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miércoles, 6 de mayo de 2026

Las memorias de Carlos Boyero

 Auténtico Boyero sin filtro, en El País, Álex Grijelmo, 4 abr 2024:

El crítico de cine expone sus manías, sus pasiones, sus lecturas, los enamoramientos, su bajada al mundo de las drogas y el alcohol

Carlos Boyero carece de filtros. Así que ha firmado un libro sin filtros. Y como se trata de un libro autobiográfico, el primero que sufre esa ausencia de filtros es él.

No sé si me explico (Espasa) recopila las ideas, las manías, los mitos, los odios y los enamoramientos del quizás más influyente comentarista cinematográfico español contemporáneo.

Y escribimos “comentarista” porque él dice que no es un crítico.

No es un crítico, no. Es El crítico, como se tituló el documental sobre este iconoclasta que fue emitido por Movistar en septiembre de 2022. Los adjetivos que Boyero elige bajan o suben la recaudación en taquilla.

En el libro, prologado por el periodista Borja Hermoso y que se lee con placer, Carlos Boyero (Salamanca, 70 años) sale a cuerpo limpio a explicar su trayectoria, las copiosas y elegidas lecturas que lo definen, los discos, la relación con los amigos, con las mujeres que amó y le amaron (no se alarmen, aquí aplica el único filtro: evita identificarlas); la bajada al sórdido mundo de las drogas y del alcohol, su ascenso para salvarse, pero no del todo; sus enfermedades, la adicción al tabaco, su relación con el sexo, a veces pagado. Arremete contra personas y entidades, y contra algunas épocas y periodistas de EL PAÍS, sin olvidar los elogios a otros (también aparece el arriba firmante, y no por ningún asunto profesional sino por su autobombo como guardameta en pachangas de fútbol y su poder de convocatoria como asador de chuletas); alaba a cineastas bien conocidos y reniega de uno más conocido aún (dedica un capítulo a Pedro Almodóvar, y sin embargo proclama el gran valor de cuatro películas suyas); declara sus series preferidas, los largometrajes inmortales, sus restaurantes, los humoristas que lograron arrancarle la risa; explica su pasión madridista, aunque ya en decadencia como casi todas sus pasiones, y su admiración por Zidane y por Bellingham, pero también por Messi. Sus opiniones en todo eso son inclasificables en tendencias dominantes o gustos generales, él acabará saliéndose del carril, hable de lo que hable: hubo épocas en las que no compraba nada que estuviera publicitado, ve a Miguel Delibes con cierto tufo a sacristán y le fatigó Cien años de soledad.

Estos desmarques que han conformado su trayectoria y que lo han hecho atractivo para cientos de miles de lectores sazonan las 200 páginas del relato. Por ejemplo, alaba abiertamente a Javier Marías, pese a ser de dominio público sus mutuas embestidas. Y a Fernando Savater. “No hace falta estar de acuerdo con un columnista para apreciar lo que escribe”. De Pedro J. Ramírez, su director en El Mundo, a quien reprocha su falta de ética, dice: “Nos soportábamos mutuamente, lo cual prueba su inteligencia”.

También recuerda que varias columnas suyas no fueron publicadas, allá y acá, por decisión superior, pero de nuevo mira el conflicto con el pálpito de la sinceridad: “En algunas ocasiones, los que me aplicaron censura tenían razón”. En otras no. Eso sí: que le censuren otros: la autocensura le inspira terror.

En este monólogo de Boyero, escrito como si le estuviéramos oyendo hablar, hallaremos la principal clave de su carácter, de sus fobias y de sus temores, de su odio al poder: el hijo único cuyo padre lo envió a un internado de Salamanca cuando tenía 10 años y de donde lo expulsaron con 15; curas babosos y compañeros que sufrían abusos, la oscuridad de entonces, la angustia infantil que se prolongó en la madurez; y el carácter de su progenitor, a quien repudió por cómo trataba a la madre; a la que el hijo amó siempre. Recuerdos que le hicieron borrarse el apellido de él para tomar el de ella: Carlos (Sánchez) Boyero.

El libro provoca algunas carcajadas, otras veces ternura, a ratos distancia, en muchos pasajes admiración, pero también incomprensiones ante sus excesos, y en ciertas páginas una cierta empatía por el pesimismo terminal del firmante, por su acidez sincera. Pueblan la narración multitud de anécdotas que en su mayoría muestran al protagonista como víctima de sí mismo, y en las que puede llegar a ridiculizarse sin el menor tapujo.

En ningún momento oculta sus defectos. Reconoce el engolamiento en el que incurre cuando deja de ser Carlos y se convierte en Boyero. Admite su ego pero explica que el uso del yo en sus artículos no constituye rasgo alguno de soberbia, sino la expresión humilde de su punto de vista: “Para que quede claro que esas son exclusivamente MIS opiniones”. Ahora bien, en otro momento acotará: “Normalmente soy lúcido. Suelo acertar, quiero decir”.

La obra de Boyero constituye un alegato contra la hipocresía y contra quienes se amparan en las corrientes dominantes de ahora para diluir en ellas sus carencias, actitud ante la cual opone aquí un ejercicio práctico de rebeldía innegociable.

Además, el libro es la historia de un torpe con mucho éxito: No sabe conducir ni prepararse la comida, y descubrió con la pandemia la fabada Litoral y el caldo Aneto; no organiza ni sus propios viajes, carece de correo electrónico, dictaba sus crónicas de los festivales por teléfono, desconoce cómo manejar un ordenador o cómo enviar mensajes de WhatsApp; era feliz con su antediluviano móvil de Nokia hasta que lo perdió, y ahora se lleva mal con el iphone que le dieron en EL PAÍS. Su memoria privilegiada le ha permitido hasta ahora prescindir de Google.

Con todo este contexto, el firmante de No sé si me explico podría parecer de otra época, sencillamente porque se trata de alguien que ha vivido y disfrutado de otra época. Sin embargo, sus afirmaciones, sus valentías y sus miedos son genuinamente propios del mundo en el que hoy vivimos.

No sé si me explico, Carlos Boyero. Prólogo de Borja Hermoso. Editorial Espasa, 2024. 195 páginas. 19 euros

viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista a Álvaro Pombo

 Álvaro Pombo: “Me agobia la malicia. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al chisme del año”, en El País, Luis Bravo, 1 MAY 2026:

A sus 86 años, este gran escritor y estupendo conversador sigue escribiendo, y conversando, a velocidad de crucero

Ha ganado prácticamente todos los premios importantes de las letras castellanas. Desde el Herralde de Novela hasta el desaparecido Fastenrath, pasando por el Planeta, el Nadal, o los más institucionales, como son el de la Crítica, el Nacional y, en 2024, el Cervantes. Aun así, Álvaro Pombo (Santander, 86 años) no parece haberse amilanado con el éxito, entre los lectores y la crítica. El ánimo y el buen humor tampoco han desaparecido. Una de las palabras que más dice en la conversación que mantuvimos es “divertido”. Es preciso tener un carácter desenfadado y constante para mantener una carrera literaria que recorre cinco décadas entre novelas, sobre todo, pero también libros de poemas, ensayos y relatos.

De estos últimos, admite que son un género “difícil”, pero la publicación de sus Cuentos autobiográficos. Volumen I (Anagrama), en noviembre de 2025, abrió una nueva veta que explorar en su narrativa. Anuncia que los dos siguientes tomos están en camino. A su ayudante, Mario Crespo, escritor y compañero académico en la RAE, le debemos la inminente aparición de una biografía sobre Pombo y la mediación para esta entrevista en el piso del madrileño barrio de Argüelles, rodeado de libros, flores y fotografías. Un gato naranja, Michi, se tumba en su cama. “Está un poco mayor, pero nos cuidamos el uno al otro”, dice el escritor. La grabadora empieza a correr y el señor Pombo, acomodado en su cheslón, como al inicio de cualquier historia, fuma, y sonríe.

Llegados a su edad, ¿quién va ganando el combate? ¿El escepticismo o la ilusión? 

El escepticismo, sobre todo el político. Quiero decir: yo no soy escéptico, soy de natural una persona entusiasta, pero la gente está un poco cansada, todos lo estamos. Lo de la ilusión, bueno. He seguido escribiendo, dándome igual el tipo de gobierno que tuviéramos. Para escribir se necesita una dosis enorme de energía. Por eso, si uno mira fuera y observa, la situación política te deja, más bien, desanimado. No es que sea mala, no nos está pasando nada, pero tenemos un panorama en el que se critica a Pedro Sánchez. Es melancólico tener que estar haciéndolo. Tendríamos que estar aplaudiendo. Y no es así. Se aplaude más a José María Aznar, siendo como era...

Dice, parafraseando a Henri-Frédéric Amiel, que los cuentos, como los paisajes, deben ser estados de ánimo. ¿Eso le facilitó la escritura de este libro? ¿Prefería la brevedad y su ligereza antes que unas memorias al uso? 

Es una frase que leí en su diario, divertidísimo, y que me pareció una idea espléndida. Concretamente, lo de que fuera el paisaje lo mismo que un estado de ánimo no es verdad. Lo que es cierto es que lo que vemos, lo configuramos como paisaje, pues este es siempre una construcción. Estos que yo tengo sobre el mar, sobre Santander, son todo construcciones. A su modo, son estados de ánimo porque los dotamos de ellos. Para mí es muy importante mostrarlos con sus lluvias, su buen tiempo... El cuento es un género difícil. He escrito más novelas, pero también más cuentos de lo que parece. De punta de lanza, pondría a Jorge Luis Borges como gran escritor de cuentos, claro, o algunos americanos, como John Steinbeck. Españoles también, como Azorín o Bécquer, importantísimo, de quien te lees hoy día una de sus Leyendas, la de El monte de las ánimas, y te parece totalmente actual, un cuento de terror moderno. A lo de la brevedad y la ligereza, le respondo con el epigrama de Juan de Iriarte: “A la abeja semejante,/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser:/ pequeño, dulce y punzante”. Yo no lo aplico [risas]. Unos cuentos me salen mejores que otros. Borges los clavaba. Le salían como sonetos. Uno puede escribir diez folios o tres, y mejor que sean tres. El cuento ha de ser impactante, sin discursos de por medio.

¿Un escritor termina desapareciendo para poder ser identificado con aquellos lugares y personajes que ha descrito? Lo pregunto por el protagonismo de su ciudad natal, Santander, y las casas familiares de allí y de La Dehesilla, en Castilla y León. 

El escritor tiene que hacerse a un lado. Un poco. Me parece bien que suceda así. Va siendo mejor esa situación según vas envejeciendo. El yo es una complicación en la escritura. Es la idea que tenían los grandes escritores. El objetivismo de T. S. Eliot, que para mí ha sido una gran referencia, consistía en contar “como está ahí”, y el subjetivismo es decir “yo lo veo”, pero tú no lo ves, lo ve el lector. En estos cuentos, las casas que se mencionan y el paisaje, que es un invento de los siglos XVIII y XIX, son básicamente mi vida, igual que esta terraza y este cielo que veo a diario.

Son el “primer latido” que lleva a escribir, como dijo Nabokov. Algo que le gustaba repetir a su amigo Javier Marías. Javier era un escritor magnífico. Lo leí mucho. Y de Nabokov, leí en su momento Lolita, que me pareció la novela de las novelas. No sé qué pensaría ahora si la releyese. No leí más de él, sólo algunos estudios y cosas. Soy poco erudito. He leído más ensayos que novelas.

Aunque ya había publicado dos libros de poemas, una novela y un libro de relatos, empezó a ser reconocido tras ganar el Premio Herralde de Novela en 1983 por El héroe de las mansardas de Mansard (Anagrama). ¿Sigue pensando que a un escritor le conviene un florecer tardío? Y los premios, ¿se han devaluado al aparecer tantos en tan pocas décadas? 

Publiqué en 1973 los poemas de Protocolos, sí, y con eso me mantuve en Inglaterra hasta que saqué los Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, título que escandalizó a todo el mundo. A Carlos Barral, por ejemplo, que era el editor de moda en aquel tiempo. Lo del Herralde en el 83 fue como si me tocara el Gordo, siendo el primero en llevármelo y la novela el primer título de la colección Narrativas Hispánicas. Además, desde esta mañana, ¡soy Mondonguero de Honor! [enseña el broche de un escudo dorado sobre su jersey], que me lo han traído el alcalde y dos representantes de Villada, Palencia [lugar de origen de su tatarabuelo, Juan Pombo Conejo], y lo he puesto enseguida en mi pecho. Sí que pienso, y estoy seguro, que un escritor debe empezar tarde. En mi caso, tuvieron mucha influencia don Juan Benet y Rosa Regàs. Es mejor esa tardanza porque así te lo tienes menos creído. Es un defecto si sucede cuando uno es joven. Tiendo a reducir los elogios a la juventud en ese aspecto. Piensas que te vas a comer el mundo. Hago un elogio de la vejez con esto, pero sin pasarme, que también podemos ser unos pelmas [risas]. En cuanto a los premios, cito siempre a Camilo José Cela: “Yo quiero todos los premios, el Nobel y el de poesía de Riofrío”, todos. Tenía razón. Los premios son un encanto. Y él los tuvo. Como era un intrigante… Tanto como divertido, sí. Umbral decía de él que tenía cara de caballo inteligente.

Menudo plantel de primeras espadas. Umbral era mejor. Tengo muy buen recuerdo de él, conmigo siempre fue encantador. Pero tenían, don Camilo y él, una mala leche de aquí te espero. Eran tal para cual, pero Umbral era más variado. Tenga en cuenta que escribía todos los días un artículo, y le salían muy divertidos.

¿En prensa no ha querido prodigarse? ¿Le era más costoso? He publicado muchas cosas en EL PAÍS y en El Mundo. Tenía un faldón en El Mundo, y ahora tengo una especie de capilla gótica en el ABC que se llama Los placeres de Pombo. A mí escribir en prensa me ha encantado, nos chifla a los escritores, pero es verdad que ahí somos unos intrusos.

También da de comer, es un pequeño sueldo, al menos. Claro, y nos da algo que no pasa cuando escribes novelas, que es la gloria diaria. Publicar en un periódico es como un fogonazo. Sobre todo, el periodismo es divertido. Naturalmente, no el que se haga durante ocho o diez horas en una oficina, pero sí el que vale por la inmediatez de la respuesta.

Su editor, Jorge Herralde, dijo de Luis Antonio de Villena y de usted que debían hacer más presentaciones juntos, ya que eran muy “numereros”, como apuntó Villena. ¿Echa de menos la exposición mediática de esos años? ¿Se siente más a gusto con la perfección alcanzada de su rutina? 

¡Somos geniales! [risas] Seguimos siendo un espectáculo. Estamos un poco p’allá, más p’allá yo que él, pero seguimos llevándonos muy bien y comunicándonos de maravilla cuando nos vemos. Lo que le pasa a Villena es que es muy inteligente. La gente lo tiene como alguien muy frívolo, pero es que es muy listo. Se sabe al dedillo el mundo literario español y el de otros países. Yo soy más introvertido. Puedo estar solo aquí, en casa, y pasarme días o semanas sin ver a nadie. Villena, en cambio, es alguien muy sociable. Una buena condición. De esos años, de la exposición en la televisión, me queda lo divertido que resultaba. No creo que nos sirviera de mucho a nadie. Diría que la única persona que nos veía era la madre de Villena. Decía él: “Ha dicho mi madre que ha ido como loca corriendo para ir a vernos al programa” [risas]. La rutina es la carcoma de las cosas, dijo Baltasar Gracián, pero yo tengo justo la idea opuesta. La rutina es indispensable. Lo que es importante para la rutina es estar en la silla de ruedas o en la silla de Luis XVI y estar escribiendo, dale que te pego. La mesa de pino, como el casco en el que penetró el agua verde, que decía el poema de Charles Baudelaire. Soy partidario de la rutina porque es como una pared blanca. Se aguza el ingenio y las cualidades. Estaría perdido si no mantuviese una rutina estricta. Todos los días dictando, cinco días a la semana.

Alguien que ha mantenido en sus rutinas lectoras es Iris Murdoch. Estoy leyendo esta novela suya [levanta un ejemplar de bolsillo en inglés, Henry and Cato, de 1976], por tercera vez. Ella se sentaba a escribir sus libros, que no eran cortos, precisamente. Pero era excelente y en sus retratos de personajes. Llegué a conocerla en Madrid, también a John Bayley. Me emocionó mucho. No le puedo decir la fecha, pero fue poco antes de morirse. Su novela, El mar, el mar, que tuvo el Premio Booker, es fascinante e inagotable. Ella me lo dijo: si no hubiera ganado el Booker, se hubiera enfadado muchísimo. Lo creo a pies juntillas. Se lo merecía.

En estos Cuentos autobiográficos, llama la atención, más que otros temas pombianos presentes en títulos anteriores, su fascinación por el mundo y la formación militar que recibió. 

Fue destacable porque lo pasé muy bien en la mili. Hice los dos veranos en La Granja, lo que llamaban las milicias universitarias en aquel tiempo. La vida militar me parecía sumamente teatral, estupenda con sus “¡A sus órdenes, mi general!”, las botas altas, las espuelas, los uniformes, los desfiles. Cuando narro todo eso en el libro, parezco fascista, pero es sólo porque me divertía ese boato. Fue instructivo, con sus complicaciones cuando había que mandar tropas, despiojar los catres, mantenernos firmes en las instrucciones, tener a la compañía en perfecto estado de revista. Era enojoso y difícil. Me gusta más el recuerdo, el regusto histórico. La gallardía y el honor son cosas que yo unas veces sí, otras no [risas]. Pero me sigue gustando ese mundo. Lo que pasaba en Melilla, donde estuve destinado de alférez, es que los oficiales y los jefes se pasaban el día en el bar, aburridos, tomando chatos de vino, cosa que yo también hice. Melilla era todo un paisaje; tan duro, su mar, su población... Me emocionaba ver allí al capitán, que era un bruto de mucho cuidado, horrible y chismoso, pero con su banderín de órdenes... Soy una persona anticuada en muchos sentidos, como ve. Me gustaba ir muy puesto y me gusta la gente bien vestida. Hoy, todo eso ha cambiado y hemos tenido que adaptarnos. Tendría que haberme puesto una camisa para recibirle, pero llevo el jersey y la medalla, como manteniendo el toque militar [risas].

¿Cómo percibe los excesos que caracterizan nuestro presente? La desinformación, la polarización, la falta de profundidad periodística, el bajo nivel de lectura y comprensión lectora. 

El asunto es complicado, porque yo vivo en esta habitación, digamos. Mi única salida semanal es ir a la Academia. Entonces, cuando hablo con otras personas más jóvenes y me comentan su percepción del presente, no sé si llego a hacerme una idea global, porque mi presente no deja de ser esta habitación, la terraza, este presente continuo de la literatura. No es que me dé igual, ni mucho menos, porque entiendo las dificultades actuales de los problemas de los precios de los alimentos, la vivienda, los sueldos bajos. Es difícil ser joven ahora, sí. Supongo que a cualquier generación le ocurre. Es cíclico, cada época con sus particularidades.

Está preparando el segundo volumen de este pequeño ciclo. ¿Ha sido voluntaria la decisión de dejarse temas o recuerdos en el tintero? 

El segundo volumen ya está enviado, saldrá en mayo. Ahora estoy con el tercero, y a la vez, escribiendo una novela, El arrepentimiento. Escribir ha sido mi salvación. No me propuse dividir nada, los cuentos han salido fácilmente. Luego no han sido tan autobiográficos, pero bueno.

¿Por qué le entusiasma la tensión entre la distancia con los sentimientos y la forma de narrarlos de forma tan lírica? ¿La culpa es de Rilke: El pasado es un antepasado que parece querer semejársenos? 

Soy un hombre apasionado y afectivo, pero racional. Los sentimientos nos conducen a todos. El sentimiento trágico de la vida, tan español, tan unamuniano. Tenía razón. Don Miguel de Unamuno quiso hacer ese libro porque partía del sentimiento, no de la idea: “Voy a hacer un libro español, sobre el sentimiento de España y la madre que nos parió” [risas]. Era un hombre muy capaz de reflexión, aunque Ortega y Gasset comentaba que llegaba y ponía su yo encima de la mesa. Era un poco pesado. El ideal, para mí, es el “eliotiano” de la impersonalidad. Lo de Unamuno era “Yo. Yo sufro. Yo muero. Yo siento”. Pero sufres y sientes tú y Perico el de los palotes [risas]. Rilke es vital para mí. El retrato de los antepasados, decía, que parecen y no parecen querer semejársenos. Los que veo aquí de mi familia, de mis padres, de mis abuelos. Rilke supo captar ese baile, esa cotidianidad absolutamente poética. “Oh vieja maldición de los poetas / que se quejan cuando debieran decir/  que tan sólo opinan sobre sus sentires / en lugar de darles forma”, decía su Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth. Un poeta tiene que decir, no sentir. Rilke era un poeta feroz. “Todo ángel es terrible”. Era mejor que Alberti en eso de los ángeles.

Usted es poco amigo de los chismes, pero, ¿considera el mundo literario más agitado o más tibio que antes? ¿Le han importado o entretenido las recientes polémicas en torno a David Uclés, Arturo Pérez-Reverte o Luis García Montero? 

Soy enemigo del chisme, pero en el mundillo ocurren muchos. Luis Antonio de Villena era muy chismoso. A Javier Marías le encantaba que se los contaran. Él no los contaba, pero le encantaba oírlos, que es peor. Es más de portera, todavía [risas]. A mí me agobia la malicia, y los chismes siempre lo son. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al Chisme del Año. Tampoco estoy al tanto. No soy polemista. Sólo participé con un artículo en la de García Montero contra Santiago Muñoz Machado, que me pareció algo desquiciado. No sé qué le pasaría. No seguí la respuesta que me dio, pero quedé contento con mi artículo, punzante, injusto, como todo ese tipo de artículos. No sé. García Montero pudo pecar de envidioso. Su mujer, Almudena Grandes, era más divertida, expansiva, estupenda. Su marido es más de chinchar. Los granadinos tienen “mala follá”, aunque una ciudad preciosa.

¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza? Estar atento de sus matices, ¿infunde sabiduría o esperanza? 

Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza. En el libro Variaciones (1977) hay bastantes poemas sobre el cielo. Es uno de mis temas favoritos. El firmamento, en realidad, que es más prosaico que lírico. Para la gente que hemos vivido en el campo, el cielo era una constante. Nos hablaba de los presagios y las epifanías. Dependíamos de él.

sábado, 18 de abril de 2026

Evolución de la novela española en el siglo XXI

 La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Nadal Suau, 18 abr 2026:

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.

¿Cuándo comienza el XXI?

En 2001, se publican tres novelas excelentes, Romanticismo, de Manuel Longares, y Jugadores de billar, de José Avello, cuyos juegos de memoria ceñida a mundos cerrados y en decadencia las sitúan todavía en el siglo XX a casi todos los efectos (estructurales, estilísticos, etcétera), y Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, que es, en gran medida, un libro sobre el siglo XX. Algo parecido podría decirse de la trilogía faulkneriana Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, aparecida entre 2004 y 2005, o de Familias como la mía, de Francisco Ferrer Lerín (2011).

El caso de Javier Marías es distinto. Los tres espléndidos volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007) quizá tampoco inauguren nada, y hablamos de un escritor que ya definió el final del siglo anterior, pero resulta que, por mucho que para algunos pueda ser divertido discutirlo o revolverse contra la evidencia (y no pasa nada, ¿para qué necesitaría nadie cualquier forma de unanimidad?), la escritura hipnótica e inconfundible de Marías es uno de esos casos en que cuaja un clásico incontestable, fuera de serie. Además, el efecto del autor persistirá todavía de dos formas distintas: la primera son sus siguientes libros, que experimentan un relativo bajón hasta cerrar su carrera con un díptico estupendo, Berta Isla (2017) y Tomás Nevinson (2021).

La segunda es que su obra abre un espacio que permite la visibilidad de otros escritores afines. Pienso en José Carlos Llop, que es a la literatura francesa en España lo que Marías a la anglosajona, de quien citaría la poco recordada El mensajero de Argel (2005), con su atmósfera profética que convierte el Mediterráneo en Saigón, o Reyes de Alejandría (2016), revisitación de la Barcelona de los setenta. O en el exquisito Vicente Valero, que entre Los extraños (2014) y Enfermos antiguos (2020) ha sabido convertir Ibiza en una medida del mundo.

Tres líneas para los primeros compases del siglo

Nunca vas a obtener una verdad absoluta cuando te empeñas en delimitar períodos, como si en 2001 algo cambiase por arte de magia, o en trazar tendencias con tiralíneas y luego empeñarte en meterlo todo ahí. ¿Qué hacemos con autores que empezaron a escribir en los ochenta, o antes, y han seguido dando buenos libros? Algunos ejemplos: Muñoz Molina ha entregado La noche de los tiempos (2009), contribución significativa a la representación de la Guerra Civil (un tema que después experimentaría cierta desaparición del panorama hasta verse rescatado, con notable artesanía y en clave extemporánea de realismo mágico con La península de las casas vacías, el exitazo de David Uclés publicado en 2024), o Como la sombra que se va (2014), y Soledad Puértolas, de quien mencionaré Historia de un abrigo (2005), jamás ha dejado de ser una superclase. La honestidad galdosiana de Ignacio Martínez de Pisón nos dio La buena reputación en 2014. Etcétera. Pero, a efectos de mapeo de la época, es indudable que en la primera década del XXI hay tres autores que marcarán el futuro inmediato de la narrativa española.

1. Enrique Vila-Matas nos regaló cuatro libros seguidos cuya gracia metaliteraria, autoficcional, vanguardista y slapstick es inolvidable e influyó en muchísimos autores posteriores, desde Agustín Fernández Mallo (que lo incluiría como personaje en Nocilla Lab, 2009) a Mario Aznar, que le dedicó una majísima novela-ensayo, Too late, en 2022. Hablamos de Bartleby y compañía (de 2000, así que incluirla es una trampa disculpable), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003) y Doctor Pasavento (2005).

2. Javier Cercas será otro precursor de la autoficción, así como de la literatura de hechos reales, con el acontecimiento Soldados de Salamina (2001), que se adelantó a muchísimas cosas, tanto en lo que se refiere a técnicas literarias como al debate en torno a la reconciliación nacional, una cuestión que regresaría en su mejor libro, Anatomía de un instante (2009), preciso como el mejor mecanismo de relojería, emocionante y muy bien documentado, y pieza maestra del argumentario en favor de la Transición, es decir, inevitablemente polémico.

[Autoficción: un tic masivo del XXI. El yo por todas partes, aunque con resultados desiguales. Citemos algunos casos que merecen mucho la pena. Hay dos novelas estupendas de Carlos Pardo, Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2019), que son un retrato de la clase media de una inteligencia y elegancia admirables. Y el conmovedor La hora violeta (2013), que Sergio del Molino dedica a la muerte de su hijo, se acerca más bien a unas memorias, pero cómo no mencionarlo aquí].

3. Rafael Chirbes es totalmente distinto. Sería una simplificación hablar de “realismo”, pero su atención a los aspectos más pútridos de la realidad nacional propició dos novelas perfectas, dolorosamente lúcidas, Crematorio (2007) y En la orilla (2013), a las que cabe añadir una coda confesional bellísima, París-Austerlitz (2016). Cuando la supuesta España de las maravillas se reveló como un solar moral, Chirbes pasó a ser el escritor más lúcido de su generación. Y el lenguaje le acompañaba.

El momento Nocilla

En 2006, la joven editorial Candaya publica la novela Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, un hombre formado como científico que presta la misma atención a la literatura que a la música o el arte contemporáneo. El libro es fragmentario, pop, intertextual, listillo, indie. Y se convierte en un éxito descomunal, además de un caballo de Troya (hay quien usó esta imagen como crítica; no es mi caso) para que una nueva generación de autores penetre de golpe en el circuito literario.

La periodista Nuria Azancot, rápida y hábil como siempre ha sido, acuña un término: Generación Nocilla. No pretende ser una etiqueta académica (para eso hay otras: literatura mutante, afterpop…), y nunca llegarán a estar claras ni la nómina que comprende ni las características definitorias del movimiento (¿fue un movimiento?), pero intentémoslo. Los nombres, discutibles, podrían ser: Jorge Carrión, Vicente Luis Mora, Eloy Fernández Porta, Juan Francisco Ferré, Javier Calvo, Laura Fernández, Germán Sierra, Mario Cuenca Sandoval, Manuel Vilas y el propio Fernández Mallo. Los rasgos: fragmentarismo, apertura a nuevas corrientes y disciplinas, teoría y tecnología, alergia a costumbrismos varios o a realismos caducos, sampler y descentramiento, intersticios...

La verdadera clave consiste en que el siglo XXI toca a la puerta: antologías y revistas, reivindicación de nuevos paradigmas, Internet como agitador. Polémicas morrocotudas. Pocas veces se han vuelto a ver odios tan acendrados, desprecios tan olímpicos por parte de algunos seniors ni cosas tan divertidas como aquella foto-novela basada en El pueblo de los malditos que circuló por la red parodiando a todo el quién-es-quién de aquellos años. Pero el “momento Nocilla” fue breve. La crisis económica y las nuevas olas feministas iban a arrastrar la discusión a otras latitudes. Por otro lado, los mejores frutos de la nómina mencionada arriba llegarían más tarde, pasada la efervescencia mutante.

Así, las mejores novelas de Agustín Fernández Mallo probablemente sean Trilogía de la guerra (2019) y Madre de corazón atómico (2024). La de Vicente Luis Mora, Centroeuropa (2020). La de Mario Cuenca Sandoval, la sensacional y vampírica Los hemisferios (2014). De Robert-Juan Cantavella me entusiasma Y el cielo era una bestia (2014). En cuanto a Manuel Vilas, novelas como Aire nuestro (2009) quedarán entre lo más imaginativo de aquel instante, pero su libro estandarte es Ordesa (2018), en el que reorientó el balance entre lo heterodoxo y lo sentimental para evocar a sus padres, fundirlos con una idea emotiva del país, y lograr un gran libro y un éxito popular descomunal.

Otros mundos existen

Fijémonos en dos nombres: Laura Fernández y Javier Calvo (el autor que más se revolvió contra su supuesta pertenencia a la Nocilla). Cada una a su manera, sus voces representan la aparición de una potente veta imaginativa en la literatura española: fantástico, terror, gótico, weird... Entre Mundo maravilloso (2007) y Piel de plata (2019), Javier Calvo ha construido un imaginario encantador y oscuro. A Laura Fernández le debemos varias novelas derrochadoras y mágicas, además de una variación del idioma castellano que es exclusivamente suyo, pero el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) tuvo algo de definitivo: lo fantástico se aposentaba ya para siempre en primera línea.

Aquí hay que reivindicar a algunos autores. Daniel Miñano, más conocido como Colectivo Juan de Madre o Manuela Buriel, es un novelista inclasificable y brillante, como demuestra Animales feroces (2020), emparentada en varios puntos con Piel de plata (Barcelona, adolescencia, magia). En 2016, Francisco Jota-Pérez publicó Homo tenuis, una especulación a propósito de los fenómenos creepypasta que se ha convertido en Santo Grial de lo oculto.

Una crisis y dos estallidos

Entre 2008 y 2010, todo se descontrola, de la prima de riesgo a las instituciones democráticas, y el mundo cambia. Con él, la literatura. Los catálogos editoriales ya no volverán a ser lo mismo: la presencia de escritoras da un vuelco inédito e irreversible. Es una cuestión de cantidad y de calidad, pero también de complicidad con el público lector, cada vez más femenino y feminista, queer, comprometido, dispuesto a tejer espacios de encuentro. Una figura clave será Sabina Urraca, no solo porque es autora de dos novelas extraordinarias, a veces equívocamente encasilladas en la autoficción, Las niñas prodigio (2017) y El celo (2024), sino porque su visibilidad e impacto contribuyen a generar el espacio en el que se mueven otras estupendas narradoras como Rosario Villajos (La educación física, 2023) o Elisa Victoria (El evangelio, 2021), además de ejercer de editora con notable olfato: pensemos en los fenómenos Panza de burro, de Andrea Abreu (2020), o Seis mil, de Laura C. Vela (2025). Y en este punto deberíamos mirar más arriba para encontrar otra figura importante, la de Elvira Lindo, que en el siglo XXI ha dado sus mejores novelas (por ejemplo, A corazón abierto, 2020), y que, sobre todo, representa un caso infrecuente de atención hacia las nuevas escritoras y generosidad con ellas.

Luego está esa dinámica que podríamos emparentar con Chirbes, a la que ya aludí. Esto no significa que Chirbes la capitanee ni que las siguientes voces sean idénticas entre sí: como antes con Marías o Urraca, me refiero a cómo algunas obras facilitan la apertura de territorios que luego urbanizarán muchas otras (igual que La mala costumbre, de Alana S. Portero, también abrió caminos en 2023). Hay un nombre indisputable, Marta Sanz, que con La lección de anatomía (2008) o Clavícula (2017) ha nombrado un número importante de preocupaciones y ansiedades modernas, hasta ocupar una posición de maestría aceptada por toda una generación posterior. Hay un experimento temprano y anónimo, el collage El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen (2005), hecho con retales de prensa. Está Isaac Rosa con El vano ayer (2010). Recuerdo La trabajadora (2014), de Elvira Navarro, como una espeluznante fábula casi gótica sobre la precariedad. Y, por supuesto, está Cristina Morales, distinta a todo el mundo, cuya Lectura Fácil (2018), firme candidata a ser la novela española de mayor impacto de la última década (magistral, indomable, una locura), tiende a ensombrecer otro libro suyo magnífico, Terroristas modernos (2017). Otra imprescindible: Aixa de la Cruz y el arco que forma su narrativa, con sus puntos álgidos en la temprana Cuando fuimos los mejores (2007) y la penúltima Las herederas (2022).

Por último, considero muy relevante el trabajo de Belén Gopegui, una autora que ya venía de ser importantísima en los noventa, y entre cuyos libros del XXI suelen destacarse los de los primeros dos mil, como Lo real (2001), tan atentos a lo colectivo, a las posibilidades de transformación. Ocurre que, a partir del thriller Acceso no autorizado (2011) y hasta la reciente Te siguen (2025), Gopegui se adentra en un registro peculiar, antipedante, ajeno al narcisismo, de una generosidad transparente en su intento de narrarnos a todos, de ir en dirección contraria, abajo. Y sospecho que esta escritura provoca la clase de desconcierto propia de una verdadera posición autónoma respecto del sistema literario.

De un modo muy distinto, también ha fundado un espacio propio Gonzalo Torné, renovador de la vieja idea de “novela sobre Barcelona” que tan bien representaba el estupendo Francisco Casavella (El día del Watusi, 2002). En sus manos, la ciudad se convierte en un lugar donde los diálogos son más ingeniosos y anglosajones que nunca, irónicos a toda velocidad, sin que lo ridículo deje de estar presente, y linaje y diseño urbano se funden en una crónica sobre cuál es este país y qué es el ser humano. ¿Dos títulos? La ya mítica Hilos de sangre (2010) o los aires americanos de Años felices (2017), por ejemplo. Hace poco, el periodista José Antonio Montano escribió que Torné es el único novelista que queda en España. No es verdad, claro, pero tuvo gracia, porque sí es el único representante de cierta forma de novela. Dicho esto, si no es puramente novelista Sara Mesa, con sus historias secas, ambiguas y especializadas en generar incomodad, como La familia (2022), ¿quién lo es?

Lo que queda fuera, y el futuro

Lo que queda fuera: obras heterodoxas, autores poco visibles, periferias. Rescaten El estenotipista en la Academia Universal, de Alberto Escudero (2002), presten atención a las novelas inclasificables de Luis Rodríguez (cualquiera, pero digamos Mira que eres, de 2021). ¿Quién recuerda el barojiano, autoficcional, perdedor y encantador Curso de librería, de Fernando San Basilio (2006)? Que nadie olvide el mundo delicado y sabio que Begoña Huertas construyó entre El desconcierto (2017) y El sótano (2023). Y con su título giallesco, el gigantesco fresco en el París ocupado, Mil ojos esconde la noche (2024-2025), de Juan Manuel de Prada, es un disfrute impepinable salido de un lugar ajeno a cualquier línea apuntada en este texto. Por último, una de las pocas obras maestras de este cuarto de siglo es, seguro, Noche y océano (2020), de Raquel Taranilla, novela que una vez califiqué de “desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria”, y lo sostengo.

En cuanto al futuro, es imposible decir nada. O apenas nada. Me conformaré con algunas apuestas: la ficción especulativa de El árbol viene, de Munir Hachemi (2023), apunta en la dirección correcta y es el fruto de una inteligencia notable. Los escorpiones (2024) y La chica más lista que conozco (2026), de Sara Barquinero, delatan a una escritora importante que ha roto un poco las previsiones acerca de lo que su generación parecía destinada a escribir.

Y hay más, pero ya saben: el espacio se acaba.

miércoles, 1 de abril de 2026

Chaves Nogales inspira filmes que se están rodando

 ‘A sangre y fuego’: la resurrección del gran relato de Chaves Nogales sobre la Guerra Civil, en El País, Mar Padilla, 1 ENE 2023:

El libro, que acaba de ser traducido al alemán, inspira proyectos audiovisuales de Juan Antonio Bayona y Rodrigo Sorogoyen

Hay libros como bumeranes, que vuelven, ofreciendo retazos del pasado con la urgencia del primer vuelo. Ese es el caso de A sangre y fuego, el libro sobre la Guerra Civil de Manuel Chaves Nogales. La obra del periodista sevillano —un compendio de relatos sobre milicianos, herreros, monjas, falangistas, madres, oficinistas y también personajes reales, como André Malraux o Rafael Alberti, reconvertidos en víctimas, antihéroes, asesinos o desertores, atrapados entre los extremismos y la locura de la guerra— vive una resurrección.

Publicada en plena guerra, en 1937, en una editorial chilena llamada Ercilla, inédita en España hasta 1993, cuando recuperó la obra la editorial Renacimiento, y relanzada por Libros del Asteroide en 2011; el interés por este libro revive: en 2018 tuvo una adaptación en podcast emitida en Onda Cero bajo la dirección de Carlos Alsina. A principios de 2021, Movistar+ anunció una serie inspirada en la obra de Chaves, firmada por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, director y guionista de As bestas o El reino, pero en abril la plataforma se desligó de la iniciativa. Desde entonces, Sorogoyen busca financiación y nuevos aliados para sacarla adelante. “Es el proyecto de mi vida y estoy seguro de que tarde o temprano saldrá. No tengo prisa”, confirma en conversación telefónica.

Con el título provisional de La guerra, la serie de seis capítulos —de los que tres ya tienen el guion prácticamente desarrollado— está inspirada “en el espíritu” de Chaves, concede Sorogoyen, pero no en sus relatos de ficción de A sangre y fuego. Sí tiene ese punto de vista del sevillano “hacia las personas que sufrieron la guerra desde los dos bandos, intentando ser objetivo, algo tan difícil en una contienda así, sin apostar por el blanco o el negro, sino por la gama de grises”, dice.

La obra de Chaves, “tan oculta y silenciada durante tanto tiempo”, denuncia Sorogoyen, la descubrió hace muchos años gracias a la recomendación de un amigo, y le impresionó esa “mirada nada simplista” que él quiere aplicar a su serie. “Cada vez se habla menos de la guerra y es un hecho fundamental en nuestra historia. Si se hiciera una encuesta a los jóvenes, muy pocos sabrían explicar lo que ocurrió. Y hay que hacerlo”.

El que ya está en marcha es el proyecto de Juan Antonio Bayona, director de Un monstruo viene a verme o La sociedad de la nieve. Bayona está trabajando en la adaptación de A sangre y fuego con Agustín Díaz Yanes como guionista y lleva varios años inmerso en el proyecto. El cineasta barcelonés lo explicó en el marco del festival de cine de Sevilla, celebrado en noviembre. En un encuentro con el público, Bayona detalló que del libro de Chaves le interesó “especialmente la visión humanista” sobre la guerra, que llevaba varios años desarrollando la idea y que este escritor tenía un significado sentimental para él porque su padre —originario de la localidad de Osuna— era sevillano, como el periodista. Bayona cuenta con el beneplácito de la familia Chaves. Conoció personalmente a Pilar, la hija mayor del autor de Juan Belmonte, matador de toros, fallecida en 2021 a los 101 años, y ha tenido acceso a todo tipo de testimonios y documentos. Al ser preguntados por este periódico, ni Bayona ni Yanes han querido ampliar la información, alegando que aún es pronto para hablar del proyecto.

Criterio propio

“Es un libro que habla del impacto de la guerra en personas normales, de la crueldad y de la estupidez a la que las arrastra. De ahí la importancia del subtítulo: Héroes, bestias y mártires de España”, explica Antony Jones Chaves, nieto del periodista, sobre una obra traducida al alemán en noviembre por la editorial Kupido. El esfuerzo de divulgación de la obra de su abuelo lleva implícito, según Jones, el compromiso por la libertad y la democracia, y con proyectos como el de Bayona aspira a llegar a públicos de diferentes generaciones y puntos de vista distintos. “La idea es que la gente piense, que reflexione”, añade. “Mi abuelo resaltaba el peligro que supone dejarse llevar por bandos extremos, esos que te obligan a elegir. Su advertencia es que hay que luchar por ser libre y tener independencia de criterio”.

En carne viva

Nacido en 1897 en Sevilla, Chaves Nogales empezó de adolescente a escribir en el periódico sevillano El Liberal. Después se fue a Madrid, donde trabajó en la revista Estampa y el Heraldo de Madrid, hasta que en 1930 se hizo cargo del diario republicano Ahora, ubicado en la Cuesta de San Vicente. Eran buenos tiempos: vivía con su familia en un piso señorial, en el mismo edificio de la Redacción, y era muy conocido y respetado. Pero no se dejó llevar por espejismos. “Yo tengo la impresión de que todo esto es pasajero. Nosotros acabaremos en una buhardilla pobre de una callejuela de París”, le dijo a Pío Baroja, uno de los escritores que llamó para colaborar en su periódico junto con Valle-Inclán, Unamuno o Josefina Carabias.

Su vaticinio resultó exacto: cuando el 6 de noviembre de 1936 el Gobierno de la República abandonó su puesto en Madrid para trasladarse a Valencia, él abandonó el suyo. Se exilió y, por un tiempo, él y su familia malvivieron en una pensión de “un arrabal de París, que es donde caen los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando”, escribe en el prólogo de A sangre y fuego, “una pieza maestra, de una lucidez excepcional, no contaminada por el odio entre bandos”, según Ignacio Garmendia, editor de la obra completa de Chaves para Libros del Asteroide, publicada en 2020.

Su olfato nunca le engañó. En la década de los treinta entendió el tenebroso futuro que se avecinaba sobre España y Europa y así lo transmitió en artículos y reportajes. Fue testigo directo del impacto de la Revolución Rusa, del auge de los fascismos en Berlín y Roma, y recorrió la geografía española tomando notas sobre vidas que se iban resquebrajando en brechas ideológicas cada vez más enfrentadas. Con el alzamiento de las tropas de Franco, luchando “contra el fascismo con el arma de mi oficio”, según escribe en el citado prólogo, continuó dirigiendo el diario. Y allí siguió hasta que temió por su vida. “Yo era perfectamente fusilable”, tanto para los que se alzaron contra la República como para los revolucionarios, argumentó en el libro. Por eso decidió huir.

De ahí surge A sangre y fuego, “un escrito en carne viva”, explica María Isabel Cintas, investigadora y experta en la obra de Chaves. El origen viene de la urgencia de plasmar el dolor y la sinrazón de lo que vio, escuchó y vivió los meses que permaneció en Madrid. “Hablaba con mucha gente, de diferentes bandos. Tenía muchas fuentes. Tomaba notas y hacía entrevistas a los milicianos que volvían por la noche a la ciudad y le contaban episodios de lo que ocurría en el frente”, detalla Cintas. La guerra la vivió en el periódico mismo, en la misma Cuesta de San Vicente, donde había barricadas. Con el traslado del Gobierno republicano dio la guerra por perdida y se marchó, pero siguió el curso de los acontecimientos una vez abandonó Madrid.

Personas reales

Tal y como explica el propio Chaves en el prólogo, los protagonistas de sus historias están basados en personas reales, muchas de ellas identificadas por Cintas. Es el caso del “camarada Arnal” del relato El tesoro de Briesca, inspirado en Emiliano Barral, un escultor anarquista amigo de Chaves, que iba a verlo a la Redacción y que murió defendiendo Madrid en otoño del 36. O la figura de Daniel, el trabajador alérgico a sectarismos que protagoniza el relato Consejo obrero, trasunto de la figura del propio autor, según la investigadora.

Las historias del libro, publicadas por entregas durante el transcurso de la guerra en periódicos y revistas argentinas, mexicanas, cubanas, francesas, inglesas y neozelandesas, y después con formato de libro en Chile, Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, hablan del terror que devora a hombres tranquilos, de empresarios chivatos y de obreros cobardes, de la eclosión de un nacionalismo alucinado que lleva a algún personaje a gritar “viva el cocido y abajo el Foreign Office”, de armas y explosivos escondidos en los sótanos del Teatro Real (Madrid), de quintacolumnistas que ven fusilar a su padre sin apenas pestañear y de señoritos a caballo por campos andaluces “capaces de lidiar lo mismo una corrida de un miura que un Ayuntamiento del Frente Popular”.

Rescatada de un negro olvido gracias a Cintas, al editor Abelardo Linares y al escritor Andrés Trapiello, la mirada de Chaves sobre la guerra, cruda y audazmente libre, ha sido reivindicada por autores tan distintos como Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Felipe Benítez Reyes, Jorge Martínez Reverte, Mar Abad o Ignacio Martínez de Pisón.

Según Garmendia, la vigencia de A sangre y fuego se debe a la clarividencia que transmite por “defender la democracia en un momento como aquel, a su potencia superadora de los extremismos”. El editor y crítico anima a leer al periodista sevillano “por su escritura, absolutamente moderna y actual”, y por su legado: “Aprender que el diálogo es la herramienta básica entre las personas”.

Europa en llamas

Más allá de la Guerra Civil, Chaves fue uno de los grandes cronistas europeos de la primera mitad del convulso siglo XX. Un periodista que estaba en el sitio adecuado en momentos clave, un escritor que se pateó callejuelas y aldeas por todo el continente y que, a su vez, entrevistó a Alfonso XIII, al emperador Haile Selassie, a Charles Chaplin, a Joseph Goebbels o a Winston Churchill.

No le gustó lo que vio. En junio de 1932, en una conferencia en el Ateneo de Sevilla, advirtió: “He conocido de cerca las dictaduras roja, negra y parda. Y soy enemigo de todas ellas porque rebajan la dignidad del hombre. En el mundo no hay más que un régimen posible: el de la república democrática tolerante y comprensiva”.

La guerra española le llevó a vivir “por la parte habitable del mundo que queda”, escribió. Pero después llegó la Segunda Guerra Mundial y la claudicación francesa —”Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material y física”, dijo al respecto en su obra La agonía de Francia, de 1940— y tuvo que huir de nuevo. De París se fue a Londres, donde se sintió libre. Trabajó en la BBC, en The Evening Standard, pero estaba solo, sin su familia. Murió de una peritonitis el 8 de mayo de 1944 en la capital británica. En España, la locura de la guerra había dado paso a la desquiciada dictadura franquista. A su hermano le prohibieron publicar una esquela en el diario Abc con su nombre y, 12 días después de su muerte, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo sentenciaba a Chaves Nogales, cuando ya había fallecido, por “delito consumado de masonería”, ordenando la “busca, captura y prisión del condenado”.

Carmen de Burgos, Colombine

 Carmen de Burgos, la primera mujer periodista en España que tuvo un contrato, en El País, por Alberto G. Palomo, 1 abr 2026:

La periodista de guerra y escritora se adelantó a su tiempo pero después la dictadura la borró de los libros. Su memoria reverdece hoy de la mano de otra mujer

Dos años antes de que Lorca estrenara Bodas de sangre, una mujer ya había narrado aquella historia inspirada en el crimen de Níjar. Era Carmen de Burgos con Puñal de claveles, de 1931. Cada cual eligió su estilo y su desenlace, pero la materia prima era la misma. Hubo otra diferencia: cómo les trató la posteridad. El poeta granadino quedó inscrito en el canon. A ella le esperó el ostracismo.

Carmen de Burgos fue la primera mujer periodista en España con contrato en una redacción. Firmó reportajes sociales con su propio nombre o con seudónimos como Colombine. Viajó a Melilla en 1909 para informar sobre la guerra. Defendió la educación, la emancipación y la independencia de las mujeres en una sociedad que apenas les reconocía derechos. Incluso montó su tertulia con amigas en el salón de su casa mientras en los cafés eran los hombres quienes tejían greguerías.

Y, sin embargo, durante décadas apenas ocupó una línea en los manuales. Feminista, republicana y anticlerical, De Burgos encarnaba todo aquello que el régimen franquista se propuso extirpar del relato cultural español. Tras la Guerra Civil, aunque llevaba ya años muerta (falleció en 1932), fue incluida en la lista de autores prohibidos.

Entendía el periodismo como una herramienta de transformación social y la literatura como una “confesión a voces”. Sus experiencias alimentaban su obra. En La malcasada volcó la herida de un matrimonio fallido. A pesar de aquel tormento, mantuvo después una intensa relación con Ramón Gómez de la Serna, en una unión tan admirada como criticada. Fue protagonista de su tiempo, pero también rehén de los prejuicios de esa época: campañas de desprestigio, rumores, ataques personales.

Durante décadas, su rastro quedó reducido a una placa discreta en el portal de su última casa en la capital. España cabalgó por la Transición sin revisar a quién había dejado atrás. Hasta que una colega tropezó con sus artículos. Victoria Gallardo investigaba los oficios desaparecidos de las mujeres madrileñas cuando descubrió que, un siglo antes, De Burgos había dedicado una serie de reportajes en el Heraldo de Madrid al mismo asunto.

“Noté una especie de conexión”, explica. De aquel flechazo surgió Todos los nombres de Carmen, un volumen que no solo reconstruye una biografía, sino que interpela una desmemoria. Gallardo evita la hagiografía. No presenta a Carmen como una heroína, sino como alguien con grietas de vulnerabilidad. Capaz de soltar frases impagables —“No eres hija mía si lloras delante de los alemanes”, le dijo a su hija al ser acusada de espía en un tren durante la Primera Guerra Mundial— y de momentos de duda. La recuperación de su figura no es un gesto aislado. “Comienza a renacer gracias, por ejemplo, a la exposición que le dedicó el pasado año la Biblioteca Nacional de España y al empeño de biógrafos y documentalistas”, señala Gallardo, que no pretende ajustar cuentas, sino ensanchar el legado: “Carmen peleó por un Madrid más justo, conquistando espacios que les habían sido vetados y derechos que les habían sido negados. Ellas abrieron el camino por el que hoy nosotras transitamos”.

Recordar a Carmen de Burgos es “lo mínimo”, sostiene. Aunque no resulte un ejercicio de nostalgia, sino de lanzar interrogantes: ¿cuántas más quedaron fuera? ¿Quién decide qué permanece? La propia corresponsal anotó que “el olvido tiene la melancolía de las cosas que mueren”. Y tal vez el suyo no se debía a un deceso natural, sino a un coma inducido. Pero hay quien intenta corregir esta laguna histórica. Como Victoria Gallardo, que restituye, en parte, esa genealogía mutilada.

miércoles, 25 de marzo de 2026

El hispanista Unabomber

 [Dossier]

 I

 Fernando Muñoz, Viaje por la biblioteca hispánica del Unabomber, 2 de noviembre de 2023.

 [Fernando Muñoz, doctor en Filosofía y Sociología, reseña Unabomber en la España eterna. Viaje por la biblioteca hispánica de Theodore Kaczynski, por Jorge Casesmeiro Roger, Unión Editorial, 2023]

Theodore John Kaczynski nacido en Chicago, Illinois en 1942, ha fallecido el pasado 10 de junio de 2023 en el hospital presidio de Butner, Carolina del Norte, tras pasar 25 años en la prisión de máxima seguridad de Florence, Colorado. Kaczynski cometió una larga serie de atentados con paquete bomba entre 1978 y 1995 con el resultado de tres muertos y más de veinte heridos graves.

Fue conocido como Unabomber (University and Airline Bomber) a raíz del acrónimo – UNABOMB – puesto a su caso por el FBI. Su identificación y captura, todavía hoy, es el caso más largo y costoso de la historia del FBI.

Sobre esta figura han corrido ríos de tinta, se han hecho series y películas, de manera que el libro que aquí se señala podría pasar desapercibido como uno más en una amplia multitud de referencias y comentarios. Se nos ocultaría un libro singular por varias razones: en primer lugar, porque este libro explora y documenta por primera vez la densa y extensa conexión del Unabomber con la cultura hispánica. Kaczynski leía y escribía en español perfectamente, una lengua que admiraba y de la que disfrutaba, al menos desde los años 80.

Entre los 257 libros de la biblioteca de su cabaña de Montana había 40 títulos hispánicos (españoles e hispanoamericanos) de primera importancia: lengua, historia, literatura, filosofía, ciencia. Jorge Casesmeiro hace inventario de esta colección hispánica y revela la complejidad del vínculo de Unabomber con el pensamiento en lengua española a través de los diarios, correspondencia y ensayos publicados por Kaczynski. El vínculo complejo con la cultura hispánica siguió acompañando al Unabomber más allá de su cabaña de Montana, a través de las lecturas, cartas y escritos que pergeñó desde la cárcel de Colorado.

Estamos ante un libro asombroso, cuyas posibilidades podrían tomar nuestra atención toda una vida. Su fertilidad inagotable procede, por una parte, del valor que supone tomar de frente el tema de nuestro tiempo: la condición del ser humano en el sistema industrial, en la megamáquina de esta sociedad tecnológica y hacerlo no sólo de mano de una figura trágica, sino de sus profundos vínculos con nuestra lengua, tradición y cultura. Jorge Casesmeiro confiesa en su libro que, a la hora de escribir, se retira al zulo y en esa huida se manifiesta el nervio de escritor clandestino que recorre su prosa. Sorprende que desde esa intimidad haya levantado una escritura tan luminosa y vital.

La reducción del hombre a la forma que el orden tecnoeconómico impone – la lucha de la libertad con el progreso – es un tema constante, un fondo obsesivo y recurrente en el pensamiento contemporáneo, con raíces que calan la historia de Occidente al menos hasta su sedimento nominalista. Casesmeiro ha sabido poner ante nuestros ojos la condición trágica de nuestro tiempo, señalando el efecto profundo de la era del progreso tecnoeconómico sobre la vida cotidiana, pero también la capacidad de resistencia que las cosas pequeñas oponen al demoledor avance de la megamáquina. Tras las cosas pequeñas se quiere resistir al inexorable progreso, poniendo en cuestión su automatismo ciego, su pretendida autonomía, el carácter dicen que incontenible de su avance.

Hay en el estilo de Jorge Casesmeiro un ritmo y un matiz popular que nos aproxima personalmente al autor y declara indirectamente la singular perspectiva que él ha roturado por vez primera. Sucede con su texto algo que Kaczynski supo percibir oscuramente, tal como refiere en una carta dirigida a su hermano en 1985:

Me he dado cuenta de un fenómeno interesante. Cuando leo literatura inglesa y americana, encuentro que a menudo no me gusta la personalidad del autor (en la medida en que la personalidad se manifiesta en la escritura), incluso aunque pueda apreciar su trabajo. Por el contrario, encuentro que en general me gustan las personalidades de los autores hispanoamericanos…

Esta mínima observación intuye un contraste significativo: el contraste entre la modernidad del progreso tecno-económico y otra posible modernidad, parsimoniosa y humilde, de signo clásico y tradicional. Otra forma del recurrente contraste entre la razón y la cordura, entre el carácter que produce el globalismo triunfante y la actitud generosa de una personalidad que todavía traslucía en la literatura hispanoamericana del siglo pasado y que se conserva viva entre las páginas de este libro.

II

Unabomber, literato; con Jorge Casesmeiro. Bienvenidos a la Terra Ignota. Emitido por YouTube el 2 de febrero de 2025: https://youtube.com/live/2Bq73xI8Ex4

Hoy conversamos con Jorge Casesmeiro (Madrid, 1974), escritor y periodista, sobre su libro Unabomber en la España eterna (2023). El libro se puede adquirir en

https://www.unioneditorial.net/libro/unabomber-viaje-por-la-biblioteca-hispanica-de-ted-kaczynski/

Exploramos la peculiar conexión entre Theodore Kaczynski, activista, literato, pensador, matemático y terrorista que vivió aislado en una cabaña de Montana. Profundizaremos en su insólita afición por los clásicos de la literatura española. ¿Cómo encajan Cervantes, Unamuno o Ortega y Gasset en la visión del mundo de Unabomber? ¿Qué nos dice su lectura de estos autores sobre su pensamiento y su radical rechazo a la sociedad industrial? 

Jorge Casesmeiro es escritor y periodista, autor de varios ensayos y novelas en los que explora temas de historia, literatura y filosofía. También ha publicado El túnel de Hitler (2021), Razón en vena (2020) y Jugando entre cultura (2014), abordando desde la memoria histórica hasta la relación entre pensamiento y creatividad. Ha participado en la edición de los Cuadernos Literarios de la Facultad de Filosofía y Letras (2021), en la antología Los valores humanos en la España poscovid (2021). 

Kaczynski transitó una vía que no escapa del vacío de partida. Unabomber lleva de la nada a la nada. El asesinato selectivo, la ira y el odio que esconde el acto terrorista, son absolutamente estériles. De una inteligencia soberbia, el interés de su análisis de la sociedad industrial ha quedado oscurecido por su existencia esquinada que, si ha logrado atraer una atención efímera por su figura de hombre desolado y atroz, también ha limitado el estudio sereno de su trabajo.

Acaso nada podamos oponer al curso – que se quiere irrefrenable – de las ciencias y tecnologías que mueven la megamáquina industrial, unas tecnologías que han caído sobre la vida humana como una plaga sombría. Esos “arcángeles del progreso” tienen las alas negras, pero al análisis de Kaczynski le falta caridad y sus actos son índice de una razón inmisericorde.

Es la misma razón analítica y estéril que está a años luz de la cordura. No quiero decir que Kaczynski haya estado loco en el sentido habitual, pero estuvo loco de remate si es verdad que el loco no ha perdido la razón, sino que ha perdido todo salvo la razón. Me parece que Kaczynski lo intuyó en español, desde la oscuridad de su celda negra y tras su hábito oscuro.

Jorge Casesmeiro Roger, Unabomber en la España eterna. Viaje por la biblioteca hispánica de Ted Kaczynski, Madrid: Unión Editorial (2023). ISBN: 9788472099128

Resumen

Theodore J. Kaczynski (1942–2023), alias «Unabomber», fue un genio que en 1969 abandonó su carrera de matemático para sobrevivir como trampero en Montana. Entre 1978 y 1996 perpetró una campaña terrorista que convirtió su caza en la operación más larga del FBI. Autor del manifiesto más divulgado del último siglo, La sociedad industrial y su futuro (1995), su vida y escritos anti tecnológicos han dado pie a numerosos libros, películas, series y estudios. Pero ninguno de ellos aborda lo que aquí se narra: la densa conexión de Kaczynski con la cultura española. Su pasión por la lengua castellana y su lectura de grandes autores hispanos. Este ensayo documenta la crónica personal de una serie de hallazgos que su autor ha ido haciendo a partir de fotos, cartas, libros y archivos digitales. Es un viaje por las mejores páginas de España a través del Unabomber. Y también a las obsesiones del Unabomber a través de sus lecturas hispánicas: Cervantes, Valera, Sarmiento, Galdós, Quiroga, Menéndez Pidal, Bolívar, Ortega y tantos otros. Un viaje a los demonios de la libertad.

III

Gonzalo Pernas, Unabomber, las bombas y los libros (16 jun 2023):

Ochentón ya, parece que por su propia mano, Ted Kaczynski ha muerto en su última celda. Los investigadores policiales le pusieron el alias abreviando University and Airport Bomber, en alusión a los lugares donde empezaron a explotar sus artefactos postales, poniendo en marcha una larguísima campaña de terrorismo doméstico que llegó a convertirse en un problema existencial de casi dos décadas para el FBI, como en alguna reseña periodística se puede leer. Precisamente, las implementaciones tecnocientíficas contra las que se rebeló en su manifiesto no habrían hecho posible su cruzada hoy, y el agente que le dijo que tenía que hablar con él no habría tardado tantísimo en adentrarse, bien acompañado, en el wilderness de Montana. El amplio y mediático dispositivo no habría necesitado tantísimo tiempo para localizar su cabaña; sin duda, la versión oscura de la de Thoreau, como si uno y otro representaran las caras de una misma moneda. Cediendo insólitamente a las demandas del Unabomber, el Washington Post y el New York Times publicaron La sociedad industrial y su futuro en 1995, por lo que Kaczynski conseguía su objetivo, aunque precipitando su detención: su hermano Ted reconoció algunas expresiones familiares en el texto y acabó por delatarle. Un mito oscuro nacía.

"La sociedad industrial, que suele conceptuarse como un texto neoludita, antecede el despliegue de las tesis revolucionarias de Kaczynski con un ataque furibundo al izquierdismo posmoderno"

Dado que la cronología y pormenores de su carrera criminal son fácilmente consultables, nos centraremos en los aspectos menos conocidos y más literarios de su vida y legado. La génesis del terrorista se podría esbozar aludiendo a sus shutdowns infantiles, de los que su propia madre, Wanda, dio cuenta en su momento. También cabe mencionar su célebre 167 de coeficiente intelectual, pero sobre todo su participación en los tétricos experimentos de Henry Murray en Harvard: un sádico que debió de freír su cerebro superdotado, si se permite expresarlo informalmente. Sin embargo, nada de esto empaña la brillantez de La sociedad industrial, que un servidor compró en un piso-librería con aires de clandestinidad en alguna calle de Entrevías. Básicamente se trataba de un libreto encuadernado a mano, con cubiertas de cartulina verde, “editado” por Último Reducto en México, en 2002. Si rápidamente se veía que aquello tenía chicha, hoy tiene un interés exponencialmente incrementado, teniendo en cuenta que la tecnociencia ya nos ha puesto en el umbral de toda una crisis de civilización.

La sociedad industrial, que suele conceptuarse como un texto neoludita, antecede el despliegue de las tesis revolucionarias de Kaczynski con un ataque furibundo al izquierdismo posmoderno, que —dando bastante en el clavo— considera inútil y sobresocializado. En resumen, al convicto más famoso de ADX Florence, Colorado, nunca le gustó lo que en Estados Unidos se conoce como Leftism: ese colectivismo posthippie no tenía nada que ver con sus planteamientos. A él le preocupaba la pérdida de autonomía del individuo y las familias, así como toda una serie de cuestiones que consideró más urgentes y universales que los derechos de las minorías, los animales y cosas por el estilo. Despeja toda duda cuando afirma que “no tenemos ilusiones acerca de crear una nueva forma de sociedad ideal”, añadiendo que su “finalidad es solo destruir la forma preexistente”. No es un utopista, y mucho menos un romántico, como se ha llegado a insinuar en algún sitio, sino el artífice de 16 atentados con sus tres muertos y unos cuantos heridos, algunos graves, así como el lúcido analista de una sociedad que, en su hibris técnica, en su fausticismo, pronto empezará a devorar a sus hijos, como en el cuadro de Goya.

"De un modo más general, Piglia resumió la cuestión del Unabomber con un lacónico: percibe muy bien la situación"

El Unabomber, que firmaba sus bombas con el acrónimo FC, de Freedom Club, ha inspirado en alguna medida al Benjamin Sachs del Leviatán de Paul Auster. También es el Thomas Munk de El camino de Ida, que es la novela en la que Ricardo Piglia volcó su semblanza ficticia del recién fallecido. Si el Sachs de Auster no encaja demasiado con nuestro protagonista, sí que introduce a cierto Dimaggio que avisa de cómo los servicios de inteligencia adulteran los acontecimientos hasta niveles que muy pocas personas formadas estarían dispuestas a admitir. De ahí la nebulosa que siempre envolverá al matemático sangriento, aunque no tanto a una obra que siempre se puede interpretar y discutir. Le pese a quien le pese, ofrece valiosos materiales para el debate crítico sobre el rumbo y la propia naturaleza del progreso. De todas formas, el libro de libros a mencionar es El agente secreto de Conrad: se sabe que Ted leyó esta novela decenas de veces, identificándose con el protagonista y su fatalismo de manera excepcional, y pudiéndose comprobar el grado de similitud en cuanto uno remonta sus páginas y acaba por conocer a “el profesor”.

Lo cierto es que el manifiesto —La sociedad industrial y su futuro— ha quedado algo eclipsado por el emblema pop en el que el terrorista se ha convertido. Y también otros aspectos interesantes de su propuesta intelectual, como una crítica del anarcoprimitivismo en la que discute a Marshall Shalins y Bob Black, entre otros, o su correspondencia con John Zerzan: quizá el representante más conocido de la militancia antitecnológica de corte, digamos, izquierdista. De un modo más general, Piglia resumió la cuestión del Unabomber con un lacónico “percibe muy bien la situación”: el modo en que las sociedades avanzadas diluyen los impulsos autónomos y disidentes en esa sobresocialización nunca inocua, la consecuente frustración de un individuo que cada vez controla menos su devenir y —en síntesis— el modo en el que el desenfreno tecnocientífico está acabando globalmente con la vida y sus cadencias humanas. Es mucho más lo que se podría decir a la luz de las recientes revoluciones tecnológicas y sus renovados impactos, aunque para ello habrá que acudir a las exégesis.

IV

Theodore Kaczynski, Desde un bosque lejano. Tecnología, colapso y revolución. Errata Naturae, 2025, EAN: 9791387597207, ISBN: 979-13-87597-20-7

Resumen

Theodore Kaczynski fue un brillante filósofo y matemático que, tras licenciarse con honores en Harvard, obtuvo su plaza como profesor de la Universidad de Berkeley con apenas veinticinco años. Sin embargo, tan sólo impartió un par de cursos antes de recluirse en una cabaña sin agua ni electricidad en los bosques de Montana. Desde allí, y a lo largo de casi dos décadas, tuvo en jaque al FBI y a la CIA con los envíos de diversos paquetes-bomba que causaron la muerte de tres personas e hirieron a una veintena. Con sus ataques pretendía encender la chispa de una revolución global contra el complejo tecno-industrial (y su último exponente: la inteligencia artificial), causante del cambio climático y la alienación última y catastrófica de la humanidad.

Kaczynski fue por tanto un terrorista, pero también, por incómodo que nos resulte, uno de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, como demuestran los ensayos recogidos en este volumen. Tal como explicamos de forma detallada en su prólogo, como editores creemos que es posible (y necesario) valorar sus escritos sin avalar sus acciones, al igual que admiramos el catálogo de la editorial Feltrinelli, aunque su editor y fundador muriera colocando, él también, una bomba; o como leemos con pasión al escritor William S. Burroughs aunque asesinara a su esposa; o seguimos aprendiendo de Platón sin defender, como él, la esclavitud.

En este sentido, el análisis teórico que propone Kaczynski clava su dardo en el problema fundamental de nuestra época: la progresiva extinción de la libertad individual y la creciente catástrofe ecológica causadas por nuestra absoluta dependencia de la tecnología contemporánea, que se ha convertido en un sistema autónomo que no sirve al ser humano, sino que lo utiliza. Y su razonamiento, impecable desde un punto de vista teórico y difícilmente rebatible, le llevó a concluir, por un lado, que el problema último no es el capitalismo, sino el sistema tecnológico que lo gobierna; y por otro, que dicho sistema no es susceptible de reforma, y que, por tanto, debe destruirse para evitar la devastación final del planeta y de la inmensa mayoría de sus habitantes.

sábado, 21 de marzo de 2026

Vicent sobre Cesare Pavese

 I

 Despertarse sin una mujer al lado, por Manuel Vicent, en El País, 21 mar 2026:

El poeta italiano Pavese era “terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado escribiendo en los cafés llenos de humo”

Ante el despecho de no sentirse amado, el poeta Cesare Pavese había escrito en su diario: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Pocos días antes de suicidarse le confesó a su amiga Pierina que nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a su amante una mujer enamorada. Ni siquiera había obtenido de su madre el amor maternal que todo niño merece. Tampoco le ayudaba para conquistar a una mujer su carácter introvertido, agrio, pesimista y su rostro ceniciento. El último amor frustrado lo tuvo Pavese con la actriz norteamericana Constance Dowling, famosa por sus ojos color avellana, durante el rodaje de una película en Roma. El poeta enamorado le ofreció matrimonio, pero ella se casó con otro. A este desamparo debemos uno de sus versos más desesperados: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Imagino a Cesare Pavese aquel sábado 26 de agosto de 1950 en Turín con un maletín en la mano en el que llevaba su libro Diálogos con Leucó y ninguna ropa, cruzando la plaza Carlo Felice, frente a la estación de ferrocarril Porta Nova, un lugar céntrico de la ciudad, en dirección al albergo Roma, situado bajo los soportales. Allí pidió una habitación. Se tendió en la cama vestido con el traje oscuro y la camisa blanca; se aflojó el nudo de la corbata; los pies desnudos, lívidos, ligeros como dos alas dispuestas a volar. Acababa de obtener un último desaire amoroso, había realizado tres llamadas de teléfono sin respuesta.

Era una tarde caliginosa de verano, la ciudad desierta a esa hora estaba impregnada por el sopor que subía desde el río Po. Hasta esa habitación de la segunda planta con el balcón abierto y los visillos flotando llegaba a veces el sonido de alguna motocicleta que cruzaba la plaza. Puede que llevara en el transportín una chica feliz, enamorada, que regresaba con su novio de un día en el campo. Tal vez el poeta imaginó aquello que había escrito. Después de darse un revolcón en la hierba, “la muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira a su compañero, tendido, con los ojos abiertos”.

Hay cosas que uno no se perdona. No me perdonaré no haber visitado aquella habitación del albergo Roma cuando en uno de mis viajes pasé por Turín. Supe cómo era por la forma con que la describió la escritora Natalia Ginzburg cuando la visitó siete años después de que Cesare Pavese se hubiera suicidado. Habían sido muy amigos, trabajaban en la editorial Einaudi, ambos fueron represaliados y desterrados por el fascismo. Al entrar en el albergo, Natalia detrás del mostrador encontró a la hija de la familia. Todo seguía igual en el recibidor. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos sillones raídos, el espejo velado. La recepcionista le dijo: “Sé lo que busca. Es la habitación 346 de la segunda planta”. Subieron y ella abrió con la llave que llevaba en el bolsillo del delantal.

En la habitación el tiempo se había detenido con el aire estancado tal como la había dejado la muerte. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, la lámpara de plástico sobre la mesilla de noche donde el poeta, antes de tomarse los siete tubos de barbitúricos, dejó escrito en el vano de una página de su libro Diálogos con Leucó: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado”. Nadie había tocado aquellos enseres. Frente a la cama, Natalia pensó que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Conocía todos sus fracasos amorosos, primero con ella misma, después con Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista, luego con Bianca Garufi, otra escritora. Lo recordaba terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los cafés llenos de humo. La escritora comenzó a llorar.

Abro su libro de poemas de Pavese este día en que el sol de una radiante primavera invita a todo, excepto a suicidarse. Leo: “¡Oh, cuánto tiempo ha pasado desde que jugaba a piratas malayos!“. Otros días, otros juegos, otros arrebatos de la sangre ante rivales más escurridizos: los pensamientos y los sueños”.

Aquel atardecer de un sábado de 1950, mientras en la habitación del hotel Roma permanecía el cadáver de Cesare Pavese, no muy lejos de la plaza bajo la luna de agosto se había establecido una verbena con farolillos; sonaba la orquestina de saxos, trompetas y acordeones con la voz de un vocalista que cantaba dulces boleros de amor, y muchachas de faldas floreadas y chicos con mucha brillantina en el pelo bailaban con los cuerpos muy pegados, ajenos a que el máximo poeta de Italia permanecía muerto por todos los amores imposibles tras los visillos de aquel balcón abierto. La música cesó casi de madrugada. Por la mañana del domingo, el camarero del hotel, al no haber obtenido respuestas a sus llamadas, entró en la habitación y descubrió el cadáver. En ese momento tal vez las campanas de la catedral de San Juan Bautista repicaban alegremente llamando a misa mayor.

II

Pavese: la muerte tiene ojos color avellana, en El País, por Manuel Vicent, 26 mar 2011:

La escritora Natalia Ginzburg regresó a Turín siete años después de que su amigo Cesare Pavese se hubiera suicidado. Turín era la ciudad donde se habían conocido de jóvenes, habían trabajado juntos en la editorial Einaudi, tal vez se habían enamorado en secreto. Viejos tiempos, otros días, otros juegos. Después de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, que se había cebado con su familia, Natalia volvía desde Londres con su segundo marido y apenas cruzó el vestíbulo de la estación de Porta Nuova se dirigió a la plaza porticada de Carlo Felice. Llena de melancolía percibió que la ciudad seguía oliendo a hollín, que los comercios y los cines mantenían los mismos nombres, allí estaba también el puesto de helados rosas y blancos, que le recordaban los días felices de su niñez, pero ahora había trolebuses y algún paso subterráneo nuevo.

Natalia conocía todos sus avatares amorosos. Lo recordó terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado

La escritora se detuvo ante la puerta del albergo Roma, situado bajo las arcadas de la plaza y decidió entrar. Detrás del mostrador encontró a la mujer de siempre, una hija de la familia que había regentado este humilde hotel desde hacía más de cien años. En el angosto recibidor todo seguía igual. Los dos radiadores, la moqueta roja, los dos pequeños sillones raídos, el espejo velado. La mujer de la recepción conocía el pasado de Natalia Ginzburg y supo enseguida el motivo de la visita: "La habitación que busca es la 346, está en la segunda planta" -le dijo-. Subió agarrada a la barandilla metálica de la escalera y una criada le abrió la puerta con una llave que se sacó del bolsillo del delantal. En aquella habitación el tiempo también se había detenido. Estaba intacta, tal como la dejó la muerte, con el aire estancado. La misma cama estrecha con cabecera de hierro, el perchero, la silla, la mesa de madera, el teléfono negro colgado en la pared, la lámpara de plástico en la mesilla de noche, la cortina de la ventana. Nadie había tocado ninguno de estos enseres desde entonces, hacía siete años. La escritora comenzó a llorar.

Un sábado, 26 de agosto de 1950, Cesare Pavese dejó la casa de su hermana María con la que vivía y se dirigió al albergo Roma con un maletín en el que no llevaba ninguna prenda de ropa sino un solo libro, Diálogos con Leucó. La humedad que liberaba el río Po envolvía en un calor pegajoso de final de verano la ciudad desierta. El poeta acababa de sufrir el último desaire amoroso, pidió habitación y una vez instalado en ella realizó tres llamadas de teléfono mientras la oscuridad de la tarde se instalaba en la ventana. Se oían escapes de motocicletas que cruzaban la plaza. El poeta tal vez imaginó que cada una de aquellas máquinas llevaría en el trasportín a una muchacha feliz de regreso del campo después de darse con su novio un revolcón sobre la hierba, como había descrito en unos de sus poemas. "La muchacha, sentada, se acicala el peinado / y no mira al compañero, tendido, con los ojos abiertos".

No obtuvo ninguna respuesta a sus tres llamadas, el último hilo que le unía a la vida. El poeta se descalzó, se tendió en la cama con la camisa blanca y el traje oscuro, se aflojó el nudo de la corbata y los pies pálidos, desnudos formaron dos alas dispuestas a volar. Pocos días antes había confesado en una carta a su amiga Pierina que nunca se había despertado con una mujer al lado, que nunca había experimentado la mirada que dirige a un hombre una mujer enamorada. Ni siquiera había tenido el amor maternal, que cualquier niño merece. Su madre Consolina había tratado siempre con un rigor absorbente a su hijo Cesare, el menor de cinco hermanos, tres de ellos ya muertos, y le había transferido los traumas que ella había sufrido con su marido, quien en el lecho de muerte pidió ver por última vez a una vecina, que había sido su amante, y ella se negó a dejarla pasar. Esta escena cargó la neurosis del adolescente hasta convertirlo en un ser introvertido, solitario, negado para la amistad y a la hora de conquistar a una mujer tampoco le ayudaba su rostro ceniciento, su carácter agrio y pesimista y al mismo tiempo excesivamente enamoradizo.

Natalia Ginzburg admiraba su obra, había sido su confidente y tal vez uno de sus amores frustrados. Nacida en Palermo en 1916, hija del judío Giuseppe Levi, profesor de medicina, perseguido por sus ideas antifascistas, su familia se trasladó a Turín donde Natalia se casó con el historiador Leone Ginzburg, de origen ruso, cofundador de la editorial Einaudi, también encarcelado por su ideología, confinado en un pueblo de los Abruzzos y finalmente torturado hasta la muerte en la cárcel de Regina Coeli en 1944 por los nazis. Pavese y Natalia habían sido compañeros, camaradas, amigos antes de la guerra. Se veían todos los días en la editorial donde él trabajaba de lector y traductor. Natalia conocía todos sus avatares amorosos. Primero fue su pasión por Battistina Pizzardo, activista del Partido Comunista. Ella se sirvió de su amor para usarlo de correo en la clandestinidad y gracias a este favor el enamorado fue a la cárcel y luego desterrado a Brancaleone Calabro. Allí escribió el libro de poemas Trabajar cansa, pero al volver a Turín se encontró a Battistina, la mujer de la voz ronca, casada con un antiguo novio.

Pavese había conseguido librarse de ir a la guerra por ser asmático y terminada la contienda, afiliado al PCI, siguió trabajando en la editorial Einaudi, escribiendo novelas y enamorándose equivocadamente. Esta vez el fracaso lo obtuvo de Bianca Garuffi, otra escritora, empleada en las mismas oficinas y con la que publicó un libro creado a medias. La relación fue tormentosa. Frente a la cama que la muerte dejó hecha en la habitación 346 del albergo Roma, Natalia Ginzburg pensó que su amigo nunca tuvo esposa, ni hijos, ni casa propia. Lo recordó terco y solitario, amante imposible, siempre enamorado, escribiendo en los cafés llenos de humo alguno de aquellos versos: "Los dos, tendidos sobre la hierba, vestidos, se miran a la cara, entre los tallos delgados la mujer le muerde los cabellos y después muerde la hierba". El último amor que lo arrebató de la vida fue el que mantuvo con la actriz norteamericana Constance Dowling, ex amante de Elia Kazan, de la que quedó colgado durante un rodaje en Roma. Le ofreció matrimonio, pero la rubia que fue famosa por sus ojos de avellana se casó con otro. ¿Ojos color de avellana? Fue a esta mujer a la que el poeta dedicó el verso más famoso que han ido repitiendo desde entonces todos los amantes desesperados: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

El despecho le obligó a escribir en su diario: "Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más". De hecho no cumplió su palabra porque en el albergo Roma, un momento antes de tomar varios tubos de barbitúricos, de aflojarse el nudo de la corbata y de tumbarse en la cama con el traje oscuro y los pies desnudos había escrito en una página en blanco del libro Diálogos con Leucó: "Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado".

Natalia Ginzburg pensó que su amigo había elegido morir esa tarde de agosto tórrido como un forastero, cuando ninguno de sus amigos estaba en la ciudad. No fue necesario abandonar la cama, solo el alba como su última amante entró en el cuarto vacío. Al día siguiente era domingo y las campanas de Santa María tocaron a misa sobre el cadáver del poeta y los fieles acicalados al salir a la plaza compraban helados rosas y blancos a sus niños. Siete años después de aquello, allí frente a la cama vacía Natalia Ginzburg, su amor secreto, se secaba las lágrimas.