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miércoles, 21 de enero de 2026

El infanticidio y destrozo a las mujeres caídas de Irlanda

 El cruel drama de las "mujeres caídas": cómo Irlanda destrozó la vida de más de 60.000 madres, en El Mundo, Andrés Seoane, 6 mayo 2025:

Auspiciada por el Estado y dirigida por la Iglesia, entre 1922 y 1998 existió una red de hogares para madres y bebés que provocó la muerte de más de 9.000 niños. Caelainn Hogan narra su terrible historia en ‘La república de la vergüenza y reclama justicia. "Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes". Hay sábanas con los nombres de los casi 800 niños muertos colgadas en las puertas de la fosa común de 796 bebés hallada en el antiguo Hogar para madres y bebés de Tuam, Galway.

El libro es La república de la vergüenza, por Caelainn Hogan. Traducción de Elena Pérez San Miguel. Errata Naturae. 328 páginas.

En 2014, Irlanda se vio sacudida por una noticia impactante. Según las investigaciones de la historiadora local Catherine Corless los cadáveres de casi 800 bebés y niños yacían en los terrenos del Hogar para Madres y Bebés Bon Secours de su pueblo, Tuam, ubicado en el condado de Galway al oeste del país y regentado entre 1925 y 1961 por las Hermanas del Buen Socorro. Corless descubrió cientos de certificados de defunción -las causas de muerte más comunes apuntadas eran debilidades congénitas, enfermedades infecciosas y desnutrición- pero ningún registro de entierro.

Ante el revuelo del caso, se abrió una investigación y entre 2016 y 2017 las excavaciones realizadas en una fosa común sin marcar, ubicada en la antigua fosa séptica del edificio, revelaron los restos de 796 individuos de edades comprendidas entre las 35 semanas de gestación y los tres años. La gravedad del horrible hallazgo llevó a la creación de una Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés que se propuso explorar y documentar el legado persistente de las instituciones religiosas en Irlanda.

Fue en ese 2017, con la polémica candente, cunado la periodista experta en conflictos, migración y marginación Caelainn Hogan (Dublín, 1988), regresó a su Dublín natal tras varios años trabajando en países como Nigeria, Sudáfrica, Estados Unidos, Siria o España -donde escribió reportajes sobre el movimiento antidesahucios y las protestas de los indignados-. "Ese año ocurrieron en Irlanda muchas cosas que generaron un profundo debate social sobre el embarazo y los derechos reproductivos, las personas separadas de sus hijos y el trato que la Iglesia y el Estado habían dado a las mujeres embarazadas y sus bebés. Muchos supervivientes comenzaron a la voz y a contar sus terribles historias, y al empezar a hablar con ellas me di cuenta de que era un problema persistente, que no era algo del pasado o de la historia, sino que afectaba a miles de vidas hoy en día".

De todas esas conversaciones, reportajes e investigaciones nació el espeluznante y conmovedor ensayo La república de la vergüenza (Errata Naturae), que recoge muchos de estos testimonios y glosa el funcionamiento de esta red de instituciones, regentadas por la Iglesia pero apoyadas y sufragadas por el Estado, para ocultar, castigar y explotar a las llamadas "mujeres caídas o descarriadas". Narrado en primera persona, Hogan, hija de padres que nunca se casaron, comprobó con espanto que ella misma y su madre podían haber acabado en un lugar así.

"No hablé con nadie en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones. Nací en 1988, y sólo un año después de que el estado cambiara la ley de ilegitimidad (Legitimacy of Children Act) [hasta 1987 los hijos nacidos fuera del matrimonio tenían en Irlanda un estatus legal inferior], así que si hubiera nacido solo unos meses antes... Al hablar con supervivientes descubrí que muchas mujeres y niñas todavía eran enviadas a estos hogares para madres y bebés en mi época, y que el último, en Donegal, dirigido por laicos, pero con una fuerte influencia de la Iglesia, no cerró hasta 2006", explica. "También descubrí que era algo mucho más común de lo que parece, no hablé con ninguna persona en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones".

Las popularmente conocidas como lavanderías de la Magdalena nacieron en el siglo XVIII para ayudar a mujeres que habían caído en la prostitución, a las que buscaban trabajo como lavanderas o sirvientas, pero en el siglo XX sus prácticas habían cambiado mucho. Regentadas por órdenes de monjas como las Hermanas del Buen Socorro, de la Misericordia, del Sagrado Corazón o las Hijas de la Caridad, estas instituciones repartidas por todo el país se convirtieron en lugares donde niñas y mujeres, llamadas "penitentes" eran encarceladas y condenadas a la servidumbre. Y en los hogares maternales, las mujeres que habían quedado embarazadas fuera del matrimonio eran ocultadas, y en la mayoría de los casos sus bebés eran adoptados, muchas veces ilegalmente.

Miedo, culpa y vergüenza

"En los años 90, mucha gente comenzó a hablar sobre lo que les había sucedido en estas instituciones religiosas y eso erosionó la autoridad y el poder casi omnipotente que la Iglesia había tenido en el país. Se comenzaron a investigar cosas como y el abuso infantil sistémico en escuelas y reformatorios y también los casos de las lavanderías de la Magdalena y los hogares para madres y bebé, descubriendo poco a poco la trama de encarcelamientos, trabajos forzados, abusos sexuales, maltratos físicos, negligencias médicas", explica la autora. El libro relata muchas experiencias escalofriantes de estas "penitentes", algunas enviadas allí por sus propias familias, otras convencidas por monjas y sacerdotes, algunas embarazadas a raíz de violaciones dentro o fuera del hogar familiar...

"Se las obligaba a trabajar gratis y se les negaba cualquier contacto con sus hijos, incluso información. A veces, pasaban toda su vida en estas instituciones hasta su muerte, y muchas llegaron a tomar los votos para mejorar algo su vida. Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes", resume Hogan para quien lo peor de todo era el estigma, "la culpa, el miedo y la vergüenza" que las religiosas inculcaban en las mujeres. "Los embarazos eran tratados como delitos, así que ellas eran tratadas como delincuentes y se hablaba en términos penales de sus embarazos y sus hijos. Lejos de ser refugios u hogares, eran prisiones reales y morales que causaron un daño inconmensurable a generaciones enteras". "Muchas madres vivieron toda su vida en silencio. Lo peor es la sensación de vergüenza, miedo y culpa que se les inculcó"

Y, todo ello ocurrió, como destaca Hogan, con la connivencia del Estado. "Aunque estos centros ya existían, desde 1922 [año de la independencia de Irlanda] fue muy útil para el Estado poder recluir a mujeres y niños en estas instituciones y ceder ese poder a la Iglesia en lugar de tener que mantener a estas familias que consideraban inferiores e inmorales. Hasta los años 70 no existía ningún tipo de apoyo o ayuda social para las madres solteras porque el Estado no las consideraban familias ante la ley y no querían apoyarlas", denuncia Hogan.

"Por eso, estaban felices de enviarlas a instituciones, de pagar su internamiento a las monjas y hacer desaparecer lo que consideraban un problema, la prueba de la sexualidad extramatrimonial, algo que la Iglesia y el Estado afirmaban que no debía existir. Irlanda era una teocracia de facto y en este ideal de nación católica perfecta las mujeres y niñas embarazadas, eran un desafío literalmente físico. Y fueron tratadas como una amenaza y desaparecieron a través de estas instituciones".

El último hogar de este tipo cerró sus puertas en 1998, sin embargo, la sombra de estos lugares sigue muy viva en la memoria irlandesa, donde si bien sigue existiendo una enorme influencia de la Iglesia, la conservadora, restrictiva y patriarcal moral social que permitió la normalización y larga supervivencia de estas instituciones está en extinción, como apunta Hogan con un ejemplo.

"En 2018, el año de la visita del Papa, aprobamos un referéndum a favor del derecho al aborto y de la derogación de la prohibición constitucional del aborto", explica. "Durante la misa papal charlé con varias mujeres de fe para quienes ver al Papa significaba mucho. Pero también habían votado a favor de la derogación de la prohibición del aborto y eran proelección. Y no son casos aislados. La Iglesia debe lidiar con que mucha gente en sus filas cree en una mayor igualdad y libertad de la que ellos ofrecen actualmente".

En busca de justicia

En 2021 se publicó, tras varios retrasos, el informe de la Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés, y los datos fueron demoledores. Casi 60.000 madres solteras y unos 57.000 niños, de los cuales más de 9.000 murieron, pasaron por los hogares investigados por la comisión en esos más de 70 años, la mayoría entre las décadas del 60 y 70. Se sucedieron las disculpas públicas, del Taoiseach Micheál Martin al propio Papa Francisco, pero, como denuncia Hogan, los resultados han sido más bien escasos.

"El Estado está dilatando y restringiendo las indemnizaciones, pero si los afectados mueren sus familias seguirán reclamando justicia". "En cuanto a la Iglesia, las órdenes religiosas implicadas se han negado, en su mayoría, a ofrecer compensación económica a las víctimas e incluso a ofrecer información a muchos supervivientes sobre sus hijos o mares, lo que es terrible", lamenta. "En Bessborough, hogar ubicado en Cork, sabemos hoy que murieron más de 900 niños, pero aún desconocemos dónde están enterrados más de 800".

Sin embargo, la periodista considera todavía más mezquina la actitud del Gobierno irlandés. "Se aprobó un plan de reparaciones del que, de golpe, se excluyó a unos 20.000 supervivientes de forma arbitraria, con excusas tan peregrinas como que no habían pasado más de seis meses en estos hogares. Además, de los 800 millones de euros previstos, hasta ahora sólo se han gastado 55", denuncia.

También, abunda, se les niega a muchos su identidad real, prohibiéndoles acceder a sus historiales médicos y partidas de nacimientos, incluso amparándose en las leyes de protección de datos de la Unión Europea. "Todas las promesas comienzan a parecer pura palabrería. La mayoría de esta gente sólo quiere respuestas, saber donde está enterrado su bebé o su madre. El Estado está dilatando, negando y restringiendo las indemnizaciones, pero no entienden que si los afectados mueren sus familias continuarán reclamando justicia. El silencio se ha roto y la verdad, al final, triunfará", concluye.

lunes, 19 de enero de 2026

La desamericanización del mundo según Pankaj Mishra

 Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo, por Pankaj MishraEl País,18 ene 2026

La civilización universal que ofrecía Estados Unidos solo era un espejismo. Su desaparición es posiblemente más esclarecedora y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Casi un año después de la llegada de Donald Trump al poder, da la impresión de que lo que define el carácter actual de EE UU no es la democracia, ni la libertad, sino el supremacismo blanco violento

En 1990, mientras el comunismo soviético se derrumbaba y parecía que estábamos ante el fin de la historia, el escritor V. S. Naipaul alabó la americanización del mundo. En una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute, una institución neoyorquina de derechas, afirmó que la idea estadounidense de la búsqueda de la felicidad había puesto fin al largo debate ideológico sobre qué vida y qué sociedad eran mejores y estaba creando una civilización universal.

El americanismo que expresaba Naipaul en 1990, tan lleno de seguridad en sí mismo, nacía de una realidad innegable: con la caída del comunismo, quienes habían intentado construir sociedades socialistas o socialdemócratas habían sufrido una pérdida decisiva de legitimidad y credibilidad. Estaba asentándose la idea de que la historia misma había desembocado en la democracia y el capitalismo de estilo estado­unidense. En 1999, el columnista de The New York Times Thomas Friedman podía anunciar sin reparos: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”.

Sin embargo, en 2026 es difícil evitar la sospecha de que la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal. Era un espejismo muy seductor y su desaparición constituye un momento de enorme gravedad, posiblemente más esclarecedor y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Además, el mundo, que ha pagado un precio demasiado alto por la búsqueda de la felicidad de una pequeña minoría estado­unidense, debe someterse a una rápida desamericanización, intelectual, espiritual y geopolítica.

Mientras Trump estrangula a Venezuela y amenaza a Groenlandia, da la impresión de que lo que define el carácter actual y el destino de Estados Unidos no es la democracia, sino el supremacismo blanco violento. Esta realidad supone una reivindicación de los historiadores que han trabajado para crear un gran archivo de estudios sobre las prácticas estadounidenses de esclavitud, genocidio e imperialismo racista. Pero también necesitamos comprender la novedad histórica que supuso esa civilización universal, su atractivo y su extraordinaria hegemonía como sistema de creencias durante cuatro décadas, capaz de formar ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos en todo el mundo. Solo entonces podremos empezar a esbozar el mundo desamericanizado que está por venir.

El premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Miłosz escribió: “Los estadounidenses aceptaban su sociedad como si fuera un producto del propio orden natural; estaban tan convencidos de ello que tendían a compadecerse del resto de la humanidad por haberse desviado de la norma”. Pero la gran anomalía en la historia de la humanidad ha sido precisamente Estados Unidos. Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

Estados Unidos inició su ascenso a principios del siglo XX con una extraordinaria variedad de productos de consumo —los automóviles Ford, el cine de Hollywood, las máquinas de coser Singer, las maquinillas de afeitar Gillette—, por lo que no solo se convirtió en imperio, sino también en un emporio comercial, y encabezó una revolución dentro del consumo de masas mediante la creación de unas necesidades materiales, sociales y psicológicas antes desconocidas.

La expansión estadounidense fue acompañada de unos valores de igualitarismo sin precedentes. Este espíritu democrático peculiar se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como “el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense”. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos.

El imperio estadounidense, que hacía que toda resistencia en su contra pareciera antidemocrática, enfermizamente radical o reaccionaria, creció durante las guerras mundiales que devastaron Europa y gran parte de Asia. A partir de 1945, fue acogido con gratitud por los líderes de Europa occidental, que pensaban que era fundamental intensificar la presencia del aliado norteamericano en el continente para garantizar su propia supervivencia.

Pero el “poder blando” de Estados Unidos en la Europa de la posguerra no se limitó al soborno de políticos europeos, los incentivos económicos que ofrecía la CIA a intelectuales anticomunistas y la sutil propaganda de la Voz de América y el International Herald Tribune. Ya en 1930, Cesare Pavese, uno de los escritores italianos que se sentían asfixiados por el fascismo, decía que la ficción estadounidense ofrecía “el testimonio de una vida vivida con mucho —quizás demasiado— entusiasmo”. Años más tarde, en esa misma década, un joven Italo Calvino “sentía”, al pasar por un cine que proyectaba películas estadounidenses en su pequeña ciudad italiana, “la llamada de ese otro mundo que era el mundo”.

A partir de 1945, Estados Unidos reforzó la difusión de una cultura popular capaz de seducir con su alegría y su optimismo a un mundo lleno de dificultades, sobre todo a las generaciones jóvenes. El nuevo espíritu estadounidense depositaba la responsabilidad del desarrollo personal en el aumento de los ingresos y el consumo; vinculaba la autoestima de cada persona a la envidia y la comparación con los bienes materiales de los demás. Como consecuencia, Estados Unidos generó una gran transformación mundial de la propia imagen individual y colectiva; los irresistibles cultos del Nuevo Mundo al hedonismo, la abundancia y la inmediatez pusieron en tela de juicio y, muchas veces, derribaron los modelos tradicionales de realización personal y trascendencia.

En muchas sociedades no occidentales, el modelo de adaptación individual a la sociedad moderna había subrayado un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social, pero este modelo quedó obsoleto cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder.

A pesar de la desindustrialización de la economía estadounidense, esta siguió produciendo novedades constantes: Google, el MacBook, eBay, Wikipedia y Amazon, entre otras. Las tecnologías digitales norteamericanas fueron las primeras en ofrecer una rápida gratificación de dopamina a personas aisladas que vivían en unas sociedades cada vez más atomizadas. Las redes sociales, al mismo tiempo que prometían la libre expresión y el empoderamiento político, contribuyeron a universalizar un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.

Hoy, sin embargo, los gigantes de Silicon Valley como Meta y X respaldan a Trump, el principal beneficiario de una corrupción política, mental y espiritual generalizada a través de las redes sociales; y da la impresión de que los modelos estadounidenses de individualismo han sido una forma de engaño. Durante todo este tiempo, mientras prometían a los seres humanos un poder y una identidad extraordinarios, estaban convirtiéndolos en meros nodos que vomitan datos en las redes digitales: unas automatizaciones que allanan el camino para la IA.

En muchos otros aspectos, nuestro mundo fracturado actual, desde el Caribe hasta Palestina, es consecuencia de una americanización cultural y espiritual temeraria. Hace tiempo que los mercaderes, movidos fundamentalmente por la búsqueda del dinero y el poder, dominan la vida pública de Estados Unidos y las sociedades americanizadas. El hecho de que sus deseos estuvieran totalmente carentes de cualquier valor positivo, como el bien común, o incluso de una mínima preocupación por las consecuencias y la responsabilidad, ha fomentado una tendencia al comportamiento extremista y, en última instancia, al militarismo endémico y al belicismo.

Es posible que Donald Trump y su banda de multimillonarios tecnológicos, criptobros, magnates del petróleo y banqueros en la sombra sean la encarnación inequívoca del Homo americanus, definido por Octavio Paz como un “gigante fanático” que “no padece de soberbia”, sino que “es sencillamente un sin ley”. Pero la interminable “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos, que causó la muerte y el desplazamiento de millones de personas en el sur de Asia, Oriente Próximo y el norte de África y que no acarreó ningún castigo para sus defensores políticos y periodísticos, ya había puesto de relieve que la clase dirigente estadounidense recurría cada vez más a la fuerza bruta para mantener su hegemonía mundial. La prueba más llamativa de una dinámica global incontrolable de nihilismo es que, en Estados Unidos, los políticos, tanto demócratas como republicanos, y los periodistas, tanto progresistas como de derechas, siguen siendo aliados de un régimen explícitamente genocida en Israel.

Hoy puede resultar extraño que una sociedad de inmigrantes, tan profundamente definida (y limitada) por las necesidades sociales y psicológicas de los exiliados y los desarraigados, se considerara a sí misma un modelo —la ciudad sobre la colina— que el resto de la humanidad debía emular. Pero más extraordinario todavía es que gran parte de la población mundial aceptara sin más esa declaración.

Durante décadas, el sueño de la emancipación a través de la modernidad estadounidense capturó la imaginación política y moral de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo. Estados Unidos se convirtió en una segunda patria para asiáticos y africanos, igual que París o Londres habían sido en otro tiempo las ciudades de adopción de muchos europeos y latinoamericanos.

Ahora hay millones de personas de todo el planeta en estado de shock al ver a Trump encabezando un movimiento de extrema derecha que se opone ferozmente en todo el mundo libre a la inmigración y desprecia toda posibilidad de humanidad común, justicia social o igualdad de derechos. No es exagerado decir que el descontento que está aflorando en todo el mundo respecto a Estados Unidos es seguramente un fenómeno más amplio y traumático que la desilusión de los románticos europeos del siglo XIX con la Francia revolucionaria o la pérdida de fe de mediados del siglo XX en el dios (comunista) que había fracasado.

Llevar a cabo una desamericanización del mundo rápida y profunda se ha convertido en un imperativo moral y existencial. Millones de personas seducidas por las tecnologías digitales estadounidenses porque les prometían la emancipación personal han sufrido la manipulación de la mente y el espíritu por la avalancha de desinformación. Incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.

Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano, las clases políticas y mediáticas de Europa occidental, que son incapaces de romper su larga y lucrativa historia de amor con Estados Unidos. Las élites no están preparadas para diagnosticar el mal que ha provocado desde hace tiempo un espíritu social de codicia, miedo y rivalidad en sus propias sociedades. Tampoco pueden empezar a comprender la experiencia generalizada de indefensión intelectual y espiritual que vivimos hoy.

Por suerte, la necesaria desamericanización del mundo no dependerá de ellos. En las últimas décadas, las revoluciones democráticas y del conocimiento en Asia, Latinoamérica y África han dado a luz una sociedad civil de movimientos transnacionales. Las redes no estatales y muchos grupos de interés por encima de las fronteras han reunido a activistas preocupados por los derechos humanos, la pobreza, la justicia ecológica, la vivienda social y la igualdad de género, ya sea en la India o en el Amazonas.

Justo cuando empezaba a ser evidente que el sueño americano no era más que un sueño, dos papas sucesivos con experiencia en América Latina asumieron el liderazgo moral del mundo con sus encíclicas sobre el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. La religión tradicional se ha tergiversado y convertido en una farsa en manos de sus beatos representantes estadounidenses, como J. D. Vance, o de un clero español que abraza a la extrema derecha. Aun así, para construir un orden social genuinamente igualitario, sostenible y justo y luchar contra problemas como el cambio climático y la inteligencia artificial, hace falta la sabiduría filosófica acumulada durante el largo pasado de la humanidad.

Por supuesto, son necesarias nuevas instituciones mundiales de coordinación económica y política. Pero la desamericanización requiere asimismo que cada persona cambie por completo su forma de percibir el significado y el marco general de su propia vida, su manera de actuar en la relación interdependiente con los demás y con el mundo natural. Ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 1969) es novelista y ensayista. Es autor de libros como La edad de la ira (2017), Fanáticos insulsos (2020) y El mundo después de Gaza. Una breve historia (2025), todos en Galaxia Gutenberg.

Alexander von Humboldt, un intelectual prusiano contra la leyenda negra

 El informe olvidado de principios del siglo XIX que ya combatió la leyenda negra y la idea del genocidio en América, en Abc de Madrid, por Israel Viana, 18/01/2026: 

Se público en 1826 y ofrecía datos «muy detallados, serios y completos», pero cayó en el olvido

En verano, Richard Kagan (Nueva Jersey, 1943) contaba a ABC que, cuando tuvo al gran John Elliot como tutor en los cursos de doctorado durante la década de 1960, todo el mundo en Gran Bretaña y Estados Unidos le preguntaba, «con cierto prejuicio», por qué había decidido estudiar historia de España. Algunos iban más allá y juzgaban su decisión con la siguiente pregunta: «¿Pero qué ha hecho España de la civilización a lo largo de la historia?». El profesor emérito de la Universidad John Hopkins, considerado desde hace décadas uno de los grandes especialistas en la historia moderna de nuestro país, se sorprendía y se sigue sorprendiendo ante semejante desconocimiento:

«Ese prejuicio tenía una larga tradición. El otro día, en un encuentro, me preguntaron por el declive de España y yo les decía: '¿Declive? Bueno, España mantuvo su imperio durante tres siglos, hasta el siglo XIX… ¡No está mal! Y en Cuba ganó más dinero en un siglo gracias a la esclavitud y el azúcar que todos los beneficios de la plata de Potosí en México en los siglos anteriores. Lo que ocurrió en España no fue un desastre total, como se quiere hacernos creer», añadía Kagan durante la entrevista.

«Lo cierto es que ese prejuicio tenía una larga tradición», aseguraba el profesor de la Universidad John Hopkins. Su origen, sin embargo, no está del todo claro, aunque algunos investigadores se han remontado hasta el siglo XIV para establecer cuándo empezó este «odio», este relato crítico con nuestro pasado, antes incluso del descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón. Es decir, mucho antes de que comenzara la conquista del 'nuevo' continente en la que se ha centrado, sobre todo, la leyenda negra en los últimos siglos.

Aunque fue Julián Juderías el responsable de convertir este relato propagandístico antiespañol en un concepto histórico reconocible con un famoso estudio de 1914, lo cierto es que también hubo voces que, mucho antes, intentaron tumbar estas críticas. «Por virtud de un prejuicio muy generalizado en Europa, hay la creencia de que se han conservado en América muy pocos indígenas de tinte cobrizo. En la Nueva España, el número de indígenas se eleva a dos millones, contando únicamente los que no tienen mezcla de sangre europea. Y lo que es más consolador aún, lejos de extinguirse, la población india ha aumentado considerablemente durante los últimos cincuenta años , como lo prueban los registros de la capitación y los tributos», escribía Alexander von Humboldt a principios del siglo XIX.

Humboldt

Quien escribía estas palabras no era precisamente sospechoso de regalar los oídos a los imperios coloniales europeos en lo que respecta al trato que dieron a los indígenas tras el descubrimiento de América. Es más, su constante militancia contra la esclavitud, entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, le granjeó una gran cantidad de enemigos en la Corona española, la corte de Berlín y el gobierno de Napoleón Bonaparte. Pero Alexander von Humboldt (1769-1859) lo tuvo claro durante su largo viaje de investigación por los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos, entre 1799 y 1804, donde llegó a la conclusión de que si Europa hubiera visto con otros ojos la riqueza que había en la diversidad cultural del viejo continente, «habría encontraría soluciones a la guerra, la opresión y la abominación de la esclavitud», aseguraba a la BBC, hace un año, la historiadora de la ciencia Laura Dassow Walls.

Lo que nadie pone en duda hoy es que aquella expedición transformó nuestra visión de la naturaleza, hasta el punto de que algunas ideas fundamentales del ecologismo actual se alimentan aún del trabajo del famoso naturalista y geógrafo alemán. La prueba de su legado es que, 250 años después de su nacimiento, su nombre es el que más lugares, accidentes geográficos, plantas y animales del mundo tiene en su honor. Pero lo que nos interesa aquí son sus sorprendentes (y más desconocidos) estudios sobre la esclavitud en América, que tumbaron ya hace doscientos años la leyenda negra difundida contra España sobre el trato que dio a los esclavos y el número de ellos que tenía en sus dominios.

Como advierte Humboldt en su 'Ensayo político sobre la isla de Cuba' (1826), él solo quiso «explicar este fenómeno y precisar sus conceptos mediante comparaciones y ojeadas estadísticas». Y así, con todos los datos recogidos durante sus cinco años en América, escribió la prédica liberal más importante contra este fenómeno en el mundo atlántico durante el siglo XIX. Tan mal sentó, que John S. Thrasher suprimió el mencionado capítulo en su traducción de 1856, pues atentaba contra uno de los pilares de la economía europea, lo que llevó al autor a protestar enérgicamente en público.

Haití

El origen de su investigación se encuentra en la revolución de Haití, después de que los esclavos de las plantaciones de la región de Acul, al norte de Saint-Domingue, se levantaran en 1791. Aquella revuelta que culminó el 1 de enero de 1804 con la proclamación de la primera república negra de la historia, justo cuando Humboldt regresó a Europa de su larga estancia en América, le dio mucho que pensar. El impacto fue tan fuerte que, en 1807, se suprimió en Gran Bretaña el comercio de africanos con sus colonias. En España se intentó cuatro años después. Según cuentan Marieta Cantos, Fernando Durán y Alberto Romero en 'La guerra de pluma: sociedad, consumo y vida cotidiana' (UCA, 2006), el diputado José Guridi Alcocer pidió en las Cortes de Cádiz «un plan para abolir la esclavitud, la regulación de que los hijos de esclavos fueran libres desde su nacimiento o, en su caso, abonarles un salario para que pudieran comprar su libertad a la larga», pero se encontró con fuertes críticas de los diputados cubanos y el problema no se resolvió.

Cuando los antiguos esclavos , ahora soldados y oficiales de un ejército independiente, proclamaron la independencia de Haití en 1804, Humboldt todavía no tenía escrita ni una palabra en sus diarios sobre este importante acontecimiento. «A pesar de ello, cuando fue a Venezuela en 1799 ya era enemigo de la esclavitud. Y aunque no escribió nada sobre los esclavos, sí hizo una larga excursión a las plantaciones de sus conocidos oligarcas esclavistas y atendió a los debates de la élite sobre el mejoramiento tecnológico de la esclavitud. Además, en La Habana conoció al Adam Smith de las economías de plantación de América, Francisco de Arango y Parreño, quien había realizado algún estudio comparativo previo. El alemán, sin embargo, necesitó más tiempo y empezó a a escribir sobre rebeliones , conspiraciones, esclavos y esclavitud hasta su segunda estancia en Cuba en 1804», comenta Michael Zeuske en su artículo 'Alexander von Humboldt y la comparación de las esclavitudes en las Américas' (Universidad de Colonia, 2005).

Es aquí donde llegan las sorpresas cocinadas a fuego lento por Humboldt a la luz de sus estadísticas. «Si se compara Cuba con Jamaica, el resultado parece estar a favor de la legislación española y de las costumbres de los habitantes cubanos . Estas comparaciones demuestran, en esta última isla, un estado de cosas infinitamente más favorable a la conservación física de los negros y a su concesión de la libertad», apunta Humboldt en su «Ensayo político sobre la isla de Cuba», publicado veinte años después de su viaje a América, cuando la esclavitud no solo seguía sin ser erradicada, sino que florecía en todo el Caribe. «Sigue siendo el mayor de todos los males que han atormentado a la humanidad», asegura.

Las estadísticas

Uno de los resultados más importantes del trabajo de Humboldt es su amplio y detallado análisis de la población india y negra en la sociedad colonial hispanoamericana. Con respecto al primer grupo, según explica el director del Centro de Investigaciones hispanoamericanas de la Universidad de París X, Charles Minguet, en su artículo 'La América de Humboldt', nuestro protagonista «logró barrer un montón de errores acumulados durante siglos por los escritores de la Leyenda negra , que habían derramado torrentes de lágrimas sobre los Indios, sin haber visto nunca a un solo representante de ellos».

«Los datos que da Humboldt son estadísticos —añade— y, gracias a ellos, la Europa culta y ensordecida durante todo el siglo XVIII por los gritos de horror de los indianistas lacrimosos se entera de que existen, en las posesiones españolas de América, 7,5 millones de Indios y 5,5 de mestizos. Es decir, un total de 13 millones de indios y mestizos o mulatos, que representan el 80% de la población total de Hispanoamérica . Estas cifras significan que, a finales del siglo XVIII, la población amerindia había alcanzado o sobrepasado la cifra supuesta en vísperas de la Conquista».

Datos «serios y completos»

Con respecto a la presencia de población negra en la América española, Humboldt también ofrece, en palabras de Minguet, datos «muy detallados, serios y completos» que provocan sorpresas a los defensores de la Leyenda Negra. De estas estadísticas, el profesor de la Universidad de Paris X deduce los siguientes puntos:

1) Entre 1800 y 1820, de los 6.443.000 negros (esclavos y libres) de toda América, la América española tiene solamente 776.000 . El número de los esclavos representa solamente el 4% de la población total de Hispanoamérica y no el 8% como han pretendido. Es decir, entre 500 y 550.000 esclavos en una población de 15 millones de habitantes, poco más o menos, mientras que en las Antillas francesas e inglesas, la proporción era de 80 a 90% y en los Estados Unidos del 16%.

2) Los esclavos transportados a la América española representan solamente la decimoquinta parte del número total transportado durante tres siglos por los países europeos.

3) En las colonias españolas, los esclavos manumisos eran mucho más numerosos que en otras partes: 18% en Cuba, 3% en América del Norte, 10% en las Antillas inglesas. El hecho se debe a la costumbre que tenían los dueños españoles de dar la libertad a sus esclavos por testamento.

4) En Cuba, la población libre, entre blancos, negros y mulatos, representaba el 64% de la población de la Isla en 1820.

5) Y si examinamos la legislación negrera española, sobre todo el Código Carolino de 1789, notamos que se aleja mucho del catálogo atroz de tormentos, suplicios y mutilaciones previstos en los códigos de Francia e Inglaterra de la misma época. Sin duda, sabemos que, a menudo, no se aplicaban en las colonias todas las disposiciones legales dictadas en la metrópoli. «Pero reconozcamos con Humboldt que la moderación de los textos, las costumbres y la influencia de la religión permitieron un trato más humano. Y que todos esos elementos contradicen los prejuicios europeos que atribuían a los españoles abusos y crímenes cometidos por otros», concluye Minguet.

Posición antiesclavista

Nuestro protagonista, dada su posición antiesclavista, no tenía por qué blanquear la política de España con respecto a la esclavitud en sus territorios americanos, sobre todo en una época en la que la mayoría de las sociedades europeas estaban preocupadas por si la situación de Haití podría tener consecuencias en sus colonias y en «su» comercio de esclavos. Y, de hecho, no lo hizo, porque se granjeo enemigos en España muchos enemigos por su intransigente posición contra este fenómeno, a pesar de los muchos argumentos que escuchó por parte de los propietarios de esclavos.

Algunos críticos han querido ver en su análisis sobre España en América que la corona financió parte del viaje de Humboldt a América, pero lo cierto es que su posición antiesclavista en todos los territorios —incluidos los españoles— fue creciendo durante su expedición. Y aún así, «para él la esclavitud no fue una institución española, sino una institución de las élites locales, es decir, de los criollos. La observaba dondequiera, también en lugares donde no se espera esto, como por ejemplo en Ciudad de México», añade Zeuske.

El viajero prusiano descubriría que la legislación negrera española estaba muy lejos de los suplicios y atrocidades previstas en la legislación francesa e inglesa. Para Humboldt, las causas principales del trato más humano recibido en los territorios de España se encontraban tanto en los textos legislativos como en la influencia de la religión y las costumbres sociales. Y viene a reconocer que la realidad contradecía los prejuicios europeos , que atribuían a los españoles abusos y crímenes cometidos por otros.

Tal y como defiende Juan Sánchez Galera en 'Vamos a contar mentiras' (Edaf, 2012), y mal que les pese a los seguidores de la propaganda antiespañola, los monarcas hispanos no consolidaron la conquista de América a sablazo limpio, sino gracias a un ejército de maestros y curas. Frente a quienes presentan a los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo como crueles genocidas, el historiador afirma que Leyes de Indias que reglaron la vida en aquellas colonias supusieron el origen de lo que hoy conocemos como Derechos Humanos. «Los indios, fuera de ser unos desposeídos, son propietarios de pleno derecho de aquellas tierras que trabajan, y del rendimiento de las mismas pagan un tributo o servicio a su encomendero, quien a su vez tiene obligación de protegerlos y cristianizarlos. Como toda institución humana, la encomienda dio lugar a ciertos abusos, y en contados casos, incluso degeneró en una especie de esclavitud encubierta », defiende.

sábado, 17 de enero de 2026

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros

miércoles, 14 de enero de 2026

Jorge Verstrynge publica sus memorias. Entrevista.

 Jorge Verstrynge, politólogo: “La derecha española enloquece cuando ve el poder cerca”, en El País, Sergio C. Fanjul, Madrid - 14 ene 2026:

Rara avis’ política, nacionalbolchevique y populista, fue secretario general de Alianza Popular bajo la presidencia de Manuel Fraga y luego transitó hacia espacios de izquierda. Ahora publica sus memorias

Jorge Verstrynge (Tánger, 77 años), politólogo, expolítico, profesor de la Complutense, es un rara avis ideológico que transitó el poco frecuentado camino de la derecha, como secretario general de Alianza Popular, a la izquierda, como simpatizante de Podemos después de pasar por el PSOE. Recibe en su casa de Madrid, rodeada de pavos reales y árboles con grandes hongos. En la puerta han colocado una biblioteca para el vecindario, o sea, para el pueblo, y el primero que sale a recibir es su enésimo perro boxer, raza de su predilección desde que, de niño, uno “le adoptó”.

Ahora Verstrynge publica sus memorias políticas, sobre todo centradas en su etapa en la naciente AP, bajo la presidencia de Manuel Fraga: Memorias de un transeúnte (El Viejo Topo). ¿Transeúnte? “Bueno, supongo que es porque he estado recorriendo varias posibilidades políticas…”. Pero siempre se define como nacionalbolchevique y populista.

Pregunta. Parece que se ha movido mucho para no moverse tanto. ¿Qué es eso de nacionalbolchevique?

Respuesta. Siempre lo he sido, aunque aquí suene exótico (no tanto en Alemania). Es muy sencillo: es deseable una revolución socialista, incluso comunista, pero no es posible realizarla en tanto el país no sea independiente. Sin independencia no hay revolución: es el resumen al que he llegado. Yo tengo sentido patriótico, aunque tenga tres países: Marruecos, donde nací, Francia y finalmente España.

P. ¿Y populista?

R. La democracia por y para el pueblo parece que no funciona, así que me han gustado aquellos líderes que recurren a plebiscitos o referéndum, o que son elegidos por sufragio directo, como Charles de Gaulle en Francia. Todo eso da al pueblo la posibilidad de intervenir.

P. De Gaulle es para usted una referencia ineludible.

R. De Gaulle es considerado como un señor de derechas, pero era más complicado que todo eso. Hay estudios que intentan demostrar que el gaullismo fue un comunismo de derechas... Yo creo que tampoco tanto, pero sí un socialismo bastante avanzado. Ahí se levanta el Estado de Bienestar francés y se nacionalizan muchos sectores. Yo pensé que eso podría ser en España… y que sería Manuel Fraga.

P. ¿Y lo fue?

R. A veces pensé que sí, cuando decía que había que crear una red para que ningún español cayera en la miseria. Pero lo suyo era un gaullismo autoritario.

P. ¿Fraga tenía mala leche?

R. Depende con quien, lo cual es peor, depende de si trataba a un marqués o un subordinado. Pero no hay que exagerar: no era un tirano, pero si veía que no había forma de llegar a una solución, se imponía. Era un tipo paradójico: generoso y duro, de una gran cultura, con gran capacidad memorística, con gran sentido del servicio, pero al mismo tiempo con una ambición de poder muy importante. Cuando llegaba un sondeo que le daba subidas lo terminaba jodiendo, porque volvía a planteamientos más radicales.

P. Como si tuviera vía libre.

S. Exacto. En las últimas elecciones en las que participé vinieron buenos datos. Entonces, en un mitin en Valencia o Alicante, no recuerdo, al lado del obispo, empezó a decir que no al divorcio, que no al aborto… Una parte de AP, yo incluido, quedamos estupefactos. ¡Se ha vuelto loco! La derecha española enloquece cuando ve el poder cerca o cuando ve que se le escapa. Lo he visto en Fraga, también en Aznar.

P. En AP usted tuvo que levantar el partido territorialmente y trató de evitar su derechización.

R. Fui secretario de Estudios, luego de Organización, luego General, también diputado… Fraga me quería preparar para sucederle, quería que pasase por todas las comisiones del Congreso, empezando por Interior. Ahí me quité de en medio: Fraga quería aplicar a ETA el decreto Noche y Niebla (Nacht und Nebel) que utilizaban los nazis contra la Resistencia.

P. ¿Qué es eso?

R. Se trataba de hacer desaparecer sin rastro a la gente. Y yo me negaba a aplicar eso con mi propia gente, porque eran españoles. Si la lucha con ETA era una guerra, pues que se dijese claro. Mientras tanto, eran españoles, que podrían merecer un trato duro, acabar en la cárcel, incluso pena de muerte si se decidiese legal, pero no acabar en un cubo de cemento tirado en la bahía. Y Fraga no era el único que quería hacer la guerra sucia, porque estaba claro que aquello era insostenible y que iba a haber un golpe de Estado.

P. ¿Por qué?

R. Cada vez que íbamos al País Vasco era a enterrar a alguien. Recuerdo los entierros, la gente acojonada… En uno de ellos, de pronto un ayudante, Javier Carabias, se me puso a gritar: “¡Vámonos de aquí, vámonos de aquí!”. Decía que había escuchado a alguien decir: “¿Le matamos ahora o no?”. Era de locos. Una vez llegué a la comandancia de la Guardia Civil de San Sebastián. Me dijeron que ellos dominaban un radio de siete kilómetros. ¿Y fuera? Fuera es ETA.

P. Y hubo un golpe.

R. Sí, ETA sirvió de excusa, pero así un rey que no era legítimo, como Juan Carlos I, se logró legitimar por su supuesta oposición al 23-F. Supuesta, digo, porque luego se ha sabido que fue uno de los inductores.

P. Usted no quería que AP fuera un partido de derechas.

R. Claro, porque yo no lo era. Yo no soy creyente, me la refanfinflan las tradiciones, soy repartoso, me gusta que se reparta la riqueza… Pero ahí encontré la posibilidad de modificar la realidad. Luego me di cuenta de que ellos iban por su camino y yo iba por el mío.

P. ¿Qué hubiera hecho si hubiera llegado a presidente?

R. Como dice mi mujer, no mucho, porque me hubieran puesto una bomba a los tres días. Hubiera nacionalizado la banca, las compañías de seguros, las grandes superficies, las eléctricas, la industria pesada y la automovilística… Así que, de alguna manera, me alegro de no haber llegado.

P. Luego se hizo del PSOE.

R. Sí, pero cuando yo llegué ellos ya volvían. Me llegó al alma ver que apoyaban la guerra en Serbia. Y también me decepcionó cuando dijeron que había que domiciliar las cuotas en los bancos: un montón de militantes no tenían por qué tener una cuenta. O cuando Felipe González dijo que los que estaban contra el PSOE eran los orillados por la mundialización: era su trabajo que no fueran orillados, o, en todo caso, socorrerlos. Así que me quedé enseñando en la facultad.

P. ¿Por qué es más común que la gente se derechice con la edad, y no a la inversa?

R. Porque la gente se hace excesivamente prudente... o prudente a secas.

P. ¿La izquierda es imprudente?

R. La izquierda, si es izquierda, es osada. Y si no es osada, no es izquierda.

P. Usted llegó a Podemos.

R. Sí, surgió como un movimiento populista transversal…. Estaba en la universidad cuando apareció, me avisó Juan Carlos Monedero de que estaban haciendo un partido. Me interesó porque iba a las manifestaciones del 15M y la gente no tenía a quién votar. Y ayudé, aunque no siguieron todos mis consejos. No hicieron una implantación territorial profunda que amortiguase un retroceso electoral. Y chocaron contra el estado profundo, que se los cargó. Y después me jubilé. Siempre he estado buscando el sitio, y, en el fondo, puedo decir que no lo he encontrado.

P. ¿Cómo ve a la izquierda?

R. La izquierda se ha salchichoneado en diferentes colectivos, las mujeres, los inmigrantes, los obreros, la clase media… Y la derecha está encantada con eso. El pueblo unido jamás será vencido, pero si no está unido, está follao.

P. ¿Cuál es su postura con respecto a la migración?

R. La inmigración surge en Europa por un interés empresarial: la mano de obra barata. Ya Karl Marx habló del ejército de reserva que son los parados, y cuando no son parados, pues se traen de fuera. Cuando los alumnos se enfadaban conmigo por esto les decía: ¿Conocen alguna patronal que esté en contra de la inmigración ilegal? No estoy dispuesto a que el nivel de vida de las clases trabajadoras se mantenga bajo por una mano de obra extranjera a la que ni siquiera se trata bien. Llamémosle trata de personas. Dicen que es porque los españoles ya no quieren esos puestos; pero es por los salarios de mierda que se ofrecen. Que paguen mejor.

P. ¿Es usted un rojipardo?

R. No sé muy bien si me reconozco en eso, supongo que es por el pardo de los nazis y el rojo de los comunistas. En fin… Yo lo que conozco es el nacionalbolchevismo.

lunes, 12 de enero de 2026

Entrevista al filósofo de 102 años Edgar Morin

 Las reflexiones del filósofo Edgar Morin a sus 104 años: "La sociedad es cada vez más sumisa, debemos pasar a la resistencia", en El Mundo, por Gonzalo Suárez, 8 enero 2026:

El icónico pensador francés hace balance de su más de un siglo de vida en 'Lecciones de la historia', donde condensa en 16 breves lecciones todo aquello que podemos, y debemos, aprender de nuestro pasado. "El día a día domina la vida cotidiana. Olvidamos que vivimos dentro de una historia"

El 8 de julio de 1921, la Comisión de Reparaciones Aliadas decretó que Alemania había incumplido los pagos acordados en el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial. A 8.000 kilómetros de allí, Mongolia declaró su independencia de China con la ayuda de tropas soviéticas. Y algo más cerca de casa, el general Manuel Fernández Silvestre extendió tanto las tropas en el Rif que acabó provocando el Desastre de Annual, que costó 11.500 muertos al Ejército español.

Ese mismo día, que suena casi a prehistoria, un bebé llamado Edgar Nahoum llegaba al mundo en París, en el seno de una familia de judíos sefardíes emigrados de Tesalónica. Pero no fue hasta dos décadas después, al alistarse en la Resistencia antinazi y participar en la Liberación de París, cuando el joven Edgar adoptaría el seudónimo con el que pasaría a la historia como uno de los grandes pensadores de su tiempo. "Mi militancia en la Segunda Guerra Mundial fue uno de los tres hechos que marcaron mi pensamiento, junto con la Guerra Civil española y la desestalinización emprendida por Jruschov", asegura Edgar Morin en una entrevista por correo electrónico, pues una indisposición le forzó a anular la cita acordada.

No es exagerado decir que el pope del 'pensamiento complejo' es el último gran intelectual del siglo XX. Sólo él vivió en primera persona la barbarie nazi que lo arrasó todo. Más tarde se convertiría en un comunista convencido, aunque fuera purgado en 1951 por su afán librepensador. También fue una figura clave en el Mayo del 68, que le pilló como profesor en la Universidad de Nanterre, desde donde narró en directo las revueltas en clarividentes textos en Le Monde.

Hoy, a sus 104 años, Edgar Morin sigue siendo un titán de las ideas que no deja de reflexionar, divulgar y editar libros. El último es Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado? (Taurus). En este ensayo condensa lo aprendido en su vida en 16 breves lecciones de apenas dos o tres páginas. Dice que su esperanza es animar a las generaciones actuales, cegadas por el fulgor de lo inmediato, a que adopten una mirada más amplia: "El día a día domina la política y la vida cotidiana. Vivimos desarraigados del pasado y privados del futuro. Olvidamos que vivimos dentro de una historia".

"Las condiciones históricas son distintas hoy a las de los años 30, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza"

PREGUNTA. ¿Es esa la principal lección de su libro? Porque el momento actual, con su aluvión de acontecimientos históricos, no invita a mirar las cosas con perspectiva...

RESPUESTA. Las perspectivas de futuro son muy inquietantes, sí, pero la experiencia me ha mostrado algo importante: que lo improbable puede llegar a suceder.

P. ¿Le recuerda la situación actual a su infancia y adolescencia en los años 20 y 30?

R. Las condiciones históricas son distintas, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza. Hubo un tiempo no tan lejano en que todavía se podía imaginar un cambio de rumbo, pero parece que ahora ya es demasiado tarde. Ciertamente, lo improbable y, sobre todo, lo imprevisto pueden suceder. No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, con o sin desesperanza, pasar a la Resistencia.

Esta alusión a la Resistencia no parece casual. De ahí que rebobinemos a la infancia parisina que tanto marcó a nuestro protagonista. El pequeño Edgar se crió en los felices años 20, pero la tragedia pronto sacudió su vida. Su madre, Luna Beressi, enferma del corazón, falleció cuando él sólo tenía 10 años y se refugió en el cine, la lectura, el ciclismo y la aviación para sobrellevar la pérdida. En concreto, se enfrascó en Dostoievski, cuya lectura no sólo le sirvió de bálsamo, sino que le instruyó sobre el alma humana y marcó su pensamiento. "La muerte de mi madre ha sido el hecho principal de mi vida", declaró a Le Monde.

Cinco años después, Morin ya dio muestras de su compromiso político. Apenas alcanzada la mayoría de edad, le conmocionó la Guerra Civil y se afilió a organizaciones de apoyo al bando republicano. Al mismo tiempo se las arregló para ingresar en la Sorbona parisina y, tras el éxodo por la invasión nazi, se licenció en Derecho, Historia y Geografía en la Universidad de Toulouse sin dejar de colaborar con la Resistencia. Tan brillante era su currículum que ni siquiera necesitó un doctorado para obtener un puesto en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), la institución de investigación científica más prestigiosa de Francia, casa de 12 Premios Nobel y 10 Medallas Fields de Matemáticas.

Tras casarse con Violette Chapellaubeau, la primera de sus cuatro esposas, Morin emprendió un estudio multidisciplinar de un pueblo de la Bretaña, uno de los primeros ensayos etnológicos de la sociedad francesa contemporánea. También se interesó por prácticas culturales que desdeñaban los intelectuales de su época, lo que le llevó a recorrer América Latina. Defender los derechos de la población indígena se convirtió en otra de las pasiones de su vida.

De todas estas experiencias, Morin extrajo una de sus grandes aportaciones al pensamiento del siglo XX: la idea de policrisis, que acuñó en 1993, décadas antes de que miles de analistas como Adam Tooze se la apropiaran sin citarle. Según él, una policrisis no es sólo una acumulación de crisis sociales, políticas, económicas o ambientales: la clave es cómo interactúan entre ellas. De hecho, resolver un problema de forma aislada puede empeorar el resto de formas impredecibles. Por ello, Morin siempre propone un enfoque global que incorpore la complejidad de las interacciones antes de actuar.

"Conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia"

PREGUNTA. ¿Cómo interpreta la ‘policrisis’ actual: el cambio climático, la aceleración tecnológica, la fragmentación geopolítica, el cansancio democrático...? ¿Se trata de una ‘policrisis’ que abrirá una nueva era histórica? ¿O sólo es la repetición de viejos patrones que consideramos únicos por nuestro egocentrismo histórico?

RESPUESTA. Es una crisis de la humanidad globalizada, con innumerables entrelazamientos, y cuyo desenlace es incierto.

Su otra gran idea es el "pensamiento complejo", un método que busca comprender los fenómenos en su totalidad y al que dedicó la gran obra de su vida: El método, un oceánico tratado de seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004. Su idea clave es que la realidad es un tejido de relaciones y, para comprenderla, hay que mirar al conjunto y las partes a la vez, además de todas sus interrelaciones. Por ejemplo, el pensamiento dialógico defiende que existan dos ideas opuestas a la vez -que en el mundo pueden convivir orden y caos a la vez- sin que se excluyan mutuamente: la vida necesita reglas para funcionar, sí, pero también errores, crisis y cambios para evolucionar.

Con semejante currículum, cuajado de premios internacionales y doctorados honoris causa, hace tiempo que Morin se tendría ganada una jubilación más que honrosa. Sin embargo, su producción se ha acelerado con la vejez, sobre todo desde que fue uno de los inspiradores, junto a Stéphane Hessel, de las revueltas juveniles que recorrieron el mundo en 2011. "Es la primera vez que mis libros se convierten en best sellers", dijo, socarrón, en aquella época.

PREGUNTA. ¿Qué alimenta su curiosidad en esta etapa de su vida?

RESPUESTA.Todo: la vida, el ser humano, el cosmos, el amor, la amistad…

P. En una entrevista reciente en el ‘Corriere della Sera’, dijo que cada fase de la vida le ha dejado su huella…

R. Sí, conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia de todas las edades que he atravesado

P. Me remito, entonces, a su infancia. Estudios recientes dicen que los jóvenes de los países occidentales cada vez conceden menos valor a la democracia: estarían dispuestos a cambiar sus libertades si se les garantiza más seguridad y estabilidad económica. ¿Qué les diría?

R. Intentaría demostrarles que nunca se debe sacrificar la libertad. Entiendo que la falta de una esperanza previsible es un factor que irrita a la juventud. Estamos dominados por formidables poderes políticos y económicos, a la vez que nos amenaza la instauración de una sociedad de sumisión. La primera y más fundamental resistencia es la del espíritu. Esa resistencia prepararía a las generaciones jóvenes para pensar y actuar en favor de las fuerzas de unión, fraternidad, vida y amor –que podemos concebir bajo el nombre de Eros– contra las fuerzas de dislocación, desintegración, conflicto y muerte, que podemos concebir bajo los nombres de Pólemos y Tánatos.

P. Pero sí es cierto que muchos ciudadanos se sienten desorientados por la velocidad del cambio. ¿Qué recursos filosóficos pueden ayudarnos a dar sentido al presente, en lugar de sucumbir al miedo o a la nostalgia?

R. La conciencia de la Historia, con sus azares imprevistos y sus incertidumbres.

P. En sus obras recientes ha hablado de una crisis todavía más profunda que las demás: la crisis del pensamiento, marcada por la simplificación excesiva en detrimento de la complejidad, los sueños y la poesía. ¿Es esa, según usted, la raíz de las demás crisis?

R. Me temo que sí. Hay que resistir a la intimidación de toda mentira proclamada como verdad y a la contagiosa embriaguez colectiva. Es necesario no ceder nunca al delirio de la responsabilidad colectiva de un pueblo o de una etnia. Esto exige resistir al odio y al desprecio. Implica esforzarse por comprender la complejidad de los problemas y fenómenos, en lugar de sucumbir a una visión parcial o unilateral. Requiere investigación, verificación de la información y aceptación de las incertidumbres.

"No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, pasar a la resistencia"

PREGUNTA. También ha criticado la creciente fragmentación del saber: parece que privilegiamos la cantidad de información en detrimento de su calidad. Es decir, disponemos de cada vez más datos, pero nos falta capacidad para establecer conexiones y dar sentido a la realidad.

RESPUESTA. Esa es precisamente la crisis del pensamiento. La experiencia de la gran crisis planetaria y multidimensional que surgió con la pandemia prueba de forma evidente la necesidad de un pensamiento complejo y de una acción consciente de las complejidades de la aventura humana.

P. Usted afirma que el ‘Homo sapiens también puede ser ‘Homo demens’. Es decir: la razón y el delirio coexisten en nosotros. Ahora que parece que el ‘Homo demens’ gana la batalla, ¿cómo puede contraatacar el ser humano?

R. Mediante una toma de conciencia todavía invisible. Es la unión, dentro de nosotros mismos, de las fuerzas de Eros y las del espíritu despierto y responsable la que alimentará nuestra resistencia frente a los sometimientos, las ignominias y las mentiras. Los túneles no son interminables, lo probable no es lo cierto, lo inesperado siempre es posible.

P. Como último gran pensador europeo, ¿qué papel puede desempeñar hoy nuestro continente en un mundo cada vez más polarizado entre China y EE.UU.? ¿Qué renovación cultural o filosófica necesita Europa, que parece paralizada, para recuperar su voz en el mundo?

R. Necesita lo que he formulado como un humanismo regenerado. Ser humanista, hoy, no es solo comprender que los peligros, las incertidumbres y las distintas crisis –la de la democracia, la del pensamiento político, la del desbordamiento del beneficio, la de la biosfera y, por último, la multidimensional de la pandemia– nos han unido en una comunidad de destino. Ser humanista es también sentir, en lo más profundo de uno mismo, que cada uno de nosotros es un momento efímero de una aventura extraordinaria: la aventura de la vida, que dio origen a la aventura humana, la cual, entre creaciones, tormentos y desastres, ha llegado a una crisis gigantesca en la que se juega el destino de la especie. El humanismo regenerado no es solo el sentimiento de comunidad y solidaridad humanas, sino también la conciencia de formar parte de esa aventura desconocida e increíble, y el deseo de que continúe hacia una metamorfosis de la que surja un nuevo devenir.

P. Usted sostiene que "la vida es un combate entre la prosa y la poesía". ¿Cómo lograr que, en un mundo tan desafiante, la prosa no lo invada todo y que preservemos un espacio para la poesía?

R. Cada uno debe intentar vivir poéticamente. Todos los momentos de felicidad contienen una dimensión poética. 

La aspiración a realizarse estando integrado en una comunidad debería ser la primera aspiración humana; la segunda, la de una vida poética. 

No confundo la prosa con la desgracia: en la prosa hay ausencia de alegría; en la desgracia hay presencia de sufrimiento. Aquellos que padecen la desgracia –los encarcelados, los excluidos, los miserables– también están condenados a la prosa, aunque a veces conozcan instantes fugaces de poesía.

sábado, 15 de noviembre de 2025

España ayudó a la independencia de EE. UU., algo que nunca agradecieron. Dossier.

I

 Gonzalo Quintero Saravia: «La guerra contra Gran Bretaña que dio la independencia a EE.UU. fue el mayor éxito de España en el siglo XVIII», en ABC, por Manuel Trillo, 9/10/2025:

La sublevación de las colonias británicas se enmarcó en una guerra mucho mayor entre las grandes potencias europeas en la que la participación española fue decisiva, como destaca 'El enemigo de mi enemigo' (Alianza), la última obra del historiador Gonzalo Quintero Saravia.

«La declaración de independencia era una petición de auxilio a Francia y España». El historiador y diplomático Gonzalo Manuel Quintero Saravia (Lima, 1964), autor de 'El enemigo de mi enemigo' (Alianza Editorial), interpreta el documento de los 'padres fundadores' en Filadelfia en 1776 como una forma de internacionalizar la lucha que los colonos británicos en Norteamérica habían emprendido y atraer así a las potencias europeas, sin las cuales la victoria se antojaba imposible.

El año que viene se conmemorarán los 250 años de aquella declaración que daría lugar a los Estados Unidos de América, hoy la primera potencia mundial pero entonces un puñado de pequeñas colonias en un rincón poco prometedor de Norteamérica.

Lo que pasó a la historia como Guerra de la Independencia o Revolución Americana es objeto de revisión por los investigadores, que tratan de situar el conflicto en su verdadera dimensión: una disputa mucho mayor, a escala global, entre los grandes colosos del momento, en la cual la revuelta colonial no pasaba de ser un teatro más. Y la entrada de España en la contienda fue el factor clave que inclinó la balanza.

La llamada Guerra de la Independencia fue «mucho más que eso», afirma Quintero Saravia en una calurosa mañana de septiembre al pie del Palacio Real desde donde Carlos III gobernó medio mundo.

El periodista de ABC Manuel Trillo, autor de 'La conquista española olvidada' (Crítica, 2025), saca a la luz la toma del fuerte inglés de San José en 1781 tras rescatar en EE.UU. el acta de posesión original. Aquí avanza cómo fue su hallazgo

Para empezar, la propia decisión de las colonias de declarar su separación de la metrópoli fue un intento de no ser vistos como unos simples territorios rebeldes, sino como auténticos estados capaces de negociar con Francia y España, señala el experto, doctor en Historia por la Universidad Complutense y en Derecho por la UNED, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Academia Colombiana de la Historia.

Jugada de riesgo

Apoyar a unos revoltosos que se alzaban contra su rey era una jugada de riesgo, pero la Corte de Carlos III decidió hacerlo en defensa de sus propios objetivos estratégicos, que quedaron por escrito en el pacto con Francia antes de declarar la guerra a Gran Bretaña. El primero de ellos, recuperar Gibraltar, que desde que Gran Bretaña se lo arrebatara en la Guerra de Sucesión española (1701-1713) era una china en el zapato.

Pero los intereses de Carlos III se extendían por muchos otros frentes, a uno y otro lado del Atlántico: recobrar Menorca, reafirmar la presencia en el Caribe, impedir el avance de los ingleses en Centroamérica, revertir sus derechos para el palo de tinte en el Yucatán y expulsarlos de la costa del golfo de México y la Florida.

Los americanos necesitaban imperiosamente a España. «Con Francia sólo no bastaba», recalca Quintero Saravia. La Marina de Luis XVI era inferior a la británica y sólo añadiendo la de Carlos III se conseguiría la superioridad naval. España y Francia sumaban 129 navíos de línea en 1781, frente a los 117 británicos, según Larrie D. Ferreiro, autor de 'Brothers at Arms' (editado en español como 'Hermanos de armas', Desperta Ferro) y finalista del Premio Pulitzer.

Ferreiro sostiene que el dominio de los mares era clave: «La Guerra de la Independencia no se ganó en Yorktown, sino a través de las alianzas marítimas», afirmó en un reciente simposio en el Constitution Hall de Washington, a unos pasos de la Casa Blanca, bajo el título 'España y el nacimiento de los Estados Unidos'.

Dos tercios de EE.UU.

El evento, organizado por el Queen Sofía Spanish Institute, las Daughters of the American Revolution (Hijas de la Revolución Americana) y la Fundación Ramón Areces, en colaboración con la Oficina Cultural de la Embajada española y con el asesoramiento del propio Gonzalo Quintero Saravia, reunió a destacados especialistas y sirvió de aperitivo para los numerosos actos que se avecinan con motivo del 250 aniversario de la declaración de independencia.

Junto al dominio de los océanos, España ofrecía otras ventajas con las que Francia no contaba. Mientras que esta había perdido todas sus posesiones en América del Norte, los españoles disponían de dos tercios de lo que hoy es territorio continental de EE.UU. Gracias a ello, podían proporcionar a las tropas rebeldes los suministros que necesitaban a través de Nueva Orleans y el Misisipi, sorteando el control británico de sus puertos coloniales. Además, los astilleros de La Habana permitían reparar los buques en caso de sufrir daños, «una ventaja táctica monumental», destaca Quintero Saravia.

Del mismo modo, les podían hacer llegar dinero en pesos acuñados en la ceca de Ciudad de México, una divisa muy demandada por los propios americanos ante la devaluación de la suya.

«Con la entrada de España, el bando aliado podía golpear donde quisiera, cuando quisiera y como quisiera», Gonzalo Quintero Saravia

En definitiva, con España en la guerra «el bando aliado hispanofrancés podía golpear donde quisiera, cuando quisiera y como quisiera», mientras que los británicos debían redistribuir ahora sus fuerzas para defender las costas de Inglaterra, Gibraltar o la India, sin poder concentrarlas contra los insurgentes norteamericanos.

En un primer momento, el apoyo español se tradujo en el suministro encubierto de armas, municiones, pólvora, pertrechos, mantas, tiendas de campaña… Ya antes incluso de la primera refriega con los casacas rojas en 1775, comerciantes españoles buscaban armas para los colonos, que se hicieron llegar inicialmente por medio de la empresa Roderique Hortalez et Cie. y luego de la bilbaína Gardoqui e Hijos. A ello se sumarían ingentes sumas de dinero, tanto en forma de subsidios como de préstamos.

En múltiples frentes

A partir de la declaración de guerra en 1779, esa ayuda dejó de ser secreta y España se convirtió en parte beligerante junto a Francia, pasando a llevar la voz cantante. El gobernador de la Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez, se adelantó al enemigo y le arrebató por sorpresa los fuertes del bajo Misisipi, la Mobila (hoy Mobile, Alabama) y Pensacola (Florida). A su vez, en el norte, los españoles taponaron la acometida británica desde Canadá, primero con una defensa heroica de San Luis (hoy en el estado de Misuri) y luego con la audaz conquista en pleno invierno del fuerte inglés de San José, nada menos que a orillas del lejano lago Míchigan, tras una travesía de cientos de leguas sobre el hielo y la nieve organizada por el teniente de gobernador de la Alta Luisiana, el navarro Francisco Cruzat, como ya expliqué en el libro 'La conquista española olvidada' (Crítica).

Más allá de Norteamérica, la guerra se libró en múltiples frentes de cuatro continentes. Se intentó asaltar Gibraltar, se reconquistó Menorca, se intentó invadir la costa inglesa, se expulsó a los británicos de Centroamérica y el Yucatán, se tomó las Bahamas y sólo el apresamiento del comandante francés impidió apoderarse de Jamaica. En el pulso entre Gran Bretaña y Francia, la lucha se extendió a puntos tan distantes como Senegal o India.

La declaración de independencia fue «una petición de auxilio a Francia y España», según Quintero Saravia

En realidad, la llamada Guerra de la Independencia o Revolución Americana fue una más «de las muchas guerras de competencia imperial en el siglo XVIII entre las potencias europeas» y, en esta ocasión, «el mayor éxito que tuvo España». «Se lograron todos los objetivos menos Gibraltar», destaca Quintero Saravia, que apunta que incluso también este pudo conseguirse, ya que Londres propuso intercambiarlo por Puerto Rico. El conde de Aranda, embajador en París durante las negociaciones de paz, rechazó finalmente el cambalache pues no compensaba hacerse con «ese montón de rocas» -como lo llamaba el conde de Floridablanca, ministro de Estado-, a cambio de permitir que la isla caribeña se convirtiera en una amenaza permanente para las ricas posesiones en América.

Tanto el levantamiento colonial como el conflicto internacional que se desató a continuación hundían sus raíces en el fin de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), en la que Francia y España -que se incorporó a última hora-, cayeron derrotadas frente a Gran Bretaña. Los franceses perdieron todos sus territorios en Norteamérica, mientras que los españoles se vieron forzados a entregar la Florida para recuperar La Habana y a hacerse cargo de la Luisiana, un inmenso territorio al oeste del Misisipi con el que Versalles les compensaba por sus sacrificios y que, de caer en manos británicas, habría supuesto una gran amenaza para el corazón del imperio.

En las provincias inglesas, entre tanto, fermentaba el descontento con Londres por hacerles pagar los elevados costes de la victoria sin siquiera preguntarles. Ese rencor larvado estalló en abril de 1775 en Lexington y Concord, en Massachusetts, y enseguida España vio en la revuelta una oportunidad para «reposicionar el legado de la Guerra de los Siete Años», explica Gonzalo Quintero.

«Tomar partido por los rebeldes respondía a la vieja práctica de crear problemas en el territorio de tu enemigo», Gonzalo Quintero Saravia

Para la monarquía española, respaldar a los rebeldes podía ser un peligroso ejemplo para los súbditos de sus propias posesiones. Sin embargo, en ese momento era difícil adivinar que de la emancipación de aquellas colonias, relativamente insignificantes, surgiera la poderosa nación que hoy conocemos como Estados Unidos. La población de Ciudad de México triplicaba, como mínimo, a la de Filadelfia o Nueva York, y mientras en los dominios españoles había ya 19 universidades, en los británicos tan sólo tres centros de educación superior. La autora Eliga H. Gould reduce la América anglosajona de entonces a una mera «periferia» de la española.

Abundando en esta idea, Gonzalo Quintero invita a comparar la modesta casa del gobernador en Boston con la impresionante plaza del Zócalo de Ciudad de México o la plaza de Armas de Lima. En este sentido, recuerda que la declaración de 1776 proclamó trece repúblicas por separado, que no se unieron hasta la Constitución de 1787 y no contaron con su primer presidente, George Washington, hasta 1789. Además, la fórmula republicana únicamente había prosperado antes en territorios pequeños, como Génova, Venecia u Holanda, nunca de grandes dimensiones, por lo que el conde de Vergennes, ministro de Exteriores francés, les auguraba poco futuro. «No se puede pretender que tuvieran la visión de cuál iba a ser la situación 50 años después», señala Quintero Saravia.

Tomar partido por los insurrectos seguía, por tanto, «la vieja práctica entre imperios» de «apoyar problemas en el territorio» del rival, señala el autor de 'El enemigo de mi enemigo', un título cargado sin duda de intención.

Amnesia colectiva

La historiografía estadounidense, aunque en buena medida también la española, condenó al olvido durante siglos la indispensable aportación de España al nacimiento de Estados Unidos. Las causas son variadas. Entre ellas, los roces entre los dos países una vez que se consumó la independencia de las colonias y que ambos pasaron de ser aliados a vecinos a lo largo de miles de kilómetros de frontera y rivales por el dominio de Norteamérica. Pero también la visión deformada de España como «todo lo que no es Estados Unidos», según ha consignado el profesor Richard L. Kagan, participante en el mencionado simposio en Washington.

La Guerra de Cuba de 1898 agudizó esos prejuicios y resucitó la leyenda negra. Ese año se reeditó un libro inglés del siglo XVII que recogía las exageraciones de Bartolomé de las Casas bajo el macabro título de 'Las horribles atrocidades cometidas por los españoles en Cuba. Un relato histórico y verídico sobre la cruel masacre y asesinato de veinte millones de personas en las Indias Occidentales cometidos por los españoles'.

No obstante, hay motivos para un moderado optimismo. La historiografía, a ambas orillas del océano, está tratando de situar en sus justos términos la guerra que dio lugar a a EE.UU. «Se ha ido ampliando el campo de estudio de la Revolución Americana», tanto en el ámbito geográfico como en el de sus protagonistas. Para que eso permee a la sociedad se precisa difusión, algo en lo que contribuye una minoría hispana en EE.UU. que ya alcanza los 60 millones de personas y que «quiere ver reflejada su historia», señala Gonzalo Quintero.

«Cada generación tiene el derecho y la obligación de interpretar su propia historia. No se ve igual el pasado desde una sociedad europea de principios del siglo XIX o del XX que de principios del siglo XXI. Cada generación mira hacia atrás desde donde está y, como el 'desde donde está' cambia, cambia la visión del pasado», afirma. El tiempo dirá si esta generación sitúa el papel de España donde corresponde.

II 

'El enemigo de mi enemigo', de Gonzalo M. Quintero Saravia: al rey lo que es del rey, en ABC, por Manuel Lucena Giraldo, 8/10/2025:

Exploración de conjunto y actualizada de la participación española en la revolución de los colonos estadounidenses. La monarquía hispánica de Carlos III se convirtió en un actor determinante en este conflicto

A finales de 2021, se mostró al público una placa restaurada en Fort Green, Nueva York, en la que se recuerda a los 126 españoles, soldados y marineros, que estuvieron allí, presos de los británicos, durante la guerra de independencia de EE.UU. La placa original fue dada a conocer en 1976, con ocasión de su bicentenario, por el rey Juan Carlos, en una visita oficial que entonces tuvo enorme importancia.

Desgraciadamente, aquel conflicto imperial en el que España fue beligerante entre 1780 y 1783 costó, al menos, 5.000 muertos españoles. El mayor número de bajas, 1.300 hombres, se dio en el ataque contra Gibraltar de 1782.

Autor Gonzalo M. Quintero Saravia Editorial Alianza Páginas 856 Precio 27,50 euros

La mayor batalla de aquella guerra larga, terrible y global fue consecuencia del fallido intento de toma de «ese montón de piedras», como denominó al famoso peñón el conde de Floridablanca. En especial, los muertos se produjeron entre los tripulantes de las 'baterías flotantes', promovidas por el gran marino Antonio Barceló, en aquel último intento español de recuperar la roca.

Otra batalla naval, la del cabo de San Vicente, costosa derrota española, incluyó la explosión del navío Santo Domingo, con la muerte de 600 tripulantes. En 1780, un huracán hundió parte de los barcos que transportaban la primera expedición española al mando del militar Bernardo de Gálvez hacia Pensacola, en Florida. Aunque la acción terminaría con una rotunda y recordada victoria, podrían haberse ahogado unos 500 hombres entre marinos y soldados de refuerzo, procedentes de regimientos acantonados en España o en la América española.

No podríamos decir que la participación española en la exitosa revolución de los colonos estadounidenses haya sido ignorada en la historiografía especializada. En realidad, ha sido un tema clásico y, como muestra este volumen, compilación y obra maestra de la historiografía sobre ella, ha preocupado y hasta obsesionado en diferentes épocas a historiadores y diplomáticos.

Ciertamente las posiciones 'negrolegendarias' en los EE.UU. decimonónicos ignoraron la aportación española en sus orígenes

De lo que carecíamos hasta ahora es de una obra de conjunto y actualizada, una historia global y posnacional de una guerra mundial en la cual una tenue confederación republicana de antiguas colonias británicas en América del norte, una nación todavía sin nombre, sin constitución, sin moneda y unida solo en un dudoso experimento político, logró poner en marcha su existencia.

Ciertamente las posiciones 'negrolegendarias' en los EE.UU. decimonónicos ignoraron cualquier reconocimiento de la aportación española en sus orígenes. Allí inventaron que «el salvaje oeste estaba vacío» (Hollywood hizo el resto) y asumieron con pragmatismo imperialista que el mejor indio (con frecuencia hablante de español y sujeto a algún tratado con España), era el indio muerto.

Aquí, todavía algunos divulgadores, aficionados y polígrafos persiguen una imaginaria conspiración anglosajona que, no es una sorpresa, en este volumen de historia verdadera, trabajada con tesón en archivos y bibliotecas de muchos países, no aparece por ninguna parte. Según el orden de los siete capítulos y, de acuerdo con los argumentos fuertes del libro, la España de Carlos III era una potencia mundial formidable y se comportó como tal durante el nacimiento de EE.UU..

No hay elites viciosas, ni militares traidores, ni marinos cobardes, esos que tanto juego dan a novelistas y resentidos varios. La participación española en la independencia de EE.UU., esta es la historia, constituye una apología del reinado de Carlos III. Impresionan las habilidades diplomáticas de Grimaldi, Aranda o Floridablanca para retrasar todo lo posible otra guerra con Gran Bretaña que había que ganar, su defensa de la razón de Estado y el perfecto cálculo de riesgos.

Es fascinante el ejercicio político de una meritocracia militar y naval hispana abierta al reconocimiento del talento individual multiétnico, característico de la monarquía española. Asuntos de debate como la eficacia asombrosa de la red de espionaje española, la poderosa maquinaria militar y naval –con La Habana como puerto y arsenal decisivo–, o la aportación económica a los rebeldes estadounidenses, cinco millones de reales que en 1795 ya habían sido devueltos, muestran el dinamismo de una relación mutua que, todavía en 1800 imponía una relación fronteriza de miles de kilómetros. Lo que acontece después, la crisis metropolitana española que dará tantas oportunidades a los emergentes EE.UU. de América, será historia de otro siglo.