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sábado, 23 de mayo de 2026

Declaración de Cambridge sobre la consciencia animal

 I 

La Declaración de Cambridge sobre la Consciencia (7 de julio de 2012) afirmó públicamente que muchos animales no humanos poseen conciencia, incluyendo mamíferos, aves e incluso pulpos.

Fue proclamada el 7 de julio de 2012 en la Universidad de Cambridge durante la Francis Crick Memorial Conference, y firmada por un grupo de 26 destacados neurocientíficos en presencia de Stephen Hawking.

Contexto y Contenido de la Declaración y Principales Afirmaciones

Reconocimiento de la Conciencia en animales no humanos:

Muchos de los animales poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos necesarios para la conciencia, no se requiere neocórtex, pues la ausencia de neocórtex no implica ausencia de estados afectivos. Todos poseen las bases neurológicas de la conciencia. Ballenas, Pulpos y otros cefalópodos, también incluidos por sus complejas redes neuronales.

La gran Importancia Científica y un cambio de paradigma: Se reconoce que la conciencia no es exclusiva de los humanos. Esta la evidencia convergente, estudios muestran que circuitos cerebrales homólogos generan estados afectivos y conductas intencionales en animales.

Los ejemplos mas notables esta en perros y gatos. Casualmente los más cercanos al hombre por milenios, se les reconocen estados emocionales comparables a los humanos. Muchos otras especies de animales exhiben comportamientos y patrones de sueño similares a los mamíferos, demuestran razonar problemas complejos y toma de decisiones.

Sí, la Declaración de Cambridge fue un hito porque oficializó en el ámbito científico lo que muchos intuían: que los animales sienten y son conscientes de su entorno y de sí mismos. Aunque no todos los países han traducido esto en legislación, el documento ha servido como base para debates éticos sobre el trato hacia los animales en investigación, producción y convivencia.

II

La Declaración de Cambridge sobre la consciencia:

En el día de hoy, 7 de julio de 2012, un prestigioso grupo internacional de los ámbitos de la neurociencia cognitiva, la neurofarmacología, la neurofisiología y la neurociencia computacional, se reunieron en la Universidad de Cambridge para reevaluar los sustratos neurobiológicos de la experiencia consciente y los comportamientos relacionados con ésta, tanto en animales humanos como en no humanos. Aunque la investigación comparativa en este campo se vea obstaculizada por causas naturales debido a la incapacidad de los animales no humanos, y a menudo de los humanos, para comunicar sus estados internos de forma clara y sencilla, se pueden afirmar de manera inequívoca las siguientes consideraciones:

El campo de la investigación en la consciencia está evolucionando muy rápidamente. Se han desarrollado numerosas técnicas y estrategias nuevas para la investigación en animales no humanos y humanos. Por lo tanto, estamos obteniendo más datos, lo cual lleva a una reevaluación periódica de las concepciones previamente aceptadas en este campo. Los estudios acerca de animales no humanos han mostrado que hay circuitos cerebrales homólogos correlacionados con la experiencia y la percepción consciente que pueden ser activados o interrumpidos selectivamente con el fin de determinar si son necesarios o no para esas experiencias. Más aún, ya hay disponibles nuevas técnicas no invasivas para investigar el estudio de los correlatos de la consciencia en humanos.

Los sustratos neurológicos de las emociones no parecen limitarse a las estructuras corticales. De hecho, las redes neuronales subcorticales que se activan cuando tienen lugar estados afectivos en los humanos son también de crucial importancia en la generación de comportamientos emocionales en los animales. La excitación artificial de las mismas regiones del cerebro, generan una conducta y estados de ánimo correspondientes en humanos y en no humanos. En cualquier área del cerebro de los animales no humanos en la que se induzcan comportamientos emocionales no aprendidos en los animales no humanos, sucede que muchas de las conductas resultantes son consistentes con estados emocionales en forma de experiencias, incluidos los estados internos de recompensa y castigo. La estimulación cerebral profunda de estos sistemas en humanos también puede generar estados afectivos similares. Los sistemas asociados con el afecto se concentran en las regiones subcorticales, donde abundan las homologías neuronales. Los animales no humanos y los humanos jóvenes sin neocórtex conservan estas funciones cerebro-mente. Además, los circuitos neurológicos que hacen posibles los estados de comportamiento/electrofisiológicos de la atención, el sueño y la toma de decisiones parecen haber surgido en la evolución muy temprano, en cuanto tuvo lugar la radiación de los invertebrados, siendo evidente en insectos y molúscos cefalópodos (como, por ejemplo, los pulpos).

Las aves también parecen ofrecer, a través de su comportamiento, neurofisiología y neuroanatomía, un caso notable de evolución paralela de la consciencia. Se ha podido observar una rotunda evidencia de niveles casi humanos de consciencia en los loros grises de cola roja. Las redes emocionales y los microcircuitos cognitivos de los mamíferos y las aves parecen ser mucho más homólogos de lo que se pensaba previamente. Además, se ha comprobado que ciertas especies de aves muestran patrones neurales de sueño similares a los de los mamíferos, incluyendo el sueño REM, y, como se demostró en los pinzones cebra, patrones neurofisiológicos que anteriormente se creía que requerían un neocórtex como el de los mamíferos. Se ha demostrado que las urracas en particular presentan similitudes sorprendentes con los humanos, los grandes simios, los delfines y los elefantes en los estudios de autorreconocimiento en el espejo.

En los humanos, el efecto de ciertos alucinógenos parece estar asociado con la perturbación de los procesos de alimentación y retroalimentación cortical. Las intervenciones farmacológicas en animales no humanos con compuestos que se sabe que afectan al comportamiento consciente en humanos también pueden conducir a perturbaciones similares en animales no humanos. En los seres humanos existen claras evidencias que sugieren que la consciencia se correlaciona con la actividad de la corteza cerebral, lo que no excluye posibles contribuciones para ella del procesamiento subcortical o en la corteza primaria, por ejemplo en la experiencia visual. La evidencia de que el sentimiento de las emociones en seres humanos y en animales no humanos surgen de redes cerebrales subcorticales homólogas aporta evidencias fehacientes de la presencia de cualidades afectivas de las experiencias individuales (qualia) primarias compartidas a lo largo de la evolución común.

Declaramos lo siguiente:

"La ausencia de un neocórtex no parece impedir que un organismo pueda experimentar estados afectivos. Hay evidencias convergentes que indican que los animales no humanos poseen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados de consciencia, junto con la capacidad de mostrar comportamientos intencionales. En consecuencia, el peso de la evidencia indica que los humanos no somos los únicos en poseer la base neurológica que da lugar a la consciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y aves, y otras muchas criaturas, entre las que se encuentran los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos”.

La Declaración de Cambridge sobre la consciencia  fue redactada por Philip Low y revisada por Jaak Panksepp, Diana Reiss, David Edelman, Bruno Van Swinderen, Philip Low y Christof Koch. La Declaración fue proclamada de forma pública en Cambridge, Reino Unido, el 7 de julio de 2012, en la Conferencia sobre la Consciencia en Humanos y Animales no Humanos en memoria de Francis Crick, celebrada en el Churchill College de la Universidad de Cambridge, por Low, Edelman and Koch. La Declaración fue firmada por los participantes de la conferencia esa misma tarde, en presencia de Stephen Hawking, en el Salón Balfour del Hotel du Vin en Cambridge, Reino Unido. La ceremonia de la firma fue grabada para su recuerdo por CBS 60 Minutes.

miércoles, 18 de febrero de 2026

La ética cristiana es lo único que nos falta

 [Cómo la Iglesia Católica salvó a la Civilización Occidental (Hechos que ocultan)

 Transcrito y corregido desde Legado de Chesterton, Youtube, datado hace un mes]

 Te enseñaron en la escuela que la Edad Media fue la Edad Oscura, ¿verdad? Que la Iglesia Católica mantuvo a Europa en ignorancia supersticiosa durante 1000 años. Que la ciencia finalmente triunfó cuando pensadores valientes se liberaron del dogma religioso, que el progreso comenzó cuando la humanidad dejó atrás el cristianismo medieval. Cada palabra de esa narrativa es una mentira y no una mentira accidental.

Es una distorsión sistemática de la historia que comenzó en la Ilustración y continúa hasta hoy en cada aula, cada documental, cada conversación sobre religión y progreso. Te contaron esta versión porque la verdad es demasiado incómoda para el proyecto secular moderno. La verdad es esta: sin la Iglesia  Católica, no existiría la civilización occidental.

No habría universidades, no habría método científico, no habría derechos humanos, no habría hospitales, caridad organizada o la idea misma de que cada persona tiene dignidad infinita.

La institución que te dijeron que oscureció el mundo literalmente lo iluminó. Los monjes que te pintaron copiando biblias supersticiosas estaban preservando toda la literatura clásica mientras imperios colapsaban.

Los inquisidores medievales estaban estableciendo el debido proceso legal que protege tus derechos hoy. Chesterton vio esta mentira hace un siglo y dedicó su vida a exponerla.

Hoy vamos a hacer exactamente eso, revelar cómo la Iglesia Católica salvó la civilización occidental con hechos históricos que deliberadamente te ocultaron.

Si eres católico y sientes que tu fe está constantemente bajo ataque, que te presentan como enemigo del progreso, sé exactamente cómo te sientes. Vivimos en una época donde defender la tradición católica te marca como reaccionario ignorante, pero aquí está lo que vas a descubrir. Tienes razones históricas sólidas para sentir orgullo profundo de tu herencia. No nostalgia romántica, no fe ciega.

Hechos históricos documentados que demuestran que la civilización que disfrutas existe porque la Iglesia la construyó.

Si quieres descubrir más verdades sobre el pensamiento católico que transforman perspectivas, suscríbete a este canal donde exploramos las ideas de grandes pensadores cristianos como Chesterton, C. S. Lewis y otros que desafiaron el secularismo moderno con argumentos devastadores.

Empecemos con el mito más grande, el que sostiene toda la narrativa anticatólica, la Edad Oscura. Según la versión estándar, cuando cayó el Imperio Romano en el año 476, Europa cayó en 1000 años de ignorancia religiosa.

La Iglesia prohibió el conocimiento, quemó libros, persiguió pensadores. Recién en el Renacimiento, cuando artistas y filósofos redescubrieron la sabiduría clásica pagana, Europa despertó.

¿Sabes lo que más me fascina de esta narrativa? Que es exactamente al revés de lo que  realmente ocurrió. Chesterton entendió algo crucial. Cuando Roma cayó ante invasiones bárbaras, toda la estructura que preservaba el conocimiento colapsó. Bibliotecas ardieron, escuelas cerraron. El comercio que permitía distribución de libros se desintegró.

Europa enfrentaba extinción cultural total. ¿Quién salvó el conocimiento antiguo? Los monjes católicos.

Imagina esta escena. Año 550. Tribus germánicas arrasan aldeas. Nadie lee latín excepto el clero. Los únicos edificios de piedra que sobreviven son monasterios. Y en esos monasterios, monjes benedictinos están haciendo algo extraordinario, copiando a mano cada texto clásico que encuentran. No solo Biblias: Virgilio, Cicerón, Aristóteles, Platón, obras de medicina romana, tratados de agricultura, poesía pagana. Los monjes preservaron todo porque la Iglesia Católica nunca tuvo miedo del conocimiento pagano; al contrario, lo consideraba preparación providencial para el cristianismo. El venerable Beda en Inglaterra, siglo séptimo, está estudiando astronomía y cronología mientras cultiva el campo. Alcuino de York, siglo VIII, establece escuelas palatinas que enseñan las siete artes liberales. Monasterios irlandeses, completamente aislados de Europa continental, mantienen viva la tradición literaria latina cuando el continente sangra. 

Déjame mostrarte algo asombroso. Sin esos monjes oscurantistas no tendrías a Platón. Los únicos manuscritos que sobrevivieron a la caída de Roma pasaron por scriptoria monásticos.

Copiar un solo libro tomaba meses. Era un trabajo agotador que arruinaba la vista, pero lo hicieron durante siglos. ¿Y sabes qué textos copiaban con mayor cuidado? Los clásicos paganos. Porque la Iglesia entendía que la verdad es una, venga de donde venga. Que Aristóteles y Platón habían tocado verdades sobre la naturaleza humana que el cristianismo completaba, no contradecía.

Fíjate en esta paradoja chestertoniana. La institución que supuestamente odiaba el conocimiento pagano fue la única que lo preservó cuando todo el mundo civilizado colapsaba.

Los oscurantistas eran los únicos con luz suficiente para leer, pero hay más. No solo preservaron textos, desarrollaron agricultura avanzada, innovaron en arquitectura, mejoraron técnicas de vinicultura.

Los monasterios eran centros de tecnología agrícola que alimentaron a Europa después del colapso  romano. Aquí viene lo realmente interesante cuando hablas de la Edad Oscura. ¿Oscura para quién?

Europa experimentó caos político, sí, pero intelectualmente la iglesia mantenía encendida cada lámpara disponible.

No había oscuridad de conocimiento, había protección deliberada de la sabiduría contra la barbarie.  Chesterton lo expresó brillantemente. "La Iglesia católica es la única cosa que salva al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo". Cuando todo el mundo civilizado se desintegraba, la Iglesia se negó a ser hija de ese tiempo oscuro. Se aferró al conocimiento antiguo y lo transmitió.

Entonces, primera mentira destruida. La Edad Oscura no fue causada por la Iglesia. La Iglesia fue la única luz en una época realmente oscura de invasiones y colapso. Sin ella, la civilización grecorromana habría desaparecido completamente y estarías viviendo en un mundo sin Platón, sin derecho romano, sin la herencia intelectual que hace posible la civilización occidental. 

Ahora vamos a la segunda mentira gigante, que la ciencia y educación superior nacieron contra la Iglesia. La verdad histórica es mucho más incómoda para secularistas. La Iglesia católica inventó la universidad moderna, literalmente.

Bolonia, 1088, París 1150, Oxford 1167, Cambridge 1209. Las primeras universidades del mundo no fueron instituciones seculares que se rebelaban contra el dogma religioso.

Fueron creaciones de la Iglesia Católica, financiadas por la Iglesia, administradas por clérigos,  establecidas con bendición papal. ¿Sabes lo que realmente significa la palabra universidad?

Universitas Magistrum Scholarium, comunidad de maestros y estudiantes. La Iglesia creó la idea misma de que el conocimiento debería estar organizado institucionalmente, disponible para quien pudiera aprender, protegido por autonomía corporativa.

Imagina que eres un joven en el año 1200. Si quieres estudiar, no hay alternativa secular. La única  educación avanzada en toda Europa está en instituciones católicas.

Teología, sí, pero también medicina, derecho, filosofía natural, ciencia, matemáticas, astronomía, lógica. Fíjate en cómo esto funciona en la realidad. La Universidad de París establece el método escolástico.

¿Qué es presentar todas las objeciones posibles a una idea, examinarlas rigurosamente, responder con argumentación lógica? Este método desarrollado por teólogos católicos se convierte en la base del pensamiento científico occidental.

Tomás de Aquino, siglo XIII, no está simplemente enseñando doctrina, está haciendo filosofía natural rigurosa, integrando Aristóteles con cristianismo, estableciendo que fe y razón son compatibles, que estudiar el mundo natural es estudiar la obra de Dios.

Déjame mostrarte algo asombroso. La idea de que el universo opera bajo leyes naturales consistentes que puedes estudiar mediante observación y razón es una idea cristiana. Las culturas paganas veían el cosmos como caprichoso, controlado por dioses temperamentales. El cristianismo declaró que un Dios racional creó un cosmos racional, que, por tanto, la razón humana podía comprender.

Sin esa cosmovisión, no hay ciencia moderna. Roger Bacon, monje franciscano del siglo XIII, está  haciendo experimentos ópticos, promoviendo el método empírico, enfatizando matemáticas en ciencia natural. Alberto Magno está clasificando plantas y animales con rigor aristotélico. Nicolás de Oresme está desarrollando conceptos que anticipan la física newtoniana. ¿Y sabes dónde están haciendo todo esto? En universidades católicas, con financiamiento de la Iglesia, enseñando a estudiantes en programas establecidos por obispos.

Aquí viene lo realmente interesante: cuando la reforma protestante fractura Europa en el siglo XVI, ¿dónde continúa la investigación científica? En países católicos. Los jesuitas se convierten en los científicos más importantes de Europa. Establecen observatorios astronómicos, desarrollan cartografía avanzada, contribuyen a matemáticas, física, astronomía. 35 cráteres lunares están nombrados en honor a científicos jesuitas. Déjame repetir eso. 35 cráteres, en la Luna, llevan nombres de sacerdotes católicos que hicieron astronomía de clase mundial. Chesterton vio esta paradoja claramente. "El loco no es el hombre que ha perdido la razón. El loco es el hombre que lo ha perdido todo, excepto la razón". La modernidad secularizada piensa que la razón funciona sola, sin fundamento metafísico. Pero fue el cristianismo quien dio a la razón su poder al declarar que Dios es Logos, la razón encarnada.

Entonces, segunda mentira destruida: la Iglesia no se opuso a la educación superior y la ciencia. La Iglesia las creó, inventó el modelo institucional, la universidad, desarrolló el método, el escolasticismo que lleva al método científico y financió siglos de investigación.

Cuando piensas en Oxford o Cambridge, estás pensando en instituciones que existen porque obispos  católicos decidieron que el conocimiento organizado glorificaba a Dios. Sin la Iglesia no hay modelo universitario, no hay tradición de investigación protegida institucionalmente, no hay camino claro hacia la revolución científica. [...]

Ahora llegamos a algo que la narrativa secular casi nunca menciona. La Iglesia  católica inventó el sistema hospitalario moderno. Esto no es exageración, es historia documentada que transformó radicalmente cómo las sociedades trataban a enfermos y pobres. En el mundo antiguo, si eras pobre y enfermabas, morías. Simple. El Imperio Romano tenía hospitales militares para soldados valiosos. Algunos templos paganos ofrecían sanación religiosa, pero la idea de que la sociedad tenía obligación de cuidar al enfermo pobre, al huérfano, al anciano abandonado, simplemente no existía.

¿Sabes qué cambió eso? La doctrina católica de que cada persona, sin importar condición, tiene dignidad infinita porque está hecha a imagen de Dios. Fíjate en cómo esto funciona en la realidad. Año 369, San Basilio de Cesárea establece el Basilias, el primer complejo hospitalario de la historia. No es solo para ricos, es específicamente para pobres, leprosos, viajeros sin recursos. Incluye viviendas, orfanato,  hospicio para ancianos. Esta idea se expande explosivamente. Para el año 400, cada ciudad importante del Imperio bizantino tiene hospitales católicos.

Occidente sigue el modelo. Siglo VI: los monasterios benedictinos establecen enfermerías no solo para monjes, sino para la comunidad circundante. Déjame mostrarte algo asombroso. Cuando hablas de hospital, la palabra misma viene de hospitalidad, concepto cristiano de recibir al extraño como si fuera Cristo. Hospes en latín significa tanto huésped como anfitrión.

La Iglesia creó instituciones basadas en la idea radical de que servir al enfermo es servir a Dios. Imagina que eres un leproso en el año 800. La sociedad te rechaza, tu familia te abandona, tienes una enfermedad incurable que te desfigura.

En cualquier cultura pagana estás condenado a morir en aislamiento absoluto. Pero hay un monasterio cerca. Monjes y monjas que han hecho voto de caridad te reciben, te dan cama, te alimentan, limpian tus heridas, te tratan con dignidad cuando el resto del mundo te considera desecho humano. ¿Por qué harían eso? Porque Jesús tocó leprosos. Porque la doctrina católica dice que el sufrimiento tiene significado redentor. Porque la caridad no es opcional para cristianos: es el mandamiento central.

Aquí viene lo realmente interesante. Esta práctica crea algo completamente nuevo en la historia humana. La idea de que la sociedad tiene responsabilidad sistemática de cuidar a sus miembros más vulnerables.

Siglo XII. Europa está cubierta de hospitales católicos. La orden de San Juan establece hospitales para peregrinos y enfermos en Tierra Santa y por todo el Mediterráneo. Algunas de estas instituciones  atienden a miles de pacientes simultáneamente con organización administrativa sofisticada.

Chesterton entendió que esta no era simplemente caridad individual: era revolución antropológica. El paganismo clásico admiraba la fuerza. El estoicismo predicaba indiferencia al sufrimiento. Solo el cristianismo declaró que el débil, el enfermo, el pobre tiene valor infinito.

"No necesitamos una religión verdadera tanto como necesitamos algo que haga verdadero todo lo demás", escribió Chesterton. La doctrina de dignidad humana universal hizo verdadero el concepto de derechos humanos.

Hizo verdadera la obligación social de proteger al vulnerable. Hizo verdadera la idea de que una  civilización se mide por cómo trata a sus miembros más débiles. Sin esta doctrina católica, no hay fundamento filosófico para derechos humanos modernos. ¿Por qué un ser humano tendría valor inherente? El darwinismo social dice que el débil debe perecer. El utilitarismo dice que vale quien produce utilidad.

Solo el cristianismo afirma que cada persona tiene valor infinito por razones metafísicas, no  circunstanciales. Los hospitales católicos no eran solo instituciones médicas, eran manifestaciones físicas de una verdad teológica: que Dios se hizo hombre y sufrió, dignificando así todo sufrimiento humano, que servir al más pequeño es servir a Cristo mismo. Entonces, tercera mentira destruida, la Iglesia no fue enemiga del bienestar humano. Fue la Iglesia quien estableció el sistema institucional de caridad que transformó sociedades y creó el fundamento filosófico de lo que hoy llamamos derechos humanos y estado de bienestar.

Ahora vamos al tema que hace temblar a muchos católicos, la Inquisición. Porque, admitámoslo, cuando alguien quiere atacar a la iglesia, grita "Inquisición" como si eso cerrara todo debate. Pero aquí está la verdad histórica que deliberadamente te ocultaron. La Inquisición medieval estableció principios de debido proceso legal que protegen tus derechos hoy. Sé que suena imposible. Respira hondo: vamos a revisar los hechos. La Europa del siglo XIII enfrenta herejías que amenazan el tejido social.

Los Cátaros en Francia meridional rechazan el mundo material como creación del Diablo. Predican el suicidio por inanición. Destruyen familias. Multitudes enfurecidas comienzan a linchar sospechosos de herejía, sin juicio alguno. ¿Qué hace la Iglesia? Establece la Inquisición en 1231.

Y aquí está lo crucial. Establece procedimientos legales que reemplazan violencia de turba con proceso judicial formal.

Déjame mostrarte algo asombroso. Antes de la Inquisición, si tu vecino te acusaba de herejía, podía formarse una turba y quemarte ese mismo día. No había investigación, no había defensa, no había presunción de inocencia, solo acusación y ejecución inmediata. La Inquisición estableció el acusado tiene derecho a conocer los cargos específicos, tiene derecho a presentar testigos en su defensa, tiene derecho a abogado. Los testigos de acusación deben testificar bajo juramento.

Se requiere evidencia física o testimonio de dos testigos creíbles. ¿Te suena familiar? Son los fundamentos del debido proceso legal occidental. Imagina que eres acusado de herejía en el año 1250.

Bajo justicia secular, la turba te ejecutaría. Bajo la Inquisición, enfrentas proceso formal. Inquisidores interrogan testigos, examinan evidencia. Puedes apelar a autoridades superiores. Si te condenan, tienes opciones de penitencia antes de pena capital. ¿Era el sistema perfecto? No. ¿Hubo abusos? Absolutamente; pero, comparado con la justicia secular de la época, la Inquisición era vastamente más justa. Aquí viene lo realmente interesante. Las cifras que te enseñaron sobre la Inquisición son fantasía protestante del siglo XVI y propaganda ilustrada del XVIII.º

Te dijeron que millones murieron. La investigación histórica moderna demuestra que en la Inquisición Española, la más severa, las ejecuciones totales durante tres siglos fueron entre 3.000 y 5.000 personas. Cada muerte injusta es tragedia. Pero contextualiza: en ese mismo periodo, guerras religiosas protestantes en Europa mataron millones.

La casa de brujas en territorios protestantes ejecutó a decenas de miles. La justicia secular ejecutaba por robar pan. La Inquisición tenía tasa de absolución del 90 % en muchas jurisdicciones. Rechazaba evidencia obtenida por tortura. Requería estándares de prueba más altos que tribunales seculares. Chesterton señaló esta paradoja: "Cuando un hombre deja de creer en Dios, no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa". La modernidad secularizada abandonó los estándares legales que la Inquisición desarrolló y cayó en terror jacobino, gulag soviéticos, campos de exterminio nazis.

Sistemas sin fundamento teológico de dignidad humana mataron a más personas en el siglo XX que todas las guerras religiosas combinadas de la historia anterior. Fíjate en esto: los principios legales que la Inquisición estableció —derecho a conocer cargos, presentar defensa, apelar, presunción de inocencia hasta prueba de culpabilidad— están en las constituciones modernas.

El proceso legal que desarrollaron inquisidores dominicos protege tus derechos hoy cuando enfrentas tribunal. ¿Es irónico? Profundamente, pero es historia factual.  Entonces, cuarta mentira destruida, la Inquisición no fue simplemente maquinaria de opresión. En su contexto histórico, introdujo reformas legales que reemplazaron el linchamiento de turba con el debido proceso, estableciendo precedentes que evolucionan en protecciones legales modernas.

La iglesia no inventó la crueldad legal. Estaba limitándola según estándares de su época mientras desarrollaba principios que eventualmente la trascenderían.

Ahora conectemos todo: ¿por qué importa esto más allá de trivia histórica? Porque la civilización occidental que permite que vivas con libertad, educación, derechos y dignidad reconocida fue construida sobre fundamentos católicos.

Si destruyes el fundamento, el edificio colapsa. Mira a tu alrededor: universidades, hospitales, sistema legal con debido proceso. La idea de que cada persona tiene derechos inalienables. El concepto de caridad organizada, la noción de que la razón puede comprender el universo. Cada uno de estos pilares de la civilización occidental tiene raíces profundamente católicas.

Chesterton vio venir lo que estamos viviendo hoy. Escribió en 1920 que "cuando la sociedad rechaza el cristianismo, no se vuelve neutral, se vuelve pagana de nuevo. Y el paganismo moderno es peor que el antiguo porque ya no tiene inocencia."

¿Sabes lo que más me fascina de todo esto? La modernidad secularizada vive de capital moral que heredó del cristianismo pero que ya no puede justificar filosóficamente. ¿Por qué crees en derechos humanos? Si eres materialista consecuente, si somos solo animales evolucionados, ¿de dónde vienen los derechos inalienables? Los derechos son un concepto metafísico. Solo tienen sentido si hay realidad trascendente que los fundamenta. El secularismo moderno quiere los frutos del cristianismo, compasión, igualdad, dignidad humana, justicia, sin la raíz teológica que los hace coherentes.

Imagina esta escena. Estás en debate con secularistas que denuncian la opresión religiosa de la Iglesia. Les preguntas: "¿Por qué creéis que todos los humanos tienen igual dignidad?" Responden: "Porque es obvio"; pero no es obvio en absoluto. No era obvio para romanos que esclavizaban. No era obvio para espartanos que mataban bebés débiles. No era obvio para culturas que practicaban sacrificio humano. La dignidad humana universal se volvió obvia solo después de que el cristianismo pasó 2000 años enseñándola, luchando por ella, construyendo instituciones alrededor de ella.

Déjame mostrarte algo asombroso: cuando la Declaración Universal de Derechos Humanos se redactó en 1948, representantes de países no cristianos cuestionaron el concepto mismo. ¿Por qué los humanos tendrían derechos inherentes? El comité no pudo dar respuesta secular satisfactoria. Simplemente declararon los derechos sin justificación filosófica. Los derechos humanos modernos son cristianismo secularizado. Funcionan solo mientras la memoria cultural cristiana permanece viva. Cuando esa memoria se borra completamente, como Chesterton predijo, regresa la barbarie.

Aquí viene lo realmente interesante para ti. Viviendo en el siglo XXI, estás viendo exactamente ese colapso en tiempo real.

Una cultura que rechaza fundamentos metafísicos cristianos pierde capacidad de defender la dignidad humana coherentemente. El aborto se vuelve derecho porque el humano no nacido pierde status de persona. La eutanasia se vuelve compasión porque la vida sin calidad medible pierde valor. La identidad se vuelve autodefinida porque no hay naturaleza humana objetiva.

Chesterton escribió: "La Iglesia católica es la única cosa que salva al hombre de la esclavitud degradante de ser hijo de su tiempo. Cada generación libre de tradición cristiana recrea errores que la Iglesia ya refutó siglos atrás. La civilización occidental está consumiendo su herencia católica sin reponerlaVive de capital moral acumulado mientras rechaza la fuente que lo generó." 

¿Significa esto que todo era perfecto en la cristiandad medieval? No, significa que el proyecto de construir civilización justa sin fundamento trascendente es imposible.

La historia lo demuestra repetidamente. Entonces, última verdad revelada, la civilización occidental liberal que celebramos con sus libertades, derechos, instituciones de caridad y justicia, es radicalmente dependiente de la cosmovisión cristiana.

No puedes tener cristianismo sin Cristo, ni civilización occidental sin el cristianismo que la formó. La Iglesia no salvó la civilización, a pesar de ser católica. La salvó precisamente porque era católica, porque tenía verdades trascendentes que motivaban sacrificio heroico y construcción institucional que trascendía generaciones. Entonces, aquí está la verdad completa.

La Iglesia Católica preservó el conocimiento antiguo cuando la civilización colapsaba. Creó el sistema universitario y el método que llevó a la ciencia moderna. Estableció hospitales y dignificó al vulnerable. Desarrolló debido proceso legal. Fundamentó filosóficamente la dignidad humana universal. No lo hizo perfectamente. Católicos pecaron, cometieron errores, abusaron del poder. Pero la Iglesia como institución, guiada por doctrinas verdaderas sobre la naturaleza humana y la realidad, construyó los pilares de la civilización que heredaste.

Aquí está tu acción inmediata. La próxima vez que alguien ataque a la iglesia como enemiga del progreso, pregúntale qué institución preservó el conocimiento clásico. ¿Quién inventó la universidad? ¿De dónde vienen tus derechos humanos? Obliga a confrontar la historia real, no el mito ilustrado. Chesterton lo dijo mejor. La verdad es sagrada y, si dices la verdad demasiado a menudo, nadie la creerá. Hemos repetido mentiras sobre la iglesia tanto que la verdad suena fantástica, pero la verdad permanece. Sin la Iglesia Católica vives en un mundo radicalmente diferente y vastamente peor. Esto no es fe, es historia. Si esta verdad transformó tu perspectiva tanto como transformó la mía cuando la descubrí, suscríbete para explorar más pensadores católicos que desafiaron el secularismo moderno con  argumentos devastadores. En el próximo episodio, descubriremos cómo Chesterton predijo el caos cultural que vivimos hoy con precisión profética.

Hasta entonces, recuerda: la ortodoxia no es prisión, es la única libertad que te salva de ser esclavo de tu época. 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Entrevista a Gary Stevenson, economista defensor de elevar impuestos a los ricos

 Gary Stevenson: “La izquierda tiene un problema en cómo concibe a los hombres jóvenes”, en El País, por Xavi Sancho, 29 nov 2025:

Abandonó su exitosa carrera como corredor de divisas cuando entendió que desde su posición ayudaba a hacer más desigual el sistema económico global. Lo narró en sus memorias, ‘El juego del dinero’, y hoy es una de las más destacadas voces a favor del aumento de los impuestos a los más ricos.

Gary Stevenson nació hace 39 años en Ilford, uno de esos barrios obreros del este de Londres cuyo cielo se ensombrece por el perfil de los rascacielos de la City, a cuyas calles los niños de estas zonas solo sueñan con ir a repartir comida o a vender cosas ilegales. Entró a trabajar como trader en Citibank en 2008 con apenas 22 años gracias a un enorme talento para las matemáticas y una ambición casi igual de grande. En pocos años se convirtió en uno de los empleados más rentables (según él, el que más dinero generaba para su banco en el mundo) desde su puesto en la compra y venta en divisas.

Pero apenas cinco años después se hallaba deprimido y al borde del colapso en la otra punta del mundo. Le habían trasladado a Japón y su única ambición, como narraría más tarde en su best seller El juego del dinero (Península), era forzar su despido. Una noche le llevaron a un karaoke. Salió a cantar con desgana. Terminó. Se sentó. Entonces, se le acercó un veterano japonés de su compañía y le comentó que no es que cantara mal, ni siquiera que estuviera triste, sino que no entendía la naturaleza del karaoke. “Me dijo: ‘No se trata de cantar bien, sino de que tus invitados se diviertan”, recuerda Stevenson en la terraza del Yurt Café, a escasos metros de la casa que se compró en Limehouse —muy cerca de donde nació y desde la que se ve la torre de Citigroup— con parte del dinero que amasó apostando a favor del colapso del sistema económico global.

"Nos han intentado convencer de forma torticera de que es un debate entre vivienda asequible o derechos trans. Eso es una idiotez", afirma Stevenson.

“Una de las mejores cosas de una sociedad como la japonesa es que la gente se pasa mucho tiempo pensando en los demás. Y si se preocupan por ti, puedes pasar menos tiempo preocupándote por ti mismo. El egoísmo no lleva a la felicidad, debes preocuparte menos por si cantas bien o mal. Pero no soy Buda, soy igual de gilipollas que todos. Simplemente, he decidido consagrar mi vida a una misión”, explica. Esa misión es concienciar a la población de la necesidad de subir los impuestos a los más ricos. Stevenson quiere acabar con la desigualdad, porque está convencido de que, si eso se repara, el resto vendrá después.

Todo empezó con unos rudimentarios vídeos en YouTube hace cinco años, pero no fue hasta que en febrero de 2024 Penguin publicó su libro de memorias cuando la figura de aquel tipo rapado al tres, con tendencia a vestir como si fuera al gimnasio (o estuviera a punto de pedirte papel de fumar en algún parque) y con un marcado acento de clase obrera, empezó a llamar la atención del público y del establishment británicos. Un hooligan ilustrado. Financial Times publicó un largo artículo buscando desmentir la idea de que Stevenson fue el mejor trader del mundo, no fuera a ser que alguien se tomara en serio el resto de su discurso.

El libro fue número uno en el Reino Unido (en 2025 lo ha sido durante 11 semanas) y se publicó en 13 países. Pronto será una película y aquel rudimentario canal de YouTube cuenta hoy con 1,5 millones de suscriptores. Hace un mes, Stevenson paró para irse de vacaciones a Italia. Al cabo de dos semanas volvió para anunciar que cancelaba las vacaciones porque iba a producir un documental sobre impuestos para Channel 4. La mañana después de la entrevista (a finales de septiembre), aparecerá en el podcast de Zack Polanski, el flamante nuevo líder de los Verdes británicos. Allí anunciará el final de una era, de una idea de sociedad que afirma que ha colapsado. “El que tenga la propuesta más ruidosa ganará. Y ahora mismo está claro quién la tiene: Nigel Farage [líder del ultraderechista Reform UK] y los demás de su estirpe alrededor del mundo”.

Gary Stevenson se manifiesta como una nueva voz dentro de la izquierda, una conectada con la clase obrera, blanca y masculina, que ha decidido centrar su discurso solo en la desigualdad y la economía, algo que, como era de esperar, le ha granjeado algunas críticas. “Yo sé de economía. Conozco mi tema y me niego a hablar de cosas que no son mi tema. Mira, te llaman primero para hablar de lo tuyo; luego, si funciona, te llaman para ir a plató a las siete de la mañana, sentarte en un sofá y comentar 10 noticias. Lo hice una vez, otra… y dije que no lo hacía más. Cuando voy a las noticias y me toca hablar de derechos trans, inmigrantes o la familia real, eso empequeñece que soy un experto en economía, en esa cosa concreta. Y no quiero que mi discurso se diluya porque prácticamente soy el único que trata estos temas. Pero que me centre en la desigualdad no significa que no crea que el cambio climático es importante. Es solo que de eso sé menos”, afirma, y añade: “Nos han intentado convencer de forma torticera de que es un debate entre vivienda asequible o derechos trans. Eso es una idiotez. La verdad es que la vida es dura para hombres y para mujeres y hay que entender por qué son infelices todos. Hay mucha gente infeliz que quiere un cambio. Y la extrema derecha no va a mejorar la vida de nadie. Estamos jodidos porque van a votar a quien va a empeorar sus vidas y eso hay que cambiarlo ya. La izquierda debe dejar de hablar de votantes de Trump y empezar a escuchar a los votantes de Trump”.

Esta propuesta le ha valido en las últimas semanas un aluvión de críticas de individuos que se alinean con sus ideales económicos pero que no están dispuestos a acercarse a un segmento de la población supuestamente machista, racista y xenófobo con el fin de frenar la subida al poder de un partido machista, racista y xenófobo. Pero en la cosmovisión de Stevenson esto tiene sentido. Al final, todo surge de nuestro mayor o menor bienestar económico, incluso nuestras ideas más perversas e intransigentes.

Lo mismo que hace a Stevenson incómodo le hace especial. Exuda una masculinidad alfa desde las primeras páginas de su libro, concebido como una mezcla entre Uno de los nuestros y El lobo de Wall Street, dos filmes cuyo mensaje ha sido subvertido hasta convertirse en biblias fundacionales de la estirpe criptobro. Proclama que la esencia de su discurso es que tiene razón. Y no se explica aún por qué ningún partido político no ha contado con sus servicios. Hay una petulancia en su puesta en escena que resulta tremendamente contracultural con la esencia que se le supone al progresismo actual. “Alguien me dijo el otro día en una charla en Newcastle que el problema de la izquierda es que no llegaba a los hombres jóvenes. Creo que los hombres jóvenes en ciertos espacios de la izquierda sienten que no son bienvenidos. Me ha pasado a mí. Es jodido, pero es verdad. Hay una especie de racismo. Yo nunca quise tener a los hombres jóvenes como público mayoritario, aunque es verdad que muchos hallan un espacio en mi canal. Y esto viene de que la izquierda tiene un problema en cómo concibe a los hombres jóvenes. No ganan dinero y en la izquierda no los aceptan. Entonces llegan Reform, o Vox, o Chega, y les dicen: ‘Aquí sí os queremos”.

A quienes afirma recoger él en su canal de YouTube es a muchos de esos chavales que han crecido adorando a multimillonarios como Elon Musk, para quienes el único símbolo de estatus, casi el único bien cultural que queda en pie en el siglo XXI, es el dinero. “Con 18 años puedes creer que serás billonario de mayor. Pero si a los 26 aún lo crees, es que tienes un problema. Soy poco popular entre la gente de menos de 26. Eso sí, me va muy bien con los que ya se han dado cuenta de que este juego está trucado, que no vas a ganar”.

Otro elemento que provoca que Stevenson se perciba con cierta discordancia dentro del ecosistema progresista actual es su forma de navegar nuestra relación con el pasado, su ubicación en el debate de si estamos mejor o peor que nuestros padres. El inglés siente nostalgia, pero no de aquellos veranos en el pueblo de los abuelos, ni de la supuesta sinceridad de una vida sin fines de semana patrocinados por Ryanair ni suscripciones a Netflix y Uber Eats. Lo que añora es un sistema impositivo que, afirma, era más justo. “Miro a la generación de mi padre y creo que la mayoría no estaba para nada obsesionada con el dinero. Para ellos, lo importante era el trabajo. Trabajas duro y mantienes a tu familia. Ahora trabajas duro y no ganas dinero. Te están diciendo que si no logras ganar mucho dinero eres un fracasado, pero la verdad es que, sin dinero familiar, sin conexiones, es complicadísimo hacerse rico. Debemos comunicar urgentemente que la verdad del asunto es que la mayoría del dinero hoy se basa en lo que heredes. Si se entiende esto tal vez se pare de juzgar a los demás y a uno mismo por lo que gana. Y ahí, volviendo al asunto de los hombres, esto de no ganar provoca más frustración entre ellos, y es una de las grandes causas de las crisis de las masculinidades que vivimos. Hombres y mujeres reciben el mensaje de que si no se hacen ricos son una mierda. La diferencia es que los hombres lo llevan peor”, sentencia.

En febrero de este año acudió al programa de Piers Morgan, ruidoso comunicador de la derecha anglosajona que fue editor de News of the World o el Daily Mirror. Allí debía debatir con el comentarista conservador Dave Rubin, célebre por acuñar el término “izquierda regresiva”. Recuerda el autor de El juego del dinero que la emisión iba con retraso y que estuvo una hora en el camerino viendo el programa y tratando de entender qué tipo de trampas les tendían a los activistas de izquierdas que iban desfilando por el plató siendo ninguneados, cuando no ridiculizados. Tal vez a estos no les importaba entrar en conflicto o padecer las chanzas de Morgan porque entendían que ese no era su público, que su única labor allí era performativa. Cuando volvieran a su círculo, ellos también se echarían unas risas con lo acontecido en el plató.

Pero Stevenson no iba a hacer eso. “Siempre buscan activistas de izquierdas que encajen en su estereotipada idea de lo que es eso, alguien con el pelo azul, transexual… Y buscan enfadarlo y llevarlo a decir algo escandaloso que haga que su público se indigne. Luego ellos pueden decir: ‘Mira, la izquierda es así’. Y eso les es muy fácil porque hay muchos activistas que caen en esa trampa. Así que pensé: voy a escuchar y no caeré en su juego. Me preguntaron si me gustaba Trump, respondí que no lo conocía en persona; luego, que si me gustaba Musk, lo mismo, no tengo el placer… Al final, les dije que todos en esa mesa éramos millonarios y que el mundo sería un lugar mejor si pagábamos más impuestos. Creo que no les gustó que me metiera en el mismo grupo que ellos, pero no fueron capaces de contradecirme”, recuerda el autor, que es miembro en su Reino Unido natal del grupo Patriotic Millionaires, formado por ricos que quieren pagar más impuestos.

De su exposición al establishment mediático salió reforzado. En cambio, de momento sus intentos por adosarse a algún proyecto político desde el que imponer su agenda han sido menos exitosos -aunque cada vez se encuentra más cerca de los Verdes de Polanski, que se están disparando en las encuestas-. Le duele que, antes de escribir el libro, le ningunearan en el laborismo y, en cambio, una gran corporación como Penguin sí apostara por él y le diera un cuantioso adelanto, aunque el libro fuera, en esencia, la historia de un tipo que entra en el sistema financiero global y descubre que lo mejor que se puede hacer con todo eso es destruirlo.

Hasta hoy, afirma que nadie en el laborismo del premier británico, Keir Starmer, le ha llamado, y aunque está convencido de que una revolución interna cambiará el liderazgo del partido el próximo año, sus esperanzas allí ya son prácticamente inexistentes. “Nada va a funcionar si siguen jugando a ser sensibles y sensatos. Eso ya no vale. Desafortunadamente, para la izquierda moderada del mundo es más natural comprar el marco de la derecha que el de la gente que está a su izquierda. Mira, toda esta mierda de crecer, crecer, crecer, ya no se la cree nadie. ¿De dónde sale el dinero? Ya no hay tiempo. Todo se fue al carajo en la covid, cuando sabíamos que los gobiernos iban a tener que soltar mucho dinero, trillones, pero no nos preocupamos de en manos de quiénes iba a terminar. Nos encaminábamos hacia un mundo tremendamente desigual, pero eso lo aceleró todo. Esta desigualdad conlleva un freno a la movilidad social, lo que significa que esta sociedad ya no es capaz de colocar a la mejor gente en los mejores puestos de trabajo. Hoy no hay ninguna conexión entre lo inteligente que puedas ser y lo lejos que eso te pueda llevar. Estamos manejados por idiotas que han llegado a donde están por tener padres ricos. Así debió de colapsar el Imperio Romano”, sentencia Stevenson, quien tiene una cruzada personal en contra de los economistas desde que fue a Oxford a estudiar un máster, trató de debatir con algunos y la cosa salió regular. “La economía ha fracasado, y los economistas están evitando que hablemos de eso. No quieren que pase nada nuevo, y yo traigo ideas nuevas…, eso sí, ojo, Milei también”.

Algunos creen que es casi ya mejor dejar que ganen los Mileis de la vida, que arda todo…

¿Y cómo está yendo esa idea en Argentina? Como una mierda, así te lo digo. No soy experto en Milei, pero la verdad es que ver a esta gente caer no es suficiente. No vale con ver a tu enemigo inmolarse si tú no tienes un discurso que dar ante su caída.

¿Qué es lo que más teme de un gobierno de extrema derecha?

La extrema derecha tiene solo un espacio hacia el que moverse: más hacia la derecha. Siempre tienen una enorme retahíla de gente y entidades a las que culpar de todo: las universidades, los inmigrantes, las feministas, los medios de comunicación. Juegas con gran ventaja cuando puedes culpar casi a cualquiera de lo que está mal. Farage dice que va a frenar la entrada de refugiados, pero eso obviamente no va a mejorar la economía. Entonces, ¿qué hará cuando vea que nada va a mejor? Pues dirá que el problema real es la inmigración ilegal. Después, va a empezar a deportar a gente. Cuando el centro fracasa, como lo ha hecho, colapsa porque no tiene adónde ir. En cambio, la derecha siempre puede ir un poco más a la derecha. Ahí siempre hay más sitio.

¿Es esto lo que está pasando ahora mismo con la Administración de Trump?

Obvio, es mucho más radical que en 2016. Mi esperanza es que podamos usar a Trump. Lo que hay que ver es que el estándar de vida en EE UU no mejora y entender que, si Trump no lo consigue, la extrema derecha no lo logrará tampoco en Europa. El problema es que aquí no nos comunican que los estándares de vida en EE UU están desplomándose. Trump es nuestra oportunidad de señalar que la extrema derecha no mejora la vida de la gente. Pero no estamos construyendo ni el discurso ni la alternativa.

Tal vez porque aún no entendemos la globalidad de estas cosas. Uno piensa que los problemas de vivienda son peculiares en su territorio. En cambio, viendo su vídeo sobre vivienda en el Reino Unido, los paralelismos con España asustan.

Es muy curioso esto, porque en todas partes hay una crisis de vivienda y cada uno piensa que la suya es especial y única. No lo es. Lo que pasa es que hay una masiva compra de bienes global, porque ¿qué hacen los ricos? Compran y hacen que los precios suban. El problema es que tú no puedes competir con ellos por la compra de nada, incluida una casa, claro. Los más ricos no van a vivir en mil casas, pero pueden comprar mil casas.

¿Se arrepiente de no haber seguido su carrera como rapero?

No, era muy malo. Mi hermana es la buena. Esto se me da mucho mejor.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Byung-Chul Han explica por qué el capitalismo necesita líderes idiotas en el poder

¿Por qué el capitalismo siempre coloca líderes idiotas en el poder?  Byung-Chul Han

 [Transcrito y corregido de Youtube]

 El mundo está dirigido por personas que en cualquier otra profesión habrían sido despedidas en su primera semana. Para operar en un quirófano necesitas una década de formación. Para pilotar un avión comercial, miles de horas de práctica supervisada. Para reparar un sistema eléctrico, certificaciones que demuestren que no matarás a nadie por negligencia. Pero, para controlar arsenales nucleares, firmar órdenes de movilización que envían a miles de personas a morir, o decidir qué industrias quiebran y cuáles reciben rescates multimillonarios, solo necesitas una cosa, saber aparecer en una pantalla. 

Un comediante ucraniano que interpretaba a un presidente en una serie de televisión ahora firma decretos que determinan si habrá guerra o paz. Un magnate estadounidense cuya única experiencia administrativa real fue despedir participantes en un reality show controló durante cuatro años los códigos nucleares de la mayor potencia militar del planeta.

No son anomalías, son el estándar. Y lo más inquietante no es que hayan llegado, es que mientras estaban ahí, el mundo siguió funcionando. Las bolsas subieron, los bancos operaron, las corporaciones se expandieron como si la figura en la pantalla fuera completamente prescindible para el funcionamiento real del poder. Hay un sentimiento que recorre las sociedades contemporáneas, una angustia que no siempre se nombra, pero que todos reconocemos.

La sensación de que no hay ningún adulto en la sala; de que las decisiones que determinan si viviremos en paz o en crisis están en manos de personajes que parecen protagonistas de una sátira, no estadistas capacitados para gobernar... ¿Cómo llegamos hasta aquí? Esa es la pregunta equivocada. La pregunta correcta es, ¿para qué los necesitan?

La narrativa oficial es tranquilizadora. Los idiotas llegaron al poder porque las masas fueron manipuladas. Las redes sociales envenenaron el debate público. Los algoritmos crearon burbujas de desinformación. El populismo explotó el resentimiento de los perdedores de la globalización. La democracia, ese experimento frágil, finalmente mostró su defecto fatal: confiar en el criterio de personas no preparadas para tomar decisiones complejas. 

Esta explicación tiene la virtud de ser coherente y la desgracia de ser completamente insuficiente, porque trata el fenómeno como una anomalía, como un virus que infectó un sistema previamente sano, como si antes de Trump, antes de Zelenski, antes del desfile de bufones mediáticos que ocupan los más altos cargos, el poder hubiera estado en manos de mentes brillantes tomando decisiones racionales en favor del bien común, como si este fuera el desvío y no la consolidación de algo que llevaba décadas gestándose. La teoría de la manipulación de masas tiene un problema estructural. Asume que existe un votante ideal, racional, informado, que fue corrompido por fuerzas externas. Pero ese votante nunca existió. Nunca votamos por competencia técnica.

Siempre votamos por narrativa, por identidad, por el líder que nos hace sentir algo. Lo que cambió no fue el electorado, fue que el sistema dejó de necesitar disimular.

Antes, los actores del poder necesitaban mantener la ilusión de que la política importaba. Necesitaban líderes que al menos aparentaran entender economía, geopolítica, administración pública.

Hoy esa pantalla cayó y lo que quedó expuesto no es el caos. Es una máquina funcionando con perfecta eficiencia, pero sin conductor. Estos líderes no son errores del sistema, son el producto final, no son la enfermedad, son el síntoma de un cuerpo que ya aprendió a funcionar sin cerebro. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo detener la invasión de los incompetentes, sino por qué un sistema que se jacta de ser meritocrático, eficiente y racional los prefiere exactamente así: visibles, ruidosos y completamente prescindibles para las decisiones que realmente importan. Para entender por qué los prefiere así, necesitamos nombrar lo que está ocurriendo. Los griegos tenían una palabra para esto, caquistocraciael gobierno de los peores, de los menos calificados, de aquellos cuya única virtud es no tener vergüenza suficiente para rechazar el cargo. Pero caquistocracia suena a decadencia, a colapso, a final de ciclo.

Y lo que estamos presenciando no es el final de nada, es la culminación de un diseño. El capitalismo financiero contemporáneo operó una escisión que pocos advierten. Separó la autoridad escénica del poder administrativo. El líder que aparece en la pantalla y el poder que toma las decisiones reales ya no son la misma entidad. El presidente gesticula, twitea, genera controversia, ocupa todos los titulares. Mientras tanto, la burocracia permanente, los bancos centrales, las corporaciones multinacionales, los fondos de inversión que controlan infraestructuras críticas operan en un silencio absoluto, sin cámaras, sin escrutinio, sin resistencia. El líder mediático funciona como un pararrayos. Atrae toda la electricidad de la indignación popular hacia su figura.

Las marchas, los hashtags, las columnas de opinión, los memes, los debates familiares, todo se consume discutiendo su último escándalo, su última declaración aberrante, su incompetencia evidente. Y mientras esa tormenta descarga su furia sobre él, la estructura de la casa permanece intacta.

Nadie está cuestionando quién redacta las leyes de desregulación financiera. Nadie está vigilando qué corporación acaba de comprar el sistema de agua potable de tu ciudad. Nadie está siguiendo el dinero. Guy Debord escribió en 1967 que, en la sociedad del espectáculo, todo lo que era vivido directamente se ha convertido en representación.

No estaba prediciendo el futuro, estaba describiendo el mecanismo que haría inevitable esta realidad. La política dejó de ser el ejercicio del poder y se convirtió en la representación del poder. El líder dejó de ser quien gobierna y se convirtió en quien aparenta gobernar. El voto dejó de ser un acto cívico y se convirtió en un acto de consumo de imagen. Por eso Trump y Zelenski no son anomalías, son la lógica llevada a su conclusión natural. Trump transformó la Casa Blanca en un plató de televisión porque entendió que eso era exactamente lo que se esperaba de él. No llegó a Washington para cambiar el sistema, llegó para ser su entertainer en jefe. Su función no era gobernar, era mantener el show. Cada tweet polémico, cada declaración escandalosa, cada controversia fabricada cumplía el mismo propósito. Mantener todas las miradas fijas en él, mientras detrás del escenario quienes realmente importaban hacían su trabajo sin interferencias. Desmontó regulaciones ambientales, firmó recortes fiscales para corporaciones, nombró jueces que alterarían leyes por décadas. Pero lo que el público recuerda son sus peleas con celebridades y sus errores ortográficos en redes sociales.

Zelenski es aún más revelador. Interpretaba a un profesor de historia que, harto de la corrupción política, se convertía en presidente de Ucrania en una serie de televisión llamada Servidor del Pueblo.

La serie tuvo tanto éxito que creó un partido político con el mismo nombre y ganó las elecciones. El pueblo no votó por un programa de gobierno; votó por la ficción, esperando que se hiciera realidad. Jean Baudrillard llamó a esto el simulacro, el momento en que la copia sustituye al original, en que la imagen importa más que la sustancia. Zelenski no fue elegido a pesar de ser actor. Fue elegido precisamente porque ya había interpretado el papel. La realidad política había muerto. Lo que quedó fue el casting. Pero aquí está la parte que incomoda: esto funciona. Funciona porque el sistema económico global ya no necesita líderes competentes. Necesita gestores de emociones colectivas.

Necesita a alguien que sepa leer un prompter, que genere engagement, que mantenga a la audiencia entretenida; mientras la economía sigue operando en piloto automático. Los bancos centrales ya tienen sus fórmulas. Las corporaciones ya tienen sus lobbies. Los tratados comerciales ya están negociados por tecnócratas que nunca aparecerán en un debate televisado. El presidente es la mascota del sistema, no su cerebro. Y lo más aterrador es que el mercado financiero no solo tolera esta dinámica, la prefiere. Un líder que gasta toda su energía política en guerras culturales y polémicas de redes sociales es un líder que no está interfiriendo con lo que realmente importa. La acumulación de capital.

Ladra mucho, muerde poco, o mejor dicho, ladra tanto que la audiencia no nota que ya no tiene dientes. La consecuencia de esta dinámica no es el caos, es algo peor, la normalización. Nos acostumbramos a que la política sea entretenimiento, a consumir noticias como quien consume una serie de televisión, esperando el próximo giro argumental, el próximo escándalo, la próxima temporada.

El electorado, entrenado por algoritmos que premian la novedad y el shock, ya no vota por programas de gobierno, vota por arcos narrativos, por el candidato que ofrece la historia más emocionante, no el plan más coherente. Esto ha reconfigurado por completo lo que significa ganar en política. Ya no ganas por tener las mejores ideas, ganas por tener la mejor presencia escénica, por saber cuándo gritar, cuándo susurrar. ¿Cuándo generar indignación y cuándo fingir empatía? La campaña electoral dejó de ser un debate de propuestas y se convirtió en una audición para protagonista de un drama colectivo. Y cuando el líder finalmente llega al poder, el guion sigue escribiéndose con la misma lógica. Cada decisión se mide por su impacto mediático, no por su efectividad administrativa.

Cada crisis se gestiona pensando en cómo se verá en los titulares, no en cómo se resolverá en la práctica. Gobernar se volvió indistinguible de actuar. Frente a esto emergen las soluciones de siempre. Necesitamos líderes más educados, dicen algunos. Debemos regular las redes sociales, proponen otros. La respuesta es más democracia directa, más participación ciudadana, insisten los optimistas.

Todas estas propuestas tienen algo en común: son completamente inútiles, no porque sean malintencionadas, sino porque no atacan la raíz. Puedes exigir que los candidatos tengan doctorados, pero, si el sistema sigue premiando la capacidad de generar titulares por encima de la capacidad de gobernar, solo conseguirás idiotas con diplomas. Puedes regular las redes sociales hasta el autoritarismo, pero, si la televisión, la radio y los periódicos ya llevan décadas convirtiendo la política en espectáculo, solo estarás cerrando una ventana mientras todas las puertas permanecen abiertas.

Puedes multiplicar los referendums y las consultas populares, pero, si el votante sigue consumiendo política como entretenimiento, solo estarás democratizando el circo, no desmontándolo. El problema no es quién está en el escenario, el problema es que exista un escenario. El problema no es que el actor sea malo, es que estemos buscando actores cuando necesitaríamos ingenieros. Y, sobre todo, el problema es que hemos dejado de preguntarnos si acaso necesitamos ese escenario, si el protagonista que tanto miramos tiene algún poder real o si lo que llamamos democracia no es más que el derecho a elegir qué máscara usará el siguiente decorado de un sistema que ya decidió hacia dónde va. Ahora podemos ver lo que estaba oculto a plena luz. La idiotez no es estupidez, es camuflaje. La incompetencia del líder no es un defecto que el sistema tolera, es una funcionalidad que el sistema necesita.

Porque un líder que parece ridículo desarma cualquier crítica seria antes de que llegue a las estructuras reales. Nos pasamos años riéndonos de los errores ortográficos de Trump, de sus exabruptos, de su estética de millonario de telenovela. Mientras tanto, ¿quién estaba revisando los contratos de reconstrucción? ¿Quién seguía el dinero de los rescates bancarios? ¿Quién vigilaba las leyes que permitieron la mayor transferencia de riqueza hacia arriba en décadas? 

Nadie, porque estábamos ocupados compartiendo memes. La futilidad es la armadura perfecta para la impunidad. Cada escándalo del líder histriónico drena toda la energía crítica del público hacia su figura. Mientras nadie pregunta quién escribió la legislación que desreguló las finanzas, qué corporación privatizó un servicio público o dónde están las cuentas offshore de quienes realmente deciden, Zelenski llegó como el outsider que enfrentaría a las élites, pero los oligarcas que controlaban Ucrania antes de su elección siguieron controlándola después. Las mismas redes de poder, los mismos intereses. Solo cambió la cara en la pantalla, solo cambió el actor encargado de absorber la frustración popular mientras el guion permanecíai ntacto. El sistema no necesita líderes brillantes porque los líderes brillantes son peligrosos. Un estadista con visión real puede cuestionar el orden establecido, pero un comediante, un magnate de reality shows, un personaje que solo entiende de trending topics, es perfectamente inofensivo. No puede amenazar lo que no comprende, no puede desmantelar lo que ni siquiera sabe que existe. Por eso, el capitalismo financiero prefiere gobernantes que provengan del entretenimiento, no a pesar de su falta de experiencia política, sino exactamente gracias a ella. Su única función es mantener el espectáculo en marcha, absorber la insatisfacción colectiva y renovar cada 4 años la ilusión de que algo puede cambiar. El sistema no colocó a un payaso en el trono por equivocación: necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Entonces, ¿qué hacemos con esta revelación?

La primera respuesta instintiva es buscar un líder mejor, alguien más preparado, más honesto, más capaz. Pero ya vimos que esa solución no toca la raíz. El problema no es la calidad del actor, es la existencia del teatro. La alternativa real no es política en el sentido tradicional, es perceptiva. Es un cambio radical en donde colocamos nuestra atención, llamémoslo el asetismo de la atención; retirar deliberadamente nuestra mirada del escenario y dirigirla hacia los bastidores. Dejar de consumir política como si fuera entretenimiento. Dejar de reaccionar a cada declaración escandalosa, a cada tweet polémico, a cada controversia fabricada. Porque cada segundo que invertimos discutiendo al payaso es un segundo que no estamos vigilando quién está moviendo los hilos, quién financia realmente las campañas, qué corporaciones redactan los proyectos de ley que los legisladores solo firman.

¿Qué fondos de inversión controlan la infraestructura crítica de tu ciudad? ¿Quién se benefició del último rescate financiero? Esas preguntas no generan memes, no se vuelven virales, no alimentan el ciclo del espectáculo y precisamente por eso son las únicas que importan. La solución no es cambiar al líder, es dejar de mirarlo. Tal vez lo más revolucionario que podemos hacer en este momento no sea marchar ni votar diferente, ni compartir el próximo hashtag indignado. Tal vez sea algo mucho más simple y más difícil, negarnos a seguir el guion. Negarnos a consumir el escándalo del día, negarnos a alimentar con nuestra atención el único recurso que el espectáculo necesita para perpetuarse.

Porque, si hay algo que este sistema no soporta, es el silencio. Y nada aterra más al circo que una audiencia que se levanta y se va. Si este análisis cambió tu forma de ver el poder, si ahora puedes nombrar lo que antes solo sentías como malestar difuso, escribe en los comentarios.

Ya no miro el escenario. Es una marca de lucidez compartida, una forma de reconocernos entre quienes dejamos de aplaudir el circo para empezar a vigilar la caja fuerte. 

Volvamos al inicio, pero con otros ojos. El mundo está dirigido por personas que, en cualquier otra profesión, habrían sido despedidas en su primera semana. Esa frase, que al principio sonaba como denuncia, ahora revela su verdadera naturaleza. No es una falla: es el diseño perfecto para un sistema que ya no necesita conductores, porque lo que llamamos incompetencia es, en realidad, la cualificación exacta para el cargo. El líder idiota no está ahí para tomar decisiones, está ahí para simular que alguien las está tomando. No está ahí para gobernar, está ahí para que creamos que todavía existe algo llamado gobierno. Su función no es dirigir la máquina, es distraernos del hecho de que la máquina ya no tiene volante. Esta es la orfandad política que mencionamos, ese terror existencial de descubrir que no hay ningún adulto en la sala. Pero ahora podemos reformular esa angustia. No es que no haya adultos, es que dejamos de necesitarlos.

El capitalismo financiero llegó a un punto de automatización tan completo que el liderazgo humano se volvió decorativo. Los algoritmos de trading mueven mercados. Los bancos centrales aplican fórmulas predeterminadas. Las corporaciones ejecutan planes estratégicos diseñados por consultoras que nadie eligió. El sistema opera en piloto automático, y el líder es simplemente la interfaz humana de un mecanismo que ya decidió su propio rumbo. Trump nunca tuvo el poder que aparentaba tener. Zelenski nunca controló lo que decía controlar, no porque fueran débiles, sino porque elpoder ya no reside donde solía residir.

igró, se dispersó, se volvió difuso, técnico, administrativo, se escondió en cláusulas de tratados comerciales, en decisiones de juntas directivas, en algoritmos que determinan qué ves, qué compras, qué piensas. Y aquí está la gran ironía. Mientras nos obsesionamos con el idiota en el trono, con su incompetencia evidente, con sus declaraciones absurdas, el verdadero poder celebra. Porque cada minuto que dedicamos a indignarnos por lo que el líder dijo, es un minuto que no dedicamos a cuestionar por qué las grandes corporaciones no pagan impuestos. ¿Por qué los salarios no crecen mientras las ganancias corporativas explotan? ¿Por qué cada crisis financiera termina con rescates para los bancos y austeridad para el resto? El idiota es el escudo perfecto.

Mientras exista, mientras ocupe la pantalla, mientras monopolice nuestra atención y nuestra rabia, el sistema real puede operar sin resistencia, sin cuestionamientos, sin amenaza de transformación, pero ahora lo sabemos. Y saber cambia todo, porque una vez que ves el mecanismo, no puedes dejar de verlo.

Una vez que entiendes que el escándalo del día es una cortina de humo, que ell íder ruidoso es una distracción funcional, que tu indignación está siendo administrada como un recurso más, ya no puedes participar del juego con la misma inocencia.

El poder no está donde nos dijeron que estaba. Y esa revelación, por más incómoda que sea, es también liberadora. Porque si el trono está vacío, si el líder es un decorado, entonces nuestra energía política no debería gastarse en cambiar la decoración, debería invertirse en desmantelar el teatro completo. ¿Has sentido esa transformación? ¿Ese momento en que dejas de discutir lo que dijo el político y empiezas a preguntar quién le escribió el discurso? Comparte en los comentarios en qué momento dejaste de mirar el escenario y empezaste a buscar los cables. Esas experiencias de despertar colectivo construyen el mapa que todos necesitamos. Hay una verdad que atraviesa todo lo que hemos analizado. Una verdad tan simple que resulta obscena.

El sistema no se equivocó al colocar a un payaso en el trono. El sistema necesitaba un circo para que nadie notara que el trono en realidad está vacío. Durante décadas nos vendieron la idea de que la democracia era el gobierno del pueblo, que nuestro voto importaba y quizás alguna vez fue verdad. Pero ese tiempo terminó. Lo que tenemos ahora es una simulación tan perfecta que nos cuesta aceptar que es simulación. Un teatro tan bien montado que seguimos comprando entradas, aunque ya sepamos que los actores no escriben el guion, que el decorado es cartón pintado, que la obra se representa para mantenernos en la butaca, mientras en otro edificio, sin cámaras ni audiencia, se toman las decisiones reales. El verdadero poder no necesita aplausos, necesita silencio, y nada genera más ruido que un idiota al mando. Mientras discutimos si el líder es fascista o incompetente, mientras compartimos indignados su última barbaridad, el sistema que lo colocó ahí sigue acumulando,  concentrando, extrayendo, sin freno, sin oposición, sin que siquiera sepamos sus nombres, pero ahora tú lo sabes y eso te convierte en un problema para el espectáculo, porque el espectáculo solo funciona si la audiencia cree en él. El día que dejemos de aplaudir, el día que dejemos de consumir el escándalo del día, el día que dirijamos nuestra atención hacia donde realmente duele, el circo colapsa. Desaprender eso es un acto de resistencia. Negarse a seguir el guion, a consumir la indignación programada, a invertir energía emocional en peleas diseñadas para agotarnos es sabotear el único recurso que el sistema necesita: nuestra atención. Tal vez la revolución no sea tomar el poder. Tal vez sea dejar de mirarlo donde nos dijeron que estaba y empezar a buscarlo donde realmente opera. Tal vez sea entender que el enemigo no es el idiota en el trono, sino el mecanismo que hace que el trono no importe. Tal vez sea aprender a vivir sin esperar al líder correcto, al partido correcto, a la elección correcta. Asumir que, si queremos transformar algo, tendremos que hacerlo sin pedir permiso al espectáculo, porque el espectáculo nunca dará permiso para su propia abolición. Esta no es una conclusión, es una apertura, un punto de partida para mirar de otra forma, para dejar de ser audiencia y empezar a hacer otra cosa. Algo que se reconoce en la lucidez compartida de quienes ya no aplauden. El circo seguirá, pero no necesitas quedarte en la función.

sábado, 15 de noviembre de 2025

La crítica contra la partitocracia de Simone Weil, por Enric Gel

 Los conflictos entre la filosofía y la política, por Enric Gel, en su programa de YouTube Adictos a la filosofía, que recomiendo:

Desde sus inicios, ha habido grandes conflictos entre la filosofía y el poder político. Sócrates fue asesinado por la democracia ateniense básicamente por animar a la gente a pensar por sí misma. Platón propuso que el único remedio a los males de las ciudades era derrocar al político y que el filósofo fuera  el rey. Aristóteles tuvo que huir de Atenas cuando la masa enfurecida empezó a conspirar contra él por el papel que había tenido en la  educación de Alejandro Magno.Y desde entonces, el número de filósofos que, de un modo u otro, han sido silenciados o perseguidos por aquellos que ostentan el poder político no ha hecho más que crecer. En línea con este conflicto sistemático, en el siglo XX hubo una filósofa que propuso una crítica radicalmente destructiva de la principal estructura política moderna: los partidos. Y lo hizo sobre la base de que los partidos políticos, por su propia naturaleza, tienden a apagar la llama del espíritu filosófico: el pensamiento crítico. Esa filósofa fue Simone Weil, y en  este vídeo te lo cuento. Soy Enric, bienvenido  de vuelta a Adictos a la Filosofía, ¡empecemos!  

Breve biografía de Simone Weil

Simone Weil fue una filósofa francesa con un corazón desbordante que vivió una vida que no se puede sino admirar. Comprometió su pensamiento a la causa de los oprimidos y solamente con escuchar hablar del sufrimiento del otro la conmovía la compasión y la movía a las lágrimas. Falleció a la joven edad de 34 años al contraer tuberculosis y complicársele la enfermedad por su negativa a alimentarse adecuadamente, debido a que quería compartir las condiciones de vida de los prisioneros en la Alemania nazi. De ella dijo  Albert Camus que fue el único gran espíritu de su  tiempo. Y aunque tiene obras muy interesantes (y al final de este vídeo te diré dónde puedes aprender más acerca de su pensamiento), hoy te quiero hablar de un pequeño textito suyo de 1940: "Nota sobre la supresión general de los partidos  políticos". Como podéis adivinar por el título, en este ensayo defiende la necesidad de erradicar por completo los partidos políticos con el fin de que se pueda perseguir verdaderamente el bien común. El simple hecho de que los partidos existan y nos hayamos acostumbrado a ellos, dice Weil, no es un motivo para conservarlos. El único motivo suficiente sería el bien, es decir, que fueran  realmente buenos o útiles para la vida pública.  

Pero, ¿acaso es así? Weil, desde luego, pensaba que no, que los partidos eran un mal casi en  estado puro, dice, y que en ellos no había ningún bien con peso suficiente como para contrarrestar este mal y hacer deseable su conservación. Ahora, ¿cuál es el criterio del bien, se pregunta Weil, con el que juzgar a los partidos? "No puede ser  otro", escribe, "que la verdad y la justicia, y, en segundo lugar, la utilidad pública". Ni la democracia ni el poder de la mayoría son bienes en sí mismos, sino más bien medios con vistas al bien: solo preferimos la democracia porque sirve al bien común de un modo más eficaz que el  resto de regímenes. Si no lo hiciera, habría que desecharla y cambiarla por algo distinto. como uno en el que gobierne yo solito. Ese estaría bien. 

Primera crítica de Weil a los partidos políticos

En este punto, Weil está siguiendo las ideas de Rousseau, según el cual la mayoría de las veces, y dadas unas ciertas condiciones, la voluntad de la mayoría tiene mayores probabilidades de acertar con lo bueno y lo justo que cualquier otra, por motivos similares a los que daba Aristóteles: muchos ojos ven más y mejor que uno solo. El inconveniente está en que, para que esto se cumpla bien, para que la voluntad de la mayoría tenga realmente mayor probabilidad de acertar con lo bueno, tiene que cumplirse al menos una condición: que en el momento en el que se expresa la voluntad de la mayoría no haya ninguna pasión colectiva que distorsione la percepción que tiene la gente de la realidad. Y aquí es donde empiezan los problemas para Weil, y esta es su primera crítica, porque para ella los partidos son una máquina de fabricar pasión colectiva, con lo cual la dinámica natural del partido no ayuda para nada a adquirir una comprensión real, tranquila y ponderada de la propia situación y los dilemas y problemas en los que nos encontramos. Al contrario, dice, el partido exalta a las masas con tal de acaparar para sí el mayor número de apoyos. Esto nos lleva a la segunda crítica que Weil hace:  

Segunda crítica de Simone Weil a los partidos

Que el primer y último fin de todo partido es su propio crecimiento, para el que no se pone ningún límite. ¿Cuál parece ser siempre el objetivo que  persiguen los partidos? La mayoría absoluta y, así, lo bien o lo mal que hayan ido unas ciertas votaciones suele medirse con respecto a cómo de lejos ha quedado el partido de ese resultado. La mayoría absoluta es la gran victoria para el partido: es lo que le permite no depender de nadie más y poder aplicar inalterado, sin debatirlo ni negociarlo, su propio programa electoral. La deliberación y negociación con el otro suelen verse, en cambio, como un fastidio, como lo que me toca hacer cuando no tengo los apoyos suficientes. Pero si me lo puedo saltar por los números que tengo, me lo salto. Lo que plantea Weil es que en esta búsqueda del poder completo hay un germen totalitario peligroso. Pero eso no está mal. Si lo hago yo, claro, quiero decir. 

 Nadie se plantea que su partido pueda tener demasiados votos, demasiados miembros, demasiados diputados: más es siempre mejor. Pero, en este caso, ¿se está entendiendo el partido como un medio para el bien común o más bien como un fin en sí mismo? ¿Se ordena el partido al bien público o se ordena todo al crecimiento del partido? 

Tercera crítica de Simone Weil a los partidos

Alguien podría responderle a Weil que el partido busca su propio crecimiento con la intención precisamente de hacer realidad su propia idea particular del bien común. Pero aquí es donde entra su tercera crítica: que el hecho de que exista esa idea particular del bien común, que es la doctrina central del partido, y que se aplica de modo disciplinar sobre sus miembros, los convierte en organismos "constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y de  la justicia". El argumento es como sigue. Cuando uno entra en un partido, se le pide que asuma un cierto sistema de ideas, una doctrina. Puede que de ella conozca de entrada solamente una pequeña parte, pero aún así se le pide que la abrace toda. Si una persona prometiera enfrentarse a cada problema olvidándose de su condición de miembro de ese partido y preocupándose solo por discernir lo que le parece justo, sería mal visto. Y no te digo ya si encima rompe las directrices del partido y vota de manera contraria en alguna materia particular: sería aleccionado de inmediato. El problema, entonces, es que entrar en un partido, dice Weil, implica aceptar de manera más o menos acrítica toda una serie de postulados de los cuales conozco en principio solamente una parte. Weil lo asemeja al converso que a medida que va aprendiendo los dogmas de la iglesia en la que se ha metido, los va aceptando sin rechistar ni cuestionar. Así dice que cada partido es "como una pequeña Iglesia profana armada con la amenaza de la excomunión". En ambos casos se somete el pensamiento propio a una autoridad, sea la del partido o la de la iglesia. Así, el deseo de  buscar la verdad queda sustituido por la tendencia a acomodarse a un discurso preestablecido. De esta  manera, dice Weil, uno deja de pensar como tal y pasa a pensar como monárquico, como socialista,  como persona de izquierdas, de derechas, etcétera, cosa que, para ella, es lo mismo que no pensar. Y lo que es peor, los intentos de pensar dentro del partido se castigan a la mínima que se aparte uno de la doctrina oficial. Eso, escribe Weil, equivale a castigar a los que se atrevan a pensar por sí mismos, e implica que un diputado está obligado a atenerse a lo que decida el partido y no a lo que la luz natural de su razón le indique que es bueno, justo y verdadero.  

"Los partidos son un maravilloso mecanismo en virtud del cual, en toda la extensión de un país, no hay nadie que preste su atención al esfuerzo de discernir, en los asuntos públicos, el bien, la justicia y la verdad. [...] Si se confiara al diablo la organización de la vida pública, no podría imaginar nada más ingenioso". 

Uno cede su capacidad de pensar al partido y ya no es él el que piensa lo que le parece bien o lo que le parece mal: es el partido, son otras personas en las esferas altas del partido las que piensan y deciden por él. Así, los partidos persiguen solamente su propio crecimiento y la  búsqueda de un poder total. Y con ese fin buscan avivar la pasión colectiva polarizando las masas e imponer un fuerte control disciplinario sobre el pensamiento de sus miembros. De esta manera nublan por un lado el juicio del pueblo y castigan por el otro el pensamiento crítico. Por estos motivos, los partidos "son malos en su principio y en la  práctica sus efectos son malos. La supresión de los partidos sería un bien casi puro". 

Pero, ¿cuál  es la alternativa, Simone Weil? Pues una forma de política mucho más libre, nos dice, sin partidos ni doctrinas, en la que los distintos diputados se presentarían a elecciones no con la etiqueta de yo soy de este partido, sino con una descripción detallada de sus valores y su pensamiento y la promesa primero de seguir pensando en diálogo con los demás elegidos y de hacer siempre solo aquello que honestamente le pareciera correcto. De esta manera, imagina Weil, las relaciones entre diputados serían mucho más libres y fluidas y se asociarían o disociarían según las afinidades que tuvieran en cada problema o tema particular. El  planteamiento de Weil, como os podéis imaginar, ha sido criticado desde todos los puntos de vista.  

Objeciones al pensamiento de Weil

De hecho, todo este tema ya lo expliqué como en los orígenes del canal, hace casi ya 10 años, y muchos de vosotros mismos planteasteis muchas objeciones en comentarios. Por ejemplo, no hay que olvidar que Weil está escribiendo este texto en un momento histórico muy concreto: apenas empezada la Segunda Guerra Mundial. Por mucho que sus críticas tal vez se puedan trasladar de algún modo a los partidos actuales, tal vez su radicalidad se deba más bien al contexto político de ese momento y no se pueda traducir tal cual día de hoy. De hecho, incluso si aceptamos las críticas como interesantes, es bastante controvertido que la alternativa que propone sea viable. 

¿Acaso no terminarían surgiendo otra vez los partidos de una manera o de otra cuando esos diputados libres se vayan asociando repetidamente entre los que tienen más afinidades? Al final, los problemas que  identifica con los partidos como institución los podemos tal vez encontrar también en cualquier otra organización humana lo suficientemente compleja por la que pase algo de poder. Y esto es importante, porque en política no basta simplemente con señalar un problema: uno tiene que ser capaz de poner sobre la mesa una alternativa mejor, porque si no la hay, a veces es preferible malo conocido que bueno por conocer. Los partidos puede que tengan muchas cosas malas, pero es que tal vez no lo podemos hacer mejor. Al final, en política no hay que perseguir la mejor solución ideal en abstracto sobre el papel, sino la mejor solución posible para nuestro caso, dadas nuestras circunstancias. Sin ir más lejos, la disciplina de voto, OK, tiene sus inconvenientes, pero tampoco hay que olvidar que se planteó precisamente para abordar otro problema igual de gordo, el transfuguismo, la compra del voto de un diputado. Al final, en política hay poco que sea un bien o un mal casi puro, como dice Weil, sino que prácticamente todo tiene sus pros y sus contras y da la impresión de que Weil eso lo pierde de vista (de nuevo, posiblemente por la situación histórica en la que se encontraba). Puede ser simplemente que esos problemas que identifica sean nuestros, de la condición humana en general, y no de los partidos en específico. 

Sea como sea, ahí está este texto, "Nota sobre la supresión general de los partidos políticos", y sigue valiendo la pena muchísimo leerlo porque es un recordatorio, primero, de  los peligros de un sistema que a menudo damos por supuesto y, segundo, de la necesidad de proteger el pensamiento crítico dentro de la política.  

Y ahora, si lo que quieres es descubrir lo fascinante que fue su vida y las claves de su pensamiento filosófico, no te puedes perder este otro vídeo de aquí en el que, encima, conecto su filosofía con el último disco de Rosalía, LUX, en el que aparece una cita suya: "El amor no es consuelo, es luz". ¿Qué  significa eso? Pues en este vídeo te lo cuento. Así que venga, dale un buen clic, ahí te veo y, sobre todo... no dejes de pensar.