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domingo, 12 de abril de 2026

Las 10 profesiones preferidas de los estúpidos

 [Transcripción corregida por el bloguero de "Las 10 profesiones preferidas de los estúpidos", en Manual del Filósofo, YouTube, 12 de abril de 2026. Al final, la bibliografía.]

 Hay profesiones que exigen años de estudio, disciplina y fracaso antes de dejar entrar a alguien. Y hay otras donde el idiota entra por la puerta principal, se instala cómodo y empieza a cobrar antes de que nadie le haga una sola pregunta incómoda. 

No hablamos de mala suerte ni de excepciones. Hablamos de estructuras que fueron diseñadas sin quererlo para que la mediocridad no solo sobreviva, sino que prospere. 

Hoy vas a ver 10 de esas profesiones y si trabajas en alguna de ellas, presta atención porque lo que vas a escuchar probablemente ya lo viste, solo que nunca nadie lo había dicho así. 

Índice

1. Influencer.

2. Político.

3. Coach.

4. Periodista político.

5. Cantante.

6. Abogado.

7. Juez.

8. Profesor universitario

9. Futbolista.

10. Tiktoker.

11. Bibliografía

Uno. Influencer.

El influencer vive en una profesión donde parecer puede rendir más que ser. Ahí está la primera puerta por donde entra el estúpido. En otros oficios, la mediocridad tropieza con algo incómodo, una técnica, una prueba, un cliente difícil, una consecuencia. Aquí muchas veces basta con encuadrarse bien, repetir lo que ya circula y sostener una presencia constante.

El idiota se mueve cómodo en ese ambiente porque no pierde tiempo dudando, corrigiéndose o profundizando. Sube una foto casual preparada durante una hora, graba un video fingiendo cercanía y convierte cualquier banalidad en contenido si viene con la luz correcta. Lo que en otra parte sería simple vanidad, aquí puede transformarse en carrera y cuando el vacío no perjudica, empieza a cotizar. Eso fue lo que vio Christopher Lasch al describir una cultura donde el sujeto necesita reflejo, reacción y aplauso para sentirse real. El influencer mediocre vive exactamente ahí. No muestra una vida, muestra la parte de su vida que mejor circula. El desayuno no se toma, se documenta. El viaje no se vive, se edita. La tristeza no se procesa, se convierte en clip. 

Erving Goffman lo habría reconocido enseguida. No es una persona comunicando algo, sino una persona administrando impresión de manera constante. Ahí nace la estupidez propia del oficio. No en la cámara, sino en la facilidad con la que alguien termina confundiendo intimidad con contenido, experiencia con material y personalidad con producto. Cuanto más se muestra, menos claro tiene quién es fuera del personaje que funciona. Lo peor viene después, cuando la visibilidad empieza a producir una ilusión de autoridad. El sujeto fue premiado por mostrarse y muy pronto concluye que eso también le da derecho a opinar de política, moral, relaciones, salud mental o sentido de la vida.

Habla de todo porque lo miran, aconseja porque lo siguen, sentencia porque lo comparten y ahí la estupidez deja de ser liviana y se vuelve insolente. No toda persona visible cae en eso, claro, pero el idiota sí y rápido, porque descubre una ventaja extraordinaria en esta profesión. 

Puede vivir de la atención sin pasar por la humillación del mérito. No necesita comprender el mundo para sacar provecho de él. Le basta con posar delante de su reflejo hasta creer que ser visto ya lo volvió importante. 

Dos. Político.

La política ofrece algo que al estúpido le fascina. Escenario, micrófono y poder al mismo tiempo. En pocos lugares la insuficiencia puede vestirse también de convicción. No necesita entender un problema. Le basta con aprender a nombrarlo de forma útil. Simplifica lo difícil, dramatiza lo ambiguo y repite frases como si la seguridad del tono pudiera reemplazar la pobreza de la idea. 

Ahí su mediocridad deja de ser un obstáculo y empieza a convertirse en herramienta. Mientras una persona seria duda, matiza y corrige, el estúpido avanza con la ligereza del que nunca se detiene a pensar demasiado. Y como la política premia mucho más la eficacia del gesto que la honestidad del juicio, termina ocurriendo lo de siempre. El torpe con ambición aprende aparecer firme y ya tiene media carrera hecha. 

Eso fue lo que Orwell vio con una claridad brutal. Cuando el lenguaje se degrada, la realidad empieza a volverse más fácil de manipular. El político estúpido no solo piensa mal, habla de una manera que impide pensar bien. Llama responsabilidad a la cobardía, diálogo a la maniobra, prudencia a la conveniencia y pueblo a cualquier masa que todavía le sirva. No usa palabras para aclarar, sino para cubrir. 

Goffman también entra aquí sin esfuerzo, porque la política es una escuela de representación permanente. El sujeto aprende el tono correcto, la indignación correcta, la empatía correcta y hasta la falsa espontaneidad correcta. No importa tanto lo que es, sino lo que logra proyectar. Y ahí la estupidez encuentra un territorio ideal, uno donde la máscara no oculta la pobreza interior, sino que muchas veces la vuelve competitiva. Lo más peligroso de esta profesión es que el estúpido no se limita a hacer el ridículo: puede volverse decisivo. A diferencia del influencer, no vende solo imagen. A diferencia del coach, no vende solo certezas. Aquí ya administra lenguaje público, percepción colectiva y a veces decisiones que afectan la vida de otros.

Por eso el estúpido político se vuelve tan dañino, porque confunde táctica con inteligencia, cálculo con lucidez y poder con razón. Poco a poco deja de usar el personaje para conseguir espacio y empieza a creer que el espacio confirma el personaje. Ya no interpreta autoridad, se siente autoridad. Y cuando una profesión le permite a alguien crecer en influencia al mismo ritmo en que se vacía por dentro, no estamos ante una simple fragilidad de carácter. Estamos ante una forma organizada de estupidez con consecuencias públicas.

Tres. Coach

El coaching atrae al estúpido porque le permite transformar una carencia en ventaja, su incapacidad para soportar la complejidad. El idiota detesta lo ambiguo, sospecha de lo difícil y se impacienta con todo lo que no cabe en una fórmula. Pues bien, aquí puede convertir ese defecto en método y cobrar por ello. No necesita comprender en serio el miedo, el fracaso, la ansiedad o la frustración. Le basta con reorganizarlos en una secuencia de frases utilizables. Habla de mentalidad, propósito, disciplina y abundancia, como si la vida humana fuera un mueble mal armado que se corrige con cinco movimientos. 

Y mucha gente compra eso no porque sea verdad, sino porque cansa menos que pensar. Ahí prospera el estúpido, en el lugar donde la simplificación no avergüenza, sino que se vende como claridad transformadora.

Eso fue lo que Lash entendió al mirar una cultura obsesionada con la autoestima, la validación y la necesidad de sentirse especial. El coach estúpido no cura esa fragilidad, la explota, no combate la inseguridad, la reorganiza alrededor de nuevas palabras de moda. Todo tiene que sonar fuerte, expansivo, decidido, empoderador. La duda desaparece, la ambivalencia estorba, el conflicto interior se aplasta hasta caber en un eslogan.

Goffman también encaja aquí porque pocas profesiones dependen tanto de la escena. El cuerpo, la voz, la mirada, la pausa, el dominio del espacio, la seguridad del gesto. Todo trabaja para que la convicción se vea antes de que la idea pueda ser examinada. El coach mediocre entiende eso muy rápido. Descubre que no necesita profundidad si logra producir impresión de profundidad y a partir de ahí ya tiene negocio. 

Lo verdaderamente feo aparece cuando empieza a confundirse con un guía. El sujeto fue premiado por hablar con firmeza, por sonar seguro, por convertir malestar ajeno en entusiasmo momentáneo y entonces concluye que ya puede orientar vidas. Ahí su estupidez se vuelve más seria, porque ya no ofrece solo frases torpes, sino dirección existencial de baja calidad. Habla de grandeza sin haber pensado el límite, de libertad sin haber entendido la dependencia y de sentido sin haber soportado nunca la falta de sentido. No acompaña a nadie hacia una comprensión más honda de sí mismo. Empuja al otro hacia una versión más obediente de su propia ansiedad. 

Y eso explica por qué esta profesión atrae tantos idiotas. Porque les permite mandar sin entender demasiado, influir sin haber madurado y vender superioridad emocional sin pasar por la humillación de la sabiduría real. 

Cuatro. Periodista político. 

El periodista político atrae a muchos estúpidos porque trabaja en un territorio donde parecer lúcido vale casi tanto como serlo. No necesita gobernar, no necesita resolver, no necesita cargar con el peso final de una decisión. Le basta con interpretar, encuadrar, comentar y hacerlo con el tono exacto de quién parece entender más que los demás. Ahí el idiota encuentra una ventaja inmensa. Puede vivir de la proximidad al poder sin pagar el precio del poder. Aprende rápido a hablar con gravedad, a usar palabras grandes, a convertir intuiciones pobres en análisis solemnes y a disfrazar reflejos ideológicos de lectura sofisticada. No hace falta comprender la realidad. Muchas veces basta con administrarla verbalmente mejor que el espectador cansado que lo escucha.

Eso fue lo que Orwell entendió cuando vio que el lenguaje degradado no solo encubre la realidad, también la reorganiza para volverla más cómoda, más útil, más obediente. El periodista político estúpido no miente siempre, hace algo peor. Selecciona, deforma, dramatiza y simplifica hasta dejar la realidad del tamaño exacto de su personaje. Goffman lo habría reconocido enseguida. No estamos viendo a un hombre que piensa en público, sino un hombre que sostiene una impresión de lucidez frente a una audiencia. Por eso gesticula como quien pesa el mundo, frunce el ceño, como quien carga una verdad incómoda y habla como si cada frase saliera de una altura moral especial. Mucha solemnidad, mucha gravedad, mucha escenografía, demasiada poca honestidad intelectual. Lo grotesco empieza cuando esa escenificación se vuelve identidad. El sujeto, ya no comenta la política, vive de parecer más inteligente que ella. Se enamora del análisis como forma de narcisismo, del matiz como adorno y de la coyuntura como espejo donde puede admirar su supuesta superioridad.

Poco a poco deja de buscar claridad y empieza a buscar centralidad. ya no quiere explicar un conflicto, quiere ser la voz inevitable alrededor del conflicto y ahí la profesión se vuelve fértil para el estúpido, porque le permite transformar una mezcla de vanidad, ideología y reflejos rápidos en prestigio cotidiano. 

No crea nada, no resuelve nada, no arriesga nada decisivo, pero consigue algo que para cierto tipo de idiota vale más que todo eso. la sensación permanente de ser el hombre que ve más hondo que el resto, aunque casi nunca pase de la superficie.

Cinco. Cantante.

El canto atrae a muchos estúpidos porque fue la primera profesión artística donde la tecnología consiguió eliminar casi por completo el filtro de la incompetencia. Hubo un tiempo en que la voz era el límite. O sonabas o no sonabas y el mercado lo decidía con bastante crueldad. Hoy el autotune corrige lo que la naturaleza negó. El algoritmo distribuye lo que el talento no habría conseguido y el marketing de personaje vende lo que la música no sostiene. El idiota entiende ese nuevo ecosistema antes que nadie. No necesita años de formación, ni disciplina técnica, ni una relación honesta con el instrumento. Necesita una estética reconocible, una cadena visible y una letra que quepa en 3 minutos de ostentación repetida. 

Eso es lo que hace que esta profesión sea tan fértil para el estúpido. El proceso productivo entero dejó de decirle no. El productor lo acepta porque el formato vende. La plataforma lo distribuye porque el algoritmo no juzga calidad. El público lo consume porque la repetición crea familiaridad y la familiaridad se confunde con gusto. Orwell lo habría reconocido enseguida. Cuando el lenguaje se degrada hasta caber en un eslogan, deja de comunicar algo y empieza a funcionar como ruido organizado. La letra del idiota no describe el mundo ni cuenta una historia. Administra señales de estatus. El dinero, la mujer, el auto, el barrio que dejó atrás. No hay nada que pensar porque nunca hubo nada que decir. Solo hay que repetirlo con suficiente volumen para que parezca convicción. 

Lo más grotesco llega cuando ese vacío empieza a cotizar como autenticidad. El sujeto nunca pasó por la humillación del mérito real, nunca fue corregido por un límite técnico, nunca tuvo que mejorar porque el mercado se lo exigiera y aún así concluye que el dinero que gana es prueba de talento, que los streams confirman profundidad y que su opinión sobre el mundo merece el mismo espacio que su música. Ahí la estupidez se vuelve insolente. No es solo que no sabe cantar, es que nunca nadie en todo el proceso le dijo que eso importaba. Y cuando una industria entera conspira para que el mediocre no se encuentre nunca con su propia mediocridad, no hay que preguntarse por qué atrae tantos estúpidos. Hay que preguntarse qué queda de la música cuando el filtro desaparece por completo. 

Seis. Abogado.

La abogacía atrae a muchos estúpidos porque es una profesión donde la palabra puede volverse arma, máscara o cortina. Y para cierto idiota eso resulta irresistible. No le interesa tanto la justicia como la posibilidad de ganar. 

No le atrae el derecho como orden, sino como campo de maniobra. Aprende pronto que una frase bien lanzada puede impresionar más que una verdad incómoda, que la seguridad verbal produce autoridad, aunque el fondo sea pobre, y que mucha gente confunde facilidad retórica con inteligencia real. Ahí encuentra una comodidad enorme. En lugar de usar el lenguaje para aclarar, lo usa para cubrir. En lugar de ordenar un conflicto, busca explotarlo a favor propio. No necesita ser profundo. Le basta con parecer más rápido, más listo y más agresivo que el otro, mientras el ritual jurídico lo protege. 

Orwell ayuda a leer este tipo porque el abogado estúpido rara vez destruye el vínculo entre palabra y realidad de golpe: lo va desgastando con elegancia. Dice lo justo para desplazar, insinuar, ensuciar, oscurecer o torcer sin que el gesto parezca grosero. Goffman también entra perfecto porque pocas profesiones dependen tanto del papel, del tono, de la escena y del control de impresión. El abogado estúpido aprende a vestir seriedad, a modular convicción, a usar tecnicismo como humo y cortesía como cuchillo. No discute para esclarecer, sino para imponer ventaja. Ahí está su miseria. Confunde precisión con astucia, muchas veces al que logra imponerse verbalmente, no tarda en sacarle una conclusión venenosa. Si ganó, entonces tenía razón. El problema es que esa lógica termina pudriendo la estructura moral del oficio dentro de quien la abraza demasiado. Poco a poco, el sujeto ya no quiere resolver conflictos con justicia razonable. Quiere vencer incluso cuando eso exige vaciar de sentido aquello que dice defender. Se vuelve incapaz de distinguir una victoria legítima de una victoria simplemente eficaz. Y ahí prospera el estúpido típico de esta profesión, el que hace de todo para ganar, el que cree que ceder es debilidad, el que transforma la ley en escenario para su propio apetito de superioridad. No todo abogado cae en eso, evidentemente, pero el idiota sí, porque descubre que en este oficio su peor rasgo puede pasar por talento. Y cuando una profesión permite que el cinismo se maquille de competencia, la estupidez no entra por la puerta de atrás, entra por la principal.

Siete, juez.

El juez atrae a muchos estúpidos porque pocas profesiones ofrecen una tentación tan limpia de confundir autoridad con superioridad humana.

No basta con decidir. Se puede decidir desde arriba, cubierto de rito, distancia y solemnidad. Y para cierto idiota, esa arquitectura es embriagadora. Aprende pronto que el cargo no solo ordena, también separa. No solo obliga, también eleva. Ahí empieza la deformación. Ya no se ve como un hombre ejerciendo una función, sino como una figura situada por encima del conflicto ordinario. Esa es la clase de estupidez que esta profesión puede incubar.

la del que deja de servir a la ley y empieza a usar la ley como espejo donde contemplar su propia importancia. No toda toga produce vanidad, claro, pero la vanidad encuentra ahí una escenografía extraordinariamente cómoda. Pierre Bourdieu ayuda a entenderlo porque el poder judicial concentra capital simbólico en estado puro, lenguaje técnico, distancia ritual, reconocimiento institucional y una autoridad que se presenta como legítima antes incluso de ser examinada. El juez estúpido absorbe todo eso como si fuera sustancia propia. Goffman también encaja porque el oficio está lleno de escena. La voz medida, el gesto sobrio, la pausa grave, la mirada que cae como si cada frase descendiera de una altura moral especial y poco a poco el personaje se come al hombre. Ya no interpreta una función, se siente la función. La prudencia se vuelve frialdad prestigiosa, la rigidez se vuelve nobleza y la falta de escucha se disfraza de imparcialidad. Así prospera este idiota. No necesitando gritar, precisamente porque el decorado ya grita por él. Lo más feo de este perfil aparece cuando empieza a creer que su posición lo volvió más lúcido que los demás en todo. No solo juzga expedientes. Empieza a juzgar la vida, la gente, el lenguaje y hasta el valor moral de quienes lo rodean. La distancia funcional se convierte en superioridad ontológica. Ya no hay servidor de una estructura, sino un pequeño soberano de sí mismo. Y ahí la estupidez se vuelve más peligrosa que en otras profesiones, porque viene blindada por legitimidad. El influencer necesita atención, el coach necesita clientes, el juez estúpido ya tiene silla, rito y obediencia previa. Por eso resulta tan difícil de corregir. No se equivoca como un hombre común, se equivoca desde un pedestal. Y cuando la arrogancia consigue toga, deja de parecer un defecto. Empieza a parecer orden natural. 

Ocho. Profesor universitario.

La universidad atrae a muchos estúpidos con credenciales porque ofrece algo que el militante necesita más que el oxígeno. Una tribuna con autoridad prestada. No llega ahí para enseñar, sino para convertir el aula en territorio ideológico. Aprende rápido que el cargo protege, que la jerga intimida y que el alumno que duda puede ser neutralizado con una mirada de superioridad moral. No investiga para comprender, investiga para confirmar lo que ya decidió creer antes de abrir el primer libro.

Dietrich Bonhoeffer lo habría reconocido sin esfuerzo. No estamos ante alguien que piensa, sino ante alguien que transmite consignas con acento doctoral y llama eso pensamiento crítico. El militante universitario aprendió a usar el conocimiento como arma de exclusión. Cita siempre dentro de la misma tribu teórica, lee para blindarse y construye una burbuja bibliográfica donde toda evidencia incómoda desaparece antes de llegar a la clase. Lo grotesco aparece en la contradicción que no ve. Exige autonomía intelectual al alumno, pero castiga cualquier divergencia que amenace su narrativa. Predica pensamiento crítico, pero es el primero en ofenderse cuando lo piensan críticamente a él. Goffman lo habría descrito sin piedad. No estamos viendo a un hombre que enseña, sino a un hombre administrando una escena donde él siempre tiene razón antes de que empiece la discusión. Lo más peligroso de este perfil es su impermeabilidad. La arrogancia del juez viene del cargo. La del militante universitario viene de la certeza moral y esa es mucho más difícil de corregir. Quien discrepa no está simplemente equivocado, está del lado incorrecto de la historia. Esa lógica convierte el aula en tribunal y al alumno en caso a ser reeducado, no en inteligencia a ser formada. El sujeto ya no distingue entre transmitir conocimiento y distribuir su propia ideología con sello académico. Y cuando una institución diseñada para disciplinar el juicio empieza a premiar exactamente eso, no está formando pensadores, está certificando militantes con vocabulario sofisticado.

Nueve. Futbolista. 

El fútbol atrae a muchos estúpidos, no porque jugar sea una actividad menor, sino porque la fama que produce puede inflar alguien mucho más rápido que su propia formación interior. El jugador estúpido no nace necesariamente en la cancha, nace después, cuando descubre que correr bien detrás de una pelota le permitió entrar en un circuito de dinero, adoración y reverencia pública que empieza a aparecerle prueba de grandeza total. Ahí la deformación se acelera. El sujeto, que quizá domina con brillantez un campo muy específico, empieza a imaginar que ese éxito lo volvió profundo en todos los demás. La multitud lo aplaude, la prensa lo busca, las marcas lo rodean y muy pronto la vida cotidiana deja de contradecirlo.

En un ecosistema así, la estupidez no necesita esconderse. Puede crecer acompañada de ovación, privilegio y una pedagogía constante de impunidad. Girard ayuda a leer este perfil porque el jugador famoso concentra deseo mimético en estado puro. No solo es admirado por lo que hace, sino por lo que representa. Fuerza, triunfo, estatus, excepción. El idiota que prospera ahí aprende pronto a alimentarse de ese préstamo afectivo. 

Ya no distingue entre ser celebrado por una habilidad y ser valioso como conciencia. Lash completa el cuadro porque la celebridad alimenta una forma de show inflado que necesita confirmación permanente. Se nota en cosas pequeñas. 

El jugador que habla de política con tono de profeta, el que opina de todo como si la fama hubiera aclarado su pensamiento, el que trata cualquier límite como ofensa personal, porque hace tiempo dejó de oír la palabra, no sin sentir que la realidad lo está irrespetando.

Lo grotesco de esta profesión no está en el lujo ni en el aplauso, sino en la rapidez con que ambos pueden producir una fantasía de grandeza total. El jugador serio sabe que su talento está en un terreno preciso, el estúpido no. El estúpido toma la adoración de estadio como certificado universal de sabiduría y entonces ya no solo juega, pontifica, ya no solo gana partidos, siente que ganó un rango humano especial. Ese es el punto donde la profesión se vuelve fértil para él. No porque todo futbolista sea así, sino porque pocos ambientes mezclan tan bien mérito real en una parcela concreta con inflación delirante del ego fuera de ella. Cuando esa mezcla prende, aparece un tipo muy reconocible. El famoso sin profundidad, rodeado de elogios tan constantes que termina creyendo que cualquier pensamiento suyo merece sonar como lección. 

10. Tiktoker

Tiktok atrae a muchos estúpidos porque llevó al límite casi obsceno todo lo que ya estaba deformado en la cultura de la tensión. Velocidad, simplificación, actuación, validación instantánea y recompensa por impacto breve. Allí ya no hace falta parecer interesante durante media hora, ni siquiera durante diez minutos. Bastan segundos. Y esa reducción brutal del tiempo favorece como pocas cosas al idiota histriónico, al que convierte gesto en personalidad, reacción en pensamiento y  ruido en presencia. El tiktoker estúpido entiende muy rápido las reglas. No profundizar, no detenerse, no matizar, no dudar, capturar, golpear, pasar. Lo suyo no es decir algo que permanezca, sino producir un estímulo que sobreviva lo suficiente para multiplicarse. En un formato así, la insuficiencia no estorba. Muchas veces es exactamente el combustible correcto para volverse visible. Goffman entra con una precisión casi cruel porque aquí la vida ya no solo se representa, se fragmenta en microescenas de eficacia inmediata.

Todo es frente, todo es personaje, todo es impresión administrada en estado de urgencia. Lash también aparece sin esfuerzo porque pocas profesiones dependen tanto de la necesidad de reacción para sostener el yo. El tiktoker estúpido vive de eso, de medir su consistencia por la respuesta instantánea de una multitud abstracta. Se nota en lo cotidiano. La opinión no se forma, se ensaya frente a cámara. La indignación no se piensa, se actúa. La gracia no nace, se calibra. Y como el algoritmo premia intensidad antes que verdad, caricatura antes que matiz y repetición antes que elaboración, el sujeto descubre una verdad embriagadora. puede ser recompensado precisamente por no frenar nunca a reflexionar demasiado.

Lo peor es que este formato no solo visibiliza estupidez, la entrena, enseña a cortar antes de desarrollar, a afirmar antes de comprender y a convertir cualquier impulso en identidad, porque no hay tiempo suficiente para que una idea madure. El resultado es un tipo humano muy particular, alguien que ya no sabe distinguir entre impacto y importancia, entre viralidad y valor, entre circular y decir algo que merezca permanecer. Ahí la profesión se vuelve ideal para el idiota más contemporáneo de todos. El que ya no necesita construir personaje con paciencia, como hacía el influencer, ahora puede fabricarlo en ráfagas con espasmos calculados de atención. Y cuando una profesión convierte la brevedad en criterio supremo y la reacción en forma principal de recompensa, no hay que preguntarse por qué atrae tantos estúpidos. Hay que preguntarse cómo no iba a atraerlos. 

Diez profesiones, diez puertas por donde la estupidez entra sin que nadie la detenga. No porque el mundo sea injusto, sino porque ciertas estructuras fueron construidas sin fricción suficiente para expulsar al mediocre. Y cuando una profesión no tiene mecanismo que corrija, no tarda en llenarse de gente que nunca necesitó mejorar para seguir avanzando. La pregunta incómoda no es quién está en esa lista. La pregunta es, ¿qué dice de nosotros que sigamos eligiéndolos, siguiéndolos, votándolos y pagándoles? Porque el estúpido no prospera solo. Prospera porque alguien todos los días le sigue dando exactamente lo que necesita para no tener que cambiar nunca. ¿Qué profesión falta en esta lista? Déjala en los comentarios porque si algo quedó claro hoy es que el problema no es poco.

Bibliografía 

Christopher Lasch, La cultura del narcisismo (1979)

Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959)

George Orwell, Política y lengua inglesa (1946)

Pierre Bourdieu, La fuerza del derecho (1986)

Dietrich Bonhoeffer, Resistencia y sumisión (1951)

René Girard, Mentira romántica y verdad novelesca (1961)


lunes, 12 de enero de 2026

El auge de la superstición y el disparate

 Terraplanismo, mapaches que hablan y fantasmas en huelga: el apasionante mundo del pensamiento raro, en El País, por Sergio C. Fanjul, Madrid - 10 ene 2026:

El cómico y escritor Dan Schreiber recopila en el libro ‘La teoría de todo lo demás’ las ideas más locas, y en algunos casos peligrosas, que genera la humanidad

En Polonia hay un cazafantasmas que alerta de que los espectros se pueden poner en huelga, enfadados porque cada vez creemos menos en ellos. En Australia un ornitólogo trata de demostrar que hay una especie de ave que silba canciones populares de los años veinte. Hay científicos en Silicon Valley que especulan con la posibilidad de que vivamos dentro de una simulación informática. Hay que ver las cosas a las que se dedica la gente.

El escritor y cómico Dan Schreiber (Hong Kong, 41 años), como si fuera un antropólogo de las ideas locas, se dedica a recopilar estos casos que, de hecho, parecen perseguirle. Tiene un amigo que le pidió que le confesase que es un actor y que su vida es una ficción como El show de Truman. Ha conocido a alguien que asegura ser medio reptiliano y a otro alguien que asegura haber visto a la Virgen María a los pies de su cama. Este último alguien es su propia pareja, Fenella. Schreiber sostiene que todos estamos un poco chiflados.

“Hay muchos misterios en el mundo y hay mucha gente convencida de que ha resuelto esos misterios”, dice el cómico por videoconferencia desde Londres, “ponen su vida en defender que eso que piensan es cierto. Y eso hace que la historia del mundo sea mucho más divertida y extraña de lo que parece”. Para mostrarlo ha escrito La teoría de todo lo demás. Un viaje al mundo de las rarezas (Capitán Swing), donde hace un recorrido por la parte más extraña del pensamiento humano.

Como ejemplifica, hablamos mucho de Charles Darwin, de su viaje en el HMS Beagle, de la fantástica idea de la selección natural y de la evolución de las especies… “lo que no sabemos es que a Darwin casi no le dejan montar en el barco… ¡porque al capitán FitzRoy no le gustaba la forma de su nariz!”. (Tiene su explicación: eran los tiempos de la frenología, la pseudociencia que creía que la estructura craneal dice mucho de los individuos).

A Schreiber le gustan las historias extrañas, y la suya no es, por cierto, nada convencional. Sus padres eran unos peluqueros (él, australiano; ella, británica) que se enamoraron en Hong Kong, abrieron un salón occidental y se dedicaron a esculpir el cabello de las celebridades. “Trabajaban con los expats, los chinos no tenían demasiado interés en ser peinados por occidentales”, cuenta. Entonces la fama de Madonna explotó en Hong Kong, y todas las mujeres quisieron ese tipo de peinados, así que Schreiber y sus hermanos nacieron en aquella ciudad. Por el peinado de Madonna.

Solo a los 13 años se mudaron a Sidney, Australia, pero su infancia en Hong Kong fue una gran influencia: “Aquella ciudad era una mezcla de muchas culturas: cuando iba a cenar a casa de amigos eran familias indias, o chinas, o canadienses… Fui expuesto a un conjunto de creencias muy diversas”. Al terminar el instituto se mudó a Reino Unido, donde sigue radicado, trabajando como guionista de televisión (en el programa QI de la BBC, que significa Quite Interesting, es decir, “Bastante interesante”) o al frente de podcasts como Museum of Curiosity (en español, Museo de la curiosidad) o No Such Thing as a Fish (No hay nada como un pez).

Ha encontrado (más bien se le presentan sin querer, dice) cosas muy raras: en 1970 la discográfica Philips publicó el disco A Musical Seance, recopilado por una antigua cocinera londinense, Rosemary Brown. Contenía piezas inéditas de Listz, Chopin, Beethoven, Brahms o Debussy. Brown había tenido acceso a ellas de una curiosa forma: había contactado mentalmente con los compositores muertos y estos le habían dictado las partituras en exclusiva.

Otro de sus personajes es Kary Mullis, el bioquímico estadounidense que desarrolló las pruebas PCR y que por ello fue distinguido con el Nobel de Química (falleció en 2019, poco antes de que todos nos familiarizáramos con su invento). A pesar de tan importante contribución a la ciencia y a la salud de los humanos, Mullis era un tipo excéntrico que decía haber visto un mapache brillante en la noche (que le hablaba) y negaba la existencia del virus del VIH. Curiosamente, Luc Montagnier, que ganó el Nobel por identificar el VIH, se convirtió en un ferviente activista antivacunas, creía en la memoria del agua y recomendaba comer papaya contra el párkinson.

Schreiber los utiliza para criticar lo que llama la nobelitis, la proliferación de expertos a los que creemos en todo a pies juntillas solo porque tienen un Nobel: a Schreiber le fascina esa gente genial en alguna disciplina pero que luego está chiflada. Por ejemplo, el gran físico Wolfgang Pauli, que estaba fascinado por el número 137 y lo veía por todas partes. Otros nobeles, como Linus Pauling y William Shockley, defendieron ideas eugenésicas. Y no solo habla de premios Nobel: el campeón de tenis Novak Djokovic, famoso, además, como negacionista de las vacunas y creyente en extrañas teorías respecto a la dieta: piensa que un mal estado de ánimo puede contagiarse a los alimentos, acabando con sus propiedades nutritivas. ¡Hay que comer contento!

Hay gente que aprovecha las teorías raras para hacer negocio. Por ejemplo, en Shingo, esa isla de Japón donde aseguran que fue a morir Jesucristo, después de atravesar Alaska y Siberia, y donde han montado un lucrativo negocio en torno a su hipotética tumba. No es el único pueblo que ha conseguido mejorar su existencia con lo raro: también los alrededores del Lago Ness, en Escocia, donde se rentabiliza al famoso (y nunca visto) monstruo, en las islas del Triángulo de la Bermudas o en los pueblos boscosos donde dicen que ha sido avistado un bigfoot.

“Una de las mejores cosas que te pueden decir es: ¡tu casa está encantada!”, dice Schreiber. Habla de esa casa inglesa, en Pontefract, donde vive el fantasma del black monk (el monje negro): la gente va a pasar allí la noche, pasa muchísimo miedo y luego pone reseñas fantásticas en internet. “Una vez fue un exorcista dispuesto a echar el fantasma, pero el propietario se enfadó muchísimo: ¡aquel monje era su negocio!”, dice el autor. Quizás tuviera que poner un cartel de “prohibido exorcismos”.

Las teorías raras son muy divertidas aunque, como señala el escritor, hay que cogerlas con pinzas: avisa de que nada de eso es real; de que, como en el caso de los antivacunas, pueden ser peligrosas y de que vivimos una ofensiva contra el conocimiento científico en todo el mundo, azuzada especialmente por el gobierno de Donald Trump. “Quiero volver al tiempo en el que estaba controlado el contar una historia de fantasmas alrededor del fuego, el asombrarse con una teoría de la conspiración en torno a la muerte de Kennedy. Cuando esto era inocente y no se usaba como un arma. Cuando lo importante era la historia”, dice el escritor, en referencia a la polarización producida por la desinformación generalizada.

Ahora, dice, vivimos en una crisis de confianza provocada por un ansia de “cotilleo global”: “A la gente le gusta contarse historias sobre lo que hacen los científicos o los gobernantes como quien se cuenta historias sobre los otros padres del colegio”, dice. Y muchas personas con creencias raras buscan superar la soledad y el individualismo, pertenecer a algo más grande, a una comunidad, a base de creencias raras: se ve en el caso de los terraplanistas. “Es como quien es religioso no tanto por las creencias sino por ir a la Iglesia los domingos, socializar, tener alguien a quien pedir ayuda”, dice el humorista.

En definitiva, podría decirse que parte de los problemas del mundo consisten en que hemos perdido el sentido del humor y nos hemos tomado demasiado en serio, incluso nuestras propias creencias. “Creo que después de la música el humor es el mayor invento de la humanidad”, dice Schreiber, “con un chiste puedes hacer que alguien se siente mejor, la risa genera endorfinas. Por eso hay un humorista británico que dice que los comediantes son como camellos de una droga que te hace sentir muy bien y que te inyectan mediante el hechizo de las palabras”.

Es la razón por la que, según el autor, mucha gente se tomó mal las palabras de Trump sobre la muerte del director Rob Reiner o por la que tanta gente lloró tanto la muerte de Robin Williams: “Aportaron mucha felicidad al mundo”. Ya que hemos hablado del presidente de los Estados Unidos: ¿le parece gracioso Trump? “¡Sí! Mucha gente se niega aceptarlo porque piensa que eso implica decir que es un buen tipo. Pero parte del problema de Trump es que es gracioso… aunque no sepa reírse de sí mismo”, remata el autor.

viernes, 7 de febrero de 2025

Tsundoku: la acumulación inútil de libros

 El fenómeno ‘tsundoku’ o cómo hemos normalizado acumular libros que no leeremos, por Jorge Marzo Arauzo, en El País 6 feb 2025: 

Esta palabra japonesa describe un hábito que, sin saberlo, realizan muchos lectores cada vez que adquieren nuevos ejemplares cuando tienen títulos aún pendientes

Uno, dos, tres… y así hasta más de 30 libros. Este es el número de ejemplares que tiene Andrea Aragón en las estanterías de su casa sin leer. Una extraña colección que, para esta lectora, no parece ser suficiente. Va a seguir comprándolos en las librerías, independientemente de si lo hace de manera impulsiva o de un modo planificado. Como ella, muchas personas almacenan en su biblioteca personal tomos que ni siquiera han empezado ni ojeado la primera página. A este fenómeno ya le dieron un término en Japón en el siglo XIX: tsundoku. O, en otras palabras, el hábito de comprar libros y acumularlos sin llegar a leerlos, aunque con intención de hacerlo.

“A mí me gusta verlos apilados. Uno encima de otro, al lado, compartir ese espacio. No es que sienta alegría, pero sí que me da un poquito de emoción interna saber que tengo una colección que va a ser como mi propia biblioteca”, afirma con orgullo la lectora. Sus visitas a librerías siempre suelen saldarse con alguna nueva adquisición: “Me ha pasado alguna vez de acercarme a una, enamorarme de una portada y de una sinopsis, y decir: ‘Me lo llevo”. Esta vivencia también la ha sentido Beatriz Marín, o bea_lalectora en redes sociales —tiene más de 30.000 seguidores solo en su cuenta de TikTok—. “Hoy por hoy, con el capitalismo, con tantas novedades que hay y cosas que salen, vas a comprar y encuentras tres ejemplares que te llaman la atención, los coges y luego tienes el tiempo que tienes. Esto es una cuestión de que los libros no caducan, y tampoco lo hace la literatura”, explica en conversación con este periódico.

Hay dos variables que pueden llegar a definir este fenómeno, según explica Montserrat Lacalle, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). “El primero es cuando las personas hacen una conducta. En este caso, es el hecho de comprar una obra. Hay una parte en la que la persona siente la emoción, una sensación como si ya lo hubiese leído o si ya tuviese el conocimiento. Y esa experimentación es muy placentera”. El otro aspecto es el de la procrastinación. “A veces, pensamos en ella como una conducta que se hace desde el desinterés o la poca motivación, y no necesariamente es así. Hay personas que, como ese momento de lectura tiene que ser tan plácido o ideal, no lo encuentran y, conductualmente, acaban procrastinando. En el fondo, es ir encadenando un día tras otro y ver que nunca llega el momento de realizar esa conducta”.

La Federación de Gremios de Editores (FGEE) recoge, según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2024, presentado en enero, que algo más de la mitad de la población de 14 o más años lee con frecuencia, un 14,3% de manera ocasional y poco más de un tercio casi nunca o nunca lo hace. De este último grupo, un 46,8% admite que es por la falta de tiempo. “Sigue habiendo mucha gente que acumula libros, porque cada mes salen muchas novedades, y te los compras pensando que llegarás, y si no es este mes, será el que viene, y entonces saldrán otras tantas más”, apunta la tiktoker Marín.

Pero, ¿por qué dejamos obras sin leer, aunque la intención inicial haya sido hacerlo? “Las personas somos así a veces. Ponemos el foco de atención o la solución donde no es. Entonces se convierte en una especie de círculo vicioso. ¿Puede haber alguien que se sienta culpable? Sí: ‘Tengo que hacerlo, tengo que leer’. Pero, curiosamente, esta persona va a comprar otro tomo”, comienza a explicar Lacalle. “Cuando nuestro pensamiento y nuestra conducta no van alineados en el mismo sentido, uno pensaría que lo que hay que hacer es cambiar la conducta para ser consecuente. Pues no. A este fenómeno lo llamamos disonancia cognitiva. Lo que hacen la mayoría de personas es cambiar el pensamiento y desarrollar un relato que vaya de acuerdo a su conducta”, sostiene la experta.

Los volúmenes se amontonan uno encima de otro en la estantería de Andrea Aragón. Sabe que no tiene tiempo para leer todos los títulos pendientes, pero también que su intención es hacerlo en algún momento. “Soy consciente de que tengo demasiados, pero quiero leérmelos todos. Mi deseo es que esa pila interminable vaya bajando, aunque siempre acabo comprando. ¡Es inevitable!”, reconoce.

Y ¿qué pasa con las redes sociales? Desde el punto de vista de Marín, creadora de contenido especializada en literatura, estas fomentan el consumo, aunque depende de cada persona. En esa línea, como lectora individual, Aragón cree que influyen más las relaciones personales que posibles prescriptores de la comunidad virtual: “Me gusta intercambiar con mis amigas opiniones de libros, títulos de autores o autoras... Y que decidan compartir eso conmigo me parece muy bonito, por eso la mayoría de las veces me inclino a seguir esas recomendaciones”.

En TikTok, la tendencia #BookTok reúne más de 44 millones de publicaciones, mientras que, en Instagram, #Bookstagrammer suma más de 21 millones. ¿Indican estas cifras algún tipo de presión social por tener ejemplares de los que muchos hablan? Para Aragón, no es el caso: “Como el mundo va tan rápido, no te da tiempo a seguir el ritmo a toda esa gente que te dice: ‘Tienes que leer esto o ver tal película’. Es imposible. Entonces, yo tiendo a ir un poco más por mis gustos, recomendaciones o flechazos en la propia librería”.

Desde hace varios años, y con la llegada de la tecnología, la presencia de las obras en digital ha ido tomando peso entre los lectores españoles. Tanto es así que, según Statista, en 2023 las ventas de estos formatos de texto en España alcanzaron una facturación de 144 millones de euros, lo que supuso un incremento del 181,6% respecto a 2009. Aun así, en 2023 algo más de un tercio de los encuestados todavía leía solo en papel, casi un 20% de ambas maneras y solo un 8,5% en digital. “Con la cantidad de novelas que salen, sí que hay mucha tendencia de gente de decir: ‘Es que no tengo espacio’, ‘no tengo dinero’, ‘no puedo mantener el ritmo’. Con lo cual, últimamente, hay bastante conciencia. Se fomenta una compra y un consumo un poco más responsables”, argumenta Marín sobre cómo pueden cambiar nuestros hábitos de consumo. Aunque también matiza que hay mucha gente que descarga libros y luego “nunca los lee”.

La psicóloga Lacalle, por su parte, compara el almacenamiento de ejemplares en digital con otros casos similares. “La persona que acumula en un ebook, igual que la que lo hace con fotos, experimenta el mismo proceso de gratificación: el simple hecho de pensar ‘esto lo tengo’. A lo mejor no lo consultaré, pero ya me produce tranquilidad o satisfacción saber que es mío. El estímulo visual no es el mismo que al observar una biblioteca, pero el sistema de gratificación es muy parecido”, confirma.

En algunos casos, lo que se vende no es el texto en sí, sino la edición. Y más si se realiza de una manera exclusiva. La existencia de ediciones limitadas, según Marín, afecta a que los consumidores sean más impulsivos a la hora de comprar algo que no necesitan, pero que se agotará. “Se fomenta que la gente deba comprarlo ahora, porque es el momento, entonces sí que se anima a que acumulen, aunque no sepan si lo van a leer o no. Se lo compran con muchas ganas, pero luego no saben si tienen tiempo”, destaca la creadora de contenido. Este fenómeno, conocido como bibliomanía, dista del tsundoku en cuanto a que se hace acopio de volúmenes para coleccionar y no para leer.

La tenencia de volúmenes también puede ir vinculada emocionalmente a un lugar o a una persona, lo que dificulta darle una segunda vida. “Siempre que voy de viaje a un sitio me llevo uno o dos ejemplares. A la vuelta, me suelo traer otro par: mis amigas a las que voy a visitar son lectoras y me suelen regalar. Yo no puedo resistirme y algo siempre cae”, expone Aragón. Según Lacalle, las personas les damos un significado a todo tipo de objetos: “Si a ti, quien sea, te regala algo, ¿qué significado le atribuyes? Desde el punto de vista emocional, no te quieres separar de lo que representa, no del objeto en sí. Por eso es tan difícil para algunas personas desprenderse de los libros y acumulan y acumulan”.

Con este afán de posesión, es inevitable que el espacio físico se vuelva limitado o que el interés por algunas obras ya adquiridas disminuya. Esto lleva a muchos a considerar deshacerse de ciertos ejemplares, ya sea a través de donaciones o ventas. Aragón destaca lo significativo de llevarlos a librerías con fines sociales cuando ocupan demasiado espacio o sabe que no se leerán. Una postura que comparte Marín: “Si son en castellano, los dono y si son en inglés, los vendo por internet. Soy una firme partidaria de que deben tener una segunda vida y solo me quedo aquellos que vaya a querer releer”.

martes, 10 de diciembre de 2024

Salvador Elizondo, El grafógrafo

 El grafógrafo, por Salvador Elizondo

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

lunes, 30 de septiembre de 2024

Los cinco arrepentimientos más comunes antes de morir, según Enrique Rojas

 Los cinco arrepentimientos más comunes antes de morir, según Enrique Rojas

Hablar sobre la muerte suele ser incómodo, pero el psiquiatra Enrique Rojas destaca la importancia de reflexionar sobre los arrepentimientos más comunes que las personas experimentan al final de sus vidas. A lo largo de décadas de trabajo con pacientes en cuidados paliativos, Rojas ha identificado cinco grandes arrepentimientos que, según él, son universales y ofrecen valiosas lecciones sobre el sentido de la vida.

1. Haber trabajado demasiado

Uno de los arrepentimientos más frecuentes es haber dedicado demasiado tiempo al trabajo, sacrificando momentos valiosos con seres queridos o tiempo para uno mismo. Según Rojas, muchas personas llegan a lamentar haber puesto el trabajo como prioridad, dejando de lado la vida personal, lo cual genera una sensación de pérdida irrecuperable.

Este arrepentimiento destaca la importancia de encontrar un equilibrio entre la vida profesional y personal. Vivir inmersos en una rutina de obligaciones laborales puede alejarnos de lo que realmente importa: nuestras relaciones y bienestar emocional.

2. Darle importancia a cosas triviales

El segundo gran arrepentimiento es haber otorgado demasiada importancia a asuntos que, con el tiempo, se revelaron como irrelevantes. Rojas lo llama "justicia de juicio": la habilidad de evaluar con claridad qué merece nuestra preocupación y qué no. Preocuparnos por aspectos triviales, como problemas cotidianos menores, puede apartarnos de lo esencial.

Las personas en el lecho de muerte lamentan haber permitido que esas preocupaciones nublaran su juicio, restando energía a disfrutar de momentos valiosos.

3. No haber disfrutado más de la vida

El tercer arrepentimiento recurrente es no haber disfrutado lo suficiente de la vida. En la vorágine del día a día, es fácil olvidarse de disfrutar los pequeños placeres que hacen la vida significativa. Para muchos, esto incluye no haber viajado más, no haber aprovechado el tiempo con los amigos o no haber hecho lo que realmente les apasionaba.

Este arrepentimiento subraya la necesidad de hacer pausas y permitirnos disfrutar del presente en lugar de vivir constantemente enfocados en lo que "debemos" hacer.

4. No haber sido uno mismo

Otro arrepentimiento común es no haber sido fiel a uno mismo. Muchas personas sienten que vivieron según las expectativas de los demás: familiares, amigos o compañeros de trabajo. No haber seguido sus propios deseos o metas, por temor a ser juzgados o no encajar, es algo que atormenta a muchos en sus últimos días.

Rojas recalca la importancia de ser auténticos y seguir un camino propio, en lugar de uno impuesto por las expectativas ajenas.

5. No haber encontrado respuestas a las grandes preguntas

Finalmente, el último gran arrepentimiento es no haber dedicado tiempo a reflexionar sobre los grandes interrogantes de la vida. Preguntas como el propósito de la vida, el sentido de la existencia o la trascendencia personal, a menudo se relegan durante la juventud y adultez, pero en el ocaso de la vida adquieren una importancia crucial.

La falta de respuestas a estos cuestionamientos puede generar una sensación de vacío. Rojas invita a explorar estos temas a lo largo de la vida, para llegar al final con una mayor paz interior.

Reflexiones finales

La muerte, aunque un tema tabú, ofrece valiosas lecciones sobre cómo debemos vivir. Los arrepentimientos más comunes de las personas en el lecho de muerte nos invitan a revisar nuestras prioridades, equilibrar nuestra vida laboral, disfrutar del presente, ser auténticos y buscar respuestas profundas. Estas reflexiones nos permiten vivir de manera más consciente y plena, evitando que esos arrepentimientos nos acompañen al final del camino

lunes, 12 de febrero de 2024

El orgullo del nacionalismo es inútil porque no puede compartirse.

Es una pena que nos sintamos más orgullosos por nuestra resiliencia en las guerras que por los logros científicos y técnicos que sí pueden compartirse con la humanidad. Un ejemplo es este:

Carta de José I Bonaparte a su hermano Napoleón

Hacen falta muchos medios para someter a España… este país y este pueblo no se parecen a ningún otro. No hay un solo español para defender mi causa. Tengo por enemigo a una nación de doce millones de almas enfurecidas hasta lo indecible. Todo lo que aquí se hizo el dos de mayo fue odioso. No, Sire. Estáis en un error. Vuestra gloria se hundirá en España.”

Napoleón Bonaparte

«Si esta guerra (Invadir España) fuera a costarme 80.000 soldados, no la haría, pero no llegarán a 12.000».

Llegó a tener más de 250.000 soldados en España de los que casi 110.000 no regresarían

"Esa desgraciada guerra de España me perdió. Los españoles todos se comportaron como un solo hombre de honor. Enfoqué mal el asunto ese; la inmoralidad debió resultar demasiado patente; la injusticia demasiado cínica y todo ello harto malo, puesto que he sucumbido. Todas las circunstancias de mis desastres vienen a vincularse con este nudo fatal; la guerra de España destruyó mi reputación en Europa, enmarañó mis dificultades y fue una escuela para los soldados ingleses. Fui yo quien formó al ejército británico en la Península".

En sus memorias, sobre los sucesos del dos de mayo, escribe: "Se indignaron con la afrenta y se sublevaron ante nuestra fuerza corriendo a las armas. Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor."

Jean Lannes, duque de Montebello, príncipe de Siewierz y mariscal de Francia, uno de los más brillantes militares franceses y amigo íntimo de Napoleón, escribió en una carta dirigida a este durante el segundo sitio de Zaragoza:

Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores… ¡Qué guerra! ¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena.

lunes, 29 de noviembre de 2021

¿Sale rentable tener hijos?

Domingo Soriano, "Las cuentas reales (y completas) de la paternidad: ¿sale 'rentable' tener un hijo en 2020?", en LD, 28-XI-2021:

Los buenos economistas saben que las sociedades prósperas se basaron en el largo plazo: renuncias presentes para financiar inversiones rentables. Las familias en forma de pirámide (muchos jóvenes en la base y pocos ancianos en la cima) serán cada vez menos frecuentes. | Unsplash/Roberto Nickson

No es por el dinero. Si así fuera, nuestros padres (con peores sueldos y muchas veces sólo un asalariado por familia) habrían tenido menos hijos que nosotros. Es por la competencia. Lo que nos perdemos (o creemos que nos perdemos) teniendo niños en casa: trabajos y ascensos, posibilidades de ocio, múltiples parejas... Y por un cambio en nuestro esquema mental, del largo plazo en el que pensaban nuestros abuelos (lo importante no eran ellos, sino la continuidad) al corto plazo que lo arrasa todo en nuestra sociedad (lo único que valoramos es el aquí y ahora).

Los buenos economistas saben que las sociedades prósperas siempre se basaron en el largo plazo: renuncias presentes para financiar inversiones que dieran frutos en el futuro. El capitalismo es eso desde su nombre: capital que acaba transformándose en riqueza y rentas. Enfrente, el consumismo, impulsado por la socialdemocracia, los gobiernos intervencionistas y la impresión de dinero a mansalva, es el corto plazo que se renueva cada día, más insostenible y precario, hasta que explota la burbuja y vuelve a empezar. Vacío y sin sustancia a medio plazo, pero atractivo como solución mágica de hoy para mañana.

Luego todo aquello queda en nada y nos preguntamos si mereció la pena, algo que nunca haríamos con nuestros hijos. Otra paradoja del hombre moderno, que se esfuerza por lograr lo que no valorará (otra tele, otro viaje, otro coche) y desprecia lo que daría sentido a su vida (familia, hijos, legado).

Pero no quiero ponerme filosófico. O no del todo. La idea es ir a lo práctico, que es lo que parece que funciona y preocupa. ¿Tiene algún sentido financiero tener hijos? Porque lo que nos han dicho en las últimas décadas es que no mucho. Más o menos, el relato dominante es el siguiente: nuestros abuelos tenían muchos hijos porque (1) la mortalidad infantil era alta y (2) necesitaban manos para ayudar en la finca familiar. Una vez que el primer punto ha desaparecido y el segundo ya no es relevante en la economía moderna, lo lógico es que tengamos menos hijos o, directamente, que no tengamos ninguno. Además, un hijo es un enorme gasto: mis cuentas son que en una ciudad como Madrid, para una familia de clase media-alta, está alrededor de los 1.000 euros al mes. Al Gobierno norteamericano le sale una cifra parecida: 233.610 dólares desde que nace hasta que cumple los 17 años... e incluso ese dato está claro que es una estimación a la baja, porque para muchas familias lo gordo comienza entonces, con la universidad o los primeros años de trabajo en los que tienen que ayudar al recién licenciado.

Hasta aquí, lo único que podría decir es que es absurdo, tramposo y erróneo incluir los costes financieros de los hijos y no lo que aportan en términos de felicidad o realización personal.

Además, siempre he pensado que las cuentas de "lo que me ahorro por no tener niños" tienen trampa. Porque esa idea que consiste en hacer el saldo de pérdidas y ganancias diciendo "en el resto de mi vida, trabajo-gano-gasto lo mismo y sólo contabilizo el gasto extra que tendría si hubiera niños en casa"... esa idea es mentira. Lo de "si el resto de los factores permanecen inalterables" es una idea económica absurda en la vida real. Puede funcionar en los modelos, pero no en el día a día. Tener hijos influye en lo que trabajamos, ahorramos, gastamos y ganamos. Y tengo para mí que, en el acumulado, es una influencia para bien en la mayoría de los casos. Vamos, que somos mejores manejando nuestras finanzas si tenemos una familia que si no, y que esa mejoría compensa en parte (en buena parte) el gasto extra de una boca de más que alimentar.

Hoy no entro en ese debate. Lo que me interesa apuntar es que en el saldo financiero familiar sólo miramos los flujos en una dirección (padre-hijos) y ese análisis es cada día más incompleto.

Es evidente que las familias de nuestros abuelos necesitaban que sus hijos aportasen al fondo común desde muy pronto. Normalmente, lo hacían en forma de trabajo, aunque también de rentas si era necesario. Cada vez eso es menos normal y la necesidad de brazos extra para la finca familiar ya no es un factor en la decisión de cuántos hijos tener.

Pero, cuidado, la ecuación está cambiando también por el otro lado. Una esperanza de vida de 80-85 años tiene muchas implicaciones, pero una de ellas, y no menor, es la necesidad de que nos ayuden cuando ya no podemos trabajar. Cada vez es más habitual que los hijos presten a sus padres servicios (apoyo, cuidado, asesoramiento) que costaría mucho contratar a terceros.

Y no solo servicios, sino también ayuda financiera. Por una parte, está el factor seguridad: no es lo mismo ir al límite en cuanto a gastos-ingresos si uno tiene la red de seguridad de unos hijos adultos que estarán ahí si lo necesitas; y por otra parte, las transferencias directas para complementar una pensión que a veces no llega.

Pensaba en todo esto a cuenta de las pensiones y de lo que no son pensiones. De esa España vacía acerca de la que escribíamos ayer. Caminamos hacia un escenario inesperado, con más mayores que jóvenes, algo que nunca hemos visto. Normalmente, cada anciano tenía 10-12-14 o más personas rodeándole, gente que cuidaba de ellos en todos los sentidos, financiero y afectivo. Hablamos de hijos, nietos, familia política... Desde ese yerno que te cambiaba el enchufe roto hasta el hijo que te miraba las cuentas del banco.

Todavía no notamos el cambio porque sigue siendo la situación preponderante. Pero en 2040-2050 ya no será así. Con inmigrantes o sin inmigrantes, con estado del bienestar sólido o con el país en quiebra, con ganancias de productividad o estancamiento, muchos de los nacidos en 1980-1990-2000 irán llegando a la vejez sin sucesores. Habrá más viejos que jóvenes y eso será una carga financiera cuyo ejemplo más claro son esas gráficas que muestran el número de pensionistas respecto al número de trabajadores; pero los problemas no terminarán en la cuenta del banco ni en el cheque mensual de la Seguridad Social. Lo que necesita un tipo de 85 años que cada vez tiene una movilidad más reducida no es un funcionario de servicios sociales que le visite una vez a la semana, es un hijo o un sobrino al que sepa que pueda molestar a las 22:30.

Y por supuesto, está el tema de las pensiones. No hay ningún escenario, ni siquiera los más optimistas que firmaba el ministro Escrivá en su período como presidente de la AIReF, que no anticipe un desplome en las tasas de sustitución/reemplazo (relación entre primera pensión y último salario o pensión media y salario medio). Eso quiere decir que mantener nuestro nivel de vida será mucho más complicado cuando nos jubilemos y que la edad a la que dejaremos de trabajar estará muy condicionada por esa situación financiera.

Porque, además, los hijos que nazcan ahora se encontrarán un mercado laboral en el que el factor trabajo (sobre todo el cualificado) será mucho más demandado. No, los robots no se comerán sus empleos; generarán otros en los que el trato personal será más valorado. Lo normal es que ser un trabajador joven en 2050 sea un pelotazo.

Por eso, quizás deberíamos replantearnos el relato habitual, ese que dibuja a los hijos como una carga, que puede compensar en términos de (1) cariño, satisfacción o sentido de la vida, pero no en el (2) financiero. Sí, lo primero es cierto... pero cuidado con cómo hacemos las cuentas para esa segunda derivada. Intuyo que nos hacemos trampa. Y sí, claro que sin colegios, extraescolares o ropa de bebé tendríamos más dinero a nuestra disposición. Pero el suma-resta es incompleto.

La crisis demográfica que ya está aquí: cae un 30% el número de españoles de 20 a 40 años

Imaginen la vida de alguien nacido en 1980 y que muere en 2070, con 90 años; que tiene ahora 40 años y que ya habrá tomado la decisión de tener o no descendencia. Con todas las cautelas que debemos tener para anticipar un futuro que ni de broma sabemos cómo será, viajemos mentalmente medio siglo hacia adelante: ¿sin hijos le habría ido mejor, hablando exclusivamente en términos económicos, en el acumulado de su vida? Miren, no tengo ni idea de cómo será la España de mediados del siglo XXI, pero con la información que tengo ahora, me resultaría muy complicado encontrar argumentos para responder afirmativamente a esa pregunta.

martes, 2 de abril de 2019

Inutilidad de discutir con los que no usan la mollera

TECETIPOS
Manual (realista) para sobrevivir a los ultras en redes
GERARDO TECÉ, en Público, 31 DE MARZO DE 2019

Fue hace un par de días. Acababa de compartir, desde mi cuenta de Twitter, una información de los amigos de Maldito Bulo en la que explicaban cómo unas supuestas imágenes –muy compartidas en redes sociales– de unos jóvenes rumanos jactándose de haber venido a España para robar con impunidad, correspondían en realidad al videoclip grabado hace diecisiete años por un grupo de música ruso.

Como nunca tiro papeles al suelo por la calle y siempre intento decir buenos días cuando me cruzo con algún vecino en el portal, pensé que también sería buena idea desmentir bulos racistas como pequeña contribución a la sociedad en la que vivo. Menudo ingenuo. Al cabo de unos segundos de la publicación de mi tuit compartiendo el desmentido al bulo llegaban las primeras respuestas. Todas en la misma dirección. Un tipo con la bandera de España en su foto de usuario pasaba olímpicamente del desmentido y me acusaba de defender la inmigración masiva porque, al parecer, alguien me paga por ello. Estuve muy tentado de responderle con datos: me llevo 15 céntimos por cada kilo de extranjero que llega a España. Después de tener escrita la respuesta, decidí no arriesgarme a publicarla por si Eduardo Inda andaba merodeando en busca de un titular para el día siguiente. Otro usuario, en este caso con la foto de un personaje de dibujos animados, me respondía con un collage de imágenes que demostraban claramente que Podemos es una tapadera para que violadores, etarras y traficantes de droga tomen el control del país. Mientras terminaba de reponerme del patatús, y aún sin entender qué tenía todo aquello que ver con el vídeo de los rumanos, una pareja de usuarios se coordinaba como guardias civiles de tráfico, en mi muro de Twitter. Mientras uno de ellos me respondía al desmentido racista pidiéndome explicaciones por la tesis de Pedro Sánchez, el otro le daba la razón y subía la apuesta involucrándome en la hipoteca de “la mansión” de Pablo Iglesias. Como si no tuviera yo suficiente con pagar el alquiler de mi piso.

Fue entonces cuando me di cuenta –reconozco que me ha costado–. No merece la pena perder un segundo de vida en esto. Por muy importante que sea el asunto a tratar. Por muy de la misma especie que sea quien está al otro lado de la pantalla. No compensa. Como una plaga de cotorras verdes, los ultras han llenado de mierda y estupidez un espacio público como las redes quitándole la única utilidad que tenían: el debate, el buen ambiente. Los ultras no debaten y de buen ambiente ni hablamos. Los ultras son carteles con patas en los que en lugar de poner “Compro oro”, se lee “Vendo odio”. No hay debate posible con quien tiene como único oficio cagar en cada esquina. Ni en las redes sociales ni en otros espacios. La semana pasada, cuando por televisión le preguntaban a Ortega Smith, uno de los cabecillas del movimiento ultra, por una exclusiva de los compañeros de La Marea –en su partido había un neonazi condenado por una brutal agresión que le dejó secuelas a un profesor universitario en el pasado–, el cabecilla, que en un principio reaccionó diciendo no saber nada del asunto, se lo pensó un instante y decidió que sí sabía: eso es una fake news de un panfleto izquierdista, despachó el asunto sonriendo a cámara porque mandar a fusilar ya no se lleva. Es imposible hablar sobre la realidad con alguien a quien la realidad no le importa un carajo. Tiene el mismo sentido que hablar sobre la burbuja inmobiliaria con un ladrillo recién encementado. 

Estos meses que han pasado desde la puesta de largo institucional del fascismo hasta hoy me han dejado agotado. Tengo la conciencia tranquila. A pesar de los insultos diarios, lo he intentado. Sin ningún resultado, eso sí. Durante las semanas posteriores a la llegada de la extrema derecha al Parlamento de Andalucía, me puse en contacto con varios de los cabecillas del Sindicato Vertical Ultra-Sección Redes Sociales. Mi propósito era hacer un artículo basado en un debate entre personas de varias tendencias políticas con una pequeña trampa, había que usar para el debate fuentes que aportaran datos reales. La respuesta más habitual por parte de los ultras al ofrecimiento fue que me fuera de España, seguida muy de cerca por que me muriera. En la tercera posición del pódium, una tercera variable: “qué poco os queda para que se os acabe el cuento”. Más allá de insultos o amenazas ni uno solo aceptó participar.

Los medios de comunicación que gastan un mínimo sentido de la responsabilidad andan sumergidos en el mismo dilema. ¿Qué hacer ante la invasión real de cotorras verdes que todo lo ensucian? El consejo editorial de este medio, CTXT, decidió a principios de esta misma semana no hacerles el juego. En el debate interno que tuvimos yo tuve grandes dudas. No hablar de lo que sucede no es la solución nunca, pero el hecho es que lo que sucede es un ruido fachoso/infantil que impide el debate adulto. Esto provoca una situación de excepción que te obliga a aislar el ruido, por muy real que sea. 

Es exactamente el mismo dilema que cada día vivimos quienes estamos en redes sociales. Nos sabemos de memoria la teoría de que los ultras se alimentan del juego de la provocación y el desprecio a la realidad, pero qué difícil se hace mirar para otro lado y callar cuando tienes a un maleducado delante. Si los ignoramos, ¿estamos dejando de combatir la mala educación? Puede que sí, pero quizá no haya otra alternativa si queremos que el nivel de ruido baje. ¿Y si el no combatirlos los hace crecer? Pues que así sea. Si España decide darles poder a las cotorras verdes que todo lo cagan, será que eso es lo que España merece.

Por mi parte, no me queda otra, me agarraré al humor para sobrevivir a esto. El humor es el único refugio seguro que nos queda ante los maleducados. He tomado una decisión drástica que pienso aplicar hasta las últimas consecuencias. De ahora en adelante mi única respuesta cada vez que una cotorra venga a mi muro de Twitter a cagar sobre las mujeres maltratadas, los inmigrantes, la convivencia o la libertad, será una foto de Franco dibujando con sus manos un corazón cuqui. Si no puedes convencerlos, si no puedes ni entablar diálogo, al menos, confúndelos un poco.

martes, 28 de noviembre de 2017

El que el premio mereció, no quien lo alcanza

Quien tenga dos dedos de frente sabrá desde luego que la inteligencia sin voluntad no es nada. Pero la voluntad no sirve de nada si no se apoya en la de los demás. Y los demás hacen gala de desvoluntad o voluntad negativa, lo que los del 98 y su maestro Ganivet en particular llamaban abulia, que es un modo de no querer ser nada, ni siquiera españoles, que ya es no ser. También algunas culturas como la japonesa o las escandinavas (ceñidas al lagom, el patrón sueco de medianía que permite ser aceptado) son muy medievales en eso del gremialismo y la llamada ley de Jante. Hay en particular un intimidante proverbio japonés: "El clavo que sobresale recibe más golpes".

En España también somos muy medievales, aunque de un modo más siniestro, porque lo que en Escandinavia y Japón se hizo para sobrevivir mediante la cohesión social agosta, degrada y nulifica la sociedad entera con su miseria compartida. El patrón medio no es en cuanto a virtud. La abulia, esa opaca y persistente voluntad negativa, daña nuestra sociedad de arriba abajo (y no de abajo arriba, como se suele creer) impidiendo la flotabilidad y el ascenso del mérito, y provoca lo que nuestro floricultor y manchego ensayista Marina denomina "el fracaso de la inteligencia", una muestra de la cual es el secular desprecio de nuestro sistema educativo hacia la excelencia y la investigación, en suma, hacia la profundidad, algo que ni siquiera se planteó el manchego de adopción Conde de Romanones cuando, el muy iluso, consiguió quitarle el hambre al depauperado profesorado en nuestro país a fines del siglo XIX, allá cuando la ILE envió a nuestros talentos a reciclarse en las universidades extranjeras, al contrario de cuando Felipe II y poco antes de que Franco y sus necios devolvieran la enseñanza a la mierda y, valga el ejemplo entre muchos, se destruyera la escuela de neurología española que había creado Cajal con tanto esfuerzo.  

La situación actual es una buena muestra de ello. Atacado por esas pesadas rémoras y lastres, el mérito se hunde en minucias y no asciende hacia los principios rectores, mientras que la mediocridad y el compadrinazgo (lo que llaman algunos "clientelismo") llevan todas las de ganar y se transforman en formas de gobierno pulposas, abúlicas, mansas e ineficaces, segregando masivas nubes de oscura corrupción e incompetencia. Por ejemplo, una constitución incorrupta como un santo de la Edad Media nos sigue rigiendo para ruina común.

Algunos aparecen deslumbrados con ese hermeneuta y filósofo neocón, auténtico flautista de los políticos que tanto están dando la lata por la América, Leo Strauss, desairado por el ascenso de la ordinariez y la grosería al estado. Cualquier cosa es mejor que el nihilismo pelado a que conduce el capitalismo, y el político se reduce a una especie de servidor, cuando no creador y alimentador, de una serie de mitos o sueños que impiden a la masa caer en ese nihilismo ciego que es el que en el fondo él profesa; el americano, en busca de su sueño, rehúye ese nihilismo del todo vale aunque sea a tiro limpio, a costa de una represión y un adoctrinamiento institucionalizados.

En Europa, la intrahistoria es un poco diferente. La juventud es más nihilista que sus mayores y estos vegetan dentro de la prisión de sus "esperanzas cortesanas" y el metal de sus "doradas rejas", que decía Alonso Fernández de Andrada:

Fabio, las esperanzas cortesanas / prisiones son do el ambicioso muere / y donde al más activo nacen canas (...) / Aquel entre los héroes es contado / que el premio mereció, no quien lo alcanza / por vanas consecuencias del estado. / Peculio propio es ya de la privanza / cuanto de Astrea fue, cuando regía / con su temida espada y su balanza./ El oro, la maldad, la tiranía / del inicuo precede y pasa al bueno, / ¿qué espera la virtud o en qué confía?

La juventud ya no espera nada. Y muchos pasan la vida estudiando interminablemente el escalafón, como los funcionarios del cuento de Unamuno, o aspirando al decanato de los viejos que van a dar al sepulcro, y en eso se pasan la vida, intentando obtener medallas de la incompetencia y del asco general. Parodiando a La Celestina, cabría decir que el que es interino desea ser fijo, y el que es fijo mejor postura, y el que mejor postura más sueldo, y el que más sueldo más aprecio, y nadie desea contenerse en los límites de su propio yo, nadie desea ser él mismo, hasta que al final solo se pide una jubilación que no sea una ruina.

Todo el mundo anda descentrado y hueco, descontento y deseando algo, nadie desea permanecer como está (salvo el que pretende huir del terror de estos tiempos, la Hipoteca, monstruo mitológico de mil cabezas que devora y consume la nómina). Se vende la primogenitura por un plato de lentejas, y por eso se es capaz de echar como un mal vómito la hidalguía, la entereza, la compostura y todas esas palabras viejas que se resumen en la tan anticuada y tan detestada dignidad del castellano viejo.

martes, 19 de septiembre de 2017

Paro. El problema olvidado de tan visto.

David Trueba, "Vileza", en El País, 19 de septiembre de 2017:

Filtrados en una sociedad que los ignora, los desempleados caminan en las horas escolares por las calles de la ciudad como si estuvieran haciendo novillos en la vida adulta.

El origen de las patrias es siempre un trazado fronterizo violento. Pese a la euforia de los fieles se esconde en su esencia la traición más abismal a la hermandad de los hombres. Pero de batallas perdidas está la historia de la razón llena y mientras se inaugura un estadio de fútbol con el fervor de la brigada paracaidista y desfilan con la vara de mando los alcaldes insumisos, no tenemos ojos para fijarnos en las patrias espontáneas, las que se forman en el sustrato colectivo, las que no responden a potencias simbólicas, sino a contenido real. A nadie de los responsables políticos les parece importar demasiado que la nación de desempleados se mantenga estable entre nosotros con una proporción de habitantes que se codea con la de países como Noruega o Irlanda. Su sede oficial podría ser la pared de gotelé de la oficina del Inem donde apoyan la espalda mientras esperan el turno para sellar el pisoteo de su destino. Allá ellos, ¿verdad?

Curiosamente, esa nación sumergida tuvo en los silencios de agosto su día mágico. Ahora que celebramos el día de todo, la jornada en la que nos fijamos en las desgracias fotogénicas del mundo, desde enfermos y pobres elegidos a golpe de capricho hasta reivindicaciones y festejos en boga, resulta que no tenemos un día mundial del desempleado. Pero nuestra economía subrayó una fecha histórica, el 31 de agosto, tomen nota. En solo esa jornada perdieron su empleo 315.000 personas. Esa fecha vergonzante de récord no conmovió a nadie, pese a que significa un zarpazo al proyecto de vida de una legión de familias, de esa gente que no despierta ni la empatía ni la emoción, ni la solidaridad ni el empeño de los gerentes de la pasta porque están ocupados en otras cosas mucho más significativas para los libros de Historia y su cromo.

Filtrados en una sociedad que los ignora, los desempleados caminan en las horas escolares por las calles de la ciudad como si estuvieran haciendo novillos en la vida adulta, vetados incluso en el paraíso de camareros que han fabricado nuestros genios. Mientras las nuevas tecnologías contribuyen a eternizar la depredación entre personas pese a llamarse a sí mismas economías colaborativas en un colmo irónico, el esfuerzo mayor reside en vaciar de contenido a lo colectivo, pintar de vergonzante la solidaridad y de rancio desde un sindicato hasta a una reivindicación laboral. El verdadero milagro es ver cómo esa eterna crueldad de nuestra organización social se pinta de modernidad siendo la más antigua vileza de todas las que conocemos.

domingo, 21 de febrero de 2016

Una Europa sin vergüenza

Xavier Vidal-Folch "28 Gobiernos egoístas e ignorantes. La cumbre de esta semana ha sido la más ignominiosa de la historia europea", en El País, 21-II-2016:

Ha sido la cumbre más ignominiosa de la historia europea. Hubo alguna inútil, incapaz siquiera de redactar conclusiones: la de Atenas, en diciembre de 1983. Otras, confusas y paralizantes: la de Niza, que alumbró la reforma más tonta del Tratado, en 2000. Pero ninguna como ésta, pletórica de retrocesos.

Casi cada gobernante estuvo peor que su vecino. David Cameron tuvo el rostro de proclamar que la cosa iba de vivir y que le dejasen vivir, como si la Unión fuese un egoísta apañete de pago y week-end, y no un proyecto de vida en común. Y fue el campeón del cinismo al asegurar que nada de lo que proponía perjudicaba a la libre circulación. Olvidaba, claro, que ese tráfico, húerfano de la prohibición de discriminar a los socios, será circulación: pero no libre.

Aunque justificados, fueron penosos —pero atención, seguirán amenazando el pírrico logro británico— los quejidos del Este: el checo, que no se discriminase a sus obreros por más de cinco años; el rumano, que nunca; el polaco, que solo a los ya emigrados; el búlgaro, que qué pena tanta mala noticia. Mucha jeremiada para acabar cediendo indignamente, sin obtener a cambio siquiera un plato de lentejas.

La misma humillante distancia entre deseo y voto caracterizó a las mejores soflamas, a cargo del francés François Hollande y del italiano Matteo Renzi. Abogó el francés por una fórmula que permita a la Unión avanzar y no romperse, bravo, pero se plegó al acoso británico al inmigrante; quizá se miraba en su espejo. Y el efervescente italiano, que se proclamó federalista y diametralmente opuesto a la felonía en cocción, pero la votó.

El egoísmo y el cinismo se turnaron con la ignorancia, sabiendo que lo era. Sostuvo la canciller Merkel que como hay mercado único pero no unión social, pues vale discriminar a los hijos de los inmigrantes.

Menuda falacia. El esbozo de la unión social es tan antiguo como el del mercado común: data de 1957. El principio de no discriminación laboral por razón de nacionalidad figuraba desde esa fecha en el Tratado de Roma (arts. 7 y 48)... mucho antes de que el Informe Werner imaginase por vez primera, en 1970, la unión monetaria. ¿Cómo ignora la unión social ya lograda —aunque aún sea muy incompleta— labrada en decenios de reglamentos y sentencias, la presunta adalid de una completa unión política federal?

¿Y Mariano? Bueno, él solo balbuceó cuatro frases, que estaba en funciones, que ojalá la limitación a la libre circulación de los trabajadores fuese solo temporal, que prefería no cambiar los Tratados. La nada

domingo, 16 de agosto de 2015

La imposible reforma de la atada y bien atada Constitución

Dos textos fundamentales para entender y / o enfrentarse a la reforma o sustitución del texto constitucional:

I


La crisis ha traído un fenómeno desconocido desde la Transición: la ebullición de la política. 'El Confidencial' ha reunido a cinco futuros politólogos para conocer sus impresiones de la democracia.

Primera sorpresa: “La democracia en España, es verdad, no tiene mucha calidad, pero no es mucho peor que la de otros países”. Segunda sorpresa: ‘Incluso, el nivel de enfrentamiento político no es mayor en España que en países de nuestro entorno. Es mentira que haya tanta polarización”. Tercera sorpresa: ‘Es cierto que en España hay mucha corrupción política, pero también es evidente que estamos ahora a la vanguardia del cambio político. Somos un país en el que las ideas que aspiran a cambios estructurales y sustanciales están calando”.

Las respuestas proceden del colectivo Ágora, la nueva hornada de politólogos formados en la Universidad Autónoma de Madrid, que vive la actual ebullición de la política como un fenómeno casi extraordinario, algo impensable hace pocos años. Si antes de la crisis económica la política se había profesionalizado hasta expulsar del mercado de las ideas a cualquiera que no formara parte de los grandes partidos, hoy la cosa pública es un hervidero. Nunca antes, probablemente desde los primeros años de la Transición, había interesado tanto la política como ahora. Y por eso, El Confidencial los ha reunido en la sede del periódico.

Sus nombres: Alejandro, Sofía, Álvaro, Patricia y Vera. Sus edades, en torno a los 23 años. Forman parte de la revista digital Ágora, una de esas publicaciones que demuestran que la Universidad, desgraciadamente sólo una pequeña parte, está viva. Su impresión, según Álvaro Monsó, es que “las cosas, pese a los clichés, no van a peor”. Y la mejor prueba de ello, apunta Vera Sánchez Matute, es que reivindicaciones nacidas alrededor del 15-M, como la transparencia o la lucha contra la corrupción han calado en los viejos partidos, “que no han tenido más remedio que adaptarse a los nuevos tiempos”.

Sofía Cortes complementa la idea: “Los nuevos partidos están poniendo sobre la mesa nuevas propuestas que están forzando a los partidos tradicionales para que su discurso sea “más complejo, más detallado y, sobre todo, más realista”. Ese distanciamiento entre los grandes partidos y la sociedad, apunta Patricia Fernández Cuadrado, ha empezado a estrecharse con el nacimiento de fuerzas como Podemos “que han dado más atractivo a la política”. Hoy, asegura, muchos pensaban que no había nada que hacer, pero ahora, “muchos ven posible el cambio”. Incluso quienes están en contra de Podemos, saben que ahora las cosas han cambiado.

Frustración política

¿Existe el riesgo de frustración si al final muchos ciudadanos observan que la vieja política y la nueva son lo mismo? Vera Sánchez Matute recoge el guante: No hay que pensar que los cambios van a ser “inmediatos”. Se trata, asegura, de hacer pequeños avances con una perspectiva de futuro para mejorar el sistema de representación política.

Álvaro pone como ejemplo lo que sucedió tras el mayo del 68, en París y otras ciudades europeas. Mayo del 68 planteó una revolución discursiva que actuaba más en el plano psicosocial que en el meramente institucional, pero lo que quedó fueron una serie de conceptos que la población ha asimilado. Algo parecido sucedió, en su opinión, en el caso del 15-M. La indignación, la rabia frente a la corrupción, son fruto de aquella movilización. “Hoy”, asegura, “la gente es más exigente con la democracia gracias, entre otras cosas, al 15-M”.

Alejandro Ciordia recuerda que un año después del 15-M muchos pensaban que la movilización no había servido para nada, pero lo cierto es que tiempo después se ha traducido en cambios políticos de indudable transcendencia. Eso, sí, con propuestas maximalistas que en cualquier caso sirven para avanzar. Pero siempre teniendo en cuenta, sostiene, que “cuando creces muy rápido también te puedes deshinchar muy rápidamente”, en clara alusión a los nuevos partidos.

¿Y Grecia? O más concretamente, ¿qué efectos puede tener la claudicación de Syriza frente a la troika en la política española? Alejandro recuerda una reciente vídeo de Pablo Iglesias en el que reconocía que si Podemos llegaba al Gobierno apenas podría hacer “una reformilla fiscal y poco más”. Y es verdad, remacha la idea: “Eso lo saben todos”, aunque lo que le sorprende es que lo diga, asegura. “Lo sabe Errejón, lo sabe Pablo Iglesias…”

¿Cuál es la causa? Álvaro apunta una idea. “La soberanía ya no está en los parlamentos nacionales, y esa es una realidad que genera frustración”. No hay apenas margen de actuación para desafiar a los mercados, a Wall Street o la City de Londres, concluye.

Sofía apunta un debate de mayor calado. Los nuevos partidos han simplificado el debate, acusando, a los mercados de todos los problemas de los ciudadanos, hurtando la naturaleza de cuestiones que son necesariamente más complejas. Está de acuerdo en que la economía financiera es la fuente de muchos problemas, pero también las “disfucionalidades” que tiene la propia Unión Europea. El debate, en su opinión, hay que trasladarlo al ámbito europeo, recordando a los ciudadanos que “ahora las decisiones se toman en otras instancias”. Patricia apuntala la idea con una evidencia: “El BCE, en ocasiones, ha tenido que tomar decisiones sin una base legal”.

Alejandro recupera la idea de hacer más compleja la política, que no sólo puede vivir de eslóganes más o menos ingeniosos. Y eso es, precisamente, lo que le ha pasado a Syriza, que en vez de negociar con las instituciones se ha dirigido sólo a Francia y Alemania para que se visualice quién es su “enemigo”. “El problema griego es un problema de Europa, no sólo de Grecia”, recalca Vera.

El principal problema de España, según los cinco, es la necesidad de recuperar los grandes consensos sobre los asuntos estratégicos de país. En palabras de Sofía, “hay que poner en marcha programas a largo plazo en lugar de reformar leyes cada cuatro años”. Sobre todo en cuestiones como la educación, la sanidad, la organización territorial…

“Todo el mundo promete políticas a largo plazo”, recalca Vera, “pero cuando los partidos llegan al poder sólo miran cómo ganar las próximas elecciones”. Patricia lo dice más claramente: “Al final, unos y otros, sólo piensan en su electorado y por eso hay tantas reformas que no sirven para nada”.

¿Es el fin del bipartidismo? Alejandro confiesa que hace unos meses pensaba que se iba a desmoronar, pero ahora, reconoce que el sistema “va a aguantar”. Fundamentalmente, por dos causas: la estructura demográfica, una población cada vez más envejecida, y porque han conseguido que en el electorado esté muy asentado el concepto de izquierda-derecha. “Incluso Ciudadanos y Podemos han caído en el mismo juego”, sostiene. Muchos electores creen que Ciudadanos es de derechas y Podemos es de izquierdas, lo que, en su opinión, reproduce los viejos esquemas. Estamos ante un “bipartidismo bicéfalo”, proclama como conclusión.

Álvaro Monsó está de acuerdo en que tras la fragmentación de las próximas elecciones volverá a emerger el bipartidismo, como en la mayoría de los países. El problema, asegura, es saber qué tipo de bipartidismo. Es decir, si va a ser “sano” o una mera “alternancia” en el poder. Y para ello, constatan, es necesario cambiar las leyes electorales. Incluso reformando la Constitución, aunque tal vez lo primero que haya que reformar es el Título que precisa cómo tiene que hacerse la reforma de la propia Constitución, haciendo suya una idea prestada por el exministro López Aguilar.
Cataluña

¿Qué hacer en Cataluña? Alejandro reconoce que no sabría cómo tratarlo si estuviera en las instituciones. Sólo está convencido de que haría el referéndum, pero tiene claro que no saldría el sí a la independencia. Es decir, algo parecido a lo que hizo el Reino Unido con Escocia. Su opinión, en todo caso, es que el separatismo no tiene mucho sentido en 2015, cuando el mundo está avanzando en la globalización.

Sofía Cortés advierte dos planos: el jurídico y el político, y está claro que a la luz de la Constitución “no cabe esa pregunta”, pero en el plano político ese problema tienes que solucionarlo de alguna forma, incluso celebrando el referéndum. En todo caso, lo que hay que hacer es negociar. La fórmula que propone Vera es aumentar los derechos de Cataluña, sobre todo en el plano formal, precisamente para evitar la independencia atrayendo a muchos catalanes que no quieren la secesión.

Álvaro Monsó pone el acento en la ideología. En su opinión, Convergència ha diseñado una “estrategia perversa” aprovechando una coyuntura complicadísima para meter debajo de la alfombra la política de recortes que se estaba llevando a cabo en Cataluña. En el mismo sentido, una parte de la izquierda ha visto el proceso como una “ventana de oportunidad”. O lo que es lo mismo, una especie de Podemos y lo que representa en términos emocionales y políticos.

Patricia aporta otra idea: “España no ha comprendido lo que es un sentimiento nacional, y hasta que eso no se entienda, no se solucionará el problema”, sostiene. Alejandro no está muy de acuerdo y recuerda que en España las autonomías tienen incluso más competencias que los landers alemanes. Es un debate más simbólico que real, concluye.

Hay acuerdo en una cosa. El problema de la política en España no es generacional. Tiene que ver con las ideas. Pero también con la propia Universidad como canalizadora del debate político, algo que ha ido abandonando paulatinamente. Entre otras cosas, sostienen, porque Bolonia ha fomentado que los propios profesores estén más preocupados por sacar brillo a su expediente académico que por cumplir su obligación docente. Por supuesto, no en todos los casos.


II

"La reforma de la Constitución se aparca en el fondo del cajón", en El País: 

La tensión territorial y el miedo a un debate sobre la Corona bloquean la única propuesta para modificar el texto de 1978

José Luis Rodríguez Zapatero llegó en 2004 al Gobierno con una propuesta de reforma de la Constitución debajo del brazo. La primera que se ha planteado abiertamente en 33 años. Solo afectaba a cuatro aspectos -igualdad de hombre y mujer en la sucesión a la Corona, reforma del Senado, inclusión del nombre de las comunidades autónomas y mención a la Constitución Europea- y, en principio, generaba un amplísimo consenso. Hubo hasta un informe favorable del Consejo de Estado. Pero hoy, siete años y dos legislaturas después, sigue en un cajón. Sin visos de que nadie la recupere de momento. "[La reforma] No es imprescindible ni una tarea prioritaria para el Gobierno", dijo el presidente Zapatero ya en diciembre de 2008, durante la celebración del 30º aniversario de la ley de leyes. Desde entonces, silencio.

Y es que el procedimiento de la reforma es todo menos sencillo: implica un amplio acuerdo de las Cámaras, unas elecciones y un referéndum. Y el consenso parece seguro en torno a esos cuatro puntos, pero estallaría en mil pedazos si en el debate se cuelan nuevas propuestas. En estos años han ido surgiendo algunas. Sobre todo tras la aprobación en cadena, a partir de 2006, de los nuevos estatutos de autonomía, que estiró al máximo los mimbres constitucionales en el reparto del poder territorial... sin tocarlos formalmente. Los textos están, de hecho, cuajados de coletillas recordando que nada de lo dispuesto tiene valor si no respeta la Constitución.

Mariano Rajoy, presidente del PP, consideró aquel proceso una "reforma encubierta" de la Norma Fundamental (en realidad solo lo consideró en el caso del Estatuto catalán; no de otros, como el valenciano o el andaluz, apoyados por su partido y con algunos artículos calcados de aquel). Y propuso su propia reforma: 14 modificaciones puntuales, entre otras cosas para "clarificar" las competencias de cada Administración y evitar un "Estado residual". También eso quedó en el olvido. El PP nunca lo ha resucitado. El único partido que hoy reclama recuperar para la Administración central competencias transferidas a las comunidades es Unión Progreso y Democracia (UPyD); eso no tiene por qué implicar una reforma constitucional, pero sí podría pedir paso en el debate de ideas que la reforma, inevitablemente, traería consigo.

En 2008, al cumplirse 30 años de la aprobación de la Constitución, este periódico preguntó a los portavoces de los grupos parlamentarios por sus perspectivas ante una hipotética reforma. Varios de ellos pidieron ir más allá de los cuatro puntos planteados por Zapatero. IU proponía "adaptar la organización territorial del Estado a la pluralidad nacional", incluir principios medioambientales o desarrollar el concepto de laicidad; el PNV abogaba por "hincar el diente" al capítulo territorial y modificar el título referido al Tribunal Constitucional; el BNG quería "blindar las competencias de las comunidades autónomas"; Coalición Canaria, que se reconozca la especificidad de las islas... Once catedráticos de Derecho Constitucional contestaron también a la pregunta "¿es necesario reformar la Constitución?". Y la conclusión de sus reflexiones, a favor o en contra, venía a ser que, una vez abierto el melón, la reforma puntual puede convertirse en una revisión en toda regla.

A todo eso se suma el complejo mecanismo que habría que poner en marcha, una mina en sí mismo: cualquier reforma constitucional que afecte a la definición del Estado, los derechos fundamentales o la Corona debe hacerse por la fórmula del "procedimiento agravado" (aprobación de la iniciativa por mayoría de dos tercios en Congreso y Senado, disolución de las Cortes, elección de otras nuevas que elaboren la reforma y la aprueben y, finalmente, convocatoria de un referéndum de ratificación). El temor es que esas elecciones constituyentes, y el posterior referéndum, deriven en un plebiscito sobre la Corona. Que la pregunta "¿debe mantenerse la preferencia del varón sobre la mujer en la sucesión en la Corona?" acabe sepultada por un debate sobre Monarquía o República.

Aunque quién sabe si los partidos terminarán encontrando fórmulas alternativas para llegar al mismo sitio. Miquel Roca (ponente de la Constitución en 1978 por parte de CiU) sostiene, por ejemplo, que no es necesario reformar la Constitución en ese punto porque hay otro artículo, el 14, que prohíbe la discriminación por razón de sexo. Solo hay que dilucidar, afirma, qué artículo pesa más, y eso podría hacerlo el Tribunal Constitucional -si alguien le hace algún día la consulta- o una ley orgánica.