sábado, 24 de octubre de 2026

Opinión de Cervantes sobre los moriscos

BERGANZA:

[...] Saliéndome de Granada, di en una huerta de un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome que no me querría para más de para guardarle la huerta: oficio, a mi cuenta, de menos trabajo que el de guardar ganado. Y, como no había allí altercar sobre tanto más cuanto al salario, fue cosa fácil hallar el morisco criado a quien mandar y yo amo a quien servir. Estuve con él más de un mes, no por el gusto de la vida que tenía, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de todos cuantos moriscos viven en España.

¡Oh cuántas y cuáles cosas te pudiera decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin en dos semanas! Y si las hubiera de particularizar, no acabara en dos meses; mas, en efeto, habré de decir algo; y así, oye en general lo que yo vi y noté en particular desta buena gente.

Por maravilla se hallará entre tantos uno que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que, ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos y que cada día ganan y esconden, poco o mucho, y que una calentura lenta acaba la vida como la de un tabardillo; y, como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas: todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la del robarnos. De los doce hijos de Jacob que he oído decir que entraron en Egipto, cuando los sacó Moisés de aquel cautiverio, salieron seiscientos mil varones, sin niños y mujeres. De aquí se podrá inferir lo que multiplicarán las déstos, que, sin comparación, son en mayor número.

CIPIÓN.-   Buscado se ha remedio para todos los daños que has apuntado y bosquejado en sombra: que bien sé que son más y mayores los que callas que los que cuentas, y hasta ahora no se ha dado con el que conviene; pero celadores prudentísimos tiene nuestra república que, considerando que España cría y tiene en su seno tantas víboras como moriscos, ayudados de Dios, hallarán a tanto daño cierta, presta y segura salida. Di adelante.

BERGANZA.-   Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta, sustentábame con pan de mijo y con algunas sobras de zahínas, común sustento suyo; pero esta miseria me ayudó a llevar el cielo por un modo tan estraño como el que ahora oirás.[...] (Cervantes, El coloquio de los perros)

Evitar ser una persona diana

 [Tomado de Vicente Garrido, Personas diana, 2026]

 Introducción. Ensanchar el ojo del huracán

Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto.

(Charles Dickens, Historia de dos ciudades)

El mundo con frecuencia es difícil de comprender y manejar. El mal es un hecho real y radical de la existencia, como lo pueda ser una mesa o una montaña, aunque a veces hay que saber mirar para descubrirlo. No me ocuparé aquí de su manifestación más estruendosa o atroz, la que se ejerce contra gran número de personas (o contra todo un pueblo o nación) por parte de responsables políticos —cuando el mal es tan ominoso que, en palabras del filósofo George Steiner, «derrota al lenguaje», es decir, ni siquiera puede ser descrito—; ni tampoco de la que se da en la vida civil por asesinos múltiples que matan a varias (o muchas) personas en una sola secuencia, o bien cometen homicidio de forma serial.

En cambio, sí atenderé a la maldad derivada de la violencia que ejerce el psicópata, el manipulador por excelencia, pues representa al ser humano más preparado para desplegarla en el ámbito de las relaciones interpersonales y familiares. Tomado en conjunto, en todo su proceder potencialmente violento, constituye sin duda una amenaza global, hasta tal punto que considero que hoy vivimos en la era de la psicopatía y, por ello, urge denunciar el mal y defender la vida entendida como un proyecto con un profundo significado humano y, por consiguiente, espiritual. La violencia de la que hablo en estas páginas en ocasiones será constitutiva de delito, pero con mucha frecuencia, debido a la dificultad de probarla en los tribunales, o porque adquiera la cobertura de un «mal cotidiano», quedará en manos de la persona que la sufre —a la que llamo «persona diana»— el protegerse frente a ella y dar una cumplida respuesta.

No puedo ahorrarte el dolor o el sufrimiento, y si pudiera, dudo de que fuera una acción inteligente. El mundo no es un lugar justo; ya tengas creencias religiosas o no, está claro que en la tierra que pisamos con frecuencia los malos son recompensados y los buenos escarnecidos. Los psicópatas son muy conscientes de esta realidad, solo que para ellos los «buenos» son los idiotas y los malos los «inteligentes», es decir, ellos mismos. Pero para los que aspiramos a ser personas decentes está claro que nuestro paso por la existencia no puede regirse por un mero cálculo utilitarista de quién obtiene bienes o privilegios. Si este fuera el caso, sería juicioso meterse en el crimen organizado o cometer delitos (con una buena cobertura ante la posible acción de la justicia). La persona con un criterio moral comprende que la principal satisfacción proviene de hacer las cosas adecuadas de forma correcta, porque es en el interior de nuestra conciencia respetada y en el efecto de nuestros actos en el cuidado de los otros donde encontramos nuestros momentos más felices. Así pues, frente a los reveses e injusticias de la vida, la mejor actitud para afrontarlos consiste en aceptar y abrazar en su plenitud el misterio de la existencia mientras luchamos por dar sentido a nuestro breve lapso de vida en un universo eterno e infinito.

La metáfora del ojo del huracán

En mi libro anterior, El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, presenté al filósofo Philip Hallie (fallecido en 1994), quien dedicó su vida a estudiar la violencia más cruel, fuertemente impactado por sus experiencias como artillero durante la Segunda Guerra Mundial. En sus investigaciones como profesor de Filosofía se obsesionó por poder comprender el extraordinario episodio sucedido en Le Chambon —un pequeño pueblo de Francia— en los años de la ocupación alemana, durante el cual toda la población contribuyó a salvar a 5 000 personas, la mayoría niños, de una segura deportación y muerte, aun a riesgo de sus propias vidas. ¿Qué sentido tenían acciones como estas en medio de una devastación global? Hallie opinaba que el Mal (en mayúsculas) solo podía ser contenido mediante una fuerza superior; a la violencia psicopática de los nazis únicamente cabía oponerle una violencia aún más letal para defender la vida de los inocentes. ¡Cinco mil vidas salvadas eran una gota de agua ante los millones de asesinados por los nazis! ¿Cómo podía servir una acción así, a pesar de su extraordinaria generosidad, para vencer al Mal?

Esta inquietud ante la cuestión de la utilidad de la bondad ante los malvados —más allá de la necesaria fuerza a utilizar para neutralizarlos— llenó las cavilaciones de Hallie a lo largo de varios años, hasta que llegó un momento de serendipia en que comprendió la enorme importancia de los gestos de bondad como el protagonizado por Le Chambon. El huracán Gloria atruena en el campo donde está su familia; se refugian en la cocina del hogar, en espera de escapar a la destrucción que reina en el exterior:

No se trataba de un mero sonido [...] era más bien un sentimiento masivo de un poder devastador tragándose el cuerpo y la mente de cualquiera [...]. Entonces, de modo súbito, vino la paz. Miré hacia arriba y el cielo estaba pálido, una palidez azulada que cubría toda la granja. Había pájaros volando plácidamente por ese cielo, e incluso las hojas de los árboles apenas se movían. ¡Estábamos en el ojo del huracán! Nosotros [...] nos mantuvimos unidos, cogiéndonos de las manos, pero ahora sentíamos una sorprendente calma. El terror de antes había dejado paso a una ternura que compartíamos los cuatro y parecía proyectarse hacia el mundo que estaba fuera de esa cocina. Fue en ese momento cuando comprendí el tipo de paz que había hallado en Le Chambon. La paz en ocasiones permanece como el ojo de un huracán en medio justo de toda la exhibición de poder. El poder indiferente y destructivo de la naturaleza o el que proviene de los seres humanos están siempre cerca; rodea la belleza azul de nuestra ternura y siempre amenaza con invadirla, como el viento del huracán rodea su propio ojo. En medio de los crímenes, en medio de la crueldad premeditada y el odio [...] hay un espacio para la paz y la ternura, en el mismo ojo del huracán.

Un propósito fundamental de este libro es destacar la necesidad de renovar nuestro compromiso con una conciencia moral en retroceso en el tiempo de los psicópatas en el que estamos inmersos; ese compromiso pasa necesariamente por adoptar como criterio fundamental de existencia en nuestra vida cotidiana expandir el ojo del huracán en el sentido descrito por Hallie. Hemos de ser capaces de contener la espiral psicopática que está tomando cada vez más fuerza, un huracán que se lleva a su paso nuestros valores más esenciales y nos condena a una vida espiritualmente miserable.

Mi creencia es que los principales responsables son psicópatas integrados o individuos con rasgos notables de psicopatía. Por «espiritualmente» entiendo nuestro sentido de trascendencia, que nos impulsa a otorgar un propósito a nuestra existencia más allá de satisfacer nuestras necesidades personales. (No hemos de confundirlo con el fanatismo religioso organizado, que puede llevar a tratos degradantes, a guerras o al terrorismo.) Hoy en día somos muchos los que pensamos que esa fuerza espiritual contiene las creencias y emociones más poderosas en el ser humano. En su interior se halla el impulso que nos lleva a perseverar frente a las dificultades de la vida y la maldad, las cuales pueden ser particularmente dolorosas o destructivas. Esa fuerza es la que expande el ojo del huracán: cuando la persona diana —que puede ser cualquiera de nosotros en esta era de la psicopatía— se rebela ante las maniobras del psicópata y se esfuerza por darle un sentido ético a su existencia, está combatiendo su fuerza destructiva ampliando la extensión de la concordia y el encuentro humano empático y profundo. A esa fuerza que expande el ojo del huracán la llamo la fuerza espiritual.

Las personas diana

La contención de la psicopatía ha de abordarse desde todos los planos de la convivencia y en cada ámbito social. En este libro voy a centrarme en lo más básico, porque es la primera etapa de un camino que, idealmente, debería alcanzar a todos los grupos, estratos e instituciones sociales: la convivencia con familiares y amigos. Pero conviene tener presente que todos los ciudadanos somos potenciales personas diana de sufrir la influencia del psicópata en nuestras vidas, ya sea de manera íntima (en las relaciones familiares y de amistad) o como miembros de una comunidad en la que estas personalidades puedan ostentar cargos de poder empresarial, institucional o de responsabilidad política.

Así pues, voy a ampliar y profundizar el capítulo que dediqué a este tipo de personalidad en el ámbito de la familia en mi libro El psicópata integrado. Para ello me serviré del detallado estudio que he llevado a cabo en mis archivos personales, nutridos por más de treinta años de análisis de casos. Lo que he hallado es, según mi criterio, muy valioso para quienes sufran o hayan sufrido una relación amorosa o de otro tipo en la interacción social con este grupo de personas, como vecinos o supuestos amigos, así como en el vínculo con padres u otros miembros de la familia.

A diferencia de la obra anterior, más orientada a perfilar la figura del psicópata integrado, la que tenemos ahora en nuestras manos pone el foco en las personas diana y en su empoderamiento mediante el aprendizaje de recursos que les permitan ensanchar el ojo del huracán que supuso su relación con el depredador, para así poder iniciar su curación espiritual.

Aunque todos somos susceptibles de convertirnos en una diana, en este texto nos ocuparemos sobre todo de aquellas personas que han mostrado ser supervivientes de estos individuos, es decir, cuando la persona y su depredador han establecido una relación significativa, más o menos intensa o prolongada, pero aquella ha logrado finalmente liberarse de su influencia. En cambio, reservaremos el término de víctima para subrayar el daño padecido por las acciones de estos. Por desgracia, si bien todos los afectados son —con diferente gravedad— víctimas, no todos llegan a ser supervivientes, porque no todos logran alejarse o descubren cómo hacerlo.

El concepto de «persona diana» es, no obstante, más amplio, pues abarca también a quienes evitan ser «captados» por un psicópata y rehúyen un contacto significativo, por lo que nunca llegan a ser una víctima.

Historias que alumbran el camino

Cuando acabé de revisar todos mis archivos comprendí, por una parte, que las personas diana que habían sobrevivido lo habían hecho con varios grados de éxito; en particular, algunas fueron más rápidas o precoces que otras. Me emocionó mucho pensar que estas últimas podían mostrar a quienes se enfrentan a los psicópatas cuáles son los pasos o medios más eficaces para neutralizar cuanto antes sus acciones destructivas. En sus testimonios hay una fuente de inspiración para quienes atraviesan una situación semejante; son historias de sufrimiento, sí, pero también de triunfo del espíritu.

Creo firmemente en el poder de los relatos como camino hacia la sanación, por lo que concibo necesario contar historias que pongan de manifiesto el mal como origen de esa violencia que busca apoderarse de la vida ajena. Hay que explicar ese modo de actuar; hay que conocerlo, hay que narrarlo. Los psicópatas se ocultan entre las sombras de la normalidad para acecharnos y, si nada los detiene, explotarnos de las diversas maneras que tienen a su alcance. Por esa misma razón, también es necesario contar los relatos que nos infunden esperanza y nos enseñan el camino para derrotarlos. En todos los casos veremos que, para contener y superar ese mal, las supervivientes lograron expandir el ojo de sus huracanes particulares.

Por otra parte, al revisar los estudios sobre las estrategias de confrontación ante personas malvadas o violentas, pude incluir estos hallazgos en marcos más generales de comportamiento. De este modo, lo que hicieron mis supervivientes más «rápidas» para enfrentarse al depredador en cuestión (y liberarse de él) podía fundamentarse en explicaciones sólidas y bien construidas. He comprendido que estas enseñanzas complementan de una manera natural el sistema de alerta y de lucha contra el psicópata que describí en mi libro anterior, un modelo que presento ahora renovado a la luz de estos descubrimientos.

La revolución de la conciencia

Pero no basta con la contención individual ni con la lucha personal contra el psicópata al que podamos enfrentarnos ocasionalmente; no basta, en suma, con una mera respuesta reactiva o defensiva. Como señaló Hallie, el poder negativo ha de ser vencido por un poder positivo aún mayor. Eso exige que las leyes, y quienes las crean y las aplican, se comprometan a impedir que los psicópatas dirijan instituciones, empresas o gobiernos, o que medren en su interior corrompiéndolos. Y en esta observancia han de estar prestos en castigar severamente sus actos de destrucción. Cada vez que una persona así se infiltra en la policía, en los tribunales de justicia, en los equipos médicos hospitalarios, en los departamentos de gestión de las empresas, en los órganos de gobierno de las distintas administraciones..., alimentamos la violencia del huracán, es decir, la maldad en nuestra sociedad.

También es necesaria, por tanto, una respuesta proactiva, incluso ofensiva. Y aquí se sitúa el principio esencial de esta obra, la máxima de expandir el ojo del huracán o, lo que es lo mismo, hemos de lograr que las personas, tanto individual como colectivamente, comprendan que cuanto mayor sea el espacio de paz y solidaridad dentro del furioso vendaval, menor será su capacidad de destrucción. En otras palabras, cuanto más fuerte sea nuestro espíritu, más débil será el psicópata. Esta revolución de la conciencia exige, entre otras medidas, abjurar del modelo tecnológico-consumista exacerbado como único criterio de felicidad, como veremos en el primer capítulo.

Todo ello implica un serio trabajo personal que también nos exige negociar con éxito nuestro lado oscuro, nuestra sombra, nuestros demonios interiores, porque solo así podremos desarrollar un proyecto vital con sentido o propósito. Del mismo modo, supone crear vínculos estrechos con personas honestas, contar al menos con alguien capaz de comprometerse con nuestro cuidado (a quien denomino «persona refugio»), porque el ser humano pudo evolucionar gracias a la solidaridad de la tribu primero, de la comunidad después, y finalmente de la relación amistosa entre diferentes pueblos o naciones.

Ideas en las que se fundamenta esta obra

Como expliqué en El psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, este es el ser humano más peligroso que existe. La razón es que encabeza el pelotón de quienes hacen del mal su proyecto de vida; son individuos que no han establecido una conexión emocional profunda con los demás, no sienten culpa por sus fechorías y poseen habilidades para manipular y aparentar decencia.

Vivimos, como dijo el pensador Antonio Gramsci, en «el tiempo de los monstruos», una época en la que el mundo viejo ya ha perecido y el nuevo aún está por conformarse. Este tiempo es propicio para que el psicópata prospere, por las razones que se exponen en el punto siguiente y más ampliamente en el primer capítulo.

La realidad de nuestra convivencia ofrece un panorama desolador, donde la desinformación, la mentira, la manipulación y la falta de moral se erigen en criterios de comportamiento. Todo ello constituye una negación del progreso espiritual impulsado por el humanismo y por las disciplinas que conforman las humanidades. Aquí aparece una paradoja. Si bien es posible que el progreso tecnológico haya reducido en términos absolutos las tasas de mortalidad por enfermedades o miseria, lo cierto es que asistimos a una degradación espiritual paralela al abandono de esos ideales humanistas, la cual supone una grave amenaza, como lo prueban el incremento constante de los problemas mentales en las sociedades avanzadas; el auge de los modelos autoritarios que emplean el lenguaje del odio como forma principal de comunicación y recuperan la figura del chivo expiatorio para movilizar a las masas; la adopción universal y acrítica del éxito centrado en la riqueza y el poder sobre los demás, con la consiguiente alienación existencial; y el retorno de la guerra como expresión de la diplomacia.

Por todo ello, estamos convocados al esfuerzo conjunto de volver a poner en valor los ideales del humanismo ilustrado que han iluminado nuestro progreso durante siglos —incluido el progreso científico derivado de ellos—, cuya idea fundamental es simple: todos los seres humanos, aunque diferentes en muchos sentidos, compartimos una misma esencia o naturaleza. Su ideario educativo contempla el desarrollo del pensamiento profundo o crítico, el cultivo de la imaginación y la creatividad, y el deseo de alcanzar la armonía entre el interés individual y colectivo.

Ese desarrollo humanista, tal y como se ha ido plasmando en la ciencia y las artes —el pensamiento en suma—, se concreta en la mejora espiritual de la persona y es fundamental, en palabras de Javier Gomá, «en la educación sentimental del ciudadano, sobre la que pende el edificio completo de la civilización». La dimensión espiritual del ser humano es la que contempla la idea de la trascendencia, del sentido o propósito de nuestra vida. Algunos de los interrogantes que la impulsan y moldean son: ¿qué quiero hacer de mi vida?, ¿qué legado quiero dejar tras mi breve existencia? Para desarrollar de manera plena ese proyecto de vida son necesarios valores humanistas como la justicia, la prudencia, la responsabilidad, el coraje, la libertad, el amor. Esos valores nos impulsan a actuar porque están anclados a nuestros sentimientos: siento indignación y por eso actúo contra la injusticia; siento compasión y busco ayudar a quien sufre; me siento orgulloso de mi esfuerzo y por eso persevero en mi empeño; estoy triste y busco consuelo en mis amigos. La fuerza espiritual se fundamenta en las emociones adecuadas, que nos llevan a dejar nuestra huella en el mundo mediante una inteligencia cultivada por ideales o valores morales, los cuales nos exigen responsabilidad con el modo en que gestionamos nuestra vida. Sin embargo, durante este periodo histórico de triunfo del humanismo que alcanza hasta comienzos del siglo xxi, cometimos un error muy grave, el error fundamental del pensamiento humanista: aunque el progreso del ser humano mediante el cultivo de ese ideal es imprescindible para mejorar nuestra vida en cuanto especie necesitada de la comunión de intereses y esfuerzos, por sí solo no es suficiente para combatir a quienes, por una razón u otra, eligen hacer de la maldad su proyecto vital, incluso cuando han recibido formación cultural. [...]

[Para ampliar: Entrevista con Vicente Garrido sobre este libro]

Orígenes judaicos de la nobleza española

 I 

 ‘El gran secreto’, la sangre ‘impura’ de la nobleza española, en El País, por Lola Galán, 23 oct 2026.

El historiador Enrique Soria Mesa afirma que los linajes reales españoles compartían el mismo “pecado capital”: tenían origen judío

La paradoja es notable. Despreciados por el pueblo, vigilados por la Inquisición y sometidos a las exigencias de una sociedad obsesionada por la limpieza de sangre, los judeoconversos lograron pese a todo alcanzar enorme poder en la España de los siglos XVI al XVIII, emparentando además con la nobleza. Durante generaciones se vieron obligados a afrontar condenas, sospechas y oprobios, pero las necesidades del imperio, tanto financieras como de servidores competentes, acabaron por encumbrarlos. La monarquía hispánica alentó esa integración convirtiendo a la sociedad española, contra lo que se cree, en una de las más dinámicas de Europa. Este es en parte El gran secreto al que alude desde su título el libro del historiador Enrique Soria Mesa, que destapa también otra realidad escondida: la del origen judío de lo más granado de la nobleza española.

Para empezar, este catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y del Laboratorio de Estudios Judeoconversos afirma (pese a la imposibilidad de una demostración exhaustiva) que los linajes reales fundamentales compartían, por decirlo así, el mismo “pecado capital”, es decir, tenían sangre judía. Es el caso nada menos que de Fernando el Católico, un Enríquez por parte de madre, linaje creado en la Edad Media al adoptar ese apellido un sobrino del rey Enrique II de Castilla (hermanastro del depuesto Pedro I el Cruel) en honor a su tío. Este sobrino en cuestión, Alonso Enríquez, nació de la relación de su padre, Don Fadrique, con una judía llamada Paloma. Los Enríquez tuvieron una amplia descendencia y acabaron emparentando con lo más granado de la nobleza española. También hay mezcla de sangre judía en los Castilla. El vínculo parte del nieto bastardo de Pedro I el Cruel, llamado Pedro de Castilla. Aunque destinado al clero, fue padre de varios hijos ilegítimos, dos de ellos habidos de una amante judía llamada Isabel Drochelin. Lo mismo encontramos en la Casa de Aragón. En este caso, es un hijo ilegítimo del rey Juan II (padre de Fernando el Católico) llamado Alonso, que sería nombrado maestre de la Orden de Calatrava, quien introduce la mezcla al tener varios hijos con una joven judía llamada Estenga Conejo. En cuanto a la nobleza inferior, el libro dedica un apéndice de 15 páginas a enumerar uno a uno los centenares de títulos otorgados a cristianos nuevos.

A finales del siglo XVII, la nobleza estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos

El gran secreto tiene notable interés también como fresco social de la España de ese “largo Siglo de Oro”, como lo denomina el autor, que recoge coplillas, dichos y costumbres que nos dan una idea de las dificultades a que se enfrentaban los judeoconversos por importantes que fueran. Desde danzas burlescas como las llamadas judiadas hasta insultos en público, que podían obligar al que los recibía a interponer pleitos por injurias. En estos casos, una sentencia favorable, cosa nada infrecuente, servía para establecer por vía judicial la limpieza de sangre del ofendido. Algo fundamental, porque estos señores de nobleza adquirida gracias a matrimonios de conveniencia, y apuntalada a veces con cambios de apellidos y genealogías falsas, ansiaban vestir los hábitos de las órdenes militares, o formar parte del corpus rector de las catedrales y hasta del Tribunal del Santo Oficio. Y lo consiguieron. A finales del siglo XVII, la institución estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos. Para entonces, claro está, españoles católicos sin más.

El gran secreto, Enrique Soria Mesa. Ático de los Libros, 2026. 600 páginas. 31,95 euros.

II

La sangre judía de la nobleza española, en La Razón, por Jorge Vilches , 26.09.2026:

Tras más de treinta años entre archivos, Enrique Soria Mesa deshace el mito de la pureza genética de la aristocracia sacando a la luz y analizando una paradoja

Existe una imagen muy arraigada de una España del Antiguo Régimen como una sociedad dominada por una aristocracia cristiana vieja que marcó la identidad de nuestro país. Sin embargo, Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, la desmonta en su obra «El gran secreto. El origen judío de la nobleza española» (Ático de los Libros, 2026). Fruto de más de tres décadas de trabajo en archivos, el autor deshace el mito de la pureza de sangre para sacar a la luz una paradoja. La misma monarquía cristiana que decretó la expulsión de los judíos en 1492 estuvo, en realidad, gobernada y financiada por familias de ascendencia judeoconversa. Lejos de tratarse de un fenómeno secundario, la integración de los cristianos nuevos en la nobleza fue determinante para la conformación del propio Estado moderno.

El análisis de Soria Mesa comienza en la mismísima cúspide del poder: Fernando II de Aragón, el rey Católico. A través de su madre, la reina Juana Enríquez, el monarca descendía directamente de Paloma, una mujer judía que mantuvo relaciones con el maestre de Santiago, Fadrique de Castilla, fruto de las cuales nació Alonso Enríquez, primer almirante de Castilla. Lejos de ser un secreto en la época, la condición conversa de los Enríquez era una realidad expuesta abiertamente en la literatura satírica, en tratados como las «Instrucciones del Relator», de Fernán Díaz de Toledo, de 1449. De la estirpe de los Enríquez derivaron ramas de la grandeza de España, como los duques de Alba, Alcalá y Medina Sidonia.

En la alta nobleza, la nómina de linajes con varonía hebraica o con un denso entramado de alianzas conversas resulta abrumadora, como los duques de Escalona, los condes de Puñonrostro o los marqueses de la Mota. Es curioso, por ejemplo, que los condes de Cartagena derivaran de la conversión en 1390 del rabino mayor Salomón ha-Leví, transformado en el obispo Pablo de Santa María.

Ante este panorama, Soria Mesa se pregunta cómo un sistema obsesionado con la pureza sanguínea tuvo una penetración de conversos tan profunda en sus altas esferas. El autor responde que la construcción del Estado moderno bajo los Reyes Católicos y los Austrias requirió financiación para sostener la maquinaria bélica, así como un ejército de letrados, burócratas y administradores para gobernar un imperio global. La élite judeoconversa proporcionaba todo esto. Frente a la razón de Estado, los reyes olvidaron el dogma.

A esto se unieron las alianzas matrimoniales estratégicas, que Soria Mesa analiza en su obra. Por un lado, dice, las familias conversas adineradas buscaban protección y respetabilidad entregando a sus hijas y sobrinas a hidalgos o segundones de la aristocracia necesitados de liquidez. Por otro lado, los nobles arruinados acudían presurosos a reparar sus patrimonios aceptando dotes astronómicas que venían acompañadas de ascendencia hebraica.

Con las Leyes de Toro de 1505, los conversos enriquecidos en el comercio, el arrendamiento de rentas reales y la usura vincularon masivamente sus caudales en mayorazgos. Luego, aprovechando las continuas estrecheces financieras de la Hacienda de los Austrias durante los siglos XVI y XVII, compraron villas y señoríos jurisdiccionales, adquiriendo los símbolos exteriores de la dignidad aristocrática. De forma paralela, las familias conversas protagonizaron un asalto masivo a los cabildos municipales de las principales ciudades del reino, comprando e institucionalizando oficios de regidores, veinticuatros -como concejales- y jurados en Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada, Burgos y Cuenca. De igual modo, poblaron las dignidades de los cabildos catedralicios y alcanzaron el episcopado mediante la promoción regia, garantizando rentas cuantiosas y poder social para sus linajes.

Otro pilar de la asimilación nobiliaria residió en la obtención de ejecutorias de hidalguía en los tribunales regios de las Reales Chancillerías de Valladolid y Granada, así como en la consecución de hábitos en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Aunque las órdenes de caballería instauraron estatutos de limpieza de sangre severos, la penetración de caballeros de origen hebraico fue masiva. Los datos presentados por Soria Mesa sobre los caballeros de la Orden de Santiago en Granada son reveladores: durante el reinado de Felipe IV, de 35 mercedes concedidas, 28 fueron a judeoconversos, un 80% del total en una institución que exigía una pureza de sangre impecable.

El servicio a la administración civil y al Ejército permitió la promoción social de muchos. Casi la totalidad de los grandes secretarios y contadores mayores de los Reyes Católicos y de los primeros Austrias provenían de familias conversas. Figuras clave de la administración imperial como Miguel Pérez de Almazán o Pedro de Quintana, vieron cómo la Corona protegía sus patrimonios incluso tras tropiezos de sus parientes con la Inquisición. En el ámbito militar, mandos de los Tercios de Flandes de la talla de Sancho Dávila, conocido como «el Rayo de la Guerra» y los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar fueron de origen judío.

Para lograr la supervivencia en una sociedad jurídicamente discriminatoria era imprescindible fabricar una memoria genealógica conveniente. Soria Mesa cuenta que entre estas estrategias destaca la usurpación masiva de apellidos ilustres, como Mendoza, Córdoba, Guzmán, Toledo o Enríquez, adoptando los denominativos de los padrinos de bautismo de sus antepasados o de las grandes casas señoriales a las que servían. En el caso del linaje Enríquez, los genealogistas llegaron al extremo de inventar madres ficticias o amas de cría para ocultar a la judía Paloma y atribuir a don Alonso Enríquez una cuna real o francesa.

Junto a la usurpación de apellidos, las familias de cristianos nuevos recurrieron a fingir que descendían de los guerreros visigodos de la Reconquista. Para ello contrataron a profesionales que confeccionaban árboles genealógicos apócrifos, mientras se sobornaba a párrocos, notarios y jurados para arrancar, coser o alterar partidas sacramentales y padrones. La pragmática de 1623, ideada para agilizar las probanzas exigiendo tres actos de nobleza en los antepasados inmediatos, fue aprovechada por los conversos para acelerar el reconocimiento.

La legitimación social se completaba con la arquitectura. La edificación de palacetes adornados con blasones ficticios y la fundación de suntuosas capillas funerarias en iglesias y monasterios, como la célebre capilla de los Benavente en Medina de Rioseco, funcionaron como eficaces instrumentos de persuasión visual. Ante la opinión pública, quien era enterrado en tumbas de mármol decoradas con escudos heráldicos quedaba consagrado como un noble de limpia estirpe, difuminando el recuerdo del antepasado vulgar.

Como era de esperar en una sociedad conflictiva, este proceso acelerado de ascenso y ocultación generó golfos. Brotó la figura de los linajudos, chantajistas y genealogistas aficionados que memorizaban o registraban los sambenitos colgados en las iglesias para extorsionar a los nobles amenazándolos con revelar su filiación hebraica ante el Santo Oficio. Además, circularon libelos de difamación genealógica, entre los que destaca «El tizón de la nobleza española», redactado en 1560 por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla para demostrar que casi toda la aristocracia castellana estaba «contaminada» de sangre judía, así como el «Libro verde de Aragón» en el ámbito levantino.

A pesar de la dureza de los estatutos de limpieza de sangre y de la presión social, la clave de la asimilación conversa fue la complicidad de la Corona y del propio tribunal de la Inquisición. Los decretos reales acordados a lo largo del siglo XVII ordenaban a los tribunales inquisitoriales no aportar datos documentales si las probanzas orales del candidato resultaban favorables o si habían transcurrido más de cien años. Los reyes y los validos cortesanos, como los duques de Lerma y Olivares, priorizaron de forma sistemática la estabilidad política, el cobro de venias financieras y la fidelidad de sus servidores sobre el rigor de la pureza de sangre. En suma: la obra de Soria Mesa demuestra que, si bien los judíos conversos obtuvieron un ascenso social por las necesidades del Imperio, su labor coadyuvó a la grande de España durante su época de esplendor.

Lo mejor: El rigor documental con el que desmonta el mito de la aristocracia de sangre pura.

Lo peor: La cantidad de nombres, cargos y fechas que ralentizan el ritmo narrativo, aunque sea necesario.

III

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La sangre judía de los nobles españoles

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza de sangre condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. En El gran secreto, Enrique Soria Mesa desvela los orígenes ocultos de las familias más poderosas de España.

A partir de una investigación monumental en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, Soria Mesa reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cúspide de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba; desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

El gran secreto es una obra fundamental para comprender la verdadera historia de la nobleza española y los orígenes de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica.

Críticas

«Cambiará para siempre nuestra comprensión de la nobleza española y de la propia España.» Gaetano Sabatini, Universidad Roma Tre

«Un libro que sacude sin concesiones las ideas preconcebidas y obliga a replantearse muchas de nuestras certezas.» Béatrice Perez, Universidad de La Sorbona

«La más novedosa representación de la sociedad española de la Edad Moderna.» Fabrizio D'Avenia, Universidad de Palermo

«Profundamente documentado y muy innovador en sus planteamientos.» Ofelia Rey Castelao, Universidad de Santiago de Compostela

«Una síntesis brillante y sólidamente documentada acerca de la limpieza de sangre que invita a reflexionar sobre los discursos y las prácticas de odio en el mundo contemporáneo.» Fernanda Olival, Universidad de Évora

Biografía del autor

Enrique Soria Mesa es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba y director del departamento de Historia, así como del Laboratorio de Estudios Judeoconversos. Autor de más de doscientas publicaciones, destacan entre ellas libros como El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder; El origen judío de Góngora; Los últimos moriscos; Señores y oligarcas; La venta de señoríos en el Reino de Granada bajo los Austrias; La nobleza en la España Moderna o La realidad tras el espejo; Ascenso social y limpieza de sangre en la España de Felipe II. Dirige, junto con Gonzalo Herreros, el pódcast Historia y Genealogía y es el creador del canal de YouTube Genealogías Increíbles.

IV

El gran secreto de Enrique Soria Mesa, Ático de los libros, septiembre 2026

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa. La sangre judía de los nobles españoles

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba, es una obra revolucionaria y seminal sobre los orígenes de la nobleza española, fruto de décadas de investigación en archivos de toda nuestra geografía.

El gran secreto es un ensayo revelador que demuestra que la nobleza española y las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica tienen un profundo origen judeoconverso, a partir de una investigación exhaustiva sobre fuentes primarias, pleitos de hidalguía, expedientes inquisitoriales y archivos de toda España. El autor desmonta de forma tajante el mito de una sociedad estática y homogénea formada por «cristianos viejos» en la Edad Moderna temprana, pues la nobleza española se configuró con un notable grado de mestizaje y movilidad social. La herencia judoconversa alcanzó a la propia dinastía real con Fernando el Católico, a los Almirantes de Castilla (los Enríquez), a la Casa de Alba (Álvarez de Toledo) y a familias nobles como Arias Dávila o Ahumada.

El libro detalla los mecanismos utilizados por las familias conversas para integrarse y construir una memoria aristocrática limpia: estrategias matrimoniales; cambio de apellidos y falsificación documental; desaparición de infamias, con sobornos a párrocos o robos para retirar los sambenitos que la Inquisición colgaba en las iglesias; falsas raíces hidalgas; y pleitos por injurias, demandar a quien los llamaran «judíos» para obtener sentencias que los ratificaran oficialmente como cristianos viejos. Ante las necesidades financieras para sostener el Imperio, la monarquía recurrió al capital comercial y a la liquidez de conversos acaudalados. A cambio de préstamos y servicios administrativos, la Corona les facilitó el acceso a cargos públicos, compras de señoríos y la concesión de más de doscientos cincuenta títulos nobiliarios.

Para alejar sospechas, muchos conversos exhibían un estilo de vida ostentoso, financiaban capillas e incluso se convertían en los más fervientes defensores de la limpieza de sangre, atacando públicamente a su propia comunidad de origen. Figuras clave e Inquisidores Generales como Tomás de Torquemada o Fray Diego de Deza tenían ascendencia conversa y vieron en el tribunal una vía para protegerse. Las leyes de limpieza de sangre fracasaron en la práctica debido al soborno, la corrupción y el favor político, convirtiendo un sistema represivo en una estructura permeable que terminó facilitando el ascenso de los conversos.

V

Actualidad Universitaria, Universidad de Córdoba, 7 Octubre 2026:

Tras décadas de investigación, el catedrático de Historia Moderna desvela los orígenes judeoconversos de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica. La obra aborda distintos casos que abarcan desde el reinado de Fernando el Católico a los duques de Alba o, en clave local, el linaje de los Fernández de Córdoba.

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. Bajo esta premisa arranca la obra “El Gran Secreto: el origen judío de la nobleza española”, un ensayo publicado por el Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba Enrique Soria en el que el mito de la pureza de sangre de la aristocracia española se resquebraja por completo.

La obra, publicada por la editorial Ático de los Libros y presentada esta tarde en la librería Luque por su autor, en conversación con el historiador Ángel María Ruiz, cuestiona así uno de los pilares ideológicos de aquella sociedad y revisa la imagen arraigada por aquel entonces de una España dominada por cristianos viejos.

A partir de décadas de investigación en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, el catedrático reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cima de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba. Así, desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

En clave local, el libro también recorre el linaje más conocido de la provincia: los Fernández de Córdoba, y aborda algunos de los casamientos de varones de esta familia con ricas herederas judeoconversas. Tal y como solía ocurrir en buena parte de las familias nobles de la época, los judeoconversos adinerados buscaban reconocimiento social casando a sus hijas y sobrinas con segundones de la aristocracia, quienes a su vez encontraban en estas uniones una vía para sanear sus haciendas.

jueves, 22 de octubre de 2026

Defensa contra las artes bancarias

 Estafas bancarias: cuándo tienen que devolver el dinero los bancos, qué plazos hay y cómo reclamar, en Cinco Días, Ricardo Sobrino / Pablo Martín Simón, Madrid - 22 OCT 2026

El banco no puede negarse a devolver una transferencia que no haya sido autorizada alegando negligencia del cliente

Las víctimas de estafas bancarias tienen una nueva baza para recuperar el dinero perdido. Una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) establece que los bancos tienen que reembolsar a los clientes las pérdidas de dinero sufridas por transferencias que no ha autorizado, incluso aunque el usuario haya actuado con negligencia grave proporcionando las claves de la cuenta bancaria a los ladrones. Se trata de una resolución importante para los usuarios financieros porque abre nuevas posibilidades de reclamar y recuperar su dinero. Según los últimos datos del Banco Central Europeo (BCE) y la Autoridad Bancaria Europea (EBA), los clientes asumieron el 85% de las pérdidas por transferencias fraudulentas en el Espacio Económico Europeo en 2024.

¿Qué hacer si me estafan y roban el dinero de la cuenta?

Lo primero que hay que hacer ante una estafa es contactar de inmediato con el banco para informar del fraude y pedir que bloquee la cuenta, las tarjetas y cambiar las claves para evitar nuevos robos. Si los delincuentes ya han transferido parte o todo el dinero, hay que pedir al banco que intente recuperarlo y presentar una reclamación. También es recomendable denunciarlo a la Policía o la Guardia Civil y guardar todas las pruebas, como mensajes, registros de las llamadas, correos electrónicos o justificantes de la transferencia.

¿Qué ha cambiado para bancos y clientes?

Hasta ahora, algunas entidades rechazaban devolver el dinero perdido a las personas que sufrían estafas por teléfono, SMS o correo electrónico y veían sus cuentas vaciadas porque consideraban que habían sido extremadamente descuidadas al entregar los datos de acceso a los delincuentes. El Tribunal Europeo establece que ese argumento no basta para negar la devolución inmediata de una operación no autorizada. De esta forma, las entidades financieras deberán reembolsar primero el dinero y, si consideran que el cliente fue negligente, reclamarlo después y demostrarlo. Para los afectados, la sentencia refuerza sus argumentos a la hora de reclamar, incluso si el banco ya rechazó su petición.

¿Está obligado el banco a devolverme todo el dinero?

En el caso de que se hayan producido transferencias que el titular de la cuenta no ha autorizado, la normativa obliga a los bancos a devolver el dinero como máximo al finalizar el siguiente día hábil desde que se conozca el fraude. Una reciente sentencia de la Justicia Europea aclara que las entidades no pueden negarse a devolver el dinero ni retrasarlo, aunque consideren que hubo negligencia grave por parte del cliente, por lo que, si el banco lo rechaza, se puede acudir al Banco de España o a los tribunales para reclamarlo. La excepción por la que el banco puede negarse a devolver el dinero es cuando tiene motivos razonables para sospechar que el propio cliente ha cometido un fraude.

¿Qué pasa si fui yo quien le dio las claves del banco a los delincuentes?

Muchas estafas comienzan con un SMS, una llamada o un correo electrónico que suplanta al banco y consigue que la víctima le proporcione las claves para acceder a la cuenta, y, una vez dentro, transfieren el dinero. La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) ha aclarado que los bancos no pueden negar el desembolso argumentando que el cliente cometió una negligencia grave al proporcionar las claves a los ladrones. La entidad debe devolver primero el dinero y, si considera que existió negligencia grave, reclamarlo posteriormente.

¿Y si hice yo la transferencia?

Este supuesto es diferente. Si la víctima entra en la app de su banco y hace una transferencia porque recibe una llamada de estafadores intentando hacerse pasar por un banquero, por un familiar o alguien conocido, la operación puede considerarse como que fue autorizada. La sentencia europea se refiere a transferencias no autorizadas. Por eso, a la hora de reclamar, es importante detallar qué pasó, quién realizó la transferencia de dinero, qué mensajes recibió la víctima, qué instrucciones siguió y si el banco detectó alguna señal.

¿Qué ocurre si me roban dinero con la tarjeta?

Si un delincuente usa una tarjeta robada o la clave PIN para realizar compras sin consentimiento del titular, el banco también debe abonar el importe de esas compras. Al igual que en las transferencias, no puede negarse porque considere que el cliente fue negligente al no proteger sus claves. Eso sí, es importante distinguir entre las compras realizadas sin consentimiento ni autorización y las compras que sí autoriza y ejecuta el titular de la tarjeta, aunque el vendedor luego sea un estafador. La nueva sentencia del TJUE solo hace referencia a los casos de operaciones sin autorización. En el caso de las tarjetas, a diferencia de lo ocurrido con las transferencias, la banca ya está devolviendo al cliente en torno al 60% del dinero estafado a nivel europeo, según los datos oficiales.

¿Cuánto tiempo hay para reclamar?

En cuanto se haya producido la estafa, hay que contactar con el banco de forma inmediata. El plazo máximo previsto es de 13 meses siguientes a la fecha de la salida del dinero, pero esperar puede complicar la recuperación del dinero y que los delincuentes hagan nuevas estafas. Una vez comunicado y hecha la reclamación, el banco dispone de 15 días hábiles para responder. Si el banco rechaza la reclamación o no llega a tiempo, el cliente puede acudir al Banco de España dentro de un año desde que se hizo la primera reclamación. Por la vía judicial, plazo general de prescripción de cinco años, por lo que estafas sufridas hace años podrían reclamarse todavía en 2026.

¿Y si el banco ya rechazó mi reclamación?

Si el banco rechazó la devolución alegando que el cliente facilitó las claves o incurrió en una negligencia grave, la nueva sentencia europea puede ofrecer una ventana para revisar la decisión. El primer paso es pedir al banco que estudie de nuevo el caso y presentar una nueva reclamación, siempre que el plazo no haya prescrito. Si la entidad sigue negándose a abonar el dinero estafado, el cliente puede acudir al Banco de España, siempre que no haya transcurrido un año desde la reclamación inicial ante el banco. Si ya acudió al Banco de España y resolvió su reclamación, no se puede volver a presentar otra idéntica. En ese caso, se puede acudir a la vía judicial, si el plazo sigue vigente.

¿Puede el banco devolver el dinero y reclamarlo después?

Sí. La devolución inicial no impide que el banco reclame al cliente si considera y acredita que ha sido este quien intentó engañar a la entidad o que ha habido una negligencia grave. La sentencia europea no elimina la obligación del cliente de proteger sus cuentas bancarias, pero sí impide que los bancos se nieguen a reparar una estafa alegando que hubo una negligencia grave. En la práctica, el cliente puede recibir primero el dinero y después verse inmerso en un litigio judicial. Por eso conviene aportar toda la información al banco cuando se sufre la estafa, no ocultar cómo se produjo el engaño y guardar toda la documentación.

¿Qué errores evitar si se sufre una estafa?

El principal error es esperar para avisar al banco de que se ha sufrido la estafa. Cada minuto que pasa es importante para bloquear la cuenta, las tarjetas y que no se produzcan más salidas de dinero y para intentar recuperarlo. También es importante no borrar mensajes, el historial de llamadas, correos. Otro error frecuente es omitir información o no precisar los detalles de cómo se produjo el engaño. En la reclamación es importante explicar si el cliente facilitó las claves, si no reconocía la operación o si realizó él mismo la transferencia. En el caso de que el banco rechace restituir el dinero, no conviene aceptar la negativa sin más. Hay que pedir una explicación de por qué se niega, guardar toda la documentación y acudir al Banco de España o a los tribunales.

lunes, 19 de octubre de 2026

Exposición de Dalí en el Thyssen

  I

 Aún quedan cosas por descubrir de Dalí en el Thyssen, pero no se olvide de pedir cita con el psiquiatra a la salida, en El País, Ana Marcos, Madrid - 19 OCT 2026:

El museo expone más de 130 obras del artista surrealista que ahondan en la influencia que tuvo Freud sobre su obra antes y después de conocerle

El universo freudiano de Dalí es el título de la nueva exposición temporal del Museo Thyssen de Madrid que, a priori, puede sonar a antológica ya vista o a otra exposición que redunda sobre una influencia ya conocida en el argumento pictórico del gran artista del surrealismo. Pero que, sin embargo, tiene la habilidad del descubrimiento de nuevos aspectos de un creador del que a veces parece que ya se ha descifrado hasta la entraña todo su universo paranoico. Jaime Brihuega, comisario de la muestra y ojo experto en las vanguardias, define esta retrospectiva de más de 130 piezas como “una colección de obras maestras a las que te asomas como a una ventana, las abres y te absorben hasta tal punto que no encuentras el final”. Por eso, recomienda una cita con el psiquiatra a la salida. Aviso para visitantes.

El aperitivo que explica parte de las obsesiones y los complejos de Dalí es explícito y contundente desde la primera sala. El artista perdió a su madre y sintió la orfandad desde la adolescencia, aterrado por la figura autoritaria de su padre y marcado por la muerte de un hermano del que heredó su nombre. Con su hermana no solo practicó la fraternidad, sino que su relación se acercó más al incesto. “La imagen de mi hermana / el ano rojo / de sangrante mierda / la polla / seminflada / apoyada con elegancia / contra / una inmensa / lira / colonial / personal…”, escribe el creador en L’amour et la mémoire (1931), se lee en la cartela situada al lado de Retrato de Anna Maria, el nombre de su hermana. “Todo está explicado en estos textos, en las audioguías y en códigos QR”, dice el también profesor de historia del arte, consciente de la complejidad del universo daliniano, sobre todo en sus primeros años cuando ni el propio artista era capaz de dar salida a sus traumas.

Esa materia prima con la que fue moldeando su personalidad comenzó a encontrar algunas respuestas cuando llegó a Madrid en 1922, a la Residencia de Estudiantes, donde conoció a intelectuales como Federico García Lorca y Luis Buñuel, también muy presentes en la exposición, que se podrá ver hasta el 24 de enero. “Con ellos dará forma al primer surrealismo español y también completará su mundo ya complejo”, continúa el comisario. “Así consolidó su identidad visual, donde mostraba sus miedos, complejos, frustraciones y su obsesión por los elementos de carácter sexual”.

En las vanguardias también encontró los textos de Freud y comenzó la verdadera metamorfosis de su personalidad. “Esos complejos ya son escritura y pintura, su mundo interior sale sin complejos ni vergüenza al exterior”, relata el experto, “son vocablos figurativos que construyen su lenguaje”. Brihuega lleva años sumergido en estos sintagmas y cada vez, reconoce, le afectan más, tanto que se cuelan en sus sueños y desarrolla teorías con cada uno de los elementos que Dalí incorporó a sus obras a partir de mediados de los años veinte del siglo pasado. “Su dialéctica se debatió en diversos oxímoron: amor y muerte, atracción y repulsión, asco y apetito”, continúa el comisario en un breve repaso por las temáticas que recorren los cuadros de la muestra.

Ya inmerso en el surrealismo de París liderado por André Breton, Dalí hace varios intentos por conocer a Freud en distintos viajes a Viena y finalmente lo consigue en 1938 en Londres. “Iba enloquecido, al otro le daban igual esos locos surrealistas”, recuerda Brihuega, que ya en 2022, en el Museo Belvedere de la capital austriaca, había estudiado este encuentro para una exposición más pequeña, de gabinete, que ha sido el germen de la que se inaugura ahora en el Thyssen. “Se presenta ante él, le explica su método paranoico-crítico con el que se había vinculado al psicoanálisis freudiano [para Dalí la paranoia era un estado de gracia] y le lleva el cuadro La metamorfosis de Narciso”, dice el comisario, una de las pocas piezas que no están en la muestra. El experto se ha encargado de conseguir algunos bocetos de elementos de la pieza, y un amuleto romano de una mano que representa un huevo que le gustaba a Freud y que el artista colocó en el centro de su tela. Por eso, cree Brihuega, Freud no le ignora, como había hecho con sus colegas surrealistas, sino que llama su atención y sentencia: “Nunca vi ejemplar más completo de español. Que fanático”.

En otras ocasiones, los museos han dado por zanjada la relación de Freud y Dalí en este encuentro, pero Brihuega y el Thyssen ahondan una década después. El artista catalán se había entregado a Einstein, la materia subátomica, el universo, la ciencia, con un poco de aliño de religión, pero siempre con el sexo de fondo en un ejercicio que no solo fue una mezcla de estilos, sino de mayor indefinición en lo que respecta al sexo porque sus figuras son cada vez más hermafroditas o bisexuales. Aun así, con el paso de los años, Freud y el psiconálisis se mantuvieron como el sustrato que abonó la siguiente etapa de su legado. Por eso, a la salida, además de llamar al terapeuta, ese esbozo de lo freudiano impacta en un monumental telón colocado en el vestíbulo del Thyssen que se llama Tristán loco, otra señal para marcar el teléfono de ayuda.

II

Una exposición revela cómo Dalí transformó Estados Unidos y su cultura, en El País Maye Primera, Miami - 27 JUL 2026;

El Dalí Museum de San Petersburgo, Florida, reúne una colección que abarca cuatro décadas de vida y obra del artista en el país, en conmemoración de los 250 años de EE UU

Desde que atracó en Nueva York la primera vez, en 1934, Salvador Dalí fue más que un pintor en Estados Unidos. Aquí diseñó vidrieras, organizó la fiesta surrealista de la década, trabajó en Hollywood sin poder llegar a la pantalla, diseñó joyas, escribió memorias y fue una celebridad de los late night shows.

“Dalí transformó Estados Unidos solo con ser parte de la cultura”, asegura el curador Peter Tush, que reunió una colección de piezas que relatan cuatro décadas de vida y obra del artista catalán en Estados Unidos en la exposición Dalí América, que se exhibe en el Dalí Museum de San Petersburgo, Florida, hasta octubre.

“Aportó una combinación de ligereza y visión que Estados Unidos nunca había experimentado. Con el tiempo, ofreció un nuevo modelo de lo que podía ser un artista: entretenido, ingenioso, completamente excéntrico”, comenta Tush durante una entrevista virtual con EL PAÍS. Las pinturas, videos, fotografías y objetos reunidos en esta exposición cuentan la historia de los cuatro primeros viajes que hizo Dalí a Estados Unidos entre 1934 y 1939 y de los ocho años que vivió como refugiado en Pebble Beach, California. Habla también de su paso por el cine de los cuarenta, de sus trabajos con Walt Disney y Alfred Hitchcock que acabaron en frustraciones y de cómo Hollywood transformó su obra, pese a que nunca triunfó en el cine.

La pieza central es la pintura de la colección del museo titulada El descubrimiento de América, donde Dalí se sitúa a sí mismo como un fraile que acompaña a Cristóbal Colón, un explorador que descubre un nuevo mundo rodeado de referencias de su tierra: San Juan de la Cruz, San Narciso y el milagro de las moscas de Girona. “Es una pintura que también celebra la idea de la transformación de Dalí, pues la experiencia estadounidense lo convirtió en quien es. Con esa pintura encontró una manera de reunir estas tres partes de su identidad: español, catalán y también estadounidense”, apunta Tush. Luego, el recorrido muestra la fascinación mutua entre Salvador Dalí y la gran pantalla.

“Estoy en Hollywood, donde he entrado en contacto con los tres surrealistas estadounidenses: Harpo Marx, Walt Disney y Cecil B. DeMille. Creo que los he embriagado lo suficiente y espero que las posibilidades del surrealismo se hagan realidad”, escribió Dalí en una carta dirigida a André Breton, fundador y principal teórico francés del surrealismo. “A Dalí siempre le fascinó la idea de Hollywood. Siempre fue su objetivo no solo conectar con estas figuras, sino también crear algo grande con esa especie de máquina de sueños. Su gran tragedia es que no estaba preparado para la enorme dificultad burocrática que implicaba llevar una visión a la pantalla”, apunta el curador.

En esa época, las visiones del pintor para la gran pantalla acabaron en frustración. En 1945, Dalí fue contratado por Alfred Hitchcock para crear la secuencia de un sueño para la película Spellbound, un thriller protagonizado por Ingrid Bergman y Gregory Peck donde ocurre un asesinato y dos psicoanalistas utilizan el análisis freudiano de los sueños para resolver un crimen. Pero solo fueron utilizados dos minutos de una secuencia de veinte que había animado, con ojos colgantes y con relojes derretidos.

Lo mismo le pasó después con Walt Disney, que en 1946 lo invitó a trabajar en un cortometraje que sería una secuela de Fantasía y que contaba la trágica historia de amor de Cronos, el dios del tiempo, y una mujer mortal llamada Dahlia. Durante ocho meses, Dalí trabajó de ocho a cinco en los estudios de Burbank, pero el producto final no salió a la luz. Pese a estos fracasos, Tush cree que toda la forma de ser artista de Dalí se forjó allí: “La idea de la celebridad, la idea de usar la imaginación para crear algo, un espectáculo que iba más allá de lo que habíamos imaginado. Incluso la forma en que abordaba sus pinturas parecía construida en gran medida sobre un modelo que Hollywood le proporcionó”.

En 1941, cuando el artista vivía en el hotel Del Monte de Pebble Beach y apenas comenzaba a desarrollar sus ambiciones en el cine, él y Gala convencieron al dueño del hotel para organizar una fiesta para recaudar fondos para los artistas refugiados en Estados Unidos que huían de la guerra: “Una noche surrealista en el bosque encantado”, la llamaron y todo en ella fue desmesurado.

La lista de peticiones de Dalí incluía una jirafa bebé, tres cabras, casi cinco libras de papel periódico, un auto accidentado y 2.000 pinos. El zoológico de la ciudad de San Diego envió más de 20 especies de animales, desde monos que paseaban por el salón hasta leones. Asistieron unas 1.000 personas que hasta volaron desde Nueva York, figuras como Gloria Vanderbilt, Clark Gable, Bob Hope, una combinación de alta sociedad y élite del entretenimiento. Pero el evento terminó costando tanto dinero que no recaudó ni un centavo. “Todo era enorme, excesivo. Pero todos estaban dispuestos a hacerlo posible. Todo lo que Dalí quería, lo conseguía”, concluye Tush.

La muestra incluye videos de las intervenciones de Dalí en los talk shows estadounidenses: What’s My Line, en enero de 1957; The Ed Sullivan Show en enero de 1961 y The Dick Cavett Show en febrero de 1973. También se pasea brevemente a través de fotografías por la época en que Dalí y Gala fueron invitados por uno de sus mecenas a una plantación de Virginia, donde él escribió la autoficción La vida secreta de Salvador Dalí, y coincidió con los escritores Anaïs Nin y Henry Miller y uno de los joyeros de Coco Chanel. Más adelante, en Confesiones Inconfesables, el pintor escribió sobre su paso por Estados Unidos: “Solo América era lo bastante rica para satisfacer mi yo hipertrofiado y soportar mis caprichos”.

III

Exposición temporal. El universo freudiano de Dalí, Museo Thyssen, del 20 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027

La relación de la obra de Salvador Dalí con los escritos de Sigmund Freud constituye una de las claves fundamentales que articulan su poética visual. Las condiciones que rodearon la infancia y adolescencia del pintor de Figueras crearon el caldo de cultivo para esta relación, que acabó convirtiéndose en una auténtica obsesión y que desembocó en la entrevista entre ambos en 1938, cuando Freud estaba exiliado en Londres. 

Dalí tuvo acceso a traducciones de la obra de Freud desde principios de la década de 1920, cuando se alojaba en la Residencia de Estudiantes de Madrid. A partir de 1926, su obra se vincula progresivamente a la poética del surrealismo, inspirada a su vez por el médico vienés. A ella contribuyó de forma determinante con su "método paranoico-crítico", desarrollado a partir de los escritos de Freud. Con posterioridad a la entrevista londinense, elementos freudianos siguieron muy patentes en su periodo místico-nuclear. 

A través de esta exposición, comisariada por Jaime Brihuega, el museo busca arrojar nueva luz a la heterogénea y prolífica obra de Salvador Dalí. La fascinación del artista catalán por los escritos de Sigmund Freud y el célebre encuentro entre ambos en 1938 constituyen el hilo conductor de la muestra, que propone una relectura del conjunto de su carrera, desde el complejo universo familiar de los primeros años hasta sus creaciones tardías en Cataluña. La exposición se organiza en seis secciones, dispuestas cronológicamente y vinculadas a capítulos decisivos de su biografía. Cada una de ellas se centra en obras de Dalí relacionadas con el pensamiento freudiano y se completa con pinturas y dibujos de referencia de Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gino Severini, Jean Arp, Kurt Schwitters, Federico García Lorca e Yves Tanguy, así como de Santiago Ramón y Cajal y el propio Sigmund Freud.

IV

Dalí en la Real Academia de San Fernando. Un alumno díscolo e insolente expulsado a perpetuidad, en El País, Elisa Silió, Ruth Benito, Madrid - 10 MAY 2026

La Universidad Complutense atesora sin ninguna promoción documentos que reconstruyen el accidentado paso hace un siglo del pintor por el centro, reconvertido hoy en su facultad de Bellas Artes

El 14 de junio se cumple un siglo de una fecha que marcó la vida de Salvador Dalí (Figueres, Girona; 1904-1989): su segunda expulsión, a perpetuidad, de la Escuela Especial de Dibujo, Escultura y Grabado de la prestigiosa Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En un ambiente tan reglamentado se sentía incómodo y, quizás por ello, esta formación académica ha quedado opacada en la literatura científica. Dominan sus correrías esos años en Madrid ―los más felices de su vida, según él mismo contó― junto a Federico García Lorca, Maruja Mallo o Luis Buñuel, sus compañeros en la Residencia de Estudiantes y fuente recíproca de inspiración artística.

Pero gracias a los archivos de la Universidad Complutense (UCM) ―en 1970 la escuela pasó a ser su facultad de Bellas Artes― EL PAÍS puede ahora reconstruir las andanzas de Dalí en las aulas mediante certificados de notas, cartas del padre o un expediente disciplinario casi inéditos. La difusión es escasa. Hay registro de consultas de estudiantes o de investigadores ―como el hispanista Ian Gibson―, de una petición del Museo Reina Sofía para una exposición y de unos cineastas coreanos que hacían una película sobre el genio.

El expediente (AGUCM 136/06-17, 40) y las actas de calificaciones (AGUCM 107/09-08) de Dalí se conservan en el Archivo Histórico de la UCM, mientras que los libros de matrícula, una de las cartas del padre y el dictamen de expulsión se pueden consultar en el Archivo Histórico de la Biblioteca de la facultad de Bellas Artes. Ambos espacios cuentan con el personal mínimo, por lo que nadie puede dedicar todo su tiempo a la digitalización y promoción del valiosísimo material. La consulta hecha por este diario sobre Dalí ha propiciado que se digitalice y que se vaya a exhibir en su página.

“Nosotros hacemos un servicio transversal. Tenemos función administrativa, pero también de fondo histórico. Aquí no viene mucha gente de consulta como si fuese un museo”, sostiene Ana Rocasolano, directora del Archivo General de la UCM, que está en Derecho. “Esta universidad tiene un gran patrimonio, abrumador, por la importancia que siempre ha tenido; pero su función estricta no es el patrimonio, sino la formación”

Dalí se instaló en la Residencia en septiembre de 1922. Desde allí tramitó su ingreso en la escuela. Se conserva la carta en la que solicita hacer la prueba, un dibujo de una escultura al claroscuro, y el resguardo de las costas. Hasta hace 30 años la facultad de Bellas Artes mantuvo un ejercicio idéntico. Desde 2008 no hay prueba específica, pero la nota de corte de la PAU es muy alta: 9,9 sobre 14 este curso.

Vistas las cualidades artísticas de Salvador Dalí, su padre accedió a que se formase como pintor en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, en Madrid, a 700 kilómetros de su casa en Figueres. El 11 de septiembre de 1922 pagó los costes del examen de ingreso y ya estaba hospedado en la Residencia de Estudiantes.

Dalí envió una carta con su candidatura al director “suplicando” poder hacer el examen con una caligrafía primorosa que alababan sus profesores del instituto. No está datada.

Adjuntó su partida de nacimiento y sus notas de Bachillerato para quedar exento de más pruebas de acceso que el ejercicio de dibujo de escultura al claro-oscuro, pues de esta forma demostraba tener una formación académica "suficiente”. Tenía 18 años y un año antes había muerto su madre.

También Dalí incluye una fe pública notarial firmada por su padre, Salvador Dalí i Cusí, que era notario en el pueblo y con el que mantuvo una relación tormentosa. Llegó a desheredarle.

Y sumó lo que se conocía como certificado académico personal. Este documento incluía sus notas, muy dispares, en el Instituto General y Técnico de Figueres durante seis cursos (de 1916 a 1922). Era un alumno mediocre en ciencias y sobresaliente en Dibujo, Religión, Caligrafía o Historia de la Literatura. Desde adolescente preconizó en su diario que un día sería una estrella del arte, como así ocurrió.

Dalí tenía entonces 18 años y uno antes había muerto su madre, Felipa Domènech. Por eso viaja a Madrid acompañado por su padre, el notario de Figueres Salvador Dalí i Cusí ―con un destacado papel en esta historia― y su hermana Anna Maria. Vistas sus habilidades artísticas, su progenitor, que aspiraba a que su hijo tuviese una profesión de provecho, cedió y le animó a que ingresase en la escuela para ser en un futuro profesor de Dibujo. Aprobó y se matriculó en las cinco asignaturas de primero.

Dos años antes de que Dalí llegase a la escuela, en 1920, las alumnas habían conseguido, tras firmar una carta de protesta, poder matricularse de todas las asignaturas. Hasta entonces no podían cursar dibujo al natural, por temor a los desnudos, ni pintar al aire libre porque no salían de casa sin la compañía de un familiar. Maruja Mallo estaba también matriculada.

Dalí pasó los primeros meses en Madrid yendo y viniendo en tranvía a la Academia de San Fernando ―en la calle Alcalá 13, donde continúa la institución ya sin la escuela― sin apenas hacer vida social. Sus compañeros de la residencia le recordarían luego como un joven extremadamente retraído, casi mudo, que se encerraba en su cuarto a buscar su propio estilo pictórico. Se movía entre el cubismo, el futurismo y la metafísica y realizaba, además de autoretratos, muchas naturalezas muertas, como las que presenta en la exposición de Artistas íbéricos de 1925.

No hay un documento que dé fe de que Dalí aprobase el examen de ingreso, pero tuvo que pasarlo porque se matriculó en la escuela. El 30 de septiembre de 1922 se inscribió en cinco asignaturas: Perspectiva, Modelado e Historia del arte en las edades Antigua y Media y Dibujo de Estatua.

En el curso 1923-1924 Dalí se inscribió en nuevas materias, lo que demuestra que aprobó el primer año: Colorido, Dibujo al natural en reposo, Grabado e Historia del Arte en las edades Moderna y Contemporánea. Esta última asignatura previsiblemente no la abonó, al haber logrado una matrícula de honor de las edades Antigua y Media. Por eso se reseña la calificación previa en la matrícula. Cada asignatura costaba entre 10 y 25 pesetas (equivalente a de seis a 15 céntimos de euro). Sigue viviendo en la Residencia de Estudiantes.

Tras la primera expulsión en 1923 motivada según su relato por un motín de los estudiantes para que el pintor Daniel Vázquez Díaz fuese su maestro, Dalí se matricula en el curso 1924-1925 de las mismas asignaturas que el curso anterior. Empieza de cero el segundo año de estudios. En los meses que estuvo fuera de la escuela de dibujo estudió con Francisco Bores, Moreno Villa y Benjamín Palencia en la Academia Libre, dirigida por Julio Moisés.

En una carta sin fechar, el padre de Dalí solicita a la escuela un certificado de estudios para que su hijo pueda atrasar el servicio militar.

Finalmente, el 11 de septiembre de 1925 Dalí padre escribe con el membrete de su notaría al secretario de la escuela para informarle que ese año académico su hijo estudiaría en Figueres y se presentaría por libre a los exámenes en Madrid: “A causa de tener que recibir la instrucción militar, no podrá cursar como alumno oficial el presente curso”. Y ya que se “atreve a molestar”, pregunta a Manuel Menénez por “las condiciones” de su hijo para el arte. “Lo que deseo es que se dedique a la enseñanza del dibujo y la pintura para ganar una cátedra (...)”.

Estaba muy influenciado por lo que leía en libros, catálogos y revistas, y su estudiado look impedía que pasase desapercibido. Extremadamente delgado, llevaba el pelo largo con patillas, zapatos enormes, gabardina, medias y polainas al estilo de los pintores victorianos. Después se cortaría el pelo y, tras descubrir en el Museo del Prado a Velázquez, el Greco y el Bosco, comenzó a dejarse crecer su característico bigote a las diez y diez.

A los pocos meses empezó a socializar con los colegiales y la escuela pasó a un segundo plano que nunca abandonó. “En la Residencia, Dalí y Maruja Mallo encontraron muchas cosas y mucha gente con la que hablaban que les hizo repensar”, razona la ensayista Estrella de Diego, académica de número desde hace una década.

El primer curso Dalí se matriculó de cinco asignaturas y aprobó todas salvo Modelado en la convocatoria de febrero. Junto a él suspendieron otros cinco compañeros, algo poco habitual.

Ello le forzó a volver a presentarse al examen de la asignatura de Modelado en junio de 1923, aunque el profesor no firmó el acta hasta septiembre.

Dalí obtuvo en primero una matrícula de honor en la asignatura de Historia del Arte en las Edades Antigua y Media. Durante el Bachillerato, cursado en Figueres, ya demostró sus grandes conocimientos en historia del arte.

Presumiblemente la matrícula en Historia del Arte de primero permitió a Dalí no abonar la matrícula de Historia del Arte Moderno y Contemporáneo de segundo (1924-1925). Volvió a obtener la máxima nota.

En una carta al director de la escuela fechada el 11 de septiembre de 1925, Dalí quiere cerciorarse de que su hijo ganó “el premio de segundo curso de historia del arte y que dicho premio consiste en setecientas pesetas que ha de cobrar de la escuela” y desea saber cómo hacerlo.

Del curso 1923-1924 ni hay actas porque fue expulsado. Al curso siguiente tuvo que matricularse de nuevo de las cuatro materias. Obtuvo un “diploma de mérito” (sobresaliente) en Estudios Preparatorios de Colorido.

“En esa época hasta los pintores más tradicionales se quejaban de que la escuela era demasiado académica. La Residencia les daba unas complicidades que no les daba la Academia, que debía de ser aburrida”, subraya De Diego, catedrática de Arte Contemporáneo de la UCM. “Ahora bien, la escuela les daba unas herramientas para el dibujo muy importantes. A Picasso, Maruja o Dalí les enseñaron los rudimentos”. Raquel Monje, decana de Bellas Artes, coincide: “La escuela era un espacio muy conservador. ¡Ha costado muchos años que dejase de serlo! Nuestra gran riqueza es que ahora convivan la academia con lo que pasa fuera".

Dalí aprobó sin problema el primer curso (1922-1923), salvo Grabado, que lo hizo en la repesca. Incluso logró una matrícula en Historia del Arte de las Edades Antigua y Media. Lo que la documentación no testimonia es el atentado fallido a Alfonso XIII el 3 de marzo de 1923, día que el rey inauguró la biblioteca de la escuela; Gibson asegura en dos libros que pudo ocurrir una desgracia. Según escribe, Dalí ―hasta ese momento antimonárquico― planeó con su compañero Josep Rigol hacer una “bomba de protesta, no de matar”, según relató Rigol, rellenando de pólvora un bote de leche vacío. Colocaron el explosivo en un jarrón del pasamanos de la escalera, pero la mecha por suerte no prendió. Estrella de Diego no confirma el atentado fallido: “No hay pruebas”.

El Prado conserva la foto de una visita de la clase de Dalí y Mallo a la pinacoteca junto al rey. Si la bomba existió, nadie se enteró, de forma que ese marzo de 1923 Dalí no fue enviado ni a la cárcel ni a casa. Pero en septiembre, su progresión académica sí se frustró. Fue expulsado durante un año por encabezar un motín estudiantil contra la decisión de la escuela, muy conservadora, de no aceptar en una cátedra al pintor Daniel Vázquez Díaz, considerado demasiado vanguardista.

Se conserva una carta furibunda al director de la escuela por parte del padre del pintor: “Muy señor mío y de mayor consideración. Después de hablar con los alumnos, profesores y empleados de la escuela he confirmado mi opinión completamente favorable a mi hijo”, arranca su misiva. “No pudiendo acatar la decisión del Consejo de Disciplina, no me queda otro remedio que aceptar resignadamente el castigo”. Y profetiza: “Se observará una conducta escolar y académica tan intachable que llegarán a arrepentirse de haberlo castigado a tan grave pena”.

No se conserva en el expediente de Dalí documentos administrativos que demuestren su primera expulsión de la escuela en 1923, pero sí se citan en los de 1926, coincidiendo con el castigo a perpetuidad. Lo que sí se encuentra es una carta de su padre. Está fechada el 23 de noviembre de 1923, por lo que su hijo tuvo que ser expulsado a comienzos del año académico, por encabezar una protesta porque el pintor Daniel Vázquez Díaz no fue aceptado como profesor de la escuela.

El tono de su progenitor es colérico: “Observarán una conducta escolar y académica tan intachable que llegarán a arrepentirse de haberlo castigado a tan grave pena”.

Los tres profesores que debían de examinar a Dalí de Teoría de las Bellas Artes el 14 de junio de 1926 redactaron un acta que dio paso a su expulsión. Según su relato, a las doce y media de la mañana, al ser invitado a extraer tres bolas con preguntas del examen, el pintor de Figueres contestó textualmente: "No. Como los profesores todos de la Escuela de San Fernando son incompetentes para juzgarme, me retiro”.

Nueve días después del incidente, que provocó la expulsión de Dalí, se reunió la junta de profesores. En el acta se recuerda que no formó parte del tribunal examinador Rafael Domènech i Gallissà, pese a ser quien impartía Teoría de las Bellas Artes, para no ser acusado de imaparcialidad. Prefirió ausentarse después de un fuerte encontronazo con Dalí quien, según el Consejo de Disciplina, fue pregonando por Barcelona que logró matrícula en Historia del Arte de las Edades Moderna y Contemporánea y un premio pese a que en primera instancia Domènech i Gallissà le había suspendido.

Según el artista catalán, por la “injusticia cometida” se había constituido un nuevo tribunal. Según el consejo, Domènech i Gallissà no le había examinado (y por tanto suspendido) por encontrarse en París montando una exposición. Resaltan la “caballerosidad” del docente.

El comité de disciplina acuerda que se informe a Dalí de su expulsión perpetua y se cuelgue en el tablón de anuncios la “corrección” para que “sirva de ejemplaridad” a otros estudiantes.

El 22 de octubre de 1926 la Dirección General de las Bellas Artes ratifica la pena impuesta a Dalí por la escuela que ha obrado, a su parecer, con exquisita corrección. Se atiene al reglamento escolar que considera su conducta en el examen pues pude causar “perturbación en el orden o disciplina académica”.

Dalí cumplió su año de expulsión, pero en ese curso 1923-1924 no dejó de estudiar. Lo hizo en la Academia Libre, dirigida por Julio Moisés. Y en septiembre volvió a matricularse. Sus calificaciones fueron mejores que en primero. Logró un “diploma de mérito” (sobresaliente) en Colorido y por segunda vez una matrícula en Historia del Arte.

Esta asignatura tensó hasta el extremo la relación de Dalí con la escuela. Según el relato del Consejo de Disciplina, el pintor “propaló por los centros artísticos de Barcelona” que el profesor de la materia, Rafael Domènech i Gallisà, le había suspendido y que ante la “injusticia” se había constituido un nuevo tribunal que le aprobó y concedió un premio de 700 pesetas.

Pero según la comisión, Domènech i Gallisà no llegó a examinar a Dalí porque se encontraba en París organizando la Exposición de Artes Industriales de 1925. El infundio llegó a oídos del maestro, que se vio respaldado por la escuela. Pero la insolencia de Dalí no terminó así. El curso 1925-1926 lo estudió por libre mientras hacía el servicio militar en Girona y se matriculó en abril de cara a los exámenes.

Hay dos versiones, una previsiblemente adornada, de lo que ocurrió el 14 de junio de 1926. Según contó luego en sus escritos Dalí, tras sacar la bola del tema para su examen de Teoría de las Bellas Artes contestó al tribunal: “Yo sé más de Rafael que ustedes tres juntos. Me niego a contestar”. Y, según aseguraba su amigo Antonio Pitxot en Sobre Dalí, los examinadores le respondieron: “Bueno, pues entonces, vuelva usted otro año, porque este ya está suspendido y, además expulsado”. Y Pitxot escribió que, incluso, el de Figueres siempre remataba el relato de la anécdota con un “Imagínate, preguntarme a mí por Rafael...”. Una boutade propia del personaje.

Las actas del tribunal y de la comisión de disciplina y el dictamen de la Dirección General de Bellas Artes, sin embargo, describen un choque muy tenso que culminó con la expulsión perpetua, no por un tiempo. Dalí hizo un primer desplante al no presentarse a la primera convocatoria del examen ―solo había entonces dos oportunidades― y se le informó por teléfono de la siguiente fecha. Domènech i Gallisà, pese a ser el profesor de la materia, optó por no examinarle para no ser tachado de parcial tras su enfrentamiento previo. Así que otros tres docentes conformaron el tribunal. Según su acta, Dalí afirmó: “No. Como los profesores todos de la Escuela de San Fernando son incompetentes para juzgarme, me retiro”.

En Bellas Artes atesoran “cientos de miles de documentos” que los bibliotecarios Javier Pérez Iglesias y Laura Bomati querrían digitalizar, porque tienen muchas consultas; en especial de artistas locales desconocidos y, últimamente, sobre todo femeninos. Empezarían, si pudiesen, por los libros de registro. “Lo que se hace en esta facultad es porque la gente le pone ilusión”, relata la decana. “Por ejemplo, un profesor con un grupo de estudiantes se enreda en un pequeño proyecto. Pero, como siempre, necesitaríamos presupuesto para hacer más”.

Créditos

Diseño: Ruth Benito

Desarrollo: Fernando Anido

Edición gráfica: Inés Arcones

Coordinación: Brenda Valverde Rubio

Fotografía de apertura: Salvador Dalí y sus compañeros de estudio de la Escuela especial de pintura, escultura y grabado (Academia de San Fernando). 1922-1923. FUNDACIÓN GALA-SALVADOR DALÍ

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La obsesión fanática de Dalí con Freud conquista Viena, en El País, David Granda, Viena - 03 FEB 2022:

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