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martes, 15 de abril de 2025

Entrevista a Beatriz Montáñez, una ermitaña escritora manchega

 Beatriz Montáñez: “Necesitaba averiguar quién era”, en Zenda, 9 ene 2023 / entrevista por Miguel Ángel Santamarina 

Christopher Johnson McCandless estaba harto y decidió romper con todo. Dejó a una familia con la que no se identificaba, donó sus ahorros a una ONG y puso rumbo a Alaska para cumplir su sueño: sobrevivir solo en plena naturaleza. Jon Krakauer contó su historia en Hacia rutas salvajes (Into the Wild), un libro convertido en guía espiritual para los jóvenes que años más tarde quisieron repetir esta aventura pese a su desgraciado final. Beatriz Montañez había conseguido un importante reconocimiento profesional, como periodista y guionista de cine y televisión, pero tenía una herida que debía cicatrizar, y para lograrlo ella también debía estar sola. McCandless se escondió en un viejo autobús abandonado de la compañía Fairbanks y Beatriz encontró su refugio en medio del bosque, en una casa derruida. Montañez comenzó a escribir, y la carne abierta se fue cerrando a cada nuevo párrafo. El vacío se llenó definitivamente cuando publicó Niadela (Errata Naturae, 2021), un sincero ejercicio de nature writing, que Harper Collins acaba de convertir en novela gráfica, ilustrada por Ángel Sánchez Trigo y Jorge García García.

Hablamos con Beatriz Montañez de heridas profundas que acaban sanando, de máscaras, de Ralph Waldo Emerson y de chimeneas que revocan. De fondo, suenan los versos de “Society” —Society, you’re a crazy breed, I hope you’re not lonely without me—, la canción que Eddie Vedder (Pearl Jam) compuso para la adaptación cinematográfica que Sean Penn hizo de la novela de Krakauer.

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—Fama, popularidad, éxito profesional… De cara a la galería su vida parecía idílica, pero había algo que no funcionaba. ¿De dónde sacó el valor para dar ese volantazo?

"Me sentía encorsetada en un personaje que no era yo, que los demás habían definido cómo debía ser"

—Fama es una palabra que no me gusta. Cuando alguien aparece en la televisión y es conocido se le llama famoso. Pero esa es una definición con la que no me siento cómoda. La fama para mí era un lunar en la nariz que todo el mundo veía menos yo. Porque seguía siendo exactamente la misma y teniendo los mismos amigos que veinte años atrás. Después de salir en televisión, mi vida cambió bastante poco a nivel personal. Sí que lo hizo a nivel público. Hay personas a las que les agrada que les reconozcan por la calle, en los restaurantes, pero a mí me crea incomodidad. Porque pienso que el hecho de salir en televisión no es algo que haya que aplaudir. Partiendo de esa definición de “fama”, entre comillas, te diría que puedes tener prácticamente todo, o pensar que lo tienes prácticamente todo, y que te falte lo más importante. Yo me di cuenta de que lo más importante era yo misma, y que en ese momento yo no tomaba decisiones: me estaba dejando llevar por las circunstancias. Me sentía encorsetada en un personaje que no era yo, que los demás habían definido cómo debía ser. Utilizo la palabra “personaje”, que viene de “persona”, cuya etimología es “máscara”. Esa falta de identidad me empezó a causar estragos. Me cuestionaba cómo debía hacer las cosas para no defraudar a los demás. Eso me llevó a tomar una decisión: necesitaba averiguar quién era. Me identifico con la frase de Fritz S. Perls: “No estoy en este mundo para llenar tus expectativas y tú no estás en este mundo para llenar las mías”. Entonces un día, por necesidad más que por valor, me dije “basta ya”. Tenía que recuperarme a mí misma.

—”Ayer soñé que regresaba a Niadela…”. Ese homenaje a la novela de Daphne du Maurier, con el que empieza tu libro, encaja muy bien con ese ambiente fantasmagórico que supone irse a vivir sola en medio de la nada. ¿Por qué ese comienzo emulando a Rebeca?

—El comienzo de Rebeca me parece magistral. Es muy onírico. Habla de un regreso. En mi caso, ese “ayer soñé que regresaba a Niadela…” habla de un regreso a quien soy. En el libro, y la película, ella habla de un regreso al lugar que la hizo. Y esa vuelta es un sueño. El subconsciente, como bien dice Jung, trata de devolverte la imagen de quién eres. El usar ese comienzo en mi obra me ayudaba a volver. Al principio de manera onírica, y luego de manera física, a la persona que yo había sido, y que de alguna forma había dejado de ser por encajar, por gustarle a los demás.

—Hay unos cuantos guiños literarios en su obra. En la versión gráfica la vemos leyendo el Walden de Henry David Thoreau. ¿Cuánto hay de nature writing en su libro? ¿Ha sido algo buscado o ha surgido al confesarte mientras escribías tu obra?

—Ha sido algo absolutamente buscado. Tenía unas premisas ciertas, radicales y concretas, de lo que quería escribir, lo que hacía que fuese extremadamente difícil lograrlo. Tenía muy claro que debía ser un auténtico ejemplo de nature writing, más cercano a Emerson —que para mí es su mejor ejemplo— que a Thoreau. Quería mostrar cómo la apreciación de la naturaleza me transformaba y llegaba a entenderla mejor. En Walden creo que no hay una transformación de Thoreau, sino más bien una afirmación de lo que él siente por la naturaleza. En los ensayos de Emerson sí que ves ese cambio, esa comprensión del mundo que le rodea. Quería que fuese —y creo que ha sido— el primer libro de nature writing puro publicado en España. Este es un género que no tiene que ver con obras sobre la naturaleza o la gente que va a vivir al campo, sino con la transformación que atraviesa el hombre en la naturaleza. En este caso la mujer.

 —En su obra hay una búsqueda de redención. Para poder salvarse debía curar una herida profunda. ¿Lo ha logrado?

"La escritura es el mejor proceso psicológico. La palabra es sanadora. Para curarte tienes que poner por escrito lo que sientes"

—Sí. Lo he conseguido. Igual que les ha ocurrido a otros escritores. Estos primeros libros, como también le pasó a Paul Auster, por ejemplo, sirven para lidiar con tus propios fantasmas. En La invención de la soledad él sacó a relucir asuntos familiares que permanecían a oscuras hasta ese momento. La escritura es el mejor proceso psicológico. La palabra es sanadora. Para curarte tienes que poner por escrito lo que sientes. Esta es también una manera de organizar tus pensamientos. Desde que tengo uso de razón, y dinero suficiente (ríe), he probado muchísimas terapias, no te puedes ni imaginar cuántas, para saber qué era lo que me ocurría: psicoanalíticas, cognitivas, Gestalt… La respuesta la encontré en la escritura. Antes de venir a Niadela, escribí La ausencia, que relata mi infancia, la muerte de mi padre y la relación con mi madre. Es una obra que de momento no tengo ninguna intención de publicar, que necesita reescritura —tiene ahora mismo 700 páginas—, y en la que vomité absolutamente todo lo que me había ocurrido y había vivido en mi adolescencia. Lo maravilloso de ese proceso de escritura es que tuve que crear el personaje de mi madre, el de mi padre y también el mío. Me puse en la situación de amigos y parientes, en su piel, y escribí diálogos con personas con las que nunca había hablado sobre ese tema… Eso fue algo difícil y mágico a la vez: comprender a través de tu personaje lo que el otro no ha dicho o no ha hecho. Muy pocas personas dicen lo que hacen o cómo son, porque se buscan máscaras a través del verbo.  Yo estudié interpretación en Los Ángeles y en la Escuela de actuación de Corazza en Madrid. Hay un ejercicio fascinante para trabajar con tu ego que se llama el “yo afectado”. Tienes que recrear una escena determinada en la que no has dicho, o hecho, lo que te gustaría. Este ejercicio me sirvió para escribir La ausencia y también Niadela. En tanto que aquello que no he dicho me define mucho más que lo que he dicho y lo que he hecho.

—Ese ejercicio sería ideal para nuestros políticos.

—Sí. (Risas). Totalmente. Deberían practicar con el “yo afectado”.

—En un pasaje de la obra dice: “Mi madre debía haberme explicado qué es la muerte, pero supongo que no estaba preparada”. ¿Por qué nos da tanto miedo hablar de ella?

"Estamos en una continua insatisfacción que nos lleva a creer que disponemos de la eternidad para conseguir la solución al problema"

—Mis dos obras hablan sobre la muerte. En Niadela hay un sueño en el cual me suicido. Entonces reconozco mi propia finitud y me siento preparada para morir. Esto es algo difícil para nosotros —aceptar la muerte—, porque pensamos que somos inmortales. Pensamos que nosotros mismos somos una obra inacabada y por eso hay una continua búsqueda no solamente de la felicidad, sino también de los deseos. Estamos en una continua insatisfacción que nos lleva a creer que disponemos de la eternidad para conseguir la solución al problema. Cuando sientes que tu vida es finita, que vas a morir, te entra la ansiedad y la angustia, porque comprendes que tienes un tiempo limitado para conseguir lo que quieres. Además, solemos cambiar de opinión una vez que hemos conseguido nuestro propósito en la vida; buscamos otro diferente. Es una búsqueda eterna de tu propuesta vital.

—Su madre trabajaba de noche y para poder dormir de día usaba unos tapones. Usted también comenzó a usarlos. ¿Qué descubrió en ese silencio? ¿Fue sanador?

—Los sigo usando. En el budismo hay un concepto sanador que se llama el Gran Silencio. En El silencio: Aproximaciones, David Le Breton crea un concepto de silencio absolutamente brutal, colocándolo en diferentes contextos, etapas vitales, situaciones sociales y circunstancias. Me parece absolutamente necesario, a nivel psicológico y espiritual, tener momentos de silencio, no solamente en nuestro día a día, sino a lo largo de toda nuestra vida. Es uno de los primeros procesos necesarios para llegar a la transformación. Con el silencio te vas a escuchar y vas a saber qué piensas, cómo lo piensas y por qué lo piensas.

—Vamos a la parte más prosaica de su vida en el bosque. ¿Cómo fue ese primer año sin luz eléctrica ni agua caliente a la luz de las velas?

"Hubo un proceso transformador y me fui aclimatando a esa incomodidad. De los momentos retadores pasé a los gratificantes"

—Hubo momentos muy gratificantes y otros… no voy a utilizar “difícil” porque esa es una palabra que tengo prohibida. Digamos “retadores”. Hubo momentos maravillosos, de llorar de felicidad, y otros que fueron un auténtico reto. Lo más complicado fue pasar de vivir en la sociedad, en una ciudad como Madrid, con amigos, con una vida social normal a estar realmente sola. Cuando vivía en Madrid podía requerir un momento de soledad, pero aquí eso era todo el rato. Al principio me costó. Los primeros meses estaba cada dos por tres conduciendo hacia el pueblo: a comprar un tornillo, cosas absurdas… Solo por el hecho de volver a refugiarme en la marabunta de la sociedad. Eso fue pasando. Hubo un proceso transformador y me fui aclimatando a esa incomodidad. De los momentos retadores pasé a los gratificantes. Me sentaba en un árbol muerto en el camino y sin darme cuenta habían transcurrido cinco horas. Empezaba a tener la sensación de pertenecer a algo más grande que yo misma. Que no hubiese luz no fue algo que me molestase. Soy una persona extremadamente curiosa. He llevado a mi familia adelante desde que era una niña porque mi madre se puso a trabajar después de la muerte de mi padre. Aprendí a cuidar de mis hermanos mayores, acepté el rol de cabeza de familia, aun siendo la más joven, y me acostumbré a solventar problemas. Eso me ayudó mucho cuando me encontré con los impedimentos del agua y de la luz; todo eso me suponían retos gratificantes a los que encontrarles una solución. Cuando me di cuenta de que no tenía luz, pensé: “Hasta que estudie un poco de electricidad y sepa de qué va esto, pues voy a sustituir las bombillas con velas“. Luego vino la mayor complicación: ninguna de las chimeneas funcionaba y pasaba un frío brutal en invierno. Revocaban todas; estaban mal construidas. Entonces viene el reto de aprender cómo funcionan las chimeneas y arreglarlas. Todo eso me incentivaba. No lo veía como una incomodidad. Me resultaba gratificante poner solución a esos problemas. Lo que sí que resultó duro fue adaptarme a la soledad y ver cómo iban desapareciendo personas de mi vida.

—En el bosque hay animales, muchos, algunos salvajes, con los que usted comienza una relación, que en algunos casos lleva a una identificación. Como ocurre con esa zorra, a la que unas ocasiones alimenta y en otras espanta a gritos.

—El proceso con la zorra fue muy particular. Creo que ese animal no dejaba de ser una representación de mí misma. Me acostumbré a alimentarla y me gustaba su compañía. Pasó de venir por las noches a estar aquí mañana, tarde y noche, porque yo la alimentaba con un trocito de carne o una carcasa de pollo. Yo le proporcionaba la facilidad de no tener que pelear por su comida. Se pasaba el rato tumbada a la entrada de la puerta. Eso es algo que yo empecé a identificar como un reflejo de mí misma, porque no me gusta nada que las personas dependan de mí. Eso me provoca una asfixia. Me ocurre también al revés. Cuando estoy empezando a depender de alguien, me alejo. Cuando me di cuenta de que la zorra se volvía dependiente de mí, quise echarla. Pensé: vamos a empezar de nuevo, te voy a dar de comer solo de vez en cuando porque no quiero que dependas de mí. Eso es lo maravilloso del nature writing y de estar en la naturaleza; te descubres a ti misma a través de ella.

—En una buena novela, el personaje principal tiene que hacer un viaje del que sale transformado. ¿Cómo ha cambiado usted después de estos en Niadela?

"Me he transformado en un 99% y hay un 1% en el que sé que tengo que seguir trabajando"

—Absoluta y enteramente. Hace poco tuve que revisar unos correos electrónicos antiguos, del año 2015, para buscar una información, y al leerlos tuve la sensación de que la persona que había escrito esos mails no era yo. Fue algo muy extraño, porque me sentía enajenada en la escritura. En esos textos era muy diligente, muy específica —esa es una característica que siempre he tenido—, con cierto aire de severidad… no me identificaba. Me preguntaba: “¿Quién es esta persona que escribe así?“. Me he transformado en un 99% y hay un 1% en el que sé que tengo que seguir trabajando. Y mejorando también ese 99%, porque sé que es susceptible de más cambios. A pesar de haber hecho el viaje del héroe de Joseph Campbell, y de haber regresado al mundo ordinario con el elixir del conocimiento, creo que, como decía Nietzsche, hay un eterno retorno. Cuando llegué a Niadela sabía que tenía que trabajar con tres grandes defectos que yo tenía, y lo llamé “la filosofía de las tres pes”: mi paciencia, mi practicidad y mi prudencia. Es algo que todavía tengo que pulir, pero creo que me puedo dar alguna palmadita en la espalda, porque he mejorado mucho (risas).

—¿Cuál es su próximo proyecto de escritura? ¿Veremos publicada La ausencia?

—Todavía no estoy preparada para enfrentarme a La ausencia, aunque sé que no soy la misma persona de antes. Debo guardar un poco de distancia para atreverme con esas setecientas páginas. Por ese motivo me he puesto a escribir algo rotundamente opuesto a Niadela, por consejo de Álvaro Colomer, que me recomendó ir al otro extremo, con un estilo y un contenido diferentes. Ahora estoy viviendo la aventura de escribir mi segundo libro, algo que disfruto, pero que también me da dolores de cabeza porque soy asquerosamente perfeccionista. Puedo estar días buscando la palabra que necesitaba.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Thoreau

 I

Michel Onfray, "Thoreau, una cabaña trascendental", en Abc Cultural 7-V-2017:

El bicentenario de Henry David Thoreau, padre fundador de la literatura estadounidense, exige revisitar su obra, como el «Walden» prologado por el filósofo Michel Onfray para Errata Naturae, del que ofrecemos un adelanto

Thoreau escribió esta frase, terrible y muy certera: «Hoy en día uno se encuentra con profesores de filosofía, no con filósofos» [...]. Estaba pensando probablemente en Emerson. Emerson, su amigo… Pero Thoreau, que era un hombre difícil, tenía un concepto difícil de la amistad. Cuando pronunció el elogio fúnebre de Thoreau, Emerson no dejó de señalar este rasgo de su carácter: «Había en su naturaleza algo de militar y de irreductible, siempre viril, siempre apto, pero rara vez tierno, como si no se sintiera bien más que en desacuerdo. Necesitaba alguna mentira que denunciar, alguna tontería que poner en la picota, un cierto aire de victoria, un redoble de tambor para desplegar plenamente sus facultades [...].

El trascendentalismo de Emerson fue un movimiento filosófico estadounidense notable, al mismo tiempo que una moda (como el schopenhauerismo y el nietzcheísmo en Francia). Sin embargo, la moda es lo peor que puede sucederle a una filosofía, porque se desmenuza, se diluye y se metamorfosea en monstruos construidos con fantasmas y proyecciones [...].

El Dios de Emerson no se parece en nada al del judeocristianismo, celoso y vengativo, castigador y malvado; el filósofo regresa a aquel otro que no se encuentra agotado por la razón, el análisis y la ciencia: un alma del mundo, una Superalma que asegura al ser su ser y su permanencia. Dios es asimilable al espíritu del mundo, a la energía de la naturaleza, a la fuerza cósmica. Desde ese momento, el conocimiento no debe ser una cuestión de deducción, de análisis y de razonamiento, sino de sentimiento, de sensación, de intuición, de simpatía, de empatía [...].

¿Thoreau es trascendentalista? Sí y no. Sí, porque cree en Dios, practica el conocimiento por empatía, detesta las masas y los grupos, no cree más que en la reforma individual, celebra y practica la confianza en uno mismo, preconiza y vive el inconformismo, practica la contemplación y el gozo místico, construye su vida filosófica a partir de sí. Pero no si se lo compara con Emerson, que vive un trascendentalismo de despacho y de biblioteca. El autor de «Over-soul» (La Superalma) hace de la naturaleza un medio para alcanzar un fin, el éxtasis de tipo plotiniano. Para Thoreau, por el contrario, la naturaleza es un fin en sí misma y no un medio para lograr algo más que ella. Emerson quiere salir espiritualmente del mundo y solicita a la naturaleza que le provea esa salida; Thoreau quiere quedarse en el mundo, quiere gozar de la naturaleza aquí y ahora, corporal y físicamente [...].

Oportunidad existencial

Thoreau afirma que Emerson sería totalmente incapaz de manejar la carretilla en el jardín; ve en esa incapacidad práctica del espíritu puro la prueba de una diferencia fundamental. Y, de hecho, es cierto: Emerson es un filósofo de estancia; Thoreau, un pensador de los campos. Al segundo nos lo imaginamos devorando crudo un pequeño mamífero, cosa que hizo un día; al primero lo vemos más bien bebiendo té a sorbitos en el transcurso de una conversación de salón sobre la naturaleza… [...].

La cabaña es, para Thoreau, la ocasión de demostrar que el trascendentalismo no es una cuestión de libros, sino una oportunidad existencial. Una sola noche de celda y una vida intermitente en la cabaña bastan para enseñar que el filósofo vivía sus ideas y pensaba su vida, que asociaba la teoría a la práctica, el pensamiento a la acción, la filosofía a la vida. Que no era profesor de filosofía, sino filósofo.

Su amigo Emerson es un filósofo de estancia; Thoreau, un pensador de los campos

Emerson le había prestado el terreno en el que Thoreau construyó la cabaña, a orillas de la laguna Walden [...]. Imagina el lago sin fondo, sin entrada ni salida de agua, como lleno de un agua lustral susceptible de lavarlo del pecado original de la civilización. Se baña en él a diario, en la estación que sea. Cuando la superficie está congelada, se tumba en el hielo y observa bajo él la vida de las profundidades. Estudia las elevaciones y descensos del nivel del agua; la respiración del lago, como si se tratara de un ser vivo… La cabaña tiene trece metros cuadrados de superficie: tres por cuatro y medio, con dos y medio de altura. Coloca en ella tres sillas para no recibir más que a dos personas a la vez. Dispone una cama y una mesa. Una chimenea le permite calentarse. Recibe a viajeros, campesinos, leñadores, esclavos fugitivos. También a filósofos.

Publica «Walden» en 1854. Se trata de un libro grande y auténtico de filosofía. No se encuentra en él ningún concepto, ningún personaje conceptual, sino una reflexión sobre las condiciones de posibilidad de una experiencia existencial: ¿cómo llevar una vida filosófica? Thoreau no invita a que se lo imite, sino que enseña cómo puede hacerse; queda a cargo de cada cual inventar su camino, encontrar su vía.

Medicina para la felicidad

Libro grande y auténtico de filosofía, digo. En efecto. Thoreau propone lo que denomina una «medicina eupéptica»; en otras palabras, una medicina para generar bienestar y felicidad y alejar maldad y dolor. ¿Cuál es esta medicina? Regocijarse ante el esplendor de cada mañana; oponer una voluntad de goce al movimiento natural de la negatividad, que nos lleva hacia el pesimismo; desear la felicidad, que no nos es dada, sino que debe construirse; colocarse o volver a colocarse en el centro de uno mismo; transformar los inconvenientes en ventajas; buscar lo positivo en lo negativo; querer hacer de la propia vida una fiesta.

Invita igualmente a rechazar «la vida mezquina». La vida mezquina es una vida orientada hacia valores falsos: el dinero, los honores, el poder, las riquezas, la propiedad, la reputación. Es una vida ensuciada por los vicios de la sociedad de consumo: codiciar, comprar, poseer, consumir, sustituir [...]. ¿Quién podría, en efecto, no suscribir esta constatación: «Me parece evidente que muchos de vosotros vivís unas vidas pobres y serviles»? No nos pertenecemos, perdemos nuestra vida tratando de ganarla, vivimos como máquinas, entregamos siempre nuestra vida al mañana. ¿Qué hacer para dejar de llevar una vida mezquina? [...]. He aquí seis fórmulas: «Exploraos a vosotros mismos», «acometed la vida tal como la habéis imaginado», «amad vuestra vida», «simplificad, simplificad», «haceos un cuerpo perfecto», «vivid libres y sin compromiso». Precisemos.

La primera: «Exploraos a vosotros mismos». Emerson afirmaba: «Viajar es el paraíso de los bobos». ¿De qué sirve, en efecto, dar la vuelta al mundo cuando partir en busca de uno mismo resulta una odisea mucho más rentable desde un punto de vista existencial? Viajar suele ser perderse. Partir en busca de uno mismo es, tal vez, hallarse.

«Walden» invita a rechazar la vida mezquina, ensuciada por los vicios de la sociedad de consumo.

La segunda: «Acometer la vida tal como la habéis imaginado». Ir en la dirección de los sueños, no ser infiel a las promesas que nos hemos hecho en la adolescencia. Thoreau escribió esta frase extraordinaria: «Si construye castillos en el aire, su obra no se perderá: ahí están bien edificados. Tan sólo ponga ahora los cimientos bajo esos castillos».

La tercera: «Amad vuestra vida». Thoreau aprecia los textos espirituales, los «Evangelios», el «Bhagavad Gita», la «Biblia», los textos mitológicos de todas las civilizaciones; estima también a los grandes maestros espirituales, Jesús y Zoroastro, Buda y Confucio. Pero no le gusta la religión cristiana, que ha enfadado a los hombres con la vida, los seres vivos, la naturaleza. [...]. 

La cuarta: «Simplificad, simplificad». Lo que poseemos nos posee, por lo que hay que dejar de pasarse la vida perdiéndola y cesar de querer ganarse la vida, porque lo que ganamos nos pierde. Lo que tenemos, lo que queremos, lo que esperamos, lo que poseemos: todo eso nos pierde [...].

La quinta: «Haceos un cuerpo perfecto». La práctica de los ejercicios espirituales precedentes contribuye a producir un cuerpo perfecto. Sobriedad, frugalidad, simplicidad y austeridad generan un cuerpo sano, limpio y nítido y, por lo tanto, un alma impecable. El sabio no teme ya a la lluvia, el frío, el calor, la sed, el hambre, el aburrimiento, la duda, la melancolía, la angustia, el miedo, la desesperación. Es, pues, libre…

La sexta: «Vivid libres y sin compromiso». ¡Cuesta imaginarse a Thoreau casado y padre de familia! Aunque manifestó en su juventud una pasión por cierta joven, lo que demuestra que no estaba desprovisto de libido, o aunque los encantos de la señora Emerson pudieron perturbarlo, Thoreau fue un soltero empedernido. Prefiere su compañía a la de los demás, que mantiene a distancia. En cuanto a la humanidad, ni hablamos. Escribe claramente: «Yo no doblaría corriendo la esquina para ver cómo explota el mundo» [...].

«Walden» contiene una utopía política. Ésa es, al menos, mi hipótesis [...]. Thoreau enseña la auténtica revolución, la única que vale y que no provoca derramamientos de sangre: la que permite, cambiando uno mismo e invitando al prójimo a que cambie, cambiar el orden del mundo.

II

Miguel Ángel Barroso, "El manual libertario de Thoreau para una vida sublime", en Abc Cultural, 7-V-2017:

La rebeldía del autor de «Walden» se expandió hasta llegar a Walt Whitman, John Muir, Gandhi, Luther King, Robert Frost y millones ciudadanos anónimos. La reedición de sus ensayos es más pertinente que nunca.

McAllister, el director de la Welton Academy, prestigiosa institución educativa de Vermont (Estados Unidos), mira con cierta condescendencia al profesor de Literatura John Keating, cuyos métodos alejados del carril empiezan a ser un dolor de muelas. «Muéstrame un corazón que esté libre de necios sueños, y te enseñaré a un hombre feliz», le dice.

Keating: «Sólo al soñar tenemos libertad. Siempre fue así y siempre será».

McAllister: «¿Tennyson?»

Keating: «No. Keating».

La escena es una de las más recordadas de El club de los poetas muertos, la película de Peter Weir que agitó las mentes de los jóvenes (y no tan jóvenes) a finales de la década de 1980. Espectadores que, en su mayoría, desconocían la conexión entre Thoreau, Walt Whitman, John Muir, Robert Frost... y John Keating.

Filosofía activa

El personaje que interpreta Robin Williams no tiene a Lord Tennyson, el poeta inglés del posromanticismo, como su clave de bóveda. Por eso sorprende al severo McAllister y, sobre todo, a sus alumnos, que experimentan una epifanía a lo largo del curso. «Thoreau dice que la mayoría de los hombres viven en desesperación silenciosa. No se resignen a ello. Libérense. No caminen por la orilla, miren a su alrededor», les espeta. Y también cita a Frost, fundador de la poesía moderna norteamericana, el bardo del hombre rural de Nueva Inglaterra: «Dos caminos se abrieron ante mí, pero tomé el menos transitado y eso marcó la diferencia».

El carpe diem ya está en las odas de Horacio, pero es Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862) quien coge el tópico literario para provocar un big bang de rebeldía contra el conformismo y el adocenamiento. Aprovechemos el momento porque la muerte viaja sobre nuestros hombros, porque tenemos los días contados. Hagamos que nuestras vidas sean extraordinarias.

Thoreau, que nunca pretendió adoctrinar («Cuando lean, no consideren sólo lo que el autor piensa, sino lo que ustedes piensan», concluye Keating), sino dar un aldabonazo en las conciencias para que cada cual siga su propio camino, no podía imaginar la huella que iba a dejar en generaciones de lectores de todo el mundo.

«La obra de Thoreau nos saca de las bibliotecas y nos invita a llevar una vida filosófica en el día a día: su vida se hermana con su pensamiento, es subversiva contra la mercantilización, la oligarquía, el dominio de los capitales y las finanzas sobre la independencia y la soberanía de los pueblos. Su discurso es plenamente vigente y ya no basta con indignarse», reflexiona Maximilien Le Roy, guionista (A. Dan se encarga de los dibujos) de la novela gráfica Thoreau. La vida sublime, reeditada por Impedimenta. Le Roy recuerda que Mahatma Gandhi descubrió la obra de Thoreau en prisión y lo convirtió en su «maestro» («Bajo un gobierno que encarcela injustamente a cualquiera, el hogar de un hombre honrado es la cárcel», dice el autor de La desobediencia civil, libro de cabecera de Gandhi); y Martin Luther King Jr. afirmó haber dado vida a las enseñanzas del filósofo en sus acciones contra la segregación racial de los afroamericanos.

Contra la opresión

Aunque los hombres ilustres no tienen por qué servir necesariamente como argumento de autoridad. Así, una legión de anónimos defensores del medio ambiente, antimilitaristas, anticolonialistas, activistas por la antiglobalización y rebeldes de todo signo han encontrado en los escritos y en la vida de Thoreau armas contra las múltiples formas de la opresión.

Emma Goldman, legendaria pionera en la lucha por la emancipación de la mujer, lo describe como «el mayor de los anarquistas norteamericanos». Por el contrario, el filósofo Michel Onfray -autor del prólogo de Walden que Errata Naturae acaba de lanzar en una edición especial 200 aniversario- invalida este calificativo: Thoreau no es anarquista, sino libertario. Según Onfray, el anarquista cree en los «ideales progresistas del siglo XIX»; el libertario, por su parte, no se «sacrifica» por ningún ideal.

«No es un teórico metódico, inventor de una filosofía coherente, sino un escritor que se desliza desde una imagen a otra, en perpetua búsqueda de una nueva formulación apropiada para el lenguaje que él presiente. Su pensamiento es complejo, cambiante, paradójico, provocador», apunta Michel Granger, profesor de Literatura de la Universidad de Lyon y especialista en escritores del «renacimiento americano» como Emerson, Hawthorne, Whitman, Poe, Twain, Melville y Thoreau.

Thoreau no pretendió adoctrinar, sino agitar las conciencias para que cada cual siga su propio caminoNuestro filósofo dejó su impronta en John Muir, probablemente el primer ecologista moderno. Nacido en Dunbar, en la costa este de Escocia, en 1838, escribió una decena de libros y cientos de artículos donde defendió su particular filosofía sobre la vida salvaje y la preservación de los espacios naturales. «El camino más claro hacia el Universo pasa por un bosque virgen», sentenció este admirador de Humboldt (no perdamos de vista al sabio prusiano en esta historia de humanistas-naturalistas decimonónicos que estaban en contacto, o sabían los unos de los otros, sin necesidad de Facebook). Muir tuvo su cabaña «a lo Walden» en el valle de Yosemite, donde también recibía. Por allí apareció Ralph Waldo Emerson, que no quiso acampar al raso. Un detalle que «no decía nada bueno del glorioso trascendentalismo», pensó su anfitrión. Aunque no minusvaloremos a Emerson, que firmó frases del tipo «nada puede traeros paz salvo vosotros mismos. Nada puede traeros paz salvo el triunfo de los principios».

Y, por supuesto, Thoreau sembró en su admirador más extremo, Chris McCandless (1968-1992), el brillante estudiante que renegó del materialismo vacuo de la sociedad norteamericana y soñó con abandonarla, al estilo de su ídolo, para hacerse dueño de sí mismo y regenerarse por el espectáculo de la naturaleza. Tras dar algunos tumbos eligió Alaska para su propósito y vivió varios meses en un autobús abandonado, el «autobús mágico» que apareció en mitad de la nada, hasta que murió de inanición, derrotado por esa naturaleza que le exigió algo más que romanticismo. Su peripecia -alabada y criticada a partes iguales- se cuenta en el libro Into the Wild (Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer, editado por Zeta Bolsillo en 2008) y fue llevada al cine en 2007 por Sean Penn.

En este año de celebración no faltan los ensayos inspirados por el pensador, como El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau, del barcelonés Toni Montesinos (Ariel, 2017), una amena aproximación a su vida y obra. «Él nos conmina a ser valientes, no de modo ampuloso en situaciones especialmente épicas, sino en el día a día», escribe Montesinos. «Nos enseña a ser buenos, puramente buenos, sin hipocresías sensibleras ni jactancias, sino con la firme intención de practicar la bondad con fines determinados, casi de forma pragmática; nos enseña a mirar con respeto la naturaleza y ser humildes ante ella, sin dejarnos cegar por los impactantes adelantos tecnológicos; nos enseña, en definitiva, a no resignarnos al estilo de vida al que la sociedad estandarizada nos arrastra y a tener un criterio propio firme y sosegado».

¿Malos tiempos para la filosofía? Lean a Thoreau. Tendrán un mejor día. Tal vez, si perseveran, una mejor vida. Basta con abrir al azar una página de Todo lo bueno es libre y salvaje (Errata Naturae, 2017) y recitarse uno de los aforismos que contiene. «Me gusta que mi vida tenga un amplio margen». «No puedo deciros lo que soy, más allá de un rayo de sol. Lo que soy, lo soy, y no lo digo. Ser es la mejor forma de explicarse».

III

Alfonso Armada entrevista a Robert Richardson: «El mensaje primordial de Thoreau es estoico: tenemos que volver a la naturaleza». Abc Cultural, 7-V-2017:

«Thoreau. Biografía de un escritor salvaje» (Errata Naturae), escrita por el profesor e historiador estadounidense Robert Richardson, es por su claridad, rigor y elocuencia el mejor prólogo para entender al autor de «Walden»

Aunque nació hace 83 años en Milwaukee (Wisconsin), tal vez el haber crecido entre Medford y Concord (Massachuseyts, la tierra de Henry David Thoreau) trazó el destino de Robert (Bob) Richardson. Además de haber enseñado en Harvard, Yale, y las Universidad de Colorado y Sichuán, en China, tras escribir dos libros sobre literatura, cine y mitología ha centrado su escritura en figuras como Emerson o William James, que le han marcado vital y espiritualmente, pero sobre todo Thoreau. A pesar de que su biografía del autor de Walden se publicó en 1986 en Estados Unidos, llega ahora al lector español prístina y reveladora como cuando fue escrita. Casado en segundas nupcias con la también escritora Annie Dillard, trabaja actualmente en el siglo XI en Persia y el XIX en Inglaterra, y la obra de dos poetas: Omar Jayam y Edward FitzGerald. Incluso el correo electrónico (como fue hecha esta entrevista) puede revelar un carácter, pero tres breves conversaciones telefónicas demostraron que la amabilidad es en Bob Richardson una cualidad del alma que redunda en la claridad de su prosa. Como a Thoreau, tampoco le gustan los sonajeros.

¿Por qué decidió dedicar tiempo a Thoreau?

Tomé la decisión de trabajar sobre Thoreau cuando enseñaba en la Universidad de Denver, en Colorado, en los años setenta del siglo pasado. Un día, antes de que comenzaran las clases, estaba leyendo el Diario de Thoreau. Él decía que si quieres ver ratas almizcleras en medio de la corriente, necesitas permanecer inmóvil durante cinco minutos y observar la orilla, donde la vegetación brota del agua. Bajé caminando hacia el río que atraviesa la ciudad, me quedé quieto durante cinco minutos y, tal como Thoreau aseguraba, una rata almizclera apareció justo donde él dijo que lo haría. Así que, pensé: "no necesito irme a vivir en Concord, Massachusetts, para aprender de este hombre. Todos los sitios pueden ser Concord. Thoreau tiene algo para cada uno de nosotros. Para ver hay que querer ver."

¿Por qué siguen siendo su figura, sus ideas y sus escritos tan importantes para la filosofía estadounidense?

El mensaje primordial de Thoreau es una idea estoica, y consiste en que no deberíamos buscar orientación en el pasado, en el estado, en la iglesia, y ni siquiera en el individuo, sino que deberíamos volver a la naturaleza.

¿Cuán relevante fue su libro cuando apareció en 1986, y cuán relevante cree que es hoy, cuando está siendo publicado en español, en tiempos de Trump, el 'Brexit' y la posverdad?

«Los puntos de vista de Thoreau se vuelven más relevantes a medida que seguimos ensuciando el planeta» Los puntos de vista de Thoreau se vuelven más y más relevantes a medida que continuamos ensuciando el planeta, volcamos cantidades ingentes de CO2 en la atmósfera, y envenamos los océanos. «¿Para qué necesitamos una casa si no tenemos un planeta tolerable donde levantarla?», se preguntaba Thoreau. La pregunta era buena cuando la formuló y lo sigue siendo hoy. La naturaleza es ley. Eso es cierto ahora, y siempre lo fue. Era verdad en 1986 y lo es en estos momentos a pesar de lo que Trump y sus secuaces puedan proclamar.

¿Sigue firme su fe en los padres fundadores de la democracia estadounidense y en Emerson y Thoreau dados los acontecimientos recientes?

Los padres fundadores de América hicieron un gran trabajo para su época y su lugar. No perfecto, desde luego (no olvidemos la esclavitud) y no aplicable en el futuro sin ajustes: no olvidemos que la población total de Estados Unidos en 1840 equivalía a la mitad de la población de California en 2010. Nuestra Constitución necesita una puesta a punto. No es nada democrático que California y Wyoming tengan cada uno el mismo número de senadores: dos. Unas 37 millones de personas viven en California, mientras que la población de Wyoming apenas supera el medio millón. Necesitamos de figuras como Emerson, Thoreau y William James ahora más que nunca. Ellos eran partidarios de un individualismo con una clara conciencia de la responsabilidad respecto a su comunidad. Nadie puede estar por encima del estado, pero el individuo es más importante que el estado.

¿Cómo de estrecha es la relación entre el arte de escribir de Thoreau y su arte de caminar?

«El ritmo de la escritura de Thoreau es equivalente al ritmo de su paso»Thoreau necesitaba caminar a diario, como también necesitaba trabajar sentado a su mesa (leer y escribir) todos los días. Escribir es, como caminar, una actividad, y del mismo modo que las acciones vienen a menudo precedidas de las emociones, el sentido y el significado pueden aparecer tanto en el acto de escribir como antes de sentarse al escritorio. Tiene razón cuando asegura que el ritmo de su escritura es equivalente al ritmo de su paso.

¿Dónde le situaría usted en la escena política contemporánea?

Creo que Thoreau se situaría sin duda a la defensiva ante todo lo que tiene que ver con la actual Casa Blanca. Todo el mundo recuerda que fue a la cárcel porque se negó a pagar un impuesto estatal para sufragar la guerra contra México. Pero el acto más decisivo y perdurable que acometió Thoreau entonces no fue el hecho de ir a la cárcel, sino lo que escribió al respecto: alzó la voz, tocó a rebato la campana de la torre, y escribió, una y otra vez, contra la esclavitud y a favor de John Brown [un capitán que protagonizó una rebelión armada contra la esclavitud y fue apresado y ejecutado].

¿Fueron Virgilio, Goethe y Emerson los padres fundadores de su amor por la naturaleza?

Sin duda, aunque deberíamos incluir a Humboldt y la inmensa cantidad de libros de viajes, cuadernos de botánica, ensayos y sus propios diarios de caminante, y su íntima y perpetua inmersión en la naturaleza misma.

Emerson, Thoreau, Whitman, Melville, Dickinson... ¿Qué clase de hilo de acero de trascendentalismo y fe en el indivuduo y la naturaleza se podría trazar entre estos autores y los tiempos modernos?

«Creo que hace tiempo que los estadounidenses hemos dejado de ser una nación de lectores» Lo que usted bellamente califica de hilo de acero de fe y trascendentalismo está todavía vivo en América, aunque creo que hace tiempo que hemos dejado de ser una nación de lectores. Si por ejemplo llegas a vender un millón de ejemplares de un libro, tan sólo alcanzarías a menos del 1 por ciento de los ciudadanos estadounidenses, y como alguien ha señalado la gente que no lee no tiene ninguna ventaja sobre la gente que no sabe leer. Nuestras universidades, nuestros escritores y nuestra cultura -películas y televisión aparte- están sometidos a grandes presiones, pero algunos todavía florecen, y todavía hay quienes sostienen ese hilo de acero, como Annie Dillard, Edward Hoagland, Gretel Ehrlich, Dennis Overbye, Mary Oliver, Edward Hirsch y otros cientos.

¿Se puede decir que para Thoreau, como para Laplace, Dios no era necesario?

No lo creo. En ocasiones es cierto que puede sonar como Laplace, sobre todo a medida que envejecía. Pero Thoreau tenía sentimientos religiosos, aunque no era para nada un clerical. Para él Dios está en todo. Esto es panenteísmo [concepto filosófico y teológico que indica que Dios es inmanente y trascendente al universo, que Dios engloba el universo, pero no se limita a él], no panteísmo. El dios de Thoreau es como el de Lucrecio. Es posible que existan los dioses, pero no tienen el menor interés en nuestra existencia.

¿Comparte su convicción de que podemos conseguir lo que los griegos, porque en esencia somos como ellos?

Por supuesto. Emerson, Thoreau y Whitman creían que estamos hoy en la misma situación que Adán y Eva. El mundo entero se ofrece ante cada nuevo ser, y podemos lograr todo lo que nos propongamos. No somos peores por haber llegado más tarde al juego de la vida.

¿Está de acuerdo con Emerson en que su verdadera biografía se lee en su poesía?

Sí, creo que Thoreau dejó nítidos trazos de sus apegos emocionales hacia Ellen Sewall y hacia su hermano John tanto en su poesía como en su prosa. Pero su vida en la naturaleza es mucho más clara en su prosa. No es una pregunta fácil. En la biografía que está a punto de publicar en Estados Unidos Laura Walls pone especial énfasis en las cartas, las amistades y vida diaria en el mundo rural a la hora de explicar la vida de Thoreau.

¿Encuentra alguna resonancia entre Simone Weil y Thoreau?

Estoy seguro de que Thoreau se sentiría muy contento de que lo vincularan a Simone Weil. Ambos eran supremamente inteligentes, con una voluntad de hierro, e indiferentes a las presiones sociales, al qué dirán. Eran adalides inconformistas de la conciencia individual.

¿El descubrimiento del yo y la integridad del individuo están en la raíz del verdadero libertario?

El individualismo está bajo el fuego. El argumento que se esgrime es que hemos llevado el individualismo demasiado lejos y hemos perdido nuestro sentido de comunidad. Lo que necesitamos, evidentemente, es una comunidad de individuos en el que cada uno posea imperativos sociales y personales. Thoreau estaba dispuesto a ser un buen vecino en la mayor parte de las cosas. Desde luego que ese es un objetivo que merece la pena.

¿Era Thoreau más un hombre de ríos que de bosques?

Los ríos son las venas del mundo. Los bosques son el cuerpo. Los dos son desesperadamente necesarios. ¿Cuál es la diferencia -se pregunta Thoreau- entre la forma en que un río encuentra su camino hacia el mar, la forma en que un pájaro cumple su rito migratorio de un continente a otro y la manera en que un hombre pilota su navío hacia tierras lejanas? Las cosas están mucho más interconectadas que aisladas.

¿Qué es lo que ve y lee en la naturaleza?

«Él aprendió a leer lo que cada viento, cada lluvia, cada tormenta de nieve tenían que decir» Thoreau está más interesado en cómo la naturaleza escribe por sí misma, cómo se expersa ella misma. Él aprendió a leer lo que cada viento, cada lluvia, cada tormenta de nieve tenían que decir por sí mismos. Leyendo el paisaje boscoso es el título de un libro reciente. A Thoreau le encantaría. En la sutil depresión de la nieve en torno a la base de un árbol Thoreau podía leer el efecto de un árbol vivo en la acumulación de nieve.

Paul Valéry solía decir que la sintaxis es una cualidad del alma. No puedes escribir verdaderamente bien si no eres una buena persona. ¿Era lo que escribió la mejor forma de mostrar el tipo de hombre que Thoreau era? ¿Es cierto en este caso que su estilo era él mismo?

Thoreau se tomó muy en serio su trabajo como escritor. Él podía volver a describir algo una y otra vez hasta quedar satisfecho. En la denodada búsqueda de reflejar lo que de verdad revela la naturaleza él expresaba su verdadero ser, lo cual no tiene nada que ver con lo que solemos denominar «expresarse uno mismo». En cualquier caso, es cierto que no puedes escribir mejor de lo que eres.

Para reformar el gobierno debes primero reformarte a ti mismo. ¿Es esto quintaesencial Thoreau?

Sin la menor duda. Thoreau lo sabía, y Gandhi lo tomó de él. «Las reglas del juego equivalen a las propias reglas y las propias reglas equivalen al auto-control... Solo la gente que sea capaz de dominarse a sí mismo puede exigir respeto y libertad...» (Hind Swaraj).

¿Era Thoreau una suerte de enemigo avant-la-lettre del capitalismo, el comercio y el consumismo?

Absolutamente. Porque esas tres fuerzas nos llevan cerca del dinero y nos alejan de la naturaleza. Fácil de decir, difícil de aplicar en la vida.

¿Tiempo es todo lo que tenemos y nuestros pies para tomarle la medida al mundo?

Cada uno de nosotros tiene su tiempo. Podemos aprovecharlo o desperdiciarlo. Annie Dillard dijo: «La forma en que empleamos nuestros días es, por supuesto, la manera en que gastamos nuestra vida».

¿La más aventurera, difícil y arriesgada expedición es la que emprendemos en busca de nosotros mismos, y la que Thoreau bebió a fondo?

Sí que lo es, y Thoreau puede ser gracioso al respecto. «No vale la pena dar la vuelta al mundo para hacer recuento de gatos en Zanzíbar». Es mejor, «explorar nuestras más altas latitudes». Sir John Franklin «no es el único que anda perdido».

Hablando de España, ¿no cree que sería mucho más útil e inteligente para la izquierda recurrir a Thoreau como uno de sus maestros para navegar hacia el futuro?

Por favor, que lo hagan. Tal vez les seguiremos desde aquí. Lo que he descubierto mientras me dedicaba a la enseñanza es que tan solo un tercio de los estudiantes mostraba interés en Thoreau, pero a los que les interesaba era de forma apasionada. El individualismo democrático de Thoreau, que comparte con Emerson y Whitman, es la más adecuada filosofía para la era nuclear. Esto ha sido destacado especialmenet por George Kateb. No se trata solo de individualismo, sino de individualismo democrático -que no tiene nada que ver con el individualismo rudo, depredador, o el aislacionismo- lo que de verdad necesitamos.

¿Cuál ha sido el impacto de las enseñanzas de gente como Emerson y Thoreau en su trabajo como escritor y profesor?

«Enseñar el pensamiento de Emerson y Thoreau me cambió la vida» Enseñar a fondo el pensamiento de Emerson y Thoreau y lo que de verdad pensaban me cambió la vida. Mis mínimas opiniones acerca de sus logros y sombras no significan nada. Ruskin tenía toda la razón cuando decía que el trabajo de una persona debería ser dar las gracias por lo que ama.

Adoro la frase que usted extrae de los escritos de Thoreau: «El pensamiento no es nada sin entusiasmo». ¿Es el camino que usted emplea para investigar, escribir y enseñar acerca de Thoreau, Emerson, William James, Persia y sus poetas?

Creo que fue Hegel quien dijo que nada es lo suficientemente valioso si no ha sido hecho con entusiasmo. Dijera quien lo dijera, es cierto.

¿Quién es Robert Richardson?

Robert Richardson es un profundo admirador de los escritos y los pensamientos de Emerson, Thoreau y William James, y todavía queda espacio en su corazón para Omar Jayam.

IV

Luis Alemany, "En la cabaña de Thoreau", en El Mundo, 1 jun. 2017:

Pasó a la historia como el defensor de la vuelta a la vida natural. Pero el suyo no fue un viaje inocente. Así lo muestra Robert D. Richardson.

Había una vieja broma sobre el Partenón: "todo el mundo que va a Atenas encuentra en la Acrópolis lo que está buscando. Los fascistas vieron fascismo; los liberales, democracia; y los nacionalistas griegos, Grecia. Los poetas románticos vieron ruinas y Le Corbusier, geometría. Con Henry David Thoreau, el escritor que puso el marco intelectual y sentimental a la idea de Estados Unidos, pasa un poco lo mismo: igual le ha valido a los defensores del individualismo que a los partidarios de la insumisión, a los escritores ecologistas; a los contraculturales o a los místicos..." Thoreau dijo eso mismo: sólo podemos ver aquello que estamos buscando, aquello que ya tenemos en nuestras mentes", explica Robert D. Richardson, biógrafo del escritor estadounidense (Thoreau se llama su libro y está recién publicado por Errata Naturae, coincidiendo con el segundo centenario de su nacimiento). "La primera vez que leí a Thoreau tenía 19 años y buscaba una dirección para la vida. Teniendo en cuenta lo que le interesa de la vida a un muchacho de 19 años, no me sirvió de mucho, la verdad". Si un lector de la biografía de Thoreau también quiere ver su propia realidad de 2017, no lo tiene difícil: la vida del escritor de Walden suena casi contemporánea, como si dialogara con todos los jóvenes prematuramente desencantados de nuestro tiempo.

Richardson empieza el relato el día en el que el escritor termina la carrera en Harvard, que en la década de 1840 no era una universidad de élite sino una especie de internado autoritario y chapucero. El recién licenciado volvió a su pueblo, Concord, en Massachusetts, y se encontró con que la economía de Estados Unidos estaba en crisis y que la realidad no estaba a la altura de sus expectativas. No supo bien qué hacer. Probó con la enseñanza, pero no le fue bien. Quiso escribir, pero había mucha competencia. Pensó en marcharse al otro lado del mundo a buscarse la vida, pero no encontró el momento. Tuvo algún trabajo deprimente en Nueva York, y lo dejó. Leyó mucho y se hizo amigo de su vecino Ralph Waldo Emerson. Murió su hermano, tuvo angustia y, entonces, se hizo su famosa cabaña en el bosque... Fue lo que en inglés llaman huckleberry, un chaval un poco perdido, en busca de su rumbo. Como Thoreau sabía que tenía algo especial, pero no era capaz de demostrarlo, desarrolló un carácter melancólico, a veces caprichoso y soberbio. Nada que ver con la bondad machadiana del hombre del bosque en la que solemos pensar. "Thoreau era difícil al trato, podía ser frío y ensimismado, parecía desconectado de las personas. Darle la mano debía de ser como darle la mano a un árbol. Su vida romántica había sido un desencanto...", explica Richardson, en alusión a Ellen Sewall, el amor frustrado y eterno de Thoreau y de su hermano, que también la cortejó. Sewall se decantaba por Henry David, pero su padre no dio su autorización. "Entre sus íntimos, sin embargo, Thoreau transmitía alegría y belleza de vivir. Dejó escrito una vez: 'Probablemente, la alegría sea la condición de la vida'".¿Qué leía Thoreau en esos años de artist as a young man? Mucha poesía alemana, clásicos grecolatinos, algo de filosofía oriental... De Virgilio le gustaban más las Geórgicas que la Eneida... ¿Lecturas convencionales para un joven culto de 1847? "Bueno, había algo más que las lecturas normales. Era capaz de leer en francés, alemán, italiano y latín y se defendía en español y griego. Leyó toneladas de papel de literatura de viajes, de botánica y química, leyó a Humboldt, a Liebig y a Lyell y defendió a Darwin muy pronto. Se interesó por el budismo, el hinduismo y el zoroastrismo y por la poesía persa. Sobre todo, se interesó por Sa'di". Entre todas esas amistades literarias, destacaban Goethe y la tradición romántica alemana, que es de donde Thoreau toma la idea central de su obra: la individualidad como una responsabilidad, como una construcción ética muy exigente y solitaria. Por eso lo de la cabaña en el bosque. Noticia: el primer escritor que presagió la contracultura desconfiaba de cualquier forma de colectivismo o socialismo, utópico o no. "Thoreau desconfiaba de cualquiera que quisiera reformar el mundo antes que reformarse a sí mismo. Como los filósofos estoicos de Roma, creía en el autocontrol, en la autarquía del individuo", explica Richardson. Y continúa: "Thoreau no era partidario del capitalismo pero tampoco era socialista. Todo su interés por la economía se dirigía a la manera en la que el individuo gobernaba su casa y su vida. Para él, la cuestión no era en qué sistema deberíamos vivir. La cuestión era cómo sacar adelante nuestras pequeñas vidas". Un ejemplo: "Thoreau decía que el coste de las cosas debería calcularse en función de la cantidad de vida que sacrificamos por ella". Emerson era el guía en muchas de esas ideas y lecturas de Thoreau. Juntos construyeron en Concord una versión americana de la Weimar de Goethe, una pequeña Atenas americana. ¿Compitieron, en el fondo? "Deberíamos superar la idea de que fueron amigos y, a la vez, rivales. Emerson era 15 años mayor, era más un hermano mayor que un igual. Sin Emerson no habría habido Thoreau. Es verdad que, durante una época, se alejaron. Thoreau reprochaba a Emerson que no le hubiera advertido a tiempo de que su primer libro, A week on the Concord and Merrimack Rivers, no era muy bueno. Pero es que Emerson no se dio cuenta de que Thoreau era algo más que el líder de una fiesta de huckleberries, que estaba construyendo algo importante". Al final, los dos escritores se reconciliaron "y Emerson escribió las líneas más bonitas sobre Thoreau que se puedan leer". 

Thoreau era único, eso está claro. Poeta, diarista, moralista, agricultor, filósofo... Piensen en algún escritor en lengua española con quien pudiera ser comparado... Difícil, ¿verdad? "Pues yo pienso en Thoreau como en Don Quijote; un poco loco, bastante enfrentado a la normalidad, a menudo divertido, siempre con altura de miras y, a la larga, más cuerdo y más verdadero que ninguno de nosotros. Su cabaña era Barataria y hasta tuvo una Dulcinea, Ellen Sewell... Ticknor, el profesor de español de Thoreau, escribió la primera gran Historia de la literatura española en inglés". Al final de su vida, Thoreau encontró por fin un trabajo: agrimensor, como el personaje de Kafka. No era un mal empleo, podría pasar el día en el campo. En una de esas excursiones, enfermó y el bacilo de la tuberculosis que había incubado en la adolescencia se lo llevó a los 44 años, igual que el río se llevaba la piragua de la canción Moon river: "Mi amigo huckleberry / allá dónde vayas yo iré también".

Qué y cuándo leer de Thoreau


«¿Por dónde empezar con Thoreau? Hay un ensayo corto de Emerson, el Elogio de Thoreau, que puede ser un buen comienzo. También podría servir su ensayo Walking [disponible en español dentro del volumen Un paseo invernal]. Walden podría esperar a un segundo momento porque lo veo más como una estación de llegada». Robert D. Richardson propone un itinerario para los lectores que descubran a Thoreau a través de su trabajo. No tendrán que buscar muy lejos: Errata Naturae, el sello de Richardson, ha puesto al día la obra de Thoreau durante los últimos años. El colofón de ese trabajo ha sido la nueva edición de Walden. Fuera de su catálogo, el Diario de Thoreau vuelve a estar disponible con el sello de Capitan Swing. A su escala, es un éxito: el primer volumen lleva tres ediciones y el segundo llega ahora a las librerías. Es, además, el núcleo duro de su obra y el complemento perfecto para la biografía de Richardson. / Luis Alemany

viernes, 24 de octubre de 2014

Muerte de Ramiro Pinilla

 I
 Fernando Aramburu, "La prosa que no se nota. Muere Ramiro Pinilla, patriarca de las letras vascas y españolas", El País, 23 OCT 2014 

Al pensar en Ramiro Pinilla compruebo con agrado la coherencia del hombre y su obra. Hay quienes prefieren componer, cincelar, embellecer, ejercicios sin duda legítimos; que gustan de llevar a cabo cierto extrañamiento de sí mismos a fin de reencarnarse en otras vidas. Pinilla, no. Pinilla era como su escritura: claro y directo. Profesaba una desconfianza instintiva por los estilos ornamentales. ¿Su especialidad? Los hombres tozudos y esforzados que, a fuerza de perseverancia, alcanzan dimensión de héroes, aunque a ellos esta última circunstancia les traiga al pairo.

El que aguanta o la que aguanta, ya que no pocos de sus personajes femeninos son de aúpa. He ahí la virtud, la de la tenacidad ante las dificultades y los sinsabores, que merece atención primordial en sus novelas. En Las ciegas hormigas, por ejemplo, con la que ganó el Premio Nadal en 1960. Su protagonista, Sabas Jáuregui, trata a toda costa de ocultar a la Guardia Civil una carga de carbón que ha reunido con gran esfuerzo, en una noche desapacible, de un barco encallado, arrastrando en su obcecado designio a la catástrofe a toda su familia. De ahí el título, que alude a la condena de los seres humildes que viven por y para el trabajo, maldición de corte bíblico que Pinilla halló en el escritor que mayor influjo ejerció en él, William Faulkner.

Acaso la Guerra Civil no le dejó una huella tan profunda como los años de represión que vinieron después. Al menos es lo que se desprendía de su conversación, cuajada de recuerdos precisos, y de algún que otro pasaje de sus libros. El comienzo de la guerra lo pilló de adolescente, y en su pueblo, Getxo, duró poco. Más vivos estaban en su memoria los registros domiciliarios de los falangistas que iban por los pueblos y caseríos de la zona buscando gente a quien fusilar. Habla de ello en La higuera, uno de sus textos más estremecedores.

De sus años de militancia comunista le quedó una firme convicción en el compromiso histórico del escritor. Con dicho estímulo escribió algunos de sus libros. Pienso en el crudo Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, que él consideraba menor y yo lo contrario. Era como un tributo que pagaba por la Literatura con mayúscula. A los amigos nos confesaba que disfrutaba más escribiendo novelas policiacas. Y a ellas se dedicó hasta el final de su larga vida no bien hubo despachado la descomunal empresa de escribir Verdes valles, colinas rojas, una cima de la literatura española, dicho sea ahora que el autor no me oye, ya que era por demás reacio a los halagos.

Veinte años dedicó a escribir con bolígrafo esta voluminosa parábola de la historia del País Vasco, comprimida en el escenario habitual de sus novelas, Getxo. Un esfuerzo titánico, rebosante de humor y de imaginación, con una base paródica de nula utilidad para el nacionalismo. En el libro se suceden las generaciones. Asistimos al nacimiento del primer vasco, a la fundación de la primera taberna, a amores y desamores, a batallas y crímenes, todo ello y mucho más interpretado por un elenco de personajes al alcance de pocas inventivas.

Pinilla postulaba el llamado estilo transparente. Gustaba de la prosa que no se nota. Fue, por así decir, un escritor que ya tenía su forma, su manera, desde el principio. Estuvo activo hasta el final. Me contaba recientemente su editor, Juan Cerezo, que fue a visitarlo al hospital y Pinilla le dijo que, estando en la UVI, había diseñado mentalmente una novela. Estaba deseando volver a casa para escribirla. La muerte tenía por desgracia otros planes.

II

Juan Cerezo, "La grandeza de Ramiro", El País, 23 OCT 2014:  

Qué pérdida tan inconsolable. Cuánto talento, integridad y tesón el de Ramiro Pinilla. Pertenecía a esa especie tan rara de los grandes escritores que se mantienen alérgicos a la grandilocuencia, a la pedantería o los fastos, capaces de levantar mundos completos, de idear historias imperecederas, conmovedoras y cómicas, como la propia vida, y preferir interesarse antes por el interlocutor que tiene delante que por las teorías sobre su obra. Su creatividad y su ánimo eran los de un escritor joven de 90 años. Quizá debido a su innegociable libertad e independencia personal, por su vida sencilla, retirada del mundo, rodeado de un grupo de gente querida, es decir, a una elección vital de una coherencia admirable, esencial y sin lujos. Le bastó una casa con huerto, levantada por él y bautizada Walden, en homenaje a Thoreau, una mesa frente a la ventana, un humilde bolígrafo y unas cuantas resmas de papel reciclado para escribir sus grandes novelas. Y basta leerlas para entender cuáles eran esos rasgos de su persona que hacían de Ramiro alguien tan excepcional, tan grande en su sencillez: porque en él podías reconocer el dulce y obstinado amor de Roque Altube en Verdes valles, colinas rojas, la dignidad y entereza de Souto Menaya en Aquella edad inolvidable, la inteligencia cervantina de Samuel Esparta en su trilogía policíaca, el tesón de Sabas Jáuregui en Las ciegas hormigas. En mi visita al hospital, era tal su presencia de ánimo, su buen humor, que sus palabras ejercieron el asombroso efecto de hacer desaparecer la gravedad, y con él, toda la parafernalia de tubos, cables y monitores que le envolvía. Estaba contentísimo porque había dado con un magnífico desenlace para la novela que tenía entre manos, y sobre todo porque pensó que podríamos mantener la presentación de su última novela precisamente el 23 de octubre, el mismo día en que nos ha dejado.

III

Aurora Intxausti, "Necrología" en El País, 23 OCT 2014 

El escritor vizcaíno Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923-Getxo, 2014), decano de los novelistas españoles, falleció ayer a los 91 años, según fuentes de Tusquets, la editorial en la que venía publicando desde que en 2004 editara la primera parte de su trilogía Verdes valles, colinas rojas.
 
Fue esa saga sobre el mundo vasco, de cerca de 3.000 páginas y que tardó dos décadas en perfilar, la que le relanzó a los 80 años dentro del mundo editorial. Pinilla comenzó a escribir a finales de los años cincuenta del pasado siglo, logrando varios premios por sus trabajos literarios, entre ellos el Nadal, pero no fue hasta 2004 cuando le llegó el reconocimiento de los lectores con su trilogía.

La recomendación del escritor Fernando Aramburu al editor Juan Cerezo de que leyese el manuscrito que le había enviado Ramiro Pinilla fue el primer paso para que sus obras tuviesen un lugar en la literatura española. Escribía con bolígrafo y luego pasaba los textos al ordenador, utilizaba éste como si tratase de una máquina de escribir porque ni tan siquiera tenía Internet.

Pasó casi 20 años de su vida tejiendo y desgranando en fichas de cartulina lugares y personajes hasta construir el mundo que rodea Verdes valles, colinas rojas (Tusquets y Círculo de Lectores), la trilogía que forman las novelas La tierra convulsa, Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro. Precisamente gracias a esta última obra Ramiro Pinilla logró el Premio Nacional de Narrativa “por haber sido capaz de hacer una epopeya sobre un mundo tan difícil y rico como es el vasco”. Su obra es un monumento a la memoria. Los personajes que pululan por su novela formaban parte de su vida y tanto los vivos como los muertos le permitieron construir un mundo literario diferente.

Pinilla pasó toda su vida en Walden, una casa que lleva el nombre del famoso ensayo estadounidense, publicado en 1854 por Henry David Thoreau, autor al que admiró tanto en el terreno literario como intelectual. Allí, en Getxo, fue donde escribió todas sus obras, a cualquier hora del día o de la noche, porque los ratos de insomnio le permitían fabular e imaginar personajes en cualquier momento. “No dejaba descansar su cabeza. En lo último que estaba trabajando era en una novela sobre un grupo de personas a las que se les expulsa de la sociedad —artistas, soñadores— y se van todos juntos a vivir una vida alternativa. Le faltaba el final”, señala el editor Juan Cerezo.

El escritor trabajó en varios oficios a lo largo de su vida, desde marino mercante a administrativo en una empresa de gas, y emprendió muchos negocios, todos ellos ruinosos hasta el punto de que él mismo solía decir que todas sus iniciativas económicas estaban destinadas a perder dinero. En una ocasión se le ocurrió montar un criadero de pollos para vender huevos frescos y resultaba más caro el pienso que lo que se obtenía por sus productos. No era un hombre de lujos, y lo más que se permitía era tomar una coca-cola y ver partidos de fútbol. Forofo del Athletic de Bilbao y apasionado del buen fútbol, disfrutaba con el juego de la selección o del Barça. De esa pasión surgió precisamente el libro titulado Aquella edad inolvidable.

Toda su ambición la había volcado en la literatura y tenía como asignatura pendiente publicar novelas de género negro. “A mi edad a muchos les da por escribir memorias y a mí lo que me divierte y me hace tremendamente feliz es hacer policiacas”, recuerda el editor que era el comentario de Pinilla sobre sus últimos libros. Este tipo de novelas están ubicadas en su pueblo, Getxo, y para ellas creó un personaje, Sancho Bordaberri, enamorado de los libros, escritor fracasado, feliz con su trabajo en la librería que posee, envenenado por su locura por los clásicos de la novela negra e inquieto buscador de justicia. Este se transforma en el detective Samuel Esparta cuando se viste con gabardina y se coloca un sombrero que le trajo su tío de América. El último libro publicado, Cadáveres en la playa (Tusquets), es el caso más intrigante de un Samuel Esparta ya maduro que mantiene contra viento y marea su peculiar librería en Getxo y recibe en los setenta la visita de una señora, Juana Ezquiaga, que quiere contratarlo para que averigüe la desaparición, mucho tiempo atrás, del que fue su amor de juventud.

Bibliografía

Las ciegas hormigas, 1960.
Seno, 1971.
Recuerda, oh, recuerda, 1974.
Primeras historias de la guerra interminable, 1977.
La gran guerra de Doña Toda, 1978.
Andanzas de Txiqui Baskardo, 1980.
Quince años, 1990.
Huesos, 1997.
Verdes valles, colinas rojas -La tierra convulsa, 2004.
Los cuerpos desnudos y Las cenizas del hierro, 2005.
Sólo un muerto más, 2009. Primer caso del detective Samuel Esparta (un crimen que dejó sin resolver en Verdes valles, colinas rojas).
Los cuentos, 2011.
Aquella edad inolvidable, 2012.
El cementerio vacío, 2013.
Cadáveres en la playa, 2014.

IV

Jimena Larroque Aranguren, "Muere Ramiro Pinilla, patriarca de las letras vascas y españolas", en El País, 27 OCT 2014:

Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923, Getxo, 2014) paseaba todos los días por los escenarios de sus novelas -—que son también los de su vida— y publicó este mes la tercera entrega de la serie policiaca de Samuel Esparta, Cadáveres en la playa (Tusquets). Siguiendo una entrada exterior al núcleo urbano de Getxo, se llega a su casa junto a una huerta fecunda. Puso a la casa el nombre de Walden, en homenaje a H. D. Thoreau, filósofo de la Desobediencia civil y hortelano como Pinilla.

Perseveró en su tarea de escritor al margen del reconocimiento público tras haber sido premio Nadal, en 1961, por Las ciegas hormigas y finalista del Premio Planeta, en 1971, por Seno. Ya octogenario, le llovieron los premios (Euskadi de Literatura en castellano, de la Crítica, Nacional de Narrativa). El pasado septiembre había cumplido 91 años.

Llevaba una vida tranquila y afirmaba que viajar “es una huida, como tratar de llenar un vacío”. Sin moverse de Getxo, Pinilla conjuró el vacío construyendo un universo inagotable.

Pregunta. ¿Cómo sigue teniendo tantas ganas de escribir?

Respuesta. Tengo salud y la mente bien. De hecho yo creo que estoy mejor mentalmente ahora que en mis veinte años. Y la muerte no me da miedo, la muerte me da sólo pena. Porque sé lo que no voy a encontrar en el otro lado: no habrá nada. Hay que vivir lo más posible, con salud.

P. ¿Tiene alguna filosofía como escritor?

R. La de sentirme un hombre libre con todas sus consecuencias. Escribo en libertad, siempre he escrito lo que me ha dado la gana. Por ejemplo, en la novela sobre la que estoy trabajando actualmente hay un episodio que trata sobre la Virgen. Esta chica queda embarazada, pero no por su marido. Y no se le ocurre otra cosa que decir que la ha visitado un arcángel, fíjate la que organizó. ¡Y esto lo recoge la Biblia! No sabes lo que disfruto, ojalá se me ocurrieran más herejías… Al ser libre y mínimamente consciente del entorno, me ha interesado denunciar las injusticias, o la ridiculez del nacionalismo. Pero no de manera sistemática, desde el análisis sociológico, sino a través de la novela, con personajes que te van llevando en una dirección. El mérito de la literatura está en componer un argumento o una escena que convenzan, por muy tontos que sean. Cuando consigo esto, soy feliz.

P. ¿Cómo aborda la novela en marcha que le ocupa las tardes?

R. Es una novela que se llamará Los inmaduros. Yo tenía una idea general: unos señores deciden en cierto momento de sus vidas vivir su vocación (uno es escritor, otro pintor, otro fotógrafo), desertan de las familias y coinciden en un caserío de la playa. Allí se instalan, a vivir su vocación, de modo sencillo y humilde. Y en esto contravienen la opinión de sus señoras que los consideran gente sin fuste, sin fundamento. Poco a poco voy metiendo las idiosincrasias y peripecias de los personajes. Cuando ya tienes un corpus vivo, la novela sale por sí sola prácticamente.

P. La dedicatoria de la gran trilogía Verdes valles, colinas rojas dice: “Ahora sé por quién he escrito siempre. Pero mi verdadero mundo fue otro”. ¿Es indiscreto preguntarle por su sentido?

R. No, qué va… He escrito por mi madre. Resulta que éramos dos hermanos, yo era el mayor y una madre cuida siempre más al pequeñito. Además mi hermano era astuto y yo un inocente, él sacaba buenas notas y yo no… No me he quitado nunca la sensación de estar rebajado frente a él –lo dice riéndose— y suponer que mi madre era la imaginaria jueza en esto, aunque todo fuese una invención mía. Yo quería escribir para dar la talla. Y por supuesto que he separado vida y literatura. Imagínate: llegué a Getxo a principios del invierno del año 57, casado, con dos hijos pequeños, a hacer una casa sin una peseta, con una pequeña hipoteca y con una huerta de la que ocuparme. Yo la llamo la “época épica”. Escribí Las ciegas hormigas en el trabajo, buscando huecos libres. Nunca he sido de esos hombres que dicen “aquí estoy yo, yo quiero escribir” y se encierran en una habitación con pestillo. Yo escribía cuando tenía tiempo.

P. ¿Qué ha aprendido de otras lecturas?

R. Me fijo mucho en el estilo literario, es importante acertar en el estilo que le va a uno. Se hace eligiendo a un autor, fijándose no en las cosas que dice, sino en cómo las dice. Yo me fijé en Faulkner: le leía, cerraba el libro y me ponía a escribir con su música. Le copiaba. Algo parecido me pasó con García Márquez. Todo está en la música de lo que escriben.

P. ¿Cómo se sobrepuso a prácticamente cuarenta años de silencio después de ganar el Premio Nadal?

R. Consiguiendo ser uno mismo independientemente del entorno, que tiene que ser secundario. Hay personas que son como unas hojuelas que con viento leve se quedan afectadas, tienen mal genio y sufren. Yo estaba disgustado con los editores de aquel momento, tuve desavenencias con ellos y los eché a un lado a costa de quedarme sin publicar. Luego fundé la pequeña editorial Libropueblo que vendía libros a precio de coste y publiqué unas cuantas novelitas. Así que aunque no me hubieran publicado nunca más, yo seguiría escribiendo. Y creo que hubiese escrito lo mismo que he escrito.

P. Salta a la vista la influencia del cine en su literatura…

R. Sí, el cine me ha ayudado a escribir. Por ejemplo, cuando salió la primera versión de Cyrano de Bergerac, yo debía de tener unos veinte años, me pareció tremendamente emotiva y salí del cine llorando. También me pasó con Solo ante el peligro. Ese espíritu intransigente de unos ciudadanos que no cedían al entorno, que se sobreponían llevando adelante su empresa, que pudiendo no triunfar acaban triunfando… ese heroísmo y ese sacrificio me conmovían. Y además el cine norteamericano tiene la viveza, el ritmo, el empuje, el lenguaje directo. He prestado siempre mucha atención a los diálogos. Creo que dialogo bien por influencia directa de ese cine. El lenguaje es básico, hay que cuidarlo mucho.

P. ¿En qué piensa cuando pasea por las mañanas?

R. A veces en nada en particular, voy cantando tangos de Carlos Gardel. Y otras veces me pongo a recordar. Porque Getxo es un recuerdo vivo. Como todos los viejos, yo me acuerdo de mis padres, también de mi niñez y de la de mis hijos. Y fíjate, me da por pensar que algo no hice muy bien: no les he puesto suficiente música cuando eran pequeños.