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jueves, 10 de septiembre de 2026

Tipos de TDAH (Trastorno por déficit de atención con hiperactividad)

 Cada tipo de TDAH y sus efectos explicados, monografía sobre:

1. Por qué el TDAH en niñas se diagnostica años más tarde que en niños.

2. Qué es realmente el hiperfoco y por qué no contradice la falta de atención

3. La diferencia neurológica detrás de la disforia sensible al rechazo

4. Por qué la "pereza" y la parálisis por tarea no son lo mismo

El tipo inatento. 

El tipo inatento es el TDAH que casi nadie reconoce a tiempo, precisamente porque no se ve como la mayoría de la gente esperaría. 

Aquí no hay hiperactividad visible, no hay niños saltando por las paredes del salón, hay alguien mirando por la ventana en medio de una clase, perdiendo objetos constantemente y comenzando tareas que después nunca termina. 

Según los criterios del DSM5T TR de la Asociación Americana de Psiquiatría, este subtipo se caracteriza específicamente por síntomas de falta de atención sin el componente hiperactivo predominante. 

El cerebro, en este caso, tiene una dificultad genuina para sostener la atención en tareas que no generan un estímulo inmediato, no porque a la persona no le importe, sino porque el sistema de recompensa dopaminérgico no se activa lo suficiente como para mantener el enfoque sostenido. Leer un párrafo puede tomar cinco intentos, porque la mente se va sin avisar, y a veces la persona llega al final de una página entera sin poder recordar una sola palabra de lo que acaba de leer, teniendo que regresar al inicio una y otra vez, sin entender del todo por qué algo, en teoría tan simple, le resulta tan difícil. 

Seguir instrucciones de varios pasos se convierte en un verdadero reto, no por falta de inteligencia, sino porque el cerebro pierde el hilo en algún punto del camino, olvidando el tercer paso mientras todavía está procesando el primero, lo que puede hacer que una receta de cocina sencilla termine convertida en un desastre de pasos salteados. Objetos como llaves, lentes o el teléfono desaparecen constantemente, no por descuido real, sino porque la mente estaba en otro lugar en el momento exacto de dejarlos.

Y buscar esos objetos puede consumir minutos valiosos cada día, generando una frustración acumulada que rara vez se comenta en voz alta. En el aula o en el trabajo, este tipo suele generar comentarios como, "Tiene tanto potencial... si tan solo pusiera más atención." Una frase que ignora por completo que la persona sí está intentándolo con un esfuerzo invisible que nadie más logra medir realmente. Por eso este subtipo se diagnostica tarde, sobre todo en niñas y en adultos. Parece distracción o flojera cuando en realidad es un cerebro luchando en silencio por mantener el enfoque. 

El tipo hiperactivo impulsivo.

El tipo hiperactivo impulsivo es la versión más visible y más estereotipada del TDAH, la que primero viene a la mente de la mayoría de las personas cuando escuchan el término. Aquí el cuerpo entero parece tener más energía de la que puede contener físicamente. Piernas que no dejan de moverse, manos que necesitan tocar algo constantemente, una sensación física de inquietud permanente, como si el cuerpo estuviera siempre a punto de levantarse. Incluso en situaciones donde quedarse quieto es lo socialmente esperado, como una junta larga, una cena formal o una función escolar de 2 horas. Pero la parte impulsiva va bastante más allá del simple movimiento físico. Se interrumpe a la gente sin querer, terminando frases ajenas o soltando una idea antes de que el otro acabe de hablar. Se toman decisiones rápidas sin medir consecuencias, como gastar dinero de golpe en algo que llamó la atención por apenas un segundo o aceptar un plan sin pensarlo. Y las palabras a veces salen antes de que el filtro mental alcance a procesarlas, generando comentarios que después se lamentan profundamente, acompañados de una sensación de vergüenza retrospectiva bastante fuerte.

El investigador Russell Barkley, una de las figuras más influyentes en la investigación sobre función ejecutiva y TDAH, ha documentado extensamente que este patrón ocurre porque el cerebro tiene dificultad genuina para frenar impulsos antes de actuarlos, no por falta de disciplina, sino porque el mecanismo de freno interno funciona de forma más lenta de lo habitual, casi como un auto cuyos frenos responden con un segundo de retraso justo cuando más se necesitan. En la infancia esto suele traducirse en llamadas de atención constantes en la escuela y en la adultez, en fama de impulsivo o imprudente en decisiones financieras, laborales o incluso en relaciones personales, sin que nadie conecte del todo ese patrón con una causa neurológica real y documentada. No es mala educación ni falta de respeto. Es un cerebro que genera el impulso y lo ejecuta casi al mismo tiempo, sin el espacio de pausa que otros cerebros tienen de forma automática y prácticamente gratuita. 

El tipo combinado

El tipo combinado es hoy en día el diagnóstico más común de TDAH porque junta ambos mundos. La dificultad para sostener la atención y la inquietud física e impulsividad presentes al mismo tiempo dentro de la misma persona. Quien lo vive puede distraerse fácilmente durante una tarea aburrida, pero también sentir la necesidad constante de movimiento, interrumpir conversaciones y actuar antes de pensar con calma. Es una combinación genuinamente agotadora, porque el cerebro está simultáneamente buscando estímulo por fuera mientras lucha por controlar impulsos por dentro, algo parecido a manejar dos sistemas a la vez que constantemente compiten por el control, sin que ninguno de los dos ceda del todo en ningún momento. 

En la práctica, esto puede verse como alguien que empieza 1000 proyectos con entusiasmo genuino, compra el equipo necesario, arma el plan perfecto, decora la libreta nueva y abandona la mayoría a medio camino en cuanto la novedad se apaga y llega la parte repetitiva y aburrida que todo proyecto real termina teniendo tarde o temprano. También suele generar una sensación de agotamiento distinta a la de los otros subtipos, porque el cerebro nunca deja de trabajar en ambos frentes al mismo tiempo, ni siquiera durante el descanso, ya que la mente sigue saltando de tema en tema, incluso cuando el cuerpo por fin está quieto. En comunidades de apoyo y redes sociales especializadas en TDAH, muchas personas con este tipo describen sentir que viven en un modo caótico organizado, con sistemas elaborados de notas y alarmas que funcionan la mitad del tiempo y colapsan la otra mitad ante cualquier cambio de rutina inesperado.

No es indecisión ni falta de compromiso genuino. Es un cerebro que necesita estímulo constante para mantenerse enganchado y que actúa sobre esa necesidad antes de evaluarla del todo con calma. 

El TDAH en niñas y mujeres.

El TDAH en niñas y mujeres suele pasar completamente desapercibido durante años y la razón no es biológica, es de presentación clínica. 

Históricamente, los criterios diagnósticos se basaron casi exclusivamente en cómo se manifiesta el TDAH en niños, principalmente en la forma hiperactiva observada en los primeros estudios, donde la mayoría de los participantes eran varones, dejando fuera del marco de referencia clínico patrones que hoy la investigación reconoce como igual de válidos y frecuentes. La organización HAD, dedicada específicamente a la investigación y difusión sobre TDAH, ha documentado ampliamente esta brecha diagnóstica de género

En niñas, el patrón más común suele ser el tipo inatento, mucho más silencioso, soñar despierta, ser etiquetada como distraída o en su mundo en lugar de disruptiva, lo que rara vez llama la atención de un maestro o de un padre preocupado y muchas veces se interpreta simplemente como timidez o exceso de imaginación infantil. Además, muchas niñas aprenden a compensar socialmente desde pequeñas, esforzándose el doble para parecer organizadas por fuera, copiando estrategias de amigas más organizadas, anotando todo de forma casi obsesiva, revisando la mochila tres veces antes de salir de casa, mientras por dentro el esfuerzo mental resulta enorme y profundamente agotador, un trabajo invisible que nadie a su alrededor llega siquiera a sospechar. Esto hace que el diagnóstico llegue en muchísimos casos hasta la adultez después de años de sentir que algo anda mal sin saber exactamente qué, muchas veces, solo tras el diagnóstico del propio hijo, cuando la madre reconoce en la descripción del especialista patrones que ella misma vivió toda su vida sin tener un nombre para ellos. 

Esta demora también tiene un costo emocional acumulado real, años de comparación silenciosa con otras mujeres que aparentemente sí pueden con todo, generando una autoexigencia interna feroz y muchas veces ansiedad como consecuencia secundaria directa de intentar sostener esa máscara de forma indefinida. No es que el TDAH afecte menos a las mujeres, es que aprendió a esconderse mejor, disfrazado de esfuerzo constante y perfeccionismo compensatorio. 

El TDAH en adultos

El TDAH en adultos no desaparece con la edad, como se creía erróneamente durante décadas dentro de la psiquiatría tradicional. Simplemente, cambia de forma de expresión. La hiperactividad física visible de la infancia suele transformarse en inquietud interna. Una mente que corre constantemente, dificultad genuina para relajarse sin sentir culpa y una sensación perpetua de estar atrasado en todo, incluso cuando objetivamente se ha logrado bastante durante el día. Algo que puede sentirse, según describen muchos pacientes adultos, como estar siempre corriendo detrás de un tren que ya salió de la estación. Esto puede manifestarse como procrastinación crónica en tareas aburridas combinada con hiperfoco intenso en aquellas que sí generan interés genuino, generando una reputación de ser brillante pero inconsistente. Una etiqueta que rara vez viene acompañada de comprensión real sobre por qué ese patrón específico se repite una y otra vez. La vida adulta llena de responsabilidades poco estimulantes como pagar facturas, hacer trámites o llenar formularios repetitivos se vuelve un territorio especialmente difícil para un cerebro que necesita novedad constante para mantenerse enfocado, al punto de que tareas administrativas simples pueden posponerse durante semanas enteras, generando ansiedad acumulada completamente innecesaria. 

Las relaciones personales también se ven afectadas de forma directa. Olvidar fechas importantes, interrumpir conversaciones o parecer distraído durante momentos que requieren atención plena genera fricciones que la pareja no siempre entiende como parte de una condición neurológica real, sino como falta de interés o de cariño genuino, cuando en realidad se trata de un patrón consistente que existía mucho antes de que esa relación específica comenzara.

Muchos adultos con TDAH pasan años enteros pensando que simplemente son desorganizados o flojos, desarrollando una autocrítica interna feroz que se activa ante cada pequeño error cotidiano, sin saber que existe una explicación neurológica documentada detrás de todo eso. No es falta de madurez. Es un cerebro que sigue necesitando exactamente lo mismo que necesitaba de niño, solo que ahora nadie se lo explica de la misma manera comprensiva. 

[Algunos criterios diagnósticos]

El hiperfoco.

El hiperfoco es una de las contradicciones más confusas del TDAH. Y la razón principal por la que mucha gente duda del diagnóstico en primer lugar, si la persona supuestamente no puede concentrarse, ¿cómo es posible que pase horas absorta en un videojuego, una serie o un tema que le apasiona genuinamente, sin notar el paso del tiempo, sin sentir hambre, sin escuchar que alguien le habla directamente a apenas unos metros de distancia? 

La respuesta está en cómo funciona realmente el sistema de atención en el TDAH, según explica el propio Russell Barkley en su extensa obra sobre función ejecutiva. No es que falte atención en términos generales, es que el cerebro tiene dificultad específica para regular en qué se enfoca esa tensión disponible.

Cuando algo genera suficiente estímulo o interés genuino, el interruptor se enciende con una intensidad que otros cerebros no alcanzan y cuesta muchísimo apagarlo, incluso cuando ya es momento de comer, dormir o atender algo urgente que quedó completamente fuera del radar mientras duraba ese estado de inmersión total. Esto explica por qué alguien puede pasar 6 horas absorto programando, dibujando, investigando un tema aleatorio que le picó la curiosidad a medianoche o reorganizando por completo su cuarto sin haberlo planeado en absoluto, pero no logra concentrarse 15 minutos en una tarea administrativa aburrida, aunque esta última sea objetivamente mucho más corta y sencilla en apariencia.

El hiperfoco también tiene un lado incómodo, poco mencionado en la conversación pública. Cuando se incómoda o investigar sin parar un síntoma médico preocupante, puede volverse tan absorbente y difícil de detener como cualquier interés positivo, generando ciclos de ansiedad prolongados y agotadores. El problema real no es la falta de concentración en sí misma, es la falta de control sobre hacia dónde se dirige esa concentración. Cuando el cerebro decide por su cuenta que algo específico vale la pena.

La disforia sensible al rechazo. 

La disforia sensible al rechazo es un síntoma relativamente poco conocido fuera de los círculos clínicos, pero extremadamente común en personas con TDAH. Una reacción emocional desproporcionadamente intensa ante la crítica, el rechazo o incluso la simple percepción de haber decepcionado a alguien. El término y buena parte de la investigación clínica al respecto fueron desarrollados por el psiquiatra estadounidense William Dudson, especialista de referencia en TDAH adulto. 

Un comentario completamente neutral puede sentirse como un ataque personal directo y el cerebro reacciona con una oleada de vergüenza o tristeza que parece no tener proporción alguna con lo que realmente ocurrió, incluso ante retroalimentación bien intencionada en el trabajo, en la escuela, o ante una simple broma entre amigos que se malinterpreta como burla real. Esto ocurre porque el mismo sistema que regula impulsos y emociones en general funciona de forma distinta en el TDAH, haciendo que las emociones lleguen más rápido y con mayor intensidad, sin el filtro regulador que otros cerebros aplican de forma automática antes de que la reacción emocional se dispare por completo. 

Muchas personas con TDAH desarrollan, sin saberlo conscientemente, patrones de evitar riesgos sociales por completo, solo para no exponerse a esa sensación devastadora, rechazando oportunidades laborales, relaciones potenciales o incluso simples invitaciones sociales por miedo anticipado a un rechazo que quizás nunca llegaría, generando un aislamiento progresivo que rara vez se conecta con la causa real que lo origina. Con el tiempo, esto puede confundirse fácilmente con baja autoestima general. o incluso con rasgos de ansiedad social, cuando en realidad se trata de una reacción muy específica y desproporcionada ante un tipo particular de estímulo emocional.

La percepción de haber fallado ante los ojos de alguien más no es hipersensibilidad entendida como debilidad de carácter. Es un sistema emocional que amplifica el volumen del rechazo, mucho más de lo que la situación real jamás pidió.

La desregulación emocional

La desregulación emocional en el TDAH no aparece explícitamente entre los criterios diagnósticos oficiales del DSM 5TR, pero quienes lo viven la reconocen de inmediato en su día a día. Emociones que suben de 0 a 100 en cuestión de segundos y que tardan considerablemente más en bajar de lo que a otras personas les toma; frustración que se convierte en enojo intenso por algo relativamente pequeño, como un error tipográfico, un semáforo en rojo o un objeto que no aparece justo cuando se necesita con urgencia. Tristeza que golpea con una fuerza desproporcionada ante una noticia menor. Alegría que se siente casi por lo mismo. 

Sucede porque las mismas áreas cerebrales encargadas de frenar impulsos de acción también participan activamente en frenar impulsos emocionales y en el TDAH ese freno llega tarde o con menos fuerza de la habitual, permitiendo que la emoción se exprese casi en su totalidad antes de que la razón alcance a intervenir y ponerle un contexto más proporcional a lo que realmente está pasando. La persona no elige reaccionar así deliberadamente: es que la emoción ya está en marcha antes de que el sistema de control alcance siquiera a intervenir. Y, para cuando la razón finalmente llega, el daño de la reacción ya suele estar hecho, dejando a la persona lidiando con las consecuencias sociales de una emoción que ni siquiera eligió expresar con esa intensidad particular. 

Con el tiempo esto puede generar mucha vergüenza y autocrítica posterior, porque desde afuera parece exagerado o dramático cuando en realidad es simplemente un cerebro sintiendo las cosas con el volumen al máximo, sin acceso fácil al control de volumen que otros cerebros dan completamente por sentado. 

La parálisis por tarea

La parálisis por tarea es esa sensación específica de saber exactamente qué hay que hacer, tener toda la capacidad técnica para hacerlo y aún así quedarse completamente inmóvil, incapaz de empezar mirando la tarea como si fuera un muro imposible de escalar. 

Aunque objetivamente sea simple, no es pereza. Y quien lo vive lo sabe mejor que nadie, porque la frustración de no poder moverse hacia algo que genuinamente quieres hacer es enorme y confusa, incluso para la propia persona que la experimenta en carne propia, que muchas veces se queda mirando la pantalla o la lista de pendientes sin lograr dar el primer paso concreto. Ocurre porque el cerebro con TDAH necesita un nivel específico de estímulo o de urgencia percibida para activar el sistema de inicio de tareas. Y cuando esa activación no llega por sí sola, el cuerpo simplemente no encuentra el impulso para comenzar, sin importar cuánto la mente insista conscientemente en que hay que hacerlo ya, generando un diálogo interno agotador entre la intención genuina y la incapacidad física de moverse. Es común que la tarea finalmente se realice solo cuando la fecha límite genera suficiente adrenalina como para forzar el arranque, a veces literalmente la noche anterior o minutos antes de la entrega en una carrera contra el tiempo que se repite una y otra vez, lo que refuerza el patrón de dejar todo para el último momento y genera un ciclo de estrés recurrente que la persona reconoce plenamente, pero no logra romper del todo solo con fuerza de voluntad. Muchas personas describen esta parálisis como sentirse atascadas en arena movediza, plenamente conscientes de la urgencia real, pero sin poder moverse hacia ella, hasta que algo externo, generalmente el pánico de última hora, finalmente empuja el motor a andar. No es falta de voluntad. Es un motor que necesita una chispa muy específica para encenderse y esa chispa no siempre llega exactamente cuando se necesita.

El TDAH no diagnosticado en la adultez tardía

El TDAH no diagnosticado en la adultez tardía es un fenómeno cada vez más frecuente de identificar en la práctica clínica actual, generalmente cuando un hijo recibe su propio diagnóstico y el padre o la madre reconoce con sorpresa genuina los mismos patrones en sí mismo, viendo casi un espejo de su propia infancia en la descripción del especialista, prácticamente palabra por palabra. 

Durante décadas esa persona construyó estrategias propias de supervivencia, sin saber que tenía una condición real y documentada detrás de todo. Listas interminables pegadas por toda la casa, alarmas para absolutamente todo, incluso para recordar comer o tomar agua, rutinas rígidas que colapsan ante el más mínimo cambio de planes, generando una ansiedad desproporcionada frente a imprevistos que otras personas resuelven sin mayor esfuerzo consciente.

Muchos describen una mezcla compleja de alivio y tristeza al recibir finalmente el diagnóstico tarde en la vida; alivio genuino por poder por fin entender por qué ciertas cosas siempre les costaron tanto. Un alivio casi físico, al poder ponerle nombre a algo que llevaban cargando en completo silencio durante años y tristeza real por los años vividos culpándose a sí mismos sin razón alguna, pensando que simplemente eran menos capaces, menos disciplinados o menos inteligentes que las personas a su alrededor. Este diagnóstico tardío también suele venir acompañado de una especie de duelo al reconstruir la propia historia personal bajo esta nueva luz interpretativa. Recuerdos de la escuela, relaciones anteriores, trabajos perdidos o simplemente la sensación crónica de estar siempre a medio camino, que de repente cobran un sentido completamente distinto al mirarlos con esta nueva información disponible.

Algunas personas incluso describen sentir enojo hacia un sistema de salud que no los identificó antes, seguido de una especie de paz genuina al finalmente poder dejar de esforzarse tanto por encajar en un molde que nunca fue el correcto para su cerebro específico. No es demasiado tarde para que el diagnóstico importe. El TDAH no se trata solo de la infancia, es una forma distinta de procesar el mundo que con o sin diagnóstico formal ha estado presente durante toda la vida, esperando finalmente tener un nombre real.

Bibliografía

American Psychiatric Association (DSM-5-TR) — Criterios diagnósticos del TDAH

CHADD (Children and Adults with ADHD) — Diferencias de género en el diagnóstico

Russell Barkley, PhDSobre función ejecutiva y TDAH

William Dodson, MDSobre disforia sensible al rechazo (RSD)


lunes, 12 de enero de 2026

Origen de la procastinación

 Neurociencia. ¿Lo dejas todo para luego? Unos científicos japoneses han encontrado el motivo en el cerebro, en El País, por Daniel Mediavilla, 10 ene 2026:

La procrastinación tiene un nombre: se llama circuito VS-VP, y este equipo de investigadores tiene ideas para desactivarlo

¿Por qué en lugar de hacer lo que sabes que es necesario para conseguir tus objetivos, te entretienes mirando vídeos absurdos en TikTok? ¿Por qué te pones a barrer un suelo que no lo necesita en lugar de estudiar, si además odias barrer? ¿Por qué dejamos para mañana lo que debemos hacer hoy y tendremos que hacer de todos modos?

Durante mucho tiempo, la motivación se ha explicado como un problema de incentivos: si una persona no actúa, es porque no valora lo suficiente la recompensa. Sin embargo, un estudio detallado de lo que sucede en el cerebro cuando procrastinamos parece contradecir esa idea. Hoy, en un artículo publicado en la revista Current Biology, un grupo de científicos liderado por Ken-Ichi Amemori, de la Universidad de Kioto, propone que es posible que el cerebro valore bien la necesidad de una acción y, aun así, impida que se inicie.

Para conocer cómo funciona el cerebro cuando se enfrenta a una tarea que puede dar beneficios, pero que también supone afrontar incomodidades, los investigadores trabajaron con monos, un modelo útil porque su sistema motivacional se parece al humano. Los animales, a los que se mantuvo sedientos fuera del experimento, se enfrentaron a dos pruebas. En una, podían accionar dos palancas y recibir dos cantidades de agua diferentes, midiendo así la implicación de cada circuito en la motivación. Después, podían beber en dos condiciones: un pequeño sorbo sin tener que enfrentarse a ninguna incomodidad o uno mayor, pero que venía acompañado de un desagradable soplo de aire en la cara.

Como nosotros cuando vamos a comenzar un trabajo y pensamos en la recompensa, el mono evaluaba si valía la pena soportar este soplo de aire en la cara para obtener esta cantidad de agua, o era mejor conformarse con el sorbo seguro. Ese experimento permitió identificar un circuito cerebral que funciona como un freno a la motivación: no decide si la recompensa merece la pena, sino si merece la pena empezar. Se trata de la conexión entre el estriado ventral (EV) y el pálido ventral (PV), que se encuentran en los ganglios basales, una parte profunda del cerebro donde ocurren el placer o la motivación.

El grupo de Amemori ha detectado que hay dos variables implicadas en la motivación, pero que están codificadas por sistemas neuronales distintos. Por un lado, está el cálculo del coste-beneficio para evaluar el peso de recompensa y castigo, y por otro la probabilidad de no querer iniciar una acción, ambos mecanismos conservados tras millones de años de evolución porque mantuvieron con vida a nuestros antepasados.

El estriado ventral se activa ante la expectativa de que algo va a ser incómodo, difícil o emocionalmente exigente, sin evaluar cuál será la recompensa final. El pálido ventral es como un interruptor para comenzar a actuar y sostener esa acción. El estudio del cerebro de los monos permitió primero observar con electrodos cómo cuando se podía elegir recibir más agua y una ráfaga de aire el estriado ventral, que nos protege contra la incomodidad, estaba más activo, y cuando solo se podía elegir entre distintas cantidades de agua, el que estaba más activo era el pálido ventral.

Cuando las dos regiones estaban conectadas, la advertencia de incomodidad del EV podía bloquear el inicio de la acción del PV, pero cuando apagaron la comunicación entre los dos grupos de neuronas con una técnica quimiogenética, vieron que era suficiente para soltar el freno motivacional. En ese momento, los monos comenzaron a afrontar con menos reticencias la tarea que tenía premio, pese a la incomodidad prevista.

Dividir la tarea

Esto supone un giro importante respecto a los enfoques habituales. Prometerse grandes recompensas, recordarse la importancia de la tarea o aumentar la presión externa actúa sobre el circuito del valor percibido, pero deja echado el freno que pone el EV. “Cuando la motivación está alterada al nivel de la iniciación, reducir las señales que impulsan el desenganche —como el coste anticipado de comenzar— puede ser más eficaz que simplemente aumentar los incentivos”, dice Amemori como consejo para superar el bloqueo. Dividir la tarea en pasos menores o reducir la exposición al juicio o la amenaza de evaluación pueden ser estrategias útiles en esos casos.

El investigador también cree que un entorno laboral estresante y las notificaciones constantes de correos o mensajes en el móvil, “pueden mantener activado continuamente el circuito estriado ventral que procesa las señales que nos producen rechazo”. “A largo plazo, eso puede producir cambios plásticos y, posiblemente, cambios estructurales en la vía EV-PV, desequilibrando el sistema hacia una desconexión excesiva, un trastorno que clínicamente se conoce como abulia”, dice.

Desde una perspectiva social, reducir la señalización continua del estrés podría ayudar a prevenir la sobrecarga crónica de este circuito que acabaría dejando echado el freno de la motivación. Para Amemori, una priorización más clara de las tareas o la creación de entornos laborales o escolares que permitan la recuperación después de tareas exigentes pueden ser tan importantes para combatir este problema como las intervenciones a nivel individual.

Durante el experimento, no todos los monos se comportaron igual. Algunos se bloqueaban más que otros ante la posibilidad del soplido desagradable. Esas observaciones sugieren que la parálisis por estrés puede tener una base neurobiológica identificable y no ser simplemente una cuestión de personalidad o carácter. Este conocimiento puede ser útil para quienes la incapacidad para actuar es un problema grave.

“Nuestros hallazgos indican que la abulia en la depresión podría reflejar un desequilibrio en el circuito VS–VP”, explica Amemori. “En principio, sería posible desarrollar terapias que modulen este equilibrio. Un enfoque potencial es la estimulación cerebral profunda (DBS), aunque esto requiere intervención neuroquirúrgica y solo sería apropiado para casos cuidadosamente seleccionados”, ejemplifica.

“También existe un desarrollo activo de técnicas de neuromodulación menos invasivas que pretenden influir en las estructuras cerebrales profundas, incluidas la estimulación magnética transcraneal (TMS) y los enfoques basados en ultrasonidos. Estos métodos podrían volverse más prometedores en el futuro, pero requerirán una validación adicional sustancial en cuanto a seguridad, especificidad y beneficio clínico”, añade. Además, se podrían utilizar fármacos, ya que el pálido ventral contiene receptores opioides, pero estos medicamentos no afectarían solo a esa región cerebral y podrían tener muchos efectos secundarios indeseados.

Por último, Amemori enfatiza que el freno motivacional “probablemente cumple una función adaptativa y evolutivamente conservada, al ayudar a los individuos a evitar involucrarse en situaciones excesivamente costosas o dañinas”. “Debilitarlo de manera indiscriminada podría aumentar la vulnerabilidad al agotamiento, la asunción de riesgos excesivos o la dificultad para desconectarse de contextos excesivamente estresantes. Cualquier intervención terapéutica necesitaría, por tanto, ser cuidadosamente calibrada y evaluada dentro de un marco ético riguroso” concluye.

lunes, 4 de septiembre de 2023

Empezar bien, o solo empezar.

"Si empiezas bien, ya has hecho la mitad del camino [...] Comenzar es la mitad del trabajo; comienza nuevamente con la mitad restante, y habrás terminado", Marco Aurelio.

"No puedes volver atrás y cambiar el principio; pero puedes comenzar donde estás y cambiar el final". Epicteto.