viernes, 15 de mayo de 2026

Voltaire

 ¿Alguna vez te has dado cuenta de que en las biografías de los grandes héroes históricos siempre se omiten los hechos más controvertidos? Durante décadas nos han hecho creer que nuestra libertad fue conquistada por pensadores santos y desinteresados. Tomemos por ejemplo a Voltaire, un icono absoluto de la Ilustración cuya imagen se convirtió en un símbolo intocable de la lucha contra la tiranía europea. Pero hay una paradoja que destruye por completo este mito. A la ciencia oficial no le gusta recordar que este gran defensor de los oprimidos en realidad despreciaba al pueblo llano, que su legendaria independencia no la conquistó con el poder del pensamiento filosófico, sino que sencillamente la compró, llevando a cabo una grandiosa estafa financiera con la lotería estatal. Y mientras sus libros eran quemados públicamente por su libre pensamiento, Voltaire empujaba sin piedad a la elite a endeudarse con intereses desorbitados y al mismo tiempo se humillaba ante los reyes desempeñando el papel de bufón. Hoy descubriremos qué llevó a Voltaire a llevar a cabo este aterrador juego de doble cara. Mostraremos cómo el monarca más grande de Europa simplemente compró a Voltaire, lo exprimió hasta la última gota y lo echó a la calle. Y, lo más importante, desvelaremos el espeluznante secreto del final de su vida, porque el ídolo fallecido de millones de personas tuvo que ser sacado en secreto de París bajo el manto de la noche, atando el cadáver al asiento de la carroza. Y qué detalle verdaderamente impactante descubrieron las autoridades cuando, casi un siglo después, abrieron su tumba. 

François-Marie Arouet llegó al mundo el 21 de noviembre de 1694 en París, aunque durante buena parte de su vida insistió en que había nacido el 20 de febrero... quizá porque prefería elegir hasta la fecha de su propio nacimiento. Su padre, François, era notario real; un hombre que ganaba bastante redactando contratos para la alta burguesía y la nobleza menor y que conocía el valor exacto de cada propiedad de cada calle de París. Había aprendido la regla fundamental de la Francia de Luis XIV: el dinero abre puertas, pero solo la sangre azul las mantiene abiertas. 

La madre, Marie Marguerite Domard, procedía de una familia de la pequeña nobleza de Poitou. Murió cuando François-Marie tenía 7 años. De ella casi no hay rastro en la correspondencia de Voltaire, ni una carta nostálgica, ni un recuerdo tierno, ni siquiera una mención casual. 

Este silencio ha intrigado a los biógrafos durante siglos. Theodor Westerman, autor de la biografía más exhaustiva de Voltaire, sugiere que esta pérdida temprana dejó una marca que el filósofo nunca quiso examinar, una necesidad permanente de atención, de reconocimiento, de aplauso que ningún éxito literario ni ninguna fortuna lograrían saciar. 

El hermano mayor Armand heredó la piedad de la madre y se convirtió en un jansenista devoto. La hermana Marguerite Catherine se casó joven. François-Marie quedó como el hijo problemático, demasiado inteligente, demasiado inquieto, demasiado consciente de que su inteligencia no le daba ningún derecho real en un país donde los derechos se heredaban por sangre. 

El padre lo envió al colegio Louis-le-Grand a los 10 años. Era la institución educativa más prestigiosa de Francia, dirigida por los jesuitas, y su alumnado era un mapa exacto del poder francés. Hijos de duques, de magistrados del parlamento, de financieros con ambiciones nobiliarias. Los jesuitas de Louis-le-Grand eran profesores excelentes, rigurosos en el latín, sofisticados en la retórica, pragmáticos en la enseñanza del poder. Sabían que estaban formando a la clase dirigente y sabían reconocer el talento cuando lo veían. 

El joven Arouet tenía un talento que espantaba: componía versos latinos con una velocidad que dejaba atónitos a sus maestros. Escribía epigramas que circulaban por el patio como moneda de prestigio. El padre Charles Porée, su profesor de retórica, lo señaló como el alumno más brillante que había tenido jamás. Pero la brillantez y la posición social eran cosas diferentes y, en el patío de Louis-le-Grand, esa diferencia se sentía cada día. Los compañeros de cuna noble tenían algo que no se aprende ni se compra: la naturalidad del privilegio. Se movían por el mundo como si este les perteneciera... porque efectivamente les pertenecía. 

Arouet tenía que ganarse cada espacio con su lengua. Cada chiste brillante era una negociación; cada verso un pasaporte temporal al grupo de los elegidos. Pero ese pasaporte caducaba cada noche, cuando los hijos de los duques volvían a sus mansiones del mar y el hijo del notario volvía a la casa de Poitou, Saint-Loup-sur-Thouet. 

Esa experiencia, ser admitido por talento en un mundo al que no pertenecía por sangre, fue la educación más importante de la vida de Voltaire, más que el latín, más que la retórica, más que Virgilio o Cicerón. Le enseñó que el ingenio era una llave; pero una llave que solo funcionaba mientras al anfitrión lo divirtiera. En el momento en que dejabas de ser gracioso, la puerta se cerraba, y del otro lado no había apelación posible. A los 17 años salió de Louis-le-Grand y su padre hizo lo que cualquier padre prudente habría hecho: lo colocó como pasante en el estudio de un procurador, llamado Metge Alan. Quería que su hijo fuera abogado o notario o cualquier cosa que garantizara una renta estable y respetabilidad social.

François Marie obedeció por unos meses con la misma entrega que un gato encerrado en una caja, rascando las paredes, maullando de rabia y esperando la primera oportunidad para escapar. La oportunidad le llegó de un padrino inesperado. El abate de Châteauneuf, amigo de la familia y hombre de mundo, había reconocido en el joven Arouet algo que el padre no quería ver, un talento literario que ningún bufete de abogados podría contener. Châteauneuf lo introdujo en los salones de la Sociedad del Temple, la residencia del Gran Prior de los Caballeros de Malta en París, que funcionaba como uno de los centros sociales más libertinos de la capital. Allí, entre aristócratas que cenaban con vinos de Borgoña y conversaban sobre Epicuro con la misma soltura que sobre sus últimas conquistas amorosas, el joven Arouet encontró su ecosistema natural. Era un mundo de ingenio, de desafío verbal, de provocación elegante. Un mundo donde la iglesia era blanco de burlas, donde el rey podía ser satirizado en un epigrama y donde un joven, sin título pero con lengua afilada, podía durante unas horas sentirse igual a un duque.

Pero igual no era, y nunca lo sería. El padre Arouet, enterado de las compañías de su hijo, intentó alejarlo de París enviándolo a Caen y luego a La Haya como secretario del embajador francés, el marqués de Châteauneuf. En La Haya, el joven de 18 años se enamoró de una muchacha hugonota llamada Olympe du Noyer, conocida como Pimpette. Fue un amor apasionado, epistolar y desastroso. La madre de Pimpette, una periodista protestante exiliada, denunció al embajador. El embajador devolvió al joven a París con una carta furiosa. El padre lo recibió con amenazas de desheredarlo y François-Marie Arouet le Jeune, a los 19 años, sin dinero propio, sin protector seguro y sin profesión reconocida, tomó la decisión que definiría todo: la pluma, no la pluma del poeta asceta que vive en una buhardilla y muere de tuberculosis; la pluma como instrumento de poder social, la pluma como llave para entrar en los salones, ganar dinero, conseguir protectores y demostrar al mundo, y a su padre, que el talento podía comprar lo que la sangre daba gratis. 

Lo que viene ahora es el momento exacto en que ese joven ambicioso descubrió que en Francia la lengua afilada no solo abría puertas, también abría celdas. Los primeros años de Arouet en los salones parisinos fueron un ejercicio de equilibrista sobre un alambre cada vez más delgado.

Su arma era el epigrama. Frases cortas, venenosas, memorables, que circulaban de boca en boca por los cafés y los salones con la velocidad de un incendio. En la Francia de la Regencia (Luis XIV había muerto en 1715 y el poder lo ejercía Felipe de Orleans como regente del joven Luis XV), la sátira política era un deporte de riesgo. Todo el mundo la practicaba, pero casi nadie la firmaba. Arouet firmaba no con su nombre, sino con un estilo tan reconocible que firmaba de hecho. Y, en 1717, a los 22 años, llegó demasiado lejos. Se le atribuyó un poema que acusaba nada menos que al regente Felipe de Orleans de mantener relaciones incestuosas con su propia hija, la duquesa de Berry. El poema era obsceno, brillante; pero políticamente suicida. 

El Regente, que toleraba mucho, eso no lo toleró. El 11 de mayo de 1717, Arouet ingresó en la Bastilla. La fortaleza medieval que se alzaba en el este de París no era técnicamente una prisión para criminales comunes. Era el lugar donde el Estado encerraba a quienes consideraba peligrosos, pero no lo suficiente como para ejecutarlos. Era un espacio ambiguo entre el castigo y la advertencia. Los presos políticos de cierta categoría recibían un trato relativamente cómodo: podían tener libros, recibir comida decente, incluso pasear por ciertas zonas, pero seguían encerrados, y encerrados por una lettre de cachet, una orden firmada por el rey u orden reservada que no requería juicio ni acusación formal ni pruebas ni plazo de liberación; 11 meses, François-Marie Arouet pasó 11 meses entre esos muros, y durante esos 11 meses ocurrió algo que transformó a un joven ingenioso en algo mucho más peligroso: un estratega.

No tenemos un diario de prisión, lo que tenemos son los resultados: al salir de la Bastilla, Arouet hizo tres cosas que revelan un cálculo extraordinario para alguien de solo 23 años. La primera, terminó de escribir su Oedipe, una tragedia en verso que se estrenó en la Comedie Françoise en noviembre de 1718. Fue un éxito de masas: 45 representaciones consecutivas, cifra excepcional para la época. Los críticos lo compararon con Racine, el público lo aclamó y el Regente, con esa magnanimidad caprichosa del Poder, no solo no impidió el estreno, sino que le concedió una pensión. El mismo Regente que lo había encerrado, ahora le pagaba. 

La segunda cosa que hizo fue cambiar de nombre. Dejó de ser Arouet le Jeune / Arouet el Joven. Se convirtió en Voltaire. El origen del pseudónimo sigue siendo objeto de debate. La teoría más aceptada es un anagrama de Arovet LJ. Arovet L[e] I[eune] en grafía latina donde la U se convierte en V y la J en I. Pero lo que importa no es la etimología, lo que importa es la intención. François-Marie le Jeune era el hijo de un notario que había ido a La Bastilla. Voltaire era otra cosa: un personaje, una marca, un nombre que sonaba a nobleza sin serlo; que evocaba distinción sin certificarla; que permitía al portador reinventarse sin pasado. 

Y la tercera cosa, la más reveladora de todas, fue aceptar la pensión del Regente sin la menor incomodidad aparente. El hombre que lo había encarcelado ahora le daba dinero y Voltaire lo tomaba con una sonrisa. Aquí, a los 23 años, ya está completo el patrón que repetiría durante seis décadas:

Insultar al poder, sufrir las consecuencias y luego aceptar las migajas de ese mismo poder como si nada hubiera ocurrido. 

Pero La Bastilla le enseñó algo más profundo que la táctica. Le enseñó la vulnerabilidad radical de su posición: en la Francia del Antiguo Régimen no existía nada parecido a la libertad de expresión; no existía nada parecido al estado de derecho tal como lo entendemos hoy. Un hombre podía ser encerrado por una lettre de cachet / orden reservada sin juicio ni explicación, y mantenido preso indefinidamente si el poder así lo decidía, sin habeas corpus. El talento no protegía; la fama no protegía; solo protegían dos cosas: el dinero propio, y un padrino poderoso. 

Voltaire necesitaba ambas cosas y las buscó con una energía que habría sido admirable si no fuera tan contradictoria con su discurso público. Los años que siguieron al estreno del Oedipe fueron un ascenso meteórico en los salones parisinos. Voltaire escribía tragedias, poemas, ensayos; cenaba con duques; se hacía amante de marquesas; frecuentaba la ópera, el teatro, las fiestas de la nobleza. Su conversación era el espectáculo más cotizado de París. Nadie contaba anécdotas mejor; nadie improvisaba bons mots ni réplicas más rápidas; nadie sabía hacer reír a un salón entero con una sola frase como Voltaire. Pero tras las réplicas y las cenas Voltaire estaba construyendo algo que sus amigos aristócratas probablemente no sospechaban: una fortuna contante y sonante, no una fortuna literaria. Las ganancias de un dramaturgo, incluso uno exitoso, eran modestas; su fortuna era financiera y construida con los mismos instrumentos que utilizaban los banqueros y los especuladores. 

En 1728, Voltaire y el matemático Charles Marie de la Condamine descubrieron un defecto en la lotería organizada por el gobierno francés para amortizar bonos municipales. El monto total de los premios superaba el coste total de los billetes emitidos. Era un error de cálculo del gobierno. Voltaire y La Condamine compraron billetes en bloque formando un sindicato de compradores y ganaron. La parte que Voltaire obtuvo fue de aproximadamente 500.000 libras, una fortuna inmensa y completamente legal. Aunque el Gobierno, humillado, canceló el sistema poco después, la lotería fue solo el comienzo. 

Durante las décadas siguientes Voltaire invirtió sistemáticamente en comercio de grano, contratos de suministro militar y préstamos a nobles con unos intereses que hoy llamaríamos usurarios, y en la Compañía de las Indias Orientales, en operaciones de deuda pública. El historiador Jacques Donbetz documentó que Voltaire manejaba sus finanzas con una sofisticación que rivalizaba con la de los mejores banqueros de su época. No era un intelectual que tenía dinero: era un financiero que escribía filosofía.

Esa riqueza le daba algo que ningún otro filósofo del siglo XVII poseía: margen de maniobra. Cuando Diderot necesitaba dinero, dependía de un mecenas o del mercado editorial. Cuando Rousseau necesitaba dinero, dependía de la generosidad de los aristócratas que le ofrecían casas de campo. Voltaire no dependía de nadie y podía publicar lo que quisiera porque podía financiar su propia impresión clandestina. Podía desafiar a la iglesia porque no necesitaba beneficios eclesiásticos. Podía insultar a los cortesanos porque no necesitaba un puesto en Versalles. 

Al menos eso es lo que debería haber sido, y no lo que fue en la práctica, que resulta mucho más complicado, porque Voltaire, pese a tener suficiente dinero para no necesitar a nadie, siguió necesitando algo que el dinero no podía comprar: el reconocimiento del poder. No le bastaba ser rico, no le bastaba ser famoso: necesitaba que el sistema que despreciaba lo admitiera como un igual. 

Necesitaba el título, la pensión real, el sillón en la Academia, la reverencia del cortesano. Necesitaba, en definitiva, que los duques que reían con sus chistes lo miraran no como un bufón brillante, sino como uno de los suyos. Y esa necesidad, que era emocional mucho más que económica, lo metería en las peores trampas de su vida. 

El incidente que partió la vida de Voltaire en dos mitades ocurrió en el invierno de 1725, probablemente en diciembre, aunque las fuentes discrepan sobre la fecha exacta. Voltaire tenía 31 años y era el escritor más celebrado de Francia. Tenía dinero, contactos y una reputación de ingenio letal, pero nada de eso le sirvió contra la sociedad estamental. El escenario fue el palacio del duque de Sully, uno de los salones más exclusivos de París. Voltaire cenaba allí con frecuencia y el caballero de Rohan,  Guy-Auguste de Rohan-Chabot, miembro de una de las familias más antiguas y poderosas de la nobleza francesa, también estaba presente. Los Rohan eran nobleza de espada y su linaje se remontaba a la Edad Media. Para un Rohan, un Arouet era lo que una mosca es para un caballo: algo que puede molestar, pero que jamás será un igual.

Según la versión más extendida, Rohan le dirigió a Voltaire una provocación en público, algo sobre su nombre verdadero, algo como: "¿Cómo se llama usted realmente? ¿Arouet o Voltaire?" Las palabras exactas varían según la fuente, pero la intención era inequívoca: recordarle a Voltaire ante toda la aristocracia parisina que su nombre de batalla era ficticio y detrás había un hijo de notario. Voltaire respondió con una de esas réplicas que le brotaban como una descarga eléctrica: "Mi nombre empieza conmigo, el vuestro termina con vos", o algo parecido. Las versiones varían, pero todas coinciden en que la respuesta fue devastadoramente ingeniosa y devastadoramente imprudente. Rohan no respondió con palabras: días después, mientras Voltaire cenaba de nuevo en casa del duque de Sully, unos lacayos del caballero lo esperaron en la calle, lo agarraron, lo arrastraron hasta un carruaje y lo golpearon con bastones mientras Rohan observaba desde el interior, supervisando la paliza, como quien supervisa a un herrero que trabaja el metal. Hay una frase que las fuentes atribuyen a Rohan durante la paliza: "No le deis en la cabeza, que de ahí puede salir algo bueno". Si la dijo realmente, o si fue añadida después, para perfeccionar la crueldad de la escena, es imposible saberlo con certeza; pero la frase encapsula algo real. Para Rohan, Voltairer era un instrumento, un instrumento que producía entretenimiento con la cabeza. El resto del cuerpo era materia prescindible. 

Lo que siguió fue más doloroso que los golpes. Voltaire, humillado, furioso, con el cuerpo magullado y el orgullo destrozado, buscó apoyo entre sus amigos aristocráticos. Esperaba indignación, esperaba solidaridad, esperaba que alguien, alguno de esos duques y marqueses que se reían con sus chistes y aplaudían sus obras, se pusiera de su lado. Pero nadie se puso de su lado. El duque de Sully, en cuya casa había ocurrido la provocación, se encogió de hombros. Y los demás aristócratas que habían presenciado la escena consideraron que Rohan estaba en su derecho: un noble podía hacer apalear a un burgués insolente, a fin de cuentas un plebeyo insolente, sin que eso supusiera violar código alguno de la sociedad estamental. 

Algunos incluso reprocharon a Voltaire su insolencia. ¿Cómo se atrevía a responder así a un Rohan? La policía no intervino. Los tribunales no intervinieron. La ley, en la Francia del Antiguo Régimen, no era igual para todos.

Ni pretendía serlo. Voltaire tomó una decisión temeraria: desafíó a Rohan a un duelo y contrató a un maestro de esgrima. Se ejercitó con una determinación que asombró a quienes lo conocían, porque Voltaire no era un hombre de físico atlético: era frágil, delgado, enfermizo; pero la humillación lo había transformado. Ya no quería una disculpa: quería sangre. Y entonces la familia Rohan hizo lo que las familias poderosas hacían cuando un inferior se volvía inconveniente.

Pidieron una lettre de cachet, una orden reservada del Rey propia del absolutismo: sin juicio, sin acusación, sin posibilidad de defensa. En abril de 1726, Voltaire entró en la Bastilla por segunda vez, y no por haber sido apaleado, sino por haber pretendido responder por honor con un duelo cuando los plebeyos no tenían honor, sino solo los nobles, únicos que podían acceder a un duelo. La estancia fue breve, menos de dos semanas, pero la condición de liberación fue devastadora: exiliarse fuera de Francia. Voltaire debía abandonar el país. 

Lo que este episodio reveló no fue solo la brutalidad del sistema de estamentos del Antiguo Régimen. Reveló algo sobre el propio Voltaire que es incómodo pero necesario para entender todo lo que vino después. El joven que había creído que su talento lo hacía igual a los nobles descubrió que para el sistema no era más que un entretenimiento con fecha de caducidad, un bufón que se había tomado demasiado en serio su papel. 

Y la reacción de Voltaire ante esa revelación no fue la que esperaríamos de un futuro campeón de la justicia universal: no luchó para cambiar el sistema ni escribió un tratado sobre la igualdad de derechos, ni denunció la lettre de cachet / orden reservada como instrumento de opresión. Lo que hizo fue mucho más pragmático y mucho más revelador: decidió que nunca más estaría en posición de ser tratado así. Y, para eso, necesitaba tres cosas: 

1. Más dinero del que ningún Rohan pudiera despreciar.

2. Una fama internacional que hiciera peligroso tocarlo.

3. La protección de un poder mayor que cualquier familia nobiliaria francesa.

No quería abolir el juego, quería ganarlo. 

Voltaire cruzó el canal de la Mancha en mayo de 1726. Tenía 31 años, los golpes de los lacayos de Rohan todavía frescos en la memoria y una rabia que necesitaba transformar en algo productivo. E Inglaterra se la transformó. La Inglaterra de Jorge I era para un francés del Antiguo Régimen un planeta diferente. No mejor en todo: la pobreza de los barrios obreros de Londres era tan brutal como la de cualquier arrabal parisino, pero radicalmente diferente en sus estructuras de poder. Tenía un parlamento que podía oponerse al rey. Tenía tribunales donde un ciudadano podía defenderse con cierta garantía de imparcialidad. Tenía una prensa relativamente libre. Tenía una clase mercantil que no necesitaba pedir disculpas por existir y tenía algo que fascinó a Voltaire más que cualquier otra cosa: respeto social por el mérito individual, independientemente del nacimiento. En los cafés de Londres, Voltaire descubrió que un comerciante de la City podía sentarse a la misma mesa que un lord sin que nadie considerara aquello una aberración. En la Royal Society observó que los científicos eran tratados como servidores públicos valiosos, no como curiosidades de salón. Le impresionó profundamente el espíritu de libertad de la sociedad inglesa. Mientras que en Francia reinaban las lettres de cachet, la ley de habeas corpus de 1679 (no se podía detener a nadie sino por decisión de un juez) y la Declaración de derechos de 1689 protegían a los ciudadanos ingleses contra el poder del Rey. Inglaterra, «nación de filósofos» como Locke, daba valor y justicia a las verdaderas grandezas, que eran las del genio. Estuvo en las solemnes exequias de 1727 a Newton en la abadía de Westminster, y la comparó con cómo Descartes no llegó a ser sepultado en París ni en Saint-Denis, cerca de las sepulturas reales. La prosperidad material del pueblo inglés también suscitó su admiración frente al endeudamiento de Francia y sus instituciones arcaicas.

En el funeral de Isaac Newton en 1727, vio como una nación entera rendía honores a un hombre de origen modesto porque sus ideas habían cambiado la comprensión del universo. Escribió después que en Francia a Newton lo habrían enterrado en una fosa anónima. Aprendió inglés con una rapidez que impresionó a sus anfitriones británicos. Leyó a John Locke, a Francis Bacon, a William Shakespeare. Conoció a Alexander Pope, a Jonathan Swift, a Henry St John, I vizconde de Bolingbroke, y empezó a fraguar el arma intelectual que usaría durante el resto de su vida: la comparación como instrumento de crítica. Si en Inglaterra un cuáquero podía negarse a quitarse el sombrero ante un noble y nadie lo encarcelaba, entonces Francia era un país atrasado. Si en Inglaterra la ley protegía al comerciante y en Francia una lettre de cachet podía destruir a cualquiera, entonces Francia necesitaba una reforma radical. La comparación era devastadora porque no exigía abstracciones filosóficas: bastaba con describir la realidad de otro país para que la realidad francesa quedara en evidencia. Pero, y esto es fundamental, lo que Voltaire admiraba de Inglaterra no era la democracia: no admiraba al pueblo inglés, admiraba a la élite inglesa.

Admiraba que los ricos ingleses fueran más ilustrados que los ricos franceses. Admiraba que los poderosos ingleses trataran con más dignidad a los intelectuales que los poderosos franceses. Su modelo no era una sociedad sin clases, era una sociedad donde las clases superiores fueran más racionales, más tolerantes y más generosas con los filósofos. El resultado de esos dos años ingleses cristalizó en las Letters Concerning the English Nation, que tradujo él mismo como Lettres écrites de Londres sur les anglois et autres sujets, si bien fueron más conocidas con el título de Lettres philosophiques / Cartas filosóficasLettres anglaisesCartas inglesas. Voltaire las escribió primero en inglés y las imprimió en Londres en 1733 y luego en francés en 1734. 

El libro contenía 25 cartas que describían la sociedad, la religión, la ciencia y la política inglesas. Bajo la apariencia de un relato de viajes civilizado, cada carta era un misil dirigido contra los pilares del Antiguo Régimen francés, la intolerancia religiosa, el poder arbitrario del rey, la censura, el desprecio por el comercio, la superstición. 

La carta sobre los cuáqueros mostraba que se podía vivir sin jerarquía eclesiástica. 

La carta sobre el comercio argumentaba que un país donde los nobles despreciaban el comercio estaba condenado al atraso. 

La carta sobre la inoculación contra la viruela ridiculizaba la resistencia francesa a una práctica médica que en Inglaterra ya salvaba miles de vidas. 

Y la carta sobre Locke dinamitaba los fundamentos filosóficos de la metafísica escolástica que dominaba las universidades francesas. 

El parlamento de París reaccionó como Voltaire probablemente esperaba: ordenó quemar el libro públicamente. Se emitió una orden de arresto y Voltaire, que ya había aprendido que en Francia la valentía literaria debía combinarse con la prudencia geográfica, se había marchado de París antes de que los alguaciles llegaran. 

Aquí vale la pena detenerse un momento en la mecánica de lo que Voltaire estaba construyendo. No era simplemente un escritor provocador: era algo más calculado. Cada publicación clandestina seguía el mismo patrón: Voltaire escribía el texto, lo hacía imprimir fuera de Francia (Holanda era la imprenta de todo lo prohibido más abajo) o con impresores clandestinos, y lo distribuía mediante una red de contactos que incluía libreros, diplomáticos y aristócratas simpatizantes. Y cuando la censura reaccionaba, negaba su autoría. A veces negaba la autoría con convicción y a veces con una sonrisa que era prácticamente una confesión; dependía del nivel de peligro. Este juego de máscaras le permitía mantener una posición imposible: ser el autor más leído e influyente de Francia sin asumir formalmente las consecuencias de sus propios textos. Era un acto de cobardía y de brillantez simultáneas, pero funcionaba. 

Las Lettres philosophiques no solo cambiaron la conversación intelectual francesa, cambiaron la posición estratégica de Voltaire. Tras su publicación, ya no era un dramaturgo con lengua afilada, sino un pensador político de alcance internacional. Los monarcas europeos empezaron a prestarle atención. Los editores holandeses y londinenses competían por sus manuscritos, y un joven príncipe, heredero de Prusia, lector voraz y compositor de flauta, empezó a escribirle cartas de admiración que llegarían años después a las consecuencias más humillantes de la vida de Voltaire. Pero, antes de Prusia, hubo un refugio, y en ese refugio una mujer. 

En 1734, con la orden de arresto pendiente por las Lettres philosophiques, Voltaire necesitaba un lugar seguro. Lo encontró en el castillo de Cirey-sur-Blaise, en la Champaña, a unos 250 km de París. La propiedad pertenecía al marqués Du Châtelet, un militar que pasaba más tiempo con sus regimientos que con su esposa. Pero Voltaire no iba a Cirey por el marqués, iba por Émilie. Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquise du Châtelet. Tenía 27 años cuando su relación con Voltaire se consolidó. Era una de las mentes científicas más notables de su generación. Dominaba el latín, el italiano y el inglés y había estudiado matemáticas con Maupertuis y con el algebrista Alexis Claude Clairault. Traduciría los Principia mathematica de Newton al francés con anotaciones originales que los especialistas aún hoy consideran valiosas. En una sociedad que negaba la educación superior a las mujeres por principio, Émilie du Châtelet se había construido a sí misma como intelectual a fuerza de voluntad, talento y el privilegio económico de una familia noble que podía permitirse pagar tutores privados. 

Voltaire la amaba con una mezcla de pasión, admiración y posesividad que permea toda su correspondencia de esos años. Pero la relación no era solo emocional; era estratégica. Émilie le ofrecía exactamente lo que necesitaba: protección social: ella era noble, él no; le daba espacio físico fuera del alcance de la policía parisina y una interlocutora intelectual capaz de seguirle el ritmo. Cirey se convirtió durante 15 años en algo sin precedentes en la Francia del siglo XVIII, una especie de universidad privada disfrazada de residencia aristocrática.

Voltaire invirtió cantidades enormes de dinero en reformar el castillo. Construyeron un laboratorio de física donde replicaban los experimentos de Newton. Montaron una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Instalaron un teatro privado donde Voltaire dirigía y actuaba, en representaciones de sus propias obras. La galería se decoró con pinturas y esculturas. El comedor podía albergar a docenas de invitados que llegaban a Cirey (y llegaban muchos, porque la curiosidad intelectual de Europa empezó a considerar a Cirey una parada obligatoria).

Describían un régimen diario que combinaba el trabajo intelectual intensivo con epicúreos placeres de la vida aristocrática: desayuno a las 10, trabajo hasta la comida, discusiones filosóficas por la tarde, teatro por la noche, cena a las 9, con vinos excelentes. Y aquí empieza lo que podríamos llamar la primera mentira a gran escala de la vida de Voltaire, porque Cirey era, al mismo tiempo, sede de un filósofo rebelde que atacaba al sistema y residencia de un hombre que vivía exactamente como un aristócrata del Antiguo Régimen. Voltaire vestía de seda, comía con porcelana fina, mantenía criados, se hacía llevar en carruaje, administraba inversiones que incluían préstamos a intereses abusivos y especulaba con contratos militares. Y todo esto ocurría mientras escribía textos que denunciaban la injusticia, la explotación y el privilegio de la nobleza. No es que la contradicción fuera invisible, es que Voltaire la justificaba con un argumento que repetiría toda su vida: la independencia económica es la condición de la libertad intelectual. Solo quien no depende de nadie puede decir la verdad. Y hay lógica en ese argumento, aunque la lógica se vuelva amarga cuando uno observa que esa independencia económica no impedía a Voltaire, al mismo tiempo, buscar con ansiedad pensiones reales, títulos honoríficos y la aprobación de la Corte de Versalles. Porque durante los años de Cirey, mientras escribía obras que desafiaban los fundamentos del poder francés, Voltaire dedicó una energía extraordinaria a un objetivo que contradecía frontalmente su imagen pública: conseguir un puesto oficial en la corte de Luis XV. 

Las maniobras fueron constantes. Envió poemas de elogio al rey, escribió la Henriade, un poema épico culto que glorificaba a Enrique IV como modelo de monarca tolerante, y se lo dedicó a Luis XV con una reverencia que bordeaba la adulación. Cultivó la amistad de Madame de Pompadour, la influyente amante del rey, con una dedicación que habría hecho sonrojar a cualquier cortesano profesional. Escribió libretos para las fiestas de Versalles, compuso versos para celebrar bodas reales y victorias militares.

En 1745, después de tantos años de maniobras, lo consiguió. Fue nombrado historiógrafo del rey, historiador oficial de Francia y gentilhombre ordinario de la cámara real. Voltaire, el hombre que había escrito las Lettres philosophiques, impresas en francés en 1734 y quemadas por orden del Parlamento, el hombre que la iglesia consideraba un enemigo peligroso, ahora tenía un cargo en Versalles, una pensión real y el privilegio de acceder a los aposentos del monarca. 

La escena merece ser imaginada con cierto detenimiento. Versalles en 1745 era el centro del poder más absoluto de Europa. Miles de cortesanos vivían en el palacio o en sus alrededores, compitiendo por la atención del rey con una ferocidad que hacía parecer amables las intrigas de cualquier novela. Las reglas de etiqueta eran tan complejas que una mirada del Rey en la dirección equivocada podía arruinar la carrera de un duque. Y en ese universo de reverencias, protocolos y vanidades letales, apareció Voltaire, un hijo de notario con peluca nueva, un título recién comprado y una lengua que no sabía callarse. El resultado fue previsible. Voltaire en Versalles funcionó como un gato en una cristalería. Los cortesanos profesionales lo miraban con esa mezcla de condescendencia y desconfianza que la vieja nobleza reservaba para los advenedizos con talento. Luis XV, un hombre tímido, aburrido por las ideas y obsesionado por la caza de animales y mozas, que dejó al país prácticamente en quiebra con su desatención, tampoco lo miraba demasiado. Voltaire no entendía las reglas no escritas del palacio. Habló demasiado alto, opinó demasiado, brilló demasiado.

En Versalles brillar era sospechoso. Brillar significaba que querías algo, y querer algo significaba que eras un rival. En 1747, un incidente en los aposentos de la reina María Leszczyńska precipitó la crisis. Según la versión más extendida, hay variantes. Voltaire y Émilie Du Châtelet estaban en una mesa de juego del palacio cuando Émilie perdió una cantidad considerable de dinero. Voltaire, incapaz de contener su lengua, murmuró en inglés que estaba jugando con tramposos. El problema era que varias personas en la mesa entendían el inglés y el comentario llegó a oídos de la Reina. La Reina se ofendió, y Voltaire y Émilie tuvieron que huir del Palacio a toda prisa, refugiándose primero en Scéaux, en el palacio de la salonnière duquesa de Maine. Otra huida, otro palacio que se cerraba, otra demostración de que Voltaire, por más brillante que fuera, no lograba mantenerse en el centro del poder sin provocar su propia expulsión. El patrón ya era  inconfundible: se acercaba al trono, seducía con su ingenio, obtenía privilegios y, luego, incapaz de contenerse, decía o hacía algo que ofendía a quienes debía complacer. Y cada vez, cada vez, sin excepción, la reacción del poder era la misma: es prescindible. Pero Versalles no fue solo un fracaso social, fue una revelación sobre la naturaleza del poder que Voltaire nunca asimiló completamente. En Versalles el filósofo descubrió que para el rey de Francia él no era un pensador cuyas ideas merecían atención: era un adorno, un nombre famoso que daba lustre a la corte, una pieza decorativa que podía retirarse cuando dejaba de combinar con los muebles.

Y mientras Volter asimilaba esa lección en Scéaux, a 100 km de distancia, un joven rey prusiano seguía enviándole cartas, cartas llenas de admiración, de promesas, de halagos que Versalles le negaba, cartas que decían: "Ven, aquí serás tratado como mereces. Ven, aquí tu talento será reconocido. Ven, aquí serás libre. Las cartas llevaban llegando desde 1736. Voltaire había resistido durante 14 años, pero la resistencia se estaba agotando. Y el 10 de septiembre de 1749, en el castillo de Luneville, en Lorena, Émilie Du Châtelet murió; tenía 42 años. 

Había dado a luz 6 días antes a una niña que tampoco sobreviviría. El padre de la criatura no era Voltaire, era Jean-François de Saint Lambert, un poeta joven y apuesto con quien Emilie había iniciado una relación en los últimos años de su vida. Voltaire estaba presente en Luneville cuando ocurrió. Long Schamp, su secretario, dejó un testimonio que transmite la violencia del derrumbe: Voltaire salió de la habitación de la muerta y se desplomó en el pasillo, golpeando su cabeza contra el suelo, y lloró con una desesperación que espantó a quienes lo presenciaron. Pues era un hombre que controlaba siempre su imagen pública, que transformaba cada dolor en epigrama y cada humillación en sátira. Aquella noche no pudo controlar ni transformar nada. 

La relación entre Voltaire y Émilie había cambiado en los últimos años; la pasión inicial se había convertido en algo más parecido a una sociedad intelectual con afecto residual. Émilie tenía a su amante joven; Voltaire tenía su correspondencia con Federico y su relación cada vez más intensa con su propia sobrina, madame Denis, una relación cuya naturaleza exacta escandalizó a los biógrafos del siglo XIX cuando se publicaron las cartas. El lenguaje de Voltaire hacia su sobrina era inequívocamente erótico, pero la muerte de Émilie destruyó algo que iba más allá de la relación amorosa, el amor de su vida. Destruyó el ecosistema de Cirey. Durante 15 años aquel castillo había sido la base de operaciones de Voltaire, su refugio, su laboratorio, su teatro, su hogar, y el pilar de todo eso era Émilie. Sin ella, Cirey era un edificio vacío en la Champaña y Voltaire, a los 55 años, se encontró sin ancla.

Regresó a París, intentó retomar su posición en la capital; pero el París de 1749 ya no giraba exclusivamente en torno a Voltaire. Diderot había publicado su Lettre sur les aveugles / Carta sobre los ciegos y estaba preparando la Encyclopédie. Rousseau empezaba a ganar notoriedad. Jean Le Rond d'Alembert se consolidaba como figura científica. Voltaire seguía siendo el nombre más grande de las letras francesas, pero ya no era el único. Y, para un hombre cuya necesidad de ser el centro del universo intelectual era tan constitutiva como su necesidad de respirar, eso era insoportable. En ese momento preciso de vacío emocional, de inseguridad y de orgullo herido, llegó la oferta definitiva desde Postdam.

Federico no era un pretendiente nuevo. Llevaba 14 años escribiéndole, pero ahora la oferta tenía cifras concretas, 20.000 libras anuales de pensión, una habitación en el palacio de Sanssouci, la cruz de la orden del mérito de Prusia, el título de Chambelán real y, sobre todo, la promesa que Voltaire llevaba toda su vida esperando escuchar: "Aquí serás tratado como un igual". Voltaire aceptó, y al aceptar cayó en la trampa más elaborada y más humillante de su vida. Porque Federico no quería un igual. Federico quería exactamente lo que Luis XV había querido: un adorno. Solo que Federico era infinitamente más inteligente que Luis XV y, por tanto, su forma de usar a Voltaire sería infinitamente más sofisticada.

A menos de tres años de pisar Potsdam, Voltaire estaría huyendo por los caminos de Alemania como un fugitivo; pero aún no lo sabía. O quizás sí, lo sabía, y eligió no verlo. Voltaire llegó a Potsdam en julio de 1750. 

La recepción fue diseñada para desarmarlo. Federico II de Prusia no era un rey cualquiera. Era un hombre que tocaba la flauta travesera con nivel profesional, componía sonatas, escribía poesía en francés con una corrección tal que habría avergonzado a muchos poetas parisinos. Leía a los clásicos en su idioma original y mantenía correspondencia con los principales filósofos de Europa. También era un estratega militar despiadado, que había invadido Silesia en 1740 apenas meses después de llegar al trono, desencadenando una guerra que dejó decenas de miles de muertos. 

Combinaba el refinamiento artístico con la brutalidad política de una manera que habría fascinado a Maquiavelo. Sanssouci, su palacio de verano a las afueras de Potdam, era la expresión física de esa dualidad: un edificio rococó de una sola planta, rodeado de jardines en terraza con viñedos, fuentes y esculturas mitológicas. El nombre significaba "sin preocupaciones" en francés, porque Federico se comunicaba en francés, pensaba en francés y despreciaba el alemán como lengua de campesinos y soldados. Todo en Sanssouci estaba diseñado para crear la ilusión de una corte filosófica, un lugar donde el poder y las ideas convivían en armonía. 

Voltaire recibió una habitación en el palacio con vistas a los jardines. Se le asignó un carruaje, criados, un cocinero. La pensión de 20.000 libras se pagaba puntualmente. Cada noche a las 8, cenaba con el rey y un pequeño grupo de intelectuales residentes. Las cenas duraban horas: se hablaba de filosofía, de historia, de literatura, de ciencia. Federico pedía opinión. Voltaire la daba. Los demás escuchaban. Y, durante las primeras semanas, aquello debió parecer el cumplimiento de una fantasía que Voltaire había alimentado durante décadas: el filósofo sentado a la mesa del rey, tratado como igual, escuchado, respetado, pagado; pero Sanssouci no era lo que parecía y los indicios estaban a la vista desde el primer día. 

Federico no había invitado solo a Voltaire, había construido un ecosistema intelectual completo de polímatas descreídos. Pierre Louis Moreau de Maupertuis presidía la Academia de Ciencias de Berlín. Jean-Baptiste Boyer d'Argens, marqués d'Argens, servía como director de la misma. Julien Offray de La Mettrie, el filósofo materialista cuyo libro L'homme machine había escandalizado a toda Europa, residía en la corte como una especie de provocador oficial. Francesco Algarotti, el divulgador italiano, completaba el cuadro. Cada uno cumplía una función en la colección intelectual de Federico, como las piezas de un gabinete de curiosidades. Voltaire era la pieza más brillante, pero seguía siendo una pieza.

Y Federico lo sabía con una claridad que Voltaire tardó meses en percibir. La rutina diaria de Sanssouci revela la dinámica real de la relación. Voltaire pasaba las mañanas en su habitación escribiendo a mediodía. A veces Federico le enviaba sus propios textos, poemas, ensayos históricos, reflexiones filosóficas, con una nota pidiendo correcciones. Voltaire corregía con rigor, tachaba adjetivos, reestructuraba frases, eliminaba giros torpes. Federico agradecía las correcciones y las cenas continuaban. Pero, a medida que pasaban las semanas, Voltaire empezó a notar algo que lo inquietaba: la asimetría de la relación. Él corregía los textos de Federico, pero Federico no le pedía consejo político. Cenaban juntos, pero las decisiones de Estado se tomaban sin consultarlo. Le pagaban una pensión generosa, pero esa generosidad tenía un precio implícito: disponibilidad. Voltaire debía estar disponible cuando el rey lo quisiera para cenar, para conversar, para corregir, para entretener. Era, en la práctica, un empleado de lujo. Y Voltaire, que no soportaba ser empleado de nadie, empezó a maniobrar como siempre hacía, buscando ventajas económicas que le dieran una independencia extra fuera del propio sistema que lo contenía. 

El asunto de los bonos sajones estalló a finales de 1750, apenas unos meses después de su llegada. Existía un acuerdo de posguerra entre Prusia y Sajonia sobre el pago de deuda militar. Los bonos sajones se negociaban con un descuento considerable respecto a su valor nominal. Voltaire vio la oportunidad de comprar barato y cobrar caro. Contrató como intermediario a Abraham Hirschell, un joyero y financiero judío de Berlín, para que comprara bonos a bajo precio en su nombre, pero la operación se torció. Voltaire e Hirschell se acusaron mutuamente de fraude. El asunto terminó en los tribunales prusianos, y lo que debería haber sido una disputa comercial menor se convirtió en un escándalo que llegó a oídos de Federico. 

La reacción de Federico fue glacial, no porque le importara la legalidad de la operación (Federico era un hombre pragmático que entendía perfectamente la especulación financiera) sino porque le importaba la imagen que se estaba dando. Voltaire estaba en Prusia como invitado del Rey, y cualquier escándalo que involucrara a Voltaire salpicaba a la corona; y Federico no toleraba salpicadura alguna. En una carta a su secretario Darget, Federico escribió la frase que se convertiría en el epitafio de toda la aventura prusiana de Voltaire: "Tendré necesidad de él, como mucho, un año más. Se exprime la naranja y se tira la cáscara." 

La frase es devastadora, no solo por su crueldad, sino por su precisión. Federico no estaba furioso, estaba haciendo un cálculo. Voltaire era un recurso con fecha de caducidad, un instrumento de prestigio, cuyo coste de mantenimiento empezaba a superar su rendimiento. El escándalo de los bonos sajones se resolvió con una victoria pírrica de Voltaire en los tribunales, pero el daño ya estaba hecho. Federico lo reprendió en privado con una frialdad que Voltaire nunca había experimentado de un monarca. Las cenas continuaron, pero el tono cambió. La cordialidad se volvió cortesía, la admiración se convirtió en tolerancia y Voltaire, que poseía una sensibilidad casi animal para detectar los cambios de temperatura emocional, lo sintió inmediatamente. Lo que hizo a continuación fue, como casi todo en su vida, una mezcla de brillantez y autodestrucción.

Si Voltaire hubiera sido capaz de contenerse, la estancia en Prusia podría haber durado años más. Federico era un hombre pragmático: habría tolerado al filósofo mientras le resultara útil. Y Voltaire, con su capacidad infinita para producir textos brillantes, habría seguido siendo útil durante mucho tiempo. Pero contenerse era la única cosa que Voltaire no sabía hacer. Pierre Louis Moreau de Maupertuis era un científico respetado y conocido en toda Europa por su expedición a Laponia en 1736 para medir la forma de la Tierra y confirmar la teoría de Newton de que el planeta estaba achatado por los polos. Federico lo había nombrado presidente de la Academia de Ciencias de Berlín, un cargo de enorme prestigio, que convertía a Maupertuis en la figura intelectual oficial de Prusia, por encima incluso de Voltaire en la jerarquía institucional. Pero la relación entre Voltaire y Maupertuis era tóxica ya desde antes de Prusia.

Se habían conocido en París y habían compartido círculos intelectuales y el salón de Émilie Du Châtelet, y se detestaban con esa intensidad particular que solo los intelectuales vanidosos logran alcanzar. En Potsdam, la convivencia forzada multiplicó la tensión. Voltaire consideraba a Maupertuis un científico mediocre e inflado por el favor. Maupertuis consideraba a Voltaire un literato entrometido que no entendía de ciencia y acaparaba la atención del rey con piruetas verbales. En 1751, un matemático llamado Johann Samuel König o Koenig publicó un artículo que cuestionaba la originalidad del principio de mínima acción de Maupertuis, atribuyendo la idea a Leibniz y citando como prueba una carta del propio Leibniz. Maupertuis acusó a Koenig de falsificar la carta. La Academia de Berlín, bajo la presión del propio Maupertuis, condenó a Koenig. La disputa era técnica, oscura y aburrida para cualquier persona ajena al mundo de la física teórica, pero Voltaire la vio como una oportunidad y escribió la diatriba  Docteur Akakia, un texto satírico que ridiculizaba a Maupertuis con una crueldad que incluso para los estándares de Voltaire resultaba excesiva. 

No se limitó a cuestionar la posición de Maupertuis en la disputa científica, lo presentó como un charlatán, un tirano académico, un bufón con pretensiones de genio. Se burló de sus propuestas más especulativas, como la idea de construir una ciudad donde solo se hablara latín, o la de excavar un pozo hasta el centro de la Tierra, con una ferocidad que no dejaba espacio para la defensa. Voltaire mostró el manuscrito a Federico. El rey lo leyó. Y rio con ganas: Federico tenía un sentido del humor tan afilado como el del propio Voltaire, y luego le prohibió publicarlo. La prohibición fue explícita: Federico no quería un escándalo público que humillara al presidente de su Academia. Era una cuestión de Estado, no de literatura. Voltaire prometió obedecer y luego hizo exactamente lo contrario. Encontró un impresor en Leipzig. Distribuyó copias por toda Alemania. La diatriba circuló por las universidades, los salones y las cortes europeas en cuestión de semanas.

Maupertuis quedó devastado, y Federico, que podía tolerar la impertinencia pero no la desobediencia directa, reaccionó con la precisión de un comandante militar. Ordenó confiscar todas las copias  disponibles de la diatribe en territorio prusiano. Ordenó que los ejemplares confiscados fueran quemados públicamente por el verdugo en la plaza de la Gendarmería de Berlín y ordenó que Voltaire lo supiera. La quema pública de un libro no era un acto inusual en la Europa del siglo XVIII, pero esta quema tenía un significado particular: no la ordenaba la Iglesia, ni un parlamento, ni una Inquisición. La ordenaba el rey que Voltaire había llamado el monarca más ilustrado de Europa, el mismo rey en cuya mesa cenaba cada noche, el mismo rey cuya poesía corregía por las mañanas. Federico no estaba castigando una herejía ni un crimen, estaba castigando una desobediencia. Estaba recordándole a Voltaire lo que la paliza de Rohan le había recordado 30 años antes: que, en la relación entre el talento y el poder, el poder siempre tenía la última palabra. Las semanas que siguieron a la quema de la diatriba fueron un deterioro rápido y sistemático de la posición de Voltaire en Prusia. Federico dejó de invitarlo a cenar en privado. Las correcciones de textos se interrumpieron. Los otros intelectuales de la corte que habían observado el conflicto con prudencia empezaron a distanciarse abiertamente. Voltaire se encontró aislado en un palacio extranjero, sin aliados locales, sin protección diplomática y con un rey que había decidido que la naranja ya estaba exprimida. Lo que me parece significativo no es que Voltaire desobedeciera a Federico, sino que no pudiera evitar hacerlo. 

Tenía 58 años. Había pasado por La Bastilla dos veces, por la paliza de Rohan, por la quema de las Lettres philosophiques, por la expulsión de Versalles... sabía perfectamente cuáles eran las consecuencias de desafiar al poder y aún así no pudo contenerse. No porque fuera valiente, sino porque era incapaz de aceptar que alguien, cualquiera, incluso un rey, le dijera que no podía publicar lo que quería. Su vanidad era más fuerte que su instinto de supervivencia. 

En marzo de 1753, Voltaire anunció que se marchaba. La salida fue negociada, tensa, llena de maniobras por ambos lados. Federico exigió la devolución de la cruz de la orden del mérito, la llave de Chambelán y un volumen de sus poesías privadas que no quería ver publicadas. Voltaire devolvió la cruz y la llave. El libro de poesías, según alegó, viajaba en un baúl que aún no había llegado. Era mentira, o era verdad a medias. Las fuentes son contradictorias. Lo que es seguro es que Voltaire sabía que llevarse aquel libro era un acto de provocación, un seguro de vida. Quizá, mientras tuviera textos comprometedores del rey (como un poema donde refería que de niño había sido sodomizado por los jesuitas), Federico tendría que tratarlo con cierta cautela.

O quizá era simplemente la última maniobra de un hombre que no podía irse de ningún sitio sin llevarse algo que no le pertenecía. Partió hacia el sur y planeaba volver a Francia a través de Alemania y entonces llegó a Frankfort.

Frankfort del Meno era en 1753 una ciudad libre del Sacro Imperio. Formalmente no estaba bajo  jurisdicción prusiana. Lo que ocurrió allí fue, por tanto, un acto de poder extraterritorial que reveló con precisión milimétrica lo que Voltaire había sido para Federico. No un invitado, no un colega, no un igual, sino un subordinado cuya desobediencia merecía castigo. El varón Carl von Freitag, representante del rey de Prusia en Frankfurt, tenía órdenes claras: recuperar la llave de Chambelán, la cruz del mérito y el volumen de poesías reales antes de permitir que Voltaire continuara su viaje. 

Cuando Voltaire llegó a la ciudad el primero de junio, Freitag lo interceptó en su posada. La escena inicial podría haber sido un trámite burocrático. Voltaire entregó la cruz y la llave, pero el libro de poesías, insistió, venía en un baúl que se había extraviado en el camino desde Leipzig. Freitag, que era un funcionario meticuloso, con una  nterpretación literal de las órdenes recibidas, decidió que hasta que el baúl llegara, Voltaire no podía marcharse. Lo que siguió fueron semanas de encierro que oscilaron entre la humillación administrativa y el tormento psicológico. A Voltaire se le prohibió abandonar la posada, se le requisaron documentos, se le vigiló permanentemente. Sus cartas eran interceptadas y leídas, y lo que hizo la situación insoportable fue la llegada de madame Denis, la sobrina de Voltaire, que venía a su encuentro desde París y fue también retenida por Freitag.

Madame Denis fue registrada, interrogada y, según el propio testimonio de Voltaire, que es parcial, pero no necesariamente inventado, tratada con una brusquedad que iba más allá de la necesidad administrativa. Para Voltaire, la retención de su sobrina era el cruce de una línea. Él podía soportar su propia humillación; la de ella lo destruía, o, al menos, así lo presentó en las docenas de cartas de protesta que escribió durante aquellas semanas.

Cartas que enviaba a diplomáticos, a conocidos influyentes, a cualquiera que pudiera presionar para su  liberación. El baúl llegó finalmente, el libro fue devuelto y Voltaire fue liberado; pero el daño ya estaba hecho. Y no era un daño físico, era un daño existencial. El hombre que había dedicado su vida a proclamar la supremacía de la razón sobre la fuerza, del talento sobre el nacimiento, de la pluma sobre la espada, acababa de ser tratado como un paquete postal extraviado por un burócrata prusiano que cumplía órdenes de un rey al que Voltaire había dedicado años de adulación. La ironía era tan brutal que probablemente Voltaire no pudo apreciarla en aquel momento. La apreciaría después, cuando la transformara en escritura. Pero en junio de 1753, encerrado en una posada de Frankfort, su sobrina humillada a su lado, lo que probablemente sintió no fue ironía, sino algo mucho más primario. Vergüenza. Vergüenza por haber ido a Prusia. Vergüenza por haber creído las promesas de Federico. Vergüenza por haber necesitado la aprobación de un rey después de toda una vida proclamando que los filósofos eran superiores a los reyes. Vergüenza por ser, a los 58 años, exactamente lo que había sido siempre, un hijo de notario a quien los poderosos podían maltratar cuando dejaba de divertirles. Pero aquí interviene la cualidad más extraordinaria de Voltaire: su capacidad para convertir la humillación en combustible. Lo había hecho después de La Bastilla, lo había hecho después de Rohan, lo haría ahora después de Frankfurt. Solo que, esta vez, el combustible no encendería una carrera literaria ni una campaña intelectual; encendería algo mucho más ambicioso: la construcción de un territorio propio.

Voltaire salió de Frankfort y tomó una decisión que, vista en retrospectiva, fue la más inteligente de su vida. No volvería a pisar ningún palacio ajeno. No volvería a depender de la generosidad de ningún monarca. No volvería a ser la naranja de nadie. Compraría su propia finca con su propio dinero en un lugar estratégico donde ningún rey pudiera tocarlo. La búsqueda del refugio perfecto duró varios años de tanteos geográficos que revelan la mentalidad de un hombre que pensaba en términos de estrategia militar tanto como de filosofía. 

Después de Frankfort, Voltaire no podía volver a París. El rey de Francia no le daba permiso para residir en la capital. No podía quedarse en Prusia por razones obvias. Probó con Alsacia, luego con Colmar, luego con Lyon. En 1755 compró Les Délices, una propiedad a las puertas de Ginebra en territorio de la república calvinista. Ginebra parecía ideal sobre el papel. Era una república independiente, fuera del alcance del rey de Francia y del rey de Prusia. Tenía tradición de tolerancia religiosa, había sido fundada como refugio protestante y estaba lo suficientemente cerca de Francia como para recibir correo, visitantes y noticias sin demasiado retraso. 

Pero Voltaire descubrió rápidamente que Ginebra tenía sus propios tiranos, solo que en lugar de coronas llevaban togas de pastor. El consistorio calvinista controlaba la vida social y moral de la ciudad con un rigor que habría hecho sonreír a un inquisidor español. El teatro estaba prohibido, las representaciones dramáticas eran consideradas pecaminosas y Voltaire, que organizó representaciones teatrales en Les Délices apenas instalarse, se encontró enfrentado al poder eclesiástico ginebrino, exactamente igual que se había enfrentado al poder eclesiástico francés. La ironía era perfecta. El hombre que había huído de la censura católica se vio censurado por los protestantes. El filósofo que denunciaba la intolerancia religiosa se topó con otra forma de intolerancia religiosa. Y la lección, si Voltaire la hubiera querido aprender, era que el problema no era el catolicismo ni el calvinismo, era el poder religioso en cualquiera de sus formas. La solución de Voltaire fue característicamente práctica: en 1758 compró dos propiedades simultáneamente: Ferney, un señorío en territorio francés a apenas 4 km de la frontera suiza y Tourné, otra propiedad a poca distancia en territorio ginebrino.

La posición geográfica era un golpe de genio estratégico. Si las autoridades francesas lo molestaban, cruzaba a Ginebra en media hora. Si los pastores ginebrinos lo incomodaban, se refugiaba en Ferney como súbdito francés. Si la situación se ponía realmente grave, podía huir a Saboya o a los territorios imperiales que rodeaban la zona. Había construido un sistema de escape múltiple con dinero, y ese sistema, por primera vez en su vida, lo hacía genuinamente difícil de atrapar. Ferney se convirtió durante los siguientes 20 años en algo que no había existido antes en Europa: el cuartel general de un intelectual independiente con la influencia de un jefe de estado. Voltaire reformó el castillo, construyó una iglesia con la famosa inscripción Deo erexit Voltaire, como si el nombre del filósofo y el de Dios fueran entidades del mismo rango.

Estableció talleres de relojería que exportaban a toda Europa. Abrió una fábrica de medias de seda,  cogió a artesanos protestantes expulsados de Ginebra y convirtió una aldea de 50 habitantes en un pueblo próspero de más de 100. Administraba Ferney como un señor feudal. Él tomaba las decisiones sobre cultivos, impuestos locales, construcciones, disputas entre vecinos. Abolió el diezmo eclesiástico en sus tierras, financió obras públicas, pagaba salarios por encima de la media regional. Era un señor feudal, ilustrado, eficiente, popular entre sus dependientes, pero era un señor feudal.

El hombre que llevaba décadas criticando el feudalismo, los privilegios hereditarios y la concentración el poder en una sola persona, se había convertido a los 64 años en todo lo que decía combatir. Y desde ese señorío, Voltaire lanzó la ofensiva intelectual más importante de su vida, pero con un detalle que muchos de sus admiradores prefieren ignorar. La ofensiva tenía dos frentes simultáneos, uno público, valiente y admirable, otro privado, contradictorio y revelador. El frente público fue la serie de grandes causas judiciales que definieron al Voltaire de Ferney. El caso Calas fue el primero y el más célebre. Jean Calas era un comerciante protestante de Toulouse de 63 años, acusado de haber asesinado a su propio hijo Antoine para impedir que se convirtiera al catolicismo. El caso estaba contaminado por el fanatismo religioso desde el principio. En Toulouse, ciudad con una larga historia de violencia antiprotestante, la sola acusación contra un hugonote bastaba para condenarlo ante la opinión pública.

El juicio fue una farsa procesal. El tribunal de Toulouse condenó a Calas a muerte basándose en indicios ambiguos, testimonios contradictorios y una atmósfera de histeria religiosa. La sentencia se ejecutó el 10 de marzo de 1762. Calas fue sometido al suplicio de la rueda. Le rompieron los huesos de los brazos y las piernas con una barra de hierro. Luego lo ataron a una rueda y lo estrangularon ante una multitud que celebraba la ejecución como un acto de justicia divina. Voltaire se enteró del caso semanas después, cuando la familia Calas, exiliada en Ginebra, contactó con él pidiendo ayuda. Al principio dudó. No conocía los detalles. No sabía si Calas era realmente inocente. Investigó durante semanas, interrogó a testigos, recopiló documentos judiciales, y, cuando se convenció de que Calas había sido víctima de una injusticia monstruosa, activó toda su maquinaria. Escribió cartas a centenares de interlocutores en toda Europa. Publicó el Traité sur la Tolérance, que utilizaba el caso Calas como punto de partida para un ataque demoledor contra el fanatismo religioso.

Movilizó a aristócratas influyentes para que presionaran al gobierno francés. organizó una campaña de opinión pública que fue en muchos sentidos la primera campaña mediática moderna de la historia, un esfuerzo coordinado para influir en una decisión judicial a través de la presión social. El resultado llegó en 1765 cuando el Tribunal de París anuló la sentencia y rehabilitó postumamente a Jean Calas. La viuda y los hijos supervivientes recibieron una compensación y Voltaire, a los 70 años, se convirtió en algo más que un escritor famoso. Se convirtió en el defensor de los inocentes en la conciencia de Europa, en el hombre que había demostrado que una pluma podía ser más poderosa que un tribunal corrupto. El caso Calas fue seguido por otros. El caso Sirven, otra familia protestante acusada falsamente de asesinato. El caso del caballero de La Barre, un joven de 19 años torturado y decapitado en 176 por no haberse descubierto al paso de una procesión religiosa. Un caso que indignó a Volter hasta el punto de hacerle considerar seriamente el abandono definitivo de Francia. El caso del conde Thomas Arthur de Lally-Tollendal, un general condenado por la derrota francesa en la India y ejecutado en circunstancias que Voltaire consideró una injusticia política.

En cada uno de estos casos, Voltaire desplegó el mismo método: investigación rigurosa, publicación incendiaria, movilización de contactos internacionales y presión sostenida sobre las instituciones. Era un método eficaz, valiente y genuamente orientado a la justicia, y sería deshonesto negarlo. Pero el Frente Privado contaba otra historia. Mientras denunciaba la injusticia judicial en Francia, Voltaire seguía manteniendo correspondencia cordial con Federico de Prusia. El mismo Federico que lo había humillado en Frankfort, el mismo Federico que lo había llamado naranja exprimida. Las cartas entre ambos, después de unos años de silencio tras la ruptura, se reanudaron con un tono que oscilaba entre la ironía mutua y la adulación recíproca. Voltaire necesitaba a Federico como aliado estratégico, un monarca poderoso que podía presionar a otros monarcas en favor de las causas que Voltaire defendía. Federico necesitaba a Voltaire como instrumento de legitimación. 

La correspondencia con el filósofo más famoso de Europa confirmaba su imagen de rey ilustrado y luego estaba Catalina II.ª de Rusia. La relación entre Voltaire y la emperatriz rusa es probablemente el capítulo más incómodo de toda su biografía. Catalina había llegado al trono en 1762 mediante un golpe de estado contra su propio marido, Pedro I, que fue posteriormente asesinado en circunstancias nunca del todo aclaradas. era una gobernante inteligente, pragmática y ambiciosa, que entendió, como Federico antes que ella, que el patrocinio de los filósofos franceses era la forma más eficaz de legitimarse ante Europa. Catalina escribió a Volter con una mezcla de adulación y astucia que superaba incluso a la de Federico.

Volta respondió con un entusiasmo que resulta difícil de explicar sin recurrir a su vanidad, llamó a Catalina la Semiramiss del Norte. la comparó con los grandes legisladores de la antigüedad, aplaudió sus reformas legales, su proyecto de código de leyes, su supuesta modernización de Rusia. Ignoró o eligió ignorar que esas reformas se sostenían sobre la servidumbre de millones de campesinos rusos. Ignoró que Catalina había llegado al poder mediante un asesinato. Ignoró que la tolerancia de Catalina tenía límites muy precisos.

Toleraba a los filósofos porque les resultaban útiles. No toleraba la más mínima disidencia interna. Cuando Catalina aplastó militarmente la rebelión de Pugachov en 1774, una insurrección campesina que fue reprimida con una brutalidad que incluso para los estándares de la época resultó extrema. Volter no dijo una palabra. El defensor de Calas, el campeón de la barre, el azote de la injusticia, guardó silencio cuando la emperatriz a la que adulaba, masacró a miles de siervos que pedían exactamente lo que Voltaire decía defender, dignidad, justicia, fin de la opresión. Era cinismo, era ceguera, era el cálculo frío de un hombre que sabía que perder la amistad de Catalina significaba perder un aliado poderoso.

Probablemente era todo eso al mismo tiempo y probablemente también era algo más difícil de nombrar. La incapacidad de Volter para aplicarse a sí mismo, los principios que aplicaba a los demás, veía con claridad meridiana la injusticia cuando la cometían otros. La injusticia que él facilitaba con su silencio era invisible para él. Fernei fue durante 20 años el escenario de esa doble vida. El castillo desde el que salían los panfletos más valientes de Europa era también el castillo desde el que salían las cartas más serviles. El filósofo que atacaba a los tiranos era también el filósofo que mendigaba su aprobación. Y la fortuna que le permitía ser independiente estaba construida con los mismos instrumentos financieros que sangraban a la clase que decía defender. Pero Ferney le dio algo que ningún palacio ajeno le había dado. Seguridad. En Ferney nadie podía encerrarlo, apalearlo ni humillarlo. Nadie podía exprimirlo como una naranja. Enferney Volter era el amo. Y desde esa posición de amo, no de igual, no de ciudadano, no de filósofo libre, sino de amo, produjo las obras que cambiarían la historia intelectual de Europa. Quizá esa sea la paradoja última de Voltaire. necesitó convertirse en lo que combatía para combatirlo eficazmente.

Durante 28 años, Voltaire no pisó París. Desde Fernei gobernaba su imperio intelectual, correspondencia masiva, publicaciones clandestinas, campañas judiciales, negocios financieros, administración de sus tierras. Recibía visitantes de toda Europa. James Boswell lo visitó, Casanova lo visitó, Gibon lo visitó. Delegaciones de la enciclopedie peregrinaban a Fernei como a un santuario laico. Volter, a sus 70 y tantos años era probablemente la persona privada más famosa del continente, pero no era suficiente, nunca era suficiente.

En febrero de 1778, a los 83 años, con la salud destrozada por décadas de trabajo compulsivo, insomnio crónico y un consumo de café que habría matado a un hombre más joven, Voltaire decidió volver a París. El motivo oficial era el estreno de su última tragedia, Iren, en la comedy francés. El motivo real era más elemental. Quería que la ciudad que lo había aplaudido, encarcelado, humillado y exiliado lo recibiera como lo que él creía ser, el hombre más importante de su siglo. Y París respondió. El 10 de febrero, cuando su carruaje entró en la ciudad por la puerta de Saintantuan, las multitudes se agolparon en las calles. La noticia de su llegada se había extendido como un incendio. Hombres y mujeres de todas las clases sociales salieron a verlo pasar. Los gritos de Vive Volter resonaban desde los boulevares hasta los puentes del Sena. La escena tenía algo de triunfo romano y algo de procesión religiosa, como si la ciudad entera reconociera que aquel anciano frágil en su carruaje representaba algo más grande que una persona. Representaba una idea. Se instaló en el hotel del marqués de Villet en la esquina del Ked Esteatán con la Ru de Bon. La casa se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. recibía docenas de visitas diarias. La Academia Francesa envió una delegación formal. Las logias masónicas lo invitaron a una iniciación. Volter aceptó y fue recibido en la logia de las nueve hermanas el 7 de abril de 1778 en una ceremonia que incluyó a Benjamin Franklin. Franklin, que estaba en París como embajador de los Estados Unidos recién independizados, llevó a su nieto de 9 años para que Volter lo bendijera. Volta puso las manos sobre la cabeza del niño y pronunció dos palabras en inglés: Godan liberty, Dios y libertad. La escena fue probablemente ensayada, pero funcionó como pólvora. Al día siguiente, toda Europa comentaba el encuentro entre el patriarca de la Ilustración y el representante de la nueva República americana. Iren se estrenó el 30 de marzo en la Comedy Francés. La obra era mediocre, los críticos lo sabían. Volter probablemente también. Pero nadie había ido a ver la obra. Habían ido a ver a Voltaire. Al final de la representación, los actores trajeron al escenario un busto del filósofo y lo coronaron con una corona de laurel. El público enloqueció. Volter, sentado en su palco, lloraba. 300 espectadores se agolparon a la salida para tocarlo, para verlo de cerca, para decir que habían estado allí. En las semanas siguientes, la intensidad no disminuyó, al contrario, aumentó hasta un nivel que resultaba físicamente peligroso. Para un hombre de 83 años con la salud ya comprometida, Voltaire no podía dejar de recibir visitas, no podía dejar de asistir a homenajes, no podía dejar de ser el centro de atención, era como una droga que necesitaba en dosis cada vez mayores. Su médico Tronchin le advirtió que el ritmo lo estaba matando. Volter lo ignoró. Madame Denise le suplicó que descansara. Volter la ignoró. El marqués de Villet intentó limitar las visitas. Volter se enfureció. Bebía cantidades absurdas de café. Tomaba opio para los dolores abdominales que lo atormentaban desde hacía años. Dormía tres o 4 horas por noche y seguía escribiendo, dictando, conversando, representando el papel que había construido durante 80 años. El del hombre más brillante de la sala. No podía dejarlo, no sabía dejarlo. El aplauso era lo único que llenaba el vacío que había sentido desde niño, desde la muerte de su madre, desde las humillaciones de L Grand, desde la paliza de Roan, desde la posada de Frankfort. Y el aplauso de París en 1778 era el más fuerte que había escuchado nunca. Lo estaba matando y lo sabía y no le importaba. A mediados de mayo, su estado empeoró. drásticamente, fiebre, hemorragias, dolor constante. El diagnóstico probable, según los médicos modernos que han revisado los testimonios, era un cáncer de próstata en fase avanzada, aunque las fuentes de la época hablan de retención de orina y inflamación. Y entonces empezó la última batalla, no contra la enfermedad, sino contra la iglesia. El clero pararisino se movilizó. Un hombre al que la Iglesia consideraba uno de sus mayores enemigos. Estaba muriendo en París sin confesarse, sin recibir la extrema unción, sin retractarse de las décadas de ataques contra la religión católica. Si moría sin los últimos sacramentos, la Iglesia podría negarle sepultura en tierra consagrada, convirtiendo su muerte en una última humillación pública. Varios sacerdotes intentaron acceder a Volter en sus últimas semanas. Las fuentes son contradictorias sobre lo que ocurrió exactamente. Según algunas versiones, Volter firmó una retractación ambigua ante el Abad Goltie en marzo, cuando creyó que iba a morir de una crisis anterior, pero la retractación fue juzgada insuficiente por las autoridades eclesiásticas. Según otras versiones, rechazó cualquier confesión con frases que varían según el relato: "Dejadme morir en paz", es la más citada. El 30 de mayo de 1778, Voltaire murió. Tenía 83 años y su muerte desencadenó exactamente el conflicto que había temido. El arzobispo de París prohibió que su cuerpo fuera enterrado en tierra consagrada dentro de la diócesis. La orden era clara y llegó rápido. Pero el sobrino de Volter, el Abad Miñó, fue más rápido. Había previsto la situación. Embalsamó el cuerpo, lo vistió, lo sentó en un carruaje como si estuviera vivo. Algunos relatos dicen que lo colocaron con las manos apoyadas y la cabeza sujeta para que pareciera dormido y lo sacó de París en dirección a la abadía de Seliers en la Champaña, donde Miot era a prior. El viaje duró horas. Cuando la comitiva llegó a Sellers, el Abad Miño ofició una misa rápida y enterró a su tío antes de que el obispo de Troas pudiera enviar la orden de prohibición. La orden llegó al día siguiente, unas horas de retraso.

Volta, que había pasado toda su vida negociando con el poder, necesitó una última negociación incluso para obtener una tumba. La Iglesia, que no había podido silenciarlo en vida, intentó borrar su memoria en la muerte y fracasó, como siempre había fracasado con Volter. Pero no porque Voltaire fuera invencible, sino porque, como siempre, alguien con dinero y conexiones, en este caso su sobrino, maniobró en su nombre.

11 años después de aquella carrera nocturna con un cadáver en un carruaje, la Francia de Volter dejó de existir. No es solo un cambio político. El sistema de referencias que sostenía su mundo, jerarquías, privilegios, autoridad, se deshizo con rapidez. En 1789, la revolución desmontó el antiguo régimen. Cayeron las letres de caché, la bastilla, los privilegios, pero los hechos por sí solos no bastaban, hacían falta nombres. Rousseau y Voltaire funcionaron como legitimación intelectual de la ruptura. En 1791, la Asamblea ordenó llevar a Volter al panteón. El cortejo fue una puesta en escena del nuevo poder. Más que honrar a un hombre, fijaba una interpretación. La razón sustituía a la tradición como fuente de autoridad. Las inscripciones lo resumían. Defensor de la tolerancia, precursor de la libertad, nos preparó para ser libres. Es cierto, pero incompleto. Volter ayudó a crear el lenguaje de la revolución, no su forma final, porque ese resultado le habría sido ajeno. Desconfiaba del pueblo y prefería monarcas ilustrados. La violencia revolucionaria no encajaba en su visión. Probablemente la habría rechazado tanto por convicción como por interés. El volter real tampoco encaja en el símbolo especulador, cercano al poder, dependiente de estructuras que criticaba. Su libertad intelectual estaba ligada a su posición material. Aquí surge una tensión. La crítica necesita a veces del mismo sistema que combate, pero tampoco puede reducirse a eso. Es el mismo hombre que intervino en casos como Calas o la Barre, usando la opinión pública como herramienta cuando la justicia fallaba. no es coherencia, sino eficacia dentro de límites concretos. Federico lo llamó una naranja exprimida. Sin embargo, lo que quedó, el nombre en los textos, sobrevivió a los sistemas que lo produjeron. Tal vez indica un cambio más amplio. El poder empieza a residir en símbolos. En el panteón, su tumba mira a la de Rousseau. Desconfianza frente a fe en el pueblo, cálculo frente a sinceridad. La historia los reúne porque esa tensión define la modernidad. En 1864, el sarcófago se abrió. Estaba vacío. No hay certeza sobre lo ocurrido. El cuerpo desapareció. El nombre quedó. No parece un accidente. El sarcófago sigue allí vacío. Como recordatorio de que la historia conserva relatos, no cuerpos, y que Volter al final existe más como problema que como figura cerrada. Muchísimas gracias por ver el vídeo. Con vosotros, Leo.

jueves, 14 de mayo de 2026

Houellebecq, el novelista de la sociedad del cansancio

 Michel Houellebecq, escritor francés: “La cultura me parece una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas”, en Infobae, 13 Mayo 2026:

En su novela ‘Plataforma’, el “enfant terrible” de las letras europeas lanza un dardo al corazón de la industria del entretenimiento: el arte como consuelo de la existencia

Hay una frase que funciona como el testamento invisible de toda la obra de Michel Houellebecq: “La cultura me parece una compensación necesaria ligada a la infelicidad de nuestras vidas”. La sentencia no es un aforismo al azar; aparece en las páginas de su novela más divisiva, Plataforma, publicada en 2001, justo antes de que el mundo cambiara para siempre con el atentado a las Torres Gemelas.

En Plataforma, el protagonista, un burócrata del Ministerio de Cultura llamado Michel, viaja a Tailandia tras la muerte de su padre. Allí, entre el turismo sexual y el tedio de los resorts, se gesta una crítica feroz a la sociedad de consumo. Para Houellebecq, la cultura no es ese faro de luz que nos hace mejores personas, sino una muleta que usamos para no colapsar ante la grisura del trabajo alienante y la ausencia de amor real.

Para entender la frase, hay que entender al autor. Michel Houellebecq ha construido una carrera basada en ser el “enfant terrible” de las letras francesas. Desde su debut con Ampliación del campo de batalla hasta la controvertida Sumisión, su mirada siempre se posa sobre lo mismo: el hombre occidental está solo, agotado y solo encuentra alivio en pequeños consumos.

En el contexto de Plataforma, la idea de la “compensación” es clave. El libro fue un terremoto editorial por su defensa del turismo sexual como última frontera del mercado, pero lo que realmente subyace es un diagnóstico clínico. Si la vida fuera plena, si el deseo y la realidad estuvieran en armonía, ¿para qué necesitaríamos perdernos en una película de Godard o en los versos de Baudelaire?

Esta idea resume a la perfección el pensamiento de Houellebecq: el arte es un síntoma de que algo anda mal. Mientras que otros autores ven en la cultura una elevación del espíritu, para el autor de La posibilidad de una isla, es un calmante. Es el entretenimiento que nos distrae del hecho de que somos seres biológicos destinados al declive. Y Plataforma lo grafica con singular énfasis.

En esta novela lo que hace Houellebecq es desnudar la hipocresía del progresismo europeo y predijo el choque de civilizaciones con una crudeza que todavía hoy, más de veinte años después, incomoda. Y además sostiene el que busca la cultura con desesperación es, en el fondo, alguien que ha perdido la batalla por la felicidad simple. Y en ese espejo, nos guste o no, nos estamos mirando todos.

¿Quién es Michel Houellebecq?

Nacido bajo el nombre de Michel Thomas en la isla de La Reunión en 1956 —aunque él solía afirmar que nació en 1958—, el autor adoptó el apellido de soltera de su abuela, Houellebecq, como una declaración de principios y un homenaje a quien realmente lo crió tras el abandono de sus padres. De formación ingeniero agrónomo, su entrada al mundo de las letras no fue inmediata y demoró unos cuantos años.

Empezó trabajando como informático en la Asamblea Nacional Francesa mientras incubaba una sensibilidad literaria marcada por el desencanto. Su salto a la fama llegó con Ampliación del campo de batalla y se consolidó con el fenómeno global de Las partículas elementales, obras donde comenzó a diseccionar la miseria afectiva y sexual del hombre contemporáneo con una frialdad clínica.

A lo largo de su carrera, Michel Houellebecq ha sabido mantenerse en el epicentro de la controversia, enfrentando juicios por sus declaraciones sobre el Islam tras la publicación de Plataforma y ganando el prestigioso Premio Goncourt por El mapa y el territorio. A pesar de los recurrentes rumores sobre su retiro o incluso noticias satíricas sobre su deceso, el autor continúa vivo y activo.

En los últimos años publicó novelas de alto impacto político y social, como Sumisión, Serotonina y la ambiciosa Aniquilación. Su figura, a menudo comparada con la de Louis-Ferdinand Céline por su estilo cáustico, sigue siendo la de un observador incómodo que, desde su refugio en Francia o sus temporadas en el extranjero, narra el lento declive de la civilización occidental.

jueves, 7 de mayo de 2026

Jacob Mchangama, Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales

 [Está a la venta este interesante y necesario ensayo de más de quinientas páginas, obra del erudito danés Jacob Mchangama. Copio de la editorial el comienzo del mismo]:

 Jacob Mchangama, Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales

 El comandante en jefe estaba harto de la prensa. Dedicaba todo su tiempo, como dirigente supremo del país, a velar por el bienestar de su pueblo, pero lo único a lo que se dedicaba la prensa era a atacarlo y a poner en peligro la nación. Allí estaba él, haciendo otra vez grande al país, ¿y sobre qué escribían? Sobre sus matrimonios, sus divorcios, sus hijos, ¡incluso sobre su peso! Ya era hora de que los propagadores de noticias falsas pagaran un precio por sus calumnias, sus continuas conspiraciones y sus traiciones. El hombre más poderoso del país decidió que había llegado el momento de contraatacar y lanzó una andanada de 138 caracteres en la que prohibía «escritos y libros, tanto impresos como de otro tipo, que contengan tales escritos y libros muchos errores y calumnias claros y manifiestos». 

 La historia del imprevisible Enrique VIII de Inglaterra (porque de él se trata) suena contemporánea porque lo es. La «libertad de expresión» nunca se conquista ni se pierde del todo. Si se pregunta a un estudiante universitario cuándo comenzó la lucha por conseguirla, se verá que hay muchas respuestas posibles. Algunos estadounidenses dirán que empezó con la ratificación de la Primera Enmienda en 1791. Un europeo podría señalar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 en Francia. Un británico, la Areopagítica de John Milton, publicada en 1644. Pero, más allá de las discrepancias, la mayoría afirmará que la libertad de expresión es un concepto exclusivamente occidental nacido alrededor de la Ilustración. La realidad es mucho más compleja. De hecho, las raíces de la libertad de expresión son antiguas y profundas, y se encuentran dispersas. En el año 431 a. C., el estadista ateniense Pericles elogió los valores democráticos del debate 9  abierto y de la tolerancia hacia la disidencia. En el siglo IX, el irreverente Ibn al-Rawandi aprovechó el propicio clima intelectual del califato árabe para cuestionar las profecías y los libros sagrados. En 1582, el holandés Dirck Coornhert insistió en que era «propio de tiranos […] prohibir los buenos libros con el fin de silenciar la verdad». 

La primera ley que protegía la libertad de prensa se promulgó en Suecia en 1766, y Dinamarca se convirtió en el primer Estado del mundo en abolir cualquier tipo de censura en 1770. Sin embargo, reconocer el derecho a la libertad de expresión pone casi siempre en marcha un proceso de entropía, de tendencia hacia el caos. Los líderes de cualquier sistema político, por muy ilustrado que sea, acaban siempre creyendo que, ahora, la libertad de expresión ha ido demasiado lejos. Los oligarcas autocráticos, reacios a compartir el poder con el pueblo, derribaron por dos veces la antigua democracia ateniense, deshaciéndose de paso de sus defensores y de los disidentes. El endurecimiento de las leyes contra la apostasía y la blasfemia puso coto al librepensamiento más atrevido del islam medieval. En la República Holandesa del siglo XVI, Dirck Coornhert fue desterrado y sus escritos se prohibieron en varias ocasiones. Los experimentos de Suecia y Dinamarca con la libertad de prensa no duraron mucho, ya que los gobernantes absolutistas se hicieron de nuevo con el control de las imprentas. 

Este fenómeno de entropía al que está sujeta la libertad de expresión está tan presente hoy como hace 2.500 años, y, si se mira más de cerca, las justificaciones que se dan en el siglo XXI para limitar dicha libertad tienen más en común con las esgrimidas muchos siglos atrás de lo que, seguramente, nos gustaría admitir. El club mundial de las democracias libres está perdiendo miembros con rapidez. Al igual que ocurría en la antigua Atenas, aquellos que tienen aspiraciones autocráticas —desde Viktor Orbán en Hungría hasta Narendra Modi en la India— consideran que la libertad de expresión es el primer y más importante obstáculo que deben apartar para consolidarse en el poder. En algunas partes del mundo islámico, la blasfemia y la apostasía se siguen castigando con la pena de muerte, ya sea por parte del Estado o de yihadistas que se toman la justicia por su mano. El retroceso mundial de la libertad de expresión se da incluso en las democracias liberales, que temen —de manera parecida a como lo hacía Enrique VIII— las consecuencias de una desinformación y una propaganda hostil que se transmiten masivamente y de manera incontrolada a través de las nuevas tecnologías. La entropía inherente a la libertad de expresión no se debe sólo a causas políticas; tiene también una profunda relación con la psicología humana. El afán de agradar a los demás, el miedo a la marginación, el deseo de evitar conflictos y las normas de cortesía a las que estamos habituados nos empujan a querer silenciar a los oradores incómodos, ya sea en las plataformas digitales, los campus universitarios o las instituciones culturales. Al igual que un enorme agujero negro atrae toda la materia que tiene cerca, la censura nos atrae a todos. Por ello, es de vital importancia fomentar y mantener activamente una cultura de respeto a la libertad de expresión para garantizar que esta última perdure. 

Las leyes no bastan por sí solas. En las democracias modernas, uno de los argumentos más comunes e intuitivamente más atractivos para defender que se limite la tolerancia a la intolerancia —parafraseando al filósofo austriaco Karl Popper— es la «falacia de Weimar». Consiste en la creencia de que si la República de Weimar hubiera hecho mayores esfuerzos para prohibir la propaganda totalitaria, la Alemania nazi —y consecuentemente el Holocausto— se habrían podido evitar. Por tanto, las democracias modernas no pueden permitirse cometer el mismo error. Como veremos, se trata de una conclusión cuestionable por diversas razones. La primera de todas, porque sí hubo continuos intentos de silenciar tanto a Hitler como al Partido Nacionalsocialista. Pero esos intentos a menudo contribuían a aumentar el interés y la simpatía por los nazis, pues no hacían sino convertir a los monstruos en mártires. Quizá lo más escalofriante sea que los nazis utilizaron los decretos de emergencia previstos en la Constitución de la República de Weimar para estrangular la misma democracia que se suponía que esos decretos debían proteger.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el deber de prohibir la propaganda nazi fue explotado con gran cinismo por otro régimen totalitario. La Unión Soviética de Stalin se ayudó de la falacia de Weimar para conseguir que se introdujeran en la legislación internacional sobre derechos humanos restricciones a la libertad de expresión en concepto de discurso de odio. Algo que no sólo contribuyó a legitimar la represión de la disidencia en el bloque soviético, sino que, una vez derrotado el comunismo, también proporcionó una cobertura legal a los Estados de mayoría musulmana, deseosos de lograr que se prohibiera mundialmente la blasfemia. La escuela de pensamiento que insiste en que para defender la dignidad de todas las personas por igual es necesario prohibir el discurso de odio, para así proteger a las minorías y a los grupos vulnerables de la discriminación y la opresión, está estrechamente relacionada con la falacia de Weimar. La era digital ha demostrado que la preocupación por el discurso de odio que las redes sociales ayudan a difundir no debe subestimarse, y que las palabras hirientes pueden causar daños psicológicos y físicos. Son las minorías a las que van dirigidos esos ataques las que sufren sus efectos, debiendo muchas veces soportar una carga desproporcionadamente pesada. Sin embargo, de ello no se desprende que la censura sea un remedio adecuado o eficaz en las sociedades comprometidas con la libertad y la igualdad. Proteger a las personas vulnerables de la discriminación y la opresión y, al mismo tiempo, tratar de preservar la libertad y la igualdad deben y pueden ser objetivos que se refuercen entre ellos, en vez de excluirse mutuamente. Una mirada global sobre la libertad de expresión invita a pensar que es, de hecho, un arma indispensable en la lucha contra la opresión. El supremacismo blanco, sea en forma de esclavitud y segregación estadounidenses, colonialismo británico o apartheid sudafricano, se basó fundamentalmente en la censura y la represión. 

En contraposición, defensores de la igualdad como Frederick Douglass, Ida B. Wells, Mahatma Gandhi, Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela defendieron y practicaron la libertad de expresión, provocando un gran impacto y pagando un enorme coste personal. Desgraciadamente, varios países, entre ellos la India, se siguen sirviendo de leyes contra el discurso de odio de la época del colonialismo británico para acallar a los disidentes y a las minorías que esas mismas leyes pretendían proteger. El troleo, los mensajes insultantes y la propaganda hostil propios de la era digital ponen de manifiesto que la conversación pública puede volverse desagradable, y que los muchos beneficios de un debate igualitario y desinhibido tienen como contrapartida inevitable el abuso, la desinformación y la exageración. Sin embargo, los intentos de tomar medidas drásticas contra los exaltados, la información falsa, la propaganda o las llamadas a la rebelión —desde la Reforma hasta la Ilustración, pasando por los Estados Unidos del siglo xx— demuestran que las ideas y los epítetos que, según las normas morales del momento, han ido demasiado lejos, no pueden eliminarse de manera eficaz sin poner en peligro el derecho a la libertad de expresión del conjunto. Incluso los intentos mejor intencionados de garantizar una conversación pública segura y cuidadosamente regulada acabarán sucumbiendo al mismo fenómeno que ha afectado a los antiguos defensores de la libertad de expresión: el de excluir a grupos o puntos de vista determinados, debido a una intolerancia, ideología o conveniencia política que no son capaces de ver. Cuanto más alto se asciende en política, mayor es la tentación de vulnerar el derecho a la libertad y de imponer la censura con el pretexto del interés público. 

Veremos que son muchos los que han pretendido limitar la libertad de expresión, desde John Milton hasta Voltaire, y desde Robespierre hasta el segundo presidente de Estados Unidos, John Adams, y su Administración federalista, responsables de la Ley de Sedición de 1798. 

Por qué las élites temen las nuevas tecnologías 

Las nuevas tecnologías de la comunicación son inevitablemente disruptivas y cada nuevo avance —desde la imprenta hasta internet— se ha encontrado con la oposición de aquellos cuya autoridad institucional es susceptible de verse socavada por un cambio repentino. En 1525, el gran erudito humanista Erasmo de Rotterdam —él mismo un escritor prodigioso— se quejaba de que las imprentas «llenan el mundo de panfletos y libros [que son] estúpidos, ignorantes, malignos, difamatorios, locos, impíos y subversivos». 

En la década de 1780, tras haberse opuesto a la censura durante decenios, el pensador ilustrado holandés Elie Luzac tildó de «plaga para la sociedad» a los «escritores de periódicos» populistas y prodemocracia que publicaban «todo lo que brota de sus cerebros enfurecidos y enfermos». En 1858, el New York Times se lamentaba de que el telégrafo trasatlántico era «superficial, repentino, indiscriminado, demasiado rápido para la verdad». 

En 1948, incluso el filósofo y defensor de la libertad de expresión Alexander Meiklejohn adujo que «la radio, tal y como funciona actualmente entre nosotros, no es libre. Tampoco tiene derecho a la protección de la Primera Enmienda», ya que «corrompe tanto nuestra moral como nuestra inteligencia». Y en noviembre de 2020, el expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, declaró que la forma en la que está estructurada y organizada la información en internet constituía «la mayor amenaza para nuestra democracia». Estas manifestaciones del «pánico de las élites» pueden reflejar preocupaciones y dilemas reales, pero es llamativo que tiendan a producirse siempre que se amplía la conversación pública y se da voz a grupos que hasta entonces habían estado marginados. Ante la aparición de nuevas tecnologías que dan la oportunidad de ser escuchados a quienes previamente no lo eran, los intermediarios tradicionalmente encargados de filtrar la información temen que los recién llegados manipulen a las masas ayudándose de ideas y propaganda peligrosas, amenazando así el orden social y político establecido. Esto es especialmente cierto cuando la conversación pública a la que se han sumado nuevos interlocutores amenaza con debilitar la autoridad institucional sin ofrecer una alternativa viable al aparente caos y anarquía que ha desatado la disrupción. Este enfrentamiento entre una concepción igualitaria y otra elitista de la libertad de expresión se remonta a la Antigüedad. Tiene su origen en las diferencias existentes entre la democracia ateniense, en la que los ciudadanos ordinarios (varones adultos y libres) tenían voz y voto en la toma de decisiones políticas y podían hablar abiertamente en público, y el republicanismo romano, que restringía la libertad de expresión a una pequeña élite y además distinguía entre «libertad» y «libertinaje». 

Sin embargo, aunque siempre ha habido quienes pensaban que la libertad de expresión era un lujo del que sólo debía disfrutar una élite educada, también ha habido quienes han estado dispuestos a librar una larga y a menudo sangrienta batalla para extender el derecho a la libertad de expresión a los pobres y los desposeídos, a los extranjeros, las mujeres y las minorías religiosas, raciales, étnicas, nacionales y sexuales. A todos estos grupos marginados se les ha considerado tradicionalmente demasiado crédulos, veleidosos, inmorales, ignorantes o peligrosos como para poder opinar en los asuntos públicos. De modo que, al tiempo que la historia de la libertad de expresión está llena de mártires, villanos y relatos aleccionadores, también cuenta con un buen número de héroes. Puede que conozcas a algunos de ellos, como el gran filósofo liberal John Stuart Mill, el avanzado filósofo holandés Baruch Spinoza, el artífice de la Primera Enmienda James Madison o el enemigo del totalitarismo George Orwell. A otros, quizá no, como el antiguo orador ateniense Demóstenes, el polímata persa del siglo IX Al-Razi, el librepensador holandés Dirck Coornhert, el irrefrenable «nivelador» John Lilburne, el whig escocés Thomas Gordon, el filósofo francés del siglo XVIII Nicolas de Condorcet o su compatriota y contemporánea, la valiente feminista Olympe de Gouges

Y hay otros de los que seguramente habrás oído hablar, aunque no por sus contribuciones a la libertad de expresión, como el abolicionista Frederick Douglass, la activista en contra de los linchamientos Ida B. Wells, el defensor de la independencia de la India Mahatma Gandhi, la madrina de los derechos humanos internacionales Eleanor Roosevelt y el preso de conciencia y estadista sudafricano Nelson Mandela.

El futuro de la libertad de expresión

En la actualidad, numerosas voces se preguntan si debemos seguir considerando la libertad de expresión como «la primera libertad». En las democracias, muchos han acabado viéndola como una herramienta que permite a los poderosos marginar a las minorías y a los indefensos. Las élites de las instituciones políticas y mediáticas señalan la desinformación no supervisada y el discurso de odio en las redes sociales como prueba de que la libertad de expresión se está «utilizando como arma» contra la propia democracia. En los países no democráticos, la libertad de expresión está siendo desplazada por una combinación de populismo autoritario, fundamentalismo religioso y vigilancia automatizada de los contenidos que se publican en internet. Además, la aparición de gigantes tecnológicos globales ha hecho que surja el fantasma de una moderación en cuyos criterios no se participa, mediante la cual estas enormes corporaciones privadas —a menudo apoyándose en opacos algoritmos de filtrado de contenidos— deciden, con escasa transparencia y prácticamente sin tener que rendir cuentas, los límites del debate tanto mundial como nacional. 

Es cierto que la libertad de expresión puede utilizarse para aumentar la polarización, sembrar la desconfianza e infligir graves daños. Pero la creencia de que los profundos desafíos a los que se enfrentan la dignidad, la confianza, la democracia y las instituciones de nuestra dividida época pueden superarse a sus expensas apenas se sostiene desde un punto de vista histórico. Las leyes que protegen la libertad de expresión y las normas culturales constituyen «el gran baluarte de la libertad», como apuntaba una frase de principios del siglo XVIII que se hizo viral y tuvo gran influencia entre los pensadores ilustrados británicos, norteamericanos, franceses y rusos. Con el paso del tiempo, si no lo mantenemos, el baluarte se vendrá abajo; y, si la historia sirve de referencia, todo parece indicar que cuando eso ocurra nuestro futuro será menos libre, democrático e igualitario y más ignorante, autocrático y opresivo. 

Este libro está lleno de ejemplos de países, líderes y culturas que pensaron que podían supeditar la libertad de expresión a otros valores y a la vez preservar una sociedad libre y justa, y fracasaron. También habla de otros que se dieron cuenta de que la libertad de expresión era todo lo que se interponía entre ellos y sus ensoñaciones absolutistas. Sus ejemplos nos muestran que la imposición de la censura señala el final de una sociedad libre, no su principio. Imponer el silencio y llamarlo tolerancia no lo convierte en tal. La verdadera tolerancia exige comprensión. La comprensión surge de la escucha. Escuchar presupone conversar. Relacionando las controversias del pasado con las más apremiantes del presente, espero demostrar lo mucho que la humanidad ha ganado con la difusión gradual del derecho a la libertad de expresión, y lo mucho que podemos perder si permitimos que continúe erosionándose durante esta nueva fase digital del viejo conflicto que mantiene con la autoridad. 

CAPÍTULO 1 Los inicios en la Antigüedad 

Aunque la libertad de expresión tiene raíces profundas y antiguas, durante gran parte de la historia documentada hablar con franqueza a los que detentaban el poder era desaconsejable y, a menudo, peligroso. A juzgar por los códigos legales y los escritos que han llegado hasta nuestros días, las grandes civilizaciones antiguas protegían el poder y la autoridad de sus gobernantes de las palabras de sus súbditos, y no al revés. Las leyes hititas, establecidas en lo que ahora es Turquía entre 1650 y 1500 a. C., estipulaban que «si alguien no acata una sentencia del rey, su casa se reducirá a un montón de ruinas». Según la Biblia hebrea, el castigo por maldecir «a Dios o al rey» era la lapidación. Estas leyes reflejaban la estricta jerarquización que existía en las grandes civilizaciones antiguas, muchas de las cuales estaban encabezadas por gobernantes que, según se creía, lo eran por derecho divino o incluso, como en Egipto, por ser dioses ellos mismos. Las «Instrucciones de Ptahhotep», una recopilación egipcia de máximas o proverbios morales de alrededor del año 2350 a. C., recomendaba no dirigirse a «un hombre más importante que tú […]. Habla cuando se dirija a ti y que tus palabras sean agradables». El antiguo filósofo chino Confucio (551-479 a. C.) también destacaba la importancia de obedecer a superiores y gobernantes, afirmando que «quien no esté inclinado a desafiar a la autoridad difícilmente fomentará una rebelión». Se podría pensar que las palabras de Confucio serían música para los oídos del primer emperador de China, Qin Shi Huang, cuando ascendió al trono unos tres siglos después. Sin embargo, en el año 213 a. C. ordenó que se quemasen y prohibiesen los libros de Confucio y los documentos históricos.

Los inicios en la antigüedad anteriores a su reinado.

En palabras del propio emperador, tal y como las cita el historiador Sima Qian (ca. 145-90 a. C.): «Reuní los escritos de todos los que moran bajo el Cielo y me deshice de aquellos que eran inútiles». Su primer ministro declaró que estudiar los textos y las crónicas del pasado sumía a la gente «en la confusión» y la llevaba a «rechazar las leyes y las enseñanzas […]. Consideran honorable el desacuerdo, y animan al vulgo a inventar calumnias». Según Sima Qian, más de 460 eruditos fueron «enterrados» por violar la prohibición. (Si fueron enterrados vivos o muertos es algo que aún está en discusión). Esta puede ser la primera quema organizada de libros de la que se tenga noticia. No sería la última. Para los esclavos y las mujeres, expresarse libremente estaba especialmente restringido. El código sumerio de Ur-Nammu, de alrededor del año 2050 a. C. —el código legal más antiguo que se conserva— determinaba que «si una esclava injuria a alguien revestido de la autoridad de su señora, se le restregará la boca con una sila [cerca de un kilo] de sal». El código babilónico de Hammurabi, datado entre los años 1792 y 1750 a. C., permitía a los dueños de un esclavo cortarle la oreja si pronunciaba las palabras «tú no eres mi dueño». Las mujeres nacidas libres también eran castigadas por extralimitarse. Las leyes del Imperio medio asirio, de alrededor del año 1076 a. C., denunciaban a aquella mujer desvergonzada que «dice insolencia o blasfema». Otras leyes sobre lo que se podía o no decir estaban dirigidas a proteger el honor de las mujeres respetables. Según el Código de Hammurabi, la pena por difamar a una mujer casada con un hombre libre o a una sacerdotisa era el afeitado de la frente. Sin embargo, entre los severos preceptos del mundo antiguo, podemos detectar pequeñas muestras de tolerancia religiosa. Tras fundar el Imperio persa aqueménida en el siglo VI a. C., Ciro el Grande hizo público un cilindro de arcilla en el que establecía la libertad de culto para los distintos súbditos de su extenso territorio. Según la Biblia hebrea, también liberó a los judíos de su cautiverio en Babilonia y ordenó la edificación de un templo consagrado a Jehová en Jerusalén.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) considera que el Cilindro de Ciro es «una antigua declaración de derechos humanos». Pero aunque Ciro y sus sucesores promovieran la tolerancia religiosa, también castigaban la desobediencia quemando templos, cortando narices y orejas, y enterrando a los infractores en el desierto, de modo que sólo asomara su cabeza, para después dejarlos morir bajo el sol implacable. Hasta ahí llegaban los derechos humanos. 

Unos tres siglos después, el emperador maurya Aśoka ordenó que se inscribieran, en rocas y pilares repartidos por todo el subcontinente indio, una serie de edictos en los que defendía la tolerancia religiosa. Aśoka deseaba «que todas las religiones moren por doquier». Pero ni siquiera esto debe interpretarse como una aprobación de cualquier manifestación religiosa. La letra pequeña alentaba «la moderación en el habla, es decir, no exaltar los credos personales, ni condenar los ajenos». También encontramos pequeñas pero valiosas muestras de lo que se ha llamado —quizá con demasiada generosidad— «democracia primitiva». Los asirios, babilonios, hititas y fenicios contaban con asambleas, consejos y tribunales que permitían diversos grados de representatividad y debate político. Según Aristóteles, en la ciudad-Estado fenicia de Cartago había una asamblea popular, a la que se consultaba cuando el Consejo de Ancianos no podía llegar a un acuerdo, y en la que «cualquiera que lo desee puede oponerse a la propuesta [presentada], lo cual no se permite ni en Esparta ni en Creta». Sin embargo, se hallaban aún muy alejados de la concepción y de la práctica de la libertad de expresión que caracterizaba a la ciudad-Estado griega en la que Aristóteles pensó y escribió gran parte de su obra. 

¿Quién quiere tomar la palabra? La libertad de expresión en la antigua Atenas 

Hubo que esperar al siglo V a. C. para que la niebla de la historia antigua se disipase y revelara una ciudad-Estado en la que los valores de la democracia y la libertad de expresión se formalizaban y articulaban como fuente de orgullo y virtud. Entre el 507 y el 322 a. C., hubo en Atenas una especie de democracia, con varios paréntesis sangrientos, pero en las distintas etapas que atravesó esta antigua ciudad-Estado, el gobierno democrático y la libertad de expresión estaban inseparablemente unidos. Atenas era una democracia directa, en la que sus ciudadanos proponían, debatían y votaban las leyes que los regían. En su célebre «Discurso fúnebre» en honor de los caídos en la Guerra del Peloponeso contra Esparta, el eminente estadista ateniense Pericles dio una definición del sistema político de su ciudad que aún hoy sirve de piedra angular para los gobiernos democráticos: «Nuestra constitución se llama democracia porque el poder no está en manos de una minoría, sino en las de todo el pueblo. Cuando se trata de resolver disputas privadas, todos son iguales ante la ley». 

Sin embargo, según los estándares modernos, la forma en la que los atenienses entendían la igualdad adolecía de graves deficiencias. Las mujeres, los extranjeros y los esclavos, que constituían la mayor parte de la población de la ciudad, estaban expresamente excluidos del proceso democrático. Aun así, la naturaleza igualitaria de la democracia ateniense era muy avanzada para su época. Para los atenienses, el Estado no existía como una entidad separada del pueblo. La libertad de expresión era, por tanto, una parte inherente al sistema político y a la cultura cívica y no un derecho que protegiera al individuo frente al Estado, como solemos entenderlo en las democracias liberales modernas. No manejaban el concepto de «derechos» individuales, sino más bien el de deberes, privilegios y prerrogativas como ciudadanos. Con el tiempo, Atenas se convirtió en la ciudad-Estado griega dominante y en la más poderosa de las fuerzas helenas que repelieron las invasiones del Imperio persa entre 490 y 479 a. C. El historiador Heródoto sostenía que, mientras habían vivido bajo un tirano, los atenienses no habían aventajado a ninguno de sus vecinos. Sólo llegaron a ser claramente superiores cuando se les concedió la igualdad de derechos.

Pericles subrayaba en su discurso que el derecho popular de expresarse libremente era una fuente fundamental de la fortaleza ateniense: «Nosotros, los atenienses […] tomamos nuestras decisiones sobre la cosa pública o las sometemos a deliberación: pues […] lo peor es pasar a la acción antes de que sus consecuencias hayan sido adecuadamente debatidas». Al menos ése era el ideal. Pero, como veremos más adelante, la realidad es capaz de burlarse de los ideales. Los atenienses tenían dos conceptos distintos pero superpuestos de libertad de expresión. «Isēgoria» era el derecho, igual para todos, de expresar ideas y opiniones libremente en el ámbito público y cívico, mientras que «parrhēsia» puede traducirse como «hablar con franqueza» o «de forma desinhibida». La isēgoria se ejercía en la Asamblea ateniense, la ekklēsia, donde cada sesión se abría con la pregunta «¿Quién quiere tomar la palabra?». La parrhēsia permitía a los ciudadanos ser atrevidos y honestos a la hora de expresar sus puntos de vista, incluso fuera de la Asamblea, y se extendía a muchos ámbitos de la vida ateniense, como la filosofía y el teatro. Tanto la isēgoria como la parrhēsia se basaban en lo que la estudiosa Arlene Saxonhouse llama «los fundamentos igualitarios y los principios participativos del régimen democrático de los atenienses».

El historiador inglés del siglo xix y diputado radical George Grote, que reivindicó con energía que la democracia ateniense debía servir como modelo para los movimientos reformistas liberales, destacó «la libertad de pensamiento y de acción en Atenas, no sólo frente a las excesivas restricciones legales, sino también frente a la intolerancia entre las personas y frente a la tiranía de la mayoría sobre aquellos individuos cuyos gustos y actividades eran diferentes a los del resto». La libertad de expresión no sólo era un principio político, sino que se extendía a la esfera cultural en el sentido más amplio. Uno de los más destacados paladines de la parrhēsia fue Demóstenes; es el orador que más utiliza ese término: en los discursos que de él se conservan, aparece veintiséis veces. Empezó a destacar a mediados del siglo IV a. C. y es considerado el último defensor de la democracia y la libertad atenienses frente a las ambiciones imperiales de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno. El principio del debate abierto desempeñaba un papel fundamental en el ideal de democracia y libertad que defendía Demóstenes. Proclamaba que la libertad de expresión era lo que distinguía a la democrática Atenas de su peor enemiga, la oligárquica Esparta. En su discurso «Contra Leptino», Demóstenes hizo notar con orgullo que, mientras los atenienses podían criticar su constitución y alabar la espartana, los espartanos sólo podían elogiar la propia. 

La posibilidad de criticar libremente el propio sistema político sigue siendo una de las pruebas de fuego de las democracias, tanto del pasado como del presente. Demóstenes valoraba la libertad de expresión y el debate político porque creía que conducían a la verdad. Las democracias eran superiores a las oligarquías que «producen miedo», ya que las primeras «tienen, entre otras muchas nobles y justas cualidades, a las que el hombre de recta intención debe consagrarse, libertad de palabra, a la que no debe impedírsele mostrar la verdad». Sin embargo, para Demóstenes los beneficios de la libertad de expresión dependían tanto de un marco constitucional como del compromiso cívico. Desdeñaba a los atenienses que no eran capaces de estar a la altura de los ideales democráticos, como por ejemplo escuchar las argumentaciones de ambas partes durante los debates en la Asamblea: «Opino, varones atenienses, que es menester que vosotros, al deliberar sobre asuntos tan serios, deis libertad de palabra a todos y cada uno de vuestros consejeros». La tenaz defensa de Demóstenes tanto de la libertad como del patriotismo ha seguido siendo un modelo durante mucho tiempo. Inspiró a Cicerón en su lucha por la moribunda República romana y a Churchill en sus esfuerzos por advertir de la amenaza que suponía Hitler. La insistencia de Demóstenes en que la libertad de expresión es esencial para favorecer la verdad y su énfasis en la obligación moral de escuchar a todas las partes interesadas en una disputa sentarían las bases del futuro.

== Notas ==

Meiklejohn sostenía que la radio no es libre porque está subordinada a intereses comerciales y publicitarios. (Todas las notas a pie de página son de la traductora).  

Término acuñado por Caron Chess y Lee Clarke, investigadores de la Universidad de Rutgers, para describir el temor exagerado de los miembros de los grupos privilegiados ante situaciones que están fuera de su control y perciben como amenazas.  

Los whigs (palabra proveniente del término gaélico escocés «whiggamore», «arriero») fueron una facción política británica opuesta a los Estuardo que, entre finales del siglo xvii y mediados del xix, defendió la monarquía constitucional, el parlamentarismo y las libertades civiles frente a sus rivales, los tories (del gaélico irlandés «tóraí», «bandoleros»).

 «Moderation without representation» («moderación sin representación»), adaptación del famoso lema revolucionario «taxation without representation».