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viernes, 31 de julio de 2026

Entrevista con el psicólogo danés Svend Brinkmann, que publica en español un nuevo libro.

 Svend Brinkmann, psicólogo: “Si pones condiciones al perdón, al amor o a la libertad, ya los has destruido”, en El País, Daniel Mediavilla, Madrid - 31 JUL 2026:

 El psicólogo reivindica valores y pensadores clásicos frente a la instrumentalización de la cultura de la búsqueda de tu mejor versión

 Svend Brinkmann (Herning, Dinamarca, 50 años) reconoce que tiene tendencia a la nostalgia. Este psicólogo y filósofo, que da clases en la Universidad de Aalborg, ha dedicado años a combatir uno de los fetiches de la cultura contemporánea: la búsqueda permanente de la mejor versión de uno mismo. Según él, vivimos en una sociedad que valora todo —el trabajo, la educación e incluso las relaciones personales y el ocio— en la medida en que nos acerca al éxito personal y lo instrumentaliza todo.

Como alternativa, propone recuperar como faros de nuestras vidas principios con valor intrínseco. En un libro que se acaba de publicar en español, Puntos de apoyo: Diez ideas atemporales para sostener una vida con sentido, Brinkmann se apoya en pensadores como Aristóteles, Kant, Hannah Arendt o Albert Camus para reivindicar bienes eternos como la dignidad, la libertad, el perdón o el amor.

El libro nos prohíbe preguntarnos continuamente “¿qué gano yo con esto?" y anima a comprometerse con los demás a través de vínculos valiosos que muchas veces no tienen utilidad inmediata. Brinkmann es consciente de la ironía de que su libro se venda en las secciones de autoayuda de las librerías y a él se le entreviste en la sección de Bienestar de un periódico.

Pregunta. Usted empezó a hablar de estos temas hace más de 10 años. Desde entonces, el negocio del desarrollo personal ha crecido exponencialmente en redes sociales. ¿De dónde viene y por qué tiene tanto éxito?

Respuesta. Veo varias fuerzas convergiendo culturalmente. Una es la individualización, incluso la atomización. Hemos renunciado a mejorar la sociedad colectivamente y, en su lugar, intentamos mejorarnos individualmente. Eso es una gran pérdida para una especie social. No estamos hechos para vivir como átomos, uno junto a otro, sino para cooperar y desarrollar buenas vidas juntos. Cuando escribí Stand Firm hace más de 10 años, criticaba un ethos estereotípicamente femenino: conectar con las emociones, el autocuidado. Pero ese tipo de autosuperación ha sido en gran parte desplazado por un ethos más masculino —fuerte, independiente, el “looksmaxing”—, sobre todo tras la segunda victoria electoral de Trump. Escribiría el libro de otra manera si lo hiciera hoy, porque el espíritu de la época está cambiando muy rápido. Pero en el fondo los veo como dos caras del mismo fenómeno: ambos le dicen al individuo que no necesita pensar en los demás, en las relaciones, solo en sí mismo. Es la misma atomización con dos reacciones distintas.

P. En su libro habla de filósofos y valores clásicos que estos influencers masculinos también invocan —la dignidad, cumplir las promesas—, pero con un tono de “sálvese quien pueda” individualista.

R. El estoicismo en particular se ha vuelto muy popular en estos círculos, y esta versión contemporánea no tiene mucho que ver con las ideas griegas y romanas originales. Hoy la dignidad y la responsabilidad se instrumentalizan. Su valor se hace relativo a para qué te sirven, y eso es justo lo contrario de lo que digo en mi libro. Critico la tendencia a instrumentalizar el amor, el perdón, la dignidad, la libertad. Estos fenómenos no son valiosos porque te ayuden; la pregunta no debería ser “¿qué gano yo con esto?”. No existen para hacerte tener éxito, existen como rasgos importantes por derecho propio. Cometemos un gran error al convertirlos en herramientas de desarrollo personal, y eso es lo que veo en estos influencers que están surgiendo por todas partes.

P. ¿Por qué recuperar estas ideas ahora, si en principio todo el mundo está de acuerdo con esos principios?

R. Vivimos obsesionados con lo nuevo, con la innovación y la disrupción. Yo intento contrarrestar eso diciendo: tenemos ideas viejas y no son malas por serlo; pueden ser muy buenas precisamente porque han sobrevivido milenios, son temas casi eternos de la existencia humana. Podemos entrar en conversación con quienes nos precedieron. Y creo que esas ideas nos unen. Seas ateo, cristiano o musulmán, vivas hoy o hace 200 años, son temas humanos básicos. Sé que suena ingenuo dados los tiempos que corren, pero necesitamos algún tipo de unificación como humanos, porque hay mucha división. Si no identificamos temas comunes, no sé cómo podemos seguir viviendo juntos.

P. Usted cita a Hannah Arendt: si no compartimos una idea de lo verdadero y lo falso, no podemos convivir. Hoy, quizá más que nunca, un político que respeta la verdad del otro pierde competitividad frente a quien no lo hace. ¿Cómo se puede pedir respeto a la verdad en esas condiciones?

R. Lo que usted describe es lo que el filósofo Harry Frankfurt llamó bullshit. Ni siquiera es mentir, es ignorar por completo la diferencia entre verdadero y falso. Sería una pesadilla para alguien como Arendt presenciar esto: gente que no se preocupa por la verdad y dice lo que le conviene, una instrumentalización de la verdad que ayuda a ganar elecciones. Pero lo que encuentro inspirador en ella es la idea de que, aunque no haya verdad, podemos ser veraces; aunque no haya certeza fiable, podemos ser fiables. Es exigente, y puede que ni siquiera te recompensen, porque quien intenta ser veraz puede perder frente a quien no le importa la verdad. Pero eso no importa, porque ser veraz tiene un valor inherente. Es un imperativo moral incondicional, necesario para contrarrestar esta instrumentalización. El objetivo no es ganar algo haciéndolo, es hacerlo porque es correcto en sí mismo.

P. Pero entonces, ¿de verdad se vive mejor siguiendo estos principios, o se acaba siendo una especie de mártir?

R. Se lleva una vida mucho mejor, aunque no en el sentido simple de sentirse bien todo el tiempo, el bienestar subjetivo que medimos en psicología. Una buena vida es hacer algo con sentido: amar, perdonar. Hablando del perdón, por ejemplo, la pregunta típica es “¿qué gano yo perdonando?”. En el momento en que te haces esa pregunta ya no puedes perdonar, porque lo conviertes en un trato. El perdón es incondicional. Como decía Derrida, el perdón solo perdona lo imperdonable. Si algo es perdonable, no hay razón para perdonarlo, así que solo es posible cuando es imposible. Es una paradoja profunda que implica que en el momento en que pones condiciones al perdón, al amor o a la libertad, ya los has destruido. Sé que todo el mundo preguntará “¿pero qué gano yo?”, y el solo hecho de preguntarlo es prueba de que ya no entendemos estos fenómenos. No señalo a los individuos, sino a esta cultura que ha perdido el sentido de que algo puede tener valor inherente. Deberíamos decir la verdad porque es intrínsecamente correcto, no porque nos haga ricos o felices.

P. Cuando dice que algo es bueno inherentemente, ¿de dónde viene eso? ¿Dios, la evolución?

R. Yo no pienso que venga de un dios, aunque respeto a quien lo interprete así. Lo veo como parte de la naturaleza de la realidad, igual que 2 más 2 es 4. No viene de nada, simplemente es. No necesitas un dios para explicarlo. Del mismo modo, algunas acciones humanas se legitiman a sí mismas. Si ayudas a alguien caído en la calle, la razón para ayudar es que ayudas a la otra persona, no que a ti te haga feliz. Son fenómenos que no exigen explicación. Sí, tienen trasfondo evolutivo, porque hemos evolucionado para poder amar y ayudar, pero la evolución no explica por qué son valiosos, igual que no explica por qué 2 más 2 es 4. Es parte del tejido del mundo, ontológicamente cierto.

P. ¿No se le puede acusar de nostalgia? Aristóteles defendía la esclavitud y el pasado está lleno de atrocidades.

R. Tengo tendencia a la nostalgia, lo admito. Pero la nostalgia también es útil: nos recuerda que las cosas pueden ser distintas, porque una vez lo fueron, para bien y para mal. No hay que tomar a Aristóteles al pie de la letra, sino quedarnos con lo esencial de su pensamiento. Para él lo esencial es que los humanos pueden ser seres racionales. Hoy sabemos que las mujeres son tan humanas como los hombres y que esclavizar es intrínsecamente incorrecto. Eso otro son rasgos accidentales de su filosofía que debemos dejar atrás.

P. Uno de los capítulos del libro menciona que el amor real requiere aceptar al otro tal cual es. Ahora vemos a gente, como la cantante Rosalía, que se refugian en lo religioso, porque los hombres decepcionan y Dios nunca lo hace. ¿Qué piensa de eso?

R. Lo entiendo. Si miro mi algoritmo es fácil concluir que los humanos no valen nada. Pero nos engañamos contándonos que somos terribles. Hacemos cosas terribles de vez en cuando, pero son excepciones, y por eso se habla de ellas. En las crisis, la gente tiende a comportarse muy bien, se ayuda sin motivo egoísta, incluso sacrifica su vida por otros. Me asusta el cinismo que dice “los demás son egoístas, así que yo también lo seré”. Se convierte en profecía autocumplida. Somos una especie básicamente altruista. Como decía Hemingway, solo hay una manera de saber si puedes confiar en alguien: confiando en esa persona. Nos decepcionamos a veces, pero este retraimiento de la humanidad —y del sexo opuesto— es triste y corre el riesgo de retroalimentarse.

P. Vivir según estos valores es duro y no se puede hacer solo. Hace falta apoyo social, pero venimos de un bucle de más individualismo y desconfianza. ¿Cómo se rompe?

R. Solo podemos romper estos círculos viciosos con apoyo social, aunque las comunidades muy unidas también pueden ser opresivas y no dejar espacio a la individualidad. Como decía antes, solo se rompe rompiéndolo. Si pasas la vida preparándote para perdonar, amar o vivir con dignidad, puedes acabar no haciéndolo nunca. Y si la comunidad que te rodea no es buena en sí misma, podemos pertenecer a varias comunidades en vez de solo una. Hoy, gracias a la tecnología, no estamos atrapados en una sola burbuja. Como psicólogo, vengo de una disciplina que dice que la solución a casi todo son los otros humanos, aunque los humanos seamos a menudo muy molestos. Por eso creo que la clave no es solo estar con otros, sino hacer algo junto a otros: comprometerse en la política local, en alguna causa común. Eso nos hace felices, en el sentido más simple también, porque estamos hechos así. Pero ojo con la paradoja. Si buscamos hacer algo junto a otros para ser felices, deja de funcionar, porque instrumentalizamos lo importante. No nos hacemos felices buscando la felicidad, sino haciendo algo con sentido junto a otros.

jueves, 30 de julio de 2026

El hispanista John Healey publica sus menorias

 John Healey, escritor hispanista: “Cuando murió Franco a los jóvenes nos entusiasmaba la democracia. Ahora es más difícil hablar libremente”, en El País, por Raquel Peláez, 30 jul 2026:

En 1969 vino a pasar una temporada en la finca del hijo díscolo y bohemio de un millonario importador de vinos estadounidense. España ya nunca salió de él: su autobiografía es una historia ‘sui generis’ de la España progresista

John Healey (Nueva York, 76 años) cuenta que en sus años de vacas flacas ha hecho todo tipo de trabajos insólitos: “Por ejemplo, ayudé a construir una casa sin clavos para la hija de Willem de Kooning”. No es, ni de lejos, la única cosa extraordinaria que le ha pasado a lo largo de una vida bohemia que le llevó a aterrizar en Málaga con 19 años. Vino a pasar una temporada en la finca de Freddy Wildman, el hijo díscolo de un millonario importador de vinos estadounidense, quien le ofreció dar rienda suelta a su sueño de ser escritor. Después salió de España varias veces, pero España ya nunca salió de él. Conoció a Gerald Brenan, quien le hizo leer el Ulises de Joyce, entabló amistad con Víctor Erice, quien le ofreció trabajar junto a él en El sur —y le llevó a dedicarse al cine toda su vida—. En Recuerdos del sur (Renacimiento), la deliciosa autobiografía de un hombre con talento para vivir, lo cuenta todo.

Pregunta. Alguien que coja el libro y no sepa nada de su vida se hará mil preguntas sobre usted. Por ejemplo, ¿por qué su padre conocía a Hemingway?

Respuesta. Mi padre era un congresista demócrata y además un vividor. Mi madre falleció cuando yo tenía seis años y, cuando no tenía babysitter, me llevaba con él a un bar famosísimo que solía frecuentar, llamado Toot’s Shores. Allí se encontraba con él y con Gary Cooper, a quien conocimos en nuestros veraneos.

P. ¿Dónde veraneaban?

R. En Southampton, Long Island. Los Hamptons, pero en su versión maravillosa. Ahora no quiero ni volver. Entonces mi padre fue a saludar a Cooper y ahí estaba con Hemingway, un par de años antes de suicidarse. Por lo visto me preguntó qué quería ser de mayor y me dijo que tenía que viajar y conocer España.

P. ¿Cree que él fue decisivo para que después efectivamente acabara en España?

R. A lo mejor plantó una semilla, pero una muy pequeña porque el verdadero culpable fue Freddy Wildman. Yo había dejado mis estudios de humanidades en la universidad y él seguramente se dio cuenta de que había cometido un error terrible pero que por orgullo no lo iba a reconocer. Entonces él estaba a punto de volver a España y me dijo: “Pues si quieres te invito a mi casa, ahí tengo libros, máquinas de escribir... y a ver”. Y eso fue el principio.

P. ¿Y cómo conoció a Wildman?

R. Una tarde en la Factory de Warhol. Luego fuimos a cenar con una mujer rarísima que se llamaba Vali Myers, una artista australiana, que criaba a cuarenta lobos en Italia y cuando pasaba por Nueva York vivía en el Hotel Chelsea. También estaba Pennebaker, el documentalista de Bob Dylan.

P. Usted cuenta que cuando llegó de Estados Unidos le sorprendió que en España nadie le preguntaba a qué se dedicaba. Yo le tengo que preguntar de dónde sacaba el dinero…

R. Pues algo tenía, claro, pero no hacía falta tener mucho entonces. El dólar era muy fuerte y la peseta no tanto. Creo que era por eso que Freddy vivía como un rey en Churriana.

P. Y durante esos años en los que pasaba temporadas en Andalucía y luego volvía a Nueva York, ¿qué tal se llevaba con su padre?

R. Tuvimos siempre muy buena relación. Aunque no se preocupaba demasiado por mí, se había vuelto a casar y me dejaba coger mi propio camino. A pesar de que era irlandés y católico, no era nada puritano. También mi abuelo materno, que era juez del Tribunal Supremo del Estado de Nueva York y mi tía, que se habían ocupado mucho de mí tras la muerte de mi madre, toleraban mis idas y venidas y me apoyaban.

P. ¿Cree que fue tan libre por no haber tenido una madre?

R. Su muerte fue un trauma total que me ha marcado para toda la vida. Me descolocó para siempre. Imposible saberlo, pero creo que si hubiese vivido más tiempo me habría obligado a estudiar Derecho y dedicarme a la política.

P. Dice que en el momento en el que usted vino España no era precisamente un destino deseable

R. En los años sesenta seguía siendo un país algo gris, aunque algún tipo de turismo ya estaba en auge. Yo tuve la gran suerte de llegar a una burbuja: el entorno de la finca de Freddy, Buenavista, donde todo el mundo era bohemio.

P. ¿Y había que competir en ese entorno por llamar la atención?

R. Era la época hippie y todos eran bienvenidos. Yo era y sigo siendo tímido. En aquellos años mi interés era leer y dejar que la cultura me entrase.

P. Ni siquiera cuando aparecía Gerald Brenan…

R. Brenan no era conocido en Estados Unidos, entonces conocerle no me impactó por su fama. Además yo tenía 19 años y él 80, era una figura abuelesca. Lo que sí recuerdo es que que contaba muchos chistes verdes. Y era un señor algo ciclotímico. Cuando estaba de buenas era genial. Pero de malas… podía ser muy iracundo.

P. ¿Qué cree que tenía España que dio refugio a tanta gente a la deriva a pesar de ser una dictadura?

R. Hay muchos tópicos sobre lo andaluz, pero creo que hay una parte de verdad en ellos: es una cultura relajada, el clima es maravilloso, especialmente en invierno, y en esas épocas no era nada caro si venías con dólares. La política no afectaba a los expatriados que venían a vivir aquí.

P. El clima era maravilloso en Málaga, porque cuando se mudó a las Alpujarras le recibió una buena nevada…

R. Era tan romántico que ni frío pasaba [risas]. Y yo tenía una buena chimenea. Freddy vivía al lado, luego vinieron Víctor [Erice] y Adelaida [García Morales]. Pero después de unos años me harté de esa vida.

P. ¿Por qué?

R. Porque me di cuenta de que ganarme la vida como escritor iba a ser casi imposible. Entonces me decidí a estudiar Medicina, que siempre me había interesado. La facultad en Granada fue y sigue siendo bastante buena.

P. Pero lo dejó justo cuando se puso a hacer prácticas en Nueva York. ¿Qué pasó?

R. Porque yo tenía una fantasía —tenía muchas fantasías por lo visto— pero una de ellas era ser médico en plan Chéjov, en plan William Carlos Williams, esos médicos de principios del siglo XX que eran a la vez literatos. Pero en los años 70 en Nueva York ser médico era como ser piloto. Te tiene que gustar hacer lo mismo de la misma manera todos los días y eso no encajaba con mi personalidad.

P. Habla con mucho respeto de Víctor Erice y describe con mucha precisión su estilo de vida tan austero. ¿Cree que la gente les tenía tirria porque destilaban cierta superioridad moral?

R. A lo mejor algunos lo tomaban así, pero Víctor no proyectaba nada parecido a una superioridad moral. Es una persona muy especial, un artista hasta la médula. No era nada soberbio y, además, en el plató se manejaba fenomenal con la gente. Yo vi en directo cómo seducía a los actores y al equipo sin cambiar en lo más mínimo como persona.

P. Hace una afirmación complicada: que Querejeta le tenía envidia a Erice.

R. Hay que verlo en el contexto del rodaje de la película. Hacer El sur con Elías era un plan algo cargado porque ya habían tenido problemas. Pero reconozco que Querejeta ha sido una persona muy importante en la historia del cine español.

P. ¿Cree que si él estuviese vivo se hubiese atrevido a ser tan sincero?

R. Quién sabe. En el libro cuento mis impresiones. Víctor era mi amigo, y naturalmente todo lo que pasó en el rodaje lo veía con gran simpatía por él.

P. ¿Por qué conectó tanto con Erice?

R. Pues no lo sé. Nos conocimos en Buenavista, y allí hablamos de cine, de libros y tal. Pero fue en las Alpujarras donde nos hicimos tan amigos. Pasamos muchos momentos muy especiales. Recuerdo con mucho cariño una vez que llegó a Capileira un amigo suyo con un proyector y muchos cables y pusimos en una terraza que daba al Mulhacén una de sus películas favoritas, Johnny Guitar. Por él descubrí a Nicholas Ray, del que tengo que reconocer que no sabía nada hasta entonces. Aprendí mucho más sobre el cine norteamericano con Víctor que en mi propio país.

P. ¿Tenían noción del tiempo en aquel pueblo?

R. Digamos que al paso de las estaciones, la noche, el día, marcaban la vida. Y era muy joven. Todo cambió cuando empecé a estudiar Medicina que me obligó a una disciplina total.

P. ¿Quizá Erice, al meterle en la producción de El sur, le dio un propósito y una excusa para organizar más su vida?

R. Él pensaba que el cine me iba a gustar porque tenía su lado artístico, pero vivías en el mundo, tenías que interactuar con gente en lugar de estar encerrado escribiendo. Y tenía razón, me gustó y dio lugar a trabajar en muchas películas como ayudante de producción y de dirección, que es un trabajo que conlleva una responsabilidad enorme.

P. Dice que Franco, de cuya muerte se enteró en las Alpujarras, fue una persona vil que ganó una guerra vil. ¿Nota que ahora le resulta más polémico decir esto en público?

R. Lo noto, sí. En la época en que murió, a los jóvenes, no solo extranjeros, sino a muchos españoles nos parecía así y había un entusiasmo enorme por la democracia. Ahora, que estamos viendo un retroceso polarizante, es más difícil hablar libremente.

P. ¿Cree que ha sido usted, como su padre, un vividor?

R. Curiosamente, ahora que lo pienso, cuando yo era pequeño mi padre viajó a España desde Washington con otros diputados para reunirse con Franco. Hasta teníamos una foto de mi padre con Franco en el Pardo. Y en casa había un plato de esos de peltre que ponía: “Salud, pesetas y amor y tiempo para disfrutarlos”. Así que más que Hemingway, quizás mi gran influencia fue mi padre, y seguí sus pasos hasta España.

lunes, 27 de julio de 2026

Entrevista con José M.ª Maravall, quien publica un nuevo libro en inglés

 José María Maravall, sociólogo: “Sospecho que la caída de Trump va a ser bastante estrepitosa”, en El País, Joseba Elola, 26 jul 2026:

El exministro de Educación del PSOE de los años ochenta publica un libro sobre las intrigas políticas. Dice que el descontento de algunos jóvenes con la democracia no es nuevo

Maravall lamenta profundamente la incapacidad de la clase política, hoy en día, para llegar a acuerdos entre distintos. Acodado en el sofá de su casa frente al Retiro madrileño, paliando el calor sofocante con el aire acondicionado, cuenta cómo en los años ochenta, en un momento en que UCD, el partido gobernante, se estaba desintegrando, desde el PSOE se le propuso a Leopoldo Calvo Sotelo un gobierno de coalición para asentar la democracia. Y el entonces presidente del Gobierno dijo no. Sabía que el PSOE era el partido que le sucedería, el único que podía conseguir que se avanzase por la senda democrática, y no quería que se quemase en una coalición con la UCD. “Es algo que le honra”.

José María Maravall (Madrid, 1942), sociólogo, exministro de Educación entre 1982 y 1988 y demiurgo político y electoral de Felipe González durante años, es un intelectual que siempre ha navegado entre la actividad académica y la actividad política. Acunado en Oxford, con 16 libros a sus espaldas, este excatedrático de Sociología de la Complutense y miembro de la Academia Británica y de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias ha publicado en el Reino Unido (donde realizó una parte notable de su recorrido académico) Political Intrigues. Social Democracy, Electoral Accountability and Manipulation (Springer) (Intrigas políticas: socialdemocracia, rendición de cuentas electoral y manipulación; sin edición aún en español), un libro en el que profundiza en dos de sus grandes temas: la democracia y la izquierda.

Pregunta. Hay jóvenes que piensan que la democracia no tiene por qué ser el más deseable de los sistemas, ¿qué está fallando?

Respuesta. Es algo que ha ocurrido con una cierta regularidad. Ocurrió entre los jóvenes en Polonia y en Chile, como ya conté en un libro. Puede que la democracia produzca frustración porque promete mucho y luego lo que puede entregar depende de los recursos disponibles. La gente tal vez espere milagros. Ahora, si me pregunta por qué la gente vota a Trump, para mí es un enigma.

P. ¿Cuánto cree que va a durar la deriva etnonacionalista que nos embarga?

R. Es algo pasajero. Sospecho que la caída de Trump va a ser bastante estrepitosa.

P. Dice usted en su libro que cuando las cosas van bien en un gobierno, los votantes lo premian y los políticos lo castigan, las conspiraciones se multiplican, ¿por qué?

R. Esta es tal vez una de las cosas realmente originales del libro. Cuando las cosas van bien, los políticos ambiciosos en la coalición o en el propio partido que gobierna piensan que pueden tener un futuro brillante si echan al primer ministro.

P. Usted conoce bien el Partido Laborista británico, del que fue miembro, ¿qué análisis hace de la crisis que acaba de atravesar?

R. El Partido Laborista ha tenido problemas serios desde hace tiempo. Los ingleses siempre han tenido una cierta sensación de pérdida del Imperio. Incluso Margaret Thatcher, a quien también conocí bastante.

P. ¿Cómo era la Thatcher que conoció?

R. Después del 23 de febrero, fui a ver a Thatcher con Felipe González, Javier Solana y Luis Yáñez. Había sido la primera dirigente política que había acudido al Parlamento de su país para manifestar su apoyo a la democracia española. Y fuimos a agradecérselo. Mis simpatías por Thatcher eran cero, pero fue encantadora. Su política me parecía nefasta. Su enfrentamiento con los sindicatos hasta destruirlos, su ataque al sistema público de salud, a la enseñanza pública… Dijo que Blair había sido su mayor logro.

P. ¿Lo fue?

R. No estoy muy seguro porque Blair, aparte de su desgraciada intervención en Irak, hizo bastante por la sanidad y por la educación, siendo un tipo insoportable.

P. ¿Insoportable? ¿Por qué?

R. Porque era muy pretencioso. Mis dos referentes en el Partido Laborista son [el exprimer ministro] Harold Wilson y [el exministro de Exteriores] Tony Crosland.

P. Europa está atravesando una etapa bastante de sombría.

R. Hay una cosa en esta crisis, incluyendo el horror de Trump, ese payaso ambulante, que se ha reforzado, y es la personalidad de Macron. Me gusta más de lo que me gustaba. Probablemente Europa tenga que reforzar sus órganos de decisión y eso incluye defensa.

P. En su momento fue usted una de las personas con mayor influencia política e intelectual sobre Felipe González.

R. Todo pasa.

P. ¿Cómo valora sus últimas intervenciones en el debate público con respecto al Partido Socialista?

R. Creo que no contribuye a nada. Yo conocí a Felipe González en la mili. Fuimos amigos. Pero hace tiempo que no me comunico con él, desde 2022. No entiendo su posición política actual.

P. Hace no mucho González pidió elecciones anticipadas.

R. Nadie del partido jamás le pidió a él anticipar las elecciones cuando tuvo los escándalos de Filesa, de Juan Guerra, de aquel director de la Guardia Civil, Roldán

P. ¿Qué es lo que más le preocupa en este momento de la situación en la que se encuentra el PSOE?

R. Lo que más me preocupa son tendencias que no acabo de entender. Tengo aprecio por Zapatero, como presidente, hizo cosas muy importantes. Jamás imaginé estas sorpresas. Pero, en todo caso, lo que me extraña de todo esto es que al mismo tiempo el novio de Ayuso siga campando por sus respetos, que la financiación del local de Génova del PP siga sin investigarse y del “Luis, sé fuerte” de Rajoy quiero saber por qué tenía que ser fuerte. Hay aquí una disparidad bastante grande, ¿no?

P. ¿Hablaría de lawfare?

R. Montesquieu decía que "los jueces tenían que ser solamente la boca de la ley". Pero hay algunos jueces que parece que son algo más que la boca de la ley.

P. ¿Qué análisis le merece el desempeño de Feijóo?

R. Quitando a Hernández Mancha, me parece el peor dirigente político que ha tenido el PP. Creo que Fraga estaba a años luz de altura.

P. ¿Y cuáles cree que han sido las mayores virtudes y los mayores errores que ha cometido Pedro Sánchez hasta ahora?

R. Mi relación con Pedro Sánchez ha sido muy cordial. Me ha sorprendido que es una persona muy culta, insospechadamente culta, es muy, muy leído. Creo que las políticas educativas de Celaá han sido buenas, muchas de las legislaciones sociales son de gran valor. No se ha enfrentado a los sindicatos como sucedió en otras ocasiones.

P. ¿Y los errores?

R. Haberse rodeado de algunos indeseables.

P. ¿Errores políticos?

R. No, yo he estado a favor de la amnistía a los dirigentes catalanes.

P. Si mira retrospectivamente su trayectoria política, ¿hay alguna cosa de la que pueda decir: “Fue un error”?

R. Yo no quise aceptar el Ministerio de Educación. Pero fue una época en la que se hicieron muchas cosas. Ahora, si me pregunta: ¿qué es lo que a usted le interesa?, a mí me interesa escribir libros y enseñar. Los americanos tienen un dicho: "Publica o perece". Y los ingleses tienen otro: "Publica y perece".

miércoles, 24 de junio de 2026

Un periodista amenazado

 Federico Quevedo: “Una amenaza de Montoro me hizo tocar fondo y decidí acabar con mi vida”, en El País, Ángeles Caballero, Madrid - 24 jun 2026:

El periodista recuerda el coste personal que le supuso ser crítico con el Gobierno de Mariano Rajoy desde posiciones consideradas afines

Federico Quevedo (Hamburgo, 64 años) emplaza a EL PAÍS en la redacción de Capital Radio. “Llevo ya treinta y muchos años de carrera, he pasado por todo tipo de medios, aunque ha habido una constante, la radio. Es el medio con el que más me identifico”, cuenta. De números hablará poco, pero mucho de oficio, de política y del coste que le supuso ser crítico con el poder, con un intento de suicidio y una crisis personal de la que hoy dice estar recuperado.

Pregunta. De toda esa trayectoria, casi siempre ha estado ligado al periodismo económico, que tiene fama de aburrido.

Respuesta. Es verdad que tiene ese marchamo de ser un poquito más plasta, más plomo, pero cuando estuve en La Gaceta de los Negocios empecé a hacer información política dentro de la prensa económica, lo cual era un poco innovador. Me encanta la información política.

P. ¿Y la política?

R. Creo que es esencial para los ciudadanos, para la vida pública, y para la mejora de las condiciones de vida de las personas. También tiene sus elementos negativos, pero para eso estamos nosotros, para contarlo y para conseguir que la política sea mejor.

P. ¿En qué nos hemos equivocado los periodistas o cuánto hemos contribuido a la desafección o a alimentar la antipolítica?

R. Como profesión nos afectó mucho la crisis de 2008, y a partir de ahí nos ha costado mucho adaptarnos a la nueva situación. ¿Cuál es la nueva situación? Un entorno con internet y redes sociales al que nos está costando mucho adaptarnos, y los ciudadanos se informan cada vez más ahí en vez de en los medios de comunicación clásicos. Pero mi sensación es que no es tan grave. Yo creo que le damos demasiada importancia.

P. ¿A qué? ¿A las redes?

R. Sí, tenemos que estar en las redes porque es donde está la mayoría de la gente, pero tenemos que conseguir, y lo podemos hacer, que la gente confíe en el periodismo de verdad. El verdadero periodismo se sigue haciendo en los medios tradicionales y vamos a estar siempre ahí.

P. Siempre ha tenido presencia mediática, pero hubo un momento en el que se convirtió en noticia.

R. Fue un momento difícil. Digamos que estaba en lo alto de la curva, en televisión, radio, en prensa, pero me volví crítico con el poder. O sea, no es que no lo hubiera sido antes, pero se entendía que yo era un periodista etiquetado en la derecha. Pero creo que el Gobierno de Mariano Rajoy cometió muchos errores y lo señalé. Y cuando a determinados gobiernos los critican desde posiciones distintas, digamos que lo tienen como interiorizado, pero cuando se les critica desde lo que ellos consideran que son uno de los suyos, lo llevan mal. Fueron a por mí.

P. ¿Qué pasó?

R. Me sacaron de los medios en los que colaboraba y hubo consecuencias económicas. Una amenaza directa por parte del entonces ministro de Hacienda (Cristóbal Montoro) de que o cambiaba mi manera de enfocar lo que estaba pasando o la inspección de Hacienda iría por mí, que fue lo que pasó realmente, porque obviamente yo no cambié mi manera de pensar ni de manifestar mi opinión. Eso me llevó a tocar fondo y decidí incluso acabar con mi vida.

P. ¿Cómo detectó las primeras señales de lo que estaba pasando?

R. Yo entonces hacía con Fernando Jáuregui una cosa que se llamaba El confidencial de La Linterna en la cadena COPE. Cuando ocurrió todo lo de 2017 en Cataluña, me llamó el presidente de la cadena y me dijo: “Me han pedido tu cabeza. No la voy a dar, pero…”. Fue una advertencia. Todavía aguanté unos meses, pero metieron en la cárcel a Oriol Junqueras y me mostré muy crítico con que estuviera en prisión por una cuestión política, por muy grave que fuera el asunto, y lo denuncié en el programa. Pasaron unos meses y me llamaron para decirme: “No vuelvas más por aquí”. Yo sabía quién había sido, el brazo ejecutor, que se llama Soraya Sáenz de Santamaría y María Pico, que era su ariete. En otros medios me había pasado también tres cuartos de lo mismo. En un programa del Canal 24 Horas me pusieron en la lista de tertulianos y me acabaron tachando.

P. ¿Qué o quién le sostuvo durante ese tiempo?

R. Mis hijos. El pequeño tenía entonces cinco o seis años y en el momento en el que tomé la decisión de acabar con mi vida surgió su imagen en la pantalla de mi teléfono móvil. Fue entonces cuando llamé a emergencias y dije: “Acabo de hacer esto”. Me contestaron: “Deja la puerta abierta porque vas a perder el conocimiento y así podemos entrar en tu casa”. Me desperté en el hospital.

P. Hoy está mejor, pero hay compañeros y compañeras, también políticos, amenazados por ejercer su profesión. ¿Usted tiene miedo?

R. Miedo no, pero sí he sentido el linchamiento en redes sociales cuando he manifestado ciertas posiciones. Hace no mucho se me ocurrió decir que me parecía mucho más democrático en este momento un partido como EH Bildu que Vox. Fue brutal, pero me da da igual. Lo sigo pensando, que EH Bildu tiene aún que hacer un recorrido, pero ha demostrado ser mucho más democrático que Vox.

P. ¿Alguna vez ha puesto alguna denuncia?

R. Una vez, a un tipo que me amenazó con pegarme un tiro en la nuca y gané. Era una cantidad muy pequeña, pero pagó y se lo di a una ONG.

P. Esos hijos que le sostuvieron entonces, ¿le han pedido alguna vez que lo deje?

R. No. Y eso que a veces no están de acuerdo con algunas de mis opiniones, como es lógico. Me califico como un liberal de centro que cree en el diálogo. Sé que eso hoy en día se lleva muy mal y provoca muchas tensiones aun en los extremos. Pero, pero no son los mismos unos extremos que otros, ¿eh?

P. Menudo melón que acaba de abrir.

R. En la extrema derecha hay un negacionismo de los derechos civiles que no hay en la extrema izquierda, y para mí eso es una diferencia fundamental. La extrema izquierda puede tener muchas cosas con las que yo no estoy de acuerdo, sobre todo en cuestiones de la libertad personal o de la libertad económica, pero en la defensa de los derechos estoy de acuerdo prácticamente al 99 por ciento.

jueves, 4 de junio de 2026

Muere "de pena" Marjane Satrapí

 [El estrés emocional o la perdida de sentido en la vida, como aconteció a Alonso Quijano o a muchos de los que retrata Víctor Frankl en Auschwitz, puede deformar un ventrículo del corazón y causar la llamada cardiomiopatía Takotsubo; pero el "corazón roto" lo explica mejor.]

 I

Muere la historietista y cineasta Marjane Satrapi, autora de ‘Persépolis’, a los 56 años. En El País, Raquel Villaécija, París - 4 jun 2026:

La familia de la dibujante francoiraní de cómics informa de que ha fallecido “de tristeza” tras la muerte de su marido hace un año.

Marjane Satrapi (Racht, Irán, 1969), autora del fenómeno de novela gráfica Persépolis y cineasta, ha fallecido a los 56 años, según recoge la prensa francesa, que cita un comunicado enviado por la familia a la agencia AFP. “Marjane Satrapi falleció de tristeza poco más de un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su esposo y el amor de su vida”, se lee en el texto. Ripa, actor, guionista y productor, murió en abril de 2025.

Nacida en Rasht, Irán, Satrapi se instaló en Francia en 1994. Salió de su país para estudiar en Europa porque sus padres querían que se formara lejos de la opresión del régimen. Persépolis, comic de culto y su obra más conocida, cuenta su infancia en Teherán y los cambios en Irán tras el derrocamiento del Sha de Persia en 1979 y la instauración de la República Islámica.

Apenas tenía experiencia, además de llevar poco tiempo en la Escuela de Artes Decorativas de Estrasburgo, cuando Satrapi construyó su obra maestra que se publicó en el año 2000. Ella creía que nunca encontraría un editor, que todo terminaría en fotocopias para sus amigos. Se convirtió en un hito para el tebeo “solo comparable al Maus de Art Spiegelman”, según Reservoir Books, la editorial que la publica en castellano, euskera y catalán.

La familia de Satrapi, acomodada y progresista, simpatizaba en principio con la revolución, pero cuando esta fue dominada por los sectores islamistas derivó en un régimen teocrático que coartó las libertades individuales y se embarcó en una guerra con Irak en 1980, bajo la vigilancia de los Guardianes de la Revolución.

La historieta fue adaptada al cine, a cuatro manos con Vincent Paronnaud, y se presentó en 2007 en el festival de Cannes, donde ganó el Gran Premio del Jurado. Además, fue la primera nominación de una creadora por el mejor filme de animación en la historia de los Oscar. Más adelante, filmó la road movie La banda de los Jotas y The Voices.

“El dibujo es la primera expresión del ser humano, anterior a la escritura”, afirmó ella sobre la elección del cómic. Entre sus novelas gráficas, también están Bordados, que narra la vida de las mujeres iraníes, y Pollo con ciruelas, sobre los últimos ocho días de vida de un pariente de Satrapi llamado Nasser Ali, un conocido intérprete de tar, el laúd tradicional iraní.

Durante muchos años Marjani Satrapi dejó el comic, hasta que en 2023 coordinó Mujer. Vida. Libertad, con autoras iraníes y donde reunió a estrellas como Paco Roca y Joan Sfarr —una especie de “brigada internacional” del cómic, en su definición—. El libro cuenta la revolución iniciada tras la muerte en 2022 de Masha Amini, asesinada por la policía por no llevar el velo bien puesto. Recientemente también había filmado París Paradis, con la española Rossy de Palma.

En 2024, recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. El jurado definió a Satrapi, residente en París, como “un símbolo del compromiso cívico liderado por las mujeres”, la calificó como “una de las personas más influyentes en el diálogo entre culturas y generaciones” y recordó que en “Persépolis plasma ejemplarmente la búsqueda de un mundo más justo e integrador”. Y ella, en una rueda de prensa por vídeoconferencia dedicó el galardón a la lucha por la libertad en su país y al rapero Toomaj Salehi, condenado a muerte hace unos días: “Es la voz de todo el país”.

En 2025 rechazó la Legión de Honor en Francia por “un tema de principios”. “No puedo ignorar lo que consideró una actitud hipócrita por parte de Francia hacia Irán”, señaló.

“Vendí millones y no sé cuántos centenares de conferencias di. ¿Cambié algo? Qué sé yo. ¿Desperté la curiosidad de la gente? Sí. Contribuí un poquito. Solo un poquito, aunque solo así se cambia el mundo”, reflexionaba en EL PAÍS.

 II

 Marjane Satrapi: “Pelearé por que las mujeres puedan llevar velo aunque yo lo deteste”, por Marc Bassets, en El País, 16 feb 2020.

Veinte años después de Persépolis, un fenómeno de la novela gráfica llevado a la gran pantalla, la autora franco-iraní explica por qué cambió el cómic por el cine. Su quinta película, Radioactive, explora la vida de Marie Curie.

"LA LIBERTAD”. Lo dice así, en castellano. En varios momentos de la conversación de más de una hora en francés, Marjane Satrapi repite la misma palabra. Como si fuese el argumento de su vida y de su obra. Y como si, al cambiar de idioma, quisiera subrayarlo. La niña excéntrica y precoz de la burguesía progresista de Teherán que, muy joven, abandonó el opresivo Irán de los ayatolás y se marchó a Europa y lo contó todo en Persépolis, un cómic que le dio fama mundial. La mujer que, después de consagrarse con este y otros libros, aprendió a hacer cine y no ha vuelto ni piensa volver a las historietas. La iraní que lleva 20 años sin regresar a su país de origen y que ahora, a los 50, no tiene claro que pueda volver. La liberté, la libertad: el hilo que todo lo une. “Cuando debo tomar una decisión difícil, siempre me pregunto dos cosas. ‘¿Esto me matará?’. Y ‘¿Me meterán en prisión?”, dice. “He aquí lo que cuenta para mí: ser libre y tener aire en los pulmones. El resto viene por añadidura”.

Marjane Satrapi aparece puntual a las once de la mañana en su estudio del distrito XI de París, y lo primero que llama la atención es que la Satrapi real es idéntica a la de sus obras. El mismo aspecto de Mafalda persa con el que se autorretrató, la misma convicción en sus argumentos, el mismo lunar en la nariz cuya aparición marca la metamorfosis de su adolescencia en su cómic más famoso, o el irremediable cigarrillo en los labios (fuma desde los 13 años). Al empezar a hablar, cualquier lector suyo tendrá la sensación de que es una vieja conocida. Sus libros y alguna de sus películas —La banda de los Jotas, por ejemplo, donde aparece interpretándose a sí misma— no engañan; es ella, sin ficción.

De casi todo hace ya 20 años, y también de Persépolis, cuyo primer tomo apareció en el año 2000. En los años siguientes, hasta 2003, publicó otros tres. El impacto fue inmediato. Por lo que contaba: la historia de la revolución de 1979 en Irán desde la perspectiva de una adolescente, mezclando la Historia en mayúscula, terrible y dramática, con la historia en minúscula con las alegrías y miserias de un personaje con el que podía identificarse cualquiera en cualquier lugar. Y por cómo lo contaba: con viñetas y burbujas. Una década después de Maus, de Art Spiegelman, Marjane Satrapi contribuía a convertir la llamada novela gráfica en un género para un gran público.

Ahora el sello Reservoir Books publica en castellano una edición de los cuatro tomos completos de Persépolis en un solo volumen y con una nueva traducción de Carlos Mayor. La conmemoración coincide con el estreno de la quinta película de Satrapi, Radioactive, que se centra en el personaje de Madame Curie. Aquellos años —la vida de estudiante extranjera en Francia, las tentativas en los cuentos infantiles ilustrados, el éxito de su debut— quedan lejos. Hoy ella vive en otro mundo: el cine y sus pinturas. Pero Persépolis no ha envejecido. Y persiste el misterio: cómo fue posible que una artista sin apenas experiencia, llegada unos años antes a Francia para estudiar en la Escuela de Artes Decorativas de Estrasburgo, fabricara un clásico que no ha perdido ni un ápice de magia y que sigue iluminando a los lectores sobre la historia del Irán contemporáneo y sobre la de aquella muchacha tan particular y tan universal.

“Cuando era estudiante tenía clara una cosa: iba a ser pobre. Viviría en una buhardilla, comería siempre pasta y nunca iría de viaje, pero trabajaría en lo que me gustara. Con Persépolis, ni siquiera pensaba que encontraría un editor. Creía que haría 50 fotocopias para que lo leyesen mis amigos”, dice. Menos creía aún que su historieta acabaría vendiendo millones de ejemplares y convirtiéndose en emblema del género de la novela gráfica, término que Marjane Satrapi raramente usa; prefiere el francés BD, siglas de bande dessinée, literalmente tira dibujada, o historieta, o tebeo. “Hay gente que me dice que antes de mí nunca había leído cómics. Pero no me gusta mucho analizar mi trabajo. De entrada, tengo la impresión de haber ganado el Oscar de la vida. ¿Cuánta gente puede decir que vive de lo que adora hacer?”, se pregunta.

El primer milagro de Persépolis fue que era un libro primerizo de una desconocida; otros artistas necesitan décadas para realizar su gran obra. Ella no era una lectora de cómics. Aprendió el oficio en Francia, sobre la marcha. “No conocía los códigos”, dice. “Mi amigo el dibujante Émile Bravo, de origen español, me ayudó enormemente”.

Persépolis retrata un mundo exótico y al mismo tiempo cotidiano, reconocible. “Durante un tiempo justifiqué el éxito diciendo que era porque era una mujer o porque era iraní, pero pienso, sin arrogancia, que hice un buen libro”, afirma. Partió de lo más concreto, de aquello que conocía mejor: su propia vida, su familia, su barrio. “Pensaba en Tolstói, que decía: ‘Si quieres hablar al mundo, habla de tu aldea’. Si hablas de grandes cosas, como los iraníes o los españoles, no significa nada. En cambio, puedes identificarte en una persona concreta. El dibujo ayuda: con un lenguaje que se usaba antes que la escritura todo el mundo puede identificarse. Las emociones humanas también son las mismas: reímos y lloramos de la misma manera. Tuve la suerte de llegar después de alguien como Abbas Kiarostami: sus películas presentaban Irán y en ellas ya se veía que no era un pueblo de tarados”.

Ella nunca se relee, pero sigue viéndose reflejada en la Marjane Satrapi de Persépolis. “Somos la misma”, garantiza. Pero después de publicar Persépolis y otros dos cómics de tema iraní, Bordados, de 2003 y Pollo con ciruelas, de 2004, dio carpetazo. “Soy como un coche sin marcha atrás, siempre tengo que avanzar. En mi vida nunca he mirado atrás. Ya no tengo ganas de hacer cómics, y si no te apetece hacer algo, mejor no hacerlo”, responde. “Quizá en otro momento sí me gustaría escribir libros”. Tiene pendiente uno, del que lleva tiempo hablando, sobre su abuela paterna, que fue la undécima mujer en obtener el bachillerato en Irán. Se titulará La undécima laureada. La abuela materna ya disfruta de un lugar central en su obra. Es su inspiradora, casi un alter ego, una mujer independiente, libre y moderna que se había divorciado cuando pocas lo hacían y que no tenía pelos en la lengua. “Era una mujer sin filtros, muy recta, hasta el punto de chocar. No mentía, era muy directa”, describe. “Me hacía reír porque lo que no convenía decir, ella lo decía. Me gusta la gente que no es cómoda. Prefiero que me insulten a que me ataquen por la espalda”, dice la autora de cómics y cineasta. La abuela murió en 1999, sin poder ver el éxito de su nieta.

El paso de la historieta al cine, para Marjane Satrapi, no fue buscado. “En un momento dado me propusieron hacer Persépolis en película. Y yo pensé: ‘¿Para qué? ¿Para qué pasar tres años con una historia a la que ya le había dedicado cuatro?’. Al mismo tiempo, una voz me decía: ‘Te pagarán para que aprendas un nuevo oficio, sería una pena desaprovecharlo’. La gente va 5 años a la escuela de cine y debe esperar 15 para hacer la primera película. En el peor de los casos habrás hecho una mala pelícu­la, pero habrás aprendido algo. Así que lo hice”. Y, de nuevo, le salió bien. Persépolis obtuvo ex aequo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes de 2007 y fue nominada a los Oscar. Después llegaron Pollo con ciruelas, basada en el cómic homónimo, y La banda de los Jotas, una personal road movie en la costa valenciana y en Andalucía. Y The Voices, la historia macabra de un asesino en serie en un pueblo de la América profunda.

El embrión de la nueva película puede rastrearse en Persépolis, donde la pequeña Marjane Satrapi ya decía que quería estudiar química y ser Marie Curie. “Sí, es la niña de Teherán cuya madre le dice que debe ser una mujer independiente. Y le ofrece dos modelos: Marie Curie y Simone de Beauvoir. No tienes por qué ser guapa ni casarte, lo que tienes que hacer es ser independiente”, dice al recordar las palabras de su madre.

Un motivo recurrente en Persépolis es el velo con el que ella, como todas las iraníes, se vio obligada a cubrirse la cabeza tras la revolución. El velo es también un motivo recurrente de polémica en Francia, donde prolifera entre las mujeres musulmanas y al mismo tiempo es visto por algunos defensores de la laicidad como una afrenta a los valores de la República. “Yo estoy totalmente en contra del velo. Sé lo que quiere decir: que yo, como mujer, soy un objeto sexual y que este objeto sexual no debe verse porque la mera visión de los cabellos puede provocar una erección general en la calle. Detesto el velo. Pero más importante que lo que yo deteste son los derechos humanos, un texto escrito en este país que dice que la gente tiene el derecho a ejercer la religión que quiera y a vestirse como quiera. Como considero que los derechos humanos son superiores a mi punto de vista personal, pelearé por que estas mujeres puedan llevar el velo aunque yo lo deteste”.

De nuevo la libertad, que hace difícil encerrarla en una ideología o una identidad. ¿Autora de novela gráfica? ¿Cineasta? ¿Iraní? ¿Francesa? En La banda de los Jotas, el personaje que ella interpreta se presenta como “una tercermundana”. No tercermundista, sino tercermundana. “En Europa, normalmente la gente del Tercer Mundo viene por razones económicas. Los iraníes no se marcharon de Irán por razones económicas. Normalmente era gente de izquierdas, bien instruida, de clase media y con un cierto nivel de vida. Era una inmigración política. En mi caso, al llegar a Francia mi nivel de vida se dividió por cinco. En Teherán tenía un apartamento de 130 metros cuadrados y me encontré en uno de 25 metros cuadrados. Allí tenía mujer de la limpieza, iba en coche. Pero vine porque quería la libertad. Tercermundana significa que eres tercermundista pero no pobre”.

Después de tantos años en Francia, su identidad se ha modificado. “Me considero franco-iraniana. A nivel sentimental soy muy iraní; a nivel cerebral soy muy cartesiana, muy francesa”, dice. No ha intentado regresar a Irán, donde aún viven sus padres. No le quedan amigos allí, todos se fueron. “No es buena idea volver. Me lo han desaconsejado. No me arriesgo. No soportaría estar en prisión”, dice. “Si me encerrasen, moriría a las dos semanas. “La liberté”, resume. Y añade: “La libertad”. 

III

Muere la dibujante Marjane Satrapi a los 56 años, Redacción / Agencias, Cadena SER 4/06/2026:

La familia de la autora de 'Persépolis' ha informado de que fallecido "de tristeza" tras la muerte de su marido hace un año

La dibujante franco-iraní Marjane Satrapi ha fallecido a los 56 años: "Murió de tristeza poco más de un año después del fallecimiento de Mattias Ripa, su marido y el amor de su vida", indica un comunicado de sus allegados enviado a AFP. El productor, actor y guionista Mattias Ripa murió el 8 de abril de 2025.

Satrapi se hizo conocida mundialmente tras la publicación a principios de los 2000 de Persépolis, un cómic autobiográfico donde repasaba los cambios en Irán y la represión que habían sufrido las mujeres en distintas etapas. La obra fue posteriormente adaptada al cine en 2007, también con gran éxito de público.

También es autora de obras como Bordados y Pollo con ciruelas y en 2023 coordinó Mujer. Vida. Libertad, un cómic donde viñetistas de todo el mundo plasmaron también escenas e historias relacionadas con la represión en Irán.

En 2024 recogió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en Oviedo. Entonces fue muy crítica con el entonces Alto Representante de la Unión Europea, Josep Borrell, con el que decía estar "muy enfadada" por su postura sobre el régimen iraní: "Si tuviera delante a Josep Borrell le daría una bofetada", llegó a decir.

Su amiga, la socióloga franco iraní Azadeh Kian, aseguró en France Info que la muerte de su esposo supuso un golpe del que Satrapi nunca llegó a recuperarse. "Desde su muerte ya no era la misma", explicó. Según Kian, la autora de Persepolis le repetía en sus conversaciones que había "dejado de luchar" y que quería "irse". "Se estaba dejando morir desde la pérdida del amor de su vida", afirmó la académica, quien recordó que ambos habían crecido juntos y mantenían una relación muy estrecha.

Pese a su delicado estado de salud, Satrapi seguía muy pendiente de la situación en Irán, un país al que permaneció profundamente ligada durante toda su vida: "Amaba enormemente a su país, aunque era muy crítica con el régimen", señaló Kian.

La escritora seguía con preocupación la represión contra la sociedad civil iraní y defendía públicamente los movimientos en favor de las libertades y los derechos de las mujeres. Para su amiga, Satrapi fue una "artista comprometida" que utilizó tanto sus libros como sus películas para hacer llegar al mundo un mensaje universal de democracia, igualdad y libertad.

La activista iraní Narges Mohammadi, premio Nobel de la Paz en 2023, ha querido despedirla en redes sociales: "Marjane Satrapi fue una voz intrépida en defensa del feminismo, los derechos humanos y la libertad. A través de su obra y su compromiso público, abogó constantemente por los derechos de las mujeres, solidarizándose con el pueblo de Irán y difundiendo el mensaje del movimiento Mujer, Vida, Libertad a nivel mundial", señala. Apunta además al "poderoso legado cultural, artístico y moral que deja: "Su valentía perdurará mucho más allá de su vida".

Historietista, cineasta, dibujante, pintora y escritora, nació en Rasht (Irán) en 1969 y estaba afincada en París, dónde llegó en 1994 y adquirió la nacionalidad francesa en 2006.

IV

De qué dirán que has muerto, Noelia Ramírez, en El País, 9 jun 2026:

El adiós a Marjane Satrapi ha sido tan emocional que ni las redes han especulado con su fallecimiento

No hace mucho, frené en seco durante un paseo con mi perrita mientras escuchaba una entrevista a Jane Fonda. Tras debatir sobre su faceta como activista y actriz, la charla pasó al legado familiar. “Cuando la gente se sienta a hablar contigo, parte de la conversación se centra en la relación con tu padre, Henry Fonda, y con tu madre, que murió cuando tenías 12 años”, decía la entrevistadora. “Mi madre no murió. Mi madre se mató”, corrigió al instante Fonda: “Era bipolar”, añadió, tajante.

Si me quedé parada no fue porque aquel dato fuese una revelación. Es bien sabido que Frances Ford Seymour, la madre de Jane y Peter Fonda, se cortó la garganta con una cuchilla en el sanatorio a los 42 años, tres meses después de pedir el divorcio y tras dejar seis notas de despedida —entre ellas, a su psiquiatra: “Doctor Bennett, ha hecho usted todo lo que ha podido. Lo siento, pero esta es la mejor solución”, firmaba—. Lo sé porque Jane Fonda lo contó en sus memorias. Por lo visto, tardó años en recopilar la información médica de la condición mental que marcó el destino de su madre. El día que se suicidió, su padre la subió a sus rodillas al volver del colegio y le dijo que había fallecido de un ataque al corazón. En esa casa nunca más se habló del asunto. Y Jane nunca pudo decir a Henry Fonda que siempre supo que lo del infarto era mentira. Aquel podía ser el actor y director más admirado de Hollywood, pero en aquella casa no se hablaba mucho de sentimientos.

Cuando aclaró en ese podcast “mi madre no murió, mi madre se mató”, Jane Fonda se rebeló contra eso de lo que no se habla. Lo que no se menciona. En esa entrevista, la intérprete reivindicó el derecho a llamar a las cosas por su nombre. Con su alegato sentí el mismo escalofrío que en el final de Romería. Después de que su abuelo responda “hepatitis c” ante la causa de la muerte de su padre que pide el notario donde están actualizando los papeles para solicitar su beca universitaria, Marina, la protagonista, corrije al instante: “No, fue de sida. Mi padre y mi madre murieron de sida”. Ahí no había un simple apunte sino un gesto de memoria histórica.

Hace unos días, un mundo que parece impávido ante lo intolerable se conmocionó cuando la familia de Marjane Satrapi reveló a France Presse que la admirada dibujante iraní había muerto “de tristeza”. Fue una causa tan extrañamente emocional que ni las redes se afanaron a especular, pedir explicaciones o corregir las causas. Sorprendentemente, casi ni se avistó a una de las peores calañas que las habitan, la de los dictadores del duelo.

¿De qué dirán qué has muerto? ¿Qué silencios, omisiones o metáforas planearán cuando dejes este mundo? Nunca le había dado vueltas a este asunto hasta que mi madre falleció de un glioblastoma cerebral que se la llevó a los cuatro meses de ser detectado. En mi familia nunca dudamos en contar que el cáncer más devastador que hemos vivido fue la causa de su muerte. Somos muchos los que nos enfrentamos a esta realidad, ¿por qué esconderla? También entendí cuando la de Mario Vargas Llosa optó por la intimidad frente a su situación oncológica al fallecer. Nos pasamos la vida evitando pensar en la muerte y los tabús que la rodean, cada cual moldea su verdad para seguir levantándose cuando los que más queremos nos dejan.

Aunque son complementarias, siempre he preferido el “si no contempláramos la vida como una representación, no la resistiríamos” que escribió Montserrat Roig a la célebre “nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir” de la escritora Joan Didion. Al final, todo es relato. Y si ya lo construimos para soportar a los vivos, cómo no lo íbamos a tener al recordar a nuestros muertos.

domingo, 31 de mayo de 2026

Entrevista a la activista pro derechos digitales Frances Haugen

 Frances Haugen: “Estamos peor que cuando filtré los documentos de Facebook”, en El País, Manuel G. Pascual, Barcelona - 31 may 2026:

La ‘garganta profunda’ que expuso los peligros para los adolescentes de las redes sociales considera que la próxima gran batalla legal será contra los personajes de IA con los que interactúan los menores

En septiembre de 2021, The Wall Street Journal publicó los llamados Facebook Files, una serie de reportajes basados en documentos internos de la tecnológica en los que, entre otras cosas, se demostraba que sus ejecutivos eran conscientes de los daños que causaban Instagram y Facebook entre los jóvenes. Fue un bombazo. Provocó la mayor crisis reputacional de la empresa de Mark Zuckerberg, que pocas semanas después rebautizó como Meta. La responsable de todo ello fue la ingeniera Frances Haugen (Iowa City, 42 años), que abandonó su puesto en Facebook con 21.000 documentos internos bajo el brazo. El Senado de EE. UU. la llamó a declarar y se iniciaron investigaciones sobre sus revelaciones.

La base documental aportada por Haugen sirvió para que muchos padres unieran los puntos. Miles de familias de adolescentes volcadas en las redes que habían sufrido trastornos mentales, alimenticios o incluso el suicidio demandaron a la compañía. Muchos de esos pleitos acabaron formando parte de la demanda colectiva presentada en 2023 por miles de particulares y decenas de instituciones educativas contra varias redes sociales. Ese mismo año, los fiscales generales de 41 Estados demandaron a Meta por perjudicar a niños con sus productos y no informar sobre esos peligros.

El tsunami legal ya ha dado sus primeros frutos. Hace dos meses, un jurado de Nuevo México determinó que Meta es culpable de engañar a los consumidores sobre la seguridad de sus plataformas y de poner en riesgo a menores de edad. En Los Ángeles, Meta y YouTube (de Google) perdieron un juicio que las declara culpables de generar adicción entre menores.

Haugen vive en Puerto Rico (entiende el español, pero no lo habla). Atrás quedan sus años en Google, Pinterest o Facebook: ha fundado una ONG, Beyond the Screen, que pretende hacer más transparentes las redes sociales. Atiende en exclusiva a EL PAÍS en Barcelona tras participar como ponente estrella en el I Encuentro Internacional por los Derechos Digitales.

Pregunta. Han pasado cinco años desde su filtración. ¿Cómo describiría la evolución de Meta desde entonces?

Respuesta. Durante los dos primeros años, parecía que habían captado el mensaje. Un mes después de la filtración, salieron a decir que iban a doblar sus esfuerzos en seguridad. Y lo hicieron. Contrataron a mucha gente, desarrollaron muchos sistemas. Pero luego llegó Elon Musk, compró X y despidió a todo su equipo de seguridad y moderación de contenidos. Demostró que no invertir en seguridad no tenía consecuencias. En muy poco tiempo, toda la industria dio un giro radical. Empresa tras empresa, siguieron la línea de Elon. Así que diría que hoy estamos quizás todavía peor que cuando filtré los documentos. No hemos usado todo el potencial de herramientas como la Ley de Servicios Digitales (DSA) [el reglamento de la UE para crear un entorno en línea más seguro y transparente] u otros sistemas que nos permitirían presionar a estas plataformas.

P. Los documentos que filtró empezaron un gran proceso legal contra Meta que ha unido a familias, instituciones educativas y fiscales generales, tanto demócratas como republicanos. ¿Cómo fue posible generar tanto consenso?

R. En EE. UU. damos por hecho que todos los temas importantes se convierten en una lucha interminable y sin salida en la que cuesta ponerse de acuerdo. Las redes sociales son uno de esos temas en los que tanto la gente de derechas como la de izquierdas ve el daño que están sufriendo los niños. Y aunque no todos estemos de acuerdo sobre cómo intervenir, sí hay consenso en torno a que no debería haber adolescentes conectados a las dos de la mañana y que, a menos que haya un plan sobre cómo usar los teléfonos en las escuelas, vamos a seguir sufriendo su poder de distracción. La gente no está dispuesta a seguir aceptando esos costes durante más tiempo.

P. ¿Qué impacto cree que tendrán las recientes sentencias de los juzgados de Nuevo México y Los Ángeles?

R. El caso de Nuevo México es diferente del resto porque se centraron en la explotación infantil: tráfico de niños, intercambio de imágenes sexuales de menores o abuso sexual infantil. Me alegra enormemente la rapidez con la que el jurado ha emitido su veredicto. Normalmente, en casos como este, si la respuesta llega en solo 24 o 48 horas, suele ser favorable a la defensa. Pero había tantas pruebas contra Meta y eran tan contundentes que el jurado se pronunció de inmediato. Espero que veamos más estados que piensen que, si Nuevo México puede ganar de forma tan decisiva, ellos también pueden. Es fácil pensar que el caso de Nuevo México solo implica 325 millones de dólares [el valor de la multa]. Ese Estado solo tiene 2,1 millones de habitantes, pero si extrapolas esa cantidad al tamaño de EE. UU., estamos hablando de unos 55.000 millones de dólares. Y es solo un caso. Si más Estados deciden que no van a aceptar los costes de la explotación infantil, de los desórdenes de los adolescentes o de las autolesiones, saldrá una suma considerable de daños que obligará a rendir cuentas.

P. ¿Cuál será el siguiente paso en este proceso legal?

R. Esperamos que este verano salgan a la luz muchos más documentos como prueba del juicio de California [jurisdicción ante la que están interpuestas las principales demandas]. Veremos también el arranque de la parte federal de las demandas colectivas de las familias, de los particulares y de los distritos educativos. Así que durante los próximos meses veremos cómo van encajando las distintas piezas del puzzle. Ese será el próximo gran frente legal en esta batalla.

P. ¿De qué otra forma se deberían abordar los efectos nocivos de las redes sociales?

R. Históricamente, cuando hay demandas colectivas sobre temas de calado que parece obvio que tendrán éxito, el Congreso acaba destituido. Aunque tengamos buenas soluciones en forma de leyes listas para promulgarse, se pueden quedar en el tintero debido al estancamiento del sistema, como pasó con el tabaco. Solo después de que 46 estados ganaran en los tribunales, las leyes antitabaco empezaron a ser discutidas seriamente.

P. Tanto en EE UU como en Europa hay una creciente preocupación en torno a los efectos de las redes en los niños, pero parece que la inteligencia artificial (IA) no forma parte de esa conversación. ¿Cree que veremos una reacción social parecida?

R. Tenemos muy poca idea de lo que significa tener 14 años hoy en día. Para los adolescentes, es normal tener amigos sintéticos. Character.ai [un sitio que ofrece robots conversacionales personalizados] presume de que el tiempo medio que pasan los usuarios con sus avatares es de dos horas al día. Los amigos digitales realmente no son tus amigos. Son tus cómplices, tus aduladores. Puede que te animen, pero están diseñados para mantenerte en ese sistema, no para que prosperes. En EE UU ya hay demandas por autolesiones o por niños que han muerto como resultado de negligencias y de la falta de supervisión de estos amigos digitales. Si no extendemos la conversación de las redes a los amigos digitales, veremos cómo se repiten muchas cosas.

P. ¿Cree que también se articularán demandas colectivas contra los efectos de la IA en los niños?

R. Las empresas de IA han sufrido juicios mucho antes que las plataformas, comparativamente. OpenAI, por ejemplo, solo hace tres años que sacó al mercado ChatGPT y ya han empezado a recibir demandas por homicidio culposo [hay varios casos documentados de personas que supuestamente se suicidaron inducidas por el chatbot]. En el caso de Instagram, pasaron 15 años antes de que empezaran a afrontar consecuencias legales serias. Durante los diez primeros años de las redes sociales, de 2004 a 2014, creímos que eran divertidas y positivas para el mundo. Las empresas ya se han dado cuenta de que, si no conectan más con el público, no van a prosperar.

P. ¿Cómo es el día después de hacer hacer una filtración como la suya? ¿Pudo encontrar trabajo?

R. Si estás en una posición en la que podrías convertirte en garganta profunda, seguro que también habrás adquirido suficiente experiencia vital como para poder dedicarte a otra cosa. Cuando trabajaba en grandes tecnológicas no era consciente de que este tipo de empresas intentan que sus empleados teman no poder sobrevivir fuera de ellas. Una de las cosas que me permitió a mí dar el paso fue que el algoritmo de YouTube me mostró vídeos sobre cómo arrancar un pequeño negocio. Así es como llegas hasta aquí. He tenido ofertas para volver a la empresa privada, pero ahora estoy centrada en otros proyectos que me apasionan. Será interesante ver cómo reacciona en los próximos 10 años la generación Z, que saben que no son imprescindibles y que no conciben estar mucho tiempo en una misma empresa. Si no tienes la confianza de que, incluso haciendo un buen trabajo, permanecerás en la compañía, entonces tienes menos incentivos para mantener secretos corporativos.

P. En estos momentos puede haber gente que esté pensando en hacer una filtración. ¿Qué les diría?

R. La filtración es la forma en que se obtiene información crítica, y para dársela a un periodista no necesitas convertirte en una garganta profunda. Hay muchísima gente filtrando documentos. Puede que Arturo [Béjar, también exempleado de Meta] o yo seamos muy visibles, pero por cada Frances Haugen hay 100 personas que se aseguran de que el documento adecuado llega a las manos de quien tiene que llegar. Es importante saber cuáles son las formas adecuadas de sacar un documento realmente importante de una organización. Yo, por ejemplo, hasta saqué fotos de la pantalla de mi ordenador porque tenía la sospecha de que un superior me estaba espiando.

P. ¿Cómo se imagina las redes sociales dentro de 10 años?

R. Una de las cosas que más me han llamado la atención en los últimos años es Blue Fever, que en 2023 estuvo en el top10 de apps más descargadas. Es una red social usada principalmente por la generación Z y es distinta porque es anónima y se habla sobre sentimientos y experiencias. Está pensada para ser un espacio seguro. Solemos creer que, cuando actuamos con anonimato, nos comportamos mal. Me abrió los ojos a la idea de que hay mucha gente creativa en el mundo que desarrolla distintos experimentos y de que los jóvenes tienen muchas ganas de dejar de usar Instagram y Facebook. Tengo la sensación de que los actuales movimientos juveniles darán en los próximos cinco años con la clave para que las plataformas que cada uno use sean una elección, para que decidas con tus amigos dónde queréis estar en vez de verte arrastrado a las de siempre. El hecho de que haya mucha gente de 21 o 22 años que no quiera pasarse una década haciendo lo que yo va a crear la masa crítica que nos dará una mayor variedad de opciones.

viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista a Álvaro Pombo

 Álvaro Pombo: “Me agobia la malicia. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al chisme del año”, en El País, Luis Bravo, 1 MAY 2026:

A sus 86 años, este gran escritor y estupendo conversador sigue escribiendo, y conversando, a velocidad de crucero

Ha ganado prácticamente todos los premios importantes de las letras castellanas. Desde el Herralde de Novela hasta el desaparecido Fastenrath, pasando por el Planeta, el Nadal, o los más institucionales, como son el de la Crítica, el Nacional y, en 2024, el Cervantes. Aun así, Álvaro Pombo (Santander, 86 años) no parece haberse amilanado con el éxito, entre los lectores y la crítica. El ánimo y el buen humor tampoco han desaparecido. Una de las palabras que más dice en la conversación que mantuvimos es “divertido”. Es preciso tener un carácter desenfadado y constante para mantener una carrera literaria que recorre cinco décadas entre novelas, sobre todo, pero también libros de poemas, ensayos y relatos.

De estos últimos, admite que son un género “difícil”, pero la publicación de sus Cuentos autobiográficos. Volumen I (Anagrama), en noviembre de 2025, abrió una nueva veta que explorar en su narrativa. Anuncia que los dos siguientes tomos están en camino. A su ayudante, Mario Crespo, escritor y compañero académico en la RAE, le debemos la inminente aparición de una biografía sobre Pombo y la mediación para esta entrevista en el piso del madrileño barrio de Argüelles, rodeado de libros, flores y fotografías. Un gato naranja, Michi, se tumba en su cama. “Está un poco mayor, pero nos cuidamos el uno al otro”, dice el escritor. La grabadora empieza a correr y el señor Pombo, acomodado en su cheslón, como al inicio de cualquier historia, fuma, y sonríe.

Llegados a su edad, ¿quién va ganando el combate? ¿El escepticismo o la ilusión? 

El escepticismo, sobre todo el político. Quiero decir: yo no soy escéptico, soy de natural una persona entusiasta, pero la gente está un poco cansada, todos lo estamos. Lo de la ilusión, bueno. He seguido escribiendo, dándome igual el tipo de gobierno que tuviéramos. Para escribir se necesita una dosis enorme de energía. Por eso, si uno mira fuera y observa, la situación política te deja, más bien, desanimado. No es que sea mala, no nos está pasando nada, pero tenemos un panorama en el que se critica a Pedro Sánchez. Es melancólico tener que estar haciéndolo. Tendríamos que estar aplaudiendo. Y no es así. Se aplaude más a José María Aznar, siendo como era...

Dice, parafraseando a Henri-Frédéric Amiel, que los cuentos, como los paisajes, deben ser estados de ánimo. ¿Eso le facilitó la escritura de este libro? ¿Prefería la brevedad y su ligereza antes que unas memorias al uso? 

Es una frase que leí en su diario, divertidísimo, y que me pareció una idea espléndida. Concretamente, lo de que fuera el paisaje lo mismo que un estado de ánimo no es verdad. Lo que es cierto es que lo que vemos, lo configuramos como paisaje, pues este es siempre una construcción. Estos que yo tengo sobre el mar, sobre Santander, son todo construcciones. A su modo, son estados de ánimo porque los dotamos de ellos. Para mí es muy importante mostrarlos con sus lluvias, su buen tiempo... El cuento es un género difícil. He escrito más novelas, pero también más cuentos de lo que parece. De punta de lanza, pondría a Jorge Luis Borges como gran escritor de cuentos, claro, o algunos americanos, como John Steinbeck. Españoles también, como Azorín o Bécquer, importantísimo, de quien te lees hoy día una de sus Leyendas, la de El monte de las ánimas, y te parece totalmente actual, un cuento de terror moderno. A lo de la brevedad y la ligereza, le respondo con el epigrama de Juan de Iriarte: “A la abeja semejante,/ para que cause placer,/ el epigrama ha de ser:/ pequeño, dulce y punzante”. Yo no lo aplico [risas]. Unos cuentos me salen mejores que otros. Borges los clavaba. Le salían como sonetos. Uno puede escribir diez folios o tres, y mejor que sean tres. El cuento ha de ser impactante, sin discursos de por medio.

¿Un escritor termina desapareciendo para poder ser identificado con aquellos lugares y personajes que ha descrito? Lo pregunto por el protagonismo de su ciudad natal, Santander, y las casas familiares de allí y de La Dehesilla, en Castilla y León. 

El escritor tiene que hacerse a un lado. Un poco. Me parece bien que suceda así. Va siendo mejor esa situación según vas envejeciendo. El yo es una complicación en la escritura. Es la idea que tenían los grandes escritores. El objetivismo de T. S. Eliot, que para mí ha sido una gran referencia, consistía en contar “como está ahí”, y el subjetivismo es decir “yo lo veo”, pero tú no lo ves, lo ve el lector. En estos cuentos, las casas que se mencionan y el paisaje, que es un invento de los siglos XVIII y XIX, son básicamente mi vida, igual que esta terraza y este cielo que veo a diario.

Son el “primer latido” que lleva a escribir, como dijo Nabokov. Algo que le gustaba repetir a su amigo Javier Marías. Javier era un escritor magnífico. Lo leí mucho. Y de Nabokov, leí en su momento Lolita, que me pareció la novela de las novelas. No sé qué pensaría ahora si la releyese. No leí más de él, sólo algunos estudios y cosas. Soy poco erudito. He leído más ensayos que novelas.

Aunque ya había publicado dos libros de poemas, una novela y un libro de relatos, empezó a ser reconocido tras ganar el Premio Herralde de Novela en 1983 por El héroe de las mansardas de Mansard (Anagrama). ¿Sigue pensando que a un escritor le conviene un florecer tardío? Y los premios, ¿se han devaluado al aparecer tantos en tan pocas décadas? 

Publiqué en 1973 los poemas de Protocolos, sí, y con eso me mantuve en Inglaterra hasta que saqué los Relatos sobre la falta de sustancia, en 1977, título que escandalizó a todo el mundo. A Carlos Barral, por ejemplo, que era el editor de moda en aquel tiempo. Lo del Herralde en el 83 fue como si me tocara el Gordo, siendo el primero en llevármelo y la novela el primer título de la colección Narrativas Hispánicas. Además, desde esta mañana, ¡soy Mondonguero de Honor! [enseña el broche de un escudo dorado sobre su jersey], que me lo han traído el alcalde y dos representantes de Villada, Palencia [lugar de origen de su tatarabuelo, Juan Pombo Conejo], y lo he puesto enseguida en mi pecho. Sí que pienso, y estoy seguro, que un escritor debe empezar tarde. En mi caso, tuvieron mucha influencia don Juan Benet y Rosa Regàs. Es mejor esa tardanza porque así te lo tienes menos creído. Es un defecto si sucede cuando uno es joven. Tiendo a reducir los elogios a la juventud en ese aspecto. Piensas que te vas a comer el mundo. Hago un elogio de la vejez con esto, pero sin pasarme, que también podemos ser unos pelmas [risas]. En cuanto a los premios, cito siempre a Camilo José Cela: “Yo quiero todos los premios, el Nobel y el de poesía de Riofrío”, todos. Tenía razón. Los premios son un encanto. Y él los tuvo. Como era un intrigante… Tanto como divertido, sí. Umbral decía de él que tenía cara de caballo inteligente.

Menudo plantel de primeras espadas. Umbral era mejor. Tengo muy buen recuerdo de él, conmigo siempre fue encantador. Pero tenían, don Camilo y él, una mala leche de aquí te espero. Eran tal para cual, pero Umbral era más variado. Tenga en cuenta que escribía todos los días un artículo, y le salían muy divertidos.

¿En prensa no ha querido prodigarse? ¿Le era más costoso? He publicado muchas cosas en EL PAÍS y en El Mundo. Tenía un faldón en El Mundo, y ahora tengo una especie de capilla gótica en el ABC que se llama Los placeres de Pombo. A mí escribir en prensa me ha encantado, nos chifla a los escritores, pero es verdad que ahí somos unos intrusos.

También da de comer, es un pequeño sueldo, al menos. Claro, y nos da algo que no pasa cuando escribes novelas, que es la gloria diaria. Publicar en un periódico es como un fogonazo. Sobre todo, el periodismo es divertido. Naturalmente, no el que se haga durante ocho o diez horas en una oficina, pero sí el que vale por la inmediatez de la respuesta.

Su editor, Jorge Herralde, dijo de Luis Antonio de Villena y de usted que debían hacer más presentaciones juntos, ya que eran muy “numereros”, como apuntó Villena. ¿Echa de menos la exposición mediática de esos años? ¿Se siente más a gusto con la perfección alcanzada de su rutina? 

¡Somos geniales! [risas] Seguimos siendo un espectáculo. Estamos un poco p’allá, más p’allá yo que él, pero seguimos llevándonos muy bien y comunicándonos de maravilla cuando nos vemos. Lo que le pasa a Villena es que es muy inteligente. La gente lo tiene como alguien muy frívolo, pero es que es muy listo. Se sabe al dedillo el mundo literario español y el de otros países. Yo soy más introvertido. Puedo estar solo aquí, en casa, y pasarme días o semanas sin ver a nadie. Villena, en cambio, es alguien muy sociable. Una buena condición. De esos años, de la exposición en la televisión, me queda lo divertido que resultaba. No creo que nos sirviera de mucho a nadie. Diría que la única persona que nos veía era la madre de Villena. Decía él: “Ha dicho mi madre que ha ido como loca corriendo para ir a vernos al programa” [risas]. La rutina es la carcoma de las cosas, dijo Baltasar Gracián, pero yo tengo justo la idea opuesta. La rutina es indispensable. Lo que es importante para la rutina es estar en la silla de ruedas o en la silla de Luis XVI y estar escribiendo, dale que te pego. La mesa de pino, como el casco en el que penetró el agua verde, que decía el poema de Charles Baudelaire. Soy partidario de la rutina porque es como una pared blanca. Se aguza el ingenio y las cualidades. Estaría perdido si no mantuviese una rutina estricta. Todos los días dictando, cinco días a la semana.

Alguien que ha mantenido en sus rutinas lectoras es Iris Murdoch. Estoy leyendo esta novela suya [levanta un ejemplar de bolsillo en inglés, Henry and Cato, de 1976], por tercera vez. Ella se sentaba a escribir sus libros, que no eran cortos, precisamente. Pero era excelente y en sus retratos de personajes. Llegué a conocerla en Madrid, también a John Bayley. Me emocionó mucho. No le puedo decir la fecha, pero fue poco antes de morirse. Su novela, El mar, el mar, que tuvo el Premio Booker, es fascinante e inagotable. Ella me lo dijo: si no hubiera ganado el Booker, se hubiera enfadado muchísimo. Lo creo a pies juntillas. Se lo merecía.

En estos Cuentos autobiográficos, llama la atención, más que otros temas pombianos presentes en títulos anteriores, su fascinación por el mundo y la formación militar que recibió. 

Fue destacable porque lo pasé muy bien en la mili. Hice los dos veranos en La Granja, lo que llamaban las milicias universitarias en aquel tiempo. La vida militar me parecía sumamente teatral, estupenda con sus “¡A sus órdenes, mi general!”, las botas altas, las espuelas, los uniformes, los desfiles. Cuando narro todo eso en el libro, parezco fascista, pero es sólo porque me divertía ese boato. Fue instructivo, con sus complicaciones cuando había que mandar tropas, despiojar los catres, mantenernos firmes en las instrucciones, tener a la compañía en perfecto estado de revista. Era enojoso y difícil. Me gusta más el recuerdo, el regusto histórico. La gallardía y el honor son cosas que yo unas veces sí, otras no [risas]. Pero me sigue gustando ese mundo. Lo que pasaba en Melilla, donde estuve destinado de alférez, es que los oficiales y los jefes se pasaban el día en el bar, aburridos, tomando chatos de vino, cosa que yo también hice. Melilla era todo un paisaje; tan duro, su mar, su población... Me emocionaba ver allí al capitán, que era un bruto de mucho cuidado, horrible y chismoso, pero con su banderín de órdenes... Soy una persona anticuada en muchos sentidos, como ve. Me gustaba ir muy puesto y me gusta la gente bien vestida. Hoy, todo eso ha cambiado y hemos tenido que adaptarnos. Tendría que haberme puesto una camisa para recibirle, pero llevo el jersey y la medalla, como manteniendo el toque militar [risas].

¿Cómo percibe los excesos que caracterizan nuestro presente? La desinformación, la polarización, la falta de profundidad periodística, el bajo nivel de lectura y comprensión lectora. 

El asunto es complicado, porque yo vivo en esta habitación, digamos. Mi única salida semanal es ir a la Academia. Entonces, cuando hablo con otras personas más jóvenes y me comentan su percepción del presente, no sé si llego a hacerme una idea global, porque mi presente no deja de ser esta habitación, la terraza, este presente continuo de la literatura. No es que me dé igual, ni mucho menos, porque entiendo las dificultades actuales de los problemas de los precios de los alimentos, la vivienda, los sueldos bajos. Es difícil ser joven ahora, sí. Supongo que a cualquier generación le ocurre. Es cíclico, cada época con sus particularidades.

Está preparando el segundo volumen de este pequeño ciclo. ¿Ha sido voluntaria la decisión de dejarse temas o recuerdos en el tintero? 

El segundo volumen ya está enviado, saldrá en mayo. Ahora estoy con el tercero, y a la vez, escribiendo una novela, El arrepentimiento. Escribir ha sido mi salvación. No me propuse dividir nada, los cuentos han salido fácilmente. Luego no han sido tan autobiográficos, pero bueno.

¿Por qué le entusiasma la tensión entre la distancia con los sentimientos y la forma de narrarlos de forma tan lírica? ¿La culpa es de Rilke: El pasado es un antepasado que parece querer semejársenos? 

Soy un hombre apasionado y afectivo, pero racional. Los sentimientos nos conducen a todos. El sentimiento trágico de la vida, tan español, tan unamuniano. Tenía razón. Don Miguel de Unamuno quiso hacer ese libro porque partía del sentimiento, no de la idea: “Voy a hacer un libro español, sobre el sentimiento de España y la madre que nos parió” [risas]. Era un hombre muy capaz de reflexión, aunque Ortega y Gasset comentaba que llegaba y ponía su yo encima de la mesa. Era un poco pesado. El ideal, para mí, es el “eliotiano” de la impersonalidad. Lo de Unamuno era “Yo. Yo sufro. Yo muero. Yo siento”. Pero sufres y sientes tú y Perico el de los palotes [risas]. Rilke es vital para mí. El retrato de los antepasados, decía, que parecen y no parecen querer semejársenos. Los que veo aquí de mi familia, de mis padres, de mis abuelos. Rilke supo captar ese baile, esa cotidianidad absolutamente poética. “Oh vieja maldición de los poetas / que se quejan cuando debieran decir/  que tan sólo opinan sobre sus sentires / en lugar de darles forma”, decía su Réquiem para el poeta Wolf Von Kalckreuth. Un poeta tiene que decir, no sentir. Rilke era un poeta feroz. “Todo ángel es terrible”. Era mejor que Alberti en eso de los ángeles.

Usted es poco amigo de los chismes, pero, ¿considera el mundo literario más agitado o más tibio que antes? ¿Le han importado o entretenido las recientes polémicas en torno a David Uclés, Arturo Pérez-Reverte o Luis García Montero? 

Soy enemigo del chisme, pero en el mundillo ocurren muchos. Luis Antonio de Villena era muy chismoso. A Javier Marías le encantaba que se los contaran. Él no los contaba, pero le encantaba oírlos, que es peor. Es más de portera, todavía [risas]. A mí me agobia la malicia, y los chismes siempre lo son. Estas polémicas, las de Uclés y otros, parecen optar al Chisme del Año. Tampoco estoy al tanto. No soy polemista. Sólo participé con un artículo en la de García Montero contra Santiago Muñoz Machado, que me pareció algo desquiciado. No sé qué le pasaría. No seguí la respuesta que me dio, pero quedé contento con mi artículo, punzante, injusto, como todo ese tipo de artículos. No sé. García Montero pudo pecar de envidioso. Su mujer, Almudena Grandes, era más divertida, expansiva, estupenda. Su marido es más de chinchar. Los granadinos tienen “mala follá”, aunque una ciudad preciosa.

¿Sigue pendiente del cielo desde su terraza? Estar atento de sus matices, ¿infunde sabiduría o esperanza? 

Pendiente del presente continuo. Es la idea de Parménides que no ha dejado de fascinarme con los años. El ahora. El presente celeste. Contemplar este cielo que es mi paisaje basal. Su belleza. En el libro Variaciones (1977) hay bastantes poemas sobre el cielo. Es uno de mis temas favoritos. El firmamento, en realidad, que es más prosaico que lírico. Para la gente que hemos vivido en el campo, el cielo era una constante. Nos hablaba de los presagios y las epifanías. Dependíamos de él.