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jueves, 9 de abril de 2026

La transición conservadora

 Ser conservador después de Franco, en El País, por Ignacio Peyró, 20 nov 2025:

La Transición debe mucho al reformismo moderado, pero la derecha solo empezó a seducir a la mayoría electoral en los años noventa, con su conversión liberal

En apenas unos años, España iba a convertirse en una democracia avanzada, en miembro de la OTAN y de las Comunidades Europeas, pero el 20 de noviembre de 1975 no era un día para ser determinista. “Cuando hablamos de Salamina”, escribe Huizinga, “hay que hacerlo como si los persas aún pudieran ganar”. Y hace hoy 50 años, nadie podía saber quién iba a ganar el futuro en España. Al recordar aquel tiempo, el hispanista Trevor Dadson incidía en una paradoja: si el mundo celebró la Transición española, fue precisamente porque nadie en el mundo tenía demasiada confianza en que la Transición saliese bien. No era una cautela inútil, como se vio, años después, en las transiciones del espacio pos-soviético. Y en la España de 1975 también podían ganar los persas. A Franco le sucedía, según lo estipulado, una Monarquía tradicional, de amplios poderes y alineada con los principios del Movimiento. Y desde su kilómetro cero, la Transición se iba a ver acompañada, sobre un fondo de crisis económica, del ruido de sables y de los bombazos de una ETA que, por ejemplo, saludó el año auroral de 1978 con 65 muertos. Por supuesto que hubo presiones externas y, ante todo, una mayoría interna que quiso poner al país en hora con las democracias occidentales. A la vez, no había certezas como para justificar las esperanzas. Y una España que llevaba siglo y medio surtiendo a Europa de pintoresquismo y anomalías bien podía seguir siendo different un tiempo más.

Escribe Diogo Noivo que la Transición portuguesa la hizo la izquierda y la consolidó la derecha, en tanto que la Transición española fue un movimiento de la derecha que la izquierda haría irrevocable. Son generalidades, claro, que hay que tomar cum grano salis. En lo que afecta a España, en todo caso, permiten reintegrar el mérito conservador en nuestra Transición. Conservadores fueron muchos de sus artífices. Conservador fue el cambio “de la ley a la ley”. Conservador fue el paradigma de la reforma frente a la ruptura o la continuidad, como iba a ser ejemplarmente conservador mostrar —tanto a las filas ajenas como al búnker propio— que la moderación política puede llevarse adelante con una voluntad política ardorosa. En la Transición hubo, por tanto, rasgos de una operación conservadora como no se veían desde tiempos de Cánovas. Con dos créditos especiales. En primer lugar, la confirmación de que en la Historia hay grandes procesos y condicionantes materiales, pero los hombres y sus pasiones —el Rey y Suárez, Torcuato, Tarancón— siguen siendo determinantes. Y, en segundo lugar, el entendimiento del conservadurismo como ligado por fuerza al reformismo, según lo quiso esa guía de conservadores que fue Edmund Burke. Sí, finalmente hay una conclusión de escepticismo conservador: se podía haber hecho mejor, pero es arrogante pensar que se podía haber hecho perfecto.

Reivindicar la huella conservadora en la Transición quiere menos provocar que reclamar un patrimonio compartido. Al fin y al cabo, del 75 en adelante todo el mundo iba a hacer cosas inesperadas que terminaríamos incluso incorporando a una cierta mitología común. Los procuradores franquistas votan su suicidio ritual. Un ex secretario general del Movimiento legaliza el PCE. Los comunistas despliegan en su Comité Central “la bandera con los colores del Estado”. Los socialistas españoles abandonan el colectivismo (15 años antes que los laboristas británicos) y acometerán una revolución industrial. Cuando el giro político se completa y el centroderecha vuelve a gobernar, hará a su vez otras cosas inesperadas como abrazar la descentralización política o sentenciar la mili. A los 25 años de la muerte de Franco, en el momento en que el centroderecha gana por mayoría absoluta, Aznar afirma: “Hoy se acabó la Guerra Civil como argumento político”.

Era una ocasión para la grandilocuencia histórica, pero con estas palabras Aznar también buscaba confirmar algo más práctico: que los españoles quedaban manumitidos de la necesidad de ser progresistas. Si en tiempos de Franco esa militancia progresista podía sentirse como una obligada resistencia íntima, una democracia consolidada ya solo necesitaba demócratas. En la práctica, sin embargo, pasados 50 años, bien podemos pensar que no ha logrado ser así. Prueba de ello es que seguimos escribiendo sobre la posibilidad de ser conservador después de la muerte de Franco, cuando nadie en Polonia dudaría si es posible ser socialdemócrata después de Jaruzelski. En la democracia española, los progresistas se han comportado menos como actores de la obra que como dueños del teatro. El dóberman en el 96, el Tinell en 2003 o el Muro de 2023 son muestras de la inferioridad moral adjudicada a una derecha para cuya exclusión, por cierto, nunca se ha necesitado de la compañía de ninguna derecha extrema. Sea en la Academia o en la cultura popular, el liberal-conservadurismo solo aparece en España como cuota o como nicho, y la mirada foránea a nuestro país se articula en exclusiva a través de su canon progresista. Con todo, alguna culpa tendrá la derecha cuando sus líderes morales aún son intelectuales conversos de la izquierda. Feijóo, que en su juventud votó al PSOE, acaba de confesar su amor por la canción de autor de izquierdas: un espacio compartido, en el mejor de los casos; también, en el peor, un síntoma de la ancilaridad de la derecha en el sistema cultural español. En definitiva, la izquierda ha proyectado sobre la derecha la mala conciencia de que el dictador se les muriese de viejo. Algo llamativo, pues a la pregunta “¿dónde estabas tú en 1972?”, no hay tantos que puedan responder con plena felicidad ni en nuestra izquierda ni en nuestros nacionalismos.

La primacía de la izquierda en la democracia española cuaja en unos años ochenta en que la derecha está desorientada y dividida. Solo en los noventa, con su conversión liberal, la derecha empieza a seducir a mayorías. La democracia española por fin tiene su segundo violín. Aquel PP sitúa ya como “referente político inmediato” a la UCD y no a su presidente de honor, Manuel Fraga. Y frente al “complejo de derecha” de la década anterior, Aznar afirmará que no padece “mala conciencia democrática”. Lo demás es una historia que aún vemos y sentimos: al envite del modelo neoconservador, le sigue, con Rajoy, un repliegue tecnocrático. El PP, en todo caso, se va caracterizando como un partido de síntesis y concertación liberal-conservadora, de base amplia, institucional y europeísta, intelectualmente inhibido por su voluntad de ensamblar sensibilidades y, en todo caso, amigo de las vías medias que abre el encuentro entre dos ideales no siempre fáciles de objetivar como son el liberalismo y el humanismo cristiano. En todo caso, su propia solidez e implantación como partido le han sido de ayuda ante amenazas existenciales: el asedio de Ciudadanos, el deterioro causado por la corrupción, el desgaste de la gestión de la crisis o el afloramiento de cainismos en los años de Casado.

La novedad de estos años para el conservadurismo español es que el PP no solo se ve hostilizado por el PSOE. Vox va a nacer como una corrección en materia de valores: un PP auténtico, antes de su reposicionamiento en la internacional de la derecha identitaria, por donde sopla el aire de los tiempos. Así, mientras una rara discusión llevaba a FAES a acusar a Vox de “corromper el conservadurismo”, la prensa ha tenido que corregir el tiro aceleradamente para subrayar que la derecha dura ya no es el nuevo punk sino nada menos que el nuevo pop. Como a la izquierda radical, a la derecha dura la Transición tampoco le sirve para nada: véase su ausencia en los fastos monárquicos de estos días. El 20 de noviembre de 2000, Josep Ramoneda se quejaba de un aniversario “rodeado de indiferencia ciudadana”. Veinticinco años después, no diremos que es un homenaje oblicuo, pero Franco ha regresado con fuerza a la conversación del presente. Durante mucho tiempo, cuando la extrema derecha miraba al pasado, citaba a Franco y se encomendaba a la retórica de Blas Piñar, no ganó un solo voto. Ahora utiliza TikTok para hablar del futuro y la derecha tradicional todavía no ha encontrado el modo de pararla.

sábado, 4 de abril de 2026

Por qué México debería pedir perdón... a los indígenas

 [Transcripción corregida por el bloguero de Isaac Moreno Gallo, Por qué México debería pedir perdón, en TouTube, 25 mar 2026. Enlazar para poder ver los diagramas visuales:]

Bueno, amigos, pues hoy me apetece hablaros de México después de España. Y sí, porque aquello fue España antes de ser un país llamado México. 

Esto, por desgracia, se desconoce mucho en la propia España, porque entendería uno que se desconociera en otros países. No es su historia, no es su problema, pero se desconoce en España. En mi generación no nos enseñaron prácticamente nada de esto, pero nada, ni del alcance geográfico que tuvo aquella España en América, ni de otras cosas semejantes. Pero, como ya he hecho capítulos de ese México antes de España, de la conquista de México, porque tenéis uno que tenéis que ver obligatoriamente allí al principio en la lista de reproducción de La romanización de América, que la llamé así, uno titulado Bernal Díal del Castillo es uno de los prohombres que escribió la historia de aquella conquista, es muy interesante. Otro sobre Bernardino de Sahagún y, ya si queréis saber más cosas, hay otro sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca y otro sobre Orellana, La aventura de Orellana

Pero los que más afectan a este que hoy vamos a tratar son los dos primeros, Bernal Díaz del Castillo y Bernardino de Sahagún, porque ambos dan una descripción preciosa y precisa de cómo fue aquella conquista y la formación de aquellos territorios para la corona española en aquel momento, en el siglo XV. Lo cierto es que, aprovechando la invasión francesa, los momentos políticos convulsos que vivía la España peninsular con Fernando VI, pues los criollos que formaban la élite de aquellas sociedades hispanoamericanas, influidos por las nuevas ideas revolucionarias de la Ilustración, de lo que había ocurrido en Estados Unidos, de lo que había ocurrido también en Francia, decidieron que había llegado su momento y, ayudados por potencias extranjeras, y también por ideologías secretas extranjeras, la Masonería sobre todo, que influyó muchísimo en todos ellos, decidieron emprender unas batallas de emancipación que se convirtieron verdaderamente en guerras civiles, allí, en aquellos territorios americanos. 

Bueno, los acontecimientos, finalmente, pues, llevaron a que aquellos territorios se independizasen y sobre todo se fragmentasen y, como vamos a ir viendo, se empobreciesen  extremadamente. Eso es lo más triste. Pues lo cierto es que, de los virreinatos que se habían formado en América, el de la Nueva España era probablemente el más potente, y hoy hubiese sido uno de los territorios más ricos del planeta si se hubiese conservado en la extensión y en la forma en la que estaba. 

Porque la Nueva España fue realmente la joya de la corona española y tuvo una potencia económica global, que se puede decir así, entre los siglos XVI y XIX, tanto en agricultura como en minería como en el comercio. Ojo al galeón de Manila, una red comercial que se estableció con Oriente, con Filipinas, con China, donde una moneda global aceptada por todos los países, que era el real de ocho, un real de plata, que era el dólar realmente, convirtió efectivamente a aquel imperio español en una globalización económica de la que se han hecho incluso películas últimamente al efecto y que muchos españoles están descubriendo porque es que realmente lo desconocían, que no nos lo enseñaron en la escuela (es una cosa verdaderamente misteriosa). Es decir, que económicamente y financieramente el Imperio Español conectaba Asia, América y Europa. El único que hacía eso. A través del puerto de Acapulco, desde Asia, se traían especias, se traía seda, se traía porcelana, se traía muchísimo tipo de mercancías y se llevaba plata porque había que pagarlo. Se llevaba el real de a ocho. En la Nueva España, las haciendas se convirtieron en grandes centros de producción agrícola, maíz, trigo, caña de azúcar, etcétera. Ganado bovino, ganado ovino, ganado equino que se había llevado desde Europa, desde España. Y todo eso abastecía a todas las minas reales que había en ese momento, donde se estaba explotando la plata fundamentalmente y a las ciudades que crecieron de una manera impresionante.

Precisamente la ciudad de México, México D. F. hoy en día, fue uno de los centros urbanos más ricos e influyentes de toda la época virreinal. Alexander von Humboldt describió México a principios del siglo XIX como una tierra de inmensa riqueza natural y contrastes sociales. Acuñando el término de Ciudad de los Palacios, quedó deslumbrado por México, resaltando su belleza y su modernidad científica. un hombre que era alemán, explorador, venía de Berlín, conocía París, conocía Londres, conocía toda Europa. Y México le pareció lo mejor del mundo, la ciudad de México. Escribió mucho sobre su visita a México entre 1803 y 1804 y afirmaba: "Ninguna ciudad de América, sin exceptuar los Estados Unidos, puede exhibir instituciones científicas tan grandes y sólidas como Ciudad de México." Humboldt también afirmó que los mineros mexicanos eran los mejor pagados del mundo, recibiendo entre seis y siete veces más salario por su labor que un minero alemán. ¡Ojo al dato! Esto revienta el mito de la esclavitud, de la explotación etcétera porque ningún indígena, ningún nativo de las etnias americanas era esclavo. Estaba prohibido por ley y así era. Allí no trabajaban esclavos, trabajaba gente asalariada. Y lo dice el propio Humboldt, que lo vio con sus propios ojos. 

Aún dijo más. El agricultor indio era pobre, pero su situación era mucho mejor que los campesinos del norte de Europa, destacando la ausencia de esclavitud en comparación con otras colonias que él conocía, porque conocía colonias inglesas, colonias francesas, incluso los Estados Unidos ya emancipados y la esclavitud era atroz en todos esos sitios. Y aquí habla de ausencia de esclavitud. Según sus palabras, había una gran felicidad de vida y una notable abundancia en los recursos, señalando que, a pesar de la desigualdad, la situación de la población de Nueva España era superior a la de muchas partes de Europa. Evidentemente, en México había desigualdad, porque había mucha riqueza. Por lo tanto, había una gran parte de la población rica, una clase media relativamente escasa y habría muchos pobres, claro. ¿Y en qué ciudad de Europa, en qué capital del mundo en ese momento ataban los perros con longanizas? En ninguna. Absolutamente en ninguna. Llegó a considerar incluso que la Nueva España, lo que hoy conocemos por México, y mucho más territorio que ya desapareció, estaba en ciertos aspectos más avanzada y mejor desarrollada que otras provincias españolas, encontrando en ella además una riqueza cultural notable, señal de que había dinero. Porque el dinero llama a la cultura, nunca ha sido de otra forma. 

Quedó impresionado por la riqueza artística de la capilla del Rosario en Puebla. ¡Ojo, que como estas iglesias había muchísimas en Ciudad de México y en otras ciudades, porque se fundaron hospitales, lo sabéis, se fundaron universidades por todo lo que fue la Nueva España y otros virreinatos que dependían de España! Las catedrales, las iglesias tenían una riqueza que no tenían las iglesias ni catedrales españolas, porque el oro y la plata que se extraía de allí, quedaba fundamentalmente allí, y con eso se pagaba todo esto. De hecho, la denominó a esta capilla de Puebla, a esta capilla de la Virgen del Rosario, como la octava maravilla del mundo, debido a la espectacular decoración cubierta de lámina de oro, reflejando el esplendor y la habilidad artística de aquella época, porque se quedó deslumbrado ante esa capilla. Ahí está "el oro que nos robaron los españoles", como dicen entre comillas, que "se llevaron el oro". Pues todo eso que acabo de mencionar no fue gratis, evidentemente. ¿Cómo será la cosa, que hoy México es la séptima potencia mundial en producción de oro?

Saca unas 140 toneladas de oro al año. Pues bien, España, en 300 años, trajo en calidad de impuestos el quinto real, 185 toneladas en monedas, que venía ya en monedas, de toda América, no de México, de toda América, de todas sus posesiones en América, como os digo, como los pagos de los impuestos. Un dato que figura en el Archivo de Indias, es decir, que México produce en un año el mismo oro que se trajo los españoles en 300, en 300 años. El resto está allí, por supuesto, el resto que se extrajo en aquella época, que era muy poco. Y, hoy, para la cantidad de oro que producen y que sacan, y la riqueza que sigue teniendo el país, a pesar de las enormes pérdidas que tuvo después de la Independencia, "pues podría lucirles más el pelo", como dicen en mi pueblo. En fin, que como los criollos evidentemente ambicionaban todo esto, que no los indígenas, que no fueron los artífices de la Independencia, absolutamente no, para nada. Aunque, sí, de la conquista. Ojo, porque la conquista no la hicieron los españoles. Ya lo digo en los capítulos que he tratado de esto y que os he mencionado. Los artífices de la conquista de todo México y prácticamente de toda la España americana fueron los indígenas. En el caso de Mesoamérica, los tascaltecas sobre otras etnias y otras tribus, porque fueron los más numerosos, los que llevaron la voz cantante, y los que luego gozaron de privilegios gracias a ello. Orgullosos además de esto durante toda la vida. Ahí está el Lienzo de Tascala, donde ellos narran todas las vicisitudes de la conquista, cómo participaron ellos, cómo ellos fueron los que conquistaron Tenochtitlán, porque así es, o sea, el número de tlascaltecas y de otras tribus como cholultecas y otros aliados, pero sobre todo de tlascaltecas respecto a los españoles, era entre 100 y 200 a uno. Los españoles pudieron poner la estrategia, la inteligencia de algunos puntos de la batalla, porque sí, los bergantines que se echaron a la laguna, pues fue idea de Cortés, y otras cosas, pero los que allí se batieron el cobre, los que conquistaron Tenochtitlán fueron los que más ganas tenían de hacerlo desde hacía décadas, los tascaltecas. Y, como decía Díaz del Castillo, "a pesar de los esfuerzos que nosotros poníamos, no conseguíamos que dejasen de matar a la gente cuando cayó Tenochtitlán", porque les parecía una salvajada lo que estaban haciendo los talascaltecas con la gente ya rendida y medio muerta de hambre que estaba saliendo de Tenochtitlán, los estaban masacrando, pero no podían evitarlo, porque es que eran 2000 en ese momento los españoles, incluidas todas las tropas de Pánfilo de Narváez que se habían sumado a ellos. Y hablamos de 100.000 o 200.000 trascaltecas, y otros indígenas aliados que deseaban desde hacía mucho tiempo borrar del mapa a los mexicas. Ya sabéis, era el imperio dominante en ese momento, la triple alianza del lago Texcoco, que bueno, pues apenas unas décadas antes, se habían merendado a decenas de miles de enemigos, sobre todo los tlascaltecas, habían tenido una guerra recientemente con ellos, y las consecuencias de esas guerras eran escuchar los gritos de los suyos, cómo les sacaban el corazón en vivo para ofrecérselo a su dios, tirarlos por las escaleras abajo y luego comerse los despojos de lo que quedaba allí. Sí, de la forma ritual que quieran ustedes. Sí, todo eso era un rito y efectivamente eran costumbres que a los españoles le parecieron feas y se las quitaron. Sí, hay que reconocer eso. Verdaderamente sí que le quitaron a los indígenas esas costumbres, pero lo que es el oro muy poquito. 

El caso es que allá en las primeras décadas del siglo XIX empiezan los movimientos revolucionarios y bueno, en principio los protagonistas son Miguel Hidalgo y José María Morelos. Estos nombres, que en México evidentemente se los sabrán de carrerilla, porque en el relato histórico que le enseñan en sus escuelas pues son los libertadores o algo así, habrán puesto un calificativo parecido a esto. En España no los conoce nadie, absolutamente nadie. Por eso lo quiero decir, por lo menos, ya que estos capítulos van a todo el mundo que habla español, pues por lo menos que sepan que han existido también. Desde luego, según varios historiadores, todo apunta a que ambos eran masones, es decir, estaban de nuevo influidos por esa ideología muy asociada también en aquellos momentos a la Ilustración y a los movimientos revolucionarios que estaban agitando el mundo. De hecho, en la propia Ciudad de México apareció una logia que se llamó Arquitectura moral, a la que parece que estos dos pertenecieron, estos y otros tantos participantes en estos movimientos. Evidentemente no ha quedado documentación de que esto sea así, porque eran sectas secretas, como siguen siendo.

O sea, los masones no van por ahí con un sello en la frente diciendo: "Yo soy masón." Y, en aquella época, la Inquisición los tenía vigilados, además allí, en México, porque sabían que eran muy anticatólicos y que podían conspirar en cualquier momento contra la Iglesia. De hecho, todos los movimientos que salieron de allí y los gobiernos fueron muy anticlericales después, probablemente pues en venganza, ¿no? Esa especie de venganza ideológica, de decir estos estaban con el rey, estaban con la Península, por lo tanto, pues, son nuestros enemigos. A pesar de la creencia tan arraigada en la población y el catolicismo, me refiero. Más adelante vinieron otros gobernantes, como por ejemplo Benito Juárez ya en 1840, un hombre acérrimamente anticlerical, que echaba pestes contra el clero, a excepción de Miguel Hidalgo, que lo tenía puesto en un altar, porque Miguel Hidalgo era cura, era un sacerdote, pero para él Miguel Hidalgo era el único cura que se salvaba en el mundo. Los demás tenían que pasar pues por la horca o algo parecido. Bueno, Benito Juárez fue el primer presidente indígena que tuvo México y, curioso, porque además de ser muy anticlerical, tenía unas fobias importantes dentro del mundo indígena.

Él creo que era de un pueblo zacateca. Los zacatecas también habían colaborado, la mayoría de ellos, con los españoles en los momentos de la conquista. A pesar de lo cual, él odiaba a los trascaltecas sin paliativos. Los odiaba. En un discurso que hizo allá en 1840 en la ciudad de Oaxaca, dice literalmente, y como es cortito os lo voy a leer en la literalidad, en un párrafo:

Roma, que en los bellos días de su República se había hecho la señora del universo y modelo del valor y de las demás virtudes sociales (pues mira, prácticamente lo que había pasado con España y toda la Nueva España y toda América, pero en este caso habla de Roma) se vio después humillada a los pies de sus emperadores y al fin destrozada por las armas de la barbarie. (Vaya, parece que está hablando de ellos mismos, ¿verdad?) Porque entonces cada cual de sus hijos procuraba sus propias comodidades y cada cual se abandonaba a la más vergonzosa apatía. (Efectivamente, el egoísmo de cada región de América exactamente se tradujo en esto. Está hablando de Roma, pero es como si hablase de ellos mismos, literalmente. Pero a continuación dice): México, poblada de 1000 naciones guerreras y por la misma naturaleza defendida, recibió la ley de un puñado de aventureros. (Habla de españoles, porque los viles trascaltecas prefirieron una rastrera venganza al honor nacional. ¡Vaya, pobres tlascaltecas! Dice "México poblada de 1000 naciones guerreras", eso es lo que era, 1000 grupúsculos de etnias guerreras. Omite evidentemente en estos discursos que se sacaban el corazón en vivo y se comían los unos a los otros. Eso es lo que eran las 1000 naciones guerreras.

Porque, en el relato histórico que crearon los independentistas, mitificaron todas estas culturas. Todavía hoy los indigenistas las mitifican y engañan a la gente con cosas que no han sido, evidentemente. Y a estas tribus que estaban en la edad de piedra y tenían unas costumbres atroces, las ponen como si hubieran estado a punto de llegar a la Luna, si no es porque llegaron los españoles. Y también dice: "Y prefirieron una rastrera venganza al honor nacional." Pero, ¿de qué nación? ¿De qué honor nacional habla si acaba de decir en la frase anterior que estaba poblada de 1000 naciones guerreras? Desde luego, si era el honor nacional de Tlascala, evidentemente pelearon por él.

Por eso se aliaron a los españoles. No había ningún otro tipo de nación antes de los españoles. En fin, que después de calificar de esta forma a los trascaltecas, dice, prestaron su funesta alianza al invasor de Castilla, que también los subyugó en premio de su perfidia y egoísmo criminal. Pues no, no les subyugó. No solamente no les subyugó, sino que participaron con ellos en la conquista de muchísimos territorios de toda América y hasta de Filipinas. Y hasta lucharon contra los piratas japoneses en Filipinas porque estaban en todos los lados, los trascaltecas, y hasta en la conquista del Perú hubo trascaltecas y se les dio premio y se les dio privilegios de nobleza y podían portar armas de fuego y podían montar a caballo, cosa que a no todas las etnias se les concedió porque, a los que habían sido derrotados por la guerra, eso nunca lo tuvieron. Y hasta territorios y pueblos en el norte, en lo que hoy es Estados Unidos, poblaron los trascaltecas. Así que miente, miente totalmente en estos párrafos. Pero es un discurso patriótico en el que está creando un relato y, normalmente, en esas épocas de 1840, todos los que lo escuchaban sabían menos que él, así que se tragaban lo que oían. Lo cierto es que, si el mundo indígena sufría cierta desigualdad y había un clasismo importante dentro de lo que era la Nueva España y en el resto del mundo, es porque eso se omite cuando se habla de esta forma. Ojo, después de la Independencia de México en 1821, durante todo el siglo XIX, la mayoría de los historiadores consideran que es el periodo más devastador para las comunidades indígenas, las comunidades originarias. Porque tras la salida de España de allí como Reino, los criollos en el poder consolidaron un Estado nacional que buscó precisamente homogeneizar a la población a costa de la identidad y de las tierras indígenas, lo que supuso prácticamente la destrucción de aquellas etnias. Se les despojó de las tierras comunales, y a continuación de la independencia; no antes, a continuación

Se forzó a muchos indígenas a convertirse en mano de obra barata, o cuasi esclavos, en las haciendas, cosa que no había ocurrido antes porque tenían sus tierras y las trabajaban y sacaban de ellas lo que podían. En el momento que se las quitaron, pues tuvieron que emplearse a muy bajo precio, prácticamente esclavos de los criollos, y de las haciendas grandes que estaban en posesión ¡como no! de los criollos. Hubo auténticas guerras de exterminio, que llamaron de pacificación. Así, entre comillas, se llevaron a cabo auténticas campañas militares violentas para someter a los pueblos que se sublevaban ante esa situación, especialmente en el norte del país, como fueron las famosas Guerras apaches en 1849, poquito después del discurso del señor Benito Juárez. Y esto se hizo bajo un lema que existió como tal, que no quede ni un apache, una auténtica campaña de exterminio. Hablé de las guerras apaches en estos episodios que os he citado al principio. Ahí podéis profundizar más. Y lo mismo ocurrió con algunos levantamientos en el sur, que fueron aplastados sin piedad. Y, todo esto, en un amplísimo territorio que hasta ese momento había estado pacificado y con una estabilidad envidiable, como decían los viajeros europeos. El propio von Humboldt, por si no creen a los historiadores, pues ahí tienen un señor imparcial que visitó aquello y que era alemán, no era español.

Lo cierto es que el racismo estructural se impuso precisamente a partir de entonces, porque si las leyes españolas protegían a los indígenas y promocionaban el mestizaje desde los tiempos de Isabel Católica, cuando se descubrió aquello, a partir de entonces todo cambió radicalmente y las leyes, por supuesto, se abolieron, aparecieron una nueva Constitución y unas nuevas leyes. Se impuso una visión criolla que consideraba a la cultura indígena como un obstáculo para el progreso y la modernidad. Exactamente eso. Y esto pues resultó en la supresión sistemática de las lenguas y de las costumbres nativas.

En la educación se dejó de impartir la lengua indígena, la lengua náhuatl, que era la mayoritaria allí. Vamos, que los pueblos indígenas fueron marginados del proyecto de nación que estaban creando estos señores después de la independencia. y sus derechos territoriales y culturales pues desaparecieron.

Precisamente el periodo que se conoció como el Porfiriato en honor a uno de los gobernantes, Porfirio Díaz, continuaron esa política de despojo y asimilación, convirtiendo el siglo posterior a la independencia en una etapa infernal de presión sobre las comunidades originarias. Tanto es así que aunque la lengua náhuatl era la lengua franca y más hablada en el altiplano central a inicios del siglo XIX, sufrió una drástica disminución en sus hablantes en comparación con aquel periodo virreinal del que habían salido. De hecho, hasta los indígenas han disminuido el número.

Precisamente el nuevo estado mexicano adoptó el español como la lengua oficial y de prestigio, asociando modernidad y ciudadanía con su uso. Entonces los propios indígenas se automarginaban, veían que se convertían en parias si seguían hablando náhuatl. Nada de esto había ocurrido en el virreinato. De hecho, a mediados del siglo XIX, según leo en algunos estudios, pues la necesidad de conocer las normativas y leyes impuestas por el Estado, que estaban todas en español, por supuesto, llevó a los propios hablantes de náhuatl a aprender español para interactuar con la administración. Es decir, si ya no hablabas español, no eras nadie, cosa que no había ocurrido en ese momento, donde el clero, los administradores y todos en la Nueva España hablaba el náhuatl porque tenían que entenderse con la mayoría, la gran mayoría que seguía hablando náhuatl. Mientras que en 1821 el 70% del total de la población hablaba lenguas indígenas, en la actualidad esa cifra ha bajado aproximadamente al 6,6% de la población total. Pues esa es la diferencia del trato indígena en todos los sentidos y del respeto a su cultura, etcétera, etcétera. Ahora sí, el malo es España, no los que gobernaron después de España, no, España.

Es la estupidez que este tipo de relatos que se han impuesto allí y hasta aquí en España, pues hay gente que se lo cree. Pero, bueno, es la debilidad de un país en constantes guerras civiles, que es lo que ocurrió después de su Independencia: continuamente hubo guerras civiles de todo tipo, y ocasionó que el primer enfrentamiento serio que tuvieron con los Estados Unidos les costara pues más de la mitad de su territorio, nada menos, porque en la guerra de 1846 a 1848, en apenas dos años, tuvo que ceder 2,4 millones de km cuadrados a Estados Unidos, porque los EE. UU., en una serie de batallas y de conflictos, vencieron a México directamente. Llegaron a entrar en la capital de México, y fue una de las condiciones que pusieron para acabar la guerra (y para marcharse de la capital de México, que, si hubieran querido se habían quedado con México entero). Pasa que ya les debió de dar hasta vergüenza. Dijeron, "Bueno, vamos a hacer un tratado, el famoso tratado de Guadalupe Hidalgo", que se llama así. No solo eso, después de este tratado de Guadalupe Hidalgo, y en 1853, tuvieron que hacer una venta adicional de más de 100.000 km² en el sur de Arizona y Nuevo México, el famoso tratado de Mesilla. Esto tuvo un impacto económico y social desastroso para México. La infraestructura minera y agrícola fue realmente destruida en estas guerras. El país se sumió en una inestabilidad política interna severa. Lo que os digo: guerras civiles continuas.

La famosa moneda virreinal, el real de a ocho, pues por supuesto ya desapareció. Dejó de ser la moneda de cambio internacional, al contrario, pasó a ser el dólar. Se reemplazó por el dólar de plata, porque para eso Estados Unidos había ganado la guerra y la hegemonía en todo el territorio. Y de esta manera, pues México perdió inmensas riquezas, mineras, petroleras, agrícolas, California, Texas, etcétera, y además, poco antes de que comenzase el famoso auge del oro, el oro de California, que también fue  tras de las riquezas que Estados Unidos se lanzó a por ella. Entretanto, ya habían tenido una guerra también con Francia, la Guerra de los pasteles que llaman (1838-1839) con unas reclamaciones económicas que hubo un bloqueo de los puertos, etcétera. México se vio forzado a pagar una indemnización de 600,000 de aquel entonces, que fue una pesada carga para aquella nación tan joven como era aquel México. Pero la segunda intervención francesa fue devastadora, 1862-1867. Benito Juárez, del que ya hemos hablado, decidió suspender la deuda externa en 1861 porque no la podían pagar. Estaban endeudados desde el momento de la independencia. Les había ayudado mucha gente y les habían endeudado hasta arriba, como ocurrió con todos los países hispanoamericanos. Eh, algunos todavía deben de estar debiendo dinero. Hablamos ya del siglo XXI. Y entonces Francia lo que se le ocurrió es, si no me pagan, pues invado México. Lo invadió e impuso un emperador, Napoleón III y allí estableció un imperio, pues aliado de Francia con un emperador que pusieron ellos. Unos 30.000 soldados franceses ocuparon todo el país para que esto se llevase a cabo. Por supuesto, se destruyeron las vías férreas, se atacaron multitud de infraestructuras e instalaciones, una guerra de 5 años que tuvo un impacto económico atroz, verdaderamente atroz. Bueno, pues entre una cosa y otra, México salió de una guerra para entrar en otra hasta llegar a la famosa Revolución mexicana de la que todo el mundo habrá oído hablar, aunque solo sea como el que oye llover, aunque no conozca más detalles precisos, porque en España no se conoce, ya os digo, nada sobre este asunto. Se inició el 20 de noviembre de 1910 y duró hasta el año 17. Esto empezó bajo una dictadura conocida como el Porfiriato, que antes he mencionado, en el que Porfirio Díaz Mori ejerció el poder en el país de la manera más dictatorial que se le ocurrió desde 1876 hasta 1911, 35 años. No le fue mal con esta dictadura, porque México por lo menos se estabilizó y prosperó bastante, pero cuando estalló la revolución todo se echó a perder, una guerra civil de las peores que ha tenido pues en casi todos los países del mundo.

Se estima que entre 1910 y 1920 causó entre 1 y 2 millones de muertos directamente, además de unos 3,4 millones que también murieron pues por hambrunas, emigración, la pandemia de gripe de 1918 que les pilló el medio de todo esto y la disminución de la natalidad porque el país pues echó a perder, como quien dice. En fin, que finalmente el país se fue estabilizando y cuando acabó la guerra civil, pues bueno, no se sabe muy bien si en el año 17 cuando se proclamó una Constitución o en el año 24 ya con la presidencia de Plutarco Elías Calles, o en 1928, que es cuando se asesinó al reelecto presidente Álvaro Obregón. Pero bueno, llegó el momento que la guerra se acabó, no por mucho tiempo, porque como todos los gobiernos habían sido muy anticlericales y la propia Constitución era anticlerical, al contrario que el pueblo que seguía teniendo una profunda raíz católica, pues esto volvió a provocar nuevos conflictos, como fue, por ejemplo, la Guerra Cristera. La guerra cristera, os lo resumo entre el año 192 y 1929, pues fue precisamente a raíz de una ley, la ley de calles de este presidente anterior que he dicho que buscaba limitar el culto y el número de sacerdotes. Y esto pues generó un profundo descontento entre los católicos, quienes vieron esto como una persecución religiosa. Y el caso es que se formaron milicias y empezó una nueva guerra civil. Pues bueno, un levantamiento armado de la población católica, pues al grito de ¡viva Cristo Rey!, que os sonará de otras cosas, pero esto empezó allí en la famosa guerra cristera de México. En ese momento el adoctrinamiento gubernamental era lo que se podría llamar comunista, es decir, además de anticlerical. Y eso, pues a los pocos que todavía tenían eh propiedades rurales, aunque ya las tierras comunales se habían perdido en gobiernos anteriores, como os he dicho, pues siguió siendo un motivo de conflicto importante y sumó muchos adeptos al movimiento cristero que igual no eran tan católicos, pero eran propietarios y es que el gobierno les quería rasar por todos los lados. En fin, que aquello acabó con una especie de mal acuerdo entre la Iglesia y el Estado y acordaron la reanudación del culto, pero sin cambiar la Constitución de 1917 ni la Ley de Calles, que realmente eran las leyes que estaban prohibiéndolo o limitándolo. Y de esa manera, pues los cristeros, lo que eran las milicias, fueron desarmadas y dejaron de recibir el apoyo de sus obispos, que de alguna manera eran los directores espirituales de aquel conflicto. Esto se tradujo en que cientos de líderes y excombatientes cristeros fueron asesinados por el gobierno tras entregar las armas. Esto es lo que se llamó la Traición cristera. Claro, los cristeros en ese momento consideraban que tenían ventaja militar sobre el ejército federal y esto fue una decepción terrible para ellos. De hecho, hubo una nueva rebelión allá en el año 31 al 41, todavía ya muy reciente, ¿verdad? Justo ya casi acabó con esto con la Segunda Guerra Mundial, ya sin muchas consecuencias porque les había diezmado a todos los primeros que se revelaron por este asunto. En fin, que estamos dando un repaso muy rápido a los 200 años más o menos que llevan después de la independencia de España. Contra aquellos 300 años de esplendor, de desarrollo y de riqueza, que eso está comprobado además de los testimonios, ¿verdad?, de viajeros y de otro tipo.

Pues bueno, a partir de aquello, ya resumiendo mucho, apareció el Partido Revolucionario Institucional, el PRI que ha gobernado pues durante 70 años y que después pues ha sido sucedido con algún impaz por otros partidos como está ahora el MORENA, etcétera, ¿no? Partidos que para el pobre México pues se han identificado mucho con el desvío de recursos, crimen organizado, enriquecimiento ilícito de funcionarios. Ha habido muchos gobernadores del PRI señalados por abusos de poder y desfalcos, por ejemplo ¿no? Como Javier Duarte, Tomás Yarrington, César Duarte, cada uno en un estado, Chihuahua este último, etcétera, Roberto Borge. La historia del PRI es bastante oscura.

Luego aparecieron los cárteles de la droga, también muy ligados a este partido, amparados por él, según decían allí, según dicen los historiadores. Bueno, pues ya estamos a finales del siglo XX. El caso es que el PRI en algún momento perdió las elecciones, cosa que también debían de manipular. También hubo quejas sobre este asunto y con algún impase en el poder, porque perdieron el poder, pero volvieron en 2012, en el 2018 de nuevo volvió a haber otro escándalo en el que perdieron toda la credibilidad y de alguna manera, pues el heredero de aquel partido institucional, porque es lo que era, vamos, que se ancló en el poder durante décadas, casi un siglo, pues puede ser este famoso movimiento de regeneración nacional que se llama MORENA, que ya sabéis que ha tenido los dos últimos presidentes, el famoso López Obrador y Claudia Sheinbaum, uno de ellos de procedencia española y la otra con todos sus abuelos de origen judío y procedencia centreuropea. Vamos, que tiene la misma sangre indígena que tengo yo, o sea, ninguna. De nuevo, con las mismas sombras, con las mismas acusaciones de corrupción, de connivencia e incluso amparo de los cárteles de la droga, el de Sinaloa, etcétera. Incluso establecieron una política de abrazos y no balazos. Bueno, pues sí, a besos van a acabar con los cárteles de la droga, casi seguro.

Faltaría más. En fin, que hay una serie de escenas intensas que hoy solamente se pueden ver en ese querido país que es México, que certifican claramente que estamos ante un estado terriblemente disfuncional, porque es probablemente el único sitio en la actualidad en todo el mundo en el que algunas madres tienen que recuperar a sus hijos de la forma más lamentable posible. Y eso se debe precisamente a los gobiernos mexicanos, a los últimos de las últimas décadas, desde que estas costumbres criminales aparecieron hasta la actualidad. En fin, que la historia de México después de la independencia no es precisamente brillante. Podía haber sido mucho mejor. No sabemos que podría haber sido si todavía fuera España, pero lo cierto es que entre los fisreinatos compartían recursos y en algún momento dado también hubieran compartido defensa. Y a pesar de muchos momentos y traspiés que tuvo aquella historia que posibilitaron en gran medida la independencia de México, pues como por ejemplo la traición de Rafael del Riego, el militar español que cuando había concentrado tropas el rey para luchar contra los independentistas allí en México y en Sudamérica en general, pues decidió que lo mejor que podía hacer era ir contra el rey, contra el propio Fernando VII, un rey que parece que no ha sido muy querido y que no se sabe si podría haber hecho algo más para evitar esto. Pero en todo caso es que le crecieron los enanos porque esto fue un palo muy duro. Destituyeron al rey incluso. Pero claro, había una alianza en Europa para evitar nuevas revoluciones como la de Napoleón y los famosos Cien mil hijos de San Luis, que fueron los que entraron en España, pues acabaron con Riego y con todo su movimiento y volvieron a poner al rey.

Eso sí, en el entretanto habíamos perdido todos los territorios americanos como consecuencia de también este masón, porque todos estos militares tenían prácticamente órdenes de las logías masónicas que evidentemente estaban luchando contra España en ese momento, porque casi todas eran inglesas y francesas, es decir, respondían a intereses extranjeros. Y así es como un territorio hoy que perdió más de la mitad del territorio del norte, un territorio que olía a petróleo ya en ese momento de una manera brutal. Los Estados Unidos se lo están aprovechando porque es su yacimiento petrolífero. Pues no sé si alguien debería pedirle perdón a él o es él ese Estado mexicano el que tendría que pedir perdón. Ya no digo a España, pero por lo menos a los mexicanos, porque menuda ruina que les llevó con la riqueza que heredaron. Se encontraron un país inmenso y riquísimo, a huevo, y lo echaron a perder. Y la culpa vienen a decir en su relato que es del que estaba antes. Aguántales. Y qué decir del propio nombre del país, México. Pero si la etnia mexica quedó muy diezmada después de la conquista de Tenochtitlán. Fue minoritaria. Si acaso la que se expandió y la que procreó y la que ocupó prácticamente todo el país fueron los trascaltecas. ¿Cómo es que México no se llama Tlascala o La gran Tlascala y no México? 

Hasta en eso es un auténtico disparate. Pero hay que leer los relatos de los políticos y de los historiadores de aquel momento, principios del siglo XIX, cómo desvirtúan todo esto para montar una historia y convencer a los que en ese momento les podían leer, incluso los posteriores, de que los hechos habían sido completamente diferentes o incluso lo contrario a lo que realmente había ocurrido. Ya sabéis, la historia es un relato, pero los hechos son otra cosa, pero en este caso es que es de lo más sangrante. Bueno, amigos, pues esto es todo lo que os quería contar del México después de España y de por qué creo que México debería pedir perdón por lo menos a los mexicanos que se lo merecen, que hagan un comunicado oficial el Estado mexicano pidiendo perdón a los mexicanos por haberles arruinado el futuro más brillante que en ese momento tenían aquella región de España. Hasta otra vez, amigos.

domingo, 15 de marzo de 2026

Muere Jürgen Habermas. Dossier

 [18 artículos sobre Habermas con motivo de  su muerte. Este hombre era una cierta solución

 I

 Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años, EFE / El País, 14 mar 2026:

El pensador, uno de los más grandes del siglo XX, ha fallecido este sábado en la ciudad de Starnberg, según ha informado su editorial Suhrkamp en un comunicado, citando a su vez a la familia

El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, uno de los más grandes pensadores del siglo XX, ha fallecido este sábado a los 96 años de edad en la ciudad de Starnberg, según ha informado su editorial Suhrkamp en un comunicado, citando a su vez a la familia.

Sus obras principales surgieron en Fráncfort, donde comenzó su carrera en la década de 1950 en el Instituto de Investigación Social junto a Theodor W. Adorno. En 1961 se doctoró en Marburgo con la obra ‘La transformación estructural de la esfera pública’.

Tras unos años en la Universidad de Heidelberg, en 1964 asumió la cátedra de Filosofía y Sociología de Max Horkheimer en la Universidad de Fráncfort. De su conferencia inaugural surgió en 1968 el libro ‘Conocimiento e interés’ (1968). Durante la revuelta estudiantil, Habermas fue percibido como un partidario del movimiento, aunque rechazó su radicalización.

En 1971 se trasladó a Starnberg, cerca de Múnich, donde dirigió hasta 1981 el Instituto Max Planck para la Investigación de las Condiciones de Vida del Mundo Científico-Técnico. En su último año publicó su obra principal, ‘Teoría de la acción comunicativa’. En 1983 regresó a Fráncfort, donde volvió a ocupar una cátedra de Filosofía hasta su jubilación en 1994.

En su vejez, que pasó a orillas del lago de Starnberg, se pronunció sobre cuestiones políticas, como la guerra de Kosovo, la investigación sobre el cerebro o los conflictos religiosos. Una característica de su discurso oral era la dificultad para hablar debido a una fisura palatina congénita.

II

 Habermas: el filósofo que creyó que convencer era posible, en El País, Máriam Martínez-Bascuñán, 14 mar 2026:

Perder al pensador no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena.

Habermas muere en un momento poco hospitalario para la empresa a la que dedicó su obra. No es una paradoja sentimental, sino un diagnóstico preciso. Construyó el andamiaje intelectual más sofisticado del siglo XX para sostener una idea simple y radical: que la democracia puede fundarse en la razón comunicativa, que la legitimidad nace del mejor argumento y no del poder bruto, y que Europa podía ser la prueba histórica de que ese proyecto era viable. Hoy, cuando sus dirigentes hablan con naturalidad de abandonar la pretensión normativa que definió el proyecto europeo, la muerte de Habermas adquiere un significado que no es biográfico sino político.

Jürgen Habermas fue el filósofo que se negó a rendirse ante el pesimismo. Heredero de la Escuela de Fráncfort, creció intelectualmente en la sombra de Adorno y Horkheimer, pensadores que habían visto en la razón moderna no solo una promesa de emancipación sino también el germen de Auschwitz. Habermas tomó ese diagnóstico sombrío y lo sometió a una corrección radical: si la razón había contribuido a la catástrofe, pensaba, no era porque estuviera condenada, sino porque había sido reducida a un instrumento. Había que repensarla de otro modo: no como técnica de dominio, sino como capacidad de entendimiento entre sujetos. De esa intuición nació su gran proyecto filosófico: la teoría de la acción comunicativa.

La idea es tan simple en su formulación como exigente en sus consecuencias. Cuando los seres humanos hablan para entenderse —no para manipular ni para vencer— activan una forma de racionalidad distinta a la del mercado o a la de la burocracia del Estado. Una racionalidad que propone en lugar de imponer, que escucha en lugar de silenciar y que funda su legitimidad no en el poder de quien habla sino en la fuerza del mejor argumento. De ese principio Habermas extrajo una teoría de la democracia, una filosofía del derecho y una defensa del proyecto europeo como el experimento político más avanzado de la historia: la apuesta de que es posible construir orden sin soberano y legitimidad sin espada. Fue también, como se señaló desde la teoría feminista, un proyecto con puntos ciegos: su ideal de imparcialidad tendía a expulsar del espacio público precisamente aquello que no encajaba en el molde de la razón desapasionada. Pero era un proyecto. Tenía horizonte. Creía que el mundo podía ser mejor mediante la palabra.

Habermas no fue un teórico de gabinete. Fue un intelectual que entendía que los argumentos tienen consecuencias y que por tanto hay que defenderlos en público. Intervino en el debate sobre la memoria del nazismo cuando historiadores conservadores intentaban relativizarlo. Se enfrentó a Foucault y a los posmodernos cuando creyó que su escepticismo radical disolvía las bases mismas de la crítica. Criticó la intervención en Irak y se posicionó sobre Ucrania cuando ya tenía más de noventa años. No siempre tuvo razón, pero siempre estuvo dispuesto a jugársela.

Habermas construyó toda su obra sobre un supuesto: que existe un espacio público donde los argumentos pueden competir en condiciones de igualdad y que el mejor argumento tiene posibilidades de ganar. Ese supuesto no era ingenuo. Sabía que el capitalismo lo erosionaba, que los medios lo podían distorsionar, y que el poder lo podía colonizar. Lo diagnosticó en 1962 con una lucidez extraordinaria, pero el diagnóstico de 1962 describía una degradación. Lo que tenemos hoy es algo cualitativamente distinto: no la colonización del espacio público sino su sustitución. Como ha señalado Evgeny Morozov, el espacio público habermasiano donde debía nacer el entendimiento ha sido reemplazado por una infraestructura propietaria donde el debate no se distorsiona desde fuera sino que se diseña desde dentro. Y en ese nuevo espacio el intelectual público de la razón ilustrada -el que baja al barro con argumentos, el que cree que convencer es posible- ha sido sustituido por el oráculo tecnológico. En lugar de argumentar, profetiza; en lugar de debatir, acumula seguidores; en lugar de buscar el mejor argumento, administra el algoritmo. Eso es Yarvin frente a Habermas. Eso es Musk frente a Habermas. Ese contraste resume, en última instancia, la oposición entre la Ilustración Oscura y la Ilustración tout court: entre el filósofo que creía posible convencer mediante argumentos y el tecnomagnate que controla la plataforma, diseña el algoritmo y decide qué argumentos circulan y cuáles desaparecen.

La teoría de la acción comunicativa no tenía herramientas para pensar un mundo en el que el espacio del debate deja de ser corrompido y pasa a ser privatizado, y en el que la manipulación no se ejerce sobre los argumentos sino sobre la arquitectura misma del debate. Eso es una limitación real y hay que decirlo. Pero la pregunta que animaba todo su proyecto —¿puede la razón ser el fundamento de la democracia?— es hoy más urgente que nunca. Precisamente porque ya nadie la defiende con su rigor. Precisamente porque se ha vuelto incómoda, ingenua, pasada de moda. Perder a Habermas no es perder una respuesta. Es perder a alguien que todavía creía que la pregunta valía la pena. En un momento en que los oráculos de Silicon Valley han ocupado el lugar del intelectual público y los líderes europeos abandonan el orden normativo como quien se quita un abrigo que ya no calienta, lo que se va con Habermas no es solo un filósofo. Es la última gran voz que insistió, sin ingenuidad y sin rendirse, en que el poder necesita justificarse ante la razón. Y no al revés.

III

Jürgen Habermas, el último intelectual, en El País, por Fernando Vallespín, 14 mar 2026:

Con la muerte del pensador alemán se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo.

El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.

En su empeño por reivindicar el poder de esta dimensión de la razón, Habermas probablemente haya sido también el último ilustrado, la roca en el camino de la filosofía posmoderna, su némesis. Es curioso cómo ese carácter tan abierto y afable que lo caracterizaba podía mutar enseguida en el intelectual indignado y sin concesiones, siempre dispuesto a elevar su voz contra todo aquello que a su juicio se desviaba de las promesas y las exigencias de cualquier sistema democrático. Ningún tema le era ajeno, ni desperdiciaba ninguna ocasión para hacerse presente en el espacio público -ese ámbito que tanto contribuyó a teorizar- cada vez que asomaba cualquier indicio de irracionalismo político. En su día fue calificado como la “conciencia de la República Federal”, por su casi siempre irreprimible presencia en cualquier debate de su país, que poco a poco fue ampliándose a Europa u otros acontecimientos internacionales. Cada vez que carecíamos de guía intelectual frente a algún gran acontecimiento, ahí estaba Habermas para orientarnos. La última ocasión que recuerdo, hace escasos meses, fue con motivo del retorno de Trump, la guerra de Ucrania y Europa. Ay, Europa, eso por lo que tanto venía luchando.

Quiso el destino que el último libro de Habermas -Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la democracia deliberativa (Trotta, 2025)- volviera sobre el mismo tema que, 60 años antes, contribuyera a hacerle famoso. Esta vez, sin embargo, lo hizo para elevar su enorme preocupación por cómo la digitalización, las redes sociales y las plataformas -tanto la estructura como el funcionamiento de la comunicación pública- hacían ya casi imposible el despliegue de una opinión pública compatible con los criterios de legitimación democrática. Antes, nonagenario ya, nos regaló un denso tratado de 1.700 páginas titulado Otra historia de la filosofía. Combinó, así, hasta el final, la atención a la actualidad apoyada en su sólido compromiso cívico, con la reflexión pausada propia del filósofo de raza.

Como nos cuenta Philipp Felsch (El filósofo, Trotta, 2025), sus últimos años estuvieron marcados por la frustración y la desesperanza. “Actualmente, todo a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso”, le confesó. Ante el terrible devenir del mundo político al que estamos asistiendo se veía en el rol del escritor de la época helenística que “conserva la memoria de las promesas incumplidas de su declinante cultura para los nacidos después de él”. Hoy empieza a cundir la impresión de que quizá hayamos entrado en esa fase, en la decadencia de la polis democrática. Pero gracias a pensadores como él no solo hemos aprendido a saber cómo detectar sus insuficiencias, sino también cómo armarnos para defenderla. Descanse en paz.

IV

El mundo después de Habermas, en El País, por Daniel Innerarity, 14 mar 2026: 

Solo podremos pensar las nuevas realidades partiendo de la inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que el filósofo alemán deja como legado.

Se escribirán muchos panegíricos sobre Jürgen Habermas, el miembro más destacado de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Se dirá, con toda razón, que es el último de los clásicos, que nadie como él ha conceptualizado el siglo XX, la era que en Alemania llamaban la “República de Bonn”. Nadie fue tan influyente en la comprensión de aquel mundo que se va difuminando y que ya no es el nuestro.

Me voy a permitir, desde el respeto, la admiración y la amistad, señalar algunas cosas que no tuvieron cabida en la monumental obra intelectual de Habermas, aquello que no pudo entender o no encajaba en sus categorías. Habermas no integró el feminismo y las políticas de la identidad en su universo mental, ciertas dimensiones de la complejidad de la sociedad contemporánea, la potencia arrolladora de la digitalización, el crecimiento de los movimientos reaccionarios, la incapacidad de Europa de hacer lo que todo el mundo sabe que tiene que hacer. La idea de que en una situación ideal de diálogo se impone “la fuerza del mejor argumento” nos parece un ejercicio de candidez en una época en la que la verdad le importa menos a la gente de lo que pensábamos. Esto no es un reproche sino todo lo contrario: un elogio de esa ingenuidad intelectual desde la que le resultó muy difícil entender las fuerzas disruptivas o la negatividad en la historia.

Recuerdo una conversación en su casa de Starnberg en la que yo, tal vez con demasiada osadía, pero con todo el respeto del que soy capaz, le advertía de estas realidades que estaban fuera de su construcción intelectual y le animaba a pensarlas. Me contestó diciendo: eso tendréis que hacerlo vosotros, los de la tercera generación. No sé si seremos capaces, pero estoy convencido de que únicamente lo haremos si tomamos como referencia, aunque sea para desbordarla en algunos aspectos, esa inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que nos deja como legado.

Daniel Innerarity, discípulo de Habermas, es miembro del Consejo del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, sede de lo que fue la célebre Escuela de Fráncfort, y de cuya tercera generación forma parte.

V

Muere Jürgen Habermas, la conciencia de la última oportunidad para la razón y para Europa, en El Mundo, por Luis Martínez, 14 marzo 2026:

Considerado el pensador más grande e influyente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, su trabajo replantea la Ilustración como proyecto inacabado siempre detrás de una nueva teoría de la razón. Su carácter de polemista y opinador impenitente sobre la actualidad le señala como el último gran intelectual

Intentar resumir la ingente producción filosófica, sociológica y hasta literaria de un pensador inabarcable y polemista tenaz como Jürgen Habermas se antoja tan aventurado como probablemente imposible. Cuando con motivo de la publicación de la colección de sus textos filosóficos en 2009 se vio él mismo obligado a describir el alcance y sentido de su trabajo, confesó que todo su esfuerzo desde hace décadas consistía "en aclarar las condiciones bajo las cuales los propios implicados pueden responder racionalmente tanto preguntas morales como preguntas éticas". En román paladino, o simplemente de la más vulgar de las maneras, se diría que buena parte del pensamiento del último gran baluarte de la tradición ilustrada (de eso se trata frente a las veleidades y confusiones pos y tardomodernas) se fundamentó y pugnó por el entendimiento, por la comprensión desde el diálogo, por la construcción de un espacio común y racional. En palabras de Ferrater Mora: "Los esfuerzos de Habermas se encaminan hacia una nueva teoría de la razón, que incluya asimismo la práctica, es decir, una teoría que sea al mismo tiempo justificativa y explicativa".

Lo que siempre pretendió Habermas, pues, fue reconfigurar los parámetros para un pensamiento global en un mundo global, un empeño a la altura de únicamente los grandes: Kant, Hegel, Marx o él mismo. "Discutir es más importante que comer", llegó a decir un hombre que jamás se refugió ni en la teoría ni en la desmesurada altura de su cátedra para no participar en cuanto debate público se cruzó en su camino: desde la herencia del nazismo al silencio vergonzoso de los suyos pasando por la construcción de Europa o, mucho más recientemente, por la guerra en Ucrania. Se peleó, por así decirlo, con Peter Sloterdijk, con Michel Foucault, con John Rawls, con el sociólogo neoliberal Wolfgang Streeck especialmente y hasta con el papa Benedicto. Con todos discutió, a todos comprendió y a todos rebatió.

Su muerte a los 96 años, deja a la Academia, así en general, sin el pensador más importante, influyente y total (por su constante empeño de sincretismo con todas las ramas del pensamiento, todas las escuelas y todas las tendencias y hasta modas), y la sociedad entera, también así en general, queda sin su referencia moral más inquieta, respetada e iluminada.

Nació en Düsseldorf, pero su infancia transcurrió en Gummersbach, no lejos de Colonia. Su padre, en calidad de su alto cargo de la Cámara de Comercio e Industria, colaboró, aunque solo fuera por omisión, con el régimen. Durante la guerra, el crío Jürgen es alistado en las juventudes hitlerianas. Nunca llega a participar en la guerra, pero el totalitarismo nazi marcará su biografía de forma definitiva. Su compromiso con la democracia le llevó de forma radical a denunciar de todas las maneras posibles a todos aquellos que se readaptaron a la nueva sociedad surgida del gran conflicto sin purgar sus culpas.

Las biografías más aceleradas le señalan como el último representante de la Escuela Crítica de Fráncfort. De hecho, se incorporó al Instituto de Investigación Social en 1955. Su padrino no era otro que un Theodor Adorno sorprendido por la capacidad de análisis y sagacidad de un jovencísimo pensador que con tan solo 24 años publicó un artículo definitivo y ya mítico en el periódico Frankfurter Allgemeinen Zeitung con el sonoro título "Pensar con Heidegger contra Heidegger". La publicación produjo un auténtico shock en una sociedad que luchaba por salvar la figura descomunal del autor de Ser y tiempo de todas sus torpezas y compromisos inconfesables durante, otra vez, el nazismo. Por entonces, pocos eran los que podían imaginar que ese impertinente polemista acabaría por ocupar el lugar del personaje objeto de su crítica hasta el punto de pasar a la historia como el Hegel de la República Federal.

En la institución madre de la célebre Teoría Crítica y responsable de reformular la teoría marxista después de Hitler y Stalin, Habermas duró poco. Enseguida surgieron desavenencias con su director, Max Horkheimer, del que, por cierto, heredaría la cátedra.

"Las etiquetas que les cuelgan a las teorías más bien dicen algo acerca de la repercusión de los malentendidos que acerca de la teoría misma", comentó posteriormente para dejar claro sus diferencias con esa Escuela de Fráncfort de la que sin renegar tampoco se sintió nunca heredero. Y seguía: "Yo partí de lo más sórdido de la antigua Teoría Crítica, que había tematizado las experiencias que se tuvieron con el fascismo y con el estalinismo. Aunque después de 1945 nuestra situación era distinta, esta mirada desilusionada a las fuerzas motrices de una dinámica autodestructiva de la sociedad fue lo primero que me llevó a buscar aquellas fuentes de la solidaridad recíproca que todavía no estaban completamente secas".

En definitiva, y como escribe su biógrafo Stefan Müller-Doohm, "en lugar de vivir de las rentas de la herencia de la Teoría Crítica, Habermas transformó esa teoría haciéndole dar un giro desde la teoría social hasta la teoría de la comunicación".

Su primer gran logró se plasmó en el libro fundamental Historia y crítica de la opinión pública en 1962. Por primera vez, Habermas se confiesa el mejor y último gran lector de la Ilustración y habla de la modernidad, no desde el derrotismo turbio de sus mayores, sino como un proyecto en marcha e inacabado. La vieja y brillante idea de que detrás de la modernidad se encuentran los campos de exterminio como consecuencia necesaria y nunca admitida es rebatida con una pasión por el futuro y, sobre todo, por Europa completamente inédita.

Habermas plantea el pensamiento como un arma contra la desilusión, como un oficio de constructores, como un antídoto contra la izquierda derrotista. Cuando el panorama de la cultura fuera inundado por el magnético y glamuroso posestructurlaismo francés, el filósofo de Dusseldorf encontraría el justo enemigo que todo gigante necesita para hacerse aún más fuerte.

Lo que surge a continuación no es uno, sino mil Habermas en conversación constante y extenuante con todas las ramas del saber de manera casi obscena. Habermas lo sabe todo, discute con todos y a todos coloca en su sitio. El filósofo, que nació con el paladar roto y cuya voz de metal navegando por frases interminables superpobladas de subordinadas se diría que le condenaban a un solipsismo, pronto se convirtió en la referencia de todos. Todo su empeño desde entonces, de la mano de la construcción de la Teoría de la acción comunicativa, la ética del discurso y la teoría de la democracia deliberativa, consiste en dar con patrones normativos desde los que fundamentar una teoría social crítica que dé respuesta a las contradicciones de un capitalismo tardío que escapa a las categorías clásicas de explotación y dominación, de infraestructura e ideología, para hacerse mucho más voluble, serpenteante, calculador y hasta siniestro.

Para llegar a este espacio de racionalidad, la filosofía no se bastaba sin el concurso de las ciencias sociales. Inicia así una refundación y reapropiación de los pilares básicos que fundamentan la democracia liberal detrás de los presupuestos institucionales que subyacen a la dimensión pública de la razón y del propio lenguaje. Figuras como Karl-Otto Apel o Richard Rorty le acompañarán en un viaje que incluye la relectura de Weber, Parsons o Luhmann.

Y todo ello, sin dejar en ningún momento de ofrecer la suya a cuanta polémica saltaba a la palestra. Este hombre, que en 1971 es nombrado director del Instituto Max Planck de "investigaciones para las condiciones de vida del mundo científico-técnico" hasta que en 1983 vuelve a su cátedra de Fráncfort, en la que se jubiló en 1993; este hombre, que siempre fue amante de los deportes de invierno y gran esquiador; este hombre, que quizá soñó con ser también arquitecto hasta el punto de diseñar su propia casa según los patrones del racionalismo más clásico; este hombre, que presumió de ser un viajero impenitente; este hombre, decíamos, nunca renunció a, efectivamente, ser solo un hombre.

Se embarró hasta las cejas en el llamado "debate de los historiadores" en cuanto atisbó el menor amago de condescendencia, comprensión o justificación con el pasado nazi desde las cátedras más desenfadadamente liberales. Qué no habría dicho sobre el revival franquista de algunos por aquí. Se fajó con Sloterdijk a vueltas del debate sobre la manipulación genética. Entró siempre al trapo cada vez que alguien discutió la idea de Europa con ocasión de la guerra de Ucrania y hasta colocó a Macron (aquel Macron, que no éste) como ejemplo a seguir. Que no habría dicho del avance de los euroescépticos trumpistas de extrema derecha de ahora si la actualidad no le hubiera cogido con las fuerzas ya mermadas. Y hasta acertó a reformular, desde la comprensión (que no duda), más profunda buena parte de su pensamiento racional hasta el agotamiento en el debate mantenido con el aún cardenal Ratzinger sobre la relación entre fe y razón.

En 2019 sorprendió con el que es probablemente su último gran texto (aunque en 2022 publicara otro más: La nueva transformación del espacio público y la democracia deliberativa). Por sorpresa y como el que empieza de nuevo, se decidió a reescribir entera la historia del pensamiento, de todo él. Fue quizá en un último intento por discutirlo todo, por encontrar la raíz de lo común, de lo que hace al hombre ser hombre, de lo que constituye la esencia del mismo lenguaje. Una historia de la filosofía (cuyo primer volumen en la editorial Trotta responde al nombre de La constelación occidental de fe y saber) se ocupa de los últimos 2.500 años de la humanidad. Nada más.

El que escribe (que asistió a una lección de Habermas en el Instituto Goethe de Madrid cuando estudiaba Filosofía de demasiado joven) se encontró con el filósofo un día de primavera en el Kunsthalle de Hamburgo. Pura casualidad. Iba con su mujer. Como un fan idiota, les siguió durante un rato. Se detuvieron delante de El mar de hielo de Caspar David Friedrich. En el cuadro, grandes bloques de hielo aparecen superpuestos como una extraña catedral en mitad del Ártico. En un lateral, sin apenas importancia y ajeno al tema mismo del cuadro, se intuyen los restos de un naufragio, apenas el recuerdo del esfuerzo y el empeño de un hombre en un paisaje inaccesible y desolado. Me vale como metáfora del más grande pensador que ha dado la humanidad tras la Segunda Guerra Mundial.

VI

Habermas: un filósofo cívico y partidario de la causa de la civilización frente a la destrucción, la sospecha y la duda, en El Mundo, por Javier Gomá, 14 marzo 2026:

Su razón no fue la instrumental, sino la lingüística, comunitaria y comunicativa, que abre el camino a la emancipación del ciudadano.

Jürgen Habermas es uno de los últimos grandes del pensamiento contemporáneo, probablemente sin heredero, que incluso en nuestros tiempos fragmentarios, recelosos y descreídos, se atreve a proponer una Gran Filosofía.

Por contraste con los pensadores franceses de su época (Derrida, Foucault, Deleuze), es un firme creyente en los valores de la Ilustración y comprometido con la razón (Habermas destacó este contraste con el pensamiento francés en su libro Discurso filosófico de la modernidad, de 1985).

Ahora bien, la razón por la que aboga no es la famosa "razón instrumental", que según Weber era la única razón moderna y que llevó a la Escuela de Fráncfort a caer en contradicciones y misticismos. Habermas criticó duramente esta razón instrumental ya en su primer gran libro, Conocimiento e interés (1968).

Su razón no es esta razón instrumental (individual, positivista, controladora), sino una razón lingüística, comunitaria y comunicativa,que abre el camino a la emancipación del ciudadano.

Esta clase de racionalidad colectiva es expuesta con mucha amplitud en su Teoría de la acción comunicativa (1981), donde, en diálogo con otros filósofos y sociólogos, formula su utopía de una "situación ideal del habla".

Por tanto, filósofo con visión totalizadora, ilustrado, propositivo, defensor de la racionalidad ética-política, y con ideal emancipador. Es un filósofo cívico y partidario de la causa de la civilización, lo que lo singulariza en un pensamiento contemporáneo que con frecuencia tiende a la destrucción, la sospecha, la duda, el nihilismo y los minimalismos.

Javier Gomá es filósofo, escritor y director de la Fundación Juan March

VII

Patio Global. Caza al filósofo alemán Habermas por pedir negociaciones con Moscú, en El Mundo, por Carmen Valero, 28 febrero 2023:

Le caen las críticas a Jürgen Habermas tras cuestionar declaraciones sobre la guerra entre Rusia y Ucrania.

Quién. A sus 93 años, está considerado uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del mundo y una autoridad moral entre el liberalismo de izquierdas.

Qué. El filósofo acaba de publicar un ensayo en el que se muestra partidario de entablar conversaciones con Rusia para tratar de poner fin a la guerra y evitar más pérdidas humanas. Su opinión ha sido muy criticada e incluso se le ha reprochado "estar al servicio de Putin".

Cuando la narrativa de la victoria se impone a la de la paz, apostar por una salida negociada a la guerra de Ucrania te convierte automáticamente en indeseable. La última víctima de esta especie de macartismo es el filósofo Jürgen Habermas, uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del mundo.

Antes de la guerra, Habermas era la autoridad moral del liberalismo de izquierdas en Alemania. Se le consideraba un anciano sabio y reflexivo, uno de los pocos académicos capaces de intervenir en los debates políticos sin resultar aburrido o embarazoso. Escuchar, relajarse, reflexionar. Ésas eran a grandes rasgos las premisas para que prevaleciera el mejor argumento. Éste es, por cierto, el tema de su principal obra, la Teoría de la acción comunicativa.

Habermas acaba de publicar un largo ensayo pronunciándose a favor de las negociaciones entre Ucrania y Rusia. Eso molestó a muchos políticos y la llamada prensa de calidad, que, de repente, convirtió al filósofo en un viejo chocho e ignorante, en un hombre del enemigo. Abierta la veda, el viceministro de Asuntos Exteriores ucraniano, Andrij Melnyk, tuiteó: "Que Jürgen Habermas esté tan descaradamente al servicio de Putin me deja sin palabras. Una vergüenza para la filosofía alemana. Immanuel Kant y Georg Friedrich Hegel se revolverían en sus tumbas".

Habermas no consideró que en política lo que cuenta no es el mejor argumento, sino el mejor insulto.

En su ensayo, el filósofo se mostró de acuerdo con el planteamiento de que Ucrania no debía perder la guerra, pero cuestionó declaraciones como "debemos superar el miedo a querer derrotar a Rusia". ¿Cómo puede hacerse eso?, se pregunta Habermas. Él está seguro de que "una larga guerra se cobrará aún más vidas y destrucción y, al final, nos enfrentará a una elección desesperada: o intervenir activamente en la guerra o, para no desencadenar la tercera guerra mundial entre potencias con armas nucleares, abandonar a Ucrania a su suerte". Habermas rechazó ambas opciones y propuso el "restablecimiento del statu quo de antes del 23 de febrero de 2022", lo que fue interpretado por los medios y muchos políticos como una idea entre ingenua y cínica. Tampoco gustó que ligara el suministro de armas por parte de Occidente con la responsabilidad de poner fin al conflicto.

En 1968 se publicó la antología La izquierda responde a Jürgen Habermas, pero esa izquierda ya no existe. La mayoría, incluido los otrora pacifistas Verdes, están en el frente, por supuesto ideológico, delante del ordenador en el salón de su casa. En el pensamiento programado, Habermas es un virus y la forma de eliminarlo es recelando de un hombre que ha llegado a los 93 años con una mente más clara de lo que muchos jóvenes tendrán nunca.

Habermas comenzó su carrera académica en 1956 en la Universidad de Fráncfort como ayudante de Theodor W. Adorno y ha recibido todos los premios posibles, incluido el John W. Kluge, considerado el Nobel no oficial de Humanidades, por su doble papel de filósofo de renombre mundial e "intelectual público". El ex ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, se refería a Habermas como "el filósofo de la nación". Claro que Fischer era otro tipo de Verde.

VIII

Habermas advierte contra la relativización de las creencias cristianas, en Abc, por Rosalía Sánchez 13/10/2025:

Califica de «paradójica» una comprensión de la religión que pone entre paréntesis sus creencias, las suspende, las considera obsoletas y, en cambio, la permite como una forma de vida segura que se alimenta de cualquier esperanza

A sus 96 años de edad, Jürgen Habermas publica ya sólo con motivo de invitaciones muy selectas, como el volumen titulado 'Den Diskurs bestreiten. Religion im Spannungsfeld zwischen Erfahrung und Begriff' ('Contestando el discurso: la religión en la tensión entre la experiencia y el concepto'), de Nomos Verlag, un homenaje de autores alemanes al filósofo Thomas M. Schmidt. En una pieza breve, pero significativa, Habernas condensa su pensamiento postsecular en torno al papel de la religión en la esfera pública e insiste entre la necesidad de diálogo entre razón secular y tradición religiosa. El texto de cinco páginas, titulado 'Ein Geburtstagsgruß' ('Un saludo de cumpleaños'), no presenta un argumento sistemático, sino una serie de reflexiones que reafirman su postura sobre la «traducción» de contenidos religiosos al lenguaje secular.

«La razón secular sigue dependiendo de actos de traducción si no quiere fosilizarse en una autosuficiencia normativa», advierte el filósofo alemán, que insiste en que «las tradiciones religiosas contienen contenidos semánticos que no pueden agotarse en el lenguaje moral o jurídico». Habermas sostiene que la modernidad no puede prescindir de las fuentes religiosas de sentido, siempre que estas se hagan accesibles mediante una «traducción discursiva» que respete la pluralidad democrática. Esta idea, desarrollada en obras anteriores como 'Zwischen Naturalismus und Religion' (2005), se subraya aquí en tono más personal y con una carga simbólica de despedida.

El texto sobrio, reflexivo y cargado de respeto intelectual, evita por completo la polémica y la confrontación, para dejar paso a una invitación a la apertura filosófica. Convierte el saludo de cumpleaños en una oportunidad para reiterar que «la filosofía debe seguir siendo receptiva a lo que no puede decirse del todo en su propio lenguaje». Habermas califica de «paradójica» una comprensión de la religión que pone entre paréntesis sus creencias, las suspende, las considera obsoletas y, en cambio, la permite como una forma de vida segura que se alimenta de cualquier esperanza. No deja de marcar una «disidencia» de larga data con su alumno Schmidt, que todavía habla de una «práctica religiosa de la fe» incluso cuando se trata de una «actitud religiosa dirigida de regreso a la inmanencia» en la que «la felicidad de una realización que trasciende todo lo mundano interno ya no es importante».

Para Habermas, la «consistencia» del concepto de religión está en juego si al ser humano «que dice adiós a las esperanzas de la vida después de la muerte y a las ideas de salvación» todavía se le concede el estatus de esperanza cristiana. Previene contra la relativización de la esencia del cristianismo y, después de su trabajo sobre la filosofía de la religión 'Auch eine Geschichte der Philosophie' ('También una historia de la filosofía'), se detiene de nuevo en el concepto funcional teológicamente prevaleciente de la religión, ya que determina en gran medida la proclamación cristiana, cuando las creencias se reducen a su plausibilidad antropológica y permanecen «extrañamente indeterminadas en términos de contenido». Habermas ve en la nivelación sustantiva de la esperanza religiosa un cambio que llega «a las raíces del teísmo» y promete relevancia social en la medida en que «menos se adhiere al núcleo dogmático de una religión monoteísta de salvación y más claramente se despide de una orientación hacia la vida después de la muerte y la promesa explícitamente divina de salvación».

Todavía activo intelectualmente, aunque con apariciones públicas cada vez más escasas, Habermas sigue regalando los frutos de una mente lúcida y comprometida. Aunque ya no concede entrevistas extensas ni participa en debates públicos como antes, sigue publicando reflexiones sobre Europa, la esfera pública, la religión y la democracia. En sus últimos artículos, como 'Nur ein Gruß – und die Ermunterung zu fortgesetztem Denken', también en un homenaje a 'Konrad Ott' ('Metropolis Verlag', Marburg, 2025), ha celebrado el pensamiento ético y ambiental, con un tono reflexivo sobre la continuidad del diálogo filosófico. El titulado 'Europa debe seguir adelante con su integración y autodefensa, el pasado mes de marzo en Süddeutsche Zeitung, analiza las consecuencias de la política exterior de Trump y afirma que «desde una perspectiva europea, esta ruptura histórica tiene consecuencias de gran alcance, tanto para el curso futuro y el posible fin de la guerra en Ucrania como para la necesidad, la voluntad y la capacidad de la Unión Europea de encontrar una respuesta redentora a la nueva situación. De lo contrario, Europa también se verá arrastrada a la vorágine de la superpotencia en declive» y reconoce que «fue un error político imperdonable que Alemania en particular, con su confianza inquebrantable en la «unidad de Occidente», eludiera repetidamente el desafío evidente de fortalecer la capacidad de acción internacional de la Unión Europea». En esta última etapa de su pensamiento, Habermas ha desplazado el foco desde la teoría pura hacia una crítica directa de los acontecimientos políticos actuales. Ya no se limita a analizar las condiciones ideales del discurso, sino que interviene activamente en el debate, preocupado por la irracionalidad política y el riesgo de una tecnocracia autoritaria disfrazada de democracia formal.

IX

Muere Jürgen Habermas, el último intelectual del siglo XX, en La Razón, por David Hernández de la Fuente, 14.03.2026:

El filósofo, con incontables aportaciones que han dado forma a la modernidad, ha fallecido a los 96 años

Ha muerto Jürgen Habermas, el último gran pensador de la segunda mitad del siglo XX, el superviviente postrero de la escuela de Fráncfort de teoría crítica que revolucionó el postmarxismo y luego todo el debate público de las democracias europeas. Fue el intelectual público, a veces incómodo, que alzó la voz contra las injusticias, convenciones y lugares comunes. En cierto sentido ha sido la conciencia crítica y polémica de Europa y, desde su impugnación de Heidegger a su postura ante la desinformación en la era post-pandemia o en conflictos como el de Ucrania o el de Gaza, ha demostrado por qué, como en tiempos de Sócrates, filosofar es meterse en problemas y no evitar la discusión: «El intelectual tiene que poder indignarse», decía. Es acaso el último gran titán que encarnó ese papel de la intelectualidad en la cultura europea.

Su peso en la esfera pública –un concepto que, por cierto, le debe todo– empezó a notarse de forma notable ya desde los convulsos sesenta y setenta, cuando propuso una nueva crítica del capitalismo, con especial incidencia en su República Federal Alemana y en todo el occidente democrático. Su obra amplia y variada ha cambiado para siempre la historia de las ideas en busca de una normatividad adecuada y racional para una teoría social crítica y para una esfera pública democrática, ya desde su primer libro «Historia y crítica de la opinión pública» (1962). Alejándose progresivamente, como toda su escuela, de las ideas de la revolución proletaria, defendió el imperio de la razón, con raíces griegas, entre racionalidad y racionalización social. Desde su quehacer en la epistemología su obra discurrió desde lo abstracto a la filosofía del lenguaje y luego hasta cuestiones más concretas de movimientos sociales, legitimación política y demás temas variados que siguieron la infatigable curiosidad de este gigante del pensamiento que ha fallecido nonagenario. Desde su fundacional «Conocimiento e interés» (1968), en plena oleada del mayo francés, criticó la teoría del conocimiento positivista que predominaba entonces y el interés técnico por el control, sentando las bases de un modelo que contemplaba otros intereses legítimos, con énfasis en el conocimiento hermenéutico y liberador que representó en su día la teoría social crítica.

En pos de una nueva emancipación a través del cuestionamiento de las llamadas estructuras de poder, pasó luego a centrarse en la filosofía del lenguaje para procurar una explicación de la racionalidad desde la interacción lingüística, de carácter básico para la democracia. Ahí se vio una rehabilitación singular de la retórica en la esfera pública, con su idea de la acción comunicativa, con los actores sociales implicados en un proceso comunicativo desde tres demandas universales, la verdad, la legitimidad normativa y la sinceridad. En esta suerte de «nueva sofística», básica para la construcción de una sociedad democrática moderna entre facciones dispares, se valoraba la práctica argumentativa con una situación ideal del discurso en la que había de pesar la fuerza del mejor argumento, acaso un eco de aquella teoría de los antiguos sofistas de la Atenas de Pericles, que no en vano se reivindican también hoy como precursores de la teoría política de la democracia, con su pasión por el pacto y el punto de encuentro entre extremos. La ética comunicativa de Habermas, en búsqueda de bases de validez para el discurso, superó las críticas de eurocentrismo al indagar en los universales que trascienden lo local y elaboran un discurso filosófico actual y universalmente válido basado en el potencial de la racionalidad.

Sus libros y nociones han ido dando forma a la modernidad con incontables aportaciones: ética, política, teoría del conocimiento, filosofía del lenguaje, teoría de la comunicación, etc. La fuerza del pensamiento libre y de la argumentación son dos claves de su devenir filosófico. Por supuesto que también –como el más joven epígono de Adorno y Horkheimer– a través de las llamadas esferas culturales, donde para él se realizan las demandas de la ciencia, el derecho y el arte. En la teoría social, igualmente, ha estudiado la colonización de las esferas de la vida social según los intereses económicos y político-administrativos del capitalismo, con la parcelación del dominio de lo real en busca de un control efectivo. Y asimismo se ha centrado en la problemática legitimación de ese tardocapitalismo que lo quiere controlar todo, indagando en intersticios de emancipación frente a sus poderes omnicomprensivos (por cierto que, últimamente, en la era de las redes, también omniscientes gracias al control de la información). En su extensa vida fue testigo de excepción del totalitarismo, la construcción y la caída del Muro de Berlín, el 68, el “otoño alemán”, la reunificación, la Guerra del Golfo, el 11-S o la COVID. Conque Habermas pudo mediar en todos los debates sociopolíticos, desde el poscolonial, el del fin del comunismo y la Guerra Fría, hasta el mundo multipolar, desde la pandemia a la polarización en las redes sociales, entre otras muchas cosas. Su obra es la de un titán del pensamiento político, un nuevo sofista demócrata, un impugnador de todas las convenciones, una conciencia siempre despierta y un filósofo agudo cuya obra ha quedado ya en el Olimpo de las ideas.

X

Obituario. Muere el filósofo alemán Jürgen Habermas a los 96 años, en La Vanguardia, María-Paz López Rodríguez, 14/03/2026:

El pensador y sociólogo, referente de la teoría crítica y la democracia deliberativa, ha fallecido en Starnberg, según confirmó su editorial.

El filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, uno de los grandes pensadores europeos de la segunda mitad del siglo XX, falleció este sábado a los 96 años en la ciudad bávara de Starnberg, según anunció en un comunicado su editorial, Suhrkamp, informada a su vez por la familia. Habermas, filósofo muy influyente en el ámbito occidental, ofreció una visión de la sociedad moderna y la interacción social en su extensa obra, que trascendió las fronteras de las disciplinas académicas y filosóficas.

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas se formó en filosofía en la posguerra alemana. Sus temas abarcaron desde la confrontación con el pasado nacionalsocialista en los inicios de la República Federal de Alemania (RFA) hasta el avance tecnológico y sus consecuencias para la sociedad moderna. Publicó más de 50 libros, traducidos a innumerables idiomas.

Escribió sus principales libros en Frankfurt, donde inició su carrera en 1956 en el Instituto de Investigación Social bajo la dirección de Theodor W. Adorno. En 1961, en la Universidad de Marburgo obtuvo la habilitación –titulación académica alemana superior al doctorado y necesaria para enseñar en la Universidad como profesor titular- con su obra La transformación estructural de la esfera pública.

Gran legado intelectual 

Jürgen Habermas articuló en su abundante obra una ética del discurso y un modelo de democracia deliberativa. Tras unos años en la Universidad de Heidelberg, sucedió a Max Horkheimer en 1964 como catedrático de Filosofía y Sociología en la Universidad de Frankfurt. Su primera conferencia se convirtió en 1968 en el libro El conocimiento y los intereses humanos. Durante las protestas estudiantiles de esos años, Habermas fue percibido como partidario, pero rechazó la radicalización del movimiento. Habló de fascismo de izquierda, lo que provocó su ruptura con el movimiento.

En 1971 se trasladó a Starnberg, cerca de Munich, donde hasta 1981 dirigió el Instituto Max Planck de Estudio de las Condiciones de Vida en el Mundo Científico-Técnico. En su último año allí publicó su obra principal, La teoría de la acción comunicativa. En 1983, regresó a Frankfurt, donde volvió a ser profesor de Filosofía hasta su jubilación en 1994.

Su nombre ha quedado asociado para siempre a conceptos como la “esfera pública” y la “acción comunicativa”, con los que defendió la posibilidad de una racionalidad basada en el diálogo entre ciudadanos libres e iguales, frente al peso de los poderes económicos, mediáticos y burocráticos. En obras clave como Historia y crítica de la opinión pública y, sobre todo, la citada Teoría de la acción comunicativa, Habermas articuló una ética del discurso y un modelo de democracia deliberativa que inspiraron a generaciones de filósofos, juristas, sociólogos y responsables políticos dentro y fuera de Alemania.

En sus últimos años, que pasó junto al lago Starnberg, se pronunció sobre temas políticos como la guerra de Kosovo, la investigación cerebral y los conflictos religiosos. En octubre del 2001, recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes. Allí habló sobre las consecuencias de los atentados terroristas yihadistas del 11 de septiembre: “La guerra contra el terror no es una guerra, y el terrorismo también expresa, diría yo, el fatídico y silencioso choque de mundos que, más allá de la violencia silenciosa de los terroristas contra los misiles, deben desarrollar un lenguaje común”.

Hasta una edad avanzada, Jürgen Habermas mantuvo una intensa actividad intelectual, con ensayos, conferencias y voluminosos tratados dedicados a la historia de la filosofía, la crisis del proyecto europeo o los desafíos que plantean la biotecnología, la globalización y el auge de los populismos. Su muerte cierra una etapa del pensamiento crítico europeo, pero deja como legado una defensa tenaz de la democracia constitucional y del ideal, siempre frágil, de un espacio público en el que la fuerza del mejor argumento prevalezca sobre el ruido y la desinformación.

XI

Habermas: el pensar comunicativo, por Norbert Bilbeny, en La Vanguardia, 14/03/2026:

Hasta hace pocas horas podíamos decir que Habermas es el filósofo vivo más importante. Creo que no hay dudas al respecto. Aunque se consideró, quizás por algo de modestia intelectual, un teórico social, lo cierto es que además y sobre todo era un filósofo, y como tal abarcó todos los campos del pensar: de la ética a la religión, de la teoría de la comunicación a la política, de la estética a la teoría del lenguaje y, últimamente, de la tecnología digital. Autor de más de cuarenta libros, puso en cada uno de ellos un enfoque social actual, toda la documentación posible y su característico empeño crítico.

La filosofía habla al fin y al cabo del mundo y éste es uno y debe ser observado desde la distancia crítica. Habermas sigue en este sentido la visión globalizante de sus maestros de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer, y en general la habitud germánica por profundizar sin perder la perspectiva distante. Conversando hace años con José Ferrater Mora, éste sólo le objetaba al pensador alemán ser demasiado extenso en sus obras. Ciertamente, El discurso filosófico de la modernidad, la Teoría de la acción comunicativa y Facticidad y validez son libros de amplio contenido, pero son obras seminales, sin las cuales no se llega a fondo en debates tales como el sentido de lo moderno, de la democracia y del sujeto en la sociedad plural.

Otras obras suyas afrontan cuestiones candentes como como la unidad europea, el Estado nacional, la identidad religiosa o el futuro del género humano ante el desafío tecnológico. Para casi toda polémica contemporánea de envergadura había y hay que consultar el análisis riguroso y la toma de posición independiente de Habermas. Ahora, en cambio, los profesionales de la filosofía tratan de aspectos técnicos de la propia filosofía y no se dirigen al público, como los pensadores que han influido en el mundo. Y buena parte del resto de la filosofía practica más bien un pensamiento neoconservador de autoayuda y evasión del mundo.

Habermas es un espejo de los tres últimos cuartos de siglo y un testimonio de la gran crisis que padece la filosofía desde Nietzsche, vaciada en casi todos sus campos por las especialidades de la ciencia. El mismo es uno de los principales protagonistas de la sustitución de problemas clásicos como el Ser, la Consciencia o el Sujeto por, respectivamente, los nuevos conceptos de Mundo, Lenguaje y Acción. De alguna manera fusiona estos tres en su cuerpo teórico principal, el de la “Acción comunicativa”, del que se desprenden ideas como el consenso racional, la democracia deliberativa o el patriotismo constitucional, este último como alternativa al nacionalismo. Desafortunadamente el ultranacionalismo populista de nuestros días desoye tales principios y prefiere el disenso sistemático al consenso racional como instrumento, no hay otro, para construir sociedad.

Norbert Bilbeny es Catedrático y exdecano de Filosofía de la UB.

XII

Hace 20 años. Jürgen Habermas, en 'La Vanguardia': “El cálculo económico sustituye a la moral”, en La Vanguardia, por Guillem Cerdà, Barcelona, 14/03/2026:

El filósofo alemán concedió en el 2006 una entrevista donde, entre otras cuestiones, reflexionaba sobre el regreso de la religión al centro del debate público

La muerte este sábado de Jürgen Habermas cierra una de las trayectorias intelectuales más influyentes de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del XXI. Filósofo central de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt y autor de obras fundamentales como Historia crítica de la opinión pública (1962) o Teoría de la acción comunicativa (1981), Habermas concedió en el 2006 una entrevista a Justo Barranco, periodista de La Vanguardia, donde reflexionaba sobre algunos de los grandes dilemas de nuestra época. Uno de ellos, el regreso de la religión al centro del debate público, algo que muchos pensaban que estaba superado en las sociedades secularizadas.

El filósofo recordaba que algunos acontecimientos ya habían anticipado ese giro, como la revolución iraní o el auge de los fundamentalismos religiosos. Pero fueron episodios como los atentados de comienzos de siglo los que obligaron a mirar el fenómeno con más atención. “Los atentados del 11-S, así como el atentado de Madrid, han vuelto nuestra atención con gran fuerza hacia el mal uso de la religión como arma política”, afirmaba, solo dos años después de aquellos episodios.

A partir de ahí, Habermas planteaba una preocupación algo más amplia sobre el rumbo de las sociedades contemporáneas. “Me he vuelto escéptico en relación con una modernización que amenaza con perder su propia base normativa en el derecho y la moral”, explicaba. El problema, a su juicio, era el avance de la lógica económica en ámbitos que antes estaban regulados por principios políticos o morales.

Sobre los “cálculos del beneficio”

“El cálculo económico sustituye a la moral”, venía a resumir. El propio filósofo lo explicaba con ejemplos muy concretos: “Piense en el cálculo económico, que invade la justicia y que socava el derecho penal”. Y añadía otros casos: “La privatización de la guerra, de la administración de prisiones, del suministro de energía y del sistema sanitario”.

Cuando decisiones fundamentales pasan a depender exclusivamente de cálculos de beneficio, advertía, las bases normativas de la sociedad se debilitan. “Las regulaciones normativas, así como las legislativas y las morales, están desapareciendo y son sustituidas por cálculos de beneficios”.

Ese proceso podía hacer que la modernidad “descarrilara”. Por eso Habermas defendía algo que en su momento suscitó cierto debate: que la razón secular debía mantener una “actitud abierta” hacia las tradiciones religiosas, si bien insistía en que el poder político debía seguir siendo neutral. “El poder estatal debe legitimarse mediante consideraciones seculares regidas por la razón”, afirmaba. La soberanía popular y los derechos humanos seguían siendo, para él, las bases del “constitucionalismo moderno”.

Al mismo tiempo consideraba que las comunidades religiosas habían conservado experiencias morales que no conviene despreciar, donde “se han ido formando y conservando prácticas de respeto, cuidados y ayuda mutuos”. Y añadía que esas tradiciones “aguzan nuestras sensibilidades para aquello que Adorno denominó una vida ‘dañada’”.

Sobre la integración cultural

En Europa, advertía, la integración cultural no puede entenderse como una adaptación unilateral. “La integración de inmigrantes procedentes de otras culturas y religiones no es una calle de sentido único”, decía. “Los recién llegados deben aprender la lengua y las normas del país, pero las sociedades de acogida también deben ampliar sus horizontes para comprender nuevas formas de vida”.

Frente a las teorías que auguraban un enfrentamiento inevitable entre culturas, Habermas se mostraba optimista. “Los pronósticos que auguran un choque de civilizaciones inevitable son erróneos”, aseguraba.

XIII

Jürgen Habermas, la fecundidad de las Humanidades y la Teoría Crítica de la Sociedad, en El País, Adela Cortina, 15 mar 2026:

Recordó que la comunicación busca el entendimiento, que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos

Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.

Habermas ha mostrado con su extraordinaria obra, entre otras muchas cosas, que las humanidades y las ciencias sociales son imprescindibles para construir sociedades emancipadas, libres de ideología. Como miembro de la Escuela de Fráncfort intentó superar el triunfo de la razón instrumental, que todo lo mercantiliza, todo lo convierte en objeto, en medios para otros fines, de modo que a los seres humanos nos resulta imposible ponernos de acuerdo en fines últimos y construir juntos una mejor sociedad. El camino para lograr esa superación fue la Teoría de la Acción Comunicativa, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos, el mundo de la intersubjetividad, que —como bien decía Hannah Arendt—, nunca debería ser dañada.

Junto a Karl-Otto Apel, su maestro y amigo entrañable, Habermas recordará que la comunicación busca el entendimiento, la Verständigung. Que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos.

Sin ejercer ese poder comunicativo, que es también una forma de poder, la democracia es imposible, porque es imposible el ejercicio de la razón pública mediante una política deliberativa.

En estos tiempos en que la democracia se encuentra en horas bajas en el nivel mundial, no digamos ya la fortaleza de la Unión Europea, que parece incapaz de encontrar acuerdos, recordar este núcleo de la filosofía habermasiana y ponerlo en vigor se hace necesario.

Ese núcleo se amplía a una teoría crítica de la sociedad, una ética comunicativa, una teoría normativa de la democracia deliberativa, una reflexión sobre el Estado democrático de Derecho, necesario para proteger los derechos humanos e inevitablemente posnacional, el proyecto de una Europa vigorosa, comprometida con los derechos políticos y sociales a diferencia de China o Estados Unidos, y un futuro cosmopolita.

Ciertamente, Habermas es un humanista que dialoga con las propuestas relevantes de filosofía y de ciencias sociales, incluida la discusión sobre el papel de las religiones en un mundo postsecular. Pero también con las ciencias naturales en asuntos como las biotecnologías o la defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas que hoy resucitan el positivismo de los sesenta y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.

Desde ese humanismo apuesta por un cosmopolitismo incluyente a través de la vía europea, que sigue siendo la gran opción. De hecho, en el discurso de recepción del mencionado premio Príncipe de Asturias 2003 Habermas recuerda unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu (…) compatriota en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa —añadirá Habermas por su cuenta— “no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales”.

Y todo ello, ¿desde dónde? Según cuenta Habermas, Marcuse y él se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.

XIV

La mirada de Habermas y quienes quieren olvidarla, en El Confidencial, por Por Elena García-Guitián, 15/03/2026:

Las políticas avanzadas por la UE en la última década son el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar

El fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas este sábado nos deja sin la mirada lúcida de alguien que ha seguido con detalle todos los cambios políticos acaecidos desde la Segunda Guerra Mundial. Desde esas experiencias, filtradas por su mirada ilustrada, había participado recientemente en debates tan actuales como el abordaje de la guerra de Ucrania, el rearme europeo o la disrupción generada por las redes sociales en las esferas públicas democráticas. La diferencia respecto a otros muchos opinadores de actualidad es que esa mirada se anclaba en su gran empresa filosófica y política de fundamentación de las democracias contemporáneas. Dejando aparte las etiquetas, consideraba que las instituciones y procedimientos de las democracias constitucionales —con su potencial deliberativo e inclusivo— son los que permiten una mejor implementación de los principios democráticos. Y, en un mundo convulso, creía que el carácter democrático de los Estados europeos solo se podría mantener potenciando el proyecto europeo. Frente a la deriva que veía en los Estados Unidos —donde avanzaba el ideal de gestión corporativa apoyada en las nuevas tecnologías digitales, que celebra la abolición de la política y refleja un nuevo tipo de autoritarismo— seguía defendiendo el rol de unos ciudadanos informados que contribuyen a formar la opinión pública con objeto de influir en la política institucional. Y consideraba que la Unión Europea, en un mundo multilateral en transición, podía ser capaz de usar su peso económico para defender sus convicciones normativas. Un añadido que a algunos, como a su compatriota von der Leyen, les parece que ya no es posible mantener. Sin embargo, en la última década la visión deliberativa habermasiana de la democracia se ha asumido como principio de legitimidad fundamental en las instituciones y políticas de la Unión. Desde la crisis económica que abrió enormes grietas en el proyecto europeo, la reivindicación de un pedigrí democrático ha sido una constante que ha constituido el eje principal en la lucha contra la desinformación en un contexto de desconfianza institucional, polarización política y de transformaciones tecnológicas que otorgan un poder enorme a grandes corporaciones y han cambiado la producción y circulación de la información política.

En este contexto, la UE ha justificado su políticas y regulación como estrategia para aumentar la resiliencia democrática en nuestras sociedades tensionadas, responsable de garantizar una esfera pública secura frente a intolerables distorsiones generadas por las nuevas plataformas y los que las utilizan para socavar nuestras democracias, desde dentro y fuera de ellas, especialmente la maligna influencia extranjera de regímenes autoritarios. Toda esa estrategia —como se expone por ejemplo en el Plan Europeo de Acción para la Democracia (EDAP)— está trufada de referencias habermasianas que otorgan un papel normativo esencial a los medios de comunicación en la articulación de la opinión pública, lo que permite que los ciudadanos actúen políticamente de forma libre a la hora de formar sus juicios o de participar en las elecciones. En un contexto disruptivo de posverdad en el que se ignoran los hechos y las informaciones con pretensiones de veracidad sobre cuestiones políticas relevantes, los ciudadanos dejan de compartir espacios comunes de reflexión y discusión, y los medios tradicionales renuncian a su responsabilidad democrática, sustituidos por plataformas que no siguen ningún estándar ético para filtrar la información. Por eso en sus últimos trabajos Habermas reivindicó su concepción de la democracia para enfatizar las exigencias normativas que implica (frente a versiones degradadas que adelantan una deriva autoritaria) y que mantiene la autonomía de la política y promueve la implicación de los ciudadanos —en sus diferentes roles— a través de la participación en la deliberación pública.

Y esa estructura es la que inspira las diferentes políticas europeas focalizadas en la lucha contra la información que abarcan cuestiones de seguridad, educación ciudadana, supervisión de las plataformas digitales (DSA) o regulación de medios de comunicación (EMFA), ahora ampliadas en la nueva estrategia planteada con el “Escudo Demócratico”. Es el triunfo de una visión habermasiana que, paradójicamente, antes de ser plenamente desarrollada puede fracasar. Vivimos tiempos de desapego con una forma de intentar organizar nuestros sistemas políticos y sus relaciones reflejada en esos “principios democráticos e internacionales” que muchos dan por finiquitados. Los que, como Habermas, dedicaron toda una larga vida a justificarlos, explicarlos y defenderlos, no pueden irse tranquilos en un momento en el que se quiere hacer creer que son dispensables para adaptarse, sin más, a las nuevas realidades. 

Elena García-Guitián es catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Forma parte de la Jean Monnet Partnership Spain, que colabora con El Confidencial para la publicación de análisis de temática europea.

XV

Por qué el legado de Jürgen Habermas es tan importante, por Stefan Dege, en Deustsche Welle, 15 de marzo de 2026:

El filósofo y sociólogo alemán fue uno de los pensadores más influyentes del último siglo. Falleció el 14 de marzo de 2026 a los 96 años.

Su voz resonaba fuerte. Como el filósofo reconocido que era, Jürgen Habermas se había convertido en una suerte de referente intelectual alemán, uno que era oído cuando daba una declaración. El sábado se conoció la noticia de su deceso, a los 96 años.

En 2001, cuando recibió el Premio de la Paz de la Asociación Alemana del Libro, fue presentado por la entonces alcaldesa de Frankfurt Petra Roth como un hombre de "pensamiento incansable" y "juicio incorruptible". Sin duda, Habermas contribuyó en gran medida a la reputación cultural alemana en todo el planeta.

La democracia como tema central

Cuando Habermas hablaba, normalmente abordaba cuestiones sociales relevantes. "El tema de la democracia recorría la teoría de Habermas como hilo conductor", afirmó hace años su biógrafo Stefan Müller-Doohm en conversación con DW. "La democracia era la 'palabra mágica' de su pensamiento". El sistema económico capitalista debe ser "domesticado" a través de medios democráticos, afirmaba.

La preocupación de Habermas por la democracia surgió de sus propias experiencias. Nacido el 18 de junio de 1929 en Düsseldorf y criado en Gummersbach, Habermas se formó durante el nazismo y fue reclutado como artillero auxiliar antiaéreo. Tras la caída del Tercer Reich, Habermas aún era un adolescente, pero la cuestión de las consecuencias del colapso de la civilización alemana lo inquietaban. Una experiencia decisiva fue la de darse cuenta en 1945 "de haber vivido bajo un régimen criminal y de que se había producido un retroceso hacia la barbarie", como declaró en una oportunidad.

Los juicios de Auschwitz y el "caso Spiegel" hicieron que el nacionalsocialismo, que Habermas solo consideraba derrotado militarmente, volviera a la palestra. El "caso Spiegel", ocurrido en 1962, fue una experiencia formativa, dijo. Reporteros del semanario Der Spiegel fueron investigados por traición a la patria por un artículo donde exponían las capacidades defensivas de Alemania Federal. El editor de la revista, Rudolf Augstein, pasó más de 100 días en prisión preventiva.

Posteriormente, en la década de 1980, Habermas criticó duramente al historiador Ernst Nolte, quien estableció paralelismos entre los crímenes nacionalsocialistas y los estalinistas. Habermas consideró esto una relativización de la crueldad del Holocausto, a su juicio única.

Teoría del análisis social crítico

Tras estudiar filosofía, economía y literatura alemana (1949-1954), Habermas trabajó como periodista. Sus publicaciones despertaron el interés de Theodor Adorno, fundador junto a Max Horkheimer de la llamada "teoría crítica" de la Escuela de Frankfurt. Con este nombre era conocido un círculo de intelectuales en torno a Horkheimer, filósofo y director del Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Sus investigaciones se centraban en cómo el pensamiento ilustrado, que prometía a la humanidad la liberación de las fuerzas de la naturaleza y la superstición mediante la razón, pudo haber degenerado en la barbarie del nazismo.

Adorno llevó a Habermas al instituto de Frankfurt y lo introdujo en su teoría del análisis social crítico. En resumen, esta busca revelar los fundamentos ideológicos y los mecanismos del poder. Debido a que Horkheimer rechazaba la mirada marxista de Habermas, este tuvo que completar su preparación en Marburg. Dos años después, regresó a Frankfurt y sucedió a Horkheimer como profesor de filosofía y sociología.

Conflicto con la izquierda

Habermas siempre se preocupó por una visión global de las cosas. Para él, lo importante era la perspectiva general y estaba dispuesto a defenderla con su característica combinación de reflexión filosófica e intervención intelectual. Sus escritos solían ser políticamente explosivos, aunque sus estudiantes solían quejarse de la complejidad de los textos del filósofo.

A finales de la década de 1960, Frankfurt era uno de los bastiones de las protestas estudiantiles y muchos jóvenes veían a Habermas como su mentor. Pero a medida que el movimiento se radicalizaba, el académico lo empezó a ver con más distancia. Su libro Die Scheinrevolution und ihre Kinder acusa el fascismo y activismo de los manifestantes de izquierda. Muchos reaccionaron con indignación en Alemania ante esta definición.

En 1971, Habermas se convirtió en codirector del recién fundado Instituto Max Planck en Starnberg, cerca de Múnich. Allí publicó su obra magna de dos volúmenes Teoría de la acción comunicativa (1981), en la que desarrolló una especie de manual de acción para la sociedad moderna. Según su teoría, solo el lenguaje como medio de comunicación hace posible la acción social. Sus preguntas centrales son cómo hacer realizables en una democracia el "forzamiento no coactivo del mejor argumento", la "situación ideal de habla" y el "discurso exento de dominación".

Habermas como asteroide

No fue hasta 1983 que Habermas regresó a Frankfurt, donde enseñó filosofía hasta su jubilación en 1994. Sin embargo, incluso estando retirado, intervino en los debates sociales alemanes. Así, en 1999 apoyó la controversial intervención de la OTAN en la guerra de Kosovo. "Si no existe ninguna otra opción, los vecinos democráticos deben poder brindar ayuda de emergencia con la legitimidad del derecho internacional", señaló el pensador.

Como defensor de la integración europea, Habermas señaló varias veces las deficiencias democráticas que mostraba la UE. En relación con la crisis del euro, advirtió contra medidas de austeridad demasiado rígidas y abogó por expandir la unión monetaria hacia una democracia "supranacional", en la que los Estados-nación renunciarían a una mayor soberanía.

En los últimos años, Habermas mostró una mirada sombría del estado del mundo. En su libro de conversaciones de 2024 Es musste etwas besser werden, el filósofo critica el hecho de que ante las numerosas crisis "la conciencia de las élites políticas de Occidente se vea cada vez más absorbida por la lógica de la guerra".

Según el autor, Occidente parece carecer de una visión coherente. Así, tras el ataque de Rusia contra Ucrania, que violó el derecho internacional, faltó una "iniciativa oportuna ante la barbarie de la guerra, en cuyo estancamiento y falta de perspectivas Occidente es corresponsable". Como resultado, el destino de Ucrania -que "con suerte resistirá lo suficiente"- ahora depende en gran medida de los resultados de las elecciones en Estados Unidos.

Por su compromiso social, Habermas recibió innumerables premios y reconocimientos. La bibliografía secundaria de su obra suma más de 14.000 libros y artículos, incluyendo numerosas tesis doctorales. Habermas fue miembro electo de las academias científicas de Rusia, Estados Unidos e Israel, entre otros países. Incluso un asteroide descubierto en 1999 en los confines del Sistema Solar lleva su nombre. Sin duda la estrella de este pensador alemán seguirá brillando más allá de la filosofía

XVI

Jürgen Habermas: “El derecho al asilo es un derecho humano”, por Stefan Reccius 2 de octubre de 2015, en Deutsche Welle:

DW habló con el sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien acaba de recibir el premio John W. Kluge, y le planteó cinco preguntas sobre las políticas de asilo, cultura, religión e intervenciones militares.

El sociólogo alemán Jürgen Habermas y el investigador canadiense Charles Taylor recibieron el premio John W. Kluge en Washington el pasado martes (29.9.2015). El galardón es percibido como el máximo reconocimiento posible para la obra de un filósofo y viene dotado con 1,3 millones de euros. En la Biblioteca del Congreso estadounidense, Deutsche Welle aprovechó la oportunidad de entrevistarlo para plantearle cinco preguntas sobre migración, asilo, cultura, religión e intervenciones militares.

Deutsche Welle: Profesor Habermas, el mundo moderno se enfrenta constantemente a rupturas y nuevos desafíos. Como muestra, un botón: las migraciones desde el Cercano Oriente, África y el oeste de los Balcanes hacia Europa. Desde el punto de vista de la filosofía, ¿cómo se debe reaccionar ante este fenómeno?

Jürgen Habermas: El derecho al asilo es un derecho humano y todo aquel que pida asilo político debe ser tratado justamente y, dado el caso, ser acogido, con todas las consecuencias que eso trae. Esa es la respuesta básica, pero en situaciones como ésta no es especialmente interesante.

La llamada ‘crisis de los refugiados’ ha hecho que la Unión Europea esté más dividida que nunca. ¿Cree usted que el bloque comunitario esté amenazado por la erosión de los valores y las convicciones que también usted asocia con la Unión Europea?

Lo que estamos viendo es el divorcio entre Gran Bretaña y algunos Estados de Europa Oriental, por un lado, y el núcleo de la unión monetaria, por otro. Este conflicto era de esperarse. Este conflicto tiene que ver con las fechas de ingreso de ciertos países al bloque comunitario. Muchos de los Estados del este de Europa que se integraron a sus filas en el pasado reciente no tuvieron tiempo suficiente para emprender el largo proceso de adaptación político-mental que Alemania emprendió durante cuarenta años, desde 1949 hasta 1989. Y ni siquiera hablemos de las grandes diferencias económicas que todavía existen entre unos países comunitarios y otros…

¡Alemania y Francia, que se vieron obligadas hace mucho tiempo a poner en marcha una política europea mucho más activa, están llamadas a desarrollar esa política europea, dejando claro que ellas esperan cooperación para responder a la cuestión de los refugiados! Nos quedamos dormidos mientras la crisis tomaba forma. Y, sin embargo, debo decir una cosa: yo tenía muchos años sin sentirme tan satisfecho con el Gobierno alemán como me sentí a finales de septiembre. La señora Merkel articuló una frase que me sorprendió y que yo hallo respetable; ella dijo: ‘Si ahora tenemos que disculparnos aquí por mostrarle una cara amigable a quienes necesitan nuestra ayuda, este ya no es mi país’.

Después de que cientos de miles de personas con diferentes perspectivas religiosas y culturales llegan a un país, el siguiente paso por dar es el esfuerzo de integrarlos. ¿Hay alguna clave filosófica para que el proceso de integración por venir funcione?

Hay una base común sobre la cual debe tener lugar la integración y esa base común es la Constitución. Sus preceptos son principios que deben ser discutidos en un debate amplio y democrático, no cincelados en piedra. De todos aquellos que acojamos debemos esperar que respeten nuestras leyes y aprendan nuestro idioma. Y también debemos esperar que los principios de nuestra cultura política queden anclados con talante normativo en la segunda generación, entre sus hijos e hijas.

En 1999, usted defendió la controvertida intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo. ¿Apoyaría usted también una misión militar de fuerzas occidentales que luche contra el régimen de Bashar al Assad en Siria o contra el autoproclamado Estado Islámico?

Esa es una pregunta difícil; no es una que pueda responder con un simple ‘sí’ o ‘no’. La Guerra de Irak, que yo critiqué desde el primer día, y también los conflictos armados en Afganistán, Mali y Libia, nos hicieron tomar consciencia de que las potencias que intervinieron no estaban preparadas para asumir las responsabilidades derivadas de esas intervenciones. Cuando hablo de deberes me refiero al compromiso de fomentar durante décadas la construcción de las estructuras estatales de los países intervenidos. Gracias a esas experiencias sabemos ahora que, en la mayoría de los casos, las intervenciones militares empeoran las circunstancias en los países afectados. En 1999, yo apoyé la intervención de la OTAN en la Guerra de Kosovo con muchas reservas; eso es algo que se olvida con el tiempo. Pero para decir si yo respaldaría esa misión de nuevo necesitaría pensarlo con más tiempo.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en suelo estadounidense, el periodista franco-alemán Peter Scholl-Latour pronosticó que los grandes conflictos del futuro serían de índole religiosa. La historia parece darle la razón, considerando el auge de las corrientes más extremistas del Islam. ¿Qué hacer frente a ese fenómeno?

Pero es que, en esencia, el fenómeno al que usted alude no es un conflicto religioso. Estamos frente a conflictos políticos definidos como si fueran religiosos. El fundamentalismo religioso es una reacción a fenómenos de desarraigo que se vieron catalizados en la Modernidad por el colonialismo y las políticas post-coloniales. Por eso creo que es ingenuo describir los actuales como conflictos religiosos.

XVII

Habermas: filósofo bandera de Alemania , por Kersten Knipp /  Eva Usi, en Deustche Welle, 18 de junio de 2009:

Jürgen Habermas es uno de los intelectuales que más han marcado el clima político e intelectual de la post-guerra alemana. El filósofo alemán, que cuenta con lectores en el mundo entero, cumple 80 años.

Considerado el intelectual que dió contenidos al movimiento del 68 y último representante de la Escuela de Fráncfort, después de Theodor Adorno y Max Horkheimer, Jürgen Habermas nació en Düsseldorf el 18 de junio de 1929. Como a otros intelectuales de su generación, las ideologías totalitarias de principios del siglo XX, sobre todo el nazismo, marcaron su pensamiento, fueron el punto de partida de su enseñanza académica y se reflejaron en sus comentarios sobre el acontecer político contemporáneo.

Cuando Habermas recibió en el 2001 el Premio de la Paz de los libreros alemanes en la Feria del Libro de Fráncfort, en reconocimiento a su obra que “ha transmitido a más de una generación los conceptos claves sobre la situación intelectual del momento”, el filósofo, refiriéndose a los ataques del 11 de septiembre, que acababan de ocurrir, advirtió que las raíces del terrorismo están más que en la pobreza, en los “sentimientos de humillación”.

Ante la primera plana política alemana presente en la Iglesia Paulskirche de Fráncfort, Habermas advirtió que la guerra contra el terrorismo no es guerra y que en el terrorismo se expresa también un choque fatal de mundos que, más allá de la violencia muda de los terroristas y los proyectiles, deben desarrollar un lenguaje común.

¿Cómo se pudo llegar al nazismo?

Quien vive a la edad de 16 años como él, el fin de la Segunda Guerra Mundial, no puede menos que preguntarse qué ocurrió para que la situación llegara a ese extremo. ¿Qué pasó a los alemanes, que eligieron en 1933 a un antisemita delirante y vulgar como canciller? Pero sobre todo, ¿como evitar que se repita una constelación semejante? Habermas declaró al nacionalsocialismo y para ser más exactos, el Holocausto, como el acta de fundación de la República Federal de Alemania.

En su texto titulado “Conocimiento e interés”, reflexión con la que Habermas inauguró su cátedra en Fráncfort en 1965, el filósofo estudia las relaciones existentes entre conocimiento e interés y muestra que el conocimiento siempre depende de ciertos intereses. En cualquier campo en el que se reflexione, se encuentra uno en una sociedad de competencia. Y eso significa que todo el que reflexiona, también persigue objetivos concretos que a menudo son de utilidad personal. El buscar conocimientos no es un acto inocente, es también la búsqueda de ventajas. Sin embargo el interés en sus distintas manifestaciones, es la guía del conocimiento y de las distintas ciencias.

Teoría sobre la sociedad moderna

En 1981 Habermas publicó su "Teoría de la acción comunicativa", en la que, siguiendo la tradición de la Escuela de Fráncfurt, el filósofo esboza una teoría de la sociedad moderna en la que aplica los métodos de la filosofía combinados con los de la sociología. “En las sociedades modernas, escribe Habermas, sólo es posible una comprensión pacífica cuando los ciudadanos acuerdan mutuamente sus propios intereses”.

En 1968 recriminó al movimiento estudiantil, que lo había adoptado como referente, perseguir vehementemente intereses como la introducción de una violencia intolerable. Tras esta recriminación se distanció durante muchos años del movimiento estudiantil, pero eso no disminuyó su disposición a la confrontación. Treinta y cinco años después protestó vehemente contra la ofensiva militar estadounidense en Irak, los insuficientes controles en los mercados financieros que dividen a la sociedad cada vez más.

El abanico de temas en los que Habermas ha polemizado, desde la ingeniería genética, el retorno de las religiones y la migración, lo convirtieron en el filósofo más incisivo en Alemania que siempre subrayó la dinámica y el cambio como el principio fundamental de las sociedades modernas.

“Ya sea que se aborde la integración de familias de trabajadores inmigrantes, o de ciudadanos de antiguas colonias, la lección siempre es la misma: no es posible una integración sin una ampliación del propio horizonte, sin la disposición de ampliar el espectro de olores y pensamientos e incluso de experimentar disonancias cognitivas dolorosas”, dijo Habermas.

Habermas es un símbolo de emancipación, que introdujo una cultura de debate, saludable políticamente, que trataba de alejarse del estilo autoritario que imperó en Alemania en décadas anteriores. “La filosofía no es algo elevado ni edificante, pero ha contribuido a hacer la paz un poco más estable en Europa”, ha llegado a decir Habermas, quien es celebrado con motivo de su 80 aniversario, como el gran filósofo del siglo XX.

XVIII

“Nobel”de Filosofía para Jürgen Habermas, en Deutsche Welle, por Klaus Krämer  / Stefan Reccius (JAG/ CP), 30 de septiembre de 2015:

Jürgen Habermas y el filósofo canadiense Charles Taylor reciben en Washington el Premio Kluge por su trabajo sobre cuestiones fundamentales de la filosofía política.

El mundo moderno cambia continuamente y nada lo detiene. Cuestiones filosóficas como esta imprevisible modernidad forman parte de la obra del alemán Jürgen Habermas y el canadiense Charles Taylor, trabajo por el cual recibieron el Premio Kluge, equivalente al “Nobel” de Filosofía. “Estoy contento de recibir el premio y ser el primer alemán en hacerlo”, aclaró a DW antes de la entrega.

A partir de mediados de los sesenta, Habermas trabajó como profesor invitado en universidades estadunidenses. El galardón, otorgado por el Centro John W. Kluge, de la Biblioteca del Congreso de Washington, se concede desde 2003 para promover pensadores que van más allá de las disciplinas de los premios Nobel. Entre los ganadores están la historiadora india Romila Thapar, el filósofo francés Paul Ricoeur y el antiguo presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso. Cuando se habla de este premio como una promoción no se trata de una exageración, puesto que está dotado con 1,5 millones de dólares y supera incluso al Nobel.

El origen del galardón se remonta a la ciudad alemana de Chemnitz. John W. Kluge creció allí como hijo de un ingeniero que falleció en la I Guerra Mundial. Su madre contrajo matrimonio con un germano-estadounidense y se mudaron a Detroit, donde Kluge trabajó cómo vendedor de zapatos hasta llegar a ser jefe. Como empresario, invirtió después en alimentación y medios, hasta tener numerosas cadenas de radio y televisión. A partir de los 90 se convirtió en mecenas y en el año 2000 donó 60 millones a la Biblioteca del Congreso, partida de donde salió el premio para Habermas y Taylor.

Habermas y la “Acción Comunicativa”

Nacido en 1929, Jürgen Habermas estudió en Gotinga y Bonn. A partir de 1956 investigó en el Instituto de Investigación Social de Fráncfort, un semillero de jóvenes activistas de izquierda que también inspiró los movimientos del 68. Su obra gira, sobre todo, en torno al espacio público donde, según Habermas, se produce un proceso de comunicación guiado por la razón que mantiene unida a la sociedad. Las teorías de ambos ganadores insisten en la compresión del individuo y su conexión social, argumentó la concesión James H. Billington, director de la Biblioteca del Congreso. Además, Billington alabó a los premiados por la “profundidad filosófica de sus perspectivas políticas y morales”.

Siempre comprometido con el discurso público, Habermas se tomó un momento también para comentar a DW su visión filosófica sobre el tema de los refugiados en Europa: “El derecho de asilo es un derecho humano y se debería tratar con justicia a los que lo solicitan y aceptarlos con todas las consecuencias”, aclaró. Europa se ha dormido durante la crisis y hace tiempo que se exige a Francia y Alemania que desarrollen una política europea común, también sobre cooperación en la política de refugiados. Por otra parte, aunque suele ser crítico con el Gobierno de Berlín, alabó la reacción alemana: “Hace muchos años que no estaba tan contento con el Gobierno alemán como ahora”.

En 1999, Haberman defendió la intervención de la OTAN en Kosovo diciendo: “Si no hay otra forma, los países democráticos vecinos tendrán que prestar ayuda legitimados por el derecho internacional”. Una opinión que también defendería hoy sin dudarlo en referencia al régimen de Assad en Siria. “Las intervenciones militares en Irak, Afganistán, Mali o Libia nos mostraron que los poderes que intervienen no están dispuestos a asumir las consecuencias. Es decir, construir estructuras estatales. Por eso, en muchos casos la intervención ha empeorado la situación en vez de mejorarla”, explicaba.

Sobre su aprobación de la intervención en Kosovo, Habermas lo hizo entonces con muchas “objeciones”, pero eso se olvida rápido. “Los filósofos son cautos”, aclaró el galardonado, e intentan preparar el camino a las nuevas generaciones. Por eso, Habermas dedicará parte de la dotación a un premio para promover a los jóvenes talentos en la Universidad de Fráncfort, la escuela donde acumuló muchos de sus méritos académicos.