martes, 10 de marzo de 2026

Un neurocientífico busca a Dios en el cerebro

 Diego Golombek: «Dios es uno de los mayores logros del cerebro humano», en Abc, por Carmen Burné, 22/02/2026:

El biólogo argentino analiza en 'Las neuronas de Dios' por qué la selección natural favoreció la aparición de la fe y la necesidad de entender la religión como un fenómeno biológico antes que cultural

El influjo de la hiperracionalidad del mundo contemporáneo prometió una sociedad libre de mitos en la que el laboratorio sustituiría a la catedral. Sin embargo, el ser humano sigue sintiendo la pulsión irreprimible de mirar al cielo en busca de respuestas, una suerte de sistema operativo espiritual que parece venir preinstalado de fábrica. Ignorar esta persistencia de lo sagrado es como tratar de entender la arquitectura humana obviando los cimientos. Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) es biólogo, cronista y uno de los divulgadores más audaces de la ciencia en español, y disecciona este fenómeno en 'Las neuronas de Dios' (Siglo XXI), donde no se propone la tarea imposible de demostrar la tarea imposible del Creador, sino la de rastrear su huella biológica en los pliegues de nuestra corteza cerebral.

—¿Cuál es su relación con la religión?

—El misterio siempre me atrajo. Aunque nunca fui una persona religiosa, sí fui creyente desde niño. Como cualquier chico, hablaba con un ser superior, una costumbre que, sospecho, nunca nos abandona del todo. Quien asegure que no pide ayuda frente a una situación crítica, quien no haya implorado un «por favor, que pase tal cosa», que tire la primera Biblia. En 'Las neuronas de Dios' cuento cómo, en un momento dado, empecé a notar una correlación demasiado estrecha entre lo que ese ser superior opinaba y lo que yo quería que opinase. Claramente, ese Dios era yo mismo; como todos nosotros, de alguna manera, somos nuestros propios dioses. Ese descubrimiento me alejó de la religión, pero no me hizo perder el interés en ella. Lo maravilloso de la ciencia es que nos permite entender por qué hacemos lo que hacemos y por qué tanta gente mantiene su fe en la vida adulta. La religión tiene algo fascinante: se puede estudiar científicamente. A diferencia de otras pseudociencias movidas por intereses o ideas ridículas, la fe es un fenómeno profundo que merece ser comprendido.

—Menciona varias veces en el libro que las alucinaciones nos llevan a algo interno, programado de fábrica. ¿Cuánto de intrínseca es la figura de Dios?

—La gran pregunta es por qué, veintiún siglos después de Cristo y muchos más desde el origen del pensamiento religioso, sigue existiendo con tanta fuerza la figura de un Dios omnisciente y personal. Se podría argumentar que es una cuestión meramente cultural, pues somos una mezcla de lo que traemos «de fábrica» -lo biológico y genético- y lo que hacemos con ello -lo cultural y social-. Cuando un fenómeno se mantiene de forma tan robusta a lo largo de la historia y la geografía, como biólogo me siento obligado a plantear una hipótesis biológica: ¿y si no fuera solamente cultural? Esta es la hipótesis: los humanos que creyeron fuertemente en algo superior tuvieron mayores probabilidades de sobrevivir. A nivel individual, la fe pudo reducir el estrés y ofrecer otra perspectiva vital. A nivel social, proporcionó un estandarte común que otorgaba una ventaja estratégica sobre otras comunidades menos organizadas, permitiendo que las tribus cohesionadas por la religión se impusieran. Es una hipótesis, pero existe cierta evidencia al respecto. Se han hallado indicios genéticos que sugieren que las personas con mayores niveles de religiosidad presentan ciertas variaciones o polimorfismos en sus genes.

—Si descubrimos que Dios vive en el lóbulo temporal, ¿eso lo hace menos real o simplemente explica el «hardware» que usamos para escucharlo?

—Explica la idea de Dios. Dios es inexplicable, incluso desde la ciencia, porque no es una pregunta científica. Si partimos de ahí, pues nos ponemos de acuerdo. Lo que sí es una pregunta científica es qué correlatos tiene Dios en el comportamiento de la gente o en el sistema nervioso de la gente (por ejemplo, si hay áreas del cerebro que se activan frente a rituales o rezos), y eso es donde la ciencia puede hacer doble clic. Jamás puede poner la lupa y sería una estupidez que lo hiciera en la existencia misma de Dios. Eso sería un problema, obviamente, teológico, filosófico, pero no científico.

—¿Es la búsqueda de la verdad científica una forma de ritual religioso para el cerebro secular?

—La ciencia es, sin duda, una actividad ritual. Tiene sus rutinas y su propia lógica interna, pero se distancia de lo religioso en sus pilares fundamentales. Mientras que el pilar de la religión es la fe y el misterio, el pilar de la ciencia es la evidencia. La actividad científica consiste en robarle secretos a la naturaleza e iluminar lo que está a oscuras. Aunque es una tarea ciclópea porque lo oscuro es infinito, nunca podemos aceptar un límite definitivo. Aquí es donde los rituales científicos y religiosos se separan. La religión se sostiene en el mito y en la fe ciega; ese es su gran éxito y la razón por la que se mantiene. Resulta fascinante que, en pleno siglo XXI, más del 80% de la población siga siendo creyente. Sucede porque la religión ofrece respuestas certeras que cierran preguntas, mientras que la ciencia, cuando da una buena respuesta, lo que hace es abrir nuevas interrogantes. El éxito de la religión radica en que esas respuestas definitivas brindan tranquilidad y reducen la ansiedad. No podemos despacharlo simplemente como «el opio del pueblo», porque efectivamente tiene efectos positivos en el bienestar emocional.

—¿Puede alguien que no sea religioso tener esta misma tranquilidad ante el final de la vida?

—Creo que, efectivamente, la muerte es una fuerza impulsora extraordinaria para la fe y, sobre todo, para la religión, que ofrece una respuesta: nos dice que no nos preocupemos, que todo irá bien en un paraíso. Ya sea el cielo cristiano o el de los mártires musulmanes con sus vírgenes -sobre lo cual Enrique Jardiel Poncela escribió un libro fascinante y divertidísimo titulado '¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?'-, la religión propone un destino. El miedo a la muerte es absolutamente lógico; es el miedo a dejar de ser, al sufrimiento propio y al de nuestros seres queridos. La religión no elimina esa angustia, pero la calma. Quienes no somos religiosos también tenemos nuestros métodos. Nos angustiamos y sentimos miedo, pero existe otra forma de procesarlo: pensarlo desde un punto de vista biológico.

—¿Podemos ser realmente libres si nuestra espiritualidad está predeterminada por la selección natural?

—La cuestión de fondo es si podemos ser realmente libres. Desde la neurociencia y el estudio de la conciencia, existen fenómenos que cuestionan seriamente el concepto de libre albedrío. No se trata de un determinismo genético absoluto, sino de que el sistema nervioso establece un mapa del mundo antes incluso de que seamos conscientes de ello. Hace un tiempo, a la gran cuentista argentina Hebe Uhart le preguntaron si se nacía escritor. Ella dio una respuesta maravillosa: «No, se nace bebé». En la gran mayoría de los casos, lo evolutivo es solo una propensión. Hoy están de moda los análisis genéticos; envías una muestra de saliva y te devuelven un informe con tus características. Casi siempre hablamos de inclinaciones, no de destinos determinantes. Con la fe ocurre lo mismo: existe una propensión biológica a la religiosidad en los humanos, pero que terminemos siendo personas creyentes o religiosas depende finalmente de la cultura.

—¿Qué es más asombroso: que un Dios haya creado el cerebro, o que un cerebro de kilo y medio haya sido capaz de crear a Dios?

—No tengo duda: lo más asombroso es que el cerebro haya creado una idea tan poderosa como la de un ser superior, capaz de mantenerse a lo largo de las culturas y la historia. Todo comienza con un Dios animista que dota de espíritu a la naturaleza -al rayo, al sol, a las cosechas- para luego dar un salto hacia lo abstracto y lo humano. En general, nuestras deidades tienden a ser humanoides, pero más abstractas; ya no representan a la naturaleza, sino que son sus creadores. Desde hace décadas está de moda la idea de una ciencia «contra» la religión. Propongo un análisis preposicional: podemos poner la ciencia a un lado, la religión al otro y jugar con las preposiciones. Hoy impera el versus, el enfrentamiento, pero me parece una postura contraproducente.

—¿Ha perdido la ciencia la capacidad de consolar al ser humano de la misma manera que lo hace la religión a día de hoy?

—Desde un punto de vista práctico, creo que la ciencia no ha perdido esa capacidad de consolar. Si estamos vivos hoy no es por la religión, sino por la ciencia; concretamente por tres pilares: el acceso al agua potable, los antibióticos y la capacidad de alimentar al mundo. Por eso, cuando nos sentimos desconsolados ante el rumbo del mundo, debemos obligarnos a reflexionar sobre todo lo que hemos logrado gracias al conocimiento científico. A veces, la ciencia requiere de un rostro más humano. Ocurre lo mismo con un médico: aunque nos dé un diagnóstico en términos técnicos, su valor reside en que sigue siendo una persona y no una inteligencia artificial. Posee un grado de empatía y una forma de comunicación, tanto verbal como no verbal, que no puede nacer de otro lugar.

— ¿La necesidad de trascendencia es un error o la función principal de nuestra existencia?

—Existen áreas del cerebro que se activan frente a la religiosidad, aunque no conocemos neuronas específicas dedicadas a ello. Creo que tenemos una necesidad de trascendencia extraordinaria y hoy somos testigos de un gran espectáculo de esa necesidad. El fenómeno de las redes sociales responde a ese impulso de trascender en un mundo cuya socialización lo exige. Sin embargo, me parece que debemos distinguir entre dos tipos de trascendencia. Por un lado está la trascendencia material: el deseo de dejar un legado o una huella de nuestra vida sobre la tierra. Esta puede ser pequeñísima, como influir en una sola persona, tener hijos, escribir un libro o realizar un trabajo bien hecho. Por otro lado, está la trascendencia religiosa. Ambas nos definen como humanos, pero seguramente sigan caminos muy diferentes

—Si la moralidad nace de la biología y no de una tabla de mandamientos, ¿cómo decidimos qué es el bien sin una autoridad externa?

—Como dice una canción del grupo de rock argentino Divididos, «el bien y el mal definen por penal»; una forma de decir que, al no haber acuerdo, todo parece quedar en manos del azar. Está claro que el bien y el mal son fenómenos culturales que evolucionan. La cultura se define por el cambio: el esclavismo, que hace apenas doscientos años no se percibía como un mal, hoy es algo inadmisible. Lo mismo ocurre con el «ojo por ojo», presente en casi todos los textos religiosos antiguos. Sin embargo, hay evidencias claras de que reconocemos actos morales más allá de la cultura. Existen experimentos con bebés que aún no hablan a los que se les presenta una situación de ficción: si un personaje empuja a otro y le impide llegar a su meta, el bebé da señales de entender que eso está mal. Esto sugiere que traemos un concepto de bondad y maldad «de fábrica».

—¿Estamos condenados a buscar un líder (sea Dios, un político o un algoritmo)?

—Debido a nuestra cultura, no me cabe duda: no habría forma de responder a catástrofes o crisis sin un liderazgo. Sin reglas y consignas claras el resultado sería la anarquía; por mucha voluntad que pusiéramos, no lograríamos organizarnos. Por tanto, desde el punto de vista social, la necesidad de un líder es indiscutible. La pregunta es cuánto de esto responde a cuestiones cerebrales. Existe una necesidad social de liderazgo y, dado que nuestras estructuras sociales suelen ser un reflejo de nuestra organización neuronal, es muy posible que también exista una base en nuestro sistema nervioso que nos impulse hacia ello

— ¿Y qué le dice un biólogo a una persona que no duda de haberse encontrado con Dios?

—Lo primero que le dice un biólogo es: «Qué envidia, llámame cuando te pase otra vez». Lo segundo, sería preguntarle si está seguro de no padecer algún tipo de epilepsia, aunque sospecho que después de una pregunta así no seríamos muy buenos amigos. Debemos ser lo suficientemente humildes y magnánimos para respetar esas experiencias. No podemos despacharlas como una estupidez o una fábula, ni situarnos en una posición de superioridad asumiendo que el otro miente. Más allá de la fe, me encantaría entenderlo desde la ciencia. Me fascinaría comprender qué ocurre exactamente en el cerebro de una persona para que vea esa luz o esa virgen; qué procesos reales están sucediendo ahí dentro.

—¿Siente envidia sana hacia aquel que siente la paz mental de un creyente?

—Siento un poco de envidia, sí, y, sobre todo, una profunda sensación de asombro. Asimov decía que esta es una pelea en inferioridad de condiciones: vemos algo e inmediatamente queremos saber; formulamos preguntas que, a menudo, sabemos que no podremos contestar. Por otro lado, el gran físico Richard Feynman contaba que hay quienes ven una flor y simplemente dicen: «es hermosa». A los científicos nos critican por buscar las leyes de la física o la biología detrás de esa flor, pero entender cómo funciona y cómo llegó a existir es, en sí mismo, algo bellísimo. Esa capacidad de formular siempre nuevas preguntas es lo que me otorga cierta paz. Es probable que mi nivel de estrés sea siempre más elevado que el de una persona creyente y que, por tanto, mi esperanza de vida sea un poco menor; al fin y al cabo, un estrés bajo favorece la longevidad y la recuperación. Pero es un riesgo que acepto correr a cambio del asombro.

Sobre los Índices de censura

 La censura ya no es lo que era: un recorrido por tres siglos de libros prohibidos, en Abc, por Bruno Pardo Porto, 23/11/2023:

La BNE presenta 'Malos libros', una exposición que repasa la historia de cómo y por qué se cancelaban autores en la España moderna. Empecemos con una buena noticia: la Inquisición española nunca se preocupó mucho por la obscenidad.

—Ah, ¿no?

—No, no. El concepto de mal libro es tramposo, cambia con los siglos y los lugares, no es lo mismo un mal libro en el XVI que en el XVII, ni en España que en Roma, pero en principio son malos los libros herejes, los libros de magia y de adivinación y los libros que defienden ideas de otras religiones. Los moralistas intentaban meter en esa lista los libros obscenos, pero la Inquisición española nunca se ocupó demasiado por eso. Era una cuestión que ocupaba a los confesores, no a los inquisidores y censores.

María José Vega lleva años estudiando la censura dentro del proyecto Prueba de Concepto, del que es directora, y ahora su trabajo se ha convertido en una exposición. Se llama, claro, 'Malos libros', podrá verse en la Biblioteca Nacional hasta el 11 de febrero y viene a ser una 'masterclass' de la censura desde 1544, fecha del primer índice de libros prohibidos, hasta la Constitución de 1812, con la abolición de la Inquisición. Entre medias, hechizos, rezos paganos, pensamientos heterodoxos, instrucciones para leer la fortuna en una mano, religiones lejanas, noticias incómodas, borrones de tinta, gente enfadada, gente con miedo y obras mutiladas con más o menos cuidado.

—Y otra curiosidad: los Índices de libros prohibidos, que son el instrumento capital de la censura, no nacieron en la Iglesia, sino en la universidad. Tienen un origen académico y universitario, porque es a los teólogos a quienes concernía mantener la ortodoxia. Luego ya pasaron a la Inquisición.

El primer Índice se completó en la Universidad de París en 1544, y no era un documento que ordenaba la prohibición sino que la pasaba a limpio: recogía los títulos que ya estaban prohibidos aquí y allá, para armonizar el señalamiento. Con el paso de los años se fueron haciendo más gruesos (es fácil cogerle el gusto al poder de silenciar, y si no miren sin pestañear por ahí) y complejos, y así llegamos al severísimo Índice paulino de 1559, que es la obra maestra del género, el Quijote de los censores, un prodigio del vituperio. Se ideó como un cortafuego del protestantismo, que había que frenar como se frenaba la peste, según dictó el cardenal Michele Ghislieri. «Cuando empieza una peste se la descubre primero en dos o tres casas y, para que no se extienda a la ciudad, se manda quemar todo lo que hay en ellas, sin reparar en el quebranto de los particulares», sostenía, como si aquello fuera la Doctrina Truman. El hombre inventó la censura a futuro, nada menos. Se redactó una lista de seiscientos 'auctores damnati', peligrosísimos ellos, de los que se prohibían todos sus textos independientemente de su naturaleza o calidad; se prohibían, incluso, lo que aún no habían escrito. También cancelaban cualquier idea que saliera de una imprenta que hubiera publicado una obra herética. Juntaban el autor y la obra y la imprenta. ¿Se puede aspirar a una censura mejor, más eficiente?

«Son unas cifras desproporcionadas comparadas con las de los Índices anteriores. Hubo mucha gente que se inhibió, que dejó de escribir, pero eso no lo podemos medir», explica Vega.

Las consecuencias de aquel índice llegaron hasta el siglo XX. En 1992, durante las obras de rehabilitación de una vivienda en Barcarrota (Extremadura), encontraron tras un tabique un atadijo de once libros del siglo XVI: todas prohibidas, por supuesto, por nuestro querido índice paulino, y todas escondidas por su dueño para salvar el pellejo o el patrimonio. Ahí había textos de sátira social, oraciones prohibidas, nigromancias, libelos filoprostestanes y un diálogo pornográfico de orientación homosexual, entre otras joyas.

Lo de prohibir libros, sin embargo, no era muy buen negocio. Los libreros presionaron en contra por eso del pan y del comer, y al final se acabó llegando a una solución salomónica: los índices expurgatorios. Ya no se cancelaba el libro, sino un pasaje que se tachaba con más o menos violencia para después devolver a circulación la obra. «Se prohíbe un pasaje en el que se menciona a un hereje, o una escena que no es conveniente por algún motivo, normalmente religioso. Roma nunca vio bien esta política, pero España la convirtió en política propia. Aquí tenemos grandes índices expurgatorios».

Hay libros tachados con mimo, como las obras completas de Gil Vicente, consideradas irreverentes con lo sagrado, y otras donde el censor se gustaba y convertía el borrón en obra de arte: así ocurrió con el 'Diálogo del amor' de León Hebreo, que fue expurgado con un pincel de trazo grueso, dejando ríos negros que nos impiden disfrutar del conocimiento del poeta. Ocurrió algo similar con el 'Mallei Maleficorum' de Jakob Sprenger: dan ganas de colgarlo en un salón con un título intenso en la cartela. Lo esencial es invisible a los ojos, por ejemplo.

La gente también reía en la época (seguimos en el siglo XVI). «Hubo un señor que empezó a hacer Índices pirata en Italia. Los presentaba como una lista de libros recomendados y venía a decir: si ustedes quieren leer algo interesante, lean esto, y eran todos libros prohibidos», comenta la investigadora. ¿A qué se debía el éxito de la censura? «La multiplicación de índices es paralela a la multiplicación de los libros gracias a la imprenta. Y tiene que ver también con el inmenso impacto del luteranismo en la cultura europea, que había que contener. Hoy son obras monumentales. De hecho, hay libros que conocemos que han existido solo porque están ahí registrados, porque los hemos perdido».

Los límites de la herejía se rompieron, y ya la censura alteró la historia, la ficción, la ficción y demás deformaciones de la imaginación. Ocultaban pasajes de la 'Divina comedia' de Dante por criticar la avaricia de los papas, también mutilaban folletos propagandísticos de la rebelión en Cataluña (1640-1652) por «sediciosos» y una obra de Ciro Spontone que explicaba cómo leer el futuro en las arrugas de una frente. Y por cierto: en 1572 le secuestraron a Bartolomé de las Casas los ejemplares de su 'Brevísima relación de la destruición de las Indias', aunque solo en América. Fue una orden de Felipe II.

Al final del recorrido expositivo se vuelve a la lujuria y la obscenidad. Hay una reproducción de los 'Dieciséis modos', una recopilación de dieciséis posturas sexuales dibujadas por Giulio Romano y con sonetos de acompañamiento de Pietro Aretino, que se murió con la etiqueta de pornógrafo en la frente. Fue un libro escandaloso que se destruyó por obsceno. Del siglo XVI solo sobrevivió un ejemplar, propiedad de un tal Toscanini. En el XVIII se recuperó y fue bandera del libertinaje. No se tradujo al castellano hasta 1933. «Hemos puesto las imágenes más castas por si venían niños a la exposición», remata Vega.

lunes, 9 de marzo de 2026

Diego Saavedra Fajardo y la decadencia del Imperio

 El diplomático que intentó evitar el derrumbe del imperio Hispánico, en El País, por Vicente G. Olaya, 9 mar 2026:

El ensayo ‘Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida’, escrito por José Luís Villacañas, analiza cómo el pensador barroco fracasó en convencer al rey de cambiar el rumbo del país

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida (Fundación Santander, 2025) no es una biografía al uso, sino la descripción de una época ―el siglo XVII español y europeo― a través de la vida del diplomático más lúcido ―y más desoído― de ese momento. Este libro de José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, describe una etapa desilusionante de la historia nacional, el inicio del derrumbe del imperio Hispánico y la desesperada lucha de una mente clarividente por evitarlo, batallando directamente con personajes tan destacados como el cardenal Richelieu o el papa Urbano VIII. Si bien Francisco de Quevedo escribía aquello de “miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados”, Saavedra, que compartía sentimientos con su coetáneo, no solo denunciaba y apuntaba, sino que actuaba.

Saavedra (1584-1648) fue un diplomático, escritor y político con una obra a la altura intelectual de Maquiavelo o Hobbes. Propugnaba una especie de monarquía republicana, con un príncipe elegido entre los mejores, que “supiera que esa púrpura no era suya, sino de la República”. El príncipe, sostenía, es parte del gobierno, no un poder absoluto. Reclamaba también profesionalidad y movilidad en los cargos oficiales, no su obtención por herencia o nobleza. Igualmente, estaba convencido de que América sería la tumba del imperio, pues la llegada de grandes cantidades de dinero permitían que el país siguiese funcionando y guerreando por medio mundo sin desarrollar la tecnologías y las ciencias que naciones más pequeñas o pobres sí lograban. Igualmente, pedía la creación de una iglesia hispánica nacional, al estilo de las protestantes, lejana a la Roma que tanto odiaba al imperio.

Su figura, hoy muy olvidada, aunque en los últimos años se han publicado varias obras sobre él, lo convirtió en el autor preferido de los Ilustrados. Atrajo a finales del siglo pasado a personajes tan dispares como el ministro franquista y presidente de la Xunta Manuel Fraga Iribarne, que lo estudió en profundidad, o el catedrático de Derecho Político y alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván. “Teórico y ciudadano del Estado barroco”, lo llamaba el regidor socialista con admiración.

Si bien Saavedra no destacó en sus estudios en Salamanca, su vida cambió por completo al ser nombrado algo parecido a secretario de embajador. En aquella época, pertenecer a la aristocracia aseguraba los mejores puestos administrativos, por lo que este hijo pequeño de unos hidalgos y que estaba destinado a ser clérigo de segunda categoría, debía conformarse con trabajos menores en la Administración de los Austrias. Todo ello, a pesar de que sus conocimientos y altura intelectual superaba con mucho a la de los embajadores, lo que abocaba al imperio al desastre. Enfrente se situaban tipos tan peligrosos y sagaces como los cardenales Richelieu y Mazarino o los astutos diplomáticos venecianos.

Saavedra es posiblemente el más agudo y refinado testigo de la situación de España en el momento de su decadencia. Pero incluso en esos patéticos momentos, él rechazó las actitudes derrotistas y siempre pensó en la posibilidad de que todo podría reformarse si un rey resultaba educado “y destilado por la experiencia de los hombres de buen consejo” dejó escrito.

Fue intuitivo al sostener que España debía abandonar Flandes, porque, en caso contrario, el imperio se desmoronaría. “No puede salir victoriosa de este frente. No puede haber fuerzas para sustentarse contra aquella gente ingeniosa y, por eso, la monarquía está indefensa en una guerra contra quien el arte y la naturaleza han hecho invencible”, escribió.

Estaba convencido que Castilla no podía soportar más la política internacional que la Casa de Austria. “Castilla está exhausta y no puede seguir con la guerra en Flandes que se eleva a eje de toda la política italiana y americana”. Y mandó dos informes desde la embajada en Roma explicando lo que iba a ocurrir. Acertó de pleno.

Saavedra escribió: “Nacen, viven y mueren los imperios. El hispánico no está asentado en la Providencia, ni tiene garantizada su existencia por promesa divina alguna. Está sometido a la naturaleza de las cosas, por lo que hay que usar los medios naturales, como indica Gracián, como si no hubiesen los sobrenaturales. La naturaleza no ha beneficiado la condición de la monarquía hispánica, por lo que las indisposiciones e inseguridades son profundas”.

Reclamó el dominio del mar, al estilo de ingleses y holandeses. Sin él, América se perdería. Fernando el Católico fue su gran héroe, porque se aproximaba a las doctrinas de Maquiavelo y “reunía la condición de todo sujeto que aspire a reinar: ser a la vez león y vulpeja, reunir la fuerza y el arte, las armas y la astucia, la espada y la negociación”. Siempre culpó a Carlos V de la decadencia, “pues usó tan mal del arte de la guerra como del de la negociación”. La consecuencia fue que “agotó las fuerzas de Castilla y así dejo su monarquía gloriosa, pero sin firmeza”. Sus críticas también alcanzaron a Felipe II, a quien consideraba “desdichado en el uso de las armas y no muy diestro en inteligencia y arte”.

Saavedra sostenía que sus errores provocaron un “miserable estado” y “universal flaqueza”. Señala José Luis Villacañas que “hablarle así al conde duque [de Olivares, valido de Felipe IV] cuando este ya llevaba casi diez años al mando de la política española, requería mucho valor y decisión, pues no lo eximía de responsabilidades. En todo caso, resultaba evidente la idea de que él era un hombre de valor y consejo”.

La tesis final del libro es que “esos hombres de valor y consejo nunca han faltado, pero no han sido capaces de corregir el uso de las decisiones y controlar la situación que, poco a poco se fue deteriorando, al menos, desde Carlos V”.

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida, por José Luis Villacañas Berlanga. Fundación Banco Santander, 2025. 318 páginas, 20 euros

Identificado el propietario de la Biblioteca de Barcarrota

  [Dossier]

 I

Un hidalgo perseguido por la Inquisición por sodomía emparedó los libros de Barcarrota, en Abc, por Mónica Arrizabalaga, 9/03/2026:

En una vivienda de la pequeña localidad pacense se hallaron once ejemplares y un manuscrito prohibidos, entre ellos un Lazarillo de Tormes de 1554.

La piqueta de albañil tropezó con una sorpresa inesperada en la reforma del 'doblao' de una antigua vivienda de Barcarrota (Badajoz) durante el verano de 1992. Al golpear el tabique del desván de la casa, situada en la plaza de la Virgen de Soterraño, el acero atravesó unas hojas escondidas en un hueco que después había sido tapiado con esmero. Tras el antiguo 'Alborayque' asaetado por la herramienta, una feroz sátira contra los judeoconversos, se descubrieron otros nueve libros, entre ellos la edición más antigua conocida del Lazarillo de Tormes, de 1554, tratados de quiromancia, un manual de exorcismos o una obra erótica de carácter homosexual, así como un manuscrito enrollado en el atadijo. Escritos en diversas lenguas, todos estaban datados en el siglo XVI y todos se ocultaron por un mismo motivo. «Se sabían potencialmente peligrosos a ojos del inquisidor de turno (o de algún vecino fisgón)», explica el investigador Pedro Martín Baños. Este doctor en Filología Hispánica, especialista en Antonio de Nebrija, pero también en temática conversa y la censura de los siglos XV y XVI, cree haber averiguado quién escondió ese biblioteca heterodoxa en la pequeña localidad pacense a finales de 1559 y principios de 1560.

«La clave de todo», señala Martín Baños a ABC, se encuentra en un pequeño amuleto de papel circular descubierto entre los libros emparedados, dedicado a un tal «Fernão Brandão, portugués de Évora, señor de São Manços, cumbre de los ingenios». En esta delicada nómina manuscrita con textos mágicos (como el Tetragrámaton central), aún se observan los pliegues de haber sido doblada para ser llevada al cuello o en el pecho, posiblemente dentro de una bolsita o una joya. «Era un objeto apotropaico, que se usaba sobre todo para la protección ante peligros y viajes, y lo particular de este amuleto es que es el único que he encontrado con una personalización tan afectiva y tan íntima», relata el investigador. En el reverso del papel, de unos 11 centímetros de diámetro, aún puede leerse la promesa que un anónimo amigo le escribió en Roma en 1551: «Perchè io sempre me ricorderó di te» (Siempre te recordaré).

Intrigado, Martín Baños buscó información sobre Fernão Brandão en la plataforma DigitArq, similar al portal español Pares, y la suerte le sonrió. En los archivos lusos encontró varias denuncias registradas en el Tribunal de la Inquisición de Évora entre 1547 y 1549 contra un hidalgo de la familia de los Brandões de Évora, señor de São Manços, que se exilió en Castilla «por los excesos cometidos» en el reino portugués. Se le acusaba de impiedad o irreligiosidad por comer pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar, por no rezar nunca, por jugar a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa o por desaparecer de la ciudad y refugiarse en su casa de campo durante la Cuaresma. También se decía de él que blasfemaba contra Dios y los santos y que poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba rituales de magia o hechicería.

Además, se le acusaba de haberse acostado con varios criados y de poseer «un libro de sodomía, a manera de libro de canto (esto es, forrado como si fuera un libro religioso), en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás». El investigador sospecha que el criado de Brandão que lo denunció tal vez se refería a 'La Cazzaria', del italiano Antonio Vignali (de hacia 1525), una obra de cariz abiertamente homosexual que se difundió en Europa de forma clandestina y se halló entre los libros ocultos de Barcarrota.

Al estudiar por primera vez de forma integral esta biblioteca en su conjunto, analizando cada pieza también desde el punto de vista material, no solo bibliográfico, Martín Baños descubrió una curiosa anotación en una hoja de guarda de uno de los volúmenes emparedados. Era una edición veneciana de la 'Opera chiamata confusiones della setta machometana' de Juan Andrés y el modesto apunte a tinta en portugués que hasta ahora había pasado desapercibido parece registrar el regreso de Brandão del viaje a Italia que menciona el amuleto: «El 29 de julio salí de Génova. El 7 de agosto, a media noche, (llegué) a Barcelona. 1552».

El filólogo, docente de secundaria en el IEA Carolina Coronado de Almendralejo, cree que durante una intensa persecución a los homosexuales en Lisboa, que empezó en 1547, el hidalgo portugués viajó a Roma para tratar de obtener la absolución de la Penitenciaría Apostólica, como ha comprobado que hicieron otros acusados de sodomía por la Inquisición. A varios, sin embargo, el documento no les salvó de la cárcel a su vuelta a Portugal y Brandão, que estaría informado, optó por no regresar y establecerse en España, cerca de la frontera portuguesa, a la espera de tiempos mejores.

Debido a la pérdida de documentos de la época, Martín Baños no ha podido certificar de manera documentada que residiera en la 'casa de los libros', como ahora se denomina a la vivienda donde se encontró el atadijo, pero está acreditado que vivió en Barcarrota y por los indicios hallados en testamentos de quienes fueron sus vecinos, alberga la sospecha fundada de que fue inquilino o propietario de una vivienda en esa calle, posiblemente esa misma del altozano de Nuestra Señora, donde trataría de llevar una vida de hidalgo discreta. La localidad pacense, cercana a Olivenza y a Évora, se hallaba por entonces a solo unos 7 kilómetros de Portugal y desde allí podría haber administrado su extensa hacienda a través de testaferros y amigos.

Expurgo de libros prohibidos

Su tranquilidad se vería de nuevo alterada con la publicación en 1559 del 'Índice de libros prohibidos' del inquisidor Fernando de Valdés, que se difundió con carteles en todas las iglesias españolas. Al menos cuatro de los títulos emparedados figuraban en el listado, entre ellos, el Lazarillo de Tormes de 1554. «Debía de ser un hombre culto, aficionado a la lectura, que tuvo la mala suerte de estar en el peor lugar, tener una vida un poco equívoca en el pero momento y en las peores circunstancias en Portugal y luego en España», cavila el investigador. Porque a diferencia del país vecino, que persiguió con ahínco la sodomía, pero no tanto los libros prohibidos, «España sí y el momento crucial fue a partir del Índice de Valdés», explica.

En ese clima y ante el temor a que una denuncia pusiera en comunicación a la Inquisición española con la portuguesa, Brandão decidiría hacer un expurgo de su biblioteca y emparedar los libros más comprometidos. «Podía haberlos quemado o destruido, como hicieron otros, pero supongo que quiso esconderlos pensando en recuperarlos cuando pasara el momento», explica el experto bilbaíno, que ha analizado la razón por la que cada volumen fue ocultado.

Con bien armada investigación, que presenta en el libro 'La Biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', publicado por la Universidad de Extremadura y la Universidad Autónoma de Barcelona, Pedro Martín Baños refuta la hipótesis de Fernando Serrano Mangas sobre el médico converso Francisco de Peñaranda. «Se trata de una conjetura carente de una base sólida». En cambio, «todo apunta claramente hacia él (Brandão): el amuleto personalizado con su nombre, la 'Oración de la Emparedada' en lengua portuguesa, la cubierta con un pergamino igualmente portugués del Tricasso de 1525, los libros en italiano y la estancia en Roma, la posesión de 'La Cazzaria', congruente con las acusaciones de sodomía…», recapitula en su libro.

Aunque algunos genealogistas dicen que a través de un sobrino logró ser perdonado por el rey Sebastián, en su búsqueda en archivos de Lisboa y Évora Martín Baños no ha dado con ese perdón y desconoce si regresó o no a su país natal. «Es un personaje como de novela, yo me lo imaginaba como el de El coronel no tiene quien le escriba, esperando siempre alguna noticia y en ese esperar se le fue la vida realmente». Si volvió a Évora, no se llevó consigo sus preciados libros heterodoxos, cuyo descubrimiento en los años 90 tuvo gran repercusión.

La investigación sobre 'La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão', que ha recibido el apoyo de la Junta de Extremadura, se enmarca en los proyectos sobre censura, libros prohibidos y herejía dirigidos por la catedrática María José Vega desde la Universidad Autónoma de Barcelona, en los que trabajan quince investigadores procedentes de seis universidades españolas y cuatro de Italia, Francia, Alemania y la República Checa. En 2024 organizaron una exposición en la Biblioteca Nacional de España que llevó por título 'Malos libros. La censura en la España moderna', en la que los libros de Barcarrota, hoy custodiados en la Biblioteca de Extremadura, ocuparon un lugar destacado.

II

 El “impío y sodomita” hidalgo portugués que resguardó un tesoro bibliográfico tras las paredes de su casa en un pueblo de Badajoz, en El País, por Rodrigo Naredo, Madrid, 9 mar 2026:

Una nueva investigación revela que la popular biblioteca de Barcarrota, uno de los hallazgos literarios más sonados del siglo pasado, perteneció a Fernão Brandão, que huyó de su país al ser perseguido por la Inquisición.

El libro, el Lazarillo de Tormes, encontrado, emparedado en las tapias del doblado de una casa, del pueblo de Barcarrota (Badajoz), constituye un hecho de singular importancia, por tratarse de un ejemplar del siglo XVI.

La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.

El más especial: una edición de El lazarillo de Tormes impresa en 1554 y que, como sus compañeros de refugio, había burlado casi intacta el paso del tiempo. Ahora, según una nueva investigación del profesor Pedro Martín Baños, podemos saber que quien los había escondido ahí —hasta ahora desconocido— fue, en realidad, Fernão Brandão, un hidalgo portugués que huyó de su país para burlar a la Inquisición. “Era un personaje”, lo describe titubeante el investigador, “es decir, alguien que se salía un poquito de la norma hidalga”. O, resumido por los inquisidores de la época: “Un impío sodomita”.

La pista clave que llevó al nuevo hallazgo, publicado en el libro La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, fue un amuleto de papel circular descubierto junto a los libros emparedados, dedicado a Brandão y fechado en Roma en 1551. “Vi que prácticamente no se había tratado nada sobre el nombre que aparece en el amuleto”, cuenta Baños. “Empecé a buscar, a acotar por fechas, tanteando lo que podría ser interesante”. Tuvo suerte: descubrió que se trataba de un hombre de una “familia hidalga muy bien conocida y prominente”, y muy bien estudiada por los genealogistas desde finales del siglo XVI. El hombre había heredado todo el patrimonio familiar “más o menos joven”, y se había “acostumbrado a estar rodeado de criados que le decían amén a todo”.

¿Qué hizo entonces el buen hidalgo portugués para ganar semejantes títulos? Según relatan unas acusaciones en los tribunales de la Inquisición que recoge Baños, “comía pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar; no rezaba nunca; jugaba a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa; desaparecía de la ciudad durante la Cuaresma; no se confesaba; blasfemaba contra Dios y los santos y poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba ciertos rituales”. Y quizá más grave para la época: se le acusaba de tener relaciones homosexuales con sus criados [“le decían amén a todo...”] y poseer “un libro de sodomía, a manera de libro de canto [es decir, forrado como si fuera un libro religioso], en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás”.

Los libros encontrados en el pueblo pacense comprueban tal currículum. Además del Lazarillo, había un Alborayque, una feroz sátira contra los judeoconversos —el libro atravesado por la piqueta—; dos tratados sobre quiromancia; un manual de exorcismos; un ejemplar de una obra polémica de Erasmo de Róterdam; un pequeño libro de oraciones en latín, griego y hebreo; una rarísima Oración de la emparedada (un tipo de oración supersticiosa), escrita en portugués; o un diálogo erótico [por no decir claramente pornográfico] de carácter homosexual, La Cazzaria. Cuatro de ellos figuraban de modo nominal —el Lazarillo incluido— en el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, publicado en 1559. Esto, además, ayuda a fechar el emparedamiento hacia finales de ese año o principios de 1560.

El hecho de que algunos de los libros no estuviesen incluidos explícitamente en la lista de títulos prohibidos despistaba a algunos investigadores que no entendían el porqué de su escondite junto con los que sí estaban vetados. Aquella disparidad dio luz a algunas teorías, no muy sonadas ni sustentadas, como la de que provenían, en realidad, de un lote de una librería decomisada. Baños lo desmonta. “Lo que hacía la Inquisición era un método perverso. Los límites eran muy poco establecidos y las zonas de gris eran tan amplias que uno no sabía muy bien si los libros que tenía podían ser considerados peligrosos o no: lo que hoy no estaba prohibido, dos años después resulta que sí. Todos los temas tocados en la biblioteca de Barcarrota son temas controvertidos”.

Otra de las incógnitas era la datación del amuleto —“piezas que se debieron de confeccionar por millares en toda Europa, y que la gente llevaba al cuello o en una bolsita”, cuenta Baños— en Roma. La respuesta está en que antes de viajar a Badajoz, el hidalgo hizo una visita a Roma en busca de su absolución y seguramente desde ahí cargó el amuleto encontrado. “En 1547 la Inquisición portuguesa lanzó una cacería de sodomitas que tuvo un impacto enorme sobre todo en Lisboa. Encontré que varios de ellos se habían dirigido a Roma a buscar la absolución a un tribunal que se llama la Penitenciaría Apostólica, [todavía en operación] por un cierto precio”. Lo más probable, afirma Baños, es que el hidalgo no la consiguiera y que por eso, “como no se registraban las absoluciones negadas”, no hay registro en los papeles. Sí hay, en cambio, el de uno de ellos, Antonio Coello, que comparte nombre con uno de los criados de Brandão citados en una de las denuncias en contra del “sodomita”.

Todavía faltaba comprobar que aquel hombre vivió en la casa donde se encontraron los libros y no fue un capricho del azar que su amuleto apareciera junto con ellos. Otro profesor extremeño, Fernando Serrano Mangas, publicó un libro en 2003 en el que afirmaba que el dueño era Francisco de Peñaranda, un médico converso. Sustentaba su afirmación con el testamento de la viuda de un nieto de Peñaranda que ordenaba vender las propiedades que le quedaban en Barcarrota, entre ellas una casa frente a la Iglesia de la Virgen del Soterraño, como en la que se encontraron los libros. Esto también lo desmonta con agilidad Baños. “Eso no quiere decir que la casa fuera del abuelo. Yo creo que ni siquiera era esa casa, era una casa de la zona”, empieza. Y va un poco más allá: “Encontré un papel que certifica que el nieto la compró; pero la compró en 1613, una fecha ya alejada de lo que nos incumbe”.

Luego encontró, aunque no hay una carta de venta o alquiler al tal portugués, “muchos indicios” que “de forma indirecta” lo llevaron a pensar que Brandão sí vivió en esa casa. Por ejemplo: un testamento de una vecina que en 1565 “escribe que deja su casa que está lindera con Gonzalo de Mejía, difunto, y con Fernão Brandão”. En aquellos años no había numeración y la manera de referirse a las casas que uno legaba o vendía era siempre aludiendo a los linderos. Es decir, “esta vecina, hacia la mitad del XVI, vivía al lado de este portugués”.

A los libros les esperaba una parada más, aunque anecdótica, en su periplo. Encontrarlos fue, según, Miguel Ángel Lama, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, y muy cercano al descubrimiento de los años 90, “un milagro. Un hecho de mucha trascendencia y además muy notorio en su momento”. La pareja, “seguramente por miedo a que les pararan la obra”, decidió no informar del hallazgo y guardó los libros cuatro años en una caja de zapatos.

Finalmente el Gobierno de Extremadura terminó pagando al matrimonio descubridor 15 millones de pesetas (unos 90.00 euros, para los más jóvenes) por ellos. “Pero al albañil”, cuenta Lama, “seguramente muy bien asesorado, alguien le dijo que la ley de patrimonio dice que cuando tú encuentras algo, la mitad de los beneficios que produzca ese hallazgo es para el propietario del terreno y la otra mitad para el descubridor material”. Se fue a pleito. Lo ganó y terminó con siete millones y medio. Todavía hoy el matrimonio, por puro pundonor, lo cuenta Baños, asegura a quien le pregunta que el marido, que también ayudaba en las obras, fue el que dio el picotazo al tesoro.

viernes, 6 de marzo de 2026

Un poema de Laurence Binyon en homenaje a un biznieto de Juan Calderón, el eslavista George Leslie Calderón

 [Este poema fue escrito por Laurence Binyon a uno de los descendientes del escritor manchego Juan Calderón Espadero, emigrado a Inglaterra, el eslavista George Leslie Calderón, que murió en la batalla de Gallipoli, de quien ya hablé en la introducción de la segunda edición de la Autobiografía de J. Calderón.]  

En memoria de George [Leslie] Calderón, por Laurence Binyon


    Prudencia, Fortaleza, Temple,

Justicia: los nombres elevados

de la búsqueda y premio a la virtud,

¿qué es cada uno sino un espectro frío

hasta que viva en un hombre

y mire a través de sus ojos?

     Mientras reflexiono, sobre el caballo

un espíritu tan alto y claro

no se puede ensuciar con nada

ni se topa con torpeza indebida;

gira dondequiera que arda

la llama de un pensamiento valiente

y dondequiera que el gemido

de los indefensos y traicionados esté,

y a sus llamadas, cerca o lejos,

responde como a su propia

necesidad, se arma y va

directo a su segura estrella polar;

y ningún caballero legendario,

renombrado por una antigua causa,

calienta mi pensamiento,

sino que llega a la vista de mi mente

alguien a quien conocí, y cuya mano

agarré mía: George Calderón.

     A él ahora lo veo como antes,

llevando la cabeza con aire

cortés y viril,

con el encanto de una naturaleza libre,

atrevida, ingeniosa, rápida,

y su sonrisa franca e ingeniosa.

     Junto a las torres y arroyos de Oxford,

¿quién brilló entre todos nosotros,

en cuerpo y alma tan atrevidos?

¿Quien moldeó tan firmemente sus temas

en el duro cristal del debate?

¿Y quién escondió un corazón menos frío?

     Amante de las lenguas extrañas,

ya sea en la nevada Rusia

o en las glorietas de las islas tropicales,

escuchando las canciones

de los isleños de ojos suaves,

coronado con flores de Tahití,

se fue haciendo amigos.

Pero, ¿quién lo conoció por entero

o sus actos de caballerosidad secreta?

¿Fue todo ese logro,

ingenio, alerta, gracia,

con todo, una especie de disfraz alegre?

     Inquieto en curiosos pensamientos

y de mente sutil y exploradora,

él mezcló su vena moderna

con una tensión traída de forma remota,

desde una sangre más antigua que la nuestra,

orgullosa lealtad de España.

     ¿Era el alma de una espada?

Porque una espada brillante saltó de la vaina

en ese día de agosto,

cuando la guerra se acumuló con todo su estruendo

sobre Europa; de repente se estrelló,

y cada hombre tenía que tomar una decisión.

    Otros habían abandonado su juventud

en años de domesticación; y algunos

dudaron; algunos se quejaron.

No fue eso para Calderón,

sino afrontar el peligro de la verdad

con nada más que un alegre coraje.

    Vino herido de Francia;

su espíritu no se detuvo:

en esa larga batalla a lo lejos,

infructuoso en todo excepto en la fama,

Athos e Ida lo vieron.

¿Dónde se hundió su galante estrella?

    ¡Oh, bien podría poner mi estado de ánimo

en una triste escala descendente

para un amigo querido y muerto!

¡Y bien podría el recuerdo anidar

cantando el deleite de la juventud!

Pero tal perdida aventura huyó,

que ese amigo tan intrépido,

con su sonrisa victoriosa,

mi estado de luto ha rebajado.

Llegó hasta el final;

no calculó el costo:

lo que creyó él, lo hizo.

martes, 3 de marzo de 2026

El arzobispo visigodo Eugenio de Toledo lamenta la vejez

  Eugenio de Toledo. 

Lamento por la llegada de la vejez.

La malvada vejez ya se apodera del miserable para doblegarlo; por eso, desde el dolor, canto canciones nuevas y tristes. He aquí que riego con lágrimas mis mejillas bajo mi frente húmeda de rocío y nuestros murmullos llorosos llegan al cielo. 

Pero, antes de eso, ella misma quedará al descubierto por nuestros propios yambos, cuán intolerablemente daña con sus propias enfermedades. ¡Oh Senectud cruel y malvada, devoras todas las cosas bellas con tus fauces salvajes, abres la boca voraz y revelas tu garganta negra, hieres como una madrastra con semilla mortal y traspasas al herido con la espada de la muerte. 

A medida que te acercas, toda fuerza falla, la salud retrocede, la enfermedad surge, los sentidos se embotan, la belleza perece, el pecho enfermo se consume en suspiros, la alegría se vuelve carga, el llanto deleite. Rompes huesos, arrugas extremidades, cortas el cabello e insertas canas, embotas los dientes, los vuelves puntiagudos, sacudes todo el cuerpo con temblor repugnante, amenazas con fiebres e infliges dolores. 

Por tu culpa la gota produce duras hinchazones, una tos sin aliento escupe flemas purulentas, una profusión de heridas abrasa la piel. No hay placer en bebida ni en comida: solo los lamentos traen consuelo. 

Mientras medito estas cosas tediosas en mi fuero interno, es agradable dejar todo lo que pasa, temer a Dios buscando lo eterno, considerar polvo las ganancias terrenales, orar siempre y decir con llanto: ¡Fuera, oh vanas alegrías del mundo, riquezas perecederas, propiedades fangosas, cetros, honores, adulaciones dañinas! Ahora el fin está cerca, la ruina llega; ahora la Muerte sangrienta llama a nuestra puerta.

¡Oh Muerte, devoradora de todo! A ti dirijo ahora mi queja. ¿Por qué persigues a los desdichados? ¿Por qué vienes con tanta prisa? Haces que las estaciones pasen rápido y aceleras su curso ensangrentado. Te apresuras, y cesan las alegrías de la vida, se cierne una sombra terrible, desvanécese la luz radiante. Todos los órganos vitales se ven privados de fuerza vivificante. Se cierran los ojos, calla la lengua locuaz, los oídos abiertos se vuelven sordos para todo son y con las fosas nasales tapadas no hay aroma, los pulmones no respiran ya el aire que da vida, se entumecen de frío las extremidades y ni siquiera la sangre se calienta. La carne se consume, los gusanos devoran todo y así la forma del hombre se convierte en cenizas putrefactas. 

Ciertamente he cantado muchas cosas que temer, muchas cosas terribles; pero lo que verdaderamente temo, ahora lo diré entre lágrimas. Veo al severo tribunal del Juez entronizado allá en lo alto, ante cuya mirada tiembla toda la creación. La hueste celestial, de blanco vestida, deposita sus coronas ante Él y, con rodillas temblorosas, se inclina ante el trono; así busca ver a su Señor, así amarlo para siempre, de modo que un temor, mezclado con amor, agita el alma.

¿Qué harán entonces el gusano, la podredumbre, la ceniza, si los corazones tiemblan ante el rostro de Cristo? Oprimí, despojé, forjé acusaciones, mi mente era sorda al llanto del pobre. He corrompido mi propio cuerpo con llaga gratuita: por eso soy miserable, por eso temeroso, por eso tembloroso. Ninguna misericordia frenó jamás mi ira, ni estaba yo sin bilis en mi furia ni sin derramar sangre. Por eso el alma teme sufrir golpes similares, o ser desgarrada por un azote que daña sin fin. Porque, aunque aquí por poco tiempo se cometen tales infamias, una llama larga consume después el alma.

Temo con razón tales cosas, mientras late temblando el corazón. Te suplico ¡oh Dios supremo! por tu misericordia (pues nadie más que Tú desearía quitar la mancha del pecado o limpiar la mente de sus vicios ingénitos): perdona la culpa de alguien tan miserable, perdona el crimen; haz el bien después de la caída, después de tan gran mal. ¡Perdona, te lo ruego, al alma que jadea, perdona al alma que suplica, que teme las llamas y gime por sus propias malas acciones!Tú que das alegrías a los santos, que concedes recompensas a los justos! ¡Que el castigo del pobre Eugenio sea leve, te lo ruego!       

Quien desee saber o pregunte cuál fue la causa de mi esfuerzo, de las miserias de esta vida, que lo aprenda con amabilidad. Mientras la vida infeliz me zarandeaba durante diez y catorce años, y la vejez lenta me perseguía con paso rápido, una grave enfermedad se apoderó de mi cuerpo cansado que amenazaba con el golpe de una muerte salvaje y atormentaba largamente mis miembros con un dolor agudo. Una fiebre incierta quemaba mis huesos, mi carne se consumía con languidez, ningún alimento restauraba mi cuerpo debilitado, ninguna bebida me proporcionaba alivio. ¡Tan a menudo me golpeaban males tan grandes y, temblando de miedo ante una muerte espantosa, lamentaba en verso el fugaz curso de la vida! 

Aforismos de Ángel Crespo

A cada poeta se le lee en su obra y en la de los demás. Por eso, leer a un solo poeta con olvido de los otros es no leerlo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Algunos poetas parecen ignorar a la décima Musa: la que aconseja no escribir. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Antes de escribir hay que aprender a no hacerlo. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

''Apenas''. He aquí la palabra más poética. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Bajo cada poema hay otro más precioso que él, como un tesoro. Todo es cuestión de querer y saber cavar con fe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

¿Cómo conquistar la serenidad? Estando por cima de todos los dogmas, como los dioses. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Corrección no es arrepentimiento, sino reiteración y, a veces, reincidencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando se lo corrige con disminución, el poema se hace más nuestro; con aumento, más del aire; sin lo uno ni lo otro, más de sí mismo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando todos los caminos confluyen en uno, van a dar al Infierno. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

En el país de los tuertos, el ciego es el rey. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Debussy escribía en un espejo; Stravinsky, detrás del espejo; Schönberg, en el marco del espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Dicen los músicos'

Bach: ¡Creo!

Beethoven: ¡Lucho por creer!

Schumann: ¿Se puede creer?

Debussy: ¿Creyó alguien alguna vez?

Bartok: ¿Qué es creer?   ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

El diablo sabe pero no entiende. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El olvido nos obliga a inventar, a descubrir lo que ignorábamos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El sentido común carece de sentido. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El poeta toca una flor y la convierte en flor. Y no hay metamorfosis más profunda. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El verdadero mundo de la pintura es invisible; el de la música, inaudible; el de la poesía, inefable. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Entre el entender y el no entender reside el saber. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Esas poetisas que se conforman con desnudarse. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Escribir poesía es inventar lo cierto: como si no lo fuera. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Hay almas -y pueblos- que son como un estanque al que se arrojase una piedra y no produjese ondas. Á. C., ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía es tan corta que no deja tiempo para la prisa; tan larga, que sobra tiempo para la calma. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no busca el misterio, sino la verdad: por eso es misteriosa. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no es la palabra en el tiempo, sino el tiempo en la palabra. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no pone los puntos sobre las íes, sino las íes bajo los puntos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La sabiduría no es fruto de la ciencia, sino de la conciencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo callado amplifica lo dicho. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo evidente no merece a la poesía, pero, ¿hay algo evidente? ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo más absurdo que puede escribirse es la biografía de un héroe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Medios de locomoción

El Duque de Rivas escribía en calesa.

Espronceda, a caballo.

Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música.

Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un purasangre.

Núñez de Arce, en un tren de cercanías.

''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

No cambies: varía. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

No escribas para el presente ni para el futuro, sino para los capaces de entender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Nos acerca lo que nos diferencia: por eso hacemos el amor. Las iglesias y los partidos unen, en cambio, a lo semejante: por eso engendran odio. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Parábola sola.

La poesía es como un árbol que crece al revés: su copa atraviesa el centro de la tierra y acaba por aparecer en los antípodas, donde parece un árbol cualquiera; por lo que pocos son capaces de llegar hasta sus raíces. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Para ser capaz de decir algo hay que renunciar a decirlo todo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Poesía real e inaprensible: como en un espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Protesto porque estoy convencido, no para convencer. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien lo recuerda todo no puede aprender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien no se contradice no se dice. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Sí hay algo nuevo bajo el sol: cada poema verdadero. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Somos lo que incesantemente estamos dejando atrás, lo que todavía no somos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Tan solo la nada es igual a sí misma. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Toda obra poética, aun suponiendo que nadie la lea y llegue a olvidarla su propio autor, perfecciona el mundo.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo era igual antes del poema.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo pensamiento sistemático conduce al absurdo; sólo la [[intuición]] poética descubre los fundamentos de la verdad. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Una imagen bella vale más que todos los silogismos.  ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978.


Ver y oír

Unamuno veía bien, pero oía mal.
Antonio Machado oía bien, pero veía mal.
Rubén Darío oía y veía bien, pero oía mejor que veía.
Juan Ramón Jiménez también veía y oía bien, pero veía mejor que oía.

Yo soy yo, y mi circunstancia trata de negarme.' 'Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Nueva edición del Zohar

 ‘Zohar’, el libro más importante de la mística hebrea, en El País, por Juan Arnau, 3 mar 2026:

Lola Josa presenta una selección exquisita de fragmentos de esta obra universal atribuida a Moisés de León. Nacida en los Campos de Castilla en el siglo XIII, heredera de la cábala de Gerona y Barcelona, anticipa la gran mística española de los Siglos de Oro

Para el cabalista el mundo oculto es infinitamente superior al manifiesto. En eso coindice con la astrofísica moderna. En el universo predominan la materia y la energía oscuras. Su fundamento (Ein Sof) es un secreto inagotable que nunca colmará nuestras inquisiciones, “una energía oscura más rápida que la luz”, escribe Lola Josa, autora de esta esplendorosa antología. Hay en el Zohar una idea de especial significación para este cronista: sólo se puede conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. “Cuando la Luz se propaga, su esplendor despierta preguntas que todavía la esconden más”. Estudiar y no saber. Como en el mito védico, la definición del misterio último es una pregunta: ¿Quién?

La situación plantea un desafío creativo no muy diferente del matemático: crear un lenguaje capaz de trasmitir el Infinito sin privarlo de su esencia enigmática. Ese lenguaje habrá de ser paradójico, irónico y, por encima de todo, apuntar a una posible superación de lo simbólico. La mayoría de las palabras del Zohar, trilíteras, incluyen la antítesis de lo que significan. Una estrategia antigua que Jacques Derrida rescata en Cómo no hablar, ensayo dedicado a la teología negativa. Decir a Dios afirmando lo que no es. Paradojas cruzadas entre silencio, negación y escritura, donde el lenguaje desconcierta la lógica y socava la certidumbre. Vanidad del significado, inevitable en el pensamiento discursivo. Cada respuesta plantea una nueva pregunta. De ahí que la lengua divina no formule un mensaje. Cobra sonoridad y el iniciado se convierte en caja de resonancia. El vacío de Dios es una luz que se oculta a sí misma. Un rayo de tiniebla, que diría Juan de la Cruz, del que la propia Josa ha destapado raíces hebreas.

Hay en todo esto un juego erótico. Un poder femenino que desea recibir el Infinito deviene potencia dadora masculina. Esa es la fricción erótica de la creación. El arte de recibir (Kli) y el poder de dar (Or). Ambos se buscan en ese juego del escondite que es el universo. Pero todo en su justa medida. No hay libertad sin limitaciones. En el origen de los tiempos, la luz del Ein Sof era demasiado intensa y amenazaba con arrasar la creación. El infinito tuvo que retirarse, contraerse, creando un hueco donde fuera posible el crecimiento de las cosas. Una idea fascinante. Un dios que se encoge para que el mundo sea. Una creación anónima y discreta, de un joven artista adolescente, que confirma la intuición de Aristóteles: la metafísica no es lo que está más allá de la Física, sino lo que está detrás de la Física.

El cabalista busca ese recogimiento. Encarna como ningún otro la “desaparición del autor” de la que hablaba Maurice Blanchot. Quien escribe se borra como sujeto soberano y deja que la obra se imponga por sí misma. El cabalista revive la experiencia impersonal del lenguaje. Habita, como Borges, en la eterna biblioteca del Tanaj, busca el infinito entre líneas. De todo lo creado, la Torá es lo más logrado y luminoso, vestido del enigma supremo, tejido hecho de palabras. De ahí que la cultura hebrea sea la cultura letrada por excelencia. Pero las letras son también números, por eso los judíos han sido siempre buenos contables.

Las letras no sólo muestran, también esconden. Son velos que sugieren formas que el procedimiento hermenéutico y criptográfico convierte en revelaciones pasajeras. Y así se va haciendo camino. Las palabras, tan condicionadas ellas, son el trampolín hacia lo incondicionado. La lectura metódica, vertical o invertida, el valor numérico de las letras, permiten un álgebra que genera nuevos significados, todos ellos vanos, pasajeros, que susurran el secreto del origen. Procedimiento irónico. El cabalista sabe que todo entender es un espejismo, pero no ceja en su empeño. Estudiar y no saber.

El Zohar está sembrado de motivos hindúes. El Infinito emite un punto ígneo de luz, del interior de la llama surgen los tonos que colorean el mundo. Se lo llama Uno, Aleph, pues, aunque la divinidad contiene muchas formas, sigue siendo una. Hay también admoniciones morales: “El rumbo que escojas en este mundo será el que te guie una vez muerto”. Alguna de tono confuciano: “Acuérdate del Creador en tu juventud, antes de que lleguen los días malos”. El libro se cierra con la mención a la morada suprema, la morada del Amor, donde todo existe y perdura. “Quien ama el Amor, ama lo eterno, que es Amor y cumple, amando, con el Amor”. Disolviendo fugazmente los límites entre el yo y el otro. La eternidad se enamora de las producciones del tiempo.

Zohar. Libro del esplendor, Edición y traducción de Lola Josa. Atalanta, 2026 384 páginas, 27 euros

Crisis de la asignatura de Religión

 “Hay colegios que no saben qué hacer con los profesores”: crisis en clase de Religión tras perder 370.000 alumnos en un lustro, en El País, Ignacio Zafra, 2 mar 2026:

La caída de la demanda se acelera con la Lomloe. Solo en Navarra, su Ejecutivo calcula que está pagando “1.020 horas de clase que no se imparten

El renacer del espíritu religioso no se aprecia en las aulas españolas. Más bien al contrario. El declive de la asignatura de Religión se ha acelerado en los últimos años tras la aprobación de la actual ley educativa, la Lomloe. La clase ha perdido 369.807 alumnos en un lustro en las etapas donde se imparte ―Primaria, ESO y Bachillerato―, 10 veces más de lo que ha caído el número total de estudiantes en el mismo periodo por la evolución demográfica, según refleja la estadística oficial en el documento Las cifras de la educación en España 2026.

El bajón de alumnado y la reducción de horas semanales que se imparte de la materia en buena parte de España desde la entrada en vigor de la Lomloe, al tiempo que el número de profesores de Religión se ha mantenido prácticamente igual (12.554, según el último dato oficial) hace que muchos docentes tengan más horas de contrato que clases que dar.

Navarra, un territorio que fue muy católico y ahora figura entre los lugares donde menos interés muestran las familias por la asignatura, ha sido la primera en poner el problema sobre la mesa. El departamento de Educación calcula que está pagando “1.020 horas de Religión que no se imparten” por curso, por un importe de 2,1 millones de euros. Un dinero que, sin despedir a los docentes, pero sí ajustando lo que cobran a las clases que dan, quiere dedicar a otros objetivos, como el refuerzo de la Formación Profesional.

“Hay muchos colegios que no saben qué hacer con el profesorado”, señalan fuentes educativas navarras, “o que los destinan a labores que nada tienen que ver con Religión”. Como vigilar los recreos, hacer labores de convivencia o llevar el huerto escolar. Y situaciones parecidas se están produciendo en numerosos centros de toda España, explican directores de colegios e institutos.

La gran deserción se está produciendo sobre todo en la enseñanza pública. Tres de cada cuatro, de los 369.807 alumnos perdidos, provienen de esta red escolar. Justo antes de la aprobación de la Lomloe, en el curso 2019-2020, en Primaria, la etapa donde más se estudia la asignatura, todavía asistían a ella más de la mitad de chavales de la pública (50,8%). En el 2023-2024, el porcentaje había bajado al 43,8%; se trata del último curso disponible, porque en este ámbito la estadística se publica con año y medio de retraso.

En el conjunto de la Primaria, los alumnos de Religión todavía son mayoría (55%), gracias a su peso en la concertada (83,4%) y la privada sin subvencionar (58,2%). Aunque en ambas redes, la clase también ha perdido terreno en el lustro analizado: 2,4 y 6,6 puntos, respectivamente. En la ESO la elige el 51% del alumnado (38% en los institutos públicos) y en Bachillerato, el 32% (24% en la pública).

La especial situación del profesorado de Religión ―no se presentan a oposiciones, sino que son elegidos por los obispos― hace que no se les pueda destinar a funciones docentes distintas de su materia, como sucede con el resto de especialidades, explica Isabel Moreno, vicepresidenta de la federación estatal de directores de centros públicos Fedadi. Es decir, no pueden sustituir a una maestra enferma en una clase de matemáticas, por ejemplo. Ante la caída de la demanda, muchos dan clase en varios centros o, en función del grado de sintonía con la dirección del centro, ocupan parte de su tiempo en funciones diversas, ajenas al motivo de su contrato.

La directora de un colegio navarro admite, por ejemplo, que la docente de su centro se ha quedado “con nueve horas de docencia cuando cobra por 23″. Pero eso no quiere decir, agrega, que no trabaje o que no le resulte útil al centro, ya que coordina el programa de voluntariado del centro, el huerto escolar y las actividades de refuerzo. En el instituto público Toki Ona de Bera, al norte de la comunidad foral, la docente rellena parte de su jornada gestionando la biblioteca, explica su director, Igor Arruabarrena.

En muchas escuelas, como señala entre otros Fran Lires, presidente de la asociación de directores de colegios públicos de Galicia ―que es la autonomía donde más ha caído la matrícula de Religión en el periodo analizado, 14 puntos en Primaria hasta situarse en el 45%―, se encargan de hacer guardias (vigilar el patio). E Iñigo Salaberria, de la federación de directores de la escuela pública Heize de Euskadi ―la comunidad donde menor es la demanda; un 33% en toda la Primaria y solo un 12,6% en la pública―, afirma que, aparte de las clases, el profesorado se dedica a tareas como apoyar “la gestión de comedor”.

PP y Vox

La Lomloe mantuvo la religión en las aulas, en aplicación de los acuerdos firmados por el Gobierno con el Vaticano durante la Transición. Pero eliminó los elementos para tratar de sostener la demanda de la asignatura incluida por el PP en la ley anterior, la Lomce. Como el hecho de que su nota contara en el expediente a la hora de solicitar becas o de cara a la Selectividad, o la obligación de que quienes no eligieran Religión tuvieran que estudiar una “materia espejo” (que ha sido sustituida por una vaga “atención educativa” que los chavales suelen pasar leyendo o adelantando deberes).

Ante el desmoronamiento de la demanda, José María Guardia, presidente del sindicato de profesores de Religión Aprecce, reclama que se vuelvan a implantar. Guardia afirma que en las reuniones que han mantenido con representantes del PP y Vox, ambos partidos se han mostrado partidarios de hacerlo.

La Lomloe ha acelerado la pérdida de matrícula (alcanzando una media de 1,5 puntos por curso en primaria). Pero, en realidad, el descenso viene de largo. Y, salvo algún repunte en secundaria, se ha mantenido al margen de la legislación educativa desde hace 25 años, que es hasta donde permite remontarse la estadística oficial.

En el curso 1998-1999, estudiaba Religión el 85% del alumnado de primaria y el 71% en la ESO, unos niveles que han caído 30 y 20 puntos respectivamente. En la pública, la demanda ha caído a la mitad en la pública en dicho periodo, y solo un poco menos en la ESO. Las diferencias territoriales son, por otro lado, enormes, con Euskadi y Cataluña (38% en Primaria) donde menos se estudia, y Andalucía (71%) y Extremadura (78%) donde más.