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miércoles, 6 de mayo de 2026

Las memorias de Carlos Boyero

 Auténtico Boyero sin filtro, en El País, Álex Grijelmo, 4 abr 2024:

El crítico de cine expone sus manías, sus pasiones, sus lecturas, los enamoramientos, su bajada al mundo de las drogas y el alcohol

Carlos Boyero carece de filtros. Así que ha firmado un libro sin filtros. Y como se trata de un libro autobiográfico, el primero que sufre esa ausencia de filtros es él.

No sé si me explico (Espasa) recopila las ideas, las manías, los mitos, los odios y los enamoramientos del quizás más influyente comentarista cinematográfico español contemporáneo.

Y escribimos “comentarista” porque él dice que no es un crítico.

No es un crítico, no. Es El crítico, como se tituló el documental sobre este iconoclasta que fue emitido por Movistar en septiembre de 2022. Los adjetivos que Boyero elige bajan o suben la recaudación en taquilla.

En el libro, prologado por el periodista Borja Hermoso y que se lee con placer, Carlos Boyero (Salamanca, 70 años) sale a cuerpo limpio a explicar su trayectoria, las copiosas y elegidas lecturas que lo definen, los discos, la relación con los amigos, con las mujeres que amó y le amaron (no se alarmen, aquí aplica el único filtro: evita identificarlas); la bajada al sórdido mundo de las drogas y del alcohol, su ascenso para salvarse, pero no del todo; sus enfermedades, la adicción al tabaco, su relación con el sexo, a veces pagado. Arremete contra personas y entidades, y contra algunas épocas y periodistas de EL PAÍS, sin olvidar los elogios a otros (también aparece el arriba firmante, y no por ningún asunto profesional sino por su autobombo como guardameta en pachangas de fútbol y su poder de convocatoria como asador de chuletas); alaba a cineastas bien conocidos y reniega de uno más conocido aún (dedica un capítulo a Pedro Almodóvar, y sin embargo proclama el gran valor de cuatro películas suyas); declara sus series preferidas, los largometrajes inmortales, sus restaurantes, los humoristas que lograron arrancarle la risa; explica su pasión madridista, aunque ya en decadencia como casi todas sus pasiones, y su admiración por Zidane y por Bellingham, pero también por Messi. Sus opiniones en todo eso son inclasificables en tendencias dominantes o gustos generales, él acabará saliéndose del carril, hable de lo que hable: hubo épocas en las que no compraba nada que estuviera publicitado, ve a Miguel Delibes con cierto tufo a sacristán y le fatigó Cien años de soledad.

Estos desmarques que han conformado su trayectoria y que lo han hecho atractivo para cientos de miles de lectores sazonan las 200 páginas del relato. Por ejemplo, alaba abiertamente a Javier Marías, pese a ser de dominio público sus mutuas embestidas. Y a Fernando Savater. “No hace falta estar de acuerdo con un columnista para apreciar lo que escribe”. De Pedro J. Ramírez, su director en El Mundo, a quien reprocha su falta de ética, dice: “Nos soportábamos mutuamente, lo cual prueba su inteligencia”.

También recuerda que varias columnas suyas no fueron publicadas, allá y acá, por decisión superior, pero de nuevo mira el conflicto con el pálpito de la sinceridad: “En algunas ocasiones, los que me aplicaron censura tenían razón”. En otras no. Eso sí: que le censuren otros: la autocensura le inspira terror.

En este monólogo de Boyero, escrito como si le estuviéramos oyendo hablar, hallaremos la principal clave de su carácter, de sus fobias y de sus temores, de su odio al poder: el hijo único cuyo padre lo envió a un internado de Salamanca cuando tenía 10 años y de donde lo expulsaron con 15; curas babosos y compañeros que sufrían abusos, la oscuridad de entonces, la angustia infantil que se prolongó en la madurez; y el carácter de su progenitor, a quien repudió por cómo trataba a la madre; a la que el hijo amó siempre. Recuerdos que le hicieron borrarse el apellido de él para tomar el de ella: Carlos (Sánchez) Boyero.

El libro provoca algunas carcajadas, otras veces ternura, a ratos distancia, en muchos pasajes admiración, pero también incomprensiones ante sus excesos, y en ciertas páginas una cierta empatía por el pesimismo terminal del firmante, por su acidez sincera. Pueblan la narración multitud de anécdotas que en su mayoría muestran al protagonista como víctima de sí mismo, y en las que puede llegar a ridiculizarse sin el menor tapujo.

En ningún momento oculta sus defectos. Reconoce el engolamiento en el que incurre cuando deja de ser Carlos y se convierte en Boyero. Admite su ego pero explica que el uso del yo en sus artículos no constituye rasgo alguno de soberbia, sino la expresión humilde de su punto de vista: “Para que quede claro que esas son exclusivamente MIS opiniones”. Ahora bien, en otro momento acotará: “Normalmente soy lúcido. Suelo acertar, quiero decir”.

La obra de Boyero constituye un alegato contra la hipocresía y contra quienes se amparan en las corrientes dominantes de ahora para diluir en ellas sus carencias, actitud ante la cual opone aquí un ejercicio práctico de rebeldía innegociable.

Además, el libro es la historia de un torpe con mucho éxito: No sabe conducir ni prepararse la comida, y descubrió con la pandemia la fabada Litoral y el caldo Aneto; no organiza ni sus propios viajes, carece de correo electrónico, dictaba sus crónicas de los festivales por teléfono, desconoce cómo manejar un ordenador o cómo enviar mensajes de WhatsApp; era feliz con su antediluviano móvil de Nokia hasta que lo perdió, y ahora se lleva mal con el iphone que le dieron en EL PAÍS. Su memoria privilegiada le ha permitido hasta ahora prescindir de Google.

Con todo este contexto, el firmante de No sé si me explico podría parecer de otra época, sencillamente porque se trata de alguien que ha vivido y disfrutado de otra época. Sin embargo, sus afirmaciones, sus valentías y sus miedos son genuinamente propios del mundo en el que hoy vivimos.

No sé si me explico, Carlos Boyero. Prólogo de Borja Hermoso. Editorial Espasa, 2024. 195 páginas. 19 euros

Seudonimato

 El embuste del seudonimato: una cuenta con nombre falso es ya una mentira, Álex Grijelmo, El País, 9 oct 2024:

El anonimato digital está en el origen de la mayoría de los usos perversos de la actualidad, escribe el periodista Álex Grijelmo en su nuevo ensayo. “Son nombres fantasmagóricos que avanzan cada día en la oscuridad”, escribe

Podemos deducir en líneas generales que el anonimato en el mundo analógico no es bueno ni malo por sí mismo, sino que depende del fin con el que se use. Incluso existen anonimatos benéficos. Con todo y con eso, el anonimato digital se halla en el origen de la mayoría de los usos perversos de la actualidad. Entre los más leves, el abandono de la cortesía; y entre los graves, muchos delitos que han abocado incluso al suicidio de las víctimas de un acoso.

Vamos a dar cuenta a continuación de la peor cara de esta realidad. Las manipulaciones, los abusos y las tragedias que se derivan del anonimato en internet y en las redes sociales no dejan de sucederse, y eso habrá de conducir a que las personas empáticas dispuestas a mejorar la convivencia pidan soluciones que acaben con estas vilezas.

Las fechorías mediante el anonimato y el seudonimato se podrían analizar de una en una, adquieren un cierto carácter individual, episódico incluso; y son abrumadoramente vencidas en las estadísticas por su vertiente benigna. En cambio, los actos que describiremos en adelante constituyen avalanchas masivas, se cuentan por millones, producen enorme repercusión social y sus efectos favorables constituyen excepcional excepción.

Como ha escrito el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, “el respeto va unido al nombre” (al nombre, a la representación de nuestro ser). Eso entronca con la historia que abrió el contable Kushim hace más de 5 000 años al respaldar con su respetada firma las cantidades de cebada que había registrado en el almacén sumerio del que era administrador. “Anonimato y respeto”, añade Byung-Chul Han, “se excluyen entre sí. La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto. Es, en parte, responsable de la creciente cultura de la indiscreción y de la falta de respeto”.

El escritor y editor Basilio Baltasar ha recordado que internet y las redes sociales se presentaron en sociedad como un decisivo salto evolutivo, con un prestigio arrollador: “Nadie hubiera dicho entonces que propiciarían el hostigamiento de los individuos molestos y ejecutarían su linchamiento digital, envenenando con una insólita furia tóxica el debate”. Mientras se perpetraban esos ataques, los expertos en innovación evitaban mencionar los efectos nocivos de las nuevas tecnologías, desarrolladas en connivencia con “la mansedumbre de los intelectuales que han renunciado a su escepticismo crítico y han consentido a su manera el triunfo de la maquinaria de la enajenación”.

Mentes preclaras del periodismo, la comunicación y la empresa se fascinaron con el fenómeno sobrevenido y solamente le encontraron ventajas. Pero ya entonces existían antecedentes llamativos. Antes de que nacieran Facebook o Twitter circulaban por internet textos anónimos, amparados por lo que entonces se llamaban en España “los confidenciales digitales”, algunos de los cuales (hay excepciones) difundían informaciones sin firma y sin contraste, recogían rumores malintencionados y albergaban sin reparo comentarios insultantes. Deberíamos haber visto venir lo que se avecinaba.

Con el incremento exponencial de los habituales de las redes y de internet fue creciendo también la figura colectiva del “agresor motivado”, según la denominación del profesor Javier García González: “Los usuarios terminan por identificar la falta de norma o la ausencia de regulación coherente con la permisividad/legalidad de las conductas”, como ya sucedió con la piratería intelectual en internet, especialmente la musical.

La profesora Julia Sanmartín, de la Universidad de Valencia, cree en el mismo sentido que “el anonimato, la ocultación de la verdadera identidad y la falta de adscripción de una comunidad virtual llevan al sujeto a la agresión verbal, al flaming [’mensajes incendiarios’], a la ciberdescortesía en los continuos desacuerdos”. Resulta llamativo, añade, cómo el anonimato favorece que se escriban textos digitales con un elevado grado de violencia verbal. La identidad ficticia hace posible destruir la amabilidad comunicativa, y de ese modo “los ataques forman parte ya de una especie de estilo agresivo habitual de este género”.

El delincuente cibernético se ve cómodo en el anonimato, mucho más difícil en la vida real; porque no aprecia riesgos reales contra su modus operandi. Además, apenas transcurren segundos entre su impulso agresor, la inmediata plasmación de la bilis en un texto y su envío a los potenciales destinatarios. Por el contrario, un anónimo en papel, los insultos en un artículo o una falsa denuncia ante la policía requieren tiempo de elaboración y de maduración, así como tomarse la molestia de cursarlos o tramitarlos, siempre con posibilidad de marcha atrás a lo largo del proceso, algo que no se suele dar en los vertiginosos mensajes de las redes sociales. Algunos se borran, sí, pero cuando la ofensa ya se ha hecho y circula por mil caminos: bajar el arco no cambia la trayectoria de la flecha que acaba de lanzar.

Este panorama llevaría a deducir a un extraterrestre recién llegado que en el mundo digital rigen unas leyes y normas de comportamiento distintas de las que se cumplen en el mundo físico. Las cartas al director en los periódicos impresos tradicionales (que se reproducen también en la versión digital) se publican tras verificar los datos de quienes las envían: para empezar, hacen falta un DNI y una dirección. Sin embargo, los comentarios que se insertan al final de los artículos de esos mismos diarios en su versión electrónica carecen generalmente de comprobaciones. Dos mundos aparte.

Vamos a adentrarnos ahora, pues, en lo peor del anonimato (o de su equivalente el seudonimato opaco: el utilizado masivamente para agredir, para acosar, para abusar de alguien, para engañar a un menor de edad.

El seudonimato opaco (es decir, el modo de anonimato más general en las redes) constituye en sí mismo un embuste. Quien se expresa mediante una cuenta de nombre falso comienza por mentir acerca de su propia identidad; lo que a menudo no impide que a partir de ahí intente exigir la justicia universal.

No hay millones de anónimos ni de seudónimos en el mundo analógico, en los anonimatos de papel. Pero millones de perfiles de cualquier red se muestran con nombres inventados para la ocasión, bien se trate de seudónimos o bien de suplantaciones, o de robots movidos por programadores a sueldo de la manipulación. Son nombres fantasmagóricos que avanzan cada día en la Oscuridad.

Así, los lanzadores de piedras y proyectiles quedan ocultos. Su dirección IP (Internet Protocole, la matrícula de cada ordenador) solamente la ve el prestador del servicio, nunca los demás usuarios; y, por si fuera poco, se considera un dato personal que no puede mostrarse sin consentimiento. Eso imposibilita en la práctica saber con rapidez a qué computadora corresponde un determinado perfil cuando lo pide un juez, sobre todo si la cuenta ha desaparecido por la huida del perpetrador, que la canceló o cambió. Las burocracias del mundo analógico delatan su anacronía ante la urgencia en el mundo digital, porque las cuentas delictivas se pueden abrir y cerrar en cuestión de minutos, lo que contrasta con la lenta maquinaria judicial que persigue clausurarlas cuando se comete delito. Tortugas analógicas contra liebres digitales.

jueves, 5 de junio de 2025

Palabras que despistan, Álex Grijelmo

 Palabras con pistas falsas, en El País, Álex Grijelmo 2 abr 2025:

'No pienses en un elefante' y “no veas ahí la palabra mano” surten el mismo efecto. No hay manera de escapar de esos conceptos una vez que el cerebro los ha procesado

Desentrañamos, el significado de muchas palabras porque sabemos mirar dentro de ellas. La primera vez que alguien se haya topado con el término “cantautor” habrá entendido que menciona a quien interpreta sus propias creaciones. Si oímos “flotel”, imaginamos un hotel flotante, quizás anclado en la bahía; y en “amigovio” deduciremos que alguien se mueve con agrado en esa difusa frontera.

Pero a veces las palabras compuestas nos dan pistas falsas. Sucede en “metaverso” , pues ahí entendemos de forma intuitiva “más allá del verso” y no, frente a lo que se pretendía, “más allá del universo”. Y aunque conozcamos esta voluntad, seguimos viendo versos en ese término cada vez que sale a nuestro encuentro, queremos o no.

Otro tanto sucede con VioGén, acrónimo del observatorio español que coordina la lucha y la protección frente a la violencia machista. Por mucho que se pretende relacionar “vio” con violencia, y “gen” con género, el proceso cognitivo que produce ese término nos lleva al vocabulario médico, por el influjo del segundo elemento, como pasa por ejemplo en “oncogén”: genes cuya activación puede desatar un proceso canceroso. Además, VioGén suena al oído hispano igual que Biogen, empresa multinacional dedicada a la biotecnología.

Todo eso pasa también con otros dos vocabularios que están asaltando los medios: “manosfera” y “robotaxi”.

En el primero no queda más remedio que ver la palabra “mano”; y en el segundo, la voz “robo”. Son significados que se activan sin voluntad en la mente de cualquier hablante del español, y que contaminan desde ese momento la percepción psicológica y tal vez el juicio al que induce el vocablo. Del mismo modo, el sintagma “un marmolista lento” se activa por debajo del umbral de percepción la palabra “talento” ( Gerry TM Altmann, La ascensión de Babel. Una incursión en el lenguaje, la mente y el entendimiento. Ariel, 1999; pág. 83). Y esto nos ofrece una percepción positiva del marmolista.

El “robotaxi” pretende ser un robot taxi, un vehículo que lleva pasajeros sin que nadie lo conduzca. Pero el elemento “robo” salta de inmediato y activa la percepción negativa, sobre todo si el receptor del mensaje ha sufrido antes alguna tropelía en un taxi conducido por un ser humano.

A su vez, la voz “manosfera” (compuesta como “blogosfera” y “fachosfera”) designa a las cibercomunidades de tendencias misóginas y antifeministas. Se forma a partir de la voz inglesa man (hombre), y en aquella lengua sí se favorece la intuición del significado: manosphere: el mundo de los hombres (llamado así en 2009, cuando aún no había pasado de la masculinidad al machismo). Sin embargo, al llegar ese término al español despunta el elemento “mano”, que no podemos dejar de percibir. No pienses en un elefante (George Lakoff, 2006) y “no veas ahí la palabra mano” surten el mismo efecto. ¿Cómo no pensar en un elefante o en una mano si no hay manera de escapar de esos conceptos una vez que el cerebro los ha procesado?

Alternativas como “metauniverso” (para “metaverso”), “ProteFem” (y no “VioGén), “taxibot” (en lugar de “robotaxi”) y “machosfera” o “cafreesfera” (en vez de “manosfera”) ayudarían a procesar mejor lo que se intenta transmitir. Porque “metaverso” da un falso toque poético a lo que representa; “VioGén” vuelve frío lo que debería ser acogedor; “robotaxi” hace desconfiar del precio que cobrarán y “manosfera” quita gravedad al término sin condenar el condenable fenómeno que nombra.

El uso político excluyente del lenguaje, Álex Grijelmo

 El lenguaje excluyente de Junts, en El País, Álex Grijelmo, Madrid -21 de mayo de 2025:

Sus portavoces no muestran ningún reparo en invisibilizar en sus expresiones a las personas no independentistas.

Los políticos independentistas catalanes suelen duplicar el género de los sustantivos en plural relativos a personas para que nadie quede excluido en los significativos (aunque esté incluido en los significados); una práctica prescindible desde el punto de vista lingüístico pero comprensible si se ve desde el punto de vista de la comunicación política de hoy, por el mensaje feminista que transmite. Así, dicen “catalanes y catalanas” o “trabajadores y trabajadores”. Creen que de ese modo no se invisibiliza a las mujeres. Pero los mismos portavoces no muestran reparo en invisibilizar con sus expresiones, ahora sí en el significado, a los no independentistas, al margen de su género gramatical, cuando se trata de hablar acerca de lo que ellos entienden por “Cataluña” y “los catalanes”. En tales casos, usan esos términos para presentar su sentir como si ambos significativos señalaran un grupo homogéneo; como si no hubiera catalanes que piensen y voten de otra manera. Es decir, hablan de su Cataluña y de sus catalanes, pero no con posesivos sino con artículos, excluyendo así a los demás.

Uno de los últimos ejemplos lo proporcionó Miriam Nogueras, portavoz de Junts, quien el 7 de mayo declaró que el proyecto de reducción de la jornada laboral se diseñó “sin contar con la opinión de los catalanes”, y solo atendiendo a “la opinión de los sindicatos españoles”.

Nogueras pretendía denunciar la ausencia de su partido en las negociaciones destinadas a reunir una mayoría suficiente para sacar adelante el proyecto. Pero en vez de decir “sin la opinión de Junts”, o “sin nuestra opinión”, eligió “sin la opinión de los catalanes”. Una vez más, la parte propia se adueñaba del todo, olvidando así a los demás.

Se trata de una práctica de manipulación lingüística que ya le conocimos aquí al dictador Franco, quien hablaba de sus enemigos como “los enemigos de España”.

En efecto, una parte de “los catalanes” representados en el Congreso no ha sido consultada sobre la citada ley. Pero eso no implica que se haya orillado la opinión de “los catalanes”, expresión que debería incluir a los representados por Sumar y por el PSOE (PSC). Por tanto, no se puede denunciar que “los catalanes no han sido consultados” sino acaso “algunos” de ellos.

En esta ocasión, además, Nogueras excluyó al otro partido independentista: Esquerra Republicana de Catalunya, que sí apoyará la ley ya cuyos miembros también les retiraba el adjetivo “catalanos”. Claro, tan habituados están los de Junts (y los de Esquerra, aunque aquí lo sufran) a excluir a los no independentistas en sus discursos, que ya les sale la trampa de natural, como de oficio.

A esto se añade la referencia de Nogueras a “los sindicatos españoles” (para contraponerlos a la locución “los catalanes”), una maniobra de invisibilización de aquellos miembros y dirigentes de las organizaciones sindicales que son tan ciudadanos de Cataluña como ella. Porque los sindicatos “españoles” resultan ser los mayoritarios en esa comunidad y representan en toda regla a los afiliados catalanes, también excluidos en su frase.

Los independentistas se han retratado así muy a menudo en su lenguaje público, al confundir la realidad con la idea que quisieran legítimamente conseguir. Aplican las técnicas lingüísticas que ya empleaban los nazis (véanse los libros al respecto de Victor Klemperer o Jean Pierre Faye) y que un partido democrático como Junts debería apresurarse a evitar para no parecer lo que no es; porque si no lo hace acabará siendo lo que parece.

Añoranza del pluscuamperfecto, por Álex Grijelmo

 Añoranza del pluscuamperfecto, en El País, Álex Grijelmo, 28 de mayo de 2025:

Este tiempo verbal va desapareciendo del lenguaje periodístico, en el que la pobreza abunda, paradójicamente

El pretérito pluscuamperfecto representa el tiempo más lejano en nuestro reloj gramatical, porque se sitúa antes que cualquier otro pasado: “Mi hermana se propuso arreglar mi ordenador, sin saber que ya lo había donado yo a la ciencia” (indicativo). “Habría corrido el maratón si no hubiera bebido tanto” (subjuntivo).

Los gramáticos han querido que lo denominamos así, con apariencia de sincera admiración: plus-quam-perfecto; porque supera a esa perfección de andar por casa que exhiben los tiempos simplemente perfectos como “he venido” o “escribió”.

Se llaman tiempos perfectivos o perfectos aquellos en los cuales la acción se ha completado, a diferencia de los tiempos en que eso no ha sucedido ya los que denominamos “imperfectos”. “Terminé” es un tiempo perfecto. “Terminaba”, “terminaría” o “termino” no entrar en ese cajón, porque con ellos no damos la acción por rematada. Eso causa la paradoja de que “hoy ha hecho un día desagradable y lluvioso” se considera un tiempo perfecto.

Pero claro, aquí “perfecto” no significa que algo haya alcanzado el mayor grado de bondad o excelencia, sino que ha pasado de la ideación a la ejecución, y por tanto se ha perfeccionado. Y unos verbos son más perfectos que otros (más-que-perfectos) únicamente porque la acción que muestran había acabado antes.

Del nombre “pluscuamperfecto” tiene alguna culpa el latín, pues en aquella lengua el verbo perficio (de per-facio) significa “llevar a término una acción”. Y perfectio se refería a lo que se había concluido. Para los romanos, una casa estaba perfecta si la habían acabado; eso tenía su lógica. No podemos considerar perfecta una vivienda a la que aún no le han puesto la puerta.

Nebrija denominó a este tiempo en su gramática castellana “el más que acabado”, lo que en las escuelas de hoy se habría comprendido mejor que el latinajo enmascarado.

Y en efecto: si tenemos un verbo acabado como “cenó”, este lo fue antes: “Mi prima ya había cenado cuando cenó en tu casa”. Por tanto, perfeccionó la cena dos veces.

En fin, con todo esto pretendía crear cierto cariño hacia el pluscuamperfecto, para que los lectores distraídos lo valoren como se merece y sientan un dolorcillo cuando les explique ahora que va desapareciendo del lenguaje periodístico. Por ejemplo, en esta frase: "La distribución de ayuda humanitaria en Gaza (...) comenzó ayer en la Franja. En medio de todas las dudas (...), Israel informó del comienzo de ese reparto de alimentos entre los gazatíes".

Ahora bien, ¿primero informó Israel y luego se distribuyó la ayuda? ¿O fue al revés? En este segundo caso, valdría la pena haber escrito: "La distribución de ayuda humanitaria en Gaza comenzó ayer en la Franja. En medio de todas las dudas (...), Israel había informado del comienzo de ese reparto de alimentos entre los gazatíes". Y en el supuesto contrario, “La distribución de ayuda humanitaria en Gaza ya había comenzado en la Franja cuando (...) Israel informó del comienzo de ese reparto”.

De igual modo, le convenía el pluscuamperfecto a esta otra narración: "La presidencia polaca de la UE aplazó la votación, a la vista de que no estaba asegurada la unanimidad. Al menos siete países expresaron sus reservas". Habría sido mejor “al menos siete países habían hablado sus reservas”, pues esta acción precedió a la otra.

Como habrán visto, en estos dos ejemplos, igual que en otros que se leen cada día, se muestra un mismo tiempo perfectivo para referir dos hechos no simultáneos (o asíncronos). La sintaxis relajada abunda en la pobreza de la comunicación actual (es una pobreza muy abundante, valga el contrasentido), y eso dista mucho de lo que hoy en día se puede considerar perfección.

Malentendidos lingüísticos, Álex Grijelmo

 Malentendidos por un contexto equivocado, en El País, Álex Grijelmo, 4 jun 2025:

Los errores ocurren cuando alguien vuelca sobre un mensaje la interpretación más próxima a él, y no la del emisor.

Muchos malentendidos de las relaciones personales se deben a que las mentes lingüísticas de los hablantes viven en diferentes contextos, aunque se encuentran a un metro el uno del otro.

Si nos invitan a una cena y nos dicen que vendrán otras dos parejas y al llegar encontramos a dos hombres ya dos mujeres conversando entre sí, pensaremos que los cuatro forman dos parejas mixtas. Solo con una adecuada información contextual descubriremos que no; tal vez después de haber metido la pata tres o cuatro veces.

Esto último no se deberá a un sesgo heteropatriarcal, sino a un proceso cognitivo llamado juicio de probabilidad, que aplicamos cuando, al faltarnos el contexto real, imponemos el nuestro. Ese mecanismo falla a veces, pero al cerebro humano le sale a cuenta el pequeño margen de error: examine con detalle todas las posibilidades en cada situación, y cada rato resultaría angustioso y lento.

Si llegamos a una isla desierta y vemos tres cigüeñas rojas de una en una, creeremos que todas las cigüeñas de esa isla son rojas, aunque se trate de las únicas tres cigüeñas rojas de la isla. Ahora, una vez que somos conscientes de haber aplicado la interpretación falsa, en la siguiente ocasión similar no activaremos ese prejuicio porque lo habremos suprimido del cajón de las experiencias pertinentes.

La frase “mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco” admite dos interpretaciones de “banco”. Si quien la oye o lee no dispone de más contexto, activará en su mente la experiencia más próxima o más intensa. Supongamos que ha estado hace poco en una entidad financiera. Sin remedio, imaginará que la mujer salió de la cafetería para ir a una sucursal; y solo deseará esa idea si le cambia el contexto: "Mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco. Después se sentó en él y se comió unas rosquillas".

Por el contrario, si el interlocutor sabe que la hermana suele sentarse en un banco del parque, recreará esa imagen y solo la anulará en el caso de que la frase continúe de otro modo: "Mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco. Allí sacó dinero, pero no pudo comer las rosquillas".

El papa Francisco incluyó en su primer mensaje en Instagram este ruego: “Rezad por mí”. Eso admitía dos sentidos: 1. “Rezad en mi favor”. 2. “Rezad en mi lugar”. La opción 1 es la más probable según nuestra experiencia, y la que aplicaremos sin dudar. Ahora, si luego nos presentan como más adecuado para el caso la opción 2, se producirán la sorpresa y el efecto chistoso, como sucedió entonces: "Ha dicho que recemos por él. Lleva dos días en Italia y ya quiere que le hagan otros el trabajo".

Con ese mecanismo de acierto o error juegan los humoristas. Pero a veces se llega a malentendidos que producen dolor, a causa de que el hablante no se expresa con claridad y el oyente confunde el mensaje en función de su memoria, sus prejuicios, sus deseos o sus miedos. Es decir, su contexto.

Por ejemplo, cuando alguien recibe un wasap que dice “No quiero perder el tiempo contigo” y lo interpreta como “No me interesas nada” y no con el sentido que le había dado el emisor de “avancemos deprisa en la relación porque lo tengo muy claro”. De ese modo, el pesimismo del receptor activa su falso presagio de rechazo.

En situaciones así, acerca de las cuales quedan ustedes advertidos con esta columna, un mismo mensaje admite dos interpretaciones opuestas pero verosímiles. Y por eso es crucial no terminar ahí la conversación, sino explicar el emisor lo ocurrido y comprender el receptor lo explicado. Y ya de paso, reírse ambos por el error. A ser posible, tras hablar de ello con calma en un banco.

lunes, 24 de marzo de 2025

Toponimia propicia

 Toponimia divertida, para publicistas de hoy, en El País, por Álex Grijelmo, 19 mar 2025:

Los nombres de lugares dan pistas. No se deberían desperdiciar sus ideas favorables, ni desdeñar las negativas.

Qué poco se explota el valor económico de los nombres de algunos pueblos, aldeas y pedanías. Los congresos y exposiciones suponen un gran foco de visitantes, y por ello cientos de municipios se han afanado en la construcción de rumbosos recintos que puedan acoger tales actos. Sin embargo, muchos desaprovechan la divertida fuerza evocadora de sus topónimos, que serviría para atraer a importantes colectividades empresariales, gremiales, sociales o científicas. Es raro que las agencias de publicidad de hoy en día, con sus facilones juegos de palabras habituales, no le hayan sacado rendimiento a eso.

Por ejemplo, circulaba yo hace poco en coche por Calvarrasa y me preguntaba por qué no se ha celebrado allí, con gran concurrencia, un congreso de peluqueros, ahora que se rapa tanta gente. Claro que ese pueblo salmantino habría de competir con Capileira (Granada) y Barbosa (Portugal). A ver cuál de ellos se decide antes.

Los profesionales de la oftalmología o de la óptica se sentirían muy atraídos si fueran convocados a una convención nacional en Buenavista (Salamanca). Ningún lugar podría resultar más adecuado para una exposición-homenaje a Paco de Lucía que la cántabra Entrambasaguas, ahora que la familia del guitarrista ha recuperado la propiedad de su más famosa composición. Y para un gran encuentro de fabricantes de audífonos qué mejor localidad que Colmenar de Oreja, en Madrid.

A su vez, unas jornadas demoscópicas sobre los indecisos encontrarían su emplazamiento ideal en algún punto situado entre las localidades madrileñas de Pinto y Valdemoro. Y el pueblo vallisoletano llamado Wamba haría bien en promover seminarios de los fabricantes de zapatillas deportivas. Por otro lado, no puede haber espacio más idóneo para un congreso de sexología o de inseminaciones que el lugar salmantino denominado Pajuelas, muy pertinente para la siembra de lo que fuere menester.

No entiendo cómo Pelayos de la Presa (Madrid) no ha sido visto por los asesores de comunicación de Instituciones Penitenciarias como predestinado para albergar una cárcel de mujeres. Igual que el paraje abulense de El Castañar parece el espacio más a propósito donde reunirse y analizar los batacazos relacionados con la Bolsa o con otros accidentes. Y ya están perdiendo tiempo las autoridades de La Muela (Zaragoza) y los publicistas que las asesoren para organizar allí una asamblea de odontólogos. Eso es más obvio aún que la idea de instalar una fábrica de lencería en la ciudad lusa de Braga. A su vez, para una conferencia de sismología no habrá mejor sitio que el pueblo toledano llamado Tembleque.

Se hace raro que ninguna organización sindical haya celebrado todavía un congreso en el monasterio de Las Huelgas (Burgos). Y yo mismo, si tuviera que promover un centro especializado en estudiar el perfil político de Donald Trump, pensaría de inmediato en el parque segoviano de La Boca del Asno, no sé por qué.

Seguro que Elon Musk, siempre tan avispado —más que nada por lo molesto—, sí está pensando en lanzar un ingenio espacial desde el pueblo abulense de Orbita.

Publicitarios: valoren el poder comunicativo del topónimo que da pistas sobre el sitio que nombra. Políticos: no desperdicien las alusiones favorables, ¡pero tampoco desdeñen las negativas! Por esto mismo hace muchos años que me pregunto a quién se le ocurriría construir el aeropuerto de Valladolid en un lugar llamado Villanubla.

martes, 9 de mayo de 2017

Los modismos lingüísticos de ayer y de ahora. Dossier

I
Álex Grijelmo, "Al loro, que esto mola", en El País Semanal, 30 de octubre de 2016:

 Casi nadie dice ya “¡ábate ése!” ni “¡chipén!”, expresiones conocidas en la España de principios del siglo XX. El lugar de la primera (formada con el imperativo del verbo “abarse”) ha sido ocupado por “¡ojo con ése!“, “¡cuidado con aquél!”; y el espacio de la segunda acoge hoy a “guay” (a veces del Paraguay). Del mismo modo, el “haiga” de otro tiempo se convirtió en un “buga”; y la “gachí” de antaño es hoy un “pibón”. Ahora los tacos se oyen incluso en los medios informativos, y no son reserva expresiva de los varones, pero antes cualquier sorpresa animaba a exclamar “cáspita”, “córcholis” o “caramba” para no decir “carajo” (término considerado entonces malsonante, más que ahora).

El lenguaje familiar y jergal de los españoles en estos 40 años de vida de El País Semanal ha ido incorporando dichos y vocablos muy expresivos, que han subido y han bajado en el uso pero que ya nunca se irán, del mismo modo que (por muy olvidados que parezcan) tampoco morirán sus antecesores.

A veces un neologismo sirve para que los integrantes de un grupo se reconozcan entre sí, de tal modo que nadie puede pertenecer a determinada tribu si no usa el lenguaje que en ella se ha establecido tácitamente. Después, el término resultará gracioso o adecuado en otras colectividades, que lo adoptan como signo de modernidad.

Los años setenta y ochenta alumbraron una eclosión de vocablos, a menudo salidos del hampa, que dieron por vez primera el salto al lenguaje general y a los medios de comunicación, antes muy mojigatos.
Uno de los términos que más triunfaron llegó al lenguaje general desde el cheli (“jerga con elementos castizos, marginales y contraculturales”), y tiene valor de aviso: “¡Al loro!”. En otras épocas la prevención consistía en estar “al arma” (se supone que de ahí viene el término que une las dos palabras), pero con “al loro” se trataba de aguzar los sentidos y no la munición. Según Mariano Hormigos (Frases, timos y decires, Ediciones La Librería), en cheli se llamaba “loro” a la radio; y “estar al loro” significa en un principio hallarse informado, atento a las noticias; de lo cual se derivará el nuevo sentido figurado de permanecer en alerta para avisar a los demás si se atisbase un peligro.

La lengua y las jergas de los gitanos han aportado muchos de esos modismos, alentados por su prestigio como términos que denotaban una pertenencia alternativa. Del caló procedía, por ejemplo, “fetén” (1984: “auténtico”, “verdadero”); o “chungo” (1992: “feo”); y también es un gitanismo “pinrel” (pie) , incorporado por la Academia en 1936 y que se extendió mucho más en la segunda mitad del siglo XX gracias a la ayuda inestimable del humorista Forges; por ejemplo, en la expresión “le cantan los pinreles” (hermana de “le cantan los alerones”, en este caso para nombrar los sobacos).

Poco antes de aparecer EL PAÍS (1976), los chavales de los barrios de Madrid habían reforzado el ya mencionado “chipén” diciendo “cachipén” o “rechipén” (“esto es cachipén de la cobais”, “esa actriz está rechipén”), alargamientos que derivaron incluso en “chipendilerendi”: un anuncio televisivo de los años ochenta decía “me lo paso chipendilerendi con la familia Mickey”.

El “chipén” originario también procedía del caló; y significaba “así es” o “en verdad”, pero luego tomó el camino de lo ponderativo para expresar un elogio: “extraordinario”, “fuera de lo común”. Pero como tantos otros términos de gran éxito en el lenguaje coloquial, su uso se fue diluyendo. En su lugar surgieron “chachi” y el ya mencionado “guay”: “Esta cerveza está chachi”, “qué fiesta tan guay”. Y como signo de aprobación se recuperó el viejo “dabuten” (antiguamente “de buten”). Sin olvidar el nuevo valor adverbial de “teta” en esa misma familia elogiosa: “Lo pasamos teta”.

El término “mogollón” amplía en esa época su viejo sentido (“gorrón”) para significar en el lenguaje coloquial “mucha cantidad”; y cualquier exceso (bueno o malo) invitaba a exclamar “¡qué demasiao!”. Precisamente con esta expresión tituló Joaquín Sabina una canción escrita a finales de los años setenta en memoria del mediático delincuente El Jaro y llena de modismos de entonces: “darle al canuto cantidad” (fumar mucha marihuana), “pasas del rollo de vivir”, “el vino que has mercao”, “la pasma va pisándote el talón”, “te pegaron seis tiros descarao”, “pero antes de palmarla se te oyó decir ‘¡qué demasiao!, de esta me sacan en televisión”…

No siempre se trataba de palabras nuevas. A menudo se actualizaban algunas en desuso o que se habían circunscrito a ámbitos tribales. En esa canción de Sabina se observa por ejemplo el uso jergal de “mercar”, un verbo reactivado en la época como equivalente de “comprar” pero que ya Covarrubias registraba en 1611 con ese mismo significado. Y otro tanto sucedió con “chupa”, voz empleada durante los ochenta en el lenguaje de las tribus urbanas para designar la cazadora de cuero. Esta palabra tan moderna gozaba sin embargo de rancio abolengo, pues en otro tiempo nombró la chaquetilla del dómine (o maestro), generalmente raída y descuidada, lo que originó el antiquísimo dicho de “ponerle a uno como chupa de dómine”

En los años setenta se decía entre los jóvenes que tener relaciones sexuales no era pecado, sino milagro. Después, eso pasó a ser simplemente algo difícil en general; y más tarde tal dificultad se reduciría a hacer el amor en un Simca 1000. “Enrollarse” solamente significaba hablar mucho y sin fundamento, pero ese verbo nombró luego el acto de mantener relaciones sexuales, generalmente sin mucho compromiso.

Sobrevivió sin embargo aquel viejo sentido de “enrollarse” y de “rollo” (algo aburrido), y hasta se inventó la expresión “no te enrolles, Charles Boyes” (tal vez en memoria del actor francés Charles Boyer), pariente de otras rimadas como “dónde vas con el cabás”, “no te enteras, Contreras”, “OK, MacKey”, “me piro, vampiro”, “la cagaste, Burt Lancaster”, “qué nivel, Maribel” o “a mamarla a Parla”.
Muy a menudo los inventos se relacionaron con el lenguaje delincuencial, en un fenómeno que sirvió para blanquear palabras que anduvieron siempre envueltas en problemas. Así, en los años sesenta se llamó “guripa” a cualquier persona encargada de mantener el orden, de nuevo acudiendo a la cantera del caló (el diccionario de María Moliner es el primero en acuñar este término). Pero después llegaron sustitutos como “los grises” (por el color del uniforme), “la madera” (cuando la vestimenta se hizo marrón, ya con la democracia), “la pasma”, “la bofia” o “los picoletos” (guardias civiles).

Al mismo tiempo, en el mundo de la droga aparecen “chutarse” (pincharse), “yonqui” (drogadicto de heroína), “canuto”, “porro” (cigarro de marihuana), “mono” (síndrome de abstinencia), “camello” (traficante), “maría” (marihuana)…

Los jóvenes salían en los años sesenta de cuchipanda, y después de merendada, chocolatada o tortillada, antecedentes ingenuos del “botellón” actual. En las discotecas se “movía el esqueleto”, y los que presumían de coche se buscaban carreteras en las que “tumbar la aguja”. El antiguamente llamado “guasón” se convirtió luego en “un quedón”; el “playboy” se rebajó a “ligón” y el “piscolabis” ascendió a “aperitivo”. Y el hombre mayor al que un muchacho decidía despreciar podía ser descalificado como un “jebo” (uso regional norteño), luego un “sandio” y más tarde un “carroza”.

Algunos de esos adolescentes ponían sus grandes aparatos de radio portátiles a todo volumen por la calle para que los demás supieran qué música les gustaba. Y por eso empezó a decirse “no hay parto sin dolor ni hortera sin transistor”.

Cuando apareció El País Semanal, televisión, como madre, no había más que una (ahora hay más de una televisión y también puede haber más de una madre). Por tanto, su influencia abarcaba todo. La publicidad televisada desarrolló así una gran habilidad para inocular sus lemas en las conversaciones, aprovechando dichos populares o recreándolos. Si alguien debía mostrarse amable, ponía “una sonrisa Profident”, y si algo se estropeaba se conocía la solución: “el remedio, pegamento Imedio”. También triunfaron otros dichos, aplicados con tino a cada caso: “¿Qué me dices? Que te fagorices” (frigoríficos Fagor); “a mí plin, yo duermo en Pikolín” (colchones); “hola, Radiola” (transistores), “Avon llama” (cosméticos).

Y Los Picapiedra no sólo extendieron en los años sesenta la errónea idea de que el hombre primitivo coexistió con los dinosaurios, sino que inocularon en muchos novios el cariñoso apelativo “cuchicuchi”. Los años de la movida, en cambio, no hicieron muchas concesiones a lo cursi, y tomaron como letra fetiche la k (“okupas”, “kultura”, “Vallekas”…) como símbolo de transgresión.

Todas las décadas de estos 40 años han hecho sus aportaciones al lenguaje coloquial (imposible abarcarlas aquí). Tal vez un hilo conductor atraviesa estos fenómenos, especialmente en los años setenta y ochenta: se crearon o recrearon palabras y expresiones mediante los recursos propios del idioma español y de variedades lingüísticas muy próximas físicamente (el cheli, el caló, las jergas). Apenas se rozan los anglicismos. Por el contrario, quizás la mayor parte de la riqueza léxica aportada por la lengua coloquial en estos años se ha construido por abajo: desde las cárceles, la marginación, las tribus urbanas, las pandillas, la contracultura. Entre la gente más creativa y más contestataria, parecía que eso molaba.

II

Karelia Vázquez, "Diccionario abreviado" El País, 30-X-2016:

Las costumbres, el uso en las redes sociales, la globalización y las series de televisión también imponen su ley en el lenguaje más actual.

AUTOBOMBO (sustantivo). Alude a la acción de hablar  y elogiarse a uno mismo  en la vida analógica o en la digital. Práctica frecuente  en las redes sociales.

COMO SI NO HUBIERA UN  MAÑANA”. Frase que indica  que una acción se puede  alargar en un tiempo futuro difícil de definir.

CUÑADO (sustantivo). Persona que no tiene necesariamente que ser el hermano de tu pareja, pero que adopta una actitud condescendiente hacia  el resto de la humanidad, está de vuelta de todo y sabe quién mató a JFK.

FAIL también Epic fail (sustantivo). Alude a un fallo clamoroso, total, público y notorio. Pronúnciese con énfasis y alargando el sonido de las vocales.

FOFISANO (sustantivo). Sujeto con sobrepeso pero cuyo estilo de vida e indicadores médicos son compatibles con un buen estado de salud.

FOLLAMIGO (sustantivo). Pareja sexual ocasional y, sin embargo, amigo.

GUASAPEAR (verbo) 1. Acción de enviar mensajes por whatsapp. 2. Mantener una conversación exclusiva a través de esta aplicación. Un verbo que resume el auge de la mensajería instantánea global y que incluye mantener conversaciones simultáneas en grupos o compartir vídeos, fotos y grabaciones de audio.

GOOGLEAR (verbo). Acción de hacer una búsqueda en Google. También empleado para referirse a hacer una rápida investigación antes de una entrevista de trabajo o de una primera cita.

HACER LA COBRA”. Movimiento que implica una torsión de la columna para poner distancia con alguien. Rechazo sexual.

HACER UN NEXT”. Pasar a otro asunto. Pasar página.

HASTA NUNKI”. Despedida definitiva y sarcástica.

HOLI (interjección). Diminutivo de “hola”.

JUERNES (sustantivo). Cuarto día de la semana en los que el espíritu del viernes se apodera del personal que sale y bebe como si al día siguiente fuera sábado.

ME RENTA” (también se dice en spanglish merents”). Indica conveniencia, “me sale a cuenta”.

MILENIAL (sustantivo). Generación nacida entre los años ochenta y los primeros 2000. También, milénicos.

MORDOR (sustantivo). Lugar alejado, perdido y mal comunicado. Término tomado de El Señor de los Anillos, lugar donde habitaban orcos y humanos.

NINI (sustantivo). Sujeto que ni estudia ni trabaja, se usa también para referirse a una generación.

PERREAR (verbo). Tomado del reggaeton, alude a un modo de bailar que implica el movimiento de caderas, pelvis y glúteos simulando (o no) el roce con la pareja de baile. Pronúnciese en modo imperativo.

PETAR (verbo). Úsese con el complemento directo y acompañado por el adverbio fuertemente. “Petarlo fuertemente” es el máximo grado de éxito que se puede conseguir por unidad de tiempo.

POSTUREO (sustantivo). Impostura, adopción de ciertos hábitos, poses y actitudes más por apariencia que por convicción. Surge en el ámbito de las redes sociales.

PUTIVUELTA (sustantivo). Recorrido que se hace en una discoteca, bar o fiesta popular con el propósito de calibrar el ambiente con objetivos de apareamiento.

¡QUÉ COMA!”. Alude al estado de ebriedad, equivale al clásico “¡menuda borrachera!”.

RANDOM (adjetivo). Se emplea para designar a gente sin rasgo digno de reseñar, la gente del montón, el relleno.

SPOILER (sustantivo). Hacer un spoiler es uno de los pecados capitales de la época. Se refiere a desvelar detalles importantes de la trama de una serie de televisión.

TODÓLOGO (sustantivo). Tertuliano de la radio y la televisión con capacidad para opinar hoy sobre el Ibex 35 y mañana sobre la física de partículas.

TROLEAR (verbo). Acosar e insultar en Internet de modo sostenido.

VIEJUNO (adjetivo). Con apariencia rancia y envejecida. Puede ser despectivo o todo lo contrario. Un bar viejuno puede molar.

ZAS EN TODA LA BOCA”. La frase tomada de Peter Griffin de la serie Padre de familia se emplea en tiempo real y con vehemencia cuando a una persona se le ha dado un buen corte.