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jueves, 5 de febrero de 2026

Dossier Jorge Luis Borges. Seis artículos seleccionados.

 [Dossier Borges. Seis artículos seleccionados]

 I

 "Curso sobre Borges de Ricardo Piglia", en El País, Edgardo Dobry, 28 abr. 2025:

El nuevo volumen de las clases de Piglia recoge las lecciones que impartió en la televisión pública argentina. El libro se suma a una producción incesante sobre Jorge Luis Borges.

El estímulo y el problema, la riqueza y la responsabilidad que Borges representa para los escritores y críticos argentinos se viene manifestado en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura (Paidós, 2022). Hace unos quince años, para burlarse del extremo control de la prosa borgeana, Pablo Katchadjian publicó El Aleph engordado, un librito donde entremezclaba párrafos propios a uno de los cuentos más celebrados del autor. La broma le valió un largo juicio de María Kodama, viuda y derechohabiente. Fue un gesto elocuente: para seguir adelante había que ahogar a Borges en la verborrea. Puede verse como la contracara a Las letras de Borges (1999), ensayo en el que Sylvia Molloy había examinado las fórmulas de la rigurosa composición borgeana. Otro muy interesante ensayo reciente, El método Borges, de Daniel Balderston (Ampersand, 2021), muestra la minuciosa elaboración de la prosa borgeana a partir del estudio de sus manuscritos.

Pero fueron sobre todo los escritores nacidos entre los años 30 y 40, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino. Saer, el novelista más importante que dio Argentina en las tres décadas finales del siglo XX, escribió un ensayo en el que concluía: “Si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”. Saer proclamaba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las diez o doce páginas. A Sarlo se debe uno de los libros ineludibles, Borges, un escritor en las orillas, donde la posición periférica del autor de Ficciones, que casi no salió de Buenos Aires entre los años veinte y los sesenta, aparece como una de las claves de su elaboración de símbolos y filiaciones.

Piglia fue el más borgeano de todos: entremezcló ensayo y narrativa; dirigió la “Serie negra”, colección de novela policial que continuó el trabajo de Borges y Bioy Casares en “El Séptimo Círculo”; dio entidad teórica a las Formas breves, libro en que se encuentran sus celebradas “Tesis sobre el cuento”, cuya idea central, la de que todo relato narra dos historias que luchan entre sí, está prefigurada en un prólogo de Borges a una novela de María Ester Vázquez: “El cuento deberá constar de dos argumentos…”. Otro de los títulos de Piglia, Crítica y ficción, se compone de entrevistas, género que el Borges ciego a partir de los años cincuenta convirtió en deleitosa, divertida y astuta forma de hacer literatura. En Respiración artificial, su novela más perdurable, Piglia hizo decir a su alter ego, Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso.

La editorial porteña Eterna Cadencia viene publicando la transcripción de cursos que Piglia dictó en la década final del siglo pasado: Teoría de la prosa, sobre Juan Carlos Onetti; Las tres vanguardias, sobre Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh; y Escenas de la novela argentina. A diferencia de los anteriores, este último no recoge clases dadas en la Universidad de Buenos Aires sino en la televisión pública argentina, como Borges por Piglia.

El marco exigía una adecuación del tono: Piglia se adapta magistralmente al discurso divulgativo sin rebajar la exigencia. Cuenta, por ejemplo, algunos de sus encuentros con Borges, de hecho, el libro se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor. Aprovechándose del modo casual y eximido de aparato académico que la ocasión le brinda, empieza por preguntarse qué es un buen escritor y por explicar por qué Borges lo es. Muestra algunos ejemplos de la literatura del siglo XX que derivan de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que se publicó en la revista Sur en 1940, luego en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y finalmente en Ficciones (1944): dos importantes novelas de los años cincuenta, El hombre del castillo de Philip K. Dick, y Pálido fuego de Nabokov, y una anterior, La vida breve de Onetti, no existirían sin ese antecedente. No se trata de una influencia sino de la creación de un procedimiento que Piglia denomina “invención especulativa” y que encuentra cercano al arte conceptual tal como fue concebido por Duchamp.

Piglia ubica a Borges en el cruce de sus dos genealogías: la de su familia paterna, de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico; y la materna, la de un “aristócrata empobrecido” descendiente de militares y padres de la patria, de donde le viene el culto al coraje y a la espada, “cuyo mejor lugar es el verso”, como el propio Borges escribió. “El sur”, el cuento que cierra Ficciones, en el que un bibliotecario, tras un accidente, sueña su muerte en un duelo a cuchillo, es uno de los más elocuentes en esa línea.

Son cuatro clases (“¿Qué es un buen escritor?”, “La memoria”, “La biblioteca” y “Política y literatura”), emitidas en septiembre de 2013, que no pretenden abarcar todo Borges sino que lo abordan desde una selección de cuentos y ensayos fundamentales. Piglia se detiene en la nada previsible atracción de un escritor tan exquisito por los géneros populares (la gauchesca, el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman) y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925.

El entusiasmo de Borges, su gran arte de seducción del lector, la felicidad de la literatura que está presente en toda su obra, inviste de alguna manera este trabajo didáctico de Piglia. Incluso para quien haya visto las clases en su emisión televisiva, el acercamiento a estas páginas representará una ocasión de regocijo borgeano.

Borges por Piglia, Ricardo PIglia, Eterna Cadencia, 2025, 224 páginas, 19,50 euros

II

"Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito", en El País, Mar Centenera, Buenos Aires, 2 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’.

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como El hombre de la esquina rosada, La intrusa e Historia de Rosendo Juárez, entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema Fundación mítica de Buenos Aires aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

III

Cómo leen a Borges las nuevas generaciones, en El País, por Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2024:

El Festival Borges, que se realizó durante la última semana en Buenos Aires, expuso cambios en la lectura y recepción del gran escritor argentino.

“Es como si Borges fuera un abuelo y no un padre literario; y con los abuelos uno no tiene conflicto”, suele decir el escritor Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) y deja esbozado un cambio de época en la relación entre el gran autor argentino y las últimas generaciones de escritores nacionales. Es que tanto la adoración y el remedo imposible como la pulsión parricida, que durante años llevó a muchos a escribir contra Jorge Luis Borges, parecen haber dado paso a nuevas miradas, desprejuiciadas y con mayor libertad para tomar o descartar a gusto. La pregunta sobre cómo se lee hoy al autor de El Aleph fue uno de los ejes del Festival Borges que se desarrolló durante la última semana en Buenos Aires. Y las respuestas ensayadas acaso no habrían disgustado al escritor que defendía el placer como única razón válida para leer: "La lectura", decía Borges, “debe ser una de las formas de la felicidad”.

En el escritor nacido en 1899 y fallecido en 1986 se conjugan una obra cumbre de la alta cultura y una figura de reconocimiento masivo, casi una celebridad popular, el viejo ciego y sabio que armonizaba la “serena modestia” con la ironía iconoclasta. En esa ambivalencia quizá radique parte de la perduración de su atractivo. “Por un lado, Borges apabulla, ocupa ese lugar canónico en la literatura argentina, es una de las grandes figuras de la literatura universal. Pero, a la vez, hay algo en él que parece muy accesible, a pesar de tener muchas complejidades”, observó la escritora Olivia Gallo (Buenos Aires, 1995). “Tenía una visión de la literatura muy horizontal, muy pura y juguetona. No se ponía en el lugar de un escritor serio que hablaba desde arriba, hay algo muy punk en su figura, en correrse de ese lugar al que a la vez pertenecía.”

El Festival Borges es un proyecto cultural independiente y con entrada libre que, en su cuarta edición, se realizó entre el lunes pasado y este sábado. Incluyó talleres, charlas y recorridas —algunas actividades virtuales y otras presenciales—, con la participación de académicos, investigadores, periodistas, escritores y otros artistas.

“La literatura de Borges espera, espera a que llegue el momento en que cada uno y cada una pueda encontrar en Borges qué nos habla a nosotros, qué cuento sí y qué cuento no”, caracterizó Yamila Bêgné (Buenos Aires, 1983), autora de Los límites del control y Protocolos naturales, entre otros libros. “La literatura de Borges está ahí para que podamos volver, no sólo nosotros como individuos a lo largo de nuestras vidas, sino también como generaciones: mis padres lo leyeron de un modo, yo lo leo de otro, mi hijo lo leerá de otra manera. Así se configura también un clásico. Es una obra que espera porque tiene la cualidad para esperar, porque hay algo adentro que no se termina de descifrar. Una cualidad de condensación, de agujero negro. Estamos ahí rondando todo el tiempo y nos espera, espera a que lleguemos a comunicarnos de un modo más directo con esos textos.”

La influencia y las palabras

El interrogante respecto del influjo de Borges y su mitología en la producción literaria actual fue formulado en el festival por la profesora y periodista Gisela Paggi. “Hay una tensión entre la gente que escribe y Borges”, respondió Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978). “Borges puede inspirar miedo, temor, pero también a un escritor joven le hace sentir que existe otro mundo y que se puede formar parte. Muchos escritores han confesado que lo primero que les salía escribir eran cuentos imitando el gesto de Borges, los laberintos, las ruinas circulares... Si bien es un escritor erudito, tiene eso que Beatriz Sarlo llama la estrategia de lo menor, de no poner palabras de más. En toda su sofisticación, Borges es realmente estimulante para cualquiera que quiera escribir”. La autora de Animales de compañía y Donde nada se detiene destacó “las herramientas retóricas” que ofrecen los textos borgianos, su empleo de la metáfora y la prosopopeya, “las figuras contradictorias con las que niega algo afirmándolo”, presente en títulos de relatos como “El impostor inverosímil Tom Castro” o “El atroz redentor Lazarus Morell”.

“Borges no solo escribe sobre lectura, sino que escribe todo el tiempo sobre escritura. Entonces a la hora de escribir o de acercar herramientas a otros para que escriban, en un taller o una clase, es fundamental”, estimó Yamila Bêgné. Recordó que en el ensayo La poesía gauchesca Borges advierte que conocer cómo habla un personaje es conocer al personaje: “Ese es un consejo insoslayable para construir un personaje o un narrador. Si conocemos esa voz, si la internalizamos, el camino de la escritura, que nunca es fácil, va a tener una guía”.

Ausencia presente

¿Los jóvenes leen a Borges? Sin datos disponibles, las respuestas compartieron sensaciones y percepciones. Olivia Gallo, autora de Las chicas no lloran y No son vacaciones, contó que, con sus amistades interesadas en la literatura, no suelen hablar de Borges. “No está en la conversación, tampoco aparece tanto en los talleres literarios. Pero hay algo de su presencia que se cuela por otros lados, quizá por otros autores argentinos tocados por su obra. En su momento, Borges fue discutido, criticado, canonizado, hay algo del debate en esos términos que ya está, ya no se discute y eso puede alejar a un autor y que se lo lea menos. Pero, a la vez, la gente de mi generación, creo, no estamos peleados con la idea de leerlo”, dijo y recordó aquella frase de Mairal: “Con los abuelos uno no se pelea, se pelea con los padres”.

Como profesora de primer año en la universidad, en el área de las ciencias sociales, Bêgné comentó que sus actuales alumnos “por supuesto conocen a Borges, pero pocos lo leyeron. Sí leyeron a escritoras como Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin. Tienen otras opciones más visibles y más cercanas de llegar a la literatura. Ya tendrán tiempo para llegar a Borges y, si no llegan, tampoco me parece un pecado capital. Hoy quizá puede haber grandes lectores que no hayan leído a Borges”, arriesgó, sabiendo, dijo, que iba a arrepentirse.

En los años cincuenta y sesenta, cuando aconsejaba a sus estudiantes que no leyeran libros que los aburrieran, Borges sugería algo parecido sobre el poder latente, en permanente suspenso, de la literatura: “Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día en que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”.

IV

 Un alfil de la vanguardia hispánica: Guillermo de Torre en el espejo de Borges, en El País, Jordi Amat, 9 sept 2023:

Domingo Ródenas de Moya traza una detallada cartografía de la vanguardia hispánica de principios del XX en torno a la figura del escritor ultraísta.

Probablemente Literaturas europeas de vanguardia dio sentido a la vocación de Guillermo de Torre. Es verdad que se publicó en 1925 cuando el ciclo de la subversión estética no se había cerrado, pero Torre, que nació con el siglo y cuya ambición como creador había recibido ya los primeros palos, era el hombre de letras español con mejor información sobre aquellos movimientos, sus libros, revistas y autores de todo el continente con los que incluso se carteaba. Otra cosa distinta es cómo un abanderado de la modernidad adquiría prestigio en ese sistema literario y cómo su trayectoria acabaría por inscribirse en el relato de la historia cultural hispánica del siglo XX. Entre ironías, olvidos y una obra dispersa entre dos continentes, su nombre se difuminó. Para comprender el período su labor como agente del arte nuevo debía ser restituida. El orden del azar lo consigue. Han sido muchos años de investigación y la espera ha valido la pena. Sin duda esta biografía es un hito clave en la carrera académica de Domingo Ródenas, el profesor que más ha renovado el conocimiento sobre la Edad de Plata tras José Carlos Mainer.

Con una obra dispersa, su nombre se difuminó. Para comprender el periodo, su labor debía ser restituida. En el eje de la biografía está Torre, sus artículos y su oceánico epistolario en buena parte inédito. A partir de su protagonista, que dominaba sin querer “el arte de caer mal”, Ródenas traza una cartografía detalladísima de la renovada vida cultural desde 1915 hasta la guerra civil y el primer exilio. Tertulias y egos, cuchilladas y proyectos abortados. Desde el nacimiento del ultraísmo, que él bautizó en una carta cuando era un adolescente latosísimo, hasta su visita al estudio de Picasso cuando pintaba el Guernica. De la relación con García Lorca, del que se publican fotografías inéditas, hasta los tratos con Ernesto Giménez Caballero para la creación de la Gaceta Literaria. Pero lo que hace singular este libro es un contrapunto biográfico que aumenta exponencialmente su interés. Se establece desde las primeras páginas, en unos capítulos breves que irán alterando la linealidad cronológica a lo largo del relato y que acaban por construir unas vidas cruzadas entre Torre y su cuñado. En paralelo descubrimos así cómo se iba configurando el entramado cultural argentino, con Victoria Ocampo como factor aglutinador, o la génesis de dos proyectos editoriales tan influyentes como la colección Austral de Espasa Calpe y la editorial Losada. Pero sobre todo accedemos a la rebuscada personalidad de un tipo bilioso y con una inteligencia estratosférica: Jorge Luis Borges.

En un temprano viaje de regreso a Argentina, la familia Borges hizo una larga parada en España. Durante la primavera de 1920 los dos jóvenes con sueños de escritor se conocieron en Madrid. Antes, en Sevilla, algunos poetas nuevos ya habían quedado deslumbrados por la belleza de Norah, pintora moderna y hermana de Georgie. Cuando se la presentó a Torre, “se enamoró de un mazazo”. Su noviazgo se construyó a través de cartas y poemas que cruzaban el Atlántico, con el temor compartido que la imagen que uno tenía del otro fuese más una idealización literaria que una realidad. Es una historia preciosa cuyo epílogo cierra el libro. Pero esa historia de amor hizo que los dos literatos que un día se dijeron a sí mismos ultraístas tuviesen una relación tan frecuente como singular. Más que complicidad familiar, en cartas y artículos, latía una velada competencia. Al interpretar esas tensiones, Ródenas arriesga y brilla en la caracterización psicológica y así va más adentro en la descripción de cómo Borges llegó a ser “el talismán de los escritores posmodernos de los sesenta” al tiempo que Torre asumía como testimonio “de la modernidad estética en la que lo nuevo se hizo tradición”. Solo Ródenas podía contarlo.

El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges. Domingo Ródenas de Moya. Anagrama, 2023, 577 páginas, 29,90 euros.

V

 Los manuscritos inéditos de Borges que dejan oír su voz: publican los cuadernos donde preparaba sus conferencias, en El País, Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2025:

El libro “Cuadernos y conferencias” reúne textos del escritor argentino fechados entre 1949 y 1954. La edición permite conocer cómo trabajaba Borges y revela temas poco abordados en el resto de su obra

Cuando Jorge Luis Borges se quedó ciego, hacia 1955, “su capacidad de estilo quedó destruida. Porque no pudo leer. No pudo leer sus propios manuscritos”, observó el crítico y escritor Ricardo Piglia. Al comparar “cualquier texto de Borges de los años 60 para adelante” con sus textos anteriores —agregó—, “hay que ser un marciano para no darse cuenta de lo que es una cosa y la otra”. La sentencia, elaborada por Piglia en sus clases sobre el gran escritor argentino, supone que la lectura era el corazón de la escritura de Borges y, de algún modo, sugiere que el icono del genio ciego que lo haría famoso fue la primera imagen del escritor que ya dejaba de ser. La publicación en Argentina del libro Cuadernos y conferencias permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

“Es el grupo de inéditos de Borges más importante que ha aparecido”, afirma Daniel Balderston, reconocido experto en la obra borgiana y director del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh (EE UU), la institución que hizo posible la publicación de Cuadernos y conferencias.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto ErígenaFrancis Bacon o David Hume, y a escritores como William BlakeRobert BrowningHerman MelvilleMark TwainArthur Conan DoyleOscar WildeFranz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos “El sur” y “Funes el memorioso”, entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La cuidada edición, que distribuye Arta Ediciones, es el resultado del encuentro de dos líneas de investigación sobre Borges. Por un lado, la enfocada en los manuscritos, que lidera Balderston y que ya produjo otros tres libros de inminente reedición: Poemas y prosas breves (2018), Ensayos (2019) y Cuentos (2020). Y por el otro, la centrada en el área menos estudiada de su obra, su producción oral, a cargo de un equipo dirigido por Mariela Blanco en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina).

Solo en su vejez, Borges (1899-1986) pudo vivir de los ingresos que generaba su obra. En sus primeros años adultos, se mantuvo trabajando como periodista y editor. En 1937, consiguió un empleo estable como bibliotecario, pero en 1946, con la llegada al poder de Juan Perón, renunció tras ser “honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados”, según la versión que él mismo publicitó en su Autobiografía. En esa época, su timidez era proverbial: cuando los amigos organizaron una cena de desagravio ante la afrenta peronista, no se animó a leer el discurso que había preparado.

Pero para subsistir tuvo que doblegar su introversión y, gracias a la promoción de Victoria Ocampo y otras amistades, pudo ensayar nuevas profesiones: así emergieron el Borges profesor y el conferencista. “A los 47 años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante”, contó. “Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado”.

Los meticulosos apuntes con que preparaba sus clases y exposiciones los anotaba en cuadernos, hoy dispersos en distintas bibliotecas y colecciones. Cuadernos y conferencias reúne una selección de manuscritos fechados entre 1949 y 1954, cuyos originales están en las universidades de Texas y de Michigan (EE UU). Los facsímiles muestran que las notas de Borges, carillas cubiertas de apretados caracteres, siguen con esmero a las que él atribuyó a Pierre Menard, su imaginario autor del Quijote, con "sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

El libro ofrece múltiples lecturas posibles. Para el lector aficionado, rescata conferencias de Borges que no fueron grabadas, filmadas ni transcritas, de las que solo en algunos casos había menciones o resúmenes en la prensa. “Los temas de los que habla acá irradian en muchos casos hacia el resto de su obra, reaparecen en sus ficciones, sus ensayos y poemas. Pero también hay muchos temas de los que no habla en otros textos. El lector puede entrar en contacto con reflexiones de Borges que no leyó en otro lado o con temas que acá desarrolló con mayor sistematicidad”, destaca la investigadora del Conicet Mariela Blanco, cuyo equipo lleva registradas unas 400 conferencias del autor. Los místicos del IslamLos problemas de la novelaAlmafuerte (Pedro B. Palacios) o Bertrand Russell son algunos ejemplos de esos temas inusuales que afloran en estos manuscritos.

Para el investigador o el lector erudito, el libro es una ventana desde donde atisbar el modo en que Borges trabajaba. “Los cuadernos muestran cómo planeaba cada clase o conferencia, cómo juntaba y organizaba su repertorio de citas para hacer un argumento. Arrojan mucha luz sobre sus publicaciones anteriores y posteriores, y son de suma importancia para entender no solo ese período, sino también el que viene después, cuando ya ciego y famoso comienza a hablar en muchas partes del mundo en conferencias que sí fueron grabadas”, explica Daniel Balderston.

De paso, el libro deja en ridículo a la leyenda de Borges como un fabulador que inventaba citas y lecturas. En el margen izquierdo de sus anotaciones, el escritor asentaba las fuentes en que se basaba. “Borges sabía que se estaba quedando ciego”, señala Blanco, “y por eso dejaba un registro tan detallado de sus lecturas”.

VI

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, Portugal, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo.

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El AlephInquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “Un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


Apología e historia de las Vanguardias, por José F.º Ruiz Casanova

 Apología e historia de las vanguardias, por José Francisco Ruiz Casanova, en El País, 15 de junio de 2002.

Casi como celebración del centenario del nacimiento de Guillermo de Torre (Madrid, 1900-Buenos Aires, 1971) se reeditan dos de sus volúmenes críticos de mayor interés: Literaturas europeas de vanguardia (1925) e Historia de las literaturas de vanguardia (1965), títulos que guardan un alto grado de relación aunque, como se verá, fuese su propio autor quien distinguiera los rasgos, objetivos y circunstancia de uno y otro libro.

Esta reedición del volumen de 1925 se abre con una foto de Guillermo de Torre (traje de color claro de chaqueta cruzada, pipa y cabello peinado hacia atrás) que nos lo presenta más bien como un dandi, aunque nos trae ya dicha imagen una cierta impresión del T. S. Eliot español que, sobre todo como crítico, iba a demostrar con tan sólo 25 años. Tanto Literaturas europeas de vanguardia como la Historia de las literaturas de vanguardia deben leerse ahora como obras pioneras de la literatura comparada; De Torre, en su prólogo a la segunda, define el nuevo libro como una mirada histórica sobre los movimientos de vanguardia, a la par que califica el anterior libro de 'apologético', aunque -aun así- también ve en él 'el único libro en nuestro idioma con carácter internacional, panorámico, suprafronterizo'. Cuarenta años transcurrieron entre una y otra obra, y durante ese tiempo Guillermo de Torre siempre se negó a reeditar y/o corregir el texto de 1925: de hecho, cuando publique su Historia de las literaturas de vanguardia la mirada crítica ha variado, y la frescura del lenguaje y de la adjetivación testimonial de la década de los veinte deja su lugar al análisis realizado con cierta perspectiva filológico-histórica o académica.

Aun no siendo la misma obra, existe algo que las hermana, y que no es otra cosa que la calidad de las intuiciones críticas de su autor, en tantos casos comparables a las de los otros dos grandes poetas-críticos del siglo: Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Cuando Guillermo de Torre acomete su nueva obra, entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, ésta se manifiesta como una necesidad teórica y crítica. El lapso de esos cuarenta años es, como sabemos, el periodo en el que se configura -en muchos sentidos- la historia de la literatura española del siglo XX y, en especial, la historia de su poesía. De Torre pasa de ser cronista y testigo a narrador de esa historia, pues ya los hechos comienzan a confirmarle que, de no escribir su libro, el pozo del olvido puede llegar a ser mayor de lo que hoy creemos que ha sido.

Guillermo de Torre había publicado algunos textos de sus Literaturas europeas de vanguardia en la revista Cosmópolis. Próximo a la vertiente ultraísta y a medios de difusión como Grecia y Vltra, De Torre vuelca grandes dosis de entusiasmo en la labor crítica, que define como 'creativa', y estudia en sus 'páginas cinemáticas' (la abundancia de esdrújulos en su léxico es, todavía, notable) los movimientos ultraísta, futurista, creacionista, cubista y dadaísta. No debería olvidarse que cuando nuestro autor asume esta doble tarea, teórica y activa, algunas de las pautas de la modernidad lírica nacional ya han sido sembradas: Diario de un poeta recien casado (1917), La pipa de kif (1919) y la Segunda antolojía poética (1922). Su libro sitúa, sobre todo, la nómina ultraísta (Borges, Diego, Garfias, Chabás, Del Vando-Villar, Del Valle, Lasso de la Vega, etcétera), señala el lugar y el significado de la obra de Vicente Huidobro y vaticina cómo el campo de batalla estética pasará -como así fue- de las revistas a las recopilaciones o antologías. A este respecto, la obra de 1965 dedicará páginas espléndidas a las operaciones antológicas de Gerardo Diego, Onís y Domenchina, en la década de los treinta y cuarenta, operaciones que borran casi literalmente de la historia el vanguardismo anterior a la generación del 27.

De Torre procede, en muchos sentidos, como un comparatista, y no cabe duda de que el tiempo le ha dado la razón. Se interesa por las relaciones entre poesía e imagen visual, apunta incluso temas de la cibernética en su segundo libro, y repasa las figuras fundamentales de la cultura europea del siglo XX, tanto en Literaturas europeas de vanguardia (Apollinaire, Rimbaud, Blaise Cendrars, Réverdy, Pound, Lee Masters...), como en su Historia de las literaturas de vanguardia (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Beauvoir...). La nómina de vanguardismos, en virtud de la perspectiva histórica, alcanza aquí hasta las muestras de los años cincuenta y sesenta, como es el caso de la poesía concreta, y los capítulos del libro, su organización y apéndices bibliográficos aseguran ese espacio de estudio histórico que, durante cuarenta años, su autor creyó que podía desaparecer, y que es uno de los asuntos principales de la crítica contemporánea: delimitar el alcance del vanguardismo y comprender cada día que pasa mejor que de sus logros y propuestas procede la parte más sustantiva de la historia literaria (o poética, si se quiere) de nuestro pasado siglo XX.

El libro de Miguel Ángel García profundiza, precisamente, en dicho campo. En él se estudia con detalle la poesía pura y la dialéctica entre ésta y el compromiso, los 'ritos de la modernidad' oficiados por la generación del 27 -el gongorismo y la defensa de la forma- y, en un capítulo excepcional, el análisis del poema en prosa como consecuencia -según la lección de Rimbaud- del deseo del poeta moderno, que no es otro que 'encontrar una lengua'. Quizá el único inconveniente de la obra de García se deba a que todo su aparato hermenéutico gire en torno a una categoría ('la generación del 27') que antes de ser incluso etiqueta para el estudio filológico se había elevado sobre el proceso de vanguardias descrito ya por Guillermo de Torre en 1925; esto es, la generación del 27 no sólo es un canon literario indiscutible en líneas generales, sino que también fue, desde sus orígenes, un proceso de autocanonización que, contrariamente a otros, no dejó márgenes sino que, al llevarse a cabo (en gran medida) desde la médula de las vanguardias -de las que participan Gerardo Diego o Pedro Salinas-, hizo del presente sobre el que estaba escribiendo Guillermo de Torre pasado. No sé si pasado remoto; pero, sin lugar a dudas, pasado.

Literaturas europeas de vanguardia. Guillermo de Torre. Edición de José María Barrera. Renacimiento. Sevilla, 2001. 441 páginas. 18,03 euros.

Reseña de la monumental biografía de Pessoa

 Biografía descomunal del solitario Fernando Pessoa, en El País, por Isabel Soler Quintana, 20 ene 2026:

Richard Zenith entrega una minuciosa y abarcadora memoria del escritor portugués que ratifica su sentimiento de aislamiento radical.

Apenas nadie supo nada de Fernando Pessoa hasta varias décadas después de su muerte en 1935, y hoy en cambio somos capaces de leer una biografía de 1.400 páginas con una cronología casi microscópica de sus avatares: un baúl gigante ha seguido suministrando información nueva hasta principios del siglo XXI, y esta descomunal biografía de Richard Zenith se beneficia de todo ello como ninguna otra antes.

Es verdad que, a ratos, la minuciosidad analítica casi causa impaciencia y no siempre empujan la lectura las excursiones informativas de contexto histórico. A cambio, ese microdetallismo permite saber que el último libro que recibió en su etapa de formación en Durban (Sudáfrica) fueron unas Obras completas de Shakespeare que lo turbarían en el viaje de regreso a Lisboa, en 1905, como adolescente que estaba consolidando de forma impresionante su cuadro ficticio de sociabilidad íntima. Lo demuestra muy bien Zenith: Pessoa mantiene correspondencia ya desde Lisboa con personajes que conoció en Durban (donde se escolarizó al acompañar a su madre y a su padrastro como cónsul portugués allí), pero en realidad no existieron nunca. Las cartas que recibe Pessoa a sus 14 años y los personajes que las firman son de ficción, como también lo es el autor del poema que manda por entonces a la conocida revista británica Punch, aunque la carta que escribe sí lleva su firma (real, si algo es real en el mundo de Pessoa). Ese fue el origen del mundo literario que iba a construir, y también de su desbordante identidad plural.

No publicaron el poema —por supuesto, escrito en inglés—, pese a que en él se había propuesto, con 16 años, “alcanzar lo ridículo mediante la suma de lo serio y lo grotesco”, según escribe en la carta. Es delator que un poco después, abandonados los estudios universitarios de letras recién empezados, Pessoa se obstinase en identificar la genealogía de su propia genialidad en otros genios, al hilo del impacto que le causó Degeneraciónde Max Nordau, todavía recordado por él en una entrevista de 1932 como libro crucial de su formación y tan presente en el omniabarcador Libro del desasosiego, que firmó como Bernardo Soares, y omnipresente, con razón, en la biografía de Zenith.

Las múltiples y dispersas notas confesionales conservadas ratifican un sentimiento de soledad radical y la incapacidad de generar en los demás lo que su heterónimo y, en realidad, alter ego, Bernardo Soares llama “una simpatía violenta”. Equivalía a sentirse “tan solo como un barco que naufraga en el mar” (como dice una de esas notas, al hilo de una traducción de Ignacio Vidal-Folch que fluye sin obstáculos). No sería exactamente así, porque frecuentó los núcleos de la nueva literatura desde muy temprano —su filiación semihomoerótica con Mário de Sá-Carneiro o su desdén por Almada-Negreiros (’no es un genio’), su colaboración en Orpheu y en Presença, etc—, pese a los múltiples fracasos que cosechó tras fundirse una sustanciosa herencia de una abuela tras fundar un conato de editorial. Solo pudo o supo ganarse la vida como ocasional crítico y poeta, y sobre todo como traductor y escribiente de cartas comerciales en inglés y francés para empresas de exportación.

Zenith da espacio importante a la relación entre Pessoa y uno de los hermanos de su padrastro, Henrique Rosa, escritor sin suerte, pero determinante para convertir al joven en un progresista republicano y anticlerical de firmes convicciones pesimistas y paradójicamente racionalista. Ahí nace el impulso de otro de sus infinitos proyectos, un panfleto anticlerical en inglés y, como casi todo en él, también inacabado: “Casarse por la iglesia es una estupidez”. Amén, lo cual no quita para que no se curase nunca de una misoginia correosa de fondo ni superase tampoco una ineptitud o atrofia sexual tanto hetero como homosexual hasta su muerte a los 47 años. Es verdad también que la intermitente relación amorosa con Ofelia Queiroz —registrada en infinitas cartas— no fue exactamente vulgar: “Eres ácido sulfúrico” fue la enigmática frase que una vez le dictó a Pessoa la pasión amorosa por Ofelia…

En una carta de 1935 confiesa que “desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo [¿no es de una impactante genialidad esta frase?], me acuerdo de haber definido —en figura, movimientos, carácter e historia— diversas figuras irreales que, para mí, eran tan visibles y mías como las cosas de aquello a lo que llamamos, acaso abusivamente, la vida real": que para Pessoa es la “tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Sí, son sus heterónimos, o excrecencias literarias sobre el papel de su personalidad imaginativa e incontinente. Desde los periódicos y revistas que fabricaba a mano en la primera adolescencia, llenos de autores inventados, hasta el parto en 1914 de los heterónimos gigantes (los deslumbrantes y profundamente dispares poetas Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis), se despliega un colosal mosaico de invenciones fiel a la profecía de Pessoa en 1912 sobre la aparición inminente de un Gran Poeta portugués que rivalizaría o incluso eclipsaría a Luis de Camões: era evidentemente él, el Supra-Camões.

La literatura náufraga, fragmentaria, sustantivamente inacabada de Pessoa acabó siendo, muchas décadas después de su muerte en 1935, su paradójica plenitud.

 Pessoa. Una biografía. Richard Zenith. Traducción de Ignacio Vidal-Folch. Acantilado, 2025, 1.488 páginas, 56 euros.

sábado, 17 de enero de 2026

Injusticia española.

 Carlos Castresana: “La justicia española es incapaz de reconocer sus errores y corregirlos”. El fiscal recoge en un libro fallos judiciales históricos que siguen siendo muy actuales, en El País, por Pablo Ordaz,  Madrid - 15 ene 2026:

Acaba de publicar un libro, su primer libro, pero el fiscal Carlos Castresana (Madrid, 67 años) lleva muchos años escribiendo en papel timbrado capítulos sueltos de la historia. Ya había una voluntad de estilo en los primeros párrafos de sus escritos de acusación contra los dictadores Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, y también antes, mucho antes, cuando era un joven fiscal que perseguía la corrupción política en España. Ahora, con Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias (Tusquets), Castresana —quien también fue comisionado de la ONU contra la impunidad en Guatemala— rescata para el lector español la tradición, fundamentalmente anglosajona, de convertir en literatura los fallos judiciales de especial relevancia.

Pregunta. ¿Por qué no hay en España esa costumbre de recrear sentencias célebres, casos rodeados de polémica, condenas injustas?

Respuesta. Tal vez porque en otros países –por supuesto en Francia, en Gran Bretaña, en Estados Unidos...—son menos escrupulosos que nosotros para reconocer los errores. Ellos, cuando se equivocan, lo reconocen y lo rectifican. Pero una de las características del sistema penal español es su rigidez, su incapacidad de reconocer que se equivoca y de rectificar apropiadamente.

P. ¿Por qué sucede eso?

R. Pues por una tradición histórica. La justicia que teníamos —que no se podía llamar poder judicial porque era un aparato de la dictadura— se transforma en un poder judicial independiente sin siquiera una reforma, pasando de puntillas por la Transición. De ahí que sigamos teniendo un poder judicial independiente porque lo dice la ley y porque hay un Consejo General del Poder Judicial, pero que es completamente refractario a la crítica e incluso a la autocrítica. Por ejemplo, cuesta enormemente que la Sala Segunda del Tribunal Supremo rectifique, y más todavía que te den una indemnización decente cuando has estado en la cárcel por un delito que no cometiste. Creo que hay una gran desconexión de la justicia con la sociedad.

P. ¿Ese vacío puede repercutir en el hecho de que, aunque las noticias estén repletas de casos judiciales, nuestra educación jurídica no vaya más allá de lo que hemos visto en las películas o de lo que vamos mal aprendiendo de oídas?

R. El lector español lo ignora casi todo porque nadie se ha parado a explicarle qué es la presunción de inocencia, o la duda razonable, o la prueba de cargo… Por eso decidí que este tenía que ser un libro para profanos, para todos los públicos, y que tenía que mostrar todo eso sin que se convirtiera en un tratado de Derecho, sino más bien contando historias, como parábolas del Evangelio. Le digo al lector: mire, esto funciona así. La prueba indiciaria bien tratada se hace de esta manera, y aquí le pongo un ejemplo de donde se ha hecho mal y conduce a condenar a inocentes.

P. Hay algunos momentos en la lectura del libro que el lector se siente casi responsable de la suerte del acusado, como si fuese un miembro más del jurado…

R. Ese era precisamente el juego que buscaba. Yo expongo el caso y las circunstancias que lo rodean; todas las piezas del puzle necesarias para resolverlo. Y luego digo: esto es lo que decidió el tribunal o el jurado, esto es lo que opino yo –sin proclamar ninguna verdad incontrovertible—y ahora le invito a que usted se lo lea, pare, reflexione y emita su propio veredicto, que puede ser el del jurado o puede ser el contrario…

P. O incluso tenga las mismas dudas para condenar o absolver…

R. Claro. Hay casos, como el descuartizamiento de Boston, que es un caso límite, donde tú dices: yo creo que el señor era culpable, pero no estoy seguro de que se demostrase suficientemente que lo era. Y otros casos que plantean dudas morales que son del siglo XVI, pero que se plantearían idénticas en el XXI. El caso de Beatrice Cenci, una joven romana que mata a su padre porque la había convertido en su esclava sexual. Nos preguntamos: ¿Tiene que seguir aguantando las sevicias de su padre hasta el final de los tiempos? ¿Le podemos aplicar algún atenuante? ¿La condenamos? ¿La absolvemos? Eso mismo se plantearía si hoy se comete el mismo parricidio…

P. Otro de los casos asombrosamente actuales es que se titula en el libro La palabra de Sarah. La denuncia por violación de una mujer joven, soltera y pobre víctima de un miembro de la aristocracia inglesa requería mucho valor… Usted dice: “Ella demostró tenerlo. Fueron otros quienes no supieron estar a la altura de su palabra”.

R. El juicio se celebra en Londres a finales del siglo XVIII, pero la cuestión del consentimiento en las relaciones sexuales y la apreciación que se hace en los tribunales del testimonio de las mujeres está plenamente vigente. Y aquí no solamente había una discriminación de clase –una sombrerera contra un lord-, sino por ser una mujer soltera. Hay una prueba pericial forense que indica que fue sometida a una violencia sexual extrema, pero se pasa por alto, y además se le achaca que tardó tres días en denunciar, sin valorar que antes hubiera estado secuestrada… Esas cosas siguen pasando.

P. Hay en el libro –su primer libro—una voluntad innegable de estilo…

R. Un fiscal antiguo decía que el 50% de la tarea del fiscal es literatura, lenguaje. Nosotros pedimos lo que corresponde en los tribunales expresándolo por escrito, y es fundamental expresarlo bien para que resulte eficaz y obtener lo que pretendemos. Yo he escrito mucho, durante muchos años, claro que eran escritos profesionales, pero no deja de ser una escuela…

P. Aun así, hay sentencias muy difíciles de entender, no ya por el fondo, sino por la forma. Hace unos días, Álex Grijelmo escribía una columna sobre lo mal que escribe el juez Juan Carlos Peinado, y añadía que “frases tan enrevesadas oscurecen las argumentaciones”.

R. Antiguamente había una comisión de estilo en el Tribunal Supremo. Los magistrados escribían, bien o mal, pero después de dictar la sentencia, unos correctores gramaticales y de alguna manera literarios lo pasaban a un lenguaje que podía guardarse como precedente. No sé cuándo desapareció, pero desde luego ahora hay algunas que son incomprensibles, porque además padecen mucho el corta y pega.

P. Su libro se acaba de publicar y ya se está preparando la tercera edición. ¿A qué atribuye esa atracción por la revisión de casos judiciales?

R. Hay una causa sobre la que, digamos, bascula la literatura judicial, y es que a todo el mundo le conmueven las injusticias, sobre todo si son injusticias sangrantes. Hay algunos capítulos que tú los lees y se te pone hasta mal cuerpo, y dices: pero cómo han podido ser capaces de esta barbaridad… Ese pobre muchacho que entra en el juzgado acompañando a un amigo que tiene que recoger unos papeles y acaba condenado a muerte… Todos los que estamos implicados en administrar justicia deberíamos reflexionar sobre una frase que yo escuché muchas veces en las Comisiones de la Verdad en Centroamérica durante los años noventa: “Ahora que os he contado la verdad, ¿qué vais a hacer con ella?“.

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros

Una nueva traducción de La cicatriz de Ulises, de Erich Auerbach

 Lección vital de literatura universal: ‘La cicatriz de Ulises’, de Erich Auerbach, por Nadal Suau, 13 ENE 2026:

Este ensayo nos permite volver al pensamiento filológico y literario de uno de los grandes intelectuales judíos del siglo XX, representante de una generación que se vio lanzada al exilio (cuando no a la muerte) por culpa del nazismo

Siempre es un buen momento para regresar a los clásicos, que no deberían requerir de excusas de actualidad para justificar su regreso a librerías. Sin embargo, a veces resulta que las páginas de un clásico se empeñan en aludir al estricto presente, no ya de una forma lateral o como efecto de los valores universales que se le presuponen, sino de un modo tan exacto que el lector se revuelve en la silla, sorprendido. Yo no me acerqué La cicatriz de Ulises con esa intención, pero así ha ocurrido; trataré de transmitirlo sin caer en simplificaciones.

Erich Auerbach es una figura imprescindible de la cultura del siglo XX europeo, y todo aquel que se pregunte en qué consiste leer bien disfrutará con su obra maestra, Mímesis, un estudio que abarca siglos de literatura en busca de respuestas a una duda de resolución imposible: ¿qué relación hay entre la realidad y la obra artística? Pero, además, la trayectoria vital de este berlinés nacido en 1892 nos lleva al corazón de una historia tremenda, la de la intelectualidad alemana de origen judío que, a partir de los años treinta, se vio empujada al exilio, cuando no a la muerte. Auerbach tuvo la fortuna de poder instalarse en Estambul durante toda la Segunda Guerra Mundial antes de finalizar su carrera académica en Yale.

Desde esta perspectiva histórico-biográfica, la segunda parte de La cicatriz de Ulises, horizontes de la Literatura universal (Acantilado, 2025) es apasionante, porque recoge correspondencia del autor con figuras como Karl Vossler, Siegfried Kracauer, Victor Klemperer, Thomas Mann, Walter Benjamin, Erwin Panofsky… Nombres de una época perdida en la que un solo individuo podía atesorar una sabiduría hoy impensable. A menudo, esas cartas tienen una apariencia coyuntural, saludos en busca de favores, pequeñas gestiones prácticas, etcétera. No es verdad: bajo ellas late una fenomenal tragedia histórica, el final de un mundo, de una civilización. Y la amenaza de la muerte.

Esta amenaza de homogeneidad, de entronque directo, con el fascismo, sigue aquí, en un siglo XXI que no sabe resolver el dilema entre delinear un destino común sin sofocar la diferencia.

Lo biográfico encuentra eco también en la primera mitad del volumen, compuesta por seis ensayos de origen especializado y filológico, aunque su atractivo sobrepasa de largo esos marcos: la inteligencia analítica se combina con una resonancia emocional tan sutil como indiscutible, un recordatorio de que, para estar presente en un texto, el autor no necesita hablar de sí mismo. Los temas son: Montaigne, Vico, Dante, Proust, Ulises, y el concepto de “filología universal”, que hunde sus raíces en Goethe.

El texto dedicado a la Odisea es una obra maestra en sí mismo, aunque tiene su truco: con el tiempo, se convertiría en el primer capítulo de Mímesis. La comparación entre el estilo de Homero y el veterotestamentario (entre olvidar la realidad o dominarla, entre explicarlo todo o dejar que todo constituya trasfondo, entre lo legendario de Ulises y lo paradójicamente histórico de los textos sagrados) resume todo lo que hay que saber sobre la condición literaria de una palabra escrita que aspire a esa categoría. En cuanto al Montaigne que dibuja, es un modelo de conducta que haremos bien en recuperar, con su libertad y su soledad. Por cierto, Auerbach escribe sus apuntes críticos en un tiempo en que el trabajo académico humanístico tenía una capacidad para ligar cultura y urgencia social con una tensión que se ha perdido tal vez para no volver.

Ahora bien, es al principio de 'Filología de la literatura universal’ cuando estalla el contemporaneómetro. “Nuestra tierra”, escribe Auerbach, “está volviéndose más pequeña y pierde diversidad”: “La vida se uniformiza en todo el planeta”. Auerbach explica cómo lo universal goethiano tiene como requisito que el mundo sea complejo, variado, rico en culturas y literaturas a partir de las cuales se pueda forjar un pensamiento que las aúne. Esta amenaza de homogeneidad, de entronque directo con el fascismo, sigue aquí, en un siglo XXI que no sabe resolver el dilema entre delinear un destino común sin sofocar la diferencia. Así, de pronto, La cicatriz de Ulises vale (también, pero, desde luego, no solo) como comentario a un 2026 amenazador.