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domingo, 25 de octubre de 2026

Entrevista a Pedro Almodóvar

 Leer a Pedro Almodóvar: “El escritor es egoísta por naturaleza”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Pablo Guimón, 24 oct 2026:

Desde niño soñaba con ser novelista. Tras una vida dedicado al cine, el director manchego publica a los 77 años ‘El hombre que solo escribía en los aviones’, una ficción tan libre como sus películas atravesada por su pasión lectora

Libros que los personajes escriben, leen, regalan. Libros que saltan de una película a otra, que inspiran tramas, que se adaptan. La filmografía de Pedro Almodóvar está plagada de referencias literarias. Ha publicado numerosos relatos a lo largo de las décadas, algunos de ellos reunidos en El último sueño (2023). Pero ha esperado hasta los 77 años para publicar su primera novela: El hombre que solo escribía en los aviones (Reservoir Books), que llega a las librerías el 29 de octubre. Un libro frenético y libre, como su cine, atravesado por la pasión lectora. Lo protagoniza Flavio Guijarro, nueva incorporación al fecundo plantel de personajes almodovarianos. Un coach de autores obsesionado con escribir. Como tantos protagonistas del manchego, Flavio tiene mucho de él. Es sabido que la obra de Almodóvar es un ente poroso por el que circulan la ficción, la realidad, lo vivido, lo escuchado, lo leído. Esta entrevista discurre por esos poros y se centra en el Almodóvar lector y escritor. Recibe a Babelia en las oficinas madrileñas de El Deseo, su productora, con las paredes llenas de recuerdos y carteles de sus películas llegados de todos los rincones del mundo. Preside su despacho una gran estantería llena de libros que, advierte, son sobre todo novedades que le llegan. Su biblioteca más personal, admite, está en su casa. Sobre la mesa, eso sí, el último libro que le ha fascinado, Cosamala, de Alana S. Portero, autora hacia la que se deshace en elogios. Se enciende la grabadora y aparece un Almodóvar sereno, amable, cómodo con una conversación ajena a la clásica promoción del cine, alejado de la ansiedad que, dice, ha sido un motor de su novela.

Pregunta. “Lo que tienes en tus manos”, dice en el prólogo del libro, “es una novela escrita con ansiedad”. ¿De dónde nace esa ansiedad?

Respuesta. No sé. Desde luego es algo que está en mi carácter. Y no siempre es malo, porque la ansiedad que me ha empujado a escribir este libro ha sido totalmente positiva. Ha sido como quitarle un tapón a una tinaja. De pronto, todo el líquido ha salido a borbotones. En otros casos la ansiedad no es buena. De hecho, he estado dos veces en el hospital por culpa de la ansiedad. Yo creo que viene de mi carácter, y también de que en el cine casi nunca hay tiempo. Por muy holgada que sea la producción, siempre te quedas corto. Me funciona muy bien la adrenalina porque me despierta, pero te quedas después un poco bajo y yo tengo que tener cuidado. He tenido una vez una crisis de ansiedad muy aguda, la única vez que tuve que ir a un neurólogo, y debo cuidarlo porque me ocurre sin darme cuenta.

P. Esa ansiedad suya la comparten también Flavio, el protagonista de su novela, y Patty Diphusa, aquella estrella de fotonovelas porno, paradigma de la Movida, sobre la que escribía por entregas en la revista La Luna.

R. Totalmente. En Patty Diphusa, reconozco que me llamaban de La Luna para decirme que me enviaban ya al motorista para recoger el texto, y yo en esa media hora hasta que llegaba el motorista me escribía el capítulo, metiéndome antes unas cuantas rayas de coca. Patty Diphusa estaba muy muy drogada. Era el efecto de que yo lo escribía siempre en un estado alterado. Pero ahora ya no es así en absoluto.

P. Antes era la cocaína y ahora es la adrenalina.

R. Sí, sí, total. Pero siempre es buena señal eso de que empiezas a escribir algo, y por la noche estás leyendo otra cosa que no tiene nada que ver y te continúa la idea. Yo tengo que apuntarlo corriendo en el libro. Mis libros están llenos de notas.

“Cancelar a un autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero yo no soy mitómano de lo personal”

P. “Todo lo que me emociona o interpela en un libro o una película es mío, forma parte de mi propia experiencia”, dice Flavio, citando a Borges. ¿Podría aplicarse a usted?

R. Lo que le gustaba a Borges era que le contaran, y después ese recuerdo ya era suyo. Él ya podía manejar ese recuerdo como propio. A mí eso me pasa con las películas. Una vez que veo una película que me conmueve, esa conmoción y ese sentimiento ya me pertenece a mí. No le pertenece a la película, a pesar de que es la película la que me lo genera. Lo hago mío. Como si estuviera hablando de que he venido aquí y me he sentado a hablar contigo. Es decir, para mí es mío, esa experiencia es mía.

P. Eso se ve en Amarga Navidad, donde utiliza vivencias de personas cercanas.

R. La autoficción. Y los límites de la autoficción, si los hay. El autor se cree dueño de todo lo que ha experimentado en su vida, y ha experimentado muchas cosas que han sido corales. ¿Hasta qué punto tienes derecho a contarlo o a hacerlo tuyo todo? Es un problema moral que yo no sé cómo se resuelve. Creo que la clave es tratar de no hacer mal a nadie. Eso es lo que a mí me guía. Cuando tienes una idea, estás escribiendo y ese recuerdo te viene muy bien para lo que quieres contar, es difícil rechazarlo. Es difícil decir: tengo que respetar a mi amigo y no meterme en este fregado. El escritor es egoísta por naturaleza. Piensa en lo que está escribiendo y en ese momento no piensa en su amigo, su pareja o quien sea. El narrador es un ser egoísta. Y eso no es bueno, pero es la naturaleza de las cosas.

P. Se lo dice el personaje de Aitana al de Sbaraglia en Amarga Navidad: “Tú eres más sincero cuando escribes”. ¿Le sucede a usted lo mismo que a su alter ego?

R. Creo que en la escritura me expongo más. Hay algo en la escritura que, en mi caso, no es que me impida mentir pero me cuesta más. A la hora de escribir, tal vez por el respeto a la literatura, yo estoy dispuesto a sacrificarme y entrar en cosas en las que no me siento del todo cómodo. Me gustan para escribirlas, pero no me gustan cuando pienso que en el futuro tendré que hablar de ellas con periodistas. Porque entonces ahí sí te estás exponiendo ya directamente. Me siento más expuesto, de un modo más profundo, cuando escribo.

P. Escribe desde muy pequeño. ¿Se sintió antes escritor o cineasta?

R. Yo me sentía como esas actrices que empiezan siendo vedettes en una revista musical y, de pronto, las llaman para hacer un papel dramático y dan el salto a un género que es más difícil. Yo me veía como de revista, y no en un género más dramático. Tenía un poco ese complejo o, más que complejo, esa conciencia. Yo he escrito toda mi vida, desde los 11 años, pero no creo que sea una persona que tenga una cualidad extraordinaria para escribir. De eso te vas dando cuenta. Mi vocación era ser un gran novelista. Pero según pasaba el tiempo me daba cuenta de que no estaba capacitado.

P. ¿Por qué?

R. Pues porque veía la propia tosquedad del material que escribía. Pero lo que sí sentí desde muy pequeño es que tenía una imaginación muy grande. Una capacidad de fabular extraordinaria. Y eso afortunadamente no me ha abandonado. Pero también descubres con el tiempo que eso no basta, que la imaginación es solo un elemento más. Que necesitas un montón de otras cualidades para escribir una novela. A los 18 años me di cuenta de que yo lo que quería era narrar, contar historias. Y me pareció que tenía más facilidad para contarlas con imagen, es decir, en cine, que en literatura. Me compré una cámara de Súper 8 y empecé a hacer peliculitas, todas ya narrativas. Vocación narrativa he tenido siempre. Y llega un momento en que, para mí, el cine es una pasión. No es un trabajo, se parece mucho a una adicción.

P. ¿Adicción al cine?

R. Yo he tenido adicción al tabaco, sé lo que es una adicción, y esto se parece. Y ahora mismo, en la tercera etapa de mi vida, noto de un modo mucho más claro que antes que lo vivo de un modo adictivo. Yo no he tenido el problema de encontrarme con una época de sequía narrativa, afortunadamente, pero llegará en cualquier momento. Esas cosas llegan. Pero yo lo viviría también absolutamente como una agonía. Eso me convierte en director. En cambio, siempre he tenido la vocación de escribir una novela y no la he escrito hasta ahora. Con el tiempo he estado incluso dispuesto a escribir una que no fuera una gran novela, que era lo que yo quería de adolescente, sino que fuera una novela entretenida, amena y que te sirviera para un viaje de dos horas. Ya me había rebajado yo mismo mis aspiraciones (risas).

P. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

R. Nosotros nacimos toda la familia en Calzada de Calatrava [Ciudad Real] y después nos mudamos a Extremadura. Desde muy pequeño, yo empecé a leer con los catálogos de Galerías Preciados de mis hermanas. Eran unos catálogos preciosos. Bueno, para fetichistas era increíble porque, claro, estaba ahí toda la ropa interior femenina. Pues yo en ese momento pedía libros a mis hermanas, aunque no conocía nada.

P. ¿Qué tipo de libros?

R. Pues a Françoise Sagan, por ejemplo. Me recuerdo no solo leyéndola, sino sintiéndome muy identificado (risas). Hablaba de una adolescente, de gente bien, de gente intelectual de París. Pues yo la entendía a mi modo y me encantaba. Una cierta sonrisa. Buenos días, tristeza… Las recuerdo mucho porque eran las primeras novelas que leí. Después había una colección, muy de mi generación, que se llamaba Colección Reno. Estaban Mika Waltari, Jack London, Jonathan Swift... y alguien tuvo la buena idea de poner en esa colección a Hermann Hesse. Estos fueron los primeros libros que fui leyendo. Antes de eso, yo iba a dar clase a la casa de un señor, que no era maestro ni nada, pero que recogía a todos los niños de la calle. Esto era muy de los años cincuenta. Las madres nos llevaban cuando teníamos tres, cuatro y cinco años y así nos quitaban de casa. Él no tenía ninguna titulación, pero nos enseñaba a leer y a escribir. Tenía una enciclopedia, bastante gorda, y me la leí de cabo a rabo.

P. ¿Y qué empieza a leer cuando escapa del pueblo y llega a Madrid?

R. En Extremadura empecé a estudiar el bachillerato, pero duré un año en el pueblo. No resistía y me vine a Madrid. Me vine siendo menor de edad, y amenazado por mi padre, que me decía que me iba a mandar la Guardia Civil. Le dije: “Pues mándamela, pero yo me voy”. Y me fui. Una vez en Madrid, según iba creciendo, ya empecé yo a escoger autores de acuerdo con lo que iba leyendo en los periódicos.

P. ¿Siempre más ficción que ensayo?

R. Sí, sí.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Pues no sé. Yo creo que debería leer más ensayo. Leo en el periódico a muchos escritores de ensayos, sobre la época que estamos viviendo o sobre cualquier otra cosa, y me digo a mí mismo que debería estar leyéndolos. Creo que es simplemente que una novela me resulta más fácil, más entretenido.

P. Es curioso, porque parece como que disociara eso. En sus primeras películas apenas se habla del franquismo, no se habla casi de política. Tampoco en las más recientes. Y en cambio usted siempre ha sido un personaje muy comprometido con sus ideas en público.

R. Sí, y me crea cierta… no es mala conciencia, no es tanto, porque yo lo que hago es entregarme absolutamente en cuerpo y alma a lo que escribo y creo que es lo más honesto que puedo hacer. Pero echo de menos no tener en mi filmografía más películas sociales, porque a mí me preocupan mucho los problemas de mi país y los problemas de la ciudadanía. Pero también creo que eso es una cuestión de capacidad. Tengo más capacidad para escribir sobre otros temas que sobre temas sociales, al menos al nivel que a mí me gustaría para no caer en tópicos ni en lugares comunes.

P. En la novela vuelve a verse cierta nostalgia del Madrid de los ochenta. “Nos creíamos renacentistas, pero no era cierto. Nadie se sentía aprendiz, sino estrella”. ¿Echa de menos esa actitud?

R. Era tal cual. Sobre todo al principio de los años ochenta. Nos creíamos estrellas y estábamos aprendiendo. Aprendiendo desde la nada. Creo que cuando eres joven ahora mismo resulta mucho más difícil. Lo que tienen los jóvenes ahora que no teníamos nosotros, y es malo para los de ahora, es que desde el primer momento forman parte del mercado. Nosotros no éramos parte del mercado, no éramos parte de nada excepto de nuestro propio placer. No sabíamos todavía nada, pero había ideas. A tener ideas no se puede aprender. Yo no quiero ser nostálgico. No, no lo soy. Pero echo mucho de menos mi juventud y mi juventud fue los ochenta.

P. ¿Para que le interese un libro, tiene que interesarle su autor?

R. No, no. Yo, por ejemplo, a Philip Roth no tenía el menor interés en conocerlo. De hecho, si hubiera querido lo habría conocido. Porque eso es muy americano. A mí, la primera vez que llegué a Nueva York, me dijeron los distribuidores: ¿a quién quieres conocer? Forma parte de la vida social de allí. Y me ha pasado al revés, por ejemplo, que cuando he ido a Nueva York o a Los Ángeles, yo tenía también mi corte de actores y actrices importantes que ya le habían pedido a mi asistente tener un encuentro con Pedro Almodóvar. Te lo piden como quien pide audiencia. Entonces yo no habría querido conocer a Philip Roth y, sin embargo, adoro absolutamente sus novelas. A mí no me resulta nada difícil separar la persona de su obra, pero alguna vez he caído también en eso. Yo era absoluto fanático de Vargas Llosa, pero cuando se metió en política dejé de leerlo. Y me parece que no se debe hacer. Cancelar al autor por algo que no es correcto en su vida me parece excesivo. Pero no soy mitómano de lo personal.

P. Adaptó a Ruth Rendell en Carne trémula, a Thierry Jonquet en La piel que habito, a Alice Munro en Julieta, a Sigrid Nunez en La habitación de al lado, a Jean Cocteau en La voz humana... Pero sus adaptaciones de novelas no son exactamente fieles.

R. Es el único modo en que yo puedo acercarme a una obra de otro. Si no es con absoluta libertad, no lo haría. Y eso los autores tienen que tenerlo en cuenta. Yo he leído a algún autor español decir que dar tu libro para una adaptación cinematográfica es como dar tu hija para que la violen. Ese señor debería saber, y además lo sabe porque es mucho dinero, que hay una cosa que se llama derechos de autor, y que eso sirve para ponérselo en la boca al autor para que no hable. Este tipo de autor a mí me pone muy nervioso. Por ejemplo, Mujeres al borde… se ha puesto en varios sitios como musical o como obra de teatro. Lo primero que le he dicho al autor es que se sienta absolutamente libre.

“Pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine”

P. “Me siento superflua, perdida y (como los últimos cinco años) póstuma”, escribe Susan Sontag. Lo cita Flavio en el libro, y dice que podría haberlo escrito él. ¿Se empieza a sentir póstumo también usted, como Sontag o como Flavio?

R. A veces. No es un sentimiento continuado, porque si no ya sería una crisis. Pero hay veces que sí que me desespero. Fíjate que conocí mucho a Susan Sontag y puedo meterla en el grupo de amigas ilustres. Ella era la curiosidad personificada. No había nadie tan excitable como Susan Sontag. Si llegaba al lugar, quería conocer todo. La baja y la alta cultura, la gastronomía. Era una cosa increíble. Nunca me la hubiera imaginado en un momento de duda, pero fíjate si dudó.

P. En la última edición del festival de Cannes hubo una imagen como de relevo, que recordaba casi a Eva al desnudo. Era usted, con su musa Penélope Cruz, y Los Javis, que acaban de trabajar con ella y salían premiados del festival con La bola negra. ¿Siente que hay un relevo, un traspaso del legado?

R. Yo pienso poco en la posteridad, y dentro de la posteridad incluyo a toda la gente que se pueda sentir influida por mi cine. Pero evidentemente, con Los Javis, pertenecemos a una rama genealógica y ellos son la parte más fresca y recién llegada de ese árbol en el que yo estoy también. Sí, sí. No es que estén imitándome, sino que hay algo en el espíritu, en ese eclecticismo absoluto que tienen, la falta de respeto que tienen a los temas, en lo que nos identificamos y que yo espero seguir teniendo.

P. Dicen que está con un nuevo proyecto ya avanzado.

R. Muy, muy avanzado. Será muy distinto de lo último. No podría vivir si no estoy con algo entre manos. Me quedaría muy triste.

El hombre que solo escribía en los aviones, Pedro Almodóvar. Reservoir Books, 2026

256 páginas. 20,90 euros. A la venta el 29 de octubre

sábado, 17 de octubre de 2026

Isabel Allende, premio Planeta.

 Isabel Allende: «El mundo peligra en este momento», en La Razón, Javier Ors, Barcelona Creada: 16.10.2026

La escritora, que ha ganado el Premio Planeta con la secuela de «La casa de los espíritus», advierte de la deriva autocrática de muchos países y afirma: «Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla después».

Primero, los datos, porque, aunque los libros están hechos de palabras y nos llegan impresos en negro sobre blanco, también tienen una dimensión numérica. «La hora del alba», de Isabel Allende, saldrá con una tirada de 210.000 ejemplares; «La añoranza», de Sergio Hernández, con 90.000. Ambos libros llegarán a las librerías el próximo 4 de noviembre. Ese día marcará un comienzo y también un reencuentro, porque los lectores podrán volver al universo de «La casa de los espíritus». «He tardado 45 años en escribir esta novela. Desde el inicio recibí mensajes de lectores que querían saber qué había pasado con Alba, la nieta del patriarca, que tenía 20 años y que se había quedado sola en una casa llena de espíritus y dramas. En la novela, la protagonista vive aquellos años de dictadura. Sabe que uno vive en la nostalgia cuando está fuera y por eso prefiere quedarse esperando a su amante, un guerrillero que desaparece en los primeros días de la dictadura. Pero lo que sucederá a partir de entonces en esa casa es lo que le ocurrirá al país. La casa se convertirá en una metáfora. La historia también es una historia de amor y, al mismo tiempo, será la historia de la dictadura, del dictador y de cómo termina todo».

La escritora resaltó durante una rueda de Prensa que la novela ganadora y la finalista comparten un rasgo: «Son dos novelas sobre la represión, en un ambiente de censura. Quizá el tema está en el aire y nos atañe. Me importa la democracia. Sé lo que es perderla y también lo que cuesta recuperarla». Explicó que «durante estos años he vivido en un estado de memoria, manteniendo vivo mi país dentro de mis recuerdos junto a todas las personas que perdí y que están ya lejos de mí. El mundo peligra en este momento. Podría haber escrito este libro en 1985, pero no estaba madura. Han tenido que pasar todos estos años para que pudiera realizar este ejercicio de memoria».

La novelista apuntó que, para redactar esta historia, «tuve que volver atrás y revivir cosas que me tocó vivir. Chile nunca aparece mencionado en ninguna de mis novelas, tampoco en esta, pero se adivina que esa es la tierra a la que siempre vuelvo». Después dio paso a una confesión y reconoció que en su vida existe un hilo conductor desde pequeña: la palabra escrita. «Cuando era chica, empecé a leer y, como no había libros para niños, leía los que había. Primero fui lectora, luego periodista y después escritora. La palabra escrita me ha marcado. Desde el golpe militar, soy la misma persona. No he madurado nada. Soy igual; todavía me gusta Antonio Banderas, una obsesión importante».

Minar una democracia

Reveló también que le gusta «escribir sobre gente anónima que parece insignificante y que, de repente, saca a relucir un heroísmo, un coraje y una generosidad apabullantes. Y me emociona porque lo vi, vi cuánta gente solidaria había entonces en situaciones muy duras y cuántos traicionaban también. Pero los primeros todavía me emocionan. También he descubierto que no te haces más sabia con la edad, sino que eres más lo que eres. Así que cuidado con lo que eres».

La escritora ahondó en la situación actual y declaró que «todavía me importa la libertad. En Estados Unidos, las instituciones democráticas peligran. Uno podría pensar que es un país sólido, pero la democracia se pierde: a veces, de golpe; otras, se va minando desde abajo hasta que se derrumba». En ese instante se refirió a la prohibición de «La casa de los espíritus» en Estados Unidos. «En este país basta con que una persona se oponga a un libro para que lo saquen de la lista. También basta con que un maestro lo defienda para que lo devuelvan. Lo que no sé es por qué está prohibido en EE. UU: si es por las escenas sexuales, no puede ser por la violencia, porque EE. UU. vive en la violencia; ¿por contestatario? No sé si esta novela se va a prohibir, pero es un tremendo honor que a uno lo prohíban, porque es una garantía de que me van a leer todos».

Allende, que admitió que, a pesar de haber escrito 32 libros, no ha ganado confianza y que cada texto la obliga a ponerse a prueba, advirtió con seriedad contra las posturas intelectuales cómodas y recordó que «la corrupción, desde el presidente de Estados Unidos hacia abajo, es un escándalo, pero ahora ya está aceptada. Cuando ves a niños separados de sus padres y cómo los deportan a distintos países, sin que pase nada, y acabas aceptando esas cosas que nunca habrías creído posibles... Me asusta la complacencia porque eso le da toda la ventaja al otro».

Sergio Hernández, finalista del galardón por su novela «La añoranza», coincidió con la escritora y recordó qué sucede cuando pasamos una página de nuestra historia sin reflexionar sobre ella. Esta idea está relacionada con su novela, «centrada en la importancia de la memoria histórica en un país hecho de silencios. La memoria es necesaria para no cometer los mismos errores del pasado. Pero creo que ahora es más necesario que nunca saber de dónde venimos y construir un mundo mejor. Esta obra es esperanzadora y mira hacia adelante. Los libros son la salvación y la puerta para combatir el olvido».

El propio Hernández reconoció que le interesaba el exilio de Antonio Machado porque «hablamos de un poeta muy patriota, que pidió que lo enterrasen con tierra de España en Francia. Nosotros mismos hemos decidido que siga enterrado en Collioure. Hemos decidido convertir su exilio en un símbolo, para que Machado sea el exiliado por antonomasia». Aprovechó también la ocasión para despejar algunas dudas y aseguró que «en la primera parte de mi novela veremos a un Machado idealizado y, en la segunda, a un Machado más humano, al que no estamos tan acostumbrados: el hombre derrotado, cercano a la muerte, que sufre porque su país ha sido traicionado por italianos y alemanes. Es un Machado maravilloso, que duele y que, espero, se quede a vivir en el corazón de los lectores. Esta historia sirve para conocer la historia del exilio, que es una cicatriz que todos llevamos por dentro».

lunes, 12 de octubre de 2026

Método Ballard de estudio

  Los profesores que han ayudado a estudiar mejor a 10.000 alumnos: "Cuando un político entienda que hay que memorizar, mejorará la educación", en El País, Olga R. Sanmartín, 11/10/2026:

Ferran Ballard y Alejandra Scherk se conocieron en un doble grado. Observando a los mejores alumnos inventaron un sistema para mejorar los resultados. España es el país de la OCDE con menos jóvenes con estudios intermedios mientras está en cabeza en poco cualificados

Ferran Ballard y Alejandra Scherk se conocieron haciendo un doble grado en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y en seguida se dieron cuenta de que sus resultados no eran buenos para lo mucho que se esforzaban. Así que comenzaron a observar y a analizar lo que hacían los mejores alumnos de cursos superiores e inventaron un sistema, el Método Ballard, basado en su propia observación y en la psicología cognitiva. Ambos mejoraron sus notas y Alejandra se graduó logrando el premio extraordinario de carrera. Ha pasado una década y su sistema ha ayudado a estudiar a más de 10.000 adolescentes, universitarios, opositores y profesionales de toda España. Sus trucos los cuentan en Aprender con estrategia (Libros Cúpula).

¿Qué tienen en común los mejores alumnos de la clase?

Ferran Ballard: Los mejores alumnos no son genios, sino que tienen un sistema. Mantienen ciertos hábitos, como pedir las diapositivas antes de la clase para ir con una lectura previa, dar coherencia a lo subrayado o hacer buenos esquemas. Una de las personas con mejores notas que hemos conocido hacía algo muy sencillo: cogía una hoja, la dividía en columnas y escribía listas de palabras clave. Después las memorizaba y era capaz de reconstruir toda la información dándole coherencia en su cabeza.

Alejandra Scherk: También es clave la constancia. Los mejores alumnos se autoevalúan poniendo a prueba su memoria de forma escalonada en el tiempo. Es fundamental hacerlo sin los apuntes delante porque hay que aprender a tolerar la frustración que produce no saber las cosas. Cuando los mejores alumnos se encuentran con algo que les cuesta, se esfuerzan en solucionarlo.

¿A los jóvenes de ahora les cuesta más que antes tolerar el fracaso?

F. B: Ahora todo el mundo quiere las cosas más fáciles. En vez de preparar a los alumnos para el estrés y la frustración, lo que se está haciendo es reducir el currículo. En Primaria no se está dando una base de conocimientos y en la ESO se exige muy poco. Cuando llegan a la universidad, los chicos no están preparados y se dan de bruces con la realidad.

El informe PISA ha revelado los peores resultados de nuestra historia. ¿De quién es la culpa?

F. B: Llevamos años aplicando recetas sin ningún aval científico y buscando el culpable en todo menos en esas recetas. El Gobierno debe dejar de juzgar un sistema educativo por el nivel de sus intenciones y empezar a juzgarlo por sus resultados. Se puede tener la mejor intención del mundo, buscando fórmulas para reducir el estrés, hacer felices a los niños o modernizar el aula, pero, si cada año los datos muestran que estamos empeorando, hay que reconocerlo y cambiar de rumbo. Nuestro fracaso escolar sigue siendo, sobre todo, un fracaso político.

¿Qué es lo que más está fallando en el sistema educativo?

F. B: El problema principal es que se ha reducido el temario. Al rebajar los currículos para combatir el fracaso escolar, se ha conseguido lo contrario: alumnos con menos base, menos vocabulario y menos capacidad de razonar, porque sin conceptos en la cabeza no hay argumentos posibles. Hay que aplicar un currículo homogéneo y exigente en toda España, no distinto en cada comunidad autónoma ni rebajado. Y recuperar el peso de la memoria y el esfuerzo en el aula, frente a las competencias vaciadas de contenido.

A. S: Memorizar es comprender.

F. B: Se tiende a demonizar la memoria, que es la base de todo. Cuando un político entienda que hay que memorizar, mejorará la educación. Se suele decir que no hay que memorizar porque todo está en Google.

A. S: La memoria es clave porque constituye la base del conocimiento. Sin esa base no se puede buscar en Google. ¿Cómo se adquiere, si no, un criterio para evaluar una fuente y saber qué es lo correcto?

¿Cómo es el Método Ballard?

A. S: Son ocho pasos: tomar apuntes, hacer una lectura exploratoria, hacer una lectura de profundización, resumir, hacer una hoja de preguntas, esquematizar, memorizar y repasar, dejando que haya cada vez más tiempo entre repasos. No hemos inventado la rueda: la gente conoce esto, pero no sabe qué hacer para que redunde en un buen aprendizaje. Nosotros explicamos por qué cada paso funciona. La mayoría de estudiantes no tiene un buen método de estudio.

¿Cómo el cerebro memoriza más?

A. S: El cerebro recuerda mejor la imagen que las palabras. En un experimento, se puso a un grupo de personas un texto sin imágenes y, a los tres días, recordaban solo el 10%. A otro grupo se le mostró el mismo texto con una imagen y el recuerdo subió al 65%. Esto es así porque, durante la mayor parte de nuestra historia como especie, sobrevivir implicaba recordar lo visualizado. Si uno quería volver a su cueva, recordaba que ésta estaba detrás del árbol torcido, junto a una piedra. El cerebro también recuerda haciendo conexiones: cada aprendizaje nuevo cuelga de un andamio que ya está montado y ese efecto se retroalimenta. Cuanto más sabe uno, más fácil es que recuerde lo siguiente. Es lo que se denomina el efecto Mateo, por la frase del Evangelio que dice «al que tiene, más se le dará». Por último, el cerebro recuerda lo que le impacta: la memoria se activa cuando algo destaca sobre el resto.

¿Los profesores deben tomarse esto al pie de la letra y ponerse a emocionar a sus alumnos?

A. S: No hace falta hacer un show ni dar una clase sobre Egipto disfrazado de faraón. Hay mucha confusión que no está ayudando a los alumnos a aprender. La diferencia la marca un buen ejemplo, una historia real o una pregunta desafiante.

¿Qué más dice la neurociencia?

A. S: Para aprender es muy efectiva la evocación, que consiste en hacer una autoevaluación de los conocimientos sin tener los apuntes delante, de tal forma que se trae de vuelta a la memoria todo lo que se ha aprendido. Es como decirle al cerebro que se trata de una cuestión de vida o muerte, y que debe aprender porque lo necesita para sobrevivir. También funciona muy bien el repaso espaciado, en el que se va dejando más tiempo entre repasos. Primero unos días, luego unas semanas, después un mes. Cada repaso es una oportunidad para poner más a prueba al cerebro.

¿Qué no funciona?

A. S: Escuchar música clásica durante el embarazo no hace que tu hijo sea más listo.

F. B: Tampoco aprender ajedrez o latín te hace más inteligente.

A. S: Pero tocar un instrumento sí es muy positivo para el aprendizaje. Los números uno casi siempre tocan un instrumento.

¿Es buena idea estudiar con música?

A. S: No es recomendable porque ocupa tu memoria de trabajo. No ayuda a la concentración. Distrae a la hora de pensar activamente en algo.

Recomiendan repetir la lección en voz alta. ¿No sirve ir a la biblioteca?

F. B: Hay que hablar en voz alta para comprobar que se sabe realmente la información. Lo más útil que se puede hacer en una biblioteca durante la época de exámenes es ligar. Para aprender bien no hay que tener distractores. Lo ideal es hacerlo en una mesa despejada, ordenada y limpia.

Y sin tener el móvil cerca.

F. B. El móvil debe estar fuera de la habitación, siguiendo la regla de las tres puertas. Tiene que haber tres puertas o tres obstáculos de distancia para que, cuando el estudiante va por el segundo obstáculo, se dé cuenta de que está buscándolo. Si está encima de la mesa, lo coge sin darse cuenta. Incluso apagado, el móvil reduce un 20% la memoria de trabajo, según un estudio de la Universidad de Texas. Además, hay que borrar todas las redes sociales del móvil durante el tiempo de estudio, para evitar tentaciones. Es como cuando Ulises se ataba al mástil de su barco para resistirse a las sirenas: muchas veces la fuerza de voluntad poco puede hacer.

¿Se debe estudiar con la IA?

La tecnología no es mala en sí, hay que ver el uso que se hace de ella. Pero cuando se delega el conocimiento en la IA, se contrae una deuda cognitiva. Con unas guías claras, eso sí, se puede sacar partido de ella.

¿Apuntes a mano o con teclado?

Depende del contexto. Al mover la mano se activan zonas sensomotoras en el cerebro que ayudan a aprender mejor. Tomar apuntes a mano también obliga a resumir, porque no da tiempo a cogerlo todo. Lo importante, en todo caso, no es cómo se haya escrito, sino que la lección quede por escrito. Porque tomar apuntes no sólo sirve para recordar, también ayuda a entender mejor lo que se está escuchando. Para aprender, hay que escribir.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Fallece el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez

 I

 Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años, en El País, Juan Barbosa, Madrid - 21 sept 2026:

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral en EL PAÍS desde el año 2000, escritor y profesor, durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores. Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada literaria sobre la escena y quienes la habitan. En este diario, publicó una crítica semana en el suplemento Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Entre su obra novelística cabe destacar Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002; Libros del Asteroide, 2015), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) y Juegos reunidos (2016). También ha publicado obras relacionadas con el teatro y el cine, como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). También publicó biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Su mirada crítica estuvo muy vinculada a la memoria del teatro y de los cómicos, y a la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. A menudo, Ordóñez explicaba una de sus ideas esenciales sobre la crítica: escribir desde el entusiasmo y seguir la intuición a la hora de acercarse a los espectáculos y a los autores que consideraba interesantes. También defendía que el teatro se comprende plenamente cuando se ve encarnado por los actores, y no únicamente cuando se lee. Esa mirada, atenta a la representación y al trabajo de quienes la hacen posible, atravesó buena parte de su trayectoria.

El funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas.

II

“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 09 mar 2019:

Marcos Ordóñez recoge una sabrosa miscelánea de asuntos y emociones en su dietario ‘Una cierta edad’

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor... ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

Cada entrada es un descubrimiento, una causa de regocijo, de sonrisa, de meditación o de amable melancolía. Hay reflexiones, recuerdos, pasajes costumbristas –“los equipajes de las motos, también llamados cofres, parece que se hubieran inventado para apoyar la libreta y tomar notas por la calle”-, apuntes dignos del Woody Allen de Cómo acabar de una vez con la cultura o Sin plumas (“Adolfo Marsillach sale de su casa. Dos señoras comentan: ‘Ese es el padre de la hija de Adolfo Marsillach”), historias más largas (la desternillante de Julia Gutiérrez Caba sobre uno de los momentos más difíciles de su carrera representando una obra de Agatha Christie), efusiones (“¡Dios bendiga a James Salter!”) y anotaciones de cariz muy personal: “Sueño que viajo en el tiempo hasta el año 68 para follar con Emma Cohen (...) Un sueño estupendo, de los que no abundan”.

Ordóñez (Barcelona, 1957) está esperando en la puerta del bar para hablar de su libro. Luce una gorra de béisbol de los Yankees que desentona con el resto de su sobria indumentaria y le proporciona un aire a lo Harry Dean Stanton en París, Texas. Se apunta a pedir un oporto y cuando los traen, entrechoca su copa lanzando su lema favorito (aparte del “dilo con firmeza pero finamente”, de Quintiliano), el brindis irlandés de John Huston: “Por el impulso”.

“En un libro como Una cierta edad cabe todo, casi”, señala. “Actualidad hay poca, porque se disuelve rápido. No es un dietario teatral, aunque el teatro forma parte importante de mi vida y sale, claro”. El autor describe así lo que hay en su libro, confeccionado con “platos muy variados”: “Recuerdos, crónicas breves, apuntes al sesgo, microrrelatos, pequeños poemas, humoradas luminosas o bromas oscuras de la existencia”. Hay más: “El paso de la edad, el tiempo, cosas que te obsesionan”. Son todos textos escritos entre 2011 y 2016. Dice Ordóñez que en ellos acaso se encuentre “mi esencia sin argumento, mi voz hecha de muchas”.

Sobre la clave del género, reflexiona: "Lo bonito es la libertad que te proporciona, puedes correr en cualquier dirección, con la condición de no ponerte estupendo. Lo que atrapas es muchas veces que te cae, has de estar, por tanto, muy atento”. Un ejemplo, el cartel del loro perdido que “atiende por Kostia”, necesita “dieta especial” y es indispensable “en terapia depresiva de un familiar”. Otro: “Este no es barrio de guisantes”. Otro más, una gitana en la Seguridad Social: “La niña, que tiene escocío el regocijo”. Dice que le abrieron los ojos al interés actual del dietario dos escritores que lo frecuentan, Ignacio Vidal-Folch e Iñaki Uriarte. "Ambos tienen ese talento para coger algo”. ¿Cioran? “Te parte el alma, pero en cambio me gustan mucho Jules Renard –al que descubrimos por Pla- y Charles Simic con sus píldoras sanadoras” (i. e. “la belleza de un momento fugaz es eterna”). Aborrece Ordóñez “esos dietarios en que la mitad es ajuste de cuentas”. Para él es fundamental entretener, ofrecer algo de humor “y pillar un poco de belleza”. Aunque algún texto tenga la extensión y la fuerza de un aforismo, el escritor marca distancias: “El aforismo quizá es escucharse un poco demasiado a uno mismo”, lo que no está mal como, precisamente, aforismo. En Una cierta edad abundan los amigos del autor (Lady Espert, la Sardà, Mario Gas, Shakespeare, la gata Rosalía) muchos desaparecidos (Anna Maria Moix, Rosa Novell, Anita Lizaran). “Alguien dijo que a partir de cierta edad caminas en dos lugares, el presente y el pasado, continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido”.

Marcos Ordóñez se marcha dejando tras él un reguero de historias y de frases en las que resuena su voz cavernosa a lo Constantino Romero. A recordar desde la primera del libro (de su querido Ennio Flaviano), “la situación es grave pero no seria”, hasta la penúltima (suya), “tres señales indicativas de que el día, pese a todo, ha sido bueno: si he atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: ‘Bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio”. La última es: “Buenas noches. Feliz año nuevo”.

III

Marcos Ordóñez: “El crítico tiene alma de comadrona”, en Núvol, Oriol Puig Taulé 7/07/2017:

"El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio".

Hemos citado a Marcos Ordóñez, crítico de teatro y escritor, en nuestra redacción a las cuatro de la tarde. Nuestra intención era hacer esta entrevista en el patio naranja de Vilaweb, tono que se está convirtiendo, casi sin quererlo, en el color corporativo de Núvol, pero el sol y el calor nos hacen buscar una alternativa. Pasamos al plató, con paredes de color negro y aire acondicionado, y empezamos a hablar sobre los influencers. Ordóñez confiesa que no sabe qué son ni qué hacen, cuando le cuento que una joven estudiante de bachillerato escénico me ha contactado porque quiere convertirse en una “influencer teatral”.

Marcos, ¿eres consciente que tú mismo eres un influencer? Sólo hace falta ver tus publicaciones en Facebook, cuando recomiendas una película, un libro o una serie, ya no digamos un espectáculo, y mucha gente te lo agradece y, literalmente, se “apunta” tus recomendaciones.

Nada me gustaría más. Esta es un poco la idea. Yo estoy muy a favor de estar a favor, y eso ya es una declaración de principios. Hay muy poco espacio y muy poco tiempo para todo, y se tiene que intentar colocar la cuña donde se pueda. “¡Vayan a por esto!”. Entre todo el marasmo de cosas que suceden a nuestro alrededor, me gusta señalar lo que yo creo que vale la pena. Esto lo he intentado hacer siempre, pero creo que últimamente más: porque hay más oferta y tenemos menos tiempo. Y porque hay más crisis, y todos nos lo pensamos más antes de ver algo.

He leído en más de una ocasión en tus artículos que no crees que valga la pena hablar de un espectáculo fallido o que no te haya gustado. Eres de la opinión que en estos casos el crítico se limita a hacer un alarde de su inventiva y talento literario, cuando los espectáculos malos ya caen por sí solos.

De entrada yo escribo en El País, y esto tiene una determinada importancia: un palo en este periódico no es lo mismo que en otro medio, sobre todo si está dirigido a gente que está empezando o se está abriendo camino. Escribir que un espectáculo no te ha convencido resuena más en El País que en otros sitios. Procuro hablar de lo que me gusta por diferentes motivos: en primer lugar porque yo escribo mejor desde el entusiasmo. Otro factor muy importante es que yo elijo lo que veo, y también sobre qué voy a escribir. Durante muchos años hice una crítica diaria, o casi diaria, y ahora al tener un espacio semanal tengo el privilegio de poder elegir mucho más. Ahora bien, esto no quiere decir que si Lluís Pasqual o Miguel del Arco o el director que sea hace un espectáculo que no me ha convencido, yo esté obligado a comentarlo. Hay mucho para elegir. Y un palo a Pasqual no le va a fastidiar ni a afectar mucho.

En mi caso me encuentro que tengo demasiados amigos en la profesión teatral: dramaturgos, directores, actores… Esto hace difícil el ejercicio de una crítica digamos que objetiva (cosa imposible, por otro lado), y en algunas ocasiones se me han enfadado cuando he escrito críticas negativas sobre sus montajes. ¿Cómo llevas el hecho de escribir sobre personas con quien tienes una relación personal o de amistad?

Nunca gusta. Sobre todo al que recibe [ríe]. Lo que pasa es que ya llevo muchos años en este oficio. El pasado marzo cumplí sesenta años. Y llevo muchos escribiendo sobre teatro y otras cosas. Creo que la gente de teatro se da cuenta cuando no eres un recién llegado, un crítico que quiere hacerse notar pegando un palo, o que le tiene una manía especial a alguien determinado. Somos todos compañeros de viaje. Siento que formo parte del mundo del teatro, me considero una persona de teatro. Evidentemente, yo hago otro tipo de trabajo, pero estamos en un camino paralelo. Y esto creo que la gente lo nota: puede que no te guste un espectáculo, pero el siguiente ya te gustará más. No sé si con esto te contesto a tu pregunta… Si quieres saber si se me han enfadado alguna vez, te diré que sí, que esto pasa. Yo incluso me pongo mal físicamente. Lo que sucede es que conoces a muchísima gente, y durante varios años sigues su trabajo. Si tienes una relación de amistad y ves que un espectáculo no ha salido o no ha acabado de cuajar, no diré que sea doloroso pero un poco sí que lo es. Lo que quieres es que funcione. El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio.

Hace años que te dedicas casi exclusivamente a la crítica teatral, aparte de tu faceta como escritor de novelas, pero también tienes mucha experiencia en la crítica musical y de cine, cosa que se nota sobremanera leyendo tus artículos. ¿De qué manera un conocimiento del mayor número posible de disciplinas artísticas lleva a una crítica mejor, en el caso del teatro?

Es que está todo relacionado, y para mí lo ha estado siempre. No se trata de compartimentos separados. Estás viendo una función y aparecen muchos referentes, que creo que es una palabra un poco fría. Mejor llamarlos vínculos, o herencias que te remeten a otras cosas. El teatro está hecho de herencias y el crítico lleva la antorcha de las generaciones pasadas, de la gente que ya no está, porque de todas las artes el teatro es el más efímero. Estás viendo una función y te das cuenta que tal actor o tal actriz está toreando como tal o cual. Creo firmemente que debemos seguir hablando de los mayores. El teatro tiene mucho de artesanía y de herencia. Mario Gas habla mucho de “familias”, y lo entiendo muy bien. Luego está la música, y cada vez se mezclan más todas las disciplinas artísticas. El otro día vi Bodas de sangre en la Biblioteca de Catalunya y me maravillaron los ecos que han conseguido el director Oriol Broggi y el músico Joan Garriga y su banda: estás viendo una obra andaluza pero tiene aires de western, de México, de las bandas sonoras de Ennio Morricone… Como decía el poeta: “son voces de muchas aguas”. Las referencias no las buscas, simplemente van saliendo. Recuerdo una crítica que escribí hace años sobre ¿Estás ahí?, una obra de Javier Daulte que había visto varias veces: hice comparaciones con marcas históricas de chicles. Comparaba ese montaje con el Bazooka, que era un chicle muy duradero. Y otro espectáculo, que no recuerdo, lo comparaba con el Dunkin, que era un chicle rosáceo, en nuestra época para niñas, que comprabas sólo cuando no había Bazooka. Era como comprar el Lily cuando en el quiosco no tenían el Tío Vivo.

Tus inicios como crítico fueron en el campo de la música y el cine, pero el teatro siempre estaba ahí. ¿De qué forma el teatro acabó convirtiéndose en el centro de tu actividad crítica?

De pequeño anotaba muchas cosas para contármelas a mí mismo. Era casi como un coleccionista de cromos, y esto me pasaba mucho con las películas (“Ya tengo tres de Éric Rohmer”). Esas crónicas eran una manera de contarme a mí mismo lo que había visto, para ver cómo funcionaba el juguete. Con el teatro era distinto, no sé muy bien el porqué: había algo teatral en el hecho de escribir la crítica, como si fuera para un periódico, como si tuviera que salir publicada al día siguiente. Como en Ciudadano Kane, que justo después de la función Orson Welles está esperando con ansia lo que escribirá Joseph Cotten en su crítica. Nadie esperaba mis escritos, pero ya había en aquello una voluntad periodística. Siempre me he movido entre lo periodístico y lo intímo, y la crítica teatral es como recomendar una cosa a un amigo. Creo que lo primero que publiqué como crítico de teatro fue en la segunda temporada del Teatre Lliure, en el año 1978, y hablaba de Les tres germanes o Hedda Gabler, para Ajoblanco (que ahora ha vuelto a editarse), revista que entonces se vendía una barbaridad. Hubo una época en El Correo Catalán que iba a por todas, cuando preguntaban quién quería cubrir algo yo siempre era el primero en levantar la mano. En esto me siento muy identificado con Juan Cruz, que venía de Tenerife y tenía unas ganas locas de verlo todo. Es una maravilla cuando entras en una redacción y lo quieres hacer todo: escribir crónicas, hacer entrevistas, proponer reportajes… En aquellos tiempos escribía más de música, pero seguía con el teatro. Entré en el ABC cuando abrieron la delegación de Cataluña y ahí tenía mucho espacio para escribir, una página entera, e incluso había hecho alguna doble página sobre espectáculos que me habían gustado mucho. Más tarde estuve en un diario de corta vida, que se llamaba El Observador, que en esa época lo dirigía Vicent Sanchis, y me dio una página entera. En aquellos años era un poco más cabestro, escribiendo. Quizás por lo que decías, porque no conocía a mucha gente de la profesión. Con el paso del tiempo conoces a todo el mundo y vas modulando la forma, pero creo que se puede decir todo. Quintiliano decía “Suaviter in modo, fortiter in re”. Opino que es importante el suaviter in modo, y que no hace falta el tan fortiter in re [ríe].

Y ahí sigues, con tu crítica semanal de teatro en El País, aparte de tus crónicas de los jueves donde hablas de teatro pero no exclusivamente.

Hay una cosa que me sorprende bastante de mis amigos de juventud, y es que algunos han dejado las drogas: algunos no escuchan música, porque no tienen tiempo, otros ya no leen libros (o sólo en verano) y vas a su casa y rejuveneces de golpe, porque ves libros de hace veinte o treinta años. Yo mismo, por ejemplo, ahora voy a poquísimos conciertos, porque me canso como una perra de estar ahí de pie. Pero el teatro dura, ahí sigo. Soy como el conejito de Duracell.

Mirando atrás y viendo tus comienzos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ¿cómo ves el periodismo cultural y la crítica teatral hoy en día, comparados con aquellos años?

Los medios digitales los controlo poco, porque hay muchos. Yo soy de una generación donde había muchísimas publicaciones en papel, y me duele ver como van desapareciendo muchísimos espacios, como árboles caídos (árboles que se talaban para hacer papel, por cierto). La gente ahora lee menos, y las previsiones son muy apocalípticas: llega el final de una era. Pero he oído tantas profecías apocalípticas en mi vida: que el libro digital iba a eliminar el papel, por ejemplo. Todo va tan rápido que se convierte en cliché. A mí me gusta el papel. Cuando me habéis regalado el ejemplar de Núvol en papel lo primero que he hecho ha sido olerlo. Lo digital está muy bien, sí, pero… Sí, pero. Y desconozco muchas de las cosas que salen, y de tanto en tanto alguien me recomienda un blog o un medio digital que se me había escapado.

Eres profesor del Máster de Periodismo Cultural de la Universitat Pompeu Fabra y de la Barcelona School of Management. ¿En qué consiste tu actividad pedagógica y cómo ves a los jóvenes que quieren dedicarse a la comunicación y al periodismo cultural?

Hago bastantes cosas, la verdad. En el primer trimestre de Comunicación doy una asignatura que habría que cambiarle el título, porque es halagador pero muy pomposo, “Dirección de actores”. Ahí me siento como un coach o entrenador deportivo, hago de Padre Flanagan (el fundador de la Ciudad de los Muchachos). En la Pompeu Fabra los alumnos son eternamente jóvenes, porque siempre tengo los de tercero. Trato de detectar el talento y lanzarles a la piscina, de conseguir que se pongan a actuar y a dirigir, aunque sea con el papel en la mano. Cuando ves que alguien le lanza rápido a la piscina, algo que se ve enseguida, es un placer enorme. El otro día hablaba de Elena Martín, que acaba de debutar con su primera película Júlia ist, y que en mi clase ya le vi ese brillo en los ojos. Es todo un poco complicado, la verdad, porque estás con cuarenta alumnos, y al mismo tiempo intentando que apaguen el móvil.

En el Máster de Periodismo Cultural de la UPF los grupos son mucho más reducidos, entre quince y veinte alumnos, cosa que permite clases más interesantes. He comprobado que el interés de los estudiantes por el teatro varia según los años, va por promociones. El máster es como un pack donde hay cursos de cine, teatro, artes plásticas y literatura. Yo acabo hablando de teatro más que de crítica teatral, y ves que hay alumnos que les interesa más que a otros. Hay muchos estudiantes de Latinoamérica, a los que los nombres catalanes o españoles no les dicen nada en particular. Con Clàudia Brufau, que creo que trabaja con vosotros, también fue un amor a primera a vista: a la que empezó a hablar vi que era una persona de teatro, y sobre todo de danza. Lo ves enseguida, son gente que va a tirar por ahí. Cuando encuentras a alguien que es familia, es como jugar al póquer y ganar. En el máster doy los cursos de “Crítica teatral” y “Principales corrientes teatrales contemporáneas”, sobre periodismo cultural y teatro. Ahí les pongo a escribir e intento pasarles mi experiencia sobre cómo se hace esto. “Que parezca un accidente”, como se dice en la mafia, como si lo acabaras de escribir… Que parezca fácil, en definitiva.

En tus críticas sueles terminar con consejos y avisos a los espectadores y a los posibles programadores que lean tus artículos: “No se la pierdan”, “Tiene que girar”, “Esto se tiene que ver en Madrid” (en el caso de producciones catalanas), “Tiene que hacer gira por toda España”… ¿Eres consciente de ello, y del poder (o no) que pueden tener tus palabras?

Hay una entrevista histórica en Cahiers du Cinéma entre Martin Scorsese y Paul Schrader, y ahí cuentan que de pequeños les pasaba lo mismo: en la escuela veían que los niños caminaban muy tranquilos, y pensaban “¿Cómo es posible que esta gente no corra a ver Balas vengadoras, de Sam Fuller?”. Tenían ganas de gritar “¡Paren todo lo que estén haciendo y vayan a ver Balas vengadoras!”. A mí me gusta hacer esto. Y hay que decirlo, porque antes las cosas duraban más, y ahora todos tenemos menos tiempo. Antes la cara B de un disco duraba más minutos: ahora dura lo mismo pero mientras suena hemos contestado los mensajes del móvil, hemos mirado el correo, etc…

Libros del Asteroide acaba de reeditar una de tus novelas, Detrás del hielo, que salió publicada en 2006. Háblanos un poco de este libro y de cómo afrontas la escritura de una novela. 

A Detrás del hielo le tengo un cariño especial, porque fue un parto difícil. Si me preguntan “Resúmela en una frase”, diré que es una novela de amor y revuelta. Una historia de creyentes, de una generación que cree en los libros, la música y el cine. Es una historia de un trío, como Jules et Jim, y la voz narradora es de una mujer que se llama Klara Liboch. Yo quería que pasara en un país de gran eferverscencia y que luego hubiera una dictadura (como España durante la Segunda República, Chile, Argentina, o la primavera de Praga), pero estaba atado por la contingencia. Al final decidí inventarme un país centroeuropeo, la República de Moira, y fue como jugar al Monopoly. Hice un mapa enorme, me inventé la historia del país, puse los arbolitos… Esto también lo ha hecho a lo grande Martín Caparrós en un libro de más de mil páginas que se llama La Historia (Anagrama, 2017): ha creado un país entero, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para mí escribir una novela es como rodar una película, de alguna manera. Como la produzco yo, puedo poner hasta helicópteros si hace falta. ¡Será por dinero! [ríe]. Luis Solano, el magnánimo editor de Libros del Asteroide –a quien Jehová y una cohorte de diosas le conserven muchos años– ya había reeditado mi libro Comedia con fantasmas, donde yo había montado una compañía. Para Detrás del hielo hice el “Director’s cut” del libro, sin añadir nada (al contrario que Francis Ford Coppola en Apocalypse now), donde básicamente quité cosas, remonté pasajes, con el miedo de ver si la cosa seguía aguantando.

¿Tienes en mente escribir otra biografía de algún actor o actriz, como hiciste con las memorias de Núria Espert (De aire y fuego, Aguilar, 2002) o Ava Gardner (Beberse la vida, Aguilar, 2004)?

Hay un género que me gusta mucho y son los dietarios. Los he ido escribiendo por épocas, dependiendo si estaba o no en otras cosas, y ahora sacaré un primer volumen, que va desde el 2011 hasta el 2016. Primero lo tiene que leer mi mujer, Pepita forever, que es quien hace la criba, y me dice qué es lo que vale la pena.

Soy un gran lector de diarios porque es una materia muy flexible y porosa: pueden ser casi jaculatorias, mini-cuentos, reflexiones, recuerdos… Muchas de estas cosas salían publicadas en El País, en el blog o en el artículo de los jueves que antes era más largo. Los diarios se llamarán Una cierta edad, una frase que últimamente me dicen mucho: “Tú ya tienes una cierta edad”. Tendrán el tono de mis críticas, unos diarios donde no hay ajustes de cuentas y donde intento encontrar lo bello de las cosas, lo que da alegría y vida.

Seguimos charlando con Marcos Ordóñez, con la cámara apagada y nuestra fotógrafa Ester Roig ya fuera del plató. Y ahí hace su aparición mi “momento fan” y le pido si me puede firmar mi ejemplar de Molta comèdia. Cròniques de teatre 1987-1995 (Edicions La Campana, 1996). Ya en la redacción, Marcos ojea (y huele) el ejemplar de Ajoblanco que nos ha llegado hace poco, y me sigue hablando de Bodas de sangre mientras le acompaño a la puerta.

Nos vemos en los teatros, Marcos.

IV

Fallece Marcos Ordóñez: “Siempre tuyo, Frankie Broadway”. Obituario, en La Vanguardia de Barcelona, Juan Carlos Olivares, 21/09/2026:

A Marcos lo recuerdo como el rey absoluto de la ínsula de Barataria de la sección de Cultura y Espectáculos de la delegación de Catalunya del ABC. Una redacción embutida en un entresuelo de la calle Rosselló en la que convivían el Macintosh Classic con las máquinas de escribir en una Barcelona justo antes y después de la vorágine olímpica. Una sección que, como él mismo, fomentaba una idea generosa y ecléctica de la cultura. Excepcionalidad más soportada que querida que, como Camelot, fue intensa, brillante y fugaz. Los mediocres le pusieron, en cuanto pudieron, un puente de plata que él cruzo para nunca más depender de nadie.

A Marcos lo recuerdo en su casita del barrio del Farró, en una soirée improvisada. En la mesa baja de salón un despliegue apetitoso, entre ceniceros y vasos a medio consumir, de discos y libros. Risas, frases ingeniosas, conversaciones cruzadas y la capacidad inagotable del anfitrión de saltar del fragmento de una novela a la escena de una película, del diálogo de una obra de teatro a una canción que, como un prestigiador, sonaba de repente en el tocadiscos siempre a mano. Y la banda sonora saltaba de Gato Pérez a Sarah Vaughan y luego rugía sin previo aviso Van Morrison. Y así hasta el infinito y más allá de estilos y géneros. No había conocido nunca a nadie que tuviera ese ingente conocimiento humanista sobre música, cine, teatro y literatura y que lo compartiera sin freno como quien reparte y comparte una bolsa de chuches. Para el novato en ese círculo –Frankie Broadway, me llamaba– era casi un estado de borrachera estendhaliana. Era apabullante. Marcos infundía respeto y secretamente disfrutaba del equívoco. El físico y la voz de un gigante refugiado tras sus gafas, barba y gorras o sombreros. También por ese conocimiento renacentista contemporáneo que manaba sin parar y convertían sus ensayos, biografías, novelas y críticas de teatro en espléndidos retablos de referentes.

Pero tras esa apariencia a veces inexpugnable, existía un hombre que reservaba siempre una página de cortesía a la misma dedicatoria: “Pepita Forever”. Pepita, su compañera hasta las últimas brumas compartidas. Esa serena presencia de larga melena siempre a su lado. Ese otro Marcos más vulnerable que afloraba en sus páginas autobiográficas cargadas de una emotiva nostalgia, de un cariño complejo por su círculo más íntimo. Es leer Un jardín abandonado por los pájaros (un relato sobre su familia) y ver en cinemascope una Barcelona pretérita tan bien retratada como cualquier aventi de Juan Marsé. Tenía un respeto inmenso, muy al estilo argentino, por los artistas que alimentaron desde niño su pasión por las artes. Era casi natural que fuera precisamente él el que redactara las memorias de Alfredo Landa (Alfredo el Grande) o centrara su atención en el Madrid de las maravillas de los años cincuenta de Perico Vidal (Big Time: la gran vida de Perico Vidal) o Ava Gardner (Beberse la vida: Ava Gardner en España). Los artífices para que se cumplieran sus sueños semana tras semana en los cines de reestreno de la Barcelona del desarrollismo.

A Marcos lo recuerdo en los largos viajes de ida y vuelta en coche que el festival Temporada Alta ponía a disposición de la crítica. Nunca pasaron ángeles del silencio por ese apretado cubículo sobre ruedas. Escuchándole entendía por qué siempre lo tuve como el principal referente de los últimos grandes críticos de esta ciudad. Un mentor discreto que me ofreció mi primera oportunidad en el ABC y nunca se apartó del todo en esta azarosa trayectoria de la crítica teatral. Con el tiempo se volvió más indulgente, incluso llegó a expresar públicamente que se arrepentía de la dureza de algunas de sus críticas. Quizá era la enfermedad la que empezaba a resquebrajar esa coraza que solo desmontaba en la más estricta intimidad. Su amor por el teatro y sus artistas siempre estuvo ahí, pero sus opiniones eran severas, a veces cáusticas, ingeniosas, sin excusa justas. Pero esa parte más implacable fue remitiendo con el tiempo y empezó a prevalecer solo aquello que sustentaba todo lo bueno que le podía ofrecer un escenario. Desde su tribuna en Babelia se permitió la libertad de renunciar a las malas críticas. Se volvió positivamente selectivo. Así entendía ahora la crítica, como un mecenas de papel. Cuidaba los amigos, apadrinaba el talento emergente, subrayaba la excelencia, el riesgo, el oficio. Una subjetividad en positivo. Marcos nunca fue un crítico ponderado en sus querencias. Vivía la representación con intensidad, por su fascinación eterna por la ficción. Una conexión que a veces le traspasaba dolorosamente, como aquella noche que le dejó herido el Purgatorio de Romeo Castellucci (Teatre Lliure, Grec’09)

A Marcos lo recuerdo en las llamadas para repasar la cartelera (“Frankie Hollywood, ¿qué hay de bueno?”) cuando su salud se hizo más frágil y su presencia en los teatros más puntual. Recuerdo el cariño que se expandía y que amigos y conocidos nos percatábamos de que algo había cambiado. Recuerdo una última visita hace tres años en su casita del Farró. Todo seguía casi igual. Quizá ya no había tantos libros sobre la mesa baja. Los discos guardados en sus fundas. Quizá su atención iba y venía, pero me saludó con un familiar “Frankie Broadway” después de un largo tiempo sin vernos. Ya no tengo más recuerdos de quien considero mi maestro y referente. Hoy mismo volveré abrir Molta comèdia, sus crónicas teatrales entre 1987 y 1995) para entender por qué es tan importante esto de la crítica teatral y que es un dolor que hayamos perdido una voz con tanta dignidad mucho antes de que se marchara en paz.

V

[De Wikipedia]

Marcos Ordóñez (Barcelona, 25 de marzo de 1957-Barcelona, 21 de septiembre de 2026)[1] fue un crítico teatral, escritor y profesor español.[2]

Biografía

En 1988 publicó su primera novela, titulada El signo de los tiempos (Plaza & Janés).[3]

Escribió la obra La noche de Eldorado, que fue llevada al escenario en 1991.

Desde 1994 fue profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En 1997 su novela Rancho aparte recibió una mención especial del jurado del Premio Nadal (que ese año ganó Carlos Cañeque, con Lorenzo Silva como finalista). Rancho aparte está ambientada en la Barcelona de la década de 1950 y fue publicada por la editorial Destino.[4]

Desde 2001 hasta diciembre de 2021 fue crítico teatral del diario El País y colaborador del suplemento cultural Babelia.[5][1]

Parte de su obra tiene un fuerte componente autobiográfico. Así, en A cualquiera puede sucederle relata el mundo de sus abuelos; Una vuelta por el Rialto es, en sus palabras, autobiografía literaria. Otras tres piezas, Turismo interior, Gaseosa en la cabeza y Un jardín abandonado por los pájaros, también tienen elementos personales de Ordóñez.[6]

Obra

Gato Pérez, la rumba como ética (biografía), Ediciones Júcar, 1987.[7]

El signo de los tiempos (novela), Plaza & Janés, 1988.[3]

A cualquiera puede sucederle (novela), Plaza & Janés, 1990.

La esencia del guaguancó (relatos), Ediciones Versal, 1991.

Una vuelta por el Rialto (memorias), Anagrama, 1994.

Molta comèdia. Croniques de teatre 1987−1995 (críticas), Edicions La Campana, 1996.

Rancho aparte (novela), Ediciones Destino, 1997.

La bestia anda suelta: ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo! (biografía), Glenat Ediciones, 1997.

Puerto Ángel (novela), Ediciones Destino, 2000.

Tarzán en Acapulco (novela), Ediciones Destino, 2001.

Comedia con fantasmas (novela), Plaza & Janés, 2002.

con Nuria Espert: De aire y fuego (biografía), Aguilar, 2002.

A pie de obra: Escritos sobre teatro (críticas), Alba Editorial, 2003.

Beberse la vida: Ava Gardner en España (biografía), Aguilar, 2004.[8]

Detrás del hielo (novela), Bruguera, 2006.[3]

Ronda del Gijón: una época de la historia de España (biografía), Aguilar, 2007.

Alfredo el Grande. Vida de un cómico: Landa lo cuenta todo (biografía), Aguilar, 2008.

Turismo interior (relatos), Lumen, 2010.

Telón de fondo: Algunas cosas que aprendí en el teatro (memorias), El Aleph Editores, 2011.

Un jardín abandonado por los pájaros (memorias), El Aleph Editores, 2013.[9]

Big Time: la gran vida de Perico Vidal (biografía), Libros del Asteroide, 2014.[10]

Juegos reunidos (memorias), Libros del Asteroide, 2016.[11]

Una cierta edad (dietarios 2011−2016), Anagrama, 2019.

Una joven pareja (novela), Pepitas de Calabaza, 2021.[12]

Notas

1.  «Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años». El País. 21 de septiembre de 2026. Consultado el 21 de septiembre de 2026.

2. Perfil de Marcos Ordóñez, en la web Dialnet, consultada el 22 de mayo de 2022.

3. Ángel Basanta (29 de junio de 2006). «Detrás del hielo». El Cultural. Consultado el 8 de julio de 2016.

4. Xavier Moret (7 de enero de 1997). «Carlos Cañeque gana el Premio Nadal con un juego metaliterario a la sombra de Borges». El País. Consultado el 18 de diciembre de 2016.

5. PAÍS, Ediciones EL. «Artículos escritos por Marcos Ordóñez». El País. Consultado el 6 de marzo de 2022.

6. Iglesia (2013).

7. Álvaro Corazón Rural (mayo de 2015). «Gato Pérez, músico único que solo pudo darse en una Barcelona que ya no existe». Jot Down. Consultado el 25 de junio de 2016.

8. Moix, Ana María (20 de noviembre de 2004). Ha llegado una estrella. El País. Consultado el 3 de marzo de 2017.

9. «Marcos Ordóñez novela su autobiografía y la de la Barcelona de los 60». Eldiario.es. 1 de marzo de 2013. Consultado el 23 de octubre de 2016.

10. Mercedes Cebrián (26 de diciembre de 2014). «Cuando Rusia estaba en Soria». El País. Consultado el 24 de junio de 2016.

11. Toni Iturbe: «Las noches eternas de Marcos Ordóñez», Mercurio, panorama de libros, n.º 178, febrero de 2016, pág. 27.

12. «Una joven pareja | Pepitas de calabaza». www.pepitas.net. Consultado el 5 de septiembre de 2021.

VI

 Muere a los 69 años Marcos Ordóñez, escritor y crítico teatral que supo combinar la erudición y el entusiasmo, en elPeriódico, Rafael Tapounet, Barcelona, 21 SEPT 2026:

Cronista cultural de referencia por su mezcla de rigor, memoria y pasión, fue también autor de una amplia obra narrativa de carácter autobiográfico

Cuando en 2013 el escritor, crítico teatral y profesor Marcos Ordóñez participó en la segunda edición del festival Primera Persona, sacó para cerrar su intervención una botella de chinchón y, haciendo suyo el brindis irlandés favorito de John Huston, invitó a todos los presentes a beber "por el impulso". Nacido en Barcelona en 1957, a Ordóñez, autor de una veintena de libros y crítico de absoluta referencia para varias generaciones de aficionados al teatro, a la música y al cine, nunca le faltó el impulso. Su desmesurado afán por descubrir, por conocer y por compartir, siempre desde el entusiasmo, se tradujo en una obra de gigantesca erudición, a menudo con un fondo autobiográfico, que abarca diversos géneros y que refleja múltiples intereses. Una producción rica y generosa que la enfermedad interrumpió a finales de 2021 y que ha quedado ahora definitivamente truncada con la muerte de Ordóñez a los 69 años.

Que el primer libro publicado por Marcos Ordóñez fuera una semblanza literaria (y una lúcida reivindicación) del rumbero Gato Pérez ('Gato Pérez, la rumba como ética', 1987) ya da una pista sobre su determinación a la hora de derribar las barreras entre cultura académica y cultura popular. En su bibliografía se mezclan sin orden jerárquico las novelas, los libros de relatos, los volúmenes de memorias, los escritos sobre teatro, las crónicas de época, las biografías de personajes como Ava Gardner, Núria Espert, Alfredo Landa y Perico Vidal y hasta un libro entrevista con Álex de la Iglesia.

Una vocación precoz

Dueño de una precoz vocación escritora que adquirió consistencia al leer con 12 años las novelas de Somerset Maugham, Ordóñez dejó constancia en los dietarios reunidos en 'Una cierta edad' (2019) de los nombres de algunos de sus autores "más queridos": Bernard Frank, Patrick Modiano, Truman Capote, James Salter, Gabriel Ferrater, Raymond Chandler, Peter Handke, W. H. Auden… También Juan Marsé y Francisco Casavella, con quienes mantuvo una relación de amistad, y, por supuesto, Anton Chejov, a quien dedicó algunas de sus más brillantes páginas de crítica teatral.

Ordóñez tenía apenas 21 años cuando se estrenó como crítico teatral en las páginas de la revista 'Ajoblanco'. Después de pasear su firma por cabeceras como 'El Correo Catalán', 'ABC', 'El Observador', 'Avui' y 'Fotogramas', en el año 2000 empezó a escribir sobre teatro en el diario 'El País' y siguió haciéndolo durante más de dos décadas, imponiendo una personalísima mirada sobre las artes escénicas que combinaba el rigor, la memoria y la pasión.

VII

Reseñas de sus libros en Lecturalia.

jueves, 10 de septiembre de 2026

El matemático Luis Martínez-Zoroa crea el método para resolver uno de los seis Problemas del milenio

 I

 Un genio murciano de 32 años en el centro de la pelea entre OpenAI y los matemáticos por la solución a un problema legendario: "Sin nosotros no lo habrían resuelto", en El Mundo, Gonzalo Suárez, 10 septiembre 2026:

Luis Martínez Zoroa ha sido clave para solucionar el enigma de Navier-Stokes, pero la empresa de Sam Altman no quiso reconocer su mérito. Sus colegas ya le colocan como candidato a la Medalla Fields, nunca ganada por un español. "No soy un matemático prototípico", dice el murciano, que aún calcula con papel y lápiz.

Un genio murciano de 32 años en el centro de la pelea entre OpenAI y los matemáticos por la solución a un problema legendario: "Sin nosotros no lo habrían resuelto"

Luis Martínez Zoroa suena abrumado al otro lado del teléfono. A principios de esta semana, en los cálculos de este investigador murciano no entraba que su trabajo sirviera de base para resolver uno de los enigmas matemáticos más legendarios de la historia. Mucho menos que las ecuaciones -que aún formula a mano «el 95% de las veces», armado con folios y un lápiz bien afilado- se convertirían en el epicentro de una colosal disputa entre OpenAI, el gigante de la inteligencia artificial, y buena parte de la comunidad matemática. «Espera, espera, que no puedo ni respirar», dice Martínez Zoroa, de 32 años, tras perder el aliento durante unos segundos al subir un tramo de escaleras.

Antes de ubicar al profesor de la CUNEF Universidad de Madrid en este embrollo conviene rebobinar en el tiempo hasta las 19:20 de este martes. A esa hora, OpenAI lanza al mundo una noticia colosal: que uno de sus modelos ha encontrado una solución a las míticas ecuaciones de Navier-Stokes. Para los no iniciados, se trata de uno de los Seis problemas del Milenio, un desafío a la comunidad científica lanzado hace un cuarto de siglo por el Instituto Clay, que ofrece un millón de dólares a quien sea capaz de resolver cada uno. De confirmarse la validez de esta solución presentada por la compañía de Sam Altman, obtenida en tan sólo 88 horas por un escuadrón de 10.000 agentes autónomos, nos encontraríamos ante un punto de inflexión para el futuro de las Matemáticas: de lejos, el hallazgo más avanzado que ha logrado hasta la fecha un modelo de IA.

Sin embargo, el estruendoso anuncio se ve opacado por la carta abierta que un prestigioso profesor de la Universidad de Nueva York (NYU), Tristan Buckmaster, ha publicado apenas 12 horas antes. Su texto afirma, básicamente, que OpenAI le ha pisado la exclusiva. Según su versión, la empresa tecnológica habría precipitado su anuncio en cuanto se enteró de que él estaba a punto de lanzar una solución al mismo problema en colaboración con Levent Alpöge, investigador de Anthropic, la principal empresa de la competencia.

Matemáticas, egos y negocios se funden entonces en un magnético culebrón que fascina a toda la comunidad científica.

Lejos de quedarse ahí, Buckmaster lanza otras tres graves acusaciones contra OpenAI: que la empresa sólo se había volcado en la investigación tras tener conocimiento de sus avances con la ecuación; que le habían ofrecido una recompensa si dejaba tirado a su compañero de pesquisas; y, de forma implícita, que los agentes autónomos pudieron aprovecharse de forma opaca del material de trabajo que el dúo había subido a los servidores de distintos agentes de IA. «¿Por qué quieres hundir tu carrera?», cuenta que le amenazaron desde la empresa cuando se mostró poco colaborativo con sus propuestas.

Aquí es donde entra en juego nuestro matemático. En su colosal yo acuso contra Open AI, Buckmaster subraya que todo su trabajo con el problema de Navier-Stokes se había basado en las ideas adelantadas por dos investigadores españoles: el propio Martínez Zoroa y su director de tesis, Diego Córdoba, del Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT). Ambos habían desarrollado una estrategia para abordar el problema radicalmente distinta de los métodos habituales de sus compañeros de disciplina. «Quiero dejar claro lo que ya he dicho en privado a mis colegas: Luis Martínez-Zoroa merece una Medalla Fields», dijo en referencia al máximo honor del mundo de las Matemáticas, considerado el equivalente a un Premio Nobel y que ningún español ha ganado jamás.

Casi es posible notar el rubor del matemático murciano, famoso entre sus colegas por su artesana metodología de investigación, cuando le planteamos la posibilidad de que reciba un reconocimiento de ese calibre. «Hay muchísimos matemáticos muy brillantes en el mundo», afirma. «Si me dieran la Medalla Fields estaría contentísimo, por supuesto. Pero ni siquiera lo considero una posibilidad real».

Su mentor, Diego Córdoba, no se anda con tantos remilgos, quizá porque al ser mayor de 40 años (nació en 1971 en Madrid) no cumple los requisitos para ganar la Fields. «Luis es un genio», sentencia. «Ya está situado entre los grandes favoritos para la edición de 2030, cuando se entregan las cuatro próximas medallas. Buckmaster sabía muy bien lo que hacía cuando le señaló en su carta como merecedor del galardón. Ahora, toda la comunidad científica española debe volcarse en hacer lobby para que sea nuestro primer compatriota que lleve la medalla».

Ocurra lo que ocurra dentro de cuatro años, lo cierto es que Luis Martínez Zoroa lleva un lustro abriendo su propio camino con un rompedor abordaje para resolver el problema de Navier-Stokes. La lanzadera fue su tesis doctoral, dirigida por el profesor Córdoba, su principal compinche en estas investigaciones. «No voy a repartir porcentajes de mérito en este hallazgo», asegura. «Sólo te diré que, sin Luis, nada de esto habría sido posible».

Las ecuaciones de Navier-Stokes se formularon a mediados del siglo XIX para describir cómo se comportan los fluidos, desde las corrientes marítimas a los chorros de aire. Sus aplicaciones son infinitas: el diseño de aviones, la predicción del tiempo, los gráficos de los videojuegos, la circulación de la sangre por el cuerpo...

Sin embargo, jamás se había aclarado una cuestión básica sobre su funcionamiento: si las ecuaciones siempre muestran un comportamiento estable o, por el contrario, existe lo que los científicos llaman «singularidad». Es decir, cuando el flujo suave de un líquido o un gas rompe sus propias reglas: de un día tranquilo surge de golpe un tornado.

«Ese es, a grandes rasgos, mi campo de estudio: cuando los modelos se rompen y muestran comportamientos no esperados», explica el investigador español. OpenAI asegura que, gracias a sus modelos, ha logrado definir los momentos exactos en que se alcanza esta «singularidad».

Hasta hace unos años, la estrategia unánime era estudiar los fluidos como si no tuvieran ninguna fuerza externa que los afectara. El gran hallazgo de Martínez Zoroa, ya esbozado en su tesis doctoral, fue plantearse qué ocurriría si añadían a los cálculos una fuerza, como la gravedad o el magnetismo, que afectara al comportamiento del fluido aunque fuera de forma tangencial. Su instinto les decía que, probablemente, facilitaría las ecuaciones.

Durante unos años, esta forma de atacar el problema era propiedad exclusiva de Martínez Zoroa, Diego Córdoba y otros cinco o seis especialistas de un equipo conjunto del ICMAT y la CUNEF, todos españoles salvo un matemático chino. Hasta esta semana, eran los únicos con papers publicados por la vía tradicional, en revistas con revisión por pares o en congresos internacionales. «Que yo supiera, no había otros resultados demostrados con estas herramientas, salvo los nuestros», subraya Martínez Zoroa.

Un momento crucial ocurrió en abril del año pasado, cuando el matemático murciano visitó la Universidad de Nueva York para presentar estas técnicas. Allí coincidió con el citado Tristan Buckmaster, quien mostró un intenso interés por su trabajo desde el primer momento. Siete meses más tarde, en noviembre, ambos coincidieron en un congreso y volvieron a intercambiar ideas. Así siguieron las cosas hasta esta misma semana cuando, para su sorpresa, el trabajo experimental del equipo español acapara titulares en la prensa científica de todo el planeta.

¿Sabía que Tristan Buckmaster estaba aplicando modelos de IA a sus ideas?

No lo sabía, cada uno siguió trabajando por su cuenta. Pero no me siento atacado: simplemente han seguido una línea de investigación que les parecía prometedora. Así funciona la Ciencia.

P. ¿No siente que le han robado su idea?

En absoluto. Buckmaster y Alpöge podrían haber publicado sus conclusiones por su cuenta sin darnos ningún tipo de crédito y nos habríamos quedado con una mano delante y otra mano detrás. Que alguien aplicara la IA a nuestras ideas para demostrar su validez era la segunda mejor opción imaginable, después de haberlo haberlo hecho nosotros mismos.

Cuentan los matemáticos que los hallazgos de OpenAI y del tándem Buckmaster-Alpöge, independientemente de quién tenga razón en su disputa, suponen un antes y un después para su campo. Como poco, supondrán una aceleración insólita en la labor de los investigadores, que a partir de ahora podrán completar el trabajo de años en cuestión de días. «Es un momento Deep Blue-Kasparov», afirma Buckmaster, en referencia al mítico duelo del maestro del ajedrez contra una supercomputadora, que le derrotó en 1997.

El profesor Córdoba, en cambio, es más escéptico. «Sin nuestro trabajo previo, la IA no habría descubierto nada», se reivindica. «Nosotros encontramos una teoría novedosa y la demostramos varias veces con cálculos a mano, que son mucho más laboriosos. El potencial de cálculo sí que es mérito de la IA, pero las matemáticas nuevas son nuestras».

OpenAI, sin embargo, no citaba en ningún momento el trabajo pionero de Martínez Zoroa junto a su mentor. Esta omisión indignó a parte de la comunidad matemática, pero los propios autores prefieren no pronunciarse con rotundidad hasta que lean el paper' completo. «Son 165 páginas, no me ha dado la vida», se excusa el matemático murciano.

[Este jueves se ha sabido que OpenAI modificó sin avisar el paper original para reconocer la aportación de los científicos que trabajaron durante años para alcanzar la solución que la IA encontró sólo 88 horas, incluidos Córdoba y Martínez-Zoroa. La empresa niega que el cambio tenga que ver con las múltiples críticas recibidas por omitirlos en su versión inicial].

La duda pendiente es por qué el equipo español, tras porfiar durante años con su modelo matemático, no recurrió a una IA para tratar de probar sus ideas y, de paso, llevarse la gloria completa. «Porque esa tecnología no encaja bien con mi forma de trabajar», admite Martínez Zoroa. «Yo soy más de papel y lápiz, de dar un paseo o unas vueltas por casa y a ver qué se me ocurre. No soy el matemático más prototípico, la verdad. Aunque está claro que, a partir de ahora, la IA tendrá que encajar conmigo sí o sí»

II

Un año de trabajo de dos matemáticos españoles frente a 88 horas y 15 millones de OpenAI: “Sin nuestra idea, la IA no lo habría resuelto”, en El País, Patricia Fernández de Lis, Madrid, 10 sept 2026:

Las investigaciones de Diego Córdoba y Luis Martínez-Zoroa son la base del anuncio de que la inteligencia artificial ha resuelto uno de los mayores enigmas de la historia. Ambos creen que el logro cambiará radicalmente la disciplina

El matemático Diego Córdoba lleva dos días sin dormir cuando contesta a la llamada de EL PAÍS, el miércoles por la mañana: “Estoy aún en shock, la verdad”, dice, y reconoce que no sabe cómo está cuando se le pregunta. El sábado por la noche recibió una llamada de un número de Estados Unidos que no cogió. A las ocho de la mañana del domingo, le llegaron una decena de correos con el mismo asunto: “Diego, tienes que hablar con fulanito. Diego, estate atento”. Alguien tenía que llamarle antes de que se despertara y viera “todo esto”, cuenta este investigador del ICMAT.

“Todo esto” era el anuncio de OpenAI de que uno de sus modelos ha resuelto el problema de Navier-Stokes, uno de los llamados Problemas del Milenio, siete desafíos matemáticos complejos seleccionados por el Instituto Clay de Matemáticas, con una recompensa de un millón de dólares por la resolución de cada uno. Y también era “todo esto” la polémica surgida porque el método que la máquina había usado para lograrlo era el que Córdoba había desarrollado junto al investigador de CUNEF Luis Martínez-Zoroa. Ambos han sido reconocidos por la comunidad científica como los que dieron con una idea innovadora que allanó el camino para que después lo resolviera la “fuerza bruta”, como la llama Córdoba, de la IA.

Martínez-Zoroa, que se enteró de todo la mañana del lunes, aún no ha podido leer con detenimiento las 166 páginas del estudio de OpenAI. “Le he echado un vistazo por encima. Hay cosas leyéndolo que sí me recuerdan a las estrategias que nosotros hemos desarrollado, pero es una notación con la que no estoy familiarizado. Hasta que no nos pongamos a digerirlo bien es difícil saber si de verdad se ha apoyado muy fuertemente en nuestra estrategia”, explica.

Todo el lío comenzó cuando Tristan Buckmaster, matemático de la Universidad de Nueva York y también experto en Navier-Stokes publicó una carta en su web en la que explicaba que OpenAI había contactado con él. La empresa se había enterado de su investigación “privada e inédita” en la última semana y le decían que ya tenían “una prueba de la resolución” antes de contactar con él y le ofrecieron elegir entre una publicación conjunta o escribir él mismo el resultado atribuyéndoselo a un modelo de OpenAI. La empresa pedía también dejar fuera a su colaborador Levent Alpöge, de la empresa rival Anthropic.

A Córdoba nadie le avisó. Ni OpenAI ni Buckmaster, con quien coincide “muchas veces” en congresos (lo invitó a Madrid hace un año, explica). Para entender lo ocurrido, hay que remontarse a la investigación que Córdoba y Martínez-Zoroa desarrollan desde 2023. Su método se basa en construir una cascada de vorticidad (o sea, la medida de cuánto gira o rota un fluido en un punto concreto, en un momento dado) formada por una sucesión de estructuras situadas en escalas cada vez más pequeñas. Cada una de estas capas genera un campo de velocidad que amplifica la vorticidad de la capa siguiente, y eso produce un mecanismo acumulativo que termina provocando una singularidad en tiempo finito. La fuerza externa permite mantener y coordinar esta cascada sin introducir por sí misma la singularidad. El gran reto consiste en ajustar con precisión la geometría, las escalas y la interacción entre las distintas capas.

Lo que hicieron Buckmaster y Alpöge fue coger ese mismo método y automatizar la parte de la búsqueda, en vez de tunear el escenario ellos mismos. OpenAI, después, ha ido un paso más allá, con un despliegue de recursos que abruma. Córdoba lo resume con un dato: los tokens (unidad mínima de información para un modelo de lenguaje) que consumió la empresa para su demostración equivalen, calcula, a invertir unos 15 millones de euros. Lo hizo, según OpenAI, con 10.000 agentes en 88 horas. “Es lo que Luis y yo hemos hecho en un año con lo que nos paga el ministerio, y encantados”, dice, riendo. Martínez-Zoroa reconoce que no sabe cuánto habrían tardado en resolver la conjetura sin la irrupción de la IA, o si lo hubieran podido hacer: “Podría haber sido que no hubiéramos llegado nunca. Llevamos varios años trabajando en este problema, y el progreso ha ido llegando por cuentagotas. De vez en cuando venía alguna epifanía. Podría haber sido en un año, en dos... o podría no haber llegado jamás. Tal y como está la cosa, parece que ya no lo vamos a saber”, reflexiona.

¿Medalla Fields?

Buckmaster reconoce explícitamente que su equipo “no ha contribuido matemáticamente a nada”: se limitaron a coger el método de Córdoba y Martínez-Zoroa, implementarlo en la IA y dejar que el sistema encontrara el escenario. Y llega a pedir, públicamente, que el reconocimiento (“el premio más importante en matemáticas”) vaya para Martínez-Zoroa. Para Córdoba llega tarde: la medalla Fields solo se concede a menores de 40 años. “Yo ya estoy pasado”, dice. Martínez-Zoroa, que hoy suena como el primer candidato español real a esa medalla, se toma la idea con cautela: “Sinceramente, lo veo muy difícil. Hay muchísimos investigadores jóvenes de gran talento. Yo sigo haciendo lo mejor que puedo en mis proyectos. Si en unos años me la dan, sería una muy grata sorpresa, pero no cuento con ello en absoluto.”

Córdoba lleva años repitiendo en broma una frase: “No uso IA: tengo a Luis”. Es, dice, “un fenómeno”. Lo que ha hecho la IA, insiste una y otra vez a lo largo de la conversación, es “ganar tiempo, no tener ideas nuevas”. Martínez-Zoroa comparte la lectura de fondo. Y añade una advertencia: si la IA puede tomar cualquier idea de cualquier científico para, en pocas horas, resolver un problema de este calibre, ¿qué incentivos tienen los investigadores en publicar los resultados de sus trabajos? “Este es claramente un peligro en la investigación matemática hoy. Conozco casos de gente que ha explicado un problema en el que estaba trabajando a otro miembro de la comunidad, y ese otro investigador ha terminado el proyecto con ayuda de la IA sin dar ningún tipo de reconocimiento. Hay que repensar cómo damos crédito a partir de ahora, y la verdad es que no tengo ni idea de cómo se hace eso”, dice.

Córdoba es más optimista: en casi 90 años de intentos, nadie había dado con una idea que funcionara para demostrar que las ecuaciones de Euler o Navier-Stokes podían romperse. Ese vacío no lo ha llenado una máquina. Lo llenó, en 2023, un método nuevo (el suyo, con Martínez-Zoroa): “Si nuestro trabajo no hubiera existido, la IA no habría resuelto el problema”.

Córdoba no minimiza lo que ha pasado, ni mucho menos: habla de “revolución” cuando se le pregunta por lo que cambia esta noticia. Reconoce que, a partir de ahora, “hay que trabajar con IA”. La razón que da es casi táctica: si tardas cinco años en resolver un problema, mientras tanto un competidor puede resolver, con ayuda de una máquina, problemas parecidos en un mes. La IA no cambia las ideas que hacen falta para avanzar la disciplina, cree, pero sí modifica radicalmente los plazos, y con los plazos, la competencia, fundamental en ciencia, por publicar primero.

Sobre si esto significa el fin de las demostraciones hechas a mano, es tajante: no. La demostración, dice, seguirá siendo a mano. Lo que la IA aporta son dos cosas muy concretas: acceso rápido a información (el trabajo de biblioteca que a él le llevaba semanas, ahora se resuelve en segundos) y la velocidad de ejecución cuando ya existe un método que aplicar. Lo que la IA no ha hecho, ni él cree que vaya a hacer pronto, es encontrar la idea que no existe. Preguntado si algún día una IA podrá tener ese tipo de idea original, no se atreve a responder, y tampoco Martínez-Zoroa, que agradece a Buckmaster el trabajo de visibilización que ha realizado sobre el suyo. “No tenía por qué habernos defendido públicamente para dejar claro que las ideas venían de nuestro grupo. Eso le honra mucho”. Córdoba, por su parte, asegura estar “contento”: “Los matemáticos están reconociendo mi trabajo y el de Luis. Es para estar felices”.