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martes, 3 de marzo de 2026

Nueva edición del Zohar

 ‘Zohar’, el libro más importante de la mística hebrea, en El País, por Juan Arnau, 3 mar 2026:

Lola Josa presenta una selección exquisita de fragmentos de esta obra universal atribuida a Moisés de León. Nacida en los Campos de Castilla en el siglo XIII, heredera de la cábala de Gerona y Barcelona, anticipa la gran mística española de los Siglos de Oro

Para el cabalista el mundo oculto es infinitamente superior al manifiesto. En eso coindice con la astrofísica moderna. En el universo predominan la materia y la energía oscuras. Su fundamento (Ein Sof) es un secreto inagotable que nunca colmará nuestras inquisiciones, “una energía oscura más rápida que la luz”, escribe Lola Josa, autora de esta esplendorosa antología. Hay en el Zohar una idea de especial significación para este cronista: sólo se puede conocer lo falso. Lo verdadero hay que serlo. “Cuando la Luz se propaga, su esplendor despierta preguntas que todavía la esconden más”. Estudiar y no saber. Como en el mito védico, la definición del misterio último es una pregunta: ¿Quién?

La situación plantea un desafío creativo no muy diferente del matemático: crear un lenguaje capaz de trasmitir el Infinito sin privarlo de su esencia enigmática. Ese lenguaje habrá de ser paradójico, irónico y, por encima de todo, apuntar a una posible superación de lo simbólico. La mayoría de las palabras del Zohar, trilíteras, incluyen la antítesis de lo que significan. Una estrategia antigua que Jacques Derrida rescata en Cómo no hablar, ensayo dedicado a la teología negativa. Decir a Dios afirmando lo que no es. Paradojas cruzadas entre silencio, negación y escritura, donde el lenguaje desconcierta la lógica y socava la certidumbre. Vanidad del significado, inevitable en el pensamiento discursivo. Cada respuesta plantea una nueva pregunta. De ahí que la lengua divina no formule un mensaje. Cobra sonoridad y el iniciado se convierte en caja de resonancia. El vacío de Dios es una luz que se oculta a sí misma. Un rayo de tiniebla, que diría Juan de la Cruz, del que la propia Josa ha destapado raíces hebreas.

Hay en todo esto un juego erótico. Un poder femenino que desea recibir el Infinito deviene potencia dadora masculina. Esa es la fricción erótica de la creación. El arte de recibir (Kli) y el poder de dar (Or). Ambos se buscan en ese juego del escondite que es el universo. Pero todo en su justa medida. No hay libertad sin limitaciones. En el origen de los tiempos, la luz del Ein Sof era demasiado intensa y amenazaba con arrasar la creación. El infinito tuvo que retirarse, contraerse, creando un hueco donde fuera posible el crecimiento de las cosas. Una idea fascinante. Un dios que se encoge para que el mundo sea. Una creación anónima y discreta, de un joven artista adolescente, que confirma la intuición de Aristóteles: la metafísica no es lo que está más allá de la Física, sino lo que está detrás de la Física.

El cabalista busca ese recogimiento. Encarna como ningún otro la “desaparición del autor” de la que hablaba Maurice Blanchot. Quien escribe se borra como sujeto soberano y deja que la obra se imponga por sí misma. El cabalista revive la experiencia impersonal del lenguaje. Habita, como Borges, en la eterna biblioteca del Tanaj, busca el infinito entre líneas. De todo lo creado, la Torá es lo más logrado y luminoso, vestido del enigma supremo, tejido hecho de palabras. De ahí que la cultura hebrea sea la cultura letrada por excelencia. Pero las letras son también números, por eso los judíos han sido siempre buenos contables.

Las letras no sólo muestran, también esconden. Son velos que sugieren formas que el procedimiento hermenéutico y criptográfico convierte en revelaciones pasajeras. Y así se va haciendo camino. Las palabras, tan condicionadas ellas, son el trampolín hacia lo incondicionado. La lectura metódica, vertical o invertida, el valor numérico de las letras, permiten un álgebra que genera nuevos significados, todos ellos vanos, pasajeros, que susurran el secreto del origen. Procedimiento irónico. El cabalista sabe que todo entender es un espejismo, pero no ceja en su empeño. Estudiar y no saber.

El Zohar está sembrado de motivos hindúes. El Infinito emite un punto ígneo de luz, del interior de la llama surgen los tonos que colorean el mundo. Se lo llama Uno, Aleph, pues, aunque la divinidad contiene muchas formas, sigue siendo una. Hay también admoniciones morales: “El rumbo que escojas en este mundo será el que te guie una vez muerto”. Alguna de tono confuciano: “Acuérdate del Creador en tu juventud, antes de que lleguen los días malos”. El libro se cierra con la mención a la morada suprema, la morada del Amor, donde todo existe y perdura. “Quien ama el Amor, ama lo eterno, que es Amor y cumple, amando, con el Amor”. Disolviendo fugazmente los límites entre el yo y el otro. La eternidad se enamora de las producciones del tiempo.

Zohar. Libro del esplendor, Edición y traducción de Lola Josa. Atalanta, 2026 384 páginas, 27 euros

sábado, 28 de febrero de 2026

Entrevista a Alfonso Guerra sobre los Machado

 Alfonso Guerra: "El mito de los hermanos Machado como símbolo de las dos Españas enfrentadas es falso", en El Mundo, Teresa López Pavón, 18/10/2024:

El ex diputado socialista es comisario de una muestra que reivindica la obra de «dos grandes poetas» y desmonta los mitos sobre su relación

Alfonso Guerra se mueve con lentitud contemplativa entre los anaqueles instalados en la antigua Fábrica de Artillería de Sevilla, donde desde este lunes se podrán contemplar documentos y fotografías de una saga intelectual, la de los Machado, que ha legado a España dos de sus grandes poetas: Antonio y Manuel.

Los Machado. Retrato de familia reivindica por igual a los dos hermanos y desmonta algunos de los mitos construidos en torno a su obra y al papel que representaron en la Guerra Civil. El ex vicepresidente del Gobierno es el comisario de la muestra y, de la mano de la periodista Eva Díaz Pérez, lleva dos años seleccionando material a partir de los dos grandes fondos documentales de la familia Machado: el de la Fundación Unicaja y el de la Real Academia Burgense de Historia y Bellas Artes.

Cuenta Guerra que conoció a Antonio Machado a través de su maestro Rafael. Y a Pablo Iglesias, a través de Machado: «Fue Machado el que me llevó al socialismo».

P. Dígame qué vamos a aprender en esta exposición.

R. En primer lugar, que ésta no es la exposición sobre un gran poeta y un poeta menor. Esta es una exposición sobre dos grandes. Antonio tiene una influencia reconocida en mayor o menor medida en función de la época pero Manuel ha estado eclipsado durante muchos años por razones no literarias. En segundo lugar, este recorrido demuestra que la excelencia de Antonio y Manuel no es fruto del azar sino el resultado de haber nacido en una familia verdaderamente extraordinaria. El abuelo fue rector de la Universidad de Sevilla, alcalde, gobernador civil, botánico, zoólogo, médico, el primer darwinista de España. Y también es extraordinaria la abuela, pintora y recolectora de romances. O el padre, un gran folclorista. Antonio y Manuel se forman leyendo a los clásicos en la Biblioteca Nacional y yendo a las tertulias literarias y a los teatros y atesoran una enorme cultura. Y, por último, mostraremos que estos hermanos nunca estuvieron enfrentados, jamás. Ni siquiera la crueldad de una guerra civil los enfrentó ni un momento. Por tanto, el mito de que estos dos grandes poetas podrían representar las dos Españas es sencillamente falso, es mentira.

P. Y, ¿cómo se forja ese mito del enfrentamiento si todos los testimonios apuntan a lo contrario?

R. Uno estaba en Madrid cuando los sublevados dieron el golpe y otro estaba en Burgos, por casualidad, porque había ido a visitar con su mujer a su cuñada Carmen. Entonces, lo meten en la cárcel y sale -yo creo- muerto de miedo. Es verdad que después hizo algunos poemas de exaltación del régimen. Aunque también es cierto que llegó a estar perseguido por los fascistas y por las autoridades de la República. Esas circunstancias personales que alejan físicamente a los hermanos tras el golpe, se toman como metáfora del enfrentamiento. Pero, como no es verdad que existiera, tenemos que deshacer ese mito. Antonio llegó a decir que, pese a lo que estaba cayendo sobre el pecho de los españoles, lo que más lamentaba era no tener a su hermano cerca.

P. Tanto Manuel como Antonio habían defendido los principios de la República y el socialismo. Sin embargo, en Manuel se produce un reniego tal vez por decepción con la República, por convencimiento o por instinto de supervivencia.

R. Los dos hermanos se declaraban republicanos. Pero hay que matizar muy bien las cosas. Antonio Machado era republicano, pero él deja constancia escrita y hablada reiteradamente de que él apoya a la República porque es lo que ha decidido el pueblo. Que si hubiese sido impuesta y no por una votación popular, él no sería republicano. Eso tiene muchísima importancia. Es decir, su ideario político es apoyar lo que decida el pueblo. Y Manuel tiene escrito con mucha claridad que los dos sistemas que él llama "capitalista" y "comunista" ninguno atiende al ser humano: atienden al hombre y no a la persona. Para él, tanto el fascismo como el comunismo son detestables. Sin embargo, llegó a escribir la letra de un Himno de la República, con música de Óscar Esplá. Pero, cuando la República empieza a complicarse, los dos hermanos escriben a cuatro manos una obra de teatro, que se llama La Diosa Razón, que trata sobre la revolución francesa. Y se puede pensar que pudiera ser un reflejo de lo que estaban viendo ellos de la evolución de la República. Puede inferirse pero no puede afirmarse categóricamente que ésa fuera su intención.

P. En una entrevista hecha a dúo para el periodista Francisco de Víu, los Machado hablan de su republicanismo, del socialismo y de las tensiones territoriales. Permítame que aproveche para traerme el asunto al presente.

R. Mire, en ningún caso voy a utilizar a los Machado para tomar razón de mi posición actual. Los Machado son una cosa demasiado grande para mezclarla con rifirrafes y el guirigay de la política. No tiene cabida en esta entrevista.

P. Pero supongo que usted se identifica con esas «gotas de sangre jacobina» del poema de Antonio.

R. Siempre he tenido gotas de sangre jacobina. Lo aprendí de él.

P. En esa entrevista con los dos hermanos Machado se hacía una reivindicación del socialismo como "la fuerza política mejor organizada y sometida a disciplina más rigurosa".

R. Es que entonces era verdad, es que entonces era verdad (risas).

P. Le he leído recientemente que usted piensa que ve al PSOE de hoy en una situación parecida a la que vivió en 1934. ¿A qué se refiere?

R. Sí. Es sencillo de entender... Lo tengo muy claro y se lo podría explicar pero es que, si estamos hablando de los Machado, no me apetece. En una entrevista sobre los Machado, no. Más adelante, otro día.

P. Lo intentaré de otra forma: Decían también los Machado en esa entrevista que más peligrosos que los monárquicos eran "las instituciones caciquiles que hoy son monárquicos y mañana son republicanas".

R. Claro. Y apuntan muy bien a esos grupos de presión, grupos de intereses, que se cambian la etiqueta y hay que estar muy avisados. Y eso está muy bien visto. Mire, son estos dos personajes visionarios con una capacidad de profundización en la conciencia colectiva extraordinaria. Por eso han servido de guía para mucha gente durante varias generaciones.

P. ¿En qué momento de su vida entra usted en contacto con los Machado?

R. Yo estaba en cuarto curso de Bachillerato. El profesor de literatura se llamaba don Rafael, que era un señor adusto pero que conocía muy bien la literatura. Nos anunció un día que nos iba a hablar de un poeta que sobre todo era, "en el buen sentido de la palabra, bueno". Yo empecé a leer a Machado con 14 años y, fíjese si tuvo influencia para mí que, dos años más tarde, una de las cosas que leí fue un suelto que había publicado en una columna que se llamaba El mirador de la guerra, en La Vanguardia, el 16 de agosto del 38, donde hablaba de un personaje que yo desconocía entonces y que era Pablo Iglesias, "cuya voz tenía el timbre inconfundible de la verdad humana". Por tanto, Machado me orientó desde el punto de vista ideológico. Fue Machado el que me llevó al socialismo.

P. ¿Usted cree, como dice José Rodríguez de la Borbolla, que, al igual que la derecha debería exorcizar el franquismo, también la izquierda tendría que hacer un ejercicio parecido con la Segunda República?

R. Esa es una idea mía que Borbolla me pidió prestada. Los conservadores en general en España nunca han querido aceptar con claridad que el 18 de julio del 36 fue una ruptura evidente de la democracia, de la libertad, lo han aceptarlo, sí, pero no lo han querido expresarlo. Y los progresistas nunca han querido analizar con detalle qué pasó en la República. La figura ideal de la República que se ha instalado, por comparación con lo que fue la dictadura, no es real tampoco.

P. ¿Hemos sabido interpretar bien eso de «una de las dos Españas ha de helarte el corazón»? Hay quien cree que Machado se refiere a la España fascista y quien piensa que es cualquiera de las dos.

R. Es que, tal vez, cuando Machado hablaba de las dos España no se refería a la izquierda y la derecha. Él habla de dos espíritus que conviven: el de las «nobles calaveras católicas», el de la permanente exaltación del imperio, del pasado; y, por contra, el de la España joven, «la España de la rabia y de la idea», «la del trabajo y la cultura». Él nunca hizo ese salto de interpretación que luego han hecho los políticos. Lo suyo fue siempre más tenue, matizado, suave, sutil.

viernes, 27 de febrero de 2026

Entrevista a László Krasznahorkai, premio Nobel de literatura

 László Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura: “Mi Hungría es la de la lengua, no la de los húsares”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 26 feb 2026:

El autor de ‘Tango satánico’ habla en Barcelona de su país, de la Shoah, de sus autores favoritos y del cineasta Béla Tarr: “No ofrezco esperanza, pero tampoco la quito”

Aureolado por el Premio Nobel de Literatura y por los mechones de pelo blanco que —junto a la barba cana y los ojos de un azul tan puro que hieren— le dan un aspecto de apóstol o profeta, el escritor húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 72 años) recibe en el bar del hotel Alma tras haberse dado el día antes un insólito, para un autor tan depurado y exigente como él, baño de multitudes en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). El autor de Tango satánico y Melancolía de la resistencia, vestido completamente de negro y sorprendentemente bronceado, está de un humor excelente y se muestra cercano y afable, aunque se ensombrecerá al hablar de la situación política de su país. Poner sobre la mesa un ejemplar de su libro Trabajo preliminar para un palacio (aún no traducido al castellano), protagonizado por un librero homónimo de Melville, sirve para arrancar la conversación recuperando una discusión mantenida en 2024 en Marraquech en las Conversaciones literarias de Formentor sobre el significado de la ballena que aparece en Melancolía de la resistencia.

Pregunta. Negó entonces hasta tres veces que la ballena fuera un símbolo de nada, ni de Moby Dick, ni del estalinismo, ni de la codicia, ni del caos…

Respuesta. Y sigo diciéndolo, en mi obra nada es simbólico, no me gustan los símbolos en la literatura, ni la parábola, aunque tengo una debilidad por la poesía simbolista francesa. A ese libro, Trabajo preliminar, le tengo mucho aprecio porque salen Melville, Malcolm Lowry, que es uno de mis autores favoritos, y el innovador y visionario arquitecto experimental estadounidense Lebbeus Woods. Lebeo es un nombre bíblico, por cierto.

P. Preguntarle entonces si la literatura es un tango con el diablo…

R. Lo es para los personajes de Tango satánico. Hay bailes más felices como el flamenco, a pesar de que también trata de la pasión y el demonio está asimismo presente, se puede sentir la influencia del diablo en el flamenco. Pero en mi novela, el tango es simplemente el baile que hacen allí mientras esperan un milagro. Es eso y nada más.

P. ¿Es entonces solo realismo?

R. Realismo es una palabra asociada a una época, no es lo que yo hago. ¿Qué es el realismo? La verdad es que no existe exactamente tal cosa, si piensas que incluso ante algo tan objetivo como un accidente de coche, los testigos darán versiones distintas. Cuando hablas de relaciones sentimentales o emocionales como hago yo, no puedes decir qué es real y qué no. No puedes presentar una situación desde un punto de vista correcto: ¿cuál sería? De hecho, se trata de un cambio radical del concepto de realidad, es más, de la desaparición de la realidad.

P. ¿Qué intenta decir al lector? Los hay que quedan algo desconcertados con sus libros.

R. Primero, intento convencerlos de que no me lean, y lo digo en serio, honestamente. No ofrezco esperanza, aunque tampoco la quito. Los míos no son libros de recetas, evidentemente. No se puede cocinar una buena comida con ellos. Son como una paella que hice una vez. Salió mal, tenía todos los ingredientes de paella, pero el conjunto no funcionó, incluso me sentó fatal. Pero si alguien, pese a todo, decide leer libros míos, le aconsejo que no se crea nada de lo que se ha dicho sobre ellos. Lo de que son difíciles de leer. Es verdad que uso frases inusualmente largas [de hecho una sola en 400 páginas en el último, Herscht 07769, que publicará Acantilado, sobre un personaje que quiere alertar del fin del mundo a Angela Merkel mientras trabaja como limpiador de grafitis para un director amateur de orquesta neonazi]. Es como cuando guardas un secreto mucho tiempo y de repente lo sueltas: cómo te quiero Lucía y siempre te querré, y toda la avalancha que sigue; no puedes decirlo en frases cortas. Imposibilita el uso del punto el que suelo escribir desde esa pasión por el contar. En fin, se me ocurre ahora: ¿todo esto le interesa a alguien? ¿A quién le interesa cómo se ha hecho un libro? Nos sorprendería si Samuel Beckett nos explicara cómo surgió Esperando a Godot. Yo creo que no tenía una idea, salió así. Honestamente, no puedo decir más. Tengo algo en mi cabeza, lo compongo y escribo. Y si el lector tiene un mal día, se compra el libro.

P. Dicho así…

R. Lo importante es que el lector se reconozca a sí mismo. Lo frágil que es su propia dignidad. Que se dé cuenta de que esa dignidad es lo último que se le puede quitar, pero que se le puede quitar. En eso nos diferenciábamos mi amigo Béla Tarr y yo. Él creía que a una persona no se la podía despojar de su dignidad.

P. ¿Siente una afinidad con el mundo húngaro?

R. La hungaridad… Nací húngaro, mi lengua materna es el húngaro. La hungaridad, lucho contra ello todo lo posible. Por qué cambiar ser ciudadano del mundo por ser solo húngaro. Mi relación con ser húngaro es como la que tienes con una piedra en la orilla del río. No sabemos por qué es así. Por qué no nací albano o eslovaco. Lejos de mí ideologizar el hecho de ser de alguna nación, de Hungría concretamente. Siempre hay auges del populismo, gente que está orgullosa de ser húngaro, de la patria. ¿Estoy orgulloso de la silla en que estoy sentado? Es muy perjudicial cómo habla la gente de la patria en relación con la realidad. La procedencia no tiene mucho que ver con nada. Ciertamente, a los que hablan como yo los odian. Me gusta la lengua húngara, me siento muy afortunado de que mi lengua materna sea una capaz de expresar matices muy finos. Pero respeto igual otras lenguas y entiendo que se las cuide, como a la lengua catalana, en la que tengo editor.

P. Entiendo que no es muy de húsares, Esterházys, Abadys, los sables…

R. [Ríe de buena gana] Solo puedes reírte de todo eso. Eso sí, hasta que te alcancen por la calle sus partidarios y te machaquen. Me preguntas por los húsares, la patria, y yo hablo de lengua continuamente. No es una casualidad. Mi Hungría es la de la lengua y no la de los húsares. Me he alejado tanto del mundo húngaro, de ese concepto de lo húngaro contagiado de estupidez. Ocurren cosas horribles en todos los Estados expuestos a los populismos, pero nada igual por intensidad y brutalidad a lo que sucede en Hungría. Esa capacidad de manipular, una fuente de infección. Hungría ya no es un país, es un manicomio del que ya se han ido los médicos y en el que los enfermos juegan a ser médicos los lunes, miércoles y viernes.

P. Con la Historia en la mano, Hungría parece equivocarse siempre en los momentos decisivos. Ha pesado mucho el tratado de Trianón.

R. Siempre se equivoca en las encrucijadas históricas, siempre escoge mal el camino. Cuando dije en una entrevista que no entendía que los húngaros estén siempre muy orgullosos de sus batallas, que además siempre pierden, me atacó la extrema derecha. No tiene sentido discutir. Incluso gente que parece muy inteligente está presa de la ideología. Todo eso nos devuelve al mundo animal, cuando lo que querríamos es elevarnos como personas. No se trata de aceptar o rechazar tradiciones; pocas personas más conservadoras que yo en aceptarlas desde un punto de vista intelectual. Pero, como reza un dicho húngaro, molemos en dos molinos muy diferentes y de la harina de ellos nunca saldrá pan. Y eso ha construido una sociedad enferma, esas heridas psicológicas que se podrían tratar de sanar de manera distinta.

P. En su literatura, pese a tener usted raíces judías, no aparece la Shoah, el Holocausto.

R. Está presente. El antisemitismo, el racismo, la estupidez criminal... están en mis libros, en Melancolía de la resistencia, en Tango satánico… El nazismo pequeñoburgués…

P. Pero no de manera explícita.

R. No he escrito concretamente de la Shoah porque ya lo hizo Imre Kertész [su predecesor húngaro en el Nobel de Literatura, en 2002] , que era muy amigo mío. Yo no podría escribir de eso mejor. Y es muy peligroso hacerlo, hay tantas obras kitsch sobre la Shoah

P. ¿Cómo ha sido lo de ganar el Nobel?

R. Muy inesperado para mí. No pertenezco al grupo de los que están el primer jueves de octubre ante la pantalla viendo la imagen de una puerta cerrada y esperando que se abra y anuncien un nombre. Fue muy difícil asumir que te colocaban junto a tantos nombres que admiras, ¡Faulkner! Sigo sin saber qué hacer con el Krasznahorkai que tiene el Nobel. Es algo que te eleva a una altura en la que no hay oxígeno, y mis pulmones lo necesitan, es mucho honor para mí. Ha sido una valentía elegirme, porque yo siempre he contado en mis libros una historia de fracasos.

P. ¿El cine de Béla Tarr ha condicionado la lectura de su obra? ¿Le ha robado la cartera de alguna manera?

R. No, no, Béla nunca me quitó nada, yo se lo di todo. Mira, un libro es un libro, una novela es una novela, Béla y yo trabajábamos juntos, decidíamos todo juntos. Yo le ayudaba en todo lo que necesitaba. Incluso le convencí de tomar cosas que no quería utilizar. Pero en un barco hay un capitán y los demás. Muchos escritores toleran mal eso, pues que no vayan a lo cinematográfico. El cine tiene leyes muy crueles, y son necesarias.

P. Kafka y Malcolm Lowry son especiales para usted.

R. Son muchos los escritores que admiro, esos no son los únicos ni mucho menos, pero es cierto que sin Kafka, sin El castillo, yo no sería escritor. Y a Lowry también le debo mucho. No es que haya que elegir. Aliento a todo el mundo a abrirse y leer más autores. Viene un mundo, si seguimos así, en el que las estrategias de supervivencia individuales van a tener un papel definitivo.

P. De alguna manera, usted es también un K.

R. Jajaja, un L. K.

P. Permítame la frivolidad, ¿conoce a ese otro Lászlo, Almásy, el explorador húngaro real y el de la novela y la película?

R. Sí, aunque es más conocido fuera de Hungría. Un tipo muy especial y muy colorido. Valdría la pena que los húngaros lo conocieran más, pero me temo que tampoco ayudaría.

lunes, 23 de febrero de 2026

Entrevista con Arturo Pérez-Reverte

 Arturo Pérez-Reverte, escritor: “La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema”, en El País, Pablo Guimón | Jordi Amat, 22 feb 2026: 

El creador del Capitán Alatriste, tras haber protagonizado otra vez diversas polémicas, abre las puertas de su casa para reflexionar sobre su obra literaria y la influencia de la guerra en su vida, la Real Academia Española o la situación moral de Europa: “Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro”

Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.

Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de fuego, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con David Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.

El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario Pueblo. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.

Pregunta. En mayo publica Enviado especial, con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?

Respuesta. Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.

P. Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.

R. Sí, en siete.

P. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?

R. El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.

P. En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?

R. Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa, es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena total, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo... La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…

Hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos.

Se levanta de pronto, como impulsado por las cintas de cuero de su silla Wassily, y se dirige a la biblioteca, de la que extrae dos libros que tenía colocados en horizontal, sobre el resto de volúmenes, en una estantería. Regresa a la mesa, abre el primer libro, El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, lee de pie la página que tenía marcada. “A los que perdieron la guerra civil española de uno y otro bando”. Abre La península de las casas vacías, de David Uclés. Señala una cita: “¿Qué pone aquí?”.

P. “En las guerras no gana nadie. Pierden todos. Eso aprendí”. Miguel Delibes.

R. Como veis, no estoy solo. Incluso alguno ha variado su planteamiento en los últimos tiempos por oportunismo. España perdió. A todos nos arrancó cosas importantes, nos retrasó el reloj respecto a la historia del mundo. Y eso es lo que espero que hablemos en Sevilla en octubre. Lo que pasó es que ahí se dieron otros factores que no tienen que ver con las jornadas. Hubo un movimiento, que detallé en su momento así que no volveré sobre él, de presiones reconocidas.

P. En un texto que incorpora a la reedición de Línea de fuego, habla de superar el maniqueísmo de buenos y malos. ¿No entraña un riesgo en estos tiempos?

R. He visto matar prisioneros, he visto torturar prisioneros en guerras civiles. No lo he aprendido en la barra de la taberna Garibaldi. Ni en el salón del Ritz. ¿A mí me vas a contar qué es una guerra civil?

P. ¿Pero no es peligroso cuando, por ejemplo, uno de cada cinco jóvenes piensa que la dictadura franquista fue “buena” o “muy buena”?

R. Lo peligroso es el silencio. Callando dejas que los cánceres se extiendan. Lo que vamos a hacer en Sevilla es debatir, que hable todo el mundo, que expongan sus razones. Que junto al político oportunista esté el historiador serio que lo ponga en su sitio.

P. Había varios políticos en su congreso.

R. ¿Cómo no va a haber políticos en un debate sobre la guerra? ¿Cómo no van a ir si, justamente, ellos son los culpables? Van, hablan. Y entonces el historiador los corrige. Pero un sector político no quería que ocurriera. ¿Por qué? Porque un debate serio desmonta el argumento de buenos y malos del que están viviendo tantos chiringuitos en este momento.

P. En su artículo decía precisamente que le estremece el miedo al debate. ¿Cuáles son las fuerzas que impiden debatir?

R. Fíjese. Vox no quiso ir. Se negó desde el principio. Pero Uclés dijo que iba y después dijo que no. Nos dejó colgados. Y la presión hizo que [el coordinador general de IU Antonio] Maíllo, que iba, tampoco fuera. La historiadora Zira Box dijo que la habían presionado. No me lo inventé yo. Fueron cayendo. Bolaños aguantó muy bien. “Yo te he dado mi palabra”, dijo, “y voy”.

P. Se ha referido en ocasiones a una inquisición moral. ¿De dónde procede? ¿Cree que hay más intolerancia hoy en la izquierda que en la derecha?

R. En la izquierda hay de todo. Izquierda es un concepto injusto porque no es lo mismo Pablo Iglesias, Errejón o Echenique que Madina o Pedro Sánchez o Bolaños. La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema. Y ojo a cómo se ve el titular fuera de contexto, que yo he sido puta antes que monja [risas]. Dicho lo cual, esto es pendular. La derecha, la extrema, todavía no se hace oír lo bastante porque no tiene los cauces, ni los escenarios, ni los mecanismos adecuados. Pero cuando se instale, y se va a instalar por los pecados de todos nosotros, será tan intolerante o más que la extrema izquierda. No es que yo sea un profeta, es que es la historia. Son leyes pendulares.

P. ¿Le da más miedo ahora mismo Sánchez o Vox?

R. A mí no me da miedo nada. Yo soy republicano, y monárquico en defensa propia. Tengo la casa pagada, los libros leídos, el velero en el que paso mi otra vida amarrado en el puerto. Cuando se va todo al diablo, solamente hay un consuelo: saber por qué se va al diablo. Lo he visto mil veces. “¿Qué ha pasado? ¡Pero qué horror, qué espanto! ¡El tren ha chocado con otro, ha habido una guerra, una bomba, Putin!”. Pero si has leído, si tienes los mecanismos suficientes, eres capaz de interpretar. Y cuando interpretas ya no duele tanto. Porque son las reglas. La cultura es un analgésico. No impide el problema, pero te permite soportarlo sin volverte loco.

P. ¿La cultura como resistencia?

R. El problema está en que cada vez esto [señala a su biblioteca] es menos frecuente. No digo la dimensión, digo esto como ejemplo. La orfandad intelectual del receptor de todo esto lo vuelve loco. Falta cultura. Cultura de verdad, no lo de [menciona un cineasta español]. No pongan eso. Les ruego que me cuiden, coño. No me metan en más jardines de los necesarios, que ya tengo bastante.

P. Se mete usted solo…

R. Bueno, es lo que me sale. La cultura sirve para saber por qué se cae el avión. Una vez iba volando a Beirut y cae un rayo en el avión. Y todo el mundo: ¡Ahhhh! Y me dije, hostia, voy a morir rodeado de cantamañanas que no saben que los aviones se caen. La cultura sirve para no gritar cuando se cae el avión. Saberlo te da serenidad. Las reglas del cosmos incluyen el caos. De vez en cuando el caos dice “hola, aquí estoy” y te manda a tomar por culo. Saber todo eso te da un alivio horroroso. Si mañana mi mujer, mi hija, o yo mismo tengo un accidente y me quedo mutilado, por lo menos sabré que eso lleva ocurriendo millones de años y que tampoco es tan grave. No es tan grave. El ser humano, en los últimos siglos, se ha dado demasiada importancia. Es un tema para otra entrevista, cuando seamos mayores todos.

P. Cuando habla de esa excesiva importancia del individuo…

R. Fíjense. Cuando has viajado, te das cuenta de que estamos manejando un concepto muy occidental. La Biblia, el Evangelio, Jesucristo, la cultura judeocristiana, la catedral gótica. Pero si te vas fuera de Occidente, que ya es menos cálido que antes, te das cuenta de que tienen más certezas que nosotros. En Asia, que es el gigante del futuro, el individuo no vale nada. Son las hormigas rojas. Todo es sacrificable para que prime la colectividad. Nuestros maravillosos conceptos de humanismo cristiano, de solidaridad, de ilustración, de derechos humanos, se irán a tomar por saco cuando estemos en manos de aquellos para quienes todo eso no es importante. Europa fue referente mundial, desde Homero hasta hace cuatro días. Todo el mundo quería ser como nosotros. Esa fascinación ha desaparecido. Ahora nos desprecian. Europa ya no es nada. Vienen otros imperios. Y nos van a dar, pero bien. A mí no, que yo no voy a estar. A vosotros. Y a vuestros hijos. Ese mundo que viene va a triturar lo que va quedando de Europa. Y Europa es lo mejor que ha ocurrido en la historia. Con sus defectos, todo lo que quieras. Pero ahora Europa no es nada. Un parque temático para turistas. Vienen como el que visita las ruinas de Pompeya. Por eso siempre digo a los jóvenes que aprovechen, que disfruten. Todavía se puede leer y viajar a Roma y a Praga y a Sevilla. Bailar flamenco, comer pizza en el Vesubio, leer a Lampedusa y a Spinoza y a Balzac y a Dumas y a Cervantes. O a Pérez-Reverte, si les apetece. Dentro de un tiempo eso habrá desaparecido. Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro.

P. ¿La batalla está perdida?

R. Perdida. La única épica posible es no permitir que la batalla se libre sin pelear. Vamos a morir todos. Pero hay que combatir. Pelear por aquello en lo que crees. Pelear por razones lúcidas, no fanáticas. No porque te manipulan, sino porque crees que debes hacerlo. Que al malo, si lo hay, le sangre la nariz aunque gane la batalla. Hay que vender cara tu piel. Cuando eres joven, después de mayor ya es otra cosa. Yo sigo peleando batallas, la de Sevilla, mi novela, mis artículos. Pero un joven debe seguir peleando. Hay que perder. Es compatible la derrota con la pelea.

P. En ocasiones lo ha formulado con estas palabras: “Mis valores como persona y como escritor se basan en la guerra”.

R. Correcto.

P. Defiende un código moral asociado a palabras como lealtad, venganza, coraje. ¿No considera que son valores que durante mucho tiempo se han visto como reaccionarios?

R. ¿Lealtad? Por supuesto. ¿Venganza? Claro que sí. Ahora tiene mala prensa pero es absolutamente higiénica. Y deja el cuerpo estupendo. ¿Coraje? Claro. ¿Eso es reaccionario?

P. Digamos que los valores que aprende en la guerra, los que defiende en su comportamiento público, en el tipo de personajes y novelas que construye, no han sido durante mucho tiempo los valores éticos del discurso dominante.

R. Mis novelas no tienen código moral. Están hechas de truhanes, canallas, tramposos, traficantes, villanos.

P. “No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”, así arranca la saga del Capitán Alatriste.

R. Ahí está. Hay escritores que creen que la literatura tiene un deber moral, que es hacer mejor el mundo. Saramago, que era muy amigo mío, era muy de esto. Y hay otros, como yo, que creemos que no tiene obligación moral alguna. Cuento historias que me hacen feliz. Me meto ahí [señala su escritorio] cada mañana y soy feliz. Y los que me leen también lo son. No quiero educar. Cuento el mundo tal y como lo he vivido. No hay valores. Hay personajes y situaciones.

P. ¿A usted le gusta pelear?

R. Claro. Sí. Sí. Me gusta pelear. Me mantiene vivo, despierto y lúcido.

P. La gente mata por ir al programa de Jordi Wild. Usted debe de ser el novelista que más veces ha estado con uno de los principales youtubers de España. ¿Por qué cree que le llama?

R. Ha sido buen lector mío de siempre. Y además le doy muchos seguidores. No es una chulería. Una entrevista conmigo le dispara la audiencia. Pasa lo mismo cuando voy a Pablo Motos. Cuando voy a El hormiguero, ¡bum!, se dispara. Y si fuera a La revuelta... Me está llamando todo el tiempo. Quiere verme para convencerme. Por alguna razón, que no sé cuál es, tengo una repercusión mediática fuerte.

P. ¿De verdad que no sabe por qué es?

R. ¿Por qué? ¿Porque, según vosotros, defiendo valores reaccionarios, hijos de puta? [risas]

P. ¿Podemos insultar también?

R. Sé dónde viven y tengo sables. [risas]

P. ¿Tal vez conecta porque no estamos acostumbrados a que alguien esté peleando permanentemente?

R. No. ¿Saben a lo que no están acostumbrados? A que se diga lo que se piensa e importen un carajo las consecuencias. A eso es a lo que no están acostumbrados. Yo me lo puedo permitir. He vivido, he viajado, he visto lugares maravillosos y lugares terribles. He vivido una vida de verdad. A mi edad, ¿qué pierdo yo?

P. ¿También pelea en Twitter?

R. Es raro que yo debata en Twitter. ¡Si es un puto tuit, lo puedes decir en la barra de un bar! Es una herramienta poderosa de la que procuro no abusar. Ahora tengo dos millones y medio de seguidores. Me permite el contacto con los lectores de una manera fresca, inmediata, familiar, directa, informal. También aprendes un montón porque la gente muestra más de lo que cree mostrar. Me divierte. Cuando meto una cita clásica, que sale de ahí [Señala los estantes de la biblioteca donde tiene ordenados, entre otros, los volúmenes de clásicos grecolatinos de la editorial Gredos], la meto porque menea. No digo “este es Sánchez”, esta mañana iba por Feijoo. Que pongas un tuit y al rato esté Pablo Iglesias o te llame uno de Vox, uno del PSOE, “oye, Arturo”. ¿Qué más me da? ¿Qué pueden hacerme? ¿Hacerme una crítica mala en EL PAÍS cuando sale el Alatriste? Voy a por una aspirina. ¿Os vais a quedar a comer, cabrones?

Regresa a los pocos minutos. Pasa junto al kalashnikov que tiene apoyado en una estantería y que se trajo desmontado en la maleta de su etapa cubriendo la Guerra de los Balcanes. La aspirina se disuelve en el vaso.

P. Vamos a pasar a la Academia. Sus críticas a la RAE fueron calificadas por algún académico como el ataque más grande que ha sufrido la institución desde que hay memoria. ¿Comprende que se interpretara así?

R. Sí, era un ataque. En la RAE ahora no hay debate casi. Cuando se plantea un tema, se habla en el pleno y después se olvida hasta el siguiente. Harto de que todo muera ahí, voy a contarlo en público a ver si meneo un poco. Y se dio lo que esperaba. La parte ofendida se manifestó y la parte que estaba conmigo se calló, como suele hacer, por otra parte. “Son cosas de Arturo…”. La tilde, el “sólo”. Muerto Vargas Llosa y muerto Marías, que eran los más militantes conmigo, me he quedado solo. Decidí contar de una vez lo que pasa. Estaba muy razonado, fue reproducido en muchos países de Hispanoamérica. Quise desvincularme de una manera de entender la RAE que no me gusta y negar la complicidad. Pero, como siempre, me quedé solo. No todo el mundo es capaz de asumir el precio. Yo lo asumo, primero, por mi manera de ser y, segundo, porque me lo puedo permitir.

P. ¿La discrepancia que planteó no era entre recoger usos y el estilo?

R. Necesitaríamos una entrevista entera sobre esta cuestión. La Academia ha mirado siempre el uso para incorporarlo, pero debería pasar un tiempo de vigencia para que fuese incorporado, no es suficiente que esté documentado en la red. Y antes, además de esta cuestión, la Academia ejercía la autoridad sobre si un uso era correcto o no, como hacía Lázaro Carreter con El dardo en la palabra. Esa labor de señalar los peligros, que hemos pedido mil veces en los plenos, no se cumple. Y esa dejación de autoridad a favor del uso está provocando que la Academia haya perdido impulso.

P. ¿Su ataque ha tenido algún efecto?

R. Todo sigue igual. Sabía que no iba a cambiar nada, pero mi posición queda clara. Yo no entré en esa RAE. En los primeros años estaba García Yebra, Gregorio Salvador, Rodríguez Adrados, Claudio Guillén, Ignacio Bosque. Yo hablaba cuando me preguntaban. Estuve callado aprendiendo durante años. Pero fueron muriendo, fueron dejando huecos y esos huecos se llenaron de una manera que no me convenció a mí ni a otros. Y por eso empecé a hablar. Y les revienta que menciones los viejos maestros muertos… Y creo que ya he dicho bastante.

P. ¿Echa mucho de menos a Javier Marías?

R. Mucho. Cada jueves después de la Academia íbamos a cenar. Hablábamos de cine, chicas, amigos, novela policiaca… Éramos como el empollón, él, y el gamberro, yo. Teníamos una complicidad como si fuéramos Zipi y Zape. Era mi hermano de juegos. Cuando vives mucho tiempo hay restaurantes que cierran, lugares que cambian y hay amigos que mueren, cada vez más. Javier es uno de los grandes huecos de mi vida, el escritor con el que he tenido una relación de mayor profundidad. Y realmente lo echo mucho de menos. Pero bueno, son las reglas.

P. ¿Ve diferencias entre la consideración de su obra fuera de España y en España? ¿En España está mediatizada por su imagen pública?

R. En cuanto a lectores, no. Pero en España hay campañas periódicas a favor y en contra. Como cuando Iglesias dijo en el Parlamento, “más Galdós y menos Pérez-Reverte”. O cuando Abascal se cabrea. Ahora hay parte de la derecha que dice que soy un vendepatrias porque Alatriste habla de la España oscura y no la gloriosa… Cuando parte de la derecha, a la que gustaba tanto Alatriste y los tercios, se ha puesto a leer despacio, ve que lo oscuro también asoma. Entonces me ataca. Ha coincidido con Vox. Nadie se preocupa por eso en Italia o en Francia. Gajes del oficio, va incluido en el sueldo.

P. ¿Tal vez lo atacan porque es la persona con mayor poder literario en España?

R. Os aseguro que no lo ejerzo. ¿Para qué? Hay gente que se dejaría cortar un brazo por estar en mi situación. No hago vida literaria. En Sevilla no he cobrado un puto duro, jamás. Me pagan el billete de AVE y el hotel. No cobro nunca conferencias. Y del Estado, jamás, como Marías. Hago lo que me apetece. No me considero algo fundamental. Si mañana desaparezco, se pierde un novelista. Nada más. Soy feliz con la vida que llevo, tíos.

P. Queríamos terminar citando un diálogo de El capitán Alatriste. Hacía el final de la novela el Conde Duque de Olivares le dice: “Tenéis cierta propensión a ser herido”. Alatriste contesta: “Y a herir, Excelencia”. ¿Se siente identificado?

R. Absolutamente. No soy Alatriste, pero Alatriste sin mí sería imposible. Su mirada y la manera de ver el mundo es la mía. Quizá por eso a algunos les quiero bien y a otros les quiero mal.


viernes, 20 de febrero de 2026

Humoristas literarios

El País ha publicado un listín con libros clásicos de humor que, más que para divertir, parece indicado para pegarse un tiro, salvo algunas excepciones, como la de José Esteban, Mark Twain y así. Se titula el bodrio "Carcajadas en la literatura. Para hacer el humor con nuestra lengua", y habría que incluir en esa lista, en una lista por descontado incompleta, Plauto, Horacio, Petronio, una buena colección de relatos milesios, Marcial, casi todas las obras de Luciano de Samosata, Juan Ruiz, algunas canciones goliardescas, Boccaccio, Alfonso Martínez de Toledo, Rabelais, el Don Quijote, una buena selección de entremesistas y comediógrafos del Siglo de Oro, el Buscón y los Sueños de Quevedo, y ya a partir del XVIII la nómina es tan amplia que hay que seleccionar: La novela de un novelista de Armando Palacio Valdés,uno de los miembros del asturiano Bilis club; mi inefable P. G. Wodehouse, su impotente discípulo Alfonso Ussía,  Jerome K. Jerome y sus ingleses de té de las cinco en una barca, George Mikes, el extranjero de todas partes; un par de judíos: Ephraim Kishon y su Mi familia al derecho y al revés, y Woody Allen por sus artículos, cuentos y teatro (podríamos añadir a los hermanos Cohen con Un hombre serio, pero eso es cine);  Paul Reboux con sus pastiches, y su discípulo el genial Conrado Nalé Roxlo, con sus Antologías apócrifasCarlos Arniches , con sus sainetes y comedias; Giovanni Guareschi, con sus Don Camilos y sus libros de cuentos sobre costumbres italianas; Tomás Salvador, con sus cuentos sobre Manolo y sus pastiches; Ramón Ayerra, con, entre otros, Las amables veladas con CeciliaAlfredo Bryce Echenique... con sus memorias o su peruano cagándose en el Museo del Prado; Douglas Adams y su serie del Autoestopista galáctico. Y, por supuesto, David Foster Wallace y su Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (en inglés: A Supposedly Fun Thing I'll Never Do Again). 

Toda esta gente me ha hecho pasar ratos desternillantes; cualquiera de ellos hace que uno crea que es bueno vivir y puede alegrarle el día al más serio de todos los Clint Eastwood de este mundo. Los libros que trae el artículo de El País son estos:

1. En lengua española:

José Esteban: El epigrama español, una antología. Espuela de Plata, 2008.

Juan Villoro: Los culpables. Anagrama, 2008.

Jorge Ibargüengoitia: Revolución en el jardín. Reino de Redonda, 2008.

Marcelo Birmajer: Historia de una mujer. Seix Barral, 2008.

Kalman Barsy: Los veinticuatro días. Pre-Textos, 2009.

Manuel Vilas: Aire nuestro. Alfaguara, 2009.

Ignacio Padilla: La vida íntima de los encendedores. Páginas de Espuma, 2009.

Pola Oloixarac: Las teorías salvajes. Alpha Decay, 2010.

Guillermo Cabrera Infante: Cuerpos divinos. Galaxia Gutenberg, 2010.

Felipe Benítez Reyes: Formulaciones tautológicas, Zut, 2010

2. Para hacer el humor con otras lenguas:

Hilary Mantel: Tras la sombra. Global Rhythm, 2007.

G. K. Chesterton: La superstición del divorcio. Los Papeles del Sitio, 2008.

Eça de Queiros: El conde de Abraños. Espuela de Plata, 2008.

S. Ortoli & M. Eltchaninoff: Manual de supervivencia en cenas urbanas. Salamandra, 2008.

Yasutaka Tsutsui: Hombres salmonela en el planeta porno. Atalanta, 2008.


Thomas Bernhard: Mis premios. Alianza, 2009.

Julian Barnes: Nada que temer. Anagrama, 2010.


J. M. Coetzee: Verano. Mondadori, 2010

jueves, 12 de febrero de 2026

Lista comentada de los treinta mejores autores

  [Transcrito de YouTube y corregido por el bloguero, de Semillas de Papel]

 Antes de empezar, aviso importante. Esta no es una lista de estas que me he sacado yo porque me la encontré apuntada en la servilleta de un bar, ni el típico rollo de "mis autores favoritos", porque sí, para hacer esta lista aquí ha sido muy escrupuloso. Esta es una especie de lista libro por libro, rollo literario, donde he cruzado un montón de listas de críticos, de encuestas a escritores, de rankings editoriales, incluso de votaciones de lectores y hasta de cánones históricos.

Incluso me he encontrado por ahí todavía listas agregadas de estas que mezclan un montón de rankings mezclados ahí a lo loco. Entra el Time, The Guardian, Modern Library, Lemont, la famosa lista de escritores de Bluen, incluso rankings anglosajones europeos, académicos, yo qué sé, todo lo que me he encontrado en la red, lo he mezclado todo y he hecho como una especie de conclusión. El resultado, pues tenemos un cóctel muy peligroso, os lo digo, un ranking que para nada es perfecto, pero que no es solamente opinión, sino que también intentar responder una pregunta que prácticamente es imposible de de ser respondida. Es, si todos los escritores de los que vamos a hablar hoy pelearan en igualdad de condiciones, ¿quién sería el mejor libro por libro de la historia de la literatura? Pues es lo que vamos a tratar de desentrañar hoy, de este cruce, de este mejunge glorioso de datos que he hecho. Entra el prestigio, entra la influencia, entra la supervivencia y entra cómo han aguantado el paso del tiempo. Y me he quedado con 30 nombres, 30 que ahora sí vamos a desarrollar uno a uno.

Y te adelanto algo desde ya. Da igual a quien eches de menos. Alguien va a enfadarse porque no va a encontrar a quien quiere encontrar. Así que antes de que alguien se lleve las manos a la cabeza, vamos a ir un bastante rápido. Vamos a ser injustos y vamos a dedicar un poquito más de tiempo al top 10. Del 30 al 11 vamos a ir un poquito ligero, así que a Leo. 

Empezamos por Fernando Pessoa, 30 escritores por el precio de uno. Le ponemos aquí, pues, porque probablemente a muchos le parezca muy debajo, pero bueno, si alguien se tiene que quejar, que se queje Portugal. 

John Milton con su Paraíso perdido, monumental, gigante, importantísimo donde los haya, pero entre tú y yo me parece que se admira bastante más de lo que se lee y creo que eso cuenta.

Herman Melville con Moby Dick. Es una obra maestra, pero a ver quién tiene narices para releerla cada 5 años y tragarse todas las taxonomías que tiene. 

En el 27 tenemos a Tolkien y aquí empezamos con los cuchillos afilados. Esto no es literatura clásica ni mucho menos, pero su influencia cultural me parece que es obscena a todos los niveles. Así que aplaudo este puesto. 

En el 26 tenemos al genio italiano, Italo Calvino. Juguetón, brillante, elegante, un escritor que te hace creer en cada momento que escribir es la cosa más fácil del mundo. Te lo adelanto, no lo es. 

Anton Chéjov, el rey del nunca pasa nada, pero que mientras tanto te destrozo por dentro. Muy poquito espectáculo en su literatura. Mucha cirugía emocional, y me parece que está, creo, en el sitio que le corresponde. 

Gustave Flaubert. Si hubiera un obseso del estilo, es él. Madame Bovary sigue humillando a día de hoy a medio planeta literario, y quien quiera que lo imite es muy frío; pero madre mía, qué nivel de literatura. 

Simone de Beauvoir el 23. Y aquí se me va a cabrear gente; seguramente no solamente por el ensayo está aquí, sino también por esa narrativa que tuvo y esa influencia totalmente tangible a día de hoy. Yo creo que está perfectamente metida.

En el 22 está Thomas Mann, que es denso, y si no, meteros en La montaña mágica y veréis. Muy intelectual, no es para todos los públicos, pero si entras y te conquista, esto es primerísima división. 

Vladimir Nabokov, obsceno para todos los niveles, moralmente incómodo para prácticamente todo el mundo. No cae mejor porque él no quiere caerle bien a nadie, creo, ¿no? Y sinceramente, yo ese gesto se lo agradezco. Ahora empezamos a entrar en una zona peligrosa. 

Vamos a ir del puesto número 20 al puesto número 11 y empezamos con George Orwell, con esas dos novelas que escribió. Un montón de ensayos que siguen explicando cómo es el mundo en el que vivimos y cómo el poder, cómo explica ese poder incluso mejor que Twitter entero junto. Aquí está, me parece perfecto, ni más ni menos, ni arriba ni abajo. 

En el 19 tenemos la filosofía extrema de Albert Camus, que es para gente que no quiere sentirse idiota mientras está leyendo filosofía, porque te entra de manera elegante, te entra claro, limpio y al final te enteras. Está bien bien arriba.

En el 18 tenemos a Mark Twain, que sinceramente siempre me ha parecido ligero, pero es un error calificarlo así. Tiene el humor como arma de demolición cultural y es una especie de literatura eh muy seria, totalmente disfrazada de otra cosa. 

En el 17 tenemos a Ernest Hemingway y muchos se pensarán que está demasiado arriba en la lista, ¿no? Y no te digo yo que no. Eh, pero su influencia es más en el estilo que en la complejidad de sus obras, pero indiscutiblemente es una auténtica leyenda. 

Jane Austen está en el puesto número 16 y aquí alguien dirá que está demasiado arriba, que tendría que estar más hacia el top 10. Pues no, lo siento, es lo que hay. Irónica, quirúrgica, una estructura perfecta en su manera de escribir, cero paja, y eso es puro puro oro, crema, calidad pura. Bueno, ya estamos en la antesala del Olimpo. Vamos a ir de los puestos 15 al puesto 11. Y es que ya aquí todo lo que nos vamos a encontrar es altísima literatura, nivel prácticamente jefe final.

Y empezamos en el puesto 15 con Gabo, con Gabriel García Márquez, que creó un universo tan sumamente potente que arruinó a cientos de imitadores que trataron de superarlo y se quedaron por el camino. Solo por eso, solo por ese detalle, merece sin duda estar aquí. 

En el 14 tenemos a Molière con sus comedias, con su crítica social, con ese ritmo que sigue funcionando siglos después. Y eso no puede ser casualidad, eso se llama talento. 

En el 13 tenemos a Goethe con su Fausto, que fue un auténtico monstruo en todos los niveles. Si ese hombre existiera hoy, se hubiera escrito hoy, yo creo que estaría totalmente prohibido en todas partes por exceso de intensidad. 

En el 12 tenemos al genio, a Jorge Luis Borges. Y aquí yo sinceramente me indigno un poquito porque no está nada de acuerdo que Borges esté fuera del top 10, pero no es mi lista, me duele en todo el alma y su obra, que fue corta, me parece que tiene que estar teniendo en cuenta que esto es un ranking libra por libra, yo lo pondría en el top cinco. 

En el 11 tenemos a Charles Dickens, popular, profundo, inagotable, personajes totalmente inmortales y lectores a mansalva en todo el mundo. Gran cierre para este bloque justo antes de llegar a la auténtica pomada. Y ahora sí, a partir de aquí, cero bromas, vamos a entrar en el top 10, según este calidoscopio de listas que he podido recopilar, donde ya no estamos hablando de buenos escritores, ya estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de gente que cambió el juego y las reglas para siempre jamás. 

En el puesto número 10 tenemos a Marcel Proust. Bueno, es el Everest literario de medio mundo, ¿no? Todo el mundo dice haberse subido a Proust; pero yo creo que nadie ha pasado del campamento base, probablemente. Lento, obsesivo, interminable, angustioso en ocasiones, pero, si eres capaz de entrar en su obra, si te rindes a ese ritmo que tiene, te ocurre algo realmente serio. Es que empiezas a entender cómo funciona realmente la memoria, cómo el pasado no está detrás, sino dentro, en tu interior, y no cuenta una historia, te la reconfigura. A mí personalmente me enfada un poquito porque, eh, porque se posturea mucho con él, ¿no? Me enfada que cualquiera que coja el tiempo perdido lo abandone las 20 páginas, pero aplaudo y me rindo a los pies de la gente que considera que tiene que estar aquí porque sí que se ha terminado su obra. Él llevó la literatura al límite absoluto de lo que el ser humano es capaz de aguantar. 

El puesto número nueve se lo lleva Franz Kafka, que la verdad es que Kafka escribió muy poquito, publicó muy poco también, murió muy mal, eh, sin saber que iba a arruinarle la paz mental  probablemente a generaciones enteras que vinieron después, porque lo suyo no era contar historias, además odiaba sus historias, quería que las destruyeran. Eh, tú las lees y sientes que has hecho algo mal con tu vida, ¿no? Aunque no sepas qué. Y, ojo, curioso, cuando el apellido de alguien se convierte en adjetivo, se acabó el debate. O sea, hoy en día decir que algo es kafkiano no es marketing, no es prácticamente un meme cultural en toda su extensión. Y la verdad es que resulta un poco indignante la poca obra literaria que tiene y lo alto que está en todas las listas, ¿no? Eso yo creo que pasa por ser más una absoluta genialidad que cualquier otra cosa. 

El puesto número ocho es Virginia Wolf, que de Virginia Wolf hasta los andares. Aquí yo me cuadro, aplaudo y digo, pues, lo que siempre digo de Wolf, que ella no grita, ella no pontifica en su obra. Ella te atraviesa con sus palabras, innovó con su manera de narrar, le dio conciencia a todo cuando eso no aparecía en ningún manual ni en ninguna tendencia social de ningún tipo, ¿no? Y muchos la confunden porque creen que es algo frágil, pero es un error. Ella fue prácticamente una cirujana de las letras. Cada frase que tenía estaba donde tenía que estar. Y sinceramente me molesta un poquito que la gente a día de hoy primero la utilice como meme también, y, por otro lado, que la traten con cierta condescendencia. Yo creo que es probablemente la más alta literatura que existe sin que haya testosterona por medio, y eso, eso es muchísimo. 

En el siete está James JoyceJoyce, ese escritor capaz de escribir esas cosas que nadie se lee, pero bueno, aunque no las entiendes, pues dice mucho de él, ¿no? Dice mucho de él que esté aquí porque tú no entras a Joyce para disfrutarlo, entras a Joyce para ver su exhibición técnica del lenguaje. Él no escribe novelas, él escribe gimnasios para tu cerebro. Que es excesivo, sí, que es ególatra, muchísimo. Que es imprescindible para entender lo que la literatura puede llegar a hacer con el lenguaje. Cógete el Ulises, pégalo un vistazo, no es simpático, no va a ser amable contigo, pero esta historia es un ranking libra por libra de los mejores, no un concurso de popularidad. Y oye, pues si está aquí, no sé, júzgalo tú. 

El puesto número seis se va a muchos siglos de distancia nuestro. Tenemos a Homero, que siempre hay discusión, pero a mí me da igual. Es un autor real, es un autor colectivo, viene de la tradición oral y todo eso está muy bien para la facultad, pero el resultado es inapelable, ¿no? Ahí tenemos la Iliada, tenemos la Odisea, son el molde de prácticamente todo, todo lo que se ha escrito y todo lo que ha venido después. tienes los héroes, tienes los viajes, tienes el regreso, eh, la guerra, la identidad y que siga aquí arriba después de tantos miles de años, pues es yo creo que la mayor prueba de que la calidad existe y de que el campeón antiguo que tenemos aquí, sorpresa, sigue ganando combates a muchos advenedizos que siglos después han venido. 

Puesto número cinco para Fiodor Dostoievski. Nos vamos a la Rusia. Aquí ya entramos en el terreno probablemente más serio. Estamos en el top cinco y Dostoievski no escribía personajes, escribía abismos sin red de seguridad. Tenías culpa, tenías fe, tenías crimen, redención, la contradicción humana en vena, eh, yo qué sé, lees y te ves reflejado en cosas que no te gusta reconocer, pero que las sientes aunque te lo calles. Esto no es entretenimiento, esto es un deporte de riesgo prácticamente. Era desordenado, era excesivo, pero no sé tú, tiene una intensidad emocional que poquitos han vuelto a alcanzar después. Y eso es que sus motivaciones a la hora de escribir eran las que eran. Sin discusión, creo que merece estar aquí porque esto es una pelea cuerpo a cuerpo y un puesto número cinco es totalmente lícito. 

Compatriota tenemos en el cuatro a León Tolstoy. Yo los hubiera puesto al revés. Es el escritor que te mira y dice, "Ah, que quieres realismo. Pues toma tres tazas, todo el realismo del mundo". Ahí tienes Guerra y Paz, que es ligerita y es una obra que no debería funcionar, pero funciona. Mil millones de personajes, historia, pensamiento, vida cotidiana, guerra, amor, todo. Venga, mételo todo ahí que te cabe, porque en mil y pico páginas tú dirás. Y aquí no hay truco ni fuegos artificiales. Aquí hay una intensa comprensión brutal del ser humano. Y eso no es fácil. Me enfada lo bien que escribe, te lo digo de verdad. Pero bueno, oye, uno de los grandes campeones de nuestro ring. Madre mía, qué emoción, que entramos en el top tres.

En el top tres y tenemos en el tres a Dante Alighieri. Aquí estamos ya probablemente en otro nivel, ¿no? Dante no escribió un libro, construyó una especie de sistema moral, no sé, y un sistema moral que además yo creo que seguimos utilizando prácticamente todos eh siglos después, ¿no? el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso y cada uno con sus niveles, con su arquitectura, con su política, con ajustes de cuentas, con movidas personales, no sé, una auténtica locura creativa de proporciones bíblicas muy difícil de leer; y me parece a veces, sinceramente, me parece insultante que se le trate como un clásico polvoriento, porque esto es de una imaginación salvaje con ambición total, pero tienes que entrar con él a él con mucha cautela porque te puede derrotar en muy pocas páginas y, si no, ¿cuáles son los dos que quedan? Pues lo vas a ver enseguida. 

Bueno, en el puesto número dos, Miguel de Cervantes, don Miguel de Cervantes Saavedra, el señor que inventó la novela moderna sin saber lo que estaba inventando, porque eso suele pasar bastante a menudo. Y para colmo se permitió el lujo de reírse de lo que él mismo estaba haciendo y de paso reírse de todo lo que había alrededor. El Quijote es humor, es tragedia, es metaliteratura, es ternura de verdad, es un libro que amo con locura y me tengo que poner un poquito serio en esto porque no es solamente un libro en español, es un manual universal de cómo se tiene que contar bien una historia y por qué se tiene que contar. Me parece imposible que  en cualquier tier list que se pueda hacer en el mundo mundial Cervantes no esté en el top tres; está en el dos. Perfecto. 

Bueno, y teniendo en cuenta que la mayoría de estas listas que he consultado son anglosajonas, pues en el número uno no podría estar otro que el señor William Shakespeare, que tanto comparte, ¿no?, en muchas cosas con Cervantes. Entonces, yo creo que es un es un puesto 1 y 2  que se tienen que compartir ambos y creo que no es ninguna sorpresa. Creo que Shakespeare es el número uno porque lo tiene todo. Lo tiene todo.Tiene personajes inolvidables, lenguaje afilado, profundidad psicológica, una obra muy grande, teatro que sigue funcionando a día de hoy, frases que usamos sin saber que son suyas constantemente. Su penetración cultural es elevadísima con sus amores, sus celos, su ambición, su traición. Es que es que está todo, todo lo tiene ahí, y todo está vivo, y todo es actual. Y esto no es devoción académica. Esto, te guste más o menos, es una evidencia empírica. Es así. Fíjate, es que se representa, se adapta, se cita constantemente y nunca se agota, siempre encuentras una nueva versión, siempre vuelve a salir algo nuevo de él y vuelve a ser bueno y vuelve a ser brillante. Creo que es justo merecedor del puesto número uno de esta lista o, como se dice ahora, ¿no? el Goat, ¿no? Es que yo toda la vida he pensado que esa palabra significa cabra, pero bueno. 

Bueno, vuelvo a sacudirme absolutamente toda la responsabilidad sobre esta lista porque ahora viene la parte más incómoda, ¿no? Da igual qué lista hagas, incluso aunque fuera mía, da igual cuántas fuentes pueda haber consultado yo, cuántas cosas cruce, lo mucho que intente ser justo con esto. Va a faltar alguien, seguro. Igual tu autor favorito no está. O estás demasiado abajo o es demasiado nuevo. ¿Cómo demonios has puesto a este y a este otro no? Bueno, pues yo te pido disculpas humildemente.

Entiendo esta indignación, y es justa prueba de que la literatura sigue viva, vivísima. Y si esto fuera un ranking cerrado, muerto definitivo, pues nadie discutiría, ¿no? Nadie diría: "Pues ya está, tema cerrado, hablemos de otra cosa para siempre." Aquí estamos para discutir con pasión, como solamente se discute ese tipo de cosas que importan de verdad a la gente. Y seamos honestos, ninguno de nosotros lo ha leído todo ni lo va a leer todo. En una larga vida de lector, ¿cuántos libros te puedes llegar a leer? 800, 1000, como mucho. Yo creo que nos queda, vamos, una auténtica locura de obras por descubrir por todos los lados. Así que esta lista nunca jamás va a ser un punto final. Es una invitación al desacuerdo más absoluto, a la relectura,  al descubrimiento de un libro y decir: "A ver si es que tanto mito que se habla de este autor merece la pena o no merece la pena." Porque yo creo que después de ver a Shakespeare, a Cervantes, a Dante, a Tolstoy, a Dostoievski, yo qué sé, la pregunta no es quién tiene que estar o cuál es el siguiente de esta lista. La pregunta es, ¿qué libro todavía te está esperando en la estantería, ahí, muerto de risa? Implorándote sin abrir para que te encuentres con la mejor noticia de todas y probablemente algo que te alegre la semana. Y es que lo mejor está por leer.