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jueves, 5 de febrero de 2026

Estereotipos de los países latinoamericanos explicados

  [Transcripción corregida]

  Los estereotipos de los países latinoamericanos explicados, en Así es como somos, Youtube, 5 feb 2026

 Latinoamérica nació de una promesa que nunca se cumplió. Cuando los libertadores imaginaron una gran patria unida desde México hasta la Patagonia, probablemente no calcularon que 200 años después estaríamos discutiendo si el mejor asado es argentino, uruguayo o brasileño. Y mientras tanto, cada país jura que el vecino es el problema. Bienvenidos a un continente donde la rivalidad no es política, es casi genética, donde compartimos idioma, historia y hasta ancestros, pero nos miramos con una mezcla de cariño y sospecha permanente. 

Esto no es un documental, esto es un recorrido por todo lo que creemos saber de cada país, lo que sus propios habitantes admiten en voz baja después de unas cervezas y lo que todos callamos para no empezar otra guerra de comentarios.

Empecemos por México, porque si no empezamos por México, alguien va a reclamar. El estereotipo internacional es claro: sombreros, bigotes, narcos, un desierto infinito donde aparentemente solo hay cactus y tiroteos. Pero la realidad es tan diferente que casi da risa. México es un país donde puedes desayunar en una ciudad con rascacielos, almorzar en un pueblo donde las calles son de tierra y cenar frente a una pirámide que tiene más años que la mayoría de países europeos. El mexicano promedio vive en un estado constante de contradicción emocional. Te dice que todo está mal mientras prepara una fiesta. Se queja del gobierno con la misma intensidad con la que defiende sus tacos de cualquier imitación extranjera y tiene este superpoder social donde puede convertir a un desconocido en familia antes de que termine el primer plato. Ah, imagina esto. Entras a una casa mexicana porque te perdiste buscando una dirección. Media hora después estás sentado en la mesa con un plato de pozole, escuchando la historia completa de la abuela y prometiendo volver para las posadas. No preguntaron tu nombre hasta el tercer vaso de agua de Jamaica. Es como si la hospitalidad fuera un deporte nacional, y todos compitieran por el primer lugar. México es enorme y eso crea subculturas que se miran entre sí con curiosidad y algo de desdén. Los del norte se consideran más trabajadores, más directos, casi como una extensión de Texas, pero con mejor comida. Los del centro miran a todos desde la Ciudad de México como si el resto del país fuera provincia, porque técnicamente lo es. Los del sur viven en otro ritmo, más conectados con tradiciones indígenas que a veces parecen de otro siglo. Que Yucatán jura que es república independiente y tiene argumentos históricos para respaldarlo. Jalisco cree que inventó México porque tiene tequila y mariachis. Y Oaxaca mira a todos con la superioridad moral de quien sabe que su comida es objetivamente la mejor. Pero hay algo que une a todos los mexicanos más allá de las diferencias regionales. La capacidad de reírse de las tragedias, terremotos, huracanes, crisis económicas. Presidentes impresentables. Todo merece un meme antes del mediodía. Esta habilidad para transformar el dolor en humor no es superficialidad, es supervivencia. Cuando tu país lleva siglos siendo invadido, colonizado, revolucionado y sacudido literalmente por la Tierra, desarrollas un mecanismo de defensa que consiste en hacer chistes antes de que la realidad te alcance.

Bajamos a Guatemala, el país que parece un videojuego de supervivencia, diseñado por alguien con muy mal humor. Volcanes activos que humean cuando les da la gana. Temblores que ya nadie cuenta, lluvias que pueden destruir carreteras enteras en una tarde. Y en medio de todo eso, el guatemalteco promedio camina como si nada pasara, con una calma que desconcierta a cualquier visitante. No es indiferencia, es que llevan tantas generaciones lidiando con el caos natural que ya lo internalizaron como parte del paisaje. La imagen clásica del guatemalteco incluye textiles coloridos, mercados caóticos y familias enormes donde la mitad vive en Estados Unidos enviando remesas. Y no es del todo falso. Las remesas representan una porción absurda del PIB, lo que significa que básicamente el país funciona parcialmente gracias a señores que lavan platos en Los Ángeles y mandan dólares cada quincena. Pero reducir Guatemala a eso es perderse la complejidad de un lugar donde conviven idiomas mayas que la mayoría de guatemalteños no entiende, con una capital que intenta parecer moderna, mientras el resto del país vive como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto del siglo XX. El guatemalteco habla poco, pero observa mucho. Cuando te abre la puerta de su casa, no espera nada a cambio, pero tampoco olvida si respondiste con indiferencia. Hay una lealtad silenciosa que atraviesa familias y comunidades, una red invisible de favores y confianza que funciona mejor que cualquier sistema formal. Y aunque el país aparece en las noticias internacionales siempre por razones tristes, migración, violencia, corrupción, la gente sigue levantándose antes del amanecer para trabajar tierras que apenas les pertenecen o para  cruzar ciudades en buses que deberían haber sido retirados hace décadas. 

Belice aparece aquí como el vecino raro que nadie sabe muy bien cómo incluir. Técnicamente, está en Centroamérica, pero habla inglés, tiene reina, usa dólares propios y mira al Caribe más que a sus vecinos terrestres. Guatemala todavía reclama la mitad de su territorio, lo cual Belice ignora con la elegancia de quien sabe que nadie va a hacer nada al respecto. El beliceño vive en un ritmo caribeño donde el estrés parece un concepto importado. Tiene playas que otros países envidian, arrecifes que atraen turistas de todo el mundo y una población tan pequeña que medio país se conoce. Es como si alguien hubiera cortado un pedazo del Caribe y lo hubiera pegado donde no correspondía y funcionó. 

Honduras carga con una reputación que precede cualquier conversación. Seguridad, pandillas, pobreza. Los titulares internacionales repiten las mismas palabras hasta que se convierten en la única imagen disponible. Pero cuando estás ahí, en una calle cualquiera de Tegucigalpa o en un pueblo cerca de la costa, la vida tiene otra textura. Buses viejos que pasan cuando quieren, vendedores que gritan precios desde la acera, niños jugando en calles sin asfaltar mientras los adultos conversan en las puertas de las casas. El hondureño habla directo, sin rodeos, con una franqueza que puede parecer brusca si vienes de culturas más indirectas. La migración es tema de conversación en prácticamente todas las familias. Alguien ya se fue, alguien está pensando en irse, alguien acaba de volver porque no funcionó. Las  caravanas que aparecen en las noticias no son fenómenos aislados, son el resultado de décadas donde las oportunidades se achicaron mientras los problemas crecían. Y aun así, hay comunidades que funcionan como redes de apoyo, donde el vecino cuida al hijo del otro, donde se comparte lo poco que hay, donde la resiliencia no es un concepto abstracto, sino una necesidad diaria. Honduras no se entiende desde afuera. Hay que estar ahí para ver que, entre el caos, hay códigos sociales muy sólidos, lealtades que no se rompen y una fortaleza colectiva que sorprende a quien esperaba encontrar solo problemas.

El Salvador es el país que más cambió su imagen en los últimos años. Para bien o para mal, dependiendo de a quién le preguntes. Durante décadas fue sinónimo de maras, de violencia callejera y de una inseguridad que definía cada aspecto de la vida cotidiana. Las pandillas nacieron de una historia circular y cruel. La guerra civil de los 80 expulsó a miles hacia Estados Unidos, donde algunos se organizaron en pandillas para sobrevivir y, cuando los deportaron masivamente, trajeron esas estructuras de vuelta a un país que no tenía forma de absorberlas. El resultado fue un conflicto interno que no aparecía en mapas, pero que controlaba barrios enteros. Hoy el país vive algo que parece ciencia ficción, para quienes lo conocieron antes. Cárceles gigantescas, un presidente que comunica por redes sociales, bitcoin como moneda oficial y una seguridad que antes parecía imposible. Dentro del país, la mayoría aplaude sin cuestionar demasiado, porque cuando viviste con miedo durante décadas, la tranquilidad se siente como un milagro, aunque venga con letra pequeña que prefieres no leer. Pero el salvadoreño real, más allá de la política, es una mezcla extraña de valentía, humor directo y una capacidad impresionante para adaptarse a lo que sea. Hablan fuerte, ríen fuerte, comen pupusas como si fueran medicina para el alma y tienen un sentido de familia que sobrevivió a 50 años de problemas porque no tenían otra opción. 

Nicaragua está tan marcada por su historia política que es difícil hablar del país sin mencionar revoluciones, sandinistas, contras y décadas de tensión que nunca terminaron del todo. La gente está acostumbrada a vivir con incertidumbre, con gobiernos que prometen y no cumplen, con una economía que funciona a medias y una infraestructura que parece detenida en el tiempo. En algunas ciudades, los cortes de luz son rutina, el agua llega cuando quiere y el transporte público es una aventura diaria. El nicaragüense tiene un trato directo, sin excesos de cortesía, y mantiene una vida sencilla donde lo básico pesa más que cualquier lujo. El campo sigue siendo fundamental. Muchas zonas funcionan casi desconectadas del ritmo de las capitales latinoamericanas, con comunidades que dependen de la tierra y de tradiciones que llevan generaciones. El turismo llegó buscando volcanes y lagos y encontró un país donde el contraste entre lo que se vende y lo que vive la población es enorme. Nicaragua no hace ruido internacional, no aparece en tendencias, pero sigue ahí con su gente adaptándose a lo que venga, como lleva haciendo toda su historia.

Costa Rica es la excepción que todos mencionan cuando quieren demostrar que Centroamérica puede ser diferente. No tienes ejército. Vive del turismo ecológico. Tiene índices de educación y salud que parecen de otro continente y una estabilidad política que sus vecinos miran con envidia. El costarricense o tico, como se llaman a sí mismos, tiene fama de tranquilo, de tomarse la vida con calma, de responder a todo con un pura vida que puede significar cualquier cosa, desde excelente hasta me da igual, pero dicho con amabilidad. San José es caótico, con tráfico imposible y una estética urbana que no gana premios. Pero fuera de la capital, el país se transforma en montañas verdes, playas de ambos océanos y una naturaleza que justifica todos los folletos turísticos. La gente se toma el día con paciencia, disfruta lo simple y raramente entra en confrontaciones innecesarias. Pero hay un lado que no aparece en las postales. El costarricense puede ser bastante cerrado con los extranjeros que se quedan. Hay un nacionalismo suave que distingue claramente entre el turista bienvenido y el inmigrante tolerado. Y la fama de paraíso tiene grietas y rascas un poco la superficie. Aun así, Costa Rica funciona como un punto estable en un  continente donde la estabilidad no suele durar demasiado. 

Panamá existe por el canal y el canal existe por Panamá, una relación simbiótica que define casi todo lo demás. La imagen típica es de rascacielos modernos, bancos, contenedores moviéndose y negocios internacionales. Ciudad de Panamá parece Miami trasplantado al trópico con un skyline que no esperas encontrar en Centroamérica. Pero sal de la capital y el país cambia completamente. Zonas rurales que viven al margen del crecimiento, comunidades indígenas que mantienen tradiciones propias y un ritmo de vida que no tiene nada que ver con los ejecutivos de la zona bancaria. Panamá también carga con la reputación de ser donde el dinero se esconde. Empresas fantasma, cuentas discretas, papeles que filtran periodistas de vez en cuando. Esa aura de misterio financiero es parte de la identidad internacional del país, aunque la mayoría de panameños viven lejos de esas transacciones y simplemente intentan pagar el alquiler como en cualquier otro lado. La mezcla cultural es muy visible. Caribeños, latinos, asiáticos, comunidades enteras que llegaron para construir el canal y se quedaron. Panamá es pequeño, pero tiene una presencia internacional desproporcionada y como si hubiera encontrado un nicho y lo explotara hasta las últimas consecuencias. 

Ahora saltamos al Caribe, donde las reglas cambian y el ritmo se vuelve otra cosa completamente diferente. 

Cuba es probablemente el país latino con la imagen más fija en la mente colectiva. Coches antiguos de colores brillantes circulando por La Habana, música saliendo de cualquier ventana abierta y un sistema político que lleva más de medio siglo sin cambiar significativamente. Los estereotipos están tan arraigados que a veces cuesta ver más allá. El ron, los puros, el socialismo, las playas, la salsa, todo cierto, todo incompleto. La realidad cotidiana es más complicada. Las restricciones económicas han obligado a los cubanos a desarrollar una creatividad técnica impresionante, reparar cosas imposibles, reutilizar piezas que en otro país irían a la basura, mantener funcionando motores con herramientas improvisadas. El día a día está marcado por colas para conseguir productos básicos, un acceso a internet limitado que condiciona la conexión con el mundo exterior y una economía dual donde la moneda local y las divisas crean desigualdades muy visibles. El cubano desarrolló un humor como mecanismo de defensa, una capacidad de reírse de las carencias que sorprende a quien visita esperando encontrar solo lamentos. La música está en absolutamente todo y forma una parte tan grande de la identidad como la política misma. Cuba es un lugar donde el pasado y el presente conviven en cada esquina, donde los edificios coloniales se caen a pedazos mientras la gente baila en la acera de enfrente.

República Dominicana es música desde que amanece hasta que oscurece y después también. La imagen típica es alguien bailando merengue o bachata en cualquier superficie disponible, aunque no haya música sonando porque la llevan puesta internamente. Este comportamiento tiene una explicación histórica. En los años 60 y 70, estas músicas se consolidaron como identidad nacional y se volvieron inescapables en fiestas, radios, eventos familiares y básicamente cualquier reunión de más de dos personas. El dominicano habla fuerte, rápido y con un acento que otros hispanohablantes a veces necesitan subtítulos para seguir. Se ríen con facilidad, discuten con la misma facilidad y viven con una energía que parece inagotable. En las carreteras todo se mueve rápido y con poca paciencia. Las guaguas paran la gana. Los motoconchos sortean el tráfico como si las leyes de la física no aplicaran. El béisbol es casi una religión, con niños que sueñan con las grandes ligas antes de aprender a leer. El turismo cruza la vida local constantemente, creando contrastes entre resorts de todo incluido y barrios donde la realidad es completamente diferente. República Dominicana es un país que vive en volumen alto, sin botón de pausa, donde el silencio se considera sospechoso. 

Haití comparte isla con República Dominicana, pero parece otro planeta. Es el país más pobre del hemisferio occidental y carga con una historia de desastres, intervenciones y abandono que explica mucho de su situación actual. Pero reducir Haití a pobreza y problemas es perderse algo importante. El haitiano tiene una dignidad que sobrevive a todo, a una cultura rica que mezcla influencias africanas con el Caribe francés y una creatividad artística que aparece en murales, música y ceremonias que no se parecen a nada más en la región. El vudú es parte real de la cultura, no el cliché hollywoodense de muñecos con alfileres, sino un sistema espiritual complejo que mezcla tradiciones africanas con catolicismo impuesto. La gente habla criollo haitiano, un idioma que suena a francés, pero tiene estructura propia y francés formal para ocasiones oficiales. La relación con República Dominicana es complicada, con tensiones históricas y flujos migratorios que generan conflictos constantes. Haití no aparece en las listas de destinos turísticos, pero quien lo visita encuentra una resiliencia humana que cuestiona todo lo que creías saber sobre qué hace falta para mantener la esperanza.

Puerto Rico está técnicamente en el Caribe, pero su situación es única. Ni país independiente ni estado estadounidense, una especie de limbo político que genera debates interminables entre sus habitantes. El puertorriqueño típico aparece en la imaginación popular con actitud, reggaetón y una identidad que mezcla lo latino con lo estadounidense de formas a veces contradictorias. El género urbano explotó ahí en los 92000, convirtiéndose en parte fundamental de la cultura de toda la isla. San Juan tiene vida rápida, ruidosa, con carros sonando a todo volumen a cualquier hora y una energía que no para. El clima empuja la vida hacia afuera con playas que funcionan como punto de reunión social más que como atracción turística. Pero debajo de la superficie hay discusiones constantes sobre identidad, sobre el futuro político, sobre qué significa ser puertorriqueño cuando tienes pasaporte americano. Pero tu cultura no encaja del todo en ninguna categoría. La crisis económica y los huracanes golpearon fuerte, provocando una emigración masiva que cambió la demografía de la isla. Puerto Rico vive entre dos mundos y a veces no sabe bien a cuál pertenece. 

Bajamos a Sudamérica, donde todo es más grande, más intenso y más contradictorio.

Colombia carga con el estereotipo más repetido y más injusto del planeta, la droga. Décadas de narcos, series de televisión y noticias sensacionalistas crearon una imagen que persigue a los colombianos a donde vayan. Presentas un pasaporte colombiano y alguien hace un chiste que ya escuchaste mil veces. Pero la realidad cotidiana va por otro lado completamente diferente. Colombia es un país de regiones que a veces parecen países distintos. Los paisas de Medellín tienen fama de emprendedores, parlanchines y orgullosos de su ciudad hasta niveles absurdos. Los costeños del Caribe viven en otro ritmo, más relajado, con música que no para y una actitud ante la vida que los del interior consideran demasiado tranquila. Los rolos de Bogotá se ven a sí mismos como más sofisticados, más formales, y miran al resto con una mezcla de curiosidad y ligera superioridad capitalina. Cali es salsa, aunque ahora también reggaetón, y tiene un estilo propio que no se confunde con ninguna otra ciudad. El colombiano promedio habla rápido, cogesticula mucho y tiene una habilidad increíble para meter humor incluso en conversaciones serias. La música está en todos lados, a todas horas. Vallenato por la mañana, reggaetón por la noche y cualquier excusa es buena para poner un parlante a todo volumen. Pero Colombia también es desigualdad brutal, zonas rurales olvidadas por el Estado, un conflicto armado que oficialmente terminó, pero que dejó heridas que tardarán generaciones en sanar. Reducir el país al estereotipo de las series es perderse una complejidad social y humana que ningún guion de televisión puede capturar. 

Venezuela es un caso que genera debates acalorados sin importar dónde lo menciones. El país cambió tanto en tan poco tiempo que quienes emigraron hace 10 años no reconocen lo que dejaron atrás. Los cortes de luz eran frecuentes y el transporte público funcionaba cuando quería. Conseguir productos básicos se convirtió en una misión diaria durante años. La inflación alcanzó números que suenan a chiste, pero que destruyeron ahorros de toda una vida en cuestión de meses. La emigración fue masiva. Millones de venezolanos salieron buscando estabilidad y crearon comunidades en prácticamente todos los países de la región. Esto generó tensiones porque la llegada de tantas personas en poco tiempo saturó mercados laborales y servicios públicos en países que tampoco estaban preparados para absorberlos. El venezolano en el exterior carga con estereotipos propios: que trabaja duro, que se adapta, pero también que es ruidoso, que cree que su país era mejor que todos antes de la crisis. Dentro de Venezuela, la diferencia entre clases se volvió abismal. Zonas que parecen de primer mundo conviven con barrios donde todo se hace a pulso, sin recursos ni garantías. Pero el venezolano tiene un humor muy característico, casi como mecanismo de defensa colectivo. Hacer chistes de billetes que no sirven ni como papel, de situaciones absurdas que en otro contexto serían tragedias. Es una forma de procesar lo que pasó y lo que sigue pasando, de mantener una identidad que va más allá de las circunstancias. Venezuela, antes de la crisis, tenía una cultura de abundancia, de petróleo, de sentirse los más ricos de la región. Ese contraste entre lo que fue y lo que es dejó una marca psicológica colectiva que todavía se está procesando. 

Ecuador sorprende porque cambia completamente dependiendo de dónde estés. En la costa la gente es más directa, el clima es pesado y húmedo. Todo se mueve con una urgencia que contrasta con el interior. Guayaquil es la ciudad más grande, económicamente potente, pero caótica, con un orgullo local que rivaliza con Quito en todo, desde el fútbol hasta la forma de hablar. En la sierra el ritmo baja, el carácter se vuelve más reservado, las temperaturas caen y el día a día tiene otro tono completamente diferente. Quito está tan alto que a los visitantes les cuesta respirar los primeros días mientras los locales suben cuestas sin inmutarse. Y luego está la Amazonía, donde el estilo de vida cambia tan radicalmente que parece otro país. Comunidades que viven lejos de cualquier ciudad grande, con tradiciones propias y una relación con la naturaleza que el Ecuador urbano apenas comprende. El estereotipo habitual es que Ecuador es un país tranquilo, pequeño, sin mayores dramas. Pero la economía ha tenido altibajos fuertes. La política cambia de rumbo constantemente y la seguridad empeoró en los últimos años de formas que sorprendieron a propios y extraños. Las Galápagos son ecuatorianas, lo cual le da al país un patrimonio natural único, pero la mayoría de ecuatorianos nunca las visitaron porque ir cuesta lo mismo que un vuelo internacional. 

Perú es difícil de encasillar porque los contrastes son enormes. Lima es una megalópolis gris. con tráfico imposible, con una nube que cubre el cielo varios meses al año y una vida urbana que no para. Pero a pocas horas está Cuzco, capital del Imperio Inca, con tradiciones que llevan siglos y turistas que llegan buscando Machu Picchu. La selva peruana es otro mundo completamente diferente, con una influencia cultural que poco tiene que ver con la costa o la sierra. El estereotipo más fuerte del Perú es la gastronomía. Ceviche, lomo saltado, causa, pisco sour. Y es cierto que la comida peruana alcanzó un reconocimiento internacional que pocos países latinoamericanos tienen. Pero ese boom gastronómico también tapó conversaciones importantes sobre desigualdad, centralismo extremo, donde todo pasa en Lima, problemas políticos que se repiten cada gobierno y una fragmentación regional que a veces parece irreparable.

El peruano de Lima mira al resto del país de una manera y el resto del país mira a Lima con una mezcla de resentimiento y resignación. Hay un orgullo nacional que aparece especialmente cuando se habla de historia o comida, pero que convive con críticas constantes sobre todo lo demás. 

Bolivia es uno de esos países donde la imagen más básica incluye un altiplano infinito, con llamas caminando tranquilamente y mujeres con polleras cargando bultos que parecen pesar más que ellas mismas. El clima en algunas zonas es tan extremo que respirar se vuelve un reto para cualquiera que no haya nacido ahí. En La Paz, que está tan alto que los aviones aterrizan en El Alto y hay que bajar hacia la ciudad, los turistas se quedan sin aire caminando media cuadra, mientras los paseños suben cuestas como si fueran planas. Bolivia tiene una identidad tan marcada que es imposible confundirla con otro país. Las ciudades grandes están llenas de minibuses que frenan donde les parece, mercados que venden desde fruta fresca hasta remedios tradicionales que prometen curar cualquier cosa y una mezcla de lo moderno con lo tradicional que coexiste sin problemas aparentes. Hay una separación muy marcada entre lo urbano y lo rural. Yace entre grupos culturales que mantienen tradiciones completamente diferentes, entre una Bolivia que mira hacia afuera y otra que sigue funcionando con reglas propias que llevan generaciones. El boliviano tiene un orgullo silencioso pero firme. No necesita convencerte de nada, simplemente sabe quién es. 

Chile es un país larguísimo que cambia según la latitud. En el norte todo es desierto, minas, sequedad absoluta. En el sur llueve tanto que la humedad es parte de la personalidad local. Santiago está en el medio, funcionando como capital que absorbe recursos y atención mientras las regiones miran con cierto resentimiento. El chileno típico habla cortado, rápido, con un acento que a muchos hispanohablantes les suena como si las palabras vinieran sin vocales. Los modismos son tantos que prácticamente es otro idioma. Y cuando se juntan varios chilenos, la conversación se vuelve incomprensible para el resto del continente. Los terremotos forman parte de la rutina. Solo se preocupan si las lámparas empiezan a balancearse demasiado. El resto son movimientos que apenas merecen comentario. Chile tiene fama de ser el país más ordenado de Sudamérica, más formal, más europeo en sus aspiraciones, pero eso también genera críticas de países vecinos que lo ven como creído, como si se sintiera superior al resto del continente. El chileno vive con esta contradicción, orgulloso de su estabilidad, pero consciente de que esa estabilidad cuesta caro, literal y metafóricamente. 

Argentina aparece siempre con una imagen muy clara en la mente de cualquier latinoamericano. Acento inconfundible, manos en constante movimiento. Y alguien explicando algo con una seguridad que no necesita hechos para respaldarse y probablemente un mate pasando de mano en mano. El argentino tiene fama de creerse superior, de hablar como si tuviera la razón, aunque esté inventando datos, de transformar cualquier conversación en un debate filosófico que nadie pidió. Y como todos los estereotipos, tiene un núcleo de verdad rodeado de exageración. Buenos Aires es una ciudad que parece europea hasta que ves cómo funciona y te das cuenta de que es profundamente latinoamericana. Edificios elegantes junto a calles llenas de bocinazos, colectivos que pasan rozando a los peatones, cafés donde la gente puede discutir durante horas sobre política, fútbol, economía o cualquier tema que genere conflicto, que son todos. El interior del país tiene otro ritmo. Con provincias que miran a la capital con esa mezcla de dependencia y resentimiento que se repite en todo el continente. El argentino vive con un ojo en la situación económica del país, que cambia de crisis en crisis, y otro en su vida diaria, alternando entre optimismo exagerado y queja permanente a veces en cuestión de minutos. El fútbol no es un deporte, es una estructura emocional que afecta decisiones reales, relaciones familiares, estados de ánimo colectivos. Cuando la selección gana, el país entero funciona mejor. Cuando pierde, mejor no hablar con nadie hasta el día siguiente. 

Uruguay parece diseñado para bajar el nivel de estrés del continente. Calles tranquilas, gente caminando despacio. Un silencio que sorprende si vienes de cualquier país vecino. El uruguayo siempre aparece con un termo bajo el brazo y un mate del que toma sorbos constantemente como si fuera parte de su sistema respiratorio. Montevideo tiene un aire nostálgico con bares antiguos, playas que la gente disfruta aunque haga frío y un tráfico que rara vez se descontrola. La política es tema frecuente de conversación, pero de forma calmada, sin los gritos y dramatismos de otros lugares. Los uruguayos debaten como si tuvieran todo el tiempo del mundo, sin urgencia, sin necesidad de convencer a nadie. En el fútbol, la calma desaparece completamente. Ahí se aparece un lado más intenso, alimentado por una historia deportiva que el país defiende con orgullo, desproporcionado a su tamaño. Uruguay es pequeño, estable, directo en su trato. No busca llamar la atención, pero deja una impresión de orden y sencillez que otros países envidian en silencio. 

Paraguay es uno de los países menos mencionados en conversaciones internacionales, tanto que mucha gente solo conoce dos cosas: el tereré y el guaraní. El paraguayo vive en un calor que no perdona durante buena parte del año. Por eso ves a todo el mundo con una jarra térmica enorme absorbiendo tereré como si fuera parte de su metabolismo. El guaraní está tan integrado en la vida diaria que incluso quienes no lo hablan fluidamente terminan entendiendo frases sueltas de tanto escucharlo en la calle, en la televisión, en las conversaciones familiares. Chicos, el segundo puente que está ahí cerca, al costado de nuevo Super 2, ya está clausurado. Nadie puede pasar por ahí, porque el agua pasa encima del puente. Hicieron mal entonces ese puente porque por abajo tenía que pasar el agua, no por arriba. Qué bo. Vamos a reclamar eso que hicieron de cuenta. Paraguay tiene una historia marcada por la Guerra de la Triple Alianza. Fue uno de los conflictos más devastadores de América Latina y redujo la población de forma brutal y dejó una huella que todavía se refleja en el carácter reservado y firme de la gente. Asunción mezcla avenidas tranquilas con zonas donde la informalidad domina. Y el ritmo de vida suele ser más pausado que en otros países del continente. Paraguay no busca imagen, no utiliza marketing nacional, simplemente sigue su propio camino sin necesidad de llamar la atención ni convencer a nadie de nada. 

Brasil merece categoría aparte porque es casi un continente dentro del continente. La imagen clásica incluye carnaval, samba, fútbol y gente celebrando cualquier cosa que se pueda celebrar. Pero esa imagen, siendo parcialmente cierta, oculta una complejidad enorme. Brasil tiene regiones que funcionan como países diferentes. El nordeste tiene una cultura afrobrasileña marcadísima, una relación con la naturaleza diferente, un ritmo que nada tiene que ver con las megalópolis del sur. Sao Paulo es velocidad, negocios, tráfico interminable, casi otro país dentro del país. Río es playa, favelas, música, una estética que se vende como imagen de todo Brasil, pero que es específicamente carioca. El brasileño promedio vive con improvisación constante. Vendedores ambulantes que aparecen de la nada, músicos tocando en la calle sin necesidad de escenario, soluciones creativas a problemas que en otros países requerirían burocracia infinita. Pero Brasil también es desigualdad extrema, favelas que contrastan con condominios de lujo separados por pocas cuadras, violencia urbana que condiciona cómo vive la gente; es una estructura social donde el color de piel sigue determinando oportunidades de formas que el país prefiere no discutir demasiado. El cliché del brasileño festivo no aparece por casualidad. Realmente hay una cultura de enfrentar la vida con una energía que parece inagotable, de transformar problemas en música, de encontrar motivos para celebrar, aunque las circunstancias no inviten a ello. Es supervivencia emocional elevada a arte nacional. 

Y así llegamos al final de este recorrido por un continente que comparte tanto y se pelea por todo. Cada país jura que es diferente al vecino, que su comida es mejor, que su forma de hablar es la correcta, que los de al lado son más esto o menos aquello. Pero cuando un latinoamericano se encuentra con otro en cualquier parte del mundo, hay un reconocimiento instantáneo, una familiaridad que trasciende las fronteras dibujadas en mapas, porque al final todos crecimos con madres que cocinan demasiado, con familias que opinan sobre todo, con economías que suben y bajan, con políticos que decepcionan, con esperanzas que se reconstruyen cada generación. Los estereotipos existen porque simplifican realidades que son demasiado complejas para consumirse rápido. Es más fácil decir que los argentinos son creídos, que los mexicanos son fiesteros, que los chilenos hablan raro, pero detrás de cada simplificación hay millones de personas viviendo vidas que no caben en ninguna categoría, tomando decisiones que contradicen las expectativas, construyendo futuros que nadie predijo. Latinoamérica es caos, es contradicción, es conflicto permanente entre países y dentro de cada país, pero también es una forma de ver el mundo que no se encuentra en otros lugares, más cálida, más intensa, más dispuesta a improvisar cuando los planes fallan, y los planes siempre fallan. Así que esto es así, supongo. 

sábado, 3 de enero de 2026

Lexicografía del cuñadismo

 [Transcripción de YouTube]

 Hola a todos. Tengo una pregunta. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez en lo fascinante que sois? Y con fascinante me refiero las cosas que hacéis que a lo mejor ni os dais cuenta, pero si alguien de fuera os lo dice, de repente lo veis y decís, "Ostras, es que nunca lo había pensado, pero tienes toda la razón, es que sí que lo hacemos. Llevo más de 11 años en España. Si seguís este canal sabéis que soy de Kazajistán. Nací en la Unión Soviética. Pero después de tantos años en este país, todavía hay días en los que me paro a mirar vuestra forma de ser y me parece fascinante. Kazajistán es un país bastante diferente de España. Cuando crecí la seriedad fue prácticamente nuestro idioma oficial. De hecho, me habían dicho más de una vez que sonrío demasiado, pero también sabemos hacer bromas y el sentido del humor en Kazajistán también es bastante fuerte, pero aquí en España existen estas maneras de comportarse, cosinas que hacéis que me hacen mucha gracia y me llaman mucho la atención todavía. Ahora yo también las he empezado a hacer algunas de ellas y a lo mejor ya no me fijo tanto, pero hoy me gustaría compartir con vosotros algunas de estas observaciones de las cosas graciosas o incluso diría yo en algunas situaciones fascinantes, sorprendentes, interesantes o incluso adorables que hacéis estos gestos pequeñitos que hacen que vuestra forma de ser sea especial y, como siempre, si os parece interesante lo que estoy contando, si os veis reflejados en algunas de estas observaciones, os agradecería un comentario y por favor considerad suscribiros a este canal. El canal todavía tiene muy poco tiempo, lo empecé hace unos meses solo y necesito vuestro apoyo para que crezca y para que más gente lo llegue a conocer.

La primera cosa de la que quiero hablar hoy son los coñadismos cuñadismos de bar, el arte de interactuar con los camareros en un bar

Como todos sabemos perfectamente, España no es un país, es un bar. Así que creo que tampoco tiene que ser algo tan raro que empiece con una observación, el comportamiento que normalmente tiene lugar o en un bar o en un restaurante. Para empezar es cómo os dirigís a los camareros. Les dais unos títulos de confianza, tipo jefe, maestro. Esto ya establece un tono, pero más allá todavía existe esta cosa que la verdad es que no la noté en ningún otro país, que son frases o bromas de cuñado.

Es muy raro salir de un bar sin haber escuchado un cuñadismo:

Oye, jefe, ponme otra, que esta venía con un agujero.

Jefe, tráeme otra que esta se me ha caído

Camarero, si este vaso está lleno de aire. 

Quiero un café solo. Que salgan todos. 

¿Y tenéis cerveza sin alcohol? -Sí. -¿Y por qué? 

O cuando llega la cuenta: 

Pero, ¿qué hemos roto? 

Oye, maestro, ¿cuántos son los daños? 

Tráeme la cuenta y un policía que corra poco.

Los cuñadismos en teoría tienen que dar vergüenza ajena. Pero es que en este idioma o no sé si me parece a mí solo, pero en español suenan natural y da igual las veces que los escucho me hacen gracia. Ya sé que ya a veces parezco tonta y estoy en el bar riéndome de una broma que había escuchado 50 veces, aunque seguramente los camareros no estarán de acuerdo conmigo, estarán hartos de coñadismos, pero bueno, seguramente saben que esto se hace con amor. Es que los cuñadismos creo que se hacen, sobre todo si estás de buen humor y si sueltas un cuñadismo, eso es que lo has pasado muy bien y estás feliz. Así que, sí, yo también he adoptado esta costumbre graciosa y a veces suelto estas frases yo también, sobre todo si ya he cogido confianza con el camarero o la camarera.

Fútbol y filas de nucas.

La segunda cosa graciosa que hacéis también suele pasar en bares; cómo aquí existe la costumbre de bajar a ver el fútbol en un bar y yo la verdad es que a mí me encanta el fútbol y lo hago bastante bajo a un bar a ver los partidos de la liga o sobre todo si juega la selección. Hay una cosa que he notado que sobre todo, bueno, con la selección menos, pero con la liga pasa así de veces. Entras en un bar y cuando hay un partido, si viene una familia, él, por ejemplo, si tiene niños, los niños también, sobre todo si son chicos, se sientan cara hacia la tele para ver el fútbol y ella da la nuca a la tele. Y esto no falla. entra la segunda familia y lo mismo, ella da la espalda a la tele, no le interesa a ella el partido.

Entonces acabamos en un setting, en una situación cuando todos los hombres están mirando la pantalla y todas las mujeres están mirando la pared del otro lado. Yo normalmente soy la única rara. Yo estoy con los hombres mirando la pantalla y pues no me puedo quejar tampoco porque por un lado veo el partido de fútbol y lo disfruto mucho y por otro lado disfruto de ver todas estas caras bonitas de mujeres que no están muy interesadas en el partido y el partido lo disfruto dos veces. 

El misterio del último trozo

Otra cosa muy graciosa que soléis hacer siempre, que por cierto también en bares o restaurantes, es dejar esa unidad de la vergüenza, sea una aceituna o un trocito de calamar o una patatina de estas de bravas, esto nunca falla. Siempre queda esta última unidad que nadie quiere terminar porque nadie quiere parecer aquel ansioso, goloso, con hambre, como si fuera un crimen acabar esta última aceituna. Podéis estar ahí 10 minutos. Oye, cógela, acábala. ¿Tú la quieres? No, no, no, no. Tú cómela tú. Y al final o viene el camarero, el jefe, el maestro, para llevársela, o me la acabo yo porque yo no tengo ninguna vergüenza y nosotros en Kazajistán no permitimos que se nos lleven la comida. Vamos, que lo he pagado. He pagado esta aceituna. Déjame terminarla. De hecho, es como casi un insulto si te lo llevan sin acabar. Pero aquí todos sabemos perfectamente de qué va. Entonces el camarero ya sabe que esto me lo puedo llevar. 

Otra: cuando “se rompió solo” cosa que he notado es más lingüística ya del idioma español, pero no sé si se hace también en otros países hispanohablantes.

Ese lenguaje este de no he sido yo, me parece muy mono, muy dulce, pero también a veces asume un poquito tu responsabilidad. También es la estructura esta gramatical de se me ha, se me ha caído, se me ha roto, se me ha roto el vaso, se me ha roto. Yo no lo he roto, se me ha roto. Él solo se levantó, se tiró y se me rompió. En otros idiomas decimos, "He roto el vaso." O sea, responsabilidad completa. Pero un español dirá siempre, "Se me ha roto. Se me ha caído. Se me ha acabado el plato". Se me ha acabado el plato, qué lástima. Y lo más guay de todos, creo: se me ha olvidado. En fin, eso también quita la presión porque decir, "Lo he olvidado o lo he roto" o lo he tirado en plan, he tirado un vaso.

Puede ser un poquito fuerte, aunque sea lo correcto, pero es como que este se me ha caído crea un poquito de mejor rollo o algo así, no sé. Entiendo perfectamente por qué lo decís así. A veces me falta en otros idiomas y la verdad es que no os voy a mentir, pero lo encuentro bastante creativo. 

Y como cafecín, cafetillo y cariñoúltima observación por hoy, aunque podría hacer 50 vídeos más, así creo yo, voy a incluir el uso no excesivo, pero el uso amplio de los diminutivos. Me gustan porque añaden un poco más de cariño en nuestras interacciones y esto en el mundo actual donde muchas veces nos falta este cariño es algo que yo creo que aporta valor. Por ejemplo, ¿no? Para pedir un café podéis pedir un cafetito, cafelito, cafecito y luego ya según donde estés hay diminutivos locales. Cafetín. Cafetuco, cafelillo. ¿Qué diminutivo usáis vosotros para un café en vuestra región?

Hay un montón de diminutivos que existen en el idioma español. Yo no uso todos, pero me gustaría conocerlos todos. Y al final no nos tomamos un café, sino un poco de cariño en una taza pequeña. Así que pues eso, han sido creo que cinco al final.

Cinco observaciones, ha sido bastante improvisado. Cinco observaciones graciosas de España, cosas graciosas, fascinantes, monas que hacéis aquí. ¿Os ha parecido que he acertado con alguna de ellas? Si es así, decídmelo en los comentarios y como siempre nos vemos en el próximo vídeo donde hablaremos más de España, Kazajistán, el idioma español, curiosidades y mi experiencia en este país maravilloso. Hasta la próxima. 

domingo, 15 de junio de 2025

EE. UU. / Europa

 Hay un proverbio en Suecia que dice: «El dinero es todo lo que tiene un pobre». Un estadounidense no lo entendería. Los europeos pagan más impuestos que los estadounidenses, pero el ciudadano europeo promedio obtiene más ventajas por ellos: buen y extenso transporte público, educación primaria y secundaria de alta calidad, educación superior de bajo costo, atención médica más accesible y menor desigualdad de ingresos, lo que se traduce en una menor delincuencia. Cuentan con leyes laborales y sindicatos más sólidos, lo que facilita la conciliación de la vida laboral y personal. Muchas ciudades europeas se construyeron mucho antes de la invención del automóvil, por lo que hay menos dependencia del coche y barrios de uso mixto, lo que reduce la expansión suburbana.

 Estados Unidos tuvo la oportunidad de crear una nación verdaderamente maravillosa, con abundantes recursos y sin un lastre histórico debilitante. Pero en la obsesiva búsqueda de beneficios a costa de sus ciudadanos, y con una pseudoética fundada en el lucro, solo han logrado crear una protosociedad primitiva basada en la amenaza de la violencia y la indigencia, y en un nivel aberrante y casi intolerable de egoísmo. Cien millones de gordos, 37 millones de pobres, y una prisa tal por hacer todo que ni siquiera le han puesto un nombre al país y en su lengua no existe gentilicio para nuestro estadounidense. Mientras otras naciones industrializadas avanzan lentamente, Estados Unidos no solo ignora resueltamente el progreso de los demás, sino que parece empeñado en regresar a su pasado más oscuro, adoptando ahora ideas del siglo XIX de superioridad racial, misoginia, división social, corrupción política generalizada y servidumbre por deudas (disfrazada de inevitables "préstamos estudiantiles" o deudas por salud) y una legislación laboral prácticamente inexistente. Estados Unidos no solo ha perdido el rumbo, sino que es improbable que recupere el rumbo progresista. Pienso que es posible que Estados Unidos esté en un declive irreversible.

 EE. UU. combina el mayor costo de vida y la inflación, creando una tormenta perfecta. Los precios de los bienes raíces en EE. UU. son una locura. ¡El costo de la educación también es exorbitante! Las escuelas estadounidenses han aumentado drásticamente sus precios. En Europa, puedes obtener una educación decente a un precio razonable, con escuelas reconocidas mundialmente, incluso siendo estudiante estadounidense.

Allí hay mucha confusión e ignorancia terminológica. El socialismo (y otros -ismos como el comunismo y el capitalismo) son sistemas económicos, no sistemas de gobierno como la democracia. Eso lo han entendido muy bien en China.

Europa está hecha para que la colectividad pueda ayudar a sus individuos. Se ocupa de los desafortunados. EE. UU. no está hecha para el individuo, sino para el automóvil, que separa más que une; ni siquiera abundan las aceras. El distanciamiento es esencial en su sistema. El socialismo como sistema económico puede coexistir con la democracia como sistema de gobierno, pero mucha gente los considera allí como si fueran mutuamente excluyentes. Me pregunto si una educación más clara sobre estos conceptos podría cambiar la forma en que se debaten las políticas, pero hay demasiados estigmas. No se puede llamar sociedad desarrollada a una que cuenta con 37 millones de pobres en dinero, y muchos más en ideas.

El propósito inasistido de Marx era expandir la democracia para incluir el control de la producción. Es una pena que muchos supuestos estados socialistas se convirtieran en autocracias.

En Europa hay estado social y democrático de derecho, no en Estados Unidos, que no es realmente una nación. Es un estado fallido y más bien un imperio presiglo XX, como el Imperio austrohúngaro o el Sacro Imperio Romano Germánico. Un conglomerado de culturas y poblaciones aglomeradas por la violencia y que, en el mejor de los casos, se toleran mutuamente. Y, al igual que los imperios que mencioné, está al final de su ciclo.

Hubo una época en que todos querían vivir en Estados Unidos por sus oportunidades. Pero hoy, debido a la política actual, ni siquiera se considera ir de vacaciones a Estados Unidos. Sobre todo si tienes una hija con diabetes tipo 1 u otra que vaya a una escuela de baile y tenga que ir al médico por un dolor de garganta muy fuerte, de forma que el doctor le pida 500 dólares antes siquiera de verla... En Europa ¡en la escuela todavía podemos estudiar latín! Pero, en defensa de los estadounidenses, puedes viajar muy barato y seguir hablando solo inglés, encontrar la misma comida rápida, hoteles y centros comerciales. Es igual en todas partes... Realmente no experimentan las diferencias. En Europa hay equilibrio entre la vida laboral y personal: 8 horas de trabajo, 8 horas de vida, 8 horas de sueño... y un mínimo de 21 días de vacaciones. Algunos empleadores incluso te instan a tomarte al menos 3 semanas seguidas para recargar las pilas. ¡Una semana para descomprimir, otra para recuperarse y la última para simplemente disfrutar de las vacaciones!

Estados Unidos es un país del tercer mundo, gobernado por una plutocracia muy rica y con un ejército descomunal. ¡Y la alimentación! En Europa no se puede usar un ingrediente hasta que se demuestre su seguridad. En EE. UU., sí se puede usar a menos que se demuestre que es inseguro, lo que puede llevar décadas de enfermedades, muertes o deterioro de la salud de las personas para el resto de sus vidas. El impacto en la salud de esta "pequeña diferencia" es asombroso. Compras casi cualquier cosa en un supermercado estadounidense y la lista de ingredientes es básicamente un deseo de muerte, una película de terror. Basta comparar el Fanta naranja de allí con el español.

 Hay una diferencia difícil de definir. En Europa es la disposición de los adultos a sacrificar voluntariamente sus "derechos" individuales si ven los beneficios para todos, especialmente para sus hijos. Esto se considera una fortaleza, mientras que en Estados Unidos, donde el individualismo y los derechos individuales se consideran intocables, podría considerarse una debilidad. En resumen, en Europa existe un mayor sentimiento de responsabilidad colectiva. Un ejemplo: en el Reino Unido, hace casi 29 años, un loco entró en una escuela de Dunblane, Escocia, con armas legales y asesinó a 18 niños y a un profesor. Algo similar ocurrió en Estados Unidos en una escuela de Sandy Hook en 2012, donde 20 niños y seis adultos fueron asesinados. La diferencia es la siguiente: tras el incidente de Dunblane, bajo una enorme presión pública, se endurecieron las leyes sobre armas y se prohibieron ciertos tipos de armas. En el Reino Unido, no ha habido ni una sola muerte en tiroteos escolares en los casi treinta años transcurridos desde entonces, y no existe ningún grupo de presión que presione a favor de la liberalización de las leyes de armas, ni es tema de debate para ningún partido político. Tras el atentado de Sandy Hook, las leyes de armas en Estados Unidos no han cambiado, y gran parte de la población defiende con vehemencia su derecho individual a portar armas, sin estar dispuesta a sacrificarlo ni a comprometerlo. Ha habido unas trescientas muertes en tiroteos escolares en los trece años transcurridos desde Sandy Hook. En resumen, los británicos decidieron sacrificar voluntariamente algunos (no todos) de sus derechos a portar armas para proteger a sus hijos, y lo lograron. Los estadounidenses no están dispuestos a sacrificar esos derechos. Se suele decir que los estadounidenses valoran la libertad de portar armas, mientras que los europeos valoran la libertad de portarlas. Los estadounidenses eligen la libertad de portar armas. Los británicos eligen la libertad de portarlas frente a las consecuencias de las armas. Ningún niño europeo recibe entrenamiento de tiro real en la escuela. Hay un condicionamiento o programación cultural estadounidense, muy calvinista, que implica enorgullecerse de trabajar cincuenta, sesenta o incluso ochenta horas semanales y defender o justificar cosas que benefician principalmente a los empleadores y a los muy ricos. Es como si tuvieran gafas para ver como malo lo que es bueno para los empleados y la gente común.

Europa no necesita el sueño americano porque está despierta. Trump no puede ni sabe despertarse de esa pesadilla americana, ese estado fallido. La realidad europea, con todos su problemática, sí es un sueño; la realidad estadounidense es algo de lo que no te puedes despertar. Nada de infraestructura eficaz y bien mantenida. Nada de atención médica, educación y servicios públicos buenos y asequibles. Nada de seguridad laboral y prestaciones. Nada de vacaciones y bajas por enfermedad pagadas. Nada de alimentos saludables y asequibles. Nada de servicios de emergencia bien capacitados y equipados. Nada de excelentes servicios sociales. Ningún entorno ni escuelas seguros. Nada está en buen estado, ni siquiera el agua potable del grifo, etc. etc.

jueves, 14 de mayo de 2020

Romance del Café Gijón

Víctor Hurtado Oviedo

Romance del Café Gijón 


El Gran Café de Gijón
(paseo de los Recoletos)
es donde le tout Madrid
poetiza con sus muertos.
Es piso de un solo piso
(que en Hispania es ‘piso cero’)
con frente de tres ventanas
para que los indiscretos
se pinten de Las meninas
hacia el museo callejero.
Mármol y vidrios dialogan
en el frontis de maderos;
puertas dobles se definen
sin dudas del lado izquierdo.
Dentro: el bar, columnatas,
mesas y doctos meseros
que alfiles de blanco son
sobre el piso de tablero.
Bajo: viaje hacia la cava,
sotanillo, cripta, seno,
catacumba, cava-tumba,
donde ―si alcanzan los euros― 
ha de gustarse, jocundo,
el más pecador sustento.
Todas son bajas pasiones
si lo son en hipogeo.
La madre de los cafés
―o el padre de los cafetos― 
es Parnaso horizontal
y hospicio de los bohemios;
de damas de pelo lila,
trabalenguas, murmureo;
receso de los turistas;
coso, arena, burladero
de tertulias bien habladas
de malhablados poetos,
poetisas, genetliacos
más rapsodas y troveros
(mester de cafetería
y bon vino de Berceo);
de un autor de cantautores
y espadachín del solfeo,
que, a un ritmo pop-cuaternario,
corta en cuatro el silencio;
de dramaturgos lucientes
de risas cual propio estreno,
e histriones que hasta en el público
infunden el miedo escénico.
Censores de a ciencia incierta
―librescos de libro ajeno―
los hay en estado crítico,
y prosistas prosa-cero,
y estilistas más finolis
que los más finos aceros
toledanos que, a lo largo,
de un Tajo tajan un pelo.
El Gijón es breve Prado,
mini-Thyssen y museo
princesa (filo-Sofía)
de pintores pintureros
ateos o consagrados:
unos, paletas paletos
que dejan una silueta
de rimas cual un scherzo
de curvas para el oído;
otros, genios celebérrimos
que, en la cava y las paredes,
han ya sembrado al voleo
el relámpago del iris
y luces en blanco y negro.
Caricaturas y cuadros
son acuarelas, bocetos,
gouaches, carbones y tintas.
Fueron pintados al fresco
de la memoria y son mapas
para que torne el recuerdo
al abrirse aquellas puertas
del café de los aedos.
Ya cruzado el poco o paco
umbral que dará el acceso,
transida que sea la entrada
y ad portas sin ser portero,
habrá de verse, atildado,
a don Alfonso en su puesto:
embajador de los años,
anarquista y cerillero;
vale decir, el ministro
del Tabaco y del Fogueo
con que se encienden los ánimos
prendidos de este ateneo.
Nada que ver este Alfonso
con el decimotercero
Borbón de bigote en cera
que huyó a Roma de romero
antes de que le estallase
aquel resonado estruendo
―niebla de grandes de España,
guateque de los pequeños―
al que llamaron República:
la fuente de los deseos;
palacio, mas no de Oriente,
sí norte de los plebeyos.
Alfonso es chaval de guerra
que asperges de bombarderos
rociaron de agua maldita:
aviones, buitres violentos
que en cada niño estrenaban
eterno mandil de huérfano.
Cerillero iluminado,
libertario fiero y bueno,
más príncipe que Kropotkin,
acratista y caballero,
al más pintado insumiso,
Alfonso hace hermano lego.
―¿Qué es la acracia, don Alfonso?
―La acracia es un toro negro
umbroso como una pena
y alegre como un lucero
sobre la feria del mundo,
que en las puntas de los cuernos
izará chulos, parásitos,
nobles, curas y banqueros.
Muertes tempranas engendran
bakuninista cabreo.
Entre la puerta y el fondo,
y al lado aun más izquierdo
de don Alfonso el flamígero,
llueve de luces, sidéreo,
cual copa de árbol de copas,
de botellas y reflejos,
ancho bar donde se toman
vino y palabra. Madero
del mostrador es esquife
del bar mar de los mareos;
mas todo va a las discretas
pues damas y caballeros
antídotos natos son de
―vulgo― horteras y horteros.
En lo más alto de un muro
(más que un muro, es un velero),
cual bandera ondea el retrato
de un terrestre marinero
a medias pintor-poeta
y tres cuartos de torero:
de Machado a Federico,
de Federico a Frascuelo,
del Puerto a Madrid y a Roma
desde los bravos esteros
del Paraná; y, desnucado
el toro exilio matrero,
de vuelta hacia los Madriles,
al café del ruido ibérico.
De un muro, pues, en lo alto,
de su mar rocía el salero
―tertuliano gaditano―
Alberti, don Rafaelo.
De profundis cristalinos,
estanques de los espejos
son Narcisos que se miran
en nosotros; somos ecos
luminosos de un café
disuelto en la agua del tiempo.
Ante estas mesas de mármol
con rayos de gris marengo
entre su noche de piedra,
y en carmín de terciopelo
de los sofás y las sillas,
sentaron cátedra y cuerpos
cansados de odios y guerra,
depurados académicos,
profesores depurados
(por falso y Franco deseo),
censores y censurados,
presidiarios como Buero
y «nacionales» cual Ruano.
Juntos y ―al final― revueltos,
revivirán en lo suyo
y en la memoria del pueblo.
El cielo es un cabaret
con licencia de convento:
por tapas, unos hostiones;
por brindis, un kyrie eleison;
sobremesas de oración;
tertulias de aburrimiento;
en resumen ―¡vive Dios!―:
un gregoriano jaleo.
El buen cielo es así,
para artistas gijoneros
hechos de ameno desorden, 
un paradisiaco infierno:
no café, sí refectorio
donde se enervan los nervios.
Una celeste mañana,
toma su caña san Pedro
(‘caña de pescar’, se entiende)
pues no puede con su genio.
De incógnito va a Galilea,
pero descuida el llavero:
¡tentación divina es
para fuga de talentos!
Formados en fila indiana
y tras de Gerardo Diego,
vuelan al café de artistas
en cualquier tranvía viejo
que rece Cielo-Cibeles.
Llegan vestidos de espectro
y cruzan paredes y saludos
desde otros tiempos:
los de Franco deterioro,
Movida sin Movimiento;
y aun más atrás, desde edades
de hambre, cárcel y estraperlo.
Regresan «a por» las mesas
al lado de los sombreros
de sepias multicolores.
Piden un vino, un café o la humildad
del agua pura a meseros
de otros sueños; y tornan
los comentarios demosteciceroneos
y la ocurrencia saeta
y los alados silencios;
y, conversando entre sombras,
cada brindis es un verso,
cada discurso es un canto
y cada amigo es un puerto.
El tiempo cierra las puertas
para que no pase el tiempo,
pero las luces se acercan
porque se acercan los nuevos
mozos y musas adonde
fantasmean los maestros.
Un ¡tin! de copa suspende
la sesión: ha sido un juego,
una querencia galana,
una ilusión de lo etéreo.
Si sólo Madrid es Corte,
sólo el Gijón es Centro.
Se atenúan los artistas,
se despiertan a su ensueño, 
cantan su canto canoro
y van de Madrid al cielo.

martes, 30 de octubre de 2018

Clases de alumnos, según el AS


1. El empollón
No confundir con aquel que es un hacha en alguna asignatura. El empollón supera al especialista en Historia o Matemáticas sin despeinarse. Sabe de absolutamente todas las materias y responde cualquier pregunta del profesor, incluso aquellas que parecía no tener respuesta.

2. El que come en clase
Siempre hay alguien en clase que aprovecha cualquier momento para darle un bocado a ese sándwich, bolsa de patatas o bizcocho que tiene para el recreo. Tiene mucho apetito y las clases no son impedimento alguno para saciar su gula.

3. El del móvil
Los millennials nacidos hasta 1992 o 1993 afortunadamente no han vivido el boom de los smartphones. De haber tenido conexión a internet en los móviles, muchos no se habrían sacado ni el graduado escolar, como ese estudiante que no para de utilizar el móvil en clase.

4. El que siempre llega tarde
Un día es el atasco, otro la climatología la que le juega una mala pasada pero lo cierto es que siempre hay un estudiante que jamás llega a la hora a clase. La impuntualidad es una falta de educación pero él siempre le echará la culpa al empedrado.

5. El que tiene siempre excusas
Miente más que habla para disimular su vagueza extrema. Siempre hubo un compañero de clase que dijo que su perro se había comido los deberes. Pues bien, es este tipo de estudiante el que siempre tiene excusas.

6. El pelota
No es brillante como el empollón pero tiene cierto encanto y sabe medir bien el momento de piropear al profesor y ganarse así su confianza. Es un adulador nato siempre y cuando pueda conseguir algo de la persona a la que adula.

7. El de las chuletas
Siempre hay un estudiante que pone en riesgo su continuidad en el examen fabricando varias chuletas y utilizándolas en los exámenes. Normalmente suelen pillarle porque no es lo suficientemente inteligente para no ser descubierto pero él lo sigue intentando.

8. El que siempre se queja
Porque el profesor va muy deprisa, porque le ponen deberes en época de exámenes o porque no le dejan terminar un control en la hora del recreo. Se queja por activa y por pasiva de todo lo que ocurra en el instituto. Es más quejica que contestatario.

9. El que hace los deberes en clase
Llamado también 'monje copista' si además de hacerlos en clase los copia de un compañero. Se ha pasado toda la tarde anterior sin hacer nada y aprovecha la misma clase para hacer los ejercicios. Todo un clásico.

10. El cotilla
Se entera de absolutamente todos los líos y tejemanejes de la clase y además es una persona que le encanta criticar a los demás. En ocasiones es capaz de crear bulos y así provocar conflictos.

11. El despistado
No se suele enterar de cuándo tiene excursión y es el típico que se queda solo esperando en clase a que venga el profesor cuando todos los alumnos ya están en clase de audiovisuales. El despiste es parte de su vida y sufre a menudo las consecuencias.

12. El que se cree gracioso
No es el gracioso de la clase sino esa persona que se quiere parecer al gracioso. De su boca saldrán los chistes más fáciles y estúpidos posibles. Suele provocar sentimiento de vergüenza ajena tanto en profesores como en el alumnado.

13. El que se chiva de los deberes
El profesor se ha olvidado de corregir los ejercicios pero siempre está el típico listo, muy cercano al empollón, que dice que tiene deberes que corregir y que debe pasar lista. Poco solidario con sus compañeros.

14. El deportista
Es capaz de traerse pesas a clase, de hacer flexiones en el cambio de clase o de jugar con la pelota de fútbol entre pupitre y pupitre. Vigoréxico desde joven.

15. El que pide cosas todo el rato
No tiene lápiz, ni bolígrafo ni seguramente cuaderno, folios o goma de borrar. O es un absoluto desastre o no tiene dinero para comprarse lo básico para ir al instituto.

16. El que huele mal
Persona totalmente rechazable debido a la falta de higiene aunque posiblemente él no sepa que huele un 'poco' fuerte.

17. El repetidor
Tiene tres o cuatros años más que el resto de alumnos de la clase y parece tu padre. Seguramente trabajó durante unos meses en un taller o en una obra como peón antes de volver al instituto por mandato de sus padres. Suele tener barba cerrada

lunes, 22 de octubre de 2018

Caminar

Caminar es actividad redundante; se empieza buscando otra cosa pero se termina siempre en uno mismo o en casa. Al menos esto permite constatar que hay cruces, bifurcaciones, otros caminos distintos que a veces confluyen. Muchos van deprisa pensando que van a alguna parte, que lo suyo importa; en moto incluso lo señalan con harto ruido. Parecería como si hubiera muchos sentidos y direcciones diferentes. Pero no.

Aunque la sociedad y la información parecen redes complejas, no lo son. Cualquiera que vaya a un punto de reunión cualquiera (llamémosle bar) encontrará siempre los mismos periódicos de derechas... o nada; el mismo fútbol, la misma conversación. Desde luego, La Razón es un periódico moderno y al día, con sus columnas fijas de los septuagenarios Cañizares, Ussía, Amilibia etc. De La Tribuna no digo nada: ha mejorado mucho desde que la critiqué; quien tenga el mérito de ello, que se lo arrogue. 

Inspeccioné otros lugares públicos de reunión en Ciudad Real, y saqué algunas conclusiones. Los únicos suscritos a publicaciones contestatarias (El Jueves, por ejemplo, que esta semana es el único que habla de la corrupción del rey emérito) son la taberna Living Room, cierta peluquería para caballeros regentada por gays y la Biblioteca Pública. Deduzcan lo que quieran. Menos mal que las infantas no son elefantas, al emérito se le podrían escapar algunas balas sin querer (que ya le ha pasado), como a su amigo el príncipe saudí.

La capital está llena de letreros de se alquila y se vende. La mayoría son antiguos, pero hay muchos nuevos. Evidentemente, la libido está bastante baja; hasta el único sex-shop que hay va a cerrar y está vendiendo rebajadas sus existencias al cincuenta por ciento de su valor. Las damas del alba están por los rastrojos. A cambio, proliferan las casas de apuestas, las tiendas que compran oro, las clínicas dentales, las peluquerías. Hay mucha desesperación encubierta y sobre todo que se quiere encubrir incluso con un buen peinado o una buena sonrisa. De los pocos jóvenes que hay, unos cuantos que ven la tele (muy pocos) lo único que aprenden es a discutirlo todo: es lo que ven a diario en la tele, discusiones, problemas, angustia. La mayor parte de ellos están simplemente acojonados; no se extrañen si se aficionan a la botella o al botellón, la esperanza se vende cara y la sonrisa falsa o la mordedura (clínicas dentales) están a la orden del día. Que no les engañe tanta hipocresía. 

Son días grises estos días. Dentro de poco habrá que homenajear a algunos de nuestros muertos, los que tienen nombre y un lugar donde estar.

viernes, 18 de mayo de 2018

Un inglés agradecido

“A lo mejor no me creéis, pero no os miento si os digo que en España todo es mejor”

En esta carta abierta, el pianista y escritor James Rhodes, que se instaló en Madrid en 2017, muestra verdadero entusiasmo con su país de acogida. Consiguió un enorme éxito con 'Instrumental', libro en el que narra cómo la música le ayudó a superar el trauma de los abusos sexuales cuando era niño

JAMES RHODES

18 MAY 2018 - 10:10 CEST

Nunca he entendido del todo eso de tener un hogar. Vale, es el sitio donde duermes y estás a cubierto, pero al margen de eso el concepto hogar no tenía para mí demasiado sentido. Supongo que me he pasado media vida huyendo. De mí o de los desastres que yo mismo he provocado, por norma general. Pero hace nueve meses dejé de huir. Me instalé en Madrid. Encontré un hogar. Y descubrí en qué consiste tenerlo.

Una cosa es conocer ese Madrid que nos ofrece el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía. Escaparte a la hora de la comida para ir a ver el Guernica y después hacer un picnic en el Retiro, visitar el Palacio Real y tomarte una caña en la plaza Mayor. Pero enamorarse de la Cava Baja o de la calle del Espíritu Santo, que a vosotros os parecerán de lo más normal pero que para mí están llenas de magia, es otro nivel.

Ver a la gente de paseo, tan tranquila (imposible en Londres), o esperando a que el semáforo se ponga en verde (no lo había visto en la vida)

Ver a la gente de paseo, tan tranquila (imposible en Londres), o esperando a que el semáforo se ponga en verde (no lo había visto en la vida). Contar la cantidad de parejas que van por ahí de la mano. Sonreír al contemplar la majestuosidad de Serrano, donde una chaqueta cuesta lo mismo que un coche. Ver una obra increíble en El Pavón Teatro Kamikaze, picar unas croquetas que literalmente pueden cambiarte la vida en el restaurante Santerra, reírte de lo buenos que están los cruasanes del Café Comercial, presenciar cómo los profesionales de Sálvame analizan el lenguaje corporal de Letizia frente a un público embelesado.

Las diferencias entre este país y el Reino Unido son incontables. Estoy escribiendo esto enfermo, desde la cama, a las dos de la madrugada, tras un viaje de tres días en Reino Unido en el que he pillado la gripe del Brexit. Al llegar Madrid, llamé a mi seguro médico. Una hora después un médico se presentó en mi casa y me recetó antibióticos. Aquí pago treinta y cinco euros al mes por el seguro médico (puede parecer un lujo, pero lo necesito por mis operaciones de espalda pasadas). En Londres pagaba diez veces más. Y allí las visitas médicas en tu domicilio cuestan unos doscientos euros.

Estoy escribiendo esto enfermo, desde la cama, a las dos de la madrugada, tras un viaje de tres días en Reino Unido en el que he pillado la gripe del Brexit

A lo mejor no me creéis, pero no os miento si os digo que aquí todo es mejor. Los trenes, el metro, los taxistas, los desconocidos amabilísimos, el ritmo de vida tranquilo, la asombrosa capacidad de insultaros los unos a los otros (pasando de la madre o de la actividad sexual de nadie, vosotros recurrís a peces, espárragos y leche, un arte digno de Cervantes), el idioma increíble (contáis con quisquilloso, rifirrafe, ñaca-ñaca, sollozo, zurdo o tiquismiquis, que podría ser mi apodo). Vuestro diccionario es el equivalente verbal de Chopin. Me parece guay de Paraguay la cantidad de fumadores empedernidos que hay aquí, mandando a la mierda a todos los médicos y a los gilipollas moralistas de Los Ángeles. Son asombrosas la cordialidad del vive y deja vivir y la generosidad. El premio a la croqueta del año. El respeto que os inspiran los libros, el arte, la música. El tiempo que dedicáis a la familia y al descanso. A las cosas que importan.

Impresiona también la cantidad de gente con talento que se llama Javier (Bardem, Cámara, Calvo, Ambrossi, Manquillo, Del Pino, Marías, Perianes, Navarrete, entre muchos otros. Adivinad cómo voy a llamar a mi próximo hijo).

Me parece guay de Paraguay la cantidad de fumadores empedernidos que hay aquí, mandando a la mierda a todos los médicos y a los gilipollas moralistas de Los Ángeles

Vosotros inventasteis la siesta, y aun así trabajáis más horas que casi en cualquier otro país de Europa.

He conocido a extraños en el metro con los que he acabado interpretando a Beethoven, a abuelas que me han hecho torrijas y me han hablado de cuando tocaban el piano, a pacientes de psiquiátricos cuya valentía me ha dejado flipado, a un chaval que toca el piano muchísimo mejor que yo a su edad y a quien he podido dar algunas clases gratis. Hasta Despacito suena de puta madre en el metro a las ocho y media de la mañana si la toca un anciano que sonríe, y al observar a los demás pasajeros me doy cuenta de que es una sonrisa contagiosa. Me he tirado horas en el Carrefour de Peñalver abrumado por los colores, los sabores, los olores y lo fresco que es todo (en Londres algo así es impensable), he visto tomates del tamaño de un balón de fútbol en la frutería de mi calle, he recibido bizcochos de unos vecinos que, en lugar de quejarse por el ruido, me piden que toque el piano un poco más fuerte. He descubierto las natillas.

Y así podría seguir horas.

Aquí hay un montón de cosas buenas, a veces escondidas. He sido testigo de la extraordinaria labor que llevan a cabo organizaciones como la Fundación Manantial, Save the Childen, la Fundación Vicki Bernadet, Plan International y tantas otras, grandes y pequeñas, capaces de aliviar parte del dolor que hay en este mundo. Y no piden elogios, premios ni agradecimientos.

Vosotros inventasteis la siesta, y aun así trabajáis más horas que casi en cualquier otro país de Europa.

Evidentemente también hay problemas. Cómo no iba a haberlos. Las leyes espantosas, ofensivas e inhumanas que se aplican a las agresiones sexuales (vistas en el caso de La Manada) que desde luego tienen que cambiar. Las drogas, la indigencia, el tráfico de personas, los abusos, los recortes en sanidad, las enfermedades mentales, los problemas económicos. La corrupción en el poder. Los políticos (en serio: ¿por qué no dejamos que Manuela Carmena, la superabuela, se encargue de España unos años y la arregle?). Los azotes diarios y desde tiempos inmemoriales. Sin embargo todo esto no os ha vuelto insensibles, fríos, desagradables y cerrados como ha pasado en tantos países, sino que os ha hecho abiertos, ha sacado a la luz un poquito de la pureza y de la bondad que hay en el mundo, y, joder, qué orgulloso estoy de ser una figura diminuta y solitaria que deambula por este país asombrándose por su vitalidad colectiva.

Este año, por trabajo, voy a ir a Ibiza, Sitges, Sevilla, Granada, la Costa Brava, Cuenca, Vigo, Vitoria, Zaragoza y a muchos otros sitios increíbles. He visitado docenas de ciudades a lo largo de los últimos dos años. Soy un extranjero, un huésped, y, en tanto que anglosajón, no creo que tenga el derecho de hablar de política, pero lo que sí puedo decir es que en Barcelona, Gijón, Madrid, Santiago o Girona, en todas partes, siempre me he encontrado lo mismo: cariño, hospitalidad, sonrisas, generosidad. Tambien distintas gastronomías: la paella valenciana es la única de verdad, obvio, y lo mismo pasa con los churros en Madrid y el salmorejo en Andalucía. Lo mejor que puedes llevarte a la boca lo encontrarás en San Sebastián (bueno, a lo mejor la estoy liando, así que mejor lo dejo). He encontrado diferentes acentos (Galicia, lo siento, pero no entiendo ni una sola palabra de lo que dicen tus habitantes, ni siquiera cuando veo First Dates con subtítulos; la culpa es mía, pero es que hablan demasiado deprisa), pero tras cara acento siempre había un corazón enorme, dedicación al trabajo, abrazos, una tremenda hospitalidad.

Antes nunca miraba hacia arriba; caminaba con la vista clavada en la acera o el móvil. Aquí en España lo miro todo con asombro

Me encanta este país. Para mí, está en lo más alto. Metafórica y literalmente. Antes nunca miraba hacia arriba; caminaba con la vista clavada en la acera o el móvil. Aquí en España lo miro todo con asombro. Os miro a vosotros y vuestra belleza me ciega. Ahora sí miro hacia arriba. Porque me siento a salvo. Y visible. Y apoyado. Y bienvenido.

Hace poco estuve en Londres y visité a Billy, mi psiquiatra. Me dijo que hace diez años dudaba de mi supervivencia. Que incluso hace un año no lo tenía nada claro, y con razón. Y que jamás me había visto tan bien como me ve ahora. Y ¿sabéis qué? Mucho se lo debo a España.

Algunos dirán que la gente me trata distinto debido a mi éxito relativo, al hecho de que me alojo en hoteles bonitos y ceno en buenos restaurantes. Así que permitidme que acabe con un recuerdo.

Qué orgulloso estoy de ser una figura diminuta y solitaria que deambula por este país asombrándose por su vitalidad colectiva

Hace mucho tiempo (demasiado), cuando era muy pequeño, veraneábamos en Mallorca todos los años. En agosto nos alojábamos un par de semanas en un apartamentito de mierda que estaba en la playa de Peguera. En mi memoria, esas vacaciones son el refugio más seguro, perfecto e increíble de mi infancia. Significaba alejarme de la zona en guerra que era mi vida en Londres: violenta, monocromática, dominada por las violaciones que sufría. Durante un breve período de tiempo, con ocho o nueve años, pude comprarle tabaco (un paquete de Fortuna por pocas pesetas), en la tiendecita de la playa de Pedro. Pude beber Rioja calentorro (gracias de nuevo, Pedro), contemplar las estrellas, bañarme en el mar, engañar de vez en cuando a alguien para que me invitara a hacer esquí acuático, disfrutar del sol. Y, sobre todo, disfrutar de la sensación de estar a salvo, protegido. Treinta años después, me brindáis lo mismo. Y nunca podré expresaros mi gratitud por ello.