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jueves, 5 de junio de 2025

Palabras que despistan, Álex Grijelmo

 Palabras con pistas falsas, en El País, Álex Grijelmo 2 abr 2025:

'No pienses en un elefante' y “no veas ahí la palabra mano” surten el mismo efecto. No hay manera de escapar de esos conceptos una vez que el cerebro los ha procesado

Desentrañamos, el significado de muchas palabras porque sabemos mirar dentro de ellas. La primera vez que alguien se haya topado con el término “cantautor” habrá entendido que menciona a quien interpreta sus propias creaciones. Si oímos “flotel”, imaginamos un hotel flotante, quizás anclado en la bahía; y en “amigovio” deduciremos que alguien se mueve con agrado en esa difusa frontera.

Pero a veces las palabras compuestas nos dan pistas falsas. Sucede en “metaverso” , pues ahí entendemos de forma intuitiva “más allá del verso” y no, frente a lo que se pretendía, “más allá del universo”. Y aunque conozcamos esta voluntad, seguimos viendo versos en ese término cada vez que sale a nuestro encuentro, queremos o no.

Otro tanto sucede con VioGén, acrónimo del observatorio español que coordina la lucha y la protección frente a la violencia machista. Por mucho que se pretende relacionar “vio” con violencia, y “gen” con género, el proceso cognitivo que produce ese término nos lleva al vocabulario médico, por el influjo del segundo elemento, como pasa por ejemplo en “oncogén”: genes cuya activación puede desatar un proceso canceroso. Además, VioGén suena al oído hispano igual que Biogen, empresa multinacional dedicada a la biotecnología.

Todo eso pasa también con otros dos vocabularios que están asaltando los medios: “manosfera” y “robotaxi”.

En el primero no queda más remedio que ver la palabra “mano”; y en el segundo, la voz “robo”. Son significados que se activan sin voluntad en la mente de cualquier hablante del español, y que contaminan desde ese momento la percepción psicológica y tal vez el juicio al que induce el vocablo. Del mismo modo, el sintagma “un marmolista lento” se activa por debajo del umbral de percepción la palabra “talento” ( Gerry TM Altmann, La ascensión de Babel. Una incursión en el lenguaje, la mente y el entendimiento. Ariel, 1999; pág. 83). Y esto nos ofrece una percepción positiva del marmolista.

El “robotaxi” pretende ser un robot taxi, un vehículo que lleva pasajeros sin que nadie lo conduzca. Pero el elemento “robo” salta de inmediato y activa la percepción negativa, sobre todo si el receptor del mensaje ha sufrido antes alguna tropelía en un taxi conducido por un ser humano.

A su vez, la voz “manosfera” (compuesta como “blogosfera” y “fachosfera”) designa a las cibercomunidades de tendencias misóginas y antifeministas. Se forma a partir de la voz inglesa man (hombre), y en aquella lengua sí se favorece la intuición del significado: manosphere: el mundo de los hombres (llamado así en 2009, cuando aún no había pasado de la masculinidad al machismo). Sin embargo, al llegar ese término al español despunta el elemento “mano”, que no podemos dejar de percibir. No pienses en un elefante (George Lakoff, 2006) y “no veas ahí la palabra mano” surten el mismo efecto. ¿Cómo no pensar en un elefante o en una mano si no hay manera de escapar de esos conceptos una vez que el cerebro los ha procesado?

Alternativas como “metauniverso” (para “metaverso”), “ProteFem” (y no “VioGén), “taxibot” (en lugar de “robotaxi”) y “machosfera” o “cafreesfera” (en vez de “manosfera”) ayudarían a procesar mejor lo que se intenta transmitir. Porque “metaverso” da un falso toque poético a lo que representa; “VioGén” vuelve frío lo que debería ser acogedor; “robotaxi” hace desconfiar del precio que cobrarán y “manosfera” quita gravedad al término sin condenar el condenable fenómeno que nombra.

El uso político excluyente del lenguaje, Álex Grijelmo

 El lenguaje excluyente de Junts, en El País, Álex Grijelmo, Madrid -21 de mayo de 2025:

Sus portavoces no muestran ningún reparo en invisibilizar en sus expresiones a las personas no independentistas.

Los políticos independentistas catalanes suelen duplicar el género de los sustantivos en plural relativos a personas para que nadie quede excluido en los significativos (aunque esté incluido en los significados); una práctica prescindible desde el punto de vista lingüístico pero comprensible si se ve desde el punto de vista de la comunicación política de hoy, por el mensaje feminista que transmite. Así, dicen “catalanes y catalanas” o “trabajadores y trabajadores”. Creen que de ese modo no se invisibiliza a las mujeres. Pero los mismos portavoces no muestran reparo en invisibilizar con sus expresiones, ahora sí en el significado, a los no independentistas, al margen de su género gramatical, cuando se trata de hablar acerca de lo que ellos entienden por “Cataluña” y “los catalanes”. En tales casos, usan esos términos para presentar su sentir como si ambos significativos señalaran un grupo homogéneo; como si no hubiera catalanes que piensen y voten de otra manera. Es decir, hablan de su Cataluña y de sus catalanes, pero no con posesivos sino con artículos, excluyendo así a los demás.

Uno de los últimos ejemplos lo proporcionó Miriam Nogueras, portavoz de Junts, quien el 7 de mayo declaró que el proyecto de reducción de la jornada laboral se diseñó “sin contar con la opinión de los catalanes”, y solo atendiendo a “la opinión de los sindicatos españoles”.

Nogueras pretendía denunciar la ausencia de su partido en las negociaciones destinadas a reunir una mayoría suficiente para sacar adelante el proyecto. Pero en vez de decir “sin la opinión de Junts”, o “sin nuestra opinión”, eligió “sin la opinión de los catalanes”. Una vez más, la parte propia se adueñaba del todo, olvidando así a los demás.

Se trata de una práctica de manipulación lingüística que ya le conocimos aquí al dictador Franco, quien hablaba de sus enemigos como “los enemigos de España”.

En efecto, una parte de “los catalanes” representados en el Congreso no ha sido consultada sobre la citada ley. Pero eso no implica que se haya orillado la opinión de “los catalanes”, expresión que debería incluir a los representados por Sumar y por el PSOE (PSC). Por tanto, no se puede denunciar que “los catalanes no han sido consultados” sino acaso “algunos” de ellos.

En esta ocasión, además, Nogueras excluyó al otro partido independentista: Esquerra Republicana de Catalunya, que sí apoyará la ley ya cuyos miembros también les retiraba el adjetivo “catalanos”. Claro, tan habituados están los de Junts (y los de Esquerra, aunque aquí lo sufran) a excluir a los no independentistas en sus discursos, que ya les sale la trampa de natural, como de oficio.

A esto se añade la referencia de Nogueras a “los sindicatos españoles” (para contraponerlos a la locución “los catalanes”), una maniobra de invisibilización de aquellos miembros y dirigentes de las organizaciones sindicales que son tan ciudadanos de Cataluña como ella. Porque los sindicatos “españoles” resultan ser los mayoritarios en esa comunidad y representan en toda regla a los afiliados catalanes, también excluidos en su frase.

Los independentistas se han retratado así muy a menudo en su lenguaje público, al confundir la realidad con la idea que quisieran legítimamente conseguir. Aplican las técnicas lingüísticas que ya empleaban los nazis (véanse los libros al respecto de Victor Klemperer o Jean Pierre Faye) y que un partido democrático como Junts debería apresurarse a evitar para no parecer lo que no es; porque si no lo hace acabará siendo lo que parece.

Añoranza del pluscuamperfecto, por Álex Grijelmo

 Añoranza del pluscuamperfecto, en El País, Álex Grijelmo, 28 de mayo de 2025:

Este tiempo verbal va desapareciendo del lenguaje periodístico, en el que la pobreza abunda, paradójicamente

El pretérito pluscuamperfecto representa el tiempo más lejano en nuestro reloj gramatical, porque se sitúa antes que cualquier otro pasado: “Mi hermana se propuso arreglar mi ordenador, sin saber que ya lo había donado yo a la ciencia” (indicativo). “Habría corrido el maratón si no hubiera bebido tanto” (subjuntivo).

Los gramáticos han querido que lo denominamos así, con apariencia de sincera admiración: plus-quam-perfecto; porque supera a esa perfección de andar por casa que exhiben los tiempos simplemente perfectos como “he venido” o “escribió”.

Se llaman tiempos perfectivos o perfectos aquellos en los cuales la acción se ha completado, a diferencia de los tiempos en que eso no ha sucedido ya los que denominamos “imperfectos”. “Terminé” es un tiempo perfecto. “Terminaba”, “terminaría” o “termino” no entrar en ese cajón, porque con ellos no damos la acción por rematada. Eso causa la paradoja de que “hoy ha hecho un día desagradable y lluvioso” se considera un tiempo perfecto.

Pero claro, aquí “perfecto” no significa que algo haya alcanzado el mayor grado de bondad o excelencia, sino que ha pasado de la ideación a la ejecución, y por tanto se ha perfeccionado. Y unos verbos son más perfectos que otros (más-que-perfectos) únicamente porque la acción que muestran había acabado antes.

Del nombre “pluscuamperfecto” tiene alguna culpa el latín, pues en aquella lengua el verbo perficio (de per-facio) significa “llevar a término una acción”. Y perfectio se refería a lo que se había concluido. Para los romanos, una casa estaba perfecta si la habían acabado; eso tenía su lógica. No podemos considerar perfecta una vivienda a la que aún no le han puesto la puerta.

Nebrija denominó a este tiempo en su gramática castellana “el más que acabado”, lo que en las escuelas de hoy se habría comprendido mejor que el latinajo enmascarado.

Y en efecto: si tenemos un verbo acabado como “cenó”, este lo fue antes: “Mi prima ya había cenado cuando cenó en tu casa”. Por tanto, perfeccionó la cena dos veces.

En fin, con todo esto pretendía crear cierto cariño hacia el pluscuamperfecto, para que los lectores distraídos lo valoren como se merece y sientan un dolorcillo cuando les explique ahora que va desapareciendo del lenguaje periodístico. Por ejemplo, en esta frase: "La distribución de ayuda humanitaria en Gaza (...) comenzó ayer en la Franja. En medio de todas las dudas (...), Israel informó del comienzo de ese reparto de alimentos entre los gazatíes".

Ahora bien, ¿primero informó Israel y luego se distribuyó la ayuda? ¿O fue al revés? En este segundo caso, valdría la pena haber escrito: "La distribución de ayuda humanitaria en Gaza comenzó ayer en la Franja. En medio de todas las dudas (...), Israel había informado del comienzo de ese reparto de alimentos entre los gazatíes". Y en el supuesto contrario, “La distribución de ayuda humanitaria en Gaza ya había comenzado en la Franja cuando (...) Israel informó del comienzo de ese reparto”.

De igual modo, le convenía el pluscuamperfecto a esta otra narración: "La presidencia polaca de la UE aplazó la votación, a la vista de que no estaba asegurada la unanimidad. Al menos siete países expresaron sus reservas". Habría sido mejor “al menos siete países habían hablado sus reservas”, pues esta acción precedió a la otra.

Como habrán visto, en estos dos ejemplos, igual que en otros que se leen cada día, se muestra un mismo tiempo perfectivo para referir dos hechos no simultáneos (o asíncronos). La sintaxis relajada abunda en la pobreza de la comunicación actual (es una pobreza muy abundante, valga el contrasentido), y eso dista mucho de lo que hoy en día se puede considerar perfección.

Malentendidos lingüísticos, Álex Grijelmo

 Malentendidos por un contexto equivocado, en El País, Álex Grijelmo, 4 jun 2025:

Los errores ocurren cuando alguien vuelca sobre un mensaje la interpretación más próxima a él, y no la del emisor.

Muchos malentendidos de las relaciones personales se deben a que las mentes lingüísticas de los hablantes viven en diferentes contextos, aunque se encuentran a un metro el uno del otro.

Si nos invitan a una cena y nos dicen que vendrán otras dos parejas y al llegar encontramos a dos hombres ya dos mujeres conversando entre sí, pensaremos que los cuatro forman dos parejas mixtas. Solo con una adecuada información contextual descubriremos que no; tal vez después de haber metido la pata tres o cuatro veces.

Esto último no se deberá a un sesgo heteropatriarcal, sino a un proceso cognitivo llamado juicio de probabilidad, que aplicamos cuando, al faltarnos el contexto real, imponemos el nuestro. Ese mecanismo falla a veces, pero al cerebro humano le sale a cuenta el pequeño margen de error: examine con detalle todas las posibilidades en cada situación, y cada rato resultaría angustioso y lento.

Si llegamos a una isla desierta y vemos tres cigüeñas rojas de una en una, creeremos que todas las cigüeñas de esa isla son rojas, aunque se trate de las únicas tres cigüeñas rojas de la isla. Ahora, una vez que somos conscientes de haber aplicado la interpretación falsa, en la siguiente ocasión similar no activaremos ese prejuicio porque lo habremos suprimido del cajón de las experiencias pertinentes.

La frase “mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco” admite dos interpretaciones de “banco”. Si quien la oye o lee no dispone de más contexto, activará en su mente la experiencia más próxima o más intensa. Supongamos que ha estado hace poco en una entidad financiera. Sin remedio, imaginará que la mujer salió de la cafetería para ir a una sucursal; y solo deseará esa idea si le cambia el contexto: "Mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco. Después se sentó en él y se comió unas rosquillas".

Por el contrario, si el interlocutor sabe que la hermana suele sentarse en un banco del parque, recreará esa imagen y solo la anulará en el caso de que la frase continúe de otro modo: "Mi hermana salió de la cafetería y se dirigió al banco. Allí sacó dinero, pero no pudo comer las rosquillas".

El papa Francisco incluyó en su primer mensaje en Instagram este ruego: “Rezad por mí”. Eso admitía dos sentidos: 1. “Rezad en mi favor”. 2. “Rezad en mi lugar”. La opción 1 es la más probable según nuestra experiencia, y la que aplicaremos sin dudar. Ahora, si luego nos presentan como más adecuado para el caso la opción 2, se producirán la sorpresa y el efecto chistoso, como sucedió entonces: "Ha dicho que recemos por él. Lleva dos días en Italia y ya quiere que le hagan otros el trabajo".

Con ese mecanismo de acierto o error juegan los humoristas. Pero a veces se llega a malentendidos que producen dolor, a causa de que el hablante no se expresa con claridad y el oyente confunde el mensaje en función de su memoria, sus prejuicios, sus deseos o sus miedos. Es decir, su contexto.

Por ejemplo, cuando alguien recibe un wasap que dice “No quiero perder el tiempo contigo” y lo interpreta como “No me interesas nada” y no con el sentido que le había dado el emisor de “avancemos deprisa en la relación porque lo tengo muy claro”. De ese modo, el pesimismo del receptor activa su falso presagio de rechazo.

En situaciones así, acerca de las cuales quedan ustedes advertidos con esta columna, un mismo mensaje admite dos interpretaciones opuestas pero verosímiles. Y por eso es crucial no terminar ahí la conversación, sino explicar el emisor lo ocurrido y comprender el receptor lo explicado. Y ya de paso, reírse ambos por el error. A ser posible, tras hablar de ello con calma en un banco.

martes, 9 de mayo de 2017

Los modismos lingüísticos de ayer y de ahora. Dossier

I
Álex Grijelmo, "Al loro, que esto mola", en El País Semanal, 30 de octubre de 2016:

 Casi nadie dice ya “¡ábate ése!” ni “¡chipén!”, expresiones conocidas en la España de principios del siglo XX. El lugar de la primera (formada con el imperativo del verbo “abarse”) ha sido ocupado por “¡ojo con ése!“, “¡cuidado con aquél!”; y el espacio de la segunda acoge hoy a “guay” (a veces del Paraguay). Del mismo modo, el “haiga” de otro tiempo se convirtió en un “buga”; y la “gachí” de antaño es hoy un “pibón”. Ahora los tacos se oyen incluso en los medios informativos, y no son reserva expresiva de los varones, pero antes cualquier sorpresa animaba a exclamar “cáspita”, “córcholis” o “caramba” para no decir “carajo” (término considerado entonces malsonante, más que ahora).

El lenguaje familiar y jergal de los españoles en estos 40 años de vida de El País Semanal ha ido incorporando dichos y vocablos muy expresivos, que han subido y han bajado en el uso pero que ya nunca se irán, del mismo modo que (por muy olvidados que parezcan) tampoco morirán sus antecesores.

A veces un neologismo sirve para que los integrantes de un grupo se reconozcan entre sí, de tal modo que nadie puede pertenecer a determinada tribu si no usa el lenguaje que en ella se ha establecido tácitamente. Después, el término resultará gracioso o adecuado en otras colectividades, que lo adoptan como signo de modernidad.

Los años setenta y ochenta alumbraron una eclosión de vocablos, a menudo salidos del hampa, que dieron por vez primera el salto al lenguaje general y a los medios de comunicación, antes muy mojigatos.
Uno de los términos que más triunfaron llegó al lenguaje general desde el cheli (“jerga con elementos castizos, marginales y contraculturales”), y tiene valor de aviso: “¡Al loro!”. En otras épocas la prevención consistía en estar “al arma” (se supone que de ahí viene el término que une las dos palabras), pero con “al loro” se trataba de aguzar los sentidos y no la munición. Según Mariano Hormigos (Frases, timos y decires, Ediciones La Librería), en cheli se llamaba “loro” a la radio; y “estar al loro” significa en un principio hallarse informado, atento a las noticias; de lo cual se derivará el nuevo sentido figurado de permanecer en alerta para avisar a los demás si se atisbase un peligro.

La lengua y las jergas de los gitanos han aportado muchos de esos modismos, alentados por su prestigio como términos que denotaban una pertenencia alternativa. Del caló procedía, por ejemplo, “fetén” (1984: “auténtico”, “verdadero”); o “chungo” (1992: “feo”); y también es un gitanismo “pinrel” (pie) , incorporado por la Academia en 1936 y que se extendió mucho más en la segunda mitad del siglo XX gracias a la ayuda inestimable del humorista Forges; por ejemplo, en la expresión “le cantan los pinreles” (hermana de “le cantan los alerones”, en este caso para nombrar los sobacos).

Poco antes de aparecer EL PAÍS (1976), los chavales de los barrios de Madrid habían reforzado el ya mencionado “chipén” diciendo “cachipén” o “rechipén” (“esto es cachipén de la cobais”, “esa actriz está rechipén”), alargamientos que derivaron incluso en “chipendilerendi”: un anuncio televisivo de los años ochenta decía “me lo paso chipendilerendi con la familia Mickey”.

El “chipén” originario también procedía del caló; y significaba “así es” o “en verdad”, pero luego tomó el camino de lo ponderativo para expresar un elogio: “extraordinario”, “fuera de lo común”. Pero como tantos otros términos de gran éxito en el lenguaje coloquial, su uso se fue diluyendo. En su lugar surgieron “chachi” y el ya mencionado “guay”: “Esta cerveza está chachi”, “qué fiesta tan guay”. Y como signo de aprobación se recuperó el viejo “dabuten” (antiguamente “de buten”). Sin olvidar el nuevo valor adverbial de “teta” en esa misma familia elogiosa: “Lo pasamos teta”.

El término “mogollón” amplía en esa época su viejo sentido (“gorrón”) para significar en el lenguaje coloquial “mucha cantidad”; y cualquier exceso (bueno o malo) invitaba a exclamar “¡qué demasiao!”. Precisamente con esta expresión tituló Joaquín Sabina una canción escrita a finales de los años setenta en memoria del mediático delincuente El Jaro y llena de modismos de entonces: “darle al canuto cantidad” (fumar mucha marihuana), “pasas del rollo de vivir”, “el vino que has mercao”, “la pasma va pisándote el talón”, “te pegaron seis tiros descarao”, “pero antes de palmarla se te oyó decir ‘¡qué demasiao!, de esta me sacan en televisión”…

No siempre se trataba de palabras nuevas. A menudo se actualizaban algunas en desuso o que se habían circunscrito a ámbitos tribales. En esa canción de Sabina se observa por ejemplo el uso jergal de “mercar”, un verbo reactivado en la época como equivalente de “comprar” pero que ya Covarrubias registraba en 1611 con ese mismo significado. Y otro tanto sucedió con “chupa”, voz empleada durante los ochenta en el lenguaje de las tribus urbanas para designar la cazadora de cuero. Esta palabra tan moderna gozaba sin embargo de rancio abolengo, pues en otro tiempo nombró la chaquetilla del dómine (o maestro), generalmente raída y descuidada, lo que originó el antiquísimo dicho de “ponerle a uno como chupa de dómine”

En los años setenta se decía entre los jóvenes que tener relaciones sexuales no era pecado, sino milagro. Después, eso pasó a ser simplemente algo difícil en general; y más tarde tal dificultad se reduciría a hacer el amor en un Simca 1000. “Enrollarse” solamente significaba hablar mucho y sin fundamento, pero ese verbo nombró luego el acto de mantener relaciones sexuales, generalmente sin mucho compromiso.

Sobrevivió sin embargo aquel viejo sentido de “enrollarse” y de “rollo” (algo aburrido), y hasta se inventó la expresión “no te enrolles, Charles Boyes” (tal vez en memoria del actor francés Charles Boyer), pariente de otras rimadas como “dónde vas con el cabás”, “no te enteras, Contreras”, “OK, MacKey”, “me piro, vampiro”, “la cagaste, Burt Lancaster”, “qué nivel, Maribel” o “a mamarla a Parla”.
Muy a menudo los inventos se relacionaron con el lenguaje delincuencial, en un fenómeno que sirvió para blanquear palabras que anduvieron siempre envueltas en problemas. Así, en los años sesenta se llamó “guripa” a cualquier persona encargada de mantener el orden, de nuevo acudiendo a la cantera del caló (el diccionario de María Moliner es el primero en acuñar este término). Pero después llegaron sustitutos como “los grises” (por el color del uniforme), “la madera” (cuando la vestimenta se hizo marrón, ya con la democracia), “la pasma”, “la bofia” o “los picoletos” (guardias civiles).

Al mismo tiempo, en el mundo de la droga aparecen “chutarse” (pincharse), “yonqui” (drogadicto de heroína), “canuto”, “porro” (cigarro de marihuana), “mono” (síndrome de abstinencia), “camello” (traficante), “maría” (marihuana)…

Los jóvenes salían en los años sesenta de cuchipanda, y después de merendada, chocolatada o tortillada, antecedentes ingenuos del “botellón” actual. En las discotecas se “movía el esqueleto”, y los que presumían de coche se buscaban carreteras en las que “tumbar la aguja”. El antiguamente llamado “guasón” se convirtió luego en “un quedón”; el “playboy” se rebajó a “ligón” y el “piscolabis” ascendió a “aperitivo”. Y el hombre mayor al que un muchacho decidía despreciar podía ser descalificado como un “jebo” (uso regional norteño), luego un “sandio” y más tarde un “carroza”.

Algunos de esos adolescentes ponían sus grandes aparatos de radio portátiles a todo volumen por la calle para que los demás supieran qué música les gustaba. Y por eso empezó a decirse “no hay parto sin dolor ni hortera sin transistor”.

Cuando apareció El País Semanal, televisión, como madre, no había más que una (ahora hay más de una televisión y también puede haber más de una madre). Por tanto, su influencia abarcaba todo. La publicidad televisada desarrolló así una gran habilidad para inocular sus lemas en las conversaciones, aprovechando dichos populares o recreándolos. Si alguien debía mostrarse amable, ponía “una sonrisa Profident”, y si algo se estropeaba se conocía la solución: “el remedio, pegamento Imedio”. También triunfaron otros dichos, aplicados con tino a cada caso: “¿Qué me dices? Que te fagorices” (frigoríficos Fagor); “a mí plin, yo duermo en Pikolín” (colchones); “hola, Radiola” (transistores), “Avon llama” (cosméticos).

Y Los Picapiedra no sólo extendieron en los años sesenta la errónea idea de que el hombre primitivo coexistió con los dinosaurios, sino que inocularon en muchos novios el cariñoso apelativo “cuchicuchi”. Los años de la movida, en cambio, no hicieron muchas concesiones a lo cursi, y tomaron como letra fetiche la k (“okupas”, “kultura”, “Vallekas”…) como símbolo de transgresión.

Todas las décadas de estos 40 años han hecho sus aportaciones al lenguaje coloquial (imposible abarcarlas aquí). Tal vez un hilo conductor atraviesa estos fenómenos, especialmente en los años setenta y ochenta: se crearon o recrearon palabras y expresiones mediante los recursos propios del idioma español y de variedades lingüísticas muy próximas físicamente (el cheli, el caló, las jergas). Apenas se rozan los anglicismos. Por el contrario, quizás la mayor parte de la riqueza léxica aportada por la lengua coloquial en estos años se ha construido por abajo: desde las cárceles, la marginación, las tribus urbanas, las pandillas, la contracultura. Entre la gente más creativa y más contestataria, parecía que eso molaba.

II

Karelia Vázquez, "Diccionario abreviado" El País, 30-X-2016:

Las costumbres, el uso en las redes sociales, la globalización y las series de televisión también imponen su ley en el lenguaje más actual.

AUTOBOMBO (sustantivo). Alude a la acción de hablar  y elogiarse a uno mismo  en la vida analógica o en la digital. Práctica frecuente  en las redes sociales.

COMO SI NO HUBIERA UN  MAÑANA”. Frase que indica  que una acción se puede  alargar en un tiempo futuro difícil de definir.

CUÑADO (sustantivo). Persona que no tiene necesariamente que ser el hermano de tu pareja, pero que adopta una actitud condescendiente hacia  el resto de la humanidad, está de vuelta de todo y sabe quién mató a JFK.

FAIL también Epic fail (sustantivo). Alude a un fallo clamoroso, total, público y notorio. Pronúnciese con énfasis y alargando el sonido de las vocales.

FOFISANO (sustantivo). Sujeto con sobrepeso pero cuyo estilo de vida e indicadores médicos son compatibles con un buen estado de salud.

FOLLAMIGO (sustantivo). Pareja sexual ocasional y, sin embargo, amigo.

GUASAPEAR (verbo) 1. Acción de enviar mensajes por whatsapp. 2. Mantener una conversación exclusiva a través de esta aplicación. Un verbo que resume el auge de la mensajería instantánea global y que incluye mantener conversaciones simultáneas en grupos o compartir vídeos, fotos y grabaciones de audio.

GOOGLEAR (verbo). Acción de hacer una búsqueda en Google. También empleado para referirse a hacer una rápida investigación antes de una entrevista de trabajo o de una primera cita.

HACER LA COBRA”. Movimiento que implica una torsión de la columna para poner distancia con alguien. Rechazo sexual.

HACER UN NEXT”. Pasar a otro asunto. Pasar página.

HASTA NUNKI”. Despedida definitiva y sarcástica.

HOLI (interjección). Diminutivo de “hola”.

JUERNES (sustantivo). Cuarto día de la semana en los que el espíritu del viernes se apodera del personal que sale y bebe como si al día siguiente fuera sábado.

ME RENTA” (también se dice en spanglish merents”). Indica conveniencia, “me sale a cuenta”.

MILENIAL (sustantivo). Generación nacida entre los años ochenta y los primeros 2000. También, milénicos.

MORDOR (sustantivo). Lugar alejado, perdido y mal comunicado. Término tomado de El Señor de los Anillos, lugar donde habitaban orcos y humanos.

NINI (sustantivo). Sujeto que ni estudia ni trabaja, se usa también para referirse a una generación.

PERREAR (verbo). Tomado del reggaeton, alude a un modo de bailar que implica el movimiento de caderas, pelvis y glúteos simulando (o no) el roce con la pareja de baile. Pronúnciese en modo imperativo.

PETAR (verbo). Úsese con el complemento directo y acompañado por el adverbio fuertemente. “Petarlo fuertemente” es el máximo grado de éxito que se puede conseguir por unidad de tiempo.

POSTUREO (sustantivo). Impostura, adopción de ciertos hábitos, poses y actitudes más por apariencia que por convicción. Surge en el ámbito de las redes sociales.

PUTIVUELTA (sustantivo). Recorrido que se hace en una discoteca, bar o fiesta popular con el propósito de calibrar el ambiente con objetivos de apareamiento.

¡QUÉ COMA!”. Alude al estado de ebriedad, equivale al clásico “¡menuda borrachera!”.

RANDOM (adjetivo). Se emplea para designar a gente sin rasgo digno de reseñar, la gente del montón, el relleno.

SPOILER (sustantivo). Hacer un spoiler es uno de los pecados capitales de la época. Se refiere a desvelar detalles importantes de la trama de una serie de televisión.

TODÓLOGO (sustantivo). Tertuliano de la radio y la televisión con capacidad para opinar hoy sobre el Ibex 35 y mañana sobre la física de partículas.

TROLEAR (verbo). Acosar e insultar en Internet de modo sostenido.

VIEJUNO (adjetivo). Con apariencia rancia y envejecida. Puede ser despectivo o todo lo contrario. Un bar viejuno puede molar.

ZAS EN TODA LA BOCA”. La frase tomada de Peter Griffin de la serie Padre de familia se emplea en tiempo real y con vehemencia cuando a una persona se le ha dado un buen corte.