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miércoles, 18 de febrero de 2026

La ética cristiana es lo único que nos falta

 [Cómo la Iglesia Católica salvó a la Civilización Occidental (Hechos que ocultan)

 Transcrito y corregido desde Legado de Chesterton, Youtube, datado hace un mes]

 Te enseñaron en la escuela que la Edad Media fue la Edad Oscura, ¿verdad? Que la Iglesia Católica mantuvo a Europa en ignorancia supersticiosa durante 1000 años. Que la ciencia finalmente triunfó cuando pensadores valientes se liberaron del dogma religioso, que el progreso comenzó cuando la humanidad dejó atrás el cristianismo medieval. Cada palabra de esa narrativa es una mentira y no una mentira accidental.

Es una distorsión sistemática de la historia que comenzó en la Ilustración y continúa hasta hoy en cada aula, cada documental, cada conversación sobre religión y progreso. Te contaron esta versión porque la verdad es demasiado incómoda para el proyecto secular moderno. La verdad es esta: sin la Iglesia  Católica, no existiría la civilización occidental.

No habría universidades, no habría método científico, no habría derechos humanos, no habría hospitales, caridad organizada o la idea misma de que cada persona tiene dignidad infinita.

La institución que te dijeron que oscureció el mundo literalmente lo iluminó. Los monjes que te pintaron copiando biblias supersticiosas estaban preservando toda la literatura clásica mientras imperios colapsaban.

Los inquisidores medievales estaban estableciendo el debido proceso legal que protege tus derechos hoy. Chesterton vio esta mentira hace un siglo y dedicó su vida a exponerla.

Hoy vamos a hacer exactamente eso, revelar cómo la Iglesia Católica salvó la civilización occidental con hechos históricos que deliberadamente te ocultaron.

Si eres católico y sientes que tu fe está constantemente bajo ataque, que te presentan como enemigo del progreso, sé exactamente cómo te sientes. Vivimos en una época donde defender la tradición católica te marca como reaccionario ignorante, pero aquí está lo que vas a descubrir. Tienes razones históricas sólidas para sentir orgullo profundo de tu herencia. No nostalgia romántica, no fe ciega.

Hechos históricos documentados que demuestran que la civilización que disfrutas existe porque la Iglesia la construyó.

Si quieres descubrir más verdades sobre el pensamiento católico que transforman perspectivas, suscríbete a este canal donde exploramos las ideas de grandes pensadores cristianos como Chesterton, C. S. Lewis y otros que desafiaron el secularismo moderno con argumentos devastadores.

Empecemos con el mito más grande, el que sostiene toda la narrativa anticatólica, la Edad Oscura. Según la versión estándar, cuando cayó el Imperio Romano en el año 476, Europa cayó en 1000 años de ignorancia religiosa.

La Iglesia prohibió el conocimiento, quemó libros, persiguió pensadores. Recién en el Renacimiento, cuando artistas y filósofos redescubrieron la sabiduría clásica pagana, Europa despertó.

¿Sabes lo que más me fascina de esta narrativa? Que es exactamente al revés de lo que  realmente ocurrió. Chesterton entendió algo crucial. Cuando Roma cayó ante invasiones bárbaras, toda la estructura que preservaba el conocimiento colapsó. Bibliotecas ardieron, escuelas cerraron. El comercio que permitía distribución de libros se desintegró.

Europa enfrentaba extinción cultural total. ¿Quién salvó el conocimiento antiguo? Los monjes católicos.

Imagina esta escena. Año 550. Tribus germánicas arrasan aldeas. Nadie lee latín excepto el clero. Los únicos edificios de piedra que sobreviven son monasterios. Y en esos monasterios, monjes benedictinos están haciendo algo extraordinario, copiando a mano cada texto clásico que encuentran. No solo Biblias: Virgilio, Cicerón, Aristóteles, Platón, obras de medicina romana, tratados de agricultura, poesía pagana. Los monjes preservaron todo porque la Iglesia Católica nunca tuvo miedo del conocimiento pagano; al contrario, lo consideraba preparación providencial para el cristianismo. El venerable Beda en Inglaterra, siglo séptimo, está estudiando astronomía y cronología mientras cultiva el campo. Alcuino de York, siglo VIII, establece escuelas palatinas que enseñan las siete artes liberales. Monasterios irlandeses, completamente aislados de Europa continental, mantienen viva la tradición literaria latina cuando el continente sangra. 

Déjame mostrarte algo asombroso. Sin esos monjes oscurantistas no tendrías a Platón. Los únicos manuscritos que sobrevivieron a la caída de Roma pasaron por scriptoria monásticos.

Copiar un solo libro tomaba meses. Era un trabajo agotador que arruinaba la vista, pero lo hicieron durante siglos. ¿Y sabes qué textos copiaban con mayor cuidado? Los clásicos paganos. Porque la Iglesia entendía que la verdad es una, venga de donde venga. Que Aristóteles y Platón habían tocado verdades sobre la naturaleza humana que el cristianismo completaba, no contradecía.

Fíjate en esta paradoja chestertoniana. La institución que supuestamente odiaba el conocimiento pagano fue la única que lo preservó cuando todo el mundo civilizado colapsaba.

Los oscurantistas eran los únicos con luz suficiente para leer, pero hay más. No solo preservaron textos, desarrollaron agricultura avanzada, innovaron en arquitectura, mejoraron técnicas de vinicultura.

Los monasterios eran centros de tecnología agrícola que alimentaron a Europa después del colapso  romano. Aquí viene lo realmente interesante cuando hablas de la Edad Oscura. ¿Oscura para quién?

Europa experimentó caos político, sí, pero intelectualmente la iglesia mantenía encendida cada lámpara disponible.

No había oscuridad de conocimiento, había protección deliberada de la sabiduría contra la barbarie.  Chesterton lo expresó brillantemente. "La Iglesia católica es la única cosa que salva al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo". Cuando todo el mundo civilizado se desintegraba, la Iglesia se negó a ser hija de ese tiempo oscuro. Se aferró al conocimiento antiguo y lo transmitió.

Entonces, primera mentira destruida. La Edad Oscura no fue causada por la Iglesia. La Iglesia fue la única luz en una época realmente oscura de invasiones y colapso. Sin ella, la civilización grecorromana habría desaparecido completamente y estarías viviendo en un mundo sin Platón, sin derecho romano, sin la herencia intelectual que hace posible la civilización occidental. 

Ahora vamos a la segunda mentira gigante, que la ciencia y educación superior nacieron contra la Iglesia. La verdad histórica es mucho más incómoda para secularistas. La Iglesia católica inventó la universidad moderna, literalmente.

Bolonia, 1088, París 1150, Oxford 1167, Cambridge 1209. Las primeras universidades del mundo no fueron instituciones seculares que se rebelaban contra el dogma religioso.

Fueron creaciones de la Iglesia Católica, financiadas por la Iglesia, administradas por clérigos,  establecidas con bendición papal. ¿Sabes lo que realmente significa la palabra universidad?

Universitas Magistrum Scholarium, comunidad de maestros y estudiantes. La Iglesia creó la idea misma de que el conocimiento debería estar organizado institucionalmente, disponible para quien pudiera aprender, protegido por autonomía corporativa.

Imagina que eres un joven en el año 1200. Si quieres estudiar, no hay alternativa secular. La única  educación avanzada en toda Europa está en instituciones católicas.

Teología, sí, pero también medicina, derecho, filosofía natural, ciencia, matemáticas, astronomía, lógica. Fíjate en cómo esto funciona en la realidad. La Universidad de París establece el método escolástico.

¿Qué es presentar todas las objeciones posibles a una idea, examinarlas rigurosamente, responder con argumentación lógica? Este método desarrollado por teólogos católicos se convierte en la base del pensamiento científico occidental.

Tomás de Aquino, siglo XIII, no está simplemente enseñando doctrina, está haciendo filosofía natural rigurosa, integrando Aristóteles con cristianismo, estableciendo que fe y razón son compatibles, que estudiar el mundo natural es estudiar la obra de Dios.

Déjame mostrarte algo asombroso. La idea de que el universo opera bajo leyes naturales consistentes que puedes estudiar mediante observación y razón es una idea cristiana. Las culturas paganas veían el cosmos como caprichoso, controlado por dioses temperamentales. El cristianismo declaró que un Dios racional creó un cosmos racional, que, por tanto, la razón humana podía comprender.

Sin esa cosmovisión, no hay ciencia moderna. Roger Bacon, monje franciscano del siglo XIII, está  haciendo experimentos ópticos, promoviendo el método empírico, enfatizando matemáticas en ciencia natural. Alberto Magno está clasificando plantas y animales con rigor aristotélico. Nicolás de Oresme está desarrollando conceptos que anticipan la física newtoniana. ¿Y sabes dónde están haciendo todo esto? En universidades católicas, con financiamiento de la Iglesia, enseñando a estudiantes en programas establecidos por obispos.

Aquí viene lo realmente interesante: cuando la reforma protestante fractura Europa en el siglo XVI, ¿dónde continúa la investigación científica? En países católicos. Los jesuitas se convierten en los científicos más importantes de Europa. Establecen observatorios astronómicos, desarrollan cartografía avanzada, contribuyen a matemáticas, física, astronomía. 35 cráteres lunares están nombrados en honor a científicos jesuitas. Déjame repetir eso. 35 cráteres, en la Luna, llevan nombres de sacerdotes católicos que hicieron astronomía de clase mundial. Chesterton vio esta paradoja claramente. "El loco no es el hombre que ha perdido la razón. El loco es el hombre que lo ha perdido todo, excepto la razón". La modernidad secularizada piensa que la razón funciona sola, sin fundamento metafísico. Pero fue el cristianismo quien dio a la razón su poder al declarar que Dios es Logos, la razón encarnada.

Entonces, segunda mentira destruida: la Iglesia no se opuso a la educación superior y la ciencia. La Iglesia las creó, inventó el modelo institucional, la universidad, desarrolló el método, el escolasticismo que lleva al método científico y financió siglos de investigación.

Cuando piensas en Oxford o Cambridge, estás pensando en instituciones que existen porque obispos  católicos decidieron que el conocimiento organizado glorificaba a Dios. Sin la Iglesia no hay modelo universitario, no hay tradición de investigación protegida institucionalmente, no hay camino claro hacia la revolución científica. [...]

Ahora llegamos a algo que la narrativa secular casi nunca menciona. La Iglesia  católica inventó el sistema hospitalario moderno. Esto no es exageración, es historia documentada que transformó radicalmente cómo las sociedades trataban a enfermos y pobres. En el mundo antiguo, si eras pobre y enfermabas, morías. Simple. El Imperio Romano tenía hospitales militares para soldados valiosos. Algunos templos paganos ofrecían sanación religiosa, pero la idea de que la sociedad tenía obligación de cuidar al enfermo pobre, al huérfano, al anciano abandonado, simplemente no existía.

¿Sabes qué cambió eso? La doctrina católica de que cada persona, sin importar condición, tiene dignidad infinita porque está hecha a imagen de Dios. Fíjate en cómo esto funciona en la realidad. Año 369, San Basilio de Cesárea establece el Basilias, el primer complejo hospitalario de la historia. No es solo para ricos, es específicamente para pobres, leprosos, viajeros sin recursos. Incluye viviendas, orfanato,  hospicio para ancianos. Esta idea se expande explosivamente. Para el año 400, cada ciudad importante del Imperio bizantino tiene hospitales católicos.

Occidente sigue el modelo. Siglo VI: los monasterios benedictinos establecen enfermerías no solo para monjes, sino para la comunidad circundante. Déjame mostrarte algo asombroso. Cuando hablas de hospital, la palabra misma viene de hospitalidad, concepto cristiano de recibir al extraño como si fuera Cristo. Hospes en latín significa tanto huésped como anfitrión.

La Iglesia creó instituciones basadas en la idea radical de que servir al enfermo es servir a Dios. Imagina que eres un leproso en el año 800. La sociedad te rechaza, tu familia te abandona, tienes una enfermedad incurable que te desfigura.

En cualquier cultura pagana estás condenado a morir en aislamiento absoluto. Pero hay un monasterio cerca. Monjes y monjas que han hecho voto de caridad te reciben, te dan cama, te alimentan, limpian tus heridas, te tratan con dignidad cuando el resto del mundo te considera desecho humano. ¿Por qué harían eso? Porque Jesús tocó leprosos. Porque la doctrina católica dice que el sufrimiento tiene significado redentor. Porque la caridad no es opcional para cristianos: es el mandamiento central.

Aquí viene lo realmente interesante. Esta práctica crea algo completamente nuevo en la historia humana. La idea de que la sociedad tiene responsabilidad sistemática de cuidar a sus miembros más vulnerables.

Siglo XII. Europa está cubierta de hospitales católicos. La orden de San Juan establece hospitales para peregrinos y enfermos en Tierra Santa y por todo el Mediterráneo. Algunas de estas instituciones  atienden a miles de pacientes simultáneamente con organización administrativa sofisticada.

Chesterton entendió que esta no era simplemente caridad individual: era revolución antropológica. El paganismo clásico admiraba la fuerza. El estoicismo predicaba indiferencia al sufrimiento. Solo el cristianismo declaró que el débil, el enfermo, el pobre tiene valor infinito.

"No necesitamos una religión verdadera tanto como necesitamos algo que haga verdadero todo lo demás", escribió Chesterton. La doctrina de dignidad humana universal hizo verdadero el concepto de derechos humanos.

Hizo verdadera la obligación social de proteger al vulnerable. Hizo verdadera la idea de que una  civilización se mide por cómo trata a sus miembros más débiles. Sin esta doctrina católica, no hay fundamento filosófico para derechos humanos modernos. ¿Por qué un ser humano tendría valor inherente? El darwinismo social dice que el débil debe perecer. El utilitarismo dice que vale quien produce utilidad.

Solo el cristianismo afirma que cada persona tiene valor infinito por razones metafísicas, no  circunstanciales. Los hospitales católicos no eran solo instituciones médicas, eran manifestaciones físicas de una verdad teológica: que Dios se hizo hombre y sufrió, dignificando así todo sufrimiento humano, que servir al más pequeño es servir a Cristo mismo. Entonces, tercera mentira destruida, la Iglesia no fue enemiga del bienestar humano. Fue la Iglesia quien estableció el sistema institucional de caridad que transformó sociedades y creó el fundamento filosófico de lo que hoy llamamos derechos humanos y estado de bienestar.

Ahora vamos al tema que hace temblar a muchos católicos, la Inquisición. Porque, admitámoslo, cuando alguien quiere atacar a la iglesia, grita "Inquisición" como si eso cerrara todo debate. Pero aquí está la verdad histórica que deliberadamente te ocultaron. La Inquisición medieval estableció principios de debido proceso legal que protegen tus derechos hoy. Sé que suena imposible. Respira hondo: vamos a revisar los hechos. La Europa del siglo XIII enfrenta herejías que amenazan el tejido social.

Los Cátaros en Francia meridional rechazan el mundo material como creación del Diablo. Predican el suicidio por inanición. Destruyen familias. Multitudes enfurecidas comienzan a linchar sospechosos de herejía, sin juicio alguno. ¿Qué hace la Iglesia? Establece la Inquisición en 1231.

Y aquí está lo crucial. Establece procedimientos legales que reemplazan violencia de turba con proceso judicial formal.

Déjame mostrarte algo asombroso. Antes de la Inquisición, si tu vecino te acusaba de herejía, podía formarse una turba y quemarte ese mismo día. No había investigación, no había defensa, no había presunción de inocencia, solo acusación y ejecución inmediata. La Inquisición estableció el acusado tiene derecho a conocer los cargos específicos, tiene derecho a presentar testigos en su defensa, tiene derecho a abogado. Los testigos de acusación deben testificar bajo juramento.

Se requiere evidencia física o testimonio de dos testigos creíbles. ¿Te suena familiar? Son los fundamentos del debido proceso legal occidental. Imagina que eres acusado de herejía en el año 1250.

Bajo justicia secular, la turba te ejecutaría. Bajo la Inquisición, enfrentas proceso formal. Inquisidores interrogan testigos, examinan evidencia. Puedes apelar a autoridades superiores. Si te condenan, tienes opciones de penitencia antes de pena capital. ¿Era el sistema perfecto? No. ¿Hubo abusos? Absolutamente; pero, comparado con la justicia secular de la época, la Inquisición era vastamente más justa. Aquí viene lo realmente interesante. Las cifras que te enseñaron sobre la Inquisición son fantasía protestante del siglo XVI y propaganda ilustrada del XVIII.º

Te dijeron que millones murieron. La investigación histórica moderna demuestra que en la Inquisición Española, la más severa, las ejecuciones totales durante tres siglos fueron entre 3.000 y 5.000 personas. Cada muerte injusta es tragedia. Pero contextualiza: en ese mismo periodo, guerras religiosas protestantes en Europa mataron millones.

La casa de brujas en territorios protestantes ejecutó a decenas de miles. La justicia secular ejecutaba por robar pan. La Inquisición tenía tasa de absolución del 90 % en muchas jurisdicciones. Rechazaba evidencia obtenida por tortura. Requería estándares de prueba más altos que tribunales seculares. Chesterton señaló esta paradoja: "Cuando un hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa". La modernidad secularizada abandonó los estándares legales que la Inquisición desarrolló y cayó en terror jacobino, gulag soviéticos, campos de exterminio nazis.

Sistemas sin fundamento teológico de dignidad humana mataron a más personas en el siglo XX que todas las guerras religiosas combinadas de la historia anterior. Fíjate en esto: los principios legales que la Inquisición estableció —derecho a conocer cargos, presentar defensa, apelar, presunción de inocencia hasta prueba de culpabilidad— están en las constituciones modernas.

El proceso legal que desarrollaron inquisidores dominicos protege tus derechos hoy cuando enfrentas tribunal. ¿Es irónico? Profundamente, pero es historia factual.  Entonces, cuarta mentira destruida, la Inquisición no fue simplemente maquinaria de opresión. En su contexto histórico, introdujo reformas legales que reemplazaron el linchamiento de turba con el debido proceso, estableciendo precedentes que evolucionan en protecciones legales modernas.

La iglesia no inventó la crueldad legal. Estaba limitándola según estándares de su época mientras desarrollaba principios que eventualmente la trascenderían.

Ahora conectemos todo: ¿por qué importa esto más allá de trivia histórica? Porque la civilización occidental que permite que vivas con libertad, educación, derechos y dignidad reconocida fue construida sobre fundamentos católicos.

Si destruyes el fundamento, el edificio colapsa. Mira a tu alrededor: universidades, hospitales, sistema legal con debido proceso. La idea de que cada persona tiene derechos inalienables. El concepto de caridad organizada, la noción de que la razón puede comprender el universo. Cada uno de estos pilares de la civilización occidental tiene raíces profundamente católicas.

Chesterton vio venir lo que estamos viviendo hoy. Escribió en 1920 que "cuando la sociedad rechaza el cristianismo, no se vuelve neutral, se vuelve pagana de nuevo. Y el paganismo moderno es peor que el antiguo porque ya no tiene inocencia."

¿Sabes lo que más me fascina de todo esto? La modernidad secularizada vive de capital moral que heredó del cristianismo pero que ya no puede justificar filosóficamente. ¿Por qué crees en derechos humanos? Si eres materialista consecuente, si somos solo animales evolucionados, ¿de dónde vienen los derechos inalienables? Los derechos son un concepto metafísico. Solo tienen sentido si hay realidad trascendente que los fundamenta. El secularismo moderno quiere los frutos del cristianismo, compasión, igualdad, dignidad humana, justicia, sin la raíz teológica que los hace coherentes.

Imagina esta escena. Estás en debate con secularistas que denuncian la opresión religiosa de la Iglesia. Les preguntas: "¿Por qué creéis que todos los humanos tienen igual dignidad?" Responden: "Porque es obvio"; pero no es obvio en absoluto. No era obvio para romanos que esclavizaban. No era obvio para espartanos que mataban bebés débiles. No era obvio para culturas que practicaban sacrificio humano. La dignidad humana universal se volvió obvia solo después de que el cristianismo pasó 2000 años enseñándola, luchando por ella, construyendo instituciones alrededor de ella.

Déjame mostrarte algo asombroso: cuando la Declaración Universal de Derechos Humanos se redactó en 1948, representantes de países no cristianos cuestionaron el concepto mismo. ¿Por qué los humanos tendrían derechos inherentes? El comité no pudo dar respuesta secular satisfactoria. Simplemente declararon los derechos sin justificación filosófica. Los derechos humanos modernos son cristianismo secularizado. Funcionan solo mientras la memoria cultural cristiana permanece viva. Cuando esa memoria se borra completamente, como Chesterton predijo, regresa la barbarie.

Aquí viene lo realmente interesante para ti. Viviendo en el siglo XXI, estás viendo exactamente ese colapso en tiempo real.

Una cultura que rechaza fundamentos metafísicos cristianos pierde capacidad de defender la dignidad humana coherentemente. El aborto se vuelve derecho porque el humano no nacido pierde status de persona. La eutanasia se vuelve compasión porque la vida sin calidad medible pierde valor. La identidad se vuelve autodefinida porque no hay naturaleza humana objetiva.

Chesterton escribió: "La Iglesia católica es la única cosa que salva al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo. Cada generación libre de tradición cristiana recrea errores que la Iglesia ya refutó siglos atrás. La civilización occidental está consumiendo su herencia católica sin reponerlaVive de capital moral acumulado mientras rechaza la fuente que lo generó." 

¿Significa esto que todo era perfecto en la cristiandad medieval? No, significa que el proyecto de construir civilización justa sin fundamento trascendente es imposible.

La historia lo demuestra repetidamente. Entonces, última verdad revelada, la civilización occidental liberal que celebramos con sus libertades, derechos, instituciones de caridad y justicia, es radicalmente dependiente de la cosmovisión cristiana.

No puedes tener cristianismo sin Cristo, ni civilización occidental sin el cristianismo que la formó. La Iglesia no salvó la civilización, a pesar de ser católica. La salvó precisamente porque era católica, porque tenía verdades trascendentes que motivaban sacrificio heroico y construcción institucional que trascendía generaciones. Entonces, aquí está la verdad completa.

La Iglesia Católica preservó el conocimiento antiguo cuando la civilización colapsaba. Creó el sistema universitario y el método que llevó a la ciencia moderna. Estableció hospitales y dignificó al vulnerable. Desarrolló debido proceso legal. Fundamentó filosóficamente la dignidad humana universal. No lo hizo perfectamente. Católicos pecaron, cometieron errores, abusaron del poder. Pero la Iglesia como institución, guiada por doctrinas verdaderas sobre la naturaleza humana y la realidad, construyó los pilares de la civilización que heredaste.

Aquí está tu acción inmediata. La próxima vez que alguien ataque a la iglesia como enemiga del progreso, pregúntale qué institución preservó el conocimiento clásico. ¿Quién inventó la universidad? ¿De dónde vienen tus derechos humanos? Obliga a confrontar la historia real, no el mito ilustrado. Chesterton lo dijo mejor. La verdad es sagrada y, si dices la verdad demasiado a menudo, nadie la creerá. Hemos repetido mentiras sobre la iglesia tanto que la verdad suena fantástica, pero la verdad permanece. Sin la Iglesia Católica vives en un mundo radicalmente diferente y vastamente peor. Esto no es fe, es historia. Si esta verdad transformó tu perspectiva tanto como transformó la mía cuando la descubrí, suscríbete para explorar más pensadores católicos que desafiaron el secularismo moderno con  argumentos devastadores. En el próximo episodio, descubriremos cómo Chesterton predijo el caos cultural que vivimos hoy con precisión profética.

Hasta entonces, recuerda: la ortodoxia no es prisión, es la única libertad que te salva de ser esclavo de tu época. 

jueves, 12 de febrero de 2026

Memorias de Jung Chang, disidente china

 Jung Chang, escritora: “Si la gente pensara que China es tan maravillosa iría para allá”, en El País, Berna González Harbour, Madrid - 10 feb 2026 

La autora firma una biografía familiar trepidante, desde el concubinato de su abuela a su exilio desde su China natal.

Jung Chang saltó a la fama en 1991 al publicar su historia en Cisnes salvajes, una odisea a partir de la vida de su abuela, concubina de un general durante el imperio chino; la de su madre, líder comunista luego represaliada; y la suya propia, joven de la Guardia Roja china desencantada tras la devastadora represión de la Revolución Cultural. Aquella joven nacida hace 73 años en Yibin (Sichuán, China) logró salir a Londres, estudiar, escribir y triunfar y ahora vuelve con Vuelan los cisnes salvajes (Lumen), donde retoma una biografía familiar trepidante, imbricada en la historia china del último siglo.

Pregunta. Su libro rezuma miedo. ¿Sigue sintiéndolo?

Respuesta. Sí porque crecí bajo el mandato de Mao y el miedo estaba embebido en nuestros corazones. Hoy intento derrotarlo, no sentirlo y seguir con mi vida, pero está.

P. Retrata a su madre como una gran luchadora. ¿Cuál fue su principal lección?

R. Hoy tiene más de 90 años, está muy frágil y no podemos hablar mucho, pero nos podemos ver por videollamada. Ella me enseñó a ser fuerte, valiente, a hacer lo que creo correcto y a escribir, a contar la verdad.

P. ¿Reconoce la China de hoy, la de Xi Jinping?

R. Es muy distinta de la de Mao. Yo crecí en tiempos de violencia pública, de denuncias horribles cuando se paseaba a las víctimas por las calles, se les pegaba, incluso niños a sus padres. Y hoy es muy distinto. Hay miedo y represión, pero no se puede volver al maoísmo.

P. ¿Hoy China es más capitalista o comunista?

R. En esencia, sigue siendo comunista, en China aún no se permite la propiedad de la tierra sino solo comprar derechos de uso por 70 años. A la gente se le permiten ciertas libertades y tener dinero, pero si el partido lo decide, puedes perderlo todo. Hay libertad, pero siempre que no vayas más allá de los límites del partido.

P. ¿Su peor recuerdo?

R. Ver a mis profesores ser pegados en la escuela, ver a mis padres torturados, a mi abuela sufrir muchísimo dolor. Uno de los peores recuerdos fue ver a mi abuela desmayarse cuando mi madre sufría, cuando era exhibida por las calles humillada, atormentada. Mi abuela se desmayó ante mí y su cuerpo cayó rígido como una tabla, su cráneo chocó contra el suelo, perdió la conciencia y ese momento me aterrorizó.

P. La vida de su abuela quedó marcada por su concubinato cuando solo tenía 15 años.

R. Ella fue entregada a un general para ser su concubina en los años veinte y, cuando él murió y mi abuela quiso casarse, la familia de su novio se puso en contra por la deshonra que iba a suponer. Su hijo se pegó un tiro y murió. La vida se convirtió en imposible para mi abuela, a mi madre la acosaban muchísimo y eso conformó su personalidad. Por eso se unió al comunismo, que prometía acabar con el concubinato. Pero después quedó devastada porque la asociación de mujeres comunistas que debía liberarlas tampoco quería a mi abuela, ni sentarse con ella en la boda.

P. ¿Es posible superar esos traumas?

R. Cuando viajé a China y hablé con muchas personas para mis libros descubrí que, al abordar el pasado, esas personas cambiaban y se ponían a temblar, no encontraban las palabras, no hablaban de forma coherente. Me di cuenta de que el trauma no se había convertido en recuerdo y no podían pensar en el pasado sin perderse, no sabían qué hacer, qué decir, el dolor era demasiado profundo. Ojalá lo hubiesen podido tratar los psicólogos. El recuerdo fue borrado a propósito, metido debajo de la alfombra. A la gente se le pidió ignorar y olvidar.

P. Usted creció fascinada por Mao.

R. Crecí bajo el culto a su personalidad. Mao era nuestro Dios. Yo misma empecé a horrorizarme con la Revolución Cultural, tenía 14 años y no pensé en culpar a Mao, era una persona que venía dada, como comer, vestirse y obedecer. Poco a poco, con los años, cuando logré irme de China en 1978, a los 26, Mao estaba muy lejos de ser Dios en mi mente. El día que murió todo el mundo estaba llorando, pero yo tenía los ojos secos, no tenía lágrimas para él. Después le investigué para una biografía que firmé con mi marido [Mao, la historia desconocida, Taurus, con el historiador Jon Halliday], descubrimos verdades horribles y hoy le veo como una de las personas más malvadas del siglo XX en el mundo, al lado de Hitler y Stalin.

P. Desde hace unos años no puede volver a China. ¿Conocen allí sus libros y su fama?

R. Hoy hay menos personas que me conocen a mí y a mis libros que hace diez años. Cuando se publicó Cisnes salvajes y la biografía de Mao, aunque fueron prohibidos, había ediciones piratas. Pero ahora mismo el control es mucho más fuerte debido a las tecnologías. Mi nombre y el de mis libros están totalmente bloqueados. El software y aplicaciones que se usan te hacen la vida muy fácil, puedes pagar y hacer muchas cosas, pero facilitan el control. Por eso menos personas me conocen hoy.

P. ¿Cree que verá allí publicados sus libros?

R. No lo sé. Es poco probable. Están pasando muchas cosas como la nueva purga en el Ejército, personas que eran base de poder de Xi Jinping han caído y hay mucha determinación de tomar Taiwan por la fuerza. Ojalá sucediera, pero ya se verá, hay muchas variables que desconozco.

P. ¿Cree que Trump conseguirá hacer a China Más Grande de Nuevo, en lugar de a América, visto lo visto?

R. Lo que Trump ha hecho a sus aliados es lo que China quiere ver, pero eso no hace o no debería hacer de China un mejor amigo de Occidente. No creo que los europeos sean tan ingenuos como para unirse al otro lado al no estar contentos con el comandante de su bando. Y China no mira a los países democráticos como amigos, básicamente los quiere utilizar. Son dos cosas distintas.

P. Pero la reputación de China va aumentando mientras decrece la de EE UU.

R. No estoy muy segura. Hay muchas personas y países que quieren el dinero chino y por eso dicen cosas bonitas sobre China, pero nada más. Los refugiados arriesgan su vida y cruzan mares para ir a EE. UU. y Europa, pero nadie está corriendo hacia China. Si realmente pensaran que es tan maravillosa, irían para allá. En China había una broma política: “¿Qué tienen en común un chino y un ciudadano de una democracia? Que ambos pueden abusar del gobierno democrático”.

miércoles, 21 de enero de 2026

El infanticidio y destrozo a las mujeres caídas de Irlanda

 El cruel drama de las "mujeres caídas": cómo Irlanda destrozó la vida de más de 60.000 madres, en El Mundo, Andrés Seoane, 6 mayo 2025:

Auspiciada por el Estado y dirigida por la Iglesia, entre 1922 y 1998 existió una red de hogares para madres y bebés que provocó la muerte de más de 9.000 niños. Caelainn Hogan narra su terrible historia en ‘La república de la vergüenza y reclama justicia. "Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes". Hay sábanas con los nombres de los casi 800 niños muertos colgadas en las puertas de la fosa común de 796 bebés hallada en el antiguo Hogar para madres y bebés de Tuam, Galway.

El libro es La república de la vergüenza, por Caelainn Hogan. Traducción de Elena Pérez San Miguel. Errata Naturae. 328 páginas.

En 2014, Irlanda se vio sacudida por una noticia impactante. Según las investigaciones de la historiadora local Catherine Corless los cadáveres de casi 800 bebés y niños yacían en los terrenos del Hogar para Madres y Bebés Bon Secours de su pueblo, Tuam, ubicado en el condado de Galway al oeste del país y regentado entre 1925 y 1961 por las Hermanas del Buen Socorro. Corless descubrió cientos de certificados de defunción -las causas de muerte más comunes apuntadas eran debilidades congénitas, enfermedades infecciosas y desnutrición- pero ningún registro de entierro.

Ante el revuelo del caso, se abrió una investigación y entre 2016 y 2017 las excavaciones realizadas en una fosa común sin marcar, ubicada en la antigua fosa séptica del edificio, revelaron los restos de 796 individuos de edades comprendidas entre las 35 semanas de gestación y los tres años. La gravedad del horrible hallazgo llevó a la creación de una Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés que se propuso explorar y documentar el legado persistente de las instituciones religiosas en Irlanda.

Fue en ese 2017, con la polémica candente, cunado la periodista experta en conflictos, migración y marginación Caelainn Hogan (Dublín, 1988), regresó a su Dublín natal tras varios años trabajando en países como Nigeria, Sudáfrica, Estados Unidos, Siria o España -donde escribió reportajes sobre el movimiento antidesahucios y las protestas de los indignados-. "Ese año ocurrieron en Irlanda muchas cosas que generaron un profundo debate social sobre el embarazo y los derechos reproductivos, las personas separadas de sus hijos y el trato que la Iglesia y el Estado habían dado a las mujeres embarazadas y sus bebés. Muchos supervivientes comenzaron a la voz y a contar sus terribles historias, y al empezar a hablar con ellas me di cuenta de que era un problema persistente, que no era algo del pasado o de la historia, sino que afectaba a miles de vidas hoy en día".

De todas esas conversaciones, reportajes e investigaciones nació el espeluznante y conmovedor ensayo La república de la vergüenza (Errata Naturae), que recoge muchos de estos testimonios y glosa el funcionamiento de esta red de instituciones, regentadas por la Iglesia pero apoyadas y sufragadas por el Estado, para ocultar, castigar y explotar a las llamadas "mujeres caídas o descarriadas". Narrado en primera persona, Hogan, hija de padres que nunca se casaron, comprobó con espanto que ella misma y su madre podían haber acabado en un lugar así.

"No hablé con nadie en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones. Nací en 1988, y sólo un año después de que el estado cambiara la ley de ilegitimidad (Legitimacy of Children Act) [hasta 1987 los hijos nacidos fuera del matrimonio tenían en Irlanda un estatus legal inferior], así que si hubiera nacido solo unos meses antes... Al hablar con supervivientes descubrí que muchas mujeres y niñas todavía eran enviadas a estos hogares para madres y bebés en mi época, y que el último, en Donegal, dirigido por laicos, pero con una fuerte influencia de la Iglesia, no cerró hasta 2006", explica. "También descubrí que era algo mucho más común de lo que parece, no hablé con ninguna persona en Irlanda que no tuviera alguna historia personal o que no conociera a alguien afectado por estas instituciones".

Las popularmente conocidas como lavanderías de la Magdalena nacieron en el siglo XVIII para ayudar a mujeres que habían caído en la prostitución, a las que buscaban trabajo como lavanderas o sirvientas, pero en el siglo XX sus prácticas habían cambiado mucho. Regentadas por órdenes de monjas como las Hermanas del Buen Socorro, de la Misericordia, del Sagrado Corazón o las Hijas de la Caridad, estas instituciones repartidas por todo el país se convirtieron en lugares donde niñas y mujeres, llamadas "penitentes" eran encarceladas y condenadas a la servidumbre. Y en los hogares maternales, las mujeres que habían quedado embarazadas fuera del matrimonio eran ocultadas, y en la mayoría de los casos sus bebés eran adoptados, muchas veces ilegalmente.

Miedo, culpa y vergüenza

"En los años 90, mucha gente comenzó a hablar sobre lo que les había sucedido en estas instituciones religiosas y eso erosionó la autoridad y el poder casi omnipotente que la Iglesia había tenido en el país. Se comenzaron a investigar cosas como y el abuso infantil sistémico en escuelas y reformatorios y también los casos de las lavanderías de la Magdalena y los hogares para madres y bebé, descubriendo poco a poco la trama de encarcelamientos, trabajos forzados, abusos sexuales, maltratos físicos, negligencias médicas", explica la autora. El libro relata muchas experiencias escalofriantes de estas "penitentes", algunas enviadas allí por sus propias familias, otras convencidas por monjas y sacerdotes, algunas embarazadas a raíz de violaciones dentro o fuera del hogar familiar...

"Se las obligaba a trabajar gratis y se les negaba cualquier contacto con sus hijos, incluso información. A veces, pasaban toda su vida en estas instituciones hasta su muerte, y muchas llegaron a tomar los votos para mejorar algo su vida. Era un sistema carcelario donde madres e hijos eran tratados como delincuentes", resume Hogan para quien lo peor de todo era el estigma, "la culpa, el miedo y la vergüenza" que las religiosas inculcaban en las mujeres. "Los embarazos eran tratados como delitos, así que ellas eran tratadas como delincuentes y se hablaba en términos penales de sus embarazos y sus hijos. Lejos de ser refugios u hogares, eran prisiones reales y morales que causaron un daño inconmensurable a generaciones enteras". "Muchas madres vivieron toda su vida en silencio. Lo peor es la sensación de vergüenza, miedo y culpa que se les inculcó"

Y, todo ello ocurrió, como destaca Hogan, con la connivencia del Estado. "Aunque estos centros ya existían, desde 1922 [año de la independencia de Irlanda] fue muy útil para el Estado poder recluir a mujeres y niños en estas instituciones y ceder ese poder a la Iglesia en lugar de tener que mantener a estas familias que consideraban inferiores e inmorales. Hasta los años 70 no existía ningún tipo de apoyo o ayuda social para las madres solteras porque el Estado no las consideraban familias ante la ley y no querían apoyarlas", denuncia Hogan.

"Por eso, estaban felices de enviarlas a instituciones, de pagar su internamiento a las monjas y hacer desaparecer lo que consideraban un problema, la prueba de la sexualidad extramatrimonial, algo que la Iglesia y el Estado afirmaban que no debía existir. Irlanda era una teocracia de facto y en este ideal de nación católica perfecta las mujeres y niñas embarazadas, eran un desafío literalmente físico. Y fueron tratadas como una amenaza y desaparecieron a través de estas instituciones".

El último hogar de este tipo cerró sus puertas en 1998, sin embargo, la sombra de estos lugares sigue muy viva en la memoria irlandesa, donde si bien sigue existiendo una enorme influencia de la Iglesia, la conservadora, restrictiva y patriarcal moral social que permitió la normalización y larga supervivencia de estas instituciones está en extinción, como apunta Hogan con un ejemplo.

"En 2018, el año de la visita del Papa, aprobamos un referéndum a favor del derecho al aborto y de la derogación de la prohibición constitucional del aborto", explica. "Durante la misa papal charlé con varias mujeres de fe para quienes ver al Papa significaba mucho. Pero también habían votado a favor de la derogación de la prohibición del aborto y eran proelección. Y no son casos aislados. La Iglesia debe lidiar con que mucha gente en sus filas cree en una mayor igualdad y libertad de la que ellos ofrecen actualmente".

En busca de justicia

En 2021 se publicó, tras varios retrasos, el informe de la Comisión de Investigación de Hogares para Madres y Bebés, y los datos fueron demoledores. Casi 60.000 madres solteras y unos 57.000 niños, de los cuales más de 9.000 murieron, pasaron por los hogares investigados por la comisión en esos más de 70 años, la mayoría entre las décadas del 60 y 70. Se sucedieron las disculpas públicas, del Taoiseach Micheál Martin al propio Papa Francisco, pero, como denuncia Hogan, los resultados han sido más bien escasos.

"El Estado está dilatando y restringiendo las indemnizaciones, pero si los afectados mueren sus familias seguirán reclamando justicia". "En cuanto a la Iglesia, las órdenes religiosas implicadas se han negado, en su mayoría, a ofrecer compensación económica a las víctimas e incluso a ofrecer información a muchos supervivientes sobre sus hijos o mares, lo que es terrible", lamenta. "En Bessborough, hogar ubicado en Cork, sabemos hoy que murieron más de 900 niños, pero aún desconocemos dónde están enterrados más de 800".

Sin embargo, la periodista considera todavía más mezquina la actitud del Gobierno irlandés. "Se aprobó un plan de reparaciones del que, de golpe, se excluyó a unos 20.000 supervivientes de forma arbitraria, con excusas tan peregrinas como que no habían pasado más de seis meses en estos hogares. Además, de los 800 millones de euros previstos, hasta ahora sólo se han gastado 55", denuncia.

También, abunda, se les niega a muchos su identidad real, prohibiéndoles acceder a sus historiales médicos y partidas de nacimientos, incluso amparándose en las leyes de protección de datos de la Unión Europea. "Todas las promesas comienzan a parecer pura palabrería. La mayoría de esta gente sólo quiere respuestas, saber donde está enterrado su bebé o su madre. El Estado está dilatando, negando y restringiendo las indemnizaciones, pero no entienden que si los afectados mueren sus familias continuarán reclamando justicia. El silencio se ha roto y la verdad, al final, triunfará", concluye.

lunes, 19 de enero de 2026

La desamericanización del mundo según Pankaj Mishra

 Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo, por Pankaj MishraEl País,18 ene 2026

La civilización universal que ofrecía Estados Unidos solo era un espejismo. Su desaparición es posiblemente más esclarecedora y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Casi un año después de la llegada de Donald Trump al poder, da la impresión de que lo que define el carácter actual de EE UU no es la democracia, ni la libertad, sino el supremacismo blanco violento

En 1990, mientras el comunismo soviético se derrumbaba y parecía que estábamos ante el fin de la historia, el escritor V. S. Naipaul alabó la americanización del mundo. En una conferencia pronunciada en el Manhattan Institute, una institución neoyorquina de derechas, afirmó que la idea estadounidense de la búsqueda de la felicidad había puesto fin al largo debate ideológico sobre qué vida y qué sociedad eran mejores y estaba creando una civilización universal.

El americanismo que expresaba Naipaul en 1990, tan lleno de seguridad en sí mismo, nacía de una realidad innegable: con la caída del comunismo, quienes habían intentado construir sociedades socialistas o socialdemócratas habían sufrido una pérdida decisiva de legitimidad y credibilidad. Estaba asentándose la idea de que la historia misma había desembocado en la democracia y el capitalismo de estilo estado­unidense. En 1999, el columnista de The New York Times Thomas Friedman podía anunciar sin reparos: “Quiero que todo el mundo sea estadounidense”.

Sin embargo, en 2026 es difícil evitar la sospecha de que la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal. Era un espejismo muy seductor y su desaparición constituye un momento de enorme gravedad, posiblemente más esclarecedor y trascendental que la desaparición del espejismo comunista en 1991. Además, el mundo, que ha pagado un precio demasiado alto por la búsqueda de la felicidad de una pequeña minoría estado­unidense, debe someterse a una rápida desamericanización, intelectual, espiritual y geopolítica.

Mientras Trump estrangula a Venezuela y amenaza a Groenlandia, da la impresión de que lo que define el carácter actual y el destino de Estados Unidos no es la democracia, sino el supremacismo blanco violento. Esta realidad supone una reivindicación de los historiadores que han trabajado para crear un gran archivo de estudios sobre las prácticas estadounidenses de esclavitud, genocidio e imperialismo racista. Pero también necesitamos comprender la novedad histórica que supuso esa civilización universal, su atractivo y su extraordinaria hegemonía como sistema de creencias durante cuatro décadas, capaz de formar ideas, preferencias, aspiraciones y propósitos en todo el mundo. Solo entonces podremos empezar a esbozar el mundo desamericanizado que está por venir.

El premio Nobel de Literatura polaco Czeslaw Miłosz escribió: “Los estadounidenses aceptaban su sociedad como si fuera un producto del propio orden natural; estaban tan convencidos de ello que tendían a compadecerse del resto de la humanidad por haberse desviado de la norma”. Pero la gran anomalía en la historia de la humanidad ha sido precisamente Estados Unidos. Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.

Estados Unidos inició su ascenso a principios del siglo XX con una extraordinaria variedad de productos de consumo —los automóviles Ford, el cine de Hollywood, las máquinas de coser Singer, las maquinillas de afeitar Gillette—, por lo que no solo se convirtió en imperio, sino también en un emporio comercial, y encabezó una revolución dentro del consumo de masas mediante la creación de unas necesidades materiales, sociales y psicológicas antes desconocidas.

La expansión estadounidense fue acompañada de unos valores de igualitarismo sin precedentes. Este espíritu democrático peculiar se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como “el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense”. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos.

El imperio estadounidense, que hacía que toda resistencia en su contra pareciera antidemocrática, enfermizamente radical o reaccionaria, creció durante las guerras mundiales que devastaron Europa y gran parte de Asia. A partir de 1945, fue acogido con gratitud por los líderes de Europa occidental, que pensaban que era fundamental intensificar la presencia del aliado norteamericano en el continente para garantizar su propia supervivencia.

Pero el “poder blando” de Estados Unidos en la Europa de la posguerra no se limitó al soborno de políticos europeos, los incentivos económicos que ofrecía la CIA a intelectuales anticomunistas y la sutil propaganda de la Voz de América y el International Herald Tribune. Ya en 1930, Cesare Pavese, uno de los escritores italianos que se sentían asfixiados por el fascismo, decía que la ficción estadounidense ofrecía “el testimonio de una vida vivida con mucho —quizás demasiado— entusiasmo”. Años más tarde, en esa misma década, un joven Italo Calvino “sentía”, al pasar por un cine que proyectaba películas estadounidenses en su pequeña ciudad italiana, “la llamada de ese otro mundo que era el mundo”.

A partir de 1945, Estados Unidos reforzó la difusión de una cultura popular capaz de seducir con su alegría y su optimismo a un mundo lleno de dificultades, sobre todo a las generaciones jóvenes. El nuevo espíritu estadounidense depositaba la responsabilidad del desarrollo personal en el aumento de los ingresos y el consumo; vinculaba la autoestima de cada persona a la envidia y la comparación con los bienes materiales de los demás. Como consecuencia, Estados Unidos generó una gran transformación mundial de la propia imagen individual y colectiva; los irresistibles cultos del Nuevo Mundo al hedonismo, la abundancia y la inmediatez pusieron en tela de juicio y, muchas veces, derribaron los modelos tradicionales de realización personal y trascendencia.

En muchas sociedades no occidentales, el modelo de adaptación individual a la sociedad moderna había subrayado un proceso lento y frugal de aprendizaje, disciplina y una ética de responsabilidad social, pero este modelo quedó obsoleto cuando se impuso la idea estadounidense de que había que consumir en privado el yo y el mundo mediante la satisfacción continua de las ansias libidinosas de riqueza y poder.

A pesar de la desindustrialización de la economía estadounidense, esta siguió produciendo novedades constantes: Google, el MacBook, eBay, Wikipedia y Amazon, entre otras. Las tecnologías digitales norteamericanas fueron las primeras en ofrecer una rápida gratificación de dopamina a personas aisladas que vivían en unas sociedades cada vez más atomizadas. Las redes sociales, al mismo tiempo que prometían la libre expresión y el empoderamiento político, contribuyeron a universalizar un peculiar modo de individualismo basado en el consumo.

Hoy, sin embargo, los gigantes de Silicon Valley como Meta y X respaldan a Trump, el principal beneficiario de una corrupción política, mental y espiritual generalizada a través de las redes sociales; y da la impresión de que los modelos estadounidenses de individualismo han sido una forma de engaño. Durante todo este tiempo, mientras prometían a los seres humanos un poder y una identidad extraordinarios, estaban convirtiéndolos en meros nodos que vomitan datos en las redes digitales: unas automatizaciones que allanan el camino para la IA.

En muchos otros aspectos, nuestro mundo fracturado actual, desde el Caribe hasta Palestina, es consecuencia de una americanización cultural y espiritual temeraria. Hace tiempo que los mercaderes, movidos fundamentalmente por la búsqueda del dinero y el poder, dominan la vida pública de Estados Unidos y las sociedades americanizadas. El hecho de que sus deseos estuvieran totalmente carentes de cualquier valor positivo, como el bien común, o incluso de una mínima preocupación por las consecuencias y la responsabilidad, ha fomentado una tendencia al comportamiento extremista y, en última instancia, al militarismo endémico y al belicismo.

Es posible que Donald Trump y su banda de multimillonarios tecnológicos, criptobros, magnates del petróleo y banqueros en la sombra sean la encarnación inequívoca del Homo americanus, definido por Octavio Paz como un “gigante fanático” que “no padece de soberbia”, sino que “es sencillamente un sin ley”. Pero la interminable “guerra contra el terrorismo” de Estados Unidos, que causó la muerte y el desplazamiento de millones de personas en el sur de Asia, Oriente Próximo y el norte de África y que no acarreó ningún castigo para sus defensores políticos y periodísticos, ya había puesto de relieve que la clase dirigente estadounidense recurría cada vez más a la fuerza bruta para mantener su hegemonía mundial. La prueba más llamativa de una dinámica global incontrolable de nihilismo es que, en Estados Unidos, los políticos, tanto demócratas como republicanos, y los periodistas, tanto progresistas como de derechas, siguen siendo aliados de un régimen explícitamente genocida en Israel.

Hoy puede resultar extraño que una sociedad de inmigrantes, tan profundamente definida (y limitada) por las necesidades sociales y psicológicas de los exiliados y los desarraigados, se considerara a sí misma un modelo —la ciudad sobre la colina— que el resto de la humanidad debía emular. Pero más extraordinario todavía es que gran parte de la población mundial aceptara sin más esa declaración.

Durante décadas, el sueño de la emancipación a través de la modernidad estadounidense capturó la imaginación política y moral de innumerables hombres y mujeres de todo el mundo. Estados Unidos se convirtió en una segunda patria para asiáticos y africanos, igual que París o Londres habían sido en otro tiempo las ciudades de adopción de muchos europeos y latinoamericanos.

Ahora hay millones de personas de todo el planeta en estado de shock al ver a Trump encabezando un movimiento de extrema derecha que se opone ferozmente en todo el mundo libre a la inmigración y desprecia toda posibilidad de humanidad común, justicia social o igualdad de derechos. No es exagerado decir que el descontento que está aflorando en todo el mundo respecto a Estados Unidos es seguramente un fenómeno más amplio y traumático que la desilusión de los románticos europeos del siglo XIX con la Francia revolucionaria o la pérdida de fe de mediados del siglo XX en el dios (comunista) que había fracasado.

Llevar a cabo una desamericanización del mundo rápida y profunda se ha convertido en un imperativo moral y existencial. Millones de personas seducidas por las tecnologías digitales estadounidenses porque les prometían la emancipación personal han sufrido la manipulación de la mente y el espíritu por la avalancha de desinformación. Incluso los criterios básicos a los que han recurrido los seres humanos durante siglos —el bien y el mal, la verdad y la falsedad— están desapareciendo. En todas partes, las personas se ven reducidas a juguetes de una clase dominante experta en trastocar los valores y convertir el delito en un acto loable y la mentira descarada en dogma.

Para escapar de nuestro aterrador abismo moral, debemos recuperar valores deliberadamente suprimidos en una sociedad de individuos competitivos construida sobre el modelo estadounidense, valores como la solidaridad, la compasión y el bien común. Es de suponer que este intento no va a contar con la ayuda de los beneficiarios del siglo americano, las clases políticas y mediáticas de Europa occidental, que son incapaces de romper su larga y lucrativa historia de amor con Estados Unidos. Las élites no están preparadas para diagnosticar el mal que ha provocado desde hace tiempo un espíritu social de codicia, miedo y rivalidad en sus propias sociedades. Tampoco pueden empezar a comprender la experiencia generalizada de indefensión intelectual y espiritual que vivimos hoy.

Por suerte, la necesaria desamericanización del mundo no dependerá de ellos. En las últimas décadas, las revoluciones democráticas y del conocimiento en Asia, Latinoamérica y África han dado a luz una sociedad civil de movimientos transnacionales. Las redes no estatales y muchos grupos de interés por encima de las fronteras han reunido a activistas preocupados por los derechos humanos, la pobreza, la justicia ecológica, la vivienda social y la igualdad de género, ya sea en la India o en el Amazonas.

Justo cuando empezaba a ser evidente que el sueño americano no era más que un sueño, dos papas sucesivos con experiencia en América Latina asumieron el liderazgo moral del mundo con sus encíclicas sobre el cambio climático, la pobreza y la desigualdad. La religión tradicional se ha tergiversado y convertido en una farsa en manos de sus beatos representantes estadounidenses, como J. D. Vance, o de un clero español que abraza a la extrema derecha. Aun así, para construir un orden social genuinamente igualitario, sostenible y justo y luchar contra problemas como el cambio climático y la inteligencia artificial, hace falta la sabiduría filosófica acumulada durante el largo pasado de la humanidad.

Por supuesto, son necesarias nuevas instituciones mundiales de coordinación económica y política. Pero la desamericanización requiere asimismo que cada persona cambie por completo su forma de percibir el significado y el marco general de su propia vida, su manera de actuar en la relación interdependiente con los demás y con el mundo natural. Ya tenemos claro que el mundo no puede sobrevivir a la fe nihilista de Estados Unidos en el individuo aislado de la sociedad, que consume el mundo de forma privada. Este es el verdadero significado del repentino y sorprendente fin del fin de la historia.

Pankaj Mishra (Jhansi, India, 1969) es novelista y ensayista. Es autor de libros como La edad de la ira (2017), Fanáticos insulsos (2020) y El mundo después de Gaza. Una breve historia (2025), todos en Galaxia Gutenberg.

Alexander von Humboldt, un intelectual prusiano contra la leyenda negra

 El informe olvidado de principios del siglo XIX que ya combatió la leyenda negra y la idea del genocidio en América, en Abc de Madrid, por Israel Viana, 18/01/2026: 

Se público en 1826 y ofrecía datos «muy detallados, serios y completos», pero cayó en el olvido

En verano, Richard Kagan (Nueva Jersey, 1943) contaba a ABC que, cuando tuvo al gran John Elliot como tutor en los cursos de doctorado durante la década de 1960, todo el mundo en Gran Bretaña y Estados Unidos le preguntaba, «con cierto prejuicio», por qué había decidido estudiar historia de España. Algunos iban más allá y juzgaban su decisión con la siguiente pregunta: «¿Pero qué ha hecho España de la civilización a lo largo de la historia?». El profesor emérito de la Universidad John Hopkins, considerado desde hace décadas uno de los grandes especialistas en la historia moderna de nuestro país, se sorprendía y se sigue sorprendiendo ante semejante desconocimiento:

«Ese prejuicio tenía una larga tradición. El otro día, en un encuentro, me preguntaron por el declive de España y yo les decía: '¿Declive? Bueno, España mantuvo su imperio durante tres siglos, hasta el siglo XIX… ¡No está mal! Y en Cuba ganó más dinero en un siglo gracias a la esclavitud y el azúcar que todos los beneficios de la plata de Potosí en México en los siglos anteriores. Lo que ocurrió en España no fue un desastre total, como se quiere hacernos creer», añadía Kagan durante la entrevista.

«Lo cierto es que ese prejuicio tenía una larga tradición», aseguraba el profesor de la Universidad John Hopkins. Su origen, sin embargo, no está del todo claro, aunque algunos investigadores se han remontado hasta el siglo XIV para establecer cuándo empezó este «odio», este relato crítico con nuestro pasado, antes incluso del descubrimiento de América por parte de Cristóbal Colón. Es decir, mucho antes de que comenzara la conquista del 'nuevo' continente en la que se ha centrado, sobre todo, la leyenda negra en los últimos siglos.

Aunque fue Julián Juderías el responsable de convertir este relato propagandístico antiespañol en un concepto histórico reconocible con un famoso estudio de 1914, lo cierto es que también hubo voces que, mucho antes, intentaron tumbar estas críticas. «Por virtud de un prejuicio muy generalizado en Europa, hay la creencia de que se han conservado en América muy pocos indígenas de tinte cobrizo. En la Nueva España, el número de indígenas se eleva a dos millones, contando únicamente los que no tienen mezcla de sangre europea. Y lo que es más consolador aún, lejos de extinguirse, la población india ha aumentado considerablemente durante los últimos cincuenta años , como lo prueban los registros de la capitación y los tributos», escribía Alexander von Humboldt a principios del siglo XIX.

Humboldt

Quien escribía estas palabras no era precisamente sospechoso de regalar los oídos a los imperios coloniales europeos en lo que respecta al trato que dieron a los indígenas tras el descubrimiento de América. Es más, su constante militancia contra la esclavitud, entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, le granjeó una gran cantidad de enemigos en la Corona española, la corte de Berlín y el gobierno de Napoleón Bonaparte. Pero Alexander von Humboldt (1769-1859) lo tuvo claro durante su largo viaje de investigación por los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos, entre 1799 y 1804, donde llegó a la conclusión de que si Europa hubiera visto con otros ojos la riqueza que había en la diversidad cultural del viejo continente, «habría encontraría soluciones a la guerra, la opresión y la abominación de la esclavitud», aseguraba a la BBC, hace un año, la historiadora de la ciencia Laura Dassow Walls.

Lo que nadie pone en duda hoy es que aquella expedición transformó nuestra visión de la naturaleza, hasta el punto de que algunas ideas fundamentales del ecologismo actual se alimentan aún del trabajo del famoso naturalista y geógrafo alemán. La prueba de su legado es que, 250 años después de su nacimiento, su nombre es el que más lugares, accidentes geográficos, plantas y animales del mundo tiene en su honor. Pero lo que nos interesa aquí son sus sorprendentes (y más desconocidos) estudios sobre la esclavitud en América, que tumbaron ya hace doscientos años la leyenda negra difundida contra España sobre el trato que dio a los esclavos y el número de ellos que tenía en sus dominios.

Como advierte Humboldt en su 'Ensayo político sobre la isla de Cuba' (1826), él solo quiso «explicar este fenómeno y precisar sus conceptos mediante comparaciones y ojeadas estadísticas». Y así, con todos los datos recogidos durante sus cinco años en América, escribió la prédica liberal más importante contra este fenómeno en el mundo atlántico durante el siglo XIX. Tan mal sentó, que John S. Thrasher suprimió el mencionado capítulo en su traducción de 1856, pues atentaba contra uno de los pilares de la economía europea, lo que llevó al autor a protestar enérgicamente en público.

Haití

El origen de su investigación se encuentra en la revolución de Haití, después de que los esclavos de las plantaciones de la región de Acul, al norte de Saint-Domingue, se levantaran en 1791. Aquella revuelta que culminó el 1 de enero de 1804 con la proclamación de la primera república negra de la historia, justo cuando Humboldt regresó a Europa de su larga estancia en América, le dio mucho que pensar. El impacto fue tan fuerte que, en 1807, se suprimió en Gran Bretaña el comercio de africanos con sus colonias. En España se intentó cuatro años después. Según cuentan Marieta Cantos, Fernando Durán y Alberto Romero en 'La guerra de pluma: sociedad, consumo y vida cotidiana' (UCA, 2006), el diputado José Guridi Alcocer pidió en las Cortes de Cádiz «un plan para abolir la esclavitud, la regulación de que los hijos de esclavos fueran libres desde su nacimiento o, en su caso, abonarles un salario para que pudieran comprar su libertad a la larga», pero se encontró con fuertes críticas de los diputados cubanos y el problema no se resolvió.

Cuando los antiguos esclavos , ahora soldados y oficiales de un ejército independiente, proclamaron la independencia de Haití en 1804, Humboldt todavía no tenía escrita ni una palabra en sus diarios sobre este importante acontecimiento. «A pesar de ello, cuando fue a Venezuela en 1799 ya era enemigo de la esclavitud. Y aunque no escribió nada sobre los esclavos, sí hizo una larga excursión a las plantaciones de sus conocidos oligarcas esclavistas y atendió a los debates de la élite sobre el mejoramiento tecnológico de la esclavitud. Además, en La Habana conoció al Adam Smith de las economías de plantación de América, Francisco de Arango y Parreño, quien había realizado algún estudio comparativo previo. El alemán, sin embargo, necesitó más tiempo y empezó a a escribir sobre rebeliones , conspiraciones, esclavos y esclavitud hasta su segunda estancia en Cuba en 1804», comenta Michael Zeuske en su artículo 'Alexander von Humboldt y la comparación de las esclavitudes en las Américas' (Universidad de Colonia, 2005).

Es aquí donde llegan las sorpresas cocinadas a fuego lento por Humboldt a la luz de sus estadísticas. «Si se compara Cuba con Jamaica, el resultado parece estar a favor de la legislación española y de las costumbres de los habitantes cubanos . Estas comparaciones demuestran, en esta última isla, un estado de cosas infinitamente más favorable a la conservación física de los negros y a su concesión de la libertad», apunta Humboldt en su «Ensayo político sobre la isla de Cuba», publicado veinte años después de su viaje a América, cuando la esclavitud no solo seguía sin ser erradicada, sino que florecía en todo el Caribe. «Sigue siendo el mayor de todos los males que han atormentado a la humanidad», asegura.

Las estadísticas

Uno de los resultados más importantes del trabajo de Humboldt es su amplio y detallado análisis de la población india y negra en la sociedad colonial hispanoamericana. Con respecto al primer grupo, según explica el director del Centro de Investigaciones hispanoamericanas de la Universidad de París X, Charles Minguet, en su artículo 'La América de Humboldt', nuestro protagonista «logró barrer un montón de errores acumulados durante siglos por los escritores de la Leyenda negra , que habían derramado torrentes de lágrimas sobre los Indios, sin haber visto nunca a un solo representante de ellos».

«Los datos que da Humboldt son estadísticos —añade— y, gracias a ellos, la Europa culta y ensordecida durante todo el siglo XVIII por los gritos de horror de los indianistas lacrimosos se entera de que existen, en las posesiones españolas de América, 7,5 millones de Indios y 5,5 de mestizos. Es decir, un total de 13 millones de indios y mestizos o mulatos, que representan el 80% de la población total de Hispanoamérica . Estas cifras significan que, a finales del siglo XVIII, la población amerindia había alcanzado o sobrepasado la cifra supuesta en vísperas de la Conquista».

Datos «serios y completos»

Con respecto a la presencia de población negra en la América española, Humboldt también ofrece, en palabras de Minguet, datos «muy detallados, serios y completos» que provocan sorpresas a los defensores de la Leyenda Negra. De estas estadísticas, el profesor de la Universidad de Paris X deduce los siguientes puntos:

1) Entre 1800 y 1820, de los 6.443.000 negros (esclavos y libres) de toda América, la América española tiene solamente 776.000 . El número de los esclavos representa solamente el 4% de la población total de Hispanoamérica y no el 8% como han pretendido. Es decir, entre 500 y 550.000 esclavos en una población de 15 millones de habitantes, poco más o menos, mientras que en las Antillas francesas e inglesas, la proporción era de 80 a 90% y en los Estados Unidos del 16%.

2) Los esclavos transportados a la América española representan solamente la decimoquinta parte del número total transportado durante tres siglos por los países europeos.

3) En las colonias españolas, los esclavos manumisos eran mucho más numerosos que en otras partes: 18% en Cuba, 3% en América del Norte, 10% en las Antillas inglesas. El hecho se debe a la costumbre que tenían los dueños españoles de dar la libertad a sus esclavos por testamento.

4) En Cuba, la población libre, entre blancos, negros y mulatos, representaba el 64% de la población de la Isla en 1820.

5) Y si examinamos la legislación negrera española, sobre todo el Código Carolino de 1789, notamos que se aleja mucho del catálogo atroz de tormentos, suplicios y mutilaciones previstos en los códigos de Francia e Inglaterra de la misma época. Sin duda, sabemos que, a menudo, no se aplicaban en las colonias todas las disposiciones legales dictadas en la metrópoli. «Pero reconozcamos con Humboldt que la moderación de los textos, las costumbres y la influencia de la religión permitieron un trato más humano. Y que todos esos elementos contradicen los prejuicios europeos que atribuían a los españoles abusos y crímenes cometidos por otros», concluye Minguet.

Posición antiesclavista

Nuestro protagonista, dada su posición antiesclavista, no tenía por qué blanquear la política de España con respecto a la esclavitud en sus territorios americanos, sobre todo en una época en la que la mayoría de las sociedades europeas estaban preocupadas por si la situación de Haití podría tener consecuencias en sus colonias y en «su» comercio de esclavos. Y, de hecho, no lo hizo, porque se granjeo enemigos en España muchos enemigos por su intransigente posición contra este fenómeno, a pesar de los muchos argumentos que escuchó por parte de los propietarios de esclavos.

Algunos críticos han querido ver en su análisis sobre España en América que la corona financió parte del viaje de Humboldt a América, pero lo cierto es que su posición antiesclavista en todos los territorios —incluidos los españoles— fue creciendo durante su expedición. Y aún así, «para él la esclavitud no fue una institución española, sino una institución de las élites locales, es decir, de los criollos. La observaba dondequiera, también en lugares donde no se espera esto, como por ejemplo en Ciudad de México», añade Zeuske.

El viajero prusiano descubriría que la legislación negrera española estaba muy lejos de los suplicios y atrocidades previstas en la legislación francesa e inglesa. Para Humboldt, las causas principales del trato más humano recibido en los territorios de España se encontraban tanto en los textos legislativos como en la influencia de la religión y las costumbres sociales. Y viene a reconocer que la realidad contradecía los prejuicios europeos , que atribuían a los españoles abusos y crímenes cometidos por otros.

Tal y como defiende Juan Sánchez Galera en 'Vamos a contar mentiras' (Edaf, 2012), y mal que les pese a los seguidores de la propaganda antiespañola, los monarcas hispanos no consolidaron la conquista de América a sablazo limpio, sino gracias a un ejército de maestros y curas. Frente a quienes presentan a los descubridores y conquistadores del Nuevo Mundo como crueles genocidas, el historiador afirma que Leyes de Indias que reglaron la vida en aquellas colonias supusieron el origen de lo que hoy conocemos como Derechos Humanos. «Los indios, fuera de ser unos desposeídos, son propietarios de pleno derecho de aquellas tierras que trabajan, y del rendimiento de las mismas pagan un tributo o servicio a su encomendero, quien a su vez tiene obligación de protegerlos y cristianizarlos. Como toda institución humana, la encomienda dio lugar a ciertos abusos, y en contados casos, incluso degeneró en una especie de esclavitud encubierta », defiende.

sábado, 17 de enero de 2026

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros