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lunes, 15 de junio de 2026

El panpsiquismo se vuelve popular, Enric Gel

 [Transcripción y corrección del bloguero desde el portal de Enric Gel Adictos a la filosofía]

 La desesperación ante el problema duro de la conciencia

Imagina que todas las cosas a tu alrededor —tu  teléfono, los árboles, las estrellas— tuvieran  mente propia. Suena loco, ¿verdad? Pero... ¿y si  es así? ¿Y si todo es consciente? Te presento el  panpsiquismo, una idea revolucionaria que está  conquistando cada vez más terreno dentro de la filosofía de la mente y que promete resolver el problema de la conciencia ahí donde las  alternativas más comunes fracasan de modo  estrepitoso. Soy Enric Gel, soy filósofo y llevo meses estudiando las distintas posturas respecto del problema mente-cerebro porque me tiene loco.  

En los últimos vídeos, hemos hablado de por qué da la impresión de que la ciencia nunca podrá  explicar reductivamente la conciencia, apelando al famoso artículo ¿Cómo es ser un murciélago? de Thomas Nagel. También hemos presentado los problemas que tiene la propuesta habitual de que la conciencia emerge del cerebro. Lo cierto es que, por mucho que la neurociencia haya avanzado y progresado de manera impresionante en nuestra comprensión de los mecanismos que se dan en el cerebro correlacionados con la experiencia subjetiva, seguimos sin estar ni un milímetro más cerca que al empezar de dar con una explicación de por qué las personas son conscientes, de por qué hay un "cómo es" experimentar el mundo desde un punto de vista subjetivo, correlacionado con todas esas cosas raras que hacen tus neuronas. Da la impresión de que todos esos procesos físicos y electroquímicos que se dan dentro de tu cráneo se podrían dar perfectamente igual sin ir acompañados de experiencia subjetiva consciente. De ahí que, tras el continuo fracaso del paradigma materialista de producir ni que sea el comienzo  de una explicación plausible de la conciencia, muchos filósofos empiezan a estar convencidos de que la solución al problema mente-cerebro nos va a requerir pensar fuera de la caja y probar suerte con otras teorías, por locas que suenen a priori. El tiempo del materialismo ya ha pasado,  piensan muchos. Es hora de probar cosas nuevas.

¿Qué es el panpsiquismo? Realidad y caricatura

Y una de las nuevas propuestas que está ganando más  popularidad en los últimos años es precisamente el panpsiquismo: la idea de que la conciencia es tan  fundamental como las fuerzas de la física y que,  por tanto, está presente en todos los niveles de  la realidad, caracterizando a todo lo que existe. Se trata de una teoría que ha llegado a llamar incluso la atención de algunos neurocientíficos, como Giulio Tononi y Christof Koch, con su Teoría  de la Información Integrada, que plausiblemente tiene implicaciones panpsiquistas.  Pero, ciertamente, estarás pensando, "Esto es irse demasiado lejos, es ponerse muy  radical. ¿Realmente tenemos que pensar que todo,  todo tiene una dimensión mental, desde los libros  que tengo aquí detrás hasta los electrones? ¿Qué argumentos podría haber que nos llevasen en esta  dirección?". Pues me alegra que me lo preguntes.  

Yo te lo explico. Pero antes, una aclaración  para no empezar ya de entrada con mal pie: algunas personas se piensan que la mejor objeción en contra del panpsiquismo es que no hay ninguna evidencia de que las piedras, por ejemplo, sientan dolor, alegría, tristeza, cosquillas o que los quarks especulen  acerca de qué van a hacer con su vida, ¡jaja, qué gracia! Pero esto no es una objeción, es una caricatura. ¿Por qué? Porque, por lo general, las formas de panpsiquismo que se toman en serio dentro de la literatura no atribuyen formas de experiencia tan complejas a las otras cosas aparte del ser humano, y desde luego no pensamiento. El ser humano tiene experiencias increíblemente ricas y complejas, sí. Pero, a medida que uno va bajando en la escala ontológica, dice el panpsiquismo, la textura interna de la dimensión  subjetiva se va empobreciendo, disminuyendo. Si los electrones tienen una dimensión mental, dicen, se corresponde con una experiencia de lo más básica y diluida, para nada similar a todo lo que experimentamos nosotros. Así que no, el panpsiquismo no te compromete necesariamente con la idea de que las piedras tengan sentimientos. Apartados, por tanto, los muñecos de paja, estamos ya preparados para adentrarnos en el fascinante mundo de los argumentos. Dentro de la literatura, hay dos argumentos principales a favor del  panpsiquismo.

Primer argumento a favor del panpsiquismo

 El primero parte de la imposibilidad o la implausibilidad del emergentismo, y lo han defendido filósofos como Thomas Nagel (otra vez) o Galen Strawson. Vistas las dificultades de reducir la conciencia, la experiencia consciente  subjetiva, a procesos meramente físicos y electroquímicos, se ha vuelto común referirse a la conciencia como un fenómeno emergente: una nueva propiedad que es irreductible a lo físico, pero que emerge de la materia cuando esta alcanza un cierto grado de complejidad. En el vídeo anterior, ya hemos visto las principales críticas que recibe la posición emergentista. Básicamente, que parece magia: el emergentista nos está diciendo que, sencillamente, cuando la materia alcanza un grado de complejidad completamente arbitrario, pues ahí, ¡puf!, aparece de pronto la conciencia, como si saliera de la nada. Además, los ejemplos de propiedades emergentes a las que suele apelar el emergentista para fundamentar su propuesta (cosas como el juego de la vida de Conway o la liquidez del agua) en realidad no se comparan para nada con la supuesta emergencia de la conciencia. Y en tal caso, se quejan los críticos, el emergentismo no resuelve nada y se limita a ponerle una etiqueta, un nombre chulo al misterio que precisamente es el que tenemos que resolver. El emergentista es incapaz de explicar cómo ni por qué la conciencia termina emergiendo de lo no consciente, se limita a decir que, cuando lo no consciente alcanza un grado de complejidad X, que es completamente arbitrario y que podría perfectamente ser cualquier otro mayor o menor, pues ahí, ¡voilá!, aparece de pronto la conciencia y ya está. Y eso no es una explicación satisfactoria para muchos autores.Te recomiendo que le eches un  ojo al vídeo anterior de esta serie, que te dejo aquí en la tarjetita, para ver la argumentación  completa. Ahora, a menos que uno quiera lanzarse a los brazos del dualismo, con su famoso problema de la interacción entre lo material y lo inmaterial, o del idealismo, que plantea que la mente es más fundamental incluso que la materia, da la impresión de que la única opción para  salvar el materialismo es precisamente el panpsiquismo. De ahí que varios autores hayan defendido justamente que el materialismo termina implicando el panpsiquismo, porque no hay ninguna otra opción para dar cuenta de la realidad de la conciencia. Negar la realidad de la consciencia, como hace el eliminativismo, no lo podemos hacer, es absurdo. Reducirla a lo no consciente, como ha intentado hacer el materialismo reductivo, es un proyecto en el que hemos perdido ya muchísimo tiempo y energía y que no nos ha llevado a ninguna parte.Y proponer que emerge de lo puramente desprovisto de dimensión mental es tan ininteligible y mágico como decir que sale de la nada. Pues, en estas condiciones, a menos que quiera atribuirle la conciencia a una sustancia inmaterial que tampoco voy a saber de dónde viene, de dónde sale ni cómo interactúa con lo físico, la única opción que me queda es reconocer que lo mental es una dimensión tan fundamental y básica de la realidad como las propiedades de que me habla la física. Si no puedo negar su realidad y tampoco puedo decir que antes no existía y luego empezó a existir en algún momento de la historia del cosmos a partir de lo no consciente, solo me queda aceptar que siempre ha estado ahí, que todas las cosas en todo momento han tenido, tienen y tendrán una dimensión mental. ¿No puedo explicar la conciencia como un producto posterior de lo no consciente? Pues eliminemos el supuesto problemático: el supuesto de que existe efectivamente lo no consciente, y pasemos a postular la conciencia como algo básico y omnipresente. Ahora ya no tenemos que explicar  de dónde sale ni cómo, porque es que no sale de ninguna parte, siempre ha estado ahí, presente en todos los niveles de la realidad, incluso en el más fundamental. Solo así, dicen, solo suponiendo que la conciencia humana surge de formas más básicas y primitivas de conciencia, podemos evitar el absurdo de decir que una propiedad genuinamente irreductible emerge (signifique eso lo que signifique) de la mera reorganización de elementos que pertenecen a una categoría completamente distinta de cosas. 

Otra manera de verlo: cualquier punto en la escala de complejidad material que pueda señalar el emergentista y  decir "Ah, es aquí y no antes donde surge la conciencia, donde emerge la conciencia en un sentido fuerte", cualquier punto que señale va a ser completamente arbitrario. Es mucho más simple, más parsimonioso y más elegante, desde un punto de vista explicativo, eliminar esa arbitrariedad. ¿Y cómo eliminamos esa arbitrariedad? Pues diciendo que la conciencia no surge en ningún momento, sino que siempre ha estado ahí, en toda la escala de complejidad material, de una manera que la refleja. Pero quizá esto es muy precipitado, puede  decir alguien. Quizás la ciencia del futuro logre hacer inteligible la emergencia fuerte de la conciencia, solamente tenemos que esperar al Darwin de la neurociencia. Lo que pasa, responde el panpsiquista, es que, vistas las dificultades insalvables del reduccionismo y del emergentismo, no hay ningún motivo para suponer que la ciencia del futuro va a operar según el supuesto de que la conciencia tiene que ser explicada en términos de lo no consciente. Tal vez la revolución que necesitamos es justamente intentar entender la conciencia humana en términos de formas de conciencia más primitivas. Como decía al inicio, el intento, el proyecto de explicar la conciencia, lo experiencial, en términos de lo no-experiencial no ha producido ni el comienzo de una explicación. En esta situación, negarse a priori a explorar paradigmas alternativos es sencillamente estar cayendo en el peor de los dogmatismos.  

Segundo argumento a favor del panpsiquismo

Vamos con el segundo argumento a favor del  panpsiquismo. Y aprovecho también para recomendarte  un libro que tiene que ver con todo esto. En el vídeo anterior te recomendé este de William Jaworski, Philosophy of Mind: A Comprehensive Introduction, pero en este quiero recomendarte el de Edward Feser, que es mucho más cortito, más accesible, más divulgativo, se podría decir. Se titula sencillamente Philosophy of Mind y está muy bien. Y si lo que quieres es algo más introductorio a la filosofía en general, ¿Hay filosofía en tu nevera?, mi libro, está escrito para ti. Te dejo un enlace en el comentario fijado. Sobre este tema del panpsiquismo, te  recomiendo también la entrada "Panpsychism" de la Stanford Encyclopedia of Philosophy, que ha sido una de las fuentes principales que he utilizado para preparar este vídeo. 

El  segundo argumento a favor del panpsiquismo toma su inspiración del famoso filósofo británico  Bertrand Russell. Hacia el final de su vida, Russell se alejó del positivismo, según el cual la física podría llegar a explicarlo todo, y solía gustarle llamar la atención sobre lo esquelética que era la imagen científica del mundo:  

"No siempre nos damos cuenta de lo extremadamente abstracta que es la información que la física teórica nos da. Nos pone sobre la mesa ciertas ecuaciones fundamentales que le permiten tratar con la estructura lógica de los eventos, al tiempo que deja completamente desconocido cuál es su carácter intrínseco. Todo lo que la física nos da son ciertas ecuaciones que recogen las propiedades abstractas de sus cambios, pero acerca de qué es lo que cambia, a partir de qué y hacia qué; con respecto a esto... la física calla"

Si le  preguntáramos a alguien de la calle, probablemente nos diría que la física nos dará algún día una  descripción completa del mundo natural. Pero el punto de Russell es que, cuando uno atiende al lenguaje matemático-causal que utiliza la física para describir los fenómenos, lo que salta a la vista justamente es el carácter radicalmente incompleto de su imagen del mundo. Lo que hace la física, dice Russell, es abstraer de la concreción de las cosas y quedarse exclusivamente con la estructura lógico-matemático-causal del mundo físico. Es como un pintor que se limita a dibujar sobre un fondo blanco y con tinta negra los contornos de las cosas, y ya está; y además de la manera más geométrica posible, todo lo demás lo deja fuera. Esto es un conocimiento muy útil y muy valioso, por supuesto, pero como mucho, dice Russell, eso nos dice cómo actúan o están dispuestas a actuar las cosas y cómo se relacionan entre sí. Acerca de su "qué", de su naturaleza intrínseca, acerca de eso la física calla. La física nos lo dice todo acerca de cómo se comporta  el electrón, pero acerca de qué es en sí mismo, considerado en sí mismo, acerca de su naturaleza intrínseca y categórica, eso no es una pregunta, dice Russell, que se pueda responder con el lenguaje y los métodos de la física. Ahora bien, razona el panpsiquista, tiene que haber  una naturaleza intrínseca a las cosas, una intrinsicalidad. La estructura que la física  descubre no puede estar flotando en el vacío, por decirlo así, tiene que ser la estructura de un "algo" que está estructurado de esa manera. 

Pero, ¿qué es ese "algo" intrínseco? Y aquí es donde entra justamente la propuesta panpsiquista: la naturaleza intrínseca de la materia es, al menos en parte, conciencia, experiencia consciente. La física nos dice cómo se comporta el electrón, pero el electrón, de suyo, es algo con conciencia. ¿Pero por qué adoptar esta idea? Bueno, pues porque, aunque no tenemos ninguna manera directa de verificar la naturaleza intrínseca de las cosas externas, sí sabemos de modo directo que al menos cierta materia tiene una dimensión mental consciente, a saber, la materia de nuestro cerebro. Y esto ya es una pista, dice el panpsiquista: nuestra única pista. Por tanto, en ausencia de motivos de peso para pensar lo contrario, la explicación más simple, elegante, parsimoniosa y unificada de las cosas es pensar que la materia fuera de nuestros cerebros comparte justamente esa cualidad con la materia de nuestros cerebros: la cualidad de ser consciente, de tener una dimensión mental. La hipótesis contraria, la de que la materia extracerebral es pura y absolutamente inconsciente, es justamente  la que genera el problema duro de la conciencia, porque entonces no hay modo de explicar cómo lo  consciente emerge o surge de lo inconsciente.  

Como escribió el científico Arthur Eddington:

 "El físico de la época victoriana creía saber exactamente de qué hablaba al usar términos como  materia y átomo. Los átomos eran pequeñas bolitas que brillaban, una expresión clara que se suponía lo encapsulaba todo acerca de su naturaleza […]. Pero ahora nos damos cuenta de que la ciencia no tiene nada que decir acerca de la naturaleza intrínseca del átomo. El átomo físico es, como todo en la física, una serie de indicaciones métricas. Tales indicaciones están ahí, estamos de acuerdo, asociadas a un fondo desconocido. ¿Por qué no vincularlas entonces a algo de naturaleza espiritual que tenga como característica prominente la conciencia? Parece un poco tonto preferir asociarlas a algo de una supuesta naturaleza concreta inconsistente con la conciencia y luego ir preguntándose con asombro de dónde sale ésta".

Pero no todo son flores, como os podéis imaginar. El panpsiquismo recibe también muchas críticas, tantas o más que las otras posiciones dentro de la filosofía de la mente. Voy a explicarte dos: una que es la más  común, pero la menos poderosa, y otra que es justamente todo lo inverso. La objeción más común al panpsiquismo es esta:

Primera objeción al panpsiquismo

Es poner esta cara de "¿Me estás troleando?". Es quejarse de que es muy raro y contraintuitivo pensar que todo tiene una dimensión mental. A esto, el panpsiquista responde diciendo que ya aceptamos en nuestra visión del mundo muchísimas cosas que son raras y contraintuitivas: que cuanto más rápido vas, el tiempo corre más despacio; que los sistemas cuánticos no tienen propiedades bien definidas al margen de la medición; etcétera. Si el panpsiquismo es realmente la teoría de la conciencia que nos ofrece la imagen más simple y unificada del mundo, y no tiene ese gran problema de tener que explicar de dónde sale esa propiedad irreductible de la conciencia (porque es que no sale de ninguna parte, porque siempre ha estado  ahí), pues, ¿por qué debería su rareza impedirnos abrazarlo? Además, literalmente todas, pero TODAS las posiciones dentro de la filosofía de la mente tienen implicaciones raras y contraintuitivas,  y el que diga que no es que no lo ha estudiado.  

Y encima, tampoco es como si el panpsiquismo fuera universalmente contraintuitivo. De hecho, ha habido muchas culturas a lo largo de la historia que han abrazado sistemas de pensamiento similares. Que nos parezca raro no es algo natural, dice el panpsiquista, sino más bien producto de los prejuicios y los sesgos de la cultura materialista y cientificista de Occidente.  

Así que no, la mejor objeción en contra del  panpsiquismo no es esta, sino una que se llama el problema de la combinación.

¿El problema duro del panpsiquismo?

Lo desarrolla Philip Goff en este artículo de aquí [véase bibliografía abajo], por si quieres luego ir a echarle un ojo. ¿Te acuerdas de que el  primer argumento a favor del panpsiquismo parte de que es imposible o ininteligible la idea de que la conciencia emerge de lo no consciente? Pues bien, los críticos señalan que el panpsiquismo tiene,  en el fondo, un problema idéntico. Cierto, ya no tiene el problema de explicar cómo la conciencia surge de lo no-consciente porque ya no hay nada no-consciente, pero esto se sustituye por el problema de explicar cómo surge la conciencia específicamente humana, con toda su riqueza y complejidad, de la mera unión, combinación, agregación de un número astronómico de  microconciencias más básicas. ¿Cómo funciona eso? ¿Cómo es que millones de microsujetos, micromentes basiquillas, cada una con su perspectiva particular, privada y subjetiva, se combinan para  dar lugar a un macrosujeto Chad, más gordito, superior y distinto? Y claro, llegados a este punto, parece que el panpsiquista está condenado a reproducir las otras posiciones dentro de la filosofía de la mente. El panpsiquista puede decir que la conciencia humana realmente no existe, que no existe el sujeto humano, sino que el sujeto humano es una ilusión y que solamente existen los microsujetos. Pero entonces, que no se queje del eliminativismo. Puede decir que en realidad el sujeto humano y su rica experiencia se reducen a los microsujetos y sus microexperiencias y sus relaciones entre sí, pero buena suerte con eso y que no se queje del materialismo reductivo. O puede, por último, hablar de que el sujeto humano y su experiencia emergen de la base microconsciente. Pero entonces, que no se queje del emergentismo, porque básicamente está heredando sus mismos problemas. Hay, por descontado, algunas propuestas de solución. Quizás la más interesante es la de Hedda Hassel Morch, que propone que, al formar la mente humana, los microsujetos se fusionan entre sí y dejan de existir como tal. Por dar una imagen del asunto: no es que los microsujetos se unan como los ladrillos se unen para formar una casa, sino más como diversas gotas de agua se fusionan para formar una sola masa líquida mayor. Morch ha argumentado que  esto, si bien no elimina del todo el problema, es una forma de emergentismo menos radical que los emergentismos no-panpsiquistas. 

Porque al menos nos estamos moviendo dentro de la misma categoría de cosas, de lo experiencial, de lo consciente. Y que esto, si bien no es enteramente satisfactorio, pues es mejor que nada. Pero está por ver si esto es realmente una solución que tenga algún sentido: el panpsiquismo está muy verde todavía, dicen los panpsiquistas, y el único consenso que hay es que hay que seguir trabajando para dar con una solución satisfactoria. Pero lo interesante es que si uno quiere refutar el panpsiquismo, éste es el problema en el que tiene que insistir. Pero... ¿y si el problema está en que el panpsiquismo no es lo suficientemente radical? ¿Y si necesitamos una teoría de la conciencia que sea todavía más loca? Pues eso es lo que vamos a explorar en el siguiente vídeo.

BIBLIOGRAFÍA

► Philip Goff (2022), "Panpsiquismo", Enciclopedia de Filosofía Stanford [en inglés].

► William Jaworski (2011), Filosofía de la mente. Una introducción exhaustiva, Wiley-Blackwell [en inglés].

► Galen Strawson (2006), "Monismo realista. Por qué el fisicalismo implica el panpsiquismo", Journal of Consciousness Studies, 13, pp. 3-31 [en inglés].

► Thomas Nagel (2012), Mortal Questions, Cambridge University Press [en inglés].

► Edward Feser (2006), Filosofía de la mente. Una guía para principiantes, OneWorld Publications [en inglés].

► Philip Goff (2006), "La experiencias no se suman", Journal of Consciousness Studies, 13, pp. 56-61 [en inglés].

► Philip Goff (2016), "La solución del enlace fenomenal al problema de la combinación", en G. Bruntrup & L. Jaskolla, Panpsiquismo: Perspectivas Contemporáneas, Oxford University Press, pp. 283-302 [en inglés].

► Hedda Hassel Morch (2014), Panpsiquismo y causalidad. Un nuevo argumento y una solución al problema de la combinación, tesis doctoral, Universidad de Oslo [en inglés].

► Hedda Hassel Morch (2023), Teorías no-fisicalistas sobre la conciencia, Cambridge University Press [en inglés].

sábado, 6 de junio de 2026

Santiago Alba, Elogio de la literatura

 ‘Elogio de la literatura’: Santiago Alba Rico construye una filosofía a partir de grandes novelas, en El País, Anna Caballé, 6 jun 2026:

El filósofo aborda algunas cumbres de la literatura, del ‘Quijote’ y ‘El idiota’ a ‘Moby Dick’ o ‘Tintín’, para diseñar un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre

¿Es posible atravesar el aguacero de la Historia sin que nos moje una sola gota? ¿Podemos cruzar el mundo bajo una lluvia de átomos y regresar a casa completamente secos? ¿Se puede detener el tiempo? Son algunas de las preguntas que se hace Santiago Alba Rico en su maravilloso ensayo Elogio de la literatura. Obras paralelas, donde, de una forma tan libérrima como respetuosa con la tradición literaria, este pensador, guiado por sus gustos, aborda el comentario de una serie de novelas, de Kafka a Proust, pasando por Austen, Melville, Dostoievski, Cervantes, Hergé, Potter, McCullers, Mary Shelley, Dickens y Hasek. Mas que resolver los problemas que plantean las preguntas que se hace el autor, Alba Rico los disuelve extendiéndose en las posibilidades de reflexión que ofrecen.

Se diría que su autor, con este libro, adopta, tal vez consolida, un giro en su trayectoria intelectual, y de una filosofía inclasificable, por singular, en obras como Capitalismo y nihilismo o Penúltimos días. Mercancías, máquinas, hombres, pasa a una filosofía —porque sin duda es el libro de un filósofo— centrada en la sensibilidad y en el atractivo de las ideas que las obras seleccionadas sugieren. En todo caso, los libros de referencia de dichos autores (de mayoría anglosajona) —La metamoforsis, Moby Dick, Don Quijote de la Mancha, El idiota, Tintín en el Tíbet…— constituyen una especie de santuario personal al que Alba Rico afirma haber vuelto una y otra vez a lo largo de su vida —cinco lecturas de cada uno de los libros elegidos por él es su promedio de frecuencia—, y sin duda es así a juzgar por el dominio que ostenta de tramas y personajes. Digo ostenta, pero ninguna ostentación hay en su obra y eso, la humildad en la que se sitúa moralmente hace su lectura intensa y cautivadora. Nada de dar lecciones, nada de sentirse fortalecido por la rectitud de sus opiniones, Alba Rico es solo un lector y como lector rendido a la idea de que la creación lo es todo. Un hombre, en definitiva, que adora la literatura y ha hecho de la lectura una profesión de fe (una fe que tal vez mueve montañas), como ya anticipaba en un libro anterior titulado Leer con niños (2007).

Confieso que soy reacia a los elogios y defensas de la literatura concebidas como un microgénero ensayístico. No entiendo muy bien de qué hay que defender la literatura, porque de lo que merece ser defendida no depende de la literatura y por tanto veo inútil esforzarse en esta dirección: ahí está, sosteniéndose por sí misma, como todo verdadero arte. Y así, con cierta prevención, abrí el ensayo. Parecida prevención a la que sentí de inmediato ante la defensa cerrada que se hace de la ficción y de su autonomía, es decir, de la separación del escritor con respecto a su creación, planteando la superioridad de las obras en relación a los autores que las concibieron. A esta distancia (epistemológica) autor-obra la define como disforia narrativa. Un planteamiento que a partir del formalismo ruso está comúnmente aceptado en la teoría literaria. Pero ¿está Alba Rico en lo cierto? Yo dudo de esta forzada separación o disforia y me entristece pensar que debo escamotearle a un hombre o a una mujer la grandeza de haber sido el responsable de una obra que admiro. ¿Por qué la obra debe considerarse superior al que la gestó con sus entrañas, con sus pensamientos y obsesiones, con sus pasiones y desánimos? Simplemente, son dimensiones distintas: realización humana y resultado, no admiten comparación.

Dicho esto, con el ánimo, sin embargo, de seguir pensando en ello, no tuve más que dejarme llevar por los densos e inteligentes comentarios que se prodigan en el libro para olvidarme de cualquier reparo teórico y comprender que estaba ante un análisis literario finísimo y un modo de abordar el comentario de un grupo de novelas, emparejadas a lo Plutarco, capaz de construir un patrón intelectual de lectura tan coherente como libre. ¿Cómo opera dicho patrón? En primer lugar, de una forma desentendida de cualquier metodología crítica. Alba Rico trenza su escritura mediante la vertebración de todo tipo de asociaciones —emotivas, estéticas, analíticas, filosóficas y también biográficas— según le convenga, sacando a la luz las tensiones —sea la de la relación yo-mundo si hablamos de Austen; la fundación de una psicología del tiempo en Proust; la compasión que siente Dostoievski con los oprimidos en su lastimosa desgracia; el envoltorio histórico que tanto pesa en El corazón es un cazador solitario, la función del confort inglés en Los papeles del club Pickwick…— que trascienden la comprensión de la novela que trate en cada momento. Y como toda investigación genuina, el resultado no puede ser más gratificante. Dicho en dos palabras: el libro es un grito que clama contra la contracción cultural de nuestro tiempo, mostrando con la fuerza de las ideas la pluralidad de intereses que contiene una gran novela. ¿Con todo ello puede cambiarse el mundo? La respuesta es que no —lo confirma el propio Alba Rico—, pero la literatura ayuda a ensanchar sus fronteras y en este sentido demuestra que es imprescindible.

Curiosamente, la pieza dedicada al Quijote en la que el autor parece tener menos confianza y sentirse más inseguro es donde alcanza, en mi opinión, su mayor logro analítico. La forma de abordar la novela, ahondando en la dureza de la cultura española y en la fragilidad del personaje, es un ejercicio soberbio al vertebrar todos los factores involucrados en la obra de Cervantes. En resumen, ¿tenemos algo que agradecerle a Santiago Alba Rico? Si más no, una cosa, y es que nos conduzca, como lectores suyos, al corazón palpitante de la literatura. Un festín.

Elogio de la literatura. Obras paralelas. Santiago Alba Rico Akal, 2026. 552 páginas. 26,90 euros

miércoles, 3 de junio de 2026

Una filósofa buena: Martha Nussbaum

 I

¿Qué es una sociedad justa? Martha Nussabaum, por Enric Gel en su Adictos a la Filosofía:

Capítulo 1: ¿Quién es Martha Nussbaum? Vida e influencias

Hola, ¿qué tal? Hoy hablamos de una de las filósofas contemporáneas más influyentes e interesantes, Martha Nussbaum. ¿Quién es Martha  Nussbaum? ¿Qué aporta a la filosofía política su  teoría de las capacidades? ¿Cómo ha influido en  la manera en la que entendemos la justicia social hoy? Soy Enric, bienvenido de vuelta a Adictos  a la Filosofía ¡empecemos! 

Martha Craven nace el 6 de mayo de 1947 en Nueva York, hija de una  familia protestante de clase alta. Estudia teatro y lenguas clásicas en la Universidad de Nueva York  y se doctora en Filosofía por la Universidad de Harvard en 1972. Se casa en 1969 con el lingüista  Alan Nussbaum, de quien toma su apellido,  del cual se divorciaría 18 años después. En lo  filosófico, probablemente su influencia principal es Aristóteles. De hecho, se inscribe en toda una tradición neoaristotélica contemporánea en   la que encontramos grandes autores como Elizabeth Anscombe, Philippa Foot y Alasdair MacIntyre y cuyo objetivo es recuperar las categorías éticas  de la filosofía aristotélica para poder explicar mejor la experiencia y la acción humanas. 

Y es que, para Nussbaum, es crucial recuperar la utilidad práctica de la filosofía de la que los clásicos eran tan conscientes. Y para ello encuentra un aliado en Aristóteles y su concepto de la vida buena, que Nussbaum va a entender como una vida larga, saludable y creativa. Además de  Aristóteles, toma partido por el deontologismo de Kant. Recordemos que llamamos deontológica a la ética kantiana porque, frente al consecuencialismo que pone lo bueno en las consecuencias de una acción, Kant defiende que, a la hora de actuar, nuestro único criterio para decidir qué hacer tiene que ser el deber, lo que diga el deber,  al margen de las consecuencias que pueda tener lo que hacemos. A una persona, por ejemplo, siempre y sin excepción, hay que tratarla como un fin en sí mismo y nunca meramente como un medio, por mucho que tratarla como un puro medio o de  manera indigna pudiera llegar a producir como consecuencia, pongamos, un mayor bienestar en la sociedad general. En la misma línea, Nussbaum va a ser una gran defensora de que no hay que promover la felicidad colectiva o de la mayoría a costa de los derechos individuales de las minorías. Podemos mencionar también cómo bebe del liberalismo de John Stuart Mill, al  poner en el centro de lo político la libertad individual y el derecho a vivir la propia vida  sin interferencias del Estado. Al mismo tiempo, amplía críticamente el liberalismo al darse cuenta de que la no interferencia del Estado no es suficiente de por sí para tener una sociedad justa, sino que el Estado tiene que ser capaz de garantizar una serie de mínimos, de condiciones mínimas materiales y sociales para que los individuos puedan desarrollar con libertad sus propias capacidades, concepto clave de la filosofía de Nussbaum que vamos a ver enseguida. Para que se entienda bien este punto, el liberalismo de Mill suele insistir mucho en la necesidad de libertad negativa, es decir, de ser libres de coacción, de la interferencia  de poderes ajenos. El Estado solamente puede  prohibir aquellas acciones que representen un  daño contra los demás. Pero no prohibir una cierta acción como expresarse de manera crítica o votar de por sí solo se queda corto con respecto a promover una verdadera libertad. El Estado tiene que poner también los medios necesarios por medio, por ejemplo, de una educación integral para que el individuo llegue a ser capaz realmente de expresar críticamente su propio pensamiento y votar de manera efectiva y responsable. No basta, por tanto, con no poner trabas para que la gente pueda vivir como quiera. 

Eso es lo mínimo, sí,  pero también hay que garantizar que la gente  efectivamente pueda hacerlo. Por último, Nussbaum bebe también mucho del pensamiento de John Rawls. En 1971, Rawls publica su famoso libro "Una teoría de la justicia", donde plantea  el siguiente experimento mental. Supón que nos   encontráramos bajo un velo de la ignorancia, que no nos dejará saber en qué condiciones materiales o roles sociales vivimos. No sé si soy rico o pobre, varón o mujer, blanco o negro del lugar o extranjero, ateo o religioso, etcétera. Según  Rawls, si en estas condiciones nos pusiéramos a discutir las reglas según las cuales se va a regir nuestra convivencia y el reparto de los recursos, terminaríamos con leyes mucho más justas que las que poseemos ahora. Como cada uno estaría mirando por su propio beneficio y yo no sé en qué lugar voy a terminar, nos aseguraríamos de coincidir en una serie de normas que promovieran la justicia y la igualdad social al máximo. Nussbaum adopta este foco, pero argumenta también que hay que ir más allá, complementándolo con una idea más sustantiva de la dignidad personal y poniendo el foco, más que en los bienes primarios que nos podemos repartir, en las capacidades que forman parte de una vida humana buena. Y con esto llegamos, ahora sí, a su teoría de las capacidades. 

Capítulo 2: El enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum

En los años 80, Nussbaum se pone a trabajar con el economista Amartya Sen, que luego, en 1998, ganará el Premio Nobel de Economía. Y juntos se ponen a desarrollar un marco teórico novedoso con el cual evaluar el nivel de bienestar real de un país. Lo común en ese momento era mirar simplemente el PIB, el producto interior bruto, que es el valor monetario total de todos los bienes y servicios producidos por un país, por ejemplo, a lo largo de un año (ujn indicador  de la riqueza). El problema con este tipo de indicadores, razona Nussbaum, es que la riqueza de un país puede aumentar, pero que luego eso no se traduzca en una mejora de la calidad de vida  para la población general, porque esa riqueza queda acumulada en manos de unos pocos y no se distribuye de manera justa e igualitaria. Y claro, si uno no va más allá del PIB, se puede estar  poniendo un montón de medallas en plan "Mira cómo ha crecido la economía de mi país mientras yo he estado en el gobierno." Y mientras tanto, el grueso de la gente vive en la miseria más absoluta. El crecimiento del PIB, por tanto, no es un indicador de progreso real, porque lo que importa no es la riqueza media en un país, sino su distribución real. Necesitamos, por tanto,  un cambio de paradigma, una contrateoría que nos permita abrir el foco y poner la atención en  todo aquello que el PIB camufla. Y para ello, Nussbaum pone sobre la mesa su teoría de las capacidades. La pregunta no tiene que ser cómo crece la riqueza en un país, sino qué son capaces de hacer sus habitantes. ¿Qué oportunidades reales tienen de desarrollar una vida plena? Ahora, una capacidad, para Nussbaum, es aquello que una persona puede hacer y surge de la mezcla entre las aptitudes innatas de una persona y su formación, por un lado (a la suma de estos dos factores, Nussbaum lo llama capacidades internas), y las posibilidades reales que ofrece su entorno, por el otro. Por ejemplo, supongamos una persona con un oído natural para la música que, además, en el colegio ha recibido clases y ha aprendido a tocar el piano: esta persona tiene la capacidad interna de tocar el piano. Pero ahora, supongamos que esta persona se va a vivir a un entorno en el que no tiene acceso a un instrumento, no puede pagarse clases adicionales, no tiene un lugar donde practicar o incluso le prohíben tocar por sus opiniones políticas o el color de  su piel. Esta persona puede tener la capacidad interna de tocar el piano, pero no dispone de las condiciones materiales y sociales necesarias para ejercerla de modo efectivo y digno. Y, por tanto, es como si no la tuviera, esa capacidad: siendo interiormente capaz es, en sentido estricto y pleno, incapaz. Y este va a ser un  

Capítulo 3: ¿Qué es una sociedad justa para Nussbaum?

punto importantísimo para Nussbaum: que no basta con poseer las capacidades internas, sino que necesitamos una sociedad justa que garantice unos ciertos mínimos para que cada individuo las pueda ejercer y desarrollar de manera plena, si así  lo desea. Hemos visto el ejemplo de una persona que cuenta con las capacidades internas, pero que  está impedida o incapacitada por sus condiciones externas. Pero puede suceder también al revés. Puede haber países, por ejemplo, donde la legislación permita la libertad de expresión y de voto, pero que carezcan de un sistema educativo lo suficientemente robusto como para solidificar en cada persona las capacidades internas que le van a permitir luego expresarse y votar críticamente. O un país en el que la legislación permite a las mujeres acceder al mercado laboral y votar, pero donde en la mayoría de las casas sus maridos no les dejan hacer esas cosas y el Estado no hace nada para impedirlo. Por tanto, son necesarias las dos dimensiones, capacidades internas y condiciones externas, de modo que el Estado no puede limitarse simplemente a no interferir  en la vida de sus ciudadanos. Esto es necesario, pero de por sí solo insuficiente. El Estado tiene también que garantizar unos ciertos mínimos para que esas capacidades puedan florecer. Y esto lo hará, sobre todo, por medio de una educación pública de calidad, velando por la salud física  y mental de las personas y garantizándoles un mínimo de bienestar económico, con especial atención a los colectivos más vulnerables y desfavorecidos. Porque si todos han de tener las  mismas oportunidades para vivir una vida digna, habrá que ayudar más a aquellos que parten de condiciones peores.

Pero, importante, Nussbaum mantiene un cierto espíritu liberal. El Estado no puede obligar a una persona a vivir de una cierta manera. Por ejemplo, no te puedes forzar a estudiar filosofía, comer de manera saludable, aprender música, etcétera. Esa es una decisión inalienable de cada individuo, que es la autoridad última acerca de cómo tiene que vivir su propia vida. Por tanto, si alguien no quiere poner a funcionar una cierta capacidad suya, es su prerrogativa. Lo único que tiene que hacer el Estado es simplemente empoderar al individuo garantizando que se cumplen los mínimos para que pueda desarrollar sus capacidades. Pero a partir  de ahí, solo el individuo es soberano: él decide si usa sus capacidades y cómo. Dicho de otro modo, el papel del Estado es garantizar que todos tengan las mismas oportunidades (o al menos unas oportunidades mínimas), y luego es cada uno el que decide por qué camino tirar. Pero, ¿cuáles son las capacidades más importantes? Nussbaum propone las siguientes: 

Capítulo 4: Las 10 capacidades (Martha Nussbaum)

(1) la vida, tener una esperanza de vida normal y de calidad; 

(2) la salud, gozar de buena salud, una alimentación adecuada y vivienda digna;

(3) la integridad física, poder moverse con libertad y gozar de libertad sexual y reproductiva sin temor a represalias violentas; 

(4) sentidos, imaginación y pensamiento (aquí incluye Nussbaum la alfabetización y una formación matemática y científica básica, además de la libertad de pensamiento, de expresión y de religión);

(5) las emociones, es decir, la posibilidad de sentir y expresar libremente los afectos como el amor, la gratitud, la tristeza, etcétera; 

(6) la razón práctica, que es la oportunidad de formarse una noción propia y crítica del bien y poder desarrollar cada uno su plan de vida; 

(7) la afiliación, la libertad de asociarse y reunirse con otros; 

(8) la relación con la naturaleza y otras especies, poder tener una relación sana con el mundo natural;

(9) el juego, poder disfrutar de ocio de calidad y

(10) el control del propio entorno, tener la oportunidad de participar de modo activo y significativo en las decisiones políticas de la comunidad. 

Esta lista, dice Nussbaum, no pretende ser exhaustiva ni estar cerrada. Es, más bien, un punto de partida para el diálogo y el consenso. La idea es que, como mínimo, una sociedad justa tiene que ser capaz de garantizar que al menos  estas 10 capacidades todos los individuos puedan desarrollarlas hasta un punto aceptable. Y en el caso de que surja algún conflicto entre ellas, hay que priorizar la que sea más fértil, es  decir, la que con su sola presencia favorezca la aparición y el desarrollo de muchas otras. Por ejemplo, es mucho más fértil y por tanto más importante saber leer y escribir que poder ir de vacaciones a la playa. Y el último punto importante es que Nussbaum defiende que hay que poner la clave de la dignidad personal no tanto en la racionalidad como habían hecho otros autores, sino en la sensibilidad y la capacidad de acción. 

Así se hace mucho más sencillo, piensa Nussbaum, incluir en este marco a personas con severas discapacidades físicas y cognitivas y también se abre a la discusión contemporánea acerca de los derechos de los animales. En resumen, la propuesta de Martha Nussbaum consiste en una reformulación del liberalismo clásico, complementando su énfasis en la libertad personal con la necesidad de poner en su sitio las condiciones reales para que  la gente pueda desarrollar sus capacidades de modo pleno. Porque, en último término, y en el espíritu del bueno de Aristóteles, el objetivo de la comunidad política es que todos tengamos las mismas oportunidades para alcanzar la vida buena. Y ahora, si lo que quieres es  seguir aprendiendo acerca del pensamiento de los más grandes filósofos de toda la historia, sea por  gusto o para prepararte la selectividad, no puedes perderte esto que te dejo aquí mismo, porque están  todos los que hemos explicado en este canal. Así que venga, no seas tímido, dale un buen clic, ahí te veo y sobre todo... no dejes de pensar.

II [Wikipedia:]

Martha Craven Nussbaum (Nueva York, 6 de mayo de 1947) es una filósofa estadounidense. Sus intereses se centran, en particular, en la filosofía antigua, la filosofía política, la filosofía del derecho y la ética. Desde el denominado enfoque basado en las capacidades, Nussbaum destaca su aportación en las conocidas como diez "Capacidades centrales" o "Capacidades funcionales humanas centrales".

Biografía

Nació en Nueva York en el seno de una familia acomodada, hija de George Craven, abogado de Filadelfia, y Betty Warren, diseñadora de interiores. Estudió teatro y lenguas clásicas en la Universidad de Nueva York (NYU) (BA 1969), y gradualmente se fue acercando a la filosofía, para finalmente graduarse en Harvard en 1972. Durante esta época se casó con Alan Nussbaum (de quien se divorció en 1987), se convirtió al judaísmo, y nació su hija Rachel.

Enseñó filosofía y letras clásicas en Harvard en los años setenta y a principios de los ochenta, antes de trasladarse a la Universidad de Brown. Uno de sus libros más influyentes, La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega (The Fragility of Goodness), que tiene como tema la ética antigua, fue particularmente influyente y la convirtió en una figura reconocida en el ámbito de las ciencias sociales. Posteriormente, la valía de su trabajo la hizo merecedora de títulos honoríficos en más de 25 instituciones.

Durante la década de los ochenta, Nussbaum comenzó un trabajo en colaboración con el economista Amartya Sen (Premio Nobel de Economía) en temas relacionados con el desarrollo y la ética. En conjunto con Sen, promovió el concepto de "capacidades" ("libertades sustanciales" como la posibilidad de vivir una larga vida, de llevar a cabo transacciones económicas, o la participación plena en actividades políticas) como las partes constitutivas del desarrollo, y de la pobreza como una privación de dichas "capacidades". Esto contrasta sobremanera con los acercamientos teóricos que se habían hecho sobre el desarrollo hasta ese momento. Cabe resaltar que mucho de lo que Nussbaum dice en su trabajo se basa en una corrección aristotélica de las tesis de John Rawls.

Nussbaum ha participado con otros intelectuales en debates sobre temas morales, tanto desde revistas semipopulares y críticas de libros, como desde el estrado o testificando ante tribunales. Sus contrincantes han sido Allan Bloom, John Finnis y Robert P. George, Harvey Mansfield y Judith Butler, entre otros. Por otra parte, también han sido importantes sus obras y sus acciones en defensa de los derechos de la mujer.

En su obra El ocultamiento de lo humano: repugnancia, vergüenza y ley, hace un profundo estudio de las emociones, algo que ya había empezado a vislumbrarse en obras anteriores suyas. Allí trata temas como el miedo, la vergüenza, la gratitud y el rencor, intenta definir si son impulsos racionales o simplemente sentimientos vinculados con nuestra manera de ver el mundo; se pregunta si estas emociones son universales o si varían dependiendo de la cultura; si dichas emociones se aprenden y, en caso de que la respuesta sea afirmativa, si pueden "desaprenderse" las emociones equivocadas. Todo esto, en un constante transitar entre la filosofía, política y derecho.

Capacidades funcionales humanas centrales

Desde el denominado enfoque basado en las capacidades, Nussbaum destaca las siguientes diez "capacidades centrales" como claves para el desarrollo y criterios de justicia social, capacidades que deberían ser respaldadas por todas las democracias y países del mundo:

   Vida. Poder vivir hasta el final de una vida humana de longitud normal; no morir prematuramente, o antes de que la vida de uno sea tan limitada que no valga la pena vivirla.

   1. Salud. Poder gozar de buena salud, incluida la salud reproductiva; estar adecuadamente nutrido; tener un refugio adecuado.

   2. Integridad corporal. Poder moverse libremente de un lugar a otro; estar seguro contra asaltos violentos, incluida la agresión sexual y la violencia doméstica; tener oportunidades de satisfacción sexual y de elección en materia de reproducción.

   3. Sentidos, Imaginación y Pensamiento. Poder usar los sentidos, imaginar, pensar y razonar, y hacer estas cosas de una manera "verdaderamente humana", una forma informada y cultivada por una educación adecuada, que incluye, entre otras, alfabetización y conocimientos básicos. entrenamiento matemático y científico. Poder usar la imaginación y el pensamiento en conexión con experimentar y producir obras y eventos de su propia elección, religiosos, literarios, musicales, etc. Ser capaz de utilizar la mente de maneras protegidas por las garantías de la libertad de expresión con respecto al discurso político y artístico, y la libertad de ejercicio religioso. Poder tener experiencias placenteras y evitar el dolor no beneficioso.

   4. Emociones. Poder tener apegos a cosas y personas fuera de nosotros mismos; amar a quienes nos aman y nos cuidan, llorar su ausencia; en general, amar, sufrir, experimentar el anhelo, la gratitud y la ira justificada. No tener el desarrollo emocional arruinado por el miedo y la ansiedad. (Apoyar esta capacidad significa apoyar formas de asociación humana que pueden demostrarse como cruciales en su desarrollo).

  5. Afiliación. Ser capaz de vivir con otros y acercarse a ellos, reconocer y mostrar interés por otros seres humanos, participar en diversas formas de interacción social; para poder imaginar la situación de otro.

  6. Razón práctica. Ser capaz de formar una concepción del bien y participar en una reflexión crítica sobre la planificación de la vida. (Esto implica protección para la libertad de conciencia y la observancia religiosa).

  7. Afiliación. 7.1. Ser capaz de vivir con otros y acercarse a ellos, reconocer y mostrar interés por otros seres humanos, participar en diversas formas de interacción social; para poder imaginar la situación de otro. (Proteger esta capacidad significa proteger las instituciones que constituyen y alimentan esas formas de afiliación, y también proteger la libertad de reunión y el discurso político). 7.2. Tener las bases sociales del autorrespeto y no humillación; poder ser tratado como un ser digno cuyo valor es igual al de los demás. Esto implica disposiciones de no discriminación por motivos de raza, sexo, orientación sexual, etnia, casta, religión, origen nacional y especie.

  8. Otras especies. Ser capaz de vivir con preocupación por y en relación con los animales, las plantas y el mundo de la naturaleza.

  9. Jugar. Poder reír, jugar, disfrutar de actividades recreativas.

 10. Control sobre el entorno. 10.1. Político. Poder participar efectivamente en las elecciones políticas que gobiernan la vida de uno; tener el derecho de participación política, protección de la libertad de expresión y asociación. 10.2. Material. Poder tener propiedades (tanto de tierra como bienes muebles) y tener derechos de propiedad en igualdad de condiciones con los demás; tener derecho a buscar empleo en igualdad de condiciones con los demás; estar libre de una búsqueda o incautación injustificada. En el trabajo, poder trabajar como humano, ejercitar la razón práctica y entrar en relaciones significativas de reconocimiento mutuo con otros trabajadores.

Premios y reconocimientos

En 2012 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.[4]

El 20 de noviembre de 2013 la Universidad Iberoamericana Ciudad de México le otorgó el grado de doctor honoris causa.

En diciembre de 2015 recibió por parte de la Universidad de Antioquia, Colombia el título honoris causa como doctora en filosofía.

El 25 de noviembre de 2022 fue galardonada con el Premio Balzan de filosofía moral.

El 18 de diciembre de 2023 fue investida doctora honoris causa por la Universidade de Santiago de Compostela.[5]

En diciembre de 2024 recibe el doctorado honoris causa de parte de la Universidad de los Andes en Colombia

Obras mayores:

La fragilidad del bien: la fortuna y la ética en la tragedia y la filosofía griega

La fragilidad confronta el dilema ético de que los individuos fuertemente comprometidos con la justicia son, no obstante, vulnerables a factores externos que pueden comprometer profundamente o incluso negar su florecimiento humano. Hablando de textos literarios y filosóficos, Nussbaum busca determinar hasta qué punto la razón puede permitir la autosuficiencia, y termina rechazando la noción platónica de que la bondad humana puede proteger completamente contra el peligro, alineándose con los dramaturgos trágicos y Aristóteles al tratar el reconocimiento de la vulnerabilidad como la clave para realizar el bien humano.

Su interpretación del Simposio de Platón en particular atrajo considerable atención. Bajo la conciencia de vulnerabilidad de Nussbaum, el reingreso de Alcibíades al final del diálogo socava el relato de Diotima de la escalera del amor en su ascenso al reino no físico de las formas. La presencia de Alcibíades desvía la atención hacia la belleza física, las pasiones sexuales y las limitaciones corporales, y por lo tanto destaca la fragilidad humana.

La Fragilidad hizo famosa a Nussbaum en las humanidades. Logró grandes elogios en las reseñas académicas, e incluso fue aclamada en los medios populares. Camille Paglia acreditó a Fragility con los "estándares académicos más altos" del siglo XX, y The Times Higher Education lo llamó "una obra supremamente académica". La fama de Nussbaum extendió su influencia más allá de lo impreso y en programas de televisión como el de Bill Moyers de la PBS.

Cultivando Humanidad

Cultivating Humanity recurre a los textos griegos clásicos como base para la defensa y la reforma de la formación humanística. Al notar la aspiración del filósofo cínico griego Diógenes de trascender los "orígenes locales y pertenencias grupales" a favor de convertirse en "ciudadano del mundo", Nussbaum traza el desarrollo de esta idea a través de los estoicos, Cicerón y, finalmente, el republicanismo moderno de Adam Smith e Immanuel Kant. Nussbaum defiende el multiculturalismo en el contexto del universalismo ético, defiende la investigación académica sobre la raza, el género y la sexualidad humana, y desarrolla aún más el papel de la literatura como imaginación narrativa en cuestiones éticas.

Al mismo tiempo, Nussbaum también censuró ciertas tendencias académicas. Criticó al deconstruccionista Jacques Derrida como "la verdad... simplemente no vale la pena de estudiar para alguien que ha estado estudiando a WVO Quine y Hilary Putnam y Donald Davidson" y también cita a Zhang Longxi, que califica el análisis de Derrida de la cultura china de "pernicioso" y sin "evidencia de estudio serio". En términos más generales, Nussbaum realizó algunas objeciones a Michel Foucault, pero sin embargo lo singularizó por proporcionar "la única obra verdaderamente importante en haber ingresado a la filosofía bajo el signo del posmodernismo". Nussbaum es aún más crítica con figuras como Allan Bloom, Roger Kimball y George Will por lo que ella considera su conocimiento "inestable" de las culturas no occidentales y las caricaturas inexactas de los departamentos de humanidades actuales.

The New York Times elogió a El cultivo de la Humanidad como "una defensa apasionada y argumentada del multiculturalismo" y lo aclamó como "una formidable, quizás definitiva defensa de la diversidad en los campus estadounidenses". Nussbaum fue la ganadora en 2002 del Premio Grawmeyer en Educación de la Universidad de Louisville.

Sexo y justicia social

Sex and Social Justice (Sexo y justicia social) se propone demostrar que el sexo y la sexualidad son distinciones moralmente irrelevantes que se han aplicado artificialmente como fuentes de jerarquía social; por lo tanto, el feminismo y la justicia social tienen preocupaciones comunes. Rechazando objeciones antiuniversalistas, Nussbaum propone libertades funcionales, o capacidades humanas centrales, como una rúbrica de justicia social.

Nussbaum analiza detenidamente las críticas feministas al liberalismo mismo, incluida la acusación formulada por Alison Jaggar de que el liberalismo exige un egoísmo ético. Nussbaum señala que el liberalismo enfatiza el respeto por los demás como individuos, y además argumenta que Jaggar ha eludido la distinción entre individualismo y autosuficiencia. Nussbaum acepta la crítica de Catharine MacKinnon al liberalismo abstracto.

Nussbaum condena la práctica de la mutilación genital femenina, citando la privación del funcionamiento humano normativo y sus riesgos para la salud, el impacto en el funcionamiento sexual, las violaciones de la dignidad y las condiciones de no autonomía. Haciendo hincapié en que la mutilación genital femenina se lleva a cabo mediante la fuerza bruta, su irreversibilidad, su naturaleza no consensual y sus vínculos con las costumbres de dominación masculina, Nussbaum insta a las feministas a enfrentar la mutilación genital femenina como un problema de injusticia.

Nussbaum también refina el concepto de "cosificación", como lo presentaron originalmente Catharine MacKinnon y Andrea Dworkin. Nussbaum define la idea de tratar como un objeto con siete cualidades: instrumentalidad, negación de la autonomía, inercia, fungibilidad, violabilidad, propiedad y negación de la subjetividad. Su caracterización de la pornografía como una herramienta de cosificación pone a Nussbaum en desacuerdo con el feminismo pro-sexo. Al mismo tiempo, Nussbaum argumenta a favor de la legalización de la prostitución, una posición que reiteró en un ensayo de 2008 tras el escándalo de Spitzer, escribiendo: "La idea de que debemos penalizar a las mujeres con pocas opciones eliminando una de las que pueden tener es grotesca".

Sexo y justicia social fue alabado por los críticos en la prensa. Salon declaró: "Ella muestra brillantemente cómo se usa el sexo para negar a algunas personas, es decir, mujeres y hombres homosexuales, la justicia social". El New York Times elogió el libro como "escrito con elegancia y discutido cuidadosamente". Kathryn Trevenen elogió el esfuerzo de Nussbaum por trasladar las preocupaciones feministas hacia los esfuerzos transnacionales interconectados, y por explicar un conjunto de pautas universales para estructurar una agenda de justicia social. Patrick Hopkins escogió para elogiar el capítulo "magistral" de Nussbaum sobre la cosificación sexual. La feminista radical Andrea Dworkin culpó a Nussbaum por "una constante sobreintelectualización de la emoción, que tiene la consecuencia inevitable de confundir el sufrimiento con la crueldad".

Esconderse de la Humanidad

Esconderse de la Humanidad amplía el trabajo de Nussbaum en psicología moral para sondear los argumentos para incluir dos emociones -vergüenza y repugnancia- como bases legítimas para los juicios legales. Nussbaum argumenta que los individuos tienden a repudiar su imperfección corporal o animalidad a través de la proyección de temores sobre la contaminación. Esta respuesta cognitiva es en sí misma irracional, porque no podemos trascender la animalidad de nuestros cuerpos. Al notar cómo la repugnancia proyectiva ha justificado erróneamente la subordinación grupal (principalmente de mujeres, judíos y homosexuales), Nussbaum termina descartando la repugnancia como una base confiable de juicio.

En cuanto a la vergüenza, Nussbaum argumenta que la vergüenza tiene un objetivo demasiado amplio, tratando de inculcar la humillación en un ámbito que es demasiado intrusivo y limita la libertad humana. Nussbaum se alía con John Stuart Mill para reducir la preocupación legal a los actos que causan un daño distintivo y asignable.

En una entrevista con la revista Reason, Nussbaum explicó: "La repugnancia y la vergüenza son intrínsecamente jerárquicos: establecen rangos y órdenes de seres humanos. También están intrínsecamente relacionados con restricciones a la libertad en áreas de conducta no perjudicial. Por estas dos razones, creo, cualquiera que valore los valores democráticos clave de igualdad y libertad debe desconfiar profundamente del atractivo de esas emociones en el contexto de la ley y las políticas públicas".

El trabajo de Nussbaum fue recibido con grandes elogios. El Boston Globe llamó a su argumento "característicamente lúcido" y la aclamó como "la filósofa de la vida pública más destacada de Estados Unidos". Sus reseñas en periódicos y revistas nacionales obtuvieron elogios unánimes. En círculos académicos, Stefanie A. Lindquist de la Universidad Vanderbilt elogió el análisis de Nussbaum como un "tratado de gran alcance y matizado sobre la interacción entre las emociones y la ley".

Una excepción destacada fue la reseña de Roger Kimball publicada en The New Criterion en la que acusó a Nussbaum de "fabricar" la renovada prevalencia de la vergüenza y la repugnancia en las discusiones públicas y dice que intenta "socavar la sabiduría moral heredada de milenios". La reprende por "despreciar las opiniones de la gente común" y finalmente acusa a Nussbaum de "esconderse de la humanidad".

Nussbaum recientemente ha corregido y extendido su trabajo sobre la repugnancia para producir un nuevo análisis de los problemas legales relacionados con la orientación sexual y la conducta del mismo sexo. Su libro From Disgust to Humanity: Sexual Orientation and the Constitution fue publicado por Oxford University Press en 2010, como parte de su serie "Inalienable Rights", editado por Geoffrey Stone.

De la repugnancia a la humanidad: orientación sexual y derecho constitucional

En este libro de 2010 Martha Nussbaum analiza el papel que desempeña la repugnancia en la ley y el debate público en los Estados Unidos. El libro analiza principalmente cuestiones legales constitucionales que enfrentan los gays y lesbianas estadounidenses, pero también analiza cuestiones como las leyes contra la mestización, la segregación, el antisemitismo y el sistema de castas en la India como parte de su tesis más amplia sobre el "principio de la repugnancia".

Nussbaum postula que las motivaciones fundamentales de quienes defienden las restricciones legales contra los gays y lesbianas estadounidenses se basan en el "principio de la repugnancia". Estas restricciones legales incluyen bloquear la orientación sexual protegida bajo leyes antidiscriminatorias (Ver: Romer v. Evans), leyes de sodomía contra adultos que consienten (Ver: Lawrence v. Texas), prohibiciones constitucionales contra el matrimonio entre personas del mismo sexo (Ver: Proposición 8 de California (2008)), una regulación demasiado estricta de las casas de baños gay y la prohibición del sexo en parques públicos y baños públicos. Nussbaum también argumenta que las prohibiciones legales sobre la poligamia y ciertas formas de matrimonio incestuoso (por ejemplo, hermano-hermana) se basan en el principio de la repugnancia y deben ser anuladas.

Identifica estrechamente el "principio de la repugnancia" con Lord Devlin y su famosa oposición al informe Wolfenden que recomendaba despenalizar los actos homosexuales consensuales privados sobre la base de que esas cosas "asquearían al hombre común". Para Devlin, el mero hecho de que algunas personas o actos pueden producir reacciones emocionales populares de repulsión proporciona una guía apropiada para legislar. También identifica la "sabiduría de la repugnancia" defendida por León Kass como otra escuela de pensamiento de "principio de la repugnancia", ya que afirma de la repulsión "en casos cruciales... la repugnancia es la expresión emocional de la sabiduría profunda, más allá del poder de articularlo de la razón".

Nussbaum continúa oponiéndose explícitamente al concepto de una moral basada en la repugnancia como una guía apropiada para legislar. Nussbaum señala que la repulsión popular se ha utilizado a lo largo de la historia como una justificación para la persecución. Basándose en su trabajo anterior sobre la relación entre la repugnancia y la vergüenza, Nussbaum señala que, en diversos momentos, el racismo, el antisemitismo y el sexismo han sido impulsados por la repulsión popular.

En lugar del "principio de la repugnancia", Nussbaum defiende "el principio del daño" de John Stuart Mill como la base adecuada para limitar las libertades individuales. Nussbaum argumenta que el principio del daño, que respalda las ideas legales del consentimiento, la mayoría de edad y la privacidad, protege a los ciudadanos, mientras que el "principio de la repugnancia" no es más que una reacción emocional poco confiable sin sabiduría inherente. Además, Nussbaum argumenta que este principio ha negado y continúa negando a los ciudadanos la humanidad y la igualdad ante la ley sin fundamentos racionales y causa daños sociales palpables a los grupos afectados.

Disgust to Humanity obtuvo aclamación en los Estados Unidos, y provocó entrevistas en el New York Times y otras revistas.Una revista conservadora, The American Spectator, ofreció una opinión disidente, escribiendo: "la crítica del 'principio de la repugnancia' carece de coherencia, y 'la política de la humanidad' se traiciona a sí misma al no tratar más compasivamente a los que se oponen al movimiento por los derechos ". El artículo también argumenta que el libro está empañado por errores de hechos e inconsistencias.

Obras

Aristotle's De Motu Animalium (1978)

The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy (1986)

Love's Knowledge (1990)

Nussbaum, Martha, y Amartya Sen. The Quality o Life. (Oxford: Clarendon Press 1993)

The Therapy of Desire (1994)

Poetic Justice (1996)

For Love of Country (1996)

Cultivating Humanity: A Classical Defense of Reform in Liberal Education (1997)

Sex and Social Justice (1998)

Women and Human Development (2000)

Upheavals of Thought: The Intelligence of Emotions (2001)

Hiding From Humanity: Disgust, Shame, and the Law (2004)

Animal Rights: Current Debates and New Directions (editado con Cass Sunstein) (2004)

Frontiers of Justice: Disability, Nationality, Species Membership (2006)

The clash within democracy, religious violence, and India's future (2007)

Liberty of conscience: in defense of America's tradition of religious equality (2008)

From disgust to humanity: sexual orientation and constitutional law (2010)

Not for profit: why democracy needs the humanities (2010)

Creating capabilities: the human development approach (2011)

Philosophical interventions (2012)

The new religious intolerance: overcoming the politics of fear in an anxious age (2012)

Political emotions : why love matters for justice (2013)

The Monarchy of Fear: A philosopher looks at our political crisis (2018)

The Cosmopolitan Tradition: A Noble but Flawed Ideal (2019)

Citadels of Pride: Sexual Abuse, Accountability, and Reconciliation (2021)

Justice for Animals: Our Collective Responsibility (2023)

The Tenderness of Silent Minds: Benjamin Britten and his War Requiem (2024)

Traducidas al español

La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega [traducción de Antonio Ballesteros] Madrid: Visor, 1995.

Justicia poética: la imaginación literaria y la vida pública [traducción de Carlos Gardini]. Barcelona: Andrés Bello, D.L., 1997.

Los límites del patriotismo: identidad, pertenencia y "ciudadanía mundial", compilado por Joshua Cohen; [traducción de Carme Castells]. Barcelona: Paidós Ibérica, 1999.

Nussbaum M. y Cass R. Sunstein (eds.) Clones y clones: hechos y fantasías acerca de la clonación humana ; prólogo de Manuel Garrido; [traducción de María Cóndor Orduña]. Madrid: Cátedra, 2000.

El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal [traducción de Juana Pailaya] 1.ª ed. Barcelona: Andrés Bello, 2001.

Las mujeres y el desarrollo humano: el enfoque de las capacidades [traducción de Roberto Bernet]. Barcelona: Herder, 2002.

La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística [traducción de Miguel Candel]. Barcelona: Paidós, [2003]

El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura [traducción de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz Boadilla del Monte]. Madrid: A. Machado Libros, 2005.

El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal [traducción de Juana Pailaya]. Barcelona: Paidós Ibérica, 2005.

El ocultamiento de lo humano: repugnacia, vergüenza y ley [Traducción de Gabriel Zadunaisky]. Buenos Aires/Madrid, Katz editores, 2006, ISBN 9788460983545

Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión [traducción de Ramón Vilà Vernis y Albino Santos Mosquera]. Barcelona: Paidós, 2007.

Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones Barcelona: Paidós Ibérica, 2008, ISBN 978-84-493-2099-6

Libertad de conciencia [traducción de Alberto Enrique Álvarez y Araceli Maira Benítez]. Barcelona: Tusquets, 2009.

India: democracia y violencia religiosa [traducción de Vanesa Casanova]. Barcelona: Paidós, 2009.

Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades [Traducción de María Victoria Rodil]. Buenos Aires/Madrid, Katz editores, 2010, ISBN 9788492946174

Libertad de conciencia: el ataque a la igualdad de respeto + "Vivir en democracia implica respetar el derecho de las personas a elegir estilos de vida con los que no estoy de acuerdo" (entrevista de Daniel Gamper Sachse) [Traducción de Patrícia Soley-Beltrán]. Buenos Aires/Madrid, Katz editores, 2011, ISBN 9788492946358 (En coedición con el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona).

Crear capacidades: propuesta para el desarrollo humano [traducción de Albino Santos Mosquera]. Barcelona, Paidós, 2012, ISBN 9788449309885

La monarquía del miedo: Una mirada filosófica a la crisis política actual [traducción de Albino Santos Mosquera]. Barcelona, Paidós, 2019, ISBN 9788449335853.

La tradición cosmopolita: Un noble e imperfecto ideal [traducción de Albino Santos Mosquera]. Barcelona, Paidós, 2020, ISBN 9788449336942.

Ciudadelas de la soberbia: Agresión sexual, resposabilización y reconciliación [traducción de Albino Santos Mosquera]. Barcelona, Paidós, 2022, ISBN 9788449339325.

Justicia para los animales: Una respuesta colectiva [traducción de Albino Santos Mosquera]. Barcelona, Paidós, 2023, ISBN 9788449341564.

jueves, 28 de mayo de 2026

El reloj que supone un relojero o El diseño inteligente

 Parece que la creencia en Dios suministra una capacidad evolutiva de mejora. Según explican las estadísticas, los creyentes viven más tiempo que los ateos y se deprimen menos. A un ateo le debía resultar por lo menos paradójico.

Suponga un mundo donde el tiempo no fluye o fluye muy poco. O donde está todo el tiempo comprimido. Algo así como el universo de los heptápodos de La llegada, la película. La evolución sería paradójica en un sentido o en otro. Circular. Se mejora y se demejora y se mejora otra vez para volver a demejorar. La entropía sigue existiendo pero tiene poco trabajo que hacer. Hace falta un sentido perpetuo en el tiempo, "hacia la infinidad buscando orilla", como escribió el capitán Francisco de Aldana. Pero la vida humana es discontinua.

Según los teólogos, hay tres cosas que nos hacen trascender: la belleza, el bien o bondad y la verdad. Y ya decía Keats en A una urna griega que la verdad es belleza y la belleza es verdad. Y Dickinson: La belleza es la realidad de la naturaleza.

Tal vez sea preferible un relojero ciego a ninguno.

viernes, 15 de mayo de 2026

Voltaire

 ¿Alguna vez te has dado cuenta de que en las biografías de los grandes héroes históricos siempre se omiten los hechos más controvertidos? Durante décadas nos han hecho creer que nuestra libertad fue conquistada por pensadores santos y desinteresados. Tomemos por ejemplo a Voltaire, un icono absoluto de la Ilustración cuya imagen se convirtió en un símbolo intocable de la lucha contra la tiranía europea. Pero hay una paradoja que destruye por completo este mito. A la ciencia oficial no le gusta recordar que este gran defensor de los oprimidos en realidad despreciaba al pueblo llano, que su legendaria independencia no la conquistó con el poder del pensamiento filosófico, sino que sencillamente la compró, llevando a cabo una grandiosa estafa financiera con la lotería estatal. Y mientras sus libros eran quemados públicamente por su libre pensamiento, Voltaire empujaba sin piedad a la elite a endeudarse con intereses desorbitados y al mismo tiempo se humillaba ante los reyes desempeñando el papel de bufón. Hoy descubriremos qué llevó a Voltaire a llevar a cabo este aterrador juego de doble cara. Mostraremos cómo el monarca más grande de Europa simplemente compró a Voltaire, lo exprimió hasta la última gota y lo echó a la calle. Y, lo más importante, desvelaremos el espeluznante secreto del final de su vida, porque el ídolo fallecido de millones de personas tuvo que ser sacado en secreto de París bajo el manto de la noche, atando el cadáver al asiento de la carroza. Y qué detalle verdaderamente impactante descubrieron las autoridades cuando, casi un siglo después, abrieron su tumba. 

François-Marie Arouet llegó al mundo el 21 de noviembre de 1694 en París, aunque durante buena parte de su vida insistió en que había nacido el 20 de febrero... quizá porque prefería elegir hasta la fecha de su propio nacimiento. Su padre, François, era notario real; un hombre que ganaba bastante redactando contratos para la alta burguesía y la nobleza menor y que conocía el valor exacto de cada propiedad de cada calle de París. Había aprendido la regla fundamental de la Francia de Luis XIV: el dinero abre puertas, pero solo la sangre azul las mantiene abiertas. 

La madre, Marie Marguerite Domard, procedía de una familia de la pequeña nobleza de Poitou. Murió cuando François-Marie tenía 7 años. De ella casi no hay rastro en la correspondencia de Voltaire, ni una carta nostálgica, ni un recuerdo tierno, ni siquiera una mención casual. 

Este silencio ha intrigado a los biógrafos durante siglos. Theodor Westerman, autor de la biografía más exhaustiva de Voltaire, sugiere que esta pérdida temprana dejó una marca que el filósofo nunca quiso examinar, una necesidad permanente de atención, de reconocimiento, de aplauso que ningún éxito literario ni ninguna fortuna lograrían saciar. 

El hermano mayor Armand heredó la piedad de la madre y se convirtió en un jansenista devoto. La hermana Marguerite Catherine se casó joven. François-Marie quedó como el hijo problemático, demasiado inteligente, demasiado inquieto, demasiado consciente de que su inteligencia no le daba ningún derecho real en un país donde los derechos se heredaban por sangre. 

El padre lo envió al colegio Louis-le-Grand a los 10 años. Era la institución educativa más prestigiosa de Francia, dirigida por los jesuitas, y su alumnado era un mapa exacto del poder francés. Hijos de duques, de magistrados del parlamento, de financieros con ambiciones nobiliarias. Los jesuitas de Louis-le-Grand eran profesores excelentes, rigurosos en el latín, sofisticados en la retórica, pragmáticos en la enseñanza del poder. Sabían que estaban formando a la clase dirigente y sabían reconocer el talento cuando lo veían. 

El joven Arouet tenía un talento que espantaba: componía versos latinos con una velocidad que dejaba atónitos a sus maestros. Escribía epigramas que circulaban por el patio como moneda de prestigio. El padre Charles Porée, su profesor de retórica, lo señaló como el alumno más brillante que había tenido jamás. Pero la brillantez y la posición social eran cosas diferentes y, en el patío de Louis-le-Grand, esa diferencia se sentía cada día. Los compañeros de cuna noble tenían algo que no se aprende ni se compra: la naturalidad del privilegio. Se movían por el mundo como si este les perteneciera... porque efectivamente les pertenecía. 

Arouet tenía que ganarse cada espacio con su lengua. Cada chiste brillante era una negociación; cada verso un pasaporte temporal al grupo de los elegidos. Pero ese pasaporte caducaba cada noche, cuando los hijos de los duques volvían a sus mansiones del mar y el hijo del notario volvía a la casa de Poitou, Saint-Loup-sur-Thouet. 

Esa experiencia, ser admitido por talento en un mundo al que no pertenecía por sangre, fue la educación más importante de la vida de Voltaire, más que el latín, más que la retórica, más que Virgilio o Cicerón. Le enseñó que el ingenio era una llave; pero una llave que solo funcionaba mientras al anfitrión lo divirtiera. En el momento en que dejabas de ser gracioso, la puerta se cerraba, y del otro lado no había apelación posible. A los 17 años salió de Louis-le-Grand y su padre hizo lo que cualquier padre prudente habría hecho: lo colocó como pasante en el estudio de un procurador, llamado Metge Alan. Quería que su hijo fuera abogado o notario o cualquier cosa que garantizara una renta estable y respetabilidad social.

François Marie obedeció por unos meses con la misma entrega que un gato encerrado en una caja, rascando las paredes, maullando de rabia y esperando la primera oportunidad para escapar. La oportunidad le llegó de un padrino inesperado. El abate de Châteauneuf, amigo de la familia y hombre de mundo, había reconocido en el joven Arouet algo que el padre no quería ver, un talento literario que ningún bufete de abogados podría contener. Châteauneuf lo introdujo en los salones de la Sociedad del Temple, la residencia del Gran Prior de los Caballeros de Malta en París, que funcionaba como uno de los centros sociales más libertinos de la capital. Allí, entre aristócratas que cenaban con vinos de Borgoña y conversaban sobre Epicuro con la misma soltura que sobre sus últimas conquistas amorosas, el joven Arouet encontró su ecosistema natural. Era un mundo de ingenio, de desafío verbal, de provocación elegante. Un mundo donde la iglesia era blanco de burlas, donde el rey podía ser satirizado en un epigrama y donde un joven, sin título pero con lengua afilada, podía durante unas horas sentirse igual a un duque.

Pero igual no era, y nunca lo sería. El padre Arouet, enterado de las compañías de su hijo, intentó alejarlo de París enviándolo a Caen y luego a La Haya como secretario del embajador francés, el marqués de Châteauneuf. En La Haya, el joven de 18 años se enamoró de una muchacha hugonota llamada Olympe du Noyer, conocida como Pimpette. Fue un amor apasionado, epistolar y desastroso. La madre de Pimpette, una periodista protestante exiliada, denunció al embajador. El embajador devolvió al joven a París con una carta furiosa. El padre lo recibió con amenazas de desheredarlo y François-Marie Arouet le Jeune, a los 19 años, sin dinero propio, sin protector seguro y sin profesión reconocida, tomó la decisión que definiría todo: la pluma, no la pluma del poeta asceta que vive en una buhardilla y muere de tuberculosis; la pluma como instrumento de poder social, la pluma como llave para entrar en los salones, ganar dinero, conseguir protectores y demostrar al mundo, y a su padre, que el talento podía comprar lo que la sangre daba gratis. 

Lo que viene ahora es el momento exacto en que ese joven ambicioso descubrió que en Francia la lengua afilada no solo abría puertas, también abría celdas. Los primeros años de Arouet en los salones parisinos fueron un ejercicio de equilibrista sobre un alambre cada vez más delgado.

Su arma era el epigrama. Frases cortas, venenosas, memorables, que circulaban de boca en boca por los cafés y los salones con la velocidad de un incendio. En la Francia de la Regencia (Luis XIV había muerto en 1715 y el poder lo ejercía Felipe de Orleans como regente del joven Luis XV), la sátira política era un deporte de riesgo. Todo el mundo la practicaba, pero casi nadie la firmaba. Arouet firmaba no con su nombre, sino con un estilo tan reconocible que firmaba de hecho. Y, en 1717, a los 22 años, llegó demasiado lejos. Se le atribuyó un poema que acusaba nada menos que al regente Felipe de Orleans de mantener relaciones incestuosas con su propia hija, la duquesa de Berry. El poema era obsceno, brillante; pero políticamente suicida. 

El Regente, que toleraba mucho, eso no lo toleró. El 11 de mayo de 1717, Arouet ingresó en la Bastilla. La fortaleza medieval que se alzaba en el este de París no era técnicamente una prisión para criminales comunes. Era el lugar donde el Estado encerraba a quienes consideraba peligrosos, pero no lo suficiente como para ejecutarlos. Era un espacio ambiguo entre el castigo y la advertencia. Los presos políticos de cierta categoría recibían un trato relativamente cómodo: podían tener libros, recibir comida decente, incluso pasear por ciertas zonas, pero seguían encerrados, y encerrados por una lettre de cachet, una orden firmada por el rey u orden reservada que no requería juicio ni acusación formal ni pruebas ni plazo de liberación; 11 meses, François-Marie Arouet pasó 11 meses entre esos muros, y durante esos 11 meses ocurrió algo que transformó a un joven ingenioso en algo mucho más peligroso: un estratega.

No tenemos un diario de prisión, lo que tenemos son los resultados: al salir de la Bastilla, Arouet hizo tres cosas que revelan un cálculo extraordinario para alguien de solo 23 años. La primera, terminó de escribir su Oedipe, una tragedia en verso que se estrenó en la Comedie Françoise en noviembre de 1718. Fue un éxito de masas: 45 representaciones consecutivas, cifra excepcional para la época. Los críticos lo compararon con Racine, el público lo aclamó y el Regente, con esa magnanimidad caprichosa del Poder, no solo no impidió el estreno, sino que le concedió una pensión. El mismo Regente que lo había encerrado, ahora le pagaba. 

La segunda cosa que hizo fue cambiar de nombre. Dejó de ser Arouet le Jeune / Arouet el Joven. Se convirtió en Voltaire. El origen del pseudónimo sigue siendo objeto de debate. La teoría más aceptada es un anagrama de Arovet LJ. Arovet L[e] I[eune] en grafía latina donde la U se convierte en V y la J en I. Pero lo que importa no es la etimología, lo que importa es la intención. François-Marie le Jeune era el hijo de un notario que había ido a La Bastilla. Voltaire era otra cosa: un personaje, una marca, un nombre que sonaba a nobleza sin serlo; que evocaba distinción sin certificarla; que permitía al portador reinventarse sin pasado. 

Y la tercera cosa, la más reveladora de todas, fue aceptar la pensión del Regente sin la menor incomodidad aparente. El hombre que lo había encarcelado ahora le daba dinero y Voltaire lo tomaba con una sonrisa. Aquí, a los 23 años, ya está completo el patrón que repetiría durante seis décadas:

Insultar al poder, sufrir las consecuencias y luego aceptar las migajas de ese mismo poder como si nada hubiera ocurrido. 

Pero La Bastilla le enseñó algo más profundo que la táctica. Le enseñó la vulnerabilidad radical de su posición: en la Francia del Antiguo Régimen no existía nada parecido a la libertad de expresión; no existía nada parecido al estado de derecho tal como lo entendemos hoy. Un hombre podía ser encerrado por una lettre de cachet / orden reservada sin juicio ni explicación, y mantenido preso indefinidamente si el poder así lo decidía, sin habeas corpus. El talento no protegía; la fama no protegía; solo protegían dos cosas: el dinero propio, y un padrino poderoso. 

Voltaire necesitaba ambas cosas y las buscó con una energía que habría sido admirable si no fuera tan contradictoria con su discurso público. Los años que siguieron al estreno del Oedipe fueron un ascenso meteórico en los salones parisinos. Voltaire escribía tragedias, poemas, ensayos; cenaba con duques; se hacía amante de marquesas; frecuentaba la ópera, el teatro, las fiestas de la nobleza. Su conversación era el espectáculo más cotizado de París. Nadie contaba anécdotas mejor; nadie improvisaba bons mots ni réplicas más rápidas; nadie sabía hacer reír a un salón entero con una sola frase como Voltaire. Pero tras las réplicas y las cenas Voltaire estaba construyendo algo que sus amigos aristócratas probablemente no sospechaban: una fortuna contante y sonante, no una fortuna literaria. Las ganancias de un dramaturgo, incluso uno exitoso, eran modestas; su fortuna era financiera y construida con los mismos instrumentos que utilizaban los banqueros y los especuladores. 

En 1728, Voltaire y el matemático Charles Marie de la Condamine descubrieron un defecto en la lotería organizada por el gobierno francés para amortizar bonos municipales. El monto total de los premios superaba el coste total de los billetes emitidos. Era un error de cálculo del gobierno. Voltaire y La Condamine compraron billetes en bloque formando un sindicato de compradores y ganaron. La parte que Voltaire obtuvo fue de aproximadamente 500.000 libras, una fortuna inmensa y completamente legal. Aunque el Gobierno, humillado, canceló el sistema poco después, la lotería fue solo el comienzo. 

Durante las décadas siguientes Voltaire invirtió sistemáticamente en comercio de grano, contratos de suministro militar y préstamos a nobles con unos intereses que hoy llamaríamos usurarios, y en la Compañía de las Indias Orientales, en operaciones de deuda pública. El historiador Jacques Donbetz documentó que Voltaire manejaba sus finanzas con una sofisticación que rivalizaba con la de los mejores banqueros de su época. No era un intelectual que tenía dinero: era un financiero que escribía filosofía.

Esa riqueza le daba algo que ningún otro filósofo del siglo XVII poseía: margen de maniobra. Cuando Diderot necesitaba dinero, dependía de un mecenas o del mercado editorial. Cuando Rousseau necesitaba dinero, dependía de la generosidad de los aristócratas que le ofrecían casas de campo. Voltaire no dependía de nadie y podía publicar lo que quisiera porque podía financiar su propia impresión clandestina. Podía desafiar a la iglesia porque no necesitaba beneficios eclesiásticos. Podía insultar a los cortesanos porque no necesitaba un puesto en Versalles. 

Al menos eso es lo que debería haber sido, y no lo que fue en la práctica, que resulta mucho más complicado, porque Voltaire, pese a tener suficiente dinero para no necesitar a nadie, siguió necesitando algo que el dinero no podía comprar: el reconocimiento del poder. No le bastaba ser rico, no le bastaba ser famoso: necesitaba que el sistema que despreciaba lo admitiera como un igual. 

Necesitaba el título, la pensión real, el sillón en la Academia, la reverencia del cortesano. Necesitaba, en definitiva, que los duques que reían con sus chistes lo miraran no como un bufón brillante, sino como uno de los suyos. Y esa necesidad, que era emocional mucho más que económica, lo metería en las peores trampas de su vida. 

El incidente que partió la vida de Voltaire en dos mitades ocurrió en el invierno de 1725, probablemente en diciembre, aunque las fuentes discrepan sobre la fecha exacta. Voltaire tenía 31 años y era el escritor más celebrado de Francia. Tenía dinero, contactos y una reputación de ingenio letal, pero nada de eso le sirvió contra la sociedad estamental. El escenario fue el palacio del duque de Sully, uno de los salones más exclusivos de París. Voltaire cenaba allí con frecuencia y el caballero de Rohan,  Guy-Auguste de Rohan-Chabot, miembro de una de las familias más antiguas y poderosas de la nobleza francesa, también estaba presente. Los Rohan eran nobleza de espada y su linaje se remontaba a la Edad Media. Para un Rohan, un Arouet era lo que una mosca es para un caballo: algo que puede molestar, pero que jamás será un igual.

Según la versión más extendida, Rohan le dirigió a Voltaire una provocación en público, algo sobre su nombre verdadero, algo como: "¿Cómo se llama usted realmente? ¿Arouet o Voltaire?" Las palabras exactas varían según la fuente, pero la intención era inequívoca: recordarle a Voltaire ante toda la aristocracia parisina que su nombre de batalla era ficticio y detrás había un hijo de notario. Voltaire respondió con una de esas réplicas que le brotaban como una descarga eléctrica: "Mi nombre empieza conmigo, el vuestro termina con vos", o algo parecido. Las versiones varían, pero todas coinciden en que la respuesta fue devastadoramente ingeniosa y devastadoramente imprudente. Rohan no respondió con palabras: días después, mientras Voltaire cenaba de nuevo en casa del duque de Sully, unos lacayos del caballero lo esperaron en la calle, lo agarraron, lo arrastraron hasta un carruaje y lo golpearon con bastones mientras Rohan observaba desde el interior, supervisando la paliza, como quien supervisa a un herrero que trabaja el metal. Hay una frase que las fuentes atribuyen a Rohan durante la paliza: "No le deis en la cabeza, que de ahí puede salir algo bueno". Si la dijo realmente, o si fue añadida después, para perfeccionar la crueldad de la escena, es imposible saberlo con certeza; pero la frase encapsula algo real. Para Rohan, Voltairer era un instrumento, un instrumento que producía entretenimiento con la cabeza. El resto del cuerpo era materia prescindible. 

Lo que siguió fue más doloroso que los golpes. Voltaire, humillado, furioso, con el cuerpo magullado y el orgullo destrozado, buscó apoyo entre sus amigos aristocráticos. Esperaba indignación, esperaba solidaridad, esperaba que alguien, alguno de esos duques y marqueses que se reían con sus chistes y aplaudían sus obras, se pusiera de su lado. Pero nadie se puso de su lado. El duque de Sully, en cuya casa había ocurrido la provocación, se encogió de hombros. Y los demás aristócratas que habían presenciado la escena consideraron que Rohan estaba en su derecho: un noble podía hacer apalear a un burgués insolente, a fin de cuentas un plebeyo insolente, sin que eso supusiera violar código alguno de la sociedad estamental. 

Algunos incluso reprocharon a Voltaire su insolencia. ¿Cómo se atrevía a responder así a un Rohan? La policía no intervino. Los tribunales no intervinieron. La ley, en la Francia del Antiguo Régimen, no era igual para todos.

Ni pretendía serlo. Voltaire tomó una decisión temeraria: desafíó a Rohan a un duelo y contrató a un maestro de esgrima. Se ejercitó con una determinación que asombró a quienes lo conocían, porque Voltaire no era un hombre de físico atlético: era frágil, delgado, enfermizo; pero la humillación lo había transformado. Ya no quería una disculpa: quería sangre. Y entonces la familia Rohan hizo lo que las familias poderosas hacían cuando un inferior se volvía inconveniente.

Pidieron una lettre de cachet, una orden reservada del Rey propia del absolutismo: sin juicio, sin acusación, sin posibilidad de defensa. En abril de 1726, Voltaire entró en la Bastilla por segunda vez, y no por haber sido apaleado, sino por haber pretendido responder por honor con un duelo cuando los plebeyos no tenían honor, sino solo los nobles, únicos que podían acceder a un duelo. La estancia fue breve, menos de dos semanas, pero la condición de liberación fue devastadora: exiliarse fuera de Francia. Voltaire debía abandonar el país. 

Lo que este episodio reveló no fue solo la brutalidad del sistema de estamentos del Antiguo Régimen. Reveló algo sobre el propio Voltaire que es incómodo pero necesario para entender todo lo que vino después. El joven que había creído que su talento lo hacía igual a los nobles descubrió que para el sistema no era más que un entretenimiento con fecha de caducidad, un bufón que se había tomado demasiado en serio su papel. 

Y la reacción de Voltaire ante esa revelación no fue la que esperaríamos de un futuro campeón de la justicia universal: no luchó para cambiar el sistema ni escribió un tratado sobre la igualdad de derechos, ni denunció la lettre de cachet / orden reservada como instrumento de opresión. Lo que hizo fue mucho más pragmático y mucho más revelador: decidió que nunca más estaría en posición de ser tratado así. Y, para eso, necesitaba tres cosas: 

1. Más dinero del que ningún Rohan pudiera despreciar.

2. Una fama internacional que hiciera peligroso tocarlo.

3. La protección de un poder mayor que cualquier familia nobiliaria francesa.

No quería abolir el juego, quería ganarlo. 

Voltaire cruzó el canal de la Mancha en mayo de 1726. Tenía 31 años, los golpes de los lacayos de Rohan todavía frescos en la memoria y una rabia que necesitaba transformar en algo productivo. E Inglaterra se la transformó. La Inglaterra de Jorge I era para un francés del Antiguo Régimen un planeta diferente. No mejor en todo: la pobreza de los barrios obreros de Londres era tan brutal como la de cualquier arrabal parisino, pero radicalmente diferente en sus estructuras de poder. Tenía un parlamento que podía oponerse al rey. Tenía tribunales donde un ciudadano podía defenderse con cierta garantía de imparcialidad. Tenía una prensa relativamente libre. Tenía una clase mercantil que no necesitaba pedir disculpas por existir y tenía algo que fascinó a Voltaire más que cualquier otra cosa: respeto social por el mérito individual, independientemente del nacimiento. En los cafés de Londres, Voltaire descubrió que un comerciante de la City podía sentarse a la misma mesa que un lord sin que nadie considerara aquello una aberración. En la Royal Society observó que los científicos eran tratados como servidores públicos valiosos, no como curiosidades de salón. Le impresionó profundamente el espíritu de libertad de la sociedad inglesa. Mientras que en Francia reinaban las lettres de cachet, la ley de habeas corpus de 1679 (no se podía detener a nadie sino por decisión de un juez) y la Declaración de derechos de 1689 protegían a los ciudadanos ingleses contra el poder del Rey. Inglaterra, «nación de filósofos» como Locke, daba valor y justicia a las verdaderas grandezas, que eran las del genio. Estuvo en las solemnes exequias de 1727 a Newton en la abadía de Westminster, y la comparó con cómo Descartes no llegó a ser sepultado en París ni en Saint-Denis, cerca de las sepulturas reales. La prosperidad material del pueblo inglés también suscitó su admiración frente al endeudamiento de Francia y sus instituciones arcaicas.

En el funeral de Isaac Newton en 1727, vio como una nación entera rendía honores a un hombre de origen modesto porque sus ideas habían cambiado la comprensión del universo. Escribió después que en Francia a Newton lo habrían enterrado en una fosa anónima. Aprendió inglés con una rapidez que impresionó a sus anfitriones británicos. Leyó a John Locke, a Francis Bacon, a William Shakespeare. Conoció a Alexander Pope, a Jonathan Swift, a Henry St John, I vizconde de Bolingbroke, y empezó a fraguar el arma intelectual que usaría durante el resto de su vida: la comparación como instrumento de crítica. Si en Inglaterra un cuáquero podía negarse a quitarse el sombrero ante un noble y nadie lo encarcelaba, entonces Francia era un país atrasado. Si en Inglaterra la ley protegía al comerciante y en Francia una lettre de cachet podía destruir a cualquiera, entonces Francia necesitaba una reforma radical. La comparación era devastadora porque no exigía abstracciones filosóficas: bastaba con describir la realidad de otro país para que la realidad francesa quedara en evidencia. Pero, y esto es fundamental, lo que Voltaire admiraba de Inglaterra no era la democracia: no admiraba al pueblo inglés, admiraba a la élite inglesa.

Admiraba que los ricos ingleses fueran más ilustrados que los ricos franceses. Admiraba que los poderosos ingleses trataran con más dignidad a los intelectuales que los poderosos franceses. Su modelo no era una sociedad sin clases, era una sociedad donde las clases superiores fueran más racionales, más tolerantes y más generosas con los filósofos. El resultado de esos dos años ingleses cristalizó en las Letters Concerning the English Nation, que tradujo él mismo como Lettres écrites de Londres sur les anglois et autres sujets, si bien fueron más conocidas con el título de Lettres philosophiques / Cartas filosóficasLettres anglaisesCartas inglesas. Voltaire las escribió primero en inglés y las imprimió en Londres en 1733 y luego en francés en 1734. 

El libro contenía 25 cartas que describían la sociedad, la religión, la ciencia y la política inglesas. Bajo la apariencia de un relato de viajes civilizado, cada carta era un misil dirigido contra los pilares del Antiguo Régimen francés, la intolerancia religiosa, el poder arbitrario del rey, la censura, el desprecio por el comercio, la superstición. 

La carta sobre los cuáqueros mostraba que se podía vivir sin jerarquía eclesiástica. 

La carta sobre el comercio argumentaba que un país donde los nobles despreciaban el comercio estaba condenado al atraso. 

La carta sobre la inoculación contra la viruela ridiculizaba la resistencia francesa a una práctica médica que en Inglaterra ya salvaba miles de vidas. 

Y la carta sobre Locke dinamitaba los fundamentos filosóficos de la metafísica escolástica que dominaba las universidades francesas. 

El parlamento de París reaccionó como Voltaire probablemente esperaba: ordenó quemar el libro públicamente. Se emitió una orden de arresto y Voltaire, que ya había aprendido que en Francia la valentía literaria debía combinarse con la prudencia geográfica, se había marchado de París antes de que los alguaciles llegaran. 

Aquí vale la pena detenerse un momento en la mecánica de lo que Voltaire estaba construyendo. No era simplemente un escritor provocador: era algo más calculado. Cada publicación clandestina seguía el mismo patrón: Voltaire escribía el texto, lo hacía imprimir fuera de Francia (Holanda era la imprenta de todo lo prohibido más abajo) o con impresores clandestinos, y lo distribuía mediante una red de contactos que incluía libreros, diplomáticos y aristócratas simpatizantes. Y cuando la censura reaccionaba, negaba su autoría. A veces negaba la autoría con convicción y a veces con una sonrisa que era prácticamente una confesión; dependía del nivel de peligro. Este juego de máscaras le permitía mantener una posición imposible: ser el autor más leído e influyente de Francia sin asumir formalmente las consecuencias de sus propios textos. Era un acto de cobardía y de brillantez simultáneas, pero funcionaba. 

Las Lettres philosophiques no solo cambiaron la conversación intelectual francesa, cambiaron la posición estratégica de Voltaire. Tras su publicación, ya no era un dramaturgo con lengua afilada, sino un pensador político de alcance internacional. Los monarcas europeos empezaron a prestarle atención. Los editores holandeses y londinenses competían por sus manuscritos, y un joven príncipe, heredero de Prusia, lector voraz y compositor de flauta, empezó a escribirle cartas de admiración que llegarían años después a las consecuencias más humillantes de la vida de Voltaire. Pero, antes de Prusia, hubo un refugio, y en ese refugio una mujer. 

En 1734, con la orden de arresto pendiente por las Lettres philosophiques, Voltaire necesitaba un lugar seguro. Lo encontró en el castillo de Cirey-sur-Blaise, en la Champaña, a unos 250 km de París. La propiedad pertenecía al marqués Du Châtelet, un militar que pasaba más tiempo con sus regimientos que con su esposa. Pero Voltaire no iba a Cirey por el marqués, iba por Émilie. Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquise du Châtelet. Tenía 27 años cuando su relación con Voltaire se consolidó. Era una de las mentes científicas más notables de su generación. Dominaba el latín, el italiano y el inglés y había estudiado matemáticas con Maupertuis y con el algebrista Alexis Claude Clairault. Traduciría los Principia mathematica de Newton al francés con anotaciones originales que los especialistas aún hoy consideran valiosas. En una sociedad que negaba la educación superior a las mujeres por principio, Émilie du Châtelet se había construido a sí misma como intelectual a fuerza de voluntad, talento y el privilegio económico de una familia noble que podía permitirse pagar tutores privados. 

Voltaire la amaba con una mezcla de pasión, admiración y posesividad que permea toda su correspondencia de esos años. Pero la relación no era solo emocional; era estratégica. Émilie le ofrecía exactamente lo que necesitaba: protección social: ella era noble, él no; le daba espacio físico fuera del alcance de la policía parisina y una interlocutora intelectual capaz de seguirle el ritmo. Cirey se convirtió durante 15 años en algo sin precedentes en la Francia del siglo XVIII, una especie de universidad privada disfrazada de residencia aristocrática.

Voltaire invirtió cantidades enormes de dinero en reformar el castillo. Construyeron un laboratorio de física donde replicaban los experimentos de Newton. Montaron una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Instalaron un teatro privado donde Voltaire dirigía y actuaba, en representaciones de sus propias obras. La galería se decoró con pinturas y esculturas. El comedor podía albergar a docenas de invitados que llegaban a Cirey (y llegaban muchos, porque la curiosidad intelectual de Europa empezó a considerar a Cirey una parada obligatoria).

Describían un régimen diario que combinaba el trabajo intelectual intensivo con epicúreos placeres de la vida aristocrática: desayuno a las 10, trabajo hasta la comida, discusiones filosóficas por la tarde, teatro por la noche, cena a las 9, con vinos excelentes. Y aquí empieza lo que podríamos llamar la primera mentira a gran escala de la vida de Voltaire, porque Cirey era, al mismo tiempo, sede de un filósofo rebelde que atacaba al sistema y residencia de un hombre que vivía exactamente como un aristócrata del Antiguo Régimen. Voltaire vestía de seda, comía con porcelana fina, mantenía criados, se hacía llevar en carruaje, administraba inversiones que incluían préstamos a intereses abusivos y especulaba con contratos militares. Y todo esto ocurría mientras escribía textos que denunciaban la injusticia, la explotación y el privilegio de la nobleza. No es que la contradicción fuera invisible, es que Voltaire la justificaba con un argumento que repetiría toda su vida: la independencia económica es la condición de la libertad intelectual. Solo quien no depende de nadie puede decir la verdad. Y hay lógica en ese argumento, aunque la lógica se vuelva amarga cuando uno observa que esa independencia económica no impedía a Voltaire, al mismo tiempo, buscar con ansiedad pensiones reales, títulos honoríficos y la aprobación de la Corte de Versalles. Porque durante los años de Cirey, mientras escribía obras que desafiaban los fundamentos del poder francés, Voltaire dedicó una energía extraordinaria a un objetivo que contradecía frontalmente su imagen pública: conseguir un puesto oficial en la corte de Luis XV. 

Las maniobras fueron constantes. Envió poemas de elogio al rey, escribió la Henriade, un poema épico culto que glorificaba a Enrique IV como modelo de monarca tolerante, y se lo dedicó a Luis XV con una reverencia que bordeaba la adulación. Cultivó la amistad de Madame de Pompadour, la influyente amante del rey, con una dedicación que habría hecho sonrojar a cualquier cortesano profesional. Escribió libretos para las fiestas de Versalles, compuso versos para celebrar bodas reales y victorias militares.

En 1745, después de tantos años de maniobras, lo consiguió. Fue nombrado historiógrafo del rey, historiador oficial de Francia y gentilhombre ordinario de la cámara real. Voltaire, el hombre que había escrito las Lettres philosophiques, impresas en francés en 1734 y quemadas por orden del Parlamento, el hombre que la iglesia consideraba un enemigo peligroso, ahora tenía un cargo en Versalles, una pensión real y el privilegio de acceder a los aposentos del monarca. 

La escena merece ser imaginada con cierto detenimiento. Versalles en 1745 era el centro del poder más absoluto de Europa. Miles de cortesanos vivían en el palacio o en sus alrededores, compitiendo por la atención del rey con una ferocidad que hacía parecer amables las intrigas de cualquier novela. Las reglas de etiqueta eran tan complejas que una mirada del Rey en la dirección equivocada podía arruinar la carrera de un duque. Y en ese universo de reverencias, protocolos y vanidades letales, apareció Voltaire, un hijo de notario con peluca nueva, un título recién comprado y una lengua que no sabía callarse. El resultado fue previsible. Voltaire en Versalles funcionó como un gato en una cristalería. Los cortesanos profesionales lo miraban con esa mezcla de condescendencia y desconfianza que la vieja nobleza reservaba para los advenedizos con talento. Luis XV, un hombre tímido, aburrido por las ideas y obsesionado por la caza de animales y mozas, que dejó al país prácticamente en quiebra con su desatención, tampoco lo miraba demasiado. Voltaire no entendía las reglas no escritas del palacio. Habló demasiado alto, opinó demasiado, brilló demasiado.

En Versalles brillar era sospechoso. Brillar significaba que querías algo, y querer algo significaba que eras un rival. En 1747, un incidente en los aposentos de la reina María Leszczyńska precipitó la crisis. Según la versión más extendida, hay variantes. Voltaire y Émilie Du Châtelet estaban en una mesa de juego del palacio cuando Émilie perdió una cantidad considerable de dinero. Voltaire, incapaz de contener su lengua, murmuró en inglés que estaba jugando con tramposos. El problema era que varias personas en la mesa entendían el inglés y el comentario llegó a oídos de la Reina. La Reina se ofendió, y Voltaire y Émilie tuvieron que huir del Palacio a toda prisa, refugiándose primero en Scéaux, en el palacio de la salonnière duquesa de Maine. Otra huida, otro palacio que se cerraba, otra demostración de que Voltaire, por más brillante que fuera, no lograba mantenerse en el centro del poder sin provocar su propia expulsión. El patrón ya era  inconfundible: se acercaba al trono, seducía con su ingenio, obtenía privilegios y, luego, incapaz de contenerse, decía o hacía algo que ofendía a quienes debía complacer. Y cada vez, cada vez, sin excepción, la reacción del poder era la misma: es prescindible. Pero Versalles no fue solo un fracaso social, fue una revelación sobre la naturaleza del poder que Voltaire nunca asimiló completamente. En Versalles el filósofo descubrió que para el rey de Francia él no era un pensador cuyas ideas merecían atención: era un adorno, un nombre famoso que daba lustre a la corte, una pieza decorativa que podía retirarse cuando dejaba de combinar con los muebles.

Y mientras Voltaire asimilaba esa lección en Scéaux, a 100 km de distancia, un joven rey prusiano seguía enviándole cartas, cartas llenas de admiración, de promesas, de halagos que Versalles le negaba, cartas que decían: "Ven, aquí serás tratado como mereces. Ven, aquí tu talento será reconocido. Ven, aquí serás libre. Las cartas llevaban llegando desde 1736. Voltaire había resistido durante 14 años, pero la resistencia se estaba agotando. Y el 10 de septiembre de 1749, en el castillo de Luneville, en Lorena, Émilie Du Châtelet murió; tenía 42 años. 

Había dado a luz 6 días antes a una niña que tampoco sobreviviría. El padre de la criatura no era Voltaire, era Jean-François de Saint Lambert, un poeta joven y apuesto con quien Emilie había iniciado una relación en los últimos años de su vida. Voltaire estaba presente en Luneville cuando ocurrió. Long Schamp, su secretario, dejó un testimonio que transmite la violencia del derrumbe: Voltaire salió de la habitación de la muerta y se desplomó en el pasillo, golpeando su cabeza contra el suelo, y lloró con una desesperación que espantó a quienes lo presenciaron. Pues era un hombre que controlaba siempre su imagen pública, que transformaba cada dolor en epigrama y cada humillación en sátira. Aquella noche no pudo controlar ni transformar nada. 

La relación entre Voltaire y Émilie había cambiado en los últimos años; la pasión inicial se había convertido en algo más parecido a una sociedad intelectual con afecto residual. Émilie tenía a su amante joven; Voltaire tenía su correspondencia con Federico y su relación cada vez más intensa con su propia sobrina, madame Denis, una relación cuya naturaleza exacta escandalizó a los biógrafos del siglo XIX cuando se publicaron las cartas. El lenguaje de Voltaire hacia su sobrina era inequívocamente erótico, pero la muerte de Émilie destruyó algo que iba más allá de la relación amorosa, el amor de su vida. Destruyó el ecosistema de Cirey. Durante 15 años aquel castillo había sido la base de operaciones de Voltaire, su refugio, su laboratorio, su teatro, su hogar, y el pilar de todo eso era Émilie. Sin ella, Cirey era un edificio vacío en la Champaña y Voltaire, a los 55 años, se encontró sin ancla.

Regresó a París, intentó retomar su posición en la capital; pero el París de 1749 ya no giraba exclusivamente en torno a Voltaire. Diderot había publicado su Lettre sur les aveugles / Carta sobre los ciegos y estaba preparando la Encyclopédie. Rousseau empezaba a ganar notoriedad. Jean Le Rond d'Alembert se consolidaba como figura científica. Voltaire seguía siendo el nombre más grande de las letras francesas, pero ya no era el único. Y, para un hombre cuya necesidad de ser el centro del universo intelectual era tan constitutiva como su necesidad de respirar, eso era insoportable. En ese momento preciso de vacío emocional, de inseguridad y de orgullo herido, llegó la oferta definitiva desde Postdam.

Federico no era un pretendiente nuevo. Llevaba 14 años escribiéndole, pero ahora la oferta tenía cifras concretas, 20.000 libras anuales de pensión, una habitación en el palacio de Sanssouci, la cruz de la orden del mérito de Prusia, el título de Chambelán real y, sobre todo, la promesa que Voltaire llevaba toda su vida esperando escuchar: "Aquí serás tratado como un igual". Voltaire aceptó, y al aceptar cayó en la trampa más elaborada y más humillante de su vida. Porque Federico no quería un igual. Federico quería exactamente lo que Luis XV había querido: un adorno. Solo que Federico era infinitamente más inteligente que Luis XV y, por tanto, su forma de usar a Voltaire sería infinitamente más sofisticada.

A menos de tres años de pisar Potsdam, Voltaire estaría huyendo por los caminos de Alemania como un fugitivo; pero aún no lo sabía. O quizás sí, lo sabía, y eligió no verlo. Voltaire llegó a Potsdam en julio de 1750. 

La recepción fue diseñada para desarmarlo. Federico II de Prusia no era un rey cualquiera. Era un hombre que tocaba la flauta travesera con nivel profesional, componía sonatas, escribía poesía en francés con una corrección tal que habría avergonzado a muchos poetas parisinos. Leía a los clásicos en su idioma original y mantenía correspondencia con los principales filósofos de Europa. También era un estratega militar despiadado, que había invadido Silesia en 1740 apenas meses después de llegar al trono, desencadenando una guerra que dejó decenas de miles de muertos. 

Combinaba el refinamiento artístico con la brutalidad política de una manera que habría fascinado a Maquiavelo. Sanssouci, su palacio de verano a las afueras de Postdam, era la expresión física de esa dualidad: un edificio rococó de una sola planta, rodeado de jardines en terraza con viñedos, fuentes y esculturas mitológicas. El nombre significaba "sin preocupaciones" en francés, porque Federico se comunicaba en francés, pensaba en francés y despreciaba el alemán como lengua de campesinos y soldados. Todo en Sanssouci estaba diseñado para crear la ilusión de una corte filosófica, un lugar donde el poder y las ideas convivían en armonía. 

Voltaire recibió una habitación en el palacio con vistas a los jardines. Se le asignó un carruaje, criados, un cocinero. La pensión de 20.000 libras se pagaba puntualmente. Cada noche a las 8, cenaba con el rey y un pequeño grupo de intelectuales residentes. Las cenas duraban horas: se hablaba de filosofía, de historia, de literatura, de ciencia. Federico pedía opinión. Voltaire la daba. Los demás escuchaban. Y, durante las primeras semanas, aquello debió parecer el cumplimiento de una fantasía que Voltaire había alimentado durante décadas: el filósofo sentado a la mesa del rey, tratado como igual, escuchado, respetado, pagado; pero Sanssouci no era lo que parecía y los indicios estaban a la vista desde el primer día. 

Federico no había invitado solo a Voltaire, había construido un ecosistema intelectual completo de polímatas descreídos. Pierre Louis Moreau de Maupertuis presidía la Academia de Ciencias de Berlín. Jean-Baptiste Boyer d'Argens, marqués d'Argens, servía como director de la misma. Julien Offray de La Mettrie, el filósofo materialista cuyo libro L'homme machine había escandalizado a toda Europa, residía en la corte como una especie de provocador oficial. Francesco Algarotti, el divulgador italiano, completaba el cuadro. Cada uno cumplía una función en la colección intelectual de Federico, como las piezas de un gabinete de curiosidades. Voltaire era la pieza más brillante, pero seguía siendo una pieza.

Y Federico lo sabía con una claridad que Voltaire tardó meses en percibir. La rutina diaria de Sanssouci revela la dinámica real de la relación. Voltaire pasaba las mañanas en su habitación escribiendo a mediodía. A veces Federico le enviaba sus propios textos, poemas, ensayos históricos, reflexiones filosóficas, con una nota pidiendo correcciones. Voltaire corregía con rigor, tachaba adjetivos, reestructuraba frases, eliminaba giros torpes. Federico agradecía las correcciones y las cenas continuaban. Pero, a medida que pasaban las semanas, Voltaire empezó a notar algo que lo inquietaba: la asimetría de la relación. Él corregía los textos de Federico, pero Federico no le pedía consejo político. Cenaban juntos, pero las decisiones de Estado se tomaban sin consultarlo. Le pagaban una pensión generosa, pero esa generosidad tenía un precio implícito: disponibilidad. Voltaire debía estar disponible cuando el rey lo quisiera para cenar, para conversar, para corregir, para entretener. Era, en la práctica, un empleado de lujo. Y Voltaire, que no soportaba ser empleado de nadie, empezó a maniobrar como siempre hacía, buscando ventajas económicas que le dieran una independencia extra fuera del propio sistema que lo contenía. 

El asunto de los bonos sajones estalló a finales de 1750, apenas unos meses después de su llegada. Existía un acuerdo de posguerra entre Prusia y Sajonia sobre el pago de deuda militar. Los bonos sajones se negociaban con un descuento considerable respecto a su valor nominal. Voltaire vio la oportunidad de comprar barato y cobrar caro. Contrató como intermediario a Abraham Hirschell, un joyero y financiero judío de Berlín, para que comprara bonos a bajo precio en su nombre, pero la operación se torció. Voltaire e Hirschell se acusaron mutuamente de fraude. El asunto terminó en los tribunales prusianos, y lo que debería haber sido una disputa comercial menor se convirtió en un escándalo que llegó a oídos de Federico. 

La reacción de Federico fue glacial, no porque le importara la legalidad de la operación (Federico era un hombre pragmático que entendía perfectamente la especulación financiera) sino porque le importaba la imagen que se estaba dando. Voltaire estaba en Prusia como invitado del Rey, y cualquier escándalo que involucrara a Voltaire salpicaba a la corona; y Federico no toleraba salpicadura alguna. En una carta a su secretario Darget, Federico escribió la frase que se convertiría en el epitafio de toda la aventura prusiana de Voltaire: "Tendré necesidad de él, como mucho, un año más. Se exprime la naranja y se tira la cáscara." 

La frase es devastadora, no solo por su crueldad, sino por su precisión. Federico no estaba furioso, estaba haciendo un cálculo. Voltaire era un recurso con fecha de caducidad, un instrumento de prestigio, cuyo coste de mantenimiento empezaba a superar su rendimiento. El escándalo de los bonos sajones se resolvió con una victoria pírrica de Voltaire en los tribunales, pero el daño ya estaba hecho. Federico lo reprendió en privado con una frialdad que Voltaire nunca había experimentado de un monarca. Las cenas continuaron, pero el tono cambió. La cordialidad se volvió cortesía, la admiración se convirtió en tolerancia y Voltaire, que poseía una sensibilidad casi animal para detectar los cambios de temperatura emocional, lo sintió inmediatamente. Lo que hizo a continuación fue, como casi todo en su vida, una mezcla de brillantez y autodestrucción.

Si Voltaire hubiera sido capaz de contenerse, la estancia en Prusia podría haber durado años más. Federico era un hombre pragmático: habría tolerado al filósofo mientras le resultara útil. Y Voltaire, con su capacidad infinita para producir textos brillantes, habría seguido siendo útil durante mucho tiempo. Pero contenerse era la única cosa que Voltaire no sabía hacer. Pierre Louis Moreau de Maupertuis era un científico respetado y conocido en toda Europa por su expedición a Laponia en 1736 para medir la forma de la Tierra y confirmar la teoría de Newton de que el planeta estaba achatado por los polos. Federico lo había nombrado presidente de la Academia de Ciencias de Berlín, un cargo de enorme prestigio, que convertía a Maupertuis en la figura intelectual oficial de Prusia, por encima incluso de Voltaire en la jerarquía institucional. Pero la relación entre Voltaire y Maupertuis era tóxica ya desde antes de Prusia.

Se habían conocido en París y habían compartido círculos intelectuales y el salón de Émilie Du Châtelet, y se detestaban con esa intensidad particular que solo los intelectuales vanidosos logran alcanzar. En Potsdam, la convivencia forzada multiplicó la tensión. Voltaire consideraba a Maupertuis un científico mediocre e inflado por el favor. Maupertuis consideraba a Voltaire un literato entrometido que no entendía de ciencia y acaparaba la atención del rey con piruetas verbales. En 1751, un matemático llamado Johann Samuel König o Koenig publicó un artículo que cuestionaba la originalidad del principio de mínima acción de Maupertuis, atribuyendo la idea a Leibniz y citando como prueba una carta del propio Leibniz. Maupertuis acusó a Koenig de falsificar la carta. La Academia de Berlín, bajo la presión del propio Maupertuis, condenó a Koenig. La disputa era técnica, oscura y aburrida para cualquier persona ajena al mundo de la física teórica, pero Voltaire la vio como una oportunidad y escribió la diatriba  Docteur Akakia, un texto satírico que ridiculizaba a Maupertuis con una crueldad que incluso para los estándares de Voltaire resultaba excesiva. 

No se limitó a cuestionar la posición de Maupertuis en la disputa científica, lo presentó como un charlatán, un tirano académico, un bufón con pretensiones de genio. Se burló de sus propuestas más especulativas, como la idea de construir una ciudad donde solo se hablara latín, o la de excavar un pozo hasta el centro de la Tierra, con una ferocidad que no dejaba espacio para la defensa. Voltaire mostró el manuscrito a Federico. El rey lo leyó. Y rio con ganas: Federico tenía un sentido del humor tan afilado como el del propio Voltaire, y luego le prohibió publicarlo. La prohibición fue explícita: Federico no quería un escándalo público que humillara al presidente de su Academia. Era una cuestión de Estado, no de literatura. Voltaire prometió obedecer y luego hizo exactamente lo contrario. Encontró un impresor en Leipzig. Distribuyó copias por toda Alemania. La diatriba circuló por las universidades, los salones y las cortes europeas en cuestión de semanas.

Maupertuis quedó devastado, y Federico, que podía tolerar la impertinencia pero no la desobediencia directa, reaccionó con la precisión de un comandante militar. Ordenó confiscar todas las copias  disponibles de la diatribe en territorio prusiano. Ordenó que los ejemplares confiscados fueran quemados públicamente por el verdugo en la plaza de la Gendarmería de Berlín y ordenó que Voltaire lo supiera. La quema pública de un libro no era un acto inusual en la Europa del siglo XVIII, pero esta quema tenía un significado particular: no la ordenaba la Iglesia, ni un parlamento, ni una Inquisición. La ordenaba el rey que Voltaire había llamado el monarca más ilustrado de Europa, el mismo rey en cuya mesa cenaba cada noche, el mismo rey cuya poesía corregía por las mañanas. Federico no estaba castigando una herejía ni un crimen, estaba castigando una desobediencia. Estaba recordándole a Voltaire lo que la paliza de Rohan le había recordado 30 años antes: que, en la relación entre el talento y el poder, el poder siempre tenía la última palabra. Las semanas que siguieron a la quema de la diatriba fueron un deterioro rápido y sistemático de la posición de Voltaire en Prusia. Federico dejó de invitarlo a cenar en privado. Las correcciones de textos se interrumpieron. Los otros intelectuales de la corte que habían observado el conflicto con prudencia empezaron a distanciarse abiertamente. Voltaire se encontró aislado en un palacio extranjero, sin aliados locales, sin protección diplomática y con un rey que había decidido que la naranja ya estaba exprimida. Lo que me parece significativo no es que Voltaire desobedeciera a Federico, sino que no pudiera evitar hacerlo. 

Tenía 58 años. Había pasado por La Bastilla dos veces, por la paliza de Rohan, por la quema de las Lettres philosophiques, por la expulsión de Versalles... sabía perfectamente cuáles eran las consecuencias de desafiar al poder y aún así no pudo contenerse. No porque fuera valiente, sino porque era incapaz de aceptar que alguien, cualquiera, incluso un rey, le dijera que no podía publicar lo que quería. Su vanidad era más fuerte que su instinto de supervivencia. 

En marzo de 1753, Voltaire anunció que se marchaba. La salida fue negociada, tensa, llena de maniobras por ambos lados. Federico exigió la devolución de la cruz de la orden del mérito, la llave de Chambelán y un volumen de sus poesías privadas que no quería ver publicadas. Voltaire devolvió la cruz y la llave. El libro de poesías, según alegó, viajaba en un baúl que aún no había llegado. Era mentira, o era verdad a medias. Las fuentes son contradictorias. Lo que es seguro es que Voltaire sabía que llevarse aquel libro era un acto de provocación, un seguro de vida. Quizá, mientras tuviera textos comprometedores del rey (como un poema donde refería que de niño había sido sodomizado por los jesuitas), Federico tendría que tratarlo con cierta cautela.

O quizá era simplemente la última maniobra de un hombre que no podía irse de ningún sitio sin llevarse algo que no le pertenecía. Partió hacia el sur y planeaba volver a Francia a través de Alemania y entonces llegó a Frankfort.

Frankfort del Meno era en 1753 una ciudad libre del Sacro Imperio. Formalmente no estaba bajo  jurisdicción prusiana. Lo que ocurrió allí fue, por tanto, un acto de poder extraterritorial que reveló con precisión milimétrica lo que Voltaire había sido para Federico. No un invitado, no un colega, no un igual, sino un subordinado cuya desobediencia merecía castigo. El varón Carl von Freitag, representante del rey de Prusia en Frankfurt, tenía órdenes claras: recuperar la llave de Chambelán, la cruz del mérito y el volumen de poesías reales antes de permitir que Voltaire continuara su viaje. 

Cuando Voltaire llegó a la ciudad el primero de junio, Freitag lo interceptó en su posada. La escena inicial podría haber sido un trámite burocrático. Voltaire entregó la cruz y la llave, pero el libro de poesías, insistió, venía en un baúl que se había extraviado en el camino desde Leipzig. Freitag, que era un funcionario meticuloso, con una  nterpretación literal de las órdenes recibidas, decidió que hasta que el baúl llegara, Voltaire no podía marcharse. Lo que siguió fueron semanas de encierro que oscilaron entre la humillación administrativa y el tormento psicológico. A Voltaire se le prohibió abandonar la posada, se le requisaron documentos, se le vigiló permanentemente. Sus cartas eran interceptadas y leídas, y lo que hizo la situación insoportable fue la llegada de madame Denis, la sobrina de Voltaire, que venía a su encuentro desde París y fue también retenida por Freitag.

Madame Denis fue registrada, interrogada y, según el propio testimonio de Voltaire, que es parcial, pero no necesariamente inventado, tratada con una brusquedad que iba más allá de la necesidad administrativa. Para Voltaire, la retención de su sobrina era el cruce de una línea. Él podía soportar su propia humillación; la de ella lo destruía, o, al menos, así lo presentó en las docenas de cartas de protesta que escribió durante aquellas semanas.

Cartas que enviaba a diplomáticos, a conocidos influyentes, a cualquiera que pudiera presionar para su  liberación. El baúl llegó finalmente, el libro fue devuelto y Voltaire fue liberado; pero el daño ya estaba hecho. Y no era un daño físico, era un daño existencial. El hombre que había dedicado su vida a proclamar la supremacía de la razón sobre la fuerza, del talento sobre el nacimiento, de la pluma sobre la espada, acababa de ser tratado como un paquete postal extraviado por un burócrata prusiano que cumplía órdenes de un rey al que Voltaire había dedicado años de adulación. La ironía era tan brutal que probablemente Voltaire no pudo apreciarla en aquel momento. La apreciaría después, cuando la transformara en escritura. Pero en junio de 1753, encerrado en una posada de Frankfort, su sobrina humillada a su lado, lo que probablemente sintió no fue ironía, sino algo mucho más primario. Vergüenza. Vergüenza por haber ido a Prusia. Vergüenza por haber creído las promesas de Federico. Vergüenza por haber necesitado la aprobación de un rey después de toda una vida proclamando que los filósofos eran superiores a los reyes. Vergüenza por ser, a los 58 años, exactamente lo que había sido siempre, un hijo de notario a quien los poderosos podían maltratar cuando dejaba de divertirles. Pero aquí interviene la cualidad más extraordinaria de Voltaire: su capacidad para convertir la humillación en combustible. Lo había hecho después de La Bastilla, lo había hecho después de Rohan, lo haría ahora después de Frankfurt. Solo que, esta vez, el combustible no encendería una carrera literaria ni una campaña intelectual; encendería algo mucho más ambicioso: la construcción de un territorio propio.

Voltaire salió de Frankfort y tomó una decisión que, vista en retrospectiva, fue la más inteligente de su vida. No volvería a pisar ningún palacio ajeno. No volvería a depender de la generosidad de ningún monarca. No volvería a ser la naranja de nadie. Compraría su propia finca con su propio dinero en un lugar estratégico donde ningún rey pudiera tocarlo. La búsqueda del refugio perfecto duró varios años de tanteos geográficos que revelan la mentalidad de un hombre que pensaba en términos de estrategia militar tanto como de filosofía. 

Después de Frankfort, Voltaire no podía volver a París. El rey de Francia no le daba permiso para residir en la capital. No podía quedarse en Prusia por razones obvias. Probó con Alsacia, luego con Colmar, luego con Lyon. En 1755 compró Les Délices, una propiedad a las puertas de Ginebra en territorio de la república calvinista. Ginebra parecía ideal sobre el papel. Era una república independiente, fuera del alcance del rey de Francia y del rey de Prusia. Tenía tradición de tolerancia religiosa, había sido fundada como refugio protestante y estaba lo suficientemente cerca de Francia como para recibir correo, visitantes y noticias sin demasiado retraso. 

Pero Voltaire descubrió rápidamente que Ginebra tenía sus propios tiranos, solo que en lugar de coronas llevaban togas de pastor. El consistorio calvinista controlaba la vida social y moral de la ciudad con un rigor que habría hecho sonreír a un inquisidor español. El teatro estaba prohibido, las representaciones dramáticas eran consideradas pecaminosas y Voltaire, que organizó representaciones teatrales en Les Délices apenas instalarse, se encontró enfrentado al poder eclesiástico ginebrino, exactamente igual que se había enfrentado al poder eclesiástico francés. La ironía era perfecta. El hombre que había huído de la censura católica se vio censurado por los protestantes. El filósofo que denunciaba la intolerancia religiosa se topó con otra forma de intolerancia religiosa. Y la lección, si Voltaire la hubiera querido aprender, era que el problema no era el catolicismo ni el calvinismo, era el poder religioso en cualquiera de sus formas. La solución de Voltaire fue característicamente práctica: en 1758 compró dos propiedades simultáneamente: Ferney, un señorío en territorio francés a apenas 4 km de la frontera suiza y Tourné, otra propiedad a poca distancia en territorio ginebrino.

La posición geográfica era un golpe de genio estratégico. Si las autoridades francesas lo molestaban, cruzaba a Ginebra en media hora. Si los pastores ginebrinos lo incomodaban, se refugiaba en Ferney como súbdito francés. Si la situación se ponía realmente grave, podía huir a Saboya o a los territorios imperiales que rodeaban la zona. Había construido un sistema de escape múltiple con dinero, y ese sistema, por primera vez en su vida, lo hacía genuinamente difícil de atrapar. Ferney se convirtió durante los siguientes 20 años en algo que no había existido antes en Europa: el cuartel general de un intelectual independiente con la influencia de un jefe de estado. Voltaire reformó el castillo, construyó una iglesia con la famosa inscripción Deo erexit Voltaire, como si el nombre del filósofo y el de Dios fueran entidades del mismo rango.

Estableció talleres de relojería que exportaban a toda Europa. Abrió una fábrica de medias de seda,  cogió a artesanos protestantes expulsados de Ginebra y convirtió una aldea de 50 habitantes en un pueblo próspero de más de 100. Administraba Ferney como un señor feudal. Él tomaba las decisiones sobre cultivos, impuestos locales, construcciones, disputas entre vecinos. Abolió el diezmo eclesiástico en sus tierras, financió obras públicas, pagaba salarios por encima de la media regional. Era un señor feudal, ilustrado, eficiente, popular entre sus dependientes, pero era un señor feudal.

El hombre que llevaba décadas criticando el feudalismo, los privilegios hereditarios y la concentración el poder en una sola persona, se había convertido a los 64 años en todo lo que decía combatir. Y desde ese señorío, Voltaire lanzó la ofensiva intelectual más importante de su vida, pero con un detalle que muchos de sus admiradores prefieren ignorar. La ofensiva tenía dos frentes simultáneos, uno público, valiente y admirable, otro privado, contradictorio y revelador. El frente público fue la serie de grandes causas judiciales que definieron al Voltaire de Ferney. El caso Calas fue el primero y el más célebre. Jean Calas era un comerciante protestante de Toulouse de 63 años, acusado de haber asesinado a su propio hijo Antoine para impedir que se convirtiera al catolicismo. El caso estaba contaminado por el fanatismo religioso desde el principio. En Toulouse, ciudad con una larga historia de violencia antiprotestante, la sola acusación contra un hugonote bastaba para condenarlo ante la opinión pública.

El juicio fue una farsa procesal. El tribunal de Toulouse condenó a Calas a muerte basándose en indicios ambiguos, testimonios contradictorios y una atmósfera de histeria religiosa. La sentencia se ejecutó el 10 de marzo de 1762. Calas fue sometido al suplicio de la rueda. Le rompieron los huesos de los brazos y las piernas con una barra de hierro. Luego lo ataron a una rueda y lo estrangularon ante una multitud que celebraba la ejecución como un acto de justicia divina. Voltaire se enteró del caso semanas después, cuando la familia Calas, exiliada en Ginebra, contactó con él pidiendo ayuda. Al principio dudó. No conocía los detalles. No sabía si Calas era realmente inocente. Investigó durante semanas, interrogó a testigos, recopiló documentos judiciales, y, cuando se convenció de que Calas había sido víctima de una injusticia monstruosa, activó toda su maquinaria. Escribió cartas a centenares de interlocutores en toda Europa. Publicó el Traité sur la Tolérance, que utilizaba el caso Calas como punto de partida para un ataque demoledor contra el fanatismo religioso.

Movilizó a aristócratas influyentes para que presionaran al gobierno francés. organizó una campaña de opinión pública que fue en muchos sentidos la primera campaña mediática moderna de la historia, un esfuerzo coordinado para influir en una decisión judicial a través de la presión social. El resultado llegó en 1765 cuando el Tribunal de París anuló la sentencia y rehabilitó postumamente a Jean Calas. La viuda y los hijos supervivientes recibieron una compensación y Voltaire, a los 70 años, se convirtió en algo más que un escritor famoso. Se convirtió en el defensor de los inocentes en la conciencia de Europa, en el hombre que había demostrado que una pluma podía ser más poderosa que un tribunal corrupto. El caso Calas fue seguido por otros. El caso Sirven, otra familia protestante acusada falsamente de asesinato. El caso del caballero de La Barre, un joven de 19 años torturado y decapitado en 176 por no haberse descubierto al paso de una procesión religiosa. Un caso que indignó a Voltaire hasta el punto de hacerle considerar seriamente el abandono definitivo de Francia. El caso del conde Thomas Arthur de Lally-Tollendal, un general condenado por la derrota francesa en la India y ejecutado en circunstancias que Voltaire consideró una injusticia política.

En cada uno de estos casos, Voltaire desplegó el mismo método: investigación rigurosa, publicación incendiaria, movilización de contactos internacionales y presión sostenida sobre las instituciones. Era un método eficaz, valiente y genuamente orientado a la justicia, y sería deshonesto negarlo. Pero el Frente Privado contaba otra historia. Mientras denunciaba la injusticia judicial en Francia, Voltaire seguía manteniendo correspondencia cordial con Federico de Prusia. El mismo Federico que lo había humillado en Frankfort, el mismo Federico que lo había llamado naranja exprimida. Las cartas entre ambos, después de unos años de silencio tras la ruptura, se reanudaron con un tono que oscilaba entre la ironía mutua y la adulación recíproca. Voltaire necesitaba a Federico como aliado estratégico, un monarca poderoso que podía presionar a otros monarcas en favor de las causas que Voltaire defendía. Federico necesitaba a Voltaire como instrumento de legitimación. 

La correspondencia con el filósofo más famoso de Europa confirmaba su imagen de rey ilustrado y luego estaba Catalina II.ª de Rusia. La relación entre Voltaire y la emperatriz rusa es probablemente el capítulo más incómodo de toda su biografía. Catalina había llegado al trono en 1762 mediante un golpe de estado contra su propio marido, Pedro III, que fue posteriormente asesinado en circunstancias nunca del todo aclaradas. Era una gobernante inteligente, pragmática y ambiciosa, que entendió, como Federico antes que ella, que el patrocinio de los filósofos franceses era la forma más eficaz de legitimarse ante Europa. Catalina escribió a Voltaire con una mezcla de adulación y astucia que superaba incluso a la de Federico.

Voltaire respondió con un entusiasmo que resulta difícil de explicar sin recurrir a su vanidad, llamó a Catalina  "la Semíramis del Norte". La comparó con los grandes legisladores de la Antigüedad, aplaudió sus reformas legales, su proyecto de código de leyes, su supuesta modernización de Rusia. Ignoró, o eligió ignorar, que esas reformas se sostenían sobre la servidumbre de millones de campesinos rusos. Ignoró que Catalina había llegado al poder mediante un asesinato. Ignoró que la tolerancia de Catalina tenía límites muy precisos.

Toleraba a los filósofos porque les resultaban útiles; no toleraba la más mínima disidencia interna. Cuando Catalina aplastó militarmente la rebelión de Pugachov en 1774, una insurrección campesina que fue reprimida con una brutalidad que incluso para los estándares de la época resultó extrema, Voltaire no dijo una palabra. El Defensor de Calas, el Campeón de La Barre, el Azote de la injusticia guardó silencio cuando la emperatriz a la que adulaba masacró a miles de siervos que pedían exactamente lo que Voltaire decía defender: la dignidad, la justicia, el fin de la opresión. Era el cinismo, la ceguera, el cálculo frío de un hombre que sabía que perder la amistad de Catalina significaba perder a un aliado poderoso.

Probablemente era todo eso al mismo tiempo, y, probablemente, también algo más difícil de nombrar: la incapacidad de Voltaire para aplicarse a sí mismo los principios que aplicaba a los demás. Veía con claridad meridiana la injusticia, pero cuando la cometían otros. La injusticia que él facilitaba con su silencio era invisible para él. Ferney fue durante 20 años el escenario de esa doble vida. El castillo desde el que salían los panfletos más valientes de Europa era también el castillo desde el que salían las cartas más serviles. El filósofo que atacaba a los tiranos era también el filósofo que mendigaba su aprobación. Y la fortuna que le permitía ser independiente estaba construida con los mismos instrumentos financieros que sangraban a la clase que decía defender. 

Pero Ferney le dio algo que ningún palacio ajeno le había dado: seguridad. En Ferney nadie podía encerrarlo, apalearlo ni humillarlo. Nadie podía "exprimirlo como una naranja". En Ferney Voltaire era el amo. Y, desde esa posición de amo, no de igual, no de ciudadano, no de filósofo libre, sino de amo, produjo las obras que cambiarían la historia intelectual de Europa. Quizá esa sea la paradoja última de Voltaire: necesitó convertirse en lo que combatía para combatirlo eficazmente.

Durante 28 años, Voltaire no pisó París. Desde Ferney gobernaba su imperio intelectual, correspondencia masiva, publicaciones clandestinas, campañas judiciales, negocios financieros, administración de sus tierras. 

Recibía visitantes de toda Europa. James Boswell lo visitó, Giacomo Casanova lo visitó, Edward Gibbon lo visitó. Delegaciones de la Encyclopedie peregrinaban a Ferney como a un santuario laico. Voltaire, a sus 70 y tantos años, era, probablemente, la persona privada más famosa del continente. Pero no era suficiente, nunca era suficiente.

En febrero de 1778, a los 83 años, con la salud destrozada por décadas de trabajo compulsivo, insomnio crónico y un consumo de café que habría matado a un hombre más joven, Voltaire decidió volver a París. El motivo oficial era el estreno de su última tragedia, Irène, en la Comédie-Française. El motivo real era más elemental: quería que la ciudad que lo había aplaudido, encarcelado, humillado y exiliado lo recibiera como lo que él creía ser: el hombre más importante de su siglo. 

Y París respondió. El 10 de febrero, cuando su carruaje entró en la ciudad por la puerta de Saint Antoine las multitudes se agolparon en las calles. La noticia de su llegada se había extendido como un incendio, y hombres y mujeres de todas las clases sociales salieron a verlo pasar. Los gritos de ¡vive Voltaire! resonaban desde los bulevares hasta los puentes del Sena. La escena tenía algo de triunfo romano y algo de procesión religiosa: como si la ciudad entera reconociera que aquel anciano frágil en su carruaje representaba algo más grande que una persona. Representaba una idea. Se instaló en el hôtel del marqués de Villette, en la esquina del quai des Théatins con la rue de Beaune. La casa se convirtió inmediatamente en un lugar de peregrinación. Recibía docenas de visitas diarias. 

La Academia Francesa envió una delegación formal. Las logias masónicas lo invitaron a una iniciación. Voltaire aceptó y fue recibido en la logia de las Neuf Soeurs / las Nueve Hermanas el 7 de abril de 1778 en una ceremonia que incluyó a Benjamín Franklin. Franklin, que estaba en París como embajador de los Estados Unidos recién independizados, llevó a su nieto de 9 años para que Voltaire lo bendijera. Voltaire puso las manos sobre la cabeza del niño y pronunció dos palabras en inglés: God and liberty, Dios y libertad. La escena fue probablemente ensayada, pero funcionó como la pólvora: al día siguiente, toda Europa comentaba el encuentro entre el patriarca de la Ilustración y el representante de la nueva República americana. Irène se estrenó el 30 de marzo en la Comédie-Française. La obra era mediocre y  los críticos lo sabían; Voltaire, probablemente también. Pero nadie había ido a ver la obra: habían ido a ver a Voltaire. Al final de la representación, los actores trajeron al escenario un busto del filósofo y lo coronaron con una corona de laurel. El público enloqueció. Voltaire, sentado en su palco, lloraba. 300 espectadores se agolparon a la salida para tocarlo, para verlo de cerca, para decir que habían estado allí. 

En las semanas siguientes, la intensidad no disminuyó: al contrario, aumentó, hasta un nivel que incluso resultaba físicamente peligroso para un hombre de 83 años, con la salud ya comprometida. Voltaire no podía dejar de recibir visitas, no podía dejar de asistir a homenajes, no podía dejar de ser el centro de atención: era como una droga que necesitaba en dosis cada vez mayores. Su médico Tronchin le advirtió que el ritmo lo estaba matando. Voltaire lo ignoró. Madame Denis le suplicó que descansara. Voltaire la ignoró. El marqués de Villette intentó limitar las visitas. Voltaire se enfureció. Bebía además cantidades absurdas de café y tomaba opio para los dolores abdominales que lo atormentaban desde hacía años; dormía tres o cuatro horas nada más por noche, y seguía escribiendo, dictando, conversando, representando el papel que había construido durante 80 años: el del hombre más brillante de la sala. No podía dejarlo ni sabía dejarlo. El aplauso era lo único que llenaba el vacío que había sentido desde niño, desde la muerte de su madre, desde las humillaciones de Louis-le-Grand, desde la paliza de Rohan, desde la posada de Frankfort. 

Y el aplauso de París en 1778 era el más fuerte que había escuchado nunca. Lo estaba matando y lo sabía, y no le importaba. A mediados de mayo, su estado empeoró drásticamente: fiebre, hemorragias, dolor constante. El diagnóstico probable, según los médicos modernos que han revisado los testimonios, era un cáncer de próstata en fase avanzada, aunque las fuentes de la época hablan de retención de orina e inflamación. 

Y entonces empezó la última batalla: no contra la enfermedad, sino contra la Iglesia. El clero parisino se movilizó: un hombre al que la Iglesia consideraba uno de sus mayores enemigos estaba muriendo en París sin confesarse, sin recibir la extremaunción, sin retractarse de las décadas de ataques contra la religión católica. Si moría sin los últimos sacramentos, la Iglesia podría negarle sepultura en tierra consagrada, convirtiendo su muerte en una última humillación pública. 

Varios sacerdotes intentaron acceder a Voltaire en sus últimas semanas. Las fuentes son contradictorias sobre lo que ocurrió exactamente: según algunas versiones, Voltaire firmó una retractación ambigua ante el abad Gaultier en marzo, cuando creyó que iba a morir de una crisis anterior, pero la retractación fue juzgada insuficiente por las autoridades eclesiásticas. Según otras versiones, rechazó cualquier confesión con frases que varían según el relato: "Dejadme morir en paz", es la más citada. El 30 de mayo de 1778, Voltaire murió. Tenía 83 años y su muerte desencadenó exactamente el conflicto que había temido. El arzobispo de París prohibió que su cuerpo fuera enterrado en tierra consagrada dentro de la diócesis. La orden era clara y llegó rápido. Pero el sobrino de Volter, el Abad Miñó, fue más rápido. Había previsto la situación. Embalsamó el cuerpo, lo vistió, lo sentó en un carruaje como si estuviera vivo. Algunos relatos dicen que lo colocaron con las manos apoyadas y la cabeza sujeta para que pareciera dormido y lo sacó de París en dirección a la abadía de Seliers en la Champaña, donde Miot era a prior. El viaje duró horas. Cuando la comitiva llegó a Sellers, el Abad Miño ofició una misa rápida y enterró a su tío antes de que el obispo de Troas pudiera enviar la orden de prohibición. La orden llegó al día siguiente, unas horas de retraso.

Volta, que había pasado toda su vida negociando con el poder, necesitó una última negociación incluso para obtener una tumba. La Iglesia, que no había podido silenciarlo en vida, intentó borrar su memoria en la muerte y fracasó, como siempre había fracasado con Volter. Pero no porque Voltaire fuera invencible, sino porque, como siempre, alguien con dinero y conexiones, en este caso su sobrino, maniobró en su nombre.

11 años después de aquella carrera nocturna con un cadáver en un carruaje, la Francia de Volter dejó de existir. No es solo un cambio político. El sistema de referencias que sostenía su mundo, jerarquías, privilegios, autoridad, se deshizo con rapidez. En 1789, la revolución desmontó el antiguo régimen. Cayeron las letres de caché, la bastilla, los privilegios, pero los hechos por sí solos no bastaban, hacían falta nombres. Rousseau y Voltaire funcionaron como legitimación intelectual de la ruptura. En 1791, la Asamblea ordenó llevar a Volter al panteón. El cortejo fue una puesta en escena del nuevo poder. Más que honrar a un hombre, fijaba una interpretación. La razón sustituía a la tradición como fuente de autoridad. Las inscripciones lo resumían. Defensor de la tolerancia, precursor de la libertad, nos preparó para ser libres. Es cierto, pero incompleto. Volter ayudó a crear el lenguaje de la revolución, no su forma final, porque ese resultado le habría sido ajeno. Desconfiaba del pueblo y prefería monarcas ilustrados. La violencia revolucionaria no encajaba en su visión. Probablemente la habría rechazado tanto por convicción como por interés. El volter real tampoco encaja en el símbolo especulador, cercano al poder, dependiente de estructuras que criticaba. Su libertad intelectual estaba ligada a su posición material. Aquí surge una tensión. La crítica necesita a veces del mismo sistema que combate, pero tampoco puede reducirse a eso. Es el mismo hombre que intervino en casos como Calas o la Barre, usando la opinión pública como herramienta cuando la justicia fallaba. no es coherencia, sino eficacia dentro de límites concretos. Federico lo llamó una naranja exprimida. Sin embargo, lo que quedó, el nombre en los textos, sobrevivió a los sistemas que lo produjeron. Tal vez indica un cambio más amplio. El poder empieza a residir en símbolos. En el panteón, su tumba mira a la de Rousseau. Desconfianza frente a fe en el pueblo, cálculo frente a sinceridad. La historia los reúne porque esa tensión define la modernidad. En 1864, el sarcófago se abrió. Estaba vacío. No hay certeza sobre lo ocurrido. El cuerpo desapareció. El nombre quedó. No parece un accidente. El sarcófago sigue allí vacío. Como recordatorio de que la historia conserva relatos, no cuerpos, y que Volter al final existe más como problema que como figura cerrada. Muchísimas gracias por ver el vídeo. Con vosotros, Leo.