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viernes, 29 de mayo de 2026

Ortografía y selectividad

 I

 Errores ortográficos que condenan al más brillante, El País, Ana Camarero, 24 may 2026:

La calidad de lo que se dice por escrito es un indicador del conocimiento que se posee y una carta de presentación clave para lograr un empleo

La Conferencia de Rectores de Universidades Españolas (CRUE) presentó el pasado año un marco de referencia con el objetivo de armonizar la Prueba de Acceso a la Universidad (PAU), estableciendo una estructura común para los exámenes, el grado de optatitividad, el enforque competencial, los criterios de corrección y evaluación en las distintas asignaturas, y aplicar criterios de coherencia, cohesión, corrección gramatical, léxica, ortográfica y de presentación. Sobre este último punto, se establecieron las siguientes penalizaciones por cometer faltas de ortografía: un 10% en las materias que impliquen desarrollo escrito, como Historia de España o Filosofía; un 15% en los ejercicios de lengua extranjera y hasta un 20% en las de castellano y lengua cooficial (en regiones con dicha situación). Unos requisitos que cada comunidad autónoma aplica a su discreción.

La ortografía es el rasgo que evidencia la calidad de lo que decimos por escrito. También suele ser un indicador del conocimiento que se posee de los otros componentes de la lengua. “Si se consideran las distintas dimensiones que abarca, como la representación escrita de los fonemas y los acentos, el uso de los signos de puntuación, la distinción entre mayúsculas y minúsculas, etcétera, es probable que también se atiendan otras cuestiones esenciales, como la pertinencia, la precisión, la estructuración, la coherencia, la corrección gramatical o la adecuación”, declara Cecilia Criado de Diego, profesora permanente laboral del Departamento de Lengua Española y Lingüística General de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

El uso adecuado de la ortografía se ha convertido en todo un reto para el sistema educativo, en la medida en que este debe prestar más atención a los aspectos de la lengua desglosados anteriormente. “Es necesario enseñar las normas ortográficas, pero también formar a los estudiantes para que expresen sus ideas de manera apropiada. Esto supone un mayor esfuerzo para profesores y alumnos: resulta más sencillo corregir un error ortográfico que ofrecer una retroalimentación formativa que explique por qué una secuencia no es informativa, clara, precisa, coherente o adecuada; del mismo modo, es más fácil memorizar una regla y aplicarla a palabras aisladas que elaborar un texto donde se exprese lo que uno quiere decir”, sostiene Criado de Diego.

Aseguran los docentes que la destreza ortográfica del alumnado de ESO y Bachillerato es, en términos generales, desigual, y en muchos casos insuficiente para esos niveles académicos. “Si bien existen estudiantes con un dominio adecuado, se observa una tendencia preocupante hacia la relajación de las normas ortográficas. Esta situación responde a múltiples factores: la influencia de la comunicación digital inmediata (mensajería y redes sociales), donde prima la rapidez sobre la corrección; la falta de hábitos de revisión de los propios textos, y de manera especialmente significativa, la escasa práctica de la lectura en esta etapa educativa”, señala Laura Llamas, profesora de Secundaria en el Colegio Trilema Zamora.

Fallos desde etapas básicas

En los alumnos de Bachillerato es frecuente que persistan errores propios de etapas educativas más básicas, como las confusiones de letras (b-v, g-j, incorrecta utilización de la h) en algunas palabras; “pero, sobre todo, hay una evidente falta de dominio de la acentuación y de los signos de puntuación, que en muchos casos se mantendrá también en la Universidad”, apunta Miguel Ángel Aijón Oliva, del Departamento de Lengua Española de la Universidad de Salamanca (USAL).

A menudo, los propios estudiantes no poseen conciencia sobre la importancia que estos aspectos poseen para la coherencia textual y la adecuada transmisión del mensaje, sobre todo en situaciones formales o públicas. “Ello refleja, en realidad, una visión bastante extendida en la sociedad: se considera grave confundir una b con una v, pero no tanto omitir las tildes ni colocar erróneamente las comas”, apunta. De este modo, se detectan problemas en la puntuación: ausencia de comas, uso inadecuado del punto o abuso de oraciones excesivamente largas sin estructura clara. “Otro fenómeno creciente es la interferencia del lenguaje digital, abreviaturas impropias o la simplificación extrema de palabras, que luego se traslada a contextos académicos formales”, añade Llamas.

El deficiente dominio de la ortografía repercute en todas las asignaturas del currículo, porque todas exigen producir textos claros y precisos. Cuando un alumno escribe con errores, sus textos pueden resultar ambiguos y difíciles de procesar, además de causar mala impresión, lo que casi inevitablemente condicionará sus posibilidades de éxito académico. “Parte del problema es la falta de coordinación entre profesores y áreas de conocimiento: quizá muchos docentes tiendan a pensar que la enseñanza de la ortografía “es cosa de la clase de Lengua”, por lo que no le dedican tiempo en sus asignaturas ni la tienen en cuenta a la hora de evaluar. Los centros educativos tampoco suelen contar con directrices y normas específicas sobre corrección ortográfica en trabajos, exámenes, etc., que podrían resultar muy útiles”, lamenta Aijón Oliva.

En opinión de Víctor Cerrudo Higelmo, tutor de Educación Infantil en el CEIP Virgen de Peña Sacra (Manzanares el Real, Madrid), en ocasiones, la subjetividad del evaluador se ve afectada por una serie de sesgos que interfieren en la percepción evaluadora. “El efecto Halo de Thorndike consiste en la creencia de que un aspecto negativo puede hacernos considerar que el resto es similar. Las faltas ortográficas pueden hacernos percibir que un trabajo presenta una calidad inferior”, apunta Cerrudo Higelmo. Este docente se refiere además al prejuicio de competencia o estatus académico, que establece que las faltas de ortografía pueden percibirse de distinta manera según el estatus o procedencia del alumnado. “Los centros elitistas pueden beneficiarse de más permisividad hacia las faltas, considerándolas como despistes. Por contra, alumnos de centros [ubicados] en poblaciones socioeconómicas medio-bajas pueden sufrir la consideración de que los errores dependen de las bajas capacidades del alumnado”, explica. Ya en el proceso evaluador, Cerrudo incluye la “sobrecarga cognitiva del evaluador” consecuencia del cansancio y la sobrecarga atencional que conlleva la corrección de textos con muchas faltas. “La frustración del evaluador puede generar una mayor severidad que se verá reflejada en una peor nota”, manifiesta.

¿Cómo revertir la mala escritura?

Un alumno que presenta un déficit ortográfico y gramatical en Bachillerato puede mejorar su capacidad. “El alumnado, sobre todo aquel que tiene dificultades para redactar y presenta problemas ortográficos, debe leer y escribir, cada día, y los profesores, desde su disciplina, tratar de guiar y corregir a los alumnos para que mejoren, persiguiendo objetivos factibles y concretos, y promoviendo y fomentando la buena lectura”, expone Gonzalo Coello, profesor de ESO y Bachillerato en el IES Miguel Delibes de Madrid.

Del mismo modo, incide Aijón Oliva, de la USAL, “debería existir una coordinación mucho mayor entre los docentes de las distintas asignaturas, y quizá con las propias familias y otros agentes implicados en la educación, para que la corrección en la escritura no se entienda como una mera exigencia o un capricho de los profesores de Lengua”.

Una tarea, mejorar la competencia ortográfica y gramatical del alumnado, para que requiere “de una ratio menor de alumnos para poder atenderlos mejor, de forma personalizada, que no individualizada, menor carga burocrática para centrarse en los aspectos académicos, sociales y humanos, de cada uno de ellos, y respaldo político y social”, afirma Coello.

II

La generación alfa no llama, no escribe ‘emails’ y juega con la ortografía: “La regla es la pereza”, en El País, Jordi Pérez Colomé, Madrid - 7 ABR 2026:

Una docena de adolescentes explican cómo han cambiado los códigos de comunicación y qué usos ya no tienen sentido para ellos

“Las tildes las pongo siempre y las comas también, pero los puntos no. Y las mayúsculas solo las que me salen en automático”, dice Valeria, de Oviedo, de 15 años. “Yo soy como un diccionario andante, a mí me puedes escribir con las letras mezcladas o como quieras, pero no puedes confundir ‘a ver’ con ‘haber’, esas cosas me ponen de los nervios”, dice Mariam, de 14 años y de Guadalajara.

Ambas ejemplifican que la ortografía en el mundo digital no ha muerto para la generación alfa (los nacidos entre 2010 y 2025), pero está muy tocada. La mayoría sabe cómo se escriben todas las palabras, o casi todas, pero les duelen poco los ojos al ver mensajes reales escritos así: “As hablado con tu padre ??”, “Le e dicho q si me d jan ir”, “I que te a dicho ??”. Mientras el contexto dé sentido, todo vale. Por ejemplo, la frase enigmática “No e abalo con mi padre” puede ser “no sé, háblalo con mi padre” o “No he hablado con mi padre”. Ninguna frase vive sola, necesita de su conversación. Todos son ejemplos reales de conversaciones de WhatsApp compartidas con EL PAÍS por adolescentes.

La generación alfa nació con la llegada del iPad en 2010. Ya no son la primera generación digital, sino la que vio pantallas desde que empezó a hablar. Una de las decisiones que parece que han tomado como generación es pasar de cortesías y ser más naturales, mucho más naturales: la ortografía debe bastar para entenderse y transmitir tanta personalidad y emoción como sea posible, los engorros del email y sus introducciones, despedidas y esperas son como el fax para la generación anterior. Tampoco les convence hablar por teléfono con gente si hay otras formas de comunicarse. Todo son decisiones para ahorrarse tiempo y molestias.

“La regla es la pereza”, dice Iker, de 16 años y de Madrid. “Que sea más corto y escribas menos”, añade Lucía, también de Madrid y de 13 años. ¿El objetivo es gastar menos microsegundos en cada mensaje? “Sí”, confirma esta adolescente. Cristian, de 14 años y de Murcia, explica la teoría básica: “Coges las letras clave de una palabra que se podrían decir para que se entienda”, dice. O sea, quitan letras para agilizar, pero luego las añaden por otro lado: “Yo pongo más vocales para que no quede así como muy seco“, explica Valeria. Un ejemplo sería este mensaje real de WhatsApp: “fuaaaaaa noseeeee”. Es una expresión de la duda cartesiana genuina traducida al 2026.

Una parte de las opiniones recogidas en este reportaje surgen de un encuentro online de EL PAÍS con 11 adolescentes de un grupo llamado Cibercorresponsales, que promueve la participación de jóvenes en debates actuales de la organización Plataforma de Infancia.

“Me sale solo. No me importa si lo escribo mal o bien, solo que se entienda”, dice Joan, de 16 años y de Tarragona. Aunque pone un reparo: “Cuando no conoces mucho a alguien, hablas normal. Pero si te vas haciendo amigo, ya hablas como te apetece”.

En esta evolución lingüística son clave los stickers, que son fotomemes a menudo con frases añadidas y un toque de jeroglífico: “Tengo un amigo que es experto en stickers. El tío literalmente me habla con stickers. En vez de decir: ’quedamos’, me manda un sticker random, yo qué sé, una foto de un famoso o algo así. Y si lo pillo, lo pillo. Y, si no, me aguanto. Es una cosa loca”, dice Iker.

Los stickers que usan los adultos son bastante repetitivos. En el mundo alfa hay más variedad: “En mi grupo de amigas sí tenemos nuestros stickers“, dice Carolina, de 17 años y de Cádiz. ”Pero con otra gente no los uso porque está feo”, añade. La variedad de usos es delicada: se crean fácilmente a partir de una foto. El porno es un uso común, pero también el insulto. “No tenemos stickers de personas famosas. He visto casos de stickers para un fin que no es el correcto”, dice María, de 17 años y de Valencia. “Sticker de profesores, de esos he visto muchos”, dice Iker.

La caída inexorable del ‘email’ y las llamadas

El email es un vestigio del pasado que sirve para abrir cuentas en redes, pero no para dar información si no es por obligación. “Lo uso si hay que iniciar sesión en algo y tienen que mandarte un código. Si no, nunca”, dice Valeria, de 15 años, de Madrid. “Yo para enviar los apuntes a imprimir”, dice María. “Yo me mando correos a mí misma para pasarme la foto del ordenador al móvil”, dice Carolina. Son todos usos ridículos y menores.

En algunos momentos puntuales sirven para una comunicación indispensable, como en el caso de adolescentes que aún no tienen móvil. “A mi amiga que está en el instituto y no tiene tablet ni móvil ni nada, le mando un correo y le digo dónde vamos a quedar”, añade Carolina. O para profesores de otras generaciones.

Un uso clásico de los móviles es el de teléfono. Lo emplean solo con conocidos y procuran avisar antes de llamar: “Normalmente escribo porque puedo esperar para recibir una respuesta. Una llamada suena hasta que lo apagas y me parece que puede ser molesto”, dice Amets, de 15 años y de Madrid. Todas las respuestas son variantes similares: “No suelo llamar a no ser que sea por algo urgente, prefiero hablar por mensajes. Y nunca llamo a desconocidos, ni le cojo el teléfono a números que no reconozco”, dice Verónica, de 15 años y de Guadalajara.

“Si es un familiar o un amigo, no me importa escribirles antes de llamarles o llamarles directamente, pero si es un desconocido no le llamo en absoluto”, dice Mariam, de 14 años.

lunes, 25 de mayo de 2026

Los alumnos de familia rica sacan cuatro cursos a los de pobre

 Los alumnos ricos sacan cuatro cursos de ventaja a los pobres: la escuela fracasa al compensar la desigualdad de cuna, El País Educación, Ignacio Zafra, Valencia - 25 MAY 2026 

El aumento de los estudiantes vulnerables en la enseñanza pública, sin más medios para atenderlos, enciende las protestas del profesorado

Empar Penadés lleva 37 años dando clase y está a punto de jubilarse. Es maestra del segundo ciclo de Infantil en un colegio público de Valencia. Sus alumnos tienen entre tres y seis años, una etapa clave para el aprendizaje de habilidades que les servirán a lo largo de su trayectoria educativa. Penadés ha visto muchas veces lo mismo. Chavales que por el entorno en el que viven podría casi asegurar ya a esa edad que harán la Selectividad e irán a la universidad. Y otros que por la misma razón es probable que abandonen los estudios, aunque durante los años que pasan en sus manos ―y en algunos casos, durante bastante tiempo después― haga lo posible por evitarlo. “Son niños y niñas que, si no reciben el apoyo de alguien que esté detrás, de dentro o de fuera de la escuela, lo tienen muy difícil. Y la distancia entre unos alumnos y otros se ha acentuado en los últimos años con los alumnos que vienen de fuera”, afirma Penadés, cuya impresión respaldan los datos.

Los 120.000 adolescentes de 15 años que viven en los hogares españoles más acomodados (según un índice socioeconómico y cultural elaborado por la OCDE) llevan el equivalente a cuatro cursos de ventaja en matemáticas a los 120.000 chavales de la misma edad de las familias más desfavorecidas, según el último Informe PISA, la mayor evaluación internacional. A diferencia de lo que sucede con el resto de franjas de edad, entre 2018 y 2025, el porcentaje de menores en riesgo de pobreza o exclusión social no solo no se ha reducido en España, sino que ha aumentado cuatro puntos y alcanza al 34% del total. Y la tasa de abandono escolar temprano de los extranjeros, que hace 10 años doblaba la de los autóctonos, ahora la triplica.

Rendimiento en matemáticas, según el nivel ISEC

En puntos. Se considera que una diferencia de 20 puntos equivale a un curso escolar. Entre los alumnos de 15 años del cuartil más desfavorecido y los del más favorecido hay 89 puntos.

[Para visualizar el estadillo,  acceder al artículo original aquí] Fuente: CED / INES EL PAÍS

Hace una década, en clase de Penadés había una chica extranjera. Ahora, en cambio, la maestra tiene varios chavales llegados de Georgia, Rusia, Brasil, Venezuela o Argentina. Hace 10 años, como siempre ha ocurrido, tenía alumnos pobres en clase, pero eran muy infrecuentes, y ahora han dejado de serlo, los críos que se veían obligados a vivir con toda su familia, cuatro o cinco personas, en la habitación alquilada en un piso compartido. El aumento de la pobreza infantil y del alumnado foráneo (parte del cual llega con desconocimiento del idioma o con desfase curricular) asiste, sobre todo, a la escuela pública (representan el 18% de su matrícula en primaria, ocho puntos más que en la concertada). Y ese incremento de la complejidad de las aulas, que no ha ido acompañado de más recursos, late tras las huelgas y protestas del profesorado en la Comunidad Valenciana, Cataluña, Aragón y Madrid, cuatro autonomías que destacan por la concentración de chavales extranjeros en la red escolar pública. En todos esos lugares puede escucharse lo mismo: los docentes no quieren quitarse de encima a los nuevos chavales vulnerables, pero necesitan más medios para atenderlos.

Alumnos extranjeros en Primaria en centros públicos. 

[Estadillo]

El hecho de que el nivel socioeconómico y cultural de los padres sea lo que más influye en las probabilidades de éxito educativo de los estudiantes está muy comprobado. “Pero sobre lo que tenemos mucha menos información es de cuáles son los procesos que generan esa desigualdad”, señala Sheila González, investigadora de la Universidad de Barcelona especializada en desigualdad social y educativa. Lo que sigue intenta responder a esa pregunta. Un problema que no afecta solo a España, sino al conjunto del mundo desarrollado, y que pone de manifiesto los límites del sistema educativo para compensar las diferencias de partida.

Rendimiento de los estudiantes inmigrantes

Alumnado inmigrante (primera y segunda generación) / Puntos de diferencia respecto a los autóctonos en el Informe PISA:

Lectura −32

Matemáticas −33

Ciencias −36

Fuente: OCDE, Informe PISA 2022 EL PAÍS

Una escuela para una clase social

Uno de los factores que mencionan los expertos es de origen. “Tenemos una escuela que se pensó para que la gente de clase media, que tenía profesiones cognitivas, mandase a sus hijos a aprender a tener profesiones de tipo cognitivo. Y cuando el sistema se universalizó y entraron las clases populares, que tenían más trabajos manuales, no terminó de ajustarse”, afirma el sociólogo de la Universidad de La Laguna José Saturnino Martínez. “La consecuencia de ello es que la escuela privilegia saberes de tipo muy intelectual. Nadie cuestiona que enseñe a leer, escribir, o matemáticas. Pero hay saberes obligatorios que de adultos casi nadie usamos, como el análisis sintáctico-gramatical, más propio de la carrera de Filología. En cambio, conocimientos que pueden venir muy bien tener en la vida, como tener un poco de idea de fontanería, carpintería, etcétera, propios de los oficios de las clases populares, la escuela los deja en segundo lugar. Muchos contenidos escolares no interpelan a una parte de los chavales, que los ven como algo ajeno a su vida cotidiana, sus experiencias culturales y sus intereses”.

Las clases populares, añade Manuel Fernández Navas, profesor de Educación en la Universidad de Málaga, “suelen valorar más la utilidad inmediata de las cosas: esto me vale para esto, aquí y ahora”. Mientras que en la escuela el conocimiento tiene, en buena medida, un “valor de cambio”; se asume que sirve para ser cambiado por una nota. “¿Y quiénes se adaptan mejor a estar seis horas en clase haciendo algo que no tiene utilidad para su vida diaria? Los chavales de clases sociales más altas, que han interiorizado en sus casas la expectativa de que tener un título les servirá en el futuro para tener una carrera y una mejor posición social”.

La lengua del colegio

La clase social también acerca o aleja a los niños y adolescentes del tipo de lenguaje que se utiliza en las aulas. “En los materiales, en la manera como los profesores se comunican con los alumnos, en cómo justifican las actividades que desarrollan y las evalúan, el código lingüístico de la escuela es mucho más parecido al que se utiliza en las familias con más estudios”, dice Miquel Àngel Alegre, jefe de proyectos de Equitat.org (la antigua Fundació Bofill). La diferencia, indica el sociólogo, se nota en cómo hablan desde pequeños los hijos de dichos hogares. “Con estructuras gramaticales más complejas, frases subordinadas, uso de la voz pasiva, y un repertorio más conceptual”. Y al contrario, los chavales que provienen de familias que usan un código más restringido, “se sienten más desorientados y tienen más dificultades para llegar a lo mínimo que de entrada se espera que cumplan en la escuela”.

Esa brecha, que existe desde que se universalizó la enseñanza, se ha visto ensanchada con la incorporación de chavales de otros países. “Con parte de ellos, y con sus familias, los docentes no se pueden comunicar al principio prácticamente nada, porque hablan idiomas muy alejados, como el urdu o el tagalo, y no conocen ninguna lengua románica”, dice Sheila González. Una de las reivindicaciones del profesorado en las protestas de estas últimas semanas es aumentar las aulas de acogida que proporcionen a los alumnos una base para poder desenvolverse en clase.

Menos tiempos de aprendizaje

El grado de riqueza también condiciona el tiempo de aprendizaje al que están expuestos los alumnos, señala José Saturnino Martínez. La población más vulnerable es la que menos asiste a la escuela infantil, lo que retrasa su contacto con el aprendizaje formal. Sus familias los llevan a menos actividades extraescolares, tienen menos posibilidades de recurrir a clases particulares para mantener el ritmo del currículo escolar, y menos capacidad de asumir los costes de la enseñanza postobligatoria. También pueden ayudarles menos a estudiar y a hacer las tareas personalmente, sobre todo a medida que su complejidad aumenta en secundaria. Carla, de 18 años, estudiante en un instituto de Albacete, es un ejemplo de dicha desventaja. Desde los 11, cuando la condición de toxicómanos de sus padres se volvió evidente, dejó de poder contar con ellos, no solo para que le ayudaran con los deberes, sino para tener garantizada la cena. “A partir de un momento, ni siquiera me preguntaban por las notas. Y yo me acostumbré a encerrarme en mi habitación y enfocarme en los estudios”, cuenta. Carla es lo que el Informe PISA describe como estudiante resiliente, y en junio se examinará de la Selectividad. Su hermano, en cambio, no lo llevó igual, ha repetido dos veces y parece a punto de abandonar los estudios.

Cosas que se dan por descontadas

El caso de Carla y su hermano pone de manifiesto otro factor de desigualdad educativa: “El sistema educativo da por supuesto que todo el alumnado llega a clase habiendo desayunado, con la ropa necesaria para no pasar frío, o habiendo dormido toda la noche en una cama cómoda, porque el aprendizaje requiere unas condiciones mínimas. Pero sabemos que eso no siempre pasa”. El sistema educativo español está poco desarrollado para paliar este tipo de problemas. Sí cuenta, por ejemplo, con las becas comedor, pero limitadas normalmente a las etapas de Infantil y Primaria. E incluso ese tipo de ayuda no siempre está disponible, porque las becas se quedan cortas o porque el centro carece de comedor (un problema que afecta uno de cada seis colegios públicos y a más del 80% de los institutos, según la ONG Educo).

La nueva pobreza

Tradicionalmente, las personas pobres solían estar desempleadas, señala González. Sus situaciones eran muy complicadas, “pero estaban en casa y podían hacer, al menos, una crianza presente. Ahora, en cambio, hay mucha gente que es pobre pese a tener unas jornadas laborales superextensas. Y eso hace que tengamos niños que no solo son pobres, sino cuyos padres están ausentes todo el día, lo que les impide acompañarlos y hace difícil el establecimiento de normas y límites”. Una consecuencia de dicha desatención, sigue la especialista en desigualdad educativa, “es que las escuelas están detectando la llegada de niños sin hábitos; críos que todavía van con pañal o que no tienen hábito de comunicación porque nadie habla con ellos”. La precariedad laboral, el estrés económico, las condiciones de infravivienda y el miedo a los desahucios derivan, a veces, añade la politóloga catalana, en problemas de salud mental. “Lo que, sumado a otras cosas, como los duelos migratorios, forman un cóctel que acaba en la escuela y esta tampoco está sabiendo gestionar”.

Acceso al silencio

María, su marido y sus tres hijos, llegados de Venezuela en 2024, viven en una habitación del barrio valenciano de Orriols que mide “10 pasos de largo por seis de ancho”, en un piso en el que hay otros tres cuartos alquilados. El mobiliario de su habitación se limita a un par de cómodas, un espejo, una cama de matrimonio, y tres colchones que durante el día reposan de pie sobre la pared. El espacio se va volviendo más pequeño a medida que los niños crecen, dice María, y menos adecuado para estudiar y vivir. Para poder concentrarse, señalan los expertos, es necesario contar con espacios de silencio y tranquilidad que son poco habituales en los hogares de los chavales más vulnerables.

Las consecuencias del gueto

La segregación escolar, esto es, el reparto muy desigual del alumnado con dificultades entre escuelas y redes escolares también tiene un impacto en el aprendizaje de los estudiantes, señala Alegre. Cuando un docente no tiene uno o dos alumnos con necesidades educativas a los que dirigir la atención de forma más intensa, sino un aula donde la mayoría del alumnado las presenta, no puede cumplir bien su función. En ese tipo de escuelas, la investigación muestra que se produce algo así como lo contrario al efecto Pigmalión, apunta González: los profesores rebajan las expectativas hacia su alumnado. Y esa ausencia de fe hace que algunos chavales que, pese a las dificultades, podrían tener rendimientos excelentes, lo intenten menos.

Saber cómo exigir los derechos

El conocimiento de las familias sobre cómo funciona el sistema educativo también está ligado al capital cultural, señala el sociólogo Miquel Àngel Alegre. Ello se traduce, por ejemplo, en una mayor propensión a contactar con los tutores de los hijos en caso de observar problemas de rendimiento académico. Y en una mayor tendencia a exigir los recursos necesarios para que sean bien atendidos en caso de detectar dificultades de aprendizaje, como la dislexia. También disponen de mayor capacidad de orientar a sus hijos por las diferentes opciones educativas (algo que el sistema público español apenas ofrece), o de contactar con personas que puedan brindarles dicha información. Un conocimiento que es especialmente importante en el caso de la Formación Profesional, que, después de haber sido vista durante décadas como enseñanzas de segunda clase, empiezan a parecer más atractivas para las clases medias.

A diferencia del Bachillerato, que solo tiene cinco ramas, existen más de 180 ciclos formativos, que no están en todos los centros, ni municipios, y tienen muchas veces notas de corte. Elegir bien suele requerir, por tanto, apoyos para diseñar una estrategia. Y es otro terreno en el que los chavales de familias menos acomodada parten con desventaja.

miércoles, 8 de abril de 2026

Reglamento del fútbol de calle y patio de recreo

 1. El gordo siempre es el portero.

2. El partido acaba cuando todos están cansados.

3. Aunque el partido vaya 20 a 0 se decide por "el que meta, gana".

4. No hay árbitro.

5. Solo se pita falta si es muy clara o alguien sale llorando.

6. No existe el fuera de juego.

7. Si el dueño del balón se enfada, se acaba el partido.

8. Los dos mejores no pueden estar en el mismo equipo y son los que eligen.

9. Elige el primero el que gana a los chinos, esto es, el sorteo a pares y nones.

10. Lo peor que te puede pasar es ser elegido el último.

11. En las faltas directas la barrera siempre estará bastante cerca del balón.

12. Se detiene el partido cuando pasa una persona mayor o una madre con bebé.

13. Son enemigos para siempre los jugadores del barrio más cercano.

14. Los que no tienen ni idea de jugar quedan de suplentes o de defensas.

15. Si llegan los mayores para jugar, hay que abandonar el campo.

16. Si se apuesta algo, hay que ponerse muy serio: es como jugar una final.

17. Las porterías son dos piedras o dos chaquetas de chándal. Se mide a pasos, y cuando no se mire se encoge.

18. Cuando el balón pasa por encima del portero todos gritan ¡Alta! (suele dar resultado para que el gol no valga).

19. "La ley de la botella: el que la tira va a por ella". Y ese responderá: "La ley del vaso, el que la tira no hace caso".

20. Si hay penalti, quitan al gordo y se pone el mejor.

21. Se echan pies para elegir equipo, y se termina con "monta y cabe".

22. Para distinguir equipos (aunque todos saben quién es de cada uno), el que hace el primer gol, se queda con camiseta y el que recibe el gol se quita la camiseta. Así se distinguen los dos equipos. Pero si hace mucho calor, entonces el equipo que mete primero elige quitársela, y es el otroel que  termina con ropa sudada.

martes, 13 de enero de 2026

Marc Vidal, qué ocurre, qué hacer y cómo

 [Transcripción de YouTube en este enlace:]

 Marc Vidal, hoy: "Esto es mucho más grande de lo que parece aunque no te lo cuenten", en YouTube.

Índice:

00:00 – El mundo dividido y la ruptura del contrato social

02:50 – Una generación que ya no puede ser calmada

03:51 – Protestas globales: no son casos aislados

05:33 – El contrato social en entredicho

06:23 – El coste de la vida y la asfixia económica

07:10 – La generación estafada: jóvenes sin futuro

09:21 – Desigualdad extrema y el detonante universal

10:49 – Choque generacional y brecha digital

12:09 – Movimientos sin líderes: la nueva forma de protesta

15:04 – Gobiernos desbordados y pérdida de legitimidad

18:41 – El punto de no retorno: un sistema ingobernable

20:15 – ¿Reparar el sistema o construir uno nuevo?


 El mundo dividido y la ruptura del contrato social

Si te preguntas por qué el mundo parece tan dividido últimamente, por qué estallan protestas en casi todos los rincones del planeta, presta atención, no se trata solo de política ni de los inconformistas de siempre. Algunos ya lo llaman una guerra generacional librándose en las calles. Estamos ante un choque fundamentalmente de valores y de realidades que están reconfigurando nuestro futuro y sacudiendo la base misma de la sociedad. Es mucho más grave de lo que te cuentan. ¿Acaso el contrato social, ese acuerdo tácito de confianza entre ciudadanos e instituciones se ha resquebrajado globalmente? ¿Se ha roto definitivamente la relación entre quienes lo contaban y los que escuchábamos? Tras el contenido que hice sobre Irán hace ya un poco más de una semana, cuando empezaban los disturbios, cuando los medios aún no habían hecho ni una sola nota al margen, muchos de vosotros, gente que ha participado en diferentes movilizaciones durante el pasado año, me escribisteis. Os voy a destacar alguno de esos mensajes que me habéis escrito vosotros mismos. Los tengo por aquí. Desde Alemania, un seguidor llamado Alfred decía, "In Berlin, so riots of energy and rent jet headlines only scream extremure analyst puts spotlight wearing", esto, más o menos quiere decir que "En Berlín hubo disturbios por la energía y el alquiler, pero los titulares solo hablaron de radicales. Tu análisis pone el foco donde duele". Desde Perú, Isaías 98, que lo conozco personalmente. Tumbamos un presidente en días y aún así los medios siguen diciendo que hubo solo inestabilidad. No entienden nada. Gracias por llamar esto por su nombre. Desde el Nepal, un joven que conozco también personalmente desde hace ya unos meses, en este caso solo por escrito llamado Ramesh, me decía más o menos, lo traduzco directamente, cuando cayó el gobierno en Nepal, casi nadie miró, pero fue la calle la que decidió gracias por no ignorar a los países incómodos. Desde Sofía, otro de vosotros, llamado Crirypton, ese es su apodo, me decía que en Bulgaria protestamos contra élites corruptas y presupuestos absurdos. Desde fuera parecía solo ruido. Gracias a tu canal explicaste por qué no lo fue.

Desde Marruecos, Ibrahim, un amigo que conozco de mis viajes al desierto de Taraclat, me escribía por WhatsApp ayer mismo que allí los jóvenes en Marruecos salieron sabiendo que habría represión, que los medios callaban por todas partes, pero que el silencio de los medios europeos también es violencia.

Desde Cuba, Yanina también me confesaba que en Cuba no hay riots, manifestaciones masivas, pero hay algo real. Se rompió el miedo. Necesitamos que tus seguidores, vosotros y los de todos los que hacemos contenidos similares, expliquen a Europa o donde sea lo que está pasando allí. Hay muchos más. Estos son los que llegaron directamente, no por comentarios, sino porque o son de personas que conozco o bien tienen mi correo personal, el que el que yo leo directamente. Todo

 Una generación que ya no puede ser calmada desembocan lo mismo. Son gente muy joven. Son  generaciones que consideran que las generaciones anteriores se las calmaba con promesas de prosperidad futura, pero que a esta generación, la más joven, ya no puedes calmarla con algo que nunca tuvo. Por eso el mundo está explotando. Quédate porque voy a profundizar mucho más que en vídeos anteriores, en contenidos anteriores, en cómo una crisis económica asfixiante, una revolución digital que amplifica cada indignación y una brecha generacional sin precedentes están convergiendo para poner en jaque la estabilidad planetaria y el contrato social que nos ha mantenido cohesionados hasta ahora probablemente ya no funciona. Y por cierto, si quieres acceder al informe escrito y detallado a lo largo de más de 60 páginas que van a complementar este trabajo en los próximos días que estamos preparando para que te lo puedas leer en detalle, para que puedas participar, hazte miembro del canal que mi equipo te lo va a agradecer y yo también. Lo dicho, no te vayas que lo de hoy también te interesa.

Protestas globales: no son casos aislados 

Mira a tu alrededor. Las calles arden en protestas multitudinarias. A primera vista, cada estallido parece tener causas locales, una subida del precio del transporte aquí, una reforma política allá, pero todos comparten un trasfondo común. Millones de personas, sobre todo muy jóvenes, expresan una frustración profunda con el sistema actual. Ya no estamos ante caos aislados, es un fenómeno global sincronizado. Un análisis del propio Bloomberg Economics contabilizaba 53 protestas masivas con más de 10,000 participantes, que es como se les considera en 33 países durante el año pasado, la cifra anual más alta desde que se tienen registros. Estas movilizaciones llegaron a derrocar gobiernos en lugares tan distintos como Nepal, Madagascar, Bulgaria y sacuden incluso democracias avanzadas. Los entrevistados alrededor del mundo sobre estos temas, desde jóvenes en Ciudad de México hasta activistas en Yakarta, revelaban avances compartidos, ira por la creciente desigualdad, precariedad laboral, corrupción y, sobre todo, una duda amarga de que vayan a alcanzar el nivel de vida que tuvieron sus padres.

La desconfianza hacia las instituciones es generalizada y más intensa de lo que creemos los que somos más mayores entre las nuevas generaciones. En encuestas globales, más de la mitad de la población dice que su país está más polarizado que antes y casi todos culpan a un liderazgo fallido, a desigualdades y a una tibia desinformación que genera esa fractura. Y cuando digo desinformación es en todos los sentidos.

El contrato social en entredicho

En otras palabras, el viejo contrato social, ese acuerdo implícito por el cual los ciudadanos aceptamos obedecer las leyes y autoridades a cambio de bienestar, seguridad y oportunidades, están entredicho en todas partes. Cuando tanta gente siente que los gobiernos ya no cumplen su parte, la consecuencia es este rugido global de indignación. No te lo van a explicar en los medios de forma global y comparada, no te van a dejar pequeños detalles, pero está pasando. Para entender esa tormenta perfecta de descontento, hay que mirar qué está fallando. La economía cotidiana de la gente, la confianza en un futuro mejor y la manera en que la tecnología conecta y enciende estos ánimos. Es decir, ver como lo invisible, las frustraciones económicas, lo digital, las redes y la información y lo generacional se entrelazan en esta crisis de alcance planetario. 

El coste de la vida y la asfixia económica

Una gran parte de esta historia está escrita en las hojas de cálculo de la economía doméstica. Hablemos claro, el costo de la vida se ha disparado en los últimos años a niveles que no veíamos desde hacía bastantes décadas. Los más mayores nos acordamos de niños de aquellas inflaciones galopantes que teníamos eh por aquel entonces. La inflación ahora golpeó de nuevo con dos dígitos en muchos países tras la pandemia, con precios de energía y alimentos por las nubes, mientras los salarios se estancaban, por no hablar del truco a la hora de medir el IPC en algunos países, la inflación en otros, cuando no es real. Cuando para la mayoría llegar a fin de mes se vuelve en una hazaña, la promesa básica del contrato social trabajar duro y prosperarás suena a una burla. No es casualidad que tantas protestas hayan estallado bajo la consigna de no podemos pagar más, pero hay un matiz crucial. 

La generación estafada: jóvenes sin futuro

El impacto generacional de esta crisis económica es clave. Las generaciones más jóvenes, los millennials, los que tienen unos 30 y algo y la generación Z, los Zumers, los veinteañeros, sienten que se les ha tocado un futuro muy precario, mucho más que el de sus padres. Y es una percepción válida. Vamos a ver los datos. En muchos países occidentales, la generación boom, los boomers, acumulan la mayor parte de la riqueza privada. En Estados Unidos, donde tenemos algunos datos, los baby boomers concentran más del 50% de la riqueza del país, mientras los millennials apenas poseen un 5%. A la edad en que sus padres ya compraban casa y coche, muchos jóvenes de hoy encadenan alquileres imposibles si es que han podido irse de casa para pagar algo y que además tienen empleos temporales sin estabilidad. La tasa de desempleo juvenil en promedio mundial triplica al de los adultos y tener trabajo ya no elimina la ansiedad. Dos tercios de los jóvenes en el mundo sienten ansiedad por su situación laboral. Incluso muchos de los que están empleados están en la economía informal o en puestos de que está muy por debajo de su formación. Y todo esto ha creado una sensación generacional de estafa. Es la generación estafada.

Los jóvenes ven a sus mayores disfrutar pensiones, empleos, disfrutar. Ya me entendéis, empleos estables, vivienda propia, mientras que a ellos les tocan contratos basura, deudas estudiantiles en los países en los que eso se rige, alquileres estratosféricos, por ejemplo, en Europa. Se habla del primer grupo de jóvenes en mucho tiempo que podría vivir peor que sus padres. Eso ya no es una frase hecha, eso es una realidad. Esa ansiedad económica generacional es pólvora, pólvora pura. En redes sociales se ha vuelto viral un eslogan, el okay boomeres una expresión sarcástica de los jóvenes hacia las actitudes de la generación boomer, los de los años nacidos en los 50 y pico, 60 y pico, encapsulando el hartazgo con frases del tipo "Si te esfuerzas lo conseguirás", que ya suenan vacías. Memes y hashtags sobre la generación de la precariedad, es decir, la generation rent antiwork, unen a jóvenes desde Los Ángeles hasta Lagos en una queja común. El sistema está roto y no me ofrecéis un futuro digno. 

Desigualdad extrema y el detonante universal 

Y atención, porque la desigualdad económica general actúa aquí como detonante universal. Aunque las situaciones varíen por país, en casi todos lados la brecha entre ricos y pobres se ha ido ensanchando en los últimos años. La pandemia amplificó esa brecha de forma, yo diría que escandalosa. El 1% más rico acaparó 2 tercios de la nueva riqueza global generada desde 2020, unos 26 billones dólares hasta 2021. Mientras tanto, por primera vez en 25 años creció la pobreza extrema a nivel mundial. Dicho de otro modo, los multimillonarios, los muy muy multimillonarios vieron duplicar sus fortunas en plena crisis a razón de 2,700 millones más cada día, incluso después de leves caídas de los mercados en el 22, mientras cientos de millones de personas comunes luchaban por mantener un plato en la mesa. Es difícil exagerar el resentimiento que generan cifras así, ¿verdad? Cuando la gente ve que el sistema premia al 1% a costa del 99%, la credibilidad de esas instituciones y la promesa de movilidad social se vienen abajo. No importa si el reclamo concreto de una protesta es el precio del metro en Chile o la condonación de deudas estudiantiles, por ejemplo, en Estados Unidos. Subyace la sensación compartida de injusticia económica y esa indignación encuentra un eco y una amplificación inmediata en internet, que es lo que ha cambiado, y eso alimenta a las protestas en cadena. 

Choque generacional y brecha digital

El choque generacional no es solo económico, es también un desencuentro de valores y visiones del mundo y se amplifica por una brecha digital. Las generaciones difieren en lo que esperan de la sociedad y en cómo se informan y organizan. Y estaría bien escuchar los más los que somos más mayores. A mí me encanta escuchar sus inquietudes. A veces no las comparto, pero intento entenderlas. Porque aquí la tecnología juega en papel de doble filo. Une a los afines, pero separa las generaciones en burbujas informativas. Los jóvenes de la generación Z se han criado en la era de las redes sociales con un océano infinito de información al alcance del móvil. Consumen noticias por feits de Instagram, TikTok, Twitter, en vídeos en YouTube donde la inmediatez y lo visual dominan. Entrre tanto, muchos mayores aún  confían en la televisión tradicional o la prensa escrita para informarse. El resultado, dos realidades paralelas. Un mismo suceso puede ser interpretado radicalmente distinto dependiendo de en qué plataforma te has estado informando. Los que estáis viendo este vídeo, obviamente, no entráis en el patrón de esos que están enfrentados con los que se informan en un ámbito digital. Las cámaras de ecoalimentadas por algoritmos significan que cada grupo recibe confirmación constante de sus propias creencias y enfados. Me dedico a eso. Sé que la tecnología ha sido una arma al servicio de la movilización positiva. 

Movimientos sin líderes: la nueva forma de protesta

Las mismas herramientas digitales que pueden separar están ahora dando poder organizativo sin  precedentes a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes. Plataformas como Telegram, WhatsApp o Discord permiten coordinar protestas de forma descentralizada y casi instantánea. Es lo que ha pasado en estos últimos días en Irán. Un ejemplo impresionante fueron las protestas en Hong Kong en 2019, donde manifestantes, muchos eran muy jóvenes, usaban chats cifrados y foros en línea para planificar  movimientos casi a tiempo real, escapando de la censura en aquel momento China y sin necesidad de líderes visibles. Y esa táctica sin cabeza dificultó enormemente la respuesta gubernamental. Eso es lo que no han entendido algunos todavía. Lo vimos también en la llamada primavera árabe ya en el 2011 y en movilizaciones más recientes en Tailandia, en Bielorrusia, compartiendo consejos tácticos tomado todo ello de movimientos en otros continentes, adaptándolos a su realidad local. Hoy un solo tweet, un vídeo viral, puede cruzar fronteras y encender chispas solidarias al otro lado del globo. Por ejemplo, las protestas juveniles en Nepal, que os decía hace un momento, que me escribieron desde ahí, que tumbaron a su gobierno hace unos meses, inspiraron a jóvenes en Perú que al ver esas noticias en redes las tomaron como modelo a seguir. Del mismo modo, manifestantes de América, Hispanoamérica, replican lemas del Black Life Matters, por ejemplo, de Estados Unidos y activistas europeos han aprendido de la resistencia creativa de los estudiantes en Hong Kong. Se está forjando una red mundial de solidaridad juvenil y algunos no lo ven. Hashtags compartidos, desafíos virales con causa, donaciones colectivas para movimientos en otros países. Todo eso crea una conciencia de lucha global inédita. Nunca había sido así y algunos lo están obviando. Un joven desempleado en Túnez puede sentir que tiene más en común con un milenial endeudado en Estados Unidos que con sus propios gobernantes locales. Por supuesto que esa hiperconexión también tiene su lado oscuro en las protestas. La información se convierte en arma. Las mismas redes propagan indignación legítima y campañas de manipulación. Gobiernos autoritarios y actores malintencionados han utilizado bots y utilizan noticias falsas para dividir a esos movimientos o para justificar la represión. Hay un ejemplo muy claro. Fueron las oleadas de desinformación detectadas en torno a las protestas en Chile en 2019, cuando desde cuentas falsas difundían caos exagerado, atribuían falsamente la violencia a los manifestantes, buscaban restarles apoyo.

La opinión pública hoy es muy volátil y es muy reactiva, mucho más que antes. Un trending topic incendiario puede provocar que en cuestión de días un gobierno enfrente manifestaciones multitudinarias. pidiendo dimisiones de todos ellos. No lo vieron venir. 

Gobiernos desbordados y pérdida de legitimidad 

Todas esas fuerzas económicas, tecnológicas, generacionales están están reblandeciendo los cimientos del poder tradicional. Los gobiernos, tanto democráticos como autoritarios, se encuentran en terreno movedizo, lidiando con desafíos que no saben cómo controlar. Las estructuras clásicas de autoridad están siendo cuestionadas abierta y simultáneamente en muchas partes del mundo. En el mundo vemos un declive notable de la confianza en partidos políticos, parlamentos y medios convencionales. Eso en países democráticos. La polarización política se ha disparado. Amplios sectores de la ciudadanía, por ejemplo, a menudo alineados por generación, sienten que el sistema ya no les representa y por eso surgen candidaturas antisistema y de todo tipo que capitalizan ese desencanto y prometen derribar el estatus quo o en el caso de los más jóvenes, movimientos que rehuyen de los canales formales y prefieren la acción directa en la calle.

Algunos se preguntan, ¿por qué crecen unos y ya no crecen otros? Deberían de revisar estos motivos. Si la mayoría piensa que el mañana será peor, incluso antes de llegar, ¿cómo no van a proliferar las protestas de los Ya basta? Muchos líderes democráticos lucen ahora mismo paralizados. Cualquier decisión difícil es recibida con ira por algún segmento ciudadano movilizado en redes.

Se gobierna a golpe de crisis viral, apagando fuegos constantes, lo que obviamente erosiona la capacidad de trazar reformas a largo plazo, que seguramente es lo que se necesita. Son muy cobardes. La  legitimidad de las instituciones, que son muy cobardes, pende un hilo, sujeta al trending topic del día. En los regímenes autoritarios, la cosa tampoco pinta muy fácil. Antes los dictadores y autócratas confiaban en el control férreo de la información para sofocar el disenso. Pero en la era de internet, incluso con censura, las grietas informativas existen en Irán. han hecho un blackout de internet informativo, pero tienen Starlink para conectarse. Ejemplo, también en China en 2022, las protestas inusuales allí contra su política de cero COVID, que es el que lo que se planteó después de que vídeos de un incendio mortal atribuido al confinamiento circular por redes, pese la censura, fue un chispazo de indignación popular que el Estado no supo anticipar. Lo pararon, sí, pero se las vieron. Y en Irán de nuevo lo que está pasando ahora mismo, las protestas de estos días. Allí están lideradas en gran parte por jóvenes y mujeres desafiando décadas de miedo. Y aunque el régimen reaccionó con dureza, está reaccionando con muchísima dureza, está matando a su gente, ha quedado evidente que hay una generación que ya no se calla a pesar del riesgo. Manifestarse allí es jugarse la vida. Incluso en lugares como Rusia, el estado se enfrenta a fugas de narrativa. Jóvenes bloggers con millones de seguidores cuestionan la versión oficial sobre la guerra en Ucrania y obligan al Krelmin a jugar a la represión. Y eso muestra que el monopolio de la verdad se ha roto.

Esta es la clave. Ningún gobierno puede controlar totalmente el relato cuando cada ciudadano con su teléfono móvil es potencialmente un medio de comunicación.

Y ahora me dirán de todo, pero se convierten en eso, por lo menos de emisión a tiempo real. Otro factor es la ausencia de líderes claros en muchas de esas protestas y eso confunde a las élites. Movimientos como Occupy Wall Street en 2011 o los chalecos amarillos en Francia en el 2018 fueron intencionalmente horizontales, sin cabezas visibles con quienes negociar. Esa tendencia continúa. Muchas de las protestas actuales son espontáneas o coordinadas en red sin un comité central. Para los gobiernos esto es una pesadilla. 

El punto de no retorno: un sistema ingobernable

¿Cómo desactivar un movimiento que no tiene un líder a quien convencer, a quién encarcelar, a quién comprar? La respuesta típica ha sido la represión, la criminalización y por eso a menudo echa más leña al fuego, sobre todo cuando las imágenes de abusos policiales circulan libremente, indignando más a ese grupo descentralizado. La imprevisibilidad es la nueva norma. Un suceso menor puede escalar a crisis nacional en días. Ya te lo decía. En Túnez 2010, un gesto desesperado de un joven vendedor ambulante prendiéndose fuego detonó en la primavera árabe entera. Y hoy cualquier injusticia filmada, desde una agresión policial hasta un comentario racista viralizado, puede ser catalizador de protestas multitudinarias antes de que las autoridades puedan reaccionar. Y en medio de todo eso, los algoritmos, los algoritmos de redes sociales que actúan como aceleradores impredecibles, amplifican contenidos emocionales, a veces polarizantes, dan voz a quienes antes no la tenían, pero también elevan la temperatura del debate público al punto de bullición. Los gobiernos se ven desbordados, intentan contrarrestar narrativas con comunicados oficiales que que ya nadie lee o contratando ejércitos de community managers. para peleas que no pueden ganar en la opinión pública digital porque la conversación es demasiado descentralizada y demasiado caótica. Su sistema, su modelo, no funciona y se están dando cuenta. 

¿Reparar el sistema o construir uno nuevo?

Nos encontramos en un momento bisagra de la historia, un punto en el que debemos preguntarnos algo. ¿Es posible enmendar un contrato social hecho trizas o tendremos que forjar uno completamente nuevo desde cero? La respuesta va a depender de si somos capaces de tender puentes entre esas brechas que os he descrito hoy, en lugar de cabarlas aún más profundas. 

También es posible que estemos entrando en una era de fragmentación mayor donde ese viejo contrato social se reemplaza por mosaicos más pequeños de lealtad. Yo creo más esto. Hay quien especula incluso que podríamos ver una desagregación del Estado nación tal y como lo conocemos. personas que ya no confían en gobiernos centrales y en su lugar se unen a comunidades más ágiles, incluso aunque sean virtuales. Pensemos en grupos que forman micronaciones digitales, en comunidades, por ejemplo, cripto, que operan con sus propias reglas financieras al margen de bancos centrales o en las DAO, que son organizaciones autónomas descentralizadas, donde decisiones son tomadas por miles de usuarios globales mediante blockchain sin jefes permanentes. Suena a ciencia ficción, pero ya existen proyectos piloto de ciudades autónomas, economías basadas en criptomonedas y colectivos online con más cohesión interna que muchas sociedades físicas. Si las instituciones tradicionales no logran adaptarse a esto, muchos ciudadanos, especialmente los más jóvenes, los más cosmopolitas, podrían optar por salirse del sistema, al menos mentalmente, e invertir todas sus energías en estos nuevos espacios paralelos. Si eso plantearía un escenario totalmente nuevo de inestabilidad para los estados, pero quizá al final forzaría a repensar desde cero cómo definimos el concepto de ciudadanía, de gobierno y de comunidad en el siglo XXI. Por eso, llegados a este punto, sería interesante preguntarse si estamos ante una simple época turbulenta más o se trata de algo más definitivo. Recordemos La Primavera de los Pueblos, cuando oleadas revolucionarias sacudieron a Europa. Era 1848 y tuvo lugar una ola revolucionaria donde los pueblos de distintos países, sin internet ni redes sociales, se levantaron casi a la vez pidiendo libertades y mejores condiciones de vida. Aquello también fue un síntoma de contratos sociales obsoletos. Hoy hay ciertas similitudes que saltan a la vista, pero el claro es más global, más complejo. Estamos en esa zona gris intentando navegar entre el mundo que se desvanece y el que empuja por nacer. Me encanta ser testigo del nacimiento de un nuevo mundo. Sin embargo, la Historia nos enseña que de las grandes crisis nacen grandes transformaciones. Dejadme pensar así. Podemos imaginar un futuro donde tras este periodo de convulsión la sociedad haya reajustado su contrato sobre nuevos fundamentos. Quizá una relación renovada entre gobernantes y gobernados basada en más participación directa y transparencia radical, quizá economías más solidarias que no dejen a generaciones enteras atrás. Quizá una cultura digital donde prevalezca la colaboración global sobre la confrontación tribal.

Sé que suena utópico. ¿Qué pasa? Las utopías de ayer a veces son la realidad del mañana. La pregunta no es solo si el contrato social está roto, sino qué vamos a construir en su lugar. Estamos metafóricamente como una colmena que ha perdido a su reina. Las abejas zumban caóticas por un tiempo, pero luego tienen que unirse todas ellas para crear una nueva líder o la colmena perecerá. Del mismo modo, nuestras sociedades deberán encontrar un nuevo eje de consenso y un nuevo propósito compartido. Puede que tengamos que reinventar nuestras instituciones desde las cenizas. ¿Qué pasa? Igual sí. No sería fácil, pero la capacidad humana para adaptarse y crear es poderosa. A los que nos gusta la historia lo sabemos. La clave estará en nuestra participación activa, en entender que todos somos parte del problema y también de la solución. Si algo nos demuestra esta oleada global de protestas, incluida las de Irán, es que la gente sí quiere ser escuchada y sí quiere formar parte del cambio. Aprovechemos esa energía no solo para protestar, sino para proponer, porque el futuro va a depender de nuestra habilidad para imaginar nuevas formas de convivencia y que las podamos hacer realidad. Cada uno de nosotros, joven o viejo, tiene en sus manos un pedacito de esa reconstrucción.

El contrato social era el pegamento invisible que mantenía unida la porcelana de nuestra sociedad. Y ahora ese jarrón se ha hecho añicos, te lo expliquen o no en la tele. Podemos dejar que los pedazos se dispersen y cortarnos con ellos o armarnos de valor para recomponerlo, pero dándole una nueva forma mucho más resistente. 

Está en nuestras manos, amigos, decidir si de esta fractura global emerge un mosaico caótico o un nuevo pacto más justo y fuerte. Porque pase lo que pase en las calles de Teherán nos afecta.

Podemos señalar a los que callan, a los que no. Lo que pasa en las calles de cualquier otra parte del  mundo nos afecta. Es curioso el silencio de algunos, algunas, por los que callan y por los que no. Ver todo esto como un campo de debate ideológico desde una perspectiva antigua de derecha, izquierda, arriba o abajo, adelante o atrás es un error. Esto no es ideológico. Por lo menos no solo. Estamos hablando de una falta de legitimidad creciente de quienes nos gobiernan en cualquier lugar del mundo.

Da igual el lugar, da igual si son dictaduras, teocracias o sistemas diversos, da igual. La cuestión es que algo se ha roto y volverlo a recomponer como estaba antes ya es imposible. Y el tiempo dirá, ¿hasta qué punto estamos creando un nuevo mundo o simplemente vamos a retocar estéticamente el que se hizo añicos? No podemos participar físicamente en las batallas que se libran en tantos lugares del mundo.

Obviamente no podemos ir, pero sí podemos analizarlas correctamente.

No son un titular, no son un resumen, no es un fragmento de un informativo. Son procesos complejos que están definiendo el mundo de nuestros hijos. Es momento de explicarlo, de contarlo y de denunciarlo. Es momento de participar en la medida de lo posible. Es momento de apagar la televisión porque solo te va a contar lo que pasa cuando interese contar lo que pasa. No antes y no después. La historia no está escrita. La pluma la sostenemos nosotros con nuestras acciones colectivas.

Plataformas como esta, conocimiento, con empatía y con determinación podemos transformar la crisis, la que vive el mundo en oportunidad y forjar ese futuro compartido que hoy parece tan incierto. Seguimos.

lunes, 12 de enero de 2026

Derrota y descontrol del proceso educativo. La enseñanza de la filosofía.

 Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía: “Hemos perdido el control del proceso educativo, lo que damos en clase es en gran medida un simulacro”, en El País, por Ignacio Zafra, Valencia - 25 dic 2025:

Coautor del currículo oficial, el docente acaba de publicar un libro sobre el estado de su asignatura y advierte de la pérdida de referentes culturales comunes entre el profesorado y sus alumnos

Víctor Bermúdez volvió en septiembre a su instituto público de Mérida, donde da clase de Filosofía, después de cinco años en el Ministerio de Educación, donde ha coordinado la redacción de los actuales currículos de su materia y de varias más, como Historia. Acaba de publicar con otros autores Defensa de la enseñanza de la Filosofía: trayectorias en Iberoamérica (Aula de Humanidades), libro en el que explica que para entender por qué en España se enseña Filosofía en secundaria, y no sucede lo mismo en el centro y norte de Europa, hay que remontarse a las guerras de religión del siglo XVI. Durante una hora de entrevista, Bermúdez repasa la historia y características de su asignatura, para lanzarse después a hablar de cómo ve a los chavales y la escuela, la parte que, puestos a elegir, se recoge aquí. Nacido hace 57 años en Barcelona y criado en Triana, Sevilla, responde a las preguntas por videollamada desde el estudio de su casa. La cámara muestra el espacio acogedor donde trabaja alguien que no es precisamente un maniático del orden.

Pregunta. Afirma en el libro que una de las preocupaciones del profesorado en España es que el alumnado presenta “dificultades generales de atención, comprensión y expresión”. ¿La comparte?

Respuesta. Es una pregunta muy complicada. No es algo solo o específico de la materia de Filosofía. Como profesor creo que estamos en un momento de gran desconcierto educativo. Hemos perdido casi totalmente el control del proceso educativo de los chicos y las chicas, de los futuros ciudadanos. Y en gran medida la educación que seguimos dando en los centros educativos es un poco un simulacro.

P. ¿Por qué?

R. En primer lugar, se han desbocado los cauces de obtención de información. No hay quien los controle, porque en gran medida pertenecen a ámbitos privados. Empezando por las empresas que suministran herramientas no solamente de obtención, sino ahora de producción de información a través de la inteligencia artificial. La escuela no sabe cómo actualizar el lenguaje educativo para que pueda competir con eso. En segundo lugar, creo que la escuela está renunciando a su objetivo fundamental, que era generar una especie de cultura general común a toda la ciudadanía, que pudiera servir no ya para obtener trabajo, sino para generar unos vínculos comunitarios, unas referencias comunes, y una formación moral que permitiese a las personas afrontar el mundo. La educación está fracasando en esto y no por no porque no haya voluntad. Veo a mis compañeros y compañeras trabajando como locos por intentar enganchar al alumnado. Pero no sabemos cómo competir con, cómo llegar a, ni tampoco qué impartir. Y no sabemos cómo recuperar ese fondo de cultura general, de referentes culturales comunes que los chicos no llegan a compartir con nosotros.

P. Pero ¿tienen más dificultades de comprensión y expresión?

R. Hay dificultades, eso es innegable, para comprender textos escritos y para expresar por escrito contenidos complejos de una forma también compleja y amplia. Es decir, hay dificultades para expresarse en el lenguaje en el que tú y yo nos hemos educado.

P. ¿Cree que en ello influye el entorno en el que se están criando fuera de la escuela: las pantallas, los móviles, las redes sociales…?

R. Sí, y ahora la inteligencia artificial. No es que en general comprendan menos; comprenden menos y se expresan peor en determinados códigos. Con esto no quiero ser relativista; no creo que cualquier forma de comunicación sea igual de buena, creo que el lenguaje verbal es mucho mejor que otros, porque pensamos con él. Como les digo a mis alumnos, si no escribes bien y no hablas bien, tampoco puedes pensar bien. Pero tampoco quiero decir que los chicos sean tontos. Son muy listos y tienen un potencial enorme. A mi juicio, desaprovechado porque no están aprendiendo todos los lenguajes que deberían estar aprendiendo y dominando.

P. ¿Qué le preocupa del uso que hacen de la IA?

R. Lo que temo no es, ya que los chicos usen la inteligencia artificial, que la usan y mucho. Sino que muchos la utilizan ya sin picardía porque realmente creen que es una herramienta para que ellos puedan expresarse mejor. Un poco como el autotune, el aparato que hace que parece que cantas afinado aunque no lo hagas. Llegan a creer que esa expresión es fruto de su colaboración con la máquina, cuando en el fondo la máquina lo hace prácticamente todo. Muchos se están engañando con eso. La escuela tendría que aprovechar las herramientas que le proporciona la inteligencia artificial para educar, que es muy aprovechable, aunque habría que cambiar el propio concepto de evaluación. Pero no creo que ese sea el elemento fundamental del desconcierto.

P. ¿Cuál es?

R. Que se está disgregando a marchas forzadas ese ámbito que antes llamábamos cultura general, y que hacía que pudieras hablar con cualquier ciudadano de Cervantes o que un chico supiera dónde está Egipto. Un magma simbólico y de ideas que pueda amueblar la convivencia. Hay muchos chicos que no saben, por ejemplo, situarse históricamente de forma clara, y hablo de chicos de segundo de Bachillerato.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Creo que tiene que ver con que la educación en los últimos años se está centrando fundamentalmente en procedimientos. Que el chico o la chica sea capaz de desarrollar ciertas habilidades. Pero esto tiene el problema de que se pierda ese idioma común que antes era la cultura de, no sé, los europeos, por hablar de un ámbito cultural más concreto. Por un lado, la globalización ha roto, y tiene su parte positiva, esa burbuja cultural europea y de cada uno de sus países. Pero por otro, no ha dado nada para sustituir ese hueco cultural. Ese idioma de conceptos, contenidos, problemas comunes a nivel cultural, filosófico, político. De forma que cada vez nos comunicamos peor, cada vez nos entendemos menos. Y esto también está canalizado por el fenómeno de la polarización política y, en general, de la superficialidad de la comunicación que protagonizan fundamentalmente las redes globales. Una comunicación basada sobre todo en el consumo de productos muy simples, muy prefabricados.

P. ¿Qué papel le queda a la escuela?

R. Ese espacio de formación pública, dependiente únicamente del Estado, que es especialmente la escuela pública, es un reducto cada vez menor de interacción entre la ciudadanía. Se va empequeñeciendo frente al mercado global de comunicación, de formación y ahora ya de producción de información de las empresas privadas. Donde no hay referentes compartidos, un idioma cultural común que te permita plantear problemas profundos y encontrar un interlocutor. Sino que hay un nivel muy superficial de información, y básicamente una gran soledad individual, existencial, especialmente entre los jóvenes. Y no es solo aquí. A nivel mundial la escuela está perdiendo protagonismo.

P. ¿Puede hacer algo la filosofía al respecto?

R. Llámame si quieres ingenuo, pero sigo teniendo confianza en que la filosofía, la competencia filosófica, podría ser un cierto revulsivo para que la educación articule algo que permitiese a los chicos defenderse un poco de la agresión que sufren continuamente del entorno. Lo que no sé es cómo no tienen más problemas mentales. Si no tienen herramientas conceptuales, conceptos con los que comprender, categorías con las que ordenar la información, capacidad para hacer mapas mentales integrando lo que viene de aquí y de allá, no sé cómo podrán estos chavales afrontar no solo lo que hay, sino lo que se les viene encima. Porque se les viene encima una crisis ecosocial enorme, no sé si un contexto prebélico o bélico… En fin, igual es que soy ya muy viejo.

Entrevista al filósofo de 102 años Edgar Morin

 Las reflexiones del filósofo Edgar Morin a sus 104 años: "La sociedad es cada vez más sumisa, debemos pasar a la resistencia", en El Mundo, por Gonzalo Suárez, 8 enero 2026:

El icónico pensador francés hace balance de su más de un siglo de vida en 'Lecciones de la historia', donde condensa en 16 breves lecciones todo aquello que podemos, y debemos, aprender de nuestro pasado. "El día a día domina la vida cotidiana. Olvidamos que vivimos dentro de una historia"

El 8 de julio de 1921, la Comisión de Reparaciones Aliadas decretó que Alemania había incumplido los pagos acordados en el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial. A 8.000 kilómetros de allí, Mongolia declaró su independencia de China con la ayuda de tropas soviéticas. Y algo más cerca de casa, el general Manuel Fernández Silvestre extendió tanto las tropas en el Rif que acabó provocando el Desastre de Annual, que costó 11.500 muertos al Ejército español.

Ese mismo día, que suena casi a prehistoria, un bebé llamado Edgar Nahoum llegaba al mundo en París, en el seno de una familia de judíos sefardíes emigrados de Tesalónica. Pero no fue hasta dos décadas después, al alistarse en la Resistencia antinazi y participar en la Liberación de París, cuando el joven Edgar adoptaría el seudónimo con el que pasaría a la historia como uno de los grandes pensadores de su tiempo. "Mi militancia en la Segunda Guerra Mundial fue uno de los tres hechos que marcaron mi pensamiento, junto con la Guerra Civil española y la desestalinización emprendida por Jruschov", asegura Edgar Morin en una entrevista por correo electrónico, pues una indisposición le forzó a anular la cita acordada.

No es exagerado decir que el pope del 'pensamiento complejo' es el último gran intelectual del siglo XX. Sólo él vivió en primera persona la barbarie nazi que lo arrasó todo. Más tarde se convertiría en un comunista convencido, aunque fuera purgado en 1951 por su afán librepensador. También fue una figura clave en el Mayo del 68, que le pilló como profesor en la Universidad de Nanterre, desde donde narró en directo las revueltas en clarividentes textos en Le Monde.

Hoy, a sus 104 años, Edgar Morin sigue siendo un titán de las ideas que no deja de reflexionar, divulgar y editar libros. El último es Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado? (Taurus). En este ensayo condensa lo aprendido en su vida en 16 breves lecciones de apenas dos o tres páginas. Dice que su esperanza es animar a las generaciones actuales, cegadas por el fulgor de lo inmediato, a que adopten una mirada más amplia: "El día a día domina la política y la vida cotidiana. Vivimos desarraigados del pasado y privados del futuro. Olvidamos que vivimos dentro de una historia".

"Las condiciones históricas son distintas hoy a las de los años 30, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza"

PREGUNTA. ¿Es esa la principal lección de su libro? Porque el momento actual, con su aluvión de acontecimientos históricos, no invita a mirar las cosas con perspectiva...

RESPUESTA. Las perspectivas de futuro son muy inquietantes, sí, pero la experiencia me ha mostrado algo importante: que lo improbable puede llegar a suceder.

P. ¿Le recuerda la situación actual a su infancia y adolescencia en los años 20 y 30?

R. Las condiciones históricas son distintas, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza. Hubo un tiempo no tan lejano en que todavía se podía imaginar un cambio de rumbo, pero parece que ahora ya es demasiado tarde. Ciertamente, lo improbable y, sobre todo, lo imprevisto pueden suceder. No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, con o sin desesperanza, pasar a la Resistencia.

Esta alusión a la Resistencia no parece casual. De ahí que rebobinemos a la infancia parisina que tanto marcó a nuestro protagonista. El pequeño Edgar se crió en los felices años 20, pero la tragedia pronto sacudió su vida. Su madre, Luna Beressi, enferma del corazón, falleció cuando él sólo tenía 10 años y se refugió en el cine, la lectura, el ciclismo y la aviación para sobrellevar la pérdida. En concreto, se enfrascó en Dostoievski, cuya lectura no sólo le sirvió de bálsamo, sino que le instruyó sobre el alma humana y marcó su pensamiento. "La muerte de mi madre ha sido el hecho principal de mi vida", declaró a Le Monde.

Cinco años después, Morin ya dio muestras de su compromiso político. Apenas alcanzada la mayoría de edad, le conmocionó la Guerra Civil y se afilió a organizaciones de apoyo al bando republicano. Al mismo tiempo se las arregló para ingresar en la Sorbona parisina y, tras el éxodo por la invasión nazi, se licenció en Derecho, Historia y Geografía en la Universidad de Toulouse sin dejar de colaborar con la Resistencia. Tan brillante era su currículum que ni siquiera necesitó un doctorado para obtener un puesto en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), la institución de investigación científica más prestigiosa de Francia, casa de 12 Premios Nobel y 10 Medallas Fields de Matemáticas.

Tras casarse con Violette Chapellaubeau, la primera de sus cuatro esposas, Morin emprendió un estudio multidisciplinar de un pueblo de la Bretaña, uno de los primeros ensayos etnológicos de la sociedad francesa contemporánea. También se interesó por prácticas culturales que desdeñaban los intelectuales de su época, lo que le llevó a recorrer América Latina. Defender los derechos de la población indígena se convirtió en otra de las pasiones de su vida.

De todas estas experiencias, Morin extrajo una de sus grandes aportaciones al pensamiento del siglo XX: la idea de policrisis, que acuñó en 1993, décadas antes de que miles de analistas como Adam Tooze se la apropiaran sin citarle. Según él, una policrisis no es sólo una acumulación de crisis sociales, políticas, económicas o ambientales: la clave es cómo interactúan entre ellas. De hecho, resolver un problema de forma aislada puede empeorar el resto de formas impredecibles. Por ello, Morin siempre propone un enfoque global que incorpore la complejidad de las interacciones antes de actuar.

"Conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia"

PREGUNTA. ¿Cómo interpreta la ‘policrisis’ actual: el cambio climático, la aceleración tecnológica, la fragmentación geopolítica, el cansancio democrático...? ¿Se trata de una ‘policrisis’ que abrirá una nueva era histórica? ¿O sólo es la repetición de viejos patrones que consideramos únicos por nuestro egocentrismo histórico?

RESPUESTA. Es una crisis de la humanidad globalizada, con innumerables entrelazamientos, y cuyo desenlace es incierto.

Su otra gran idea es el "pensamiento complejo", un método que busca comprender los fenómenos en su totalidad y al que dedicó la gran obra de su vida: El método, un oceánico tratado de seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004. Su idea clave es que la realidad es un tejido de relaciones y, para comprenderla, hay que mirar al conjunto y las partes a la vez, además de todas sus interrelaciones. Por ejemplo, el pensamiento dialógico defiende que existan dos ideas opuestas a la vez -que en el mundo pueden convivir orden y caos a la vez- sin que se excluyan mutuamente: la vida necesita reglas para funcionar, sí, pero también errores, crisis y cambios para evolucionar.

Con semejante currículum, cuajado de premios internacionales y doctorados honoris causa, hace tiempo que Morin se tendría ganada una jubilación más que honrosa. Sin embargo, su producción se ha acelerado con la vejez, sobre todo desde que fue uno de los inspiradores, junto a Stéphane Hessel, de las revueltas juveniles que recorrieron el mundo en 2011. "Es la primera vez que mis libros se convierten en best sellers", dijo, socarrón, en aquella época.

PREGUNTA. ¿Qué alimenta su curiosidad en esta etapa de su vida?

RESPUESTA.Todo: la vida, el ser humano, el cosmos, el amor, la amistad…

P. En una entrevista reciente en el ‘Corriere della Sera’, dijo que cada fase de la vida le ha dejado su huella…

R. Sí, conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia de todas las edades que he atravesado

P. Me remito, entonces, a su infancia. Estudios recientes dicen que los jóvenes de los países occidentales cada vez conceden menos valor a la democracia: estarían dispuestos a cambiar sus libertades si se les garantiza más seguridad y estabilidad económica. ¿Qué les diría?

R. Intentaría demostrarles que nunca se debe sacrificar la libertad. Entiendo que la falta de una esperanza previsible es un factor que irrita a la juventud. Estamos dominados por formidables poderes políticos y económicos, a la vez que nos amenaza la instauración de una sociedad de sumisión. La primera y más fundamental resistencia es la del espíritu. Esa resistencia prepararía a las generaciones jóvenes para pensar y actuar en favor de las fuerzas de unión, fraternidad, vida y amor –que podemos concebir bajo el nombre de Eros– contra las fuerzas de dislocación, desintegración, conflicto y muerte, que podemos concebir bajo los nombres de Pólemos y Tánatos.

P. Pero sí es cierto que muchos ciudadanos se sienten desorientados por la velocidad del cambio. ¿Qué recursos filosóficos pueden ayudarnos a dar sentido al presente, en lugar de sucumbir al miedo o a la nostalgia?

R. La conciencia de la Historia, con sus azares imprevistos y sus incertidumbres.

P. En sus obras recientes ha hablado de una crisis todavía más profunda que las demás: la crisis del pensamiento, marcada por la simplificación excesiva en detrimento de la complejidad, los sueños y la poesía. ¿Es esa, según usted, la raíz de las demás crisis?

R. Me temo que sí. Hay que resistir a la intimidación de toda mentira proclamada como verdad y a la contagiosa embriaguez colectiva. Es necesario no ceder nunca al delirio de la responsabilidad colectiva de un pueblo o de una etnia. Esto exige resistir al odio y al desprecio. Implica esforzarse por comprender la complejidad de los problemas y fenómenos, en lugar de sucumbir a una visión parcial o unilateral. Requiere investigación, verificación de la información y aceptación de las incertidumbres.

"No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, pasar a la resistencia"

PREGUNTA. También ha criticado la creciente fragmentación del saber: parece que privilegiamos la cantidad de información en detrimento de su calidad. Es decir, disponemos de cada vez más datos, pero nos falta capacidad para establecer conexiones y dar sentido a la realidad.

RESPUESTA. Esa es precisamente la crisis del pensamiento. La experiencia de la gran crisis planetaria y multidimensional que surgió con la pandemia prueba de forma evidente la necesidad de un pensamiento complejo y de una acción consciente de las complejidades de la aventura humana.

P. Usted afirma que el ‘Homo sapiens también puede ser ‘Homo demens’. Es decir: la razón y el delirio coexisten en nosotros. Ahora que parece que el ‘Homo demens’ gana la batalla, ¿cómo puede contraatacar el ser humano?

R. Mediante una toma de conciencia todavía invisible. Es la unión, dentro de nosotros mismos, de las fuerzas de Eros y las del espíritu despierto y responsable la que alimentará nuestra resistencia frente a los sometimientos, las ignominias y las mentiras. Los túneles no son interminables, lo probable no es lo cierto, lo inesperado siempre es posible.

P. Como último gran pensador europeo, ¿qué papel puede desempeñar hoy nuestro continente en un mundo cada vez más polarizado entre China y EE.UU.? ¿Qué renovación cultural o filosófica necesita Europa, que parece paralizada, para recuperar su voz en el mundo?

R. Necesita lo que he formulado como un humanismo regenerado. Ser humanista, hoy, no es solo comprender que los peligros, las incertidumbres y las distintas crisis –la de la democracia, la del pensamiento político, la del desbordamiento del beneficio, la de la biosfera y, por último, la multidimensional de la pandemia– nos han unido en una comunidad de destino. Ser humanista es también sentir, en lo más profundo de uno mismo, que cada uno de nosotros es un momento efímero de una aventura extraordinaria: la aventura de la vida, que dio origen a la aventura humana, la cual, entre creaciones, tormentos y desastres, ha llegado a una crisis gigantesca en la que se juega el destino de la especie. El humanismo regenerado no es solo el sentimiento de comunidad y solidaridad humanas, sino también la conciencia de formar parte de esa aventura desconocida e increíble, y el deseo de que continúe hacia una metamorfosis de la que surja un nuevo devenir.

P. Usted sostiene que "la vida es un combate entre la prosa y la poesía". ¿Cómo lograr que, en un mundo tan desafiante, la prosa no lo invada todo y que preservemos un espacio para la poesía?

R. Cada uno debe intentar vivir poéticamente. Todos los momentos de felicidad contienen una dimensión poética. 

La aspiración a realizarse estando integrado en una comunidad debería ser la primera aspiración humana; la segunda, la de una vida poética. 

No confundo la prosa con la desgracia: en la prosa hay ausencia de alegría; en la desgracia hay presencia de sufrimiento. Aquellos que padecen la desgracia –los encarcelados, los excluidos, los miserables– también están condenados a la prosa, aunque a veces conozcan instantes fugaces de poesía.