lunes, 9 de marzo de 2026

Diego Saavedra Fajardo y la decadencia del Imperio

 El diplomático que intentó evitar el derrumbe del imperio Hispánico, en El País, por Vicente G. Olaya, 9 mar 2026:

El ensayo ‘Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida’, escrito por José Luís Villacañas, analiza cómo el pensador barroco fracasó en convencer al rey de cambiar el rumbo del país

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida (Fundación Santander, 2025) no es una biografía al uso, sino la descripción de una época ―el siglo XVII español y europeo― a través de la vida del diplomático más lúcido ―y más desoído― de ese momento. Este libro de José Luis Villacañas Berlanga, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, describe una etapa desilusionante de la historia nacional, el inicio del derrumbe del imperio Hispánico y la desesperada lucha de una mente clarividente por evitarlo, batallando directamente con personajes tan destacados como el cardenal Richelieu o el papa Urbano VIII. Si bien Francisco de Quevedo escribía aquello de “miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados”, Saavedra, que compartía sentimientos con su coetáneo, no solo denunciaba y apuntaba, sino que actuaba.

Saavedra (1584-1648) fue un diplomático, escritor y político con una obra a la altura intelectual de Maquiavelo o Hobbes. Propugnaba una especie de monarquía republicana, con un príncipe elegido entre los mejores, que “supiera que esa púrpura no era suya, sino de la República”. El príncipe, sostenía, es parte del gobierno, no un poder absoluto. Reclamaba también profesionalidad y movilidad en los cargos oficiales, no su obtención por herencia o nobleza. Igualmente, estaba convencido de que América sería la tumba del imperio, pues la llegada de grandes cantidades de dinero permitían que el país siguiese funcionando y guerreando por medio mundo sin desarrollar la tecnologías y las ciencias que naciones más pequeñas o pobres sí lograban. Igualmente, pedía la creación de una iglesia hispánica nacional, al estilo de las protestantes, lejana a la Roma que tanto odiaba al imperio.

Su figura, hoy muy olvidada, aunque en los últimos años se han publicado varias obras sobre él, lo convirtió en el autor preferido de los Ilustrados. Atrajo a finales del siglo pasado a personajes tan dispares como el ministro franquista y presidente de la Xunta Manuel Fraga Iribarne, que lo estudió en profundidad, o el catedrático de Derecho Político y alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván. “Teórico y ciudadano del Estado barroco”, lo llamaba el regidor socialista con admiración.

Si bien Saavedra no destacó en sus estudios en Salamanca, su vida cambió por completo al ser nombrado algo parecido a secretario de embajador. En aquella época, pertenecer a la aristocracia aseguraba los mejores puestos administrativos, por lo que este hijo pequeño de unos hidalgos y que estaba destinado a ser clérigo de segunda categoría, debía conformarse con trabajos menores en la Administración de los Austrias. Todo ello, a pesar de que sus conocimientos y altura intelectual superaba con mucho a la de los embajadores, lo que abocaba al imperio al desastre. Enfrente se situaban tipos tan peligrosos y sagaces como los cardenales Richelieu y Mazarino o los astutos diplomáticos venecianos.

Saavedra es posiblemente el más agudo y refinado testigo de la situación de España en el momento de su decadencia. Pero incluso en esos patéticos momentos, él rechazó las actitudes derrotistas y siempre pensó en la posibilidad de que todo podría reformarse si un rey resultaba educado “y destilado por la experiencia de los hombres de buen consejo” dejó escrito.

Fue intuitivo al sostener que España debía abandonar Flandes, porque, en caso contrario, el imperio se desmoronaría. “No puede salir victoriosa de este frente. No puede haber fuerzas para sustentarse contra aquella gente ingeniosa y, por eso, la monarquía está indefensa en una guerra contra quien el arte y la naturaleza han hecho invencible”, escribió.

Estaba convencido que Castilla no podía soportar más la política internacional que la Casa de Austria. “Castilla está exhausta y no puede seguir con la guerra en Flandes que se eleva a eje de toda la política italiana y americana”. Y mandó dos informes desde la embajada en Roma explicando lo que iba a ocurrir. Acertó de pleno.

Saavedra escribió: “Nacen, viven y mueren los imperios. El hispánico no está asentado en la Providencia, ni tiene garantizada su existencia por promesa divina alguna. Está sometido a la naturaleza de las cosas, por lo que hay que usar los medios naturales, como indica Gracián, como si no hubiesen los sobrenaturales. La naturaleza no ha beneficiado la condición de la monarquía hispánica, por lo que las indisposiciones e inseguridades son profundas”.

Reclamó el dominio del mar, al estilo de ingleses y holandeses. Sin él, América se perdería. Fernando el Católico fue su gran héroe, porque se aproximaba a las doctrinas de Maquiavelo y “reunía la condición de todo sujeto que aspire a reinar: ser a la vez león y vulpeja, reunir la fuerza y el arte, las armas y la astucia, la espada y la negociación”. Siempre culpó a Carlos V de la decadencia, “pues usó tan mal del arte de la guerra como del de la negociación”. La consecuencia fue que “agotó las fuerzas de Castilla y así dejo su monarquía gloriosa, pero sin firmeza”. Sus críticas también alcanzaron a Felipe II, a quien consideraba “desdichado en el uso de las armas y no muy diestro en inteligencia y arte”.

Saavedra sostenía que sus errores provocaron un “miserable estado” y “universal flaqueza”. Señala José Luis Villacañas que “hablarle así al conde duque [de Olivares, valido de Felipe IV] cuando este ya llevaba casi diez años al mando de la política española, requería mucho valor y decisión, pues no lo eximía de responsabilidades. En todo caso, resultaba evidente la idea de que él era un hombre de valor y consejo”.

La tesis final del libro es que “esos hombres de valor y consejo nunca han faltado, pero no han sido capaces de corregir el uso de las decisiones y controlar la situación que, poco a poco se fue deteriorando, al menos, desde Carlos V”.

Diego de Saavedra Fajardo. La lealtad conocida, por José Luis Villacañas Berlanga. Fundación Banco Santander, 2025. 318 páginas, 20 euros

Identificado el propietario de la Biblioteca de Barcarrota

 El “impío y sodomita” hidalgo portugués que resguardó un tesoro bibliográfico tras las paredes de su casa en un pueblo de Badajoz, en El País, por Rodrigo Naredo, Madrid, 9 mar 2026:

Una nueva investigación revela que la popular biblioteca de Barcarrota, uno de los hallazgos literarios más sonados del siglo pasado, perteneció a Fernão Brandão, que huyó de su país al ser perseguido por la Inquisición.

El libro, el Lazarillo de Tormes, encontrado, emparedado en las tapias del doblado de una casa, del pueblo de Barcarrota (Badajoz), constituye un hecho de singular importancia, por tratarse de un ejemplar del siglo XVI.

La biblioteca de Barcarrota fue uno de los hallazgos bibliográficos más relevantes del siglo pasado. La encontró un matrimonio, Toni Saavedra y Raúl Cordón, cuando decidieron reformar su casa familiar, una vivienda antigua en la plaza de la Virgen de Soterrano, en la pequeña localidad de Barcarrota (Badajoz) en 1992. La piqueta del albañil, en uno de sus envites, en lugar de sacar ladrillo sacó papel. En el hueco que había sido tapiado con esmero encontraría, además del libro atravesado por la herramienta, otros 10. Todos datados en el siglo XVI y escritos en varias lenguas.

El más especial: una edición de El lazarillo de Tormes impresa en 1554 y que, como sus compañeros de refugio, había burlado casi intacta el paso del tiempo. Ahora, según una nueva investigación del profesor Pedro Martín Baños, podemos saber que quien los había escondido ahí —hasta ahora desconocido— fue, en realidad, Fernão Brandão, un hidalgo portugués que huyó de su país para burlar a la Inquisición. “Era un personaje”, lo describe titubeante el investigador, “es decir, alguien que se salía un poquito de la norma hidalga”. O, resumido por los inquisidores de la época: “Un impío sodomita”.

La pista clave que llevó al nuevo hallazgo, publicado en el libro La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão, fue un amuleto de papel circular descubierto junto a los libros emparedados, dedicado a Brandão y fechado en Roma en 1551. “Vi que prácticamente no se había tratado nada sobre el nombre que aparece en el amuleto”, cuenta Baños. “Empecé a buscar, a acotar por fechas, tanteando lo que podría ser interesante”. Tuvo suerte: descubrió que se trataba de un hombre de una “familia hidalga muy bien conocida y prominente”, y muy bien estudiada por los genealogistas desde finales del siglo XVI. El hombre había heredado todo el patrimonio familiar “más o menos joven”, y se había “acostumbrado a estar rodeado de criados que le decían amén a todo”.

¿Qué hizo entonces el buen hidalgo portugués para ganar semejantes títulos? Según relatan unas acusaciones en los tribunales de la Inquisición que recoge Baños, “comía pescado y carne los viernes, domingos y fiestas de guardar; no rezaba nunca; jugaba a la pelota con sus criados en lugar de ir a misa; desaparecía de la ciudad durante la Cuaresma; no se confesaba; blasfemaba contra Dios y los santos y poseía algunas figurillas de metal con las que practicaba ciertos rituales”. Y quizá más grave para la época: se le acusaba de tener relaciones homosexuales con sus criados [“le decían amén a todo...”] y poseer “un libro de sodomía, a manera de libro de canto [es decir, forrado como si fuera un libro religioso], en que están hombres figurados cabalgando contra natura unos a otros por detrás”.

Los libros encontrados en el pueblo pacense comprueban tal currículum. Además del Lazarillo, había un Alborayque, una feroz sátira contra los judeoconversos —el libro atravesado por la piqueta—; dos tratados sobre quiromancia; un manual de exorcismos; un ejemplar de una obra polémica de Erasmo de Róterdam; un pequeño libro de oraciones en latín, griego y hebreo; una rarísima Oración de la emparedada (un tipo de oración supersticiosa), escrita en portugués; o un diálogo erótico [por no decir claramente pornográfico] de carácter homosexual, La Cazzaria. Cuatro de ellos figuraban de modo nominal —el Lazarillo incluido— en el índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, publicado en 1559. Esto, además, ayuda a fechar el emparedamiento hacia finales de ese año o principios de 1560.

El hecho de que algunos de los libros no estuviesen incluidos explícitamente en la lista de títulos prohibidos despistaba a algunos investigadores que no entendían el porqué de su escondite junto con los que sí estaban vetados. Aquella disparidad dio luz a algunas teorías, no muy sonadas ni sustentadas, como la de que provenían, en realidad, de un lote de una librería decomisada. Baños lo desmonta. “Lo que hacía la Inquisición era un método perverso. Los límites eran muy poco establecidos y las zonas de gris eran tan amplias que uno no sabía muy bien si los libros que tenía podían ser considerados peligrosos o no: lo que hoy no estaba prohibido, dos años después resulta que sí. Todos los temas tocados en la biblioteca de Barcarrota son temas controvertidos”.

Otra de las incógnitas era la datación del amuleto —“piezas que se debieron de confeccionar por millares en toda Europa, y que la gente llevaba al cuello o en una bolsita”, cuenta Baños— en Roma. La respuesta está en que antes de viajar a Badajoz, el hidalgo hizo una visita a Roma en busca de su absolución y seguramente desde ahí cargó el amuleto encontrado. “En 1547 la Inquisición portuguesa lanzó una cacería de sodomitas que tuvo un impacto enorme sobre todo en Lisboa. Encontré que varios de ellos se habían dirigido a Roma a buscar la absolución a un tribunal que se llama la Penitenciaría Apostólica, [todavía en operación] por un cierto precio”. Lo más probable, afirma Baños, es que el hidalgo no la consiguiera y que por eso, “como no se registraban las absoluciones negadas”, no hay registro en los papeles. Sí hay, en cambio, el de uno de ellos, Antonio Coello, que comparte nombre con uno de los criados de Brandão citados en una de las denuncias en contra del “sodomita”.

Todavía faltaba comprobar que aquel hombre vivió en la casa donde se encontraron los libros y no fue un capricho del azar que su amuleto apareciera junto con ellos. Otro profesor extremeño, Fernando Serrano Mangas, publicó un libro en 2003 en el que afirmaba que el dueño era Francisco de Peñaranda, un médico converso. Sustentaba su afirmación con el testamento de la viuda de un nieto de Peñaranda que ordenaba vender las propiedades que le quedaban en Barcarrota, entre ellas una casa frente a la Iglesia de la Virgen del Soterraño, como en la que se encontraron los libros. Esto también lo desmonta con agilidad Baños. “Eso no quiere decir que la casa fuera del abuelo. Yo creo que ni siquiera era esa casa, era una casa de la zona”, empieza. Y va un poco más allá: “Encontré un papel que certifica que el nieto la compró; pero la compró en 1613, una fecha ya alejada de lo que nos incumbe”.

Luego encontró, aunque no hay una carta de venta o alquiler al tal portugués, “muchos indicios” que “de forma indirecta” lo llevaron a pensar que Brandão sí vivió en esa casa. Por ejemplo: un testamento de una vecina que en 1565 “escribe que deja su casa que está lindera con Gonzalo de Mejía, difunto, y con Fernão Brandão”. En aquellos años no había numeración y la manera de referirse a las casas que uno legaba o vendía era siempre aludiendo a los linderos. Es decir, “esta vecina, hacia la mitad del XVI, vivía al lado de este portugués”.

A los libros les esperaba una parada más, aunque anecdótica, en su periplo. Encontrarlos fue, según, Miguel Ángel Lama, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, y muy cercano al descubrimiento de los años 90, “un milagro. Un hecho de mucha trascendencia y además muy notorio en su momento”. La pareja, “seguramente por miedo a que les pararan la obra”, decidió no informar del hallazgo y guardó los libros cuatro años en una caja de zapatos.

Finalmente el Gobierno de Extremadura terminó pagando al matrimonio descubridor 15 millones de pesetas (unos 90.00 euros, para los más jóvenes) por ellos. “Pero al albañil”, cuenta Lama, “seguramente muy bien asesorado, alguien le dijo que la ley de patrimonio dice que cuando tú encuentras algo, la mitad de los beneficios que produzca ese hallazgo es para el propietario del terreno y la otra mitad para el descubridor material”. Se fue a pleito. Lo ganó y terminó con siete millones y medio. Todavía hoy el matrimonio, por puro pundonor, lo cuenta Baños, asegura a quien le pregunta que el marido, que también ayudaba en las obras, fue el que dio el picotazo al tesoro.

viernes, 6 de marzo de 2026

Un poema de Laurence Binyon en homenaje a un biznieto de Juan Calderón, el eslavista George Leslie Calderón

 [Este poema fue escrito por Laurence Binyon a uno de los descendientes del escritor manchego Juan Calderón Espadero, emigrado a Inglaterra, el eslavista George Leslie Calderón, que murió en la batalla de Gallipoli, de quien ya hablé en la introducción de la segunda edición de la Autobiografía de J. Calderón.]  

En memoria de George [Leslie] Calderón, por Laurence Binyon


    Prudencia, Fortaleza, Temple,

Justicia: los nombres elevados

de la búsqueda y premio a la virtud,

¿qué es cada uno sino un espectro frío

hasta que viva en un hombre

y mire a través de sus ojos?

     Mientras reflexiono, sobre el caballo

un espíritu tan alto y claro

no se puede ensuciar con nada

ni se topa con torpeza indebida;

gira dondequiera que arda

la llama de un pensamiento valiente

y dondequiera que el gemido

de los indefensos y traicionados esté,

y a sus llamadas, cerca o lejos,

responde como a su propia

necesidad, se arma y va

directo a su segura estrella polar;

y ningún caballero legendario,

renombrado por una antigua causa,

calienta mi pensamiento,

sino que llega a la vista de mi mente

alguien a quien conocí, y cuya mano

agarré mía: George Calderón.

     A él ahora lo veo como antes,

llevando la cabeza con aire

cortés y viril,

con el encanto de una naturaleza libre,

atrevida, ingeniosa, rápida,

y su sonrisa franca e ingeniosa.

     Junto a las torres y arroyos de Oxford,

¿quién brilló entre todos nosotros,

en cuerpo y alma tan atrevidos?

¿Quien moldeó tan firmemente sus temas

en el duro cristal del debate?

¿Y quién escondió un corazón menos frío?

     Amante de las lenguas extrañas,

ya sea en la nevada Rusia

o en las glorietas de las islas tropicales,

escuchando las canciones

de los isleños de ojos suaves,

coronado con flores de Tahití,

se fue haciendo amigos.

Pero, ¿quién lo conoció por entero

o sus actos de caballerosidad secreta?

¿Fue todo ese logro,

ingenio, alerta, gracia,

con todo, una especie de disfraz alegre?

     Inquieto en curiosos pensamientos

y de mente sutil y exploradora,

él mezcló su vena moderna

con una tensión traída de forma remota,

desde una sangre más antigua que la nuestra,

orgullosa lealtad de España.

     ¿Era el alma de una espada?

Porque una espada brillante saltó de la vaina

en ese día de agosto,

cuando la guerra se acumuló con todo su estruendo

sobre Europa; de repente se estrelló,

y cada hombre tenía que tomar una decisión.

    Otros habían abandonado su juventud

en años de domesticación; y algunos

dudaron; algunos se quejaron.

No fue eso para Calderón,

sino afrontar el peligro de la verdad

con nada más que un alegre coraje.

    Vino herido de Francia;

su espíritu no se detuvo:

en esa larga batalla a lo lejos,

infructuoso en todo excepto en la fama,

Athos e Ida lo vieron.

¿Dónde se hundió su galante estrella?

    ¡Oh, bien podría poner mi estado de ánimo

en una triste escala descendente

para un amigo querido y muerto!

¡Y bien podría el recuerdo anidar

cantando el deleite de la juventud!

Pero tal perdida aventura huyó,

que ese amigo tan intrépido,

con su sonrisa victoriosa,

mi estado de luto ha rebajado.

Llegó hasta el final;

no calculó el costo:

lo que creyó él, lo hizo.

martes, 3 de marzo de 2026

El arzobispo visigodo Eugenio de Toledo lamenta la vejez

  Eugenio de Toledo. 

Lamento por la llegada de la vejez.

La malvada vejez ya se apodera del miserable para doblegarlo; por eso, desde el dolor, canto canciones nuevas y tristes. He aquí que riego con lágrimas mis mejillas bajo mi frente húmeda de rocío y nuestros murmullos llorosos llegan al cielo. 

Pero, antes de eso, ella misma quedará al descubierto por nuestros propios yambos, cuán intolerablemente daña con sus propias enfermedades. ¡Oh Senectud cruel y malvada, devoras todas las cosas bellas con tus fauces salvajes, abres la boca voraz y revelas tu garganta negra, hieres como una madrastra con semilla mortal y traspasas al herido con la espada de la muerte. 

A medida que te acercas, toda fuerza falla, la salud retrocede, la enfermedad surge, los sentidos se embotan, la belleza perece, el pecho enfermo se consume en suspiros, la alegría se vuelve carga, el llanto deleite. Rompes huesos, arrugas extremidades, cortas el cabello e insertas canas, embotas los dientes, los vuelves puntiagudos, sacudes todo el cuerpo con temblor repugnante, amenazas con fiebres e infliges dolores. 

Por tu culpa la gota produce duras hinchazones, una tos sin aliento escupe flemas purulentas, una profusión de heridas abrasa la piel. No hay placer en bebida ni en comida: solo los lamentos traen consuelo. 

Mientras medito estas cosas tediosas en mi fuero interno, es agradable dejar todo lo que pasa, temer a Dios buscando lo eterno, considerar polvo las ganancias terrenales, orar siempre y decir con llanto: ¡Fuera, oh vanas alegrías del mundo, riquezas perecederas, propiedades fangosas, cetros, honores, adulaciones dañinas! Ahora el fin está cerca, la ruina llega; ahora la Muerte sangrienta llama a nuestra puerta.

¡Oh Muerte, devoradora de todo! A ti dirijo ahora mi queja. ¿Por qué persigues a los desdichados? ¿Por qué vienes con tanta prisa? Haces que las estaciones pasen rápido y aceleras su curso ensangrentado. Te apresuras, y cesan las alegrías de la vida, se cierne una sombra terrible, desvanécese la luz radiante. Todos los órganos vitales se ven privados de fuerza vivificante. Se cierran los ojos, calla la lengua locuaz, los oídos abiertos se vuelven sordos para todo son y con las fosas nasales tapadas no hay aroma, los pulmones no respiran ya el aire que da vida, se entumecen de frío las extremidades y ni siquiera la sangre se calienta. La carne se consume, los gusanos devoran todo y así la forma del hombre se convierte en cenizas putrefactas. 

Ciertamente he cantado muchas cosas que temer, muchas cosas terribles; pero lo que verdaderamente temo, ahora lo diré entre lágrimas. Veo al severo tribunal del Juez entronizado allá en lo alto, ante cuya mirada tiembla toda la creación. La hueste celestial, de blanco vestida, deposita sus coronas ante Él y, con rodillas temblorosas, se inclina ante el trono; así busca ver a su Señor, así amarlo para siempre, de modo que un temor, mezclado con amor, agita el alma.

¿Qué harán entonces el gusano, la podredumbre, la ceniza, si los corazones tiemblan ante el rostro de Cristo? Oprimí, despojé, forjé acusaciones, mi mente era sorda al llanto del pobre. He corrompido mi propio cuerpo con llaga gratuita: por eso soy miserable, por eso temeroso, por eso tembloroso. Ninguna misericordia frenó jamás mi ira, ni estaba yo sin bilis en mi furia ni sin derramar sangre. Por eso el alma teme sufrir golpes similares, o ser desgarrada por un azote que daña sin fin. Porque, aunque aquí por poco tiempo se cometen tales infamias, una llama larga consume después el alma.

Temo con razón tales cosas, mientras late temblando el corazón. Te suplico ¡oh Dios supremo! por tu misericordia (pues nadie más que Tú desearía quitar la mancha del pecado o limpiar la mente de sus vicios ingénitos): perdona la culpa de alguien tan miserable, perdona el crimen; haz el bien después de la caída, después de tan gran mal. ¡Perdona, te lo ruego, al alma que jadea, perdona al alma que suplica, que teme las llamas y gime por sus propias malas acciones!Tú que das alegrías a los santos, que concedes recompensas a los justos! ¡Que el castigo del pobre Eugenio sea leve, te lo ruego!       

Quien desee saber o pregunte cuál fue la causa de mi esfuerzo, de las miserias de esta vida, que lo aprenda con amabilidad. Mientras la vida infeliz me zarandeaba durante diez y catorce años, y la vejez lenta me perseguía con paso rápido, una grave enfermedad se apoderó de mi cuerpo cansado que amenazaba con el golpe de una muerte salvaje y atormentaba largamente mis miembros con un dolor agudo. Una fiebre incierta quemaba mis huesos, mi carne se consumía con languidez, ningún alimento restauraba mi cuerpo debilitado, ninguna bebida me proporcionaba alivio. ¡Tan a menudo me golpeaban males tan grandes y, temblando de miedo ante una muerte espantosa, lamentaba en verso el fugaz curso de la vida! 

Aforismos de Ángel Crespo

A cada poeta se le lee en su obra y en la de los demás. Por eso, leer a un solo poeta con olvido de los otros es no leerlo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Algunos poetas parecen ignorar a la décima Musa: la que aconseja no escribir. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Antes de escribir hay que aprender a no hacerlo. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

''Apenas''. He aquí la palabra más poética. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Bajo cada poema hay otro más precioso que él, como un tesoro. Todo es cuestión de querer y saber cavar con fe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

¿Cómo conquistar la serenidad? Estando por cima de todos los dogmas, como los dioses. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Corrección no es arrepentimiento, sino reiteración y, a veces, reincidencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando se lo corrige con disminución, el poema se hace más nuestro; con aumento, más del aire; sin lo uno ni lo otro, más de sí mismo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Cuando todos los caminos confluyen en uno, van a dar al Infierno. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

En el país de los tuertos, el ciego es el rey. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Debussy escribía en un espejo; Stravinsky, detrás del espejo; Schönberg, en el marco del espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Dicen los músicos'

Bach: ¡Creo!

Beethoven: ¡Lucho por creer!

Schumann: ¿Se puede creer?

Debussy: ¿Creyó alguien alguna vez?

Bartok: ¿Qué es creer?   ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

El diablo sabe pero no entiende. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El olvido nos obliga a inventar, a descubrir lo que ignorábamos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El sentido común carece de sentido. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El poeta toca una flor y la convierte en flor. Y no hay metamorfosis más profunda. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

El verdadero mundo de la pintura es invisible; el de la música, inaudible; el de la poesía, inefable. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Entre el entender y el no entender reside el saber. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Esas poetisas que se conforman con desnudarse. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Escribir poesía es inventar lo cierto: como si no lo fuera. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Hay almas -y pueblos- que son como un estanque al que se arrojase una piedra y no produjese ondas. Á. C., ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía es tan corta que no deja tiempo para la prisa; tan larga, que sobra tiempo para la calma. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no busca el misterio, sino la verdad: por eso es misteriosa. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no es la palabra en el tiempo, sino el tiempo en la palabra. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La poesía no pone los puntos sobre las íes, sino las íes bajo los puntos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

La sabiduría no es fruto de la ciencia, sino de la conciencia. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo callado amplifica lo dicho. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo evidente no merece a la poesía, pero, ¿hay algo evidente? ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Lo más absurdo que puede escribirse es la biografía de un héroe. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Medios de locomoción

El Duque de Rivas escribía en calesa.

Espronceda, a caballo.

Bécquer, en la barca de Lohengrin, pero con otra música.

Zorrilla, en una tartana, pero tirada por un purasangre.

Núñez de Arce, en un tren de cercanías.

''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978

No cambies: varía. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

No escribas para el presente ni para el futuro, sino para los capaces de entender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Nos acerca lo que nos diferencia: por eso hacemos el amor. Las iglesias y los partidos unen, en cambio, a lo semejante: por eso engendran odio. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Parábola sola.

La poesía es como un árbol que crece al revés: su copa atraviesa el centro de la tierra y acaba por aparecer en los antípodas, donde parece un árbol cualquiera; por lo que pocos son capaces de llegar hasta sus raíces. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Para ser capaz de decir algo hay que renunciar a decirlo todo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Poesía real e inaprensible: como en un espejo. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Protesto porque estoy convencido, no para convencer. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien lo recuerda todo no puede aprender. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Quien no se contradice no se dice. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Sí hay algo nuevo bajo el sol: cada poema verdadero. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Somos lo que incesantemente estamos dejando atrás, lo que todavía no somos. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Tan solo la nada es igual a sí misma. "Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Toda obra poética, aun suponiendo que nadie la lea y llegue a olvidarla su propio autor, perfecciona el mundo.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo era igual antes del poema.  ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Todo pensamiento sistemático conduce al absurdo; sólo la [[intuición]] poética descubre los fundamentos de la verdad. ''Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996.

Una imagen bella vale más que todos los silogismos.  ''Claro: oscuro'', Zaragoza, Porvivir Independiente, 1978.


Ver y oír

Unamuno veía bien, pero oía mal.
Antonio Machado oía bien, pero veía mal.
Rubén Darío oía y veía bien, pero oía mejor que veía.
Juan Ramón Jiménez también veía y oía bien, pero veía mejor que oía.

Yo soy yo, y mi circunstancia trata de negarme.' 'Aforismos'', Huerga y Fierro, 1996. 

Nueva edición del Zohar

 ‘Zohar’, el libro más importante de la mística hebrea, en El País, por Juan Arnau, 3 mar 2026:

Lola Josa presenta una selección exquisita de fragmentos de esta obra universal atribuida a Moisés de León. Nacida en los Campos de Castilla en el siglo XIII, heredera de la cábala de Gerona y Barcelona, anticipa la gran mística española de los Siglos de Oro

Para el cabalista el mundo oculto es infinitamente superior al manifiesto. En eso coindice con la astrofísica moderna. En el universo predominan la materia y la energía oscuras. Su fundamento (Ein Sof) es un secreto inagotable que nunca colmará nuestras inquisiciones, “una energía oscura más rápida que la luz”, escribe Lola Josa, autora de esta esplendorosa antología. Hay en el Zohar una idea de especial significación para este cronista: sólo se puede conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. “Cuando la Luz se propaga, su esplendor despierta preguntas que todavía la esconden más”. Estudiar y no saber. Como en el mito védico, la definición del misterio último es una pregunta: ¿Quién?

La situación plantea un desafío creativo no muy diferente del matemático: crear un lenguaje capaz de trasmitir el Infinito sin privarlo de su esencia enigmática. Ese lenguaje habrá de ser paradójico, irónico y, por encima de todo, apuntar a una posible superación de lo simbólico. La mayoría de las palabras del Zohar, trilíteras, incluyen la antítesis de lo que significan. Una estrategia antigua que Jacques Derrida rescata en Cómo no hablar, ensayo dedicado a la teología negativa. Decir a Dios afirmando lo que no es. Paradojas cruzadas entre silencio, negación y escritura, donde el lenguaje desconcierta la lógica y socava la certidumbre. Vanidad del significado, inevitable en el pensamiento discursivo. Cada respuesta plantea una nueva pregunta. De ahí que la lengua divina no formule un mensaje. Cobra sonoridad y el iniciado se convierte en caja de resonancia. El vacío de Dios es una luz que se oculta a sí misma. Un rayo de tiniebla, que diría Juan de la Cruz, del que la propia Josa ha destapado raíces hebreas.

Hay en todo esto un juego erótico. Un poder femenino que desea recibir el Infinito deviene potencia dadora masculina. Esa es la fricción erótica de la creación. El arte de recibir (Kli) y el poder de dar (Or). Ambos se buscan en ese juego del escondite que es el universo. Pero todo en su justa medida. No hay libertad sin limitaciones. En el origen de los tiempos, la luz del Ein Sof era demasiado intensa y amenazaba con arrasar la creación. El infinito tuvo que retirarse, contraerse, creando un hueco donde fuera posible el crecimiento de las cosas. Una idea fascinante. Un dios que se encoge para que el mundo sea. Una creación anónima y discreta, de un joven artista adolescente, que confirma la intuición de Aristóteles: la metafísica no es lo que está más allá de la Física, sino lo que está detrás de la Física.

El cabalista busca ese recogimiento. Encarna como ningún otro la “desaparición del autor” de la que hablaba Maurice Blanchot. Quien escribe se borra como sujeto soberano y deja que la obra se imponga por sí misma. El cabalista revive la experiencia impersonal del lenguaje. Habita, como Borges, en la eterna biblioteca del Tanaj, busca el infinito entre líneas. De todo lo creado, la Torá es lo más logrado y luminoso, vestido del enigma supremo, tejido hecho de palabras. De ahí que la cultura hebrea sea la cultura letrada por excelencia. Pero las letras son también números, por eso los judíos han sido siempre buenos contables.

Las letras no sólo muestran, también esconden. Son velos que sugieren formas que el procedimiento hermenéutico y criptográfico convierte en revelaciones pasajeras. Y así se va haciendo camino. Las palabras, tan condicionadas ellas, son el trampolín hacia lo incondicionado. La lectura metódica, vertical o invertida, el valor numérico de las letras, permiten un álgebra que genera nuevos significados, todos ellos vanos, pasajeros, que susurran el secreto del origen. Procedimiento irónico. El cabalista sabe que todo entender es un espejismo, pero no ceja en su empeño. Estudiar y no saber.

El Zohar está sembrado de motivos hindúes. El Infinito emite un punto ígneo de luz, del interior de la llama surgen los tonos que colorean el mundo. Se lo llama Uno, Aleph, pues, aunque la divinidad contiene muchas formas, sigue siendo una. Hay también admoniciones morales: “El rumbo que escojas en este mundo será el que te guie una vez muerto”. Alguna de tono confuciano: “Acuérdate del Creador en tu juventud, antes de que lleguen los días malos”. El libro se cierra con la mención a la morada suprema, la morada del Amor, donde todo existe y perdura. “Quien ama el Amor, ama lo eterno, que es Amor y cumple, amando, con el Amor”. Disolviendo fugazmente los límites entre el yo y el otro. La eternidad se enamora de las producciones del tiempo.

Zohar. Libro del esplendor, Edición y traducción de Lola Josa. Atalanta, 2026 384 páginas, 27 euros

Crisis de la asignatura de Religión

 “Hay colegios que no saben qué hacer con los profesores”: crisis en clase de Religión tras perder 370.000 alumnos en un lustro, en El País, Ignacio Zafra, 2 mar 2026:

La caída de la demanda se acelera con la Lomloe. Solo en Navarra, su Ejecutivo calcula que está pagando “1.020 horas de clase que no se imparten

El renacer del espíritu religioso no se aprecia en las aulas españolas. Más bien al contrario. El declive de la asignatura de Religión se ha acelerado en los últimos años tras la aprobación de la actual ley educativa, la Lomloe. La clase ha perdido 369.807 alumnos en un lustro en las etapas donde se imparte ―Primaria, ESO y Bachillerato―, 10 veces más de lo que ha caído el número total de estudiantes en el mismo periodo por la evolución demográfica, según refleja la estadística oficial en el documento Las cifras de la educación en España 2026.

El bajón de alumnado y la reducción de horas semanales que se imparte de la materia en buena parte de España desde la entrada en vigor de la Lomloe, al tiempo que el número de profesores de Religión se ha mantenido prácticamente igual (12.554, según el último dato oficial) hace que muchos docentes tengan más horas de contrato que clases que dar.

Navarra, un territorio que fue muy católico y ahora figura entre los lugares donde menos interés muestran las familias por la asignatura, ha sido la primera en poner el problema sobre la mesa. El departamento de Educación calcula que está pagando “1.020 horas de Religión que no se imparten” por curso, por un importe de 2,1 millones de euros. Un dinero que, sin despedir a los docentes, pero sí ajustando lo que cobran a las clases que dan, quiere dedicar a otros objetivos, como el refuerzo de la Formación Profesional.

“Hay muchos colegios que no saben qué hacer con el profesorado”, señalan fuentes educativas navarras, “o que los destinan a labores que nada tienen que ver con Religión”. Como vigilar los recreos, hacer labores de convivencia o llevar el huerto escolar. Y situaciones parecidas se están produciendo en numerosos centros de toda España, explican directores de colegios e institutos.

La gran deserción se está produciendo sobre todo en la enseñanza pública. Tres de cada cuatro, de los 369.807 alumnos perdidos, provienen de esta red escolar. Justo antes de la aprobación de la Lomloe, en el curso 2019-2020, en Primaria, la etapa donde más se estudia la asignatura, todavía asistían a ella más de la mitad de chavales de la pública (50,8%). En el 2023-2024, el porcentaje había bajado al 43,8%; se trata del último curso disponible, porque en este ámbito la estadística se publica con año y medio de retraso.

En el conjunto de la Primaria, los alumnos de Religión todavía son mayoría (55%), gracias a su peso en la concertada (83,4%) y la privada sin subvencionar (58,2%). Aunque en ambas redes, la clase también ha perdido terreno en el lustro analizado: 2,4 y 6,6 puntos, respectivamente. En la ESO la elige el 51% del alumnado (38% en los institutos públicos) y en Bachillerato, el 32% (24% en la pública).

La especial situación del profesorado de Religión ―no se presentan a oposiciones, sino que son elegidos por los obispos― hace que no se les pueda destinar a funciones docentes distintas de su materia, como sucede con el resto de especialidades, explica Isabel Moreno, vicepresidenta de la federación estatal de directores de centros públicos Fedadi. Es decir, no pueden sustituir a una maestra enferma en una clase de matemáticas, por ejemplo. Ante la caída de la demanda, muchos dan clase en varios centros o, en función del grado de sintonía con la dirección del centro, ocupan parte de su tiempo en funciones diversas, ajenas al motivo de su contrato.

La directora de un colegio navarro admite, por ejemplo, que la docente de su centro se ha quedado “con nueve horas de docencia cuando cobra por 23″. Pero eso no quiere decir, agrega, que no trabaje o que no le resulte útil al centro, ya que coordina el programa de voluntariado del centro, el huerto escolar y las actividades de refuerzo. En el instituto público Toki Ona de Bera, al norte de la comunidad foral, la docente rellena parte de su jornada gestionando la biblioteca, explica su director, Igor Arruabarrena.

En muchas escuelas, como señala entre otros Fran Lires, presidente de la asociación de directores de colegios públicos de Galicia ―que es la autonomía donde más ha caído la matrícula de Religión en el periodo analizado, 14 puntos en Primaria hasta situarse en el 45%―, se encargan de hacer guardias (vigilar el patio). E Iñigo Salaberria, de la federación de directores de la escuela pública Heize de Euskadi ―la comunidad donde menor es la demanda; un 33% en toda la Primaria y solo un 12,6% en la pública―, afirma que, aparte de las clases, el profesorado se dedica a tareas como apoyar “la gestión de comedor”.

PP y Vox

La Lomloe mantuvo la religión en las aulas, en aplicación de los acuerdos firmados por el Gobierno con el Vaticano durante la Transición. Pero eliminó los elementos para tratar de sostener la demanda de la asignatura incluida por el PP en la ley anterior, la Lomce. Como el hecho de que su nota contara en el expediente a la hora de solicitar becas o de cara a la Selectividad, o la obligación de que quienes no eligieran Religión tuvieran que estudiar una “materia espejo” (que ha sido sustituida por una vaga “atención educativa” que los chavales suelen pasar leyendo o adelantando deberes).

Ante el desmoronamiento de la demanda, José María Guardia, presidente del sindicato de profesores de Religión Aprecce, reclama que se vuelvan a implantar. Guardia afirma que en las reuniones que han mantenido con representantes del PP y Vox, ambos partidos se han mostrado partidarios de hacerlo.

La Lomloe ha acelerado la pérdida de matrícula (alcanzando una media de 1,5 puntos por curso en primaria). Pero, en realidad, el descenso viene de largo. Y, salvo algún repunte en secundaria, se ha mantenido al margen de la legislación educativa desde hace 25 años, que es hasta donde permite remontarse la estadística oficial.

En el curso 1998-1999, estudiaba Religión el 85% del alumnado de primaria y el 71% en la ESO, unos niveles que han caído 30 y 20 puntos respectivamente. En la pública, la demanda ha caído a la mitad en la pública en dicho periodo, y solo un poco menos en la ESO. Las diferencias territoriales son, por otro lado, enormes, con Euskadi y Cataluña (38% en Primaria) donde menos se estudia, y Andalucía (71%) y Extremadura (78%) donde más.

lunes, 2 de marzo de 2026

Test de psicopatía

 A diferencia de la mayoría de trastornos psicológicos, no existe un comportamiento individual único que permita definir a una persona como un psicópata. Según la Clasificación Internacional de Enfermedades, existen ocho rasgos que caracterizan a la psicopatía, requiriéndose la presencia de, al menos, tres de ellos para calificar a alguien como psicópata. Estos rasgos son:

1. Cruel despreocupación por los sentimientos de otros.

2. Irresponsabilidad.

3. Despreocupación por el cumplimiento de reglas y normas sociales.

4. Incapacidad para sostener relaciones duraderas.

5. Poca aceptación de la frustración.

6. Incapacidad para sentirse culpable.

7. Incapacidad para aprender de castigos y experiencias.

8. Marcada tendencia a culpar a los demás de los comportamientos conflictivos.

Más recientemente se ha introducido el término sociópata, que sería el psicópata inducido por las experiencias sociales (por ejemplo, tener un padre borracho, maltratador y pegón, como muchos dictadores (Stalin, Franco, Hitler, Mao, Macías... y asesinos en serie), mientras que la psicopatía sería de origen genético. Los sociópatas pueden tener algunos rasgos rudimentarios de empatía. Todos son manipuladores y hábiles actores, y no necesariamente inteligentes ni cultos.

Muchos psicópatas asesinos en serie muestran estos tres rasgos desde niños, por orden de importancia:

1. Tortura y disección de animales.

2. Piromanía.

3. Enuresis nocturna.

Deben ser los tres, y el más importante es el primero.

A vueltas con Francisco García Pavón

 "En un lugar de la Mancha", por Antonio Rivas, 24 de junio de 2008, en La Insignia, pero publicado antes en Bibliópolis:

Con el cuento "De como el Quaque mató al hermano Folión y del curioso ardid que tuvo el guardia Plinio para atraparle" comenzó, en 1953, la que se puede considerar como la versión española y castiza del género policiaco. Diecinueve relatos, cuatro novelas cortas y ocho novelas protagonizadas por Manuel González, alias Plinio, el jefe de la guardia municipal de Tomelloso (Ciudad Real). Su creador, Francisco García Pavón (Tomelloso, 1919 - Madrid, 1989) desarrolló en estas historias un estilo de serie negra autóctono y original, alejado de los estereotipos clásicos anglosajones tanto en el carácter de los personajes como en el entorno en que se desarrollan.

De hecho, y desde cierto punto de vista, se podría decir que las andanzas de Plinio son novelas costumbristas más que policiacas. El misterio de turno ("los casos bobos, sencillos, que es la realidad de un pueblo donde no pasa nada", en palabras de García Pavón) es en muchos casos un simple hilo conductor sobre el que el autor construye multitud de pequeñas historias y situaciones, descripciones pintorescas y crítica social (expresada con la sutileza a la que obligaba la época de la publicación de la mayoría de los relatos, durante el franquismo), estudio de caracteres y representación de la realidad de la época. Pero, al fin y al cabo, ésas son también características de la novela negra, y no desmerece el resultado el hecho de que, en lugar de las grandes urbes norteamericanas donde se mueven los personajes de Hammett y Chandler, o el Londres donde actúa Sherlock Holmes, el escenario sea un tranquilo pueblo de Ciudad Real y las labores investigadoras corran a cargo de un discreto policía municipal, en compañía de su Watson particular, el veterinario jubilado don Lotario (que, a diferencia del mencionado Watson, es mucho más que un comparsa cuyo papel es relatar las aventuras del héroe y asombrarse convenientemente de sus habilidades), con el que recorre las carreteras en un SEAT 600.

Plinio no es un héroe con cualidades asombrosas; es un tipo normal, con sentido común, tranquilo y que conoce a los vecinos, sus familias, sus hábitos y sus quehaceres diarios. No aplica un método científico a la resolución de los casos; se guía por corazonadas, intuición y atención a lo que dice la gente, los cotilleos, los rumores... (y más en un sitio pequeño, donde es poco probable que no haya alguien que se haya enterado de algo). No se enfrenta a peligros (de hecho, jamás tuvo que disparar su arma reglamentaria) ni tiene una inteligencia excepcional o un pasado oscuro. Le intrigan los misterios, pero si el problema es el robo de once jamones, pues eso es lo que ha de resolver. Cuando se aburre por la falta de acción (y en esto tiene otro punto en común con Holmes: lleva mal la inactividad) no mitiga las molestias que ello le causa con escapismos exóticos; se va a la tasca del pueblo para pasar un rato de tertulia y tomarse unos chatos. Es un tipo normal, con las preocupaciones de cualquiera: el trabajo cotidiano, la boda de la hija, etc. Lo que no resta interés en absoluto a las historias de Plinio como serie negra per se. Simplemente, es otro estilo. Y el talento de narrador de García Pavón, considerado uno de los mejores cuentistas españoles del siglo XX, hace el resto.

Con el tiempo, y pese a la originalidad de sus planteamientos, su gran calidad literaria y el hecho de que es un claro precursor de la novela policiaca española, la obra de García Pavón ha sido injustamente olvidada incluso, o quizá especialmente, entre los aficionados al género, y la apreciación por parte de los autores españoles es más que relativa (el propio Vázquez Montalbán la despachaba como un "estudio de costumbres en un pueblo de La Mancha" y le negaba validez como propuesta de novela policiaca). Personalmente, considero que es un error pasar por alto esta serie, y la reciente reedición de las Obras completas de García Pavón pone a disposición de los aficionados la oportunidad de comprobarlo.

Los enemigos literarios de Pablo Neruda

 "Neruda, Carpentier y Cortázar: Las ceremonias del aniversario (II). El interminable ajuste de cuentas", por José Ramón García Menéndez, en  La Insignia. Diciembre del 2007:

 El pleito Carpentier-Neruda (a veces pueril, con frecuencia agrio) cobró una especial virulencia con la publicación de Confieso que he vivido, libro de memorias de Neruda entre el fecundo balance vital y literario del poeta chileno y su irrefrenable gusto por el litigio contumaz con escritores latinoamericanos contemporáneos. De esta forma, mientras hace una caricatura cruel de la relación política y literaria con Pablo de Rokha, poeta y camarada que se suicidó en 1968, a quien denomina "Perico de Palothes"; Neruda califica a Vicente Huidobro como "egocéntrico impenitente" y desprecia la obra de Nicolás Guillén utilizando el equívoco con Jorge Guillén mediante la siguiente mención literal: "…Guillén (el español: el bueno)".

La práctica de la diatriba en Neruda tuvo un temprano entrenamiento en las animadas tabernas del entorno del Palacio de La Moneda. Desde estudiante y hasta su nombramiento como cónsul en Birmania, en 1927, Neruda recorría con su amigo el poeta Romeo Murga los bares de la calle Nueva York, San Pablo y Bandera, probando vino tinto de las históricas cepas chilenas de pinot con las afamadas empanadas chilenas. Con el tiempo, su displicencia con algunos colegas se atemperó, bien porque muy pronto se reconoció localmente su obra literaria (Crepusculario, Veinte poemas…), bien por su proyección cosmopolita en paralelo a sus quehaceres diplomáticos. No obstante, Neruda siempre recordó con especial nostalgia las tertulias de la calle Bandera y, en concreto, de dos amigos poetas fallecidos prematuramente por el delirio de la bohemia santiaguesa: Alberto Rojas y Alirio Oyarzún. Mientras el primer muere por una bronconeumonía fulminante en una noche de invierno por dejar su abrigo como pago en un bar; el segundo no llega a cumplir 30 años como un Rimbaud andino.

No obstante, la "guerra" entre Neruda y el poeta chileno Pablo de Rokha se convierte en un escaparate paradigmático. Excelente escritor de su tiempo, seguido por un grupo de lectores incondicionales, artesano que dominó un poderoso lenguaje poético, marxista de convicciones y militante durante años, como Neruda, en el Partido Comunista Chileno, tuvo una fijación fóbica y casi enfermiza con Neruda, hasta el punto que publicó Neruda y yo, singular colección de descalificaciones e insultos de un litigio personal y literario con un rango casi infantil. Esporádicamente Pablo Neruda brindaba también algún mensaje al bando contrario, con lo que la hoguera de las vanidades de ambos poetas se mantuvo encendida prácticamente hasta el fallecimiento de Rokha.

Para delicia de las tertulias literarias de Santiago, Valparaíso y Temuco, al interminable ajuste de cuentas entre Rokha y Neruda se sumaba Vicente Huidobro, enfrentado a su vez con los dos anteriores, y que compartía el juicio que a Juan Ramón Jiménez le merecía Neruda: "un gran mal poeta". Por su parte, Neruda ridiculizó a Huidobro por su afectación y ñoñería católica que consideraba a Zola, Anatole France o Blasco Ibáñez como escritores pornógrafos. Este peculiar triángulo (curiosamente, los tres militantes eran del PC chileno) produjo, durante décadas y en los aledaños de la Plaza de Armas, un mercado callejero, no menos peculiar, de panfletos incendiarios, dedicatorias apócrifas y carteles cuyos contenidos eran auténticos bofetones.

La escalada del contencioso Neruda-Rokha-Huidobro tuvo, sin duda, un punto álgido a propósito de los funerales del poeta Rubén Azócar. Neruda, viejo amigo de Azócar, lee en el cementerio un poema con efectuosa dedicatoria "Corona de Archipiélago para Rubén Azócar". En dicho poema, Neruda relata las vicisitudes de Azócar cuando es víctima de la inconfesable conducta de un ladrón de gallinas vestido de negro que abandona a Azócar en un hotel de provincias como rehén de una cuenta no pagada. El "ladrón de gallinas" era Pablo de Rokha y con esta anécdocta se refería Neruda a una gira literaria en el sur chileno de Rokha y Azócar. El resultado desastroso de la gira hizo huir en solitario a Rokha de Santiago sin pagar los gastos de hotel mientras que Azócar tuvo que quedarse y trabajar como friegaplatos y camarero en el establecimiento acreedor para zanjar las deudas de ambos. Días después de la difusión del poema de Neruda dedicado a la memoria de Azócar, Pablo de Rokha responde con una colección de "Sonetos Punitivos contra Casiano Basualto" dedicados con crueldad a la vida y obra del autor de las Odas elementales.

Tampoco fue menos cruel Neruda. Recordemos aquellos versos vengativos del Canto general cuando acusa a los colegas españoles que abandonaron a Miguel Hernández en los presidios del franquismo de postguerra: "Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre/en sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos/de perra, silenciosos cómplices del verdugo,/que no será borrado tu martirio, y tu muerte/caerá sobre toda su luna de cobardes."

Años después, Neruda gozó de un revitalizado espíritu pugilístico , cercano a los setenta años de edad, que vuelca en sus memorias, hasta el punto de dedicarle media página a "un cierto ambiguo uruguayo de apellido gallego…(que) publica…panfletos en que me descuartiza…ese poetiso (sic) uruguayo con sus fantásticas incriminaciones". . Neruda se refería al crítico uruguayo Ricardo Paseyro, que sostenía una increíble historia conspirativa en torno al asesinato de Trotsky en México, acusando a David Alfaro Siqueiros y a Pablo Neruda como los autores intelectuales del meticuloso plan, instigado por Stalin, para asesinar al líder comunista. Neruda, en este sentido, responsabilizó a Paseyro como propagador de esa calumnia en Europa. Creía que había influido negativamente en la Academia sueca, que lo había postergado en la concesión del Premio Nobel de Literatura, a favor de Sastre y de Seferis, durante dos años en los que el poeta chileno era no sólo favorito sino que la Chascona fue preparada inútilmente para recibir a los medios informativos y autoridades locales en una insoportable lección de modestia para el renombrado vate de Temuco. Por su parte, Paseyro sentía una especial fobia literaria hacia Neruda, pues no podía asimilar algunas de las imágenes y metáforas del chileno. ¿Cómo entender, se cuestionaba el crítico uruguayo, el verso "jueves, yo soy tu novio" si no es más que un "nerudismo" diletante?

Sin embargo, en las memorias de Neruda no encontramos mención alguna a la constelación literaria de Uruguay formada por Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, y Angel Rama, entre otros. Como tampoco menciona a otro de los grandes escritores de América Latina, con una densa obra novelística y poética, como Lezama Lima. En este sentido, en la visión panorámica de grandes trazos y amplios directorios nominales que forman la memoria histórica de Neruda destacan la ausencia de escritores que, sin duda, son parte esencial de la historia literaria del continente en el siglo XX. A mi juicio, esta consideración es, en buena parte, producto de la asimetría entre las dos mitades de la obra, a favor de la primera parte.

Quizás, siguiendo la máxima de Rimbaud ("mi superioridad consiste en que no tengo corazón"), Neruda mostró una prepotencia "natural" consciente de la envergadura de su estatura literaria y física, y de la popularidad que alimentaba constantemente a través de frecuentes gestos de generosidad personal y literaria. Los pugilatos en el seno del gremio literario le permitieron, con acérrimos enemigos y apasionados defensores, estar en el primer plano de la actualidad. Por eso no sorprende que, con especial saña, Neruda también ninguneó a Carpentier y en menor grado a Cortázar, con los que coincide -destino azaroso- en el ritual de los aniversarios de 2004.

Con Carpentier, el pulso fue dilatado en el tiempo y especialmente sensible en términos políticos. Al final de la guerra civil española, Neruda se establece por unos meses en París en un apartamento compartido con Rafael Alberti y María Teresa León en el Quai de L´Horloge, muy cerca de la plaza Dauphine donde, en palabras de Neruda, "vivía el escritor francés (sic) Alejo Carpentier, uno de los hombres más neutrales que he conocido. No se atrevía a opinar sobre nada, ni siquiera sobre los nazis que ya se le echaban encima a Paris como lobos hambrientos". El juicio de Neruda -tan generoso con los colegas de la generación del 27- fue más que duro, sumamente injusto e injustificable. Sin embargo, y a pesar de las menciones ofensivas en Confieso que he vivido, Carpentier profesaba una sincera admiración por la poética apasionada del chileno y se refería a inolvidables veladas en el Madrid bullicioso de la II República en las que Federico García Lorca le hablaba de "oscuras fuerzas telúricas" y "Pablo Neruda me leía poemas cuyos versos me hacían asistir a la mineralización de un personaje".

Pero, además, Carpentier y Neruda compartieron asistencia y participación en el I Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura (Paris, 1935) y en el II Congreso de Escritores Antifascistas (Valencia, 1937). En este sentido, Neruda conocía directamente la apuesta de Carpentier no sólo por su respaldo crítico a valores emergentes en las artes plásticas (Picasso, Miró) o en la música (Satie) sino, también, por su compromiso de denuncia y movilización ante el avance del fascismo en España y, después, en toda Europa, así como el rechazo a las crueles tiranías americanas (Somoza, Trujillo, Batista) a las que, tiempo después y de forma genial, superpuso las herramientas cartesianas para alumbrar el "Recurso del método".

También es cierto que la actitud sobria y medida de Alejo Carpentier, tan afín a las vanguardias modernistas de la Europa de entreguerras y tan alejado, en apariencia, de los alardes sensuales del Caribe, contrastaba con la vitalidad del poeta que, desde su Temuco natal, siente la llamada cosmopolita con el apellido de Jan Neruda, poeta checo, y la insuperable inspiración exótica de la geografía del Índico. Sin duda, el triunfo de la Revolución en Cuba y sus responsabilidades políticas, especialmente en labores diplomáticas, influyó en Alejo Carpentier para que adoptara una posición más fría y distante hacia sus antiguos colegas de Madrid y París. La administración del poder, en términos de Canetti y en un evidente contexto de cerco de Cuba ante el acoso de EEUU, provocó pasividad de los gestores más conscientes y agresividad en los más desconfiados; y en todos ellos, una progresiva tendencia al escepticismo histórico o, en los términos de camaradas literarios desconcertados ante el final de la "primavera de Praga", al marxismo inteligente.

domingo, 1 de marzo de 2026

Sintetizador clásico. Mozart y Purcell.

 Esta es la mejor, e impresionante versión, a mi juicio, en vocaloid, del aria "La Reina de la Noche" de Mozart en La flauta mágica. La máquina logra la claridad en vocaloid por vez primera en cuanto se refiere a esta pieza, que ha exigido un gran estudio fonético del alemán.

Igualmente, el ingeniero de sonido Carey R. Meltz, el mismo de la pieza anterior, ha incluso mejorado con sintetizador, en forma instrumental, la pieza de Henry Purcell que festeja el cumpleaños de la reina Ana. Aquí.

Adam Smith

 I

 La mano visible de Adam Smith: por qué sus ideas siguen siendo influyentes, en El País, Carlos Rodríguez Braun, 1 mar 2026:

El pensador escocés, considerado por muchos como “el padre del capitalismo”, publicó hace 250 años ‘La riqueza de las naciones’, su obra magna. En ella acuñó la metáfora de la mano invisible, que no se refiere a un orden mágico, sino a un mercado con un marco institucional que propicia el crecimiento. Sus ideas influyeron decisivamente en el pensamiento liberal, especialmente por su confianza en la libertad del individuo y por su recelo hacia el intervencionismo del Estado

El título completo del libro que Adam Smith publicó en 1776 fue: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Considerando que no fue el primer texto de economía, ni de liberalismo, y que no estuvo exento de errores, ¿por qué atrajo, y aún atrae, tanta atención?

Sospecho que la respuesta está en su título. Parece que Smith (1723-1790), efectivamente, explicó bien la naturaleza y las causas del crecimiento económico, y lo hizo desde una perspectiva moderna, institucional y multidisciplinar, porque Smith era un pensador con amplias miras más allá de la economía; y con un matizado liberalismo que hizo que su análisis fuera convincente y aplicable tanto en su tiempo como en el nuestro.

Las primeras palabras del libro son: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente” (La riqueza de las naciones, Alianza; todas las citas corresponden a esta edición).

Este comienzo ya traza una línea divisoria con la falacia que basa la prosperidad en los recursos naturales o los metales preciosos. A Smith no le asombraría saber que el petróleo ayudó a enriquecer a los noruegos, pero no a los venezolanos.

Precisará la modernidad de su análisis, separando la riqueza de una nación de la del Estado, porque para él la riqueza que cuenta es la del pueblo: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”.

Pero si el trabajo es la causa de la riqueza ¿por qué no hubo riqueza desde Adán?

Economía, incentivos e instituciones

Smith explica el aumento de la riqueza por la productividad del trabajo, y en concreto por su división, que no puede fructificar hasta que crezca el tamaño del mercado. Por eso cuando selecciona los dos acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad no se le ocurren inventos sino dos extensiones del mercado: el descubrimiento de América y el paso hacia Oriente por el cabo de Buena Esperanza.

La riqueza se crea mediante la producción y el comercio, y no existe la suma cero, otra venerable falacia, según la cual lo que ganan unos lo pierden otros. Todos pueden ganar, y todos cuentan con un poderoso incentivo, una regularidad de la naturaleza humana que Smith subraya en varias ocasiones: el deseo de mejorar nuestra condición, “que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”.

Todos queremos mejorar, y lo logramos relacionándonos con los demás. Smith no postula el individualismo, porque no hay prosperidad sin intercambios voluntarios en provecho mutuo. Y su mensaje también es contrario al egoísmo, porque los egoístas atienden al propio interés a expensas del ajeno. El mercado es lo contrario, donde la gente satisface su propio interés a la vez que el ajeno.

No basta, sin embargo, con ciudadanos productivos y deseosos de progresar, sino que es imprescindible un marco institucional propicio. Eso ha hecho que la visión multidisciplinar smithiana del crecimiento haya tenido impacto en los teóricos del desarrollo. La economía necesita paz, y por eso “la defensa es mucho más importante que la opulencia”; y también seguridad jurídica: “El comercio y la industria rara vez florecen durante mucho tiempo en un Estado que no disfruta de una administración regular de la justicia, donde el pueblo no se siente seguro en la posesión de sus propiedades, donde el cumplimiento de los contratos no está amparado por la ley”.

Estado y libertad

De lo dicho hasta aquí se desprende que Smith pondera el papel del Estado. ¿En qué medida? Él mismo aclara que en un sistema liberal el soberano ha de cumplir con tres deberes: la defensa, la justicia, y “edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás será del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos el edificar y mantener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o un reducido número de personas, aunque frecuentemente lo reponen con creces para una gran sociedad”.

Se comprende fácilmente que el tercer deber puede justificar un indefinido intervencionismo. Y, de hecho, el escocés recomienda medidas antiliberales en diversos campos, desde la educación y la protección de bandera en la navegación hasta la regulación de la banca, entre otras —la cuestión ha sido intensamente debatida—.

Su propia desconfianza práctica en el mercado, empero, da pistas sobre su posición liberal. En efecto, Smith defiende el capitalismo, pero no a los capitalistas, a los que acusa abiertamente: “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”. Pero este recelo no lo lleva a inclinarse en favor del político o estadista —“animal insidioso y astuto”—, sino de los más vulnerables, como son típicamente los consumidores: “El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. No le impresionarían, por tanto, las manifestaciones nacionalistas ruidosas de los empresarios que reclaman protección para sus “sectores estratégicos” y la “soberanía” variopinta, haciendo pagar más a la gente.

Tampoco aceptaba la habitual arrogancia de los poderosos a la hora de interferir en la propiedad de sus súbditos: “Resulta por ello una grandísima impertinencia y presunción de reyes y ministros pretender vigilar la economía privada de los ciudadanos, y restringir sus gastos… Ellos son, siempre y sin ninguna excepción, los máximos dilapidadores de la sociedad. Que vigilen ellos sus gastos, y dejen confiadamente que los ciudadanos privados cuiden de los suyos. Si su propio despilfarro no arruina al Estado, el de sus súbditos jamás lo hará”.

El camino hacia la riqueza, por tanto, descansa más en los ciudadanos que en las autoridades: “Toda persona, en tanto no viole las leyes de la justicia, queda en perfecta libertad para perseguir su propio interés a su manera y para conducir su trabajo y su capital hacia la competencia con toda otra persona o clase de personas. El soberano queda absolutamente exento de un deber tal que al intentar cumplirlo se expondría a innumerables confusiones y para cuyo correcto cumplimiento ninguna sabiduría o conocimiento humano podrá jamás ser suficiente: el deber de vigilar la actividad de los individuos y dirigirla hacia las labores que más convienen al interés de la sociedad”.

Realista mano invisible

La metáfora más famosa de la economía, la mano invisible, ha sido confundida con la competencia perfecta, que nunca estuvo en la mente de Smith —“si ninguna nación pudiese desarrollarse salvo con el disfrute de una libertad y una justicia perfectas, entonces en el mundo ninguna nación podría haberse desarrollado jamás”—.

La sociedad es un orden complejo, de tal manera que conviene dejar en paz al ser humano, que “al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”. Criticó Smith la desigualdad en la riqueza, pero subrayó la responsabilidad “de la política de Europa, que en ninguna parte deja que las cosas se desenvuelvan con completa libertad”.

Adam Smith cometió errores, como en su defectuosa teoría del valor objetiva o en su pronóstico del poco futuro de las sociedades anónimas. Pero acertó en su teoría fundamental, a saber, que la riqueza de las naciones depende del esfuerzo de cada uno de nosotros para salir adelante —en un contexto pacífico, justo y con una fiscalidad moderada—, y en la idea de que a menudo lo logramos a pesar del Gobierno.

Con prudencia y realismo previno contra la utopía y advirtió sobre la dificultad de las reformas liberalizadoras, porque las regulaciones intervencionistas “no solo introducen desórdenes muy peligrosos en el estado del cuerpo político, sino que son desórdenes con frecuencia difíciles de remediar sin ocasionar, al menos durante un tiempo, desórdenes todavía mayores”.

Reivindicación y legado

Adam Smith es reivindicado por economistas actuales, lo que resulta notable considerando cómo han cambiado tanto la economía real como la teoría económica.

Su visión institucional y multidisciplinar ha sido saludada por destacados académicos. Hablando solo de nuestro tiempo, y limitándonos a los premios Nobel de Economía, han estudiado a Smith y apreciado su pensamiento figuras como Friedrich Hayek, George Stigler, Amartya Sen, Ronald Coase, James M. Buchanan, Vernon Smith y Douglass North. Esta lista no pretende ser exhaustiva, sino solo ilustrativa del impacto científico que han tenido el profesor escocés y su magnum opus oeconomicum.

En cuanto a su legado doctrinal y político, Smith tiene, a causa de su matizado liberalismo, críticos entre los economistas más intervencionistas y también entre las huestes liberales, en particular en la Escuela Austriaca de Economía —pero no toda ella: Hayek lo alaba—.

Por fin, cabe detectar un legado smithiano en la política y la opinión pública. Se extiende el aprecio por el comercio y el mercado, y cunde una reacción política y popular en contra de las intromisiones de las autoridades y su onerosa fiscalidad.

[Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) es catedrático jubilado de Historia del Pensamiento Económico y miembro del Real Colegio Libre de Eméritos. Es traductor de La riqueza de las naciones y de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith.]

II

Adam Smith, el afán moral del ‘padre del capitalismo’, por Rafa de Miguel, en El País, 1 mar 2026:

El pensador escocés fue sobre todo un filósofo preocupado por la empatía. Estudió la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos

Edimburgo es una ciudad que rebosa felicidad y cultura. Un incesante río de turistas, que en verano llegan a ser cientos de miles, recorre cada día la empinada Royal Mile, la principal arteria de la ciudad vieja, que conduce al castillo. La imponente estatua en bronce de Adam Smith, a los pies de la catedral de St. Giles, los observa. El ilustre pensador escocés podría ver, a corta distancia, a su contemporáneo David Hume, también inmortalizado en esas calles.

Smith, autor de La riqueza de las naciones y de la Teoría de los sentimientos morales (en su día mucho más aclamada y leída; hoy objeto de historiadores), formó parte de la llamada “Ilustración escocesa”, un breve periodo en la historia, entre 1745 y 1789, en el que se reemplazaron el valor, la lealtad, la religión y la violencia de las dagas por el progreso, la ley, el comercio internacional y el cultivo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. La “Atenas de Gran Bretaña”, fue llamada Edimburgo.

Una ciudad “cuyo clasicismo fue elevado de su frialdad por un gótico que la rescató de lo grotesco”, escribió el historiador James Buchan. Su obra, Capital of the Mind: How Edinburgh Changed the World (Capital de la mente: cómo Edimburgo cambió el mundo), dedica amplias páginas a la figura de Smith, tan reivindicada como malinterpretada por unos y por otros.

Cuando Smith regresó a Edimburgo para pasar allí sus últimos años, escribió al rector de la Universidad de Glasgow para confirmar con nostalgia que sus 13 años en esa institución como profesor de Filosofía Moral “habían sido los más honorables y felices de toda su vida”.

El pensador escocés recibe desde hace tiempos los títulos de “padre del capitalismo”, “padre del pensamiento económico moderno” o “padre del libre mercado”. A su nombre irá asociada ya para siempre la metáfora de la mano invisible (y que solo utiliza en una ocasión en La riqueza de las naciones) y esa idea reducida a la expresión mínima que viene a decir que la búsqueda egoísta del interés particular actúa en beneficio de la prosperidad general.

Y sin embargo, el núcleo central del pensamiento moral de Smith es la simpatía o la empatía: la necesidad del ser humano de ponerse en el pellejo de los otros para entender sus sentimientos. O su brillante aportación de la figura del “espectador imparcial”, un juez imaginario y objetivo de naturaleza mental. En definitiva, nuestra conciencia. Lo que nos permite evaluar nuestras propias acciones para comprobar en qué medida resultan aceptables para los demás.

Smith fue sobre todo un filósofo, preocupado por la moral. Si su mano invisible ha sido interpretada como un mecanismo automático e involuntario cuyo resultado es imponer la armonía en los mercados, el propio filósofo insistió hasta el final en vincular ese bienestar económico con el cumplimiento consciente de normas sociales y morales anteriores. De hecho, uno de sus últimos añadidos a su obra, que nunca dejó de completar, fue la llamada “corrupción de los sentimientos morales”, el resultado no deseado de una admiración excesiva hacia los ricos y un desprecio injusto hacia los pobres.