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jueves, 5 de febrero de 2026

Dossier Jorge Luis Borges. Seis artículos seleccionados.

 [Dossier Borges. Seis artículos seleccionados]

 I

 "Curso sobre Borges de Ricardo Piglia", en El País, Edgardo Dobry, 28 abr. 2025:

El nuevo volumen de las clases de Piglia recoge las lecciones que impartió en la televisión pública argentina. El libro se suma a una producción incesante sobre Jorge Luis Borges.

El estímulo y el problema, la riqueza y la responsabilidad que Borges representa para los escritores y críticos argentinos se viene manifestado en una extensa serie de libros: una “especie de compulsión hermenéutica”, como la denomina Julio Premat en su reciente Borges, la reinvención de la literatura (Paidós, 2022). Hace unos quince años, para burlarse del extremo control de la prosa borgeana, Pablo Katchadjian publicó El Aleph engordado, un librito donde entremezclaba párrafos propios a uno de los cuentos más celebrados del autor. La broma le valió un largo juicio de María Kodama, viuda y derechohabiente. Fue un gesto elocuente: para seguir adelante había que ahogar a Borges en la verborrea. Puede verse como la contracara a Las letras de Borges (1999), ensayo en el que Sylvia Molloy había examinado las fórmulas de la rigurosa composición borgeana. Otro muy interesante ensayo reciente, El método Borges, de Daniel Balderston (Ampersand, 2021), muestra la minuciosa elaboración de la prosa borgeana a partir del estudio de sus manuscritos.

Pero fueron sobre todo los escritores nacidos entre los años 30 y 40, como Beatriz Sarlo, Juan José Saer y Ricardo Piglia, quienes pensaron, localizaron, interpretaron a Borges como escritor universal y argentino. Saer, el novelista más importante que dio Argentina en las tres décadas finales del siglo XX, escribió un ensayo en el que concluía: “Si Borges no ha escrito novelas, es porque piensa, y toda su obra lo demuestra, que la única manera para un escritor en el siglo XX de ser novelista, consiste en no escribir novelas”. Saer proclamaba que la novela se terminó con Flaubert, de modo que sus propias novelas no eran novelas sino un género sin nombre que lo mantenía a distancia y a la vez lo adscribía a la negativa de Borges a escribir textos que superaran las diez o doce páginas. A Sarlo se debe uno de los libros ineludibles, Borges, un escritor en las orillas, donde la posición periférica del autor de Ficciones, que casi no salió de Buenos Aires entre los años veinte y los sesenta, aparece como una de las claves de su elaboración de símbolos y filiaciones.

Piglia fue el más borgeano de todos: entremezcló ensayo y narrativa; dirigió la “Serie negra”, colección de novela policial que continuó el trabajo de Borges y Bioy Casares en “El Séptimo Círculo”; dio entidad teórica a las Formas breves, libro en que se encuentran sus celebradas “Tesis sobre el cuento”, cuya idea central, la de que todo relato narra dos historias que luchan entre sí, está prefigurada en un prólogo de Borges a una novela de María Ester Vázquez: “El cuento deberá constar de dos argumentos…”. Otro de los títulos de Piglia, Crítica y ficción, se compone de entrevistas, género que el Borges ciego a partir de los años cincuenta convirtió en deleitosa, divertida y astuta forma de hacer literatura. En Respiración artificial, su novela más perdurable, Piglia hizo decir a su alter ego, Renzi, que Borges fue “el mejor escritor argentino del siglo XIX”. Era un modo de ceñir su sombra, de acotar su espacio y su peso.

La editorial porteña Eterna Cadencia viene publicando la transcripción de cursos que Piglia dictó en la década final del siglo pasado: Teoría de la prosa, sobre Juan Carlos Onetti; Las tres vanguardias, sobre Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh; y Escenas de la novela argentina. A diferencia de los anteriores, este último no recoge clases dadas en la Universidad de Buenos Aires sino en la televisión pública argentina, como Borges por Piglia.

El marco exigía una adecuación del tono: Piglia se adapta magistralmente al discurso divulgativo sin rebajar la exigencia. Cuenta, por ejemplo, algunos de sus encuentros con Borges, de hecho, el libro se cierra con una entrevista inédita a Borges encontrada entre los papeles de Piglia, depositados en la Universidad de Princeton, de la que fue profesor. Aprovechándose del modo casual y eximido de aparato académico que la ocasión le brinda, empieza por preguntarse qué es un buen escritor y por explicar por qué Borges lo es. Muestra algunos ejemplos de la literatura del siglo XX que derivan de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que se publicó en la revista Sur en 1940, luego en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941) y finalmente en Ficciones (1944): dos importantes novelas de los años cincuenta, El hombre del castillo de Philip K. Dick, y Pálido fuego de Nabokov, y una anterior, La vida breve de Onetti, no existirían sin ese antecedente. No se trata de una influencia sino de la creación de un procedimiento que Piglia denomina “invención especulativa” y que encuentra cercano al arte conceptual tal como fue concebido por Duchamp.

Piglia ubica a Borges en el cruce de sus dos genealogías: la de su familia paterna, de la que deriva la vocación de saber (la biblioteca, emblema borgeano por excelencia) y su anglofilia, que lo apartó del tradicional afrancesamiento hispánico; y la materna, la de un “aristócrata empobrecido” descendiente de militares y padres de la patria, de donde le viene el culto al coraje y a la espada, “cuyo mejor lugar es el verso”, como el propio Borges escribió. “El sur”, el cuento que cierra Ficciones, en el que un bibliotecario, tras un accidente, sueña su muerte en un duelo a cuchillo, es uno de los más elocuentes en esa línea.

Son cuatro clases (“¿Qué es un buen escritor?”, “La memoria”, “La biblioteca” y “Política y literatura”), emitidas en septiembre de 2013, que no pretenden abarcar todo Borges sino que lo abordan desde una selección de cuentos y ensayos fundamentales. Piglia se detiene en la nada previsible atracción de un escritor tan exquisito por los géneros populares (la gauchesca, el tango, las películas de Hitchcock y no las de Dreyer o Bergman) y los escritores menores (H. G. Wells, Chesterton, Stevenson, Kipling) a pesar de su muy temprano reconocimiento de la importancia de Joyce, de cuyo Ulises tradujo algunas páginas en 1925.

El entusiasmo de Borges, su gran arte de seducción del lector, la felicidad de la literatura que está presente en toda su obra, inviste de alguna manera este trabajo didáctico de Piglia. Incluso para quien haya visto las clases en su emisión televisiva, el acercamiento a estas páginas representará una ocasión de regocijo borgeano.

Borges por Piglia, Ricardo PIglia, Eterna Cadencia, 2025, 224 páginas, 19,50 euros

II

"Una biografía ilustrada de Borges redescubre al escritor que quiso abarcar el infinito", en El País, Mar Centenera, Buenos Aires, 2 dic 2024:

En el 125 aniversario del nacimiento del autor argentino más universal se reeditan también algunas de sus obras más conocidas, como ‘Historia universal de la infamia’.

¿Quién fue el argentino Jorge Luis Borges? ¿El cuentista magistral?, ¿el lector voraz que tenía a los libros como su única patria?, ¿el poeta enamorado?, ¿el hijo que no logró romper la relación edípica con su madre al punto de dejar plantada a su esposa en la noche de bodas?, ¿el conferencista ciego que viajó por todo el mundo?, ¿el descendiente de militares que apoyó la dictadura de Videla y después se arrepintió? “No hay un Borges, sino muchos”, asegura la periodista cultural Verónica Abdala, coautora junto al dibujante Rep (Miguel Repiso) de la biografía Borges, una vida ilustrada (La Marca editora), recién publicada en España. En el 125 aniversario del nacimiento del autor de El Aleph, el libro propone redescubrir a un escritor erudito y difícil, pero también ingenioso y ecléctico, al que marcó para siempre una infancia a caballo entre dos lenguas, dos continentes y muchos libros.

En paralelo, Lumen reedita dos de las obras de este narrador que quiso abarcar el infinito: Historia universal de la infamia, la colección de relatos de 1934 protagonizados por piratas, rufianes, gánsteres, traficantes y profetas, célebres por su maldad y ansias de poder, y El aprendizaje del escritor, que recopila sus reflexiones durante el seminario que dictó en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) en 1971.

“A él le ilusionaba la posibilidad de que la historia le perdonase sus errores y fuera recordado por sus mejores textos, y creo que eso es lo que le va otorgando el tiempo”, dice Abdala. A casi cuatro décadas de su muerte, es uno de los autores canónicos de la literatura universal del siglo XX y en su país natal ha sido elevado al panteón de ídolos nacionales.

“Borges es muy argentino porque es marginal, siempre está en los márgenes”, lo describe Rep, “Acá es europeo y allá es argentino”. “Cuando comienza a escribir prosa trae a los guapos, a los gauchos, a los malevos, al Buenos Aires de arrabal”, señala este ilustrador, que ha dibujado para la biografía a algunos de esos personajes que saltaron de los suburbios de la capital argentina a las páginas de cuentos como El hombre de la esquina rosada, La intrusa e Historia de Rosendo Juárez, entre muchos otros. “Si bien tuvo una infancia muy europea y anglófila, también entendió muy bien el campo popular”, agrega Rep.

Argentino por accidente

Borges nació en 1899 en Buenos Aires de la unión entre Leonor Acevedo, descendiente de terratenientes, y Jorge Guillermo Borges, hijo de una dama inglesa casada con un militar uruguayo con antepasados militares portugueses. Creció en un ambiente donde nadie se enorgullecía del todo de ser argentino: pensaban que el centro del mundo estaba en Londres o en París. “Crecí sintiendo que era argentino por accidente”, confesó Borges. Esa cita encabeza la biografía ilustrada junto a un primer retrato, el de un niño para quien su padre había trazado un destino de escritor.

A los ocho años ya estaba familiarizado con Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling y Mark Twain. Los leía en inglés de la biblioteca paterna —su primera imagen del paraíso— en un proceso de formación atípico para un niño sudamericano.

La mudanza familiar a Europa entre 1914 y 1921 sumó el francés y el alemán a la biblioteca de este lector políglota. Esos nuevos idiomas le abrirían las puertas de la obra de Voltaire, Charles Baudelaire, Gustave Flaubert, Arthur Rimbaud, Arthur Schopenhauer y Friedrich Nietzsche, por citar algunos. Esas lecturas precoces llevaron a Borges a sentirse heredero y partícipe de la tradición literaria universal, afirma Abdala.

Su regreso a Buenos Aires le permite ver con nuevos ojos la capital argentina, que antes despreciaba, y transformarla en un personaje más. Su barrio, Palermo, ocupará en su escritura el espacio fabuloso de la infancia.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire”.

Esos versos finales del poema Fundación mítica de Buenos Aires aparecen en el libro junto al dibujo de una de las esquinas históricas del barrio de La Boca, Suárez y Necochea, punto cero del tango. El ritmo del 2 por 4 le atraía tanto que dictó conferencias y escribió el libro con canciones Para las seis cuerdas. Astor Piazzolla las musicalizó y Edmundo Rivera les dio voz en un disco legendario por su singularidad: El tango.

Borges perdió por completo la visión en 1955, el año en que fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. “A partir de la ceguera él construyó un personaje. Ya no se ve en el espejo, ve a otro Borges que recuerda. Borges es un hermoso laberinto”, lo describe Rep, quien asegura que le gusta retratarlo de anciano, con la mirada acuosa y apoyado en un bastón. Junto a los laberintos, uno de los símbolos favoritos borgeanos, aparece también la cábala, el tigre y el reloj de arena.

Su madre, sus dos esposas —Elsa Astete y María Kodama—, sus amigos más cercanos, escritores coetáneos y los que tuvieron una influencia decisiva en su vida desfilan por la biografía ilustrada a través de breves diálogos y anécdotas. Ahí están las tertulias hasta el amanecer con el escritor Macedonio Fernández en el bar La Perla, sus elogios al poeta Evaristo Carriego por “cantar al barrio”, la rivalidad eterna con Ernesto Sabato y la comunión absoluta con Adolfo Bioy Casares, de la que nació un escritor ficcional de cuatro manos, H. Bustos Domecq.

Apoyo a las dictaduras

La biografía indaga también en sus sombras, en especial el respaldo a las dictaduras sudamericanas, que posiblemente le costó el premio Nobel. “Borges apoyó la dictadura [argentina] del 55 [que derrocó a Juan Domingo Perón] y después la del 76 porque tenía esa noción de lo militar asociado a lo épico”, señala Abdala. En 1976, con el país sumido en una crisis política y económica y una violencia in crescendo, el escritor, antiperonista visceral, agradeció a Videla haber salvado a Argentina “del oprobio, el caos y la abyección”. Poco después, viajó a Chile y se fotografió también con el dictador Augusto Pinochet.

Cuando las noticias de los secuestros, las torturas y las desapariciones realizadas por el régimen militar dieron la vuelta al mundo y Borges las escuchó de boca de las Madres de Plaza de Mayo, pidió perdón. “Me equivoqué”, admitió en 1980. “Ahora no apoyaría a los militares. No todos los muertos serían invariablemente inocentes, pero tendrían que haber tenido el derecho a ser juzgados”.

Con el regreso de la democracia, Borges asistió al Juicio de las Juntas en 1985 y recogió en una crónica publicada en EL PAÍS el testimonio de uno de los supervivientes del horror: “Esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos”.

Un año después, murió y fue enterrado en Ginebra, la ciudad de su adolescencia, a la que regresó enamorado. “Que a ningún argentino, por favor, se le ocurra repatriarme: mi patria son los libros y en ellos tengo la ilusión de que estaré siempre vivo”, pidió Borges. Su viuda, Kodama, fue una feroz guardiana de los derechos de su obra y de ese último deseo del argentino más universal.

III

Cómo leen a Borges las nuevas generaciones, en El País, por Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2024:

El Festival Borges, que se realizó durante la última semana en Buenos Aires, expuso cambios en la lectura y recepción del gran escritor argentino.

“Es como si Borges fuera un abuelo y no un padre literario; y con los abuelos uno no tiene conflicto”, suele decir el escritor Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) y deja esbozado un cambio de época en la relación entre el gran autor argentino y las últimas generaciones de escritores nacionales. Es que tanto la adoración y el remedo imposible como la pulsión parricida, que durante años llevó a muchos a escribir contra Jorge Luis Borges, parecen haber dado paso a nuevas miradas, desprejuiciadas y con mayor libertad para tomar o descartar a gusto. La pregunta sobre cómo se lee hoy al autor de El Aleph fue uno de los ejes del Festival Borges que se desarrolló durante la última semana en Buenos Aires. Y las respuestas ensayadas acaso no habrían disgustado al escritor que defendía el placer como única razón válida para leer: "La lectura", decía Borges, “debe ser una de las formas de la felicidad”.

En el escritor nacido en 1899 y fallecido en 1986 se conjugan una obra cumbre de la alta cultura y una figura de reconocimiento masivo, casi una celebridad popular, el viejo ciego y sabio que armonizaba la “serena modestia” con la ironía iconoclasta. En esa ambivalencia quizá radique parte de la perduración de su atractivo. “Por un lado, Borges apabulla, ocupa ese lugar canónico en la literatura argentina, es una de las grandes figuras de la literatura universal. Pero, a la vez, hay algo en él que parece muy accesible, a pesar de tener muchas complejidades”, observó la escritora Olivia Gallo (Buenos Aires, 1995). “Tenía una visión de la literatura muy horizontal, muy pura y juguetona. No se ponía en el lugar de un escritor serio que hablaba desde arriba, hay algo muy punk en su figura, en correrse de ese lugar al que a la vez pertenecía.”

El Festival Borges es un proyecto cultural independiente y con entrada libre que, en su cuarta edición, se realizó entre el lunes pasado y este sábado. Incluyó talleres, charlas y recorridas —algunas actividades virtuales y otras presenciales—, con la participación de académicos, investigadores, periodistas, escritores y otros artistas.

“La literatura de Borges espera, espera a que llegue el momento en que cada uno y cada una pueda encontrar en Borges qué nos habla a nosotros, qué cuento sí y qué cuento no”, caracterizó Yamila Bêgné (Buenos Aires, 1983), autora de Los límites del control y Protocolos naturales, entre otros libros. “La literatura de Borges está ahí para que podamos volver, no sólo nosotros como individuos a lo largo de nuestras vidas, sino también como generaciones: mis padres lo leyeron de un modo, yo lo leo de otro, mi hijo lo leerá de otra manera. Así se configura también un clásico. Es una obra que espera porque tiene la cualidad para esperar, porque hay algo adentro que no se termina de descifrar. Una cualidad de condensación, de agujero negro. Estamos ahí rondando todo el tiempo y nos espera, espera a que lleguemos a comunicarnos de un modo más directo con esos textos.”

La influencia y las palabras

El interrogante respecto del influjo de Borges y su mitología en la producción literaria actual fue formulado en el festival por la profesora y periodista Gisela Paggi. “Hay una tensión entre la gente que escribe y Borges”, respondió Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978). “Borges puede inspirar miedo, temor, pero también a un escritor joven le hace sentir que existe otro mundo y que se puede formar parte. Muchos escritores han confesado que lo primero que les salía escribir eran cuentos imitando el gesto de Borges, los laberintos, las ruinas circulares... Si bien es un escritor erudito, tiene eso que Beatriz Sarlo llama la estrategia de lo menor, de no poner palabras de más. En toda su sofisticación, Borges es realmente estimulante para cualquiera que quiera escribir”. La autora de Animales de compañía y Donde nada se detiene destacó “las herramientas retóricas” que ofrecen los textos borgianos, su empleo de la metáfora y la prosopopeya, “las figuras contradictorias con las que niega algo afirmándolo”, presente en títulos de relatos como “El impostor inverosímil Tom Castro” o “El atroz redentor Lazarus Morell”.

“Borges no solo escribe sobre lectura, sino que escribe todo el tiempo sobre escritura. Entonces a la hora de escribir o de acercar herramientas a otros para que escriban, en un taller o una clase, es fundamental”, estimó Yamila Bêgné. Recordó que en el ensayo La poesía gauchesca Borges advierte que conocer cómo habla un personaje es conocer al personaje: “Ese es un consejo insoslayable para construir un personaje o un narrador. Si conocemos esa voz, si la internalizamos, el camino de la escritura, que nunca es fácil, va a tener una guía”.

Ausencia presente

¿Los jóvenes leen a Borges? Sin datos disponibles, las respuestas compartieron sensaciones y percepciones. Olivia Gallo, autora de Las chicas no lloran y No son vacaciones, contó que, con sus amistades interesadas en la literatura, no suelen hablar de Borges. “No está en la conversación, tampoco aparece tanto en los talleres literarios. Pero hay algo de su presencia que se cuela por otros lados, quizá por otros autores argentinos tocados por su obra. En su momento, Borges fue discutido, criticado, canonizado, hay algo del debate en esos términos que ya está, ya no se discute y eso puede alejar a un autor y que se lo lea menos. Pero, a la vez, la gente de mi generación, creo, no estamos peleados con la idea de leerlo”, dijo y recordó aquella frase de Mairal: “Con los abuelos uno no se pelea, se pelea con los padres”.

Como profesora de primer año en la universidad, en el área de las ciencias sociales, Bêgné comentó que sus actuales alumnos “por supuesto conocen a Borges, pero pocos lo leyeron. Sí leyeron a escritoras como Mariana Enríquez o a Samanta Schweblin. Tienen otras opciones más visibles y más cercanas de llegar a la literatura. Ya tendrán tiempo para llegar a Borges y, si no llegan, tampoco me parece un pecado capital. Hoy quizá puede haber grandes lectores que no hayan leído a Borges”, arriesgó, sabiendo, dijo, que iba a arrepentirse.

En los años cincuenta y sesenta, cuando aconsejaba a sus estudiantes que no leyeran libros que los aburrieran, Borges sugería algo parecido sobre el poder latente, en permanente suspenso, de la literatura: “Lean ustedes a Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si Shakespeare les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día en que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare. Pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”.

IV

 Un alfil de la vanguardia hispánica: Guillermo de Torre en el espejo de Borges, en El País, Jordi Amat, 9 sept 2023:

Domingo Ródenas de Moya traza una detallada cartografía de la vanguardia hispánica de principios del XX en torno a la figura del escritor ultraísta.

Probablemente Literaturas europeas de vanguardia dio sentido a la vocación de Guillermo de Torre. Es verdad que se publicó en 1925 cuando el ciclo de la subversión estética no se había cerrado, pero Torre, que nació con el siglo y cuya ambición como creador había recibido ya los primeros palos, era el hombre de letras español con mejor información sobre aquellos movimientos, sus libros, revistas y autores de todo el continente con los que incluso se carteaba. Otra cosa distinta es cómo un abanderado de la modernidad adquiría prestigio en ese sistema literario y cómo su trayectoria acabaría por inscribirse en el relato de la historia cultural hispánica del siglo XX. Entre ironías, olvidos y una obra dispersa entre dos continentes, su nombre se difuminó. Para comprender el período su labor como agente del arte nuevo debía ser restituida. El orden del azar lo consigue. Han sido muchos años de investigación y la espera ha valido la pena. Sin duda esta biografía es un hito clave en la carrera académica de Domingo Ródenas, el profesor que más ha renovado el conocimiento sobre la Edad de Plata tras José Carlos Mainer.

Con una obra dispersa, su nombre se difuminó. Para comprender el periodo, su labor debía ser restituida. En el eje de la biografía está Torre, sus artículos y su oceánico epistolario en buena parte inédito. A partir de su protagonista, que dominaba sin querer “el arte de caer mal”, Ródenas traza una cartografía detalladísima de la renovada vida cultural desde 1915 hasta la guerra civil y el primer exilio. Tertulias y egos, cuchilladas y proyectos abortados. Desde el nacimiento del ultraísmo, que él bautizó en una carta cuando era un adolescente latosísimo, hasta su visita al estudio de Picasso cuando pintaba el Guernica. De la relación con García Lorca, del que se publican fotografías inéditas, hasta los tratos con Ernesto Giménez Caballero para la creación de la Gaceta Literaria. Pero lo que hace singular este libro es un contrapunto biográfico que aumenta exponencialmente su interés. Se establece desde las primeras páginas, en unos capítulos breves que irán alterando la linealidad cronológica a lo largo del relato y que acaban por construir unas vidas cruzadas entre Torre y su cuñado. En paralelo descubrimos así cómo se iba configurando el entramado cultural argentino, con Victoria Ocampo como factor aglutinador, o la génesis de dos proyectos editoriales tan influyentes como la colección Austral de Espasa Calpe y la editorial Losada. Pero sobre todo accedemos a la rebuscada personalidad de un tipo bilioso y con una inteligencia estratosférica: Jorge Luis Borges.

En un temprano viaje de regreso a Argentina, la familia Borges hizo una larga parada en España. Durante la primavera de 1920 los dos jóvenes con sueños de escritor se conocieron en Madrid. Antes, en Sevilla, algunos poetas nuevos ya habían quedado deslumbrados por la belleza de Norah, pintora moderna y hermana de Georgie. Cuando se la presentó a Torre, “se enamoró de un mazazo”. Su noviazgo se construyó a través de cartas y poemas que cruzaban el Atlántico, con el temor compartido que la imagen que uno tenía del otro fuese más una idealización literaria que una realidad. Es una historia preciosa cuyo epílogo cierra el libro. Pero esa historia de amor hizo que los dos literatos que un día se dijeron a sí mismos ultraístas tuviesen una relación tan frecuente como singular. Más que complicidad familiar, en cartas y artículos, latía una velada competencia. Al interpretar esas tensiones, Ródenas arriesga y brilla en la caracterización psicológica y así va más adentro en la descripción de cómo Borges llegó a ser “el talismán de los escritores posmodernos de los sesenta” al tiempo que Torre asumía como testimonio “de la modernidad estética en la que lo nuevo se hizo tradición”. Solo Ródenas podía contarlo.

El orden del azar. Guillermo de Torre entre los Borges. Domingo Ródenas de Moya. Anagrama, 2023, 577 páginas, 29,90 euros.

V

 Los manuscritos inéditos de Borges que dejan oír su voz: publican los cuadernos donde preparaba sus conferencias, en El País, Javier Lorca, Buenos Aires, 9 jun 2025:

El libro “Cuadernos y conferencias” reúne textos del escritor argentino fechados entre 1949 y 1954. La edición permite conocer cómo trabajaba Borges y revela temas poco abordados en el resto de su obra

Cuando Jorge Luis Borges se quedó ciego, hacia 1955, “su capacidad de estilo quedó destruida. Porque no pudo leer. No pudo leer sus propios manuscritos”, observó el crítico y escritor Ricardo Piglia. Al comparar “cualquier texto de Borges de los años 60 para adelante” con sus textos anteriores —agregó—, “hay que ser un marciano para no darse cuenta de lo que es una cosa y la otra”. La sentencia, elaborada por Piglia en sus clases sobre el gran escritor argentino, supone que la lectura era el corazón de la escritura de Borges y, de algún modo, sugiere que el icono del genio ciego que lo haría famoso fue la primera imagen del escritor que ya dejaba de ser. La publicación en Argentina del libro Cuadernos y conferencias permite no solo acceder al tesoro de los últimos manuscritos de Borges, hasta ahora inéditos, sino también ver casi sin mediaciones cómo operaba su máquina creativa y cómo leía su biblioteca, en este caso para preparar, con minuciosidad de artesano, charlas y cursos cuyo contenido parecía perdido.

“Es el grupo de inéditos de Borges más importante que ha aparecido”, afirma Daniel Balderston, reconocido experto en la obra borgiana y director del Borges Center de la Universidad de Pittsburgh (EE UU), la institución que hizo posible la publicación de Cuadernos y conferencias.

El volumen de 410 páginas reproduce imágenes de los manuscritos que Borges bocetó al planificar 24 charlas que dictó entre fines de los años 40 y mediados de los 50. Se trata de notas dedicadas a filósofos como Juan Escoto ErígenaFrancis Bacon o David Hume, y a escritores como William BlakeRobert BrowningHerman MelvilleMark TwainArthur Conan DoyleOscar WildeFranz Kafka y otros. El libro incluye, además, fragmentos manuscritos de los cuentos “El sur” y “Funes el memorioso”, entre otros textos. Cada facsímil aparece acompañado por su transcripción, para facilitar la lectura, y por un comentario crítico.

La cuidada edición, que distribuye Arta Ediciones, es el resultado del encuentro de dos líneas de investigación sobre Borges. Por un lado, la enfocada en los manuscritos, que lidera Balderston y que ya produjo otros tres libros de inminente reedición: Poemas y prosas breves (2018), Ensayos (2019) y Cuentos (2020). Y por el otro, la centrada en el área menos estudiada de su obra, su producción oral, a cargo de un equipo dirigido por Mariela Blanco en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Argentina).

Solo en su vejez, Borges (1899-1986) pudo vivir de los ingresos que generaba su obra. En sus primeros años adultos, se mantuvo trabajando como periodista y editor. En 1937, consiguió un empleo estable como bibliotecario, pero en 1946, con la llegada al poder de Juan Perón, renunció tras ser “honrado con la noticia de que había sido ‘ascendido’ al cargo de inspector de aves y conejos en los mercados”, según la versión que él mismo publicitó en su Autobiografía. En esa época, su timidez era proverbial: cuando los amigos organizaron una cena de desagravio ante la afrenta peronista, no se animó a leer el discurso que había preparado.

Pero para subsistir tuvo que doblegar su introversión y, gracias a la promoción de Victoria Ocampo y otras amistades, pudo ensayar nuevas profesiones: así emergieron el Borges profesor y el conferencista. “A los 47 años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante”, contó. “Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado”.

Los meticulosos apuntes con que preparaba sus clases y exposiciones los anotaba en cuadernos, hoy dispersos en distintas bibliotecas y colecciones. Cuadernos y conferencias reúne una selección de manuscritos fechados entre 1949 y 1954, cuyos originales están en las universidades de Texas y de Michigan (EE UU). Los facsímiles muestran que las notas de Borges, carillas cubiertas de apretados caracteres, siguen con esmero a las que él atribuyó a Pierre Menard, su imaginario autor del Quijote, con "sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto".

El libro ofrece múltiples lecturas posibles. Para el lector aficionado, rescata conferencias de Borges que no fueron grabadas, filmadas ni transcritas, de las que solo en algunos casos había menciones o resúmenes en la prensa. “Los temas de los que habla acá irradian en muchos casos hacia el resto de su obra, reaparecen en sus ficciones, sus ensayos y poemas. Pero también hay muchos temas de los que no habla en otros textos. El lector puede entrar en contacto con reflexiones de Borges que no leyó en otro lado o con temas que acá desarrolló con mayor sistematicidad”, destaca la investigadora del Conicet Mariela Blanco, cuyo equipo lleva registradas unas 400 conferencias del autor. Los místicos del IslamLos problemas de la novelaAlmafuerte (Pedro B. Palacios) o Bertrand Russell son algunos ejemplos de esos temas inusuales que afloran en estos manuscritos.

Para el investigador o el lector erudito, el libro es una ventana desde donde atisbar el modo en que Borges trabajaba. “Los cuadernos muestran cómo planeaba cada clase o conferencia, cómo juntaba y organizaba su repertorio de citas para hacer un argumento. Arrojan mucha luz sobre sus publicaciones anteriores y posteriores, y son de suma importancia para entender no solo ese período, sino también el que viene después, cuando ya ciego y famoso comienza a hablar en muchas partes del mundo en conferencias que sí fueron grabadas”, explica Daniel Balderston.

De paso, el libro deja en ridículo a la leyenda de Borges como un fabulador que inventaba citas y lecturas. En el margen izquierdo de sus anotaciones, el escritor asentaba las fuentes en que se basaba. “Borges sabía que se estaba quedando ciego”, señala Blanco, “y por eso dejaba un registro tan detallado de sus lecturas”.

VI

Después de Borges: la lectura como felicidad lenta, generosa e infinita, en El País, por Alberto Manguel, Portugal, 4 feb 2026:

En el 40º aniversario de su muerte, Alfaguara reedita la obra completa del escritor. Manguel, estrecho colaborador del genio argentino, traza un mapa para entrar en su mundo.

En septiembre de 1952, en el número 83 de Les Temps Modernes, el crítico francés Etiemble publicó un artículo sobre Borges titulado Un homme à tuer. Para entonces, Borges había escrito algunas de sus obras más importantes —Ficciones, El AlephInquisiciones y Otras Inquisiciones— y, según Etiemble, estos libros dejaban a todos los demás escritores con dos opciones: o bien revisar por completo su comprensión del acto literario, renunciando a las nociones recibidas de la historia universal y la teoría crítica tan asiduamente estudiadas desde el siglo XVIII, o bien abandonar la literatura por completo. Después de Borges, después de textos como Pierre Menard, autor del Quijote, que sostiene que un libro cambia según las atribuciones del lector, o como Examen de la obra de Herbert Quain, que sugiere que un libro puede contener todos los demás, y La biblioteca de Babel, que, en su infinitud, ofrece un catálogo completo de todos los libros imaginables del pasado, el presente y el futuro; la literatura, tal y como se conocía hasta entonces, se había vuelto imposible. Etiemble insistía en que había que eliminar a Borges si queríamos seguir escribiendo. Toda su obra, la que ha significado que se consagrara como tal, revive ahora reeditada —en el 40 aniversario de su muerte— por Alfaguara en tres tomos: poesía, cuentos y ensayos.

Para utilizar el término atribuido a Pierre Menard, la obra visible de Borges puede parecer desalentadora (las citas, los nombres oscuros o ilustres, muchos de ellos apócrifos, los temas aparentemente insondables), pero su legado reside menos en su escritura erudita que en su enfoque afable de la literatura. Borges era, como solía decir, más lector que escritor, alguien que no solo narraba ficciones, sino que las transformaba a través de sus lecturas, alguien para quien el libre albedrío residía en utilizar la experiencia de las palabras para nombrar aquello que la experiencia no tiene palabras para nombrar. En una época en la que los medios electrónicos insisten en el valor de lo veloz por encima de lo profundo y del mensaje instantáneo por encima de la reflexión pausada, Borges nos recuerda que el arte de la lectura nos brinda una felicidad lenta, generosa e infinita, más allá de razones prácticas o teóricas. Borges pensaba que nuestro deber moral es ser felices (poco antes de su muerte, añadió “y ser justos”) y, siguiendo su ejemplo, sus lectores se han sentido autorizados a dejarse guiar no por la obligación, sino por el placer de la lectura. Borges se impacientaba con las teorías literarias y culpaba a la literatura francesa en particular por concentrarse no en los libros, sino en las escuelas y los círculos literarios. Adolfo Bioy Casares, quizás la persona que mejor lo conocía, y cuyo diario, editado por Daniel Martino, es una obra imprescindible para entender a Borges, observó que su amigo “nunca cedió a las convenciones, las costumbres o la pereza”.

Borges renovó nuestra lengua. Desde el siglo XVII, los escritores de lengua castellana han dudado entre los polos lingüísticos del barroco de Góngora y la voz escueta de Quevedo. Entre estos dos extremos, Borges desarrolló un estilo barroco, de nuevos significados poéticos, y a la vez afilado y preciso. Casi todos los escritores en castellano de nuestro tiempo han reconocido su deuda con Borges, y su voz tuvo tal eco en los narradores jóvenes del siglo XX que Manuel Mujica Láinez compuso el siguiente cuarteto:

A un joven escritor / Inútil es que te forjes / Idea de progresar / Porque aunque escribas la mar / Antes lo habrá escrito Borges.

En un famoso texto de 1952, Borges señaló: “Todo escritor crea sus propios precursores”. Con esta afirmación, adoptó un largo linaje de escritores que ahora parecen borgianos avant la lettre: Platón, Novalis, Kafka, Schopenhauer, Remy de Gourmont, Chesterton... Este enfoque generoso de la literatura tal vez explique su presencia en tantas obras diversas cuyo denominador común es Borges: la primera página de Les mots et les choses, de Michel Foucault; el bibliotecario ciego y criminal Jorge de Burgos en El nombre de la rosa de Umberto Eco; las últimas líneas de Una nueva refutación del tiempo, pronunciadas por la máquina moribunda en Alphaville, de Godard; los rasgos de Borges mezclados con los de Mick Jagger en la última toma de Performance de Roeg y Cammell, de 1968.

Su memoria albergaba un número aparentemente infinito de libros, pero su biblioteca personal era pequeña y desconcertantemente ecléctica. No le gustaban Proust, Racine, Freud, Balzac, Lope de Vega, Stendhal, Goethe, Maupassant, Trollope, Lorca, y le complacía citar a Mark Twain: “Una buena manera de empezar una biblioteca es dejar fuera las obras de Jane Austen”.

La generosidad con la que Borges emparejaba inesperadamente personajes y autores (Kim y Don Segundo Sombra, Aristóteles y Nicholas Blake) se extendía a palabras, objetos e ideas. Le encantaban las combinaciones sorprendentes (a menudo citaba a Shakespeare: “Un turco maligno y con turbante”) o los catálogos maravillosamente heterodoxos, como el que enumera las consecuencias de la importación de esclavos negros a América en Historia universal de la infamia. Su amigo el pintor surrealista Xul Solar, consciente del gusto de Borges por las combinaciones extrañas, le animó a experimentar con mezclas gastronómicas como el chocolate y la mostaza, para ver si “la cobardía y la costumbre” habían impedido a la sociedad descubrir combinaciones nuevas e interesantes. “Por desgracia”, recordaba Borges, “nunca se nos ocurrió nada tan perfecto como, por ejemplo, el café con leche”.

Los críticos de Borges, ya desde 1926, le acusaron de muchas cosas: de no ser argentino (“ser argentino”, había dicho Borges, “es un acto de fe”); de sugerir, como Oscar Wilde, que todo arte es inútil; de ser demasiado aficionado a la metafísica y a lo fantástico; de preferir una teoría interesante a la verdad de los hechos; de juzgar ideas filosóficas y religiosas por su valor estético; de no comprometerse políticamente, a pesar de su firme postura contra el peronismo y el fascismo. Desestimó estas críticas como meros ataques a sus opiniones (“el aspecto menos importante de un escritor”) y a la política (“la más miserable de las actividades humanas”).

Su preocupación era la literatura, y ningún escritor en estos últimos siglos fue tan importante como él a la hora de cambiar nuestra relación con la literatura. Quizás otros escritores fueron más aventureros, y sin duda hubo quienes documentaron con más fuerza que él nuestras miserias psicológicas y nuestros ritos sociales. Borges intentó poco o nada de todo eso. En cambio, a lo largo de su vida, dibujó mapas para que pudiéramos leer el mundo de otra manera, especialmente en el ámbito de su género literario favorito, el fantástico, que para él incluía la religión, la filosofía y las matemáticas. Hay escritores que intentan plasmar el mundo en un libro. Hay otros, más raros, para quienes el mundo es un libro, un libro que intentan leer para sí mismos y para los demás. Borges era uno de estos escritores. Confiaba en la palabra escrita, en toda su fragilidad, y con su ejemplo nos concedió a nosotros, sus lectores, el acceso a esa biblioteca infinita que otros llaman el Universo.


Apología e historia de las Vanguardias, por José F.º Ruiz Casanova

 Apología e historia de las vanguardias, por José Francisco Ruiz Casanova, en El País, 15 de junio de 2002.

Casi como celebración del centenario del nacimiento de Guillermo de Torre (Madrid, 1900-Buenos Aires, 1971) se reeditan dos de sus volúmenes críticos de mayor interés: Literaturas europeas de vanguardia (1925) e Historia de las literaturas de vanguardia (1965), títulos que guardan un alto grado de relación aunque, como se verá, fuese su propio autor quien distinguiera los rasgos, objetivos y circunstancia de uno y otro libro.

Esta reedición del volumen de 1925 se abre con una foto de Guillermo de Torre (traje de color claro de chaqueta cruzada, pipa y cabello peinado hacia atrás) que nos lo presenta más bien como un dandi, aunque nos trae ya dicha imagen una cierta impresión del T. S. Eliot español que, sobre todo como crítico, iba a demostrar con tan sólo 25 años. Tanto Literaturas europeas de vanguardia como la Historia de las literaturas de vanguardia deben leerse ahora como obras pioneras de la literatura comparada; De Torre, en su prólogo a la segunda, define el nuevo libro como una mirada histórica sobre los movimientos de vanguardia, a la par que califica el anterior libro de 'apologético', aunque -aun así- también ve en él 'el único libro en nuestro idioma con carácter internacional, panorámico, suprafronterizo'. Cuarenta años transcurrieron entre una y otra obra, y durante ese tiempo Guillermo de Torre siempre se negó a reeditar y/o corregir el texto de 1925: de hecho, cuando publique su Historia de las literaturas de vanguardia la mirada crítica ha variado, y la frescura del lenguaje y de la adjetivación testimonial de la década de los veinte deja su lugar al análisis realizado con cierta perspectiva filológico-histórica o académica.

Aun no siendo la misma obra, existe algo que las hermana, y que no es otra cosa que la calidad de las intuiciones críticas de su autor, en tantos casos comparables a las de los otros dos grandes poetas-críticos del siglo: Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Cuando Guillermo de Torre acomete su nueva obra, entre la década de los cincuenta y la de los sesenta, ésta se manifiesta como una necesidad teórica y crítica. El lapso de esos cuarenta años es, como sabemos, el periodo en el que se configura -en muchos sentidos- la historia de la literatura española del siglo XX y, en especial, la historia de su poesía. De Torre pasa de ser cronista y testigo a narrador de esa historia, pues ya los hechos comienzan a confirmarle que, de no escribir su libro, el pozo del olvido puede llegar a ser mayor de lo que hoy creemos que ha sido.

Guillermo de Torre había publicado algunos textos de sus Literaturas europeas de vanguardia en la revista Cosmópolis. Próximo a la vertiente ultraísta y a medios de difusión como Grecia y Vltra, De Torre vuelca grandes dosis de entusiasmo en la labor crítica, que define como 'creativa', y estudia en sus 'páginas cinemáticas' (la abundancia de esdrújulos en su léxico es, todavía, notable) los movimientos ultraísta, futurista, creacionista, cubista y dadaísta. No debería olvidarse que cuando nuestro autor asume esta doble tarea, teórica y activa, algunas de las pautas de la modernidad lírica nacional ya han sido sembradas: Diario de un poeta recien casado (1917), La pipa de kif (1919) y la Segunda antolojía poética (1922). Su libro sitúa, sobre todo, la nómina ultraísta (Borges, Diego, Garfias, Chabás, Del Vando-Villar, Del Valle, Lasso de la Vega, etcétera), señala el lugar y el significado de la obra de Vicente Huidobro y vaticina cómo el campo de batalla estética pasará -como así fue- de las revistas a las recopilaciones o antologías. A este respecto, la obra de 1965 dedicará páginas espléndidas a las operaciones antológicas de Gerardo Diego, Onís y Domenchina, en la década de los treinta y cuarenta, operaciones que borran casi literalmente de la historia el vanguardismo anterior a la generación del 27.

De Torre procede, en muchos sentidos, como un comparatista, y no cabe duda de que el tiempo le ha dado la razón. Se interesa por las relaciones entre poesía e imagen visual, apunta incluso temas de la cibernética en su segundo libro, y repasa las figuras fundamentales de la cultura europea del siglo XX, tanto en Literaturas europeas de vanguardia (Apollinaire, Rimbaud, Blaise Cendrars, Réverdy, Pound, Lee Masters...), como en su Historia de las literaturas de vanguardia (T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Beauvoir...). La nómina de vanguardismos, en virtud de la perspectiva histórica, alcanza aquí hasta las muestras de los años cincuenta y sesenta, como es el caso de la poesía concreta, y los capítulos del libro, su organización y apéndices bibliográficos aseguran ese espacio de estudio histórico que, durante cuarenta años, su autor creyó que podía desaparecer, y que es uno de los asuntos principales de la crítica contemporánea: delimitar el alcance del vanguardismo y comprender cada día que pasa mejor que de sus logros y propuestas procede la parte más sustantiva de la historia literaria (o poética, si se quiere) de nuestro pasado siglo XX.

El libro de Miguel Ángel García profundiza, precisamente, en dicho campo. En él se estudia con detalle la poesía pura y la dialéctica entre ésta y el compromiso, los 'ritos de la modernidad' oficiados por la generación del 27 -el gongorismo y la defensa de la forma- y, en un capítulo excepcional, el análisis del poema en prosa como consecuencia -según la lección de Rimbaud- del deseo del poeta moderno, que no es otro que 'encontrar una lengua'. Quizá el único inconveniente de la obra de García se deba a que todo su aparato hermenéutico gire en torno a una categoría ('la generación del 27') que antes de ser incluso etiqueta para el estudio filológico se había elevado sobre el proceso de vanguardias descrito ya por Guillermo de Torre en 1925; esto es, la generación del 27 no sólo es un canon literario indiscutible en líneas generales, sino que también fue, desde sus orígenes, un proceso de autocanonización que, contrariamente a otros, no dejó márgenes sino que, al llevarse a cabo (en gran medida) desde la médula de las vanguardias -de las que participan Gerardo Diego o Pedro Salinas-, hizo del presente sobre el que estaba escribiendo Guillermo de Torre pasado. No sé si pasado remoto; pero, sin lugar a dudas, pasado.

Literaturas europeas de vanguardia. Guillermo de Torre. Edición de José María Barrera. Renacimiento. Sevilla, 2001. 441 páginas. 18,03 euros.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Se reedita el diario descatalogado de la guerra civil de Concha Espina

 I

 Concha Espina: testimonio de guerra desde el bando franquista, en El País, por Andrea Aguilar, 17 DIC 2025:

La reedición de ‘Diario de una prisionera’ y una exposición dedicada a la escritora en Cantabria abordan su posicionamiento político.

Triunfó como escritora cuando muy pocas mujeres lograban abrirse camino en un mundo dominado por hombres. Se divorció ayudada por la letrada Clara Campoamor y celebró la llegada de la República en 1931. También relató las vicisitudes en las minas y el maltrato a la clase obrera, en su libro El metal de los muertos. Pero Concha Espina (Santander, 15 de abril de 1869-Madrid, 19 de mayo de 1955), la autora más internacional de las letras españoles a principios del siglo XX y tres veces candidata al premio Nobel de Literatura, saludó con un “¡Arriba España!" la noticia el 17 de julio de 1936 de la sublevación del Ejército rebelde en África.

Así lo relató en su diario de la Guerra Civil, publicado originalmente en 1938 bajo el título Esclavitud y libertad, que permanecía descatalogado. “Mi abuela no quería que se reeditase porque salía gente con nombre propio”, explicaba este martes su nieta Concha de la Serna, que guarda un grato recuerdo de la escritora y celebra que su legado vuelva a recibir atención. El texto de aquel tiempo de guerra recoge el día a día de Concha Espina en la pequeña localidad cántabra de Mazcuerras (Luzmela es el otro nombre del lugar y el que siempre empleó la escritora) desde el verano de 1936 hasta agosto de 1937, y no fue incluido en sus obras completas. Ahora, ha sido rescatado bajo el título Diario de una prisionera por Ediciones 98, sello que también planea reeditar las cuatro obras de ficción que la autora redactó y publicó durante la guerra y en el tiempo inmediatamente después: Retaguardia, publicada en 1937; Princesas del martirio; los relatos de Luna roja, que se remontan a la revolución de Asturias de 1934; y la ucronía Alas invencibles.

El editor Jesús Blázquez se refiere a estas obras como una “pentalogía de la Guerra Civil” y reivindica la independencia de Concha Espina y el valor de su testimonio en el que queda plasmado “que pensaba como le daba la gana”. Su condición de “mujer independiente, su españolismo y su religiosidad” marcan profundamente a la autora, según Blázquez, y fue su experiencia en la revolución de Asturias en 1934 lo que la distanció de la República, cuya proclamación había celebrado. “Concha Espina fue defensora del voto femenino y estuvo a favor de la democracia”, señala el editor sobre la autora, quien durante el franquismo se afilió a la Sección Femenina del régimen.

La escritora tenía 67 años cuando estalla la guerra, y su exmarido era alcalde socialista en la vecina localidad de Cabezón de la Sal. En su diario escribe sobre los “paseos” y registros, las visitas de milicianos que piden dinero, bombardeos, y las escasas noticias que recibe del desarrollo de la guerra en la cornisa norte. Se intercalan sus comentarios contrarios a Azaña, su desprecio por el bando republicano y su odio al “marxismo-leninismo”. “El pueblo comunista solo quiere vencer para medrar, destruir todos los principios básicos religiosos y culturales”, escribe el 24 de octubre de 1936.

Las caminatas por el campo y la descripción del paisaje van cediendo al miedo y a la incertidumbre, hasta que la escritora acaba encerrada en su casa, con las mujeres de la familia que la acompañan. Sus contactos con la Embajada francesa la protegen. Los textos de su diario fueron escondidos en un tubo y enterrados en el jardín. “Los publicó por insistencia del editor José Ruiz Castillo, como ella explica en el prólogo. La transcripción de las notas fue complicada, y la ayudaron su hija Josefina y Matilde Marquina”, apunta Blázquez, que defiende que más allá de las firmes opiniones políticas favorables al bando franquista que Concha Espina expresa en el texto, se trata del testimonio de una mujer que describe el mundo rural durante la guerra. “La han politizado, pero creo que mi abuela es por encima de todo una gran creadora humanista”, defiende su nieta, descendiente del hijo menor de la escritora, el médico Luis de la Serna, que entró en Luzmela con su hermano Víctor y las tropas nacionales. “Siempre hay un adjetivo negativo que la acompaña, pero ella fue fuerte e independiente”, subraya Concha de la Serna. Hace unos años donó los papeles de su abuela a la Biblioteca Nacional, aunque parte de su legado, el que se conservaba en su piso de Madrid durante la guerra, se perdió.

La Universidad de Cantabria y el Parlamento de esa región han conmemorado también este otoño el 70 aniversario del fallecimiento de la autora con la muestra Concha Espina: querer, saber, poder que permanecerá abierta hasta el 31 de enero, y que ha estado acompañada por un ciclo de conferencias.

II

Concha Espina, la autora que acarició el Nobel de Literatura, en El País, por Tereixa Constenla, 21 SEPT 2017:

Una exposición en el Museo Nacional de Ciencias Naturales aborda la obra y la vida de las mujeres distinguidas por la Academia sueca

Concha Espina (Santander, 1869-Madrid, 1955) es más que una estación de metro. O es una estación de metro porque fue mucho más: poeta, dramaturga, periodista y novelista compulsiva. Fue también —y ya se borró del recuerdo colectivo— la escritora española que estuvo más cerca del Nobel. En 1926 perdió frente a la italiana Grazia Deledda.

Una exposición dedicada a las mujeres que han ganado el premio a lo largo de la historia (48, una de ellas, Marie Curie, en dos ocasiones) recupera también la historia de la autora que pudo ser y no fue. Espina llegó a estar propuesta en nueve ocasiones y, en tres de ellas (1926, 1929 y 1931), fue candidata. "Fue propuesta al Nobel por 25 nominadores de numerosos países, entre ellos los españoles Jacinto Benavente, Gerardo Diego o Santiago Ramón y Cajal", señala Belén Yuste, una de las comisarias de la muestra, que se puede visitar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) hasta el próximo 20 de marzo. En la exposición, Espina comparte un espacio, A punto de Nobel, junto a la polaca Irena Sendler, que salvó a 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia.

Tampoco accedería a la Real Academia de la Lengua (RAE), si bien fue distinguida con su premio por la obra Tierra de Aquilón en 1924. Concha Espina fue una autora popular —el tirón de su primera novela, La niña de Luzmela, hizo que el pueblo donde se inspiró adoptase este topónimo— y reconocida por las instituciones, también internacionales. Fue vicepresidenta de la Hispanic Society (pese a ello ha estado ausente de la muestra del Museo del Prado) y miembro de honor de la Academia de las Letras y las Artes de Nueva York.

Mujeres Nobel se centra especialmente en las biografías de 12 de las 48 ganadoras del galardón, entre ellas Marie Curie (Física y Química), Selma Lagerlöf (Literatura), Nelly Sachs (Literatura), Rita Levi-Montalcini (Medicina), Wangari Maathai (Paz) o May Britt-Moser (Medicina). Además de paneles explicativos sobre ellas, se exponen objetos como un cuarzo piezoeléctrico diseñado por Pierre Curie para medir la radiactividad, destacado por Soraya Peña, coordinadora de la exposición, como "uno de los cinco prototipos que se conservan en todo el mundo", los botines que utilizaba la sueca Selma Lagerlöf debido a su lesión de cadera, la tesis firmada por la última Nobel de Medicina, May Britt-Moser, o una vajilla del banquete que sigue a la entrega del premio. 

"El objetivo es difundir la vida y la obra de las científicas a un público general", señaló Yuste, que ha destacado la implicación de las embajadas de los distintos países con mujeres premiadas, así como la colaboración del Museo del Nobel en Estocolmo y el Instituto de Oslo. En paralelo a la muestra, organizada por el MNCN, el Consejo Superior de Investigaciones (CSIC) y Rocaviva eventos, se han programado talleres y conferencias como la de Pierre Joliot-Curie, hijo y nieto de cuatro premios Nobel, que hablará sobre la lucha de las mujeres científicas el jueves 26 de septiembre.

martes, 9 de diciembre de 2025

El babilonio Ludlul Bel nemequi. El primer Job de la historia

 Un justo sufriente babilonio: Ludlul Bel nemeqi. Constituye el poema de carácter sapiencial más largo de la novela babilónica. Federico Lara Peinado, en Nueva Revista, 27 de febrero de 2004. El texto del poema está en este enlace.

Con la excepción de algunas epopeyas y varios mitos mesopotámicos, la narración titulada Ludlul Bel nemeqi («Quiero alabar al Señor de la sabiduría») constituye, hoy por hoy, el poema de carácter sapiencial más largo en lengua babilónica. En su origen, constaba teóricamente de 480 versos, de los cuales han llegado hasta nosotros tan sólo una tercera parte, repartida en cuatro tablillas. Lo conservado proviene de una treintena de «manuscritos» —tablillas de arcilla— localizados en distintos lugares de la antigua Mesopotamia (Assur, Babilonia, Sippar, Nínive, Sultantepé). Este hecho nos habla de la importancia y difusión que alcanzó este poema.

FINALIDAD

El Ludlul Bel nemeqi hubo de traducir, sin duda, la visión política de los monarcas absolutos de tiempos babilónicos (los reyes eran amos y señores de sus súbditos), así como las nuevas concepciones jurídicas, para las que la justicia debía entenderse no como un favor sino como un derecho. Ambas realidades obedecían al sutil intento de averiguar la razón del mal que se hallaba presente en la sociedad, y que era entendido más como «mal de sufrimiento» que como «mal moral». Aunque parezca extraño, esto ya preocupaba a los hombres en la temprana fecha de principios del tercer milenio antes de Cristo.

Al mismo tiempo, el Ludlul Bel nemeqi intentaba transmitir a los espíritus cultivados la idea de que la felicidad y la desgracia que experimentan los individuos tienen su origen en los planes divinos, unos planes que la pobreza intelectual de los humanos es incapaz de comprender. De ahí que a las desgracias físicas, morales y materiales se les sumase este tormento suplementario: saber que los planes divinos se hallaban tan lejos de los hombres como lo estaba el fondo de los cielos.

EL PROBLEMA DEL MAL

Una de las grandes cuestiones consistía en intentar explicar cuál era la causa del sufrimiento de los hombres, cuando éste, sin justificación aparente y sin un agente que lo causara, se abatía sobre ellos. En tiempos súmenos, en ningún momento sus pensadores implicaron a los dioses, pues entendían que a los mismos no les preocupaban lo más mínimo las miserias de unas criaturas que ellos mismos habían creado para que les sirvieran en todo. Sí, en cambio, pensaron en la existencia de otros entes, también divinos, pero de menor rango (especie de «demonios», espíritus y fantasmas), capaces de causar desgracias. A todos ellos, que podían ofender arbitrariamente, impulsados por su carácter hostil, les atribuyeron los numerosos males que afectaban a los seres humanos.

Pronto, sin embargo, los sumerios idearían una adecuada «terapéutica mitológica», con fundamentos religiosos, que cristalizaría en lo que hoy entendemos como magia y exorcismo.

Con la llegada de nuevos pueblos —acadios, asirios y babilonios— la problemática del mal sufrió un profundo y significativo cambio. Los agentes del mal continuaron, siendo los mismos, pero se entendían ahora como instrumentos de los dioses cuando éstos se hallaban irritados por las ofensas de los hombres. En consecuencia, la infracción de alguna norma divina, por insignificante que fuera, era siempre causa de un castigo. O dicho en otros términos, el castigo existía porque previamente se había producido un «pecado» (arnu), una falta (khititu) o un simple acto hostil (gillatu), cometido por el hombre en contra de los dioses. En un poema sumerio titulado El hombre y su dios, leemos: «Jamás una madre trajo al mundo a un hijo destinado a permanecer sin pecado».

A fin de hacer frente a los constantes males y desgracias, traídos por los demonios y las fuerzas maléficas por orden de los dioses, se establecieron, frente a la vieja «terapéutica mitológica» sumeria, algunas ceremonias y liturgias, algunas de ellas muy complejas, en torno a las grandes divinidades (Enki, Shamash y Marduk). A partir de ahí, los ritos fueron especializándose contra todo tipo de calamidades, que sobrevenían, según era creencia, por violar algunos de los miles de preceptos y prohibiciones atribuidos a los dioses.

La obsesión por averiguar cuál era la causa de que la enfermedad o la miseria —entre otros males— se hubiesen cebado en el hombre, acabaría por plasmarse en significativas obras literarias de carácter sapiencial. Junto a ellas, proliferaron también amplias compilaciones de exorcismos para hacer frente a la infinita variedad de «pecados» que anidaban en los humanos.

PRINCIPALES TEXTOS SAPIENCIALES

Además del Ludul Bel nemeqi, han sobrevivido unas pocas obras centradas en la problemática del doliente sin causa, del hombre que sufre y se queja a su dios y que al final es escuchado. Entre ellas podemos recordar las conocidas como El hombre y su dios, redactada en sumerio, de apenas ciento cuarenta versos; y la denominada Versión antigua del Justo sufriente, en acadio y de unos cien versos. Ambas obras, anónimas, se remontan a finales del tercer milenio precristiano.

Un texto más tardío, de época cassita, conocido técnicamente como PBS I, 135 y a fechar entre los siglos XVIII y XII a.C., pero con muy claros antecedentes sumerios, recoge un monólogo en el que un «justo sufriente» habla de la humillación y del desprecio que experimenta, si bien no los achaca a los dioses.

Mucho más importante que estos últimos es el denominado Poema acróstico (conocido también como Teodicea babilónica o Diálogo de un sufriente con su amigo), texto de casi trescientos versos, que habría que fechar hacia el 1000 a. C., y en el cual conversan en tono filosófico un hombre afligido y su amigo sobre el problema del mal. Curiosamente, el hombre afligido acabará aceptando su situación y el amigo atribuirá las injusticias a los dioses.

Todos estos textos y algún que otro menor (RS. 25.460 de Ugarit, por ejemplo), que tratan directa o tangencialmente el problema del mal, constituyeron un trasfondo cultural muy rico que cristalizaría en el genial y extraordinario Libro de Job, drama, como se ha dicho, «con muy poca acción y mucha pasión»; y en donde se cuestionan de modo directo la imagen de Dios y la esperanza del justo, atenazado por una calamidad no merecida.

BREVE ANÁLISIS DEL LUDLUL BEL NEMEQUI

El poema babilonio presenta una sencilla estructura, que comprende varios bloques temáticos, en los que se van acumulando diferentes circunstancias que sobrevienen a un personaje, en principio de conducta intachable. La serie de detalles que se van enumerando contribuyen por su realismo a hacer más verídica, mucho más creíble para el lector el relato, y por lo tanto más cercano a él.

LOS PROTAGONISTAS

Sin entrar en el análisis del dios Marduk, objeto primero y último del poema, el protagonista principal es un tal Shubshi-meshre-Shakkan, quien, tras pronunciar un himno introductorio y a lo largo de un monólogo, va narrando las desgracias que le sucedieron de modo incomprensible.

Aunque todo hace sospechar que tal personaje es únicamente de cuño literario, debe señalarse que con tal nombre se conoció a un gobernador que vivió en tiempos del rey cassita Nazi-Maruttash (1307-1282 a.C.). A partir del significado semántico de su nombre («¡Shakkán, hazme rico!») es probable que, si se acepta su historicidad, el citado Shubshi-meshre-Shakkan hubiese sido un alto funcionario, al mismo tiempo terrateniente y rico ganadero, que en un momento concreto de su vida padeció una grave enfermedad que le puso al borde de la muerte.

Junto a él se citan, por sus nombres propios, a dos de sus amigos, llamados Laluralimma y Urnindinlugga. Ambos aparecen en el momento de crisis aguda del protagonista y además en circunstancias oníricas.

Casi nada se sabe de ellos. El primero era originario de Nippur, y hubo de ser un importante sacerdote purificador. El segundo, natural de Babilonia, era exorcista.

LO QUE NOS CUENTA EL POEMA

Las cuatro tablillas contienen un monólogo a través del cual el protagonista hace un repaso de su vida, recordando que se ha convertido en víctima de los dioses.

Ya en la primera de ellas Shubshi-meshre-Shakkan se queja de sus desgracias y explica con sumo realismo lo que le ha ocurrido. Ha sido abandonado por su dios personal y por sus otros protectores divinos (diosa y espíritus tutelares). A continuación, ha perdido también la confianza de su rey, la de los otros cortesanos e incluso la de su propia familia y la de sus amigos. Queda, pues, en la más absoluta soledad. Su vida ha quedado reducida a dolor y llanto.

En la segunda tablilla vuelve a recordar sus desdichas. Y a pesar de acogerse a los adivinos, intérpretes de sueños y exorcistas en busca de una respuesta, nadie puede explicarle el origen de sus males. A partir de ahí, y presa de un total abatimiento, comienza a cuestionarse si las prácticas religiosas, la fidelidad a los dioses o la honradez sirven para algo.

En su desesperación llega a decir que lo que parece bueno a uno mismo, quizá sea un ofensa para su dios. Nadie entiende la voluntad de los dioses. Después de reconocer la infinita distancia que existe entre los dioses y los simples humanos, centra su discurso en las enfermedades que le afectan desde la cabeza hasta los pies (cefaleas, convulsiones, dolores de estómago, infecciones, parálisis). Se halla a las puertas de la tumba, sin que nadie pueda descubrir la naturaleza de sus males físicos.

Sin embargo, en la tablilla tercera, la suerte de Shubshi-meshre-Shakkan cambia súbitamente. Gracias a tres sueños —en el segundo sería objeto de un exorcismo mediante el Agua de la Vida—, sus desgracias desaparecen. Y en sentido inverso a como había sido castigado, irá siendo liberado de sus males (todos sus órganos, enumerados minuciosamente, recuperan sus funciones). A continuación también quedan resueltos todos sus problemas de tipo social.

Su sentida gratitud le hará entonar, en la cuarta y última tablilla, un himno de glorificación a Marduk, su liberador, invitando, como persona agradecida que es, a todas las gentes a alabar a dicho dios y a difundir su gloria por la totalidad del cosmos. La acción de gracias se completa con una peregrinación al Esagil, el gran templo babilonio. Y ante cada una de sus puertas, como en un verdadero rito de paso, el sufriente reencontrará las gracias perdidas.

LA LECTURA ÚLTIMA

El anónimo autor de este poema (¿o tal vez fue Shubshi-meshre-Shakkan?) intentó remarcar cómo las desgracias —que implícitamente incumbían a los dioses— eran, sin embargo, debidas a las faltas que podía cometer una persona y que por ello se hacía merecedora del abandono de las divinidades. Aunque la rectitud y la honestidad adornaran a un babilonio, los dioses podían castigarle con las más terribles penas, sin que el sufriente conociera el motivo. Esta incongruencia reflejaba la incompatibilidad de la voluntad divina con la ética humana. Y este era el problema, por supuesto: por qué había de sufrir una persona justa. Obviamente, además, los babilonios entendieron que, a pesar de la pequeñez humana, los dioses mostraban misericordia con los humanos y que, cuando lo creían conveniente, podían suspender tales castigos y sustituirlos por la prosperidad y la felicidad. Nunca los dioses —y esa era la gran esperanza— abandonarían a sus criaturas, los «cabezas negras». Bastaba con esperar con paciencia el retorno de la benevolencia divina. También esa es la lectura última del Ludlul Bel nemeqi bajo tres presupuestos: fatalismo, resignación y paciencia.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Canon literario del XXI según Abc

 El canon literario del siglo XXI: la era del yo en el reino de las letras. Memoria cultural del siglo XXI, en Abc de Madrid, por Bruno Pardo Porto,  4/12/2025:

En estos últimos 25 años, la autoficción y todas sus variantes han marcado el mundo de la literatura, que se mueve entre la intimidad y lo documental. ¿Y qué hay más allá? El hibridismo de las formas, las narrativas de lo extraño, las voces del trauma

Cuando empezó el siglo uno podía cogerse un avión sin parecer un criminal, y fumar dentro de los bares, también con total impunidad: qué rápido ha cambiado todo. Las cosas había que ir a buscarlas a los sitios, y se podían tocar, o tenías que esperarlas con paciencia o resignación: el tiempo pasaba más lento, o así lo recordamos ahora, empapados por la nostalgia de un momento en el que no trabajábamos, o no tanto, y tampoco decidíamos lo que veíamos en la televisión y confiábamos en las revistas como método de conocimiento o de curiosidad. El móvil era entonces un teléfono, y no un todo, y al final de la jornada podías irte a casa sin saber si el mundo se estaba terminando o no: si te ibas, te ibas, no había más. La atención se perdía de otras formas, como las ventanas o la nada o las novelas, que aún estaban hechas para la mentira, y no la verdad. Luego cayeron las Torres Gemelas y todo empezó a desordenarse, hasta llegar a este texto, que intenta recoger qué es lo que ha pasado en la literatura de este cuarto de siglo en el que el libro iba a morir y al final no tuvo ni que resucitar, y en el que después de todo la gente ha seguido juntando palabras con la ambición de volver a inventar el fuego.

Hemos consultado a veinticinco personas relacionadas con el mundo del libro –autores, editores, críticos, agentes literarios, buenos lectores– qué es lo más importante que ha sucedido en estos veinticinco años en la literatura: tenían que destacar un escritor, un libro y una tendencia o fenómeno o corriente que hubiera marcado este tiempo, en España o el mundo. No se trataba de elegir lo mejor, sino lo que más huella ha dejado. Tampoco se trataba de hacer con los resultados una lista, sino esbozar un fresco del siglo XXI, un fresco provisional, una tentativa de orden.

La primera conclusión es que en un momento en el apenas hablamos de generaciones o de movimientos, donde todo parece un caos regido por la ley mercantil y la inercia, la mayoría de los encuestados coinciden en que este tiempo lo ha marcado la narrativa de no ficción, con sus diversos nombres y matices: autoficción, autofiguración, escritura del yo, literatura de la memoria, novela sin ficción, literatura documental, crónica novelada, no ficción literaria, etcétera. Puede que hoy, como dice el escritor Eric Vuillard, la imaginación ya no baste. O puede que ahora se busque en la lectura no tanto la evasión (hay formas mucho más eficientes de matar el tiempo) como el acercamiento a la realidad o el conocimiento. Que esto ocurra en los tiempos de la posverdad y las realidades alternativas y los bulos es una feliz paradoja.

Radiografía de la literatura del siglo XXI

El siglo del yo: la autoficción y las narrativas de no ficción han marcado la literatura de los últimos veinticinco años. El terror y las narrativas de lo extraño también proliferan en un momento marcado por la amenaza y la inseguridad ante el futuro. De Lazslo Krasznahorkai a Olga Tokarczuk, los autores del Este de Europa han marcado la literatura de los últimos años. En España, el autor más celebrado por los encuestados es Javier Marías.

¿Nombres? En Francia tenemos a Emmanuel Carrère (los encuestados no destacan solo 'El adversario', sino también 'Limónov') y a Annie Ernaux, que recibió el Nobel de Literatura en 2022 y consagró este género íntimo. «Ha convertido la escritura del yo en una herramienta política, social y estética. Su radical claridad y su manera de inscribir lo íntimo en el espacio público han redefinido la autobiografía y han influido en la literatura europea de forma profunda», dice Silvia Sesé, editora de Anagrama. «Este auge de las escrituras del yo ha reconfigurado el pacto de lectura del siglo XXI. Modifica la relación entre verdad y relato, cuestiona los límites de género literario y se expande por todas las literaturas y por otros modos de representación artística, además de modificar los modos de promoción y las expectativas de los lectores», añade. «Esta forma híbrida entre crónica, ensayo y literatura permite observar la realidad con profundidad sin renunciar a la construcción literaria. Más que un género, es un espacio de investigación donde la escritura se convierte en una herramienta para comprender el presente», apostilla la autora italiana Andrea Marcolongo.

En el mundo anglosajón, el tótem es Joan Didion, como indica el crítico y escritor Rodrigo Fresán, que opina que 'El año del pensamiento mágico' y 'Noches azules' son sus dos títulos fundamentales en ese terreno del yo. «Más para mal que para bien, estos tan magistrales como un tanto impúdicos disparadores a quemarropa son culpables-inocentes de abrirle la puerta a la falsa novedad de tanta mala auto-ficción y pésima literatura-del-yo», suelta. Luis Solano, editor de Libros del Asteroide, se queda también con 'El año del pensamiento mágico' como lo más destacado del siglo, y además apunta que esta obra explica la irrupción de lo femenino, tanto en número de autoras como en la atención crítica a la mirada femenina sobre la realidad.

Por Eric Vuillard, La imaginación ya no basta

Annie Ernaux ha inaugurado un género literario crudo y conmovedor, sin florituras, en el que el relato de su vida, su infancia, el retrato de sus padres y la historia de su aborto clandestino se tratan sin las complacencias habituales. Y si sus libros están surcados por «las arrugas del corazón», la escritora nunca olvida relacionarlas con las necesidades externas, el trabajo, los prejuicios retrógrados, las jerarquías inflexibles. En ellos describe sus sueños, los de sus seres queridos, sus esperanzas, pero siempre se desarrollan entre las coordenadas implacables de la realidad, lejos de las ficciones sedantes, lejos de los mitos. Su ternura prescinde de la ilusión. En el fondo, poco importa el término «no ficción», esa categoría discutible de las universidades estadounidenses. Lo que me llama la atención, a través de la no ficción, la autoficción, la literatura documental, a través de esta profusión de rupturas con la novela, es un estallido de realidad. La imaginación ya no basta. En un mundo en el que el poder se concentra, las desigualdades se agravan y las relaciones humanas se desmoronan, la máscara se quiebra. La libertad solo existe a costa de una profunda pesquisa. La literatura escribe la gran novela policíaca de la especie humana.

Un nombre propio más, también femenino: Svetlana Alexiévich, que conquistó el Nobel de Literatura desde el periodismo y estiró los márgenes de la literatura documental y lo dotó de unas herramientas narrativas que no se han dejado de usar. Otro referente del género, en este caso señalado por Juan Gabriel Vásquez (que también ha cultivado esta literatura con éxito), es 'Austerlitz', de WG Sebald: «Su mezcla extraña de relato documental, crónica personal e investigación sobre las vidas ajenas representó un descubrimiento para los novelistas del siglo XXI, y abrió caminos por los que han pasado muchas de las grandes novelas de los últimos años».

No todo son aplausos. Para Rosa Montero hay una sobredosis del yo. «La sobrevaloración crítica que se hace de la autoficción y el abuso de ella me parecen un síntoma gravísimo de una preocupante falta de músculo creativo en la narrativa mundial. Una decadencia de ambición y de expresión que está poniendo la literatura a la altura de los programas televisivos de pseudorrealidad, de los 'Gran Hermano' y los 'true crime'», asevera. Alberto Olmos también percibe los vicios del ego, pero señala sus buenos frutos en España: «La llamada autoficción ha provocado un aluvión de egotismo e ignorancia sobre las herramientas y servidumbres de escribir una novela digna de tal nombre, pero ha abierto el espacio simbólico de la literatura española a testimonios inspirados que lo enriquecen y animan. Pienso en 'Pipas', de Esther L. Calderón, 'Feria', de Ana Iris Simón, 'Dietario Voluble', de Enrique Vila-Matas, o 'Lo que a nadie le importa', de Sergio del Molino».

El crítico José María Pozuelo Yvancos amplía el foco y habla de la literatura de la memoria como el fenómeno del siglo en España. «Son diferentes las formas en que la memoria ha constituido la gran apuesta de este siglo. A la memoria de mundos perdidos (el reino de Celama de Luis Mateo Diez) se suman las memorias de la guerra Civil y la Transición (Javier Cercas, Almudena Grandes), la memoria personal autobiográfica (Landero, Muñoz Molina, Menchu Gutiérrez, Paloma Díaz-Mas) y la confesional (los 'Diarios' de Chirbes). El memorialismo se ha convertido en el verdadero acento del siglo».

Por Rosa Montero, Demasiada autoficción

Seguramente mucha gente escogerá como movimiento del siglo XXI la autoficción, que para mí es una herramienta más que, por cierto, también he usado. Pero la sobrevaloración crítica que se hace de la autoficción y el abuso de ella me parecen un síntoma gravísimo de una preocupante falta de músculo creativo en la narrativa mundial. Una decadencia de ambición y de expresión que está poniendo la literatura a la altura de los programas de televisión de pseudorrealidad, de los Gran Hermano y los true crime. Así que, como movimiento, voy a escoger el mestizaje, el hibridismo, la ruptura de las convenciones y la mezcla de los géneros, que me parece un fenómeno lleno de vida y potencia expresiva. Y como muestra de ello nombraré a la gran Olga Tokarczuk y, por ejemplo, su deliciosa y fascinante novela Sobre los huesos de los muertos, que mezcla de manera prodigiosa recursos de novela negra con novela psicológica, novela filosófica, relato de la naturaleza y mil registros más.

Javier Cercas, por cierto, señala 'Mater dolorosa', de José Álvarez Junco, como su libro del siglo XXI en España. «Siguiendo la estela de los estudios de Benedict Anderson y Eric Hobsbawm, cambia nuestra visión de la historia moderna de España», dice. Eric Vuillard también celebra otro ensayo: 'El capital en el siglo XXI', de Thomas Piketty. «La gran historia real que nos cuenta Piketty es, en muchos aspectos, notable. Yo destacaría lo siguiente: que la tasa de crecimiento del capital es, a largo plazo, superior a la de los ingresos del trabajo. (...) La recompensa no es para el trabajo, sino para la herencia. Y las cifras recopiladas por el equipo de Piketty documentan finalmente una historia que la novela del siglo XIX ya había contado ampliamente».

Más allá del ombligo

¿Y qué hay más allá de la realidad y el yo? Elvira Navarro señala la 'weird fiction', las narrativas de lo extraño: «El terror y la extrañeza sirven para contar esta creciente sensación de amenaza, aislamiento y pérdida de la realidad tal y como la conocíamos». En ese género se menciona el nombre de Mariana Enríquez, que ha revuelto y enriquecido el gótico (y triunfado en todo el mundo). Rodrigo Fresán señala la literatura 'young adult' como fenómeno inesquivable de este siglo: «La abundancia epidémica de tanta (de)formadora literatura 'young adult' –luego de Harry Potter y de tanto romance crepuscular y de tanta distopía con dultos malos malísimos– acorrala a los jóvenes lectores en una suerte de ghetto-loop del que les cuesta salir para así poder entrar en lo no tan 'young adult' o –mejor dicho– en lo atemporal y sin edad y clásico». Y Rosa Montero apuesta por «el mestizaje, el hibridismo, la ruptura de las convenciones y la mezcla de los géneros, que me parece un fenómeno lleno de vida y potencia expresiva». Ahí encumbra a Olga Tokarczuk, que es la autora más citada por los encuestados como la que más ha marcado estos últimos veinticinco años.

«En sus obras muestra cómo el realismo se ha tornado insuficiente para narrar nuestro mundo. Es capaz de jugar y renovar los géneros, de recordarnos que toda historia aspira a ser un mito, de mezclar las formas occidentales y orientales de la narración y de dibujar la esencia líquida, nómada y desarraigada de nuestros tiempos poniendo de manifiesto de su riqueza», apunta Elvira Navarro. «La obra de Tocarczuk se inscribe en cuatro grandes tendencias de la narrativa contemporánea: la novela histórica revisionista, donde dialoga con autores como Javier Marías al reescribir el pasado desde zonas de sombra; la narrativa fragmentaria o constelacional, que mezcla voces, tiempos y géneros; el humanismo cosmopolita, que desafía los límites nacionales; y la ecoespiritualidad, que cuestiona el antropocentrismo», explica la editora y crítica Valerie Miles. Algunos títulos: 'Los errantes', 'Sobre los huesos de los muertos', 'Un lugar llamado antaño', 'Los libros de Jacob'.

Por Elvira Navarro. La literatura del espanto

El ambiente apocalíptico debido al cambio de paradigma que ha supuesto Internet, el declive de la hegemonía estadounidense y de la democracia liberal, las guerras, el cambio climático, la creciente desigualdad, la globalización (que en la práctica solo es la colonización de todo por parte del capitalismo internacional) han encontrado una expresión idónea en el terror, que vehicula bien el espanto que nos produce nuestro mundo, que además ya no es sólido, sino mayormente virtual, fantasmagórico. De ahí que no solo el terror, sino también la extrañeza sirva para contar esta creciente sensación de amenaza, aislamiento y pérdida de la realidad tal y como la conocíamos.

«Creo que el gran fenómeno de los últimos veinticinco años es la irrupción brutal de la literatura de los países del Este de Europa. Desde László Krasznahorkai a Olga Tokarczuk pasando por Mircea Cartarescu, Georgi Gospodinov, Péter Nádas, Dubravka Ugresic, Andrey Kurkov, Ana Blandiana o Ludmila Ulítskaya. En este listado hay tres premios Formentor, dos premios Nobel (y una ristra de candidatos a ganarlo cada año) y un Booker Internacional. Es una literatura nacida del trauma, con un altísimo grado de innovación formal, que da muchísima importancia también a la voz de las mujeres, y que creo que representa la mayor renovación de la literatura europea en décadas», asevera Enrique Redel, editor de Impedimenta. Su autor más destacado del siglo es Mircea Cartarescu. También Andrés Ibáñez y Mercedes Monmany lo destacan como el autor del siglo. «Es el triunfo absoluto de la imaginación y el intento de romper todas las barreras de la mente para crear una nueva forma de percibir el mundo», dice él. Y ella lo coloca en lo mejor de nuestro tiempo junto a Gueorgui Gospodinov y László Krasznahorkai.

Otros autores mencionados han sido J. M Coetzee, Leila Slimani, Giuliano da Empoli, Dubravka Ugrešić (por 'Zorro'), Don Winslow (por 'El poder del perro')… Y está la muerte, claro. «De algún modo, autora del RIP y tachadora de muchos irreemplazables titanes caídos a lo largo de este primer cuarto de siglo/milenio: Didion otra vez, Bellow, Mailer, Salinger, Updike, Fitzgerald (Penelope), Bradbury, Roth (Philip), Dixon, Maxwell, Vonnegut, Amis (Martin), Stone, Gass, White, Wallace (David Foster), Straub, Salter, Hannah (Barry), LeCarré, Gallant, Doctorow, Friedman, Heller, Dunne (John Gregory), Denis Johnson, Sontag, Matthiessen, McCarthy... y siguen las firmas y epitafios», dice Rodrigo Fresán.

El siglo XXI en español

En la literatura en español, el nombre más repetido es el de Javier Marías. «En este siglo escribió prácticamente la mitad de sus novelas, entre ellas su proyecto narrativo más importante y ambicioso. Para mí, el gran libro de nuestra lengua en los últimos veinticinco años es 'Tu rostro mañana' (escrito entre 2002 y 2007 y publicado originalmente en tres entregas). Es una meditación extraordinaria sobre la responsabilidad, incluso y sobre todo, sobre aquello que hacemos por descuido o negligencia. Este narrador, cuenta, observa y reflexiona. Y sus digresiones formidables nos iluminan este presente como si J Deza estuviese, efectivamente, leyendo el rostro del futuro», defiende Pilar Reyes, directora editorial de Penguin Random House.

El otro rey es Vargas Llosa. «Lo tenemos demasiado cerca todavía, y el ruido molesto de su vida privada se suma a las distorsiones de sus opiniones políticas, pero un día veremos con claridad la dimensión de su figura de novelista y la influencia que tuvo su obra en estos 25 años», asegura Juan Gabriel Vásquez. «Es el único Nobel que la lengua española consiguió en lo que va del siglo: su obra literaria y su compromiso político iluminaron la escena hispanoamericana», añade Jorge Fernández Díaz.

Otro de los nombres destacados por los encuestados es el de Arturo Pérez-Reverte. «En lo que llevamos de siglo posiblemente no se encuentre novelista que haya desplegado tanta cantidad de estilos literarios, confrontando muchas veces de modo magistral cada novela suya con la estirpe de los mejores de sus modelos (Homero, Dumas, Galdós, Conrad, Stevenson, Conan Doyle). Un friso de novelas donde caben la aventura, conflictos bélicos, héroes cansados, y una decidida apuesta por la narración, en la que es verdadero maestro», desgrana Pozuelo Yvancos. ¿Una novela? 'Línea de fuego'.

Juan Gómez-Jurado destaca a Valeria Luiselli, que «se ha consolidado como una de las voces más innovadoras del panorama hispanoamericano reciente. Su escritura, a la vez precisa y política, coloca a los desplazados y a la infancia migrante en el centro del debate literario». Y Andrea Marcolongo acude a Bolaño: «'2666' es, a mi juicio, uno de los libros que mejor expresa la ambición literaria del siglo XXI. Bolaño logra unir lo íntimo y lo histórico, lo misterioso y lo real, para mostrarnos un mundo fragmentado pero profundamente humano. Es una novela que no se agota, que sigue planteando preguntas cada vez que se abre».

La poesía, ausente

A pesar de que de los últimos ocho premios Cervantes más de la mitad son poetas, estos son los ausentes en esta reflexión. Solo Javier Cercas apuesta por uno: Pere Gimferrer. «Es, desde hace muchos años, un escritor fundamental, tanto en catalán como en castellano. No entiendo por qué no le han concedido ya el premio Cervantes». Andreu Jaume, por su parte, opta por destacar a Ben Clark: «Hay en él algo de poeta inglés de las trincheras, pero también es nieto de la generación del 50 y descendiente de los líricos griegos arcaicos».

Andrés Ibáñez rescata una obra joven: 'Los escorpiones', de Sara Barquinero. Para Luis Mateo Díez, el libro del siglo es 'Romanticismo', de Manuel Longares. «Es la gran novela de la Transición», dice. Y su autor es José María Merino, «el más importante reinvindicador actual del género fantástico». Al él también lo destaca Manuel Vilas, que escoge entre su obra 'El río del Edén'. Y por cierto: Alberto Olmos señala 'Ordesa', de Manuel Vilas, como el gran libro en español de los últimos veinticinco años. «Elijo esta novela de Manuel Vilas porque, a su adscripción a una reconocible tradición literaria española, suma elementos que delatan su escritura en el siglo XXI. Es moderna, emocionante, y encarna de forma destacada la corriente que ha dominado estas dos décadas y media: la autoficción». Su autor es Andrés Trapiello: «A la incansable publicación de sus excelentes diarios, Trapiello ha incorporado en los últimos años grandes libros a su vez autobiográficos, como 'El Rastro' o 'Madrid' o 'La fuente del encanto'. Son miles de páginas de una gozosa potencia literaria, llamadas a perdurar»