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sábado, 10 de octubre de 2026

Simone Weil

 De VaST:

 En la historia de la filosofía existen algunas figuras sencillamente inclasificables. Simone Weil fue una de estas: no encajaba en ninguna categoría, pues no solo era filósofa, también se dedicó al pensamiento místico, a la actividad política... Fue teóloga, poetisa y también obrera. La filosofía para ella, quizá más que en otros casos de otros filósofos, más que un ejercicio intelectual, implicaba un compromiso absoluto con la verdad, la justicia, la coherencia y, ante todo, el sufrimiento humano. Cuando Albert Camus descubrió los escritos de Simone Weil, la llamó "la única gran mente de nuestro tiempo" y, a mi juicio, no exageraba.

Nacida en París en 1909 en una familia judía rica mostró desde la infancia una sensibilidad moral extrema; su inteligencia era prodigiosa, y sus profesores, que eran famosos por cierto, la reconocieron más que a figuras como Simone de Beauvoir o Jean Paul Sartre, que eran contemporáneos a ella; lo que la distinguía no era solo su capacidad intelectual, era su forma de vivir la filosofía como una exigencia práctica, pero también espiritual. A los cinco años rechazó un collar porque lo consideraba un lujo injusto. Poco después decidió no comer más azúcar del que recibían los soldados franceses en el frente; lo hacía porque intuía que la ética no podía reducirse a discursos abstractos, debía experimentarse para poder comprenderse, y esto, en cada acto cotidiano. Lo cual llamó poderosamente la atención. Se convirtió al cristianismo tras leer los Evangelios, aunque nunca perteneció a ninguna iglesia. Si su pensamiento pudiera condensarse en una sola idea, sería esta: la atención y el amor al otro es la esencia de la moralidad.

Mientras el existencialismo sartriano proclamaba la libertad individual como la base de la ética, Weil sostenía una visión completamente distinta. Para ella la vida moral no consistía en la autonomía del individuo que se reinventa en un mundo sin Dios, sino en la capacidad de recibir al otro en su fragilidad absoluta y hallar ahí a Dios.

Mientras Sartre y Beauvoir exploraban la angustia de la libertad y la existencia, Weil se sumergía en la angustia del sufrimiento humano y la realidad inefable del amor para vivir. Según estas ideas trabajó en fábricas, participó en conflictos obreros y llegó a alistarse en la Guerra Civil Española. Karl Marx, según ella, había comprendido parte de esta verdad, pero su análisis no alcanzaba la raíz misma del problema. Marx, pensaba Weil, señaló con acierto cómo las estructuras económicas determinaban la vida humana, pero él no logró ver que la opresión no nacía únicamente de la propiedad privada; su origen, según Weil, se encontraba en la lógica misma de la fuerza: todo sistema que divide el mundo entre quienes mandan sin amor y quienes obedecen por temor, entre quienes pueden definir la realidad y quienes solo pueden someterse a ella, crea condiciones para la deshumanización.

Lo que Weil experimentó en las fábricas fue más que mera explotación: presenció en primera mano la aniquilación del alma de los trabajadores, reducidos a piezas sin identidad. Su conclusión fue radical: la verdadera opresión no es meramente económica, es metafísica y profundamente espiritual. Aquí Simone descubrió lo que consideraba el mayor enigma de la filosofía: la aflicción. El sufrimiento puede tomar muchas formas, pero la aflicción es un fenómeno único: no es dolor físico ni tristeza profunda: es un estado en el que el ser humano pierde todo sentido de identidad, tanto ante los demás como ante sí mismo. La aflicción despoja al individuo de su voluntad, lo marca con la esclavitud, lo reduce a la nada, arrastrado al mal, y, paradójicamente, es en esa nada donde Weil encuentra el punto más alto de la vida ética: atender a un ser humano en aflicción significa enfrentarse a algo que la razón no puede justificar. En la aflicción no hay belleza heroica, ni resistencia gloriosa; cuidar al afligido es amar cuando ya no queda nada por amar, y ese amor, sí, es verdadero, desligado de todo egoísmo.

Refleja el auténtico milagro: el sacrificio, semejante al amor absoluto que Cristo manifestó en la cruz. En sus últimos escritos, Simone Weil argumentó que el lenguaje de los Derechos humanos era inadecuado para comprender la naturaleza misma de la justicia. Los Derechos Humanos pueden ser ignorados, revocados o simplemente no reconocidos; en cambio, la obligación moral es absoluta: no depende de la voluntad humana, ni del consenso social: amar es la única posibilidad de vivir realmente en la verdad. Y esta es la idea fundamental de toda su filosofía para ella: la verdad, la belleza y la justicia se vinculan inefablemente en el amor.

Murió en 1943, debilitada por la enfermedad. Quizás muy pocos filósofos vivieron tan de acuerdo con sus propias ideas como ella. Es desconocida por varias razones, pero, si te interesa la filosofía, sencillamente Simone Weil es una filósofa que no puedes dejar a un lado.

jueves, 1 de enero de 2026

La llamada posreligión

 La idea del cristianismo como única verdad quedó obsoleta: bienvenidos a la posreligión, en El País, por Mar Padilla, 27 DIC 2025:

Un nuevo paisaje espiritual con formas híbridas se dibuja. Muchos agnósticos ya abrazan la meditación zen, la tecnología o trabajan la conexión de cuerpo, mente y espíritu

Estos días andamos sumergidos en el acuerdo tácito de comer y beber como si no hubiera mañana, en la maravillosa calidez de la compañía de familia y amigos, recordando a los que ya no están y mirándonos a los ojos al brindar por el río del tiempo y la rueda de la vuelta a empezar.

Algunos irán a misa, muchos a comprar regalos y casi todos, ni que sea por un instante, pensarán en ese no-sé-qué entre el más acá y el más allá. Aquella Verdad del antiguo Dios Todopoderoso hace mucho que dejó de ser única, pero en este siglo XXI, tan tecnológico y pos-posmoderno, las creencias persisten. El primer Barómetro sobre Religión y Creencias de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de Presidencia, señala que el 49% de personas en España declara tener creencias religiosas —mayoritariamente católica—, mientras un 51% no las tiene. De este grupo, uno de cada tres cree en algún tipo de espiritualidad. “La sociedad española se está postsecularizando” —explica al teléfono la doctora en Derecho Eclesíastico, polítóloga y socióloga Eugenia Relaño, una de las autoras del barómetro—, “está viviendo un proceso de cambio sociorreligioso muy acelerado. Y a la vez están surgiendo formas híbridas de espiritualidad”.

Los datos atestiguan que hay nuevas formas de relacionarse con la cuestión de creer, al margen (al menos en parte) de las instituciones religiosas tradicionales. Es un nuevo paisaje religioso-cultural que algunos catalogan con el nombre de posreligión. La misma Rosalía, en su promoción de su disco Lux, habla de este concepto, refiriéndose a una espiritualidad fuera de dogma, más terrenal y libre. En una entrevista con Billboard afirmó que le interesa mucho “el concepto de posreligión, esa apertura en la que uno pueda resonar con ideas del cristianismo” y del resto de las grandes religiones. No en vano, una de las inspiraciones de Lux es Simone Weil, quien en Carta a un religioso escribió: “La fe no es adhesión a un credo, sino un acto de atención total hacia la realidad”.

En este camino en busca de sentido (parafraseando el clásico de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido), Relaño destaca que, más allá del binomio del creer / no creer, el paisaje religioso está viviendo una transformación rica y compleja, en la que muchos católicos no se consideran personas espirituales, sino que viven la religión como un hecho cultural y social, “como un marcador de pertenencia”, dice.

Relaño señala también que muchos agnósticos están adquiriendo creencias espirituales heterodoxas: la meditación zen, las terapias holísticas —que buscan la conexión de cuerpo, mente y espíritu—, el transhumanismo digital —la creencia de que con ayuda de la tecnología nuestras vidas serán mucho más duraderas—, el sufismo —una rama mística del islam—, o el neopaganismo —que recuperan rituales de adoración a diversos dioses, como el culto a los dioses olímpicos que se está volviendo a practicar en Grecia—. Es un nuevo paisaje inédito donde “cada uno se monta su propia semántica sobre lo que considera sagrado y lo que no”, y en el que los jóvenes viven sus creencias con naturalidad y libertad.

Para la socióloga francesa Corinne Valasik, autora junto el teólogo Xavier Gué del libro Religions en postmodernité. Vers une postreligion? (religiones en la posmodernidad. ¿Hacia una posreligión?, sin traducir al español), estamos ante una amalgama de acciones y devociones a imagen y semejanza del mundo actual: fragmentado, multicultural, neoliberal, identitario, globalizado y localizado, definido por internet y también por la crisis ecológica. De ahí la idea del término de posreligión. “No se trata de decir que la religión ya no forma parte de la sociedad, sino que adopta formas diferentes”, argumenta por correo electrónico Valasik.

Su tesis es que el concepto moderno de religión, que surgió en la Ilustración y estableció el cristianismo como “la única y verdadera”, se ha quedado obsoleto, y que el nuevo concepto da cabida a otros modos de creer, a dimensiones que a veces se dejan de lado como la relación con los antepasados, los espíritus o las nuevas formas de reencantamiento del mundo.

Hay otro factor que influye en estos cambios: en la actualidad, las personas con movilidad geográfica, que se cuentan por millones, mantienen vínculos muy fuertes con su país de origen gracias a las nuevas tecnologías, a través de las redes, lo que está dando lugar “al desarrollo de identidades transnacionales que están remodelando profundamente las religiones”, según Valasik.

En este nuevo mapa de creencias, la tierra —en el sentido local, y también en el planetario— parece recobrar su peso perdido. Según Paolo Pecere, autor de El sentido de la naturaleza (Anagrama), la nueva espiritualidad responde a un malestar muy extendido en la sociedad actual, donde la vida al aire libre y la proximidad a otros seres vivos están muy limitadas en comparación con el pasado.

Ante ello, muchos están regresando a lo rural, al contacto con el campo, buscando el cuidado y el bienestar psicofísico. Según Pecere, “necesitamos una implicación sensorial y emocional, que puede suscitarse de diversas formas, como el contacto directo con el medio ambiente, con otros animales, la unión emocional con el paisaje, e incluso formas de religión o espiritualidad”.

Otros pensadores también apuntan a la idea de que la espiritualidad está resurgiendo, abriéndose a otras posibilidades. “El ser humano es religioso por naturaleza, es decir, no se conforma con la dimensión inmanente o terrenal, sino que necesita la trascendente o espiritual. Necesita re-ligarse [religión viene del latín religare, que significa “volver a unir”] a algo más grande que él mismo”, explica por email el escritor y sacerdote Pablo d’Ors, autor de Biografía del silencio, Los contemplativos o Devoción.

Algo parecido opina el ensayista Juan Arnau, para quien nuestra cultura magnifica el ego hasta cotas estratosféricas, otorgando además a las abstracciones físicomatemáticas categoría de realidad. “Desde la revolución científica y la Ilustración se ha estado manejando un materialismo ramplón, fisicalista y mecánico”, escribe en su libro La meditación soleada.

En este nuevo paisaje de creencias, algunos se aprovechan de las necesidades humanas de conexión y pertenencia para hacer manipular o negocio. En el libro Conspirituality (Conspiritualidad, que publicará Capitán Swing), los ensayistas Derek Beres y Julian Walker advierten contra el auge de los influencers que mezclan espiritualidad y bienestar new age con discursos paranoicos, destapando estafas y dinámicas sectarias que proliferan en Internet, engañando a los que buscan alivio en tiempos inciertos.

Las noticias explican que el número de personas que se describen como “paganas” —que creen en brujas, chamanes y druidas— se acerca a los 75.000 en el Reino Unido; hay encuentros evangélicos a favor del Armagedón en Estados Unidos, y en Argentina se organizan conferencias a precio de oro sobre la eterna juventud. A la hora de vivir en este misterioso mundo hay que ir con cuidado y no dejarse trolear. Y, si se puede, ir siempre bien acompañados. En La meditación soleada, Arnau escribe: “Lo único cierto no es la muerte. Lo único cierto es que ahora estamos vivos”. Brindemos por ello.

sábado, 15 de noviembre de 2025

La crítica contra la partitocracia de Simone Weil, por Enric Gel

 Los conflictos entre la filosofía y la política, por Enric Gel, en su programa de YouTube Adictos a la filosofía, que recomiendo:

Desde sus inicios, ha habido grandes conflictos entre la filosofía y el poder político. Sócrates fue asesinado por la democracia ateniense básicamente por animar a la gente a pensar por sí misma. Platón propuso que el único remedio a los males de las ciudades era derrocar al político y que el filósofo fuera  el rey. Aristóteles tuvo que huir de Atenas cuando la masa enfurecida empezó a conspirar contra él por el papel que había tenido en la  educación de Alejandro Magno.Y desde entonces, el número de filósofos que, de un modo u otro, han sido silenciados o perseguidos por aquellos que ostentan el poder político no ha hecho más que crecer. En línea con este conflicto sistemático, en el siglo XX hubo una filósofa que propuso una crítica radicalmente destructiva de la principal estructura política moderna: los partidos. Y lo hizo sobre la base de que los partidos políticos, por su propia naturaleza, tienden a apagar la llama del espíritu filosófico: el pensamiento crítico. Esa filósofa fue Simone Weil, y en  este vídeo te lo cuento. Soy Enric, bienvenido  de vuelta a Adictos a la Filosofía, ¡empecemos!  

Breve biografía de Simone Weil

Simone Weil fue una filósofa francesa con un corazón desbordante que vivió una vida que no se puede sino admirar. Comprometió su pensamiento a la causa de los oprimidos y solamente con escuchar hablar del sufrimiento del otro la conmovía la compasión y la movía a las lágrimas. Falleció a la joven edad de 34 años al contraer tuberculosis y complicársele la enfermedad por su negativa a alimentarse adecuadamente, debido a que quería compartir las condiciones de vida de los prisioneros en la Alemania nazi. De ella dijo  Albert Camus que fue el único gran espíritu de su  tiempo. Y aunque tiene obras muy interesantes (y al final de este vídeo te diré dónde puedes aprender más acerca de su pensamiento), hoy te quiero hablar de un pequeño textito suyo de 1940: "Nota sobre la supresión general de los partidos  políticos". Como podéis adivinar por el título, en este ensayo defiende la necesidad de erradicar por completo los partidos políticos con el fin de que se pueda perseguir verdaderamente el bien común. El simple hecho de que los partidos existan y nos hayamos acostumbrado a ellos, dice Weil, no es un motivo para conservarlos. El único motivo suficiente sería el bien, es decir, que fueran  realmente buenos o útiles para la vida pública.  

Pero, ¿acaso es así? Weil, desde luego, pensaba que no, que los partidos eran un mal casi en  estado puro, dice, y que en ellos no había ningún bien con peso suficiente como para contrarrestar este mal y hacer deseable su conservación. Ahora, ¿cuál es el criterio del bien, se pregunta Weil, con el que juzgar a los partidos? "No puede ser  otro", escribe, "que la verdad y la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública". Ni la democracia ni el poder de la mayoría son bienes en sí mismos, sino más bien medios con vistas al bien: solo preferimos la democracia porque sirve al bien común de un modo más eficaz que el  resto de regímenes. Si no lo hiciera, habría que desecharla y cambiarla por algo distinto. como uno en el que gobierne yo solito. Ese estaría bien. 

Primera crítica de Weil a los partidos políticos

En este punto, Weil está siguiendo las ideas de Rousseau, según el cual la mayoría de las veces, y dadas unas ciertas condiciones, la voluntad de la mayoría tiene mayores probabilidades de acertar con lo bueno y lo justo que cualquier otra, por motivos similares a los que daba Aristóteles: muchos ojos ven más y mejor que uno solo. El inconveniente está en que, para que esto se cumpla bien, para que la voluntad de la mayoría tenga realmente mayor probabilidad de acertar con lo bueno, tiene que cumplirse al menos una condición: que en el momento en el que se expresa la voluntad de la mayoría no haya ninguna pasión colectiva que distorsione la percepción que tiene la gente de la realidad. Y aquí es donde empiezan los problemas para Weil, y esta es su primera crítica, porque para ella los partidos son una máquina de fabricar pasión colectiva, con lo cual la dinámica natural del partido no ayuda para nada a adquirir una comprensión real, tranquila y ponderada de la propia situación y los dilemas y problemas en los que nos encontramos. Al contrario, dice, el partido exalta a las masas con tal de acaparar para sí el mayor número de apoyos. Esto nos lleva a la segunda crítica que Weil hace:  

Segunda crítica de Simone Weil a los partidos

Que el primer y último fin de todo partido es su propio crecimiento, para el que no se pone ningún límite. ¿Cuál parece ser siempre el objetivo que  persiguen los partidos? La mayoría absoluta y, así, lo bien o lo mal que hayan ido unas ciertas votaciones suele medirse con respecto a cómo de lejos ha quedado el partido de ese resultado. La mayoría absoluta es la gran victoria para el partido: es lo que le permite no depender de nadie más y poder aplicar inalterado, sin debatirlo ni negociarlo, su propio programa electoral. La deliberación y negociación con el otro suelen verse, en cambio, como un fastidio, como lo que me toca hacer cuando no tengo los apoyos suficientes. Pero si me lo puedo saltar por los números que tengo, me lo salto. Lo que plantea Weil es que en esta búsqueda del poder completo hay un germen totalitario peligroso. Pero eso no está mal. Si lo hago yo, claro, quiero decir. 

 Nadie se plantea que su partido pueda tener demasiados votos, demasiados miembros, demasiados diputados: más es siempre mejor. Pero, en este caso, ¿se está entendiendo el partido como un medio para el bien común o más bien como un fin en sí mismo? ¿Se ordena el partido al bien público o se ordena todo al crecimiento del partido? 

Tercera crítica de Simone Weil a los partidos

Alguien podría responderle a Weil que el partido busca su propio crecimiento con la intención precisamente de hacer realidad su propia idea particular del bien común. Pero aquí es donde entra su tercera crítica: que el hecho de que exista esa idea particular del bien común, que es la doctrina central del partido, y que se aplica de modo disciplinar sobre sus miembros, los convierte en organismos "constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y de  la justicia". El argumento es como sigue. Cuando uno entra en un partido, se le pide que asuma un cierto sistema de ideas, una doctrina. Puede que de ella conozca de entrada solamente una pequeña parte, pero aún así se le pide que la abrace toda. Si una persona prometiera enfrentarse a cada problema olvidándose de su condición de miembro de ese partido y preocupándose solo por discernir lo que le parece justo, sería mal visto. Y no te digo ya si encima rompe las directrices del partido y vota de manera contraria en alguna materia particular: sería aleccionado de inmediato. El problema, entonces, es que entrar en un partido, dice Weil, implica aceptar de manera más o menos acrítica toda una serie de postulados de los cuales conozco en principio solamente una parte. Weil lo asemeja al converso que a medida que va aprendiendo los dogmas de la iglesia en la que se ha metido, los va aceptando sin rechistar ni cuestionar. Así dice que cada partido es "como una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunión". En ambos casos se somete el pensamiento propio a una autoridad, sea la del partido o la de la iglesia. Así, el deseo de  buscar la verdad queda sustituido por la tendencia a acomodarse a un discurso preestablecido. De esta  manera, dice Weil, uno deja de pensar como tal y pasa a pensar como monárquico, como socialista,  como persona de izquierdas, de derechas, etcétera, cosa que, para ella, es lo mismo que no pensar. Y lo que es peor, los intentos de pensar dentro del partido se castigan a la mínima que se aparte uno de la doctrina oficial. Eso, escribe Weil, equivale a castigar a los que se atrevan a pensar por sí mismos, e implica que un diputado está obligado a atenerse a lo que decida el partido y no a lo que la luz natural de su razón le indique que es bueno, justo y verdadero.  

"Los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, en toda la extensión de un país, no hay nadie que preste su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia y la verdad. [...] Si se confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso". 

Uno cede su capacidad de pensar al partido y ya no es él el que piensa lo que le parece bien o lo que le parece mal: es el partido, son otras personas en las esferas altas del partido las que piensan y deciden por él. Así, los partidos persiguen solamente su propio crecimiento y la  búsqueda de un poder total. Y con ese fin buscan avivar la pasión colectiva polarizando las masas e imponer un fuerte control disciplinario sobre el pensamiento de sus miembros. De esta manera nublan por un lado el juicio del pueblo y castigan por el otro el pensamiento crítico. Por estos motivos, los partidos "son malos en su principio y en la  práctica sus efectos son malos. La supresión de los partidos sería un bien casi puro". 

Pero, ¿cuál  es la alternativa, Simone Weil? Pues una forma de política mucho más libre, nos dice, sin partidos ni doctrinas, en la que los distintos diputados se presentarían a elecciones no con la etiqueta de yo soy de este partido, sino con una descripción detallada de sus valores y su pensamiento y la promesa primero de seguir pensando en diálogo con los demás elegidos y de hacer siempre solo aquello que honestamente le pareciera correcto. De esta manera, imagina Weil, las relaciones entre diputados serían mucho más libres y fluidas y se asociarían o disociarían según las afinidades que tuvieran en cada problema o tema particular. El  planteamiento de Weil, como os podéis imaginar, ha sido criticado desde todos los puntos de vista.  

Objeciones al pensamiento de Weil

De hecho, todo este tema ya lo expliqué como en los orígenes del canal, hace casi ya 10 años, y muchos de vosotros mismos planteasteis muchas objeciones en comentarios. Por ejemplo, no hay que olvidar que Weil está escribiendo este texto en un momento histórico muy concreto: apenas empezada la Segunda Guerra Mundial. Por mucho que sus críticas tal vez se puedan trasladar de algún modo a los partidos actuales, tal vez su radicalidad se deba más bien al contexto político de ese momento y no se pueda traducir tal cual día de hoy. De hecho, incluso si aceptamos las críticas como interesantes, es bastante controvertido que la alternativa que propone sea viable. 

¿Acaso no terminarían surgiendo otra vez los partidos de una manera o de otra cuando esos diputados libres se vayan asociando repetidamente entre los que tienen más afinidades? Al final, los problemas que  identifica con los partidos como institución los podemos tal vez encontrar también en cualquier otra organización humana lo suficientemente compleja por la que pase algo de poder. Y esto es importante, porque en política no basta simplemente con señalar un problema: uno tiene que ser capaz de poner sobre la mesa una alternativa mejor, porque si no la hay, a veces es preferible malo conocido que bueno por conocer. Los partidos puede que tengan muchas cosas malas, pero es que tal vez no lo podemos hacer mejor. Al final, en política no hay que perseguir la mejor solución ideal en abstracto sobre el papel, sino la mejor solución posible para nuestro caso, dadas nuestras circunstancias. Sin ir más lejos, la disciplina de voto, OK, tiene sus inconvenientes, pero tampoco hay que olvidar que se planteó precisamente para abordar otro problema igual de gordo, el transfuguismo, la compra del voto de un diputado. Al final, en política hay poco que sea un bien o un mal casi puro, como dice Weil, sino que prácticamente todo tiene sus pros y sus contras y da la impresión de que Weil eso lo pierde de vista (de nuevo, posiblemente por la situación histórica en la que se encontraba). Puede ser simplemente que esos problemas que identifica sean nuestros, de la condición humana en general, y no de los partidos en específico. 

Sea como sea, ahí está este texto, "Nota sobre la supresión general de los partidos políticos", y sigue valiendo la pena muchísimo leerlo porque es un recordatorio, primero, de  los peligros de un sistema que a menudo damos por supuesto y, segundo, de la necesidad de proteger el pensamiento crítico dentro de la política.  

Y ahora, si lo que quieres es descubrir lo fascinante que fue su vida y las claves de su pensamiento filosófico, no te puedes perder este otro vídeo de aquí en el que, encima, conecto su filosofía con el último disco de Rosalía, LUX, en el que aparece una cita suya: "El amor no es consuelo, es luz". ¿Qué  significa eso? Pues en este vídeo te lo cuento. Así que venga, dale un buen clic, ahí te veo y, sobre todo... no dejes de pensar.

viernes, 7 de mayo de 2010

Declaraciones de los deberes del hombre

Simone Weil reclamaba como urgente una declaración de los deberes humanos para que aprendamos todos que mis deseos pueden ser dignos de respeto, pero no son en modo alguno mis derechos, y que los derechos auténticos de los demás son mis deberes. Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur y compañero de ideas y experiencias de Albert Camus, decía hace poco, a sus lúcidos y vigentes 84 años, que, en una sociedad democrática, los ciudadanos tienen más deberes que derechos y que recordarlo garantiza el desarrollo y la supervivencia de esa sociedad. Por su parte, el filósofo y novelista Jostein Gardner, autor de la ejemplar El mundo de Sofía, preguntaba recientemente si, así como el siglo XX fue el de los derechos humanos, no debería ser el siglo XXI aquel en el cual se proclame la Declaración de los Deberes Humanos. Por ahí hay otra muy hermosa, la Declaración Universal de los Deberes Humanos, que es esta:

Artículo 1:
Todo individuo tiene el deber de respetar sin prevención los derechos del Hombre, tal como han sido definidos en la Declaración Universal.
Artículo 2: Todo individuo tiene el deber de respetarse a sí mismo y de no envilecer su cuerpo o su conciencia con comportamientos o prácticas que ponen en entredicho su dignidad o su integridad.
Artículo 3: Todo individuo tiene el deber de respetar a los demás, sin distinción de raza, sexo, religión, clase social, comunidad o de cualquier otro elemento aparentemente distintivo.
Artículo 4: Todo individuo tiene el deber de respetar las leyes del país donde reside, dando por entendido que estas leyes deben tener por fundamento el respeto de sus más legítimos derechos.
Artículo 5: Todo individuo tiene el deber de respetar las creencias religiosas y las opiniones políticas de los demás, siempre que no atenten contra las personas ni contra la sociedad.
Artículo 6: Todo individuo tiene el deber de ser benevolente en pensamiento, palabra y acción, a fin de ser un agente de la paz social y un ejemplo para los demás.
Artículo 7: Todo individuo en edad, en estado o condición de trabajar, tiene el deber de hacerlo, tanto para sufragar sus necesidades o las de su familia, como para ser útil a la sociedad, para desarrollarse en el plano personal, o simplemente para no sumergirse en la ociosidad.
Artículo 8: Todo individuo que tiene a su cargo la educación de un niño tiene el deber de inculcarle el valor, la tolerancia, la no violencia, la generosidad y, de manera general, las virtudes que harán de él un adulto respetable y responsable.
Artículo 9: Todo individuo tiene el deber de prestar asistencia a quién se encuentre en peligro, bien interviniendo directamente, bien haciendo lo necesario para que lo hagan las personas que tienen capacidad para ello.
Artículo 10: Todo individuo tiene el deber de considerar a la humanidad entera como si fuera su familia, y a comportarse en toda circunstancia y en todo lugar como un ciudadano del mundo, haciendo así del humanismo la base de su comportamiento y de su filosofía.
Artículo 11: Todo individuo tiene el deber de respetar los bienes ajenos, tanto si son privados como públicos, tanto individuales como colectivos.
Artículo 12: Todo individuo tiene el deber de respetar la vida humana y de considerarla como el bien más precioso de este mundo.
Artículo 13: Todo individuo tiene el deber de respetar la naturaleza y de preservarla, a fin de que las generaciones presentes y futuras puedan disfrutarla en todos los planos y vean en ella un patrimonio universal.
Artículo 14: Todo individuo tiene el deber de respetar a los animales y de considerarlos verdaderamente como a seres, no sólo vivos, sino igualmente conscientes y sensibles

La Declaración americana de los deberes del hombre (1948) fue un buen pero muy discutible intento, reducido a un decálogo:


1. Deberes ante la sociedad
2. Para con los hijos y los padres
3. De instrucción
4. De sufragio
5. De obediencia a la ley
6. De servir a la comunidad y a la nación
7. De asistencia y seguridad sociales
8. De pagar impuestos
9. De trabajo
10. De abstenerse de actividades políticas en otro país.

Como se ve, son sumamente discutibles, mucho más discutibles que los derechos, curiosamente. Es especialmente discutible el cuarto, el quinto, el octavo y el noveno.