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viernes, 1 de mayo de 2026

Resumen de Hegel

  [Una biografía explicativa de Hegel, transcrita y corregida por el bloguero de un texto oral de YouTube. Consta de Índice, Texto y Bibliografía]

1. Índice

2. Introducción

3. El hijo del orden que soñaba con el caos creativo

4. Jena: el laboratorio donde se forjó el sistema

5. El mecanismo invisible: cómo piensa la razón cuando nadie mira

6. La máquina del todo: cuando la lógica devora al mundo

7. Berlín: el filósofo en el trono del pensamiento

8. Las dos caras del cristal: cuando el sistema se vuelve contra sí mismo

9. Los que dijeron no: la rebelión contra el sistema total

10. La oscuridad como poder: por qué no lo entendían y por qué eso importaba

11. El crepúsculo de Berlín: los últimos días del sistema

12. El siglo que no pudo escapar de Hegel

13. El laberinto que nadie termina de recorrer

14. Bibliografía

2. Introducción

Hegel no solo intentaba comprender el mundo, sino que intentaba explicarlo todo, la historia, la realidad, incluso cómo pensamos. Pero, al final, Hegel propuso una idea descabellada que parece una explicación, pero que en realidad confunde aún más el pensamiento de la humanidad. Afirmaba que todo se desarrolla a través de las contradicciones, que la verdad es un proceso en el que todo cambia constantemente. Y ahí es precisamente donde empieza la confusión. Porque si cualquier idea puede ser a la vez verdadera y falsa, ¿cómo distinguir la verdad del error? Y lo más importante, ¿cómo construyó Hegel un sistema en el que se puede demostrar todo y por lo tanto nada? En este relato descubrirás cómo construyó una filosofía que intentaba explicar el mundo entero, pero lo que resultó cambió todo porque sus ideas conquistaron las universidades y las mentes de toda una generación. Y cómo sucedió que este sistema de pensamiento proporcionó al mismo tiempo las herramientas para comprender la realidad y la enredó más que nunca. Que disfruten del vídeo, queridos espectadores.

3. El hijo del orden que soñaba con el caos creativo

Stuttgart, 1770. El ducado de Wurtenberg es un territorio pequeño, protestante, ordenado hasta la asfixia. Un lugar donde la burocracia no es solo una forma de gobierno, sino casi una religión. Los funcionarios son la columna vertebral del Estado. No se espera de ellos genio, sino obediencia y precisión. 

En esta atmósfera nace Georg Wilhelm Friedrich Hegel el 27 de agosto, hijo de un secretario de la Cámara de Finanzas del Ducado. 

Su padre, Georg Ludwig Hegel es exactamente lo que el sistema produce. Un hombre disciplinado, meticuloso, sin aspiraciones que excedan su rango. Su madre, María Magdalena, proviene de una familia con cierta cultura. Habla algo de francés, lee más que la mayoría de las mujeres de su entorno, pero muere cuando Georg tiene apenas 13 años. Es una pérdida que el joven Hegel apenas menciona en su correspondencia posterior, no porque no le importara, sino porque pertenece a una generación y un entorno donde el dolor se administra, no se exhibe. 

Desde niño, Hegel es lo que hoy llamaríamos un estudiante brillante, pero no espectacular. No es un prodigio como Mozart, ni un rebelde como el joven Beethoven. Es más bien un acumulador. Lee con voracidad, toma notas de todo. Organiza cuadernos con extractos de los clásicos griegos, de historiadores romanos, de teólogos luteranos. Tiene una memoria notable y una capacidad inusual para retener estructuras complejas. Pero no destaca por la chispa del genio individual, destaca por algo más raro, una paciencia casi inhumana para construir marcos generales donde todo cabe. 

A los 18 años entra en el Tübinger Stift, el seminario teológico protestante de la Universidad de Tubinga. Y aquí la historia empieza a cambiar de escala, porque el Stift no es un seminario cualquiera, es una institución de elite del pensamiento protestante alemán, financiada por el Ducado, diseñada para formar a los futuros pastores y teólogos del Estado. Las reglas son estrictas: horarios militares, vigilancia constante, castigos por infracciones menores. Los estudiantes duermen en celdas, asisten a misa obligatoria, estudian teología, filosofía, lenguas clásicas y matemáticas, bajo una disciplina que recuerda más a un cuartel que a un centro de pensamiento libre.

Pero dentro de esos muros ocurre algo imprevisto, porque el año en que Hegel entra en Tubinga es 1788, y al año siguiente, al otro lado del ring, estalla la Revolución Francesa. La noticia llega a Tubinga como una onda sísmica. Para los jóvenes seminaristas, encerrados en un sistema rígido que les dice qué pensar, qué creer, qué esperar de la vida, la revolución es una revelación no solo política, es filosófica.

De repente, el mundo demuestra que el orden establecido no es eterno, que las estructuras que parecen inamovibles pueden caer en semanas; que la razón, la voluntad y la acción humana pueden rehacer la realidad desde cero. Y Hegel no está solo en esta revelación. Comparte habitación literalmente con dos personas que definirán la filosofía alemana de las próximas décadas. Friedrich Holderlin, que se convertirá en uno de los poetas más importantes de la lengua alemana, y Friedrich Wilhelm Joseph Schelling, que a los ventipocos años ya será considerado un genio filosófico. Los tres forman una alianza intelectual que va mucho más allá de la amistad de dormitorio. Discuten por las noches, leen a Rousseau y a Kant en secreto, celebran los ideales de la revolución y, según la leyenda, difícil de verificar, pero repetida por múltiples fuentes, plantan juntos un árbol de la libertad en las afueras de Tubinga, imitando la costumbre revolucionaria francesa. 

Creo que vale la pena detenerse un momento aquí, porque lo que ocurre en esa celda del Stift es algo que solo puede entenderse si uno comprende lo que significaba ser joven, brillante y encerrado en la Alemania de finales del siglo XVIII. Francia tenía revolución, Inglaterra tenía parlamento e industria, Alemania no tenía nación, no tenía revolución, no tenía libertad de prensa en la mayoría de sus territorios. 

Lo que tenía era filosofía. La revolución que los alemanes no pudieron hacer en las calles, la hicieron en los libros. Y eso es precisamente lo que Hegel va a intentar durante toda su vida. Una revolución hecha con conceptos. 150 años después, en 1945, un filósofo llamado Karl Popper escribirá que esa revolución conceptual fue una de las raíces del totalitarismo, que la idea hegueliana de que la historia tiene una dirección necesaria sirvió para justificar lo injustificable. Popper no distinguirá entre Hegel y los que usaron a Hegel, pero la acusación quedará ahí, como una mancha que ningún comentarista ha conseguido borrar del todo. 

Falta mucho para eso. De momento, en una celda del Stift, tres jóvenes sueñan con la libertad y no sospechan lo que sus sueños producirán. Pero hay un detalle crucial en esos años de Tubinga que marca la diferencia entre Hegel y sus dos compañeros. Schelling es rápido: a los 19 años ya publica textos que causan sensación. A los 23, será profesor en Jena. Es un genio precoz, explosivo, deslumbrante. Hölderlin es intenso. Su sensibilidad poética es tan extrema que la realidad le resulta insoportable. Años después caerá en una crisis mental de la que nunca se recuperará. 

Hegel, en cambio, es lento. No publica nada notable durante años. No causa sensación, no deslumbra en los seminarios, toma notas, lee, piensa, espera. Esta lentitud no es pereza, es algo más profundo. Hegel desconfía de las ideas que llegan demasiado rápido. Desconfía de la intuición brillante que no ha sido probada contra la totalidad de lo real. Lo que él quiere no es una idea genial, quiere un sistema, una estructura que conecte todo, la historia, la naturaleza, el arte, la religión, la política, la razón y eso requiere tiempo, mucho más tiempo del que el mundo está dispuesto a concederle. Cuando sale de Tubinga en 1793 con su título de teología en la mano, Hegel no se convierte en pastor, tampoco consigue un puesto universitario. Se convierte en lo que la Alemania de la época llamaba Hoffmeister, un tutor privado para familias adineradas. Primero en Berna, Suiza, durante 3 años, luego en Frankfurt del Meno. Son años oscuros, no porque sean infelices necesariamente, sino porque son invisibles. 

Mientras Schelling ya es famoso, mientras Fichte agita las aulas de Jena con su idealismo radical, mientras Kant domina desde Königsberg como un monarca del pensamiento, Hegel cuida niños ricos y escribe en secreto. Hay una carta de esta época dirigida a Schelling que revela más de lo que Hegel probablemente quería mostrar. Le pide noticias del mundo filosófico con una urgencia que bordea la desesperación contenida. No lo dice abiertamente; pero, entre líneas, se lee el miedo. El miedo a que el tiempo se le escape, a que sus ideas envejezcan antes de ser publicadas, a que la historia del pensamiento avance sin él. Hegel tiene casi 30 años y no ha producido nada público. En una cultura donde Schelling ya era profesor a los 23, eso es un fracaso silencioso que corroe. Escribe sobre teología, sobre la religión griega, sobre el cristianismo primitivo, sobre la relación entre fe y razón. Son textos que no publica. Los conocemos hoy como los escritos teológicos de juventud, recuperados postumamente, y revelan algo fascinante.

Hegel no empieza como filósofo puro, empieza como alguien obsesionado con una pregunta religiosa y política a la vez: ¿por qué el cristianismo, que prometía libertad interior, se convirtió en un instrumento de obediencia y control? ¿Cómo una religión de liberación terminó siendo la columna vertebral de sistemas autoritarios? Es una pregunta que conecta directamente con la Revolución Francesa, porque la revolución también prometía Libertad y terminó en el Terror. También prometía Razón, y produjo la guillotina. Hegel no lo formula así todavía, pero la estructura de su pensamiento futuro ya está ahí. Toda promesa de totalidad contiene una semilla de su propia contradicción. 

En Frankfurt la situación personal se complica. La relación con Hölderlin, que vive en la misma ciudad y le ha conseguido el puesto de tutor, se vuelve dolorosa. Hölderlin está cada vez más inestable. Su amor imposible por Susette Gontard, la esposa de su empleador, lo consume. Su poesía se vuelve más intensa y más fragmentada. Hegel observa la caída de su amigo más cercano con una mezcla de impotencia y quizá de miedo. Porque lo que le ocurre a Hölderlin es lo que puede ocurrirle a cualquier mente que persigue el absoluto sin protección. La belleza que no encuentra forma estable se convierte en locura. 

Y en 1799 algo cambia. Muere el padre de Hegel y le deja una herencia modesta, pero suficiente para dar un paso. Hegel escribe a Schelling, que ya es profesor en Jena, la capital intelectual de Alemania en ese momento, y le pide ayuda para entrar en el mundo académico. Tiene 29 años, no ha publicado nada significativo, no tiene reputación, pero tiene algo que nadie más tiene. Una visión del Todo, que ha madurado en silencio durante una década. En enero de 1801, Hegel llega a Jena, tiene 30 años; Schelling tiene 25 y ya es una estrella. La diferencia de velocidad entre ambos es abismal, pero Hegel no compite en velocidad, compite en profundidad. Y lo que están a punto de escribir cambiará la historia del pensamiento para siempre, aunque también destruirá la única amistad intelectual que realmente le importaba.

4. Jena: el laboratorio donde se forjó el sistema

Jena a principios del siglo XIX es un lugar extraordinario, una ciudad pequeña de apenas 5.000 habitantes, encajada entre colinas verdes en el ducado de Sajonia-Weimar. Pero su universidad es en ese momento el centro gravitacional del pensamiento europeo. Fichte enseñó allí hasta que lo expulsaron por acusaciones de ateísmo. Schelling está en la cúspide de su influencia. Los hermanos Schlegel, fundadores del romanticismo alemán, viven en la ciudad. Novalis pasa temporadas allí. Goethe, desde la cercana Weimar, actúa como una especie de protector cultural de toda la región. Es un ecosistema intelectual único, denso, competitivo, ferozmente creativo. Hegel llega a este escenario como un desconocido. Su primera publicación académica es un texto sobre la diferencia entre los sistemas de Fichte y Schelling que aparece en 1801. Es un texto técnico, riguroso, pero que ya contiene una señal de lo que viene. Hegel no se limita a comparar dos sistemas: los evalúa, los juzga y sugiere, con una ambición que todavía disfraza de modestia, que ambos son insuficientes, que la filosofía necesita algo más, algo que ninguno de los dos ha logrado. Schelling, por el momento, no percibe la amenaza. Considera a Hegel un aliado, un compañero de armas en la batalla contra el empirismo y el racionalismo superficial. Los dos colaboran en una revista filosófica, el Kritisches Journal der Philosophie, donde publican artículos que atacan el sentido común filosófico de la época. La relación es cercana, pero ya hay una simetría. Schelling publica con facilidad, con rapidez, con una prosa que, aunque densa, tiene momentos de claridad poética. Hegel escribe con dificultad, cada frase le cuesta. Cada párrafo pasa por múltiples revisiones y el resultado es un estilo que ya empieza a ser reconocible: denso hasta el extremo, repleto de términos que parecen familiares, pero que Hegel usa con significados propios, con una sintaxis que desafía las convenciones del alemán académico. 

En Jena, Hegel es Privatdozent, un profesor sin salario fijo que cobra directamente de los estudiantes que asisten a sus clases. Es el escalón más bajo de la academia alemana. Sus clases no son populares. En algunos semestres tiene apenas un puñado de oyentes. Su forma de hablar no ayuda: tartamudea levemente, se detiene a mitad de frase para buscar la palabra exacta, pierde el hilo, y lo recupera con rodeos que exasperan a los estudiantes impacientes. No es un orador brillante, es un pensador que habla mientras piensa, y el resultado puede ser fascinante o insoportable, dependiendo de la paciencia del oyente. Pero algo está ocurriendo bajo esa superficie torpe, porque entre 1801 y 1803, Hegel está gestando la obra que lo cambiará todo. La está escribiendo en condiciones difíciles, sin dinero estable, sin reconocimiento, con una vida personal que se complica cuando tiene un hijo ilegítimo con su casera, Cristiana Charlotte Fisher, en 1807. El niño se llamará Ludwig. Hegel se hará cargo de él, pero la situación es irregular, incómoda, una mancha en la respetabilidad que la sociedad alemana exige a un académico. Y, mientras tanto, la historia se precipita porque Jena es un punto en el mapa militar de Europa. Napoleón, que ha transformado la Revolución Francesa en un Imperio, avanza hacia el este. Prusia, que se creía invencible, estaba a punto de descubrir que no lo es. El 14 de octubre de 1806, los ejércitos de Napoleón aplastan a las fuerzas prusianas en las batallas de Jena y Auerstedt. Es una de las derrotas más humillantes de la historia militar prusiana. En un solo día, el ejército que Federico el Grande había construido como la maquinaria bélica más precisa de Europa se desmorona. Los soldados franceses entran en Jena. La ciudad es parcialmente saqueada. El caos se apodera de las calles y aquí ocurre uno de los episodios más citados de la historia de la filosofía. Hegel, desde su ventana, ve pasar a Napoleón a caballo por las calles de Jena y escribe a un amigo una frase que se convertirá en leyenda: que ha visto el alma del mundo cabalgando. No es una expresión de admiración personal, es algo más complejo. Para Hegel, Napoleón no es simplemente un conquistador, es la encarnación histórica de una idea, la de que la razón puede reorganizar el mundo por la fuerza. Napoleón es la Revolución Francesa convertida en voluntad individual. Es la prueba viviente de que la historia no es un accidente, sino un proceso con dirección. 

Pero el mismo día en que Napoleón entra en Jena, Hegel está terminando algo. Los soldados franceses están a kilómetros. Los cañones se oyen desde su estudio y él está escribiendo las últimas páginas de un manuscrito que lleva años gestando. Un manuscrito que enviará a su editor Bamberg en paquetes con el ejército francés literalmente a las puertas. Ese manuscrito es la Fenomenología del espíritu. Hegel había prometido entregarlo meses antes. Su editor, el librero Joseph Anton Goebhardt de Bamberg, estaba furioso por los retrasos. Las cartas entre ambos tienen el tono de una relación comercial al borde del colapso. Goebhardt amenaza con cancelar el contrato. Hegel promete páginas que no llegan. Los plazos se incumplen una y otra vez. No es pereza. Es que el libro crece bajo las manos de Hegel como un organismo que no puede dejar de expandirse. Cada sección genera nuevas secciones. Cada problema resuelto abre tres problemas nuevos. El prefacio que Hegel escribe al final, como era costumbre, se convierte por sí solo en uno de los textos filosóficos más densos jamás escritos. Más de 60 páginas donde Hegel ajusta cuentas con toda la filosofía anterior y anuncia lo que su sistema aspiró a ser.

La imagen de Hegel escribiendo las últimas páginas, mientras los cañones suenan a lo lejos, no es solo una anécdota pintoresca. Es un símbolo involuntario de algo que atraviesa toda su obra: la convicción de que el pensamiento y la historia no son cosas separadas, que pensar en serio es pensar dentro de la historia, no fuera de ella. Y que la historia, incluso en sus momentos más violentos, es pensamiento haciéndose real. Y es aquí donde todo comienza realmente, porque la Fenomenología no es un libro de filosofía más, es un terremoto, un texto que desde su publicación en 1807 divide a los lectores en dos bandos. Los que creen que es la obra más profunda jamás escrita sobre la conciencia humana y los que creen que es un monumento a la ininteligibilidad deliberada. Lo que Hegel intenta hacer en la Fenomenología es algo sin precedentes. Quiere mostrar como la conciencia humana, no una conciencia individual, sino la conciencia en general, como fenómeno histórico y filosófico, se desarrolla desde sus formas más simples hasta el saber absoluto. Desde la percepción sensorial más básica, esto es aquí, esto es ahora, hasta la comprensión total de la realidad como un sistema racional. Es un viaje, pero no un viaje lineal. Es un viaje dialéctico y aquí entra la palabra que perseguirá a Hegel para siempre, dialéctica.

5. El mecanismo invisible: cómo piensa la Razón cuando nadie mira

Hay un testimonio de un estudiante en Jena de Hegel. El profesor llega, se sienta, abre un cuaderno lleno de anotaciones marginales, empieza a hablar, se detiene, tose, recomienza, lee una frase de su manuscrito, luego la abandona y empieza a improvisar. Los estudiantes se inclinan hacia delante intentando captar una lógica que aparece y desaparece, como un pez en agua turbia. Algunos toman notas frenéticas, otros se miran desconcertados y de vez en cuando, en medio del tartamudeo y las frases rotas, algo se ilumina. Una conexión que nadie había visto, una inversión que pone un problema de cabeza y los que la captan sienten que han entendido algo que no podrían explicar a nadie fuera de esa sala. Eso era la dialéctica en acción, no como la enseñan los manuales simplificados, sino como Hegel realmente la pensó. La versión simplificada dice: tesis, antítesis, síntesis. Una idea se presenta, otra idea la contradice y de esa contradicción nace una idea nueva, que supera a ambas. Es limpio, elegante, fácil de memorizar y es en gran medida una caricatura. Hegel nunca usó esos tres términos como esquema fijo. La tríada tesis, antítesis, síntesis la popularizó un comentarista posterior, Heinrich Moritz Chalybäus. No el propio Hegel. 

Lo que Hegel describe es algo más perturbador y más poderoso. Su idea central es que la realidad, no solo el pensamiento sobre la realidad, sino la realidad misma, se mueve a través de contradicciones, no a pesar de ellas, a través de ellas. Cada estado de cosas, cada forma de pensamiento, cada institución, cada cultura contiene dentro de sí una negación, una tensión, una grieta. Y esa grieta no es un error, es el motor del cambio. Pensemos en un ejemplo que el propio Hegel desarrolla en la Fenomenología. La relación entre el amo y el esclavo es uno de los pasajes más famosos de toda la filosofía occidental y merece que lo desmontemos con cuidado. Hegel plantea una situación originaria: Dos conciencias se encuentran. Cada una necesita ser reconocida por la otra, para saber que existe como ser libre. Pero el reconocimiento no se da pacíficamente. Las dos conciencias luchan. Una arriesga su vida hasta el final. La otra, en un momento crucial, elige sobrevivir. La que arriesga todo se convierte en el amo. La que retrocede se convierte en el esclavo. Hasta aquí parece una justificación del poder. El más valiente domina, pero Hegel da un giro que invierte todo. Porque el amo, una vez que domina, depende del esclavo para que le reconozca. Pero el reconocimiento de un ser que no es libre no vale nada. El amo ha ganado la batalla y ha perdido lo que buscaba. Mientras tanto, el esclavo, obligado a trabajar, a transformar la materia, a crear cosas con sus manos, desarrolla algo que el amo no tiene, una relación productiva con el mundo. El esclavo, a través del trabajo, descubre su propia capacidad de dar forma a la realidad. Y en ese descubrimiento está el germen de una conciencia más alta que la del amo. La libertad nace de la esclavitud. El poder se destruye a sí mismo. La victoria contiene la derrota. Este es el tipo de pensamiento que Hegel despliega una y otra vez, no como paradoja ingeniosa, sino como estructura fundamental de la historia. 

Pero aquí viene el problema, porque describir este movimiento dialéctico requiere un lenguaje que no funciona como el lenguaje normal. El lenguaje normal fija significados. Dice: "Esto es así", y espera que el lector acepte. Pero para Hegel, la realidad nunca es simplemente así. Es así y no así al mismo tiempo. Es esto y su contrario en proceso de transformarse en algo nuevo. Capturar ese movimiento con palabras fijas es como intentar fotografiar un río. El resultado siempre es una mentira parcial. El río está en movimiento y la foto lo detiene. La solución de Hegel es escribir en un lenguaje que también se mueve. Sus frases no establecen significados estáticos. Los crean, los niegan, los recuperan transformados. Una palabra como Aufhebung, [literalmente, superación, sublimación. Une tres significados contradictorios: cancelar/suprimir (anular), conservar/mantener (guardar) y elevar a un nivel superior. Describe el proceso dialéctico donde algo se supera pero se mantiene en una forma nueva y superior.] quizá el término más importante de toda su filosofía, significa simultáneamente cancelar, conservar y elevar. No una de esas cosas, las tres a la vez. Cuando una forma de pensamiento es superada dialécticamente, no desaparece, queda incorporada en la siguiente, transformada, pero presente. Este principio, que parece abstracto, tendrá consecuencias políticas que costarán millones de vidas en el siglo siguiente. 

Pero eso Hegel no podía saberlo. Esto es lo que hace que leer a Hegel sea una experiencia diferente a leer a cualquier otro filósofo. No se puede leer linealmente, no se puede subrayar una frase y decir, "Esto es lo que piensa Hegel", porque cada frase es un momento en un proceso y, fuera de ese proceso, pierde su sentido. Es como arrancar un fotograma de una película y pretender que es la película entera. Y me pregunto si Hegel era completamente consciente de lo que estaba haciendo, porque hay dos posibilidades. 

La primera, que la oscuridad de su escritura sea el precio inevitable de capturar un movimiento real del pensamiento que la prosa convencional no puede expresar. 

La segunda, que Hegel en algún punto del camino empezara a confundir profundidad con complejidad y complejidad con dificultad, y que la oscuridad se convirtiera, no en un instrumento, sino en un hábito. 

No tengo una respuesta definitiva, pero creo que la verdad está en algún lugar entre ambas posibilidades y que esa ambigüedad es en sí misma profundamente hegeliana. 

Volvamos a la Fenomenología. El libro se publica en 1807, con un editor frustrado por los retrasos en una Alemania destrozada por la guerra napoleónica. Las ventas son miserables, las reseñas escasas. Los pocos que intentan leerlo se encuentran con un texto de más de 500 páginas donde la conciencia humana recorre un camino desde la certeza sensible más básica hasta el saber absoluto, pasando por la autoconciencia, la razón, el espíritu, la religión y el arte. Cada etapa del camino está descrita con una prosa que exige del lector no solo atención, sino una especie de transformación intelectual continua. No basta con entender lo que dice cada página. Hay que entender por qué la página anterior era insuficiente y cómo la siguiente la supera. La estructura misma del libro es un desafío. Hegel no lo organiza como un tratado clásico, con premisas y conclusiones. Lo organiza como un viaje.

La conciencia parte de lo más simple y al descubrir que lo simple es insuficiente, avanza hacia formas más complejas de saber. Pero cada avance implica una pérdida. Lo que la conciencia creía saber se revela como ilusión y la nueva certeza que alcanza contendrá a su vez una nueva ilusión que deberá ser superada. Es un camino de desengaños sucesivos y Hegel lo presenta no como una tragedia, sino como el proceso necesario por el cual la conciencia se forma.

Hay pasajes en la fenomenología que son de una penetración extraordinaria. El análisis de la conciencia desgraciada, la conciencia religiosa que busca a Dios fuera del mundo y no lo encuentra, que se divide entre lo finito y lo infinito sin poder reconciliarlos, es uno de los textos más profundos jamás escritos sobre la experiencia religiosa. No porque justifique la religión ni porque la destruya, sino porque muestra la lógica interna del sufrimiento espiritual con una precisión que ningún teólogo ni ningún ateo había alcanzado.

El análisis del Terror revolucionario, donde la libertad absoluta de la Revolución Francesa se convierte en la muerte absoluta, donde la voluntad general que pretende representar a todos termina destruyendo a cada uno, es igualmente extraordinario. Hegel escribe sobre el Terror como alguien que ha pensado durante 15 años sobre lo que significó. No un accidente de la revolución, sino su consecuencia lógica. Cuando la libertad se entiende como pura negación de todo límite, lo único que puede producir es destrucción. 

Estos pasajes y otros muchos explican por qué la fenomenología sobrevivió a su fracaso comercial inicial. No se vendió, pero los que la leyeron quedaron transformados y esos pocos transmitieron su contenido, a veces distorsionado, a veces enriquecido, a las generaciones siguientes. Schelling lee el libro, y algo se rompe entre ellos. Porque Schelling reconoce en ciertos pasajes del Prefacio críticas veladas a su propia filosofía.

Hegel, sin nombrarlo directamente, describe un tipo de pensamiento que busca el absoluto a través de la intuición directa, que es exactamente lo que Schelling propone, y lo descarta como insuficiente. Lo compara, en una imagen devastadora, con la noche en la que todas las vacas son negras, un absoluto indiferenciado donde todo se confunde porque nada se distingue. La amistad se enfría y nunca se recuperará. Schelling vivirá hasta 1854, casi 23 años más que Hegel, pero esa herida no cicatrizará. ¿Qué ocurrió exactamente entre ellos? Si hubo una conversación, una carta, un silencio que se hizo definitivo, no está del todo claro. Lo que sí sabemos es que décadas después, cuando Schelling sea llamado a Berlín para contrarrestar la influencia póstuma de Hegel, la rivalidad seguirá viva, pero eso vendrá después. 

En 1807, Hegel está en una situación precaria. Jena está devastada por la guerra. La universidad ha perdido estudiantes y recursos. Hegel no tiene dinero. Tiene un hijo ilegítimo y acaba de publicar un libro que casi nadie entiende. Necesita sobrevivir y sobrevive de la forma más prosaica posible. Se convierte en editor de un periódico en Bamberg. Es difícil imaginar un contraste mayor. El hombre que acaba de escribir una de las obras más ambiciosas de la historia del pensamiento humano, se dedica durante más de un año a redactar noticias locales, editar reportes comerciales y esquivar la censura napoleónica que controla la prensa en los territorios ocupados. Hegel no se queja demasiado. Nunca fue un quejoso, pero la frustración es evidente en su correspondencia. Sabe que tiene algo importante que decir, sabe que el mundo no está escuchando y sabe que necesita una plataforma más grande. El trabajo en Bamberg es agotador y humillante para un hombre de sus ambiciones. Escribe a su amigo Friedrich Immanuel Niethammer, que tiene influencia en el sistema educativo bávaro, pidiéndole repetidamente un puesto académico. Las cartas revelan más de lo que Hegel querría mostrar. Tiene 37 años, no tiene cátedra. Su gran libro no se vende. Schelling, 5 años más joven, lleva una década siendo profesor. La comparación debe doler, aunque Hegel rara vez lo admite, pero los meses en Bamberg no son completamente estériles. La experiencia de dirigir un periódico bajo censura le da contacto directo con el poder real. Ve cómo funciona la censura desde dentro, cómo los funcionarios napoleónicos controlan la información, cómo la opinión pública se forma y se manipula. Es un conocimiento práctico que alimentará su reflexión posterior sobre el Estado y los mecanismos del poder institucional. Esa plataforma llegó en 1808, cuando consigue el puesto de rector y profesor de filosofía en el gimnasium de Núremberg. No es una universidad, es una escuela secundaria, pero es un empleo estable con un salario regular y le da algo que necesita desesperadamente: tiempo para pensar. Los 8 años de Nürnberg / Núremberg son los años más silenciosos y más productivos de la vida de Hegel. No publica nada espectacular, no da conferencias que sacudan el mundo académico, pero escribe escribe con una disciplina casi obsesiva el libro que se convertirá en la columna vertebral de todo su sistema. La ciencia de la Lógica.

6. La máquina del Todo: cuando la Lógica devora al Mundo

Si la Fenomenología del espíritu es el viaje de la conciencia hacia el saber absoluto, La ciencia de la lógica es el mapa del territorio al que llega. Y es aquí donde la ambición de Hegel alcanza su punto más extremo. Porque la Lógica no es un manual de razonamiento, no es un tratado sobre cómo pensar correctamente como las lógicas de Aristóteles o de los escolásticos medievales. Es algo mucho más radical.

Lo que Hegel intenta demostrar en La ciencia de la lógica es que las categorías fundamentales del pensamiento, ser, nada, devenir, cualidad, cantidad, medida, esencia, concepto, no son herramientas que usamos para pensar sobre la realidad, son la realidad misma pensándose a sí misma. No hay diferencia para Hegel entre la estructura del pensamiento y la estructura de lo real. Pensar la lógica correctamente es pensar el mundo correctamente, porque la lógica y el mundo son, en último término, lo mismo. Esta es una afirmación tan enorme que vale la pena detenerse a sentir su peso.

Hegel está diciendo que cuando pensamos, realmente pensamos, no cuando simplemente opinamos o calculamos. Estamos participando en el mismo proceso por el cual la realidad se organiza. El pensamiento humano no es un reflejo de la realidad exterior, es la realidad haciéndose consciente de sí misma. Si esto es verdad, las consecuencias son inmensas. Significaría que la filosofía no es una disciplina entre otras. Es la actividad suprema del espíritu humano. Es el punto donde la realidad se vuelve transparente para sí misma. Y el filósofo que logre trazar completamente las categorías del pensamiento, habrá trazado simultáneamente la estructura de todo lo que existe. Eso es exactamente lo que Hegel cree estar haciendo, y eso es exactamente lo que hace que su proyecto sea tan grandioso y tan peligroso al mismo tiempo. 

La ciencia de la lógica se publica en tres volúmenes entre 1812 y 1816. El primer volumen, La lógica del ser, empieza con la categoría más vacía posible, el ser puro. Ser sin cualidades, sin determinaciones, sin contenido, solo ser. Y Hegel demuestra o cree demostrar que ese ser puro, precisamente por estar vacío de todo contenido, es indistinguible de la nada. El ser puro y la nada pura son lo mismo, no como proposición lógica formal, sino como experiencia del pensamiento. Cuando intentas pensar el ser sin nada que lo determine, te encuentras pensando la nada y de esa identidad entre ser y nada surge el devenir o el movimiento, la primera categoría real del pensamiento, que no es una cosa estática, sino un proceso, el paso del ser a la nada y de la nada al ser. El devenir es la primera verdad concreta de la lógica y todo lo demás, los cientos de páginas que siguen, es un despliegue progresivo de categorías cada vez más complejas, cada una surgiendo de la insuficiencia de la anterior, cada una incorporando y superando lo que vino antes. El problema es que seguir este movimiento requiere un esfuerzo que va más allá de la lectura normal. Cada transición de una categoría a la siguiente debe ser necesaria, no arbitraria. Hegel no puede simplemente decir, "Y después viene esto." Tiene que mostrar por qué la categoría anterior se contradice a sí misma y genera, desde esa contradicción, la categoría siguiente. Y cuando esas transiciones funcionan, son momentos de una belleza intelectual extraordinaria.

Cuando no funcionan, y hay muchos pasajes donde los especialistas discuten si realmente funcionan, parecen trucos verbales, juegos con el doble sentido de las palabras alemanas, movimientos que dependen más del genio lingüístico de Hegel que de la necesidad lógica real. Pero Hegel no se detiene aquí porque la ciencia de la lógica no es su proyecto completo, es solo una parte. El sistema total incluye además la filosofía de la naturaleza y la filosofía del espíritu que abarcan todo lo demás: la física, la biología, el derecho, la moralidad, la ética, el estado, el arte, la religión y la filosofía misma. Todo encajado en un esquema donde cada parte refleja la estructura dialéctica del todo. Y aquí es donde la grieta empieza a abrirse: porque el sistema de Hegel funciona como una catedral medieval. Cada pieza sostiene a las demás. Cada arco depende del arco opuesto y la belleza del conjunto depende de que cada elemento esté exactamente donde debe estar. Pero las catedrales medievales a veces se derrumbaban. Y no puedo evitar preguntarme si Hegel en sus noches de Núremberg, mientras construía este edificio inmenso página a página, no sentía a veces el vértigo de quien levanta algo demasiado alto para los cimientos que tiene. 

La pregunta que perseguirá el sistema de Hegel desde el principio es, ¿realmente encaja todo o hay momentos donde el arquitecto fuerza las piezas para que parezcan encajar? Para algunos de sus contemporáneos, la respuesta era clara. Goethe, que respetaba a Hegel personalmente y disfrutaba de su conversación, nunca se dejó convencer por el sistema. Decía que prefería la naturaleza real a la naturaleza pensada. Los científicos de la época miraban la filosofía de la naturaleza con escepticismo. ¿Cómo puede un filósofo sentado en su estudio deducir las leyes de la física a partir de categorías lógicas? La ciencia empírica avanzaba con observación, experimento, medición.

Hegel parecía querer derivar la realidad del pensamiento puro, invirtiendo la dirección que la ciencia moderna había establecido desde Galileo. Sin embargo, durante los años de Núremberg, algo más ocurre en la vida de Hegel que merece atención. En 1811, a los 41 años, se casa con Marie von Tucher, una mujer de buena familia, 20 años más joven que él. Es un matrimonio que funciona. Marie le da estabilidad, hijos legítimos, una vida doméstica ordenada. Hegel, que durante años vivió en la precariedad del académico ambulante, encuentra por fin un centro de gravedad personal, pero la estabilidad doméstica no elimina la tensión interior. Hegel enseña filosofía a adolescentes del gimnasium. Imaginen la escena. El hombre que está escribiendo la obra más abstracta de la filosofía moderna debe explicar las categorías de la lógica a chicos de 16 años que prefieren estar en cualquier otro lugar. Las actas del gimnasium muestran que Hegel se toma esta tarea con una seriedad casi cómica. Prepara esquemas detallados, escalas progresivas de dificultad, ejercicios de razonamiento y en ese esfuerzo por traducir lo más complejo a lo más simple, quizá aprende algo que su prosa filosófica nunca reflejará del todo, que la claridad no es enemiga de la profundidad, que se puede ser profundo y comprensible al mismo tiempo. Lástima que ese aprendizaje no llegará a sus libros. Pero si alguien piensa que escribe la historia de un filósofo que vivió entre páginas y no va a salir del estudio o la universidad, se equivoca. Porque desde Núremberg, Hegel observa los acontecimientos que están redibujando Europa. La caída de Napoleón en 1812 en Rusia, la batalla de Leipzig en 1813, la restauración de las monarquías, el Congreso de Viena de 1814 a 1815, donde las potencias europeas intentan devolver el continente a un orden previo a la Revolución. Y Hegel piensa sobre todo esto, no como espectador pasivo, sino como alguien que cree que la filosofía debe explicar el sentido de la historia y lo que ve le plantea una pregunta incómoda. Si la historia avanza dialécticamente, si cada contradicción produce una síntesis superior, si el progreso de la libertad es la línea directriz de todo el proceso. Entonces, ¿cómo se explica la Restauración? ¿Cómo se explica que, después de la Revolución y de Napoleón, Europa vuelva atrás? ¿Es posible que la historia retroceda? La respuesta de Hegel será compleja y la desarrollará plenamente en Berlín. Pero la semilla está aquí. En los años silenciosos de Núremberg, la historia no avanza en línea recta, avanza en espiral. Lo que parece un retroceso puede ser en realidad una fase necesaria del proceso. La Restauración no es un fracaso de la historia. Es un momento en el que el Espíritu necesita consolidar lo ganado antes de dar el siguiente paso. Es una idea poderosa, pero también es una idea peligrosa. Porque, si cada retroceso puede ser interpretado como un momento necesario, entonces el sistema nunca puede ser refutado por los hechos.

Todo lo que ocurre puede ser absorbido por la dialéctica. Todo puede ser explicado después del hecho como un paso necesario y un sistema que explica todo, como veremos, corre el riesgo de no explicar nada realmente. Hegel todavía no lo sospechaba, pero el mecanismo que estaba construyendo para capturar la verdad total se convertiría con el tiempo en la herramienta más peligrosa de la historia intelectual moderna. 

En 1816, Hegel por fin consigue lo que ha perseguido durante dos décadas: una cátedra universitaria de verdad. Primero en Heidelberg, donde pasará 2 años y publicará su Enciclopedia de las ciencias filosóficas, un compendio de todo su sistema. Y luego, en 1818 recibe la llamada que cambiará todo: Berlín.

7. Berlín: el filósofo en el trono del pensamiento

Berlín, 1818. No es la capital que será un siglo después. No es la metrópoli imperial de Bismarck ni la ciudad desgarrada del siglo XX. Es una ciudad en crecimiento, orgullosa de su universidad, fundada apenas 8 años antes, en 1810, por Wilhelm von Humboldt, que aspira a convertirse en el centro intelectual de los Estados Alemanes. La Universidad de Berlín necesita una estrella filosófica, y Hegel, a los 48 años con la Fenomenología, La ciencia de la lógica y la Enciclopedia ya publicadas, es el candidato. Hegel acepta, y desde el primer semestre algo cambia. En Jena tenía un puñado de estudiantes. En Núremberg enseñaba a adolescentes. En Berlín sus aulas se llenan: doscientos, trescientos oyentes en algunos semestres, estudiantes de toda Alemania, de toda Europa, no solo de filosofía: teólogos, juristas, historiadores, científicos, diplomáticos; Hegel se convierte en un fenómeno académico. ¿Por qué? No es porque sea un orador brillante. Sigue siendo torpe en la expresión oral. Sigue deteniéndose, tosiendo, buscando palabras, recomenzando frases, pero tiene algo que ningún otro filósofo de su tiempo puede ofrecer: un sistema completo en una época donde la restauración política genera incertidumbre, donde las guerras napoleónicas han destruido las certezas del Antiguo Régimen, donde la ciencia avanza, pero la religión retrocede, donde la industrialización comienza a transformar la sociedad de formas que nadie entiende del todo. 

Hegel ofrece algo irresistible, un  marco total de comprensión, una historia con sentido, un futuro con dirección, una realidad con estructura. Y la clave de ese sistema, la pieza que lo hace irresistible para tantos, es la filosofía de la historia. Porque en Berlín, Hegel no solo enseña lógica y metafísica, da lecciones sobre filosofía de la historia, filosofía del derecho, estética, filosofía de la religión y en todas ellas el mismo principio opera: la historia tiene un sentido. Ese sentido es el progreso de la libertad. Y el motor de ese progreso es el Espíritu (Geist), que se despliega a través de las civilizaciones, las instituciones, las guerras, las revoluciones, los fracasos y los triunfos de la humanidad. Geist es quizá la palabra más problemática de toda la filosofía de Hegel, porque Geist puede significar espíritu, pero también mente, intelecto, incluso fantasma en ciertos contextos. 

Cuando Hegel habla del "Espíritu del Mundo", Weltgeist, no se refiere a un fantasma cósmico, ni a un dios personal que mueve los hilos de la historia. Se refiere a algo más difícil de asir, la racionalidad misma desplegándose en el tiempo. La idea de que la historia no es una sucesión de accidentes, sino un proceso donde la Razón se realiza progresivamente. 

En la filosofía de la historia de Hegel, las civilizaciones representan etapas de este proceso. El  despotismo oriental, donde solo uno es libre, el monarca da paso al mundo griego y romano, donde algunos son libres, y, finalmente, al mundo cristiano germánico, donde todos son potencialmente libres. La libertad no es un regalo ni un accidente. Es el resultado de un proceso dialéctico donde cada forma de organización social revela sus contradicciones y da paso a otra más avanzada. Pero la filosofía de la historia de Hegel no es un simple esquema evolutivo. Es mucho más perturbador que eso; porque Hegel introduce un concepto que desconcertó a sus contemporáneos y sigue desconcertando hoy. La astucia de la razón / List der Vernunft. [Un concepto fundamental de Hegel que describe cómo la razón universal (o providencia divina) utiliza las pasiones, intereses particulares y acciones humanas egoístas para alcanzar sus propios fines históricos, sin que los individuos sean conscientes de ello]. 

Según esta idea, los grandes individuos de la historia, Alejandro, César, Napoleón, no actúan movidos por la razón universal; actúan movidos por sus pasiones, ambición, gloria, poder; pero la Razón universal los usa: se sirve de sus pasiones para avanzar a sus propios fines. Napoleón no sabía que estaba propagando las ideas de la Revolución Francesa por Europa: creía estar construyendo un imperio personal, pero el resultado objetivo de sus guerras fue la extensión del Código Civil, la abolición de privilegios feudales, la modernización de las instituciones. La Razón avanzó a través de las pasiones de un hombre que no servía conscientemente a la Razón. Es una idea que tiene algo de genial y algo de terrorífico. Genial, porque explica cómo el progreso histórico puede resultar de acciones que no tienen el progreso como objetivo. Terrorífico, porque convierte a los individuos en instrumentos de un proceso que los excede. Los grandes hombres de la historia son, en la visión de Hegel, personajes trágicos que creen actuar libremente mientras son usados por una fuerza que no controlan. Napoleón termina en Santa Elena, solo y derrotado, pero la Razón que se sirvió de él sigue avanzando. 

Esta idea explica también una de las posiciones más controvertidas de Hegel, su actitud ante el sufrimiento histórico. En las Lecciones sobre la filosofía de la historia, Hegel reconoce que la Historia es un matadero donde se sacrifican la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los estados y la virtud de los individuos. No lo niega, no lo minimiza, pero insiste en que ese sufrimiento tiene sentido dentro del proceso mayor, no un sentido que consuele a las víctimas. Hegel no ofrece consuelo, sino un sentido que permite comprender por qué las cosas ocurren como ocurren. Para sus críticos, esto es una obscenidad intelectual. Justificar el sufrimiento histórico como necesario es una forma de complicidad con el poder que causa ese sufrimiento. Para sus defensores es la forma más honesta de mirar la historia, reconocer el horror sin caer en el nihilismo, sin renunciar a buscar un sentido que permita seguir pensando y actuando, una visión grandiosa y absolutamente problemática porque, ¿quién decide cuál es la dirección correcta? ¿Quién determina que la historia va hacia más libertad y no hacia más eficiencia, más poder, más destrucción? La respuesta de Hegel es circular. La filosofía lo determina porque la filosofía es la forma más alta de autoconciencia del espíritu. La historia avanza hacia la libertad porque la razón así lo muestra. Y la razón así lo muestra porque la historia va produciendo la filosofía que puede verlo. 

El círculo es elegante, pero es también una trampa. Hegel no la veía o no quería verla. En Berlín, Hegel publica su última gran obra, Los fundamentos de la filosofía del derecho, en 1821.

Y es aquí donde la relación entre su filosofía y el poder político se vuelve explosiva. Porque la filosofía del derecho contiene una frase que se convertirá en una de las más citadas y debatidas de toda la historia del pensamiento: Lo que es racional es real y lo que es real es racional. Lo que parece decir es que todo lo que existe tiene justificación racional, que la realidad tal como es tiene sentido tal como es. Lo cual, en el contexto de la Prusia de 1821, una monarquía con censura, policía secreta y restricciones a la libertad de prensa suena peligrosamente a una justificación del poder existente. Si lo real es racional, entonces la monarquía prusiana es racional, la censura es racional, el orden establecido es racional. ¿Es eso lo que Hegel quiso decir? El debate sigue abierto 200 años después.

Los defensores de Hegel argumentan que lo real, verdadero o verdad (Virklich) no significa simplemente existente (Vorhanden). Lo que es real en sentido hegeliano es lo que expresa plenamente su concepto, lo que ha alcanzado su forma racional. No todo lo que existe es real en este sentido. Una institución corrupta existe, pero no es real hegelianamente, porque no expresa su concepto. La frase leída así no justifica todo lo que existe, sino que exige que lo que existe se ajuste a la razón. Pero la ambigüedad es devastadora, porque permite que el poder lea la frase como quiera y la monarquía prusiana la lee como le conviene, como una legitimación filosófica del statu quo. Hegel se mueve con habilidad en este terreno peligroso. No es un rebelde, no quiere derribar el Estado prusiano: cree genuinamente que la monarquía constitucional representa un avance histórico sobre el despotismo y la anarquía revolucionaria; pero tampoco es un simple apologista del poder. Sus clases contienen críticas implícitas, matices que los estudiantes atentos captan. El estado que Hegel describe en su Filosofía del Derecho no es exactamente la Prusia real, es una Prusia idealizada, una versión racional que Prusia debería ser. La distancia entre la realidad y el ideal es en sí misma una crítica, pero es una crítica que solo funciona si el lector entiende el sistema completo. Y aquí regresamos al problema fundamental: casi nadie entiende el sistema completo. Los estudiantes captan fragmentos, los políticos captan frases, los enemigos captan lo que les conviene atacar y el sistema, por su propia complejidad, se presta a todas las lecturas. Hay indicios dispersos en su correspondencia y en testimonios de allegados de que Hegel lo sabía, de que, en sus últimos años, detrás de la autoridad del catedrático más influyente de Europa, había un hombre que empezaba a dudar no de su sistema, sino de la capacidad del Mundo para recibirlo. En una carta, un discípulo se queja de que sus estudiantes repiten sus fórmulas sin entenderlas, como loros filosóficos. La queja parece menor, pero para alguien que creía que la filosofía no puede ser repetida, solo vivida, esa repetición vacía era la peor forma de fracaso.

Entre 1818 y 1831, Hegel reina en Berlín. Es el filósofo oficial, no por decreto, sino por influencia. Sus discípulos ocupan cátedras en toda Alemania. Su vocabulario se filtra en la teología, en la jurisprudencia, en la teoría política. El hegelianismo se convierte en una especie de lenguaje común del pensamiento alemán. Rechazar a Hegel requiere paradójicamente usar las categorías de Hegel para hacerlo. El sistema se ha vuelto autorreferencial. Incluso la crítica alimenta al monstruo. Hay un aspecto de la vida berlinesa de Hegel que a menudo se omite, pero que es revelador. Su relación con el ministro de educación prusiano Karl vom Stein zum Altenstein. 

Altenstein es un reformista moderado que ve en Hegel un aliado, un filósofo que legitima las reformas institucionales sin caer en el radicalismo. La protección de Altenstein es crucial. Le permite publicar sin demasiados problemas con la censura, que en los años 20 se aplica con creciente rigor. Pero esta protección tiene un precio intelectual. La percepción de cercanía al poder condiciona la lectura de su obra. Cuando Hegel escribe que el Estado racional es la culminación del espíritu objetivo, sus enemigos leen, "El Estado prusiano es perfecto. Las simplificaciones son injustas, pero comprensibles. Un filósofo protegido por el poder que escribe sobre la racionalidad del poder siempre será sospechoso." Hegel lo sabe y navega esta ambigüedad con una habilidad que sus admiradores llaman prudencia y sus detractores llaman cobardía. En sus clases deja caer observaciones que pueden leerse como críticas al orden existente, pero nunca lo suficientemente explícitas como para causar problemas. Es un equilibrista intelectual y el acto de equilibrio funciona mientras Altenstein lo proteja y la censura no apriete demasiado. Pero la grieta está ahí y se ensancha.

8. Las dos caras del cristal: cuando el sistema se vuelve contra sí mismo

A partir de mediados de la década de 1820, algo empieza a resquebrajarse, no en el sistema teórico de Hegel, que sigue siendo tan imponente como siempre, sino en su relación con la realidad política y en la cohesión de sus propios seguidores. 

El primer síntoma es la cuestión religiosa. Hegel siempre mantuvo una relación compleja con la religión. No era ateo, o al menos nunca se declaró como tal. En su sistema, la religión ocupa un lugar importante. Es la forma en que el espíritu absoluto se representa a sí mismo antes de alcanzar la forma plenamente racional de la filosofía. La religión dice en imágenes y mitos lo que la filosofía dice en conceptos. El cristianismo en particular es para Hegel la religión más alta porque expresa en forma simbólica la Encarnación, la Trinidad, la Resurrección, las mismas verdades que la filosofía expresa en forma conceptual. 

Pero, ¿qué significa eso realmente? ¿Significa que el cristianismo es verdadero o significa que el Cristianismo fue verdadero en su momento, pero ahora ha sido superado por la filosofía? ¿Dios existe como un ser personal, como lo enseña la Iglesia, o es simplemente un nombre para el proceso dialéctico del Espíritu que se reconoce a sí mismo? Hegel nunca da una respuesta completamente clara a estas preguntas y esa ambigüedad es deliberada, pero también explosiva. Porque cuando un pensador es lo suficientemente ambiguo sobre algo tan fundamental como la existencia de Dios, cada lector llena el vacío con su propia interpretación. Lo que ocurrió después demostraría que esa ambigüedad era una bomba de relojería. 

En 1835, 4 años después de la muerte de Hegel, David Friedrich Strauss publica La vida de Jesús examinada críticamente. Strauss es un joven teólogo hegeliano que toma la filosofía de Hegel y la aplica con implacable coherencia al Nuevo Testamento. Su argumentos: "Los evangelios no son relatos históricos ni revelaciones divinas. Son mitos producidos por la comunidad cristiana primitiva. La figura de Jesús es real, pero lo que se dice de él, los milagros, la resurrección, la ascensión, es creación mitológica colectiva." El escándalo es enorme. Strauss pierde su puesto académico. La Iglesia protestante prusiana lo condena, pero el daño está hecho, porque Strauss no ha inventado su argumento. Lo ha derivado del sistema de Hegel. Si la religión es solo una representación pictórica de verdades filosóficas, entonces los contenidos específicos de la religión, los milagros, los dogmas, la fe en un Dios personal pueden ser descartados como formas inferiores de pensamiento superadas por la razón filosófica. Y aquí se produce la fractura que definirá la herencia de Hegel. Los hegelianos de derecha, encabezados por figuras como Carl Friedrich Göschel y Philip Marheineke, defienden que Hegel era un cristiano ortodoxo, que su sistema es compatible con la fe, que la filosofía no supera la religión, sino que la confirma. 

Los hegelianos de izquierda, Strauss, Bruno Bauer, Ludwig Feuerbach y pronto Karl Marx argumentan que Hegel, correctamente interpretado, destruye la religión, destruye la metafísica, destruye toda pretensión de absoluto que no sea el absoluto del proceso histórico mismo. La ironía es perfecta. El sistema que pretendía reconciliar todas las contradicciones se convierte en la fuente de la contradicción más profunda.

El filósofo que quiso explicar todo, deja un legado que sus herederos interpretan de formas mutuamente excluyentes. Pero esto no ocurre en el vacío, ocurre en un contexto político específico. La Prusia de los años 1830 y 40, que está bajo una presión creciente. La revolución de julio de 1830 en Francia, que derroca a Carlos X, envía ondas de choque por toda Europa. En Alemania, los movimientos liberales y nacionalistas ganan fuerza, la censura se endurece, la policía secreta se vuelve más activa y el hegelianismo, que había sido la filosofía semioficial del Estado, empieza a ser visto como un problema. Porque si el sistema de Hegel puede producir tanto conservadores como revolucionarios, entonces el sistema es incontrolable. Y un sistema incontrolable para un estado autoritario es una amenaza. 

En 1841, 10 años después de la muerte de Hegel, el nuevo rey de Prusia, Federico Guillermo I, llama a Schelling a la cátedra de Berlín. El viejo rival, el compañero de Tubinga, el genio precoz eclipsado por el avance implacable del sistema hegeliano. La misión es clara: neutralizar la influencia de Hegel en la universidad. Shelling llega a Berlín con 66 años. Su auditorio está lleno. Entre los oyentes, Sören Kierkegaard, Friedrich Engels, Mijail Bakunin. Todos han venido a escuchar la alternativa a Hegel. Todos saldrán decepcionados. Las conferencias son oscuras, repetitivas, incapaces de ofrecer el sistema alternativo que prometían. Pero el gesto importa más que el contenido. El hecho de que el Estado prusiano necesite un Contrahegel demuestra hasta qué punto Hegel había penetrado en las estructuras del poder y del pensamiento. No se contrarresta con un antisistema a alguien que fue simplemente un profesor más. Se contrarresta a alguien que se ha convertido en el código operativo de una generación entera de intelectuales. 

Y, sin embargo, la inversión más profunda del sistema no vendría de arriba del estado, sino de un joven furioso que leía a Hegel en los cafés de Berlín. Si hay un nombre que concentra la transformación más radical del pensamiento hegueliano, ese nombre es Karl Marx, y la relación entre Marx y Hegel es una de las más complejas y productivas de toda la historia intelectual. Marx llega a la Universidad de Berlín en 1836, 5 años después de la muerte de Hegel. Tiene 18 años. Viene de Tréveris, una ciudad pequeña de Renania, hijo de un abogado judío convertido al protestantismo por conveniencia profesional. Es joven, impetuoso, enormemente inteligente y profundamente insatisfecho con la filosofía que encuentra en las aulas; pero pronto cae bajo el hechizo del hegelianismo. Se une a un círculo de jóvenes hegelianos de izquierda que se reúnen en cafés berlineses para discutir filosofía, religión y política. Lee a Hegel con voracidad. Absorbe la dialéctica. La idea de que la historia avanza a través de contradicciones, la noción de que la realidad es un proceso, no una sustancia fija, y luego hace algo que cambiará el mundo, le da la vuelta al sistema. La famosa frase de Marx es que encontró la dialéctica de Hegel caminando de cabeza y la puso sobre sus pies. Lo que significa es lo siguiente. Para Hegel, el motor de la historia es el espíritu, la razón, las ideas, las instituciones, las guerras, las revoluciones, son expresiones de un proceso espiritual. Para Marx, esto está invertido. El motor de la historia no son las ideas, son las condiciones materiales. ¿Quién posee los medios de producción? ¿Cómo se organiza el trabajo? ¿Cómo se distribuye la riqueza? Las ideas, la religión, la filosofía, el derecho, la moral son superestructuras que reflejan y justifican las relaciones materiales de poder. Es una inversión devastadora porque toma toda la arquitectura hegueliana, la dialéctica, la necesidad histórica, la idea de que la historia avanza hacia una meta y la despoja de su dimensión espiritual. La historia sigue siendo un proceso dialéctico, pero ya no es el espíritu que se reconoce a sí mismo, es la lucha de clases.

Para entender la magnitud de esta inversión, hay que ver lo que conserva y lo que destruye. Conserva la estructura, la idea de que la realidad se mueve a través de contradicciones, de que cada sistema social contiene la semilla de su propia superación, de que el cambio histórico no es accidental, sino necesario. 

Destruye el fundamento. Ya no es la razón universal lo que impulsa la historia, sino las relaciones de producción. Ya no es el espíritu lo que se aliena en las instituciones, sino el trabajo humano lo que se aliena en el capital. La dialéctica pasa de los cielos de la metafísica a las minas de carbón de Manchester. Y hay algo más que Marx toma de Hegel sin reconocerlo del todo. La teleología, la idea de que la historia se dirige a un punto final. Para Hegel, ese punto es el saber absoluto, la plena autoconciencia del espíritu. Para Marx es la sociedad sin clases, el comunismo como superación final de todas las contradicciones sociales. 

En ambos casos, la historia tiene un destino. En ambos casos, ese destino justifica o al menos da sentido al sufrimiento del camino. Y en ambos casos, la pregunta incómoda es la misma. ¿Y si la historia no tiene destino? Y si el sufrimiento no conduce a ninguna parte, Marx nunca dejó de reconocer su deuda con Hegel. En el prólogo de El Capital dice explícitamente que Hegel es el filósofo que descubrió el movimiento dialéctico del pensamiento, aunque lo expresó en forma mística. La tarea de Marx, según Marx mismo, es rescatar el núcleo racional de la dialéctica hegeliana de su envoltura mística. Pero lo que Marx no dice o no reconoce del todo es cuánto de hegeliano permanece en su propio sistema, incluso después de la inversión. La idea de que la historia tiene una dirección, la idea de que el presente solo puede entenderse como resultado de un proceso necesario. La idea de que las contradicciones internas de un sistema producen su propia superación. Todo eso es Hegel. Marx cambia el contenido, pero conserva la estructura. Y no es solo Marx, toda la izquierda filosófica del siglo XIX pasa por Hegel como por un filtro inevitable. Feuerbach toma la filosofía de la religión de Hegel y la convierte en antropología. Dios no es más que la proyección de las cualidades humanas. Engels aplica la dialéctica a la naturaleza en su Dialéctica de la naturaleza. Bakunin, el anarquista ruso que escuchó las conferencias de Schelling en Berlín, toma la idea hegeliana de la negación y la radicaliza. La pasión por la destrucción es también una pasión creativa. 

Creo que aquí se hace visible algo que define la herencia de Hegel de una manera que él mismo probablemente no habría aceptado. Hegel creó un sistema para explicar el todo, pero lo que realmente creó fue un lenguaje, una gramática del pensamiento histórico que cualquiera podía tomar y llenar con su propio contenido. Los conservadores la llenaron con el estado, los revolucionarios la llenaron con la revolución, los teólogos la llenaron con Dios, los ateos la llenaron con la materia. El sistema de Hegel no produjo una verdad, produjo un instrumento infinitamente adaptable. Y eso es al mismo tiempo su mayor éxito y su mayor fracaso. Pero la historia del impacto de Hegel no se limita a Marx, porque al otro lado del espectro, su sistema también generó una reacción que modelará la filosofía de formas igualmente duraderas.

9. Los que dijeron no: la rebelión contra el sistema total

Si los hegelianos de izquierda tomaron el sistema y lo invirtieron, hubo otros que simplemente lo rechazaron. No la dialéctica como método, no las categorías como herramientas, sino la pretensión misma de construir un sistema total. Y los dos nombres que mejor representan esta rebelión son Sören Kierkegaard y Arthur Schopenhauer.

Schopenhauer es cronológicamente el primero. Nació en 1788, 12 años antes de que Hegel obtuviera su cátedra en Berlín. Cuando Hegel llega a la capital prusiana en 1818, Schopenhauer también está allí, también es Privatdozent y comete un error estratégico que se convertirá en la amargura de su vida: programa sus clases a la misma hora que las de Hegel. El resultado es previsible. Las aulas de Hegel se llenan. Las de Schopenhauer se vacían. En algunos semestres, Schopenhauer no tiene ni un solo estudiante. La humillación es pública y duradera, y genera en Schopenhauer un odio hacia Hegel que va más allá de la discrepancia filosófica. Es personal, viceral, implacable. Schopenhauer llama a Hegel charlatán. Dice que su filosofía es una monstruosa amplificación de la ontología. Lo acusa de ser un sofista pagado por el estado que vende oscuridad como profundidad. Sus insultos son legendarios en la historia de la filosofía. Compara la prosa de Hegel con el habla de un loco. Dice que cada página suya es un puro sinsentido, que su influencia ha embrutecido a toda una generación. Detrás de la rabia personal hay una objeción filosófica seria: Schopenhauer cree que Hegel ha cometido el pecado capital de la filosofía. Confundir el concepto con la realidad. Para Scopenhauer, la realidad última no es racional, no es espíritu que se reconoce a sí mismo. Es voluntad, un impulso ciego, irracional, sin propósito, que se manifiesta en cada ser vivo como deseo, como hambre, como reproducción, como sufrimiento. La razón no es la estructura del mundo, es apenas un instrumento que la voluntad usa para sus fines ciegos. Si Hegel es el filósofo del sistema y la reconciliación, Schopenhauer es el filósofo de la irracionalidad y el sufrimiento. Y durante décadas, Schopenhauer pierde su obra principal, El mundo como voluntad y representación, publicada en 1819, que es ignorada durante casi 30 años. Mientras Hegel domina las universidades alemanas, Schopenhauer vive en Frankfurt, amargado, con su caniche, esperando que el mundo reconozca su genio; y el mundo finalmente lo hace. Después de la revolución fallida de 1848, cuando las esperanzas de la generación hegeliana se desmoronan, cuando la idea de que la historia avanza necesariamente hacia la libertad se estrella contra la realidad de la represión y el fracaso, el pesimismo de Schopenhauer encuentra por fin su momento. Una generación desilusionada busca una filosofía que no le mienta sobre el sufrimiento y Schopenhauer la tiene.

Pero el otro gran rebelde es diferente. Kierkegaard no ataca a Hegel desde la irracionalidad, lo ataca desde la existencia individual. Kierkegaard es danés. Nace en Copenhague en 1813. Es un hombre atormentado, brillante, obsesionado con la fe y con la imposibilidad de capturar la fe en un sistema racional. Viaja a Berlín en 1841 para escuchar las conferencias de Schelling, las mismas donde coinciden Engels y Bakunin, y sale profundamente decepcionado. Pero su verdadero adversario no es Schelling, es Hegel, y su objeción es devastadoramente simple. El sistema de Hegel lo explica todo, excepto lo que más importa. Y lo que más importa es la existencia concreta del individuo, el miedo, la angustia, la decisión, el salto de fe. Ninguna de estas cosas puede ser capturada en un sistema abstracto, porque el sistema, por definición, elimina lo que es único, irrepetible y concreto en cada vida humana. Kierkegaard escribe con una ironía que corta. Hegel ha construido un magnífico palacio, pero vive en la caseta del perro que está al lado. El palacio es el sistema. La caseta del perro es la vida real del filósofo que creó el sistema, porque el sistema puede explicar la historia universal, pero no puede decirle a un ser humano concreto qué hacer con su angustia a las tres de la madrugada. Esta objeción es más que una crítica filosófica, es el nacimiento del existencialismo. Kierkegaard abre una línea de pensamiento que llegará un siglo después a Heidegger, a Sartre, a Camus, y en todos ellos la sombra de Hegel está presente como el adversario contra el cual se define la filosofía de la existencia. Sin Hegel no habría existencialismo, porque sin el sistema total no habría necesidad de afirmar la irreductibilidad de la existencia individual.

Pero la rebelión contra Hegel no se limita a dos filósofos solitarios. En la segunda mitad del siglo XIX, las ciencias naturales empiezan a reclamar territorios que Hegel consideraba propios de la filosofía. Darwin publica El origen de las especies en 1859 y la idea de que la naturaleza tiene su propia lógica, una lógica de selección, adaptación y azar, que no necesita el espíritu hegeliano para funcionar, se impone con una fuerza que la filosofía de la naturaleza de Hegel no puede resistir. La biología darwiniana no avanza dialécticamente, avanza por variación aleatoria y selección natural. No hay síntesis necesaria, no hay progreso hacia una meta, hay supervivencia. 

Para muchos científicos del siglo XIX, Hegel se convierte en el símbolo de todo lo que la ciencia moderna debe rechazar. La especulación sin datos, la deducción sin experimento, la pretensión de que el pensamiento puro puede descubrir verdades sobre el mundo físico. Hermann von Helmholtz, uno de los físicos más importantes de la época, declaró que la filosofía de la naturaleza de Hegel había hecho más daño al progreso científico en Alemania que cualquier otra influencia. Es una acusación parcialmente justa. La filosofía de la naturaleza de Hegel contiene afirmaciones sobre física, química y biología que la ciencia empírica ha demostrado falsas, pero también es parcialmente injusta porque reduce a Hegel a su parte más débil e ignora lo que sigue siendo valioso. La idea de que la naturaleza es un sistema de relaciones, no una colección de objetos aislados. La idea de que comprender algo requiere comprender su desarrollo histórico. La idea de que las categorías con las que pensamos la naturaleza no son neutras, sino que contienen supuestos que merecen ser examinados. En la segunda mitad del siglo XIX, estas sutilezas importan poco. Lo que importa es el prestigio de la ciencia empírica, que crece de forma imparable. El positivismo, el empirismo, el neokantismo ocupan el espacio que Hegel dominó durante décadas. Para 1880, hablar de Hegel en un departamento de filosofía alemán es, en muchos casos un signo de atraso intelectual. El filósofo que reinó sobre el pensamiento europeo durante medio siglo se convierte en una reliquia. Sus libros siguen en las bibliotecas, pero acumulan polvo. No sé si hay otro caso en la historia del pensamiento donde una caída de prestigio haya sido tan rápida y tan injusta al mismo tiempo. Injusta porque lo que se descartaba no era solo la filosofía de la naturaleza, que efectivamente era la parte más débil del sistema, sino toda la ambición de pensar la totalidad. Y esa ambición, como demostraría el siglo XX, no estaba tan muerta como parecía. 

Y aquí se revela algo que parece casi una ley de la historia intelectual. Las filosofías más influyentes no son las que convencen a todos, son las que generan las oposiciones más productivas. Hegel no creó una escuela unitaria, creó un campo de batalla. Marxistas contra idealistas, existencialistas contra sistematizadores, teólogos contra ateos, científicos contra especulativos. Y todos ellos, incluso los que lo rechazan, están usando herramientas que Hegel forjó. La oscuridad como poder: por qué no lo entendían y por qué eso importaba. Hay una pregunta que hemos ido rodeando a lo largo de toda esta historia y es el momento de enfrentarla directamente.

¿Por qué Hegel es tan difícil de entender? No difícil como Kant, que es complejo pero metódico. No difícil como Aristóteles, que exige conocimiento previo, pero recompensa la paciencia con claridad. Hegel es difícil de una manera diferente. Es difícil como un laberinto que podría tener centro o podría no tenerlo y no hay forma de saberlo sin recorrerlo entero. Tomemos un ejemplo real. Esto es una frase de La fenomenología del espíritu, del pasaje sobre la certeza sensible. Hegel explica que lo que creemos más concreto, esto, aquí, ahora, es en realidad lo más abstracto, porque cualquier esto puede ser reemplazado por otro esto, cualquier aquí, por otro aquí, cualquier ahora, por otro ahora. Lo concreto se revela como universal y la conciencia que creía aferrar lo más inmediato descubre que no ha aferrado nada. La idea, una vez comprendida, es brillante, pero llegar a comprenderla a través de la prosa de Hegel requiere un esfuerzo que no se justifica por la complejidad de la idea, sino por la complejidad de la expresión. Hegel no escribe para ser entendido en una primera lectura ni en una segunda. Escribe para ser comprendido solo después de que el lector ha realizado por su cuenta el movimiento dialéctico que el texto describe. 

Esto es intencionado. Hegel lo dice explícitamente en el "Prefacio" de la Fenomenología. La filosofía no puede ser explicada desde fuera. No se puede dar un resumen de la dialéctica y pretender que el lector la ha entendido. Hay que recorrer el camino. Cada etapa del pensamiento debe ser vivida, no simplemente conocida. La dificultad no es un defecto, es el método. 

Pero aquí viene la paradoja central de toda la empresa hegeliana. Si el método requiere que el lector recorra todo el camino por sí mismo, ¿cuántos lectores pueden hacerlo? Si la filosofía que pretende ser la autoconciencia de toda la humanidad solo es accesible a un puñado de especialistas, no se ha convertido en lo contrario de lo que prometía ser. Hegel quería dar a la humanidad un instrumento de comprensión total, pero el instrumento requiere para ser usado una formación que pocos poseen. Es como si alguien inventara un mapa perfecto del mundo, pero escrito en un código que solo él y sus mejores estudiantes pueden descifrar. El mapa puede ser perfecto, pero si nadie puede leerlo, su perfección es inútil. 

Hay otra dimensión del problema que rara vez se discute abiertamente, pero que es real. La oscuridad de Hegel no solo dificulta la comprensión, también protege al sistema de la refutación. Porque si un crítico dice: "esta transición dialéctica no funciona", el hegeliano siempre puede responder: "no la has entendido bien. Necesitas leerlo de nuevo en el contexto del sistema completo". Y el crítico que no puede dedicar 10 años a dominar el sistema entero, se retira frustrado. Es un mecanismo de inmunización intelectual, no necesariamente deliberado, no necesariamente consciente, pero extraordinariamente efectivo. Un sistema que solo puede ser juzgado desde dentro de sí mismo. Es en la práctica injuzgable. Y un sistema injuzgable tiene más poder que un sistema verdadero, porque el poder no depende de la verdad, sino de la imposibilidad de demostrar que es falso. Schopenhauer vio esto con claridad, pero Schopenhauer, cegado por su resentimiento personal, redujo la cuestión a una acusación de charlatanismo. La realidad es más interesante y más incómoda porque hay momentos en Hegel donde la oscuridad produce genuina iluminación, donde la dificultad de la prosa obliga al lector a pensar de una forma que la prosa clara no permitiría, donde la ambigüedad abre un espacio de significado que la precisión cerraría. El pasaje del amo y el esclavo que examinamos antes es un ejemplo. La relación entre dominio y servidumbre, la inversión del poder a través del trabajo, la idea de que la libertad nace de la opresión. Todo eso está dicho en un lenguaje que no es transparente, pero que produce en el lector una comprensión que va más allá de lo que una exposición directa podría lograr. No es que Hegel diga algo y el lector lo entiende, es que Hegel obliga al lector a pensar algo y en el proceso de pensarlo, el lector descubre algo que no sabía. Esto es lo que hace que la cuestión de la oscuridad hegeliana no tenga una respuesta simple. No es charlatanismo puro, no es profundidad pura, es una mezcla inestable de ambas cosas y la proporción varía de un pasaje a otro, de una obra a otra, de un lector a otro. 

Bertrand Russell, uno de los filósofos más importantes del siglo XX y un crítico feroz de Hegel, dijo que la dialéctica hegeliana es una forma de confundir errores gramaticales con descubrimientos metafísicos. Para Russell, Hegel explota las ambigüedades del verbo ser en alemán, que puede significar existir, ser idéntico a, o ser un caso de para crear la ilusión de conexiones profundas donde solo hay confusiones lingüísticas. Es una crítica poderosa, pero también tiene sus límites. Porque Russell representa una tradición filosófica, la filosofía analítica anglosajona, que define la claridad como el valor supremo del pensamiento. Y Hegel representa otra tradición que dice: "La realidad misma no es clara. La realidad es contradictoria, procesual, ambigua. Un lenguaje que sea perfectamente claro, traiciona la naturaleza de lo que intenta describir". Este debate no se ha resuelto y probablemente no se resolverá nunca. Lo que sí se puede decir es que el siglo XX, en su conjunto le dio parcialmente la razón a Hegel en un punto que Russell habría detestado admitir. La realidad, al nivel de la física cuántica, resultó ser genuinamente contradictoria, ambigua e irreducible a una descripción unívoca. El principio de incertidumbre de Heisenberg, la complementariedad onda / partícula, el colapso de la función de onda. Todo sugiere que la naturaleza misma resiste la claridad total. Hegel no sabía nada de física cuántica, pero su intuición de que la contradicción es real, no solo aparente, encontró un eco inesperado en la ciencia del siglo siguiente. 

10. El crepúsculo de Berlín: los últimos días del sistema

Volvamos a 1831. Hegel tiene 61 años. Está en la cúspide de su influencia institucional. La Universidad de Berlín es su territorio. Sus discípulos controlan cátedras en toda Prusia. Su vocabulario filosófico se ha infiltrado en la teología, el derecho, la teoría del Estado. Incluso sus enemigos hablan hegeliano sin darse cuenta. Pero la Europa de 1831 no es la de 1818. En julio de 1830, París vuelve a arder por la revolución de Julio, que derroca a Carlos X y pone en el trono a Luis Felipe de Orleans, el rey ciudadano. La onda expansiva llega a Bélgica, que se independiza de los Países Bajos. Llega a Polonia, que se levanta contra el dominio ruso y es aplastada; llega a varios estados alemanes, donde brotes revolucionarios liberales obligan a concesiones constitucionales menores. 

Hegel observa estos acontecimientos con inquietud, pero no con la inquietud del revolucionario que teme que la revolución fracase, sino con la del filósofo, que teme que la realidad no se ajuste al sistema. Porque la Revolución de Julio plantea un problema teórico serio. Si la historia avanza hacia la realización de la libertad racional en el Estado, ¿qué significan estas revueltas? Son un paso adelante, un retroceso, un momento necesario del proceso. Hegel publica un ensayo sobre el proyecto de ley de reforma electoral inglesa que revela su posición con inusual claridad.

Defiende la reforma gradual contra la revolución violenta. Argumenta que el cambio verdadero ocurre a través de las instituciones, no contra ellas. Es una posición que sus discípulos de izquierda verán como conservadora. Pero para Hegel es perfectamente coherente. El estado racional no se construye destruyendo instituciones, sino racionalizándolas. El problema es que la realidad de 1831 no se deja racionalizar tan fácilmente. Polonia ha sido aplastada. Los liberales alemanes están en prisión o en el exilio. La censura prusiana se ha endurecido. Karl vom Stein zum Altenstein, su protector en el ministerio, está perdiendo influencia. Los hegelianos de izquierda publican textos cada vez más radicales que el gobierno asocia con el maestro. Los hegelianos de derecha se vuelven cada vez más rígidos, más dogmáticos, más inútiles como aliados intelectuales. 

Hegel está en medio, el espacio se reduce, las opciones se estrechan y entonces llega la epidemia. Una epidemia de cólera avanza por Europa desde el Este, siguiendo las rutas comerciales y militares, sin distinguir entre racionalistas y románticos, entre hegelianos de derecha y de izquierda.

El cólera llega a Berlín en el otoño de 1831. Las autoridades cierran teatros, prohíben reuniones, los barrios obreros se vacían, los ricos huyen al campo. Hegel no huye, sigue dando clases, sigue recibiendo visitas, sigue corrigiendo pruebas de la segunda edición de La ciencia de la Lógica, como si la epidemia fuera un dato más que el sistema pudiera absorber. 

El 13 de noviembre se siente mal. Escalofríos, dolor abdominal. Marie llama al médico. El diagnóstico es incierto. Puede ser una indisposición estomacal, puede ser cólera. Hegel se acuesta. Durante la noche los síntomas se agraban. Vómitos, calambres. El cuerpo que había sostenido 40 años de pensamiento implacable empieza a ceder. El 14 de noviembre por la mañana, Georg Wilhelm Frederich Hegel muere. Tenía 61 años. 

El sistema más ambicioso de la historia de la filosofía acababa de perder a su único intérprete autorizado y esa pérdida lo cambiaría todo. La causa oficial es cólera. Aunque algunos historiadores han cuestionado el diagnóstico, los síntomas podrían corresponder a otros trastornos gastrointestinales. Pero en una ciudad azotada por la epidemia, el cólera es la explicación más probable. Lo que es seguro es que la muerte fue rápida. Menos de 24 horas entre los primeros síntomas y el silencio final. Le han sobrevivido su esposa Marie, sus hijos legítimos Karl Hegel (1813–1901), historiador, e Immanuel Thomas Christian Hegel (1814–1891), teólogo y funcionario y Ludwig Fischer (1807–1831), el hijo ilegítimo que nunca acabó de integrarse en la familia y que morirá pocos años después en las Indias orientales neerlandesas, lejos de todo lo que su padre construyó. 

La noticia de la muerte se extiende por las universidades alemanas con la velocidad del correo de la época. En Tubinga, donde todo empezó, los viejos profesores que recordaban al joven seminarista lento y metódico sacuden la cabeza. En Heidelberg, donde Hegel pasó sus primeros años de cátedra plena, las aulas quedan un momento en silencio. En Jena, la ciudad devastada donde escribió la Fenomenología mientras Napoleón cabalgaba por las calles, ya casi nadie lo recuerda en persona, pero sus libros están en todas las estanterías. 

El funeral de Hegel es un acontecimiento. Lo entierra la universidad como a uno de sus más grandes. Los elogios son grandilocuentes. Se le compara con los grandes nombres de la filosofía universal. Philip Conrad Marheinek, su discípulo y colega teólogo, pronuncia un discurso donde declara que con Hegel ha muerto el más grande filósofo desde Aristóteles. Pero detrás de la pompa, la desintegración ya ha comenzado, porque Hegel no dejó un testamento filosófico claro. Dejó un sistema enorme, ambiguo en puntos cruciales y un ejército de discípulos que ya están empezando a luchar entre sí por el significado de la herencia. 

Los Freund des Berevian / Amigos de la familia, encabezados por un grupo de discípulos leales, emprenden la publicación de las Obras completas de Hegel, incluyendo las Lecciones que nunca publicó en vida, las Lecciones sobre estética, Sobre filosofía de la religión, Sobre filosofía de la historia, Sobre historia de la filosofía. Estos textos, reconstruidos a partir de apuntes de estudiantes y notas manuscritas de Hegel se convierten en las obras más leídas del filósofo, mucho más que la Fenomenología o La ciencia de la Lógica, que siguen siendo inaccesibles para la mayoría. 

Pero la reconstrucción es problemática. ¿Cuánto de lo que aparece en las lecciones es realmente de Hegel y cuánto es interpretación de los editores? El debate sobre la fiabilidad de estos textos continúa hasta hoy, y mientras los editores trabajan la fractura se profundiza. Los hegelianos de derecha publican interpretaciones que vinculan el sistema con la ortodoxia protestante y la monarquía constitucional. Los hegelianos de izquierda publican textos que radicalizan la dialéctica hasta convertirla en un arma contra el estado y la religión. En el medio, algunos intentan una lectura centrada que preserve el equilibrio del sistema original, pero el centro no aguanta. En 1843, Marx escribe la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, donde sistematiza su ruptura. Y en 1845, con Engels, redacta las Tesis sobre Feuerbach, donde aparece la frase que mejor resume la inversión marxista de Hegel: "Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintas formas. Lo que importa es transformarlo."

Creo que esta frase, más que cualquier argumento técnico, revela el corazón del conflicto. Hegel creía que comprender el mundo es transformarlo, que la filosofía, al hacer consciente el proceso del espíritu completa ese proceso. Marx dice: "No, comprender no basta. La filosofía se ha convertido en un sustituto de la acción. El sistema hegeliano, por más grandioso que sea, es una contemplación del Mundo disfrazada de participación en él. Para que la dialéctica sea real, tiene que salir de los libros y entrar en las fábricas, las calles, las revoluciones". 

Es una acusación brutal y no del todo justa, pero tiene la fuerza suficiente para redirigir la historia del pensamiento durante los siguientes 100 años.

11. El siglo que no pudo escapar de Hegel 

Si la primera mitad del siglo XIX es la era de Hegel, la segunda es la era de la reacción contra él. Pero incluso esa reacción sigue siendo hegeliana. Cada intento de superarlo reproduce su dialéctica, una negación que conserva lo negado. 

Nietzsche no fue hegeliano, pero sus ideas, el eterno retorno, la voluntad de poder, la crítica histórica de la moral, son impensables sin el giro que Hegel introdujo. Después de él; el pensamiento deja de buscar verdades eternas y acepta que las ideas tienen historia. 

En Italia, Benedetto Croce y Giovanni Gentile reviven el idealismo hegeliano. Gentile, en particular, se convierte en el filósofo del fascismo, llevando la idea del Estado como encarnación del espíritu a una justificación del totalitarismo. 

En Rusia, la herencia de Hegel pasa por Marx y se transforma en la dialéctica materialista del régimen soviético.

Incluso el liberalismo conserva una estructura hegeliana al pensar el Estado como marco racional de la libertad. El resultado es extraordinario: fascismo, comunismo y liberalismo, los grandes sistemas del siglo XX pueden rastrear su origen intelectual hasta Hegel, un sistema que buscaba reconciliar contradicciones, terminó alimentando algunas de las más violentas. ¿Es culpa de Hegel? Carl Popper creyó que sí. En La sociedad abierta y sus enemigos lo presenta como un precursor del totalitarismo. Pero esta lectura es simplificadora. 

El Estado hegeliano incluye derecho, sociedad civil y libertad. Sin embargo, sus ideas pueden ser fácilmente radicalizadas. En el siglo XX, Hegel es redescubierto. Alexandre Kojève lo reinterpreta como una filosofía del reconocimiento, influyendo en Jean-Paul Sartre, Jacques Lacan y otros. 

Su lectura es selectiva, pero poderosa. La historia se convierte en la lucha por el reconocimiento humano. Después, pensadores como Adorno, Gadamer, Habermas y Derrida continúan dialogando con Hegel. Nadie puede ignorarlo. Toda filosofía europea se define en relación con él. Sin embargo, casi nadie está de acuerdo sobre qué dijo realmente. Algunos ven una defensa del Estado, otros su crítica. Marx, Gadamer, Russell o Popper ofrecen interpretaciones incompatibles. La razón está en la propia estructura del sistema. En Hegel los conceptos no son fijos, sino dinámicos. El significado está en movimiento y eso permite múltiples lecturas. Es como un instrumento que puede tocar cualquier melodía. Fracaso o éxito. Si la filosofía debe producir verdades claras, es un fracaso. Si debe abrir nuevas formas de pensar, es un éxito sin precedentes. Hoy la influencia de Hegel va más allá de la filosofía en el derecho, en la teoría del reconocimiento, en la política. Pero su sistema ha sido fragmentado. Sobreviven sus partes, la dialéctica, la historicidad, el reconocimiento.

La ironía es profunda. El filósofo que afirmaba que la verdad es el todo sobrevive solo en fragmentos. Pero esto mismo es dialéctico. El todo se descompone y las partes adquieren nueva vida. Las interpretaciones contemporáneas (neohegelianas) de Robert Brandom, Robert Pipin, Slavoj Žižek ofrecen múltiples versiones de Hegel que coexisten sin resolverse. El debate sigue abierto. 

Si Hegel pudiera verlo, quizás se sentiría a la vez confirmado y derrotado. Y esa sería en sí misma la respuesta más hegeliana posible.

12. El laberinto que nadie termina de recorrer 

En una calle tranquila de Berlín, en el cementerio de Dorotheenstädt, hay una tumba. Es modesta para alguien que fue llamado el Aristóteles de la modernidad: una lápida de piedra oscura con el nombre Georg Wilhelm Friedrich Hegel. Al lado, a pocos metros, están enterrados Johann Gottlieb Fichte y Bertolt Brecht. 

Es un barrio denso de muertos ilustres, pero la tumba de Hegel recibe menos visitas que las de sus vecinos. No es un lugar de peregrinación masiva, no es el perlés de la filosofía. Y quizás eso sea justo, porque Hegel no dejó una tumba a la que volver. Dejó algo mucho más difícil de visitar, un sistema de pensamiento que sigue funcionando sin que la mayoría de las personas que lo usan lo sepan. Cada vez que alguien dice que una crisis era necesaria para que ocurriera un cambio, está pensando hegelianamente.

Cada vez que alguien argumenta que la libertad no es ausencia de límites, sino realización dentro de un marco, está usando categorías heguelianas. Cada vez que alguien lee la historia como un proceso con dirección, progreso, decadencia, ciclo, está operando dentro de un paradigma que Hegel hizo posible.

Hegel quiso explicar todo y en cierto sentido lo logró. No porque su explicación sea correcta en cada detalle, no porque su sistema sea verdadero en el sentido en que una ecuación física es verdadera, sino porque su forma de pensar se ha infiltrado tan profundamente en la cultura intelectual de Occidente que resulta invisible. Como el aire, no se ve, pero sin él no se respira. ¿Entendió alguien realmente a Hegel? Quizá no.

Quizá la anécdota del lecho de muerte sea más verdadera de lo que parece, no como dato biográfico, sino como diagnóstico intelectual. Quizá Hegel creó algo que excede la capacidad de cualquier mente individual para comprenderlo enteramente, no por genialidad sobrehumana, sino porque el sistema por su propia estructura, prohíbe una comprensión que no sea total. Y la comprensión total es quizá exactamente lo que la mente humana no puede alcanzar. Hegel prometió un mapa completo de la realidad. Entregó algo diferente. Un laberinto. Un laberinto donde cada pasillo conduce a otro, donde cada salida es la entrada a una nueva sección, donde las paredes se mueven cuando crees haberlas entendido. Un laberinto sin centro fijo o con un centro que solo existe si logras recorrerlo entero, lo cual nadie ha hecho. Y ese laberinto sigue abierto. 

Doscientos años después, filósofos, teólogos, sociólogos, politólogos, juristas siguen entrando. Algunos salen transformados, algunos salen frustrados, algunos no salen nunca. Georg Wilhelm Fredrich Hegel murió en Berlín el 14 de noviembre de 1831, probablemente de cólera, rodeado de su familia en una ciudad aterrorizada por la epidemia. Tenía 61 años y había escrito miles de páginas. El mundo que dejó atrás no era el mismo que había encontrado, no porque él lo hubiera cambiado directamente. Nunca fue político, nunca lideró un movimiento, nunca empuñó nada más peligroso que una pluma, sino porque cambió la forma en que la humanidad piensa sobre sí misma, para bien y para mal, con claridad y con oscuridad, con verdad y con confusión, con una ambición que ningún filósofo antes ni después ha igualado y con un resultado que nadie, ni el propio Hegel, habría podido predecir. El hombre que quiso explicarlo todo y consiguió algo más extraño, hacernos pensar que todo en principio puede ser explicado, aunque quizá no por nosotros, aunque quizá no todavía, aunque quizá no nunca, pero el intento ya cambió todo. Ah.

13. Bibliografía

Ángel Gabilondo – La vuelta del otro

Georg Wilhelm Friedrich Hegel – Ciencia de la Lógica

Georg Wilhelm Friedrich Hegel – Principios de la filosofía del derecho

Karl Löwith – De Hegel a Nietzsche

Herbert Marcuse – Razón y revolución

Charles Taylor – Hegel y la sociedad moderna

José Ortega y Gasset – Historia como sistema

Enciclopedia Espasa – artículo «Hegel»

Diccionario de Filosofía Herder – «Hegel»

Georg Wilhelm Friedrich Hegel – Enciclopedia de las ciencias filosóficas

Walter Kaufmann – Hegel (ediciones en español)

Fernando Savater – Historia de la filosofía

Julián Marías – Historia de la filosofía

Georg Wilhelm Friedrich Hegel – Fenomenología del espíritu

jueves, 26 de marzo de 2026

Tendencias del Refranero

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (I)", en Revista de Libros, 13 de noviembre de 2018: 

Los españoles mantenemos con el refranero una relación curiosa, que no sería muy exagerado llamar de atracción-rechazo, es decir, de amor-odio. Por un lado, el refrán genera un cierto fastidio: ¡vaya, hombre, las frases hechas, los tópicos! Por otro lado, ¿quién no ha acudido en algún momento en una discusión o incluso en una conferencia a echar mano de un refrán como puntualización socorrida y contundente? Es verdad que este recurso al refranero está descendiendo a una velocidad desconcertante, como tantas otras cosas. Ya para los de mi generación el refranero había perdido gran parte de su virtualidad. Sobre todo para quienes, aun siendo de pueblo, nos hemos educado en una cultura urbana y luego hemos vivido en grandes ciudades. Para nosotros, el inabarcable mundo de los refranes había quedado acotado a no más de unas decenas –seguro que no llegaban al centenar? de sentencias, las más afortunadas, las que habían sobrevivido por las razones que fuesen, más o menos explicables, a la transformación social y cultural de las últimas décadas (en el caso de España, desde mediados del siglo XX). De las nuevas generaciones, los actuales sistemas pedagógicos y las nuevas pautas culturales, ya ni hablo: en todas ellas los refranes desempeñan un papel casi marginal, descontando unas cuantas frases hechas que probablemente puedan contarse con los dedos de las manos. A lo mejor exagero un poco o, por lo menos, eso me gustaría a veces creer. Pero observo que, en el mundo de la comunicación digital, otros recursos, como el apócope, la onomatopeya o los emoticonos, no encuentran rivales en los refranes, esas perlas de sabiduría popular de una sociedad completamente distinta a la actual.

En algún momento del párrafo anterior he empleado el concepto de sentencia. El refrán es sentencioso. Si no somos nosotros quienes lo traemos a colación, nos pone en un brete: o asientes completamente o te crea una manifiesta incomodidad. El refrán no admite términos medios ni, mucho menos, una argumentación contraria en toda regla. A un refrán debe combatírsele con otro refrán, cosa que, por otro lado, tampoco es tan difícil, porque no hay refrán que no tenga su opuesto o su antídoto. La ventaja de ese carácter sentencioso es que, como todos sabemos por experiencia, si está en la onda de lo que opinamos, nos exime de seguir acumulando pruebas. Lo habitual es que, después de expresarlo, ya no sea necesario hablar más sobre el particular, pues somos conscientes de que todo lo que podamos decir no va a servir lo más mínimo para mejorarlo. La concisión del refrán actúa como un golpe seco, un puñetazo o un disparo, todo ello entendido (naturalmente) como metáforas en el estricto ámbito dialéctico. Además, el refrán opera de un modo que recuerda al chiste por, al menos, tres motivos de diferente índole: en primer lugar, es anónimo, pero en ese anonimato radica en gran medida su fuerza (no lo he inventado yo, procede del pueblo, del común); segundo, tanto el chiste como el refrán establecen una cierta complicidad entre los interlocutores, normalmente sobre supuestos culturales compartidos; y en tercer lugar, formulado el refrán o contado el chiste, lo habitual es una cierta relajación, bien en la forma contenida de sonrisa, bien como franca explosión risueña.

Pero, como habrán supuesto con toda razón, no me he puesto al ordenador para hablar de refranes en general, sino para un asunto mucho más concreto que, por otra parte, ya viene determinado por la sección en que aparece este artículo: por decirlo sin muchos circunloquios, pretendo tratar de la vertiente cómica (voluntaria o involuntaria: esto ya lo explicaré luego) del refranero español. Les adelanto también desde ahora mismo que no he indagado en las distintas compilaciones de refranes que cualquier interesado tiene a su alcance en bibliotecas o librerías. La mayor parte de ellas, sobre todo las aparecidas en los últimos años, tienen un designio divulgativo, pero la verdad es que tampoco escasean las de carácter erudito. Unas y otras están consignadas en la acertada selección bibliográfica que incluye Amando de Miguel en la obra que sí me va a servir de marco y fuente para las cuestiones que quiero desarrollar aquí. Se trata del ensayo que, bajo el título de El espíritu de Sancho Panza y el más concreto subtítulo de El carácter español a través de los refranes, publicó hace ya un puñado de años (2000) en la editorial Espasa.

No quiero decir con ello que me disponga a comentar el libro en cuestión (mi reseña ya apareció publicada en su día en Revista de Libros), sino que me voy a servir libremente del ensayo de Amando de Miguel para un propósito muy diferente al suyo y que, por supuesto, no se desarrolla en sus páginas más que como leves apuntes: me refiero, como antes adelantaba, a la comicidad del refranero y, en especial, a la vertiente más oscura de esa mirada sarcástica a la condición humana. En la mayor parte de los casos que voy a considerar en estos párrafos, la susodicha comicidad no es un efecto pretendido o buscado, sino la consecuencia no querida de una contemplación descarnada de nuestros semejantes y de la vida en general. En otro orden de cosas, el humor deriva también del contraste entre nuestra perspectiva actual y los prejuicios o creencias del pasado.

En todo lo dicho hasta ahora opera un sobreentendido que, si no directamente falso, induce cuando menos a un error de apreciación y análisis que, en la medida de lo posible, me gustaría sortear. Es usual, y hasta cierto punto inevitable, hablar del refranero en singular, pero no hay nada de esto. El refranero no es una obra homogénea ni coherente, ni siquiera un corpus con diversas vertientes, dispares pero complementarias. Ya sé que en muchas obras –incluso en la de Amando de Miguel que me sirve aquí de referencia–, pese a la inevitable admisión previa de la heterogeneidad, se incurre luego en una interpretación que termina por proporcionar coherencia y sentido al variopinto mundo de los refranes. Dicho de otra manera, el propósito enunciado en el subtítulo de esta obra –El carácter español a través de los refranes– es un imposible por dos sencillos motivos. El primero, porque no tiene sentido hablar de carácter español de manera intemporal: aun suponiendo, que ya es suponer, que hubiera tal cosa, un (¿uno solo?) carácter español, ¿sería el mismo en tiempos de Cervantes, que se vale de él como apoyo recurrente, que en los tiempos actuales? ¿Serviría lo mismo para una sociedad rural, hambrienta y atrasada, que para una sociedad urbana, consumista y tecnificada? El segundo motivo, más importante aún para el propósito de esta reflexión, es que, si diéramos por buena la búsqueda del temperamento español en los refranes, nos saldría, si no hiciéramos trampas, una cosa y su contraria pues, como ya dije antes, hay refranes para todos los gustos. Depende del color del cristal con que miremos.

No pretendo aquí, por tanto, utilizar el refranero con fines trascendentes, entendiendo por tales los propósitos de trazar los rasgos esenciales de una colectividad que supuestamente se mantuviera estable a lo largo de los siglos y hubiera hallado en los refranes (la sabiduría popular) una de sus formas más características de manifestarse. Por supuesto que el análisis o la mera exposición de los refranes nos muestran la mentalidad subyacente, pero esto no significa que debamos elevarlos a la categoría de expresiones acreditadas de cómo eran y pensaban los españoles en su conjunto. Cada refrán es, en cierta manera, un mundo, con su carácter autosuficiente, y refleja una disposición que es compartida por muchas personas, pero no por toda la sociedad. Estas limitaciones no significan que debamos renunciar a la búsqueda de un significado profundo, sobre todo cuando consideramos un racimo de refranes en un mismo sentido, sino que debemos ser cautos con sus implicaciones. Es indispensable que tengamos en cuenta el contexto: los refranes nacen en el seno de una sociedad pobre, áspera, inculta y supersticiosa. Una sociedad de desigualdades e injusticias casi inconcebibles desde la mentalidad actual. En términos materiales y cotidianos, la gente vive acosada por las inclemencias del clima, la dureza de la tierra, el azote de la guerra y la embestida de las enfermedades. Los refranes, como no podía ser menos, reflejan esa durísima realidad. Son, casi podría decirse, más que pautas de vida, consejos para sobrevivir.

De ahí precisamente que podamos detectar como uno de los rasgos más comunes de los refranes una actitud defensiva ante la vida. Por decirlo literalmente en dos palabras: «Mundo, inmundo». No puede decirse más con menos. Hoy, en unas circunstancias muy diferentes, nos hace gracia lo que antaño era experiencia vital. Estamos en una posición muy parecida a la del espectador de una película que contempla con regocijo –mientras se zampa un cubilete de palomitas– las cuitas del personaje de la pantalla. Las creencias y temores de nuestros antepasados no son, afortunadamente, los nuestros. Pero hay un refrán que dice, con gran penetración psicológica, que «quien con la sopa se quema, con la fruta sopla». Significa lo contrario de «tropezar dos veces con la misma piedra»: el hombre que ha vivido una mala experiencia mantiene una actitud recelosa ante todo, incluso aquello que parece menos peligroso. Ese recelo viene a ser la coraza del desvalido: «Quien fio y confió, pronto se arrepintió». O también: «Bien lo dijo Jeremías: maldito el hombre que del hombre se fía». La desconfianza se convierte así en un modo de encarar la vida y el mundo en su totalidad: «Aun de aquello que veas, ni la mitad creas». La gente es mala y mucha gente, peor, como sostiene esta genial muestra de humor negro: «La mucha gente sólo es buena para un entierro».

Esa conducta, aplicada a las relaciones personales, da como resultado una susceptibilidad de ribetes cómicos: «Trata con tus amigos en la plaza y no los lleves a tu casa». Y también: «¿Amigo? ¿Amigo? O viene por tu mujer o viene por tu trigo». Es decir, «no puedes fiarte ni de tu padre». Si de los demás esperas traición o, como mínimo, infidelidad, es normal que, si puedes, te adelantes a ellos: «A mi amigo soy leal hasta salir del umbral». En la vida normal y corriente se diluyen las grandes palabras (o los valores excelsos): «Amigo, de lejos te traje un higo; pero así que te vi, me lo comí». De modo que, en líneas generales, «de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo». Siempre precavidos, no debemos sincerarnos ni en la intimidad: «Cuando estuvieres con tu mujer vientre con vientre, no le digas cuanto se te venga a la mente». Con estos mimbres ya puede suponerse cómo se aconseja encarar las relaciones familiares: «A los parientes, enseñarles los dientes». Y en algunos casos se sugieren métodos expeditivos: «Cuñados y rejas de arado sólo son buenos enterrados». Casi idéntico es el que dice que «el estiércol y los suegros bajo tierra son buenos».

Obsérvese que, como decía antes, el humor negro es aquí una consecuencia casi involuntaria. No se pretende un efecto cómico, sino casi diría todo lo contrario. Lo que estamos viendo son consejos, a modo de amparo o resguardo ante las adversidades del mundo, las inclemencias de la vida y las asechanzas de nuestros semejantes: «Cuanto más veo, más mal veo, dijo curado el ciego». Todo lo que nos rodea es malo, todo conspira en nuestra contra para hacernos daño. Por tanto, es natural que intentemos protegernos. Como consecuencia de todo ello se destila, en último término, una filosofía de la vida que rebasa el simple pesimismo («A dos días buenos, ciento de duelos») y entra de lleno en un determinismo fatalista: «Lo que ha de ser, tiene por fuerza que suceder». La vida es una condena para todos, pero aun así hay algunos especialmente desgraciados: «Al desdichado le nacen gusanos en el salero». En último extremo, nadie burla a la Parca: «A quien no fuma ni bebe vino, el diablo se lo lleva por otro camino». Sólo queda el sometimiento y la resignación: «Cosa cumplida, sólo en la otra vida».

En estas coordenadas, las recomendaciones de carácter epidérmico dejan paso a veces a auténticas joyas que condensan en su brevedad y contundencia una profunda filosofía de la vida, como estas dos tomadas del Quijote: «No hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma». Entre el dolor y la muerte, el ser humano es como es: «Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces». Esta mirada profunda, esta disección implacable de la miseria humana no puede engañarse y hallar consuelo en los bienes mundanos, empezando por la riqueza material. Como bien hubiera suscrito Schopenhauer, el deseo ya de por sí nos hace infelices: «Por más rico que sea, pobre es quien algo desea». Aunque «poderoso caballero es don Dinero», al fin el hombre comprende que «no hay cosa más barata que la que se compra». Bien es verdad que existe una diferencia notable entre unos hombres y otros: unos pueden comprar y otros tienen que venderse. El refrán reza así: «Este mundo es un mercado, donde unos compran y otros son comprados».

Me quedan aún varias vertientes que tratar: el matrimonio, la familia, la consideración de la mujer, la intolerancia, la crueldad, la muerte y la vena anticlerical, entre otras cosas. Como creo que ya ha sido suficiente por hoy, lo dejo para el próximo día.

 Rafael Núñez Florencio, "Del mal, el menos (y II)", en Revista de Libros, 26 de noviembre de 2018

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere el agua / en su molino, / y dejar en seco / al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tienen los que pobres son / la ventura del cabrito, / o morir cuando chiquito / o llegar a ser cabrón».

La resistencia tiene una contrapartida, que es más bien un complemento. Estar a la defensiva es bueno, pero tiene sus claras limitaciones. En el momento en que sea posible, conviene trocar la defensa por un buen ataque. Si hemos aguantado carros y carretas, ahora puede ser nuestro momento: se van a enterar. Hay un refrán que, como siempre, con una asombrosa precisión, resume todo esto: «Cuando yunque, con paciencia y cuando martillo, sin clemencia». ¿Se puede decir mejor? Y a partir de ahí, a tumba abierta: «A quien te hizo una, hazle dos, aunque no lo mande Dios». Como veremos luego con más detenimiento, Dios puede mandar lo que quiera, pero es evidente que al estar allí arriba no entiende muy bien de los asuntos humanos. No hay más que ver cómo le fue cuando bajó a la tierra: «A uno que se metió a redentor lo crucificaron». Sí, está muy bien hablar de bondad, generosidad o inocencia, pero, ¿a qué conducen las virtudes? La respuesta es de nuevo brutal: «A los inocentes los mató Herodes».

En un mundo en el que «El hombre es un lobo para el hombre», «La caridad bien entendida empieza por uno mismo» y «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Lo importante soy yo y lo mío: «Antes son mis dientes que mis parientes». Lo cual me lleva a despreocuparme de los demás e, inevitablemente, también del mal ajeno: «Tenga yo mi pata sana y púdrasele a mi hermana». El individualismo descarnado no lleva tan solo, como es obvio, a una agria insolidaridad, sino, lo que es peor, dando un paso más, a una actitud agresiva con todos, amigos y enemigos: «A quien quieras mal, cómele el pan; y a quien bien, también». Como los consejos a veces parecen atemperados por una cierta retórica, hay refranes que se encargan de situarlos a ras de tierra, aunque mejor sería decir en el puro barrizal: «Al conejo y al villano, despedazarle a mano». Mencioné antes la crueldad y no lo hice al albur. Ahora puede entenderse mejor: «Al enemigo que huye, golpe de gracia». Es decir, matarlo. ¡Y qué satisfacción! No hace falta siquiera que sea enemigo. Basta que sea otro. Y que así, pueda decir con cinismo: «No le quiero bien ni mal, mas holgáreme de verle en la horca pernear».

Como ya se habrá advertido, otra de las constantes en el refranero es el tono descarado, incluso directamente cínico que no se para en barras, no admite cortapisas ni respeta a nada ni a nadie. Esta actitud libérrima resulta especialmente llamativa en el aspecto religioso, tratándose como se trataba de una sociedad en la que la Iglesia católica tenía un protagonismo absoluto y, más aún, una presencia cotidiana abrumadora. Esta en concreto –la Iglesia– y, sobre todo, sus ministros no salen bien parados del juicio popular. Abundan los refranes que de un modo u otro censuran los vicios y, muy especialmente, la hipocresía del clero: «Gente de iglesia, más lo han por la miel que por la cera», es decir, más por sus ventajas materiales que por devoción. De un modo más directo, «El abad que no tiene hijos es que le faltan los argamandijos», esto es, sus atributos. Desde mi punto de vista, lo más revelador no es tanto la crítica a los eclesiásticos y sus faltas concretas cuanto la crítica a la Iglesia como institución. Cuanto más lejos de esta, mejor. Así parece desprenderse de este consejo: «Con una misa y un marrano hay para un año». La comparación es ciertamente demoledora. Por esto mismo, la gente que se acerca mucho a la iglesia (santurrones, beatos, meapilas y compañía) reciben también su ración: «Púsose a santiguar y se sacó un ojo».

Tirando de ese hilo van dándose pasos cada vez más atrevidos que ponen en cuestión, no ya sólo a la Iglesia y a sus representantes, sino la propia doctrina cristiana. Podemos empezar por esta andanada a la familia que utiliza sin miramientos la burla hacia uno de los símbolos más genuinos del cristianismo, la Sagrada Familia: «Familia, la Sagrada; y esa, en la pared colgada». El siguiente paso es mucho más atrevido, pues advierte que «también la gracia de Dios hace daño». El tercero se resguarda en una cierta ambigüedad, pero, según como se interprete, roza la blasfemia: «Tras la cruz está el diablo». No es de extrañar así que, en el Quijote, hasta Sancho se atreva a enmendar la plana a Dios: «Tengo para mí que, aun en el mesmo infierno, debe de haber buena gente». Puede tomarse todo por el lado festivo, claro está. El peso del catolicismo en la sociedad hispana y en la cultura popular ha generado tal familiaridad del español con Dios que a nadie le extraña oír esta exclamación cuando se tiene hambre: «¡Me comería a Dios por un pie!»

Quizá lo más importante es que los refranes recomiendan actitudes y conductas que, si bien sería exagerado calificar en su conjunto de antievangélicas, se diferencian claramente del mensaje de Jesucristo: «A Cristo prendieron en el huerto porque se estuvo allí quieto». A buen entendedor… No quiero decir con esto que todo el refranero sea así, ni mucho menos, pero sí que una parte sustantiva de los refranes promueven un evangelio terreno que poco tiene que ver con el canónico (y, en algunos casos, lo contradice abiertamente). La formulación más chusca es, como casi todo el mundo sabe, la del «Evangelio del pobre: antes reventar que sobre». No es de extrañar, por lo visto hasta ahora. Pero sí desconcierta esta advertencia: «No hagas mal, que es pecado mortal; ni hagas bien, que es pecado también». ¿Entonces? Lo que parece indudable es que los mensajes de paz, amor, caridad y fraternidad chocan con una realidad hosca e inclemente: «Si doy, de lo mío me voy; si fío, pongo en riesgo lo que es mío; si presto, al cobrar me ponen mal gesto. De tal manera me han puesto, que ni doy, ni fío, ni presto». Hay, pues, que espabilarse: «Con arte y engaño se vive medio año; y con engaño y arte, se vive la otra parte».

Ya ha quedado suficientemente explícito cuál es el medio social que engendra los refranes. El individualismo, la desconfianza, la picardía y el cinismo suelen ser los ingredientes fundamentales. Todos ellos se sintetizan aquí: «Amigos, enemigos; parientes, serpientes; cuñados, mal bocado; y aun los mismos hermanos, líbrete Dios de sus manos». La familia, amplia o reducida, da igual, como fuente de conflictos: «Enemistad entre parientes, dura largamente», dice con sabiduría el refranero. Y al fondo, como siempre, el vil metal: «¿Parientes y han reñido? ¿Por cuánto ha sido?» La diatriba contra la familia alcanza a veces una dimensión insospechada, de índole teológica: «Dios no quiso hermano». Más claro no se puede decir. Y, así, no puede extrañar que hasta el mismo matrimonio se convierta en un suplicio: «El matrimonio sólo tiene dos días buenos: el primero y el postrero». Peor aún era para la mujer en la sociedad tradicional: «Madre, ¿qué cosa es casar? Hija, hilar, parir y llorar». Tremendo.

No abundan, como bien puede colegirse de lo dicho, los refranes de esa índole, es decir, los que adoptan la perspectiva femenina o simplemente se hacen cargo de la situación de la mujer. Sí, reconózcamelo sin ambages, el refranero es profundamente machista («Mujeres sin pulgas, pocas o ninguna»), salvo algunas excepciones que no hacen más que resaltar la abrumadora predominancia del enfoque masculino. Vamos a empezar en esta ocasión por la referencia teológica, nuevamente tan expresiva como insolente: «Si la mujer fuera buena, también Dios tendría una». Hay otro refrán más rebuscado, pero también más provocador, en la línea tradicional de demonizar la figura femenina: «Antes que Dios se hiciese hombre, el diablo se había hecho mujer». Aunque hoy nos resulte tan estrafalario como repugnante, la comparación de la mujer con la mula es el recurso más usual en una sociedad campesina, ¡y no eran pocos los hombres que cuidaban y valoraban más a la segunda que a la primera! Pero, yendo a la cuestión de las comparaciones, lo más suave que podía decirse es que «La mula y la mujer por halago hacen menester». Es decir, esto a las buenas. A las malas, como mínimo recelo: «No te fíes de mujer, ni de mula de alquiler». La amenaza viene «Del mulo, por detrás; del toro, por delante; y de la mujer, por todas partes».

Puestas así las cosas, ya se barrunta lo que viene ahora: «Ahí te entrego esa mujer, trátala como mula de alquiler». ¿Y cómo se trata a una mula de alquiler? «Espuela quiere el buen y mal caballo; y la mujer, buena o mala, palo». Obsérvese el matiz, de nada le vale a la mujer ser buena. Lo confirma otro refrán, ligera variante del anterior: «La burra y la mujer, apaleadas quieren ser». Podrá parecer una barbaridad, pero esto no es nada para lo que viene ahora: «A la mujer ventanera, tuércele el cuello si la quieres buena». Si por tan solo asomarse a la ventana se recomienda que se le tuerza el cuello, ¿qué pasará ante otras conductas reputadas con razón o sin ella más sospechosas? Pues remedios expeditivos, como los que de vez en cuando aplicaba el populacho al clero: «No hay mejor cuchillada que a la mujer y al fraile dada». Y así llegamos a algo parecido al regusto sádico: «Bien haya la higuera que tal fruto lleva. Y era su mujer que pendía ahorcada de ella».

Hago un pequeño inciso para recordar lo que dije antes en alguna ocasión. El refranero sirve para un roto y para un descosido, esto es, no hay refrán que no tenga su antítesis. En el caso que nos ocupa, habría que matizar que también hay refranes que se hacen eco del punto de vista femenino, aunque no siempre en el sentido feminista que hoy consideramos políticamente correcto: «A los hombres, querellos; pero que no lo sepan ellos». Así también, por ejemplo, este que señala que «marido rico y necio no tiene precio». Hay otro curioso, por inusual, desconcertante y brutal: «No es nada el ruido, sino que matan a mi marido». Se supone que la que así respira aliviada es la mujer (o ya viuda) de un ajusticiado. El refranero no es muy receptivo que digamos hacia la sensibilidad femenina, pero de vez en cuando esconde alguna perla, como por ejemplo esta: «A la hija muda, su madre la entiende».

Voy a ir poniendo punto final a este pequeño muestrario del humor en el refranero considerando la vertiente más negra y sarcástica del mismo. Aquí también hay para dar y tomar. A veces, como sucede con el humor negro, encierra una profunda filosofía de la vida: «Para sacar de su casa a un muerto, son menester cuatro hombres». Las más de las veces, la muerte sirve para constatar que la vida tiene que seguir. Hay diversas variantes del conocido «El muerto al hoyo y el vivo al bollo», como, por ejemplo, «Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza». Una de las variantes de esta misma filosofía que a mí me parece particularmente cruel es la que reacciona ante la muerte de un niño con un «Angelitos al cielo, y bizcochitos a la barriga». Pero la vida da para muchas situaciones, como cuando el moribundo no termina de morirse: «¡Aviados estamos! Ni se muere padre ni cenamos». La familiaridad de aquella sociedad ignara y supersticiosa con la muerte, así como las altas tasas de mortalidad infantil, explican desahogos como este, tan impresionante como incomprensible desde la mentalidad actual: «Bendita sea la puerta por do sale la hija muerta». Entendemos que expresa la satisfacción por tener una boca menos que alimentar. Con todo, nos es imposible reconocernos en esa insensibilidad de nuestros antepasados, que bromeaban con la muerte y las desgracias en general con una naturalidad que hoy no sabemos o no nos podemos permitir: «No es nada lo del ojo; y lo llevaba en la mano».

En conclusión, ¿es sabio el refranero, como muchas veces se dice? Ni sabio ni todo lo contrario. Cualquier valoración de conjunto carece de sentido. Hay multitud de sentencias que tan solo expresan los prejuicios, las supersticiones y el oscurantismo de un pasado en el que nos cuesta trabajo reconocernos. Una sociedad caracterizada por el culto a las apariencias («Aunque seas señor, si no lo pareces, es como si no lo fueses»), la mentira («Andaos a decir verdades y moriréis en hospitales»), la simulación («Quien no sabe fingir no sabe vivir»), la agresividad («¡Con razón o sin ella, leña!»), la intransigencia («A quien sustenta un dislate, a palos se le combate») y la ignorancia (ese brutal «Al maestro, cuchillada»). Son, como ya hemos dicho, las reacciones y temores que provoca este valle de lágrimas, un mundo despiadado, una vida de penurias: «El que a larga vida llega, mucho mal vio y más espera». Son muchos los refranes que sostienen lo mismo con leves variantes, recomendando una actitud senequista ante la existencia: «Al sabio su suerte le agrada, aunque sea mala». O «Procura lo mejor, espera lo peor y toma lo que viniere». Por eso he elegido como epígrafe representativo de este comentario esa máxima genial que expresa lo mismo con menos palabras: «Del mal, el menos».

Pero el refranero está lleno también de frescura y desvergüenza: «A los sordos, pedos gordos». La expresión grosera añade una dimensión jocosa a una recomendación que encierra múltiples sentidos. Algo que también pasa con esta reflexión: «Más vale ser puta sin parecerlo que aparentar y no serlo». ¿Cinismo o simple experiencia? En todo caso, una sabia filosofía de la vida, como este otro consejo: «Cuando pases por la tierra de los tuertos, cierra un ojo». ¡Ay, la envidia! Sobre ella previenen muchos refranes: «La gallina de mi vecina más huevos pone que la mía». ¿O es, simplemente, la condición humana?: «Ajeno es todo lo que se desea». En fin, todo es relativo y, si no lo es, mejor verlo así, pues «No hay poco que no alcance, ni mucho que no se acabe». Y así llegamos al final, tan igual para todos: «Ninguno muere tan pobre que la ropa no le sobre».