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miércoles, 28 de octubre de 2026

Enrique Vila-Matas premio Nacional de Literatura 2026

 I

 Enrique Vila-Matas, Premio Nacional de las Letras Españolas 2026, en El País, Sergio C. Fanjul, Madrid - 27 oct 2026:

El Ministerio de Cultura concede el galardón al escritor catalán, columnista de EL PAÍS, por su “ficción posmoderna” y su “proyecto metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico”

Enrique Vila-Matas ha sido galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, que otorga el Ministerio de Cultura. El jurado ha elegido al autor, columnista de EL PAIS, por “su influencia decisiva en la narrativa contemporánea, su aportación a la tradición borgiana en lengua española, así como por una originalidad formal y fidelidad al espíritu metaficcional de Cervantes desde una dilatada y ejemplar trayectoria”. Fundado en 1984, este premio ha recaído a lo largo de su historia en nombres como Juan Goytisolo, Rosa Montero, Miguel Delibes, Bernardo Atxaga, Francisca Aguirre, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o Francisco Umbral. El premio, que se da a la labor literaria de una vida, tiene una dotación de 50.000 euros.

Vila-Matas, columnista de EL PAÍS, es dueño de un universo propio caracterizado por el gusto por el juego, el humor, lo metaliterario y la exploración de los entresijos de la creación libresca. Unos textos en los que se mezclan los géneros, y la novela parece ensayo, el ensayo novela, la ficción realidad y la realidad una cosa muy rara, plagada de escritores con características muy particulares. La literatura y la vida se confunden y ambas conducen al absurdo.

“Encarna de manera magistral los principios medulares de la ficción posmoderna a través de un estilo particular donde las fronteras entre realidad y fabulación se difuminan y entremezclan con absoluta fluidez, construyendo un universo literario que dialoga con la tradición mientras la reinventa. Al convertir la duda en método y la lectura en aventura, reivindica la creación literaria como un arte de la inteligencia y del placer”, dice el acta del jurado.

Buena prueba de ello es Historia abreviada de la literatura portátil (1985) protagonizada por la “conspiración shandy” (por el Tristram Shandy, de Laurence Sterne), una sociedad secreta fundada en torno a dos principios: primero, que la obra de uno sea portátil y trasladable en un maletín, y, segundo, “funcionar como una perfecta máquina soltera”, es decir, ser autónomo y autosuficiente. Formaron parte de la conjura shandy, según la imaginación del barcelonés, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, García Lorca o Georgia O’Keefe.

Siguiendo esa línea, en Bartleby y compañía (2000) Vila-Matas habla de esos escritores que un día dejan de escribir, como Juan Rulfo, Arthur Rimbaud o J. D. Salinger y que toma el título de Bartleby, el famoso escribiente del cuento de Herman Melville cuya frase emblemática era: “Preferiría no hacerlo” (y que tanto se lee ahora en camisetas y tote bags, aunque la gente, en general, prefiera sí hacerlo).

El jurado ha manifestado que “su cuestionamiento de la autoridad narrativa, sumado a una agudeza y un humor que raya en el laconismo y la ironía, lo sitúan como uno de nuestros escritores más subversivos. Su obra sustenta un proyecto creativo y arriesgado en el marco de las letras hispánicas, que, a través de un viaje metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico, investiga a fondo el género de la novela, la autoría, la identidad personal y el porvenir de la escritura”.

En Doctor Pasavento (2005) se centra en la figura de este doctor —que podría pertenecer a la conjura shandy—, a su vez obsesionado por la figura del escritor Robert Walser, que pasó muchos de sus días en un manicomio suizo y que falleció mientras daba uno de sus célebres paseos: la nieve de las montañas fue la que acogió su cadáver. Como Walser, Pasavento escribe cada vez con una caligrafía más pequeña y tiene fuertes deseos de desparecer, incluso de la grandeza literaria.

En Kassel no invita a la lógica (2014) narra la peripecia de un escritor invitado a la Documenta de Kassel, feria de arte contemporáneo conocida por el gusto por la experimentación, la intelectualidad, el pensamiento extremo: allí su función será convertirse en una instalación viviente, una performance que consiste en sentarse a escribir cada mañana en un restaurante chino de las afueras de la urbe alemana.

Como se ve, Vila-Matas es un escritor obsesionado por los escritores (no en vano su columna en la sección de Cultura de EL PAÍS se titula Café Perec, en referencia al célebre escritor experimental Georges Perec), aunque no solo para escritores: la originalidad de sus tramas, su humor intrínseco, su gusto por el desconcierto, lo raro, lo periférico, ha cosechado legiones de lectores sin abandonar, curiosamente, los aires de escritor de culto.

Además del presente Premio Nacional, el catalán ha recibido, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos, el Herralde, el Formentor de las Letras y el FIL de Literatura en Lenguas Romances, premio que le ha consolidado como un nombre sólido, pero también líquido en su libertad, capacidad de invención y permanente ironía.

II

Enrique Vila-Matas: “Viví en una dictadura hasta los 27 años. Este mundo cada vez se parece más a todo aquello”, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Paco Cerdà, 28 mar 2025:

El autor publica ‘Canon de cámara oscura’ y sueña con una novela sin tramas, en la que se mezclara sin problemas lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad escrita como tal

1

Del niño Enrique Vila-Matas su maestro se burló. Delante de sus compañeros Cadena, Flavià y el resto de la clase, el profesor de los maristas leyó en voz alta su redacción escolar y se mofó.

— Como pueden comprobar, el alumno Vila-Matas nos informa en este texto de la baja intensidad de la luz de la lámpara de su escritorio.

Todos rieron.

El alumno Vila-Matas —flaco, cejas largas, frente ancha, pómulos marcados, raya a la izquierda, grillos en la cabeza asomando por los ojos— debió de bajar la mirada. Había escrito que aquella lámpara dormía sobre sus ojos en vela. Era una metáfora de su estado de ánimo; una imagen de la precariedad económica que sufrían en el piso de la calle de Rimbaud, Barcelona, años sesenta; el mundo de ayer.

Todos rieron.

Pero aquella tarde remota en que su maestro lo llevó a conocer el hielo de la crítica, el alumno Vila-Matas descubrió algo más importante. Sintió, por primera vez, la íntima necesidad de escribir.

Y si la lámpara era débil, mejor buscar en un cuarto oscuro.

Ahora ha llegado ese momento.

2

Hace medio siglo que Enrique Vila-Matas (Barcelona, 76 años) empezó a publicar. Lleva más de 40 libros desde que en la mili, en la trastienda del colmado de un regimiento de artillería perdido en el norte de África, aquel Giovanni Dogo sin desierto ni tártaros escribió su primera novela: Mujer en el espejo contemplando el paisaje.

En Impostura exploró el misterio de la identidad personal, la pasión por ser otro, la necesidad de habitar vidas distintas.

En Historia abreviada de la literatura portátil creó los shandys y aquella conjura secreta de escritores con maleta.

En Suicidios ejemplares cartografió la voluntad radical y última de desaparición que es la muerte voluntaria.

En Bartleby y compañía —su hit— dibujó una constelación de escritores que renunciaron a escribir.

En El mal de Montano llevó al límite la obsesión enfermiza por la literatura como patología incurable y a la vez remedio salvífico.

En París no se acaba nunca Marguerite Duras le enseñó que la escritura es un entramado sin principio ni fin.

En Doctor Pasavento, de la mano de Robert Walser, reflexionó sobre la desaparición del sujeto en Occidente y su empeño por reaparecer.

Entonces Vila-Matas ya tenía un proyecto literario; un trencadís a lo Gaudí. Luego fue sumando teselas y más teselas a su mosaico. Y así tendió un paseo a lo largo del puente que enlaza el mundo excesivo de Joyce con el más lacónico de Beckett en Dublinesca. Y encumbró el arte de no hacer nada con el síndrome Oblómov en Aire de Dylan. Y buscó una frase perdida mientras exaltaba el arte de caminar sin rumbo en Esta bruma insensata. Y se preguntó si la vida solo fuera leer y escribir flaneando por París y otras ciudades en Montevideo.

Todo —siempre— entretejido con la literatura. Una catedral metaliteraria.

Ahora da otra vuelta de tuerca. Regresa al espíritu de sus bartlebys que no escriben y alcanza lo metavilamatiano 25 años después. Su nuevo libro, Canon de cámara oscura, empieza con la muerte de Antonio Altobelli, un lúcido y marginal escritor barcelonés, conocido como El Fracasista, que deja un encargo a su secretario y heredero: debe seleccionar, de entre su inmensa biblioteca, 71 libros y guardarlos en un cuarto mal iluminado. La misión es que Vidal Escabia, así se llama su asistente, conforme un canon literario desplazado, intempestivo e inactual. Un canon disidente. Que discrepe. Que bordee la locura. Que se mueva, oscuro, entre las sombras. Como aquella débil lámpara en los días no azules de la infancia.

Pero hay una duda. Un misterio. El enigma es averiguar si Vidal Escabia es un hombre herido por el amor que siente por su hija ausente o acaso es un androide, un Denver-7 infiltrado entre la gente corriente.

Pero qué más da. Mueran las fajas y la trama. Entra Vila-Matas.

3

El escritor saluda. Bufanda y gorra vilamatianas. Mirada vilamatiana, quizá con más bartlebys en las bolsas. Y algo completamente inesperado: saca de una carpeta unos folios. Unos apuntes, unas citas, un pasaje, el correo de un escritor amigo valorando su última novela, todo va numerado como numerados van estos perfiles. Me los da. Se diría que, así como entra en el mundo de sus autores favoritos en mímesis y simbiosis, ha pretendido penetrar en la forma de este perfil. Vilamatiano, sin duda.

También yo le copio. Le pregunto con una cita.

—Dice Walser: “A menudo cuesta toda una vida librarse de ciertos recuerdos, por muy irrelevantes que sean”.

—Vuelven muchos recuerdos. Vuelve el día que mis padres, en tono trágico, me dijeron: “Tenemos que romper la hucha”. Yo no entendía aquella seriedad. No le daba valor a aquellas monedas que ellos entonces necesitaban y se me grabó el impacto de lo mal que lo pasaron al romperla. Vuelve también una imagen un poco triste: yo, de pequeño, por las aceras de Barcelona, agachado por el suelo con una cinta de metro, midiendo con mi padre la distancia entre farmacias para ver si él podía averiguar dónde cabía legalmente otra farmacia y así poder sacar adelante a la familia después de haberse arruinado. Vuelve el camino de cada día de casa al colegio: ahí está encerrado todo. Tu memoria, tu imaginación; tú mismo. Vuelve también la pregunta que un día me hizo mi padre bajando por el Tibidabo: “Y tú”, me preguntó, “¿qué quieres ser de mayor?”. Yo le dije director de un circo. Podría haberle dicho payaso o equilibrista, pero le dije director.

Es, en cierto modo, lo que viene haciendo Vila-Matas toda su vida: dirigir el circo de todos esos literatos a quienes hace hablar o callar en un largo número que se repite con variaciones Goldberg. Esta vez lo ha hecho con un androide. Y es curioso: cuando todos temen al lobo feroz de la inteligencia artificial, él ha utilizado a un androide como trasunto para hablar de la libertad.

—De todos mis libros, esta es la voz más extrema, el narrador que más fuera está del mundo. No ha nacido. No tiene padres. No tuvo infancia. No tiene recuerdos propios. Y eso me ha dado una libertad que nunca había conocido. Siempre he buscado una voz libre, porque la literatura es la búsqueda de la libertad. A eso aspiro, como el Quijote: a la libertad. Porque me crie en una dictadura y hasta los 27 años viví en ella. Eso marca. Y no quiero volver a ver nada que se le parezca ni lo más mínimo. Sin embargo, este mundo cada vez se parece más a todo aquello.

—¿Estamos perdiendo libertad?

—Sí. Pero escribiendo puedes ser libre. Yo así me siento libre. Aunque a los libres los tachen de locos. Mira el licenciado Vidriera: había de ser un loco para decir lo que pensaba de su época. Lo mismo sucede hoy. Y está bien que así sea: estamos todos tan necesariamente locos que no estarlo sería otra forma de locura. La absoluta rareza sería la normalidad.

4

Otra maestra, otra estudiante y otra lámpara, esta vez encendida. Fue cuando la profesora de literatura le regaló a su alumna adolescente un libro: Historia abreviada de la literatura portátil. Iba dedicado por su autor. “Para Anna Maria, este regalo portátil”. El volumen le cambió la vida a aquella muchacha. Hoy la que dedica libros es ella, Anna Maria Iglesia: periodista cultural, lectora profesional para editoriales y autora de Ese famoso abismo (Wunderkammer, 2020), casi 200 páginas de conversación profunda con Enrique Vila-Matas.

Ahí sueña Vila-Matas con una novela desterrada de tramas, argumentos y realismos y ya felizmente instalada en la frontera; una novela en la que sin problemas se mezclara lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad traída al texto como tal.

Ahí rememora cómo impactaron en su poética del fracaso estos versos de William Carlos Williams: “Ninguna derrota / es enteramente derrota: / el mundo que abre es siempre / un lugar antes insospechado. / Un mundo perdido es un mundo / que nos llama a lugares inéditos”.

Ahí anhela una vida como viaje rectilíneo, sin Ítaca a la que regresar.

Le pido a Anna Maria Iglesia 25 adjetivos que describan a Vila-Matas. Caída la medianoche, cuando ya duermen sus hijas, ella se sienta ante el teclado y responde de un tirón. Y escribe irónico, paradójico, cómico, blanchotiano pero cada vez menos, autoparódico, ambiguo, reiterativo con variaciones, afrancesado (a veces), anglosajón (por momentos), extraño, vital, curioso, indagador, reflexivo pero no pedante, creador de antihéroes tozudos, de ficción sin auto, de ficción pese al yo, burlesco y a la vez tremendamente serio, inventivo, durasiano (de Marguerite) y pitoliano (de Pitol), pero sobre todo walseriano.

Es decir, un híbrido.

5

¿Cómo sería hacer un Vila-Matas de su última novela?

Lo primero, tomar las tijeras y cortar algunas frases suyas del Canon de cámara oscura. Por ejemplo estas:

1. Utopía: mi deseo de que un día escribir y respirar no sean ritmos diferentes.

2. Escribir siempre ha sido tratar de escribir lo que escribiríamos si escribiésemos, aunque no escribamos.

3. La vida de cualquier persona normal es exageradamente ficticia. Todos fingen todo el rato y lo que sucede es que jamás pueden ser ellos mismos, y a su manera están tremendamente encerrados en algo que no existe y que tiene todo el aspecto de, en el fondo, no tener sentido alguno. Hablo del mundo, claro.

4. Vi un mundo que solo era puro vacío, pero a la vez vi que en el vacío no faltaba nada, que éramos nosotros quienes no veíamos nada en él por culpa de nuestra ridícula visión endeble.

5. A veces hay que seguir, como si nada, como si nadie, como si nunca.

6

En ocasiones lo han colocado en las quinielas del Premio Nobel. O del Cervantes. Raro que no tenga el Nacional de Narrativa cuando The Paris Review lo encumbró como uno de los cinco escritores españoles entrevistados en 70 años; lo más parecido a un canon contemporáneo.

Ahora bien: donde Vila-Matas siempre gana es en los laboratorios metacadémicos de la Academia.

En la base de datos que recoge todas las tesis doctorales leídas en España existen al menos 11 tesis sobre Vila-Matas. Sobre su narrativa breve, su escritura intersticial, su poética de la conjunción, su concepto de viaje y fuga, su laberinto especular, su articulismo, su ficción crítica, su poética posmoderna, su aventura literaria como arma política, algunas cosas más.

Entro en la investigación del senegalés Papa Mamour Diop, titulada Enrique Vila-Matas y la búsqueda de la novela total (1973-2007): mestizaje genérico e intertextualidad. Son casi 500 páginas de paseo sesudo por el mundo vilamatiano, pero me deslumbra un concepto: la literofagia.

Literofagia: literatura que se nutre de y para sí misma. Que engulle y deglute literatura para degradar literatura, digerir literatura, absorber literatura, excretar literatura y luego dejar hueco para ingerir nueva literatura. Vila-Matas.

De esta investigación surge un mapa. Un territorio. Su canon ­real. Ese vasto mundo de citas y afinidades que van de Pitol a Tabucchi, de Magris a Sebald, de Bolaño a Musil. Y sobre todo: la angustia existencial de Kafka, el concepto libro-mundo de Joyce, la escritura infinita de Borges, la desaparición del autor de Walser, el paroxismo de la experimentación en Goethe, Shakespeare y Cervantes. Son los puntos cardinales de su atlas.

7

Dice Elias Canetti: “Todo escritor que ha conseguido un nombre y que lo impone sabe que, por este motivo, deja de ser escritor, pues administra posiciones como un burgués cualquiera”.

¿Se ha aburguesado?

—Esa idea de Canetti me crea un sentimiento de culpa. No puedo evitarlo. Hay tantas novelas rechazadas de genios que nos hemos perdido… Y en cambio yo, como otros, ocupo un sitio. Ahora bien: lo horroroso es si evitas el riesgo para conservar tu sitio burgués. Porque sin riesgo no tiene sentido la literatura. En este libro está muy presente el concepto de la oscuridad. A ello me llevó una idea de Maurice Blanchot. Él decía que la oscuridad que vemos disimula la oscuridad que hay detrás. Solo hallamos alguna luz, si es que la hallamos, avanzando entre tinieblas. Justo eso es escribir: un oficio de tinieblas. Cuando avanzas en la oscuridad vas a tientas. Te arriesgas. Vives.

¿Y el miedo al fracaso?

—El fracaso es inherente a la escritura. Y no es ninguna tragedia. Al contrario: el fracaso es digno. Es más: puede incluso superar al triunfo. Mira: una vez pude entrevistar a Dalí y me respondió algo que solo ahora he comprendido: “La obra perfecta es la muerte”.

8

La obra perfecta de un bartleby que no escribe, como Vidal Escabia, es componer un canon literario desplazado, intempestivo, inactual. De los libros que el narrador va salvando en su cuarto oscuro aparecen nombres consagrados: Ovidio, Cervantes, Melville, Montaigne, Musil, Walser, Sterne, Zweig, Kaf­ka, Canetti, Calvino, Fitzgerald, Barthes, Ribeyro, Martín-Santos, Handke, Banville, Tavares. También surgen otras plumas más periféricas que entran o aguardan su turno para alcanzar el canon oscuro, como Alfred North Whitehead, Ryoko Sekiguchi, David Markson, Alberto Savinio, Harold Duché, Sergio Chejfec, Valeria Luiselli, Pablo Martín Sánchez o Camila Cañeque, otra cazacitas con sus 452 últimas frases antes del verdadero final.

9

Página 199. Vila-Matas habla de un concepto japonés intraducible: ikigai. Más o menos quiere decir la razón de vivir, la razón de ser, lo que hace que una vida valga la pena ser vivida. El ikigai se da cuando se alinean cuatro aspectos:

Lo que te gusta.

Lo que haces bien.

Lo que te da una recompensa.

Aquello que el mundo necesita de ti.

Oír hablar a Vila-Matas en la trastienda de una librería, oírle decir que solo el amor y la literatura dan sentido a la vida, oírle decir que ama tanto a la literatura que experimenta con ella un sentido de pertenencia hasta identificarla consigo mismo y con su vida, oír hablar delante de una carpeta al niño mayor que hace setenta y pico años ideaba historias imaginarias con sus soldaditos de plomo y que aún sigue con los grillos asomando por esos ojos en vela, oír todo eso es entender su ikigai: escribir y respirar.

Canon de cámara oscura, Enrique Vila-Matas Seix Barral, 2025

224 páginas. 19,90 euros.

 III

Enrique Vila-Matas o el arte de inventar una conversación con Marlon Brando, en El País, Raquel Vidales, Barcelona -15 de marzo de 2024:

El escritor barcelonés reúne en un libro las célebres entrevistas periodísticas inventadas que publicaron como verdaderas

El encuentro entre la periodista y el célebre escritor tiene lugar en una cafetería de Barcelona. Podemos agregar que “es una soleada mañana de invierno” o que “el ambiente es tranquilo, los clientes hablan bajito, algunos leen, otros teclean en sus portátiles”. Detalles para reforzar la credibilidad: el periodista estuvo verdaderamente ahí y entrevistó al escritor. Es la base del periodismo. Pero también puede suceder que el autor no acuda a la cita por un imprevisto y que todo lo que está escrito aquí sea falso. Una conversación imaginada. Porque de eso hemos venido a hablar en esta cafetería. De verdades y mentiras. De periodismo y literatura. De cuando en 1968 el escritor barcelonés Enrique Vila-Matas tenía 20 años y publicó en la revista Fotogramas una entrevista inventada con el actor Marlon Brando. Un año después, otra con el bailarín Rudolf Nuréyev en la misma publicación. Otra más con el autor Anthony Burgess en La Vanguardia en 1982. Con el filósofo Cornelius Castoriadis también en La Vanguardia en 1983. Y de cómo aquellos y otros textos desvergonzados han acabado ahora reunidos en un libro, Ocho entrevistas inventadas (H&O), que dispara una metralla de preguntas sobre los conceptos de ficción y realidad en un mundo en el que las fake news pueden desatar una guerra o cambiar el rumbo de un país en un santiamén.

Primera pregunta: ¿No temía que le descubrieran? 

"No me acuerdo. Supongo que no lo pensé. No estoy demasiado orgulloso de haberlo hecho, es lo que hacía y ya está", reconoce Vila-Matas. Ciertamente, aquello no comenzó con afán literario sino por pura necesidad. La historia es conocida porque la confesó años después (sin que ya nadie se enfadara). Acababa de conseguir el trabajo en Fotogramas y el primer encargo que le hicieron fue traducir del inglés una entrevista con Marlon Brando. Pero él no sabía inglés y decidió inventársela. Así de sencillo. La de Nuréyev fue porque la noche antes se peleó con el bailarín en un local de Barcelona. Las de Burgess y Castoriadis las llevaron escritas recopilando declaraciones en otros medios, se las enseñaron, ellos las aprobaron y así terminaron antes. En el libro se incluyen otras con Patricia Highsmith, Juan Antonio Bardem y Rovira Beleta no falsas, sino más bien “intervenidas”. Y otro de regalo con Brando publicado en 1980 en la revista Dezine que supuestamente reproducía la que debía traducir en Fotogramas pero que resultó ser igualmente inventada, adentrándose ya en el juego literario.

— Tamaña desfachatez no sería posible ahora que todo está en internet, ¿no? Aunque paradójicamente también vivimos en el imperio de las fake news . ¿Cómo se explica esta paradoja?

— Le voy a decir una cosa: el mundo de la realidad y el mundo de la ficción están cortados por un espejo y nunca alcanzas el otro lado. Cada vez que cuentas algo estás cambiando la realidad. Aunque no sea ficción, lo cierto es que estás alterando la realidad. Porque la realidad es compleja. Un ejemplo clarísimo: situaciones que has vivido en el pasado y que recuerdas de una manera concreta, de pronto las revisas y te das cuenta de que sucedieron de otra manera. Eso es la complejidad.

— ¿Quiere decir que en el fondo toda entrevista periodística contiene algo de invención? Al fin y al cabo, el contexto es forzado. En este caso, el escritor está aquí porque quiere vender su libro y seguramente le han hecho las mismas preguntas en otras entrevistas. Y el periodista busca respuestas que publican en una página y titulares llamativos. ¿Cuánta verdad hay en todo esto?

— Le puedo dar mi versión. Yo intento no repetirme porque entonces se aburre seguro. Doy siempre la oportunidad de que pase algo en la entrevista.

— Entonces, ¿la verdad se encuentra en lo imprevisto?

—No lo sé. Yo me muevo en el terreno de la ficción. Y sobre eso lo que le puedo decir es que todo lo que sea ser sincero en la ficción es una tontería. No tiene nada que ver con el periodismo.

Pero la ficción también puede cruzarse con la realidad. O forzarla como fingir las noticias falsas deliberadas . El simulacro de La guerra de los mundos de Orson Welles o los fakes del fotógrafo Joan Fontcuberta juegan en esa frontera para dejar al descubierto sus grietas. Aunque originalmente Vila-Matas no tenía esa intención, lo cierto es que lo que comenzó siendo un fraude se ha convertido en objeto de fascinación y disquisiciones metaliterarias o metaperiodísticas. Muchos estudiosos de su obra han señalado aquellas entrevistas como el germen de su escritura de ficción. Esa que lo distingue como una firma de referencia de las letras españolas, con títulos tan celebrados como Bartleby y compañía , París no se acaba nunca o El mal de Montano .

Escribe el crítico Manuel Aznar en el prólogo de Ocho entrevistas inventadas: “El Vila-Matas que reconoceremos con posterioridad, aquel que entreteje su voz con la de otros o que elabora sus ficciones desde el ensayismo y la reescritura crítica, relumbra en la segunda entrevista a Marlon Brando, donde se permite lanzar una mirada irónica y reincidente —doce años más tarde— hacia el primer encuentro con el actor estadounidense”.

El libro se cierra con un texto titulado Recuerdos inventados, en el que Vila-Matas nombra personajes reales y se inventa sus recuerdos. Entre ellos, escritores como Antonio Tabucchi, Sergio Pitol o Pessoa. “Es un texto bisagra entre la primera etapa de mi vida literaria y la segunda”, explica. ¿Pero acaso no tienen todos los recuerdos siempre algo de invención? "Claro. Tú recuerdas el último invento que has hecho de tu recuerdo. Pero de pronto ves una foto del pasado y descubres a una persona que no recordabas. Repito: la realidad es compleja".

Que fuera el propio autor quien desvelara el engaño no viene sino a reafirmar la naturaleza fundamental de aquellos fakes. Él se resiste a considerarlo rotundamente de esa manera, pero reconoce que a medida que iba publicando nuevas entrevistas falsas, iba "descubriendo algo que ha continuado siempre: el juego. El juego y el riesgo. Era como un teatro privado". Porque si Vila-Matas no hubiera confesado, no sería posible el extraño disfrute literario que hoy produce la revisión de esos textos. No es lo mismo leerlos creyendo que son verdad que sabiendo que son inventados. Ya saben: el tiempo convierte la tragedia en comedia.

A veces parece que Vila-Matas quisiera vislumbrar al hombre que hay detrás de la estrella Marlon Brando: “Un tipo como yo resulta siempre un fastidio para todos”. En otros momentos le hace decir al actor cosas que seguramente fuera él quien las pensara, como un ventrílocuo: “Mi trabajo en el cine: veinte años quemados en el altar de la vanidad”. ¡Y qué decir de la sentencia que le sirvió de titular!: “Sé que puedo terminar asesinado como los Kennedy o Luther King”. ¿Y por qué no?

Pero con Nuréyev nos quedamos directamente en el terreno de la tragedia. "Cuando bailo me olvido de todo. Me elevo por encima de todo. Dejo de ser Rudolf Nuréyev y me convierto en un ser alado. Fíjese bien: vuelo. Pero tampoco volando consigo ser feliz".

— Oiga, ¿se lo inventaba todo o iba sacando frases de ellos de otras entrevistas?

—Cogía cosas. Pero básicamente era todo inventado.

—Siguiendo el juego, otros periodistas se han inventado entrevistas con usted. ¿Le gustaron?

-No. No por las cosas que ponían en mi boca, sino porque eran tontas.

 IV

El amor en la hora de la verdad, en El País, Enrique Vila-Matas, 27 feb 2024:

En su nueva novela, Paul Auster mantiene su fe en la ficción y en el amor a pesar de habitar, como dice, en ‘Cancerland’

¿Hay algo más verosímil que la trágica “locura de pena” de la que nos habla Paul Auster en Baumgartner? En su novela, a pesar de vivir, como él mismo dice, “en el país de Cancerland”, tiene el detalle de seguir apostando por el estridente estupor que produce la realidad y mantener una incondicional fe en la ficción, así como una no menos incondicional fe en el amor. Y tanto es así que, al convertir Auster en tan verosímil la “locura de pena” del viudo Baumgartner, va creando el sendero narrativo idóneo para llegar a un momento supremo, digno de cualquier antología de historias de amor: suena en la noche el teléfono y el destartalado viudo escucha, desde el más allá, la voz de su mujer muerta nueve años antes.

Aunque necesariamente ambigua, la fracción de verosimilitud de este episodio crea las condiciones suficientes para que el lector quede atrapado por la destreza del autor en el arte de la ficción. Un arte que, a partir de ese momento mágico y magistral, le lleva a frecuentar las emociones que marcarán el paso al resto de la novela, creada con ese tipo de naturalidad en la escritura moderna que suele atribuirse a Stendhal, monarca precisamente de todos los libros de amor.

En Baumgartner se nos dice que si tenemos la suerte de estar estrechamente conectados con otra persona, tan y tan cerca que el otro sea tan importante como tú mismo, la vida no solo se volverá posible, sino también vivida. Que es como decir que, con tumba fría o sin ella, el amor es más eterno que el silencio de la muerte. Y que, al final de nuestros días, solo cuenta si has querido a alguien y te han querido a ti.

“¿Ha pasado el amor a ser algo minusvalorado en el mundo contemporáneo, quizás porque provocan más interés otros valores?”. Esta es una de las preguntas que formula David Trueba a Woody Allen en su recién estrenado y brillante filme–entrevista Un día en Nueva York. La respuesta de Woody Allen (que me devuelve a la novela de Auster): “Creo que si ves películas ambientadas en la actualidad, o de época, incluso si lees libros de ahora, el amor está siempre ahí”.

El amor y el crimen, puntualiza Woody. Y el crimen remite a muerte, a “locura de pena”, a los clásicos amor y muerte, a los que falta siempre añadir el tercer tema, el paso del tiempo, cliché que no puede faltar en el triángulo de los temas que siempre están ahí. Para Woody Allen amor y muerte “se han mantenido estables, desde la tragedia griega hasta ahora, “pasando por Shakespeare, Chéjov, y llegando hasta Scorsese”. Se lo dice a David Trueba con la misma prodigiosa serenidad que mantiene a lo largo de todo el filme–entrevista, donde le resta cualquier tipo de pompa a su trayectoria, cayendo incluso en la humildad, aun sabiendo, como cabe suponer que sabe, que el problema de la humildad es que no puedes presumir de ella. Pero es que eso es lo que parece interesarle a Woody: no presumir de nada, como si quisiera decirnos que todo lo que filmó fue fácil, salió rodado. Y que solo el amor, como nos dice Auster en Baumgartner, cuenta a la hora de la verdad.

V

Por qué arden las redes, en El País, por Enrique Vila-Matas, 26 sept 2023:

La furia en internet solo confirma que en realidad no hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en nuestra mismísima era digital

El año pasado, cuando Peter Dinklage interpretó a Cyrano de Bergerac, relacionó a este pendenciero y polemista brillantemente locuaz con el gran auge de las redes sociales. Y explicó que el filme, basado en la obra de Rostand, no iba sobre una nariz que afea un rostro, sino sobre los “temores interiores” que llevaban a Cyrano a no atreverse a confesarle su amor a Roxana por miedo a ser rechazado. Como se sabe, esos temores los encauzó Cyrano utilizando a un joven carente de ingenio para que le llegaran intensas declaraciones de amor a la bella inalcanzable.

La asociación de los “temores interiores” con el auge de las redes sociales resulta del todo evidente si nos concentramos en los muchos seres descontentos con su propia vida que combaten en la Red esos temores tras identidades construidas a su antojo. Llama la atención, por cierto, el caso de algunos anónimos —a buen resguardo, creen ellos— que han construido paradójicamente unas vidas más deshonestas de las que tenían, lo que, por supuesto, es responsabilidad suya y consecuencia de su escaso talento para construir.

A la hora de inventarse una vida nueva en las redes, el gran ejemplo que tenían a su disposición los descontentos con las suyas era Wakefield, el personaje de Hawthorne, al que la semana pasada Dora García definió a la perfección: “Un hombre que se marcha de su vida para verla desde fuera”. Ese precisamente era el sueño de Antonio Tabucchi, que sostenía que uno tenía que saber verse a sí mismo desde fuera, lo que ahora me recuerda que un aire muy Wakefield atraviesa los cuentos magníficos de Los divagantes, de Guadalupe Nettel (Anagrama), y que ese mismo aire parecía cruzar este domingo por la entrevista de Elsa Fernández Santos a Víctor Erice, donde éste evocaba un género de cine antiguo y genuino, basado en arquetipos, “el que trataba de la vida no tanto como es, sino como debería ser”.

No conozco, fuera del arte, una sola vida que haya sido como tendría que haber sido. Y en cuanto al ruido y la furia de las redes sociales creo que éstas sólo confirman que en realidad no hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera en nuestra mismísima era digital, que tal vez sólo sea —como le confirmara Tom McCarthy a Antonio Lozano en Librújula— la forma más avanzada de mostrarnos lo que la existencia ha sido siempre: una red de intercambios y transmisión de mensajes. Para el novelista McCarthy (no confundir con el cineasta), esto es algo que no puede estar más claro, dado que la literatura occidental nace en parte con una señal que cruza el espacio. En la Orestiada, Esquilo describe una serie de almenaras (fuegos que los griegos llamaron ángaros), señalizaciones que se extienden a lo largo de los quinientos kilómetros que separan Argos de Troya y que conforman una especie de red de telecomunicaciones, porque no son sólo hogueras, incorporan unos mecanismos capaces de generar códigos. Y bueno, recuerdo que ayer mismo, cuando por millonésima vez oí que “ardían las redes”, pensé: no es tan extraño, son las hogueras que ya ardían en la Orestiada.

VI

[Artículos de Vila-Matas en Café Perec]

VII

[Artículo de la Wikipedia]

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 31 de marzo de 1948) es un escritor español, autor de más de una treintena de obras, entre novelas, ensayos y otros tipos de narrativa y libros misceláneos.

Su obra ha sido reconocida con diversos premios, como el Rómulo Gallegos, Médicis y FIL de Literatura en Lenguas Romances, entre otros, y ha sido traducida a más de treinta idiomas. Es uno de los tres escritores españoles entrevistados por The Paris Review en su sección «The art of fiction».

Biografía

Nació en Barcelona, en el número 108 de la calle Roger de Llúria, frente al desaparecido cine Metropol. Estudió derecho y periodismo, y entró en 1968 como redactor en la revista de cine Fotogramas así como en Destino. En 1970 dirigió dos cortometrajes, Todos los jóvenes tristes (sobre la desesperación) y Fin de verano (sobre la destrucción de la familia burguesa). Además, fue actor en siete películas catalanas, todas ellas prohibidas por la censura franquista.

En 1971 realizó el servicio militar en Melilla, donde —en la trastienda de un colmado militar— escribió su primer libro, Mujer en el espejo contemplando el paisaje, que recuperará su título inicial —En un lugar solitario—, en la reedición en 2001 de sus textos de 1973-1984. A su regreso a Barcelona, trabajó como crítico de cine de las revistas Bocaccio y Destino.

Vivió en París dos años, a partir de 1974, en una buhardilla que le alquiló la escritora Marguerite Duras; allí escribió su segunda novela, La asesina ilustrada. Su tercer y cuarto libro, Al sur de los párpados, historia del aprendizaje de un escritor, y los cuentos de Nunca voy al cine, aparecieron en 1980 y 1982. El autor cierra esta etapa inicial con Impostura, de 1984.

A partir de este momento, su obra y su vida se funden. Desde luego, hay que contar con su experiencia con América Latina, que ha sido fundamental en su desarrollo (no solo por su amistades con Roberto Bolaño, Sergio Pitol, Juan Villoro, Ricardo Piglia, Ednodio Quintero). Ya en los ochenta escribía en un suplemento que hizo época —Culturas de Diario 16—, y desde entonces ha seguido publicando en diversos lugares —en París, en Le Magazine Littéraire, entre septiembre de 2004 y marzo de 2008—, así como en el diario El País desde el primero de esos años hasta hoy (en la sección de Cultura, donde escribe la columna Café Perec, que se publica quincenalmente los martes). Está casado con Paula Massot, profesora de literatura, a la que dedica sus libros como Paula de Parma.

Publicó su primer libro en 1971, la novela breve Mujer en el espejo contemplando el paisaje, escrita mientras hacía el servicio militar en el norte de África. Aunque la hizo sin ánimo de publicarla, a su regreso a Barcelona Beatriz de Moura la leyó y le propuso sacarla en Tusquets. Vila-Matas ha comentado sobre su ópera prima: «Que yo sepa, esa novela, que es una sola frase ininterrumpida, sólo la leyó Héctor Bianciotti, que me dijo que era “un ejercicio de estilo”». Cuatro años más tarde apareció su segunda novela, La asesina ilustrada; en 1980 apareció la tercera, Al sur de los párpados y dos años después, su primer libro de cuentos Nunca voy al cine; vuelve a la novela en 1984 con Impostura, basada en un hecho real sobre un ladrón de tumbas que se hace pasar por un escritor desaparecido; aquí surge por primera vez el misterio de la "verdadera identidad personal", uno de los temas recurrentes de Vila-Matas.

Historia abreviada de la literatura portátil (1985) marca la primera vez en que el autor mezcla ensayo y ficción; Vila-Matas lo califica de "intento prematuro" y constata: «En el periódico El País fue liquidada con unas palabras demoledoras: “Se nota que el autor veranea en Cadaqués”». Treinta años más tarde, Ignacio Martínez de Pisón escribiría en Babelia, el suplemento cultural del citado diario, palabras elogiosas para aquel libro: «Con la perspectiva del tiempo puede considerarse su obra fundacional. Buena parte de su literatura posterior está ya anunciada en ese centenar escaso de páginas: su aversión a las formas más rancias de la tradición novelística, sus viajes de ida y vuelta entre vida y literatura, su desdén por el psicologismo de la narrativa realista, una genealogía cultural que bebe de las vanguardias, una distinguida actitud de flâneur... También su humorismo extremadamente serio estaba ya en ese libro: Vila-Matas se presentaba como un Buster Keaton de la literatura».

Publica sucesivamente tres recopilaciones de cuentos, aunque el primero es, según el autor, «libro de relatos y novela a la vez»: Una casa para siempre (1986), Suicidios ejemplares (1991), Hijos sin hijos (1993), a los que sigue Recuerdos inventados (1994), antología de sus mejores cuentos. Vuelve a continuación a la novela con Lejos de Veracruz (1995), Extraña forma de vida (1997), El viaje vertical (2000), Bartleby y compañía (2001), sobre la posible imposibilidad de escribir, y El mal de Montano (2002).

A principios de los años noventa publica su primera recopilación de artículos y ensayos literarios bajo el título de El viajero más lento (1992), a la que siguió en 1995 una segunda entrega, El traje de los domingos. Otros libros que contienen ensayos literarios son: Para acabar con los números redondos (1998), Desde la ciudad nerviosa (2000), Extrañas notas de laboratorio (2003, aparecido en Venezuela), Aunque no entendamos nada (2003, Chile), El viento ligero en Parma (2004, México), Y Pasavento ya no estaba (2008, Argentina). Sobre su experiencia de juventud en la capital francesa escribió un irónico París no se acaba nunca (2003).

En 2005 aparece Doctor Pasavento que gira en torno al tema de la desaparición y «la dificultad de no ser nadie». Este libro cierra su trilogía metaliteraria sobre las patologías de la escritura (junto con Bartleby y compañía y El mal de Montano).

En septiembre de 2007 regresa al cuento y publica Exploradores del abismo, tras una enfermedad grave. En el Dietario voluble, de 2008, se decanta cada vez más por borrar las fronteras entre la ficción, el ensayo y la biografía. El libro es un diario literario o especie de guía que permite vislumbrar la arquitectura interna de su obra y que combina las experiencias de lectura, las experiencias de vida, la memoria personal y las ideas literarias de un ensayista.

En 2010 volvió a la novela con gran éxito: Dublinesca trata de un editor en crisis y de un viaje a Dublín, con referencias a Joyce y Beckett: «Era un personaje de ficción, con algún punto en común conmigo. Cuando lo convertí en editor ya era una mezcla de muchos editores que he conocido. En París, por ejemplo, algunos lectores han creído ver que hablo de Christian Bourgois, mi editor francés». Parte de un sueño premonitorio: «Lo tuve hace tres años en el hospital, cuando estuve gravemente enfermo. Fue de una impresionante intensidad. Soñé que me encontraba en Dublín, ciudad en la que no había estado nunca, y que había vuelto a beber y que estaba en el suelo, en la puerta de un pub, llorando de una forma muy emocionante. Lloraba abrazado a mi mujer, lamentando haber regresado al alcohol. La intensidad venía de que en el sueño, en el abrazo con mi mujer, estaba concentrada, con gran densidad, una idea de renacimiento. Me estaba recuperando en el hospital y fue como si tocara la verdadera vida por primera vez. Pero no he logrado transmitir toda la intensidad... A los pocos meses viajé a Dublín y no di con el lugar exacto del sueño. Pero lo recordaba con una precisión asombrosa».

Con En un lugar solitario, de 2011, agrupa toda su narrativa de la etapa de formación (1973-1984), con una larguísima presentación sobre su inquietud creativa inicial. Este libro revelador se completa, en el mismo año, con otros dos: Una vida absolutamente maravillosa, antología de sus ensayos (1992 hasta 2010); y los paralelos relatos escogidos de Chet Baker piensa en su arte, que llegan desde 1988 hasta 2010. Ambos trazan literariamente la parábola de su propia concepción. Es este tramo un periodo de transfiguración en su obra, pues con su narrativa proteica ha llegado a fundar un nuevo "género" en el que el relato se pierde en el ensayo y en donde asimismo explora la novela con un trayecto crítico.

En marzo de 2012 publica la novela Aire de Dylan, falsas memorias del escritor Juan Lancastre, en la que se desarrolla la idea de que toda autobiografía, ficticia o verdadera, es necesariamente una impostura. Aire de Dylan despliega un gran humor, e ironiza sobre la productividad literaria al tiempo que crea la figura del novelista "arrepentido". Ese novelista es el narrador: un hombre educado en la cultura del esfuerzo, que está arrepentido de todo lo que ha escrito en su carrera literaria; es más, le gustaría quedarse completamente mudo en la vida real. Quiere retirarse de todo, pero se lo impide una historia que se cruza en su vida y que unas dramáticas circunstancias le obligan a poner por escrito: su encuentro con unos jóvenes que han fundado la secreta sociedad Aire de Dylan y quieren tener una sola idea al día y entregarse al arte de no hacer nada, dominados por el síndrome de Oblomov (el personaje ‘radicalmente gandul’ de la literatura rusa). En 2019 publicó Esta bruma insensata cuya trama trata sobre el arte de las citas literarias y la repetición de estas en la historia de las ideas y de la literatura misma. Previamente había escrito las novelas Kassel no invita a la lógica (Seix Barral, 2014) y Marienbad eléctrico con cuyos temas fueron el arte contemporáneo y moderno occidental, en una mezcla de ensayo y narrativa.

Su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas y galardonada con numerosos premios. Pertenece a la Orden del Finnegans, que toma su nombre de un pub de Dalkey (Irlanda), aunque hay quien pueda tomarlo también de la última novela de James Joyce, Finnegans Wake. Los caballeros de la Orden del Finnegans se obligan a venerar la novela Ulises de James Joyce y, a ser posible, asistir cada año en Dublín, el 16 de junio, al Bloomsday, larga jornada que culmina, al caer la tarde, en Torre Martello (inicio de la novela), para leer unos fragmentos de Ulises, e ir hasta el pub Finnegans de la vecina población de Dalkey. Ha recibido distinciones en diversos países, entre ellas la Legión de Honor (Francia); en 2013 fue nombrado "Rector (desconocido)" de la Universidad Desconocida en Brooklyn, Nueva York.

Obra

Novela

1973 - Mujer en el espejo contemplando el paisaje, Tusquets

1977 - La asesina ilustrada, Tusquets (Lumen, 2005)

1980 - Al sur de los párpados, Fundamentos

1984 - Impostura, Anagrama

1985 - Historia abreviada de la literatura portátil, mezcla de ficción y ensayo, Anagrama

1995 - Lejos de Veracruz, Anagrama

1997 - Extraña forma de vida, Anagrama

1999 - El viaje vertical, Anagrama

2000 - Bartleby y compañía, Anagrama

2002 - El mal de Montano, Anagrama

2003 - París no se acaba nunca, Anagrama

2005 - Doctor Pasavento, Anagrama

2008 - Dietario voluble, Anagrama

2010 - Dublinesca, Seix Barral

2010 - Perder teorías, Seix Barral

2011 - En un lugar solitario, recopilación de sus 5 primeros libros, de 1973-1984; Mondadori/Debolsillo

2012 - Aire de Dylan, memorias falsas del escritor Juan Lancastre, Seix Barral

2014 - Kassel no invita a la lógica, Seix Barral

2017 - Mac y su contratiempo, Seix Barral

2019 - Esta bruma insensata, Seix Barral

2022 - Montevideo, Seix Barral

2025 - Canon de cámara oscura, Seix Barral

Cuentos

1982 - Nunca voy al cine, Laertes

1988 - Una casa para siempre, "libro de relatos y novela a la vez", Anagrama

1991 - Suicidios ejemplares, Anagrama

1993 - Hijos sin hijos, Anagrama

1994 - Recuerdos inventados, antología, Anagrama

2007 - Exploradores del abismo, Anagrama

2011 - Chet Baker piensa en su arte, antología, Mondadori/Debolsillo

2013 - Niña, cuento infantil con ilustraciones de Anuska Allepuz, Alfaguara

Ensayo

1992 - El viajero más lento, Anagrama (aumentada en 2011 por Seix Barral con el título de El viajero más lento. El arte de no terminar nada)

1995 - El traje de los domingos, Huerga & Fierro

1997 - Para acabar con los números redondos, Pre-textos

2000 - Desde la ciudad nerviosa, Alfaguara (ed. aumentada en 2004)

2003 - Extrañas notas de laboratorio, El otro, el mismo (ed. aumentada en 2007)

2003 - Aunque no entendamos nada, J.C. Sáez editor

2004 - El viento ligero en Parma, Sexto Piso, México (Madrid, 2008)

2008 - Ella era Hemingway. No soy Auster, Ediciones Alfabia

2008 - Y Pasavento ya no estaba, Editorial Mansalva

2011 - Una vida absolutamente maravillosa. Ensayos selectos, Debolsillo

2013 - Fuera de aquí. Conversaciones con André Gabastou. Galaxia Gutenberg

2014 - Escribir París, con la escritora argentina Sylvia Molloy; la sección Vila-Matas con artículos sobre la capital francesa se titula Aire de París, Brutas Editoras, Nueva York

2016 - Marienbad eléctrico, sobre la relación que el autor tiene con la artista francesa Dominique González–Foerster; Christian Bourgois (trad.: André Gabastou; París) / Caja Negra (Buenos Aires) / Editorial Almadía (México D.F.)

2018 - Impón tu suerte, Círculo de Tiza

Libros sobre Vila-Matas

Andrés-Suárez, Irene y Ana Casas (eds.) Enrique Vila-Matas. Madrid: Arco/ Libros, 2007 (Col. «Cuadernos de Narrativa»). [Compilación de textos presentados en el “Grand Séminaire de Neuchâtel. Coloquio Internacional Enrique Vila-Matas”, celebrado en la Universidad de Neuchâtel, el 2 y 3 de diciembre de 2002].

Heredia, Margarita (ed.) Vila-Matas portátil. Un escritor ante la crítica. Barcelona: Candaya, 2007. [El libro incluye un DVD: Café con Shandy (30’), una charla entre Vila-Matas y Juan Villoro].

Salas, Lisbeth. Infinitamente serio. Caracas: La cámara escrita, 2009.

Pozuelo Yvancos, José María. Figuraciones del yo en la narrativa. Javier Marías y E. Vila-Matas. Valladolid: Universidad de Valladolid, Junta de Castilla y León, 2010. (Cátedra Miguel Delibes).

Ríos Baeza, Felipe A. (ed.) Enrique Vila-matas. Los espejos de la ficción. México: Ediciones Eón/Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2012.

Badia, Alain, Anne-Lise Blanc y Mar García (eds.) Géographies du vertige dans l'œuvre d'Enrique Vila-Matas. Perpignan: Presses universitaires de Perpignan, 2013.

Carrera, Guillermo. Crítica portátil. La estructura ausente en Doctor Pasavento (una aproximación narratológica). Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla , 2013.

Diop, Papa Mamour. Enrique Vila-Matas en su red narrativa : hibridismo, reescritura e intertextualidad. Valladolid: Ediciones Universidad de Valladolid, 2016.

Iglesia, Anna María. Ese famoso abismo. Conversaciones con Enrique Vila-Matas. WunderKammer editorial 2020.

Carrera, Guillermo. La vida de los otros. El funcionamiento de los relatos posmodernos. Buenos Aires: Epyca Editorial, 2020.

Libros colectivos

Best European Fiction 2011. Participación en esta antología europea con el relato 'Far From Here'. Edited by Aleksander Hemon, preface by Colum McCann. www.dalkeyarchive.com

Viscerales. Ediciones del Viento, La Coruña, 2011.

El descrédito: Viajes narrativos en torno a Louis Ferdinand Céline. Julio César Álvarez y Vicente Muñoz Álvarez (coordinadores). Autores: Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz, Mario Crespo, Celia Novis, José Ángel Barrueco, Óscar Esquivias, Daniel Ruiz García Ediciones Lupercalia, Alicante, 2013.

Premios y reconocimientos

Premios

2001: Premio Rómulo Gallegos, por El viaje vertical

2001: Premio Ciudad de Barcelona

2002: Premio Fernando Aguirre-Libralire

2002: Premio Herralde, por El mal de Montano

2002: Premio Nacional de la Crítica, por El mal de Montano

2003: Premio Médicis Extranjero

2003: Premio del Círculo de Críticos de Chile

2006: Premio Internacional Ennio Flaiano

2006: Premio Fundación José Manuel Lara

2006: Premio Real Academia Española

2007: Premio Elsa Morante, en el apartado Scrittori del Mondo

2009: Premio Internacional Mondello, por Dottor Pasavento

2010: Premio Leteo (León, España), por el conjunto de su obra

2010: Premio Jean Carrière, por Dublinesca (Nimes)

2011: Premio Bottari Lattes Grinzane

2012: Premio Argital, por Aire de Dylan (Noche de la edición de Euskadi)

2012: Premio Gregor von Rezzori a la mejor obra de narrativa extranjera, por Exploradores del abismo

2014: Premio Formentor de las Letras, por su obra literaria

2015: Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, por el conjunto de su obra literaria

2016: Premio Nacional de Cultura de la Generalidad de Cataluña, por el conjunto de su obra literaria

2017: Premio Feronia-Città di Fiano, por el conjunto de su obra

2017: Prix Ulysse (Bastia, Corse)

2017: Premio Lisbon Festival Film. Sintra (Portugal)

Premio al mejor libro extranjero en Francia

2026: Premio Zenda de Honor

2026: Premio Nacional de las Letras Españolas

Reconocimientos

Doctor honoris causa por la Universidad de los Andes (Venezuela)

Caballero de la Legión de Honor (Francia)

Oficial de la Ordre des Arts et des Lettres

VII

[Presentaciones de Anagrama]

Historia abreviada de la literatura portátil

El lector tiene en sus manos la obra más emblemática, ya casi legendaria, de Enrique Vila-Matas. Publicada en 1985, "Historia abreviada de la literatura portátil" fue traducida inmediatamente a un gran número de idiomas y, más allá de las páginas del libro, originó diversas conspiraciones en la vida real. La conspiración shandy o sociedad secreta de los portátiles fue fundada en 1924 en la desembocadura del río Níger y quedó disuelta tres años después, tras un espectacular escándalo, en Sevilla. Formaron parte de la conjura shandy, entre otros, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, Rita Malú, Valery Larbaud, García Lorca, Pola Negri, Berta Bocado, Alberto Savinio y Georgia O?Keefe. Dos requisitos eran imprescindibles para formar parte de la sociedad secreta: junto a que la obra artística de uno fuera portátil, es decir, que no fuera pesada y pudiera ser fácilmente trasladable en un maletín, la otra condición era la de funcionar como una perfecta máquina soltera. Aunque no imprescindibles, se recomendaba también poseer ciertos rasgos que eran considerados como específicamente shandys: sexualidad extrema, espíritu innovador, ausencia de grandes propósitos, insolencia, tensa convivencia con el doble, simpatía por la negritud y nomadismo infatigable.

Dietario voluble

Este libro abarca los tres últimos años (2005-2008) del cuaderno de notas personal de Enrique Vila-Matas. Al tratarse de un diario literario que se origina en la lectura, es una obra escrita desde el centro mismo de la escritura. Combina los comentarios sobre libros leídos con la experiencia y la memoria personal, y va proponiendo la desaparición de ciertas fronteras narrativas y abriendo camino para la autobiografía amplia, siempre a la búsqueda de que lo real sea visto como espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y así novelizar la vida. No se aleja, además, Dietario voluble de los procedimientos literarios más habituales en Vila-Matas, donde las diferencias estilísticas entre libros de ficción y colecciones de ensayos son cada vez menos relevantes y más fieles a una feliz consigna de literatura híbrida y fragmentaria en la que los límites siempre se confunden y la realidad baila en la frontera con lo ficticio, y el ritmo borra esa frontera.

Compuesto en parte por notas que pasaron directamente del cuaderno personal del escritor a la edición dominical de El País de Cataluña, pero también por importantes fragmentos que no se movieron del cuaderno y que ahora dejan de ser inéditos, y también por notas que han sido escritas para completar esta edición, Dietario voluble es, ante todo, un tapiz que se dispara en muchas direcciones. Si a propósito de Exploradores del abismo hablaba Justo Navarro de «la felicidad de contar descubrimientos en un grafiti mental interplanetario que iba de Estocolmo a Ronda, de Malibú a la Rusia más profunda, de Buenos Aires al espacio, y donde pueden coincidir Kafka y Petronio, Bernhard y Burroughs, parejas imposibles», aquí en el Dietario se viaja de nuevo en todas las direcciones posibles del tapiz, y las parejas de baile son más extrañas aún si cabe: su ritmo incesante borra cualquier divisoria entre el infinito y los límites.

Exploradores del abismo

«¿Qué escribes?», le preguntaron una tarde a Enrique Vila-Matas. El escritor vivía, tras Doctor Pasavento, en una permanente sensación de camino clausurado, pues sentía que había llegado al final de un cierto recorrido y ante él se abría un abismo. «Escribo el título de un libro», respondió. El título era Exploradores del abismo. En los días que siguieron, comenzó a surgir una serie de relatos relacionados con lo que sugería ese título. El libro entero es la exploración de ese abismo. Y, como el mismo título indica, se ocupa de historias que protagonizan seres al borde del precipicio, seres que se entretienen en ese borde y lo estudian, investigan, analizan. 

Los exploradores son, obviamente, una metáfora de la condición humana. Son optimistas y sus historias, por lo general, son las de personas corrientes que, al verse bordeando el precipicio, adoptan la posición del expedicionario y sondean en el plausible horizonte, indagando qué puede haber fuera de aquí, o en el más allá de nuestros límites. Son personas no especialmente modernas, pues por lo general desdeñan el hastío existencial tan en boga, y más bien es gente anticuada y muy activa que mantiene una relación desinhibida y directa con el vacío. En ocasiones, ese vacío es el centro del relato que protagoniza mientras que en otras, bien distintas, el abismo llega a ser sólo un buen pretexto para escribir un cuento.

En realidad, los relatos de este libro buscan puentes en un admirable abismo, que es pacientemente explorado en todas las direcciones posibles por historias sutilmente conectadas: historias cruzadas por la enigmática y sinuosa silueta de un equilibrista, cuyo recorrido va trazando el inestable y a la vez consistente hilo que liga, con bella y extraña coherencia interna, el conjunto de relatos que componen este regreso de Enrique Vila-Matas a la narrativa breve, pero también al libro inclasificable, tan alejado de la novela convencional como del típico conjunto -siempre tan sospechoso- de cuentos cerrados y correctos. Al final estamos sin duda menos perdidos que al comienzo, pero también más cerca de un nuevo abismo. Y se intuye que, como diría Canetti, los exploradores ya no saben cómo volver del mapa.Y también se intuye que los lectores de Vila-Matas acogerán con avidez este libro deslumbrante.

Doctor Pasavento

El héroe moral del escritor y doctor Pasavento es Robert Walser, de quien admira su afán por pasar desapercibido, la vida de bella infelicidad que llevó y la extrema repugnancia que le producían el poder y la grandeza literaria.

Perseguir el destino de este escritor significa para Pasavento retirarse del mundo, como lo prueba esa caligrafía suya que se va haciendo cada vez más microscópica y le lleva a sustituir el trazo de la pluma por el del lápiz porque siente que éste se encuentra más cerca de la desaparición, del eclipse. 

«No escribo para ser fotografiado», dice en cierta ocasión. Quiere apartarse, y un día desaparece. Cree que indagarán, que le sucederá lo que a Agatha Christie cuando la buscaron por toda Inglaterra a lo largo de once días y al final fue encontrada. Pero al doctor Pasavento no le busca nadie y poco a poco va imponiéndose esta sencilla verdad: nadie piensa en él. 

Le veremos entonces recurrir a la estrategia de la renuncia: el acto extremo con el cual algunos raros escritores se aseguran el único modo de captar el destello de la vida plena e inexpresable, no sofocada por el poder. Le veremos renunciar al yo, a su grandeza y a su supuesta dignidad, y hasta creer que está encarnando por sí solo la historia de la desaparición del sujeto en Occidente.

«Lo que yo quiero es seguir existiendo sin ser molestado», dice el doctor Pasavento, y luego, de forma algo contradictoria, se pregunta si será capaz de vivir sin que nadie se acuerde, ni lejanamente, de que existe. Viaja al manicomio suizo donde Walser vivió tantos años apartado del mundo y se acerca al ejercicio de un arte muy peculiar y en el que su escritor más admirado fue un consumado maestro: el arte de convertirse en nada. 

En Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas, después de Bartleby y compañía, El mal de Montano y París no se acaba nunca, prosigue la ruta ascendente que lo ha consagrado, indiscutiblemente, como uno de los grandes escritores europeos de nuestro tiempo.

París no se acaba nunca

París no se acaba nunca es una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando, en una buhardilla de París, redactó su primer libro. Y nos desvela, por ejemplo, cómo en parte escribió ese libro gracias a los consejos para escribir una novela que le dio, resumidos en una breve cuartilla, Marguerite Duras, su muy atípica casera.

París no se acaba nunca es también la historia de cómo en su juventud el narrador viajó a esa ciudad para imitar literalmente la vida bohemia de escritor principiante de Hemingway, quien contó, en París era una fiesta, que allí fue «muy pobre y muy feliz», y de cómo, por el contrario, el narrador fue muy pobre y muy infeliz. Aunque, eso sí, logró allí escribir su primera novela y, además, descubrió que, como decía John Ashbery, después de vivir en París, uno queda incapacitado para vivir en cualquier sitio, incluido París. 

En París no se acaba nunca, que es también el título del último capítulo de París era una fiesta, Enrique Vila-Matas nos ofrece un retrato del joven debutante en la vida y en el arte, que se inscribe, con sorprendentes matices renovadores, en la ya clásica tradición de aquellos relatos que giran en torno a la educación sentimental de alguien que, escapando de un ambiente mediocre, busca triunfar en el centro mismo del arte. 

Después de tan resonantes éxitos como El viaje vertical, Bartleby y compañía y El mal de Montano, el autor consigue en esta nueva novela una armoniosa y logradísima síntesis de las muchas facetas de su singular narrativa. 

jueves, 8 de octubre de 2026

Anne Carson Nobel de Literatura 2026.

 [Se ampliará]

 I

 Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026, en El País, Andrea Aguilar, Madrid - 8 OCT 2026:

La poeta canadiense ha sido galardonada por “su obra audaz e inventiva” que “ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea.

La poeta y ensayista canadiense Anne Carson de 76 años ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2026 “por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. El galardón, anunciado este jueves y que será entregado el 10 de diciembre en Estocolmo, está dotado con un millón de euros y es la máxima distinción literaria.

La noticia, según ha explicado la secretaria permanente de la Academia Sueca, Ingrid Carlberg, ha llegado a Carson mientras estaba en Islandia “escuchando el viento”, y, aunque “sorprendida, estaba contenta”. Desde 2022 ella y su marido el artista Robert Currie tienen la nacionalidad islandesa. Autora de obras tan rompedoras e imaginativas como la novela en verso Autobiografía de rojo (Pre-textos), La belleza del marido (Lumen), o Nox (Vaso roto), el libro que dedicó a su hermano fallecido presentado en una caja y con las hojas unidas en un largo texto. Entre las múltiples distinciones que ha recibido Carson está el premio Princesa de Asturias en 2020. En el discurso que pronunció al recibirlo recordó el viaje que hizo por el Camino de Santiago en 1983.

Especializada en filología clásica y con un amplio conocimiento de las lenguas clásicas, la poeta y traductora ha compaginado la escritura con la docencia y en sus libros ha logrado conectar a los clásicos griegos con la intimidad de su poesía. Lúdica e irónica, clásica y moderna, el trabajo de Carson ha marcado un antes y un después. El fragmento y la traducción, el tiempo y la relectura son ideas clave en su trabajo que nunca es ajeno al humor ni al amor. El suyo es uno de los grandes nombres de la poesía anglosajona del siglo XX con una voz y una perspectiva absolutamente personal, como demuestra, por ejemplo, Norma Jean Baker de Troya, la obra que indaga en el origen de la palabra guerra y discurre por la libre asociación para tratar la violencia, la gloria, la ceguera. Coetánea de Louise Glück (1943-2023), la poeta estadounidense que obtuvo el Nobel en 2020, Carson es la segunda canadiense que obtiene este premio después de Alice Munro (1931-2024), que lo recibió en 2013.

Tal y como ha destacado el jurado del Nobel, la obra de Carson desprende una enorme libertad. Ella escribe en el poema Podría 1: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre, tiene que desenrollarse en algún lado (...)”.

Un libro sobre la vida de santos, unos poemas de Safo en edición bilingüe, la obra de Emily Brontë y, sobre todo, el encuentro con una profesora de latín a quien cita siempre que tiene ocasión, marcaron su destino literario y su pasión por las letras clásicas. Publicó su primer poemario a los 42 cuando ya era doctora en filología clásica. Su espíritu audaz la ha llevado a explorar colaboraciones en otros campos artísticos (ópera, performance) sin restar peso, ni profundidad a su trabajo. Entre sus fans se cuenta Rosalía, a quien la poeta ha dedicado un artículo recientemente tras asistir a su concierto en Chicago. “Es una encarnación, a sus 33 años, del glamur y la fuerza femeninos. Sabe hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: esto es el nuevo feminismo. Me fascina”, ha escrito Carson sobre la cantante.

Discreta, menuda, algo misteriosa, la pasión en los poemas de la canadiense no es cosa del pasado sino que está en constante diálogo con el tiempo presente, y con su vida ya sea su divorcio o la muerte de su hermano a quien llevaba décadas sin ver. Nadie como Carson ha logrado traer la épica y la tragedia grecolatina hasta hoy con tanta elegancia, sentido y profundidad, no hay nada encorsetado o frío en su trabajo “lúdico e irónico”, como han apuntado este jueves en Estocolmo. Carson insufla inteligencia y nueva a los clásicos, reflexiona sobre la traducción y los fragmentos en los que queda reducido el mundo, cualquier mundo.

Hace dos años la poeta escribió un conmovedor texto en el que explicaba que había sido diagnosticada con la enfermedad de Parkinson y que sentía que su caligrafía se desintegraba. “Enderezarse contra una corriente que nunca deja de tirar: los libros me dicen que preste atención consciente y continua a acciones como caminar, escribir, cepillarme los dientes, si quiero inhibir o retrasar el fallo de las neuronas en el cerebro. Es difícil vivir en un esfuerzo constante. Es difícil vivir dentro de la palabra “degenerativo”, que significa que, por mucho que me esfuerce, no gano". La Academia Sueca, de alguna forma, la ha llevado la contraria.

Creado por Alfred Nobel, el premio fue entregado por primera vez en 1901 y hasta la fecha lo han recibido 122 autores. En siete ocasiones quedó desierto y en cuatro lo recibieron dos autores el mismo año. El anuncio de este jueves concluye un largo proceso en el que instituciones y académicos son invitados por la Academia Sueca a presentar nominaciones. Se reciben más de 200 propuestas pero tras sucesivas cribas del Comité Nobel, integrado en la actualidad por 7 miembros, quedan cinco finalistas. Los 17 miembros de la Academia han votado finalmente al ganador y le han comunicado el fallo poco antes de producirse el anuncio.

El húngaro László Krasznahorkai (2025), la coreana Han Kang (2024) y el noruego Jon Fosse (2023) han recibido el galardón en los últimos años, sumando sus nombres a la larga lista de premiados que incluye, entre otros, a Gabriel García Márquez, Samuel Beckett, Thomas Mann, Alice Munro o William Faulkner.

II

Anne Carson (Wikipedia)

Anne Carson (Toronto, 21 de junio de 1950) es una poeta canadiense, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Míchigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras y en 2026 con el Premio Nobel de Literatura. Está afincada en Nueva York.

Biografía

Anne Carson es hija de un empleado de banca que ocupó diversos puestos en diferentes poblaciones de la región de Ontario. Tenía 15 años cuando se tropezó con una edición bilingüe de los poemas de la poetisa griega Safo en una librería local, algo que marcaría su vida ha explicado la autora.

“Yo era una adolescente desafecta necesitada de estímulos. La visión de las dos páginas yuxtapuestas, una de ellas un texto impenetrable pero de gran belleza visual, me cautivó y me compré el libro. Al año siguiente destinaron a mi padre a otra ciudad igual de aburrida, pero lo que me salvó fue que en el instituto había una profesora de latín, una mujer excéntrica, que cuando supo de mi interés por aprender griego se ofreció a darme clases a la hora del almuerzo. Se llamaba Alice Cowan y le debo mi carrera y mi felicidad”.

Tras la escuela secundaria se matriculó en lenguas en el St. Michael's College de la Universidad de Toronto, abandonó dos veces los estudios, al final del primero y del segundo curso.

Pasó durante un periodo corto de tiempo al mundo de las artes gráficas. Finalmente regresó a la Universidad de Toronto, donde completó su B. A. en 1974, su maestría en 1975. Finalmente, terminó su formación académica en 1981 con el grado de doctora con una tesis sobre Safo Odi et Amo Ergo Sum, publicada en 1986. También pasó un año estudiando métrica griega y crítica textual griega en la Universidad de St Andrews.

Durante algunos años residió en Montreal, donde enseñó en la Universidad McGill y en la Universidad de Míchigan, Reticente a que hablen sobre su vida, las biografías que aparecen en sus libros primeros libros señalan únicamente que Anne Carson vive en Canadá.

En su primer libro Eros (1986) desarrolla una meditación sobre el amor romántico y el deseo erótico.

“El libro -explica- es una aproximación a la naturaleza primigenia del deseo, que siempre se configura como una triangulación cuya consecuencia es la imposibilidad de alcanzar lo que se anhela. No en vano el significado de la palabra eros en griego es carencia”.

En 1992, a los 42 años, publicó en una editorial independiente su primer libro de poesía Short Talks. Le siguieron tres años después otros dos títulos en los que según la crítica "desdibuja la distancia entre narración, poesía y ensayo: Plainwater y Glass, Irony and God."[3]

En 2001 publicó uno de sus libros más conocidos, La belleza del marido, obra -según la crítica- cuyo desarrollo oblicuamente narrativo guarda cierta relación con Autobiografía de rojo. Subtitulado como “un ensayo ficticio en 29 tangos”, logró con este trabajo el Premio T. S. Eliot de poesía, concedido por primera vez a una mujer. En 2003 publicó una autobiografía, con el título de Red Doc>(El símbolo “>” apareció en el texto cuando pulsó una tecla por error, pero le gustó y decidió dejarlo).

Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas.

En 2010 especialmente afectada por la noticia de la muerte de su hermano de quien no sabía nada desde hacía años escribió Nox.

En 2014 recibió el premio Premio de Poesía Griffin, el premio más prestigioso de Canadá en poesía escrita en inglés por su libro Red Doc.

En 2015, su traducción de la tragedia Antígona de Sófocles fue interpretada en teatro por Juliette Binoche en el West End de Londres, posteriormente se representó en Amberes y Ámsterdam, Nueva York (Brooklyn Academy of Arts), y en el Festival de Edimburgo.

A lo largo de su trayectoria ha concedido pocas entrevistas, en una de ellas aseguraba que "Si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir. Es algo que busco a tientas en la oscuridad", y también que "escribes sobre lo que quieres escribir de la manera que tengas que hacerlo".

En junio de 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras. El jurado destacó para otorgarle el premio "su capacidad para construir una poética innovadora a partir del estudio del mundo grecolatino" y que "ha alcanzado unas cotas de intensidad y solvencia intelectual que la sitúan entre los escritores más destacados del presente".

El 8 de octubre de 2026 se anunció en la Academia de Suecia el Premio Nobel de Literatura otorgado a Anne Carson "por su obra audaz e innovadora que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea".

Obra

Eros the Bittersweet. Princeton University Press, 1986. (Eros. Poética del deseo, trad. Inmaculada C. Pérez Parra, Dioptrías, 2015).

Glass, Irony, and God. New Directions Publishing Company, 2002.

Short Talks. Brick Books, 1992.

The Glass Essay. New Directions Publishing Corporation, 1995.

Plainwater. Knopf, 1995.

Autobiography of Red: A Novel in Verse. Knopf, 1998 (Autobiografía de Rojo, ed. Calamus, México, 2009; trad. Jordi Doce, ed. Pre-textos, 2016).

Economy of the Unlost: Reading Simonides of Ceos with Paul Celan. Princeton University Press, 1999.

Men in the Off Hours. Knopf, 2001 (Hombres en sus horas libres, trad. Jordi Doce, Pre-Textos, 2007).

The Beauty of the Husband. Knopf, 2002 (La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, trad. Andreu Jaume, Lumen, 2003).

If Not, Winter: Fragments of Sappho. Knopf, 2002.

Decreation: Poetry, Essays, Opera. Knopf, 2005. (Decreation, trad. Jeannette L. Clariond, Vaso roto, 2014).

Grief Lessons: Four Plays by Euripides (traducción de Eurípides). New York Review Books Classics, 2006.

Nox. New Directions, 2010 (Nox, trad. Jeannette L. Clariond, Vaso Roto, 2018).

Antigonick. New Directions, 2012.

Red Doc. Knopf, 2013. Secuela directa de su primera novela poética Autobiography of Red.

Iphigenia among the Taurians (traducción). University of Chicago Press. 2014.

The Albertine Workout. New Directions Poetry Pamphlet #13, 2014.

Float. Knopf, 2016. (Flota, trad. Andrés Catalán y Jordi Doce, Cielo eléctrico, 2020).

Premios y distinciones

Premio Lannan de Poesía 1996.

Premio Pushcart 1997.

Beca Guggenheim 1998.

Beca MacArthur 2000.

Premio de Poesía Griffin 2001 por Men in the Off Hours.

Premio T.S. Eliot 2001 por The Beauty of the Husband.

Miembro de la Orden de Canadá, 2005.

Premio 2010 PEN Award for Poetry in Translation.

Premio 2012 doctor honoris causa por la Universidad de Toronto.

Premio 2014 Folio Prize por Red Doc[

Premio 2014 Griffin Poetry Prize ganadora canadiense por Red Doc.

Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía 2019

Premio Princesa de Asturias de las Letras, 2020.

Premio Nobel de Literatura 2026

lunes, 21 de septiembre de 2026

Fallece el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez

 I

 Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años, en El País, Juan Barbosa, Madrid - 21 sept 2026:

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral en EL PAÍS desde el año 2000, escritor y profesor, durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores. Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada literaria sobre la escena y quienes la habitan. En este diario, publicó una crítica semana en el suplemento Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Entre su obra novelística cabe destacar Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002; Libros del Asteroide, 2015), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) y Juegos reunidos (2016). También ha publicado obras relacionadas con el teatro y el cine, como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). También publicó biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Su mirada crítica estuvo muy vinculada a la memoria del teatro y de los cómicos, y a la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. A menudo, Ordóñez explicaba una de sus ideas esenciales sobre la crítica: escribir desde el entusiasmo y seguir la intuición a la hora de acercarse a los espectáculos y a los autores que consideraba interesantes. También defendía que el teatro se comprende plenamente cuando se ve encarnado por los actores, y no únicamente cuando se lee. Esa mirada, atenta a la representación y al trabajo de quienes la hacen posible, atravesó buena parte de su trayectoria.

El funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas.

II

“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 09 mar 2019:

Marcos Ordóñez recoge una sabrosa miscelánea de asuntos y emociones en su dietario ‘Una cierta edad’

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor... ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

Cada entrada es un descubrimiento, una causa de regocijo, de sonrisa, de meditación o de amable melancolía. Hay reflexiones, recuerdos, pasajes costumbristas –“los equipajes de las motos, también llamados cofres, parece que se hubieran inventado para apoyar la libreta y tomar notas por la calle”-, apuntes dignos del Woody Allen de Cómo acabar de una vez con la cultura o Sin plumas (“Adolfo Marsillach sale de su casa. Dos señoras comentan: ‘Ese es el padre de la hija de Adolfo Marsillach”), historias más largas (la desternillante de Julia Gutiérrez Caba sobre uno de los momentos más difíciles de su carrera representando una obra de Agatha Christie), efusiones (“¡Dios bendiga a James Salter!”) y anotaciones de cariz muy personal: “Sueño que viajo en el tiempo hasta el año 68 para follar con Emma Cohen (...) Un sueño estupendo, de los que no abundan”.

Ordóñez (Barcelona, 1957) está esperando en la puerta del bar para hablar de su libro. Luce una gorra de béisbol de los Yankees que desentona con el resto de su sobria indumentaria y le proporciona un aire a lo Harry Dean Stanton en París, Texas. Se apunta a pedir un oporto y cuando los traen, entrechoca su copa lanzando su lema favorito (aparte del “dilo con firmeza pero finamente”, de Quintiliano), el brindis irlandés de John Huston: “Por el impulso”.

“En un libro como Una cierta edad cabe todo, casi”, señala. “Actualidad hay poca, porque se disuelve rápido. No es un dietario teatral, aunque el teatro forma parte importante de mi vida y sale, claro”. El autor describe así lo que hay en su libro, confeccionado con “platos muy variados”: “Recuerdos, crónicas breves, apuntes al sesgo, microrrelatos, pequeños poemas, humoradas luminosas o bromas oscuras de la existencia”. Hay más: “El paso de la edad, el tiempo, cosas que te obsesionan”. Son todos textos escritos entre 2011 y 2016. Dice Ordóñez que en ellos acaso se encuentre “mi esencia sin argumento, mi voz hecha de muchas”.

Sobre la clave del género, reflexiona: "Lo bonito es la libertad que te proporciona, puedes correr en cualquier dirección, con la condición de no ponerte estupendo. Lo que atrapas es muchas veces que te cae, has de estar, por tanto, muy atento”. Un ejemplo, el cartel del loro perdido que “atiende por Kostia”, necesita “dieta especial” y es indispensable “en terapia depresiva de un familiar”. Otro: “Este no es barrio de guisantes”. Otro más, una gitana en la Seguridad Social: “La niña, que tiene escocío el regocijo”. Dice que le abrieron los ojos al interés actual del dietario dos escritores que lo frecuentan, Ignacio Vidal-Folch e Iñaki Uriarte. "Ambos tienen ese talento para coger algo”. ¿Cioran? “Te parte el alma, pero en cambio me gustan mucho Jules Renard –al que descubrimos por Pla- y Charles Simic con sus píldoras sanadoras” (i. e. “la belleza de un momento fugaz es eterna”). Aborrece Ordóñez “esos dietarios en que la mitad es ajuste de cuentas”. Para él es fundamental entretener, ofrecer algo de humor “y pillar un poco de belleza”. Aunque algún texto tenga la extensión y la fuerza de un aforismo, el escritor marca distancias: “El aforismo quizá es escucharse un poco demasiado a uno mismo”, lo que no está mal como, precisamente, aforismo. En Una cierta edad abundan los amigos del autor (Lady Espert, la Sardà, Mario Gas, Shakespeare, la gata Rosalía) muchos desaparecidos (Anna Maria Moix, Rosa Novell, Anita Lizaran). “Alguien dijo que a partir de cierta edad caminas en dos lugares, el presente y el pasado, continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido”.

Marcos Ordóñez se marcha dejando tras él un reguero de historias y de frases en las que resuena su voz cavernosa a lo Constantino Romero. A recordar desde la primera del libro (de su querido Ennio Flaviano), “la situación es grave pero no seria”, hasta la penúltima (suya), “tres señales indicativas de que el día, pese a todo, ha sido bueno: si he atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: ‘Bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio”. La última es: “Buenas noches. Feliz año nuevo”.

III

Marcos Ordóñez: “El crítico tiene alma de comadrona”, en Núvol, Oriol Puig Taulé 7/07/2017:

"El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio".

Hemos citado a Marcos Ordóñez, crítico de teatro y escritor, en nuestra redacción a las cuatro de la tarde. Nuestra intención era hacer esta entrevista en el patio naranja de Vilaweb, tono que se está convirtiendo, casi sin quererlo, en el color corporativo de Núvol, pero el sol y el calor nos hacen buscar una alternativa. Pasamos al plató, con paredes de color negro y aire acondicionado, y empezamos a hablar sobre los influencers. Ordóñez confiesa que no sabe qué son ni qué hacen, cuando le cuento que una joven estudiante de bachillerato escénico me ha contactado porque quiere convertirse en una “influencer teatral”.

Marcos, ¿eres consciente que tú mismo eres un influencer? Sólo hace falta ver tus publicaciones en Facebook, cuando recomiendas una película, un libro o una serie, ya no digamos un espectáculo, y mucha gente te lo agradece y, literalmente, se “apunta” tus recomendaciones.

Nada me gustaría más. Esta es un poco la idea. Yo estoy muy a favor de estar a favor, y eso ya es una declaración de principios. Hay muy poco espacio y muy poco tiempo para todo, y se tiene que intentar colocar la cuña donde se pueda. “¡Vayan a por esto!”. Entre todo el marasmo de cosas que suceden a nuestro alrededor, me gusta señalar lo que yo creo que vale la pena. Esto lo he intentado hacer siempre, pero creo que últimamente más: porque hay más oferta y tenemos menos tiempo. Y porque hay más crisis, y todos nos lo pensamos más antes de ver algo.

He leído en más de una ocasión en tus artículos que no crees que valga la pena hablar de un espectáculo fallido o que no te haya gustado. Eres de la opinión que en estos casos el crítico se limita a hacer un alarde de su inventiva y talento literario, cuando los espectáculos malos ya caen por sí solos.

De entrada yo escribo en El País, y esto tiene una determinada importancia: un palo en este periódico no es lo mismo que en otro medio, sobre todo si está dirigido a gente que está empezando o se está abriendo camino. Escribir que un espectáculo no te ha convencido resuena más en El País que en otros sitios. Procuro hablar de lo que me gusta por diferentes motivos: en primer lugar porque yo escribo mejor desde el entusiasmo. Otro factor muy importante es que yo elijo lo que veo, y también sobre qué voy a escribir. Durante muchos años hice una crítica diaria, o casi diaria, y ahora al tener un espacio semanal tengo el privilegio de poder elegir mucho más. Ahora bien, esto no quiere decir que si Lluís Pasqual o Miguel del Arco o el director que sea hace un espectáculo que no me ha convencido, yo esté obligado a comentarlo. Hay mucho para elegir. Y un palo a Pasqual no le va a fastidiar ni a afectar mucho.

En mi caso me encuentro que tengo demasiados amigos en la profesión teatral: dramaturgos, directores, actores… Esto hace difícil el ejercicio de una crítica digamos que objetiva (cosa imposible, por otro lado), y en algunas ocasiones se me han enfadado cuando he escrito críticas negativas sobre sus montajes. ¿Cómo llevas el hecho de escribir sobre personas con quien tienes una relación personal o de amistad?

Nunca gusta. Sobre todo al que recibe [ríe]. Lo que pasa es que ya llevo muchos años en este oficio. El pasado marzo cumplí sesenta años. Y llevo muchos escribiendo sobre teatro y otras cosas. Creo que la gente de teatro se da cuenta cuando no eres un recién llegado, un crítico que quiere hacerse notar pegando un palo, o que le tiene una manía especial a alguien determinado. Somos todos compañeros de viaje. Siento que formo parte del mundo del teatro, me considero una persona de teatro. Evidentemente, yo hago otro tipo de trabajo, pero estamos en un camino paralelo. Y esto creo que la gente lo nota: puede que no te guste un espectáculo, pero el siguiente ya te gustará más. No sé si con esto te contesto a tu pregunta… Si quieres saber si se me han enfadado alguna vez, te diré que sí, que esto pasa. Yo incluso me pongo mal físicamente. Lo que sucede es que conoces a muchísima gente, y durante varios años sigues su trabajo. Si tienes una relación de amistad y ves que un espectáculo no ha salido o no ha acabado de cuajar, no diré que sea doloroso pero un poco sí que lo es. Lo que quieres es que funcione. El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio.

Hace años que te dedicas casi exclusivamente a la crítica teatral, aparte de tu faceta como escritor de novelas, pero también tienes mucha experiencia en la crítica musical y de cine, cosa que se nota sobremanera leyendo tus artículos. ¿De qué manera un conocimiento del mayor número posible de disciplinas artísticas lleva a una crítica mejor, en el caso del teatro?

Es que está todo relacionado, y para mí lo ha estado siempre. No se trata de compartimentos separados. Estás viendo una función y aparecen muchos referentes, que creo que es una palabra un poco fría. Mejor llamarlos vínculos, o herencias que te remeten a otras cosas. El teatro está hecho de herencias y el crítico lleva la antorcha de las generaciones pasadas, de la gente que ya no está, porque de todas las artes el teatro es el más efímero. Estás viendo una función y te das cuenta que tal actor o tal actriz está toreando como tal o cual. Creo firmemente que debemos seguir hablando de los mayores. El teatro tiene mucho de artesanía y de herencia. Mario Gas habla mucho de “familias”, y lo entiendo muy bien. Luego está la música, y cada vez se mezclan más todas las disciplinas artísticas. El otro día vi Bodas de sangre en la Biblioteca de Catalunya y me maravillaron los ecos que han conseguido el director Oriol Broggi y el músico Joan Garriga y su banda: estás viendo una obra andaluza pero tiene aires de western, de México, de las bandas sonoras de Ennio Morricone… Como decía el poeta: “son voces de muchas aguas”. Las referencias no las buscas, simplemente van saliendo. Recuerdo una crítica que escribí hace años sobre ¿Estás ahí?, una obra de Javier Daulte que había visto varias veces: hice comparaciones con marcas históricas de chicles. Comparaba ese montaje con el Bazooka, que era un chicle muy duradero. Y otro espectáculo, que no recuerdo, lo comparaba con el Dunkin, que era un chicle rosáceo, en nuestra época para niñas, que comprabas sólo cuando no había Bazooka. Era como comprar el Lily cuando en el quiosco no tenían el Tío Vivo.

Tus inicios como crítico fueron en el campo de la música y el cine, pero el teatro siempre estaba ahí. ¿De qué forma el teatro acabó convirtiéndose en el centro de tu actividad crítica?

De pequeño anotaba muchas cosas para contármelas a mí mismo. Era casi como un coleccionista de cromos, y esto me pasaba mucho con las películas (“Ya tengo tres de Éric Rohmer”). Esas crónicas eran una manera de contarme a mí mismo lo que había visto, para ver cómo funcionaba el juguete. Con el teatro era distinto, no sé muy bien el porqué: había algo teatral en el hecho de escribir la crítica, como si fuera para un periódico, como si tuviera que salir publicada al día siguiente. Como en Ciudadano Kane, que justo después de la función Orson Welles está esperando con ansia lo que escribirá Joseph Cotten en su crítica. Nadie esperaba mis escritos, pero ya había en aquello una voluntad periodística. Siempre me he movido entre lo periodístico y lo intímo, y la crítica teatral es como recomendar una cosa a un amigo. Creo que lo primero que publiqué como crítico de teatro fue en la segunda temporada del Teatre Lliure, en el año 1978, y hablaba de Les tres germanes o Hedda Gabler, para Ajoblanco (que ahora ha vuelto a editarse), revista que entonces se vendía una barbaridad. Hubo una época en El Correo Catalán que iba a por todas, cuando preguntaban quién quería cubrir algo yo siempre era el primero en levantar la mano. En esto me siento muy identificado con Juan Cruz, que venía de Tenerife y tenía unas ganas locas de verlo todo. Es una maravilla cuando entras en una redacción y lo quieres hacer todo: escribir crónicas, hacer entrevistas, proponer reportajes… En aquellos tiempos escribía más de música, pero seguía con el teatro. Entré en el ABC cuando abrieron la delegación de Cataluña y ahí tenía mucho espacio para escribir, una página entera, e incluso había hecho alguna doble página sobre espectáculos que me habían gustado mucho. Más tarde estuve en un diario de corta vida, que se llamaba El Observador, que en esa época lo dirigía Vicent Sanchis, y me dio una página entera. En aquellos años era un poco más cabestro, escribiendo. Quizás por lo que decías, porque no conocía a mucha gente de la profesión. Con el paso del tiempo conoces a todo el mundo y vas modulando la forma, pero creo que se puede decir todo. Quintiliano decía “Suaviter in modo, fortiter in re”. Opino que es importante el suaviter in modo, y que no hace falta el tan fortiter in re [ríe].

Y ahí sigues, con tu crítica semanal de teatro en El País, aparte de tus crónicas de los jueves donde hablas de teatro pero no exclusivamente.

Hay una cosa que me sorprende bastante de mis amigos de juventud, y es que algunos han dejado las drogas: algunos no escuchan música, porque no tienen tiempo, otros ya no leen libros (o sólo en verano) y vas a su casa y rejuveneces de golpe, porque ves libros de hace veinte o treinta años. Yo mismo, por ejemplo, ahora voy a poquísimos conciertos, porque me canso como una perra de estar ahí de pie. Pero el teatro dura, ahí sigo. Soy como el conejito de Duracell.

Mirando atrás y viendo tus comienzos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ¿cómo ves el periodismo cultural y la crítica teatral hoy en día, comparados con aquellos años?

Los medios digitales los controlo poco, porque hay muchos. Yo soy de una generación donde había muchísimas publicaciones en papel, y me duele ver como van desapareciendo muchísimos espacios, como árboles caídos (árboles que se talaban para hacer papel, por cierto). La gente ahora lee menos, y las previsiones son muy apocalípticas: llega el final de una era. Pero he oído tantas profecías apocalípticas en mi vida: que el libro digital iba a eliminar el papel, por ejemplo. Todo va tan rápido que se convierte en cliché. A mí me gusta el papel. Cuando me habéis regalado el ejemplar de Núvol en papel lo primero que he hecho ha sido olerlo. Lo digital está muy bien, sí, pero… Sí, pero. Y desconozco muchas de las cosas que salen, y de tanto en tanto alguien me recomienda un blog o un medio digital que se me había escapado.

Eres profesor del Máster de Periodismo Cultural de la Universitat Pompeu Fabra y de la Barcelona School of Management. ¿En qué consiste tu actividad pedagógica y cómo ves a los jóvenes que quieren dedicarse a la comunicación y al periodismo cultural?

Hago bastantes cosas, la verdad. En el primer trimestre de Comunicación doy una asignatura que habría que cambiarle el título, porque es halagador pero muy pomposo, “Dirección de actores”. Ahí me siento como un coach o entrenador deportivo, hago de Padre Flanagan (el fundador de la Ciudad de los Muchachos). En la Pompeu Fabra los alumnos son eternamente jóvenes, porque siempre tengo los de tercero. Trato de detectar el talento y lanzarles a la piscina, de conseguir que se pongan a actuar y a dirigir, aunque sea con el papel en la mano. Cuando ves que alguien le lanza rápido a la piscina, algo que se ve enseguida, es un placer enorme. El otro día hablaba de Elena Martín, que acaba de debutar con su primera película Júlia ist, y que en mi clase ya le vi ese brillo en los ojos. Es todo un poco complicado, la verdad, porque estás con cuarenta alumnos, y al mismo tiempo intentando que apaguen el móvil.

En el Máster de Periodismo Cultural de la UPF los grupos son mucho más reducidos, entre quince y veinte alumnos, cosa que permite clases más interesantes. He comprobado que el interés de los estudiantes por el teatro varia según los años, va por promociones. El máster es como un pack donde hay cursos de cine, teatro, artes plásticas y literatura. Yo acabo hablando de teatro más que de crítica teatral, y ves que hay alumnos que les interesa más que a otros. Hay muchos estudiantes de Latinoamérica, a los que los nombres catalanes o españoles no les dicen nada en particular. Con Clàudia Brufau, que creo que trabaja con vosotros, también fue un amor a primera a vista: a la que empezó a hablar vi que era una persona de teatro, y sobre todo de danza. Lo ves enseguida, son gente que va a tirar por ahí. Cuando encuentras a alguien que es familia, es como jugar al póquer y ganar. En el máster doy los cursos de “Crítica teatral” y “Principales corrientes teatrales contemporáneas”, sobre periodismo cultural y teatro. Ahí les pongo a escribir e intento pasarles mi experiencia sobre cómo se hace esto. “Que parezca un accidente”, como se dice en la mafia, como si lo acabaras de escribir… Que parezca fácil, en definitiva.

En tus críticas sueles terminar con consejos y avisos a los espectadores y a los posibles programadores que lean tus artículos: “No se la pierdan”, “Tiene que girar”, “Esto se tiene que ver en Madrid” (en el caso de producciones catalanas), “Tiene que hacer gira por toda España”… ¿Eres consciente de ello, y del poder (o no) que pueden tener tus palabras?

Hay una entrevista histórica en Cahiers du Cinéma entre Martin Scorsese y Paul Schrader, y ahí cuentan que de pequeños les pasaba lo mismo: en la escuela veían que los niños caminaban muy tranquilos, y pensaban “¿Cómo es posible que esta gente no corra a ver Balas vengadoras, de Sam Fuller?”. Tenían ganas de gritar “¡Paren todo lo que estén haciendo y vayan a ver Balas vengadoras!”. A mí me gusta hacer esto. Y hay que decirlo, porque antes las cosas duraban más, y ahora todos tenemos menos tiempo. Antes la cara B de un disco duraba más minutos: ahora dura lo mismo pero mientras suena hemos contestado los mensajes del móvil, hemos mirado el correo, etc…

Libros del Asteroide acaba de reeditar una de tus novelas, Detrás del hielo, que salió publicada en 2006. Háblanos un poco de este libro y de cómo afrontas la escritura de una novela. 

A Detrás del hielo le tengo un cariño especial, porque fue un parto difícil. Si me preguntan “Resúmela en una frase”, diré que es una novela de amor y revuelta. Una historia de creyentes, de una generación que cree en los libros, la música y el cine. Es una historia de un trío, como Jules et Jim, y la voz narradora es de una mujer que se llama Klara Liboch. Yo quería que pasara en un país de gran eferverscencia y que luego hubiera una dictadura (como España durante la Segunda República, Chile, Argentina, o la primavera de Praga), pero estaba atado por la contingencia. Al final decidí inventarme un país centroeuropeo, la República de Moira, y fue como jugar al Monopoly. Hice un mapa enorme, me inventé la historia del país, puse los arbolitos… Esto también lo ha hecho a lo grande Martín Caparrós en un libro de más de mil páginas que se llama La Historia (Anagrama, 2017): ha creado un país entero, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para mí escribir una novela es como rodar una película, de alguna manera. Como la produzco yo, puedo poner hasta helicópteros si hace falta. ¡Será por dinero! [ríe]. Luis Solano, el magnánimo editor de Libros del Asteroide –a quien Jehová y una cohorte de diosas le conserven muchos años– ya había reeditado mi libro Comedia con fantasmas, donde yo había montado una compañía. Para Detrás del hielo hice el “Director’s cut” del libro, sin añadir nada (al contrario que Francis Ford Coppola en Apocalypse now), donde básicamente quité cosas, remonté pasajes, con el miedo de ver si la cosa seguía aguantando.

¿Tienes en mente escribir otra biografía de algún actor o actriz, como hiciste con las memorias de Núria Espert (De aire y fuego, Aguilar, 2002) o Ava Gardner (Beberse la vida, Aguilar, 2004)?

Hay un género que me gusta mucho y son los dietarios. Los he ido escribiendo por épocas, dependiendo si estaba o no en otras cosas, y ahora sacaré un primer volumen, que va desde el 2011 hasta el 2016. Primero lo tiene que leer mi mujer, Pepita forever, que es quien hace la criba, y me dice qué es lo que vale la pena.

Soy un gran lector de diarios porque es una materia muy flexible y porosa: pueden ser casi jaculatorias, mini-cuentos, reflexiones, recuerdos… Muchas de estas cosas salían publicadas en El País, en el blog o en el artículo de los jueves que antes era más largo. Los diarios se llamarán Una cierta edad, una frase que últimamente me dicen mucho: “Tú ya tienes una cierta edad”. Tendrán el tono de mis críticas, unos diarios donde no hay ajustes de cuentas y donde intento encontrar lo bello de las cosas, lo que da alegría y vida.

Seguimos charlando con Marcos Ordóñez, con la cámara apagada y nuestra fotógrafa Ester Roig ya fuera del plató. Y ahí hace su aparición mi “momento fan” y le pido si me puede firmar mi ejemplar de Molta comèdia. Cròniques de teatre 1987-1995 (Edicions La Campana, 1996). Ya en la redacción, Marcos ojea (y huele) el ejemplar de Ajoblanco que nos ha llegado hace poco, y me sigue hablando de Bodas de sangre mientras le acompaño a la puerta.

Nos vemos en los teatros, Marcos.

IV

Fallece Marcos Ordóñez: “Siempre tuyo, Frankie Broadway”. Obituario, en La Vanguardia de Barcelona, Juan Carlos Olivares, 21/09/2026:

A Marcos lo recuerdo como el rey absoluto de la ínsula de Barataria de la sección de Cultura y Espectáculos de la delegación de Catalunya del ABC. Una redacción embutida en un entresuelo de la calle Rosselló en la que convivían el Macintosh Classic con las máquinas de escribir en una Barcelona justo antes y después de la vorágine olímpica. Una sección que, como él mismo, fomentaba una idea generosa y ecléctica de la cultura. Excepcionalidad más soportada que querida que, como Camelot, fue intensa, brillante y fugaz. Los mediocres le pusieron, en cuanto pudieron, un puente de plata que él cruzo para nunca más depender de nadie.

A Marcos lo recuerdo en su casita del barrio del Farró, en una soirée improvisada. En la mesa baja de salón un despliegue apetitoso, entre ceniceros y vasos a medio consumir, de discos y libros. Risas, frases ingeniosas, conversaciones cruzadas y la capacidad inagotable del anfitrión de saltar del fragmento de una novela a la escena de una película, del diálogo de una obra de teatro a una canción que, como un prestigiador, sonaba de repente en el tocadiscos siempre a mano. Y la banda sonora saltaba de Gato Pérez a Sarah Vaughan y luego rugía sin previo aviso Van Morrison. Y así hasta el infinito y más allá de estilos y géneros. No había conocido nunca a nadie que tuviera ese ingente conocimiento humanista sobre música, cine, teatro y literatura y que lo compartiera sin freno como quien reparte y comparte una bolsa de chuches. Para el novato en ese círculo –Frankie Broadway, me llamaba– era casi un estado de borrachera estendhaliana. Era apabullante. Marcos infundía respeto y secretamente disfrutaba del equívoco. El físico y la voz de un gigante refugiado tras sus gafas, barba y gorras o sombreros. También por ese conocimiento renacentista contemporáneo que manaba sin parar y convertían sus ensayos, biografías, novelas y críticas de teatro en espléndidos retablos de referentes.

Pero tras esa apariencia a veces inexpugnable, existía un hombre que reservaba siempre una página de cortesía a la misma dedicatoria: “Pepita Forever”. Pepita, su compañera hasta las últimas brumas compartidas. Esa serena presencia de larga melena siempre a su lado. Ese otro Marcos más vulnerable que afloraba en sus páginas autobiográficas cargadas de una emotiva nostalgia, de un cariño complejo por su círculo más íntimo. Es leer Un jardín abandonado por los pájaros (un relato sobre su familia) y ver en cinemascope una Barcelona pretérita tan bien retratada como cualquier aventi de Juan Marsé. Tenía un respeto inmenso, muy al estilo argentino, por los artistas que alimentaron desde niño su pasión por las artes. Era casi natural que fuera precisamente él el que redactara las memorias de Alfredo Landa (Alfredo el Grande) o centrara su atención en el Madrid de las maravillas de los años cincuenta de Perico Vidal (Big Time: la gran vida de Perico Vidal) o Ava Gardner (Beberse la vida: Ava Gardner en España). Los artífices para que se cumplieran sus sueños semana tras semana en los cines de reestreno de la Barcelona del desarrollismo.

A Marcos lo recuerdo en los largos viajes de ida y vuelta en coche que el festival Temporada Alta ponía a disposición de la crítica. Nunca pasaron ángeles del silencio por ese apretado cubículo sobre ruedas. Escuchándole entendía por qué siempre lo tuve como el principal referente de los últimos grandes críticos de esta ciudad. Un mentor discreto que me ofreció mi primera oportunidad en el ABC y nunca se apartó del todo en esta azarosa trayectoria de la crítica teatral. Con el tiempo se volvió más indulgente, incluso llegó a expresar públicamente que se arrepentía de la dureza de algunas de sus críticas. Quizá era la enfermedad la que empezaba a resquebrajar esa coraza que solo desmontaba en la más estricta intimidad. Su amor por el teatro y sus artistas siempre estuvo ahí, pero sus opiniones eran severas, a veces cáusticas, ingeniosas, sin excusa justas. Pero esa parte más implacable fue remitiendo con el tiempo y empezó a prevalecer solo aquello que sustentaba todo lo bueno que le podía ofrecer un escenario. Desde su tribuna en Babelia se permitió la libertad de renunciar a las malas críticas. Se volvió positivamente selectivo. Así entendía ahora la crítica, como un mecenas de papel. Cuidaba los amigos, apadrinaba el talento emergente, subrayaba la excelencia, el riesgo, el oficio. Una subjetividad en positivo. Marcos nunca fue un crítico ponderado en sus querencias. Vivía la representación con intensidad, por su fascinación eterna por la ficción. Una conexión que a veces le traspasaba dolorosamente, como aquella noche que le dejó herido el Purgatorio de Romeo Castellucci (Teatre Lliure, Grec’09)

A Marcos lo recuerdo en las llamadas para repasar la cartelera (“Frankie Hollywood, ¿qué hay de bueno?”) cuando su salud se hizo más frágil y su presencia en los teatros más puntual. Recuerdo el cariño que se expandía y que amigos y conocidos nos percatábamos de que algo había cambiado. Recuerdo una última visita hace tres años en su casita del Farró. Todo seguía casi igual. Quizá ya no había tantos libros sobre la mesa baja. Los discos guardados en sus fundas. Quizá su atención iba y venía, pero me saludó con un familiar “Frankie Broadway” después de un largo tiempo sin vernos. Ya no tengo más recuerdos de quien considero mi maestro y referente. Hoy mismo volveré abrir Molta comèdia, sus crónicas teatrales entre 1987 y 1995) para entender por qué es tan importante esto de la crítica teatral y que es un dolor que hayamos perdido una voz con tanta dignidad mucho antes de que se marchara en paz.

V

[De Wikipedia]

Marcos Ordóñez (Barcelona, 25 de marzo de 1957-Barcelona, 21 de septiembre de 2026)[1] fue un crítico teatral, escritor y profesor español.[2]

Biografía

En 1988 publicó su primera novela, titulada El signo de los tiempos (Plaza & Janés).[3]

Escribió la obra La noche de Eldorado, que fue llevada al escenario en 1991.

Desde 1994 fue profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En 1997 su novela Rancho aparte recibió una mención especial del jurado del Premio Nadal (que ese año ganó Carlos Cañeque, con Lorenzo Silva como finalista). Rancho aparte está ambientada en la Barcelona de la década de 1950 y fue publicada por la editorial Destino.[4]

Desde 2001 hasta diciembre de 2021 fue crítico teatral del diario El País y colaborador del suplemento cultural Babelia.[5][1]

Parte de su obra tiene un fuerte componente autobiográfico. Así, en A cualquiera puede sucederle relata el mundo de sus abuelos; Una vuelta por el Rialto es, en sus palabras, autobiografía literaria. Otras tres piezas, Turismo interior, Gaseosa en la cabeza y Un jardín abandonado por los pájaros, también tienen elementos personales de Ordóñez.[6]

Obra

Gato Pérez, la rumba como ética (biografía), Ediciones Júcar, 1987.[7]

El signo de los tiempos (novela), Plaza & Janés, 1988.[3]

A cualquiera puede sucederle (novela), Plaza & Janés, 1990.

La esencia del guaguancó (relatos), Ediciones Versal, 1991.

Una vuelta por el Rialto (memorias), Anagrama, 1994.

Molta comèdia. Croniques de teatre 1987−1995 (críticas), Edicions La Campana, 1996.

Rancho aparte (novela), Ediciones Destino, 1997.

La bestia anda suelta: ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo! (biografía), Glenat Ediciones, 1997.

Puerto Ángel (novela), Ediciones Destino, 2000.

Tarzán en Acapulco (novela), Ediciones Destino, 2001.

Comedia con fantasmas (novela), Plaza & Janés, 2002.

con Nuria Espert: De aire y fuego (biografía), Aguilar, 2002.

A pie de obra: Escritos sobre teatro (críticas), Alba Editorial, 2003.

Beberse la vida: Ava Gardner en España (biografía), Aguilar, 2004.[8]

Detrás del hielo (novela), Bruguera, 2006.[3]

Ronda del Gijón: una época de la historia de España (biografía), Aguilar, 2007.

Alfredo el Grande. Vida de un cómico: Landa lo cuenta todo (biografía), Aguilar, 2008.

Turismo interior (relatos), Lumen, 2010.

Telón de fondo: Algunas cosas que aprendí en el teatro (memorias), El Aleph Editores, 2011.

Un jardín abandonado por los pájaros (memorias), El Aleph Editores, 2013.[9]

Big Time: la gran vida de Perico Vidal (biografía), Libros del Asteroide, 2014.[10]

Juegos reunidos (memorias), Libros del Asteroide, 2016.[11]

Una cierta edad (dietarios 2011−2016), Anagrama, 2019.

Una joven pareja (novela), Pepitas de Calabaza, 2021.[12]

Notas

1.  «Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años». El País. 21 de septiembre de 2026. Consultado el 21 de septiembre de 2026.

2. Perfil de Marcos Ordóñez, en la web Dialnet, consultada el 22 de mayo de 2022.

3. Ángel Basanta (29 de junio de 2006). «Detrás del hielo». El Cultural. Consultado el 8 de julio de 2016.

4. Xavier Moret (7 de enero de 1997). «Carlos Cañeque gana el Premio Nadal con un juego metaliterario a la sombra de Borges». El País. Consultado el 18 de diciembre de 2016.

5. PAÍS, Ediciones EL. «Artículos escritos por Marcos Ordóñez». El País. Consultado el 6 de marzo de 2022.

6. Iglesia (2013).

7. Álvaro Corazón Rural (mayo de 2015). «Gato Pérez, músico único que solo pudo darse en una Barcelona que ya no existe». Jot Down. Consultado el 25 de junio de 2016.

8. Moix, Ana María (20 de noviembre de 2004). Ha llegado una estrella. El País. Consultado el 3 de marzo de 2017.

9. «Marcos Ordóñez novela su autobiografía y la de la Barcelona de los 60». Eldiario.es. 1 de marzo de 2013. Consultado el 23 de octubre de 2016.

10. Mercedes Cebrián (26 de diciembre de 2014). «Cuando Rusia estaba en Soria». El País. Consultado el 24 de junio de 2016.

11. Toni Iturbe: «Las noches eternas de Marcos Ordóñez», Mercurio, panorama de libros, n.º 178, febrero de 2016, pág. 27.

12. «Una joven pareja | Pepitas de calabaza». www.pepitas.net. Consultado el 5 de septiembre de 2021.

VI

 Muere a los 69 años Marcos Ordóñez, escritor y crítico teatral que supo combinar la erudición y el entusiasmo, en elPeriódico, Rafael Tapounet, Barcelona, 21 SEPT 2026:

Cronista cultural de referencia por su mezcla de rigor, memoria y pasión, fue también autor de una amplia obra narrativa de carácter autobiográfico

Cuando en 2013 el escritor, crítico teatral y profesor Marcos Ordóñez participó en la segunda edición del festival Primera Persona, sacó para cerrar su intervención una botella de chinchón y, haciendo suyo el brindis irlandés favorito de John Huston, invitó a todos los presentes a beber "por el impulso". Nacido en Barcelona en 1957, a Ordóñez, autor de una veintena de libros y crítico de absoluta referencia para varias generaciones de aficionados al teatro, a la música y al cine, nunca le faltó el impulso. Su desmesurado afán por descubrir, por conocer y por compartir, siempre desde el entusiasmo, se tradujo en una obra de gigantesca erudición, a menudo con un fondo autobiográfico, que abarca diversos géneros y que refleja múltiples intereses. Una producción rica y generosa que la enfermedad interrumpió a finales de 2021 y que ha quedado ahora definitivamente truncada con la muerte de Ordóñez a los 69 años.

Que el primer libro publicado por Marcos Ordóñez fuera una semblanza literaria (y una lúcida reivindicación) del rumbero Gato Pérez ('Gato Pérez, la rumba como ética', 1987) ya da una pista sobre su determinación a la hora de derribar las barreras entre cultura académica y cultura popular. En su bibliografía se mezclan sin orden jerárquico las novelas, los libros de relatos, los volúmenes de memorias, los escritos sobre teatro, las crónicas de época, las biografías de personajes como Ava Gardner, Núria Espert, Alfredo Landa y Perico Vidal y hasta un libro entrevista con Álex de la Iglesia.

Una vocación precoz

Dueño de una precoz vocación escritora que adquirió consistencia al leer con 12 años las novelas de Somerset Maugham, Ordóñez dejó constancia en los dietarios reunidos en 'Una cierta edad' (2019) de los nombres de algunos de sus autores "más queridos": Bernard Frank, Patrick Modiano, Truman Capote, James Salter, Gabriel Ferrater, Raymond Chandler, Peter Handke, W. H. Auden… También Juan Marsé y Francisco Casavella, con quienes mantuvo una relación de amistad, y, por supuesto, Anton Chejov, a quien dedicó algunas de sus más brillantes páginas de crítica teatral.

Ordóñez tenía apenas 21 años cuando se estrenó como crítico teatral en las páginas de la revista 'Ajoblanco'. Después de pasear su firma por cabeceras como 'El Correo Catalán', 'ABC', 'El Observador', 'Avui' y 'Fotogramas', en el año 2000 empezó a escribir sobre teatro en el diario 'El País' y siguió haciéndolo durante más de dos décadas, imponiendo una personalísima mirada sobre las artes escénicas que combinaba el rigor, la memoria y la pasión.

VII

Reseñas de sus libros en Lecturalia.