lunes, 19 de octubre de 2026

Exposición de Dalí en el Thyssen

  I

 Aún quedan cosas por descubrir de Dalí en el Thyssen, pero no se olvide de pedir cita con el psiquiatra a la salida, en El País, Ana Marcos, Madrid - 19 OCT 2026:

El museo expone más de 130 obras del artista surrealista que ahondan en la influencia que tuvo Freud sobre su obra antes y después de conocerle

El universo freudiano de Dalí es el título de la nueva exposición temporal del Museo Thyssen de Madrid que, a priori, puede sonar a antológica ya vista o a otra exposición que redunda sobre una influencia ya conocida en el argumento pictórico del gran artista del surrealismo. Pero que, sin embargo, tiene la habilidad del descubrimiento de nuevos aspectos de un creador del que a veces parece que ya se ha descifrado hasta la entraña todo su universo paranoico. Jaime Brihuega, comisario de la muestra y ojo experto en las vanguardias, define esta retrospectiva de más de 130 piezas como “una colección de obras maestras a las que te asomas como a una ventana, las abres y te absorben hasta tal punto que no encuentras el final”. Por eso, recomienda una cita con el psiquiatra a la salida. Aviso para visitantes.

El aperitivo que explica parte de las obsesiones y los complejos de Dalí es explícito y contundente desde la primera sala. El artista perdió a su madre y sintió la orfandad desde la adolescencia, aterrado por la figura autoritaria de su padre y marcado por la muerte de un hermano del que heredó su nombre. Con su hermana no solo practicó la fraternidad, sino que su relación se acercó más al incesto. “La imagen de mi hermana / el ano rojo / de sangrante mierda / la polla / seminflada / apoyada con elegancia / contra / una inmensa / lira / colonial / personal…”, escribe el creador en L’amour et la mémoire (1931), se lee en la cartela situada al lado de Retrato de Anna Maria, el nombre de su hermana. “Todo está explicado en estos textos, en las audioguías y en códigos QR”, dice el también profesor de historia del arte, consciente de la complejidad del universo daliniano, sobre todo en sus primeros años cuando ni el propio artista era capaz de dar salida a sus traumas.

Esa materia prima con la que fue moldeando su personalidad comenzó a encontrar algunas respuestas cuando llegó a Madrid en 1922, a la Residencia de Estudiantes, donde conoció a intelectuales como Federico García Lorca y Luis Buñuel, también muy presentes en la exposición, que se podrá ver hasta el 24 de enero. “Con ellos dará forma al primer surrealismo español y también completará su mundo ya complejo”, continúa el comisario. “Así consolidó su identidad visual, donde mostraba sus miedos, complejos, frustraciones y su obsesión por los elementos de carácter sexual”.

En las vanguardias también encontró los textos de Freud y comenzó la verdadera metamorfosis de su personalidad. “Esos complejos ya son escritura y pintura, su mundo interior sale sin complejos ni vergüenza al exterior”, relata el experto, “son vocablos figurativos que construyen su lenguaje”. Brihuega lleva años sumergido en estos sintagmas y cada vez, reconoce, le afectan más, tanto que se cuelan en sus sueños y desarrolla teorías con cada uno de los elementos que Dalí incorporó a sus obras a partir de mediados de los años veinte del siglo pasado. “Su dialéctica se debatió en diversos oxímoron: amor y muerte, atracción y repulsión, asco y apetito”, continúa el comisario en un breve repaso por las temáticas que recorren los cuadros de la muestra.

Ya inmerso en el surrealismo de París liderado por André Breton, Dalí hace varios intentos por conocer a Freud en distintos viajes a Viena y finalmente lo consigue en 1938 en Londres. “Iba enloquecido, al otro le daban igual esos locos surrealistas”, recuerda Brihuega, que ya en 2022, en el Museo Belvedere de la capital austriaca, había estudiado este encuentro para una exposición más pequeña, de gabinete, que ha sido el germen de la que se inaugura ahora en el Thyssen. “Se presenta ante él, le explica su método paranoico-crítico con el que se había vinculado al psicoanálisis freudiano [para Dalí la paranoia era un estado de gracia] y le lleva el cuadro La metamorfosis de Narciso”, dice el comisario, una de las pocas piezas que no están en la muestra. El experto se ha encargado de conseguir algunos bocetos de elementos de la pieza, y un amuleto romano de una mano que representa un huevo que le gustaba a Freud y que el artista colocó en el centro de su tela. Por eso, cree Brihuega, Freud no le ignora, como había hecho con sus colegas surrealistas, sino que llama su atención y sentencia: “Nunca vi ejemplar más completo de español. Que fanático”.

En otras ocasiones, los museos han dado por zanjada la relación de Freud y Dalí en este encuentro, pero Brihuega y el Thyssen ahondan una década después. El artista catalán se había entregado a Einstein, la materia subátomica, el universo, la ciencia, con un poco de aliño de religión, pero siempre con el sexo de fondo en un ejercicio que no solo fue una mezcla de estilos, sino de mayor indefinición en lo que respecta al sexo porque sus figuras son cada vez más hermafroditas o bisexuales. Aun así, con el paso de los años, Freud y el psiconálisis se mantuvieron como el sustrato que abonó la siguiente etapa de su legado. Por eso, a la salida, además de llamar al terapeuta, ese esbozo de lo freudiano impacta en un monumental telón colocado en el vestíbulo del Thyssen que se llama Tristán loco, otra señal para marcar el teléfono de ayuda.

II

Una exposición revela cómo Dalí transformó Estados Unidos y su cultura, en El País Maye Primera, Miami - 27 JUL 2026;

El Dalí Museum de San Petersburgo, Florida, reúne una colección que abarca cuatro décadas de vida y obra del artista en el país, en conmemoración de los 250 años de EE UU

Desde que atracó en Nueva York la primera vez, en 1934, Salvador Dalí fue más que un pintor en Estados Unidos. Aquí diseñó vidrieras, organizó la fiesta surrealista de la década, trabajó en Hollywood sin poder llegar a la pantalla, diseñó joyas, escribió memorias y fue una celebridad de los late night shows.

“Dalí transformó Estados Unidos solo con ser parte de la cultura”, asegura el curador Peter Tush, que reunió una colección de piezas que relatan cuatro décadas de vida y obra del artista catalán en Estados Unidos en la exposición Dalí América, que se exhibe en el Dalí Museum de San Petersburgo, Florida, hasta octubre.

“Aportó una combinación de ligereza y visión que Estados Unidos nunca había experimentado. Con el tiempo, ofreció un nuevo modelo de lo que podía ser un artista: entretenido, ingenioso, completamente excéntrico”, comenta Tush durante una entrevista virtual con EL PAÍS. Las pinturas, videos, fotografías y objetos reunidos en esta exposición cuentan la historia de los cuatro primeros viajes que hizo Dalí a Estados Unidos entre 1934 y 1939 y de los ocho años que vivió como refugiado en Pebble Beach, California. Habla también de su paso por el cine de los cuarenta, de sus trabajos con Walt Disney y Alfred Hitchcock que acabaron en frustraciones y de cómo Hollywood transformó su obra, pese a que nunca triunfó en el cine.

La pieza central es la pintura de la colección del museo titulada El descubrimiento de América, donde Dalí se sitúa a sí mismo como un fraile que acompaña a Cristóbal Colón, un explorador que descubre un nuevo mundo rodeado de referencias de su tierra: San Juan de la Cruz, San Narciso y el milagro de las moscas de Girona. “Es una pintura que también celebra la idea de la transformación de Dalí, pues la experiencia estadounidense lo convirtió en quien es. Con esa pintura encontró una manera de reunir estas tres partes de su identidad: español, catalán y también estadounidense”, apunta Tush. Luego, el recorrido muestra la fascinación mutua entre Salvador Dalí y la gran pantalla.

“Estoy en Hollywood, donde he entrado en contacto con los tres surrealistas estadounidenses: Harpo Marx, Walt Disney y Cecil B. DeMille. Creo que los he embriagado lo suficiente y espero que las posibilidades del surrealismo se hagan realidad”, escribió Dalí en una carta dirigida a André Breton, fundador y principal teórico francés del surrealismo. “A Dalí siempre le fascinó la idea de Hollywood. Siempre fue su objetivo no solo conectar con estas figuras, sino también crear algo grande con esa especie de máquina de sueños. Su gran tragedia es que no estaba preparado para la enorme dificultad burocrática que implicaba llevar una visión a la pantalla”, apunta el curador.

En esa época, las visiones del pintor para la gran pantalla acabaron en frustración. En 1945, Dalí fue contratado por Alfred Hitchcock para crear la secuencia de un sueño para la película Spellbound, un thriller protagonizado por Ingrid Bergman y Gregory Peck donde ocurre un asesinato y dos psicoanalistas utilizan el análisis freudiano de los sueños para resolver un crimen. Pero solo fueron utilizados dos minutos de una secuencia de veinte que había animado, con ojos colgantes y con relojes derretidos.

Lo mismo le pasó después con Walt Disney, que en 1946 lo invitó a trabajar en un cortometraje que sería una secuela de Fantasía y que contaba la trágica historia de amor de Cronos, el dios del tiempo, y una mujer mortal llamada Dahlia. Durante ocho meses, Dalí trabajó de ocho a cinco en los estudios de Burbank, pero el producto final no salió a la luz. Pese a estos fracasos, Tush cree que toda la forma de ser artista de Dalí se forjó allí: “La idea de la celebridad, la idea de usar la imaginación para crear algo, un espectáculo que iba más allá de lo que habíamos imaginado. Incluso la forma en que abordaba sus pinturas parecía construida en gran medida sobre un modelo que Hollywood le proporcionó”.

En 1941, cuando el artista vivía en el hotel Del Monte de Pebble Beach y apenas comenzaba a desarrollar sus ambiciones en el cine, él y Gala convencieron al dueño del hotel para organizar una fiesta para recaudar fondos para los artistas refugiados en Estados Unidos que huían de la guerra: “Una noche surrealista en el bosque encantado”, la llamaron y todo en ella fue desmesurado.

La lista de peticiones de Dalí incluía una jirafa bebé, tres cabras, casi cinco libras de papel periódico, un auto accidentado y 2.000 pinos. El zoológico de la ciudad de San Diego envió más de 20 especies de animales, desde monos que paseaban por el salón hasta leones. Asistieron unas 1.000 personas que hasta volaron desde Nueva York, figuras como Gloria Vanderbilt, Clark Gable, Bob Hope, una combinación de alta sociedad y élite del entretenimiento. Pero el evento terminó costando tanto dinero que no recaudó ni un centavo. “Todo era enorme, excesivo. Pero todos estaban dispuestos a hacerlo posible. Todo lo que Dalí quería, lo conseguía”, concluye Tush.

La muestra incluye videos de las intervenciones de Dalí en los talk shows estadounidenses: What’s My Line, en enero de 1957; The Ed Sullivan Show en enero de 1961 y The Dick Cavett Show en febrero de 1973. También se pasea brevemente a través de fotografías por la época en que Dalí y Gala fueron invitados por uno de sus mecenas a una plantación de Virginia, donde él escribió la autoficción La vida secreta de Salvador Dalí, y coincidió con los escritores Anaïs Nin y Henry Miller y uno de los joyeros de Coco Chanel. Más adelante, en Confesiones Inconfesables, el pintor escribió sobre su paso por Estados Unidos: “Solo América era lo bastante rica para satisfacer mi yo hipertrofiado y soportar mis caprichos”.

III

Exposición temporal. El universo freudiano de Dalí, Museo Thyssen, del 20 de octubre de 2026 al 24 de enero de 2027

La relación de la obra de Salvador Dalí con los escritos de Sigmund Freud constituye una de las claves fundamentales que articulan su poética visual. Las condiciones que rodearon la infancia y adolescencia del pintor de Figueras crearon el caldo de cultivo para esta relación, que acabó convirtiéndose en una auténtica obsesión y que desembocó en la entrevista entre ambos en 1938, cuando Freud estaba exiliado en Londres. 

Dalí tuvo acceso a traducciones de la obra de Freud desde principios de la década de 1920, cuando se alojaba en la Residencia de Estudiantes de Madrid. A partir de 1926, su obra se vincula progresivamente a la poética del surrealismo, inspirada a su vez por el médico vienés. A ella contribuyó de forma determinante con su "método paranoico-crítico", desarrollado a partir de los escritos de Freud. Con posterioridad a la entrevista londinense, elementos freudianos siguieron muy patentes en su periodo místico-nuclear. 

A través de esta exposición, comisariada por Jaime Brihuega, el museo busca arrojar nueva luz a la heterogénea y prolífica obra de Salvador Dalí. La fascinación del artista catalán por los escritos de Sigmund Freud y el célebre encuentro entre ambos en 1938 constituyen el hilo conductor de la muestra, que propone una relectura del conjunto de su carrera, desde el complejo universo familiar de los primeros años hasta sus creaciones tardías en Cataluña. La exposición se organiza en seis secciones, dispuestas cronológicamente y vinculadas a capítulos decisivos de su biografía. Cada una de ellas se centra en obras de Dalí relacionadas con el pensamiento freudiano y se completa con pinturas y dibujos de referencia de Jean-Auguste-Dominique Ingres, Gino Severini, Jean Arp, Kurt Schwitters, Federico García Lorca e Yves Tanguy, así como de Santiago Ramón y Cajal y el propio Sigmund Freud.

IV

Dalí en la Real Academia de San Fernando. Un alumno díscolo e insolente expulsado a perpetuidad, en El País, Elisa Silió, Ruth Benito, Madrid - 10 MAY 2026

La Universidad Complutense atesora sin ninguna promoción documentos que reconstruyen el accidentado paso hace un siglo del pintor por el centro, reconvertido hoy en su facultad de Bellas Artes

El 14 de junio se cumple un siglo de una fecha que marcó la vida de Salvador Dalí (Figueres, Girona; 1904-1989): su segunda expulsión, a perpetuidad, de la Escuela Especial de Dibujo, Escultura y Grabado de la prestigiosa Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En un ambiente tan reglamentado se sentía incómodo y, quizás por ello, esta formación académica ha quedado opacada en la literatura científica. Dominan sus correrías esos años en Madrid ―los más felices de su vida, según él mismo contó― junto a Federico García Lorca, Maruja Mallo o Luis Buñuel, sus compañeros en la Residencia de Estudiantes y fuente recíproca de inspiración artística.

Pero gracias a los archivos de la Universidad Complutense (UCM) ―en 1970 la escuela pasó a ser su facultad de Bellas Artes― EL PAÍS puede ahora reconstruir las andanzas de Dalí en las aulas mediante certificados de notas, cartas del padre o un expediente disciplinario casi inéditos. La difusión es escasa. Hay registro de consultas de estudiantes o de investigadores ―como el hispanista Ian Gibson―, de una petición del Museo Reina Sofía para una exposición y de unos cineastas coreanos que hacían una película sobre el genio.

El expediente (AGUCM 136/06-17, 40) y las actas de calificaciones (AGUCM 107/09-08) de Dalí se conservan en el Archivo Histórico de la UCM, mientras que los libros de matrícula, una de las cartas del padre y el dictamen de expulsión se pueden consultar en el Archivo Histórico de la Biblioteca de la facultad de Bellas Artes. Ambos espacios cuentan con el personal mínimo, por lo que nadie puede dedicar todo su tiempo a la digitalización y promoción del valiosísimo material. La consulta hecha por este diario sobre Dalí ha propiciado que se digitalice y que se vaya a exhibir en su página.

“Nosotros hacemos un servicio transversal. Tenemos función administrativa, pero también de fondo histórico. Aquí no viene mucha gente de consulta como si fuese un museo”, sostiene Ana Rocasolano, directora del Archivo General de la UCM, que está en Derecho. “Esta universidad tiene un gran patrimonio, abrumador, por la importancia que siempre ha tenido; pero su función estricta no es el patrimonio, sino la formación”

Dalí se instaló en la Residencia en septiembre de 1922. Desde allí tramitó su ingreso en la escuela. Se conserva la carta en la que solicita hacer la prueba, un dibujo de una escultura al claroscuro, y el resguardo de las costas. Hasta hace 30 años la facultad de Bellas Artes mantuvo un ejercicio idéntico. Desde 2008 no hay prueba específica, pero la nota de corte de la PAU es muy alta: 9,9 sobre 14 este curso.

Vistas las cualidades artísticas de Salvador Dalí, su padre accedió a que se formase como pintor en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, en Madrid, a 700 kilómetros de su casa en Figueres. El 11 de septiembre de 1922 pagó los costes del examen de ingreso y ya estaba hospedado en la Residencia de Estudiantes.

Dalí envió una carta con su candidatura al director “suplicando” poder hacer el examen con una caligrafía primorosa que alababan sus profesores del instituto. No está datada.

Adjuntó su partida de nacimiento y sus notas de Bachillerato para quedar exento de más pruebas de acceso que el ejercicio de dibujo de escultura al claro-oscuro, pues de esta forma demostraba tener una formación académica "suficiente”. Tenía 18 años y un año antes había muerto su madre.

También Dalí incluye una fe pública notarial firmada por su padre, Salvador Dalí i Cusí, que era notario en el pueblo y con el que mantuvo una relación tormentosa. Llegó a desheredarle.

Y sumó lo que se conocía como certificado académico personal. Este documento incluía sus notas, muy dispares, en el Instituto General y Técnico de Figueres durante seis cursos (de 1916 a 1922). Era un alumno mediocre en ciencias y sobresaliente en Dibujo, Religión, Caligrafía o Historia de la Literatura. Desde adolescente preconizó en su diario que un día sería una estrella del arte, como así ocurrió.

Dalí tenía entonces 18 años y uno antes había muerto su madre, Felipa Domènech. Por eso viaja a Madrid acompañado por su padre, el notario de Figueres Salvador Dalí i Cusí ―con un destacado papel en esta historia― y su hermana Anna Maria. Vistas sus habilidades artísticas, su progenitor, que aspiraba a que su hijo tuviese una profesión de provecho, cedió y le animó a que ingresase en la escuela para ser en un futuro profesor de Dibujo. Aprobó y se matriculó en las cinco asignaturas de primero.

Dos años antes de que Dalí llegase a la escuela, en 1920, las alumnas habían conseguido, tras firmar una carta de protesta, poder matricularse de todas las asignaturas. Hasta entonces no podían cursar dibujo al natural, por temor a los desnudos, ni pintar al aire libre porque no salían de casa sin la compañía de un familiar. Maruja Mallo estaba también matriculada.

Dalí pasó los primeros meses en Madrid yendo y viniendo en tranvía a la Academia de San Fernando ―en la calle Alcalá 13, donde continúa la institución ya sin la escuela― sin apenas hacer vida social. Sus compañeros de la residencia le recordarían luego como un joven extremadamente retraído, casi mudo, que se encerraba en su cuarto a buscar su propio estilo pictórico. Se movía entre el cubismo, el futurismo y la metafísica y realizaba, además de autoretratos, muchas naturalezas muertas, como las que presenta en la exposición de Artistas íbéricos de 1925.

No hay un documento que dé fe de que Dalí aprobase el examen de ingreso, pero tuvo que pasarlo porque se matriculó en la escuela. El 30 de septiembre de 1922 se inscribió en cinco asignaturas: Perspectiva, Modelado e Historia del arte en las edades Antigua y Media y Dibujo de Estatua.

En el curso 1923-1924 Dalí se inscribió en nuevas materias, lo que demuestra que aprobó el primer año: Colorido, Dibujo al natural en reposo, Grabado e Historia del Arte en las edades Moderna y Contemporánea. Esta última asignatura previsiblemente no la abonó, al haber logrado una matrícula de honor de las edades Antigua y Media. Por eso se reseña la calificación previa en la matrícula. Cada asignatura costaba entre 10 y 25 pesetas (equivalente a de seis a 15 céntimos de euro). Sigue viviendo en la Residencia de Estudiantes.

Tras la primera expulsión en 1923 motivada según su relato por un motín de los estudiantes para que el pintor Daniel Vázquez Díaz fuese su maestro, Dalí se matricula en el curso 1924-1925 de las mismas asignaturas que el curso anterior. Empieza de cero el segundo año de estudios. En los meses que estuvo fuera de la escuela de dibujo estudió con Francisco Bores, Moreno Villa y Benjamín Palencia en la Academia Libre, dirigida por Julio Moisés.

En una carta sin fechar, el padre de Dalí solicita a la escuela un certificado de estudios para que su hijo pueda atrasar el servicio militar.

Finalmente, el 11 de septiembre de 1925 Dalí padre escribe con el membrete de su notaría al secretario de la escuela para informarle que ese año académico su hijo estudiaría en Figueres y se presentaría por libre a los exámenes en Madrid: “A causa de tener que recibir la instrucción militar, no podrá cursar como alumno oficial el presente curso”. Y ya que se “atreve a molestar”, pregunta a Manuel Menénez por “las condiciones” de su hijo para el arte. “Lo que deseo es que se dedique a la enseñanza del dibujo y la pintura para ganar una cátedra (...)”.

Estaba muy influenciado por lo que leía en libros, catálogos y revistas, y su estudiado look impedía que pasase desapercibido. Extremadamente delgado, llevaba el pelo largo con patillas, zapatos enormes, gabardina, medias y polainas al estilo de los pintores victorianos. Después se cortaría el pelo y, tras descubrir en el Museo del Prado a Velázquez, el Greco y el Bosco, comenzó a dejarse crecer su característico bigote a las diez y diez.

A los pocos meses empezó a socializar con los colegiales y la escuela pasó a un segundo plano que nunca abandonó. “En la Residencia, Dalí y Maruja Mallo encontraron muchas cosas y mucha gente con la que hablaban que les hizo repensar”, razona la ensayista Estrella de Diego, académica de número desde hace una década.

El primer curso Dalí se matriculó de cinco asignaturas y aprobó todas salvo Modelado en la convocatoria de febrero. Junto a él suspendieron otros cinco compañeros, algo poco habitual.

Ello le forzó a volver a presentarse al examen de la asignatura de Modelado en junio de 1923, aunque el profesor no firmó el acta hasta septiembre.

Dalí obtuvo en primero una matrícula de honor en la asignatura de Historia del Arte en las Edades Antigua y Media. Durante el Bachillerato, cursado en Figueres, ya demostró sus grandes conocimientos en historia del arte.

Presumiblemente la matrícula en Historia del Arte de primero permitió a Dalí no abonar la matrícula de Historia del Arte Moderno y Contemporáneo de segundo (1924-1925). Volvió a obtener la máxima nota.

En una carta al director de la escuela fechada el 11 de septiembre de 1925, Dalí quiere cerciorarse de que su hijo ganó “el premio de segundo curso de historia del arte y que dicho premio consiste en setecientas pesetas que ha de cobrar de la escuela” y desea saber cómo hacerlo.

Del curso 1923-1924 ni hay actas porque fue expulsado. Al curso siguiente tuvo que matricularse de nuevo de las cuatro materias. Obtuvo un “diploma de mérito” (sobresaliente) en Estudios Preparatorios de Colorido.

“En esa época hasta los pintores más tradicionales se quejaban de que la escuela era demasiado académica. La Residencia les daba unas complicidades que no les daba la Academia, que debía de ser aburrida”, subraya De Diego, catedrática de Arte Contemporáneo de la UCM. “Ahora bien, la escuela les daba unas herramientas para el dibujo muy importantes. A Picasso, Maruja o Dalí les enseñaron los rudimentos”. Raquel Monje, decana de Bellas Artes, coincide: “La escuela era un espacio muy conservador. ¡Ha costado muchos años que dejase de serlo! Nuestra gran riqueza es que ahora convivan la academia con lo que pasa fuera".

Dalí aprobó sin problema el primer curso (1922-1923), salvo Grabado, que lo hizo en la repesca. Incluso logró una matrícula en Historia del Arte de las Edades Antigua y Media. Lo que la documentación no testimonia es el atentado fallido a Alfonso XIII el 3 de marzo de 1923, día que el rey inauguró la biblioteca de la escuela; Gibson asegura en dos libros que pudo ocurrir una desgracia. Según escribe, Dalí ―hasta ese momento antimonárquico― planeó con su compañero Josep Rigol hacer una “bomba de protesta, no de matar”, según relató Rigol, rellenando de pólvora un bote de leche vacío. Colocaron el explosivo en un jarrón del pasamanos de la escalera, pero la mecha por suerte no prendió. Estrella de Diego no confirma el atentado fallido: “No hay pruebas”.

El Prado conserva la foto de una visita de la clase de Dalí y Mallo a la pinacoteca junto al rey. Si la bomba existió, nadie se enteró, de forma que ese marzo de 1923 Dalí no fue enviado ni a la cárcel ni a casa. Pero en septiembre, su progresión académica sí se frustró. Fue expulsado durante un año por encabezar un motín estudiantil contra la decisión de la escuela, muy conservadora, de no aceptar en una cátedra al pintor Daniel Vázquez Díaz, considerado demasiado vanguardista.

Se conserva una carta furibunda al director de la escuela por parte del padre del pintor: “Muy señor mío y de mayor consideración. Después de hablar con los alumnos, profesores y empleados de la escuela he confirmado mi opinión completamente favorable a mi hijo”, arranca su misiva. “No pudiendo acatar la decisión del Consejo de Disciplina, no me queda otro remedio que aceptar resignadamente el castigo”. Y profetiza: “Se observará una conducta escolar y académica tan intachable que llegarán a arrepentirse de haberlo castigado a tan grave pena”.

No se conserva en el expediente de Dalí documentos administrativos que demuestren su primera expulsión de la escuela en 1923, pero sí se citan en los de 1926, coincidiendo con el castigo a perpetuidad. Lo que sí se encuentra es una carta de su padre. Está fechada el 23 de noviembre de 1923, por lo que su hijo tuvo que ser expulsado a comienzos del año académico, por encabezar una protesta porque el pintor Daniel Vázquez Díaz no fue aceptado como profesor de la escuela.

El tono de su progenitor es colérico: “Observarán una conducta escolar y académica tan intachable que llegarán a arrepentirse de haberlo castigado a tan grave pena”.

Los tres profesores que debían de examinar a Dalí de Teoría de las Bellas Artes el 14 de junio de 1926 redactaron un acta que dio paso a su expulsión. Según su relato, a las doce y media de la mañana, al ser invitado a extraer tres bolas con preguntas del examen, el pintor de Figueres contestó textualmente: "No. Como los profesores todos de la Escuela de San Fernando son incompetentes para juzgarme, me retiro”.

Nueve días después del incidente, que provocó la expulsión de Dalí, se reunió la junta de profesores. En el acta se recuerda que no formó parte del tribunal examinador Rafael Domènech i Gallissà, pese a ser quien impartía Teoría de las Bellas Artes, para no ser acusado de imaparcialidad. Prefirió ausentarse después de un fuerte encontronazo con Dalí quien, según el Consejo de Disciplina, fue pregonando por Barcelona que logró matrícula en Historia del Arte de las Edades Moderna y Contemporánea y un premio pese a que en primera instancia Domènech i Gallissà le había suspendido.

Según el artista catalán, por la “injusticia cometida” se había constituido un nuevo tribunal. Según el consejo, Domènech i Gallissà no le había examinado (y por tanto suspendido) por encontrarse en París montando una exposición. Resaltan la “caballerosidad” del docente.

El comité de disciplina acuerda que se informe a Dalí de su expulsión perpetua y se cuelgue en el tablón de anuncios la “corrección” para que “sirva de ejemplaridad” a otros estudiantes.

El 22 de octubre de 1926 la Dirección General de las Bellas Artes ratifica la pena impuesta a Dalí por la escuela que ha obrado, a su parecer, con exquisita corrección. Se atiene al reglamento escolar que considera su conducta en el examen pues pude causar “perturbación en el orden o disciplina académica”.

Dalí cumplió su año de expulsión, pero en ese curso 1923-1924 no dejó de estudiar. Lo hizo en la Academia Libre, dirigida por Julio Moisés. Y en septiembre volvió a matricularse. Sus calificaciones fueron mejores que en primero. Logró un “diploma de mérito” (sobresaliente) en Colorido y por segunda vez una matrícula en Historia del Arte.

Esta asignatura tensó hasta el extremo la relación de Dalí con la escuela. Según el relato del Consejo de Disciplina, el pintor “propaló por los centros artísticos de Barcelona” que el profesor de la materia, Rafael Domènech i Gallisà, le había suspendido y que ante la “injusticia” se había constituido un nuevo tribunal que le aprobó y concedió un premio de 700 pesetas.

Pero según la comisión, Domènech i Gallisà no llegó a examinar a Dalí porque se encontraba en París organizando la Exposición de Artes Industriales de 1925. El infundio llegó a oídos del maestro, que se vio respaldado por la escuela. Pero la insolencia de Dalí no terminó así. El curso 1925-1926 lo estudió por libre mientras hacía el servicio militar en Girona y se matriculó en abril de cara a los exámenes.

Hay dos versiones, una previsiblemente adornada, de lo que ocurrió el 14 de junio de 1926. Según contó luego en sus escritos Dalí, tras sacar la bola del tema para su examen de Teoría de las Bellas Artes contestó al tribunal: “Yo sé más de Rafael que ustedes tres juntos. Me niego a contestar”. Y, según aseguraba su amigo Antonio Pitxot en Sobre Dalí, los examinadores le respondieron: “Bueno, pues entonces, vuelva usted otro año, porque este ya está suspendido y, además expulsado”. Y Pitxot escribió que, incluso, el de Figueres siempre remataba el relato de la anécdota con un “Imagínate, preguntarme a mí por Rafael...”. Una boutade propia del personaje.

Las actas del tribunal y de la comisión de disciplina y el dictamen de la Dirección General de Bellas Artes, sin embargo, describen un choque muy tenso que culminó con la expulsión perpetua, no por un tiempo. Dalí hizo un primer desplante al no presentarse a la primera convocatoria del examen ―solo había entonces dos oportunidades― y se le informó por teléfono de la siguiente fecha. Domènech i Gallisà, pese a ser el profesor de la materia, optó por no examinarle para no ser tachado de parcial tras su enfrentamiento previo. Así que otros tres docentes conformaron el tribunal. Según su acta, Dalí afirmó: “No. Como los profesores todos de la Escuela de San Fernando son incompetentes para juzgarme, me retiro”.

En Bellas Artes atesoran “cientos de miles de documentos” que los bibliotecarios Javier Pérez Iglesias y Laura Bomati querrían digitalizar, porque tienen muchas consultas; en especial de artistas locales desconocidos y, últimamente, sobre todo femeninos. Empezarían, si pudiesen, por los libros de registro. “Lo que se hace en esta facultad es porque la gente le pone ilusión”, relata la decana. “Por ejemplo, un profesor con un grupo de estudiantes se enreda en un pequeño proyecto. Pero, como siempre, necesitaríamos presupuesto para hacer más”.

Créditos

Diseño: Ruth Benito

Desarrollo: Fernando Anido

Edición gráfica: Inés Arcones

Coordinación: Brenda Valverde Rubio

Fotografía de apertura: Salvador Dalí y sus compañeros de estudio de la Escuela especial de pintura, escultura y grabado (Academia de San Fernando). 1922-1923. FUNDACIÓN GALA-SALVADOR DALÍ

V

La obsesión fanática de Dalí con Freud conquista Viena, en El País, David Granda, Viena - 03 FEB 2022:

La galería Belvedere reúne un centenar de piezas, entre lienzos, dibujos, filmes y cartas, para exponer la influencia del padre del psicoanálisis en el trabajo del artista catalán

El encuentro se produjo en Londres en el verano de 1938 gracias al escritor Stefan Zweig. Salvador Dalí tenía 34 años; Sigmund Freud, 82. El pintor catalán había viajado a Viena en tres ocasiones para conocerle, sin éxito....

Por qué triunfa el mal

  ¿Por qué triunfa el mal?, YouTube, Raquel de la Morena, 18 oct 2026:

 ¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Alguna vez  os habéis preguntado por qué triunfa el mal?  

Índice:

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

2. Esparta y la Krypteia: el terror de Estado

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

6. El lado oculto del experimento de Milgram

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

8. La teoría de la desconexión moral

9. El peligro de las redes sociales

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

11. La ecuación de Price y el altruismo

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

14. El único antídoto contra el mal

¿El ser humano es realmente un lobo para  el hombre por naturaleza, o es la presión del sistema y del poder lo que nos arrastra  a traicionar, odiar y aniquilar al prójimo? ¿Qué es el mal? 

1. Introducción: ¿Por qué triunfa el mal?

Más allá de monstruos, mitos y  leyendas, la ciencia y la filosofía apuntan a que el mal tiene dos grandes caras. Por un lado, es una herramienta fría y matemática, una estrategia de supervivencia que los poderosos han usado durante milenios para imponerse al resto. Pero por otro, en su forma más profunda, el mal es, en esencia, la desconexión de nuestra empatía.  

Aunque a lo largo de la historia han existido tiranos movidos por el puro sadismo, la gran tragedia de nuestra era es otra. El mal moderno, el de las grandes maquinarias de poder –desde el que provocan corporaciones hasta los crímenes perpetrados por Estados–, triunfa cuando una institución logra que las  personas deshumanicen al prójimo y le causen daño sin sentir siquiera el peso de la culpa. La psicología moderna ha demostrado que provocar esta ceguera moral es bastante fácil. En julio de 1961, en un sótano de la Universidad de Yale, 40 hombres voluntarios de entre 20 y 50 años se sentaron frente a un panel de descargas eléctricas. Las instrucciones de un hombre que vestía bata blanca, el psicólogo Stanley Milgram, eran sencillas: si el alumno de la habitación de al lado –al que no podían ver– fallaba una pregunta, debían pulsar un botón que le propinaría una descarga eléctrica de potencia progresivamente mayor. 

Eso era lo que les contaban a los voluntarios, pero en realidad, los alumnos, que estaban compinchados con los investigadores, no recibían ninguna descarga, simplemente simulaban sentir dolor. A los 150 voltios, el alumno suplicaba a gritos que detuvieran la prueba quejándose de su corazón. Como sabemos, estaba fingiendo, claro, pero el que pulsaba el botón no lo sabía. A los 300 voltios, la víctima golpeaba la pared con desesperación.  

Y a partir de los 330 voltios, caía en un silencio absoluto. Simulaba estar inconsciente... o muerto. Antes de realizar el ensayo, los psiquiatras habían predicho que solo un 0,1 % de la población –apenas una de cada mil personas, los auténticos sádicos– llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Se equivocaron. El 65 % de aquellos hombres, ciudadanos normales y corrientes que incluían desde obreros hasta profesores, pulsó el último botón. 

A lo largo de la historia, la cultura popular nos ha enseñado que el mal es una anomalía, que los grandes desastres de la humanidad son obra de monstruos solitarios, psicópatas o mentes perturbadas. Sin embargo, la historia y la ciencia no parecen respaldar esa creencia. El filósofo inglés Thomas Hobbes tomó prestada una frase del autor de comedias romano Plauto para definir el estado natural de nuestra especie: “Homo homini  lupus”. El hombre es un lobo para el hombre, una frase que está relacionada con la pregunta que hoy nos estamos haciendo: ¿por qué triunfa el mal? 

2. Esparta y la krypteia: el terror de Estado

Vamos a buscar la respuesta a través de la  historia. Porque la ventaja competitiva del mal, la alta rentabilidad que puede ofrecer la crueldad, no es un descubrimiento de la ciencia moderna. En la Antigüedad clásica, las élites militares ya comprendieron que el terror de Estado –es decir, convertir el asesinato y el miedo en leyes dictadas por el propio gobierno– y la ruptura de los tabúes morales eran un arma que funcionaba muy bien para forjar imperios y sostener sistemas de explotación masiva. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la antigua Grecia; en concreto, a la polis más temida, admirada y mitificada de la historia: Esparta. La imagen romántica que nos ha llegado a través del cine y la literatura es la de guerreros heroicos, defensores de la libertad occidental en las Termópilas. Pero el estado espartano era una maquinaria de terror institucionalizado, diseñada por y para el sometimiento absoluto de una gigantesca masa esclava: los ilotas, los miembros de su clase más baja. 

El desequilibrio demográfico entre los amos y los siervos era una bomba de relojería. Según el historiador Heródoto, en la batalla de Platea del año 479 a. C., la proporción era de siete ilotas por cada ciudadano de pleno derecho, a los que se llamaba espartiatas. Siglos después, Jenofonte relataría en su obra 'Helénicas' cómo el líder rebelde Cinadón señalaba que, en el ágora de Esparta, apenas había 40 ciudadanos de pleno derecho rodeados por miles de esclavos dispuestos a “comérselos crudos”, según sus propias palabras. Para evitar su aniquilación, el Estado lacedemonio –nombre oficial con el que se conocía al gobierno y al territorio de Esparta– instauró una prueba de iniciación conocida como la krypteia, palabra griega que significa “cosas ocultas” o “secreto”, y que no era otra cosa que el asesinato  selectivo, legal y sistemático de civiles a manos de los jóvenes espartiatas. Aristóteles documentó el marco jurídico que la amparaba: cada año, tan pronto como asumían el cargo, los magistrados supremos, los éforos, hacían una declaración formal de guerra a sus propios esclavos. Al declarar oficialmente la guerra a una población desarmada que vivía dentro de sus fronteras, el Estado eliminaba la noción de asesinato ilegal. Matar a un ilota ya no era un crimen punible ni conllevaba “miasma”, la temida contaminación religiosa del alma. Era, de hecho, un acto de patriotismo. 

El biógrafo Plutarco nos dejó la descripción más detallada de estos escuadrones de la muerte. Los  magistrados enviaban a los campos a los jóvenes guerreros más implacables, equipados solo con lo puesto y una daga. Durante el día, se dispersaban, dormían y se escondían en las sombras. Pero al caer la noche, bajaban a los caminos y degollaban a cualquier ilota que tuviera la desgracia de cruzarse con ellos. A menudo, irrumpían en las fincas para asesinar a los esclavos más fuertes y robustos y así cortar de raíz cualquier posibilidad de que surgiera un líder rebelde. 

Incluso un pilar de la filosofía moral como Platón, en su obra 'Las Leyes', incluye a un personaje espartano que defiende esta atrocidad, que justifica la krypteia como un ejercicio maravillosamente penoso, necesario para fomentar la resistencia en el combate y el endurecimiento del espíritu. Esparta impuso a sus propios ciudadanos un aislamiento total: prohibió el oro, las artes y cualquier influencia extranjera y logró que su élite se uniera a través de un pacto de sangre y complicidad asesina. 

¿Por qué un pacto de sangre une tanto a las personas? La respuesta está en la psicología de la transgresión y el tabú. Cuando un grupo de individuos comete de forma coordinada un acto atroz, un acto prohibido por las leyes o la moral, el miedo a las consecuencias crea un vínculo de secreto difícil de romper. Esta transgresión compartida genera lo que se conoce como una “mente colmena” o una sincronicidad perfecta. Al cruzar juntos la línea de lo imperdonable, los perpetradores cortan los puentes con la sociedad normal. 

Es exactamente el mismo mecanismo que la criminología y la psicología observan hoy en día en las agresiones sexuales en grupo, perpetradas por las llamadas “manadas”. Quienes participan en ellas no actúan solo por una pulsión individual, sino porque al hacerlo en grupo la culpa se diluye y cruzar ese límite les sirve para demostrar dominación frente a los demás.  

El mal, llevado al extremo, funciona como el pegamento social más potente que existe.

3. El Batallón Sagrado de Tebas: el amor militarizado 

Los espartanos no fueron los únicos en descubrir que transgredir los límites forjaba tropas inquebrantables. En el siglo cuarto antes de Cristo, su hegemonía cayó a manos de otra polis que ensayó  un mecanismo de cohesión opuesto, pero igual de transgresor para el campo de batalla: Tebas. El famoso Batallón Sagrado de Tebas perfeccionó la lealtad militar institucionalizando el vínculo emocional y físico llevado al límite. Creado en el 378 a. C., esta unidad de élite estaba formada por un número exacto e inalterable: trescientos infantes, ciento cincuenta parejas de amantes masculinos. 

En el mundo antiguo, el afecto entre hombres era socioculturalmente aceptado, lo que no se había hecho antes era usarlo como columna vertebral de un ejército regular. Plutarco, en su 'Vida de Pelópidas', explica lo efectiva que resultaba esta táctica a nivel psicológico: “Una banda cimentada por la amistad de los amantes es indisoluble e invencible, ya que los amantes, avergonzados de ser deshonrados ante sus amados, y los amados ante sus amantes, se mantienen firmes en el peligro mutuo”. Los generales tebanos descubrieron que un hombre combate con una fiereza sobrenatural bajo el escrutinio de  la persona que ama. Prefiere el sacrificio absoluto antes que la mirada de decepción, antes que mostrar debilidad frente a su pareja. 

¿Cómo lograba el Estado que estos soldados se enamoraran? La realidad es que no lo hacía. Los generales tebanos no juntaban a trescientos extraños en un cuartel esperando a que surgiera una chispa, sino que reclutaban a parejas que ya estaban muy unidas. En la vida civil tebana, la relación romántica y de mentoría entre un guerrero experimentado –el 'erastés'– y un joven aprendiz —el 'erómenos'— era una institución sagrada, a menudo sellada con juramentos de lealtad.  

El gobierno se limitó a rastrear a las150 parejas más letales y compenetradas de la ciudad, las sacó de la infantería ordinaria y las alojó con los gastos pagados en su fortaleza principal para que se dedicaran en  exclusiva al entrenamiento militar conjunto. 

Sin embargo, todo lo que empieza tiene un final. El hasta entonces invicto Batallón Sagrado fue aniquilado el 2 de agosto del año 338 antes de nuestra era, en las llanuras de Queronea, tras enfrentarse a la imparable caballería macedonia, liderada por un príncipe de apenas 18 años llamado... ¿lo adivináis? Alejandro Magno. Los 300 se negaron a retirarse y cayeron masacrados en sus posiciones, tratando de sostener la línea hasta la caída del último de sus hombres. 

La historia cuenta que el rey Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro, mientras paseaba tras la batalla entre los cadáveres entrelazados y perforados por las lanzas, rompió a llorar al comprender quiénes eran. “Perezca miserablemente”,  exclamó el rey, “quien sospeche que estos hombres hicieron o sufrieron algo vergonzoso”. Más de dos milenios después, en el año 1890, la arqueología moderna le dio la razón al mito. Bajo la sombra de la imponente estatua del León de mármol de Queronea, las excavadoras hallaron  una fosa común. En ella descansaban los restos de 254 hombres, enterrados cuidadosamente en siete filas estructuradas. Eran el 84% de la fuerza total del batallón. Habían muerto allí mismo, uno  junto al otro. El afecto y el compromiso llevado al extremo habían logrado lo que ningún látigo  podía conseguir: derrotar al miedo a la muerte. 

En Esparta, el Estado había sostenido su poder institucionalizando el odio, la crueldad y el asesinato sistemático de esclavos. Tebas hizo algo muy distinto, pero igualmente revelador sobre cómo funciona el poder: cogió el amor, un vínculo humano puro y totalmente aceptado en su sociedad, y lo convirtió en un arma. Lo militarizó para conseguir que 300 hombres marcharan con el afán de esforzarse al máximo hacia un matadero del que sabían que no iban a regresar vivos. 

4. El mecanismo del "chivo expiatorio"

A lo largo de la historia, romper tabúes mediante el derramamiento de sangre fue una herramienta  recurrente para forjar imperios. Pensemos en la que consideramos la cuna de la civilización y el derecho: Roma. Tras sus grandes victorias, los generales celebraban el llamado “Triunfo”, un majestuoso desfile por las calles de la capital en el que exhibían a los líderes enemigos que habían hecho prisioneros. Lo que a menudo olvidamos es que este desfile terminaba a los pies del Templo de Júpiter, donde estrangulaban a los cautivos en público. En esencia, aquello era un sacrificio humano; un acto de gran crueldad disfrazado de justicia y espectáculo, diseñado específicamente para unir a toda la población romana en una misma catarsis de superioridad y sangre. 

La filosofía y la antropología han estudiado a fondo este pegamento social manchado de sangre. El pensador francés René Girard lo explicó a través de lo que llamó la 'violencia mimética' y el 'mecanismo  del chivo expiatorio'. Según Girard, el ser humano no es agresivo por naturaleza, sino imitativo. Deseamos lo que los demás tienen, lo que genera envidias, competencia y rivalidades. En las sociedades antiguas, esta rivalidad tendía a escalar rápidamente hasta convertirse en una especie de locura colectiva, una violencia caótica que amenazaba con destruir a toda la comunidad desde dentro. 

Para evitar su propia aniquilación, el  instinto colectivo desarrolló una solución: buscar una válvula de escape. De forma casi  inconsciente, la multitud enfurecida siempre elige a una única víctima: un grupo marginado, un  extranjero o un estrato inferior de la sociedad –como los esclavos espartanos, los prisioneros romanos o los inmigrantes–, y canaliza toda su tensión acumulada hacia ellos culpándolos  de todos sus males. Al aniquilar de manera unánime a este 'chivo expiatorio', la sociedad experimenta una gigantesca catarsis colectiva que elimina la división interna y restaura la paz y la camaradería. El mal sistémico triunfa, y siempre ha triunfado a lo largo de la historia, porque sabe camuflarse presentándose ante la sociedad como el único mecanismo capaz de garantizar el orden. ¿Os suena esta estrategia? 

Es algo que los extremismos políticos siguen aplicando hoy en día a la perfección. 

5. Adolf Eichmann y la banalidad del mal

Si dejamos atrás la Antigüedad y avanzamos hasta el siglo XX, descubriremos que el mal adquirió nuevas formas. Los mayores exterminios de la historia nos han demostrado que para masacrar a millones de personas ya no se necesitaba la furia de los guerreros ni un odio ciego. El mal moderno se ha vuelto frío y calculador. Ha encontrado su arma definitiva en el trabajo de despacho, en los expedientes y en la rutina burocrática. En abril de 1961, la atención internacional se centró en un juicio celebrado en la ciudad de Jerusalén. El acusado era el austroalemán Adolf Eichmann. Quienes esperaban ver a un  monstruo sádico sentado en el banquillo se encontraron con un hombre de lo más normal: de mediana edad, calvo y con gafas. Un individuo gris que encajaba a la perfección en el perfil de un administrativo ordinario. 

Eichmann no era el hombre que apretaba el gatillo ni el que soltaba el gas en los campos de exterminio nazis, sino un teniente coronel de las SS, el jefe de la sección administrativa encargada de la logística. Su trabajo, sobre el  papel, consistía en coordinar horarios de trenes y gestionar el transporte de millones de personas hacia su muerte, principalmente judíos y gitanos.  

Él era un engranaje clave dentro de una maquinaria estatal que también exterminó, a través de otros departamentos, a millones de  prisioneros soviéticos, polacos y disidentes. 

Durante su juicio, la defensa de Eichmann se basó en la premisa de que él nunca había matado a nadie con sus propias manos. Aseguró que no sentía ningún odio personal. Su argumento, repetido hasta la saciedad, fue que sencillamente formaba parte de un engranaje legal, que él solo era un buen trabajador que cumplía con las órdenes de sus superiores y con las leyes de su Estado. 

La filósofa y teórica política alemana Hannah Arendt, que cubrió el juicio para la revista 'The New Yorker', acuñó al observar a Eichmann uno de los conceptos más debatidos del siglo XX: “la banalidad del mal”. Arendt concluyó que crímenes de proporciones apocalípticas no requerían psicópatas. Para destruir a millones de seres humanos bastaba con burócratas funcionales, individuos irreflexivos que habían renunciado a pensar por sí mismos. Eichmann, según Arendt, era un escalador social cuya única motivación era hacer bien su trabajo para conseguir un ascenso, sin pararse a pensar en las  consecuencias de los papeles que firmaba. 

Hoy en día, gracias al hallazgo de grabaciones secretas de Eichmann en Argentina, donde vivió oculto entre 1950 y 1960 hasta ser capturado por el servicio secreto de Israel, los historiadores saben que, en su caso particular, aquella  imagen de oficinista inofensivo fue una brillante actuación para intentar salvarse de la horca –algo que no logró–. En esas cintas, lejos de mostrarse como un burócrata arrepentido,  se jactaba de las masacres que había presenciado y afirmaba con orgullo que se habría sentido satisfecho si hubieran aniquilado a diez millones de judíos. Eichmann era un nacionalsocialista fanático. Sin embargo, aunque él mintiera en su juicio, la teoría de la "banalidad del mal" de Hannah Arendt había dado en el clavo para explicar el comportamiento de los miles de hombres que estaban por debajo de Eichmann. 

6. El lado oculto del experimento de Milgram

El historiador estadounidense Christopher Browning lo demostró al investigar al Batallón 101 de la policía alemana. Este grupo no estaba formado por soldados fanáticos de las SS, sino por 500 hombres corrientes de mediana edad de la ciudad de Hamburgo. Obreros, camioneros y oficinistas sin apenas ideología. Cuando se les ordenó ejecutar a decenas de miles de personas en Polonia, su comandante les dio la opción de negarse a disparar sin recibir ningún castigo. Entre el 80 y el 90% de aquellos hombres decidió apretar el gatillo. No lo hicieron por odio, sino por pura presión social. Por no ser el “bicho raro” del grupo. Por no dejar el “trabajo sucio” a sus compañeros. 

Esta aterradora realidad –que el mal más absoluto no requiere de monstruos, sino simplemente de la presión adecuada sobre ciudadanos corrientes– es lo que la ciencia quiso medir en un laboratorio. Así que regresemos ahora al punto donde empezamos este documental: a aquel sótano de la Universidad de Yale en 1961 y al experimento de Stanley Milgram. ¿Por qué el 65% de ciudadanos normales llegó a aplicar una descarga letal de 450 voltios a un desconocido?  

Milgram demostró que nuestra convicción moral se desmorona muy rápido bajo el peso de la autoridad.  

Cuando el experimentador de bata blanca daba la orden, el individuo dejaba de verse a sí mismo como el responsable de sus actos y pasaba a considerarse un simple instrumento del sistema.  

De hecho, Milgram descubrió que cuando la figura de autoridad salía de la habitación y daba las órdenes por teléfono, la obediencia caía en picado. La maquinaria del mal necesita ejercer una vigilancia directa e implacable para que no nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. 

Durante décadas, la cultura popular y los libros de texto nos han repetido la misma moraleja sobre este experimento: que los seres humanos somos como autómatas, simples engranajes dispuestos a obedecer  ciegamente cualquier orden por muy cruel que sea, simplemente porque nos la da un superior. Sin  embargo, investigaciones recientes lideradas por los psicólogos británicos Alex Haslam y Stephen  Reicher nos han destapado una realidad mucho más compleja... y que, la verdad, da más miedo. Al revisar a fondo los audios originales y los datos del experimento de Milgram, Haslam y Reicher descubrieron un detalle que parece cambiarlo todo. Cuando el hombre de la bata blanca daba una orden directa, estricta y autoritaria, usando frases como “No tiene otra opción, debe  continuar”, los participantes casi siempre se resistían y se negaban a apretar el botón. La obediencia ciega, de hecho, fracasaba.  

Entonces, ¿por qué la gran mayoría accedió a aplicar la descarga letal de 450 voltios? 

La respuesta es lo que estos psicólogos han bautizado como la teoría del “Seguimiento comprometido”. Los voluntarios no electrocutaban al desconocido porque estuvieran acatando órdenes como zombis, sino porque el experimentador apelaba a un propósito superior: el avance de la ciencia y el progreso de la humanidad. Les convencía de que su sacrificio emocional, aunque desagradable, era vital y virtuoso. Y esta es, quizá, la lección definitiva de la psicología sobre cómo el mal a gran escala rara vez triunfa obligando a la gente a actuar en contra de su voluntad. Triunfa porque el sistema logra que nos identifiquemos con una gran causa, convenciéndonos de que, al cometer una atrocidad, en realidad estamos haciendo lo correcto. 

No obstante, la obediencia letal no solo dependía de que los voluntarios creyeran ciegamente en una  gran causa científica; también requería de un escenario que silenciara sus dudas morales.  

Para comprobar hasta qué punto el prestigio de una institución nos sirve como escudo frente a nuestra propia conciencia, Milgram decidió sacar su experimento de los pasillos de la Universidad de Yale. Alquiló unas oficinas comerciales en la ciudad de Bridgeport, en Connecticut, y repitió la misma  prueba, haciéndose pasar por una modesta empresa privada de investigación. Sin el respaldo visual  y psicológico de una gran universidad histórica, la ilusión de autoridad se rompió. La tasa de obediencia letal, es decir, el porcentaje de personas dispuestas a aplicar los 450 voltios, cayó del 65 % al 47,5 %. 

Esta caída nos enseña algo sobre la mecánica del mal: las grandes instituciones, ya sean un gobierno, un ejército o una corporación gigante, actúan como una especie de anestesia moral. Cuanto más prestigioso, poderoso e intocable parece el sistema que nos da las órdenes, más fácil nos resulta delegar nuestra  responsabilidad individual y apretar el botón. 

7. La verdad sobre la prisión de Stanford

Ya hemos visto que no somos simples zombis que obedecen órdenes por teléfono. Pero¿qué pasa cuando el sistema te da poder absoluto sobre otra persona y te deja actuar libremente? Una década después del experimento de Milgram, el 14 de  agosto de 1971, el psicólogo social estadounidense Philip Zimbardo reclutó a estudiantes universitarios ordinarios, psicológicamente estables y sin antecedentes violentos. Los dividió al azar en dos grupos, guardias y prisioneros, y los encerró en un sótano de la Universidad  de Stanford reconvertido en prisión simulada. 

Para que el sistema funcionara, aplicó mecanismos de deshumanización. A los prisioneros se les despojó de su nombre y pasaron a ser simples números. A los guardias los vistieron con uniformes idénticos y gafas de sol de espejo para garantizar su anonimato. 

El experimento estaba diseñado para durar catorce días, pero se descontroló tan rápido que tuvieron que cancelarlo en el día seis. Los guardias se dejaron llevar por una autoridad sin límites y, al comprobar que sus abusos iniciales no tenían castigo, comenzaron a escalar en su crueldad.  

Obligaron a los prisioneros a limpiar letrinas con las manos desnudas y, en un intento por quebrar su identidad, llegaron incluso a coaccionarlos para que simularan actos de sodomía. 

Aquel estudio resultó muy polémico a nivel ético y metodológico. Durante mucho tiempo la cultura popular creyó que los guardias se volvieron sádicos de forma espontánea por el simple hecho de tener poder. Pero investigaciones recientes han revelado grabaciones donde se escucha a los ayudantes de Zimbardo aleccionando a los guardias para que fueran más crueles. 

El propio Zimbardo, lejos de mantenerse como un observador neutral, fue absorbido por su papel de superintendente. Obsesionado con la seguridad de su prisión, perdió la perspectiva ética y, con  su pasividad, validó los abusos. 

Lo que el experimento de Stanford demuestra realmente no es que el ser humano se vuelva malvado de forma automática al ponerse un uniforme. Lo que nos deja es una lección aún más inquietante, la misma que nos enseñó Eichmann y la misma que demostró Milgram: la crueldad extrema no nace del vacío; a menudo requiere de un sistema, un líder o una autoridad que la legitime, la ordene y la justifique.

8. La teoría de la desconexión moral

Estos experimentos conducen a una conclusión que el psicólogo canadiense-estadounidense Albert Bandura bautizó como la 'Teoría de  la desconexión moral'. Los seres humanos sanos –es decir, personas corrientes sin psicopatías ni antecedentes violentos– son perfectamente capaces de cometer atrocidades si el sistema les proporciona las excusas cognitivas adecuadas, como diluir la responsabilidad en el grupo para no sentir culpa o deshumanizar a la víctima. Pero hay un mecanismo especialmente perverso que usamos para lavar nuestra conciencia: el 'etiquetado eufemístico', es decir, manipular el lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre. Bandura documentó ejemplos reales de cómo las grandes instituciones camuflan el mal. El Ejército de EE. UU, por ejemplo, evita la palabra 'bombardear' y prefiere hablar de 'prestar servicio al objetivo' o ejercer una 'diplomacia coercitiva'. Incluso la propia palabra “guerra”  ha desaparecido casi por completo del tablero geopolítico; la han sustituido por términos asépticos como “operaciones militares especiales” –como en el caso de la invasión rusa de Ucrania–  o “intervenciones de paz”. Al cambiar el lenguaje, el Estado intenta convencer a sus ciudadanos y a sus soldados de que no están participando en una guerra de conquista y destrucción, sino en una intervención técnica, limitada y defensiva. 

Promover un golpe de Estado para derrocar a un gobierno extranjero se camufla tras palabras que suenan más inofensivas como “cambio de régimen”. Las masacres de civiles se convierten en simples 'daños colaterales', y los ataques destructivos con misiles o drones pasan a ser 'ataques quirúrgicos limpios', otorgando a la muerte violenta una falsa sensación de precisión médica y legalidad. Incluso la industria nuclear llegó a catalogar las explosiones accidentales como 'desensamblajes energéticos', y a describir la contaminación radiactiva en los informes de sus trabajadores diciendo que 'el plutonio había establecido su residencia' en ellos. 

Al usar estas palabras burocráticas, el mal se vuelve aséptico. Triunfa porque, antes de apretar el gatillo, firmar un expediente de deportación o pulsar un botón de descarga eléctrica, el sistema nos convence de que no estamos destruyendo vidas humanas; simplemente estamos gestionando un problema operativo. Y esto viene de lejos. Un ejemplo histórico de esta desconexión moral lo encontramos en el uso de las bombas atómicas sobre la población civil al final de la Segunda Guerra Mundial. Lanzar un arma de destrucción masiva desde miles de metros de altura nos muestra cómo la distancia física y la tecnología facilitan la deshumanización; al no ver el rostro de las víctimas ni oír sus gritos, quien aprieta el botón no se enfrenta al impacto emocional de sus actos. Además, para que algo así ocurra, el sistema diluye la responsabilidad mediante la división del trabajo: unos diseñan las herramientas de destrucción, otros almacenan el arsenal y otros simplemente pilotan el avión. Cada individuo siente que solo está cumpliendo con su pequeña tarea técnica, sin cargar con la culpa  global de la masacre. Finalmente, entra en juego la herramienta más poderosa, la “justificación moral”: la aniquilación de cientos de miles de seres humanos se presentó como una necesidad dolorosa pero virtuosa para acortar la guerra. Con independencia del debate histórico sobre aquella decisión que les costó la vida a miles de civiles, a nivel psicológico, apelar a un bien superior es un mecanismo eficaz para que las personas puedan tolerar una pérdida masiva de vidas sin que su brújula moral se desmorone. De hecho, Paul Tibbets, el piloto y coronel que lanzó la bomba sobre Hiroshima, llegó a declarar que nunca perdió una sola noche de sueño por aquello, ya que, según explicó, solo había cumplido con su deber militar y aquella misión había salvado millones de vidas al forzar la rendición de Japón. 

Asimismo, durante la llamada 'Guerra contra el Terrorismo', el gobierno de Estados Unidos evitó de manera sistemática usar la palabra “tortura” ante la opinión pública. Prácticas aplicadas en centros como Guantánamo, como el ahogamiento simulado o la privación de sueño fueron rebautizadas bajo el aséptico término burocrático de “técnicas de interrogatorio mejoradas”. 

La psicología nos advierte de que esta desconexión moral no ocurre de la noche a la mañana.  

9. El peligro de las redes sociales

Como demostró el psicólogo Albert Bandura, las personas no pasan de ser ciudadanos pacíficos a cometer atrocidades de un día para otro, sino a través de una progresiva 'pendiente resbaladiza'. 

Todo comienza cuando un individuo realiza un acto un poco dañino que, al principio, le genera cierta incomodidad o culpa. Pero, si ese comportamiento se justifica y se repite, el malestar emocional se debilita. Con el tiempo, nuestro umbral de lo que consideramos inaceptable cambia, y comportamientos que antes nos habrían parecido impensables acaban convirtiéndose en una simple rutina. 

Un ejemplo muy actual de esta pendiente resbaladiza lo vivimos a diario en las redes sociales. Pensemos en una persona corriente, alguien que en su día a día jamás insultaría a un desconocido a la cara. Todo  empieza de forma sutil: dejando a otra persona, en una publicación en una red social, una pequeña crítica o un simple comentario irónico, escudado por la distancia y el anonimato de una pantalla. Al principio, esa hostilidad puede generarle cierta incomodidad al que deja el comentario hiriente, pero el algoritmo premia su indignación con muchos 'me gusta' y validación pública, por lo que el cerebro termina justificando plenamente el ataque. Poco a poco, el umbral de lo inaceptable cede. Al repetir este comportamiento y diluir la responsabilidad entre miles de usuarios anónimos, la empatía se apaga por completo. Así es como un ciudadano pacífico acaba participando activamente en una campaña de acoso masivo capaz de destruir la vida de una persona, para después cerrar la aplicación en su teléfono y marcharse a dormir con la conciencia muy tranquila. ¿Cómo consigue ese nivel de frialdad?  

Recurriendo al último gran mecanismo de esta desconexión moral: culpar a la víctima.  

Para no sentir remordimientos, el agresor altera la narrativa hasta convencerse de que está actuando en defensa propia y de que la víctima es la verdadera responsable de su propio sufrimiento. Desde esta perspectiva distorsionada, las acciones crueles ya no se ven como agresiones injustificadas, sino como reacciones defensivas legítimas frente a una provocación previa. 

La psicología social observa esta misma desconexión cuando un ciudadano estadounidense corriente descuelga el teléfono para denunciar a un vecino ante las autoridades migratorias. Una línea de denuncias que, en muchas ocasiones, ni siquiera se usa contra personas indocumentadas, sino como un arma de represalia racial para intimidar a ciudadanos de piel oscura tras una simple discusión vecinal. Quien hace esa llamada rara vez se percibe a sí mismo como alguien cruel; al contrario, el sistema le proporciona la excusa cognitiva perfecta: se ve como un buen ciudadano que vela por el orden. Al ampararse en el lenguaje burocrático y delegar la violencia en una agencia estatal, la empatía se apaga por completo. En una sola llamada de teléfono vemos operar al mismo tiempo la banalidad del mal de Arendt, la obediencia a la autoridad de Milgram, la desconexión moral de Bandura y la necesidad de castigar a un chivo expiatorio para sentir que mantenemos el orden.Y aquí es donde la ciencia se hace una pregunta clave: si los seres humanos somos tan vulnerables a la presión del sistema, ¿tiene sentido ser buenos, o estamos condenados a que el egoísmo triunfe siempre? Para responder a esto sin dejarse engañar por nuestras emociones, la Teoría de Juegos ha recurrido a las matemáticas.  

10. Teoría de Juegos: ¿ser egoísta sale rentable?

En 1984, el politólogo estadounidense Robert Axelrod organizó un torneo informático basado en el 'dilema del prisionero'. Este dilema plantea  una situación límite: imaginad a dos cómplices de un delito encerrados en celdas separadas, sin poder comunicarse el uno con el otro. La policía les ofrece el mismo trato a los dos: si ambos guardan silencio y cooperan entre sí, solo cumplirán un año de cárcel; si uno  traiciona al otro, el traidor sale libre y el compañero condenado se enfrenta a diez años  de sombra; pero si ambos se traicionan mutuamente, los dos cumplirán cinco años. La trampa  psicológica y matemática de este juego es que, ante la incertidumbre de lo que hará el  otro, la opción más rentable y segura a nivel individual es siempre traicionar. El objetivo de Robert Axelrod era descubrir qué comportamiento garantizaba la supervivencia a  largo plazo en un entorno competitivo. Para aislar la lógica evolutiva de la psicología humana, organizó el torneo que os hemos mencionado: pidió a científicos de todo el mundo que enviaran sus estrategias escritas en código y puso a estos programas informáticos a competir entre sí. En cada partida, los algoritmos debían elegir si cooperar o traicionar al algoritmo rival –lo  hacían al mismo tiempo, de manera que no sabían lo que iba a elegir el otro 'prisionero'–. Pero  la clave del experimento es que no jugaban una sola vez. Dos programas se enfrentaban a  lo largo de cientos de rondas sucesivas, lo que permitía a cada código recordar cómo se había portado su rival en el pasado. 

Sorprendentemente, el software que aplastó a todos los demás y venció a las estrategias más despiadadas fue un algoritmo muy simple llamado 'Toma y Daca'. Su funcionamiento era básico: en la primera ronda a ciegas, siempre daba  un voto de confianza y elegía cooperar. A partir de ahí, en los siguientes turnos, se limitaba a copiar la decisión que su oponente digital hubiera tomado en la jugada  anterior. Si el rival lo había traicionado, el programa respondía con una traición inmediata en el siguiente cruce; nunca se dejaba pisotear.  

Pero, si el rival rectificaba y volvía a cooperar, el código olvidaba el ataque y volvía a ser amistoso al instante; es decir, perdonaba rápido. Con este torneo virtual, Axelrod demostró matemáticamente algo esperanzador: cooperar no es solo una invención moral humana, es la estrategia evolutiva más rentable para sobrevivir. Eso sí, el bien no puede ser ingenuo: para triunfar, debe dar el primer paso hacia la paz y perdonar rápido, pero tiene que ofrecer siempre una respuesta implacable ante el abuso. El mal solo retrocede si el castigo frente a la traición es inevitable. 

11. La ecuación de Price y el altruismo

Y la ciencia nos explica por qué ese castigo es necesario. En 1970, el científico estadounidense George Price formuló la famosa “ecuación de Price” para intentar entender el origen de la bondad. Lo que descubrió fue matemáticamente desolador: a nivel evolutivo, dentro de cualquier grupo, el comportamiento egoísta siempre tiene ventaja  sobre el altruista. Su ecuación demostró que el individuo que solo mira por sí mismo absorbe los beneficios de vivir en una comunidad cooperativa, pero se ahorra el sacrificio de ayudar a los demás. La biología sentencia que, si un sistema no tiene mecanismos para castigar o frenar el egoísmo, este siempre terminará multiplicándose y aplastando a quienes actúan con empatía. Curiosamente, la propia vida de George Price se convirtió en un reflejo trágico de esta  lucha. Años después de publicar su investigación, experimentó una profunda crisis personal y un radical despertar religioso que le llevó a intentar vivir un altruismo absoluto. Regaló todo su dinero, abrió las puertas de su piso a las personas sin hogar de Londres y acabó... viviendo en la calle. Sumido en la extrema pobreza, se quitó la vida en 1975. Confirmó en su propia piel la parte más oscura de su teoría: el individuo que lo entrega todo al grupo sin protegerse a sí mismo no sobrevive. 

Por suerte, las matemáticas no solo nos traen malas noticias; también una luz de esperanza.  

La misma ecuación de George Price que nos condena demuestra que la selección evolutiva se divide en dos niveles distintos. Es cierto que, a nivel interno, dentro de un mismo grupo, el individuo egoísta siempre tiene ventaja sobre el individuo moral. Pero la ecuación de Price tiene un segundo componente que mide la competencia 'entre grupos'. Demostró matemáticamente que, cuando los grupos humanos compiten entre sí, aquellas sociedades formadas por individuos cooperativos, leales y altruistas siempre superan y sobreviven a los grupos desestructurados o llenos de tramposos.  

Es decir, aunque el egoísmo triunfa a nivel individual a corto plazo, la cooperación y la solidaridad son la estrategia matemática  ganadora para que una sociedad entera no colapse. 

12. La filosofía del mal (Platón, Dante y Maquiavelo)

Si la historia y la psicología social nos han demostrado lo fácil que es ceder ante el mal a nivel individual, y las matemáticas nos advierten de que nuestra única salvación es cooperar como grupo... ¿qué nos dicen los grandes pensadores? ¿Hay esperanza o estamos condenados por nuestra propia naturaleza? Si retrocedemos hasta las raíces de la filosofía clásica, para pensadores como Platón, el mal ni siquiera tiene entidad propia. Igual que la física nos enseña que la oscuridad no existe por sí misma, sino que es simplemente la ausencia de luz, Platón nos dice que el mal es la ausencia del bien. El mal es, pura y llanamente, ignorancia. En sus Diálogos, Platón defiende el llamado 'intelectualismo moral', la idea de que nadie hace el mal de forma realmente voluntaria, sino por una miopía intelectual, por ignorar lo que es justo y bueno. Esta idea sería recogida siglos después por el pensador neoplatónico Plotino, quien  afirmaba que todo nuestro universo emana de una perfección divina, absoluta y luminosa que él  llamaba 'El Uno'. Para esta corriente filosófica, el mal no tiene sustancia, no es una fuerza creadora con identidad propia, ni es un demonio sediento de sangre; es el punto del universo más lejano y frío, ese rincón oscuro hasta donde la luz de 'El Uno' ya no alcanza a iluminar. El mal no es una presencia agresiva, es la absoluta carencia del bien. Esta idea de la ausencia de luz y calor divino nos lleva a una de las obras cumbre de la Edad Media, que nos ofrece la alegoría perfecta sobre la naturaleza del mal: 'La divina comedia', de Dante Alighieri. En su descenso a los infiernos, Dante nos revela un detalle que rompe con todos los clichés. El núcleo del infierno, el lugar donde habitan los peores pecadores de la  historia, no es un lago de fuego hirviente, sino un lago de hielo. En el último círculo, el Cocito sufren los que han cometido el peor de los males: la traición. Los que han traicionado a su sangre, a su patria o a quienes confiaron en ellos.  

Para Dante, el mal extremo congela el alma, paraliza el espíritu y nos aísla de los demás en una prisión fría y solitaria. Si avanzamos hasta el Renacimiento, la literatura y la filosofía nos alertan de que  el mal pierde su aspecto de castigo teológico para disfrazarse de pura lógica. En 1513, Nicolás Maquiavelo, de quien ya hicimos un vídeo que podéis encontrar en nuestro canal, despojó al Estado de cualquier moralidad en su tratado 'El Príncipe'. Para Maquiavelo, el mal no era un problema espiritual, sino económico y estratégico.  

Llegó a distinguir entre crueldades “bien usadas” y “mal usadas”. La crueldad bien usada, según él, es la que se aplica de un solo golpe para asegurar el poder, evitando así prolongar un sufrimiento que acabaría generando rebeliones. Visto desde la óptica del poder absoluto, el mal, desprovisto de culpa, es pura eficiencia. Si buscamos entender la psicología detrás de este mal absoluto y el orgullo que lo alimenta, debemos acudir de nuevo a la literatura. En el siglo XVII, concretamente en 1667, el inglés John Milton publicó el poema narrativo 'El paraíso perdido'.  

En su obra, Satanás no es una bestia salvaje, sino un líder muy carismático y narcisista. Para Milton, el mal es la soberbia extrema. Satanás prefiere la alienación total antes que someterse a una jerarquía que no encabeza. Como él mismo dice para justificar su rebelión: “La mente es su propio lugar, y en sí misma puede hacer un Cielo del Infierno, un Infierno del Cielo”. Y remata con su célebre sentencia: “Mejor es reinar en el Infierno que servir en el Cielo”.  

El mal triunfa cuando el ego prefiere destruir el sistema entero antes que cooperar con él. 

13. Kant, Hegel, Nietzsche y el silencio de los buenos

Ya en el siglo XVIII, el filósofo prusiano Kant intentó explicar las raíces de esta ceguera moral humana en su obra 'Crítica de la razón pura'. Nos explicó que los seres humanos vivimos atrapados en el “fenómeno”, la realidad filtrada y limitada por nuestros sentidos, y somos ciegos al “noúmeno”, a la verdad inalcanzable de las cosas en sí mismas. Encerrados en esta limitación, en esta ceguera, somos presas fáciles de nuestros instintos egoístas y de la desconexión moral. 

Sin embargo, en el siglo XIX, el filósofo alemán  Hegel le dio una vuelta de tuerca a esta idea.  

Para él, el mal y las grandes crueldades de la  historia no son un simple fallo del sistema o una falta de luz, sino el motor indispensable que  hace avanzar a la humanidad. Según su visión, el mundo no progresa quedándose quieto en un  estado de perfección pacífica, sino chocando de frente contra la realidad, sufriendo y superando  grandes fracasos a través de las distintas épocas.  

Para Hegel, la historia es un proceso  continuo en el que el espíritu humano se pone a prueba al enfrentarse a sus propios errores. Desde esta cruda perspectiva, los episodios más oscuros y violentos de nuestra historia serían un precio trágico, pero necesario, para que la humanidad despierte, madure y aprenda. Hasta ahora hemos analizado qué empuja a las personas y a las instituciones a cometer  atrocidades, pero el mal necesita otra gran fuerza para triunfar: nuestra propia inacción. Históricamente, no se expande solo por el poder de los verdugos, sino por el inmenso vacío que dejamos cuando decidimos apartar la mirada frente a la injusticia. Como escribió el activista estadounidense Martin Luther King, en su famosa 'Carta desde la cárcel de Birmingham', escrita en 1963 mientras estaba detenido por protestar pacíficamente: “Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las palabras y acciones de odio de la gente mala, sino por el espantoso silencio de la gente buena”. Esta pasividad silenciosa de la mayoría no solo condena a las víctimas al olvido, sino que rompe los vínculos de confianza de nuestra sociedad y les envía un mensaje tranquilizador a quienes ejercen la crueldad:  que pueden hacerlo con total impunidad. 

Y es aquí donde la filosofía da un último golpe  sobre la mesa a través del pensador alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que Platón veía el mal como un defecto o una ceguera intelectual, Nietzsche planteó que lo que nuestra cultura llama “bien” –la compasión, la piedad, el altruismo– es en realidad una  “moral de esclavos”, un sistema inventado por los débiles para intentar frenar y hacer sentir  culpables a los fuertes. Desde esta óptica, las personas que llegan a la cima del poder pisoteando a otros no lo hacen por ignorancia, sino porque han decidido romper las cadenas de la ética. Ven a los demás como simples recursos, avanzan sin el freno psicológico de la culpa y manifiestan lo que Nietzsche llamaba la “voluntad de poder”. El mal triunfa porque quienes lo ejercen juegan sin las reglas morales que nos atan a todos los demás.

14. El único antídoto contra el mal

Es hora de hacerse otra gran pregunta: ¿existe  un antídoto para el mal? Dante nos da una posible respuesta en el último verso de su obra. Tras  cruzar el infierno y el purgatorio, al llegar a la cima del Paraíso y mirar fijamente la luz  suprema de la creación, la mente del poeta colapsa ante la grandeza del universo. Y allí descubre  que el cosmos no se mueve por matemáticas frías, ni por estrategias de guerra, ni por la voluntad  de poder. Dante cierra su viaje afirmando que todo obedece a una sola fuerza: “El amor  que mueve el Sol y las demás estrellas”. 

Para Dante, este amor no es un sentimiento  romántico o pasivo, sino la fuerza gravitatoria y vital que mantiene unidas a las personas y al  cosmos entero. Si el mal es la desconexión moral, el hielo que nos aísla de los demás, el amor  es la voluntad activa de reconectar. Es la empatía profunda que nos impide deshumanizar  al otro, el valor para negarnos a apretar el botón en un experimento y la fuerza para no  mirar a otro lado frente a la injusticia, por ejemplo cuando se está acosando a alguien en  un colegio o en el trabajo. Frente a un sistema burocrático que nos pide ser simples engranajes  fríos, el amor nos exige recordar nuestra responsabilidad individual y nuestro vínculo  inquebrantable con el resto de la humanidad. 

¿Y vosotros? ¿Qué opináis? ¿El ser humano es  realmente un lobo para el hombre por naturaleza o es la presión del sistema y del poder lo que  nos arrastra hacia el mal? ¿Creéis que el amor funciona realmente como antídoto?

Clásicos, pero raros e inencontrables.

Peter Weiss, La estética de la resistencia.

Péter Nádas, El libro del recuerdo.

Atila, de Aliocha Coll.

Clarisse Nicoïdski y sus poemas en judeoespañol.

Eduardo Haro Ibars: Los pasos del caído, de José Benito Fernández.

Ceija Stojka y el Holocausto gitano (porrajmos).

Ajir Román, novela turca de los bajos fondos de Estambul.

El tazón de hierro, de Félix Novales.

La estilometría identifica una nueva comedia de Lope de Vega

 La inteligencia artificial atribuye a Lope de Vega una comedia de Claramonte, Julián Herrero, La Razón, 16.10.2026:

El congreso sobre el Siglo de Oro celebrado en Madrid descubre la última obra atribuida al Fénix de los Ingenios, la número 362.

Que algo se haya terminado hace 500 años no es sinónimo de que esté pasado de moda. Se cerró el Siglo de Oro a su debido tiempo y, sin embargo, solo hace falta ver las carteleras de los teatros, siempre con reinterpretaciones de los clásicos, para descubrir que lo que nos pasa hoy no dista tanto de lo de entonces; o los festivales veraniegos de teatro, muchos de ellos dedicados en exclusiva a los Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y compañía.

Y curioso es que en esto del estudio áureo también existan las modas. Con los nombres de los citados, los primeras espadas de esto, presentes pase lo que pase, la tendencia actual ha virado hacia otro hombre que a poquitos va haciéndose su sitio entre el resto de autores (y autoras, también en boga en la actualidad gracias a los trabajos para rescatar su memoria). Suyos son Tan largo me lo fiáis, el origen del mito del Don Juan del Burlador, y La Estrella de Sevilla, piezas que los recientes estudios han ido revisando hasta otorgarle a él, y solo a él, un reconocimiento que los caprichos de antaño, tantas veces injustos, le hurtaron.

Pasión por Claramonte en su aniversario

Tal es la pasión, si es que se puede llamar así, por este ilustre murciano, don Andrés de Claramonte, que el Congreso Internacional Madrid en el teatro español del Siglo de Oro, que se celebra estos días, se ha visto desbordado por el interés en su figura aprovechando el cuarto centenario de su fallecimiento. Lo reconoce Germán Vega García-Luengos (Universidad de Valladolid), organizador del evento junto a Luciano García Lorenzo (CSIC). “La gente lo ha querido así”. Abrieron las solicitudes y los expertos se volcaron en él: las 30 sesiones que de inicio se pretendían programar se vieron ampliadas hasta las más del medio centenar. Enterrado en Madrid, en la iglesia de San Sebastián, Claramonte “no es solamente un copión, como algunos –entre ellos Menéndez Pelayo– dijeron de él”, explica el investigador: “Tenemos un autor con bastante más obra de la que tradicionalmente se le ha considerado. Y dentro de ella cuenta con dos textos muy grandes, por lo que tendríamos que considerarle un dramaturgo importante y no dejarle en el cubo de la basura”.

El profesor también es responsable, en esta ocasión de la mano del profesor Javier J. González Martínez, de la exposición que la Biblioteca Regional de Madrid organiza hasta el 10 de enero, Madrid en el teatro del Siglo de Oro. En ella ya se vislumbran los temas que se debaten estos días en el complejo cultural El Águila de Madrid alrededor de los quehaceres de los dramaturgos en la capital. Poco es más significativo que los tres autores más representativos de la fecha, y grandes figuras del teatro universal, fueran madrileños. Igual que otros dos genios como Cervantes y Quevedo.

Óleos, manuscritos, trajes, maquetas y demás componen este recorrido por el epicentro de la Monarquía Hispánica, donde se contaba con las infraestructuras más dinámicas del teatro comercial, factor fundamental para su desarrollo; y al tiempo, en la misma ciudad se encontraban los más destacados enclaves palaciegos para celebrar los espectáculos cortesanos; así como sus plazas y calles, en las que se acogían las formas de representación más diversas.

Un "nuevo" ilustre de las letras españolas

En estas salas, por supuesto, también encuentra acomodo ese “nuevo” ilustre de las letras del Siglo de Oro, Andrés de Claramonte. Un hombre de fama creciente que murió en Madrid, en 1626, y que ha logrado desbancar de la autoría a tipos como Tirso y Lope. No obstante, la moneda no iba a caer siempre de su lado. En esta ocasión, la firma da la vuelta y pasa de Claramonte al mismísimo Lope de Vega, quien se convierte en dramaturgo de pleno derecho de una comedia como El infante de Aragón. Es la principal novedad que trae este congreso. Vega García-Luengos se ha reservado para la última jornada una exposición en la que ha descubierto esta nueva obra de Lope atribuida hasta ahora a Claramonte. Una charla que ampliará en el Anuario Lope de Vega y en la que profundizará en los motivos que le han llevado a dicha conclusión.

Igual que hiciera antes con La francesa Laura (que pasó de ser “anónimo” a pertenecer al corpus de Lope), el profesor castellano ha acudido a la inteligencia artificial para resolver la ecuación de la estilometría: “Son procesos largos, pero el primer chivatazo nos lo da la máquina sin casarse con nadie. Valora únicamente elementos léxicos y está demostrado que tiene una gran eficacia”. Y así, “entrenando” cada día a la IA, asegura que una comedia firmada por Claramonte que nunca se había discutido, “de repente”, apunta, “pasa a irse con Lope. Y luego, todos los elementos que hemos estudiado nos llevan a afirmar con efectivamente es un Lope”.

De las más de 1.500 obras que se sostiene que escribió el Fénix de los Ingenios, ya hay catalogadas 362 con este “renovado” Infante de Aragón. “Y otras dos más que seguro que son de él, pero que todavía tenemos que hacer las comprobaciones oportunas”, añade Vega.

Política y amor como base de la comedia

Se destapa de este modo una nueva historia para una comedia publicada en la primera mitad del siglo XVII con base política y amorosa que pone su atención en el enfrentamiento entre los reinos de Aragón y Navarra; y en la que el infante en cuestión se enamorada de su homóloga de enfrente. “Tiene momentos muy interesantes en los que se ve claramente que es de Lope y a pesar de que han desaparecido algunos versos, que se echan en falta, sobre todo, en la tercera jornada. Pero no perjudica para saber de qué va la acción. Es muy posible que la obra se aplicase a Claramonte porque Lope ya había muerto. Al revés de lo que pasaba con él en vida, que se le atribuían las obras de otros porque él era el gran divo del teatro. Es algo que fue muy frecuente y que gracias a la estilometría y otras herramientas de la inteligencia artificial nos estamos dando cuenta de que hay bastantes más problemas de los que pensábamos. Aparecen dudas donde pensábamos que no había ninguna”.

No duda Vega de la IA. “Hasta ahora, cuando nos dice que una obra es de Lope, o de otro, no hemos encontrado fallo. Los resultados son contundentes y nunca se ha desdicho. Esa es la ventaja de la estilometría, que es neutral y objetiva”: acude a las estadísticas de léxico y mide las 500 palabras más frecuentes para compararlas con las de otros 3.000 textos del Siglo de Oro. “Y con eso te arroja unas cifras de proximidad que te permiten recuperar información de distintos medios”, explica a La Razón un hombre que trabaja incansable en la enseñanza de textos a la IA.