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sábado, 17 de enero de 2026

La tribuna de Pérez Reverte sobre el español de la RAE

 Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor, en El Mundo, por Arturo Pérez-Reverte, 11 enero 2026:

 Crece la impresión de que la Real Academia Española ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería.

La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería. Decir que la RAE ya no limpia, ni fija, ni da esplendor es, lamentablemente, una impresión generalizada.

Intentaremos explicarlo, aunque ni sea fácil ni sea cómodo, ni agradable. Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. Debates que a menudo han opuesto y oponen dos formas distintas de entender la RAE, su función y sus obligaciones.

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas -aunque no se trata de grupos compactos-, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre.

Como institución colectiva, y desde hace tiempo, la RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos de los jueves: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes.

Fijar no es congelar la lengua

En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo o sólo? ¿Guion o guión? ¿Mayúsculas opcionales?... La respuesta académica suele ser tibia: «depende», «es válido», «se recomienda, pero no es obligatorio». Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.

Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

Y, bueno. Los resultados están a la vista. La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. El antes buscado esplendor exigía distancia, profundidad, autoridad y exigencia sin complejos. Además, y como postre, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. Aunque a veces los adapta, no siempre propone alternativas convincentes o realistas -todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet-. Y cuando las alternativas razonables son asumidas, llegan tarde o no se aplican. El mensaje implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer; sólo seguirle el paso, aunque sea cojeando.

La politización del lenguaje

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. Cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad. Y no se trata de negar debates sociales, que son necesarios, sino de establecer con claridad qué pertenece al ámbito de la lengua y qué al de la ideología, y ser inflexible con quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio.

Otro síntoma inquietante es la invisibilidad intelectual de muchos actuales académicos. Históricamente, la RAE estaba integrada por figuras literarias y filológicas de primer orden, cuya autoridad provenía tanto de su obra como de su pensamiento. Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los lingüistas -Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda- y también hay escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida. Las discusiones importantes sobre la lengua se dan fuera de la Academia, en universidades, medios, redes sociales y espacios independientes. La RAE suele reaccionar tarde y mal, y rara vez lidera el debate. Ha pasado de ser un faro que guía a comentarista de lo que hay.

Pero lo más grave, en mi opinión, es que en el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen, más de lo necesario, los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de Soledad Puértolas, Carlos García Gual, Juan Mayorga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, José Manuel Sánchez Ron, Clara Sánchez, Javier Cercas y tantos otros académicos vivos o muertos.

La inversión de la autoridad lingüística

Tradicionalmente, los buenos escritores no se limitaban a utilizar la lengua española: la afinaban. La literatura era un laboratorio de posibilidades expresivas, de creación e innovación, pero sobre todo un espacio de autoridad. Un uso reiterado en Cervantes, Galdós, Borges o Vargas Llosa tenía más peso que mil ocurrencias bastardas o efímeras. La Academia observaba todo eso registrando cuanto había, pero aconsejando utilizar lo mejor. Don Manuel Seco, al que mi querido don Gregorio Salvador definió como «el académico perfecto», abrió siempre su diccionario al lenguaje popular y su evolución natural, pero nunca perdió de vista la autoridad superior de los grandes escritores. Durante mucho tiempo -llevo 23 años en la RAE y he conocido otras épocas- los sucesivos directores de la RAE incluido Darío Villanueva, el penúltimo de ellos, mantuvieron un exquisito y útil equilibrio entre lingüistas y creadores. Hoy ocurre todo lo contrario. Los debates lingüísticos -aquellas tradicionales papeletas de toda la vida- han desaparecido de los plenos y se solventan en comisiones parciales o con decisiones casi personales, ajenas al criterio general. En 2009, cuando Ignacio Bosque iba a publicar su importantísima Gramática, todos los académicos leímos, comentamos y discutimos durante mucho tiempo el borrador. Hoy eso sería imposible: suele imponerse el hecho consumado.

Recuerdo con añoranza mi primera década en la Academia, en la que tardé años en abrir la boca si no me preguntaban. Hoy están lejos los tiempos en que los jueves suponían fascinantes discusiones de gran altura: lingüistas de categoría como García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, Gregorio Salvador, se medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos con Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Claudio Guillén, Carmen Iglesias, Francisco Ayala o Castilla del Pino. Ahora, lamentablemente, el núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma. Que la Academia tome ese material como referencia prioritaria equivale a aceptar como patrón lo que antes habría considerado síntoma de deterioro.

Una de las actitudes más discutibles, siempre en mi opinión, es que la RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. Antes, el diccionario y la gramática no sólo indicaban qué se decía, sino qué se debía o podía evitar. En el Diccionario o fuera de él constaban marcas claras: incorrecto, impropio, desaconsejado, vulgar... Hoy, esas advertencias se han atenuado o desaparecido, sustituidas por fórmulas ambiguas: se documenta, se usa, es frecuente en la lengua hablada. El problema no es admitir que un uso existe, pues la RAE está obligada a registrarlo, sino elevarlo a la categoría de aceptable o correcto sin un juicio crítico. Cuando se deja de señalar un error, el error ya no se percibe como tal: el hablante pierde herramientas para distinguir entre el descuido y el rigor, entre una solución pobre y una rica, entre una desviación ocasional y una norma consolidada. Y de ese modo la Academia ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

La marginación de los escritores solventes

Mientras tanto, como dije, la voz de los académicos escritores que por naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje, apenas cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han señalado errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevantes. Durante el mandato del actual director -al que por otra parte se deben importantes logros, como la labor panhispánica en América y la salvación económica de una RAE asfixiada por el ex presidente Mariano Rajoy- se ha roto el vínculo histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación literaria y técnica lingüística. Y esto es especialmente grave, porque los escritores no sólo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el futuro. Son quienes exploran sus límites sin romper su coherencia. Prescindir de su criterio equivale a amputar la dimensión estética e intelectual del idioma, reduciéndolo a un mero instrumento funcional. La lengua sin autoridad literaria se vuelve plana; y una academia que no escucha a quienes mejor la manejan renuncia a dar esplendor en el sentido más profundo del término.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad.

Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias sólo contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza.

lunes, 13 de octubre de 2025

Cormac McCarthy en su Meridiano de sangre

 Se considera la novela histórica más importante de este curioso autor, y una de las mejores de Estados Unidos en el siglo XX para críticos tan capaces como Harold Bloom. Su título ya dibuja una metáfora de la cruel línea fronteriza al sur de los Estados Unidos. En ella se levanta un personaje shakespeariano y terrorífico que sí existió realmente, el siniestro, amoral y presuntamente inmortal juez Holden, albino, cultísimo y de 2, 12 metros de alto. Una especie de judío errante. Es el que pronuncia estos textos:

"Si Dios quisiera interferir en la degeneración de la humanidad ¿no lo habría hecho ya? Los lobos se regulan solos, hombre. ¿Qué otra criatura podría hacerlo? Y ¿acaso la raza humana no es aún más depredadora? La forma del mundo es florecer y morir; pero en los asuntos de los hombres no hay falta y el mediodía de su expresión señala el comienzo de su noche. Su espíritu se agota en la cima de su logro. Su mediodía es a la vez su crepúsculo, y la tarde de su día. Si le gustan los juegos, que juegue por algo. Esto que ves aquí, estas ruinas, admiradas por tribus de salvajes, ¿no crees que esto volverá a pasar? Sí. Y otra vez. Con otra gente, con otros hijos."

"Los hombres nacen para los juegos, nada más. Todo niño sabe que el juego es más noble que el trabajo. Y también que el valor o mérito de un juego no es propio del juego en sí, sino lo que se arriesga. Los de azar requieren una apuesta para tener algo de significado; los deportivos implican habilidad y fuerza en los oponentes; la humillación de la derrota y el orgullo de la victoria son, en sí mismas, apuestas suficientes, porque integran cuánto valen los participantes y los definen. Pero, sea azar o deporte, todos los juegos aspiran a la condición de la guerra, porque lo que se apuesta se traga al juego, al jugador y a todo."

"Al juez le daba igual lo que los hombres pensasen de la guerra.  La guerra perdura y es como preguntarle a la gente qué piensa de las piedras. La guerra siempre estuvo ahí, antes que el hombre; la guerra lo esperaba. El negocio definitivo que esperaba a su practicante definitivo. Así fue y así será. De esa manera, y no de otra". 

"Ese sol es como el ojo de Dios y cocinaremos imparcialmente sobre esta gran plancha silícea, te lo aseguro."

"La memoria de los hombres es incierta, y el pasado que fue, poco difiere del que no fue."

"No hay tanta alegría en la taberna como en el camino hacia ella"

"Baila como si nadie te estuviera viendo, canta como si nadie te estuviera escuchando"

El Chico / Hombre: "No eres nada." El Juez: "Hablas con más verdad de la que sabes."

sábado, 15 de marzo de 2025

Anécdotas de la enemistad entre Valle-Incán y José Echegaray

  Se recuerdan varias disputas famosas en la literatura, pero pocas tan cómicas como la que se dio entre José Echegaray y Ramón Valle-Inclán.

En 1904, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura a José Echegaray "por haber revivido las tradiciones de la dramaturgia española".

En respuesta, muchos escritores de la generación del 98 protestaron abiertamente, llegando algunos, entre los que estaba Valle-Inclán, a firmar un manifiesto.

Años más tarde, Echegaray como jurado literario negaría el premio a un cuento presentado por Ramón.

Así nació este enfrentamiento del cual aquí algunos capítulos.

Estando Valle-Inclán en su habitual tertulia de café, vio entrar al hijo de Echegaray. Alzando la voz comenzó a decir que Echegaray no tenía talento, y que estaba obesionado con la infidelidad matrimonial ya que siempre incluía en sus obras maridos cornudos y mujeres infieles.

El hijo de Echegaray, molesto, le dijo:

"¡Más respeto, que está usted hablando de mi padre!"

A lo que Valle-Inclán respondió:

"¿Está usted seguro de que es su padre?"

Tras ganar el Nobel, en Madrid, renombraron una calle José Echegaray. Para mala suerte de Valle-Inclán, en ella vivía un gran amigo suyo. Cada vez que Ramón le escribía cartas a su amigo, en la dirección ponía "calle del Viejo Idiota". ¡Y las cartas llegaban! A raíz de esto, Valle-Inclán afirmaba que Madrid tenía el mejor servicio de correos del mundo.

Valle-Inclán, no perdía oportunidad para molestar a Echegaray, y solía acudir a los estrenos de sus obras para boicotearlos.

En una ocasión, un personaje dijo:

"Es una mujer con nervios de acero bajo una piel de seda". Y Ramón gritó desde el público: "¡Eso no es una mujer, es un paraguas!"

Por último, ya en su lecho de muerte, Valle Inclán necesitaba una transfusión de sangre. Al enterarse que se había presentado como donante Echegaray, se negó a recibirla porque decía que esa sangre estaba llena de gerundios.

Echegaray se casó a los 25 años con la asturiana Ana Estrada Sánchez, que al parecer debía de ser muy bella. Cuando el rey Amadeo de Saboya abandonó el trono español (1873) y estaba en el muelle de Lisboa aguardando para subirse al barco que le llevaría de vuelta a Turín, fue abordado por unos periodistas que le hicieron una entrevista. Uno de ellos le preguntó: "¿Qué es lo que más le ha gustado de España?", y él contestó: "La catedral de Burgos y la señora de Echegaray".

sábado, 4 de enero de 2025

El arte de la ficción (1992), libro de David Lodge

 El arte de la ficción (1992), libro de David Lodge, catedrático, narrador y humorista inglés fallecido hoy que puede ser bueno conocer para la Teoría de la literatura y los profesores de literatura moderna. Esta reseña viene de la Wikipedia anglosajona:

El arte de la ficción es un libro de crítica literaria del académico y novelista británico David Lodge. Los capítulos del libro aparecieron por primera vez en 1991-1992 como columnas semanales en The Independent on Sunday y finalmente se recopilaron en forma de libro y se publicaron en 1992. Los ensayos tal como aparecen en el libro se han ampliado en muchos casos de su formato original.

Lodge centra cada capítulo en un aspecto del arte de la ficción, que comprende unos cincuenta temas relacionados con novelas o cuentos de escritores ingleses y estadounidenses. Cada capítulo también comienza con un pasaje de la literatura clásica o moderna que Lodge siente que encarna la técnica o el tema en cuestión. Algunos de los temas que Lodge analiza son el comienzo (el primer capítulo), el autor intrusivo, la novela epistolar, el realismo mágico, la ironía, el simbolismo y la metaficción. Entre los autores que cita para ilustrar sus puntos están Jane Austen, J. D. Salinger, Henry James, Virginia Woolf, Martin Amis, F. Scott Fitzgerald e incluso él mismo. En el prefacio del libro, Lodge informa que este libro es para el lector general, pero se ha utilizado vocabulario técnico deliberadamente para educar al lector. Además, agrega que el título alternativo del libro habría sido "La retórica de la ficción" si no lo hubiera usado ya el escritor Wayne Booth.


Capítulos

Comienzo, Jane Austen Emma; ​​Ford Madox Ford, " Emma Woodhouse, guapa, inteligente y rica...".

El autor intrusivo, George Eliot, EM Forster.

Suspenso, Thomas Hardy.

El skaz adolescente, de JD Salinger.

La novela epistolar, de Michael Frayn.

Punto de vista, de Henry James.

El misterio, de Rudyard Kipling.

Nombres, David Lodge, Paul Auster.

La corriente de la conciencia, Virginia Woolf.

Monólogo interior, de James Joyce.

Desfamiliarización, Charlotte Brontë.

El sentido del lugar, Martin Amis.

Listas, F. Scott Fitzgerald.

Presentando un personaje, Christopher Isherwood.

Sorpresa, William Makepeace Thackeray, Muriel Spark, el cambio de hora.

El lector en el texto, Laurence Sterne.

El tiempo, Jane Austen, Charles Dickens.

Repetición Ernest Hemingway.

Prosa elegante, de Vladimir Nabokov.

Intertextualidad, Joseph Conrad.

La novela experimental, de Henry Green.

La novela cómica, Kingsley Amis.

Realismo mágico, de Milan Kundera.

Permanecer en la superficie, Malcolm Bradbury.

Mostrando y contando a, Henry Fielding.

Contar con diferentes voces, Fay Weldon.

Un sentido del pasado, John Fowles.

Imaginando el futuro, George Orwell.

Simbolismo, DH Lawrence.

Alegoría, de Samuel Butler.

Epifanía, de John Updike.

Coincidencia, Henry James.

El narrador poco confiable, Kazuo Ishiguro.

El exótic Graham Greene.

Capítulos, etc. Tobias Smollett, Laurence Sterne, Walter Scott, George Eliot, James Joyce.

El teléfono, de Evelyn Waugh.

Surrealismo, Leonora Carrington.

Ironía, de Arnold Bennett.

Motivación, George Eliot.

Duración, Donald Barthelme.

Implicación, William Cooper.

El título, George Gissing.

Ideas, de Anthony Burgess.

La novela de no ficción, de Thomas Carlyle.

Metaficción, John Barth.

El inquietante, Edgar Allan Poe.

Estructura narrativa, Leonard Michaels.

Aporía, Samuel Beckett.

El final de Jane Austen, William Golding.

martes, 16 de julio de 2024

Noticias del último destino del perro Berganza (1814) de E.T.A. Hoffmann.

 Noticias del último destino del perro Berganza es un diálogo satírico sobre prosa, poesía y práctica escénica de E. T. A. Hoffmann, cuya redacción comenzó el 17 de febrero de 1813. El protagonista, antagonista de Cipión en el Coloquio de los perros de Cervantes, aparece en la Alemania contemporánea del autor como el perro negro de un músico que se vuelve loco.

Apareció impreso en mayo de 1814. Berganza se muestra como un altísimo filósofo en materia de Estética y Arte, formulando algunos principios del más profundo romanticismo alemán, y defiende a su segunda dueña, una cantante de ópera, de ser violada en su noche de bodas por un matrimonio forzoso e impuesto, mordiendo al marido.

domingo, 9 de junio de 2024

Glosario de técnica literaria

Tal vez el mejor glosario de técnica literaria es el de Rosalía Navarro:

Rosalía Navarro


miércoles, 14 de febrero de 2024

Relatividad del atraco

Pocos escritores del desastre tan interesantes como el cervantista y regeneracionista Antonio Ledesma Hernández (1856-1937), autor de una de las mejores continuaciones modernas del Don Quijote, La nueva salida del valeroso caballero don Quijote de la Mancha (1905), donde el protagonista, revivido en el siglo XX, conquista Gibraltar, logra la Unión Ibérica y consigue crear una mancomunidad con Hispanoamérica. No menos llenas de ideas se hallan sus novelas Canuto Espárrago (1903) o El diácono Dionisio, aún inédita, la trilogía de los reformadores.

En un apólogo en que unos españoles son robados por unos salteadores estadounidenses, escribe:

      Yo pregunto a MacKinley:

“Si eso en Washington pasa,

¿a esa canalla no arrasa,

prende y castiga la Ley?”

     Mas responde, y con razón, 

que "El atraco es, no te asombre,

delito, si lo hace un hombre,

y gloria, si una nación”

jueves, 3 de marzo de 2022

Nuevos datos fiables sobre Cervantes y el Quijote. Investigaciones de Javier Escudero en protocolos notariales.

I

Lidia Yanel, "Personas y hechos del Quijote son reales: sabemos quién informaba a Cervantes". EFE / Madrid Actual - Miércoles, 02 Marzo 2022 11:05

Toledo, 2 mar.- Cervantes escogió La Mancha para escribir el Quijote de forma consciente y meditada porque tenía muy cerca al hidalgo que le habló de personas y situaciones reales que el autor reflejó.

Ahora tenemos documentos que prueban la relación entre Miguel de Cervantes y su fuente, Alonso Manuel de Ludeña, su vecino en Esquivias (Toledo).

"No todo es como se nos había contado. Cervantes es un escritor organizado e informado, y la novela es verosímil y creíble. Su forma de escribir es como la de otros escritores, conoce a una serie de personas, le parecen interesantes y las incluye en sus novelas”, explica a la Agencia Efe el investigador Javier Escudero en vísperas de que se publique su ensayo ‘Las otras vidas de don Quijote’ (Ediciones B).

Durante dos décadas, Escudero ha investigado en miles de documentos de finales del siglo XVI, sobre todo relacionados con procesos judiciales, y ha localizado a multitud de personajes y aventuras que no solamente son protagonistas del Quijote sino de otras novelas de Miguel de Cervantes como ‘La ilustre fregona’ , ‘La gitanilla’, ‘Rinconete y Cortadillo’ o ‘El retablo de las maravillas’.

Este investigador madrileño, licenciado en Derecho, doctor en Humanidades y archivero de profesión (actualmente en Cuenca), ha encontrado documentos que avalaban situaciones y personas del Quijote, como el hidalgo que atacó un molino de viento, el que compró un rocín que se le cayó o los que vestían como caballeros medievales.

Pero faltaba algo, necesitaba encontrar por quien o quienes había conocido Cervantes todo eso, necesitaba descubrir al informante. Y lo ha encontrado: un hidalgo importante en aquella Mancha que se sitúa entre los municipios toledanos de Quintanar de la Orden, Miguel Esteban y El Toboso y que entre 1594 y 1607 vivió al lado de Cervantes en Esquivias, alejado de la Mancha.

Ese hidalgo manchego es Alonso Manuel de Ludeña, que en Esquivias tuvo una casa con cueva y tinajas y que sabemos que conoció a Cervantes porque arrendó tierras a Lope de Vivar Salazar (cuyo hijo fue el heredero de Cervantes y su esposa Catalina cuando murieron sin descendencia) y vendió otras a Gabriel Quijada de Salazar (hijo de Alonso Quijada, casero de Cervantes y de quien se considera que Cervantes tomó el nombre de su libro).

Ludeña era de Quintanar pero durante unos años vivió en Esquivias porque allí tenía tierras y bienes su mujer, que le dio poderes para poder venderlo cuando la convivencia del matrimonio acabó.

Javier Escudero cree que “hay mucho miedo a poner en cuestión la creatividad de Cervantes” pero tiene claro, a raíz de los documentos que ha localizado, que el escritor no improvisaba ni era contradictorio sino que era una persona “concienzuda”, bien organizada y coherente.

Añade que, además, Cervantes no traslada personajes de forma literal ni plasma sus biografías sino que lo utiliza para hilar su novela; es decir, toma nombres y hechos reales para hacer una obra reconocida universalmente, y esto no quita valor.

“Tenemos que saber que proviene de hechos y personajes reales y que Cervantes pretende hacer literatura, no historia. Creo que esto no modifica para nada la creatividad de Cervantes”, insiste Javier Escudero, quien defiende que su teoría es “la única que une lo que hasta ahora parecía irreconciliable”.

LO SENSATO ES LO REVOLUCIONARIO

Este investigador afirma que “lo sensato es lo revolucionario”. Es decir, que cuando Cervantes habla de Quintanar o el Toboso no es figurado, se refiere a Quintanar y El Toboso, y cuando escribe sobre molinos de viento se está fijando en Campo de Criptana porque allí hay molinos.

Todos estos lugares (Quintanar, El Toboso, Miguel Esteban, Criptana) están muy cerca geográficamente pero, al mismo tiempo, Miguel de Cervantes “nunca vivió en La Mancha o no hemos podido demostrarlo”, pero tampoco lo necesitó porque estaba bien informado.

“El realismo en situaciones, personajes y aventuras del Quijote empieza desde la primera página; no en la segunda parte, como se nos ha dicho”, insiste Escudero, quien agrega que “sabemos que, escribiera donde escribiera el Quijote, Cervantes lo gestó tranquilamente, en largas conversaciones en Esquivias con estos hidalgos”.

A su juicio, “se han dicho tantas cosas del Quijote, unas contradictorias con otras, a veces teorías inverosímiles, que ser sensato se convierte ahora en algo casi revolucionario”.

HOMENAJE A LA PROFESIÓN DE ARCHIVERO

En ‘Las otras vidas de don Quijote’ Escudero hace un paralelismo entre las salidas del Quijote y las que tendría que hacer un archivero para encontrar al hidalgo caballero, y plantea cuatro salidas, a archivos de Granada, Madrid, Cuenca y Toledo.

Porque este ensayo es “un homenaje a la profesion de archivero y conservador”, que es “muy poco conocida”, explica, porque “somos vistos como una especie de Quasimodo, abrazados a los documentos, en penumbra y sin dejar que nadie los vea”, bromea.

Archivos parroquiales de Quintanar, Miguel Esteban, El Toboso o Socuéllamos, entre otros; archivos municipales e históricos provinciales; el Archivo Diocesano de Cuenca, el Archivo de la Real Chancillería de Granada o el Archivo Histórico Nacional han sido algunos de los estudiados por este investigador que ha analizado medio millar de procesos judiciales.

Con su teoría y sus descubrimientos documentales ha participado en numerosos congresos y reuniones internacionales. Y avisa de que aún no ha cerrado sus investigaciones.

II

Personas y hechos del Quijote son reales: sabemos quién informaba a Cervantes

Por Newsroom Infobae, 2 de Marzo de 2022

Lidia Yanel Toledo (España), 2 mar Cervantes escogió La Mancha para escribir el Quijote de forma consciente y meditada porque tenía muy cerca al hidalgo que le habló de personas y situaciones reales que el autor reflejó. Ahora tenemos documentos que prueban la relación entre Miguel de Cervantes y su fuente, Alonso Manuel de Ludeña, su vecino en Esquivias (Toledo). "No todo es como se nos había contado. Cervantes es un escritor organizado e informado, y la novela es verosímil y creíble. Su forma de escribir es como la de otros escritores, conoce a una serie de personas, le parecen interesantes y las incluye en sus novelas”, explica a la Agencia Efe el investigador Javier Escudero en vísperas de que se publique su ensayo "Las otras vidas de don Quijote" (Ediciones B). Durante dos décadas, Escudero ha investigado en miles de documentos de finales del siglo XVI, sobre todo relacionados con procesos judiciales, y ha localizado a multitud de personajes y aventuras que no solamente son protagonistas del Quijote sino de otras novelas de Miguel de Cervantes como "La ilustre fregona", "La gitanilla", "Rinconete y Cortadillo" o "El retablo de las maravillas". Este investigador madrileño, licenciado en Derecho, doctor en Humanidades y archivero de profesión, ha encontrado documentos que avalaban situaciones y personas del Quijote, como el hidalgo que atacó un molino de viento, el que compró un rocín que se le cayó o los que vestían como caballeros medievales. Pero faltaba algo, necesitaba encontrar por quién o quiénes había conocido Cervantes todo eso, necesitaba descubrir al informante. Y lo ha encontrado: un hidalgo importante en aquella Mancha que se sitúa entre los municipios toledanos de Quintanar de la Orden, Miguel Esteban y El Toboso y que entre 1594 y 1607 vivió al lado de Cervantes en Esquivias, alejado de La Mancha. Ese hidalgo manchego es Alonso Manuel de Ludeña, que en Esquivias tuvo una casa con cueva y tinajas y que sabemos que conoció a Cervantes porque arrendó tierras a Lope de Vivar Salazar (cuyo hijo fue el heredero de Cervantes y su esposa Catalina cuando murieron sin descendencia) y vendió otras a Gabriel Quijada de Salazar (hijo de Alonso Quijada, casero de Cervantes y de quien se considera que Cervantes tomó el nombre de su libro). Ludeña era de Quintanar pero durante unos años vivió en Esquivias porque allí tenía tierras y bienes su mujer, que le dio poderes para poder venderlo cuando la convivencia del matrimonio acabó. Javier Escudero cree que “hay mucho miedo a poner en cuestión la creatividad de Cervantes” pero tiene claro, a raíz de los documentos que ha localizado, que el escritor no improvisaba ni era contradictorio sino que era una persona “concienzuda”, bien organizada y coherente. Añade que, además, Cervantes no traslada personajes de forma literal ni plasma sus biografías sino que los utiliza para hilar su novela; es decir, toma nombres y hechos reales para hacer una obra reconocida universalmente, y esto no quita le valor. 

DE LO REAL A LO LITERARIO

“Tenemos que saber que proviene de hechos y personajes reales y que Cervantes pretende hacer literatura, no historia. Creo que esto no modifica para nada la creatividad de Cervantes”, insiste Javier Escudero, quien defiende que su teoría es “la única que une lo que hasta ahora parecía irreconciliable”. Este investigador afirma que cuando Cervantes habla de Quintanar o el Toboso no es figurado, se refiere a Quintanar y El Toboso, y cuando escribe sobre molinos de viento se está fijando en Campo de Criptana porque allí hay molinos. Todos estos lugares están muy cerca geográficamente pero, al mismo tiempo, Miguel de Cervantes “nunca vivió en La Mancha o no hemos podido demostrarlo”, pero tampoco lo necesitó porque estaba bien informado. “El realismo en situaciones, personajes y aventuras del Quijote empieza desde la primera página; no en la segunda parte, como se nos ha dicho”, insiste Escudero, quien agrega que “sabemos que, escribiera donde escribiera el Quijote, Cervantes lo gestó tranquilamente, en largas conversaciones en Esquivias con estos hidalgos”. A su juicio, “se han dicho tantas cosas del Quijote, unas contradictorias con otras, a veces teorías inverosímiles, que ser sensato se convierte ahora en algo casi revolucionario”

martes, 26 de mayo de 2020

Los Fenollosa

Manuel Francisco Ciriaco Fenollosa del Pino (Málaga, 24 de diciembre de 1822 - Salem, 13 de enero de 1878) fue un pianista y violinista malagueño, niño prodigio. 

Era hijo de los malagueños Manuel Fenollosa e Isabel Del Pino.  Se casó primero con Mary Silsbee, el 20 de noviembre de 1851 en Salem; viudo, se casó en segundas nupcias con Annie Elizabeth Kinsman el 26 de julio de 1869, también en Salem. La hermana de Manuel, Isabel, se casó con Manuel Emilio Grau. 

Manuel Fenollosa tuvo dos hijos con Mary Silsbee: Ernest Francisco Fenollosa, nacido el 18 de febrero de 1853 y fallecido el 21 de septiembre de 1908 en Londres, casado con Elizabeth Goodhue Millett, de la que se divorció, y que pasó treinta años en Japón estudiando su arte y cultura, y William S[ilsbee] Fenollosa (1854 o 1855-1940), pianista, educado en Harvard, donde obtuvo una maestría en Artes  y casado con Martha W[ebster] Fabene en 1887.  En Harvard su profesor de música fue Paine; luego tuvo como profesor de piano en Boston, donde se estableció, a J. B. Lang. Formó parte allí de la Haendel and Haydn Society.

Con Annie Kinsman tuvo tres hijos: Clarence Fenollosa, nacido el 25 de noviembre de 1870 en Salem; Sydney Kinsman Fenollosa, nacido el 4 de mayo de 1873 en el mismo lugar y Manuel Emilio Fenollosa, nacido el 7 de junio de 1875 también allí.

Las ideas pacifistas de Manuel Fenollosa le hicieron abandonar España en 1838, durante la I Guerra Carlista, y marchar a los Estados Unidos con su cuñado, diez años mayor que él y que era también músico: el valenciano de Cullera Manuel Emilio Grau (1812-1871), más en concreto a la inquisitorial y portuaria Salem, donde, invitado por un potentado y filántropo local para darle clases privadas de música, conoció y conquistó el corazón de una de sus alumnas, Mary Silsbee, descendiente de una familia que había hecho su fortuna gracias al comercio con Oriente (Boston y Salem rivalizaban entonces en este negocio). Lo que no se suele contar es que ese negocio era fundamentalmente el opio.

El cuñado de Manuel Fenollosa, hijo de Luis Emilio y Francisca Grau, tuvo de su hermana Isabel María siete hijos, entre ellos el capitán Luis Fenellosa Emilio, Isabel María Emilio, Mary Silsbee Emilio, Clara Luisa Gilbert, Enrique Victor Emilio, Manuel Augustus Emilo y Manuel Emilio.

Manuel Fenollosa se estableció en Salem, en fin. Escribió un Diario sobre su viaje a Italia en 1848 y a Río de Janeiro en 1849 con unos amigos, aún no traducido, que está en el Museo Peabody de  Essex (Massachusetts). Fue abolicionista (compuso "An Abolitionist Hymn") y subsistió como miembro de la banda de su cuñado y enseñando música y piano en la Academia que establecieron en Salem. Tuvo numerosos hijos y dos de ellos pasaron directamente de la escuela pública a Harvard. Uno de sus amigos fue el abolicionista John P. Jewett, editor de Harriet Beecher Stowe, autora de La cabaña del tío Tom, y conoció a Alexander Graham Bell, el falso inventor del teléfono. Es también autor de un método de piano y diversas composiciones musicales (Himno a la emancipación; Vals de Thistlewood). Padeció la Guerra de secesión. Aunque se trajo a sus padres a EE. UU., no se aclimataron y se volvieron. Se suicidó tirándose desde un puente a un lago en 1878. Luis F[enollosa] Emilio, hijo de Manuel Emilio, escribió unas cien páginas con la biografía de su padre, A Memoir of Manuel Emilio, 1812-1871, que tampoco se ha traducido; este personaje es curioso, pues dejó una extravagante colección de botones de uniformes militares americanos, británicos, franceses y españoles y algunas obras sobre historia militar.

Es más conocido su hijo, Ernest Fenollosa (Salem, 1853 - Londres, 1908), huérfano de su madre Mary Silsbee a los once años, doctorado en filosofía por Harvard que, tras un escandaloso divorcio que conmocionó a los brahmanes bostonianos, se casó con la novelista Mary MacNeil. Aprendió japonés y mandarín clásico, y fue profesor de lógica y estética en Japón, donde coleccionó cerámicas, lacas y pinturas y se convirtió al budismo theravada; previo permiso del Emperador, fundó en Tokio el Museo Imperial y la Escuela de Bellas Artes de Tokio. La primera tenía el propósito de preservar el arte nipón, destruido por los propios japoneses, que preferían el arte occidental; la dirigió su amigo Okakura Kakuzō. Ernest fue poeta, traductor del japonés, historiador del arte oriental y, en suma, uno de los japonólogos más influyentes de su época, determinante en el movimiento de vanguardia anglosajón denominado imagismo o vorticismo y el concretismo brasileño, sobre todo a través de su teoría de la imagen concreta, que determinó la poética de Ezra Pound. Su esposa publicó póstuma Las épocas del arte chino y japonés  (1912) y otras obras. Tradujo sobre todo medio centenar de piezas de teatro noh. Como poeta destacan las poesías en inglés de The Discovery of America and Other Poems, 1893. Y, por su importancia en el desarrollo del imagismo, El carácter de la escritura china como medio poético, traducido al español por Mariano Antolín Rato (Madrid: Visor, 2002). También se tradujo al español su Introducción a la cultura china.

domingo, 5 de marzo de 2017

Orwell y el estilo

Jaime Rubio Hancock "Los seis consejos de George Orwell para escribir mejor" en El País, 5-III-2017:

El lenguaje político está lleno de tópicos y vaguedades

A menudo se dice que no hay reglas para escribir bien. Pero no es cierto. Por ejemplo, ayuda tener a mano las seis normas que propuso George Orwell. Las recordaba su hijo, Richard Blair, en una entrevista que le hizo Bernardo Marín y que publicaba EL PAÍS hace unos días.

1. Nunca uses una metáfora, símil u otra frase hecha que estés acostumbrado a ver por escrito.

2. Nunca uses una palabra larga si puedes usar una corta que signifique lo mismo.

3. Si es posible eliminar una palabra, hazlo siempre.

4. Nunca uses la voz pasiva cuando puedas usar la activa.

5. Nunca uses una expresión extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puedes pensar en una palabra equivalente en tu idioma que sea de uso común.

6. Incumple cualquiera de estas reglas antes de escribir nada que suene estúpido.

Orwell las incluyó en un ensayo titulado Politics and the English Language (La política y el idioma inglés), publicado en 1946 en la revista Horizon. El artículo criticaba sobre todo el lenguaje político, pero sus consejos se pueden aplicar a cualquier texto. Por ejemplo, The Guardian lo citaba hace unos años para criticar cómo escribimos en internet. Y también puede servir para cualquier idioma, a pesar de que el punto 4, el que se refiere a la voz pasiva, se puede aplicar con más frecuencia al inglés.

Para el autor británico, esta preocupación por el lenguaje no es ni "frívola" ni "exclusiva de los escritores profesionales". Cuando uno se libra de los malos hábitos al escribir, “puede pensar con más claridad y pensar con claridad es el primer paso hacia la regeneración de la política”.

Tópicos imprecisos

En opinión del autor británico, los problemas principales de muchos textos son dos: las imágenes trilladas y la falta de precisión. Cuando escribimos, hay que dejar que “el significado escoja a la palabra y no al revés”, afirma. Hay que hacer un esfuerzo y pensar antes de comenzar a juntar letras, para evitar así “las imágenes desgastadas o confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias, y las trampas y vaguedades”.

En los textos que critica se acumulan “metáforas moribundas”, de las que ya se ha abusado tanto que han perdido su significado. Pensemos, por ejemplo, en “arden las redes”. Otro vicio habitual, según Orwell, es el de usar términos pretenciosos con la intención “de dar un aire de imparcialidad científica a juicios sesgados”, además de “palabras que carecen casi de significado”.

Por ejemplo, términos como democracia, socialismo, libertad, que a menudo se usan con “significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí”. No es lo mismo leer información sobre noticias falsas en un texto del New York Times que en unas declaraciones de Donald Trump, que se ha apropiado de esta expresión, fake news, para calificar todos los titulares que no le gustan.

Paradójicamente, otra palabra que no significa lo mismo según quien la utilice es orwelliano, usada por "críticos de todos los bandos", tal y como publicaba el New York Times en un artículo que mencionaba que este texto es, junto con 1984 y Rebelión en la granja, uno de los más influyentes de Orwell.

Defender lo indefendible

Como ya hemos apuntado, a Orwell le preocupa especialmente lo mal escritos que estaban los textos políticos, algo que no podemos decir que haya cambiado mucho. Orwell pone ejemplos que suenan muy actuales, como hablar de “pacificación" cuando “se bombardean poblados indefensos desde el aire” o de “traslado de población” cuando “se despoja a millones de campesinos de sus tierras”.

“Un orador que usa esa clase de fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina” que intenta “defender lo indefendible”, escribía Orwell. Lo que consigue es que “las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable”. Como recordaba Steven Pinker en The Sense of Style, esta abstracción tan vaga acaba deshumanizando.

viernes, 3 de junio de 2016

El bifrontismo en los textos

Hay algunos textos que significan lo mismo si los lees por el principio o por el final. A esto se le llama bifrontismo:

Inténtelo quien lo intente. 
Hasta que el golpe esté dado 
de lo que se haya tratado 
nada se sabrá, es patente. 
En esta ocasión presente 
mucho se ve disponer; 
penetrar lo que ha de ser 
en lo posible no cabe. 
Quien más calla, éste lo sabe: 
todos hablan sin saber. 

domingo, 19 de julio de 2015

Unas citas

De la glosa de Miguel Díez a la "Breve antología de la literatura universal" de Luis Landero, extraído de Letralia 287. Copio en primer lugar la "Breve antología", que hace 24 alusiones intertextuales, y luego un comentario concreto de Miguel Díez a una:

I

Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles, sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida, uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, oh diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al arpa en el rincón, a los cráneos privilegiados, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas, y al verde viento y a las sirenas y a mí mismo.

II

Las ilusiones perdidas (1835-1843), de Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850)

“Es la más larga y posiblemente la mejor de las novelas de Balzac. Las ilusiones perdidas, que en un principio estaba pensada como una novela corta, acabó convirtiéndose en una trilogía: Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Los sufrimientos del inventor. Balzac las escribe entre 1835 y 1843, sus años más creativos, los años en los que decide la integración de estas novelas en una serie, La comedia humana, que completaría febrilmente en los siete años posteriores, asediado por las deudas. En total noventa novelas hasta su muerte en 1850.

”Lo que se cuenta aquí es la historia del triunfo público y el fracaso personal de Lucien de Rubempré, un joven que llega desde Angulema a París con la ambición idealista de hacer carrera como poeta. La historia de la degradación del idealismo y de la voluntad de Schopenhauer en una novela que anticipa las de Baroja. El choque de la realidad y el deseo, de la sociedad y el individuo acaba rubricando esta historia de un desengaño en el que la realidad social constituye el paisaje humano que es no sólo el telón de fondo de esta trilogía, sino el vivo retrato de una época” (Santos Domínguez).

El periodismo, en vez de ser un sacerdocio, se ha convertido en un instrumento para los partidos; de instrumento ha pasado a ser comercio, y como todos los comercios, carece de fe y de ley. Todo periódico es una tienda donde se venden al público palabras del color que busca. Un periódico no está para esclarecer sino para halagar las opiniones. Así todos los periódicos serán, en un tiempo dado, cobardes, hipócritas, infames, mentirosos, asesinos; matarán las ideas, los sistemas, los hombres y, por eso mismo, florecerán.

jueves, 16 de julio de 2015

Hallazgo histórico para la literatura inglesa del XIX: cientos de inéditos sin identificar de los más famosos escritores.


El ambiente en la sala, recuerdan quienes lo presenciaron, era “eléctrico”. Hay quien habla incluso de “sonoros jadeos” entre el escaso público. Las revelaciones del congreso anual de la Sociedad Investigadora de Revistas Victorianas rara vez conquistan espacios destacados en los periódicos. Pero los 40 académicos que asistieron el pasado sábado a la presentación de Jeremy Parrott comprendieron enseguida que estaban ante un hallazgo histórico. En aquella sala de la universidad de Gante, el profesor y librero les ofreció la llave para desentrañar algunos misterios de la literatura británica del siglo XIX.

Parrott reveló que posee una colección de una revista literaria que dirigió Charles Dickens, con anotaciones manuscritas del propio autor en los márgenes de las piezas, publicadas sin firmar, que permiten atribuir 2.500 textos a entre 300 y 400 escritores, incluidos Elizabeth Gaskell, Lewis Carroll, Wilkie Collins o el propio Dickens. Se trata, en palabras de uno de los pocos expertos que han tenido en sus manos la colección, de la “piedra Rosetta de los estudios victorianos”.

En septiembre del año pasado Jeremy Parrott adquirió por Internet, a un librero de Gales, una colección en 20 volúmenes de la revista All The Year Round. Pensó que se trataba simplemente de una lujosa edición del semanario en el que Dickens publicó seriadas sus novelas Grandes esperanzas e Historia de dos ciudades, y en el que recogía relatos, ensayos y poemas sin firmar de otros escritores de la época.

Parrott, que reside habitualmente en Hungría, no abrió la caja con los libros hasta que volvió a Londres en diciembre. Al hojear los volúmenes observó que había nombres de autores escritos a lápiz junto a los textos. No fue hasta que abrió el segundo o tercer tomo cuando descubrió, junto a un cuento de Navidad, algo que no era un mero nombre, sino la firma del propio Dickens. Comprendió que estaba ante la colección personal del escritor, en la que anotaba los autores de los textos que publicaba. “Fue como tener todas mis navidades de una sola vez”, recuerda Parrott en el diario The Independent. “Esto reescribe la bibliografía de numerosos escritores del siglo XIX”.

Parrott se reunió en Londres con otros tres eruditos de Dickens, que coincidieron en la magnitud del hallazgo. Expertos en caligrafía confirmaron que muchas de las anotaciones procedían muy probablemente del puño y letra del escritor (otras podrían haber sido realizadas por empleados de la revista). La hipótesis es que se trataría de la colección que Dickens guardaba como archivo en su apartamento encima de la redacción del semanario. All The Year Round se publicó entre 1859 y 1895. Dickens dirigió la revista hasta que murió en 1870, y después se hizo cargo su hijo mayor.

Entre las revelaciones que han trascendido hay dos ensayos, uno de poesía y otro de música, de Elizabeth Gaskell, autora de Norte y Sur; ocho textos de Wilkie Collins, autor de La piedra lunar, considerada la primera novela policiaca inglesa, y un posible nuevo poema de Lewis Carroll.

Hay más de cien artículos de Eliza Linton, considerada la primera mujer periodista británica, que hasta ahora se tenía por muy poco prolífica. Las anotaciones cuestionarían la reputación misógina de Dickens: cerca del 40% de las piezas que publicó fueron escritas por mujeres.

Defensa de la prensa libre.

El hallazgo aporta más luz sobre la figura de Dickens. Se adivina un cierto nepotismo en el hecho de que publicara textos de sus hijos adolescentes, de más que dudoso talento. También hay muestras de su intervencionista estilo en la edición: habría metido tanta mano que algunos textos, que los expertos en Dickens atribuyeron durante años al autor, han resultado ser obra de otros escritores.

El propio Dickens figura como coautor de un furibundo artículo, titulado ¿Qué es sensacional?, que exhibe su compromiso social. El texto, que publica íntegramente The Independent, arremete contra un diputado conservador que acusó a la prensa de tratar de manera sensacionalista la muerte de dos indigentes por negligencias en un hospital, un episodio que desató una protesta nacional.

El artículo, una defensa de la prensa libre y de la protección legal de las personas desfavorecidas, constituye un típico ejemplo de esa literatura victoriana que, gracias al hallazgo de Parrott, se conocerá ahora un poco mejor.

lunes, 16 de marzo de 2015

Instrucciones para escribir de Patricia Higsmith

Berna González Harbour, "Todo lo que le debemos a la siesta de Patricia Highsmith. La reina del suspense dejó un puñado de consejos básicos e inteligentes que son las tablas de la ley para un escritor", en Babelia, 3-III-2015:

Cuenta Patricia Highsmith que una de las herramientas que más le ayudó a escribir fue la siesta. En sus primeros tiempos, cuando aún desempeñaba otros trabajos para sobrevivir, dormía al llegar a casa por la tarde y se bañaba al despertar para simular que empezaba un nuevo día, el de verdad, aquel en el que podía hacer lo que soñaba: poner una palabra tras otra para construir historias. Multiplicar cada día por dos fue el sombrero de su magia, del que iba a salir no un conejo, sino el puñado de las mejores novelas de suspense que siguen latiendo con brío décadas después.

“Un sueñecito ahorra tiempo en lugar de malgastarlo”, cuenta como si tal cosa. “Me duermo con el problema y me despierto con la respuesta”.

La divina siesta de Patricia Highsmith no es solo una de las sencillas confesiones que nos regala el libro del que aquí vamos a hablar. Es el retrato de que la literatura más sofisticada no está en la sofisticación, en la mirada perdida en busca de musas inexistentes ni en la ensoñación profunda, sino que se puede esconder en los ronquidos. Y es muestra del vigor de un libro cargado de lecciones de oficio, de humildad, de cotidianidad y también de fracaso. Si yo lo he conocido, nos viene a decir, no tenéis nada que temer. “Esto es lo que hace que la profesión de escritor sea animada y apasionante: la constante posibilidad de fracasar”.

Highsmith buscaba inspiración o desconexión en los episodios y personajes más mundanos, en momentos absurdos como el lavado del coche y nunca en conversaciones con otros escritores, de los que huía como de los celos. De éstos dice: “Aunque son poderosos no me sirven de nada y a lo más que se parecen es al cáncer, que va devorando sin dar nada”.

Hablemos del libro.

Sus… pense. Cómo se escribe una novela de misterio es al reino de la literatura lo que los mandamientos al reino de Dios. Algo así como si a Moisés la zarza le hubiera seguido hablando: ven, vuelve, no te olvides de las otras tablas de la ley. Las disfrutaréis.

Destruyó las primeras versiones de Ripley hasta dar con la clave: escribir incómoda, al borde de la silla, como habría hecho él.

Publicado por Highsmith en 1983, Círculo de Tiza lo recupera ahora en España con aroma a gran reserva. Corto pero de largo aliento, sagaz como sus novelas, práctico como su autora, inteligente y honesto, el libro solo tiene peligro para las escuelas de literatura creativa, que podrían caer fulminadas si los aprendices se dieran cuenta de que en esas 159 páginas está la verdadera lección, y no en las aulas. Es un decir.

La dama del suspense desgrana lecciones como quien explica una receta para la lasaña: tantos gramos de ambiente por aquí, un poco de sal por allá, carga de personajes, la capa de pasta, olor a alcanfor, la bechamel en su punto, el ritmo, el principio, el final y la inyección de matices para hacer de un protagonista un suicida convincente. Y al horno.

Pero hay una que centra y eleva el debate a ese lugar donde cada autor puede tiritar antes de posicionarse: cuánto hay de calculado y frío en una obra y cuánto de emocional; cuánto de cabeza y cuánto de corazón; cuánto de ajeno y cuánto de desnudez.

“Las buenas narraciones se hacen solo con las emociones del escritor”, resuelve Highsmith. “Aunque un libro de suspense esté totalmente calculado, habrá escenas, descripciones —un perro atropellado, la sensación de que alguien te sigue por una calle oscura— que probablemente el escritor habrá experimentado en persona. El libro es siempre mejor si contiene experiencias como estas, de primera mano, realmente sentidas”.

Todos construimos un caparazón para protegernos de los golpes emocionales y lo vestimos de decoro, corrección, juicio moral, ceguera o indiferencia adquirida, nos cuenta. ¿Cómo si no ser un granjero entero si coges cariño al animal que debes sacrificar? ¿Cómo ser psicólogo si te pueden contagiar la depresión? ¿O un geriatra efectivo entre ancianos que avanzan hacia la muerte? Para ser escritor se necesita, sin embargo, un grosor bastante más ligero en el caparazón: fino como para captar, sentir, comprender y trasladar las emociones, y sin morir en el intento. “Los escritores tienen un caparazón protector muy pequeño y durante toda la vida tratan de desprenderse de él, ya que los diversos golpes e impresiones que recibirán son el material que necesitan para crear. Esta receptividad es el ideal del artista”. Se llama empatía.

Cuando Highsmith creó a Tom Ripley trabajó durante días estérilmente hasta tirar a la basura las primeras versiones. Estaba acomodada en una casa de campo, feliz y relajada, y se dio cuenta de que la placidez de su estado de ánimo se había contagiado a su escritura “flácida”. Y eso no casaba con un Ripley tormentoso y brutal. Así que lo destruyó y decidió volver a empezar sentada al borde de la silla, incómoda, en tensión, como se lo imaginaba a él. Así pudo asesinar a Greenleaf y a todos los demás.

“No hay nada de espectacular en el argumento de A pleno sol, pero se hizo popular por su prosa frenética y la insolencia y audacia del propio Ripley. Me imaginé a mí misma en su piel. Ningún libro me ha resultado tan fácil y a menudo sentí que Ripley lo estaba escribiendo y que lo único que hacía yo era pasarlo a máquina”.

En otra ocasión, hojear un simple libro de recetas y descubrir las instrucciones para matar a una tortuga de forma que resultara más sabrosa bastó para poner en marcha su imaginación. Le añadió un niño atormentado y una madre y creó La tortuga de agua dulce, un relato que obtuvo el Premio Mystery Writers of America.

Un verdadero escritor se distingue del falso porque seguiría escribiendo en una isla desierta aunque no hubiera lectores. Y eso es así porque, en palabras de Highsmith: “Escribir es una forma de organizar la vida. Y la necesidad de hacerlo sigue presente aunque no se tenga público”.

Sus…pense. Cómo se escribe una novela de misterio. Patricia Highsmith. Círculo de Tiza. Madrid, 2015. 175 páginas. 22 euros.

Literatura en 13 mandamientos

Esta es una lista arbitraria de mandamientos de Highsmith. A diferencia de los del Reino de Dios, cada lector podrá hacer la suya. Y no es literal.

1. Un secreto para el éxito. No hay fórmulas mágicas ni secretos, salvo la individualidad y la personalidad. Solo al individuo le corresponde expresar lo que le diferencia de los demás. Es “la apertura de espíritu”, pero no es nada místico. Es una especie de libertad, de libertad organizada.

2. Objetivo: la diversión. La primera persona a la que deberías complacer es a ti mismo. Si eres capaz de divertirte escribiéndolo, divertirás a los editores y a los lectores.

3. Planificación, la justa. Un argumento nunca debe ser rígido ni estar terminado. Tengo que pensar en mi propio entretenimiento y a mí me gustan las sorpresas. Si sé todo lo que va a pasar, escribirlo no será tan divertido. Es más importante que los personajes se muevan y tomen decisiones como personas de carne y hueso, que se les dé la oportunidad de deliberar, de elegir, de volverse atrás, de tomar otras decisiones, como en la vida real. Los argumentos rígidos, aunque perfectos, pueden hacer que los personajes parezcan autómatas.

4. Así empieza todo. Los gérmenes de una idea pueden ser pequeños o grandes, sencillos o complejos, fragmentarios o completos, quietos o móviles. Yo los reconozco gracias a cierta excitación que siento enseguida, la misma que produce una sola línea de un poema. El mundo está lleno de ideas germinales y si no las tienes es por fatiga física o mental. Entonces hay que viajar, pasear, el cerebro exige vacaciones. A veces nos rodean personas que no nos convienen.

5. Claves para una buena atmósfera. Se consigue poniendo en marcha los cinco sentidos.

6. El diálogo, con moderación. Tres líneas de prosa son suficientes para transmitir lo esencial de una conversación. El diálogo es dramático y debe usarse con moderación.

7. Sin trucos. Los trucos proporcionan un entretenimiento endeble y no divertirán al lector inteligente. Son ideas ingeniosas que no tienen nada que ver con la literatura.

8. No hablar con escritores. No se me ocurre nada peor o más peligroso que comentar mi trabajo con otro escritor. Los escritores nadan unos junto a otros en la misma profundidad, dispuestos a hincar los dientes en el mismo plancton que flota a la deriva. Me llevo mucho mejor con los pintores.

9. Cuidado con el amor. Las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aísla de la chispa de la inspiración.

10. El lugar de las dificultades. Están en la mente del escritor, no en el papel.

11. El dinero. El escritor hará bien en tener otro trabajo.

12. Sin juicios morales. Las personas creativas no hacen juicios morales. Hay tiempo para ello después, en lo que crearán, pero el arte no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos ni los sermones.

13. El arte de escribir. Lo que hace difícil escribir sobre el arte de escribir es la imposibilidad de establecer reglas.

Es decir, y después de todo esto: que nadie se haga ilusiones.

jueves, 8 de enero de 2015

Aurea mediocritas.


El sentido que tiene la expresión en el latín de Horacio, que se acuñó como tópico literario, es filosófico: ajuste o equilibrio de oro, esto es, unión máxima de extremos, lo que indica la Epístola moral a Fabio: "Iguala con la vida el pensamiento". El significado que ha tomado en la actualidad es despectivo porque el centro de significación ha pasado del mundo o de la naturaleza (inmóvil, indiferente, racional) al hombre (dinámico, apasionado, movido por sentimientos). Por otra parte, un adagio equivalente, in medio stat virtus, "la virtud está en el medio", o "la hombría está en el medio", tenía en el pasado un sentido erótico que subvertía el tópico original aurea mediocritas. En el pasado el hombre era un juguete de los dioses y del destino, ante el cual solo cabía como remedio la imperturbabilidad estoica, o al menos así lo muestra la tragedia clásica; pero el cristianismo trajo la curiosa noción de la libertad, de que el hombre era libre y podía cambiar, evolucionar y ganar algo: la vida eterna divina o la gloria humana; este dinamismo de raíz romántica dio cabida a la ambición como virtud y a la curiosa evolución semántica que señalas. En general, las palabras de la antigüedad han perdido su antigua referencia al mundo y en la modernidad se relacionan más con el hombre. Así, por ejemplo, el "genius" latino era algo externo al hombre, un diosecillo menor, pero en la actualidad "genio" designa a una parte del espíritu del hombre. Mediocritas ha pasado de significar "equilibrio, ajuste" a significar, despreciativamente, falta de ambición. La subjetividad del romanticismo o, como se escribía antes, Romanticismo, es la culpable de esta transformación.

sábado, 9 de junio de 2012

Teatro popular manchego


La confesión de un gitano es un romance dialogado de teatro popular andaluz-manchego muy divulgado por los Montes de Toledo; hay muchas variantes y no he intentado reconstruir el original; entre las manchegas conozco versiones de Puebla de don Fadrique y Montalvos, Albacete; entre las andaluzas, de Cortes de Baza, Sierra de Segura, Benímar (Almería) etcétera. La versión que ofrezco es popular y fue representada escénicamente en Montalvos, Albacete, a fines de los años cuarenta. Fue reconstruido de memoria por Emilio Lara. Es una obra un poco políticamente incorrecta, pero muy cómica. Está tomada de aquí.

La acción se desarrolla en el patio de la casa del cura, que forma parte de una iglesia rural manchega. Mientras el cura permanece sentado con un libro en las manos a la sombra de una higuera, aparece ante él un gitano alto y mal encarado que porta una larga vara de fresno.

GITANO.- Padre, vengo a confesarme.

CURA.-¿A confesarte!

GITANO.-Sí, a eso vengo,
a ver si quiere escucharme
y de gratis perdonarme,
los pecaíllos que tengo.

CURA.-Eso es cierto?

GITANO.-Se lo juro.

CURA.-Al confesionario iremos.

GITANO.-No, que allí está muy oscuro.
Este sitio es más seguro.
Aquí que las caras nos vemos.

CURA.-Algún ángel te ha inspirado
a que busques confesión.
Ven, acércate a mi lado.
Cuéntame lo que has pecado,
que Dios te dará el perdón.

(Para sí)

GITANO.-Vaya tío y que buen cachorro está.

CURA.-Vamos, cuéntame, hijo mío.

GITANO.-Padre, si es que no me fío,
de decirle la verdá.

CURA.-¿Temes que yo te delate?
El confesor no hace eso.

GITANO.-Si hace usté tal disparate,
le echo mano al gaznate,
y lo dejo patitieso.

CURA.-hijo, no seas así.
No te impacientes, ten calma,
que yo rezaré por tí
para conseguir así
la salvación de tu alma.
Empieza ya, ves diciendo:

GITANO.-Verá, yo fui una mañana,
cuando estaba el día rompiendo,
y me encontré a mi gitana,
que se estaba divirtiendo
con un gachó que vestía
lo mismico que viste usté.
¡Y cómo se divertían!
Al verme entrar ¡Madre mía!
Se jiñó encima, chipén.
Ella comenzó a gritar,
y yo pa que no gritara,
le largué una bofetá,
que algo más de la mitá
se le perdió de la cara.
A los gritos infernales
que lanzaba el amor mío,
acudieron los curiales
a recoger los quijares,
que entavía no han paecío.
Se echaron encima e mí
lo mismico que chusqueles,
pero yo no me encogí.
Le di aire a los pinreles,
y como un rayo salí.
Tomé viento y me largué.
Ya en la calle, al primer paso,
con un guardia me topé,
y de un solo puñetazo,
sin narices lo dejé.
Aquello fue más sonao
que en Toleo la campana,
y yo lo he recomendao
pa bailar las sevillanas
con un guiri en un tablao.
Desde aquel maldito día,
no me dejaron parar;
como me se perseguía,
pa ganarme la comía,
fuí y me dediqué a afanar.
Mangué un pollino en Lucena.
Una jaquilla en Carmona.
Una muleta en Purchena.
Dos mulas en Estepona
y un caballo en Trebujena.
Usando las mañas mías,
y sin pecar de ignorancia,
me hice en muy pocos días,
hombre de gran importancia,
tratante en caballerías.
Entré a una iglesia a rezar,
y en un rincón me escondí.
Cuando me quise marchar,
se vino detrás de mí,
to lo que había en el altar.
A la Virgen le pedí
los pendientes y el anillo.
Ella me dijo que sí.
Y los cuartos del cepillo,
que también los recogí.
A un fraile muy gordinflón,
de esos que cantan en coro,
al darme la bendición,
le trinqué una cruz de oro,
diez duros y un medallón.
Me recogió un ermitaño,
una noche de aguacero,
y sin querer hacer daño,
me llevé tres candeleros
y una bandeja de estaño.
Me encontré a un cura en un prao
que se empeñó en confesarme.
Después de oírme, asustao,
no se atrevió a perdonarme
y lo enterré en un sembrao.
¿Qué, qué tal la confesión?

CURA.-Flaquezas del ser humano.

GITANO.-¿Me dará la absolución?

CURA.-Sí, hijo y Dios soberano
te concederá el perdón.

GITANO.-Entonces voy a seguir.

CURA.-¿Te queda más todavía?

GITANO.-Claro está padre, que sí.

CURA.-Déjalo para otro día.

GITANO.-Ca, yo ya no vuelvo a venir.
Como soy un buen cristiano,
tengo miedo a condenarme,
y además que soy gitano,
quiero deltó confesarme,
a ver si la gloria gano.

CURA.-Sigue pues, pero abreviando.

GITANO.-Está bien, abreviaré.
Ya sabe usté que afanando,
la manduca me gané,
cuando no pude engañando,
por andequiera que fui,
de lo que vi me apropié.
Que nunca miedo he tenío,
siéndome todito listo,
y que ande yo me he metío,
lo que mis ojos han visto,
mis manos han recogío.

CURA.-¿Queda más?

GITANO.-Una aventura,
de una vez que fui a emparnarme
a un pueblo de Extremadura,
y al no tener qué llevarme,
ne llevé al ama del cura.

CURA.-Hijo, no tienes salvación.
Poder salvarte no espero.

GITANO.-Sí le ha entrao a usté quemazón,
pero en fin me se figura,
que a usté ya se le olvidó,
que fue también otro cura
el que amí me la quitó.
Bueno, yo ya he terminao.
Puede perdonarme o no.
Porque si queo condenao,
con usté voy a hacer yo,
lo que con aquel del prao.

CURA.-Sí, sí, sí te absolveré,
aunque eso es muy grave.

GITANO.-Padre, ya está hecho ¿Qué quié usté?
Por la gloria de mi madre,
que otra vez no lo haré.

CURA.-Yo te perdono hijo mío,
de Dios en su santo nombre,
y, procurarás, confío,
desde hoy ser un buen hombre.

GITANO.-Eso yo siempre lo he sío.

CURA.-Ya estás listo, márchate.

GITANO.-Padre, ¿Y la penitencia?

CURA.-Yo por tí la cumpliré.

GITANO.-¡Qué buenecico es usté.
Ya me ha limpiao la concencia.
Padre, ahora que me acuerdo,
yo no sé si volveré.
Y por si acaso me pierdo,
y no lo vuelvo a usté a ver,
quiero que me dé un recuerdo.

CURA.-¡Un recuerdo?

GITANO.-Claro está.
Yo tengo muchos apuros.
Ni ayer ni hoy, gané na.
Deme usté veinte durillos,
pa que me pueda najar.

CURA.-Tómalos y vete ya.

GITANO (para sí).
Válgame y qué tonto he sío.
He hecho una barbaridá.
Si más le llego a pedir,
lo mismico me lo da.
-Adiós padre, buena suerte.
Que se conserve usté bueno.
Si otra vez vuelvo a pecar,
cuando tenga el saco lleno,
volveré aquí a confesar.

CURA.-Adiós hijo, buena suerte.
Que te conserves muy bien.
Que Dios quiera protegerte.
Y que yo no vuelva a verte,
por nunca, jamás, amén.