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jueves, 26 de marzo de 2026

Tendencias del Refranero

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (I)", en Revista de Libros, 13 de noviembre de 2018: 

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar? de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría popular de una sociedad completamente distinta a la actual.

En algún momento del párrafo anterior he empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia, si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas. Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido (naturalmente) como metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza (no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión risueña.

Pero, como habrán supuesto con toda razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios, pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito. Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo el título de El espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un puñado de años (2000) en la editorial Espasa.

No quiero decir con ello que me disponga a comentar el libro en cuestión (mi reseña ya apareció publicada en su día en Revista de Libros), sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o creencias del pasado.

En todo lo dicho hasta ahora opera un sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de referencia–, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de los refranes– es un imposible por dos sencillos motivos. El primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color del cristal con que miremos.

No pretendo aquí, por tanto, utilizar el refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes (la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse. Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas de vida, consejos para sobrevivir.

De ahí precisamente que podamos detectar como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo –mientras se zampa un cubilete de palomitas– las cuitas del personaje de la pantalla. Las creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que «quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de «tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial muestra de humor negro: «La mucha gente sólo es buena para un entierro».

Esa conducta, aplicada a las relaciones personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo? ¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad, es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes, enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos: «Cuñados y rejas de arado sólo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».

Obsérvese que, como decía antes, el humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos, a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser, tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Sólo queda el sometimiento y la resignación: «Cosa cumplida, sólo en la otra vida».

En estas coordenadas, las recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida, como estas dos tomadas del Quijote: «No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos, empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos compran y otros son comprados».

Me quedan aún varias vertientes que tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas. Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (y II)", en Revista de Libros, 26 de noviembre de 2018

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere el agua / en su molino, / y dejar en seco / al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tienen los que pobres son / la ventura del cabrito, / o morir cuando chiquito / o llegar a ser cabrón».

La resistencia tiene una contrapartida, que es más bien un complemento. Estar a la defensiva es bueno, pero tiene sus claras limitaciones. En el momento en que sea posible, conviene trocar la defensa por un buen ataque. Si hemos aguantado carros y carretas, ahora puede ser nuestro momento: se van a enterar. Hay un refrán que, como siempre, con una asombrosa precisión, resume todo esto: «Cuando yunque, con paciencia y cuando martillo, sin clemencia». ¿Se puede decir mejor? Y a partir de ahí, a tumba abierta: «A quien te hizo una, hazle dos, aunque no lo mande Dios». Como veremos luego con más detenimiento, Dios puede mandar lo que quiera, pero es evidente que al estar allí arriba no entiende muy bien de los asuntos humanos. No hay más que ver cómo le fue cuando bajó a la tierra: «A uno que se metió a redentor lo crucificaron». Sí, está muy bien hablar de bondad, generosidad o inocencia, pero, ¿a qué conducen las virtudes? La respuesta es de nuevo brutal: «A los inocentes los mató Herodes».

En un mundo en el que «El hombre es un lobo para el hombre», «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» y «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Lo importante soy yo y lo mío: «Antes son mis dientes que mis parientes». Lo cual me lleva a despreocuparme de los demás e, inevitablemente, también del mal ajeno: «Tenga yo mi pata sana y púdrasele a mi hermana». El individualismo descarnado no lleva tan solo, como es obvio, a una agria insolidaridad, sino, lo que es peor, dando un paso más, a una actitud agresiva con todos, amigos y enemigos: «A quien quieras mal, cómele el pan; y a quien bien, también». Como los consejos a veces parecen atemperados por una cierta retórica, hay refranes que se encargan de situarlos a ras de tierra, aunque mejor sería decir en el puro barrizal: «Al conejo y al villano, despedazarle a mano». Mencioné antes la crueldad y no lo hice al albur. Ahora puede entenderse mejor: «Al enemigo que huye, golpe de gracia». Es decir, matarlo. ¡Y qué satisfacción! No hace falta siquiera que sea enemigo. Basta que sea otro. Y que así, pueda decir con cinismo: «No le quiero bien ni mal, mas holgáreme de verle en la horca pernear».

Como ya se habrá advertido, otra de las constantes en el refranero es el tono descarado, incluso directamente cínico que no se para en barras, no admite cortapisas ni respeta a nada ni a nadie. Esta actitud libérrima resulta especialmente llamativa en el aspecto religioso, tratándose como se trataba de una sociedad en la que la Iglesia católica tenía un protagonismo absoluto y, más aún, una presencia cotidiana abrumadora. Esta en concreto –la Iglesia– y, sobre todo, sus ministros no salen bien parados del juicio popular. Abundan los refranes que de un modo u otro censuran los vicios y, muy especialmente, la hipocresía del clero: «Gente de iglesia, más lo han por la miel que por la cera», es decir, más por sus ventajas materiales que por devoción. De un modo más directo, «El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos», esto es, sus atributos. Desde mi punto de vista, lo más revelador no es tanto la crítica a los eclesiásticos y sus faltas concretas cuanto la crítica a la Iglesia como institución. Cuanto más lejos de esta, mejor. Así parece desprenderse de este consejo: «Con una misa y un marrano hay para un año». La comparación es ciertamente demoledora. Por esto mismo, la gente que se acerca mucho a la iglesia (santurrones, beatos, meapilas y compañía) reciben también su ración: «Púsose a santiguar y se sacó un ojo».

Tirando de ese hilo van dándose pasos cada vez más atrevidos que ponen en cuestión, no ya sólo a la Iglesia y a sus representantes, sino la propia doctrina cristiana. Podemos empezar por esta andanada a la familia que utiliza sin miramientos la burla hacia uno de los símbolos más genuinos del cristianismo, la Sagrada Familia: «Familia, la Sagrada; y esa, en la pared colgada». El siguiente paso es mucho más atrevido, pues advierte que «también la gracia de Dios hace daño». El tercero se resguarda en una cierta ambigüedad, pero, según como se interprete, roza la blasfemia: «Tras la cruz está el diablo». No es de extrañar así que, en el Quijote, hasta Sancho se atreva a enmendar la plana a Dios: «Tengo para mí que, aun en el mesmo infierno, debe de haber buena gente». Puede tomarse todo por el lado festivo, claro está. El peso del catolicismo en la sociedad hispana y en la cultura popular ha generado tal familiaridad del español con Dios que a nadie le extraña oír esta exclamación cuando se tiene hambre: «¡Me comería a Dios por un pie!»

Quizá lo más importante es que los refranes recomiendan actitudes y conductas que, si bien sería exagerado calificar en su conjunto de antievangélicas, se diferencian claramente del mensaje de Jesucristo: «A Cristo prendieron en el huerto porque se estuvo allí quieto». A buen entendedor… No quiero decir con esto que todo el refranero sea así, ni mucho menos, pero sí que una parte sustantiva de los refranes promueven un evangelio terreno que poco tiene que ver con el canónico (y, en algunos casos, lo contradice abiertamente). La formulación más chusca es, como casi todo el mundo sabe, la del «Evangelio del pobre: antes reventar que sobre». No es de extrañar, por lo visto hasta ahora. Pero sí desconcierta esta advertencia: «No hagas mal, que es pecado mortal; ni hagas bien, que es pecado también». ¿Entonces? Lo que parece indudable es que los mensajes de paz, amor, caridad y fraternidad chocan con una realidad hosca e inclemente: «Si doy, de lo mío me voy; si fío, pongo en riesgo lo que es mío; si presto, al cobrar me ponen mal gesto. De tal manera me han puesto, que ni doy, ni fío, ni presto». Hay, pues, que espabilarse: «Con arte y engaño se vive medio año; y con engaño y arte, se vive la otra parte».

Ya ha quedado suficientemente explícito cuál es el medio social que engendra los refranes. El individualismo, la desconfianza, la picardía y el cinismo suelen ser los ingredientes fundamentales. Todos ellos se sintetizan aquí: «Amigos, enemigos; parientes, serpientes; cuñados, mal bocado; y aun los mismos hermanos, líbrete Dios de sus manos». La familia, amplia o reducida, da igual, como fuente de conflictos: «Enemistad entre parientes, dura largamente», dice con sabiduría el refranero. Y al fondo, como siempre, el vil metal: «¿Parientes y han reñido? ¿Por cuánto ha sido?» La diatriba contra la familia alcanza a veces una dimensión insospechada, de índole teológica: «Dios no quiso hermano». Más claro no se puede decir. Y, así, no puede extrañar que hasta el mismo matrimonio se convierta en un suplicio: «El matrimonio sólo tiene dos días buenos: el primero y el postrero». Peor aún era para la mujer en la sociedad tradicional: «Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar». Tremendo.

No abundan, como bien puede colegirse de lo dicho, los refranes de esa índole, es decir, los que adoptan la perspectiva femenina o simplemente se hacen cargo de la situación de la mujer. Sí, reconózcamelo sin ambages, el refranero es profundamente machista («Mujeres sin pulgas, pocas o ninguna»), salvo algunas excepciones que no hacen más que resaltar la abrumadora predominancia del enfoque masculino. Vamos a empezar en esta ocasión por la referencia teológica, nuevamente tan expresiva como insolente: «Si la mujer fuera buena, también Dios tendría una». Hay otro refrán más rebuscado, pero también más provocador, en la línea tradicional de demonizar la figura femenina: «Antes que Dios se hiciese hombre, el diablo se había hecho mujer». Aunque hoy nos resulte tan estrafalario como repugnante, la comparación de la mujer con la mula es el recurso más usual en una sociedad campesina, ¡y no eran pocos los hombres que cuidaban y valoraban más a la segunda que a la primera! Pero, yendo a la cuestión de las comparaciones, lo más suave que podía decirse es que «La mula y la mujer por halago hacen menester». Es decir, esto a las buenas. A las malas, como mínimo recelo: «No te fíes de mujer, ni de mula de alquiler». La amenaza viene «Del mulo, por detrás; del toro, por delante; y de la mujer, por todas partes».

Puestas así las cosas, ya se barrunta lo que viene ahora: «Ahí te entrego esa mujer, trátala como mula de alquiler». ¿Y cómo se trata a una mula de alquiler? «Espuela quiere el buen y mal caballo; y la mujer, buena o mala, palo». Obsérvese el matiz, de nada le vale a la mujer ser buena. Lo confirma otro refrán, ligera variante del anterior: «La burra y la mujer, apaleadas quieren ser». Podrá parecer una barbaridad, pero esto no es nada para lo que viene ahora: «A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena». Si por tan solo asomarse a la ventana se recomienda que se le tuerza el cuello, ¿qué pasará ante otras conductas reputadas con razón o sin ella más sospechosas? Pues remedios expeditivos, como los que de vez en cuando aplicaba el populacho al clero: «No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada». Y así llegamos a algo parecido al regusto sádico: «Bien haya la higuera que tal fruto lleva. Y era su mujer que pendía ahorcada de ella».

Hago un pequeño inciso para recordar lo que dije antes en alguna ocasión. El refranero sirve para un roto y para un descosido, esto es, no hay refrán que no tenga su antítesis. En el caso que nos ocupa, habría que matizar que también hay refranes que se hacen eco del punto de vista femenino, aunque no siempre en el sentido feminista que hoy consideramos políticamente correcto: «A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos». Así también, por ejemplo, este que señala que «marido rico y necio no tiene precio». Hay otro curioso, por inusual, desconcertante y brutal: «No es nada el ruido, sino que matan a mi marido». Se supone que la que así respira aliviada es la mujer (o ya viuda) de un ajusticiado. El refranero no es muy receptivo que digamos hacia la sensibilidad femenina, pero de vez en cuando esconde alguna perla, como por ejemplo esta: «A la hija muda, su madre la entiende».

Voy a ir poniendo punto final a este pequeño muestrario del humor en el refranero considerando la vertiente más negra y sarcástica del mismo. Aquí también hay para dar y tomar. A veces, como sucede con el humor negro, encierra una profunda filosofía de la vida: «Para sacar de su casa a un muerto, son menester cuatro hombres». Las más de las veces, la muerte sirve para constatar que la vida tiene que seguir. Hay diversas variantes del conocido «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», como, por ejemplo, «Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Una de las variantes de esta misma filosofía que a mí me parece particularmente cruel es la que reacciona ante la muerte de un niño con un «Angelitos al cielo, y bizcochitos a la barriga». Pero la vida da para muchas situaciones, como cuando el moribundo no termina de morirse: «¡Aviados estamos! Ni se muere padre ni cenamos». La familiaridad de aquella sociedad ignara y supersticiosa con la muerte, así como las altas tasas de mortalidad infantil, explican desahogos como este, tan impresionante como incomprensible desde la mentalidad actual: «Bendita sea la puerta por do sale la hija muerta». Entendemos que expresa la satisfacción por tener una boca menos que alimentar. Con todo, nos es imposible reconocernos en esa insensibilidad de nuestros antepasados, que bromeaban con la muerte y las desgracias en general con una naturalidad que hoy no sabemos o no nos podemos permitir: «No es nada lo del ojo; y lo llevaba en la mano».

En conclusión, ¿es sabio el refranero, como muchas veces se dice? Ni sabio ni todo lo contrario. Cualquier valoración de conjunto carece de sentido. Hay multitud de sentencias que tan solo expresan los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo de un pasado en el que nos cuesta trabajo reconocernos. Una sociedad caracterizada por el culto a las apariencias («Aunque seas señor, si no lo pareces, es como si no lo fueses»), la mentira («Andaos a decir verdades y moriréis en hospitales»), la simulación («Quien no sabe fingir no sabe vivir»), la agresividad («¡Con razón o sin ella, leña!»), la intransigencia («A quien sustenta un dislate, a palos se le combate») y la ignorancia (ese brutal «Al maestro, cuchillada»). Son, como ya hemos dicho, las reacciones y temores que provoca este valle de lágrimas, un mundo despiadado, una vida de penurias: «El que a larga vida llega, mucho mal vio y más espera». Son muchos los refranes que sostienen lo mismo con leves variantes, recomendando una actitud senequista ante la existencia: «Al sabio su suerte le agrada, aunque sea mala». O «Procura lo mejor, espera lo peor y toma lo que viniere». Por eso he elegido como epígrafe representativo de este comentario esa máxima genial que expresa lo mismo con menos palabras: «Del mal, el menos».

Pero el refranero está lleno también de frescura y desvergüenza: «A los sordos, pedos gordos». La expresión grosera añade una dimensión jocosa a una recomendación que encierra múltiples sentidos. Algo que también pasa con esta reflexión: «Más vale ser puta sin parecerlo que aparentar y no serlo». ¿Cinismo o simple experiencia? En todo caso, una sabia filosofía de la vida, como este otro consejo: «Cuando pases por la tierra de los tuertos, cierra un ojo». ¡Ay, la envidia! Sobre ella previenen muchos refranes: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía». ¿O es, simplemente, la condición humana?: «Ajeno es todo lo que se desea». En fin, todo es relativo y, si no lo es, mejor verlo así, pues «No hay poco que no alcance, ni mucho que no se acabe». Y así llegamos al final, tan igual para todos: «Ninguno muere tan pobre que la ropa no le sobre».

miércoles, 12 de febrero de 2025

La hija de Juan Simón

 La hija de Juan Simón, famosísimo bolero cantado por Antonio Molina. Los autores son Daniel Montorio Fajo / Mauricio Torres García / Concepción Camps Molins.

Cuando acabé mi condena,

cuando acabé mi condena

me vi muy solo y perdi'o.


Ella se murió de pena

y yo, que la causa he si'o,

sé que murió siendo buena (bis)


La enterraron por la tarde

a la hija de Juan Simón

y era Simón en el pueblo

y era Simón, en el pueblo, ¡ay!, ¡ay!

el único enterra'or.

Él mismo a su propia hija

al cementerio llevó

y él mismo cavó la fosa

y él mismo cavó la fosa

murmurando una oración.

Y, como en una mano llevaba la pala

y en el hombro el azadón,

sus amigos le preguntan.

Y todos le preguntaban, ¡ay!, ¡ay!

¿de dónde vienes, Juan Simón?

-Soy enterra'or, y vengo,

soy enterra'or y vengo,

soy enterra'or y vengo, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!

de enterrá' a mi corazón.

lunes, 12 de junio de 2017

Refranero político

Consejos vendo y para mí no tengo

Hay algunos son como los olivos, que solo a palos dan fruto

El que nace pobretón
tiene suerte de carnero:
o se muere a lo primero
o, si no lo hace, es cabrón

1. Entre político y dinero, pared de piedra y mortero
2. A político que huye, puente de plata
3. Del político me espanto, del pillo no tanto
4. Los necios hacen la fiesta y los políticos la celebran
5. El votante propone, Dios dispone y el político descompone
6. Políticos y locos nunca fueron pocos
7. Abogado, político y doctor, cuanto más lejos, mejor
8. No estreches la mano al político villano
9. Huye del mulo por detrás, del perro por delante y del político por todas partes
10. Judío para la mercancía y político para la hipocresía
11. Líbreme Dios del político manso que del bravo ya me libro yo
12. ¿Qué político, oyendo toma, no se asoma?
13. Políticos y nueras en las afueras
14. Favor de político y temporal de febrero, poco duradero
15. Al político que no sea de ley, plántalo en lo del rey
16. A político traicionero no le vuelvas el trasero
17. Político prevaricador, una buena cuerda y cuélgalo al sol
18. ¡Ay, Jesús, que el rosario del alcalde no tiene cruz!
19. Si el alcalde corta pinos, ¿qué no harán los vecinos?
20. El político y la mujer, acertar y no escoger
21. En boca de político mentiroso, lo cierto se hace dudoso
22. Político mentiroso, dos veces odioso
23. Por encima de la ley ni el rey

Hoy lección de “Parlamento Sésamo”. Un sistema político = un refrán.

Comunismo: “O follamos todos o la puta al río”
Teocracia: “A Dios rogando y con el mazo dando”
Democracia Representativa: “Prometer hasta meter, y una vez metido olvidar lo prometido”
Democracia participativa: “Del dicho al hecho va un buen trecho”
Democracia deliberativa: “En el mucho hablar, está el poco hacer”.
Dictadura: “Todos para uno y uno para todos”.
Totalitarismo: “Ande yo caliente, ríase la gente”.
Consejo de sabios: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”
Mancomunismo: “Lo mío es tuyo, y lo tuyo es de los dos”
Anarquía: “Cada perro que se lama su polla”
Despotismo: “Primero son mis dientes que mis parientes”
Despotismo ilustrado: “Se cree el bizco rey entre los ciegos”
Junta Militar: “En tiempos de guerra, todo agujero es trinchera”
Monarquía: “Yo soy el Rey palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”
Monarquía hereditaria: “De tal palo tal astilla”
Monarquía popular: “A rey muerto, rey puesto”
Socialismo libertario: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto.”
Meritocracia: “El trabajo pone arriba a los de abajo”
Plutocracia: “Cuando el dinero habla, la verdad calla”
Cleptocracia: “Se cree el ladrón que todos son de su condición”
Aristocracia: “Unos nacen con estrella, otros estrellados”
Matriarcado: “En casa de Amanda, ella es la que manda”
Patriarcado: “Al padre, si fuere bueno, sírvele; y si malo, súfrele”
Bonus track: “El mal gobierno impone a los más la ley de los menos” (Emiliano Zapata)

De hecho, tienen una idea de lo que debería de ser la democracia; un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. Chomsky, N., Ramonet, I. (1995), Cómo nos venden la moto, p.21, Barcelona:Icaria Editorial, 

La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Chomsky, N., Ramonet, I. (1995), Cómo nos venden la moto, p.16, Barcelona:Icaria Editorial

¿Cuál es el mejor gobierno? El que nos enseña a gobernarnos a nosotros mismos.
Johann Wolfgang Von Goethe

martes, 6 de junio de 2017

Mitología y superstición manchega

Hay unos blogs bastante interesantes consagrados a supersticiones antiguas de La Mancha:

1. Este es el primero.

2. Este es el segundo.

3. Este es el tercero.

Contienen algunos trabajos de campo interesantes y documentaciones sin referencias claras sobre la estantigua, los duendes martinicos y motilones, Maraúña o Mariuña, especie de deidad acuática, nereida o ninfa maligna de las aguas, moras, pejigueras, marimantas, peregrinos, remolinos, saetones o setones, trocanta, zarramaca, etc., etc., etc. 

El mayor compilador, del que veo beben muchos, creo yo es Carlos Villar Esparza, porque repiten muchos textos suyos aparecidos en la Revista de Folklore.

martes, 5 de abril de 2016

La lista de los reyes godos

Ataúlfo                      410-415
Sigerico                     415
Walia                        ?
Teodoredo                420-451
Turismundo               451-451
Teodorico                 453-467
Eurico                       467-485
Alarico                      485-507
Gesaleico                  507-511
Amalarico                 511-531
Teudis                       531-548 (Primero en residir en España)
Teudisclo       548-549             
Agila                         549-554
Atanagildo                 554-567
Liuva I                      567-568
Leovigildo                 568-586
Recaredo I                586-601 (Primer rey católico)
Liuva II                     601-603
Witerico                    603-609
Gundemaro               609-612
Sisebuto                    612-620
Recaredo II               621
Suintila                      621-631
Sisenando                 631-636
Chintila                      636-640
Tulga                         640-642
Chindasvinto             642-649
Recesvinto                649-672
Wamba                     672-680
Ervigio                      680-686
Egica                         687-701
Witiza o Acosta         701-809
Rodrigo                     709-711

¡Cuántos artificios mnemotécnicos tuvieron que idear nuestros torturados estudiantes para retener esta ristra! No pueden compararse ni a los necesarios para la Tabla periódica de los elementos. Vaya desde aquí nuestro homenaje a esos pobres niños desvalidos. Y recordemos alguna de sus creaciones:

Esta macarrónica poesía:

Ataúlfo en Barcelona:
¡los godos aquí ya están!
Su amor por Gala Placidia
mala suerte le traerá.
Pero el que a hierro mata
también así morirá,
conque el traidor Sigerico
siete días durará.
Walia, gloria. Teodoredo,
a Atila derrotará.
TurismundoTeodorico
ajenos a España están,
en su corte tolosana,
pero Eurico a Iberia va.
Alarico, anticatólico,
vida en lucha perderá.
Su bastardo Gesaleico
así le sucederá.
Amalarico, otra lucha
pierde, y le asesinarán.
Teudis a Barcelona
la corte trasladará,
mas el lascivo Teudisclo
también de él se librará.
Agila... ¡otro enemigo
de los católicos va!
Vida pierde. Atanagildo
después le sucederá
tras un famoso interregno
de cinco meses. Y ya
Liuva primo, discutido
con el trono no podrá,
y a su hermano Recaredo
dolido lo cederá.
Este fanático arriano
de nadie tiene piedad,
ni tan siquiera de su hijo
que, cruel, ejecutará.
Pero otro hijo, Recaredo
catolicismo traerá.
Otro hijo, Liuva II
al puñal sucumbirá.
Witerico, gran apóstata
por Toledo a rastras va.
Gundemaro y sus concilios,
para su trono afirmar.
Sisebuto, intolerante
contra los judíos va,
el Imperio los ayuda
y en España afincará.
Tras Recaredo el efímero
Suintila al fin echará
los de Bizancio. Y Chintila
decreto renovará:
¡expulsión contra judíos!
¡Y esta vez va de verdad!
Tulga, bondadoso y débil,
depuesto al fin se verá.
Chindasvinto, que es famoso
por su orden y severidad,
fenómeno entre los godos,
¡noventa años vivirá!
Recesvinto años difíciles
con sublevados tendrá.
Menos mal que por fin Wamba
enérgico triunfará,
pero tras la humillación
de Ervigio, dimitirá.
Este le sucede, abdica
en Egica, y el Islam
empieza una y otra vez
sus tentativas de entrar.
El reinado de Witiza,
oscuro fue y singular,
y el último rey, Rodrigo
en la Janda morirá,
con lo cual los visigodos
ya fuera de España están.

domingo, 20 de marzo de 2016

Una leyenda manchega. La Trocanta de Granátula


Es la Trocanta o Encantada de Granátula


La trocanta es al parecer un lagarto o culebra voladora que a la media noche de San Juan, en el Cerro de la Encantada, se convierte en una bella dama llamada "La Trocanta". Se dice que la trocanta convierte en piedra a todo aquel que entre en su cueva la Noche de San Juan. Este mito parece posterior al clásico y antiquísimo de la Encantada y tiene elementos comunes con el toledano del rey Rocas y del del convidado de piedra.

Una de las historias que se cuentan allí parece haber surgido por etimología popular. Granátula habría nacido como una aldea: pequeñas casas en conjunto de las cuales muchas eran almacenes de granos y, según parece, una reina llamada Tula, empezó a dominar tan estos territorios, y a ganarse el respeto de todas las tribus de la zona. Su poder fue tal que comenzó a acumular riquezas y muchas tierras volcánicas fértiles situadas al lado del río Jabalón. Las mismas daban copiosas cosechas y en ese momento llegaron a ser las más envidiadas ya que los graneros siempre estaban destilando cereales. Según se dice no hubo nunca en esa tribu hambre, por lo que comenzaron a llamar a esa zona con el nombre de “Granátula”: el granero de la reina Tula.


Otra leyenda es menos imaginativa: Granátula habría brotado desde una posada o venta localizada en la calle El Santo que daba asilo a la gente que seguía el camino desde Toledo a Sevilla. El negocio fue tan próspero que las personas comenzaron a levantar casas alrededor de la posada hasta llegar a la gran zona que hoy se conoce. Otra versión asegura que esta posada estaba en la calle Bonar y que tenía un colmenar. A partir de allí fueron surgiendo el resto de las casas.

Una tercera leyenda o habladuría asegura que Granátula surgió al lado de la laguna de Valdeleón, cuyo uso excesivo la fue secando. Eso exterminó las tercianas que solían enfermar a los vecinos y moldeó el actual casco urbano en plena hondonada volcánica.

lunes, 11 de enero de 2016

Cómo se generan los factoides, las leyendas urbanas y las teorías conspirativas según el filósofo Karl Hepfer

Patricio Pron, "No fue Lee Harvey Oswald. El filósofo alemán Karl Hepfer plantea un estudio crítico del auge y popularidad de las versiones que persiguen manipular la realidad", en El País,  10-I-2016:

Todo el mundo sabe que los atentados en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, fueron perpetrados por los servicios secretos estadounidenses, pero resulta difícil averiguar quién es ese “todo el mundo” y, más aún, a qué se denomina aquí “saber”. En un libro publicado recientemente, el filósofo alemán Karl Hepfer se pregunta ambas cosas en relación al auge de las teorías conspirativas en Europa, y responde que se trata de “modelos de interpretación de la realidad simplificados”, intentos de regresar a un estadio anterior de nuestra cultura en el que la realidad supuestamente era sencilla de comprender, y los actores, buenos o malos. Así, el presidente norteamericano John F. Kennedy (bueno) no habría sido asesinado por un paranoico llamado Lee Harvey Oswald, sino en realidad por la mafia, por el Gobierno cubano o por el vicepresidente Lyndon B. Johnson (malos), según las versiones.

Para el historiador alemán Dieter Groh las teorías conspirativas son una “constante antropológica” a lo largo de la Historia.

El libro de Hepfer, Teorías conspirativas: Una crítica filosófica de la sinrazón (Transcript), presenta, sin embargo, algunos problemas. Uno es que soslaya el hecho de que la nostalgia de un mundo más “simple” de comprender y el consiguiente auge de las teorías conspirativas, no son algo reciente. En el año 64, por ejemplo, un gran incendio en Roma fue atribuido a los cristianos para justificar su persecución. En 1312, el rey francés Felipe IV acusó de prácticas heréticas y sodomía a los templarios para eximirse del pago de una importante deuda económica que había contraído con ellos. Durante la Edad Media, se acusó a los judíos de beber la sangre de niños cristianos y de envenenar las fuentes para desatar la peste. Más adelante casi todo acontecimiento político de relevancia fue atribuido a una conspiración de alguna índole. Así, la disolución de la orden jesuitica habría sido la respuesta a un supuesto intento de asesinato de la reina de Inglaterra para reinstaurar el catolicismo y convertir a un Habsburgo en rey de Estados Unidos; detrás de la Revolución Francesa y el auge de los nacionalismos habrían estado masones e Illuminati; y la derrota alemana en la I Guerra Mundial habría sido producto una conspiración de socialdemócratas y judíos. También la Revolución Rusa, la propagación del VIH-Sida y la crisis de los refugiados tendrían una trama secreta. Para el historiador alemán Dieter Groh las teorías conspirativas serían, en ese sentido, una “constante antropológica” a lo largo de la Historia.

El otro problema del libro de Hepfer es que sostiene que las teorías conspirativas serían un modelo simplificado de interpretación de la realidad, un argumento que la complejidad de ciertas teorías parece desmentir. Piénsese, por ejemplo, en las del británico David Icke, quien afirma que el mundo estaría siendo controlado por una alianza de judíos e Illuminati, los cuales serían extraterrestres “reptiloides” dirigidos por la familia Rothschild. Esta teoría no sólo es absurda —una afirmación que se enfrenta a la popularidad de su autor y de los foros dedicados a su trabajo—, sino también extremadamente complicada. ¿No es más sencillo pensar que son la desigualdad económica y política y la concentración de poder los responsables de las catástrofes del presente?

Naturalmente, la respuesta es que no. Las teorías conspirativas proponen (a pesar de su complejidad) un modelo de interpretación más simple y más atractivo de la realidad para ciertas personas porque articulan procesos económicos, políticos y demográficos simultáneos y de gran complejidad en un relato coherente. Vivimos, sostiene Hepfner, en el mundo del “Logos destruido”. Y esto equivale a decir, como hace el británico John Higgs en su excelente Historia alternativa del siglo XX: Más extraño de lo que cabe imaginar (Taurus), que vivimos en una realidad desasosegante en la que —al menos desde la Teoría de la Relatividad— debemos aceptar que estamos imposibilitados para ofrecer una explicación racional, absoluta y libre de paradojas de cómo funciona el mundo.

En ese sentido, el auge de las teorías conspirativas no sólo se apoyaría en una intencionalidad deliberada —como la que llevó recientemente a que, en el marco de las elecciones españolas, regresasen las teorías conspirativas acerca de los hechos trágicos del 11 de marzo de 2004 en ciertas televisiones—, sino en la necesidad humana —la “constante antropológica” de Groh— de articular los hechos en series y estas series en relatos, como pondría también de manifiesto la popularidad de las ucronías literarias en las que se especula con la pregunta acerca de qué habría pasado si, por ejemplo, Alemania hubiese ganado la II Guerra Mundial.

Existe, por supuesto, una diferencia entre especular literariamente con la posibilidad de un triunfo nacionalsocialista en 1945 —lo hicieron Philip K. Dick y Philip Roth, entre muchos otros— y creer que ese triunfo tuvo lugar, efectivamente y de forma secreta, por ejemplo, a través de la influencia que las empresas alemanas ejercen en la economía mundial. Pero esa diferencia sólo existe en relación con lo que hacemos con ambos tipos de relatos. Los dos comparten, sin embargo, un fondo de miedo y de perplejidad. Si las teorías conspirativas funcionan, lo hacen debido a ese fondo común, como prueban la popularización tímida pero constante en la Red de versiones conspirativas de lo sucedido en París el 13 de noviembre de este año. Son la dificultad de comprender que alguien pueda desplazarse armado por una ciudad como París y el miedo a que todo ello se repita, en la capital francesa o en cualquier otra parte, los que impulsan la creación anónima de explicaciones que a muchos no les parecen más implausibles que las que ofrecen la prensa y el Gobierno.

 David Icke afirma que el mundo estaría siendo controlado por una alianza de judíos e Illuminati, los cuales serían extraterrestres “reptiloides” dirigidos por la familia Rothschild
Bajo la impresión de hechos conmovedores —el asesinato de un presidente, por ejemplo— es más fácil creer en una conspiración antes que en la acción individual. Lo que las teorías de este tipo evidencian es que lo primero que se pierde bajo esa impresión es la capacidad del individuo de formarse un juicio crítico: es bueno pensar que ese juicio podría ser estimulado con más y mejor educación. Pero esto también es discutible, como pone de manifiesto la proliferación de teorías conspirativas durante el siglo XX. A ese siglo, nos recuerda Higgs, le debemos dos neologismos que lo describen bien, “racismo” y “genocidio”, y es nuestra responsabilidad individual en relación con ambos lo que explica el auge de la teoría conspirativa, que permite que los “malos” sean, por una vez, los otros.

martes, 10 de marzo de 2015

Supersticiones manchegas. El peñón del callejón de Treviño

"Entonces desapareció el estrecho callejón de Treviño, en cuya entrada un gran peñón impedía el tránsito de carruajes, que viejas fanáticas me contaron cuando yo era niño que la piedra había volado muchas veces; que, debajo, habitaban brujas; que se presentaba la Encantada en la mañana de San Juan; que se cerraba el callejón varias noches, y otros miles despropósitos". (Joaquín Gómez, Historia de la ciudad de Ciudad Real... ed. facsímil, vol. I, 2010, ff. 298v - 299r

lunes, 10 de noviembre de 2014

Dichos, frases y palabras toledanas

 E. Bustos y V. Sánchez, "Por qué los toledanos somos bolos y otros dichos populares", en ABC, 10-XI-2014:

El famoso «apechusque»

«Como te dé una miaja de apechusque, la roscas». Esta frase pronunciaba Petra Alarcón del Hoyo, vecina de Honrubia (Cuenca), dejó muy claro ante las cámaras de televisión las consecuencias del cierre de las urgencias nocturnas en Castilla-La Mancha. La señora explicó con localismos castellano-manchegos, como miaja (al menor) apeschusque (enfermedad o problemas de salud), la roscas (morirás) por qué protestaban en este pueblo conquense. Su forma tan sencilla y, a la vez, tan castellano-manchega, de explicar el problema del cierre de las urgencias llamó la atención a todo el país. De hecho, en el programa de radio «Lo Mejor que te puede pasar», que presenta Nuria Roca en Melodia FM de lunes a viernes ha bautizado una sección diaria en tono de humor titulada «El Apechusque»


Cuando dices que has pasado «una noche toledana» casi todo el mundo deduce que no has podido descansar por cualquier motivo. Sin embargo, muy pocos conocen el origen de estas palabras. Y se que hay muchas teorías. Una de ellas se refiere a lo ocurrido en Toledo en la época musulmana, en el año 797 o 812 (tampoco hay acuerdo en la fecha) en el que Amrú-ben Yusuf fue nombrado gobernador de Toledo por el emir de Córdoba. El pueblo de Toledo decidió acabar con su vida por su crueldad, pero enviaron a Yusuf al Ruf, padre del asesinado en su lugar, que, en principio, se mostró conciliador. Sin embargo, Yusuf al Ruf convocó unas celebraciones en su palacio a las que invitó a todos los nobles toledanos y a medida que los comensales iban entrando a la celebración, eran apartados y decapitados arrojando los cuerpos a un foso. A la mañana siguiente, Amrú expuso todas las cabezas de los caballeros en las almenas de la residencia para el horror de los ciudadanos.

Otras teorías

Sin embargo, Gonzalo Correas Íñigo, (1571-1631) humanista, helenista, gramático, lexicógrafo, paremiólogo y ortógrafo español, en su libro «Vokabulario de Refranes i Frases Proverbiales (1627)» atribuye el origen a la costumbre de las mozas toledanas, en la noche de San Juan. Éstas permanecían a la escucha de la primera palabra que oían en la calle a partir de las doce, pensando que se casarían con el primer hombre cuyo nombre escuchen.

Sebastián de Covarrubias y Orozco, (1539-1613) lexicógrafo, criptógrafo, capellán del rey Felipe II, canónigo de la catedral de Cuenca y escritor español, en su Tesoro de la Lengua (1611), fija la proveniencia del dicho en el hecho de que los mosquitos que tiene el Tajo a su paso por Toledo, de gran tamaño, no dejan descansar a quien intenta dormir en verano, especialmente forasteros que desconocen las costumbres para evitarlos.

El periodista y escritor, Enrique Sánchez Lubián, escribió en el "Artes & Letras" de ABC de Castilla-La Mancha un excelente artículo sobre los orígenes literarios de esa noche toledana: http://www.abc.es/local-toledo/20130615/abci-origenes-literarios-noche-toledana-201306151911.html

La ciudad de las tres ces: curas, cadetes y cuestas

Toledo era «la ciudad de las tres ces: curas, cuestas y cadetes». Y fue así desde que se creó la Academia de Infantería, que fue fundada con el nombre de Colegio de Infantería en Toledo, en el siglo XIX, en 1850. Desde entonces, miles de militares se formaron en la ciudad, en la que, además, de numerosas cuestas, ha habido siempre una importante representación eclesiástica, como sede de la diócesis y, además, porque es primada. Y es que Toledo fue centro de la cristiandad desde los orígenes del cristianismo y la categoría de primada, reconocida por Urbano II, colocó al arzobispo de Toledo, tras el prolongado intermedio musulmán, en el rango que había ostentado sobre las iglesias de España desde el año 687. Desde aquellos tiempos, Toledo siempre ha estado muy vinculada con la iglesia.

Si existe algún apodo para referirse a los toledanos fuera de nuestra ciudad ese es el de «bolo». Pero en este caso tampoco hay acuerdo sobre el origen de este adjetivo que se ha usado durante generaciones y generaciones. Y es que, tal y como es usado en Toledo, presenta connotaciones cariñosas, porque un toledano nunca usaría para insultar el término «bolo», y así, expresiones como, «sí bolo», «no bolo», «anda bolo», «tontolbolo», o «qué bolo eres» forman parte de nuestro lenguaje y son una seña de identidad de los toledanos.

Según cuenta en su web Tasio el de Toledo, una de las explicaciones nás antiguas data del siglo VI, concretamente el año 589. En este año se celebró el III Concilio de Toledo, en él el rey Recaredo abjuró públicamente del arrianismo para reconocer a la iglesia católica. Al tomar juramento al rey, se le formuló una pregunta que era algo así como «¿Queréis abrazar la verdadera fe católica?». La respuesta del Rey fue: «Ego volo» (= Sí, quiero). Una de las teorías más aceptadas se remonta al siglo XIV, cuando el arzobispo de Toledo Gil Álvarez de Albornoz fundó el Real Colegio Mayor de San Clemente de los Españoles en Bolonia, Italia. Algunos toledanos se iban a estudiar allí, dada la relación del arzobispo con la ciudad, y al regresar a Toledo, se les denominaba «bolos», por Bolonia. Otra de las explicaciones de esta expresión está relacionada con los aceros toledanos. Los armeros toledanos se surtían de aceros producidos en acerías vascas. Las muestras de ese producto eran unas bolas de acero al carbono que, en la jerga siderúrgica, se denominaban «bolos». Así, los vascos se referían a Toledo como «la provincia de los bolos». Pasando la asignación a sus habitantes.

Dice el Centro Virtual Cervantes que el refrán «mañanita de niebla, tarde de paseo» no es muy utilizado en la actualidad; sin embargo, en Toledo es muy común recordarlo cuando la niebla que se pega al río Tajo por las mañanas de invierno, presagiando tardes espectaculares de sol. Y es que es un fenómeno que suele ser habitual en zonas en las que las nieblas son frecuentes, como las llanuras de Castilla o los valles de los ríos. No ocurre igual en las zonas montañosas, en donde la niebla puede agarrarse durante días. Las imágenes que deja la niebla en Toledo son impresionantes, como la tomada por Luna Revenga, redactora gráfica de ABC, sobre estas líneas.

Los katangas de Toledo

Todavía hoy muchos toledanos siguen llamando «katangas» a los autobuses urbanos por aquellos de color amarillo que se pusieron en circulación en la década de los 60, en la misma época en la que estaba sucediendo la guerra en la región congoleña de Katanga. Hay también varias teorías sobre este nombre. La leyenda popular dice que en la inauguración se formó tal revuelo por montar que a alguien se le ocurrió gritar: «Esto es peor que la guerra de Katanga»; otros dicen que contribuyó a popularizar el nombre la película «El último tren a Katanga», de Rod Taylor, y circula también en la ciudad un rumor sobre que uno de los conductores tenía la tez muy oscura y de decían los toledanos: «Ahí viene el katanga»

En los ochenta se creó una empresa nueva, «Microbuses Urbanos e Toledo», que eran amarillos y tenían nuevas líneas como la de Buenavista. Ambas empresas coexistieron durante un tiempo, pero finalmente «Autobuses Urbanos de Toledo» quebró y se fusionaron, pasando a llamarse «Unión de Autobuses y Microbuses Urbanos de Toledo (UNAUTO). Los viejos katangas azules se repintaron de amarillo, y así fueron todos hasta que se cambió el color por blanco, y posteriormente, por el azul actual, según se cuenta en la web «Spain Travel Suite»

Tres jueves que relucen más que el sol

Otro refrán que los toledanos han hecho suyo es el de «Tres jueves hay en el año / que relucen más que el sol: / Jueves Santo, Corpus Christi / y el día de la Ascensión», aunque hoy es difícil de explicar en muchos puntos del país. El Jueves Santo ya no es fiesta en algunos lugares; el Corpus se celebra en domingo desde 1991 y el día de la Ascensión también pasó al domingo y no se celebra en jueves desde 1977.

Acogiéndose al calendario litúrgico hispano-mozárabe, en Toledo, desde 2010, hemos recuperado el Corpus en Jueves, como se venía celebrando esde 1595: el siguiente jueves al octavo domingo después del Domingo de Pascua. A los toledanos aún nos quedan dos jueves que relucen más que el sol.


Hay hasta un grupo de facebook con casi diez mil seguidores que se llama «Gente que dice pachasco y cabalito». Toledo tiene apadrinadas muchas palabras. Una de las más bellas que se utilizan en toda la provincia para elogiar a alguien con cariño es alhaja. Esta denominación viene del árabe «al-hagah» y quiere decir "cosa valiosa". Los toledanos también utilizan a menudo «pachasco», una abreviatura de «para chasco», que no aparece en el Diccionario, pero que es muy usada en toda la provincia y que significa: «faltaba más» «por supuesto» «Anda que»... Y, por supuesto, «cabalito». que significa: «exactamente», «Así es», «justamente». Un tuitero, con el hashtag «#erestoledanosi», definió a la perfección este sentimiento toledano: «Si a la conductora del katanga le dices: Alhaja, cabalito que el billete lo pague ese bolo»

Tres cosas tiene Toledo...

«Tres cosas tiene Toledo / que no las tiene Madrid: / la Catedral, Nuncio Viejo / y el puente de San Martín». Una copla muy popular entre los toledanos, que llegó a recogerse en un libro, con ilustraciones, que guarda el historiador y escritor Rafael del Cerro Malagón.


Hay muchas formas de predecir el tiempo. Marineros y agricultores siempre se han dejado llevar por supersticiones o indicios de comportamientos de animales que parecen poseer un sexto sentido para anticiparse a los cambios; la Luna, las plantas, el aire... Cada región de España tiene sus propios indicios locales. Y, en Toledo, cuando se dice que «viene agua por la cocinilla» es un anuncio de lluvia segura, porque se está viendo nublarse la Sierra de Layos, al igual que en Melilla suelen decir que "cuando el monte Gurugú tiene gorro" (nubes que se enganchan en su cima) "habrá lluvia".