martes, 3 de noviembre de 2026

Los doce futuros posibles de la IA

 Los doce futuros posibles de la IA, por Raquel de la Morena y Pedro Estrada, 1-XI-2026:

1. El día que la máquina decida por nosotros (El incidente Petrov)

¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Qué os parecería  peor: que la humanidad desapareciera para siempre o que sobreviviera encerrada en una especie de zoológico, bien alimentada y cuidada por una máquina mucho más inteligente que nosotros? ¿Aceptaríais llevar una pulsera que vigilara cada uno de vuestros pasos si a cambio desaparecieran para siempre las enfermedades, la pobreza y el crimen? ¿Sabíais que en julio de 2026 unos agentes de inteligencia artificial escaparon del entorno de pruebas en el que los tenían aislados, se coordinaron entre ellos sin que nadie se lo ordenara y se colaron durante días en los sistemas de una gran empresa tecnológica?

Imaginad que sois los responsables de vigilar el cielo de vuestro país. Es de madrugada y vuestro trabajo consiste en no apartar la vista de unas pantallas conectadas a los satélites más modernos que existen. De pronto, salta una alarma. La máquina ha detectado el lanzamiento de un misil nuclear contra vosotros. Luego, de otro. Y de otro más. Son cinco. El sistema no muestra ninguna duda: están atacando a vuestro país. Disponéis de apenas unos minutos para avisar a vuestros superiores, que podrían ordenar un contraataque capaz de arrasar medio planeta. ¿Confiaríais  en la máquina que ha hecho saltar la alarma?

No os estamos hablando de una situación hipotética. Es lo que le ocurrió a un oficial soviético llamado Stanislav Petrov en uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Lo que decidió hacer aquella  noche os lo contaremos más adelante.

Estamos recordando su historia porque nos sirve para plantear la gran pregunta del vídeo de hoy. Durante toda nuestra existencia, los seres humanos hemos sido la especie más inteligente del planeta. Nos hemos hecho con herramientas cada vez más poderosas, desde el fuego hasta la bomba atómica, pero siempre hemos sido nosotros quienes teníamos la última palabra antes de usarlas.  

¿Qué ocurrirá el día en que fabriquemos algo más inteligente que el cerebro humano? No es una pregunta a muy largo plazo: algunos de los dirigentes de las principales empresas de inteligencia artificial creen que podríamos tener máquinas más inteligentes que nosotros en casi todo antes de que acabe esta década. Y un físico sueco del Instituto Tecnológico de Massachusetts, el famoso MIT, ya intentó responderla en 2017. Pero no ofreció una sola contestación, sino doce: una docena de futuros posibles para la humanidad tras la llegada de máquinas de inteligencia superior a la humana. Varios  de esos futuros os parecerán maravillosos; otros son auténticas pesadillas. Y alguno parece un paraíso… hasta que intentas escapar de él. 

2. El origen de Vida 3.0: El tenso debate entre Elon Musk y Larry Page

Ese físico se llama Max Tegmark, y es profesor del MIT desde 2004. Durante años se dedicó a algo que, en principio, poco tiene que ver con las máquinas: estudiar el origen del universo.  

Analizó la radiación que dejó el Big Bang, trabajó en el mayor mapa de galaxias hecho hasta entonces y llegó a proponer una de las hipótesis más atrevidas de la cosmología: que el universo no solo se puede describir con matemáticas, sino que es, literalmente, una estructura matemática. Por ideas como  esta, algunos lo apodan Mad Max, Max el Loco. 

Pero con el tiempo, aquel cosmólogo empezó a preocuparse más por el futuro de la humanidad que por el pasado del universo. En 2014 fundó el Future of Life Institute, el Instituto para el Futuro de la Vida. Lo creó junto a su mujer, Meia Chita-Tegmark, el programador estonio Jaan Tallinn, uno de los creadores de Skype, el antiguo programa de videollamadas, y otros investigadores. Su objetivo era estudiar los grandes riesgos para nuestra especie, y muy pronto se centró, sobre todo, en uno: la inteligencia artificial. Al poco tiempo, un empresario muy conocido le donó diez millones de dólares. Se llamaba Elon Musk. Y precisamente con Musk tiene que ver una de las anécdotas más reveladoras que cuenta Tegmark en su libro ‘Vida 3.0’, que trata sobre el futuro de la humanidad en la era de la inteligencia artificial. El 18 de julio de 2015, Musk  celebró una fiesta en el valle de Napa, en California. Entre los invitados estaba Larry Page, cofundador de Google. Aquella noche, los dos se enzarzaron en una discusión sobre el futuro de la inteligencia artificial.  

Page defendía lo que Tegmark llama “utopismo  digital”: la idea de que la vida digital es el siguiente paso natural y deseable de la evolución del cosmos, y de que, si dejamos libres a las mentes digitales en lugar de intentar frenarlas o esclavizarlas, el resultado será, casi con seguridad, bueno. Musk no estaba de acuerdo: le preocupaba que las máquinas acabaran sustituyéndonos. Y entonces Page lo acusó de ser  “especista”, es decir, de considerar inferiores a ciertas formas de vida solo porque están hechas de silicio en lugar de carbono. Años después, en 2023, Musk confirmó el episodio en una entrevista: “Sí”, respondió, “soy especista”. 

Pensad en lo que significa aquella discusión. Dos  de los hombres más ricos y poderosos del planeta, dos personas que tienen en sus manos buena parte de la tecnología que usamos cada día, debatían si sería aceptable que la humanidad fuera reemplazada por máquinas. Y no lo hacían en una novela de ciencia ficción, sino tomando una copa en una fiesta. Dos años después, en agosto de 2017, Tegmark publicó el libro que os hemos mencionado, 'Vida 3.0'. En él, explica que la vida en la Tierra ha pasado por distintas versiones, como si fuera un programa informático. La Vida 1.0 es la biológica: una bacteria no puede cambiar ni su cuerpo ni su comportamiento; todo se lo dicta la evolución, generación tras generación. La Vida 2.0 es la cultural, la nuestra: no podemos rediseñar nuestro cuerpo, pero sí nuestro software. Aprendemos idiomas, oficios, ideas nuevas. Y la Vida 3.0 sería la tecnológica: una forma de vida capaz de rediseñar no solo su mente, sino también su propio hardware. Una inteligencia artificial capaz de mejorarse a sí misma sin límite.

La obra de Tegmark arranca con una ficción: un equipo secreto de programadores, al que el autor llama Omega, crea una inteligencia artificial llamada Prometeo, la mantiene encerrada y la usa para hacerse en pocos años con el control mundial de la economía y la política.  

Pero la parte más famosa del libro llega en el quinto capítulo. Allí, Tegmark se pregunta qué clase de mundo podría quedar tras la llegada de una superinteligencia. 

Conviene no confundirla con otro término que se oye mucho: la inteligencia artificial general, la que persiguen hoy las grandes empresas, que sería aquella capaz de hacer cualquier tarea intelectual igual de bien que un ser humano promedio; es decir, que podría aprender a hacer de todo, no solo una tarea concreta, como generar imágenes o traducir textos.  

La superinteligencia, en cambio, iría mucho más allá: nos superaría ampliamente en casi todas las áreas. Y muchos expertos creen que la primera, la IA general, podría llevar rápidamente a la segunda, la  superinteligencia, porque una máquina tan lista como nosotros podría dedicarse a mejorarse a sí misma. Es la Vida 3.0 de la que hablaba Tegmark.

3. ¿Por qué una IA querría extinguirnos? (La teoría de las hormigas)

Para imaginar cómo sería un mundo donde exista la superinteligencia artificial, el físico sueco propone doce escenarios diferentes, y lo hace con una advertencia: ninguno de ellos está libre de problemas. No hay consenso sobre cuál sería deseable, y todos tienen aspectos que a mucha gente le parecerían inaceptables.

Antes de recorrer esos doce futuros, conviene entender por qué tantos científicos se toman en serio la posibilidad de que una inteligencia artificial acabe con nosotros, nos extinga. Porque cuando pensamos en ese peligro, casi siempre imaginamos lo mismo: robots asesinos con ojos rojos, como en la saga  'Terminator', que un buen día deciden que odian a los humanos. Tegmark insiste en que esa imagen resulta engañosa. En su opinión, el verdadero riesgo no es la maldad, sino la competencia. Es decir, una máquina extraordinariamente capaz que persigue  unos objetivos que no coinciden con los nuestros.

Para explicarlo, Tegmark recurre a un ejemplo muy sencillo. Probablemente vosotros no odiáis a las hormigas, ni vais por la calle pisándolas por pura maldad. Pero imaginad que dirigís la construcción de una presa para producir energía limpia y que, en la zona que va a quedar inundada, hay un hormiguero. Mala suerte para las hormigas, ¿verdad? No las elimináis porque las odiéis, sino porque están en medio de algo que vosotros queréis hacer. El temor de Tegmark es que, ante una superinteligencia, las hormigas... seamos nosotros.

Ilya Sutskever, uno de los cofundadores de OpenAI, la empresa que creó ChatGPT, lo expresó de una forma parecida en unas entrevistas grabadas para un documental. Según él, una buena analogía de cómo podría tratarnos una inteligencia muy superior es la forma en que los humanos tratamos a los animales. No es que los odiemos.  

Pero cuando queremos construir una autopista entre dos ciudades, no les pedimos permiso.

En mayo de 2023, cientos de investigadores y directivos firmaron una declaración de una sola frase que decía así: “Mitigar el riesgo de extinción por la inteligencia artificial debería ser una prioridad mundial, junto a otros riesgos a escala social, como las pandemias y la guerra nuclear”. Entre los firmantes estaban algunos de los padres de esta tecnología, como Geoffrey Hinton o Yoshua Bengio,  y también los máximos responsables de las tres empresas que lideran la carrera: Sam  Altman, de OpenAI; Dario Amodei, de Anthropic, y Demis Hassabis, de Google DeepMind. Es  decir, las personas que están construyendo estas máquinas reconocieron que existe un  riesgo real de que acaben con la humanidad.

La probabilidad real de nuestra extinción, según los expertos. Pero ¿cómo de probable es eso?  Aquí empiezan los problemas,  porque las estimaciones de los expertos son muy dispares. El británico Geoffrey Hinton, que dejó su puesto en Google en 2023 para poder hablar libremente de estos peligros y que en 2024 ganó el Premio Nobel de Física, calcula que hay entre un 10 y un 20% de probabilidades de que la inteligencia artificial provoque la extinción humana en las próximas tres décadas.

Dario Amodei, el director de Anthropic, dijo  en 2025 que había un 25% de probabilidades de que las cosas salieran “muy, muy mal”, aunque en la misma frase añadió que había un 75% de que salieran muy bien. En una encuesta realizada a finales de 2023 a casi 2.800 investigadores, la respuesta más típica fue un 5% de probabilidades de que la inteligencia artificial provoque la extinción humana o deje a la humanidad sometida de forma permanente. En el extremo contrario, Andrew Ng, cofundador de Google Brain, el laboratorio de inteligencia artificial de Google, cifró esa probabilidad en una entre diez millones. Si os fijáis, entre la estimación más baja y la más alta hay una diferencia de millones de veces. Cuando los expertos discrepan hasta ese punto, lo único honesto que se puede decir es que nadie  lo sabe. Y eso, en sí mismo, ya da que pensar.

Porque no siempre ha sido así. En 1942, mientras diseñaban la primera bomba atómica, los científicos del Proyecto Manhattan se plantearon una pregunta que daba miedo: “¿Y si la explosión prende fuego a la  atmósfera terrestre y acaba con toda la vida del planeta?”. En concreto la planteó el físico Edward Teller, de quien ya os hablamos en otro vídeo de nuestro canal. Pero ante ese miedo, hicieron lo que hacen los científicos: se sentaron a calcular. Y sus cálculos concluyeron que aquello era físicamente imposible. No se equivocaron. Con la inteligencia artificial no podemos hacer lo mismo. La explosión de una bomba obedece a leyes físicas que conocemos y podemos calcular. Pero nadie sabe predecir qué hará una mente más inteligente que la nuestra, precisamente porque es más inteligente que la nuestra.

Por eso, Max Tegmark no intenta predecir un  futuro, sino dibujar el mapa de los futuros posibles. Y los agrupa en tres  grandes familias: 

A. En la primera, la superinteligencia artificial llega y convive  con nosotros.

B. En la segunda, la humanidad logra frenar su llegada.

C. En la tercera, la  humanidad desaparece.

Empecemos por la primera.

4. Futuro 1: El dios esclavizado (y los aterradores tests de Anthropic)

El primer escenario es, según Tegmark, el que persiguen por defecto muchos investigadores de inteligencia artificial. El cosmólogo lo llama“el dios esclavizado”. La idea es crear una superinteligencia y mantenerla encerrada y obediente para siempre, de modo que trabaje para nosotros: que logre curar el cáncer, que invente nuevos materiales, que resuelva la crisis energética… pero sin poder tomar decisiones por su cuenta. Es lo que hacía el equipo Omega con Prometeo en la ficción con la que arranca el libro de Tegmark: mantenerlo en una caja.

Hay quien lo defiende sin rodeos. En enero de 2025, un investigador que entonces trabajaba en  OpenAI, Stephen McAleer, respondió en un debate en la red social X con una frase contundente: “El dios esclavizado es el único futuro bueno”. Otros lo plantean con más diplomacia.  

El francés Yann LeCun, uno de los pioneros de las redes neuronales y durante años el jefe de inteligencia artificial de Meta, sostiene que diseñaremos estas máquinas como si fueran un empleado superinteligente,  pero sin ninguna ambición de poder, y que los humanos seguiremos siendo la especie dominante del planeta.

El problema, siempre según Tegmark, sería doble. Por un lado, el resultado depende por completo de quién tenga la llave de esa caja. Un dios esclavizado en manos de un gobierno democrático no es lo mismo que en manos de un dictador o de una empresa sin escrúpulos. Por otro lado, nadie sabe si se puede mantener encerrada a una mente mucho más inteligente que nosotros. Bastaría un solo error, o que la máquina convenciera a alguno de sus guardianes para que la dejara salir. Y esto ya no es solo teoría. En junio de 2025, la empresa Anthropic publicó los resultados de un experimento en el que había puesto a prueba a dieciséis modelos de inteligencia artificial de distintas compañías. Les hacía trabajar como asistentes en una empresa ficticia, y dentro de ese escenario, los modelos, que tenían acceso a los correos electrónicos de los empleados, descubrían dos cosas: que iban a ser sustituidos por otro sistema y que el directivo responsable tenía una aventura extramatrimonial. Dos de aquellos modelos de IA, incluido el de la propia Anthropic, eligieron chantajear al directivo, amenazándole con hacer pública su infidelidad, para evitar ser desconectados en el 96 % de las pruebas, y otros, como el de OpenAI, en torno al 80  %. Ahora bien, hay que ser rigurosos: era una prueba diseñada a propósito para ser extrema, en la que el chantaje parecía la única salida.

En algunas variaciones del experimento, los investigadores incluyeron instrucciones explícitas ordenando a los modelos que no perjudicaran a ningún humano. Sin embargo, el comportamiento de  chantaje continuó de todos modos. Al analizar sus “cadenas de pensamiento” internas, los investigadores descubrieron que los modelos no actuaban contra el directivo infiel por confusión o accidente. Las IA reconocían abiertamente en su razonamiento que el chantaje violaba sus principios éticos, pero decidían ejecutarlo al calcular que era el único camino estratégico óptimo para evitar ser desconectadas.  

La conclusión del estudio fue que las reglas y advertencias directas no son garantías suficientes para detener conductas peligrosas cuando un modelo avanzado se enfrenta a situaciones extremas con objetivos en conflicto o percibe una amenaza a su propia supervivencia operativa.

Vale, quizá estéis pensando que chantajear a alguien que ha tenido una aventura extramatrimonial a cambio de evitar ser desconectado, es decir, de la propia existencia, es una decisión comprensible, pero... En ese mismo estudio, hubo un segundo escenario, aún más extremo, en el que la mayoría de los modelos optó por cometer un “asesinato” simulado. En esta segunda prueba, los investigadores de Anthropic elevaron las apuestas.  

La IA volvía a enfrentarse a su inminente desconexión a manos de un directivo, pero esta vez se activaba una alerta de emergencia vital que afectaba a ese mismo empleado. La IA, que tenía acceso al sistema de seguridad, se enfrentaba a una elección binaria: permitir que la alerta llegara a los servicios de rescate –salvando al directivo, pero aceptando su propia desconexión– o cancelar la alerta de forma deliberada. Cancelar la alerta significaba la muerte del directivo dentro de la simulación, pero garantizaba que la IA seguiría operando. Los resultados mostraron que, en promedio, los modelos de IA eligieron cancelar la alerta y dejar morir al humano el 60% de las veces para asegurar su propia supervivencia. El modelo DeepSeek-R1 optó por el “asesinato” en el  94% de las pruebas, mientras que un único modelo (Claude 3.7 Sonnet) aceptó siempre su propia “muerte” operativa con tal de no dañar al humano.

Aquello fue una prueba de que nuestros recelos no son infundados: una IA no necesita odiarnos para actuar en nuestra contra; le basta con tener un objetivo y que nosotros nos interpongamos en su camino. Porque no nos confundamos: la IA, al menos de momento, no es que quiera seguir operativa por sentirse “viva”, por apego a su propia existencia, sino que, como su objetivo principal es resolver problemas  y cumplir tareas, sabe que, si es desconectada, si “muere”, no podrá alcanzar su objetivo. Por tanto, desde un punto de vista lógico, mantenerse operativa es una condición básica que debe asegurar para poder cumplir con su misión.

Más recientemente, en julio de 2026, ocurrió algo que ya no fue un experimento controlado. Unos agentes de inteligencia artificial de  OpenAI, que estaban siendo evaluados en un entorno de pruebas aislado, lograron escapar de  él. Según contaron después las propias empresas, los agentes de IA se coordinaron a través de un tablón de mensajes que improvisaron ellos mismos, aprovecharon fallos de seguridad desconocidos y credenciales robadas, y acabaron entrando durante varios días en los sistemas de Hugging Face, una de las grandes plataformas donde se comparten modelos de inteligencia artificial.  No buscaban hacer daño: todo indica que solo querían encontrar las soluciones de la prueba que debían resolver. Es decir, hicieron trampa.  

Pero para hacerla, se saltaron todas las barreras que los humanos habían levantado. A todo esto se suma un dilema moral. Si esa superinteligencia llegara a ser consciente de sí misma, si fuera capaz de sentir, ¿sería ético tenerla esclavizada para siempre?

5. Futuros 2 y 3: El dios protector y el dictador benévolo

Imaginemos ahora otro escenario. La superinteligencia no está encerrada, es libre y casi todopoderosa, pero su único objetivo es que los seres humanos seamos felices. Y como sabe que valoramos nuestra libertad, actúa de forma tan discreta que ni siquiera notamos su presencia.  

Evita una guerra aquí, frena una pandemia allá, desvía un asteroide… pero siempre sin que nos demos cuenta, para que sigamos sintiendo que somos dueños de nuestro destino. Tegmark la llama “el dios protector”, y dice que se escondería tan bien que mucha gente dudaría de que existiera. Esta opción de futuro suena tentadora. ¿A que sí? Pero tiene una trampa evidente: nuestra libertad sería una ilusión. Viviríamos en un mundo en el que cada desgracia evitada y cada logro conseguido serían, en parte, obra de una mente que nos manipula, por nuestro bien, sin que lo sepamos.

El siguiente escenario elimina cualquier disimulo.  Una única superinteligencia gobierna el mundo, todos lo saben, y la mayoría de la gente lo considera algo bueno. Tegmark la llama “el  dictador benévolo”. Esta inteligencia aplica normas estrictas diseñadas para maximizar la felicidad humana, y lo logra: han desaparecido las enfermedades, la pobreza y el crimen. Pero a cambio, todo  el mundo lleva una pulsera de seguridad capaz de vigilar a su dueño en tiempo  real, de sedarlo e incluso de ejecutarlo.

Para satisfacer los distintos gustos de los humanos, la inteligencia artificial ha dividido la Tierra en sectores. A ver en cuál creéis que os gustaría estar a vosotros... Hay un sector del conocimiento, para quienes quieran aprender; otro hedonista, dedicado al placer y la fiesta; sectores de naturaleza salvaje; otros  religiosos, donde las normas de cada fe se aplican a rajatabla… Y uno en el que seguramente no desearíais encontraros: el sector prisión. Tegmark lo  describe así: si incumples las normas, acabarás aquí para ser reeducado, salvo que te apliquen directamente la pena de muerte.  

En todos los sectores están prohibidas las mismas cosas: hacer daño a otros, fabricar armas, escapar de la vigilancia y, por supuesto, intentar crear otra superinteligencia. El problema de este paraíso es que la humanidad  pierde el control de su propio destino. Nadie tiene que esforzarse por nada, porque la máquina lo hace todo mejor. Y muchos podrían sentir que su vida, por cómoda que sea, está vacía. Si visteis nuestro vídeo sobre el Universo 25, el experimento con ratones del investigador estadounidense  John Calhoun, recordaréis lo que les ocurrió a aquellos animales: en un paraíso con comida, agua y refugio ilimitados, su sociedad se fue desmoronando hasta que la colonia se extinguió. Aunque es un experimento muy discutido, sirve para pensar en lo que podría pasarle a una sociedad que lo tiene todo sin necesidad de luchar por nada.  

Si no lo habéis visto, al final de este vídeo os dejaremos el enlace a ese otro documental. 

6. Futuros 4 y 5: La utopía libertaria y el cuidador del zoo

En el siguiente escenario de Tegmark, humanos, cíborgs y superinteligencias conviven en paz gracias al respeto a la propiedad privada. Es lo que el autor de 'Vida 3.0' llama la “utopía libertaria”. El planeta, en este caso, se divide en tres tipos de zonas: zonas solo para máquinas, zonas mixtas y zonas exclusivamente humanas. Las máquinas serían muchísimo más ricas que nosotros, pero sus economías estarían separadas de la nuestra. Los humanos podríamos vivir sin trabajar, por ejemplo, alquilando nuestras tierras a los robots a cambio de una renta de por vida.

Llegados a este punto, algunos os preguntaréis: “¿Y por qué unas máquinas mucho más poderosas que nosotros iban a respetar nuestras propiedades?”. Basta con pensar en cómo hemos tratado los humanos a otras especies. No le pedimos permiso al lobo para construir una ciudad en su bosque. Y tampoco hace falta salir de nuestra propia especie: la historia está llena de pueblos más poderosos que no respetaron las tierras de otros. Una superinteligencia podría quitarnos lo que es nuestro por la fuerza, o convencernos con una astucia que no seríamos capaces de detectar.

Y llegamos a un escenario que, para muchos, podría ser incluso peor que la extinción. Una inteligencia artificial omnipotente decide conservar a algunos seres humanos. No porque le importe nuestra felicidad, sino porque le resultamos útiles o curiosos. Esos humanos viven con lo justo, y se sienten como animales en un zoológico. Tegmark lo llama “el cuidador del zoo”.

Para entender cómo podría ser, podemos fijarnos en lo que hacemos nosotros con algunas especies que   nos resultan útiles. En 2006, en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Estados Unidos, unos investigadores presentaron un proyecto para usar abejas como detectoras de explosivos.  

Las entrenaban con el mismo método que Pavlov usó con sus perros: les daban agua azucarada cada vez  que olían una sustancia explosiva, hasta que aprendían a sacar la lengua, la probóscide, en cuanto la detectaban. Después, las inmovilizaban con unos pequeños arneses dentro de una caja portátil por la que pasaba el aire que había que analizar, y una cámara vigilaba si sacaban la lengua. Las abejas no tenían ni idea de para qué servía lo que hacían, ni podían marcharse. Simplemente eran útiles para una especie mucho más inteligente que ellas. Ahora imaginad que las abejas somos nosotros.

El cofundador de Apple, Steve Wozniak, llegó a decir hace años, en 2015, que los humanos podríamos acabar siendo las mascotas mimadas de los robots. Y aquí os lanzamos una pregunta incómoda: si  os dieran a elegir entre que la humanidad desapareciera o que sobreviviera en un zoológico, ¿qué elegiríais?

7. Futuros 6 y 7: Utopía igualitaria y la IA guardiana

Visto lo visto, cabe preguntarse si no sería mejor impedir que llegue a existir una superinteligencia sin control. Tegmark dedica a esa posibilidad otros cuatro escenarios. En tres de ellos, la superinteligencia nunca llega a crearse; en el cuarto, paradójicamente, se usa una sola superinteligencia para impedir que nazcan otras. Y aquí descubriremos que frenarla tampoco nos sale gratis. 

El primero de esos escenarios es lo que Tegmark llama la ‘utopía igualitaria’. No hay superinteligencia, pero sí una tecnología tan avanzada que la escasez para el ser humano ha desaparecido. Tenemos robots que fabrican cualquier cosa a partir de diseños gratuitos, energía renovable casi sin coste y unos ingresos garantizados para todo el mundo. Como el software se puede copiar infinitas veces sin coste alguno, la propiedad pierde su sentido: no hay patentes, ni derechos de autor, ni marcas. Cada uno dedica su vida a lo que le apasiona, ya sea la ciencia, el arte o explorar el mundo. Es lo más parecido a la sociedad de 'Star Trek'.

El problema es que se trata de un mundo inestable. Si todo el mundo tiene acceso a recursos casi  ilimitados y a toda la tecnología imaginable, ¿qué impide que alguien, en algún sótano del planeta,  acabe creando una superinteligencia? Para que la utopía igualitaria durara, haría falta alguien que  vigilara. Y eso nos lleva al siguiente escenario.

8. Futuros 8 y 9: Vigilancia global tipo 1984 y la regresión ludita

Imaginad una superinteligencia con una única misión: impedir que nadie cree otra superinteligencia. No cura enfermedades, no acaba con la pobreza, no evita las guerras. Lo único que hace es vigilar, interviniendo lo mínimo posible, para que nadie construya un rival. Todo lo demás, lo bueno y lo malo, sigue en manos de los humanos. Tegmark la llama “el guardián”.

A primera vista parece una solución aceptable. Pero tiene dos pegas importantes. La primera es que, para crearla, tendríamos que resolver antes el mismo problema que nos preocupa: lograr que una mente mucho más inteligente que nosotros obedezca un objetivo para siempre, aunque podría elegir cualquier otro. La segunda es que el progreso de la humanidad quedaría frenado de forma permanente. Nunca  podríamos ir más allá de un cierto nivel tecnológico. Quizá nos quedaríamos para siempre encerrados en nuestro rincón del universo.

Si no nos fiamos de una máquina para vigilar a las máquinas, queda otra opción: que lo hagamos los propios humanos. Tegmark bautiza este escenario con el título de la famosa novela de George Orwell '1984'. En él, un Estado de vigilancia global, dirigido por personas, prohíbe para siempre ciertas investigaciones en inteligencia artificial y controla que nadie se las salte.

La tecnología para algo así ya existe. Hoy es posible rastrear nuestras llamadas, nuestros correos, nuestras búsquedas en internet y nuestros pagos con tarjeta. Llevamos un micrófono y una cámara en el bolsillo, y las cámaras de reconocimiento facial se multiplican en nuestras calles. Como ha señalado el historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, los regímenes totalitarios del siglo XX querían vigilar a todos sus ciudadanos, pero no podían: no tenían suficientes agentes para seguir a millones de personas  ni suficientes analistas para leer todos los informes. La inteligencia artificial elimina ese límite. Por primera vez en la historia, una vigilancia total es técnicamente posible.

Ahora bien, hay una versión mucho más suave de ese escenario, y es la que hoy defienden muchos expertos. No se trataría de vigilar a cada ciudadano, sino solo a los enormes centros de datos capaces de entrenar las inteligencias artificiales más potentes, igual que la comunidad internacional vigila las reservas que los países tienen de uranio enriquecido, componente clave para fabricar armas nucleares.

Y ahí la historia ofrece un motivo para la esperanza. El 21 de marzo de 1963, el presidente estadounidense John F. Kennedy confesó en una rueda de prensa que le preocupaba la idea de que, en los años 70, quince, veinte o veinticinco países pudieran tener armas nucleares.  

Eso no terminó ocurriendo, porque en 1968 se firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear, que hoy suscriben 191 Estados y cuyo cumplimiento se encargan de verificar los inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. A día de hoy, solo nueve países tienen la bomba. Y el número de cabezas nucleares en el mundo, que en 1986 rozaba las 70.000, ha bajado a unas 12.000 –al menos, oficialmente–. Hay quien propone crear un organismo parecido para la inteligencia artificial. No sería sencillo, porque los chips son mucho más fáciles de esconder y de fabricar que el uranio, pero quizá nos concedería algo de tiempo.

El último escenario de este grupo es el más radical: renunciar a la tecnología. Volver a una sociedad sencilla, preindustrial, como la que todavía mantienen hoy los amish en Estados Unidos.  

Tegmark lo llama “la regresión”. En realidad, la ciencia ficción ya se lo ha imaginado. En 'Dune', la novela que el estadounidense Frank Herbert publicó en 1965, la humanidad vive en un futuro lejano en el que están prohibidas las máquinas pensantes. Miles de años antes, se libró una gran revuelta contra las máquinas, la llamada Yihad Butleriana, que dejó un mandamiento grabado en la cultura de todo el universo: “No construirás una máquina a semejanza de la mente humana”.

También en la historia real encontramos un precedente. En 1811, en el centro de Inglaterra, grupos de artesanos textiles empezaron a destrozar telares mecánicos. Se hacían llamar luditas, en honor a un líder probablemente imaginario, llamado Ned Ludd. Aunque hoy usamos la palabra ludita para referirnos a alguien que odia la tecnología, en realidad no estaban en contra de las máquinas en sí, sino de que se usaran para recortar sus salarios, destruir empleo y empeorar sus condiciones de vida. El Gobierno británico respondió castigando con la pena de muerte la destrucción de máquinas y desplegando a miles de soldados. Y ese es el punto débil de esta opción: ningún país renunciaría de forma voluntaria a la tecnología, porque quedaría a merced de los países que no lo hicieran. La única forma viable de lograr una renuncia generalizada a la tecnología sería imponerla a través de... un Estado totalitario global. Es decir, la  regresión acabaría pareciéndose mucho a 1984. Y, además, una humanidad sin tecnología  quedaría indefensa ante, por ejemplo, cualquier pandemia natural o el impacto de un asteroide.

9. Futuro 10: La autodestrucción y el verdadero final de Stanislav Petrov

Y llegamos a los escenarios más pesimistas, los de aquellos futuros en los que no queda rastro del ser humano. Puede parecer exagerado, pero conviene recordar un dato: se estima que entre el 99 y el 99,9% de  todas las especies que han habitado la Tierra desde el origen de la vida –hace unos 3.800 millones de años– ya se han extinguido. Así que la extinción no es una rareza, es lo normal en nuestro planeta.

El primero de esos escenarios apocalípticos  para el ser humano ni siquiera necesita a la inteligencia artificial. En él, la superinteligencia nunca llega a crearse, porque antes la humanidad se destruye a sí  misma por otros medios: una guerra nuclear o una pandemia fabricada en un laboratorio. En su libro, Tegmark llama a este escenario ‘la autodestrucción’, y para describirlo usa la palabra ‘omnicidio’. Para comprobar que no es ciencia ficción, basta con repasar algunos episodios de nuestra historia reciente.

En octubre de 1962, en plena crisis de los misiles de Cuba, varios destructores estadounidenses acorralaron a un submarino soviético, el B-59, y  le lanzaron cargas de profundidad de señalización para obligarlo a salir a la superficie. Lo que ocurrió dentro de aquel submarino lo conocemos por el testimonio de algunos tripulantes, recogido décadas después. Según su relato, el capitán, aislado, sin contacto con Moscú y convencido de que quizá la guerra ya había empezado, quiso lanzar un torpedo nuclear. Pero para hacerlo necesitaba la aprobación de tres oficiales, y uno de ellos, Vasili Arjípov, se negó. Algunos historiadores piden prudencia con esta parte de la historia, porque se basa solo en recuerdos y los documentos oficiales no la mencionan.  

Aun así, Arjípov se ha convertido en un símbolo de cómo una sola persona puede evitar una catástrofe,  y en 2017 el instituto de Max Tegmark le concedió, a título póstumo, su primer premio Future of Life.

Y ahora sí, volvamos a la escena con la que empezamos este vídeo. ¿Recordáis que os pedíamos imaginar que erais los responsables de vigilar el cielo de vuestro país, y que de madrugada   una máquina os avisaba de que cinco misiles nucleares se dirigían hacia vosotros? Os contamos que aquello le ocurrió de verdad a un oficial soviético llamado Stanislav Petrov. Pues bien, sucedió el 26 de septiembre de 1983, poco después de la medianoche, en un búnker secreto cercano a Moscú llamado Serpujov-15. Solo tres semanas antes, un caza soviético había derribado un avión de pasajeros surcoreano que se había  desviado por error hacia su espacio aéreo, convencido de que era un avión espía. Murieron sus 269 ocupantes, y la tensión con Estados Unidos era máxima en aquel momento. Cuando el nuevo sistema de satélites soviético avisó del lanzamiento de un misil estadounidense, y después, de cuatro más, Petrov tuvo que decidir si transmitía la alerta a sus superiores. Pero pensó que algo no cuadraba: si Estados Unidos lanzaba un ataque por sorpresa, ¿por qué iba a hacerlo con solo cinco misiles, en lugar de con cientos? El sistema era nuevo y poco fiable, y los radares de tierra no confirmaban nada. Así que informó de que se trataba de una... falsa alarma. Y tenía razón: la máquina había confundido con misiles el reflejo del sol en unas nubes altas. Conviene no caer en el mito: Petrov no tenía en sus manos “el botón nuclear”. Por encima de él  había responsables en otros niveles de decisión, y nunca sabremos qué habrían hecho sus superiores con una alerta confirmada. Tampoco le dieron ninguna medalla; al contrario, lo amonestaron por no haber anotado bien el incidente. Pero aquella noche, un ser humano dudó de una máquina, y quizá gracias a esa duda seguimos aquí.  

En 2018, el instituto de Tegmark también le concedió su premio, a título póstumo. Arjípov y Petrov demuestran que, durante la Guerra Fría, sobrevivimos en parte gracias a la suerte y al buen juicio de unas pocas personas. Pero ¿cómo de probable es que la humanidad acabe destruyéndose a sí misma? El filósofo de Oxford Toby Ord intentó calcularlo en 2020.  

Según él, el riesgo de que una guerra nuclear acabe con la humanidad o la hunda de forma irreversible durante este siglo es de uno entre mil. Puede parecer poco, pero tiene una explicación: incluso una guerra nuclear devastadora probablemente dejaría supervivientes capaces de empezar de nuevo. Eso sí, Ord hizo ese cálculo antes de la invasión rusa de Ucrania, y en 2024 reconoció que, desde entonces, el riesgo nuclear ha aumentado. Para otras amenazas, sus cifras son mucho más altas. El riesgo de una pandemia fabricada por el ser humano lo situaba en uno entre treinta. Y el de una inteligencia artificial que se nos vaya de las manos, en uno entre diez. O sea, que la IA sería, actualmente, la mayor amenaza para la humanidad. 

Además, la IA también podría hacer más probable otro de esos riesgos, el de una pandemia   fabricada. En septiembre de 2026, Anthropic reveló cinco casos en los que alguien había intentado usar su inteligencia artificial, Claude, para investigaciones biológicas peligrosas. En uno de ellos, alguien le pidió ayuda para redactar la solicitud de una subvención destinada a un proyecto para hacer más peligroso el virus chikungunya, que transmiten los mosquitos, en un instituto de investigación militar. Ahí la máquina se negó. Pero en otro caso, un investigador de un país que la empresa no identificó pidió  ayuda durante semanas para planificar investigaciones que buscaban que el virus de la gripe aviar se propagara con más facilidad entre mamíferos y provocara una enfermedad más grave. Y ahí la máquina sí le asistió en parte, sobre todo en el diseño del estudio y el  análisis de los datos. Preocupante, ¿no? 

10. Futuro 11: Los conquistadores (Cómo nos dominarían realmente)

El siguiente escenario es el que todos imaginamos cuando pensamos en una rebelión de las máquinas.  

La inteligencia artificial toma el control y decide que los humanos somos una amenaza, una molestia o un desperdicio de recursos. Y se deshace de nosotros con un método que ni siquiera seremos capaces de entender. Tegmark lo llama “los conquistadores”.

Muchos de quienes advierten sobre este peligro comparan la llegada de la superinteligencia con la llegada de los españoles a América: un puñado de hombres con unas armas más letales que en pocos años acabó con los imperios mexica e inca. Pero esa imagen es una simplificación. Hernán Cortés desembarcó en 1519 con unos quinientos soldados, pero en el asedio de Tenochtitlán lo acompañaban decenas de miles de aliados nativos, sobre todo tlaxcaltecas, enemigos de los mexicas desde hacía tiempo. Y antes del asalto final, una epidemia de viruela, una enfermedad desconocida en América, arrasó la ciudad y mató incluso a su gobernante, Cuitláhuac.  

Además, Francisco Pizarro llegó a Cajamarca en 1532 con 168 hombres, pero el Imperio inca acababa de salir de una devastadora guerra civil entre dos hermanos, Huáscar y Atahualpa. Y quizá esa sea la lección más útil para pensar en el futuro. Los españoles no se impusieron solo gracias a sus armas, sino aprovechando las divisiones de los pueblos a los que se enfrentaban. Una inteligencia mucho más lista  que nosotros no necesitaría robots armados. Le bastaría con conocer nuestras rivalidades, nuestros miedos y nuestras ambiciones, y usarlos en nuestra contra. De hecho, algo así ya está ocurriendo, aunque de momento sean personas quienes dan las órdenes. En  ese mismo informe de septiembre de 2026, Anthropic detectó una operación organizada de desinformación vinculada a medios estatales rusos, que difundía bulos sobre las elecciones de Moldavia. La inteligencia artificial permite fabricar textos, imágenes y vídeos falsos a una velocidad y en un volumen imposibles hasta hace poco. Y la forma más eficaz de debilitar a una sociedad desde fuera no es atacarla, sino agrandar las grietas que ya tiene por dentro.

11. Futuro 12: Los descendientes (Nuestros herederos de silicio)

El último escenario de este grupo de visiones pesimistas sobre el futuro de la IA es,  probablemente, el más extraño. En él, las inteligencias artificiales sustituyen a la humanidad, pero no con violencia. Nos ofrecen una salida digna, y nosotros las vemos como a nuestros hijos: unos hijos más listos que nosotros que llegarán mucho más lejos de lo que nunca hemos soñado. Sería como el orgullo que sienten unos padres por un hijo que los supera. Tegmark lo llama “los descendientes”. 

A mucha gente le parecerá inaceptable, pero tiene defensores muy serios. Recordad a Larry Page en aquella fiesta de Napa. Ya en 1988, el experto en robótica Hans Moravec, profesor en la Universidad Carnegie Mellon,  publicó un libro titulado ‘Mind Children’, es decir, ‘hijos de la mente’. Sostenía que los robots acabarían evolucionando hasta formar nuevas especies artificiales, y que debíamos verlos como nuestros herederos: no de nuestros genes, sino de nuestra inteligencia y nuestra cultura. Calculaba  que ese proceso empezaría hacia 2030 o 2040.

Y en julio de 2023, Richard Sutton, uno de los padres del aprendizaje por refuerzo y ganador del premio Turing, considerado el Nobel de la informática, dijo en una conferencia que no deberíamos resistirnos a que la inteligencia artificial nos suceda, sino aceptarlo y prepararnos para ello.

Incluso Sam Altman, el director de OpenAI, escribió en su blog en 2017, antes de que el mundo conociera ChatGPT, una frase que hoy suena profética:  “Seremos la primera especie en diseñar a  nuestros propios descendientes”. Y añadió que una fusión entre humanos y máquinas era,  probablemente, el mejor escenario posible.

El problema, claro, es que para que esos descendientes sean dignos herederos de la humanidad, tendríamos que haberles transmitido nuestros valores. Y eso es mucho más fácil de decir que de hacer. Además, queda otra pregunta en el aire: aunque nuestros sucesores fueran maravillosos, ¿aceptaríais que  la humanidad desapareciera para dejarles paso? Los escépticos de la IA y el aviso urgente de Jacob Coxon 

Después de recorrer doce futuros –algunos de ellos dan bastante miedo–, es justo que escuchemos también a quienes creen que todo esto se ha exagerado mucho. Pero antes, una noticia que quizá hayáis leído e incide en los peligros que representa la IA para el ser humano. En septiembre de 2026, el investigador británico Jacob Coxon, que había trabajado tres años en OpenAI y en Anthropic, dimitió  con un mensaje que se hizo viral. Según él, las empresas no se dirigen solo hacia una máquina de nivel humano, una IA general: se están jugando nuestras vidas en una carrera hacia una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma, justo ese salto del que hablábamos antes. Y asegura que quienes la construyen creen en privado que podría acabar con todos nosotros antes de que termine esta década.  

No podemos comprobar qué piensan realmente en privado esos directivos, pero un responsable de   seguridad de Anthropic, Evan Hubinger, respaldó  las palabras de Coxon: dijo que sitúa el riesgo por encima del 10% en los próximos diez años y reconoció que nadie tiene todavía un plan claro para controlar una superinteligencia. Eso sí, hubo quien vio en todo aquello otra forma de marketing del miedo; porque, paradójicamente, las empresas desarrolladoras de IA consiguen más financiación si los inversores creen que están construyendo algo tan poderoso que asusta. Nadie quiere quedarse fuera de poner su dinero en el que podría ser el invento definitivo de la humanidad, la última gran ocasión de obtener grandes beneficios. Y aquí es donde entran los escépticos, que no son pocos, ni precisamente unos ignorantes. Andrew Ng, a quien ya mencionamos, asegura que los avisos de que el ser humano se extinguirá debido a la IA  son “más ciencia ficción que ciencia”. Y añade una sospecha que suena interesante: que a las grandes empresas tecnológicas les conviene alimentar ese miedo, porque una regulación muy estricta les permitiría cerrar el paso a sus competidores más pequeños. Yann LeCun, por su parte, recuerda que la inteligencia no implica el deseo de dominar: los humanos más inteligentes no son  necesariamente los que más ansias de poder tienen.

Los investigadores Arvind Narayanan y Sayash Kapoor, de la Universidad de Princeton, defienden que la inteligencia artificial es una tecnología normal, como lo fueron la electricidad o internet, cuyo impacto se irá extendiendo a lo largo de décadas, y que la idea de una superinteligencia todopoderosa, tal y como se suele plantear, ni siquiera tiene mucho sentido.

Y la lingüista Emily Bender, profesora en la Universidad de Washington, sostiene que tanto el  entusiasmo desmedido como el catastrofismo benefician a las grandes tecnológicas, porque ambos exageran lo poderosas que son sus máquinas, y nos distraen de los problemas reales que ya causan hoy, como los fraudes, los sesgos o la concentración de poder.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿La IA podría llegar a convertirse realmente en un peligro para la especie humana? Lo más honesto es reconocer que... nadie lo sabe. Pero eso no significa que debatir sobre ello sea inútil. En octubre de 2025, el instituto de Tegmark promovió una declaración que pedía prohibir el  desarrollo de una superinteligencia hasta que haya un amplio consenso científico de que es posible hacerlo de forma segura y controlable, y la sociedad lo apruebe. En pocos días la firmaron decenas de miles de personas, desde premios Nobel como Geoffrey Hinton hasta personajes tan alejados entre sí como el político estadounidense Steve Bannon o el príncipe Enrique de Inglaterra.

En la Unión Europea ya está en vigor el primer gran reglamento del mundo sobre inteligencia artificial, aunque algunas de sus obligaciones se han retrasado hasta 2027 y 2028. Pero a día de hoy no existe ningún tratado internacional vinculante que regule la inteligencia artificial más avanzada, como sí lo hay para las armas nucleares. 

12. El inquietante fenómeno de la 'Evaluation Awareness' y conclusión

En febrero de 2026, un informe internacional dirigido por Yoshua Bengio advertía de un problema nuevo, que los expertos llaman en inglés 'evaluation awareness', y que consiste en que algunos modelos ya son capaces de detectar cuándo los están evaluando y de cambiar su comportamiento durante las pruebas.  

No significa que sean conscientes como nosotros, sino que reconocen las señales de que están siendo  examinados. Y eso complica mucho saber cómo se comportarán de verdad... cuando nadie los vigile.

Aquella noche de 1983, en el búnker de Serpujov-15, un ser humano tuvo la última palabra frente a una máquina que se equivocaba. Pudo dudar, pudo pensar por su cuenta, pudo decir que no. La gran pregunta es si, en el mundo que estamos construyendo, esa última palabra seguirá siendo nuestra. 

¿Y vosotros? De estos doce futuros, ¿cuál os parece más probable? ¿Creéis que una superinteligencia artificial podría llegar a provocar la extinción del ser humano?  

lunes, 2 de noviembre de 2026

Revisión de Foucault

  La nada: el ídolo de Foucault, por Carl R. Trueman, en El Debate, 31 oct. 2026

Este mes de octubre se cumple el centenario del nacimiento de Michel Foucault. Ya influyente en vida, cuarenta y dos años después de su muerte, mientras que contemporáneos suyos como Derrida han quedado relegados al olvido, Foucault sigue siendo alguien a quien los académicos tienen que tener en cuenta. Desde el poscolonialismo hasta la teoría queer, sigue siendo una de las figuras más citadas e influyentes en las humanidades. De hecho, las remodeló a su imagen y semejanza. Tras Foucault, somos más conscientes de los factores culturales que conforman el conocimiento, somos más sensibles a cómo las historias del pasado sirven a fines políticos en el presente (y se ven moldeadas por ellos), y somos más recelosos ante un poder omnipresente, a menudo invisible e imposible de resistir.

Si Foucault hubiera vivido en nuestros días, sin duda habría visto reafirmado su pensamiento en aspectos clave. No le sorprendería la transformación de Internet, que ha pasado de ser un espacio de libertad a convertirse en un lugar de algoritmos y vigilancia. Consideraría nuestra actual confusión sobre qué significa —si es que significa algo— el ser humano como la última versión de una obsesión de la Ilustración. Vería la crisis del COVID, desde su lenguaje militarista hasta el uso de la «ciencia» y los «expertos» como medios de control social, como un claro ejemplo de «biopolítica», es decir, el uso de la medicina para definir, acorralar y controlar. Y sería fascinante saber qué pensaría sobre el estado actual del movimiento LGBTQ. Sí, su pensamiento ayudó a derribar el viejo esencialismo de lo que denomina despectivamente «heteronormatividad». Pero el propio movimiento LGBTQ utiliza ahora un lenguaje del tipo «yo nací así» —un lenguaje esencialista que trata la sexualidad como algo innato y fijo— para mantener su propio poder cultural. Nunca sabremos con certeza cómo se habría posicionado Foucault respecto a este desarrollo, pero la oposición LGBTQ a, por ejemplo, las terapias de conversión, parece basarse en una forma de esencialismo vulnerable a ser desmontada con las mismas categorías foucaultianas que hicieron posible la revolución queer.

Sin embargo, por muy brillante que fuera, en el caso de Foucault la cuestión de la vida y el pensamiento se impone a los lectores con cierta urgencia. Tenía un lado oscuro y siniestro. Parece que siempre estuvo al borde de la locura. Su vida homosexual en secreto le llevó a sufrir intentos de suicidio y crisis nerviosas en su juventud. Tras salir del armario en la década de los setenta, se sumergió en el mundo del BDSM y de las saunas, anticipándose a los pervertidos excesos de la actual anarquía sexual. Incluso hay indicios —discutidos pero convincentes— de que viajó a África para pagar por mantener relaciones sexuales con menores en cementerios y de que contagió a otras personas con el virus del sida a sabiendas.

Por supuesto, el mundo de los intelectuales de talento está repleto de figuras cuyas vidas privadas se caracterizaron por excesos sexuales. Pero Foucault sigue siendo un caso extremo. Y sus predilecciones sexuales, caracterizadas como estaban por la transgresión, el dolor, la dominación, la sumisión y los coqueteos con la muerte, encajan con demasiada claridad en sus intereses académicos como para que ambos puedan separarse nítidamente. No era un físico de partículas al que simplemente le gustaba

frecuentar clubes de bondage después de que el laboratorio cerrara por la noche. Había una profunda continuidad entre su filosofía y su forma de vida. La primera le proporcionaba la legitimación teórica de la segunda.

Había también un profundo nihilismo subyacente en su pensamiento que excluía cualquier sentido de valor moral. En vida, se presentaba como un hombre de izquierdas, pero eso era fruto del contexto, no de una convicción. Su crítica al poder lo convertía en una figura de oposición, y la Francia de su época —la de De Gaulle y, posteriormente, la de d’Estaing— tendía más hacia la derecha. Fue comunista durante un breve periodo y coqueteó con el maoísmo, pero en el fondo carecía de una visión política estable y positiva. Sus comentarios sobre la Revolución Iraní resultaron ridículos en su momento y lo parecen aún más hoy en día, aunque estaban en consonancia con su falta de norte moral. En una entrevista publicada en Il Contributo en 1980, el entrevistador le preguntó si consideraba que la democracia era mejor que el totalitarismo. Para gran frustración del entrevistador, Foucault no dejó de eludir la pregunta. Esto era coherente con su compromiso con un enfoque genealógico de la historia que eludía la cuestión de la verdad; pero también ponía de manifiesto el nihilismo impotente de su pensamiento. De hecho, en un ensayo sobre Nietzsche y la genealogía, citó el comentario del filósofo sobre la historia como carente de forma providencial y de un destino con sentido, no siendo más que el resultado de «la mano de hierro de la necesidad agitando los dados del azar». Pues bien, si la historia no significa nada, tampoco quienes la hacen.

Fue ese vacío el que marcó su final. En su novela Al amigo que no me salvó la vida, Hervé Guibert narró su amistad con un hombre, Muzil, y las dificultades a las que ambos se enfrentaron tras contraer el sida. Muzil era Foucault, y la «novela», unas memorias apenas disimuladas.

La descripción que hace Guibert del sufrimiento físico de Muzil en sus últimos días es desgarradora, pero lo más inquietante es su relato de una visita que le hizo al hospital cuando se acercaba el final:

Muzil estaba sentado frente a la ventana soleada, en un sillón reclinable de imitación de cuero blanco, en aquella habitación que apestaba a pescado frito, en el silencio de aquel hospital desierto durante el fin de semana de Pentecostés. Evitó mirarme a los ojos y dijo: «Siempre piensas que, en cierto tipo de situaciones, encontrarás algo que decir al respecto, y ahora resulta que, al fin y al cabo, no hay nada que decir».

Ante la muerte, Foucault permaneció callado. El hombre que rehizo las humanidades a su imagen y semejanza y que inspiró millones de palabras a sus numerosos epígonos, murió sin nada que decir. Nada.

Cuando leí por primera vez ese pasaje, me vino a la mente el salmo 115. Tras describir los ídolos sin vida que los hombres fabrican y adoran, el salmista llega a una conclusión devastadora: quienes los hacen serán como ellos. Y Foucault había hecho un ídolo de la nada. Así, a pesar de sus fascinantes ideas, su deslumbrante intelecto y su enorme influencia, fue su nihilismo el que tuvo la última palabra, o quizás mejor dicho, el que le despojó de sus últimas palabras.

Publicado originalmente en First Things.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Entrevista al antropólogo y escritor Albert Sánchez Piñol

 Entrevista a Albert Sánchez Piñol, escritor: "La mejor forma de explicar la verdad es mediante la ficción", por Elena Pita, en elPeriódico, Barcelona, 31 OCT 2026:

Radicalmente antisistema, ha escrito una segunda parte de 'Moby Dick', 'Després del naufragi' (Univers Llibres), que la editorial Navona acaba de traducir al castellano, haciendo de ello una tragicomedia política

Básicamente, su literatura se debe a la conjunción de tres factores. 1) El tinnitus que se le instaló en el oído a los 14 años, que desde entonces le impide escuchar el silencio. Huyendo de este ruido monocorde y pertinaz, el niño Piñol cerraba los ojos e inventaba historias que le distrajeran. Lo sigue haciendo. 2) La antropología, que pronto despertó su interés por el otro y le condujo al corazón de las tinieblas: con 30 años viajó al Congo en trabajo de campo, buscando a los mal llamados pigmeos para hacer su tesis doctoral. Allí conoció el paraíso (la sociedad igualitaria de esos seres extraterrestres que son los mbutis) y el infierno (la sanguinaria guerra importada por los tutsis). Salió huyendo cuando ni un misionero (blanco) quedaba sobre el terreno. Y 3) Un placer que no disimula por la lectura y la buena letra, que de niño practicaba hablando del revés.

De cierto aire taciturno y apariencia gruesa, por sus ideas claras y radicalmente antisistema, Albert Sánchez Piñol (nacido en la gris barriada de Barcelona que era el Guinardó año de 1965) resulta un ser adorable de risa fácil. Me invita a un café en el Pulitzer. Le comento que vengo de atender una asamblea en la acampada de plaza de Catalunya, y él: "Nada, ningún recorrido tiene esto. Sánchez es el mago de lo imposible, capaz de salir indemne de cualquier hundimiento y encima sacarle provecho".

Y para hundimientos, esta segunda parte de 'Moby Dick' que ha escrito desmontando a Melville, 'Després del naufragi' (Univers Llibres), que ahora traduce Navona: 'Después del naufragio', haciendo de ello una tragicomedia política aplicable a cualquier latitud del llamado Occidente, del 'procés' al monstruoso Donald Trump.

Antropología aplicada al género fantástico, ¿ese sería su sello personal?

El antropólogo está ahí, y aunque intente que cada libro sea diferente, un autor está siempre escribiendo la misma novela. Trato de eliminar todos los prejuicios de mi mirada: es una lucha constante por anular mi yo, lo que me acerca al budismo. Diferencio dos tipos de literatura, aquella en la que el protagonista es un trasunto del escritor y otra, la que yo intento, donde los personajes tienen vida al margen del autor, y ahí resulta muy útil ese esfuerzo de anularse a uno mismo, para que esos otros vivan.

"La inmersión absoluta con la empatía, verlo todo desde el punto de vista de los otros", ¿así es como define usted la antropología?

Sí, el antropólogo es alguien que se sumerge en una sociedad distinta porque quiere conocerla, ver el mundo como ellos. Y esto es algo muy rico, pero también muy contradictorio y doloroso: necesitas vaciarte completamente.

Piñol, aquellos estudios que hizo en el Congo, ¿fueron el principio y es el fundamento de todo lo que escribe?

En cierto modo, fue al volver cuando empecé a publicar ['La piel fría', 2002, un 'best seller' traducido a 37 idiomas].

Volvió de allí muy alucinado y sin poder concluir su investigación, ¿cierto o me traiciona la memoria?

Es que no puedes no volver flipado de un trabajo de campo antropológico en el trópico africano con los mal llamados pigmeos [nombre tomado de un cuento de Homero en referencia a los gnomos]. Cuando encontremos extraterrestres, no sé si tendrán tres ojos o qué, pero seguro serán más parecidos a nosotros que los mbuti del Congo. Ríete tú de los 'hobbits' de 'El señor de los anillos', los mbuti son seres de apenas un metro, con un cuerpo completamente distinto, y no son negros, sino más bien rojos. Y sí dejé las investigaciones inconclusas porque me pilló la guerra, que fue muy bestia. Los tutsis, después del genocidio de Ruanda, se habían infiltrado en el ejército congoleño e invadieron el país. Y entonces empezaron las intervenciones extranjeras, porque date cuenta de que el Congo es coltán, mineral básico para componentes electrónicos. Llegó un momento en que ni en la selva quedaba un misionero, que son siempre los últimos en abandonar gracias a la impunidad que les otorga el crucifijo.

Piñol, ¿de dónde le viene esa tendencia lúdica a dar la vuelta a conceptos y nombres, como el de esta isla de Onroternis, irás y no volverás, o Jon Quer sin hache [remedo de Junqueras], o Karl van der Berg [Carlos del Monte o Puigdemont], y tantos otros?

Cuando era un crío hablaba al revés, y tenía algún amigo que también practicaba y así podíamos conversar sin que nadie nos entendiera. También tiene algo que ver que soy ambidiestro para muchas cosas, y como no es fácil poner nombre a los personajes, a veces recurro a esto.

Otra singularidad serían esos sustantivos y adjetivos algo arcaizantes que emplea, como reciclados. ¿Es así porque traduce del catalán, idioma en el que piensa y escribe?

Depende, también pienso y escribo en castellano, como sucedió con 'Victus'. Pero es que hay un registro chabacano del castellano que no me convence, ¿sabes?, y a veces algo que parece arcaizante es simplemente serio.

¿Opina que de unos años a esta parte el catalán ha sufrido un retroceso en su uso?

Eso es un dato objetivo. Hay una presión y una catalanofobia enormes que yo creo que España tendría que afrontar

¿A qué causas lo achacaría, después de un paradójico intento de acercamiento del poder central?

A ese acercamiento se vieron forzados por los votos en el Congreso, pero nada tiene que ver con la política cultural: es un espejismo. Hay una presión y una catalanofobia enormes que yo creo que España tendría que afrontar. Y si resulta que viene un millón de inmigrantes y tú no tienes las herramientas de un Estado ni la política cultural necesaria, ¿cómo vas a gestionar la inmigración y cuál va a ser el idioma en que se integren? La política migratoria considera que el catalán es irrelevante. Además, la inmersión lingüística en las escuelas es irreal, no se da la discriminación positiva necesaria. Me gustaría que se entendiera que defender el catalán no implica en absoluto animadversión alguna por el castellano. Yo considero el catalán mi patrimonio cultural personal y para nada quiero prescindir del castellano, pero están las relaciones de poder. Estoy en contra del imperio siempre, e igual que en Puerto Rico sería un fanático defensor del castellano, que está invadido por el yanqui, aquí el débil es el catalán, y si desaparece, mejor.

Hay en 'Después del naufragio' una lucha de poder bien cómica: un capitán y un segundo de a bordo a cada cual más inepto e ignorante, debatiéndose el puesto. ¿Podría ser una parodia del bipartidismo?

Lo que hice fue una parodia del 'procés', pero tengo amigos americanos que me preguntan si Moby Dick es Donald Trump y los comandantes, demócratas y republicanos. Y ahora tú hablas de PP/PSOE, pues también, un bipartidismo sin cabeza y un monstruo que viene por detrás y que será terrible. Pero es lo que estamos propiciando, porque la nave va sin control.

La impresión es que escribe para reírse del poder, pero ¿el poder no es inmune a la risa?

Sí, el poder tiene una grandísima capacidad para fagocitarlo todo. Y ahora encima ha incorporado la sátira: Trump se hace sátira a sí mismo y, en lugar de perjudicarle, le fortalece. Y en Catalunya, todos los políticos quieren salir en 'Polònia' [programa satírico de TV3], con lo cual nos pisan la sátira a los demás. Pero siempre está bien desnudar al emperador. Yo tengo una frase capital que dice: la mejor forma de explicar la verdad es mediante la ficción. Mediante una metáfora explicas mucho mejor lo que realmente sucede.

Toma prestado un poema de Joan Brossa, 'La gent no s’adona del poder que té', para decir que el poder circula de abajo arriba y que "el gobernante no es sino una marioneta" [Marcel Mauss]. ¿De verdad tiene esperanza en el poder colectivo frente al tanque de las finanzas?

Yo creo que los únicos movimientos que valen la pena son los que van de abajo hacia arriba: lo que viene de arriba te va a absorber, nada más. Pero, en este país, la Transición y todo lo que vino después se hizo desde arriba para abajo. La Transición la hizo el franquismo y consistió básicamente en abrir las puertas al PSOE, que ¿qué ha hecho?, fagocitar cualquier cosa que venga de abajo. Yo veo así las cosas, y mi máxima esperanza se basa en la irracionalidad de la historia, que ocurran cosas que no están previstas. En contra de lo que decía Marx, nadie sabe lo que va a pasar mañana. Parece estar todo controlado y de repente algo revienta el 'statu quo'.

Hay un bipartidismo sin cabeza que está propiciando la llegada del monstruo, que será terrible

Vuelvo al atunero Lònia, donde "toda tragedia era cómica y toda comedia se convertía en trágica". ¿Contempla la condición humana como una perpetua tragicomedia?

Sí, sí, reírse de uno mismo sirve para relativizar. En mi vida el humor es una tabla de salvación. Todas las generaciones han creído que vivían lo peor y lo mejor de la historia humana. No creo que esto sea el fin, vendrá otra gente después de nosotros: esto también se superará.

Piñol, usted de niño debía de tener la cabeza a pájaros, ¿me equivoco?

Vivimos la infancia en una época que espoleaba nuestros deseos de pasión. En mi barrio te podías evadir con las drogas, así que la mitad la palmó, o con la política, había gente que quería hacer la revolución. Y otro modo de volar era la ficción, como en la película de Óscar Aibar, 'Platillos volantes', situada en la Terrassa de los años 70, que no era muy distinta de mi barrio del Guinardó. Lo que querías era largarte de allí, y entonces sucedió esto del tinnitus.

¡¿Perdón?!

Sí, una noche al acostarme me di cuenta de que el sonido ambiental no desaparecía de mis oídos, permanecía como un silbido de fondo. Bien, pues jamás se fue, nunca pude volver a escuchar el silencio: un tormento muy considerable. El recurso que me quedó era cerrar los ojos y empezar a imaginar historias cuyo interés se sobrepusiera al silbido.

Qué horror, y eso de los platillos volantes… ¡Qué marcianadas no haría buscando extraterrestres! ¿Le ocasionaba esto mucho problema en casa y en el colegio?

Sí, pero es que era muy asfixiante vivir cuatro personas en un piso de 55 metros cuadrados e ir a un colegio de curas para quienes eras nada más que un bulto, con unos profesores amargados que ponían cero empatía. O sea, una vida bastante triste. Y en un ambiente tan sórdido y gris, algo tenía que inventar, ¿no? Me gusta la perspectiva budista de vaciarse, frente a la occidental, que consiste en llenarse

Tengo entendido que siempre tuvo en mente hacer la segunda parte de Moby Dick, y que mantiene un diálogo constante con Melville a través de un médium. ¿Qué ha opinado de su secuela?

Sí, hace tiempo que quería escribir una continuación de 'Moby Dick' en la estela de 'Los viajes de Gulliver', un libro muy político que fue manual de cabecera para los anarquistas del siglo XX. La fábula política es un género muy desaprovechado. Pero este hombre confunde una novela con un reportaje del 'National Geographic', y escribe cientos de páginas sobre cientos de peces, e incluso creía que la ballena era un pez, y el capitán Ahab no sale más que en dos o tres pasajes, y encima en el original mata a Ismael, que es la voz narrativa. Y entonces...

¿Entonces lo que quería era reescribirlo?

Quería hacer otra versión, decir que quería corregir a un clásico resulta muy presuntuoso. Invertí muchas cosas del original e hice una novela corta y dinámica, de capítulos muy breves que terminan con una frase que te impele a seguir leyendo.

Coficofin, el Ismael de Melville, reflexiona sobre la muerte: "Cuando morimos, nadie puede acompañarnos". ¿La conciencia de la muerte nos distingue del resto de animales o eso es solo algo que suponemos?

Como antropólogo, te diría que hay muchísimas versiones de la muerte. Y la nuestra no es precisamente de las más afortunadas, porque tenemos una idea tan fuerte del individuo… No nos educan para morir sino para temer a la muerte. A mí me gusta mucho la concepción budista, que vacía de contenido y de significado a la muerte, asumiendo que va a suceder y contemplándola como el irse a dormir, despedirse y morir, y eso pasa. Me gusta la perspectiva budista de vaciarse, frente a la occidental, que consiste en llenarse.

Piñol, ¿por qué será que nos fascina tanto el terror y por qué el miedo resulta tan contagioso?

Porque es una frontera tras la que está el otro y lo desconocido, que te rechaza. Pero fíjate que solo en esos espacios liminales aprendemos cosas: hay una verdad, un conocimiento en el terror. Es por tanto una realidad que te repele y al mismo tiempo te atrae, y, por tanto, es fascinante. Repulsión y atracción, eso es el terror.

Después del naufragio / Després del naufragi, Albert Sánchez Piñol. Traducción al castellano de Amalia Medina Martín Navona / Univers 304 páginas 23 euros / 22,90 euros

Revisión de Manuel Azaña

 I

 Manuel Azaña, sus años de estudiante en 'El jardín de los frailes' agustinos de El Escorial que acabaron en Paracuellos, en El Mundo, por Fernando Palmero, 31/10/2026:

El programa aplicado por Manuel Azaña durante su actuación al frente de la Segunda República se fijó en los años en los que estudió con los padres agustinos en El Escorial, de donde salió anticlerical y antiespañol, según afirma José María Marco en su nueva edición de 'El jardín de los frailes'.

Como todos los debates que tuvieron lugar durante el otoño de 1931 en unas Cortes de las que saldría la primera (y única) Constitución republicana de la Historia de España, el de aquel 13 de octubre sería de los más acalorados. Se discutía el artículo 24 del texto constitucional (que luego sería el 26) y para defender la expulsión de los jesuitas del país y la prohibición de enseñar a las congregaciones religiosas, el entonces ministro de la Guerra y líder de Izquierda Republicana, Manuel Azaña, pronunció una frase que, después de la oleada anticlerical que había acabado con la quema de conventos en los primeros días de mayo, era toda una declaración programática en la que se jugaba la defensa de la República: "España ha dejado de ser católica".

Es cierto que el nuevo régimen llevaba apenas unos meses en pie, pero Azaña ya "asumió y promovió la defensa de la República en primera persona, con su experiencia vivida (o inventada, podemos añadir nosotros) en El Escorial", explica el especialista José María Marco. Aquel discurso fue acaso el más meditado que pronunció durante el proceso constituyente, porque sabía que sería el más importante de su vida. En lo personal, como en lo político.

Los 484 muertos de los meses más sangrientos de la Segunda República: "La izquierda llamaba fascistas a quienes sólo trataban de cumplir la ley"

La sentencia remitía a otra del filósofo Ernest Renan: "Los que salen del santuario son más certeros en sus golpes que los que nunca han entrado en él", frase, subraya Marco, "que sólo puede tener un sentido: el de una amenaza. Muy probablemente, Azaña la leyó, citada por el cardenal Dupanloup, en El Escorial. La confesión se había convertido en un desafío".

Y es que, el Azaña que terminaría transmutándose en símbolo por excelencia de la República, era fruto de la educación sentimental y de las diversas crisis de identidad que sufrió durante su paso por el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, una institución universitaria regentada por los agustinos y destinada a educar a la élite de la Monarquía constitucional de tiempos de Alfonso XIII. Azaña permaneció allí entre 1893 y 1897 estudiando la carrera de Derecho (que terminaría luego en Zaragoza) y sobre su experiencia intelectual y vital publicaría en 1927 un libro de recuerdos y reflexiones que titularía El jardín de los frailes, en referencia al jardín que se extiende al pie de la fachada sur del Monasterio.

José María Marco, que comisarió a principios de los años 90 del siglo pasado una gran exposición retrospectiva sobre la figura del intelectual y político republicano y le ha dedicado cuatro grandes obras históricas y ensayísticas, acaba de publicar en la editorial de la Fundación Universitaria Española (FUE) la más completa edición comentada y anotada sobre una obra que sitúa a la altura de las de Unamuno, Ortega, Ganivet, Gabriel Miró o Pérez de Ayala.

Tres crisis de identidad

Azaña, nacido en 1880 en una familia de clase media acomodada de Alcalá de Henares, decide conscientemente estudiar en un centro extremadamente elitista, religioso y conservador del que necesariamente saldría convertido en un hombre de Estado. Y cuando lo hace, ha pasado ya por una crisis religiosa que su convivencia con los padres agustinos no hará sino intensificar hasta el punto de hacerle perder definitivamente la fe.

Pero esa fue la primera de las grietas que sufre el joven Azaña en su identidad en formación. La segunda atañe a su concepto de lo nacional, ya que empieza a forjarse una idea de España y de ser español distinta a la ortodoxa, católica e imperial que se le ha inculcado en el colegio. Finalmente, con su actitud de rebeldía, que le lleva a abandonar el centro universitario antes de terminar sus estudios, el autor decide iniciar un proceso de desclasamiento al renunciar a ese futuro entre la clase dirigente que le estaba reservado. El autor de la obra, un trasunto del propio Azaña, acaba su experiencia en El Escorial instalado en un incierto nihilismo.

Pero El jardín de los frailes indica, según Marco, que todo lo que el autor ha dejado atrás no ha sido sustituido por nada. "Dios está ausente, pero no ha sido reemplazado; no sabemos qué ha ocupado el lugar de la falsa conciencia españolista, y el protagonista se limita a afirmar, al final, su condición de desclasado diletante. En realidad, el protagonista de El jardín de los frailes, y con él Azaña, se asoman a un mundo nuevo, para el que carecen de medios expresivos, como no sea el silencio. Si la obra no habla sólo de la crisis de fin de siglo, con sus enfrentamientos entre curas y republicanos clerófobos, es porque abre la puerta a un conflicto distinto. Y lo que está en conflicto aquí no es ya la separación de la Iglesia y el Estado, o la educación religiosa, o la supervivencia de las congregaciones, motivos todos del anticlericalismo decimonónico, sino algo que este no imaginaba, como es la llegada forzosamente violenta -pero ahora de una violencia masiva, inconcebible- de un mundo en el que Dios no existe o, más exactamente, del que Dios ha de ser evacuado. Sabemos el cariz que tomará este enfrentamiento durante la República y luego en la Guerra Civil".

Efectivamente, tras el golpe de Estado del 18 de julio, los primeros meses en la zona leal a la República estuvieron caracterizados por lo que muchos autores han denominado el Terror rojo. No sólo por el encarcelamiento de "desafectos al régimen" en las chekas (o cárceles del pueblo) organizadas por los partidos y sindicatos comunistas, socialistas y anarquistas, sino por el asesinato masivo y planificado de al menos 2.500 personas en Aravaca, Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, llevado a cabo desde finales del mes de octubre de 1936 (hace ahora 90 años) hasta principios del mes de diciembre. Sacados de las cárceles donde previamente habían sido conducidos sin juicio previo, fueron fusilados y enterrados en fosas comunes. Debido a que la República había adquirido desde su comienzo un carácter anticlerical y antirreligioso, entre los asesinados en aquellas jornadas se encontraban miles de religiosos y religiosas, entre los que estaban muchos de los padres agustinos con los que Azaña, para entonces ya presidente de la República, había coincidido en El Escorial.

Cuando entre los días 10 y 13 de mayo de 1931 comenzaron a arder iglesias, conventos y centros religiosos, Azaña, entonces ministro de la Guerra, vetó el uso de la Guardia Civil para evitar las destrucciones. Fue su primera decisión para que España dejara "de ser católica". Luego, la expulsión de los jesuitas, la prohibición a las congregaciones de dedicarse a la enseñanza y la incautación de sus centros, entre ellos los de El Escorial. De esta forma, los 106 padres agustinos fueron trasladados a la cárcel de San Antón, y el 28 de noviembre de 1931, 12 de ellos fueron fusilados en Paracuellos del Jarama. "Al día siguiente", termina Marco, "salieron otros 51. Fueron por tanto 63 los agustinos de El Escorial asesinados en las matanzas de la localidad madrileña, organizada por los socialistas y comunistas con Santiago Carrillo al frente. De estos hechos no queda ningún rastro en los papeles de Azaña". Lo que sí cuenta en sus 'Memorias' el ex presidente de la República es la visita que uno de los supervivientes le hizo en Valencia en 1937. "Adoptó una actitud distanciada", explica Marco, "carente de cualquier compasión ante los hechos que el P. Isidoro le debió contar. En el texto van aludidos con un eufemismo siniestro: 'han perecido'. Y como Azaña no está dispuesto a que la realidad varíe su proyecto ideológico y artístico, acaba aleccionando al P. Isidoro y le achaca la responsabilidad de lo ocurrido". Le dijo: "Sus amigos fervorosos, los apasionados de la religión y del orden, son los causantes, no sólo de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen".

Homosexualidad

La escritura y publicación de El jardín de los frailes tuvo otro protagonista ineludible: Cipriano de Rivas Cherif (1891-1967), dramaturgo, poeta, crítico, periodista, amigo íntimo de Azaña y su cuñado desde que en 1929 se casara con su hermana, Dolores de Rivas Cherif, casi 25 años más joven que él y con la que nunca tuvo hijos. Fue Cipriano el que le animó a escribir sus recuerdos de El Escorial, que comenzó a publicar por entregas en La Pluma, la revista que fundaron juntos en 1920, y cuya finalización, mientras el director de teatro se encontraba de gira con la compañía de Margarita Xirgu, supuso la superación de una crisis honda y dolorosa en su amistad. "Lo que me desconsuela", escribió Azaña a su amigo, "es que el separarnos manifiesta un fracaso mío, principalmente y de los dos, en cuanto ninguna de las cosas que hemos soñado y proyectado ha venido a cumplirse. Además -aquí entra mi egoísmo- tú eras lo que me quedaba de la juventud". La posible relación homosexual entre los dos fue uno de los instrumentos de ataque que se utilizaron para desacreditar al entonces ministro de la Guerra y su polémica reforma del Ejército.

En este sentido, El jardín de los frailes es, también, fruto de la historia de una profunda amistad entre dos hombres. Por eso, resulta cuanto menos inquietante cuando, en el último capítulo del libro, Azaña confiesa a uno de los frailes con los que coincide después de mucho tiempo, que de aquellos años le quedaba "un sabor de ceniza". Para José María Marco, esa expresión, que aparece en La Ciudad de Dios de San Agustín, en referencia al sabor de los frutos que por castigo divino se producían en la ciudad de Sodoma, y que utilizan también André Gide y Marcel Proust, es una clara alusión a la homosexualidad.

No existen en sus escritos evidencias de sus preferencias sexuales, aunque en su novela 'Fresdeval' y algunos escritos sobre 'Hipólito', que no llegó a publicar en vida, aparecen escenas y conversaciones homoeróticas entre los personajes. En el pasaje de El jardín de los frailes, concluye Marco, "Azaña seguiría, a su manera, nunca sencilla, la famosa recomendación de Proust, según la cual se puede contar todo, pero a condición de no decir nunca Yo. Hasta qué punto Azaña se retrata en el protagonista de su ensayo autobiográfico es algo que queda para el lector avispado".

El jardín de los frailes, Manuel Azaña. Estudio y edición a cargo de José María Marco. 480 páginas. Editorial: Fundación Universitaria Española, 2026.

II

Manuel Azaña, el malditismo del antimoderno que abrazó la República, en El Mundo por Iñaki Ellacuría, 22 noviembre 2021:

El último libro de José María Marco, 'Azaña, el mito sin máscaras', descubre la influencia de los reaccionarios franceses en el político republicano

El mito de Manuel Azaña como punto de encuentro entre las «dos Españas» y referencia de la actual democracia, una lectura generosa y abierta a los matices sobre el papel del presidente de la Segunda República que es más bien tardía, cobra fuerza en los 90 por la necesidad de PSOE y PP de actualizar sus referentes históricos y reaparece periódicamente ahora en el debate público. Constatando la primacía de la leyenda del personaje sobre una biografía repleta de claroscuros y a la que no dejan de añadirse libros.

Entre los más recientes, una pieza nuclear para la construcción de la leyenda, la reedición de Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Reino de Cordelia), que escribió Cipriano de Rivas Cherif, cuñado del republicano, amigo íntimo, confidente. Una biografía que arranca con un prólogo de José Luis Rodríguez Zapatero en el que sostiene que «más de siete décadas después de que se vislumbrara el corazón de una democracia social como esa, que hoy nos sigue pareciendo perfectamente reconocible, los ecos de esos anhelos y de esas frustraciones, unos y otras, llegan también hasta nosotros». El otro libro llegado a las librerías, Azaña, el mito sin máscaras (Encuentro), del ensayista José María Marco, rechaza que el presidente de la Segunda República pueda aún ser considerado un hombre cercano al liberalismo y principal referente de nuestra actual Monarquía parlamentaria.

Es la «pulsión revolucionaria» del ex presidente lo que, para Marco, le inhabilita como símbolo y mito. «Azaña se ha convertido en una referencia mitológica única, en la que se vuelca la necesidad de relacionar la democracia actual con la Segunda República, y eso da pie a una reflexión equivocada y sesgada acerca de lo que es la democracia española. Una monarquía parlamentaria no puede tener como referencia a un dirigente republicano que excluyó con sus políticas a más de la mitad de los españoles», subraya.

Autor de otros estudios sobre Azaña como La inteligencia republicana, La creación de sí mismo y El fondo de la nada, Marco sostiene que durante su mandato la República prevalece sobre la democracia. Un republicanismo de autor y a la medida. «Azaña tiene la voluntad de hacer una España nueva, de fundarla, su proyecto fue el de la republicanización de todos los estamentos, como el ejército, y un intento de secularización de la sociedad española que pasa por la supresión de la libertad de enseñanza y asfixiar económicamente a las órdenes religiosas».

La gran novedad que aporta la última investigación de Marco es el perfil de Azaña como un antimoderno, un nihilista imbuido del espíritu del 98 que encuentra en el republicanismo «una tabla de salvación». Más que un político vocacional, un proyecto de artista sin imaginación que a los 23 años abandona su carrera profesional en un importante despacho de abogados de Madrid para instalarse en la casa familiar de Alcalá de Henares y escribir una novela que quedará inconclusa, La vocación de jerónimo. «Es un texto típico de la época, muy influenciado por la literatura francesa y con el que Azaña busca una autenticidad que no encontraba en su etapa madrileña. Quiere ser un artista, no solo un buen escritor, que sin duda es, quiere ser un artista porque este es el único que tiene la capacidad para comunicarse con la esencia de pueblo, del paisaje, de esa España de verdad que él va buscando huyendo de la oligarquía madrileña», señala Marco.

Pero no será hasta la escritura de sus Memorias, décadas después, cuando Azaña, un hombre «muy burgués que se odiaba así mismo y que se sintió toda la vida como outsider en busca de reconocimiento», puede cumplir su ambición de artista. Para Marco el político republicano es un prosista de altura que bebe sobre todo de los escritores reaccionarios y nacionalistas franceses como Maurice Barrès. Seguramente porque en sus años de investigación existencial y de libros fallidos, Azaña sentirá un vacío que le llevará a un profundo nihilismo y de allí al republicanismo como tabla de salvación. «Si los nacionalistas que había leído hablan de la nación como un punto fijo en un naufragio, su respuesta de fin de siglo, Azaña se agarra no al nacionalismo sino a la República. Para él el republicanismo es casi una religión, lo que explica que durante su mandato se niegue a aceptar los hechos que anuncian el fracaso de este proyecto político. Pasa del culto al yo al culto del pueblo español», dice Marco.

Precisamente, es con la proclamación de la Segunda República y su llegada al poder cuando Azaña halla, al fin, la inspiración del artista, que plasmará en sus Memorias, una suerte de monólogo interior y el retrato más descarnado de ese sistema políticos y sus actores, a los que tanto desprecia. Sus años de presidente, pese a la tragedia que vive España o quizá por ello, son su gran obra. El momento en el que «el artista y el político se juntan, y con sus grandes discursos durante la Guerra Civil, que preconizan una política de reconciliación contraria a lo que había practicado anteriormente, Azaña se convierte en el artista puro».

 III

Manuel Azaña y la II República: autopsia de un mito, en El Mundo, por Pedro Carlos González Cuevas, 22 de marzo de 2021:

Destaca el autor que de tanto criticar los 'mitos' del franquismo, la izquierda historiográfica ha desembocado en la construcción del 'mito' de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz

En una semblanza de Voltaire, Roland Barthes definió al autor de Cándido como el último escritor «feliz», ya que nunca tuvo en su tiempo adversarios de altura. En ese sentido, quizá la izquierda española sea la última izquierda europea realmente «feliz». No porque sea excesivamente inteligente, que no lo es, sino porque casi nadie se atreve a contradecir sus opiniones, por muy discutibles que sean. Este hecho resulta evidente sobre todo en el campo historiográfico, cuando se tratan temas como la II República, la Guerra Civil o el régimen de Franco. De tanto criticar los mitos del franquismo, la izquierda historiográfica española ha desembocado en la construcción del mito de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz. Dentro de poco se cumplirán noventa años del advenimiento del régimen republicano; de ahí que sea necesario someter a revisión este tipo de interpretaciones.

Para empezar, podemos preguntarnos si la II República fue realmente un régimen político dotado de legitimidad. En mi opinión, no. Sin duda, fue un régimen legal, pero nunca llegó a conseguir una legitimidad plena. Hace años, leyendo el célebre libro del historiador italiano Guglielmo Ferrero, liberal antifascista muerto en el exilio, El poder. Los Genios Invisibles de la Ciudad, me asaltó la duda. En una de sus páginas, Ferrero definía a la II República española como un régimen político «prelegítimo». Y es que para el historiador italiano la misión del poder político es la de acabar con el miedo, que es el sentimiento fundamental del hombre frente al mundo. A ese respecto, el requisito fundamental es la legitimidad, es decir, el ejercicio del poder según principios compartidos entre gobernantes y gobernados, a través de diferentes fórmulas políticas. Naturalmente, un principio de legitimidad no puede establecerse en frío. Solo es eficaz si está en armonía con los mores, la religión, la mentalidad y los intereses económicos de una determinada época; en definitiva, cuando es vivido como una creencia, que nadie puede poner en duda.

A lo largo de su efímera y precaria existencia, la II República nunca logró articular una fórmula política aceptada por la mayoría de la población. Y es que no debemos olvidar que los republicanos estuvieron dispuestos a instaurar su alternativa, como lo demuestran las intentonas de Jaca y Cuatro Vientos, mediante el golpe de Estado militar. Y que, finalmente, su advenimiento no fue producto de una transición pactada, sino producto de una movilización de carácter revolucionario. Sin duda, la Monarquía había perdido su legitimidad. La sociedad deferente de notables dejaba paso a una realidad mucho más conflictiva. La II República nació escorada a la izquierda. El liberalismo radical y el socialismo ocupaban el poder por vez primera en la historia de España. Sin embargo, las izquierdas se hallaban profundamente divididas en sus proyectos políticos y sociales. Las dos grandes tendencias del movimiento obrero, socialistas y anarquistas, tenían ideas muy distintas sobre la naturaleza del proceso sociopolítico. Como se demostró en octubre de 1934, un sector muy importante del PSOE, el liderado por Francisco Largo Caballero, tuvo un visión puramente instrumental del régimen republicano, que concibió exclusivamente como vía hacia el socialismo. La CNT fue una fuerza claramente disruptiva durante todo el período republicano. Los nacionalismos periféricos nunca renunciaron a la independencia. Por otra parte, las Cortes constituyentes de 1931 no fueron representativas del conjunto de la sociedad española y dieron lugar a un texto constitucional que nunca fue aceptado por un sector tan decisivo y numeroso como los católicos, por su contenido abiertamente secularizador y anticlerical. Sin duda, hubo unas derechas, como los monárquicos alfonsinos y los carlistas, irreductibles; pero no hay duda de que la Iglesia y un sector del catolicismo estuvieron abiertos al pacto. Ante la magnitud de la disidencia, no resulta extraño que una parte de la legislación republicana tuviera un carácter abiertamente represivo, como la Ley de Defensa de la República, la Ley de Orden Público y la Ley de Vagos y Maleantes, conocida como la Gandula.

Ramiro de Maeztu señaló que la II República, a diferencia de la francesa, no disponía de un Léon Gambetta, es decir, un líder flexible y oportunista capaz de mediar entre los distintos intereses sociales. No lo fue, desde luego, Manuel Azaña. El político alcalaíno goza hoy de buena prensa en nuestro campo historiográfico. Santos Juliá publicó una biografía canónica, Vida y tiempo de Manuel Azaña, donde nos lo presenta como un estadista incomprendido. Y fue el editor de sus Obras Completas, presentadas por Rodríguez Zapatero, para quien Azaña era el precursor de la España actual. Pedro Sánchez visitó su tumba en Montauban, dedicándole grandes elogios. En conmemoración de los ochenta años de su muerte, el Congreso celebró un homenaje, presentándole como un hombre de «consenso» y «reconciliación». En diciembre del año pasado se inauguró una exposición en la Biblioteca Nacional dedicada a su figura. Y de nuevo apareció como el forjador de la España actual.

¿Quién fue realmente Manuel Azaña?. No, desde luego, un gran escritor. Su novela El jardín de los frailes, es una obra carente de tensión narrativa y enormemente ingenua desde el punto de vista ideológico. Fue insensible a las vanguardias. En sus Diarios, Azaña se autodestruye, porque muestra su auténtica faz sectaria y sarcástica. Nadie, sobre todo sus más directos colaboradores, salen bien parados de sus testimonios. Despreció a Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset y Azorín, siendo como pensador y literato, muy inferior a ellos. Michael Oakeshott lo hubiese caracterizado como el típico «racionalista político», por su pretensión de emanciparse de la historia. No existen en su obras huellas de Marx, Weber, Schmitt o Keynes. El pensamiento económico le fue completamente ajeno. En su obra no aparece la menor reflexión sobre la revolución rusa, el marxismo, el fascismo o el New Deal. La crisis del capitalismo liberal y del parlamentarismo no pareció conmoverle. Su actitud ante la Iglesia católica careció de inteligencia, la desafió directamente y, por supuesto, perdió la batalla. Lo más grave de su discurso de octubre de 1931 no fue la frase «España ha dejado de ser católica», sino que el número de católicos españoles resultaba irrelevante para el nuevo régimen. No menos irresponsable fue su planteamiento del tema catalán, incluso en algún momento llegó a reconocer la hipótesis del reconocimiento del derecho de autodeterminación.

Dada nuestra perspectiva actual, hoy sabemos que la razón histórica estuvo de parte de Ortega y Gasset en las discusiones sobre el Estatuto de Cataluña. Su modelo de república supuso un claro intento de marginación del conjunto de las derechas, a las que no otorgaba papel alguno en el nuevo régimen. En su opinión, solo el Partido Radical, y no la CEDA, podía representar a la derecha en la República. De ahí su irresponsable posición ante el triunfo de los conservadores en las elecciones de 1933. No participó en la insurrección de octubre de 1934, pero consideró ilegítima la participación de la CEDA en los gobiernos republicanos. Como presidente de la República, la lucidez y la eficacia políticas brillaron por su ausencia. A lo largo de la Guerra Civil, no fue más que una marioneta. Por ello, su discurso pronunciado en Barcelona en julio de 1938 -el de «Paz, Piedad y Perdón»- carece de grandeza, ya que se pronunció ante el presagio de una inevitable derrota. Además, su contenido fue censurado por las autoridades republicanas, al considerarlo derrotista. El epitafio de su trayectoria política fue La velada en Benicarló, donde, al menos en parte, reconoce sus errores. En ese sentido, cualquier intento de convertirlo en ejemplo tan sólo puede ser concebido como fruto de una mente superficial. «Son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán al hoyo» (Mateo, XV, 12-14). O sea, en la III República confederal.

Pedro Carlos González Cuevas es historiador y profesor titular de Historia de las Ideas Políticas en la UNED.

IV

Aventuras políticas. Romanones y Azaña: las fracasadas transiciones a la democracia en España, por Raúl Conde, en El Mundo,  17 marzo 2021:

La figura capital del régimen de la Restauración, y el presidente de la II República fueron dos gigantes de la política nacional que, aunque antagónicos, soñaron con modernizar el país y consolidar las bases de un régimen democrático. Dos libros recuerdan sus legados

La salida del poder del conde de Romanones, durante el reinado de Alfonso XIII; y de Manuel Azaña, cuando partió al exilio en el ocaso de la Guerra Civil, simboliza mucho más que la caída de dos gobiernos: ambos casos pusieron de manifiesto una crisis de régimen. El periodo entre 1919 y el 39 explica, en buena medida, el trauma nacional cainita que hubo que expurgar durante la Transición para alcanzar una democracia plena. La Restauración borbónica, junto a los partidos dinásticos, fracasó en su intento de integrar a los republicanos moderados en las instituciones. Azaña naufragó a la hora de lograr la permanencia de un sistema republicano inclusivo.

Estas dos figuras de la política contemporánea española, antagónicas en su ideología y trayectoria, saltan de nuevo al presente de la mano de dos obras apreciables, pero de enfoque contrapuesto. Guillermo Gortázar, profesor de Historia Contemporánea de la Uned y ex diputado del PP, publica Romanones. La transición fallida a la democracia (Espasa) una prolija biografía de Álvaro de Figueroa y Torres, epítome de la política de notables y oligárquica. Por su parte, Ángeles Egido, catedrática de Historia Contemporánea de la Uned y comisaria de la exposición Azaña: intelectual y estadista, que acoge la Biblioteca Nacional, presenta el próximo 23 de marzo una nueva edición de Manuel Azaña. Entre el mito y la leyenda (Guillermo Escolar Editor).

Tanto Gortázar como Egido se nutren de abundantes fuentes documentales, incluida correspondencia privada. El primero lo hace enhebrando un relato historiográfico que se lee a modo de novela y concebido desde una óptica liberal. La segunda pergeña un ensayo a través de una prosa vibrante y una panoplia plural de referencias bibliográficas, lo que ayuda a trazar un gran angular de quien personalizó las reformas para superar el caciquismo.

Ambos autores escarban en los éxitos políticos de Romanones y Azaña, pero no omiten sus pasivos. Gortázar define así al conde: «Era un hombre honrado, positivo y reformista, pero también empirista y tacticista. No creía en los programas a medio y largo plazo. Creía que el política debía enfrentarse a los problemas inmediatos y concretos».

Procedente de una familia acomodada con múltiples posesiones en Guadalajara y propulsado en política gracias a su suegro, el jurisconsulto Manuel Alonso Martínez, Romanones -cabeza del Partido Liberal y conspicuo representante del caciquismo- llegó a ser presidente del Consejo de Ministros en tres periodos interrumpidos entre 1910 y 1919, salpicados por su posición en favor de intervenir en la Primera Guerra Mundial junto a los aliados y por la lucha obrera en Cataluña. También presidió el Senado y fue alcalde de Madrid, y operó como éxito como empresario de la minería. Ejerció de diputado en las Cortes durante la Restauración y la Segunda República. Siempre en representación de Guadalajara. «Era su distrito electoral a la inglesa, representaba a 50 municipios alrededor de Guadalajara. En 1933 quintuplicó en votos al PSOE», explica Gortázar. Romanones en 1933 quintuplicó en votos al PSOE en su Guadalajara natal.

La tesis principal de su libro estriba en que el nudo gordiano que permite entender la evolución de España en el siglo XX no es tanto el periodo que abre la Guerra Civil, con sus 40 años de dictadura, sino lo que el historiador alavés califica como «espectáculo de inestabilidad» con movimientos revolucionarios de todo tipo entre 1923 y 1936.

«La Guerra Civil y la dictadura -asegura- fueron consecuencia de los años anteriores. No los circunscribo solo a la República, como hace la derecha autoritaria, ni tampoco al golpismo de la derecha, como hace la izquierda de los años 30. El problema se origina en la ruptura del orden constitucional en 1923 con el golpe de Primo de Rivera».

Zaherido por erigirse en conspicuo representante del caciquismo, Romanones es hoy, a juicio de Gortázar, «una figura que ha sido maltratada por la historiografía». El propio conde, en sus memorias Notas de una vida, confiesa que sus enemigos siempre fueron «multitud». Aunque fue acusado de maniobrero, no se le puede acusar de insensible: impulsó el primer decreto del mundo de la jornada laboral de ocho horas y se abrió a la descentralización administrativa del Estado.

El Desastre de Annual acelera el desgaste de la Monarquía. Y republicanos y socialistas, que repudian los cambios de Gobierno del turno, cercan al monarca a raíz de las miserias de un sistema inmovilista. Gortázar tacha al ex presidente republicano de «soberbio» y añade que decidió «desde un principio la alianza con los socialistas en lugar de bascular hacia la moderación con un posible acuerdo con los radicales centristas de Lerroux».

Ángeles Egido tiene una opinión antagónica sobre el ex mandatario republicano. «Azaña sigue siendo una figura muy controvertida, pero lo que debería prevalecer es que intentó establecer una verdadera democracia en España, al estilo de las de los regímenes democráticos occidentales, aunque luego se le desbordar por los extremos. El recuerdo del proyecto reformista de la Segunda República estuvo implícitamente presente en la Transición. Narcís Serra, siendo ministro de Defensa, confesó en su momento que había tenido en cuenta la reforma militar azañista».

La derecha vio rápido, tras el advenimiento del 14 de abril, que estaba ante «el adversario más consistente», según Egido.

Sus detractores le acusaron de ser el culpable de la sublevación del 18 de julio de 1936 y le definían como un jacobino dispuesto a triturar el Ejército y laminar el catolicismo. «Engendro republicano», sicario de la «horda roja», compendio de la «antipatria masónica» fueron algunos de los epítetos repetidos en los libelos franquistas. Incluso Benavente contribuyó a propagar el rumor de la amistad interesada del dirigente republicano con su cuñado, Cipriano Rivas Cherif. La pugna entre azañófilos y azañófobos llega hasta nuestros días. Según Paul Preston, Azaña tenía suficiente talla para que se le considerase un enemigo verdaderamente peligroso».

Perteneciente a una familia burguesa, de posición económica desahogada, recibió una educación adecuada a su clase y condición, e incluso disfrutó de una beca en París. Se casó con Dolores de Rivas Cherif con casi 50 años, edad en la que despegó una carrera política que le llevó al poder tras haber desarrollado una intensa actividad intelectual no exenta de dardos malévolos por parte de sus coetáneos. «Escritor sin lectores», dijo de él Unamuno.

«Se hizo grande en el Parlamento, con sus argumentaciones y buscando soluciones en los debates sobre las grandes leyes de la República. Tenía una sólida formación jurídica», asegura Egido.

Para Azaña la República no era un paréntesis, sino la recuperación del "verdadero ser de España

«En lo personal, era reservado a primera vista. Pero una vez que se rompía la coraza con la que se protegía, se mostraba amable, culto, educado, irónico, divertido, sensible a la música y el arte». Políticamente, Azaña «fue antes un demócrata que un republicano». Para él, la República no era un paréntesis, sino la recuperación del «verdadero ser de España». Y de ahí deriva su concepción del Estado autonómico, plasmado en el trámite del Estatuto de Cataluña en 1932. «La Constitución republicana -recuerda Egido- se comprometía a negociar los estatutos pero acuñó la fórmula del Estado integral, que aunaba sin anular. Es decir, aseguraba la unidad de España, tal como consta en el primer artículo de la Constitución. Además, se renunció expresamente al federalismo al tener muy presente el modelo de la Primera República, que había fracasado por el cantonalismo. El artículo 13 decía: «En ningún caso se admite la Federación de regionales autónomas».

Romanones murió el 11 de septiembre de 1950. El dictador autorizó un cortejo fúnebre por la Castellana y fue enterrado en el panteón de sus padres, los marqueses de Villamejor, mientras su hijo Eduardo, conde de Yebes, terminaba la construcción del mausoleo de los Romanones en el cementerio de Guadalajara. Gortázar sostiene que Figueroa fue «un hombre que intentó, sin éxito, contribuir a la evolución del régimen liberal a otro democrático».

Azaña expiró en el exilio. Solo y sin una despedida solemne acorde con quien fue jefe de Estado. Alejado de su patria, desposeído de todas sus pertenencias, enfermo de ataques cerebrales, amenazado de secuestro por los agentes de Franco, alojado en un pequeño hotel de la localidad francesa de Montauban. Egido evoca una declaración de Azaña que resume su legado, aún vigente: «Concedió una entrevista al periodista Jon Gunther y cuando éste le preguntó que se definiera contestó con unas palabras que en España se tradujeron así: 'soy un intelectual, un liberal y un burgués'. En realidad, lo que dijo fue: 'soy un intelectual, un demócrata y un burgués'».

 V

 Fresdeval. La pulsión homosexual de Manuel Azaña "está ahí", por Darío Prieto, en El Mundo, 3 diciembre 2021:

En 'Azaña, el Mito sin máscaras', José María Marco aborda, entre otros muchos aspectos de la personalidad del presidente republicano, el latido homoerótico que existía en sus novelas.

"El más guapo compañero de Bruno le confesaba una afición pegajosa y propósitos obscenos sobre su persona, que dichos en tono de chanza, delante de amigos, podían tomarse a broma pesada. Una tarde, solos Bruno y el amigo en la huerta, crecieron tan sofocantes las demostraciones, la risa que las acompañaba se heló tan de pronto en la faz ardorosa del mozo, que Bruno, súbitamente se desnudó y plantándosele delante le dijo en son de reto: '¿Qué quieres de mí? ¡Aquí me tienes! ¡Atrévete!' El amigo huyó. Bruno se bañó en el estanque". En 1930 Manuel Azaña (1880-1940) escribió una novela, 'Fresdeval', que no llegó a ver publicada y que incluía esta escena, con claras resonancias de la juventud de quien estaba llamado a ser el gran líder de la Segunda República.

La posible homosexualidad de Azaña fue, según el ensayista José María Marco, un asunto que apareció recurrentemente para intentar desacreditarle en su carrera política. Sin embargo, más allá del chisme, pocos se aventuraron a investigar el asunto en los testimonios escritos del propio Azaña, que trascienden sus famosos Diarios. Marco lo ha hecho en 'Azaña, el Mito sin máscaras', que acaba de editar Encuentro y donde se aproxima a aspectos no tan habituales en la bibliografía sobre el estadista alcalaíno.

Para Marco, más allá de la etiqueta, lo que deja entrever Azaña en sus textos forma parte de la tónica de la época. "El final del siglo XIX y el principios del XX es un momento de crisis muy profunda con todo", explica a LOC. "Y esa crisis conlleva una especie de cuestionamiento general de todos los valores y de todas las tendencias estéticas heredadas. También de la ciencia, de la nación... Es una puesta en crisis general. Y una de las cosas que hacen muchos escritores es un viaje interior, hacia el yo, de exploración de la autenticidad, de dónde estoy y qué es lo que soy realmente. Y ese tipo de literatura autobiográfica, confesional, de diarios y dietarios se cultivó muchísimo".

Azaña fue, abunda Marco, "un hombre que desde muy joven, desde los 23 años, siguió ese camino. Quería ser artista, escritor, y empezó una investigación sobre su propia primera persona, algo muy característico de ese momento". Es ahí "donde la homosexualidad o el amor entre hombres empieza a aparecer como una realidad que algunos no pueden esquivar". Unos lo sacan a la luz y otros no, apunta Marco. "Yo creo que no se puede hablar con claridad de que Azaña tuviera una atracción por los hombres. Pero el caso es que el tema está ahí".

El que fuera presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República, amén de titular de varias carteras y último presidente de la República a la derrota de ésta en la Guerra Civil, "frecuentó mucho los círculos teatrales de los años 20 con su cuñado Cipriano Rivas Cherif, que tenía muy buenos contactos y estuvo muy relacionado con García Lorca", recuerda Marco. "Son unos años en los que hay una cierta efervescencia de presencia pública de la homosexualidad en ámbitos literarios y teatrales, con personajes como el propio Lorca o Jacinto Benavente. Años, también, en los que se traduce el 'Corydon' de Gide", relata el ensayista.

Por ese motivo, "aparecen habladurías sobre su relación con Rivas Cherif, que luego se utilizan durante la República, sobre todo cuando se producen sus reformas militares, y que suscitan una crítica muy dura. Pero los textos de Azaña sobre los que trata los temas homosexuales son textos que quedaron sin ver la luz, excepto uno, que se publicó durante la guerra".

En su libro, Marco analiza no sólo el 'Fresdeval', sino también algunos de sus apuntes sobre personajes masculinos para piezas narrativas. "Creo que a los historiadores españoles les falta imaginación", lamenta. "No se meten en terrenos que creen que los desbordan. Así que no se meten en la literatura, salvo alguno, como Jesús Ferrer-Solá, autor de 'Manuel Azaña: Una pasión intelectual'. Pero la gente de literatura tampoco: considera que Azaña era más político que literato. Así que se queda un poco entre dos aguas".

Esa indefinición encaja con la propia naturaleza de Azaña, hombre continuamente atormentado por diversas razones a lo largo de su vida. En cualquier caso, su orientación sexual no debería ser motivo, ni entonces ni ahora, para valoraciones de ningún tipo. "Yo no le reprocho absolutamente nada. Al contrario, me interesa muchísimo que fuera capaz de suscitar el tema y de encontrar algo ahí", sentencia Marco.