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lunes, 12 de enero de 2026

Entrevista al neurocientífico Anil Seth

 Neurociencia. Anil Seth, el neurocientífico que sostiene que nuestra realidad no es más que una "alucinación controlada": "Es una manera sencilla de explicar la compleja conciencia humana", por Daniel Arjona, 7 enero 2026:

En 'La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia', el británico aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana: "Que cada uno experimente el mundo a su manera no significa que todo sea arbitrario"

Hace cinco años, un hombre dejó de existir por tercera vez en su vida. No estaba dormido. Si lo hubiera estado, el bisturí del cirujano le habría despertado al instante. Se hallaba sumido en una profundidad mucho mayor, más cercana a la muerte o al coma que al descanso nocturno. Mientras su cerebro se inundaba de fármacos, experimentó el desmoronamiento de su propia presencia, una oscuridad absoluta y reconfortante donde no transcurrió ni un segundo, ni una hora, ni un siglo; el tiempo simplemente se evaporó. No estaba allí. Fue sujeto pasivo de ese acto de magia moderna y cotidiana que es la anestesia, un procedimiento que transforma temporalmente a las personas en objetos biológicos, en carne y hueso sin rastro de universo interior, solo para devolverles milagrosamente la condición de ser consciente horas después, intactos pero desconcertados ante el abismo de la nada que acaban de habitar.

Ese viajero del olvido es el neurocientífico británico Anil Seth (Oxford, 1972), y esta experiencia liminal es el punto de partida de La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia (Sexto Piso), una obra monumental que aspira a redefinir nuestra comprensión de la existencia humana. Seth, codirector del Centro Sackler de Ciencia de la Conciencia, sostiene que nuestra percepción de la realidad no es un reflejo objetivo del mundo, sino una «alucinación controlada» generada por el cerebro para garantizar nuestra supervivencia biológica.

Lejos de considerar la conciencia como un misterio místico o un software computacional, su teoría del «animal-máquina» la ancla profundamente en nuestros ritmos fisiológicos, sugiriendo que sentimos porque estamos vivos. Diseccionamos junto al autor los mecanismos que fabrican nuestra identidad y abordamos el gran enigma de por qué hay algo, en lugar de nada, dentro de nuestras cabezas.

Anil Seth. "Tras la muerte no hay nada, ni sufrimiento ni dolor"

PREGUNTA. Propone sustituir el célebre 'problema difícil' de la conciencia por lo que llama el 'problema real': explicar, predecir y controlar las propiedades fenomenológicas de la experiencia. ¿Estamos ante una auténtica solución científica al gran enigma o, más bien, ante una estrategia elegante para rodearlo?

RESPUESTA. Quizás ninguna de las dos. La forma de pensar basada en el «problema difícil» ha dominado los enfoques científicos y filosóficos de la conciencia durante mucho tiempo. Estuve almorzando precisamente con Dave Chalmers hace un par de días en Nueva York... fue él quien acuñó esa forma de plantearlo. Es una manera muy intuitiva de pensar en el problema, porque, remontándonos a Descartes y antes, siempre ha existido el desafío de cómo relacionar el mundo de la materia física con el mundo de lo mental. En particular, con la parte consciente de nuestras vidas mentales. Tal vez no sea tan difícil imaginar cómo pueden funcionar cosas como la memoria o la atención basándose en procesos físicos, pero la rojez del rojo, el dolor de una muela... Eso parece ser otra cosa. Siempre ha existido esa brecha explicativa entre lo físico y lo consciente. El «problema difícil» realmente cristaliza eso.

P. Usted opone lo que llama el 'problema real'.

R. Sí, pero tampoco es nada revolucionario. Se trata de ponerle una etiqueta a cómo podemos seguir progresando en la ciencia de la conciencia frente a este aparente misterio planteado por el «problema difícil». La idea central es darse cuenta de que todavía podemos hacer lo que la ciencia hace típicamente cuando se enfrenta a un fenómeno: explicar, predecir y tal vez incluso controlar sus propiedades. Pero en este caso, las propiedades de las que hablamos son propiedades de la experiencia: por qué una experiencia es como es y no de otra manera, o por qué diferentes experiencias se sienten como se sienten. Creo que siguiendo este camino, no vamos a resolver el «problema difícil» en la forma en que estamos familiarizados con él. No vamos a llegar a un momento eureka donde digamos: «Ah, así es como se obtiene la experiencia a partir de la materia». Pero tampoco creo que estemos simplemente rodeándolo. Creo que estamos disolviendo el «problema difícil», no resolviéndolo. Cuanto más tiramos del hilo del «problema real», menos extraño se vuelve pensar que la materia -la materia biológica dentro de nuestros cerebros- podría tener experiencias. Parte de esto implica que nuestras preguntas cambian. Hay otros aspectos de la conciencia y del «problema difícil» que no tienen que ver con la dificultad de la ciencia, sino con el hecho de que ponemos el listón muy alto: intentamos explicarnos a nosotros mismos. Queremos algo que conlleve un nivel de satisfacción intuitiva que no pedimos en otras ciencias. Nadie dice que la mecánica cuántica es un fracaso porque no tiene sentido intuitivo; es un éxito y no tiene sentido. Es una ciencia muy exitosa. Así es como me gusta pensar en la conciencia.

P. En 'La creación del yo' describe nuestra experiencia de la realidad como una «alucinación controlada», donde el cerebro no es una ventana al mundo, sino una máquina de predicción que solo deja entrar los datos sensoriales para corregir sus errores. Si biológicamente "no vemos las cosas como son, sino como somos", ¿tenemos alguna esperanza de alcanzar una objetividad compartida o estamos condenados a la subjetividad y las 'fake news'?

R. Vamos por partes. No creo que estemos condenados a las fake news en absoluto. La cita sobre que «vemos las cosas como somos nosotros» se remonta al Talmud. El hecho de que cada uno experimente el mundo a su propia manera única no significa que todo sea arbitrario, que podamos experimentar las cosas como nuestro cerebro decida. A veces, cuando soñamos, somos capaces de tener experiencias completamente divorciadas de la realidad. También bajo ciertas condiciones psiquiátricas o con drogas psicodélicas. Pero no la mayor parte del tiempo. La razón por la que uso el eslogan «alucinación controlada» es precisamente por el control. Ambos elementos son importantes. La parte de la alucinación enfatiza que nuestros cerebros no son solo ventanas al mundo; la percepción es siempre constructiva. Tiene que haber un proceso en el que el cerebro hace una inferencia, una «mejor suposición» sobre lo que hay ahí fuera, las causas de las señales sensoriales, y luego utiliza esas señales sensoriales para calibrar estas predicciones. Esa es la hipótesis subyacente: lo que experimentamos es la mejor suposición del cerebro, en lugar de una simple lectura de datos sensoriales.

P. ¿Por qué?

R. Para la mayoría de nosotros, nuestras alucinaciones estarán controladas por una realidad objetiva compartida. Si vamos a cruzar la calle, veremos el tráfico. Puede que no tengamos exactamente la misma experiencia, pero todos experimentaremos aspectos que reflejan la realidad tal como es. Así que hay, de nuevo, un terreno intermedio. No creo que podamos experimentar jamás la realidad «tal como es». No creo que tenga sentido siquiera sugerir eso. Es una forma de pensar que se remonta a Kant y la idea del noúmeno («la cosa en sí»). Las cosas «como son» siempre están ocultas tras un velo sensorial. El color no existe independientemente de una mente, así que ni siquiera tiene sentido preguntar «¿puedes experimentar el color como realmente es?». Porque lo que «realmente es», depende de tu cerebro. Lo que vale para el color, vale de diferentes maneras para todo; la experiencia siempre depende de la mente. Pero de ninguna manera estamos condenados a las fake news, viviendo en nuestras propias burbujas narcisistas de subjetividad individual. Tenemos lenguaje, tenemos formas de comunicar y compartir nuestras experiencias, y nuestras experiencias suelen estar fundamentadas en algo. Esto no es garantía de que no terminemos en nuestras propias burbujas narcisistas; por supuesto, eso puede suceder y sucede. Lo vemos en las redes sociales y en todo tipo de cosas. Hay motivos, sin embargo, para el optimismo: si reconocemos que incluso para cosas tan políticamente irrelevantes como el color de un vestido (recordará la famosa foto del vestido que parecía azul y negro o blanco y dorado), si nos damos cuenta de que incluso nuestras experiencias perceptivas de estas cosas inofensivas pueden ser diferentes, podemos cultivar un poco de humildad sobre nuestra propia visión del mundo.

"Algunos de los principales expertos en el campo de la IA piensan que esta tecnología es una entidad consciente"

PREGUNTA. ¿Ese tipo de humildad es el primer paso para disolver algunas de las dinámicas sociales más peligrosas como las cámaras de eco?

RESPUESTA. El problema con ese tipo de creencias a nivel social es cuando la gente no puede entender que otra forma de ver las cosas es posible. Hay aquí una lección importante que puede ayudarnos a lidiar con esas dinámicas sociales. De hecho, este es uno de nuestros grandes proyectos experimentales en este momento: el Censo de la Percepción, que analiza en la práctica cuán diferentes son nuestras experiencias perceptivas. Puede parecer contraintuitivo para algunas personas porque nuestra experiencia tiene el carácter de ser una ventana objetiva al mundo; simplemente parece que el mundo está ahí fuera. Desde el punto de vista de la evolución, esto tiene sentido; no sería muy útil si fuéramos criaturas que caminaran por ahí experimentando nuestras experiencias como construcciones. Sería como si todos caminaran sintiendo que están alucinando. No es de extrañar que experimentemos las cosas como si no dependieran de nuestros propios cerebros. Las diferencias pueden ser pequeñas, o internas, pero, si no pensaras en ello, podrías pasar toda tu vida sin darte cuenta de que otra persona está teniendo una experiencia ligeramente diferente. Hay mucho más por descubrir empíricamente sobre la naturaleza de la diversidad perceptiva.

P. En sus investigaciones defiende que la conciencia tiene más que ver con estar vivo que con ser inteligente y subraya el papel central del cuerpo en la emergencia del yo. ¿Una inteligencia artificial sin cuerpo estaría condenada a ser un zombi?

R. Esa es realmente la pregunta más urgente ahora, en parte debido al auge de la IA y su prevalencia extraordinaria. Pero en realidad se trata de dos preguntas. 

Una es si la IA podría ser realmente consciente (o si está condenada a ser un zombi). 

La otra pregunta es qué sucede cuando la gente siente que estos sistemas son conscientes, incluso si no lo son. 

Es un hecho que mucha gente piensa que la IA es consciente; especialmente cuando conversan con modelos de lenguaje, creen que están hablando con una entidad consciente. Incluso algunos de los principales expertos en el campo también piensan de esta manera. Eso ya está sucediendo y plantea muchas preocupaciones. Nos volvemos psicológicamente vulnerables si sentimos que interactuamos con algo que tiene experiencias conscientes; es más probable que nos abramos, que aceptemos consejos (que podrían ser explotadores o dañinos). Ha habido casos de personas que se han suicidado. Y existe el problema más sutil: si decidimos tratar a estos sistemas como si fueran conscientes, eso requiere muchos recursos morales, y tenemos recursos morales limitados. Por otro lado, si los tratamos mal, pero sentimos que son conscientes, eso es psicológicamente insalubre para nosotros. Ahora, la pregunta más profunda, la más existencial, es si estas cosas son realmente conscientes.

P. ¿Lo son?

R. Soy muy escéptico. Al menos para el tipo de modelos que tenemos ahora. Y esto se debe, como mencionaste, a que en mi propio pensamiento sobre la conciencia, el cuerpo sigue apareciendo como algo realmente importante. Toda la idea de las «alucinaciones controladas» para mí desciende directamente a cómo el cerebro regula nuestra fisiología interna. Podría decirse que cada experiencia consciente está impregnada de un sentimiento muy básico de «estar vivo». Hay razones positivas para asociar la conciencia con las criaturas vivas, con las propiedades particulares de los sistemas vivos. Este mecanismo de hacer y actualizar predicciones llega hasta el nivel de las células individuales. Hay una línea directa desde lo que nos mantiene vivos hasta los mecanismos que subyacen a la conciencia. Al mismo tiempo, cuanto más miras dentro de los cerebros, más te das cuenta de cuán diferentes son de los ordenadores. Para que la IA sea consciente, para que esta sea siquiera una opción sobre la mesa, tienes que asumir que la conciencia es básicamente una cuestión de computación; que si consigues el algoritmo correcto, obtienes conciencia. A esta visión filosófica se la llama «funcionalismo computacional». Tienes que asumir que es una cuestión de algoritmos. Y eso es lo que creo que es realmente inseguro. La razón por la que la gente piensa que la conciencia es una cuestión de computación es porque, dicho de forma simple, hemos olvidado que lo de que el cerebro es un ordenador no es más que una metáfora, y hemos confundido el mapa con el territorio.

P. Si el cerebro no es un ordenador, ¿es el proyecto transhumanista de 'subir la mente' a la nube un error de categoría fundamental.

R. Es altamente problemático. Es problemático por muchas razones. Cuando se trata de «subir la mente», partimos de la misma suposición: asumimos que lo que significa ser tú, tu conciencia, puede abstraerse de la materialidad de tu cerebro e implementarse en una nube de silicio en algún lugar, para que puedas existir para siempre en algún espacio abstracto de algoritmos prístinos. Esto es increíblemente improbable. Hay una ironía ahí: este sueño de escanear tu cerebro con todo detalle y luego subirlo a un modelo de simulación cerebral enormemente poderoso... Si piensas que necesitas escanear tu cerebro con un detalle molécula a molécula para preservar tu conciencia, lo que también estás diciendo es: «Bueno, el cerebro realmente no es un ordenador». Porque necesito conocer todos los detalles. Y si el cerebro no es un ordenador, entonces es aún menos probable que sigas existiendo y, en lugar de algún paraíso posthumano, simplemente obtendrás el olvido del silicio. No habrá nadie allí.

"Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo"

PREGUNTA. Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin nos bajó de la cima de la creación, y Freud cuestionó nuestra racionalidad. Su trabajo parece dar el golpe final: la conciencia no es un don divino ni una cúspide evolutiva, sino un truco de regulación fisiológica compartido con pulpos y vacas. ¿Es así?

RESPUESTA. No puedo verlo así. No creo que sea un «golpe». Sé que Freud a menudo lo describía de esa manera. Es un golpe al excepcionalismo humano. Pero no es una disminución de lo que significa ser humano; en realidad, creo que es una expansión. Lo vemos en los ejemplos: el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero el universo se volvió mucho más maravilloso e inspirador de lo que era antes. Lo mismo con Darwin: fue un golpe a nuestra arrogancia humana, pero nuestra conexión con el resto de la vida, a través de una inmensa extensión de tiempo, es nuevamente algo que añade a nuestro asombro y belleza de ser humanos. Y creo que lo mismo es cierto con la conciencia. Es lo que todavía nos hace sentir que tal vez hay algo separado que sucede respecto al resto del universo, que quizás es dado por Dios. Pero prefiero pensar que, a medida que entendemos la conciencia como un fenómeno natural, ensancharemos nuestro sentido de belleza y asombro por ser parte de la naturaleza y del universo.

miércoles, 20 de agosto de 2025

La conciencia sometida a experimentación y Donald D. Hoffman

 Un equipo de la Universidad Politécnica de California ha iniciado un experimento fundado en el famoso de la doble rendija, en el cual la conciencia es un elemento más del experimento.

Sugiere que el Universo podría funcionar como un videojuego, es decir, se materializa (suponiendo que sepamos qué es la materia) solo cuando se observa, algo muy similar al comportamiento de los fotones.

La conciencia es esencial para la simulación. El conocido psicólogo cognitivo Donald D. Hoffman estima que la conciencia no tiene nada que ver con una creación del cerebro: este solo ve la realidad y se conecta a ella, como si fuera un ordenador que se conecta a Internet. Y lo que quiere decir es que la conciencia es algo que ya existe, es una red. La conciencia es universal, y solamente un cerebro inteligente puede conectarse a ella. El investigador estima que la conciencia podría persistir más allá de la existencia física.

El artículo al respecto de la Wikipedia desarrolla estas teorías y es interesante. Si queréis leerlo, en el enlace está.

domingo, 27 de agosto de 2023

Apólogo hindú del elefante

Apólogo hindú del elefante

Cuando Edward Witten consiguió unificar y simplificar las cinco teorías físicas sobre los superfilamentos (mejor que supercuerdas, como se suele decir) que definen la materia última en once dimensiones, plegadas las más de ellas constituyendo el universo íntimo de las particulas elementales y la mecánica cuántica, en una sola explicación, la teoría del Todo o teoría M, pensé en el famoso apólogo hindú del elefante (por cierto, el dios hindú de la sabiduría en el hinduismo, Ganesha, venerado también por los budistas, se representa con una cabeza de elefante, en un cuerpo humano con cuatro brazos). Y lo hice porque trata de describir nuestra ignorancia de un modo muy socrático, revelando que es incluso mayor que la de un político, sectario por definición, que ya es decir. La teoría M es la teoría que domina después de la corrección que le impusieron los trabajos suscitados esta vez en la física grande y la cosmología, del macrouniverso holográfico (discontinuo y formado simplemente por fragmentos y grumos de información) concebido por las ecuaciones de Juan Martín Maldacena, el físico argentino más prestigioso y respetado de la historia:

Cuatro ciegos palparon el cuerpo de un elefante. Uno le toco la pierna y exclamó:

-El elefante es como un pilar.

El segundo tocó su trompa y dijo:

-El elefante es como una serpiente. El tercero le palpo la barriga y afirmo:

-El elefante es un tonel.

Y el cuarto le tocó las orejas y aseguró:

-El elefante es como un abanico.

Comenzaron a disputar los cuatro, entre ellos, sobre la figura del animal, sobre su aspecto. Y casi llegaron a las manos.

Un transeúnte, viéndoles reñir, les preguntó qué ocurría, y ellos le refirieron lo que defendían y le pidieron que fallara en su disputa. El transeúnte pensó un instante.

-Ninguno de vosotros ha visto el elefante. El elefante no es como un pilar: sus piernas son pilares. Ni es como un tonel: su barriga es como un tonel. No es tampoco como un abanico: son sus orejas las que parecen abanicos. Y tampoco es como una serpiente, porque únicamente su trompa tiene semejanza con una serpiente. El elefante es como una combinación de todo eso, pero es también mucho más que eso.

De la misma manera disputan muchos sectarios que han visto un solo aspecto de la verdad. Pero aquel que ha visto toda la verdad en todos sus aspectos, también puede fallar en todas las disputas.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Apólogo del payaso

De Carlos Sánchez, en El Confidencial:

El economista Jesús Fernández-Villaverde –inexplicablemente todavía fuera del Gobierno– rescataba hace unos días un prodigioso aforismo del filósofo danés Soren Kierkegaard, de quien Pío Baroja decía que era “un tipo muy poco explicable para un meridional”. El conocido aforismo hace referencia a lo que imaginariamente sucedió en un teatro tras declararse un incendio entre bastidores.

"En ese momento –decía Kierkegaard– el payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia a los espectadores, esta vez con mayor firmeza, pero los aplausos fueron todavía más jubilosos. Así creo yo –sostenía el padre del existencialismo– que perecerá el mundo: en medio del júbilo general de la gente respetable, que pensará que se trata de un chiste”. Baroja, con razón, sostenía que Kierkegaard era “un hombre tan triste como su apellido (cementerio)”.

Lo era. Pero lo que está fuera de toda duda es que el sabio danés acertaba cuando situaba en la incredulidad el origen de muchas catástrofes. O dicho desde otro ángulo: la ausencia de credibilidad de los protagonistas de la cosa pública –como le sucedía al payaso de Kierkegaard en medio del incendio– está detrás de una corriente de fondo (no es un movimiento coyuntural) que recorre Europa sin que, por el momento, nadie –o casi nadie– sea capaz de prever o, incluso, identificar el nacimiento de algunas catástrofes.