[18 artículos sobre Habermas con motivo de su muerte. Este hombre era una cierta solución]
I
Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años, EFE / El País, 14 mar 2026:
El pensador, uno de los más grandes del siglo XX, ha fallecido este sábado en la ciudad de Starnberg, según ha informado su editorial Suhrkamp en un comunicado, citando a su vez a la familia
El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, uno de los más grandes pensadores del siglo XX, ha fallecido este sábado a los 96 años de edad en la ciudad de Starnberg, según ha informado su editorial Suhrkamp en un comunicado, citando a su vez a la familia.
Sus obras principales surgieron en Fráncfort, donde comenzó su carrera en la década de 1950 en el Instituto de Investigación Social junto a Theodor W. Adorno. En 1961 se doctoró en Marburgo con la obra ‘La transformación estructural de la esfera pública’.
Tras unos años en la Universidad de Heidelberg, en 1964 asumió la cátedra de Filosofía y Sociología de Max Horkheimer en la Universidad de Fráncfort. De su conferencia inaugural surgió en 1968 el libro ‘Conocimiento e interés’ (1968). Durante la revuelta estudiantil, Habermas fue percibido como un partidario del movimiento, aunque rechazó su radicalización.
En 1971 se trasladó a Starnberg, cerca de Múnich, donde dirigió hasta 1981 el Instituto Max Planck para la Investigación de las Condiciones de Vida del Mundo Científico-Técnico. En su último año publicó su obra principal, ‘Teoría de la acción comunicativa’. En 1983 regresó a Fráncfort, donde volvió a ocupar una cátedra de Filosofía hasta su jubilación en 1994.
En su vejez, que pasó a orillas del lago de Starnberg, se pronunció sobre cuestiones políticas, como la guerra de Kosovo, la investigación sobre el cerebro o los conflictos religiosos. Una característica de su discurso oral era la dificultad para hablar debido a una fisura palatina congénita.
II
Habermas: el filósofo que creyó que convencer era posible, en El País, Máriam Martínez-Bascuñán, 14 mar 2026:
Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena.
Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.
Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.
La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.
Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.
Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.
La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.
III
Jürgen Habermas, el último intelectual, en El País, por Fernando Vallespín, 14 mar 2026:
Con la muerte del pensador alemán se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo.
El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.
En su empeño por reivindicar el poder de esta dimensión de la razón, Habermas probablemente haya sido también el último ilustrado, la roca en el camino de la filosofía posmoderna, su némesis. Es curioso cómo ese carácter tan abierto y afable que lo caracterizaba podía mutar enseguida en el intelectual indignado y sin concesiones, siempre dispuesto a elevar su voz contra todo aquello que a su juicio se desviaba de las promesas y las exigencias de cualquier sistema democrático. Ningún tema le era ajeno, ni desperdiciaba ninguna ocasión para hacerse presente en el espacio público -ese ámbito que tanto contribuyó a teorizar- cada vez que asomaba cualquier indicio de irracionalismo político. En su día fue calificado como la “conciencia de la República Federal”, por su casi siempre irreprimible presencia en cualquier debate de su país, que poco a poco fue ampliándose a Europa u otros acontecimientos internacionales. Cada vez que carecíamos de guía intelectual frente a algún gran acontecimiento, ahí estaba Habermas para orientarnos. La última ocasión que recuerdo, hace escasos meses, fue con motivo del retorno de Trump, la guerra de Ucrania y Europa. Ay, Europa, eso por lo que tanto venía luchando.
Quiso el destino que el último libro de Habermas -Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la democracia deliberativa (Trotta, 2025)- volviera sobre el mismo tema que, 60 años antes, contribuyera a hacerle famoso. Esta vez, sin embargo, lo hizo para elevar su enorme preocupación por cómo la digitalización, las redes sociales y las plataformas -tanto la estructura como el funcionamiento de la comunicación pública- hacían ya casi imposible el despliegue de una opinión pública compatible con los criterios de legitimación democrática. Antes, nonagenario ya, nos regaló un denso tratado de 1.700 páginas titulado Otra historia de la filosofía. Combinó, así, hasta el final, la atención a la actualidad apoyada en su sólido compromiso cívico, con la reflexión pausada propia del filósofo de raza.
Como nos cuenta Philipp Felsch (El filósofo, Trotta, 2025), sus últimos años estuvieron marcados por la frustración y la desesperanza. “Actualmente, todo a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso”, le confesó. Ante el terrible devenir del mundo político al que estamos asistiendo se veía en el rol del escritor de la época helenística que “conserva la memoria de las promesas incumplidas de su declinante cultura para los nacidos después de él”. Hoy empieza a cundir la impresión de que quizá hayamos entrado en esa fase, en la decadencia de la polis democrática. Pero gracias a pensadores como él no solo hemos aprendido a saber cómo detectar sus insuficiencias, sino también cómo armarnos para defenderla. Descanse en paz.
IV
El mundo después de Habermas, en El País, por Daniel Innerarity, 14 mar 2026:
Solo podremos pensar las nuevas realidades partiendo de la inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que el filósofo alemán deja como legado.
Se escribirán muchos panegíricos sobre Jürgen Habermas, el miembro más destacado de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Se dirá, con toda razón, que es el último de los clásicos, que nadie como él ha conceptualizado el siglo XX, la era que en Alemania llamaban la “República de Bonn”. Nadie fue tan influyente en la comprensión de aquel mundo que se va difuminando y que ya no es el nuestro.
Me voy a permitir, desde el respeto, la admiración y la amistad, señalar algunas cosas que no tuvieron cabida en la monumental obra intelectual de Habermas, aquello que no pudo entender o no encajaba en sus categorías. Habermas no integró el feminismo y las políticas de la identidad en su universo mental, ciertas dimensiones de la complejidad de la sociedad contemporánea, la potencia arrolladora de la digitalización, el crecimiento de los movimientos reaccionarios, la incapacidad de Europa de hacer lo que todo el mundo sabe que tiene que hacer. La idea de que en una situación ideal de diálogo se impone “la fuerza del mejor argumento” nos parece un ejercicio de candidez en una época en la que la verdad le importa menos a la gente de lo que pensábamos. Esto no es un reproche sino todo lo contrario: un elogio de esa ingenuidad intelectual desde la que le resultó muy difícil entender las fuerzas disruptivas o la negatividad en la historia.
Recuerdo una conversación en su casa de Starnberg en la que yo, tal vez con demasiada osadía, pero con todo el respeto del que soy capaz, le advertía de estas realidades que estaban fuera de su construcción intelectual y le animaba a pensarlas. Me contestó diciendo: eso tendréis que hacerlo vosotros, los de la tercera generación. No sé si seremos capaces, pero estoy convencido de que únicamente lo haremos si tomamos como referencia, aunque sea para desbordarla en algunos aspectos, esa inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que nos deja como legado.
Daniel Innerarity, discípulo de Habermas, es miembro del Consejo del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, sede de lo que fue la célebre Escuela de Fráncfort, y de cuya tercera generación forma parte.
V
Muere Jürgen Habermas, la conciencia de la última oportunidad para la razón y para Europa, en El Mundo, por Luis Martínez, 14 marzo 2026:
Considerado el pensador más grande e influyente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, su trabajo replantea la Ilustración como proyecto inacabado siempre detrás de una nueva teoría de la razón. Su carácter de polemista y opinador impenitente sobre la actualidad le señala como el último gran intelectual
Intentar resumir la ingente producción filosófica, sociológica y hasta literaria de un pensador inabarcable y polemista tenaz como Jürgen Habermas se antoja tan aventurado como probablemente imposible. Cuando con motivo de la publicación de la colección de sus textos filosóficos en 2009 se vio él mismo obligado a describir el alcance y sentido de su trabajo, confesó que todo su esfuerzo desde hace décadas consistía "en aclarar las condiciones bajo las cuales los propios implicados pueden responder racionalmente tanto preguntas morales como preguntas éticas". En román paladino, o simplemente de la más vulgar de las maneras, se diría que buena parte del pensamiento del último gran baluarte de la tradición ilustrada (de eso se trata frente a las veleidades y confusiones pos y tardomodernas) se fundamentó y pugnó por el entendimiento, por la comprensión desde el diálogo, por la construcción de un espacio común y racional. En palabras de Ferrater Mora: "Los esfuerzos de Habermas se encaminan hacia una nueva teoría de la razón, que incluya asimismo la práctica, es decir, una teoría que sea al mismo tiempo justificativa y explicativa".
Lo que siempre pretendió Habermas, pues, fue reconfigurar los parámetros para un pensamiento global en un mundo global, un empeño a la altura de únicamente los grandes: Kant, Hegel, Marx o él mismo. "Discutir es más importante que comer", llegó a decir un hombre que jamás se refugió ni en la teoría ni en la desmesurada altura de su cátedra para no participar en cuanto debate público se cruzó en su camino: desde la herencia del nazismo al silencio vergonzoso de los suyos pasando por la construcción de Europa o, mucho más recientemente, por la guerra en Ucrania. Se peleó, por así decirlo, con Peter Sloterdijk, con Michel Foucault, con John Rawls, con el sociólogo neoliberal Wolfgang Streeck especialmente y hasta con el papa Benedicto. Con todos discutió, a todos comprendió y a todos rebatió.
Su muerte a los 96 años, deja a la Academia, así en general, sin el pensador más importante, influyente y total (por su constante empeño de sincretismo con todas las ramas del pensamiento, todas las escuelas y todas las tendencias y hasta modas), y la sociedad entera, también así en general, queda sin su referencia moral más inquieta, respetada e iluminada.
Nació en Düsseldorf, pero su infancia transcurrió en Gummersbach, no lejos de Colonia. Su padre, en calidad de su alto cargo de la Cámara de Comercio e Industria, colaboró, aunque solo fuera por omisión, con el régimen. Durante la guerra, el crío Jürgen es alistado en las juventudes hitlerianas. Nunca llega a participar en la guerra, pero el totalitarismo nazi marcará su biografía de forma definitiva. Su compromiso con la democracia le llevó de forma radical a denunciar de todas las maneras posibles a todos aquellos que se readaptaron a la nueva sociedad surgida del gran conflicto sin purgar sus culpas.
Las biografías más aceleradas le señalan como el último representante de la Escuela Crítica de Fráncfort. De hecho, se incorporó al Instituto de Investigación Social en 1955. Su padrino no era otro que un Theodor Adorno sorprendido por la capacidad de análisis y sagacidad de un jovencísimo pensador que con tan solo 24 años publicó un artículo definitivo y ya mítico en el periódico Frankfurter Allgemeinen Zeitung con el sonoro título "Pensar con Heidegger contra Heidegger". La publicación produjo un auténtico shock en una sociedad que luchaba por salvar la figura descomunal del autor de Ser y tiempo de todas sus torpezas y compromisos inconfesables durante, otra vez, el nazismo. Por entonces, pocos eran los que podían imaginar que ese impertinente polemista acabaría por ocupar el lugar del personaje objeto de su crítica hasta el punto de pasar a la historia como el Hegel de la República Federal.
En la institución madre de la célebre Teoría Crítica y responsable de reformular la teoría marxista después de Hitler y Stalin, Habermas duró poco. Enseguida surgieron desavenencias con su director, Max Horkheimer, del que, por cierto, heredaría la cátedra.
"Las etiquetas que les cuelgan a las teorías más bien dicen algo acerca de la repercusión de los malentendidos que acerca de la teoría misma", comentó posteriormente para dejar claro sus diferencias con esa Escuela de Fráncfort de la que sin renegar tampoco se sintió nunca heredero. Y seguía: "Yo partí de lo más sórdido de la antigua Teoría Crítica, que había tematizado las experiencias que se tuvieron con el fascismo y con el estalinismo. Aunque después de 1945 nuestra situación era distinta, esta mirada desilusionada a las fuerzas motrices de una dinámica autodestructiva de la sociedad fue lo primero que me llevó a buscar aquellas fuentes de la solidaridad recíproca que todavía no estaban completamente secas".
En definitiva, y como escribe su biógrafo Stefan Müller-Doohm, "en lugar de vivir de las rentas de la herencia de la Teoría Crítica, Habermas transformó esa teoría haciéndole dar un giro desde la teoría social hasta la teoría de la comunicación".
Su primer gran logró se plasmó en el libro fundamental Historia y crítica de la opinión pública en 1962. Por primera vez, Habermas se confiesa el mejor y último gran lector de la Ilustración y habla de la modernidad, no desde el derrotismo turbio de sus mayores, sino como un proyecto en marcha e inacabado. La vieja y brillante idea de que detrás de la modernidad se encuentran los campos de exterminio como consecuencia necesaria y nunca admitida es rebatida con una pasión por el futuro y, sobre todo, por Europa completamente inédita.
Habermas plantea el pensamiento como un arma contra la desilusión, como un oficio de constructores, como un antídoto contra la izquierda derrotista. Cuando el panorama de la cultura fuera inundado por el magnético y glamuroso posestructurlaismo francés, el filósofo de Dusseldorf encontraría el justo enemigo que todo gigante necesita para hacerse aún más fuerte.
Lo que surge a continuación no es uno, sino mil Habermas en conversación constante y extenuante con todas las ramas del saber de manera casi obscena. Habermas lo sabe todo, discute con todos y a todos coloca en su sitio. El filósofo, que nació con el paladar roto y cuya voz de metal navegando por frases interminables superpobladas de subordinadas se diría que le condenaban a un solipsismo, pronto se convirtió en la referencia de todos. Todo su empeño desde entonces, de la mano de la construcción de la Teoría de la acción comunicativa, la ética del discurso y la teoría de la democracia deliberativa, consiste en dar con patrones normativos desde los que fundamentar una teoría social crítica que dé respuesta a las contradicciones de un capitalismo tardío que escapa a las categorías clásicas de explotación y dominación, de infraestructura e ideología, para hacerse mucho más voluble, serpenteante, calculador y hasta siniestro.
Para llegar a este espacio de racionalidad, la filosofía no se bastaba sin el concurso de las ciencias sociales. Inicia así una refundación y reapropiación de los pilares básicos que fundamentan la democracia liberal detrás de los presupuestos institucionales que subyacen a la dimensión pública de la razón y del propio lenguaje. Figuras como Karl-Otto Apel o Richard Rorty le acompañarán en un viaje que incluye la relectura de Weber, Parsons o Luhmann.
Y todo ello, sin dejar en ningún momento de ofrecer la suya a cuanta polémica saltaba a la palestra. Este hombre, que en 1971 es nombrado director del Instituto Max Planck de "investigaciones para las condiciones de vida del mundo científico-técnico" hasta que en 1983 vuelve a su cátedra de Fráncfort, en la que se jubiló en 1993; este hombre, que siempre fue amante de los deportes de invierno y gran esquiador; este hombre, que quizá soñó con ser también arquitecto hasta el punto de diseñar su propia casa según los patrones del racionalismo más clásico; este hombre, que presumió de ser un viajero impenitente; este hombre, decíamos, nunca renunció a, efectivamente, ser solo un hombre.
Se embarró hasta las cejas en el llamado "debate de los historiadores" en cuanto atisbó el menor amago de condescendencia, comprensión o justificación con el pasado nazi desde las cátedras más desenfadadamente liberales. Qué no habría dicho sobre el revival franquista de algunos por aquí. Se fajó con Sloterdijk a vueltas del debate sobre la manipulación genética. Entró siempre al trapo cada vez que alguien discutió la idea de Europa con ocasión de la guerra de Ucrania y hasta colocó a Macron (aquel Macron, que no éste) como ejemplo a seguir. Que no habría dicho del avance de los euroescépticos trumpistas de extrema derecha de ahora si la actualidad no le hubiera cogido con las fuerzas ya mermadas. Y hasta acertó a reformular, desde la comprensión (que no duda), más profunda buena parte de su pensamiento racional hasta el agotamiento en el debate mantenido con el aún cardenal Ratzinger sobre la relación entre fe y razón.
En 2019 sorprendió con el que es probablemente su último gran texto (aunque en 2022 publicara otro más: La nueva transformación del espacio público y la democracia deliberativa). Por sorpresa y como el que empieza de nuevo, se decidió a reescribir entera la historia del pensamiento, de todo él. Fue quizá en un último intento por discutirlo todo, por encontrar la raíz de lo común, de lo que hace al hombre ser hombre, de lo que constituye la esencia del mismo lenguaje. Una historia de la filosofía (cuyo primer volumen en la editorial Trotta responde al nombre de La constelación occidental de fe y saber) se ocupa de los últimos 2.500 años de la humanidad. Nada más.
El que escribe (que asistió a una lección de Habermas en el Instituto Goethe de Madrid cuando estudiaba Filosofía de demasiado joven) se encontró con el filósofo un día de primavera en el Kunsthalle de Hamburgo. Pura casualidad. Iba con su mujer. Como un fan idiota, les siguió durante un rato. Se detuvieron delante de El mar de hielo de Caspar David Friedrich. En el cuadro, grandes bloques de hielo aparecen superpuestos como una extraña catedral en mitad del Ártico. En un lateral, sin apenas importancia y ajeno al tema mismo del cuadro, se intuyen los restos de un naufragio, apenas el recuerdo del esfuerzo y el empeño de un hombre en un paisaje inaccesible y desolado. Me vale como metáfora del más grande pensador que ha dado la humanidad tras la Segunda Guerra Mundial.
VI
Habermas: un filósofo cívico y partidario de la causa de la civilización frente a la destrucción, la sospecha y la duda, en El Mundo, por Javier Gomá, 14 marzo 2026:
Su razón no fue la instrumental, sino la lingüística, comunitaria y comunicativa, que abre el camino a la emancipación del ciudadano.
Jürgen Habermas es uno de los últimos grandes del pensamiento contemporáneo, probablemente sin heredero, que incluso en nuestros tiempos fragmentarios, recelosos y descreídos, se atreve a proponer una Gran Filosofía.
Por contraste con los pensadores franceses de su época (Derrida, Foucault, Deleuze), es un firme creyente en los valores de la Ilustración y comprometido con la razón (Habermas destacó este contraste con el pensamiento francés en su libro Discurso filosófico de la modernidad, de 1985).
Ahora bien, la razón por la que aboga no es la famosa "razón instrumental", que según Weber era la única razón moderna y que llevó a la Escuela de Fráncfort a caer en contradicciones y misticismos. Habermas criticó duramente esta razón instrumental ya en su primer gran libro, Conocimiento e interés (1968).
Su razón no es esta razón instrumental (individual, positivista, controladora), sino una razón lingüística, comunitaria y comunicativa,que abre el camino a la emancipación del ciudadano.
Esta clase de racionalidad colectiva es expuesta con mucha amplitud en su Teoría de la acción comunicativa (1981), donde, en diálogo con otros filósofos y sociólogos, formula su utopía de una "situación ideal del habla".
Por tanto, filósofo con visión totalizadora, ilustrado, propositivo, defensor de la racionalidad ética-política, y con ideal emancipador. Es un filósofo cívico y partidario de la causa de la civilización, lo que lo singulariza en un pensamiento contemporáneo que con frecuencia tiende a la destrucción, la sospecha, la duda, el nihilismo y los minimalismos.
Javier Gomá es filósofo, escritor y director de la Fundación Juan March
VII
Patio Global. Caza al filósofo alemán Habermas por pedir negociaciones con Moscú, en El Mundo, por Carmen Valero, 28 febrero 2023:
Le caen las críticas a Jürgen Habermas tras cuestionar declaraciones sobre la guerra entre Rusia y Ucrania.
Quién. A sus 93 años, está considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del mundo y una autoridad moral entre el liberalismo de izquierdas.
Qué. El filósofo acaba de publicar un ensayo en el que se muestra partidario de entablar conversaciones con Rusia para tratar de poner fin a la guerra y evitar más pérdidas humanas. Su opinión ha sido muy criticada e incluso se le ha reprochado "estar al servicio de Putin".
Cuando la narrativa de la victoria se impone a la de la paz, apostar por una salida negociada a la guerra de Ucrania te convierte automáticamente en indeseable. La última víctima de esta especie de macartismo es el filósofo Jürgen Habermas, uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del mundo.
Antes de la guerra, Habermas era la autoridad moral del liberalismo de izquierdas en Alemania. Se le consideraba un anciano sabio y reflexivo, uno de los pocos académicos capaces de intervenir en los debates políticos sin resultar aburrido o embarazoso. Escuchar, relajarse, reflexionar. Ésas eran a grandes rasgos las premisas para que prevaleciera el mejor argumento. Éste es, por cierto, el tema de su principal obra, la Teoría de la acción comunicativa.
Habermas acaba de publicar un largo ensayo pronunciándose a favor de las negociaciones entre Ucrania y Rusia. Eso molestó a muchos políticos y la llamada prensa de calidad, que, de repente, convirtió al filósofo en un viejo chocho e ignorante, en un hombre del enemigo. Abierta la veda, el viceministro de Asuntos Exteriores ucraniano, Andrij Melnyk, tuiteó: "Que Jürgen Habermas esté tan descaradamente al servicio de Putin me deja sin palabras. Una vergüenza para la filosofía alemana. Immanuel Kant y Georg Friedrich Hegel se revolverían en sus tumbas".
Habermas no consideró que en política lo que cuenta no es el mejor argumento, sino el mejor insulto.
En su ensayo, el filósofo se mostró de acuerdo con el planteamiento de que Ucrania no debía perder la guerra, pero cuestionó declaraciones como "debemos superar el miedo a querer derrotar a Rusia". ¿Cómo puede hacerse eso?, se pregunta Habermas. Él está seguro de que "una larga guerra se cobrará aún más vidas y destrucción y, al final, nos enfrentará a una elección desesperada: o intervenir activamente en la guerra o, para no desencadenar la tercera guerra mundial entre potencias con armas nucleares, abandonar a Ucrania a su suerte". Habermas rechazó ambas opciones y propuso el "restablecimiento del statu quo de antes del 23 de febrero de 2022", lo que fue interpretado por los medios y muchos políticos como una idea entre ingenua y cínica. Tampoco gustó que ligara el suministro de armas por parte de Occidente con la responsabilidad de poner fin al conflicto.
En 1968 se publicó la antología La izquierda responde a Jürgen Habermas, pero esa izquierda ya no existe. La mayoría, incluido los otrora pacifistas Verdes, están en el frente, por supuesto ideológico, delante del ordenador en el salón de su casa. En el pensamiento programado, Habermas es un virus y la forma de eliminarlo es recelando de un hombre que ha llegado a los 93 años con una mente más clara de lo que muchos jóvenes tendrán nunca.
Habermas comenzó su carrera académica en 1956 en la Universidad de Fráncfort como ayudante de Theodor W. Adorno y ha recibido todos los premios posibles, incluido el John W. Kluge, considerado el Nobel no oficial de Humanidades, por su doble papel de filósofo de renombre mundial e "intelectual público". El ex ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, se refería a Habermas como "el filósofo de la nación". Claro que Fischer era otro tipo de Verde.
VIII
Habermas advierte contra la relativización de las creencias cristianas, en Abc, por Rosalía Sánchez 13/10/2025:
Califica de «paradójica» una comprensión de la religión que pone entre paréntesis sus creencias, las suspende, las considera obsoletas y, en cambio, la permite como una forma de vida segura que se alimenta de cualquier esperanza
A sus 96 años de edad, Jürgen Habermas publica ya sólo con motivo de invitaciones muy selectas, como el volumen titulado 'Den Diskurs bestreiten. Religion im Spannungsfeld zwischen Erfahrung und Begriff' ('Contestando el discurso: la religión en la tensión entre la experiencia y el concepto'), de Nomos Verlag, un homenaje de autores alemanes al filósofo Thomas M. Schmidt. En una pieza breve, pero significativa, Habernas condensa su pensamiento postsecular en torno al papel de la religión en la esfera pública e insiste entre la necesidad de diálogo entre razón secular y tradición religiosa. El texto de cinco páginas, titulado 'Ein Geburtstagsgruß' ('Un saludo de cumpleaños'), no presenta un argumento sistemático, sino una serie de reflexiones que reafirman su postura sobre la «traducción» de contenidos religiosos al lenguaje secular.
«La razón secular sigue dependiendo de actos de traducción si no quiere fosilizarse en una autosuficiencia normativa», advierte el filósofo alemán, que insiste en que «las tradiciones religiosas contienen contenidos semánticos que no pueden agotarse en el lenguaje moral o jurídico». Habermas sostiene que la modernidad no puede prescindir de las fuentes religiosas de sentido, siempre que estas se hagan accesibles mediante una «traducción discursiva» que respete la pluralidad democrática. Esta idea, desarrollada en obras anteriores como 'Zwischen Naturalismus und Religion' (2005), se subraya aquí en tono más personal y con una carga simbólica de despedida.
El texto sobrio, reflexivo y cargado de respeto intelectual, evita por completo la polémica y la confrontación, para dejar paso a una invitación a la apertura filosófica. Convierte el saludo de cumpleaños en una oportunidad para reiterar que «la filosofía debe seguir siendo receptiva a lo que no puede decirse del todo en su propio lenguaje». Habermas califica de «paradójica» una comprensión de la religión que pone entre paréntesis sus creencias, las suspende, las considera obsoletas y, en cambio, la permite como una forma de vida segura que se alimenta de cualquier esperanza. No deja de marcar una «disidencia» de larga data con su alumno Schmidt, que todavía habla de una «práctica religiosa de la fe» incluso cuando se trata de una «actitud religiosa dirigida de regreso a la inmanencia» en la que «la felicidad de una realización que trasciende todo lo mundano interno ya no es importante».
Para Habermas, la «consistencia» del concepto de religión está en juego si al ser humano «que dice adiós a las esperanzas de la vida después de la muerte y a las ideas de salvación» todavía se le concede el estatus de esperanza cristiana. Previene contra la relativización de la esencia del cristianismo y, después de su trabajo sobre la filosofía de la religión 'Auch eine Geschichte der Philosophie' ('También una historia de la filosofía'), se detiene de nuevo en el concepto funcional teológicamente prevaleciente de la religión, ya que determina en gran medida la proclamación cristiana, cuando las creencias se reducen a su plausibilidad antropológica y permanecen «extrañamente indeterminadas en términos de contenido». Habermas ve en la nivelación sustantiva de la esperanza religiosa un cambio que llega «a las raíces del teísmo» y promete relevancia social en la medida en que «menos se adhiere al núcleo dogmático de una religión monoteísta de salvación y más claramente se despide de una orientación hacia la vida después de la muerte y la promesa explícitamente divina de salvación».
Todavía activo intelectualmente, aunque con apariciones públicas cada vez más escasas, Habermas sigue regalando los frutos de una mente lúcida y comprometida. Aunque ya no concede entrevistas extensas ni participa en debates públicos como antes, sigue publicando reflexiones sobre Europa, la esfera pública, la religión y la democracia. En sus últimos artículos, como 'Nur ein Gruß – und die Ermunterung zu fortgesetztem Denken', también en un homenaje a 'Konrad Ott' ('Metropolis Verlag', Marburg, 2025), ha celebrado el pensamiento ético y ambiental, con un tono reflexivo sobre la continuidad del diálogo filosófico. El titulado 'Europa debe seguir adelante con su integración y autodefensa, el pasado mes de marzo en Süddeutsche Zeitung, analiza las consecuencias de la política exterior de Trump y afirma que «desde una perspectiva europea, esta ruptura histórica tiene consecuencias de gran alcance, tanto para el curso futuro y el posible fin de la guerra en Ucrania como para la necesidad, la voluntad y la capacidad de la Unión Europea de encontrar una respuesta redentora a la nueva situación. De lo contrario, Europa también se verá arrastrada a la vorágine de la superpotencia en declive» y reconoce que «fue un error político imperdonable que Alemania en particular, con su confianza inquebrantable en la «unidad de Occidente», eludiera repetidamente el desafío evidente de fortalecer la capacidad de acción internacional de la Unión Europea». En esta última etapa de su pensamiento, Habermas ha desplazado el foco desde la teoría pura hacia una crítica directa de los acontecimientos políticos actuales. Ya no se limita a analizar las condiciones ideales del discurso, sino que interviene activamente en el debate, preocupado por la irracionalidad política y el riesgo de una tecnocracia autoritaria disfrazada de democracia formal.
IX
Muere Jürgen Habermas, el último intelectual del siglo XX, en La Razón, por David Hernández de la Fuente, 14.03.2026:
El filósofo, con incontables aportaciones que han dado forma a la modernidad, ha fallecido a los 96 años
Ha muerto Jürgen Habermas, el último gran pensador de la segunda mitad del siglo XX, el superviviente postrero de la escuela de Fráncfort de teoría crítica que revolucionó el postmarxismo y luego todo el debate público de las democracias europeas. Fue el intelectual público, a veces incómodo, que alzó la voz contra las injusticias, convenciones y lugares comunes. En cierto sentido ha sido la conciencia crítica y polémica de Europa y, desde su impugnación de Heidegger a su postura ante la desinformación en la era post-pandemia o en conflictos como el de Ucrania o el de Gaza, ha demostrado por qué, como en tiempos de Sócrates, filosofar es meterse en problemas y no evitar la discusión: «El intelectual tiene que poder indignarse», decía. Es acaso el último gran titán que encarnó ese papel de la intelectualidad en la cultura europea.
Su peso en la esfera pública –un concepto que, por cierto, le debe todo– empezó a notarse de forma notable ya desde los convulsos sesenta y setenta, cuando propuso una nueva crítica del capitalismo, con especial incidencia en su República Federal Alemana y en todo el occidente democrático. Su obra amplia y variada ha cambiado para siempre la historia de las ideas en busca de una normatividad adecuada y racional para una teoría social crítica y para una esfera pública democrática, ya desde su primer libro «Historia y crítica de la opinión pública» (1962). Alejándose progresivamente, como toda su escuela, de las ideas de la revolución proletaria, defendió el imperio de la razón, con raíces griegas, entre racionalidad y racionalización social. Desde su quehacer en la epistemología su obra discurrió desde lo abstracto a la filosofía del lenguaje y luego hasta cuestiones más concretas de movimientos sociales, legitimación política y demás temas variados que siguieron la infatigable curiosidad de este gigante del pensamiento que ha fallecido nonagenario. Desde su fundacional «Conocimiento e interés» (1968), en plena oleada del mayo francés, criticó la teoría del conocimiento positivista que predominaba entonces y el interés técnico por el control, sentando las bases de un modelo que contemplaba otros intereses legítimos, con énfasis en el conocimiento hermenéutico y liberador que representó en su día la teoría social crítica.
En pos de una nueva emancipación a través del cuestionamiento de las llamadas estructuras de poder, pasó luego a centrarse en la filosofía del lenguaje para procurar una explicación de la racionalidad desde la interacción lingüística, de carácter básico para la democracia. Ahí se vio una rehabilitación singular de la retórica en la esfera pública, con su idea de la acción comunicativa, con los actores sociales implicados en un proceso comunicativo desde tres demandas universales, la verdad, la legitimidad normativa y la sinceridad. En esta suerte de «nueva sofística», básica para la construcción de una sociedad democrática moderna entre facciones dispares, se valoraba la práctica argumentativa con una situación ideal del discurso en la que había de pesar la fuerza del mejor argumento, acaso un eco de aquella teoría de los antiguos sofistas de la Atenas de Pericles, que no en vano se reivindican también hoy como precursores de la teoría política de la democracia, con su pasión por el pacto y el punto de encuentro entre extremos. La ética comunicativa de Habermas, en búsqueda de bases de validez para el discurso, superó las críticas de eurocentrismo al indagar en los universales que trascienden lo local y elaboran un discurso filosófico actual y universalmente válido basado en el potencial de la racionalidad.
Sus libros y nociones han ido dando forma a la modernidad con incontables aportaciones: ética, política, teoría del conocimiento, filosofía del lenguaje, teoría de la comunicación, etc. La fuerza del pensamiento libre y de la argumentación son dos claves de su devenir filosófico. Por supuesto que también –como el más joven epígono de Adorno y Horkheimer– a través de las llamadas esferas culturales, donde para él se realizan las demandas de la ciencia, el derecho y el arte. En la teoría social, igualmente, ha estudiado la colonización de las esferas de la vida social según los intereses económicos y político-administrativos del capitalismo, con la parcelación del dominio de lo real en busca de un control efectivo. Y asimismo se ha centrado en la problemática legitimación de ese tardocapitalismo que lo quiere controlar todo, indagando en intersticios de emancipación frente a sus poderes omnicomprensivos (por cierto que, últimamente, en la era de las redes, también omniscientes gracias al control de la información). En su extensa vida fue testigo de excepción del totalitarismo, la construcción y la caída del Muro de Berlín, el 68, el “otoño alemán”, la reunificación, la Guerra del Golfo, el 11-S o la COVID. Conque Habermas pudo mediar en todos los debates sociopolíticos, desde el poscolonial, el del fin del comunismo y la Guerra Fría, hasta el mundo multipolar, desde la pandemia a la polarización en las redes sociales, entre otras muchas cosas. Su obra es la de un titán del pensamiento político, un nuevo sofista demócrata, un impugnador de todas las convenciones, una conciencia siempre despierta y un filósofo agudo cuya obra ha quedado ya en el Olimpo de las ideas.
X
Obituario. Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años, en La Vanguardia, María-Paz López Rodríguez, 14/03/2026:
El pensador y sociólogo, referente de la teoría crítica y la democracia deliberativa, ha fallecido en Starnberg, según confirmó su editorial.
El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, uno de los grandes pensadores europeos de la segunda mitad del siglo XX, falleció este sábado a los 96 años en la ciudad bávara de Starnberg, según anunció en un comunicado su editorial, Suhrkamp, informada a su vez por la familia. Habermas, filósofo muy influyente en el ámbito occidental, ofreció una visión de la sociedad moderna y la interacción social en su extensa obra, que trascendió las fronteras de las disciplinas académicas y filosóficas.
Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas se formó en filosofía en la posguerra alemana. Sus temas abarcaron desde la confrontación con el pasado nacionalsocialista en los inicios de la República Federal de Alemania (RFA) hasta el avance tecnológico y sus consecuencias para la sociedad moderna. Publicó más de 50 libros, traducidos a innumerables idiomas.
Escribió sus principales libros en Frankfurt, donde inició su carrera en 1956 en el Instituto de Investigación Social bajo la dirección de Theodor W. Adorno. En 1961, en la Universidad de Marburgo obtuvo la habilitación –titulación académica alemana superior al doctorado y necesaria para enseñar en la Universidad como profesor titular- con su obra La transformación estructural de la esfera pública.
Gran legado intelectual
Jürgen Habermas articuló en su abundante obra una ética del discurso y un modelo de democracia deliberativa. Tras unos años en la Universidad de Heidelberg, sucedió a Max Horkheimer en 1964 como catedrático de Filosofía y Sociología en la Universidad de Frankfurt. Su primera conferencia se convirtió en 1968 en el libro El conocimiento y los intereses humanos. Durante las protestas estudiantiles de esos años, Habermas fue percibido como partidario, pero rechazó la radicalización del movimiento. Habló de fascismo de izquierda, lo que provocó su ruptura con el movimiento.
En 1971 se trasladó a Starnberg, cerca de Munich, donde hasta 1981 dirigió el Instituto Max Planck de Estudio de las Condiciones de Vida en el Mundo Científico-Técnico. En su último año allí publicó su obra principal, La teoría de la acción comunicativa. En 1983, regresó a Frankfurt, donde volvió a ser profesor de Filosofía hasta su jubilación en 1994.
Su nombre ha quedado asociado para siempre a conceptos como la “esfera pública” y la “acción comunicativa”, con los que defendió la posibilidad de una racionalidad basada en el diálogo entre ciudadanos libres e iguales, frente al peso de los poderes económicos, mediáticos y burocráticos. En obras clave como Historia y crítica de la opinión pública y, sobre todo, la citada Teoría de la acción comunicativa, Habermas articuló una ética del discurso y un modelo de democracia deliberativa que inspiraron a generaciones de filósofos, juristas, sociólogos y responsables políticos dentro y fuera de Alemania.
En sus últimos años, que pasó junto al lago Starnberg, se pronunció sobre temas políticos como la guerra de Kosovo, la investigación cerebral y los conflictos religiosos. En octubre del 2001, recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes. Allí habló sobre las consecuencias de los atentados terroristas yihadistas del 11 de septiembre: “La guerra contra el terror no es una guerra, y el terrorismo también expresa, diría yo, el fatídico y silencioso choque de mundos que, más allá de la violencia silenciosa de los terroristas contra los misiles, deben desarrollar un lenguaje común”.
Hasta una edad avanzada, Jürgen Habermas mantuvo una intensa actividad intelectual, con ensayos, conferencias y voluminosos tratados dedicados a la historia de la filosofía, la crisis del proyecto europeo o los desafíos que plantean la biotecnología, la globalización y el auge de los populismos. Su muerte cierra una etapa del pensamiento crítico europeo, pero deja como legado una defensa tenaz de la democracia constitucional y del ideal, siempre frágil, de un espacio público en el que la fuerza del mejor argumento prevalezca sobre el ruido y la desinformación.
XI
Habermas: el pensar comunicativo, por Norbert Bilbeny, en La Vanguardia, 14/03/2026:
Hasta hace pocas horas podíamos decir que Habermas es el filósofo vivo más importante. Creo que no hay dudas al respecto. Aunque se consideró, quizás por algo de modestia intelectual, un teórico social, lo cierto es que además y sobre todo era un filósofo, y como tal abarcó todos los campos del pensar: de la ética a la religión, de la teoría de la comunicación a la política, de la estética a la teoría del lenguaje y, últimamente, de la tecnología digital. Autor de más de cuarenta libros, puso en cada uno de ellos un enfoque social actual, toda la documentación posible y su característico empeño crítico.
La filosofía habla al fin y al cabo del mundo y éste es uno y debe ser observado desde la distancia crítica. Habermas sigue en este sentido la visión globalizante de sus maestros de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, y en general la habitud germánica por profundizar sin perder la perspectiva distante. Conversando hace años con José Ferrater Mora, éste sólo le objetaba al pensador alemán ser demasiado extenso en sus obras. Ciertamente, El discurso filosófico de la modernidad, la Teoría de la acción comunicativa y Facticidad y validez son libros de amplio contenido, pero son obras seminales, sin las cuales no se llega a fondo en debates tales como el sentido de lo moderno, de la democracia y del sujeto en la sociedad plural.
Otras obras suyas afrontan cuestiones candentes como como la unidad europea, el Estado nacional, la identidad religiosa o el futuro del género humano ante el desafío tecnológico. Para casi toda polémica contemporánea de envergadura había y hay que consultar el análisis riguroso y la toma de posición independiente de Habermas. Ahora, en cambio, los profesionales de la filosofía tratan de aspectos técnicos de la propia filosofía y no se dirigen al público, como los pensadores que han influido en el mundo. Y buena parte del resto de la filosofía practica más bien un pensamiento neoconservador de autoayuda y evasión del mundo.
Habermas es un espejo de los tres últimos cuartos de siglo y un testimonio de la gran crisis que padece la filosofía desde Nietzsche, vaciada en casi todos sus campos por las especialidades de la ciencia. El mismo es uno de los principales protagonistas de la sustitución de problemas clásicos como el Ser, la Consciencia o el Sujeto por, respectivamente, los nuevos conceptos de Mundo, Lenguaje y Acción. De alguna manera fusiona estos tres en su cuerpo teórico principal, el de la “Acción comunicativa”, del que se desprenden ideas como el consenso racional, la democracia deliberativa o el patriotismo constitucional, este último como alternativa al nacionalismo. Desafortunadamente el ultranacionalismo populista de nuestros días desoye tales principios y prefiere el disenso sistemático al consenso racional como instrumento, no hay otro, para construir sociedad.
Norbert Bilbeny es Catedrático y exdecano de Filosofía de la UB.
XII
Hace 20 años. Jürgen Habermas, en 'La Vanguardia': “El cálculo económico sustituye a la moral”, en La Vanguardia, por Guillem Cerdà, Barcelona, 14/03/2026:
El filósofo alemán concedió en el 2006 una entrevista donde, entre otras cuestiones, reflexionaba sobre el regreso de la religión al centro del debate público
La muerte este sábado de Jürgen Habermas cierra una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Filósofo central de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y autor de obras fundamentales como Historia crítica de la opinión pública (1962) o Teoría de la acción comunicativa (1981), Habermas concedió en el 2006 una entrevista a Justo Barranco, periodista de La Vanguardia, donde reflexionaba sobre algunos de los grandes dilemas de nuestra época. Uno de ellos, el regreso de la religión al centro del debate público, algo que muchos pensaban que estaba superado en las sociedades secularizadas.
El filósofo recordaba que algunos acontecimientos ya habían anticipado ese giro, como la revolución iraní o el auge de los fundamentalismos religiosos. Pero fueron episodios como los atentados de comienzos de siglo los que obligaron a mirar el fenómeno con más atención. “Los atentados del 11-S, así como el atentado de Madrid, han vuelto nuestra atención con gran fuerza hacia el mal uso de la religión como arma política”, afirmaba, solo dos años después de aquellos episodios.
A partir de ahí, Habermas planteaba una preocupación algo más amplia sobre el rumbo de las sociedades contemporáneas. “Me he vuelto escéptico en relación con una modernización que amenaza con perder su propia base normativa en el derecho y la moral”, explicaba. El problema, a su juicio, era el avance de la lógica económica en ámbitos que antes estaban regulados por principios políticos o morales.
Sobre los “cálculos del beneficio”
“El cálculo económico sustituye a la moral”, venía a resumir. El propio filósofo lo explicaba con ejemplos muy concretos: “Piense en el cálculo económico, que invade la justicia y que socava el derecho penal”. Y añadía otros casos: “La privatización de la guerra, de la administración de prisiones, del suministro de energía y del sistema sanitario”.
Cuando decisiones fundamentales pasan a depender exclusivamente de cálculos de beneficio, advertía, las bases normativas de la sociedad se debilitan. “Las regulaciones normativas, así como las legislativas y las morales, están desapareciendo y son sustituidas por cálculos de beneficios”.
Ese proceso podía hacer que la modernidad “descarrilara”. Por eso Habermas defendía algo que en su momento suscitó cierto debate: que la razón secular debía mantener una “actitud abierta” hacia las tradiciones religiosas, si bien insistía en que el poder político debía seguir siendo neutral. “El poder estatal debe legitimarse mediante consideraciones seculares regidas por la razón”, afirmaba. La soberanía popular y los derechos humanos seguían siendo, para él, las bases del “constitucionalismo moderno”.
Al mismo tiempo consideraba que las comunidades religiosas habían conservado experiencias morales que no conviene despreciar, donde “se han ido formando y conservando prácticas de respeto, cuidados y ayuda mutuos”. Y añadía que esas tradiciones “aguzan nuestras sensibilidades para aquello que Adorno denominó una vida ‘dañada’”.
Sobre la integración cultural
En Europa, advertía, la integración cultural no puede entenderse como una adaptación unilateral. “La integración de inmigrantes procedentes de otras culturas y religiones no es una calle de sentido único”, decía. “Los recién llegados deben aprender la lengua y las normas del país, pero las sociedades de acogida también deben ampliar sus horizontes para comprender nuevas formas de vida”.
Frente a las teorías que auguraban un enfrentamiento inevitable entre culturas, Habermas se mostraba optimista. “Los pronósticos que auguran un choque de civilizaciones inevitable son erróneos”, aseguraba.
XIII
Jürgen Habermas, la fecundidad de las Humanidades y la Teoría Crítica de la Sociedad, en El País, Adela Cortina, 15 mar 2026:
Recordó que la comunicación busca el entendimiento, que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos
Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.
Habermas ha mostrado con su extraordinaria obra, entre otras muchas cosas, que las humanidades y las ciencias sociales son imprescindibles para construir sociedades emancipadas, libres de ideología. Como miembro de la Escuela de Fráncfort intentó superar el triunfo de la razón instrumental, que todo lo mercantiliza, todo lo convierte en objeto, en medios para otros fines, de modo que a los seres humanos nos resulta imposible ponernos de acuerdo en fines últimos y construir juntos una mejor sociedad. El camino para lograr esa superación fue la Teoría de la Acción Comunicativa, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos, el mundo de la intersubjetividad, que —como bien decía Hannah Arendt—, nunca debería ser dañada.
Junto a Karl-Otto Apel, su maestro y amigo entrañable, Habermas recordará que la comunicación busca el entendimiento, la Verständigung. Que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos.
Sin ejercer ese poder comunicativo, que es también una forma de poder, la democracia es imposible, porque es imposible el ejercicio de la razón pública mediante una política deliberativa.
En estos tiempos en que la democracia se encuentra en horas bajas en el nivel mundial, no digamos ya la fortaleza de la Unión Europea, que parece incapaz de encontrar acuerdos, recordar este núcleo de la filosofía habermasiana y ponerlo en vigor se hace necesario.
Ese núcleo se amplía a una teoría crítica de la sociedad, una ética comunicativa, una teoría normativa de la democracia deliberativa, una reflexión sobre el Estado democrático de Derecho, necesario para proteger los derechos humanos e inevitablemente posnacional, el proyecto de una Europa vigorosa, comprometida con los derechos políticos y sociales a diferencia de China o Estados Unidos, y un futuro cosmopolita.
Ciertamente, Habermas es un humanista que dialoga con las propuestas relevantes de filosofía y de ciencias sociales, incluida la discusión sobre el papel de las religiones en un mundo postsecular. Pero también con las ciencias naturales en asuntos como las biotecnologías o la defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas que hoy resucitan el positivismo de los sesenta y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.
Desde ese humanismo apuesta por un cosmopolitismo incluyente a través de la vía europea, que sigue siendo la gran opción. De hecho, en el discurso de recepción del mencionado premio Príncipe de Asturias 2003 Habermas recuerda unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu (…) compatriota en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa —añadirá Habermas por su cuenta— “no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales”.
Y todo ello, ¿desde dónde? Según cuenta Habermas, Marcuse y él se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.
XIV
La mirada de Habermas y quienes quieren olvidarla, en El Confidencial, por Por Elena García-Guitián, 15/03/2026:
Las políticas avanzadas por la UE en la última década son el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar
El fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas este sábado nos deja sin la mirada lúcida de alguien que ha seguido con detalle todos los cambios políticos acaecidos desde la Segunda Guerra Mundial. Desde esas experiencias, filtradas por su mirada ilustrada, había participado recientemente en debates tan actuales como el abordaje de la guerra de Ucrania, el rearme europeo o la disrupción generada por las redes sociales en las esferas públicas democráticas. La diferencia respecto a otros muchos opinadores de actualidad es que esa mirada se anclaba en su gran empresa filosófica y política de fundamentación de las democracias contemporáneas. Dejando aparte las etiquetas, consideraba que las instituciones y procedimientos de las democracias constitucionales —con su potencial deliberativo e inclusivo— son los que permiten una mejor implementación de los principios democráticos. Y, en un mundo convulso, creía que el carácter democrático de los Estados europeos solo se podría mantener potenciando el proyecto europeo. Frente a la deriva que veía en los Estados Unidos —donde avanzaba el ideal de gestión corporativa apoyada en las nuevas tecnologías digitales, que celebra la abolición de la política y refleja un nuevo tipo de autoritarismo— seguía defendiendo el rol de unos ciudadanos informados que contribuyen a formar la opinión pública con objeto de influir en la política institucional. Y consideraba que la Unión Europea, en un mundo multilateral en transición, podía ser capaz de usar su peso económico para defender sus convicciones normativas. Un añadido que a algunos, como a su compatriota von der Leyen, les parece que ya no es posible mantener. Sin embargo, en la última década la visión deliberativa habermasiana de la democracia se ha asumido como principio de legitimidad fundamental en las instituciones y políticas de la Unión. Desde la crisis económica que abrió enormes grietas en el proyecto europeo, la reivindicación de un pedigrí democrático ha sido una constante que ha constituido el eje principal en la lucha contra la desinformación en un contexto de desconfianza institucional, polarización política y de transformaciones tecnológicas que otorgan un poder enorme a grandes corporaciones y han cambiado la producción y circulación de la información política.
En este contexto, la UE ha justificado su políticas y regulación como estrategia para aumentar la resiliencia democrática en nuestras sociedades tensionadas, responsable de garantizar una esfera pública secura frente a intolerables distorsiones generadas por las nuevas plataformas y los que las utilizan para socavar nuestras democracias, desde dentro y fuera de ellas, especialmente la maligna influencia extranjera de regímenes autoritarios. Toda esa estrategia —como se expone por ejemplo en el Plan Europeo de Acción para la Democracia (EDAP)— está trufada de referencias habermasianas que otorgan un papel normativo esencial a los medios de comunicación en la articulación de la opinión pública, lo que permite que los ciudadanos actúen políticamente de forma libre a la hora de formar sus juicios o de participar en las elecciones. En un contexto disruptivo de posverdad en el que se ignoran los hechos y las informaciones con pretensiones de veracidad sobre cuestiones políticas relevantes, los ciudadanos dejan de compartir espacios comunes de reflexión y discusión, y los medios tradicionales renuncian a su responsabilidad democrática, sustituidos por plataformas que no siguen ningún estándar ético para filtrar la información. Por eso en sus últimos trabajos Habermas reivindicó su concepción de la democracia para enfatizar las exigencias normativas que implica (frente a versiones degradadas que adelantan una deriva autoritaria) y que mantiene la autonomía de la política y promueve la implicación de los ciudadanos —en sus diferentes roles— a través de la participación en la deliberación pública.
Y esa estructura es la que inspira las diferentes políticas europeas focalizadas en la lucha contra la información que abarcan cuestiones de seguridad, educación ciudadana, supervisión de las plataformas digitales (DSA) o regulación de medios de comunicación (EMFA), ahora ampliadas en la nueva estrategia planteada con el “Escudo Demócratico”. Es el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar. Vivimos tiempos de desapego con una forma de intentar organizar nuestros sistemas políticos y sus relaciones reflejada en esos “principios democráticos e internacionales” que muchos dan por finiquitados. Los que, como Habermas, dedicaron toda una larga vida a justificarlos, explicarlos y defenderlos, no pueden irse tranquilos en un momento en el que se quiere hacer creer que son dispensables para adaptarse, sin más, a las nuevas realidades.
Elena García-Guitián es catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Forma parte de la Jean Monnet Partnership Spain, que colabora con El Confidencial para la publicación de análisis de temática europea.
XV
Por qué el legado de Jürgen Habermas es tan importante, por Stefan Dege, en Deustsche Welle, 15 de marzo de 2026:
El filósofo y sociólogo alemán fue uno de los pensadores más influyentes del último siglo. Falleció el 14 de marzo de 2026 a los 96 años.
Su voz resonaba fuerte. Como el filósofo reconocido que era, Jürgen Habermas se había convertido en una suerte de referente intelectual alemán, uno que era oído cuando daba una declaración. El sábado se conoció la noticia de su deceso, a los 96 años.
En 2001, cuando recibió el Premio de la Paz de la Asociación Alemana del Libro, fue presentado por la entonces alcaldesa de Frankfurt Petra Roth como un hombre de "pensamiento incansable" y "juicio incorruptible". Sin duda, Habermas contribuyó en gran medida a la reputación cultural alemana en todo el planeta.
La democracia como tema central
Cuando Habermas hablaba, normalmente abordaba cuestiones sociales relevantes. "El tema de la democracia recorría la teoría de Habermas como hilo conductor", afirmó hace años su biógrafo Stefan Müller-Doohm en conversación con DW. "La democracia era la 'palabra mágica' de su pensamiento". El sistema económico capitalista debe ser "domesticado" a través de medios democráticos, afirmaba.
La preocupación de Habermas por la democracia surgió de sus propias experiencias. Nacido el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf y criado en Gummersbach, Habermas se formó durante el nazismo y fue reclutado como artillero auxiliar antiaéreo. Tras la caída del Tercer Reich, Habermas aún era un adolescente, pero la cuestión de las consecuencias del colapso de la civilización alemana lo inquietaban. Una experiencia decisiva fue la de darse cuenta en 1945 "de haber vivido bajo un régimen criminal y de que se había producido un retroceso hacia la barbarie", como declaró en una oportunidad.
Los juicios de Auschwitz y el "caso Spiegel" hicieron que el nacionalsocialismo, que Habermas solo consideraba derrotado militarmente, volviera a la palestra. El "caso Spiegel", ocurrido en 1962, fue una experiencia formativa, dijo. Reporteros del semanario Der Spiegel fueron investigados por traición a la patria por un artículo donde exponían las capacidades defensivas de Alemania Federal. El editor de la revista, Rudolf Augstein, pasó más de 100 días en prisión preventiva.
Posteriormente, en la década de 1980, Habermas criticó duramente al historiador Ernst Nolte, quien estableció paralelismos entre los crímenes nacionalsocialistas y los estalinistas. Habermas consideró esto una relativización de la crueldad del Holocausto, a su juicio única.
Teoría del análisis social crítico
Tras estudiar filosofía, economía y literatura alemana (1949-1954), Habermas trabajó como periodista. Sus publicaciones despertaron el interés de Theodor Adorno, fundador junto a Max Horkheimer de la llamada "teoría crítica" de la Escuela de Frankfurt. Con este nombre era conocido un círculo de intelectuales en torno a Horkheimer, filósofo y director del Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Sus investigaciones se centraban en cómo el pensamiento ilustrado, que prometía a la humanidad la liberación de las fuerzas de la naturaleza y la superstición mediante la razón, pudo haber degenerado en la barbarie del nazismo.
Adorno llevó a Habermas al instituto de Frankfurt y lo introdujo en su teoría del análisis social crítico. En resumen, esta busca revelar los fundamentos ideológicos y los mecanismos del poder. Debido a que Horkheimer rechazaba la mirada marxista de Habermas, este tuvo que completar su preparación en Marburg. Dos años después, regresó a Frankfurt y sucedió a Horkheimer como profesor de filosofía y sociología.
Conflicto con la izquierda
Habermas siempre se preocupó por una visión global de las cosas. Para él, lo importante era la perspectiva general y estaba dispuesto a defenderla con su característica combinación de reflexión filosófica e intervención intelectual. Sus escritos solían ser políticamente explosivos, aunque sus estudiantes solían quejarse de la complejidad de los textos del filósofo.
A finales de la década de 1960, Frankfurt era uno de los bastiones de las protestas estudiantiles y muchos jóvenes veían a Habermas como su mentor. Pero a medida que el movimiento se radicalizaba, el académico lo empezó a ver con más distancia. Su libro Die Scheinrevolution und ihre Kinder acusa el fascismo y activismo de los manifestantes de izquierda. Muchos reaccionaron con indignación en Alemania ante esta definición.
En 1971, Habermas se convirtió en codirector del recién fundado Instituto Max Planck en Starnberg, cerca de Múnich. Allí publicó su obra magna de dos volúmenes Teoría de la acción comunicativa (1981), en la que desarrolló una especie de manual de acción para la sociedad moderna. Según su teoría, solo el lenguaje como medio de comunicación hace posible la acción social. Sus preguntas centrales son cómo hacer realizables en una democracia el "forzamiento no coactivo del mejor argumento", la "situación ideal de habla" y el "discurso exento de dominación".
Habermas como asteroide
No fue hasta 1983 que Habermas regresó a Frankfurt, donde enseñó filosofía hasta su jubilación en 1994. Sin embargo, incluso estando retirado, intervino en los debates sociales alemanes. Así, en 1999 apoyó la controversial intervención de la OTAN en la guerra de Kosovo. "Si no existe ninguna otra opción, los vecinos democráticos deben poder brindar ayuda de emergencia con la legitimidad del derecho internacional", señaló el pensador.
Como defensor de la integración europea, Habermas señaló varias veces las deficiencias democráticas que mostraba la UE. En relación con la crisis del euro, advirtió contra medidas de austeridad demasiado rígidas y abogó por expandir la unión monetaria hacia una democracia "supranacional", en la que los Estados-nación renunciarían a una mayor soberanía.
En los últimos años, Habermas mostró una mirada sombría del estado del mundo. En su libro de conversaciones de 2024 Es musste etwas besser werden, el filósofo critica el hecho de que ante las numerosas crisis "la conciencia de las élites políticas de Occidente se vea cada vez más absorbida por la lógica de la guerra".
Según el autor, Occidente parece carecer de una visión coherente. Así, tras el ataque de Rusia contra Ucrania, que violó el derecho internacional, faltó una "iniciativa oportuna ante la barbarie de la guerra, en cuyo estancamiento y falta de perspectivas Occidente es corresponsable". Como resultado, el destino de Ucrania -que "con suerte resistirá lo suficiente"- ahora depende en gran medida de los resultados de las elecciones en Estados Unidos.
Por su compromiso social, Habermas recibió innumerables premios y reconocimientos. La bibliografía secundaria de su obra suma más de 14.000 libros y artículos, incluyendo numerosas tesis doctorales. Habermas fue miembro electo de las academias científicas de Rusia, Estados Unidos e Israel, entre otros países. Incluso un asteroide descubierto en 1999 en los confines del Sistema Solar lleva su nombre. Sin duda la estrella de este pensador alemán seguirá brillando más allá de la filosofía
XVI
Jürgen Habermas: “El derecho al asilo es un derecho humano”, por Stefan Reccius 2 de octubre de 2015, en Deutsche Welle:
DW habló con el sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien acaba de recibir el premio John W. Kluge, y le planteó cinco preguntas sobre las políticas de asilo, cultura, religión e intervenciones militares.
El sociólogo alemán Jürgen Habermas y el investigador canadiense Charles Taylor recibieron el premio John W. Kluge en Washington el pasado martes (29.9.2015). El galardón es percibido como el máximo reconocimiento posible para la obra de un filósofo y viene dotado con 1,3 millones de euros. En la Biblioteca del Congreso estadounidense, Deutsche Welle aprovechó la oportunidad de entrevistarlo para plantearle cinco preguntas sobre migración, asilo, cultura, religión e intervenciones militares.
Deutsche Welle: Profesor Habermas, el mundo moderno se enfrenta constantemente a rupturas y nuevos desafíos. Como muestra, un botón: las migraciones desde el Cercano Oriente, África y el oeste de los Balcanes hacia Europa. Desde el punto de vista de la filosofía, ¿cómo se debe reaccionar ante este fenómeno?
Jürgen Habermas: El derecho al asilo es un derecho humano y todo aquel que pida asilo político debe ser tratado justamente y, dado el caso, ser acogido, con todas las consecuencias que eso trae. Esa es la respuesta básica, pero en situaciones como ésta no es especialmente interesante.
La llamada ‘crisis de los refugiados’ ha hecho que la Unión Europea esté más dividida que nunca. ¿Cree usted que el bloque comunitario esté amenazado por la erosión de los valores y las convicciones que también usted asocia con la Unión Europea?
Lo que estamos viendo es el divorcio entre Gran Bretaña y algunos Estados de Europa Oriental, por un lado, y el núcleo de la unión monetaria, por otro. Este conflicto era de esperarse. Este conflicto tiene que ver con las fechas de ingreso de ciertos países al bloque comunitario. Muchos de los Estados del este de Europa que se integraron a sus filas en el pasado reciente no tuvieron tiempo suficiente para emprender el largo proceso de adaptación político-mental que Alemania emprendió durante cuarenta años, desde 1949 hasta 1989. Y ni siquiera hablemos de las grandes diferencias económicas que todavía existen entre unos países comunitarios y otros…
¡Alemania y Francia, que se vieron obligadas hace mucho tiempo a poner en marcha una política europea mucho más activa, están llamadas a desarrollar esa política europea, dejando claro que ellas esperan cooperación para responder a la cuestión de los refugiados! Nos quedamos dormidos mientras la crisis tomaba forma. Y, sin embargo, debo decir una cosa: yo tenía muchos años sin sentirme tan satisfecho con el Gobierno alemán como me sentí a finales de septiembre. La señora Merkel articuló una frase que me sorprendió y que yo hallo respetable; ella dijo: ‘Si ahora tenemos que disculparnos aquí por mostrarle una cara amigable a quienes necesitan nuestra ayuda, este ya no es mi país’.
Después de que cientos de miles de personas con diferentes perspectivas religiosas y culturales llegan a un país, el siguiente paso por dar es el esfuerzo de integrarlos. ¿Hay alguna clave filosófica para que el proceso de integración por venir funcione?
Hay una base común sobre la cual debe tener lugar la integración y esa base común es la Constitución. Sus preceptos son principios que deben ser discutidos en un debate amplio y democrático, no cincelados en piedra. De todos aquellos que acojamos debemos esperar que respeten nuestras leyes y aprendan nuestro idioma. Y también debemos esperar que los principios de nuestra cultura política queden anclados con talante normativo en la segunda generación, entre sus hijos e hijas.
En 1999, usted defendió la controvertida intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo. ¿Apoyaría usted también una misión militar de fuerzas occidentales que luche contra el régimen de Bashar al Assad en Siria o contra el autoproclamado Estado Islámico?
Esa es una pregunta difícil; no es una que pueda responder con un simple ‘sí’ o ‘no’. La Guerra de Irak, que yo critiqué desde el primer día, y también los conflictos armados en Afganistán, Mali y Libia, nos hicieron tomar consciencia de que las potencias que intervinieron no estaban preparadas para asumir las responsabilidades derivadas de esas intervenciones. Cuando hablo de deberes me refiero al compromiso de fomentar durante décadas la construcción de las estructuras estatales de los países intervenidos. Gracias a esas experiencias sabemos ahora que, en la mayoría de los casos, las intervenciones militares empeoran las circunstancias en los países afectados. En 1999, yo apoyé la intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo con muchas reservas; eso es algo que se olvida con el tiempo. Pero para decir si yo respaldaría esa misión de nuevo necesitaría pensarlo con más tiempo.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en suelo estadounidense, el periodista franco-alemán Peter Scholl-Latour pronosticó que los grandes conflictos del futuro serían de índole religiosa. La historia parece darle la razón, considerando el auge de las corrientes más extremistas del Islam. ¿Qué hacer frente a ese fenómeno?
Pero es que, en esencia, el fenómeno al que usted alude no es un conflicto religioso. Estamos frente a conflictos políticos definidos como si fueran religiosos. El fundamentalismo religioso es una reacción a fenómenos de desarraigo que se vieron catalizados en la Modernidad por el colonialismo y las políticas post-coloniales. Por eso creo que es ingenuo describir los actuales como conflictos religiosos.
XVII
Habermas: filósofo bandera de Alemania , por Kersten Knipp / Eva Usi, en Deustche Welle, 18 de junio de 2009:
Jürgen Habermas es uno de los intelectuales que más han marcado el clima político e intelectual de la post-guerra alemana. El filósofo alemán, que cuenta con lectores en el mundo entero, cumple 80 años.
Considerado el intelectual que dió contenidos al movimiento del 68 y último representante de la Escuela de Fráncfort, después de Theodor Adorno y Max Horkheimer, Jürgen Habermas nació en Düsseldorf el 18 de junio de 1929. Como a otros intelectuales de su generación, las ideologías totalitarias de principios del siglo XX, sobre todo el nazismo, marcaron su pensamiento, fueron el punto de partida de su enseñanza académica y se reflejaron en sus comentarios sobre el acontecer político contemporáneo.
Cuando Habermas recibió en el 2001 el Premio de la Paz de los libreros alemanes en la Feria del Libro de Fráncfort, en reconocimiento a su obra que “ha transmitido a más de una generación los conceptos claves sobre la situación intelectual del momento”, el filósofo, refiriéndose a los ataques del 11 de septiembre, que acababan de ocurrir, advirtió que las raíces del terrorismo están más que en la pobreza, en los “sentimientos de humillación”.
Ante la primera plana política alemana presente en la Iglesia Paulskirche de Fráncfort, Habermas advirtió que la guerra contra el terrorismo no es guerra y que en el terrorismo se expresa también un choque fatal de mundos que, más allá de la violencia muda de los terroristas y los proyectiles, deben desarrollar un lenguaje común.
¿Cómo se pudo llegar al nazismo?
Quien vive a la edad de 16 años como él, el fin de la Segunda Guerra Mundial, no puede menos que preguntarse qué ocurrió para que la situación llegara a ese extremo. ¿Qué pasó a los alemanes, que eligieron en 1933 a un antisemita delirante y vulgar como canciller? Pero sobre todo, ¿como evitar que se repita una constelación semejante? Habermas declaró al nacionalsocialismo y para ser más exactos, el Holocausto, como el acta de fundación de la República Federal de Alemania.
En su texto titulado “Conocimiento e interés”, reflexión con la que Habermas inauguró su cátedra en Fráncfort en 1965, el filósofo estudia las relaciones existentes entre conocimiento e interés y muestra que el conocimiento siempre depende de ciertos intereses. En cualquier campo en el que se reflexione, se encuentra uno en una sociedad de competencia. Y eso significa que todo el que reflexiona, también persigue objetivos concretos que a menudo son de utilidad personal. El buscar conocimientos no es un acto inocente, es también la búsqueda de ventajas. Sin embargo el interés en sus distintas manifestaciones, es la guía del conocimiento y de las distintas ciencias.
Teoría sobre la sociedad moderna
En 1981 Habermas publicó su "Teoría de la acción comunicativa", en la que, siguiendo la tradición de la Escuela de Fráncfurt, el filósofo esboza una teoría de la sociedad moderna en la que aplica los métodos de la filosofía combinados con los de la sociología. “En las sociedades modernas, escribe Habermas, sólo es posible una comprensión pacífica cuando los ciudadanos acuerdan mutuamente sus propios intereses”.
En 1968 recriminó al movimiento estudiantil, que lo había adoptado como referente, perseguir vehementemente intereses como la introducción de una violencia intolerable. Tras esta recriminación se distanció durante muchos años del movimiento estudiantil, pero eso no disminuyó su disposición a la confrontación. Treinta y cinco años después protestó vehemente contra la ofensiva militar estadounidense en Irak, los insuficientes controles en los mercados financieros que dividen a la sociedad cada vez más.
El abanico de temas en los que Habermas ha polemizado, desde la ingeniería genética, el retorno de las religiones y la migración, lo convirtieron en el filósofo más incisivo en Alemania que siempre subrayó la dinámica y el cambio como el principio fundamental de las sociedades modernas.
“Ya sea que se aborde la integración de familias de trabajadores inmigrantes, o de ciudadanos de antiguas colonias, la lección siempre es la misma: no es posible una integración sin una ampliación del propio horizonte, sin la disposición de ampliar el espectro de olores y pensamientos e incluso de experimentar disonancias cognitivas dolorosas”, dijo Habermas.
Habermas es un símbolo de emancipación, que introdujo una cultura de debate, saludable políticamente, que trataba de alejarse del estilo autoritario que imperó en Alemania en décadas anteriores. “La filosofía no es algo elevado ni edificante, pero ha contribuido a hacer la paz un poco más estable en Europa”, ha llegado a decir Habermas, quien es celebrado con motivo de su 80 aniversario, como el gran filósofo del siglo XX.
XVIII
“Nobel”de Filosofía para Jürgen Habermas, en Deutsche Welle, por Klaus Krämer / Stefan Reccius (JAG/ CP), 30 de septiembre de 2015:
Jürgen Habermas y el filósofo canadiense Charles Taylor reciben en Washington el Premio Kluge por su trabajo sobre cuestiones fundamentales de la filosofía política.
El mundo moderno cambia continuamente y nada lo detiene. Cuestiones filosóficas como esta imprevisible modernidad forman parte de la obra del alemán Jürgen Habermas y el canadiense Charles Taylor, trabajo por el cual recibieron el Premio Kluge, equivalente al “Nobel” de Filosofía. “Estoy contento de recibir el premio y ser el primer alemán en hacerlo”, aclaró a DW antes de la entrega.
A partir de mediados de los sesenta, Habermas trabajó como profesor invitado en universidades estadunidenses. El galardón, otorgado por el Centro John W. Kluge, de la Biblioteca del Congreso de Washington, se concede desde 2003 para promover pensadores que van más allá de las disciplinas de los premios Nobel. Entre los ganadores están la historiadora india Romila Thapar, el filósofo francés Paul Ricoeur y el antiguo presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso. Cuando se habla de este premio como una promoción no se trata de una exageración, puesto que está dotado con 1,5 millones de dólares y supera incluso al Nobel.
El origen del galardón se remonta a la ciudad alemana de Chemnitz. John W. Kluge creció allí como hijo de un ingeniero que falleció en la I Guerra Mundial. Su madre contrajo matrimonio con un germano-estadounidense y se mudaron a Detroit, donde Kluge trabajó cómo vendedor de zapatos hasta llegar a ser jefe. Como empresario, invirtió después en alimentación y medios, hasta tener numerosas cadenas de radio y televisión. A partir de los 90 se convirtió en mecenas y en el año 2000 donó 60 millones a la Biblioteca del Congreso, partida de donde salió el premio para Habermas y Taylor.
Habermas y la “Acción Comunicativa”
Nacido en 1929, Jürgen Habermas estudió en Gotinga y Bonn. A partir de 1956 investigó en el Instituto de Investigación Social de Fráncfort, un semillero de jóvenes activistas de izquierda que también inspiró los movimientos del 68. Su obra gira, sobre todo, en torno al espacio público donde, según Habermas, se produce un proceso de comunicación guiado por la razón que mantiene unida a la sociedad. Las teorías de ambos ganadores insisten en la compresión del individuo y su conexión social, argumentó la concesión James H. Billington, director de la Biblioteca del Congreso. Además, Billington alabó a los premiados por la “profundidad filosófica de sus perspectivas políticas y morales”.
Siempre comprometido con el discurso público, Habermas se tomó un momento también para comentar a DW su visión filosófica sobre el tema de los refugiados en Europa: “El derecho de asilo es un derecho humano y se debería tratar con justicia a los que lo solicitan y aceptarlos con todas las consecuencias”, aclaró. Europa se ha dormido durante la crisis y hace tiempo que se exige a Francia y Alemania que desarrollen una política europea común, también sobre cooperación en la política de refugiados. Por otra parte, aunque suele ser crítico con el Gobierno de Berlín, alabó la reacción alemana: “Hace muchos años que no estaba tan contento con el Gobierno alemán como ahora”.
En 1999, Haberman defendió la intervención de la OTAN en Kosovo diciendo: “Si no hay otra forma, los países democráticos vecinos tendrán que prestar ayuda legitimados por el derecho internacional”. Una opinión que también defendería hoy sin dudarlo en referencia al régimen de Assad en Siria. “Las intervenciones militares en Irak, Afganistán, Mali o Libia nos mostraron que los poderes que intervienen no están dispuestos a asumir las consecuencias. Es decir, construir estructuras estatales. Por eso, en muchos casos la intervención ha empeorado la situación en vez de mejorarla”, explicaba.
Sobre su aprobación de la intervención en Kosovo, Habermas lo hizo entonces con muchas “objeciones”, pero eso se olvida rápido. “Los filósofos son cautos”, aclaró el galardonado, e intentan preparar el camino a las nuevas generaciones. Por eso, Habermas dedicará parte de la dotación a un premio para promover a los jóvenes talentos en la Universidad de Fráncfort, la escuela donde acumuló muchos de sus méritos académicos.