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miércoles, 17 de abril de 2024

La herencia de la Ilustración, de Antoine Litti

Lola Galán, "Los claroscuros del Siglo de las Luces: la Ilustración no solo fue razón y modernidad", reseña en Babelia, 1-XII-2023:

‘La herencia de la Ilustración. Ambivalencias de la modernidad’, de Antoine Lilti, recoge las principales teorías críticas que se plantean sobre esta etapa, reconociendo que constituye “una tradición de la que no escapamos”

La Ilustración tiene excelente prensa. El siglo XVIII ha pasado a la historia como una etapa luminosa en la que la superstición religiosa y el absolutismo político empezaron a ser barridos por la fuerza de la razón. En ese Siglo de las Luces se pondrían las bases de las democracias modernas, y se comenzaría a construir lo que entendemos por modernidad. Y, sin embargo, esta buena imagen se ha ido agrietando en los últimos tiempos. En su libro La herencia de la Ilustración, el profesor Antoine Lilti, gran experto de ese periodo en Francia, recoge las principales teorías críticas que se plantean sobre esta etapa, reconociendo que constituye “una tradición de la que no escapamos, ya sea para reivindicarla o para oponernos a ella”.

Lilti, que empieza por subrayar hasta qué punto la crisis ecológica pone en tela de juicio la idea misma de progreso, analiza a fondo los estudios poscoloniales que ven en la Ilustración una justificación ideológica del colonialismo europeo. Para autores como Dipesh Chakrabarty, se trata del relato fundador de una modernidad europea que debería “bajar de su pedestal y asumir su carácter local”, por eso propone “provincializar” Europa. Sin negar la validez de esas posiciones, Lilti considera que no tenemos por qué renunciar “al legado” de esa etapa crucial, sino “asumirlo como una herencia local y plural. No un credo racionalista universal que debamos defender contra sus enemigos, sino la intuición inaugural de la relación crítica de una sociedad consigo misma”.

En su libro, Lilti pasa también revista a la vida de los más famosos forjadores del Siglo de las Luces para dejar claro que rara vez estuvieron a la altura de su osadía ideológica. Optaron en muchos casos por publicar sus obras con seudónimo (Voltaire utilizó decenas de ellos) para eludir la censura y las responsabilidades derivadas de esa exposición pública, y pese a los ideales expresados en sus escritos —que desembocarían en la Revolución Francesa— vivieron en la más absoluta comodidad burguesa, perfectamente integrados en las sociedades del Antiguo Régimen. Voltaire, por ejemplo, “encarna los límites de la Ilustración, que se han denunciado a menudo: un innegable conservadurismo social y político, un marcado gusto por los déspotas ilustrados, posiciones dudosas sobre la jerarquía de las razas y cierta superficialidad”. De Diderot, artífice de La Enciclopedia, nos dice: “Pensador crítico, siempre rápido para expresar su indignación, pero también escritor bien integrado en el pequeño mundo de la élite parisina. Autor de textos audaces que, releídos hoy en día, parecen anunciar la Revolución, renunció a publicarlos, mientras trabajaba a veces como censor oficioso de Antoine de Sartine, teniente general de la policía”.

Lilti reconoce que en Francia, la Ilustración se desarrolló cómodamente a la sombra de la sociedad del Antiguo Régimen. “Sus protagonistas estaban firmemente arraigados en las instituciones culturales de la monarquía y asociados a las prácticas sociales de las élites”. El propio D’Alembert, autor del ‘Discurso Preliminar de la Enciclopedia’, en 1751, fue miembro de la Academia de Ciencias y de la mayoría de las academias europeas, además de secretario permanente de la Academia Francesa y asiduo invitado en los salones de la nobleza ilustrada. Otra idea que aporta el libro de Lilti es que el impulso secularizador en Europa surgió precisamente de los pensadores cristianos, tal y como reivindica una corriente analítica que está cobrando cada vez más fuerza y que subraya las fuentes religiosas de la Ilustración asegurando que mantiene un nexo inadvertido o reprimido con las creencias antiguas. Y si hablamos del legado de ese siglo XVIII en el plano económico, aunque el capitalismo financiero global que domina hoy el mundo es una negación de los valores de la Ilustración, debemos reconocer que es también su heredero.

La herencia de la Ilustración, Antoine Lilti. Gedisa, 2023, 480 páginas. 38,90 euros

El tricentenario de Kant

Mar Padilla, "Kant, el sabio que nos hizo mejores ciudadanos", El País, 14 de abril de 2024:

El filósofo prusiano, autor de ‘Crítica de la razón pura’, cambió la forma de pensar de la gente e incitó a reflexionar por uno mismo, a cuestionarlo todo. En el tricentenario de su nacimiento, cuando reaparecen las figuras autoritarias y las guerras sangrientas, su ideario cosmopolita cobra sentido

Fue un visionario que inauguró la modernidad. Cambió la forma de pensar de la gente, incitando a reflexionar por uno mismo y a cuestionarlo todo. Las ideas del filósofo que rechazó el dogma, que propugnó el uso de la libertad en responsabilidad y la idea de ciudadanía común, están de vuelta ahora que se cumplen tres siglos de su nacimiento.

Vivimos un cierto regreso al pasado. Reaparecen la irracionalidad, el miedo, las teorías conspiranoicas, las sombrías figuras autoritarias y las guerras sangrientas. Ante ello, no hay recetas mágicas, pero podemos volver a escuchar a los que quisieron emanciparnos de fanatismos y actuar a la luz de un entendimiento común. Podemos volver a Kant.

El Kant nuestro de cada día

El autor de Crítica de la razón pura es uno de los filósofos más influyentes de todos los tiempos. Es citado, comentado y combatido —especialmente desde el posmodernismo—, incansablemente. De la idea de la educación universal y gratuita al principio de autonomía moral y personal, de Habermas a Hannah Arendt, pasando por Hegel, su obra lo impregna casi todo. “Seguro que Kant ha influido en usted aunque no lo haya leído”, advirtió Goethe.

El pensador que abrió un camino para que seamos mejores ciudadanos, nacido el 22 de abril de 1724 en Königsberg (hoy Kaliningrado, en Rusia), también impulsó el derecho internacional y el concepto de un gobierno organizado en una federación de estados, inspiradora de entidades como la ONU o la Unión Europea. Ahora, en el volátil contexto actual, sus ideas cosmopolitas y democráticas vuelven a cobrar sentido.

“Con lo que está ocurriendo ahora mismo en la guerra de Ucrania o lo que está haciendo Israel en Gaza, lo que escribió Kant no puede ser de más actualidad”, afirma Roberto R. Aramayo, profesor del Instituto de Filosofía del CSIC. Aramayo hace referencia a Sobre la paz perpetua, el ensayo de Kant publicado en 1795 que insta a la regulación de los conflictos, subrayando que ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en el gobierno de otro o que, en caso de guerra, no deben llevarse a cabo actos que hagan imposible una paz futura. “En estos tiempos se ve a Kant más como un icono que como un referente, porque no nos va a ofrecer respuestas a nuestros problemas concretos, pero su obra nos sigue interpelando hoy mismo”, sostiene Aramayo, uno de los mayores conocedores de la obra del prusiano y autor de Kant: Entre la moral y la política (Alianza Editorial, 2018).

El llamado sabio de Königsberg no debe de ser santo de devoción entre las autoridades de Rusia, Israel o China. Alertó sobre la pasión por el poder, los posibles engaños de la “razones de Estado” y dejó escrito que “ninguna voluntad particular puede ser legisladora para una comunidad”. Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona y autor de El torbellino Kant. Vida, ideas y entorno del mayor filósofo de la razón (Ariel, 2024), apunta: “Aún no estamos en la Europa ni en el mundo cosmopolita y hospitalario que él concibió”.

Publicó Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio en los años 1781, 1787 y 1790, sucesivamente. En ellas, Kant propone una filosofía total, un sistema de conocimiento, moral y estético, respondiendo a tres preguntas clave: qué puedo saber, qué puedo hacer y qué debo esperar. En su primera Crítica suma las corrientes filosóficas anteriores, añade el eje del espacio y el tiempo, hace un reset y responde que al conocimiento se llega aunando el empirismo con el racionalismo, que dicho conocimiento está condicionado por el sujeto que quiere conocer y que hay cosas que no podemos saber; en la segunda describe una moral y una ética común a priori de todo, un juicio compartido que nos aleja de los prejuicios; y en la tercera revela el peso del arte en la representación del mundo.

“Era consciente de la maldad en el humano, y avisó de que la conciencia ética puede detenerla” Norbert Bilbeny, catedrático de Ética de la Universidad de Barcelona

“Una idea guía toda la historia: la del derecho”, dijo el prusiano. Es “el derecho a tener derechos”, en interpretación del añorado filósofo Javier Muguerza. Desde la mesa de su despacho en su casa de Königsberg —bajo un retrato de Jean-Jacques Rousseau interpelándole desde la pared —, Kant dio un nuevo empuje a la Ilustración ampliándola hacia una revolución global. Armado con una peluca empolvada, una pluma y un tintero, El Demoledor, según palabras del escritor Thomas de Quincey, propone una “salida del hombre de su inmadurez autoincurrida” —así lo escribió Kant en su ensayo ¿Qué es la Ilustración?, de 1784—.

Le llamaban Manolito

Fue un hombre metódico, de familia humilde, influenciado por su madre, una lectora inquieta de recta conducta que le llamaba cariñosamente Manelchen (Manolito). “Un ateo ético”, en descripción de Aramayo, un pensador que vio con buenos ojos la guerra de Independencia americana y la Revolución Francesa, un trabajador solitario que se volvía sociable unas horas al día, cuando invitaba a grupos de amigos a comer, a beber vino y a conversar en su casa.

Vivió siempre soltero, dedicado a su proyecto de filosofía total. De estudiante se reveló como un portento, pero la muerte de su padre le obligó a dejar la universidad y mantener a sus hermanos. Estuvo casi una década alejado de los circuitos académicos, ejerciendo de preceptor de niños de familias ricas y de bibliotecario, hasta que retomó sus estudios gracias al apoyo económico de su tío zapatero.

También fue un profesor hipnótico para sus cada vez más numerosos alumnos, un intelectual que cada día a las cinco de la madrugada ya estaba leyendo y escribiendo. Durante años impartió más de 40 horas semanales de Metafísica, Geografía, Ética, Antropología, Pedagogía, Matemáticas, Latín o Mineralogía.

Recibió ofertas para trabajar en las universidades de Jena y Berlín, pero optó por no moverse de su ciudad, desde donde universalizó los ideales de Montesquieu, Rousseau y Voltaire, redibujando para siempre la dimensión colectiva de la política (aunque, víctima de su tiempo, legitimó la exclusión de las mujeres en dicha dimensión).

Fue un hipocondriaco de salud aceptable, un hombre que en sus paseos de la tarde respiraba solo por la nariz por miedo a constiparse y que, por tanto, no hablaba en caso de tener compañía. Un pensador longevo que, con los achaques de la edad, cuando se dio cuenta de que explicaba siempre las mismas historias, optó por apuntárselas para no repetirlas. A sus casi 80 años, en una de esas comidas en su casa, confesó: “Señores, soy viejo, débil e infantil, y en consecuencia deben ustedes tratarme como a un niño”.

Contra el no future

En sus obras alude a un mundo en permanente construcción, alertando de que cuando se habla de la sociedad como es, en verdad se subraya lo que se ha hecho de ella. Contra las tentaciones del nihilismo y el no future, Kant insta a actuar como si el mundo tuviera un propósito, y este fuera digno y decente. En Kant, “trabajar y colaborar de forma comunitaria y tener las obligaciones morales claras conlleva una esperanza real en el futuro”, reflexiona Kate Moran, profesora de Filosofía de la Universidad de Brandeis y autora de Kant’s Ethics (la ética de Kant) (Cambridge University Press, 2022).

Kant ilumina: a pesar de las guerras y la violencia, en su ideario es razonable esperar que la humanidad avance y logre una paz duradera. Pero para conseguirlo es requisito desarrollar un Estado constitucional republicano que regule la libertad en común de la ciudadanía, que sea garante del acto de pensar por uno mismo, dejando “espacio a la libertad interna de actuar moralmente y bien”, apunta Margit Ruffing, doctora en Filosofía de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia.

Para Ruffing, la obra kantiana refleja que “el futuro llegará, y no hay ninguna razón sensata para no trabajar por un mundo mejor, sino muchas razones para hacerlo”. Pero Kant no era un optimista irredento: “Era consciente del conflicto y la maldad en el humano, y avisó de que solo el conocimiento y la conciencia ética pueden detenerlos”, advierte Bilbeny. El prusiano vendría a ser un pesimista con “un inquebrantable optimismo metodológico, basado en la esperanza moral de que nuestro perfeccionamiento puede transformar el futuro”, según Aramayo.

Pero no todo va a ser mañana. Para hoy mismo, el pensador de Königsberg ofrece herramientas para la convivencia cotidiana, como “la idea de ser generosos con los demás e implacables con nosotros mismos”, según escribió Muguerza, o de actuar como si de nosotros dependiera el curso del mundo. “Hay mucho que aprender de él: a tratarnos educadamente, prestar atención sincera a los demás, en el trabajo, en casa o en la calle”, apunta la profesora Moran. Son pequeñas reverberaciones que perfilan un mundo más humanizado. Entonces, no todo está perdido. Tras reencontrar la voz del filósofo, un poco a la manera de Nathy Peluso y C. Tangana, dan ganas de cantar “yo era ateo, pero ahora creo” (en Kant).

sábado, 6 de abril de 2024

El radicalismo de Diderot

Decía Diderot que "el hombre solo será libre cuando el último rey sea ahorcado con las tripas del último sacerdote". Diderot era un exagerado, no un ilustrado.

jueves, 31 de agosto de 2023

La Ilustración sigue ganando, por James Haught

James Haught, La Ilustración sigue ganando, 2023-07-22

La Ilustración sigue ganando


Si estudias historia, observarás episodios que han cambiado la civilización.

Por ejemplo, hace unos tres siglos se produjo una transformación histórica cuando importantes pensadores comenzaron a defender la democracia, los derechos humanos y las libertades personales. Este período se conoció como la Ilustración. Desencadenó el conflicto de larga data que aún impulsa gran parte de la política.

Thomas Hobbes (1588-1679) escribió que la vida puede ser “desagradable, brutal y corta” a menos que las personas se comprometan a un “contrato social” bajo un gobierno que las proteja. Dio a entender que los reyes no gobiernan por derecho divino y que la autoridad última recae en la ciudadanía. Los obispos intentaron ejecutar a Hobbes por ateo, pero Hobbes quemó sus papeles y, en ocasiones, se escondió en el exilio.

John Locke (1632-1704) negó que los reyes fueran elegidos por Dios y recomendó la separación de la iglesia y el estado para evitar guerras y masacres basadas en la fe. Locke, uno de los primeros defensores de la democracia, argumentó que el gobierno debe basarse en el consentimiento de los gobernados.

El barón de Montesquieu (1689-1755) propuso una república democrática con poderes divididos entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Voltaire (1694-1778) fue encarcelado por burlarse de un regente y luego emergió para convertirse en un cruzado de por vida contra los abusos de los nobles y clérigos gobernantes.

Los fundadores de Estados Unidos (como Thomas Jefferson, John Adams, James Madison y Benjamin Franklin) fueron brillantes radicales que absorbieron las ideas de la Ilustración e incorporaron muchas de ellas a la primera democracia moderna. Un fundador menos conocido, George Mason, insistió en una Declaración de Derechos para proteger a cada persona del gobierno y la tiranía de la mayoría.

La premisa de la Ilustración de que todo individuo merece libertades personales también generó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en Francia, la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y otros códigos morales.

La Ilustración no sólo produjo la democracia moderna, sino que también sentó las bases de los valores políticos liberales que aún hoy logran victorias. Durante tres siglos, a trompicones, el progreso occidental ha sido principalmente una crónica de la derrota de los progresistas en la resistencia conservadora. Los reformadores derribaron repetidamente viejos privilegios, jerarquías y establecimientos. Mire el registro histórico:

Los conservadores intentaron mantener la esclavitud, pero perdieron.

Intentaron mantener la segregación racial, pero perdieron.

Prohibieron el matrimonio entre mestizos, pero perdieron.

Intentaron bloquear el voto de las mujeres, pero perdieron.

Intentaron detener la revolución sexual, pero perdieron.

Intentaron impedir que las parejas utilizaran métodos anticonceptivos, pero fracasaron.

Buscaron encarcelar a mujeres y médicos que interrumpen embarazos, pero perdieron.

Intentaron seguir encarcelando a los homosexuales, pero perdieron.

Intentaron detener el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero perdieron.

Intentaron obstruir las pensiones del Seguro Social para las personas mayores, pero perdieron.

Intentaron prohibir los sindicatos, pero perdieron.

Intentaron impedir la compensación por desempleo para los desempleados, pero perdieron.

Intentaron derrotar a Medicare y Medicaid, pero perdieron.

Intentaron mantener las tiendas cerradas en sábado, pero perdieron.

Prohibieron el alcohol durante la Prohibición, pero finalmente perdieron.

Apoyaron la oración obligatoria del gobierno en la escuela, pero perdieron.

Se opusieron a los cupones de alimentos para los pobres, pero perdieron.

Prohibieron la enseñanza de la evolución en las escuelas, pero perdieron.

Intentaron impedir la expansión de la atención médica mediante la Ley de Atención Médica Asequible, pero perdieron.

Una y otra vez, a través de batallas culturales recurrentes, han prevalecido los principios progresistas que comenzaron con la Ilustración.

¿Cuál será el próximo frente en la guerra cultural? Pase lo que pase, probablemente sea seguro predecir el ganador final. Martin Luther King Jr. (parafraseando al ministro unitario Theodore Parker) dijo: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”.

La transformación provocada por la Ilustración está en curso.

La columna es una adaptación y actualización de un artículo publicado por primera vez en septiembre de 2015 en Charleston Gazette.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

El clarividente Moses Mendelssohn

Defensor de la Ilustración, como Kant, un judío tan jorobado y tan lúcido como Leopardi, Moses Mendelssohn, abuelo del famoso compositor y amigo de un hombre tan universal como Lessing, una vez leído el ¿Qué es la Ilustración? de Kant pone sin embargo en guardia contra sus derivas posibles: «El abuso de la Ilustración debilita el sentido moral, conduce a la dureza, el egoísmo, la irreligión y la anarquía. El abuso de la cultura engendra la abundancia, la hipocresía, la molicie, la superstición y la esclavitud».

Kant le contestó con ironía; acaso lo envidiaba porque lo había derrotado en un concurso de la Academia de Berlín. Toma pues el filósofo judío el mismo camino que el de Kant, pero recorta sus términos. El artículo de Mendelssohn se titula «¿Qué significa ilustrar (aufklären)?».

Cualquiera que considere las consecuencias terribles de la Ilustración (guerras mundiales, fascismos, comunismos, genocidios) apercibirá que Mendelssohn estaba mejor informado que Kant. Kant era, después de todo, un alemán; Mendelssohn, un judío; la Haskalá era para él una síntesis, no meramente progreso.