Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciencia. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de enero de 2026

Experimentos para desarrollar ratones colorados (es un decir)

 [Transcripción automática corregida por el bloguero del portal de divulgación científica de Youtube "Atraviesa lo desconocido", de Fon Ramos, con el título ¡Es aterrador! Un extraño experimento logra lo impensable, 21 de enero de 2026. El enlace directo aquí]

 Uno de los experimentos recientes más increíbles fue cuando científicos insertaron genes del lenguaje humano en ratones. Los resultados dejaron de piedra a todo el mundo y lo que vimos en ratones dejó a los científicos maravillados y con ganas de saber más.

Hoy hablaremos de este experimento que rompió las barreras de la ciencia y de otros que fueron en la misma dirección con otros animales. Todos los resultados fueron tan increíbles que los científicos no daban crédito a lo que estaba pasando. Os habla Fon Ramos en un nuevo programa de Atraviesa lo desconocido, esperando, por supuesto, que todos estéis lo mejor posible.

Comenzamos. ¿Por qué los animales no hablan como nosotros? El gen NOVA1 

Mira, en el último año se han hecho algunos experimentos curiosos, pero hay uno de ellos que sobresale sobre todo los demás y parte de una pregunta muy intrigante. ¿Cómo es posible que diferencias genéticas mínimas entre humanos y otros mamíferos produzcan capacidades tan extraordinarias como por ejemplo el lenguaje complejo? Es decir, ¿por qué si animales comparten la mayoría de genes con nosotros, puesm, por ejemplo no hablan? Para explorar esta cuestión, científicos de la Universidad Rockefeller se centraron en un solo gen llamado Nova 1. Este gen no construye directamente una parte del cuerpo como un brazo o una pierna. En realidad funciona más bien como un director de orquesta dentro del cerebro. Su trabajo consiste en ayudar a organizar cómo se usan las instrucciones genéticas dentro de las neuronas. 

Para entenderlo de forma sencilla, podemos imaginar que los genes son como recetas de cocina.  Normalmente cada receta sirve para hacer un solo plato, pero Nova 1 lo que hace es reordenar parte de esas recetas, de manera que con una sola receta se puedan crear muchos platos distintos. Esto se hace mediante un proceso llamado splicing alternativo, que básicamente es una forma de editar los mensajes genéticos antes de convertirlos en proteínas. Gracias a este sistema, el cerebro puede fabricar una enorme variedad de proteínas diferentes, lo que lo hace mucho más complejo, flexible y adaptable. Por eso,  muchos científicos consideran a NOVA 1 un regulador maestro, ya que influye directa o indirectamente  en una gran parte de los genes que se usan en el cerebro. Algunos estudios incluso sugieren que puede afectar hasta el 90% de ellos. De hecho, el gen Nova 1 en los seres humanos es un gen muy importante  porque, si no funciona bien, aparecen alteraciones bastante graves. Lo más sorprendente de este gen es que la versión humana es única, tiene un cambio minúsculo en su estructura, solo un aminoácido diferente respecto al de otros animales. Puede parecer algo insignificante, pero en biología estos pequeños cambios pueden tener efectos enormes. Lo realmente interesante aquí es que ni siquiera  nuestros parientes más cercanos, es decir, los neandertales y los denisovanos, que son parientes humanos extintos, ni siquiera ellos tenían esta versión que tenemos nosotros. Es decir, esta versión solo apareció en el homo sapiens y además apareció relativamente tarde en nuestra historia evolutiva. De hecho, antes de este descubrimiento, el gen más famoso relacionado con el lenguaje era FoxP2 y en 2009 también se  probó en ratones y vieron que sus sonidos se habían vuelto más complejos. Sin embargo, también se descubrió que los neandertales ya tenían una versión muy parecida a la nuestra de FoxP2, lo que significa que es importante, pero no explica por sí solo el lenguaje moderno. Y aquí es donde entra el gen Nova 1, es decir, la versión humana parece ser exclusiva de nuestra especie, lo que lo convierte en un candidato muy interesante para explicar algunas de nuestras capacidades mentales únicas. 

El experimento: ratones con un gen del habla humano

El tema es que aquí  cambió todo, ¿no? Cambió todo cuando hace meses usando técnicas modernas de edición genética, pues implantaron genes Nova 1 humanos en ratones. 

Estos ratones nacieron normales, pudieron reproducirse y vivieron con normalidad. La idea no era crear ratones humanos, sino ver qué cambiaba exactamente con ese pequeño ajuste genético. Los resultados fueron sorprendentes, sobre todo en la forma en la que los ratones se comunicaban. Cuando eran crías, los ratones modificados emitían chillidos diferentes a los normales, más agudos y con otra estructura. 

Sus madres era como si no reconocieran esos chilidos como llamadas de auxilio. Como consecuencia, pues muchas madres ignoraron eso. Es decir, no hubo diferencias entre cómo los trataban, pero las crías era como si trataran de comunicar algo de esa forma. Más intrigante aún fue después, porque cuando los ratones crecieron, comenzaron a emitir esos sonidos entre ellos y cada vez eran más complejos y largos, sobre todo en el cortejo. Incluso se vio que en el cortejo esos sonidos parecían cantos muy variados y lo curioso es que pareciera que los ratones se comunicaban en su propio idioma desconocido. Los científicos hicieron más pruebas para observar sus cerebros y confirmaron que sí modificó sus cerebros en la parte relacionada con el habla. Aquí lo curioso que es pues que dada la anatomía de un ratón pues efectivamente no puede hablar como un humano, no que intenten hablar como nosotros efectivamente, pero hablar su propio idioma y tratar de comunicarse en base a la anatomía que tiene un ratón. Los científicos creen que la versión humana de Nova 1 pudo ayudar a que nuestro cerebro se volviera más flexible, más potente y más capaz de aprender durante toda la vida. El lenguaje en este sentido sería solo una parte de un cambio mucho más grande y el hecho de que los neandertales no tuvieran esta versión resulta interesante. Puede que esta diferencia pequeña genética ayudara al homo sapiens a comunicarse mejor, cooperar más y organizar sociedades más complejas, lo que al final pudo marcar la diferencia entre sobrevivir o desaparecer. Yo lo que me pregunto es, ¿qué diablos estaban tratando de decirse esos ratones? Si realmente era diferente de su comunicación habitual, qué se estaban tratando de decir y si los ratones normales respecto a estos ratones decían, "What, ¿qué me estás contando?" 

Ratones con genes de Neandertales y Denisovanos. ¿Qué pasó en este caso?

Y mirad, porque este experimento también recuerda a otro en años anteriores, en el cual científicos usaron la técnica de edición genética, la famosa CRISPR cas9, para introducir genes en ratones procedentes de neandertales y denisovanos. Los resultados, publicados en varios estudios, fueron tan sorprendentes como reveladores. Uno de los genes más interesantes fue GLI3, una variante genética distinta a la de los humanos modernos, pero presente en ambos homínidos extintos. Cuando se probó una versión artificialmente alterada de este gen, los ratones desarrollaron malformaciones. Sin embargo, al introducir la versión auténtica de neandertales y denisovanos, los cambios fueron distintos, y más sutiles. Los ratones mostraron menos vértebras, y una mayor torsión en las costillas y una cabeza más grande, rasgos que recuerdan a las diferencias físicas entre humanos modernos y neandertales. Los científicos concluyeron que este gen en concreto pudo influir en la forma del cuerpo y del cráneo de estos homínidos, y que en su contexto evolutivo probablemente fue más beneficioso que perjudicial.

Pretenden crear en 2026 ratones humanizados

Claro, pero es que en 2026 hay avances también sobre esto. Mirad, porque en 2026 científicos se encontraron con el problema de que insertar genes humanos completos, es decir, eh, muy largos y complejos, resultaba casi imposible con las técnicas que se estaban usando anteriormente. Así que crearon una nueva técnica llamada Tecno, que es un método nuevo en dos pasos que usa la herramienta de edición genética CRISPR. Lo que hace esta técnica es eliminar el gen equivalente del ratón y colocan unas especie de anclas para insertar el gen humano entero con todas sus partes reguladoras. Esto, según el estudio científico, genera ratones humanizados muy fieles a la biología humana. Revelan que esto es necesario para investigar enfermedades genéticas, probar medicamentos de forma mucho más precisa y en el futuro entender mejor diferencias evolutivas únicas de los humanos como el desarrollo del lenguaje o el cerebro. Pero claro, plantea dilemas éticos, ratones humanizados. 

Monos con genes de nuestro cerebro ¿Qué pasó en este caso?

Ahora bien, si os sorprendieron los ratones humanizados, que es algo que se está, ya os digo,  investigando en 2026, fijaos lo que ha pasado anteriormente con monos, porque claro, mucha gente se pregunta, "Vale, esto en ratones, pero ¿y en parientes que sí de verdad son más parecidos a nosotros?" Como por ejemplo los monos. Pues hubo otro experimento anterior y esta vez sí que fue en monos. Y es que los científicos se preguntaban cómo es que el ser humano llegó a ser más inteligente que un mono si los dos parten del mismo ancestro común, como quien dice. 

Para llegar al fondo de esta cuestión, científicos crearon monos transgénicos de la especie Rhesus, una de las más inteligentes y comunes del sur de China, introduciéndoles copias adicionales de un gen del cerebro humano que se cree que pudo desempeñar un papel importante en nuestra evolución cognitiva. El objetivo era observar si este cambio genético podría alterar o mejorar ciertas capacidades mentales de los animales. Entonces, ¿qué ha ocurrido aquí? ¿Qué han hecho los científicos? Pues os lo explico a continuación. 

Pues veréis, los científicos del Instituto de Zoología de Kunming y de la Universidad de Carolina del Norte (Chapel Hill) editaron unos genes específicos llamados MCPH1. Estos genes son los responsables de algunas cosas importantes en los seres humanos, como por ejemplo el tamaño del cerebro o su crecimiento. A partir de eso, lo que hicieron pues fue exponer simplemente pues embriones de monos Rhesus a un virus. Ese virus llevaba evidentemente ese gen. Pues, de los 11 monos con los que probaron ese gen, según como vemos en esta tabla, pues cinco sobrevivieron. Esos cinco llevaban la copia del gen humano dentro de ellos. 

Los  resultados dejaron a todos con la boca abierta. Los científicos chinos no se esperaban lo que sucedió. Veréis, primero, hubo que esperar efectivamente a que los monos pues crecieran, ¿no? Después lo que les hicieron fueron resonancias magnéticas de sus cerebros, pues para ver, eh, principalmente pues cómo habían crecido. Lo que comprobaron y lo que se demostró en este estudio es que había un patrón de crecimiento cerebral idéntico al humano. Crecían más lentamente los cerebros. Esto, bueno, a priori pues parece que no augura nada bueno. Sin embargo, cuando les hicieron pruebas de memoria a los monos, se hizo patente que habían mejorado considerablemente la memoria y además es que estaban superando las pruebas con mucha mayor celeridad que los monos normales. Es decir, volvieron a los monos más inteligentes. Lo más increíble de todo es que volvieron a los monos más inteligentes sin que creciera su cerebro, es decir, con el mismo tamaño cerebral, lo cual es aún más increíble si cabe. Claro, este estudio no gustó nada, obviamente, a la comunidad científica y tampoco me gustó a mí. De hecho, hubo científicos que han protestado, incluso uno de ellos, uno de ellos que colaboró en la investigación llamado Martin Steiner, que es profesor de ciencias de computación de la Universidad de Carolina del Norte, dijo estas palabras: "No creo que sea una buena dirección. Ahora hemos creado este animal que es diferente de lo que se supone que es. Cuando hacemos experimentos, tenemos que tener un buen entendimiento de lo que estamos tratando de aprender, de ayudar a la sociedad y ese no es el caso aquí. Claro, las leyes en China son más suaves para este tipo de experimentos, en concreto con monos, hasta el punto que sobrepasan incluso los límites de la ética. Además es que son pruebas que faltan al respeto al mundo animal, pudiendo provocar trastornos graves a monos. Es decir, estaríamos probando cosas en monos sin saber que podría desencadenar en algo mucho peor para ese animal o esa especie 

Conclusiones, debate y consecuencias en el futuro.

Ciertamente, el mundo está dividido con estos experimentos. Están los que creen que esto podría ayudar en avances a la humanidad y, por otro lado, están los que creen que no debemos de tratar así a los animales. 

Yo creo que se pueden fusionar las dos cosas sin sobrepasar las barreras de la ética. Es decir, podríamos tratar de avanzar en ese sentido sin poner en riesgo la vida o la salud de los animales, cosa que en la mayoría de estudios que hemos visto hoy, pues no se ha cumplido. Sea como sea, estos estudios demuestran el enorme poder de la edición genética para explorar la evolución humana, aunque los propios científicos recuerdan que ningún gen explica por sí solo lo que somos.

¿Qué se espera en 2026? Pues ya lo iremos viendo, pero se ha hablado que científicos chinos planean investigar el gen SRGAP2C, que algunos llaman el interruptor de la humanidad. Este gen habría aparecido hace unos 2 millones de años, cuando el australopitecus evolucionó hacia homo hábilis. Yo me pregunto hasta dónde quieren llegar estos investigadores, si es bueno para conocer el origen, si merece la pena todo esto. ¿Tú qué opinas de todas estas investigaciones? Déjame tu impresión abajo en comentarios y continuamos por ahí. Sed buenos. Hasta la próxima.

domingo, 18 de enero de 2026

El mosquito del metro. Un caso de evolución dirigida o artificial

 ‘Culex molestus’: lo que la especie de mosquito del metro de Londres dice sobre nosotros, en El País, por J. M. Mulet, 15 ene 2026:

Los humanos influyen en la evolución de plantas y animales. Algunas veces de manera activa, otras indirectamente. El caso del mosquito ‘Culex pipiens molestus’ es un buen ejemplo

El hombre es, sin lugar a dudas, la especie viva que más impacto ha tenido en la biodiversidad. La actividad humana está detrás de la extinción de muchas especies. A la vez, la especie humana ha contribuido a alterar el proceso natural de evolución de muchas especies. Desde la invención de la agricultura y la ganadería, la especie humana inició un proceso de selección artificial que ha dado lugar a muchas especies nuevas que no existían en la naturaleza.

Un ejemplo es la selección artificial. Las espigas de gramínea que no se desgranaban al madurar eran más fáciles de cosechar y así creamos el trigo y la cebada. Las cabras más dóciles eran menos propensas a escaparse y se convirtieron en cabras domésticas. Las semillas más grandes daban frutos más abundantes. Y así, generación tras generación, fuimos modelando los organismos que nos dan de comer. El maíz, por ejemplo, no existiría sin nosotros. Su antepasado silvestre, el teosinte, tiene tan poco que ver con una mazorca moderna que no podríamos ni reconocerla. Otro ejemplo sería el perro. A partir de un lobo salvaje hemos creado todas las razas de perro actuales. Ese proceso, muy apartado de la selección natural, ha hecho que se seleccionen algunos rasgos perjudiciales. Los perros de patas cortas son portadores de acondroplasia, una anomalía genética. Y los perros sin hocico, como los bulldog, desarrollan problemas respiratorios.

A veces el hombre influye en la evolución de forma indirecta. A medida que la actividad humana crea ambientes nuevos, algunos organismos pueden encontrar nuevos nichos ecológicos más favorables que su propio ecosistema. Las cucarachas son un insecto tropical que, gracias a las calefacciones de nuestros hogares, han podido colonizar climas fríos. Las ratas han encontrado un ecosistema ideal en nuestras alcantarillas, por no hablar de las gaviotas, que hace tiempo que dejaron de ser un ave pescadora para especializarse en los vertederos.

A veces esto puede ser mucho más sutil. Un ejemplo es el mosquito Culex pipiens, común en muchas zonas templadas del planeta. Una población de ellos se había adaptado a la vida en el metro, donde los abundantes charcos les permitían la reproducción. En superficie, estos mosquitos prefieren alimentarse del néctar de plantas; en cambio, los del metro tenían una dieta hematófaga, nutriéndose de los incautos pasajeros. Gracias al ambiente cerrado y la temperatura estable durante todo el año, la especie del metro había perdido la estacionalidad de sus parientes que habitaban el exterior.

Faltaba comprobar si estas variaciones de comportamiento o aspecto que habían estudiado realmente suponían una nueva especie. Cuando se trató de hibridar la especie del metro con la de la superficie, encontraron una fuerte barrera reproductiva. Los híbridos eran muy escasos y los pocos que nacían eran inviables. El aislamiento reproductivo entre las dos poblaciones había ocasionado un proceso de especiación y ya podía considerarse que eran dos especies diferentes. Solemos tener la imagen de que la evolución biológica es un proceso muy lento que precisa miles de generaciones, pero no siempre es el caso. Aquí hay un ejemplo: en los poco más de 160 años que tiene el metro de Londres, había dado lugar a la formación de una nueva especie de mosquito hematófago, especializada en picar a los usuarios de transporte público. No en broma, esta nueva especie fue bautizada como Culex pipiens molestus. Un proceso similar se ha observado en el metro de Nueva York y en el de Moscú.

Lo más sorprendente fue que cuando siguieron estudiando a la nueva especie, descubrieron que no era homogénea, sino que se dividía en subespecies. Los mosquitos suelen vivir en el túnel y las condiciones microambientales varían (temperatura, humedad, densidad humana); los mosquitos de cada línea de metro evolucionaron por separado, favoreciendo una diversificación genética aún mayor. De esta forma, el mapa del metro de Londres se ha convertido en un experimento evolutivo a gran escala, donde cada línea de metro ha definido a una subespecie diferente a partir de una especie pionera que sigue habitando en el exterior. Lo más probable es que algunas de estas subespecies acaben convertidas en una especie independiente. Sería divertido ver cómo se bautizan. Yo propongo poner el nombre de la parada donde se identifique el primer ejemplar.

El lado más oscuro de esta historia

— La evolución involuntariamente dirigida tiene también consecuencias menos amables. El uso masivo de antibióticos ha dado lugar a bacterias multirresistentes. El uso de plaguicidas ha seleccionado insectos y hierbas resistentes. Y el cambio climático está obligando a muchas especies a cambiar su comportamiento y su hábitat, lo que ocasiona cambios en su genética.

— En Japón, por ejemplo, algunas mariposas han empezado a adelantar su ciclo reproductivo para adaptarse a primaveras más cálidas. En los Alpes, ciertos tipos de flores modifican su tamaño y su color conforme ascienden por la montaña en busca de temperaturas más frescas, y las que no pueden adaptarse están condenadas a extinguirse.

J. M. Mulet es catedrático de Biotecnología.

sábado, 17 de enero de 2026

Nuevo ensayo sobre el tiempo de Sergio C. Fanjul, Cronofobia

 Sergio C. Fanjul no va de farol: un ensayo sobre el tiempo, en Babelia, por Manel García Sánchez, 12 ENE 2026:

Cronofobia’ nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado

Vaya por delante que Sergio C. Fanjul es licenciado en Astrofísica. La precisión es importante de inicio para aquellos que, como Nietzsche, desconfían de los periodistas como opinadores universales. Fanjul tiene un máster en Periodismo y eso, por prudencia o desconfianza de filósofo, activaría la cartesiana duda hiperbólica sin la aclaración previa de que estudió la carrera de Ciencias Físicas. Mi profesión de historiador no mitiga mi escepticismo y se me arquea irónicamente la ceja cuando leo que Cronofobia trata sobre el miedo al paso del tiempo, sobre la vertiginosa aceleración de nuestra pluralidad de mundos y nuestras vidas aceleradas, líquidas y digitales, sobre la nostalgia, la disforia de edad, la juvenofilia o la heideggeriana finitud que revela nuestro miedo a la muerte. No dudo en que pronto resurgirá negro sobre blanco la manida y brillante reflexión de las Confesiones de San Agustín sobre lo fácil que es saber qué es el tiempo si nadie nos lo pregunta, pero lo difícil que es definirlo si alguien nos lo pregunta. Apuesto ganador a que tampoco faltará Einstein paseando en bicicleta por Berna y gestando el milagro de la teoría de la relatividad o una cita de Carlo Rovelli de El orden del tiempo de que el tiempo podría ser una ilusión. ¡Periodistas!

Hojeo de principio a fin el libro para cargarme de razón y confirmar mi desconfianza inicial cuando de pronto emerge de entre sus páginas el nombre de John Ellis McTaggart, evidencia racional, clara y distinta, de que Fanjul no va de farol, sino que Cronofobia, como el Fausto de Goethe que desea detener el instante, merece que se pare por un momento el tiempo porque hay tema y rema, y eso son palabras mayores. Fanjul sabe de lo que habla cuando no pretende dar respuesta a preguntas que no la tienen, sino plantear preguntas inevitables sobre la memoria nostálgica de un pasado idealizado que nunca existió ni nunca fue mejor, la ansiedad anticipatoria por el futuro y la kunderiana levedad de nuestro ser presente de urgencias, rendimiento y eficacia denunciado por Byung-Chul Han. Cronofobia desmonta aprioris y prejuicios de legos y profanos —ese debe ser el cometido de un buen ensayo— y nos lanza a través de la flecha del tiempo y sobre el eterno retorno hacia una reflexión inconmensurable por su erudición e insondable por la profundidad del problema planteado.

El astrofísico convertido en periodista freelance o a tiempo completo, el filósofo, nos apabulla como científico cuando reflexiona con Aristóteles y su definición del tiempo como medida del movimiento, con el Newton del tiempo absoluto o con los millones de zeptosegundos en el suspiro de un segundo de Max Planck; nos genera no poco flow cuando Fanjul, como Montaigne, se convierte en el contenido de su libro, con su existencia cotidiana y su humilde búsqueda del tiempo perdido y recuperado, del tiempo fracturado de un padre alcohólico que activó su cronofobia al fallecer cuando el autor tenía 14 años, del desgaste emocional producido por su mística madre intentando detener el cáncer a tiempo o el de la tía Vicen, diagnosticada de Alzheimer, a la que se le aniñó la memoria y a la que se le disolvió la identidad y la dignidad, del tiempo recuperado junto al tío César, que sabía que el ahora ya pasó y que ya no es ahora, el de las idas y venidas entre Oviedo y Madrid, el de la matutina alondra y el vespertino búho, el del Bill Murray del Día de la marmota en Atrapado en el tiempo o el solipsismo de El show de Truman, el de la vendedora de flores de Lavapiés que tanto le gustan a Liliana y con las que se rebelan contra el tiempo junto a Candela al hacer que merezca la pena recorrer el surco del tiempo...

La lectura de Cronofobia es una excelente manera de pasar el tiempo, pero no el del aburrimiento en el que, como dijo William James, no dirigimos nuestra atención al contenido del tiempo, sino a su propio pasar. Fanjul nos atrapa en el tiempo a través de un itinerante recorrido sobre las foucaultianas heterotopías temporales que encapsulan el tiempo fuera del fluir cotidiano, como en el Museo del Prado donde el cronófobo Saturno de Goya devora a sus hijos, sobre la ansiedad producida por la fugacidad el tempus fugit virgiliano, sobre geografías del tiempo y el tempo de la vida, la de supermercados 24 horas o de rígidos y flexibles horarios de teletrabajo, sobre el éxtasis de un carpe diem a través del consumo de drogas recreativas o sobre si el correr del tiempo aumenta según la entropía, sobre el tiempo de la Historia y la historia del tiempo, sobre por qué el lugar en el que más tiempo pasamos es el futuro y por qué se les ha arrebatado a los jóvenes del posfuturo... Quizás no sabremos, de nuevo con MacTaggart, si solo existe el presente, si por el contrario los pliegues del pasado, del presente y del futuro coexisten o si son, con Bergson, una ilusión persistente de nuestra memoria emocional. Ni desde el tiempo mecánico del reloj al que según Cortázar vendimos nuestro tiempo ni desde el tiempo vivido de la subjetividad de Proust, de lo que no cabe duda alguna es que la lectura de Cronofobia de Fanjul no es una pérdida de tiempo.

Cronofobia. El miedo al paso del tiempo, la aceleración, la nostalgia, la edad o la muerte. Sergio C. Fanjul, Arpa, 2025, 304 páginas, 19,90 euros

miércoles, 14 de enero de 2026

Resuelto el problema de las galaxias lejanas rojas: son agujeros negros.

 Ni galaxias, ni errores: el telescopio James Webb revela que unos enigmáticos puntitos rojos son agujeros negros, en El País, Nuño Domínguez, 14 ene 2026:

Un estudio aclara la naturaleza de estos cuerpos teóricamente imposibles descubiertos en el universo primitivo

Nadie los estaba buscando, pero aparecieron. En 2023, el telescopio espacial James Webb detectó una extraña familia de cuerpos astronómicos: pequeños puntos rojos que, por su madurez, no deberían estar ahí. Era como encontrar un centro de ordenadores cuánticos en plena Edad de Piedra. Tras una larga investigación, un nuevo estudio publicado este miércoles revela que no son galaxias gigantescas, sino agujeros negros supermasivos ocultos tras una nube de camuflaje.

“Creemos que hemos resuelto el enigma”, explica a este diario Vadim Rusakov, astrónomo ruso de 29 años y primer firmante del estudio, que se publica hoy en Nature, referente de la mejor ciencia mundial. Su equipo ha analizado en detalle las observaciones del espectro lumínico de una docena de estos cuerpos obtenidas por el James Webb.

“Pensamos que estos agujeros negros están envueltos en una espesa crisálida de gas que les hace parecer rojos, y que esconde el agujero negro en su interior”, detalla Vadim en una entrevista por correo electrónico. “Hasta ahora no podíamos verlos debido precisamente a ese espeso huevo gaseoso”, añade el astrónomo de la Universidad de Manchester (Reino Unido).

Hasta ahora se entendía que estos cuerpos eran galaxias que tenían más estrellas que la Vía Láctea, donde habitamos los humanos —unos 100.000 millones—. Pero ese nivel de desarrollo era difícil de cuadrar con el hecho de que algunas de estas galaxias databan de fases muy iniciales de la historia del universo, cuando tenía un 5% de su edad actual.

La otra posibilidad era que se tratase de agujeros negros supermasivos, como los que hay en el centro de casi todas las galaxias. Pero en este caso su masa resultaría varios órdenes de magnitud mayor de lo concebible. Además, estos agujeros negros no expulsaban sus característicos chorros de rayos X y señales de radio. Más aún, no eran azules, como aparecen muchos agujeros negros supermasivos debido a la luminosidad del gas que da vueltas a su alrededor, sino rojos.

El equipo encabezado por Rusakov se ha centrado en analizar el espectro lumínico producido por el elemento más simple del universo, el hidrógeno. “Por primera vez hemos podido ver dentro de esta envoltura de gas, y lo que hemos descubierto es que gran parte de ella está ionizada, es decir, tiene muchos electrones libres. Estos electrones dispersan la luz y hacían que los agujeros negros parecieran más evolucionados de lo que realmente son”, detalla Vadim.

El trabajo ha recalculado la masa de estos cuerpos, y obtiene valores de entorno a un millón de estrellas como el Sol. Es unas 100 veces menos de lo que se calculaba en estudios anteriores, lo que los hace más digeribles para los modelos cosmológicos actuales.

Vadim detalla las implicaciones de este hallazgo para entender los cuerpos que parecen mayores y más maduros de lo que deberían en el universo primigenio. “Las primeras observaciones del James Webb fueron una prueba muy exigente para nuestra comprensión del universo. Como muestra nuestro trabajo, algunas de las galaxias que inicialmente parecían demasiado masivas, incluidos los pequeños puntos rojos (LRD, por sus siglas en inglés), resultan ser en realidad agujeros negros supermasivos. En estos casos fue necesario desarrollar nuevos modelos para explicar observaciones inéditas. No creemos que el problema de las galaxias y agujeros negros aparentemente muy evolucionados desaparezca por completo, pero sí que es menos extremo de lo que se pensó al principio. Al mismo tiempo, también es posible que en el universo temprano las estrellas y las galaxias se formaran más rápido y de manera más eficiente que en la actualidad”.

El astrónomo añade otra derivada fascinante. “Los pequeños puntos rojos están extremadamente lejos: su luz ha viajado hasta nosotros durante más de 12.000 millones de años. Los vemos tal y como eran cuando el universo era muy joven. Aparecen cuando el cosmos tenía alrededor del 5% de su edad actual, y prácticamente desaparecen cuando alcanza el 15%. Representan, por tanto, una fase relativamente breve en la vida de las galaxias en el universo primitivo. Se pueden identificar casi a simple vista en muchas imágenes del James Webb, pero creemos que deben de ser muy raros en el universo actual. Esto indica que entonces había una enorme cantidad de gas disponible para formar estrellas y agujeros negros supermasivos, que las galaxias eran más pequeñas y compactas, y que el universo era un entorno mucho más caótico que el de hoy”.

Pablo G. Pérez González, investigador del Centro de Astrobiología, es experto en el estudio de los pequeños puntos rojos. Hace tres años reconocía que cuatro palabras resumían lo que son estos cuerpos: “No lo sabemos aún”. Ahora, a la luz de este nuevo estudio, y otros que serán publicados pronto, es más optimista, aunque advierte de que queda trabajo por hacer. “Esta explicación cada vez me convence más. No soluciona por completo el problema, pero con estas nuevas masas atribuibles a los agujeros negros todo empieza a tener más sentido y es más sencillo de explicar. Aun así, es posible que la población de estos cuerpos sea más diversa de lo que pensamos, e incluso haber de distintos tipos”, señala.

Puede que estos agujeros negros se formen simplemente a partir del gas que cae en ellos por el efecto de la gravedad o son los restos de la implosión de un tipo de estrellas supermasivas que podrían alcanzar un millón de masas solares. Esto sitúa a estos cuerpos a medio camino entre la estrella y el agujero negro. Es por ahora una pregunta sin respuesta.

Isabel Márquez, vicedirectora del Instituto de Astrofísica de Andalucía, resalta la importancia de seguir estudiando los pequeños puntos rojos: “Hasta ahora ningún físico teórico había predicho estos cuerpos. Nadie entendía cómo siendo tan jóvenes pueden generar una masa tan enorme en el centro de su galaxia”. Lo novedoso de este nuevo trabajo, según Márquez, es la selección que hacen para medir de forma más precisa la masa del agujero negro central. “Los nuevos cálculos son menos difíciles de aceptar, pero aún delicados. Se han estudiado una docena, pero se conocen cientos de pequeños puntos rojos que habría que estudiar. En cualquier caso, se abre la puerta a que los cosmólogos adopten este nuevo tipo de agujeros negros primordiales en los modelos de evolución del universo”, añade.

Rodrigo Nemmen, astrónomo de la Universidad de São Paulo, en Brasil, dice que “el universo tiene la tendencia a jugarnos malas pasadas”. En un artículo complementario también publicado en Nature, el experto compara este hallazgo con lo sucedido en la década de 1960, cuando se descubrió una extraña población de “pequeñas estrellas azules” que parecían ser parte de la Vía Láctea, pero después se confirmaron como un nuevo tipo de agujeros negros supermasivos fuera de ella: los cuásares. “Parecería que el universo tiene sentido del humor. En astronomía, la juventud suele asociarse al color azul, porque las estrellas jóvenes arden a altas temperaturas y brillan en ese tono. Sin embargo, en este caso, los agujeros negros supermasivos más jóvenes son rojos. Si Rusakov y sus colaboradores están en lo cierto, estos pequeños puntos rojos serían cuásares en fase de crisálida, a la espera de desprenderse de sus capullos y emerger como las pequeñas estrellas azules que desconcertaron a los astrónomos hace más de medio siglo”, concluye Nemmen.

lunes, 12 de enero de 2026

Entrevista al neurocientífico Anil Seth

 Neurociencia. Anil Seth, el neurocientífico que sostiene que nuestra realidad no es más que una "alucinación controlada": "Es una manera sencilla de explicar la compleja conciencia humana", por Daniel Arjona, 7 enero 2026:

En 'La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia', el británico aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana: "Que cada uno experimente el mundo a su manera no significa que todo sea arbitrario"

Hace cinco años, un hombre dejó de existir por tercera vez en su vida. No estaba dormido. Si lo hubiera estado, el bisturí del cirujano le habría despertado al instante. Se hallaba sumido en una profundidad mucho mayor, más cercana a la muerte o al coma que al descanso nocturno. Mientras su cerebro se inundaba de fármacos, experimentó el desmoronamiento de su propia presencia, una oscuridad absoluta y reconfortante donde no transcurrió ni un segundo, ni una hora, ni un siglo; el tiempo simplemente se evaporó. No estaba allí. Fue sujeto pasivo de ese acto de magia moderna y cotidiana que es la anestesia, un procedimiento que transforma temporalmente a las personas en objetos biológicos, en carne y hueso sin rastro de universo interior, solo para devolverles milagrosamente la condición de ser consciente horas después, intactos pero desconcertados ante el abismo de la nada que acaban de habitar.

Ese viajero del olvido es el neurocientífico británico Anil Seth (Oxford, 1972), y esta experiencia liminal es el punto de partida de La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia (Sexto Piso), una obra monumental que aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana. Seth, codirector del Centro Sackler de Ciencia de la Conciencia, sostiene que nuestra percepción de la realidad no es un reflejo objetivo del mundo, sino una «alucinación controlada» generada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia biológica.

Lejos de considerar la conciencia como un misterio místico o un software computacional, su teoría del «animal-máquina» la ancla profundamente en nuestros ritmos fisiológicos, sugiriendo que sentimos porque estamos vivos. Diseccionamos junto al autor los mecanismos que fabrican nuestra identidad y abordamos el gran enigma de por qué hay algo, en lugar de nada, dentro de nuestras cabezas.

Anil Seth. "Tras la muerte no hay nada, ni sufrimiento ni dolor"

PREGUNTA. Propone sustituir el célebre 'problema difícil' de la conciencia por lo que llama el 'problema real': explicar, predecir y controlar las propiedades fenomenológicas de la experiencia. ¿Estamos ante una auténtica solución científica al gran enigma o, más bien, ante una estrategia elegante para rodearlo?

RESPUESTA. Quizás ninguna de las dos. La forma de pensar basada en el «problema difícil» ha dominado los enfoques científicos y filosóficos de la conciencia durante mucho tiempo. Estuve almorzando precisamente con Dave Chalmers hace un par de días en Nueva York... fue él quien acuñó esa forma de plantearlo. Es una manera muy intuitiva de pensar en el problema, porque, remontándonos a Descartes y antes, siempre ha existido el desafío de cómo relacionar el mundo de la materia física con el mundo de lo mental. En particular, con la parte consciente de nuestras vidas mentales. Tal vez no sea tan difícil imaginar cómo pueden funcionar cosas como la memoria o la atención basándose en procesos físicos, pero la rojez del rojo, el dolor de una muela... Eso parece ser otra cosa. Siempre ha existido esa brecha explicativa entre lo físico y lo consciente. El «problema difícil» realmente cristaliza eso.

P. Usted opone lo que llama el 'problema real'.

R. Sí, pero tampoco es nada revolucionario. Se trata de ponerle una etiqueta a cómo podemos seguir progresando en la ciencia de la conciencia frente a este aparente misterio planteado por el «problema difícil». La idea central es darse cuenta de que todavía podemos hacer lo que la ciencia hace típicamente cuando se enfrenta a un fenómeno: explicar, predecir y tal vez incluso controlar sus propiedades. Pero en este caso, las propiedades de las que hablamos son propiedades de la experiencia: por qué una experiencia es como es y no de otra manera, o por qué diferentes experiencias se sienten como se sienten. Creo que siguiendo este camino, no vamos a resolver el «problema difícil» en la forma en que estamos familiarizados con él. No vamos a llegar a un momento eureka donde digamos: «Ah, así es como se obtiene la experiencia a partir de la materia». Pero tampoco creo que estemos simplemente rodeándolo. Creo que estamos disolviendo el «problema difícil», no resolviéndolo. Cuanto más tiramos del hilo del «problema real», menos extraño se vuelve pensar que la materia -la materia biológica dentro de nuestros cerebros- podría tener experiencias. Parte de esto implica que nuestras preguntas cambian. Hay otros aspectos de la conciencia y del «problema difícil» que no tienen que ver con la dificultad de la ciencia, sino con el hecho de que ponemos el listón muy alto: intentamos explicarnos a nosotros mismos. Queremos algo que conlleve un nivel de satisfacción intuitiva que no pedimos en otras ciencias. Nadie dice que la mecánica cuántica es un fracaso porque no tiene sentido intuitivo; es un éxito y no tiene sentido. Es una ciencia muy exitosa. Así es como me gusta pensar en la conciencia.

P. En 'La creación del yo' describe nuestra experiencia de la realidad como una «alucinación controlada», donde el cerebro no es una ventana al mundo, sino una máquina de predicción que solo deja entrar los datos sensoriales para corregir sus errores. Si biológicamente "no vemos las cosas como son, sino como somos", ¿tenemos alguna esperanza de alcanzar una objetividad compartida o estamos condenados a la subjetividad y las 'fake news'?

R. Vamos por partes. No creo que estemos condenados a las fake news en absoluto. La cita sobre que «vemos las cosas como somos nosotros» se remonta al Talmud. El hecho de que cada uno experimente el mundo a su propia manera única no significa que todo sea arbitrario, que podamos experimentar las cosas como nuestro cerebro decida. A veces, cuando soñamos, somos capaces de tener experiencias completamente divorciadas de la realidad. También bajo ciertas condiciones psiquiátricas o con drogas psicodélicas. Pero no la mayor parte del tiempo. La razón por la que uso el eslogan «alucinación controlada» es precisamente por el control. Ambos elementos son importantes. La parte de la alucinación enfatiza que nuestros cerebros no son solo ventanas al mundo; la percepción es siempre constructiva. Tiene que haber un proceso en el que el cerebro hace una inferencia, una «mejor suposición» sobre lo que hay ahí fuera, las causas de las señales sensoriales, y luego utiliza esas señales sensoriales para calibrar estas predicciones. Esa es la hipótesis subyacente: lo que experimentamos es la mejor suposición del cerebro, en lugar de una simple lectura de datos sensoriales.

P. ¿Por qué?

R. Para la mayoría de nosotros, nuestras alucinaciones estarán controladas por una realidad objetiva compartida. Si vamos a cruzar la calle, veremos el tráfico. Puede que no tengamos exactamente la misma experiencia, pero todos experimentaremos aspectos que reflejan la realidad tal como es. Así que hay, de nuevo, un terreno intermedio. No creo que podamos experimentar jamás la realidad «tal como es». No creo que tenga sentido siquiera sugerir eso. Es una forma de pensar que se remonta a Kant y la idea del noúmeno («la cosa en sí»). Las cosas «como son» siempre están ocultas tras un velo sensorial. El color no existe independientemente de una mente, así que ni siquiera tiene sentido preguntar «¿puedes experimentar el color como realmente es?». Porque lo que «realmente es», depende de tu cerebro. Lo que vale para el color, vale de diferentes maneras para todo; la experiencia siempre depende de la mente. Pero de ninguna manera estamos condenados a las fake news, viviendo en nuestras propias burbujas narcisistas de subjetividad individual. Tenemos lenguaje, tenemos formas de comunicar y compartir nuestras experiencias, y nuestras experiencias suelen estar fundamentadas en algo. Esto no es garantía de que no terminemos en nuestras propias burbujas narcisistas; por supuesto, eso puede suceder y sucede. Lo vemos en las redes sociales y en todo tipo de cosas. Hay motivos, sin embargo, para el optimismo: si reconocemos que incluso para cosas tan políticamente irrelevantes como el color de un vestido (recordará la famosa foto del vestido que parecía azul y negro o blanco y dorado), si nos damos cuenta de que incluso nuestras experiencias perceptivas de estas cosas inofensivas pueden ser diferentes, podemos cultivar un poco de humildad sobre nuestra propia visión del mundo.

"Algunos de los principales expertos en el campo de la IA piensan que esta tecnología es una entidad consciente"

PREGUNTA. ¿Ese tipo de humildad es el primer paso para disolver algunas de las dinámicas sociales más peligrosas como las cámaras de eco?

RESPUESTA. El problema con ese tipo de creencias a nivel social es cuando la gente no puede entender que otra forma de ver las cosas es posible. Hay aquí una lección importante que puede ayudarnos a lidiar con esas dinámicas sociales. De hecho, este es uno de nuestros grandes proyectos experimentales en este momento: el Censo de la Percepción, que analiza en la práctica cuán diferentes son nuestras experiencias perceptivas. Puede parecer contraintuitivo para algunas personas porque nuestra experiencia tiene el carácter de ser una ventana objetiva al mundo; simplemente parece que el mundo está ahí fuera. Desde el punto de vista de la evolución, esto tiene sentido; no sería muy útil si fuéramos criaturas que caminaran por ahí experimentando nuestras experiencias como construcciones. Sería como si todos caminaran sintiendo que están alucinando. No es de extrañar que experimentemos las cosas como si no dependieran de nuestros propios cerebros. Las diferencias pueden ser pequeñas, o internas, pero, si no pensaras en ello, podrías pasar toda tu vida sin darte cuenta de que otra persona está teniendo una experiencia ligeramente diferente. Hay mucho más por descubrir empíricamente sobre la naturaleza de la diversidad perceptiva.

P. En sus investigaciones defiende que la conciencia tiene más que ver con estar vivo que con ser inteligente y subraya el papel central del cuerpo en la emergencia del yo. ¿Una inteligencia artificial sin cuerpo estaría condenada a ser un zombi?

R. Esa es realmente la pregunta más urgente ahora, en parte debido al auge de la IA y su prevalencia extraordinaria. Pero en realidad se trata de dos preguntas. 

Una es si la IA podría ser realmente consciente (o si está condenada a ser un zombi). 

La otra pregunta es qué sucede cuando la gente siente que estos sistemas son conscientes, incluso si no lo son. 

Es un hecho que mucha gente piensa que la IA es consciente; especialmente cuando conversan con modelos de lenguaje, creen que están hablando con una entidad consciente. Incluso algunos de los principales expertos en el campo también piensan de esta manera. Eso ya está sucediendo y plantea muchas preocupaciones. Nos volvemos psicológicamente vulnerables si sentimos que interactuamos con algo que tiene experiencias conscientes; es más probable que nos abramos, que aceptemos consejos (que podrían ser explotadores o dañinos). Ha habido casos de personas que se han suicidado. Y existe el problema más sutil: si decidimos tratar a estos sistemas como si fueran conscientes, eso requiere muchos recursos morales, y tenemos recursos morales limitados. Por otro lado, si los tratamos mal, pero sentimos que son conscientes, eso es psicológicamente insalubre para nosotros. Ahora, la pregunta más profunda, la más existencial, es si estas cosas son realmente conscientes.

P. ¿Lo son?

R. Soy muy escéptico. Al menos para el tipo de modelos que tenemos ahora. Y esto se debe, como mencionaste, a que en mi propio pensamiento sobre la conciencia, el cuerpo sigue apareciendo como algo realmente importante. Toda la idea de las «alucinaciones controladas» para mí desciende directamente a cómo el cerebro regula nuestra fisiología interna. Podría decirse que cada experiencia consciente está impregnada de un sentimiento muy básico de «estar vivo». Hay razones positivas para asociar la conciencia con las criaturas vivas, con las propiedades particulares de los sistemas vivos. Este mecanismo de hacer y actualizar predicciones llega hasta el nivel de las células individuales. Hay una línea directa desde lo que nos mantiene vivos hasta los mecanismos que subyacen a la conciencia. Al mismo tiempo, cuanto más miras dentro de los cerebros, más te das cuenta de cuán diferentes son de los ordenadores. Para que la IA sea consciente, para que esta sea siquiera una opción sobre la mesa, tienes que asumir que la conciencia es básicamente una cuestión de computación; que si consigues el algoritmo correcto, obtienes conciencia. A esta visión filosófica se la llama «funcionalismo computacional». Tienes que asumir que es una cuestión de algoritmos. Y eso es lo que creo que es realmente inseguro. La razón por la que la gente piensa que la conciencia es una cuestión de computación es porque, dicho de forma simple, hemos olvidado que lo de que el cerebro es un ordenador no es más que una metáfora, y hemos confundido el mapa con el territorio.

P. Si el cerebro no es un ordenador, ¿es el proyecto transhumanista de 'subir la mente' a la nube un error de categoría fundamental.

R. Es altamente problemático. Es problemático por muchas razones. Cuando se trata de «subir la mente», partimos de la misma suposición: asumimos que lo que significa ser tú, tu conciencia, puede abstraerse de la materialidad de tu cerebro e implementarse en una nube de silicio en algún lugar, para que puedas existir para siempre en algún espacio abstracto de algoritmos prístinos. Esto es increíblemente improbable. Hay una ironía ahí: este sueño de escanear tu cerebro con todo detalle y luego subirlo a un modelo de simulación cerebral enormemente poderoso... Si piensas que necesitas escanear tu cerebro con un detalle molécula a molécula para preservar tu conciencia, lo que también estás diciendo es: «Bueno, el cerebro realmente no es un ordenador». Porque necesito conocer todos los detalles. Y si el cerebro no es un ordenador, entonces es aún menos probable que sigas existiendo y, en lugar de algún paraíso posthumano, simplemente obtendrás el olvido del silicio. No habrá nadie allí.

"Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo"

PREGUNTA. Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin nos bajó de la cima de la creación, y Freud cuestionó nuestra racionalidad. Su trabajo parece dar el golpe final: la conciencia no es un don divino ni una cúspide evolutiva, sino un truco de regulación fisiológica compartido con pulpos y vacas. ¿Es así?

RESPUESTA. No puedo verlo así. No creo que sea un «golpe». Sé que Freud a menudo lo describía de esa manera. Es un golpe al excepcionalismo humano. Pero no es una disminución de lo que significa ser humano; en realidad, creo que es una expansión. Lo vemos en los ejemplos: el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero el universo se volvió mucho más maravilloso e inspirador de lo que era antes. Lo mismo con Darwin: fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero nuestra conexión con el resto de la vida, a través de una inmensa extensión de tiempo, es nuevamente algo que añade a nuestro asombro y belleza de ser humanos. Y creo que lo mismo es cierto con la conciencia. Es lo que todavía nos hace sentir que tal vez hay algo separado que sucede respecto al resto del universo, que quizás es dado por Dios. Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo.

Entrevista al neurocientífico Antonio Damasio, premio Princesa de Asturias de investigación

 Neurociencia. Antonio Damasio, neurocientífico: "La IA atrofia el desarrollo de los jóvenes y los aleja de la consciencia", por Pilar Pérez, 26 diciembre 2025.

El premio Princesa de Asturias disecciona en su nueva obra, 'Inteligencia natural y la lógica de la consciencia', la brecha entre procesar datos y sentir la vida. Para él, la homeostasis supone el muro biológico infranqueable que impide a las máquinas alcanzar la consciencia humana

La consciencia es fruto del trabajo conjunto de nuestro cerebro, nuestra mente y nuestro cuerpo. Antonio Damasio (Lisboa, 1944) apunta que el desarrollo de esta capacidad atribuida a los seres vivos «es la que nos permite sentir y vivir en sociedad». En su última obra, Inteligencia natural y la lógica de la consciencia (Destino) aborda este concepto en plena expansión de la IA en todas las esferas de nuestra vida, menos una: «la consciencia».

El neurólogo que recibió, hace ya 20 años, el Príncipe de Asturias de Investigación, no demoniza la IA, sino que nos anima a integrarla sin que nos genere una dependencia que nos anule las capacidades que nos han permitido desarrollarla, como la creatividad y el pensamiento crítico.

PREGUNTA. La cuestión inevitable: ¿tendrá la inteligencia artificial consciencia?

RESPUESTA. La realidad es que los dispositivos artificiales no tienen vida. Y es poco probable que la desarrollen. No tienen una sociedad; podremos fabricarles una, pero la verdad es que ellos no viven en ella. Y estos dos aspectos son fundamentales.

P. ¿Por qué?

R. Porque la consciencia, tal y como la tenemos, está relacionada con la vida; con proteger nuestra vida de las enfermedades y la muerte. Esta es la hipótesis más importante del nuevo libro. La consciencia a través de sentimientos como el hambre, la sed o el dolor, nos da una señal de que algo no va bien en nuestro organismo y debemos corregirlo.

P. ¿Cómo actúa?

R. Por ejemplo, si tienes dolor, eso es una señal de alerta que te indica que necesitas averiguar por qué para poder hacer algo al respecto. Al contrario, cuando tienes bienestar, recibes también una señal importante que te permite salir al mundo a explorar a tu favor y lograr la continuidad de tu vida. Los dispositivos artificiales no tienen nada de eso, no tienen vida. No tiene sentido que tengan consciencia.

P. Pero, seguro que hay quien quiera crear una conciencia artificial de la misma forma que se ha desarrollado la inteligencia artificial...

R. Puede que la busquen imitando los mecanismos que nos permiten ser conscientes. Pero eso es otra cosa. Podemos decir que los dispositivos artificiales podrían desarrollar conciencia, pero no la consciencia humana.

P. ¿Sería artificial?

R. Sí, nunca humana. Hay que recalcar que la consciencia como tal solo es propia y tal de los organismos vivos. Todos los animales que nos rodean tienen un sistema nervioso que da lugar a la percepción de la realidad que les rodea. Nuestra consciencia nos permite tener una mente muy profunda, gran capacidad creativa y un lenguaje. Porque, otra cosa que resalto en el libro, es que una cosa es tener mente y otra ser consciente. La consciencia es lo que permite que la mente sea conocida por nosotros, la que desarrolla los sentimientos. Y estos son los que permiten saber que nuestra mente pertenece a nuestro cuerpo.

"Una cosa es la mente y otra la consciencia. La segunda nos permite conocer los sentimientos"

PREGUNTA. Un sistema tan complejo, ¿sería reproducible?

RESPUESTA. Creo que tenemos que ver a la IA como una herramienta útil para avanzar en el conocimiento. Es útil en la creación de modelos. La investigación de la consciencia requiere que indaguemos más sobre nuestra biología, en los mecanismos que nos permiten ser conscientes.

P. Aquí, es donde aparece el concepto de homeostasis.

R. Hay que partir del hecho de que la consciencia esté tan ligada a la homeostasis y a los sentimientos homeostáticos, y que sean estos los que nos dan la consciencia. En el libro describo cuáles son las partes del organismo, las del cerebro, que son esenciales para crear consciencia.

P. Insisto en esta cuestión: ¿se puede crear una consciencia artificial asociada a una IA, desenmarañando este sistema?

R. Lo siento, repito, la consciencia artificial no existe. La nuestra existe porque el hecho de que tú y yo estemos aquí hablando ahora es lo que le da significado a la consciencia de ambos. Recordemos que la inteligencia artificial no es más que una creación de nuestra inteligencia natural. Y lo hemos hecho a través de dos maneras: nuestra riqueza mental ha podido desarrollar dispositivos artificiales, o sea, son un producto nuestro, humano; y, en cierto modo, la naturaleza ha inventado la IA porque algunos de nuestros sistemas operativos, como por ejemplo nuestra corteza cerebral, se les parecen bastante.

P. La sociedad actual se encuentra en un momento de riesgo ante la invasión de la IA en sus vidas: se subarriendan tareas cerebrales y se le confía el diseño de hojas de rutas vitales. ¿Qué nos jugamos?

R. Desde un punto de vista de nuestra cultura, nos debe preocupar que, sobre todo, los más jóvenes dependan demasiado de los dispositivos con IA. Hay que subrayar dos problemas clave: primero, literalmente atrofian la posibilidad de sus propios desarrollos; y segundo, si se centran en las máquinas no se están centrando en otros humanos. Y los necesitamos en nuestra sociedad, que estén atentos a otros seres y a sus problemas.

"Deberíamos resolver los asuntos mediante la interacción con las personas y no las con máquinas"

PREGUNTA. La dependencia de que una máquina nos resuelva los problemas, ¿nos aleja de los rasgos de la humanidad, como la consciencia?

RESPUESTA. Deberíamos intentar resolver los asuntos mediante la interacción con personas, centrarnos en ellas y en la sociedad en lugar de hacerlo con máquinas que no tienen vida y que, si te dan una solución, son soluciones artificiales. Se pierde la capacidad de la consciencia, de ser más críticos y del pensamiento introspectivo.

P. Esa consciencia es la que nos permite sobrevivir aprendiendo del pasado, estando en el presente y mirar al futuro, ¿cierto?

R. Nos permite ser ahora y ver que el tiempo pasa. Nos ayuda a tener un sentido del pasado y del futuro. Es fundamental para navegar en el mundo y enfrentar los problemas y desafíos que plantea a diario.

Una proteína puede revertir el envejecimiento

 Cómo una proteína perdida con la edad puede reactivar el sistema inmunitario y hacerlo más fuerte, por  Víctor Ingrassia, 20 Dic. 2025:

Científicos lograron que células madre sanguíneas viejas se comporten como jóvenes al restaurar una proteína clave asociada al envejecimiento

Un estudio identificó al factor plaquetario 4 como señal clave del envejecimiento de las células madre que sostienen el sistema inmunológico humano (BLUEBAY2014/ ITOK)

El envejecimiento deja huellas visibles en el cuerpo humano, como la pérdida de fuerza muscular o el encanecimiento del cabello, pero también provoca transformaciones profundas y silenciosas en sistemas esenciales para la salud. Entre ellos, el sistema inmunológico y el sistema sanguíneo sufren un deterioro progresivo que aumenta la vulnerabilidad a infecciones, reduce la eficacia de los trasplantes y eleva el riesgo de cánceres hematológicos.

Un estudio reciente identificó un mecanismo molecular capaz de revertir parte de ese proceso y devolvió a células madre envejecidas características propias de la juventud.

La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Illinois en Chicago y publicada en la revista Blood, describió el papel central de una proteína llamada factor plaquetario 4 en el envejecimiento de las células madre hematopoyéticas. Estas células, ubicadas en la médula ósea, producen todas las células de la sangre y del sistema inmunitario. Cuando su equilibrio se altera con la edad, el organismo pierde capacidad de defensa y aumenta la probabilidad de enfermedades graves.

La disminución del factor plaquetario 4 con la edad altera el equilibrio celular y aumenta el riesgo de infecciones cánceres sanguíneos y fallas inmunes (Freepik)

Los investigadores demostraron que la disminución del factor plaquetario 4 actúa como una señal clave que impulsa el envejecimiento de estas células madre. Al restaurar esa señal, tanto en modelos animales como en células humanas, el equipo logró revertir rasgos típicos del deterioro asociado a la edad. El hallazgo no prometió detener el envejecimiento de todo el organismo, pero sí abrió una vía concreta para mejorar la función inmunológica en etapas avanzadas de la vida.

Las células madre hematopoyéticas cumplen un rol central en el mantenimiento del equilibrio inmunológico.

En personas jóvenes, estas células producen dos grandes linajes celulares de manera balanceada. Por un lado, las células mieloides, que incluyen glóbulos rojos y ciertos componentes del sistema inmune innato. Por otro, las células linfoides, entre las que se encuentran los linfocitos T y B, fundamentales para la respuesta inmunitaria adaptativa.

Con el paso del tiempo, este equilibrio se rompe. Las células madre envejecidas tienden a generar más células mieloides y menos linfoides, lo que debilita la respuesta frente a infecciones y reduce la eficacia del sistema inmunológico. Además, estas células acumulan mutaciones genéticas que aumentan el riesgo de inflamación crónica, enfermedades cardiovasculares y cánceres de la sangre.

Las células madre hematopoyéticas envejecidas producen menos linfocitos y más células mieloides lo que debilita la respuesta defensiva del organismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Nuestras células madre hematopoyéticas son muy poco comunes. “Las consideramos el Santo Grial del sistema inmunitario”, afirmó Sandra Pinho, profesora asociada de farmacología y medicina regenerativa de la Facultad de Medicina de la UIC. Esa rareza y su enorme impacto explican por qué su envejecimiento representa un problema central en la biología del envejecimiento humano.

Uno de los efectos prácticos de este deterioro aparece en los trasplantes de médula ósea. Las personas mayores suelen quedar excluidas como donantes porque sus células madre ya no presentan la misma capacidad regenerativa que las de individuos jóvenes.

Esa es una de las razones por las que, normalmente, no se recurre a las personas mayores como donantes para trasplantes de médula ósea, porque sus células madre no son tan potentes”, explicó Pinho.

El factor plaquetario 4 como señal de juventud celular

La administración de factor plaquetario 4 recombinante restauró funciones juveniles en células madre envejecidas de ratones mayores (Christin Klose/dpa)

El trabajo científico identificó al factor plaquetario 4 como un regulador central de este proceso. En organismos jóvenes, esta proteína funciona como una señal que limita la proliferación excesiva de las células madre hematopoyéticas, en especial de aquellas que generan linajes mieloides. Actúa como un freno molecular que mantiene el equilibrio entre renovación celular y estabilidad genética.

Con la edad, las células inmunitarias producen menos factor plaquetario 4. Esa disminución libera el freno y permite que las células madre se dividan con mayor frecuencia. “Cuando las células madre comienzan a dividirse con más frecuencia de la debida, y si su proliferación no se regula, pueden acumular mutaciones con el tiempo”, afirmó Pinho. En humanos, este proceso se asocia con inflamación persistente, mayor riesgo de neoplasias hematológicas y otros trastornos vinculados al envejecimiento.

Para comprobar el impacto directo de esta proteína, los investigadores trabajaron con ratones y con muestras de médula ósea humana. En los modelos animales, observaron que la falta de factor plaquetario 4 desencadenó signos claros de envejecimiento acelerado de las células madre hematopoyéticas. Los ratones deficientes en esta proteína desarrollaron linfopenia, un aumento de la producción de células mieloides y daño en el ADN celular, un conjunto de rasgos que imitó el envejecimiento fisiológico natural.

En modelos animales la falta de factor plaquetario 4 provocó daño del ADN linfopenia y rasgos similares al envejecimiento acelerado celular (MARILYN CHUNG LAB / BERKELEY)

“En este estudio, demostramos que las alteraciones relacionadas con la edad del nicho megacariocítico y la consiguiente disminución del factor plaquetario 4 son mecanismos fundamentales que impulsan el envejecimiento de las CMH”, explicaron los científicos. Ese nicho, formado por células de la médula ósea que regulan a las células madre, perdió con la edad su capacidad de sostener una señalización juvenil adecuada.

La sorpresa llegó cuando el equipo decidió invertir el proceso. Al administrar factor plaquetario 4 recombinante a ratones de edad avanzada durante más de un mes, las células madre hematopoyéticas comenzaron a mostrar características funcionales propias de la juventud. Recuperaron una mejor polaridad celular, presentaron menor daño del ADN, aumentaron su capacidad de reconstituir el sistema sanguíneo y produjeron nuevamente un equilibrio entre linajes mieloides y linfoides.

“Sorprendentemente, la administración de PF4 recombinante restauró las CMH antiguas a fenotipos funcionales juveniles”, detallaron los investigadores. El efecto no se limitó a los modelos animales. En experimentos de laboratorio, las células madre humanas de distintas edades también respondieron a la señalización juvenil del factor plaquetario 4.

Experimentos de laboratorio mostraron que células madre humanas también responden a la señal juvenil del factor plaquetario 4 (Pexel)

“Rejuveneció el sistema sanguíneo envejecido”, afirmó Pinho al describir el impacto observado en las muestras humanas. Este resultado reforzó la idea de que el mecanismo identificado no depende de una particularidad exclusiva de los ratones, sino que conserva relevancia biológica en el sistema hematopoyético humano.

Los científicos también analizaron ratones con doble inactivación genética, que mostraron un envejecimiento aún más pronunciado de las células madre hematopoyéticas. Estos animales presentaron fenotipos similares a los ratones deficientes en factor plaquetario 4, lo que confirmó el rol central de esta proteína en la regulación del envejecimiento celular.

Aunque los resultados fueron contundentes, los propios investigadores subrayaron los límites del hallazgo. El factor plaquetario 4 no representa una solución universal para revertir el envejecimiento de todos los tejidos ni una herramienta para prolongar indefinidamente la vida humana. Su potencial reside en un campo más específico pero igualmente relevante: la posibilidad de intervenir de manera dirigida sobre el deterioro del sistema sanguíneo e inmunológico.

El rejuvenecimiento celular incluyó mejor polaridad menor daño genético y una producción equilibrada de células sanguíneas e inmunes (Sanford Burnham Prebys)

Según el equipo, estos hallazgos abren el camino a terapias orientadas a revertir el deterioro de las células madre hematopoyéticas asociado a la edad. Esto podría traducirse en estrategias preventivas o tratamientos capaces de mejorar la evolución de enfermedades hematológicas, reducir complicaciones inmunitarias en personas mayores y optimizar resultados de trasplantes.

“Es una evidencia clara de que es posible revertir, intrínsecamente, ciertos trastornos asociados a la edad”, remarcó Pinho. En esa afirmación se condensa la principal novedad del descubrimiento: el envejecimiento celular no solo responde a un desgaste irreversible, sino también a señales moleculares que pueden restaurarse.

Origen de la procastinación

 Neurociencia. ¿Lo dejas todo para luego? Unos científicos japoneses han encontrado el motivo en el cerebro, en El País, por Daniel Mediavilla, 10 ene 2026:

La procrastinación tiene un nombre: se llama circuito VS-VP, y este equipo de investigadores tiene ideas para desactivarlo

¿Por qué en lugar de hacer lo que sabes que es necesario para conseguir tus objetivos, te entretienes mirando vídeos absurdos en TikTok? ¿Por qué te pones a barrer un suelo que no lo necesita en lugar de estudiar, si además odias barrer? ¿Por qué dejamos para mañana lo que debemos hacer hoy y tendremos que hacer de todos modos?

Durante mucho tiempo, la motivación se ha explicado como un problema de incentivos: si una persona no actúa, es porque no valora lo suficiente la recompensa. Sin embargo, un estudio detallado de lo que sucede en el cerebro cuando procrastinamos parece contradecir esa idea. Hoy, en un artículo publicado en la revista Current Biology, un grupo de científicos liderado por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, propone que es posible que el cerebro valore bien la necesidad de una acción y, aun así, impida que se inicie.

Para conocer cómo funciona el cerebro cuando se enfrenta a una tarea que puede dar beneficios, pero que también supone afrontar incomodidades, los investigadores trabajaron con monos, un modelo útil porque su sistema motivacional se parece al humano. Los animales, a los que se mantuvo sedientos fuera del experimento, se enfrentaron a dos pruebas. En una, podían accionar dos palancas y recibir dos cantidades de agua diferentes, midiendo así la implicación de cada circuito en la motivación. Después, podían beber en dos condiciones: un pequeño sorbo sin tener que enfrentarse a ninguna incomodidad o uno mayor, pero que venía acompañado de un desagradable soplo de aire en la cara.

Como nosotros cuando vamos a comenzar un trabajo y pensamos en la recompensa, el mono evaluaba si valía la pena soportar este soplo de aire en la cara para obtener esta cantidad de agua, o era mejor conformarse con el sorbo seguro. Ese experimento permitió identificar un circuito cerebral que funciona como un freno a la motivación: no decide si la recompensa merece la pena, sino si merece la pena empezar. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), que se encuentran en los ganglios basales, una parte profunda del cerebro donde ocurren el placer o la motivación.

El grupo de Amemori ha detectado que hay dos variables implicadas en la motivación, pero que están codificadas por sistemas neuronales distintos. Por un lado, está el cálculo del coste-beneficio para evaluar el peso de recompensa y castigo, y por otro la probabilidad de no querer iniciar una acción, ambos mecanismos conservados tras millones de años de evolución porque mantuvieron con vida a nuestros antepasados.

El estriado ventral se activa ante la expectativa de que algo va a ser incómodo, difícil o emocionalmente exigente, sin evaluar cuál será la recompensa final. El pálido ventral es como un interruptor para comenzar a actuar y sostener esa acción. El estudio del cerebro de los monos permitió primero observar con electrodos cómo cuando se podía elegir recibir más agua y una ráfaga de aire el estriado ventral, que nos protege contra la incomodidad, estaba más activo, y cuando solo se podía elegir entre distintas cantidades de agua, el que estaba más activo era el pálido ventral.

Cuando las dos regiones estaban conectadas, la advertencia de incomodidad del EV podía bloquear el inicio de la acción del PV, pero cuando apagaron la comunicación entre los dos grupos de neuronas con una técnica quimiogenética, vieron que era suficiente para soltar el freno motivacional. En ese momento, los monos comenzaron a afrontar con menos reticencias la tarea que tenía premio, pese a la incomodidad prevista.

Dividir la tarea

Esto supone un giro importante respecto a los enfoques habituales. Prometerse grandes recompensas, recordarse la importancia de la tarea o aumentar la presión externa actúa sobre el circuito del valor percibido, pero deja echado el freno que pone el EV. “Cuando la motivación está alterada al nivel de la iniciación, reducir las señales que impulsan el desenganche —como el coste anticipado de comenzar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos”, dice Amemori como consejo para superar el bloqueo. Dividir la tarea en pasos menores o reducir la exposición al juicio o la amenaza de evaluación pueden ser estrategias útiles en esos casos.

El investigador también cree que un entorno laboral estresante y las notificaciones constantes de correos o mensajes en el móvil, “pueden mantener activado continuamente el circuito estriado ventral que procesa las señales que nos producen rechazo”. “A largo plazo, eso puede producir cambios plásticos y, posiblemente, cambios estructurales en la vía EV-PV, desequilibrando el sistema hacia una desconexión excesiva, un trastorno que clínicamente se conoce como abulia”, dice.

Desde una perspectiva social, reducir la señalización continua del estrés podría ayudar a prevenir la sobrecarga crónica de este circuito que acabaría dejando echado el freno de la motivación. Para Amemori, una priorización más clara de las tareas o la creación de entornos laborales o escolares que permitan la recuperación después de tareas exigentes pueden ser tan importantes para combatir este problema como las intervenciones a nivel individual.

Durante el experimento, no todos los monos se comportaron igual. Algunos se bloqueaban más que otros ante la posibilidad del soplido desagradable. Esas observaciones sugieren que la parálisis por estrés puede tener una base neurobiológica identificable y no ser simplemente una cuestión de personalidad o carácter. Este conocimiento puede ser útil para quienes la incapacidad para actuar es un problema grave.

“Nuestros hallazgos indican que la abulia en la depresión podría reflejar un desequilibrio en el circuito VS–VP”, explica Amemori. “En principio, sería posible desarrollar terapias que modulen este equilibrio. Un enfoque potencial es la estimulación cerebral profunda (DBS), aunque esto requiere intervención neuroquirúrgica y solo sería apropiado para casos cuidadosamente seleccionados”, ejemplifica.

“También existe un desarrollo activo de técnicas de neuromodulación menos invasivas que pretenden influir en las estructuras cerebrales profundas, incluidas la estimulación magnética transcraneal (TMS) y los enfoques basados en ultrasonidos. Estos métodos podrían volverse más prometedores en el futuro, pero requerirán una validación adicional sustancial en cuanto a seguridad, especificidad y beneficio clínico”, añade. Además, se podrían utilizar fármacos, ya que el pálido ventral contiene receptores opioides, pero estos medicamentos no afectarían solo a esa región cerebral y podrían tener muchos efectos secundarios indeseados.

Por último, Amemori enfatiza que el freno motivacional “probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada, al ayudar a los individuos a evitar involucrarse en situaciones excesivamente costosas o dañinas”. “Debilitarlo de manera indiscriminada podría aumentar la vulnerabilidad al agotamiento, la asunción de riesgos excesivos o la dificultad para desconectarse de contextos excesivamente estresantes. Cualquier intervención terapéutica necesitaría, por tanto, ser cuidadosamente calibrada y evaluada dentro de un marco ético riguroso” concluye.

Descubrimientos sobre la memoria

 De Borges a Jennifer Aniston: la ciencia empieza a iluminar los misterios de la memoria, en El País, por Enrique Alpañés, Madrid - 11 ene 2026

¿Cómo afectan los móviles a nuestros recuerdos? ¿Qué porcentaje tienen estos de imaginación? Un grupo de neurocientíficos intenta desentrañar los secretos de una de las funciones más cotidianas y desconocidas del cerebro

Recordar fue su maldición. En Funes el memorioso, Jorge Luis Borges narra la historia de un gaucho uruguayo que, tras un accidente de caballo, desarrolla una memoria absoluta. Funes podía aprender idiomas y recitar libros de memoria. Recordar un día le llevaba un día entero, pues en su mente se acumulaban todos los detalles en su más detallada intrascendencia. El pobre desgraciado veía esto como un don, pero a medida que avanza su historia, se revela más bien como una maldición, pues recordar con tanto detalle le impedía distinguir lo sustancial de lo superfluo.

En la formación de la memoria también es importante el olvido. Es lo que explicaba con literatura Borges, y lo que detalla con datos el neurocientífico Charan Ranganath en su libro, Por qué recordamos. “El cerebro está programado para olvidar”, explica en conversación con este diario. “Hay tantas razones para hacerlo que realmente es un milagro que podamos recordar algo”. El estudio científico de la memoria a menudo se centra en cómo aprendemos, cómo los recuerdos a corto plazo se consolidan en memorias indelebles. Se presta menos atención a la importante capacidad de generalizar y olvidar. A la forma en la que nuestro cerebro desecha la información menos relevante.

Ranganath es pionero en el uso de resonancias magnéticas para estudiar cómo recordamos eventos pasados. Y ha comprobado que lo hacemos de forma cambiante. Nuestro presente modifica de alguna forma cómo leemos nuestro pasado. “Cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual”, señala. “Así, por ejemplo, si recordaras una ruptura reciente, la evocarías de manera muy diferente a si la recordaras muchos años después. El mismo recuerdo de un evento traumático puede presentarse como una historia de supervivencia y coraje”, señala.

El olvido y la distorsión de lo vivido son filtros por los que pasa la realidad antes de grabarse en nuestra memoria. Además, los recuerdos no son grabaciones inalterables y fieles de la realidad. La memoria es mentirosa y cambiante; se actualiza con el tiempo. “Cada vez que recuerdas un evento complejo, el acto de recordarlo puede cambiar el recuerdo”, señala Ranganath. “Algunas partes del mismo pueden fortalecerse, otras debilitarse y se introducen nuevos errores”. Cuando recuperas un recuerdo, no es como si sacaras un libro ya escrito de la biblioteca de tu mente; más bien es como si lo volvieras a escribir. La memoria es reconstructiva. Esto explicaría, solo en parte, una interesante paradoja que suele recordar el premio Nobel Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN: ¿cómo es posible que guardemos memorias toda una vida mientras que las moléculas que las atesoran mueren después de unas horas, días o como máximo meses?

El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, vinculó la historia de Funes el memorioso con las últimas investigaciones sobre la memoria en el libro Borges y la Memoria. Funes recordaba todo con un detalle desgarrador, pero era incapaz de captar ideas abstractas. Quian Quiroga descubrió neuronas en el cerebro humano que responden a conceptos abstractos, pero ignoran detalles particulares. Las llamó neuronas Jennifer Aniston, en honor a la actriz de Friends. En su investigación, el neurocientífico notó cómo a un paciente con epilepsia se le iluminaba una red neuronal concreta cuando veía una imagen de la actriz, pero también su nombre. El experimento demostró que hay neuronas en el hipocampo, una zona del cerebro clave para la memoria, que responden a conceptos y asociaciones. Son el esqueleto de la memoria. La base que hace que grabemos algunas de nuestras experiencias, en un proceso que tiene mucho de imaginación y no tanto de reproducción fiel de la realidad.

La desgracia de Funes empezó al caerse de un caballo. La de HM al hacerlo de su bicicleta. Sufrió entonces, era 1936, un daño cerebral que derivó en severos ataques de epilepsia. Un médico pensó en curarle extirpando su hipocampo, lo que derivó en una lesión quirúrgica que le produjo una amnesia anterógrada severa. HM era incapaz de formar nuevos recuerdos a largo plazo. No reconocía a personas que acababa de conocer, no podía adquirir nuevas habilidades y conocimientos. Tenía nueve años y los tuvo hasta cumplir 82, cuando murió. Vivía anclado en un pasado cada vez más remoto. No aprendió nada nuevo porque no tenía un lugar donde asentar ese conocimiento. HM se convirtió en el paciente más estudiado de la historia de la neurología, su análisis durante décadas reveló el papel crucial del hipocampo en la consolidación de la memoria y el aprendizaje de habilidades. Su nombre solo se reveló una vez muerto, en 2008. Se llamaba Henry Molaison.

Kepa Paz-Alonso es líder del grupo de investigación en el Basque Center on Cognition, Brain and Language. Lleva décadas utilizando la resonancia magnética para ver cómo y dónde se ilumina el cerebro cuando la gente está recordando. Por eso explica: “Si recuperas muchas veces una vivencia, esta se queda cristalizada en el cerebro. Cuando esto sucede, se establece una nueva sinapsis. Y eso es el inicio de una memoria”. La sinapsis es el proceso de comunicación entre las neuronas; es el impulso nervioso por el cual los neurotransmisores saltan de una neurona a otra transportando cierta información.

El experto diferencia entre dos tipos de memoria a largo plazo, la episódica y la semántica. En esta última se engloba “nuestro conocimiento del mundo”, explica. Es una memoria de datos y conceptos. Por otro lado, estaría la memoria explicativa, donde se engloban las experiencias más personales.

Para explicar la diferencia entre ambas, es conveniente recuperar la historia de otro paciente amnésico. En 1985, el psicólogo Endel Tulving describió el caso de NN, un hombre con una particularidad. Era perfectamente capaz de memorizar una serie de números aleatorios. Poseía memoria semántica, la capacidad de recordar información abstracta. El problema residía en su memoria episódica: no podía recordar experiencias personales. Tulving escribió: “El conocimiento de NN de su pasado parece tener el mismo carácter impersonal que su conocimiento del resto del mundo”. Era tan íntimo como una biografía de Wikipedia: una colección de hechos abstractos. No podía recordar los detalles de ningún acontecimiento que hubiera vivido personalmente: una fiesta de cumpleaños, un romance, unas vacaciones… Su pasado eran una serie de datos sin valor ni emoción.

El punto central del estudio de Tulving fue la disociación entre la memoria semántica y la episódica. Pero hay otro detalle de la patología de NN que también merece la pena analizar: era incapaz de imaginar su futuro. Tulving le preguntaba “¿qué harás mañana?” y no podía contestar nada más allá de “No sé”. Le insistía en dónde se veía dentro de un año o de 10 y no podía aventurar nada. Este detalle vino a sugerir la idea (posteriormente confirmada con estudios en neuroimagen) de que la capacidad de recordar, como la de proyectar, provienen del mismo lugar: la imaginación. O como decía San Agustín en su autobiografía, “el pasado y el futuro existen solo en el alma”.

Pero, ¿por qué guardamos un vivo recuerdo de unos acontecimientos y no de otros? No todos los recuerdos se procesan de la misma manera en nuestro cerebro. ¿Dónde estabas cuando sucedió el 11S? ¿Qué estabas haciendo minutos antes de que te despidieran del trabajo, te propusieran matrimonio o te comunicaran la muerte de un familiar? La mayoría de personas podrían contestar con todo lujo de detalle a estas preguntas. “En nuestra vida cotidiana, los momentos importantes no ocurren de forma aislada”, señala el experto. “Forman parte de un flujo de experiencias cotidianas”. Su equipo demostró, a través de 10 experimentos, que los eventos relevantes afectaban a los recuerdos neutrales cercanos. Hacían que los grabáramos con fuerza. Y así nuestro cerebro se encuentra lleno de recuerdos aparentemente banales, simple morralla contextual.

Pero en todo este proceso no somos meros agentes pasivos, explica el experto. Hay cierto margen de voluntad. “No podemos garantizar que dure para siempre, pero sí podemos inclinar la balanza. Prestar atención profunda, atribuirle un significado personal y revivir el evento poco después (hablando o escribiendo en un diario) y dormir bien ayudan”, señala. Para ello, una de las cosas que deberíamos hacer es guardar el teléfono móvil. La tecnología está afectando a la forma en la que vivimos el presente y modificará la forma en la que lo recordaremos en el futuro.

Desde la aparición de los teléfonos móviles y la popularidad de las redes sociales, muchas personas se han obsesionado con documentar las experiencias y han dejado de vivirlas. Son aquellos que graban un concierto en lugar de bailar al son de la música. Los que fotografían un atardecer, en vez de observarlo. Quienes van de vacaciones parapetados tras un teléfono móvil, estableciendo un filtro entre la realidad y su persona. Al intentar grabar cada momento, dejan de concentrarse en la experiencia con suficiente detalle como para formar recuerdos distintivos que puedan retenerse. Recopilan toneladas de vídeos y fotos, guardan una réplica exacta del pasado, como Funes del siglo XXI. Pero como le sucediera a aquel, son incapaces de vivir lo importante y desechar lo superfluo.

“Cada vez más, externalizamos la información a teléfonos y nubes, lo que puede reducir la presión para codificar algunas cosas a fondo, pero también nos reencontramos constantemente con fotos y mensajes que pueden reactivar y remodelar recuerdos”, reflexiona Reinhart. “El patrón de lo que revisamos —y, por lo tanto, lo que se estabiliza— podría estar cambiando debido a esto. Creo que esta sería una pregunta muy curiosa y válida, y debería estudiarse en la vida real”.

Mientras esto sucede, distintos expertos intentan desentrañar los misterios de la memoria, uno de los procesos más cotidianos, pero también más desconocidos, que suceden en nuestro cerebro. Puede que sea una idea más filosófica que científica, pero los recuerdos, de alguna manera, nos dicen quiénes somos. Quiénes fuimos. Cómo nos entendemos y nos narramos. “Construimos nuestra identidad a partir del subconjunto específico de experiencias que el cerebro ha elegido conservar y resaltar, por lo que cambiar los recuerdos que se estabilizan puede cambiar la historia que nos contamos sobre nosotros”, resume Reinhart.