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domingo, 16 de agosto de 2026

Más conferencias inéditas de Borges. Dossier.

 I

 Borges piensa en voz alta, en El País, Juan Gabriel Vásquez, 16 ago 2026:

La publicación de unas conferencias del escritor argentino muestra su insólita inteligencia y el valor de los libros

Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como "El sur" o "La muerte y la brújula", no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera.

II

Borges conferencista, en Qué Leer, 24 julio, 2026, Ricardo Gil Otaiza:

Nunca dejamos de asombrarnos con Jorge Luis Borges, porque, con cada género que tocó, creó todo un universo muy particular: como si su genio fuese infinito, perdido a su vez en multitud de laberintos al final de los cuales percibimos una luz que abre dentro de cada uno nuevas alteridades, para reconocernos en la vasta dimensión de ser uno y otros a la vez, para asumir que la realidad no es en esencia la que nos muestran los sentidos, sino que va más allá de nuestra propia noción del ayer y del ahora, para hacer de nosotros complejidad y destino.

En este orden de ideas, nos llega de la mano de Alfaguara 2026 un tomo fundamental, titulado Conferencias reunidas 1960-1985, compilado y editado por Sara Luisa del Carril, y que sale en la colección Narrativa Hispánica Biblioteca Jorge Luis Borges, imprescindible para la comprensión del disertante y pensador, y necesario para quienes nos adentramos en los agrestes territorios del intelecto, de la teoría literaria, de los campos de la filosofía y de la historia, por los que discurrió  el gran autor con enorme solvencia e intención incisiva y además crítica.

No pasó Borges por la literatura para dejar intacto todo aquello que trajinó en su larga existencia, sino que en cada una de sus páginas podemos sopesar —en su justa dimensión intelectual y metafísica—, su espíritu inquieto, abierto a la esencia del vivir, dudoso de todo aquello que solemos llamar como “certezas”, para descolocarnos en la comodidad de un ahora que en él es duda y desafío, hondura y asombro, y no lo hizo tan solo en los géneros literarios per se (poesía, narrativa y ensayo) que abordó con maestría, sino además en sus posturas intelectuales frente a grandes públicos, que desarticulaban finos mecanismos de relojería asumidos como lo “políticamente correcto”, y así llevar a sus escuchas —y hoy a sus lectores— por serpenteantes caminos, de los que no se puede regresar al punto de partida sin reconocerse un cambio, una remezón interior, un vuelco copernicano que nos reubica y nos reta en el ahora.

Por supuesto, hay en estas conferencias aquello que calificamos con el adjetivo de borgeano, es decir, el autor que a veces divaga, retrocede y avanza, articula y analiza, y que con extrema lucidez busca hallar aquello no dicho anteriormente: nuevas vetas y vislumbres, artificios eruditos y jugarretas intelectuales y humorísticas, todo lo cual nos permite disfrutar a un autor cercano, inagotable, locuaz, tímido pero seguro de sí mismo, y aunque a veces dude, y ponga entre paréntesis algunas de sus muchas afirmaciones, esa duda formará parte también del corpus de su propia postura, que nunca se nos impone, sino que con cautela nos aproxima a una realidad que nos invita a visitar y conocer: a mirar con nuestros ojos, a cotejar un antes y un después que haga de nosotros piezas clave de su propio esfuerzo, y de su mirada.

El libro, de 424 páginas, está integrado por 30 piezas: "Notas para esta edición", por Sara Luisa Carril; (1960) "Poesía gauchesca"; (1962) "Leopoldo Lugones"; (1963) "The Spanish Language in South America. A Literary Problem"; (1963) "El gaucho Martín Fierro"; (1964) "La poesía gauchesca"; (1964) "El enigma de Shakespeare"; ((1965) "Poesía y arrabal"; (1965) "El Libro de Job"; (1967) "Spinoza"; (1967) "Agnon"; (1967) "La literatura fantástica"; (1968) "Martín Fierro, el gaucho y la literatura"; (1969) "Una historia del libro"; (1971) "Testimonios de mis libros"; (1972) "Destino y obra de Camoens (1)"; (1972) "Destino y obra de Camoens (2)"; (1973) "Mi poesía"; (1973) "Mi prosa"; (1975) "El escritor y su destino"; (1975) "El escritor y su tiempo"; (1980) "La metáfora"; (1980) "Recuerdos de mi amigo Xul Solar"; (1980) "Borges evoca a Camoens"; (1980) "Así escribo mis cuentos"; (1982) "(La poesía). Lo esencial de esta noche será el diálogo"; (1984) "El universo: una serie de sueños"; (1985) "El labrador de infinitos" y (1985) "La última conferencia. Apéndice: La lengua española en Sudamérica. Un problema literario" (traducción de “The Spanish Language in South. A. Literary Problem”.

Es de resaltar, tal como lo expresa la editora Del Carril, que las conferencias incluidas —y que fueran dictadas en distintos contextos— “no habían sido recogidas en forma de libro”, de allí su importancia. Las mismas estaban dispersas y ahora este conjunto que hoy se nos entrega se erige en una obra de referencia y de consulta que servirá, no solo a los estudiosos de universidades y centros de  investigación, sino a los amantes de la obra del escritor e intelectual argentino, que buscarán en sus páginas profundizar en las raíces de su propuesta literaria (su obra), de su visión del hecho literario y de sus hacedores (Emerson, Góngora, Kafka, Shakespeare, Hernández, Shaw, Wilde, Mallarmé, Reyes, Fernández, Homero, Cervantes, Darío, Kiplin, Carroll, Neruda y Güiraldes, entre muchos otros), su pensamiento filosófico (Platón, Spinoza, Voltaire, Hume, Berkeley, Schopenhauer, Bacon, Russell, etc.), así como sus posturas frente a hechos puntuales como el lenguaje, la poesía, la narrativa, el infinito, la identidad, su tiempo histórico, su relación con obras fundantes de nuestra cultura, la mirada del otro, su perplejidad frente al mundo, sus asombros, la épica, lo fantástico, la tradición, la eternidad, la inmortalidad, el sueño y la realidad.

Enhorabuena por esta obra, que sale a raíz de la conmemoración de los 40 años del fallecimiento de Borges, y que fue presidida, a comienzos de este año, por la publicación de los Cuentos completos, la Poesía completa y los Ensayos completos, también por Alfaguara (ver mi reseña Borges, sin asomo de duda en Qué Leer: 16/02/26), cuya suma se hace en sí misma exponencial e impostergable.

III

Borges y la tercera parte del Martín Fierro, en Ulrica Revista, 26 jul 2022, por Sara Iriarte:

Jorge Luis Borges nutrió un enorme interés por el Martín Fierro de José Hernández, que volcó en los ensayos críticos donde se ocupó de la literatura gauchesca y de aquel que no dudó en llamar «el libro más importante que hemos producido los argentinos en 150 años». El autor extrajo, asimismo, de sus reflexiones sobre el célebre poema los virajes con que reescribió el texto en "El fin" y "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)". Y, si seguimos el recorrido de las presentaciones que Borges ofreció en el país y en el extranjero a medida que su consagración como escritor crecía, es posible vislumbrar el peso indiscutible que el Martín Fierro tuvo entre los temas que le apasionaban.

  Gracias a un trabajo de roedor de bibliotecas tuve noticias de las primeras conferencias que Borges realizó en Inglaterra cuando comenzaba a ganar renombre internacional y donde se ocupó del Martín Fierro. Corría 1963 y el autor de El Aleph había comenzado a captar la atención de los lectores angloparlantes al recibir el Formentor Prix International for Editeurs—cuya primera edición compartió con Samuel Beckett; y gracias a las incipientes traducciones de su obra que empezaron a aparecer en Gran Bretaña.

  En la primera de esas presentaciones, brindada en la Canning House, Borges eligió tratar sobre el español de nuestro país como un problema literario. Allí, nuestro autor más universal y a la vez anclado en la tradición sostuvo que el deber de los escritores de lengua española es el de hacer de ésta un instrumento aceptado en todo el mundo. Y proponía como ejemplo de una obra literaria escrita en un español no local justamente (¡y contradiciendo ríos de tinta que aseveraban su idiosincrasia lingüística!), al Martín Fierro de Hernández. Este texto, que según Borges «puede ser leído por cualquier persona que tenga algún conocimiento del español», fue el escogido para demostrar la posibilidad de hacer sentir la atmósfera criolla sin caer en el desatino de hacer hablar en criollo. Intentar escribir como argentino era algo que el mismo Borges confesaba haber hecho y tratado de rectificar incinerando cuanto ejemplar encontrase de El tamaño de mi esperanza… Un error de escritura (y de mocedad) en que ya no caería, y un error de lectura en que sugería a sus oyentes no caer. Allí estaba Borges haciendo de uno de los paradigmas de nuestra tradición, el Martín Fierro, un modelo de lo universal, y prodigando para su propia obra un anaquel en las bibliotecas mundiales, cuyo rótulo, si había de haberlo, no fuera el de una comarca.

  En la segunda conferencia, que brindó en la Universidad de Bristol, se ocupó más detenidamente del Martín Fierro. Asombra el tono de anécdota que domina la presentación por momentos. Por ejemplo, al narrar cómo tuvo la oportunidad de comprobar personalmente, siendo aún joven, la esgrima que un anciano criado en estancia conservaba para manejar el puñal; es decir, la veracidad de esa admirable manera de batirse a duelo a lo gaucho que tanto revive la literatura argentina. En el mismo tono contó a sus oyentes que las nietas de Hernández le confesaron una vez la existencia de una tercera parte del Martín Fierro, dictada por Don José desde el otro mundo; un manuscrito que conservaban en su casa, pero que Borges jamás vio, ya que por descuido o desgano no concretó la visita. «Vamos a suponer que ese Martín Fierro hubiera sido comparable a los dos anteriores… Entonces la literatura argentina se hubiera enriquecido con un texto precioso para nosotros y, además, yo habría averiguado el problema que preocupó tanto a Sócrates en aquella última noche que habló sobre la inmortalidad mientras esperaba la cicuta», conjeturaba. Y así condesaba Borges sus cavilaciones sobre el enriquecimiento del patrimonio literario de un pueblo y sobre el misterio de la trascendencia—de un autor, de su obra, de un personaje…—en los confines interiores de su tradición y, tal vez, más. La tercera parte del Martín Fierro dictada desde un más allá—cuya existencia no interesa demostrar, sino tan solo deleitarse con su entidad virtual— bien podría ser el continente de reescrituras, apropiaciones y adaptaciones a las que convida el poema de Hernández; entre ellas, las del propio Borges lector, escritor y conferencista.

Los títulos de las conferencias fueron The Spanish Language in South America. A Literary Problem y El gaucho Martín Fierro. Fueron recogidas en el libro homónimo editado por The Hispanic & Luso-Brazilian Councils, Londres, 1964. Agradezco a Daniel Balderston por la invitación para investigar en la Biblioteca de la Universidad de Pittsburgh, donde hallé este ejemplar. Las presentaciones brindadas por Borges a lo largo de cuatro décadas pueden consultarse en www.borges.pitt.edu 

IV

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado "Un homme à tuer". Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El Aleph, Inquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como "Pierre Menard, autor del Quijote", que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como "Examen de la obra de Herbert Quain", que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y "La biblioteca de Babel", que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor.

Inútil es que te forjes

idea de progresar,

porque, aunque escribas la mar,

antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.

V

Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito, en El País, Mar Centenera, Buenos Aires - 02 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como "El hombre de la esquina rosada", "La intrusa" e "Historia de Rosendo Juárez", entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

“A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema "Fundación mítica de Buenos Aires" aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.