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miércoles, 6 de mayo de 2026

Las memorias de Carlos Boyero

 Auténtico Boyero sin filtro, en El País, Álex Grijelmo, 4 abr 2024:

El crítico de cine expone sus manías, sus pasiones, sus lecturas, los enamoramientos, su bajada al mundo de las drogas y el alcohol

Carlos Boyero carece de filtros. Así que ha firmado un libro sin filtros. Y como se trata de un libro autobiográfico, el primero que sufre esa ausencia de filtros es él.

No sé si me explico (Espasa) recopila las ideas, las manías, los mitos, los odios y los enamoramientos del quizás más influyente comentarista cinematográfico español contemporáneo.

Y escribimos “comentarista” porque él dice que no es un crítico.

No es un crítico, no. Es El crítico, como se tituló el documental sobre este iconoclasta que fue emitido por Movistar en septiembre de 2022. Los adjetivos que Boyero elige bajan o suben la recaudación en taquilla.

En el libro, prologado por el periodista Borja Hermoso y que se lee con placer, Carlos Boyero (Salamanca, 70 años) sale a cuerpo limpio a explicar su trayectoria, las copiosas y elegidas lecturas que lo definen, los discos, la relación con los amigos, con las mujeres que amó y le amaron (no se alarmen, aquí aplica el único filtro: evita identificarlas); la bajada al sórdido mundo de las drogas y del alcohol, su ascenso para salvarse, pero no del todo; sus enfermedades, la adicción al tabaco, su relación con el sexo, a veces pagado. Arremete contra personas y entidades, y contra algunas épocas y periodistas de EL PAÍS, sin olvidar los elogios a otros (también aparece el arriba firmante, y no por ningún asunto profesional sino por su autobombo como guardameta en pachangas de fútbol y su poder de convocatoria como asador de chuletas); alaba a cineastas bien conocidos y reniega de uno más conocido aún (dedica un capítulo a Pedro Almodóvar, y sin embargo proclama el gran valor de cuatro películas suyas); declara sus series preferidas, los largometrajes inmortales, sus restaurantes, los humoristas que lograron arrancarle la risa; explica su pasión madridista, aunque ya en decadencia como casi todas sus pasiones, y su admiración por Zidane y por Bellingham, pero también por Messi. Sus opiniones en todo eso son inclasificables en tendencias dominantes o gustos generales, él acabará saliéndose del carril, hable de lo que hable: hubo épocas en las que no compraba nada que estuviera publicitado, ve a Miguel Delibes con cierto tufo a sacristán y le fatigó Cien años de soledad.

Estos desmarques que han conformado su trayectoria y que lo han hecho atractivo para cientos de miles de lectores sazonan las 200 páginas del relato. Por ejemplo, alaba abiertamente a Javier Marías, pese a ser de dominio público sus mutuas embestidas. Y a Fernando Savater. “No hace falta estar de acuerdo con un columnista para apreciar lo que escribe”. De Pedro J. Ramírez, su director en El Mundo, a quien reprocha su falta de ética, dice: “Nos soportábamos mutuamente, lo cual prueba su inteligencia”.

También recuerda que varias columnas suyas no fueron publicadas, allá y acá, por decisión superior, pero de nuevo mira el conflicto con el pálpito de la sinceridad: “En algunas ocasiones, los que me aplicaron censura tenían razón”. En otras no. Eso sí: que le censuren otros: la autocensura le inspira terror.

En este monólogo de Boyero, escrito como si le estuviéramos oyendo hablar, hallaremos la principal clave de su carácter, de sus fobias y de sus temores, de su odio al poder: el hijo único cuyo padre lo envió a un internado de Salamanca cuando tenía 10 años y de donde lo expulsaron con 15; curas babosos y compañeros que sufrían abusos, la oscuridad de entonces, la angustia infantil que se prolongó en la madurez; y el carácter de su progenitor, a quien repudió por cómo trataba a la madre; a la que el hijo amó siempre. Recuerdos que le hicieron borrarse el apellido de él para tomar el de ella: Carlos (Sánchez) Boyero.

El libro provoca algunas carcajadas, otras veces ternura, a ratos distancia, en muchos pasajes admiración, pero también incomprensiones ante sus excesos, y en ciertas páginas una cierta empatía por el pesimismo terminal del firmante, por su acidez sincera. Pueblan la narración multitud de anécdotas que en su mayoría muestran al protagonista como víctima de sí mismo, y en las que puede llegar a ridiculizarse sin el menor tapujo.

En ningún momento oculta sus defectos. Reconoce el engolamiento en el que incurre cuando deja de ser Carlos y se convierte en Boyero. Admite su ego pero explica que el uso del yo en sus artículos no constituye rasgo alguno de soberbia, sino la expresión humilde de su punto de vista: “Para que quede claro que esas son exclusivamente MIS opiniones”. Ahora bien, en otro momento acotará: “Normalmente soy lúcido. Suelo acertar, quiero decir”.

La obra de Boyero constituye un alegato contra la hipocresía y contra quienes se amparan en las corrientes dominantes de ahora para diluir en ellas sus carencias, actitud ante la cual opone aquí un ejercicio práctico de rebeldía innegociable.

Además, el libro es la historia de un torpe con mucho éxito: No sabe conducir ni prepararse la comida, y descubrió con la pandemia la fabada Litoral y el caldo Aneto; no organiza ni sus propios viajes, carece de correo electrónico, dictaba sus crónicas de los festivales por teléfono, desconoce cómo manejar un ordenador o cómo enviar mensajes de WhatsApp; era feliz con su antediluviano móvil de Nokia hasta que lo perdió, y ahora se lleva mal con el iphone que le dieron en EL PAÍS. Su memoria privilegiada le ha permitido hasta ahora prescindir de Google.

Con todo este contexto, el firmante de No sé si me explico podría parecer de otra época, sencillamente porque se trata de alguien que ha vivido y disfrutado de otra época. Sin embargo, sus afirmaciones, sus valentías y sus miedos son genuinamente propios del mundo en el que hoy vivimos.

No sé si me explico, Carlos Boyero. Prólogo de Borja Hermoso. Editorial Espasa, 2024. 195 páginas. 19 euros

viernes, 27 de marzo de 2026

"Altas capacidades". Anatomía del arribismo

 Altas capacidades: así son. Y así nos parecen, en El País, Carlos Boyero, 27 mar 2026:

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. La nueva película de Víctor García León lo logra

Una de las sensaciones más gratas que puedo recibir en el cine (y en la vida, por supuesto) es que me hagan reír. O tan solo sonreír. O ambas cosas. Altas capacidades lo consigue. Y con frecuencia me provoca un rictus en la boca, siento vergüenza ante la actitud de la mayoría de los personajes. A unos los desprecio por trepas y patéticos. Y es cruel la descripción de los dueños del tinglado. No hay piedad ante el comportamiento, los modales, la falsedad, el manejo mezquino del poder o las fatuas aspiraciones de los que, con su servilismo, pretenden buscarse profesional y socialmente un pálido lugar en el sol. Solo me merecen respeto los niños y la amarga lucidez y el pragmatismo de una señora colombiana, cuyo marido, presunto traficante, fue asesinado en la puerta del colegio de su hijo. Lo que veo y escucho posee acidez necesaria y brillante mala hostia, un patetismo en las falsas relaciones de los personajes que puede desatarte el rubor. Incluso al extremo de plantearte con cierto miedo eso de “yo no quiero ser como ellos, tan artificiales y falsos”.

¿Cómo ascender en la escala de trabajo y socialmente?, se pregunta el matrimonio que la protagoniza. Pues logrando que admitan a tu niño en un elitista colegio donde son educados (o maleducados) los hijos de la clase superior. Entre otros, el crío de tu jefe, altísimo directivo de una banca de inversión. Eso, cree el pobre siervo, será muy útil para su carrera, le permitirá el acceso a las fiestas de la élite en sus casoplones de los municipios residenciales más ricos de Madrid, accederá a los previsibles beneficios que dona el andar cerca del poder, aunque sea recogiendo sus despectivas migajas. La sátira es creíble. Y sutil. Y nada parece forzado. Diálogos, situaciones, gestos tan leves como reveladores, comportamientos, poseen un tono real, aunque el efecto que provocan en los receptores sea capaz de despertarles el rubor.

Es transparente la inteligencia que desprende el guion y lo adecuadamente que se ha trasladado a las imágenes. Incluyo las interpretaciones, con un Juan Diego Botto encarnando magistralmente a un fulano tan aparente, gélido y arrogante como despreciable y mezquino.

La dirige Víctor García León, que ha heredado la sorna y la mala hostia que caracterizaban al cine de su padre, el director José Luis García Sánchez, una de las personas más brillantes, graciosas y corrosivas que he conocido en mi vida. Víctor ya había mostrado numerosos dones para narrar historias, dotándolas de un amargo sentido del humor en películas que me divirtieron tanto como Más pena que Gloria y Vete de mí (coescritas con Jonás Trueba) y la tan osada como original Selfie. Los europeos, adaptando una novela del inolvidable Rafael Azcona, no me gustó. Y lamento que no haya más películas en la filmografía de alguien tan listo. Y, aquí, tan bien acompañado en el guion de Altas capacidades por Borja Cobeaga, alguien en posesión de gracia, agudeza y sentido de la observación.

Tiempo después de haber visto esta película, me sigue apareciendo un gesto de asco cuando pienso en el matrimonio que componen con acierto Marian Álvarez e Israel Elejalde. La pareja se merece mutuamente. Tan mediocres, tan arribistas, tan ruines, tan grises. Ni siquiera puedo compadecerles. Pero sospecho que, debido a su insistencia y a su absoluta falta de escrúpulos, este tipo tan aparentemente normal acabará siendo jefe de algo. Aunque sea en escala mínima. Y siempre babeando ante sus superiores.

Altas capacidades

Dirección: Víctor García León.

Intérpretes: Marian Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Pilar Castro, Natalia Reyes, Bea Segura.

Género: comedia. España, 2026.

Duración: 101 minutos.

Estreno: 27 de marzo.

sábado, 31 de enero de 2026

Carlos Boyero y lo que no funciona.

 Traga mierda y resígnate a ella, en El País, por Carlos Boyero, 24 ene 2026:

El estupor de la gente ante la sensación de que nada funciona empapa múltiples asuntos de la vida cotidiana.

Enzensberger renegaría actualmente de un antiguo poema suyo, que iniciaba Poesías para los que no leen poesías. Decía así: “no leas odas hijo mío: lee los horarios de los trenes. Son más exactos”. Y Agustín García Calvo, que exaltó la alegría, la ensoñación y el significado de los viajes ferroviarios en un hermoso libro titulado Del tren, constataría que el personal siente desconfianza o temor a utilizarlo, han sustituido la ilusión por el acojone. Podemos denominar como fatalidad a los últimos desastres, pero no hay duda de que el caos, la incertidumbre y el temor son los reyes desde hace tiempo. El estupor de la gente ante la sensación de que nada funciona empapa múltiples asuntos de la vida cotidiana. Ni Dios te va a explicar por qué se quedó el país en las tinieblas durante 12 horas. Eso volvió a ocurrir desde las cuatro de la tarde a las dos de la madrugada en mi calle y en otras cercanas del barrio durante la Nochebuena. Después de múltiples llamadas a teléfonos con voces grabadas alguien que parece real asegura que van a activarse los protocolos y que se avisará a las brigadas. Ni puta idea de lo que significa eso tan enfático y melifluo de activar los protocolos. También acabo de escuchar varias veces en la tele desde la elocuente boquita de responsables en el funcionamiento de los trenes idéntica frase: “desde la perspectiva del informe preliminar”. No son perversiones del lenguaje, sino simplemente la nada, algo habitual en el discurso de la clase política.

Y si acudes a los bancos, esos lugares ancestralmente siniestros que aseguran cuidar de tu dinero, alguien con tono educado o cansado te informará de que tienes que pedir anticipadamente una cita para hacer cualquier consulta. Y en los grandes almacenes, encontrar a alguien que te atienda se convierte en una aventura muy pesada. También es normal que no aparezca nadie o los seguros te cambien las citas concertadas si sufres desperfectos en tu casa. Desconozco orgullosa y suicidamente el universo de internet, pero me cuentan que los permanentes conflictos con los fallos o los misterios informáticos invitan al ataque de nervios.

Y sospecho que el lamentable estado de tantas cosas imprescindibles crea perplejidad, miedo e indefensión en la gente, pero que también alimentan la cólera, la desconfianza y la aversión hacia los que supuestamente dirigen el sistema. Todos ellos avalados por la legitimidad que otorgan los votos. Y todo seguirá igual. O peor. Que la ciudadanía se acostumbre a sobrevivir permanentemente en compañía de la mala hostia y de la resignación.

sábado, 17 de enero de 2026

The Wire

 Sobreviviendo gracias a ‘The Wire’, Carlos Boyero, en El País, 17 ene 2026:

Durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor

Existen ciudades muy estéticas, también con alma, en las que siempre he intuido una atmósfera sombría y enfermiza si el cerebro y el corazón andan flojos. Son las tan preciosas como perturbadoras Venecia, Praga y Lisboa. Y concibo a espíritus geniales y atormentados, como Pessoa y Kafka, habitando esos lugares en los que nacieron y se consumieron de tristeza. He creído sentir al Golem en medio de la niebla durante un febrero en Praga y sentir una melancolía pegajosa en Lisboa. También le doy la razón a Aznavour cuando susurra Venecia sin ti. Y existe otra ciudad llamada Baltimore, desde la que Edgar Allan Poe concibió, en medio de borracheras y láudano, historias tan imaginativas como terroríficas. También un poema que me ha acompañado casi siempre titulado Solo. No he estado en Baltimore ni tampoco la conoceré porque ya no tengo ganas de ir a ningún sitio. Tampoco a los socorridos bancos públicos, porque solo se te sientan al lado gente que mira obsesivamente un teléfono y a los que únicamente se les altera la expresión facial en función de lo que les está contando algo que se llama Instagram, Tiktok, inventos estratégicos del príncipe de las tinieblas o de los multimillonarios trumpistas para embrutecer aún más al personal.

Y regreso corriendo a mi casa para intentar matar el tiempo. La expresión no es consoladora, es homicida. Lo normal y lo bonito sería vivir el tiempo, esa cosa inatrapable. Y viendo y escuchando la televisión, recurso permanente de los ancianos, me dan frecuentes ganas de introducirme los dedos en la boca. Es sucia, previsible, gritona, calculadora, fea, mentirosa. Igual que la publicidad que vomita de forma incansable. Y estratégicamente polarizada (término que resulta vomitivo ante su abuso), con actores y actrices que en función de su sueldo van ataviados con consignas y disfraces ideológicos de izquierdas o de derechas, repitiendo hasta el aburrimiento consignas grupales, intentando hacer creer a los amodorrados escuchantes que unos representan al bien y los otros al mal.

Y me concentro en la apasionante Baltimore mediante una serie que es una obra de arte y a la que retorno todos los años llamada The Wire. Es la mayor concentración de inteligencia, análisis, lucidez, complejidad, conocimiento, guiones, intérpretes, atmósfera de lo que yo he identificado siempre como el gran cine, aunque se trate de una serie. Y durante sesenta capítulos de una hora todo se torna apasionante, crítico, veraz, perturbador, admirable, conmovedor.

sábado, 18 de enero de 2025

David Lynch

Dossier y necrológicas de David Lynch:

Carlos Boyero, "David Lynch: No entiendo lo que pretendía contar, pero sospecho que él tampoco", El País, hoy.

Fue el director más amado por los modernos, el creador para ellos de mundos perturbadores, la vanguardia sofisticada y tenebrosa. Yo detesto casi toda su obra

Me cuentan que los periódicos regionales sobreviven en gran parte gracias a sus infinitas esquelas. Debe de ser reconfortante para los ancianos del lugar constatar que ellos siguen vivos, aunque múltiples conocidos se hayan largado al otro barrio. Y reconozco que en los medios de comunicación, o como se llamen esos presuntos transmisores de la verdad y de la realidad, el género de las necrológicas resulta muy florido, sentido, sufrido. Todos los muertos son formidables cuando la han palmado, imperecedera su obra, entrañable su recuerdo. Durante muchas épocas me pedían en los periódicos que escribiera artículos sentidos sobre los muertos más ilustres. Y a veces se llevaban un susto acojonante, ya que mi recuerdo de la obra de esa gente consagrada no era precisamente laudatorio. Cuando fenecen tantas personas que al parecer eran incondicionalmente amadas por el pueblo llano y por todos sus compañeros de profesión, a veces me avergüenzo de su interminable oda. Al parecer todos los muertos fueron tan geniales como amados. Y desde luego los que aparecían continuamente en las apestosas televisiones.

Y lamento que alguien se vaya de este mundo cuando no tiene voluntad de hacerlo. Miento. Solo en algunos casos. Celebraría que todos los seres viles que gobiernan el planeta se largaran cuanto antes. Pero les reemplazarían los mismos. Y así desde el principio de la historia. Añado estas bobas digresiones mías porque me informan de que la ha palmado el artista David Lynch. Fue el director más amado por los modernos, el creador para ellos de mundos perturbadores, la vanguardia sofisticada y tenebrosa.

Yo detesto casi toda su obra. No entendía lo que pretendía contar, pero sospecho que él tampoco. Su mundo era enigmático. Yo creo que sin pies ni cabeza. Solo imágenes rebuscadas y argumentos imposibles, más gratuitos que inquietantes.

Pero este fulano de apariencia tan cuidada, artificioso buceador de las sombras, también fue capaz de realizar dos películas que me enamoraron. Una es El hombre elefante, tan sombría como sentimental. La otra es Una historia verdadera, que narra el accidentado viaje de un anciano muy solo en su tractor a lo largo de infinitos kilómetros en la América profunda para despedirse de un hermano con el que rompió hace 10 años y que está muriéndose. Existe en ella una belleza y un sentimiento perdurables. Pero el Lynch más reconocible y amado solo me provoca grima. Era un moderno inventándose juegos convenientemente oscuros.

II

 Las cinco películas (y una serie) con las que David Lynch redefinió el cine moderno

El director, obsesionado con el inconsciente y lo oculto, desmenuzó las contradicciones del sueño americano en varios filmes para la posteridad

Jorge Morla | Eneko Ruiz Jiménez

Madrid - 16 ene 2025

Tiene su gracia que, en su último papel, David Lynch interpretara al legendario John Ford para la autobiográfica Los Fabelman, de Steven Spielberg. Desde un lugar muy distinto y con unos materiales diametralmente opuestos, Lynch se aseguró una importancia para el séptimo arte de la talla del legendario director del parche. Repasamos algunas de sus obras más importantes, en las que mezcla realidad y ficción, consciente y subconsciente, e indaga en las corruptas raíces de lo peor del sueño americano.

Eraserhead (Cabeza borradora) (1977). Primer largometraje de Lynch, Eraserhead, de 1977, ofrece una experiencia onírica y perturbadora que mezcla el surrealismo con la angustia existencial: dos ingredientes que el maestro del cine exprimiría a lo largo de su carrera. Ambientada en un mundo industrial y oscuro, la historia sigue a Henry Spencer, un joven abrumado por un entorno opresivo al que de repente le cae la responsabilidad de cuidar de un misterioso bebé mutante. La fotografía en blanco y negro y los efectos de sonido convirtieron al filme en una muy torcida experiencia claustrofóbica. La película, que se convirtió en un clásico de culto, señaló algunos de los futuros temas recurrentes de Lynch, como la paternidad, la alienación y el miedo a lo desconocido.

El hombre elefante (1980). El hombre elefante descubrió el lado más sensible y humanista de Lynch. Basada en la historia real de Joseph Merrick, la cinta narra la vida (y la lucha por la dignidad) de un hombre con graves deformidades durante la Inglaterra victoriana. Lynch basculó en este cinta hacia un tono más conmovedor, y contó con un reparto sobresaliente encabezado por John Hurt y Anthony Hopkins. De nuevo, recurrió a una cuidadísima fotografía en blanco y negro en este canto a la humanidad más profunda. Quizás su cinta más sencilla de comprender, junto a Una historia verdadera.

Terciopelo azul (1986). La historia comienza con el hallazgo de una oreja humana en uno de los planos más prodigiosos de la historia. Un plano con el que da comienzo el viaje al final de la noche de un joven ingenuo sumergido en una trama llena de misterio y perversión. Con un impecable uso de colores saturados y una banda sonora revolucionaria, la película consigue conjurar lo onírico y lo siniestro. Isabella Rossellini y Dennis Hopper destacan en dos de los mejores papeles de sus carreras, además de la presentación de dos de los fetiches del director: Laura Dern y Kyle MacLachlan (con el que viajó incluso a su despreciada Dune). Y un dato más: quizá sea el filme donde arranca otra de las obsesiones del creador: la obsesión por señalar las contradicciones e hipocresías del sueño americano.

Carretera perdida (1997). Nuevo descenso a las profundidades del universo onírico y retorcido de Lynch, Carretera Perdida se centra en un músico acusado de asesinar a su esposa, quien experimenta una metamorfosis mientras cumple condena en prisión. El filme juega con la identidad y la memoria, y profundiza en el concepto de disolución de la realidad. La música de Angelo Badalamenti (por supuesto) junto a Trent Reznor destaca a la hora de envolver un filme laberíntico que invita a múltiples interpretaciones y que deja algunas de las escenas más memorables de su filmografía.

Mulholland Drive (2001). Considerada la obra cumbre de David Lynch, originalmente un piloto televisivo rechazado, este filme que encabeza algunas de las listas de mejores películas de la historia combina misterio y surrealismo en una historia negra ambientada en Hollywood que sigue la vida de dos mujeres (interpretadas por Naomi Watts y Laura Harring) cuyas identidades se entrelazan, como la realidad y la fantasía. Quizá sea la obra que mejor muestra la obsesión de Lynch con el subconsciente, y en la que Lynch pone más atención a la estructura (muy fragmentaria), que invita al espectador a armar el puzle en su propia cabeza.

Twin Peaks (1990-2017). Nadie ha conseguido capturar la extrañeza y emoción de los sueños como David Lynch. Otro David (Chase) lo sabía, y lo usó para continuar en Los Soprano la revolución televisiva que él empezó. Porque quizás antes de Twin Peaks no había nada, y su embrujo acabó impregnando toda la televisión: desde Mujeres desesperadas a Broadchuch, pasando por Perdidos o True Detective. Aquel pequeño pueblo con aire de los cincuenta demostró que el de las series es un terreno fértil, e, inesperadamente, la narrativa más rara del mundo fue un fenómeno global. Una que revolucionó todo dos veces. La segunda fue en 2017, y no tomó el camino fácil. Era Lynch; esto no iba de entenderlo. Esto iba de sentirlo. Porque detrás de esa cortina roja estaban todas las respuestas humanas. En realidad, todas menos la menos importante: ¿Quién mató a Laura Palmer?

III

Manuel Vilas, David Lynch, un explorador iconoclasta y perverso, 17 ene 2025

Fue al cine de los ochenta y noventa del pasado siglo lo que William Burroughs a la literatura de los años cincuenta y sesenta: un individualista devastador

No soy un admirador del cine de David Lynch, yo soy su enamorado. David Lynch fue al cine de los ochenta y noventa del pasado siglo lo que William Burroughs a la literatura de los años cincuenta y sesenta: un individualista devastador, un infiltrado en la disolución de la mirada del espectador o del lector. Lynch era guapo. Se parecía a otro individualista cegador: David Bowie. Tenían un flequillo parecido. Lynch es Estados Unidos, es la narración cinematográfica más brillante y honda que se ha hecho de ese país en los últimos cincuenta años.

No puedo hablar de todas sus películas. Citaré las que me volvieron medio loco de amor y terror. La primera fue El hombre elefante (1980). La segunda —de la que salí desquiciado del cine, sabiendo que mi vida era de una rutina horripilante si la comparaba con la vida de Nicolas Cage— fue Corazón salvaje (1990): un latigazo visual donde el amor humano era un juego despiadado. Allí, en esa película, constaté que Lynch era un cineasta asocial, como Wong Kar-Wai, por poner un ejemplo. Un cineasta obsesionado con las pasiones humanas más inconfesables, pasiones que ocurrían en la América profunda, en un lugar sin ley y sin mandamientos sociales, o culturales, o morales. No hay moral social en Lynch, como tampoco la hay en Burroughs o en Kafka. Otro de las grandes incautaciones de mi alma por parte del cine de Lynch llegó con Mulholland Drive (2001). Allí Naomi Watts y Laura Harring se convertían en dos misterios de la humanidad. El cine de Lynch es el cine de un explorador iconoclasta y perverso y sarcástico de la condición humana. Mil pasos por delante de cualquier otro cineasta contemporáneo.

Pero la puntilla me la dio Una historia verdadera (1999), una de las películas más inconcebibles de la historia del cine. El viaje de 500 km en una máquina de cortacésped de un hombre que vive en Iowa que va a ver a su hermano en Wisconsin. Cuando viví en Iowa tentado estuve de emular al protagonista de esta historia de Lynch.

Pero qué hay agazapado en las películas de Lynch. ¿Por qué las vemos o las veo con una pasión arrebatada? Por la libertad, ese es el gran tema de Lynch. Un canto disolvente a la libertad. Algunos ven surrealismo en Lynch. No estoy de acuerdo en absoluto. Lynch, como Burroughs o Kafka, es un realista. Salí de ver Una historia verdadera con ganas de caminar 100 kilómetros para ir a hablar con mi hermano. No coge un autobús, no alquila un coche el protagonista de Una historia verdadera. Desafía al mundo.

Siempre Lynch es eso: un desafío a cualquier convención. De una película de Lynch sales viendo tres soles y cuatro lunas. Ya no te crees que haya un solo sol y una sola luna. En Netflix ahora mismo se puede ver una obra maestra de 17 minutos. El cortometraje titulado What Did Jack Do? (2017). Son los 17 minutos más hermosos de la historia del cine de este siglo XXI. Que qué se cuenta: se narra a la oscuridad. La oscuridad de las vidas, pero con fe en esas mismas vidas. Buenas noches, David Lynch. Eras el mejor.

IV

Laura Fernández, David Lynch jamás va a irse a ninguna parte, en "Cultural", El País, 17 enero 2025:

Su reino fue el de la Pesadilla Hiperrealista porque cuando alguien descubre algo que existe pero no podemos ver, entonces inventa una realidad que sin él habría pasado inadvertida

En La Estrella de Ratner, una desconocida novela de Don DeLillo, un niño genio, Billy, debe descifrar una señal de otro planeta guiado por una colección aparentemente interminable de freaks, excéntricos personajes que viven con un pie en este mundo —la supuesta realidad— y con otro en el otro, uno que solo ellos están viendo porque forman parte de algo que existe pero solo está al alcance de aquellos que, permítanme invocarle ya, permítanme invocar al hombre que fue adjetivo instantáneo, el cineasta, el pintor, el artista que hizo lo imposible —dar sentido, o representar, diseccionar, habitar el inconsciente—, saben que todo sigue siendo, afortunada y terroríficamente, un misterio. Uno que David Lynch capturó una y otra vez, apasionadamente, desde un absurdo único, genial, onírico, oscurísimo.

El Reino de David Lynch era el Reino de la Pesadilla Hiperrealista porque cuando alguien descubre algo que existe pero no podíamos ver —o carecía de una teoría: “Las estrellas no necesitan la astronomía”, le dice uno de esos personajes excéntricos de DeLillo al niño Billy—, es que inventa una realidad que sin él habría pasado inadvertida. He aquí lo que ocurre cuando alguien accede desde este lado a ese otro que anida en él, ese otro que, podríamos decir, el telón —siempre de un rojo intenso, un rojo sangre aún y para siempre viva— oculta. No ocurre a menudo —no ocurre nunca— que un creador convierta lo que ha creado —todo— en adjetivo, un adjetivo que define algo hasta entonces indefinible pero por completo identificable. Lo lynchiano es lo posible, y a la vez, lo imposible, aquello que de irreal tiene la realidad.

Porque vivíamos, siempre lo hemos hecho, en el universo de David Lynch antes de que llegase David Lynch. Él sostuvo la cámara sobre la oreja abandonada en el suelo, y caímos en la cuenta de que el inconsciente se contrae —como el pasajero del que habló Cormac McCarthy, ese otro que cada uno lleva dentro, un otro aterradoramente desconocido— y que su contracción puede llegar a deformar la realidad hasta volverla pesadilla, sí, pero también, y sobre todo, cualquier cosa. En The Art Life, ese intimísimo documental que es como un puñado de piezas sueltas del enigma Lynch, o lo más parecido al retrato de un artista adolescente que jamás dejó de ser un artista adolescente —el cigarrillo colgando de los labios, el pelo revuelto, la taza de café en la mesa—, Lynch confesaba que, si llegó al cine, y a la televisión, fue a través de la pintura.

Y en cierto sentido, pintar es todo lo que ha hecho. Porque su cine, su televisión, es artefacto de vanguardia, instrumento, sueño, pesadilla, collage expositivo, broma (a ratos, macabra) infinita. Arte, en mayúsculas. Algo que trató de dar sentido a aquello que nunca lo tendrá. Es en The Art Life donde cuenta cómo de arrolladoramente feliz fue su infancia en los suburbios hasta que, siendo aún niño, vio a una mujer desnuda salir de la nada, una noche cualquiera. La mujer se aproximaba a él por la carretera que discurría junto a su casa. Además de desnuda, parecía ensangrentada. Podría decirse que aquella noche, la frontera entre el sueño —o la pesadilla— y la realidad, se desdibujó en su iluminado cerebro. El cerebro de alguien que se dispuso a disfrutar de nuestra condición de fascinantemente misteriosa anomalía: estar vivos, y querer contarnos.

Como un Mago de Oz nada ilusorio, Lynch parecía tener acceso a los mecanismos que ese telón omnipresente en su obra esconde. El telón que evidencia la puesta en escena, la magia, sentir todo aquello que ocurría al otro lado con una intensidad feroz. Lo compartió —su irredento y disruptor, beckettiano, desactivador de lo real, sentido del humor mediante— con el resto, desdibujando para siempre toda frontera, y expandiendo las posibilidades narrativas —inconscientes— de nuestra enigmática existencia. Es cierto que “hay un gran agujero en el mundo ahora que ya no está”, como dijo anoche su familia, pero también lo es que nunca podrá no estar. Así que, sigamos su consejo, mantengamos la vista en la rosquilla, y no en el agujero, porque, en realidad, para aquellos a los que nos cambió la vida, y para aquellos a los que se la cambiará, jamás va a irse a ninguna parte.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Diez películas tristes


Jordi Costa parece el único crítico cinematográfico digno de nota en El País (no puedo con el necio partisano Diego Galán, y mucho menos con el pijo y desganado Carlos Boyero, que oculta ignorancia y perrería bajo su informalidad) y se ha tomado la depresora molestia de congregar en su blog pasajes de 10 películas tristes para Navidad. Podría habérselo ahorrado: la tristeza no es algo muy a propósito para regalo en estas fiestas para algunos tan mortecinas. Pero ha sido interesante para acrecer mi lista de excelencias ignoradas a contemplar algún día con tiempo bastante (ese algún día encoge que es un horror). Por ejemplo Nadie sabe, (2004) de Hirokazu Koreeda, de la que me quedo, sin haber visto otra cosa que el escueto retal cortado por Costa, con esa mirada del niño hacia el avión y luego abajo, hacia lo que de verdad importa y duele, no voy a decir qué. También es novedad para mí Umberto D de Vittorio de Sica (1952), donde un jubilata alarga la mano; cualquiera que haya visto Ladrón de bicicletas podrá desde luego afligirse con ojo tan desnudo como el suyo; soy un incondicional del Neorrealismo italiano desde que vi La commare seca de Bertolucci una memorable noche de soledad. En esa misma línea quiero ver también la famosa La Strada (1954) de Fellini porque, habiendo contemplado casi todo lo suyo, esto precisamente no, por más que el pasaje selecto por Costa me haga lamentarlo y rabiar por verla. La chica de la fábrica de cerillas (1990)  de Aki Kaurismäki debe ser lastimera si de verdad se inspira en el cuento de la cerillera de Andersen; recuerdo que la historia del gran danés me causó pesadillas: no he leído nada más apagado en mi vida; sólo en pasajes de Dickens puede uno descorazonarse igual. Tampoco sé de Rompiendo las olas (1996) de Lars von Trier, porque si el plúmbeo Dreyer me producía somnio, imaginé que su vástago sería lo mismo o peor.

Lo demás lo he visto y es discutible, salvo mi coincidencia en que ¡Qué bello es vivir! (1946)  es una película siniestra por las dobles lecturas que atesora; sólo un filmante de cuentos de hadas como Frank Capra era capaz de acumular tanto pristino horror bajo tanta ingenuidad hipócrita y transformar el sueño americano en el infierno de un infierno con las ventanas cerradas; qué caramelo más ponzoñoso. Igualmente negro y letal, acaso más, porque toca el paraíso perdido de la infancia, es AI, Inteligencia Artificial, de Spielberg-Kubrick. Con toda limpieza destruye una a una las vanas ilusiones que le cabe esperar al ser humano; no es apta para ilusos, porque a poco que tengan pelota se quedarán sin pelotas. Almodóvar y Coixet parecen escogidos por patriotismo; yo me quedaría con Coixet, pero no por Mi vida sin mí, sino por La vida secreta de las palabras, si bien hay mejores ejemplos de alicaimiento y no escribiré más, que tengo que hacer y estoy afligido.

miércoles, 20 de abril de 2011

Inside Job

La perpetua historia de la infamia

Carlos Boyero, El País, 25/03/2011

Creo recordar que las únicas palabras interesantes en la última ceremonia del Oscar salieron de la afilada boca de Charles Ferguson, creador de Inside job. Citó a los delincuentes de guante blanco que después de haber causado una ruina mundial siguen en la calle y escandalosamente ricos. Se supone que Ferguson se ha propuesto hacer un documental, pero en su intento por ser realista y didáctico le ha salido una extraordinaria película de terror. Yo, al menos, paso progresivo e infinito miedo ante la clase magistral que Ferguson nos ofrece sobre algo tan farragoso como la economía. Este pavoroso y racionalista relato, que debería ser exhibido en todos los colegios para que los niños entendieran las esencias y los mecanismos del fraude y de la rapiña, la naturaleza y la metodología de monstruos pulcros que hunden en la miseria los ahorros, el trabajo, las hipotecas, las ilusiones de millones de personas, tiene prólogo, desarrollo y desenlace.

Lo contado provoca estupor y angustia; el final pone los pelos de punta.

Comienza en un paraíso llamado Islandia, el país con la renta per cápita más alta de Europa, inacabables prestaciones sociales, autosuficiente en la energía, con generalizada calidad de vida, algo cercano a la utopía. Es el lugar sobre el que se posan los encorbatados vampiros para arrasar lo que parecía inexpugnable. De ahí nos trasladan a Nueva York, al corazón de la bestia, donde banqueros privados y públicos, ejecutivos y políticos que intercambian sus papeles con desvergonzada naturalidad y protegidos por leyes que han decretado ellos, provocan el colapso económico mundial como resultado de haber pasado décadas vendiendo humo, jugando con lo inexistente, especulando en plan hiena, haciéndose inmensamente ricos en los descalabros que provocan y que pagarán los inocentes, acumulando propiedades, aviones privados y yates en grado tan excesivo que les resultará imposible disfrutarlos, acumulando y tapando mierda, estimulados continuamente por ese polvito blanco que les hace sentirse dioses y putas de superlujo que relajan del extenuante trabajo de robar al prójimo. En ese engranaje participan eminentes catedráticos de teoría económica, asesores de la Casa Blanca, mercenarios de cuello almidonado, un aterrador foco de corrupción que cobra cifras mareantes de esos banqueros que se declaran en quiebra. Evidentemente, la mayoría de ellos se niega a ser entrevistado, pero los menos astutos o demasiado arrogantes que se atreven a dar la cara y a ofrecer sus imposibles argumentos quedan retratados como lo que son, gánsteres que se saben impunes por mucho que les interrogue y acorrale esa mosca cojonera llamada Charles Ferguson.

Matt Damon ejerce de narrador en la historia de la infamia. No es casual. Y entiendes las razones de su desencanto ante Obama. Si lo que nos han contado antes te provoca estupor y angustia, el final logra ponerte los pelos de punta. Los villanos no solo han esquivado el castigo, sino que este modélico presidente les ha recolocado para que dirijan la economía de Estados Unidos. Han sido, son y serán los reyes del sistema. Todo está atado y bien atado.