Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Filosofía. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de enero de 2026

Derrota y descontrol del proceso educativo. La enseñanza de la filosofía.

 Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía: “Hemos perdido el control del proceso educativo, lo que damos en clase es en gran medida un simulacro”, en El País, por Ignacio Zafra, Valencia - 25 dic 2025:

Coautor del currículo oficial, el docente acaba de publicar un libro sobre el estado de su asignatura y advierte de la pérdida de referentes culturales comunes entre el profesorado y sus alumnos

Víctor Bermúdez volvió en septiembre a su instituto público de Mérida, donde da clase de Filosofía, después de cinco años en el Ministerio de Educación, donde ha coordinado la redacción de los actuales currículos de su materia y de varias más, como Historia. Acaba de publicar con otros autores Defensa de la enseñanza de la Filosofía: trayectorias en Iberoamérica (Aula de Humanidades), libro en el que explica que para entender por qué en España se enseña Filosofía en secundaria, y no sucede lo mismo en el centro y norte de Europa, hay que remontarse a las guerras de religión del siglo XVI. Durante una hora de entrevista, Bermúdez repasa la historia y características de su asignatura, para lanzarse después a hablar de cómo ve a los chavales y la escuela, la parte que, puestos a elegir, se recoge aquí. Nacido hace 57 años en Barcelona y criado en Triana, Sevilla, responde a las preguntas por videollamada desde el estudio de su casa. La cámara muestra el espacio acogedor donde trabaja alguien que no es precisamente un maniático del orden.

Pregunta. Afirma en el libro que una de las preocupaciones del profesorado en España es que el alumnado presenta “dificultades generales de atención, comprensión y expresión”. ¿La comparte?

Respuesta. Es una pregunta muy complicada. No es algo solo o específico de la materia de Filosofía. Como profesor creo que estamos en un momento de gran desconcierto educativo. Hemos perdido casi totalmente el control del proceso educativo de los chicos y las chicas, de los futuros ciudadanos. Y en gran medida la educación que seguimos dando en los centros educativos es un poco un simulacro.

P. ¿Por qué?

R. En primer lugar, se han desbocado los cauces de obtención de información. No hay quien los controle, porque en gran medida pertenecen a ámbitos privados. Empezando por las empresas que suministran herramientas no solamente de obtención, sino ahora de producción de información a través de la inteligencia artificial. La escuela no sabe cómo actualizar el lenguaje educativo para que pueda competir con eso. En segundo lugar, creo que la escuela está renunciando a su objetivo fundamental, que era generar una especie de cultura general común a toda la ciudadanía, que pudiera servir no ya para obtener trabajo, sino para generar unos vínculos comunitarios, unas referencias comunes, y una formación moral que permitiese a las personas afrontar el mundo. La educación está fracasando en esto y no por no porque no haya voluntad. Veo a mis compañeros y compañeras trabajando como locos por intentar enganchar al alumnado. Pero no sabemos cómo competir con, cómo llegar a, ni tampoco qué impartir. Y no sabemos cómo recuperar ese fondo de cultura general, de referentes culturales comunes que los chicos no llegan a compartir con nosotros.

P. Pero ¿tienen más dificultades de comprensión y expresión?

R. Hay dificultades, eso es innegable, para comprender textos escritos y para expresar por escrito contenidos complejos de una forma también compleja y amplia. Es decir, hay dificultades para expresarse en el lenguaje en el que tú y yo nos hemos educado.

P. ¿Cree que en ello influye el entorno en el que se están criando fuera de la escuela: las pantallas, los móviles, las redes sociales…?

R. Sí, y ahora la inteligencia artificial. No es que en general comprendan menos; comprenden menos y se expresan peor en determinados códigos. Con esto no quiero ser relativista; no creo que cualquier forma de comunicación sea igual de buena, creo que el lenguaje verbal es mucho mejor que otros, porque pensamos con él. Como les digo a mis alumnos, si no escribes bien y no hablas bien, tampoco puedes pensar bien. Pero tampoco quiero decir que los chicos sean tontos. Son muy listos y tienen un potencial enorme. A mi juicio, desaprovechado porque no están aprendiendo todos los lenguajes que deberían estar aprendiendo y dominando.

P. ¿Qué le preocupa del uso que hacen de la IA?

R. Lo que temo no es, ya que los chicos usen la inteligencia artificial, que la usan y mucho. Sino que muchos la utilizan ya sin picardía porque realmente creen que es una herramienta para que ellos puedan expresarse mejor. Un poco como el autotune, el aparato que hace que parece que cantas afinado aunque no lo hagas. Llegan a creer que esa expresión es fruto de su colaboración con la máquina, cuando en el fondo la máquina lo hace prácticamente todo. Muchos se están engañando con eso. La escuela tendría que aprovechar las herramientas que le proporciona la inteligencia artificial para educar, que es muy aprovechable, aunque habría que cambiar el propio concepto de evaluación. Pero no creo que ese sea el elemento fundamental del desconcierto.

P. ¿Cuál es?

R. Que se está disgregando a marchas forzadas ese ámbito que antes llamábamos cultura general, y que hacía que pudieras hablar con cualquier ciudadano de Cervantes o que un chico supiera dónde está Egipto. Un magma simbólico y de ideas que pueda amueblar la convivencia. Hay muchos chicos que no saben, por ejemplo, situarse históricamente de forma clara, y hablo de chicos de segundo de Bachillerato.

P. ¿A qué lo atribuye?

R. Creo que tiene que ver con que la educación en los últimos años se está centrando fundamentalmente en procedimientos. Que el chico o la chica sea capaz de desarrollar ciertas habilidades. Pero esto tiene el problema de que se pierda ese idioma común que antes era la cultura de, no sé, los europeos, por hablar de un ámbito cultural más concreto. Por un lado, la globalización ha roto, y tiene su parte positiva, esa burbuja cultural europea y de cada uno de sus países. Pero por otro, no ha dado nada para sustituir ese hueco cultural. Ese idioma de conceptos, contenidos, problemas comunes a nivel cultural, filosófico, político. De forma que cada vez nos comunicamos peor, cada vez nos entendemos menos. Y esto también está canalizado por el fenómeno de la polarización política y, en general, de la superficialidad de la comunicación que protagonizan fundamentalmente las redes globales. Una comunicación basada sobre todo en el consumo de productos muy simples, muy prefabricados.

P. ¿Qué papel le queda a la escuela?

R. Ese espacio de formación pública, dependiente únicamente del Estado, que es especialmente la escuela pública, es un reducto cada vez menor de interacción entre la ciudadanía. Se va empequeñeciendo frente al mercado global de comunicación, de formación y ahora ya de producción de información de las empresas privadas. Donde no hay referentes compartidos, un idioma cultural común que te permita plantear problemas profundos y encontrar un interlocutor. Sino que hay un nivel muy superficial de información, y básicamente una gran soledad individual, existencial, especialmente entre los jóvenes. Y no es solo aquí. A nivel mundial la escuela está perdiendo protagonismo.

P. ¿Puede hacer algo la filosofía al respecto?

R. Llámame si quieres ingenuo, pero sigo teniendo confianza en que la filosofía, la competencia filosófica, podría ser un cierto revulsivo para que la educación articule algo que permitiese a los chicos defenderse un poco de la agresión que sufren continuamente del entorno. Lo que no sé es cómo no tienen más problemas mentales. Si no tienen herramientas conceptuales, conceptos con los que comprender, categorías con las que ordenar la información, capacidad para hacer mapas mentales integrando lo que viene de aquí y de allá, no sé cómo podrán estos chavales afrontar no solo lo que hay, sino lo que se les viene encima. Porque se les viene encima una crisis ecosocial enorme, no sé si un contexto prebélico o bélico… En fin, igual es que soy ya muy viejo.

Entrevista al filósofo de 102 años Edgar Morin

 Las reflexiones del filósofo Edgar Morin a sus 104 años: "La sociedad es cada vez más sumisa, debemos pasar a la resistencia", en El Mundo, por Gonzalo Suárez, 8 enero 2026:

El icónico pensador francés hace balance de su más de un siglo de vida en 'Lecciones de la historia', donde condensa en 16 breves lecciones todo aquello que podemos, y debemos, aprender de nuestro pasado. "El día a día domina la vida cotidiana. Olvidamos que vivimos dentro de una historia"

El 8 de julio de 1921, la Comisión de Reparaciones Aliadas decretó que Alemania había incumplido los pagos acordados en el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial. A 8.000 kilómetros de allí, Mongolia declaró su independencia de China con la ayuda de tropas soviéticas. Y algo más cerca de casa, el general Manuel Fernández Silvestre extendió tanto las tropas en el Rif que acabó provocando el Desastre de Annual, que costó 11.500 muertos al Ejército español.

Ese mismo día, que suena casi a prehistoria, un bebé llamado Edgar Nahoum llegaba al mundo en París, en el seno de una familia de judíos sefardíes emigrados de Tesalónica. Pero no fue hasta dos décadas después, al alistarse en la Resistencia antinazi y participar en la Liberación de París, cuando el joven Edgar adoptaría el seudónimo con el que pasaría a la historia como uno de los grandes pensadores de su tiempo. "Mi militancia en la Segunda Guerra Mundial fue uno de los tres hechos que marcaron mi pensamiento, junto con la Guerra Civil española y la desestalinización emprendida por Jruschov", asegura Edgar Morin en una entrevista por correo electrónico, pues una indisposición le forzó a anular la cita acordada.

No es exagerado decir que el pope del 'pensamiento complejo' es el último gran intelectual del siglo XX. Sólo él vivió en primera persona la barbarie nazi que lo arrasó todo. Más tarde se convertiría en un comunista convencido, aunque fuera purgado en 1951 por su afán librepensador. También fue una figura clave en el Mayo del 68, que le pilló como profesor en la Universidad de Nanterre, desde donde narró en directo las revueltas en clarividentes textos en Le Monde.

Hoy, a sus 104 años, Edgar Morin sigue siendo un titán de las ideas que no deja de reflexionar, divulgar y editar libros. El último es Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado? (Taurus). En este ensayo condensa lo aprendido en su vida en 16 breves lecciones de apenas dos o tres páginas. Dice que su esperanza es animar a las generaciones actuales, cegadas por el fulgor de lo inmediato, a que adopten una mirada más amplia: "El día a día domina la política y la vida cotidiana. Vivimos desarraigados del pasado y privados del futuro. Olvidamos que vivimos dentro de una historia".

"Las condiciones históricas son distintas hoy a las de los años 30, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza"

PREGUNTA. ¿Es esa la principal lección de su libro? Porque el momento actual, con su aluvión de acontecimientos históricos, no invita a mirar las cosas con perspectiva...

RESPUESTA. Las perspectivas de futuro son muy inquietantes, sí, pero la experiencia me ha mostrado algo importante: que lo improbable puede llegar a suceder.

P. ¿Le recuerda la situación actual a su infancia y adolescencia en los años 20 y 30?

R. Las condiciones históricas son distintas, pero los peligros y las cegueras de ambos períodos son de la misma naturaleza. Hubo un tiempo no tan lejano en que todavía se podía imaginar un cambio de rumbo, pero parece que ahora ya es demasiado tarde. Ciertamente, lo improbable y, sobre todo, lo imprevisto pueden suceder. No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, con o sin desesperanza, pasar a la Resistencia.

Esta alusión a la Resistencia no parece casual. De ahí que rebobinemos a la infancia parisina que tanto marcó a nuestro protagonista. El pequeño Edgar se crió en los felices años 20, pero la tragedia pronto sacudió su vida. Su madre, Luna Beressi, enferma del corazón, falleció cuando él sólo tenía 10 años y se refugió en el cine, la lectura, el ciclismo y la aviación para sobrellevar la pérdida. En concreto, se enfrascó en Dostoievski, cuya lectura no sólo le sirvió de bálsamo, sino que le instruyó sobre el alma humana y marcó su pensamiento. "La muerte de mi madre ha sido el hecho principal de mi vida", declaró a Le Monde.

Cinco años después, Morin ya dio muestras de su compromiso político. Apenas alcanzada la mayoría de edad, le conmocionó la Guerra Civil y se afilió a organizaciones de apoyo al bando republicano. Al mismo tiempo se las arregló para ingresar en la Sorbona parisina y, tras el éxodo por la invasión nazi, se licenció en Derecho, Historia y Geografía en la Universidad de Toulouse sin dejar de colaborar con la Resistencia. Tan brillante era su currículum que ni siquiera necesitó un doctorado para obtener un puesto en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), la institución de investigación científica más prestigiosa de Francia, casa de 12 Premios Nobel y 10 Medallas Fields de Matemáticas.

Tras casarse con Violette Chapellaubeau, la primera de sus cuatro esposas, Morin emprendió un estudio multidisciplinar de un pueblo de la Bretaña, uno de los primeros ensayos etnológicos de la sociedad francesa contemporánea. También se interesó por prácticas culturales que desdeñaban los intelectuales de su época, lo que le llevó a recorrer América Latina. Defender los derechos de la población indígena se convirtió en otra de las pasiones de su vida.

De todas estas experiencias, Morin extrajo una de sus grandes aportaciones al pensamiento del siglo XX: la idea de policrisis, que acuñó en 1993, décadas antes de que miles de analistas como Adam Tooze se la apropiaran sin citarle. Según él, una policrisis no es sólo una acumulación de crisis sociales, políticas, económicas o ambientales: la clave es cómo interactúan entre ellas. De hecho, resolver un problema de forma aislada puede empeorar el resto de formas impredecibles. Por ello, Morin siempre propone un enfoque global que incorpore la complejidad de las interacciones antes de actuar.

"Conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia"

PREGUNTA. ¿Cómo interpreta la ‘policrisis’ actual: el cambio climático, la aceleración tecnológica, la fragmentación geopolítica, el cansancio democrático...? ¿Se trata de una ‘policrisis’ que abrirá una nueva era histórica? ¿O sólo es la repetición de viejos patrones que consideramos únicos por nuestro egocentrismo histórico?

RESPUESTA. Es una crisis de la humanidad globalizada, con innumerables entrelazamientos, y cuyo desenlace es incierto.

Su otra gran idea es el "pensamiento complejo", un método que busca comprender los fenómenos en su totalidad y al que dedicó la gran obra de su vida: El método, un oceánico tratado de seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004. Su idea clave es que la realidad es un tejido de relaciones y, para comprenderla, hay que mirar al conjunto y las partes a la vez, además de todas sus interrelaciones. Por ejemplo, el pensamiento dialógico defiende que existan dos ideas opuestas a la vez -que en el mundo pueden convivir orden y caos a la vez- sin que se excluyan mutuamente: la vida necesita reglas para funcionar, sí, pero también errores, crisis y cambios para evolucionar.

Con semejante currículum, cuajado de premios internacionales y doctorados honoris causa, hace tiempo que Morin se tendría ganada una jubilación más que honrosa. Sin embargo, su producción se ha acelerado con la vejez, sobre todo desde que fue uno de los inspiradores, junto a Stéphane Hessel, de las revueltas juveniles que recorrieron el mundo en 2011. "Es la primera vez que mis libros se convierten en best sellers", dijo, socarrón, en aquella época.

PREGUNTA. ¿Qué alimenta su curiosidad en esta etapa de su vida?

RESPUESTA.Todo: la vida, el ser humano, el cosmos, el amor, la amistad…

P. En una entrevista reciente en el ‘Corriere della Sera’, dijo que cada fase de la vida le ha dejado su huella…

R. Sí, conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia, la responsabilidad del adulto y ahora, ya anciano, intento nutrirme de la experiencia de todas las edades que he atravesado

P. Me remito, entonces, a su infancia. Estudios recientes dicen que los jóvenes de los países occidentales cada vez conceden menos valor a la democracia: estarían dispuestos a cambiar sus libertades si se les garantiza más seguridad y estabilidad económica. ¿Qué les diría?

R. Intentaría demostrarles que nunca se debe sacrificar la libertad. Entiendo que la falta de una esperanza previsible es un factor que irrita a la juventud. Estamos dominados por formidables poderes políticos y económicos, a la vez que nos amenaza la instauración de una sociedad de sumisión. La primera y más fundamental resistencia es la del espíritu. Esa resistencia prepararía a las generaciones jóvenes para pensar y actuar en favor de las fuerzas de unión, fraternidad, vida y amor –que podemos concebir bajo el nombre de Eros– contra las fuerzas de dislocación, desintegración, conflicto y muerte, que podemos concebir bajo los nombres de Pólemos y Tánatos.

P. Pero sí es cierto que muchos ciudadanos se sienten desorientados por la velocidad del cambio. ¿Qué recursos filosóficos pueden ayudarnos a dar sentido al presente, en lugar de sucumbir al miedo o a la nostalgia?

R. La conciencia de la Historia, con sus azares imprevistos y sus incertidumbres.

P. En sus obras recientes ha hablado de una crisis todavía más profunda que las demás: la crisis del pensamiento, marcada por la simplificación excesiva en detrimento de la complejidad, los sueños y la poesía. ¿Es esa, según usted, la raíz de las demás crisis?

R. Me temo que sí. Hay que resistir a la intimidación de toda mentira proclamada como verdad y a la contagiosa embriaguez colectiva. Es necesario no ceder nunca al delirio de la responsabilidad colectiva de un pueblo o de una etnia. Esto exige resistir al odio y al desprecio. Implica esforzarse por comprender la complejidad de los problemas y fenómenos, en lugar de sucumbir a una visión parcial o unilateral. Requiere investigación, verificación de la información y aceptación de las incertidumbres.

"No sabemos si la situación mundial es sólo desesperante o verdaderamente desesperada. Eso significa que debemos, con o sin esperanza, pasar a la resistencia"

PREGUNTA. También ha criticado la creciente fragmentación del saber: parece que privilegiamos la cantidad de información en detrimento de su calidad. Es decir, disponemos de cada vez más datos, pero nos falta capacidad para establecer conexiones y dar sentido a la realidad.

RESPUESTA. Esa es precisamente la crisis del pensamiento. La experiencia de la gran crisis planetaria y multidimensional que surgió con la pandemia prueba de forma evidente la necesidad de un pensamiento complejo y de una acción consciente de las complejidades de la aventura humana.

P. Usted afirma que el ‘Homo sapiens también puede ser ‘Homo demens’. Es decir: la razón y el delirio coexisten en nosotros. Ahora que parece que el ‘Homo demens’ gana la batalla, ¿cómo puede contraatacar el ser humano?

R. Mediante una toma de conciencia todavía invisible. Es la unión, dentro de nosotros mismos, de las fuerzas de Eros y las del espíritu despierto y responsable la que alimentará nuestra resistencia frente a los sometimientos, las ignominias y las mentiras. Los túneles no son interminables, lo probable no es lo cierto, lo inesperado siempre es posible.

P. Como último gran pensador europeo, ¿qué papel puede desempeñar hoy nuestro continente en un mundo cada vez más polarizado entre China y EE.UU.? ¿Qué renovación cultural o filosófica necesita Europa, que parece paralizada, para recuperar su voz en el mundo?

R. Necesita lo que he formulado como un humanismo regenerado. Ser humanista, hoy, no es solo comprender que los peligros, las incertidumbres y las distintas crisis –la de la democracia, la del pensamiento político, la del desbordamiento del beneficio, la de la biosfera y, por último, la multidimensional de la pandemia– nos han unido en una comunidad de destino. Ser humanista es también sentir, en lo más profundo de uno mismo, que cada uno de nosotros es un momento efímero de una aventura extraordinaria: la aventura de la vida, que dio origen a la aventura humana, la cual, entre creaciones, tormentos y desastres, ha llegado a una crisis gigantesca en la que se juega el destino de la especie. El humanismo regenerado no es solo el sentimiento de comunidad y solidaridad humanas, sino también la conciencia de formar parte de esa aventura desconocida e increíble, y el deseo de que continúe hacia una metamorfosis de la que surja un nuevo devenir.

P. Usted sostiene que "la vida es un combate entre la prosa y la poesía". ¿Cómo lograr que, en un mundo tan desafiante, la prosa no lo invada todo y que preservemos un espacio para la poesía?

R. Cada uno debe intentar vivir poéticamente. Todos los momentos de felicidad contienen una dimensión poética. 

La aspiración a realizarse estando integrado en una comunidad debería ser la primera aspiración humana; la segunda, la de una vida poética. 

No confundo la prosa con la desgracia: en la prosa hay ausencia de alegría; en la desgracia hay presencia de sufrimiento. Aquellos que padecen la desgracia –los encarcelados, los excluidos, los miserables– también están condenados a la prosa, aunque a veces conozcan instantes fugaces de poesía.

Entrevista al neurocientífico Anil Seth

 Neurociencia. Anil Seth, el neurocientífico que sostiene que nuestra realidad no es más que una "alucinación controlada": "Es una manera sencilla de explicar la compleja conciencia humana", por Daniel Arjona, 7 enero 2026:

En 'La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia', el británico aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana: "Que cada uno experimente el mundo a su manera no significa que todo sea arbitrario"

Hace cinco años, un hombre dejó de existir por tercera vez en su vida. No estaba dormido. Si lo hubiera estado, el bisturí del cirujano le habría despertado al instante. Se hallaba sumido en una profundidad mucho mayor, más cercana a la muerte o al coma que al descanso nocturno. Mientras su cerebro se inundaba de fármacos, experimentó el desmoronamiento de su propia presencia, una oscuridad absoluta y reconfortante donde no transcurrió ni un segundo, ni una hora, ni un siglo; el tiempo simplemente se evaporó. No estaba allí. Fue sujeto pasivo de ese acto de magia moderna y cotidiana que es la anestesia, un procedimiento que transforma temporalmente a las personas en objetos biológicos, en carne y hueso sin rastro de universo interior, solo para devolverles milagrosamente la condición de ser consciente horas después, intactos pero desconcertados ante el abismo de la nada que acaban de habitar.

Ese viajero del olvido es el neurocientífico británico Anil Seth (Oxford, 1972), y esta experiencia liminal es el punto de partida de La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia (Sexto Piso), una obra monumental que aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana. Seth, codirector del Centro Sackler de Ciencia de la Conciencia, sostiene que nuestra percepción de la realidad no es un reflejo objetivo del mundo, sino una «alucinación controlada» generada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia biológica.

Lejos de considerar la conciencia como un misterio místico o un software computacional, su teoría del «animal-máquina» la ancla profundamente en nuestros ritmos fisiológicos, sugiriendo que sentimos porque estamos vivos. Diseccionamos junto al autor los mecanismos que fabrican nuestra identidad y abordamos el gran enigma de por qué hay algo, en lugar de nada, dentro de nuestras cabezas.

Anil Seth. "Tras la muerte no hay nada, ni sufrimiento ni dolor"

PREGUNTA. Propone sustituir el célebre 'problema difícil' de la conciencia por lo que llama el 'problema real': explicar, predecir y controlar las propiedades fenomenológicas de la experiencia. ¿Estamos ante una auténtica solución científica al gran enigma o, más bien, ante una estrategia elegante para rodearlo?

RESPUESTA. Quizás ninguna de las dos. La forma de pensar basada en el «problema difícil» ha dominado los enfoques científicos y filosóficos de la conciencia durante mucho tiempo. Estuve almorzando precisamente con Dave Chalmers hace un par de días en Nueva York... fue él quien acuñó esa forma de plantearlo. Es una manera muy intuitiva de pensar en el problema, porque, remontándonos a Descartes y antes, siempre ha existido el desafío de cómo relacionar el mundo de la materia física con el mundo de lo mental. En particular, con la parte consciente de nuestras vidas mentales. Tal vez no sea tan difícil imaginar cómo pueden funcionar cosas como la memoria o la atención basándose en procesos físicos, pero la rojez del rojo, el dolor de una muela... Eso parece ser otra cosa. Siempre ha existido esa brecha explicativa entre lo físico y lo consciente. El «problema difícil» realmente cristaliza eso.

P. Usted opone lo que llama el 'problema real'.

R. Sí, pero tampoco es nada revolucionario. Se trata de ponerle una etiqueta a cómo podemos seguir progresando en la ciencia de la conciencia frente a este aparente misterio planteado por el «problema difícil». La idea central es darse cuenta de que todavía podemos hacer lo que la ciencia hace típicamente cuando se enfrenta a un fenómeno: explicar, predecir y tal vez incluso controlar sus propiedades. Pero en este caso, las propiedades de las que hablamos son propiedades de la experiencia: por qué una experiencia es como es y no de otra manera, o por qué diferentes experiencias se sienten como se sienten. Creo que siguiendo este camino, no vamos a resolver el «problema difícil» en la forma en que estamos familiarizados con él. No vamos a llegar a un momento eureka donde digamos: «Ah, así es como se obtiene la experiencia a partir de la materia». Pero tampoco creo que estemos simplemente rodeándolo. Creo que estamos disolviendo el «problema difícil», no resolviéndolo. Cuanto más tiramos del hilo del «problema real», menos extraño se vuelve pensar que la materia -la materia biológica dentro de nuestros cerebros- podría tener experiencias. Parte de esto implica que nuestras preguntas cambian. Hay otros aspectos de la conciencia y del «problema difícil» que no tienen que ver con la dificultad de la ciencia, sino con el hecho de que ponemos el listón muy alto: intentamos explicarnos a nosotros mismos. Queremos algo que conlleve un nivel de satisfacción intuitiva que no pedimos en otras ciencias. Nadie dice que la mecánica cuántica es un fracaso porque no tiene sentido intuitivo; es un éxito y no tiene sentido. Es una ciencia muy exitosa. Así es como me gusta pensar en la conciencia.

P. En 'La creación del yo' describe nuestra experiencia de la realidad como una «alucinación controlada», donde el cerebro no es una ventana al mundo, sino una máquina de predicción que solo deja entrar los datos sensoriales para corregir sus errores. Si biológicamente "no vemos las cosas como son, sino como somos", ¿tenemos alguna esperanza de alcanzar una objetividad compartida o estamos condenados a la subjetividad y las 'fake news'?

R. Vamos por partes. No creo que estemos condenados a las fake news en absoluto. La cita sobre que «vemos las cosas como somos nosotros» se remonta al Talmud. El hecho de que cada uno experimente el mundo a su propia manera única no significa que todo sea arbitrario, que podamos experimentar las cosas como nuestro cerebro decida. A veces, cuando soñamos, somos capaces de tener experiencias completamente divorciadas de la realidad. También bajo ciertas condiciones psiquiátricas o con drogas psicodélicas. Pero no la mayor parte del tiempo. La razón por la que uso el eslogan «alucinación controlada» es precisamente por el control. Ambos elementos son importantes. La parte de la alucinación enfatiza que nuestros cerebros no son solo ventanas al mundo; la percepción es siempre constructiva. Tiene que haber un proceso en el que el cerebro hace una inferencia, una «mejor suposición» sobre lo que hay ahí fuera, las causas de las señales sensoriales, y luego utiliza esas señales sensoriales para calibrar estas predicciones. Esa es la hipótesis subyacente: lo que experimentamos es la mejor suposición del cerebro, en lugar de una simple lectura de datos sensoriales.

P. ¿Por qué?

R. Para la mayoría de nosotros, nuestras alucinaciones estarán controladas por una realidad objetiva compartida. Si vamos a cruzar la calle, veremos el tráfico. Puede que no tengamos exactamente la misma experiencia, pero todos experimentaremos aspectos que reflejan la realidad tal como es. Así que hay, de nuevo, un terreno intermedio. No creo que podamos experimentar jamás la realidad «tal como es». No creo que tenga sentido siquiera sugerir eso. Es una forma de pensar que se remonta a Kant y la idea del noúmeno («la cosa en sí»). Las cosas «como son» siempre están ocultas tras un velo sensorial. El color no existe independientemente de una mente, así que ni siquiera tiene sentido preguntar «¿puedes experimentar el color como realmente es?». Porque lo que «realmente es», depende de tu cerebro. Lo que vale para el color, vale de diferentes maneras para todo; la experiencia siempre depende de la mente. Pero de ninguna manera estamos condenados a las fake news, viviendo en nuestras propias burbujas narcisistas de subjetividad individual. Tenemos lenguaje, tenemos formas de comunicar y compartir nuestras experiencias, y nuestras experiencias suelen estar fundamentadas en algo. Esto no es garantía de que no terminemos en nuestras propias burbujas narcisistas; por supuesto, eso puede suceder y sucede. Lo vemos en las redes sociales y en todo tipo de cosas. Hay motivos, sin embargo, para el optimismo: si reconocemos que incluso para cosas tan políticamente irrelevantes como el color de un vestido (recordará la famosa foto del vestido que parecía azul y negro o blanco y dorado), si nos damos cuenta de que incluso nuestras experiencias perceptivas de estas cosas inofensivas pueden ser diferentes, podemos cultivar un poco de humildad sobre nuestra propia visión del mundo.

"Algunos de los principales expertos en el campo de la IA piensan que esta tecnología es una entidad consciente"

PREGUNTA. ¿Ese tipo de humildad es el primer paso para disolver algunas de las dinámicas sociales más peligrosas como las cámaras de eco?

RESPUESTA. El problema con ese tipo de creencias a nivel social es cuando la gente no puede entender que otra forma de ver las cosas es posible. Hay aquí una lección importante que puede ayudarnos a lidiar con esas dinámicas sociales. De hecho, este es uno de nuestros grandes proyectos experimentales en este momento: el Censo de la Percepción, que analiza en la práctica cuán diferentes son nuestras experiencias perceptivas. Puede parecer contraintuitivo para algunas personas porque nuestra experiencia tiene el carácter de ser una ventana objetiva al mundo; simplemente parece que el mundo está ahí fuera. Desde el punto de vista de la evolución, esto tiene sentido; no sería muy útil si fuéramos criaturas que caminaran por ahí experimentando nuestras experiencias como construcciones. Sería como si todos caminaran sintiendo que están alucinando. No es de extrañar que experimentemos las cosas como si no dependieran de nuestros propios cerebros. Las diferencias pueden ser pequeñas, o internas, pero, si no pensaras en ello, podrías pasar toda tu vida sin darte cuenta de que otra persona está teniendo una experiencia ligeramente diferente. Hay mucho más por descubrir empíricamente sobre la naturaleza de la diversidad perceptiva.

P. En sus investigaciones defiende que la conciencia tiene más que ver con estar vivo que con ser inteligente y subraya el papel central del cuerpo en la emergencia del yo. ¿Una inteligencia artificial sin cuerpo estaría condenada a ser un zombi?

R. Esa es realmente la pregunta más urgente ahora, en parte debido al auge de la IA y su prevalencia extraordinaria. Pero en realidad se trata de dos preguntas. 

Una es si la IA podría ser realmente consciente (o si está condenada a ser un zombi). 

La otra pregunta es qué sucede cuando la gente siente que estos sistemas son conscientes, incluso si no lo son. 

Es un hecho que mucha gente piensa que la IA es consciente; especialmente cuando conversan con modelos de lenguaje, creen que están hablando con una entidad consciente. Incluso algunos de los principales expertos en el campo también piensan de esta manera. Eso ya está sucediendo y plantea muchas preocupaciones. Nos volvemos psicológicamente vulnerables si sentimos que interactuamos con algo que tiene experiencias conscientes; es más probable que nos abramos, que aceptemos consejos (que podrían ser explotadores o dañinos). Ha habido casos de personas que se han suicidado. Y existe el problema más sutil: si decidimos tratar a estos sistemas como si fueran conscientes, eso requiere muchos recursos morales, y tenemos recursos morales limitados. Por otro lado, si los tratamos mal, pero sentimos que son conscientes, eso es psicológicamente insalubre para nosotros. Ahora, la pregunta más profunda, la más existencial, es si estas cosas son realmente conscientes.

P. ¿Lo son?

R. Soy muy escéptico. Al menos para el tipo de modelos que tenemos ahora. Y esto se debe, como mencionaste, a que en mi propio pensamiento sobre la conciencia, el cuerpo sigue apareciendo como algo realmente importante. Toda la idea de las «alucinaciones controladas» para mí desciende directamente a cómo el cerebro regula nuestra fisiología interna. Podría decirse que cada experiencia consciente está impregnada de un sentimiento muy básico de «estar vivo». Hay razones positivas para asociar la conciencia con las criaturas vivas, con las propiedades particulares de los sistemas vivos. Este mecanismo de hacer y actualizar predicciones llega hasta el nivel de las células individuales. Hay una línea directa desde lo que nos mantiene vivos hasta los mecanismos que subyacen a la conciencia. Al mismo tiempo, cuanto más miras dentro de los cerebros, más te das cuenta de cuán diferentes son de los ordenadores. Para que la IA sea consciente, para que esta sea siquiera una opción sobre la mesa, tienes que asumir que la conciencia es básicamente una cuestión de computación; que si consigues el algoritmo correcto, obtienes conciencia. A esta visión filosófica se la llama «funcionalismo computacional». Tienes que asumir que es una cuestión de algoritmos. Y eso es lo que creo que es realmente inseguro. La razón por la que la gente piensa que la conciencia es una cuestión de computación es porque, dicho de forma simple, hemos olvidado que lo de que el cerebro es un ordenador no es más que una metáfora, y hemos confundido el mapa con el territorio.

P. Si el cerebro no es un ordenador, ¿es el proyecto transhumanista de 'subir la mente' a la nube un error de categoría fundamental.

R. Es altamente problemático. Es problemático por muchas razones. Cuando se trata de «subir la mente», partimos de la misma suposición: asumimos que lo que significa ser tú, tu conciencia, puede abstraerse de la materialidad de tu cerebro e implementarse en una nube de silicio en algún lugar, para que puedas existir para siempre en algún espacio abstracto de algoritmos prístinos. Esto es increíblemente improbable. Hay una ironía ahí: este sueño de escanear tu cerebro con todo detalle y luego subirlo a un modelo de simulación cerebral enormemente poderoso... Si piensas que necesitas escanear tu cerebro con un detalle molécula a molécula para preservar tu conciencia, lo que también estás diciendo es: «Bueno, el cerebro realmente no es un ordenador». Porque necesito conocer todos los detalles. Y si el cerebro no es un ordenador, entonces es aún menos probable que sigas existiendo y, en lugar de algún paraíso posthumano, simplemente obtendrás el olvido del silicio. No habrá nadie allí.

"Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo"

PREGUNTA. Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin nos bajó de la cima de la creación, y Freud cuestionó nuestra racionalidad. Su trabajo parece dar el golpe final: la conciencia no es un don divino ni una cúspide evolutiva, sino un truco de regulación fisiológica compartido con pulpos y vacas. ¿Es así?

RESPUESTA. No puedo verlo así. No creo que sea un «golpe». Sé que Freud a menudo lo describía de esa manera. Es un golpe al excepcionalismo humano. Pero no es una disminución de lo que significa ser humano; en realidad, creo que es una expansión. Lo vemos en los ejemplos: el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero el universo se volvió mucho más maravilloso e inspirador de lo que era antes. Lo mismo con Darwin: fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero nuestra conexión con el resto de la vida, a través de una inmensa extensión de tiempo, es nuevamente algo que añade a nuestro asombro y belleza de ser humanos. Y creo que lo mismo es cierto con la conciencia. Es lo que todavía nos hace sentir que tal vez hay algo separado que sucede respecto al resto del universo, que quizás es dado por Dios. Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo.

jueves, 1 de enero de 2026

Entrevista con el neoecologista Timothy Morton

 Timothy Morton, activista: “Estados Unidos es un gigantesco campo de concentración”, entrevista por Carmen Pérez-Lanzac, en El País, 26 DIC 2025:

El filósofo británico, una figura del nuevo ecologismo, sostiene que para proteger el Amazonas primero tenemos que destruir el racismo que habita en nosotros

Timothy Morton (Londres, 1968) es uno de los ensayistas que lidera la nueva ola del ecologismo. El pensador británico, autor de una obra provocadora y extremadamente personal, da por hecho que la destrucción del planeta ya está en marcha. Admirado por la cantante Björk o por Hans Ulrich Obrist, director artístico de la moderna galería Serpentine de Londres, Morton luce maneras de artista punk y mantiene una lucha contra el pensamiento preconcebido. Y es uno de los ensayistas que mejor ha descrito esa angustia que sentimos cada vez que encendemos cotidianamente el motor del coche o el aire acondicionado siendo conscientes de que, al hacerlo, estamos acercando el fin de nuestra especie.

El profesor de la Rice University de Houston (Texas), donde reside, es autor de una docena de ensayos en los que habla de cómo el cambio climático es algo tan gigantesco que ni siquiera podemos calibrarlo (Hiperobjetos, 2025, Adriana Hidalgo Editora), sobre cómo volver a habitar la Tierra una vez la hemos devastado (Hiposujetos, 2023, Holobionte), e incluso imagina que intentamos huir de la contaminación en el Halcón Milenario, la nave creada por George Lucas para la saga de Star Wars (Astronave, 2021, también de Holobionte).

A lo largo de la conversación, que tiene lugar por videoconferencia, afirma que los abusos que sufrió de niño explican su forma de pensar. También cuenta que recientemente, por medio de la mujer con la que se casó en 2023, ha descubierto a Jesús —“sí, de alguna manera encontré a Jesús, y me gustaría que sonara de la manera más estúpida y cursi posible” —. Tiene reflexiones para dar y regalar, como muestra durante la entrevista.

Pregunta. Usted analizó un concepto interesante, los hiperobjetos. ¿Puede explicar qué son?

Respuesta. Un hiperobjeto es algo tan físicamente enorme y duradero que solo podemos experimentarlo en diminutas porciones. Puedes pensar sobre ello, incluso llegar a entenderlo, pero si intentas medirlo o calibrarlo solo lo logras con porciones casi insignificantes. Un hiperobjeto agradable es la biosfera de la que nacimos. Otro distinto es la interacción humana con la inteligencia artificial o el calentamiento global. Necesitas una capacidad masiva de procesamiento para mapear todas sus secuelas en tiempo real.

P. En la introducción de su último libro, Hell: In Search of a Christian Ecology (Infierno: en busca de una ecología cristiana, sin traducir al español), afirma que el Infierno en la Tierra es real. Culpa al petróleo, al cristianismo evangélico y a la supremacía blanca.

R. Un fascista es alguien que está seguro de ser el bueno de la película. Pero ser una buena persona implica estar un poco preocupado por si en realidad resulta que eres el malo. Al hablar de fascismo me refiero a lo que considero que hoy es la norma. No es algo nuevo, lleva miles de años en marcha. Antes eran los tiranos, los faraones. Hoy no son la excepción, sino la norma. Y lo son por el tipo de estructuras sociales de las que nos hemos dotado, que se basan en jerarquías de dominación. El investigador australiano Luke Kemp llama a estas estructuras Goliats. Vivimos en una era en la que estamos causando un enorme daño a la bioesfera. Y esto pasa porque la forma en que nos tratamos entre nosotros es la forma en que tratamos al resto del planeta.

P. ¿Cómo es el Infierno que describe?

R. Las religiones del mundo han imaginado lo que llaman la vida después de la muerte. El Infierno sería como una especie de campo de concentración eterno. Y sería un lugar solo para personas malas. Y el cielo sería el equivalente para las personas buenas. Y toda esta idea proporcionó el modelo para Estados Unidos, donde vivo, por poner un ejemplo. A todos los efectos, es un gigantesco campo de concentración o una plantación que genera valor esclavizando a otros seres humanos, y utilizando a seres no humanos de manera totalmente gratuita. Quienes ejercen este poder son, en su mayoría, personas anglosajonas blancas. Personas como yo que para tener su propio paraíso crearon el Infierno para el resto. Y ahora todos estamos atrapados en él. Vivimos en una sociedad de amos y siervos que es también un hiperobjeto.

“Cuando era niño la ecología sonaba como algo utópico. Hoy en día es como si todos tuviéramos un mal viaje de LSD”

P. ¿Hay escapatoria?

R. Lo primero es poder verlo. Darnos cuenta de que formamos parte de este infierno. Y la única salida es crear un Paraíso. Y para ello te tienes que juntar con otros seres que también quieran mejorar el planeta. Te puedes juntar con dos, con cinco, con seis millones, da igual la cifra. Tenemos que salir de esta lógica de campo de concentración global.

P. Usted forma parte del movimiento OOO, Ontología Orientada a Objetos, una corriente que desafía el antropocentrismo y argumenta que los objetos no humanos tienen su propia existencia. ¿Puede explicar cómo se ve el mundo a través de ese prisma?

R. La OOO la crearon cuatro blancos que empezaron a deconstruirse. Es una forma de romper con la filosofía occidental al otorgarle alma a todas las cosas.

P. En Ecología oscura (2019, Paidós) rechaza la idea de la naturaleza prístina.

R. La mera idea de una naturaleza virgen es un sueño violento, la fantasía de un pederasta. La forma de hablar romántica de la naturaleza es violencia. Si quieres un mundo que esté más allá de la violación, no puedes pensar en términos de perfección. Parte de lo que hago es explicar que ser ecologista implica desmantelar el racismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia. Para proteger el Amazonas primero tienes que destruir el racismo que habita en ti.

P. ¿Cómo ha cambiado la conciencia ecológica?

R. Cuando era un niño, a finales de los años setenta, la ecología sonaba como algo utópico, como un viaje de LSD. Hoy en día es como si todos fuéramos obligados a tomar LSD y tuviéramos un mal viaje. Hemos pasado de un buen viaje a un viaje horrible. Y esto empezó a pasar hace unos 15 años.

P. Hace un mes se cerraba la última cumbre del clima sin ser capaz de recoger el daño que hacen los combustibles fósiles.

R. Es como si el Coyote cayera por un precipicio, pero no se diera cuenta de que está en plena caída. Hablan, y hablan, y hablan cuando lo único que hay que hacer hoy es destruir el fascismo. Es el enemigo público número 1. Y tenemos que reimaginar el espacio social para crear un mundo mejor para todos.

P. ¿Qué opina de esta nueva forma de protesta de los jóvenes que echan pintura sobre las obras de arte para llamar la atención sobre el cambio climático o el colonialismo? Hace un par de meses ha sucedido en el Museo Naval de Madrid.

R. Tienen toda mi empatía. Ellos lanzan pintura, que se puede borrar, y nosotros echamos dióxido de carbono que va a destrozar sus vidas. Estamos literalmente destrozando a niños. Sufrí abusos, padezco de depresión, siento dolor. Me escriben estudiantes pidiéndome ayuda. Sus propios abuelos y padres crearon este mundo, necesitan que alguien les dé la mano. Yo les ayudo a gritar.

La llamada posreligión

 La idea del cristianismo como única verdad quedó obsoleta: bienvenidos a la posreligión, en El País, por Mar Padilla, 27 DIC 2025:

Un nuevo paisaje espiritual con formas híbridas se dibuja. Muchos agnósticos ya abrazan la meditación zen, la tecnología o trabajan la conexión de cuerpo, mente y espíritu

Estos días andamos sumergidos en el acuerdo tácito de comer y beber como si no hubiera mañana, en la maravillosa calidez de la compañía de familia y amigos, recordando a los que ya no están y mirándonos a los ojos al brindar por el río del tiempo y la rueda de la vuelta a empezar.

Algunos irán a misa, muchos a comprar regalos y casi todos, ni que sea por un instante, pensarán en ese no-sé-qué entre el más acá y el más allá. Aquella Verdad del antiguo Dios Todopoderoso hace mucho que dejó de ser única, pero en este siglo XXI, tan tecnológico y pos-posmoderno, las creencias persisten. El primer Barómetro sobre Religión y Creencias de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de Presidencia, señala que el 49% de personas en España declara tener creencias religiosas —mayoritariamente católica—, mientras un 51% no las tiene. De este grupo, uno de cada tres cree en algún tipo de espiritualidad. “La sociedad española se está postsecularizando” —explica al teléfono la doctora en Derecho Eclesíastico, polítóloga y socióloga Eugenia Relaño, una de las autoras del barómetro—, “está viviendo un proceso de cambio sociorreligioso muy acelerado. Y a la vez están surgiendo formas híbridas de espiritualidad”.

Los datos atestiguan que hay nuevas formas de relacionarse con la cuestión de creer, al margen (al menos en parte) de las instituciones religiosas tradicionales. Es un nuevo paisaje religioso-cultural que algunos catalogan con el nombre de posreligión. La misma Rosalía, en su promoción de su disco Lux, habla de este concepto, refiriéndose a una espiritualidad fuera de dogma, más terrenal y libre. En una entrevista con Billboard afirmó que le interesa mucho “el concepto de posreligión, esa apertura en la que uno pueda resonar con ideas del cristianismo” y del resto de las grandes religiones. No en vano, una de las inspiraciones de Lux es Simone Weil, quien en Carta a un religioso escribió: “La fe no es adhesión a un credo, sino un acto de atención total hacia la realidad”.

En este camino en busca de sentido (parafraseando el clásico de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido), Relaño destaca que, más allá del binomio del creer / no creer, el paisaje religioso está viviendo una transformación rica y compleja, en la que muchos católicos no se consideran personas espirituales, sino que viven la religión como un hecho cultural y social, “como un marcador de pertenencia”, dice.

Relaño señala también que muchos agnósticos están adquiriendo creencias espirituales heterodoxas: la meditación zen, las terapias holísticas —que buscan la conexión de cuerpo, mente y espíritu—, el transhumanismo digital —la creencia de que con ayuda de la tecnología nuestras vidas serán mucho más duraderas—, el sufismo —una rama mística del islam—, o el neopaganismo —que recuperan rituales de adoración a diversos dioses, como el culto a los dioses olímpicos que se está volviendo a practicar en Grecia—. Es un nuevo paisaje inédito donde “cada uno se monta su propia semántica sobre lo que considera sagrado y lo que no”, y en el que los jóvenes viven sus creencias con naturalidad y libertad.

Para la socióloga francesa Corinne Valasik, autora junto el teólogo Xavier Gué del libro Religions en postmodernité. Vers une postreligion? (religiones en la posmodernidad. ¿Hacia una posreligión?, sin traducir al español), estamos ante una amalgama de acciones y devociones a imagen y semejanza del mundo actual: fragmentado, multicultural, neoliberal, identitario, globalizado y localizado, definido por internet y también por la crisis ecológica. De ahí la idea del término de posreligión. “No se trata de decir que la religión ya no forma parte de la sociedad, sino que adopta formas diferentes”, argumenta por correo electrónico Valasik.

Su tesis es que el concepto moderno de religión, que surgió en la Ilustración y estableció el cristianismo como “la única y verdadera”, se ha quedado obsoleto, y que el nuevo concepto da cabida a otros modos de creer, a dimensiones que a veces se dejan de lado como la relación con los antepasados, los espíritus o las nuevas formas de reencantamiento del mundo.

Hay otro factor que influye en estos cambios: en la actualidad, las personas con movilidad geográfica, que se cuentan por millones, mantienen vínculos muy fuertes con su país de origen gracias a las nuevas tecnologías, a través de las redes, lo que está dando lugar “al desarrollo de identidades transnacionales que están remodelando profundamente las religiones”, según Valasik.

En este nuevo mapa de creencias, la tierra —en el sentido local, y también en el planetario— parece recobrar su peso perdido. Según Paolo Pecere, autor de El sentido de la naturaleza (Anagrama), la nueva espiritualidad responde a un malestar muy extendido en la sociedad actual, donde la vida al aire libre y la proximidad a otros seres vivos están muy limitadas en comparación con el pasado.

Ante ello, muchos están regresando a lo rural, al contacto con el campo, buscando el cuidado y el bienestar psicofísico. Según Pecere, “necesitamos una implicación sensorial y emocional, que puede suscitarse de diversas formas, como el contacto directo con el medio ambiente, con otros animales, la unión emocional con el paisaje, e incluso formas de religión o espiritualidad”.

Otros pensadores también apuntan a la idea de que la espiritualidad está resurgiendo, abriéndose a otras posibilidades. “El ser humano es religioso por naturaleza, es decir, no se conforma con la dimensión inmanente o terrenal, sino que necesita la trascendente o espiritual. Necesita re-ligarse [religión viene del latín religare, que significa “volver a unir”] a algo más grande que él mismo”, explica por email el escritor y sacerdote Pablo d’Ors, autor de Biografía del silencio, Los contemplativos o Devoción.

Algo parecido opina el ensayista Juan Arnau, para quien nuestra cultura magnifica el ego hasta cotas estratosféricas, otorgando además a las abstracciones físicomatemáticas categoría de realidad. “Desde la revolución científica y la Ilustración se ha estado manejando un materialismo ramplón, fisicalista y mecánico”, escribe en su libro La meditación soleada.

En este nuevo paisaje de creencias, algunos se aprovechan de las necesidades humanas de conexión y pertenencia para hacer manipular o negocio. En el libro Conspirituality (Conspiritualidad, que publicará Capitán Swing), los ensayistas Derek Beres y Julian Walker advierten contra el auge de los influencers que mezclan espiritualidad y bienestar new age con discursos paranoicos, destapando estafas y dinámicas sectarias que proliferan en Internet, engañando a los que buscan alivio en tiempos inciertos.

Las noticias explican que el número de personas que se describen como “paganas” —que creen en brujas, chamanes y druidas— se acerca a los 75.000 en el Reino Unido; hay encuentros evangélicos a favor del Armagedón en Estados Unidos, y en Argentina se organizan conferencias a precio de oro sobre la eterna juventud. A la hora de vivir en este misterioso mundo hay que ir con cuidado y no dejarse trolear. Y, si se puede, ir siempre bien acompañados. En La meditación soleada, Arnau escribe: “Lo único cierto no es la muerte. Lo único cierto es que ahora estamos vivos”. Brindemos por ello.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Byung-Chul Han explica por qué el capitalismo necesita líderes idiotas en el poder

¿Por qué el capitalismo siempre coloca líderes idiotas en el poder?  Byung-Chul Han

 [Transcrito y corregido de Youtube]

 El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Para operar en un quirófano necesitas una década de formación. Para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Para reparar un sistema eléctrico, certificaciones que demuestren que no matarás a nadie por negligencia. Pero, para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían a miles de personas a morir, o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo necesitas una cosa, saber aparecer en una pantalla. 

Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión ahora firma decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show controló durante cuatro años los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta.

No son anomalías, son el estándar. Y lo más inquietante no es que hayan llegado, es que mientras estaban ahí, el mundo siguió funcionando. Las bolsas subieron, los bancos operaron, las corporaciones se expandieron como si la figura en la pantalla fuera completamente prescindible para el funcionamiento real del poder. Hay un sentimiento que recorre las sociedades contemporáneas, una angustia que no siempre se nombra, pero que todos reconocemos.

La sensación de que no hay ningún adulto en la sala; de que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira, no estadistas capacitados para gobernar... ¿Cómo llegamos hasta aquí? Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿para qué los necesitan?

La narrativa oficial es tranquilizadora. Los idiotas llegaron al poder porque las masas fueron manipuladas. Las redes sociales envenenaron el debate público. Los algoritmos crearon burbujas de desinformación. El populismo explotó el resentimiento de los perdedores de la globalización. La democracia, ese experimento frágil, finalmente mostró su defecto fatal: confiar en el criterio de personas no preparadas para tomar decisiones complejas. 

Esta explicación tiene la virtud de ser coherente y la desgracia de ser completamente insuficiente, porque trata el fenómeno como una anomalía, como un virus que infectó un sistema previamente sano, como si antes de Trump, antes de Zelenski, antes del desfile de bufones mediáticos que ocupan los más altos cargos, el poder hubiera estado en manos de mentes brillantes tomando decisiones racionales en favor del bien común, como si este fuera el desvío y no la consolidación de algo que llevaba décadas gestándose. La teoría de la manipulación de masas tiene un problema estructural. Asume que existe un votante ideal, racional, informado, que fue corrompido por fuerzas externas. Pero ese votante nunca existió. Nunca votamos por competencia técnica.

Siempre votamos por narrativa, por identidad, por el líder que nos hace sentir algo. Lo que cambió no fue el electorado, fue que el sistema dejó de necesitar disimular.

Antes, los actores del poder necesitaban mantener la ilusión de que la política importaba. Necesitaban líderes que al menos aparentaran entender economía, geopolítica, administración pública.

Hoy esa pantalla cayó y lo que quedó expuesto no es el caos. Es una máquina funcionando con perfecta eficiencia, pero sin conductor. Estos líderes no son errores del sistema, son el producto final, no son la enfermedad, son el síntoma de un cuerpo que ya aprendió a funcionar sin cerebro. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo detener la invasión de los incompetentes, sino por qué un sistema que se jacta de ser meritocrático, eficiente y racional los prefiere exactamente así: visibles, ruidosos y completamente prescindibles para las decisiones que realmente importan. Para entender por qué los prefiere así, necesitamos nombrar lo que está ocurriendo. Los griegos tenían una palabra para esto, caquistocraciael gobierno de los peores, de los menos calificados, de aquellos cuya única virtud es no tener vergüenza suficiente para rechazar el cargo. Pero caquistocracia suena a decadencia, a colapso, a final de ciclo.

Y lo que estamos presenciando no es el final de nada, es la culminación de un diseño. El capitalismo financiero contemporáneo operó una escisión que pocos advierten. Separó la autoridad escénica del poder administrativo. El líder que aparece en la pantalla y el poder que toma las decisiones reales ya no son la misma entidad. El presidente gesticula, twitea, genera controversia, ocupa todos los titulares. Mientras tanto, la burocracia permanente, los bancos centrales, las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión que controlan infraestructuras críticas operan en un silencio absoluto, sin cámaras, sin escrutinio, sin resistencia. El líder mediático funciona como un pararrayos. Atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura.

Las marchas, los hashtags, las columnas de opinión, los memes, los debates familiares, todo se consume discutiendo su último escándalo, su última declaración aberrante, su incompetencia evidente. Y mientras esa tormenta descarga su furia sobre él, la estructura de la casa permanece intacta.

Nadie está cuestionando quién redacta las leyes de desregulación financiera. Nadie está vigilando qué corporación acaba de comprar el sistema de agua potable de tu ciudad. Nadie está siguiendo el dinero. Guy Debord escribió en 1967 que, en la sociedad del espectáculo, todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación.

No estaba prediciendo el futuro, estaba describiendo el mecanismo que haría inevitable esta realidad. La política dejó de ser el ejercicio del poder y se convirtió en la representación del poder. El líder dejó de ser quien gobierna y se convirtió en quien aparenta gobernar. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen. Por eso Trump y Zelenski no son anomalías, son la lógica llevada a su conclusión natural. Trump transformó la Casa Blanca en un plató de televisión porque entendió que eso era exactamente lo que se esperaba de él. No llegó a Washington para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe. Su función no era gobernar, era mantener el show. Cada tweet polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplía el mismo propósito. Mantener todas las miradas fijas en él, mientras detrás del escenario quienes realmente importaban hacían su trabajo sin interferencias. Desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, nombró jueces que alterarían leyes por décadas. Pero lo que el público recuerda son sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales.

Zelenski es aún más revelador. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie de televisión llamada Servidor del Pueblo.

La serie tuvo tanto éxito que creó un partido político con el mismo nombre y ganó las elecciones. El pueblo no votó por un programa de gobierno; votó por la ficción, esperando que se hiciera realidad. Jean Baudrillard llamó a esto el simulacro, el momento en que la copia sustituye al original, en que la imagen importa más que la sustancia. Zelenski no fue elegido a pesar de ser actor. Fue elegido precisamente porque ya había interpretado el papel. La realidad política había muerto. Lo que quedó fue el casting. Pero aquí está la parte que incomoda: esto funciona. Funciona porque el sistema económico global ya no necesita líderes competentes. Necesita gestores de emociones colectivas.

Necesita a alguien que sepa leer un prompter, que genere engagement, que mantenga a la audiencia entretenida; mientras la economía sigue operando en piloto automático. Los bancos centrales ya tienen sus fórmulas. Las corporaciones ya tienen sus lobbies. Los tratados comerciales ya están negociados por tecnócratas que nunca aparecerán en un debate televisado. El presidente es la mascota del sistema, no su cerebro. Y lo más aterrador es que el mercado financiero no solo tolera esta dinámica, la prefiere. Un líder que gasta toda su energía política en guerras culturales y polémicas de redes sociales es un líder que no está interfiriendo con lo que realmente importa. La acumulación de capital.

Ladra mucho, muerde poco, o mejor dicho, ladra tanto que la audiencia no nota que ya no tiene dientes. La consecuencia de esta dinámica no es el caos, es algo peor, la normalización. Nos acostumbramos a que la política sea entretenimiento, a consumir noticias como quien consume una serie de televisión, esperando el próximo giro argumental, el próximo escándalo, la próxima temporada.

El electorado, entrenado por algoritmos que premian la novedad y el shock, ya no vota por programas de gobierno, vota por arcos narrativos, por el candidato que ofrece la historia más emocionante, no el plan más coherente. Esto ha reconfigurado por completo lo que significa ganar en política. Ya no ganas por tener las mejores ideas, ganas por tener la mejor presencia escénica, por saber cuándo gritar, cuándo susurrar. ¿Cuándo generar indignación y cuándo fingir empatía? La campaña electoral dejó de ser un debate de propuestas y se convirtió en una audición para protagonista de un drama colectivo. Y cuando el líder finalmente llega al poder, el guion sigue escribiéndose con la misma lógica. Cada decisión se mide por su impacto mediático, no por su efectividad administrativa.

Cada crisis se gestiona pensando en cómo se verá en los titulares, no en cómo se resolverá en la práctica. Gobernar se volvió indistinguible de actuar. Frente a esto emergen las soluciones de siempre. Necesitamos líderes más educados, dicen algunos. Debemos regular las redes sociales, proponen otros. La respuesta es más democracia directa, más participación ciudadana, insisten los optimistas.

Todas estas propuestas tienen algo en común: son completamente inútiles, no porque sean malintencionadas, sino porque no atacan la raíz. Puedes exigir que los candidatos tengan doctorados, pero, si el sistema sigue premiando la capacidad de generar titulares por encima de la capacidad de gobernar, solo conseguirás idiotas con diplomas. Puedes regular las redes sociales hasta el autoritarismo, pero, si la televisión, la radio y los periódicos ya llevan décadas convirtiendo la política en espectáculo, solo estarás cerrando una ventana mientras todas las puertas permanecen abiertas.

Puedes multiplicar los referendums y las consultas populares, pero, si el votante sigue consumiendo política como entretenimiento, solo estarás democratizando el circo, no desmontándolo. El problema no es quién está en el escenario, el problema es que exista un escenario. El problema no es que el actor sea malo, es que estemos buscando actores cuando necesitaríamos ingenieros. Y, sobre todo, el problema es que hemos dejado de preguntarnos si acaso necesitamos ese escenario, si el protagonista que tanto miramos tiene algún poder real o si lo que llamamos democracia no es más que el derecho a elegir qué máscara usará el siguiente decorado de un sistema que ya decidió hacia dónde va. Ahora podemos ver lo que estaba oculto a plena luz. La idiotez no es estupidez, es camuflaje. La incompetencia del líder no es un defecto que el sistema tolera, es una funcionalidad que el sistema necesita.

Porque un líder que parece ridículo desarma cualquier crítica seria antes de que llegue a las estructuras reales. Nos pasamos años riéndonos de los errores ortográficos de Trump, de sus exabruptos, de su estética de millonario de telenovela. Mientras tanto, ¿quién estaba revisando los contratos de reconstrucción? ¿Quién seguía el dinero de los rescates bancarios? ¿Quién vigilaba las leyes que permitieron la mayor transferencia de riqueza hacia arriba en décadas? 

Nadie, porque estábamos ocupados compartiendo memes. La futilidad es la armadura perfecta para la impunidad. Cada escándalo del líder histriónico drena toda la energía crítica del público hacia su figura. Mientras nadie pregunta quién escribió la legislación que desreguló las finanzas, qué corporación privatizó un servicio público o dónde están las cuentas offshore de quienes realmente deciden, Zelenski llegó como el outsider que enfrentaría a las élites, pero los oligarcas que controlaban Ucrania antes de su elección siguieron controlándola después. Las mismas redes de poder, los mismos intereses. Solo cambió la cara en la pantalla, solo cambió el actor encargado de absorber la frustración popular mientras el guion permanecíai ntacto. El sistema no necesita líderes brillantes porque los líderes brillantes son peligrosos. Un estadista con visión real puede cuestionar el orden establecido, pero un comediante, un magnate de reality shows, un personaje que solo entiende de trending topics, es perfectamente inofensivo. No puede amenazar lo que no comprende, no puede desmantelar lo que ni siquiera sabe que existe. Por eso, el capitalismo financiero prefiere gobernantes que provengan del entretenimiento, no a pesar de su falta de experiencia política, sino exactamente gracias a ella. Su única función es mantener el espectáculo en marcha, absorber la insatisfacción colectiva y renovar cada 4 años la ilusión de que algo puede cambiar. El sistema no colocó a un payaso en el trono por equivocación: necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Entonces, ¿qué hacemos con esta revelación?

La primera respuesta instintiva es buscar un líder mejor, alguien más preparado, más honesto, más capaz. Pero ya vimos que esa solución no toca la raíz. El problema no es la calidad del actor, es la existencia del teatro. La alternativa real no es política en el sentido tradicional, es perceptiva. Es un cambio radical en donde colocamos nuestra atención, llamémoslo el asetismo de la atención; retirar deliberadamente nuestra mirada del escenario y dirigirla hacia los bastidores. Dejar de consumir política como si fuera entretenimiento. Dejar de reaccionar a cada declaración escandalosa, a cada tweet polémico, a cada controversia fabricada. Porque cada segundo que invertimos discutiendo al payaso es un segundo que no estamos vigilando quién está moviendo los hilos, quién financia realmente las campañas, qué corporaciones redactan los proyectos de ley que los legisladores solo firman.

¿Qué fondos de inversión controlan la infraestructura crítica de tu ciudad? ¿Quién se benefició del último rescate financiero? Esas preguntas no generan memes, no se vuelven virales, no alimentan el ciclo del espectáculo y precisamente por eso son las únicas que importan. La solución no es cambiar al líder, es dejar de mirarlo. Tal vez lo más revolucionario que podemos hacer en este momento no sea marchar ni votar diferente, ni compartir el próximo hashtag indignado. Tal vez sea algo mucho más simple y más difícil, negarnos a seguir el guion. Negarnos a consumir el escándalo del día, negarnos a alimentar con nuestra atención el único recurso que el espectáculo necesita para perpetuarse.

Porque, si hay algo que este sistema no soporta, es el silencio. Y nada aterra más al circo que una audiencia que se levanta y se va. Si este análisis cambió tu forma de ver el poder, si ahora puedes nombrar lo que antes solo sentías como malestar difuso, escribe en los comentarios.

Ya no miro el escenario. Es una marca de lucidez compartida, una forma de reconocernos entre quienes dejamos de aplaudir el circo para empezar a vigilar la caja fuerte. 

Volvamos al inicio, pero con otros ojos. El mundo está dirigido por personas que, en cualquier otra profesión, habrían sido despedidas en su primera semana. Esa frase, que al principio sonaba como denuncia, ahora revela su verdadera naturaleza. No es una falla: es el diseño perfecto para un sistema que ya no necesita conductores, porque lo que llamamos incompetencia es, en realidad, la cualificación exacta para el cargo. El líder idiota no está ahí para tomar decisiones, está ahí para simular que alguien las está tomando. No está ahí para gobernar, está ahí para que creamos que todavía existe algo llamado gobierno. Su función no es dirigir la máquina, es distraernos del hecho de que la máquina ya no tiene volante. Esta es la orfandad política que mencionamos, ese terror existencial de descubrir que no hay ningún adulto en la sala. Pero ahora podemos reformular esa angustia. No es que no haya adultos, es que dejamos de necesitarlos.

El capitalismo financiero llegó a un punto de automatización tan completo que el liderazgo humano se volvió decorativo. Los algoritmos de trading mueven mercados. Los bancos centrales aplican fórmulas predeterminadas. Las corporaciones ejecutan planes estratégicos diseñados por consultoras que nadie eligió. El sistema opera en piloto automático, y el líder es simplemente la interfaz humana de un mecanismo que ya decidió su propio rumbo. Trump nunca tuvo el poder que aparentaba tener. Zelenski nunca controló lo que decía controlar, no porque fueran débiles, sino porque elpoder ya no reside donde solía residir.

igró, se dispersó, se volvió difuso, técnico, administrativo, se escondió en cláusulas de tratados comerciales, en decisiones de juntas directivas, en algoritmos que determinan qué ves, qué compras, qué piensas. Y aquí está la gran ironía. Mientras nos obsesionamos con el idiota en el trono, con su incompetencia evidente, con sus declaraciones absurdas, el verdadero poder celebra. Porque cada minuto que dedicamos a indignarnos por lo que el líder dijo, es un minuto que no dedicamos a cuestionar por qué las grandes corporaciones no pagan impuestos. ¿Por qué los salarios no crecen mientras las ganancias corporativas explotan? ¿Por qué cada crisis financiera termina con rescates para los bancos y austeridad para el resto? El idiota es el escudo perfecto.

Mientras exista, mientras ocupe la pantalla, mientras monopolice nuestra atención y nuestra rabia, el sistema real puede operar sin resistencia, sin cuestionamientos, sin amenaza de transformación, pero ahora lo sabemos. Y saber cambia todo, porque una vez que ves el mecanismo, no puedes dejar de verlo.

Una vez que entiendes que el escándalo del día es una cortina de humo, que ell íder ruidoso es una distracción funcional, que tu indignación está siendo administrada como un recurso más, ya no puedes participar del juego con la misma inocencia.

El poder no está donde nos dijeron que estaba. Y esa revelación, por más incómoda que sea, es también liberadora. Porque si el trono está vacío, si el líder es un decorado, entonces nuestra energía política no debería gastarse en cambiar la decoración, debería invertirse en desmantelar el teatro completo. ¿Has sentido esa transformación? ¿Ese momento en que dejas de discutir lo que dijo el político y empiezas a preguntar quién le escribió el discurso? Comparte en los comentarios en qué momento dejaste de mirar el escenario y empezaste a buscar los cables. Esas experiencias de despertar colectivo construyen el mapa que todos necesitamos. Hay una verdad que atraviesa todo lo que hemos analizado. Una verdad tan simple que resulta obscena.

El sistema no se equivocó al colocar a un payaso en el trono. El sistema necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Durante décadas nos vendieron la idea de que la democracia era el gobierno del pueblo, que nuestro voto importaba y quizás alguna vez fue verdad. Pero ese tiempo terminó. Lo que tenemos ahora es una simulación tan perfecta que nos cuesta aceptar que es simulación. Un teatro tan bien montado que seguimos comprando entradas, aunque ya sepamos que los actores no escriben el guion, que el decorado es cartón pintado, que la obra se representa para mantenernos en la butaca, mientras en otro edificio, sin cámaras ni audiencia, se toman las decisiones reales. El verdadero poder no necesita aplausos, necesita silencio, y nada genera más ruido que un idiota al mando. Mientras discutimos si el líder es fascista o incompetente, mientras compartimos indignados su última barbaridad, el sistema que lo colocó ahí sigue acumulando,  concentrando, extrayendo, sin freno, sin oposición, sin que siquiera sepamos sus nombres, pero ahora tú lo sabes y eso te convierte en un problema para el espectáculo, porque el espectáculo solo funciona si la audiencia cree en él. El día que dejemos de aplaudir, el día que dejemos de consumir el escándalo del día, el día que dirijamos nuestra atención hacia donde realmente duele, el circo colapsa. Desaprender eso es un acto de resistencia. Negarse a seguir el guion, a consumir la indignación programada, a invertir energía emocional en peleas diseñadas para agotarnos es sabotear el único recurso que el sistema necesita: nuestra atención. Tal vez la revolución no sea tomar el poder. Tal vez sea dejar de mirarlo donde nos dijeron que estaba y empezar a buscarlo donde realmente opera. Tal vez sea entender que el enemigo no es el idiota en el trono, sino el mecanismo que hace que el trono no importe. Tal vez sea aprender a vivir sin esperar al líder correcto, al partido correcto, a la elección correcta. Asumir que, si queremos transformar algo, tendremos que hacerlo sin pedir permiso al espectáculo, porque el espectáculo nunca dará permiso para su propia abolición. Esta no es una conclusión, es una apertura, un punto de partida para mirar de otra forma, para dejar de ser audiencia y empezar a hacer otra cosa. Algo que se reconoce en la lucidez compartida de quienes ya no aplauden. El circo seguirá, pero no necesitas quedarte en la función.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Conferencia inédita de Philip K. Dick sobre la recomposición de la realidad

 Me gustaría confesar que me han pedido recortar aproximadamente dos tercios de mi discurso y dar un discurso lo más breve posible. Son libres de creerme o no, pero por favor créanme cuando les digo que no estoy bromeando. Esto es muy serio, un asunto de importancia.

Esta es la grabación que algunos creen que le costó la vida.

En septiembre de 1977, el escritor Philip Dick habló ante unaaudiencia en Francia. Esperaban escuchar ciencia ficción, pero lo que dijo reveló demasiado sobre la realidad, atrayendo la atención de la CIA y el FBI y cambiando su vida para siempre.

El tema de este discurso es un asunto que se ha descubierto recientemente. Se había producido una ruptura, una manipulación, un cambio, pero no en nuestro presente, sino en nuestro pasado. Se cambió una variable, por así decirlo, se reprogramó y que debido a esto, un mundo alternativo se ramificó y se actualizó en lugar del anterior y que de hecho literalmente estamos viviendo nuevamente este segmento particular de tiempo lineal.

Dijo que la CIA y el FBI habían tomado su trabajo años atrás. Fue entonces cuando al parecer habló más de la cuenta.

En marzo del 74, la CIA abrió mi correo. El FBI tenía un archivo sobre mí. He visto ambos, pero los policías estaban observando todo lo que hacía y tenía razón. Y me dijeron que la casa estaba vigilada y que eventualmente mi casa sería asaltada, mis archivos serían abiertos, mis papeles serían confiscados. Y así sucedió cuando llegué a casa y encontré que mi casa no era más que escombros, ruinas, caos, ventanas rotas, pomos de puertas destrozados y archivos abiertos.

Unos años más tarde murió repentinamente, justo antes del estreno de Blade Runner en junio de 1982, la adaptación cinematográfica de su novela Sueñan los androides con ovejas eléctricas. Sus seguidores decían que era extraño que el autor, quien había predicho tantos temas modernos sobre la inteligencia artificial, la identidad y la realidad, nunca llegara a ver la película que finalmente lo haría mundialmente famoso. Pero lo verdaderamente extraño es que él solo escribía ciencia ficción y aún así el FBI y la CIA comenzaron a vigilarlo. Para mí eso significa que estaba tocando información que nunca debió llegar al público. Eso fue lo que llamó mi atención, así que escucha con atención lo que viene a continuación. Sé que hoy la atención dura poco, pero confía en mí. Este video te pondrá la piel de gallina.

Estamos acostumbrados a suponer que todo cambio ocurre a lo largo del eje lineal del tiempo, del pasado al presente y al futuro. El presente es una acumulación del pasado y es diferente de él. El futuro se acumulará a partir del presente y será diferente también, que pudiera existir un eje temporal ortogonal o perpendicular, un dominio lateral en el que ocurre el cambio, procesos que suceden de forma lateral en la realidad, por así decirlo. Esto es casi imposible de imaginar. ¿Cómo percibiríamos esos cambios laterales? ¿Qué experimentaríamos? ¿Qué pistas? Si intentamos poner a prueba esta extraña teoría, deberíamos estar atentos a encontrar, en otras palabras, ¿cómo puede ocurrir un cambio fuera del tiempo lineal en cualquier sentido, en cualquier grado?

Philip trató de hacer comprensible esta idea con una imagen sencilla. 

Imaginemos un cuadro colgado en una pared. En lugar de reemplazar toda la pintura, los sirvientes cambian pequeños detalles en el mismo lienzo. Eliminan un árbol, añaden una figura, mueven ciertos elementos. Cuando el propietario la observa, ve algo nuevo, aunque familiar.

Su mente lucha por entender. Es el mismo cuadro, pero también no lo es. Dick utiliza este ejemplo para sugerir que la realidad podría ser alterada de formas sutiles sin ser completamente reemplazada.

Contemplando esta posibilidad de disposición lateral de mundos, una pluralidad de tierras superpuestas cuyo eje de conexión permite a una persona moverse y viajar misteriosamente de lo peor a lo bueno, a lo excelente.

Contemplando esto teológicamente, quizás podríamos decir que así desciframos de repente las expresiones elípticas que Cristo pronunció sobre el reino de Dios, específicamente dónde se encuentra.

Él conectó su teoría de los mundos paralelos con las palabras de Jesús, quien dijo, "Mi reino no es de este mundo, pero también el reino está dentro de ti o entre vosotros." Dick sugiere que esas afirmaciones no pretendían confundir, sino describir algo más profundo. Tal vez Jesús hablaba de esos reinos superpuestos, de esas múltiples realidades a las que los seres humanos pueden acceder en vida, algunas oscuras, otras luminosas y en el nivel más alto, el reino justo de Dios. ["Hay muchas moradas en el reino de mi Padre", dijo Jesús]

Yo en mis relatos y novelas a menudo escribo sobre mundos falsificados, mundos semirreales, así como mundos privados trastornados, habitados a menudo por una sola persona, mientras que los demás personajes, o bien permanecen en sus propios mundos todo el tiempo, o de alguna manera son atraídos a uno de los peculiares. Este tema aparece en el corpus de mis 27 años de escritura. Nunca tuve una explicación teórica o consciente para mi preocupación por estos mundos pseudopluriformes, pero ahora entiendo. Lo que percibía era el conjunto de realidades parcialmente actualizadas. Fue en febrero de 1974 cuando regresaron mis recuerdos bloqueados de la pista A y fue en febrero de 1974 cuando mi novela Flow My Bears: The Policeman Seed fue finalmente publicada después de 2 años de retraso. Era casi como si la publicación de la novela que había sido retrasada tanto tiempo significara que, en cierto sentido, estaba bien que yo recordara, es decir, recordar que el libro no era ficción, el libro estaba basado en recuerdos subliminales que yo tenía de un mundo así. Después de conectar su libro con esos recuerdos subliminales, profundizó más en lo que le ocurrió a comienzos de ese año. Contó que todo comenzó tras una cirugía dental mientras se recuperaba en casa. Una tarde, una joven repartidora llamó a su puerta. Llevaba un collar con el símbolo cristiano del pez. Cuando la luz del sol se reflejó en el colgante, Dick vio un destello repentino de luz rosada. Desde ese momento comenzó a experimentar una serie de visiones abrumadoras.

Aseguraba que aquel rayo rosado transportaba información directamente a su mente. No imágenes imaginadas, sino conocimiento estructurado. De pronto supo que su hijo pequeño padecía una peligrosa afección médica no diagnosticada.

Cuando los médicos lo examinaron, lo confirmaron y le salvaron la vida. Para Dick, aquello demostraba que su experiencia no era una fantasía. En las semanas siguientes las visiones se intensificaron. Decía vivir en dos realidades superpuestas, California en1974 y la Roma antigua del primer siglo. A veces creía ser él mismo y, al mismo tiempo, un esclavo cristiano bajo el dominio romano. Lo describía como si el tiempo se hubiera plegado con dos líneas de historia corriendo en paralelo y su conciencia pudiera desplazarse entre ambas. Philip también contó que comenzó a recibir enormes cantidades de información, descargas completas de filosofía, teología y ciencia, tan complejas que resultaban imposibles de inventar. Decía que era como si una inteligencia externa, a la que más tarde llamó BALIS, sistema de inteligencia viva y activa, transmitiera conocimiento directamente a su cerebro. Para él, eso explicaba por qué muchas de sus novelas ya contenían temas de realidades falsas, poderes ocultos y mundos superpuestos.

Creía que esas historias eran recuerdos subliminales que emergían mucho antes de que pudiera entenderlos conscientemente.

Las realidades corales sí existían superpuestas unas sobre otras, como tantas transparencias de película. Sin embargo, lo que aún no comprendo es cómo una realidad entre muchas llega a materializarse en contraposición a las demás. Es más probable que el mundo matriz, aquel con el verdadero núcleo del ser, sea determinado por el programador. Él o eso articula, imprime, por así decirlo, la elección de la matriz y la fusiona con la sustancia real.

El núcleo o la esencia de la realidad, aquello que la recibe o la alcanza y en qué grado, está dentro del ámbito del programador.

Esta selección y reselección es parte de la creatividad general, una construcción de mundos que parece ser su tarea. Como puedes imaginar, algunas personas del público se rieron mientras hablaba.

Recuerda, esto fue en 1977. En aquella época, las ideas sobre realidades múltiples o programadores ocultos sonaban completamente insensatas. Hoy hablar de simulaciones, mundos paralelos o líneas de tiempo alternas ya no es algo nuevo.

Científicos y filósofos lo discuten abiertamente, pero lo que aún me inquieta no es la teoría en sí, sino el hecho de que la CIA y el FBI realmente abrieron su correo, guardaron archivos sobre él, allanaron su casa y confiscaron sus documentos. Esa parte sigue levantando preguntas. Si solo era un escritor de ciencia ficción que inventaba historias, ¿por qué llegar tan lejos? Tal vez había dicho demasiado. Y para hacer su concepto más fácil de entender, dio un último ejemplo. Comparó la realidad misma con una partida de ajedrez

Imagina a dos jugadores. Uno representa una fuerza oscura y destructiva y el otro la inteligencia guía detrás de la realidad. En la superficie puede parecer que el jugador oscuro está ganando movimientos, capturando piezas y tomando el control del tablero, pero en realidad el juego ya está estructurado de tal forma que la victoria final pertenece al jugador superior. Según esta visión, la inteligencia que guía todo, lo que Philip Dick a veces llamaba el programador, ya ha elegido las variables de antemano.

Cada pérdida aparente es solo una parte de una secuencia mayor que conduce a la victoria final. Las personas perciben esto instintivamente, por eso rezan para ser incluidas en ese camino ganador, pidiendo no quedarse atrás en el juego. Quedarse fuera significa permanecer bajo la influencia de la fuerza destructiva, atrapado en una versión más oscura de la realidad. Pero incluso cuando esa fuerza parece astuta, incluso cuando aparenta ganar a corto plazo, ya está derrotada.

Es ciega ante el patrón completo del juego. El jugador superior ve todo el tablero, ve cada movimiento posible y por eso el resultado ya está decidido.

La fuerza constructiva siempre prevalecerá y la única pregunta es si seremos movidos junto con ella o quedaremos atrapados en el lado perdedor de la partida. Les propongo que tales alteraciones, la creación o selección de esa llamada presencia alternativa están ocurriendo continuamente.

El simple hecho de que podamos tratar conceptualmente esta noción, es decir, considerarla como una idea, es el primer paso para discernir estos procesos en sí mismos.

Dick dio algunos ejemplos muy simples de cómo estos desplazamientos podrían manifestarse en la vida cotidiana.

Podrías, por ejemplo, extender la mano para encender la luz del baño y de pronto darte cuenta de que siempre había estado en otro lugar.

O podrías intentar ajustar la rejilla del aire acondicionado en tu coche solo para descubrir que nunca existió allí.

Estos son reflejos residuales de otra versión del presente, hábitos de una línea temporal que ya no existe, pero que aún persiste en tu memoria a un nivel subconsciente. A veces incluso soñamos con personas o lugares que nunca hemos visto y, sin embargo, se sienten familiares y vívidos como si realmente los hubiéramos conocido. La mayoría de las veces lo descartamos y seguimos con nuestra vida. Pero una de las sensaciones más poderosas que muchos experimentan es el déjà vu. Esa extraña e innegable sensación de estar reviviendo el momento presente exactamente como ya ocurrió antes.

Escuchamos las mismas palabras, decimos las mismas palabras y estamos seguros de haber estado aquí antes. Dick sostenía que esto no era un simple truco de la mente. Para él, el déjà vu era una evidencia. Creía que era una pista de que en algún punto del pasado una variable había sido cambiada, como si la realidad hubiera sido reprogramada y una nueva línea temporal se hubiese ramificado de la anterior. En otras palabras, no lo estamos imaginando.

Estamos literalmente reviviendo el mismo segmento de tiempo nuevamente, solo que en una versión ligeramente alterada de la realidad. Se había producido una brecha, una manipulación, un cambio, pero no en nuestro presente, sino en nuestro pasado. Evidentemente, tal alteración tendría un efecto peculiar en las personas involucradas. Ellos serían movidos hacia atrás una o varias casillas en el tablero de juego que constituye nuestra realidad. Es concebible que esto pudiera ocurrir cualquier cantidad de veces, afectando a cualquier número de personas a medida que se reprogramaban variables alternativas. Tendríamos que vivir cada reprogramación a lo largo del eje de tiempo lineal subsiguiente.

Pero para el programador, a quien llamamos Dios, para Él los resultados de la programación serían evidentes de inmediato.

Nosotros estamos dentro del tiempo y Él no.Vivimos en una realidad programada por computadora y la única pista que tenemos de ello es cuando alguna variable cambia y ocurre alguna alteración en nuestra realidad.

Dick creía que cada vez que la realidad se desplazaba, un nuevo mundo lateral era generado, y, con cada cambio, la inteligencia guía, el programador alcanzaba una especie de victoria. Cada nueva versión de la realidad no es perfecta, pero es ligeramente mejor que la anterior. En su visión, el universo está siendo constantemente refinado etapa por etapa a través de este proceso.

Según lo describía, el viejo universo no desaparece, se convierte en materia prima, una especie de reserva utilizada para construir el nuevo.

Lo que parece caos, o fragmentos rotos en una línea temporal, podría en realidad ser la base de la siguiente. Esto significa que la realidad no se está moviendo hacia el colapso, sino hacia la mejora. Incluso si no siempre podemos ver cómo el proceso continúa avanzando, generando mundos alternativos uno tras otro, cada uno impregnado con un poco más de orden y estructura que el anterior. En este punto, lo que necesitamos ahora es localizar, presentar como evidencia a alguien que haya logrado conservar recuerdos de un presente diferente, impresiones latentes de un mundo alternativo, diferente en algún aspecto significativo de este, el que en esta etapa se ha actualizado.

Según mi perspectiva teórica, casi con toda seguridad serían recuerdos de un mundo peor que este, ya que no es razonable pensar que Dios, el programador y reprogramador, sustituiría un mundo por otro peor en términos de libertad, belleza, amor, orden o salud, según cualquier estándar que conozcamos.

Si lo que Philip Dick describía es cierto, que la realidad puede desplazarse lateralmente y que versiones alternativas del mundo aparecen una y otra vez, entonces tal vez ya hemos visto señales de ello sin darnos cuenta.

Uno de los ejemplos más claros es lo que ahora llamamos el efecto Mandela.

Millones de personas alrededor del mundo comparten el mismo recuerdo de algo que no coincide con la versión oficial actual de los hechos. El nombre proviene de personas que recuerdan que Nelson Mandela murió en prisión durante la década de los 80. Recuerdan los informes de noticias, las reacciones públicas, incluso las lecciones escolares sobre su muerte. Sin embargo, en esta línea temporal, Mandela fue liberado, se convirtió en presidente de Sudáfrica y vivió hasta el año 2013

Para quienes tienen la memoria anterior, es como si la historia hubiera sido reescrita. Y no termina allí. La gente recuerda a los Berenstein Bear, escritos como Berenstein con e. Recuerdan al hombre del Monopoly con un monóculo cuando en realidad nunca lo tuvo. ¿Recuerdan la famosa frase de la película El imperio contraataca, "Luke, yo soy tu padre", cuando la línea real es "No, yo soy tu padre". No se trata de un simple puñado de errores. Son recuerdos compartidos, consistentes entre millones de personas, como si realmente hubiéramos vivido en una versión ligeramente diferente de la realidad. 

La teoría de Philip Dick ofrece una posible explicación. Si las variables pueden ser cambiadas, si un programador puede desplazarnos lateralmente de una línea a otra, entonces el recuerdo ilusorio, los falsos recuerdos o el efecto Mandela podrían ser errores en absoluto. Podrían ser huellas de presentes anteriores, fragmentos de líneas temporales que una vez habitamos pero que ya no ocupamos. Y aquí es donde las cosas se vuelven aún más extrañas, porque no se trata solo de recuerdos personales. La propia cultura popular a veces parece revelar conocimiento de eventos mucho antes de que ocurran. Uno de los ejemplos más famosos es Los Simpson. Durante más de tres décadas, la serie animada ha hecho bromas que luego resultan reflejar eventos reales con una precisión inquietante. Años antes de que se inventaran los relojes inteligentes, Los Simpson mostraron personajes usando dispositivos de muñeca para hacer llamadas telefónicas.

Bromeaban sobre una función defectuosa de autocorrección en un dispositivo portátil, mucho antes de que los teléfonos inteligentes hicieran de esa frustración una realidad cotidiana. Incluso representaron que Disney acabaría comprando 20th Century Fox, una fusión que en su momento parecía absurda, pero que se concretó en el año 2019. En otro episodio mostraron un rascacielos con un diseño casi idéntico al Shar de Londres, dibujado más de una década antes de que comenzara su construcción. También incluyeron una pizarra de predicciones del Premio Nobel que coincidió con el ganador real anunciado años después. Y en otra historia presentaron un pez de tres ojos que vivía cerca de una planta nuclear, seguido años más tarde por noticias de un pez de tres ojos descubierto en Argentina, en aguas contaminadas por una instalación nuclear. En algún punto, la lista se vuelve demasiado larga para ignorarla. Ya no son simples casualidades ni coincidencias disfrazadas de humor, son señales, fragmentos de un rompecabezas que parecen hablarnos desde el otro lado del tiempo. Detalles tan precisos, tan imposibles de prever, que hacen que uno se detenga y se pregunte, ¿de verdad todo esto es solo una serie animada o algo o alguien nos está tratando de decir algo más? Algunos se ríen y lo descartan como pura coincidencia, pero otros sienten algo distinto, una vibración en el fondo del alma, una intuición que susurra que nada ocurre al azar, que quizá los guionistas, sin saberlo, tocaron las mismas cuerdas invisibles que conectan todas las realidades, las mismas que Philip K. Dick describió hace tantas décadas cuando habló de mundos paralelos, de capas del tiempo superpuestas, de una realidad que se desdobla y se vuelve a escribir una y otra vez. Y entonces lo entiendes. Tal vez no estamos viendo el futuro predecirse, sino recordándose. Tal vez estamos presenciando cómo las líneas del tiempo se rozan, cómo la historia se repite con ligeros ecos, como si alguien o algo nos invitara a despertar.

Porque cuando empiezas a mirar con el corazón, ves que la realidad no es tan sólida como parece. Es un sueño compartido, una película que todos proyectamos juntos y al notarlo surge la gran pregunta, ¿cuántas veces ya hemos vivido este momento sin darnos cuenta?

Gracias por quedarte hasta aquí. Que la luz te acompañe y que Dios te bendiga siempre.