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domingo, 16 de agosto de 2026

Más conferencias inéditas de Borges. Dossier.

 I

 Borges piensa en voz alta, en El País, Juan Gabriel Vásquez, 16 ago 2026:

La publicación de unas conferencias del escritor argentino muestra su insólita inteligencia y el valor de los libros

Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como "El sur" o "La muerte y la brújula", no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera.

II

Borges conferencista, en Qué Leer, 24 julio, 2026, Ricardo Gil Otaiza:

Nunca dejamos de asombrarnos con Jorge Luis Borges, porque, con cada género que tocó, creó todo un universo muy particular: como si su genio fuese infinito, perdido a su vez en multitud de laberintos al final de los cuales percibimos una luz que abre dentro de cada uno nuevas alteridades, para reconocernos en la vasta dimensión de ser uno y otros a la vez, para asumir que la realidad no es en esencia la que nos muestran los sentidos, sino que va más allá de nuestra propia noción del ayer y del ahora, para hacer de nosotros complejidad y destino.

En este orden de ideas, nos llega de la mano de Alfaguara 2026 un tomo fundamental, titulado Conferencias reunidas 1960-1985, compilado y editado por Sara Luisa del Carril, y que sale en la colección Narrativa Hispánica Biblioteca Jorge Luis Borges, imprescindible para la comprensión del disertante y pensador, y necesario para quienes nos adentramos en los agrestes territorios del intelecto, de la teoría literaria, de los campos de la filosofía y de la historia, por los que discurrió  el gran autor con enorme solvencia e intención incisiva y además crítica.

No pasó Borges por la literatura para dejar intacto todo aquello que trajinó en su larga existencia, sino que en cada una de sus páginas podemos sopesar —en su justa dimensión intelectual y metafísica—, su espíritu inquieto, abierto a la esencia del vivir, dudoso de todo aquello que solemos llamar como “certezas”, para descolocarnos en la comodidad de un ahora que en él es duda y desafío, hondura y asombro, y no lo hizo tan solo en los géneros literarios per se (poesía, narrativa y ensayo) que abordó con maestría, sino además en sus posturas intelectuales frente a grandes públicos, que desarticulaban finos mecanismos de relojería asumidos como lo “políticamente correcto”, y así llevar a sus escuchas —y hoy a sus lectores— por serpenteantes caminos, de los que no se puede regresar al punto de partida sin reconocerse un cambio, una remezón interior, un vuelco copernicano que nos reubica y nos reta en el ahora.

Por supuesto, hay en estas conferencias aquello que calificamos con el adjetivo de borgeano, es decir, el autor que a veces divaga, retrocede y avanza, articula y analiza, y que con extrema lucidez busca hallar aquello no dicho anteriormente: nuevas vetas y vislumbres, artificios eruditos y jugarretas intelectuales y humorísticas, todo lo cual nos permite disfrutar a un autor cercano, inagotable, locuaz, tímido pero seguro de sí mismo, y aunque a veces dude, y ponga entre paréntesis algunas de sus muchas afirmaciones, esa duda formará parte también del corpus de su propia postura, que nunca se nos impone, sino que con cautela nos aproxima a una realidad que nos invita a visitar y conocer: a mirar con nuestros ojos, a cotejar un antes y un después que haga de nosotros piezas clave de su propio esfuerzo, y de su mirada.

El libro, de 424 páginas, está integrado por 30 piezas: "Notas para esta edición", por Sara Luisa Carril; (1960) "Poesía gauchesca"; (1962) "Leopoldo Lugones"; (1963) "The Spanish Language in South America. A Literary Problem"; (1963) "El gaucho Martín Fierro"; (1964) "La poesía gauchesca"; (1964) "El enigma de Shakespeare"; ((1965) "Poesía y arrabal"; (1965) "El Libro de Job"; (1967) "Spinoza"; (1967) "Agnon"; (1967) "La literatura fantástica"; (1968) "Martín Fierro, el gaucho y la literatura"; (1969) "Una historia del libro"; (1971) "Testimonios de mis libros"; (1972) "Destino y obra de Camoens (1)"; (1972) "Destino y obra de Camoens (2)"; (1973) "Mi poesía"; (1973) "Mi prosa"; (1975) "El escritor y su destino"; (1975) "El escritor y su tiempo"; (1980) "La metáfora"; (1980) "Recuerdos de mi amigo Xul Solar"; (1980) "Borges evoca a Camoens"; (1980) "Así escribo mis cuentos"; (1982) "(La poesía). Lo esencial de esta noche será el diálogo"; (1984) "El universo: una serie de sueños"; (1985) "El labrador de infinitos" y (1985) "La última conferencia. Apéndice: La lengua española en Sudamérica. Un problema literario" (traducción de “The Spanish Language in South. A. Literary Problem”.

Es de resaltar, tal como lo expresa la editora Del Carril, que las conferencias incluidas —y que fueran dictadas en distintos contextos— “no habían sido recogidas en forma de libro”, de allí su importancia. Las mismas estaban dispersas y ahora este conjunto que hoy se nos entrega se erige en una obra de referencia y de consulta que servirá, no solo a los estudiosos de universidades y centros de  investigación, sino a los amantes de la obra del escritor e intelectual argentino, que buscarán en sus páginas profundizar en las raíces de su propuesta literaria (su obra), de su visión del hecho literario y de sus hacedores (Emerson, Góngora, Kafka, Shakespeare, Hernández, Shaw, Wilde, Mallarmé, Reyes, Fernández, Homero, Cervantes, Darío, Kiplin, Carroll, Neruda y Güiraldes, entre muchos otros), su pensamiento filosófico (Platón, Spinoza, Voltaire, Hume, Berkeley, Schopenhauer, Bacon, Russell, etc.), así como sus posturas frente a hechos puntuales como el lenguaje, la poesía, la narrativa, el infinito, la identidad, su tiempo histórico, su relación con obras fundantes de nuestra cultura, la mirada del otro, su perplejidad frente al mundo, sus asombros, la épica, lo fantástico, la tradición, la eternidad, la inmortalidad, el sueño y la realidad.

Enhorabuena por esta obra, que sale a raíz de la conmemoración de los 40 años del fallecimiento de Borges, y que fue presidida, a comienzos de este año, por la publicación de los Cuentos completos, la Poesía completa y los Ensayos completos, también por Alfaguara (ver mi reseña Borges, sin asomo de duda en Qué Leer: 16/02/26), cuya suma se hace en sí misma exponencial e impostergable.

III

Borges y la tercera parte del Martín Fierro, en Ulrica Revista, 26 jul 2022, por Sara Iriarte:

Jorge Luis Borges nutrió un enorme interés por el Martín Fierro de José Hernández, que volcó en los ensayos críticos donde se ocupó de la literatura gauchesca y de aquel que no dudó en llamar «el libro más importante que hemos producido los argentinos en 150 años». El autor extrajo, asimismo, de sus reflexiones sobre el célebre poema los virajes con que reescribió el texto en "El fin" y "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)". Y, si seguimos el recorrido de las presentaciones que Borges ofreció en el país y en el extranjero a medida que su consagración como escritor crecía, es posible vislumbrar el peso indiscutible que el Martín Fierro tuvo entre los temas que le apasionaban.

  Gracias a un trabajo de roedor de bibliotecas tuve noticias de las primeras conferencias que Borges realizó en Inglaterra cuando comenzaba a ganar renombre internacional y donde se ocupó del Martín Fierro. Corría 1963 y el autor de El Aleph había comenzado a captar la atención de los lectores angloparlantes al recibir el Formentor Prix International for Editeurs—cuya primera edición compartió con Samuel Beckett; y gracias a las incipientes traducciones de su obra que empezaron a aparecer en Gran Bretaña.

  En la primera de esas presentaciones, brindada en la Canning House, Borges eligió tratar sobre el español de nuestro país como un problema literario. Allí, nuestro autor más universal y a la vez anclado en la tradición sostuvo que el deber de los escritores de lengua española es el de hacer de ésta un instrumento aceptado en todo el mundo. Y proponía como ejemplo de una obra literaria escrita en un español no local justamente (¡y contradiciendo ríos de tinta que aseveraban su idiosincrasia lingüística!), al Martín Fierro de Hernández. Este texto, que según Borges «puede ser leído por cualquier persona que tenga algún conocimiento del español», fue el escogido para demostrar la posibilidad de hacer sentir la atmósfera criolla sin caer en el desatino de hacer hablar en criollo. Intentar escribir como argentino era algo que el mismo Borges confesaba haber hecho y tratado de rectificar incinerando cuanto ejemplar encontrase de El tamaño de mi esperanza… Un error de escritura (y de mocedad) en que ya no caería, y un error de lectura en que sugería a sus oyentes no caer. Allí estaba Borges haciendo de uno de los paradigmas de nuestra tradición, el Martín Fierro, un modelo de lo universal, y prodigando para su propia obra un anaquel en las bibliotecas mundiales, cuyo rótulo, si había de haberlo, no fuera el de una comarca.

  En la segunda conferencia, que brindó en la Universidad de Bristol, se ocupó más detenidamente del Martín Fierro. Asombra el tono de anécdota que domina la presentación por momentos. Por ejemplo, al narrar cómo tuvo la oportunidad de comprobar personalmente, siendo aún joven, la esgrima que un anciano criado en estancia conservaba para manejar el puñal; es decir, la veracidad de esa admirable manera de batirse a duelo a lo gaucho que tanto revive la literatura argentina. En el mismo tono contó a sus oyentes que las nietas de Hernández le confesaron una vez la existencia de una tercera parte del Martín Fierro, dictada por Don José desde el otro mundo; un manuscrito que conservaban en su casa, pero que Borges jamás vio, ya que por descuido o desgano no concretó la visita. «Vamos a suponer que ese Martín Fierro hubiera sido comparable a los dos anteriores… Entonces la literatura argentina se hubiera enriquecido con un texto precioso para nosotros y, además, yo habría averiguado el problema que preocupó tanto a Sócrates en aquella última noche que habló sobre la inmortalidad mientras esperaba la cicuta», conjeturaba. Y así condesaba Borges sus cavilaciones sobre el enriquecimiento del patrimonio literario de un pueblo y sobre el misterio de la trascendencia—de un autor, de su obra, de un personaje…—en los confines interiores de su tradición y, tal vez, más. La tercera parte del Martín Fierro dictada desde un más allá—cuya existencia no interesa demostrar, sino tan solo deleitarse con su entidad virtual— bien podría ser el continente de reescrituras, apropiaciones y adaptaciones a las que convida el poema de Hernández; entre ellas, las del propio Borges lector, escritor y conferencista.

Los títulos de las conferencias fueron The Spanish Language in South America. A Literary Problem y El gaucho Martín Fierro. Fueron recogidas en el libro homónimo editado por The Hispanic & Luso-Brazilian Councils, Londres, 1964. Agradezco a Daniel Balderston por la invitación para investigar en la Biblioteca de la Universidad de Pittsburgh, donde hallé este ejemplar. Las presentaciones brindadas por Borges a lo largo de cuatro décadas pueden consultarse en www.borges.pitt.edu 

IV

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado "Un homme à tuer". Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como "Pierre Menard, autor del Quijote", que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como "Examen de la obra de Herbert Quain", que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y "La biblioteca de Babel", que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor.

Inútil es que te forjes

idea de progresar,

porque, aunque escribas la mar,

antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.

V

Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito, en El País, Mar Centenera, Buenos Aires - 02 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como "El hombre de la esquina rosada", "La intrusa" e "Historia de Rosendo Juárez", entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema "Fundación mítica de Buenos Aires" aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

domingo, 5 de julio de 2026

Más sobre Federico García Lorca

    I

 García Lorca en la inmensidad, en El País, por Enrique Vila-Matas, 26 may 2026:

La noticia del triunfo en Cannes de ‘La bola negra’, filme inspirado en la última e inacabada obra del poeta, me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que enviara desde Nueva York a sus padres

En el juego del escondite, ¿deseaste alguna vez no ser descubierto y así poder seguir felizmente oculto, perdidamente perdido en la noche, en silencio, sabiendo que existe la gloria nocturna de ser grande no siendo nada?

En esa gloria de ser y no ser pensé cuando la noticia del triunfo en Cannes de La bola negra —filme inspirado en la última e inacabada obra de Federico García Lorca— me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que el poeta enviara desde Nueva York a sus padres. Carta fechada el lunes 21 de octubre y escrita justo tres días antes del estallido del crack del 29. La encontraremos en el libro No te olvides de escribir (Akal, 2026), donde el especialista lorquiano Víctor Fernández ha reunido cronológicamente la arrebatadora correspondencia del poeta con su familia.

En esa carta, Federico contaba a los padres que por primera vez se había quedado perdidamente perdido en la gran ciudad de Nueva York y, a través de lo que narraba, podía intuirse la sombra del cambio radical de registro poético que se estaba dando en él, es decir, su paso de “poeta del pueblo” y de autor del Romancero gitano al de autor de Poeta en Nueva York.

Un documento que nunca imaginé que podría encontrar. Un documento donde en realidad narraba cómo fue que, al perderse por primera vez en aquella ciudad inmensa, acabó a la vez perdiéndose en lo más infinito del universo. Pero lo contaba de un modo más suave, con asombrosa sencillez, como si para explicar un cambio de estilo poético tan complejo fuera suficiente una prosa sintética: “Queridísimos padres (…) el otro día tuve al fin mi primera pérdida en la ciudad. Me equivoqué de ferrocarril elevado y, en lugar de coger el de la Sexta Avenida, tomé el de la Novena y fui a parar a un sitio opuesto a donde iba…”.

Así de sencillo. Hasta que no pasa algo así, decía Lorca, “no se entera uno de dónde está, de la inmensidad de calles y la agrupación de millones de gentes”. Y aquí creo que habría que añadir que tampoco se entera uno —en el momento en que eso ocurre— de que se está acercando a un tipo de literatura, que es una gran generadora de mundos, donde son muy valoradas las experiencias de lo desmesurado: “Nueva York me ha dado como un mazazo en la cabeza. El puerto y los rascacielos iluminados confundiéndose con las estrellas…”

Sólo tres días después de aquella crucial carta a los padres, estallaba el trágico crack del 29. Y Federico, como si tuviera contacto directo con nuestro mundo de hoy, hablaba con infinita lástima de “toda esa gente expuesta a las terribles presiones y al refinamiento frío de los cálculos de dos o tres banqueros dueños del mundo”.

Federico y sus presentimientos. Había presagiado su propia desaparición en el ancho universo, como si en el fondo —“estoy abrumado de tanto jaleo y tanta popularidad”— buscara el placer de no ser encontrado y la gloria nocturna de ser grande no siendo nada: “Me buscaron en los cafés, en los cementerios, en las iglesias / Ya no me encontraron, / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron".

II

Los diarios secretos del último amor de Lorca: “Mi dolor fue mío, sin posibles consuelos dada la densa maraña de prejuicios que envenenaba la vida española”, en El País, Natalia Junquera, Madrid - 5 jul 2026:

EL PAÍS revela extractos de las memorias inéditas de Juan Ramírez de Lucas, con quien el poeta planeaba abandonar España antes de ser asesinado. La documentación podrá verse al completo en la nueva película de Manuel Menchón

“Con cerca de 70 años transcurridos”, escribe Juan Ramírez de Lucas, el último amor de Federico García Lorca, “si he decidido ahora comenzar este relato es porque considero que estos dolorosos recuerdos no deben quedar solo escondidos en lo más recóndito y secreto de mi vida, pues todo lo que perteneció —de una manera u otra— a la personalidad de uno de los más excelsos, decisivos, permanentes poetas españoles tiene un interés general histórico y no debe quedar recluido en el santuario íntimo de quien tuvo la inmensa fortuna de convivir con el POETA”.

El párrafo corresponde a la primera página de los diarios de Ramírez de Lucas, a la que ha tenido acceso EL PAÍS y que verá la luz en otoño, junto al resto de sus cuadernos, en la película La voz quebrada, dirigida por Manuel Menchón. El crítico de arte, último amor de Lorca, falleció en 2010 con el peso de aquel secreto, pero decidido a compartir su historia, consciente, como explica en ese “prefacio”, de que cualquier aspecto de la vida del poeta español más universal, “el POETA” con mayúsculas, como él mismo lo describe, merecía ser conocido por todos. “Muchas resistencias”, prosigue en ese diario, “he tenido que vencer para llegar a esta decisión presente, pues siempre mi dolor fue exclusivamente mío, sin posibles consuelos ajenos dadas las especiales circunstancias en las que todo se produjo y también la densa maraña de prejuicios y tabús que envenenaba la vida española de todos aquellos años y los muchos siguientes, que pesaban como losa inamovible sobre mí”. Estas líneas se publican por primera vez décadas después, en el último día de la fiesta del Orgullo.

En mayo de 2012, EL PAÍS reveló la última carta que Lorca había escrito a Ramírez de Lucas, fechada el 18 de julio de 1936, el día que estalla la Guerra Civil, así como dibujos y un poema inédito. En la misiva, el poeta le pedía a su novio que fuera fuerte y que tratara de convencer a sus padres para que respetaran sus ideas: “No dejes que el río te lleve. Juan, es preciso que vuelvas a reír. A mí me han pasado también cosas gordas, por no decir terribles, y las he toreado con gracia”. Dos meses después de que este diario publicase aquella documentación, la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados reconoció la relevancia histórica de ese archivo privado, conservado durante décadas por el último amor de Lorca, y aprobó una proposición no de ley para instar al Gobierno a promover convenios para que pudieran ser digitalizados y puestos a disposición de los investigadores. “El precio de ese legado”, explicó entonces la diputada firmante de la iniciativa, Ascensión de las Heras, de Izquierda Unida, “es incalculable”. Pero todo quedó en nada.

Menchón se estaba documentando para hacer una película sobre Lorca cuando quiso saber más de aquel hombre que era un misterio, Ramírez de Lucas. “Hablé con Ian Gibson [el hispanista que ha dedicado toda su vida a indagar sobre el poeta] y me explicó que había intentado entrevistarlo, pero que había sido imposible. Contacté con la familia, les expliqué el proyecto documental que quería hacer y fueron muy generosos. Además de los documentos que el Congreso había pedido digitalizar, nos han cedido mucho más material inédito, y en paralelo hemos hecho una investigación propia de cinco años, apoyados por varias universidades, hispanistas, historiadores... Sinceramente, creo que el resultado es algo histórico porque esclarece muchas cosas de los últimos meses de vida de Federico”.

En la portada de los diarios de Ramírez de Lucas, publicada por primera vez por EL PAÍS en 2012, el nombre “Federico” está rodeado de lágrimas de color rojo, el de la sangre. El verano de 1936 ambos planeaban abandonar España y empezar una nueva vida en algún lugar donde no tuvieran que llevar su relación en secreto, pero el poeta fue asesinado la madrugada del 18 de agosto. Casi 90 años después sigue formando parte de los desaparecidos del franquismo, ya que fracasaron todos los intentos por encontrar la fosa donde fue enterrado. Su último amor convivió en secreto toda su vida con el dolor de aquella pérdida. “Luis María Ansón, que fue su jefe en Abc”, recuerda Menchón, “me dijo que para él Ramírez de Lucas siempre había sido un enigma. Veía que tenía una gran herida, tenía la impresión de que se había quedado atascado en 1936, pero no entendía por qué. Juan no contó nada a nadie, ni siquiera a su pareja. Durante toda su vida reprimió su gran secreto, su gran historia. Ver su trazo y lo que cuenta es pura emoción y, por tanto, puro cine”.

En el proceso de documentación para la película, el equipo de Menchón consultó archivos españoles y extranjeros, públicos y privados, y dio con un hallazgo más: imágenes inéditas de Lorca en movimiento en 1932, cuatro años antes de su asesinato. El material se encontraba en una lata de betún en casa de la familia Gonzalo Menéndez Pidal, quien rodó en los años treinta un documental sobre la compañía de teatro La Barraca. Fue restaurado y permitió identificar al poeta, sonriente, en el interior de coche. El fotograma formará parte de la película que se estrenará en otoño.

La banda sonora del documental incluye la interpretación de Canción de invierno, una pieza musical compuesta por el propio Lorca cuando aún era un adolescente. El actor Álvaro Morte (La casa de papel, Anatomía de un instante) dará voz al poeta y a toda una generación obligada a ocultar su identidad sexual. Menchón estrenó en 2020 Palabras para un fin del mundo, que pone en duda el relato conocido de la muerte del escritor Miguel de Unamuno y recoge las últimas averiguaciones sobre su célebre enfrentamiento con Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, el famoso y cuestionado “venceréis pero no convenceréis”.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Romances de Bernardo del Carpio

Romances de Bernardo del Carpio

Los romances de Bernardo del Carpio derivan de una épica perdida y de leyendas que se incorporaron en formas algo diversas en las crónicas. Ni la épica ni las leyendas fueron más que narrativas pseudo-históricas. Surgieron en el siglo XII como respuesta a las pretensiones del Cantar de Roldán francés que Carlomagno con sus francos había liberado la mayor parte de España de manos de los moros. La leyenda de Bernardo hace al héroe español el agente de la derrota de la retaguardia de Carlomagno en Roncesvalles.

La leyenda bernardiana es de origen leonés. Carpio es un castillo a orillas del río Tormes cerca de Salamanca. Alfonso II, "el Casto" reinó en Asturias entre 791 y 835.

De los tres romances aquí presentados, solo el último es un verdadero fragmento épico. Los otros dos se compusieron en el siglo XVI a base de las crónicas.

Adaptado de Colin Smith, Spanish Ballads, pág. 59


I

Linaje de Bernardo del Carpio


    En los reinos de León

el casto Alfonso reinaba;

hermosa hermana tenía,

doña Jimena se llama.

    Enamórase de ella

ese conde de Saldaña,

mas no vivía engañado,

porque la infanta lo amaba.

    Muchas veces fueron juntos

que nadie lo sospechaba;

de las veces que se vieron

la infanta quedó preñada.

    La infanta parió a Bernaldo

y luego monja se entraba;

mandó el rey prender al conde

y ponerlo muy gran guarda.


II

Bernardo se enfrenta con el rey Alfonso


Por las riberas de Arlanza

Bernardo del Carpio cabalga,

con un caballo morcillo

enjaezado de grana,

gruesa lanza en la mano,

armado de todas armas.

Toda la gente de Burgos

le mira como espantada,

porque no se suele armar

sino a cosa señalada.

También lo miraba el rey

que fuera a vuela una garza;

diciendo estaba a los suyos:

"Esta es una buena lanza; 1

si no es Bernardo del Carpio

este es Muza el de Granada."

Ellos estando en aquesto,

Bernardo que allí llegaba:

ya sosegado el caballo,

no quiso dejar la lanza;

mas, puesta encima del hombro,

al rey de esta suerte hablaba:

"Bastardo me llaman, rey,

siendo hijo de tu hermana,

y del noble Sancho Díaz

ese conde de Saldaña;

dicen que ha sido traidor

y mala mujer tu hermana...

Tú y los tuyos lo habéis dicho,

que otro ninguno no osara;

mas, quien quiera que lo ha dicho,

¡miente por medio la barba! 2

Mi padre no fue traidor

ni mi madre mujer mala,

porque cuando fui engendrado

ya mi madre era casada.

Pusiste a mi padre en hierros

y a mi madre en orden santa,

y porque no herede yo

quieres dar tu reino a Francia.

Morirán los castellanos

antes de ver tal jornada;

montañeses y leoneses,

y esta gente asturïana,

y ese rey de Zaragoza

me prestará su compaña

para salir contra Francia

y darle cruda batalla;

y, si buena me saliere

será el bien de toda España;

si mala, por la república 3

moriré yo en tal demanda.

Mi padre mando que sueltes,

pues me diste la palabra:

si no, en campo, como quiera,

te será bien demandada.' 4


  III

Otro enfrentamiento de Bernardo con el rey Alfonso


Con cartas y mensajeros

el rey al Carpio envió.

Bernaldo, como es discreto,

de traición se receló.

Las cartas echó en el suelo

y al mensajero habló:

-"Mensajero eres, amigo,

no mereces culpa, no;

mas al rey que acá te envía

dígasle tú esta razón:

que no lo estimo yo a él

ni aun a cuantos con él son;

mas, por ver lo que me quiere,

todavía allá iré yo."

Y mandó juntar los suyos,

de esta suerte les habló:


-"Cuatrocientos sois, los míos,

los que comedes mi pan: 5

los ciento irán al Carpio

para el castillo guardar;

los ciento por los caminos

que a nadie dejen pasar;

doscientos iréis conmigo

para con el rey hablar;

si mala me la dijere

peor se la he de tornar."

Por sus jornadas contadas

a la Corte fue a llegar:

-"Manténgavos Dios, buen rey,

y a cuantos con vos están."

-"¡Mal vengades vos, Bernaldo,

traidor, hijo de mal padre!

¡Dite yo el Carpio en tenencia,

tú tómaslo de heredad!

"¡Mentides, el rey, mentides,

que no dices la verdad; 6

que si yo fuese traidor

a vos os cabría en parte!

Acordársevos debía

de aquella del Encinal,

cuando gentes extranjeras

allí os trataron tan mal,

que os mataron el caballo

y aun a vos querían matar:

Bernaldo, como traidor,

de entre ellos os fue a sacar,

allí me distes el Carpio

de juro y de heredad;

promestístesme a mi padre,

no me guardastes verdad."

-"¡Prendedlo, mis caballeros,

que igualado se me ha!'

-"¡Aquí, aquí, los mis doscientos,

los que comedes mi pan,

que hoy era venido el día

que honra habemos de ganar!"

El rey, de que aquesto viera,

de esta suerte fue a hablar:

-"¿Qué ha sido aquesto, Bernaldo,

que así enojado te has?

¿Lo que hombre dice de burla

de veras vas a tomar?

Yo te do el Carpio, Bernaldo,

de juro y de heredad."

-"Aquesas burlas, el rey,

no son burlas de burlar;

llamástesme de traidor,

traidor hijo de mal padre;

el Carpio yo no lo quiero,

bien lo podéis vos guardar,

que cuando yo lo quisiere

muy bien lo sabré ganar."


NOTAS

1 Este hombre es diestro en las armas.

2 miente por medio la barba: Estas palabras formularias son fuertísimas. Tal exclamación de un caballero al otro equivalía una invitación al duelo. Dirigida al monarca constituía la máxima falta de respeto.

3 por la república: Anacronismo. En esta época España era una colección de reinos independientes. La idea nacionalista de la república de España contra los franceses apunta hacia el pensamiento del siglo 16 cuando este romance se escribió.

4 "En campo [. . .] te será bien demandada": Es decir, lo resolveremos tú y yo en el campo de batalla. Otra vez, Bernardo, retando así al soberano, se muestra sumamente altanero.

5 Nótese que la asonancia en -ó, con la que el poema ha comenzado, cambia en este punto a -á. Como se trata de un romance antiguo, tal cambio puede señalar la transición a una nueva tirada en la épica de la cual este fragmento deriva.

6 Véase la nota número 2, arriba.

GLOSARIO

infanta: princesa

suerte: manera

garza: Heron. El rey se entretiene aquí con el antiguo deporte noble de emplear aves de caza.

tenencia: costumbre feudal en la cual los castillos, las villas u otras propiedades reales eran concedidas por el monarca a sus barones en reconocimiento de algún servicio. El recipiente disponía del don mientras viviera, pero no fue hereditario; al morir el recipiente, la propiedad volvió a ser del rey. Preferibles, con mucho, eran las propiedades concedidos como señoríos o heredades, los cuales se entregaban permanentemente al control del recipiente y sus descendientes.

igualado se me ha!: Se ha atrevido a comportarse como mi igual.

do: doy

viernes, 19 de septiembre de 2025

Prólogo inédito de Andrés Trapiello a sus memorias Próspero viento. Una vida política.

 Andrés Trapiello, Memorias políticas de un hombre libre: "Nunca he aspirado a convencer a todo el mundo, sino a ser escuchado con respeto", en El Mundo, Andrés Trapiello, 18 septiembre 2025:

(Pionero en rescatar la idea de la tercera España, el escritor narra en su nuevo libro, 'Próspero viento', una peripecia vital e ideológica que es la de toda una generación. Adelantamos en exclusiva sus primeras páginas):

En las elecciones de 1977 voté al Pce. Acababa de cumplir veinticuatro años. Para entonces yo ya no era comunista. Con veintiuno o veintidós me habían expulsado de la Joven Guardia Roja del Pce (i). Pero el Pce había sido el principal sostenedor de las luchas contra la dictadura, y me pareció que debía asegurarse su presencia en el Parlamento con el fin de normalizar la vida política española, y en consecuencia eso hice.

Después voté durante casi veinticinco años al Psoe, de los cuales los diez primeros fueron políticamente, en mi opinión, los más hermosos e ilusionantes que haya conocido España en toda su Historia, tal vez los últimos en los que una inmensa mayoría de españoles creyeron y trabajaron en un proyecto común: dejar atrás la dictadura, construir un país moderno y afianzar una democracia de ciudadanos libres e iguales.

Cuando el Psoe organizó los escraches al Pp que dieron la victoria al Psoe, tras los atentados islamistas de 2004, ni siquiera pude votar a Upyd, porque este partido se fundaría tres años después, y cuando Upyd se disolvió, lo hice por Ciudadanos, y hace un año, cuando un nuevo Psoe ya había gobernado con los comunistas, indultado a los golpistas catalanes y pactado en Navarra con los exterroristas de Eta, y Ciudadanos había dejado también de tener relevancia, por el Pp.

En todo momento se ha tenido uno por un hombre libre, como el mendigo al que se refiere Emily Dickinson, pero a las almas bellas, de izquierdas o de derechas, les bastarán los tres primeros párrafos de este prólogo para no seguir leyendo. Lo sentiría, porque si un libro mío me gustaría que llegara a todas partes, es este, en la medida en que lo ha escrito alguien que, aunque en lo principal haya cambiado poco ("Yo era eso que los sociólogos llaman un 'pequeño burgués liberal'", en palabras de Chaves Nogales), también he pasado, como tantos en una vida larga, por distintas estaciones y apeaderos. Si no tuviera una idea clara de mis limitaciones, diría ahora lo de Kant: sapere aude.

Nunca he aspirado a convencer a todo el mundo, sino a ser escuchado con respeto. También ahora.

He arengando en dos ocasiones y media a la multitud: una, hace cuatro años, en la plaza de Colón de Madrid, contra los indultos que pensaba conceder (y de hecho concedió) el presidente del Gobierno a los separatistas catalanes ya condenados por el Tribunal Supremo por sedición y malversación, o sea corrupción; otra, en la plaza de Cibeles, dos años después, contra la amnistía a los mismos y a otros que andaban en busca y captura por parecidos delitos; y la primera, la media, en la plaza de los Balbos, Cáceres, hace once o doce años, contra el referéndum ilegal que pretendía perpetrar (y perpetró) el presidente de la Generalidad de Cataluña.

Esto último (las arengas) no lo había hecho nunca antes, y va contra mi naturaleza. En privado puede uno exaltarse, como todos, si tengo un buen día; ahora, en público raramente, ni en los peores.

Nuestros hijos me conocen bien y esas soflamas inesperadas les dejaron atónitos. A mí un poco también.

Para arengar hace falta levantar la voz; se ha de tener un don especial para forzarla y no perder la razón. El primer enemigo de la verdad es un megáfono. Me entristecía pensar que mis hijos habían pasado un mal rato viendo desaforarse a su padre, y se me vinieron a la cabeza las palabras de César Vallejo: "España, aparta de mí este cáliz". Además, quien había titulado Seré duda a uno de sus libros, igual no era la persona adecuada para dirigirse a nadie.

Ymelda Navajo, editora de La Esfera, me ha pedido este libro.

La idea se la ha sugerido, supongo, verle a uno frecuentar la literatura política en el periódico El Mundo. Pero esta agitación mía es cosa reciente, de cinco años acá, y siempre la he visto como pasajera y circunstancial. Mientras, hago lo que puedo, y escribiendo de política procuro no perder los papeles, la perspectiva.

El enunciado al que debería atenerme sería, según me ha sugerido o yo he creído entender: "La hegemonía cultural de la izquierda".

En "la batalla cultural" (que se extiende no solamente a controversias literarias y culturales, sino a disputas también políticas, de género, medioambientales o sociales), hay quienes ya han partido el campo, y aseguran hallarse en "el lado correcto de la Historia". Yo no sé bien qué lado es ese, pero sí cuál no lo es.

Ignacio Varela ha resumido muy bien a mi entender esta cuestión: "La tan comentada superioridad moral de la izquierda está ligada al secuestro fraudulento del concepto 'progresista', como si una cosa y la otra fueran indisociables. La izquierda, como la derecha, son referencias de topografía política cada vez menos relevantes (…) La Historia ha demostrado que en ambas caben individuos progresistas y reaccionarios, demócratas y totalitarios, pacíficos y belicosos, honrados y canallas, amantes de la verdad y embusteros redomados, generosos y avaros, cultos e iletrados. (…) En las células de los partidos antifranquistas se nos adoctrinaba para aprender que la izquierda defiende ideales e intereses generales mientras la derecha sólo defiende sus negocios e intereses particulares (…) Me pregunto si es tan difícil aceptar que hay interpretaciones distintas del interés general y que todas son igualmente legítimas mientras respeten la dignidad del prójimo".

Aunque quisiera, no podría escribir un libro político ni ocuparme de la batalla cultural en toda su extensión, que me sobrepasa. Poesía aparte, no he escrito otra cosa que literatura. Le han metido a uno en la tradición realista española, que va de Cervantes a Delibes y Jiménez Lozano, pasando por Galdós y Baroja, y no me parece mal, y he tenido como lema lo de Stendhal y lo de Dickens: "Solo hechos" y "Cuando miento me aburro".

Hay tres clases de personas: los que ven azotar a un muchacho, y pasan de largo; los que tratan de impedir esa injusticia, como le ocurrió a don Quijote en su primera salida; y, por último, los que unas veces siguen su camino y otras se detienen e intentan remediarlo. Yo soy de estos. ¿De qué depende desentenderse o intervenir? No lo sé decir. Lo que no he hecho nunca es ponerme del lado del que azota.

Nuestras protestas en aquellos mítines y nuestros deseos y desvelos, por cierto, sirvieron de poco. Cuando Fernando Savater, Fernando Iwasaki y yo nos presentamos al Senado por Upyd en las elecciones de 2015, los del Partido Animalista sacaron más votos que nosotros.

Y como una cosa es pasar esos sofocos intelectuales y sentimentales en la intimidad y otra bien distinta sacarlos a la luz pública y contarlos, al ponerme a escribir ahora esto, se ha oído uno decir muchas mañanas también: "Realidad, aparta de mí este libro".

Con la voz apagada tituló uno de los suyos José Bergamín, y con la voz apagada he tratado de escribir este. No sé la razón por la que tú, lector, lectora, has llegado a él, pero si te vas antes de terminarlo no será porque me hayas oído levantar la voz. Y vale esto también para vosotros, hijos.

Hace cuatro años se escribió La Fuente del Encanto (otro medio encargo) y me gustaría que Próspero viento lo encontraras sacado de una de sus costillas. Y digo "se escribió", porque me pareció que se escribía solo. La Fuente del Encanto trataba de la importancia que ha tenido la poesía en mi vida. Este trata de la que ha tenido en ella la política, o sea, la prosa tal y como la define el diccionario: "Aspecto o parte de las cosas que se contrapone al ideal y a la perfección de ellas". El principal enemigo de la política es la política, y el obstáculo para las buenas políticas son las malas prácticas (una verdad de Perogrullo).

En uno de los libros suyos que prefiero, Unamuno se noveliza, y trata de ser real haciéndose ficción. Esas paradojas de don Miguel. Se titula Cómo se hace una novela, y sugiere engañosamente crítica o preceptiva literaria, pero se trata de un libro autobiográfico, memorialístico, uno de los suyos que prefiero, ya digo. Nació de una de las experiencias personales y políticas más decisivas de su vida: su destierro, en 1923, en Fuerteventura, primero, y luego en París y en Hendaya, víctima de "la tiranía pretoriana española" del general Primo de Rivera, habilitado por el rey Alfonso XIII.

La mayor parte de los intelectuales españoles, aun contrarios al régimen del "borracho" Primo de Rivera y del "epiléptico" Martínez Anido que "ensoecía la vida pública", dejaron solo a Unamuno: "Mis amigos y mis enemigos decían que yo no soy un político, que no tengo temperamento de tal, y menos todavía de revolucionario, que debería consagrarme a escribir poemas y novelas, y dejarme de políticas. ¡Como si hacer política fuese otra cosa que escribir poemas, como si escribir poemas no fuese otra manera de hacer política!". Algunos fueron incluso más lejos, y a ellos se refirió también don Miguel: "Existen desdichados que me aconsejan dejar la política. Lo que ellos con un gesto de fingido desdén, que no es más que miedo, miedo de eunucos o de impotentes o de muertos, llaman política, y me aseguran que debería consagrarme a mis cátedras, a mis estudios, a mis novelas, a mis poemas, a mi vida. No quieren saber que mis cátedras, mis estudios, mis novelas, mis poemas, son política. Que hoy, en mi patria, se trata de luchar por la libertad de la verdad, que es la suprema justicia, por libertar la verdad de la peor de las dictaduras, de la que no dicta nada, de la peor de las tiranías, de la estupidez y la impotencia, de la fuerza pura y sin dirección".

Cuántas veces habré oído estos últimos años, de amigos y enemigos, que dejara de escribir los artículos de El Mundo y el activismo y la materia política, y me dedicara a mis poemas, mis novelas, mis diarios, mis reseñas y empleos tipográficos.

En el libro de Unamuno conviven la lírica y la épica, la acción y la introspección: "Como esto que escribo, lector, es una novela verdadera, un poema verdadero, una creación, y consiste en decirte cómo se hace y no cómo se cuenta una novela, una vida histórica, no tengo por qué satisfacer tu interés folletinesco y frívolo. Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que se satisfaga su curiosidad".

Nuestro gran Unamuno era un extremoso, y no hay por qué ser tan intransigente. ¿Cómo no va a ser legítimo querer saber los finales, si el final de una novela es siempre el del lector en esa novela? ¿No sentimos desgarrarnos por dentro cuando terminamos un libro que nos ha emocionado especialmente? ¿No pensamos que nos acabamos también un poco nosotros mismos con él? ¡Y cuántos habríamos querido que no se nos acabaran nunca los libros que más nos gustan!

"La verdadera vida, la vida al fin descubierta y esclarecida, la única vida por tanto plenamente vivida es la literatura", leemos en el último de los tomos de À la recherche du temps perdu, que es a un tiempo fin y principio de su novela. En ella su autor confiesa que la única salvación del ser humano la encontrará en el arte. Y así lo cree uno también.

"Yo hubiera elegido como lema", decía Baroja en su discurso de entrada en la Rae: "La verdad siempre, el sueño a veces. La verdad como verdad, base de la vida y de la ciencia; la fantasía y el sueño en su esfera. Este entusiasmo por lo verídico y la antipatía por el fraude constante terminan a la larga en la misantropía; el otro camino de la contemporización conduce a la hipocresía y a la vulgaridad".

Aquí tienes, lector, la vida de alguien que ha creído ser libre en todo momento (en parte por haber sido expulsado o señalado políticamente de una manera adversa), alguien que cuando se le preguntaba adónde pensaba ir, respondía lo del vagabundo de Emily Dickinson: "In all the directions", a todas partes. Alguien que se ha dirigido también, cuando ha escrito, a todas las partes y a ninguna. Que ha escrito "para todos, para ninguno".

La vida del escritor es doble, luchar contra la misantropía y combatir la hipocresía y la vulgaridad. No hay otra.

Uno de los cinco grandes poemas de la lírica española era para JRJ "El armador aquel de casas rústicas" del Cancionero de Unamuno. El poema recrea un episodio del que se da cuenta en el evangelio de Mateo (13,1): "Aquel día salió Jesús de su casa y se sentó junto al mar. Se le acercaron numerosas muchedumbres. Él, subiendo a la barca, se sentó, quedando las muchedumbres sobre la playa, y Él les dijo muchas cosas en parábolas. Salió un sembrador a sembrar, y de la simiente, parte cayó junto al camino…".

El armador aquel de casas rústicas,

habló desde la barca,

ellos sobre la grava de la orilla,

él flotando en las aguas.


Y la brisa del lago recogía

de su boca parábolas.

Ojos que ven, oídos que oyen, gozan

de bienaventuranza.


Recién nacían por el aire claro

las semillas aladas,

el sol las revestía con sus rayos,

la brisa las cunaba.


Hasta que al fin cayeron en un libro,

¡ay tragedia del alma!,

ellos tumbados en la grava seca,

y él flotando en las aguas.

Las palabras como semillas. Hay también una parábola del sembrador, y por supuesto que si todas las semillas se parecen bastante, no se parecen en absoluto las plantas y árboles que nacen de ellas. "La paradoja que me fascina en la izquierda es esta: que incluso cuando se cometen los mayores crímenes, cuando se ha hecho en la Unión Soviética o en China, ha sido en nombre del género humano y para que la gente viviera en una sociedad nueva, distinta, igualitaria, en la que todo el mundo tenga la posibilidad de desarrollarse como quiera. Incluso en los momentos más siniestros de la violencia de izquierdas, incluso ahí es posible detectar una motivación moral muy elevada".

El opúsculo donde se incluye esa frase se titula precisamente La superioridad moral de la izquierda, escrito por uno de los ideólogos del sanchismo y colaborador habitual de El País en estos últimos siete años.

De esto se trata aquí: de aquellos que han inmolado (y seguirían haciéndolo si se les dejara) a millones de seres humanos en el altar sacrificial de "la razón progresista". Nunca el progreso ha sido más reaccionario ni la izquierda tan ciega. Y de cómo la superioridad moral precisa en primer término acabar con la libertad, dictando normas políticas y culturales que le aseguren su supremacía. Sin hegemonía no hay tal superioridad. Y si la literatura y el arte han logrado prosperar incluso en los regímenes que las han suprimido o limitado, sin libertad no hay vida que merezca el nombre de humana.

Las palabras aladas de mi vida…

Mi experiencia de comprador de libros viejos me dice, no obstante, que los libros de Historia y de política son más efímeros y acaban antes en las escombreras del Rastro. Los que tratan de la vida tienen más probabilidades de ser leídos.

No ha querido uno ser otra cosa en su vida que un escritor y un poeta, pero seguro que otros me verán como un literato (qué se le va a hacer). Así que me he atenido a lo que decía Proust en el último tomo de su Recherche, el de los recuentos: "Una obra en la que hay teorías, es como un objeto en el que se deja la etiqueta con el precio".

A mis años me hago todavía la ilusión de que mis gustos y mis ideas políticas no están domesticados, una forma como otra cualquiera de no sentirse acabado del todo.

Stendhal decía que sus lectores no habían nacido aún cuando él escribía, que sus escritos habrían de esperar ochenta años. Celebro que tú hayas nacido ya. Tampoco sabemos si dentro de ochenta años quedará nadie, al paso que vamos, con ganas de leer libros, en general, y en concreto este.

(Prólogo del volumen Próspero viento. Una vida política, de Andrés Trapiello, que la editorial La Esfera de los Libros publica el próximo 24 de septiembre).

viernes, 4 de abril de 2025

Los cuentos inéditos de Juan Benet y Luis Martín-Santos

 Benet y Martín-Santos, inédito a cuatro manos, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Jesús Ruiz Mantilla,15 ago 2020:

'El amanecer podrido', que llega a las librerías en septiembre, recoge relatos inéditos escritos por los dos autores hacia 1950, cuando sentaron las bases del 'bajorrealismo'

Entre los héroes de Juan Benet destacaba Franz Schubert. Buscaba en la música del compositor aquello que expresa más allá de la razón para aplicarlo a su escritura. Por eso exploró en buena parte de su obra ese paralelismo. Puede que desde el principio ya lo hiciera inconscientemente. Schubert escribió algunas de las piezas de piano a cuatro manos más gloriosas de la historia de la música y, precisamente así, dos amigos como Juan Benet y Luis Martín-Santos, comenzaron sendas carreras literarias a finales de los años cuarenta. Desde la confluencia de mundos con referencias, complicidades y afanes comunes pasaron a bifurcarse en caminos que marcaron la literatura española del siglo XX. Benet era ingeniero de Caminos. Se colocaba el casco en las obras para proteger su imaginario de los estruendos con carga de dinamita que producían los pantanos en pleno franquismo. Luis Martín-Santos no quiso ser cirujano ni seguir así la estela de un padre que había ayudado al bando nacional en la batalla del Ebro. Acabó afianzándose como psiquiatra, quizás para pulsar la maltrecha conciencia colectiva que le llevaría a escribir su Tiempo de silencio .

Técnico uno y encomendado a la ciencia otro como dedicaciones parciales y sustentos de vida, fueron sin embargo literatos a tiempo completo, armados con los arsenales de su imaginación rupturista. Construyeron una sólida amistad en el Madrid gélido de la posguerra, donde se calentaban en tertulias sin fin que comenzaban sentados en el Café Gijón o en Gambrinus y que podían terminar alrededor de la mesa camilla de un burdel animado por una botella de coñac . De allí solían salir dando tumbos y mojar su porción de éxtasis inane contemplando un amanecer podrido.

Precisamente ese, El amanecer podrido , es el título que lleva una joya escrita por ambos, más o menos a cuatro manos. Fue descubierto por los herederos de Benet entre los papeles que dejaron en el archivo depositado en la Biblioteca Nacional hace dos años. Allí consta un manuscrito con una serie de relatos ideados por los dos, aunque en su mayoría ejecutados por separado, del que había también copia en poder de los Martín Santos. Los construyeron dentro de una corriente que bautizaron como bajorrealismo . La edición de este manuscrito ha sido completada con lo que ha aportado desde su legado la familia Martín-Santos y constituye un descubrimiento que publicará Galaxia Gutenberg en septiembre.

Buscaron un estirón de modernidad con vistas a Europa, capaces de doblar el raquitismo castizo

Mauricio Jalón se ha encargado de dar coherencia a ese trabajo, que contiene, además de 67 cuentos —de los que 24 pueden ser de Benet, 41 de Martín-Santos y otros sin autoría clara—, cartas y semblanzas como la que el autor de Herrumbrosas lanzas dedicó a su amigo años después de que muriera en un accidente de tráfico, en 1964, por los alrededores de Vitoria. Tenía 39 años y truncaba así, atrapado en chatarra, lo que prometía ser una carrera sin límite. “En la crítica literaria, la figura de los herederos de los escritores no suele tener buena prensa, por lo que me gustaría enfatizar el esfuerzo de concertación que hemos hecho las familias de cada uno por separado y de ambos en conjunto para sacar este libro a la luz”, afirma Ramón Benet. Un esfuerzo que comenzó al revisar lo que su familia quería leer a la Biblioteca Nacional. Entre las cajas con todos los manuscritos perfectamente conservados una máquina destacaba una rareza bajo el título de Más apólogos . Hacía referencia a lo que ya Seix Barral publicó en 1970 como obra de Martín-Santos y que llamaron Apólogos y otras prosas inéditas . Desentrañar el nudo resultaba fundamental. A ello se ha dedicado Jalón, reordenando los materiales aportados por las dos familias: “Fueron escritos entre 1948 y 1951, se publicaron dos de ellos firmados por cada autor en 1950, un momento crucial en sus vidas”, asegura el experto en el prólogo.

Se trata de piezas que demuestran ya una vía común, antes de que cada uno siga su senda. Y entre los hallazgos del trabajo que verán ahora la luz consta también una declaración de intenciones, el borbotón de la corriente que denominaron bajorrealismo por medio de una carta descubierta ahora por Rocío Martín-Santos. Se la dirige a AA Moreno, crítico del Correo Literario , que aplicó el mismo término a Las últimas horas , la novela de José Suárez Carreño. El juicio sobre la obra es despectivo por parte de Moreno, pero Benet y Martín-Santos lo reclaman como tendencia crucial en ese momento de sus vidas. Buscaban una identidad diáfana, un sentido: "Lo bajorreal es un hecho instantáneo que aparece siempre debajo de la realidad fluyente. Lo que en cada momento es constante y cerrado y bajo. De ahí viene su nombre", argumenta.

El bajorrealismo representaba un cumplimiento de intenciones primerizas . Lo que ambos buscaban, desde su admiración común por Ortega y Gasset, era entrar en el páramo de la literatura española de su tiempo con las corrientes universales. Partir de Cervantes y desembocar en Kafka, en Faulkner y en Thomas Mann, entre otros, como guías estilísticos, o en Nietzsche y Schopenhauer como faros morales. Necesitaban un estirón de modernidad, con vistas sobre toda Europa, que duplicaban el raquitismo castizo. “Los dos colocaron a Cervantes por encima de todo y fueron grandes lectores”, afirma Jalón. "Ambos, además, se adentraron a menudo en Nietzsche. Otro tanto sucedió con Kafka, al que admiraron en conjunto y que repercutió en tantos autores de su generación". Pero tenían sus referencias diversas también: "Por otro lado, Luis citó una vez a sus modernos preferidos: Mann, Proust, Faulkner o Joyce; este último era menos del gusto de Benet . Y, como cuentos lectores, se modernizaron con la nueva cultura: la estadounidense y la europea. Un Faulkner, en quien Martín-Santos ahondó a instancias de su amigo, que influyó profusamente en Italia o en Francia a mediados del siglo XX. Esos dos —y, de otro modo, Sartre o Dilthey, padre del historicismo filosófico— se erigían en una clave de modernidad en la literatura occidental por entonces”, añade Jalón.

Con todo, su fuerza nace del gran arraigo en su propia lengua, en un cristalino castellano. “ Benet tenía en su casa buena parte de la Biblioteca de Autores Españoles ”. El amanecer podría despide todos esos aromas, junto a los de La España negra , de Gutiérrez-Solana, o las huellas de la picaresca aplicadas a extraños viajes sin destino, confinamientos kafkianos, contemplaciones a caballo entre el misticismo y el absurdo, naufragios y enterramientos, erotismo y amores sórdidos, enzimas y células grotescas que sacan a paseo insectos, culebras o ratones como símbolos de delirios surrealistas y temores de derrumbes interiores sazonados con aromas de Baroja, Borges, Primo Levi o Elías Canetti. También una fe ciega en el Fausto de Goethe y homenajea a Paul Valéry para conformar carnavales y noches de Walpurgis plagados de piedades impías y metamorfosis de la carne, deseo de regeneración y resignada espera en pos de lo putrefacto…

“En El amanecer podría resultar a veces imposible identificarlos”, afirma Jalón. Se esconden y se cubren mutuamente en una complicidad que en mitad de la desolación los lleva hasta a dedicarse odas el uno al otro: “Cacho de carne inmolado, avispa de cementerios”, empieza la suya Benet a Martín-Santos. “Como un largo gusano negro que se estira, alzas tu cuerpo agreste, dulce pino flexible”, replica su amigo.

Ramón Benet y Luis Martín-Santos hijo constatan esa amistad que sobrevivió en los recuerdos de sus hogares: “Para nosotros, Juan Benet ha formado siempre parte de nuestras historias familiares y lo sentimos tanto a él como a sus descendientes muy próximos”, asegura Martín-Santos. “Juntos llenaron muchas horas en aquellos años en los que, entre tantas otras, una de las cosas que había que combatir era el sentimiento de soledad”, afirma el hijo de Benet.

Sin embargo, entre ellos faltó alguna última conversación para restablecer la herida que los separó. Vino principalmente por Tiempo de silencio . Cuando Martín-Santos terminó la novela se la dio a leer a su amigo. Juan Benet reconoció en vida que no le convenció y alargó demasiado la espera de juicio. En lugar de encarar la verdad, fue aplazando su opinión con un silencio insoportable que afectó a su relación. Tampoco a Martín-Santos le había gustado Nunca llegarás a nada , de Benet. Ambas diferencias hacen mella, aunque daban prueba de su franqueza como elemento de amistad. En su Memento , pieza de Benet dedicada a Martín-Santos en 1986, publicada al año siguiente en Otoño en Madrid hacia 1950 (DeBolsillo) y recogida en la nueva edición, el autor lo narra a modo testimonial. ¿Un arrepentimiento? “Mi padre no tenía por costumbre tal cosa”, dice Ramón Benet. “Tal vez la vanidad les jugó malas pasadas y eso les hizo verter juicios sin contemplaciones, abruptos en ocasiones, de cada uno hacia el estilo del otro”, añade.

Construyeron una sólida amistad en el Madrid de la posguerra, que les podía llevar del café al burdel.

En todo caso, el perfil de Juan Benet dedicado a su amigo dos décadas después de su muerte representa un documento capital sobre su juventud en común y sobre el origen de una amistad estrecha en el Madrid de 1950, justo cuando escribieron El amanecer podrido . “En este escrito existen constantes alusiones benetianas a Tiempo de silencio , como signo de una literatura que personalmente le había impresionado sin llegar a convencerle”, afirma Jalón. Pero ese episodio cobra nuevas revelaciones ahora gracias a unas cartas privadas de 1964. “Nuevos documentos con los que tenemos una mejor perspectiva”, según Jalón. “Que a Juan no le interesara en principio esa novela o que Luis pusiese reparos a Nunca llegarás a nada significa no sólo que su grado de confianza era alto, sino sobre todo que los escritores Benet y Martín-Santos salían ya a la luz definitivamente como cuentos, y que se afirmaban con temperaturas novelísticas dispares”, dice el encargado de la nueva edición.

Entre esas cartas figura también una de Benet a Leandro Martín-Santos, hermano de Luis, en la que hace referencia a los relatos que escribieron juntos. El autor los consideró escarceos, “pruebas de escritura”, dice Jalón, y desaconsejaba entonces su publicación. "Esa carta era precisamente la de 1964; estaba escrita en un contexto muy lejano ya, con una obra casi del todo por hacer y un amigo muerto, que empezaba a ser una referencia cultural. Juan expuso sus reticencias a El amanecer podrido . Era ya evidente que su modo de escribir difería radicalmente del de Luis, algo recíproco, sencillamente, porque surgían en ese momento como dos escritores muy distintos, muy diferenciados en sus formas, cada cual siguiendo su rumbo", añade Jalón.

La figura definitiva y pública de Martín-Santos necesitaba cierta protección en ese momento tan difícil: "Era el caso inicial de la dictadura . No creo que todo aquello les haya perjudicado, de todas formas. Más bien ha puesto en evidencia, en definitiva, la fuerte confianza que hubo entre ellos".

En su artículo de homenaje al amigo, Benet describe la última noche que pasaron juntos y el estado de su relación: “Habíamos pasado de una concordancia de gustos —más locuaz e ingenua que cualquier otra— a una sibilina y cáustica”. Una separación de 10 años por la lejanía de Martín-Santos de Madrid había influido, sin duda. Pero los reencuentros daban lugar a largas conversaciones ya contarse sus proyectos literarios. Benet llegó a oír de su boca Tiempo de destrucción , novela póstuma e inconclusa de Martín-Santos. Fueron dos días antes de la tragedia. Cenaron juntos en una taberna de la calle de León y al día siguiente habían quedado en comer en compañía de la madre de Benet, pero Luis no se presentó. La resaca de una noche de farra desaconsejaba más compromisos sociales. El lunes cogió el coche rumbo a San Sebastián y se mató al volante. “Todo fue un soplo”, escribe Benet.

Su legado ha dado lugar a estas nuevas aportaciones cruciales. Del de Martín-Santos aún quedan cosas por explorar. “Una primera novela que nunca apareció”, apunta Jalón. "Quedan pendientes de revisar algunos papeles. Con este descubrimiento nos hemos llevado buenas sorpresas", afirma el heredero de Martín-Santos. “Es un buen comienzo”.

sábado, 1 de febrero de 2025

Carta inédita de Primo Levi

 En El País, "Sale a la luz la primera carta de Primo Levi tras ser liberado en Auschwitz: “De los 95, estamos vivos seis”. Íñigo Domínguez, Turín - 1 feb 2025:

Una exposición en Turín sobre la correspondencia privada del escritor italiano desvela la misiva que envió en 1945 y su intensa comunicación con lectores alemanes tras la traducción de ‘Si esto es un hombre

Es emocionante ver la primera carta que pudo escribir Primo Levi, una vez liberado en Auschwitz, para decir que estaba vivo. La escribió a su amiga Bianca Guidetti Serra y hasta ahora era desconocida. Se expone una reproducción en una exposición en el Palazzo Madama de Turín ―complejo espectacular con 2.000 años de historia que por sí mismo merece una visita―, dedicada a la correspondencia del escritor italiano, en su mayor parte aún inédita. Esa primera carta de Levi tiene fecha del 27 de abril de 1945, está datada en Katowice, Polonia, donde esperaba en un campo ruso en el que se iban reuniendo todos los supervivientes. Luego, como relata en La tregua (1963), tardó ocho meses en volver a su casa de Turín, que está a media hora de la exposición y donde aún se ve su apellido en el timbre del portal.

La carta es un folio escrito por las dos caras, con lápiz, aprovechando al máximo el espacio, sin márgenes, y comienza así: “Bianca carissima, puedo finalmente intentar escribir a Turín de nuevo…”. “No se conocía ni siquiera su existencia, ha sido descubierta hace poco”, explica Domenico Scarpa, comisario de la muestra y asesor literario del Centro Internacional de Estudios Primo Levi. Lo que más impresiona es la urgencia de Levi por dar noticias ciertas, con datos y detalles, con ese estilo suyo que parece casi frío porque es preciso. En realidad, es el primer germen de Si esto es un hombre, en dos folios está el esquema del libro. “Por primera vez cuenta su aventura y hace una síntesis”, señala Scarpa.

Ya en las primeras líneas aparece la terrible contabilidad de la muerte: “De los 600 que salimos de Fossoli [campo de concentración cerca de Módena], se eligieron al llegar 95 hombres válidos para el campo de Monowiz. De los otros, viejos, mujeres, niños, se ha perdido cualquier pista. De los 95, estamos vivos seis”. Guidetti Serra había logrado enviarle a Auschwitz dos cartas y un paquete de comida, y él a su vez había conseguido hacerle llegar tres postales, un “milagro”. “Bianca, tú no tienes idea de cuánto te debo”, le escribe en su primera misiva.

Junto a esta carta del final del horror, en la muestra se ve la reproducción de una postal igual de conmovedora, la primera cuando comenzaba la pesadilla 14 meses antes. Es la que dejó caer Levi desde el tren donde era deportado, sin sello, con la esperanza de que alguien la recogiera y la enviara. Con lápiz, en mayúscula, escribió: “Enviar por favor”. Y alguien se la encontró y la mandó. También iba dirigida a Bianca Guidetti Serra, lleva fecha del 23 de febrero de 1944 e impreso el lema fascista, Vinceremo: “Cara Bianca, todos en viaje a la manera clásica ―saluda a todos―, a vosotros la antorcha. Adiós Bianca, te queremos. Primo, Vanda, Luciana”. Vanda Maestro, que murió en Birkenau, y Luciana Nissim, superviviente, eran las dos compañeras partisanas con las que fue detenido.

La muestra, sin embargo, se centra en un aspecto muy concreto: las cartas de Levi con lectores alemanes, un diálogo esencial para él que comienza después de la publicación en ese país de Si esto es un hombre, en 1961. “Es con ellos con quienes quiere hablar desde el primer momento con su libro”, apunta Scarpa. Levi quiere comprender, desea una comunicación humana con quien estaba al otro lado, el de los verdugos. ‘Cartas de alemanes’ es el último capítulo de su último libro, Los sumergidos y los salvados (1986), donde incluyó citas de algunas de esas misivas y abordó esta problemática comunicación, que pretendía responder “a la pregunta de si es posible comprender a los alemanes”.

La exposición es un paso más en la publicación de las cartas privadas de Levi, actividad a la que se dedicó durante más de 40 años con rigor y disciplina. “El Levi escritor de cartas nos revela una nueva dimensión de su obra, una dimensión europea desde el principio”, apunta Scarpa. Levi escribía las cartas a máquina en su olivetti azul, hacía una copia con papel de calco y las conservaba con las respuestas. Luego se pasó a la máquina de escribir eléctrica y en 1984 fue uno de los primeros en Italia en usar un ordenador Macintosh. Scarpa calcula que en el archivo familiar hay más de un millar de cartas.

La editorial Einaudi acaba de publicar en Italia su intercambio epistolar con Heinz Riedt, su traductor alemán, que fue mucho más para él, un amigo. Contiene 132 misivas entre 1959 y 1968, un diálogo donde se aprecia la meticulosidad de Levi por buscar las palabras exactas para contar aquello para lo que no hay palabras. Además, está en marcha la digitalización y publicación en abierto de toda su correspondencia alemana, más de medio millar de documentos, en el portal Levinet, un proyecto coordinado por la profesora Martina Mengoni en la Universidad de Ferrara. “Queda mucho por conocer, y habrá sorpresas”, adelanta Scarpa.

Riedt es una de las figuras clave de la muestra, junto a otro alemán, nacido en Viena: Hermann Langbein, “un hombre formidable” para Levi. Combatió en las brigadas internacionales de la Guerra Civil española, estuvo seis años preso en campos de concentración alemanes y después fue uno de los mayores investigadores y divulgadores del exterminio, además de cazador de nazis. Reidt también era para Levi “un alemán anómalo”. Tenía su edad y hablaba italiano porque había pasado su infancia en Italia. Iniciada la guerra fue a estudiar a Padua y entró en la resistencia, donde se infiltró como intérprete en las SS. Militante comunista, tras la guerra vivía en Berlín Este, de donde huyó cuando comenzó la construcción del Muro.

Entre julio de 1959 y mayo de 1960, Reidt tradujo Si esto es un hombre, con un intercambio frenético de cartas con Levi, precisando términos y conceptos. También porque el escritor quería reflejar el alemán particular que se manejaba en Auschwitz. Al escritor turinés le interesaba muchísimo la traducción alemana y Riedt fue el hombre adecuado, que le escribía en agosto de 1959: “Espero de todo corazón que tenga éxito, no solo de ventas, sino que penetre en las almas, que sea motivo de reflexión humana”. Y Levi respondió: “Me haría feliz conocerle personalmente, es más, quizá es usted la persona que esperaba encontrar desde hace años”. Se verán finalmente al inicio de agosto de 1961. Y una semana después comenzará la construcción del Muro de Berlín. Riedt logrará escapar con la familia, y le escribe una carta dramática contando lo que ha visto, el silencio absoluto en las calles, “una visión de condenados a muerte sin ninguna esperanza, un inmenso gueto”. Si esto es un hombre y La tregua no fueron traducidos en Alemania del Este, por su visión crítica de los prisioneros políticos alemanes, incluidos los comunistas y su descripción irónica del Ejército rojo.

“No he sentido nunca odio hacia el pueblo alemán”

Con la publicación en Alemania de Si esto es un hombre comienza un intenso intercambio de cartas con lectores alemanes. Estudiantes, funcionarios, médicos, arquitectos. Levi conservaba en su archivo copias de 30 cartas que había escrito y 57 recibidas. La primera que le llegó fue de un joven de 27 años, Wolfgang Beutin, que era un niño al final de la guerra y le escribió para decirle que, “sin embargo, siento vergüenza”. Levi le respondió el 10 de diciembre de 1961: “Es la carta que esperaba y ansiaba. ¿Por qué? Porque usted es joven, y porque es alemán”.

Levi precisa en otra carta, a alguien que se admira de que no odie a los alemanes, que solo comprende el odio “ad personam”, no a un colectivo. A Reidt le había escrito en 1960: “No he sentido nunca odio hacia el pueblo alemán, y si lo hubiera sentido ahora me habría curado, después de haberle conocido a usted. No comprendo, no soporto que se juzgue a un hombre no por lo que es, sino por el grupo al que le toca pertenecer”.

Una bibliotecaria, Hety Schmitt-Maass, tuvo un papel especial. Con ella se intercambió 133 cartas porque organizó una red de contactos con otras personas. Había estado casada con un químico de la fábrica I. G. Farben, la empresa que gestionaba el complejo donde fue esclavizado Levi en Auschwitz. Gracias a ella, el escritor pudo contactar por fin con un alemán “de la otra parte”, el químico Ferdinand Meyer, que era responsable del laboratorio de Buna-Auschwitz III, donde él fue destinado. Aparecerá más tarde como el personaje del doctor Müller en Vanadio, un cuento de El sistema periódico (1975). Levi lo recordaba, y es más, tenía un buen recuerdo de él, según dice en una de sus cartas, porque llegó a percibir que sentía piedad por ellos, “y quizá también vergüenza”. Meyer también se acordaba de él y sus compañeros, y esto emociona a Levi: “He sentido estupor, conmoción, y también gratitud al leer que usted recordaba nuestros nombres. ¡Así que no éramos solo números, al menos para alguien!”.

En la primera carta que recibe de Meyer, Levi subraya una palabra alemana: “bewältigung”, “superación” del pasado. Y en su respuesta del 12 de marzo de 1967 le dice: “Considero necesario para cualquier hombre civilizado alcanzar una bewältigung del pasado”, y escribe: “No le oculto que le escribo con dudas: es la primera vez que me ocurre (como al término de una partida de ajedrez) estar en comunicación con alguien que estaba de la otra parte de las barricadas”. Levi le cuenta un poco su vida, y dice incluso: “No soy escritor de profesión, he escrito solo para dar testimonio”. Y termina: “Considero este encuentro, por ahora solo epistolar, un inesperado y extraordinario don del destino, y estoy seguro de que no puede más que hacer surgir el bien”.

La humanidad y lucidez de Levi para ir al encuentro del otro, emerge en muchos pasajes. El propio Meyer se da cuenta de la dificultad de su comunicación y elogia su capacidad de amar a sus enemigos. Levi responde: “Es muy generoso por su parte atribuirme este sentimiento, pero honestamente no llego a sentirlo. Seré más preciso: me siento capaz de perdonar e incluso amar a mi enemigo, si aprecio en él un arrepentimiento sincero (no solo de palabra, y no a posteriori): pero, en tal caso, ¿es todavía realmente un enemigo?”.

El volumen de cartas era tan alto y su interés, tan innegable, que Levi propuso a Einaudi reunirlas en un libro, pero la editorial rechazó la idea. Lo transformó 20 años después en el último capítulo de su último libro. Einaudi ya había rechazado el manuscrito de Si esto es un hombre, que apareció por primera vez en 1947 en una pequeña editorial y pasó inadvertido. Un detalle sorprendente es que fue la gran escritora Natalia Ginzburg, cuyo marido había muerto en prisión, torturado por los nazis, quien se lo comunicó. Scarpa opina que fue una decisión de todo el equipo editorial, en el que estaba además Cesare Pavese, en un momento en que se habían publicado muchos libros de memorias tras la guerra. “El interés por la Shoah vuelve en 1954, con la publicación de El diario de Ana Frank”, explica. En 1958, Einaudi editó Si esto es un hombre, que entonces se convirtió en un éxito, y luego toda la obra de Levi.