explicando algo con una seguridad que no necesita hechos para respaldarse y probablemente un mate pasando de mano en mano. El argentino tiene fama de creerse superior, de hablar como si tuviera la razón, aunque esté inventando datos, de transformar cualquier conversación en un debate filosófico que nadie pidió. Y como todos los estereotipos, tiene un núcleo de verdad rodeado de exageración. Buenos Aires es una ciudad que parece europea hasta que ves cómo funciona y te das cuenta de que es profundamente latinoamericana. Edificios elegantes junto a calles llenas de bocinazos, colectivos que pasan rozando a los peatones, cafés donde la gente puede discutir durante horas sobre política, fútbol, economía o cualquier tema que genere conflicto, que son todos. El interior del país tiene otro ritmo. Con provincias que miran a la capital con esa mezcla de dependencia y resentimiento que se repite en todo el continente. El argentino vive con un ojo en la situación económica del país, que cambia de crisis en crisis y otro en su vida diaria, alternando entre optimismo exagerado y queja permanente a veces en cuestión de minutos. El fútbol no es un deporte, es una estructura emocional que afecta decisiones reales, relaciones familiares, estados de ánimo colectivos. Cuando la selección gana, el país entero funciona mejor. Cuando pierde, mejor no hablar con nadie hasta el día siguiente. 

Uruguay parece diseñado para bajar el nivel de estrés del continente. Calles tranquilas, gente caminando despacio. Un silencio que sorprende si vienes de cualquier país vecino. El uruguayo siempre aparece con un termo bajo el brazo y un mate que toma sorbos constantemente como si fuera parte de su sistema respiratorio. Montevideo tiene un aire nostálgico con bares antiguos, playas que la gente disfruta aunque haga frío y un tráfico que rara vez se descontrola. La política es tema frecuente de conversación, pero de forma calmada, sin los gritos y dramatismos de otros lugares. Los uruguayos debaten como si tuvieran todo el tiempo del mundo, sin urgencia, sin necesidad de convencer a nadie. En el fútbol, la calma desaparece completamente. Ahí se aparece un lado más intenso, alimentado por una historia deportiva que el país defiende con orgullo, desproporcionado a su tamaño. Uruguay es pequeño, estable, directo en su trato. No busca llamar la atención, pero deja una impresión de orden y sencillez que otros países envidian en silencio. 

Paraguay es uno de los países menos mencionados en conversaciones internacionales, tanto que mucha gente solo conoce dos cosas, el tereré y el guaraní. El paraguayo vive en un calor que no perdona durante buena parte del año. Por eso ves a todo el mundo con una jarra térmica enorme absorbiendo tereré como si fuera parte de su metabolismo. El guaraní está tan integrado en la vida diaria que incluso quienes no lo hablan fluidamente terminan entendiendo frases sueltas de tanto escucharlo en la calle, en la televisión, en las conversaciones familiares. Chicos, el segundo puente que está ahí cerca al costado de nuevo Super 2 ya está clausurado. Nadie puede pasar por ahí, porque el agua pasa encima del puente. Hicieron mal entonces ese puente porque por abajo tenía que pasar el agua, no por arriba. Qué bo. Vamos a reclamar eso que hicieron de cuenta. Paraguay tiene una historia marcada por la Guerra de la Triple Alianza. Fue uno de los conflictos más devastadores de América Latina y redujo la población de forma brutal y dejó una huella que todavía se refleja en el carácter reservado y firme de la gente. Asunción mezcla avenidas tranquilas con zonas donde la informalidad domina. Y el ritmo de vida suele ser más pausado que en otros países del continente. Paraguay no busca imagen, no utiliza marketing nacional, simplemente sigue su propio camino sin necesidad de llamar la atención ni convencer a nadie de nada. 

Brasil merece categoría aparte porque es casi un continente dentro del continente. La imagen clásica incluye carnaval, samba, fútbol y gente celebrando cualquier cosa que se pueda celebrar. Pero esa imagen, siendo parcialmente cierta, oculta una complejidad enorme. Brasil tiene regiones que funcionan como países diferentes. El nordeste tiene una cultura afrobrasileña marcadísima, una relación con la naturaleza diferente, un ritmo que nada tiene que ver con las megalópolis del sur. Sao Paulo es velocidad, negocios, tráfico interminable, casi otro país dentro del país. Río es playa, favelas, música, una estética que se vende como imagen de todo Brasil, pero que es específicamente carioca. El brasileño promedio vive con improvisación constante. Vendedores ambulantes que aparecen de la nada, músicos tocando en la calle sin necesidad de escenario, soluciones creativas a problemas que en otros países requerirían burocracia infinita. Pero Brasil también es desigualdad extrema, favelas que contrastan con condominios de lujo separados por pocas cuadras, violencia urbana que condiciona cómo vive la gente, es una estructura social donde el color de piel sigue determinando oportunidades de formas que el país prefiere no discutir demasiado. El cliché del brasileño festivo no aparece por casualidad. Realmente hay una cultura de enfrentar la vida con una energía que parece inagotable, de transformar problemas en música, de encontrar motivos para celebrar, aunque las circunstancias no inviten a ello. Es supervivencia emocional elevada a arte nacional. 

Y así llegamos al final de este recorrido por un continente que comparte tanto y se pelea por todo. Cada país jura que es diferente al vecino, que su comida es mejor, que su forma de hablar es la correcta, que los de al lado son más esto o menos aquello. Pero cuando un latinoamericano se encuentra con otro en cualquier parte del mundo, hay un reconocimiento instantáneo, una familiaridad que trasciende las fronteras dibujadas en mapas, porque al final todos crecimos con madres que cocinan demasiado, con familias que opinan sobre todo, con economías que suben y bajan, con políticos que decepcionan, con esperanzas que se reconstruyen cada generación. Los estereotipos existen porque simplifican realidades que son demasiado complejas para consumirse rápido. Es más fácil decir que los argentinos son creídos, que los mexicanos son fiesteros, que los chilenos hablan raro, pero detrás de cada simplificación hay millones de personas viviendo vidas que no caben en ninguna categoría, tomando decisiones que contradicen las expectativas, construyendo futuros que nadie predijo. Latinoamérica es caos, es contradicción, es conflicto permanente entre países y dentro de cada país, pero también es una forma de ver el mundo que no se encuentra en otros lugares, más cálida, más intensa, más dispuesta a improvisar cuando los planes fallan y los planes siempre fallan. Así que esto es así, supongo.