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domingo, 1 de noviembre de 2026

Revisión de Manuel Azaña

 I

 Manuel Azaña, sus años de estudiante en 'El jardín de los frailes' agustinos de El Escorial que acabaron en Paracuellos, en El Mundo, por Fernando Palmero, 31/10/2026:

El programa aplicado por Manuel Azaña durante su actuación al frente de la Segunda República se fijó en los años en los que estudió con los padres agustinos en El Escorial, de donde salió anticlerical y antiespañol, según afirma José María Marco en su nueva edición de 'El jardín de los frailes'.

Como todos los debates que tuvieron lugar durante el otoño de 1931 en unas Cortes de las que saldría la primera (y única) Constitución republicana de la Historia de España, el de aquel 13 de octubre sería de los más acalorados. Se discutía el artículo 24 del texto constitucional (que luego sería el 26) y para defender la expulsión de los jesuitas del país y la prohibición de enseñar a las congregaciones religiosas, el entonces ministro de la Guerra y líder de Izquierda Republicana, Manuel Azaña, pronunció una frase que, después de la oleada anticlerical que había acabado con la quema de conventos en los primeros días de mayo, era toda una declaración programática en la que se jugaba la defensa de la República: "España ha dejado de ser católica".

Es cierto que el nuevo régimen llevaba apenas unos meses en pie, pero Azaña ya "asumió y promovió la defensa de la República en primera persona, con su experiencia vivida (o inventada, podemos añadir nosotros) en El Escorial", explica el especialista José María Marco. Aquel discurso fue acaso el más meditado que pronunció durante el proceso constituyente, porque sabía que sería el más importante de su vida. En lo personal, como en lo político.

Los 484 muertos de los meses más sangrientos de la Segunda República: "La izquierda llamaba fascistas a quienes sólo trataban de cumplir la ley"

La sentencia remitía a otra del filósofo Ernest Renan: "Los que salen del santuario son más certeros en sus golpes que los que nunca han entrado en él", frase, subraya Marco, "que sólo puede tener un sentido: el de una amenaza. Muy probablemente, Azaña la leyó, citada por el cardenal Dupanloup, en El Escorial. La confesión se había convertido en un desafío".

Y es que, el Azaña que terminaría transmutándose en símbolo por excelencia de la República, era fruto de la educación sentimental y de las diversas crisis de identidad que sufrió durante su paso por el Colegio de Estudios Superiores de María Cristina, una institución universitaria regentada por los agustinos y destinada a educar a la élite de la Monarquía constitucional de tiempos de Alfonso XIII. Azaña permaneció allí entre 1893 y 1897 estudiando la carrera de Derecho (que terminaría luego en Zaragoza) y sobre su experiencia intelectual y vital publicaría en 1927 un libro de recuerdos y reflexiones que titularía El jardín de los frailes, en referencia al jardín que se extiende al pie de la fachada sur del Monasterio.

José María Marco, que comisarió a principios de los años 90 del siglo pasado una gran exposición retrospectiva sobre la figura del intelectual y político republicano y le ha dedicado cuatro grandes obras históricas y ensayísticas, acaba de publicar en la editorial de la Fundación Universitaria Española (FUE) la más completa edición comentada y anotada sobre una obra que sitúa a la altura de las de Unamuno, Ortega, Ganivet, Gabriel Miró o Pérez de Ayala.

Tres crisis de identidad

Azaña, nacido en 1880 en una familia de clase media acomodada de Alcalá de Henares, decide conscientemente estudiar en un centro extremadamente elitista, religioso y conservador del que necesariamente saldría convertido en un hombre de Estado. Y cuando lo hace, ha pasado ya por una crisis religiosa que su convivencia con los padres agustinos no hará sino intensificar hasta el punto de hacerle perder definitivamente la fe.

Pero esa fue la primera de las grietas que sufre el joven Azaña en su identidad en formación. La segunda atañe a su concepto de lo nacional, ya que empieza a forjarse una idea de España y de ser español distinta a la ortodoxa, católica e imperial que se le ha inculcado en el colegio. Finalmente, con su actitud de rebeldía, que le lleva a abandonar el centro universitario antes de terminar sus estudios, el autor decide iniciar un proceso de desclasamiento al renunciar a ese futuro entre la clase dirigente que le estaba reservado. El autor de la obra, un trasunto del propio Azaña, acaba su experiencia en El Escorial instalado en un incierto nihilismo.

Pero El jardín de los frailes indica, según Marco, que todo lo que el autor ha dejado atrás no ha sido sustituido por nada. "Dios está ausente, pero no ha sido reemplazado; no sabemos qué ha ocupado el lugar de la falsa conciencia españolista, y el protagonista se limita a afirmar, al final, su condición de desclasado diletante. En realidad, el protagonista de El jardín de los frailes, y con él Azaña, se asoman a un mundo nuevo, para el que carecen de medios expresivos, como no sea el silencio. Si la obra no habla sólo de la crisis de fin de siglo, con sus enfrentamientos entre curas y republicanos clerófobos, es porque abre la puerta a un conflicto distinto. Y lo que está en conflicto aquí no es ya la separación de la Iglesia y el Estado, o la educación religiosa, o la supervivencia de las congregaciones, motivos todos del anticlericalismo decimonónico, sino algo que este no imaginaba, como es la llegada forzosamente violenta -pero ahora de una violencia masiva, inconcebible- de un mundo en el que Dios no existe o, más exactamente, del que Dios ha de ser evacuado. Sabemos el cariz que tomará este enfrentamiento durante la República y luego en la Guerra Civil".

Efectivamente, tras el golpe de Estado del 18 de julio, los primeros meses en la zona leal a la República estuvieron caracterizados por lo que muchos autores han denominado el Terror rojo. No sólo por el encarcelamiento de "desafectos al régimen" en las chekas (o cárceles del pueblo) organizadas por los partidos y sindicatos comunistas, socialistas y anarquistas, sino por el asesinato masivo y planificado de al menos 2.500 personas en Aravaca, Paracuellos del Jarama y Torrejón de Ardoz, llevado a cabo desde finales del mes de octubre de 1936 (hace ahora 90 años) hasta principios del mes de diciembre. Sacados de las cárceles donde previamente habían sido conducidos sin juicio previo, fueron fusilados y enterrados en fosas comunes. Debido a que la República había adquirido desde su comienzo un carácter anticlerical y antirreligioso, entre los asesinados en aquellas jornadas se encontraban miles de religiosos y religiosas, entre los que estaban muchos de los padres agustinos con los que Azaña, para entonces ya presidente de la República, había coincidido en El Escorial.

Cuando entre los días 10 y 13 de mayo de 1931 comenzaron a arder iglesias, conventos y centros religiosos, Azaña, entonces ministro de la Guerra, vetó el uso de la Guardia Civil para evitar las destrucciones. Fue su primera decisión para que España dejara "de ser católica". Luego, la expulsión de los jesuitas, la prohibición a las congregaciones de dedicarse a la enseñanza y la incautación de sus centros, entre ellos los de El Escorial. De esta forma, los 106 padres agustinos fueron trasladados a la cárcel de San Antón, y el 28 de noviembre de 1931, 12 de ellos fueron fusilados en Paracuellos del Jarama. "Al día siguiente", termina Marco, "salieron otros 51. Fueron por tanto 63 los agustinos de El Escorial asesinados en las matanzas de la localidad madrileña, organizada por los socialistas y comunistas con Santiago Carrillo al frente. De estos hechos no queda ningún rastro en los papeles de Azaña". Lo que sí cuenta en sus 'Memorias' el ex presidente de la República es la visita que uno de los supervivientes le hizo en Valencia en 1937. "Adoptó una actitud distanciada", explica Marco, "carente de cualquier compasión ante los hechos que el P. Isidoro le debió contar. En el texto van aludidos con un eufemismo siniestro: 'han perecido'. Y como Azaña no está dispuesto a que la realidad varíe su proyecto ideológico y artístico, acaba aleccionando al P. Isidoro y le achaca la responsabilidad de lo ocurrido". Le dijo: "Sus amigos fervorosos, los apasionados de la religión y del orden, son los causantes, no sólo de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen".

Homosexualidad

La escritura y publicación de El jardín de los frailes tuvo otro protagonista ineludible: Cipriano de Rivas Cherif (1891-1967), dramaturgo, poeta, crítico, periodista, amigo íntimo de Azaña y su cuñado desde que en 1929 se casara con su hermana, Dolores de Rivas Cherif, casi 25 años más joven que él y con la que nunca tuvo hijos. Fue Cipriano el que le animó a escribir sus recuerdos de El Escorial, que comenzó a publicar por entregas en La Pluma, la revista que fundaron juntos en 1920, y cuya finalización, mientras el director de teatro se encontraba de gira con la compañía de Margarita Xirgu, supuso la superación de una crisis honda y dolorosa en su amistad. "Lo que me desconsuela", escribió Azaña a su amigo, "es que el separarnos manifiesta un fracaso mío, principalmente y de los dos, en cuanto ninguna de las cosas que hemos soñado y proyectado ha venido a cumplirse. Además -aquí entra mi egoísmo- tú eras lo que me quedaba de la juventud". La posible relación homosexual entre los dos fue uno de los instrumentos de ataque que se utilizaron para desacreditar al entonces ministro de la Guerra y su polémica reforma del Ejército.

En este sentido, El jardín de los frailes es, también, fruto de la historia de una profunda amistad entre dos hombres. Por eso, resulta cuanto menos inquietante cuando, en el último capítulo del libro, Azaña confiesa a uno de los frailes con los que coincide después de mucho tiempo, que de aquellos años le quedaba "un sabor de ceniza". Para José María Marco, esa expresión, que aparece en La Ciudad de Dios de San Agustín, en referencia al sabor de los frutos que por castigo divino se producían en la ciudad de Sodoma, y que utilizan también André Gide y Marcel Proust, es una clara alusión a la homosexualidad.

No existen en sus escritos evidencias de sus preferencias sexuales, aunque en su novela 'Fresdeval' y algunos escritos sobre 'Hipólito', que no llegó a publicar en vida, aparecen escenas y conversaciones homoeróticas entre los personajes. En el pasaje de El jardín de los frailes, concluye Marco, "Azaña seguiría, a su manera, nunca sencilla, la famosa recomendación de Proust, según la cual se puede contar todo, pero a condición de no decir nunca Yo. Hasta qué punto Azaña se retrata en el protagonista de su ensayo autobiográfico es algo que queda para el lector avispado".

El jardín de los frailes, Manuel Azaña. Estudio y edición a cargo de José María Marco. 480 páginas. Editorial: Fundación Universitaria Española, 2026.

II

Manuel Azaña, el malditismo del antimoderno que abrazó la República, en El Mundo por Iñaki Ellacuría, 22 noviembre 2021:

El último libro de José María Marco, 'Azaña, el mito sin máscaras', descubre la influencia de los reaccionarios franceses en el político republicano

El mito de Manuel Azaña como punto de encuentro entre las «dos Españas» y referencia de la actual democracia, una lectura generosa y abierta a los matices sobre el papel del presidente de la Segunda República que es más bien tardía, cobra fuerza en los 90 por la necesidad de PSOE y PP de actualizar sus referentes históricos y reaparece periódicamente ahora en el debate público. Constatando la primacía de la leyenda del personaje sobre una biografía repleta de claroscuros y a la que no dejan de añadirse libros.

Entre los más recientes, una pieza nuclear para la construcción de la leyenda, la reedición de Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Reino de Cordelia), que escribió Cipriano de Rivas Cherif, cuñado del republicano, amigo íntimo, confidente. Una biografía que arranca con un prólogo de José Luis Rodríguez Zapatero en el que sostiene que «más de siete décadas después de que se vislumbrara el corazón de una democracia social como esa, que hoy nos sigue pareciendo perfectamente reconocible, los ecos de esos anhelos y de esas frustraciones, unos y otras, llegan también hasta nosotros». El otro libro llegado a las librerías, Azaña, el mito sin máscaras (Encuentro), del ensayista José María Marco, rechaza que el presidente de la Segunda República pueda aún ser considerado un hombre cercano al liberalismo y principal referente de nuestra actual Monarquía parlamentaria.

Es la «pulsión revolucionaria» del ex presidente lo que, para Marco, le inhabilita como símbolo y mito. «Azaña se ha convertido en una referencia mitológica única, en la que se vuelca la necesidad de relacionar la democracia actual con la Segunda República, y eso da pie a una reflexión equivocada y sesgada acerca de lo que es la democracia española. Una monarquía parlamentaria no puede tener como referencia a un dirigente republicano que excluyó con sus políticas a más de la mitad de los españoles», subraya.

Autor de otros estudios sobre Azaña como La inteligencia republicana, La creación de sí mismo y El fondo de la nada, Marco sostiene que durante su mandato la República prevalece sobre la democracia. Un republicanismo de autor y a la medida. «Azaña tiene la voluntad de hacer una España nueva, de fundarla, su proyecto fue el de la republicanización de todos los estamentos, como el ejército, y un intento de secularización de la sociedad española que pasa por la supresión de la libertad de enseñanza y asfixiar económicamente a las órdenes religiosas».

La gran novedad que aporta la última investigación de Marco es el perfil de Azaña como un antimoderno, un nihilista imbuido del espíritu del 98 que encuentra en el republicanismo «una tabla de salvación». Más que un político vocacional, un proyecto de artista sin imaginación que a los 23 años abandona su carrera profesional en un importante despacho de abogados de Madrid para instalarse en la casa familiar de Alcalá de Henares y escribir una novela que quedará inconclusa, La vocación de jerónimo. «Es un texto típico de la época, muy influenciado por la literatura francesa y con el que Azaña busca una autenticidad que no encontraba en su etapa madrileña. Quiere ser un artista, no solo un buen escritor, que sin duda es, quiere ser un artista porque este es el único que tiene la capacidad para comunicarse con la esencia de pueblo, del paisaje, de esa España de verdad que él va buscando huyendo de la oligarquía madrileña», señala Marco.

Pero no será hasta la escritura de sus Memorias, décadas después, cuando Azaña, un hombre «muy burgués que se odiaba así mismo y que se sintió toda la vida como outsider en busca de reconocimiento», puede cumplir su ambición de artista. Para Marco el político republicano es un prosista de altura que bebe sobre todo de los escritores reaccionarios y nacionalistas franceses como Maurice Barrès. Seguramente porque en sus años de investigación existencial y de libros fallidos, Azaña sentirá un vacío que le llevará a un profundo nihilismo y de allí al republicanismo como tabla de salvación. «Si los nacionalistas que había leído hablan de la nación como un punto fijo en un naufragio, su respuesta de fin de siglo, Azaña se agarra no al nacionalismo sino a la República. Para él el republicanismo es casi una religión, lo que explica que durante su mandato se niegue a aceptar los hechos que anuncian el fracaso de este proyecto político. Pasa del culto al yo al culto del pueblo español», dice Marco.

Precisamente, es con la proclamación de la Segunda República y su llegada al poder cuando Azaña halla, al fin, la inspiración del artista, que plasmará en sus Memorias, una suerte de monólogo interior y el retrato más descarnado de ese sistema políticos y sus actores, a los que tanto desprecia. Sus años de presidente, pese a la tragedia que vive España o quizá por ello, son su gran obra. El momento en el que «el artista y el político se juntan, y con sus grandes discursos durante la Guerra Civil, que preconizan una política de reconciliación contraria a lo que había practicado anteriormente, Azaña se convierte en el artista puro».

 III

Manuel Azaña y la II República: autopsia de un mito, en El Mundo, por Pedro Carlos González Cuevas, 22 de marzo de 2021:

Destaca el autor que de tanto criticar los 'mitos' del franquismo, la izquierda historiográfica ha desembocado en la construcción del 'mito' de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz

En una semblanza de Voltaire, Roland Barthes definió al autor de Cándido como el último escritor «feliz», ya que nunca tuvo en su tiempo adversarios de altura. En ese sentido, quizá la izquierda española sea la última izquierda europea realmente «feliz». No porque sea excesivamente inteligente, que no lo es, sino porque casi nadie se atreve a contradecir sus opiniones, por muy discutibles que sean. Este hecho resulta evidente sobre todo en el campo historiográfico, cuando se tratan temas como la II República, la Guerra Civil o el régimen de Franco. De tanto criticar los mitos del franquismo, la izquierda historiográfica española ha desembocado en la construcción del mito de la II República y de su hombre representativo, Manuel Azaña Díaz. Dentro de poco se cumplirán noventa años del advenimiento del régimen republicano; de ahí que sea necesario someter a revisión este tipo de interpretaciones.

Para empezar, podemos preguntarnos si la II República fue realmente un régimen político dotado de legitimidad. En mi opinión, no. Sin duda, fue un régimen legal, pero nunca llegó a conseguir una legitimidad plena. Hace años, leyendo el célebre libro del historiador italiano Guglielmo Ferrero, liberal antifascista muerto en el exilio, El poder. Los Genios Invisibles de la Ciudad, me asaltó la duda. En una de sus páginas, Ferrero definía a la II República española como un régimen político «prelegítimo». Y es que para el historiador italiano la misión del poder político es la de acabar con el miedo, que es el sentimiento fundamental del hombre frente al mundo. A ese respecto, el requisito fundamental es la legitimidad, es decir, el ejercicio del poder según principios compartidos entre gobernantes y gobernados, a través de diferentes fórmulas políticas. Naturalmente, un principio de legitimidad no puede establecerse en frío. Solo es eficaz si está en armonía con los mores, la religión, la mentalidad y los intereses económicos de una determinada época; en definitiva, cuando es vivido como una creencia, que nadie puede poner en duda.

A lo largo de su efímera y precaria existencia, la II República nunca logró articular una fórmula política aceptada por la mayoría de la población. Y es que no debemos olvidar que los republicanos estuvieron dispuestos a instaurar su alternativa, como lo demuestran las intentonas de Jaca y Cuatro Vientos, mediante el golpe de Estado militar. Y que, finalmente, su advenimiento no fue producto de una transición pactada, sino producto de una movilización de carácter revolucionario. Sin duda, la Monarquía había perdido su legitimidad. La sociedad deferente de notables dejaba paso a una realidad mucho más conflictiva. La II República nació escorada a la izquierda. El liberalismo radical y el socialismo ocupaban el poder por vez primera en la historia de España. Sin embargo, las izquierdas se hallaban profundamente divididas en sus proyectos políticos y sociales. Las dos grandes tendencias del movimiento obrero, socialistas y anarquistas, tenían ideas muy distintas sobre la naturaleza del proceso sociopolítico. Como se demostró en octubre de 1934, un sector muy importante del PSOE, el liderado por Francisco Largo Caballero, tuvo un visión puramente instrumental del régimen republicano, que concibió exclusivamente como vía hacia el socialismo. La CNT fue una fuerza claramente disruptiva durante todo el período republicano. Los nacionalismos periféricos nunca renunciaron a la independencia. Por otra parte, las Cortes constituyentes de 1931 no fueron representativas del conjunto de la sociedad española y dieron lugar a un texto constitucional que nunca fue aceptado por un sector tan decisivo y numeroso como los católicos, por su contenido abiertamente secularizador y anticlerical. Sin duda, hubo unas derechas, como los monárquicos alfonsinos y los carlistas, irreductibles; pero no hay duda de que la Iglesia y un sector del catolicismo estuvieron abiertos al pacto. Ante la magnitud de la disidencia, no resulta extraño que una parte de la legislación republicana tuviera un carácter abiertamente represivo, como la Ley de Defensa de la República, la Ley de Orden Público y la Ley de Vagos y Maleantes, conocida como la Gandula.

Ramiro de Maeztu señaló que la II República, a diferencia de la francesa, no disponía de un Léon Gambetta, es decir, un líder flexible y oportunista capaz de mediar entre los distintos intereses sociales. No lo fue, desde luego, Manuel Azaña. El político alcalaíno goza hoy de buena prensa en nuestro campo historiográfico. Santos Juliá publicó una biografía canónica, Vida y tiempo de Manuel Azaña, donde nos lo presenta como un estadista incomprendido. Y fue el editor de sus Obras Completas, presentadas por Rodríguez Zapatero, para quien Azaña era el precursor de la España actual. Pedro Sánchez visitó su tumba en Montauban, dedicándole grandes elogios. En conmemoración de los ochenta años de su muerte, el Congreso celebró un homenaje, presentándole como un hombre de «consenso» y «reconciliación». En diciembre del año pasado se inauguró una exposición en la Biblioteca Nacional dedicada a su figura. Y de nuevo apareció como el forjador de la España actual.

¿Quién fue realmente Manuel Azaña?. No, desde luego, un gran escritor. Su novela El jardín de los frailes, es una obra carente de tensión narrativa y enormemente ingenua desde el punto de vista ideológico. Fue insensible a las vanguardias. En sus Diarios, Azaña se autodestruye, porque muestra su auténtica faz sectaria y sarcástica. Nadie, sobre todo sus más directos colaboradores, salen bien parados de sus testimonios. Despreció a Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset y Azorín, siendo como pensador y literato, muy inferior a ellos. Michael Oakeshott lo hubiese caracterizado como el típico «racionalista político», por su pretensión de emanciparse de la historia. No existen en su obras huellas de Marx, Weber, Schmitt o Keynes. El pensamiento económico le fue completamente ajeno. En su obra no aparece la menor reflexión sobre la revolución rusa, el marxismo, el fascismo o el New Deal. La crisis del capitalismo liberal y del parlamentarismo no pareció conmoverle. Su actitud ante la Iglesia católica careció de inteligencia, la desafió directamente y, por supuesto, perdió la batalla. Lo más grave de su discurso de octubre de 1931 no fue la frase «España ha dejado de ser católica», sino que el número de católicos españoles resultaba irrelevante para el nuevo régimen. No menos irresponsable fue su planteamiento del tema catalán, incluso en algún momento llegó a reconocer la hipótesis del reconocimiento del derecho de autodeterminación.

Dada nuestra perspectiva actual, hoy sabemos que la razón histórica estuvo de parte de Ortega y Gasset en las discusiones sobre el Estatuto de Cataluña. Su modelo de república supuso un claro intento de marginación del conjunto de las derechas, a las que no otorgaba papel alguno en el nuevo régimen. En su opinión, solo el Partido Radical, y no la CEDA, podía representar a la derecha en la República. De ahí su irresponsable posición ante el triunfo de los conservadores en las elecciones de 1933. No participó en la insurrección de octubre de 1934, pero consideró ilegítima la participación de la CEDA en los gobiernos republicanos. Como presidente de la República, la lucidez y la eficacia políticas brillaron por su ausencia. A lo largo de la Guerra Civil, no fue más que una marioneta. Por ello, su discurso pronunciado en Barcelona en julio de 1938 -el de «Paz, Piedad y Perdón»- carece de grandeza, ya que se pronunció ante el presagio de una inevitable derrota. Además, su contenido fue censurado por las autoridades republicanas, al considerarlo derrotista. El epitafio de su trayectoria política fue La velada en Benicarló, donde, al menos en parte, reconoce sus errores. En ese sentido, cualquier intento de convertirlo en ejemplo tan sólo puede ser concebido como fruto de una mente superficial. «Son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán al hoyo» (Mateo, XV, 12-14). O sea, en la III República confederal.

Pedro Carlos González Cuevas es historiador y profesor titular de Historia de las Ideas Políticas en la UNED.

IV

Aventuras políticas. Romanones y Azaña: las fracasadas transiciones a la democracia en España, por Raúl Conde, en El Mundo,  17 marzo 2021:

La figura capital del régimen de la Restauración, y el presidente de la II República fueron dos gigantes de la política nacional que, aunque antagónicos, soñaron con modernizar el país y consolidar las bases de un régimen democrático. Dos libros recuerdan sus legados

La salida del poder del conde de Romanones, durante el reinado de Alfonso XIII; y de Manuel Azaña, cuando partió al exilio en el ocaso de la Guerra Civil, simboliza mucho más que la caída de dos gobiernos: ambos casos pusieron de manifiesto una crisis de régimen. El periodo entre 1919 y el 39 explica, en buena medida, el trauma nacional cainita que hubo que expurgar durante la Transición para alcanzar una democracia plena. La Restauración borbónica, junto a los partidos dinásticos, fracasó en su intento de integrar a los republicanos moderados en las instituciones. Azaña naufragó a la hora de lograr la permanencia de un sistema republicano inclusivo.

Estas dos figuras de la política contemporánea española, antagónicas en su ideología y trayectoria, saltan de nuevo al presente de la mano de dos obras apreciables, pero de enfoque contrapuesto. Guillermo Gortázar, profesor de Historia Contemporánea de la Uned y ex diputado del PP, publica Romanones. La transición fallida a la democracia (Espasa) una prolija biografía de Álvaro de Figueroa y Torres, epítome de la política de notables y oligárquica. Por su parte, Ángeles Egido, catedrática de Historia Contemporánea de la Uned y comisaria de la exposición Azaña: intelectual y estadista, que acoge la Biblioteca Nacional, presenta el próximo 23 de marzo una nueva edición de Manuel Azaña. Entre el mito y la leyenda (Guillermo Escolar Editor).

Tanto Gortázar como Egido se nutren de abundantes fuentes documentales, incluida correspondencia privada. El primero lo hace enhebrando un relato historiográfico que se lee a modo de novela y concebido desde una óptica liberal. La segunda pergeña un ensayo a través de una prosa vibrante y una panoplia plural de referencias bibliográficas, lo que ayuda a trazar un gran angular de quien personalizó las reformas para superar el caciquismo.

Ambos autores escarban en los éxitos políticos de Romanones y Azaña, pero no omiten sus pasivos. Gortázar define así al conde: «Era un hombre honrado, positivo y reformista, pero también empirista y tacticista. No creía en los programas a medio y largo plazo. Creía que el política debía enfrentarse a los problemas inmediatos y concretos».

Procedente de una familia acomodada con múltiples posesiones en Guadalajara y propulsado en política gracias a su suegro, el jurisconsulto Manuel Alonso Martínez, Romanones -cabeza del Partido Liberal y conspicuo representante del caciquismo- llegó a ser presidente del Consejo de Ministros en tres periodos interrumpidos entre 1910 y 1919, salpicados por su posición en favor de intervenir en la Primera Guerra Mundial junto a los aliados y por la lucha obrera en Cataluña. También presidió el Senado y fue alcalde de Madrid, y operó como éxito como empresario de la minería. Ejerció de diputado en las Cortes durante la Restauración y la Segunda República. Siempre en representación de Guadalajara. «Era su distrito electoral a la inglesa, representaba a 50 municipios alrededor de Guadalajara. En 1933 quintuplicó en votos al PSOE», explica Gortázar. Romanones en 1933 quintuplicó en votos al PSOE en su Guadalajara natal.

La tesis principal de su libro estriba en que el nudo gordiano que permite entender la evolución de España en el siglo XX no es tanto el periodo que abre la Guerra Civil, con sus 40 años de dictadura, sino lo que el historiador alavés califica como «espectáculo de inestabilidad» con movimientos revolucionarios de todo tipo entre 1923 y 1936.

«La Guerra Civil y la dictadura -asegura- fueron consecuencia de los años anteriores. No los circunscribo solo a la República, como hace la derecha autoritaria, ni tampoco al golpismo de la derecha, como hace la izquierda de los años 30. El problema se origina en la ruptura del orden constitucional en 1923 con el golpe de Primo de Rivera».

Zaherido por erigirse en conspicuo representante del caciquismo, Romanones es hoy, a juicio de Gortázar, «una figura que ha sido maltratada por la historiografía». El propio conde, en sus memorias Notas de una vida, confiesa que sus enemigos siempre fueron «multitud». Aunque fue acusado de maniobrero, no se le puede acusar de insensible: impulsó el primer decreto del mundo de la jornada laboral de ocho horas y se abrió a la descentralización administrativa del Estado.

El Desastre de Annual acelera el desgaste de la Monarquía. Y republicanos y socialistas, que repudian los cambios de Gobierno del turno, cercan al monarca a raíz de las miserias de un sistema inmovilista. Gortázar tacha al ex presidente republicano de «soberbio» y añade que decidió «desde un principio la alianza con los socialistas en lugar de bascular hacia la moderación con un posible acuerdo con los radicales centristas de Lerroux».

Ángeles Egido tiene una opinión antagónica sobre el ex mandatario republicano. «Azaña sigue siendo una figura muy controvertida, pero lo que debería prevalecer es que intentó establecer una verdadera democracia en España, al estilo de las de los regímenes democráticos occidentales, aunque luego se le desbordar por los extremos. El recuerdo del proyecto reformista de la Segunda República estuvo implícitamente presente en la Transición. Narcís Serra, siendo ministro de Defensa, confesó en su momento que había tenido en cuenta la reforma militar azañista».

La derecha vio rápido, tras el advenimiento del 14 de abril, que estaba ante «el adversario más consistente», según Egido.

Sus detractores le acusaron de ser el culpable de la sublevación del 18 de julio de 1936 y le definían como un jacobino dispuesto a triturar el Ejército y laminar el catolicismo. «Engendro republicano», sicario de la «horda roja», compendio de la «antipatria masónica» fueron algunos de los epítetos repetidos en los libelos franquistas. Incluso Benavente contribuyó a propagar el rumor de la amistad interesada del dirigente republicano con su cuñado, Cipriano Rivas Cherif. La pugna entre azañófilos y azañófobos llega hasta nuestros días. Según Paul Preston, Azaña tenía suficiente talla para que se le considerase un enemigo verdaderamente peligroso».

Perteneciente a una familia burguesa, de posición económica desahogada, recibió una educación adecuada a su clase y condición, e incluso disfrutó de una beca en París. Se casó con Dolores de Rivas Cherif con casi 50 años, edad en la que despegó una carrera política que le llevó al poder tras haber desarrollado una intensa actividad intelectual no exenta de dardos malévolos por parte de sus coetáneos. «Escritor sin lectores», dijo de él Unamuno.

«Se hizo grande en el Parlamento, con sus argumentaciones y buscando soluciones en los debates sobre las grandes leyes de la República. Tenía una sólida formación jurídica», asegura Egido.

Para Azaña la República no era un paréntesis, sino la recuperación del "verdadero ser de España

«En lo personal, era reservado a primera vista. Pero una vez que se rompía la coraza con la que se protegía, se mostraba amable, culto, educado, irónico, divertido, sensible a la música y el arte». Políticamente, Azaña «fue antes un demócrata que un republicano». Para él, la República no era un paréntesis, sino la recuperación del «verdadero ser de España». Y de ahí deriva su concepción del Estado autonómico, plasmado en el trámite del Estatuto de Cataluña en 1932. «La Constitución republicana -recuerda Egido- se comprometía a negociar los estatutos pero acuñó la fórmula del Estado integral, que aunaba sin anular. Es decir, aseguraba la unidad de España, tal como consta en el primer artículo de la Constitución. Además, se renunció expresamente al federalismo al tener muy presente el modelo de la Primera República, que había fracasado por el cantonalismo. El artículo 13 decía: «En ningún caso se admite la Federación de regionales autónomas».

Romanones murió el 11 de septiembre de 1950. El dictador autorizó un cortejo fúnebre por la Castellana y fue enterrado en el panteón de sus padres, los marqueses de Villamejor, mientras su hijo Eduardo, conde de Yebes, terminaba la construcción del mausoleo de los Romanones en el cementerio de Guadalajara. Gortázar sostiene que Figueroa fue «un hombre que intentó, sin éxito, contribuir a la evolución del régimen liberal a otro democrático».

Azaña expiró en el exilio. Solo y sin una despedida solemne acorde con quien fue jefe de Estado. Alejado de su patria, desposeído de todas sus pertenencias, enfermo de ataques cerebrales, amenazado de secuestro por los agentes de Franco, alojado en un pequeño hotel de la localidad francesa de Montauban. Egido evoca una declaración de Azaña que resume su legado, aún vigente: «Concedió una entrevista al periodista Jon Gunther y cuando éste le preguntó que se definiera contestó con unas palabras que en España se tradujeron así: 'soy un intelectual, un liberal y un burgués'. En realidad, lo que dijo fue: 'soy un intelectual, un demócrata y un burgués'».

 V

 Fresdeval. La pulsión homosexual de Manuel Azaña "está ahí", por Darío Prieto, en El Mundo, 3 diciembre 2021:

En 'Azaña, el Mito sin máscaras', José María Marco aborda, entre otros muchos aspectos de la personalidad del presidente republicano, el latido homoerótico que existía en sus novelas.

"El más guapo compañero de Bruno le confesaba una afición pegajosa y propósitos obscenos sobre su persona, que dichos en tono de chanza, delante de amigos, podían tomarse a broma pesada. Una tarde, solos Bruno y el amigo en la huerta, crecieron tan sofocantes las demostraciones, la risa que las acompañaba se heló tan de pronto en la faz ardorosa del mozo, que Bruno, súbitamente se desnudó y plantándosele delante le dijo en son de reto: '¿Qué quieres de mí? ¡Aquí me tienes! ¡Atrévete!' El amigo huyó. Bruno se bañó en el estanque". En 1930 Manuel Azaña (1880-1940) escribió una novela, 'Fresdeval', que no llegó a ver publicada y que incluía esta escena, con claras resonancias de la juventud de quien estaba llamado a ser el gran líder de la Segunda República.

La posible homosexualidad de Azaña fue, según el ensayista José María Marco, un asunto que apareció recurrentemente para intentar desacreditarle en su carrera política. Sin embargo, más allá del chisme, pocos se aventuraron a investigar el asunto en los testimonios escritos del propio Azaña, que trascienden sus famosos Diarios. Marco lo ha hecho en 'Azaña, el Mito sin máscaras', que acaba de editar Encuentro y donde se aproxima a aspectos no tan habituales en la bibliografía sobre el estadista alcalaíno.

Para Marco, más allá de la etiqueta, lo que deja entrever Azaña en sus textos forma parte de la tónica de la época. "El final del siglo XIX y el principios del XX es un momento de crisis muy profunda con todo", explica a LOC. "Y esa crisis conlleva una especie de cuestionamiento general de todos los valores y de todas las tendencias estéticas heredadas. También de la ciencia, de la nación... Es una puesta en crisis general. Y una de las cosas que hacen muchos escritores es un viaje interior, hacia el yo, de exploración de la autenticidad, de dónde estoy y qué es lo que soy realmente. Y ese tipo de literatura autobiográfica, confesional, de diarios y dietarios se cultivó muchísimo".

Azaña fue, abunda Marco, "un hombre que desde muy joven, desde los 23 años, siguió ese camino. Quería ser artista, escritor, y empezó una investigación sobre su propia primera persona, algo muy característico de ese momento". Es ahí "donde la homosexualidad o el amor entre hombres empieza a aparecer como una realidad que algunos no pueden esquivar". Unos lo sacan a la luz y otros no, apunta Marco. "Yo creo que no se puede hablar con claridad de que Azaña tuviera una atracción por los hombres. Pero el caso es que el tema está ahí".

El que fuera presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República, amén de titular de varias carteras y último presidente de la República a la derrota de ésta en la Guerra Civil, "frecuentó mucho los círculos teatrales de los años 20 con su cuñado Cipriano Rivas Cherif, que tenía muy buenos contactos y estuvo muy relacionado con García Lorca", recuerda Marco. "Son unos años en los que hay una cierta efervescencia de presencia pública de la homosexualidad en ámbitos literarios y teatrales, con personajes como el propio Lorca o Jacinto Benavente. Años, también, en los que se traduce el 'Corydon' de Gide", relata el ensayista.

Por ese motivo, "aparecen habladurías sobre su relación con Rivas Cherif, que luego se utilizan durante la República, sobre todo cuando se producen sus reformas militares, y que suscitan una crítica muy dura. Pero los textos de Azaña sobre los que trata los temas homosexuales son textos que quedaron sin ver la luz, excepto uno, que se publicó durante la guerra".

En su libro, Marco analiza no sólo el 'Fresdeval', sino también algunos de sus apuntes sobre personajes masculinos para piezas narrativas. "Creo que a los historiadores españoles les falta imaginación", lamenta. "No se meten en terrenos que creen que los desbordan. Así que no se meten en la literatura, salvo alguno, como Jesús Ferrer-Solá, autor de 'Manuel Azaña: Una pasión intelectual'. Pero la gente de literatura tampoco: considera que Azaña era más político que literato. Así que se queda un poco entre dos aguas".

Esa indefinición encaja con la propia naturaleza de Azaña, hombre continuamente atormentado por diversas razones a lo largo de su vida. En cualquier caso, su orientación sexual no debería ser motivo, ni entonces ni ahora, para valoraciones de ningún tipo. "Yo no le reprocho absolutamente nada. Al contrario, me interesa muchísimo que fuera capaz de suscitar el tema y de encontrar algo ahí", sentencia Marco.

sábado, 24 de octubre de 2026

Orígenes judaicos de la nobleza española

 I 

 ‘El gran secreto’, la sangre ‘impura’ de la nobleza española, en El País, por Lola Galán, 23 oct 2026.

El historiador Enrique Soria Mesa afirma que los linajes reales españoles compartían el mismo “pecado capital”: tenían origen judío

La paradoja es notable. Despreciados por el pueblo, vigilados por la Inquisición y sometidos a las exigencias de una sociedad obsesionada por la limpieza de sangre, los judeoconversos lograron pese a todo alcanzar enorme poder en la España de los siglos XVI al XVIII, emparentando además con la nobleza. Durante generaciones se vieron obligados a afrontar condenas, sospechas y oprobios, pero las necesidades del imperio, tanto financieras como de servidores competentes, acabaron por encumbrarlos. La monarquía hispánica alentó esa integración convirtiendo a la sociedad española, contra lo que se cree, en una de las más dinámicas de Europa. Este es en parte El gran secreto al que alude desde su título el libro del historiador Enrique Soria Mesa, que destapa también otra realidad escondida: la del origen judío de lo más granado de la nobleza española.

Para empezar, este catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba y del Laboratorio de Estudios Judeoconversos afirma (pese a la imposibilidad de una demostración exhaustiva) que los linajes reales fundamentales compartían, por decirlo así, el mismo “pecado capital”, es decir, tenían sangre judía. Es el caso nada menos que de Fernando el Católico, un Enríquez por parte de madre, linaje creado en la Edad Media al adoptar ese apellido un sobrino del rey Enrique II de Castilla (hermanastro del depuesto Pedro I el Cruel) en honor a su tío. Este sobrino en cuestión, Alonso Enríquez, nació de la relación de su padre, Don Fadrique, con una judía llamada Paloma. Los Enríquez tuvieron una amplia descendencia y acabaron emparentando con lo más granado de la nobleza española. También hay mezcla de sangre judía en los Castilla. El vínculo parte del nieto bastardo de Pedro I el Cruel, llamado Pedro de Castilla. Aunque destinado al clero, fue padre de varios hijos ilegítimos, dos de ellos habidos de una amante judía llamada Isabel Drochelin. Lo mismo encontramos en la Casa de Aragón. En este caso, es un hijo ilegítimo del rey Juan II (padre de Fernando el Católico) llamado Alonso, que sería nombrado maestre de la Orden de Calatrava, quien introduce la mezcla al tener varios hijos con una joven judía llamada Estenga Conejo. En cuanto a la nobleza inferior, el libro dedica un apéndice de 15 páginas a enumerar uno a uno los centenares de títulos otorgados a cristianos nuevos.

A finales del siglo XVII, la nobleza estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos

El gran secreto tiene notable interés también como fresco social de la España de ese “largo Siglo de Oro”, como lo denomina el autor, que recoge coplillas, dichos y costumbres que nos dan una idea de las dificultades a que se enfrentaban los judeoconversos por importantes que fueran. Desde danzas burlescas como las llamadas judiadas hasta insultos en público, que podían obligar al que los recibía a interponer pleitos por injurias. En estos casos, una sentencia favorable, cosa nada infrecuente, servía para establecer por vía judicial la limpieza de sangre del ofendido. Algo fundamental, porque estos señores de nobleza adquirida gracias a matrimonios de conveniencia, y apuntalada a veces con cambios de apellidos y genealogías falsas, ansiaban vestir los hábitos de las órdenes militares, o formar parte del corpus rector de las catedrales y hasta del Tribunal del Santo Oficio. Y lo consiguieron. A finales del siglo XVII, la institución estaba masivamente integrada por descendientes de judeoconversos. Para entonces, claro está, españoles católicos sin más.

El gran secreto, Enrique Soria Mesa. Ático de los Libros, 2026. 600 páginas. 31,95 euros.

 II

 La sangre judía de la nobleza española, en La Razón, por Jorge Vilches , 26.09.2026:

Tras más de treinta años entre archivos, Enrique Soria Mesa deshace el mito de la pureza genética de la aristocracia sacando a la luz y analizando una paradoja

Existe una imagen muy arraigada de una España del Antiguo Régimen como una sociedad dominada por una aristocracia cristiana vieja que marcó la identidad de nuestro país. Sin embargo, Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba, la desmonta en su obra «El gran secreto. El origen judío de la nobleza española» (Ático de los Libros, 2026). Fruto de más de tres décadas de trabajo en archivos, el autor deshace el mito de la pureza de sangre para sacar a la luz una paradoja. La misma monarquía cristiana que decretó la expulsión de los judíos en 1492 estuvo, en realidad, gobernada y financiada por familias de ascendencia judeoconversa. Lejos de tratarse de un fenómeno secundario, la integración de los cristianos nuevos en la nobleza fue determinante para la conformación del propio Estado moderno.

El análisis de Soria Mesa comienza en la mismísima cúspide del poder: Fernando II de Aragón, el rey Católico. A través de su madre, la reina Juana Enríquez, el monarca descendía directamente de Paloma, una mujer judía que mantuvo relaciones con el maestre de Santiago, Fadrique de Castilla, fruto de las cuales nació Alonso Enríquez, primer almirante de Castilla. Lejos de ser un secreto en la época, la condición conversa de los Enríquez era una realidad expuesta abiertamente en la literatura satírica, en tratados como las «Instrucciones del Relator», de Fernán Díaz de Toledo, de 1449. De la estirpe de los Enríquez derivaron ramas de la grandeza de España, como los duques de Alba, Alcalá y Medina Sidonia.

En la alta nobleza, la nómina de linajes con varonía hebraica o con un denso entramado de alianzas conversas resulta abrumadora, como los duques de Escalona, los condes de Puñonrostro o los marqueses de la Mota. Es curioso, por ejemplo, que los condes de Cartagena derivaran de la conversión en 1390 del rabino mayor Salomón ha-Leví, transformado en el obispo Pablo de Santa María.

Ante este panorama, Soria Mesa se pregunta cómo un sistema obsesionado con la pureza sanguínea tuvo una penetración de conversos tan profunda en sus altas esferas. El autor responde que la construcción del Estado moderno bajo los Reyes Católicos y los Austrias requirió financiación para sostener la maquinaria bélica, así como un ejército de letrados, burócratas y administradores para gobernar un imperio global. La élite judeoconversa proporcionaba todo esto. Frente a la razón de Estado, los reyes olvidaron el dogma.

A esto se unieron las alianzas matrimoniales estratégicas, que Soria Mesa analiza en su obra. Por un lado, dice, las familias conversas adineradas buscaban protección y respetabilidad entregando a sus hijas y sobrinas a hidalgos o segundones de la aristocracia necesitados de liquidez. Por otro lado, los nobles arruinados acudían presurosos a reparar sus patrimonios aceptando dotes astronómicas que venían acompañadas de ascendencia hebraica.

Con las Leyes de Toro de 1505, los conversos enriquecidos en el comercio, el arrendamiento de rentas reales y la usura vincularon masivamente sus caudales en mayorazgos. Luego, aprovechando las continuas estrecheces financieras de la Hacienda de los Austrias durante los siglos XVI y XVII, compraron villas y señoríos jurisdiccionales, adquiriendo los símbolos exteriores de la dignidad aristocrática. De forma paralela, las familias conversas protagonizaron un asalto masivo a los cabildos municipales de las principales ciudades del reino, comprando e institucionalizando oficios de regidores, veinticuatros -como concejales- y jurados en Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada, Burgos y Cuenca. De igual modo, poblaron las dignidades de los cabildos catedralicios y alcanzaron el episcopado mediante la promoción regia, garantizando rentas cuantiosas y poder social para sus linajes.

Otro pilar de la asimilación nobiliaria residió en la obtención de ejecutorias de hidalguía en los tribunales regios de las Reales Chancillerías de Valladolid y Granada, así como en la consecución de hábitos en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa. Aunque las órdenes de caballería instauraron estatutos de limpieza de sangre severos, la penetración de caballeros de origen hebraico fue masiva. Los datos presentados por Soria Mesa sobre los caballeros de la Orden de Santiago en Granada son reveladores: durante el reinado de Felipe IV, de 35 mercedes concedidas, 28 fueron a judeoconversos, un 80% del total en una institución que exigía una pureza de sangre impecable.

El servicio a la administración civil y al Ejército permitió la promoción social de muchos. Casi la totalidad de los grandes secretarios y contadores mayores de los Reyes Católicos y de los primeros Austrias provenían de familias conversas. Figuras clave de la administración imperial como Miguel Pérez de Almazán o Pedro de Quintana, vieron cómo la Corona protegía sus patrimonios incluso tras tropiezos de sus parientes con la Inquisición. En el ámbito militar, mandos de los Tercios de Flandes de la talla de Sancho Dávila, conocido como «el Rayo de la Guerra» y los descendientes de Hernán Pérez del Pulgar fueron de origen judío.

Para lograr la supervivencia en una sociedad jurídicamente discriminatoria era imprescindible fabricar una memoria genealógica conveniente. Soria Mesa cuenta que entre estas estrategias destaca la usurpación masiva de apellidos ilustres, como Mendoza, Córdoba, Guzmán, Toledo o Enríquez, adoptando los denominativos de los padrinos de bautismo de sus antepasados o de las grandes casas señoriales a las que servían. En el caso del linaje Enríquez, los genealogistas llegaron al extremo de inventar madres ficticias o amas de cría para ocultar a la judía Paloma y atribuir a don Alonso Enríquez una cuna real o francesa.

Junto a la usurpación de apellidos, las familias de cristianos nuevos recurrieron a fingir que descendían de los guerreros visigodos de la Reconquista. Para ello contrataron a profesionales que confeccionaban árboles genealógicos apócrifos, mientras se sobornaba a párrocos, notarios y jurados para arrancar, coser o alterar partidas sacramentales y padrones. La pragmática de 1623, ideada para agilizar las probanzas exigiendo tres actos de nobleza en los antepasados inmediatos, fue aprovechada por los conversos para acelerar el reconocimiento.

La legitimación social se completaba con la arquitectura. La edificación de palacetes adornados con blasones ficticios y la fundación de suntuosas capillas funerarias en iglesias y monasterios, como la célebre capilla de los Benavente en Medina de Rioseco, funcionaron como eficaces instrumentos de persuasión visual. Ante la opinión pública, quien era enterrado en tumbas de mármol decoradas con escudos heráldicos quedaba consagrado como un noble de limpia estirpe, difuminando el recuerdo del antepasado vulgar.

Como era de esperar en una sociedad conflictiva, este proceso acelerado de ascenso y ocultación generó golfos. Brotó la figura de los linajudos, chantajistas y genealogistas aficionados que memorizaban o registraban los sambenitos colgados en las iglesias para extorsionar a los nobles amenazándolos con revelar su filiación hebraica ante el Santo Oficio. Además, circularon libelos de difamación genealógica, entre los que destaca «El tizón de la nobleza española», redactado en 1560 por el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadilla para demostrar que casi toda la aristocracia castellana estaba «contaminada» de sangre judía, así como el «Libro verde de Aragón» en el ámbito levantino.

A pesar de la dureza de los estatutos de limpieza de sangre y de la presión social, la clave de la asimilación conversa fue la complicidad de la Corona y del propio tribunal de la Inquisición. Los decretos reales acordados a lo largo del siglo XVII ordenaban a los tribunales inquisitoriales no aportar datos documentales si las probanzas orales del candidato resultaban favorables o si habían transcurrido más de cien años. Los reyes y los validos cortesanos, como los duques de Lerma y Olivares, priorizaron de forma sistemática la estabilidad política, el cobro de venias financieras y la fidelidad de sus servidores sobre el rigor de la pureza de sangre. En suma: la obra de Soria Mesa demuestra que, si bien los judíos conversos obtuvieron un ascenso social por las necesidades del Imperio, su labor coadyuvó a la grande de España durante su época de esplendor.

Lo mejor: El rigor documental con el que desmonta el mito de la aristocracia de sangre pura.

Lo peor: La cantidad de nombres, cargos y fechas que ralentizan el ritmo narrativo, aunque sea necesario.

 III

 [Resúmenes promocionales]

 La sangre judía de los nobles españoles

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza de sangre condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. En El gran secreto, Enrique Soria Mesa desvela los orígenes ocultos de las familias más poderosas de España.

A partir de una investigación monumental en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, Soria Mesa reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cúspide de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba; desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

El gran secreto es una obra fundamental para comprender la verdadera historia de la nobleza española y los orígenes de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica.

Críticas

«Cambiará para siempre nuestra comprensión de la nobleza española y de la propia España.» Gaetano Sabatini, Universidad Roma Tre

«Un libro que sacude sin concesiones las ideas preconcebidas y obliga a replantearse muchas de nuestras certezas.» Béatrice Perez, Universidad de La Sorbona

«La más novedosa representación de la sociedad española de la Edad Moderna.» Fabrizio D'Avenia, Universidad de Palermo

«Profundamente documentado y muy innovador en sus planteamientos.» Ofelia Rey Castelao, Universidad de Santiago de Compostela

«Una síntesis brillante y sólidamente documentada acerca de la limpieza de sangre que invita a reflexionar sobre los discursos y las prácticas de odio en el mundo contemporáneo.» Fernanda Olival, Universidad de Évora

Biografía del autor

Enrique Soria Mesa es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba y director del departamento de Historia, así como del Laboratorio de Estudios Judeoconversos. Autor de más de doscientas publicaciones, destacan entre ellas libros como El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una élite de poder; El origen judío de Góngora; Los últimos moriscos; Señores y oligarcas; La venta de señoríos en el Reino de Granada bajo los Austrias; La nobleza en la España Moderna o La realidad tras el espejo; Ascenso social y limpieza de sangre en la España de Felipe II. Dirige, junto con Gonzalo Herreros, el pódcast Historia y Genealogía y es el creador del canal de YouTube Genealogías Increíbles.

 IV

 El gran secreto de Enrique Soria Mesa, Ático de los libros, septiembre 2026

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa. La sangre judía de los nobles españoles

El gran secreto, de Enrique Soria Mesa, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba, es una obra revolucionaria y seminal sobre los orígenes de la nobleza española, fruto de décadas de investigación en archivos de toda nuestra geografía.

El gran secreto es un ensayo revelador que demuestra que la nobleza española y las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica tienen un profundo origen judeoconverso, a partir de una investigación exhaustiva sobre fuentes primarias, pleitos de hidalguía, expedientes inquisitoriales y archivos de toda España. El autor desmonta de forma tajante el mito de una sociedad estática y homogénea formada por «cristianos viejos» en la Edad Moderna temprana, pues la nobleza española se configuró con un notable grado de mestizaje y movilidad social. La herencia judoconversa alcanzó a la propia dinastía real con Fernando el Católico, a los Almirantes de Castilla (los Enríquez), a la Casa de Alba (Álvarez de Toledo) y a familias nobles como Arias Dávila o Ahumada.

El libro detalla los mecanismos utilizados por las familias conversas para integrarse y construir una memoria aristocrática limpia: estrategias matrimoniales; cambio de apellidos y falsificación documental; desaparición de infamias, con sobornos a párrocos o robos para retirar los sambenitos que la Inquisición colgaba en las iglesias; falsas raíces hidalgas; y pleitos por injurias, demandar a quien los llamaran «judíos» para obtener sentencias que los ratificaran oficialmente como cristianos viejos. Ante las necesidades financieras para sostener el Imperio, la monarquía recurrió al capital comercial y a la liquidez de conversos acaudalados. A cambio de préstamos y servicios administrativos, la Corona les facilitó el acceso a cargos públicos, compras de señoríos y la concesión de más de doscientos cincuenta títulos nobiliarios.

Para alejar sospechas, muchos conversos exhibían un estilo de vida ostentoso, financiaban capillas e incluso se convertían en los más fervientes defensores de la limpieza de sangre, atacando públicamente a su propia comunidad de origen. Figuras clave e Inquisidores Generales como Tomás de Torquemada o Fray Diego de Deza tenían ascendencia conversa y vieron en el tribunal una vía para protegerse. Las leyes de limpieza de sangre fracasaron en la práctica debido al soborno, la corrupción y el favor político, convirtiendo un sistema represivo en una estructura permeable que terminó facilitando el ascenso de los conversos.

 V

 Actualidad Universitaria, Universidad de Córdoba, 7 Octubre 2026:

Tras décadas de investigación, el catedrático de Historia Moderna desvela los orígenes judeoconversos de las élites que gobernaron la Monarquía Hispánica. La obra aborda distintos casos que abarcan desde el reinado de Fernando el Católico a los duques de Alba o, en clave local, el linaje de los Fernández de Córdoba.

Durante siglos, la sociedad española se construyó sobre una ficción: la de la pureza de sangre. Mientras la Inquisición perseguía a los descendientes de judíos y los estatutos de limpieza condicionaban su acceso al poder, muchas de las familias más influyentes de la Monarquía Hispánica ocultaban precisamente aquellos orígenes que despreciaban. Bajo esta premisa arranca la obra “El Gran Secreto: el origen judío de la nobleza española”, un ensayo publicado por el Catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba Enrique Soria en el que el mito de la pureza de sangre de la aristocracia española se resquebraja por completo.

La obra, publicada por la editorial Ático de los Libros y presentada esta tarde en la librería Luque por su autor, en conversación con el historiador Ángel María Ruiz, cuestiona así uno de los pilares ideológicos de aquella sociedad y revisa la imagen arraigada por aquel entonces de una España dominada por cristianos viejos.

A partir de décadas de investigación en archivos, genealogías y pleitos de nobleza, el catedrático reconstruye la trayectoria de linajes que ascendieron desde la condición conversa hasta ocupar la cima de la sociedad. Desde Fernando el Católico hasta los duques de Alba. Así, desde las grandes familias de la antigua nobleza hasta los cargos más altos de la administración, la Iglesia y la propia Inquisición; desde las estrategias matrimoniales y los cambios de apellido hasta las complejas redes familiares que conectaban a la élite del Imperio, emerge un mundo de ascensos sociales, identidades ocultas y sorprendentes contradicciones.

En clave local, el libro también recorre el linaje más conocido de la provincia: los Fernández de Córdoba, y aborda algunos de los casamientos de varones de esta familia con ricas herederas judeoconversas. Tal y como solía ocurrir en buena parte de las familias nobles de la época, los judeoconversos adinerados buscaban reconocimiento social casando a sus hijas y sobrinas con segundones de la aristocracia, quienes a su vez encontraban en estas uniones una vía para sanear sus haciendas.

sábado, 3 de octubre de 2026

Los diarios de España de lady Holland

[No existe edición completa ni en inglés ni en español de los Cuadernos de lady Holland, sino solo extractos. Este es uno de tantos, tomado de Memorias hispánicas]

Mucho antes de que España se convirtiera en una superpotencia turística mundial que acoge a millones de turistas británicos cada año, unos pocos intrépidos ingleses se atrevían a explorar un país que veían exótico. Una de esas viajeras fue lady Holland, mujer con carácter, curiosa y metida en la política que viajó a España entre 1802 y 1804. 

Elizabeth Vassall nació en Londres en 1771, siendo hija única de un rico propietario de plantaciones de Jamaica. No recibió una educación formal, pero de forma autodidacta devoró libros por su deseo de aprender cosas nuevas, lo que la convirtió en una mujer culta. En 1794 conoció en Italia al que se convertiría en su segundo marido, Henry Richard Fox, III Lord Holland, un noble contrario a la esclavitud, a la discriminación de los católicos ingleses y próximo a los ideales democráticos de la Revolución francesa. Era sobrino del ministro de Exteriores de Gran Bretaña y miembro de los whigs, los liberales que gobernaban el país. Él hizo que dejase de sentirse sola, y su gusto por la lectura hizo que los dos poco a poco se enamoraran. Tras quedar embarazada de él fue a Inglaterra a divorciarse, cosa que no consiguió hasta que el Parlamento británico lo aprobó en 1796. Tuvo que  pagar un elevado coste social y patrimonial y la pérdida de la custodia de los hijos que tuvo con su primer marido, un miembro de la nobleza terrateniente que le sacaba más de veinte años. A diferencia de sus primeras bodas concertadas, tuvo un matrimonio muy feliz con Henry. Sin embargo, pocos años después su hijo Charles estuvo a punto de morir por el duro invierno inglés. Como era habitual en aquella época, un remedio recomendable era viajar a un país con un clima más cálido, así que España era perfecta para ello. Pero ese no fue el motivo decisivo para viajar a nuestro país, porque podrían haber gozado de un clima muy similar yendo al sur de Francia o Italia, algo que habría sido más sencillo porque conocían bien sus lenguas y eran países mucho más frecuentados por las clases altas británicas. Eligieron España por el interés de lord  Holland en la literatura del Siglo de Oro. Henry publicó el primer estudio en inglés sobre Lope de Vega en 1806, y ya en 1793 había hecho un viaje a España y había ganado una reputación entre los círculos ilustrados y liberales españoles. Ese es otro ángulo importante del viaje: los Holland tenían amplios contactos que les facilitaron el ir a eventos y el hospedaje en casas de nobles. La experiencia  habría sido muy distinta para un inglés don nadie. Los Holland pasaron de Inglaterra a la Francia de Napoleón y visitaron al emperador tras la firma de la Paz de Amiens. Pasaron unos meses Viajaban con sus dos hijos y su médico, además de algunos sirvientes anónimos y unos escoltas que en ocasiones alcanzaban la veintena. Estos fueron efectivos en disuadir a algunos ladrones y bandidos que se encontraron. La pareja entró en España por la Junquera, en la frontera catalana, el 7 de noviembre de  1802. No viajaban con un destino final en mente ni con prisas, sino que viajaban en carruaje y  pasaban largas temporadas en unas mismas zonas. En este primer viaje entre 1802 y 1804 principalmente  estuvieron por Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía y Madrid, antes de regresar a su país por mar a través de Portugal. Su larga estancia de dos años completos en España, más de la prevista inicialmente, afectó a la economía familiar y a la carrera política de Lord Holland, pero Henry era más erudito que político y la guerra entre Francia y Gran Bretaña hizo difícil el regreso. Extractos de su libro de viajes, en forma de diario:

29 de diciembre de 1802. Son tan pocos los que viajan sin que tengan negocios, que los forasteros no encuentran nada preparado para su recepción o alojamiento. Embajadores y comerciantes son los únicos extranjeros y cada uno va a su destino. Los nativos que se desplazan lo hacen generalmente por negocios o por deber, bien a sus fincas (esto por desgracia raramente) o a sus parientes, por lo tanto no sienten la necesidad de una casa donde alojarse o de un carruaje para llevarles, mientras que el viajero que llega a una ciudad para un par de meses debe gastar lo mismo que si fuera a quedarse diez años, amueblar y comprar los muebles de una casa desde un taburete hasta un asador. Conseguir un carruaje es casi imposible, a menos que se compre en su totalidad. 

5 de abril de 1803. Cenamos en la Venta del Rey,  edificio espacioso y principesco; en los establos  pueden ser acomodados seiscientos caballos, mulas,  etc. Las habitaciones son buenas, pero allí,  como en todos los establecimientos españoles,  cuando se pregunta qué tienen para comer, la  respuesta es "lo que ustedes hayan traído.

16 de febrero de 1803. Los informes de  las carreteras son mucho más favorables de lo que Swinburne y otros viajeros hacen a uno imaginar; que hay poco peligro que temer, aunque muchos pequeños inconvenientes que encontrar como infames posadas de gitanos, y ladrones en la forma de contrabandistas que roban obligándote a comprar a un precio exorbitante su rape y artículos de contrabando.

13 de mayo de 1803. Cenamos en Puebla de Osuna, la posada era limpia; en el patio había  montones de raíz de palmito para quemar. Vimos allí a un hombre que había sido robado por cuatro hombres a caballo en el bosque por el que íbamos a pasar a Arahal. Después de estar en guardia durante aproximadamente una legua, distinguimos bajo la sombra de un árbol grande, a un hombre bien armado y montado, sentado sobre su caballo como si estuviera atento  esperando a la presa en la carretera para avisar al resto de su tropa. Confieso que durante unos diez minutos estuve completamente aterrorizada, incluso lord Holland consideró enigmática  su aparición; sin embargo, pasamos sin ser molestados, aunque no desapercibidos.

5 de septiembre de 1803. Ha habido grandes fracasos por toda la Península en la cosecha de cereales, especialmente en Sevilla y Portugal. Ayer había solamente cuatro mil fanegas de trigo en Madrid, y de no haber sido por un  afortunado abastecimiento esta mañana, habría habido una conmoción en la ciudad. El pan está carísimo; muchas panaderías han sido atacadas. Estos últimos diez días las calles  están infestadas de ladrones que roban, insultan e incluso quitan la ropa a los que atacan.

Septiembre de 1804, Valladolid: La dieta de los campesinos consiste en sopa por la mañana, hecha de pan, aceite, ajo, sal y agua. Pan, cebolla y vino al mediodía; y su olla por la noche, en la que se añadía cerdo, res y cordero según la estación del año, garbanzos, calabazas y repollo. Su pan está hecho de harina excelente, aunque espeso y compacto. Su vino es fuerte y saludable. Cada familia fabrica telas para su propio consumo, y las modas son tan invariables y, sin embargo, la variedad de estas manufacturas domésticas es tan grande, que los habitantes de un  pueblo se distinguen fácilmente de los de otro por la tela con la que se visten. Los molinos y hornos  se incluyen entre los derechos señoriales aquí, como en otros lugares, pero al no ser  objeto de quejas, no constituyen agravios. 

8 de noviembre de 1802. Nada de interés en Mataró, pequeña y encantadora población, llena de vida, fábricas y energía. Di unas vueltas y experimenté lo que nunca hubiera creído de no haberlo hecho, la extremada mofa, burla y menosprecio con que se trata a una mujer que no viste según los dictámenes de la moda española.

13 de noviembre de 1802. Conseguí unas enaguas y mantos negros para parecer lo menos extranjera  posible y a falta de carruaje me eché a andar  por las calles para buscar casa, pero, encontrando imposible conseguir una, decidimos aceptar el muy amable ofrecimiento del Sr. Stembor de dejarnos su villa en Sarriá, aldea a unas 3 millas de distancia de Barcelona.

30 de mayo de 1803. Aniversario de la conquista de Sevilla por San Fernando. Recibimos  una invitación de la Maestranza para ir a su palco a ver la función en la plaza esta tarde. Declinamos ir a su palco, porque en honor al príncipe de Asturias, es necesario ir con traje de etiqueta; por consiguiente iremos con don Francisco. […] Siguiendo el consejo de don Francisco fui en traje de española en vez de ir a cuerpo; la consecuencia fue que cuando llegué a la plaza, en vez de ir como esperaba a un palco particular, me llevó al principal de la Maestranza  donde todas las mujeres se habían vestido con sumo gusto. A decir verdad, nunca me había sentido  tan apurada, porque yo era la única en mantilla. Sin embargo, no se podía hacer otra cosa, y Charles y yo entramos a condición de que nos dejaran sentarnos tan atrás como yo quisiera. La etiqueta española excluye a los hombres, por consiguiente estuve metida entre un  rebaño de féminas filisteas; sin embargo, eran extremadamente corteses y solícitas. Están tan poco acostumbradas a los extranjeros, que son desagradables en un aspecto, el de la  lengua; porque por cortesía hacia ellas, en vez de simplemente responderles en francés o italiano,  me esforcé en contestar en español; ante cualquier fallo de mi mal acento o pronunciación se echaban a reír bulliciosamente. No tenían intención de ofenderme; era sólo una falta de buenos modales como consecuencia de su descuidada educación. A ver, la verdad es que cuesta no reírse al oír a un británico hablar en español,   pero siempre desde el cariño y aprecio de que al menos se esfuercen en aprenderlo. Mucha más intolerancia he experimentado al revés

29 de diciembre de 1802. De la sociedad  sólo puedo darme una idea imperfecta, pero los españoles me dan la impresión de ser notablemente francos y afables. No tienen el cautivador refinamiento de los franceses, pero por otro lado parecen exentos de mala idea; excesivas habladurías. Las mujeres no tienen gracia sin su mantilla; dejan que su voz alcance tonos altos, pero parecen disfrutar de la conversación,  que animan frecuentemente con salidas de humor e incluso de ingenio. Diferentes de las italianas en muchos aspectos, se les parecen en lo que un crítico austero podría llamar la característica de todo su sexo, la de hacer el amor, única ocupación de sus vidas.

2 de diciembre de 1804. Muy impresionada, desde que entramos en Portugal, por la excesiva disimilitud entre los españoles y los portugueses. Estos últimos son, en general, torpes en su porte y toscos, por no decir francamente feos, en sus rasgos. En lugar de la reserva majestuosa del español y de su frialdad a veces repulsiva, cuya curiosidad nunca es impertinente ni su cortesía está teñida de mezquindad, nos vimos con frecuencia molestados por la curiosidad descarada del populacho portugués, tan intrusivo como los franceses, aunque sin poseer ni una pizca de su alegría ni buen humor. A menudo nos disgustaba la cantidad y servilismo de sus saludos, que no iban dirigidos a nosotros, sino a nuestro carruaje.

15 de noviembre de 1802. Odiosa como me parecía mientras vivíamos en el centro, debo admitir con tranquilidad que Barcelona es una ciudad muy hermosa, llena de magníficos edificios públicos y el paseo más elegante que jamás haya visto en ningún otro sitio. Las fortificaciones se conservan bien y así es posible ir en carruaje alrededor de toda la ciudad; las Ramblas, un largo paseo recto en la ciudad, es por costumbre el más frecuentado, aunque ésa es su única recomendación. La Muralla de Mar es la más agradable, pues mira al mar, domina el puerto y vistas de Barcelona y Montjuic, pero los dominicos y otra gente bien de esa índole han descubierto, con el gusto que les caracteriza en estos asuntos, los méritos de la situación y por consiguiente han construido su convento allí. La Academia es un magnífico  palacio; fue utilizado como tal por el príncipe de la Paz que se alojó en él con su amante y el Gran Inquisidor; ¡curioso trío!

19 de diciembre de 1802. En el puerto de Tarragona encontramos al Sr. Smith, que por su apellido es de origen inglés, pero es español de nacimiento. Es el ingeniero principal y nos mostró el muelle que ya es ahora una obra grandiosa y que será magnífica una vez terminada. Se adentra en el mar un tercio de milla inglesa y va a tener justo el doble de longitud. El trabajo lo hacen los condenados a galeras, verdadera cadena en otros tiempos, que siguen vistiendo de verde por ser el color más ofensivo a los moros que lo reverencian y reservan para sus soberanos y para los que se consideran primos del profeta.  

17 de mayo de 1803. Es algo muy alegre ver el movimiento y la animación de Cádiz; es la ciudad mejor pavimentada, iluminada, construida y más limpia que puede verse.

25 de mayo de 1803. Entramos en Sevilla por la puerta de Jerez. Las calles son extremadamente estrechas, por muchas partes nuestros carruajes apenas podían pasar, resto de las costumbres de los moros cuyas ciudades están construidas de ese modo a causa del calor que así es más eficazmente  evitado. […] Por la tarde fuimos a la catedral, un edificio magnífico, y a la Alameda, orillas del Guadalquivir, etc. El muelle ya no muestra a la ocupada muchedumbre que lo atestaba cuando toda la riqueza de América entraba a raudales, y Sevilla era el mejor emporio de Europa.

4 de junio de 1803. La iglesia de Córdoba está mal  conservada, el suelo es malo y está roto; casi me dio la impresión de que a pesar de las frecuentes demostraciones piadosas el prejuicio contra el motivo original por el que se erigió seguía existiendo, ya que la gente no tiene ningún respeto por lo sagrado del lugar. Los mendigos son numerosos, los perros están por allí, y un pequeño y sucio carro fue arrastrado a su través.

18  de noviembre de 1804. Las calles de Talavera de la Reina son estrechas,  pero no tan torcidas como en la mayoría de los pueblos antiguos, están aceptablemente pavimentadas y, para ser un pueblo de Castilla, no están excesivamente sucias. La mala gestión policial en los pueblos castellanos en cuanto a  la limpieza es curiosa; nunca vi nada comparable a su suciedad, sobre todo porque en casi todas  las demás provincias los pueblos destacan por su pulcritud y limpieza. Las casas, e incluso algunos  edificios públicos, son de ladrillo, lo que les da un aspecto muy descuidado; sin embargo, algunas  de las iglesias principales son de piedra. 

6 de enero de 1803. El chocolate es una bebida tan favorita que es tan regular a las ocho como lo es el té en un pueblo del campo en Inglaterra. Es el desayuno más corriente también; un español inveterado lo toma tres o cuatro veces al día.

19 de marzo de 1803.  La gente se divirtió con un pasatiempo singular, curioso por su antigüedad. José, patrón de los carpinteros, hizo juguetes y objetos  durante la infancia de Cristo para distraerle. Esta circunstancia la perpetúan los carpinteros  de Valencia haciendo grandes figuras según su gusto y capricho que se exhiben durante el día y se les pega fuego y queman por la noche. […] Es que no hay nada más difícil  en España que obtener una explicación de una vieja costumbre. O las personas a las que se  pregunta la ignoran, o en vez de contestar a la pregunta emplean el tiempo en preguntarse cómo puede interesarse uno en tales cosas.

2 de junio de 1803. En Carmona Pasamos por una plaza de madera pequeña y cuadrada para los toros; el tamaño, sin embargo, está mejor calculado para agradar a los que gozan viendo sangre, pues todos los espectadores pueden disfrutar de todos los retortijones de dolor de los animales sin perderse ningún gemido o jadeo. Puedo comprender con más facilidad el afán y entusiasmo inspirados por un auto-da-fe. Allí se excita la pasión contra el infiel reincidente o hereje obstinado que, o no quiere ver la verdad o se ha alejado de ella; se satisface la venganza mientras se infligen los tormentos. Pero el toro, el caballo, ¿qué han hecho?

8 de noviembre de 1802. Los pueblos tienen un aspecto de lo más alegre, ya que en honor de la visita del rey a Cataluña han retocado, encalado y limpiado sus casas. Hay abundancia de bellos arbustos. Justo antes de Gerona encontramos varios buenos carruajes y mulas rollizas, que, como todas las cosas buenas de España, pertenecían a la Iglesia; su carga eran unos gordos canónigos.

7 de diciembre de 1802. Fui con Madame Blondel, que llevaba ropa de hombre, el uniforme de un  general, a ver a las monjas de Santa Clara;  aparecieron en el locutorio, que tiene una reja doble. Su atuendo es espantoso, en lugar del tocado plisado blanco que tanto favorece a las monjas francesas e italianas, llevaban alrededor de la cara algo feo de estambre de punto amarillo; el hábito es de tela negra. Pobrecillas, fingían una resignación que no podían sentir. ¡Cinco de seis hermanas habían sido metidas a la fuerza en conventos por su padre!

Septiembre de 1804. Los conventos de Valladolid obtienen sus principales ingresos de los  diezmos, aunque también cuentan con casas, y algunos poseen tierras; estas tierras siempre se cultivan por cuenta propia y, en general, están mucho mejor cultivadas que cualquier otra tierra. Los conventos de monjas, aunque muchos de ellos contaban con una rica dotación en su origen o fundación, se encuentran actualmente en situación de pobreza debido a que sus fondos han sido malversados por los administradores.

10 de diciembre de 1802. El ascenso a Montserrat es muy difícil e incluso doloroso. Es escarpado y los escalones están cortados en la roca con tanta distancia entre sí, que lo hacen un trabajo de lo más fatigoso; a pesar de todo, a los cuarenta minutos llegamos a la primera ermita. El propietario actual es un asturiano que lleva residiendo allí 21 años; al preguntarle si le gustaba una situación tan alta, puso los ojos en blanco y dijo que vivía con la esperanza de ser elevado a otra más alta, queriendo decir  el cielo. Parecía un hipócrita ignorante; no me dejaba entrar en sus apartamentos. […] En la bajada, nos adelantó el padre Ruiz, una de las personas a quienes habíamos sido recomendados. Tenía los modales de un hombre de mundo y mostraba más inclinación a vivir en él que a seguir las reglas de san Benedicto. Al hablar de los ermitaños dijo que estaban muy bien porque tenían libertad al no tener ningún superior que les controlara; que se sentían independientes y nunca venían al convento donde deben someterse a reglas estrictas, excepto cuando estaban debilitados por la extremada vejez. Aunque era tan tarde y mucho después de la hora de mostrar el santuario, el padre Ruiz bajó y ordenó a los sacristanes que estuvieran listos con lámparas para mostrarnos el tesoro. […] Lo que más me divirtió de toda la colección fue la  figura de plata de un teniente general de unas 6 pulgadas de tamaño con una bala sujeta por una cadena. Esta ofrenda votiva es tan reciente como la última guerra (hace unos tres años) en que este tonto militar resultó herido (de muerte, creyó él) a no ser por la intercesión de la Virgen y al recuperarse hizo esta ofrenda a su altar. Todos sonreían, monjes y hermanos legos, mientras se narraba esta historia.

13 de abril de 1803. Mujeres notablemente guapas,  hombres sanos y robustos en Orihuela; muchos, o ciegos, o casi ciegos por la violenta inflamación de los párpados, enfermedad muy común por toda España y atribuida a la viruela. Casi se puede asegurar que de cada cien, diez están o totalmente ciegos o ciegos de un ojo, debido a los estragos de ese funesto mal. Me alegra mucho saber que la vacuna ha ganado terreno, incluso en el campo; los curas la aconsejan antes que incurrir en el riesgo de otro contagio.

12 de marzo de 1803. Se ha hecho pública  en este país la bula papal por medio de los periódicos franceses y está suscitando mucha emoción. Deposita en el príncipe de la Paz el poder de suprimir la proporción de instituciones monásticas que juzgue oportunas para que el país prescinda de ellas.

8 de abril de 1803. Además del mayorazgo y otras malas instituciones, una de las mayores rémoras contra el avance de España es la Mesta, código de leyes que concede privilegios casi ilimitados a una compañía que posee los rebaños de merino. […]  La Mesta la forman personas poderosas y cuerpos eclesiásticos. Impiden la compra de tierra para labranza; todas las tierras cultivadas sin licencia desde 1590 deben ser para pastos. Sus rebaños vagan sin control por todo el reino.

[La pareja de hispanófilos ingleses había leído la Historia general de España de Juan de Mariana, las Partidas de Alfonso X, o el Compendio cronológico de la Historia  de España de Juan Antonio Pellicer, al que conoció y elogió por arrojar dudas sobre Pelayo y la batalla de Covadonga. Pudo aprovechar su condición de turista noble con excelentes contactos para ver libros y manuscritos antiguos en bibliotecas  eclesiásticas y nobiliarias. Incluso pudo leer el inédito manuscrito de la expedición científica  de Alejandro Malaspina.] 

16 de febrero de 1803. Lord Holland está ocupado escribiendo la vida y un estudio de la literatura de Lope de Vega; yo leo un poco de español, pero lleno mi tiempo principalmente examinando con una aprensión melancólica el avance de la enfermedad  de mis ojos. […] Hasta ahora siempre pensé que no había nada más pedante que decir que Don Quijote no podía disfrutarse fuera del original. Nada es tan verdadero, y a esta afirmación debe añadirse que no puede ser así a menos que el lector conozca España, sus costumbres, maneras, aspecto de sus habitantes, sus tonos de voz, indumentaria, gestos, seriedad, modos de sentarse sobre sus burros, conducir sus carruajes; sus ventas, posadas, utensilios, recipientes para licores, pieles, etc. En inglés lo consideré un trabajo monótono y burlesco; ahora lo considero, sin excepción, la creación más divertida del ingenio humano. Es el único libro que ha excitado mi facultad de reír porque cuando lo leo no puedo evitar romper a fuertes carcajadas.

6 de enero de 1803, Valencia. Comimos con el Capitán General; está jubilado, como la mayoría en ese cargo. Su apellido es Caro, su mujer es guapa e interesante, y, comparada con él, joven. Ella es su sobrina; él es el hermano mayor de su padre, extraña alianza incestuosa, pero una a la que son aficionados en este país y que puede explicar la degeneración de los Grandes que se casan entre sí de generación en generación. Los psicólogos consideran necesario un cruce para mejorar la raza.  […] Se cuentan historias de una singular malformación de sus hijos; sus dos hijos mayores fueron bautizados primero como hembras y luego como varones, pero su sexo es todavía dudoso.

16 de febrero de 1803. La notoriedad de los amores de la reina es tal que es un tema de conversación bastante común entre los arrieros. Hasta ahora todas las clases sociales desaprueban el ascenso del príncipe de la Paz y atribuyen su subida al verdadero motivo.

14 de junio de 1803. La reina llamó a su  hijo favorito, el infante don Francisco, un niño guapo y vivo con un parecido de lo más escandaloso al príncipe de la Paz.

6 de noviembre de 1803. Los madrileños llaman al príncipe de la Paz El Bonducani, apodo del Califa ante el cual todos se doblan, obedecen y tiemblan. El día del besamanos, las damas estaban todas en la cámara de fuera y se acercaban al aposento de la reina, pero en el centro del cuarto estaba el príncipe de la Paz de pie jugando con el perrito de la reina; las damas no se atrevían a pasar. La reina, impaciente  y sorprendida con la demora, pidió al rey que mirara, y éste, viendo el impedimento, dijo  riéndose: ‘No pasarán delante del Bonducani’.

24 de noviembre de 1803. Es imposible saber de verdad cuáles son los vínculos entre él y la reina. No le hace caso, la ha insultado y se ha apoderado de la confianza del rey, independientemente de la influencia de ella. Y sin embargo, ante la más leve presión por impopularidad o por interferencia francesa ella lo apoya con eficacia.  

domingo, 13 de septiembre de 2026

Historia de la vida nocturna en España

 Golfos y señoritos: así se sale por la noche en España desde hace un siglo, en La Razón, Ulises Fuente, 30.09.2025:

Un libro profusamente documentado llena un vacío historiográfico: ¿cómo era el ocio nocturno y por qué en nuestro país se sale más que en ningún otro lugar del mundo?

Con nuestras costumbres y modos de vida tendemos a caer en el presentismo, como si fuera nuestra generación la que ha inventado el mundo. Pensamos que lo que vivimos es nuevo, único y que se desenvuelve ante nuestros ojos como una primavera. Pero casi ningún aspecto de nuestra cotidianeidad es así. No lo es en cuestiones políticas, históricas, gastronómicas y, por supuesto, tampoco en una de nuestras mayores aficiones colectivas como españoles: salir por la noche, una actividad plagada de controversias en la que somos campeones mundiales... desde hace mucho tiempo. Sobre este asunto la historiografía no ha prestado la debida atención, pero un libro del historiador Juan Carlos Usó viene a documentar el vacío de esas noches infinitas.

La historia puede escribirse desde muy atrás, pero el volumen comienza cuando el ocio nocturno se mercantiliza, es decir, cuando llega el alumbrado eléctrico. Esas luces de neón -bueno, entonces no lo eran- que nos siguen cegando. “Elegí ese momento porque la electricidad –antes las calles se alumbraban, pero con gas- permite la iluminación de los locales y que los tranvías -que antes eran de tracción animal-, pasen a estar electrificados. Eso favorece el desplazamiento a lugares alejados. Y así llega la mercantilización del ocio nocturno -también el diurno, claro-: el ocio se convierte en un producto de mercado y eso marca el punto de arranque de mi trabajo”, dice el historiador, autor de "Historia del ocio nocturno en España" (El Desvelo Ediciones). Desde finales del siglo XIX hasta la tercera década del XX, Madrid y Barcelona duplican su población más allá del millón de habitantes. Las capitales son, al fin, ciudades “modernas” pero también urbes de miseria, trabajo inestable y una esperanza de vida de 32 años. Analfabetismo, chabolismo, delincuencia, prostitución... y, al mismo tiempo, cabarets de esmoquin y “belle epoque”.

La vida nocturna era el refugio predilecto de todas las clases sociales. Tabernas, cafés, botillerías y teatros ofrecían una amplia gama de entretenimiento que para muchos resultaba irresistible. La revista “Vida Galante” hablaba de “noctámbulos que se levantaban a las cinco de la tarde para vestirse el frac”, con ilustres tertulianos como el conservador Francisco Romero Robledo o el mismísimo Alfonso XII, que pasó a la historia como un trasnochador. “Heraldo de Madrid” aseguraba a principios del siglo XX que “un 75 por ciento de los madrileños no conocían el sol, sino de oídas”. Esas horas oscuras eran también el caldo de cultivo de un catálogo de actividades y personajes poco edificantes para los guardianes de la moral, que veían imposible la redención de España por este camino. Pío Baroja lo describía así: “Muchos de ellos son esos tipos mixtos de chulo y de polizonte, que se ven a las altas horas de la noche en las tabernas, buñolerías, cafetines, chirlatas y garitos de toda clase”.

En el Madrid de 1900 había censadas 1.437 tabernas y tiendas de vinos en el casco urbano a las que se deben añadir todo el resto de tipologías, que no eran mancas. El famosos Café de Fornos no cerraba nunca. En Barcelona, la cifra llegaba a 2.016 sumando las distintas categorías. La Ciudad Condal era un paraíso: “Allí se inicia la construcción del Paralelo, que tiene el prurito del primer barrio pensado para el disfrute del ocio en general. Es popular desde el principio y allí se ubican los primeros music halls y cabarets. En 1894, incluso se abrió el Bar Automático, que contaba con un dispensador de bebidas con diez grifos de distintas bebidas que funcionaba con una moneda de diez céntimos. El lavado de las copas lo hacía el cliente presionándolas contra un pitón del que manaba agua presión.

El epítome de la nocturnidad eran los cafés cantantes, donde se practicaba la tertulia y se bebía. Se conspiraba, se discutía, se pontificaba y se leían artículos. Se escribían cartas, se escuchaba música, se citaba a las amantes. Se jugaba al dominó y al billar, se mezclaban ilustrados y los sinvergüenzas. En muchas ocasiones, los cafés cantantes explotaban “el sentimiento de orgullo racial que impregnó la conciencia de gran parte de la sociedad española tras la Guerra de la Independencia”, una corriente literaria, cultural e ideológica conocida como casticismo, “en oposición al pensamiento ilustrado, tildado de afrancesado”, que reivindicaba lo propio: el majo, el castizo, el flamenco, el bandolero. Así es como el flamenco arraiga en Madrid ya en 1820: en el Café del Gato, por ejemplo, actúan los más destacados cantaores.

Aunque en estos lugares el rey era el tinto o el morapio peleón, en los cafés cantantes a la vuelta del siglo XX era frecuente el consumo de drogas, ya que el opio, la morfina, el láudano, el éter, la cocaína, el hachís, y otros compuestos eran dispensados libremente en farmacias hasta 1918 como analgésicos, ya que o existían medicamentos alternativos: “Ten en cuenta que el ácido acetil salicílico, la aspirina, no se generaliza hasta los años 30. El único analgésico conocido es el opio y sus derivados. Si tienes un dolor duro, tienes que ir al opio, láudano o morfina. Y yo no conozco a nadie que no haya padecido algún dolor severo en su vida. Eran de uso generalizado. Y la cocaína era el anestésico local. La única manera de calmar un dolor de muelas o de encías era aplicando cocaína. No había otra cosa...”. Así que no era de extrañar que pronto surgieran los detractores de los cafés cantantes: la nocturnidad sacaba de quicio a gobernantes como Raimundo Fernández-Villaverde, gobernador civil de Madrid del Partido Conservador, que trató de imponer horarios de cierre de forma infructuosa. Como él, muchos otros políticos y autoridades trataron de reformar las costumbres, dado el enorme catálogo de altercados diarios. El flamenco pronto quedó asociado a esa bajeza moral y enfermedad contagiosa, tanto, que se acusó al Barrio Chino de Barcelona de corromper el catalanismo.

No fueron pocas las voces ni las autoridades que trataron de poner fin a este desfase, con Antonio Maura a la cabeza, que puso al Café de Fornos, que abría 24 horas, en su objetivo. Una noche desalojaron a la clientela –entre la que se encontraba Valle-Inclán y Jacinto Benavente, que fue detenido- y en las aceras entre las calles de Alcalá y Peligros, un inmenso gentío se rebelaban ante las autoridades con sorna chistes alusivos a la mentalidad puritana del dirigente. La polémica generó un encendido debate periodístico entre reformadores de costumbres y defensores del cosmopolitismo y la libertad de horarios que se saldó con la derrota de los primeros. “Heraldo de Madrid” publicó este alegato final: “No hay fuerza dictatorial capaz de variar en meses, ni siquiera en años, lo que la costumbre consagró de padres a hijos. En Madrid se come y se cena tarde, y claro es que en tales condiciones la gente se echa a la calle para llenar los teatros”. “La defensa de la nocturnidad tiene que ver con cuestiones no solo relacionadas con el ocio sino con el tipo de vida –dice Usó-. En esos años, había un montón de profesiones nocturnas: el sereno, periodistas (había algunos periódicos que sacaban 5 ediciones diarias), panaderos, conductores de tranvía, taxistas chóferes. Hoy, el mundo laboral está más restringido de noche. Correos no cerraba. Algunos bohemios iban allí a pasar la noche calentitos. Y otro tema perdido es la tertulia, que es una institución que no tenía hora. Había muchas que eran nocturnas. Literarias o políticas. Se hacía mucha vida en la calle porque los estándares de comodidad de los que gozamos en las viviendas hoy eran impensables. Era así, la vida era muy noctámbula. Imagina los calores de más de treinta grados de noche”. No eran, claro, costumbres equiparables a Europa. “No, hasta donde yo sé. En París y en Londres había una importante vida nocturna, pero quizá no fuera tan masiva como en España. Aquí era un hecho más popular y en esas ciudades era más de privilegiados”.

Uno de los períodos más fascinantes para la vida nocturna en España es durante la Primera Guerra Mundial, cuando la “crème de la crème” de la aristocracia europea se va San Sebastián. Su vida nocturna se vuelve increíble. A Barcelona, en cambio, llegan refugiados, espías, saboteadores, aventureros, desertores, prostitutas... una población muy fronteriza. Desde el puerto se comercia con los dos bandos, se hace dinero rápidamente. “Unos Navieros, los hermanos Tallá, compran un barco en Bilbao para desguazarlo unos días antes de empezar la guerra. Cuando llega a Barcelona, que ha dado la vuelta a la Península, ha subido de precio 200 veces. El dinero empezó a circular a toda velocidad y en el puerto y en la Barceloneta no cerraba nada por la noche. Había cabarets sofisticados como el Excélsior, también lugares de "tango y puñalada". Es el momento en que las prostitutas francesas ponen de moda la cocaína y se extiende su consumo. Durante esos años, otra cosa cambia: "Hasta ese momento, si veías a una mujer sola por la noche es que era una prostituta. Pero aparecen las mujeres liberadas, que salen solas o con amigas sin tener esa condición. Los tiempos empiezan a cambiar".

Las autoridades no pudieron contener las costumbres tampoco durante la República o incluso la Guerra Civil, cuando el miedo empuja a miles a vivirla. El franquismo impuso una mentalidad nacional católica, pero llena de resquicios en cualquier ciudad. En los 80, la explosión de la cultura juvenil no tuvo parangón en nuestra historia. Hoy, todavía, algunos intentan que nos vayamos a la cama temprano. No parecen estar consiguiéndolo.