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lunes, 21 de septiembre de 2026

Fallece el escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez

 I

 Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años, en El País, Juan Barbosa, Madrid - 21 sept 2026:

El periodista y docente, que trabajó en EL PAÍS, fue durante décadas una de las voces de referencia de la crítica teatral española

Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), uno de los nombres más reconocibles de la crítica teatral española de las últimas décadas, ha muerto este lunes en Barcelona a los 69 años. Crítico teatral en EL PAÍS desde el año 2000, escritor y profesor, durante años estuvo vinculado a la Universitat Pompeu Fabra, donde impartió guion cinematográfico y dirección de actores. Su escritura combinó la crítica de espectáculos con una mirada literaria sobre la escena y quienes la habitan. En este diario, publicó una crítica semana en el suplemento Babelia hasta diciembre de 2021, cuando se retiró por problemas de salud, que se fueron agravando en los últimos años.

Entre su obra novelística cabe destacar Una vuelta por el Rialto (1994), Rancho aparte (1997), Puerto Ángel (1999), Tarzán en Acapulco (2001), Comedia con fantasmas (2002; Libros del Asteroide, 2015), Detrás del hielo (2006), Turismo interior (2010), Un jardín abandonado por los pájaros (2013) y Juegos reunidos (2016). También ha publicado obras relacionadas con el teatro y el cine, como Beberse la vida: Ava Gardner en España (2004), Telón de fondo (2011) o Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014). También publicó biografías de Núria Espert y Alfredo Landa.

Su mirada crítica estuvo muy vinculada a la memoria del teatro y de los cómicos, y a la relación entre teatro, cine, música y cultura popular. A menudo, Ordóñez explicaba una de sus ideas esenciales sobre la crítica: escribir desde el entusiasmo y seguir la intuición a la hora de acercarse a los espectáculos y a los autores que consideraba interesantes. También defendía que el teatro se comprende plenamente cuando se ve encarnado por los actores, y no únicamente cuando se lee. Esa mirada, atenta a la representación y al trabajo de quienes la hacen posible, atravesó buena parte de su trayectoria.

El funeral se celebrará el miércoles en el tanatorio Ronda de Dalt de Barcelona, a las 18 horas.

II

“A partir de una edad, caminas entre el presente y el pasado”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 09 mar 2019:

Marcos Ordóñez recoge una sabrosa miscelánea de asuntos y emociones en su dietario ‘Una cierta edad’

“No sé quién me dijo que las últimas palabras de Paul Claudel habían sido estas: ‘Doctor... ¿usted cree que habrá sido el salchichón?’”. “Cuando yo era pequeño, detestaba el circo”. “Me acuerdo de Ángel Pavlovsky, un rey de la comedia, una noche de otoño, a la salida del Capitol: ‘El otro día un espectador se fue a media función pero volvió a entrar porque lo de afuera era peor’”. “La última frase, tan proustiana de John Hurt antes de caer abatido por una bala en Las puertas del cielo, de Michael Cimino: ‘Qué curioso, el año pasado, por estas fechas, yo estaba en París”. Recorre uno las entradas y las páginas de Una cierta edad (Anagrama), el dietario que acaba de publicar Marcos Ordóñez, en un feliz deambular entre variadísimos asuntos, personas (de Stendhal a Butch Cassidy pasando por Juan Cruz) y estados de ánimo.

Cada entrada es un descubrimiento, una causa de regocijo, de sonrisa, de meditación o de amable melancolía. Hay reflexiones, recuerdos, pasajes costumbristas –“los equipajes de las motos, también llamados cofres, parece que se hubieran inventado para apoyar la libreta y tomar notas por la calle”-, apuntes dignos del Woody Allen de Cómo acabar de una vez con la cultura o Sin plumas (“Adolfo Marsillach sale de su casa. Dos señoras comentan: ‘Ese es el padre de la hija de Adolfo Marsillach”), historias más largas (la desternillante de Julia Gutiérrez Caba sobre uno de los momentos más difíciles de su carrera representando una obra de Agatha Christie), efusiones (“¡Dios bendiga a James Salter!”) y anotaciones de cariz muy personal: “Sueño que viajo en el tiempo hasta el año 68 para follar con Emma Cohen (...) Un sueño estupendo, de los que no abundan”.

Ordóñez (Barcelona, 1957) está esperando en la puerta del bar para hablar de su libro. Luce una gorra de béisbol de los Yankees que desentona con el resto de su sobria indumentaria y le proporciona un aire a lo Harry Dean Stanton en París, Texas. Se apunta a pedir un oporto y cuando los traen, entrechoca su copa lanzando su lema favorito (aparte del “dilo con firmeza pero finamente”, de Quintiliano), el brindis irlandés de John Huston: “Por el impulso”.

“En un libro como Una cierta edad cabe todo, casi”, señala. “Actualidad hay poca, porque se disuelve rápido. No es un dietario teatral, aunque el teatro forma parte importante de mi vida y sale, claro”. El autor describe así lo que hay en su libro, confeccionado con “platos muy variados”: “Recuerdos, crónicas breves, apuntes al sesgo, microrrelatos, pequeños poemas, humoradas luminosas o bromas oscuras de la existencia”. Hay más: “El paso de la edad, el tiempo, cosas que te obsesionan”. Son todos textos escritos entre 2011 y 2016. Dice Ordóñez que en ellos acaso se encuentre “mi esencia sin argumento, mi voz hecha de muchas”.

Sobre la clave del género, reflexiona: "Lo bonito es la libertad que te proporciona, puedes correr en cualquier dirección, con la condición de no ponerte estupendo. Lo que atrapas es muchas veces que te cae, has de estar, por tanto, muy atento”. Un ejemplo, el cartel del loro perdido que “atiende por Kostia”, necesita “dieta especial” y es indispensable “en terapia depresiva de un familiar”. Otro: “Este no es barrio de guisantes”. Otro más, una gitana en la Seguridad Social: “La niña, que tiene escocío el regocijo”. Dice que le abrieron los ojos al interés actual del dietario dos escritores que lo frecuentan, Ignacio Vidal-Folch e Iñaki Uriarte. "Ambos tienen ese talento para coger algo”. ¿Cioran? “Te parte el alma, pero en cambio me gustan mucho Jules Renard –al que descubrimos por Pla- y Charles Simic con sus píldoras sanadoras” (i. e. “la belleza de un momento fugaz es eterna”). Aborrece Ordóñez “esos dietarios en que la mitad es ajuste de cuentas”. Para él es fundamental entretener, ofrecer algo de humor “y pillar un poco de belleza”. Aunque algún texto tenga la extensión y la fuerza de un aforismo, el escritor marca distancias: “El aforismo quizá es escucharse un poco demasiado a uno mismo”, lo que no está mal como, precisamente, aforismo. En Una cierta edad abundan los amigos del autor (Lady Espert, la Sardà, Mario Gas, Shakespeare, la gata Rosalía) muchos desaparecidos (Anna Maria Moix, Rosa Novell, Anita Lizaran). “Alguien dijo que a partir de cierta edad caminas en dos lugares, el presente y el pasado, continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido”.

Marcos Ordóñez se marcha dejando tras él un reguero de historias y de frases en las que resuena su voz cavernosa a lo Constantino Romero. A recordar desde la primera del libro (de su querido Ennio Flaviano), “la situación es grave pero no seria”, hasta la penúltima (suya), “tres señales indicativas de que el día, pese a todo, ha sido bueno: si he atrapado un momento de belleza, si he reído con alegría al menos una vez y si he podido decir: ‘Bueno, creo que tengo un borrador, mañana lo paso a limpio”. La última es: “Buenas noches. Feliz año nuevo”.

III

Marcos Ordóñez: “El crítico tiene alma de comadrona”, en Núvol, Oriol Puig Taulé 7/07/2017:

"El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio".

Hemos citado a Marcos Ordóñez, crítico de teatro y escritor, en nuestra redacción a las cuatro de la tarde. Nuestra intención era hacer esta entrevista en el patio naranja de Vilaweb, tono que se está convirtiendo, casi sin quererlo, en el color corporativo de Núvol, pero el sol y el calor nos hacen buscar una alternativa. Pasamos al plató, con paredes de color negro y aire acondicionado, y empezamos a hablar sobre los influencers. Ordóñez confiesa que no sabe qué son ni qué hacen, cuando le cuento que una joven estudiante de bachillerato escénico me ha contactado porque quiere convertirse en una “influencer teatral”.

Marcos, ¿eres consciente que tú mismo eres un influencer? Sólo hace falta ver tus publicaciones en Facebook, cuando recomiendas una película, un libro o una serie, ya no digamos un espectáculo, y mucha gente te lo agradece y, literalmente, se “apunta” tus recomendaciones.

Nada me gustaría más. Esta es un poco la idea. Yo estoy muy a favor de estar a favor, y eso ya es una declaración de principios. Hay muy poco espacio y muy poco tiempo para todo, y se tiene que intentar colocar la cuña donde se pueda. “¡Vayan a por esto!”. Entre todo el marasmo de cosas que suceden a nuestro alrededor, me gusta señalar lo que yo creo que vale la pena. Esto lo he intentado hacer siempre, pero creo que últimamente más: porque hay más oferta y tenemos menos tiempo. Y porque hay más crisis, y todos nos lo pensamos más antes de ver algo.

He leído en más de una ocasión en tus artículos que no crees que valga la pena hablar de un espectáculo fallido o que no te haya gustado. Eres de la opinión que en estos casos el crítico se limita a hacer un alarde de su inventiva y talento literario, cuando los espectáculos malos ya caen por sí solos.

De entrada yo escribo en El País, y esto tiene una determinada importancia: un palo en este periódico no es lo mismo que en otro medio, sobre todo si está dirigido a gente que está empezando o se está abriendo camino. Escribir que un espectáculo no te ha convencido resuena más en El País que en otros sitios. Procuro hablar de lo que me gusta por diferentes motivos: en primer lugar porque yo escribo mejor desde el entusiasmo. Otro factor muy importante es que yo elijo lo que veo, y también sobre qué voy a escribir. Durante muchos años hice una crítica diaria, o casi diaria, y ahora al tener un espacio semanal tengo el privilegio de poder elegir mucho más. Ahora bien, esto no quiere decir que si Lluís Pasqual o Miguel del Arco o el director que sea hace un espectáculo que no me ha convencido, yo esté obligado a comentarlo. Hay mucho para elegir. Y un palo a Pasqual no le va a fastidiar ni a afectar mucho.

En mi caso me encuentro que tengo demasiados amigos en la profesión teatral: dramaturgos, directores, actores… Esto hace difícil el ejercicio de una crítica digamos que objetiva (cosa imposible, por otro lado), y en algunas ocasiones se me han enfadado cuando he escrito críticas negativas sobre sus montajes. ¿Cómo llevas el hecho de escribir sobre personas con quien tienes una relación personal o de amistad?

Nunca gusta. Sobre todo al que recibe [ríe]. Lo que pasa es que ya llevo muchos años en este oficio. El pasado marzo cumplí sesenta años. Y llevo muchos escribiendo sobre teatro y otras cosas. Creo que la gente de teatro se da cuenta cuando no eres un recién llegado, un crítico que quiere hacerse notar pegando un palo, o que le tiene una manía especial a alguien determinado. Somos todos compañeros de viaje. Siento que formo parte del mundo del teatro, me considero una persona de teatro. Evidentemente, yo hago otro tipo de trabajo, pero estamos en un camino paralelo. Y esto creo que la gente lo nota: puede que no te guste un espectáculo, pero el siguiente ya te gustará más. No sé si con esto te contesto a tu pregunta… Si quieres saber si se me han enfadado alguna vez, te diré que sí, que esto pasa. Yo incluso me pongo mal físicamente. Lo que sucede es que conoces a muchísima gente, y durante varios años sigues su trabajo. Si tienes una relación de amistad y ves que un espectáculo no ha salido o no ha acabado de cuajar, no diré que sea doloroso pero un poco sí que lo es. Lo que quieres es que funcione. El crítico tiene alma de comadrona: quiere que el niño salga bien, y estar cerca de la madre apoyando el parto y el puerperio.

Hace años que te dedicas casi exclusivamente a la crítica teatral, aparte de tu faceta como escritor de novelas, pero también tienes mucha experiencia en la crítica musical y de cine, cosa que se nota sobremanera leyendo tus artículos. ¿De qué manera un conocimiento del mayor número posible de disciplinas artísticas lleva a una crítica mejor, en el caso del teatro?

Es que está todo relacionado, y para mí lo ha estado siempre. No se trata de compartimentos separados. Estás viendo una función y aparecen muchos referentes, que creo que es una palabra un poco fría. Mejor llamarlos vínculos, o herencias que te remeten a otras cosas. El teatro está hecho de herencias y el crítico lleva la antorcha de las generaciones pasadas, de la gente que ya no está, porque de todas las artes el teatro es el más efímero. Estás viendo una función y te das cuenta que tal actor o tal actriz está toreando como tal o cual. Creo firmemente que debemos seguir hablando de los mayores. El teatro tiene mucho de artesanía y de herencia. Mario Gas habla mucho de “familias”, y lo entiendo muy bien. Luego está la música, y cada vez se mezclan más todas las disciplinas artísticas. El otro día vi Bodas de sangre en la Biblioteca de Catalunya y me maravillaron los ecos que han conseguido el director Oriol Broggi y el músico Joan Garriga y su banda: estás viendo una obra andaluza pero tiene aires de western, de México, de las bandas sonoras de Ennio Morricone… Como decía el poeta: “son voces de muchas aguas”. Las referencias no las buscas, simplemente van saliendo. Recuerdo una crítica que escribí hace años sobre ¿Estás ahí?, una obra de Javier Daulte que había visto varias veces: hice comparaciones con marcas históricas de chicles. Comparaba ese montaje con el Bazooka, que era un chicle muy duradero. Y otro espectáculo, que no recuerdo, lo comparaba con el Dunkin, que era un chicle rosáceo, en nuestra época para niñas, que comprabas sólo cuando no había Bazooka. Era como comprar el Lily cuando en el quiosco no tenían el Tío Vivo.

Tus inicios como crítico fueron en el campo de la música y el cine, pero el teatro siempre estaba ahí. ¿De qué forma el teatro acabó convirtiéndose en el centro de tu actividad crítica?

De pequeño anotaba muchas cosas para contármelas a mí mismo. Era casi como un coleccionista de cromos, y esto me pasaba mucho con las películas (“Ya tengo tres de Éric Rohmer”). Esas crónicas eran una manera de contarme a mí mismo lo que había visto, para ver cómo funcionaba el juguete. Con el teatro era distinto, no sé muy bien el porqué: había algo teatral en el hecho de escribir la crítica, como si fuera para un periódico, como si tuviera que salir publicada al día siguiente. Como en Ciudadano Kane, que justo después de la función Orson Welles está esperando con ansia lo que escribirá Joseph Cotten en su crítica. Nadie esperaba mis escritos, pero ya había en aquello una voluntad periodística. Siempre me he movido entre lo periodístico y lo intímo, y la crítica teatral es como recomendar una cosa a un amigo. Creo que lo primero que publiqué como crítico de teatro fue en la segunda temporada del Teatre Lliure, en el año 1978, y hablaba de Les tres germanes o Hedda Gabler, para Ajoblanco (que ahora ha vuelto a editarse), revista que entonces se vendía una barbaridad. Hubo una época en El Correo Catalán que iba a por todas, cuando preguntaban quién quería cubrir algo yo siempre era el primero en levantar la mano. En esto me siento muy identificado con Juan Cruz, que venía de Tenerife y tenía unas ganas locas de verlo todo. Es una maravilla cuando entras en una redacción y lo quieres hacer todo: escribir crónicas, hacer entrevistas, proponer reportajes… En aquellos tiempos escribía más de música, pero seguía con el teatro. Entré en el ABC cuando abrieron la delegación de Cataluña y ahí tenía mucho espacio para escribir, una página entera, e incluso había hecho alguna doble página sobre espectáculos que me habían gustado mucho. Más tarde estuve en un diario de corta vida, que se llamaba El Observador, que en esa época lo dirigía Vicent Sanchis, y me dio una página entera. En aquellos años era un poco más cabestro, escribiendo. Quizás por lo que decías, porque no conocía a mucha gente de la profesión. Con el paso del tiempo conoces a todo el mundo y vas modulando la forma, pero creo que se puede decir todo. Quintiliano decía “Suaviter in modo, fortiter in re”. Opino que es importante el suaviter in modo, y que no hace falta el tan fortiter in re [ríe].

Y ahí sigues, con tu crítica semanal de teatro en El País, aparte de tus crónicas de los jueves donde hablas de teatro pero no exclusivamente.

Hay una cosa que me sorprende bastante de mis amigos de juventud, y es que algunos han dejado las drogas: algunos no escuchan música, porque no tienen tiempo, otros ya no leen libros (o sólo en verano) y vas a su casa y rejuveneces de golpe, porque ves libros de hace veinte o treinta años. Yo mismo, por ejemplo, ahora voy a poquísimos conciertos, porque me canso como una perra de estar ahí de pie. Pero el teatro dura, ahí sigo. Soy como el conejito de Duracell.

Mirando atrás y viendo tus comienzos a finales de los años setenta y principios de los ochenta, ¿cómo ves el periodismo cultural y la crítica teatral hoy en día, comparados con aquellos años?

Los medios digitales los controlo poco, porque hay muchos. Yo soy de una generación donde había muchísimas publicaciones en papel, y me duele ver como van desapareciendo muchísimos espacios, como árboles caídos (árboles que se talaban para hacer papel, por cierto). La gente ahora lee menos, y las previsiones son muy apocalípticas: llega el final de una era. Pero he oído tantas profecías apocalípticas en mi vida: que el libro digital iba a eliminar el papel, por ejemplo. Todo va tan rápido que se convierte en cliché. A mí me gusta el papel. Cuando me habéis regalado el ejemplar de Núvol en papel lo primero que he hecho ha sido olerlo. Lo digital está muy bien, sí, pero… Sí, pero. Y desconozco muchas de las cosas que salen, y de tanto en tanto alguien me recomienda un blog o un medio digital que se me había escapado.

Eres profesor del Máster de Periodismo Cultural de la Universitat Pompeu Fabra y de la Barcelona School of Management. ¿En qué consiste tu actividad pedagógica y cómo ves a los jóvenes que quieren dedicarse a la comunicación y al periodismo cultural?

Hago bastantes cosas, la verdad. En el primer trimestre de Comunicación doy una asignatura que habría que cambiarle el título, porque es halagador pero muy pomposo, “Dirección de actores”. Ahí me siento como un coach o entrenador deportivo, hago de Padre Flanagan (el fundador de la Ciudad de los Muchachos). En la Pompeu Fabra los alumnos son eternamente jóvenes, porque siempre tengo los de tercero. Trato de detectar el talento y lanzarles a la piscina, de conseguir que se pongan a actuar y a dirigir, aunque sea con el papel en la mano. Cuando ves que alguien le lanza rápido a la piscina, algo que se ve enseguida, es un placer enorme. El otro día hablaba de Elena Martín, que acaba de debutar con su primera película Júlia ist, y que en mi clase ya le vi ese brillo en los ojos. Es todo un poco complicado, la verdad, porque estás con cuarenta alumnos, y al mismo tiempo intentando que apaguen el móvil.

En el Máster de Periodismo Cultural de la UPF los grupos son mucho más reducidos, entre quince y veinte alumnos, cosa que permite clases más interesantes. He comprobado que el interés de los estudiantes por el teatro varia según los años, va por promociones. El máster es como un pack donde hay cursos de cine, teatro, artes plásticas y literatura. Yo acabo hablando de teatro más que de crítica teatral, y ves que hay alumnos que les interesa más que a otros. Hay muchos estudiantes de Latinoamérica, a los que los nombres catalanes o españoles no les dicen nada en particular. Con Clàudia Brufau, que creo que trabaja con vosotros, también fue un amor a primera a vista: a la que empezó a hablar vi que era una persona de teatro, y sobre todo de danza. Lo ves enseguida, son gente que va a tirar por ahí. Cuando encuentras a alguien que es familia, es como jugar al póquer y ganar. En el máster doy los cursos de “Crítica teatral” y “Principales corrientes teatrales contemporáneas”, sobre periodismo cultural y teatro. Ahí les pongo a escribir e intento pasarles mi experiencia sobre cómo se hace esto. “Que parezca un accidente”, como se dice en la mafia, como si lo acabaras de escribir… Que parezca fácil, en definitiva.

En tus críticas sueles terminar con consejos y avisos a los espectadores y a los posibles programadores que lean tus artículos: “No se la pierdan”, “Tiene que girar”, “Esto se tiene que ver en Madrid” (en el caso de producciones catalanas), “Tiene que hacer gira por toda España”… ¿Eres consciente de ello, y del poder (o no) que pueden tener tus palabras?

Hay una entrevista histórica en Cahiers du Cinéma entre Martin Scorsese y Paul Schrader, y ahí cuentan que de pequeños les pasaba lo mismo: en la escuela veían que los niños caminaban muy tranquilos, y pensaban “¿Cómo es posible que esta gente no corra a ver Balas vengadoras, de Sam Fuller?”. Tenían ganas de gritar “¡Paren todo lo que estén haciendo y vayan a ver Balas vengadoras!”. A mí me gusta hacer esto. Y hay que decirlo, porque antes las cosas duraban más, y ahora todos tenemos menos tiempo. Antes la cara B de un disco duraba más minutos: ahora dura lo mismo pero mientras suena hemos contestado los mensajes del móvil, hemos mirado el correo, etc…

Libros del Asteroide acaba de reeditar una de tus novelas, Detrás del hielo, que salió publicada en 2006. Háblanos un poco de este libro y de cómo afrontas la escritura de una novela. 

A Detrás del hielo le tengo un cariño especial, porque fue un parto difícil. Si me preguntan “Resúmela en una frase”, diré que es una novela de amor y revuelta. Una historia de creyentes, de una generación que cree en los libros, la música y el cine. Es una historia de un trío, como Jules et Jim, y la voz narradora es de una mujer que se llama Klara Liboch. Yo quería que pasara en un país de gran eferverscencia y que luego hubiera una dictadura (como España durante la Segunda República, Chile, Argentina, o la primavera de Praga), pero estaba atado por la contingencia. Al final decidí inventarme un país centroeuropeo, la República de Moira, y fue como jugar al Monopoly. Hice un mapa enorme, me inventé la historia del país, puse los arbolitos… Esto también lo ha hecho a lo grande Martín Caparrós en un libro de más de mil páginas que se llama La Historia (Anagrama, 2017): ha creado un país entero, como en aquel cuento de Jorge Luis Borges titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para mí escribir una novela es como rodar una película, de alguna manera. Como la produzco yo, puedo poner hasta helicópteros si hace falta. ¡Será por dinero! [ríe]. Luis Solano, el magnánimo editor de Libros del Asteroide –a quien Jehová y una cohorte de diosas le conserven muchos años– ya había reeditado mi libro Comedia con fantasmas, donde yo había montado una compañía. Para Detrás del hielo hice el “Director’s cut” del libro, sin añadir nada (al contrario que Francis Ford Coppola en Apocalypse now), donde básicamente quité cosas, remonté pasajes, con el miedo de ver si la cosa seguía aguantando.

¿Tienes en mente escribir otra biografía de algún actor o actriz, como hiciste con las memorias de Núria Espert (De aire y fuego, Aguilar, 2002) o Ava Gardner (Beberse la vida, Aguilar, 2004)?

Hay un género que me gusta mucho y son los dietarios. Los he ido escribiendo por épocas, dependiendo si estaba o no en otras cosas, y ahora sacaré un primer volumen, que va desde el 2011 hasta el 2016. Primero lo tiene que leer mi mujer, Pepita forever, que es quien hace la criba, y me dice qué es lo que vale la pena.

Soy un gran lector de diarios porque es una materia muy flexible y porosa: pueden ser casi jaculatorias, mini-cuentos, reflexiones, recuerdos… Muchas de estas cosas salían publicadas en El País, en el blog o en el artículo de los jueves que antes era más largo. Los diarios se llamarán Una cierta edad, una frase que últimamente me dicen mucho: “Tú ya tienes una cierta edad”. Tendrán el tono de mis críticas, unos diarios donde no hay ajustes de cuentas y donde intento encontrar lo bello de las cosas, lo que da alegría y vida.

Seguimos charlando con Marcos Ordóñez, con la cámara apagada y nuestra fotógrafa Ester Roig ya fuera del plató. Y ahí hace su aparición mi “momento fan” y le pido si me puede firmar mi ejemplar de Molta comèdia. Cròniques de teatre 1987-1995 (Edicions La Campana, 1996). Ya en la redacción, Marcos ojea (y huele) el ejemplar de Ajoblanco que nos ha llegado hace poco, y me sigue hablando de Bodas de sangre mientras le acompaño a la puerta.

Nos vemos en los teatros, Marcos.

IV

Fallece Marcos Ordóñez: “Siempre tuyo, Frankie Broadway”. Obituario, en La Vanguardia de Barcelona, Juan Carlos Olivares, 21/09/2026:

A Marcos lo recuerdo como el rey absoluto de la ínsula de Barataria de la sección de Cultura y Espectáculos de la delegación de Catalunya del ABC. Una redacción embutida en un entresuelo de la calle Rosselló en la que convivían el Macintosh Classic con las máquinas de escribir en una Barcelona justo antes y después de la vorágine olímpica. Una sección que, como él mismo, fomentaba una idea generosa y ecléctica de la cultura. Excepcionalidad más soportada que querida que, como Camelot, fue intensa, brillante y fugaz. Los mediocres le pusieron, en cuanto pudieron, un puente de plata que él cruzo para nunca más depender de nadie.

A Marcos lo recuerdo en su casita del barrio del Farró, en una soirée improvisada. En la mesa baja de salón un despliegue apetitoso, entre ceniceros y vasos a medio consumir, de discos y libros. Risas, frases ingeniosas, conversaciones cruzadas y la capacidad inagotable del anfitrión de saltar del fragmento de una novela a la escena de una película, del diálogo de una obra de teatro a una canción que, como un prestigiador, sonaba de repente en el tocadiscos siempre a mano. Y la banda sonora saltaba de Gato Pérez a Sarah Vaughan y luego rugía sin previo aviso Van Morrison. Y así hasta el infinito y más allá de estilos y géneros. No había conocido nunca a nadie que tuviera ese ingente conocimiento humanista sobre música, cine, teatro y literatura y que lo compartiera sin freno como quien reparte y comparte una bolsa de chuches. Para el novato en ese círculo –Frankie Broadway, me llamaba– era casi un estado de borrachera estendhaliana. Era apabullante. Marcos infundía respeto y secretamente disfrutaba del equívoco. El físico y la voz de un gigante refugiado tras sus gafas, barba y gorras o sombreros. También por ese conocimiento renacentista contemporáneo que manaba sin parar y convertían sus ensayos, biografías, novelas y críticas de teatro en espléndidos retablos de referentes.

Pero tras esa apariencia a veces inexpugnable, existía un hombre que reservaba siempre una página de cortesía a la misma dedicatoria: “Pepita Forever”. Pepita, su compañera hasta las últimas brumas compartidas. Esa serena presencia de larga melena siempre a su lado. Ese otro Marcos más vulnerable que afloraba en sus páginas autobiográficas cargadas de una emotiva nostalgia, de un cariño complejo por su círculo más íntimo. Es leer Un jardín abandonado por los pájaros (un relato sobre su familia) y ver en cinemascope una Barcelona pretérita tan bien retratada como cualquier aventi de Juan Marsé. Tenía un respeto inmenso, muy al estilo argentino, por los artistas que alimentaron desde niño su pasión por las artes. Era casi natural que fuera precisamente él el que redactara las memorias de Alfredo Landa (Alfredo el Grande) o centrara su atención en el Madrid de las maravillas de los años cincuenta de Perico Vidal (Big Time: la gran vida de Perico Vidal) o Ava Gardner (Beberse la vida: Ava Gardner en España). Los artífices para que se cumplieran sus sueños semana tras semana en los cines de reestreno de la Barcelona del desarrollismo.

A Marcos lo recuerdo en los largos viajes de ida y vuelta en coche que el festival Temporada Alta ponía a disposición de la crítica. Nunca pasaron ángeles del silencio por ese apretado cubículo sobre ruedas. Escuchándole entendía por qué siempre lo tuve como el principal referente de los últimos grandes críticos de esta ciudad. Un mentor discreto que me ofreció mi primera oportunidad en el ABC y nunca se apartó del todo en esta azarosa trayectoria de la crítica teatral. Con el tiempo se volvió más indulgente, incluso llegó a expresar públicamente que se arrepentía de la dureza de algunas de sus críticas. Quizá era la enfermedad la que empezaba a resquebrajar esa coraza que solo desmontaba en la más estricta intimidad. Su amor por el teatro y sus artistas siempre estuvo ahí, pero sus opiniones eran severas, a veces cáusticas, ingeniosas, sin excusa justas. Pero esa parte más implacable fue remitiendo con el tiempo y empezó a prevalecer solo aquello que sustentaba todo lo bueno que le podía ofrecer un escenario. Desde su tribuna en Babelia se permitió la libertad de renunciar a las malas críticas. Se volvió positivamente selectivo. Así entendía ahora la crítica, como un mecenas de papel. Cuidaba los amigos, apadrinaba el talento emergente, subrayaba la excelencia, el riesgo, el oficio. Una subjetividad en positivo. Marcos nunca fue un crítico ponderado en sus querencias. Vivía la representación con intensidad, por su fascinación eterna por la ficción. Una conexión que a veces le traspasaba dolorosamente, como aquella noche que le dejó herido el Purgatorio de Romeo Castellucci (Teatre Lliure, Grec’09)

A Marcos lo recuerdo en las llamadas para repasar la cartelera (“Frankie Hollywood, ¿qué hay de bueno?”) cuando su salud se hizo más frágil y su presencia en los teatros más puntual. Recuerdo el cariño que se expandía y que amigos y conocidos nos percatábamos de que algo había cambiado. Recuerdo una última visita hace tres años en su casita del Farró. Todo seguía casi igual. Quizá ya no había tantos libros sobre la mesa baja. Los discos guardados en sus fundas. Quizá su atención iba y venía, pero me saludó con un familiar “Frankie Broadway” después de un largo tiempo sin vernos. Ya no tengo más recuerdos de quien considero mi maestro y referente. Hoy mismo volveré abrir Molta comèdia, sus crónicas teatrales entre 1987 y 1995) para entender por qué es tan importante esto de la crítica teatral y que es un dolor que hayamos perdido una voz con tanta dignidad mucho antes de que se marchara en paz.

V

[De Wikipedia]

Marcos Ordóñez (Barcelona, 25 de marzo de 1957-Barcelona, 21 de septiembre de 2026)[1] fue un crítico teatral, escritor y profesor español.[2]

Biografía

En 1988 publicó su primera novela, titulada El signo de los tiempos (Plaza & Janés).[3]

Escribió la obra La noche de Eldorado, que fue llevada al escenario en 1991.

Desde 1994 fue profesor asociado de Guion cinematográfico y Dirección de actores del Departamento de Audiovisuales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

En 1997 su novela Rancho aparte recibió una mención especial del jurado del Premio Nadal (que ese año ganó Carlos Cañeque, con Lorenzo Silva como finalista). Rancho aparte está ambientada en la Barcelona de la década de 1950 y fue publicada por la editorial Destino.[4]

Desde 2001 hasta diciembre de 2021 fue crítico teatral del diario El País y colaborador del suplemento cultural Babelia.[5][1]

Parte de su obra tiene un fuerte componente autobiográfico. Así, en A cualquiera puede sucederle relata el mundo de sus abuelos; Una vuelta por el Rialto es, en sus palabras, autobiografía literaria. Otras tres piezas, Turismo interior, Gaseosa en la cabeza y Un jardín abandonado por los pájaros, también tienen elementos personales de Ordóñez.[6]

Obra

Gato Pérez, la rumba como ética (biografía), Ediciones Júcar, 1987.[7]

El signo de los tiempos (novela), Plaza & Janés, 1988.[3]

A cualquiera puede sucederle (novela), Plaza & Janés, 1990.

La esencia del guaguancó (relatos), Ediciones Versal, 1991.

Una vuelta por el Rialto (memorias), Anagrama, 1994.

Molta comèdia. Croniques de teatre 1987−1995 (críticas), Edicions La Campana, 1996.

Rancho aparte (novela), Ediciones Destino, 1997.

La bestia anda suelta: ¡Alex de la Iglesia lo cuenta todo! (biografía), Glenat Ediciones, 1997.

Puerto Ángel (novela), Ediciones Destino, 2000.

Tarzán en Acapulco (novela), Ediciones Destino, 2001.

Comedia con fantasmas (novela), Plaza & Janés, 2002.

con Nuria Espert: De aire y fuego (biografía), Aguilar, 2002.

A pie de obra: Escritos sobre teatro (críticas), Alba Editorial, 2003.

Beberse la vida: Ava Gardner en España (biografía), Aguilar, 2004.[8]

Detrás del hielo (novela), Bruguera, 2006.[3]

Ronda del Gijón: una época de la historia de España (biografía), Aguilar, 2007.

Alfredo el Grande. Vida de un cómico: Landa lo cuenta todo (biografía), Aguilar, 2008.

Turismo interior (relatos), Lumen, 2010.

Telón de fondo: Algunas cosas que aprendí en el teatro (memorias), El Aleph Editores, 2011.

Un jardín abandonado por los pájaros (memorias), El Aleph Editores, 2013.[9]

Big Time: la gran vida de Perico Vidal (biografía), Libros del Asteroide, 2014.[10]

Juegos reunidos (memorias), Libros del Asteroide, 2016.[11]

Una cierta edad (dietarios 2011−2016), Anagrama, 2019.

Una joven pareja (novela), Pepitas de Calabaza, 2021.[12]

Notas

1.  «Muere el crítico teatral y escritor Marcos Ordóñez a los 69 años». El País. 21 de septiembre de 2026. Consultado el 21 de septiembre de 2026.

2. Perfil de Marcos Ordóñez, en la web Dialnet, consultada el 22 de mayo de 2022.

3. Ángel Basanta (29 de junio de 2006). «Detrás del hielo». El Cultural. Consultado el 8 de julio de 2016.

4. Xavier Moret (7 de enero de 1997). «Carlos Cañeque gana el Premio Nadal con un juego metaliterario a la sombra de Borges». El País. Consultado el 18 de diciembre de 2016.

5. PAÍS, Ediciones EL. «Artículos escritos por Marcos Ordóñez». El País. Consultado el 6 de marzo de 2022.

6. Iglesia (2013).

7. Álvaro Corazón Rural (mayo de 2015). «Gato Pérez, músico único que solo pudo darse en una Barcelona que ya no existe». Jot Down. Consultado el 25 de junio de 2016.

8. Moix, Ana María (20 de noviembre de 2004). Ha llegado una estrella. El País. Consultado el 3 de marzo de 2017.

9. «Marcos Ordóñez novela su autobiografía y la de la Barcelona de los 60». Eldiario.es. 1 de marzo de 2013. Consultado el 23 de octubre de 2016.

10. Mercedes Cebrián (26 de diciembre de 2014). «Cuando Rusia estaba en Soria». El País. Consultado el 24 de junio de 2016.

11. Toni Iturbe: «Las noches eternas de Marcos Ordóñez», Mercurio, panorama de libros, n.º 178, febrero de 2016, pág. 27.

12. «Una joven pareja | Pepitas de calabaza». www.pepitas.net. Consultado el 5 de septiembre de 2021.

VI

 Muere a los 69 años Marcos Ordóñez, escritor y crítico teatral que supo combinar la erudición y el entusiasmo, en elPeriódico, Rafael Tapounet, Barcelona, 21 SEPT 2026:

Cronista cultural de referencia por su mezcla de rigor, memoria y pasión, fue también autor de una amplia obra narrativa de carácter autobiográfico

Cuando en 2013 el escritor, crítico teatral y profesor Marcos Ordóñez participó en la segunda edición del festival Primera Persona, sacó para cerrar su intervención una botella de chinchón y, haciendo suyo el brindis irlandés favorito de John Huston, invitó a todos los presentes a beber "por el impulso". Nacido en Barcelona en 1957, a Ordóñez, autor de una veintena de libros y crítico de absoluta referencia para varias generaciones de aficionados al teatro, a la música y al cine, nunca le faltó el impulso. Su desmesurado afán por descubrir, por conocer y por compartir, siempre desde el entusiasmo, se tradujo en una obra de gigantesca erudición, a menudo con un fondo autobiográfico, que abarca diversos géneros y que refleja múltiples intereses. Una producción rica y generosa que la enfermedad interrumpió a finales de 2021 y que ha quedado ahora definitivamente truncada con la muerte de Ordóñez a los 69 años.

Que el primer libro publicado por Marcos Ordóñez fuera una semblanza literaria (y una lúcida reivindicación) del rumbero Gato Pérez ('Gato Pérez, la rumba como ética', 1987) ya da una pista sobre su determinación a la hora de derribar las barreras entre cultura académica y cultura popular. En su bibliografía se mezclan sin orden jerárquico las novelas, los libros de relatos, los volúmenes de memorias, los escritos sobre teatro, las crónicas de época, las biografías de personajes como Ava Gardner, Núria Espert, Alfredo Landa y Perico Vidal y hasta un libro entrevista con Álex de la Iglesia.

Una vocación precoz

Dueño de una precoz vocación escritora que adquirió consistencia al leer con 12 años las novelas de Somerset Maugham, Ordóñez dejó constancia en los dietarios reunidos en 'Una cierta edad' (2019) de los nombres de algunos de sus autores "más queridos": Bernard Frank, Patrick Modiano, Truman Capote, James Salter, Gabriel Ferrater, Raymond Chandler, Peter Handke, W. H. Auden… También Juan Marsé y Francisco Casavella, con quienes mantuvo una relación de amistad, y, por supuesto, Anton Chejov, a quien dedicó algunas de sus más brillantes páginas de crítica teatral.

Ordóñez tenía apenas 21 años cuando se estrenó como crítico teatral en las páginas de la revista 'Ajoblanco'. Después de pasear su firma por cabeceras como 'El Correo Catalán', 'ABC', 'El Observador', 'Avui' y 'Fotogramas', en el año 2000 empezó a escribir sobre teatro en el diario 'El País' y siguió haciéndolo durante más de dos décadas, imponiendo una personalísima mirada sobre las artes escénicas que combinaba el rigor, la memoria y la pasión.

VII

Reseñas de sus libros en Lecturalia.

sábado, 20 de junio de 2026

La IA ya escribe novela y poesía

 LA IA ya escribe novelas y poemas, en El País, por Nadal Suau 20 jun 2026 

La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito de la escritura plantea un dilema crucial: ¿seguirá siendo literatura?

La IA es hoy el tabú y el terror de la literatura. Cuando la premio Nobel Olga Tokarczuk confesó que la utiliza para investigar o incluso testear estructuras, el templo se partió en dos, y vuelve a hacerlo cada vez que un relato premiado levanta sospechas de haber sido intervenido por algoritmos. Sin embargo, la IA ya no dejará jamás de ser un agente real operando en el mundo, y es en ese mundo en el que escribiremos. A medio y largo plazo, resulta imposible especular con lo que ocurrirá, pero a corto plazo (tan corto que ya estamos ahí) diría que van a convivir tres fenómenos: la escritura de IA, la escritura con IA y la escritura sin IA. Debemos exigir, mientras aún sea posible, que nadie nos cuele una cosa por otra.

Por supuesto que la IA escribirá (ya escribe) artículos, papers, novelas, poemas. Lo hará, además, con cierto grado de competencia, puesto que la mayor parte de la producción escrita responde a fórmulas predecibles. Esto resulta evidente en la literatura comercial rutinaria, basada en repetir tramas, arquetipos o escenas, pero también en la literatura “de prestigio” convencional. En ambos casos, el mercado, sea mainstream o de nicho, le plantea en la práctica prompts ineludibles al autor, al exigir tal tipo de confesiones, giros narrativos o discursos de fondo. Si hablamos de la ficción literaria (esa redundancia anglosajona tonta, pero útil), a eso se añaden los tics que imponen las escuelas de escritura y, sobre todo, los requisitos de las becas de creación, esos paliativos insuficientes de la pobreza, que poco a poco están obligando a que todos los libros parezcan escritos por una sola voz dando vueltas a los mismos temas, imaginario y bibliografía. No parece descabellado que un estándar medio de calidad, homologable en ambas circunscripciones, esté al alcance de Claude —otra cosa son las obras excepcionales—.

Pero aquí topamos con una paradoja. Para que la IA escriba, alguien tiene que proporcionarle directrices que le expliquen qué escribir. De hecho, la escritura de IA implica la aparición de un nuevo género extraño, el prompt, una forma breve de escritura humana que exige precisión, especificidad, y síntesis, eso sí, alejada radicalmente de lo que siempre habíamos considerado literatura. En semejante proceso, ¿el prompt es escritura subsidiaria o central?

La escritura sin IA se irán convirtiendo en escritura contra la IA, obligada a estudiar sus marcas de autoría para esquivarlas

En segundo lugar, existe la escritura con IA. Me temo que, si hiciéramos una macroencuesta entre periodistas, guionistas, académicos o novelistas suministrándoles una buena dosis previa de Pentotal, pronto descubriríamos que esta ya es hoy la forma de escritura hegemónica: el autor escribe con autonomía, pero acude al chatbot para acelerar el estudio previo, proponer frases o pasajes alternativos para escoger el mejor, corregir ortografía o gramática, someter un inédito a escrutinio, etcétera. ¿Hasta qué punto podrán un lector o un programa fiscalizar esta clase de operaciones? Soy escéptico al respecto.

La escritura con IA tampoco es inocente ni aséptica, y tendrá consecuencias: aplanamiento del estilo, homogenización del trasfondo ideológico, pérdida del control del lenguaje. Por otro lado, parece complicado que la industria y sus trabajadores renuncien indefinidamente a una herramienta tan poderosa. Es aquí donde se sustentan el tabú y el terror, en la vergüenza de admitirlo y en el recelo que despierta la amenaza de que el proceso creativo, por mucho que lo parapetemos tras una mística ancestral, se acabe revelando un hecho tan estadístico y automatizable como otro cualquiera.

Claro que la hipótesis verdaderamente provocativa sería que una colaboración intensa entre la IA y el creador ofreciera posibilidades literarias no ya legítimas, sino estimulantes. De momento, los intentos han sido escasos y decepcionantes, pero no sé si eso significa que vayan a serlo indefinidamente. La clave estará en cómo se aborda el proceso, que es lo único importante en la creación artística.

Por último, la escritura sin IA sobrevivirá en busca de un territorio propio, de unas señas de identidad inconfundibles. De momento, la escritura sin IA es la única que los actores del mundo literario (autores, editores, lectores, libreros, críticos) consideramos legítima, en un consenso que todavía no presenta desgaste. Pero no me extrañaría que en breve tenga que conformarse con ser solo la más prestigiosa. Minoritaria, anticomercial, signo de resistencia, ubicada ahí donde la industria del libro adopta formas y cifras artesanales.

En ese panorama, las prácticas más disruptivas serán las más conservacionistas, y a medida que el mercado y las instituciones normalicen el empleo del algoritmo, la escritura sin IA se irá convirtiendo en una escritura contra la IA, es decir, una escritura obligada a estudiar las marcas de autoría de la IA para esquivarlas y confrontarlas con aquello que un humano siga pudiendo escribir por sí solo, y que se parecerá mucho al error, a la reivindicación del error. La perfección siempre ha sido un objetivo artístico un tanto banal, pero estamos a las puertas de que se convierta en un rasgo directamente sospechoso. Así, escribiremos sin IA, de acuerdo, pero con la IA teniendo un papel activo en nuestro trabajo, condicionándolo, haciéndose presente en forma de ausencia forzada, definiendo lo literario como su negativo. Entonces, lo que haremos, ¿seguirá siendo literatura? Porque lo que no va a ocurrir es que volvamos a un mundo sin IA.

O tal vez haya margen para ciertas alternativas al bucle. Un escritor podría (sin dejar de serlo, ¡menuda alquimia!) no escribir, convertir su propia escritura en ausencia activa. O renunciar a leer su contemporaneidad, aislándose en una cabaña. O no publicar, en un gesto que impugnase las condiciones del juego. Sin embargo, si una literatura no se concreta, no se pregunta por cuánto le rodea ni se comunica, ¿sigue siendo literatura? Al parecer, en el siglo XXI todo conduce a la pregunta por la supervivencia.

sábado, 6 de junio de 2026

Santiago Alba, Elogio de la literatura

 ‘Elogio de la literatura’: Santiago Alba Rico construye una filosofía a partir de grandes novelas, en El País, Anna Caballé, 6 jun 2026:

El filósofo aborda algunas cumbres de la literatura, del ‘Quijote’ y ‘El idiota’ a ‘Moby Dick’ o ‘Tintín’, para diseñar un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre

¿Es posible atravesar el aguacero de la Historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo? Son algunas de las preguntas que se hace Santiago Alba Rico en su maravilloso ensayo Elogio de la literatura. Obras paralelas, donde, de una forma tan libérrima como respetuosa con la tradición literaria, este pensador, guiado por sus gustos, aborda el comentario de una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek. Mas que resolver los problemas que plantean las preguntas que se hace el autor, Alba Rico los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen.

Se diría que su autor, con este libro, adopta, tal vez consolida, un giro en su trayectoria intelectual, y de una filosofía inclasificable, por singular, en obras como Capitalismo y nihilismo o Penúltimos días. Mercancías, máquinas, hombres, pasa a una filosofía —porque sin duda es el libro de un filósofo— centrada en la sensibilidad y en el atractivo de las ideas que las obras seleccionadas sugieren. En todo caso, los libros de referencia de dichos autores (de mayoría anglosajona) —La metamoforsis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet…— constituyen una especie de santuario personal al que Alba Rico afirma haber vuelto una y otra vez a lo largo de su vida —cinco lecturas de cada uno de los libros elegidos por él es su promedio de frecuencia—, y sin duda es así a juzgar por el dominio que ostenta de tramas y personajes. Digo ostenta, pero ninguna ostentación hay en su obra y eso, la humildad en la que se sitúa moralmente hace su lectura intensa y cautivadora. Nada de dar lecciones, nada de sentirse fortalecido por la rectitud de sus opiniones, Alba Rico es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe (una fe que tal vez mueve montañas), como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños (2007).

Confieso que soy reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidas como un microgénero ensayístico. No entiendo muy bien de qué hay que defender la literatura, porque de lo que merece ser defendida no depende de la literatura y por tanto veo inútil esforzarse en esta dirección: ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte. Y así, con cierta prevención, abrí el ensayo. Parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras en relación a los autores que las concibieron. A esta distancia (epistemológica) autor-obra la define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria. Pero ¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones y desánimos? Simplemente, son dimensiones distintas: realización humana y resultado, no admiten comparación.

Dicho esto, con el ánimo, sin embargo, de seguir pensando en ello, no tuve más que dejarme llevar por los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro para olvidarme de cualquier reparo teórico y comprender que estaba ante un análisis literario finísimo y un modo de abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre. ¿Cómo opera dicho patrón? En primer lugar, de una forma desentendida de cualquier metodología crítica. Alba Rico trenza su escritura mediante la vertebración de todo tipo de asociaciones —emotivas, estéticas, analíticas, filosóficas y también biográficas— según le convenga, sacando a la luz las tensiones —sea la de la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos en su lastimosa desgracia; el envoltorio histórico que tanto pesa en El corazón es un cazador solitario, la función del confort inglés en Los papeles del club Pickwick…— que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento. Y como toda investigación genuina, el resultado no puede ser más gratificante. Dicho en dos palabras: el libro es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela. ¿Con todo ello puede cambiarse el mundo? La respuesta es que no —lo confirma el propio Alba Rico—, pero la literatura ayuda a ensanchar sus fronteras y en este sentido demuestra que es imprescindible.

Curiosamente, la pieza dedicada al Quijote en la que el autor parece tener menos confianza y sentirse más inseguro es donde alcanza, en mi opinión, su mayor logro analítico. La forma de abordar la novela, ahondando en la dureza de la cultura española y en la fragilidad del personaje, es un ejercicio soberbio al vertebrar todos los factores involucrados en la obra de Cervantes. En resumen, ¿tenemos algo que agradecerle a Santiago Alba Rico? Si más no, una cosa, y es que nos conduzca, como lectores suyos, al corazón palpitante de la literatura. Un festín.

Elogio de la literatura. Obras paralelas. Santiago Alba Rico Akal, 2026. 552 páginas. 26,90 euros

sábado, 18 de abril de 2026

Evolución de la novela española en el siglo XXI

 La novela española del siglo XXI: los últimos grandes narradores antes de la inteligencia artificial, en Babelia, suplemento cultural de El País, por Nadal Suau, 18 abr 2026:

Un mapa literario desde los ya clásicos de la cultura de la democracia hasta las ficciones mutantes y las indagaciones, aún en marcha, sobre la redefinición de las identidades y el trauma de las crisis económicas

Un cuarto de siglo puede parecer una medida arbitraria para especular en materia de cultura, pero el período 2001-2025 es el último en que la literatura se produjo y leyó sin inteligencia artificial, un elemento destinado a cambiar muchas cosas de forma inminente. Dos buenas excusas para proponer un mapa tentativo de la novela española de los últimos 25 años. Una advertencia: este repaso no recoge todas las obras y voces valiosas. Tampoco es un canon.

¿Cuándo comienza el XXI?

En 2001, se publican tres novelas excelentes, Romanticismo, de Manuel Longares, y Jugadores de billar, de José Avello, cuyos juegos de memoria ceñida a mundos cerrados y en decadencia las sitúan todavía en el siglo XX a casi todos los efectos (estructurales, estilísticos, etcétera), y Sefarad, de Antonio Muñoz Molina, que es, en gran medida, un libro sobre el siglo XX. Algo parecido podría decirse de la trilogía faulkneriana Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, aparecida entre 2004 y 2005, o de Familias como la mía, de Francisco Ferrer Lerín (2011).

El caso de Javier Marías es distinto. Los tres espléndidos volúmenes de Tu rostro mañana (2002-2007) quizá tampoco inauguren nada, y hablamos de un escritor que ya definió el final del siglo anterior, pero resulta que, por mucho que para algunos pueda ser divertido discutirlo o revolverse contra la evidencia (y no pasa nada, ¿para qué necesitaría nadie cualquier forma de unanimidad?), la escritura hipnótica e inconfundible de Marías es uno de esos casos en que cuaja un clásico incontestable, fuera de serie. Además, el efecto del autor persistirá todavía de dos formas distintas: la primera son sus siguientes libros, que experimentan un relativo bajón hasta cerrar su carrera con un díptico estupendo, Berta Isla (2017) y Tomás Nevinson (2021).

La segunda es que su obra abre un espacio que permite la visibilidad de otros escritores afines. Pienso en José Carlos Llop, que es a la literatura francesa en España lo que Marías a la anglosajona, de quien citaría la poco recordada El mensajero de Argel (2005), con su atmósfera profética que convierte el Mediterráneo en Saigón, o Reyes de Alejandría (2016), revisitación de la Barcelona de los setenta. O en el exquisito Vicente Valero, que entre Los extraños (2014) y Enfermos antiguos (2020) ha sabido convertir Ibiza en una medida del mundo.

Tres líneas para los primeros compases del siglo

Nunca vas a obtener una verdad absoluta cuando te empeñas en delimitar períodos, como si en 2001 algo cambiase por arte de magia, o en trazar tendencias con tiralíneas y luego empeñarte en meterlo todo ahí. ¿Qué hacemos con autores que empezaron a escribir en los ochenta, o antes, y han seguido dando buenos libros? Algunos ejemplos: Muñoz Molina ha entregado La noche de los tiempos (2009), contribución significativa a la representación de la Guerra Civil (un tema que después experimentaría cierta desaparición del panorama hasta verse rescatado, con notable artesanía y en clave extemporánea de realismo mágico con La península de las casas vacías, el exitazo de David Uclés publicado en 2024), o Como la sombra que se va (2014), y Soledad Puértolas, de quien mencionaré Historia de un abrigo (2005), jamás ha dejado de ser una superclase. La honestidad galdosiana de Ignacio Martínez de Pisón nos dio La buena reputación en 2014. Etcétera. Pero, a efectos de mapeo de la época, es indudable que en la primera década del XXI hay tres autores que marcarán el futuro inmediato de la narrativa española.

1. Enrique Vila-Matas nos regaló cuatro libros seguidos cuya gracia metaliteraria, autoficcional, vanguardista y slapstick es inolvidable e influyó en muchísimos autores posteriores, desde Agustín Fernández Mallo (que lo incluiría como personaje en Nocilla Lab, 2009) a Mario Aznar, que le dedicó una majísima novela-ensayo, Too late, en 2022. Hablamos de Bartleby y compañía (de 2000, así que incluirla es una trampa disculpable), El mal de Montano (2002), París no se acaba nunca (2003) y Doctor Pasavento (2005).

2. Javier Cercas será otro precursor de la autoficción, así como de la literatura de hechos reales, con el acontecimiento Soldados de Salamina (2001), que se adelantó a muchísimas cosas, tanto en lo que se refiere a técnicas literarias como al debate en torno a la reconciliación nacional, una cuestión que regresaría en su mejor libro, Anatomía de un instante (2009), preciso como el mejor mecanismo de relojería, emocionante y muy bien documentado, y pieza maestra del argumentario en favor de la Transición, es decir, inevitablemente polémico.

[Autoficción: un tic masivo del XXI. El yo por todas partes, aunque con resultados desiguales. Citemos algunos casos que merecen mucho la pena. Hay dos novelas estupendas de Carlos Pardo, Vida de Pablo (2011) y El viaje a pie de Johann Sebastian (2019), que son un retrato de la clase media de una inteligencia y elegancia admirables. Y el conmovedor La hora violeta (2013), que Sergio del Molino dedica a la muerte de su hijo, se acerca más bien a unas memorias, pero cómo no mencionarlo aquí].

3. Rafael Chirbes es totalmente distinto. Sería una simplificación hablar de “realismo”, pero su atención a los aspectos más pútridos de la realidad nacional propició dos novelas perfectas, dolorosamente lúcidas, Crematorio (2007) y En la orilla (2013), a las que cabe añadir una coda confesional bellísima, París-Austerlitz (2016). Cuando la supuesta España de las maravillas se reveló como un solar moral, Chirbes pasó a ser el escritor más lúcido de su generación. Y el lenguaje le acompañaba.

El momento Nocilla

En 2006, la joven editorial Candaya publica la novela Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, un hombre formado como científico que presta la misma atención a la literatura que a la música o el arte contemporáneo. El libro es fragmentario, pop, intertextual, listillo, indie. Y se convierte en un éxito descomunal, además de un caballo de Troya (hay quien usó esta imagen como crítica; no es mi caso) para que una nueva generación de autores penetre de golpe en el circuito literario.

La periodista Nuria Azancot, rápida y hábil como siempre ha sido, acuña un término: Generación Nocilla. No pretende ser una etiqueta académica (para eso hay otras: literatura mutante, afterpop…), y nunca llegarán a estar claras ni la nómina que comprende ni las características definitorias del movimiento (¿fue un movimiento?), pero intentémoslo. Los nombres, discutibles, podrían ser: Jorge Carrión, Vicente Luis Mora, Eloy Fernández Porta, Juan Francisco Ferré, Javier Calvo, Laura Fernández, Germán Sierra, Mario Cuenca Sandoval, Manuel Vilas y el propio Fernández Mallo. Los rasgos: fragmentarismo, apertura a nuevas corrientes y disciplinas, teoría y tecnología, alergia a costumbrismos varios o a realismos caducos, sampler y descentramiento, intersticios...

La verdadera clave consiste en que el siglo XXI toca a la puerta: antologías y revistas, reivindicación de nuevos paradigmas, Internet como agitador. Polémicas morrocotudas. Pocas veces se han vuelto a ver odios tan acendrados, desprecios tan olímpicos por parte de algunos seniors ni cosas tan divertidas como aquella foto-novela basada en El pueblo de los malditos que circuló por la red parodiando a todo el quién-es-quién de aquellos años. Pero el “momento Nocilla” fue breve. La crisis económica y las nuevas olas feministas iban a arrastrar la discusión a otras latitudes. Por otro lado, los mejores frutos de la nómina mencionada arriba llegarían más tarde, pasada la efervescencia mutante.

Así, las mejores novelas de Agustín Fernández Mallo probablemente sean Trilogía de la guerra (2019) y Madre de corazón atómico (2024). La de Vicente Luis Mora, Centroeuropa (2020). La de Mario Cuenca Sandoval, la sensacional y vampírica Los hemisferios (2014). De Robert-Juan Cantavella me entusiasma Y el cielo era una bestia (2014). En cuanto a Manuel Vilas, novelas como Aire nuestro (2009) quedarán entre lo más imaginativo de aquel instante, pero su libro estandarte es Ordesa (2018), en el que reorientó el balance entre lo heterodoxo y lo sentimental para evocar a sus padres, fundirlos con una idea emotiva del país, y lograr un gran libro y un éxito popular descomunal.

Otros mundos existen

Fijémonos en dos nombres: Laura Fernández y Javier Calvo (el autor que más se revolvió contra su supuesta pertenencia a la Nocilla). Cada una a su manera, sus voces representan la aparición de una potente veta imaginativa en la literatura española: fantástico, terror, gótico, weird... Entre Mundo maravilloso (2007) y Piel de plata (2019), Javier Calvo ha construido un imaginario encantador y oscuro. A Laura Fernández le debemos varias novelas derrochadoras y mágicas, además de una variación del idioma castellano que es exclusivamente suyo, pero el éxito de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (2021) tuvo algo de definitivo: lo fantástico se aposentaba ya para siempre en primera línea.

Aquí hay que reivindicar a algunos autores. Daniel Miñano, más conocido como Colectivo Juan de Madre o Manuela Buriel, es un novelista inclasificable y brillante, como demuestra Animales feroces (2020), emparentada en varios puntos con Piel de plata (Barcelona, adolescencia, magia). En 2016, Francisco Jota-Pérez publicó Homo tenuis, una especulación a propósito de los fenómenos creepypasta que se ha convertido en Santo Grial de lo oculto.

Una crisis y dos estallidos

Entre 2008 y 2010, todo se descontrola, de la prima de riesgo a las instituciones democráticas, y el mundo cambia. Con él, la literatura. Los catálogos editoriales ya no volverán a ser lo mismo: la presencia de escritoras da un vuelco inédito e irreversible. Es una cuestión de cantidad y de calidad, pero también de complicidad con el público lector, cada vez más femenino y feminista, queer, comprometido, dispuesto a tejer espacios de encuentro. Una figura clave será Sabina Urraca, no solo porque es autora de dos novelas extraordinarias, a veces equívocamente encasilladas en la autoficción, Las niñas prodigio (2017) y El celo (2024), sino porque su visibilidad e impacto contribuyen a generar el espacio en el que se mueven otras estupendas narradoras como Rosario Villajos (La educación física, 2023) o Elisa Victoria (El evangelio, 2021), además de ejercer de editora con notable olfato: pensemos en los fenómenos Panza de burro, de Andrea Abreu (2020), o Seis mil, de Laura C. Vela (2025). Y en este punto deberíamos mirar más arriba para encontrar otra figura importante, la de Elvira Lindo, que en el siglo XXI ha dado sus mejores novelas (por ejemplo, A corazón abierto, 2020), y que, sobre todo, representa un caso infrecuente de atención hacia las nuevas escritoras y generosidad con ellas.

Luego está esa dinámica que podríamos emparentar con Chirbes, a la que ya aludí. Esto no significa que Chirbes la capitanee ni que las siguientes voces sean idénticas entre sí: como antes con Marías o Urraca, me refiero a cómo algunas obras facilitan la apertura de territorios que luego urbanizarán muchas otras (igual que La mala costumbre, de Alana S. Portero, también abrió caminos en 2023). Hay un nombre indisputable, Marta Sanz, que con La lección de anatomía (2008) o Clavícula (2017) ha nombrado un número importante de preocupaciones y ansiedades modernas, hasta ocupar una posición de maestría aceptada por toda una generación posterior. Hay un experimento temprano y anónimo, el collage El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen (2005), hecho con retales de prensa. Está Isaac Rosa con El vano ayer (2010). Recuerdo La trabajadora (2014), de Elvira Navarro, como una espeluznante fábula casi gótica sobre la precariedad. Y, por supuesto, está Cristina Morales, distinta a todo el mundo, cuya Lectura Fácil (2018), firme candidata a ser la novela española de mayor impacto de la última década (magistral, indomable, una locura), tiende a ensombrecer otro libro suyo magnífico, Terroristas modernos (2017). Otra imprescindible: Aixa de la Cruz y el arco que forma su narrativa, con sus puntos álgidos en la temprana Cuando fuimos los mejores (2007) y la penúltima Las herederas (2022).

Por último, considero muy relevante el trabajo de Belén Gopegui, una autora que ya venía de ser importantísima en los noventa, y entre cuyos libros del XXI suelen destacarse los de los primeros dos mil, como Lo real (2001), tan atentos a lo colectivo, a las posibilidades de transformación. Ocurre que, a partir del thriller Acceso no autorizado (2011) y hasta la reciente Te siguen (2025), Gopegui se adentra en un registro peculiar, antipedante, ajeno al narcisismo, de una generosidad transparente en su intento de narrarnos a todos, de ir en dirección contraria, abajo. Y sospecho que esta escritura provoca la clase de desconcierto propia de una verdadera posición autónoma respecto del sistema literario.

De un modo muy distinto, también ha fundado un espacio propio Gonzalo Torné, renovador de la vieja idea de “novela sobre Barcelona” que tan bien representaba el estupendo Francisco Casavella (El día del Watusi, 2002). En sus manos, la ciudad se convierte en un lugar donde los diálogos son más ingeniosos y anglosajones que nunca, irónicos a toda velocidad, sin que lo ridículo deje de estar presente, y linaje y diseño urbano se funden en una crónica sobre cuál es este país y qué es el ser humano. ¿Dos títulos? La ya mítica Hilos de sangre (2010) o los aires americanos de Años felices (2017), por ejemplo. Hace poco, el periodista José Antonio Montano escribió que Torné es el único novelista que queda en España. No es verdad, claro, pero tuvo gracia, porque sí es el único representante de cierta forma de novela. Dicho esto, si no es puramente novelista Sara Mesa, con sus historias secas, ambiguas y especializadas en generar incomodad, como La familia (2022), ¿quién lo es?

Lo que queda fuera, y el futuro

Lo que queda fuera: obras heterodoxas, autores poco visibles, periferias. Rescaten El estenotipista en la Academia Universal, de Alberto Escudero (2002), presten atención a las novelas inclasificables de Luis Rodríguez (cualquiera, pero digamos Mira que eres, de 2021). ¿Quién recuerda el barojiano, autoficcional, perdedor y encantador Curso de librería, de Fernando San Basilio (2006)? Que nadie olvide el mundo delicado y sabio que Begoña Huertas construyó entre El desconcierto (2017) y El sótano (2023). Y con su título giallesco, el gigantesco fresco en el París ocupado, Mil ojos esconde la noche (2024-2025), de Juan Manuel de Prada, es un disfrute impepinable salido de un lugar ajeno a cualquier línea apuntada en este texto. Por último, una de las pocas obras maestras de este cuarto de siglo es, seguro, Noche y océano (2020), de Raquel Taranilla, novela que una vez califiqué de “desbordante ejercicio de respiración asistida a la Gran Tradición Literaria”, y lo sostengo.

En cuanto al futuro, es imposible decir nada. O apenas nada. Me conformaré con algunas apuestas: la ficción especulativa de El árbol viene, de Munir Hachemi (2023), apunta en la dirección correcta y es el fruto de una inteligencia notable. Los escorpiones (2024) y La chica más lista que conozco (2026), de Sara Barquinero, delatan a una escritora importante que ha roto un poco las previsiones acerca de lo que su generación parecía destinada a escribir.

Y hay más, pero ya saben: el espacio se acaba.

jueves, 26 de marzo de 2026

Tendencias del Refranero

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (I)", en Revista de Libros, 13 de noviembre de 2018: 

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar? de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría popular de una sociedad completamente distinta a la actual.

En algún momento del párrafo anterior he empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia, si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas. Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido (naturalmente) como metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza (no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión risueña.

Pero, como habrán supuesto con toda razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios, pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito. Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo el título de El espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un puñado de años (2000) en la editorial Espasa.

No quiero decir con ello que me disponga a comentar el libro en cuestión (mi reseña ya apareció publicada en su día en Revista de Libros), sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o creencias del pasado.

En todo lo dicho hasta ahora opera un sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de referencia–, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de los refranes– es un imposible por dos sencillos motivos. El primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color del cristal con que miremos.

No pretendo aquí, por tanto, utilizar el refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes (la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse. Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas de vida, consejos para sobrevivir.

De ahí precisamente que podamos detectar como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo –mientras se zampa un cubilete de palomitas– las cuitas del personaje de la pantalla. Las creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que «quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de «tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial muestra de humor negro: «La mucha gente sólo es buena para un entierro».

Esa conducta, aplicada a las relaciones personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo? ¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad, es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes, enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos: «Cuñados y rejas de arado sólo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».

Obsérvese que, como decía antes, el humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos, a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser, tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Sólo queda el sometimiento y la resignación: «Cosa cumplida, sólo en la otra vida».

En estas coordenadas, las recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida, como estas dos tomadas del Quijote: «No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos, empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos compran y otros son comprados».

Me quedan aún varias vertientes que tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas. Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (y II)", en Revista de Libros, 26 de noviembre de 2018

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere el agua / en su molino, / y dejar en seco / al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tienen los que pobres son / la ventura del cabrito, / o morir cuando chiquito / o llegar a ser cabrón».

La resistencia tiene una contrapartida, que es más bien un complemento. Estar a la defensiva es bueno, pero tiene sus claras limitaciones. En el momento en que sea posible, conviene trocar la defensa por un buen ataque. Si hemos aguantado carros y carretas, ahora puede ser nuestro momento: se van a enterar. Hay un refrán que, como siempre, con una asombrosa precisión, resume todo esto: «Cuando yunque, con paciencia y cuando martillo, sin clemencia». ¿Se puede decir mejor? Y a partir de ahí, a tumba abierta: «A quien te hizo una, hazle dos, aunque no lo mande Dios». Como veremos luego con más detenimiento, Dios puede mandar lo que quiera, pero es evidente que al estar allí arriba no entiende muy bien de los asuntos humanos. No hay más que ver cómo le fue cuando bajó a la tierra: «A uno que se metió a redentor lo crucificaron». Sí, está muy bien hablar de bondad, generosidad o inocencia, pero, ¿a qué conducen las virtudes? La respuesta es de nuevo brutal: «A los inocentes los mató Herodes».

En un mundo en el que «El hombre es un lobo para el hombre», «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» y «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Lo importante soy yo y lo mío: «Antes son mis dientes que mis parientes». Lo cual me lleva a despreocuparme de los demás e, inevitablemente, también del mal ajeno: «Tenga yo mi pata sana y púdrasele a mi hermana». El individualismo descarnado no lleva tan solo, como es obvio, a una agria insolidaridad, sino, lo que es peor, dando un paso más, a una actitud agresiva con todos, amigos y enemigos: «A quien quieras mal, cómele el pan; y a quien bien, también». Como los consejos a veces parecen atemperados por una cierta retórica, hay refranes que se encargan de situarlos a ras de tierra, aunque mejor sería decir en el puro barrizal: «Al conejo y al villano, despedazarle a mano». Mencioné antes la crueldad y no lo hice al albur. Ahora puede entenderse mejor: «Al enemigo que huye, golpe de gracia». Es decir, matarlo. ¡Y qué satisfacción! No hace falta siquiera que sea enemigo. Basta que sea otro. Y que así, pueda decir con cinismo: «No le quiero bien ni mal, mas holgáreme de verle en la horca pernear».

Como ya se habrá advertido, otra de las constantes en el refranero es el tono descarado, incluso directamente cínico que no se para en barras, no admite cortapisas ni respeta a nada ni a nadie. Esta actitud libérrima resulta especialmente llamativa en el aspecto religioso, tratándose como se trataba de una sociedad en la que la Iglesia católica tenía un protagonismo absoluto y, más aún, una presencia cotidiana abrumadora. Esta en concreto –la Iglesia– y, sobre todo, sus ministros no salen bien parados del juicio popular. Abundan los refranes que de un modo u otro censuran los vicios y, muy especialmente, la hipocresía del clero: «Gente de iglesia, más lo han por la miel que por la cera», es decir, más por sus ventajas materiales que por devoción. De un modo más directo, «El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos», esto es, sus atributos. Desde mi punto de vista, lo más revelador no es tanto la crítica a los eclesiásticos y sus faltas concretas cuanto la crítica a la Iglesia como institución. Cuanto más lejos de esta, mejor. Así parece desprenderse de este consejo: «Con una misa y un marrano hay para un año». La comparación es ciertamente demoledora. Por esto mismo, la gente que se acerca mucho a la iglesia (santurrones, beatos, meapilas y compañía) reciben también su ración: «Púsose a santiguar y se sacó un ojo».

Tirando de ese hilo van dándose pasos cada vez más atrevidos que ponen en cuestión, no ya sólo a la Iglesia y a sus representantes, sino la propia doctrina cristiana. Podemos empezar por esta andanada a la familia que utiliza sin miramientos la burla hacia uno de los símbolos más genuinos del cristianismo, la Sagrada Familia: «Familia, la Sagrada; y esa, en la pared colgada». El siguiente paso es mucho más atrevido, pues advierte que «también la gracia de Dios hace daño». El tercero se resguarda en una cierta ambigüedad, pero, según como se interprete, roza la blasfemia: «Tras la cruz está el diablo». No es de extrañar así que, en el Quijote, hasta Sancho se atreva a enmendar la plana a Dios: «Tengo para mí que, aun en el mesmo infierno, debe de haber buena gente». Puede tomarse todo por el lado festivo, claro está. El peso del catolicismo en la sociedad hispana y en la cultura popular ha generado tal familiaridad del español con Dios que a nadie le extraña oír esta exclamación cuando se tiene hambre: «¡Me comería a Dios por un pie!»

Quizá lo más importante es que los refranes recomiendan actitudes y conductas que, si bien sería exagerado calificar en su conjunto de antievangélicas, se diferencian claramente del mensaje de Jesucristo: «A Cristo prendieron en el huerto porque se estuvo allí quieto». A buen entendedor… No quiero decir con esto que todo el refranero sea así, ni mucho menos, pero sí que una parte sustantiva de los refranes promueven un evangelio terreno que poco tiene que ver con el canónico (y, en algunos casos, lo contradice abiertamente). La formulación más chusca es, como casi todo el mundo sabe, la del «Evangelio del pobre: antes reventar que sobre». No es de extrañar, por lo visto hasta ahora. Pero sí desconcierta esta advertencia: «No hagas mal, que es pecado mortal; ni hagas bien, que es pecado también». ¿Entonces? Lo que parece indudable es que los mensajes de paz, amor, caridad y fraternidad chocan con una realidad hosca e inclemente: «Si doy, de lo mío me voy; si fío, pongo en riesgo lo que es mío; si presto, al cobrar me ponen mal gesto. De tal manera me han puesto, que ni doy, ni fío, ni presto». Hay, pues, que espabilarse: «Con arte y engaño se vive medio año; y con engaño y arte, se vive la otra parte».

Ya ha quedado suficientemente explícito cuál es el medio social que engendra los refranes. El individualismo, la desconfianza, la picardía y el cinismo suelen ser los ingredientes fundamentales. Todos ellos se sintetizan aquí: «Amigos, enemigos; parientes, serpientes; cuñados, mal bocado; y aun los mismos hermanos, líbrete Dios de sus manos». La familia, amplia o reducida, da igual, como fuente de conflictos: «Enemistad entre parientes, dura largamente», dice con sabiduría el refranero. Y al fondo, como siempre, el vil metal: «¿Parientes y han reñido? ¿Por cuánto ha sido?» La diatriba contra la familia alcanza a veces una dimensión insospechada, de índole teológica: «Dios no quiso hermano». Más claro no se puede decir. Y, así, no puede extrañar que hasta el mismo matrimonio se convierta en un suplicio: «El matrimonio sólo tiene dos días buenos: el primero y el postrero». Peor aún era para la mujer en la sociedad tradicional: «Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar». Tremendo.

No abundan, como bien puede colegirse de lo dicho, los refranes de esa índole, es decir, los que adoptan la perspectiva femenina o simplemente se hacen cargo de la situación de la mujer. Sí, reconózcamelo sin ambages, el refranero es profundamente machista («Mujeres sin pulgas, pocas o ninguna»), salvo algunas excepciones que no hacen más que resaltar la abrumadora predominancia del enfoque masculino. Vamos a empezar en esta ocasión por la referencia teológica, nuevamente tan expresiva como insolente: «Si la mujer fuera buena, también Dios tendría una». Hay otro refrán más rebuscado, pero también más provocador, en la línea tradicional de demonizar la figura femenina: «Antes que Dios se hiciese hombre, el diablo se había hecho mujer». Aunque hoy nos resulte tan estrafalario como repugnante, la comparación de la mujer con la mula es el recurso más usual en una sociedad campesina, ¡y no eran pocos los hombres que cuidaban y valoraban más a la segunda que a la primera! Pero, yendo a la cuestión de las comparaciones, lo más suave que podía decirse es que «La mula y la mujer por halago hacen menester». Es decir, esto a las buenas. A las malas, como mínimo recelo: «No te fíes de mujer, ni de mula de alquiler». La amenaza viene «Del mulo, por detrás; del toro, por delante; y de la mujer, por todas partes».

Puestas así las cosas, ya se barrunta lo que viene ahora: «Ahí te entrego esa mujer, trátala como mula de alquiler». ¿Y cómo se trata a una mula de alquiler? «Espuela quiere el buen y mal caballo; y la mujer, buena o mala, palo». Obsérvese el matiz, de nada le vale a la mujer ser buena. Lo confirma otro refrán, ligera variante del anterior: «La burra y la mujer, apaleadas quieren ser». Podrá parecer una barbaridad, pero esto no es nada para lo que viene ahora: «A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena». Si por tan solo asomarse a la ventana se recomienda que se le tuerza el cuello, ¿qué pasará ante otras conductas reputadas con razón o sin ella más sospechosas? Pues remedios expeditivos, como los que de vez en cuando aplicaba el populacho al clero: «No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada». Y así llegamos a algo parecido al regusto sádico: «Bien haya la higuera que tal fruto lleva. Y era su mujer que pendía ahorcada de ella».

Hago un pequeño inciso para recordar lo que dije antes en alguna ocasión. El refranero sirve para un roto y para un descosido, esto es, no hay refrán que no tenga su antítesis. En el caso que nos ocupa, habría que matizar que también hay refranes que se hacen eco del punto de vista femenino, aunque no siempre en el sentido feminista que hoy consideramos políticamente correcto: «A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos». Así también, por ejemplo, este que señala que «marido rico y necio no tiene precio». Hay otro curioso, por inusual, desconcertante y brutal: «No es nada el ruido, sino que matan a mi marido». Se supone que la que así respira aliviada es la mujer (o ya viuda) de un ajusticiado. El refranero no es muy receptivo que digamos hacia la sensibilidad femenina, pero de vez en cuando esconde alguna perla, como por ejemplo esta: «A la hija muda, su madre la entiende».

Voy a ir poniendo punto final a este pequeño muestrario del humor en el refranero considerando la vertiente más negra y sarcástica del mismo. Aquí también hay para dar y tomar. A veces, como sucede con el humor negro, encierra una profunda filosofía de la vida: «Para sacar de su casa a un muerto, son menester cuatro hombres». Las más de las veces, la muerte sirve para constatar que la vida tiene que seguir. Hay diversas variantes del conocido «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», como, por ejemplo, «Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Una de las variantes de esta misma filosofía que a mí me parece particularmente cruel es la que reacciona ante la muerte de un niño con un «Angelitos al cielo, y bizcochitos a la barriga». Pero la vida da para muchas situaciones, como cuando el moribundo no termina de morirse: «¡Aviados estamos! Ni se muere padre ni cenamos». La familiaridad de aquella sociedad ignara y supersticiosa con la muerte, así como las altas tasas de mortalidad infantil, explican desahogos como este, tan impresionante como incomprensible desde la mentalidad actual: «Bendita sea la puerta por do sale la hija muerta». Entendemos que expresa la satisfacción por tener una boca menos que alimentar. Con todo, nos es imposible reconocernos en esa insensibilidad de nuestros antepasados, que bromeaban con la muerte y las desgracias en general con una naturalidad que hoy no sabemos o no nos podemos permitir: «No es nada lo del ojo; y lo llevaba en la mano».

En conclusión, ¿es sabio el refranero, como muchas veces se dice? Ni sabio ni todo lo contrario. Cualquier valoración de conjunto carece de sentido. Hay multitud de sentencias que tan solo expresan los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo de un pasado en el que nos cuesta trabajo reconocernos. Una sociedad caracterizada por el culto a las apariencias («Aunque seas señor, si no lo pareces, es como si no lo fueses»), la mentira («Andaos a decir verdades y moriréis en hospitales»), la simulación («Quien no sabe fingir no sabe vivir»), la agresividad («¡Con razón o sin ella, leña!»), la intransigencia («A quien sustenta un dislate, a palos se le combate») y la ignorancia (ese brutal «Al maestro, cuchillada»). Son, como ya hemos dicho, las reacciones y temores que provoca este valle de lágrimas, un mundo despiadado, una vida de penurias: «El que a larga vida llega, mucho mal vio y más espera». Son muchos los refranes que sostienen lo mismo con leves variantes, recomendando una actitud senequista ante la existencia: «Al sabio su suerte le agrada, aunque sea mala». O «Procura lo mejor, espera lo peor y toma lo que viniere». Por eso he elegido como epígrafe representativo de este comentario esa máxima genial que expresa lo mismo con menos palabras: «Del mal, el menos».

Pero el refranero está lleno también de frescura y desvergüenza: «A los sordos, pedos gordos». La expresión grosera añade una dimensión jocosa a una recomendación que encierra múltiples sentidos. Algo que también pasa con esta reflexión: «Más vale ser puta sin parecerlo que aparentar y no serlo». ¿Cinismo o simple experiencia? En todo caso, una sabia filosofía de la vida, como este otro consejo: «Cuando pases por la tierra de los tuertos, cierra un ojo». ¡Ay, la envidia! Sobre ella previenen muchos refranes: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía». ¿O es, simplemente, la condición humana?: «Ajeno es todo lo que se desea». En fin, todo es relativo y, si no lo es, mejor verlo así, pues «No hay poco que no alcance, ni mucho que no se acabe». Y así llegamos al final, tan igual para todos: «Ninguno muere tan pobre que la ropa no le sobre».