lunes, 13 de julio de 2026

Tecnomagnates totalitarios

  I

  La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: nos roban los datos, nos roban la democracia, en El País, por Shoshana Zuboff, 12 jul 2026:

Un grupo de caciques corporativos son los responsables del colapso democrático al que asistimos a escala mundial. Con sus algoritmos han conseguido que los ciudadanos naveguemos en un lodo informativo mientras los líderes políticos improvisan ante cada nueva crisis. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, hay que abolirlas. Se hizo con el trabajo infantil. Y con la esclavitud

El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

“Creemos que lo más importante es el ser humano. Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás, y eso debe valer también para la estrategia europea en la era digital. Para nosotros, las nuevas tecnologías nunca significarán nuevos valores… Las personas somos, ante todo, ciudadanos, dotados de derechos y con el control de nuestra propia vida… Tanto en el mundo analógico como en el digital…”.

La utopía tecnológica devino en distopía

La presidenta electa era consciente de que las demás grandes potencias iban a pulverizar esos valores. “En EE UU, el mercado es tradicionalmente lo más importante… En Asia, el Gobierno tiende a dominar y el individuo tiene que aceptar un papel subordinado al del grupo. Rusia exige a los proveedores de internet que instalen equipos de red capaces de identificar el origen del tráfico y filtrar contenidos”. “Por el contrario”, subrayó, “Europa tiene una larga tradición de equilibrio entre el poder del Estado y el del mercado y, al mismo tiempo, otorga una prioridad especial al individuo. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde. Por supuesto, el progreso no está garantizado. Hay que seguir trabajando”.

Recuerdo el ambiente que se respiraba en la sala después de sus palabras. El viento helador azotaba las ventanas que dominaban la ciudad, pero allí dentro compartíamos una sensación de esperanza, calidez y solidaridad al ver que la mujer que iba a presidir la UE comprendía verdaderamente la importancia y la oportunidad que ofrecía esta próxima gran transformación. También nos tranquilizó ver que comprendía que la UE era la única de las grandes potencias que había institucionalizado y estaba dispuesta a actuar en defensa de los valores, derechos y leyes capaces de forjar un siglo democrático y digital para Europa y para todos los que, en todo el mundo, están desesperados por huir de la distopía.

El paradigma dominante: 1997

La mayoría de nosotros sabemos que las sociedades democráticas están siendo objeto de asedio en todo el mundo y que los regímenes autoritarios están en auge. Sabemos que las grandes empresas tecnológicas son más poderosas que nunca. El motor que impulsa la etapa más reciente del desarrollo tecnológico, la que suele denominarse “IA generativa”, pretende apoderarse de toda la información generada por los seres humanos, el capital y los recursos naturales. Esta es una realidad a la vista de todos, pero su explicación no está tan clara. ¿Por qué hay un retroceso de la democracia y una explosión del autoritarismo? No son hechos aleatorios ni meras coincidencias. Están unidos como dos caras de la misma moneda, son una distopía accidental creada por los líderes políticos democráticos en una hoguera de ignorancia, desorientación moral y confusión intelectual.

Volvamos por un instante al soleado 2 de julio de 1997, en los inicios de Internet como red pública, cuando el presidente Bill Clinton subió a un estrado de la Casa Blanca para presentar el Libro Blanco Clinton-Gore sobre el comercio electrónico ante un gran salón en el que se apiñaban la flor y la nata del sector tecnológico estadounidense. Ese informe fue un punto de partida fundamental de la locura que iba a azotar las décadas siguientes. Clinton dijo que el comercio electrónico era “el Salvaje Oeste de la economía global”, y se comprometió a que siguiera siéndolo.

Internet, dijo, debía ser una zona de libre comercio mundial, un lugar en el que el Gobierno hiciera todo lo posible para no estorbar… Era la interpretación clásica del credo neoliberal, que da prioridad al libre mercado por encima de cualquier otra consideración social.

Clinton y Gore envolvían su ideología en la demencial mitología de Silicon Valley para la que internet es una zona ajena a la sociedad llamada “ciberespacio”, en la que no se aplican las normas, los derechos ni las leyes de las democracias del mundo real. La prioridad era hacer negocio, sin las restricciones de la gobernanza democrática. “Queremos que el sector privado se autorregule. Queremos animar a todos los países a que no intervengan con impuestos discriminatorios, aranceles, regulaciones innecesarias y burocracias engorrosas”.

El hecho de que EE. UU. cediera el nuevo espacio global de la información al capital privado, ya en esa etapa inicial de una inmensa transformación estructural hacia una civilización de la información, fue un trágico autogol que dejó vacío el lugar en el que debería haber habido una gobernanza democrática. EE. UU. y las demás democracias abandonaron a sociedades enteras, empezando por la suya propia, a merced de nuevas formas de violencia digital de los Estados y el mercado. Renunciaron a la oportunidad de sentar las bases de un siglo digital democrático en las primeras décadas, que son las fundamentales, y privaron al mundo de una alternativa clara al modelo chino de civilización de la información basada en la vigilancia autoritaria.

Si esto les suena a algo, es porque, en la actualidad, los líderes de todo el mundo elegidos democráticamente están reproduciendo el mismo conflicto, esta vez con el título de “inteligencia artificial”.

Los vacíos son efímeros, y el vacío de gobernanza democrática que se produjo en los inicios de internet como espacio público lo ocuparon a toda velocidad el capitalismo de vigilancia y los típicos depredadores siempre al acecho en cualquier fiebre del oro carente de leyes.

Un año después del regalo de Clinton, en una entrevista concedida a la BBC en 1998, Eric Schmidt anticipaba el vendaval antidemocrático que se avecinaba. Cuando se le preguntó por las ideas políticas de Silicon Valley, Schmidt —en aquel entonces director ejecutivo de la empresa de software Novell y que poco después sería el primer director ejecutivo de Google— respondió sin vacilar: “Estamos en contra de los gobiernos, las regulaciones y el Congreso”.

BBC: En realidad, lo que quieren es la jungla, ¿no? ¿Que sobrevivan los más poderosos y no haya red de seguridad para los que están por debajo?

Schmidt. ¡Exacto!

BBC. ¿Y se enorgullece de ello?

Schmidt. [con una amplia sonrisa] ¡Sí!

La exigencia de Schmidt de tener una autoridad absoluta y no tener que responder ante nadie era todavía más desvergonzada por su convicción de que era inevitable que, sin gobernanza democrática, un internet controlado y gestionado por Silicon Valley introdujera cambios inimaginables y peligrosos en la sociedad. “Nunca se ha hecho un experimento en el que se escuche verdaderamente a los 100 o 200 millones de personas que están conectadas a la Red… Nunca en la historia se ha hecho un experimento de anarquía de tales dimensiones. Van a pasar todo tipo de cosas”.

A pesar de los riesgos sin precedentes y, por tanto, imprevisibles que Schmidt auguraba, en la entrevista insistió en que sus colegas y él tenían derecho a dirigir todo sin injerencias y apeló a los mismos argumentos vacíos que utilizaban un siglo antes los oligarcas de la Edad Dorada y que hoy repiten los dueños del sector tecnológico: “Queremos que el Gobierno se mantenga apartado de nuestros asuntos”, declaró a la BBC. “Queremos libertad para perseguir nuestros propios intereses… y también queremos que el Gobierno nos deje en paz”.

Gracias a la doctrina de Clinton-Gore, la élite de Silicon Valley se salió con la suya porque se atribuyó una autoridad experimental sobre una transformación de trascendencia histórica en las condiciones globales de la comunicación humana, la integridad de la información, el destino de la verdad y la distribución del conocimiento en una civilización de la información.

Así comenzó un experimento que, después de varias décadas, continúa todavía hoy, lleno de las incertidumbres y tragedias de la anarquía informativa global basada en la propiedad privada y “autorregulada” del espacio de la información, sin restricciones ni rendición de cuentas. En este proyecto no habría derechos ni derecho a tener derechos, ni para los sujetos humanos ni para los ciudadanos; no había leyes por las que regirse, ni transparencia, ni gobernanza democrática… Serían las empresas las que determinaran las respuestas a todas las cuestiones relacionadas con el conocimiento, la autoridad y el poder. ¿Quién sabe? ¿Quién decide? ¿Quién decide quién decide?

¿Qué podía salir mal?

La nueva lógica económica nació en Google en 2002, solo un año después de nombrar a Eric Schmidt director ejecutivo de la nueva empresa. Estaban en la sombría situación de emergencia causada por el estallido de la burbuja de las puntocom y Silicon Valley todavía no había averiguado cómo convertir a los “usuarios” y sus datos en dinero.

En plena crisis, un pequeño grupo de ingenieros y científicos de datos que trabajaban en estrecha colaboración con los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, se toparon con un descubrimiento y una gran idea. Primero descubrieron que, cada vez que un “usuario” navegaba por internet, dejaba, sin saberlo, un rastro de señales de comportamiento que era posible captar, transformar en datos, agregar y analizar para revelar aspectos ocultos de información personal muy predictiva y después utilizarlos con el fin de predecir comportamientos futuros.

Entonces llegó la gran idea de Larry Page: buscar, conocer y aprovechar esas experiencias y esos comportamientos de todas las personas que utilizaban internet. Los enormes caudales de datos personales permitirían hacer predicciones de comportamiento que se podrían vender al por mayor como cualquier otra mercancía —barriles de petróleo, toneladas de trigo—, empezando por la famosa “tasa de clics”. Cada paso de la operación se diseñó para pasar inadvertido para el “usuario”.

Esos nuevos caudales de datos eran lo que yo llamo “excedente conductual”, porque la empresa no los necesitaba para prestar sus servicios a los “usuarios”. Desde el punto de vista de Google, el objetivo dejó de ser el usuario como ser humano real. A los “usuarios” los redefinieron como reservas pasivas y sin costes de datos generados por humanos para la extracción, la obtención de ingresos y el lucro, sin contar en absoluto para el proyecto comercial del capitalismo de vigilancia.

A partir de ese momento, los ordenadores de Google, a los que denominaban “nuestra IA”, empezaron a decir a los anunciantes dónde invertir y el dinero fluyó. Todo dependía de conseguir la máxima extracción de datos, preferiblemente la totalidad. Cada paso de la secuencia operativa estaba pensado para que el usuario no se diese cuenta. Cuantos más datos, más precisas serían las predicciones y más conocimientos, riqueza y poder tendría Google.

En la vida real, si una persona le quita algo a alguien a escondidas y lo vende para sacar provecho, eso se llama robar. En los primeros tiempos de Google, esas operaciones todavía exigían una reflexión moral. Page y Brin insistían en recopilar y guardar los datos sin pensárselo. Otros defendían la transparencia. Page temía que la transparencia provocara una gran revuelta de los “usuarios” y movilizara a los legisladores para que tomaran medidas contra la empresa. Al final, fue él quien hizo el pronunciamiento definitivo: “No pueden enterarse jamás”.

En lugar de limitarse a prestar servicio a los “usuarios”, Google proporcionaría a las máquinas su excedente conductual. El director ejecutivo, Eric Schmidt, se apresuró a instaurar una “estrategia de ocultación”. Puede que la democracia muera en la oscuridad, pero entonces se decidió que la oscuridad era la única forma de que sobrevivieran las operaciones del capitalismo de vigilancia. Esa posición condenó a Google —y, con el tiempo, a la oleada de capitalistas de la vigilancia que le siguió— a una lucha a muerte permanente contra la democracia. Tenían que eliminar la posibilidad de cualquier ley o derecho que acabase con su latrocinio.

Hoy, el capitalismo de vigilancia sirve de intermediario en casi todos los contactos humanos con las estructuras digitales, los flujos de información y los productos y servicios digitales, además de ser el terreno institucional por el que pasan casi todos los caminos hacia la participación económica, política y social. El Libro Blanco sentó el paradigma y el vocabulario para una nueva era en la que las empresas tecnológicas se regulan a sí mismas sin que la gente pueda hacer nada. Todos los presidentes estadounidenses posteriores a Clinton reforzaron su mensaje. Y, sobre todo, las sociedades democráticas pagaron un precio muy alto por el fracaso político de unos líderes que fomentaron una nueva economía depredadora sin tener en cuenta las consecuencias de que la materia prima que impulsa el crecimiento económico sea el comportamiento humano.

La red mundial de anarquía informativa sobrealimentada que Eric Schmidt previó con tanto entusiasmo ya está aquí. Resulta asombroso pensar que, en este desfile zombi hacia la distopía, nuestros espacios de información siguen disponibles para que los compre o alquile cualquier persona, empresa, político, grupo de financiación opaca, potencia extranjera, fábrica de desinformación, granja de bots, dictador, sociópata, narcisista, megalómano o multimillonario (o billonario) malintencionado cuyo propósito es conseguir unos fines personales, comerciales o políticos, todo ello envuelto en un grado de secretismo que solo los extraordinarios privilegios ocultos de las plataformas pueden proporcionar.

Es decir, la anarquía informativa, que incluye la desinformación, la polarización, la disfunción electoral y más cosas, favorece la autocracia y transforma la política y las formas de gobierno en todo el mundo. ¿Por qué? Porque, en el empeño de tener todos los datos humanos, la preferencia del algoritmo por la información corrupta atrae la participación, dispara los flujos de datos y, por consiguiente, es buena para el negocio. En esas condiciones, ninguna democracia puede sobrevivir.

Los espacios actuales de la información están a años luz del arquetipo democrático de la plaza pública, y eso hace que las democracias de todas las regiones sufran una presión implacable. Desde Brasil hasta Rumanía, pasando por Noruega, Polonia, España, Australia, India, Reino Unido y muchos otros países, vemos a líderes democráticos que se debaten en el vacío, obligados a improvisar soluciones para cada nueva crisis. En la mayoría de los casos, hay un deseo desesperado de proteger las elecciones, las instituciones o a la población del caos e incluso de la muerte por culpa de la anarquía informativa. En mayo de 2022, el comisario nombrado por Biden para presidir la Agencia de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA), el doctor Robert Califf, apareció en la CNN para explicar la conclusión a la que había llegado la Agencia de que “la desinformación” se había convertido en la principal causa de muerte en EE. UU. y tenía un efecto “inquietante” en la esperanza de vida de los estadounidenses.

Nos han vuelto a engañar

En 2019, pensé que la tercera década que iba a comenzar enseguida sería probablemente el momento en el que las democracias, con la UE al frente, ocuparían el vacío creado y recuperarían la renovación y la reconstrucción democráticas. Pero en 2022 llegó Sam Altman con su empresa, OpenAI, y, para aprovechar la ventaja de ser el primero en llegar al mercado, sacó de repente, sin previo aviso ni preparación institucional, su IA ChatGPT directamente al mercado de consumo. Altman y su equipo no tenían ni idea de lo que pasaría; solo sabían que querían ser los primeros.

La periodista Karen Hao siguió atentamente aquellos primeros años de la aparición de OpenAI en la escena mundial, con su obsesivo afán por dominar absolutamente todos los recursos. Su IA generativa está “entrenada con el mayor volumen de datos y la mayor potencia de cálculo que se haya utilizado jamás…, la forma maximalista del aprendizaje profundo”, observa. “Se alimenta de las inmensas reservas de datos acumuladas mediante el capitalismo de vigilancia…, con la ayuda de una cultura de investigación en IA que considera que tiene la responsabilidad moral de consumir todos los datos que sean posibles”.

Estábamos ante una nueva ola de latrocinio, tan despreciable y desvergonzada como la primera.

La carrera por recopilar todos los datos silenció todas las dudas morales o legales, mientras las empresas de IA se lanzaban en busca de todo —voces, rostros, material protegido por derechos de autor—, repasaban cada página de internet y, pese a ello, se quejaban de que no era suficiente. A los inversores de Meta se les aseguró que la empresa alimentaba su IA absorbiendo los “cientos de miles de millones de imágenes y vídeos de sus páginas, además de publicaciones, mensajes y comentarios”. El director ejecutivo, Mark Zuckerberg, confesó que Meta tenía planes para rastrear, capturar y convertir en datos los comportamientos de sus usuarios cuando interactuaban con sus servicios y productos de IA. Los artistas y los abogados, ya no tan ingenuos, acusaron a las empresas de “robar la propiedad intelectual del mundo”.

Totalitarios con ánimo de lucro

Para comprender bien a los grandes directivos del capitalismo de vigilancia no hay que fijarse solo en su papel económico como dueños de oligopolios y monopolios, ni en su posición social y política de oligarcas, sino, sobre todo, en la función sin precedentes que desempeñan desde el punto de vista de la civilización, como totalitarios con ánimo de lucro, unos totalitarios que se han atrincherado en los espacios vírgenes de un mercado inédito de predicción humana que ellos mismos han creado.

El totalitarismo con ánimo de lucro es un nuevo régimen de poder que se diferencia en varios aspectos fundamentales del totalitarismo político analizado tras la II Guerra Mundial por pensadores del siglo XX como Hannah Arendt, George Orwell y muchos otros. No obtiene el dominio total a través de la ideología y el terror, como hicieron en su día Hitler y Stalin.

El totalitarismo con ánimo de lucro presenta una visión del futuro en la que todos los ámbitos de la sociedad se remodelan como ciencia de la información que solo los líderes tecnológicos pueden gobernar. Y en ese futuro imaginado, no tienen cabida los ciudadanos. Después de varias décadas capturando, analizando y comercializando el excedente conductual, hace falta muy poca violencia para pasar a la siguiente etapa de la evolución totalizadora, en la que se redefine a la humanidad como mero “excedente humano”, los restos de la difícil era suboptimizada de los seres humanos.

Es justo decir que estos caciques corporativos no son, ni mucho menos, meros bros, “colegas”, sino los líderes más peligrosos de la historia del capitalismo moderno. En los últimos tiempos, la brusca introducción de la denominada “IA generativa” en el ámbito del consumo y el espíritu totalitario de su labor —patente en su pretensión absolutista de quedarse con todos los contenidos, el capital y los recursos energéticos del mundo— no han hecho más que reforzar lo peligrosos que nos deben parecer no solo sus máquinas sino ellos mismos. Este totalitarismo con ánimo de lucro que utiliza los datos indica un futuro que se aparta del ser humano y, en esencia, se postula como enemigo de la democracia. Ese no es el futuro que buscamos. No es el destino inevitable de nuestro pueblo ni de nuestra época.

La clave de este drama es la lección de que el capitalismo de la vigilancia lo inventó un grupo concreto de personas, en un momento y lugar concretos y por razones concretas. No encarna el destino de la tecnología digital, ni es una expresión ineludible del capitalismo de la información. Se construyó de forma intencionada en un momento histórico para resolver un problema de alguien y promover los intereses de alguien.

¿Qué significa perder la democracia?

¿Entenderán nuestros hijos el significado de la expresión “democracia liberal” y su compromiso moral?En 2024, el número de autocracias fue superior al de democracias por primera vez desde 2002, el año en el que se inventó el capitalismo de vigilancia. Entonces, había 91 autocracias que constituían el 72% de la población mundial. En 2024 había 88 democracias y, de ellas, el tipo de régimen menos común eran las democracias liberales, solo 29, que englobaban a menos del 12% de la población mundial de ese momento (900 millones); la cifra más baja en 50 años.

El año 2025 fue peor. En 2024, el grado de democracia para el ciudadano medio del mundo era el mismo que en 1985; en 2025 alcanzó los niveles de 1978. Había 92 autocracias, en las que vivían 6.000 millones de personas —es decir, el 74% de la población mundial—, y 87 democracias. Como EE. UU. dejó de ser una democracia liberal, esta categoría solo acogía ya al 7% de la población mundial. Según los investigadores de V-Dem, el instituto sueco que recopila estos datos cada año, la desinformación y la polarización son elementos fundamentales que contribuyen a este colapso democrático y al ascenso de las autocracias.

Si usted fuera un simple oligarca, o incluso algún tipo de tecnobro, y se enterase de todo esto, ¿su primera reacción no sería intentar remediarlo? Porque ellos pueden remediarlo. ¿Por qué no lo hacen? Porque estas condiciones son la expresión de su poder sobre la sociedad. Lo único que amenaza ese poder es la propia democracia: el Estado de derecho, la gestión de las instituciones democráticas, las leyes de privacidad que acaban con el excedente conductual, las leyes que acusan a los líderes tecnológicos de ser ladrones.

El mayor temor de los directivos de las grandes tecnológicas, esos totalitaristas con ánimo de lucro, es lo que representa la Unión Europea. Su inquietud es consecuencia de los importantes logros legislativos y judiciales de la UE: el RGPD [Reglamento General de Protección de Datos], la Directiva sobre privacidad electrónica, el derecho al olvido, la Ley de Servicios Digitales, la Ley de Mercados Digitales, la Ley de Inteligencia Artificial Las empresas consideran que estos marcos normativos son amenazas para su existencia. La Ley de Inteligencia Artificial, el primer intento integral de regular la IA en todo el mundo —que inevitablemente desencadenará un efecto Bruselas multinacional—, empujó a los líderes del sector tecnológico a dedicar todos los esfuerzos de sus equipos de abogados y grupos de presión a desmontar las principales exigencias de la nueva legislación.

Europa, como el resto del mundo, ha sufrido los ataques constantes de las fuerzas de la desinformación y la polarización y ha tenido que luchar contra las facciones políticas autocráticas tanto dentro de sus propias instituciones como en muchos de los Estados miembros. Elon Musk intentó inclinar la balanza electoral en Alemania a favor de la extrema derecha. Mark Zuckerberg grabó un vídeo ridículo que irrumpió en el espacio informativo el 7 de enero de 2025, poco antes de que tomara posesión su nuevo mecenas, Donald Trump. En él incluía un mensaje especial para la presidenta Von der Leyen: “Vamos a colaborar con el presidente Trump para presentar resistencia a los gobiernos de todo el mundo que persiguen a las empresas estadounidenses y presionan para que haya más censura… Europa tiene un número cada vez mayor de leyes que institucionalizan la censura y hacen difícil crear allí ninguna cosa innovadora”. Luego llegó Trump con sus juegos de palabras orwellianos, pensados para menospreciar e insultar a aquellos interlocutores a los que más teme.

Regreso al futuro

De pronto pareció que muchos líderes de la UE estaban cambiando su discurso. Clinton volvió a estar presente y su discurso de 1997 reapareció sobre la mesa. Se hablaba todo el tiempo de “desregulaciones”, “simplificación”, “competitividad”, “pruebas de estrés”, “diálogos de aplicación” y “leyes ómnibus” y se decía que “el exceso de burocracia nos está frenando, pero necesitamos más estudios y largos aplazamientos para aplicar los cambios”. Volvieron a arrastrar al centro del debate el manido tópico de la “innovación”, siempre como supuesto objeto de ataques de las regulaciones. ¡Y de los derechos de los ciudadanos! Muchas organizaciones de la sociedad civil entre las más destacadas de Europa publicaron análisis detallados en los que se demostraba que los cambios legislativos propuestos debilitarían o eliminarían del todo los derechos y las protecciones que con tanto esfuerzo se habían logrado incluir en la Ley de IA y otras victorias legislativas fundamentales de las últimas décadas.

El discurso de la presidenta Von Der Leyen en la Cumbre de Competitividad de Copenhague, celebrada a finales de 2025, dejó claro cuál era el nuevo contexto: evocó a Clinton como si fuera el fantasma de las Navidades futuras, con expresiones como “acelerar”, “combinar capital público y privado”, “aumentar a escala más deprisa y más barato”, “simplificación”, “¡necesitamos la desregulación!”. El lenguaje de la presidenta constituye un retroceso hasta los primeros días de la era digital, cuando todavía no conocíamos los daños y la violencia que genera la mercantilización de la humanidad y su transformación en mero excedente humano. Cuando aún no podíamos imaginar el ansia de cambiar la democracia y los derechos de la mayoría por la riqueza y el poder de unos pocos. Las empresas tecnológicas son infinitamente ricas y no hay nada que les impida “innovar”, independientemente de a qué se refieran con eso. Estamos, además, ante una profunda ironía. Nos dicen que hay un conflicto entre innovación y regulación, cuando la verdad es que ninguna de las dos tiene nada que ver con los hechos actuales.

Pero los hechos dan a entender que no quieren innovar. El capitalismo de vigilancia ha sido increíblemente lucrativo para las empresas, los ejecutivos y los inversores. Ahora, al mismo tiempo que están entrando con fuerza en nuevas dimensiones de la inteligencia artificial, insisten en su obsesión por los objetivos y las actividades del capitalismo de vigilancia y el proyecto totalitario con ánimo de lucro.

En cuanto a la “regulación”, si pensamos en los daños que provocan estas operaciones comerciales —tan graves que están destruyendo la democracia en todo el mundo—, veremos que la ventana para poner en práctica una verdadera regulación se ha cerrado. Cuando las prácticas empresariales entrañan un coste moral y humano inaceptable, la experiencia histórica nos dice que hay que reconocer la necesidad de abolirlas, no perder el tiempo en negociar unas normas. La regulación no resolvió la plaga del trabajo infantil. Tampoco era humanamente posible regular la esclavitud humana. Las sociedades no regatean con una catástrofe moral. Subrayan la necesidad de un cambio fundamental. Si la contribución culpable de los capitalistas de la vigilancia a la destrucción de la democracia no es una catástrofe moral a la misma altura, nada lo será jamás.

¿Nos está fallando la presidenta Von der Leyen, o le estamos fallando nosotros a ella? Europa se desplaza hacia la derecha, precisamente empujada por las mismas fuerzas y dinámicas que ella pretendía derrotar con sus soluciones de 2019. La derecha se ha organizado en torno a nuevas palancas de poder en todas las instituciones de la UE. Los algoritmos están de su parte.

Qué necesita el futuro de nosotros

Para que la democracia sobreviva una generación más, hay que desmantelar la violencia de los poderes totalitarios del mercado que no tienen precedentes y que ahora se concentran en las principales empresas tecnológicas, al tiempo que reestructuramos nuestras sociedades para que triunfe la democracia. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha comprendido esta emergencia democrática tal vez mejor que ningún otro líder político actual. En el elocuente discurso pronunciado en 2026 ante la Cumbre Mundial de Gobiernos en Dubái, llamó a crear un nuevo movimiento encabezado por una “Coalición de los Dispuestos Digitales” para “recuperar el control” del “Estado fallido” en el que se han convertido las plataformas de redes sociales que ignoran la ley. Sánchez anunció una serie de medidas con las que España pretende sentar ejemplo. Entre ellas se incluyen: 

1) Exigir responsabilidades penales a los directivos de las empresas tecnológicas por los contenidos ilegales y nocivos que aparezcan en sus plataformas; 

2) Calificar como delito la manipulación del algoritmo y la amplificación de contenidos ilegales; 

3) Identificar una “huella” de odio y polarización que ponga al descubierto las actividades perjudiciales de las plataformas e imponer “costes legales, morales y económicos” a su despliegue; 

4) Investigar y perseguir a Grok, Instagram, TikTok y otras plataformas cuya “injerencia” manipuladora, por ejemplo, en contenidos electorales, constituya una forma de “coacción extranjera”.

Es importante destacar que, en encuesta tras encuesta y sondeo tras sondeo, los ciudadanos de la UE, igual que los de otros países y continentes, en especial nuestros jóvenes de la generación Z, obligados a alcanzar la mayoría de edad en el intenso escaparate del internet salvaje que prometía Clinton, sueñan con el tipo de futuro que prometió la presidenta Von der Leyen en 2019. Están deseosos de acabar con la impotencia de los ciudadanos, la complicidad de los legisladores y el mito de la inevitabilidad que nos paraliza a tantos invadidos de una resignación casi sin remedio. Y seamos claros. La crisis actual no se resolverá cambiando el poder privado de los gigantes tecnológicos por el poder público del Estado. Volvamos al principio y llenemos el vacío con instituciones mediadoras concebidas para proteger a las personas y a la democracia de la ambición de poder total que es igualmente peligrosa si procede del mercado como del Estado.

Esto es lo que el futuro necesita de nosotros ahora mismo si queremos que la democracia sobreviva otra generación.

La conciencia de la situación, la comprensión del momento histórico y el sentimiento de que se nos presenta una oportunidad inmensa para rescatar y ampliar nuestro legado democrático pueden contribuir a suscitar un nuevo debate y un nuevo movimiento que llegue a todas las sociedades y todos los continentes.

La adhesión a la democracia tiene su origen necesariamente en la adhesión al bienestar y las posibilidades de las personas. El concepto de “democracia” es la idea más revolucionaria de la larga historia de la humanidad que insiste en la dignidad de los seres humanos, nuestro derecho inalienable a gobernarnos nosotros mismos. Es, en esencia, una expresión de respeto y fe en nosotros mismos y en los demás.

Por consiguiente, en el fondo, la defensa de la democracia es un acto de amor que ofrecemos por adelantado a un futuro aún indeterminado. Para ello debemos armarnos de nuestra fe en la comunidad, el país y la sociedad global en cuyas manos ponemos a nuestros hijos y a las generaciones venideras. Pero no basta con eso. Si queremos que la democracia sobreviva en las próximas décadas, tiene que haber suficientes personas en suficientes sociedades que decidan amar lo humano y el tipo de futuro que solo nosotros podemos construir. Ya sabemos que el amor es siempre una apuesta, pero ¿alguien la ha rechazado alguna vez?

Von der Leyen lo dijo aquella noche en Berlín: Europa pone los valores, los derechos, la confianza y el Estado de derecho por delante de todo lo demás. Esa es la gran ventaja de Europa a la hora de dar forma a la era digital. Y todavía no es demasiado tarde… El progreso no está garantizado. Tenemos que seguir trabajando. ¡Vamos a ello!

Shoshana Zuboff (Nueva Inglaterra, EE UU, 1951) es filósofa, psicóloga social y profesora emérita de la Harvard Business School. En 2019 publicó La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós), libro que destapó la recopilación y mercantilización casi sin freno de datos personales por parte de las empresas tecnológicas. En 2025 fue votada en un especial de Ideas como la pensadora tecnológica más influyente.

Este es un texto trabajado y ampliado por Shoshana Zuboff para Ideas al hilo del discurso que pronunció el pasado 23 de junio durante la cumbre Lucha por nosotros, no por ellos, organizada por European Digital Rights, la red más amplia de Europa en defensa de los derechos y las libertades digitales.

II

¿Está obsoleto el reglamento europeo de IA antes incluso de su aplicación plena?, Fernando Maldonado, en El País, 13-VII-2026:

Europa diseñó el AI Act pensando en plataformas digitales capaces de afectar derechos fundamentales. Pero la inteligencia artificial empieza a parecerse más a infraestructura crítica que a un producto digital. Y cuando eso ocurre, el reto ya no es solo qué reglas aplicar, sino qué tipo de gobernanza puede operar a la misma velocidad que los sistemas que intenta supervisar.

 Europa aprendió a escribir las reglas del juego antes de saber si tendría equipo para jugarlo. Ahora, mientras Bruselas pule sus leyes, el resto del mundo empieza a tratar la inteligencia artificial menos como software y más como infraestructura estratégica.

Durante años, el debate sobre IA giró alrededor de una idea relativamente estable. Los sistemas podían equivocarse, discriminar, manipular o desinformar, pero seguían perteneciendo al mismo mundo que las plataformas digitales: el de los contenidos, los datos y los servicios.

El AI Act nace ahí. Europa construyó su regulación pensando en sistemas capaces de afectar derechos fundamentales. Cuanto mayor fuera el impacto potencial sobre las personas, mayor debía ser el control.

La lógica sigue funcionando. El problema es que la tecnología empieza a desplazarse más rápido que las categorías con las que intentamos describirla.

Durante los últimos meses, Bruselas ha ajustado algunas posiciones. El acuerdo político alcanzado en mayo retrasa parcialmente determinadas obligaciones para sistemas de alto riesgo, pero mantiene intacta la lógica central del reglamento. Reducir daños relacionados con deepfakes, manipulación o usos abusivos de sistemas biométricos.

Bruselas ha comprado tiempo, pero mantiene intacta la lógica del reglamento.

Mientras tanto, algo distinto empieza a ocurrir fuera de Europa. En Estados Unidos, los gigantes de IA han comenzado a probar modelos capaces de detectar vulnerabilidades informáticas de forma autónoma. No es el único frente. En logística, algunos sistemas ya toman decisiones sobre rutas, inventario y precios en cadenas de suministro globales sin intervención humana. En energía, hay redes eléctricas donde algoritmos gestionan en tiempo real el equilibrio entre producción y demanda. La lista se alarga.

El cambio no está solo en que estos sistemas hagan cosas nuevas, sino en que empiezan a hacerlas a una velocidad y escala difícil de supervisar manualmente. Cuando eso ocurre, el problema deja de parecerse al de una plataforma digital.

Ahí es donde la conversación cambia de naturaleza.

Europa sigue mirando principalmente al individuo: privacidad, discriminación o manipulación. El regulador europeo diseña el AI Act pensando en el ciudadano que puede ser perjudicado por una decisión algorítmica. Esa es una preocupación legítima, y seguirá siéndolo.

Pero en Washington empieza a circular otro vocabulario. Infraestructuras críticas vulnerables, ciberseguridad ofensiva o ventaja geopolítica. La IA deja de verse solo como una tecnología comercial y empieza a entrar en categorías más cercanas a las de energía, telecomunicaciones o defensa.

El desplazamiento es sutil, pero cambia el tipo de preguntas que empiezan a hacerse los reguladores. Y no implica necesariamente que ambas lógicas sean incompatibles. Las redes eléctricas también tienen regulación de derechos del consumidor. Las telecomunicaciones combinan estándares de seguridad nacional con protecciones individuales. Lo que sí cambia es la arquitectura de gobernanza. Quién tiene autoridad, qué se revisa antes del despliegue y qué órganos pueden intervenir en tiempo real.

Ese es el ajuste que el AI Act, en su diseño actual, no contempla con suficiente claridad.

Esto ocurre en un mal momento para Europa. La región intenta regular una industria cuyo liderazgo pertenece todavía a otros. Mientras Estados Unidos concentra gran parte de los modelos más avanzados y China acelera su capacidad industrial, Europa sigue buscando una posición competitiva propia dentro de la cadena de valor de la IA. Europa ha conseguido situar la regulación en el centro del debate global y, al mismo tiempo, apenas participa en el desarrollo de los sistemas que intenta gobernar.

Durante bastante tiempo, eso no parecía necesariamente un problema. Existía la idea de que el llamado Brussels Effect volvería a funcionar. Igual que ocurrió con el GDPR, las grandes tecnológicas terminarían adaptándose al estándar europeo y exportándolo al resto del mundo.

Esa hipótesis no era infundada. Con el GDPR funcionó, aunque con más fricción de lo que se recuerda. Muchas empresas mantuvieron versiones diferenciadas para el mercado estadounidense durante años. La pregunta ahora es si con la IA se repetirá ese patrón o si las condiciones son distintas.

Hay razones para pensar que lo son. Los modelos de IA se copian, se ajustan y se redistribuyen con una rapidez que no tiene equivalente en la protección de datos. Y fuera de Europa empieza a asumirse que limitar determinadas capacidades tiene un coste estratégico que el GDPR nunca tuvo. Por primera vez, algunas empresas parecen dispuestas a mantener versiones diferenciadas de sus sistemas según región, no por fricción, sino por cálculo. Si eso se consolida, el Brussels Effect deja de funcionar por inercia.

Hay otra cuestión todavía más incómoda. Regular es relativamente sencillo. Hacer cumplir la regulación es otra cosa muy distinta.

Sobre el papel, Europa prohibirá determinados usos especialmente sensibles de la IA. La eficacia real del AI Act, sin embargo, no depende solo de lo que digan sus artículos. Depende de los organismos nacionales que lo apliquen, de las normas técnicas que lo desarrollen y de la capacidad de las autoridades para auditar sistemas en producción. Ahí es donde se decidirá buena parte de lo que el reglamento consiga realmente. En la implementación, no solo en el texto.

Y ahí la asimetría es visible. ¿Quién perseguirá una aplicación distribuida fuera de la UE? ¿Quién verificará técnicamente que un watermark no ha sido eliminado? ¿Quién auditará modelos que evolucionan constantemente?

El regulador europeo tiene un bolígrafo. El atacante, un clúster de GPUs. En la práctica, la velocidad de adaptación de los sistemas empieza a ser mayor que la velocidad de respuesta institucional. Ahí es donde el diseño del enforcement importa tanto como el diseño de la norma.

Algo parecido ocurrió en los mercados financieros de alta frecuencia. La supervisión humana dejó hace tiempo de operar en tiempo real. Primero ocurre la operación. Después llega la reconstrucción.

No es casual que el FMI haya empezado a advertir sobre posibles “fallos correlacionados” en el sistema financiero asociados a modelos capaces de descubrir vulnerabilidades a gran escala. El problema deja de parecerse a un error puntual y empieza a acercarse más a un riesgo sistémico.

La respuesta no fue desregular, sino rediseñar el marco de supervisión. Algoritmos que vigilan algoritmos, obligaciones de registro en tiempo real y cortafuegos automáticos.

La IA empieza a acercarse a esa lógica. No porque las máquinas sean conscientes, sino porque la escala y velocidad de sus interacciones complican cada vez más seguirlas con detalle. La pregunta no es solo cómo limitarlas, sino cómo diseñar la supervisión para que opere en el mismo plano temporal que los sistemas que supervisa.

Hay quien argumenta que la regulación puede hacer precisamente eso. No solo contener el desarrollo de la IA, sino moldear su arquitectura. Un marco que exija trazabilidad, separación de funciones o mecanismos de auditoría nativos puede incentivar que los propios sistemas se puedan supervisar por diseño. No es una solución completa, pero es una palanca que el AI Act no ha explorado con suficiente ambición.

Europa fue probablemente la primera región en comprender que esta tecnología necesitaba reglas. Y escribir esas reglas tuvo valor. Puso sobre la mesa preguntas que nadie más estaba dispuesto a hacer en voz alta.

Ahora empieza a descubrir algo más difícil. Que las reglas escritas, por sí solas, quizá no basten para sistemas que evolucionan a otra velocidad.

La cuestión ya no es solo cómo evitar discriminaciones algorítmicas o etiquetar deepfakes. Es qué ocurre cuando los sistemas sobre los que funciona parte de la economía empiezan a evolucionar más rápido de lo que las instituciones pueden entender, supervisar o corregir. Y qué tipo de arquitectura de gobernanza, no solo de normas, puede sostener esa tarea.

Europa tiene la legitimidad para hacer esa pregunta. Lo que todavía no tiene, del todo, es la respuesta.

jueves, 9 de julio de 2026

Formas bellas de llamar feo

 [Sin ánimo de ofender

 Eres tan feo que tu madre en vez de darte el pecho te daba la espalda.

El antivirus me ha saltado con tu foto.

Tienes una personalidad maravillosa.

Eres como el lunes, nadie te quiere ver. 

¿Y dónde está tu amiga, la guapa? 

Tienes una cara que ni tu madre pone en el marco.

Tienes cara de carnet.

Eres la prueba viviente de que el amor es ciego

Eres una belleza picassiana

Eres tan feo que en las ferias te pagan a ti por entrar en La casa del terror.

Eres tan feo que tendrás que adoptar para tener hijos.

Guapito de cara... de cara a la pared.

El clásico: eres más feo que pegar a un padre, al siguiente nivel: "Eres más feo que pegarle a un padre con un calcetín sudao."

Tiene cara de radio.

Quien baila contigo se suicida después (por aquello de "bailar con la más fea")

Está tan gorda que tiene su propio distrito postal.

Es tan fea que solo sale por carnaval.

Es un orco de Mordor

Tu lado bueno es por teléfono, como contestador automático. 

Eres tan feo que cuando naciste el médico te tiró al aire y dijo, "Si vuela, murciélago; si cae y corre a esconderse cucaracha".

Estropeas la estética del conjunto.

Tienes la cara hecha a mano y con prisas.

Haces daño a la vista.

No es feo, solo es un poco difícil de mirar

No es que sea feo, es que tiene la cara desordenada

Era tan fea que el único que le guiñaba un ojo era un francotirador.

Es herrumbroso u óxido de hierro = FeO

Eres incómodo de ver

Eres más feo que un coche por debajo

Es de un tipo de belleza que no le gusta a nadie

Es un callo malayo

Tan feo como un pie por debajo.

Más feo que los pies de otro.

Tan feo que su ángel de la guarda duerme en otro cuarto.

Tan feo que cuando apaga la luz por la noche la enciende el coco.

Asustas al miedo.

A ti no te hicieron DNI, te dieron una etiqueta de Anís el Mono.

Era tan fea que cuando pasaba por una obra, los obreros se ponían a trabajar.

-Mamá, en el colegio me dicen hombre lobo -¡Hostia, el perro habla!

Era un príncipe tan feo que Cenicienta volvió a casa a las nueve

Eres de belleza distraída

Más feo que el Fary comiendo limón

Más difícil de mirar que un eclipse sin gafas.

La NASA no recomienda verte directamente

Eres más feo que un frigorífico por detrás. 

Fue a comprar una careta y le dieron solo las gomas

Es el eslabón perdido

Le da un susto al miedo y a las ánimas benditas

Si eres más feo te mueres

Llegó el último al reparto de caras

No a todo el mundo le gusta el arte abstracto.

Coco, gremlin, Sloth, bicho, Potato, Cheetah, cara de Bélmez, parece de Atapuerca

Casiguapo

No hay por donde mirarlo

De gran belleza interior

Tiene una cara difícil

Se nota que te han hecho desde lejos

Es tan fea que cuando nació dijo el médico: "Si no llora, es un tumor".

Es excremento en rama.

No te sienta bien la cabeza.

Tu cara no se lleva ni en los mangos de los paraguas.

Por lo menos no le duele la cara de ser tan guapo

Nació bajo una piedra.

Vestigio Borbón.

Más feo que Picio o el sargento de Utrera.

Sinónimos:

Horrible, horrendo, horroroso, antiestético, desproporcionado, deforme, disforme, contrahecho, espantoso, malhecho, malencarado, desagradable, repulsivo, repugnante, abominable, aborrecible, amorfo, desfigurado, repelente.

miércoles, 8 de julio de 2026

Frases sapientes

Un hombre sabio llena su cabeza antes de vaciar su boca.

Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado.

El ojo nunca olvida lo que el corazón ha visto.

En el momento de crisis, los sabios construyen puentes, los necios construyen presas.

Si cierras los ojos a los hechos, aprenderás con el tiempo y por las malas.

Perderse es aprender el camino.

Si estás lleno de orgullo, no tendrás espacio para la sabiduría.

Si crees que la educación es cara, prueba la ignorancia.

Si los familiares se ayudan entre sí, ¿qué mal puede dañarlos?

Un lazo familiar es como un árbol. Puede doblarse, pero no puede romperse.

Una casa pequeña alberga a cien amigos.

Un hombre feliz se casa con la mujer que ama. Un hombre más feliz ama a la mujer con la que se casó.

El hacha olvida, pero el árbol recuerda.

El conocimiento es un jardín. Si no se cultiva, no puede cosecharse.

No existe medicina que pueda curar el odio.

Si curas la pierna de una persona, no te sorprendas si la usa para huir.

Quien se niega a obedecer no puede mandar.

Si no hay enemigo dentro de ti, el enemigo de fuera no puede hacerte daño.

Cuando un anciano muere, una biblioteca arde con él.

Por muy lejos que fluya un arroyo, no olvida su origen.

No pienses que no hay cocodrilos solo porque el agua esté tranquila.

La lluvia no cae sobre un solo tejado.

La verdad debe estar en el amor y el amor en la verdad. El amor no escucha rumores. Donde hay amor, no hay oscuridad.

Un pez y un pájaro pueden enamorarse, pero los dos no pueden construir un hogar juntos.

La sabiduría no es como el dinero para atarla y esconderla.

El verdadero amor significa lo que es mío es tuyo.

Una mujer puede dejar a un hombre al que ama, pero nunca dejará a un hombre que la respeta y la trata con dignidad.

Si el amor es una enfermedad, la paciencia es el remedio.

Un león que ruge no caza ninguna presa.

No zarpes guiándote por la estrella de otra persona.

Verlo con tus propios ojos es diferente a que te lo cuenten.

No todo lo que pierdes es pérdida; a veces es también liberación y aprendizaje.

Manipulaciones femeninas

Según la psicóloga Laura, aquí:

Frases para echar a correr cuando las dice una mujer, estratégicamente, para venderte una imagen que no es la suya; en vez de creerlas, hay que comprobar hechos y conductas para verificar que hay disonancia cognitiva:

1. Yo no soy una mujer complicada...

2. Yo no busco nada serio...

3. Yo no soy una mujer interesada...

Maniobras de manipulación socorridas por una mala mujer o mujer tóxica para encadenar un hombre a una relación:

1. Asumir el papel de víctima indefensa y no escuchar los sufrimientos del otro. Eso crea dependencia emocional: solo existen las emociones de ella.

2. Uso hábil del chantaje emocional. Coacción disfrazada de afecto.

3. Aislamiento social. Cierra las puertas a todos tus contactos familiares, y sociales anteriores o nuevos. Reduce tu círculo social poco a poco afectando a tu autoestima.

4. Maneja como nadie los altibajos emocionales. Mezcla momentos de cariñoy valoración con otros de frialdad, distancia e incluso desdén, y sostiene esa ambigüedad en toda la relación creando inseguridad constante. Esta técnica busca desestabilizarte emocionalmente.

5. Promete que va a cambiar. Palo y zanahoria, el futuro nunca llega y siguen los ciclos constante de esperanza y desilusión.

Por lo general, igualmente, las mujeres no se atreven a manipular en estos casos:

1. Alguien que no necesita validarse, o que no necesita que se le confirme lo que vale, o que no se descontrola ante estímulos variables o inseguros, ni es vulnerable.

2. El que tiene criterio propio y consistente y no lo cambia ni lo negocia.

3. El que no reacciona desde el ego a algo que lo incomoda.

4. El que tiene claro que la atracción no es un vínculo.

martes, 7 de julio de 2026

Cómo evitar con sencillez derrames cerebrales

 Son especialmente frecuentes por la mañana, porque solemos hacer transiciones rápidas. Esto recomiendan los médicos para reducir el estrés del sistema cardiovascular. Se es propicio a derrames si sentimos mareos al levantarse.

1) Procurar no levantarse repentinamente.  Tomarse 2 minutos removiendo algo los miembros y la respiración. 

2) Tomar un vaso de agua lentamente (de noche no bebemos y nos deshidratamos fuertemente, y eso facilita la densificación de la sangre y la formación de coágulos).

3) No tomar café con el estómago vacío o sin acompañarlo con algo o con yogur. El café es bueno, pero no debe tomarse sin compañía.

4) Beber agua, hidratarse a lo largo del día sin esperar a la sed.

5) Ducha o baño no prolongado, y a temperatura tibia, ni muy caliente ni muy fría, cerca de 36-38 grados.

lunes, 6 de julio de 2026

Anocracia. El síntoma que precede a una guerra civil. Ejemplos. Por Raquel de la Morena.

 [Transcripción corregida por el bloguero de "El síntoma invisible que predice una guerra civil. Anocracia", por Raquel de la Morena, en Youtube]

CONTENIDO

1. El síntoma invisible que predice una guerra civil

2. Escala Polity IV: Midiendo la salud de las naciones

3. Qué es la anocracia y por qué es el régimen más peligroso

4. Faccionalismo: Cuando la política se vuelve identidad y odio

5. España 1936: El colapso institucional ante la polarización

6. El asesinato de Castillo y la venganza de la camioneta 17

7. Calvo Sotelo: El crimen que rompió el estado de derecho

8. Colombia 1948: La anocracia oligárquica de dos bandos

9. Jorge Eliécer Gaitán y la oración por la paz silenciada

10. El Bogotazo: Tres disparos que incendiaron una capital

11. Yugoslavia: El letal tránsito de la autocracia al caos

12. Romeo y Julieta de Sarajevo: El fin de la humanidad

13. Estados Unidos 2026: La caída de un faro democrático

14. ¿Por qué se rebelan los hombres? La tesis de Ted Robert Gurr

15. Interferencia rusa y la primera grieta del sistema americano

16. El apagón informativo: El fin de la financiación del PITF

17. Inmunidad presidencial: El fallo que eliminó los contrapesos

18. Cómo mueren las democracias desde dentro del poder

19. Operación Aurora y la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798

20. Crisis en Minneapolis: Redadas, disturbios y muertes civiles

21. Los Ángeles bajo el toque de queda: El lema "No Kings"

22. El veredicto del mundo: Autocratización rápida en Occidente

23. ¿Es inevitable una insurgencia moderna en suelo estadounidense?

24. Las señales de advertencia antes del abismo final

1. El síntoma invisible que predice una guerra civil

¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez os habéis preguntado por qué algunas naciones,  aparentemente estables y modernas, se desmoronan repentinamente en una espiral de violencia  fratricida? ¿Sabíais que existe un término que los expertos utilizan para predecir cuándo un país está en riesgo de caer en el abismo de  la guerra civil? Ese término es anocracia

¿Qué tienen en común el Madrid de 1936, las calles incendiadas de Bogotá en 1948 o la Sarajevo sitiada en los años 90 con lo que está pasando actualmente en los Estados Unidos? Como decía una famosa frase atribuida a Mark Twain, “la historia no se repite, pero a menudo rima”. 

2. Escala Polity IV: Midiendo la salud de las naciones

La profesora Barbara F. Walter, de la Universidad  de California en San Diego, ha pasado décadas  analizando por qué estallan las guerras civiles a  lo largo de la historia y en todo tipo de culturas  y sociedades. Y ha llegado a la conclusión de que las democracias plenas rara vez entran en guerra civil. Las autocracias feroces, esas dictaduras donde el disidente desaparece en mitad de la noche, tampoco suelen sufrirlas, porque el Estado tiene el monopolio absoluto de la fuerza. El peligro se encuentra en el medio. Una herramienta que emplean los politólogos para Escala Polity IV: Midiendo la salud de las naciones medir el grado de democracia de un país es la escala Polity IV. Os hablaremos de ella con más detalle dentro de unos minutos, pero, de momento, imaginad una regla que va del -10 al +10. En el extremo izquierdo, el -10, tenemos la autocracia absoluta y hereditaria: pensad en la Corea del Norte de los Kim o en la Arabia Saudí monárquica. En el extremo derecho, el +10, está la democracia plena: países como Dinamarca, Suiza, España o Canadá, donde las instituciones son sólidas y el poder de los gobernantes está limitado. En Hispanoamérica, Uruguay y Chile tienen una puntuación de +10 también; Perú y Argentina,  de +9; México, de +8; y Colombia, de +7. 

Pero ¿qué hay en el medio? Entre el  -5 y el +5 se encuentra la anocracia.  

3. Qué es la anocracia y por qué es el régimen más peligroso

Es un régimen híbrido, incoherente. Un lugar donde se celebran elecciones, sí, pero donde quien gana tiene el poder de inclinar el tablero a su favor para no perder nunca más e incluso de romper los límites de mandatos preestablecidos antes de su llegada al gobierno para así perpetuarse como líder del país. La anocracia es un sistema donde la democracia existe sobre el papel, pero las instituciones están vaciadas de contenido real. Su nombre proviene del término griego 'kratos', que significa 'poder' o 'fuerza', acompañado del  prefijo de negación 'an-', que significa 'sin'. Es decir, que literalmente 'anocracia' se traduciría  como “falta de poder” o “falta de fuerza”.  

No es que no haya gobierno (como en la anarquía), sino que el poder está tan diluido, disputado o es tan ineficaz que no existe una autoridad central fuerte y coherente. 

Pues bien, la anocracia es una zona gris entre la democracia y la autarquía que supone un factor clave para que el riesgo de una guerra civil se dispare. 

4. Faccionalismo: Cuando la política se vuelve identidad y odio

Walter y el Grupo de Trabajo sobre Inestabilidad  Política de la CIA –ya sabéis, la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos–  descubrieron que los países que transitan hacia la anocracia —ya sea una democracia que se erosiona  o una dictadura que intenta abrirse— son los más vulnerables. Y el segundo factor clave es el  faccionalismo: cuando los partidos políticos dejan de diferenciarse por ideologías –es decir, por  temas como si hay que subir o bajar impuestos, o a qué partidas del presupuesto dedicar más recursos–  para diferenciarse por identidad, es decir, por temas como la religión o la etnia. Cuando la  política se convierte en una cuestión de “nosotros contra ellos”, de supervivencia identitaria,  la mesa está servida para el desastre. 

5. España 1936: El colapso institucional ante la polarización

Remontémonos casi un siglo en el tiempo  para viajar a la España de los años 30. Muchos historiadores plantean la Guerra Civil española como una consecuencia inevitable de los odios atávicos y las tensiones políticas, sociales y económicas que dividieron el país en dos bandos irreconciliables. Pero si miramos a través de  la lente de la anocracia, podemos observar algo más preciso: el colapso de las instituciones  democráticas ante la polarización extrema.  

La Segunda República española, proclamada  en 1931 tras el exilio del rey Alfonso XIII, arrancó con grandes esperanzas democráticas. Las dictaduras de los militares Miguel Primo de Rivera y Dámaso Berenguer, quienes habían gobernado durante ocho años con permiso del monarca, habían mantenido al país anclado en el pasado, y los políticos de izquierdas creían poder modernizarlo. Sin embargo, para 1936, España  había entrado de lleno en la zona de anocracia.  

El Frente Popular, una coalición de partidos de izquierdas, había ganado las elecciones en febrero de aquel año. Por tanto, tenía la legitimidad de las urnas; pero, en la práctica... carecía del control efectivo del orden público. El historiador británico Paul Preston cuenta cómo la sociedad española se había dividido en dos  bloques que no se reconocían legitimidad mutua.  

Por un lado, una izquierda que veía en la derecha a fuerzas fascistas dispuestas a esclavizar al obrero; por otro, una derecha que veía en la izquierda a una horda bolchevique destructora de la fe y la patria. No había adversarios políticos, sino enemigos mortales. 

Los sectores conservadores, terratenientes y católicos llegaron a la conclusión de que dentro del sistema republicano su existencia estaba amenazada. Y cuando un grupo humano pierde la esperanza de que el sistema proteja sus intereses, la violencia se puede convertir para ellos en una opción a considerar; incluso lógica y legítima.

6. El asesinato de Castillo y la venganza de la camioneta 17.

Para entender cómo se rompe un país, hay que bajar al detalle, a los actos sangrientos  individuales que precipitan el alud.  

En julio de 1936, la tensión política en Madrid  era enorme. Y la cascada de acontecimientos se inició con un asesinato. El teniente de la Guardia  de Asalto José del Castillo Sáenz de Tejada, de ideología socialista e instructor de las milicias de las Juventudes Socialistas, había recibido amenazas de muerte de la extrema  derecha. Se cuenta que su esposa recibió una carta anónima días antes que decía: “Tienes  un marido muy valiente, pero viuda serás muy pronto”. Se habían casado dos meses atrás, y  algunas fuentes señalan que estaba embarazada. 

En la noche del 12 de julio, el teniente Castillo, de 35 años de edad, salió de su casa en la calle de Augusto Figueroa para incorporarse a su  puesto. No llegó lejos. En la esquina con la calle Fuencarral, cuatro pistoleros de extrema derecha –presuntamente carlistas o falangistas– lo esperaban. Le dispararon sin mediar palabra. Castillo, herido de muerte, pidió que lo llevaran junto a su mujer, pero falleció enseguida. La noticia corrió como la pólvora por los cuarteles de la Guardia de Asalto y las  sedes de los sindicatos. La indignación era absoluta. 

Pero lo grave, lo que define el estado de anocracia, es lo que sucedió después: las fuerzas de seguridad del Estado decidieron tomarse la justicia por su mano. No confiaban en los jueces; ellos mismos serían jueces y verdugos. En la madrugada del 13 de julio, un grupo de guardias de asalto y civiles armados, liderados por el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, subieron a la camioneta número 17 de la  Dirección General de Seguridad. Iban buscando venganza. Su objetivo inicial era José María Gil-Robles, el líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas, pero no lo encontraron  en su domicilio; estaba veraneando en Biarritz. 

Frustrados, decidieron ir a por el siguiente en su lista: José Calvo Sotelo, el líder del bloque monárquico y la voz más  potente de la oposición en el parlamento. Vivía en la calle Velázquez, número 89. Imaginad la escena: es de noche, llaman a la puerta. Calvo Sotelo se asoma al  balcón. Ve a guardias de uniforme. Le exigen que los acompañe a la Dirección General de Seguridad para un trámite urgente. Él duda, se resiste, pero al ver las credenciales del capitán Condés, accede. Se despide de su familia, prometiendo llamar en cuanto llegue. Se cuenta que, antes de salir, dijo a sus hijos: “Estad tranquilos, volveré pronto”. 

Nunca lo hizo. Subió a la camioneta de la Dirección General de Seguridad. Se sentó en un banco de madera. A su lado y tras él iban los guardias y  milicianos. La camioneta arrancó. Apenas  habían recorrido unos cientos de metros, cuando le dispararon dos tiros en la nuca. A sangre fría. Dentro de un vehículo policial. 

7. Calvo Sotelo: El crimen que rompió el estado de derecho

El cuerpo de Calvo Sotelo fue arrojado a las puertas del cementerio del Este. Cuando se descubrió el cadáver a la mañana siguiente, España se paralizó. No era un asesinato más; era el líder de la oposición ejecutado por miembros de las fuerzas del orden del Estado. Este crimen causó gran conmoción entre  los sectores conservadores y muchos de los militares que hasta entonces habían permanecido indecisos ante la posibilidad de tomar el control del país por la fuerza cambiaron de opinión tras conocer las circunstancias del asesinato de Calvo Sotelo. La República, a sus ojos, ya  no era un Estado de derecho, sino una anarquía revolucionaria. Apenas cuatro días después, el 17 de julio, dio inicio el golpe de Estado militar.

A través de la violencia de facciones extremistas y del crimen parapolicial, se había quebrado totalmente la confianza en las instituciones y la anocracia había degenerado en una guerra civil. 

8. Colombia 1948: La anocracia oligárquica de dos bandos

Si cruzamos el Atlántico y avanzamos una década, encontramos otro ejemplo desgarrador de cómo la debilidad institucional y el odio partidista pueden destruir una nación. Colombia, en 1948, era formalmente una democracia, pero en la práctica funcionaba como una anocracia oligárquica.  

El poder se repartía —o más bien se  disputaba a tiros— entre dos partidos: el Liberal y el Conservador. No eran simples opciones electorales; eran identidades heredadas, casi genéticas. Se nacía liberal o se nacía conservador, y eso definía quiénes eran tus amigos y quiénes tus enemigos. El gobierno conservador de Mariano Ospina Pérez, en el poder desde 1946, utilizaba la policía y el ejército para reprimir a los liberales. La violencia era endémica. 

9. Jorge Eliécer Gaitán y la oración por la paz silenciada

Pero había surgido un hombre que prometía cambiarlo todo: Jorge Eliécer Gaitán, un líder populista,  carismático, con una oratoria que hipnotizaba a las masas. Denunciaba a la oligarquía de ambos partidos y prometía justicia para los desposeídos.  

Su frase más famosa, “Yo no soy un hombre, soy  un pueblo”, resumía su conexión con la gente. En febrero de 1948, Gaitán organizó la  Marcha del Silencio. Cien mil personas. Jorge Eliécer Gaitán y la oración por la paz silenciada llenaron la plaza de Bolívar de Bogotá. No gritaban consignas; solo callaban, portando banderas negras en señal de luto  por los liberales asesinados en los pueblos.  

Gaitán, ante esa multitud muda, pronunció su famosa 'Oración por la Paz', rogando al presidente Ospina que detuviera la matanza: “Señor presidente: os pedimos cosa sencilla para la cual están de más los discursos. Os pedimos que cese la persecución de las autoridades... Impedid, señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida  humana, que es lo que puede pedir un pueblo”. 

Pero la anocracia colombiana no escuchaba oraciones. Dos meses después, el 9 de abril de 1948, Bogotá estaba engalanada porque se celebraba la IX Conferencia Panamericana, precursora de la Organización de los Estados Americanos. Entre los asistentes estaba el Secretario de Estado de EE. UU., George Marshall. Curiosamente, también se encontraba en la ciudad un joven estudiante cubano llamado Fidel Castro, que  había acudido a un congreso estudiantil paralelo. 

10. El Bogotazo: Tres disparos que incendiaron una capital

A la una de la tarde, Gaitán salió de su despacho en el edificio Agustín Nieto, en la carrera Séptima, para ir a almorzar. Iba acompañado de amigos. Al salir a la calle, un hombre de aspecto humilde, desaliñado, que llevaba días merodeando la zona, se le acercó. Se llamaba Juan Roa Sierra. 

Aquel hombre sacó un revólver y disparó tres veces. Gaitán cayó al suelo, herido de muerte, con impactos en la cabeza y el pulmón. Fue llevado a la Clínica Central, donde falleció poco después. La reacción de la multitud fue instantánea. La  gente que estaba en la calle identificó a Roa Sierra. Un policía intentó protegerlo metiéndolo en una droguería cercana, pero la turba, furiosa, rompió la reja, sacó al asesino y lo mató a golpes, patadas y ladrillazos allí mismo. No hubo juicio, no hubo preguntas. Solo ira. A continuación, ataron el cadáver desnudo y destrozado de Roa Sierra con corbatas y lo  arrastraron por toda la Carrera Séptima hasta dejarlo tirado frente a las escalinatas del  Palacio Presidencial, como un mensaje macabro dirigido al gobierno conservador. Décadas después, sigue siendo un gran enigma en Colombia la verdadera motivación de Roa Sierra y sus posibles vínculos con conspiraciones externas –por ejemplo, con la CIA, que no veía con buenos ojos a  Gaitán– o internas –con el Gobierno de Ospina–. 

La violencia se desató en Bogotá, dando lugar  a un trágico escenario que pasó a la historia como 'El Bogotazo'. La policía, compuesta  mayoritariamente por liberales de base, se sublevó y comenzó a repartir armas a la multitud. Se asaltaron ferreterías para coger machetes y escopetas. Se incendiaron edificios públicos, iglesias, tranvías. La ciudad ardió por los cuatro costados. Hubo francotiradores  en los tejados, linchamientos, saqueos. Lo que Gaitán había intentado evitar con  su 'Oración por la Paz' se convirtió en una realidad de pesadilla. El asesinato del líder que encarnaba la esperanza de cambio rompió el último dique de contención. La anocracia colombiana colapsó. El conflicto se extendió al campo y dio inicio a un periodo  conocido simplemente como 'La Violencia', con mayúsculas. Una guerra civil no declarada que duró  una década y dejó entre 200.000 y 300.000 muertos. 

De las cenizas de aquel periodo surgieron  guerrillas modernas como las FARC o el ELN. La sombra de aquel 9 de abril de 1948 se proyectó  sobre Colombia durante más de medio siglo. 

11. Yugoslavia: El letal tránsito de la autocracia al caos

 Avanzamos ahora en el tiempo hasta finales del siglo XX. Europa pensaba que había dejado atrás la barbarie de la guerra, pero los Balcanes nos recordaron que la civilización es una capa muy fina. La guerra en la antigua Yugoslavia fue un ejemplo de manual de cómo la transición de una autocracia a una anocracia puede ser letal. Tras la muerte del mariscal y presidente vitalicio de Yugoslavia Josip Broz Tito en 1980,  el pegamento que mantenía unida a la federación yugoslava se disolvió. A finales de los 80, con  la caída del Muro de Berlín, Yugoslavia intentó transitar hacia la democracia. Pero en lugar de demócratas, lo que surgieron fueron lo que Barbara Walter llama "emprendedores étnicos". Líderes como el serbio Slobodan Milošević o el croata Franjo Tuđman se dieron cuenta de que la  forma más rápida de ganar poder en aquel nuevo desorden no era con programas económicos, sino con el miedo. "Ellos" –los croatas, los serbios, los bosnios musulmanes– vienen  a por "nosotros". Manipularon la historia, reavivaron viejos agravios de la Segunda  Guerra Mundial [Como el genocidio de serbios ortodoxos por parte de los croatas fascistas católicos de la Ustacha, dirigidos por el dictador títere nazi Ante Pavelic, refugiado luego en España] y convencieron a sus pueblos de que la convivencia era imposible. Un  ejemplo concreto que resume la tragedia de la anocracia yugoslava fue la historia de los  conocidos como 'Romeo y Julieta de Sarajevo'. 

12. Romeo y Julieta de Sarajevo: El fin de la humanidad

Admira Ismić era una joven bosnia musulmana. Boško Brkić era un joven serbio ortodoxo. Tenían 25 años. Eran novios desde el instituto, mucho antes de que a nadie le importara quién rezaba a qué dios o quién iba a qué iglesia. Cuando estalló la guerra en 1992 y Sarajevo fue sitiada por las fuerzas serbias, ellos se negaron a separarse. Boško podría haber huido al lado serbio y estar seguro, pero eligió quedarse en el infierno de  la ciudad sitiada. No quería separarse de Admira. 

La vida en Sarajevo se volvió imposible.  Sin agua, sin luz, bajo el fuego constante de los francotiradores y los morteros. En mayo de  1993, decidieron huir. Querían un futuro juntos, lejos de aquella locura. A través de amigos  comunes en ambos bandos, consiguieron acordar un alto el fuego temporal para cruzar la línea del  frente. El lugar elegido fue el puente de Vrbanja, sobre el río Miljacka, una tierra de nadie  controlada por francotiradores de ambos lados. 

El 19 de mayo de 1993, a las cinco de la tarde, Admira y Boško salieron de sus escondites. Iban cargados con bolsas ligeras, con lo poco que podían llevar. Caminaban de la mano, confiando en que no dispararían contra una pareja inofensiva. Pero cuando estaban cruzando el puente, sonó un disparo. El francotirador alcanzó a Boško primero. Murió al instante. Admira gritó. Segundos después, otro disparo la alcanzó a ella. Quedó herida de muerte. Pero no huyó. Con sus últimas fuerzas, se arrastró por el asfalto del puente hasta llegar al cuerpo de su amado Boško. Lo abrazó, le pasó el brazo por encima para protegerlo  o para estar con él en el final. Y allí, abrazada al hombre que amaba, murió. Sus cuerpos quedaron tirados en medio del puente, bajo el sol y la lluvia, durante ocho días. Nadie se atrevía a ir a recogerlos. Las fuerzas de la ONU decían que era demasiado peligroso. Los serbios y los bosnios se culpaban mutuamente de haber roto el alto el fuego y de haber disparado. Aquella imagen de los dos jóvenes abrazados en la muerte, pudriéndose en la tierra de nadie de una ciudad que había sido un modelo de convivencia, se convirtió en el símbolo de la estupidez y la crueldad de la guerra civil. Finalmente, prisioneros musulmanes fueron obligados por los serbios a  recuperar los cuerpos al amparo de la noche. Hoy descansan juntos en el cementerio del León de Sarajevo. 

Su historia nos recuerda que cuando la política se convierte en odio identitario, lo primero que muere es la humanidad. 

13. Estados Unidos 2026: La caída de un faro democrático

Y ahora, llegamos al presente. A enero de 2026, cuando estamos grabando este vídeo. Decir esto hace unos años habría sonado a ciencia ficción, pero Estados Unidos, la gran superpotencia mundial de las últimas décadas, un país que siempre había proclamado ser un faro de la democracia, ha entrado en una zona oscura. ¿Qué está pasando realmente en ese país? ¿Por qué sus propios termómetros democráticos han dejado  de funcionar y cómo la teoría política se ha convertido en una cruda realidad de disturbios,  militarización y miedo en las calles de ciudades como Mineápolis o Los Ángeles? Empecemos por lo más básico: ¿cómo sabemos si un país es una democracia? No basta con que haya urnas y papeletas; las hay en Rusia y Vladimir Putin lleva ya 26 años controlando el país, como un dictador de facto, de igual modo que se han celebrado elecciones en muchas de las dictaduras más férreas bajo la apariencia de plebiscitos. Para hablar de democracia real, necesitamos medir la calidad de las instituciones, los límites del poder y  la libertad real de la competencia política.  

Y aquí es donde entra en juego la herramienta que mencionamos al principio del vídeo, el índice Polity IV, y su sucesor, el Polity V.  Durante casi medio siglo, este proyecto ha sido la Biblia para los analistas internacionales, una base de datos enorme que ha codificado las características de los regímenes políticos de todo  el planeta desde el año 1800 hasta nuestros días.  

Pero ¿quiénes son los arquitectos de esta escala y por qué su trabajo se ha vuelto tan incómodo para el poder en Washington? 

14. ¿Por qué se rebelan los hombres? La tesis de Ted Robert Gurr

El padre intelectual de todo esto fue el politólogo estadounidense Ted Robert Gurr, a quien obsesionaba una pregunta que, tal vez, vosotros también os hayáis hecho alguna vez: ¿por qué se rebela la gente? ¿Cuál es el punto en que un grupo humano decide empuñar las armas para derrocar al poder establecido?  En su obra cumbre, "Why Men Rebel" ("Por qué se rebelan los hombres"), publicada en 1970, [Existe una obra de igual intención, escrita por el antaño miembro de la Resistance Albert Camus en 1951: L'homme revolté / El hombre revuelto o rebelde] Gurr no se conformaba con explicaciones simplistas; él buscaba patrones, datos, una ciencia del conflicto. Entendió que la  violencia no surge de la nada, sino de la "privación relativa", esa brecha dolorosa entre lo que creemos merecer y lo que el sistema nos da. Fue Gurr quien inició el proyecto Polity a finales de los años 60, sentando las bases de una metodología que no juzgaba a los  países por sus declaraciones de intenciones, sino por sus estructuras de autoridad reales. Pero quien desarrolló este proyecto y lo convirtió en el estándar internacional que conocemos hoy fue su discípulo, el sociólogo Monty G. Marshall, actual director del Centro para la Paz Sistémica.  

Marshall perfeccionó el índice Polity IV, creando una escala que va del -10 al +10. Como ya  dijimos, en el extremo negativo, el -10, tenemos las autocracias puras, las tiranías absolutas donde la palabra del líder es ley divina. En el extremo positivo, el +10, están las  democracias consolidadas, plenas, donde el  poder está controlado por la ley y la competencia  es justa. Y en medio, en esa zona gris y peligrosa que va del -5 al +5, habitan las anocracias,  regímenes híbridos que mezclan elecciones con represión, parlamentos con caudillos. Las notas se  establecen midiendo una larga serie de variables, como, por ejemplo, las 'Restricciones  al Ejecutivo' –es decir, si el Gobierno   tiene limitado su poder de manera efectiva– o la  'Competencia Política' –o sea, si las elecciones  son transparentes y la política un juego limpio–. Durante años, el trabajo de Marshall y su equipo en el Centro para la Paz Sistémica contó con  el respaldo del propio gobierno de los Estados Unidos. A través del Grupo de Trabajo sobre  Inestabilidad Política (o PITF, por sus siglas en inglés), la administración estadounidense financiaba esos estudios. 

Y aquí viene el dato que quizá os sorprenda: el PITF estaba financiado, en última instancia, por la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. Sí, habéis oído bien. Durante décadas, la inteligencia estadounidense pagó para que académicos independientes evaluaran la salud democrática del mundo, incluida la suya propia. Era una muestra de confianza, de fortaleza institucional; Estados Unidos no temía mirarse al espejo porque sabía que el reflejo le devolvería un +10, la máxima puntuación. 

15. Interferencia rusa y la primera grieta del sistema americano 

Sin embargo, en 2016, las cosas empezaron a torcerse. Aquel año, Donald Trump logró su primera victoria electoral por la presidencia del país, pero múltiples investigaciones oficiales, de organismos tan relevantes como el Comité de Inteligencia del Senado o el Departamento de Justicia, concluyeron que Rusia había interferido en el desarrollo electoral a través de tres métodos principales. Por un lado,  agentes de la inteligencia militar rusa, el GRU, hackearon los servidores del Comité Nacional Demócrata y las cuentas de correo personales de miembros de la campaña de Hillary Clinton, como John Podesta. Estos documentos robados fueron difundidos estratégicamente a través de plataformas como WikiLeaks y cuentas ficticias como DCLeaks para generar cobertura mediática  negativa contra Clinton en momentos clave de la campaña.

Por otra parte, la organización rusa Internet Research Agency, vinculada al Kremlin, llevó a cabo una guerra de desinformación  masiva. Utilizaron identidades falsas y "granjas de trolls" para difundir contenido divisivo en plataformas como Facebook y Twitter, con el fin de polarizar a los votantes y promover la candidatura de Trump. Además, se detectaron intentos de intrusión por parte de actores rusos en los sistemas de registro de votantes de los 50 estados del país norteamericano. Si bien lograron  acceder a datos de votantes en algunos casos,  todas las investigaciones concluyeron que no hay evidencia de que se alteraran los recuentos de votos o se manipularan las máquinas de votación. 

Aunque la investigación llevada a cabo para el Departamento de Justicia por el fiscal especial Robert Mueller no encontró pruebas suficientes para establecer una conspiración criminal o coordinación directa entre la campaña de Trump y el Gobierno ruso, sí documentó numerosos contactos entre ambos. Las conclusiones del informe de Mueller fueron respaldadas tanto por la CIA, el FBI y la NSA como por un comité del Senado liderado por republicanos.

A consecuencia de las interferencias rusas en el proceso electoral, los observadores internacionales consideraron que las elecciones de 2016 fueron libres, pero no del todo justas, y la puntuación de Estados Unidos en el índice Polity se redujo  un punto por primera vez: pasó de +10 a +9. 

En 2019 bajó dos puntos más, hasta el +7, después  de que la Casa Blanca se negase a cumplir con una solicitud del Congreso de proporcionar información y responder a citaciones. 

La polarización extrema y la retórica incendiaria afectó de manera severa a la calificación de la variable 'Competencia Política' de Estados Unidos. Ya no era una competencia abierta y limpia;  se estaba volviendo "faccional". El faccionalismo, ya sabéis, se da cuando los partidos políticos dejan de verse como rivales legítimos con los que se puede pactar y empiezan a verse como enemigos existenciales a los que hay que destruir. Cuando la política se convierte en guerra, la democracia empieza a morir.

16. El apagón informativo: El fin de la financiación del PITF

Pero el verdadero golpe, el que hizo saltar todas las alarmas, llegó a finales de 2020, cuando Donald Trump, tras su derrota frente a Joe Biden en las elecciones presidenciales más tensas de la historia reciente de Estados Unidos, no aceptó el resultado de las mismas y, siendo aún el presidente en funciones, intentó activamente anular los resultados, lo que culminaría poco después en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. El índice Polity volvió a degradar a Estados Unidos por la conducta antidemocrática de Trump.  

La puntuación cayó por debajo del umbral  de democracia (+6) y cerró el año 2020 con un +5. Técnica y académicamente, Estados Unidos se había convertido en una anocracia. 

Quizá os estéis preguntando cómo es posible que la administración Trump permitiese que el Centro para la Paz Sistémica siguiera recibiendo financiación pública a través del PITF cuando no paraban de rebajar la nota democrática del país desde que habían llegado al poder. La respuesta es... que no lo permitieron. Aquel mismo año de 2020, la financiación del PITF al proyecto Polity se cortó de raíz. La razón oficial fue una disputa metodológica. Un consultor del gobierno, Michael D. Ward, había desarrollado un  algoritmo de Inteligencia Artificial para codificar las puntuaciones de los países de forma automática. La administración argumentó que la IA era más rápida y barata que el minucioso análisis humano que realizaban Marshall y sus expertos. Pero Marshall se negó a aceptar que una máquina pudiera captar las sutilezas de la degradación democrática. ¿Puede un algoritmo entender la diferencia entre una ley que se aplica y una que se ignora sistemáticamente? ¿Puede una IA detectar el momento exacto en que un presidente rompe una norma no escrita de contención? El resultado fue que el Centro para la Paz Sistémica se quedó sin recursos. Las actualizaciones de los datos se volvieron esporádicas, embargadas, difíciles de encontrar. Justo cuando más necesitábamos saber qué pasaba, se produjo un apagón informativo. 

A pesar de la falta de fondos, Marshall y su equipo no se rindieron. Siguieron monitoreando la situación, y lo que han observado en los  últimos años, especialmente entre 2024 y este inicio de 2026, es un colapso vertical. Si hasta 2024 hubo una tímida recuperación de la puntuación bajo la administración Biden, llegando a un +8, el regreso de Donald Trump al poder y, sobre todo, las decisiones judiciales que allanaron su camino, han precipitado el desastre.  

Según las notas más recientes del proyecto Polity, emitidas casi como partes de guerra   desde la resistencia académica, Estados Unidos  ha sufrido un "cambio de régimen adverso". 

17. Inmunidad presidencial: El fallo que eliminó los contrapesos

Para entender la gravedad de este cambio, tenemos  que hablar de una fecha concreta: el 1 de julio de 2024. Ese día, la Corte Suprema de los Estados  Unidos, con una mayoría conservadora consolidada,  emitió un fallo en el caso Trump v. United States,  es decir, “Trump contra los Estados Unidos”.  

La sentencia, redactada por el presidente del tribunal John Roberts, otorgó a los expresidentes una "inmunidad absoluta" frente a procesos penales por acciones que cayeran dentro de su autoridad constitucional, y una "presunción de inmunidad" para todos sus actos oficiales. Traducido al lenguaje de la calle: el  presidente está por encima de la ley penal siempre que actúe con el sombrero de presidente puesto. Esta decisión socavó la variable más importante del índice Polity, la de las 'Restricciones al  Ejecutivo'. La esencia de la democracia es que el líder no puede hacer lo que quiera; tiene límites, frenos, contrapesos. Si el presidente puede ordenar al Departamento de Justicia que persiga a sus enemigos o ignorar las leyes sin miedo a la cárcel, ya no hay restricciones. Marshall y su equipo reaccionaron con horror académico. Tras la toma de posesión de Trump el 20 de enero de 2025, actualizaron la ficha de Estados Unidos con una nota que pasó desapercibida para el gran público y que, sin embargo, era una importante señal de alarma... Cero. Ni democracia  (+10), ni autocracia (-10). El cero absoluto. El limbo. Un régimen donde hay elecciones, sí, pero donde el poder ejecutivo no tiene frenos y la oposición juega con las manos atadas. 

18. Cómo mueren las democracias desde dentro del poder

Los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, profesores de la Universidad de Harvard, publicaron en 2018 el libro 'Cómo mueren  as democracias', en el que argumentaban la tesis de que las democracias ya no caen con un golpe de estado militar. Hoy en día, las democracias perecen lentamente, desde dentro, asesinadas por líderes que han sido elegidos en las urnas y que utilizan las propias herramientas de la democracia —las leyes, los jueces, la  burocracia— para desmantelarla pieza a pieza. 

Ellos identificaron dos normas no escritas  que sostenían el sistema estadounidense: la "tolerancia mutua" y la "contención  institucional". La tolerancia mutua significa aceptar que tu rival político es un  patriota igual que tú, con ideas diferentes, pero legítimo. La contención significa que, aunque la ley te permita hacer algo –como indultar a todos tus amigos o llenar el Tribunal Supremo de jueces afines–, no lo haces porque sabes que eso rompería el juego. Trump y el Partido Republicano radicalizado, argumentan Levitsky y Ziblatt, han triturado estas normas. En un artículo publicado en diciembre de 2025 en la prestigiosa revista 'Foreign Affairs', titulado "El precio del autoritarismo estadounidense", Levitsky, Ziblatt y su colega Lucan Way, de la Universidad de Toronto, sentenciaron: “En 2025, Estados Unidos dejó de ser una democracia plena al estilo de Canadá o Alemania”. 

19. Operación Aurora y la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798

Al inicio de su segundo mandato, la administración Trump declaró que los cárteles de la droga y las bandas criminales constituyen una "invasión" del país, y ha utilizado esta retórica para activar una antigua ley de guerra, la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798, contra los inmigrantes actuales que viven en suelo estadounidense. Bajo el amparo de esa ley arcaica, que permite deportar a las personas de manera sumaria –sin  supervisión judicial, simplemente afirmando que son amenazas a la seguridad nacional o súbditos  de una nación hostil–, el Gobierno lanzó la 'Operación Aurora'. Su nombre proviene de la ciudad de Aurora, Colorado, que Trump describió en campaña como una "zona de guerra" tomada por inmigrantes venezolanos del Tren de Aragua. 

En realidad, aunque existe constancia documentada  de un grupo de 137 ciudadanos venezolanos que fueron sacados de EE. UU. y enviados a una  cárcel de máxima seguridad en El Salvador sin pasar por ningún juez estadounidense, se cree que los expulsados de manera sumaria han sido relativamente escasos. La idea principal era generar miedo entre la población de inmigrantes para que ellos mismos decidieran abandonar el país. En esa línea, el vicepresidente, J. D. Vance, declaró el 7 de enero de 2026  que los agentes del ICE, reforzados por miles de efectivos y contratistas privados, irían "puerta por puerta" para sacar a la gente. 

Imaginad la atmósfera que genera todo esto. Barrios en pánico. Personas que no se atreven a ir al trabajo o a la escuela pese a llevar décadas viviendo en Estados Unidos. Familias escondidas en sótanos. La Guardia Nacional de estados demócratas como California o Nueva York amenazando con no cooperar o incluso bloquear a las fuerzas federales. Es el escenario clásico de una anocracia al borde del colapso: dos legitimidades enfrentadas, fuerzas armadas con órdenes contradictorias y una población civil en el medio. Quizás algunos estéis pensando: "Bueno, pero si tienen los papeles en regla no tienen nada que temer, solo van a por los ilegales". La trampa de la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798 reside en su letra pequeña. Esta ley no distingue necesariamente entre inmigrantes indocumentados y residentes legales; la distinción clave es entre ciudadanos naturalizados y "súbditos extranjeros". El texto legal permite detener a "todos los nativos, ciudadanos, habitantes o súbditos de la nación hostil" que no estén naturalizados.  

Esto significa que un residente legal, con su Green Card, que lleve veinte años trabajando honestamente en el país, podría ser detenido y deportado sumariamente si el presidente declara a su grupo nacional como "hostil", sin derecho a un abogado ni a un juez. Es la eliminación absoluta del debido proceso, tal como ocurrió con los estadounidenses de origen japonés en los años 40. Y a esto se suma una tragedia silenciosa. Muchos os preguntaréis: "¿Y por qué no se hicieron ciudadanos antes? ¿Por qué no se pusieron a la  cola?". La realidad es que el sistema migratorio de EE. UU. es un laberinto de cristal diseñado para que te pierdas. Para la inmensa mayoría de los trabajadores inmigrantes, no existe una "fila" en la que ponerse. Leyes como la de 1996 impusieron los terribles "castigos de 3 y 10  años": si has vivido indocumentado más de un año, la ley te obliga a salir del país para arreglar tus papeles, pero al salir, automáticamente te prohíben entrar durante una década. Es un callejón sin salida, una trampa burocrática perfecta. 

Y para los que intentan hacerlo por la  vía laboral, los atascos son de pesadilla: en 2025, la espera para algunos visados  de trabajo supera los tres años de media, y para ciertas nacionalidades como la india o  la mexicana, ¡las esperas pueden ser de décadas debido a los límites por país! 

20. Crisis en Minneapolis: Redadas, disturbios y muertes civiles

No es desidia  por parte de los inmigrantes, es un sistema colapsado donde la "legalidad" es un privilegio  inalcanzable para millones de trabajadores honrados que llevan media vida levantando el país. En diciembre de 2025, la administración Trump lanzó la llamada 'Operation Metro Surge'. Bajo  el mando de la Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y Todd Lyons, director interino del  Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, más conocido como ICE, por sus siglas en  inglés, miles de agentes federales fueron desplegados en las ciudades de Mineápolis y Saint-Paul, geográficamente unidas entre sí.  

La excusa oficial era perseguir el fraude en ayudas sociales y detener a criminales peligrosos, pero la realidad que denuncian las autoridades locales y las organizaciones de derechos humanos es la de una ocupación militarizada destinada a castigar a una ciudad gobernada por demócratas y con una gran población de  inmigrantes somalíes e hispanoamericanos. 

Rápidamente, el ambiente se volvió represivo:  negocios cerrados por miedo, escuelas en confinamiento, redadas indiscriminadas...  Mineápolis se convirtió en el epicentro de la resistencia contra las nuevas políticas  de deportación, y las actuaciones de las agencias federales –como el ICE y la Patrulla  Fronteriza– han dejado hasta el momento en que estamos grabando este vídeo, a finales de enero  de 2026, dos ciudadanos estadounidenses muertos.  

La primera víctima mortal fue Renée Nicole Good, de 37 años, poeta y madre de tres hijos.  

Fue abatida en su vehículo por un agente del ICE.  La versión del Departamento de Seguridad Nacional fue que se trataba de una “terrorista doméstica”  que había intentado atropellar a los agentes. En las grabaciones del suceso, en cambio, se ve que Renée intentaba alejarse del lugar y no embestir a los oficiales cuando estos abrieron fuego. Poco después, el 24 de enero, el enfermero de cuidados intensivos Alex Jeffrey Pretti fue ejecutado en plena calle cuando trató de proteger a una mujer a la que los agentes habían rociado gas pimienta. Lo abatieron con más de diez disparos mientras estaba inmovilizado en el suelo. Estas muertes, unidas a otros muchos actos de abuso de fuerza de los agentes federales no solo contra inmigrantes, sino también contra manifestantes pacíficos y observadores, han  generado una crisis constitucional de facto.  

El gobernador de Minesota, Tim Walz y el alcalde de Mineápolis, Jacob Frey, han exigido la salida inmediata de los agentes federales, y han calificado las acciones del ICE como una violación de los derechos civiles de los ciudadanos. También han intentado bloquear el acceso de los federales a ciertas zonas e iniciar investigaciones independientes de los homicidios, las cuales han sido obstruidas por el Departamento de Seguridad Nacional. Kristi Noem y la administración Trump han defendido a los agentes y han culpado de la violencia a la retórica demócrata. En lugar de intentar apaciguar la situación, han amenazado con desplegar aún más efectivos si las protestas continúan. Pero los incidentes de Mineápolis no son casos aislados. Meses antes, en junio de 2025,  

21. Los Ángeles bajo el toque de queda: El lema "No Kings

Los Ángeles también había sido escenario de un drama parecido. Todo comenzó el 6 de junio con  redadas masivas del ICE en lugares de trabajo y barrios hispanoamericanos. La comunidad,  harta de vivir con miedo, salió a la calle.  

Lo que empezó como manifestaciones pacíficas  derivó en enfrentamientos cuando la policía y los agentes federales intentaron dispersar a las multitudes. En Paramount y en el centro de Los Ángeles, se levantaron barricadas. La respuesta del presidente Trump fue saltarse la autoridad del gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom. Invocando poderes federales, Trump desplegó a la Guardia Nacional en las calles de la segunda ciudad más grande del país. La alcaldesa Karen Bass tuvo que imponer toques de queda mientras grupos de manifestantes, bajo el lema "No Kings" ("Sin Reyes"), se  enfrentaban a gases lacrimógenos y balas de goma en Grand Park. El gobierno federal culpó a  las "ciudades santuario" de fomentar la anarquía; los activistas denunciaron que el gobierno estaba  declarando la guerra a su propia población. 

Según datos del propio Departamento de Seguridad Nacional —que debemos tomar con cautela, pues son parte interesada en la narrativa—, las agresiones a agentes del ICE aumentaron un 1.300% en el último año. Sea cierta o exagerada esta cifra, lo que indica es que el contrato social se ha roto. No hay autoridad legítima, solo fuerza bruta y resistencia. 

¿Y qué dice el mundo de todo esto? La comunidad internacional observa con una mezcla de horror e incredulidad. 

22. El veredicto del mundo: Autocratización rápida en Occidente

El Instituto  V-Dem (Varieties of Democracy) de la Universidad de Gotemburgo en Suecia, que junto con Polity es  el referente mundial en medición de la democracia, no se ha andado con rodeos. En su 'Informe  sobre la Democracia 2025', V-Dem alerta de que Estados Unidos está sufriendo el “episodio  de autocratización más rápido de su historia moderna”. Destacan el ataque sistemático a la libertad de expresión, la intimidación a periodistas y la politización de la justicia  como síntomas claros de una enfermedad terminal.  

Freedom House, otra organización clave, mantiene a EE. UU. como "Libre" con una puntuación de 84/100 para 2025, pero advierte severamente sobre la erosión institucional y la presión partidista en los procesos electorales, señalando que la victoria de Trump en 2024 provocó la desestimación de sus causas penales federales, una prueba más de la impunidad de la que hablábamos antes. ¿Se encuentra Estados Unidos al borde de una  guerra civil?

23. ¿Es inevitable una insurgencia moderna en suelo estadounidense?

Es difícil saberlo. Según el índice Polity actualmente está en el punto más peligroso de la escala, en plena anocracia, que es un tobogán hacia el caos. No obstante, si el autoritarismo de Trump progresara hasta el punto de descender por debajo del -5 en la escala, la zona de peligro de guerra civil habría quedado superada: Estados Unidos se habría convertido en una dictadura. 

En cualquier caso, Barbara Walter advirtió que una guerra civil moderna en EE. UU. no sería como la de 1861, con ejércitos de fuerzas semejantes vestidos de azul y gris en campos de batalla.  

No. Sería una guerra de insurgencia, de terrorismo doméstico: bombas en edificios federales, asesinatos selectivos de jueces o políticos, milicias armadas controlando carreteras rurales, y la "limpieza" de barrios por motivos étnicos o políticos. 

En España, el asesinato de un líder de la oposición –Calvo Sotelo– fue la chispa definitiva; no porque justificara un golpe de Estado, sino porque lo usaron para declarar que la convivencia era imposible y que no se podía confiar en las instituciones. En Colombia, el magnicidio de la esperanza –Gaitán– desató la violencia porque las instituciones no podían canalizar el dolor del pueblo. Y en Yugoslavia, la manipulación del miedo étnico por líderes oportunistas como Milošević convirtió a vecinos en verdugos. Hoy, en 2026, Estados Unidos camina por el filo de esa misma navaja. 

24. Las señales de advertencia antes del abismo final 

Si millones de personas sienten que el sistema legal ya no les protege, que el Estado es su enemigo, la tentación de la violencia se dispara, las instituciones se tambalean y el "otro" se convierte en enemigo.  La pregunta que nos queda es: ¿somos capaces de aprender? ¿Podemos ver las señales de advertencia antes de que sea demasiado tarde? ¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la situación en Estados Unidos? ¿Creéis que la democracia en ese país es lo suficientemente fuerte para resistir  esta prueba de estrés o se encuentra a las puertas de un declive definitivo?