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martes, 25 de agosto de 2026

Sobre la crueldad

 "Si solo amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?" (Lc: VI,32 y Mt: V,46). 

 Bruce Lee: " Pensar que por ser pacífista no te va a atacar nadie es como pensar que un tigre no te va a comer porque seas vegetariano".

Fedor Dostoievski, en Los hermanos Karamazov: “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia".

"La virtud se puede enseñar, pero solo hasta cierto punto" (Platón)

Nicolás Gómez Dávila: "Varias civilizaciones fueron saqueadas porque la libertad le abrió impensadamente la puerta al enemigo."

Plauto y Thomas Hobbes: "Homo homini lupus / El hombre es un lobo para el hombre"

Séneca: "Homo hominis sacra res / El hombre es sagrado para el hombre".

Alejandro Rodríguez de la Peña, "Si quitamos las normas, castigos y tabúes contra el lado salvaje del ser humano… no va a bastar con que una parte de la población quiera permanecer fiel a los valores… si quitamos las barreras, para ese sector que va a actuar sin ellas, para esos depredadores, nosotros somos sus ovejas…”  

Alejandro Rodríguez de la Peña (2022) Imperios de crueldad. La Antigüedad Clásica y la inhumanidad.

Alejandro Rodríguez de la Peña (2023) Iniquidad: El nacimiento del Estado y la crueldad social en las primeras civilizaciones

viernes, 14 de agosto de 2026

Mediocridad inoperante activa

 ¿Le temes a algo a los muertos? [Un periodista al forense que publicó Abierto en canal]

No, pero sí a otra cosa. Y no tiene nada que ver con justicia. No tiene nada que ver. Es con el trabajo que hago yo; le temo una cosa que se llama la mediocridad inoperante activa y es la gente que está por encima de nosotros que hace cosas que no tienen ningún sentido en cualquier ámbito administrativo, político, eh, no sé, que intenta organizar las cosas para que a ellos les vaya bien sin saber lo que que lo de abajo lo está destrozando.

Ya

Y te hablo de pues temas de la administración. Entonces, hay gente en sitios y no quiero decir nada en concreto, que piensan que sin conocer lo que hay debajo pueden reordenarlo. Y esta mediocridad es gente que no tiene, esto pasa mucho en política.

Mm

Es gente que se coloca en ciertas situaciones y tú dices y hacen por hacer, pero no están haciendo nada porque además no aman la profesión.

Claro, claro. 

Y están de paso. Y entonces ¿a quién sí nos encanta? Es decir, te estás cargando esto y detrás vienen muchas generaciones que les encanta la medicina forense y esto hay que divulgarlo, pero te lo digo yo, te lo podría decir de la policía nacional o te lo podría decir de de un centro comercial que están cerrando tiendas. Entonces, hay que tener en cuenta que las acciones, el efecto mariposa, que las acciones que uno cree que no tienen ningún tipo de valor, mañana pueden tener un valor brutal en una persona y afectarles muchísimo. [...] Entonces, cuando viene alguien y eso lo quiere destruir porque no se ha sentado a mirar lo que hay detrás, esa mediocridad inoperante activa, no puedo con ella. Totalmente. 

sábado, 23 de mayo de 2026

Por qué la estupidez es más peligrosa que la maldad.

 I  [Transcripción de un texto de Rubén Caballero y Sara Perdiel, en PsicoStick, 2026:]

Capítulo 1: La frase que lo cambia todo.

Un teólogo alemán encerrado en una celda nazi escribió algo que hoy explica el mundo mejor que cualquier analista político. Dijo: "La  estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad."

 Se llamaba Dietrich Bonhoeffer. Era pastor, teólogo y uno de los pocos líderes religiosos alemanes que se opuso abiertamente a Hitler desde el principio. Conspiró para asesinarlo. Fue arrestado, encerrado en un campo de concentración y ejecutado en abril de 1945, tres semanas antes de que terminara la guerra. 

Capítulo 2: Quién era Bonhoeffer.

Pero lo que escribió en esa celda sigue siendo lo más lúcido que se ha dicho sobre por qué el mundo funciona como funciona. Lo escribió en 1943 desde la prisión de Tegel, viendo algo que lo perturbaba más que la crueldad de los guardias.

Veía como Alemania entera, médicos, profesores, pastores, gente educada, gente religiosa, gente que había ido a la universidad y leído libros y criado hijos, había aplaudido a Hitler. 

Capítulo 3: La teoría: estupidez vs maldad.

Y la pregunta que lo obsesionaba no era cómo fue posible el mal, era cómo fue posible que gente buena lo aplaudiera.

Esa distinción lo cambia todo. Bonhoeffer dijo esto. Contra la maldad puedes luchar, puedes denunciarla, resistirla, encerrarla. La maldad tiene una lógica, quiere algo y porque quiere algo puedes anticiparla.

Pero contra la estupidez no tienes defensa, porque la persona estúpida, y aquí viene lo importante, no es alguien con poca inteligencia, es alguien que ha renunciado a usar su juicio propio, alguien que ha entregado su capacidad de pensar a un líder, a un grupo, a un eslogan, a una ideología. Y una vez que eso ocurre, no puedes convencerla con hechos. No puedes apelar a su razón porque ya no tiene razón propia, tiene la razón de otro.

Capítulo 4: Por qué no se cura con información.

Y aquí viene algo que casi nadie explica cuando habla de Bonhoeffer. Él no estaba hablando de personas ignorantes.

Decía explícitamente que la estupidez ocurre más en personas que acaban de adquirir poder social, o que pertenecen a grupos con mucho poder colectivo. Cuanto más poderoso es tu grupo, más fácil es que dejes de pensar por ti mismo, porque el grupo te da identidad, te da seguridad, te da respuestas. Y pensar por tu cuenta de repente tiene un coste que antes no tenía, el rechazo de los tuyos.

Capítulo 5: Mira a tu alrededor.

El malvado actúa solo, necesita esconderse, necesita mentir, tiene límites. Pero el estúpido es instrumento de otros y, lo peor, no sabe que lo es. Se siente convencido, se siente parte de algo grande. Se siente del lado correcto. No fueron los monstruos quienes destruyeron Alemania. Fueron millones de personas normales que entregaron su criterio a un movimiento y dejaron de hacerse preguntas. No eran malvados, eran algo peor. Eran obedientes sin pensamiento propio. Y ahora mira a tu alrededor: gente que repite sin saber de dónde vienen. Gente que comparte titulares sin leer el artículo. Gente que odia a personas que nunca ha conocido porque alguien les dijo que eran el enemigo. 

Capítulo 6: La única salida.

No son malas personas, son personas que han dejado de pensar por sí mismas y no lo saben. Ese es el problema. El estúpido nunca se reconoce, se siente informado, se siente despierto, se siente más listo que los demás y eso lo hace imposible de alcanzar.

Entonces, ¿qué se hace? Bonhoeffer tenía una respuesta y no era la que esperarías. Decía que la estupidez no se cura con educación, no se cura con información, no se cura con mejores argumentos.

Porque el problema no es que la persona no sepa, el problema es que ha decidido, consciente o inconscientemente, que la aprobación de su grupo vale más que su propio criterio. Y eso solo se rompe desde dentro, con un acto de coraje, no de inteligencia, con el momento en que alguien decide que prefiere pensar solo a pensar acompañado pero sin pensar.

Capítulo 7: La pregunta que te dejo

Bonhoeffer escribió todo esto sabiendo que iba a morir. No escribió para publicar un libro, escribió para que alguien, algún día, entendiera qué había pasado realmente. Y lo que pasó no fue que un monstruo tomó el poder, lo que pasó fue que millones de personas decidieron que pensar por sí mismas era demasiado incómodo. La pregunta que te dejo es simple. ¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión sobre algo importante? ¿Cuándo fue la última vez que dijiste algo dentro de tu grupo?

Sabías que no iban a aplaudir. Si no te acuerdas, quizás el problema no es que seas estúpido, es que dejaste de pensar y no te diste cuenta. La estupidez no se cura con información, se cura con coraje.

II [De Rubén Caballero y Sara Perdiel, en PsicoStick, 2026:]

Capítulo 1: El problema no es solo que te manipulen.

El problema no es que la gente te manipule, eso siempre ha existido. El problema es que, poco a poco, te acostumbren a vivir sin criterio propio.

Una noticia te indigna, pero la tertulia te enseña de quién reírte. Un grupo te empuja a opinar antes de pensar y crees que estás razonando cuando muchas veces solo estás respondiendo a estímulos colocados ahí precisamente para eso, para reaccionar y no pensar.

Por eso la primera defensa no es saber más, es detenerte y tomarte tu tiempo antes de entregar tu juicio.

Capítulo 2: Sócrates y la pregunta que libera.

Hay tres filósofos que entendieron esto antes que nadie y conviene escucharlos hoy más que nunca.

El primero, Sócrates, en Atenas del siglo V antes de Cristo, una ciudad polarizada como pocas, llena de oradores profesionales llamados sofistas que enseñaban a ganar discusiones sin importar la verdad.

Sócrates no escribió nada, solo paseaba por el ágora haciendo preguntas y eso era tan peligroso que terminaron condenándole a muerte por corromper a la juventud. Su crimen: enseñar a preguntar mejor en lugar de gritar más fuerte. Sus preguntas traducidas al día de hoy son increíblemente útiles.

Antes de aplaudir, compartir o indignarte, párate y pregúntate cuatro cosas.:

1. ¿Qué me están intentando hacer sentir?

2. ¿Qué parte de la historia no estoy escuchando?

3. ¿A quién convierten con esto en caricatura?

4. ¿Quién gana si yo reacciono así?

Capítulo 3: Viktor Frankl y el espacio entre estímulo y respuesta.

Una sola pregunta honesta puede romper una cadena invisible porque la manipulación necesita velocidad. Necesita que compartas antes de mirar.

La pregunta introduce una pausa y en esa pausa aparece algo que el manipulador odia, tu libertad.

El segundo, Víctor Frankl, psiquiatra, sobrevivió 3 años en Auschwitz, donde le quitaron familia, profesión, dignidad y, casi, la vida. Y en ese lugar, donde un ser humano no controla absolutamente nada, descubrió algo que cambió la psicología del siglo XX.

Escribió: "Entre lo que te ocurre y lo que respondes hay un espacio." Y en ese espacio, aunque sea minúsculo, todavía puedes elegir quién vas a ser. Lo entendió en el peor lugar del mundo y por eso vale oro. No siempre puedes elegir el ruido, la presión ni la época que te toca vivir... pero puedes elegir no convertirte en marioneta de cada estímulo que te coloquen delante.

Capítulo 4: Bonhoeffer y el peligro de entregar el juicio.

Puede parecer una libertad pequeña, pero es real, es tuya  y puede cambiar el devenir de tu vida.

El tercero, Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán encarcelado por los nazis, escribió lo siguiente: "El peligro real no es la maldad, es la estupidez moral, que no significa falta de inteligencia, significa entregar tu juicio al grupo y dejar de pensar por ti mismo." Bonhofer vio a doctores, abogados, profesores universitarios brillantes apoyando atrocidades.

Habían adoptado la narrativa colectiva sin examinarla y el antídoto no era creerse superior a la masa, decía. Eso es otra trampa. El antídoto era más humilde: no repetir lo que no has examinado, no aplaudir lo que te incomoda por dentro. No burlarte de alguien solo porque la mesa entera se burla. No llamar pensamiento propio a una emoción que te han colocado.

Capítulo 5: La pausa como revolución filosófica.

La revolución filosófica empieza ahí, no en cambiar el mundo entero, sino en recuperar ese pequeño territorio donde todavía decides tú: tu pausa, tu pregunta, tu conciencia.

Por eso, antes de compartir, antes de odiar, antes de reírte del enemigo señalado, haz algo simple.

Detente. Pregunta. Mastica antes de tragar. Pensar no siempre te hará ganar las discusiones, pero puede impedir que un día despiertes y descubras que todas tus opiniones tenían dueño. Si quieres profundizar un poco más en este tema, tienes disponible la guía Mastica antes de tragar en el perfil del canal. Y si crees que a alguien podría servirle este vídeo, compártelo.

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Dossier sobre el principio valla de Chesterton

 Dossier sobre el principio valla de Chesterton, valioso en política y en la toma de decisiones de cualquier tipo en cualquier área (en la pedagogía, magisterio o educación española, por ejemplo, no se ha tenido en cuenta). Consta de cinco artículos seleccionados.

I

Alberto Losada Gamst, "La innovación ante la Valla de Chesterton", en AvantIdeas, Inteligencia & Acción:

Innovar es necesario para evolucionar. Pero cuidado con eso de innovar por innovar, o de empezar a cambiar las cosas porque nos parecen anticuadas o no terminamos de entender por qué alguien, en un momento dado, las hizo así.

Hay muchos ejecutivos recién nombrados que deciden hacer algo de impacto en sus primeros días o semanas. ¿Y qué mejor que empezar borrando proyectos e iniciativas del profesional al que sucede? Esto fuera, aquello fuera, el proyecto que estaba casi listo se congela, despedida o trasladada la gente más cercana al de antes, y así. Fuera fuera que aquí llego yo que soy más listo y estoy más al día que nadie.

LA PARADOJA DE LA VALLA DE CHESTERTON

En 1929, en su libro “The Thing: por qué soy católico” el escritor, filósofo y periodista británico G. K. Chesterton  publicó su famosa Paradoja de la Valla.

Y lo hace en estos términos:

"En lo que se refiere a la reforma de las cosas hay un principio que probablemente será calificado como una paradoja. Se da en casos como en las instituciones o en las leyes; imaginemos, por ejemplo y para simplificar, dos paseantes que se encuentran una valla o una puerta en medio de un camino.

De ambos, el  tipo más moderno de reformador se acerca alegre a la valla y dice: «No veo el uso que pueda tener esto; vamos a deshacernos de ella». El tipo más inteligente de reformador hará bien en responder diciendo: «Si no ves su uso, de ninguna manera te dejaré que lo deshagas. Vete de aquí y reflexiona. Luego, cuando vuelvas y me digas que ya has visto el uso que tiene, tal vez te permita que la destruyas».

Qué nos quiere decir esta parábola? Pues que el que tú no entiendas algo no significa que ese algo sea inútil. Lo único que realmente significa es eso: que eres tú quien no sabe, no que aquello que no entiendes carezca de utilidad. Quien tiene que hacer un esfuerzo previo de comprensión eres tú.

A lo mejor, efectivamente, lo que quieres quitar ya está obsoleto y la razón por la que se creó o instauró ya no tiene sentido. Por ejemplo, las reuniones en una empresa son todos los martes a las 11:30 desde hace 15 años. ¿Por qué es así? A lo mejor había un sistema de información totalmente manual y nada automatizado que exigía mucho trabajo humano para ordenar los datos y presentarlos de una forma útil. Hoy, con todos los recursos informáticos y ofimáticos a nuestro alcance, lo más probable es que la disponibilidad sea inmediata y a tiempo real.

LA VALLA DE CHESTERTON PARA EVITAR LAS CONSECUENCIAS INDESEADAS

Sé de una persona que vivía hace muchos años enfrente de un parque que quitaron para poner un aparcamiento subterráneo. Cuando lo terminaron de construir lo taparon con algo de tierra y, durante un fin de semana, lo estuvieron regando día y noche. Pensó que algún operario habría olvidado cerrar el grifo y que menuda tontería mojar una tierra estéril, así que se acercó y ella misma cerró el grifo para evitar que se siguiera malgastando agua.

Pues bien: más tarde supo que ese “riego” era para mejorar el fraguado del hormigón en la cubierta del nuevo aparcamiento y que su acción supuso una alteración en las fechas de apertura del nuevo aparcamiento.

¿Por qué este error? Porque alguien decidió cambiar una situación que no entendía bien… sin molestarse en averiguar por qué era así antes de hacer nada .

En España tenemos el ejemplo real de las consecuencias indeseadas con la llamada “Ley del Sólo Sí es Sí” (Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual). Puesta en marcha para prevenir y perseguir con más contundencia los acosos y delitos sexuales, de momento (septiembre 2023) ha conseguido que más de 1.200 agresores sexuales ya condenados hayan visto reducidas sus penas. El mismo Presidente del Gobierno Pedro Sánchez lo admitía sin rodeos: “ha tenido efectos indeseados. Y me quedo corto."

Moraleja: antes de cambiar algo, entérate de por qué está ahí y estudia bien las consecuencias del cambio que quieres hacer.

II

Binny Sosa D' Meza, "El pensamiento de segundo orden y la valla de G. K. Chesterton", en Acento, 7/06/2023:

Comprender la paradoja de la valla de Chesterton no debe convertirse en una justificación para el castigo, hostigamiento o aislamiento hacia las personas que intentan realizar mejoras continuas en cualquier ámbito del quehacer humano.

En estos tiempos de infantilismo nihilista-posmoderno, donde las convenciones intelectuales, políticas y cotidianas se empeñan en el absoluto de la deconstrucción social e histórica, la disonancia, el negacionismo, el inmediatismo, la sensorialidad y la relativización moral; vivimos en esta obsesión contemporánea, profundizada por los medios de comunicación y las redes sociales, cuyos riesgos y consecuencias para la sociedad actual pueden empeorar situaciones psicosociales, económicas e institucionales de las que G.K. Chesterton en su libro de ensayo The Thing, publicado a principios del siglo XX (1929) ya nos hacía referencia de tales temas en la paradoja de la valla: “En el asunto de reformar las cosas, a diferencia de deformarlas, hay un principio claro y simple; un principio que probablemente puede llamarse una paradoja. Existe en tal caso una cierta institución o ley; digamos en aras de la simplicidad, una valla o puerta erigida a través de un camino. El tipo más moderno de reformador se acerca alegremente a él y dice: "No veo el uso de esto; eliminémoslo". A lo que el tipo más inteligente de reformador hará bien en responder: "Si no ves el uso de eso, ciertamente no dejaré que lo elimines. Vete y piensa. Entonces, cuando puedas volver y decirme que tú ves el uso de esto, puedo permitirte destruirlo. Esta paradoja se basa en el sentido común más elemental. La puerta o cerca no creció allí. No fue montado por sonámbulos que lo construyeron en su sueño. Es muy improbable que se haya puesto allí por lunáticos fugados que por alguna razón andaban sueltos en la calle. Alguna persona tenía alguna razón para pensar que sería una buena cosa para alguien. Y hasta que sepamos cuál fue la razón, realmente no podemos juzgar si la razón era razonable".

Uno de los aspectos más importantes en la toma de decisiones no se circunscribe a gestionar el riesgo, criticar o anular lo que se considera el establishment o status quo; también es importante comprender la lógica de un comportamiento determinado y cuáles son las razones subyacentes en torno a las decisiones que previamente se han tomado, cuál es el origen de determinados acontecimientos y las consecuencias de las consecuencias de esas decisiones.

Comprender la paradoja de la valla de Chesterton no debe convertirse en una justificación para el castigo, hostigamiento o aislamiento hacia las personas que intentan realizar mejoras continuas en cualquier ámbito del quehacer humano; más bien es una alerta para que repensemos y gestionemos el pensamiento de segundo orden, antes de intervenir en cualquier sistema o proceso. Nos prepara para reconsiderar y evaluar las decisiones que otros tomaron antes que nosotros.

Cuando necesitamos intervenir las organizaciones, sistemas, procesos o políticas públicas debemos usar el pensamiento de segundo orden y evaluar las consecuencias a largo plazo de las decisiones que se llevarán a cabo. Aunque, más complejo y profundo el pensamiento de segundo orden nos permitirá analizar las hipotéticas consecuencias de las consecuencias de alguna situación personal u organizacional; permitiéndonos reflexionar y comprender mejor la realidad, resolver conflictos y problemas, tomar decisiones efectivas y generar nuevas ideas. A pesar de su utilidad, es un proceso cognitivo al parecer muy escaso en esta época.

Sin embargo, no podemos menospreciar lo actual y vigente de esta paradoja; muy útil en nuestros días, ya que nos explica la manera en que actúa el pensamiento de segundo orden, y cómo consciente o inconscientemente podemos destruir lo bueno en aras de eliminar lo malo, o de anteponer una razón simplista a través del pensamiento superfluo para solucionar un problema determinado. Veamos un ejemplo: considere un país que, queriendo promover un cambio hacia un régimen democrático en otro país, financia y proporciona armas a un grupo de “rebeldes moderados”, y resulta que esos rebeldes moderados se vuelven poderosos y luego instauran un gobierno de dictadura totalitaria e intentan desestabilizar durante décadas al país que financió al grupo de “rebeldes moderados”.

Para Chesterton, este tipo de perogrullada es propia de “un loco que debe regar cuidadosamente su jardín con una regadera, mientras sostiene un paraguas para protegerse de la lluvia”.

A lo largo de la historia de la humanidad, ha sido una acción repetitiva que políticos e intelectuales converjan en el hecho de no visualizar los efectos e impactos de sus tomas de decisiones, muchas veces con consecuencias negativas a corto, mediano y largo plazo; afectando los cimientos de instituciones históricas, educativas y científicas; incluyendo la desestabilización del tejido económico y social, normas éticas y morales, culturas y tradiciones; con la intención de modificar la sociedad en nombre del desatino, la anarquía universal, el fanatismo y la egolatría.

III

 Dr. Horacio Castellini, "Principio de la Valla de Chesterton" en Big Data and Data Science, 29 mayo 2023:

Los intelectuales contemporáneos están obsesionados con la "deconstrucción". Su mayor pasatiempo es criticar y abolir cualquier cosa que consideren "status quo". Pasan mucho menos tiempo haciendo lo que se supone que deben hacer los intelectuales; que es tratar de entender por qué las cosas son como son y qué consecuencias puede traer a la sociedad cualquier cambio repentino en el orden actual de las cosas.

Pero un componente central para la buena toma de decisiones es comprender la lógica detrás de las decisiones anteriores. Si no entendemos cómo llegamos "aquí", corremos el riesgo de empeorar las cosas. Cuando buscamos intervenir en cualquier sistema creado por alguien, no es suficiente ver sus decisiones y elecciones simplemente como las consecuencias del pensamiento de primer orden porque, sin darnos cuenta, podemos crear problemas graves. Antes de cambiar algo, deberíamos preguntarnos si estaban usando un pensamiento de segundo orden. Sus razones para tomar ciertas decisiones pueden ser más complejas de lo que parecen al principio. Es mejor asumir que sabían cosas que nosotros no sabemos o que tenían experiencias que no podemos entender, por lo que no buscamos soluciones rápidas y terminamos empeorando las cosas.

El pensamiento de segundo orden es la práctica de no solo considerar las consecuencias de nuestras decisiones, sino también las consecuencias de esas consecuencias. Todo el mundo puede gestionar el pensamiento de primer orden, que consiste simplemente en considerar el resultado inmediato previsto de una acción. Es simple y rápido, por lo general requiere poco esfuerzo. En comparación, el pensamiento de segundo orden es más complejo y requiere más tiempo. El hecho de que sea difícil e inusual es lo que hace que la capacidad de hacerlo sea una ventaja tan poderosa. Para entender exactamente por qué este es el caso, consideremos la Valla de Chesterton, descrita por G. K. Chesterton en su libro de 1929 "The Thing: por qué soy católico": Existe en tal caso cierta institución o ley; digamos, en aras de la sencillez, una valla o puerta erigida a través de un camino. El tipo más moderno de reformador se acerca alegremente y dice: “No veo el uso de esto". A lo que el tipo de reformador más inteligente hará bien en responder: “Si no ves el uso de esto, ciertamente no dejaré que lo elimines. Piensa. Entonces, cuando puedas volver y decirme que ves el uso de eso, puedo permitirte destruirlo".

Chesterton continuó explicando por qué este principio es cierto, escribiendo que las cercas no crecen del suelo, ni las personas las construyen mientras duermen o durante un ataque de locura. Explicó que las cercas las construyen personas que las planearon cuidadosamente y “tenían alguna razón para pensar que [la valla] sería algo bueno para alguien”. Hasta que establezcamos esa razón, no tenemos nada que hacer con un hacha. La razón puede no ser buena o relevante; solo tenemos que ser conscientes de cuál es la razón. De lo contrario, podemos terminar con consecuencias no deseadas: efectos de segundo y tercer orden que no queremos, extendiéndose como ondas en un estanque y causando daños durante años.

Chesterton también aludió a la creencia demasiado común de que las generaciones anteriores eran tontos torpes, tropezando, construyendo vallas donde les apetecía. Si no respetamos su juicio y no tratamos de entenderlo, corremos el riesgo de crear nuevos problemas inesperados. En general, la gente no hace las cosas sin motivo y pierden el tiempo y recursos en vallas inútiles. No entender algo no significa que deba ser inútil. La Valla de Chesterton no es una amonestación para cualquiera que intente hacer mejoras; es un llamado a tomar conciencia del pensamiento de segundo orden antes de intervenir. Nos recuerda que no siempre sabemos mejor que quienes tomaron decisiones antes que nosotros, y no podemos ver todos los matices de una situación hasta que nos familiarizamos con ella. A menos que sepamos por qué alguien tomó una decisión, no podemos cambiarla con seguridad ni concluir que se equivocó.

Pero a muchos intelectuales de hoy les importan poco los efectos de la destrucción de las instituciones sociales históricas, normas y tradiciones en su intento de remodelar la sociedad de acuerdo con sus ideales, en su intento de rehacer al hombre a su propia imagen. Si, el cambio es importante pero la estabilidad es crucial. Es primordial no echar a perder lo bueno en el intento de deshacernos de lo malo y para ello es importante seguir el principio de la Valla de Chesterton.

IV

"La cerca de Chesterton, el principio que te obliga a pensar dos veces antes de hacer cambios", en BBC News Mundo, 1 enero 2024:

¡No destruyas lo que no entiendes!

Eso es, en resumen, lo que aconseja una simple regla general llamada la cerca de Chesterton, que sugiere que nunca se debe destruir algo, cambiar una regla o alterar una tradición si no se comprende porqué se creó en primer lugar.

Es, de cierta manera, un llamado a la humildad al criticar y querer reformar desde políticas o instituciones, hasta costumbres familiares, protocolos laborales o líneas de código en programas informáticos.

Señala que sin comprender bien qué está pasando, las consecuencias de una acción apresurada podrían terminar siendo mucho peores que las de lo que se pretende reparar.

Aquello de la cerca quizás suene extraño, pero se llama así por la manera en la que ilustró la idea quien la hizo famosa: el escritor y filósofo inglés Gilbert Keith Chesterton (1874–1936).

Chesterton era un "obeso gigante", como lo describió Jorge Luis Borges en el prólogo de "El ojo de Apolo" de "La Biblioteca de Babel".

El escritor argentino afirmó que era "un hombre bondadoso y afable" que "pudo haber sido Kafka o Poe pero valerosamente optó por la felicidad o fingió haberla hallado".

Calificó de encantadores y penetrantes los escritos críticos de Chesterton, y contó que sus primeras novelas aunaban "lo místico a lo fantástico".

Pero las obras que más hicieron mella fueron unos 50 cuentos cortos sobre un detective que era un sacerdote aparentemente ingenuo pero psicológicamente agudo llamado Padre Brown.

"La literatura es una de las formas de la felicidad; quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton", escribió Borges.

Cuando no estaba escribiendo o, más tarde, dando charlas por la BBC, le encantaba debatir, y a menudo participaba en disputas públicas amistosas con intelectuales como George Bernard Shaw, H. G. Wells o Bertrand Russell.

O bromeaba con ellos.

En una ocasión le dijo a Shaw: "Al verte, cualquiera pensaría que una hambruna asoló Inglaterra", a lo que Shaw respondió: "Al verte, cualquiera pensaría que tú causaste la hambruna".

Pero algo que se tomaba muy en serio era la religión.

"De la fe anglicana pasó a la católica, que, según él, está basada en el sentido común", contó Borges.

"Arguyó que la rareza de esa fe se ajusta a la rareza del universo, como la extraña forma de una llave se ajusta exactamente a la extraña forma de la cerradura".

Precisa y curiosamente fue de un libro titulado "El asunto: por qué soy católico" (1929) en el que habló de esa cerca que lleva su nombre.

Reformar sin deformar

Declaró que "en materia de reformar cosas, a diferencia de deformarlas, hay un principio claro y simple".

Sugirió imaginar "en aras de la simplicidad, una cerca o puerta erigida a través de un camino".

"El tipo más moderno de reformador se acerca alegremente y dice: 'No veo la utilidad de esto; tumbémosla'.

"A lo que el tipo más inteligente de reformador haría bien en responder: 'Si no le ves la utilidad, ciertamente no dejaré que lo elimines. Vete y piensa. Luego, cuando puedas regresar y decirme que ves su utilidad, puedo permitirte que lo destruyas'.

La idea es que sólo cuando sabes cuál era el propósito de algo, puedes decidir si aún es necesario, si se debe modificar o sencillamente omitir.

Según Chesterton, ese principio se basa en el sentido común más elemental.

"La cerca no creció allí. No fue creada por sonámbulos que la construyeron mientras dormían.

"Alguna persona tuvo alguna razón para pensar que sería algo bueno para alguien. Y hasta que sepamos cuál fue el motivo, realmente no podremos juzgar si fue razonable".

Y advirtió que, de no asegurarnos, "es muy probable que pasemos por alto algún aspecto completo de la cuestión".

La cerca, por ejemplo, así estuviera en mal estado y fuera pequeña, quizás separaba a las vacas de las ovejas, imaginó el filósofo Jonny Thomson en Big Think.

Las ovejas, al comer, arrancan el pasto casi de raíz, mientras que las vacas necesitan pasto alto para comer con sus lenguas prensiles. Poco después de retirar la cerca, las vacas estarían desnutridas y hambrientas.

De refrescos a gorriones

Ahora, a pesar de que Chesterton abogaba por examinar así las decisiones que implicaban cambio pues tendía a ser conservador, el principio sigue haciendo eco en varios campos, desde el personal al político.

Al intentar cambiar malos hábitos, por ejemplo, a menudo fracasamos al no tener en cuenta que no aparecen de la nada: generalmente evolucionan para saciar una necesidad insatisfecha.

Si no se tiene en cuenta ese aspecto, aunque se logre eliminar un hábito, quizás sea reemplazado por otro más nocivo.

A nivel empresarial, en un post considerado clásico, el emprendedor en serie Steve Blank dio un ejemplo que ha visto en las startups cuando crecen y contratan a directores financieros.

Estos, tratando de reducir costos -y de lucirse-, a menudo deciden acabar con detalles de la empresa para los empleados, como los refrescos y pasabocas gratis, pues les parece un gasto inútil.

Según la experiencia de Blank, el resultado es siempre el mismo: a los empleados que ayudaron a la empresa a crecer, aunque se puedan dar el lujo de pagar por sus refrescos, les parece una señal de cambio de cultura de la empresa.

Y eso puede llevar a las personas más talentosas a abandonarla porque, de repente, todo se siente muy coorporativo, ya no es como antes.

Como estos, muchos ejemplos, incluido uno tremendamente trágico: el exterminio de gorriones en China, parte de la Campaña de las cuatro plagas del proyecto Gran Salto Adelante (1958 a 1962) de Mao Zedong.

Se sospechaba que los gorriones robaban granos de los campos así que millones de chinos hicieron todo lo posible para eliminarlos, con éxito: la población de gorriones llegó al borde de la extinción.

La de langostas, en cambio, sin gorriones que la controlara, se disparó y se convirtió en uno de los detonantes de la Gran Hambruna China, uno de los mayores desastres provocados por el hombre en la historia.

Visto así, la cerca de Chesterton parece un mecanismo para evitar la ley de las consecuencias no deseadas. El principio invoca el excesivo entusiasmo de los reformadores y busca frenarlo. Pero puede aprovecharse para lo contrario.

Las reformas, grandes y pequeñas, de por sí siempre suelen tener una fuerza trabajando en su contra: la resistencia al cambio.

Una organización, por ejemplo, puede fácilmente convertirse en un aparato innecesariamente complejo que ya no es adecuado para su propósito. Pero cuanto más sobreviva, menos probable será que sea reformada o abolida.

En esos casos, conviene comportarse como ese "reformador inteligente", y así contar con argumentos firmes para demostrar exactamente por qué se ha vuelto inútil.

Pero a veces, por más que quieras, no te puedes dar el lujo de examinar cada decisión. Entonces, quizás vale más la pena invocar a Alejandro Magno que a Chesterton.

Según la leyenda, cuando Alejandro conquistó Frigia lo retaron a que desatara el nudo gordiano, tan complicado que un oráculo había declarado que quien pudiera deshacerlo estaba destinado a gobernar toda Asia.

Alejandro lo intentó un rato hasta que se hartó. Declaró que no importaba cómo se lograba, sacó su espada y lo cortó de un solo golpe. Lo importante es saber si estás ante una cerca o un nudo. Pero a veces sí, a veces no. Hay ciertas estrategias que pueden usarse como guías.

Quienes trabajan en informática, a lo Alejandro Magno, a veces usan lo que llaman la Prueba del Grito, que aplican a productos, servicios o capacidades que están activos pero nadie usa.

Es sencilla: retíralo y espera a ver si alguien grita. Si sucede, reinstalalo.

Es un caso que se podría encajar en las decisiones de tipo 2 descritas por el fundador de Amazon, Jeff Bezos, en una carta a los accionistas que muchos usan como referencia para discernir entre las opciones cerca o nudo. Sólo que él habló de puertas.

Una es de un sólo sentido: una vez la cruzas, se cierra a tus espaldas para no abrirse más. Otra es de dos sentidos: puedes entrar y salir por ella.

"Algunas decisiones tienen consecuencias y son irreversibles o casi irreversibles (puertas de un solo sentido) y estas decisiones deben tomarse de manera metódica, cuidadosa y lenta, con gran deliberación y consulta. "Si pasas por allí y no te gusta lo que ves al otro lado, no podrás volver a donde estabas antes. Podemos llamar a estas decisiones Tipo 1. "Pero la mayoría de las decisiones no son así: son cambiables, reversibles, son puertas de doble sentido. "Si has tomado una decisión subóptima, no tienes que vivir con las consecuencias por tanto tiempo. Puedes volver a abrir la puerta y volver a cruzar. "Las decisiones de tipo 2 pueden y deben ser tomadas rápidamente por individuos o grupos pequeños con buen juicio".

¿Es la reforma que vas a hacer o la solución que le vas a dar a un problema fácilmente reversible?

Entonces podrías hacer cambios rápidamente con información imperfecta y ver qué pasa.

Si es irreversible, conviene recopilar información, aunque el proceso se ralentice y conlleve un costo.

Chesterton habría estado de acuerdo.

V

 Marco Chavarría, "La valla con la que Chesterton te hará pensar dos veces antes de hacer un cambio", La Razón, 2 de enero de 2024:

El filósofo inglés defendió la necesidad de entender el propósito de una tradición o costumbre antes de adaptarla o abolirla

La regla de la valla del escritor y filósofo británico Gilbert Keith Chesterton plantea una premisa simple: nunca hay que alterar, destruir o modificar una tradición, regla o estructura sin entender el propósito original con el que apareció.

Se trata de una premisa que reivindica la necesidad de tener presente la humildad cuando se cuestiona o plantea la reforma de políticas hasta costumbres familiares, legislaciones o hábitos de la vida diaria del hombre.

Según esta regla, sin que uno comprenda plenamente todas las implicaciones de un acto tradicional, las consecuencias de su modificación o abolición precipitada podrían acabar siendo peores que el supuesto problema que se intenta resolver.

El propio concepto filosófico toma su nombre del intelectual inglés G. K. Chesterton (1874 -1936), quien popularizó esta idea como parte de su sistema filosófico. Se le llegó a llamar cariñosamente el "gigante obeso" y fue descrito por otros autores, como Jorge Luis Borges, como un hombre de carácter afable y bondadoso.

De hecho, el poeta argentino alabó la capacidad crítica que reflejaba Chesterton en sus escritos, particularmente en unas novelas que, consideró, combinaban lo místico y lo fantástico. De entre toda la biblioteca, destacó especialmente la cincuentena de cuentos que dejó escritos sobre un detective sacerdote llamado Padre Brown.

Chesterton era un ferviente creyente que transicionó de la fe anglicana a la católica, algo que siempre defendió como acto de sentido común y que, según él, encajaba perfectamente en la rareza que entraña el universo.

Chesterton defendía lo imprescindible de comprender el propósito detrás de cualquier proyecto de cambio y del elemento a cambiar, antes de llevarlo a cabo y siguiendo el raciocinio más elemental.

Una premisa conservadora, que influye en distintos ámbitos de la realidad, desde el más personal del individuo hasta el político del común de la sociedad. El intelectual, últimamente reivindicado por la derecha como nunca antes, señala que al intentar cambiar hábitos es crucial entender su origen, ya que a menudo evolucionan para satisfacer necesidades específicas.

El principio destaca la importancia de examinar detenidamente decisiones o cambios irreversibles, diferenciándolos de aquellos que no lo son y pueden ser tomados con mayor celeridad teniendo en cuenta una información limitada.

La regla de Chesterton sirve como una estrategia para evitar consecuencias no deseadas al realizar reformas, más en la propia vida, recordando la importancia de entender si una situación requiere un cambio definitivo o uno que puede ser reversible

sábado, 26 de septiembre de 2015

Conceptos sobre el mal

Winston Manrique Sabogal, "Las fronteras movedizas del mal", en Babelia, suplemento de El País, 26 de septiembre de 2015:

Los avances de la ciencia, Hitler y la globalización han replanteado los límites de la maldad. Varios libros analizan el cambio en uno de los grandes elementos de la literatura

¿Cuándo entró el mal en Adi, como llamaba su madre a Hitler de niño? Aunque el mal no es un ente, ni un ser abstracto que se encarna en nadie, hay quienes se hacen esta pregunta cuando piensan en alguien considerado muy malo. La filosofía busca una explicación al origen de la maldad. La sociología y la ciencia también tratan de armar el rompecabezas que ha podido causarla. Pero donde la razón no alcanza entra la imaginación.

La verdad es que “el descrédito de la maldad es hoy absoluto. Ha llegado el momento de restaurar y restablecer el mal, teniendo siempre en cuenta los avances de la racionalidad y la ciencia”, reclama Salvador Giner, que publica Sociología del mal (Los Libros de La Catarata). Durante muchos siglos el hombre se debatió entre la bondad y la maldad en un mundo moralmente bipolar, recuerda el sociólogo. “No obstante”, agrega,“la llegada de la ciencia moderna fue socavando la noción de responsabilidad, y con ello la de la mala conducta y el daño intencional. Resultaba así que hasta el malvado era víctima de pasiones incontrolables, genes equivocados o ADN heredado. Se hizo imposible así una biología, una psicología y hasta una sociología del mal. La culpa se desvaneció: la ‘culpa’ de los males la tenía ahora el capitalismo, el instinto territorial innato, la psicopatología, y así sucesivamente”. A Giner esta deriva no le parece correcta y aboga por que “la filosofía moral y la teoría sociológica vuelvan a incorporar el mal a sus pesquisas, y a considerarlo con rigor. En un mundo presa del terrorismo, de los daños evitables y los horrores innecesarios, esa es hoy la tarea de la razón”.

Y no un rosario de especulaciones. Tras el paso de Adolfo Hitler por el mundo nada volvería a ser lo mismo. Todo lo concerniente al mal empezó una sigilosa relativización, se empequeñecieron las maldades pasadas y futuras; las fronteras del mal se hicieron más flexibles y móviles; la información de y sobre malos y maldades en un mundo hiperconectado parece impermeabilizar a la gente. Una huella que no deja de rastrear la literatura con personajes reales y ficticios. Un asomo a ese enigma se celebrará este fin de semana en las Conversaciones Literarias de Formentor: La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la literatura.

La solución poética de la imaginación y de la literatura es una ventana ante la incapacidad de la razón para explicar el mal y la maldad en ciertas personas. Una aporía. Norman Mailer lo hizo con Hitler, en 2007. Fue la salida que encontró: novelar la infancia del führer y subir por el río de aquella vida en busca de desentrañar un misterio al que llamó El castillo en el bosque, a la sazón su último y póstumo libro. De sus páginas salieron más preguntas.

Esos interrogantes cobran vida en un momento en que las fronteras del mal y sus diferentes formas, explica la filósofa Amelia Valcárcel, “se han hecho más móviles en lo social. Más innovadoras en términos morales. Cosas que antes eran consideradas como malas ya no lo son, o empiezan a dejar de serlo. Un ejemplo es la homosexualidad, que hoy en varios países no es condenada y los Estados velan por la igualdad de derechos de las personas”. Valcárcel asegura que “no existe ninguna sociedad o cultura a lo largo de la historia que considere que el mal sea la norma. Los especialistas en él son las formas religiosas morales”.

¿Un invento o una banalidad?

“El mal no existe. La libertad tampoco. Dios tampoco. Las tres cosas están interre­lacionadas”, argumenta José Ovejero, novelista y autor del ensayo La ética de la crueldad. “Spinoza”, añade Ovejero, “escribió que los humanos se creen libres porque conocen sus actos, pero no las causas de estos. Y la neurociencia nos dice que nuestras decisiones están tomadas antes de que seamos conscientes de ellas. Nuestras decisiones no son tales: son resultado de la herencia genética y de la experiencia”. Así es que para Ovejero, “el mal es solo un invento tranquilizador: justifica nuestro odio y nuestro miedo”.

Pero es un tema que ha desvelado a los pensadores a lo largo de la historia. Cuando Immanuel Kant dijo que “el hombre es malo por naturaleza”, no se refería a que eso era lo que primaba en él, sino a que el mal es algo que se puede dar en el ser humano, no es sobrenatural. Recalca que el individuo se mueve entre su principal inclinación, hacer el bien y lo social para poder avanzar, y alguna pulsión opuesta. Es cuestión del libre albedrío. El mal no obra sobre sí mismo. Surge cuando en el acto normal de alguien al mirar alrededor y compararse con otros se antepone su amor propio al bien común.

“La ciencia moderna socavó la noción de responsabilidad. La culpa se desvaneció”, dice el sociólogo Salvador Giner

Hannah Arendt abordó la cuestión desde otra esquina. Lo recordó el Nobel sudafricano J. M. Coetzee en su ensayo de la novela de Norman Mailer sobre Hitler: “La lección de Adolf Eichmann, nos enseña Arendt en la conclusión de Eichmann en Jerusalén, es la de ‘la temible, más allá de toda palabra y pensamiento, banalidad del mal”. Para Mailer, explica Coetzee, si la filósofa “tiene razón y el mal es banal, eso es infinitamente peor que la posibilidad opuesta de que el mal sea satánico”. Cuando Arendt escribió el libro, añade el Nobel, “se propuso mantener viva la paradoja de que si bien las acciones de Hitler y sus secuaces pueden superar nuestra capacidad de entendimiento, no hay en su concepción profundidad de pensamiento, ni grandeza de intenciones. Eichmann nunca fue consciente, en el pleno sentido filosófico, de lo que estaba haciendo”.

… Y llega la fascinación…

Lo que sí ha cambiado, insiste Amelia Valcárcel, es la metamorfosis que ha vivido el mal al haberse hecho más atractivo a algunos ojos: “Hay una tendencia hacia la fascinación por él. Esa cercanía aumenta desde el Romanticismo”. La literatura amplió su espectro y le dio otra carta de naturaleza. Todo eso, según Valcárcel, se afianza y diversifica en tiempos digitales que muestran un catálogo de maldades a un solo clic.

Crueldad, crimen, vileza, perfidia, daño, perversidad, injusticia, insidia o infamia son algunas formas de maldad cuyos conceptos y coordenadas se han alterado o suavizado.

Son los ecos nacidos en 1667 con El paraíso perdido, de John Milton. Los de “mal, se tú mi bien”. Ese libro es un punto de inflexión, analiza Rafael Argullol. El escritor y pensador recuerda que “el mal siempre ha estado presente en la literatura, desde Gilgamesh, pero hay un momento en que los escritores lo empezaron a hacer más visible”. La influencia de aquel paraíso se extendería por la Ilustración, y “con la llegada del Romanticismo aumentaría”. El ser humano miró dentro de sí, reconoció luz y descubrió oscuridad. Fue el hallazgo de los grises. Semillas del cambio del canon estético, ético y moral al que contribuyeron autores como el Marqués de Sade y Lord Byron. “Los malos no solo eran seres encarnados de malignidad. Tenían motivos y causas. Surgieron personajes magnéticos”. El autor de La atracción del abismo cita como ejemplo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Allí, Kurtz es la representación de una persona que se pasa a las tinieblas, y Marlow, que va en su busca, sin darse cuenta, siente fascinación por él.

La imaginación como salida

Si la moral y la ética de los dioses griegos son más flexibles según sus intereses, el catolicismo predica el blanco y negro. Así, Caín es el primer malo sobre la faz de la Tierra, según la Biblia. ¿O fue Eva, tentada por la serpiente? El mal se esparce por la Tierra. Siglos después, san Juan narra en el Apocalipsis la llegada de un monstruo de siete cabezas que se encarnará en un niño como el anticristo. Es la venganza por la batalla librada en el origen de los tiempos cuando el ángel Luzbel se rebeló contra Dios, y, tras pelear con el arcángel, Miguel cayó a los infiernos, desde entonces siembra el mal.

Hasta allá va Norman Mailer en la historia de Hitler. Un ángel caído cuenta la historia de su libro, y de paso refleja las raíces de otros malos terrenales… Nerón, Atila, Torquemada, María I la Sanguinaria, Rasputín, Josef Stalin, Pol Pot, Idi Amin…

Clara Usón indagó en La hija del Este en un malo contemporáneo: Ratko Mladic, acusado de crímenes de guerra y genocidio por el asedio a Sarajevo, en la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1996. Tras esa investigación y haberlo llevado a la literatura, Usón se pregunta: “¿Existe el Mal, así, con mayúsculas, o solo hay actos malos o buenos, y su maldad o bondad vendrá determinada por la moral, la religión y la cultura predominantes? Es la vieja disputa entre Platón y Aristóteles, entre nominalistas y universalistas, para los cuales el mal, el bien, la libertad, la patria, la fe no son palabras abstractas, sino realidades. Quien está dispuesto a morir por la patria o la fe está dispuesto también a matar por ellas: Mladic es un ejemplo. Y también era un hombre honrado, un buen marido y un buen padre, un hombre muy religioso. Da que pensar”.

La literatura también se ha ocupado de malos “corrientes”. Truman Capote lo hizo en A sangre fría. Indagó en el atroz asesinato de la familia Clutter por parte de Perry Smith y Dick Hickock. Leila Guerriero ha rastreado la vida de varios criminales latinoamericanos al coordinar el libro de perfiles Los malos (Ediciones UDP), hecho bajo la pregunta ¿de qué está hecho un malo? La periodista y escritora no piensa que “el mal duerma agazapado en cada persona y sea una circunstancia determinada la que lo despierte. Creer eso sería quitarle al malo toda responsabilidad sobre sus actos”. No duda en afirmar que hay una elección personal, “y en esa elección pesan diversas cosas: una convicción, una manera de ver el mundo, una circunstancia. Los malos nos interpelan como sociedad: ¿cómo es posible que en nuestras sociedades hayan prosperado tipos de esa naturaleza? Por otra parte, aunque el mal es diverso, preferimos pensar en el mal como arquetipo. Esa idea nos resulta tranquilizadora: si existiera una fórmula —si, por ejemplo, tuviéramos la certeza de que alguien que ha sufrido maltrato en la infancia resultará, sin dudas, un individuo malo— podríamos detectarlo. Mi sensación es que el mal está, muchas veces, en manos de gente perfectamente común”.

Maldades cotidianas

El interés por conocer los entresijos del mal y sus formas y manifestaciones es tal, que la novela negra o policiaca vive un momento de esplendor. Acerca ese territorio a predios que recuerdan maldades más comunes. La infamia es una de ellas. La conoce el poeta y narrador Francisco Ferrer Lerín. La noveló en Familias como la mía: “La actividad principal del protagonista es considerada jurídicamente infamante, es la de esparcidor o expositor de cadáveres en el monte, como suministro complementario de comida a las grandes aves necrófagas y a otras especies amenazadas de extinción. Y así, la descripción en un libro de una actividad beneficiosa para el medio ambiente es catalogada como infamia de hecho”.

En un espacio más corriente y del que todos han sido por lo menos testigos circula la calumnia. “Según Dante, en un profundo foso del Infierno gime el calumniador”, recuerda Basilio Baltasar, autor de Pastoral iraquí y director de la Fundación Santillana, organizadora de las Conversaciones de Formentor. Explica que “el asesino posee frialdad o cólera; el ladrón, una cierta intrepidez; los glotones, avaros y adúlteros calman su apetito con relativa modestia; pero el difamador necesita una gran imaginación narrativa. Como encarnación del mal, el calumniador no supera a los grandes criminales, pero la corrosión que produce es más perfecta: incesante, despiadada, impune. En el teatro del mundo, las dotes escénicas del difamador son muy influyentes”.

Como Yago, en Otelo, de William Shakespeare: “Señor, veo que sois juguete de la pasión, y ya me va pesando mi franqueza. ¿Queréis pruebas?”. Y su destino será como las preguntas del mal que van al mar de las respuestas perdidas.

En la lista negra

La Biblia es un vergel de malos. El mundo se abre con el asesinato de Abel a manos de Caín y se cierra con el anticristo liderando el Apocalipsis.

Shakespeare creó grandes malos, desde el Yago que susurra su veneno calumniador a Otelo hasta Lady Macbeth, que desliza el suyo para ayudar a que su marido sea rey.

En el mundo fantástico reina Sauron, que desata sus fuerzas oscuras en la Tierra Media de El señor de los anillos, de Tolkien. Magia negra es la que despliega Lord Voldemort en el colegio Hogwarts de Harry Potter, de Rowling.

Entre los malos incansables figuran el inspector Javert, que persigue a Jean Valjean, en Los miserables, de Victor Hugo, y un contemporáneo como Anton Chigurh, el psicópata asesino de No es país para viejos, de McCarthy.

Relaciones especiales con el mal son las de Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad, y la del músico Faustus y su pacto con el demonio en Doktor Faustus, de Thomas Mann.

Entre los malos más populares están el profesor Moriarty de la serie de Sherlock Holmes, de Conan Doyle; el tirano cerdo Napoleón de Rebelión en la granja, de George Orwell, y Mister Hyde, la personalidad criminal del Doctor Jekyll, de Stevenson.

Entre las bandas de violentos malvados porque sí figuran los cuatro amigos, encabezados por Alex, de La naranja mecánica, de Anthony Burgess.

lunes, 13 de junio de 2011

La banalidad del mal

Muchos piensan que el mal tiene cara de actor de cine; que ha ido a un casting de feos, por así decir, o que es cuando menos malencarado y oscurito, como es caricortado y negroide el señor de la escafandra que gobierna el reverso tenebroso de la fuerza. Arendt, por el contrario, que lo padeció un bastante, decía que el mal era un hombrecillo gris, banal y rutinario desprovisto de conciencia moral ante los efectos siempre lejanos de lo que hace; gente de cuello blanco, corbata y gomina que se considera medio, nunca principio ni fin, y que puede ser modélico padre de familia y eficiente funcionario del horror, aunque sólo porque ese es el esquema más rutinario y mejor trazado.


Esos hombres (y mujeres) son el mal. Que no os engañen sus trajes, sus medallas, sus timbres de gloria, sus caras, bustos y efigies de modelo acuñadas en las revistas, periódicos y pantallas: son el mal. Forman parte de un gran equipo, cuyo cometido general ni siquiera se han preocupado en discernir personalmente; para su fatalidad todo es manifestación del orden supremo, incluyendo el engorde gorrino de sus bolsillos, la anorexia de su conciencia y, por efecto de una extraña oftalmopatía e hipoacusia, el desvío de la mirada por el lado menos problemático y la sordolencia de no reconocer los tonos más agudos y estridentes, los de los gritos. Son los responsables verdaderos del crisismo, por encima de todos los otros estúpidos violentos, porque su violencia es estructural e intelectual, son los autores últimos y responsables intelectivos del crimen de lesa humanidad en que consisten el hambre, la miseria y la pobreza,  y sobre ellos debe caer todo el peso de las instituciones, la moral y la ley.


Pero no ocurre. ¿Por qué?


Porque ellos, esos hombrecillos grises, banales y rutinarios forman parte de un gran equipo, el de las instituciones, la moral y la ley. Porque esos hombrecillos son las instituciones, la moral y la ley; porque esos hombrecillos somos nosotros.


Quiero pensar que con el pensamiento y la voluntad las cosas pueden cambiar; pero como no cambien, aunque el tiempo necesario sea muy largo -ya lo ha sido- terminarán poniéndose los fundamentos para un terror peor que cualquier otro.


Aunque muchas personas de edad dicen que esto les recuerda la situación previa a la Guerra Civil, lo que yo veo es que la situación es más bien parecida a la que había en Italia antes del secuestro y asesinato de Aldo Moro.

sábado, 8 de mayo de 2010

El efecto Lucifer

El cometido más importante de todo profesor que se precie es plantar semillas en sus estudiantes para que algún día germinen en forma de heroicidad. Usted pensará que exagero, que deliro o que he perdido la noción de la realidad, pero creo firmemente que los docentes estamos obligados a crear héroes. No asocien ustedes la heroicidad con las tragedias griegas o los espectáculos hollywoodienses, sino con algo mucho más banal que explica bien Zimbardo en su recomendable libro El efecto Lucifer (Paidós, 2008): todos podemos -estamos condenados a- ser héroes o malvados según el contexto en que nos toque vivir y no debemos olvidar nunca que en cualquier momento nos transformaremos en el peor de los villanos, incluido usted que piensa que “esto le sucede a otros”.
Mi preocupación por la extensión, cada vez mayor, de la maldad en la sociedad me incita todos los años a explicar en clase el experimento de Milgram que este curso he completado hablando del experimento de la cárcel de Stanford dirigido por Philip Zimbardo. Dicha experiencia consistió en tomar dos grupos de estudiantes universitarios voluntarios, de los que una decena actuaría como presos y otros diez fingirían ser guardias de una prisión que se situó en el sótano de la universidad. Todos sabían que estaban representando un papel pero con el paso de los días afloraron en los guardianes las peores de las maldades, a pesar de que eran jóvenes equilibrados e inteligentes. Vean este vídeo para entenderlo mejor. La moraleja de este experimento es fácil de deducir: si a una persona, por bondadosa que sea, la situamos en un contexto que facilite la deshumanización del otro, acabará comportándose como el más tenebroso de los malhechores. Esta característica humana tiene implicaciones claras en el mundo educativo, donde es muy tentador deshumanizar a los alumnos para poder arrojar sobre ellos, sin cargo de conciencia ni complejo de culpa, la peor de nuestras inquinas. Zimbardo lo explica mejor:
Una de las peores cosas que podemos hacer a otro ser humano es privarle de su humanidad, despojarlo de todo valor mediante el proceso psicológico de la deshumanización. Esto sucede cuando pensamos que los “otros” no tienen los mismos sentimientos, pensamientos, valores y metas que nosotros (p. 308).
Además hemos de tener en cuenta las reglas de juego que hacen que el sistema educativo sea como es, es decir, un proyecto desilusionante que más bien parece diseñado ex profeso para amargar la existencia de estudiantes y profesores e impregnarlas de desconfianza y antipatía; solo quien posea la fuerza suficiente para sortear el desastroso sistema diseñado para el odio y la competitividad absurda podrá amar a sus alumnos. A esos que están arriba dirigiendo el “cotarro” educativo habría que echarles en cara su dejación de funciones: su deber es prestigiar la educación poniendo los medios a su alcance -que no son económicos ni tienen que ver con los trastos tecnológicos- para que la relación profesor-alumno sea de amor y no de enfrentamiento como suele ser habitual. Zimbardo lo explica mejor:
El Poder del Sistema supone una autorización o un permiso institucionalizado para comportarse de una manera prescrita y la prohibición o el castigo de los actos que no se atengan a ella. Proporciona una “autoridad superior” que valida (…) la realización de unos actos que en otras circunstancias estarían limitados por unas leyes, unas normas, unos principios y una ética ya existentes. (p. 313).
Para más inri los profesores somos víctimas del efecto Pigmalión. He comprobado en mi propia piel su grave peligro porque, a pesar de que soy consciente de que existe, cada vez que un profesor me habla mal de un alumno es inevitable que mi disposición hacia el joven cambie. Ir contra este fenómeno, al igual que cuando se rema contra corriente, puede despertar recelos entre otros compañeros profesores y en un país como este, hipersensible a la crítica, lo mejor es callarse si uno no desea convertirse en un profesor-paria. Zimbardo lo explica mejor:
Esta prisa en atribuir la etiqueta disposicional de “chicos malos” a unos pocos delincuentes es demasiado frecuente entre los guardianes del Sistema. Lo mismo hacen muchos directores y enseñantes de centros educativos: emplean este recurso para culpar a los estudiantes “problemáticos” en lugar de dedicar tiempo a evaluar efectos alienantes de unos planes de estudios aburridos o de las prácticas insuficientes de ciertos enseñantes que podrían provocar estos problemas. (p. 426).
Pero lo peor de todo es el politiqueo a costa de la educación; como muestra un botón: la semana pasada estuve junto a dos de mis alumnos ganadores de un concurso cuyo premio consistía en asistir a las Cortes de Castilla-La Mancha para debatir los temas de índole ética que plantearon en sus blogs. Asistí a un espectáculo en el que los jóvenes -no los míos sino otros menos avisados- no pudieron expresarse en libertad y se vieron obligados a ceñirse a leer lo que los diputados oficiales les dijeron que leyeran. Algunos estudiantes estaban indignados pero otros, con afán de protagonismo más que de servicio político, entraron en el juego servil y clientelista que no hace más que reproducir el poder establecido y nos deja pocas esperanzas para soñar con una juventud que luche con firmeza por el bien de su sociedad. Como anécdota añadiré, para mostrar la doble moral de la casta política, que se trataba de un concurso en el que había cuotas de género ya que sólo podía ganar un alumno y una alumna por cada centro aunque, paradójicamente, en la mesa del presidente había cuatro diputados oficiales y una sola diputada oficial; por cierto, ésta se ausentó bastante tiempo y entre los diputados uno hablaba por el teléfono móvil y otro leía el periódico mientras los jóvenes explicaban sus pseudopropuestas. Es perentorio que ante afrentas como estas el profesor incite a la rebelión verbal justa. Zimbardo lo explica mejor:
Muchos de los que se arrogan autoridad son seudolíderes, falsos profetas, estafadores que sirven a sus propios intereses a los que, en lugar de respetar, habría que desobedecer y desenmascarar. Los padres, los enseñantes y las autoridades religiosas deberían desempeñar un papel más activo para enseñar a los niños esta diferencia fundamental, para que sean educados y corteses si la autoridad está justificada, y para que sepan resistirse a la autoridad que no merezca respeto. (p. 559).
En esta línea y para evitar resbalar en la pendiente, no permitamos los profesores tolerar pecados veniales porque “creamos que nuestra función no consiste en ser policías”. Los profesores sí que somos guardianes, guardianes de la bondad y de la felicidad, y para salvaguardarlas es crucial ser intolerante con los estudiantes que fuman frente a sus compañeros más jóvenes, con quienes propalan groserías, con los que cuentan chistes machistas y racistas y con quienes se ríen con ellos, con los que critican sin argumentos o extienden rumores falsos, etc. Si un profesor calla ante estas cuestiones planta las semillas para tener en el futuro un mundo peor porque los alumnos interiorizan que ser un poquito “malo” es algo normal, pero no son conscientes de que una vez que se da el primer paso hacia la maldad está abierto el camino hacia comportamiento más graves. Zimbardo lo explica mejor:
Intentemos no caer en pecados veniales o pequeñas transgresiones, como engañar, mentir, chismorrear, propagar rumores, reírnos de chistes racistas o sexistas, intimidar a otros o burlarnos de ellos. Estos actos pueden ser peldaños hacia pecados más graves. Las grandes maldades siempre empiezan con pasos pequeños que parecen triviales, pero recordemos que la maldad es una pendiente muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy resbaladiza. Cuando empezamos a andar por ella, es muy fácil deslizarse hasta el fondo. (p. 562).
En definitiva, un profesor-héroe, a la luz de lo que dice Zimbardo, es aquel que ama a sus alumnos y no se deja contaminar por corrientes negativas, conformistas e indiferentes. El autor explica muy bien esa sencilla actitud, banal a más no poder, que es la característica intrínseca del carácter heroico.
El heroísmo hace que nos centremos en los aspectos positivos de la naturaleza humana. Los relatos de heroísmo nos atraen porque nos recuerdan que la gente es capaz de resistirse a la maldad, de no ceder a las tentaciones, de superar la mediocridad y de responder cuando los demás no actúan. (p. 568).
Para terminar, si bien es cierto que todas las asignaturas son interesantes hay una que es apasionante y que tiene la capacidad de hacer de los seres humanos mejores personas y, en definitva, plantar semillas que germinen en forma de heroicidad: la Filosofía. Zimbardo, como siempre, lo explica mejor:
La clave de su supervivencia fue recurrir a su anterior formación en filosofía, lo que le permitió recordar la enseñanza de los filósofos estoicos. De este modo, Stockdale pudo distanciarse psicológicamente de la tortura y el dolor, que no podía controlar, y dirigir su pensamiento hacia cosas que sí podía controlar en el entorno de la prisión. (p. 581).