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sábado, 18 de julio de 2026

Las memorias de Agassi, por Javier Cercas

 El don y el látigo, en El País, por Javier Cercas, 18 jul 2026:

Agassi dice sin parar que odia el tenis. ¿Es posible odiar lo que mejor sabes hacer, aquello a lo que has consagrado tu vida?

Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote —un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes—, el de La metamorfosis —un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto— o el de En busca del tiempo perdido —Marcel se convierte en escritor— son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo.

El caso es que por fin he leído Open. Es extraordinario: en él hay más literatura auténtica —más gracia y tensión verbal, más complejidad moral— que en infinidad de novelas pretenciosas, colmadas de citas de autores de postín. Nunca fui un fan de Agassi, aquel tipo con aspecto de chuleta de Las Vegas que llamaba la atención en la pista por su forma extravagante de vestir y de peinarse (al final se rapó); leyendo su autobiografía, sin embargo, te enamoras de él: de su espíritu gamberro y herido, de su desvalimiento, de su sentido del humor, de su generosidad y su honestidad, de su batalla agónica por sobrevivir en el torbellino hipnótico, obsesivo, loquísimo, salvaje y extenuante del tenis de élite. El libro, además, está constelado de reflexiones no indignas de un moralista francés: “Las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas; con gran diferencia”; o bien: “A muy pocos de nosotros se nos concede la gracia de conocernos a nosotros mismos”. Pero no es ahí donde late el corazón de Open. Agassi les dice sin parar a sus interlocutores que odia el tenis. ¿Es posible odiar lo que mejor sabes hacer, aquello a lo que has consagrado tu vida? Al principio parece una broma; luego, una coquetería (como aquella, insuperable, que soltó Maradona tras la proyección de una película que exhibía sus excesos de leyenda: “Che, ¡qué gran futbolista se perdió el mundo!”); no es ni una cosa ni la otra. Empezamos a entenderlo cuando intuimos que Agassi se está definiendo a sí mismo al definir a su amiga Barbra Streisand como “una perfeccionista torturada que odiaba hacer algo en lo que era extraordinaria”; y casi lo entendemos del todo cuando le confiesa a su segunda esposa, Steffi Graf, que odia su oficio, y aquella tenista única le contesta: “Pues claro, ¿no lo odiamos todos?”. Esa es la clave. Agassi aprendió a jugar al tenis porque le gustaba, continuó jugándolo para complacer a un padre empeñado en que fuera un campeón y terminó jugándolo porque sintió que ya solo sabía jugar al tenis; pero también por algo más. “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”, escribió famosamente Truman Capote. “Y el látigo es solo para fustigarte”. Ese don que también es un látigo se llama vocación, o destino, y es una bendición, pero también una condena, o lo es precisamente para aquellos a quienes se concede la gracia de conocerse a sí mismos, que es lo máximo a lo que se puede aspirar. Así lo acaba entendiendo el propio Agassi. “La vida es un partido de tenis entre extremos opuestos”, les decía a los chavales pobres que asistían a su academia. “Ganar y perder, amar y odiar. Reconocer pronto ese hecho doloroso ayuda. También hay que reconocer los extremos opuestos que hay en nosotros y, si no podemos entregarnos a ellos, o reconciliarnos con ellos, debemos al menos aceptarlos y seguir adelante. Lo único que no podemos hacer es ignorarlos”.

Lo dicho: un libro extraordinario.

Javier Cercas, Un cristianismo sin Cristo

 Un cristianismo sin Cristo, por Javier Cercas, El País, 4 de julio de 2026:

Pasado el empacho papal (y antipapal) provocado por la visita de León XIV, me acordé de Gandhi. “Cristo está muy bien”, declaró. “El problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo”. También me acordé de Éric Zemmour, líder de ultraderecha francés que aboga por un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe religiosa ni como una doctrina ética, sino como una base cultural, identitaria y excluyente. Pero sobre todo me acordé de mi último viaje a Ginebra.

Fue poco antes de la visita del Papa. Me habían invitado a hablar en la Societé de Lecture, una venerable institución con más de dos siglos de existencia cuya sede se halla en el casco antiguo de la ciudad, en el número 11 de la Grand-Rue; muy cerca, en el número 28, una placa recuerda que allí murió, en 1986, Jorge Luis Borges (en realidad murió en el edificio de enfrente, pero el propietario no permitió que colocaran la placa con el argumento de que el escritor solo había vivido allí la semana previa a su muerte). Antes del evento, un bibliotecario me dio un paseo por la biblioteca, que consta de más de 200.000 volúmenes, y me mostró algunas de sus joyas, entre ellas una primera edición de la célebre Vie de Jésus, de Ernest Renan. Abrí el libro por aquel capítulo que glosa la evidencia de que Cristo fue un revolucionario; había muchos subrayados a lápiz. “Lo que distingue en efecto a Jesús de los agitadores de su tiempo y de todos los tiempos es su perfecto idealismo”, habían subrayado. “Jesús, en ciertos aspectos, es un anarquista, porque no tiene ninguna idea de gobierno civil. Ese gobierno le parece pura y simplemente un abuso”. Enseguida, otro subrayado: Jesús no intenta “sustituir a los ricos y los poderosos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, pero no adueñarse de él”. Junto a este último subrayado había una anotación, garabateada en francés con el mismo lápiz. “Como el socialismo moderno”, rezaba. “¿Sabes quién escribió eso?”, me preguntó el bibliotecario. Antes de que pudiera responder, me alargó una hoja de inscripción en la Societé de Lecture a nombre de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin: la letra era idéntica a la de la anotación. Incrédulo, por un segundo imaginé un encuentro entre Lenin y Borges en la Societé de Lecture, un diálogo o una serie de diálogos entre el aspirante a escritor —que había residido en la ciudad entre 1914 y 1918, y que en 1920 escribiría un poemario donde celebraba la Revolución Rusa: Los himnos rojos— y el maduro bolchevique en el destierro; hasta que comprendí que la cronología volvía inverosímil ese juego: 1908 fue el último año de la estancia de Lenin en Ginebra. Luego pensé que Lenin, perseguido y exiliado en la capital suiza mientras planeaba el retorno a Rusia y el derrocamiento del zar Nicolás II, no pudo no identificarse con el Jesús subversivo de Renan y que, a juzgar por los subrayados y comentarios al libro, había captado muy bien el pensamiento de Cristo, pero, una vez convertido en líder de la Revolución y fundador de la Unión Soviética, no lo había aplicado (no desde luego en lo referido a “no adueñarse” del poder). También pensé que cristianismo y comunismo guardan entre sí semejanzas flagrantes, que a su modo el comunismo quiso ser una suerte de cristianismo ateo, que Cristo puede parecer un tarado o un héroe y su doctrina y su ejecutoria vital pueden o no gustar, pero lo cierto es que Gandhi llevaba razón: nada o casi nada de lo que la historia ha conocido como cristianismo se asemeja al cristianismo de Cristo.

Es más bien un cristianismo sin Cristo, como el que vindica Zemmour. Por supuesto, un cristianismo sin Cristo es como una paella sin arroz, pero esa es la clase de milagros que obramos nosotros (y no solo la ultraderecha): baste recordar que, en 2025, al menos 2.108 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, y que se registraron 1.047 muertes o desapariciones en la ruta del Atlántico que une el oeste de África con las Canarias. Así que León XIV se equivocaba cuando, aludiendo a nuestra política migratoria, proclamó: “No se puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. ¡Sí, se puede! (y lo hacen, sobre todo, personas y gobiernos que se tildan de cristianos, añado yo, Arendt). 

sábado, 20 de junio de 2026

Zapatero y la m. por Javier Cercas

 Zapatero y la mierda, en El País, por Javier Cercas, 20 jun 2026:

No han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y se lo hemos permitido

En pleno estallido del caso Zapatero, mientras leía noticias a cuál más deprimente, un titular me levantó el ánimo. “Con 89 años, tengo relaciones con distintos hombres fuera de la residencia”, declaraba a El Periódico una señora. Pensé: “Olé tus ovarios”. También pensé: “En las próximas elecciones, votaré a esta señora”. Pasado el subidón, volvió la depresión.

Lo más serio que se ha dicho sobre el caso Zapatero lo dijo en el Congreso Gabriel Rufián: “Es una mierda”. Pero yo no creo que sea una mierda porque Zapatero fuera un faro moral o un padre político que ha dejado a oscuras o huérfana a la izquierda, o por cualquiera de las demás cursiladas que se dijeron aquellos días. Yo creo que es una mierda porque Zapatero fue presidente del Gobierno. Que yo lo votara dos veces —todas las que se presentó a la presidencia— es lo de menos; lo relevante es que fue el presidente de todos, incluidos los que no lo votaron. Esa es la mierda auténtica. Hace ocho años, un Gobierno del PP cayó envuelto en casos de corrupción; todo parece indicar que este Gobierno va a caer envuelto en casos de corrupción. Esto no es un argumento equidistante: es un hecho. En realidad, ahora mismo no resulta nada fácil de explicar fuera de España, a menos que se recurra a la teoría de la conspiración, que siga en su puesto un presidente que tiene imputados por la justicia a su esposa, a su hermano, a su última mano derecha, a su penúltima mano derecha, a la mano derecha de su penúltima mano derecha y a un grupo de su propio partido, cuyo secretario de Organización urdió según el juez una “estructura criminal” para desacreditar adversarios; también a Zapatero, quien, como dijo Carlos E. Cué, para el presidente era mucho más importante que muchos ministros (así es: fue Zapatero quien pactó en 2023 con Puigdemont un acuerdo donde el PSOE suscribe todas las mentiras del secesionismo, lo que hizo posible la amnistía y la segunda legislatura de Sánchez). Dicho esto, ¿cómo extrañarse de que haya quien piense que todos los políticos son iguales y que el sistema está corrompido, gente a la que entren ganas de no volver a votar o de votar a una nonagenaria alegre y folladora? ¿Cómo es posible que haya quien acuse a esa gente deprimida de fomentar la antipolítica y no entienda que quien la fomenta son los políticos que no atajan de una vez la corrupción? Porque no se engañen: la cuestión no es cambiar los malos gobernantes por los buenos; la cuestión es cambiar el sistema de forma que ni siquiera los buenos gobernantes puedan convertirse en malos. ¿Imposible? Falso: en Dinamarca o Finlandia la corrupción es irrelevante. ¿Que nosotros somos distintos, que tenemos otra cultura y otra tradición? Y un cuerno: hace cuatro días también se decía que, a diferencia de daneses o finlandeses, nosotros no podíamos vivir en democracia porque teníamos otra cultura y otra tradición; y aquí estamos. No, la cuestión no es esa; la cuestión es que, en estos casi 50 años de democracia, nuestros partidos políticos —empezando por el PSOE y el PP— no han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y que nosotros se lo hemos permitido. Esa es la verdadera mierda.

No ocultaré que conozco a Zapatero. Ya no era presidente, pero yo le había criticado en un artículo y quiso hablar conmigo. Conversamos; estuvimos de acuerdo en unas cosas y en otras no. No me pareció un faro, ni falta que hace: para ser un político útil basta con ser razonable y honesto, tener un poquito de humildad, saber escuchar, rodearse de buenos asesores y querer lo mejor para tu país. Me pareció que Zapatero cumplía los requisitos (y no tengo ninguna razón para pensar que mi nonagenaria favorita no los cumpla); ni se me pasó por la cabeza, en todo caso, que pudiera hacer nada semejante a lo que el juez le atribuye. Por lo demás, creo en la inocencia de Zapatero; por un motivo: porque la civilización consiste en creer que cualquier persona, sea el presidente del Gobierno o Jack el Destripador, sea de izquierdas, de derechas o mediopensionista, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Todo lo demás es una mierda

domingo, 21 de agosto de 2016

Javier Cercas. La literatura sirve para comprender profundamente el mal, no para justificarlo

Javier Cercas, "Comprender a los terroristas", El País,13 de marzo de 2016

No basta decir que los terroristas son unos hombres aberrantes. Hay que preguntarse por qué hay chavales entregados al terror

En un debate parlamentario sobre terrorismo celebrado a principios de año en París, el primer ministro francés, Manuel Valls, afirmó: “Para estos enemigos que atacan a sus compatriotas, que rompen el contrato que nos une, no puede haber explicación que valga, porque explicar ya es un poco querer disculpar. ¡Nada puede explicar que se mate en terrazas de bares! ¡Nada puede explicar que se mate en una sala de conciertos! ¡Nada puede explicar que se mate a periodistas y policías! ¡Y nada puede explicar que se mate a judíos! ¡Nada podrá explicarlo nunca!”. Poco después, en una entrevista televisada, Valls remachó: “Comprender un proyecto terrorista, nunca: es inaceptable”.

Valls se equivoca. Se trata de un error lingüístico que implica un error moral y otro político: estriba en confundir el verbo comprender con el verbo justificar. “Tout comprendre c’est tout pardonner”, dicen los franceses; nada más falso: comprenderlo todo no es perdonar nada, y comprender el mal –cualquier mal, incluido el del terrorismo– no significa justificarlo, sino, como argumentó Tzvetan Todorov, darse los medios para combatirlo e impedir su regreso. En su último libro, Todorov aduce un nuevo ejemplo de esa vieja afirmación: el libro se titula Insumisos y acaba de traducirlo Galaxia Gutenberg; el ejemplo, tan invocado como poco imitado (y no sólo por los políticos), es el de Nelson Mandela. En 1962 Mandela es un dirigente del Congreso Nacional Africano (CNS), una organización que combate el régimen criminal del apartheid; en verano de ese año es detenido por la policía sudafricana, y al cabo de un tiempo lo condenan a cadena perpetua, acusado de dirigir el brazo armado del CNS. Más o menos una década después, mientras las calles de Soweto hierven de manifestaciones contra una ley que obliga a usar en la escuela el afrikáans –la lengua de los opresores–, Mandela toma una decisión que sorprende a sus compañeros de cautiverio en la penitenciaría de Robben Island: empieza a aprender afrikáans, empieza a leer libros sobre la historia y la cultura de los afrikáneres; también empieza a hablar con sus carceleros, a tratarlos como personas y no como monstruos, a establecer con ellos unos lazos que en algunos casos durarán décadas.

Mandela vio como nadie que la única manera de derrotar a los enemigos es empezar por comprenderlos

Así, en secreto, arranca una revolución que llevará a este hombre extraordinario a liquidar sin violencia el apartheid y a convertirse en el primer presidente de una Sudáfrica democrática. Porque Mandela vio como nadie que el odio sólo destruye a quien lo experimenta, y que la única manera de derrotar a los enemigos es empezar por comprenderlos: vio que, si hay una bomba en un lugar cerrado, lo peor que uno puede hacer es dedicarse a gritar y a maldecir a quien la ha puesto; lo que hay que hacer es cogerla, examinarla, descifrar su mecanismo y desactivarlo. Quiero decir que sirve de bien poco, digamos, proclamar la maldad de Hitler, porque hasta los niños saben que Hitler era malo; pero si algún día un genio, un Shakespeare o un Dostoievski, nos permitiese comprenderlo, comprender cómo fue posible que un oligofrénico rodeado de una panda de oligofrénicos consiguiera fascinar al país más cultivado del planeta –y, por cierto, a medio mundo–, habríamos empezado a dotarnos de los instrumentos necesarios para que nada parecido a Hitler volviera a ocurrir. Por eso la gran literatura es tan útil: porque nada como ella nos permite meternos en la piel del enemigo, porque nadie nos sumerge tan a fondo como Shakespeare o Dostoievski en la mente de un asesino o un oligofrénico, y nada nos explica mejor los resortes del odio y la ambición y la envidia y el miedo y el egoísmo y la ira, y por tanto nada nos protege mejor contra ellos.

Así que, a menos que se trate de atizar el miedo y preparar la venganza inútil de los bombardeos, no basta con decir que los terroristas son unos hombres aberrantes; eso ya lo sabemos. Lo que hay que preguntarse es por qué hay chavales entregados al terror, qué hay en sus cabezas, cuáles son las razones y las pasiones y las circunstancias que los llevan a cometer actos espantosos por una causa espantosa; comprenderlas y darse así los medios para desactivarlas. Valls se equivoca: comprender a los terroristas no es casi disculparlos; por lo menos a la larga, es la única forma de acabar con el terror

viernes, 25 de junio de 2010

La polémica sobre los buenos y los malos

De nuevo se arma un lío en la prensa sobre la Guerra Civil. Creo que el problema está en cómo se refunden y enmarañan, a gusto del cocinero, los argumentos éticos con los políticos y con los históricos, incluso con los literarios, añadiría, ya que muchos se ponen a imaginar cómo sería un futuro alternativo. Incluso el gran editor de Azaña que es Santos Juliá cae en esas simplezas, desde la altura que le dan sus libros sobre el tema, dándose un sonoro coscorrón. El más cercano a la legitimidad, que es algo más deseable y puro que la verdad, es, a mi parecer, que creo vulgar, común, corriente y moliente, Javier Cercas, porque no se atreve a formular sentencias de connaisseur. Sencillamente la guerra estuvo mal y rematadamente mal, y lo que es bueno dentro de lo malo, aún pudo ser peor. Fueron los más malos los que la declararon, inocentes los que la sufrieron, perversos los que la hicieron durar (por la derecha y por la izquierda) y absolutamente siniestros los que no se diferenciaron del enemigo (que es siempre el dolor) en cometer crueldades, pasando de personas a ideólogos y de gente común a verdugos de sus iguales, a los que dieron la cara de otros. Una persona es todos, es su ética, no su ideología, y matar no es ético se mire como se mire. Lo decía Sting: nadie posee el monopolio del sentido común. Las cuestiones ideológicas han de dirimirse con las palabras, no con la sangre; y el futuro que nazca de esas cosas es el único futuro, el que debe ser; todo otro futuro es una mierda, incluido la dictadura del proletariado o la de Franco. Se superpone sobre quienes han aportado materiales a esta polémica una idea muy propia del nihilismo de nuestra época, la de que no hay bien ni mal y que, adopte el ser humano la posición que adopte en esta sociedad de masas, el resultado siempre será el de un ciego determinismo histórico. No es así: existe un valor primario, ingénito en el hombre, del que nacen todos los demás, del que nace la misma legitimidad, que es el del consenso y la justicia: dar a cada uno lo suyo y nada más. Y nadie puede tomarse por su cuenta más de lo que le ha sido concedido, ni siquiera Azaña, cuando decía en La velada de Benicarló aquello tan ben trovato de la inutilidad esencial de la Guerra Civil, la propia de toda guerra: no solucionar ningún problema y agravar no sólo el que la suscita, sino todos los demás. ¿Dejaron de existir las dos Españas porque hubiera una guerra o realmente dejaron de ser teoría para bajar a la práctica y nacer entonces? ¿Existió, ha existido, existe, existirá de verdad el mito periodístico de la tan cacareada reconciliación? ¿La creación de una de las clases medias más mediocres de Europa, obra de cuarenta años de no guerra, oportunismo y codicia explotadora, impedirá de nuevo que se enfrenten el tener y el no tener, los pocos armados hasta los dientes, que no son tan pocos como parecen, con los muchos provistos de piedras y palos, que no son tantos como pudiera parecer? Esto se tendría que resolver con un nuevo consenso, porque es evidente que una Constitución como la nuestra no da para más. Y cuanto más se tarde en proponerlo, en aceptarlo, en llegar a él, en alcanzarlo, cuanto menos se hable de ello, peor irán las cosas.

domingo, 6 de junio de 2010

Javier Cercas y la puñetera verdad

Javier Cercas, "La puñetera verdad", El País, 06/06/2010

Es una pena que la discrepancia entre Almudena Grandes y Joaquín Leguina a propósito de un artículo de este último (Enterrar a los muertos, EL PAÍS, 24-5-2010) no haya provocado un debate articulado sino solo un agrio intercambio de acusaciones; también es una pena que la discrepancia radique en un punto sobre el que no hay discrepancia posible, porque hace tiempo que fue zanjado por los historiadores: es imposible equiparar el terror del bando franquista con el terror del bando republicano durante la Guerra Civil, al modo en que lo hace Leguina, porque el segundo duró el tiempo que el Gobierno legítimo tardó en tomar el control de su zona y se practicó sin su aprobación (o al menos sin su aprobación explícita), mientras que el primero duró toda la guerra y fue organizado por las autoridades como parte de una guerra de exterminio; dicho de otro modo: equiparar la España leal con la España rebelde porque en ambas se cometieron crímenes es una aberración similar a equiparar el Estado democrático con ETA porque el Estado democrático creó los GAL. No obstante, hay en el texto de Leguina una analogía aún más inquietante. "¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez?", escribe Leguina, sin duda interpelando a quienes postulan que la nuestra fue una guerra de buenos contra malos. "La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra... Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva revolucionaria". La afirmación no es inquietante por lo que dice, sino por lo que presupone: no solo que en los dos bandos se cometieron atrocidades (cosa obviamente cierta), ni que una parte de los republicanos no creía en la democracia (cosa asimismo cierta), sino que los dos bandos contribuyeron por igual a la destrucción de la democracia y que por tanto comparten por igual la responsabilidad política de la guerra. Si esa es la puñetera verdad que Leguina nos pide que aceptemos, yo puedo decirle por qué no la aceptamos: porque es una puñetera mentira. Y además una mentira peligrosa, dado que atañe a un problema esencial de nuestra relación con el pasado reciente y, en esa medida, también al presente.

Me explicaré contando una historia: la historia del héroe de mi familia. Pónganle ustedes a la palabra héroe todas las comillas que quieran: mi madre, que era una niña cuando todo ocurrió, no le pone ninguna. El protagonista se llama Manuel Mena, era tío carnal de mi madre y pertenecía a una familia católica de pequeños propietarios rurales extremeños. Cuando estalló la guerra, Manuel Mena contaba 16 años. Exaltado por las arengas falangistas, de inmediato intentó alistarse en el ejército de Franco; no lo consiguió, pero en los meses siguientes volvió a intentarlo varias veces. Por fin, al cumplir la edad reglamentaria, pudo incorporarse a filas. Manuel Mena peleó en la Ciudad Universitaria de Madrid y en Teruel, se distinguió por su arrojo en diversos combates, ascendió fulgurantemente, y en octubre de 1938, con apenas 19 años, había alcanzado el grado de alférez. Una mañana de ese mes, cuando estaba a punto de cruzar el Ebro al mando de su unidad, una bala perdida le perforó el estómago; murió el mismo día, mientras lo trasladaban a lomos de un mulo a un hospital de la retaguardia. Siempre que recuerda a Manuel Mena, mi madre lo recuerda de permiso en el pueblo, enfundado en su uniforme blanco de los Tiradores de Ifni, bailando o paseando con sus amigas, aureolado por su prestigio romántico de guerrero, y sobre todo recuerda que, cada vez que partía de nuevo hacia el frente, su madre le despedía entre lágrimas. "Madre, no seas cobarde", eran siempre las palabras de despedida del soldado. "Si me matan, que nadie te vea llorar". Y el día en que le llevaron el cadáver de su hijo, la madre de Manuel Mena no lloró; en medio del silencio de la multitud que rodeaba el féretro, solo alcanzó a hacer un débil saludo fascista y a decir con el hilo de voz que le salió de las entrañas: "¡Arriba España, hijo mío!".

Esa es la historia, o esa es al menos tal y como la recuerda mi madre. Sea como sea, nadie tiene derecho a poner en duda la integridad moral de Manuel Mena, la generosidad de su idealismo y la pureza de sus intenciones: nadie puede dudar de que fue a la guerra porque, cuando todavía era un chaval, le convencieron de que su familia, su patria y su religión estaban en peligro, y de que merecía la pena morir por ellas; nadie, claro está, excepto quienes se resignan a no entender una palabra del funcionamiento de la historia y de los hombres, y por lo tanto no aceptan la evidencia de que el fascismo, igual que el comunismo, fue para muchos una forma subyugante de idealismo, un ensayo de bajar el cielo a la tierra, ni la evidencia complementaria de que los peores infiernos de la historia también se han fabricado con las mejores intenciones. Pero, si desde el punto de vista moral nada indica que Manuel Mena se equivocase, desde el punto de vista político no hay duda de que lo hizo: aunque harto más imperfecta que la actual, la II República era una democracia tan legítima como la actual, y Manuel Mena respaldó con las armas un golpe de Estado contra ella. Esa es la cuestión: Manuel Mena tal vez acertó moralmente, pero no políticamente. Y, como él, tantos otros. Por eso es falso que los dos bandos contribuyeran por igual a la destrucción de la democracia y que compartan por igual la responsabilidad política de la guerra: los responsables políticos de la guerra fueron quienes dieron un golpe de Estado contra la legalidad republicana, no los que la defendieron. Es verdad que muchos de los que defendieron la II República no creían en la democracia, como dice Leguina; pero el hecho es que defendieron un régimen democrático. Todo lo cual significa que desde el punto de vista político la Guerra Civil sí fue, contra lo que predica un cliché tramposamente ecuánime, una guerra de buenos contra malos: como en casi todas las guerras, en la nuestra no hubo un bando moralmente del todo bueno y un bando moralmente del todo malo, pero sí hubo, como en tantas otras guerras, un bando políticamente bueno y un bando políticamente malo, un bando que defendió la legalidad democrática y un bando que la destruyó; salvando las distancias, es algo semejante a lo que ocurre ahora mismo en el País Vasco: si juzgamos allí una aberración la equidistancia política entre los terroristas y los que no lo son y no tenemos ninguna duda de que hay buenos y malos y de que políticamente los buenos son quienes defienden el sistema democrático -aunque crearan los GAL- y los malos son quienes lo atacan -aunque alguno sea tan idealista como Manuel Mena-, ¿por qué en cambio tantos defienden la equidistancia y afirman que no hay buenos y malos cuando se trata de la II República, que es el único precedente posible de la democracia actual?

Porque eso es lo puñetero y lo peligroso de este asunto: que no estamos hablando del pasado, sino de la relación del presente con el pasado; es decir, del fundamento histórico de nuestro sistema democrático. Por supuesto, solo quien no sabe lo que fue el franquismo puede decir que la actual derecha española es franquista; pero esa derecha comete un serio error al no cortar del todo el cordón umbilical que todavía la une al franquismo y no buscar sus raíces y las raíces de la democracia en la democracia que destruyó el franquismo.

No hay democracia sólida que no esté basada en un acuerdo mínimo acerca de su origen histórico; la nuestra no lo está, sobre todo porque gran parte de la derecha -y al parecer ahora también una parte de la izquierda- no acaba de asumir que sus orígenes no pueden hallarse en ninguna mistificación justificatoria de una dictadura. Me pregunto si no lo asume porque está atrapada en un malentendido: porque cree que lo que se le exige es que renuncie moral y políticamente a los suyos, es decir, porque cree que, además de reconocer que los suyos estaban políticamente equivocados, debe reconocer que todos eran moralmente abyectos. No es así: lo único que se le debe exigir a la derecha es que en este caso distinga entre moral y política, y que, sin quitarles necesariamente la razón moral a sus antepasados, les quite la razón política.

En cuanto a mí, no sé si, como mi madre cree, Manuel Mena fue un héroe, quiero decir un héroe moral, pero lo cierto es que yo nunca me he avergonzado de él; ahora bien, estoy seguro de que políticamente fue un villano. Esa es la verdad, mamá. La puñetera verdad.