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martes, 31 de marzo de 2026

El derecho consagra el principio de mal menor.

 [Transcrito de VulturVar, "El derecho no está diseñado para la justicia"]

 Capítulo 1: El Moloch del Derecho

Solo a expensas de ciertos valores puede, en determinados casos, existir el orden jurídico, cuya esencia consiste en supeditar todo bien a la seguridad, la santidad, la verdad, la belleza y hasta la propia justicia. Más, ¿cómo es esto posible? ¿Qué valor es este que, como un nuevo Moloch, exige el sacrificio de ofrendas tan preciosas? Extraño como pueda aparecer, el orden jurídico antepone la seguridad a todo otro valor como un medio para favorecer el imperio de todos los valores. (Jorge Millas, Filosofía del Derecho, Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 362)

Jorge Millas fue uno de los filósofos chilenos más importantes del siglo XX. Utiliza para describir el derecho la imagen de Moloch, una figura que exigía lo más preciado para seguir funcionando. Millas toma esta imagen y la aplica al sistema jurídico. Y la pregunta que surge de inmediato es: ¿qué es exactamente lo que el derecho nos exige sacrificar? 

No nos exige sacrificar cosas menores. Nos pide sacrificar la verdad, inclusive la justicia. Todo aquello que, en teoría, el derecho protege. Y esto no ocurre por accidente, por corrupción o por mala fe, ocurre por diseño. El sistema funciona correctamente cuando lo hace, y necesitamos que lo haga. En este video vamos a explorar esta idea de Jorge Millas, esta paradoja que él llama una aberración axiológica: la idea de que el derecho solo puede proteger los valores que más nos importan... a condición de sacrificarlos cuando sea necesario.

Capítulo 2: Qué es el derecho y por qué obedecemos

Para entender la paradoja, primero hay que entender qué es el derecho. Millas descarta la experiencia cotidiana como punto de partida. Observar jueces, policías o tribunales no revela la esencia del sistema, solo su infraestructura. Millas hace un análisis más intuitivo. Se pregunta: ¿qué es lo común a todo ordenamiento jurídico que existe o que ha existido? Estas son las normas, una regulación coactiva del comportamiento social, normas que orientan conductas y tienen detrás la posibilidad de una sanción. Esas normas son objetos ideales, estructuras lógicas que existen independientemente de si alguien las cumple, como las matemáticas. 

Pero las ciencias jurídicas no estudian hechos o fenómenos, no se plantean preguntas acerca de sucesos o cambios del mundo factual. Su objeto propio son las normas jurídicas, que no constituyen casos reales pertenecientes a la trama de acciones y reacciones entre hechos, sino objetos ideales pertenecientes al mundo racional de las significaciones. Es decir, que la tarea del jurista es análoga a la del matemático o a la del lógico, los cuales tampoco estudian hechos, sino estructuras ideales. (Jorge Millas, Filosofía del Derecho, Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 116.)

Por eso el estudio del derecho no es descriptivo como la sociología, sino que es lógico. Aquí dialoga directamente con Hans Kelsen, el filósofo del derecho que intentó depurar el derecho de toda consideración moral o política. Para Kelsen, la norma está dirigida al Estado y al juez. Si hay un ilícito, este debe sancionarlo. El ciudadano aparece de una manera derivada. Millas corrige eso: toda norma es en realidad la conjunción de dos juicios coexistentes: la norma secundaria que exige una conducta al ciudadano y la norma primaria, que le ordena al Estado sancionar esa conducta si no se cumple.

Las dos son necesarias. Aquí Millas da el paso más importante en su argumento y es donde va más allá de Kelsen, porque una cosa es la norma individual y otra muy distinta es el derecho tomado en su totalidad. El derecho como conjunto no es neutral, es un bien moral instrumental, un sistema que existe para hacer posible la convivencia y que por esa razón merece obediencia.

El derecho in toto, como orden integral de convivencia regido por la autoridad pública, nos obliga, por consiguiente, en cuanto es él mismo un valor, en cuanto en su esencia reside un imperativo axiológico. Es decir, que debemos acatamiento al derecho porque el derecho es un bien. El derecho como totalidad tiene, entonces, un fundamento extrajurídico, ya que la obligatoriedad jurídica es, según sabemos, axiológicamente neutra, y solo implica imputabilidad de sanciones.  (Jorge Millas, Filosofía del Derecho, Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2012, p. 322-323.)

Esto resuelve la pregunta que el formalismo puro de Kelsen no podía responder. ¿Por qué obedecemos el derecho? Porque, para Kelsen, una vez que el análisis llega a la norma fundamental, la obediencia es casi un presupuesto lógico del sistema. Para Millas, la razón es distinta, y más honesta: obedecemos porque el derecho mismo es un valor, porque preferimos un orden, aunque sea imperfecto, a la incertidumbre total. Y ahí surge una pregunta: si el derecho vale como instrumento para proteger valores, ¿cuáles son esos valores? ¿Cuál es el valor que lo hace funcionar, sin el cual el derecho dejaría de ser reconocible como tal? La respuesta de Millas es precisa: la seguridad jurídica

Capítulo 3: La Seguridad Jurídica y el precio del orden

El derecho tiene una plasticidad notable y puede ponerse al servicio de la salud pública, la igualdad o la justicia. Pero hay un valor que no es opcional, sin el cual el derecho dejaría de ser reconocible como tal. Millas lo llama el a priori funcional, la condición que hace posible que el derecho perciba cualquier otro valor, que el derecho sea predecible, que cada persona sepa que atenerse. No es un detalle administrativo. Esta es la base sobre la que descansa todo lo demás. Sin esa previsibilidad, el derecho no puede orientar conductas, y, si no puede orientar conductas, no puede proteger ningún valor. Aquí aparece la paradoja que llama la aberración axiológica. Garantizar esa previsibilidad tiene un costo que no es ocasional ni accidental, está inscrito en la estructura misma del derecho. El orden jurídico antepone la certeza a la justicia cada vez que el sistema lo requiere para mantenerse de pie. No protege los valores a pesar de sacrificarlos, los protege mediante ese sacrificio.

Capítulo 4: El Sacrificio en Acción (prescripción y cosa juzgada)

Esto no es abstracción. Milla lo ilustra con instituciones concretas y dos de ellas lo muestran con una claridad que incomoda: la prescripción extintiva es el ejemplo más limpio. Si un acreedor deja pasar los años sin cobrar una deuda, su acción legal prescribe, y el deudor adquiere la certeza inamovible de que ya no podrá ser obligado a pagar. Es justo que una deuda se evapore por el paso del tiempo quizás no. Pero el sistema prefiere eliminar la inseguridad de un cobro eternamente posible antes que proteger a un acreedor negligente. Aún más extrema, es la prescripción adquisitiva. Millas no la aborda directamente en su libro, que son, en realidad, apuntes de sus clases, pero difícilmente podría encontrarse un ejemplo más ilustrativo.

El artículo 2510 del Código civil chileno establece que 10 años de posesión bastan para adquirir el dominio de un bien, sin importar si el poseedor actuó de buena o de mala fe. Cuando decimos mala fe, no estamos hablando de un descuido ni de una ambigüedad.

El artículo 2510 del Código civil: "El dominio de cosaas  omerciales que no ha sido adquirido por la prescripción ordinaria, puede serlo por la extraordinaria [...] Artículo 2511: El lapso de tiempo necesario para adquirir por esta especie de prescripción es de diez años contra toda persona"

Alguien que robó una propiedad que la obtuvo mediante fraude, se convierte en dueño legítimo si el tiempo pasa y nadie actúa; el sistema lo sabe y aún así lo consagra. ¿Es justo esto? Casi con certeza, no, pero aquí está la clave que Millas nos entrega: el derecho no pretende que sea justo. Lo que hace es anteponer la certeza del presente a la verdad del pasado. Reabrir indefinidamente el origen de cada propiedad, perseguir cada injusticia originaria, significaría someter el sistema de derechos a una inestabilidad permanente, lo que los antiguos llaman probatio diabolica o "la prueba diabólica". El Moloch exige ese sacrificio preciso, que la verdad de cómo se obtuvo algo ceda ante la seguridad de saber quién lo tiene ahora. El tiempo aquí no es neutral, ni accidental. Es una herramienta deliberada del orden jurídico para cerrar el pasado y hacer habitable el presente. La cosa juzgada también es una manifestación de esto. Una vez que hay una sentencia firme, el sistema no admite que nadie reabra el asunto, ni siquiera si el fallo fue injusto. Ni siquiera si todos lo saben.

Millas rechaza la antigua idea de que la cosa juzgada es una ficción de verdad, como si el derecho fingiera que el juez siempre acierta. El derecho no finge nada: simplemente hace al fallo inmutable, lo que describe como una prohibición de derogación. La sentencia es una norma que el sistema blinda contra cualquier acto posterior que pudiera anularla. Un fallo debe cumplirse, no porque sea justo, sino porque fue dictado por quién tenía el poder de dictarlo. La autoridad de la jurisdicción precede la justicia del fallo. Eso es lo que hace al derecho honestamente cínico. No miente. No pretende que sus sentencias sean perfectas, solo las declara definitivas.

Capítulo 5: Conclusión.

Conclusión. Este es el corazón de la aberración axiológica. El derecho no falla ocasionalmente ni produce injusticias por descuido. Está estructuralmente diseñado para sacrificar la verdad y la justicia del caso particular cuando la seguridad del sistema lo exige. El Moloch no actúa por capricho, actúa por diseño. Y sin embargo, Millas no concluye que el derecho sea un mal que apenas toleramos. Concluye algo más complejo: que sin ese sacrificio, sin ese orden imperfecto que a veces consagra injusticias, no habría ningún marco estable dentro del cual perseguir la justicia o cualquier otro valor. El derecho protege los valores, sacrificándolos un poco cada vez, para que el sistema que los hace posible siga en pie.

lunes, 30 de marzo de 2026

La mujer según Schopenhauer

 [Transcripción corregida de Schopenhauer despreciaba la naturaleza femenina (y la psicología moderna prueba que tenía razón)

 ¿Alguna vez has amado a alguien y aún así sentiste que había algo de falsedad en todo aquello? ¿Has tenido la sensación de que el afecto que recibiste era un teatro cuidadosamente ensayado para obtener algo a cambio? ¿O, peor, te diste cuenta de que entregaste tu alma por una mirada y solo después entendiste que aquello era solo estrategia, no sentimiento? 

"La mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas". Estas no son palabras de un hombre frustrado con el amor, son de Arthur Schopenhauer, uno de los filósofos más oscuros y sinceros de la historia. Para él, la mujer era la manifestación más perfecta de la trampa que la naturaleza construyó para mantener girando el ciclo de la vida, aunque eso costara la dignidad, la libertad o la lucidez del hombre. 

Tal vez tú ya hayas sentido eso, pero jamás te atreviste a ponerlo en palabras. Quizás sospechaste de ese cambio repentino de humor, de esa lágrima demasiado rápida, de esa desaparición fría después de noches intensas, y, quizá muy en el fondo, te odiaste por darte cuenta de que, incluso después de todo eso, todavía querías más. 

En este video vamos a atravesar un territorio peligroso. Entre las ideas brutales de Schopenhauer y los datos de la psicología moderna hay un hilo invisible que cose instintos, manipulación, amor y destrucción. No vamos a hacer un manifiesto de odio; vamos a desenterrar una verdad que muchos hombres sienten, pero no tienen el valor de nombrar. Y quizá, solo quizá, al final de este recorrido no odies a nadie, pero tampoco vuelvas a confiar. 

De la misma manera, Arthur Schopenhauer no odiaba a las mujeres como un hombre herido odia. Las despreciaba como un pensador que ve a través de la ilusión. Y eso es mucho más peligroso. Su desprecio era filosófico, casi clínico. No gritaba contra ellas, las describía como quien revela un fraude ancestral. Y lo que decía todavía resuena con una fuerza incómoda, en los callejones de la experiencia masculina moderna. Para Schopenhauer, la mujer no era el sexo bello, como romantizan los poetas. Era el sexo necesario, un cuerpo moldeado por la naturaleza, no para encantar, sino para atrapar. 

Escribió: "Solo un hombre cuya razón ha sido oscurecida por sus impulsos sexuales podría llamar sexo bello a una raza de hombros estrechos, caderas anchas y piernas cortas." Así comenzaba el ataque, rompiendo el encantamiento, rasgando el barniz del deseo con la hoja de la razón. Mientras otros filósofos especulaban sobre el alma femenina, Schopenhauer la reducía a un reflejo del instinto biológico. No había misterio, no había una esencia elevada, había función, supervivencia, repetición e engaño. Pero antes de juzgarlo con los ojos de hoy, hay que recordar lo que lo movía: el disgusto por la vida. Para él vivir era sufrir. La existencia era una prisión impuesta por la voluntad, una fuerza ciega, irracional, que nos empuja a continuar incluso cuando todo en nosotros pide silencio. Y la mujer era la embajadora de esa voluntad, el señuelo, el anzuelo, el recurso que la naturaleza utiliza para garantizar que el hombre, aún lúcido, se doblegue ante el ciclo de la reproducción. Schopenhauer miraba el cuerpo femenino con la frialdad de quien ve una trampa sofisticada, la piel suave, la voz tierna, la expresión vulnerable. No eran cualidades morales, sino estrategias evolutivas. "No había afecto ahí", decía él, "había cálculo, pero un cálculo sin conciencia, lo que lo volvía todavía más peligroso. La mujer, según él, no manipulaba porque fuera mala: manipulaba porque era eficaz. Estaba optimizada para seducir, para domesticar al hombre a través de la emoción y, lo más cruel, lo hacía naturalmente, con la fluidez de quien nació para ello. Este pensamiento puede sonar brutal, y lo es, pero detente y piensa. ¿Cuántas veces tú, hombre, no te has visto haciendo de todo por alguien que parecía frágil, enamorada, encantada contigo, y después te diste cuenta de que aquello no era amor, sino necesidad disfrazada?

¿Cuántas veces esa dulzura inicial se transformó en frialdad, en manipulación silenciosa, en exigencias sin nombre? Schopenhauer veía en eso un patrón, no una excepción. La mujer sería, en sus palabras, el  medio por el cual la naturaleza garantiza que el hombre se ilusione lo suficiente como para convertirse en padre: nada más, nada menos. Afirmaba que la mujer no ama al hombre, ama lo que él puede ofrecer. Y eso no es una elección consciente, es programación, evolución. Y eso lo hacía reír amargamente del romanticismo, del ideal del amor eterno, de los poetas que escribían sobre almas gemelas, porque para él todo eso era parte de la gran ilusión. 

La mujer no jura eternidad, ofrece afecto mientras eso le convenga, y cuando ya no le conviene, se va. Así de simple. No son crueles, son funcionales. Ese podría ser el resumen de la visión shopenhaueriana. Y, si eso duele, quizá es porque algo dentro de ti reconoce esa lógica, porque aunque lo niegues con palabras, el cuerpo lo recuerda. La memoria afectiva guarda esas partidas inexplicables, esa mirada que ya no brilla, ese silencio que sustituye al toque, y aquí reside la genialidad oscura de Schopenhauer.

Se dio cuenta de todo esto siglos antes de la psicología moderna, antes de que se hablara de hipergamia, teoría del apego, condicionamiento emocional, recompensa intermitente. Antes de tener datos, estudios gráficos, él ya veía los patrones. La mujer, según él, no es villana, es vector, un vector que dirige al hombre hacia el sufrimiento, porque lo seduce con la promesa de completitud, pero entrega solo fragmentos. No miente, oscila; no destruye, recalibra la entrega conforme cambian las ventajas. Y el hombre ama con profundidad, con construcción, con proyección; ama como quien apuesta todo, y es precisamente por eso que se quiebra, no por ella, sino porque creyó que ella era como él. 

Ese es el error que Schopenhauer quería exponer. El error de pensar que hay simetría donde hay estrategia, de creer que el amor de ella tiene la misma lógica que el tuyo, de imaginar que su afecto se sostiene en lo que eres y no en lo que entregas. Pero ¡cuidado! Schopenhauer no proponía venganza, proponía desencantamiento. Quería quitar el velo, no el corazón. Quería que el hombre dejara de ser marioneta del romanticismo y empezara a mirar a la mujer como se mira a una esfinge, con respeto, pero con desconfianza. La mujer para él era como un espejo que devuelve la imagen que necesitas ver para que sigas sirviendo a su guion. Y cuando ya no sirves, rompe el espejo sin drama, sin culpa, solo reinicio, porque su supervivencia exige movimiento y la tuya exige ceguera a menos que despiertes. Schopenhauer creía que los hombres sufrían, no por las mujeres en sí, sino por las ideas que proyectaban en ellas. 

Sufrían porque romantizaban el instinto, transformaban tácticas en sentimientos, cambiaban supervivencia por fidelidad y daban el alma esperando recibir amor. Pero ella nunca prometió el alma, solo sonrió, solo susurró, solo fue lo que necesitaba hacer en ese momento. La filosofía de Schopenhauer nos pide algo muy difícil, que miremos aquello que deseamos y nos preguntemos: ¿esto es amor o es ilusión programada? ¿Es reciprocidad o necesidad disfrazada? ¿Me ama, o solo me usa como puente hacia algo mejor? Si esas preguntas duelen es porque aún hay esperanza. Pero, cuando ya no duelan, cuando la lucidez sustituya al deseo, verás lo que Schopenhauer vio: a la mujer como la trampa más hermosa jamás creada, pero, aún así, una trampa. Y una vez que ves la trampa, ya no eres más una víctima. Te conviertes en algo raro, peligroso, soberano. 

Ahora, dime algo: ¿alguna vez has sentido que das demasiado y, aún así, no te respetan? No es por falta de esfuerzo, es porque el respeto no se pide, se proyecta. Y esa proyección comienza en cómo entrenas tu mente para mantener la frialdad y el enfoque en situaciones críticas. Ocurre que muchos crecieron con la idea de ser bueno, ser comprensivo, pero eso no forma hombres fuertes, eso forma personas fácilmente manipulables. Existe un modelo de autocontrol mental que está siendo usado por quienes decidieron dejar de agradar y empezar a imponerse con presencia. Grabamos un video explicando cómo esa estructura funciona en la vida real. 

Para acceder, escanea el código en pantalla o haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado. ¿Alguna vez intentaste razonar con tu propio deseo? Intentaste explicarte con lógica por qué debías irte, pero no pudiste levantarte de su cama. ¿Escuchaste esa voz racional diciéndote, "Esto va a destruirte y aún así te quedaste?" El filósofo puede entender el mundo, el poeta sentirlo, pero ninguno de los dos escapa de la mujer que encarna el deseo. Y quizás sea precisamente ahí donde el hombre empieza a perderse, cuando intenta usar la razón para descifrar el instinto y termina vencido por algo que nunca fue creado para ser racional. 

Schopenhauer lo veía con una lucidez dolorosa. Para él, el hombre es un animal que sufre porque piensa, pero cuando el pensamiento se encuentra con el deseo, algo se rompe. La claridad se convierte en delirio, la lógica se dobla y el hombre racional se transforma en siervo voluntario de la ilusión. Creía que el deseo sexual, especialmente el deseo por una mujer idealizada, es la forma más eficiente que tiene la naturaleza de esclavizar al hombre. Y lo más cruel lo hace con su consentimiento. El amor es una ilusión proyectada por la voluntad para mantener viva a la especie, decía él. Detente y piensa. ¿Qué lleva a un hombre a abandonar su lucidez? ¿Qué lo hace ignorar advertencias, consejos, señales claras de manipulación o egoísmo? ¿Por qué insiste en arreglar a una mujer que lo despreció otra vez? ¿Por qué cree que esta vez será diferente? La respuesta es simple y brutal. El deseo lo ciega porque el instinto ganó. La mujer en este juego no necesita ser malintencionada, solo necesita existir con las características que activan ese código ancestral. La vulnerabilidad que despierta protección, la belleza que sugiere fertilidad, la mirada que promete exclusividad, el lenguaje corporal que susurra rendición. Pero todo eso es solo forma. La esencia puede estar vacía o peor, puede ser estratégica. Y aquí entra la ironía cruel. El hombre confunde instinto con amor, confunde atracción con conexión, confunde entrega hormonal con profundidad emocional. Mientras tanto, la mujer, aunque no sea plenamente consciente, juega otro juego. Un juego donde el afecto se concede en función de la conveniencia, no de la eternidad.

Ella no está interesada en la poesía del alma. Ella está biológicamente optimizada para elegir al compañero que le ofrezca más ventajas evolutivas. Esto es hipergamia. Y no se trata de oportunismo vulgar, se trata de programación biológica. Ella no decide dejarte porque encontró a alguien mejor. Simplemente siente que ya no te necesita y su deseo, igual que el tuyo, habla más fuerte que la razón. Mientras tú crees que el amor es sacrificio, ella se mueve por selección. Mientras tú te convences de que todo vale la pena por ella, ella solo observa quién entrega más valor con menos costo emocional. Es cruel, sí, pero es real. Y es aquí donde la psicología moderna se encuentra con Schopenhauer. Estudios como los de David Bus muestran que las mujeres priorizan características como estatus, recursos, estabilidad y dominio emocional, especialmente en contextos a largo plazo. Es decir, incluso sin saberlo están calibrando, comparando, eligiendo todo el tiempo. Y si aparece alguien que ofrece una condición más ventajosa, aunque sea emocionalmente inferior, su cuerpo responde antes que su cerebro. Lo sientes cuando de repente empieza a responder con menos entusiasmo, cuando sus ojos pierden el brillo pero tú sigues intentando reavivar la llama, cuando dice que necesita espacio y tú le das más amor, y cuanto más entregas más se aleja. No es maldad, es algoritmo biológico. Y ahí es donde la razón masculina colapsa, porque sigue intentando amar a una mujer que ya dejó de elegirlo. Sigue invirtiendo en una conexión que para ella expiró. 

Él intenta racionalizar lo irracional. Intenta demostrar valor en un terreno donde el valor se mide por instinto, no por argumento. Y cuanto más se humilla, más pierde valor ante sus ojos. Schopenhauer veía este patrón como una comedia trágica, el hombre ebrio de deseo, arrodillado ante una figura que a sus ojos es divina, pero que en  realidad es solo humana, con instintos tan egoístas como los de él. La diferencia es que ella sabe lo que quiere, él no.

La mujer no necesita entender filosofía para manipular. Manipula con la respiración, con la ausencia, con el cambio de tono, con la espera, con el silencio. Y él intentando ser racional empieza a decaer emocionalmente. Se vuelve dependiente, se vuelve predecible, se vuelve débil, pero el deseo no quiere fuerza, quiere satisfacción. Y cuando te conviertes en necesidad, ella pierde el interés. Porque lo que atrae no es el amor que suplica, es el amor que se mantiene. Es el hombre que no se  inclina, incluso deseando. Esa es la trampa. ¿Crees que siendo bueno, sensible, dedicado, vas a ser amado con la misma intensidad? 

Pero ella fue hecha para desear el desafío, el riesgo, la incertidumbre y tú te volviste demasiada certeza. Schopenhauer no tenía Tinder, no conocía datos de neurociencia, no leía estudios sobre dopamina o el ciclo ovulatorio, pero observaba y veía. Veía que el hombre es derrotado no porque ama, sino porque no entiende lo que ama. El deseo para él es el verdugo de la razón. Y mientras el hombre desee sin comprender, amará sin ser amado. Por eso escribió: "La mujer es por naturaleza mentirosa, no por maldad, sino por necesidad." Y hoy la ciencia coincide. La mujer se miente a sí misma para mantener el autoengaño. Cree que todavía ama, hasta el día que deja de hacerlo. Jura que es diferente, hasta el día que encuentra a alguien mejor. Y, el hombre, si no despierta, siempre será el último en darse cuenta. Schopenhauer no quería que odiaras a las mujeres. Quería que vieras el teatro y que aprendieras a salir del escenario antes de que se apaguen las luces. Porque cuando el deseo gobierna a la razón, el amor se convierte en esclavitud. Y solo el hombre que entiende esto es capaz de amar sin destruirse.

Ella llega con los ojos grandes, la sonrisa contenida, los gestos suaves. La escuchas decir que está cansada de hombres que solo la quieren por interés y tú de inmediato te ofreces como la excepción. Crees que entendiste el juego, pero aún ni siquiera has notado que el juego ya empezó y que ella ya va ganando. La mujer moderna no necesita gritar para dominar. ha aprendido o mejor dicho ha evolucionado para conseguir lo que quiere con la mínima exposición y el máximo impacto. La psicología lo llama poder oculto, una forma de influencia sutil, indirecta, que moldea comportamientos, altera decisiones y redefine dinámicas sin nunca parecer agresiva. 

Schopenhauer, con su brutalidad habitual ya había observado este fenómeno siglos atrás. Decía que la mujer no conquista por la lógica, sino por la emoción, y que en el fondo lo que ejerce no es amor, sino control emocional disfrazado de afecto. Pero hoy con el lenguaje pulcro de las universidades, lo que Schopenhauer gritaba con desesperación se traduce en términos como comunicación indirecta, manipulación emocional, recompensa intermitente y narcisismo encubierto. La verdad es que detrás de la dulzura hay una maquinaria psíquica extremadamente eficaz. Robert Green, en su libro Las 48 leyes del poder, escribió: "El manipulador emocional seduce no con promesas directas, sino con una aparente carencia. Te necesita y eso te hace ceder." ¿Y quién más que la mujer ha aprendido a usar su propia vulnerabilidad como arma? Ella no grita, se calla, no exige, suspira, no reclama, mira con decepción y de repente tú estás haciendo todo para recuperar el brillo en sus ojos. Esa es la belleza cruel del poder oculto. Ella no manda, pero tú obedeces y aún crees que fue idea tuya. 

Sam Benin, especialista en narcisismo, escribió sobre el arquetipo de la narcisista femenina encubierta. Aquella que parece víctima, pero es depredadora. Aquella que llora y te controla con sus lágrimas. Aquella que se muestra frágil y te debilita al hacerte su héroe. Aquella que se aleja sin motivo y tú pasas días intentando entender en qué fallaste y tal vez no fallaste. Tal vez solo sintió que estabas demasiado entregado y por lo tanto demasiado predecible. Y como toda criatura de poder se alimenta de tu desequilibrio. Esto no es teoría, es un patrón. La psicología evolutiva muestra que las mujeres desarrollaron a lo largo de milenios habilidades sociales y emocionales muy superiores a las de los hombres por pura cuestión de supervivencia. Mientras los hombres guerreaban con espadas, ellas guerreaban con palabras. Mientras ellos imponían fuerza, ellas imponían culpa y a lo largo de generaciones ganaron. Schopenhauer veía esto con asombro.

Decía que la mujer parecía frágil, pero que su influencia era silenciosa, persistente, implacable. No te derriba con violencia, te desgasta con expectativas no dichas, con emociones inestables, con ausencias estratégicas. Su arma no es el enfrentamiento, es el colapso interno que induce en ti. Y lo más cruel es que no puedes probar nada. Ella no hizo nada, simplemente no estaba lista. Necesitaba tiempo. Sintió que algo cambió. Y tú, racional, intentas entender, analizas conversaciones, revisas mensajes, buscas errores. Mientras tanto, ella ya está en otra fase del ciclo, no porque sea cruel, sino porque es adaptativa. Necesita seguir, necesita evolucionar, necesita, como diría la psicología, buscar recursos más alineados con su valor percibido. Tú te destruyes buscando coherencia donde solo había instinto. Y aquí está el punto más aterrador. Ella no sabe qué está manipulando. Cree en sus propias emociones, llora de verdad, sufre, pero en el fondo sufre porque perdió el control, no porque te perdió a ti. El amor para ella es fluido, condicional, temporal, pero dicho con tanta intensidad que tú crees que es eterno y eso es lo que te rompe. Schopenhauer escribía: "La mujer seduce para obtener, y retira el afecto cuando ya tiene lo que quiere. Su amor no es eterno, es oportuno". 

La psicología moderna dice lo mismo. Con otras palabras, la mujer regula la entrega emocional según el retorno percibido. No da lo que siente, da lo que cree que mereces según el momento. Y si mereces menos, se aleja. Si te vuelves necesitado, se enfría. Si cuestionas, guarda silencio. Y al final tú te vuelves el manipulable. Y ella la que se aleja para protegerse. 

Mira, esto no se trata de demonizar, se trata de ver el juego tal como es: ¿crees que ella es dulce porque sonríe? pero ¿has pensado en cuántas veces esa sonrisa te puso de rodillas? ¿Cuántas veces pediste disculpas por cosas que ni entendías? ¿Cuántas veces te sentiste culpable solo porque ella ya no estaba feliz, aunque tuviera todo? Esa es la fuerza del poder oculto. Ella nunca pide, pero siempre recibe. Y tú, que solo querías amar y ser amado, terminas convirtiéndote en un espectro de ti mismo, caminando sobre cáscaras de huevo, autocensurándote, intentando agradar, con la esperanza de que esa dulzura regrese. Pero no regresa, porque nunca fue real. Fue un mecanismo, una invitación, una fase del ciclo. La psicología moderna confirma lo que Schopenhauer gritaba: ella no te ama. Ella te regula, no con maldad, sino con precisión. Y el hombre que no ve esto, se destruye intentando recuperar un paraíso que nunca existió. ¿Alguna vez te has detenido a pensar en cuántos hombres conoces que se han destruido por amor? Que abandonaron amigos, proyectos, identidad, todo, en nombre de una mujer; que confundieron devoción con valor, y sumisión con afecto. Ellos no gritan, no lloran en público: simplemente desaparecen poco a poco, primero en la mirada, luego en las palabras, hasta que no queda nada que no sea una versión domesticada de sí mismos con la esperanza de ser aceptados. Esa es la tragedia silenciosa del hombre que ama demasiado. No se da cuenta de que al ofrecerlo todo pierde justamente lo que lo hacía deseable, su fuerza, su soberanía, su esencia. 

Schopenhauer no se guardaba palabras al describir a este tipo de hombre. Para él, el romanticismo era una enfermedad, una especie de alucinación colectiva que hacía que el hombre actuara en contra de sí mismo. El hombre enamorado es un loco, un esclavo, un ciego conducido por la belleza hasta el abismo de su propia anulación. ¿Y no es eso lo que pasa? Al principio ella parece perfecta: se ríe de tus chistes, admira tu ambición, dice que nunca conoció a alguien como tú. Tú crees que encontraste la excepción, y entonces empiezas a moldear tu vida en torno a ella. Renuncias a pequeños placeres, a amigos, a hábitos, a ti mismo. Ella nunca te pidió eso, pero tampoco lo impidió. Y, cuando te das cuenta, estás tratando de mantener la relación con sacrificios que ella ni siquiera nota. Haces más, das más, amas más, pero recibes cada vez menos. El afecto de ella, que antes era abundante, ahora es racionado. Y piensas, "Tengo que hacerlo mejor." Y lo haces. Y mientras más das, más se aleja. Mientras más demuestras, más te pone a prueba. Hasta que un día simplemente dice: "Eres maravilloso, pero ya no siento lo mismo." ¿Y qué haces tú? Suplicas, prometes, dices que vas a cambiar. Y en ese momento ya no eres un hombre, eres solo un reflejo roto de alguien que se perdió dentro de un amor que nunca fue recíproco, solo fue conveniente. 

La psicología moderna llama a esto autoaniquilación emocional. Existe cuando la persona pierde la capacidad de verse como individuo, porque toda su identidad está atada a la aceptación del otro. Y el hombre que ama demasiado vive exactamente eso: solo se siente valioso cuando está complaciendo, cuando está siendo validado, cuando está siendo necesario. Pero el amor verdadero, si es que eso existe, no se sostiene en la necesidad, florece en la libertad. Y la mujer, al darse cuenta de que el hombre se entregó demasiado, pierde el interés porque dejó de ser un reto, dejó de ser hombre.

Schopenhauer veía esto con un desprecio casi cínico. Para él, el hombre que idealiza a la mujer se convierte en un mendigo emocional, viviendo de migajas, buscando miradas, sonrisas, palabras dulces que él mismo le enseñó a usar en su contra. Nada es más repulsivo que un hombre que suplica amor. Él ya perdió. Y es verdad. Porque cuando el amor se convierte en súplica, ya no es amor, es dependencia, es adicción, es miedo hasta estar solo, es necesidad de aprobación. ¿Y sabes cuál es el problema de eso? La mujer lo siente. Aunque no sepa explicarlo, lo percibe. Percibe que ahora él vive por ella y eso, lejos de encantarla, la aleja. La naturaleza de la atracción es brutal. Respeta el misterio, no la entrega absoluta. La psicología ya confirmó lo que Schopenhauer intuía. El amor incondicional es hermoso en teoría, pero en la práctica el deseo requiere condición, necesita margen, frontera, límite. Y el hombre que ama demasiado, ya no tiene límite. Dice sí a todo, acepta todo, tolera todo y, en el fondo, espera que ese sacrificio conmueva, impresione, conquiste. Pero no conmueve, no impresiona, no conquista. Porque nadie desea lo que ya se posee por completo. Y el hombre que se entrega demasiado se vuelve predecible, sumiso, domesticado.

Schopenhauer nos advertía sobre ese abismo. El hombre que ama sin medida se convierte en un siervo de su propia ilusión. Y cuando la mujer se va (y ella siempre se va), si ese patrón se instala, él no sufre por perderla a ella, sufre porque, al perderla, se da cuenta de que ya no queda nadie dentro de sí. La autoaniquilación es eso, no es la pérdida de su amor, es el olvido del amor propio. Y lo más cruel es que este tipo de hombre no es débil, es generoso, es sensible, es muchas veces noble, pero no entendió algo simple: el amor sin límite no genera admiración, genera desprecio. Y el desprecio es el fin del deseo. Por eso Schopenhauer no defendía el odio como respuesta, defendía el alejamiento, la claridad, el desapego. Él decía: "El sabio no se entrega a la pasión. Observa, elige, permanece entero." Y tal vez ese sea el único camino posible. Amar, pero mantenerse entero. Entregar, pero jamás suplicar. desear, pero nunca perderse. Porque al final el hombre que ama demasiado no sufre por amar, sufre porque olvidó amarse también.

No necesitas odiarla, ni luchar contra ella, ni desenmascararla. Todo eso seguiría siendo girar alrededor de ella. Solo necesitas ver, ver con ojos desencadenados, ver sin esperanza de reciprocidad, ver sin el deseo de salvarla o de perderte por ella. Schopenhauer lo entendió antes que todos. Él no proponía que el hombre se volviera frío. Proponía que se volviera intocable, no emocionalmente insensible, sino emocionalmente libre. Porque el verdadero poder masculino no está en dominar, convencer o poseer. Está en no ser dominado. Está en rechazar el papel de rehén emocional. Está en amar sin perder el trono. Hoy, más que nunca, esa soberanía está en riesgo. Vivimos en un mundo moldeado por la seducción. No solo la seducción del cuerpo femenino, sino la seducción de la validación, de la dopamina, del match, del elogio, de la sonrisa, de la promesa de que esta vez será diferente, pero nunca lo es. Y tú ya lo sabes, el hombre que sobrevive en este nuevo mundo no es el más fuerte físicamente, ni el más rico, ni el más popular: es el hombre que sabe decir no a lo que brilla, pero no alimenta. Es el hombre que ve el juego y se rehúsa a jugarlo. Porque, mientras sigas buscando la aprobación femenina, estarás fuera de ti. Vivirás en función de reacciones, likes, respuestas, silencios. estarás permanentemente distraído de quién eres (y no existe sufrimiento mayor que ese, estar lejos de ti mismo). Schopenhauer escribía: "El hombre sabio pone su felicidad, no en la satisfacción del deseo, sino en su negación". Lo que él quería decir es simple, pero exige valor: te liberas cuando dejas de desear aquello que te esclaviza. Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo que susurra todo el tiempo que, sin ella, no eres nada? Es necesario reaprender a estar solo, no como castigo, sino como ritual, porque la soledad no es ausencia, es reinicio. Es en el silencio de la ausencia femenina donde escuchas por primera vez tu propia voz sin interferencias. Es cuando dejas de agradar, de demostrar, de conquistar, que comienzas a reconstruirte como hombre. Y ese hombre, cuando renace, viene distinto: ama con lucidez, toca sin perderse, cuida, pero también impone. Observa antes de entregarse. 

Ese hombre no odia a las mujeres, pero tampoco las endiosa. Él ve y, porque ve, elige. Y, si ella juega con encanto, pero no entrega presencia, él se aleja. Si ella seduce, pero manipula, él guarda silencio. Si ella exige, pero no respeta, él cierra la puerta con la calma de quien ya no necesita explicarse. Ese hombre ha aprendido que el cariño es bueno, pero no es moneda para comprar afecto. Que el sexo es poderoso, pero no es suficiente para sostener un vínculo. Que la belleza es encantadora, pero sin integridad es solo otra trampa más. Y, sobre todo, ese hombre ha aprendido que el mayor error es intentar ser amado a cualquier costo, porque el amor verdadero no nace de la actuación, nace de la presencia. 

Schopenhauer con su filosofía de la negación del deseo, nos señala una dirección. La libertad no está en ser amado por ella, sino en no necesitar serlo. Ese es el punto de ruptura. El momento en que el hombre deja de negociar su dignidad por migajas emocionales. El momento en que dice: "Yo soy suficiente." Y eso no es arrogancia, es soberanía. Es la firmeza de quien camina con los  pies en la tierra, incluso cuando el corazón todavía late por ella. Es el poder de quien sabe lo que siente, pero no se inclina ante el sentimiento. Es la madurez de quien ama, pero jamás suplica. Y,  paradójicamente, es ese hombre el que más atrae, porque es raro, es peligroso, no necesita. Y el mundo no sabe cómo lidiar con alguien que no necesita. Ese hombre observa la seducción y sonríe. Observa la manipulación y se retira. observa la pasión y respira hondo antes de ceder porque conoce el abismo. Ha estado ahí y decidió no volver jamás. Ahora quiere otra cosa. No solo sexo, no solo compañía, sino respeto, ¿verdad? Presencia real. Y si eso no llega, prefiere el silencio. Y cuando ese hombre encuentra a una mujer, una mujer real, consciente, completa, no la domina, la invita a caminar a su lado, nunca adelante, nunca detrás. Pero si ella vacila, él se va, no con rabia, con respeto, por ella y por sí mismo. Esa es la soberanía y se construye en el silencio de los días en que eliges quedarte solo en lugar de mendigar compañía, en los momentos en que eliges leer, construir, entrenar, respirar, en lugar de correr detrás de quien ya dejó claro que no te ve. La soberanía nace cuando te bastas a ti mismo y eso sí es  amor, no por ella, por ti.

No tienes que estar de acuerdo con todo lo que escuchaste. De hecho, sería extraño si lo estuvieras, porque si todavía amas con los ojos cerrados, si aún crees que la dulzura siempre es sincera, si todavía entregas tu alma como si fuera un regalo, entonces quizás sigues dentro de la ilusión. Y todo esto que leíste puede haberte parecido demasiado amargo, pero la verdad no pide permiso para ser digerida, solo necesita ser vista y una vez vista lo transforma todo. Schopenhauer no escribió para destruir el amor, escribió para destruir la mentira. Esa que nos hace confundir la sumisión con el romanticismo. Esa que nos enseña a arrodillarnos ante el afecto cuando deberíamos caminar a su lado. Esa que convierte a hombres increíbles en sombras de sí mismos. intentando agradar a quien nunca los vio por completo. La psicología moderna, con sus tablas y estudios, solo confirmó lo que él ya gritaba desde su ventana existencial. La mujer no es la villana, pero el hombre que duerme frente a ella es la víctima ideal. El amor solo vale la pena cuando puedes amar sin perderte, sin dejar de ser hombre, sin apagarte por un poco de cariño, sin confundir presencia con actuación. Poco a poco aprendes a amar con los ojos abiertos, a desear con lucidez, a ofrecer el corazón, pero con los pies en la tierra.

Y un día sin drama, sin dolor, sin lamento, simplemente sonreirás ante la belleza y seguirás tu camino, porque ya entendiste. Quiero contarte algo, algo personal. Hace años me arrodillé, no literalmente, sino por dentro. Me anulé, me silencié, me incliné ante un amor que parecía serlo todo. Hice de todo, aguanté de todo y lo peor, pensé que era algo hermoso. Creí que era maduro, creí que eso era amor. Pero cuando ella se fue, porque, claro, se fue, me di cuenta de que quien se había ido primero fui yo. Me fui apagando poco a poco y al final ni yo sabía quién era. Fue entonces cuando encontré a Schopenhauer y no, él no me hizo odiarla. Me hizo mirarme al espejo y darme cuenta de lo ingenuo que era, de cuánto necesitaba su aprobación, porque no había construido nada dentro de mí que me mantuviera en pie.

Ese dolor, esa soledad, ese vacío se convirtieron en suelo firme, se convirtieron en disciplina, se convirtieron en lucidez. Y hoy, si estoy aquí compartiendo estas ideas contigo, es porque sé, con cada célula de mi cuerpo, que tú también ya pasaste por esto, y, si no, lo pasarás. Pero ahora quizá estés más preparado.

Gracias por llegar hasta aquí. No escuchaste un video, atravesaste un espejo y espero que haya salido del otro lado más entero, más lúcido y mucho más peligroso. Ah, y si todo esto resonó contigo, haz clic en el enlace de la descripción o en el primer comentario fijado para entender cómo aplicar este método que transforma reactividad en autocontrol y caos interno en presencia firme. Si sobreviviste hasta aquí, felicidades. No todos tienen estómago o valor para enfrentar todo esto sin salir corriendo a ver un reality motivacional de pareja feliz al atardecer; pero, si sentiste que algo de aquí te tocó en un lugar donde nadie llega, entonces haz lo siguiente. Deja un comentario diciendo, "Vi el teatro. Solo quien entendió sabrá." Dale like al video porque el algoritmo todavía es un poco más tonto que la naturaleza femenina. y suscríbete al canal porque los próximos videos van a hacer que Schopenhauer parezca un romántico optimista y esos videos que están apareciendo en la pantalla, uno de ellos va a liberarte, el otro va a romperte de nuevo. Buena suerte eligiendo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Digitalizada la mente de un ser vivo y pasada viva a un entorno virtual eterno.

 [Transcripción corregida de un vídeo de hace horas en YouTube]

 Lo que estás viendo en pantalla no es una animación, es un cerebro digitalizado colocado dentro de un ordenador y moviéndose sin ningún tipo de programación. Neuronas clonadas digitalmente funcionando como un ser vivo despertando en el interior de una máquina. Amigos, esto es importantísimo. Ha dejado de ser una película de ciencia ficción y se ha convertido en realidad. Películas o series como Altered Carbon, ¿no? De poder cargar el cerebro en un ordenador y hacerse copias para ser inmortales, ya se ha demostrado que es real. Han sido unos científicos de la empresa EON Systems quienes han digitalizado el conectoma, es decir, las conexiones neuronales del cerebro de una mosca. Una mosca es particular de la especie drosophila melanogaster, que es una mosca muy utilizada en el campo de investigación  científica, pues han conseguido clonar todo ese conectoma en un ordenador.

El resultado es sorprendente. Por primera vez en la historia de la humanidad, un cerebro biológico de un insecto esta vez se ha copiado con gran precisión en un ordenador y la magia se ha producido simplemente cuando han dejado de hacer nada y han comprobado como esta mosca busca la comida, como esta mosca vuela y tiene sentido del propio movimiento. Sin programación alguna. Como os digo, han utilizado, como os digo, el proyecto Flywire. Este es un proyecto que desde hace un tiempo ha ido construyendo mapas neuronales de la electricidad cerebral, es decir, del conectoma humano. Todo ser viviente tiene conectoma, al menos todo ser que tiene que tenga cerebro, obviamente para poder copiar esto escaneado en el cerebro del insecto mediante microscopía electrónica se hicieron más de 7000 cortes, de los cuales fueron analizados cortes microscópicos del cerebro diminuto de este ser, de esta, eh, mosca, y con ello pudieron reconstruir aproximadamente 125.000 neuronas de este cerebro. Para que veáis una comparación, esta mosca tiene 125.000 neuronas, un ratón 70 millones de neuronas y un cerebro humano, 86.000 millones de neuronas. Es decir, la diferencia es abismal, pero se ha dado un primer paso, un primer paso de algo que se creía imposible.

Y han confirmado sin darse cuenta una cosa, ¿dónde reside el propio ser humano? En el cerebro, ¿dónde reside el alma o la experiencia a lo que nos hace ser? En el cerebro humano. Porque al clonar el cerebro de la mosca han visto que ha podido ser en el interior de esta simulación. También prueba otra cosa, prueba de que nosotros ya vivimos en esa simulación. Hm. Pero esperar un momento, eso. Vamos para el final. ¿Cómo funciona el cerebro en este mundo virtual? Una vez que ya han reconstruido digitalmente el conectoma de esta mosca, ese cerebro, los científicos lo conectaron a un cuerpo virtual que existe dentro del motor de simulación Muyoko. Es el motor, el nombre del motor que están utilizando. El sistema funciona como un circuito completo.

Primero, tiene sensores digitales que simulan los ojos y las antenas. Es decir, le han construido digitalmente unos sensores que funcionan como el organismo sensorial para poder observar el entorno, para poder ver estos sensores se conectan a la copia electrónica del cerebro. Segundo, la información entra en ese cerebro digital. Tercero, el cerebro procesa esos estímulos. Cuarto, se envían señales motoras al cuerpo virtual. Y por último, el cuerpo se mueve dentro del entorno simulado, es decir, han fabricado un ciclo cerrado de percepción y acción, igual que un organismo real, pero se mueve solo porque es el cerebro digitalizado el que mueve esas funciones. El cofundador de esta empresa es el físico Alexander de Wisner Gross.

Él ha explicado que lo que se ve en pantalla no es ninguna animación programada. insiste en ello. Él explica que lo que vemos es un cerebro real en funcionamiento dentro de un ordenador.

Cuando ejecutaron todo esto, lo primero que les llamó la atención es que simplemente la mosca sabía moverse, sabía caminar, sabía volar, sabía limpiarse las patas, sabía reaccionar a los estímulos, iba a comer eh fruta que habían puesto digitalmente. La fruta no existe en ese mundo digital, pero esos sensores fabricados le dan el estímulo al cerebro para que piense que es fruta. Y ellos no esperaban que esto funcionase, simplemente se ha hecho la luz, se ha hecho la magia al dar con la tecla exacta. Desde hace muchos años no encontraban la tecla exacta porque el primer impedimento era que es muy difícil digitalizar un conectoma. ¿Habéis visto? 86000 millones de neuronas el cerebro humano. 

Pero una vez que esto se ha podido hacer gracias también a la inteligencia artificial y al poder de computación de hoy, del 2026, pues han visto que funciona. Claro, si la tecnología continúa avanzando, vamos a ser inmortales, vamos a poder cargar el cerebro humano en un ordenador. 

Pero aquí hay muchos dilemas filosóficos, porque, ¿qué es lo que estás cargando en el ordenador? Tu alma. No, no, no. Estás cargando una copia de tu cerebro. Una copia. Dejaríamos de ser humanos. Esto es dejar de ser humanos directamente. Nos convertiríamos en seres digitales, en seres de luz que quizás no sabrían que están dentro de una simulación. 

Y eso es más perturbador aún, porque si a ti te copian el cerebro digitalmente, te colocan en un ordenador y tú no te enteras de que estás en una simulación porque abres los ojos con esos órganos sensoriales que te han dado, tú, ¿cómo vas a pensar que estás en una simulación? No tendría sentido.

Despertarías en algo tan similar a esto que te harías preguntas de y si hay una simulación, ¿no? En algunos casos. Y esto se refiere a que ahora en nuestra realidad podríamos hacernos la misma pregunta. Estamos en una simulación.

Este cerebro ha despertado en esta realidad, pero hay algo superior a esta realidad que nos ha metido aquí. Pues si nosotros ya lo hemos hecho con una mosca, es una prueba de que cabe la posibilidad de que un ente superior haya hecho lo mismo con nosotros. Y hablamos con toda la contundencia al decir de que esto es una prueba.

Hemos alejado cientos de años de preguntas teológicas en el día de hoy con esta prueba de la mosca. Es más importante de lo que podemos pensar todo esto, porque ya es una confirmación. Los seres que despierten en un mundo digital con ese cerebro que opera y decide qué es lo que hacer, se verán influenciados por una inmortalidad extraña, porque no pueden morir solo si se apaga el servidor, si se corta la corriente y aún así, cuando vuelva la corriente les habrá parecido que estaban durmiendo en un mal sueño.

El espacio tiempo para los cerebros digitales es muy diferente al nuestro. También podrían ser influidos por las reglas del hacedor. El científico podría introducir parámetros para modificar el entorno de forma mágica para el cerebro que está dentro del entorno digital y le parecería magia, ¿no? Imagínate uno de los científicos fuera del ordenador que de repente coloca el código de vamos a poner el cielo de color verde. El cerebro digitalizado, que de repente verá que cambia de color azul a verde el cielo, se hará preguntas sobre si hay un dios que está alterando su mundo. O imagínate que al científico que está fuera de esta simulación, que está en el ordenador controlando la simulación, imagínate que le gusta mucho los videojuegos y de repente te introduce con algoritmos una invasión extraterrestre de algún videojuego. Eh. Para el ente que ha despertado en ese mundo digital, todo lo que ocurre, esas alteraciones es su propia realidad y nunca verá que hay un hacedor, un científico al otro lado o grupo de científicos una empresa como esta EON, que está controlando el destino de estos seres. Claro, insisto, 125.000 neuronas para una mosca. Estamos muy lejos de digitalizar un cerebro humano. 86.000 millones de neuronas. Pero mucho más cerca que hace una semana, abismalmente más cerca, digamos, porque se han confirmado muchas cosas que antes se pensaban imposibles. Pero preparaos para las personas del futuro lejano, preparaos porque vais a vivir una realidad que a nosotros nos parece terrorífica.

Personajes en un mundo digital extrayéndose para colocarse colocarse en cuerpos robóticos similar al ser humano para ser eternos e inmortales. La película Altered Carbon, bueno, la serie, se vuelve exactamente la realidad del futuro lejano, donde multimillonarios que mueren cargan sus recuerdos antes de morir al servidor para que el servidor coloque esos recuerdos en un nuevo cuerpo. Claro, son copias del cerebro, ya no somos nosotros, pero a la copia le va a dar igual porque va a sentir igual que nosotros y eso es una especie de inmortalidad. ¿Qué pasaría si en un millón de años, me voy lejos, eh, y no hace falta irse tanto, en un millón de años alguien digitaliza todos los cerebros de la humanidad?

Imagínate que son 35,000 trillones de trillones de neuronas. Me lo invento. ¿Qué pasaría si todos los cerebros de la humanidad se meten en un único ser? Pues como diría Isaac Asimov en uno de sus relatos llamado La última pregunta, esa entidad contestaría, "Hágase la luz" y empezaría una nueva existencia porque estaríamos creando un ente omnisciente.

Amigos, aquí tenéis esta fascinante noticia científica que nos pone al borde de la existencia al descubrir que podemos hacer cosas que antes se pensaban imposibles. Seguiremos informando constantemente de todos estos misterios tan interesantes y nos vemos en el próximo programa. Desde aquí, como siempre, os mando un cálido abrazo y nos volveremos a ver en otro vídeo.

viernes, 27 de febrero de 2026

Entrevista a László Krasznahorkai, premio Nobel de literatura

 László Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura: “Mi Hungría es la de la lengua, no la de los húsares”, en El País, Jacinto Antón, Barcelona - 26 feb 2026:

El autor de ‘Tango satánico’ habla en Barcelona de su país, de la Shoah, de sus autores favoritos y del cineasta Béla Tarr: “No ofrezco esperanza, pero tampoco la quito”

Aureolado por el Premio Nobel de Literatura y por los mechones de pelo blanco que —junto a la barba cana y los ojos de un azul tan puro que hieren— le dan un aspecto de apóstol o profeta, el escritor húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 72 años) recibe en el bar del hotel Alma tras haberse dado el día antes un insólito, para un autor tan depurado y exigente como él, baño de multitudes en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). El autor de Tango satánico y Melancolía de la resistencia, vestido completamente de negro y sorprendentemente bronceado, está de un humor excelente y se muestra cercano y afable, aunque se ensombrecerá al hablar de la situación política de su país. Poner sobre la mesa un ejemplar de su libro Trabajo preliminar para un palacio (aún no traducido al castellano), protagonizado por un librero homónimo de Melville, sirve para arrancar la conversación recuperando una discusión mantenida en 2024 en Marraquech en las Conversaciones literarias de Formentor sobre el significado de la ballena que aparece en Melancolía de la resistencia.

Pregunta. Negó entonces hasta tres veces que la ballena fuera un símbolo de nada, ni de Moby Dick, ni del estalinismo, ni de la codicia, ni del caos…

Respuesta. Y sigo diciéndolo, en mi obra nada es simbólico, no me gustan los símbolos en la literatura, ni la parábola, aunque tengo una debilidad por la poesía simbolista francesa. A ese libro, Trabajo preliminar, le tengo mucho aprecio porque salen Melville, Malcolm Lowry, que es uno de mis autores favoritos, y el innovador y visionario arquitecto experimental estadounidense Lebbeus Woods. Lebeo es un nombre bíblico, por cierto.

P. Preguntarle entonces si la literatura es un tango con el diablo…

R. Lo es para los personajes de Tango satánico. Hay bailes más felices como el flamenco, a pesar de que también trata de la pasión y el demonio está asimismo presente, se puede sentir la influencia del diablo en el flamenco. Pero en mi novela, el tango es simplemente el baile que hacen allí mientras esperan un milagro. Es eso y nada más.

P. ¿Es entonces solo realismo?

R. Realismo es una palabra asociada a una época, no es lo que yo hago. ¿Qué es el realismo? La verdad es que no existe exactamente tal cosa, si piensas que incluso ante algo tan objetivo como un accidente de coche, los testigos darán versiones distintas. Cuando hablas de relaciones sentimentales o emocionales como hago yo, no puedes decir qué es real y qué no. No puedes presentar una situación desde un punto de vista correcto: ¿cuál sería? De hecho, se trata de un cambio radical del concepto de realidad, es más, de la desaparición de la realidad.

P. ¿Qué intenta decir al lector? Los hay que quedan algo desconcertados con sus libros.

R. Primero, intento convencerlos de que no me lean, y lo digo en serio, honestamente. No ofrezco esperanza, aunque tampoco la quito. Los míos no son libros de recetas, evidentemente. No se puede cocinar una buena comida con ellos. Son como una paella que hice una vez. Salió mal, tenía todos los ingredientes de paella, pero el conjunto no funcionó, incluso me sentó fatal. Pero si alguien, pese a todo, decide leer libros míos, le aconsejo que no se crea nada de lo que se ha dicho sobre ellos. Lo de que son difíciles de leer. Es verdad que uso frases inusualmente largas [de hecho una sola en 400 páginas en el último, Herscht 07769, que publicará Acantilado, sobre un personaje que quiere alertar del fin del mundo a Angela Merkel mientras trabaja como limpiador de grafitis para un director amateur de orquesta neonazi]. Es como cuando guardas un secreto mucho tiempo y de repente lo sueltas: cómo te quiero Lucía y siempre te querré, y toda la avalancha que sigue; no puedes decirlo en frases cortas. Imposibilita el uso del punto el que suelo escribir desde esa pasión por el contar. En fin, se me ocurre ahora: ¿todo esto le interesa a alguien? ¿A quién le interesa cómo se ha hecho un libro? Nos sorprendería si Samuel Beckett nos explicara cómo surgió Esperando a Godot. Yo creo que no tenía una idea, salió así. Honestamente, no puedo decir más. Tengo algo en mi cabeza, lo compongo y escribo. Y si el lector tiene un mal día, se compra el libro.

P. Dicho así…

R. Lo importante es que el lector se reconozca a sí mismo. Lo frágil que es su propia dignidad. Que se dé cuenta de que esa dignidad es lo último que se le puede quitar, pero que se le puede quitar. En eso nos diferenciábamos mi amigo Béla Tarr y yo. Él creía que a una persona no se la podía despojar de su dignidad.

P. ¿Siente una afinidad con el mundo húngaro?

R. La hungaridad… Nací húngaro, mi lengua materna es el húngaro. La hungaridad, lucho contra ello todo lo posible. Por qué cambiar ser ciudadano del mundo por ser solo húngaro. Mi relación con ser húngaro es como la que tienes con una piedra en la orilla del río. No sabemos por qué es así. Por qué no nací albano o eslovaco. Lejos de mí ideologizar el hecho de ser de alguna nación, de Hungría concretamente. Siempre hay auges del populismo, gente que está orgullosa de ser húngaro, de la patria. ¿Estoy orgulloso de la silla en que estoy sentado? Es muy perjudicial cómo habla la gente de la patria en relación con la realidad. La procedencia no tiene mucho que ver con nada. Ciertamente, a los que hablan como yo los odian. Me gusta la lengua húngara, me siento muy afortunado de que mi lengua materna sea una capaz de expresar matices muy finos. Pero respeto igual otras lenguas y entiendo que se las cuide, como a la lengua catalana, en la que tengo editor.

P. Entiendo que no es muy de húsares, Esterházys, Abadys, los sables…

R. [Ríe de buena gana] Solo puedes reírte de todo eso. Eso sí, hasta que te alcancen por la calle sus partidarios y te machaquen. Me preguntas por los húsares, la patria, y yo hablo de lengua continuamente. No es una casualidad. Mi Hungría es la de la lengua y no la de los húsares. Me he alejado tanto del mundo húngaro, de ese concepto de lo húngaro contagiado de estupidez. Ocurren cosas horribles en todos los Estados expuestos a los populismos, pero nada igual por intensidad y brutalidad a lo que sucede en Hungría. Esa capacidad de manipular, una fuente de infección. Hungría ya no es un país, es un manicomio del que ya se han ido los médicos y en el que los enfermos juegan a ser médicos los lunes, miércoles y viernes.

P. Con la Historia en la mano, Hungría parece equivocarse siempre en los momentos decisivos. Ha pesado mucho el tratado de Trianón.

R. Siempre se equivoca en las encrucijadas históricas, siempre escoge mal el camino. Cuando dije en una entrevista que no entendía que los húngaros estén siempre muy orgullosos de sus batallas, que además siempre pierden, me atacó la extrema derecha. No tiene sentido discutir. Incluso gente que parece muy inteligente está presa de la ideología. Todo eso nos devuelve al mundo animal, cuando lo que querríamos es elevarnos como personas. No se trata de aceptar o rechazar tradiciones; pocas personas más conservadoras que yo en aceptarlas desde un punto de vista intelectual. Pero, como reza un dicho húngaro, molemos en dos molinos muy diferentes y de la harina de ellos nunca saldrá pan. Y eso ha construido una sociedad enferma, esas heridas psicológicas que se podrían tratar de sanar de manera distinta.

P. En su literatura, pese a tener usted raíces judías, no aparece la Shoah, el Holocausto.

R. Está presente. El antisemitismo, el racismo, la estupidez criminal... están en mis libros, en Melancolía de la resistencia, en Tango satánico… El nazismo pequeñoburgués…

P. Pero no de manera explícita.

R. No he escrito concretamente de la Shoah porque ya lo hizo Imre Kertész [su predecesor húngaro en el Nobel de Literatura, en 2002] , que era muy amigo mío. Yo no podría escribir de eso mejor. Y es muy peligroso hacerlo, hay tantas obras kitsch sobre la Shoah

P. ¿Cómo ha sido lo de ganar el Nobel?

R. Muy inesperado para mí. No pertenezco al grupo de los que están el primer jueves de octubre ante la pantalla viendo la imagen de una puerta cerrada y esperando que se abra y anuncien un nombre. Fue muy difícil asumir que te colocaban junto a tantos nombres que admiras, ¡Faulkner! Sigo sin saber qué hacer con el Krasznahorkai que tiene el Nobel. Es algo que te eleva a una altura en la que no hay oxígeno, y mis pulmones lo necesitan, es mucho honor para mí. Ha sido una valentía elegirme, porque yo siempre he contado en mis libros una historia de fracasos.

P. ¿El cine de Béla Tarr ha condicionado la lectura de su obra? ¿Le ha robado la cartera de alguna manera?

R. No, no, Béla nunca me quitó nada, yo se lo di todo. Mira, un libro es un libro, una novela es una novela, Béla y yo trabajábamos juntos, decidíamos todo juntos. Yo le ayudaba en todo lo que necesitaba. Incluso le convencí de tomar cosas que no quería utilizar. Pero en un barco hay un capitán y los demás. Muchos escritores toleran mal eso, pues que no vayan a lo cinematográfico. El cine tiene leyes muy crueles, y son necesarias.

P. Kafka y Malcolm Lowry son especiales para usted.

R. Son muchos los escritores que admiro, esos no son los únicos ni mucho menos, pero es cierto que sin Kafka, sin El castillo, yo no sería escritor. Y a Lowry también le debo mucho. No es que haya que elegir. Aliento a todo el mundo a abrirse y leer más autores. Viene un mundo, si seguimos así, en el que las estrategias de supervivencia individuales van a tener un papel definitivo.

P. De alguna manera, usted es también un K.

R. Jajaja, un L. K.

P. Permítame la frivolidad, ¿conoce a ese otro Lászlo, Almásy, el explorador húngaro real y el de la novela y la película?

R. Sí, aunque es más conocido fuera de Hungría. Un tipo muy especial y muy colorido. Valdría la pena que los húngaros lo conocieran más, pero me temo que tampoco ayudaría.

jueves, 26 de febrero de 2026

Las citas filosóficas más inquietantes

 A lo largo de la historia de la filosofía han existido observaciones, aforismos, frases y pensamientos muy duros de entender que han perdurado debido a que precisamente revelaron verdades ocultas acerca del ser humano, la mente, la existencia y el sentido.

Sumérgete en este recorrido por algunas de las frases filosóficas más inquietantes de la historia. Empecemos.

Nivel uno. 

Quien con monstruos lucha debe cuidar de no convertirse el mismo en un monstruo. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo mirará también dentro de ti. Friedrich Nietzsche

Nietzsche nos advierte aquí sobre el peligro moral de combatir el mal. Al enfrentarnos a monstruos que simbolizan la maldad o la crueldad, corremos el riesgo de volvernos nosotros mismos monstruos. Es una reflexión sombría sobre cómo la violencia o la maldad que intentamos destruir puede infiltrarse en nuestra alma si no tenemos cuidado. Luchar contra algo terrible puede requerir adoptar métodos o actitudes terribles y en ese proceso nuestra propia ética puede comprometerse. Esta frase es oscura porque revela cómo en la búsqueda por derrotar a lo monstruoso podemos perder nuestra humanidad. y cómo la contemplación prolongada de la oscuridad puede hacer que la oscuridad anide en nosotros.

El infierno son los otros. Jean Paul Sartre, A puerta cerrada.

Con esta frase breve y afilada, Jean Paul Sartre resume una de las ideas centrales de su existencialismo acerca de las relaciones humanas. En su obra A puerta cerrada, los personajes descubren que están  condenados a atormentarse, mutuamente, con sus personalidades y juicios. De ahí surge la frase el infierno son los otros. Sartre no dice que los demás sean intrínsecamente malvados, sino que la mirada y la presencia de otras personas pueden aprisionarnos en una imagen fija de nosotros mismos, convirtiéndose en una fuente de angustia. Es inquietante y oscuro porque sugiere que la convivencia humana está plagada de conflicto y dolor. Nuestra identidad y paz interior pueden ser destruidas por la mirada del otro. Nos hace cuestionar la posibilidad de auténtica armonía, comprensión mutua, presentando a la vida en sociedad casi como un castigo inevitable.

El sueño de la razón produce monstruos. Francisco de Goya en Los caprichos.

Esta famosa frase acompaña a un grabado de Francisco de Goya en el que un hombre dormido es rodeado por criaturas nocturnas, búhos, murciélagos y figuras ambiguas que emergen de la oscuridad. Se ha interpretado que cuando la razón se adormece surgen monstruos como la ignorancia y la superstición. Sin embargo, la lectura más inquietante acorde al resto de Los caprichos de Goya es que no es el sueño como ausencia de razón, sino que también el sueño mismo de la razón, es decir, la ilusión de que la razón por sí sola puede reorganizar el mundo, también genera monstruos.

Desde esta perspectiva, la frase no critica únicamente la irracionalidad, sino también el exceso de confianza en la racionalidad misma. La historia ofrece ejemplos perturbadores, proyectos políticos o sociales que, en nombre de la razón, terminaron justificando violencia extrema, tal como sucedió en la Revolución Francesa. 

El silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra. Blaise Pascal en sus Pensamientos.

El filósofo y matemático Blaise Pascal expresó con estas palabras su sobrecogimiento ante la inmensidad del cosmos. Contemplando el cielo estrellado, Pascal sentía pavor al imaginar los espacios infinitos del universo y su silencio eterno. Esta frase refleja la experiencia existencial de sentirse diminuto e insignificante en comparación con la infinita extensión del universo. Es inquietante porque plantea una de las preguntas más profundas posibles. En un universo tan vasto, ¿cómo puede haber tanto silencio? ¿Y qué significado tendría entonces nuestra existencia?

El hombre es lobo para el hombre. Thomas Hobbes.

Thomas Hobbes popularizó esta expresión para describir la cruda naturaleza humana en ausencia del orden social. La idea es que sin leyes ni autoridad que nos contenga, los seres humanos nos trataríamos unos a otros con la ferocidad de los lobos. Desde la perspectiva de Hobbes, en el estado de naturaleza pura, cada individuo sería un enemigo potencial de los demás, guiado únicamente por el instinto y la desconfianza. Sugiere que la civilización y la moral son solo frágiles capas que ocultan una verdad salvaje e incontrolable. 

Nivel dos.

El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el sobrehombre, una cuerda sobre un abismo. Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra. 

En esta metáfora vertiginosa, Nietzsche describe al ser humano como una transición, como un puente entre lo que fuimos, un animal, y lo que podríamos llegar a ser, el sobrehombre. La cuerda sobre el abismo sugiere que esta transición es extremadamente arriesgada y difícil. Estamos suspendidos sobre el vacío existencial, tambaleándonos entre la bestialidad y los ideales superiores. La imagen del abismo indica peligro y posibilidad de caer en el vacío de la desesperación o la locura si no avanzamos con cuidado. Es inquietante imaginar a la humanidad caminando sobre este abismo. Significa que nuestro progreso espiritual o moral no está garantizado y que siempre bajo nosotros acecha la nada, o más bien la regresión a la barbarie. 

Juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Albert Camus. El mito de Sísifo.

Albert Camus comienza su obra El mito de Sísifo con esta afirmación contundente. Plantea que la mayor interrogante posible que enfrenta el ser humano es si debe seguir viviendo o no. Es decir, si la vida tiene suficiente sentido o valor como para no elegir la autoeliminación. Para Camus, todos los demás problemas filosóficos como la verdad, el conocimiento o la moral vienen después de resolver esta cuestión básica sobre el sentido de la existencia. La oscuridad de esta frase radica en que nos obliga a enfrentar la posibilidad del sinsentido absoluto. 

No nos perturban las cosas, sino los juicios que tenemos sobre ellas. Epicteto.

Esta frase del filósofo estoico Epicteto encierra una verdad psicológica profunda y es que los eventos en sí mismos no nos causan realmente angustia, solamente la interpretación que hacemos de ellos. Desde la perspectiva estoica, el mundo exterior es como es. Lo que está bajo nuestro control es nuestra propia mente y nuestras opiniones. Un mismo acontecimiento puede ser tolerable o devastador dependiendo la actitud mental con la que lo afrontamos. Esta cita tiene un matiz inquietante cuando se reflexiona y es que implica que el origen mismo de nuestro sufrimiento está en nosotros mismos. Nos quita la cómoda idea de poder culpar al destino o a las circunstancias, recordándonos que nuestra mente puede ser nuestra peor enemiga.

La muerte no es un acontecimiento de la vida, no la vivimos. Ludwig Wittgenstein

Ludwig Wittgenstein al final de su obra Tractatus lógicus-philosophicus, afirma que la muerte no es una parte de la vida porque no es experimentada. Te explico, cuando la muerte llega, ya no estamos allí para vivirla. Esta idea, quizás influenciada por Epicuro, señala que la muerte marca el límite de nuestra existencia y de nuestro lenguaje. Nadie puede describir la experiencia de morir, ya que nadie vive para contarla. En cierto sentido, para el sujeto, la muerte no ocurre en el mundo, porque su conciencia, que representa el mundo mismo, deja de existir para él. Es, en otras palabras, su fin del mundo. 

No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. Séneca

El filósofo romano Séneca, en sus Cartas a Lucilio, reflexiona sobre la brevedad de la vida. Aquí nos dice que la vida en realidad suele ser lo suficientemente larga, pero somos nosotros quienes malgastamos gran parte de ella en trivialidades. No es que el destino nos dé una existencia demasiado corta, sino que nosotros mismos no aprovechamos el tiempo que tenemos. En consecuencia, llegaremos al final sintiendo que no hubo suficiente tiempo cuando el problema fue cómo lo usamos.

Nivel tres.

Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, no saber permanecer en reposo en una habitación, Blaise Pascal. 

Tenemos aquí otra aguda observación de Blaise Pascal. Aquí afirma que la raíz de muchos de nuestros problemas es la incapacidad de quedarnos quietos y a solas con nosotros mismos. Pascal sostenía que gran parte de la miseria humana, desde las discusiones, guerras, vicios, distracciones insanas y todo tipo de males, surge porque no nos es soportable estar en silencio, en reposo, solo con nuestros pensamientos.

Buscamos constantemente algo que nos entretenga, que nos distraiga y nos agite, cualquier cosa para huir de la confrontación con nuestro propio vacío y nuestras propias inquietudes. Esta idea es profundamente inquietante. Revela una profunda verdad psicológica y existencial. Huimos  constantemente de nosotros mismos. 

El miedo a la muerte envenena toda la vida. Lucrecio.

El poeta y filósofo romano Lucrecio, seguidor también de Epicuro, señaló que el temor a la muerte contamina la experiencia de vivir. Cuando vivimos con miedo constante a morir, ya sea de la aniquilación o el castigo o simplemente al fin de nuestros días, ese miedo actúa como un veneno sutil que le quita el sabor y la paz a nuestra vida. Nos preocupamos, sufrimos por anticipado y no logramos, por lo tanto, disfrutar el presente. Este veneno es lento y constante, una ansiedad de fondo que puede impedirnos alcanzar la paz. Irónicamente, el miedo a morir es el que más impide vivir plenamente. 

Una conciencia demasiado clarividente es, se lo aseguro, una enfermedad. Una enfermedad verdadera. Fiodor Dostoyevski. En su obra Memorias del subsuelo.

En esa obra, Fiodor Dostoyevski nos presenta a un narrador sumido en una hiperconciencia del sí mismo y del absurdo de la realidad. Cuando dice que una conciencia excesivamente lúcida es una enfermedad, señala lo doloroso que puede ser verlo todo con demasiada claridad y profundidad. Esta enfermedad es reflexionar sin cesar, analizar cada motivo y cada acción hasta quedar paralizado y no poder deliberadamente detener esa reflexión. El protagonista sufre precisamente por ser demasiado consciente de sus propias contradicciones e impotencia. En ella se sugiere que la ignorancia o la falta de reflexión puede dar cierta salud y funcionalidad. A veces entender demasiado, ser demasiado consciente de la condición humana puede hundirnos en la inacción y la amargura.

El hombre parecería ser en muchos sentidos una especie de error. Arthur Schopenhauer.

Arthur Schopenhauer, filósofo propio del pesimismo, veía la existencia humana bajo una luz muy negativa, sin embargo, reveladora, ya que en sus ensayos llegó a afirmar que quizás nuestra existencia parecería ser un error. Esta frase resume su visión. El ser humano es una criatura de deseos insaciables, que sufre más de lo que goza y que incluso cuando satisface sus necesidades cae en el aburrimiento y la desesperanza. Schopenhauer pensaba que si la vida estuviera bien hecha tendríamos esa sensación de vacío ni tanto dolor del sin sentido. Por eso él considera al hombre un experimento fallido o que no vive como debería vivir. La oscuridad de esta idea es evidente.

Nivel cuatro. 

El inconsciente está estructurado como un lenguaje. Jacques Lacan.

Lacan, psicoanalista francés, formuló esta célebre idea que reinterpreta el legado de Freud. Decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje significa que nuestros pensamientos y deseos inconscientes no son un caos inentendible, sino que tienen organización y reglas similares y complejas como las de un lenguaje y que por eso es tan misterioso y variable como él mismo. La frase de Lacán fascina, pero también perturba porque nos hace sentir habitados por estructuras psíquicas que aún escapan a nuestra propia comprensión consciente. 

Decir algo es hacer algo. J. Austin.

 J. L. Austin, filósofo del lenguaje, revolucionó la lingüística filosófica para siempre con la idea de los actos del habla. Con esta frase enfatiza que al pronunciar ciertas palabras no solo estamos describiendo la realidad, sino actuando sobre ella. Por ejemplo, al decir lo juro en un tribunal uno no describe un juramento. Efectivamente está jurando. Al decir sí acepto en una boda, uno no relata una aceptación, sino que se casa en ese mismo acto. Hablar, entonces, es una forma de acción. Las palabras tienen poder real. Decir algo y hacer algo nos recuerda que no hay palabras inocuas. Con el lenguaje podemos herir, comprometer, bendecir o maldecir. Filosóficamente, derriba la supuesta separación entre palabras y acción, mostrando que las fronteras entre pensamiento, habla y realidad son auténticamente difusas.

El amor propio es el máximo adulador. François de La Rochefoucauld. 

El duque de La Rochefoucauld escribió Aforismos penetrantes sobre la naturaleza humana. En este nos dice que nuestro amor propio, es decir, nuestro ego y nuestra autoestima, nos engañan más y mejor que cualquier adulador externo. Somos propensos a creer lo que nos conviene creer sobre nosotros mismos. Nuestro ego nos susurra alabanzas y justificaciones junto a autoengaños constantemente, pintándonos en mejor luz de la real. Así nos convertimos en víctimas y cómplices de la más sutil de las lisonjas, la que nos hacemos a nosotros mismos. Esta cita desnuda un aspecto oscuro de la psicología humana. La autoindulgencia y la dificultad de vernos con objetividad es inquietante porque implica que incluso cuando intentamos ser humildes o sinceros, nuestro amor propio puede estar manipulándonos sin que lo notemos, haciéndonos creer que somos más justos, más inteligentes o más importantes de lo que realmente somos. 

Si los hombres fueran sinceros, la sociedad se disolvería en pocos días. George Christoph Lichtenberg.

Con su mordaz ingenio. Lichtenberg sugiere aquí que la cohesión social depende de una cierta dosis de falsedad o al menos de silencio sobre la verdad. Si todos dijéramos exactamente lo que pensamos y sentimos sin filtros, las fricciones y conflictos serían insoportables. Las convenciones sociales, la cortesía y las normas actuarían como una especie de aceite que suaviza las asperezas reales entre las personas. La sinceridad absoluta eliminaría esa lubricante exponiendo crudamente las diferencias y resentimientos que los humanos ocultan. Es inquietante porque revela que la sociedad está en buena parte fundada, sino en la hipocresía, en la ocultación. ¿Cuánta verdad puede soportar una sociedad antes de romperse? 

Nivel cinco. 

Todo pecado es impaciencia. Franz Kafka. Aforismos de Suro

Franz Kafka, en sus aforismos finales escritos en la ciudad de Suro, hace esta afirmación enigmática. Considera que la impaciencia es la raíz de todas nuestras faltas. Si lo pensamos bien, ser impaciente significa no saber esperar el curso natural de las cosas, querer el resultado ya y saltarse los pasos. En términos religiosos se interpreta con el mito bíblico mismo que Kafka trata. Adán y Eva pecaron por impaciencia al no respetar el límite impuesto por Dios buscando un conocimiento inmediato. Es una frase profunda y oscura porque redefine el mal en términos psicológicos. No es tanto la maldad deliberada, sino esa prisa interior, esa ansiedad que nos hace desviarnos. Kafka sugiere que el mal de la humanidad proviene de no saber esperar. 

El mal es todo aquello que distrae. Franz Kafka. 

Otro aforismo del mismo Kafka, que como muchos de los suyos tienen múltiples lecturas, apunta lo siguiente. El mal consiste en cualquier cosa que nos desvía de nuestro verdadero propósito o de la verdad esencial de la vida. Espiritualmente hablando, las distracciones mundanas pueden alejar al individuo de un camino correcto, de su búsqueda de sentido. Kafka parece sugerir que lo que realmente es pernicioso no siempre viene, digamos así, estridentemente, sino que son las pequeñas distracciones cotidianas, las tentaciones futiles, lo que nos saca de nuestro rumbo y nos entierra en la mediocridad o peor la falsedad. Es una visión inquietante del mal porque no lo coloca fuera en un demonio reconocible ni le echa la culpa a nadie. Es lo trivial de cada día en el perder el tiempo en tonterías, en dejarse anestesiar por entretenimientos vacíos y en olvidar nuestras metas por estímulos pasajeros. El verdadero mal entonces no nos hace cometer, digamos, de alguna manera, grandes obras, simplemente nos distrae.

Lo que es místico no es cómo es el mundo, sino qué sea. Ludwig Wittgenstein. 

Ludwig Wittgenstein, en sus Cuadernos personales, señala que el verdadero misterio no reside en los detalles de la realidad, sino en el hecho de que exista algo en lo absoluto. Solemos preguntarnos cómo funcionan las cosas, por qué son de tal o cual manera. Pero aquí Witgenstein nos hace mirar más allá. El asombro filosófico máximo es que haya un mundo, que haya ser en vez de nada. Esto es lo místico, lo inexplicable, lo inefable e indecible.

Esta frase es profundamente filosófica y provoca una mezcla de maravilla y desasosiego. Por un lado, despierta una sensación de asombro casi espiritual ante el mero hecho de la existencia, pero por otro lado es oscura en el sentido de que nos lleva al límite mismo de la razón. No podemos dar respuesta al porqué último de la existencia. Que el mundo sea es un enigma que escapa a cualquier intento de explicación científica o lógica, situándonos frente al total silencio místico. Widgenstein, en sus palabras, nos recuerda así nuestra posición humilde ante el misterio absoluto de la realidad. 

Los cerdos gozan más del lodo que del agua pura. Heráclito

Heráclito ofrece aquí una imagen provocadora para reflejar cómo diferentes naturalezas encuentran placer en cosas diferentes y cómo a menudo la naturaleza de ciertas personas prefiere lo inferior. Los cerdos, los animales que simbolizan la suciedad o la bajeza, disfrutan revolcándose en el lodo mientras que el agua limpia les es indiferente o menos atractiva. Este fragmento oscuro suele interpretarse como una crítica a aquellos que, teniendo la opción de algo bueno, puro o elevado, eligen lo sucio o vil, el placer y sus costumbres. La frase es inquietante porque sugiere una visión pesimista de cierta parte de la humanidad, quizás bastante amplia. Insinúa que hay quienes por su naturaleza o hábitos prefieren la ignorancia, prefieren el vicio y la bajeza, es decir, el lodo antes que la virtud o la verdad, el agua pura.

Heráclito conocido por su carácter misántropo, parece lamentar que muchos no aprecien lo bueno y lo limpio, deleitándose en cambio, en lo mezquino y bajo. 

Finalmente, con una de las implicaciones más profundas de la historia de la filosofía, a mi parecer, cito a Ludwig Wittgenstein con esta frase: "El mundo del feliz es otro que el del infeliz."

Esta críptica frase de Wittgenstein en su Tractatus sugiere que la realidad que habitamos depende en gran medida de nuestra actitud o estado de ánimo. No quiere decir que físicamente existan dos mundos, sino que una persona feliz percibe, entiende y vive el mundo de un modo completamente distinto al de una persona infeliz. Cuando estamos felices, el conjunto de hechos y objetos de la vida se organiza para nosotros de una forma luminosa. Cuando estamos infelices, esos mismos hechos componen un panorama sombrío. La idea filosófica de fondo es que nuestra subjetividad crea una especie de submundo propio. Es inquietante porque implica que la felicidad o la infelicidad no son meros estados pasajeros, sino lentes que colorean toda nuestra existencia y la manera en la que comprendemos el universo. Dos individuos, en las mismas circunstancias objetivas viven en universos lingüística y emocionalmente diferentes. Una paradoja difícil de comprender. 

Gracias por haber visto este video. Espero que te haya hecho reflexionar. ¿Qué otra frase hubieras incluido?